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Dimensiones de la discriminación:

algunas figuras y fisuras de la otredad

Alejandro Reinoso 1 Marcel Thezá 2

En el marco de este nuevo número de la revista del observatorio de juventud, cuyo tema central aborda la relación entre jóvenes y discriminación, el presente artículo propone contextualizar algunos elementos que permiten explicar los “sentidos” y “sin sentidos” de este fenómeno tan antiguo, pero tan vitalmente actual en nuestra sociedad.

De esta manera, proponemos reflexionar sobre: a) las condiciones que permiten explicar que aún en una sociedad abierta y heterogénea se manifiesten fenómenos de esta naturaleza, b) sus características y alcances, y c) ciertas lógicas de articulación de la discriminación, donde la sola expresión amenazante de la “otredad” provoca en el individuo un repliegue hacia formas básicas de autoafirmación en lo social.

I. TEXTOS Y CONTEXTOS DE LA DISCRIMINACION

A) Discriminación y sociedad compleja:

Hacer referencia a una sociedad moderna implica la aceptación de que a ella se aplican un conjunto de atributos esenciales que la caracterizan y la distinguen. Uno de esos elementos es la explosión de una diversidad y diferencia cuya facticidad no siempre se acompaña por una evolución en los valores que den simetría a los hechos y a la subjetividad que ellos provocan.

Desde una perspectiva conceptual, resulta en este punto interesante revelar algunos debates que plantean la distinción entre pluralidad, pluralismo y tolerancia. La pluralidad, si bien se asocia fundamentalmente a las dimensiones filosóficas, religiosas morales y políticas, incorpora – en un sentido amplio – el total de aquellos ámbitos donde hay manifestación de diferencia; el pluralismo implicaría, entonces, la actitud que valora positivamente la existencia de lo plural; y la tolerancia más bien sería la virtud que nos permite distinguirnos en esa diversidad, construyendo los vínculos que hacen dialogar lo que uno es y representa con lo que al otro lo dota de identidad.

Por ello, en el plano lógico, resulta muchas veces un contrasentido el que las sociedades occidentales, cuyos procesos de modernización y diferenciación han sido tan acelerados, manifiesten ciertas resistencias a la comprensión, aceptación y valoración de lo diverso.

Decimos que es un contrasentido, puesto que si analizamos, por ejemplo, la apertura al extranjero – fundamentalmente de los jóvenes, esto nos muestra una sociedad que comienza a marcar preferencias por programas de televisión realizados fuera de nuestras fronteras, que le atrae la idea de irse a vivir fuera del país y que declara, en un porcentaje significativo, sentirse más cercano a la cultura externa que a la que pudiésemos definir como originaria 3 . Si bien este fenómeno no es absolutamente

1 Psicólogo, Depto. Estudios, INJUV. 2 Jefe Depto. Coordinación Intersectorial, INJUV.

3 PNUD-INJUV, “Transformaciones culturales e identidad juvenil en Chile”, Santiago, 2004.

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homogéneo y presenta contrastes dependiendo de la composición de los grupos socioeconómicos, sí revela que, en algunas dimensiones, la frontera de lo nacional o de lo propio comienza a debilitarse y perder consistencia.

La pregunta que surge, entonces, es qué tipo de elementos empiezan a configurar los rasgos de discriminación que hoy se aprecian en el funcionamiento de la vida en comunidad. Si bien, la respuesta a esta interrogante no es definitiva, puesto que discriminación e intolerancia obedecen a factores multicausales, resulta interesante destacar que una gama muy variada de investigaciones sobre la situación de los valores en occidente nos muestra una transición entre un tipo de discriminación de orden tradicional-cultural que ha comenzado a dar paso a una de tipo más bien funcional. Hoy, lo que más nos provoca rechazo y distancia es aquello que eventualmente nos produce una sensación de amenaza o bien pone en situación de peligro o conflicto el espacio de vivencia personal que se quisiese como un espacio estable y seguro.

En relación a nuestros vecinos peruanos o bolivianos, no es habitual escuchar, por ejemplo, la critica a su comida (por lo demás los chilenos hemos cultivado el gusto reciente por la exploración de la cocina internacional); lo que se critica es más bien el peligro que teóricamente éstos representan en cuanto nuevos actores que irrumpen en el mercado del trabajo, compitiendo en condiciones desiguales con las que ofrecen los trabajadores nacionales.

En la misma dirección, la relación que se hace entre jóvenes y violencia, presenta este problema como un atributo de lo juvenil, fortaleciendo estereotipos y prejuicios que se orientan a uno de los mecanismos más regulares de discriminación. En este ejemplo, el elemento de fondo no es la juventud en sí misma, sino la construcción social de discursos y prácticas surgidas de la necesidad de enfrentar la amenaza, el peligro, la inseguridad y/o la incertidumbre que vive el individuo. Por lo tanto, discriminamos motivados por nuestros propios temores y angustias.

La diferencia, la otredad, rompe la lógica de una sociedad que algunos, al pretenderla homogénea, la creen más segura. Por ello, uno de los grandes dilemas en la actualidad es precisamente la administración del derecho de las personas a una individualidad propia que pueda coexistir con el derecho de los otros como expresión de la diversidad cultural.

En este plano, los desafíos del reconocimiento a lo diverso no son responsabilidad de una institución en particular, aunque todas ellas pueden ayudar en una dirección positiva; no obstante aquello, es pertinente observar algunas áreas desde donde pudiesen promoverse imágenes y actitudes que apunten a la generación de un equilibrio entre universalismo y diversidad:

Los medios de comunicación: Como se ha afirmado permanentemente, los medios de comunicación colaboran claramente con la construcción de un imaginario de sociedad homogénea. Lo que nos presentan los medios de comunicación es, por ende, un mundo de estereotipos donde lo que rompe esa lógica es disfuncional o extraño

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Volviendo a nuestro ejemplo en materia de jóvenes y violencia, quien más ha contribuido a la construcción de esta asociación es la propia prensa; así, lo juvenil es presentado de manera muy general, olvidando, deliberadamente, los problemas de victimización que viven los propios jóvenes, y reduciendo la violencia solamente al espacio de lo público. Se abre aquí un desafío para que los actores implicados en la construcción de la opinión pública puedan recoger esta diversidad, no como una simple agregación de particularidades discursivas, sino como una sincera expresión de la realidad.

La escuela: En sociedades donde la responsabilidad del Estado pretendía orientarse al fomento de la unidad bajo los márgenes simbólicos del territorio o la nación, la educación colaboró con el imperativo republicano de “igualar” para así integrar a la vida en comunidad. Independiente de la lectura que uno pudiese efectuar acerca del cumplimiento efectivo de este compromiso fundado en un pacto social explícito, hoy resulta indispensable problematizar de qué manera la escuela colabora con este nuevo desafío de reconocimiento de lo diverso. Esto, puesto que pareciese que en el espacio escolar todavía se aprecian dificultades para enfrentar el tema de la diversidad desde la dimensión de lo público; donde, por el contrario, la práctica tradicional ha sido el limitar lo plural y lo distinto al estricto espacio de lo privado.

B) Discriminación y juventud:

Como lo hemos señalado, las sociedades modernas aspiran a mayores y mejores condiciones de equidad social, económica y cultural. Sin embargo, las diferencias sociales en tales aspectos manifiestan distancias sustantivas entre los distintos grupos que la componen. En América Latina, esas diferenciaciones se han manifestado en la constituciones de sociedades aristocratizantes y oligárquicas, las que marcan un sello indeleble entre los grupos sociales y que se traducen en prácticas aún presentes con matices diversos.

En términos tradicionales, la juventud es definida como una etapa de transición al mundo adulto; estado definitivo y condición deseable asociada a la normalidad. En esta lógica, la juventud es un período que debe concluir con la estabilización temporal y espacial, la adultez como condición definitiva y con un lugar/rol estable, respectivamente. Todo intento o signo que evidencie el alejamiento de este curso se sitúa en la esfera de la desviación y la anomia social. La juventud, en sí misma, hace excepción de la regla: “es una enfermedad que se cura con el tiempo”. Ello implica una valoración social menor y un condición de poder análoga. Ergo, la juventud es ubicada en el lugar de un grupo social subalterno dada la hegemonía del discurso adulto. En esta lectura adultocéntrica tradicional, la juventud tiene un lugar posible: el tránsito.

En las sociedades complejas, en cambio, la discriminación constituye una estrategia de reducción de la incertidumbre social. Esta búsqueda de certidumbre que se asocia, por ejemplo, a la xenofobia y los nacionalismos contemporáneos, se superpone a las estructuras tradicionales de censura y condena de los grupos sometidos a efecto de la mantención de poderes tradicionales (machismo, clasismo, racismo). Así, el riesgo y el peligro se metabolizan en figuras de la alteridad que encarnan la función de causa de la amenaza y, en consecuencia, de articulación de los problemas sociales fundamentales.

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La figura del extranjero se inserta en este lugar: peligroso, amenazante, ajeno y problemático.

En este contexto emergen las preguntas: ¿Cuál es el lugar de los jóvenes en las sociedades complejas? y ¿en qué discurso se sustentan y representan en la esfera pública?

La figura del joven se inserta en esta serie en la lógica de las principales preocupaciones de las sociedades complejas: seguridad ciudadana y delincuencia, apatía política y crisis de representación, desorden y comportamientos disruptivos, adicciones a sustancias y trastornos de la alimentación. En este secuencia lógica, la peligrosidad de lo juvenil supera la imagen moderna de la juventud entendida como pureza y encarnación del futuro (“divino tesoro”, “semilla del mañana”, etc.).

Por ello, lo juvenil actualmente es un objeto de discriminación mayor, en tanto articula operaciones de sentido social, en el cual el joven tiene el estatuto de agente – ya no de cambio social – sino, esencialmente, de problemas (para sí mismo y para otros) y de conflicto.

II. LA DISCRIMINACIÓN EN SU OPERAR

A) La discriminación y el prejuicio

El prejuicio se entiende como una actitud negativa hacia un grupo, conglomerado o categoría social y a sus miembros individuales. Supone una valoración y un juicio a priori respecto a las características que definen y dan visibilidad al grupo social y a sus integrantes. Esta disposición supone básicamente la presencia de pensamientos y afectos que se interrelacionan y que están articulados, en una valoración negativa, respecto a ciertos grupos y sujetos sociales. Estas actitudes negativas se transforman en discriminación en el momento en que se traducen en conductas específicas hacia un grupo o a sus miembros. En consecuencia, la discriminación es una práctica social que se evidencia en la relaciones, percepciones, afectos y representaciones entre los distintos grupos sociales.

Entre las principales formas de discriminación están el racismo, el sexismo, el clasismo, el nacionalismo, la xenofobia y el adultocentrismo. Estas prácticas de discriminación se fundan en tesis prejuiciosas respecto a ciertos grupos sociales las cuales pueden manifestarse no sólo en comportamientos específicos de la vida cotidiana, sino también a menudo en prácticas institucionales, legislaciones y ritos sociales.

B) Lógica y efectos de la discriminación

La discriminación tiene una lógica que consiste en focalizar el temor y la agresividad en

ciertos grupos y sujetos sociales, reduciendo, de esta forma, la complejidad social. La discriminación hacia un sujeto social específico implica una operación de cierre del discurso social en torno a ciertas características y atribuciones que disminuyen la diversidad cultural y que proponen como símbolos legítimos aquellos que representan a los grupos y sujetos sociales hegemónicos.

Entre los efectos más relevantes de las prácticas de la discriminación, así como de las actitudes prejuiciosas respecto a ciertos grupos y sujetos sociales, se advierten:

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Contribuir a enfatizar y radicalizar ciertas diferenciaciones entre lo Mismo (idéntico o símil) y lo Otro (diverso o diferente) en la esfera social .

Producir una asimetría en la valoración y en la distribución del poder entre los grupos sociales. Esto significa que unos son más valorados y apreciados que otros, generando entre ellos atribuciones de poder diferenciadas que se asocian a conflictos de poder.

Producir y potenciar los efectos subjetivos de malestar entre ciertos grupos y sujetos sociales. La natural tensión entre los grupos y sus variabilidades se intensifica con las prácticas de discriminación, las cuales reducen los espacios de juego y negociación, intensificando el malestar subjetivo y también el malestar objetivo en tanto objeto de prácticas discriminatorias.

Velar/ocultar la discriminación positiva y el prejuicio que favorece a ciertos grupos y sujetos sociales que se sitúan en una posición social hegemónica. En tanto opera la discriminación y el prejuicio, el agente del discurso (quien supuestamente habla) es velado, de manera tal que las propuestas prejuiciosas y las acciones discriminatoria ocultan los beneficios de algunos grupos y sujetos sociales.

Instaurar y mantener la percepción de amenaza. En el campo de la discriminación, la amenaza y los temores sociales son administrados de modo tal que tienden a dar continuidad o a mostrar su escalada de amenaza. Ello se traduce en la siguiente tesis: “los niveles de peligro son los más graves y de mayor riesgo”. Así, las sensaciones de riesgo y el peligro cristalizan la amenanaza en algún grupo o sujeto social, el cual es controlado y enmarcado a través de las prácticas de la discriminación

Articular esta amenaza con un Otro social (grupo o sujeto) identificado con la función de causa o fuente de la amenaza. Esta función de causa atribuida a un determinado sujeto supone un deseo de daño con una satisfacción en sí misma, destructiva e insensata que desafía la comprensión y el absurdo. Asimismo, motiva y genera un deseo y una estrategia de control, sanción y resarcimiento del mal causado por este Otro insensato y caprichoso.

C)

discriminación

Constitución

del

Otro

y

mecanismos

articuladores

de

los

procesos

de

En términos psicosociales se tiende a considerar como mecanismos esenciales de regulación de las actitudes prejuiciosas y de los comportamientos discriminadores a los procesos de constitución de estereotipos sociales negativos. Los estereotipos consisten, en esencia, en la simplificación de la complejidad, en la universalización de la singularidad y en la sobre generalización de las características de grupos o sujetos sociales.

En términos de la constitución de la subjetividad social, el establecimiento de la diferenciación básica entre lo Símil y lo Otro genera diferencias en la sociedad, colaborando, así, a la estructuración de la misma y a la vivencia de la experiencia del mundo en términos de la vida cotidiana. En este sentido, la diferenciación es una medida de valor y de poder; a saber, por una parte afecta la percepción del valor de los sujetos y grupos en tanto caracterizados y/o pertenecientes a una determinada categoría social; por otra, es una medida de poder porque distribuye a los sujetos en forma asimétrica verticalizando las relaciones entre los grupos y sujetos sociales. De este modo, se generan posiciones hegemónicas o de

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dominación y subalternas o de sometimiento: el hombre sobre la mujer, los grupos económicos de mayor poder económico sobre los grupos de menor poder, los adultos sobre los no adultos, o - en América Latina -los grupos de inmigración europea sobre las étnias.

Esta diferenciación sitúa a los sujetos temporal y espacialmente. En términos de la temporalidad de las edades de vida, se articula una discriminación negativa, tradicional hacia niños y jóvenes, y emergente hacia los adultos mayores. En términos espaciales, la discriminación tiene a su vez un locus y, en consecuencia, se dirige hacia sujetos que circulan en torno a ciertas instituciones: locos/hospitales psiquiátricos, delincuentes/cárceles, estudiantes/escuelas; así como a ciertos lugares no institucionales: la periferia de la ciudad, los ghettos y espacios no suficientemente urbanizados. Estos últimos constituyen lugares de peligro habitados por lo siniestro y definidos como fuentes de amenaza al orden social.

En esta lógica, el sujeto discriminado por excelencia es lo extraño, lo más distante de lo familiar. De esta manera, el arquetipo del extranjero constituye el icono de la amenaza, así como la figura de alteridad discriminada por excelencia. El extranjero encarna todo aquello que puede ser definido como lo absolutamente ajeno a lo familiar, a la media, al orden y a la continuidad de la sociedad.

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