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CAPÍTULO 38: UNA SONRISA AMPLIA, TAIMADA Y DULCE.

Caminar una hora por la ciudad en dirección a su puesto de trabajo en la Oficina del Gobernador Williamson se había convertido para Nestor Marzatti en una rutina diaria.

Las viviendas que el gobierno había adjudicado a su familia no eran demasiado malas ni estaban demasiado lejos del centro administrativo de la ciudad. Ventajas de ser considerado como “Seguidor de la Heptalogía”, suponía.

Lo cierto es que aquel marchamo que en otro tiempo había considerado positivo y honorable ahora pesaba como una losa sobre la conciencia del joven Marzatti.

Unas semanas atrás su cosmovisión de las cosas se resumía de manera prístina. Formaba parte de un pueblo trabajador y laborioso, y dentro de aquel pueblo, a una casta conocida como “Seguidores” a los que los Conocedores habían ungido para que condujeran los destinos del resto de colonos. Sólo a los Seguidores se permitía el acceso a determinados conocimientos académicos y uso de determinadas máquinas. Sobre ellos se erguía la nebulosa aunque últimamente mucho más presente- casta de gobernantes de la Heptalogía. Les protegían, les facilitaban el comercio, les proporcionaban tecnología y entretenimiento y no se metían demasiado en sus asuntos. Sólo lo justo para mantener aquel idílico estado de cosas.

Sus recientes descubrimientos, sin embargo, le habían enfrentado a una realidad bien

distinta.

Donde antes veía a una élite casi

divina de viajeros, guerreros y gobernantes, ahora

veía a una sociedad sin escrúpulos, a un conjunto de individuos que había mercantilizado la

vida humana, que había privado a miles de millones de seres de su libertad y su dignidad.

Dónde antes solo contemplaba el orden natural de las cosas ahora la verdad circulaba por sus venas como un torrente de agua helada. Las condiciones laborales, la desproporcionada tasa de natalidad, las hambrunas recurrentes, el hacinamiento. La desinformación…

Enfrentado a la verdad Nestor Marzatti dejó de ser un colono. O lo que es lo mismo, quebró la artificial cáscara que mil años de esclavitud habían conformado alrededor de las vidas de todo un pueblo para, una vez liberado, hundir sus raíces en el espíritu de aquellos guerreros casi legendarios que sus abuelos llamaban “enzaams”. Los solitarios en lengua estelar antigua.

Semanas atrás, habiendo descubierto determinadas anomalías en el sistema de Comunicación Interestelar y había revelado uno de los mayores secretos de la Heptalogía. Tras ello, como si de un velo de seda se tratase, había terminado con mil años de secretos, accediendo a informaciones que estaban reservadas a tan sólo unas pocas decenas de hombres en la Galaxia.

Había leído informes, fichas, memorándums. Textos que hablaban de genocidios, de atrocidades, de ciencia genética, de estrategias y de balances contables. Curiosamente esto último fue lo que más le indignó.

Delante de

su consola informática Marzatti había tenido que tragar saliva y había

refrenado en más de una ocasión las ganas de agredir al primer Conocedor que se encontrase.

Su mente, ahora curtida por el horror de lo leído, se había templado como una espada en la fragua. Y llegó una conclusión.

A una cifra. Para ser más exacto a una interrelación entre dos números.

Mil a uno.

Aquel día, mientras iba caminando por una de las anodinas calles de la Capital del Agujero, dirigiéndose a su trabajo, Nestor Marzatti sólo pensaba en aquella proporción y en la manera de hacerla efectiva para devolverle a libertad a todo un pueblo.

abandonar una de las amplias avenidas para embocar una calle menos concurrida

observó casi al azar a un individuo de considerable estatura que parecía hablar para sí mismo,

en susurros. Tuvo un extraño presentimiento que rápidamente descartó.

Al

Sin embargo habiendo andado sólo cincuenta metros más otro individuo pareció salir de la nada y comenzó a caminar a su lado. Sólo una veintena de metros más adelante un tercer hombre avanzaba frente a ellos, en dirección contraria. Supo de inmediato que algo no andaba bien, pero se abstuvo de cualquier movimiento brusco.

Si se trataba del Servicio de inteligencia de Los Siete quizás no sería mala táctica guardar la calma. No era la primera vez que los espías de la Heptalogía realizaban algún control rutinario para comprobar la lealtad en las filas de los Seguidores y cierta dosis de tranquilidad, mezclada con sorpresa, podría constituir la mejor defensa ante un interrogatorio. Había sido muy cuidadoso en sus investigaciones. O eso creía. En cualquier caso no tenía demasiado margen de maniobra.

El individuo que caminaba a su lado se digirió a él en lenguaje común teñido de un extraño acento que Marzatti nunca había escuchado pero que en nada se parecía a la engolada forma de hablar de Los Conocedores.

- Dos desintegradores están apuntándole ahora mismo. Absténgase de realizar cualquier movimiento. Mire al frente. ¿ Ve a ese individuo que camina a unos quince metros?. Es amigo mío. Y suyo si se comporta como es debido. No le pasará nada. Sólo queremos hablar con usted. Guarde silencio y haga como si nos conociera desde siempre.

Una vez se produjo el cruce con el segundo individuo los tres instantes. El nuevo interlocutor le habló con voz suave pero apremiante.

- Vamos a cambiar de dirección. Síganos.

se detuvieron unos

Aprovechando un recodo del camino el trío avanzó hacia la puerta de un almacén de aspecto solitario. El segundo de los individuos, algo más alto que el primero, pareció hablar por un intercomunicador y pronunció unas palabras en una lengua que Enzo jamás había escuchado. Sin embargo, por más que trato de fijarse, no alcanzó a ver el dispositivo de comunicación que del misterioso tipo. Más extraño aún fue contemplar como ambos hombres parecían escuchar una respuesta.

Un “click” proveniente de la puerta del almacén, sirvió como prólogo para que uno de los hombres empujase la puerta y avanzaran dentro del edificio. Una vez dentro la puerta se cerró súbitamente.

- Marzatti, esto es por su seguridad.

El informático Enzo Marzatti se sumió en las tinieblas cuando los extraños individuos le embozaron una capucha de tupida tela negra.

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La reunión del Comité de Estado Mayor de la Federación Revolucionaria no estaba siendo demasiado tranquila.

Los comandantes de todas las unidades de choque, los altos oficiales consejeros del Canciller Hermann Litis, los jefes de guarnición que se habían podido desplazar al Planeta Amanecer pese a la aparente omnipresencia de la Armada Estelar en todas las rutas estelares del territorio controlado por la Federación.

Todos ellos estaban sentados a la mesa y trataban de evitar una derrota.

Frederick Litis continuaba su alocución:

- La situación sólo es aparentemente negativa. La Armada Estelar todavía no ha podido ocupar más que unas decenas de planetas y tiene un número considerable de fuerzas distraídas en el bloqueo de otros tantos sistemas planetarios. Tenemos material, naves y hombres suficientes para resistir durante mucho tiempo. Debemos continuar con esta estrategia, forzando a la Armada de la Heptalogía a permanecer dispersa y diseminada por nuestro espacio.

- ¿ Dispersa y diseminada? repuso el General Kaas Por las estrellas Señor, la proporción de fuerzas es de veinte a uno en nuestra contra. Nosotros somos los que estamos dispersos y diseminados. Estamos contraviniendo las más elementales reglas de la estrategia militar, malversando nuestros escasos recursos para tratar de defenderlo todo. No podemos competir de igual a igual con la Armada Estelar. Fragmentando nuestras fuerzas sólo estamos consiguiendo una serie sin fin de derrotas.

- ¿ Y qué propone. Comandante? Quien habló fue un oficial consejero del Canciller General Litis.

- Desde un punto de vista militar propongo el reagrupamiento de nuestras fuerzas conformando una poderosa flota de batalla que sea capaz de enfrentarse a cualquier unidad de la Heptalogía. Propongo adoptar una estrategia de guerra de guerrillas, atacando cuándo y dónde se pueda. Golpes rápidos y con escaso riesgo.

Frederick Litis sorprendió a todos los presentes golpeando con fuerza la mesa.

- ¡ Reagruparnos ¡. Reagruparnos significa, querido General Kaas, abandonar a su suerte a nuestro territorio. Desmontar nuestras guarniciones planetarias. Favorecer que la Armada reocupe los Planetas que tanto trabajo nos costó arrebatarles y que hemos jurado defender. Dejar a merced de Los Siete a todos los pobladores de esos planetas

- No creo que noten mucho la diferencia

Litis enrojeció de ira. Conocidas eran las disensiones de algunos oficiales de la Federación respecto al estilo de gobierno sobre los Colonos. En opinión de muchos de ellos, nada o casi nada había cambiado desde que arrebataron esos planetas del control de la Heptalogía. El Alto Mando por su parte siempre aducía lo mismo: primero victoria militar; después reforma política. Mientras tanto a los no conocedores que constituían la población del territorio de la Federación, parecían haber asumido que sólo habían cambiado de amo, pero no de situación.

Dichas disensiones eran bien conocidas. Cosa bien distinta era expresarlas en voz alta en una reunión de altos mandos.

- Te estás jugando un Consejo de Guerra, Kaas

Kaas, que se tenía por buen oficial, inmediatamente recompuso su discurso. No era el momento para provocar divisiones innecesarias en el seno de la Federación.

- Disculpe mi General y Canciller, me he dejado llevar por la pasión.

- Bien Kaas, disculpas aceptadas. Secretario, que no conste en el acta el comentario del General Kaas. En otro orden de cosas, pasemos a repasar el estado de cosas. ¿Dheersen?

El Teniente Coronel Dheersen, Jefe de Planificación Estratégica, puso en funcionamiento un holograma y pasó a explicar la situación de las fuerzas de combate de la Federación. En rojo aparecían los sistemas perdidos a manos de la Heptalogía. En amarillo los sistemas en disputa. En Verde los sistemas todavía firmemente controlados por la Federación.

Tan sólo una tercera parte de los sistemas pertenecía a esta última categoría.

Tras la exposición del Teniente Coronel Litis volvió a tomar la palabra.

- Es evidente que la situación no es fácil. Pero debemos resistir. Este movimiento fue fundado bajo la premisa de convertirse en un estado galáctico y abandonar las

prácticas odiosas de la Jerarquía Unificada. Si abandonamos nuestro territorio nos convertiremos en poco menos que corsarios o terroristas errantes.

Para todos los presentes fue evidente la velada referencia a la Hermandad de las Doce

Puntas.

Desde el fondo de la estancia una voz grave interrumpió la alocución de Hermann Litis.

- Lamento decirte Frederick, que esa estrategia sólo nos lleva a una inevitable e inexorable derrota.

El General Linker, a la sazón el más veterano de los oficiales de alto rango de la Federación Revolucionaria, toda una referencia de prestigio para muchos de los integrantes del movimiento, puso todo el peso de su ascendiente encima de la mesa.

El casi anciano General era el único que podía poner en tela de juicio la autoridad casi omnímoda de Litis. Sólo su mala salud le retraía en las cuestiones de mando.

Litis, sabedor de la fuerza condujo con mucha cautela.

que podía ejercer el alto oficial que ahora hablaba, se

- Estimado General Linker. Continúe.

- Gracias Frederick- Ninguno de los presentes dejó de advertir como el General se dirigía al Canciller por su nombre de pila- Como decía estamos incumpliendo un sencillo principio estratégico. Si tratamos de defenderlo todo, terminaremos no defendiendo nada. Ya no estamos en la Armada Estelar, con su fondo inacabable de recursos y suministros. Tenemos un limitado número de naves y hombres y debemos asignarlos a lo más prioritario. En el actual estado de cosas lo más prioritario, casi lo único, es la supervivencia de nuestro movimiento. Debemos, además, tratar de averiguar el motivo por el que la Armada Estelar parece conocer todos nuestros movimientos. En otro orden de cosas, aunque estamos en inferioridad numérica, tenemos la que probablemente sea la segunda flota de combate más potente de toda la galaxia, integrada por oficiales y pilotos de élite, acostumbrados al combate. Propongo que nos reagrupemos, tomemos aire, y esperemos acontecimientos. Puede que la situación general de la Galaxia cambien en las próximas semanas y nuestra Flota pueda ser una baza importante a jugar en el tablero estratégico. Si la destruimos ahora tratando de defender unas decenas de planetas, seremos eliminados definitivamente.

- ¿El Tablero? ¿La situación general? Litis pareció sonreír aviesamente. Había puesto una trampa al veterano oficial.

- Sí. La Hermandad de las Doce Puntas. Los Pueblos Libres. Todos conocemos los informes de Inteligencia y sabemos que podemos estar en la antesala de una conflagración a escala galáctica. En ese caso

- En caso, querido General Linker, ¿Estás proponiendo que nos aliemos a los terroristas de la Hermandad? ¿ O bien a los enzaams, enemigos de nuestra raza?.

- Sólo estoy proponiendo que, ante una situación desesperada, hagamos causa común con los enemigos de nuestro enemigo.

Litis pudo observar como la última frase del anciano General causó una desaprobación mayoritaria en los oficiales. No unánime pero si mayoritaria. Con eso bastaba.

- No, mi General. No haremos tal cosa. No nos aliaremos con los traidores de Drescher ni con esos enzaams y alienígenas que en cuanto puedan volverán las armas contra nosotros. Hemos de seguir nuestro camino y no es otro que el de resistir los embates del enemigo. Tenemos razones para pensar que esta campaña que ahora han iniciado es temporal y que en pocos meses las cosas volverán a estar controladas. Resistamos mientras tanto.

Sus hombres recibieron las últimas palabras con satisfacción. Así era la condición humana. El enfermo a veces sólo necesitaba un placebo para creerse sanado. Que la información suministrada a modo de píldora fuera incierta carecía de relevancia.

El General Linker pareció entender lo mismo. Con un gesto de infinito cansancio se dirigió al General Litis.

- Tú ganas Frederick. Que se haga tu voluntad.

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Al acabar la reunión de altos oficiales de la Federación Revolucionaria abordado discretamente por el anciano General Linker.

Kaas fue

- Mi General, ¿que desea?.

- Kaas, sé lo de tu contacto. Y me gustaría que compartieras conmigo toda la información que poseas.

Kaas dudó un instante. Ignoraba cómo podría haberse enterado el viejo zorro de la operación clandestina de su subordinado ( ver capítulo anterior). Casi por impulso decidió confiar en el venerable oficial.

- Aun no hay nada Señor. Cuando lo haya le comunicaré el resultado de las pesquisas.

- Hazlo. Entre tanto compórtate como es debido y sé el más fiel oficial de Litis y su camarilla. Y no te preocupes por nada.

Linker agarró fuertemente del brazo al Comandante de La Caballería de Kaas , susurrándole al oído.

- Todo está dispuesto.

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Visto desde la perspectiva de una nave estelar “El Muro” podría parecer un gigantesco puzzle de metal y transpariacero.

Plataformas, Estaciones espaciales de formas abigarradas, muelles de enganche, soportes vitales, restos de naves ensambladas a estructuras de procedencia ignota. Una suerte de caótico basurero espacial dispuesto a modo de planeta artificial flotando en la negrura del espacio.

Alrededor de él un número increíblemente elevado de navíos de toda clase y procedencia. Antiguallas procedentes de los desguaces de la Heptalogía. Naves estilizadas como agujas, de manufactura presumiblemente alienígena. Cazas, cargueros e incluso algún navío llamativamente moderno y sospechosamente parecido a algunos de los que pertenecían a la Armada Estelar de la Heptalogía, pero sin la estrella de ocho puntas que hacía inconfundibles a los navíos pertenecientes a la marina de Los Siete.

Como el Carguero Armado serie Defiance que acababa de llegar al espacio de El Muro.

De inmediato y desde un número sorprendentemente elevado de estaciones de control semi-clandestinas y desde un punto de vista tecnológico- semi-artesanales, un número parejo de sensores se dirigieron prestos a analizar las características del Carguero que acababa de hacer acto de presencia.

La Flecha de Belg, ahora llamada El León Rojo, había accedido al espacio circundante a “El Muro” y había solicitado comunicación con lo que parecía la estructura de mando de aquel caos.

- León Rojo, solicita se le indique muelle de aterrizaje.

Una voz desganada sonó al otro lado del intercomunicador.

- León Rojo, hace mucho tiempo que nadie solicitaba un muelle de aterrizaje con tantos formalismos. ¿Dispone de Patente de Embarque?

- ¿ Patente de embarque?.

- Lo imaginaba- la voz sonó displicente-. Los muelles de aterrizaje de “El Muro” son propiedad del Consejo de El Muro. Si lo prefiere puede usar cualquier de los ganchos mecánicos de las otras estaciones o plataformas. Sin embargo los vientos solares de la zona son digamos- bastante agresivos y no se lo recomiendo a menos que esté usted en disposición de asumir importantes desperfectos en su nave…

Litis miró de reojo a Woldman que asintió en silencio.

- De acuerdo. Patente de embarque. ¿Qué demonios debemos hacer para obtenerla?

- Sencillo. Pagar. La Tarifa de entrada es: 50.000 créditos de la Heptalogía o, 150.000 de la Federación Revolucionaria. Si lo prefiere puede pagar en Shekels de Los Pueblos Libres, en cuyo caso el importe ascenderá a 100.000. Transferencia electrónica al número que le estoy enviando ahora mismo. ¿ De acuerdo ?.

Tras unos segundos de meditación Litis ordenó el pago de la transferencia.

En créditos de la Heptalogía.

- Correcto, acabo de recibirla. Bienvenido León Rojo, se le asigna el Muelle nº 112. Puede aterrizar. Aguarde un segundo.

Litis no pudo evitar sentir cierto nerviosismo. ¿Habría fallado el sistema de ocultación de identidad instalado en el Punto de Inserción por los técnicos de la Hermandad?

- León Rojo, hay una pequeña modificación. Le comunico que Su Excelencia la Primera Consejera le recibirá en persona. Puede usted aterrizar en el Muelle de Protocolo, nº 22.

- De acuerdo, gracias, un honor.

Litis ignoraba quien era aquel era aquella Consejera y si aquello constituía un honor o un peligro en ciernes. Pero tenía claro que aquellos eran tipos duros y habría que adaptarse a los acontecimientos.

un

destartalado pero amplio muelle de aterrizaje. Otra nave, un Carguero Serie Felton,

aparentemente muy modificado, se posaba en el mismo muelle.

Tras

las

oportunas

maniobras

de

aterrizaje

la

Flecha

de

Belg

se

posó

en

Un Carguero serie Felton. Una nave fabricada en los Astilleros de Lexis. No era difícil imaginar que aquella nave había pertenecido a la Armada Estelar de Los Siete. Muy interesante.

Una voz procedente del centro de control le advirtió:

- León Rojo, su Excelencia la Consejera le espera en la sala de recepción situada en el extremo sur del hangar.

- Excelente.

Litis cortó la comunicación y se dirigió a su subordinado Alfred Bherg.

- Alfred, ten bien abiertos los ojos y los oídos. A la mínima salid de aquí. Protocolo de huida.

- Sí señor.

Litis bajó de la rampa de desembarque de la Flecha de Belg. En solitario. Había decidido que fuera lo que fuera lo que iba a encontrarse tras la puerta de la sala de recepción, iba a enfrentarlo sin ninguna ayuda.

Al llegar a la puerta de doble hoja situada en el extremo sur del hangar ésta siseó con un leve zumbido y se abrió de par en par.

Allí, al fondo de la habitación, la figura de una mujer enfundada en un mono de pilotaje. Cabellos gris plata. Ojos color miel. Una figura bien formada se adivinaba bajo el grueso tejido del mono de pilotaje. Mediana edad, superando generosamente la cuarentena.

Su corazón saltó como no había saltado desde hacía más de una década.

Una voz familiar, eternamente preñada por un leve tono de sarcasmo y sensualidad, le llenó los oídos.

- Te queda bien la barba, Darius.

Naike Van Der Veen, la mujer que, como ninguna otra, había marcado la vida de Darius Litis, le dedicaba una sonrisa en la Sala de Recepción del Muelle de Protocolo de El Muro.

La sonrisa amplísima, en su mente.

taimada pero dulce,

que Darius llevaba una década dibujando