¿AMOR? Dr.

Gaspar Baquedano López De la misma manera que lo hacemos prácticamente con todo hemos fragmentado eso que llamamos “amor”. Como si se trataran de cosas distintas hablamos del amor a los hijos, a la pareja, a Dios, a los animales, a la humanidad, a la naturaleza o al trabajo. ¿Existen diferentes maneras de amar, es válido hablar de "tipos" de amor como si se trataran de partes de un todo que es nuestra vida? Cuando decimos que amamos ¿Qué es lo que en realidad sucede en nosotros? Por ejemplo, ¿Qué marca la diferencia entre el amor de pareja y el amor a los hijos? Si no creemos en lo aparente, indaguemos si es posible establecer diferenciaciones en torno al amor. Tal vez se trata únicamente de perspectivas, de modos de ver las cosas que se adaptan a nuestras necesidades personales. Pensamos que es posible hablar del amor como si se tratara de un hecho aislado e individual, sin percatarnos que una propuesta que pretenda explicar que es el amor, tiene necesariamente que construirse sobre la comprensión de la persona como totalidad y en sus contextos. Amar, entendido esto como una manifestación personal, es también expresión de nuestra cultura, de nuestro modo de ser, especialmente de nuestras necesidades condicionadas psicosocialmente. ¿Qué es “dar amor”? Transitamos en un mundo lleno de palabras sin detenernos a comprender el significado profundo de lo que decimos. Así, en nuestra ligereza cotidiana a menudo relacionamos la palabra dar con renunciar y, de manera particular, con el sacrificio. La literatura, la poesía, la moral y las religiones autoritarias, se encuentran saturadas de la idea de que dar es sinónimo de algún tipo de sufrimiento. En esta cultura mercantilista que diariamente creamos, dar es aparentemente sinónimo de perder pero, al final de cuentas, esconde la expectativa de algún tipo de ganancia o recompensa. Esta retribución puede venir como reconocimiento social, tranquilidad de conciencia, perdón de Dios, la admiración de los demás o riqueza. En otras palabras, la lógica que predomina es que si damos (en este caso “amor”) debemos recibir algo a cambio o de lo contrario, realizamos un mal negocio. Muchas relaciones de pareja son construidas dentro del marco de este contrato mercantil, social, moral, económico y a veces afectivo. Esto explica en parte las disputas que aparecen y los reclamos de incumplimiento: "yo te di cuando más me necesitabas, me sacrifiqué por ti, te entregué lo mejor de mi vida y mira que me has hecho”. De la misma manera, cuando sentimos que alguien nos ha defraudado sentimentalmente reclamamos airadamente: "Te di todo sin esperar nada y mira con qué me pagas".

Detrás de nuestras ideas romanticonas en torno al “amor” se encuentran nuestras necesidades que aparecen violentamente cuando nos sentimos emocional o sexualmente defraudados por la pareja ¿Damos sin esperar nada, existe el amor desinteresado, podemos amar sin expectativa alguna? Reflexionemos si en esta cultura utilitarista en la que vivimos, puede la idea que tenemos del amor escapar a esta perspectiva mercantilista. El “amor” como negocio En esta cultura centrada en el Tener por encima del Ser, el mensaje que por todos lados se filtra es que hay que retener, acumular, poseer y comprar cosas o personas. Vivimos amenazados por la posibilidad de quedarnos sin nada ni nadie. Debido a que el “amor” es mirado como “dar” existe la posibilidad de empobrecernos. Es por ese temor que el otro es explorado con cuidado para averiguar en términos utilitaristas, si ocasionará ganancias o pérdidas. Nos preocupa averiguar si piensa como nosotros, si cree lo mismo, cuánto tiene o puede llegar a tener, que tanto puede ayudarnos para "escalar" socialmente o si puede ayudarnos a salir del hogar que detestamos. En otras palabras, exploramos al otro en función de nuestras necesidades. La amenaza del empobrecimiento es una de las cosas más temidas en esta cultura en donde ser o volverse pobre es sinónimo de no ser nadie. Por ello, si bien es cierto que las relaciones “amorosas” son vistas como posibilidades de seguridad o de ascenso social, son también vistas como amenazas potenciales de pérdidas y hasta de ruina emocional, sexual y económica. Y si estas amenazas se cumplen, el suicidio aparece como una opción para dejar de sufrir. Por eso especulamos, analizamos y finalmente concluimos si nos conviene o no determinada relación a la que cubrimos con la dorada envoltura del "amor". Actuamos de la misma maneras que cuando hacemos una operación comercial. Gran parte de ese período de exploración que en esta sociedad llamamos "noviazgo", sirve precisamente para hacer un inventario de las cosas a favor y en contra que según nuestros cálculos, pueden hacernos salir de la pobreza emocional, sexual, social o económica. Si el prospecto de pareja pasa satisfactoriamente estos exámenes, no tenemos gran problema en jurarle nuestro “amor” para toda la vida. Si el otro puede satisfacer mis necesidades y viceversa, decimos que hemos encontrado el amor, a la pareja perfecta. En ese inventario puedo descubrir mis necesidades proyectadas como un gran amor. Vivimos dominados por la cultura que entre todos creamos y que, en el caso que nos ocupa, nos obliga a obedecer los dictados que establecen que es una "pareja ideal". Por eso nos desvivimos porque los demás digan que “hacemos una pareja bonita”.

Por el contrario, si hay diferencias físicas notables, raciales, económicas, religiosas o sociales, nos atemoriza la simple idea de exponernos al ridículo de ser vistos como una "pareja dispareja". Por lo mismo, no sería raro que sintiésemos vergüenza de caminar por la calle acompañados de determinada persona que no ayuda a calmar la necesidad de “brillo social” que emerge de nuestro Ego maltrecho. Eso que llamamos “elección de pareja”, es un proceso que en realidad reproduce lo que culturalmente se dictamina como lo que debe ser una pareja "feliz". En otras palabras, más que elegir, nos adecuamos a lo que suponemos nuestros padres, familiares, amigos y la sociedad en general, espera de nosotros al momento de “escoger” una pareja. ¿Se tratará de una libre elección personal?... El amor como "virtud" Nos fascina aparecer y ser reconocidos como personas "de bien", al grado que gran parte de nuestra vida la consumimos en pos de eso que llamamos virtud .Mucho de nuestro cartel social radica precisamente en presentarnos como personas virtuosas, palabra que tiene la magia de abrir puertas que a otros se les cierran. Para algunos es la llave de oro para entrar al club “exclusivo” o a las fiestas de “gente bonita”. En medio de toda esa pirotecnia decimos que “amar es una virtud” y, no conformes con eso, agregamos que tal vez sea la más grande de todas. No nos atrevemos a indagar de donde salen todos esos fuegos artificiales que adornan e iluminan efímeramente la oscuridad de la más grande de todas las ignorancias: el desconocimiento de nosotros mismos. La idea de la "virtud" es construida con los criterios del Poder y forma parte de las estrategias de control social a las que estamos sometidos. Debido a este control determinadas conductas serán alabadas, premiadas, reforzadas y clasificadas con la etiqueta de "ejemplares". De la misma manera, otros comportamientos serán catalogados de indeseables, nocivos, indecentes y, por lo mismo, serán proscritos y hasta perseguidos. ¿Nos hemos puesto a reflexionar acerca del porqué y de los criterios que imperan para calificar los comportamientos como "correctos" o "incorrectos"? ¿Por qué se eleva al grado de virtud a determinada conducta mientras que otra es censurada? ¿Por qué, en el caso que hoy nos ocupa, pensamos que dar amor es una virtud? Detrás de la imagen de una persona “dadivosa” que ostenta una gran capacidad de “amar”, que dice dar sin esperar nada, puede esconderse un Ego agigantado por la alabanza y necesitado de reconocimiento social. Aparentar ser caritativo, religioso, decente, moral e ir derrochando “amor”, puede ser la estrategia perfecta para el "éxito" como señalan los manuales de mercadotecnia que ofertan fórmulas para obtener amor, amigos y, por lo mismo, “felicidad”. Estos manuales nos seducen al través de títulos por lo demás sugestivos: "cómo ganar

amigos", "cómo ser recordado agradablemente", "cómo ser una persona atractiva", "cómo influir en los demás”, “cómo ser irresistible”, sin faltar la consabida recomendación: “siempre dé amor a los demás”. El día del amor y la Amistad ilustra de manera clara el concepto mercantilista y a la vez superficial de lo que culturalmente se entiende por amar. No pocas personas se angustian por no tener recursos para una cena o un regalo, que les oferta la publicidad. El temor a no ser considerado amoroso se puede apreciar en las filas de las casas de empeño en el “mes del amor”. La llamada virtud es pues una tarjeta de presentación, una manera de ofertarse en el mercado de las relaciones sociales en donde la importancia es fundamental. Es precisamente este afán mercantilista es el que tiñe muchas posturas que son exhibidas como “amor”. Es esta necesidad profunda de ser aceptados la que presenta al “dar” ( que es más que nada necesidad de recibir) como una de las más altas virtudes, maquilladas con eso que llamamos “amor”. El amor como sacrificio La palabra amor viene envuelta de las más variadas maneras, siendo la idea del sacrificio una de las formas más frecuentes como se pretende ensalzarlo. Para algunas personas el amor es parte inseparable del dolor y del sufrimiento. Es más, tienen la certeza de que mientras más se sufra, el amor será mayor y más elevado. De acuerdo con ellas, dar amor es sinónimo de sacrificio, sufrimiento y dolor. Virtudes que de una u otra manera serán recompensadas en la otra vida, pero en el fondo queda la expectativa de que ojalá la ganancia sea también en esta. Si la pareja es violenta y la relación se desarrolla teniendo por marco la humillación, el mérito y la virtud son aún más elevadas, porque dicho sea de paso, esta cultura premia la abnegación y castiga socialmente la rebeldía que clama por una relación de pareja digna, sana y respetuosa. Si el hijo llega a casa alcoholizado y ofende, nuestros sentimientos de haber fallado como padres, encuentran en la idea del “amor abnegado” una buena salida para la culpabilidad. Si el hijo de Dios vino al mundo a sufrir ¿Qué puede esperarle al más común de los mortales y a sus sueños de felicidad y de disfrute? Una lúgubre ceremonia de viernes Santo es suficiente para ilustrar y recordarnos lo que para algunas religiones es el verdadero sentido del “amor”: el sacrificio, la muerte. La idea de dar la vida por los demás o por algo, es la esencia del suicidio. Pero detrás de todo eso de nueva cuenta encontramos las trampas del Ego porque, quien puede soportar todo este calvario que representa esta manera de ver el amor es, sin lugar a dudas un ser “excepcional” al que hay que admirar e imitar. El “amor”, planteado como sacrificio, alimenta al Ego soberbio y necesitado de la admiración de los demás.

La transformación
El dar amor no puede ser comprendido como una conducta o actitud aislada. Es siempre manifestación de nuestro modo de ser y de estar en el mundo. Las expectativas y las creencias en torno a eso que llamamos “dar amor” son, en sí mismas, nuestro retrato hablado. De hecho y, en un sentido estricto, es difícil y confuso decir que “damos amor” porque el amor no nos pertenece ni es susceptible de ser otorgado. Si decimos que “damos” amor es que de alguna manera nos hemos apropiado de esa idea (el amor) y por eso imaginamos que podemos darlo. Pero en realidad, ¿qué nos pertenece? Vivimos engañados por nuestros apegos, imaginamos pertenencias ya sean cosas o personas y ahí está una de las raíces de nuestros sufrimientos. Tememos perder lo que según nosotros nos pertenece y ese miedo puede crear nuestro suicidio.

Quien ama no puede dar porque sabe que nada le pertenece. Quien ama no puede dar porque todo lo transforma .Quien ama no puede dar porque dar es otorgar y quien otorga posee autoridad. Quien tiene autoridad somete, controla y, en nombre del “amor”, busca quien lo siga y reafirme su poder. Quien ama no puede ser seguido, no deja huella porque no camina en las arenas del tiempo. Se consume a sí mismo sin dejar huella. Quien ama ha comprendido la fantasía que existe en la idea dar amor. No podemos dar algo que no nos pertenece. Quien ama, más que dar, lo único que puede hacer es mostrarnos que su revolución interior lo ha despertado haciéndolo más intenso, rebelde, gozoso y atento a sus circunstancias. En este proceso de transformación, nos extiende una mano firme y cálida dispuesta a compartir la aventura de vivir.

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