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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS


SILVER RAVENWOLF

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Colaboración de ebiblioteca y LibrosLibrosLibros

ARGUMENTO:

Siren McKay dejó Nueva York y, huyendo de los demonios de su pasado, regresó a su pueblo
natal, Cold Springs, en el estado de Pensilvania. Poco después de abrir Siren una consulta de
hipnoterapia, el pueblo, perdido en una zona rural, hierve de rumores sobre su condición de bruja.
Algunos, incluso, la acusan de ser la responsable de los incendios misteriosos que azotan la comarca. Y
alguien quiere su muerte.

Pero el pueblo de Cold Springs también oculta un pasado oscuro y cruel. Fue hace más de
doscientos años cuando, habiéndose reunido un círculo de brujas en la noche de Halloween, un
crimen atroz, fruto del odio, interrumpió el pacífico acto del culto. Ahora, los descendientes de los
responsables del horror de aquella noche negra se ven obligados a pagar los pecados del pasado.
¿Quién sobrevivirá... y quién morirá?

Muerte en el barranco de las brujas es una narración épica de odios entre hermanos, de
secretos de familia y de siniestros planes ocultos, encuadrada en el género del más profundo realismo
mágico. Obra de una de las brujas más célebres de América, nos desvela numerosas y auténticas
técnicas mágicas y ricas tradiciones folclóricas de los Apalaches, todo ello unido a un suspense
espeluznante que forja un relato estremecedor de traiciones y asesinatos.

SILVER RAVENWOLF (nacida en Pensilvania) es Cabeza de Clan de la Familia de la Selva Negra,


a la que pertenecen quince "covens" (grupos de brujería) de once estados del país. Realiza con frecuencia
seminarios y conferencias sobre las religiones y las prácticas mágicas a lo largo de los EE.UU. Ha sido
entrevistada en importantes medios de comunicación como el New York Times y el US News & World Report.
Es autora de quince libros.

SILVER RAVENWOLF

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

MUERTE EN EL
BARRANCO DE LAS BRUJAS
LA TABLA DE ESMERALDA

Título del original:


MURDER AT WITCHES 'BLUFF

De la traducción:
ALEJANDRO PAREJA RODRÍGUEZ

2000. Silver RavenWolf


2000. De esta edición, Editorial EDAF, S. A. por acuerdo con Llewellyn Publications, St. Paul, MN
55164 (USA)

Editorial EDAF, S.A. Jorge Juan, 30. 28001 Madrid.


Dirección en Internet: http://www.edaf.net
Correo electrónico: edaf@edaf.net

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Junio 2001

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

INDICE

uno
dos
tres
cuatro
cinco
seis
siete
ocho
nueve
diez
once
doce
trece
catorce
quince
dieciseis
diecisiete
dieciocho
diecinueve
veinte
veintiuno
veintidos
veintitres
veinticuatro
veinticinco
veintiseis
veintisiete
veintiocho
veintinueve
treinta
treinta y uno
treinta y dos

fin
nota
la autora

1
____________________________

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

29 de septiembre

TANNER THORN estrechó en sus brazos al niño que sollozaba y se volvió hacia el incendio, pero
cayó en una postura defensiva cuando se abalanzó ante él un monstruo negro y humeante. Tanner
retrocedió, giró sobre sí mismo. ¿Qué demonios era aquello? El monstruo aulló, extendió la pata con fuerza
mortífera, golpeó en el hombro a Tanner. El niño chilló y hundió después la cara en el pecho de Tanner
mientras este perdía el equilibrio, caía de rodillas y rodaba por el suelo, aferrándose al chico con mano de
acero mientras la madera astillada le raspaba las manos.
A Tanner le palpitaba el corazón con fuerza, le sangraban los nudillos, y no pensaba más que en la
puerta del granero y en cómo iba a arreglárselas para salir al aire libre de la noche de finales de septiembre
que estaba más allá de esa puerta. El monstruo bailaba, clavando las patas en el suelo a pocos palmos de
la cabeza de Tanner. Algo duro y afilado le golpeó dolorosamente en las costillas. Se retorció, envolviendo
al niño con su cuerpo. El monstruo giró hacia la derecha, perimitiendo a Tanner arrastrar al chico hasta
dejarlo tras una taquilla de metal destartalada. Cayó del altillo una lluvia de chispas y de bolas de fuego en
miniatura. Las pacas de heno que estaban a la derecha empezaron a arder inmediatamente, arrojando al
aire fragmentos de heno al rojo vivo. El niño gritaba, dando palmadas con las manos desnudas a las llamas
que flotaban por el aire. Tanner levantó los Ojos al cielo, cogió al niño por el cuello de la camisa y lo aparto
de un tirón de los pies pesados y resonantes del monstruo que se encabritaba ante ellos, golpeando
sonoramente con las pezuflas la taquilla de metal. No era un monstruo. Era un caballo. Un caballo inmenso,
grande y negro que piafaba, que relinchaba, con la crin en llamas, cerrándoles el camino que conducía a la
libertad. Las vigas crujían, se rompían y dejaban caer peadas cadenas del altillo incendiado al suelo lleno
de humo del granero.
El niño tosió, asiéndose a la camisa vaquera de Tanner con sus uñas sucias y rotas, con los ojos
inundados de lágrimas por el humo.
-¿Quién eres?
-Soy el jefe de bomberos, chico.
-No me lo creo -dijo el niño, tragando saliva-. Los jefes de bomberos no llevan el pelo largo. Llevan
abrigos negros con tiras luminosas amarillas y cascos grandes. Tú no tienes nada de eso.
Retrocedió, volviendo alternativamente la carita asustada hacia Tanner y hacia el caballo, buscando
con los ojos la manera de huir de los dos.
-No vayas a marcharte corriendo de mi lado -le advirtió Tanner, percibiendo el instinto de huida del
niño.
El chico volvió a toser, y dijo después con voz llorosa:
-Me tienen prohibido hablar con desconocidos.
La adrenafina corrió por las venas de Tanner, y este sintió que la fuerza le palpitaba en las manos.
Sabía lo que quería decir aquello, pero hacía mucho tiempo, muchísimo, que no había tenido aquella
sensación. Intentó no hacer caso de ella.
-El desconocido es este fuego, chico. Yo no -murmuró, intentando rodear muy despacio al caballo
enloquecido, arrastrando al mismo tiempo al niño.
-Por ahí no -dijo el niño, revolviéndose para soltarse de las manos de Tarmer-. ¡Por aquí! -exclamó,
señalando la pared del fondo... que se combaba, crujía y cedía hacia el interior.
Tanner sacudió la cabeza. Le dolía el pecho y expulsaba el aliento del cuerpo a bocanadas sucias.
Él venía por la carretera Ridge, llenándose los pulmones del aire fresco del otoño, cuando vio las llamas,
entró por el camino de acceso de la granja de los Ferguson, llamó por radio a la central, se bajó del camión
y pasó corriendo por delante de una mujer mayor que gritaba que su hijo estaba atrapado en el granero... y
ahora los dos tenían que hacer frente a Godzilla, el caballo maravilloso, o a una pared en llamas. Difícil
elección.
El nino dejó de debatirse y se aferró al brazo de Tanner.
-¡Mira eso! -susurró, entre un ataque de tos y señalando con un dedo tembloroso la zona que
estaba detrás del caballo encabritado. Tanner no veía nada más que chispas, humo negro y ondeante y
fuego rugiente.
-No... veo... nada.
El humo se estaba poniendo mal, muy mal. Tanner entrecerró los ojos, pero entre las lágrimas no
pudo ver más que una mezcla confusa del brillo de las llamas y de las tinieblas del humo que tenía en los
ojos. Se le contraían los pulmones y tenía la garganta como si un coche de carreras de aceleración de
Daytona Beach se acabara de dejar en ella veinte metros de goma.
-¡Detrás del caballo! ¿No ves a la señora de fuego?
Tanner negó con la cabeza. ¡Mierda! Estaba en un aprieto horroroso. El estruendo del fuego, los
relinchos del caballo, la respiración trabajosa del niño... Sabía que no debía haberse precipitado allí dentro

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sin equipo, pero el chico... había dejado de toser. Tanner bajó la vista hacia la forma inmóvil que estaba a
su lado. El caballo se encabritó, giró y se perdió entre el humo, dejando a Tanner solo con el niño
inconsciente. ¡Dios, le dolía respirar!
Tanner se quitó la chaqueta y envolvió en ella al niño, tomando en brazos el pequeño bulto.
Agachado, inspeccionó la escena. Correr. ¿Hacia dónde? Nada.Ya no veía nada. El calor le abrasaba la
carne. Correr. ¿Dónde? Cerró los ojos con fuerza para hacer salir las lágrimas y el humo.Y se acordó de
Nana Loretta. Se acordó de su boquita tan formal, de que jamás llevaba un solo pelo fuera de su sitio.
Intentó concentrarse, tal como le había enseñado ella de niño. ¿Y si no volvía a verla nunca? "Ayúdame,
por favor", susurró. Las palabras le llegaron despacio, de entre el humo, de entre las llamas: ¿estaba mal
de la cabeza? Puede que fuera por el miedo. 0 por la necesidad de ayudar al níño. No le importaba a qué
se debía. Sus pensamientos se cristalizaron.
Se levantó despacio, apretando al niño contra su pecho con el brazo izquierdo, extendiendo la
mano derecha con gesto dominante.
-¡Bienvenido, demonio ardiente! -gritó con voz quebrada, vacilante, con palabras que le salían
trabajosamente por los labios secos y resquebrajados-. ¡No llegues más allá de donde has llegado!
Dio un paso hacia delante, tambaleándose, casi dejando caer al nífio. El rumor de las llamas
pareció cobrar vida, como si hiciera una pausa, como si escuchara. Sonó algo con estrépito a su derecha.
Él se apartó y dio un paso hacia la izquierda.
-¡Te tendré en cuenta esto como un, acto de arrepentimiento!
El fuego rugió y el humo se encrespó. Las llamas vacilaron y retrocedieron unos centímetros. Tenía
que hacerlo. Era necesario. Dio otro paso hacia delante, aplicando su voluntad a elegir la dirección correcta.
Sintió que aquella fuerza familiar le saltaba a la mano extendida. ¡Allí estaba! Se abría el camino de la
libertad.
-¡En nombre de la Doncella, de la Madre y de la Anciana, yo te lo mando, oh fuego! ¡Por el poder de
la Señora, que vela por todo y que lo hace todo!
Le falló la voz, y ya no le salía de la boca ennegrecida por el humo más que una serie de graznidos.
El hedor se le agitaba en la boca como un enjambre de abejas. Le picaba. Zumbaba. Lo ahogaba. Se
atragantó, y comprendió que no debía haber abierto la condenada boca. Toda su formación, sus años de
experiencia, no valían nada, y solo se le ocurrían unas tontas palabras mágicas que le había enseñado, una
anciana. "Utilízalas cuando llegue el momento oportuno", le había dicho. Él se había reído de ella entonces.
Ahora ya no le hacía gracia aquello.
Se abrió ante él un estrecho camino como si el fuego fuera un ser vivo que se apartara un paso o
dos a regañadientes para dejarlo pasar. Él vaciló hasta casi desfallecer, pero siguió adelante, Se sintió
como si estuviera bailando una danza macabra con una hembra infernal, capaz de matarlo de amor con su
abrazo caluroso, Mientras sus doncellas de humo violaban su cuerpo, entrensu música, que eran los golpes
de las vigas ardientes sobre un suelo de cemento. ¡No podía rendirse! Nana se llevaría una desilusión si
fracasaba.Y ella se enteraría. Sí, no cabía duda de que la vieja loca se enteraría. Él se encargaría, costase
lo que costase, de que, aunque ella no pudiera sentirse orgullosa de él en vida, se imaginase por lo menos
los últimos momentos que había pasado él sobre la tierra siendo lo que ella había querido siempre que
fuera: un buen hombre. El fuego empezó a estrecharlo; su abrazo lo atormentaba agitando cuchillos de
llama. El camino ya casi no existía. Tomó una bocanada de aire que lo ahogó e intentó gritar: "¡Debes cesar
y no aumentar; te tendré en cuenta esto como un acto de arrepentimiento!", pero las palabras le salieron de
los labios confusas e incomprensibles.
Otro paso; el niño no era más que una forma inerte en sus brazos. ¿Muerto? ¿Era posible que el
niño hubiera muerto? Los brazos le temblaron de miedo y de tensión.
-¡Te ordeno que te calmes, gran llama, y que cese tu ira! -dijo roncamente-. ¡Te tendré en cuenta
esto como un acto de arrepentimiento!
Avanzó rmientras sus palabras se perdían entre la cacofonía de ruidos y de furia. Las llamas se
levantaron sobre él como el vuelo de la falda de una bella sureña, formando sobre su cabeza un paraguas
de color rojo de sangre. Era como si él se hubiera convertido en el temido ratón que se había metido bajo
las enaguas de la bella señorita, que bailaba a su alrededor esperando el momento de aplastarlo con un
elegante pisotón de sus pies malvados. Atravesó la puerta del granero; su aliento quebró el aire otoñal.
La falda de fuego se hundió y expulsó a Tanner y al niño al patio polvoriento ante el granero como
si fueran una bola díscola de carne. Unos brazos fuertes le quitaron al niño mientras él conseguía ponerse
de rodillas, con la cabeza gacha, con los anchos hombros hundidos. Los pantalones vaqueros y la carmisa
le echaban humo. Ya le había bajado la adrenalina, y le temblaba hasta el último centímetro de su cuerpo.
Sentía los ojos como unas canicas llenas de polvo que le hubieran metido en la cara. Ya no sentía la
garganta, pero tenía un dolor infernal en los pulmones.Tosió y escupió la saliva que no tenía, después
vomito.Tanner levantó despacio hacia el cielo los ojos, irritados por el humo, contemplando las anchas

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lanzas de luz anaranjada que intentaban abrir agujeros luminosos en el vientre del universo de ébano. Dios,
necesitaba una cerveza.

LA NOCHE del día siguiente, en lo alto de la montaña de la Cabeza de la Vieja, un búho posado en
un abeto próximo ululó una triste oración a la salida de la luna. Tanner respiró hondo, dejando que sus
sentidos conectaran con el mundo nocturno de la naturaleza. Aquel era su sitio favorito, allí, en la montaña,
sobre el Barranco de las Brujas: era un lugar sagrado donde podía sentarse a solas e intentar comprender
aquella vida suya que se descomponía. Los pinos olorosos, la vegetación de olor podrido a sus pies,
producían a Tanner un placer sencillo. Estaba completamente seguro de que en aquellos momentos en su
vida no había ninguna otra cosa que tuviera ni por lo más remoto nada de bueno.
Todavía le dolía el pecho por el humo que había inhalado y tosía, mientras el incendio de la otra
noche en el granero era un recuerdo que se desvanecía rápidamente. ¡Había habido tantos incendios
últimamente! Algunos eran completamente explicables, pero ¿y aquellos tres últimos? De ninguna manera.
Primero fue la Logia de los Alces, después el de la fábrica de zapatos abandonada y ahora el del granero
de los Ferguson. Nadie encontraba nada, ni siquiera los peritos investigadores. Suspiró, acercándose al
borde del Barranco de las Brujas, recorriendo con la mirada el panorama del cielo y la tierra. Empujó con la
bota un guijarro solitario, haciéndolo caer por el precipicio. Escuchó con aire solenme el ruido que producía
al caer y el silencio posterior: la caída era tan grande que ya no le llegaba el sonido a los oídos. Se
preguntaba si alguien lo oiría a él si se tiraba detrás de aquel guijarro.
El pueblo se extendía a sus pies; el lago estaba más allá, rodeado todo ello por los Montes
Apalaches que él había aprendido a amar en los cuarenta y tantos años que llevaba en este planeta. La
profundidad de la noche lo acariciaba. Las luces de las viviendas de los del pueblo parpadeaban y lanzaban
destellos, recordándole a los ojos de su abuela cuando se enfadaba. ¿Por qué pensaba en ella? Porque
seguramente ella estaría con un enfado de mil demonios, ya que él llevaba semanas enteras sin llamarla, ni
mucho menos ir a verla. Al fin y al cabo, aquella era la estación. Y el incendio del día anterior. También
entonces había pensado en ella. No, en lo que había pensado era en su propia muerte y en la única
persona viva a la que todavía le importaba algo él. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de
oro, un regalo que le había hecho un tipo que había sido ilusionista. Se la había dado a Tanner para que le
diera buena suerte. Tanner hizo girar la moneda entre sus dedos.Ya no sentía que tuviera tanta suerte;
aunque sacudió la cabeza al pensar que, el día anterior, la fortuna había bailado a su lado, desde luego.
Volvió a guardarse la moneda en el bolsillo.
Desde su punto de observación discernía incluso las calles del pueblo, en forma de herradura, a la
luz de sus farolas eléctricas.Visto desde lo alto, el díseño parecía una constelación exótica. Le hacía
preguntarse a uno qué era cielo y qué era tierra. Aquí y allá había luces parpadeantes, anaranjadas y
amarillas, que punteaban las casas decoradas para el Halloween (ya llegaba, en efecto), y casi daban un
aspecto propio de la Navidad; pero, en vez de las decoraciones familiares de esta fiesta, el pueblo brillaba
con una luz anaranjada extraña. Le encantaba aquella vista. La conocía desde el tiempo en que no era más
alto que la bomba de agua que había delante de la granja de su abuela. Ya estaba pensando otra vez en su
abuela. Ella debía de estar enviándole unas vibraciones fuertes. Él optó por no hacerles caso.
Tanner se sentó en los farallones de granito y encendió un cigarrillo, tosió y sintió unas ganas
inmensas de tomarse una cerveza. Se le hundieron los hombros y se frotó distraídamente la antigua cicatriz
que le iba de la sien a la mejilla. A Ia luz de las primeras investigaciones, el incendio de la granja de los
Ferguson parecía ser como los otros dos incendios misteriosos: ningún producto incendiario, ningún rayo,
ninguna avería eléctrica, ni escapes de gas, ni quinqués de queroseno rotos, ni nada. Espontáneo. Había
sucedido, sencillamente, lo cual era absolutamente imposible. Los fuegos no aparecían porque sí. Sacudió
la cabeza y dio otra calada al cigarrillo, observando las volutas de humo que le salían de la boca y se
alejaban airosamente hasta perderse en el espacio oscuro.
Si no resolvía pronto el misterio de aquellos incendios, se quedaría sin empleo. Algunos del
ayuntamiento empezaban ya a quejarse a gritos de su incompetencia. La Policía Regional del condado de
Webster no tenía una unidad especializada en la lucha contra los incendiarios. Había que reconocer que un
pueblo de menos de 2.000 habitantes no necesitaba una unidad de esas características. La triste realidad
era que más de un ochenta por ciento de los departamentos de policía de la nación tenían una plantilla
inferior a veinte personas. Cierto, la Policía Regional de Webster era un poco mayor, pero no mucho mayor,
y tampoco se podía poner a los bomberos ni a los agentes de policía a patrullar todos los graneros y todos
los edificios aislados en treinta kilómetros a la redonda. Sus bomberos eran voluntarios, caramba, no eran
unos ciber-policías-bomberos. Tenían sus vidas particulares fuera del parque de bomberos. No era culpa de
él que la gente cometiera torpezas tales como iniciar una quema de rastrojos controlada en un campo

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reseco tras una sequía veraniega, o tirar un bote entero de gasolina para encendedores a la barbacoa del
patio de su casa. Estas cosas se podían explicar, sí. Pero ¿y las tres últimas?
Él sabía que si un incendiario hacía su oficio casi a la perfección, ni siquiera el mejor investigador
era capaz de detectarlo, a no ser que tuviera un golpe de suerte. ¿Tenía que enfrentarse el condado de
Webster a un profesional? Esperaba que no.
La opinión pública era negativa. La gente decía cosas. En la sala donde él cantaba los números del
bingo benéfico para los viejos todos los sábados por la noche, el ambiente estaba cargado de los rumores
que hablaban de una absurda maldición antigua. Soltó un bufido e hizo girar el cigarrillo entre sus dedos,
viendo bailar la punta anaranjada entre la oscuridad. Aquella gente no tenía la menor idea de lo que era una
maldición. Todo aquello no era más que miedo y superstición, sumada a unas imaginaciones demasiado
activas, fomentadas por los efectos especiales cada vez más sofisticados que se podían ver en el cine del
centro.
Se frotó la frente. Aquello era una tontería. ¿Ah, sí? Y si era una cosa tan inverosímil, ¿cómo se
explicaba lo del niño? ¿Qué había visto, en realidad, aquel chico? Puede que tuviera alterados los sentidos.
El miedo producía efectos extraños sobre el cerebro. Tanner no había visto nada, ¿verdad? Pues no, no
había visto nada. Solo cosas normales como el fuego, al niño y un caballo enloquecido. Todas cosas
corpóreas. Se frotó la frente. Pero sí que había sentido algo. ¡En efecto! Se permitió a sí rmismo pensarlo.
Algo extraño. Sacudió la cabeza como intentando quitarse de la mente aquellas imaginaciones. No había
ningún ser humano lógico capaz de aceptar una fantasía como aquella. ¡La señora de fuego! Escupió al
barranco como para asegurarse a sí mismo que seguía siendo un hombre que vivía en el mundo real. Dejó
vagar su mente mientras una leve brisa movía las ramas de los pinos a su espalda, llenando el aire de un
leve susurro.
La señora del fuego. Era uno de los motivos por los que había evitado últimamente a Nana Loretta.
Con todas sus ideas raras. Aquella mujer vivía y respiraba supersticiones y ocultismo. Todo el pueblo la
tomaba por loca, pero jamás se lo decían a la cara. Se rio brevemente. La temían. Era seguro que ella le
podría dar alguna explicación extraña de los incendios. Pues bien, a éI no le interesaba oírla. El fuego era
fuego. Quemaba. Destruía. No vivía: no era más que una fuerza de la naturaleza. Lo que había vivido él el
día anterior no había sido más que fruto de su miedo. Una creación magnífica de su imaginación. Sabía que
ella intentaría contarle otra cosa y, sencillamente, no quería discutirlo con ella. Suspiró al comprender que
era porque ella podría convencerlo de lo contrario, y entonces él tendría que volver a vivir todos aquellos
recuerdos dolorosos y a creer en la magia. Sacudió la cabeza. Aquello no valía la pena.
-¡Eh! ¡Tanner!
Oyó el ruido de las botas imnensas de Jimmy Dean que aplastaban los restos de vegetación seca
del otoño.Tanner hizo un gesto de disgusto, esperando que Jimmy, de alguna manera, no advirtiera su
presencia al borde del precipicio. Estuvo a punto de tirar el cigarrillo sobre las rocas, para que cayera al
valle que estaba a sus pies antes de que apareciera Jimmy de entre los árboles, pero luego se lo pensó
mejor. Después de haber tenido que luchar contra tantos incendios en las últimas semanas, no tendría
perdón de Dios si él mismo provocaba uno. Apagó el cigarrillo contra una roca.
-¡He dicho "eh",jefe!
Mierda.
-Jimmy -dijo Tanner, levantando la vista hacia la cara de Jimmy Dean, su metro noventa y sus más
de ciento cuarenta kilos de peso iluminados por un farol de gas que le colgaba de la mano gigantesca.
-Ya me pareció que me lo encontraría aquí -dijo Jimmy, dejando al descubierto los dientes más
grandes que Tanner había visto en su vida, estaba seguro de ello. Aquellos dientes no dejaban de
maravillarlo. Jimmy se agachó y arrojó hacia Tanner un paquete de seis cervezas. Tanner cogió en el aire
las latas bamboleantes antes de que cayeran por el precipicio.
-Pensé que podría hacerle falta una cerveza, jefe -anunció Jimmy, rmientras apoyaba el farol en
una superficie plana.
Tanner sonrió apagadamente.
-Esta noche no -dijo, devolviendo el paquete de cervezas. Jimmy extrajo una lata y tiró de la anilla.
-¿De modo que es verdad?
Tanner sintió que se le enarcaban las cejas.
-Lo que es verdad para uno puede ser una falacia para otro. ¿De qué me hablas?
Jimmy echó hacia atrás la cabeza, se rio y, acto seguido, se tragó la mitad de la lata y se secó la
boca en la manga de su camisa de franela.
-De que ha dejado de beber.
Tanner tragó saliva con fuerza. ¿Es que en aquel pueblo no se respetaba nada?
-Puede -respondió.
Jimmy asintió moviendo la cabezota. El pelo negro y crespo se agitaba alrededor de su cara como
un sombrero de ala ancha.

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-Bueno, sí, seguramente hace bien, en vista de lo que acabo de hablar con Platt y con Billy Stouffer.
Dennis asegura que hay una orden de detención contra usted. 0 eso dice él. Conociendo a Dennis, puede
que no sean más que cuentos. Se pasaron por el parque de bomberos. Por eso he subido yo aquí. Para
decírselo a usted.
Eructó y abrió otra lata.
-Eso sí que está bueno -dijo, riéndose-. Un jefe de bomberos al que quitan el carné de conducir por
conducir bebido. Billy dijo que no lo detendría, pero Dennis le tiene ganas. Billy dijo que como favor
personal y tal, y teniendo en cuenta que usted acaba de salvar a ese chico, pero Dennis no estaba de
acuerdo con él. Cuando venía para aquí, hablé también con el veterinario y me dijo que también se va a
salvar el caballo. Los Ferguson están muy contentos, ya que tenían aquel caballo en pupilaje, es de
carreras y vale mucho dinero. Lo ha hecho muy bien jefe. Se habló de que el alcalde le diera una medalla,
pero no creo que se la den, teniendo en cuenta que no es costumbre dar medallas a los borrachos del
pueblo.
-Dennis Platt es un imbécil narcisista, y Billy…
Jimmy miró a Tanner frunciendo la frente.
-Sí. Eso es. Allí hay mucha historia, ¿eh, jefe?
-Pero todavía voy a matar a Stouffer. Algún día. De momento, no voy a perder el tiempo con ello.
En todo caso, lo de esa orden de detención... Es falso. Es uno de los jueguecitos enfermizos de Dennis.
-Debería presentarse usted a aclararlo.
-Sí, eso es. Iré a decirle a su papá que su hijo está falsificando los registros porque yo le partí la
boca al muy creído y arrogante en un bar con espectáculo erótico de Whiskey Springs. Todo es mentira. No
hay ninguna orden de detención. Usaré la moto de todo terreno durante una temporada, hasta que a Dennis
se le aclaren las ideas.
-O hasta que le paren los pies.
-Esperemos. ¿Está todo en calma allí abajo? -preguntó Tanner, señalando con un giro desmayado
de la mano el pueblo que tenían a sus pies.
-No hay ningún incendio, si es eso lo que pregunta -dijo Jimmy- Pero se habla mucho. Se habla
mucho.
Apuró la segunda cerveza y pasó a la tercera.
-¿De algo importante?
Jimmy encogió los anchos hombros rruientras la luz del farol destacaba sus duros rasgos. Tanner
pensaba siempre que era de agradecer que Jimmy tuviera las borracheras alegres.
-Vuelven a darle a la lengua con lo de una maldición.
-La vida es una condenada maldición -dijo Tanner con desprecio.
Jimmy asintió. La tercera cerveza le cayó rápidamente por la garganta. Ladeó la cabeza.
-¿Hay algo de verdad en eso?
-¿En qué?
-Ya sabe, jefe, en lo de la maldición. Eso estaría bien. Lo que quiero decir es que usted está muy
enterado en cuestión de maldiciones, ¿no? Desde luego, Nana Loretta lo sabe todo de ellas -dijo, con una
expresión en la que se mezclaba la curiosidad con un leve rastro de miedo.
-Bébete tu la cerveza, Jimmy -dijo Tanner, dando al hombretón un golpecito en la barbilla, como a
un niño. Sacudió la cabeza y se apartó. Debía haberse imaginado que aquellas charlas sin sentido
acabarían entroncando con la historia de su familia. Siempre pasaba.Ya en los ochenta, cuando aquel
vejestorio que vivía junto al lago se había vuelto loco y había matado a todos los animales de su granja,
hasta el mismo periódico local había dado a entender que las brujas de la Cabeza de la Vieja se habían
levantado de nuevo, apuntando directamente, claro está, a la familia de Tanner y a algunos otros colonos
antiguos de la zona. No contaba para nada el hecho de que aquel hombre se hubiera pasado más años de
su vida en un manicornio que en su granja. Después, a principios de los noventa, hubo una inundación, y
también se echó la culpa a las brujas de la Cabeza de la Vieja y a sus descendientes. Hacia el cambio de
siglo, cuando una serie de tornados azotaron el condado, fue lo rmismo de siempre. Las brujas de la
Cabeza de la Vieja. Sintió una tensión en la boca. Dios, qué falta le hacía una cerveza. Se pasó la lengua
por los labios al ver a Jim tirar de la anilla de otra lata. En lugar de la cerveza, encendió un cigarrillo.
-Apuesto a que su Nana está haciendo magia -dijo Jimmy.
-Quiero mucho a esa vieja loca, pero no sería capaz de hacer magia aunque se la pusieran en
bandeja. Son imaginaciones suyas.
Jimmy no parecía convencido.
-Ay, anímese, Tanner. No se haga un nudo en los pantalones. Sí que es rara, pero yo la he visto
hacer cosas francamente extrañas, como aquella vez que hizo aparecer una tormenta sobre la casa de
Ronald Ackerman porque este había atropellado al perro de ella.Yo estaba delante. Lo vi con mis propios
ojos.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Estabas borracho.
-¿Y qué? Los ojos me seguían funcionando.
-Apenas -repuso Tanner, intentando contener una risa burlona.
-¡Oiga! Sí que tengo una noticia de última hora, aparte de la de que el viejo Billy le quiere aplastar
las partes.
Tanner dio otra calada a su cigarrillo.
-Lo sé de buena fuente -se jactó Jimmy,
Tanner torció el gesto. Puede que la buena fuente fuera una camarera de bar, o los chicos del
parque de bomberos o, peor todavía, las fulanas de la trastienda del Ballentine.
-Va a volver -anunció Jimmy.
-¿Quién?
-La señora asesina. La tía que se cargó a su novio en Nueva York el año pasado. Ya sabe, la que
se había criado aquí, pero después se marchó y se volvió tan finolis -añadió, agitando los dedazos en el
aire.
Tanner sintió una contracción dolorosa en el vientre.
-¿No te referirás a la tal McKay?
-Esa es -dijo Jimmy extendiendo el brazo y sacudiendo la lata de cerveza-. ¿No la conocía usted?
-No.
-Pues yo creía que...
-¡No!
Jimmy se encogió de hombros. Se le ilumniaron los ojos y dijo.
-Cuando llegue al pueblo, voy a acercarme a ella y le voy a preguntar si es verdad que mató a aquel
tipo.
La cerveza número cinco salió rápidamente de la lata y cayó por la garganta de Jimmy.
-El asesinato es mal asunto.
-Sí que lo es. ¿Cree usted que lo mató?
Parecía que aquello animaba bastante a Jimmy. Qué día tan triste aquel: ¡tener que ver que una
persona se emocionaba por la posibilidad de que existiera una maldición, y por la oportunidad de hablar
cara a cara con una asesina absuelta! Tanner sabía que Jimmy no tenía mala intención. La vida en un
pueblo pequeño te afectaba a la cabeza, te daba una especie de visión de túnel.
-A mí no me importa gran cosa que lo matara o no -respondió Tanner con prudencia-. En realidad,
Jimmy, seguramente no será buena idea molestarla.
-Sí -asintió Jinimy-. No me gustaría acabar muerto, ni nada por el estilo. ¡Seguro que le costará
trabajo encontrar novio en este pueblo!
Tanner dio una calada fuerte a su cigarrillo para contener una risa.
-Lo más probable es que ese sea el menor de sus problemas -respondió, mientras el humo le salía
de la boca haciendo volutas. El olor a cerveza que brotaba de su compañero le producía picores en la nariz.
-No se me ocurre por qué habrá vuelto aquí -reflexionó Jimmy-. O sea, lo que se pensaría uno es
que se marcharía a alguna parte donde no la conociera nadie. Ya me entiende, para romper con su pasado
y todo eso. Se comenta que en aquella manera de librarse hubo algo la mar de extraño. Iba derecha a la
silla eléctrica, y de repente aparece un tipo como caído del cielo y le salva el trasero. Es demasiado raro,
me parece a mí.
Tanner se revolvió, inquieto. Sí, era raro. Sus pensamientos volvieron a Nana Loretta, pero se quitó
enseguida esa idea de la cabeza. Qué ridículo. Aquella mujer no era Dios: no era más que una anciana que
se sacaba de la manga algunos trucos poco corrientes y que eran más molestos que otra cosa.
Sencillamente, no era posible que ella hubiera estado detrás de aquello. ¿O sí? Le recorrió los hombros un
escalofrío y los movió para quitarse de encima esa sensación.
-¡Oiga!
Tanner dio un respingo.
-¿No fue usted a NuevaYork el mes pasado?
-Sí. Cosas del trabajo -respondió Tantier--. Esa conferencia de la Asociación Nacional de
Bomberos. En realidad, se celebró en Secaucus, en el estado de Nueva Jersey. No en Nueva York.
Jimmy, con sus conocimientos limitados de geografía, no se daría cuenta de que Secaucus estaba
a un tiro de piedra de la ciudad de Nueva York. Lo que más recordaba Tanner de aquello, por su parte, fue
una borrachera de aquel fin de semana.
-Ah, sí. Es verdad. Había pensado que quizá se hubiera pasado usted por el juicio o algo así,
terniendo en cuenta que se trataba de una persona de aquí y todo esto, pero si estaba en otro estado...
-¿Por qué iba yo a pasarme por allí? -le interrumpió Tanner, mientras el corazón le palpitaba un
poco más de la cuenta.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Yo habría ido -dijo Jimmy, encogiéndose de hombros-. Sí. Habría estado bien. Una chica del
pueblo, allí, en el banquillo, defendiéndose de una condena a muerte...
-Ves demasiadas películas.
-Y bebo demasiada cerveza; pero, qué diantres, solo se vive una vez. Echar a correr, y que pase lo
que sea, es lo que yo digo.
-Echar a correr, y que pase lo que sea -repitió Tanner.
Un hilillo de viento arrastró una hoja seca por el suelo del bosque. La hoja pasó rozando la base del
farol y después echó a volar por el borde del precipicio.
Jimmy soltaba la última lata.
-¿Está seguro de que no quiere una cerveza? Solo he traído seis.
A Tanner se le hizo la boca agua.
-No. Bébetela tú.
-¿Se queda aquí arriba esta noche? -preguntó Jimmy-. Podría traerle algo de cerveza, jefe.
Podríamos contar cuentos de fantasmas o algo así.
Tanner sonrió. No es que Jimmy fuera corto ni tonto; simplemente, era un producto de su entorno.
Era de fiar en un incendio, y aquello era lo más importante de todo.
-Quiero pensar a solas -dijo Tanner-. Tengo que tomar unas decisiones.
Jimmy asintió solemnemente con la cabeza.
-Han traído a más peritos.
-Que los traigan. Que investiguen todo lo que quieran, con tal de que me dejen a mí apagar los
incendios.Yo no pienso estorbarles si ellos no me estorban a mí.
-Hablando de pensar, ¿cuánto tiempo piensa quedarse aqui arriba?
-Hasta el próximo incendio, supongo. He montado mi campamento en el sitio de costumbre -dijo,
señalando con la cabeza a la derecha-. Tengo mi busca. Por lo menos, estando aquí puedo vigilar desde el
barranco.
-Bueno; pues entonces creo que yo iré al pueblo por más cerveza para mí. ¿Está seguro de que
estará bien, jefe? -dijo Jimmy, poniéndose de pie despacio y recogiendo el farol. La luz evocó al moverse
sombras extrañas a su alrededor. Dio una palmadita a Tanner en el hombro y se volvió para bajar la ladera
de la montaña silbando alegremente. Cuando llegó a los primeros árboles, terminó cantando el estribillo:
"Los huesos volverán a levantarse".
"Eso es lo que yo me temo", pensó Tanner, metiéndose la mano en el bolsillo y tocando la moneda
de oro.

LA ENCONTRÓ en su jardín de la Luna, como lo llamaba ella: un bonito lugar, con senderos de
grava y flores que brillaban a la luz de la luna, aunque en aquella primera noche de octubre la mayoría de
las flores habían bajado ya definitivamente las cabezas delicadas. Estaba allí, de pie, en el sendero más
interior, mirando la noche.
-Hice lo que me dijo usted –dijo él.
Nana Loretta asintió con la cabeza, ciñéndose más al cuerpo la rebeca delgada.
-¿Está bien? -preguntó.
-No está bebiendo.
-Bueno. Es un buen comienzo. Tú sí que has bebido.
-No puedo cambiar mi forma de ser -dijo Jimmy Dean, encogiéndose de hombros. Ella sacudió la
cabeza.
-Un Averiguador debe mantener siempre el control de sus facultades. Estás haciendo un buen
trabajo, pero quisiera que redujeras al mínimo el consumo de alcohol -dijo ella-. ¿Hay algo más? -añadió,
después de hacer una pausa.
-Está terco.
-Me lo podía haber figurado.
-Se queda ahí arriba -dijo Jimmy Dean, moviendo los pies con desazón-. Hasta el próximo incendio,
por lo menos.
-Que puede ser dentro de una hora, de un día, dudo que más. ¿Le hablaste de la maldición?
-No se lo traga.
-No creí que se lo fuera a tragar. ¿Cómo reaccionó cuando le dijiste que iba a volver Siren McKay?
Se lo dijiste, ¿no?
Jiminy se rascó la cabeza bien poblada; el pelo hirsuto se le agitaba para delante y para atrás.

- 11 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Se lo dije. Parece que no le importa. Los incendios lo han sacado de quicio. Asegura que no la
conoce.
-¿Ah, sí?
-¿Y es verdad? Quiero decir, ¿la conoce?
Ella se encogió de hombros, y extendió después una mano pequena y apretó levemente el
antebrazo de Jimmy.
-Ya sé que no te gusta fisgar, teniendo en cuenta que eres amigo suyo; pero, hazme caso, Jimmy,
hay mucho en juego.
Caminaron despacio por el sendero hacia la casa. Nana se apoyaba suavemente con la mano en el
brazo carnoso de Jimmy,
-Cuidarás de mi chico por mí, ¿verdad, Jimmy?
Jimmy sonrió, haciendo relucir sus grandes dientes.
-Sí, señora Loretta. Siempre estoy al tanto de él. Hemos sido amigos casi toda la vida. No voy a
consentir que le pase nada malo.
Ella esbozó una sonrisa.
-Ya lo sé; pero esta vez es diferente.
Apretó con más fuerza el brazo de Jimmy; le clavó tanto las uñas que le atravesaron la camisa de
franela.
-Lo he consultado todo: su carta astral, el tarot; hasta he hecho un pequeno sortilegio.
-¿Las conchas?
-Sí. Los antepasados dicen que se avecinan problemas. Problemas grandes. ¿Te acuerdas de ella?
-añadió, mirando el cielo tachonado de estrellas.
Él hizo un gesto de negación sacudiendo la gran cabeza.
-No, señora Nana, no me acuerdo de ella.
Estaba loca como una cabra. Lo había estado siempre, lo estaría siempre, pero no tendría nada de
malo llevarle la corriente. Jimmy le dio una palmadita en la mano pequeña y fría.

EL RELOJ en miniatura de la repisa de la chimenea sonó tres veces. Nana, envuelta en una colcha
azul y dorada que había hecho ella misma, seguía reflexionando. En su casa no brillaba ni una sola luz. Ella
prefería con mucho la oscuridad. Nana se consideraba a sí misma una persona muy realista. Algunos la
consideraban fría. Su nieto la veía así, desde luego. Para ella, las realidades eran las realidades, y todos
los problemas humanos tenían su origen en las debilidades humanas. Era causa y efecto. Tenía ochenta
años, puede que más: algunas cosas apenas las recordaba, mientras que otros pensamientos eran tan
claros como un cielo azul de septiembre. Pero lo que para Nana era normal a otros les parecería
exagerado, raro, incluso puras fantasías. A ella le había pasado siempre lo mismo. ¿Cómo explicas a la
gente, cuando te haces mayor, que eres capaz de ver a los muertos de vez en cuando? ¿O que un
pensamiento bien dirigido podía arrojarte beneficios enormes? ¿Que las oraciones daban resultado? ¿Que
a veces obtenías éxitos milagrosos cuando imponías las manos a un enfermo con intención de curarlo?
Que la magia existía de verdad, y que, a veces... había monstruos sueltos en la tierra, aunque lo más
probable es que se tratara de monstruos humanos. Pero algunas veces no tenían nada de humanos. Ella
creía que, al ir progresando la ciencia, las mentes más elevadas del planeta aceptarían lo mismo que ella
sabía que era cierto; pero, de momento, aquellas mentes maravillosas, como todas las demás, se burlaban
de la gente como Nana Loretta. Suspiró, empujándose en el suelo con los pies metidos en zapatillas,
dejando oscilar su cuerpo con el vaivén de la mecedora. A veces parecía injusto. Cuando nació, allí mismo,
estaba fuera de lugar; y al cabo de ochenta y tantos años, las personas como ella todavía no eran bien
recibidas.
Aquellos tres últimos incendios, por ejemplo. Tenían algo que le resultaba enormemente familiar,
pero ella no era capaz de atrapar el recuerdo sin dejarlo escapar. Podía ser que alguien conjurara aquellos
fuegos a propósito, enredando con un elemental del fuego. No es que fuera corriendo de casa en casa,
provocando los incendios con gasolina; lo que haría sería manipular el universo con magia. Al resto del
mundo, aquella idea le parecería insensata y absolutamente imposible, pero Nana sabía que no lo era.
Hubo una época histórica en aquella misma región en que la idea no habría parecido tan rara ni mucho
menos. Como en el caso del hechizo del dragón del agua, por ejemplo. Cada vez que una bruja local lo
utilizaba mal, Nana veía en el aire el dragón del agua, y los campos y las calles se inundaron más de una
vez porque aquella bruja no sabía emplear el elemento del agua como es debido en el hechizo. Cuando
Tanner era pequeño, entraba corriendo en la casa y la hacía salir al porche para enseñarle el dragón que
se cernía sobre la montaña.

- 12 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Nana -le decía-, hay una bruja que está haciendo magia con el corazón roto.
Sí, aquellos tiempos habían sido buenos, desde luego.
Y habían terminado.
Nana se frotó la sien. No había persona más lógica que Nana, y dentro de su proceso de reflexión
era esencial haber agotado todos los demás razonamientos posibles. Ella lo sabía bien. Era muy posible
que un elemental del fuego hubiera quedado descontrolado de alguna manera, por error o
intencionadamente. Quería hablar de ello con Tanner, pero sabía de antemano cuál sería la reacción de
este. En realidad, él la había rehuido últimamente.Tanner estaba convencido de que creer en la magia
había sido su perdición. De que había perdido a sus hijos y a su esposa por cosas invisibles más que por
su propia estupidez en el fondo de una botella. A Nana se le encogió el corazón. Echaba de menos a sus
bisnietos, pero no quería entrometerse. Aquellos niños se habían ido al norte, y seguramente estarían
mejor. Ella era demasiado anciana para ocuparse de criarlos.
Se levantó de su sillón con rigidez, arropándose con la colcha. La verdad era que debía dormir algo,
pero la mente le daba vueltas de un modo que no le permitía caer en un sueño reparador. Y además estaba
lo de Siren McKay. Maldita chica. Si ella hubiera podido criarla como quería, no habría pasado nada de
aquello. Pero, no: la familia no se lo consintió. ¿Cuántas veces habría repasado mentalmente aquella vieja
discusión? Entró en la cocina arrastrando los pies y encendió la lumbre de gas bajo la tetera. Sus hombros
se tensaron al irse calentando a la vez sus pensamientos y el agua. ¿Cómo explicar a la gente normal el
concepto de linaje? ¿O los detalles complicados de la transmisión de poderes? Las reglas, los momentos,
las posibilidades... "Bueno, Nana Loretta -se dijo a sí misma-, es que no se lo explicas, porque no te
creerían, sin más. Si leyeras estas cosas en un libro, te creerías que son pura ficción y podría ser bastante
dificil conseguir simplemente que el lector dejara de lado ese viejo guante mental limitador que es la
incredulidad: ¡eso es lo que hay!" Frustrada, dio con su puño viejo un golpe en la superficie del fogón que
hizo bailar la tetera sobre el fuego.
La gente creía que la magia era cosa de las películas y de los cuentos de hadas con finales de
miedo. Suponían, por ello, que si supieras hacer magia serias como Dios, omnisciente, todopoderoso. Pero
las cosas no funcionaban así. Tenías días buenos y días malos, épocas fructíferas y épocas estériles, como
todas las demás personas del mundo. Vivías y morías. Se estremeció. Aquello era lo que ella temía de
verdad: morirse. No por el acto en sí, sino por todo lo que se echaría a perder. Solo había una persona que
cumpliera los requisitos. Siren McKay. Era el único recipiente femenino que quedaba con la ascendencia
debida. Sí, aquello parecía un poco melodramático, claro, y puede que se estuviera permitiendo algo de
megalomanía; pero también era verdad que tenía más de ochenta años y que tenía derecho a algunos
escarceos en el drama psicológico. Se lo tenía bien ganado, desde luego. ¿Y si se moría? Allí mismo. En
ese imismo momento. ¿Y qué? En todo caso, nadie creía en su poder, no se enterarían de lo que se había
perdido. ¿A quién le importaría?
Juntó las manos con fuerza y se llevó los labios a los dedos entrelazados. Le rodó una lágrima
solitaria por la mejilla arrugada.
A ella sí que le importaba.
El pitido estridente de la tetera cortó sus pensamientos, permitiendo que saliera a la luz otra idea
más mortífera. Aquel miedo que iba creciendo todos los días, como una mala hierba que le hubiera nacido
en el cerebro. ¿Y si la magia no era verdad? ¿Y si, al cabo de tantos años, descubría un día que el poder
que llevaba no existía en realidad? ¿Y si toda aquella gente tenía razón? ¿Que ella no era más que una
anciana loca, una mujer que iba viviendo tranquilamente, de estación en estación, para darse cuenta, en el
momento de su muerte, de que era igual que todos los demás? Común y corriente, ni mejor ni peor,
simplemente humana. Sin nada de magia, nada más que una mujer sencilla que se había pasado ochenta
años engañándose a sí rmisma.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

JOHN SERATO, mitad italiano, mitad colombiano, asesino a sueldo a veces y asesino sin más en
otras ocasiones, observaba a la mujer apellidada McKay desde una distancia discreta. El sol de la tarde
hacía resaltar con luz dorada el pelo largo y negro de esta. Las fotos no le hacían justicia. Cuando ella se
había detenido en la zona de descanso de la carretera de Jersey y Pensilvania, él no había dado crédito a
sus ojos. No había visto en su vida una mujer que tuviera el pelo tan largo. En todas las fotos que había
visto de ella, llevaba una trenza recogida sobre su pequeña cabeza. Hasta desde donde estaba él advertía
que seguramente iba sentada encima del condenado pelo. Ajustó los prismáticos, manipulando el control
del enfoque con sus dedos largos y delgados. Aquel pelo le intrigaba de verdad.
Sabiendo que ella acabaría por llegar allí tarde o temprano, él se adelantó, volando por la carretera
con su Lexus negro y con la mente electrificada por la fantasía de la ejecución venidera. Encontró un lugar
discreto junto a la carretera y se puso a esperar allí. Al cabo de unos minutos apareció ella y se metió por la
carretera particular de una granja destartalada. El coche de ella, viejo y monstruoso, quedó con el motor en
marcha, como resistiéndose a la idea de que aquel sería su hogar, dulce hogar. Vaya bajada de nivel social
para la señorita.
Era tan pequeña que parecía una niña al volante de aquel Pontiac oxidado. Seis horas. Había
tardado seis horas en llegar desde Nueva York a aquel rincón perdido. Había hecho tres paradas, una de
ellas de más de tres cuartos de hora. Él estaba perdiendo la paciencia. Podía acabar con ella allí mismo,
pero aquello no era exactamente lo que quería el que lo había contratado. Se acarició el bigote negro.
Había recibido instrucciones precisas: primero, asustarla.
Encontrar los números
Matarla cuando se lo dijeran.
Pero, antes, tenía que regresar a NuevaYork. Debía poner en marcha un segundo plan para
cubrirse.

UNA SOLA MIRADA por la ventanilla del coche bastó a Siren McKay para darse cuenta de que la
granja destartalada no había cambiado gran cosa desde que ella se había marchado de allí definitivamente
(o así lo había creído ella) hacía casi diez años. A su izquierda borboteaba el arroyo de Cold Springs, cuyas
orillas estaban invadidas por la vegetación y cubiertas de una maraña de hierbas moribundas y de matas
diversas. Una rama desgajada de un árbol besaba las aguas oscuras.
Siren apagó el motor del coche y se enredó los dedos en el llavero accidentado que colgaba de la
llave de encendido. Algunas mujeres tenían brazaletes con dijes; Siren tenía aquel llavero que conservaba
como un tesoro, cargado de llaves y de recuerdos curiosos de vacaciones fabulosas. Miró con tristeza
aquellas baratijas, testigos chillones de una vida muerta, de una vida que debía dejar atrás. Se quedó
sentada en silencio, vagamente consciente del tic, tic, tic, que hacía el motor al enfriarse. El ruido le recordó
a la cuenta atrás antes del lanzarmiento de un cohete. "No es momento de ponerme nerviosa", dijo al
salpicadero del coche. "Ya he derrochado más energía de la normal haciendo eso rnismo en los últimos
meses. Hoy es el primer día del resto de rmi vida."
Un golpe fuerte en el maletero la hizo revolverse en el asiento delantero como un animal que ha
caído en una trampa. Pensó, absurdamente, que eran otra vez esos periodistas. La habían acechado como
una manada de lobos carniceros. Siempre habían estado presentes: cuando se había entregado y la habían
detenido, cuando había asistido a la primera audiencia, cuando la habían llevado a juicio, y después,
cuando la habían absuelto. Asediándola. Intentando desenterrar hasta el último detalle sórdido de su vida e
inventándose fantasías extraordinarias cuando la verdad resultaba demasiado aburrida como para vender
sus pésimos reportajes.
Otro golpe hizo agitarse el coche, y ella buscó la manija de la puerta, inclinando su cuerpo cansado
de conducir para ver mejor por la ventanilla trasera. Se apoyó sin querer en la manija para mirar, y la puerta
pesada del Pontiac se abrió y la hizo caer desmadejada en el camino seco y lleno de baches. "Parece que
esta no es tu década", pensó, fatigada.
-Ya era hora de que aparecieras -dijo una voz familiar que flotó sobre su cabeza. Ella se levantó,
limpiándose afligida las chinas y el polvo de la camiseta que había sido blanca, apartándose de la cara el
pelo, que le llegaba hasta la cintura. El aire estaba varios grados más fresco que en el interior de su coche
recalentado, y le produjo temblores en los omóplatos. Se estremeció.
-Es la primera vez que te veo temblar, nena -comentó tranquilamente la voz masculina.

- 14 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Ella hizo caso omiso de la broma, se asomó al interior del coche y sacó su chal de lana gris, que se
echó por los hombros. Suposo que se trataba de un acto inconsciente para quitarse de encima a su tío. Lo
que faltaba: un comité de recepción, en la persona del tío Jess Ackerman.
-Llevo esperándote casi toda la mañana, nena -dijo este, paseándose alrededor del Pontiac. Movió
y arrugó la gran nariz cuando rodeó la parte delantera.
-Buenas tardes, tío Jess -dijo ella, haciendo un gesto con la cabeza-. Me sorprende verte aquí.
Jess era, verdaderamente, la última persona con la que tenía ganas de hablar en esos momentos.
Siren dio una patada a una piedra con la bota de marcha y después levantó despacio la vista hacia él,
pensando cuál sería la mejor táctica verbal para hacerlo salir del camino de entrada de su casa con un
mínimo de resistencia. Ella sabía, naturalmente, que tendría que hablar con sus parientes en algún
momento, pero no estaba preparada para encontrarse con uno de ellos acampado en el camino de su casa,
y menos si era uno de los Ackerman. Normalmente, las tradiciones locales indicaban que se esperase un
día o dos antes de hacer una visita. Siren supuso que hacían con ella una excepción por tratarse de una
presunta asesina. Suspiró. Jess no era su pariente favorito, aunque le quedaban pocos donde elegir. Sus
ojos grises le recordaban siempre al cielo al comienzo de una tormenta de verano, que se desencadenaba
y dejaba caer gotitas como cuchillos sobre la tierra reseca. Su mirada siempre le había producido desazón,
y en aquel momento le sucedía lo rnismo. En todo caso, ¿qué hacía él allí?
-Será mejor que te revisen este coche, puede que no marche la bomba de agua -dijo él, sin hacer
caso de las palabras de ella-. Claro, que también puede ser el radiador.
Se rascó una mejilla, muy cubierta por el grueso bigote, y dio después una patada con su bota,
incrustada de barro seco, a uno de los neumáticos gastados. Ella cambió de postura y se apoyó en el coche
mientras el tío Jess caminaba hacia ella, haciendo una parada para echar una ojeada al interior del coche.
El tío Jess llevaba, como siempre, pantalones de peto hechos jirones y una camisa de franela roja
desgastada.
-Creí que vendrías con un coche de lujo.
Siren no abrió la boca. Después de diez años de vivir a lo grande, solo le quedaba aquel coche, un
poco de ropa, aquella granja decrépita y una cuenta corriente en mal estado. Sintió que las mejillas se le
enrojecían de vergüenza. Volvió la cabeza para que Jess no lo advirtiera.
-Parece que esos asientos mullidos siguen en buen estado. Dame las llaves, nena. Veo que ese
pelo tuyo te ha crecido un par de palmos más. Jesús, podrías estrangular a un hombre con él, si quisieras.
Aunque veo que no has crecido nada desde la última vez que te vi. Sigues siendo una mierdecilla bajita.
Le entregó las llaves a disgusto. Vaya bienvenida. Nada de "Caray, me alegro de volver a verte,
Siren. ¿Cómo te ha ido, Siren McKay?". Hubiera sido agradable, incluso, que le dijera "¿Cómo lo llevas?".
Pero de eso nada. El típico macho del centro-sur de Pensilvania: dame las llaves. Brusco, cortante, directo.
¿Para qué hacerse ilusiones con él?
El tío Jess contempló el llavero, dejándolo colgar de su mano carnosa.
-Un arma estupenda -dijo.Toqueteó los mandos del coche, accionando los limpiaparabrisas,
moviendo el asiento para delante y para atrás, y viendo subir y bajar los cristales con el elevalunas
automático. "Hay personas que no se hacen adultas nunca", pensó Siren, mientras se acumulaba en su
garganta la irritación.
Puede que fuera por el lamento extraño de una ráfaga de viento ocasional que sacudió el algarrobo
negro que estaba al final del camino, o puede que fuera por la palidez apagada de la piel del tío Jess; el
caso fue que sintió un horrnigueo que le recorrió todos los puntos sensibles de su cuerpo. Pasó un
momento sin saber bien, siquiera, dónde estaba ni por qué estaba allí, delante de la casa, detrás de la cual
estaba el embarcadero deteriorado y el lago. A su izquierda estaba el monte de la Cabeza de la Vieja, que
ascendía lentamente desde el valle. Era una antigua masa de tierra y de granito que se unía con sus
hermanos de la cordillera de los Apalaches. A la derecha de Siren estaban los terrenos de la granja de
Jess, y detrás de esta, el arroyo y, por fin, el pueblo de Cold Springs. A su espalda, la carretera de Lambs
Gap atravesaba terrenos llanos, cultivados, que en aquel primer día de octubre eran una vasta extensión
seca y cubierta de rastrejos.
Jess terminó de evaluar el Pontiac, se puso de pie con cierta dificultad y dejó el manojo de llaves de
un manotazo en la palma de la mano extendida de Siren.
-El coche es un cacharro, nena, pero todavía le puedes sacar partido una temporada si le cambias
esa bomba de agua antes de que reviente definitivamente -dijo. Se rascó la coronilla, escarbando entre la
maraña blanca amarillenta con los dedos manchados de tabaco.
-Tenía grandes esperanzas puestas en ti, Siren -dijo-. Después de que fuiste a la universidad,
trabajando para pagarte los estudios y todo... la verdad, creía que ibas a llegar a algo. ¿Quién iba a
figurarse que te acusarían de cometer un asesinato? -dijo, sacudiendo la cabeza-. Pero te libraste, ¿eh?
-añadió, atusándose los bigotes-. Eso no me sorprende, por algún motivo.
El tío Jess inspiró hondo y soltó el aire por la boca.

- 15 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-A la que sí que le va bien es a Gernina -dijo, balanceándose sobre sus talones y cruzando los
brazos sobre el pecho, ancho como un barril.
Siren cerró los ojos brevemente. Apretó los dientes y asió el borde de su chal, clavando las uñas en
el tejido. Siempre comparándola con su hermana menor. Genima, la grande. Genima, la mimada. Gernina,
la que conseguía acostarse con todos los novios que traía a casa Siren, aunque eran pocos. Genirna lo
tenía todo: dinero, chicos, coches; y lo peor de todo era que tenía también el afecto de la familia.
El tío Jess se tiró de una de sus cejas espesas.
-Genima... sí, así es. Le va la mar de bien allí arriba, en Boston.Tiene un buen trabajo, un hombre
estupendo... Vaya, si hablé con ella ayer mismo.
Hubo una pausa larga e incómoda. El tío Jess se pasó la lengua por los clientes amarillentos.
-¿Qué es eso que llevas en el chal?
Ella, confusa, se pasó la mano por el hombro y los dedos le rozaron el broche en forma de gárgola,
con ojos de ámbar y hojas de plata.
-Me lo regaló un desconocido en la escalera del...
Estuvo a punto de decir la palabra "juzgado", pero se arrepintió al instante. No dijo nada más.
-Se entiende. Solo un desconocido sería capaz de darte una cosa tan fea.
Siren parpadeó rápidamente mientras éI la empujaba levemente en el hombro con el grueso dedo
índice.
-Lo que te aconsejo, nena, es que vendas la granja y te vayas a otra parte. Aquí no queda nadie
para ti. Yo te la compraré pagándote un precio justo. Nadie va a querer verte por aquí... sobre todo,
teniendo en cuenta que eres una mujer a la que detuvieron por asesinato.
Su mirada se clavó en el corazón de Siren.
-Me absolvieron.
-Eso aquí no tiene importancia. A la gente le quedará siempre la duda. Gernina opina que será
mejor que te largues y que te vayas a alguna parte donde no hayan oído hablar de ti. Es malo para la
familia que vuelvas a este pueblo. Ella cree que tú mataste a aquel tipo (se llamaba Max, ¿no?), aunque
dice que puede que fuera... ¿cómo dijo ella? ¿Un homicidio justificado?
-Me quedo -dijo ella en voz alta-. He comprado la granja y no estoy dispuesta a marcharme.
-Te habrás marchado antes de Navidad. No podrás presentarte en público con la cabeza alta.
Ella no le hizo caso y se dirigió con paso firme al maletero de su coche, haciendo resonar con
enfado su manojo de llaves. Abrió el maletero, ocultando a sus ojos la figura del tío Jess.
El tío Jess se asomó por un lado de la portezuela del maletero.
-¿No traes más? Aquí no hay más que tres maletas y un par de cajas. Ah, ¿qué es esto? ¿Una
máquina de coser? ¿Cuándo has aprendido a coser? Que yo recuerde, no eras capaz de enhebrar una
aguja así te mataran.
-Me la regalaron -dijo ella lacónicamente.
-¿Te traerán más tarde los muebles y el resto de tus cosas?
Se inclinó para tocar algo. Siren le dio una palmada en la mano grande y carnosa.Ya era suficiente.
Siren evocó mentalmente la imagen de la esposa de Max llevándose las cosas del ático de Siren.
-Lo demás lo dejé por despecho.
Una verdad a medias.
El tio Jess soltó un silbido.
-Niña, cuando cortas, cortas por lo sano, desde luego.
-Hay un dicho antiguo, tío Jess. Me lo enseñaste tú. "Echar a correr, y que pase lo que sea." ¿Lo
recuerdas? Es como cuando estás entre una peña y un atolladero y renuncias a la prudencia y sigues
adelante en la dirección que consideras la mejor, aunque parezca la peor. Un verdadero dilema. Así me
encuentro ahora mismo. Así que, perdona que sea impertinente, pero déjame en paz.
El tío Jess se incorporó y se volvió hacia su granja. Después, dio un paso atrás y se rascó la mejilla.
Ella lo observaba de reojo; veía que la brisa otoñal le azotaba la cara y le hacía flotar unos pocos mechones
de pelo gris, suelto. El tío Jess pasó un instante aclarándose la garganta.
-Siento mucho todos los problemas que has tenido. Cuando me enteré, supe que era imposible que
hubieras matado a tu novio... a no ser que él te fuera a hacer mucho daño, claro está. Quiero decir que...
algunas mujeres sí que matan a sus hombres cuando las están pegando y tal, y la verdad es que no se les
puede echar la culpa ... claro, que no está bien quitar una vida... pero yo sabía para mí ... bueno, que no lo
hiciste. Me alegro de que te soltaran, pero... -bajó la mirada hacia el suelo, junto a los pies de ella-. No
deberías haber vuelto aquí, nena.
Hizo una pausa, mirando alternativamente al cielo y otra vez a Siren.
-Aquí ya no estás segura -susurró, echando una rápida ojeada al monte de la Cabeza de la Vieja,
mirando su ladera envuelta por la niebla-. Me alegré cuando te marchaste de aquí, nena. Hay quien quiere
tenerte aquí atada, quien quiere atraerte para que adoptes sus costumbres...

- 16 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Eso de intentar asustarme es un truco barato, tío Jess.Ya no soy una niña para escuchar tus
cuentos de fantasmas.
Dio un tirón del asa de la maleta, la levantó difícilmente por encima del parachoques y la dejó en el
sendero. La maleta tembló y se cayó por el lado más cargado.
El tío Jess caminó hasta el algarrobo, cogió su horca y la sostuvo un momento con las dos manos.
Siren sacudió la cabeza.
Desde que ella recordaba, el tío Jess no concebía ir a ninguna parte sin su horca. El tío Jess echó
una mirada a la Cabeza de la Vieja, apretó los dientes y la miró con una expresión que ella no fue capaz de
interpretar.
-Te estarán vigilando -le dijo.
Siren abrió la boca, pero la cerró de golpe. ¿Para qué molestarse? Jess encogió los anchos
hombros y emprendió el camino a través del campo lleno de rastrojos que estaba a la derecha del coche,
golpeando a veces el suelo con movimientos violentos de la horca. Cuando a Jess le pareció que no tenía
intención de volver, siguió descargando el coche.
-¡El viejo memo! -murmuró, agachándose para sacar del maletero la máquina de coser. Se la apretó
contra el pecho, mirando con rabia el horizonte, ya vacío. Dio un pisotón en el polvo y se dobló el dedo
gordo del pie dentro de la bota de marcha.
-¡Maldita sea!
Pasó por delante del camino un Lexus negro, con ventanillas ahumadas y matrícula de NuevaYork.
Ella supuso que iría camino de la carretera interestatal que pasaba por las afueras del pueblo. El vehículo
no redujo la velocidad ni aceleró; se limitó a pasar flotando como un murciélago que echa a volar cuando
cae la noche. Siren se estremeció.
Cold Springs: un pueblecito desagradable, que tomaba su nombre de los manantiales que
alimentaban el lago y que estaban entre la tierra de Siren y el límite de la población. Un lago que ya no
estaba libre de contaminación. Pensó en el agua oscura y absorbente que cada veinte veranos, poco más o
menos, devoraba niños vivos por el descuido de sus padres. Oyó borbotear el agua del arroyo, que caía
saltarina hacia el lago y hacia el pueblo. Los manantiales fríos, de donde tomaba su nombre el pueblo, en el
que a los forasteros los recibían fríamente y los parientes se debatían entre la indiferencia helada o los
rápidos de los malos tratos domésticos. Cold Springs, donde había casas derruidas, acobardadas ba o la
sombra otoñal amenazadora del monte de la Cabeza de la Vieja, y cuyos máximos hitos históricos eran
unas minas de carbón cerradas, unas acerías abandonadas, una estación de ferrocarril moribunda y un
mito acerca de una matanza de veinte mujeres mágicas, hacía siglos.
Cold Springs, Manantiales Fríos.
El frío mana eternamente.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

SIREN SE PASÓ casi todas las tardes, durante tres semanas limpiando la granja y pintándola,
recordando con desagrado aquellas tareas de limpieza que asociaba mentalmente a su triste infancia.
Echaba de menos Manhattan, ir de tiendas por la Quinta Avernida, los largos paseos por Central Park, su
consulta de hipnoterapla, e incluso el zoo; pero aquella forma de vida había terrminado. El trabajo en el
exterior de la casa llevaría más tiempo, y le preocupaba la llegada del invierno. El porche que rodeaba la
casa no parecía en muy mal estado, pero la baranda no estaba firme y los escalones de acceso de la parte
delantera y trasera se quejaban ruidosamente al sentir su peso. Los canalones estaban hechos un
desastre. El porche de atrás estaba peor todavía, y seguramente era inseguro para cualquiera. El cobertizo
de chapa ondulada del jardín estaba ladeado; le caía el óxido por las paredes como sangre seca, pero
tendría que soportar el invierno.
El tío Jess no volvió a aparecer por allí. Los recuerdos de su prisión y del juicio se fueron mitigando
con el tiempo, aunque a veces volvían a salirle fragmentos con fuerza cuando ella menos se lo esperaba.
En esas ocasiones, iba corriendo a su porche trasero, se apoyaba en la baranda insegura y respiraba a
bocanadas profundas y limpiadoras, contemplando cómo se cargaban de hojas otoñales las orillas del lago.
No había cogido un periódico ni se molestaba en encender la radio. Se mantenía aislada del mundo
ajeno a Cold Springs. El único contacto que había tenido en tres semanas había sido con una antigua
amiga suya, Angela Martin, que le había hecho una visita para darle la bienvenida al pueblo. Siren no había
tenido más noticias de ella desde su visita. Una tarjeta amarilla brillante le había informado de que la
televisión por cable había llegado por fin a Cold Springs, pero ella había tirado la misiva. Ahora ya no tenía
dinero para gastos superfluos.
Por la noche se acurrucaba en un lío de sábanas, en el suelo del dormitorio principal, deseando que
se le pasaran los malos recuerdos, escuchando el ruido extraño, como de absorción, de las aguas del lago
que rompían contra la orilla. Una vez la despertó vivamente el chillido de un gato montés, y la última noche
dos mapaches habían mantenido una batalla campal en plena noche que la había temido despierta durante
horas enteras. No había oído nada parecido en su vida. Por la mañana se dedicaba a buscar clientes. Las
tardes y las veladas interminables las pasaba al teléfono, cuando no estaba de rodillas con un estropajo y la
botella de Don Limpio. Tenía las manos rojas y cortadas por las horas dedicadas a fregar suelos y paredes.
Se las miró con un arrebato momentáneo de desesperación. De momento, no parecía que a nadie le
interesara la hipnoterapia. Puede que Jess tuviera razón: tal vez se marchara antes de la Navidad.
Estaba de rodillas cuando el timbre estridente del teléfono le hizo levantarse e ir hasta el aparato
con las piernas entumecidas.
-Hipnoterapla Cold Springs -dijo con voz clara-. ¿En qué puedo ayudarle?
-¿Cómo va el negocio?
Siren sonrió. La voz melodiosa de Angela Martin le disipaba siempre los pensamientos tristes.
-Fatal. ¿Y tú?
-¡No es posible que vaya tan mal! -dijo Angela, riéndose.
-No ha picado un solo pez -dijo Siren, apoyándose el teléfono en el hombro.
-¡Bien! Entonces, te interesará lo que te voy a decir. Escucha: he preparado una propuesta
sensacional para que entres en los servicios oficiales del condado de Webster. Lo aprobaron anoche.
Tengo aquí los contratos, preparados para que los firmes tú. Sería bueno para ti, y yo ganaré puntos. ¡A lo
mejor gano a nuestro ilustre alcalde en las próximas elecciones!
-Siempre has sido una intrigante, Angela; pero, después, si tus planes no salen como esperabas,
quieres desquitarte. Cuando pusirnos un tenderete de limonada de niñas y no vendimos nada, quisiste
cortarme las coletas.
Angela se rio.
-Te prometo que este plan nos dará beneficios a las dos.
Siren movió los pies, inquieta, contemplando las montañas por las ventanas del salón. Soltó un
suspiro.
-¿Qué clase de contrato? -preguntó.
-Confía en mí: ¡te va a encantar! He trazado todos los detalles, y mi secretaria te los irá a llevar
dentro de una hora, más o menos. ¿Te viene bien?
-No lo sé... siempre conseguías meternos en un montón de líos a las dos...
-Ya soy mayorcita. Además, ya no juego a juegos de niñas... estoy con las mayores.
-Así es.Y eso es lo que me da miedo.
-Bueno. ¿Tan mal estás, entonces? -preguntó Angela.
-Bastante mal. Cualquiera diría que tengo el virus del Ébola. Hay quienes se dan la vuelta al verme;
otros se esfuerzan por cambiar de acera para no tener que pasar a mi lado. Unos pocos me han gritado
obscenidades. He puesto octavillas en todos los tablones de anuncios de la comunidad y he repartido mis
tarjetas de visita para que las pongan en sitios visibles, tal como hace mucha otra gente por aquí; pero mis

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

octavillas las arrancan y las tarjetas desaparecen oportunamente. No sé por qué me había creído que las
cosas iban a ser distintas.
-No te dejes desanimar -dijo Angela con voz firme-. -Acepta este trabajo. Sé que eres capaz de
hacerlo. Te ganarás un sueldo e irás conociendo a una base de clientes. Al cabo de una temporada lo
olvidarán. Hace poco que acabas de salir en las noticias. La verdad es que es probable que pases a la
historia del Pueblo, como las brujas de la Cabeza de laVieja.
-Qué idea más agradable -respondió Siren-. Si no recuerdo mal, a aquellas mujeres del cuento las
mataron.

EL AlRE ESTABA FRESCO, el día era soleado. Serato vio que Siren McKay salía al sol y se subía
al Pontiac. El motor arrancó después de varios intentos y el coche salió pesadamente por el camino.
Perfecto.
Apenas tardó un momento en entrar en la casa. Sin desordenar nada. Sin revolver nada. Se dio una
rápida vuelta por el piso de abajo y subió después rápidamente al piso superior. Aquello sería fácil: no
había muebles. Se agachó y olió las sábanas en las que dormía ella, cerrando los ojos, absorbiendo su
olor. Sus escasas posesiones estaban en barreños de plástico. Uno estaba boca abajo y servía de mesilla
de noche; encima había un reloj digital, pañuelos de papel... las cosas de una mujer.
Un ruido.
Fue junto a la ventana del dormitorio, separando levemente las cortinas, asomándose sobre el
tejadillo del porche.
¡El Pontiac!
Salía vapor, silbando, de debajo del capó.
Los pasos airados de ella en los escalones del porche.
El portazo de la puerta principal.
Salió rápidamente de la habitación de ella, pisando silenciosamente con sus Nikes negras sobre la
moqueta nueva, hasta lo alto de las escaleras, donde se quedó entre las sombras y sacó el cuchillo de caza
con dientes de sierra. No debía matarla hasta haberse enterado de los números, y aun entonces solo debía
hacerlo cuando se lo mandara el que lo había contratado. Asustarla, encontrarlos, y esperar después para
matar. La sangre le palpitaba en las sienes; tenía la respiración agitada. Podía caer sobre ella ahora mismo,
sin hacer caso al jefe. Podía pasarse la noche entera divirtiéndose con ella, más tiempo quizá. Ella no
recibía visitas, prácticamente. Podían pasar días enteros sin que se enterara nadie.Volvió a pensar en las
órdenes que había recibido. No matarla en la casa. Tendría que buscarse otro sitio para enviarla a la tumba
despacio.
Piensa en el dinero. Siren le haría ganar un dineral. Levantó en silencio el pie del escalón
superior.Volvió a guardar despacio el cuchillo en su funda.
Tragó saliva con fuerza.
Sonó el timbre de la puerta y lo reafirmó en su decisión.
"Ya te atraparé otra vez, guapa", pensó.

SIREN CONTEMPLÓ a la secretaria y sintió que se le erizaban los pelillos de la nuca. Venía a
medir una cabeza menos que Siren, con lo que la mujer tenía casi la talla de un enanito. Tenía las mejillas
regordetas y el pelo fino, como de recién nacido. La mujer iba vestida de un modo atroz, con ropa de saldo,
a la moda de seis años atrás, de colores mal conjuntados y que además no le venía bien. Síren apartó la
mirada de los ojos huecos de la joven y la invitó educadamente a pasar. La secretaria no avanzó más que
un paso por delante del umbral y se quedó allí clavada, de modo que Siren no pudo cerrar la puerta a su
espalda. La cara de la secretaria recordaba a Siren a una margarita que se desmaya al borde de una
carretera en una ola de calor. Aquella mujer no le producía buena sensación.
-Siento mucho que no haya dónde sentarse -dijo Siren educadamente-. Es que todavía no me han
traído los muebles.
Un ruido en lo alto de las escaleras.
Debía de ser un crujido de la casa.
La secretaria encogió los hombros redondos sin molestarse en mirar el interior de la casa. Sus
dedos, pequeños y regordetes, jugaban con un legajo de carpetas unidas por una goma roja y ancha.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Se le ha recalentado el coche? -preguntó la secretaria, con una voz tan aguda que cabría pensar
que había hablado una niña.
-Sí, llamaré al taller dentro de un rato.
-Tengo suerte de haberla encontrado -dijo la secretaria-. Ya sé que me he adelantado. Lo siento.
Angela dice que las dos fueron amigas íntimas en el instituto. ¿Es usted india? -le preguntó.
Siren, que pensaba todavía en el coche y no prestaba mucha atención a la conversación, se volvió.
-¿Qué? -dijo.
La secretaria se sonrojó e hizo sonar la goma.
-Quiero decir que tiene la tez oscura, los ojos grandes y los pómulos marcados. Había pensado que
podría ser india americana.
Otro ruido en lo alto de la escalera. ¿Qué sería aquello? Siren intentó concentrarse en la mujercita
que tenía delante.
-Supongo que podrá decir que soy una tonta completa.
Se tragó su irritación.
-Angela me dijo que me traía unos documentos para que los leyera -dijo, mirando significativamente
las carpetas que se agitaban en las manos de la mujer.
-En la oficina todos hablan de usted -dijo la secretaria, sonrojándose de nuevo y haciendo chascar
la goma con una precisión irritante-. Ah, por cierto, me llamo Rachel Anderson -dijo, presentando una mano
insegura. Siren la tomó. La mano de la mujer hizo pensar a Siren en un pájaro tembloroso, liviano y
asustado-. Mi amiga Heather, que trabaja conmigo, no se creía que yo fuera a venir aquí.
-¿Y por qué?
Rachel abrió mucho los ojos.
-Ah, por nada, la verdad.
-Parece que últimamente he recibido más atención pública de la necesaria -replicó Siren. Vio que
los dedos de Rachel se dirigían nerviosos a las carpetas y que volvían a esa condenada goma.
Una sonrisa minúscula hizo subir las comisuras de los labios de Rachel.
-Todos nos hemos enterado de lo mal que lo pasó en Nueva York... (chas) debió de ser terrible...
(chas) soportar ese juicio y todo lo demás... (chas-chas) tuvo suerte de que se presentara aquel hombre en
el último momento y contara a todos que usted estaba en su restaurante en el momento del asesinato y que
se quedó después para darle una sesión de hipnoterapla... ¡y hasta tenía una lista de gente importante que
la vio aquella noche! ¡Igual que en las películas!
Se recogió el pelo castaño, que le llegaba hasta los hombros, con unos dedos cuyas uñas estaban
mordidas.
-¡Lo que quiero decir es que no es posible que usted matara a su novio si estaba con todas esas
personas!
Siren parpadeó. ¿Iba a ser siempre así? ¿Tendría que repasar la experiencia más terrible de su
vida solo para llevar adelante una conversación vulgar?
-Sí, supongo que... tengo suerte.
Todavía veía mentalmente la cara del señor Domley, con expresión como de pedirle disculpas. "Lo
siento mucho, señora McKay. ¡He venido de Atenas en el primer avión! ¿Cómo han sido capaces de acusar
de una cosa tan terrible a una muchacha tan agradable?" Le había dado unas palmaditas en la mano. "No
se preocupe. Sé que no es culpable. Yo tengo amigos. Amigos importantes. Me creerán. No se preocupe,
pequeña... Saldrá de aquí dentro de poco.Ya le dije que ese novio suyo la metería en un lío. Un hombre
malo. La verdad es que le ha hecho un favor a usted al dejarse asesinar. Pero usted, encanto, no sería
capaz de hacer una cosa así. Usted, que ha sido siempre tan amable y tan servicial conmigo. Usted me ha
cambiado la vida, pequeña, y yo no voy a consentir que nadie destruya la de usted... "
Un chasquido fuerte de la goma la hizo volver de golpe al momento presente.
-Sí, fue una suerte que el propietario del restaurante volviera para testificar -dijo con educación.
Después, intentó de nuevo cambiar el tema de conversación-. ¿Dio Angela alguna instrucción relacionada
con esto? -preguntó a Rachel, a la vez que tomaba de sus manos las carpetas unidas, sintiéndose aliviada
por haberle quitado la goma monstruosa. No le gustaba nada adoptar una actitud dominante, pero las cosas
tenían un límite.
-No. Simplemente, que lea toda la propuesta y firme los contratos. Puede llamar por teléfono a
Angela y vendrá alguien a recogerlos, o puede traerlos usted misma. Quiere una respuesta lo más pronto
posible.
-¿Conque sí, eh?
Aquello era muy propio de Angela. En cuanto metía la nariz en algo, se sumergía por completo en
ello.
Un golpe fuerte al fondo de la casa. Siren volvió bruscamente la cabeza.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Hay alguien más aquí? -preguntó Rachel, con los ojos azules muy abiertos, Siren no sabía si de
curiosidad o de miedo.
-No, debe de ser el viento -respondió Siren, sin terminar de creérselo ella misma.
Rachel no pareció convencida, pero siguió adelante.
-Angela dice también que tendrá que firmar los contratos con su nombre oficial -dijo, señalando la
carpeta superior-. Margaret McKay Ackerman.
-Hace años que me quité oficialmente el Ackerman -respondió ella-. Nunca me gustó cómo sonaba.
¿Planteará eso alguna dificultad?
Rachel se quedó desconcertada.
-No se preocupe.Ya lo solucionaré -dijo Siren, saliendo al porche delantero detrás de Rachel. Una
furgoneta roja, destartalada, con las ventanillas bajadas, entraba por el camino reduciendo la velocidad. El
intermitente se le encendía esporádicamente. El vehículo avanzaba lentamente hacia la casa.
-Es mi marido... fue a recoger unas piezas de repuesto para su furgoneta mientras yo le traía sus
papeles.
Siren vio girar algo extraño en los ojos de Rachel, de color azul verano. Se le erizó el vello de los
antebrazos, como una ola en miniatura.Aquello era demasiado raro.
-Mi marido cree que usted mató de verdad a ese tipo, Max Dalton -dijo Rachel-. No quería que yo
viniera aquí, pero un sueldo es un sueldo, ¿sabe? A decir verdad, me gustaría pedirle hora para tener una
sesión con usted.
Síren pensó, por algún motivo extraño, que aquello no sería buena idea. Puede que fuera por la
actitud de Rachel, por su aura de desesperación fingida. Aparentaba inocencia, pero detrás de aquellos
Ojos azules había algo espeluznante.
Rachel miró a su espalda.
-¡Tengo que marcharme!
Siren, aun pensando que hacía mal, la sujetó por el brazo.
-Llámeme y ya veré lo que puedo hacer por usted -dijo, metiéndose la mano en el bolsillo de la
camisa, sacando una de sus tarjetas de visita nuevas. Rachel se la arrancó de la mano, asintió con la
cabeza y bajó corriendo los escalones desvencijados del porche. "Tengo que arreglar esos escalones antes
de que alguien se rompa una pierna y me ponga un pleito", pensó Siren. "sería lo que me faltaba: más
publicidad negativa."
Siren avanzó hasta el escalón superior y dio la bienvenida al sol del otoño que le dio en la cara
mientras veía cómo salía precipitadamente la furgoneta por el camino, marcha atrás, casi rozando el
algarrobo. Llegó hasta la carretera asfaltada y se puso en camino a toda velocidad hacia Cold Springs.
Siren no había tenido la oportunidad de echar una buena ojeada al marido de Rachel. Al cabo de unos
instantes llegó a toda marcha por el lecho del arroyo una moto de todo terreno, subió a la carretera
trazando un arco grácil, tomó una curva cerrada para enfilar el puente de metal, que atravesó
ruidosamente, y subió por la ladera de la montaña con un quejido del motor.
¿Quién era ese?
Volvió la cabeza levemente... ¿y qué demonios era ese olor a quemado? Rodeó la casa por fuera
hasta la parte posterior, mirando el lago, el embarcadero y el patio trasero.
Nada.
Levantó la vista hasta el segundo piso. La ventana del baño estaba abierta, las cortinas se agitaban
al viento. Qué raro: recordaba claramente haber cerrado aquella ventana hacía menos de una hora.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

TODO SE IBA ARREGLANDO. Serato encontró una habitación barata en una pensión, encima del
Todo a Cinco y Diez Centavos de Ballentine. La casa debía de tener lo menos doscientos años, con grifos
que goteaban, ruido de cañerías y cagadas de ratones en los rincones. Las habitaciones del piso superior
se alquilaban por semanas o por meses. Según oyó decir, también se alquilaban por horas, en algunos
casos, si el cliente así lo deseaba. Era un sitio perfecto para alojarse una temporada. Lo que tenía que
hacer a continuación era buscarse un trabajo. Para pasar desapercibido. Nada que fuera demasiado
agotador. A tiempo parcial. Alquiló un cacharro. Un Volkswagen oxidado. Rondaría con el Lexus de noche,
pero utilizaría eI VW para el trabajo y para sus exploraciones de día. Si la gente se farniliarízaba demasiado
con él, alquilaría otro distinto. Cuando terminara la misión que tenía que hacer aquí, quemaría el VW.
Después, tenía que buscar un lugar reservado. Un terreno de ejecución. Un lugar muy especial, donde
pudiera divertirse con ella cuando llegara el moinento. Aquello podría resultar dificil en un pueblo pequeño
como aquel. Pero, por otra parte, había graneros abandonados, la ruta de los apalaches, o, quizá, si tenía
suerte, alguna que otra cueva. Confiaba en que le aparecería el lugar de ejecución adecuado. Tenía
confianza en el universo.
Se sentó en la cama hundida, cuyos muelles rechinaban a cada movimiento que hacía. Había
temido que perder más tiempo del necesario en el pueblo, y aquello lo irritaba.Ya debía tener establecida la
pauta diaria de los movimientos de ella, observando los matices, preparando el momento ideal. Sin
embargo, apenas había empezado. Cierto, había recogido alguna informade las prostitutas y de los
drogadictos del pueblo. Siempre había alguien dispuesto a vender el alma de otra persona. Bueno, al final
el pago sería exepcional en más de un sentido. Soñaba por las noches con Siren McKay; su piel oscura y
juvenil se disolvía en luz roja de sangre.
Pensó en la incursión que había hecho en la casa. Recordaba sus titubeos al verla desde las
sombras de lo alto de la escalera, cómo se le llenaba el cráneo del deseo de hacerla suya, cómo le
temblaban las manos al visualizar el momento de la ejecución. Por primera vez en su vida había estado a
punto de perder el control de la bestia que criaba con tanta atención en su interior. Serato se había
descolgado de la ventana del cuarto de baño de la parte trasera de la casa y había dado un rodeo hasta el
Lexus que te tenía escondido. Bastaba. Ya había visto lo suficiente de momento.
Pensó en sus instrucciones y se acarició el bigote.
Asustar.
Encontrar.
Terminar.
Fácil.

A LA MANANA SIGUIENTE, Tanner encontró a Nana Loretta en su Iugar habitual, instalada ante la
enorme mesa de escritorio deteriorada de la Biblioteca Pública de Cold Springs, rodeada de montones de
pliegos de cordel descabalados y de crónicas mohosas. Aquel día llevaba puesta una rebeca blanca como
la nieve con botones de nácar. Nana Loretta dirigía desde hacía cincuenta años con mano firme la
biblioteca, alojada en el edificio más antiguo de Cold Springs. En los últimos veinte años ejercía este trabajo
en calidad de voluntaria, pero parecía que nadie lo advertía. Su autoridad seguía siendo absoluta. Aquel día
no constituía ninguna excepción. En el local había un silencio absoluto. Tanner miró a su frágil abuela, que
estaba sentada en un gran sillón de madera. Era un enigma: firme y bien conservada por fuera, una
viejecita perfecta, al parecer; pero, como bien sabía él, era una mujer cuya mente interior estaba llena a
rebosar de un mundo fantástico de mitos y de magia.
A su derecha había una vieja máquina lectora de microfilmes cuyo viejo ventilador gruñía. Alrededor
de Nana se filtraba la tenue luz del día por las ventanas rectangulares de madera que rodeaban la
habitación como un viejo collar de perlas. Entraban y salían motas de polvo de las franjas de luz solar que
atravesaban la atmósfera callada. Por lo menos, si hablaba con ella allí, no podría montarle una escena. El
sentido que tenía ella del decoro se lo impediría.
A decir verdad, había estado a punto de no venir. Las cosas no marchaban bien entre los dos,
sobre todo desde que él había perdido la custodia de sus hijos a favor de los padres de su mujer. Nana se
enfadó con él, y él sabía que también estaba desilusionada con él. Nadie está dispuesto a reconocer que
ha criado al borracho del pueblo. Daban fe de ello las incontables discusiones que habían temido. Bueno,
pero él no estaba borracho en aquel momento. Apretó entre las manos el sombrero de cazador al acercarse
al escritorio, sabiendo que las primeras palabras que saldrían de la boca de ella serían un reproche de

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

alguna clase. Nana le había llamado por teléfono varias veces a lo largo de la semana y le había dejado
una serie de mensajes en el contestador. Sabía que quería hablar con él de magia. Siempre quería hablarle
de lo mismo. Cuando no era de su afición a la bebida, era de asuntos de ocultismo. No, gracias: él estaba
intentando arrancar de su vida aquellas dos cuestiones. No estaba de humor para el mundo de fantasía de
ella. La realidad ya era bastante mala de suyo.
Tres semanas sin beber. Tragó saliva con fuerza. La verdad era que echaba de menos a Nana,
aunque fuera un poco pesada. Sonrió en un intento de dar regularidad a su expresión.
-Hola, Nana -dijo con voz tranquila; y se inclinó para darle un abrazo rápido-. ¿Te están dando
mucho la lata los usuarios?
Ella sonrió levemente como respuesta y negó con la cabeza.
-Esta mañana, cuando me llamaste por teléfono, parecías bastante firme. ¿De qué se trata?
-Siéntate -dijo ella, indicándole la silla-, y no hables tan favor. Estamos en la biblioteca, ¿sabes?
Intenté llamarte varias veces la semana pasada -añadió con tono de desaprobación-, pero supongo que
habrás estado ocupado con tu trabajo. No tengo noticias tuyas desde hace más de un mes. Por lo menos
podrías pasarte por aquí de vez en cuando a saludarme.
Respiró hondo y soltó el aire despacio, como expulsando de su cuerpo el descontento que sentía.
-Estoy orgullosa de ti -siguió diciendo-.Ya me he enterado de que rescataste al chico de los
Ferguson.
Se apreció en su voz un matiz de admiración que hizo sentirse a Tanner enormemente culpable.
Debería haberle devuelto las llamadas.
Nana hizo un movirmento para recoger unos papeles y las gáfas que se ponía para leer se le
cayeron de la nariz. Una cadena de cuentas negras que llevaba al cuello impidió que cayeran al suelo.
-En todos estos no hay gran cosa -dijo, señalando con un ,gesto de la mano todos los libros-, pero
la verdad es que yo no esperaba que lo hubiera. No obstante, aquí... -añadió, abanicando el aire con las
copias que había sacado de la máquina lectora de microfilmes-. Esto sí que es más interesante.
Nana indicó a Tanner con un gesto que tomara asiento. Él dejó su sombrero de cazador gastado
sobre el escritorio y tomó los papeles que le presentaba ella. Aunque aquello era una pérdida de tiempo, la
anciana se merecía que él le prestase atención. Le llevaría la corriente, y después volvería a ocuparse de
sus cosas. ¿Era posible que llevara un mes entero rehuyéndola? La voz se le cargó de culpabilidad.
-¿Qué es esto, pues?
-Son copias de artículos tomados de la revista semanal La Gaceta de Cold Spríngs -dijo ella con un
leve asomo de emoción-. La biblioteca posee los ejemplares desde 1820 hasta la actualidad. Señor, he
tardado tres semanas en leerlo todo, pero tenía que asegurarme.
Tanner hojeó las copias. En cada una de ellas se hablaba de 9 oleadas de incendios que tenían
lugar en el mes de octubre. Las relaciones de pérdidas en ganado, en edificios y en dólares se alternaban
con las crónicas de las operaciones para combatir los incendios en la localidad. En aquellos tiempos, un
incendio era un incendio, y se investigaba muy poco o nada.
Nana volvió a calarse en la nariz las gafas de lectura.
-Hasta el momento no se han producido muertes de seres humanos a consecuencia de los
incendios -explicó-. Ah, sí que ha habido muertes, naturalmente, pero tuvieron lugar después del suceso.
Por ejemplo, en 1847, Henry Black perdió una pierna al hundirse su granero y murió poco después. En este
caso -siguió diciendo, tomando los papeles y eligiendo uno-, un joven se ahogó en el lago Cold Springs por
un accidente al bombear agua para combatir el incendio del juzgado en 1967.
-Es interesante, pero no sé dónde quieres ir a parar -dijo él.
-Eso no es todo -matizó ella. Las gafas de lectura se le deslizaron hasta la punta de la nariz, y los
ojos le bailaban sobre el borde superior. Él comprendió que se estaba guardando algo que a él,
probablemente, no le gustaría oír. Estaba seguro de que sería algo que olería a ocultismo. Suspiró para sus
adentros cuando ella se inclinó hacia él.
-La primera serie de incendios, al menos que yo sepa, empezó en el año de la matanza de la
Cabeza de la Vieja.
"Lo sabía", pensó Tanner. "Ya ha tenido que sacar los cuentos de cocos". Nana Loretta se arrellanó
en su sillón y cruzó los brazos sobre su rebeca blanca con una sonrisa de satisfacción. Ahora le diría que
había algún planeta en conjunción con el la casa celestial central del pueblo, y que aquella era la
explicación natural de los incendios. Tanner sonrió levemente, dejando los papeles en el escritorio. Podía
llevar aquello de dos maneras: cortar con esas tonterías de una vez para todas, en cuyo caso ella no
volvería a dirigirle la palabra en su vida, o bien consentirle que siguiera aferrada a sus locas teorías.
Aunque a primera vista no le resultaba nada dificil elegir entre esas dos opciones, teniendo en cuenta que
él quería a aquella mujer que lo había criado, por otra parte Nana siempre era un factor imprevisible. Si
dejaba que Nana jugara a los investigadores, las consecuencias podrían ser peligrosísimas para la salud de
la carrera profesional del propio Tanner, aunque también era verdad que esta ya estaba por los suelos, en

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cualquier caso. Con todo, él prefería conservar su trabajo todo el tiempo que fuera posible. Inclinó la
cabeza, observando su cuerpo anciano, sus manos, que temblaban al revolver los papeles. Al rrienos podía
escucharla, qué diablos.
-Yo creía que lo de la matanza era un cuento. Que no era más que un truco para vender periódicos
y visitas turísticas en octubre.
Nana frunció el ceño.
-Los relatos transmitidos por la familia dicen que la matanza tuvo lugar en 1789, mucho antes de
que se fundara La Gaceta de Cold Spríngs -dijo ella, volviendo a calarse las gafas en la nariz-. Pero aquí
-dijo, revolviendo más papeles y extrayendo una hoja que contenía un párrafo señalado con un círculo de
tinta roja- hay una relación de una serie de incendios otoñales en 1820. ¿Lo ves? Dice que es la peor
oleada de incendios de la temporada de la cosecha desde 1789, que fue el año de la matanza de la Cabeza
de la Vieja, y todos sabemos que eso pasó en el mes de octubre.
-¿Lo sabemos? -preguntó Tanner.
Ella miraba el papel bizqueando y acercándoselo y alejándoselo alternativamente de la nariz.
Suspiró y se volvió a poner las gafas, dedicando un momento a colocárselas bien en el puente de la nariz.
-Ah, mira este. La última oleada de incendios notable se produjo en 1965. Fue el otono en que
nació Siren McKay, esa chica a la que acusaron de asesinar a su novio, ¿sabes quién es? -dijo,
asomándose sobre su nariz para mirarlo, con aire de interrogación; pero él no reaccionó.
Estaba, sondeándolo, él lo notaba.
-¿La recuerdas?
-No.
-¿No recuerdas que la tía Jayne la traía a la montafia?
-No; y ¿por qué la llamas siempre así? No era parienta nuestra.
-Porque todos la llamaban así.
Tanner consultó su reloj ostensiblemente.
-Nana, tengo cosas que hacer. ¿Podríamos abreviar?
-¿Lo ves? -siguió diciendo ella-. Aquí está la notificación de su nacimiento, justo al lado del artículo
titulado "¿Ha terminado la oleada de incendios?".
-¿La notificación del nacimiento de quién?
-De Margaret McKay Ackerman. Todos la llamábamos Siren, y ella se cambió más tarde el nombre
para llamarse Siren McKay. ¿No lo recuerdas? Dicen que si lees el periódico local que se publicó el día que
naciste, los titulares te dan una idea de tu futuro, ¿sabes? Lo he leído en alguna parte, hace poco. Tendré
que buscar el mío.
Dejó que las gafas de lectura le bajaran deslizándose por la nariz.
-Recuerdo aquel octubre -siguió diciendo-. ¡Fue precioso! Había unos colores tan vivos que se
notaba que había magia en el ambiente. Todos los de las familias del Arte de por aquí hablaban de ello. La
tía abuela Jayne estaba segura de que era un buen augurio y todo eso…
Los ojos azules le bailaban como siguiendo escenas en una pantalla de cine invisible para Tanner.
-Y, entonces, empezaron los incendios. Aquel año solo hubo seis: dos cobertizos, un granero, un
taller de tornero y un granero vacío. Los suficientes para producirnos algunas sospechas, pero no tanto
como para que nadie se inquietara de verdad. La gente pensó que la estación había sido demasiado seca,
nada más. El peor fue la noche de Halloween; pero, naturalmente, todos lo achacamos a que los niños
habían hecho demasiadas travesuras, ya sabes. Los Richards perdieron la mitad de su granja. Qué lástima
-dijo, señalando otro artículo-. Jayne juraba a diestro y siniestro que los incendios eran mágicos y que
debíamos hacer algo al respecto. Pero a partir de entonces no hubo más. No volví a pensar en ello hasta
que empecé a revolver estos periódicos antiguos. No dejaba de pensar que había algo que debía recordar.
Estos artículos me lo han vuelto a traer a la memoria -añadió Nana, con una sonrisa-. Recuerdo que nadie
hacía caso a Jayne. Por entonces era vieja, ¿sabes? Hasta... sí, ahora lo recuerdo hasta preguntó a mi
padre por los incendios. Él le dijo que era una vieja tonta. Ella creía que los fuegos podían ser una
advertencia de alguna clase.
-¿Una advertencia de qué, a quién?
-No tengo ni la menor idea -dijo ella, encogiéndose de hombros-. Creímos que lo que decía no eran
mas que cuentos. Pensamos que eran tonterías de la antigua patria. Ojalá le hubiera prestado más
atención yo.
Tanner cambió la postura de su cuerpo enjuto sobre el incómodo sillón de madera.
-Recuerdo los cuentos que contaba Jayne a todos los pequeños, sobre todo lo de la matanza de la
Cabeza de la Vieja.Yo, personalmente, creía que eran todo ficciones.
Tanner hizo caso omiso de las alusiones a Siren McKay. La tía Jayne había sido otra loca de la
familia. Parecía que los Thorn producían por lo menos una en cada generación. Se preguntó vagamente si
él rnismo podría ser considerado como tal. La idea no era agradable. No le gustaba la manera en que lo

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

miraba Nana, como si quisiera extraerle algún secreto que él guardase en lo más profundo de su mente. Se
pasó distraídamente los dedos por la cicatriz irregular que tenía en la mejilla.
-¿Has descubierto algo más?
-En los periódicos, no -respondió ella, negando con la cabeza-. En todas las ocasiones, la oleada
de incendios terminó de manera tan inexplicable como había comenzado. Por lo que yo veo, el peor es
siempre en Halloween, y, después... nada. No hay ningún incendio en absoluto; al menos, ninguno que
parezca cosa sistemática. Tampoco existe una pauta significativa en cuanto al tiempo, ni se repite el
número de incendios. A veces son solo cuatro o cinco. Otras veces se han producido hasta quince. Entre
las oleadas se han dado intervalos de hasta cincuenta y un años -añadió, agitando la mano en el aire-, o de
solo dos años. Suelen empezar hacia el equinoccio de otoño, hacia el 21 ó el 22 de septiembre, y van
cobrando intensidad hasta el 31 de octubre, cuando culminan en el peor incendio de la serie, ya se trate de
una serie pequeña o grande. He comprobado también las cartas astrales de varios incendios. De momento,
no encuentro ningún indicio de un denominador común. Como ya he dicho, la unima serie ce incendios se
produjo en octubre de 1965. Pero creo firmemente que los fuegos tienen un carácter mágico. Me ha venido
a la cabeza que puede que se trate de uno o más elementales del fuego. Como los del agua, ¿los
recuerdas? ¿Te acuerdas de los elementales del agua?
Tanner no dijo nada. Podía dejar que ella se entretuviera con sus cartas astrales y sus artículos de
periódicos viejos. ¿Qué daño podía hacer? Comprendía que lo que ella pretendía era, sobre todo, ayudarle
a él, y un poco de ayuda de Nana podía servir de mucho. Se metió la mano en el bolsillo, extrajo la moneda
de oro e hizo girar sobre sus dedos el metal terso. La luz suave de la biblioteca se reflejó en el canto de la
moneda. Nana le dirigió una mirada significativa. El volvió a guardarse la moneda en el bolsillo
Nana se inclinó y apagó la máquina lectora de microfilmes. Después, se quitó las gafas y las dejó
cuidadosamente colgadas sobre su pecho hundido.
-Veo que no te crees nada de lo que te cuento.
Él se revolvió, incómodo.
-No tienes nada que sea definitivo. Por otra parte, solo tres de los incendios recientes carecen de
explicación. Con el tiempo acabaremos por descubrir sus causas.
-No las descubriréis si las buscáis a vuestra manera.
Él inclinó la cabeza.
-Es verdad que no tenemos idea de cómo se inician los incendios, pero yo encontraré una
explicación lógica. En un incendio hay cuatro elementos que nos pueden indicar si el incendio es accidental
o provocado: la fuente de combustible, la fuente de oxígeno, la fuente de encendido y la reacción quirnica
entre estas tres. Esto se llama el triángulo del fuego.
-¿Y si la reacción química es mágica? -preguntó Nana.
-Ya hemos hablado de todo esto, Nana. En la mayoría de los casos, podemos encontrar una causa
razonable. Reconozco que la causa no siempre salta a la vista, pero así son las cosas. Un incendio solo
puede tener dos causas. Quiero decir que solo puede ser accidental o provocado. Dicho de otro modo, un
incendio se produce o por error o a propósito.
-¿Y la combustión espontéa?
-¡Nana! No estamos hablando de que haya personas que empiezan a arder. Se trata de incendios
de estructuras, sin pérdida de vidas humanas.
-Me pregunto si un animal podrá arder por combustión espontánea -murmuró ella.
Tanner levantó los ojos al cielo. Senil. Se estaba volviendo senil.
-¿Y no observaste nada extraño en los fuegos de ahora? ¿Nada en absoluto? -le preguntó ella,
enarcando las cejas.
Un temblor de miedo le hizo cosquillas en la garganta. Si le contaba a ella las impresiones que le
habían producido los incendios, sobre todo el de casa de los Ferguson, ella lo presentaría de manera
triunfal y se lo repetiría una y otra vez como prueba de que él era, en efecto, una persona mágica, como
siempre había sabido ella. Se apoyaría en ello para obligarle a creer que él tenía poder para cambiar las
cosas, un poder que no poseía, desde luego. ¡Daban buena fe de ello las pésimas decisiones que había
tomado a lo largo de su vida! Él no estaba dispuesto a tragárselo, y ella no podía obligarlo. El mundo de ella
estaba lleno de trampas y de miedos psicológicos en los que no caía la gente corriente, ni tampoco caía él.
El que él se hubiera servido para salir del incendio de los Ferguson de una de las fórmulas que le había
enseñado ella de niño había sido una casualidad, ideas raras que le habían venido a la cabeza en un
momento de terror, nada más. Por lo menos, aquello era lo que él llevaba tres semanas diciéndose a sí
mismo.
-¿Tanner? -insistió Nana, con una mirada de inocencia fuera de lo común, y él se preparó para lo
peor. Evidentemente, quería decirle más cosas.
-¿Sabes? -dijo Nana despacio, como si quisiera recalcar especialmente en el cerebro de él cada
una de sus palabras-. Ayer me llamó un periodista de La Gaceta de Cold Spríngs. Se han interesado por

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

mis investigaciones sobre los incendios -añadió, con una sonrisa de inocencia-. El personal de la biblioteca
me ha ayudado mucho, y supongo que alguno habrá comentado rmi análisis a los del periódico...
Sonó un timbre de alarma en la cabeza de Tanner.
-Pero yo he querido hablar antes contigo para conocer tu opinión -siguió diciendo ella con una dulce
sonrisa-. Por eso te he llamado esta mañana. Puede que haya llegado el momento de que salga del
armarlo, por así decirlo. De hablar a la comunidad de la brujería. De que salga y diga sin más: "Escuchad:
soy bruja". Sería como si les sacara la lengua, después de tantos años. ¿Verdad que sería un titular
estupendo? Bruja local opina sobre los incendíos. Al fin y al cabo, no me queda mucha vida por delante...
A Tanner se le hizo un nudo en la garganta y tardó un momento en poder hablar. Aquella era la
baza secreta de Nana. Si ella hablaba a los periódicos de sus teorías sobre los incendios y de la práctica de
la brujería en la familia, él perdería su trabajo con toda seguridad. ¿Por qué se empeñaría ahora con tanto
ahínco en fastidiar las cosas? En aquel momento se imponía una maniobra de distracción.
-Si eres capaz de presentarme algo más que lo que tienes aquí -dijo, dando un golpecito sobre los
papeles que estaban en el escritorio-, pensaré muy en serio en lo que me cuentas. Pero será mejor que no
digamos nada a la prensa de momento. ¿De acuerdo, Nana?
-¡Entonces es que has visto algo! -exclamó Nana.
Tanner suspiró para sus adentros, preguntándose si toda aquella conversación no habría sido más
que una trampa que le había tendido ella para sonsacarle lo que quería.
-No, no he visto nada, y por eso desconfío. Al fin y al cabo, si hubiera visto algo, estaría de acuerdo
contigo, ¿no? -dijo, intentando devolverle la pelota a ella-. Pongamos las cosas claras, Nana: el resto de la
gente no cree en una buena parte de las cosas en las que crees tú, ¿sabes? Si te pusieras a hablar al
periódico de tus teorías ahora mismo, sin pruebas, quedarías por tonta.
Nana estrechó los labios y frunció las cejas delicadas con un gesto de desánimo.
Tanner se recostó en su asiento, comprendiendo la impresión que habían producido en ella sus
palabras y sintiéndose un farsante de primera, pues acababa de mentirle a ella y, evidentemente, de
mentirse a sí mismo también. Probablemente le haría creerse loca. Pues bien, maldita sea, ya era hora de
que Nana saliera de Nanalandia y entrara en el mundo donde vivía el resto de la gente.
Nana se puso a recoger todos sus papeles.
-Tienes razón –dijo en voz baja-. No sé en qué estaría pensando.
Tanner se frotó el cuello, abrió la boca y volvió a cerrarla.
-Vale –dijo por fin-. Mira. ¿No me dijiste una vez que Jayne tenía unos diarios en alguna parte?
No se creía que le estuviera concediendo esta última oportunidad. Pero el sentimiento de
culpabilidad de Tanner lo impulsó a seguir delante.
-¿Por qué no investigas un poco y los buscas? Puede que allí encuentres algo más cocnreto; pero,
Nana, no digas nada a los periódicos sin consultar antes conmigo cualquier cosa que descubras. Te lo pido
nor favor. ¿De acuerdo? –dijo Tanner. Apoyó los codos en la mesa y se frotó los ojos con los dedos.
-Janey escondió todas las notas de su rama de la familia antes de morir -dijo Nana despacio,
animándose con la idea-. Ninguno hemos sido capaces de encontrar su diario personal. Yo tengo las notas
de nuestra rama de la familia, sí. Los otros... bueno, sus familiares solían nuemarlo todo cuando morían. En
aquellos tiempos no éramos unos grandes historiadores. A lo largo de los años he llamado por teléfono a
docenas de personas, pero parece que nadie tiene ninguna información. Por desgracia, ya no tengo una
memoria excepcional. Si recordara algo más de lo que decía ella…
A Tanner empezaron a sudarle las palmas de las manos. Puede que el personal de la biblioteca
aceptara a Nana con buen humor, pero las familias antiguas de la comarca pondrían el gritoen el cielo si
esta empezaba a desenterrar huesos viejos que más valía dejar en sus tumbas. La expulsarían de la
biblioteca al instante. Había oído decir a Nana desde hací muchos años que eran las familias más
poderosas del condado las que subvencionaban la biblioteca.
-¿Qué clase de llamadas de teléfono has hecho, Nana? No te habrás puesto en contacto con nadie
últimamente, ¿no?
Ella hizo caso omiso de su pregunta.
-¡Tengo una idea estupenda! -exclamó-. Creo que debería hablar con Lexi Riddlehoff.
-¡Debes de estar de broma! -dijo Tanner, aterrorizado.
-En absoluto. Creo que puede ayudarnos. Tiene una colección de datos y de leyendas locales
superior a cualquier cosa que podamos encontrar aquí. Estoy segura de que se guarda cosas a las que
nosotros no podemos acceder de ninguna otra manera.
-Lexi es el último con quien debemos hablar, Nana. Es aficionado a aparecer en la prensa, y
acabamos de decidir que no ibamos a meter a la prensa en esto, ¿no es así?
Nana hojeó los papeles con una expresión que era casi de terquedad.
-Lleva diez años intentando hacerte hablar de las brujas de por aquí, desde que heredó las fincas
de los Riddlehoff. Si se pone a investigar, va a levantar un avispero.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Nana lo miró con gesto inexpresivo.


Tanner decidió jugar su baza más arriesgada con tal de tranquilizar a Nana y evitar que hablara con
la prensa, lo cual era inevitable siempre que intervenía Lexi.
-Lexi no es de los nuestros. No es una persona mágica. ¡Tú lo sabes!
Muy bien. Le tiraba a la cara el honor de la familia, el linaje en el que él no creía y que odiaba al
mismo tiempo. Se sintió como un verdadero canalla.
En los ojos envejecidos de Nana se advirtió que reflexionaba sobre ello.
-Supongo que cuando hable con la prensa preferiré hablar directamente. Después de haberlo
comentado contigo, naturalmente -se apresuró a añadir.
Tanner la dejó sintiéndose como un farsante, pero satisfecho al saber que ella seguiría ocupándose
de sus cosas sin meter en ello a la prensa... ni a Lexi. Naturalmente, tratándose de Nana, nunca se sabía
en qué líos era capaz de meterse.

NANA LORETTA se recostó en su sillón, pasándose los dedos por la montura de alambre de sus
gafas, observando la ancha espalda de Tanner, que se alejaba por la biblioteca pisando fuerte con sus
botas de marcha sobre el suelo de linóleo reluciente. Tanner llevaba el pelo largo, el último vestigio de
pagano que le quedaba, recogido en la nuca con una tira de cuero. Se puso de golpe en la cabeza el
sombrero de cazador mientras se cerraban a su espalda las puertas de la biblioteca.
Nana se sentía culpable, en parte, por manipularlo. Comprendía perfectamente el miedo de Tanner
a la vergüenza pública; pero, oponiendose a su propio buen juicio y a la compasión humana, había
aprovechado ese miedo de Tanner en contra de él. Dejó caer las gafas hasta su pecho y se frotó una
articulación de la mano que le dolía por la artritis. Echó hacia atrás la cabeza y levantó la vista hasta la
franja de ventanas que rodeaban la sala y por las que entraba la luz del sol. ¿De cuántos otoños más
disfrutaría? ¿Podría ser aquel el último? Era muy posible.
Puede que él tuviera razón. Se estremeció al pensarlo. Podía ser que las teorías de ella no fueran
más que los delirios de una mente senil... pero ella no se sentía senil.Y siempre que aullaba la sirena del
parque de bomberos, ella olía la amenaza que estaba en el aire. Era espesa y empalagosa. Se escapó un
suspiro de sus labios marchitos. ¿Cuántos incendios se habían producido desde el 22 de septiembre? Eran
demasiados para poder contarlos, tres de ellos misteriosos, y todavía faltaba bastante para que terminara el
mes de octubre. Pero aquello podía ser normal, sobre todo después de un verano tan seco. No. No. Se
avecinaba algo malo, muy malo. Ella lo sentía. Todas las prácticas adivinatorias que había consultado lo
confirmaban.
Dio una palmada sobre el escritorio con su mano vieja, sintiéndose frustrada por no ser capaz de
poner fin a los incendios. Ah, no era por falta de intentarlo. Había realizado varios ritos, pero la magia era el
acto de equilibrar las cosas. Si las cosas estaban muy desequilibradas, tardaría tiempo, un tiempo del que
quizá no dispusieran. Lo que le hacía falta era un grupo numeroso; pero la mayoría de los viejos habían
muerto, se habían marchado al País del Verano hacía mucho tiempo, y los nuevos no tenían la experiencia
suficiente. ¡Cuánto más fácil sería si Tanner volviera a creer! Pero se negaba a creer. Nana sacudió la
cabeza con tristeza: despues de tantos años de formación, cuando era niño, había renegado de un plumazo
de todo su pasado. Le había dado la espalda, tan grande como la tenía. Se había vuelto hombre. Nana
arrugó la nariz, enfadada. Le había mentido cuando había dicho que no había notado nada en el incendio.
No hace falta ser vidente para interpretar la expresión de una persona a la que has criado desde niño.
Y también estaba lo de Siren McKay.
Tanner no había movido ni una pestaña cuando Nana había pronunciado el nombre de Siren. ¿Era
posible que se hubiera olvidado de ella?

SERATO SALIÓ FURTIVAMENTE de la sección de libros de referencia, desde donde había


escuchado, oculto, la conversación del hombre y la anciana. Les había oído citar el nombre de Siren y
aquello había suscitado su interés. Si había ido a la biblioteca era por otros motivos. Era fundamental
documentarse, y había demasiados como él que no llegaban a dominar los recursos complicados
necesarios para sobrevivir a largo plazo y para alcanzar éxitos repetidos. El que lo había contratado, por
otra parte, le pedía también otras informaciones, pero estas las conseguiría en su mayor parte en el
juzgado local. Sonrió, acariciándose el bigote. Aquella conversación podía resultar útil. Consultó su reloj:
todavía le quedaba una hora libre antes de presentarse en su puesto de trabajo a tiempo parcial.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

De momento, la McKay salía poco de su casa, salvo para hacer visitas al pueblo, donde iba sobre
todo a la ferretería y a los supermercados. Los informantes de Serato habían estado en lo cierto: hablaba
con pocas personas, y no mantenía conversaciones íntimas con nadie. Por eso se sorprendió al leer en el
tablero de anuncios de la biblioteca una nota que anunciaba un programa de hipnoterapla patrocinado por
el condado. La última línea decía: "Siren McKay, Hipnoterapeuta Diplomada". Serato sabía que ella se
había dedicado a esto en NuevaYork, el dato figuraba en la documentación que le había entregado
generosamente la persona que lo había contratado. Pero le sorprendió enterarse de se proponía establecer
allí una consulta, teniendo en cuenta o la mancha que había caído sobre su reputación.
Una mujer con valor.
Hasta el momento, la mayoría de los movimientos de Siren habían sido irregulares. Esta había
alquilado un Volkswagen Rabbit, un cacharro de color azul cerceta al que le faltaban los tapacubos,
mientras tenía el coche en el taller. Estaba tan estropeado como su propio coche y hacía un "put, put" en
las rectas. Lo cual dio a Serato una idea excelente.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

LA LUZ TENUE del Bar y Restaurante El Atadero se reflejaba en una barra de ébano que recorría
el establecimiento en toda su longitud. Siren miró a su alrededor, nerviosa. Todas las cabezas de los
presentes se volvieron hacia ella. Todas las cabezas de los presentes eran masculinas. "Una
equivocación", pensó. Gracias a Dios que solo había siete u ocho cabezas. Tres volvieron a girar hacia la
mesa de billar que estaba al fondo, a la derecha. Siren no supo si sentirse injuriada o aliviada. Titubeó.
Quizá fuera mejor que se diera la vuelta y se marchara. El estómago le protestó a gritos. De acuerdo: se
arriesgaría.
Había cerca de la puerta un letrero que decía: siéntense ustedes mísmos. Se filtraba una luz débil
por la ventana grande, redonda, de las puertas de acero inoxidable que separaban el restaurante de la
cocina. No había nadie tras la barra, pero había tres hombres, los tres de vaqueros, botas de mozo de
cuadra y camisa de franela, sentados en taburetes del lado de los clientes. Uno tenía el pelo largo, recogido
con una tira de cuero crudo en una coleta que le caía por el centro de la ancha espalda, y llevaba puesto un
sombrero de cazador, ladeado con descaro. De vez en cuando hacía saltar en la mano y recogía de nuevo
un objeto plano y dorado. Había a su lado un tipo grueso que lo llamaba “jefe". El tercero era un sujeto
pequeño y delgado, pelirrojo, que hacía gestos desaforados mientras contaba un chiste o algo así. Los tres
se rieron, olvidándose por fin de la presencia de Siren, cosa que a esta no le molestó ni mucho menos.
Entre Siren y la barra había un laberinto formado por varias mesas de madera con manteles de
cuadros azules. En cada mesa se exhibía una rosa roja de plástico, cubierta de polvo, en un florero azul
también de plástico. A la izquierda de Siren había varios reservados nuevos, en uno de los cuales se
sentaban dos caballeros de traje oscuro y con corbatas de colores vivos.
Siren optó por sentarse en uno de los reservados tapizados de piel azul. No tuvo que esperar
mucho tiempo. Se presentó una mujer ioven, con aspecto de universitaria, que le puso delante un vaso de
agua, un servicio de mesa y un menú que llevaba el título de El Nuevo Restaurante Famíliar El Atadero. La
muchacha no iba vestida de camarera; llevaba, más bien, un vestido estampado largo, de algodón, con
cuello blanco inmaculado y un delantal brillante de limpio. Siren pidió un bistec poco hecho y un pilaf de
arroz y se puso a esperar que le sirvieran la cormida. Llegaban a su mesa, procedentes de los tipos que
estaban a dos reservados de distancia, fragmentos de noticias locales y de chismorreos del pueblo,
entremezclados con charlas apasionadas sobre la Bolsa. Siren apoyó la cabeza en el respaldo de piel
suave y se relajó.
Sus pensamientos vagaban, apoyados en lo que escuchaba sin querer. Los tres caballeros de la
barra formaban parte de la Compañía de Bomberos Ciudadana Número 2. Siren recordaba vagamente que
la Número 1 se había quemado cuando ella era nifia. Observaba las espaldas de los hombres, que se
agitaban a veces por el calor de su conversación y que estaban absolutamente quietas en otros momentos.
El que llevaba el sombrero de cazador sujetaba una botella de ginger ale, cosa que a Siren le pareció
extraña, teniendo en cuenta que estaban en un bar. Calculó que tendría más de cuarenta años; pero en un
pueblo pequeño como aquel podían ser unos treinta y muchos muy mal llevados. Siren se encogió de
hombros. ¿Qué le importaba a ella?
No se dio cuenta de cuándo había empezado a advertir las llamas, pero el caso era que estaban
allí. Saltaban, se retorcían, eran como una pared ardiente interpuesta entre los hombres y ella. Solo que...
no eran auténticas. No había sonido; había solo una película diáfana y móvil.
Abrió un poco más los ojos, con el cuerpo paralizado. Al pensar en ello se dio cuenta de que
aquello había empezado como una transparencia roja como la sangre que había ido adquirido un color más
intenso. Saltaban de la pared llamas de color rojo dorado que se bifurcaban y formaban halos que
ondulaban alrededor de las cabezas de los hombres que estaban ante la barra. El fuego, seductor y
desazonador, no producía humo.
Parpadeó. Las llamas se retorcían formando zarcillos eróticos. ¿Debía gritar? ¿Debía exclamar que
el local estaba en llamas? El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho, que amenazaba estallar con la
presión de su miedo. Cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir despacio, dirigiéndolos de derecha a
izquierda, recorriendo la sala con la vista. Las llamas seguían allí. Nadie más se había fijado en ellas. La
camarera atravesó tranquilamente el voraz incendio, sonrió a un cliente y siguió adelante.
¡No lo veían! Debía de estar volviéndose loca. Se obligó a sí misma a respirar, a contemplar aquel
espectáculo, a aplastar su miedo. El fuego no era verdadero, pero ella lo veía de todos modos. Producía
una sensación... bueno, femenina. Los zarcillos de las llamas acariciaban al hombre del sombrero de
cazador, jugaban con sus largos cabellos, enviaban lenguas de fuego que le subían y le bajaban por la
espalda, se le enroscaban a la cintura esbelta, le volvían a subir hasta la cabeza, le besaban las orejas...
-¡Basta! -gritó.Todos los presentes en el bar se volvieron a mirarla, entre ellos el que era presa de
las llamas junto a la barra, cuyos ojos (sí, esos ojos plateados) se clavaron con atención en la cara de ella,
cautivando su vista asustada con una mirada fría. ¿Cómo era posible que un ser humano tuviera ojos de
color plateado? Tenía una larga cicatriz que le bajaba desde la sien por la barbilla. Casi le resultaba

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

familiar. ¿Lo conocía del instituto de secundaria? No. Aquel era un pueblo pequeño. Si él hubiera vivido allí
toda la vida, lo más probable es que ella lo hubiera conocido en alguna ocasión.
-Debo de haberme quedado dormida -dijo, avergonzada y apurada, y tomó un trago de agua con
mano temblorosa. La camarera apareció a su lado con el bistec. Las llamas habían desaparecido. Habían
desaparecido por completo. Las conversaciones prosiguieron, en tono más bajo que antes, aunque el
hombre de los ojos plateados se había sentado de lado en el taburete para poder dirigirle una mirada de
vez en cuando. Siren se puso a comer en silencio, intentando evitar sus miradas. Intentó recordar la visión
que habían tenido de las llamas, pero no era capaz de evocar nada. Cuando estaba terminando de comer,
el restaurante estaba muy animado, lleno de clientes, y ella ya no veía al hombre del sombrero de cazador
y los ojos plateados. Entraban por la puerta a intervalos regulares diversos adultos acompañados de niños
de distintas edades y más o menos bulliciosos, con lo que el ambiente alcanzó un nivel de ruido rayano en
el estrépito. Alguien echó unas monedas en la máquina tocadiscos.
Siren pagó su cuenta y se apresuró a atravesar aquella algarabía y a salir al crepúsculo otoñal,
silencioso y frío. Una leve niebla flotaba sobre el suelo. Pensó en volver a su casa antes de que la niebla
decidiera envolver el pueblo para toda la noche.

SERATO se acarició el bigote, observándola con atención. Se había asegurado de que el


restaurante estuviera lleno de público antes de entrar y de tomar una mesa en la que ella no pudiera
observarlo con facilidad. La había mirado de reojo en la medida de lo posible para mantener el anonimato.
Ella había comido en silencio, sin rmirar a la derecha ni a la izquierda. Él pasó la lengua por el borde de su
vaso de agua. Se sentía fuerte, poderoso, cazador. Era una sombra. Ella estaba sentada sola, con la
cabeza apartada de la mayor parte de los clientes, como si no quisiera que la reconocieran, como si temiera
ser objeto de atención. Serato reconoció en el hombre que estaba junto a la barra al que había hablado con
la anciana en la biblioteca aquel mismo día. Escuchó con atención y confirmó con agrado lo que había
deducido antes. El hombre de la coleta morena era el jefe de bomberos, y los que estaban con él eran
bomberos voluntarios.
Husmeó disimuladamente el aire cuando ella pasó rozando su mesa. Recordaría aquel olor. La miró
con atención, observando su manera de moverse mientras pagaba la cuenta y salía por la puerta. Había
cambiado desde que había estado en la cárcel. No es que estuviera más mansa... era otra cosa. Tenía
algo... de felino. Esto le agradó enormemente. ¡Sería un desafío excelente!
Serato terminó de comer. No tenía por qué darse prisa: ella no tenía dónde ir salvo a su casa. Si él
hubiera tenido dónde llevarla, su cita con la muerte se habría llevado a cabo aquella noche. Debía esperar.
Valdría la pena. Mientras tanto, la observaría y se imaginaria cosas. Sí: las imaginaciones formaban parte
de la diversión.
Cuando él salía, entró un poli flacucho seguido de dos amigos. Un tipo de poco peso, con pinta de
memo, vestido con traje, y un bajito con aire de bonachón que daba la impresión de no haberse bañado
desde hacía una semana.
Serato arrugó la nariz con desagrado.

SIREN SE QUEDÓ de pie un momento en el aparcarmiento, dejando que sus pulmones


absorbieran a fondo el aire sabroso del otoño. ¿No olía algo a quemado? Pasó a su lado deprisa una moto
de todo terreno que arrojó polvo y gravilla hacia sus pies y entró en la carretera ruidosamente. Vio alejarse
al motorista hacia la montaña, con los flecos de cuero de su traje al viento.
-Me está pasando por fin -murmuró mientras conducía su coche, camino de su casa-. Estoy
perdiendo la razón. Ya era malo de suyo no poderme quitar de la cabeza el juicio. Sueño todas las noches
con el cadáver de Max, desmadejado y desangrándose en la alfombra. Ahora veo incendios imaginarios.
Ayer creí que había alguien en la casa. Puede que mi mente intente liberarse de los recuerdos.
Esta última explicación le pareció insuficiente.
La carretera de Lambs Gap tenía varias curvas cerradas al salir del pueblo, pero al abrirse el
paisaje entre terrenos cultivados, la carretera se volvía más recta y más regular. Tomó la última curva, y,
cuando enfiló la recta y pisó el acelerador, el Volkswagen Rabbit tosió y se ahogó.
Faros de un vehículo en el retrovisor.
Cerca.
Demasiado cerca.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Todo lo demás tan oscuro como el interior de un ataúd. En aquel tramo de carretera rural no había
farolas ni viviendas. Pisó el acelerador, confiando en distanciarse un poco del conductor impaciente que
tenía detrás. Aquello era lo único malo que tenían las carreteras rurales de Pensilvania por la noche: los
conductores más prudentes siempre conseguían convertirse en unos imanes idiotas.
El coche que tenía detrás igualó su velocidad.
Más cerca.
Intentó dar más gas al Rabbit, pero el cochecito no quiso colaborar. Era como si el acelerador
dijera: íré a ochenta y no pasaré de ahí. Puede que si aflojaba, el conductor impaciente no tuviese
inconveniente en adelantarla.
Redujo la velocidad.
El coche de atrás redujo la velocidad.
Siren pisó el acelerador. Ah, a noventa, nada menos.
¡Bam!
Aquello le parecía increíble: el tipo que tenía detrás había dado un golpe en la parte trasera del
Rabbit. Ella se desvió hacia la derecha.
El otro se puso en el carril de la izquierda y avanzó hasta su altura. ¡Tenía las ventanillas de vidrio
ahumado! Se adelantó, irrumplo en el carril de ella y aceleró. Dos segundos más tarde, pisó los frenos
bruscamente. Siren, con los ojos muy abiertos, dio un volantazo y patinó por la carretera. El pequeño Rabbit
rodó entre los rastrojos de un maizal. Se detuvo violentamente, apuntando en el sentido opuesto al camino
que llevaba. A Siren le latía locamente el corazón en el pecho. Se volvió para mirar atrás.
El coche había desaparecido.
La carretera estaba vacía, a oscuras y cubierta a intervalos por franjas espesas de niebla.
Hizo el resto del camino conduciendo con cuidado. Debía de tratarse de algún chico que queria
presumir de coche nuevo a costa de ella, nada más. Se aferraba nerviosamente al volante con los dedos.
Una vez más, estuvo a punto de chocar con la farola semicaída del final del carmno de acceso a su casa.
"Tengo que arreglar de una vez esta farola", pensó, demasiado tarde.
La niebla, que ya era tan turbia como el agua de una alcantarilla, le llenó los pulmones mientras
subía trabajosamente al porche de la parte delantera de la casa. Se quedó en el último escalón. Este
rechinó bajo su peso. Se detuvo a olfatear el aire. ¿Por qué no dejaba de oler a quemado? Echó una rápida
ojeada por el patio, pero solo percibió las franjas anchas de aire gris húniedo. Sintió un picor en el cuello
como si hubiera alguien espiándola desde más allá de sus cinco sentidos. "¡Verdaderamente, Siren, te
estás dejando dominar por tu imaginación!", se riñó a sí misma.
A pesar de todo, la invadió una sensación de alivio cuando cerró la puerta de dos segmentos sin
haber recibido ningún ataque y encendió la luz, llenando el zaguán de un brillo intenso. En aquellos
momentos sentía la necesidad de ver espacios vacíos limpios, ordenados y luminosos; lo cual no le costaba
gran trabajo, teniendo en cuenta que no tenía muebles. Se los entregaban el día siguiente, a primera hora,
según el vendedor optimista con el que había hablado en el transcurso de su larga serie de compras de
aquel día. Comprobó el contestador automático, que estaba como desamparado en el suelo de roble
brillante del salón, que pronto sería su despacho. No había ningún mensaje.
Se duchó; se puso sus calzones largos de color azul claro, se preparó un té y se dispuso a repasar
una última vez los contratos de Ángela. Aullaba a lo lejos una sirena, pero su mente apenas percibió el
sonido. En la ciudad se oían sirenas constantemente. A falta de muebles, se veía obligada a poner un
montón de almohadas en el rincón del salón y sentarse en el suelo con las piernas cruzadas. Dispuso los
papeles en el suelo, delante de ella, y releyó todos los documentos mientras se tomaba el té. Tenían buen
aspecto.
La subcontrata no representaba ningún gasto para el condado de Webster. El condado no le
pagaría directamente a ella; por lo tanto, ya podía olvidarse de aspirar a planes de pensiones, seguros
médicos y a las demás ventajas, pocas más, que tenían los empleados de la administración del condado.
Ella lo aceptó de buena gana. Tendría éxito o fracasaría por sus propios medios.
Firmó los contratos rubricándolos airosamente. Sonó el teléfono, atacándole los nervios. Se puso de
pie, entumecida, y dio una patada a la taza vacía, que rodó por el suelo pulido. Cogió el teléfono antes de
que hubieran terminado de sonar los dos timbrazos que daba de plazo el contestador automático antes de
empezar a repetir el mensaje. Al mismo tiempo, arqueó la espalda para quitarse de encima el
entumecimiento.
-Margaret McKay -dijo, adoptando ese tonillo profesional ,que acostumbramos a usar al responder a
llamadas profesionales, y dando su nombre oficial.
-Señora McKay, soy Rachel. ¿Me recuerda? Nos conocimos ayer por la tarde.
Siren se dio cuenta, avergonzada, de que se había olvidado de la muchacha por completo.
-Desde luego, Rachel. De hecho, acababa de firmar los contratos. ¿Quiere que se los lleve a la
oficina, o prefiere pasarse a recogerlos mañana por la mañana?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Si, bien, lamento molestarla, pero no la llamaba por eso. Déjelos en su porche y ya los recogeré
camino del trabajo. En realidad, le llamaba por lo otro.
Siren no estaba segura de qué le estaba hablando aquella mujer. Guardó silencio.
-Creo que he cambiado de opinión -dijo Rachel, con voz inestable e insegura, con un leve matiz de
susto. Siren creyó percibir el llanto de un mño al fondo-. Lo de la sesión. No me interesa.
-No debe tener rmedo a la hipnosis, Rachel. No hay nada que temer, y usted será consciente de
todo lo que pase, todo el tiempo. No hará nada en contra de su voluntad, y verá que es capaz de salir del
estado de inducción en cualquier momento que lo desee -dijo ella con voz tranquila. Torció la cabeza,
consciente del largo aullido de varias sirenas en las cercanías de su casa: un ulular largo, seguido de un
honk-honk gutural. Las sirenas volvieron a sonar, pasaron quejumbrosas por delante de la casa y se
detuvieron por fin, callando repentinamente a la mitad de uno de sus quejidos electrónicos.
-¿Qué ha sido eso? -le preguntó Rachel-. ¿Hay un incendio cerca de su casa?
-No tengo idea.
Rachel parecía asustada.
-Vaya a mirar. Con tantos incendios como ha habido últimamente... ¡Qué miedo! La espero al
teléfono.
-Ah, no creo que...
Pero Rachel no se avenía a razones. Siren, obediente, salió al zaguán y encendió la luz del porche.
La luz no respondió. Accionó el interruptor varias veces. Nada. Maldiciendo entre dientes, separó los visillos
y miró por la ventana de la parte delantera. No parecía que pasara nada malo entre la niebla espesa.
-No veo nada -dijo Siren, volviendo a llevarse el auricular al oído.
-Dispense, señora McKay, tengo que dejarla.

RACHEL ANDERSON colgó el teléfono de golpe, enfadada consigo misma.


-¡Callad! -gritó a sus hijos, cerrando con fuerza las manos pequeñas, clavándose las uñas en las
palmas-. ¡Callaos e id a dormir!
Los niños huyeron corriendo hacia su dormitorio.
Chuck, su marido, terminó de beberse su cerveza, eructó y aplastó la lata contra su pierna.
-Quita el culo gordo de delante, no me dej as ver la televisión -le dijo-. ¿Con quién demonios
hablabas por teléfono?
-Era una cosa del trabajo -respondió ella, pasando por el cuarto de estar de la caravana grande en
que vivían.
-Sí, bueno. Dame otra cerveza.
-Cógela tú.
El le tiró la lata a la cabeza. Ella se agachó para esquivarla. Pasó silbando por encima de ella y se
coló en la cocina, golpeando la cazuela grande de hierro fundido que estaba en el escurreplatos.
Rachel terminó despacio de guardar los cacharros. Nadie la valoraba nunca. Nadie. Se acarició la
nuca. Lo sentía venir. Ese dolor horrendo, el dolor que le hacía puré el cerebro. Rachel echó un poco de
aceite en el centro de la cazuela de hierro fundido y lo esparció con una servilleta de papel, para que no se
oxidara la cazuela. La secó con un paño y la guardó bajo la pila.
Abrió la nevera, suspirando, cogiendo con dedos temblorosos la fría lata de cerveza. Algún día todo
aquello habría termindo.
Se frotó las sienes, deseando que se le pasara el dolor. Algún día.

SIREN se quedó sentada, percibiendo un peligro, sujetando en la mano el auricular del teléfono,
que emitía un zumbido. Colgó el auricular y, cuando estaba buscando la taza vacía, sonó el timbre de la
puerta principal, haciendo que casi le saltara el corazón del pecho del susto.
Siren se acercó descalza a la puerta principal e intentó mirar por la mirilla. Pero entonces recordó
que ya no estaba en Nueva York y que no había mirilla. Su ojo no veía más que madera. Alguien aporreaba
la puerta por el otro lado, y la puerta, que vibraba con los golpes, le dio un buen empujón en la ceja en el
tiempo que tardó en darse cuenta de que no había mirilla. "Puede que me convenga poner una mirilla",
pensó, frotándose la ceja.
-¿Quién es? -preguntó, intentando disimular el miedo en su voz. Hacía un instante, el porche y el
patio estaban desiertos, según creía ella. La puerta, resto de una época en que había buenos artesanos,

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

amortiguó la respuesta, haciéndola incomprensible. Abrió prudentemente la mitad superior de la puerta de


dos segmentos. La prudencia que había adquirido con los años de vivir en Nueva York le reprochó
vivamente aquella estupidez; pero al fin y al cabo solo había abierto ligeramente la mitad superior de la
puerta. Por la rendija entre la puerta y la jamba vio a un agente del Cuerpo Regional de Webster. Al ver el
uniforme empezó a formársele una sensación desagradable en la boca del estómago. Tragó saliva con
fuerza.
-¿Señora Margaret McKay?
El timbre de la voz del agente le hizo pensar en una charla agradable junto al fuego, pero tenía un
deje que indicaba a gritos un carácter dictatorial y eficiente. La fama que tenía el Cuerpo Regional de
Webster por el nivel olímpico del entrenamiento de sus hombres siempre suscitaba comentarios de
admiración por parte de todos, desde los granjeros hasta los tenderos. Cada agente era un clon del anterior
y podría servir de modelo para un anuncio de material deportivo o un calendario de Chippendale, en función
del gusto de cada uno, claro está. Eso sí que no había cambiado en los últimos diez años. Aquel ejemplar
no era ninguna excepción. Superaba con mucho el metro ochenta y llevaba un sombrero Stetson marrón de
ala baja, las insignias oficiales y una media sonrisa de autoridad que dejaba al descubierto una dentadura
perfectamente blanca y regular. A ella se le puso rígida la columna vertebral, como para quitarse de encima
una circunstancia desagradable. Algunos policías de Nueva York eran iguales que aquel hombre en su
aspecto y en su conducta, pero después la habían tratado terriblemente mal en privado.
-Sí, soy Margaret McKay -dijo con inseguridad. Había muy poca gente que la llamara por su nombre
oficial. Abrió un poco más la puerta. El aire frío del otoño, cargado de neblina oscura, entró a hurtadillas en
el zaguán. Sintió frío en los dedos de los pies, sobre el suelo de baldosas blancas y negras.
El agente hizo ademán de quitarse el sombrero.
-Buenas noches, señora. Supongo que no me recuerda. Fuimos juntos al instituto. Me llamo Billy
Stouffer.
Siren no recordó nada durante un instante y hubo uno de esos silencios vergonzosos que se
producen mientras nos esforzamos desesperadamente por que las neuronas de nuestro cerebro recuerden
a la persona que tienen delante. Casi había esperado que vinieran a detenerla, lo cual era ridículo. Los
recuerdos dolorosos eran difíciles de eliminar.
-¿Billy? ¿Billy el Grande? -se le escapó, y se llevó inmediatamente la mano a la boca, consternada,
mientras lo miraba a los ojos oscuros.
-No te preocupes -dijo él, riéndose levemente-. Yo he perdido kilos, y parece que tú has cambiado
algo de aspecto también. He crecido mucho desde entonces. ¿Y tú?
Ella se tocó con la mano el pelo semimojado y recordó de pronto que llevaba unos calzones largos.
Se daba cuenta de que no estaba desnuda, por supuesto, pero ¿a quién le agrada que lo vean con su ropa
interior de invierno?
-Escucha, Billy, me gustaría mucho hablar contigo, pero no estoy vestida. ¿Has venido en visita
oficial o extraoficial?
Ella se aferró al tirador de la puerta entras los nervios le chirriaban. Sintió una opresión en el pecho.
Ya estaba. Ahora le leería sus derechos y le pondría las esposas. Era un mal sueño que se hacía realidad
una vez más. Casi había esperado que sucedería aquello, una pesadilla de la que ella no se podría
despertar jamás.
-¿Eres pariente de Jess Ackerman?
Siren inclinó la cabeza, despacio.
-Sí, es mi tío.
Tragó saliva con fuerza. Billy Stouffer no había vernido a llevársela, después de todo. Le temblaron
los párpados y respiró hondo, apoyándose levemente en la mitad superior de la puerta de dos segmentos,
apartándose de la cara una masa de pelo húmedo. La puerta osciló un poco con su peso. Billy extendió el
brazo como para sujetarla, pero vio que se ponía tensa y retrocedió rápidamente.
-Ha habido un incendio grave... en casa de tu tío.
A Siren le saltó el corazón a la garganta. Aunque su tío Jess y ella no se entendieran bien, ella no
quería que le pasara nada malo.
Dos siluetas caminaban torpemente por el camino hacia el porche. Ella extendió el brazo y tomó un
chal largo de lana gris de uno de los percheros de bronce de la pared del zaguán, y abrió un poco más el
panel superior de la puerta, llevándose al pecho el chal voluíminoso. Salió luz amarilla y cálida del zaguán
al porche, lleno de grietas y con la pintura deteriorada, e iluminó a un hombre que estaba en el escalón
superior y que parecía un oso.
-¿Tío Jess?
Siren quitó el pestillo de la mitad inferior de la puerta de dos segmentos, la abrió y la rodeó
corriendo, aplastando con los pies los fragmentos de pintura despegada. El tío Jess se tambaleaba en el

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

escalón superior del porche. Un joven agente, que tenía la camisa tan planchada que los pliegues le
arrojaban sombras propias, lo cogió del brazo y le ayudó a salvar el escalón y a entrar en la casa.
El tío Jess, vestido de pies a cabeza con ropa rasgada y manchada de hollín, recorrió con la vista la
vivienda vacía, consternado.
-¿No tienes muebles todavía, nena? -murmuró, rmientras cruzaba el zaguán arrastrando los pies y
entraba en el cuarto de estar desnudo. El olor a madera quemada y a Dios sabe qué otras cosas impregnó
la habitación-. Aquí no hay dónde sentarse -se quejó-. ¿Es que también se ha comído ella todas tus cosas?
-dijo, echando una ojeada inquieta a la chimenea apagada que estaba al fondo del cuarto de estar, a la
derecha.
Siren miró a Billy, que se encogió de hombros. El otro polícía se había quedado atrás. La boca le
formaba una línea estrecha y apretada, y sus ojos, tiernos, rmiraban con aire imperioso por encima de una
nariz aguíleña. Desde luego, no daba el tipo de agente del Cuerpo Regional de Webster al que estaba
acostumbrada ella. Su aspecto le resultaba familiar, en cierto modo, pero ella estaba segura de que él era
demasiado joven para que ella se acordara concretamente de él.
-¿Lo conozco? -preguntó al agente delgado.
-Lo dudo mucho -respondió este con voz tensa, con un tono que daba a entender que él no se
trataría de ninguna manera con gente como ella.
-Perdone mi error. Me temo que estoy mal de muebles hasta mañana -dijo ella, con un cierto matiz
nervioso en su voz-.Todavía no los han traído.
-Ella se levantó y se comió los míos -murmuró el tío Jess, con la vista perdida. Siren observó que
tenía las pupilas dilatadas-. Míra cómo tienes el pelo, nena -murmuró-. Así pareces una bruja: lo que eres,
Margaret McKay, con el pelo volando por la habitación. Esto es obra tuya, probablemente -le dijo,
amenazándola con un dedo-. Recordabas la manera de llamarla... sé que la recordabas. Tu tía Jayne, que
en paz descanse, decía que sabrías hacerlo. Decía que tenías el poder. Es verdad. Tenía razón. Supongo
que así pago yo el infierno que he creado... las cosas malas que he hecho. Supongo que me lo tengo
merecido... Supongo...
Siren lo miró fijamente, llena de confusión. Billy también parecia desconcertado.
El policía más joven atravesó el cuarto de estar con arrogancia, echó una ojeada a la cocina, volvió
y mió escaleras arriba al segundo piso. Después entró descuidadamente en el salón, con los pulgares
metidos en el cinturón. A Siren le dio la impresión de que estaba registrando la casa, y esto le produjo una
sensación vulnerabilidad y de incomodidad. Pero el tío Jess era más importante en aquellos momentos. Allí,
de pie, parecía un niño perdido. Siren dirigió a Billy una mirada interrogadora. Él abrió ligeramente los ojos
mientras negaba con la cabeza, pero Siren advirtió, por la contracción de su mandíbula, que no estaba a
gusto con su companero, pues sus ojos castanos seguían todos los movimientos del otro agente.
-Tío Jess... -dijo Siren con voz suave. El tío Jess parecía muy... bueno, muy viejo, allí de pie, en el
centro de la habitación desnuda, con los dedos manchados de tabaco que le temblaban, tirándose de los
bigotes con aire ausente. Los ojos, que solía tener claros, los tenía ahora turbios y de color gris oscuro.
No respondió.
-Hemos intentado llevarlo al hospital para que le hicieran un chequeo rutinario, pero él se negó -dijo
Bffly-. Podríamos haberle obligado...
El otro policía volvió al cuarto de estar y soltó un bufido. En la placa que llevaba en el pecho se leía
"Agente Dennis Platt".
-Yo no solo diría que "se negó". Le hicimos unas recomendaciones muy competentes...
Billy le hizo callar levantando la mano y frunció el ceño.
Dennis puso mala cara.
-En Información siguen intentando ponerse en contacto con alguno de sus hijos -dijo Billy-, pero de
momento no han tenido suerte. Al parecer, se han ido todos juntos de acampada al monte para toda la
semana. Ya los encontraremos. Nos ha pedido que los hagamos venir aquí.
Siren echó una mirada por su casa vacía. ¿Qué iba a hacer con el tío Jess?
-Tío Jess, podría pagarte una habitación en el pueblo -le dijo con prudencia-. Aquí no tengo sitio
para que duermas tú. Ni siquiera tendré cama para mí hasta mañana.
"Además (pensó ella), lo último que quiero es tener que andar a la greña con los hermanos
Ackerman. En cuanto se enterasen de que su padre se alojaba aquí, se me echarían encima". Había habido
mucha mala sangre entre los chicos Ackerman y ella, y Siren dudaba de que se hubieran vuelto más
abiertos con el paso del tiempo. Sus mujeres eran igual de malévolas. No. Era imposible. El tío Jess no se
podía alojar allí.
-No me voy al pueblo. Ella se ha comido mi casa. Tú me puedes alojar -dijo, frunciendo los labios
con un gesto de terquedad.
Siren suspiró. Si se presentaban allí los chicos Ackerman a recoger a su padre, lo más probable era
que salieran a relucir cosas feas que habían quedado pendientes. Por otra parte, tampoco podía meter a

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Jess solo en una habitación, sin que nadie cuidara de él de algún modo. Era evidente que Jess estaba
sufriendo una crisis mental.
-Ya te dije que no había seguridad de noche -dijo Jess, dando un pisotón en el suelo-. Y ¿me hiciste
caso? ¡No! ¡La nena, la señoritinga listilla de NuevaYork, no sabe nada!
Se le acumulaban espumarajos en la comisura de los labios agrietados.
-Has sido tú quien has invocado a la perra. Sé que has sido tú. -dijo. Se volvió y se acercó con paso
vacilante al ventanal del cuarto de estar, y puso una mano llena de hollín sobre las cortinas nuevas para
apartarlas. Se quedó mirando al exterior oscuro y lleno de niebla. Siren hizo a Billy el gesto de beber en un
vaso, pero este negó con la cabeza: el tío Jess no había bebido. El otro agente se cruzó de brazos y se
recostó sobre la pared, recién pintada de color crema, contrayendo el delgado labio superior con un gesto
de puro desdén.
Billy se dirigió al joven agente y le dijo:
-Dennis, vigila a Jess un rato. Yo voy a hablar con Siren en la cocina.
-No creo que me pagen para hacer de niñera -replicó Dennis.
Se produjo un momento de tensión entre los dos agentes. Siren hizo como que no lo notaba. Billy la
llevó del brazo por el cuarto de estar hasta la cocina.
-¿Podrías hacer algo de té o de café? -le pidió Billy.
-Claro -dijo ella; y se puso a llenar la tetera, dando un golpe un poco más fuerte de lo normal con
esta contra la pila de acero inoxidable-. ¿Qué ha pasado?
-No lo sabemos. Habíamos tenido bastantes incendios en el condado de Webster en las últimas
semanas. Algunos no tenían explicación. El alcalde ha hecho venir a peritos de otro estado, pero tampoco
ellos han sido capaces de explicar nada. También los haremos venir para que vengan a ver este caso,
antes de que los chicos de aquí se metan con ello. Nuestro jefe de bomberos no es precisamente una
persona de toda confianza.
Se frotó la frente con la mano y se ajustó el sombrero en la cabeza.
-¿Cómo ha sido de grave? Lo de su granja, quiero decir.
-La casa ha quedado destruida. El granero no ha sufrido daños de importancia. El ganado está
intacto, a excepción de un cerdo negro histérico al que atropelló un coche de bomberos.
Siren puso la tetera en el fogón y encendió el gas.
-¿Y el tío Jess?
-Cuando llegamos, seguía entrando y saliendo a todo correr de la casa en llamas. Gritaba que
había algo que se lo estaba comiendo. No tiene quemaduras y ha conseguido salvar algunas de sus cosas.
El departamento de bomberos tiene una asociación de damas auxiliares. Ellas se encargarán de embalar lo
que salvó Jess, en cuanto dé el visto bueno el jefe de bomberos. Lo que sea aprovechable lo guardaremos
en el granero de Jess. Cuando pueda buscar algo más entre los restos del incendio, las damas le ayudarán,
pero no creo que encuentre gran cosa. En todo caso, todavía no puede tocar nada hasta que se pasen los
peritos mañana por la mañana y hasta que nosotros estemos convencidos de que el incendio ha quedado
extinguido por completo. Cuando se encuentre mejor, tendré que tomarle declaración, y estoy seguro de
que las autoridades de control de incendios querrán hablar con él también.
-¿Estás seguro de que no tiene quemaduras? ¿No le habrá caído nada en la cabeza? Lo que
quiero decir es que parece que está muy alterado, y no cabe duda de que la cabeza no le funciona bien.
Billy se encogió de hombros. Sus anchos hombros se movieron con soltura bajo su carruisa azul
marino, bien planchada. La insignia que llevaba en el bolsillo del pecho lanzó un destello a la luz del techo
de la cocina.
-Los de nuestro equipo médico de emergencias dicen que aspiró algo de humo, pero que, aparte de
eso, está bien. Puede que no sea más que una conmoción. Vieron que tenía la tensión arterial un poco alta,
pero dentro de lo normal, teniendo en cuenta por lo que ha pasado. Pero si no se normaliza mañana por la
mañana, sería mejor que lo llevases a ver a su médico de cabecera. No ha estado lo que se dice
colaborador.
Siren dispuso cuatro tazones de infusión de hierbas sobre una bandeja de plástico anaranjada que
tenía forma de calabaza.
-Lo que me quieres decir es que lo que te parece más indicado es que se quede aquí.
-Si no hay inconvemiente.
Siren suspiró. Si madrugaba lo suficiente, quizá pudiera sacar de allí a Jess, pasarse por el médico
si era necesario y buscarle algún alojamiento, evitando a los hermanos Ackerman, y a las esposas de estos
si se las traían también. No: eso no podía ser. Iban a traerle los muebles por la mañana.
-¿Debo enterarme de algo más? -preguntó, sin atender del todo, dando vueltas todavía al problema
de qué haría con el tío Jess.
-De momento, no. Cuando tengamos más información, te la comunicaremos. Pero, para ser sincero
contigo, si este incendio es como todos los demás, creo que no habrá mucha más información. Mientras

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

tanto, deberás enterarte de cuál es su compañía de seguros e intentar resolverle ese trárm'te. La noticia de
que está aquí alojado correrá por el pueblo, así que es posible que te suene el timbre de la puerta sin parar.
La mayoría de las personas mayores se ayudan entre sí.Vendrán a verlo todos los que puedan.
Estupendo: primero los hijos del tío Jess, y después la asociación local de ancianos. Era
precisamente lo que menos falta le hacía a ella y lo que menos deseaba. El agente Dennis Platt puso mala
cara y miró ostensiblemente su reloj al entrar en el cuarto de estar.
-Más vale que nos pongamos en canimo -dijo.
Billy miró para otro lado, con expresión cautelosa.
-Creo que podemos tomarnos una taza de te, Dennis. Al fin y al cabo, ya es casi la hora de nuestro
rato de descanso.
Dennis se irguió y apretó la mandíbula bajo la nariz ganchuda.
-Yo paso.
El tío Jess no se apartó de su puesto, junto a la ventana, ni siquiera cuando Dennis cerró la puerta
principal dando un sonoro portazo.
-¿Algún problema? -preguntó Siren mientras dejaba la bandeja en el suelo y entregaba a Bílly una
taza humeante.
-Ah, está algo mosqueado, nada más.Ya se le pasará.
Siren no quiso curiosear y cambió de tema.
-¿Crees que hay un incendiario suelto?
-Si lo hay, es tan bueno que no sabemos cómo provoca los incendios.
-Eso no tiene sentido. O son incendios accidentales, por la electricidad, por problemas con la
calefacción, estufas de queroseno, chimeneas atascadas, rayos, lo que sea, o bien los está provocando
alguien. Los incendios no se producen sin una causa concreta -dijo ella.
-Eso dice todo el mundo. Nos enfrentamos a un verdadero misterio de Cold Springs -dijo él con una
mueca, y tomó un trago de la infusión caliente-. ¿Por qué cree tu tío que fuiste tú quien provocaste el
fuego? -preguntó, bajando la voz. Jess oscilaba delante de la ventana, dándoles la espalda a los dos.
Aunque Billy tenía una expresión inocente perfecta y bien ensayada, Siren se dio cuenta de que la
estaba interrogando discretamente. Le miró directamente a los ojos.
-No tengo ni idea -respondió, hablando con firmeza pero con voz tranquila-. Solo había hablado una
vez con Jess desde que volví al pueblo, y aquella conversación no fue de las mejores. En esencia, él tenía
la opinión de que yo no debía volver a Cold Springs. Estoy segura de que muchos comparten ese punto de
vista. Si me estás preguntando por su estado mental en ese momento, estaba bien. Parecía que estaba en
su sano juicio. Ahora, bueno... ya no estoy tan segura -concluyó, echando una mirada a su tío.
-Está comiendo -murmuró Jess.
Billy y Siren miraron a Jess, que tení la cara cubierta por un pliegue del visillo del cuarto de estar.
-¿Has dicho algo, tío Jess? -preguntó Siren.
-Está conmocionado -murmuró Billy.
Jess no respondió. Apoyó la frente en el vidrio rmientras sujetaba el visillo con la mano, cuya piel
estaba cubierta de manchas. Siren se acercó hacia él por detrás y le tocó suavemente el hombro.
-¿Te apetece una infusión, tío Jess? Así te sentirás un poco mejor.
-No. Me voy a quedar aquí. Estando contigo estaré más protegido que si salgo por ahí, sobre todo
si vigilo.
-No puedes quedarte aquí de pie toda la noche. Tendrás que lavarte y dormir un poco -dijo Siren,
empeñada en convencerlo.
-No hay nada que hacer, y no pienso marcharme de esta casa.
Siren se metió las manos bajo los pliegues del chal y echó una mirada a Bill. Este levantó los ojos al
cielo, acariciando suavemente con los dedos la hebilla de su cinturón. Siren suspiró.
-Está bien entonces. Pero nada de mascar tabaco en mi casa -dijo con firmeza-. ¿Está claro, tío
Jess? Nada de escupir en mi casa.
Él no le hizo caso.
-Mi hermana tiene un catre de sobra -propuso Bill, después de apurar su taza-. Lo tiene para
cuando se quedan a dormir los amigos de sus chicos. Déjame que llame a mi cuñado, a ver si no le importa
traerlo en un momento. Pediré a mi hermana un par de sábanas y una manta. Si no tienes muebles, doy por
supuesto que no tienes ropa de cama suficiente. ¿Me equivoco?
-La verdad es que tengo la suficiente para mí, pero no tengo nada adecuado para Jess. Gracias,
acepto la oferta.
-Entonces, ¿lo pasaste muy mal en Nueva York? -le preguntó Billy.
Siren saltó levemente por dentro.
-Imagínate tu peor pesadilla, y multiplícala por tres -respondió.
-Seguí tu juicio. Menos mal que te exculpó ese griego.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren sonrió incómoda.


Dennis Platt volvió a entrar en la casa, de nuevo con los pulgares bien metidos en el cinturón. Era
tan delgado que los huesos de los dedos doblados le asomaban de una manera extraña. Siren le ofreció
una taza de infusión, pero él la rechazó torciendo la boca delgada con expresión de disgusto. Billy se volvió
y echó una larga mirada a Dennis. Siren percibió claramente que allí había un problema más profundo que
un simple mal entendimiento entre compañeros. Billy llamó por teléfono desde el salón. Dennis Platt no dijo
nada y se pasó todo el rato mirándola fijamente, como deseando que ella hiciera algo raro.
-Si necesitas algo, Siren, no dudes en llamarme -dijo Billy al volver del salón, y le entregó una
tarjeta con el número de la Regional-. Pregunta por mí o deja el recado, lo atenderé. Mi cuñado no tardará
en venir con el catre.
-Te agradecemos mucho tu ayuda -dijo ella cuando los dos se dirigían hacia la puerta-. ¿Verdad
que sí, tío Jess? -afiadió, volviendo la cabeza.
El tío Jess seguía mirando por la ventana.
-Vas a estar muy ocupada -dijo Billy en voz baja, indicando a su tío con un gesto de la cabeza.
Siren les abrió la puerta principal. Dennis pasó ante ella transmitiéndole con los ojos claros una
frialdad que ella percibió perfectamente.
Se produjo una pausa incómoda cuando Billy se volvió hacia la puerta y de nuevo hacia Siren, sin
hacer caso de Dennis, que, impaciente, daba pisotones en el escalón superior del porche.
-Me gustaría quedarme por aquí hasta que llegara mi cuñado -dijo, bajando la voz-. Pero Dennis es
un culo inquieto. Mi cuñado se llama Chuck. Es un tipo bastante agradable. No habla demasiado. Deja
hablar a mi hermana para casi todo. No sé si la recuerdas a ella o no. Era unos años más joven que
nosotros.
-No, lo siento -dijo Siren, negando con la cabeza.
-Si, bueno, cómo pasa el tiempo. Quizá pudiéramos salir a cenar alguna vez, cuando tengas
controladas las cosas por aquí, ya sabes, y te hayas puesto al día.
Los ojos oscuros de él recorrieron la figura de Siren más tiempo de la cuenta.
El aire hizo entrar unas hojas secas por la puerta abierta. Sus bordes retorcidos y marchitos
rascaron ásperamente el linóleo. Elviento vivo ahuyentaba la niebla. Siren sujetaba la puerta, procurando
que no se le reflejara en el rostro su lucha interior, mientras intentaba evitar, con la otra mano, que la brisa
se le metiera por debajo del chal de lana.
-Lo pensaré -dijo despacio, procurando no ofenderle-. Puede que cuando se arreglen las cosas
-añadió, volviendo la cabeza para mirar a Jess-. Pero tardará su tiempo. En cierto modo, estoy
recuperándome de una escena dificil.
Él frunció el ceño, y después asintió con la cabeza.
-¿Te importa que te llame por teléfono? ¿Que me mantenga en contacto?
Siren no supo si sentirse irritada, halagada o asustada. Después de pasar por todo aquello, no le
cuadraba mucho la idea que un policía interviniera estrechamente en su vida.
Mientras Billy subió al asiento del conductor del coche patrulla, la mente de Siren percibía el suspiro
impaciente de aguas del lago. Sonaban mucho más cerca de lo que estaban en realidad. Es extraño cómo
los ruidos normales dejan un susurro obsesionante en los oídos cuando todo está a oscuras...
Recorrió con la vista los campos oscuros que estaban al o lado de la carretera. Aunque sabía que
no podía ser, juraría había alguien allí.
Esperando.
Vigilando.
Tembló nuientras una sensación oscura, de miedo, le oprimía la garganta.

6
____________________________

SERATO TOMABA una taza de café solo mientras contemplaba el espectáculo desde el
Volkswagen, oculto por un grupo de árboles muy oportunos, en un campo situado enfrente de la granja de

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren. Afortunadamente, él era un maestro del arte de dejarse llevar por lo inesperado. Al principio había
tenido la idea ilógica de que las sirenas sonaban por él. Sabía que era una tontería, pues llevaba tanto
tiempo haciendo de asesino a sueldo sin tener el menor tropiezo con la justicia que la idea misma era
ridícula. No obstante, debía de tener los nervios de punta. Quizás ella había detectado su vehículo (lo cual
era poco probable, pero no imposible) y había llamado a la policía. Serato achacó su nerviosismo a la
persona que le había contratado, un ser impaciente con un humor como el de un mono curioso. Habría
renunciado al trabajo hacía mucho tiempo si no hubiera sido por la bonificación, por el pequeño beneficio
adicional que había percibido. Este era muy dulce. Dulcísimo. Y Siren... Ah, sería como la miel. Cálida, y
sabrosa. Sí: cubriría sus necesidades muy bien.
Por desgracia, una de las cláusulas del contrato estipulaba que no podría matar a la mujer en su
propia casa. El otro día había estado a punto de transgredir esta regla. Casi se había dejado dominar por su
hambre, que tan controlada solía tener. Como ella vivía sola, sin amigos dignos de mención ni vecinos de
los que preocuparse, el lugar más oportuno era la casa; pero la persona que había contratado a Serato no
quería que la finca perdiera valor. En las comarcas como aquella las leyendas perduraban demasiado
tiempo.
Bueno, parecía que aquel plan se embrollaba un poco. Seguramente debería haber actuado antes.
Debería haberla sacado de su casa y haber registrado la casa después, en contra de los deseos del que lo
había contratado, pero esta persona le había encargado otros detalles que lo habían tenido ocupado, y
Serato había llegado a pensar con disgusto que se había convertido en una especie de lacayo, situación
que le resultaba completamente inaceptable.Aquel encargo tenía demasiadas condiciones.
La persona que había contratado a Serato no se hacía cargo de hasta dónde llegaba la capacidad
de este.
Bueno, podría poner remedio a aquello más adelante.
No había sido éI quien había prendido fuego a la casa del viejo, pero seguramente había sido el
primero que había visto en el horizonte el resplandor velado por la niebla. Mientras contemplaba cómo se
despejaba la bruma y cómo llenaban el cielo las llamas, pensó que el incendio no le afectaba a éI para
nada. O eso suponía él. "No des nada por sentado", pensó para sus adentros. Dar las cosas por sentadas
equivale a transgredir las reglas, y Serato se había marcado unas reglas concretas. No le hacía falta que
quien lo contrataba le impusiera otro conjunto de reglas.
Se acarició la barbilla cuando vio que los dos policías metían al viejo en la casa. ¿Lo dejarían allí?
Si se quedaba, Serato tendría que modificar sus planes. Ahora sería dificil raptarla.
Debería habérsela llevado el otro día.
No había que preocuparse.
El sabía acomodarse.
Él sabía adaptarse.

SIREN SE PUSO al lado del tío Jess, ante el ventanal, y vio salir el coche patrulla de su camino
particular. A Billy lo conocía, desde luego; pero, por algún motivo, Dennis Platt le evocaba un recuerdo
antiguo que ella no era capaz de sacar a la luz del todo. Dennis era demasiado joven para que Genina o
ella lo hubieran conocido en la escuela. Su actitud de soberbia hinchada la molestaba.
Un viento vivo arrojó contra la ventana restos otoñales. Los dos dieron un respingo cuando un
pedazo de madera seca golpeó el vidrio y se perdió después en la noche, llevado al parecer por el aliento
mismo del demonio. Una luna casi llena se cernía a poca altura sobre el monte de la Cabeza de la Vieja,
llenando el ciclo de un lustre blanco, aceitoso. Según el almanaque de Siren, estaría llena del todo el día de
su cumpleaños, el 31 de octubre. Echó una mirada al tío Jess, observando la humedad que se acumulaba
en la red de arrugas que tenía este bajo los ojos.
Se le enterneció el corazón y le dio una palmadita en el brazo.
-No te preocupes, tío Jess. Mañana por la mañana veremos las cosas con más alegría. No ha
pasado nada que no podamos superar.
Él no le respondió, ni siquiera miró el reflejo de Siren en la ventana. Sus ojos grises y turbios
siguieron clavados en el vidrio oscuro.
-¿Por qué no miras a ver si viene ese tal Chuck, tío Jess? Ya sabes, el que va a traer...
-Nena de NuevaYork, tú no sabes nada. Me vio. Me miró a los ojos. Se reía. Comía. Está viva.
-Estoy segura de que te sentirás mejor mañana por la mañana -dijo ella, lamentando vivamente no
tener un sillón donde sentarlo-. Chuck no tardará en llegar, y entonces te podrás acostar. ¿Qué te parece si
te das una ducha? Te sentaría bien, ¿no crees? Ya lo arreglaremos todo mañana por la mañana.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Intentó dirigirlo hacia las escaleras que conducían al baño del segundo piso, pero él se la quitó de
encima con un movimiento de hombros. Ella lo soltó. El tío Jess siguió murmurando, por la ventana.
Ella subió a su dormitorio y buscó entre los barreños de plástico donde guardaba provisionalmente
sus cosas hasta que encontró unos pantalones vaqueros. Sonó el teléfono, y atendió a la llamada en la
extensión del segundo piso.
-Centro de Hipnoterapia de Cold Springs -dijo, rmientras terminaba de abrocharse los vaqueros.
Silencio.
-¿Diga? ¿Hay alguien ahí?
Silencio.
-¿Raquel?
No supo por qué le había venido a la cabeza el nombre de la muchacha. Puede que fuera porque la
última llamada que había recibido aquella noche había sido de ella.
No obtuvo respuesta.
Siren se encogió de hombros y colgó el teléfono. Probablemente sería alguien que se había
equivocado de número, o niños que gastaban bromas. Se puso rápidamente unos calcetines y sus botas de
marcha, se puso también una camisa y se echó el chal sobre los hombros.
Volvió a sonar el teléfono. Su saludo normal recibió como respuesta un silencio inquietante. Vio
entre las cortinas de algodón estampado, recién hechas, las luces de una furgoneta que barrían el
algarrobo. Debía de ser Chuck con el catre. Colgó el aparato dando un golpe.
Chuck le recordó a un rottweiler mal alimentado pero que lucía una barriga colgante de bebedor de
cerveza, y no le causó buena impresión desde el momento en que lo vio entrar en el zaguán, llevando a
rastras el catre plegado y cubierto de polvo. Mientras Chuck tiraba de la pesada cama plegable, Siren
observó que faltaba la rueda de una de las patas.Vio con irritación que los dientes de metal donde debía ir
montada la rueda rascaban las baldosas nuevas.
-Déjela allí imismo, ya me ocuparé yo -le dijo, sonriendo con los dientes apretados.
Chuck asintió con la cabeza, haciendo ondear hacia arriba y hacia abajo su cabellera rubia
desgreñada. Dejó caer el catre. Las púas se clavaron más en el suelo. Ella hizo un gesto de consternación.
-Buenas noches, Jess -dijo Chuck, asomándose por la puerta. Las greñas sueltas le cayeron sobre
los ojos.
Como el tío Jess no se movió, Chuck centró su atención en Siren.
-Usted debe ser la tal Sírin, la sobrina de Jess -dijo, sacudiendo la cabellera para poder verla bien.
Las greñas le volaron por el aire un momento y volvieron a su posición de partida.
Siren asintió con la cabeza y le ofreció la mano. Él no hizo ademán de tomarla. Ella retiró la mano y
recordó una cosa que le había dicho su tía abuela Jayne cuando Siren era muy joven. "Las montañas y las
aguas de por aquí llevan una energía extraña. Este es un lugar donde los hombres se suelen convertir en
animales, y donde las mujeres superan en valor a los hombres." Se preguntó si Chuck sería un ejemplo
ilustrativo de esta afirmación. Le recordaba al perro de un vertedero, con aliento de zarigüeya.
-Estuve aquí ayer con mi mujercita -dijjo Chuck rascándose la calva que tenía en la coronilla.
-¿Ah, sí? -respondió Siren confusa, pues no recordaba en absoluto haber visto a aquel hombre.
Él ladeó la cabeza y se recostó sobre la pared, cruzando sobre el pecho unos brazos escuálidos.
-Si: ella dijo que usted le había caído bastante bien. Se llama Rachel.
Sonrió con la boca, pero las pupilas de sus ojos eran como dos cuentas de hielo castaño. Cruzó y
descruzó los brazos varias veces. Siren vio de pasada que llevaba en el antebrazo un tatuaje casero, pero
no tuvo tiempo de descifrar el dibujo.
-En la furgoneta tengo cosas para ti, Jess –decía-. La parienta te ha mandado algo de ropa vieja de
su padre, unas camisas de franela, unos pantalones, y creo que también ha echado algunos calcetines
míos de las Navidades que todavía no he estrenado. Puede que haya también unos cuantos pantalones
con peto, sé que eres aficionado a ponértelos.
Sin esperar respuesta, se retiró a la furgoneta y volvió con la ropa, una almohada, sábanas y una
gruesa colcha. Señaló la colcha, que destacaba encima del montón.
-Esa la hizo Rachel, antes de que se pusiera a trabajar. Antes tenía tiempo para las labores
femeninas. Ahora no.
Siren tomó la colcha multicolor. El diseño, a base de estrellas de seis puntas, era exquisito. Las
puntadas eran minúsculas y dignas de una profesional, y los diversos matices, muy vivos, se habían elegido
cuidadosamente para producir un efecto óptimo.
-Verdaderamente, tiene muy buena mano -dijo Siren-. Le prometo que la cuidaré bien.
Chuck se encogió de hombros, como si el concepto mismo las labores de mujer tuviera más
importancia que sus frutos o la calidad de estos.
-Dijo que se la podía quedar como regalo de bienvenida.
-Ay, no puedo -dijo Siren, negando con la cabeza.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Tampoco llevas fuera tanto tiempo, nena, como para no saber que la mujer se sentirá ofendida si
no lo aceptas-, dijo tío Jess.
Siren, sobresaltada, se volvió y lo miró. Ya no estaba de junto a la ventana: se movía, vacilante,
entre la puerta del cuarto de estar y la de la cocina. Le había vuelto algo de color a las jillas, pero todavía
tenía los ojos como bocas de cavernas.
-Dele las gracias de mi parte -dijo Siren, volviendo la ta hacia Chuck-. Hace juego perfectamente
con los colores mi dormitorio.
La colcha le vibraba al tacto. Cada una de sus puntadas es acompañada de sensaciones de paz y
de una continencia enérgica. Aquella colcha no representaba una labor penosa ni desagradable: era fruto,
más bien, de un trabajo amoroso. No obstante flotaba por encima de todo algo completamente distinto,
como la capa de desperdicios que flota en la corriente de una alcantarilla: miedo, odio y dolor. Le llamó la
atención un breve atisbo de niños pequeños.
-¿Cómo están sus tres hijos? -preguntó a Chuck, como para hacer conversación y sin pensarlo,
más que como pregunta propiamente dicha.
E la miró con desconfianza, recorriéndole la cara con los ojos castaños.
-¿Ya ha vuelto a irse de la lengua Rachel? Solo tengo dos hijos, y están bien.
Siren pestañeó, sorprendida.
-Lo siento: no sé por qué idea rara había creído que tenían tres. Dispense, ha sido un error mío.
El tío Jess tosió.
-Ya va siendo hora de que vuelvas con tu familia, Chuck.Te agradezco que me hayas prestado el
catre y todo lo demás. Procuraré devolverte el favor -dijo, pasándose los dedos manchados de hollín por la
coronilla, como para alisar su desorden absoluto.
-Cuando puedas -respondió Chuck, entrecerrando los ojos como si quisiera arrancar información de
la cabeza de Siren. Ell le devolvió una mirada inexpresiva, imaginándose una pizarra grande y vacía. Aquel
era un era un hombre muy mezquino, muy desagradable.
Jess se acercó a Chuck y le dio una palmadita en la espalda, obligándole a quitarle la mirada de
encima y a mirarlo a él.
-Ya te veré por el pueblo, Chuck, saluda a Rachel de mi parte, y gracias otra vez.
Chuck sonrió por primera vez, exhibiendo una hilera de dientes desagradables y podridos en la
mandíbula inferior.
-Claro, ya nos veremos, Jess. Lamento lo de tu casa –dijo echando una mirada de reojo a Siren,
como si las penalidades de Jess fueran achacables a ella, de alguna manera.
El tío Jess sacudió la cabeza tristemente y abrió la puerta principal. Hizo un nuevo gesto de
asentimiento con la cabeza mientras Chuck bajaba por los peldaños del porche y se adentraba en la noche.
Jess volvió al ventanal y, con los brazos en jarras, vio salir por el camino particular la furgoneta de Chuck.
No dirigió la palabra a Siren hasta que los faros del coche hubieron subido la mitad de la ladera de la
montaña.
-Nena, desde luego que sabes abrir esa bocaza de ciudad y meter esa pata de ciudad.
Siren movió trabajosamente el catre, intentando no rayar el suelo sin conseguir hacerlo mucho
mejor que lo había hecho Chuck y preguntándose al mismo tiempo cómo era posible que Jess hubiera
recobrado el control pleno de sus sentidos en cuestión de segundos.
-¿Qué quieres decir? –murmuró, a la vez que daba un último tirón y dejaba quel condenado trasto
sobre la alfombra del cuarto de estar. Una huella entre corte y rasponazo atravesaba la baldosa nueva.
Siren miró la marca con consternación.
-Su tercera hija murió la primavera pasada. La encontraron tripa arriba en el lago Cold Springs,
hacia la puesta del sol. Había desaparecido en la tarde del día anterior. La niña solo tenía cinco años. Es
raro. ¿Te dijo algo Rachel?
Siren se incorporó retirándose el pelo de las sienes con los dedos.
- Pues no. Ni una palabra.
Jess la miró de un modo raro.
-Ahora sí que voy a tomarme una infusión y subiré a darme una ducha.
Siren no era capaz de explicarse cómo sabía lo de los hijos de Rachel; pero, fiel a su carácter, no
estaba dispuesta a comunicar a un extraño nada acerca de aquella mujer. En aquellos momentos Jess
tenía la categoría de extraño. Por otra parte, en realidad Rachel no había dicho ni una palabra de los hijos
que tenía ni que había tenido. Siren lo había adivinado, sin más.
-Puedes quedarte en mi habitación, tío Jess. Es la que da' la fachada delantera de la casa. Subiré
el catre en seguida.
"En cuanto descubra cómo me las voy a arreglar para subir ese condenado trasto por las
escaleras", pensó para sus adentros.,

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Estaré muy a gusto aquí abajo, en el cuarto de estar –dijo él, tajantemente-. ¿Tienes bastante
gasoil en el depósito? Ahora no me apetece mucho encender fuego -añadió, echando una mirada nerviosa
a la chimenea vacía.
Siren se puso a desplegar el catre. No estaba segura de cómo debía llevar aquella situación.
Teniendo en cuenta lo unida que estaba Gemma con Jess, se sentía francamente incómoda con él en casa.
A la mañana siguiente le buscaría otro alojamiento, cuánto más teniendo en cuenta que ya parecía que
había recobrado todas sus facultades.
Jess se detuvo al pie de la escalera y se volvió.
-Esa colcha es tan bonita que casi da pena usarla -dijo, interrumpiendo los pensamientos de ella.
Siren tocó el tejido con los dedos y volvió a pasar la palma de la mano por la labor de aguja. Tuvo
que hacer un esfuerzo para quitarse de la mano aquella sensación repugnante. "Explícaselo a tu tío Jess si
puedes", le dijo su voz interior. En vez de ello, le dijo:
-Sí, desde luego que sí.Yo preferiría con mucho exponerla, en vez de usarla; pero antes quiero
dejar que se oree, ¿sabes? Creo que tengo una manta más para ti. La bajaré mientras tú te duchas. ¿Te
importa?
Confiaba no parecer rara ni avariciosa.
-Como quieras. La colcha es tuya -dijo él, sacudiendo la cabeza. A ella le habría parecido captar un
matiz de alivio en la voz de él .Si no fuera porque lo conocía demasiado bien-. Tu tía habría hecho lo mismo
-anadió él, simplemente, mientras subía las escaleras.
Ella se afanó en preparar el catre, pensando en la tía abuel Jayne McKay. Por lo que Siren sabía
de su historia, la habían llamado por muchos nombres. La mayor parte de esa historia estaba envuelta en
los velos del pasado, ahogada en la reserva de los parientes o en diarios quemados. Siren se llamado
Jayne de segundo nombre de pila, supuestamente en recuer de aquella mujer. Tenía vagos recuerdos de
una mujer pequeñita, delgada como un palillo, vestida siempre de negro o de gris, que había rondado por la
periferia de su primera infancia.
Dios, qué cansada estaba. Pero esperó en el cuarto de estar por si Jess necesitaba algo.
-Nunca había visto esta casa vieja con tan buen aspecto –dijo la voz áspera del tío Jess desde las
escaleras-. Las paredes están bonitas de color crema. La moqueta azul es hermosa. Baldosines nuevos en
el baño. Me gustan esas sirenas de la pared del baño.
Siren levantó la vista y lo vio apoyado en el pasamanos pulido, contemplando desde allí el cuarto de
estar. Se había lavado la cara tan a conciencia que las mejillas le brillaban como manzanas en la feria de la
cosecha. Tenía los bigotes tan blancos como una caja de algodón en rama, y el pelo gris y blanco la flotaba
sobre la cbeza, tan ahuecado como una nube de verano.
-Veo que has encontrado mi secador de pelo –dijo ella con ironía.
- Un aparato interesante. Tendre que hacerme con uno.
Terminó de abotonarse una camisa amarilla y negra de franela mientras bajaba los escalones
cubiertos de moqueta azul clara. Se detuvo en el segundo escalón y dio unos botes.
-Ya no cruje -dijo.
-Lo he arreglado.
-Está claro -dijo él, ajustándose los tirantes de los vaqueros con peto. Se sentó en el catre. Sin
mirar a Siren a los ojos, dijo:
-Te pagaré un alquiler hasta que pueda reconstruir rmi casa.
-Siren cerró los ojos con fuerza durante un instante, sintiendo que la piel de la frente le daba vueltas
de pura desazón mental.
-Un momento, tío Jess...
-No lo entiendes.
-Sí que lo entiendo, tío Jess, pero es que mi forma de vida no es compatible con que haya otra
persona en la casa. Sencillamente, no puedo.
-¿Por qué? ¿Es que haces cosas raras?
-Bueno, no, yo...
-He dicho que te pagaría un alquiler. No te pido limosna.
-No es por eso -dijo Siren, sacudiendo la cabeza.
-Podríamos intentarlo durante un mes -dijo él, zalamero.
-¡No! Seríamos como dos gatos atados por la cola. ¡De ninguna manera!
-Tu tía abuela Jayne decía cosas así.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

RACHEL ANDEMON estaba de pie ante la ventana del cuarto estar, esperando el regreso de
Chuck. ¿Por qué tardaban tanto? Seguramente estaría tonteando con esa McKay. Eso sería.
Empezó a tararear una nana; le iban saliendo de la boca unas mismas notas en una sucesión
cantarina.
Todos estaban en contra de ella. Billy. Chuck. Si Billy había llamado, había sido solo para sacar a
Chuck de allí. Para dar Chuck una excusa para dejarla sola.
Otra vez.
Los hombres eran una escoria. No: ella quería a su hermano mayor. Él solo era una escoria a
medias. Se frotó la parte posterior de la cabeza. Si se le pudieran pasar esos dolores de cabeza... Y las
pesadillas. Se estremeció, frotándose los brazos.
Fue al baño y abrió el armarito de las medicinas. Fue tocando con los cortos dedos todos los
frascos de píldoras que le había dado el médico. Uno de los frascos se cayó al lavabo. Ella lo recogió
despacio, mirando con atención las pastillas. Las píldoras eran bonitas, pero Rachel no estaba dispuesta a
tomarlas. Cuando una es una madre responsable, no debe tomar nada que sea más fuerte que la aspirina.
Nada de drogas. Di no a las drogas.Volvió a dejar el frasco en el estante. Unas píldoras bonitas, como unas
puntadas bonitas en una colcha. Las había rojas, y azules, y rosadas, y multicolores. Ya se arrepentía de
haber enviado aquella colcha. Probablemente, Chuck y Siren McKay estarían jodiendo en esos momentos
encima de aquella colcha. Cerró con violencia la puerta del armario. El espejo se combó con el golpe, pero
no se rompió. Aquella colcha era su favorita. Debería habérsela quedado.
Debería.
Otro incendio. Puede que fuera Siren la que provocaba los incendios, tal como había dicho Chuck.
Lo decía él y lo decían todos sus amigos locos, Ethan Files y aquel policía flacucho, Dennis Platt. A ella le
desagradaba especialmente Dennis. Siempre andaba fisgando. La noche anterior, ella había oído por
casualidad que Dennis decía a Chuck que Siren McKay había matado verdaderamente a su novio y que él
lo demostraría. Por eso había llamado Rachel a Siren para cancelar la cita. Puede que Siren McKay fuera
una asesina en serie, como aquellos de los que había leído en las revistas de crímenes. Rachel no quería
hacer de presa, pues siempre era ella la víctima. ¡Pues bien, era demasiado lista para esa perra de la
McKay!
Era curioso: no tenía aspecto de asesina. Pero ¿qué asesino tenía aspecto de serlo? Sonrió al
pensarlo y se volvió a perder en la nana. Volvió a salir a flote al cabo de unos instantes y se encontró de
nuevo en el cuarto de estar. No recordaba haber caminado hasta allí, pero no importaba. Los niños estaban
dormidos.
No hacía falta que fuera responsable.
Se sentó en el sofá y apoyó la cabeza en la tela fresca del brazo. Ojalá le dejar de doler la cabeza.

SIREN GIMIÓ para sus adentros. ¿Qué eran todas aquellas chorradas de la tía abuela Jayne?
Hacía años que no se acordaba de aquella mujer, y esta había tenido pocas visitas en su vida. Se le podía
calificar de “paria”. Bueno, a ella le gustaba el apellido de la anciana, pero nada más.
-Ahora que dices lo de los dos gatos –seguía diciendo Jess con voz cavernosa-. Ella, Jayne, tenía
las orejas como las tuyas. Terminadas en punta. Cuando yo decía una mentira, ella se daba cuenta. Se
daba cuenta siempre que cualquien decía una mentira. Si la gente la temía, era porque tenían secretos
sucios.
Siren se negó a abrir el baúl de los recuerdos.
-Mañana por la mañana tenemos que llamar a tu compañía de seguros -dijo-. Y la policia quiere
tomarte declaración. Billy Stouffer dijo que el inspector de incendios también querrá tomarte declaración.
-Sí, señor: tenía orejas de bruja, como las tuyas –dijo reflexivamente.
Siren siguió adelante, decidida a mantener la conversación en el presente. Era tarde. Estaba
cansada y no tenía la menor gana de perder el tiempo con tonterías.
-No puedes tocar nada en la casa hasta que dé su autorización el inspector de incendios -dijo,
recalcando las palabras.
-También tenía sueños y visiones. Sabía cuándo una persona se iba a morir, y cuándo iba a
curarse. La sorprendí una ¿sabes? -dijo él. Se inclinó hacia atrás, y después hacia delante, y apoyó los
codos en las rodillas-. Era una noche de luna llena, y ella estaba fuera, con los brazos muy abiertos,
hablando como loca a alguien a quien llamaba "la Señora de la Luna".Yo no había oído hablar jamás de tal
cosa. Los libros de la iglesia no dicen nada de ninguna Señora de la Luna; pero esa Jayne juraba que la
Señora de la Luna cuidaba de toda la estirpe de los McKay como si fuera Dios o algo así. Era la cosa más
rara que... Claro que yo siempre había creído que era un poco tonta. A mí parece que toda esa rama de la

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

familia estaba loca. Nunca me tomé muy en serio esas locuras que hacían. No las consentía en mi casa. De
ninguna manera.
Siren se estremeció. Era demasiado extraño.
-Ya sé que es dificil, tío Jess, pero la verdad es que tenemos que ocuparnos en serio de resolver
tus asuntos. ¿Podrías hacer favor de prestarme atención?
-Era una Mujer Abuela, ¿sabes? -siguió diciendo él, retirándose al pasado-. Era curandera, sabía
quitar el fuego de las quemaduras con soplidos y arreglar los huesos rotos con la cola seca de una
serpiente de cascabel. También era cortadora de sangre. Pero yo la oía llamar por otros nombres, entre
ellos el de bruja del agua, y otros francamente groseros. Estaba delante cuando naciste tú, ¿sabes?
Siren sacudió la cabeza con impotencia.
A Jess se le iluminaron los ojos, y Siren comprendió que ya había viajado del todo al pasado.
-Y ¡cómo se emocionó con tus orejas de bruja! "Es uno de los nuestros", dijo, con lágrimas en los
ojos relucientes. Me acuerdo como si fuera ayer. "La Señora nos ha enviado a uno de los nuestros", dijo.
Tal cual. Tú tienes esas orejitas puntiagudas. ¿No te has fijado nunca? Algunos actores famosos también
las tienen. Lo veo en la televisión. Ahora ya tenemos televisión por cable. ¿Lo sabías? ¿Lo de tu tía Jayne?
-No había oído nunca esa historia -dijo Siren, con voz de franca duda-. Si no recuerdo mal, mi
madre se negaba a recibir visitas de la tía Jayne, aunque esta se presentaba de vez en cuando, en todo
caso, y a pesar de la prohibición de mi madre. Había alguna rencilla familiar que yo no entendí nunca. Era
demasiado pequeña.
-Supongo que nadie te lo contaría Tu madre intentaba ser una mujer honrada, buena cristiana.
Jayne y ella no se entendían en nada. De hecho, tu madre, aunque no te lo quiso decir, echaba a Jayne la
culpa de que tu padre la hubiera abandonado. Verás, es que en realidad Jayne no era de mi sangre ni de la
de tu madre.
Siren sacudió la cabeza. Allí había algo que ella no entendía.
-Estoy confundida -dijo Siren. Su falta de agudeza mental hizo suspirar a Jess.
-Mi padre, Horace Ackerman se casó dos veces. Contrajo matrimonio con mi madre muy joven. Mi
madre murió de la gripe, y él se casó con Izelle McKay, de lo alto de la montaña. Izelle McKay tuvo a tu
padre, y otros hijos que murieron, aunque por estas partes todavía quedan algunos descendientes de sus
hermanas y de sus primos.
-Espera. ¿Me estás diciendo que mi padre y tú fuisteis hermanos solo de padre?
-Así es.
-No lo sabía.
Jess siguió hablando.
-Pues bien, tu abuela Izelle McKay Ackerman tenía varias hermanas, entre las que destacaba
Jayne McKay. Era la mandamás de la familia. En esa familia no se hacía nada sin consultarlo primero con
Jayne McKay. La vieja loca no se casó nunca, y siempre estaba metiendo las narices en los asuntos de los
demás.
Siren intentó disimular un bostezo. Jess frunció el ceño.
-Escucha bien, nena. Esto es importante.
-No es que no me interese, tío Jess, pero ha sido un día muy largo.
-Que raro: todos locos. Los de la familia de Izelle jugaban con naipes que decían el porvenir, leían
agüeros y se pasaban horas chismorreando acerca de la influencia de las estrellas. Había toda una panda
de ellos en las montañas, mezclados con la estirpe de los Thorn. Entre las dos familias eran dueños de toda
la montaña, literalmente, pero creo que ahora la tienen solo Thorn. Por lo que he oído contar, Jayne los
tenía en un puño. Era como una especie de matriarca de la Vieja Patria. En todo caso tu abuela Izelle
tampoco duró mucho tiempo. A mi padre le duraban poco las mujeres, era como esa gente a la que le
duran poco los coches. Izelle se murió y dejó como único descendiente suyo a tu padre. Cuando pasó eso,
la tía Jayne intentó intervenir y ser el ama del gallinero. ¡Hasta intentó llevarte a vivir a lo alto de la
montaña, pero tu madre no lo consintió! Y entonces fue cuando se marchó tu padre.
-Y mi madre adoptó como suya la rama cuerda de la familia –suplió siren.
-Eso fue lo que hizo. Era una mujer del pueblo sin familia digna de mención. Nosotros nos
ocupamos de que no le faltara dónde vivir y comida en la mesa.
Siren pestañeó y contrajo los labios.
-Creo que estás contando un cuento para ir a la cama.
-¿Los recuerdas?
-¡Claro! Me encantaban os cuentos que contabas ante esta misma chimenea. Recuerdo los cuentos
para ir a dormir.Y todo eso de que el fuego tenía vida Ese también era un cuento para ir a dorrmir,
¿verdad?
-No sé de qué me hablas; pero sí sé una cosa: necesito una casa donde vivir, Siren.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

“Viejo zorro, pensó ella. Has intentado engatusarme con recuerdos de la familia, con un pequeño
secreto sin importancia y con cuentos de miedo, haciéndote el tonto y creyéndote que Siren cederá, sin
duda."
-No -dijo con firmeza.
-Por favor.
-Tenemos que afrontarlo. No nos caemos bien el uno al otro. No podría aguantarte en mi casa de
ninguna manera. Hace menos de tres semanas me dijiste, prácticamente, que me largase de aquí y diese
mi tierra a mi hermana.
-Mis chicos han estado buscando alguna excusa para meterme en la residencia de ancianos de
Whiskey Springs. Es un vertedero. Yo no quiero ir. Todavía no estoy preparado. Ahora que he perdido mi
casa y no tengo dónde ir, me meterán allí a la fuerza. Por otra parte, allí no me dejarán llevarme mi horca –
añadió con inocencia.
Siren casi se había olvidado de la horca adorada.
-Creí que la habías perdido en el...
-No, maldita sea, está apoyada en el algarrobo de allí fuera. Ese chico, el agente Dennis, no quiso
dejarme que la acercara a la casa. Me dijo que dejara mi herramienta de demonio donde debía estar, Junto
al algarrobo negro. ¡Figúrate! ¡Que me llame hombre del demonio! Ese muchacho es un memo. Me parece
increíble que esté en la policía. No necesitamos a gente como él en la Policía Regional de Webster. Dentro
de un rato bajaré por mi horca, vaya que sí.
-¿Desde cuándo quieren llevarte a la residencia? –preguntó Siren.
-Desde la primavera. A Gretchyn, la mujer de mi hijo Horace, se le metió en la cabeza que si
venden mis tierras ahora tendrán el dinero ahora. El resto lo usarán para meterme en la residencia. Como
he dicho, ese sitio es una pocilga, y no les costará mucho mantenerme. La granja vale bastante. Todo esto
empezó porque Gretchyn quiere ampliar su casa y no les conceden un préstamo. Empezó por pedirme el
dinero, toda dulzura, y yo le dije que no, que lo tengo ahorrado para los días malos. Después me pidió que
le avalara el préstamo.Yo dije que nada de eso, pues ella no ha devuelto nada jamás en su vida. Se largó
de mi casa dando un portazo. Dos semanas más tarde me llama mi hijo Horace, y después su hermano,
Ronald.
Siren se humedeció los labios con desagrado. Los hermanos Ackerman siempre habían sido
crueles.
Jess siguió hablando sin advertir la expresión de Siren.
-No son capaces de esperarse a que me muera, ninguno. Son la manada de chacales más
irrespetuosa que haya criado un hombre. Me parece increíble haber trabajado todos estos años, haberlos
mandado a la universidad, para que me lo paguen así -dijo, sacudiendo la cabeza con tristeza.
Siren, sorprendida por el modo en que Jess reconocía las traiciones de su propia familia, se extrañó
de que no viera ninguna por parte de Gemma, pues estaba segura de que esta había participado de alguna
manera en la rencilla familiar. Suposo que Jess se había buscado una explicación selectiva. Como la
mayoría las personas, solo veía lo que quería ver, hasta que era demasiado tarde.
Jess cogió la mano de Siren con su manaza. Tenía la piel seca, dura y cálida.
-No les dejes que me encierren.
-Tío Jess. Tú y yo no nos llevamos bien. ¿Cómo quieres que vivamos en una misma casa? No
podrán empezar a arreglar la tuya hasta la primavera. ¿Crees, sinceramente, que podemos aguantar aquí
juntos un invierno?
-La casa es grande. Podemos vivir sin estorbarnos -dijo, con una súplica desesperada en los ojos.
-El uno encima del otro -dijo ella. Se soltó de su mano suavemente. A él le temblaba el labio
inferior-. Aunque dijera que sí, piensa que tus hijos van a poner el grito en el cielo. Se está forjando una
rencilla familiar, y a mí me va a pillar en medio. Estoy cansada de ser la oveja negra de la familia. ¡Ya me
dan la espalda! ¡Si no me extrañaría que me incendiaran la casa por despecho!
-¡Jamás harían tal cosa! -dijo Jess, horrorizado.
“Qué sabrás tú", pensó Siren; pero se contuvo y guardó silencio.
-Tú siempre fuiste pendenciera, nena -dijo él, con ánimo de convencerla.
Siren se tapó un bostezo con la mano.
-Vamos a dormir, y ya arreglaremos esto manana por la mañana. Estoy segura de que podré
encontrarte otro alojamiento y llevarte allí antes de que se enteren tus hijos. Los de la policía dijeron que
estaban de acampada, en alguna parte. Puede que tarden un día o dos en volver.
O, al menos, eso esperaba ella.
Mientras lavaba en la cocoina las tazas y la bandeja, oyó que Jess salía de la casa, supuestamente
a recoger su horca. Cuando terminó la tarea, la luz del cuarto de estar estaba apagada y solo los ronquidos
suaves y delicados de Jess rompían el silencio.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren recogió los cojines y tomó los documentos de la propuesta de trabajo, que seguían en el suelo
del salón. No quería encontrarse a la mañana siguiente a Jess fisgando sus papeles. Con los brazos
cargados, dio un respingo nervioso al primer timbrzo del teléfono. Cogió con dificultad el auricular, dejando
caer un cojín. Irritada, renunció a su saludo telefónico profesional de costumbre y dijo con brusquedad:
-¿Diga?
Silencio.
-¡Me parece que esto no tiene gracia!
Silencio.
-¡Me enteraré de dónde llaman! -gruñó ella-. ¡Me basta con esperar a que cuelguen y marcar la
tecla estrella y 69!.
Una suave risa.
-¿De modo que le hace gracia? –dijo ella, apretando el auricular con fuerza.
- En este jodido pueblo no funciona lo de la tecla estrella y el 69.
-¿Cómo?
El corazón le dio un salto en el pecho al oír una voz humana.
Otra risita.
-¿Por qué me llama?
-Solo quería enterarme de si estás preparda para morir… ¡perra!
El teléfono se quedó mudo en su mano temblorosa. Marcó precipitadamente la tecla estrella y el 69.
Aquel desgraciado tenía razón. No funcionó. Pensó que debía acordarse de llamar a compañía de teléfonos
a la mañana siguiente. Hasta en aquel pueblo perdido debían tener servicio de localización de llamadas. Se
riñó a sí misma mentalmente por no haberlo pensado antes. De momento, bajó el volumen de su
contestador y desconectó el timbre del teléfono; después, se dio una vuelta por lacasa comprobando si
estaban bien cerradas las ventanas y puertas, incluso las puertas mosquiteras. Estaba dispuesta a dormir
aquella noche aunque le costara la vida.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

CUANDO SIREN salió perezosamente de un mundo de sueños agitados y de sábanas revueltas en


el suelo, se le agolparon en la cabeza tres cosas: que aquel día le entregarían su cama ,y ya no tendría que
soportar dolores de espalda; que alguien había intentado matarla de miedo por teléfono anoche; y, por fin,
que alguien intentaba derribar la puerta mosquitera de la entrada principal de la casa. Mareada, confió en
que los golpes anunciaran la llegada de sus muebles nuevos.
Los oídos le zumbaban y sacudió la cabeza con furia. Se puso los vaqueros, preguntándose por
qué no acudía el tío Jess al estrépito. Le vino a la cabeza un pensamiento terrible: Dios mío, quizás se
hubiera muerto por la noche. Ella sabía que aquello era ridículo; pero, a pesar de todo… Dando saltos
sobre un pie, intentando meterse los zapatos, miró por la ventana. Un cielo azul y un sol radiante, cegador,
le atacaron los ojos. Pestañeó varias veces. Un viento de octubre, de los de antaño, desplazaba hojas de
vivos colores por el césped. No había ningún vehículo en el camino de entrada; así pues, sus visitantes
debían de haber aparcado justo debajo del alero del porche delantero. El alero de poca pendiente, le
impedía ver si se trataba del camión de reparto de muebles o de alguna otra visita. Bajó las escaleras de
dos en dos, pidiendo a Dios que Jess siguiera con vida.
Camino de la puerta, se asomó a ver al tío Jess. El catre estaba en hecho, apoyado en la pared del
cuarto de estar. Oyó que empezaba a sonar poco a poco el silbido de la tetera, que resonó en la casa vacía
cuando ella abrió la puerta de un tirón.
-Oh, no –murmuró-. Han llegado los Ackerman.
Gretchyn Ackerman, vestida con un suéter rosa ajustado y unos pantalones rosa de espuma, se
afanaba intentando abrir a tirones la puerta mosquitera, que Siren había tenido la precaución de cerrar con
llave la noche anterior.
Siren los contempló con una mirada crítica. A un lado estaban Ronald Ackerman, abogado
picapleitos, y su esposa Joyce, mariposón de la alta vida social, vestidos como si fueran a la iglesia. Joyce
llevaba un traje sastre especialmente atractivo, de color chocolate, con zapatos a juego. Horace Ackerman,
capataz del molino de piensos local y conocido, por otra parte, como el borracho de la familia, se sumó a
los esfuerzos de Gretchyn de destrozar la puerta mosquitera de Siren.
-Creo que está atascada, nada más -se quejaba Gretchyn, sin advertir la presencia de Siren al otro
lado-. La gente de por aquí nunca cierra las puertas con llave.
Sí, eran los hermanos Ackerman, las birrias que tenía el tío Jess por hijos, y allí estaban sus
encantadoras esposas. Siren adoptó sin querer modales de anfitriona, confió en que todo saliera bien y
corrió el pestillo de la puerta mosquitera.
-¿Queréis entr... ?
Gretchyn entró dejando atrás a Siren y se adentró en la casa casi vacía.
-¡Jess! Sé que estás aquí, viejo canalla. Hemos venido por tu bien.
Su voz estruendosa hacía la competencia al chillido de la tetera. Los demás entraron en tropel,
acompañados de los olores a perfume caro, a colonia para hombres y a cerveza rancia. Siren supuso que
el olor a cerveza pertenecía a Horace. Al parecer, la brisa sabrosa y penetrante se había llevado del porche
todas las formalidades que dictaba la buena educación.
Siren se quedó sola, temblando y sujetando la puerta, pestañeando como una tonta. Aparcados
ante el porche, en el césped, nada menos, estaban un Lexus de cuatro puertas y una camioneta Ford
nuevecita, negra como un cuervo, con la silueta de una mujer desnuda en los guardabarros y una
inscripción pintada con plantilla en la parte trasera que proclamaba "Azotaculos 100%”. Era fácil adivinar de
quién era cada uno de los vehículos. “Por favor, que alguien me diga que esto es un sueño y que me voy a
despertar en seguida, pensó ella con desconsuelo. Me traerán los muebles, el incendio habrá formado parte
de los vapores de una pesadilla, y en realidad estoy sola."
-¡Je-ss-ss! -chilló Gretchyn.
Siren se encogió.
-Vaya, si aqui no hay ni el más mínimo mueble –susurró Joyce,pasando por la pared los dedos con
las uñas pintadas de malva. Su marido, Ronald, se ajustó la corbata y se metió después las manos en los
bolsillos, pero no sin que Siren advirtiera el brillo de su Rolex.
Gretchyn merodeó por el piso de abajo. Horace entró pesadamente en el salón y volvió a salir,
dejando un leve rastro de polvo en la alfombra azul.
-¿Lo habéis encontrado? -dijo en voz alta Joyce mientras Gretchyn entraba airosamente en la
cocina. Debió de apagar el gas, pues cesó el quejido de la tetera. Siren seguía plantada junto a la puerta
principal, considerando qué haría a continuación. La cuestión era si debía comportarse con educación o
como una perra furiosa.
-No -se oyó responder a Gretchyn. La puerta del porche trasero se abrió y se cerró después de un
portazo. Se deslizó una brisa fresca por el cuarto de estar. Siren oyo que Gretchyn abría la puerta de la

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nevera, la cerraba y revolvía rápidamente los armarios de la cocina. Volvió a aparecer, con una galletita de
chocolate entre los labios de color rosa vivo.
-Supongo, Gretchyn -dijo Siren con voz helada-, que ya habrás descubierto que no me he pasado la
madrugada picando a Jess en trocitos y metiéndolo en mi nevera, ni en mis armarios de cocina, ni en mi
tarro de galletas.
Siren cerró la puerta principal dando tal portazo que tembló el ventanal del cuarto de estar.
-Es curioso, Gretchyn: no recuerdo haberos invitado a tomar el té ni galletas.
Todos se volvieron hacia ella, boquiabiertos. A la porra la actitud de anfitriona agradable.
Siren intentó contener su ira, y las palabras le salieron de la boca con ritmo tranquilo pero firme. Al
fin y al cabo, estaba en su casa y lo único que haría sería confirmar su autoridad.
-¿Qué os habéis creído que estáis haciendo?
Gretchyn se movió hacia la escalera, masticando rápidamente la galletita.
-Quieta ahí mismo, Gretchyn. Si vuelves a mover una de esas zapatillas rosas hacia la escalera, yo
te prometo que vas a ser la Ackerman más arrepentida de todo el planeta. Esta es mi casa.
Gretchyn levantó la barbilla en son de desafío, pero no dio un paso más.
Ronald hizo sonar las monedas en su bolsillo.
-Ve por el viejo y nosotros te dejaremos en paz.
-No tengo idea de dónde está -dijo.Y era verdad. Confiaba en que no se hubiera vuelto a su granja
a pie sin avisarla.
-¡Te exigimos que nos enseñes a nuestro padre! -gruñó Horace.
-Yo no me andaría con exigencias si estuviera en tu lugar -dijo Siren, sacudiendo la cabeza para
apartarse de los ojos el pelo revuelto y mirando a Ronald-. Ahora soy mayor y sé más, y te lo advierto: no
consiento que abusen de mí.
A Ronald se le puso la cara roja como una remolacha.
-Vamos, querida -dijo Joyce, adelantándose sin prestar atención a Ronald. Su traje caro de color
chocolate crujía con sus movimientos-. Hemos estado groserísimos. No es que no estemos encantados de
verte...
Horace soltó un bufido.
Joyce le echó una mirada de desaprobación.
-Pero comprendemos que Jess está decaído de salud -siguió diciendo-. Hemos venido a recogerlo,
nada más, y nos marcharemos.
Se sacó un pañuelo de encaje de la manga de la blusa color crema y se tocó con él la comisura de
cada ojo.
-Ronald no tiene mala intención. Estoy segura de que podremos arreglar esto de manera civilizada.
Ronald se retiró a un rincón, haciendo resonar desenfrenadamente las monedas de su bolsillo,
apretando los dientes con tanta fuerza que podrían quebrar piedras.
Joyce aventuro una sonrisa.
-Estamos buscando al tío Jess, cielo. El pueblo es pequeño, todo el mundo sabe que lo trajeron
aquí -se dio unos golpecitos con la mano en el pelo rubio, perfectamente peinado, a la altura del cogote-.
Dennis... ¿lo conoces? Es el agente de policía al mando de la investigación de anoche, y está casado con
una sobrina nuestra. Estábamos muy preocupados por el estado del padre de Ronald.
Sonrió inexpresivamente, como si Jess no fuera más que un minusculo tornillo flojo en su mundo,
que era perfecto en todos los demás sentidos.
A Siren le dio vueltas la cabeza un momento, confundida por lo de "Dennis, el agente de policía al
mando".
-Jess está perfectamente, os lo aseguro.
-Entonces, ¿dónde está? -preguntó Gretchyn, acercándose a Siren y asiéndole la manga de la
camisa-. ¡Queremos largarnos de aquí y ocuparnos de nuestros asuntos?
Siren se quitó de la manga de un manotazo los dedos de Grechyn que la sujetaban.
Joyce parecía horrorizada.
Ronald hizo tintinear las monedas en su bolsillo.
Horace soltó un escupitajo en las baldosas del zaguán.
Joyce dijo "¡Ay, Dios mío!" y sacudió su pañuelo.
"Todo esto antes de desayunar", pensó Siren. El estómago se le revolvió.
Joyce se llevó el pañuelo a los labios, levantó al cielo los ojos, pintados con tanta precisión, y dio la
espalda a Horace, como si solo mirar a aquel hombre pudiera contaminar la delicada sensibilidad de ella.
No era de extrañar que hubieran venido en dos vehículos.
-Lo siento -dijoSiren-, pero Jess no quiere irse con vosotros.
-Lo que quiera no nos importa -dijo Ronald-. Tú no tienes ningún derecho legal a impedírnoslo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Ah, la jerga jurídica. Siren se preguntó cuándo habían llegado a esa etapa. No habían tardado
mucho, ¿verdad? Debían de estar nerviosos. Debido, seguramente, a algo que les había comunicado el
Agente Al Mando Dennis.Y, en todo caso, ¿dónde estaba el tío Jess? " Ya le arreglaré yo las cuentas por
haberme dejado con esta manada de carroñeros fámiliares, pensó. Le estaría bien empleado que les
dejase registrar toda la casa hasta que lo encontraran".
-Ve por él -le exigió Gretchyn, llevándose el bolso de plástico rosa al amplio pecho.
-No.
-Entra en razón -dijo Joyce-. Dennis nos dijo lo mal que estaba. Ni siquiera sabe cómo se llama, y
cree que lo persigue un monstruo. Vaya, no podemos consentir que vaya diciendo esas cosas por el
pueblo. ¡Piensa en nuestra reputación!
Siren negó con la cabeza tercamente.
A Gretchyn se le hinchó el pecho rosado.
-¡Cómo te atreves a impedir que el viejo reciba atención médica especializada! Dennis nos dijo que
te negaste a dejarlo ir a un médico. Por otra parte, está en juego la felicidad de un anciano. Tú no tienes
derecho a entrometerte. ¡No eres pariente próximo suyo!
-Así que, lo que estás diciendo -dijo Siren-, y te ruego que me corrijas si me equivoco, es que crees
que lo que está en juego es el dinero que te permitirá ampliar tu casa, y no la salud de Jess.
Horace carraspeó, incómodo.
-Escuche, señorita -anunció Ronald con su mejor voz de abogado, avanzando un paso hacia Siren-.
Nadie nos lo va a impedir. ¡Se viene con nosotros y va a ingresar en esa residencia!
Siren arqueó la ceja derecha. Sintió que se le torcía en la frente como un cable eléctrico.
-Que te lo has creído -dijo entre dientes.
-¡Esto es increíble! -exclamó Joyce.
-Ya he aguantado demasiados golpes de tu parte, Ronald. No estaría dispuesta a dejar en tus
manos a un animal, ni mucho menos a una persona, aunque esa persona fuera tu padre. De chico eras un
monstruo, y ahora sigues siendo un monstruo.
-¿De qué está hablando? -preguntó Joyce.
-Está intentando cambiar de conversación, nada más -farfulló Ronald. Extendió ante sí las manos
temblorosas como para calmar a Siren y para protegerse de ella al rmismo tiempo-. Entra en razón, Siren.
Tiene setenta y ocho años. Es inestable mentalmente. Ha perdido su casa. No tiene dónde ir. Horace no
puede alojarlo, y yo tampoco. La residencia que hemos elegido para él es respetable.
Siren soltó un bufido.
-Tu padre opina que es un basurero; y, naturalmente, tú no quieres tenerlo en tu casa porque no
encajaría en vuestro ambiente social, y no te atreves a consentir que viva con Horace porque Gretchyn le
dejaría todas las cuentas corrientes a cero y después lo echaría a la calle.
-¡Esto es increíble! -gritó Gretchyn con voz llorosa.
-La cuestión, Siren, es que es nuestro padre y que va a ingresar en una residencia, te guste a ti o
no -dijo Ronald, tocándose la corbata-. Somos sus hijos y sabemos lo que más le conviene. Tal como ya he
dicho, no tienes ningún derecho legal en esta cuestión.
-¡Vamos a registrar la casa! -dijo Gretchyn, levantando al aire un brazo grueso enfundado en la
manga de su suéter rosado-. ¡Seguramente lo tendrá escondido en alguna parte, drogado, para que no
pueda vernos!
Puso el pie, con su zapatilla rosada, en el primer peldaño de la escalera.
-Si os movéis un centímetro más en mi casa sin mi permiso, seré yo la que tome medidas legales
-dijo Siren con voz tranquila-. Como recordaréis, tengo un buen abogado.
Se hizo un silencio incómodo en el grupo.
Gretchyn miró a Ronald, que movía las manos desesperadamente, indicándole que retrocediera.
Retiró despacio el pie del escalón. Joyce se tocó los ojos con el pañuelo otra vez mientras el rubor le subía
desde el cuello de volantes color crema y le iba avanzando por las mejillas morenas de lámpara. Horace se
metió los pulgares bajo los rústicos tirantes y se apoyó en la pared.
-Tiene la cabeza perfectamente y tiene dónde vivir -aseguró Siren, sin dar crédito a las palabras
que salían de su boca-. Se queda aquí todo el tiempo que quiera, o hasta que reconstruya su casa
-concluyó, cruzando los brazos sobre el pecho en actitud de desafío.
-Podríamos quemarle la casa -dijo Horace-. Así, ninguno de los dos tendría donde vivir. Dennis dice
que el viejo está loco. Hasta podríamos echarle la culpa a él, nadie se enteraría. No hay testigos. Lo que
quiero decir es ¿qué importa un incendio más? Son una plaga en todo el condado.
-Ay de mí -murmuró Joyce, agitando el pañuelo.
Ronald dirigió una dura mirada a Horace.
Gretchyn, por su parte, sonrió.
-Fuera de mi casa ahora mismo, todos -ordenó Siren, despacio y con firmeza.

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-Pero, Siren -protestó Joyce-, Ronald solo quiere lo mejor para su padre. Y, Horace... -prosiguió,
ahora con tono acerado-. No lo has dicho en serio.
Era una afirmación, no una pregunta. A diferencia de Gretchyn, que se había criado en una granja,
Joyce procedía de una familia de dinero. Estaba acostumbrada a echar a la gente comprándoles la casa, no
quemándosela.
-Sí que lo ha dicho en serio -aseguró Gretchyn-. De principio a fin, y yo le ayudaré. Tú no eres más
que una puta asesina. Todo el mundo lo sabe. ¡Lo sabemos desde siempre! Es por esa sangre mestiza que
tienes. ¡Dennis Platt dijo que prácticamente habías confesado en el juicio! Anoche llamó a Ronald para
contárselo todo. ¡Es verdad que mataste a ese novio tuyo! Dijo que sabía de muy buena tinta que estás
metida en una secta.
-Ay, mierda -exclamó Ronald, dándose una palmada en la frente.
Joyce se revolvió incómoda sobre sus zapatos de tacón de color chocolate, dirigiéndose hacia
Ronald.
-Tú imismo dijiste que lo que alegaba Dennis era ridículo, que siempre que los medios de
comunicación inundan al público general de información acerca de un juicio salen a relucir cuentos locos de
todo tipo. ¿Por qué demonios tienes que repetir esas cosas? Sabes que no estoy de acuerdo con las ideas
raras, políticas y religiosas, de Dennis.
-Creo que debéis marcharos todos -repitió Siren con voz tranquila.
Joyce suspiró, echando una mirada de desagrado a Gretchyn.
-¡Mira lo que has conseguido! -murmuró.
Siren, con la cara tan tensa de emoción que casi era incapaz hablar, retrocedió, abrió la puerta de
dos segmentos y la sujetó con firmeza.
-Fuera de aquí, todos.
No se movieron.
-¡AHORA MISMO!
Joyce fue la primera en moverse, con elegancia, claro está. Pasó ante ella remilgadamente Siren
vio con satisfacción en sus ojos una expresión de vergüenza.
La siguió Gretchyn, mirando fijamente a Siren con aire de desafio.
-¡Ya te arreglaré las cuentas, perra entrometida! -dijo entre dientes.
-¡Eso será si antes no te las arreglo yo a ti! -le susurró Siren a su vez. Gretchyn retrocedió
visiblemente, llevándose la mano a la boca.
Horace se incorporó despacio y dio una patada en la pared con sus pesadas botas de trabajo,
dejando no solo una abolladura sino una horrible mancha negra. Se detuvo en la puerta.
-Te vas a quemar en el infierno -dijo, con un olor a alcohol en el aliento que estuvo a punto de tirar
de espaldas a Siren.
-Si es así, te llevaré commigo, Horace. Dicen que el demonio conoce a los suyos -replicó Siren.
Ronald salió en retaguardia.
-Eres una horrmiga en un avispero, Siren -le dijo-. ¿Por qué tienes que resistirte? El viejo no
significa nada para ti. Ni siquiera le caes bien.
Era verdad aquello de que a Jess no le caía bien Siren. Ella no caía bien a nadie de la familia, pero
lo que intentaban hacer estaba mal. Era una cuestión de principios. Siren se apoyó en la puerta.
-Pues bien, Ronald, tal como lo veo yo, lo único que significa para vosotros el viejo es el dinero; y,
personalmente, mi postura me parece mucho mejor que la vuestra.
Él se metió las manos en los bolsillos.
-Ya nos advirtió Gemma que te resistirías. Pero haz cuenta que no eres más que una molestia
secundaria y nada más -dijo, dejándola atrás.
De manera que su hermana desempeñaba un papel en todo aquello, en efecto.
-Tú piensa que mi intrornisión en vuestros planes no tan bien trazados no es más que el principio de
un pago muy retrasado por todas las cosas asquerosas que me hicisteis cuando éramos pequenos.
-No te engañes -dijo Ronald con rabia, cuando llegó a los escalones del porche-. Puedo ocuparme
de ti cualquier día -añadió, bajando por los peldaños que crujían. Se volvió-: Así -dijo, chascando los dedos.
Siren salió al porche.
-Hoy no, Ronald. Ni ningún otro día. Ni nunca.
Cruzó el porche y se quedó en el escalón superior.
-¡Sigo diciendo que debemos quemarle la casa! -vociferó Horace, dando patadas en el suelo junto a
su camioneta, agitando al aire con desgana los puños encallecidos. Gretchyn, haciendo oscilar
desenfrenadamente el bolso rosa hacia Siren, asentía.
-¡Ay, por favor! -exclamó Joyce-. ¡Vámonos, sin más! ¡Ya te dije que no trajésemos a tu hermano,
Ronald! ¿Qué mosca os ha picado? Podemos arreglar esto en los tribunales -dijo, abriendo la puerta del
pasajero del Lexus-. ¿Me oyes, Ronald?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡Si le parto el cuello, no hará falta que vayamos a los tribunales! -gritó Horace.
-¡Eso es, Horace! -le animó Gretchyn-. ¡Pártele el cuello maldito!
Siren irguió los hombros y cruzó los brazos.
-Adelante, Horace: irás a la cárcel -dijo-. Ronald se hará cargo de tu padre, y él se llevará todo el
dinero. En este estado no se permite tener bienes a los criminales, y apuesto a que Ronald no será muy
generoso con tu mujer.
-¡Mentira todo! Si acabo contigo, ellos no dirán nada -dijo Horace, y empezó a caminar hacia los
peldaños.
-¡Ella tiene razón! ¡No la toques! -gritó Gretchyn, y pasó corriendo por delante del camión, dejando
caer el bolso en la gravilla, resbalando y patinando para alcanzar a Horace.
"Luchar o huir", pensó Siren, dando un paso atrás hacia la seguridad de la puerta principal. Dudaba
que fueran a caer todos sobre ella, pero si Horace era tan tonto como para atacarla, nocabe duda de que
los demás no la auxiliarían. Siren vio por encima de la cabeza de Horace la mole del monte de la Cabeza
de la Vieja, que ardía con los tonos arrobados del otoño. Era como si la montaña estuviera viva, como si le
hablara, como si alimentara su fuerza.
-No me creo lo que estoy viendo -dijo Joyce-. ¡Dejaos de tonterías ahora mismo!
Siren dio otro paso atrás.
Gretchyn colgaba precariamente del brazo de Horace, esforzándose por impedirle avanzar más.
Horace hizo pensar a Siren en un juguete mecánico que chocara una y otra vez con un objeto sólido. La
expresión de Horace no cambió en ningún instante.
-¡Detenlo, Ronald! -gritó Joyce.
Ronald hizo tintinear las monedas en su bolsillo, como indeciso. ¿Debía escuchar a su esposa o
debía consentir que Horace hiciera algún daño?
Siren retrocedió, apoyando la columna vertebral en la puerta mosquitera, buscando con los dedos la
manilla de la puerta. Sabía que, si se volvía, Horace le caería encima.
-¡No lo hagas! -chilló Gretchyn. Horace hizo un último esfuerzo y consiguió por fin quitarse de
encima a su mujer. Esta rodó por la grava como una rosquilla cubierta de azúcar rosado.
-Vamos, Horace -suspiró Ronald-; vámonos de aquí. Joyce tiene razón: ya lo arreglaremos ante los
tribunales.
Ronald indicó los vehículos con el brazo y se volvió hacia Joyce. Pero parecía como si Horace
estuviera funcionando por un control remoto interior.
"Donde los hombres son animales... “, pensó Siren nebulosamente.
-¿Cuánta cerveza te ha hecho tragar antes de traerte aqui esta mañana? -preguntó Siren a Horace.
Este se detuvo un instante y dirigió una mirada penetrante a Ronald.
-¿Alcohol? ¿Por la mañana? ¿Ronald? -dijo Joyce.
Gretchyn, que ya estaba de pie otra vez, se arrojó sobre Horace, pero no lo alcanzó, pues este la
esquivó con torpeza de borracho. Gretchyn resbaló y soltó un quejido, pues se había doblado un tobillo
-¿No lo sabías, Joyce? Así es como se las arregla Ronald para que Horace le haga todo el trabajo
sucio. Siempre ha sido así.
Siren echó una mirada a su izquierda y vio una hoja de color rojo brillante y dorado. La hoja flotó en
el aire y bailó sobre el mango de la horca del tío Jess, que estaba tirada en el suelo bajo unas cuantas
hojas. Debía de haberse caído en algún momento de la noche, o cuando Gretchyn y Horace intentaban
abrir a la fuerza la puerta mosquitera. Entonces, ¿dónde estaba el tío Jess? Él no iba a ninguna parte sin la
horca. Hasta aquel momento, Siren había creído sinceramente que no estaba en casa.
Había cinco peldaños desde el suelo hasta el porche. Horace cargó su peso sobre el peldaño
inferior. Siren, llevándose a la espalda la mano derecha, intentó abrir la puerta mosquitera con su manija,
pero no la encontró. Le humedeció la frente un sudor frío.
Horace dio otro paso.
Ronald caminaba hacia su coche, dando la espalda a la escena, sin hacer caso de Gretchyn, que
anunciaba que se había hecho un esguince en el tobillo.
-ÍVámonos, Horace! -gritó con voz imperiosa, volviendo la cabeza-. Gretchyn, levántate del suelo de
una maldita vez.
Gretchyn soltó un gemido.
Siren sabía que, si daba la espalda a Horace, este subiría los tres últimos peldaños y la agarraría
por la espalda antes de que a ella le diera tiempo de abrir aquella condenada puerta.
Horace dio otro paso.
Siren se apartó levemente hacia la izquierda.
"Donde los hombres son animales... ", le repetía dentro de su cabeza la voz de su tía.
-¡Ronald! ¡Haz algo! -chilló Joyce, señalando enloquecidamente a Siren.
Roland se volvió.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Qué demonios... ?
Horace, soltando un gruñido, subió de un salto los dos últimos peldaños e intentó agarrarla. Siren
se desvió hacia la izquierda, cayó al suelo y se encontró con la horca en las manos.
Se puso de pie rápidamente, haciencio que Horace perdiera eli equilibrio. Horace cayó a la derecha
de Siren, sorprendido por la energía con que se había levantado el cuerpo de ella. Al mismo tiempo, llegó
por el aire un zapato de tacón de color chocolate y le dio en la nuca. Se le dobló bruscamente el cuello
hacia delante y se volvió para ver a su asaltante descalza, con lo que otorgó a Siren los momentos que
necesitaba esta para cargar el peso en el pie derecho, girarse y adelantar el pie izquierdo, echando hacia
atrás la horca para clavarla en caso necesario, con el peso perfectamente equilibrado para el golpe. Se le
tensaron los músculos del brazo derecho, preparados para la defensa a ultranza, mientras la mano
izquierda sostenía el mango tembloroso.
Horace volvió la cabeza y miró con los ojos muy abiertos los dientes de la horca. Soltó un chillido y
cayó de rodillas en el porche. Siren apuntó con la horca a su garganta, que se agitaba por su lloriqueo.
"Y las mujeres superan en valor a los hombres... "
"Tiene gracia de lo que se acuerda una en los momentos más raros" -pensó Siren.
Se hizo el silencio en el patio delantero de la casa. No se oía ni el canto de un pajaro, ni el rumor de
una hoja.
Siren se sintió como un fuego devorador.
Dispuesta a matar.
Ella era la cazadora.
Ella tenía el poder.
Como antes.
-No lo hagas, Siren: no lo merece, aunque sea una birria de hijo.
Era el tío Jess, que estaba de pie ante la puerta mosquitera.
Siren aflojó levemente los brazos, al liberarse de la tensión, pero la horca siguió apuntada con
precisión, dispuesta a atravesar la garganta de Horace.
-¿Dónde demonios estabas?
Las palabras de Siren, tersas y lacónicas, cortaron el aire.
-En el cagadero.
-¿Todo este rato?
-Los viejos lo tenemos que hacer con calma, ¿qué quieres que te diga? Creía que ya los habías
echado. El cuarto de baño da a la parte trasera. Menos mal que abrí la ventana para que se aireara un poco
aquello; si no, no habría oído nada.
-Eso digo yo.
-Levántate, chico.
Siren apartó despacio la horca lo suficiente para que Horace se pudiera poner de pie
trabajosamente, pero no tanto como para que se creyera que aquello no iba en serio. Horace vaciló un
momento, frotándose la nuca, echando una rmirada malévola a Joyce. Siren seguía apuntándolo con la
horca. Le había bajado la adrenalina y se sentía temblorosa, pero no quiso consentir que ninguno lo notara.
Ronald avanzó, ajustándose afanosamente la corbata. Gretchyn se retiró hasta el camión,
sujetando con fuerza el bolso de plástico rosa que había recuperado, con la cara tan rosada como su ropa.
Joyce, con un zapato menos, estaba de pie con aire decidido junto a la puerta del asiento del pasajero del
Lexus.
El tío Jess sacudió la cabeza, mirando primero a Horace y después a Ronald.
-Vuestra madre murió demasiado joven.
-Ha sido todo culpa de ella -lloriqueó Horace, señalando a Siren-. ¡Empezó ella!
-Y vosotros tampoco os habéis hecho personas mayores -dijo el tío Jess, volviendo la gran cabeza
hacia Siren.
Siren no dijo nada. Estaban reviviendo su pasado colectivo.
-¿Qué ibais a hacer si os borrara de mi testamento?
Ronald retrocedió.
-Me... me alegro mucho de ver que estás bien... papá -dijo.
-Se abalanzó sobre ella -se oyó decir a Joyce, que cerró de golpe la puerta del coche y caminó, con
un pie calzado y el otro descalzo, hasta el lado del conductor del Lexus. Abrió la puerta y levantó la vista
hacia ellos-. Yo lo vi. Hay que reconocer que Ronald intentó decirle que lo dejara. ¡Aunque tardó lo suyo en
decírselo!
Apretó los labios con decisión. Cerró los ojos un instante y respiró hondo como si estuviera a punto
de tirarse de cabeza al mar. En vez de ello, dijo:
-Puedes enviarme mi zapato por correo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Y se sentó, deslizándose alrosamente en el asiento del conductor del Lexus. El motor del vehículo
sonó a los pocos instantes. Siren oyó el sonido apagado del cierre centralizado de las puertas. Joyce dio
marcha atrás y empezó a moverse hacia la carretera.
Ronald se volvió y la persiguió a la carrera. Se colgó de la manilla de la puerta del Lexus. Joyce dio
un volantazo malévolo para quitarse de encima a Ronald y después metió la primera. No miró a izquierda ni
a derecha mientras Ronald se ladeaba, se soltaba y rodaba sobre la hierba. El vehículo osciló levemente al
acelerar ella, entró rápidamente en la carretera, casi rozando el algarrobo, levantando gravilla y restos de
vegetación seca. Siren supuso que Ronald iba a tener un mal día.
-Te toca a ti -dijo el tío Jess, mirando a Horace.
-Sí, señor.
Horace bajó los peldaños a buen paso y corrió hasta su camioneta, seguido de cerca por Gretchyn.
Se marcharon un poco más despacio, como niños malos que se movían con cuidado por miedo a hacer
algo desagradable a la vista de su padre enfadado.
A la mitad del camino particular, Ronald corrió hasta la carmoneta, con la corbata colgada sobre el
hombro, dio un golpe en el capó y les suplicó que lo llevaran. La ventanilla del lado de Horace bajó unos
centímetros. Hubo unos instantes de viva discusión, pero Gretchyn abrió por fin su puerta y dejó subir a
Ronald. Horace aceleró, llegó al bache de la entrada de la carretera con un feo ruido de amortiguadores, y
después giró rápidamente hacia el pueblo.
Siren se apoyó en la fachada de la casa. El tío Jess hizo el gesto de tomar de sus manos la horca.
Ella seguía aferrada con fuerza al mango.
-Resulta útil a veces, ¿verdad? -dijo él, sonriendo y acariciando el mango como si tuviera vida-.
Devuélveme mi horca, ya te buscaré otra para ti.
-Por lo menos, ya sé por qué la llevas a todas partes -dijo ella. La soltó, relajando los dedos, y
después se inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas, respirando hondo-. Ah, por cierto -dijo al
cabo de unos instantes-: cuenta con que ya vives aquí, vejestorio.

JOHN SERATO había presenciado el altercado, confuso, divertido, y levemente enfadado. En


aquellos breves instantes se había enterado de tres cosas: de que Siren McKay sabía defenderse, de que
tenía instinto para matar y de que, al parecer, Jess Ackermann se quedaba allí.
Aquel día iba a pie. Había elegido bien su escondrijo, al alcance del oído pero oculto por los pinos
próximos al arroyo. Pero el viejo representaba ahora un problema. No obstante, él tenía mucho tiempo.
Podía esperar acontecimientos.
Serato se enorgullecía de su experiencia. Era la máquina de matar más desarrollada. Un experto en
control de plagas humanas. Al principio, había debatido la cuestión con la persona que lo había contratado.
¿Debía presentarse allí, llevársela y marcharse? Tardaría pocas horas. ¿O bien, debía andar a la sombra
de su vida, cosa que a él le agradaba más, y organizar poco a poco el momento de su muerte? Después de
mucho pensarlo, la persona que lo había contratado había elegido la segunda opción, y Serato estaba
dispuesto a ceñirse a ella mientras siguiera siendo aplicable. La decisión le agradaba. Prefería pasarse
varias semanas observando a sus presas antes de la hora final, si era posible. Quería conocer sus hábitos,
lo que les gustaba y lo que no les gustaba, su grado de valor y cómo reaccionaban ante los peligros. En
muchos casos organizaba un simulacro para ver cómo reaccionaban. No, nada que pareciera demasiado
peligroso, solo una prueba. Una pequeña prueba. Puede que en este caso no fuera necesario un ejercicio
de esa clase, en vista del altercado de aquella mañana; no obstante, parecía que aquellas personas eran
adversarios familiares, y quizá aquello no había sido indicativo del verdadero valor de ella. Se acarició el
bigote. ¿Debería traer el equipo? Abrió y cerró los dedos estudiando los huesos finos de sus manos. Para
traer las cámaras y demás aparatos tendría que servirse de la furgoneta, y en una carretera de campo era
mucho más complicado ocultar una furgoneta que el Volkswagen o que el Lexus. No es que no pudiera
llevar el equipo en el coche, pero sería incomodísimo y quedaría muy poco sitio para cualquier otra cosa. Si
segula aumentando el grado de actividad dentro de la casa, podía sentirse tentado de aplicar vigilancia
auditiva. Una sola batería de nueve voltios bastaría para transmitir durante una semana entera, y el aparato
receptor no ocupaba mucho espacio.
Se frotó los nudillos de la mano derecha. A él le gustaba matar de la manera desnuda, sin juguetes
técnicos, solo su mente y su cuerpo contra los de su presa. El asesinato era un antiguo arte y había que
respetarlo. Él tenía en parte la sensación de que el empleo de material de vigilancia (de cámaras,
imicrófonos y otros chismes) era hacer trampa. Las pistolas no tenían refinarmiento. Cualquier imbécil era
capaz de servirse de esas cosas. Solo un verdadero profesional era capaz de trabajar sin ellas. Solo un

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

hombre de verdad era capaz de mirar a los ojos a su víctima y de sentir su aliento en la cara cuando moría.
Aquella era la comunión honrosa y definitiva.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

EL MAYBELL, restaurante clásico al estilo de los años 50, estaba ante la carretera de Lambs Gap,
y la parte trasera del edificio daba a la orilla sur del lago de Cold Springs. En el verano, tanto los turistas
como la gente del pueblo atracaban sus barquitos y sus canoas en el pequeño muelle para gozar del
ambiente poco común del restaurante: taburetes de vinilo rojo que todavía giraban sobre sí mismos,
reservados de altos respaldos a lo largo de las ventanas, una máquina tocadiscos en cada mesa y tartas y
pasteles caseros que se exhibían en relucientes estantes redondos de vidrio y cromados sobre el largo
mostrador rojo de formica. Las paredes estaban salpicadas de diversas imágenes del puente cubierto de
Cold Springs, obra de pintores y de fotógrafos locales. Un pintoresco expositor de postales tipo carrusel,
lleno de imágenes del lago, de campistas alegres y de diversos ejemplos de la flora y de la fauna locales
montaba guardia junto a la caja principal.
Tanner se terminaba su café, deseando que fuera whisky, y mataba el rato en un reservado del
rincón. Era cliente habitual, con reservado propio, el último del fondo, lejos de la caja. A veces desayunaba
o almorzaba allí, pero principalmente iba a tomar café, sobre todo después de los incendios graves. El café
de allí era tan fuerte que le quitaba cualquier mal sabor de boca. El incendio de la noche anterior, en casa
del viejo Ackerman, había sido el peor hasta la fecha. Algunos de sus muchachos seguían allí. Lo del cerdo
negro había sido una lástima.
Aquel día, el local estaba abarrotado de gente del pueblo, y pasó su buen cuarto de hora sin ver a
Jess ni a la McKay. Estos habían ocupado el primer reservado del restaurante, cerca de la caja. Muchos
clientes habituales del Maybell se detenían a preguntar a Jess cómo estaba y si necesitaba alguna cosa. En
un momento dado, Jess se puso de pie, tieso como una vara, sujetando con fuerza su horca como un
Poseidón, contando a todos la experiencia terrible que había sufrido en el incendio. Fue entonces cuando
Tanner vio a Siren, cuando cayó la luz sobre la cara levantada de esta. Tenía los labios serios, pero había
un brillo de humor en sus ojos. Jess era un actor extraordinario, desde luego.
Tanner tomó otro trago de café. Jugó con su moneda de oro, moviéndola entre los dedos, dándole
vueltas. Estando allí Jess, lo más fácil era que la gente quisiera obligar a Tanner a entrar en la
conversación. Al fin y al cabo, él era el jefe de bomberos. Aunque le fastidiaba reconocerlo, ser
descendiente de una bruja tenía sus ventajas. Con una habilidad fruto de la práctica, se rodeó de una
neblina de invisibilidad. Los años que había dedicado Nana Loretta a enseñarle magias menores y
mayores, con constancia y con rigor, le venían bien en ciertas ocasiones. De hecho, muchas de las técnicas
que le había enseñado ella las aplicaba de manera instintiva y ni siquiera las consideraba mágicas. Era una
cuestión de enfoque, nada más, de enfoque. Echó al aire la moneda.
"Imagínate que estás envuelto en una nube densa de niebla", le decía ella. "No es que vayas a
desaparecer de verdad, en absoluto. Lo único que harás será producir una ilusión. Cuando llegues a
dominarlo, verás que la gente no advertirá que estás allí, sencíllamente." Ella tenía razón. Aquella era una
de las pocas magias que él se molestaba en aplicar en aquellos tiempos. Cuando te estás cayendo de
borracho, no quieres que todo el mundo te mire. Por desgracia, cuanto más borracho estabas, menos te
podías concentrar en la niebla. Hasta la magia tenía sus debilidades.
Oyó que Siren preguntaba a Jess, en una pausa de la conversación:
-¿Sueles almorzar con tu horca?
-Todos los días -respondió Jess.
Tanner apuró su taza de café. Aunque estaban a finales de octubre, los ventiladores de madera del
techo seguían girando perezosamente; sus aspas cortaban el humo, el vapor grasiento de la plancha de la
cocina y las conversaciones apasionacias. Tanner siguió jugando con la moneda de oro. Jess terminó su
disertación y dejó la horca apoyada cuidadosamente junto al reservado.
Mientras Jess se sentaba, asintió con la cabeza y respondió a alguien diciendo:
-Ardió como la yesca, así fue.
-Lo que a mí me parece es que todo el pueblo está ardiendo como la yesca -dijo la voz vacilante de
un hombre que estaba sentado ante la barra.
-Vaya si es verdad -intervino otro.
-¡De aquí a poco tiempo, todo el condenado pueblo se habrá ido en humo! -dijo otro-.Ya van tres
incendios que son, según los periódicos, "de origen misterloso": el de la logia de los Alces, el de la fábrica
de zapatos abandonada, el del granero de los Ferguson, y ahora la casa de Ackerman. ¿Qué demonios
signífica "misterioso"?
-No lo sé -dijo la camarera, una rubia pechugona que se llamaba Bernita Prescott-. Nadie se habría
fijado en los incendios menores si los últimos cuatro no hubieran sido tan graves. Esos primeros son
normales después de un verano tan seco como el que hemos tenido. Puede que estos últimos también
sean normales.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Tanner seguía tirando al aire la moneda de oro.


-Es verdad -dijo el tío Jess-. Ninguno salió siquiera en los periódicos hasta que se quemó la logia de
los Alces. Eso fue justo antes del incendio de los Ferguson.
-Aquí no llegará el fuego -observó cierta ersona- ¡El café es tan malo que lo asustará!
Las risitas recorrieron el mostrador, y sonó una carcajada fuerte en uno de los reservados más
próximos.
-Yo digo que se sale de lo natural -murmuró el propietario de la primera voz.
Tanner deseó poder marcharse, pero consideró que sería mejor que se quedara allí sentado con su
taza de café vacía. En vez de dar un espectáculo llamando a la camarera, se bebió el agua. Su pequeño
hechizo funcionaba. Nadie le prestaba minguna atención. Que Dios se lo pagara a Nana Loretta. Siguió
tirando la moneda.
-No es ningún incendiario -respondió otro.
-¡Mi hermana trabaja en las oficinas del condado, y los expertos dicen que todos los incendios son
diferentes y que nadie en el mundo los está provocando! -dijo una mujer que llevaba un enorme sombrero
de paja.
-¿O sea, que es alguien que ya no está en este mundo? -fue la, respuesta.
Todos se rieron, y la mujer inclinó la cabeza, impidiendo a Tanner ver a Jess y a Siren. La
conversación se ponía interesante. Ya diría él algo a los de Policía Regional de Webster acerca de la chica
de las oficinas del condado que se iba de la lengua; aunque dudaba que sirviera de nada a estas alturas.
Todos los del pueblo hablaban de los incendios.
-Bueno, pues si no es ninguna persona, viva o muerta, ¿qué es, entonces? -quiso saber otra mujer
que estaba al final de la barra.
-¡Yo digo que es obra del demonio! -exclamó una voz extraordinariamente chillona.
Tanner se estiró para ver de dónde procedía aquel comentario. Ah, era Ethan Files, aquel
hombrecillo extraño, contable del condado.
-Callad. Dejad comer a Jess -dijeron desde otra parte.
La camarera que rondaba junto a Siren sacudió la cabeza y se secó las manos en un delantal que
ya estaba sucio.
-¿Qué te parece a ti, Jess? -le preguntó-. Anoche le tocó a tu casa. ¿Viste algo que se saliera de lo
común?
El tío Jess tomó un largo trago de cafe, hizo una mueca y miró fijamente a Siren, mientras le
temblaba el ojo derecho.
-No vi nada. ¿Sabes una cosa? ¡Estoy dispuesto a jurar que tu café es peor cada día que pasa!
Tanner tuvo la sensación de que el viejo Jess mentía acerca del fuego. Era como si Jess hubiera
empezado a decir otra cosa pero se hubiera callado. Tanner sintió que se estaba fraguando algo
amenazador. Puede que Nana tuviera razón. Se arrellanó en su reservado, pensando en Siren McKay. Era
única: piel morena, ojos oscuros, pelo negro largo y espeso. Cuando habían publicado sus fotos en el
periódico local, él las había recortado todas, y también los artículos, siguiendo su juicio y su absolución
sorprendente. La risa de Siren flotó en el aire, un sonido profundo, gutural. Tanner se agitó, inquieto.
Aquella mujer tenía algo... si él no supiera que era imposible, bueno... él ya sabía lo que era sentir el toque
mágico de Nana. Entrecerró los ojos. No: ella no se atrevería. Por otra parte, él no creía en esas cosas. Sí,
bueno. Seamos realistas. Si la primera reacción de él cuando se encontraba ante un peligro consistía en un
conjuro que le habían enseñado de niño, si no le daba importancia a rodearse de una niebla para que lo
dejaran en paz, ¿a quién diantres quería engañar? Echó la moneda al aire una última vez y se la guardó en
el bolsillo. Tres largas semanas de abstinencia. Soltó un leve bufido. Miró de nuevo a la McKay. No cabía
duda de que ella era todo aquello... y, además, problemática.Y él no necesitaba más problemas en su vida.
Tanner prestó atención a la conversación del restaurante.
-Lo que quiero saber yo es por qué no han sido capaces los bomberos de descubrir qué pasa
-decía un tipo que estaba pagando su cuenta.
-¡Porque el condenado jefe de bomberos está siempre borracho! -respondió otro tipo que acababa
de entrar por la puerta-. Tanner Thorn es un inútil total. Está mal de la azotea desde que se murió su mujer
y los padres de ella se llevaron a sus hijos al norte. He oído decir que le quitaron la custodia. Lo que yo digo
es que es un alcohólico. Deberían echarlo y poner en su lugar a alguien que no tenga los sesos en alcohol.
Tanner sintió que la cara empezaba a ponérsele roja. Se le aceleró el pulso.
-¡Cállate! -le riñó Benita-. ¡Ya me gustaría a mí ver cómo funcionabas tú si tu Mildred se matara en
un accidente de coche, y se presentara después tu suegra y te arrancara a los pequeños!
Mildred dirigió la vista hacia el rincón de Tanner. Se mordió el labio, tomó un paño húmedo y se
puso a limpiar el mostrador.
-Sí -saltó otro cliente-. Tu suegra es Medusa en persona, así que yo en tu lugar me quedaría
callado.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Hubo una ronda de risas y la conversación fue girando hacia otros temas. Alguien se quejó de que
necesitaba un crédito considerable para comprarse un tractor nuevo, y hubo varios comentarios
subsiguientes sobre la mecánica moderna. La camarera se presentó en silencio en la mesa de Tanner con
una nueva taza de café, le guiñó un ojo y se retiró discretamente. "El hechizo de la niebla no da resultado
con todo el mundo, y menos con personas que tienden a la videncia", le había dicho Nana. Evidenternente,
la camarera tenía dotes propias. Mientras Tanner la veía alejarse, se preguntó si ella misma sabría que
tenía ese don. Lo más probable era que no. A Tanner no le sorprendería que tuviera algún parentesco con
la farmilia. Todavía había bastante gente por allí que no tenían idea de su ascendencia mágica.
-¿Qué la trae por Cold Springs? -preguntó Benita a Siren mientras le rellenaba de café la taza.
-He comprado la granja de mi madre.
-¿Va a cultivar esa granja? -respondió con sorpresa la mujer.
-Me gustaría cultivarla en parte, pero también voy a abrir una consulta de hipnoterapia.
Tanner aguzó el oído. Costaba trabajo oír entre la charla sobre tractores que había degenerado en
chistes groseros.
-¿Da resultado eso de la hipnoterapla? -preguntó la camarera, apoyando en el borde de la mesa la
jarra de cafe de vidrio, llena hasta la mitad.
Siren se rio.
-Podría darle una respuesta corta o larga; pero, en resumen, sí, funciona. Por lo menos, mis
pacientes de Nueva York salían contentísimos.
-A mí me gustaría perder un poco de peso -dijo la camarera con una sonrisa agradable . No mucho.
A los hombres de por aquí les gusta que las chicas estén un poco llenitas, no sé si me entiende.
Un leve rubor le cubrió las mejillas regordetas, y la jarra de vidrio se inclinó. El café se agitó
peligrosamente, lamiendo el borde de lajarra.
-Pero yo ya tengo cierta edad, y una amiga mía probó la hipnoterapia, y le vino muy bien, desde
luego. Pero ella acudió a la consulta de un hombre, y creo que yo no estaría cómoda así. Sin ámino de
ofender -se apresuró a añadir, mirando al tío Jess. Este levantó un poco la cabeza, pestañeando
largamente y sonrió remilgadamente. Benita volvió a mirar a Siren-. ¿Tú te dedicas a cosas así, cielo?
-Así es -dijo Slren.
-¿Cuesta caro? -le preguntó, y se mordió el labio mientras esperaba la respuesta de Siren.
-Te propondré una cosa –dijo Siren-. Si me calienta el café y me trae un bollo con crema de queso,
lo haré gratis... a condición de que haga correr la voz si le va bien -añadió, indicando con la cabeza el
público en general del restaurante.
La camarera sonrió alegremente, haciendo que se marcara mucho más el hoyuelo que tenía en la
mejilla derecha.
-¡Vaya, con lo bien que se me da eso! -exclamó-. Te traeré la comida enseguida. Hemos contratado
a un cocinero nuevo; es un poco lento y no comprende el concepto de los huevos poco hechos, pero ya le
iremos enseñando.
Tanner se perdió el resto de la conversación, pero no le importó. Contempló maravillado el pelo de
Siren, que aquel día lo llevaba en una sola trenza, larga y gruesa, salpicada de perlas mínúsculas y colgado
por encima del hombro. Tenía la cara enrojecida, los ojos oscuros lunimosos -Tanner suspiró. Si fuera fea,
sería más fácil dejar de prestarle atención. Se caló el sombrero de cazador, aprovechó el caos del
restaurante, pagó la cuenta y se marchó.
Entre los primeros conocimientos prácticos que le había enseñado Nana Loretta se contaban la
respiración profunda y la autohipnosis. "Estas prácticas dan acceso a los poderes de la mente; son los
elementos con que se construye la magia", afirmaba ella. Y tenía razón. Tanner se preguntó algo que ya se
había preguntado antes: si Siren McKay sabía quiénes eran sus antepasados. Lo más probable era que
supiera muy poco de ello. A pesar de todo, daba la impresión de que Siren seguía las tendencias de su
estirpe, a sabiendas o no. Reflexionó. ¿Debía decírselo a Nana? Pensándoselo mejor, no. Sería mejor dejar
en paz todo aquel asunto. ¿Quién sabe qué podía intentar hacer Nana si pensaba que aquella muchacha
tenía algún talento? Nana había mencionado el nombre de Siren en la biblioteca, pero él había optado por
no hacer caso. No le convenía en absoluto destapar esa caja de líos de la familia.

EL TIO JESS puso mala cara cuando Siren entregó su tarjeta de visita profesional a Benita
Prescott. Las cejas espesas le saltaron como faisanes asustados que levantan el vuelo en el campo: pero
no dijo nada. Siren echó una mirda al mostraclor. Parecía que el local se iba despejando. Aunque era
sábado, la gente tenía cosas que hacer: unos iban a hacer compras; los granjeros tenían que terminar la
cosecha; los carpinteros y albañiles, reparaciones que surgían en el último momento. Se habían quedado
algunos veteranos ante el mostrador, pero estaban absortos en una conversación acerca de la política

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local. En el mes de noviembre se iban a celebrar elecciones para diversos cargos, además de un
referendum local sobre la cuestión de permitir o no la venta de bebidas alcohólicas en el término municipal,
que suscitaba un debate acalorado. Desde tiempos de la Ley Seca, la población de Cold Springs había
mantenido la prohibición y había seguido tan "seca" como la boca de un muerto. También se habló de un
proyecto de ampliación de la biblioteca, y de cómo marchaba la cosa.
Benita, deshecha en sonrisas, volvió con el plato de Siren.
-No veo la hora de llamarte -dijo con una sonrisa alegre. Acto seguido, tuvo que prestar atención a
una persona que estaba ante el mostrador. Desapareció de la vista de Siren, compartiendo una broma
grosera que hacía alguien, y no tardó en perderse en su trabajo.
El tío Jess empujó a un lado su plato e hizo que le volviera a llenar la taza de café la camarera
cuando pasó junto a ellos, con el hoyuelo más marcado que nunca. La camarera guiñó el ojo a Siren al
llenarle también la taza a ella y siguió adelante.
-Creo que debes dejar eso del hipno-tal -dijo Jess.
Siren atendía a su bollo.
-Al fin y al cabo, yo te pagaré alquiler, y no te hará falta el dinero.
Siren tragó despacio.
-Y supongo que yo me dedicaré a dar vueltas por la granja todo el invierno y mataré el rato
haciendo ángeles de nieve o galletas en el horno, ¿no?
Se limpió la boca con una servilleta.
-Además, por mucho que te cobre de alquiler, no voy a pagarlo todo con eso. Por si no te has dado
cuenta, todavía hay que arreglar muchas cosas en la casa, y lmayoría de los arreglos van a ser caros.
-No está bien enredar con la mente de las personas.
Siren le dirigió una mirada furiosa por encima e su taza de café.
-Tampoco está bien enredar con las carreras profesionales de las personas -replicó-. Además, ya
he entregado los contratos esta mañana. De aquí a una semana ya estaré trabajando.
-¿Llamas "carrera profesional" a esas cosas del ocultismo? -dijo él con desprecio.
-¡No son cosas de ocultismo, y, para que lo sepas, yo tenía una consulta de mucho éxito en la
ciudad!
Dos de los viejos que estaban ante el mostrador se volvieron y los miraron. Siren cerró los ojos y
volvió la cara hacia la ventana. Estupendo, aquello era estupendo.
-Te está mirando la gente, ¿sabes? -susurró Jess-. Sonríe.
Ella apretó los dientes, emitiendo una sonrisa tensa.
-Sí, me miran es gracias a tu bocaza. Me he enterado de que has estado cotilleando por ahí,
¿sabes?
A Jess se le encendieron dos manchas brillantes por encima de la barba que cubría sus mejillas.
-Es mi pueblo -dijo, a la defensiva.
-Ah, perdóname. No sabía que tú fueras el dueño del pueblo.
Jess se inclinó hacia delante.
-¡Tengo más derecho que tú a estar aquí! Anoche estuve pensando que puedo comprarte la
granja.Tengo dinero de sobra. Tú podrías irte a otra parte... volver a empezar. En el oeste, quizá. En ese
sitio que llaman Sedona hay un montón de gente rara. Una vez leí algo sobre ese lugar.
Parecía satisfecho de haber sido capaz de proponerle esa sugerencia.
Siren se levantó de la mesa, echándose el bolso al hombro.
-¿Cómo, viejo memo egoísta? -gruñó en voz baja-. Si no hubiera sido por mí, te habrían llevado a
cuestas esta mañana -añadió, metiéndole la nariz en plena cara-.Y si no te comportas y no te ciñes al
programa, me limitaré a llamar a esas sanguijuelas chupasangres a las que llamas hijos tuyos y les diré que
vengan por ti. ¡Hasta te pondré un lacito al cuello!
-Eso sería muy poco cristiano por tu parte -dijo él.
-¡Pues, para que te enteres, majo, yo no soy cristiana! -dijo ella, dando un manotazo en la mesa.
Alguien contuvo una exclamación de asombro. La cara de su tío perdió por completo el color. En una
población en cuyo término municipal había más de quince iglesias, aquella declaración constituía un
sacrilegio.
-Puede que sea judía -susurró alguien.
Siren giró sobre sí misma y se largó del restaurante a buen paso, sin hacer caso de las expresiones
boquiabiertas ni de las risitas nerviosas.
Se puso a dar paseos por el aparcamiento, intentando tranquilizarse antes de que saliera del
restaurante el tío Jess. Dirigió su mirada al lago de Cold Springs. A su derecha, la carretera llegaba a un
puente cubierto que tenía el nombre oportuno de Paso de Cold Springs y había sido construido en 1867. El
puente unía la carretera de Lambs Gap con el pueblo. El puente, pintado recientemente de un rojo atrevido,
era el orgullo y el mayor tesoro de los habitantes de Cold Springs, y daban fe de ello las muchas imágenes

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

del mismo que estaban expuestas en el restaurante. Tenía fama por ser el puente cubierto más largo de
Pensilvania, y tenía 62 metros de largo. Siren recordaba aquel dato de sus tiempos de la escuela elemental.
En el estado de Pensilvanla solo quedaban doce puentes cubiertos, y los habitantes del condado de
Webster siempre trataban aquel como si fuera de oro macizo.
La escaramuza de aquella mañana con el clan de los Ackerman le había dejado una sensación de
ardor en el corazón. Los viejos recuerdos se le entremezclaban con los sucesos del día. Le vino un sudor
frío. Para colmo, poco antes de que ella saliera a desayunar le habían llamado los del almacén de muebles
para decirle que su pedido se retrasaría una semana o más. ¿Qué iba a hacer ahora?
Siren pasó por delante de una bonita moto de todo terreno que estaba aparcada junto al muelle.
Parecía nueva, aparte de que tenía un poco de polvo y de barro. Pasó junto a la moto y se acercó a la orilla
del lago. El agua parecia muy calmada y tranquila aquel día, y reflejaba el cielo azul con alguna que otra
onda en la que brillaba la luz del sol. La corriente arrastraba hojas llenas de color; algunas se quedaban en
la orilla. Una o dos nubes oscuras en el horizonte le recordaron que el mes de noviembre estaba a la vuelta
de la esquina. De momento, tuvo que reconocer que el paisaje le cortaba la respiración, aun visto desde el
aparcamiento del restaurante. Era tan pintoresco corno puede serlo un otoño: colores vibrantes,
impresionantes, rematados por rayos deslumbrantes de luz que se reflejaban en la grandiosidad de
superficie tersa del lago. La temperatura del aire, más que benigna, hacía que el corazón le latiera más
deprisa. Al cabo de pocos días habría desaparecido la mayor parte de ese espectáculo glorioso, así como
las últimas esperanzas de un tiempo agradable.
Se quedó inmóvil, absorbiendo el júbilo de la estación, recordando una cosa que decía la tía Jayne
cuando Siren era muy pequeña. "Todo se mueve en ciclos, del nacimiento a la muerte para volver a nacer
de nuevo." Era curioso que estuviera teniendo últimamente aquellos recuerdos de una persona a la que
apenas había conocido.
Se interpuso ante el sol una nube que dejó el paisaje triste descolorido. Siren sintió que tenía
clavados en la espalda un ojos invisibles, pero, cuando se volvió, no había nadie. Aunque el aparcamiento
estaba lleno de coches, parecía desierto de vidá humana. Volvió a mirar la superficie oscurecida del lago.
Un viento frío hizo ondular el agua, llegó hasta ella, le larnió el alma.' Volvió a darse cuenta de que la época
oscura del año iba a comenzar muy pronto. Le temblaron los hombros.
Pensó vagamente en aquellas llamadas telefónicas. ¿Serían una simple broma de un chico aburrido
que no tenía nada que hacer en aquel pueblo pequeño? ¿O debía preocuparse por ello? Aquella mañana,
antes de salir, había llamado a la compañía telefónica para pedir el servicio de identificación de llamadas.
Tení que buscar una tienda de material electrónico para comprar el su teléfono. Oyó un zumbido y volvió la
cabeza bruscamente. Oyó el chirrido de los neumáticos, pero no vio la furgoneta.

RACHEL ANDERSON estaba sentada sola en un reservado del fondo, observándolo todo y a
todos. Sus ojos azules, grandes y líquidos recorrían el interior del restaurante. Todos la perseguían. Lo
sabía como sabía que el sol brillaba en el cielo de día y que la luna lucía de noche. Llevaba una hora
viendo a Tanner Thorn ocultarse en un reservado próximo al de ella, y sintió que él no significaba nada para
ella. La mayor parte de la conversación giraba sobre Jess y la McKay. Siren había hecho caso omiso de
Rachel a propósito, durante todo el rato que había pasado allí. Rachel estrechó los orificios de la nariz.
Perra.
Rebañó el plato con un trozo de huevo revuelto cubierto de catsup, clavado en la punta del tenedor.
Qué color tan bonito, el rojo.
Sintió un dolor palpitante en la cabeza. ¿Quién estaba cuidando de los niños? Ah, sí: Chuck. Chuck
estaba allí. Ella se había escapado. Había hecho bien. Él había llegado la noche anterior borracho como
una cuba. Habría estado revolcándose en su colcha, en la colcha que había hecho ella con sus propias
manos, con Siren McKay.
Rachel se frotó la nuca. La gente la miraba. Ella lo sabía. Dirigió la mirada al exterior de las
ventanas del restaurante. Allí también había alguien que la miraba. Que la miraba y esperaba a que saliera
del restaurante. Para atropellarla. Para hacer trizas su cuerpo sobre el asfalto.
Le temblaba la mano al apurar su café.
Puede que fuera Dennis Platt. Dennis era un hombre malo. Estaba loco. Rachel había intentando
explicárselo a Chuck más de una vez, pero Chuck le había dicho que ella no era más que una imbécil y que
no se metiera en lo que no le importaba.
Un pajarillo recorrió volando el aparcamiento, enfiló directamente la ventana que estaba junto al
reservado de Rachel y chocó ruidosamente con el vidrio. Rachel dio un respingo y vertió parte de su café
mientras el pájaro caía muerto al suelo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Sacudió la cabeza.
Mal agüero.
Alguien iba a morir.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

¡APÁRTESE! -gritó una voz masculina, tan cerca del oído de Siren que esta temió quedarse sorda
de por vida. Siren hizo una mueca y echó una mirada forzada girando la cabeza, pero no tuvo tiempo de ver
bien nada. En un momento dado tenía los pies asentados firmemente en el suelo, y al instante siguiente se
encontró volando por el aire, pasando como un rayo ante un calidoscopio de colores otoñales, por delante
de la parte trasera imponente de una minifurgoneta verde y blanca, para caer por fin con la cara por delante
en la gravilla, a varios metros de su punto de partida. Tardó un momento en darse cuenta que tenía tendido
sobre la espalda a un hombre que soltaba una tormenta de improperios y que tenía el brazo enredado en la
larga trenza de ella. A ella se le ocurrieron también algunas palabras selectas que soltar, pero guardó
silencio, pues la gravilla que tenía clavada en los labios no facilitaba ningún tipo de conversación, ni buena
ni mala.
Las chinas sueltas crujieron bajo las pisadas de varias personas. Algunas pisadas eran lentas,
titubeantes; otras eran fuertes y veloces; la mayoría avanzaban hacia ella, hacia ellos. Le seguían
zumbando los oídos. Todavía no le dolía nada. Cerró los ojos con fuerza e intentó respirar hondo. Los gritos
y los murmullos de preocupación por su estado se cernían sobre su cabeza como buitres.
Sintió con alivio que alguien ayudaba al hombre a levantarse de su espalda y a ponerse en pie.
Respiró hondo y las costillas se le hincharon en el pecho. Se le metieron por la boca y por la nariz
fragmentos de polvo de gravilla. Tosió y giró despacio sobre si misma.
-No la toquen –dijo alguien-. Puede que esté gravemente herida.
Siren volvió la cabeza y vio a un horribrecillo que daba saltitos de un pie a otro a varios metros de
distancia.
-¡No la vi! -lloriqueaba, rojo como una remolacha. No parecía que nadie le prestara atención. Su
corbata de colores vivos, torcida, se agitaba con la brisa como la cola de un pavo real. Se lamentaba,
hundiendo la cara entre las manos y haciendo oscilar su cuerpo. Su dramatización exagerada inspiró una
sensación de desconfianza en el vientre de ella. No dejaban de zumbarle los oídos. Se preguntó
distraídamente si tendría un micrófono en la cabeza.
-Ethan, siempre has sido tan ciego como un jodido murciélago -soltó alguien al conductor de la
furgoneta.
Siren se volvió, sintiendo una punzada en el cuello, hacia el propietario de la voz, pero no lo
localizó. Era la misma voz que había oído inmediatamente antes de volar por los aires. Recorrió con la vista
la multitud que se iba reuniendo. Jess se habría camino a la fuerza, con la horca en alto, con el pelo blanco
agitado por el aire del otoño corno el de un gran hechicero. Era bochornoso estar tendida a los pies de al
menos una docena de personas. Se volvió hacia la derecha, intentando levantarse; los brazos le
flaqueaban bajo su peso. Sintió un martilleo en la cabeza como el de los tambores de la selva, pero
consiguió ponerse de rodillas.
-¡Yo lo vi! -dijo una señora entrada en años, a su derecha - ¡Ha estado a punto de matar a la pobre
muchacha!
Siren levantó la vista hacia ella, y la vio algo borrosa. Los buclecillos apretados que llevaba la mujer
en su vieja cabeza soportaban la brisa cálida de otoño sin moverse, pero el vestido se le movía sobre las
piernas produciendo un leve rumor. Siren le vio las Iigas.Volvió la cabeza sin querer mirar más.
-Que no la toque nadie.Voy a dar el aviso -dijo el supuesto héroe que le había caído en suerte. Pero
ella siguió sin poder verlo entre la multitud.
La voz aterrorizada de su tío flotó sobre su cabeza.
-¿Estás bien, nena?
-Buena pregunta -murmuró ella, pasándose las manos por la cara. Retiró los dedos temblorosos y
pegajosos de sangre.
El tío Jess se agachó, inspeccionando a Siren con la vista, pero no la tocó.
-Tienes un golpe feo en la sien, será mejor que vuelvas a sentarte hasta que llegue la ambulancia
¿Te ha atropellado la furgoneta?
Siren se echó hacia atrás, vaciló y se dejó caer sobre el trasero.
-Creo que no -dijo-. Creo que el que me ha hecho daño, en realidad, ha sido el gordito de diez
toneladas con su placaje.
-¿Te refieres a Tanner?
-¿A quién?
-Al tipo que te ha empujado. Se llama Tanner Thorn. Vive allí en la granja de Razor Edge, a cosa de
un kilómetro y medio más arriba de tu casa.
-En estos momentos no estoy segura de quién es más peligroso, si Tanner como-se-llame…
-Thorn.
-Tanner Thorn, o la furgoneta.
Se frotó los brazos y las piernas en busca de otras lesiones.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Crees que tienes algo roto?


Dobló y estiró las piernas. Al parecer todo funcionaba como es debido.
-Estoy bien. Ayúdame a levantarme, nada más.
El tío Jess extendió los brazos y la puso de pie. Un suspiro de alivio recorrió la multitud, a cuyos
miembros reconoció ella en su mayoría como parroquianos del Maybell.
-¿Está bien, entonces? -lloriqueó el conductor de la furgoneta.
-Yo en tu lugar no iría a ninguna parte, Ethan Files -gruñó el tío Jess, apuntando con la horca al
pecho tembloroso de Ethan.
Siren se apoyó en su tío y se tocó con cautela el bulto que se le iba formando en la frente. Alguien
le ofreció un pañuelo grande, blanco como la nieve, para que restañara la sangre que le goteaba por la
sien. Ella levantó la cabeza y titubeó, pero el propietario del pañuelo insistió.
-Tengo un millón -dijo.
-Espera, déjame que te vea eso -dijo el tío Jess-. Puede que tengan que darte unos puntos ahí,
nena. Tienes un buen corte sobre la ceja derecha. No es demasiado grande, pero es hondo.
Le miró la cabeza, retirándole algunos mechones de pelo.
-Sí, hasta el hueso. Seguramente habrá sido con la gravilla.
Se volvió hacia la gente que estaba reunida a su alrededor.
-Se pondrá bien. Si alguien vio el accidente, le agradeceré que se quede por aquí. Los demás, será
mejor que sigan con lo suyo, y que pasen un buen día.Ya quedan pocos días buenos como este.
Hubo un movirmiento general entre la multitud, pero no se marchó demasiada gente.
-¿No es la chica que mató a su novio? -susurró alguien.
Entre un claro de la multitud, Siren vio pasar fugazmente un coche patrulla negro y dorado de la
Policía Regional de Webster. Al cabo de unos momentos oyó decir:
-Circulen, circulen, por favor. Si han sido testigos del accidente, les rogamos que se queden; el
agente Dennis Platt les tomará declaración.
A Siren le dio un vuelco el estómago. El agente Dennis Platt: lo que le hacía falta para tener un
buen día. El agente Dennis Platt ya le había restregado por la cara bastante su mala reputación. Un
sombrero Stetson marrón avanzó con regularidad entre la multitud.
-No creí que tendría ocasión de verte tan pronto, Siren -dijo Billy, mientras apartaba educadamente
a un espectador pertinaz.
El ruido del motor de una moto todo terreno que salía del aparcamiento no dejó oír la respuesta de
ella.
-Pero lamento que sea de esta manera -siguió diciendo él. Frunció el ceño mientras observaba la
moto todo terreno, que salía velozmente a la carretera principal y se encaminaba hacia la montaña-. ¿Estás
bien? -preguntó, volviendo a dedicar su atencion a Siren. Sus gafas de sol reflectantes no dejaban ver en
absoluto los ojos oscuros que cubrían.
-No, no está bien -dijo el tío Jess en voz alta, con los ojos grises tan oscuros como nubes de
tormenta de verano-. Ese idiota de Ethan Files ha estado a punto de matarla, maldita sea. ¡Si no hubiera
sido por Tanner, la habría dejado como una tortilla!
Billy sacudió la cabeza y volvió a mirar hacia la carretera. La moto todo terreno ya no era más que
un rumor lejano en el aire. Por los cristales de sus gafas pasó una sucesión de imágenes reflejadas del
aparcarmiento.
-Han llamado a una ambulancia que ya debería haber llegado -dijo. Echó una rápida mirada a
ambos lados de la carretera vacía. Contrajo los labios.
-No hay necesidad de llamar a la flotina de emergencias. Estoy bien -dijo Siren. La sangre del
pañuelo que sujetaba contra su cabeza le goteaba hasta el codo.
Billy se quitó las gafas de sol y se las guardó en el bolsillo despacio. No parecía convencido, y
exploró con sus ojos oscuros los de ella.
-Haré venir a Dennis para que te tome declaración.
Siren le cogió del brazo cuando él se volvía para alejarse.
-Preferiría que no -le dijo. Billy enarcó las cejas.
-No me diga que usted va a ser una de esas personas que no están dispuestas a colaborar con las
fuerzas del orden, señora McKay. Yo, personalmente, no suelo invitar a cenar a las víctimas que no
colaboran -dijo Billy, y sonrió.
Ella no sonrió.
-¿Qué problema hay? -preguntó Billy.
Siren miró a su alrededor. Había demasiada gente lo bastante cerca para oírlos.Ya la había puesto
bastante en evidencia con el comentario acerca de la invitación a cenar.
-No es cuestión de que se entere todo el mundo -dijo en voz baja-. Si no te importa, preferiría que
me tomases declaración tú y que dejaras donde está al agente Dennis, todo lo lejos de mi que sea posible.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Señaló hacia Dennis con una indicación de la cabeza, e hizo después un gesto de dolor provocado
por el movimiento brusco.
En aquellos momentos, el agente Dennis estaba sumido en una conversación, seria al parecer, con
Ethan Files. Platt tenía enrojecida la cara pálida, e inclinaba la cabeza hacia Files, con la mano apoyada en
el hombro pequeño de Files. Debían de ser amigos. Naturalmente, en un pueblo de ese tamaño, dos
personas eran o amigas o enemigas: no había punto medio.
-Pueden marcharse -decía Billy a la multitud-. Si han presenciado el accidente, les ruego que se
pasen a hablar con el agente Platt. Dejen respirar a la señora.Ya no hay nada que ver.
La multitud se fue dispersando poco a poco hasta que solo quedaron algunos curiosos, quienes,
según supuso Siren, acabaron por renunciar a la esperanza de contemplar grandes cantidades de sangre y
se marcharon. Muchos volvieron a entrar en el restaurante. "Qué suerte", pensó ella. "Hoy seré el tema de
conversación". Le dolía terriblemente la cabeza.
-Quisiera sentarme -dijo. El estómago le daba vueltas siguiendo el ritmo de las palpitaciones
dolorosas de su cabeza.
El tío Jess la condujo a una zona acondicionada como merendero y bordeada de robles, que se
extendía al otro lado del aparcamiento. Siren eligió el banco más próximo y se dejó caer en él. Después de
tomar su declaración, Billy se acercó a Dennis, que ya había terrninado de hablar con los diversos testigos
y se dirigía al coche patrulla. Ethan Files volvió a subirse a su furgoneta y se marchó. Siren tenía apoyada
la cabeza en el codo por el lado sano y no podía ver la escena.
Seguía sin llegar la ambulancia. ¿Y dónde se habría metido aquel tal Tanner? Siren no lo había
visto bien, y no había tenido ocasión de darle las gracias por haberle salvado la vida.
-¿Qué estará pasando ahora? -dijo el tío Jess, que estaba sentado a la derecha de ella, en el
extremo de la mesa del merendero-. ¿Y dónde diantres se habrá metido esa ambulancia?
A Siren le dolía demasiado la cabeza como para responder nada.
-Vaya, hay que ver, parece que los dos policías se están peleando -comentó Jess.
Siren apoyó cuidadosamente la cabeza en las palmas de las manos y cerró los ojos.
-¿Con los puños, o con la boca? -preguntó.
-Están riñendo de palabra.
-Mantenme informada -dijo Siren, sin mover la cabeza.
-Y ahora, el agente Billy está agitando los brazos, como muy enfadado.
-¿Ah, sí?
Siren no abrió los ojos. Solo oía los sonidos de la naturaleza. El leve roce de las hojas secas que
azotaban los troncos de los árboles. El graznar de una bandada de cuervos que descendía hacia los
maizales secos que estaban más allá de los robles. El suave sonido de las ondas del lago que lamían la
orilla.
Jess guardó silencio. Siren supuso que estaba aguzando los oídos para captar el altercado de los
hombres. Por fin, impaciente, preguntó:
-¿Algo más?
-Bueno, ese Dennis, está agitando el dedo flacucho ante el agente Billy, y ahora está señalando al
cielo. ¿Querrá decir al agente Billy que te ha atropellado un ovni?
Pasaron sobre ellos algunos cuervos más, que charlaban entre sí.
-¿Qué pasa ahora?
-El agente Billy apunta con el dedo al pecho de Dennis, como empujándole, y mueve la boca a cien
por hora.
-¿Y qué hace Dennis?
-La cara se le está poniendo rojísima y sacude la cabeza. Parece como si dijera "no, no, no".
Dennis agita los brazos como si fuera un pájaro grande de color marrón. ¿Se creerá que te ha atropellado
una bandada de gansos? Aunque no es la temporada de paso de los gansos. Bueno, eso no se lo tragará
Billy.
Hubo otra pausa. Aunque Siren sentía deseos de volver la cabeza y mirar, no se sentía capaz de
hacerlo.
-¿Han llegado ya a los puños? -preguntó, con la esperanza de que Billy dejara inconsciente a
Dennis de un golpe. Aquel tipo era francamente repelente.
-Maldita sea, muchacha, ¿por qué no lo miras tú misma?
-Porque me duele la cabeza y no me apetece. Además, tú lo estás haciendo bien. ¿No has pensado
nunca dedicarte a retransmitir partidos por la radio...?
-¡Oh, oh! -la interrumpió él.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
Siren levantó la cabeza con dificultad y miró a los dos policías sin verlos con claridad. Al parecer,
Billy había cogido a Dennis por el cuello de su uniforme marrón.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡Ay, ay! -murmuró el tío Jess.


Ahora, Billy estaba sacudiendo a Dennis de un lado a otro. El flacucho Dennis se agitaba como una
marioneta. Siren recorrió con la imirada el aparcamiento, que al parecer estaba vacío; pero habría estado
dispuesta a apostarse un buen dinero a que todos los que estaban en el restaurante estaban siendo
testigos de aquella discusión.
Demnis acabó por quitarse de encima a Billy de un empujón fuerte, obligando a Billy a retroceder al
menos dos pasos para mantener el equilibrio. Siren, muy atenta, vio que Dennis abría de un tirón la puerta
del conductor del coche patrulla. Entró en el coche y cerró la puerta con rabia. Todo el coche osciló por el
golpe. Billy, pálido, se volvió y empezó a caminar hacia la mesa del merendero.
-Apuesto a que esto tiene algo que ver con tus hijos, tío Jess -murmuró Siren-. Ese Dennis Platt
está casado con una sobrina nieta tuya.
-Probablemente -dijo él, asintiendo con la cabeza-. Son todos como serpientes escondidas entre la
hierba. Dennis tiene aspecto de serpiente -añadió, sacando el labio inferior-. ¿Te habías fijado?
Siren levantó la vista cuando Billy llegó ante la mesa del merendero. Observó que se había vuelto a
poner las gafas de sol.
-Hay un pequeño problema -dijo Billy. Tenía los hombros echados hacia atrás y sacaba pecho-. El
agente Dennis ha anulado la petición de la ambulancia.
Bajó levemente la cabeza y la sacudió.
-¿Sabes? Llevo cosa de dos años de patrulla con Dennis. Puede que sea un pelmazo, pero esta es
la primera vez que lo he visto estropear una cosa a propósito.
-¿Y qué hacemos ahora? -preguntó el tío Jess.
-Lo primero es lo primero -dijo Billy-. ¿Quieres que llame a la ambulancia?
-No -dijo Siren-. El tío Jess sabe conducir.
-Entonces, llévela al hospital -dijo Billy, dirigiéndose al tío Jess-. Hay cinco hospitales por aquí
cerca; ¿a cuál quieres ir?
-Al de Harrisburg -dijo ella.
El tío Jess bajó de un salto de la mesa del merendero. La mesa rebotó ligeramente e hizo que Siren
viera las estrellas.
-¿Por qué no al deYork?
-Porque yo nací en Harrisburg. Si voy a morirme, prefiero picar billete en el mismo sitio donde lo
saqué.
-Eso no tiene gracia, nena -dijo el tío Jess-. ¿Qué ha sido de Ethan Files?
-Le dijimos que se marchara a su casa y que fuera buen chico. No había indicios de que hubiera
bebido. Lo conozco desde hace mucho tiempo. Está un poco loco, pero no es bebedor. Vive en su mundo
propio y no se da cuenta de que hay otros seres humanos en el planeta, ¿sabes? Es contable. Para él, los
números respiran pero las personas no.
Billy intentó rodear a Siren con el brazo. Ella lo esquivó con torpeza y camino penosamente, sola,
hasta la puerta del pasajero del coche alquilado. El tío Jess, que la seguía, llegó hasta ella y tendió la mano
pidiéndole las llaves. Ella lo miró como tonta durante un instante.
-Mi bolso. No lo tengo.
Se quedó apoyada en el coche mientras los dos hombres buscaban su bolso en el aparcamiento.
Se sentía tonta, pero ¿qué podía hacer?
El tío Jess le entregó su bolso.
-Había cosas caídas por el suelo.Te las he metido en el bolso -le dijo. Ella revolvió en el bolso,
buscando las llaves al tacto. Las oyó tintinear antes de apresar con la mano el racimo de metal y de
plástico. Se las entregó a Jess y subió al asiento del pasajero del Rabbit.
Billy apoyó las dos manos en el marco de la ventanilla y se inclinó acercándose al coche.
Siren percibió el olor mareante de su loción para después del afeitado rmientras levantaba la vista
para ver su propio reflejo, distorsionado, en las gafas de sol de Billy.
-Puede que tenga que pasarme por allí algo mas tarde -dijo Billy-. Tu declaración no concuerda
precisamente con la de Ethan Files.
Se quedó erguido, quieto como una estatua, y después bajó la cabeza y dio un pisotón en la
gravilla.
-Ethan afirma que te pusiste delante de la furgoneta... a propósito.
-Pero ¡no es así! -balbució ella.
-Yo te creo, Siren; pero fue Dennis quien tomó las declaraciones, y la mayoría dice que te pusiste
delante de la furgoneta.
-¡Pero si no lo hice! ¡Ha tomado mal esas declaraciones!
Billy volvió la cabeza como si mirara hacia la carretera.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Déjame que lo arregle yo -diJo-. Ethan vive dos o tres kilómetros más allá del puente cubierto.Ya
estará en su casa. Me pasaré por allí. Hablaré un rato con él, y después iré a verte a ti.
Hizo una pausa y la miró atentamente.
-La teoría de Dennis es que te pusiste a propósito delante de esa furgoneta porque... bueno... por
tus problemas de Nueva York. Al parecer, cree que tienes algo de que sentirte culpable.
Jess sacó del aparcamiento el Volkswagen alquilado. El coche hizo todo el camino hasta el hospital
despacio y renqueante.

RACHEL ANDERSON lo había visto todo por la ventana del restaurante. Ella sabía la verdad. Ethan
Files se había confundido. Había atropellado a la que no era. Había estado esperando a Rachel, y esta lo
sabía. Siren iba vestida de azul, Rachel iba vestida de azul. Un sencillo error.
Rachel se había enterado del plan divino. Los había oído hablar. Era cosa de Chuck. Había sido
Chuck el que había metido a Ethan en esto. Rachel los llamaba "el Trío Terrible": Chuck, Ethan y Dennis.
Hacían a la gente cosas espantosas, horribles. Unas veces por dinero. Otras veces solo para divertirse.
Sintió deseos de ponerse a tararear, pero no pudo. Estaba en un lugar público. Esas cosas no se pueden
hacer cuando hay otras personas delante. La toman a una por loca.
Sonrió un momento. ¡Cómo se iba a enfadar Chuck! Resulta que había pedido a Ethan que matase
a su esposa, pero, en cambio, Ethan había atropellado a su novia.
Bueno, pues ella también podía jugar a ese juego.
Se frotó las sienes. El dolor le invadía toda la cabeza, le entraba por los oídos, por los Ojos, por la
nariz... como una masa de hormigas rojas que le estuvieran royendo el cerebro. Buscó las aspirinas que
llevaba en el bolso y se echó a la boca tres.

SABíA que en esta ocasión no podía tomárselo como un juego. Debía ser entrar y salir. Acabar en
un momento. Aquel rnierdecilla no se enteraría siquiera de qué era lo que le había caído encima. Serato
inspeccionó rápidamente el garaje independiente. Las herramientas habituales para el automóvil y de
jardinería, neumáticos viejos, una silla rota, algunas herrarmientas de carpintería. Había latas de pintura,
aguarrás, anticongelante y otros productos líquidos dispuestas a lo largo de la pared. ¿Qué era aquello?
Abrió un armario grande. Un televisor y un vídeo, cintas y revistas pornográficas. Vaya, qué diablillo. En la
casa vivia una mujer, había un Saturri aparcado junto a la puerta de la cocina. Debía de ser de ella. Serato
estaba seguro de que ella no entraba allí nunca. Ese lugar era el refugio de aquel tipejo vicioso. Serato no
quiso llamar la atención ante la puerta principal del garaje y se coló por la puerta lateral, que forzó con una
ganzúa automática y un fleje. Había sido una operación delicada, a plena luz del día. Había pensado
llevarse a la mujer, pero aquello habría llamado demasiado la atención y le habría llevado mucho tiempo.
No podía dejar a Files. Tendría que librarse de él en alguna otra parte. No queria que se notara el
asesinato.
No le había resultado difícil encontrar la casa de Files. El mamarracho aquel figuraba en la guía
telefónica. Serato se agazapó tras el montón de neumáticos viejos y se puso a esperar con paciencia, con
el cuchillo preparado.Ya había rondado por ahí lo suficiente como para saber que Files volvería allí. Debía
actuar con rapidez. Los polis no tardarían mucho en llegar. Mataría a Files, lo echaría en la camioneta y se
marcharía. Era arriesgado, y podía esperar a hacerlo más tarde si había falta, pero quería saborear la
emoción. Además, tenía otros planes para aquella tarde. Aquel era día de matar.
Serato acarició el mango de su cuchillo. Sería el vengador de Siren. Su paladín. Ella se quedaría
más tranquila cuando supiera que había muerto el que le había hecho daño. Así le tendría mucho más
miedo cuando le llegara el momento a ella. Sí, eso le gustaba. Le gustaba mucho aquella idea. La de darle
un pequeño placer antes del dolor.
Files hurgó en la cerradura, soltó una maldición cuando se le atascó la llave y entró por fin en el
garaje. Su respiración se hizo pesada y trabajosa cuando levantó la pesada puerta de madera del garaje.
La cara cetrina le brillaba por el sudor, iluminada por la escasa luz. Serato respiró hondo el aire fresco.
Empezaba a sentir claustrofobia allí dentro. Files volvió a su furgoneta y entró despacio con ella en el
garaje. Serato esperó a que Files saliera de la furgoneta y se dirigiera a la puerta. Serato contuvo la
respiración: Files podía cerrar la puerta por fuera e irse a la casa. En tal caso, Serato tendría que cambiar
de plan. Sonrió. Files cerró la puerta y se quedó dentro.

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TANNER se puso rápidamente su equipo.


-iEs grave! -gritó Jimmy Dean, mientras se movía con una velocidad sorprendente para su tamaño-.
Si Ethan Files está allí dentro, está perdido.
La cara grande de Jimmy, ya cubierta de sudor y de polvo, destacaba entre el humo del entorno.
Tanner miró el garaje aislado que estaba en la parte trasera de la finca de los Files. Toda la
estructura estaba envuelta por una gran nube de humo en forma de hongo. Sintió un temblor desagradable
en los hombros. Percibía en aquellas llamas un espíritu de venganza. Se buscó la moneda de oro en el
bolsillo. "¡Perdida!" La había perdido. "Mierda. La buena suerte debía de querer tomarse el día libre." Este
pensamiento se le quitó de la cabeza enseguida.Tenía que hacer su trabajo.
-Puedo sacarlo -dijo-.Todavía es posible. ¡Traed aquí ese coche bomba!
Jimmy Dean lo miró como si estuviera loco.
-¿Ha estado bebiendo jefe? Esa estructura se va a hundir de aquí a sesenta segundos. Ethan ya
estará más frito que un torrezno. ¿Qué demonios le pasa?
Tanner lo dejó atrás.
-Puedo hacerlo -dijo, y se encaminó hacia el fuego. Unas bellas lenguas de fuego se extendieron a
tocarlo. Era curioso: le recordaban los brazos de una mujer.
Jimmy le tiró con fuerza del hombro.
-Déjelo, Tanner. Me está asustando.
Tanner se liberó de la mano de Jimmy y se aproximó más al fuego.
-¿Está loco?
Tanner seguía caminando. Podía salvar a Ethan Files. Sabía que podía. Al fin y al cabo, él era un
hombre mágico, pensó de manera insensata.
Jiminy Dean, con ojos de horror, se adelantó y sujetó a Tanner. Esta vez con más fuerza.
-Esto no tiene gracia.
-Déjame, joder. ¡He dicho que podría sacar a ese tipo!
-De ninguna manera -replicó Jiminy. ¡No sé qué locura se le ha ocurrido, pero no voy a dejarle
entrar allí!
El equipo que llevaba encima Tanner no era el más cómodo para tener una pelea callejera, y no le
permitió moverse con rapidez. Jimmy bloqueó con facilidad su puñetazo y se lo devolvió, dando a Tanner
un directo en plena cara. Cayó, mirando todavía el fuego rmientras veía estallar y brillar luces dentro de su
cabeza.
-¿Qué mosca le ha picado? -bramó Jimmy, de pie junto a Tanner. En aquel momento el garaje se
hundió sobre sí mismo en un torbellino de llamas, de aire caliente y de humo negro como la pez.
-Ya se lo dije -dij o Jimmy.

NANA LORETTA sonrió amablemente mientras se guardaba el dinero de su última venta. Si


seguían comprándole calabazas y manzanas reinetas de esa manera, lo habría vendido todo a las dos de
la tarde. Desde hacía cuarenta años, el Mercado de los Granjeros, que estaba situado en el extremo inferior
del lago de Cold Springs, era su sitio favorito de los sábados. En primavera se dedicaba un poco a la
compraventa de antigüedades, hasta que entraba bien el verano, y entonces vendía los frutos de su huerto.
Como estaban en otoño, tenía maíz, calabazas de peregrino, manzanas de su pequeño huerto de frutales,
confitura de manzana, y lo que más gustaba a todos los clientes: unas calabazas buenísimas. Vendía sus
productos bajo un toldo a rayas de vivos colores, azules y blancas. En el invierno, mientras seguían
practicables las carreteras, tomaba un puesto dentro del enorme granero que se había adaptado para que
sirviera de mercado, y allí vendía frutas y verduras en conserva, labores de costura y algunas cosillas
antiguas; pero aquel día estaba disfrutando de la última oportunidad de trabajar al aire libre. Inspiró hondo y
tosió. ¿No olía a fuego? ¿No había un vestigio de humo?
El Mercado de los Granjeros era un hervidero de información, y aquello era lo que más gustaba a
Nana Loretta. Aquel día no era ninguna excepción. Naturalmente, los incendios eran el tema más candente.
Los rumores corrían entre los vendedores y entre los clientes por igual. Podía ser que tanta conversación
acerca de los incendios hiciera que le engañaran los sentidos.
Oyeron las sirenas antes de ver el humo.
-¡Miren eso! -exclamó un cliente, señalando unas leves columnas oscuras que ascendían por el
cielo-. ¡Otro incendio! Ay, espero que no sea el puente cubierto.
Nana Loretta se estremeció.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

A mediodía corrió por todo el mercado la noticia de la muerte de Ethan Files. Un silencio extraño
invadió a todos. Los clientes hablaban en voz baja. Los granjeros hacían pocas bromas, y los niños estaban
más callados de lo habitual.
-¡Qué calabazas tan hermosas! -comentó una señora que pasaba ante el puesto de Nana-. ¡Son
inmensas! ¿Cómo se las arregla usted para que se hagan tan grandes?
Nana sonrió y guiñó un ojo.
-Con un poco de magia y mucho amor.
La señora tocó con los dedos la piel firme de una de las calabazas.
-Con esta se puede hacer una calabaza de Halloween muy bonita. Me llevo una para mi y otra para
los chicos de mi hija. ¡Usted tiene siempre unos productos muy hermosos!
-¡Vaya, muchas gracias! -dijo Nana con una ancha sonrisa.
-Hablando de magia -dijo la mujer, bajando la voz-, ¿ha oído lo de esa muchacha que asesinó a su
novio en la ciudad?
-¿Hace poco? -preguntó Nana, inclinando la cabeza.
-Ah, no -dijo la mujer, agitando la mano-. Lo de esa tal McKay,
-Ah. ¿Qué pasa con ella?
-Bueno, pues que ha vuelto a Cold Springs y va a abrir una consulta de hipnoterapia. ¿No le parece
increíble? Tendrá que cerrar el negocio antes de que termine el invierno. Nadie confiará en ella; sé que yo
no confiaría...
Nana sacudió la cabeza y sonrió.
-He oído decir que la hipnoterapia puede resultar muy útil -dijo-. Puede servir para dejar de fumar,
para perder algo de peso... -añadió, mirando los gruesos muslos de su clienta-, hasta para librarse de las
pesadillas y cosas así.
La mujer titubeó.
-No obstante... una asesina...
-Tengo entendido que la absolvieron.

TAL COMO HABÍA PREDICHO, Nana Loretta lo había vendido casi todo a las dos de la tarde.
Estaba desmontando el toldo del puesto cuando vio al forastero. Pantalones vaqueros negros, camisa
negra, gafas de sol oscuras, delgado como un palillo, pero musculoso a su manera. Se quedó inmóvil,
observando con atención al forastero, que miraba los cuchillos de caza que se exhibían tres puestos más
allá. Aquel día había tanta gente en el mercado que seguramente no se habría fijado en él si no hubiera
sido por el brillo del sol, que relucía y bailaba en el filo del cuchillo que él estaba inspeccionando. Ella se
estremeció y se refugió detrás del toldo a medio desmontar. ¿Qué especie de mal era este?
Pensó que debía de tener el pelo negro, pero no lo pudo determinar con seguridad porque éI tenía
la cabeza cubierta por un sombrero negro de vaquero. Lucía un bigote negro bien recortado. Sí: debía de
tener el pelo negro, con seguridad. Tenía la piel de un color cetrino moreno y regular. ¿Sería mexicano?
No. ¿Italiano? Tampoco parecía probable. A pesar de que el sol brillaba con fuerza, ella sintió como si una
mano fría le oprimiera el corazón. Se sentó pesadamente, llevándose las manos al pecho; los nudillos se le
ponían blancos imientras se apretaba la parte delantera de la rebeca con los dedos. Respira. Respira.
Respira. Mientras se le llenaba la frente de sudor, cayó despacio en la silla. Respira. Respira. Todavía no.
Todavia no podía marcharse. Apretó los labios con firmeza. Cada vez le venían con más frecuencia
aquellos ataques. Era el segundo que tenía en esa semana. Sabía que casi se le había acabado el
tiempo... pero no podía ser, hasta que hubiera transmitido el poder a Siren. No, podía ser hasta que hubiera
hecho eso. "Oh, Madre sagrada, déjame hablar con esa niña." Pudo ponerse de pie otra vez al cabo de
cosa de veinte minutos. Cuando se asomó al otro lado lado el forastero ya se había marchado.
Nana recibió una llamada telefónica dos horas más tarde. Creyendo que podría tratarse de Tanner,
corrió al teléfono y tomó el aparato apresuradamente.
-¿Loretta? Soy Jess...

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

LOS SUEÑOS DE SIREN eran esporádicos y desazonadores. Soñó con una niña que no tenía más
de nueve años. Una niña pequeña, vestida con un trajecito blanco de verano, con el pelo más negro que el
ala de cuervo. Daba golpes con su pequeno puño en la palma de la otra mano, como suplicando a Siren
que le prestase atención; después, intentó coger a Siren de la mano.
-Mi mamá está enferma. Le duele mucho la cabeza. Por favor, ayuda a mi mamá... ¡por favor!
Entonces empezó a soñar con fuego que giraba alrededor de la cabeza de Siren, que le bailaba en
la punta de los dedos... que llamaba a Siren pidiéndole que se acercase. Parecía que se esforzaba por
cobrar forma humana, se extendía, volvía a girar, cada vez más denso. Casi... casi como una mujer
seductora. Aquel ser la asió del brazo, pero ella no sintió dolor. Tiró de Siren y la arrastró, llevándola a la
fuerza hasta un sueño diferente. Los colores giraron y después se solidificaron, mostrándole el interior mal
ilumínado de un cobertizo, o quizá de un pequeño garaje, de paredes de chapa ondulada, dobladas y
oxidadas por el tiempo. El fuego se condensó, se deslizó hasta un rincón, se encogió hasta no ser más que
la llama de una lámpara de queroseno. A Siren le pareció flotar por encima del suelo, mientras veía con
horror que dos personas luchaban sobre el polvo. Esta parte del sueño parecía demasiado real, con colores
muy definidos. Un hombre fuerte y enjuto intentaba dominar a una mujer joven, cuyo pelo recortado en
redondo, de color castaño claro, se agitaba a cada movimiento, golpeando al atacante como una ráfaga de
metralleta cuando él la sacudía. Le salpicaba la sangre de las heridas que se había hecho en las manos y
en los brazos al intentar defenderse.
La mujer gritó de terror.
El miedo llenó sus ojos de lágrimas que la cegaron.
Consiguió apartarse de él un paso, dio media vuelta sobre sí misma y recibió en pleno pecho el
cuchillo reluciente.
La mujer se inclinó hacia delante y el atacante la sujetó en una danza mortal. Bailaron durante un
instante, corno una pareja de danza infernal. Él tarareó un fragmento de cancioncilla cuando ella dejó de
debatirse. Le levantó uno de los brazos flácidos y le lamió la sangre de los dedos inmóviles. La cabeza de
la rmujer colgaba torcida; los mechones de su pelo formaban lanzas grasientas independientes que le
cubrían la cara. El atacante se incorporó y soltó el cuerpo, sujetando el cuchillo. El cadáver osciló un breve
instante, pues el cuchillo estaba clavado en una costilla. Soltó el arma y vio caer en un montón el cadáver
ante sus pies, calzados con botas. Le goteaba la sangre de su bigote oscuro.
El atacante parecía un hombre sin edad, delgado, con el cabello como una espuma negra, pero con
los ojos tan azules que al verlos se le cortó a Siren la respiración y se le quedó atascada en el pecho corno
si el cuchillo se hubiera clavado en su propio cuerpo. El hombre se inclinó y arrancó el cuchillo del pecho de
la mujer. Con el movimento de la hoja saltó una cantidad mínima de sangre y de fragmentos de carne. Se
apreciaba en sus pantalones vaqueros negros que estaba excitado sexualmente.
Levantó despacio los ojos para mirar directamente a Siren.
El cuchillo le vibraba en la mano extendida.
Goteaba de los restos del asesinato.
Siren vio cómo la tela de sus vaqueros, ya sucia, absorbía rápidamente las salpicaduras de la
sangre de la mujer.
-Me alegro de verte, Siren -dijo el hombre, cortando las palabras con un acento indefinible.
Ella retrocedió. ¿Cómo era posible que la viera? Ah, claro: aquello era un sueño, y en los sueños
era posible cualquier cosa. Como, por ejemplo, despertarse, cosa que al parecer ella no era capaz de hacer
de momento.
-Nadie se enterará, ¿sabes? Nunca se imaginarán que he sido yo. Ella había oído demasiado. A ti
te está llegando la hora, muchacha soñadora.
Arrancó la camisa ensangrentada del cadáver de la mujer y la metió en una bolsa de plástico.
-Necesitamos esto... para más tarde.
Siren abrió la boca pero no le salió ningún sonido. Miró fijamente a la mujer muerta. No era ninguna
conocida suya. Ella sabía en parte que aquello no era más que un sueño, una fantasía horrible que había
creado ella misma; pero dentro de sí, en alguna parte, albergaba el temor de que aquello no fuera un sueño
en absoluto.
-Tú no Puedes hacer nada -dijo él. Se volvió, despreciando por completo la presencia de Siren, y
arrastró por los hombros el cadáver, que iba vestido con un jersey de cuello vuelto que había sido blanco y
con una falda gris, hasta un contenedor azul grande que había fuera. Siren lo soguió, flotando por el aire
tras él. A la mujer le faltaban los zapatos; sus talones descalzos trazaban pequeños surcos en el terreno
blando. Las uñas de los dedos de los pies polvorientos, pintadas de un color rosa chocante, relucían al sol
del atardecer. Los músculos de los brazos del hombre, duros como piedras, brillaban de sudor y de restos
de sangre.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

El hombre oteó el entorno echando primero una mirada sobre un hombro y después sobre el otro, y
pareció convencido de que no lo observaba nadie. Intentó arrogar la forma flácida por la gran abertura
superior del contenedor de metal. Tuvo que intentarlo dos veces, pero al fin las piernas pálidas, cubiertas
de magulladuras, superaron el borde y el contenedor se la tragó entera. Siren sintió, más que oyó, el golpe
sordo del cuerpo al caer en el interior del contenedor vacío.
Volvió a mirar a Siren y sonrió con sus labios agrietados.
-Nadie se enterará nunca, muchacha soñadora.
El estado onírico le impidió de nuevo responder, y la periferia de aquel mundo empezó a nublarse
aunque seguía viendo al hombre con claridad.
El hombre volvió con agilidad al cobertizo y apareció de nuevo con una lata de gasolina. Se asomó
sobre el borde del contenedor subiéndose a pulso con facilidad, empapó el interior con el líquido inflamable
y arrojó la lata sobre el cadáver. Siren oyó golpe suave que debió de producir al chocar con el cuerpo, pero
después cayó sobre las paredes de metal con un rumor sordo y apagado El hombre bajó de un salto,
sonriendo y sin mirar nunca directamente a Siren.
Ella le vio claramente la camisa. En las partes que no estaban ni desgastadas ni manchadas, el
tejido relucía con un color azul como el cielo de septiembre, garzo como sus ojos de loco. Se acarició la
barbilla; y después, como pasa en los sueños, hizo aparecer una llama sin saberse de dónde. La llama
creció y se convirtió en la mujer del fuego del mundo de los sueños de Siren.
lengua de la mujer de fuego larrn'ó un periódico enrollado que sostenía en la mano el hombre.
Saltaron al aire espirales rojas, amarillas y doradas cuando él arrojó hacia el contenedor el periódico
encendido. La mujer de llamas se posó como un animal en el borde del contenedor, girando la cabeza
como para arrastrar a Siren con su esencia ardiente, y después saltó al interior del contenedor. Cuando se
prendió la basura, subieron en espiral chispas minúsculas y cenizas hacia la línea suave de montañas. El
hombre le escupió, bailando alrededor del fuego que se alzaba hacia los cielos como una flor de fuego que
albergaba en sus pétalos abiertos a la dama del fuego que bailaba y que arrojaba llamas.
Un alarido histérico rasgó el aire.
La mujer no había muerto.
El fuego surgía vertiginosamente del contenedor, formando nubes de humo negro y repugnante.Y
Siren oyó otro ruido entre los gritos del contenedor el aullido de un aminial, que dominaba las voces
frenéticas de muerte de la mujer. Los sonidos se levantaban del metal ennegrecido, y con ellos se cernían...
Siren se incorporó gritando, aferrándose con los dedos al broche en forma de gárgola y dándose
con la nariz en la cara bigotuda del tío Jess. Volvió a dejarse caer pesadamente de espaldas en el catre.
-¿Sueles despertarte de esta manera? –le preguntó él ariciándose la mejilla.
Siren tardó un momento en hacerse cargo de que ya no estaba soñando.
-Un sueño... no, una pesadilla...
Se cubrió la cara con las manos, frotándose los ojos, la boca, las mejillas, intentando quitarse de
encima con un masaje el horror que acababa de presenciar. Ya había tenido varias pesadillas salvajes
como aquella, cada una diferente de la anterior, poco antes de marcharse de Nueva York. Leía el Periódico
todos los días intentando relacionar lo que había soñado con alguna noticia de un crimen. No había
encontrado jamás ninguna indicación de que alguno de sus sueños fuera real, y había llegado a
convencerse por fin de que eran consecuencia del estrés que le había producido el juicio, la persecución
loca de los medios de comunicación y la pérdida de todo lo que había querido en su vida.
Ahora, habían vuelto los sueños.
-Ha llamado Billy hace un rato -comentó el tío Jess-. Ha habido otro incendio. Dijo que pensaba
pasarse por aquí a eso de las siete si estabas despierta, pero yo le dije que sería mejor que te viera
mañana.
Siren consultó su reloj.
-Son solo las seis y media -dijo-. Podría haberlo visto. ¿Cómo he llegado hasta aquí? -preguntó,
haciendo girar las piernas para sentarse en el borde del catre.
El tío Jess guiñó una de sus cejas espesas.
-El médico del hospital dijo que no tenías conmoclión cerebral, te cosió el coco y te dio algo para
quitarte el dolor. ¡Dijo que te haría dormir, y que yo debía ocuparme de que durmieras! ¡Me costó una
barbaridad traerte a casa! Billy dejó un número de teléfono para que lo llarnaras si te despertabas, pero no
creo que lo localices ya. Ethan Files ha desaparecido. Se ha quemado su garaje. Creían que él estaba
dentro, pero parece ser que no. Encontraron su furgoneta abandonada cerca del antiguo campo de tiro. Por
cierto, he devuelto ese montón de chatarra de coche alquilado que tenías y he recogido tu Pontiac. El tipo
del garaje preguntó por qué había esa abolladura tan grande en la trasera del coche alquilado.Yo le dije
que ya estaba cuando lo alquilaste tú.
-Pero … dijo ella, abriendo mucho los ojos.
-Ah, no me des las gracias. ¿Para qué está la familla?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren levantó los ojos al cielo.


-Sí. Lo de Ethan Files me lo contó un amigo mío. Mi amigo se pasó por aquí mientras dormías. Me
trajo algunas cosas que habían recogido los voluntarios entre los vecinos.
Se agachó y levantó una caja de cartón.
-Esta está llena de ropa y de cosas así. En esa otra caja de allí -dijo, señalando con un breve
ademán una caja más grande que estaba en el rincón del cuarto de estar- había un televisor. Me dijo que
sabía cuánto me gustaba ver mis programas favoritos.
-¿Que ha desaparecido Ethan Files?
Siren intentó asimilar este dato, y dio un respingo cuando resonó por toda la casa un golpe fuerte
en la puerta principal. El tío Jess carraspeó.
-He llamado a una amiga mía, porque parecía que estabas muy mal -diJo-. No me fio gran cosa de
esos médicos.
-¿Que has llamado a alguien para que venga aquí? ¡Tío Jess, si ni siquiera tenemos una silla para
que se siente una persona!
Hizo un gesto de dolor, al recordarle su cabeza con una fuerte punzada que no estaba bien del todo
y que debía reducir al mínimo, los arrebatos de emoción.
-Creo que eso no importará demasiado -dijo él, levantándose despacio para atender al bombardeo
de golpes que recibía la puerta-. Conozco a esta, y se habrá traído silla propia.
Siren le vio rascarse los bigotes y dirigirse después al zaguán a paso lento. Los efectos del
medicamento se le iban pasando, y Siren apoyó en las manos la cabeza, que volvía a dolerle. "Debo de
estar hecha un esperpento" -pensó con tristeza.
Oyó que se abría la puerta y que mantenían una conversación en voz baja. Dominada por la
curiosidad, levantó la cabeza y miró hacia la entrada del zaguán.
-Encantada de conocerte -anunció la visitante cuando entró en el cuarto de estar, tendiendo una
mano delicada, con manchas oscuras, hacia Siren. Siren se puso de pie, vacilante, y le dio la mano.
Observó que la mujer tenía fuerza. El tío Jess, que estaba de pie tras ella, frunció los labios un instante.
-Esta es Nana Loretta –dijo Jess-. Vive en lo alto del monte de la Cabeza de la Vieja. La he llamado
porque estabas mala y gritabas dormida-. Pensé que el médico te había dado una medicina en mal estado.
Oye, puede pasar -añadió. Parecía incómodo.
Nana Loretta hizo un breve saludo con la cabeza y giró sobre el tacón de su bota. La larga falda
verde se le abrió como un paraguas.
-Bueno, Jess, no nos quedemos mano sobre mano -dijo-. He dejado en el porche una olla grande
de sopa de pollo con maíz y una cesta de pan de maíz y otras cosas buenas. Será mejor que lo metas en
casa antes de que se enfríe demasiado. Cuando termines, tengo cuatro mecedoras y tres taburetes de bar
de madera viejos amontonados en la trasera de mi Jeep. Puedes tener la bondad de descargarlos y
traerlos.
Se dirigió a Siren.
-Esperaba el momento de conocerte -dijo Nana Loretta con una sonrisa levemente humorística-.
Pero también es verdad que la magia va por el camino que ofrece menor resistencia...
-¿Cómo dice? -respondió Siren.
Nana se pasó los dedos por un mechón de pelo blanco y tieso que le caía sobre la sien.
-En realidad, me quedé sorprendida cuando me llamó Jess. Él ha perdido la costumbre de
llamarnos. ¿Te importa que cuelgue mi rebeca verde en un perchero de los que tienes en el zaguán?
Siren miró con asombro a aquel viejo huracán de mujer mientras esta dejaba la gruesa rebeca
verde colgada de un perchero en el zaguán. La cara de amargura de su tío dejaba claro que a este no le
agradaba la presencia de Nana Loretta. El tío se escabulló. A Siren no le gustaba esa habilidad inexplicable
que tenía Jess para evaporarse.
-Siéntate -dijo Nana, dejando atrás a Siren y entrando en la cocina. Al cabo de un instante, volvió a
asomar la cabeza al cuarto de estar-.Tenía razón Jess: aquí no tenéis gran cosa.
-He encargado los muebles -murmuró Siren, a la defensiva.
-Eso no basta mientras no te los traigan -dijo Nana, y volvió a meterse en la cocina.
El tío Jess, con una cesta colgada de un brazo y sosteniendo en las manos una olla enorme de
hierro fundido, cruzó el cuarto de estar sin decir palabra, con los ojos grises tan oscuros como el cielo a
medianoche.
Siren lo siguió y se quedó ante la puerta de la cocina.
-Ve por las sillas, Jess -ordenó a este Nana Loretta-. Pon las mecedoras en un sitio agradable.
Alrededor de la chimenea, quizá.Y trae los taburetes aquí, a la cocina.
Jess se encogió de hombros, incómodo, y dejó la cesta y la olla en la encimera de la cocina.
-Aquí no encendemos fuego -dijo en voz baja.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡No seas tonto, Jess! No es posible que pase nada estando ella cerca -dijo la anciana, señalando
hacia Siren con un movimiento de su hombro delgado.
Jess se encogió, rmirando alternativamente a Siren y a Nana Loretta.
-Cuando hayas terrminado -siguió diciendo Nana, mientras sacaba de un tirón un delantal de la
cesta y se lo ataba a la cintura estrecha-, mira en ese cobertizo que he visto junto a la casa, a ver si hay allí
algo que nos pueda servir de mesa.
Jess soltó un grufildo y se retiró.
-En el cobertizo no hay nada más que algunos materiales viejos de carpintería y un par de puertas
-dijo Siren, retrocediendo un par de pasos mientras Nana Loretta trasteaba ante el fogón.
Nana se puso a revolver en un cajón de la cocina.
-Seguramente bastará con eso -dijo, sin levantar la vista-. Yo he improvisado mesas con cosas
peores.
-¿Puedo ayudarle a buscar algo? -preguntó Siren.
-Quia.
Nana abrió un armario de cocina, sacó un par de especias y se puso a revolver la sopa.
Siren rompió el silencio incómodo diciendo:
-El tío Jess me ha dicho que usted era amiga suya.
-Quia.
Llegó a la cocina un ruido de golpes que procedía del cuarto de estar.
-Debe de ser Jess con los sillones -dijo Nana-. ¡Espera un momento! -gritó por encima del hombro
de Siren-. Será mejor que vaya a ayudarle. Cuando los hombres mueven trastos siempre dan golpes en las
paredes y tal. ¿Por qué no vas a sentarte en el escalón del porche de atrás hasta que nosotros instalemos
la mesa?
-Pero ...
-¡Zape! -le ordenó Nana, indicándole que se marchara con un gesto de la mano.
Siren se sentó en el escalón del porche de atrás, deprimida, sintiéndose otra vez como si fuera una
niña pequeña. Siguieron sonando golpes y roces. Alguna que otra palabrota por parte de Jess,
interrumpidas por un susurro de Nana.
-Su sitio está entre nosotros -dijo Nana Loretta.
Siren aguardó a oír la respuesta del tío Jess. No hubo ninguna.
-No puedes ocultarle la verdad para siempre. Se va a enterar, tarde o temprano.
Silencio.
-¿No recuerdas nada del incendio? ¿Hay algo, algún recuerdo, algo que nos pueda servir?
Sin respuesta.
Y bien, ¿qué era todo aquello? Siren aguardó, con la esperanza de oír algo más; pero o bien Jess
se había marchado de la cocina, o estaba guardando un silencio terco. Solo llegaron a sus oídos los ruidos
familiares de la preparación de la comida. Después de varios minutos llegó de la cocina la voz de Nana.
-Siren, ya puedes venir.
Siren entró en la cocina y se quedó maravillada por el ingenio de Nana. Sobre dos caballetes
estaba una puerta vieja de dormitorio, cubierta por un hule de cuadros azules y blancos. En el centro de la
mesa había un salero y un molinillo de pimienta, un azucarero y una jarrita de leche, además de tres
cuencos de sopa humeante, una fuente grande de pan de maíz y una gran fuente de ensalada. Los tres
taburetes de bar viejos servían de sillas.
Sonó el teléfono, atacándole los nervios. Ella tomó automáticamente la extensión de la cocina.
-Hipnoterapia de Cold Springs, ¿en que puedo servirle? –dijo con voz ronca.
-¿Has tenido un buen día?
-¿Quién es?
-¿Has dormido después de tu accidente?
Siren apretó los dientes, haciendo que le doliera la cabeza.
-Ronald, ¿eres tú? ¿Por qué me haces esto?
Pero ella sabía que no era su primo Ronald. Al menos, no tenía su voz.
-He soñado contigo.
-No -dijo ella en voz baja-. No'puede ser verdad.
Se cortó la comunicación.
Alguien le dio un leve golpecito en el hombro. Siren se volvió bruscamente, apretándose el auricular
contra el pecho, haciendo volar su pelo alrededor de los hombros.
-¿Quién era? -le preguntó Nana Loretta, frunciendo la frente con inquietud.
-Nadie. Uno que se equivocaba de número.
¿Por qué le pasaba aquello? ¿Es que no había sufrido bastante?
-Siren...

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Volvió al presente bruscamente. Nana Loretta le estaba tomando de la mano el auricular.


-¿Tienes algún problema, cielo?
-¿Sabe dónde puedo comprar un accesorio identificador de llamadas?

JOHN SERATO esperó a que fuera de noche y subió deslizándose silenciosamente la escalera
trasera del Todo a Cinco y Diez Centavos de Ballantinee. Estaba pasando algo muy extraño, y él no lo
entendía del todo. Había sido muy fácil quitarse de encima a Files. Hasta había dejado en la parte trasera
de la furgoneta una selección de las cintas y las revistas pornográficas, además de un fragmento de la
camisa ensangrentada de la chica, para que las encontrara la policia. No había querido dejar la carmisa
entera, desde luego. Daría demasiadas pistas a los forenses. Bastaría con un jirón pequeño. Lo suficiente
para que detectaran el tipo sanguíneo de ella. Lo dejó encajado en la manija de la puerta, como si ella se
hubiera debatido por salir del vehículo. Pero no había sido él quien había provocado el incendio del garaje
de Files. Aquello había sucedido después de marcharse él. Pero encajaba perfectamente. Un hombre
desaparecido. Un incendio misterioso. Se frotó las manos. Ah, sí, qué bien le venía aquello. Pero el otro
asunto del día, ese si que había sido verdaderamente emocionante; y ¡cuán maravillosamente encajaba en
el plan el pobre y difunto Ethan! Echó de una patada bajo el contenedor la cartera de Ethan, para
asegurarse de que lo entenderían bien. Antes de dejar abandonada la furgoneta, dispersó otros objetos
personales de Ethan, entre ellos el peine que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Ethan podía hacer
de asesino, aunque solo fuera durante una temporada, el tiempo justo para ocuparse de Siren McKay; y,
después, él se marcharía. Volvería a Nueva York. ¿Y si acababan por encontrar el cuerpo de Ethan? Ya
estaría demasiado descompuesto; los asesinatos serían cosa vieja, y sería una solución fácil para la policía.
Pobre Ethan (dirían), perdió la chaveta, mató a varias personas y se suicidó después. Qué pena. ¿Y si
llegaban a darse cuenta de que a Ethan lo habían asesinado? Tampoco lo iban a echar de menos.Y Serato
ya se habría marchado hace mucho.
Dejó que le azotara la piel el agua caliente de la ducha, lavándole la sangre coagulada. Sonrió.
Había sido encantador matar a la mujer. Nadie lo había visto. Al fin y al cabo, era un profesional. Pero,
aquella mujer, la McKay. Ella lo había visto. ¿Cómo podía ser? Puede que éI se hubiera imaginado, nada
más, que ella estaba allí, rmirándolo, sintiendo su fuerza. Aquello lo estimulaba. Era como si estuviera
actuando en un escenario. Por eso la había llamado desde el teléfono público, para asegurarse de que la
presencia de ella no había sido una fantasía.Y ¡cómo había reaccionado ella! Le tembló la piel al pensarlo.
Se frotó con más fuerza. Cuando ella había reconocido el sueño, él supo que ella había estado allí. No
sabía cómo era posible, pero, sin duda, aquello daba algo de sabor a todo el plan. ¡Qué extraordinario!
Esos ojos oscuros de ella, observando todos sus movimientos, empapándose de los hermosos músculos de
su cuerpo, viéndolo destrozar a aquella perra fisgona. Pensó en la cara ovalada de Siren y en ese largo
pelo negro que tenía. Cuando la matara, se llevaría el pelo. Se enjabonó la piel con fuerza. Sí, se quedaría
con él. Puede que, más tarde, alguien de la ciudad le pudiera implantar aquel pelo entre el suyo. ¡Vaya
idea! Se imaginó rodeado de ese pelo negro exuberante, y suspiró de deleite.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-TE SIENTES MEJOR, ahora que has comido, ¿verdad? -preguntó Nana Loretta, con la cara
iluminada únicamente por la luz del fuego.
El tío Jess estaba sentado plácidamente en su mecedora con los ojos entrecerrados. Los reflejos
fantasmales de la luz de la lumbre giraban lentamente por el techo de la habitación. Siren se tapó la boca
con la mano para ocultar educadamente un bostezo.
-La comida estaba excelente, gracias -dijo Siren.
-Hace varias generaciones que la cocino -respondió Nana-.Ya puede estar buena.
-¿Dónde está tu catre? -preguntó Siren a Jess. La mecedora de este crujió sonoramente cuando
Jess cambió de postura y volvió a arrellanarse.
-Li he subido al dormitorio del fondo, con el resto de mis cosas. Pero he dejado el televisor sobre la
caja de las manzanas, pensando que quizá te apetecería a ti ver la televisión de vez en cuando.
La conversación decaía y Siren intentó pensar algo que sirviera para animarla. De lo contrario, se
quedaría dormida en la mecedora de puro agotamiento fisico y mental.
-¿De qué os conocéis los dos? -preguntó.
-Nana Loretta era amiga de tu tía abuela Jayne -respondió Jess.
-Buena mujer -observó Nana-. Gran mujer.
Siren enarcó las cejas, pero no dijo nada. Tampoco hizo ningun comentario Jess. En la habitación
se hizo un silencio intranquilo, solo interrumpido por el crepitar del fuego y por los crujidos monótonos de
las mecedoras.
-Jess dice que te pareces mucho a ella -comentó Nana-, yo creo que quizá tenga razón.
Jess, con ojos melancólicos, no dijo nada.
-Según dicen, piensas poner una consulta de hipnoterapia. Yo también la practiqué un poco, hace
años -dijo Nana-. Claro que, en aquellos tiempos, la llamaban "mesmerismo".
"Esta anciana está llena de sorpresas", pensó Siren.
-Jess opina que mi negocio se hundirá -comentó en voz alta. No estaba segura de que fuera
oportuno reconocerlo; pero, qué diantres, estaba cansada.
Jess soltó un gruñido.
Una leve sonrisa tocó los bordes de los labios de Nana mientras esta miraba a Jess.
-Jayne decía que el mundo sería un lugar mejor si la gente solo se metiera en sus propios asuntos.
-Lástima que no siguiera sus propios consejos -comentó Jess, bostezando.
El fuego chisporroteó y arrojó al aire unas cuantas chispas grandes. Cayeron en el borde de la
chimenea, donde quedaron brillando.
-Basta, basta... sé buena y hermosa, dulce llama -dijo Nana, distraídamente.
Siren empezó a pensar que Nana Loretta podía estar senil. Debía de ser vieja, si había conocido a
la tía abuela Jayne. Jess empezó a roncar por lo bajo. O la conversación lo aburría mortalmente, o toda la
actividad de las últimas veinticuatro horas lo había dejado agotado. Siren deseó que Nana se marchara a
su casa, pero la vieja señora daba muestras de estar cómodamente instalada.
-¿Sabes, Siren? La actividad a la que te quieres dedicar es una buena idea; pero si te pones a
hurgar en la cabeza de la gente, puede que te encuentres con más secretos oscuros de los que pensabas.
A veces hay que tener una formación especial para plantar cara a esos monstruos.
-He recibido una formación excelente en hipnoterapla -respondió Siren, un poco irritada-; y llevo
practicándola más de siete años, cinco como protesional. ¿Me está diciendo que no debo intentar ayudar a
la gente?
-Estoy segura de que recibiste una formación excelente -se apresuró a decir Nana-. Lo único que
pasa es que, bueno, que cuando un sanador ha pasado una mala época emocional, no puede ayudar a otra
persona mientras no haya puesto en orden su propia casa.
-Estoy bien. Ya ha pasado lo peor -dijo Siren, con una confianza que no sentía.
Nana se puso a juguetear con un botón de su blusa.
-La formación que tengas o los éxitos que hayas tenido no cuentan, si sufres un revés personal,
emocional, y no lo solucionas. Tu propio dolor irrumpirá en tu trabajo. Puede que empieces por perder la
visión clara, o puede que te identifiques demasiado con los problemas de otra persona. A veces son las
pesadillas las que te indican que tienes algo de basura emocional.
Siren guardó silencio, pensando en sus malos sueños y en el modo inexplicable en que parecía
capaz Nana de entender a las personas.
Nana se recostó en la mecedora y apoyó la cabeza en el respaldo, pero seguía con los Ojos fijos en
Siren.
-Y es una gran verdad que no todas las personas quieren liberarse de su dolor. A algunas les gusta,
en efecto. Les da algo que hacer, ¿sabes? Ah, sí, dicen que quieren curarse y tal, pero la verdad es que no.
Manteniendo el dolor, no tienen que disfrutar de la vida ni que afrontar los problemas, como hacemos las

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

demás personas; o bien, el dolor les sirve para conservar a otras personas. A veces, las personas tienen tal
deseo de aferrarse a su dolor que están dispuestas a destruir a otras personas que son capaces de
liberarlas del mismo. Es una lástima. Si tú quieres ayudar a la gente, no puedes estar enferma en tu interior.
Antes tienes que aprender a afrontar tus propios problemas y tus propios fracasos. Después, cuando estés
completa, podrás tender la mano a otros. Si no lo haces así, si te metes de cabeza en los dramas de los
demás, entonces alguien te arrastrará... te hundirá... para siempre, quizá.
Siren tragó saliva, incómoda. Las palabras de Nana Loretta le tocaban demasiado de cerca.
La anciana calló un momento, meciéndose en la mecedora.
-Mira el caso de los accidentes, por ejemplo -dijo por fin-. A lo largo de los años he observado una
cosa bastante peculiar. Que la mayoría de los accidentes se producen cuando la vida marcha muy mal.Ya
sabes, como el caso de un tipo que se arriesga a quedarse sin trabajo porque su empresa marcha mal y
corren muchos rumores. Es un tío grande, fortachón, que piensa que se va a quedar en paro y que cómo va
a pagar la hipoteca de la casa, cómo va a poder conservar su canuión nuevo y cómo va a dar de comer a
su familia, además. Entonces, una buena mañana, levanta una maquina ni mas ni menos que como la ha
levantado centenares de veces, y ¡zas! Cae al suelo con una lesión de espalda que no se puede arreglar de
la noche a la mañana. No hablo de los que fingen: de esos hay muchos. Pero este es un sujeto honrado, y
en el hospital le encuentran un problema que no es ningún cuento. Y se queda incapacitado meses enteros,
años quizá, y puede que no llegue a mejorar nunca. Durante todo ese tiempo, claro está, cobra con todo
derecho su pensión de invalidez como trabajador. No es que la pensión le llegue para pagar todas las
deudas, pero puede conservar su casa y su camión, y su mujer trabaja en lo que le sale, para dar de comer
a la familia. ¡Zas! Se le ha resuelto el problema primitivo; pero él no contaba con pagar un precio tan
elevado.
Se inclinó hacia delante, clavando los ojos en los de Siren.
-Todos debemos procurar ser prudentes a la hora de desear algo. ¿Y si lo conseguimos...?
A Siren se le secó la boca por dentro.
-Para que se haga realidad un deseo, hay que luchar -susurró Siren con voz ronca-. No es tan fácil
como pensar en ello.
-Te sorprendería saber en qué proporción nuestros pensamientos crean nuestra realidad.
-Pasan cosas malas sin que hayamos pensado en ellas.
-De vez en cuando -dijo Nana-; sobre todo, si no hemos estado cumpliendo nuestra misión en la
vida. Si no hemos estado haciendo caso de lo que el Espíritu requiere que hagamos. Y tienes razón: a
veces pasan accidentes sin causa alguna; o podríamos hablar de la teoría del caos, según la cual debe
existir algo de caos para que se produzca el orden.
Nana paso los dedos por el borde de su mecedora.
-Tengo la sensación de que ahora mismo están pasando cosas raras en tu vida -dijo-.
Naturalmente, no es cosa mía -añadió, cambiando de postura.
Siren no respondió.
-No recuerdas gran cosa de tu infancia, ¿verdad, Siren?
Siren miró con curiosidad a la anciana.
-Lo que todo el mundo, supongo.
-¿Recuerdas que jugabas con mi nieto en la montaña?
-No.
Siren tomó un tronco de junto a la chimenea y lo arrojó al fuego. Las llamas saltaban y se agitaban
en espirales que asomaban de la chimenea, y un tronco de la base se liberó, vaciló y rodó hacia los pies de
Siren. Ella extendió la mano para rescatar la pipa de Jess, pero se dio cuenta demasiado tarde de que no
llegaría a tiempo. El tronco cayó sobre la mano extendida de Siren. Esta soltó un quejido de dolor cuando el
fuego le quemó la carne. Retiró la mano, suspirando.
Jess roncaba.
Nana se levantó con rapidez de su silla, volvió a enviar el tronco a la chimenea de una patada de su
bota, haciendo levantarse una nueva lluvia de chispas por el hogar.
-Déjame que te vea la mano -ordenó a Siren, tendiéndole la mano.
Siren se la llevó al pecho para protegerla, golpeándosela y soltando otra exclamación de dolor.
Corrió a la cocina y se puso ante la pila. Abrió al máximo el grifo del agua fría con la mano sana, esperó
unos segundos y acercó al agua la mano quemada.
Nana Loretta se la apartó de un tirón antes de que Siren pudiera encontrar alivio en el chorro de
agua fresca.
-¿Qué hace? -dijo Siren, intentando liberar su mano a la fuerza de la de Nana. Nana siguió
sujetándosela, apretando su presa huesuda, tirando hacia ella de la mano dolorida de Siren.
Siren la atrajo hacia sí de otro tirón.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡Espera, tonta! -dijo Nana, volviendo a coger la mano de Nana-. ¡Si le pones agua, llevarás el
fuego hasta el hueso!
Siren la miró atónita, confusa. La mano no le ardía, solo se le había quemado. No tenía fuego, solo
dolor.
-Deja de resistirte, y déjame que te vea la mano -le ordenó Nana.
Siren miró los ojos ancianos de Nana y solo vio en ellos interés por su estado. Poco a poco, dejó
que Nana le examinara el dorso de la mano.
Nana chascó la lengua, sosteniendo los dedos de Siren sobre lo suyos, viejos y secos.
-¿Qué te parece esto? ¡La quemadura tiene forma de mordisco!
Siren se miró la mano. En efecto: la quemadura se había inflamado como si fuera la huella violenta
de unos dientes. Nana trazó un símbolo en el aire, por encima de la mano de Siren.
-Para expulsar -dijo; y siguió murmurando en voz baja, como con la intención de hacer
incomprensibles sus palabras a propósito. Nana sopló tres veces sobre la mano de Siren; cada soplido fue
largo y fresco, empezando por el extremo de la quemadura más próximo al cuerpo de Siren, para perderse
más allá de los dedos. Repitió varias veces la operación de expulsar, hablar y soplar. El dolor empezó a
aliviarse poco a poco, hasta que terminó por desaparecer. Nana hizo un último gesto en el aire sobre la
mano de Siren.
Siren se miró la mano. Aunque seguía teniendo una quemadura en la carne, había perdido en parte
su color violento. No había dolor ni ampollas.
-¿Cómo lo ha hecho?
-El agua es mala para las quemaduras -se limitó a decir Nana-. Puede que te convenga ponerte ahí
un poco de polvos de talco, por si quiere supurar. Pero creo que retiraste la mano a tiempo.
Siren agitó la mano, esperando que le volvería el dolor. No le volvió.
-Tardará unos días, pero lo rojo se volverá marrón, y después la piel marrón se te irá cayendo. No
habrá cicatriz; a no ser, naturalmente, que te convenzas a ti misma de que tendrás cicatriz. También añadí
algo en el cántico para arreglarte esa lesión de cabeza que tienes. Tendrás la mente más tranquila mañana
por la mañana, y la herida se te irá curando sola en cuestión de pocos días.
-¿Cómo lo ha hecho? -preguntó de nuevo Siren, mirándose la mano.
Nana esbozó poco a poco una sonrisa.
-Es un don, o algo así. Dicen que se hereda por los genes familiares.Y también se transmite con
unas ceremonias. Algunos lo llaman curación por la fe, o curanderismo; otros lo llaman magia. Esta es la
formación especial que te estaba diciendo que debías tener. La tía Jayne decía que la clave era creer.
-Yo no creo en la curación por la fe ni en la magia -dijo despacio Siren.
-Pero ¿crees en el poder de la mente? -le preguntó Nana.
-Claro que sí.
-Y ¿qué diferencia hay?
Siren no dijo nada.
-No le digas a tu tío Jess que yo... bueno, lo mejor será que estas conversaciones sobre la magia
queden entre nosotras. Antes de que yo viniera aquí, me hizo prometerle que no te diría gran cosa.Tenía
ganas de verte desde que me enteré de que volvías. Yo era amiga de tu tía Jayne. Sí, ya sé: eso quiere
decir que soy la mar de vieja: ¡si lo sabré yo! Te has convertido en una mujer hermosa -añadió, mirando a
Siren de pies a cabeza-. Sé que no te acuerdas de mí, pero Jayne te subió a la montaña, a mi casa,
algunas veces cuando eras pequeña. Pasaste mucho tiempo con los de mi familia. No recuerdas nada de
eso, ¿verdad?
Siren negó con la cabeza.
-Supuse que Jess no me habría dejado entrar en la casa si yo me hubiera presentado de visita sin
más. No me alegro de que te hicieras daño hoy, pero sí que me alegro de verte.
-Deduzco que Jess no cree en la magia de usted...
-Me llamó para que viniera porque te habías hecho daño -dijo Nana, encogiéndose de hombros-.
Llevaba años enteros sin verlo. En cierta época, él había considerado la posibilidad de unirse a nosotros.
Pero lo dejó. Lo más probable es que tuviera miedo. Saca tú tus propias conclusiones.
Nana extendió el brazo y cerró el grifo.
-Llevas un broche muy poco corriente en la blusa -dijo.
-Fue un regalo.
-Un adorno caro -observó Nana, pero no extendió la mano para tocarlo.
-¿Qué es este alboroto? -dijo el tío Jess, que estaba ante la puerta de la cocina, con la ropa algo
revuelta después de su siesta.
Nana pasó por delante de él.
-Puedes devolverme la olla y la cesta de pan cuando te venga bien.
Siren y Jess siguieron a Nana hasta el zaguán.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Buenas noches a los dos. Por cierto, más os vale arreglar la barandilla del porche. Se mueve. Si
alguien se apoya con demasiada fuerza, se va a caer de cabeza al patio delantero.
Jess volvió al cuarto de estar y se sentó en una mecedora.
-No escuches una sola palabra de lo que dice esa mujer: tiene el cerebro a pájaros. Con tanto que
hacer por aquí, no me he acercado a mi casa. Supongo que iré mañana por la mañana.
-¿Estás seguro de que estás preparado?
-¿Y quién va a estar preparado para ver todo lo que tenía reducido a un montón de polvo, barro y
maderos quemados?
Siren tiró otro leño al fuego, procurando no repetir la torpeza de antes. Una mujer anciana, senil, un
fragmento de su infancia que ella no era capaz de recordar, un inquilino poco deseado, pesadillas, magia,
lesiones y llamadas telefónicas que la asustaban. No le gustaba que Nana hubiera hurgado en su
autoestima, ya deteriorada de suyo. Tenía la sensación de que lo único que le quedaba era su capacidad
como hipnoterapeuta. ¿Qué era aquello que había dicho Nana? "Si no sigues el plan de tu vida, los hechos
te darán de golpes en la cabeza hasta que cambies de rumbo." Pero ¿cómo saber cuál era el rumbo
correcto? ¿Y hacia dónde debías encaminarte cuando las cosas se desembrollaban? Siren se estremecio y
miró el fuego. El corazón le saltó hasta la garganta. Durante un instante, durante solo un segundo, le había
parecido ver la cara de la mujer del fuego. Sonó el teléfono. Ella no se molestó en cogerlo. Oyó que el
contestador respondía en el salón, una serie de clics y, después... silencio.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

TANNER NO ERA CAPAZ DE CREÉRSELO. Otro incendio. Este era menor, limitado, en un
contenedor de basura, cerca de la estación de ferrocarril. Pero lo peor era que habían encontrado el
cadáver de una mujer. Este incendio había sido provocado, sin duda alguna. No era difícil detectar el rastro
de la gasolina, teniendo en cuenta sobre todo que el muy imbécil del incendiario se había dejado la lata en
el mismo contenedor. La policía se hizo cargo inmediatamente de la investigación, cosa que no molestó en
absoluto aTanner.
Se recostó en el sillón de su despacho, inclinándolo hacia atrás para poner los pies sobre el
escritorio destartalado. Mierda. Mierda. Mierda. La mayoría del personal ya se había largado. Quedaban
algunos por los garajes, haciendo trabajos de mantenimiento del material contra incendios y disponiéndose
a trasladar los coches de bomberos y la ambulancia a varios kilómetros de distancia para preparar la feria
de la cosecha. Su parque de bomberos sería la sede central de la fiesta del pueblo.
Jimmy Dean apareció en la puerta del despacho.
-Todo está en orden. Los cascos nuevos han llegado esta tarde. Los hemos guardado en el
almacén hasta que los reparta usted. Tenemos bastantes mesas. Algunos de los chicos han preparado las
mesas para la exposición de flores, en el garaje de atrás. Pero no me gusta lo hundida que está la mesa.
Siento haberle puesto un ijo morado. ¿Se viene con nosotros al Atadero,jefe?
-Gracias, pero no; id vosotros, chicos. Yo tengo cosas que pensar.
-Desde luego -dijo Jimmy, encogiéndose de hombros-. Oiga jefe...
-¿Sí?
-Siento haberle pegado, pero es que tenía ojos de loco. No quería que hiciera ninguna tontería,
¿sabe?
-Sin problemas. Tómate una copa por mí.
-¿Así que es verdad que lo ha dejado?
-Lo dejo todos los días.
-Sí. Eso es.
Tanner se recostó en la silla, frotándose la cara con las manos. Las cosas no podían ir peor.
Sencillamente, no podían ir peor. El pueblo estaba lleno de funcionarios del gobierno que rondaban por
todas partes buscando la causa de los incendios. Policías, representantes del estado... aquello se estaba
convirtiendo en un fracaso con todas las de la ley. Bueno, que los políticos llamasen a quien quisieran. Que
llegaran ellos al fondo de la cuestión. Que le dejasen a éI apagar los incendios y que lo dejasen en paz.
Pero se hablaba, corrían rumores de que iban a traer a alguien de la ciudad para que ocupase su lugar.
Tanner era el único trabajador remunerado del departamento de incendios, y aquello significaba que
perdería su empleo.
Tomó el montón de expedientes de todos los incendios que se habían producido desde el mes de
septiembre. Había observado en cada uno de los incendios el que a él le parecía que era el punto de
origen. Había comprobado y realizado pruebas para deterrminar la presencia de cualquier material
inflamable o combustible que hubiera servido para provocar el incendio, tomando muestras en dicho punto,
pues allí era donde el fuego solía arder más tiempo. Había seguido la dirección de desplazamiento del
fuego en todos los edificios. El problema era que algunos de aquellos incendios no aparentaban tener punto
de origen, lo cual era sencillamente imposible. En tres incendios misteriosos ya había descartado la
dinamita, los disparadores metálicos, los detonadores electrónicos, las cápsulas detonadoras y la pólvora.
No encontraba vestigios de ningún mecanismo retardador, ni de mechas, ni de explosivos comerciales. Ni
un cigarrillo encendido puesto sobre una caja de cerillas, ni un reloj de pulsera sofisticado unido a unos
cables. Ni materiales incendiarios, ni rastros derramados de latas de alcohol o de gasolina. Nada. Niente.
Por decirlo sin rodeos, eran incendios fantasmas.
Cinco incendios. La logia de los Alces, la fábrica de zapatos, el granero de Ferguson, la casa de
Ackerman y el garaje de Files. El número iba en aumento.
Había comprobado y vuelto a comprobar los antecedentes personales de las víctimas, a base de
pedir información a gente que le debía favores: antiguas novias suyas, viejos compañeros de la escuela y
amigos del bar. A cualquiera que lo apreciara o que le debiera algo. Había contratado a un investigador
privado de Harrisburg, para que se enterara de la situación bancaria de las víctimas, de los créditos o de las
deudas de juego que pudieran tener. Todos estaban completamente limpios. Sí, aquel trabajo correspondía
a los investigadores de las compañías de seguro, pero él se estaba jugando el puesto. Había hecho lo que
le parecía que debía hacer.
Y, a pesar de todo, no había encontrado nada.
Se pasó la mano por la frente. Había estado a punto de matarse en el garaje de Ethan Files. ¿Qué
demonios le pasaba?
Abrió el cajón de su escritorio y sacó una botella de whisky Jamieson. Estaba luchando consigo
mismo, con la mano temblorosa, cuando entró airosamente en su despacho Nana Loretta y cerró la puerta
tras de sí.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡Guarda eso! -exclamó Nana Loretta con brusquedad-. Te va a hacer falta tener despejada la
cabeza.
Tanner siguió sosteniendo la botella, tercamente, pero no llenó el vaso.
-¿Qué pasa ahora?
-Acabo de ver a Siren McKay.
Tanner retiró despacio los pies del escritorio y los plantó firmemente en el suelo.
-¿Qué tiene que ver eso con nada, aparte de con que me huelo que se avecinan problemas? -dijo.
Cuanto menos hablara él de la mujer, mejor. Nana tenía el hábito de fijarse en las cosas que él quería
guardarse en secreto.
-Me llamó Jess Ackerman para pedirme un par de favores. Quería que curara a la muchacha; pero
cuando llegué, estaba despierta y en pie. Seguiré trabajando en mi casa por ella.
-Si, hzlo.
“Lo que quiero decir es que hagas lo que te de la gana, con tal de que me dejes en paz a mí”.
-Me sorprende que te llamar a ti, precisamente.
Estuvo a punto de decir “me sorprende que llamara a uno de nosotros” pero se tragó el comentario
y lo sustituyó.
-Es dificil romper con los viejos hábitos. Cuando están enfermos o tienen dolores, siguen
llamándome. Jess me dijo que hoy le habías salvado la vida a ella -dijo Nana, desabrochándose el botón
superior de su rebeca mientras se paseaba despacio por la habitación-. Este sitio es un desastre -añadió al
pasar junto a un montón de manuales del departamento, cubiertos de polvo.
-Ve al grano, Nana. He tenido un día muy duro.
-También he oído por la radio que ha habido otro incendio. Dicen que este ha sido provocado sin
duda alguna. También dijeron que Ethan Files había desaparecido.
-Eso dice –dijo él con tono agrio.
-¿Conocen la identidad de la mujer muerta?
-No –dijo él, dejando la botella sobre el escritorio con un golpe-. ¿Dónde quieres ir a parar con todo
esto?
-¿No habéis pensado en pintar este sitio? Estaría menos triste, desde luego.
Se sentó, muy formal, en la silla que estaba frente a él, sujetando con fuerza en su regazo su viejo
bolso.
-Siren no quiso quedarse en el hospital, así que Jess me llamó para que fuera a echarle una
ojeada. Yo pensé que, en vista de que la salvaste tú, te interesaría saber que está bien. Claro, que tuvieron
que darle unos puntos, porque tú te sentaste encima de ella.
-¡No me senté encima de ella!
-Me da igual -dijo ella, agitando en el aire su mano envejecida-. Pensé que te interesaría, ya que
fuisteis compañeros de juegos en la infancia y todo eso.
Él pasó unos papeles del lado derecho de su escritorio al izquierdo.
-Pues no me interesa.
-Vaya, vaya.
A Tanner se le ocurrió una idea temible.
-¿No le habrás dicho nada de... ya sabes, del clan, de las brujas, de la magia...?
-La verdad es que no nos recuerda y que no cree en la magia. Parece que los dos tenéis amnesla
mutua.
-Qué suerte tenemos. Ahora podrás dejarla en paz.
-¡No! -exclamó Nana, dándose un golpe con el bolso en el regazo-. Puedo conectar con ella. Sé que
puedo.Tiene tantas dotes como tú.
-¡Ajá! ¡Lo sabía! Estás tramando algo, Nana. ¡Nada de eso! ¡Lo único que conseguirás será joderle
la vida! ¡Deja en paz a esa mujer!
-No digas palabrotas, Tanner Thorn. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Y ¿por qué tienes ese
ojo morado?
Él se encogió de hombros y pretendió coger otra vez la botella. Nana se inclinó sobre el escritorio y
le dio una palmada en la mano.
-¡No toques eso! Debes mantenerte sereno. Todo el pueblo habla de tus problemas con la bebida.
¿Cómo puedes hacer de jefe de bomberos si tienes el cerebro empapado de esa porquería?
Tanner retiró la mano rápidamente y se la frotó.
-Para que te enteres, llevo tres semanas sin beber. Escucha: no sé lo que te creerás que estás
fraguando en ese cerebro tuyo acerca de Siren McKay, pero yo no quiero tener nada que ver con ello. Más
concretamente, no quiero tener nada que ver con la vida de Siren McKay, y punto. No conozco a esa mujer,
no la recuerdo, y no quiero conocerla en el futuro. Me alegro de haber podido ayudarla hoy, pero ahí
termina todo. Déjala, sin más. Estoy seguro de que no le interesa la historia de nuestra familia, ni la magia,

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

ni nada. Es lo que menos le hace falta a esa mujer. ¡Déjala en paz! Francamente, Nana, ahora estoy
demasiado ocupado para tonterías de esta especie.
-¡Demasiado ocupado en matarte a beber! Jenny ha muerto, por Dios. ¡No la mataste tú! ¡Se cayó
al lago con el coche y se ahogó! ¡Ella sola! ¡No podrás recuperar a tu esposa por beberte esa botella!
Nana respiró hondo.
-Lo que necesitas es una buena mujer... una mujer mágica... y esa es Siren. ¡Siempre ha sido la
que te conviene! Ya está. Ya lo he dicho. ¡Y no me arrepiento en absoluto!
Se dejó caer sobre el respaldo de la silla; la cara le adquirió una palidez mortal y la respiración se le
aceleró.
-¿Nana?
Se le pusieron los ojos en blanco; el cuerpo flácido le cayó desmadejado.
Tanner se levantó de un salto y se apresuró a sujetarla antes de que cayera de la silla.
Nana tosió y pestañeó, apartando la cara de él.
-Nada. No es nada. Me dan estos ataques... nada más. Estaré bien dentro de un momento -dijo,
agitando la mano débilmente.
-¿Desde cuándo tienes... Estos ataques?
-No te preocupes. El médico lo sabe. No se puede hacer nada más.
Tanner vio con alivio que le volvía el color al rostro.
-Lo siento, Nana. ¡Sufro tanta presión! Sé que lo haces con buena intención; pero este no es
momento para preocuparse por mi vida amorosa, que no existe.
Se incorporó y se pasó una mano por la larga cabellera.
-¿Sabes que los periodistas hasta se están metiendo con mi manera de vestir y con mi pelo...? ¡Me
llaman "Sansón", y llaman al fuego "Dalila"! ¿No te parece increíble?
-A estas alturas, casi nada me parece increíble -susurró Nana. Extrajo un pañuelo de papel del
bolsillo de su rebeca y se tocó con él las sienes-. Quiero reunirme con Lexi Riddlehoff -dijo con tono de
obstinación-. Puede que a él se le ocurra algo.
Tanner se sintió aterrorizado. No quería que Nana hablara con Lexi.
-¡No! Si la prensa se huele algo que tenga que ver con la magia, soy hombre muerto.Ya empiezan a
husmear en ese sentido. Si Lexi abre la boca... -concluyó, levantando los brazos al cielo y dejándolos caer
bruscamente.
-No dirá nada... -murmuró Nana, con la boca tapada por el pañuelo de papel.
-¡Nana! ¡Es ilusionista retirado, por Dios! La publicidad le encanta. Le da la vida. Preferiría,
francamente, que no hablases con él.
A Nana se le empezó a acelerar la respiración de nuevo.
-Vale, vale. Mira, Nana, lo siento.
-No tienes ninguna confianza en mí...
-Yo no he dicho eso.
-Sí que lo has dicho. No confías en mi buen juicio. Te crees que voy a irme de la lengua con Lexi
acerca de la historia de la familia.
-No es eso -respondió él, intentando ocultar su tono de culpabilidad. Se apoyó en la puerta del
despacho-. Lo único que pasa es que todo esto me podría estallar entre las manos en cualquier momento.
Ella no conocía la mitad de la historia, y él confiaba en que no llegara a conocerla nunca.
-Entonces, ¿ya has descubierto a qué se deben los incendios?
-No.
-Entonces, sigues necesitando de mí. Tengo que hacerte una pregunta, Tanner. Quisiera que me
resolvieras un pequeño misterio.
Sus ojos adquirieron un brillo de astucia. A Tanner se le pusieron rígidos los hombros.
-¿No hay bastantes misterios por aquí ya?
-Este me interesa especialmente. ¿De dónde sacó Siren McKay ese broche en forma de gárgola?
-No tengo ni idea de qué me estás hablando -dijo Tanner, volviéndole la espalda.

-¿QUE HACES AQUí? -preguntó Siren-. Ya son más de las once.


-Vaya, buenas noches, Siren McKay -dijo Billy, levantando su sombrero Stetson marrón.
Siren sonrió débilmente, apoyándose en la puerta mosquitera.
-¿De guardia tan tarde? ¿Es que no te dejan ir a tu casa nunca?
-Un día muy atareado. ¿Puedo pasar?
Siren se apartó de la puerta, permitiendo que Billy entrara hasta el zaguán.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Dónde está tu compañero?


Billy se mordió el labio.
-Está suspendido desde esta tarde.
-¿Ah, sí?
Billy se quitó el sombrero e inspeccionó el entorno con sus ojos oscuros.
-Hemos conseguido ponernos en contacto con algunos testigos de tu accidente. Todos aquellos con
los que hemos hablado cuentan una historia distinta de la que aparece en su informe. El jefe de policía no
se puso nada contento.
-Supongo que no -dijo ella, con una leve sensación de estar vengada-. ¿No quieres sentarte?
-No lo entiendes, Siren -dijo Billy, sin moverse del zaguán-. Dennis es hijo del jefe de policía.
-Y tú lo has puesto en evidencia -dijo ella, con un suspiro.
-Sí, en cierto modo.
-Supongo que esto no te valdrá un ascenso.
-Más bien, una venganza de mil demonios.
Se puso a dar vueltas a su sombrero entre las manos, mirando el ala que giraba.
-Lo siento -dijo ella, y lo dijo con sinceridad. Sintió un zumbido en el oído y sacudió levemente la
cabeza.
-¿Está aquí tu tío?
Ella se tocó el lóbulo de la oreja.
-¿Te pasa algo?
-Seguramente habré puesto la cabeza en mala postura en la ducha -dijo ella, riéndose-. No. Jess ha
salido con un amigo suyo. Con Rusty, creo. Lo siento, pero no estoy segura de cuándo volverá.
-Tengo que hablar con él del incendio de su casa. Puedo dejarlo para más adelante. Escucha,
Siren, lamento mucho tener que hacer esto, pero el caso es que tengo que preguntarte una cosa.
-¿Qué me tienes que preguntar?
-¿Dónde estabas cuando se incendió la casa de tu tío?
Siren irguió los hombros.
-Sabes muy bien dónde estaba. Aquí. En mi salón, para ser exactos. ¿Por qué? ¿Es que soy
sospechosa, o algo así?
-¿Lo puedes demostrar?
-¡Esto es increíble! -exclamó ella. Se le aceleró el pulso-. ¿Por qué habéis podido creer tal cosa?
-En la noche del incendio, tu tío aseguró a varios de los presentes que tú eras responsable de los
incendios.
-¿Y qué? Había perdido la cabeza. Tú lo viste.
-Bueno, pues Dennis cree...
-¿No habías dicho que Dennis estaba suspendido?
Billy se sonrojó.
-El jefe dice que debo seguir todas las pistas, cualquier pista, por oscura que sea...
-¿Quieres decirme que, porque un viejo conmocionado farfulló que todo era por culpa mía, ahora
soy la sospechosa principal?
Billy miró las baldosas blancas y negras que tenía a sus pies.
-La gente dice cosas.
-¿Cómo dices?
-Lo siento, Siren.Yo comprendo que la hipnoterapia no es magia de pueblos atrasados. Hasta he
asistido a algunos seminarios sobre la materia, impartidos por oficiales de policía, pero la mayoría de la
gente de este pueblo no lo entiende. Tienen años de retraso en ciertas cuestiones. Por otra parte, más de
una persona ha llamado a la comisaría para hablar de ti. Tu pasado te persigue. Tu pasado reciente, por lo
menos, supongo.
-¿Qué quieres decir? -preguntó ella. Se metió con fuerza las manos en los bolsillos de los
pantalones vaqueros. Notaba esa sensación familiar, como de conejo enjaulado, que le hacía subir
locamente la presión arterial-. ¿Quién? ¿Quién ha llamado para hablar de mí?
Bill siguió haciendo girar entre las manos el ala de su sombrero.
-Algunas son llamadas de locos, ¿me entiendes? Pero el caso es que ha habido varias.
Seguramente será por el juicio y porque el caso del asesinato de tu novio sigue abierto. La gente es idiota a
veces, pero el jefe empieza a sospechar. Cree que quizá quieras librarte de tu familia porque te
abandonaron durante el juicio.
-Lo que quieres decir es que la policía de aquí está tan desesperada que está buscando un chivo
expiatorio... y yo soy el afortunado animal. Aparte de que acabo de poner de manifiesto que hijo deljefe es
un hijo de perra mentiroso.
-Eso tampoco te viene bien.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Qué llamadas? -repitió ella.


-No te lo puedo decir.
-Ah, muchas gracias: sacas el tema, pero no completas los detalles.
-No puedo completarlos nuientras no me digas dónde estabas noche en que la casa de tu tío se
quemó hasta los cimientos.
-Estaba aquí, sola, en mi salón, trabajando, preparando mi plan de salud para el condado.
-¿Puede dar fe de ello alguien?
-Pues resulta que sí -dijo ella, mirándole con aire de desafio-. Hablé por teléfono con un cliente en
potencia.
Él extrajo un cuadernito y un lápiz y se dispuso a anotar los datos. A ella se le revolvió el estómago.
Ya volvía otra vez todo aquello. La policía primero, la prensa después… Pasó los dedos por la superficie
áspera del broche en forma de gárgola.
-Era una mujer -empezó a decir. Él levantó la vista del papel.
-¿Sí?
-La verdad es que preferiría que no...
-¿Nombre y apellidos, por favor?
Su tono de voz había adquirido un matiz autoritario que a ella le pareció odioso.
-La mujer se llama Rachel Anderson. ¿No lo vas a anotar?
-¿Mi hermana? -dijo él, con expresión que rayaba en la incredulidad.
-Así es. Me había dicho que tenía problemas de pesadillas y me había preguntado si yo podría
ayudarle, pero cambió de opinión. Me llamó por teléfono para cancelar la cita. Pregúntaselo pero yo en tu
lugar, no se lo preguntaría estando delante su marido.
-¿Por qué no?
-Oye, se trata de tu familia; dedúcelo tú Inísmo.
Él puso una cara como si ella le hubiera pegado una bofetada.
-¿Sabes a qué hora te hizo la llamada?
-Hacia las nueve y veinticinco. Yo no podría de ninguna manera haber provocado aquel incendio y
haber atendido al teléfono cinco minutos más tarde. De aquí a la granja de mi tío hay veinte miinutos a pie.
Se tardan diez minutos en coche por la carretera principal, porque hay que dar toda la vuelta para tomar el
camino de entrada que conduce a su casa y al granero. Compruébalo si quieres. Así que, ¿quién ha estado
haciendo esas llamadas? -preguntó, sintiéndose triunfadora.
-No te lo puedo decir.
-Pero si acabas de decir que...
-Antes tengo que comprobar todo esto. Lo siento, Siren, pero no puedo cometer ningún error. Me
juego el puesto. Mira, permíteme que te compense de alguna manera. Déjame que te lleve a cenar alguna
noche.
-Yo no como con la gente que no confía en mí.
-No hago más que cumplir con mi deber -dijo él, a la defensiva.
Siren levantó la vista y vio que el tío Jess estaba de pie detrás de Billy, enmarcado por la abertura
de la puerta.
-Tienes compañía -le dijo-. Te toca a ti sufrir el tercer grado. El poli eficiente, aquí presente, quiere
hacerte unas preguntas acerca del incendio.
La cara del tío Jess era inescrutable.
-Si no necesitas nada más de mí, me voy a acostar -dijo Siren.
Billy tragó saliva con fuerza.
-Le recomiendo que no se marche del pueblo, señora McKay.
-¿Marcharme yo, sin brindaros la oportunidad de crucificarme? Ni soñarlo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

TANNER ESTIRÓ las largas piernas y se acomodó en el asiento de la moto de todo terreno. El
cuero crujió. Flexionó los dedos y se secó algo de sudor de la frente con la manga de la camisa. Era una
noche extrañamente templada para el mes de octubre. Desde su punto de observación podía vigilar la casa
de Siren sin ser visto. Mientras daba caladas profundas a un cigarrillo, veía que Siren pasaba de una
ventana a otra y miraba la oscuridad de la noche. ¿Qué buscaba? El coche patrulla negro y dorado de la
Regional de Webster salió despacio por su camino particular y se encaminó hacia el pueblo con Billy al
volante. ¡Dios, cómo odiaba a aquel desgraciado! En todo caso, ¿qué estaría haciendo en la casa de la
McKay?
Se produjo un rumor entre los arbustos. Tanner volvió la cabeza despacio.
Nada.
Tanner volvió a dirigir la mirada hacia la casa. Se preguntó si estaría allí Jess.
Dio otra calada al cigarrillo, y el humo le obligó a entrecerrar los ojos. Tiró la colilla al suelo y la
aplastó con el talón, y se apoyó después en el manillar de su moto, con la cabeza baja. ¿Por qué? ¿Por
qué le interesaba tanto aquella mujer? Los pensamientos le saltaban de un lado a otro de la cabeza como
la bola de aquellos antiguos juegos de pinball a los que jugaba él de niño. Tiraba de la palanca, soltaba el
pensaniento, acertaba, acertaba, fallaba... ¿cuántos puntos había ganado por pensamiento? ¿Cómo podría
poner fin a aquellos incendios? Puede que todo se despejara si daba una patada a aquella máquina a la
que él llamaba su cerebro.
"Suelta el pensamiento, porque los pensarmientos son cosas. Los pensamientos crean toda la
actividad. Los pensamientos harán que se manifiesten tus deseos. Sí, así de fácil."
-Ya sé lo que pienso -murmuró para sus adentros-. Pienso que esa mujer me acarreará problemas.
Un paso a su espalda. El corazón se le aceleró. Se volvió despacio sobre su asiento y contuvo la
respiración durante una fracción de segundo.
-¿Qué haces aquí? -dijo una voz que salió flotando de entre los arbustos.
-¿Lexi? -dijo éI, y soltó poco a poco el aire de los pulmones.
-Para servirte, buen hombre -dijo Lexi, agitando una mano delgada, con anillos de oro.
-¿Cómo has sabido dónde encontrarme?
-Siempre lo sé. ¿No te has dado cuenta todavía?
-Me alegro de que me hayas encontrado -dijo Tanner, encogiéndose de hombros-. Nana Loretta
lleva hablando de ti toda la semana. ¿Cuándo has vuelto de tus vacaciones?
-Esta tarde. He oído decir que ha habido un par de incendios graves durante mi ausencia.
-Nana quiere verte. Estoy preocupado por ella. Habla de hacerlo público.
-¿Y tú no se lo has dicho?
-¿Que llevo meses enteros llenándote los oídos de la historia de nuestra familia? No. Me tomaría
por traidor... y lo soy.
Lexi produjo un chasquido con la lengua.
-¡Y yo que me creía que me desvelabas los secretos de tu familia porque me apreciabas mucho!
-Eso es. Sigue soñando.
-Sí que sueño, sí que sueño. Pero, por desgracia, amigo mío, eres incorruptible, recto como una
flecha, como suele decirse.Y, por cierto, supongo que a eso se debe que estés aquí arriba, mirando allí
abajo -dijo, indicando la casa de Siren con una mirada significativa.
-¿Y qué?
-Esto se llama "espiar", en algunos estados.
-Que te jodan, Lexi.
-Me marcho de este pueblo aburrido para tomarme unas vacaciones. Que han sido horribles dicho
sea de paso. Y cuando vuelvo, todo el pueblo está agitado.
-No puedo consentir que hable con los periódicos.
-¿De qué?
-De nuestro linaje del Arte.
-¡Vaya, vaya!
-No te voy a permitir que le sonsaques nada, Lexi. Es una anciana, y está un poco senil a veces.
-Podría hacer daño a tu carrera profesional.
-Si que podría.
-Yo podría ganar mucho dinero con su historia...
-Y hundir la reputación de Nana, la poca que tiene. Sería el hazmerreir del pueblo. El trato era que
tú no publicarías nada hasta después de su fallecimiento. Recuérdalo, ¿quieres?
-Ya sabes que yo te quiero bien.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Tanner alzó los ojos al cielo.


Lexi tomó del suelo un guijarro pequeño y lo arrojó al aire.
-De modo que la asesina ha regresado a sus raíces.
-No tiene gracia, Lexi.
-Yo pensé que te agradaría el cariz de los acontecimientos.Tú dijiste que creías que te volverías
loco si la condenaban, ¿o no querían decir nada todos los lamentos que tuve que escuchar mientras
tomabas whisky con soda? Naturalmente, no deberías haber subido a NuevaYork para verla.Ya te dije que
era un error. Pero, no, tú tenías que ver a la última representante de la estirpe McKay de mujeres mágicas.
Tenías que ver cómo era de mujer adulta. Para demostrarte a ti mismo que no era más que un ser humano
corriente, y así poder seguir viviendo tu vida tan tranquilo.Y ¿qué Pasó entonces? Que te prendaste de ella:
eso fue lo que pasó. Estás suspirando por esa mujer desde entonces. Creo que tu obsesión por ella
empezó entonces.Yo, personalmente, no le veo nada de especial, pero también es verdad que no he tenido
el gusto de conocerla.
Tanner no respondió.
-¿Te ha visto Siren desde que volvió a su casa? -preguntó Lexi.
-Sí y no. Me ha visto, pero... no nos han presentado como es debido.
-¿Se acuerda de ti?
-Nom parece que no, pero lleva puesto el broche constante.
-¿Pero no tiene ni idea de que fuiste tú quien se lo regaló?
-No.
Lexi se revolvió, inquieto, sobre sus pies.
-¿Has creído alguna vez que Nana Loretta tenía el poder suficiente para urdir alguna especie de
encantamiento... para liberar a la chica primero, y para uniros a los dos después?
-Ay, por favor -dijo Tanner en son de burla-. ¿Tú también? Mira, Lexi: a veces es capaz de hacer
cosas sorprendentes; pero, en general, la mayor parte de lo que cree son chorradas. Así de sencillo.
-Ya veo.Y, naturalmente, tú no aplicas nunca nada de magia auténtica.
Tanner no le respondió.
-¡Ah! Titubeas. No es la misma postura que tenías antes de marcharme yo. Cuenta.
-A veces eres una sabandija, Lexi.
-Me han llamado muchas cosas, pero no me compares con los insectos si no te importa. ¿Qué
problema hay? A la muchacha la absolvieron. La soltaron. Libre como un pájaro. Y podría haberse
marchado a cualquier lugar del mundo, a cualquier parte. Pero no se marchó, ¿verdad? No, no: volvió
aquí.Y tú estás enamorado de ella. ¿Qué más puedes desear? Al león no le mires el diente, como yo digo.
-Se dice "a caballo regalado". A caballo regalado, no le mires el diente.
-Como se diga.
-Al menos, tendrás bastante material para tu estudio -murmuró Tanner.
Lexi sacudió la cabeza y el cabello rubio le cayó sobre los ojos. Se lo apartó con un movimiento de
la muñeca.
-No es cuestión de mi estudio. Es cuestión de ti. ¿Qué pasa? Me voy del pueblo unas semanas y
espero volver para encontrarme que todo va de maravilla, y tú vas y me dices que hay un problema. ¿Qué
problema?
-El mago eres tú. Dímelo tú a mí.
Lexi se sentó junto a la moto y arranco uno o dos tallos de hierba muerta.
Yo practicaba el ilusionismo, no la magia de verdad, y no soy Dios. Dame los detalles.
Tanner contó entonces a Lexi todos los sucesos del último mes, desde los incendios misteriosos, lo
del cadáver de la mujer en el contenedor, que Ethan Files había intentado atropellar a Siren y que el
pequeño desgraciado había desaparecido, para terminar contándole los rumores de que Siren había
provodado de alguna manera el fuego en casa de su tío.
-¿Crees tú que lo hizo?
-Claro que no.Y estoy preocupado por Nana -añadió, bajando la cabeza-. Me estaba volviendo loco,
hablando siempre de magia y dando a entender cosas acerca de Siren... No he hecho caso de ella durante
casi todo el tiempo que has estado fuera.
-¿Está enterada de tu enamoramiento?
-¡No! Y si se lo cuentas, te retuerzo ese cuello de un millón de dólares.
-Ay, ay. Estamos irritables, ¿eh?
-Ha tenido unas... cosas extrañas.
-¿Cosas mágicas?
-¡No!
-¿Quién? ¿Siren?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡Nana! Como miniataques de apoplejía, o algo así. Se está poniendo rara. Pierde el hilo de la
conversación. Dice que va a hablar con los periódicos. Parlotea algo acerca de una maldición. Algo que
tiene que ver con las brujas de la Cabeza de la Vieja.
-Ya veo -dijo Lexi.
-¡No, no, tú no ves nada! Nana quiere atraer a Siren. Iniciarla. Lo sé, eso es todo.
-¿Y eso es malo?
Tanner golpeó con el puño el manillar de su moto.
-Así fue como perdí a Jenny. A ella le daba miedo lo oculto. Por mucho que me esforzaba yo, ella
se negaba a escuchar.Yo no puedo evitar ser lo que soy.
-No conocí a esa mujer, pero a mí me parece que era una tontita cabezota.
A Tanner le brillaron los ojos.
-Y puede que no lo fuera.
-El tonto fui yo.
-No fue culpa tuya que se marchara con otro hombre -dijo Lexi, Mirando a Tanner con
comprensión-. Es evidente que la magia no tuvo mucho que ver con ello.
Tanner se secó el sudor que le caía por las sienes.
-En todo caso, tengo que mantener callada a Nana.
-Sí. Eso es -dijo Lexi, sacudiendo la cabeza con humor---. Eso sería como intentar orinar en un
túnel de viento.
-Se dice "mear en una tormenta, Lexi".
-No entenderé nunca esas expresiones coloquiales vuestras -dijo Lexi con un suspiro-. ¿Qué te
hace creer que Siren se portaría igual que Jenny? Al fin y al cabo, es una persona diferente. Por otra parte,
lo lleva en la sangre.
-Eso no importa. He terminado con todo esto. Ya no soy más que un buen chico corriente.
-¿Quieres decir que has estado bebiendo otra vez?
-Vete a la porra, Lexi. Llevo semanas enteras sin beber.
-Entonces, hay esperanza.
-Te crees que estoy loco.
-¿Acaso no lo estamos todos? -dijo Lexi con voz burlona. Se puso de pie y se limpió los pantalones
vaqueros con la mano-. Entonces, ¿por qué me busca Nana Loretta? No me has contado esta parte del
serial.
-Porque sabe que has estado investigando el folclore de la región.
-¿Qué tiene eso que ver?
-Nana cree que los fuegos tienen origen mágico.
Lexi formó con los labios una pequeña O y arrugó la frente.
-Vaya, vaya –dijo.
-No quiero que hables con ella -le dijo Tanner abiertamente.
-¿Por qué, si puede saberse?
-Porque está enferma. No quiero que se altere.
-Gracias por tu voto de confianza.
-Lo digo en serio. Si se entera de todo lo que te he contado, quedará destrozada. He quebrantado
mi juramento, y tú lo sabes.
-Quizá.
-¿Qué quieres decir con eso?
Reconozco que nuestra amistad no ha sido larga, pero ya deberías saber que yo no haría jamás
intencionadamente nada que pudiera hacerte daño a ti ni a tu abuela. Hay muchas cosas de mí que tú no
sabes, Tarmer. Si a la anciana la hace feliz hablar conmigo, que hable conimigo. Te prometo que tendré
cuidado con lo que digo. Por otra parte, yo quizá pueda ser útil. Puede que se encuentre algo entre todos
los datos que tengo guardados en la tienda de libros. ¿Qué daño le puede hacer dejarle hojear todo ese
material?
Tanner puso en marcha la moto todo terreno.
-Tú dame tu palabra de que no le dirás nada de nuestro trato.
Lexi sonrió y cruzó los brazos.
-Palabra de brujo.
-Eso quisieras tú.
-En efecto. Puede que tengas razón.Y para demostrarte lo honrado que soy, creo que deberías
echar otra mirada ahí abajo -dijo, señalando, hacia el arroyo y a un grupo de pinos que estaban a unos
cincuenta metros de la casa de Siren.
-No veo nada.
-Vuelve a mirar. Parece ser que no eres el único que acecha a Siren.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Lexi se incorporó.
-¿Te sientes afortunado? -preguntó a Tanner.
-No. He perdido la moneda de oro que me diste. Pero eso no quiere decir que no vaya a dar una
patada en el culo a un fisgón.

SERATO AVANZABA entre los pinos, oculto, según suponía él, por la noche oscura y por la
vegetación espesa. Apuntó a la casa con sus prismáticos. Ella no había corrido las cortinas del cuarto de
estar. Bueno para él, malo para ella, teniendo en cuenta sobre todo que la perra no quería coger el teléfono.
Le sudaban las palmas de las manos y se le escurrieron los prismáticos. ¡Mierda! ¿Y qué tratos habría
tenido con el poli? La informante de Serato había hablado mucho antes de que él la hubiera achicharrado
en el contenedor. El poli era Billy Stouffer. Un abnegado agente local que no era capaz de guardársela en
los pantalones. ¿Se habría pasado a ver a Siren para algún asunto oficial, o la estaría tanteando para pasar
un buen rato?
Serato hizo una pausa, inclinando el oído hacia los campos que estaban al otro lado de la carretera.
¿Había oídoalgo? Esperó para asegurarse. Siren paseaba por la casa en silencio. Contempló sus
movimientos, como había hecho tantas veces. Las reacciones de Siren habían sido exactamente las que él
había esperado. Al principio había estado desorientada, manifestando su incredulidad y su angustia, y de
hecho, durante el juicio, había parecido como si estuviera funcionando por control remoto. Cuando llegó allí,
había reaccionado, intentando lentamente volver a conectar a base de limpiar la casa y de repararla.
También había sido de esperar aquella necesidad suya de ponerse en contacto con los demás por medio
de aquella farsa de la consulta de hipnoterapla: era la víctima preocupada más de la cuenta por el bienestar
de los demás. Las llamadas telefónicas de Serato eran necesarias. Debía provocar nuevas crisis, atraparla
al borde mismo de su recuperación y llevarla otra vez de golpe a la inestabilidad. A partir de allí, él podría
hacer lo que quisiera. Era fundamental que socavara su fuerza interior.
Serato se deslizó hasta más cerca de la casa. Siren pasó del cuarto de estar al salón y se detuvo,
con los brazos en jarra, mirando el teléfono. Se pasó la mano delicada por aquel pelo suyo largo y
exuberante. Oh, qué pelo. Serato dejó los prismáticos colgados de su correa y se acercó a gatas. Llegó casi
hasta la ventana. Estaba un poco abierta, y la brisa templada de aquella noche de octubre movía
suavemente los bordes de las cortinas. Abrió su teléfono móvil y pulsó el número uno. El teléfono de ella
respondió, y Siren retrocedió de un salto, mirando al aparato como si fuera a morderle, sin levantar nunca la
mirada hacia la ventana, sin llegar a saber que él estaba a pocos pasos de distancia.
-¿Estás pensando en mí? –susurró Serato en su móvil-.Yo estoy pensando en ti.
Vio que se le contraían los músculos de la garganta, con los ojos clavados en el aparato, con los
dedos tensos entre el pelo. Serato respiró hondo, absorbiendo el dolor de ella.
Serato desconectó la llamada, viendo con incredulidad que se le echaban encima dos hombres que
venían corriendo por la derecha y que aparecía por la esquina de la casa un tercero que blandía una
especie de arma larga.

-¡APÁRTATE DE MÍ, SATANÁS! -gritó el tío Jess, amenazando con su horca a los hombres que
corrían hacia él a través del patio, mientras los pies sin calcetines le bailaban dentro de las botas de trabajo.
Una tercera sombra, quizá de un animal, se escurrió hábilmente a través del arroyo y se refugió en el
bosque próximo.
Los dos hombres se desviaron hacia la derecha y pasaron veloces junto a él como si ni siquiera
estuviera allí. Jess los oyó cruzar el arroyo, chapoteando. Siren abrió la ventana de golpe.
-¡Tío Jess! ¿Qué haces ahí fuera, en calzones largos y con esa horca?
-¡Oí un ruido -dijo-, y había dos tipos que corrían por el patio como si los persiguiera el diablo! Pero
los ahuyenté, vaya que sí. Malditos idiotas. Beben y se pelean. No sé dónde va a parar este mundo. Se
está poniendo de una manera, que uno no puede siquiera dormir como es debido por la noche aunque viva
en el culo del mundo.
Se paseaba dando pisotones ante la ventana del salón, murmurando. Su bota desatada golpeó un
objeto pequeño y duro. Lo empujó con su horca hasta la franja de luz que caía en el exterior procedente de
la ventana del salón. Uno de esos teléfonos modernos que habían inventado. Le clavó la horca.
-¡Ya te tengo! -dijo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

TANNER, sin aliento, se detuvo y se apoyó en un árbol. Bajo aquellos pinos todo estaba negro
como la pez.
-¿Has visto quién era?
Lexi, que iba tras él, tropezó, soltó una palabrota y se cayó al suelo del bosque.
-¿Cómo iba a ver nada, con aquel loco que blandía esa horca? Dios mío, casi me ha ensartado
-exclamó Lexi, agitando dramáticamente la mano en el aire-. ¡Casi he acabado como el pan quemado!
-Se dice "como una tostada", Lexi.Y, fuera quien fuese, se nos ha escapado.
-Se ha marchado, sin duda -dijo Lexi, mirando a su alrededor.
-¿Por qué iba nadie a acecharla?
-A mí se me ocurre una serie de razones, ¿a ti no? -dijo Lexi, enarcando una ceja.
-Supongo que no deberíamos haberle atacado.
-Parecía lo más oportuno en ese momento. Debo reconocer que ha sido francamente emocionante
-dijo Lexi, respirando hondo y agitando los brazos.
Tanner se pasó la mano por la frente, arrastrándose la piel hacia abajo al máximo.
-¡Ay, qué expresion tan encantadora! -dijo Lexi dramática. ¿No has pensado hacerte actor?
-¿Que te parece si represento una escena en la que te estrangulo?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

SIREN ENVIÓ AL TÍO JESS al supermercado, dándole instrucciones sobre el modo de usar la
tarjeta de crédito, que él aceptó a regafiadientes. Revolviendo en su bolso había encontrado una moneda
de oro poco corriente. ¿Cómo había llegado allí? Dio vueltas entre sus dedos a aquel disco de oro. Lo más
probable es que fuera valiosa. Se puso a pensar, sosteniendo la moneda entre sus dedos.
Él podía ser un desgraciado a veces, pero Siren sabía que no sería capaz de robarle nada a ella
directamente. Estaba sentada en una mecedora. Cuántas preguntas. Empezó a mecerse con más ímpetu,
atrás y adelante. ¿Qué hacía Gemma? ¿Y los hijos de Jess? No se iban a quedar quietos para siempre.
¿Qué o quién seguía provocando los incendios; y, en nombre de Dios, por qué había intentado alguien
relacionar a Siren con el incendio de la casa de Jess? Le daba vueltas la cabeza con demasiadas
preguntas y demasiado pocas respuestas. Se guardó la moneda en el bolsillo de los pantalones vaqueros.
Se sentía como si hubiera perdido su sentido del poder. Achacó la culpa durante un instante, solo
durante un instante, a Gemma. Pero aquello no era del todo justo. Puede que fuera Gemma la que había
dirigido a Siren hacia el camino de la destrucción hacía tantos años, pero aquello no quería decir que Siren
hubiera tenido necesariamente que elegir ese camino, que seguirlo, que jugar y perder. Eran como...
estrellas de la música rock. Tenían ropa, y coches, y armigos elegantes. Un torbellino de personas, de
lugares y de placeres. Lo único que tenían que hacer era ser bonitas, ser amables y estar disponibles. Al
principio, la hipnoterapla había sido una apadera. Un medio para ponerse en contacto con los ricos y con
los famosos. Un juego interesante. Pero, al cabo de cierto tiempo, había descubierto que tenía un
verdadero don para escuchar, y le gustaba ver cómo mejoraban sus pacientes. Muchos de estos dejaban
los malos hábitos que ella, en realidad, pretendía reforzar. A Max no le había gustado aquello. Siren sintió
un estremeciniento de miedo. Qué tontería. ¿Cómo podía seguir teniendo miedo de un muerto? Ella había
pasado años enteros sin tener idea de lo que costaba una barra de pan o un litro de leche.Y ahora había
perdido su riqueza. Se acabó. No había sacado nada en limpio.
Salvo un broche con una figura de gárgola que le había regalado un desconocido.
Y aquella casa vieja.
Sonó la bocina de un coche en el camino particular de la casa, sacándola de golpe de sus
divagaciones. Separó las cortinas del cuarto de estar y vio que la furgoneta de color blanco sucio del correo
subía trabajosamente la carretera de la montaña. Entre las facturas y las cartas publicitarias había un
pequeño soree blanco sencillo. Llevó el correo a la mesa improvisada de la cocina y lo repasó. Las
compañías eléctricas, del gas y del teléfono le decían que estaban encantadas de enterarse de su
existencia y que soltara el dinero en cuanto pudiera. El sobre suelto no tenía remitente, ni tampoco iba
dirigido concretamente a Siren, solo a "Carretera de Lambs Gap, 42, Cold Springs, Filadelfia, 174329840",
escrito con una letra descuidada de mujer. Miró el matasellos: la habían echado al correo en el pueblo, el
día anterior.
Esperaba que el sobre contendría una carta, pero al abrirlo cayeron sobre la mesa varios pedazos
de papel heterogéneos. Siren vio una tarjeta anaranjada de ocho por doce centímetros, una nota escrita en
un papel adhesivo Post-lt, la esquina de una bolsa de compra de papel marrón y la etiqueta de algún
artículo navideño, en la que aparecía Santa Claus entre una ventisca, con las botas hundidas en la nieve.
Leyó en primer lugar la tarjeta anarajanda grande.

Querido señor Thorn:


Sé que hace años que no hablamos en serio. No recordaba su número de teléfono y no viene
en la guía, así que pensé enviarle una carta, pero no tenía papel suficiente. Hay unas personas que
creo que son brujas de verdad...

Siren buscó la continuación entre los diversos pedazos de papel y llegó por fin a la conclusión de
que era lo que se leía en la nota de papel Post-it:

... en el pueblo, Marlene y Randy. Marlene se ha cortado las pestañas y las ha pegado en
forma de estrella en el espejo de su dormitorio...

Venía después el pedazo de bolsa de papel:

Marlene se ha estado ganando un dinero adicional de un tipo que le ha pedido que espíe a...

Las tres palabras siguientes eran ilegibles. Siren tomó la etiqueta navideña.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Si tiene alguna idea sobre esto, llámeme.

No venía ningún nombre. Siren miró el dorso del sobre. En el matasellos decía "Todo a Cinco y
Diez Centavos de Ballentine".
Siren se quedó sentada con el sobre y los pedazos de papel alineados ante ella ordenadamente
sobre la mesa. ¿Qué era aquella tontería? Y ¿por qué le enviaban la carta a su casa, en vez de a la de
Tanner Thorn?
Siren levantó la vista y se estremeció. ¿Por qué enviaban a Tanner una nota relacionada con las
brujas? ¿Es que era una especie de cazador de brujas? Aquella sí que era una idea que le daba miedo.
¿Sería Tanner una especie de loco? La cocina se había quedado fría y a oscuras. Un rumor grave sacudió
los vidrios de las ventanas y Siren se volvió a mirar el cielo. Se amontonaban las nubes negras en el
horizonte, y soplaba un viento constante sobre la hierba alta del patio, doblándola en arcos gráciles.

RACHEL ANDERSON estaba sola en su caravana, mirando el monte de la Cabeza de la Bruja,


viendo acercarse la tormenta. En el trabajo, Angela se pasaba por allí todos los días a preguntar cómo le
iba a Siren. Nunca preguntaba cómo le iba a Rachel. Ah, no: solo por Siren, como si aquella mujer fuera
alguien increíblemente especial. Angela estaba loca. Rachel tenía que llevarle unos papeles. Se frotó
distraídamente con el pulgar la palma de la mano.
Si al menos le desaparecieran las pesadillas...
Y ahora Ethan Files andaba suelto, de caza.
Probablemente vendría a cazarla a ella.
En el pueblo, todos decíian que estaba loco. Decían que era un asesino. Hasta madame Rossia, la
que echaba las cartas, lo decía. Hasta el hermano de Rachel. Hasta su marido.
Por eso había llamado Rachel para decir que no podía ir al trabajo por enfermedad. Era más seguro
quedarse en casa; pero entonces le había llamado Angela, exigiéndole que se entregaran esos papeles.
Obligándola a ir a ver a aquella mujer que tenía un lío con su marido.
Rachel se puso despacio la gabardina, mientras recorría la cocina. Detuvo los ojos sobre el cuchillo
de mondar fruta que había usado para hacerse su emparedado. Pasó los dedos por la hoja y se guardó
despues el cuchillo en el bolsillo de la gabardina.
Nadie la apreciaba.
Nadie.

SIREN volvió a guardar en el sobre los pedazos de papel. No era cuestión de dejarlos a la vista
para que los encontrara el tío Jess. Subió el sobre a su habitación y lo metió a presión en el fondo de uno
de los barreños de plástico que estaban debajo de sus ropas. Un rayo iluminó la casa. El trueno resonante
que produjo al caer en la carretera próxima hizo temblar los cimientos. Siren, fascinada, se quedó de pie
ante la ventana del dormitorio, contemplando cómo avanzaba por el cielo aquella furia infernal. Le recordó a
las Parcas, de las que habían hablado en clase de Literatura en la universidad, aquellas diosas del destino
que tejen el tapíz del pasado, del presente y del futuro de todos los seres humanos. Tocó el broche en
forma de gárgola.
¿Qué estarían tejiendo para ella esas hermanas, en aquella tarde fría y húmeda?
¿Brujas?
¿Qué haría una bruja de verdad con una tormenta como aquella? Un rayo surcó el cielo en
horizontal; tenía dedos de luz, como si fuera una garra. Un ruido violento, desgarrado, hendió el aire,
seguido de una detonación doble. Siren se había criado en la creencia de que las brujas no existían, pero
había conocido en Nueva York a varias personas, hombres y mujeres, que practicaban la brujería, y no
parecían tan malas. De hecho, le habían caído mucho mejor que otras muchas personas que había
conocido.
¿Qué haría una bruja de verdad? Pasó una centella tan cerca que iluminó cada una de las gotas de
agua que caían ante la ventana; el agua relució como si tuviera el brillo de la plata. Extraer el poder, eso es
lo que haría una bruja. Se sumergiría en el momento, captaría fuerza de los cielos airados. Apoyó las
palmas de las manos en el vidrio fresco, deseando que entrara en su cuerpo la intensidad de la tormenta.
Le parecía natural hacer aquello. Necesitaba de la fuerza de la tormenta, de su vigor salvaje, para seguir
adelante por el camino vital que había escogido para sí misma. Era inútil volver la espalda: todo se repite.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Vio desde la falsa oscuridad de su habitación que un coche patrulla de policía, de color negro y dorado,
bajaba la carretera de la montaña y reducía la velocidad ante el camino particular de su casa. Se
encendieron las luces giratorias del techo del coche, salpicando de motas de color vivo, rojas y azules, la
fachada de la casa. A Siren le latió el corazón con ritmo irregular. "De modo que van a intentar atribuirme el
incendio de la casa de Jess", pensó histéricamente. Pero el vehículo, cuyos limpiaparabrisas se debatían
desenfrenadamente con la lluvia azotadora, no entró por el camino. En vez de ello, aceleró bruscamente y
se dirigió con rapidez hacia Cold Springs.
Otro rayho, y esta vez Siren lo intentó con más fuerza, cabalgando en la oleada de ruido y de furia,
llenándose por entero, perdiendo su mente consciente entre la energía de la tormenta. "Van dos", dijo la voz
de su interior. "Espera a la tercera." La última centella tuvo el triple de fuerza; llenó la habitación de luz
eléctrica; se dispersó en venas de fuerza cegadora. A Siren le palpitaron y le vibraron las manos, y la
ventana estalló a su contacto. Cayó de espaldas al suelo, entre un amasijo de cortinas y de vidrio. Al cabo
de unos segundos, todo el suelo estaba empapado por la fuerte lluvia y cubierto de los restos arrastrados
por la tormenta.
Se quedó sentada en el centro de todo aquello, mirándose las manos. No tenía en ellas ni un
rasguño. Volvió la cabeza y se miró en el espejo. Tenía el pelo de punta, en una masa mojada y revuelta, y
tenía la cara tan pálida como la de los muertos vivientes. Y durante un instante, durante solo un suspiro de
tiempo, le brillaron los ojos con una luz interior extraña.
"Una cosa es pasarlo bien, otra cosa es emocionarse, otra es asustarse y otra es aterrorizarse",
pensó confusamente. "Y esto último es lo que me pasa a mí." Y entonces se apagaron las luces.
"Mierda." Tardó algún tiempo, pero encontró por fin en la cocina unas bolsas de basura. Provista de
una grapadora, cubrió la ventana de la mejor manera que pudo. La tormenta no cedía. Al principio, no oyó
los golpes insistentes en la puerta principaI. Los rayos fulguraban, la lluvia azotaba el costado de la casa
como el tableteo de una ametralladora, y los truenos retumbaban por el valle. Siren inclinó la cabeza para
oír mejor, incapaz de creerse que nadie pudiera salir en una tarde como aquella. Abrió la puerta y se
encontró ante una mujer mojada, que temblaba con la cabeza gacha bajo una gabardina azul empapada.
-¡Rachel! -exclamó Siren, cuando la pequeña mujer levantó la cara Pálida-. ¡Pase a refugiarse de
este tiempo tan espantoso!
Un rayo hendió el cielo a espaldas de Rachel, iluminando por un instante la silueta diáfana de su
figura desolada.
-¿Viene sola? -le preguntó Siren, buscando con la vista tras ella.
Rachel se limitó a asentir con la cabeza y pasó al zaguán. Se extendieron rápidamente grandes
charcos de agua por las baldosas. Siren corrió al piso de arriba por una toalla.
-Lo si-siento señorita McKay -consiguió decir Rachel, a la que le castañeteaban los dientes- Angela
me dijo que le trajera estos papeles.
Le entregó el sobre empapado y tomó la toalla.
-No me gustan las tormentas –dijo, mirando a su espalda temerosamente-. Acechan a las personas.
Devolvió la toalla y se metió las manos en los bolsillos de la gabardina.
Siren enarcó una ceja pero no dijo nada. Acompaño a Rachel hasta la chimenea apagada y la
instaló en una de las mecedoras.
-Déjeme su abrigo –dijo, tendiendo una mano.
Rachel hizo un gesto visible de desconfianza.
-Me quedo con él puesto, gracias.
-Si espera unos minutos, encenderé la chimenea. Hace cosa de un cuarto de hora que se fue la luz.
En realidad no es que haya tanta oscuridad, pero buscaré una vela o un quinqué si lo desea.
Rachel miró a Siren con temor durante un instante.
-Quizá sea mejor que me marche -dijo he hizo ademán de moverse.
-No es molestia -dijo Siren, entrando en la cocina. Encontró un quinqué bajo la pila y llevó la luz al
cuarto de estar. Ajustó el tiro de la chimenea y preparó rápidamente el fuego. Mientras se iba encendiendo
poco a poco la lumbre, Siren abrió los dedos entumecidos para recibir el calor. Se oyó un “puf”, y surgió una
llamarad en la chimenea.
-¿Cómo ha hecho eso? –susurró Rachel.
Siren se miró las manos y miró después los troncos que ardían, evitando los ojos redondos de
Rachel.
-Con gasolina para encendedores… -se apresuró a decir, retirando las manos.
-Pero yo no he visto nada... -empezó a decir Rachel; pero se interrumpió-. ¿Sabe? -dijo a
continuación, con una luz extrña en los ojos-. Mil marido me prohibió que viniera a verla por esas pesadillas
de las que le hablé.
-¿Por qué hizo tal cosa?
Rachel rebuscó algo con los dedos en el bolsillo de su gabardina.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Pensé que quizá pudiera decírmelo usted.


-No tengo idea -respondió Siren-; a no ser todos los chismes que han corrido.
-En vez de ello, fui a ver a una echadora de cartas –le anunció Rachel, que recorría con la vista la
habitación vacía. El pelo castaño, que le llegaba a los hombros, revuelto por el viento y por la lluvia, le caía
desmayadamente a los lados de la cara cansada.
-No sabía que hubiera una echadora de cartas en el pueblo. Cold Springs ha avanzado mucho,
desde luego -comentó Siren. Allí había algo que no estaba bien, lo notaba. Algo malo.
Rachel asintió con la cabeza. Le rodaban gruesas lágrimas por las mejillas.
-¿Y usted pensó que se lo arreglaría todo?
Otro arrebato de lágrimas.
-Creo que mi marido tiene relaciones con otra mujer. Y esos sueños terribles. Usted no sabe lo que
es.
Rachel se metió la mano en el bolsillo de la gabardina y sacó despacio un paquetito de pañuelos de
papel.
Siren esperó a que Rachel tuviera controladas las lágrimas.
-¿Que dijo la echadora de cartas para alterarla tanto?
A Rachel le tembló el labio inferior.
-Dijo que el demonio me tiene echado el ojo encima. Que se quiere apoderar de mí. ¡Quería que le
pagara cien dólares para protegerme y expulsar al demonio!
-Ya veo. ¿Se lo dijo inmediatamente, o realizó antes algún tipo de lectura?
-Yo... yo no quise que leyera las cartas. No me gustan las cartas, de manera que me dijo que me
leería el aura.
Siren estaba familiarizada con esta técnica y la había intentado practicar ella misma en algunas
ocasiones; pero no le pareció oportuno dárselo a conocer a Rachel.
-¿Y fue entonces cuando le dijo lo del demonio?
-No.
-¿No?
Otro arrebato de lágrimas. Otro pañuelo de papel.
-Me dijo que veía a mi hija… a mi pequeña Michelle. Me dijo que estaba conmigo constantemente,
buscándome.
-¿Su niña?
-La que perdía… en el… la que se ahogó en el lago de Cold Springs.
Las líneas de dolor le marcaban cruelmente la cara, pero Siren tuvo la la sensación visceral de que
gran parte de aquella repretación era fingida. Puede que fuera por el modo en que movía las manos
Rachel, jugando constantemente con los dedos con algo que llevaba en el bolsillo de la gabardina; o puede
que fuera por su expresión.
Siren dudó de la autenticidad de la echadora de cartas, ya que esta trabajaba en el pueblo y muy
bien podía recordar la muerte de una niña de la localidad. Una tragedia como aquella no era fácil de olvidar.
Siren sintió un mordisco de rabia en el estómago. Había tenido en NuevaYork muchos amigos que
interpretaban legítimamente las cartas, pero este cuento de los cien dólares olía a engaño a una legua.
Siren reprimió su ira para no transmitírsela a Rachel en el tono de su voz.
-¿Y esa echadora de cartas opina que el demonio la persigue a usted por lo de la niña?
-¡Ah, no¡ -exclamó Rachel, echando hacia atrás la cabeza y cubriéndose rápidamente la boca con
el pañuelo de papel empapado.
-Entonces, no entiendo…
-El demonio me persigue por mis sueños.
-¿Las pesadillas?
Rachel hizo vibrar sus pestañas. Estaban salpicadas de lágrimas que titilaban como estrellitas a luz
de la lumbre.
-No sé que hacer –susurró-. Los sueños son tan confusos…
-Pero al menos supo que no debía derrotar un buen dinero con una farsante –dijo Siren sin rodeos-.
Al menos, va por el buen camino.
Rachel esbozó una sonrisa leve y forzada.
-Eso fue lo que dijo ella de usted… con esas mismas palabras.
-¿De mí? -dijo Siren, incorporándose en su mecedora-. ¿Cómo he salido yo a relucir en todo esto?
Rachel se encogió de hombros y volvió a meterse las manos en los bolsillos.
A Siren le picó un oído. Se sacudió la oreja, y, al no aliviársele el picor, se metió el dedo en el oído
para poner fin a la sensación de zumbido.
-¿Le pasa algo? -le preguntó Rachel, escrutando la cara de Siren-. ¿He dicho algo malo?
-No; creo que tengo agua en el oído. ¿Qué tiene que ver esa echadora de cartas...?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Madame Rossila -le interrumpió Rachel.


-Madame Rossia –consintió en llamarla Siren-. ¿Qué tiene que ver conmigo
-Dice que usted es una enviada del demonio y que todos debemos apartarnos de usted. ¡Dice, en
concreto, que lleva joyas de hechicera, y que no hay cosa que más le guste que acostarse con los maridos
de otras mujeres!
Siren vio que el bolsillo de la gabardina de la mujer se abultaba al empujar ella algo que llevaba
dentro.
-¿Yo?
Rachel la miró con atención. Siren se puso de pie y se apartó un poco de Rachel. Dejó de zumbarle
el oído. Rachel volvió a sacar las manos y se enrolló el pañuelo de papel al dedo con más fuerza.
-¿Se lo dice a todos, o solo a usted?
-Supongo que a todos. Una amiga mía del trabajo ha ido a verla varias veces, y el otro día me contó
lo que decía de usted madame Rossia. Mi compañera, Heather, cree que madame Rossia tiene miedo de
que usted le quite los clientes. Heather cree que ella es una farsante. Madame Rossia también está dando
a entender que usted es la causa de que vinieran los incendios a Cold Springs. Dice que los trajo usted.
Que los incendios misteriosos empezaron cuando usted tomó la decisión de venir aquí.
-Pero los incendios empezaron antes de que yo llegara a CoId Springs.
-Dice que los dos primeros eran heraldos.Ya sabe, como los demonios que anuncian la llegada de
Satanás.
-Ay, por favor...
-Es verdad. ¡Eso es lo que dice a todo el mundo! Tiene mucha clientela -siguió diciendo Kachel,
recostándose en la mecedora-. Mucha gente le hace caso.
-¿Por eso me llamó usted para cancelar la cita, la otra noche?
-No... Chuck me prohibió que viniera.
El pañuelo de papel se rompió bajo la tensión, y sus manos, como ratones blancos, corrieron a
refugiarse de nuevo en los bolsillos de la gabardina azul.
Siren guardó silencio, mirando fijamente el fuego.
-¿Tiene usted novio? -le preguntó Rachel, interrumpiendo sus pensamientos.
. -Vaya, pues no... de momento no estoy preparada para mantener relaciones de ningún tipo. ¿Por
qué lo pregunta?
-Debería salir con Billy, ¿sabe? Así no sospecharía tanto.
-Que no sospecharía tanto... ¿de qué? -respondió Siren, mirándola con incredulidad.
-Cree que fue usted quien quemó la casa de su tío.
-¡Eso es absurdo!
-Si saliera con Billy, entonces yo no tendría que preocuparme.
-¿De qué?
Rachel titubeó y se frotó la nuca.
-De que él la acusara de provocar los incendios -dijo, y se llevó las manos a las sienes.
-¿Le duele la cabeza?
-¿Por qué cree usted tal cosa? -le preguntó a su vez Rachel, molesta.
Siren dejó el tema. Estaba segura de que Rachel no estaba siendo sincera en varios sentidos. Se le
ocurrió una idea.
-Si yo saliera con Billy, entonces su marido no le prohibiría a usted venir aquí, y podríamos intentar
quitarle las pesadillas. ¿Es eso?
Una mirada salvaje de satisfacción le asomó a las pupilas.
Siren contempló a Rachel con paciencia y se preguntó si la joven estaría intentando manipularla. La
vida en Cold Springs podía ser aburrida, y no sería la primera vez que una mujer insatisfecha en su
matrimonio manipulaba a sus amigos o a sus conocidos para que estos representaran un drama que le
sirviera ella para recibir la atención que anhelaba.
Rachel volvió a meterse las manos en los bolsillos.
-Le vendría bien salir con Billy, ¿sabe?
A Siren volvió a zumbarle el oído, y se agitó furiosamente lóbulo de la oreja. Bajó la vista al suelo y
vio que a sus pies se extendía la luz del sol acuosa. La tormenta exterior había terminado, pero ella sentía
en su interior que se acumulaba una tempestad. Le sonaron en la cabeza las palabras de Nana Loretta. A
algunas personas les gusta su dolor. Lo abrazan como a un ser querido. Siren se preguntó si Rachel
disfrutaba demasiado de su dolor como para estar dispuesta a dejarlo.
-Por cierto -dijo Siren-. La colcha que hizo usted es absolutamente encantadora. ¿Está segura de
que quiere regalarla?
Rachel pareció confundida durante un instante, pero después se le iluminó de orgullo el rostro.
-¡Ah, sí! ¡La colcha! Entonces, ¿es verdad que le ha gustadol

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Ya lo creo -dijo Siren con sinceridad-. Es tan bonita que pienso comprar un bastidor y colgarla en
esa pared de allí -añadió, señalando la pared opuesta al ventanal-. Creo que quedará preciosa, ¿no le
parece?
Rachel sonrió con satisfacción. Se puso en pie repentinamente.
-Tengo que marcharme -dijo-. Ha habido otro incendio, ¿sabe? Lo oí por la radio antes de salir de
mi caravana. Menos mal que he estado con usted, ¿eh? A lo mejor vengo a tener esa sesión de
hipnoterapía, después de todo, ¿sabe?

Siren inclinó levemente la cabeza. ¿Era una amenaza? Vio a Rachel subirse a un viejo Toyota.
Siren era plenamente consciente del proceso del dolor humano tras la pérdida de un ser querido: la
negación, la ira, las negociaciones, la depresión, y, por fin, la aceptación. Se preguntó en cuál de las cuatro
primeras etapas se encontraba Rachel, tras la muerte inesperada de su hija. Ninguna de las cuatro tenía
una duración determinada. La realidad de Rachel se podía encontrar en cualquiera. Siren sabía también
que podía hacer más daño psicológico que beneficio el acelerar cualquiera de las etapas antes de que
Rachel estuviera preparada para ello. Era muy posible que Rachel estuviera sufriendo el síndrome del
estrés postraumático, en cuyo caso debía ponerse en manos de un psicoterapeuta cualificado. Siren
comprendía plenamente lo abrumador que podía ser el peso de un dolor emocional grave. ¿No había
percibido también algo de paranoia?
El aire tenía el olor dulzón de la lluvia y de la vegetación podrida del otono. Siren tembló y volvió a
entrar en la casa, flexionando los dedos. Qué raro: todavía los tenía rígidos. Rachel tenía algo que la
inquietaba de verdad. No le hbía contado toda la verdad, solo fragmentos, y Siren no estaba segura de si le
interesaba verdaderamente entrar en aquello. ¿Era Rachel una víctima depredadora? Siren se podía negar
a ayudarle; pero, por otra parte, aquella mujer era la secretaria de Angela. ¿Qué pasaría si no accedía a
brindarle ayuda? Tenía la sensación de que Rachel era muy capaz de sabotearle el negocio antes de que
se pusiera en marcha siquiera.

RACHEL ANDERSON volvió en su coche a su caravana, riéndose para sus adentros. Aquella perra
estúpida se había tragado todo el cuento lacrimoso. Consideró que los datos que había inventado de la
echadora de cartas del pueblo habían sido un toque teatral. Era verdad que había una echadora de cartas
llamada madame Rossia, pero esta no le había pedido más dinero ni le había dicho una palabra de Siren
McKay. Rachel podía haber degollado a Siren en cualquier momento. Se serenó durante un instante. Era
curioso: Siren no se había comportado como si tuviera una aventura con Chuck. En realidad parecí como si
estuviera de parte de Rachel.Y le había dicho que quería ayudarle con lo de las pesadillas; pero podía ser
que aquello no fuera más que una trampa. Pensó que la idea de emparejar a Billy con Siren había sido
genial. Aunque a Siren le interesa Chuck, Rachel estaba segura de que se quedaría prendada de Billy al
momento. A todas las mujeres les pasaba
Se puso a tararear, llevando el ritmo con el cuerpo mientras conducía.
Pasó por delante de un cementerio y se estremeció. ¿Era posible que Siren pudiera aliviarle sus
dolores de cabeza? Pero, no no quería volver a entrar jamás en casa de Siren. Allí había ojos. Ojos por
todas partes.
Ella los sentía.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿QUÉ HAS ESTADO HACIENDO toda la tarde, nena? -le preguntó el tío Jess cuando entró en la
cocina dando pisotones y mirando por encima de las bolsas de provisiones que llevaba en los brazos.
-Esto y aquello -respondió Siren de manera imprecisa, tomando una de las bolsas y dejándola en la
encimera de la cocina.
-Hay más en el coche -dijo, saliendo por la puerta trasera-. He ido a la tienda de los Amish, más allá
de Carlisle.
-¿Has ido hasta allí? -dijo Siren, pensando con consterna6ón en lo que habría sufrido su coche.
Seguramente estaría echando humo en más de un sentido.
-Ya lo creo. Solo me he gastado ochenta pavos, nena -dijo Jess con orgullo, devolviéndole la tarjeta
de crédito-. Allí no usan tarjetas, de modo que lo puso en mi cuenta.
Si Siren no supiera que era imposible, habría apostado que Jess había hecho el viaje hasta aquella
tienda para no tener que usar lo que él llamaba "esas tarjetas que han inventado".
-¿Qué es esto? -preguntó Siren, tomando de la mesa un paquete plano y circular. Tenía al menos
sesenta centímetros de diámetro y dos de grueso, y estaba envuelto en papel marrón.
-Ah... ¿eso? Es un adorno.
-¿Un adorno? ¿Qué es?
-Ábrelo y lo verás.
Siren arrancó una tira grande de papel de la parte frontal y dejó al descubierto unos colores
brillantes y simétricos.
-¡Un signo hexagonal! ¿De dónde lo has sacado? ¡Los Amis no creen en los signos hexagonales!
-No se lo he comprado a ellos. Hay una señora que vive unas cuantas millas por el camino de
Whiskey Springs que los hace. Tiene buenas ventas en verano. Yo me lo llevé a mitad de precio; como
estamos en otoño y tal...
-No: le hablaste del incendio, ¿verdad que sí?
El tío Jess bajó la vista al suelo y empujó con la punta del pie un poco de hierba y un fragmento de
tierra.
-Yo creía que no llevabas nada de dinero encima.
-Y no lo llevaba -dijo él, levantando los ojos al cielo-. Usé esa tarjeta rara tuya.
-No tuviste más remedio, ¿eh?
-Así es, lo compré después de la comida.
-Ajá. ¿Y cuánto me ha costado eso?
-Veinte pavos.
-¿Qué significa? Lo que quiero decir es que creo que no había visto este diseño hasta ahora.
-"Casa segura" -dijo él en voz baja.
Siren contuvo su reacción.
-¿Dónde piensas colgarlo?
-En la fachada delantera -dijo éI con firmeza.
-¿En la fachada delantera de mi casa? -dijo Siren, haciendo un gesto de disgusto-. ¿Por qué no en
un lado?
-Quia.
-¿Por qué no?
-Porque ella dijo que había que colgarlo en la parte delantera.
-¿Te dio algún motivo?
-Quia. Solo me dijo que debía rezarle antes de colgarlo.
-¿Así, quieres decir?
Siren cerró los ojos y extendió las manos sobre el signo. Pensó en las Parcas y sintió una agitación
extraña en el estómago, una sensación agradable que surgía del centro de su ser y le bajaba por los
brazos, temblando.
-¡Mierda! -exclamó el tío Jess.
-¿Qué? -dijo ella, abriendo los ojos inmediatamente.
-Si no lo sabes no te lo pienso decir yo. ¿Qué has hecho, nena?
-Vaya, pues nada. Solo he hecho lo que habías dicho tú. Cerrar los ojos y rezar.
El tío Jess la miró fijamente, con los ojos muy abiertos.
-Hazlo otra vez.
-No veo por qué…
-¡Tú hazlo otra vez!
-Bueno. Bueno –dijo ella. Cerró los ojos y repitió el proceso.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Que me aspen si ese signo no está brillando.


-¿Dónde? –preguntó ella, abriendo los ojos.
-¡Has picado!
-Qué gracioso.
- Y por cierto -dijo, extrayendo una cajita de sus vaqueros con peto.Aquí tienes ese aparatito raro
que querías. Creo que lo llaman "identificador de llamadas" La gente no te podrá ver a través de esa cosa,
¿verdad?

NANA LORETTA consultó las tablas del almanaque. La luna estaba creciente y estaba en el signo
de Leo: aquello era bueno y era malo. Ella habría preferido que la luna estuviera llena o menguante, pero
mo no podemos meter prisa a la luna para nuestra conveniencia. Estaba donde estaba. En Leo, la magia
más beneficiosa sería la del fuego pues Leo era signo de fuego; aunque con todos los incendios que había
habido por allí últimamento, no sabía si sería bueno idea. Bueno, para algo era ella bruja, ¿no? El sol
estaba en Escorpio: eso era excelente. Así se llegaría al fondo de las cosas.
Abrió el viejo arcón del cuarto de estar, lleno a rebosar de artículos mágicos. Tocó varias velas con
sus viejos dedos y eligió por fin una azul, para Júpiter, y una roja, para Marte. Ahora, los aceites. Hummm.
No, ese no. ¿Este, quizá? Sacudió la cabeza. Aceite Apremiante: ¡este sí que dará buen resultado! Hierbas.
Buscó en varias bolsas hasta que encontró la hierba de los cinco dedos; un poco de verbena quizá, para
acelerar el resultado, y un poco de equinácea (no demasiada) para triplicar la potencia.
Veamos. Júpiter estaba en Géminis: un aire comunicativo que llevaría el hechizo. Marte... ¿dónde
estaba Marte? Volvió a consultar el almanaque. Hubo una época en que era capaz de recordarlo todo con
solo leerse el libro una vez. Suspiró. Aquello se acabó. Marte estaba en Piscis. Ag. No es que fuera mal
lugar para otras cosas, pero Piscis era de agua, y Marte no estaba muy fuerte en Piscis. ¿Qué tenía
entonces? Fuego, aire y agua. Tierra, en las hierbas. Los cuatro elementos: puede que aquello funcionara
mejor de lo que había esperado.
Canturreando, mezcló las hierbas en un cuenco de madera y añadió unas gotas del aceite, después
grabó en las dos velas los símbolos astrológicos de Escorpio, de Leo y de Gémimis con un cuchillo de hoja
fina. Por fin, untó ligeramente de aceite las velas.
-Escorpio para descubrir -susurró-. Leo para el poder. Géminis para disipar la maledicencia.
Puso sobre una losa plana de piedra un recorte de periódico reciente en el que aparecía la foto de
Tanner; después, puso las palmatorias con las velas sobre la foto. Fue esparciendo despacio la mezcla de
hierbas alrededor de la base de las velas.Ya está. Preparado.
Nana cerró los ojos y respiró hondo varias veces, sintiendo la tierra bajo sus pies y tocando el
universo con su mente. En calma. En paz. Centrada. Se vio a sí misma de pie en el centro de un cilindro de
luz blanca. Sabía que aquella fórmula no era la habitual, pero necesitaba de la ayuda de los poderes
astrológicos, y, para conseguirla, debía visualizar un tubo, más que un círculo. Esperó a que cobrara fuerza
la visualización.
Levantó despacio los brazos y solicitó la asistencia del Espíritu en lo que iba a hacer. Cuando le
pareció que era el momento, bajó las manos hasta que estuvieron a unos centímetros de las velas. Empezó
a evocar el poder, sintiendo que le recorría el cuerpo esa antigua emoción. Cuando empezó a sentir un
hormigueo en las manos, comenzó a pronunciar la fórmula.
-Las palabras polémicas sobre sus obras se torcerán y se doblarán hasta quedar reducidas a
caprichos impotentes. Todo intento o todo deseo de difamar solo sirve para acarrearle fama y gloria. El
éxito y la prosperidad fluyen ahora hacia ti en mayor abundancia: ¡Así conviene que sea!
Se le calentaron las manos y repitió las palabras. Más caliente, las dijo una vez más; le salían
llamas azules de la punta de los dedos. Con un movimiento rápido encendió las dos velas con un
encendedor, diciendo:
-Que este hechizo no se invierta ni me lance a mi ninguna maldición. Que sean correctas todas las
correspondencias astrológicas para este trabajo. ¡Así sea!
Respiró hondo. El pecho delgado le temblaba por el esfuerzo.
-Ya está -dijo, frotándose las palmas de las manos-. ¡Eso servirá! ¡Que intenten ahora chismorrear
acerca de él!

-HE OíDO DECIR, que tienes algunos clientes.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren se volvió y vio con sorpresa que Billy estaba de pie a su espalda, a pocos pasos.
-¿Cuánto tiempo llevas ahí?
-El suficiente para ver que eres capaz de trabajar hasta sudar -dijo él con una sonrisa-. Las
camareras del Maybell hablan muy bien de ti. Nunca se sabe: a lo mejor convencen al alcalde para que te
pida hora. Naturalmente, ya estarás acostumbrada a trabajar con gente rica y famosa.
-Estás soñando -dijo ella. Bill debía de estarla sondeando a ciegas. No podía ser de otra manera.
Nadie, ni siquiera el abogado de Siren, había sabido hasta dónde había llegado la participación de Siren en
el negocio de Max.
Billy observó la labor de Siren.
-Parece que tienes mucho trabajo.
Ella se secó el sudor de la frente con un pañuelo rojo y se apoyó en la pala, guardándose el
pañuelo en el bolsillo trasero de los vaqueros.
-Estoy rellenando algunos hoyos de los que hay cerca del porche trasero para no partirme la
cabeza cuando pase a oscuras. Veo que hoy no vas de uniforme. ¿Quiere eso decir que no tengo que
preocuparme de que me lleven a la cárcel?
-Eso es un golpe bajo. La verdad es que hoy es mi día libre. Había pensado que te podía apetecer
tener algo de compañía. He venido a invitarte a cenar, y quizá a hacer alguna otra cosa, lo que prefieras:
jugar a los bolos, al billar, al minigolf, ir al cine, lo que quieras.
Siren levantó las asas de la carretilla y empezó a empujarla hacia los escalones del porche trasero.
-Déjame que te ayude con eso -dijo él, metiendo la mano bajo el brazo de Siren y tocándole
suavemente el costado.
Siren dejó caer las asas y retrocedió.
-Te invito -dijo, y vio cómo se le tensaban los músculos bajo la carmisa beis de terciopelo. La
camisa parecía nueva. También parecían nuevos sus vaqueros marrones, ceñidos. Siren captó un aroma
apagado de loción para después del afeitado. Hummm. Desde luego que iba vestido para salir con una
chica, pero no estaba tan claro que su plan fuera ir a jugar a los bolos. Caminó junto a él disimulando una
sonrisa y dejando bastante espacio entre los dos.
-Supongo que uno de los motivos por los que has venido es para preguntarme dónde estaba ayer,
cuando se declaró el incendio -dijo Siren sin demasiada amabilidad-. ¿Dónde ha sido este?
-Cerca de la estación de ferrocarril -dijo él. Soltó un gruñido cuando la carretilla se metió en un
bache y estuvo a punto de volcarse . Pero parece que este incendio se debió a un cortocircuito.Ya tienen
explicación dos de los últimos cinco.
-¿Explicación? Qué mala pata -dijo ella-, porque te vi reducir la velocidad en la entrada del camino
de rni casa y marcharte después. Podías haberme servido de coartada.
Pasó una sonrisa sardónica por sus labios de Cupido.
-No me lo digas. Rachel te llamó.
-Algo así. ¿Dónde quieres que deje esto?
-Ah. Tira la carga allí, junto al escalón del porche trasero. Ayer había allí tanto barro que se podía
hundir uno hasta aparecer en la China.
-¿Qué significa ese símbolo que hay en la fachada delantera de la casa? -le preguntó él, mientras
caían ruidosamente de la carretilla las piedras en montón junto a los escalones. El viento levantó el pelo
oscuro de Billy. Siren observó cuánto se parecía a su hermana, aunque las líneas de él eran marcadas y
atractivas, mientras que las de ella recordaban a Siren más bien las de una foto en sepia, doblada y
arrugada.
-El símbolo... -dijo Siren, reflexionando, intentando recordar a qué se referiría. Tomó la pala y se
puso a colocar las piedras- Ah, el signo hexagonal del tío Jess. Lo compró este fin de semana. Dice que
significa "casa segura". ¿De modo que los dos últimos incendios no tenían nada de raro, después de todo?
Se secó la frente con la manga de la vieja camisa. Él empezó a mirarla con ojos de policía. Puede
que su visita no fuera tan extraoficial como parecía. Siren retrocedió, tropezando con el tacón en los
escalones del porche trasero. El extendió el brazo para sostenerla.
-Algo así -dijo Billy. Le quitó la mano del codo y la tensión se alivió.
-Lo que dices no tiene sentido.
-El incendio de ayer, provocado por un cortocircuito, fue bastante normal, pero todavía estamos
investigando el del garaje de Ethan y, naturalmente, el incendio del contenedor de basura; pero este último
fue provocado indudablemente con gasolina.
-¿Alguien que quería quemar la basura?
-¿Quieres cenar conmigo esta noche?
-No lo sé -dijo ella, titubeando, intentando dominar emociones enfrentadas. Los ojos oscuros de él
contenían una promesa seductora, y ella no estaba segura de querer seguirla de verdad.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Sin más compromiso; o podemos ir a la Feria de la Cosecha, en el pueblo. Dura toda la semana.
Decídelo tú. ¿Qué dices?
Siren titubeó, recordando los ojos inquietantes de la hermana de Billy y el trato que esta había
intentado arreglar.
-¿Qué hay de ese incendio del contenedor, entonces? -preguntó, para ganar tiempo.
-Creemos que fue provocado. Con gasolina, ya te lo he dicho. ¿No lo has oído en las noticias?
Ella negó con la cabeza.
-Encontramos los restos de un cuerpo humano. De una mujer. Pensé que te lo habría contado
alguno de tus clientes.
Siren intentó no quedarse boquiabierta.
-¿Una mujer muerta? -susurró-. No, no han dicho nada.
-Así es. Alguien la oyo gritar. Por eso pudimos llegar enseguida -dijo él, y volvió la mirada hacia la
cumbre de la Cabeza de la Vieja.
Siren se mordió el labio.
¿Sabéis quién era la mujer?
-No. Estamos realizando una investigación completa, pero esperamos los resultados de la autopsia.
De momento, hacen todo lo que pueden. Hasta ahora, nadie ha denunciado ninguna desaparición.
Naturalmente, si un tipo ha acabado con su novia a propósito, es poco probable que se presente ante la
Policía gritando que ha desaparecido. Por otra parte, he visto casos en que… ¿estás bien? -dijo,
interrumpiéndose-. Parece que estás pálida.
-La verdad es que siempre he pensado que quemarse vivo es la peor manera de morir.
Se rio nerviosamente, apretando el mango de la pala con tal fuerza que se le pusieron blancos los
nudillos.
-No es la reacción que esperabas de una sospechosa de incendiaria, ¿verdad?
A Billy se le aplastó la nariz al hacer una inspiración brusca.
-Lamento aquello, Siren. Pero tú eres diferente. Supongo que no puedes evitarlo. Es que llamas la
atención porque no perteneces al rebaño, eso es todo.
Ni voz ni su postura convencieron a Siren de que hablaba con sinceridad.
-¿Y basta con eso para que me acusen de destrozar la vida de las personas, de causar daños en
sus bienes? -dijo, con las palabras cubiertas por una capa quebradiza de hielo-. Está oscureciendo. Creo
que lo dejaré por hoy.
El sueño. Igual que en el sueño.Y ella sabía quién era el asesino. Al menos, sabía qué aspecto
tenía. Siren se estremeció mientras entregaba la pala a Billy. Tomó las asas de la carretilla y la empujó
rápidamente sobre el terreno irregular.
Billy abrió la puerta del cobertizo. Sus paredes de chapa ondulada oscilaron cuando ella entró y tiró
la carretilla con demasiada fuerza sobre el suelo de cemento. Dio un golpe en la pared del fondo. A ella no
le gustaba estar allí dentro. Le recordaba demasiado a su sueño. El asesino... "mi asesino", pensó. Las
llamadas telefónicas. “Sabía dónde encontrarla. Cómo era posible…” no, eran tonterías suyas. Había sido
un sueño. ¡Un sueño maldito! Tragó saliva y salió a la luz del sol. Saboreando el viento cortante que barría
los árboles pelados de la Cabeza de la Vieja y corría alrededor de sus pies, se volvió sin pensárselo y dijo:
-¿A qué hora me recoges para ir a cenar?
Billy sonrió ampliamente, entregándole la pala.
-¿Sería demasiado tarde a las ocho? Estoy acostumbrado a cenar tarde –dijo, frotándose el vientre
plano.
-Ningún problema –respondió Siren, arrepintiéndose al instante de su decisión.

-ESTA NOCHE no cenaré en casa, tío Jess –dijo Siren-. ¿Te parece que te las podrás arreglar
solo?
Jess levantó la vista. Tenía la manaza hundida en un gran cuenco de madera, lleno a rebosar de
palomitas de maíz con mantequilla.
-¿Dónde vas? -preguntó esparciendo al aire fragmentos de palomitas.
-Voy a salir con Billy Stouffer.
-¿Con Billy el poli? No me parece que sea buena idea.
Volvió a meter la mano en el cuenco y sacó una nueva carga de palomitas.
-¿Por qué? ¿Porque no estaré para hacerte la cena?
-Será mejor que te lleves rmi horca -dijo él, hundiendo todavía más la mano en el cuenco y
extrayendo un volcán de palomitas con mantequilla que se metió en la boca acto seguido. Le cayeron
trozos livianos de palomitas por la camisa. Volvió a centrar su atención en el programa de televisión.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Qué quieres decir con eso?


Él siguió con la vista clavada en la pantalla del televisor.

EN UN MOMENTO dado estaba de pie junto a la puerta del armario de su dormitorio, intentando
decidir qué vestido ponerse, y en el instante siguiente su conciencia volaba por el espacio mientras flotaba
a su alrededor la mujer de fuego, que la arrstrba por un calidoscopio de luz y de color. Siren miró sin
comprender nada los urinarios, el olor acre que le revolvía el estómago. ¿Dónde estaba? Apoyándose en
los azulejos frescos, azules, de la pared, dilató la nariz para absorber más aire.Volvió a sentir náuseas.
Sintió a través de la pared las vibraciones regulares de la música a todo volumen. La mujer de fuego se
cernió sobre su cabeza y después se condensó, trazando círculos, y se perdió por fin en la llama desnuda
de una vela que oscilaba débilmente sobre una mesa destartalada. La llama chisporroteó y creció
ligeramente. La puerta que estaba junto a Siren se abrió de golpe, y los servicios mal iluminados se llenaron
del humo y de la charla de lo que podía ser un local de billar. Siren, helada de miedo, no se movió.
El asesino, su asesino, entró tranquilamente en los servicios, seguido de un tipo borracho, de pelo
negro como el cuervo, que tenía el aspecto de acabar de cumplir los veintiuno. Llevaba en la ceja derecha
un pendiente de diamantes que relucía a la luz tenue. Un chapero: tenía que serlo. Ninguno de los dos
hombres dio muestras de advertir la presencia de Siren. Esta se refugió en un rincón maloliente.
-¿Cuánto? -Preguntó el asesino. Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros negros,
tensándoselos con fuerza sobre la entrepierna-. ¿Cuánto? -repitió, un poco más fuerte.
El hombre más joven titubeó, con los ojos oscuros húmedos y luminosos en su cara grande y
pálida.
-Cincuenta pavos el especial. Cien si quieres algo más.
-Es carísimo, maldita sea. Las cosas están más baratas en Nueva York y en Boston -dijo el asesino,
apoyado sobre la única cabina y adelantando perezosamente el pie derecho mientras se acariciaba el
bigote.
-¡Lo vale! -dijo el otro con una sonrisa que a Siren le pareció que pretendía ser seductora pero que
resultaba extrañaniente cómica. Observó que los dientes del hombre daban muestras de empezar a
pudrirse.
A Siren se le revolvió el estómago una vez más. Se llevó la mano a la boca. La llama de la vela
creció y volvió a reducirse, pero no se extinguió.
El prostituto se encogió de hombros con un gesto exagerado.
-Como quieras. Si a ti no te interesa, hay otros.
El asesino lo sujetó con fuerza del hombro y lo soltó después.
-Espera un momento. No he dicho que no. Solo he dicho que era un poco caro. En la calle Tercera
me lo puede hacer una mujer más barato. ¿Por qué eres tú tan especial?
El hombre más joven aparentó estar mortalmente ofendido y sacudió la cabeza. Su largo flequillo
reluciente tembló en el aire rancio.
-Porque yo soy especial -murmuró, haciendo un mohín con la boca.
Siren apoyó las manos en la pared pegajosa, como para fundirse con ella; pero las apartó tan
deprisa como las había acercado.
-¿Cómo es de largo? -preguntó el asesino.
El joven se sonrojó y agitó las pestañas sobre unas mejillas que no habían perdido del todo su
gordura infantil.
-Dicen que parezco un burro.
-¡No, imbécil! ¿Cómo es de largo el servicio?
-Ah. Bueno, cielo, eso depende de ti -dijo, agitando la cadera y bajando la vista para mirarse los
zapatos.
Siren hizo otro tanto. Eran zapatos al estilo de los colonos del Siglo XVII, con grandes hebillas de
plata que relucían bajo la luz sucia de los servicios.
-¿Te interesa, o no? -preguntó el chapero con cierto tonillo de impaciencia. Acarició el pecho del
asesino, que llevaba una camisa de seda negra- VAmos a la cabina.
-No. Aquí mismo.
-Vaya, eres todo un demonio, ¿eh? -dijo el joven, pasándose la lengua por los labios.
-Podría decirse que sí -dijo el asesino, entrecerrando los ojos.
Un golpe fuerte en la puerta hizo que el chapero y Siren dieran un respingo, pero el asesino se
quedó tan tranquilo.
-No va a entrar nadie -aseguró al otro, y le dio unas palmaditas en la cara-.Tengo prisa.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

El niño-hombre soltó una risita nerviosa y se agachó.


El asesino retrocedió, quitándose de encima la maniobra seductora del otro.
-¡No! Allí, junto a los urinarios.
Siren vio con ojos desorbitados que se dirigían hacia donde estaba ella, junto a la fila de urinarios.
Había tres urinarios. En el último instante, se desviaron a la derecha de Siren y Se situaron junto al tercer
urinario de la fila. Una bombilla del techo vaciló, se apagó, volvió a encenderse a plena luz durante un
instante y se apagó de nuevo. Siren tragaba saliva con ruidos que a ella le sonaban como disparos. El
diamante que llevaba el joven en la ceja tenía un brillo apagado.
-Agáchate -le ordenó el asesino.
Los zapatos del joven resbalaron un poco en el suelo de baldosas grasientas al inclinarse este; las
hebillas rascaron la suciedad. Sus dedos largos y afeminados acariciaban la entrepierna negra de los
pantalones vaqueros del asesino.
Y fue entonces cuando el asesino, su asesino, miró a Siren como la había mirado en otra ocasión.
Sonrió.
-La señora de mis sueños -dijo.
La miró y se río.
Aquellos ojos azules se enturbiaron de negro mientras le recorrían el rostro. Sus ojos eran como
carbones ardientes engarzados en la cara.
-El día deljuicio -susurró.
Con un movimiento rápido e impetuoso, aplastó la cabeza del joven contra el urinario. Saltó un arco
terrible de hueso y de sesos.
Siren gritó; su voz se reflejó en las paredes inmundas de los servicios. Se llevó las dos manos a su
broche en figura de gárgola, como si este pudiera cobrar vida y liberarla de aquella visión infernal.
-Una por la pasta -dijo con voz risueña el asesino, agitando la mano hacia ella para salpicarla de
restos-, esa fue la chica entrometida.
Siren hizo un gesto de asco al caerle trozos minúsculos de cerebro en la mejilla y en los labios. Se
los limpió frenéticamente con la mano, pero cuando la retiró la tenía limpia.
-Y dos por si hace falta... -siguió diciendo el asesino, mirando amorosamente el cuerpo que yacía
desplomado a sus pies. Después, avanzó hacia Siren-. Para demostrarte mi poder.
Tocó con la punta de su bota negra la mesa inestable e hizo caer la vela al suelo. La llama vaciló y
se apagó. El asesino, que reía, se disipó ante sus ojos y el mundo del sueño se difuminó hasta convertirse
en una sopa de colores que caía por el desagüe del lavabo.
Síren parpadeó.
Su lavabo. En su propio cuarto de baño.
Apoyada en el lavabo, con la cabeza baja, respiró hondo, intentando tranquilizar su corazón
desbocado.
-¿Por qué me pasa esto? -susurró desesperadamente en el silencio seguro y acogedor de su propia
casa.
"¿Como he llegado hasta el cuarto?" Había una vela de aromaterapia encendida con una llama
lurminosa sobre el lavabo. No recordaba haberla puesto allí, ni siquiera recordaba haber encendido ese
condenado chisme. La llama ardía con energía, sin vacilar.
Tenía dispersa a sus pies la ropa que pensaba ponerse aquella noche. Se agachó despacio y fue
recogiendo las prendas (vestido, bragas, medias) intentando quitarles las arrugas. Su mirada se detuvo en
los zapatos de tacón negros, a juego con la ropa, que colgaban, torcidos, de la barra de la ducha. Los miró
con curiosidad. Colgó la ropa de la puerta del baño, abrió la ducha y volvió al lavabo para mirarse al espejo.
Levantó la cabeza, pasándose las manos por el pelo sudado y revuelto, y se tambaleó, horrorizada, al ver la
cara que la miraba desde el espejo. Tenía manchas de sangre coagulada y fragmentos de cerebro pegados
a las mejillas.
Sonó el teléfono. Dejó de sonar.Volvió a sonar. Ella corrió a cogerlo, temiendo que se le adelantara
Jess en el teléfono del piso bajo.
-¿Diga? -susurró con voz temblorosa.
-Me viste. Sé que me viste. Habrá más. Mucho, mucho más... señora de mis sueños.
Siren dijo una palabrota y colgó bruscamente. El identificador de llamadas estaba abajo. Se puso
encima una bata, bajó corriendo las escaleras y llegó al salón. El aparato decía: "No disponíble".

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-¡ESTÁS ENCANTADORA! -exclamó Billy, mientras cruzaban el puente cubierto de Cold Springs.
Los faros del coche abrían grandes surcos en el atardecer de octubre-. Aunque no estoy seguro de que
vayas a estar muy cómoda.
-¿Por qué? -Preguntó ella, ajustándose el borde de la falda.
-Había pensado que tal vez te gustase la feria.
-¿Con estos tacones? Quizá debiéramos volver a mi casa para que me cambiara.
"Quizá debiera volver a mi casa, y punto", pensó Siren. Aunque aparentaba aplomo, por dentro
estaba hecha puré de miedo. Estaba perdiendo el juicio: no había otra explicación lógica.
-Estarás bien. Nos daremos una vuelta, veremos lo que hay que ver y después buscaremos un
buen sitio para cenar.
Siren se pasó los dedos por las mejillas, pensando en la alucinación que había sufrido. En las
llamadas telefónicas. En el curioso de la noche anterior. Quizá debiera decírselo a Billy. Quizá debiera
consultar a un médico.
-¿Estás bien? -le preguntó Billy, echándole una rápida mirada.
Ella miró por la ventanilla, apartando marcadamente la vista de él.
-Estoy recibiendo unas llamadas telefónicas extrañas -murmuró.
-¿Quieres que lo investigue?
Siren titubeó. No confiaba en Billy.
-Probablemente no será nada.

Sonó tras ellos una bocina, seguida del ruido del motor de una moto de todo terreno que se puso a
la altura del Explorer de Billy. El motorista hizo un saludo levantándose el sombrero de cazador y después
los adelantó a toda velocidad. Billy dio un golpe en el volante y dijo una palabrota.
-¿Algún problema? -le preguntó Siren.
-TannerThorn. Vaya gilipollas.
-¿Le has hablado ya de mi accidente?
-Parece que no lo encuentro en ninguna parte –murmuró Billy.
-Supongo que no debería circular por carretera con esa moto todo terreno.
-No.
-¿Está huyendo de ti por algún motivo?
Billy no hizo ningún comentario. Entraron en el pueblo propiamente dicho, un laberinto de calles en
forma de herradura y de callejas estrechas, muchas de ellas cortadas al tráfico por la feria.
-No son precisamente las luces de la gran ciudad, pero tienen su encanto -dijo Billy, aparcando en
un lugar reservado detrás del parque de bomberos.
-¿Sigue desaparecido Ethan Files? -preguntó Siren. No sabía por qué le había venido a la cabeza
aquel hombre. Por haber hablado de su accidente, acaso.
Él la miró con expresión extraña.
-Creo que sigue por ahí -dijo.
Las calles estaban abarrotadas de personajes de todos los tipos imaginables. Pasaron ante un
grupo de adolescentes que llevaban collares de perro con clavos y el pelo multicolor y estuvieron a punto
de chocar con los patinadores preadolescentes que bajaban velozmente por la fuerte pendiente de la calle
principal. Habla varios granjeros alrededor de una exposición de tractores, y una multitud de familias
típicamente norteamericanas subía y bajaba por las aceras con cochecitos de niño, globos, algodón dulce y
patatas fritas. Los malabaristas y los músicos callejeros se disputaban la atención del público. Una banda
escolar tocaba sambas estruendosamente. El garaje principal del parque de bomberos estaba lleno a
rebosar de gente que tomaba sopa de pollo casera con maiz, emparedado de carne con queso y diversas
tartas recién hechas; los garajes de la parte trasera albergaban artesanías locales, la exposición de flores,
productos del campo de todo tipo imaginable y una minigalería de arte.
-No ha cambiado gran cosa -dijo Siren, esquivando a una ninña pequena que llevaba en una mano
una manzana cubierta de caramelo a medio comer y en la otra un gran globo rojo. Alguien, entre la multitud,
llamó a Siren por su nombre. Siren se volvió y vio a Nana Loretta, que llevaba su rebeca verde, abotonada
de arriba abajo.
-¡Eh, Siren! Me alegro de verte. ¿Te encuentras mejor? -dijo Nana. Frunció el ceño al ver a Billy. Le
saludó con un simple gesto de la cabeza y volvió a dirigirse a Siren-. ¡Debes conocer a mi nieto y probar mi
célebre sopa de pollo con maíz! ¡Me he pasado todo el día preparándola!
-Le prometo que la llevaré -dijo Billy. Esbozó una sonrisa con los labios, pero con frialdad en los
ojos.
-Hazlo -murmuró Nana, y volvió a perderse entre la multitud.
-¿Qué pasa? -preguntó Siren.
-Está loca.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-A mí me parece bastante agradable.


Pasaron ante diversos vendedores ambulantes que ofrecían artículos de piel, camisetas, adornos
para el jardín, productos de bollería, juguetes de artesanía... hasta había un puesto con diversos
instrumentos de percusión: sonajas, campanillas, djembes, bongos y panderetas. El vendedor tocaba los
bongos y sonreía mostrando sus dientes de oro.
-No te acerques a esa gente. Están locos.
-¿A qué gente? -preguntó ella, sorteando a un vendedor callejero que tenía un puesto de globos y
de chismes que brillaban en la oscuridad.
-A Nana Loretta, para empezar; a Tanner Thorn, ese es otro. Hay algunos otros dispersos por el
pueblo, gente como ellos.
-¿Qué quiere decir "como ellos"?
A Siren se le quedó clavado el tacón entre dos baldosas de la acera y estuvo a punto de caerse a la
calzada. Él la sujetó, sosteniéndola con fuerza durante un instante más de lo necesario. Se detuvieron ante
un puesto ambulante de comida.
-¿Quieres beber algo? Podemos marcharnos pronto e irnos a cenar si te apetece. Creo que si
pasas más tiempo por aquí con esos zapatos, te vas a romper el cuello.
-El café me parece estupendo, e ir a cenar me parece mejor todavía.
Billy pagó dos cafés y encontraron un banco junto al viejo edificio de la dirección de la escuela. Iba
a comenzar la elección de la reina de la feria de la cosecha, y varias jovencitas encantadoras se paseaban
por el césped de la escuela vestidas con ropas exquisitas.
-Recuerdo aquella época -dijo ella, volviéndose para mirarlas.
-Es verdad. Tú fuiste reina de la cosecha cuando estabas en el último curso del instituto.
Ella asintió con la cabeza.
-Hace tanto tiempo que parece mentira. Me temo que no recuerdo gran cosa de aquello. ¿No es
terrible? -dijo, volviéndose hacia él-. Entonces, dime, ¿por qué no te cae bien Tanner Thorn?
-La verdad es que fuimos amigos en cierta época.Ya no lo somos.
-¿Qué pasó?
Billy tomó un trago de café.
-No me lo digas -dijo ella, riéndose-. Reñisteis por una mujer.
-Muy astuta.
-¿Quién ganó?
-Ninguno de los dos.
-Entonces, ¿quiénes son ellos?
-Las brujas.
-Venga, no son brujas de verdad. El tío Jess intentó hablarme de esas mismas bobadas. Cuando yo
era pequeña, nadie decía nada de eso, aparte de contar cuentos de fantasmas propios de campamentos y
fiestas de niños. No me digas que el agente Dennis Platt te ha arrastrado a su mundo lirnitado y estrecho.
-Esto no tiene nada que ver con Platt. Estoy hablando muy en serio. Son brujos y brujas.
-¿Quieres decir que son brujas en el sentido de que son muy malas, o que son brujas de las que
practican la Vieja Religión?
-¿Hay alguna diferencia entre las dos cosas?
Siren enarcó las cejas mientras bajaba la taza de café.
-Si es verdad que fuiste amigo suyo, lo sabrías.
Billy se inclinó hacia delante; el pelo oscuro le caía sobre la frente.
-Con esa pregunta me das la impresión de que estás muy enterada de estas cosas. A lo mejor
tengo que echar a correr mientras estoy a tiempo. ¿No me digas que tú también eres practicante? -le
preguntó, agitando los dedos.
-En absoluto. He vivido diez años en Nueva York. No acabo de salir del cascarón. He estudiado en
la universidad, ¿sabes?; y algunos clientes míos eran wicanos, practicantes del Arte.
-Así que, según lo expones tú, para entender a las brujas hay que tener cultura...
A Siren no le gusto el tono sarcástico de Bill.
-Basta con no ser un ignorante -replicó, con la misma impertinenci.
Un vendedor ambulante barbudo se detuvo ante ellos con un carro lleno a rebosar de globos y de
diversos juguetes de plástico. Sonrió y se quitó el sombrero blando, morado, haciendo una reverencia
increíble ante Siren. Esta soltó una risita.
-Mi reina -dijo el vendedor, retorciendo hábilmente dos globos para formar una corona.
Siren siguió riéndose mientras él se la ponía en la cabeza.
-Te veré en mis suefios, hermosa dama -susurró, acariciándose el bigote y bajando la cabeza.
A Siren se le heló la sangre.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Uno por la pasta -dijo alegremente, todavía con la cabeza baja, retrocediendo y tomando el asa del
carro.
-Dos por si hace falta -dijo con voz ronca.
Empezó a empujar despacio el carro.
-Tres porque sí -dijo en voz alta volviendo la cabeza mientras se alejaba.
-¡Y después, voy por ti, Dama de mis sueños!
Siren se estremeció, con los ojos muy abiertos. ¡El asesino de los sueños! Pero aquello era ridículo.
Aquel vendedor callejero mal vestido no se parecía en absoluto al asesino. Sacudió la cabeza. No tenía
hechos tangibles. Nada concreto. Solo algunas pesadillas, algunas llamadas telefónicas estúpidas, y ahora
aquel vendedor harapiento. Lo más probable era que fuera su propia mente la que estuviera creando los
sueños, a la medida de aquellas llamadas estúpidas.Y lo mismo pasaba con aquel tipo estúpido.
Se volvió hacia Billy para decirle algo, pero había desaparecido.
-¿Billy?
Se quedó de pie recorriendo el césped con la vista. Billy estaba con un grupo de muchachas
adolescentes, abrazando a una de ellas. Cuando vio que Siren lo buscaba, se apresuró a volver junto a ella.
-Lo siento -dijo-. Era la hermana de uno de mis compafieros del cuerpo. Ha ganado.
Le pasó un brazo por los hombros.
-Estás temblando. ¿Tienes frío?
-Ah, no -dijo ella, retirando con delicadeza el brazo de Billy-. Pero tengo hambre.
-No digas más.
Se encaminaron hacia el Explorer. Siren miraba atrás, nerviosa, pero el vendedor no volvió a
aparecer.
-¿De manera que no eres amigo de Tanner Thorn porque es brujo?
Billy negó con la cabeza, con la cara oculta entre las sombras.
-No; porque me acosté con su mujer.
Siren lo miró boquiabierta.
-Estás de broma.
-Ojalá no lo estuviera.
-¿Y dices estas cosas a una chica la primera noche que sales con ella?
-¿Estamos saliendo? -dijo él con una sonrisa-. ¡Estupendo! ¿Sabes? Siempre me han gustado las
luces que cuelgan por todo el pueblo para la fiesta. Son muy románticas -añadió, tocando el codo de Siren.
Un hombre alto y muy corpulento salió de entre la multitud.
-¡Eh! ¡Billy! ¡Billy Stouffer!
-¿Quién es ese? -Preguntó Siren.
-Jimmy Dean. Su farmilia tiene el almacén de granos que está junto a la estación de ferrocarril.
Además, es bombero voluntario. Uno de los armigos de Thorn. ¿Qué pasa? -preguntó, adelantándose hacia
el otro hombre-. Espera aquí -dijo a Siren-; solo tardaré un momento.
Después de una breve conversación, Jiminy se alejó pesadamente y Billy dijo a Siren:
-Mira, lo siento, pero hay un pequeño problema. Los policías no descansamos nunca -comentó,
encogiéndose de hombros-. ¿Puedes esperarme junto a la entrada del parque de bomberos? Te prometo
que no tardaré mucho.
-Está bien -dijo ella, inquieta. En realidad, no le agradaba demasiado quedarse sola entre una
multitud de desconocidos. Lo vio alejarse con malos presentimientos. Quizá debiera haberle dicho que no,
que sí le importaba que se marchara; pero entonces habría quedado por idiota. Ella se había criado en
aquel pueblo, sí; pero seguía sintiéndose completamente ajena. Se quedó sola en la acera, contemplando
las imágenes pintorescas y los sonidos de la feria que pasaban junto a ella. Echó una mirada nerviosa a su
alrededor. ¿Dónde estaría ese vendedor?
-¿Puedo serle de utilidad?
Siren se volvió al sentir que alguien le tocaba suavemente el brazo.
-Dispense, ¿la he asustado? ¿Se le ha comido el perro los labios?
-¿Cómo dice?
El hombre rubio se rio.
-Dispense. El inglés es mi tercera lengua, y a veces me confundo con los coloquialismos, como los
llaman.
-Creo que lo que quiere decir es "se le ha cormido la lengua el gato" -dijo Siren, riéndose-; y, no:
todavía la tengo en la boca, creo.
El caballero sonrió.
-No he querido asustarla, desde luego. Me llamo Andrew Riddlehoff, y mis amigos y vecinos me
llaman cariñosamente Lexi. Soy el propietario del Rincón de los Libros -clijo, señalando con un gesto el
letrero verde y dorado que proclamaba el nombre de una de las tiendas de la acera opuesta.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Aunque iba vestido con ropa informal, Siren advirtió que era ropa cara. Llevaba el pelo rubio claro
peinado con una raya que le pasaba por el centro mismo de la cabeza y le caía con suavidad hasta un poco
más abajo de la barbilla. Presentó una mano bien cuidada. Ella se la estrechó. Tenía la palma fresca y
suave como el terciopelo.
-Soy Margaret McKay. Tanto mis amigos como mis enermigos me llaman Siren.
Él sonrió, dejando caer con elegancia la mano hasta su costado. Llevaba anillos de oro en todos los
dedos de la mano izquierda, salvo el pulgar. Los anillos relucían bajo las luces de feria.
-¡Es un placer encontrarme por fin con una compatriota!
Siren esperó una explicación. No la recibió.
-¿Cree usted en la magia?
-¿En la magia?
Él puso la mano rápidamente junto a la oreja de ella e hizo aparecer una moneda de oro, que
enseñó a Siren poniéndosela ante los ojos.
-¡Buen truco! -dijo ella, sonriendo.
-¡Conozco un millón! Ay de mí, pero... ¿no la he visto paseándose por el pueblo con Billy Stouffer?
Siren lo miró con desconfianza.
-Sí, me trajo a la feria.
-¿Verdad que es guapísimo? -dijo Lexi, oscilando sobre sus talones.
-Bueno, yo...
-¿Dónde ha ido?
-Cosas del trabajo, me imagino.
-Supongo que estará protegiendo nuestro lindo pueblecito; ¡pero no es manera de tratar a una
dama, marcharse sin más dejándola sola!
-He quedado con él en el parque de bomberos.
-¡Y ni siquiera se ha llevado usted un premio!
-¿Cómo dice?
-¡Los juegos! ¡Los juegos! ¿Es que no ha exhibido sus dotes de macho para ganar un premio para
la dama con la que sale.
-Tampoco es que estemos saliendo, lo que se dice "juntos". Por otra parte -añadió, procurando
seguirle la broma- nadie puede ganar para mí lo que yo quiero de verdad.
-¿Y qué es...? -preguntó él con los ojos chispeantes.
-Paz de espíritu.
Él le dio unas palmaditas en la espalda, chascando la lengua.
-Lo comprendo. Yo suelo sentir lo mismo. Este pueblo es más frío que... bueno, no importa. ¿Le
gusta leer? -añadió, levantando una ceja rubia y delgada.
Hablaba con palabra rápida, cortada, no de aficionado, casi como un profesional del escenario.
Siren tenía que dedicarle por completo su atención para captar todo lo que decía.
-Debe pasarse un día a echar una mirada a mi librería.Tengo de todo. Policíacas. De misterio. ¡De
amor! -dijo, haciendo un molinete con la mano. Le tintinearon los anillos-. O, quizá... ¿de ocultismo?
-No me gustan nada las novelas subidas de tono -dijo Siren, haciendo caso omiso de los demás
temas.
-Lástima -respondió él-. Tengo una buena selección. También puedo encargarle libros y revistas
especiales de Nueva York. ¿El Times, quizá? Como viene de Nueva York y todo eso, se me ocurre que tal
vez eche de menos el mundo real. ¡Vaya, hay que ver qué zapatos tan bonitos lleva! Me moriría de gusto si
tuviera unos así.
Ella se miró los zapatos.
-¿Cómo sabe que vengo de Nueva York?
Él esbozó una sonrisa que quería decir: Pobre níña, aquí no somos tan tontos. Siren observó que
tenía los dientes superiores perfectamente dispuestos en la boca, pero que los inferiores parecían un juego
de dominó desordenado. Todos ellos eran demasiado nacarados.
-Cielo, en este pueblo todo el mundo sabe quién es usted. Ay, no ponga tan mala cara. La verdad
es que me alegro de que tengan otro tema de conversación que no sea yo -dijo con un susurro muy sonoro,
y sin esperar respuesta-. Que se metan con otro, para variar. Dicho sea sin ánimo de ofender –se apresuró
a añadir.
-Así de mal está la cosa, ¿eh?
-Como Pitágoras –dijo tristemente; pero se animó al apreciar la comprensión de ella-. Pero ahora
está usted, y ellos dan gracias de que soy lo que soy, por así decirlo –añadió, indicando con la cabeza el
tropel de gente que pasaba junto a ellos-; hasta que la echen del pueblo, si pueden. ¡Después, a no ser que
se vuelvan todos completamente locos y los encierren a todos, lo que no ha de suceder, claro está,
volverán a hablar mal de mí!

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren lo miró fijamente a los ojos.


-Yo no soy de las que se dejan echar de los pueblos.
-Una mujer de carácter. ¡Me gusta! –dijo él, dando una palmada-. ¿Sería muy grosero por mi parte
invitarla a jugar a un juego de azar o a dos?
Siren titubeó.
-Prometí reunirme con Billy en el parque de bomberos.
-Ah, no volverá, se lo digo yo.
-¿Y cómo lo sabe usted?
-¿Me creería si le dijera que soy vidente?
-No -dijo ella, riéndose. Él hundió la barbilla y suspiró.
-Ya no cree nadie en la magia.
Siren sintió lástima de él. Parecía inofensivo.
-¿Y cree usted que no va a volver?
Él levantó la cabeza con gesto esperanzado.
-Palabra de honor, y que me muela si es mentira.
-Ah, querrá decir "que me muera", ¿no es eso?
-¡Cielos no! Ya están pasando demasiadas cosas de ese tipo
-Haré un trato con usted: a condicion de que vayamos a comer algo -dijo, cogiéndolo del brazo- y
de que volvamos de cuando en cuando al parque de bomberos para ver si ha vuelto Billy, entonces estoy
lista.
-Si que lo está, desde luego –susurró Lexi.
-Hasta tengo una moneda de la suerte –dijo ella. Metió la mano en el bolso y sacó la moneda de
oro. Relució en la palma de su mano-. La encontré en mi bolso. Jess debió de recogerla en el aparcamiento
el día que Ethan Files intentó atropellarme.
-¿Me permite? -Preguntó Lexi, inclinándose para ver la moneda-. ¡Pero si es de Tanner Thorn! Se
la di yo. Para darle suerte –añadió sonriendo.

LAS LUCES DE FERIA se fueron apagando en todo el pueblo, calle tras calle. Los grandes
Portones del Parque de bomberos bajaron lentamente, con los garajes interiores a oscuras, dejándola en el
charco de la luz tenue de una sola farola de la calle. Había disfrutado de la noche que había pasado con
Lexi. Era un tipo divertido y un compañero excelente. Lexi había ganado un premio para ella, un enorme
oso polar de peluche, que llevaba ahora sujetándolo contra el pecho. "Debo de tener un aspecto
increíblemente estúpido, de pie en una esquina, agarrada a este oso" pensó. Lo había pasado tan bien que
casi se había olvidado de los sueños y de las llamadas telefónicas, y hasta se le había quitado de la cabeza
el vendedor extraño; pero allí sola, rondando ante el parque de bornberos, con aspecto de niña grande,
empezaba a arrepentirse de no haber accedido cuando Lexi se había brindado a llevarla a casa en coche.
¿Y si volvía aquel vendedor loco? Había rechazado amablemente la oferta de Lexi, creyendo firmemente
que Billy cunipliría su promesa y volvería. Miró en el aparcamiento, tras el parque de bomberos. Vacío. Se
ciñó el chal a los hombros y volvió a caminar hasta la parte delantera del edificio. Daba la impresión de que
estaba descendiendo la temperatura a razón de un grado por minuto. Había todavía algunos adolescentes
en la esquina de enfrente, y unos pocos buenos ciudadanos habían salido a limplar los desperdicios. Aparte
de estos, estaba completamente sola. Un todo terreno deportivo bajó despacio por la calle mayor, redujo
más la velocidad al acercarse a ella y después aceleró, dirigiéndose hacia la plaza del Mercado. En
momentos corno aquel echaba de menos su teléfono móvil, pero este era un lujo que ya no podía
permitirse. ¿Qué opción le quedaba? Un teléfono público.
Encontró uno en la esquina opuesta al parque de bomberos. Buscó en su bolso monedas de
veinticinco centavos, mientras echaba una mirada a su espalda. Se le erizó el vello de los brazos. ¿La
estaba observando alguien? Cuando se aproximó a la esquina, los adolescentes semarcharon. Se volvió y
miró la calle desierta. Parecía que los barrenderos voluntarios también habían desaparecido. Tomó el
auricular, y este se le deshizo en la mano. Estupendo, aquello era estupendo. Alguien había destrozado el
teléfono. Se quedó allí de pie, con el auricular roto en la mano. Si se daba prisa, quiza pudiera encontrar
todavía a alguien en el parque de bomberos. Volvió a cruzar la calle y llamó a la puerta lateral. No acudió
nadie a abrir la puerta. Quien hubiera bajado los portones debía de haberse marchado, o estaría en las
profundidades del edificio intentando conciliar el sueño.
¿Que haría ahora? ¿Buscaría otro teléfono público? Se devanó los sesos intentando recordar
dónde podría haber otro. ¿En la comisaría de policía? No: la habían cerrado años atrás, cuando habían
traspasado las funciones a la Policía Regional de Webster. ¿En la estación de ferrocarril? Probablemente;

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pero ella no quería atravesar a solas, a pie, el barrio malo del pueblo. Pensó en la tienda que estaba abierta
toda la noche, pero esta estaba fuera del pueblo, a tres kilómetros. Consideró la cuestión. ¿La tienda, o la
estación de ferrocarril? La distancia era la misma. Las posibilidades de peligro eran las mismas. Suspiró. Se
arriesgaría a ir a la tienda.

CUANDO JIMMY DEAN accionó el interruptor que hacía bajar los portones del parque de
bomberos, vio a Siren McKay, que estaba sola y temblando de frío en la esquina. Aquella sí que era una
señora interesante. Todavía tenía ganas de preguntarle si había matado a su novio, pero Tanner le había
dicho que no era buena idea. Recordó que la había visto con Billy aquella tarde, y que, más tarde, Nana
Loretta había dicho algo de que Billy había traído a Siren a la feria. Nana estaba molesta por ello, pero
debía de haberse equivocado, pues Jimmy se había escabullido media hora antes para comprar seis latas
de cerveza en El Atadero, y había visto a Billy allí con otra mujer. Con una rubia. Aquella camarera del
Maybell, Benita no sé qué. Decididamente, no era Siren McKay, que tenía el pelo negro como un cuervo.
Y el recordar aquello le hizo volver a su reflexión original. ¿Qué haría allí sola -a McKay? Puede
que se le hubiera averiado el coche. Jimmy se rascó la cabezota, Preguntándose qué podía hacer. Un
fuerte estrépito resonó por todo el parque de bomberos. ¿Qué demonios pasaba? Recorrió el edificio
olvidándose por un instante de Siren McKay. Ay, mierda: la mesa no había soportado el peso de las piezas
de la exposicón de flores. Todo estaba lleno de tierra y de flores por todas partes. Cuando hubo terminado
de recoger el desorden y volvió a salir ante el edIficlo, Siren McKay ya había desaparecido. Quizá debiera
subirse a su camioneta y darse una vuelta alrededor para asegurarse de que no estuviera perdida por allí, a
oscuras, tropezándose con aquellos zapatos de tacón tan inestables. Jamás había entendido cómo eran
capaces las mujeres de caminar con esas cosas.

El TODO TERRENO deportivo se acercó a la acera, con el motor en punto muerto. Siren tragó
saliva con fuerza y siguió caminando, con los hombros erguidos, la vista al frente, el paso firme. No era una
víctima.Ya tenía cansadas las pantorrillas, y el tobillo derecho le temblaba de cuando en cuando, pero ella
siguió adelante. Puede que se tratase de alguien que llegaba a su casa de vuelta de la feria; pero el motor
no se apagó y el vehículo avanzaba muy lentamente, lo justo para que ella lo pudiera seguir viendo de
reojo. Observó las ventanillas de vidrio ahumado que ocultaban la identidad del conductor. Se le hizo un
nudo de miedo en la boca del estómago. Siguió caminando, avivando el paso, transmitiendo con los
tacones breves ecos de su miedo creciente. Le zumbaban los oídos frenéticamente, y ella se tiró con fuerza
de los lóbulos de las orejas, pero no le sirvió de nada. La tienda estaba todavía a dos kilómetros. Hacia
pocos momentos que había salido del pueblo propiamente dicho. Cuando llegara a la vía del tren,
terminaría la acera. Después había unos solares, el vertedero de basuras del pueblo, y volvía a haber
acera, salpicada de farolas más dispersas. Le aumentaron los nervios cuando llegó a la vía del tren.
El todo terreno deportivo aún la seguía. El motor se aceleró y ella estuvo convencida de que el
vehículo subiría a la acera y la atropellaría; pero continuó en la calzada, siguiéndola despacio. Aquello era
un juego de terror. Se sentía como un ratón que huía de las zarpas de un gato.
Consideró la posibilidad de huir hacia la derecha y correr a ló largo de la vía del tren, pero sabía
muy bien que se partiría la cabeza con esos tacones y que así se alejaría más de la zona segura.Tampoco
le ayudaba en nada llevar a cuestas un gran oso que era casi más grande que ella. Se apoyó el animal de
peluche en la cadera y siguió carmnando. No había casas, ni gasolineras acogedoras, ni restaurantes
abiertos toda la noche. Solo había hierbajos secos, gravilla y basura.
¿Qué haría él? Suponiendo que el conductor fuera varón, claro está. ¿Pisaría a fondo el acelerador,
frenaría rápidamente ante ella y saldría corriendo para atraparla? Era complicado, pero se lo habían hecho
a miles de personas... no: probablemente, a centenares de miles. Se acordó de una conocida suya de la
ciudad a la que habían asesinado de esa misma manera. Le empezaron a sudar las palmas de las manos;
se le aceleró la respiración. Intentó calmarse a sí misma. "Piensa de manera racional. Piensa la manera de
defenderte", murmuró. Se acordó de Tanner Thorn. "Que te haya salvado la primera vez no quiere decir que
vaya a estar en todas las esquinas."
En lo alto de la cuesta que tenía por delante apareció una fila de coches que venían en sentido
opuesto, cubriendo de luz blanca con sus faros la carretera oscura. El todo terreno deportivo arrancó con
chirrido de neumáticos y se perdió por la carretera. Sus faros traseros rojos relucían entre la oscuridad.
Siren soltó un suspiro de alivio y se apresuró cuanto pudo hacia la tienda que abría toda la noche. Fuera

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quien fuese, podía girar sobre sí mismo y volver; o, peor todavía, esperarla por el camino, con el coche
detenido en la oscuridad. De una cosa estaba segura: si tenía que echar a correr, tendría que despedirse
de los zapatos de tacón y del oso.

Los PENSAMIENTOS eran cosas, eran mensajes que giraban por el universo. Uno podía
despreciarlos o podía sintonizar con ellos, y en esos instantes Tanner Thorn estaba pensando en Siren
McKay. Se preguntó si ella estaría Pensando en él.
Tanner sacó su moto todo terreno do entre los arbustos y la llevó rodando hasta el aparcarniento
oscuro que estaba a espaldas del parque de bomberos. Algo marchaba mal. Tenía una sensación difícil de
explicar. Era como una tensión entre el cuello y los hombros y una impresión creciente de pérdida en la
boca del estómago.Ya había tenido antes aquella sensación, a veces cuando se avecinaba un incendio de
los peores, o la noche en que su mujer se había caído al río con el coche por el terraplén, a la entrada del
Puente cubierto de Cold Springs. No quería relacionar aquella sensación con Siren McKay.
Hizo girar los hombros y estiró los músculos de la espalda, equilibrando su peso sobre la punta de
los pies, con la esperanza de que aquella tensión que sentía no fuera más que una consecuencia del largo
trabajo de la jornada, del estrés que le habían producido los incendios o de lo preocupado que estaba por la
salud de Nana Loretta. Durante la feria de la cosecha, la Compañía de Bomberos Número 2 de Cold
Springs guardaba sus vehículos en el Parque de Bomberos de Whiskey Springs, que estaba a unos ocho
kilómetros de distancia en el sentido opuesto al del monte de la Cabeza de la Vieja. ¿No debería darse una
vuelta por allí?
Se preguntó qué haría Siren McKay en esos momentos. Aquella misma noche, Nana le había
comunicado que había visto a Siren con Billy Stouffer. A Tanner había estado a punto de hervirle la sangre.
¿Cómo era posible que ella se interesara por aquel pelmazo? Pero también era posible que ella hubiera
decidido ir a la feria y se hubiera encontrado con él por casualidad. Que Nana los hubiera visto juntos no
quería decir que hubieran salido juntos; aunque Nana había hecho comentarios de desaprobación acerca
del vestido negro de Siren y de sus zapatos de tacón. Esa ropa no se solía llevar a una feria de la cosecha.
Más tarde había visto él mismo claramente a Siren con Lexi, nada menos; pero éI estaba tan ocupado
sirviendo comida en el parque de bomberos que no había podido prestarles mucha atención. ¿Era posible
que Siren hubiera decidido sencillamente salir de su hibernación y sumarse a la raza humana, y que la feria
de la cosecha fuera su primera incursión verdadera en la vida del pueblo? Conociendo a Lexi, lo más
probable era que se la hubiera encontrado y que se hubiera presentado él mismo. Sería propio de él.
Tanner sonrió. Lexi era todo un personaje, no cabía duda. Por lo menos, si Siren estaba con Lexi, el único
peligro que correría sería que Lexi le levantara dolor de cabeza de hablar.
La mala sensación, la sensación de miedo, lo agarró por las pelotas, enviándole una oleada de frío
por todo el cuerpo. Se inclinó hacia delante tapándose los oídos con las manos, deseando se le pasara la
sensación.

JIMMY DEAN sabía que él era un hombretón, y que las mujercitas que fuesen caminando por la
orilla de una carretera oscura se quedarían petrificadas de miedo si él se detenía junto a ellas y se ofrecía
a llevarlas en su vehículo (salvo Nana, naturalmente, que no tenía miedo a nada). Se quedó de pie junto a
su carnioneta, preguntándose qué haría. Nana Loretta le había encargado que mantuviera los ojos bien
abiertos por si veía algo raro y que prestara atención por si alguien hacía cosas raras. Lo que Billy había
hecho con Siren no era normal, suponíendo que la hubiera dejado plantada. Titubeó, mirando hacia el
parque de bomberos desde su camioneta. Puede que fueran tonterías suyas. Había dejado a
Tanner en el despacho de este. Quizá siguiera allí. Se rascó la barba un momento, jugueteó con las llaves
de la puerta del parque de bomberos y volvió a entrar. El despacho de Tanner estaba a oscuras, la puerta
estaba cerrada con llave. Se asomó por la huerta trasera y soltó un suspiro de felicidad. Tanner seguía allí.
El sabría qué hacer, vaya si lo sabría.
Tanner estaba sentado en su moto, con la cabeza baja, abriedo y cerrando los dedos sobre el
manillar.
-Pensar es malo para el cerebro -comentó Jimmy.
Tanner, sobresaltado, levantó la vista. Sonrió.
-Creía que te habías marchado a tu casa hace media hora.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-He ido por cerveza y he vuelto. ¿Quiere una? Me quedan algunas frías en la nevera de la
carmioneta.
-Esta noche no, gracias –dijo Tanner, subiéndose la cremallera de la cazadora de piel de ciervo.
Jimmy no se atrevía a pronunciar el nombre de Billy. Comprendía plenamente por qué odiaba
Tanner a Billy Stouffer y ahora no estaba tan seguro de si debía decir algo. Puede que lo mejor fuera tener
cerrada la bocaza. Ella ya encontraría su camino. Tampoco era como si estuviesen en Nueva York o en
algún, sitio así. En Cold Springs no había nada que temer. En vista de lo cual, dijo:
-¿Está seguro, de que no quiere una cerveza?
Tanner negó con la cabeza.
Jimmy revolvió la grava del sul o con su enorme bota de trabajo.
-¿Pasa algo malo, Jimmy?
Jimmy hizo girar uno de sus grandes hombros, sintiéndose aliviado porque Tanner se lo había
preguntado. Ahora, si le contaba algo, ya no sería un chismoso.
-Tengo un dilema, como suele decirse.
-¿Es por una mujer?
Jimmy retrocedió un paso, sorprendido. ¿Cómo podía saberlo Tanner?
-Pues, s, íjefe, es por una mujer.
-Son el mayor dilema del mundo -dijo Tanner, asintiendo con la cabeza con aire de sabiduría.
-No es eso -repuso Jimmy, retorciéndose la barba con los dedos.

SERATO siguió al todo terreno deportivo, Preguntándose qué demonios se traería entre manos el
conductor. Apuntó la matrícula. Ya lo comprobaría al día siguiente. Tenía sus fuentes. El deportivo siguió a
Siren y después aceleró y siguió carretera adelante, hasta detenerse ante la tienda que abría toda la noche.
Serato lo siguió, dejando atrás a Siren cuando esta daba un tropezón junto a la vía del tren. Siren recobró el
equilibrio y siguió avanzando, sin soltar nunca el oso de Peluclie.
Serato había vigilado a Siren toda la noche. Primero, el poli la había dejado y no había vuelto.
Después, ella se había juntado con aquel tipo rubio y flacucho y había andado por la feria con él. A Serato
le divertía pensar que podía habérsela llevado en cualquier momento, sobre todo cuando estaba sola junto
al parque de bomberos. El oso era un detalle bonito. Sonrió al recordar el miedo que había visto en los ojos
de ella cuando le había entregado aquella corona de globos. Oh, qué apasionante era todo. Ver tales
emociones desnudas. Ay, sí: ella era la muchacha de sus sueños. Los dos tenían una relación muy
especial, y ningún imbécil con un todo terreno deportivo le iba a estropear la diversión. Siren era suya y solo
suya.
Tamborileó con los dedos sobre el volante del coche.
El todo terreno deportivo pasó varios minutos estacionado en el aparcamiento de la tienda. El
conductor no bajó del coche ni apagó el motor. Serato entró con su sedán negro en una plaza de
aparcamiento desde la que podía vigilar la carretera, la tienda y el todo terreno deportivo.
Esperando.
Vigilando.
Un nuevo Jugador en el Juego.
Se le aceleró el pulso al pensar en lo que pasaría después. Podía apoderarse de ella y perseguir
después al conductor del deportivo, o al contrario, en función de cómo se presentasen las oportunidades.
Ella podría ver cómo se quitaba de en medio a aquel nuevo enemigo. Ella podría estar presente
físicamente, y después Serato la tendría solo para él. Pasó varios minutos jugando con esta idea, trazando
mentalmente planes diversos.

TANNER salió a toda velocidad del aparcamiento del parque de bomberos a la calle principal; su
humor, al rojo vivo, hacía juego con el rugido del motor de su moto todo terreno, que aceleraba al máximo.
Con independencia de si había pasado algo a Siren o no, iba a buscar a Billy Stouffer y le iba a hacer lo que
ya debía haberle hecho hacía años.
Matar a aquel bastardo lamesuelos; si lo que había sospechado Jimmy era cierto, claro está.
No tardó mucho tiempo en encontrarla. Estaba sentada en la acera, a poco menos de un kilómetro
de la tienda, quitándose un par de zapatos de tacón. Había una gran masa blanca y peluda sentada en la
acera junto a ella.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren levantó la vista con la cara llena de miedo cuando él se detuvo derrapando junto a ella.
"Ahora que he hecho esta aparición espectacular, ¿qué demonios le digo?", se preguntó Tanner.
-¿Tanner Thorn? -preguntó ella, con voz indecisa.
-Ese soy yo -dijo él, echándose atrás en el asiento moto.
Ella miró fondo de la carretera e hizo un gesto de temor al ver que se aproximaban hacia ellos unos
faros. Pasó velozmente un grupo de jóvenes que iban en una furgoneta, con la música fuerte, y que les
saludaron a gritos al pasar.
-Debe de ser la hora de salida de los cines para automóviles -dijo él.
Ella asintió con la cabeza.
-¿Qué haces aquí, a oscuras?
-Voy a mi casa andando -dijo ella, aparentemente avergonzada.
-¿Una avería del coche?
El sabía que no era eso, pero tampoco quería decir exactamente a ella lo que sabía; al menos, de
momento.
-Creo que, hablando con propiedad, ha sido lo que se llama "dejar tirada a una".
-¿Alguien con quien salías?
-Es discutible.
-Ya veo.
Ella lo miró fijamente. Él recordó lo directa que podía ser de niña. Intentó recordar algo que pudiera
servir para tranquilizarla, pero no se le ocurrió nada. Sabía que ella era demasiado orgullosa para pedirle
que la llevara en la moto.
Se inclinó sobre el manillar.
-Lamento haberte tirado al suelo el otro día. ¿Cómo tiene la cabeza?
- Sobreviviré.
- En Cold Springs no hay taxis.
-Ya lo recuerdo.
“¿Me recuerdas a mí?", se preguntó él- Pasó a toda velocidad un todo terreno deportivo, seguido
por un sedán. Siren se puso de pie, con los zapatos en una mano y el oso en la otra.
-Traes a un amigo interesante –dijo Tanner, señalando el oso.
Ella sonrió y a éI se le ablandó el corazón.
-Lexi Riddlehof lo ganó para mí. Me dijo que una cosa que tengo es tuya –añadió, bajando la
cabeza y rebuscando en su bolso. Ofreció a Tanner la moneda de oro-. ¿Es tuya?
Tanner asintió con la cabeza y sonrió.
-Me la dio él –dijo, guardándose la moneda en el bolsillo.
-¿Conoces bien a Lexi?
-Todo el mundo conoce bien a Lexi. Es todo un personaje. Fue ilusionista profesional durante
muchos años.
-¿Qué hace en este pueblo? ´
-Yo no cuento lo que no debo, y estoy seguro de que él te lo contará si se lo preguntas.
-También gané un pez de colores -dijo ella, tímidamente-. Lexi me lo guarda.
Tanner advirtió que Siren intentaba sujetar el oso con fuerza. Estaba seguro de que los comentarios
amables de ella le indicada que se quedara allí, hablando con ella.Tenía algo en los ojos, un gesto de
cuando en cuando, que indicaba miedo. ¿Tendría miedo de él?
Se incorporo en su asiento.
-Mira, un amigo mío del parque de bomberos me dijo que te vio caminando hacia aquí. Como yo ya
me volvía a mi casa, pensé que querrías que te llevase.
Ella puso cara de sorpresa y de alivio al mismo tiempo.
-Esto no es para una dama -dijo Siren intentando bajarse la falda mientras se sentaba a horcajadas
en la moto de todo terreno. Tembló, asomada por encima del hombro de él, murmuró algo sobre el frío que
hacía, se ciñó con más fuerza a los hombros el chal gris. Su aliento salió a la noche de octubre en forma
bruma que le tocó la mejilla a él.
-Además, está prohibidísimo.
-Es la historia de mi vida.

UN GIRO INTERESANTE. El conductor del todo terreno deportivo debía de haber detectado a
Tanner Thorn y a Siren al mismo tiempo que Serato. Serato conocía a Thorn por los últimos artículos que
se habían publicado en el periódico sobre los incendios. Investigando un poco, había encontrado

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

informaciones interesantes. El tipo era viudo, y un borracho. Pero en aquellos instantes no era más que un
obstáculo en la cuestión del asesinato. Ya era la segunda vez que acudía al rescate de esa mujer. Aquello
era muy raro.
El todo terreno deportivo desapareció por una carretera secundaria. Serato dio un giro de ciento
ochenta grados y aparcó al borde de la carretera, mirando hacia la pareja, lo bastante lejos como para que
no pudieran verlo. Metió la mano tras el asiento delantero y sacó los prismáticos de visión nocturna.
Observó la conversación entre el jefe de bomberos y Siren. No le gustaba nada cómo le sonreía Tanner. De
eso se trataba: de una especie obsesión. Lo olía. Serato frunció el labio superior. ¡Siren era suya! Era la
dama de sus sueños. La expresión de Tanner hizo que a Serato se le revolviera el estómago. Ella no servía
más que para provocar a los hombres. Era carne humana desperdiciada. Bueno, era lógico: ¿qué se podía
esperar, en vista de sus antecedentes?
Podía tomarlos ahora mismo, pero eso sería una chapuza, y él consideraba que los asesinatos
debían ser prácticos y ordenados; por otra parte, la quería sola. Quería tomarse su tiempo. El don de la
muerte no debía ser una futilidad sin sentido, sino más bien un ejemplo de su habilidad, que él otorgaba a la
persona escogida.
Y él había escogido a Siren McKay.
El hecho de que trabajara a sueldo no tenía mucho que ver con ello. Había llegado a un punto en
que estaría dispuesto a hacerlo gratis. Vio que Siren ataba el oso de peluche en la parte trasera de la moto.
Se separaron de la acera y salieron a la carretera. Serato esperó con paciencia, y los siguió después a una
distancia discreta.Con el espejo retrovisor despejado. El todo terreno deportivo debía de haberse rendido y
se habría ido a su casa. Lástima, pero ya se enteraría a la mañana siguiente de todo lo que le hacía falta, y
entonces decidiría lo que tenía que hacer. Se mantuvo a discia, pasando por delante de unas cuantas
casas, de la entrada del parque estatal y del campo de tiro que le resultaba familiar. Cuando llegaba al
cementerio viejo, apareció a su lado el todo terreno deportivo, que avanzaba a una velocidad
impresionante.
¿Qué diablos? Serato dio un golpe de ira en el volante. Quién diablos se creía aquel tipo que era?
¿El jodido Harry el Sucio? El deportivo se alejó de él, apuntando a la trasera de la moto todo terreno.
Serato pisó el acelerador.
El deportivo no redujo la velocidad, e iba alcanzando a la moto todo terreno.
Serato reaccionó dando otro pisotón en el acelerador y saliendo al carril del sentido opuesto, que
estaba desierto. Tomaron una curva. Tenían por delante el puente cubierto. Serato oyó el quejido del motor
de la moto todo terreno cuando Tanner metió la directa. "Debe de notar que el todo terreno deportivo quiere
hacerle daño", pensó Serato.Vio claramente la cara asustada de Siren, que se volvió a mirar los faros del
deportivo. Le encantaba esa mirada de miedo. Pero no era dirigida a él. Serato, furioso, profirió un grito de
guerra, aferrando con los dedos el volante, con la cabeza inclinada hacia delante.
-¡Toma, hijo de perra! -gritó, alcanzando la trasera del todo terreno deportivo y dando un volantazo
a su sedán, con lo que dio al guardabarros trasero del deportivo un golpe que bastó para que el vehículo
hiciera eses pronunciadas. Un objeto blanco, grande, se desprendió de la parte trasera de la moto y chocó
con fuerza contra el parabrisas del todo terreno deportivo, que se desviaba hacia un lado mientras su
conductor forcejeaba con el volante.
La moto llegó al Interior del puente cubierto; el motor se perdió ruidosamente entre la seguridad de
la oscuridad. El todo terreno deportivo patinaba; su conductor intentaba desesperadamente evitar que
volcara. Se detuvo cuando estaba a punto de caerse por el terraplén que daba al río. Le salía vapor del
motor y le colgaban de los limpiaparabrisas fragmentos del animal de peluche.

Serato redujo la velocidad de su coche, murmurando una animada selección de palabrotas. Podía
detenerse y sacar del coche a aquel gilipollas, o podía seguir. Vaciló. ¿Era posible que alguien quisiera
matar a Siren, aparte de la persona que lo había contratado a él? Había creído que lo que había hecho
Files había sido un accidente, pero ya no estaba tan seguro. Aquella complicaclón era interesante, y él no
quería comunicársela a la persona que lo había contratado. Siren era suya, y de nadie más. No quería que
le cancelaran el encargo. Se acarició el bigote. Podría tratarse de un chico borracho, que hubiera salido en
busca de algo fácil, esperando darse un paseo loco con la mujercita. Un paseo mortal, al parecer. ¿Algún
antiguo amante, celoso? Sacudió la cabeza. Ella había estado fuera diez largos años. Solo un idiota se
guardaba tanto tiempo un rencor. No valía la pena esperar tanto tiempo a una mujer. Quizá hubiera debido
matar a Files más despacio. El hombre podría haber hablado. Pero, no, no había tenido tiempo para ello.
No había tenido elección.
Aceleró, cruzando ruidosamente el puente cubierto y dejando al todo terreno deportivo inmovilizado
al borde del terraplén. Encontró un prado llano al otro lado y dio la vuelta. Descubriría quién conducía el
todo terreno deportivo, le obligaría a revelar qué se proponía y lo mataría. Su coche recorrió despacio el

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puente cubierto, acercándose poco a poco hasta la apertura del final, pero el todo terreno deportivo había
desaparecido.
Siguió por la carretera de Lambs Gap hasta el pueblo. Ni rastro del todo terreno deportivo. Niente.
Qué giro tan interesante había tomado el juego. Aquello significaba una cosa, sin duda: tendría que estar
más atento. Hizo crujir su cuello. No podrían seguir ocultándose toda la vida.

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-SI NO FUERA porque es imposible, diría que ese tipo del todo terreno deportivo ha querido
echarnos de la carretera -dijo Tarmer.
Siren se bajó del asiento de la moto, temblorosa.
-Se ha acercado demasiado. ¿Tienes idea de quién era?
-Todo el mundo lleva todo terrenos deportivos en estos tiempos. Podría ser cualquiera. En un
momento dado lo teníamos encima, y al cabo de otro momento había desaparecido. Qué extraño.
Siren mró hacia el fondo de la carretera oscura, ciñndose al cuello los bordes de su chal gris.
-Creo que había otro coche. El oso se cayó de la moto -era mentira-. no veía nada -era verdad.
-Maldita sea -dijo Tanner, apoyándose en la moto, con precaución de no tocar el motor caliente.
Jess estaba de pie tras el ventanal, rmirando a la carretera.
Siren sonrió, temblorosa.
-No haces más que rescatarme.
-Ya parece una costumbre -dijo él, extendiendo la mano y quitándole un mechón de pelo de los oos.
Ella se quedó inmóvil, con el corazón acelerado. Su contacto le resultaba farniliar. Le roducía
nostalgia, cosa que a ella no le gustaba nada. En absoluto.
-¿Quieres pasar a tomar un café? -le preguntó, retirándose educadamente para dejarle pasar.
-Si no es molestia...
-El tío Jess bebe cafée como los fanáticos de la salud beben agua -dijo Siren. Subió los escalones
del porche, seguida de cerca por Tanner. Jess abrió de una patada la puerta mosquitera y se quedó
plantado en una postura belicosa, apuntando con horca al pecho de Tanner.
-¡Tío Jess! ¿Qué haces?
Tanner se apoyó despreocupadamente en el poste del porche con los brazos cruzados sobre el
pecho.
-Yo, en tu lugar, no me apoyaría ahí -dijo Siren- No es muy sólido que digamos.
Tanner descargó su peso del poste.
-¡Te marchas con un bribón inútil y vuelves con otro! ¡No voy a consentir que entre en mi casa esta
nulidad! -exclamó el tío Jess.
-Creo que esta es ,o casa -dijo ella, adelantándose-, y que puedo recibir en ella a quien quiera.
-Una nulidad -murmuró el tío Jess, bajando la horca dos centímetros, y solo dos centímetros-.
Apuesto a que tú eras uno de los borrachos que estabais aquí fuera la otra noche.
Siren echó una mirada a Tanner, que abría mucho los ojos plateados con expresión de inocencia.
-¡Jess! ¡Discúlpate!
La horca bajó otros dos centímetros.
-No es trigo limpio, y si dejas entrar basura en tu casa, toda tu vida se irá a la porra -gruñó el tío
Jess-.Ya sabía yo que no debía haber dejado venir aquí a Loretta. Cuando viene una a fisgar, los demás la
siguen. ¡Ahora estaremos infestados! ¡Brujas y brujos por todas partes! ¡Tendré que comprarme otro signo
hexagonal! -exclamó, blandiendo la horca en el aire.
Siren lo miró boquiabierta.
-Nana Loretta es una anciana agradable.
-Sí, como yo me llamo "estúpido" de apellido. Vaya si los sabes elegir, nena. Este mató a la última
mujer con la que estuvo casado -dijo, señalando a Tanner con un gesto de la horca.
Tanner descruzó los brazos y apretó los puños.
Siren, consternada, siguió mirando fijamente a Jess.
Tanner apretó los dientes; la cicatriz que tenía en la cara se le puso blanca. Siren extendió la mano
instintivamente y le frotó el hombro. El cuerpo de Tanner se relajó al instante a su contacto. Tanner se
volvió hacia ella esbozando una leve sonrisa en los labios.
El tío Jess puso la horca en posición vertical y golpeó en el suelo con el mango. Siren puso cara de
desagrado.
-Vete a ver la televisión -le dijo, indicándole que se marchara con un movimiento de las manos-. Si
intenta morderme, ya te llamaré, y entonces tendré mucho gusto en ver cómo le clavas la horca -añadió,
para tranquilizarlo.
El tío Jess le echó una mirada de rencor y volvió a entrar en el cuarto de estar, hablando entre
dientes.
-Creo que debería marcharme -dijo Tanner.
-¿Después de todo lo que acabo de pasar por defenderte? El tío Jess no tiene ningún filtro entre el
cerebro y la boca. En cuanto piensa algo le sale. No lo tomes a mal. Lamento lo que ha dicho. Si te sirve de
consuelo, yo tampoco le caigo bien.
- Pero vive aquí…
-Un mal necesario.
Tanner arqueó las cejas.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-En todo caso preferiría no entrar ahora mismo.


Siren se cordó de la carta que guardaba en su habitación. La verdad es que debería devolverla,
pero entonces tendría que reconocer que la había leído. Aunque no había sido más que un error
involuntario por su parte, se sentía incómoda al pensar que había leído el correo de otra persona.
-¿Así que sales con Billy Stouffer?
La pregunta quedó en el aire frío y duro de la noche de octubre. Siren recordó lo que había dicho
Billy de la esposa de Tanner, y recordó acto seguido la afirmación de Jess de que la mujer había muerto y,
lo que era peor, que había sido Tanner quien la había matado. Confiaba en que esto último no fuera más
que en sentido figurado. En todo caso, no estaba muy segura de querer intervenir en la vieja discordia que
existía, al parecer, entre Billy y Tanner. Por otra parte ¿acaso había alguna situación en aquel pueblo que
no tuviera que ver con alguna rencilla familiar antigua y profunda?
-En realidad no es que estemos saliendo -dijo por fin.
Él se encogió de hombros.
-Si lo que te gusta es cavar tumbas, has encontrado un buen cementerio.
-¿Qué quieres decir con eso?
Él soltó un suspiro y volvió la cabeza hacia el ventanal. El tío Jess parecía absorto en un programa
de televisión. Pero seguía con la horca en la mano.
-Billy es un desgraciado.
-Después de mi experiencia de esta noche, creo que te doy la razón. No obstante, has de saber que
él dice lo mismo de ti.
-No me sorprende.
Siren optó por el ataque directo.
-Billy dice lo mismo que el tío Jess: que eres un brujo.
Tanner empezó a bajar los escalones del porche, y después se volvió.
-Y si lo soy, ¿qué pasa?
-Sé un poco de eso. Algunos amigos míos de Nueva York practicaban la brujería; pero no recuerdo
que hubiera nada de ello por aquí.
A Tanner le brillaron los ojos plateados.
-Deberías recordarlo.
-¿Qué quieres decir con eso?
Siren tenía un recuerdo que quería salir a la luz, pero ella no llegaba a captarlo.
-No importa. Mira, he hecho muchas cosas malas en la vida. Quiero decir que, comparados con los
tuyos, los rumores que hablan de mí dicen la verdad. No maté a mi esposa, pero sí que soy un demonio.
Se río por lo bajo. Ella no se rio con él.
-Eso no es posible, no es posible que seas el demonio -dijo, en cambio-. Las brujas y los brujos no
creen en el demonio. No es más que un cuento que inventaron para asustar a la gente. La brujería es una
cuestión de asurnir la responsabilidad de tus propios actos. Las brujas creen que si asignas nombre al mal,
le das poder. Los que crean el mal son las personas, y no una bestia mítica.
-Para lo poco que sabes, parece que entiendes más que suficiente -dijo Tanner, inclinándose hacia
delante. Su aliento caliente acarició la cara de Siren-. En todo caso, la Religión Vieja es de otra época, no
es de la mía. Es de personas como Nana Loretta.
-Pero tú eres brujo, ¿no? Es cosa de... de sangre, ¿verdad? -preguntó ella, después de buscar la
palabra adecuada-. Por eso me pareces diferente de mis amigos de Nueva York. Ellos me hablaron de eso.
Él le escrutó el rostro con sus ojos plateados. Se inclinó más cerca de ella, y a Siren le latió el
corazón más deprisa.
-¿Es eso lo que crees? ¿Que lo llevo en la sangre? ¿En mi sangre? ¿Como si estuviera marcado?
Tanner levantó las manos y tocó las puntas de las orejas de Siren.
-Creo que me encuentro en una situación muy peligrosa -dijo ella, apartándose de él-.Y no lo decía
por eso. No lo decía de manera negativa.
-¿Te doy miedo? -le preguntó él, dejando caer las manos.
Ella se rio. No pudo evitarlo. Sí, claro que tenía rniedo, pero no de él. De sus sueños, del vendedor
de globos, del todo terreno deportivo... pero no deTannerThorn.
-La verdad es que creo que debía haber sido yo la que te hiciera esa pregunta -dijo-. Al fin y al
cabo, te detuviste para llevar en tu moto a una asesina, ya lo sabes.
-Te absolvieron.
-En este pueblo, no.
Tanner puso un pie en el suelo y otro en el escalón inferior del porche, inclinándose hacia delante
sobre su rodilla. Siren se sentó en el escalón superior, abrigándose los hombros con el chal. Vieron pasar
un Sedán de silueta baja. Una suave brisa levantó el borde del vestido de Siren y recorrió el patio desierto.
-Me gustaría volver a verte -dijo él.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Estás seguro de que quieres estar conmigo? ¿No eres el jefe de bomberos? ¿No tienes que velar
por tu reputación y todo eso?
Él empezó a caminar hacia su moto.
-Si tú toleras que te vean con un brujo, supongo que yo podré soportar estar con una asesina.
-Pero has dicho que no eras brujo… -le dijo ella en voz alta.
-Y tú has dicho que no eras asesina.
Siren intentó replicar con voz humorística.
-He dicho que me absolvieron, y deberías saber que estar conmigo puede ser peligroso.
"Qué gran verdad acabo de decir", pensó.
Él se subió a la moto.
-¿Por qué no me dejas juzgar a mí? -dijo.
-“Juzgar", precisamente: qué manera tan interesante de decirlo -respondió ella.

CUANDO ENTRÓ SIREN en la casa, Jess ya había subido a acostarse. Se quitó los zapatos de
tacón de sendas patadas y se frotó los pies con las manos tristemente. Era la última vez que se pondría
aquellos zapatos. Se quedó rnirando el viejo contestador automático, titubeando con los dedos sobre los
botones.
-Ay, no seas tonta -murmuró, y pulsó con decisión el botón de reproducción de mensajes. Los dos
primeros mensajes estaban relacionados con su trabajo; el tercero era de Billy, disculpándose por haber
tenido que dejarla y confiando en que hubiera encontrado a alguien que la llevara a su casa.
-Como si te importase mucho -dijo Siren, mirando con rabia la máquina. En la cuarta llamada
habían colgado sin dejar mensaje. Pero fue el quinto mensaje el que la dejó confusa. Parecía una voz de
niña. "Por favor, ayude a mi madre: la necesita." Siren hizo sonar el mensaje varias veces, intentando
comprenderlo. Ella no conocía a ninguna niña. Consultó el aparato de identificación de llamadas. La
llamada de Billy procedía del Restaurante y Bar El Atadero, y había sido hecha a las diez en punto de la
noche, poco después de que él la dejara en la feria. Qué interesante. Las dos últimas llamadas eran "No
disponibles". "Es lógico", pensó. Retiró la cinta del viejo contestador automático, le dio vueltas durante unos
instantes sobre la palma de la mano, y después escribió en ella la fecha y la guardó en la caja de cartón
que le servía de fichero. Puso una cinta nueva en el aparato.
Siren, agotada, subió cansadamente al piso superior, con los zapatos en una mano y el chal en la
otra. Lástima de oso. Pensó en el todo terreno deportivo. El oso no se había caído de la moto sin más. Lo
había arrojado ella. Soltó un suspiro de cansancio y arrojó el chal a un rincón de su dormitorio. Qué día tan
raro. ¿Se estaría volviendo loca con aquellos sueños de un asesino? ¿Habría destrozado de verdad el
asesino a aquel joven esta noche, tal como lo había visto ella hacía pocas horas? Tembló, humedeciéndose
los labios. ¿Y por qué la habría dejado tirada Billy deliberadamente? Quizá estuviera perdiendo la razón.
Quizá la tensión que había sufrido con su detención, con el juicio y con la absolución había terminado por
hundirla. Era demasiado. Sencillamente demasiado. Billy tenía un todo terreno deportivo, un Explorer.
Tembló, mirándose las manos pensativamente. ¿Qué le había pasado verdaderamente aquella tarde
durante la tormenta?
Quizá todo aquello tuviera una explicación sencillísima.
Quizá fuese verdad que ella estaba loca.
Entró en su cuarto de baño en penumbra. Bajó la vista y vio en el suelo de baldosas blancas una
rosa roja de tallo largo. Dando saltos sobre un pie, se quitó la espina que se le había clavado en el otro.
¿Habría dejado allí Jess aquella rosa como regalo de reconciliación, o para gastarle una broma? ¿Quién
podría haberla dejado allí, salvo Jess?
Encendió la luz del baño y miró al espejo. En éI estaban escritas con dentífrico azul de gel las
palabras "Te estoy vigilando".

EL ATADERO seguía abarrotado de público cuando faltaba media hora para la hora de cerrar. Una
banda local tocaba penosamente una fantasía de temas campesinos en honor de la feria de la cosecha.
Tanner apartó su moto de la locura del aparcamiento, observando a un borracho determinado que hacía
ochos con una camioneta destartalada entre los vehículos aparcados. Llevaba en la caja de la camioneta a
varios juerguistas impenitentes, tan bebidos que no sentían el frío.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Vio que Billy Stouffer estaba sentado en una de las mesas del fondo de la terraza y tenía en sus
rodillas a una moza rubia y de ojos azules. Los farolillos multicolores oscilaban perezosamente con las
ráfagas de brisa de la noche mientras Tanner se aproximaba a la mesa.
-Si es nuestro gran jefe de bomberos -murmuró Billy, observando la expresión tensa de Tanner.
Tanner extendió la mano y tiro del brazo de la mujer.
-Vete ya -le dijo-. Mientras puedes.
Ella puso cara de irritación hasta que vio los ojos de Tanner. Solo tardó unos instantes en moverse.
Billy intentó sujetarla del brazo. Ella se liberó de un tirón y corrió a la barra.
-¿Qué demonios quieres? -le preguntó Billy, con el habla ligeramente estropajosa.
Tanner cogió a Billy de la pechera de la camisa y lo levantó parcialmente de su asiento.
-Vengo a hacerte una visita que te debía desde hace mucho tiempo, montón de basura.
Soltó la camisa de Billy y lo empujó de nuevo violentamente hacia su asiento.
Billy, sin impresionarse, dijo:
-Toma asiento, Tanner, muchacho. Bebe algo.Tómate una cerveza. Quédate con la rubia, si es tu
gusto.
-No bebo.
-Eso dices, pero no durarás mucho tiempo así -dijo Billy, tomó un largo trago de su botella de
cerveza, mientras miraba a Tanner por encima del cuello de la esta-. ¿Qué problema tienes?
-¿Y si salimos a darnos una vuelta, Billy? Ya me entiendes: vamos a alguna parte donde podamos
estar a solas.
-No puede ser, compañero -dijo Billy, agitando un dedo de borracho-. Estoy esperando a alguien.
Asunto oficial de la policía.
-¿Y dejar tirada a Siren McKay en el pueblo ha sido asunto oficial de la policía? -dijo Tanner,
inclinándose sobre la mesa y sintiendo en los dedos el deseo de pegar un puñetazo en la cara a Billy y
acabar de una vez.
Billy se recostó en su asiento, sujetando la cerveza tranquilamente, pero con la mirada huidiza. Dejó
de mirar a Tanner para observar la puerta de acceso al interior del bar.
-¿Eso ha dicho ella que hice? ¿Y qué hiciste tú: rescatarla, o sí? Tanner Thorn, héroe local.
Tanner contuvo su ira a duras penas.
-¿Qué demonios te propones, Billy?
Billy se inclinó hacia delante, ladeándose y dejando la botella la mesa con un esfuerzo de
concentración. Sonrió y levantó la cabeza.
-A ti no te importa, gilipollas.
Tanner recibió un fuerte golpe en la nuca. Intentó volverse para luchar contra su atacante, pero Billy
se levantó de un salto, cogió a Tanner del pelo de la frente y le hundió la cara contra la mesa. Explotó en su
cerebro una oscuridad llena de alfilerazos de luz. Después, todo quedó a oscuras.

-NO DEBERíAs haberle dado tan fuerte -dijo Billy-. Había otras maneras de reducirlo.
-Como si alguien fuera a decir nada -respondió Dennis, encogiéndose de hombros-.Yo ya sé lo que
me hago.
-¿De verdad? -inquirió Billy, sacudiendo la cabeza-.Yo no estoy tan seguro. Tuvimos suerte de que
no estuviera allí Jimmy.
Dennis sonrió.
-Sí que estaba. Lo he emborrachado. No vio nada.
Arrojaron el cuerpo de Tanner, desmadejado y esposado, en la trasera del Explorer de Billy.

LA MOZA RUBIA se llamaba Benita Prescott y había visto todo el altercado desde detrás de la
barra. Ella sabía que Billy no estaba borracho. Benita llevaba allí toda la noche, desde las nueve y media
por lo menos, y lo había visto beber una o dos cervezas. Al principio, Billy no había estado muy hablador,
como si no quisiera estar allí, casi como si estuviera esperando a alguien a quien no quisiera ver. De una
cosa estaba segura: de que Billy se había sorprendido, claramente, cuando Tanner había aparecido junto a
la mesa. Esa era la palabra: había aparecido. Sencillamente, se había materializado ante ellos, como en
una película de ciencia-ficción. ¿Y por que iba a sorprenderla aquello? Al fin y al cabo, Tanner Thorn era
nieto de Nana Loretta.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Cuando aquel gusano de Dennis Platt se había deslizado junto a Benita, ella no le había dado
importancia. Los pelmazos siempre serían pelmazos; aunque le sorprendió algo verlo, pues Dennis no solía
frecuentar los bares de la localidad. Era demasiado soberbio e importante para eso. Se preguntó si se
sentiría solo ahora que había huido del pueblo su amigo, esa ardilla de Ethan Files. Lo había perdido de
vista cuando los últimos juerguistas habían dejado la terraza para refugiarse al calor de la barra, pasando
junto a ella. Cuando ella se adelantó, Dennis estaba de pie junto a Tanner. Solo cuando le vio empuñar la
porra y levantar el brazo comprendió que le iba a agredir seriamente.Y entonces ya fue tarde para que
interviniera ella. Buscó frenéticamente a Jimmy con la vista, pero este estaba en la barra completamente
borracho. Estaba sentado de espaldas a la puerta y no había visto a Tanner en la terraza.
Se refugió todavía más entre las sombras mientras Billy y Dennis sacaban de la terraza el cuerpo
ensangrentado de Tanner, rodeando el bar por la orilla del lago. Ella los siguió discretamente. Hicieron
algunos comentarios en voz alta para que les oyeran los parroquianos que estaban en el aparcamiento.
-Borracho otra vez. Qué montón de mierda inútil, no sabe beber.
Benita contuvo la respiración y se quedó inmóvil en la oscuridad, viendo cómo arrojaban el cuerpo
de Tanner a la parte trasera del Explorer de Billy. ¿Estaría muerto? ¡Ay, mierda, esperaba que no!
Billy contempló el cuerpo inerte de Tanner.
-Este siempre lo jode todo -dijo. Recorrió con la vista el aparcamiento. Benita se refugió de nuevo
entre las sombras. Billy le pasó la vista por encima sin verla y miró a Dennis.
-Deberías haberme dejado oír lo que quería decirme.
-¿Para echarlo todo a rodar? -dijo Dennis, sacudiendo la cabeza.
-Sigo diciendo que esto se podría haber hecho de mejor manera. Voy a tener que dar muchas
explicaciones.
-Ya se te ocurrirá algo. ¡Eh! ¿Qué es esto? -dijo Dennis agachándose junto al cuerpo de Tanner y
tomando con los de un disco dorado-. El muy jodido tiene una moneda de oro.
-Devuélvesela, Dennis, no es tuya. No quiero complicar esto todavía más cometiendo un robo.
-Claro, claro.
Dennis hizocomo que metía la moneda debajo de Tanner, pero se la quedó.
Benita Prescott vio que Dennis volvía a dirigirse al bar. Buscó inconscientemente la larga cadena de
plata que llevaba oculta bajo la blusa. Tocó el pentáculo que colgaba del extremo de la cadena. Billy se
subió al Explorer y puso en marcha el motor. Benita, sujetando todavía el amuleto de plata, corrió a su
propio coche, un pequeño Saturn verde y se subió rápidamente. Mientras Billy daba inarcha atrás con el
Explorer, ella arrancó el suyo, buscando a la vez en su bolso, del que extrajo su teléfono móvil mientras
salía del aparcamento siguiendo a Billy. Billy no se fijó en ella.
Pulsó un botón de marcado automático.
-¿Nana Loretta? Soy Benita.

A NANA LORETTA, como buena Acuario, le encantaban tres cosas: ayudar a la gente, ir de tiendas
y chismorrear. Había ejercido durante más de setenta años de agencia central de información de la
rumorología del pueblo. Para ella no era más que una pauta natural de conducta. Esta labor funcionaba en
un doble sentido y le aportaba un flujo constante de información; de poca transcendencia en su mayoría,
pero de vez en cuando le llegaba una noticia valiosa. Ser una bruja ochentona tenía unas ventajas
innegables. Por ejemplo, Nana había ayudado en un momento u otro a medio pueblo (tanto a los vivos
como a los muertos), lo que significaba que casi todos le debían favores. Aunque aceptaba donativos,
jamás cobraba por practicar la magia. Al no establecer un precio determinado en dinero, esperaba recibir
favores a cambio, Y los pedía. También le resultaba útil el hecho de que a lo largo de los años había ido
formando a diversas personas del condado, en número suficiente para mantener abiertos los canales de
información. Era verdad que la mayoría no pasaban nunca de las formas más rudimentarias de la magia
popular, pero también esto tenía sus ventajas.Tanner no tenía idea de a cuántas personas había ido
formando Nana en el transcurso de los años, y durante los últimos siete había hecho caso omiso de aquella
faceta de la vida de Nana. La había despreciado como si no existiera. Nana sacudió la cabeza con tristeza.
Las enseñanzas mágicas servían para forjar unas alianzas que no se rompían fácilmente, aunque el
alumno optara por dejar la formación antes de haber concluido el ciclo completo de su educación. Siempre
era ventajoso que las personas se marcharan de buena manera, y Nana cultivaba diligentemente su trato.
Por último, mantenía el contacto con las viejas familias mágicas, con las pocas que quedaban, y con las
nuevas que iban apareciendo, los grupos autodidactos que estaban muy interesados en aprender la vieja
magia y que le proporcionaban de buena gana toda la información que quería. Así era como había seguido
la pista de Siren en Nueva York. Con todas aquellas fuentes que alimentaban el caldo de la información,

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Nana solía saber casi siempre quién hacía qué, cuándo, dónde y con quién, o a quién. Así pues, la llamada
telefónica de Benita no la sorprendió.
Se quedó de pie junto a su arca de artículos mágicos, dando vueltas en su vieja mente a lo que se
podía y a lo que se debía hacer. Tenía que detener a Billy. Benita le había indicado que,se dirigía hacia la
Policía Regional de Webster, aunque podía desviarse de la carretera e ir a cualquier parte. Nana había
pedido a Benita que continuara siguiendo a Billy y que volviera a llamar cuando este hiciera una parada
inesperada, cosa que haría. Entonces le daría nuevas instrucciones.
¿Qué sabía ella acerca de Billy Stouffer? Hasta entonces había sido un agente de policía bastante
bueno; su única debilidad, las mujeres bonitas, lo había llevado a conquistar a Jennifer, la esposa de
Tanner. Aquello había sido un mal asunto para todos. Nana no apreciaba en absoluto a aquella mocosa
remilgada, aunque fuera la esposa de Tanner y la madre de sus hijos. Jenny solo había acudido a Nana
Loretta cuando las cosas se habían complicado demasiado; y por eso estaba rebuscando Nana ahora en el
fondo de su arca de artículos mágicos. ¡Ajá! Extrajo una bolsita marrón que tenía escrito el nombre de Billy
Stouffer. Por desgracia, Jenny había emprendido un viaje sin retorno desde el puente cubierto antes de que
Nana hubiera podido ayudarla. Orden y caos, murmuró. Nunca se sabía. Ahora tenía en la mano la bolsita
marrón. Su contenido resultaría utilísimo.
Reunió rápidamente los ingredientes que necesitaba: pimienta negra, guindillas, ortigas y un vasito
de tequila. Sí: con aquello bastaría. Espera: cerillas y un tenedor grande de barbacoa. Salió
apresuradamente al porche trasero y dispuso sus materiales junto al gran caldero de metal. Retiró con la
mano unas hojas muertas y otros restos que había en el interior del caldero. Sabía que no tenía mucho
tiempo.
Un perro aulló tristemente en la oscuridad. Nana sonrió. Los animales percibían la llegada de la
magia.
Echó en el caldero el contenido de la bolsa marrón, procurando no tocar el paño, y lo extendió con
el tenedor de barbacoa. Billy debía haber tenido la precaución de no dejarse por ahí la ropa interior sucia
sobre todo sabiendo que había brujas sueltas. Salpicó los calzoncillos con las plantas y especias y después
empapó de tequila todo el amasijo.
Se apartó, respiró hondo, y después levantó los brazos y empezó decir:
-¡Te conjuro por el poder de la Morrigan; un círculo me rodee! Marco el camino entre los mundos, la
frontera entre los dioses y el hombre. Marco el camino alrededor una vez; dos veces, se vuelve llama. Tres
veces alrededor de un muro de fuego, en cuyo reino me quedaré. Como lo de arriba, desde la corona del
cielo, ahora se revela lo de abajo; círculo mágico, fortaleza de la Diosa, por mis palabras queda sellado su
destino.
Dio un paso atrás, encendió una cerilla y la arrojó al caldero. Contempló cómo giraba la llamita en la
oscuridad y prendía el contenido para surgir con una gran llamarada. El perro volvió a aullar a lo lejos.
Nana miró fijamente el interior de las llamas, concentrándose Biuy Stouffer. Su voz se redujo a un
susurro fuerte, para ir subiendo después al pronunciar cada sílaba.
-Guarida de brujas y noche de espíritus, traed el poder, seres antiguos. Sangre y huesos de los de
antes, ayudadme en esta tarea. Hierbas, llamas, bebida fuerte, veladle el pensarmento y mente. Rostro
temible, ardides de monstruos, brillo de duende, sonrisa e brujas; cread imagenes en su cerebro; ¡que se
crea que se ha vuelto loco!
Surgió del fuego un ser inmenso, ardiente, con los brazos levantados, que subió hacia el cielo
silbando como un cohete. Nana retrocedió, llevándose las manos a la rebeca. Aquello no había sucedido
nunca, desde luego. Vio cómo la figura femenina giraba y se retorcía por encima del caldero.
-Un dragón del fuego -susurró-. Pero ¿cómo puede ser?
Inclinó la cabeza, reflexionando. El elemental soltó un arrullo, con ruido de chispas y de remolinos
de aire, y después se volvió en el cielo oscuro como una sirena de fuego que nadaba hacia el cielo, por
encima del lago de Cold Springs.
Nana frunció el ceño. El hechizo que acababa de realizar no estaba pensado para invocar a un
elemental. Esos trabajos eran mucho más complicados y mucho más peligrosos. Lo cual quería decir que,
de alguna manera, en alguna parte, alguien había conjurado a aquella cosa maldita, y aquel alguien no era
Nana Loretta. Pero ¿quién, y cuándo? ¿Y cómo había venido a su fuego? ¿Y si había más de uno? Debía
considerarlo; pero aquel no era el momento. Retrocedió, frotándose las manos.
-El que hace daño a mí nieto, lo paga -murmuró, mirando en la dirección que había seguido el
dragón del fuego. Se volvió y entró apresuradamente en la casa para atender al teléfono que sonaba.
-Va haciendo eses por la carretera -dijo Benita sin aliento-. ¿Qué le has hecho? Ay, Dios mío, creo
que va a tener un accidente.
-No tendrá ningún accidente. ¿Ves algo raro en el cielo?
-¿Qué? No. Nada. Estrellas. La luna. Mucho negro. ¡Jesús! Ha estado a punto de chocarse de
frente con un camión.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Parará.
-Tienes razón. Se está parando a un lado de la carretera.
Silencio.
-¿Benita? ¿Qué hace ahora?
-Ha bajado del Explorer y da saltos, dándose palmadas en los pantlones como si le estuvieran
ardiendo o algo así. La verdad es que está muy gracioso -comentó Benita, soltando una risita-. Ay, Dios
mío, Nana, se está quitando los pantalones.
-Eso no nos viene bien. No está ardiendo de verdad, ¿no?
-Quia.
-¿Te ve?
-Me mira sin verme. Ahora entra corriendo en el bosque, hacia el lago.
-Bien. Ve a sacar a Tanner de la trasera del Explorer.
-¡Puede que esté muerto!
-No lo está.
-¿Y si el Explorer está cerrado con llave?
-No lo estará. Tráete a Tanner aquí.
-No sé si podré levantarlo. Ay, mierda, viene una camioneta.
-Es Jimmy Dean. Hazle señas para que pare. Pero Benita...
-¿Qué?
-Conduce tú. Jimmy viene borracho como una cuba.
-¿Cómo lo sabes…? Es igual.

19
____________________________

NINGÚN SUEÑO, ni bueno ni Malo; el día de ayer era una larga mancha borrosa. No había
preguntado a Jess por el mensaje escrito con pasta de dientes ni por la rosa, pensando que le estaba

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

haciendo una broma desagradable en la que ella no estaba dispuesta a entrar. El sol de la mañana
producía formas suaves de luz en el suelo de la cocina mientras ella preparaba té. Cuando Siren levantó la
vista, vio con sorpresa que Nana Loretta estaba de pie ante su puerta trasera. Era como si la anciana se
hubiera materializado sin más ante la ventana.
-Solo me he pasado por aquí para ver si estabas bien -dijo Nana, cuando Siren abrió la puerta-.
¿Dónde está tu tío Jess? -le preguntó, asomándose por la esquina y ciñéndose el cuello de su rebeca de
color amarillo vivo. Siren pensó que Nana parecía un poco sofocada aquella mañana.
-Ha salido -respondió Siren.
Nana sonrió.
-He hablado con Tanner esta mañana, a primera hora. De modo que has conocido a mi nieto.
Siren, que estaba andando, se detuvo bruscamente.
-¿Su nieto?
-¡Sí!
Siren acompañó a Nana Loretta a la cocina.
-¿Tanner Thorn es nieto suyo?
-Claro.
Siren contempló a Nana mientras esta se sentaba despacio ante la mesa improvisada.
-Pero usted dijo que su nieto y yo habíamos jugado juntos de niños. Me imagino que, por algún
motivo extraflo, yo me figuré que…
-¿Que él era un niño todavía?
-Qué tontería, ¿verdad? Debí haber tenido más sentido común.
-La mente hace cosas raras, te lo digo yo. Los recuerdos, por ejemplo: las personas que aparecen
en ellos no envejecen nunca, no son más que fotos detenidas en el tiempo.
-Me temo que no tengo el menor recuerdo de Tanner –dijo Siren sacudiendo la cabeza. V
-Parece que hay muchas cosas que no recuerdas. Así es la vida.
Nana tomó la taza de té que le ofrecía Siren y miró a esta.
-Me he pasado a traerte chismes diversos, si te interesan. Por cierto, tienes ojeras. ¿No duermes
bien?
Siren miró fijamente a Nana, incapaz de salir de la idea anterior.
-¿Por qué no la había relacionado antes con Tanner?
-Quizá no debías recordarlo hasta que estuvieras preparada. De modo que, ¿por qué chismorreos
quieres que empiece? –le preguntó Nana.
-¡Elíjalos usted! -dijo Siren, riéndose y preguntándose si Nana sería verdaderamente una bruja, o si
los rumores no eran mas que mentiras y Tanner le había tomado el pelo.
Nana echó una ojeada por la cocina.
-Veamos: ¿quieres saber si soy bruja de verdad?
Siren tragó saliva con fuerza. Aquella mujer era diferente de cualquier persona que ella hubiera
conocido en su vida.
-La respuesta es "si" -dijo Nana, inclinándose hacia delante.
Siren abrió la boca, pero Nana le impuso silencio levantando la mano.
-La pregunta siguiente -dijo Nana- es si Tanner es brujo. Desde luego que si, aunque él lo niega. Es
un bribón, vaya si lo es. Un chico de campo de pies a cabeza. Cuando murió su mujer, todas las mujeres
guapas lo persiguieron -siguió contando, recostándose en la silla-, pero él se dio a la botella. Dice que lo ha
dejado, pero yo no estoy muy segura de que sea verdad. Tiene dos hijos, pero están en el estado de Maine.
Los padres de ella se los llevaron. Se cumplen siete años el 31 de octubre. Él dice que no, pero yo creo que
se siente solo y echa de menos a los suyos.
-A sus hijos, quiere decir.
-No.
Siren volvió a intentar decir algo, pero Nana se le adelantó.
-Ah. Ah -dijo, levantando un dedo-. Te prometí chismereos escandalosos, y no he terminado. Me he
enterado de que la mujer de tu primo Ronald lo ha dejado y ha pedido el divorcio. Eso lo mantendrá
ocupado una temporada, supongo, pero un amigo, que tengo en el juzgado del pueblo dice que Ronald
sigue empeñado en ingresar a tu tío Jess en un centro de algún tipo. Así pues, más vale que procures que
Jess se comporte como un ser humano; ¡y, en nombre del cielo, haz que deje esa horca!
Siren se preguntó por un instante si Tanner le habría contado la conducta del tío Jess la noche
anterior.
-Tu otro primo... -siguió contando Nana-. Se llama Harold, ¿no?
-Horace.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Anteayer se cayó y se rompió una cadera; de manera que ahora están muy ocupados. Me he
enterado de que no ha sido capaz de pagar la hipoteca de su casa y de que se van a mudar a una
caravana a las afueras del pueblo.
-No me da lástima ninguno de ellos -replicó Siren, después de apurar su taza de té.
Nana buscó en el bolsillo de su rebeca amarilla y extrajo un pañuelo de papel, con el que se secó la
frente.
-Hoy hace un poco de calor aquí. ¡Ah, sí! La policía cree que Ethan Files anda suelto y se dedica a
matar a la gente.
Se cubrió la cara con el pañuelo de papel.
-Intentan mantenerlo en secreto, de modo que, como es natural, lo sabrá todo el mundo enseguida.
Creen que fue él quien mató a aquella muchacha que encontraron en el contenedor, y a aquel chico en los
billares de Whiskey Springs a primera hora de la noche de ayer.
A Siren le pareció que se le bajaba a la punta de los pies toda la sangre del cuerpo.
-¿Qué chico? -susurró.
-No era lo que se dice un chico, aunque sí que lo era compardo conmigo: dicen que tenía
veintitantos años. Un prostituto, según he oído decir. ¿No te habías enterado? ¿Dónde has estado metida?
-No ha sido Ethan -dijo Siren, sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta.
-¿Que no ha sido Ethan? ¿Y cómo lo sabes tú? Parece que estás muy pálida. En todo caso, las
autoridades buscan a alguien, eso es seguro.Y, hablando de agentes de policía, vaya, a Billy Stouffer le
pasó una cosa rarísima anoche.
-Ah, sí?
-Si, en efecto. Al parecer, tuvo una experiencia muy rara. Iba conduciendo por la carretera
tranquilamente y de pronto le dio un ataque terrible. Primero estuvo a punto de matarse. ¡Después se salió
de la carretera, saltó de su vehículo y se tiró al lago!
Nana rio ahogadamente bajo su pañuelo de papel.
-¡No!
-¡Palabra de honor! -dijo Nana, levantando la mano derecha y trazándose después una cruz sobre
el pecho-. Los de la ambulancia lo llevaron al hospital, empapado y tiritando como un perro.
-¿Está bien?
-Parece que está pertectamente cuerdo y que solo se ha ortigado el trasero con hiedra venenosa
-dijo Nana, guardándose discretamente el pañuelo en el bolsillo. Siren se recostó en su silla mientras una
sonrisa luchaba por asomarle a los labios cerrados.
-¿Cómo sabe usted todo esto?
-Tengo mis fuentes.
-He oído decir que Billy Stouffer anda con muchas mujeres.
-Eso hace; pero en general suele ser un buen agente de policía. Aunque ahora ya no estoy tan
segura. Creo que se ha metido en un atolladero, por así decirlo. Todo el mundo tiene alguna historia fea por
aquí, ¿sabes? Así es el ser humano. Depende de dónde pongas la mira. Como yo digo, lo que para una
mujer es lo mínimo, para otra es el colmo. Por cierto, ¿dónde está tu tío Jess?
Siren se preguntó si Nana estaría pensando en minimos o colmos al acordarse de Jess.
-Le dejé llevar el Pontiac al pueblo, aunque me preocupa un poco. El coche no marcha bien
últimamente; creo que la transmisión se va a romper. Jess dijo que tenía que ir al banco y que hacer otros
recados.
Nana se levantó de junto a la mesa. Tardó unos momentos incorporarse.
-Estas mañanas de otoño la dejan a una entumecida -dijo-.Yo también tengo mucho que hacer,
pero he querido pasarme por aquí para ponerte al día. En este pueblo no se puede vivir sin conocer los
chismorreos. Me he enterado de que algunas personas se han interesado por tu trabajo con el hipntismo
mo -añadió. Le brillaron los ojos.
-¿Personas que dan y reciben chismes?
-Desde luego.
-Sí, el teléfono ha estado sonando sin parar.
No dijo nada de las llamadas extrañas. Hizo una pausa. Sus sueños... habían sido verdaderos. Dos
asesinatos verdaderos. Se le borró la sonrisa.
Nana asintió con la cabeza, sin dar la impresión de querer obligarla a hablar.
-Eso es bueno. Yo he estado corriendo la voz. A lo mejor tienes todas las horas cubiertas en cuanto
te quieras dar cuenta. Por cierto, he hecho unas galletas y una tarta de manzana. Se me han olvidado en el
jeep. Acompáñame fuera y te las daré.
Salieron a la luz cálida del sol. El monte de la Cabeza de Vieja parecía desolado, al irse cubriendo
de más hojas secas suelo del bosque. A Siren le resultaba dificil concentrarse en charla de Nana.
Los asesinatos de los sueños eran verdaderos.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Ya no tendremos muchos días tan buenos como los que hemos tenido en estas últimas semanas
-decía Nana mientras abría la parte trasera del jeep y extraía su cesta de comida-. Pronto hará frío y
lloverá. ¿Crees que serás capaz de soportar a tu tío Jess todo el invierno?
Siren, ausente, tomó la cesta de sus manos.
-Haré lo quepueda. Anoche desplegó sobre la mesa de la cocina los planos de la casa nueva que
piensa construirse. Está ilusionado.
Se interpuso una nube ante el sol, cerrando el paso a sus rayos cálidos. Siren se estremeció,
levantó rápidamente la vista y volvió mirar después a Nana Loretta.
-¿Estás bien, Siren McKay?
-Bien.
¡Los sueños son reales!
“Lo cual significa que no estoy loca, después de todo."
-No estoy loca -dijo, dejando salir de su boca inconscientemente las palabras.
-No, querida, nadie ha dicho que lo estés.
Sirén apretó los labios.
Nana extendió la mano y dio a Siren unas palmaditas en la cabeza, como si fuera una niña.
-Ten cuidado con lo que haces y con lo que dices a la gente. Sobre todo, a los que acuden para
recibir tus tratamientos. Sí, ya sé que ya lo sabes, pero yo te lo recuerdo. Tal como ya he dicho, todo el
mundo tiene sus secretos. En la cesta encontrarás una bolsa amuleto –dijo Nana, guiñando un ojo. Se
dirigió a la puerta del conductor del Jeep y subió al coche más deprisa de lo que Siren había considerado
posible teniendo en cuenta su edad avanzada.
-¿Qué es una bolsa amuleto?
-Una bolsa mágina llena de cosas buenas. No la abras. La preparé para darte protección y
prosperidad. Llévala en el bolsillo.
Nana hizo ademán de cerrar la portezuela del coche, pero Siren la detuvo y dejó salir de su boca
una pregunta antes de perder el valor de hacerla.
-¿Cómo murió la mujer de Tanner?
Nana echó a Síren una mirada extraña.
-Esa pregunta solo la harían dos clases de personas: las que quieren sacar a la luz malos
recuerdos para hacerle daño, o las que están pensando tener relaciones con él. ¿De cuál de las dos clases
eres tú?
-Lo siento –dijo Siren, apartándose del jeep-. Ha sido una pregunta muy atrevida, y tiene usted
razón. Todo el mundo tiene derecho a su intimidad.
-¿Le tienes miedo?
- ¿A Tanner? Vaya, pues no. ¿Ha dicho eso él? ¿Que yo le tenía miedo?
Nana guardó silencio un momento.
-Fue muy triste. Se dice que tuvieron una discusión terrible, no sé la causa.Yo no vivía con ellos, y
ella no se trataba conmigo. Ni siquiera quería traer a los niños a mi casa. Decía que les iba a deformar sus
tiernas mentes. En todo caso, Jenny, así se llamaba su mujer, salió de la casa una noche dando un portazo
y recorrió el pueblo a toda velocidad en una vieja camioneta Pinto. Supongo que sería hacia las dos de la
madrugada, según contaron los artículos de los periódicos. Al día siguiente encontraron su camioneta Pinto
boca abajo en el lago; había caído agua por el terraplén de la entrada del puente cubierto. Ella se ahogó.
Una cosa terrible. Para empeorar las cosas, algunos dicen que él le pegaba y que por eso se marchó ella
con tanta prisa. Pero yo no lo creo. Tanner es muy suyo, pero yo no he tenido noticia de que haya puesto
nunca la mano encima a una mujer El forense no fue capaz de dictaminar nada en ese sentido, pero ella
murió ahogada y se llevó el secreto a la tumba. Un caso triste. Como respuesta a tu otra pregunta, creo que
él te tiene más miedo a ti que tú a él.
-¿A mí? -preguntó Siren, tragando saliva-. ¿Por qué?
-Si no lo has descubierto todavía, yo no te lo puedo decir.
-Por el asesinato de Max -susurró Siren.
-¡Señor, no! -dijo Nana, dando una palmada en el volante-. No es eso en absoluto. ¿Era eso lo que
te habías creído tú?
Se rio con una risa quebradiza de anciana después y la miró con ojos serios.
-Ahora que estamos hablando con franqueza, tengo que hacerte una pregunta. La verdad es que
tengo que hacerte bastantes, pero dejaremos la mayoría para más adelante. Creo que no estás preparada
para algunas de mis preguntas; pero respóndeme a esta: ¿de dónde has sacado ese broche en forma de
gárgola?
Siren se llevó la mano con un gesto protector al broche que llevaba en la blusa.
-Lo llevas puesto siempre, ¿verdad?
-Si.

- 120 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Tiene algo de especial?


Siren pestaneó, pasando los dedos por la figura complicada.
-Es un regalo que me hicieron.
Nana, sin sonreir y en silencio, espero a que siguiera contando.
-Supongo que es una tontería, en realidad. Yo no conocía siquiera a ese señor.
-¿Recuerdas lo que te dijo cuando te lo dio?
Siren titubeó.
Nana no cedió.
-Tú me hiciste una pregunta franca y yo te he contestado con la misma franqueza. Ahora te toca a
ti.
Siren apartó la vista; los ojos se le llenaban de lágrimas, pero se negó a darles salida.
-Fue un día atroz. Un día terrible. Yo estaba convencida de que me mandarían a la cárcel, o algo
peor. De pronto, me absolvieron y me encontré en la escalinata del juzgado. Había gente por todas partes.
Periodistas, abogados: aquello era un manicomio.
Se llevó las manos a las mejillas, y después las fue dejando caer poco a poco.
-Entonces salió de entre la multitud aquel hombre, un hombre alto, y me puso en la mano con
fuerza el broche. Lo recuerdo, porque el broche estaba abierto y me hizo sangre, y por eso me miré la
mano enseguida en vez de mirarle la cara a él. Dijo algo de que la primera vez que me había conocido ya
había sabido que yo era especial, y que siempre que lo llevara yo sabría que alguien me quería de verdad.
Pensé que sería una especie de admirador loco -comentó, riendo nerviosamente-. Una los colecciona,
¿sabe?, sobre todo cuando a una la han acusado de asesinato. Seguramente debería haber tirado este
condenado chisme, pero sus palabras me conmovieron mucho. En aquellos momentos me sentía muy sola.
-Intenta recordar qué aspecto tenía.
Siren apretó los labios. Comprendíó, y el descubrimiento la golpeó como un puñetazo en el plexo
solar. El hombre estaba borracho; llevaba un abrigo suave de piel de gamo y un sombrero que le cubría del
todo la frente y solo le había dejado atisbar un instante aquellos ojos plateados.
-Tu expresión acaba de decirme todo lo que yo tenía que saber -dijo Nana, abotonándose la rebeca
amarilla-. Ahora te toca a ti visitarme. He dejado en la cesta de comida un papel donde he escrito las
instrucciones para llegar a mi casa. Puedes devolverme la cesta cuando vengas a verme. Si no recuerdo
mal todavía tienes algunos cacharros de cocina míos de la cena que os traje. Tráemelos también. Esperaré
tu visita con interés. Tenemos mucho de qué hablar cuando estés preparada.
Se volvió a mirar hacia el final de la carretera.
-Parece que llegan por fin los muebles que tanto habías esperado -dijo.
Siren soltó un suspiro de alivio cuando el camión de muebles se detuvo después de dar un rodeo
para evitar el vehículo de Nana.
Nana empezó a dar marcha atrás con su jeep, pero pisó el freno.
-Siren...
-¿Sí?
-Recuerda una cosa.Yo no soy Dios. Hasta las brujas tenemos nuestros límites. Yo no lo veo todo.
Tal como he dicho antes, hay orden y hay caos. El jaleo es lo que te puede hundir, porque es un desorden
con causa, y a veces no captamos el plan general... hasta que es demasiado tarde.

AL DÍA SIGUIENTE, Wilhelmina Potts llevó delicadamente la mole de su cuerpo al salón de Siren,
que ya se había convertido oficialmente en despacho. La sesión marchó bien, aunque a Siren le resultaba
tremendamente dificil concentrar sus pensamientos. A Wilhelmina le había hecho mucha ilusión la
propuesta de perder peso por medio de la hipnoterapla y estaba poniendo mucho de su parte. Había
preguntado cinco veces a Siren si esta había encontrado ya novio en Cold Springs, y le había propuesto
otras cinco veces presentarle a su primo. Siren había rechazado la propuesta amablemente en todas las
ocasiones.
-He estado a punto de no venir a verla -dijo Wilhelmina mientras se cargaba al hombro el bolso
gigantesco.
-¿Ah, sí? -respondió Siren, ocupada en ordenar la carpeta del historial de Wilhelmina y en meter en
un sobre la cinta de la sesión para que la cliente se la llevara a su casa, como era habitual.
Wilhelmina bajó los ojos.
-Verá, es que hablan mucho de usted.
-Eso tengo entendido -dijo Siren. Le costó trabajo evitar el tono de irritación.

- 121 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Algunos dicen que usted es responsable de los incendios, pero no se me ocurre como podría
provocar todos esos incendio una chiquilina como usted. O sea, ¿cómo podría haberlo hecho sin que la
hubieran atrapado todavía?
-Me alegro de que no prestara atención a los rumores –dijo Siren, con una sonrisa.
-Ah, pero sí que les preté atención. Por eso he venido. Quería verlo con mis propios ojos. Otros
dicen que usted está relacionada con los adoradores del demonio que vienen por el condado y que hacen
sacrificios humanos; pero lo que yo decía es que cómo era posible que esa chiquilina pudiera hacer daño a
nadie...
-¿Adoradores del demonio?
-Desde luego -dijo Wilhelmina, asintiendo con la cabeza-. De vez en cuando viene por aquí toda
una manada. La mayoría no son más que chicos jóvenes que escuchan música rara y hacen cosas
extrañas para llamar la atención. Luego se descubre que uno o dos de ellos están locos por las drogas,
nada más. Sucede por ciclos.
Siren seguía sonriendo, pues no sabía qué otra cosa podía hacer.
-Naturalmente, corría el rumor más general de que usted había matado a su novio y se había
librado; pero lo que yo decía es que cómo era posible que esa chiquilina pudiera asestar dieciséis
puñaladas a su novio sin tener encima una sola gota de sangre...
Siren se sintió un poco asqueada, pero siguió sonriendo.
-Ahora, la mujer del pueblo que echa las cartas opina qué usted es una de las brujas de la Cabeza
de la Vieja, que se ha reencarnado para hacer sufrir al pueblo en castigo de lo que hicieron los antepasados
de sus habitantes a usted y a las otras mujeres. Este rumor es el que más me gusta a mí. Es ingenioso.
Pero lo que yo decía es que cómo era posible que esa chiquilina pudiera castigar a todo un pueblo...
Por fin había un rumor que ella podía permitirse comentar sin peligro.
-Esa leyenda no tiene nada de cierto, Wilhelmina: no es más que un cuento.
Wilhelmina dio una palmada en su bolso y soltó una carcajada.
-¿Eso cree usted? ¿Y se ha criado aquí? ¡Cielos, no! Muchos de los antiguos, ya sabe, de las
familias que llevamos aquí desde que el glaciar abrió el lago de Colds Springs, tenemos una versión distinta
del relato.Vaya, si es tradicional en estas partes que las familias reciten el relato en Halloween. Empezamos
a hacerlo hace cosa de cinco años. Lo hace cada año una familía, en el parque de bomberos, para
recaudar fondos. ¡Cuando yo era pequeña e iba a la escuela, solíamos tener peleas terribles, porque cada
relato era diferente y todos jurábamos que el nuestro era verdad como el Evangelio!
Siren acompañó a Wilhelmina hasta el zaguán y le entregó el sobre que contenía su cinta.
-Escúchelo todas las noches, antes de dormir, y siempre que se encuentre deprimida por su peso o
que quiera comerse unos caramelos.
Wilhelmna sonrió y se llevó el sobre al grueso pecho.
-¡Eso haré! ¡Mi sobrina ha perdido ya dos kilos y medio, y solo lleva unos días!
-Estupendo; pero, recuerde, cada persona es diferente, y tiene que desear perder peso.
Siren Puso la mano en el tirador para abrir la puerta.
-¿Sabe? -dijo WilheImina, mirando atentamente a Siren-. Usted se parece mucho a una de las
muchachas que salen en el retrato que tiene mi padre de las brujas de la Cabeza de la Vieja.
-Su padre tiene una foto?
-La verdad es que no es una foto, es una pintura, pero se parece tanto a una foto que casi parece
que están vívas.Yo la llevaba a la escuela todos los años para las exposiciones de curiosidades, hasta que
algunos padres se quejaron y el viejo pastor baptista montó un escándao. Las brujas... tenían un club de
costura -dijo, bajando la voz como si pudiera oírla alguien que no fuera Siren-. O puede que fuera un club
de bordado, no lo recuerdo –añadió inclinando la cabeza a un lado-. Hace bastante tiempo que no cuento el
relato. La mujer del alcalde siempre intenta acaparar el escenario. En todo caso, todas posaron para
hacerse un retrato de grupo, que les hizo un pintor ambulante de los que había en aquellos tiempos.Yo
pasaba horas enteras mirando ese retrato, preguntándome lo que sería haber sido una de ellas y, claro
está, temblando al pensar cómo habían muerto todas allí arriba, en la Cabeza de la Vieja.
-¿Y cómo murieron? -preguntó Siren, intentando reducir al mínimo su curiosidad.
Wilhelmina abrió mucho los ojos.
-Vaya, las quemaron. A todas. Prendieron fuego a todo el monte.
-Pero yo había creído que ese relato no era más que una leyenda...
-¿Quiere decir que su familia no le ha contado nunca la historia verdadera? -preguntó Wilhelmina
con incredulidad.
-Mi tío decía que no era más que un cuento de hadas.
-De ninguna manera -dijo Wilhelmina con vehemencia-. Es verdad, vaya que sí. Puede que alguna
de esas brujas fuera parienta suya y que por eso se negó su farmilia a decir nada. Algunas familías de por
aquí no quieren reconocer que sus antepasados fueron brujos y brujas, mientras que otras familias están

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

muy orgullosas de ello. Una de esas mujeres figura en mi árbol genealógico -añadió Wilhelmina con cara
radiante-. ¿Quiere ver ese retrato, si es que lo encuentro?
-Tráigalo la próxima vez, si quiere.
Wilhelmina retrocedió para contemplar a Siren.
-¿Sabe? Usted tiene algo que me resulta muy familiar.Y ese broche raro también. Sé que lo he visto
antes. Puede que fuera cuando salieron sus fotos en el periódico, nada más.
Siren sonrió levemente y tocó el broche gárgola. Lo sintió caliente al tacto.

SERATO se estaba replanteando la posibilidad de instalar aparatos de escucha en la casa de Siren.


Tenía el plano de la casa, conseguido por mediación de la persona que lo contrataba, de manera que
aquello no era problema, y ya había estado dentro de la casa, aunque nunca mucho tiempo. Todavía tenía
que encontrar aquellos condenados números. Por desgracia, ella apenas salía de la maldita casa, y aquello
se estaba convirtiendo en un verdadero circo. Ese vejestorio, Jess, había estado a punto de toparse con él
la noche que había dejado la rosa.
Y habían surgido otras dificultades. La llamada telefónica de aquella mañana no había ido bien.
¿Por qué no había encontrado los números? La persona que lo había contratado quería acelerar el plan de
trabajo. Él había respondido, airado, que el trabajo ya estaría terminado si no tuviera tantas condiciones
que cumplir ni tantos recados ridículos que hacer. Aquello había enfadado enormemente a la persona que
lo había contratado. Serato había alegado como excusa el aumento de la actividad en casa de Siren,
además del hecho de que la policía andaba fisgando; pero la voz irritada que sonaba al otro lado de la línea
no parecía convencida. Lo peor fue que Serato tuvo que pedirle que le enviaran a Whiskey Springs, por
mensajería urgente, un nuevo teléfono móvil, lo cual le había valido otra bronca de cinco minutos. Serato
había terminado por colgar el teléfono público. La perra lo pagaría; pero, antes, él tenía que identificar a
todos los que intervenían en aquel jueguecito. ¿Objetivo siguiente? Descubrir al propietario de aquel todo
terreno deportivo.

SIREN MASTICABA una de las galletitas de Nana Loretta mientras tocaba la bolsa amuleto. La
bolsita de franela roja tenía bultos. Se llevó a la nariz la suave bolsa y aspiró el olor dulce a hierbas
machacadas. Tenía que reconocer que el retrato que tenía WilheIrnina le producía cierta curiosidad, sobre
todo si ella se parecía en algo a una de aquellas mujeres asesinadas. Siren se preguntaba también qué
habría querido decir Wilhelmina al decir que "cada relato era diferente". De una cosa estaba segura: de que
no le interesaba que Wilhelmina Potts fuera contando por el pueblo que había visto con sus propios ojos a
una de las brujas de la Cabeza de la Vieja, reencarnada en forma de Siren McKay, y que había vuelto para
hacer que todos pagaran la muerte de veinticinco mujeres. Por otra parte, había medios para convertir en
positiva la publicidad negativa. Tendría que pensárselo. Dejó caer la bolsa amuleto en el bolsillo de su
falda. Le zumbaban los oídos y sacudió la cabeza. La verdad era que debía consultar a un médico al
respecto; pero con tantas cosas que estaban pasando en su vida, se le olvidaba. Bueno, se las arreglaría,
con tal de que no le explotara la cabeza.
Siren se incorporó de pronto en su silla. ¿Cómo había sabido que eran veinticinco? Wilhelmina no
había dicho ningún número. ¿Sería alguno de los viejos cuentos de fantasmas del tío Jess, que estaba
flotando por los posos de su cerebro? Sonó el teléfono, y Siren saltó a atender la llamada, pues no tenía
intención de perderse ningún posible cliente.
-Soy Ronald. Quiero hablar con mi padre.
Siren hizo un gesto de desagrado al oír su tono de voz áspero.
-No está aquí ahora mismo.Tendré que decirle que te llame.
-Que se ponga al maldito teléfono, Siren. ¡Sé que está ahí!
Siren apretó con fuerza el auricular.
-No está aquí.Tendré que darle el recado.
-¡Estás obstruyendo mi derecho a hablar con mi padre! -gritó él por el aparato.
Siren apartó el teléfono de su oído.
-No puedo poner al teléfono a una persona que no está aquí -dijo con voz tranquila, acercándose
despacio el aparato al oído-.Tendrás que dejar un recado, o colgar.
Siren esperó con paciencia mientras el otro tapaba el aparato con la mano y hablaba entre
murmullos con alguien que debía de estar a su lado.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Muy bien. Puedes decirle que mi abogado, tu hermana y yo iremos a verlo el 31 de octubre, a
última hora de la tarde.
Siren consultó su calendario. Era cinco días más tarde. El cumpleaños de ella, precisamente.
-No te lo recomiendo, a no ser que lo hables antes con él.
-Ya he hablado, o por lo menos Gemma ha hablado con él. Vendrá ella también. ¿Verdad que eso
te encantará? -dijo con sarcasmo; y colgó bruscamente el teléfono. Siren se sobresaltó.
-Maldita sea.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

SE HIZO DE NOCHE. Jess no había vuelto. Siren estaba enfadada con él. Ronald había dicho que
Jess sabía que Gemma pensaba venir. Eso quería decir que Jess hablaba con su hermana, quizás con
regularidad. Siren se sentía traicionada. Se quedó sentada ante la chimenea con la cabeza cansada de
tanto dar vueltas a lo que podía ser verdad y a lo que no eran mas que imaginaciones suyas. Quizá se
estuviera preocupando demasiado de algunas cosas. Al fin y al cabo, Gemma no era más que una persona;
y, siendo realistas, el único poder que podía ejercer Gemma sobre Siren era el que Siren misma le
otorgara.
Las llamas de la chimenea lamían y se deslizaban sobre los ladrillos cubiertos de hollín mientras
Siren iba cerrando suavemente los ojos. No había recibido ninguna llamada telefónica extraña. Hacía dos
días que no recibía minguna. Sus pensarmientos dieron vueltas hasta recaer en Tanner y en Nana Loretta.
Se preguntó qué se sentiría al ser una bruja de verdad. ¿Qué podías hacer si lo eras? ¿Qué poder tenían
las brujas, en realidad? Nana Loretta había dicho que ella no era Dios. ¿Quería decir aquello que era como
todo el mundo? ¿Como Billy, o como Jess, o incluso como Rachel? ¿Que no tenía nada de especial? ¿Qué
quería decir Tanner cuando le había dicho que lo llevaba en la sangre? Recordó la experiencia que había
tenido con la tormenta, y tembló. Aire y agua. ¿Cuáles eran los demás elementos? El fuego y la tierra.
¿Qué pasaría si ella llamara al fuego? ¿Era posible fusionarse con todos los elementos? ¿Sería como
aquella experiencia de la tormenta? Aquello la asustaba bastante. ¿Era posible conjurar esas cosas, o eran
efectos de la propia imaginación, que nos creemos porque nos emociona creérnoslos? ¿Por qué aceptaba
la gente la magia? ¿Porque habían perdido la fe en si mismos? ¿En Dios? ¿O porque creían que iban a
mejorar sus vidas, ejerciendo unos poderes que tenían enterrados dentro de sí mismos desde muy antiguo,
olvidados hacía mucho por el pensamiento consciente?
Ella no se había atrevido hasta entonces a pensar en profundidad en estas cosas. Un pensamiento
fugaz. Un deseo nostálgico. Si pensaba mucho en ello, podía caer al abismo de la locura. Si creía en la
magia, y la magia no era verdad, entonces ella no sería más que una tonta o una idiota débil e ignorante.
Pero ¿por qué le ardían y le picaban las palmas de las manos cuando pensaba en la magia? ¿Y por qué
había sentido aquel poder en plena tormenta? ¿Y porqué había bailado el fuego entre los troncos en la
primera visita de Rachel? ¿Por qué le zumbaban los oídos como abejas enloquecidas cada vez que ella
corría peligro o cada vez que algo marchaba mal? Sí, tenía que afrontarlo: era cierto. Y todo había
empezado el día en que Tanner Thorn le había clavado en la mano aquel broche con figura de gárgola.
Pasó los dedos por la joya; su superficie metálica le producía sensación de calor al tacto.
Se tendió boca abajo en el suelo, apoyando la mejilla en las manos. ¿Era posible conjurar el fuego?
Recordó lo que había rezongado Jess la noche que se había venido a vivir con ella. Las tonterías que había
dicho de que ella había llamado al fuego. La diatriba que le había dedicado sobre la historia familar de ella,
sobre Izelle y su familia loca de la montaña. La familia de Siren. La sangre de Siren. Se incorporó e inclinó
la cabeza hacia un lado, tocándose las orejas tal como se las había tocado Tanner la noche anterior. Lo
llevaba en la sangre.
Entrecerró los ojos. Haría una prueba, pues. Un pequeño experimento sencillo para poner fin de
una vez a todas aquellas tonterías.
-Ven a mí -susurró mirando al fuego, sintiendo que un escalofrío delicioso de miedo le recorría el
cuello. Nada. Se sintió bastante estúpida. Las llamas saltaban y silbaban.
-Bailad para mí –dijo en voz baja. ¿Habían crecido las llams?
Quia.
Se sentó más erguida, cruzando las piernas, dirigiendo las palmas de las manos hacia la chimenea,
sitniendo el calor agradable del fuego.
-Ven a mí, mi ser de fuego –ordenó; pero se detuvo. ¿A quién estaba conjurando: a un hombre o a
una bestia? No tenía importancia: en todo caso lo más probable era que no diera resultado. Veamos, ¿y si
se trataba de un dragón, de un dragón macho? Ella había visto en alguna parte imágenes de seres del
fuego, probablemente había sido en una galería de arte de Nueva York. Sería macho. Se aclaró la
garganta.
-Ser de fuego, te convoco ¡levántate! ¡Atiende a mi llamada!
Nada.
Cero.
Marcada.
En la sangre.
Se quitó el broche del suéter y miró los ojos relucientes de la gárgola. El alfiler que sujetaba el
broche era largo. Y agudo.
Bueno. Si tenía que llegar lejos para demostrarse algo a sí misma, llegaría lejos. Se clavó el alfiler
en la mano; sus dedos se cerraron sobre la joya con un movimiento reflejo cuando le subió el dolor por el
brazo. La gárgola se puso tan caliente que estuvo a punto de soltarla. En vez de ello, se la quitó de la
palma de la mano con la otra mano y tendió su palma ensangrentada hacia delante.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Hacia el fuego.
Alimentándolo.
La sangre cayó y chisporroteó sobre los troncos.
¿Ahora, qué? Intentó recordar las pocas conversaciones que había tenido con sus clientes
wiccanos. Estos afirmaban que la magia se practica mejor en estado alfa. Qué tontería. El hipnotismo. El
autohipnotismo. De acuerdo: entonces, haría una prueba sencilla y pensaría en un ser del fuego masculino.
Ya que había llegado hasta allí, podía terminar, qué demonios. Se volvió a poner el broche en el suéter
dejando caer algunas gotitas de sangre en el tejido de color rosa. Se miró la palma de la mano. Ya no le
sangraba.
Siren empezó a oscilar de lado a lado, realizando una cuenta atrás, dejando que la mente le pasara
del estado beta al alfa. Canturreó suavemente, llamando al fuego, con los ojos abiertos solo lo justo para
mantener un contacto borroso con el calor brillante que tenía delante.
Las llamas bailaban y crepitaban.
Siren oscilaba y canturreaba.
La habitación brillaba con la luz roja.
Las sombras bailaban por las paredes.
Y entonces lo vio.
Siren le vio con asombro desplegar las alas de fuego, el cuello, mirándola a ella con expresión de
burla en sus ojos ardientes. Al principio no era más grande que la palma de la de Siren, pero fue hinchando
el pecho y se hacía mayor a aliento. A Siren le saltó el corazón hacia él y la sangre le corrió con fuerza y
con calor por las venas. La herida de la mano se abrió, derramando entre sus dedos sangre que caía en la
piedra de la chimenea en forma de gotitas calientes, que hervían. Resistiéndose al impulso de tocar a aquel
ser, Siren intentó pone en contacto con él con su mente. El poder del ser la envolvía, llenándole el cuerpo
de una carga eléctrica.
Siren se levantó despacio, abriendo los brazos del todo, sintiendo cómo se le acumulaba en el
cuerpo la intensidad del espíritu. Era una con el fuego, pero sabía que lo temía más que a cualquier otra
cosa del mundo. Siren se sintió una con las estrellas: el calor de estas le acariciaba el alma. Era una con el
sol; aunque sabía que su intensidad podía abrasarla y reducirla a la nada en un abrir y cerrar de ojos.
Corría energía por el alma de Siren, le llegaba por los brazos hasta la punta de los dedos. El ser iba
creciendo en la chimenea, agitando las alas. Volaban cenizas y pavesas por la habitación. Siren era hija del
sol, y su compañero del alma era el ser de fuego.
No lo dejó.
No quiso dejarlo.
Y, ahora, no podía dejarlo. El ser era claramente masculino, suscitó en su cuerpo un cosquilleo
erótico. Siren siguió el rastro mientras este flotaba libremente sobre su cabeza, convirtiéndose de dragón en
forma humana para volver de nuevo a tomar forma de dragón.
Se movieron juntos, más y más hondo, más allá del velo de la realidd.
Siren giró en círculos.
El ser giró en círculos.
Trazaron espirales, juntos, cada vez más deprisa. El aliento caliente de él le acariciaba la cara;
extendió llengua para besarle la mano, recogiendo la sangre de Siren con su lengua al rojo vivo; era dragón
un momento y humano al momento siguiente, y volvía a convertirse en dragón. Siren se rio, lo esquivó y
siguió bailando, soltando gritos y aclamaciones movida por la fuerza del momento. La gárgola que llevaba
en el suéter palpitaba sobre su pecho como si tuviera corazon propio.
Una corriente de aire frío le dio en plena cara.
Un estallido fuerte hendió el aire cuando el ser de fuego explotó, con chispas que se disiparon por
todos los rincones de la habitación.
Pero no se quemó nada.
-¿Qué, demonios crees que estás haciendo?
Siren se detuvo poco a poco; jadeaba con los últimos estertores de aquellos momentos de gloria; la
mano extendida le goteaba sangre. El tío Jess estaba ante ella con el pelo gris de la cabeza en punta,
como si lo tuviera cargado de electricidad estática.
-¡Vaya, estás más loca que una chinche! -dijo, llevándola al sofá de un empujón-. ¡Quédate aquí
sentada hasta que vuelvas en ti, niña!
El tío Jess volvió a la puerty la cerró dando un portazo; después, encendió la luz del techo. La luz
fría y blanca inundó la habitación, haciendo que las sombras volvieran anresuradamente a refugiarse en
sus guaridas.
-Creí que había alguien que quería matarte, y entro y te encuentro bailando y cantando con unos
tambores de la selva que solo oyes tú. ¿Es que te has vuelto majareta?
Evidentemente, él no había visto al ser de fuego, solo a ella haciendo el tonto.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Era un ejercicio para aliviar el estrés; pero me he cortado la mano –dijo, presentando la mano con
la palma ensangrentada.
-¡Tú te aliviarías, pero a mí casi me ha dado un ataque al corazón! La próxima vez que pienses
hacer tu no-sé-qué del estrés, avísame, para que yo no acabe en urgencias. ¡He estado punto de partirme
el cuello en la escalera!
Se quitó de encima el abrigo y lo dejó en la silla que frente al sofa, bajo el ventanal.
-Eres una mujer loca -dijo, sacudiendo la cabeza-. Déjame que te vea esa mano.
Le inspeccionó la palma de la mano, después el dorso y después volvió a mirarle la palma,
frotándole la sangre seca con el pulgar.
-Aquí no tienes nada. Ni un rasguño.
Siren se miró la palma de la mano con los ojos muy abiertos.
-Pero, estaba segura de que...
Jess la miró con dureza y después se dejó caer en el sillón, buscando con la mano el mando a
distancia del televisor en el asiento de piel.
-Antes de que enciendas eso -le dijo ella, mirando el televisor-, tengo que decirte que se avecinan
problemas.
-No es ninguna novedad -dijo él, acariciando el botón del mando a distancia.
-No, todavía no, espera -dijo Siren, levantando la mano. Se puso de pie y le quitó el mando a
distancia de entre los dedos.
-¡Eh!
-Vas a escuchar lo que tengo que decirte -dijo Siren con decisión-. Hoy ha llamado Ronald, que
quería hablar contigo.
El tío Jess agitó las manos y frunció los labios.
-¿Sí? -dijo ella-. Pues deja que te diga que no te lo vas a poder quitar de encima con un gesto de la
mano. Va a venir verte el treinta y uno. La semana que viene.
-¡No le dejaré entrar por la puerta!
-Traerá a un abogado... y a Gernma.
-¿A Gemma? -repitió el tío Jess, cerrando los ojos.
-Has estado llamándola, ¿verdad?
-¿Y qué? Dijo que vendría al pueblo, nada más. No dijo nada de traerse a Ronald.
-Nana me ha dicho que a Ronald lo ha dejado su mujer, que ha pedido el divorcio. Conociendo a
Joyce, le sacará todo lo que tiene, y en todo caso la mayor parte era de ella. A él le hará falta dinero.
-No me sorprende en absoluto. Siempre fue un hijo de perra –dijo él amargamente-. Lo que es mi
dinero, no lo tendrá. ¿Hay alguna otra buen noticia que quieras contarme?
Siren negó con la cabeza.
-Bueno. Entonces, dame mi mando a distancia –dijo él extendiendo el brazo y abriendo la mano al
aire.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Siren, manteniendo el mando a distancia lejos de su alcance.
-No lo sabremos hasta que oigamos qué dicen –dijo él encogiéndose levemente de hombros.
Siren lo miró con incredulidad.
-¡No pensarás reunirte con ellos solo porque Gemma dice que viene! ¿Qué has estado contando a
Gemma? -le preguntó, con los ojos entrecerrados con expresión de desconfianza.
Él miró de un lado a otro con ojos huidizos.
-¡Tío Jess!
-Nada que tenga importancia.
-¿Te has vuelto completamente loco? –le preguntó ella, tocándose la mano con la cabeza y
levantándola al aire después-. ¿Cómo puedo convencerte de que ninguno de ellos busca tu bien?
¡Escúchame a mí! -exclamó, dándose un golpe de puño en el pecho y amenazándolo después con el
mando a distancia-. Yo sé cosas de Gemma, cosas que tú no entenderías nunca. ¡Cosas malas!
-Tienes celos, nada más.
Siren bajó la cabeza y se puso a darse golpecitos en la coronilla con el mando a distancia.
-Está bien. ¡Si intentan llevarte de aquí, no esperes que se lo impida yo esta vez!
Le arrojó el mando a distancia y cruzó los brazos con firmeza sobre el pecho. ¡Maldíto víejo tonto!
Él fur saltando canales, con los labios apretados, hasta que encontró una telecomedia. A ella le
repelían las telecomedias pero se quedó allí sentada, dejando que se le fuera apagando la ira entre el
ambiente de las risas de fondo. Echó una mirada a las brasas de la chimenea, preguntándose dónde se
habría metido el ser de fuego. Se miró la mano: no tenía ninguna herida en la palma. Puede que la magia
no hubiera sido, después de todo, más que una fantasía de su imaginación, demasiado activa.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

EL AGENTE DENNIS PLATT entró en el despacho de su padre. Sobre el escritorio había una placa
dorada en la que decía "Charles Platt, Jefe de Policía". El padre de Dennis levantó la vista ordenador
portátil; solo la pantalla del ordenador iluminaba los rasgos agudos de su cara. Cerró con tranquilidad el
portátil; el aparato produjo al cerrarse un clic que resonó con fuerza en el silencio. Extendió la mano y
encendió la lámpara de la mesa. Un charco de luz verde limón cubrió su sillón de piel roja y llenó de un
brillo suave y pálido la superficie de caoba de la mesa. En borde del escritorio había una botella de whiskey
Black Velvet y un vaso lleno hasta la mitad de licor con hielo. El hielo tintineó al irse disolviendo. La sombra
larga y delgada de Dennis cortaba el suelo a su espalda.
-Siéntate, Dennis -le dijo, indicándole los sillones de piel a juego que estaban ante su escritorio.
-Prefiero quedarme de pie.
-¿Ah, sí? -respondió él, recostándose en su asiento y haciendo crujir el sillón bajo su peso.
Inclinando la cabeza hacia atrás, seacarició con una mano la ligera papada que tenía bajo la barbilla, con
ojos que indicaban autoridad y desprecio al mismo tiempo..
-Yo levanté la Policía Regional de Webster desde cero. He tardado años enteros en dar forma al
departamento. Me quité de encima a los policías corruptos y corté las pelotas a los políticos. He traído todo
el material moderno que nos hemos podido permitir, a base de ahorrar y de sacar dinero a la gente
adecuada. Nuestros agentes son gente preparada, sana, y tienen toda la motivación que he podido darles.
Dennis se revolvió, inquieto. Había oído aquel discurso mil veces. Lástima que su padre no
entendiera nunca que el propio Dennis era un genio.
-¿Dónde quieres ir a parar?
-Creí que podría arreglar las cosas suspendiéndote de empleo.
-Me has suspendido de empleo porque soy tu hijo. En realidad, por ser tuhijo, deberías haberme
tratado meior, en vez de humillarme delante de mis compañeros. No habrías hecho eso a ningún otro.
-Tienes razón, Dennis. A cualquier otro lo habría despedido.
Dennis sintió que se le dilataban las ventanas de la nariz; después se le estrecharon, mientras el
odio sordo que sentía era como una presión lenta, que le entumecía la mente entrándole a la parte
delantera del cerebro cada vez que tomaba aire. Con su padre le pasaba siempre lo mismo. Nadie tenía
que agutar a un padre como aquel. Aquello no era justo. Pero, un día... Bueno, tendría el puesto de su
padre, y algo más.
-Eres mi único hijo. Había depositado grandes esperanzas en ti…
-Ahórrate las chorradas.
El hielo se asentó en el vaso de whisky. Charles Platt sacudió la cabeza.
-¿Qué demonios ha pasado contigo, Dennis? Eras un buen chico. Sacabas buenas notas en la
escuela. Te envié a esa universidad del sur, y volviste convertido en un monstruo. Ahora comprendo
perfectamente por qué se comen a sus crías algunos animales adultos.
-De modo que me estás diciendo que preferirías que me muriera.
Su padre suspiró.
-Tu conducta se ha ido deteriorando en el último año, Dennis. Me han informado más de una vez de
tu insolencia al trabajar con los demás agentes, tus compañeros. Tengo la impresión de que has abusado
en muchos sentidos, de la fe y de la confianza que han llegado a depositar nuestros ciudadainos en los
agentes de la Policía Regional de Webster.
-¿Te ha contado algo Stouffer?
-Yo no he dicho eso. No ha sido una sola persona. Además has falsificado deliberadamente las
declaraciones de varios testigos del accidente de McKay y Files.
-Es una asesina.
Charles Platt dio un puñetazo en su escritorio. El hielo saltó en el vaso.
-¡Eso no lo sabes tú! Mientras tenga las manos limpias aquí, no es problema nuestro. ¡Nuestro
problema eres tú!
Dennis sintió que se le iban entrecerrando los ojos.Tenía recobrar el control de la situación.
Su padre volvió a recostarse sobre el respaldo de su sillón; extrajo una carpeta del archivador que
tenía a su espalda y la arrojó sobre la mesa. Se deslizó hacía Dennis y se detuvo en equilibrio precario al
llegar al borde.
-Una queja. Una declaración jurada, contra ti.
-¿De quién?
-De Nana Loretta Thorn.
Dennis se encolerizó en silencio. Su padre levantó las manos para contenerlo.
-Antes de que te enfades, te diré que fui yo quien le pidio que la presentara.
-¡Tú!

- 128 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Charles abrió la carpeta.


-No es la única. Aquí hay una declaración firmada por Benita Prescott. Afirma que, mientras estabas
suspendido de empleo, saliste de uniforme y atacaste premeditadamente a Tanner Thorn, agrediéndolo en
la terraza de la parte trasera del bar El Atadero.
Dejó el papel y tomó otro.
-Esta es una declaración del barman.
-Fue idea de Stouffer.
-¿Ah, sí? ¿Y con qué fin?
-Intentábamos hacer salir a Ethan Files de su escondrijo.
-¿A base de agredir a un ciudadano particular?
-Se entrometió él.
-De modo que, en vez de resolver la situación con imaginación y sin violencia, intentaste saltarle los
sesos en un bar.
A Dennis le latía el corazón precipitadamente. Piensa. ¡Piensa! Pero lo único que se le ocurrió decir
fue:
-Supongo que Thorn habrá venido a verte también, ¿no?
-No lo hemos encontrado todavía; pero no me cabe duda de que dirá lo mismo cuando lo
encontremos. También hay un asunto de amenazas falsas. Nana Loretta nos indica que el señor Thorn cree
que existe una orden de detención a su nombre por conducir bajo los efectos del alcohol. Lo he
comprobado. No existe tal orden de detención.
-Tiene que existir. Billy dijo...
-Deberías haberlo comprobado tú mismo. Hablaré de este asunto con el agente Stouffer dentro de
un rato.
Charles Platt se puso de pie despacio. Su figura corpulenta llenaba la habitación; su sombra
descomunal se cernía por encima de las ventanas que estaban a su espalda, cubiertas por cortinas.
-No es así como trabajamos en la Policía Regional de Webster. No mentimos, ni falsificamos
documentos. No atacamos a gente inocente.
-¿Thorn, inocente? -dijo Dennis con desprecio-. ¿Estás de broma? Es un hombre que pegaba a su
mujer. Una escoria. El tipo se caía de borracho. Como de costumbre.
Charles dio unos golpecitos sobre los papeles, frunciendo el ceño con ira.
-Lo pasado, pasado está. No tenemos ninguna prueba de que el señor Thorn hiciera nada su
esposa, y eso fue hace siete años. Tú ni siquiera habías ingresado en el cuerpo en aquella época. ¡Deja de
hacerte el vaquero! Y en esta ocasión no había tomado una sola gota de alcohol. Eso afirman estas
declaraciones.
-¡Mentira! ¿Y crees en la palabra de ellos por encima de la mía? Yo no hacía más que mi trabajo.
Su padre lo miró con tristeza.
-Lo siento, hijo.Ya no tienes trabajo. Al menos, en la Policía Regional de Webster.
Dennis sintió que le temblaban las manos y que le ira le producía contraciones espasmódicas de los
músculos de los brazos.
-¿Por qué no me despediste en la comisaría?
Charles tomó el vaso y le dio la espalda. Descorrió las cortinas y miró por la ventana de vidrio
ahumado. Tomó un trago.
-Porque eres mi hijo.

SIREN SE DESPERTÓ a medianoche. Pestañeó repetidamente intentando comprender cómo era


posible que no viera más que oscuridad teniendo los ojos abiertos. ¿Dónde estaba la luz del sol? Volvió la
cabeza hacia su mesilla de noche nueva y miró el reloj. La hora de las brujas... en punto.
Un ruidito en la ventana del dormitorio que daba a la carretera.
Y otro.
Salió de la cama y se puso a temblar cuando se disipó rápidamente la crisálida de calor corporal
que la envolvía. La luna arrojaba charcos suaves de luz desvaída en el suelo del dormitorio, y el lamento de
un viento suave abrazaba los aleros del tejado. Siren entreabrió los visillos con cuidado e inspeccionó el
césped de la parte delantera. En el paisaje, iluminado claramente por la luna, casi llena, no se apreciaba
nada que saliera de lo común. Retrocedió de un salto cuando una china golpeó el vidrio de la ventana ante
sus narices. Su aliento había empañado el vidrio frío. Otra china hizo vibrar la ventana. Siren bajó en
silencio las escaleras, con los nervios de punta. Cruzó deprisa el cuarto de estar a oscuras y estuvo a punto
de partirse el cuello al tropezar con las botas de trabajo de su tío, que estaban abandonadas
descuidadamente junto al sillón. Se frotó el pie magullado esperando que se le pasara el dolor.

- 129 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren se deslizó con cautela hasta el ventanal del cuarto de estar y separó los visillos.Vio una cara
que le devolvía su mirada y no era su propio reflejo.
-¡Tanner! Se llevó la mano a la boca inmediatamente. Se volvió para asegurarse de que no le
había oído el tío Jess, pero la casa seguía fría y en silencio como una tumba. Miró a Tanner. Este sonrió; la
larga cabellera al viento como la del Señor de la Caza, del que había leído en la universidad. Casi esperó
oír los ladridos de los perros y el sonido de los cuernos de caza entre los maizales agostados. La luz de la
luna se reflejó en los ojos plateados de él cuando le indicó con un gesto que fuera a la puerta. Ojos de
hielo. Ella asintió con la cabeza y pasó silenciosamente al zaguán.
-¿Estás loco? -le preguntó Siren cuando entró al zaguán oscuro.
-¿Siempre duermes vestida? -susurró él.
-Me gusta estar preparada para lo que sea. ¿Por qué has venido?-dijo ella con un susurro fuerte.
Tanner vaciló un poco sobre sus pies, y ella temió que estuviera borracho-. ¿Sabes qué hora es?
Él ladeó la cabeza, y el pelo le cayó sobre el hombro, cubierto de piel de ciervo.
-¿La hora de verte?
-Muy gracioso. ¿Qué pasa?
-Estoy viviendo peligrosamente.
-Ya veo.
Siren miro a su espalda. No quería soportar una nueva rabieta de su tío. Esta vez podía llegar a
clavar aquella horca a Tanner de verdad. La escalera seguía a oscuras y en silencio.
-¿Te apetece salir a dar un paseo en moto?
-¿A estas horas de la noche?
-Ya te lo explicaré más tarde. ¿No te quitas nunca ese broche tan feo?
Ella se llevó la mano instintivamente al broche.
-De eso quería hablarte -dijo Siren.
-Tiene los ojos de ámbar. El ámbar es la sustancia de las brujas, ¿sabes?
-El de la escalera del juzgado eras tú.
Él no respondió.

RACHEL ANDERSON miraba por la ventana oscura cle su caravana. Se había marchado otra vez,
aquel bastardo inútil. La había dejado sola. Seguramente habría ido a acostarse con la camarera del
Maybell. ¡De ese modo, ella estaría indefensa cuando fuera por ella Ethan Files! Corrió por el interior de la
caravana,_cerrando con llave todas las puertas y todas las ventanas. Por si acaso.
Se sentó en su mecedora, cantando una y otra vez el verso de una nana. Empezaba a dolerle otra
vez la cabeza.
¡Hazlo parar!
A lo mejor, él se caía por unas escaleras y se rompía la crisma, o bebía demasiado y se caía con el
coche en el lago de Springs, como se había caído Jenny Thorn. O puede que cayera un cometa del cielo y
lo aplastara.
Le caía saliva por la corruisura de la boca.
Se puso a cantar con más fuerza.
A lo mejor se caía muerto sin más. A lo mejor se tendía en el suelo y se quedaba muerto.
A lo mejor pasaba, si ella lo deseaba lo suficiente.

-¿DÓNDE ESTAMOS? -Preguntó Siren.


-En mi casa.
-¿El bosque es tu casa?
Él sonrió mientras apagaba el motor de la moto.
-El monte de la Cabeza de la Vieja es de mi propiedad.
-Ah.
-Ven.
-¿No necesitaremos una linterna?
-Conozco el camino -dijo él, mirando la luz de la luna en el cielo.
Siguieron una pista accidentada. Siren oyó unos crujidos entre los matorrales, a la derecha de los
dos.

- 130 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Creo que nos sigue alguien -dijo.


-No, no es más que un ciervo.
Cuando salieron de entre un grupo de pinos, Siren inspiró con asombro.
-¡Vaya, qué bonito es esto!
Surgió una ráfaga de aire frío por encirna del acantilado de las Brujas, y ella retrocedió.
-Y qué peligroso... -añadió-. Además de... algo solitario –dijo mirando el cielo negro salpicado de
estrellas rutilantes.
Él sonrió, atrayéndola hacia sí.
-No es tan malo cuando tienes a alguien con quien compartilo.
Ella oyó un ruido a su espalda y volvió la cabeza.
-¿Estás seguro de que estamos a solas?
-¿Por qué estás tan sobresaltada?
Siren se estremeció.
-¿Podemos refugiarnos en alguna parte para hablar? En alguna parte donde no haga tanto frío.
-Si, claro.
Él la condujo por encima de unas peñas y bajando un corto acantilado, y se detuvo ante una
superficie de roca desnud.
-¿Aquí es?
-Mujer de poca fe... -dijo él, llevándola hacia la izquierda.
-¿Una cueva? -preguntó ella, mirándolo con incredulidad.
-Y no es una cueva cualquiera.
La condujo al interior. Sus pasos producían eco, y ella oía el gotear del agua. Al cabo de treinta
metros, él se volvió bruscamente a la derecha.
-Espera un momento -dijo, buscando algo en la oscuridad.
Siren oyó un ruido metálico, el chasquido de una cerilla, y el mundo encantado que tenía ante ella
cobró vida.
-¡Ay, Dios mío! ¡Es maravilloso!
Era cierto: ella no había visto nunca nada parecido. Era una caverna enorme, con cententares de
estalactitas que se iluminaron en un arco iris de color cuando él levantó el farol de gas y lo movió. Una
charca oscura reflejó trémulamente la luz a su derecha.
-Se llama, "la Visión de la Doncella" -dijo él, mirando, al agua.
-¿Le pusiste tú ese nombre?
-Ah, no -dijo Tanner riéndose . Se le llama así en la familia desde hace cientos de años. La cueva
se llama la Caverna de los Velos.
-No había oído hablar de ella hasta ahora.
-Eso se debe a que es un secreto.
Ella le echó una mirada rápida, pero él sostenía el farol con el brazo extendido y su cara quedaba
parcialmente oculta en la oscuridad.
-Estamos debajo del acantilado de las Brujas –dijo él, dejando el farol junto a una concavidad donde
se había hecho fuego. Siren vio entonces los montones de leña y dliversos materiales de acampada.
-Vengo aquí con frecuencia -dijo él, echando algo de leña al hoyo. Señaló por encima de sus
cabezas, y Siren vio una abertura oscura por la que se asomaban unas cuantas estrellas.
-Es una buena chimenea -dijo Tanner- Algunos miembros de nuestra familia creen que aquí pudo
vivir una familia de indios susquehannock, pero yo no he encontrado ningún vestigio. Si te molesta la
oscuridad, tengo más faroles.
-No, estoy bien -dijo ella, rodeando cuidadosamente la concavidad de la lumbre.
-Ahí hay unas trébedes para poner en la lumbre –dijo él, señalando hacia la izquierda de ella-. En
ese cofre de plástico está la cafetera y otras cosas.
Ella abrió el cofre y se sorprendió al ver cuántas provisiones contenía.
-Supongo que vienes mucho por aquí.
Él asintió con la cabeza mientras unas pequeñas llamas azuladas se iban extendiendo sobre los
leños de pino.
-Es mi segundo hogar.
Siren se llevó los dedos al oído. Otra vez aquella condenada sensación de zumbido. Forzó la vista
para ver más allá de la lumbre. ¿Habría allí alguien escondido en la oscuridad?
-Si ves algo dorado, dímelo. He vuelto a perder mi moneda de la suerte.

- 131 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

SERATO se fue acercando despacio a la abertura. Creía que había perdido de vista en el bosque.
Solo cuando Thorn encendió la hoguera abajo advirtió éll la luz que temblaba entre las peñas. Se puso en
cuclillas, agitando la mano para despejar el humo… escuchando. La cosa no podría haber ido mejor.
Cambió de postura sobre sus pantorrilllas, moviendo de cuando en cuando la cabeza para oírlos mejor.
Podría tardar todo el tiempo que quisiera. Podría hacer bien el trabajo de matar. Se llevaría todas las cosas
de Tanner. Las enterraría. Los dos habrían desaparecido. Igual que había desaparecido Files. Se relamió
los labios mientras el corazón le palpitaba con fuerza. La mataría, sin más, y ya encontraría los números
más tarde. Hmmm, él podría volver a aquel lugar cuando hubiera pasado un año o dos. Los dedos se le
cerraron con fuerza sobre el mango de su cuchillo, cubierto de cuero; el filo lanzó un destello bajo la suave
luz de la luna. Que se pongan cómodos. Que se entretengan en lo que tuvieran pensado hacer. Entonces
atacaría él. Solo había un cabo suelto. No había sido capaz de enterarse de quién era el propietario de
aquel todo terreno deportivo. Esperaría unos momentos, seguiría observándolos, y después buscaría la
entrada de la cueva.

DENNIS estaba sentado ante la finca de los Platt, rabioso, pensando cien mneras diferentes de
matar a su padre, dando vueltas a la moneda de oro entre los dedos. Algún día todo sería diferente. Él sería
el jefe de policía. Tendría la finca de su padre... no, tendría una finca más grande. A los ciudadanos del
pueblo les impresionaría su dominio sobre la delincuencia, la brillantez con protegía todo el condado. Sonó
su teléfono móvil, y él se dio golpes en los bolsillos de la chaqueta hasta que lo encontró.
-¿Qué? -gritó airadamente al aparato, dejando caer la monedo al suelo del vehículo.
-La perra anda suelta.
Sonrió. Perfecto.
-Te veré dentro de cinco minutos -dijo, cerrando el aparato. Ya no necesitaba aquel jodido puesto
para hacer lo que tenía que hacer. Primero haría aquello, y después se ocuparía de aquel chivato gilipollas
de Stouffer. Quizá pudiera encontrárselo con Benita, ponerles algo de cocaína, una llamada anómina, y los
pillarían a los dos juntos. "¡Be-ni-ta!", repitió con tono burlón. Otra puta-bruja. Jesús, el jodido pueblo estaba
atestado de ellas. Levantó la vista. Su padre seguía de pie en su despacho, observándolo.
-Vete al infierno -susurró Dennis. Hizo un cambio de sentido en el centro de aquella calle tranquila y
residencial y dirigió su Dodge Durango negro hacia el monte de la Cabeza de la Vieja, sintiendo cómo se
deslizaba suavemente bajo el vehículo la carretera regular. Suspiró. Nadie entendía de verdad que él era
un gran hombre.

-BUENA LUMBRE -dijo Siren, con las puntas de los dedos metidas en el oído. Inclinó la cabeza
hacia un lado.
-¿Te pasa algo?
-Creo que tengo una ligera infección de oído. No es grande.
Se le habían puesto tensos los músculos de la espalda y de los hombros, y no se le relajaban.
Se sentaron juntos sobre un saco de dormir viejo; el aire se llenó del aroma del café que se estaba
preparando. Ella estaba un poco avergonzada y ligeramente preocupada. No sabía si había sido buena
idea salir de la casa sin avisar a Jess. Pero Jess dormía y ella no había querido tener más discusiones
aquella noche.
-Esto me recuerda a las acampadas que hacíamos cuandá era niña, o a cuando el tío Jess me
contaba sus cuentos para ir a dormir en el cuarto de estar.
Tanner se recostó, extendiendo las piernas hacia el fuego.
-¿Cuentos para ir a dormir?
-Solían ser de miedo. Como el de las brujas de la Cabeza de la Vieja.
Dejó de zumbarle el oído. Se recostó junto a él mientras se le disipaba el miedo creciente que había
sentido. Seguramente no sea mas que una infección de oído.
-He oído decir que cada uno tiene su versión propia de la historia. La vida es bastante deprimente
por aquí -dijo él.
-¿Estás deprimido?
-El sonrió y le cogió la mano.
-Ya no, ¿debería estarlo?
Ella se rio y apartó su mano de la de él.

- 132 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Cuál es tu versión de la historia? –le preguntó.


-¿Cuál? ¿La de la vida real, o la leyenda?
-Ah, no lo sé –dijo ella, pasando el dedo por la superficie suave del saco de dormir-. Hace mucho
tiempo que no oigo la leyenda. Aquí hay una lumbre muy buena, en una caverna misteriosa –añadió,
indicando su entorno con la mano-. Cuéntame la historia.
-¿Y si te da miedo?
-Entonces, te dejaré que me lo quites.
-¿De verdad?
-No.
-Me estás haciendo rabiar.
-Desde luego.
-Está bien –dijo él, levantando los ojos al cielo-. Toda esta zona fue colonizada por granjeros
alemanes en el siglo XVIII. Los problemas no empezaron hasta que aparecieron los irlandeses, y Nana
considera que todos los disturbios se debieron más a diferencias culturales que a disputas religiosas. En
todo caso, los problemas surgieron casi desde el primer momento.
-Eso pasa contrantemente –observó Siren.
-Como iba diciendo, las brujas alemanas tenían, no obstante, algo muy diferente. Aquella gente
procedía de la Selva Negra, en Alemania, y habían venido huyendo de las cazas de brujas.
-¿Por qué huían?
-Porque eran brujas de verdad.
-Seguidoras de la Antigua Fe -aclaró ella.
-Exactamente. Las mujeres de Cold Springs venían aquí, al barranco de las Brujas, todas las lunas
llenas -dijo él, señalando hacia el techo-, para practicar sus ritos en secreto.
-¿Por qué no usaban la cueva?
-No tengo idea –dijo él, encogiéndose de hombros. Quizá no la encontraron, o quizá les gustase
estar al aire libre. Hasta aquella época, a nadie le había importado verdaderamente que estuvieran aquí
arriba o no.
-Cabría suponer que se andarían con cuidado teniendo en cuenta lo que habían pasado en
Alemania.
-¿Quién está contando esta historia, tú o yo? –dijo Tanner frunciendo el ceño.
-Lo siento.
-Los irlandeses eran unos supersticiosos, de entrada. Cuando se enteraron de que las mujeres
alemanas practicaban el arte de los sabios, aquello no les cayó bien.
-También sería una cuestión del enfrentamiento de los católicos contra los protestantes.
-También. El carácter de los alemanes agravaba el problerna. Eran muy trabajadores y tenían una
situación muy acomodada para su época. Construían casas buenas y sólidas; tenían granjas grandes de
clan familiar...
-¿Qué quiere decir eso?
-En las familias alemanas, las hijas mayores no abandonaban el hogar. Los padres construían una
casa nueva junto a la suya y el marido iba a vivir con ellos. Al cabo del tiempo, se formaba un clan familiar
numeroso, con manos más que suficientes para llevar la granja.
-Ah.
-En todo caso, los alemanes se guardaban su riqueza para ellos solos. Se negaban a vender la
tierra.
-Y aquello molestaba a los irlandeses.
-Lo peor de todo era que los hombres alemanes trataban a sus mujeres en condiciones de igualdad.
-Intolerable -dijo Siren con voz soñolienta.
-Si te vas a quedar dormida, lo dejo.
-Perdona -dijo ella, abriendo mucho los ojos-. Continúa.
-A veces, las mujeres bailaban y cantaban bajo aquellos abetos por los que hemos pasado.
Siempre encendían una hoguera. Algunas veces tocaban el tambor.
-¿Y dices que eran alemanes protestantes?
-En realidad, eran brujas -dijo él negando con la cabeza.
-Ah, claro.
-Otras veces no hacían más que hablar, o meditaban.Y también se celebraban las iniciaciones de
los nuevos miembros.
-¿Las iniciaciones?
-Ya te lo explicaré en otra ocasión. Lo más importante de era que no estaban permitidos los
hombres. El problema surgió, realmente, cuando una de las brujas se casó con un irlandés.
-Ay, ay.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-A él no le gustaba nada que ella se fuera al monte en secreto con sus amigas. Creyó que le estaba
poniendo los cuernos. Sus amigos lo azuzaban, hasta que llegó a ponerse verdaderamente frenético.
-¿Y qué pasó entonces?
-Entonces se presentó en el pueblo un predicador nuevo. Baptista.
-Oh, no.
Tanner asintió con la cabeza.
- Se trabajo a los irlandeses, sobre todo a aquel marido. Los convenció a todos de que había
llegado el momento de liberar del demonio a Cold Springs, y eligió el día de Samhain para asestar el golpe
en nombre de Dios.
-¿El día de Samhain?
-La víspera de difuntos. Prepararon caras sonrientes con calabazas secas y máscaras pintadas con
las hojas de las mazorcas de maíz. Pero la mayoría, entre ellos el marido, creían que lo úrnico que iban a
hacer era dar un susto a las muejres. A ponerlas en su sitio.
-Y no fue eso lo que sucedió -dijo Siren. Un escalofrío le recorrió los brazos. Se abrazó a sí misma.
-No. Por desgracia. Verás, es que aquel predicador estaba un poco loco, pero aquello no lo sabía
nadie por entonces. Dijo a los hombres que se reunieran con él en el camino, a una hora determinada,
cerca de la medianoche. Lo que no sabían ellos era que él había salido horas antes a esperar a que se
reunieran las mujeres. Cuando estas pusieron a una centinela en el camino, él la mató. La destripó como a
un animal, y colgó su cadáver de una rama, por encima del camino.
-Tardaría algún tiempo: y, a ver si lo adivino: era la mujer del irlandés.
-Correctísimo.
-Así que cuando los hombres subieron por el camino… ay, qué espeluznante.
-El resto de la historia dice así... -dijo, y siguió hablando en voz más baja-. Avanzaron sobre las
mujeres que estaban al borde del barranco como lobos que atacan a su presa... y cuando la cara de la luna
se deslizó tras nubes de tormenta, cayeron sobre las mujeres... y violaron y mataron a todas las que
pudieron.,Todas eran esposas y madres de familia, pero aquello apenas contaba nada para ellos en su
frenesí. Arrojaron los cadáveres por el barranco, menos uno. El de la jefa. ¿Qué te pasa?
-Nada -dijo Siren, metiéndose el dedo en el oído-. A veces me zumba el oído.
Miró temerosamente por la cueva, pero no parecía que hubiera cambiado nada.
-¿Te está asustando el relato?
-No.
-Clavaron una estaca en el suelo, y mientras amanecía entre nubes, cuando ella ya no podía sufrir
más, le cortaron la cabeza y tiraron el cuerpo por el barranco. Pusieron la cabeza sobre la estaca y bailaron
a su alrededor. Dicen que los rayos hendían el cielo y que el suelo mismo tembló bajo sus pies. Cuando el
predicador retiraba la cabeza, los ojos de esta se abrieron de repente y la boca ensangrentada empezó a
moverse. Yo os maldigo -gritó-. Seréis consumidos por el fuego, y vuestras almas se extinguirán en la
oscuridad de la nada.Y después pronunció sus nombres, todos y cada uno de ellos.
-¿Cómo podía hacerlo?
-¿A mí qué me preguntas? Yo no estaba delante. Los hombres se disgregaron y huyeron
desesperadamente. Pero ya había comenzado la maldición de la Suma Sacerdotisa, de la matriarca del
Clan. La maldición que se pronuncia al morir es la más poderosa de todas, ¿sabes?
-Pero ella ya había muerto.
-Entiéndelo como quieras. Por fin se desató la tormenta que había ocultado la luna y había cubierto
de oscuridad sus actos malvados, enviando un diluvio de agua que empujó hacia el barranco a los viles
asesinos. Muchos cayeron, gritando como habían gritado antes las mujeres, al resbajar por el borde del
barranco. A otros les cayeron rayos. Solo unos pocos entre ellos el buen predicador, consiguieron volver al
pueblo de Cold Springs, donde se creyeron a salvo. Pero al cabo de un año habían muerto todos, y el
predicador había desaparecido.
-Por cortesía de los padres e hijos de las familias alemanas.
-Sin duda.
-Y por eso los católicos se establecieron más allá de la frontera del estado de Maryland.
-Puede ser –dijo Tanner, echando otro tronco al fuego-. ¿Café?
-Claro.
Tanner se levantó y tomó la cafetera con un paño.
-Ah, y se me olvidaba una cosa. El nombre de la matriarca.
-Eso no forma parte del relato. La verdad es que yo no había oído nunca una versión tan detallada.
Él se encogió de hombros.
-¿Quieres saber cómo se llamaba, o no?
-Cllaro. Bueno.
-Se llamaba McKay. Margaret Siren McKay.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Ella levantó la taza de café para que Tanner se la llenara. La mano le temblaba.
-Pretendes meterme rmiedo, nada más.
-¿No sirven para eso los cuentos para ir a dormir? –dijo él sonriendo.
-¿A cuántas mujeres mataron? –preguntó Siren.
-A veinticuatro.
-¿No fueron veinticinco?
-No -dijo él, mirándola de un modo raro-. Una se escapó.
Siren se mordió el labio.
-No me lo digas: se casó con el predicador.
-Solo por poco tiempo.
Siren miró a Tanner por encima del borde de su taza.
-Esa historia no es nada -le dijo-.Yo tengo una mejor.

21
____________________________

- ES QUE, AHORA MISMO, solo yo sé que existe. Lo que quiero decir es que saben lo de los
asesinatos, claro, pero no saben quién los está cometiendo.
Ya está, ya lo había hecho. Lo había soltado todo, había contado a Tanner sus sueños terribles, lo
de las llamadas telefónicas, lo de la rosa y el mensaje en el espejo del cuarto de baño, lo del vendedor de
globos y lo de que el todo terreno deportivo la había estado siguiendo. Pero no dijo nada de sus
experimentos mágicos. La habría tomado por tonta.

- 135 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-No puedo acudir a la policía -le dijo-. No me creerían. De hecho, con la fama que tengo, puede que
intenten cargarme a mí con los asesinatos si digo algo.
-No lo sé -dijo Tanner, sacudiendo la cabeza-. Teniendo en cuenta la violencia que has descrito no
es posible que crean que has sido tú.
-¿Desde cuándo eres admirador de la policía? -dijo Siren. Se echó hacia atrás y se terminó el café,
y se puso a juguetear después con el asa de su taza-. Creo que Billy Stouffer puede estar implicado. Creo
que me tendió una trampa.
Tanner reflexionó sobre ello.
-Billy es un pesado -dijo-, pero siempre ha sido honrado. Aquí hay algo que no cuadra.
-Tú lo conoces mejor que yo -dijo ella, encogiéndose de hombros-. Esto... perdona.
-Vaya novedad.
-Billy y yo fuimos juntos al instituto, pero nunca fuimos muy amigos.
-¿Algo más? -preguntó Tanner.
-El vendedor de globos dijo lo mismo que había oído yo en mi sueño. Unos versos estúpidos. "Uno
por la pasta", y eso era chica que mató, y "Dos por si hace falta", por el chico de de los billates.
-Tres porque sí, y después, voy por ti -terminó Tanner-. Eso significa que habrá al menos dos
asesinatos más.
-A no ser que hay habido alguno que no conocemos.
-¿Cuál, por ejemplo?
-¿Qué hay de Ethan Files?
-Pero con ese no has soñado.
Esto la dejó perpleja.
Él le clavó los ojos plateados en los suyos, y ella estuvo a punto de perderse en su mirada. Pensó
en el ser de fuego. ¿Y si el fuego era un conducto, como una línea telefónica videncial?
En los dos sueños, el fuego le había mostrado el camino y la había conducido hasta el lugar de los
hechos. Pero en el garaje de Files se había producido un incendio. Si su hipótesis era acertada ¿por qué no
la había conducido el fuego hasta allí? Se guardó sus pensamientos para sí. Ya había parecido demasiado
loca.
Tanner interrumplo su reflexión.
-La policía está convencida de que Files ha huido. También creen que mató a la muchacha.
Encontraron en la escena del crimen rastros que relacionaban a Files con el asesinato.
-De modo que puede ue mis sueños no sean más que sueños.
-A mí me parecen pesadillas, más bien. ¿Sabes? Puede que estés captando algo de verdad, pero
que tu inconsciente lo esté distorsionado de tal modo que la información aparece confusa después de
haberla procesado.
-¿Han identificado ya a la muchacha?
-No corre ningún rumor al respecto por el pueblo -dijo Tanner-. El departamento de policía no ha
informado de nada a los agentes del departamento de incendios... que soy yo -añadió, señalándose el
pecho-. He hecho preguntas discretas, pero parece que nadie echa de menos a ningún familiar ni a ninguna
amiga, o al menos no lo reconocen. Aunque estoy seguro de que muchos deserían que sus cónyuges
figuraran entre los desaparecidos.
-Qué simpático eres.
-Siempre me tomaron por tal -dijo él. Clavó los ojos plateados en los de ella. Ojos de hielo. Unos
ojos que le tocaban el alma misma. A Siren le dio la impresión de que podía verla por dentro hasta la punta
de los dedos de los pies. Pensó de pronto en Max, y tembló.
-¿Ha pisado un faisán tu tumba?
-No; recuerdos... malos.
Se produjo un momento de silencio incómodo entre los dos.
-Gracias por el café; pero será mejor que vaya volviendo a casa. Si no estoy allí por la mañana, al
tío Jess le dará un ataque al corazón.
Empezó a oírse a lo lejos un ruido apagado que fue en crescendo, como la voz de un niño pequeño
que rasgaba la noche.
-¿Qué ha sido eso?
Él sonrió; la luz de la hoguera le iluminó la cicatriz que tenía en la cara y le convirtó la cara en algo
maligno.
-Tranquila. No es más que un lince. Hay algunos en el monte. Si no les molestas, ellos te dejarán
en paz a ti.
-¿Cómo sé yo lo que les puede molestar?
Llegó otra vez aquel sonido, más largo, más melancólico si cabe. El miedo de Siren se convirtó en
un estremecimiento de emoción. Aquel grito salvaje tenía algo de erótico.

- 136 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Impresiona, ¿verdad? -preguntó él.


Ella asintió con la cabeza.
-Por eso me encanta estar aquí arriba.
-No sabía que quedara ninguno -comentó ella-. Recuerdo que mi madre contaba que los había
cuando era niña, pero yo creía que las autoridades del condado habían limpiado de ellos la zona.
-Los volvieron a traer -dijo Tanner-. Por ser una especie amenazada. No se los puede tocar.
También trajeron lobos, que están en el monte Sur, tan apartados que no molestan a nadie. Los trajeron
cuando el parque estatali construyo el refugio para halcones peregrinos.
-Caramba, cuántos datos conoces sobre la vida local –dijo ella, sonriéndole.

SERATO, impotente, volvió a subir a lo alto de barranco, e hizo una pausa al oír el grito inhumano.
¿Qué demonios había sido aquello? Se agachó, pero no vio nada. Por ahí. Un segundo aullido. ¡Maldita
sea! Esperó varios minutos, pero el sonido no se repitió
Él ya estaba de mal humor. No había podido encontrar la entrada de la cueva. Debía de estar
oculta. ¡Estaba perdiendo la oportunidad perfecta! "Respira hondo. Tranquilízate." No importba: si fracasaba
entonces, podría buscarla a la luz del día. Lo más agradable de su profesión era observar la mayor cantidad
poosible de detalles íntimos y elegir después el momento en que debía morir su víctima, planificado en
algunos casos y dictado por el azar en otros. Él ejercía el control final. Y si algunas veces el universo le
cambiaba de sitio algunas cosas, que se las cambiara. Él no había dejado jamás de matar a uno solo de
sus objetivos, por mucho tiempo que hubiera necesitado. Volvería allí e inspeccionaría toda la zona. Buscó
la luz vacilante entre las peñas de barranco, pero había desaparecido. "¡Maldita sea!", susurró. Pero,
espera un momento. Si se había apagado el fuego, aquello quería decir una de dos cosas. O que se habían
acostado juntos, cosa que él dudaba teniendo en cuenta los antecedentes de ella y su conducta caprichosa
con la gente, o bien se disponían a salir de la cueva. Desde luego, ella estaba pasando demasiado tiempo
con el jefe de bomberos, y aquello era un problema. No importaba: a él se le podía exterminar. Se desvió a
la izquierda y se deslizó por una cuestecilla. Quizá pudiera oírlos si escuchaba con atención.

-AQUí HAY ALGO Más o alguien más, o las dos cosas -dijo el teléfono móvil.
-¡Jesús! -murmuró Dennis, echando hacia atrás la cabeza y golpeándola contra el reposacabezas
del asiento del coche. Cada vez que el trazaba el plan pertecto, tenía que aparecer alguien, para echarlo a
rodar. Se empujó la piel de la frente hacia atrás con los dedos hasta hacerse daño, y soltó después un
suspiro profundo.
-Vale. Está bien. ¿Qué ha sido ese ruido como un grito?
-Creo que era un lince. No estoy seguro, pero creo que también hay por aquí una persona.
-Entérate de quién es, y asústala para que se marche.
-¿Cómo puedo hacer eso?
-Piensa tú una manera.
-¿Y el lince?
-Que se joda el lince.
-¿Y si el otro que está por aquí es Ethan?
Dennis reflexionó un instante sobre este giro de la situación. Ethan Files había desaparecido. Se
habían encontrado indicios que lo relacionaban con dos asesinatos. Ethan se había salido del plan primitivo
y parecía como si tuviera un plan propio. No obstante, si se trataba de Ethan (¿y quién demonios podía ser
si no?), aquello sería demasiado perfecto. Pero ¿por qué no se había puesto Ethan en contacto con él?
Puede que lo siguieran demasiado de cerca.Y aquello también era bueno.
-¡Eh! ¡Dennis!
-¡Te tengo dicho que no pronuncies mi nombre por el móvil! Encárgate de él, y después haz bajar
hacia aquí a los otros dos.
-No sé...
-Él ya no forma parte del plan. Tú haz lo que tengas que hacer -dijo Dennis, y desconectó.
Si no hubiera sido porque aquella Loretta Thorn le había ido con el cuento a su padre, el plan
perfecto habría salido adelante, a pesar de los pequeños inconvenientes. Jodidas brujas. En aquel pueblo
eran como terroristas infiltrados. Se metían en todas partes. Recogían información. Siempre estaban de por

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

medio. El único poder que tenían lo habían ganado a base de meter las narices en lo que no les importaba.
Cuando él fuera jefe de policía, los eliminaría radicalmente del pueblo.
¿Y dónde estaba esa moneda de oro? Buscó por el suelo del vehículo ante el asiento del
conductor, pero sin éxito. No era posible que aquella condenada cosa hubiera desaparecido a así, sin más.

DEJÓ DE ZUMBARLE el oído. Bueno, estaba bien. Se estaba volviendo loca, toda seguridad. No
cabía duda al respecto.
-Antes de que nos marchemos, quería enseñarte una cosa más –dijo Tanner, conduciéndola hacia
el interior de la cueva, adentrándose más en las entrañas de la montaña.
-Te diré que esta oscuridad profunda me está poniendo nerviosa -dijo ella en voz baja. No sabía por
qué hablaba entre susurros, parecía lo más oportuno en esos momentos.
-Deacuerdo. Iré por un farol de gas.
Se fue durante muchísimo tiempo, y a ella le volvió el miedo, aunque no el zumbido del oído. Y
aquello que se oía ¿era una corriente de agua? Volvió la cabeza hacia un lado.
-Aquí –dijo él en la oscuridad, junto a ella.
-iAy, Dios! -susurró ella- ¡No vuelvas a asustarme de ese modo!
Él se rio, y la cueva devolvió el eco de su risa.
-Vamos. No enciendas el farol hasta que yo te lo diga.
Ella lo siguió, tropezándose, sujeta firmemente de su mano, con el farol colgado del otro brazo
hasta que lo golpeó contra algo.
-Bueno si pudiésemos usar esta condenada cosa, yo no la rompería.
Un silbido de gas. Luz. Una cascada destellante. Cuando Siren fue capaz de hablar, dijo:
-Estás lleno de sorpresa. ¿Tiene esto nombre también?
-El Agua Coplera –dijo él con una sonrisa-. Escucha.
-Parece una melodía.
Tanner asintió con la cabeza.
-También es mi nombre mágico.
Ella lo miró con interés.
-Cuando naces, o cuando llegas a la pubertad, depende de la familia, te imponen un nombre
especial, o puedes elegirlo tú. Yo ya no uso el mío -añadió, endureciendo el gesto.
-¿Cómo recibiste tú el nombre?
-Elegido. Al nacer.
-¿Cascada?
Tanner se rio.
-Coplero.
Ella contempló la cascada, hipnotizada por su belleza.
-¿Por qué te eligieron ese nombre?
Se volvió hacia ella y sonrió.
-Porque soy un bardo. O algo así. Escribo poesía y la recito.
Ella miró a aquel hombre rudo, de cabellos sueltos y con una cicatriz maligna en el rostro. Era dificil
imaginarse que tenía un alma poética.
-No te creo.
-Es verdad.
-Entonces, recita algo.
-No, te parecería una tontería. Jenny nunca... -Se produjo un feo silencio entre los dos.
-Te reto a que lo hagas -susurró ella.
-No.
A Siren le salió de la boca sin que se diera cuenta.
-¿Por un beso, entonces?
-¿Quieres que haga una gracia para recibir un premio? -dijo él, levantando una ceja. -¿No era eso
lo que hacían los antiguos copleros? Actuaban a cambio de pan, de cerveza, quizá de algunas monedas...
-Esto me huele a clase de literatura de la universidad.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho y se puso a dar golpecitos en el suelo con el pie.
-De acuerdo, está bien -dijo él, con un suspiro-. Siéntate allí -le dijo, señalando una piedra que se
levantaba cosa de medio metro del suelo.
Ella se sentó en la piedra, con las rodillas juntas, con las manos en el regazo y cara de expectación.
Sabía que aquello era importante. Era un paso dentro del proceso de sanación... para los dos. Ella no sabía

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

exactamente qué era lo que había pasado entre Tanner y su esposa, pero en la psique de él había cosas
profundas, negras y terribles, y tenía que liberarse de ella. Él la había escuchado a ella rmientras le hablaba
de sus sueños y no se había burlado de ella en ningún momento. Aquello era lo menos que podía hacer ella
a su vez. No había pensado forzarlo a que recitara las poesías, hasta que pronunció el nombre de ella. El
nombre de Jenny. Y ¿qué era un beso? Era un precio pequeño, y nadie había dicho que tenía que ser un
beso de pasión.
Él se aclaró la garganta, apoyado en una piedra junto a ella.
-Tiemblo a su paso -empezó a decir.
-Dale algo de sentimiento -dijo ella en son de reproche-. Si no vale nada, no te doy el premio.
-¡No puedes hacer eso!
-Puedo hacer lo que quiera.
-No me sorprende. Sabes negociar.
-Mejor que nadie.
Él bajó la cabeza y se pasó una mano por el pelo.
-Vale. Otra vez. Tiemblo a su paso. La cola de su vestido oscuro acaricia la nieve blanca y la piedra.
Todo calla a su paso, ni rana ni grillo ni corazón humano se enfrentan a su viento.
Tosió.
-No puedo hacerlo si no cierras los ojos.
-Estás de broma.
-¿Quieres oírlo, o no?
-Muy bien -dijo ella, y cerró los ojos.
-Me absorbe, inspira vida en su corazón y me vuelve a espirar para que yazga bajo el suelo hasta
que vuelva a salir la luz.
Hizo una pausa, mientras entraba en la caverna una ráfaga de viento que cantó contra las paredes
de piedra.
-He oído el roce de sus faldas sobre las hojas de otoño en lo alto. Su paso es el heraldo del frío y
de todos los misterios de la primavera. Diosa de la muerte y del renacer, estás en la encrucijada esperando
mi decisión. Déjarne recoger brezo y las plantas doradas de la cosecha para ponerlas en tus brazos. Tus
ojos me enseñarán entonces la dirección que lleva a la aurora. ¡Salve, Reina de las brujas! ¡Tu oscuridad
es el poder de los nuevos principios!
Siren abrió los ojos y se lo encontró hincado de rodillas a sus pies, con la cabeza baja, con la luz
del farol de gas bailando sobre la coronilla de su pelo castaño. La cueva estaba en silencio, salvo las
respiraciones de los dos. Ella podía tomarlo como un momento profundo, o podía quitarle importancia. Él no
levantó la cabeza.
Ay, Dios, ¿qué haría?

NADA. Ni el crujido de una hoja, ni un comentario entre susurros, ni siquiera un paso. ¿Dónde
demomíos se podían haber metido? Serato estaba al pie del barranco. Cayó una lluvia leve de chinas por la
pared rocosa. Se puso a ascender en silencio por la ladera que subía por un lado del precipicio. Percibió la
silueta de un hombre pequeño que se llevaba una mano a la oreja, de pie al borde del barranco.
-No lo veo. Sea quien fuera, se debe de haber marchado.
Una pausa.
-Te digo que se ha marchado. No. No sé dónde están. Sigo buscando.
Serato se deslizó más cerca y desenvainó el cuchillo. Esperaría, si podía, a que aquel pequeño
imbécil terminara su conversación.
Miró más allá del hombre. Serato vio por encima del borde del precipicio las luces vacilantes del
pueblo. El lago de Cold Springs parecía una hoja de vidrio de color marfil. Se deslizaban fragmentos de
niebla por el fondo del valle, con largos mechones que serpenteaban por las calles y por los callejones.
Pasó una nube por delante de la luna.

SIREN aplaudió y habló con voz ligeramente humorística.


-Fuerte e ilustre caballero, ¿me estás haciendo proposiciones amorosas, o te estás prestando a
vencer a mis enemigos? ¡Piensa aprisa, pues tengo la lengua aguda y el ingenio despierto!
Él levantó la vista hacia ella, con una sonrisa traviesa en los ojos.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¡Señora mía, sería un gran honor para mí hacer ambas cosas!


Ella soltó una risita.
-Si me hacéis una propuesta de matrimonio, todavía os falta por ganar mi corazón; pero si me
ofrecéis vuestros servicios como adalid, ¡los acepto!
Él inclinó la cabeza.
-¿Sois señora de palabra?
-He oído decir -respondió ella, mirando de un lado a otro y mirando de nuevo a los ojos de él- que
las brujas cumplen su palabra. ¿Cómo osáis dudar de ella? -dijo con enfado burlón. Él tomó las manos de
ella entre las suyas.
-¿Luego sois bruja?
-En verdad, señor mío, con todo mi corazón.
-Apostaré que es por las orejas. Es la marca del encantamiento.
-Y un poco hada... o eso dicen.
-Entonces, ¡habéis empeñado vuestra palabra, y no buscaréis holgaros con otro!
Ella se sonrojó.
-¡A fe mía! No es tan fácil ganarse mi afecto. ¿Y mi protección?
Él cambió de ánimo, y ella se arrepintió de sus palabras. Le vino a la cabeza la historia de la muerte
de su esposa.
-Hasta la muerte -dijo él con seriedad.
Las manos de Siren vacilaron entre de las suyas.
-¡Qué disparate! -dijo, y sonrió, apartando sus manos bruscamente-. ¡Hasta la muerte, a fe mía!
¿Cuántas hermosas doncellas se desmayarán por vuestro fallecinmiento, y me culparán a mí hasta el fin de
mis días? Me quemarán en mi castillo, esas recias mozas. ¿Qué haré yo entonces?
Sus ojos llamativos se empanaron, distantes.
-Reuníos conmigo tras el velo, señora. Reuníos conmigo tras el velo.
Siren se estremeció. Se preguntó si también él estaba pensando en su esposa. O en sus hijos. Se
le había olvidado por completo que los tenía. "Sera mejor no tocar el tema", pensó rápidamente, y buscó
alguna otra cosa que pudiera decir. Se miraron el uno al otro durante un momento incómodo, él de rodillas y
ella sentada en la piedra como la reina cuyo papel había representado en broma. Un viejo recuerdo
amenazó con salir a la luz, pero ella se lo quitó de encima. Había surgido sin que lo llamara. Él le pedía a
ella que no fuera al barranco. Intentaba impedírselo, pero ella no le hacía caso. ¿Era un recuerdo viejo, o
nuevo? No era de aquí. No era de ahora. Ella era una persona corriente de Cold Springs, y quería seguir
siéndolo.
Siren se aclaró la garganta.
Él no se incorporó, pero se acercó más a ella.
-Una promesa, hecha en broma o no, es una promesa y te pediré que la cumplas.
Siren sintió en su garganta las pulsaciones de su corazón. Él se acercó más. Llevaba en la ropa el
olor del humo de la hoguera, que le hizo cosquillas en la nariz a ella, y le produjo otra cosa... algo... un
recuerdo.
Él le puso las manos en el regazo y ella no hizo nada, con los ojos hipnotizados por los ojos sin
color de él. Ella le tocó el pecho con las rodillas. Los rápidos latidos del corazón de él estaban en sincronía
con los de ella. Si no fuera porque sabía que era imposible, habría creído que él era el ser de fuego, que
había venido a llevársela de aquel reino terrenal. "Más bien habrá venido a quemarte y a escupirte
después", pensó. Se quedó sentada, perfectamente inmóvil. Debía romper el momento. Apartar las manos.
Pero no hizo ninguna de las dos cosas.
Él se incorporó ligeramente.
-Ven a mí -le susurró al oído.
Se le dilato el pecho: su cuerpo deseaba arrojarse a sus brazos. Los labios de éI le hicieron
cosquillas en la oreja, y ella inclinó la cabeza, sonriendo, mientras cerraba los ojos. Volvió los labios hacia
su aliento caliente y sintió que el cuerpo de él envolvía el suyo.
-Es hora de pagar -susurró él.
El grito la estremeció hasta lo más hondo de su alma.

HABíA SIDO MUY SENCILLO, y no había tenido que usar el cuchillo. Lástima. A gatas.
Arrastrándose. Cuerpo a tierra. Sí, imbécil, sigue mirando por el barranco. Serato espero a que cerrara el
teléfono móvil. Un empujoncito. No hizo falta más. Serato acarició el teléfono móvil. Una remuneración

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

añadida. Bueno, él ya había matado por menos en otras ocasiones. Ahora, ¿a qué distancia estaba la
persona con quien había mantenido el otro la conversación?

SIREN se quedó sentada, completamente inmóvil. Aunque esta vez era por el miedo.
-Eso no ha sido un lince.
-No.
-¿Qué ha sido?
-No tengo idea -diio Tanner, apartándose despacio de ella.
-¿Qué hacemos?
-Debemos ir a investigar, supongo -dijo, mirando atrás.
-¡No! -exclamó Siren, cogiéndolo del brazo.
-Siren, no estamos en Nueva York. No hay asesinos agazapados detrás de cada piedra.
-Eso crees tú -murmuró ella, caminando tras él-. Una cosa está clara: hay linces. En la ciudad no
los tenemos.

¿QUÉ LECHES estaba esperando el otro? Dennis pulsó el botón de llamada automática de su
teléfono móvil. Después de sonar varias veces sin respuesta, un mensaje electrónico dijo que la persona a
la que intentaba llamar estaba fuera de alcance o que había desconectado su teléfono móvil.
Estupendo. Sencillamente estupendo.
Salió del Durango y estiró las piernas, procurando alisarse las arrugas que se le habían formado en
los pantalones por haber pasado demasiado tiempo sentado. Empujó con los faldones de su anorak negro
un montón de mapas, haciéndolos caer en tierra. Los recogió entre maldiciones y los volvió a arrojar al
Durango. Podía ser que a Chuck le hubiera entrado miedo y se hubiera largado a su casa. Antes se estaba
lamentando de tener que volver con la fea de su mujer; se quejaba de que esta llamaría al hermano de ella,
a Billy, si él pasaba fuera demasiado tiempo. El matrimonio. Vaya broma. ¿Cómo se atrevía una perra
fregona y piojosa a entremeterse en su plan divino?
Quizá lo hubiera encontrado Ethan Files. Eso sí que había que pensárselo. Quizá fuera él el
próximo. Aquello no le gustaba, no le gustaba nada. Dennis caminó alrededor del todo terreno deportivo
negro. Intentó de nuevo llamar a Chuck, pero oyó el mismo mensaje. Se volvió. Dos ojos dorados lo
miraban desde los arbustos, a metro y medio de distancia.
-¡Mierda! -dijo, abriendo precipitadamente la puerta del conductor, saltando al coche y cerrando la
puerta de golpe. ¿Eraa posible que saliera mal alguna cosa más? Volvió a llamar a Chuck pulsando el
botón de llamada automática. Repetición de lo anterior. Dejó el móvil en el asiento de un golpe.
Sintió que le venía un ataque, y se llevó las manos a la garganta. Ahora no. ¡Ahora no podía tener
un ataque de pánico! Se le paralizaron los hombros, y pasó varios segundos sumido en un vacío mental
tenso y helado. No podía hacer aquello él solo. Aquí no podía. Sobre todo, después de que a Ethan le diera
la locura asesina. ¿Qué hacer? Encendió los faros del Durango. El felino no se había movido. ¡Piensa!
Vale. Vale. Tenía la posibilidad de atropellarlos en la carretera. Podía esperar, acelerar y
aplastarlos; pero era arriesgado, y el plan no había dado resultado antes. Además, puede que Tanner
estuviera más atento y que resultara más dificil alcanzarlo esta vez. Era verdad que la moto todo terreno no
estaba hecha para llevar a dos personas, pero Dennis sabía que tener en cuenta factores desconocidos era
una estupidez. Era una estupidez muy grande, y él no tenía nada de estúpido. ¿Verdad? Los errores no
formaban parte del plan.

SER-ATO se movía por el bosque tan sigilosamente como podía, pero le estaba costando mucho
trabajo. A él que le dieran las calles de las ciudades, bares llenos de humo, un edificio abandonado o unos
billares: ese era el terreno de caza que le resultaba familiar. Allí fuera, en la jodida madre naturaleza, era
otra cuestión.
¡Ahí estaba! El todo terreno deportivo. ¡Sí! Había tenido una suerte increíble. El mismo
desegraciado que había jugado al escondite con Siren para intentar atropellarla después. Ah, aquel estaba
resultando ser un día muy bueno. Un día muy bueno.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Se acercó despacio al vehículo, ocultándose entre la maleza. El que estaba allí fuera, quien quiera
que fuera, se estaba paseando por delante del coche, se había girado en redondo y se había metido
corriendo en el vehículo.
La luz interior iluminó la cara de comadreja.
Vaya, que me aspen.
Si es Dennis Platt, agente de la Policía Regional de Webster.
El otro jugador.
Serato estaba demasiado lejos para alcanzarlo por sorpresa. No podría llegar sin que Dennis
cerrara la puerta. Ahora encendía el motor v se movía marcha atrás.
-¿Ya te vas, tan pronto? -susurró Serato, contemplando las luces traseras del vehículo que bajaba
por la ladera de la montaña-. Lástima. El juego acaba de empezar.
Se volvió pero el lince se había marchado. Avanzó, y oyó un sonido metálico bajo el refuerzo de
metal de su bota.
-¿Qué es esto? -murmuró agachándose a examinar el objeto circular Lo levantó. Una moneda de
oro.

22
____________________________

SIREN NO DURMIÓ BIEN; se revolvió en la cama hasta que la habitación se inundó de sol; sus
sueños estaban cargados del aullido del lince, de incendios, de asesinatos y de otros vestigios
desagradables de terror. Como la imagen de Max, tendido en el suelo del cuarto de estar, desangrándose
poco a poco. El olor cobrizo a muerte en las manos de ella.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

El reloj digital de su mesilla anunció un nuevo día con campanadas melodiosas. A ella le dieron
ganas de tirarlo al suelo y de pisotearlo. Subió hasta la habitación el olor agradable a panceta frita. Pensó
en Tanner, y sonrió. Todavía le debía aquel beso. Y en el grito. Habían buscado por todas partes, hasta al
pie del barranco. Nada.
Se dio una ducha caliente y se puso unos vaqueros y un suéter amarillo, después se cepilló la larga
cabellera, que tenía increíblemente enredada y revuelta. Buscó en el fondo del cajón de su escritorio las
hojas de papel heterogéneas que iban dirigidas a Tanner, las metió cuidadosamente en el sobre y se lo
guardó en el bolsillo. Al pasar la vista por la mesa de tocador vio la bolsa amuleto de Nana, que había
dejado allí el día anterior. La tomó, apretándola bajo su nariz para captar su fragancia de hierbas. Respiró
hondo y sintió un momento de paz interior. Se la guardó en el otro bolsillo y bajó las escaleras de dos en
dos. Después, se detuvo. El tío Jess hablaba por teléfono desde el despacho de Siren.
-Soy yo -dijo el tío Jess por fin-. Lo siento, pero no puedo seguir adelante con esto.
Una pausa.
-Ya sé que lo prometí, pero tengo que vivir mi vida. Los planes han cambiado. Tendrás que
conseguirte a otro.
Silencio, mientras el tío Jess escuchaba una larga respuesta.
-Mira, he perdido mi casa y casi he perdido la vida. Soy viejo. Ya no puedo soportar muchas más
sorpresas. ¡Eso me importa un rábano! -dijo, levantando la voz-. He tomado mi decisión. ¡Quiero salir de
esto!
Colgó el aparato dando un golpe fuerte.
Siren volvió a subir las escras corriendo. El corazón le latía conn fuerza.Ya no cabía duda. El tío
Jess se traía algo entre manos. Tardó varios minutos en recobrar la compostura. Después intentó bajar a la
cocina con expresion neutra.
-¡Buenos días, nena! -dijo el tío Jess dando la vuelta a una tortita hábilmente, tirándola al aire y
recogiéndola de nuevo con la sartén.
Siren olfateó el aroma con agrado.
-¿Estás cocinando para todo un ejército?
-Depende de si quieres reclutarlo tú o no –dijo él rehuyendo su mirada. Puso sobre la mesa un plato
lleno a rebosar de tortitas y panceta-. Adelante. Se va a enfriar -le dijo, tirando hacia ella un tenedor.
El tío Jess tomó su propio plato de junto al fogón y se sentó al extremo de la mesa.
-Ya se que lo único que te preocupa es mi bien –dijo.
Siren parpadeó. Era lo más parecido a una disculpa que era de dar el tío Jess. Terminó de comerse
las tortitas y empezó con la panceta, sin estar segura de cómo debía responder.
-Jess -dijo por fin-, ¿te parece que podrías guardar en el cobertizo esa horca durante unos días? Ya
sé que es una especie de símbolo tuyo pero no quiero que nadie diga ahora que eres violento ni que estás
loco. No quiero darles argumentos.
-La he llevado encima más de treinta años, y, si no me equivoco a ti te ha hecho falta.
-Eso fue distinto. Me estaba defendiendo.
Él no hizo ningún comentario.
-Lo digo en serio.Tu hijo es muy capaz de inventarse cuentos y hacer que sus amigos corruptos le
sirvan de testigos. Estate tranquilo una temporada. Más te vale que Tanner no cuente a nadie tu conducta
de la otra noche.
-No me preocupa -dijo él, evitando su mirada.
A Siren no le gustó aquello. Gemma debía de estar detrás de todo eso, ella lo notaba.
-¿Ni por unos días?
-No -dijo él, sin dejar de masticar regularmente.
Siren se recostó en su silla y se limpió la boca con una servilleta.
-¿No estás dispuesto a pensártelo mejor?
Él terminó de comerse una loncha de panceta y se secó los dedos en el peto de sus vaqueros.
-Yo estuve en el regimiento 106, en la batalla del Bulge, durante la Segunda Guerra Mundial.
Faltaban nueve días para la Navidad, y los alemanes se creyeron que podrían deslizarse por el bosque de
Arden y aplastarnos. A las cuatro y media de la tarde ya era noche cerrada, y la temperatura caía a
dieciocho bajo cero por la noche.Yo estaba metido en un pozo de tirador. La niebla era implacable, como
una hechicera que arrojara su aliento sobre la tierra. ¡Si pude salir de aquello, nena, podré salir de esto! No
necesito que me ayude una niña... ¿Qué miras?
Siren se asió con fuerza a los bordes de la mesa. Le daba vueltas la cabeza. La invadía la
oscuridad, y sentía que el cuerpo le daba bandazos.
-Esos lamentos... esos gritos... esos chillidos -susurró-. ¡Es terrible! ¿Qué son esas cosas que
aúllan? Esos destellos... ¿qué son?
Tembló, viendo dentro de su cabeza los horrores de la guerra. ¿Cómo podía ser?

- 143 -
MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

El tío Jess la miró de una manera rara.


-¿Lo dices por los mimis chíllones? Eran unos cohetes tremendos, horribles, que nos tiraban los
alemanes. Aullaban como animales del demonio cuando iban por el aire. ¿Cómo los conoces tú?
Siren sacudió la cabeza, para liberarse del túnel del tiempo mental y oscuro en el que había
entrado, más que para responderle a él. No se lo quitaba de encima. Aterrorizada, dijo:
-¡Deja de pensar en eso! ¡Dejalo ya!
-Claro… desde luego.
El tío Jess tomó su plato y lo metió en la pila, y después salió por la puerta trasera mirándola
furtivamente de un modo raro.
-Bruja –murmuró-. Igual que ella. Me voy de paseo. – añadió, escupiendo al exterior por la puerta
trasera.
Siren supo entonces que el tío Jess conservaba sentimientos de culpa desde aquella época. No
porque hubiera hecho nada malo, sino porque había salido sin un solo rasguño externo. Supo en ese
instante que había habido más de 50.000 heridos y más de 10.000 muertos. Estos datos salían del cerebro
de él, no del de ella. Ella supo que aquello pasó en 1944, el mismo año en que se grabó la canción
Navidades blancas. Supo que había sido el general Patton quien los había rescatdo por fin, el día después
de Navidad, y que la lucha había continuado hasta casi el fin del mes de enero de 1945. Supo… sintió... y
murió un poco por dentro, mientras unos temblores le subían y le bajaban por los brazos. Lo más
importante era que Siren comprendió entonces por qué parecía el tío Jess distante y poco cariñoso cuando
estaba de malas, hosco cuando estaba de buenas. Por encima de todo se había convertido en un
superviviente.
Pensaba e sus hijos eran poca cosa comparados con el recuerdo de un ataque alemán.
Siren s abía que, detrás de ellos estaba Gemma, que era tn mala como un tanque Tiger.
Siren asomó la nariz fuera de la casa y concluyó que había un frío en el aire que no le agradaba
nada. Las nubes horizontales, plomizas, que estaban suspendidas sobre el monte de la Cabeza de la Vieja
desvaían todos los perfiles. Recordó el cuento de fantasmas de Tanner y observó el aspecto de
encantamiento oscuro que tenía la montaña.
-¿Jess? -dijo en voz alta llamándolo; pero se había marchado.
Siguió pensando en Tanner Thorn. Este también debía de tener propios relatos de guerra. ¿Cómo
sería un hombre capaz de jugarse el cuello por un desconocido? Pensó en el grito que habían oído la
noche anterior. Tanner había querido investigar inmediatamente. Ella se había retraído, pensando en su
propia seguridad. ¿Era ella siempre así? No estaba segura. ¿Cómo sería un hombre capaz de entrar
valientemente en un edificio en llamas porque sentía que tenía la responsabilidad personal de hacerlo? En
Nueva York, Siren había visto a bomberos marcados, que vomitaban, que se desmayaban, que echaban
hollín por las narices, e incluso que se morían. Se ocupaban de las personas, no solo en caso de guerra o
de desastre, sino siempre, a cada momento. Para ella habían pasado a formar parte del paisaje, de la
madriguera incestuosa de la gran ciudad. Eran soldados que no mataban nunca.
Ella no podía decir otro tanto de sí misma.
Siren entró en su despacho, descolgó el teléfono y pulsó el botón de repetir llamada, pensando que
así podría descubrir con quién había estado hablando Jess. Dejó sonar el teléfono varios minutos, pero no
contestó nadie.
Maldita sea.

-¿SALES?
Siren volvió la cabeza.
-¿Siempre tienes que acercarte a mí sigilosamente, de esta manera? -dijo, ciñéndose el chal gris a
los hombros-. Además, ya no me hablo contigo.
Billy estaba de pie en el porche delantero de la casa, con las manos a la espalda; un viento frío le
agitaba los pantalones del uniforme sobre las piernas mientras intentaba clavar los ojos oscuros en los de
Siren.
-Mira, siento mucho lo de la otra noche.
Siren se apoyó en el poste del porche cruzando los brazos sobre el pecho, con los músculos de la
cara tensos. El poste crujió amenazadoramente.
-He oído contar que tuviste que pasarte por el hospital.
A Billy se le enrojeció el rostro bajo el sombrero Stetson marrón. Sacó poco a poco una docena de
rosas rojas que tenía ocultas a la espalda y se las entregó.
-¿Hacemos las paces?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Desde luego que no -dijo ella, devolviéndole las rosas.


-¿Podemos hablar dentro de la casa? Aquí empieza a hacer frío.
-Salgo a hacer una visita,
-¿Ah, sí? ¿A quién? -preguntó él, levantando las cejas oscuras.
-Siempre policía, ¿verdad? Dónde voy y a quién voy a ver es asunto mío.
-Lo de la otra noche... tuve mis motivos.
Billy intentó rascarse la pierna discretamente, y Siren recordó lo que le había contado Nana Loretta.
-¿Para dejarme tirada y marcharte a un bar? ¿Te crees que me voy a tragar algún cuento sobre "el
cumplimiento del deber"? ¿Qué clase de sinvergüenza eres tú?
-No lo entenderías.
-Vamos a verlo.
Él apartó la mirada de ella, como considerando qué proporción de la verdad debía contarle, si es
que le contaba algo. Le cambió ligeramente la expresión, como si hubiera tomado una decisión.
-Me serví de ti para un plan.
Siren sintió que se le abrían mucho los ojos mientras adelantaba la cabeza en un gesto de
incredulidad.
-¿Que te serviste de mí para un plan? ¿Para qué plan?
Él cruzó los brazos sobre el pecho. El viento sacudía las rosas sobre su insignia.
-Dennis y yo...
-¿Dennis? ¿Dennis Platt?
-Sí, bueno, fue idea de él. Quería recuperar el buen nombre en la comisaría. Ya sé que aquello era
absolutamente ilegal, pero los policías tenemos que ser leales los unos con los otros. Al fin y al cabo, ha
sido mi compañero durante dos años. En todo caso él... quiero decir, nosotros... te usamos como una
especie de cebo.
-¿De cebo? -repitió ella, sintiéndose como un loro.
-Dennis pensó que si te dejábamos suelta, ese Ethan Files podía salir a buscarte.
-¿Por qué a mí?
-Tenemos pruebas que relacionan a Ethan files con la mujer que encontramos en el contenedor y
con la muerte del chapero de Whiskey Springs. Creemos... quiero decir, Dennis cree que Ethan te persigue.
La idea era atrapar a Ethan antes de que este te alcanzara a ti. Dennis te ha estado vigilando.
Siren sintió que se le abría la boca y que el estómago le caía en picado. Su sorpresa se convirtió en
ira.
-¿Dennis, vigilándome? Eso es absurdo. Me dejaste tirada en la calle. ¿Cómo fuiste capaz de
hacerme eso? Y yo que creía que eras un tipo recto, el policía ejemplar y todo eso.
Él bajó la vista hacia el suelo del porche, rascándose el brazo. El envoltorio de papel de las rosas
crujió con el movimiento.
-Dennis ha estado cuidando de ti a distancia. Te aseguro que no has corrido nunca ningún peligro.
-Mentira.
-Para ser franco contigo, yo no creo que la teoría de Dennis sea correcta. A mí no me parece
acertada; pero Dennis está convencido de que Ethan anda al acecho. No comprendemos qué relación pudo
tener Ethan con la mujer del contenedor, porque no hemos podido identificarla. Sabemos que intentó
atropellarte a propósito.
Siren levantó la mano.
-Espera. ¿De modo que Dennis cambia de pronto de opinión y adopta la postura radicalmente
opuesta, y organiza una especie de emboscada? Aquí hay algo que no encaja. Yo creía que Dennis estaba
suspendido de empleo.
-Lo estaba. Afirma que todo formaba parte de su plan.
Siren levantó los ojos al cielo.
-Esto no tiene sentido. ¿Por qué iba a querer matarme Ethan Files, una persona a la que yo no
conocía de nada antes del accidente?
-Encontramos en la guantera de su vehículo una foto tuya, además de varios recortes de prensa
sobre tu juicio. Su mujer ha reconocido que hablaba mucho de ti y que opinaba que no te deberían haber
absuelto, que alguien debía hacer algo al respecto. Creemos que intentó atropellarte a propósito, en plan
justiciero o algo así.
Siren se quedó inmóvil, intentando asimilar esta información.Volvió a tener la sensación intensa de
que la verdad estaba tan deformaba que resultaba irreconocible. Además, ¿y sus sueños? Todo aquello no
encajaba. Dio unas pataditas en el suelo, distraídamente.
-Si os estabais sirviendo de mí como cebo, ¿por qué estabas en el bar, en vez de estar velando por
rni seguridad?
Billy movió los pies, incómodo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Esa parte fue idea de Dennis. Dijo que le habían dado el soplo de que Benita Prescott estaba liada
con Ethan Files.
-¿Benita Prescott? ¿La camarera del Maybell?
Él asintió con la cabeza.
-En todo caso, Dennis dijo que él cuidaría de ti, mientras yo procuraba... esto... ablandar a Benita.
Ver si podía sacarle algo.
-¿Y conseguiste tu objetivo? -le preguntó Siren, levantando una ceja. Se acordó de la hiedra
venenosa, pero no dijo nada.
-Esto, no. Tuvimos un visitante inesperado -dijo él. Le dio la espalda y miró hacia la montaña-. En
esencia, todo se fue a la alcantarilla, en más de un sentido.
Se rascó la pierna, nervioso.
-Si no hubiera sido por Nana Loretta, podrían haberme suspendido de empleo. Me salvó el pellejo,
en cierto sentido -dijo, rascándose el brazo. Volvió a entregarle las rosas. El envoltorio crujió, y una única
espina atravesó el papel y pinchó a Siren en el dedo.
-Vaya manera de hacer las paces -dijo Siren, apartando el dedo y mirando la gota de sangre que se
le iba formando.
De sangre marcada.
El viento suspiró a lo largo del porche.
Siren respiró hondo, pensando en voz alta mientras se le acumulaba en miedo en el vientre.
-Puede que me esté siguiendo Ethan Files. He recibido unas llamadas telefónicas extrañas, y hace
algunas noches había gente en el patio. El tío Jess los ahuyentó. Cree que eran dos borrachos del pueblo.
-¿Dos personas, has dicho?
-Eso es.
Hizo una pausa; pero aquello no coincidía con sus sueños, ni con la aparición del vendedor de
globos en la feria. Estudió un momento la cara atractiva de Billy.
-De modo que Dennis te habrá hablado del todo terreno deportivo que me siguió. Dennis debía de ir
en el otro coche. ¿Cree que era Ethan Files el que conducía el todo terreno deportivo?
Billy se quedó inmóvil.
-No te entiendo.
Siren le explicó con paciencia la experiencia terrible que había tenido en la carretera hacía varias
noches, y cómo había acudido Tanner a rescatarla. Mientras hablaba, Billy se fue poniendo pálido;
después, se le endureció el gesto y bajó levemente los párpados.
Se volvió y se puso a caminar apresuradamente hacia su vehículo.
-Gracias por las flores -dijo ella, viéndole cruzar el patio con paso rígido-. Creo.
"Todavía me debes algo", murmuró.
Él se volvió hacia ella mientras subía al coche patrulla negro y dorado de la policía Regional de
Webster.
-Siren...
-¿Qué?
-Mientras yo me entero de qué pasa... ándate con cuidado.

LA VIVIENDA de Nana Loretta era una mezcla de cabaña y casita de campo, y estaba apartada a
cuatrocientos metros de la carretera, hacia la mitad de la ladera del monte de la Cabeza de la Bruja.
Aunque el otoño había sido seco, en las jardineras de las ventanas y del porche había hileras de flores tan
grandes como tortas. Siren se enamoró al instante del porche ancho de la casa y del amplio jardín que
tenía en la parte delantera. Dejó el coche tras el jeep de Nana y subió por los firmes escalones de madera,
advirtiendo que la barandilla del porche era nueva: su madera fresca resaltaba a la luz apagada de la
mañana. Llevándose a la otra mano la cesta que iba a devolver a Nana y ajustándose el bolso que le
colgaba del hombro, Siren llamó varias veces a puerta, pero no respondió nadie. Desde el porche
contemplaba una vista imponente del valle que se extendía más abajo. Se iban juntando en el horizonte
nubes arremolinadas de color de ébano: habría una tormenta dentro de una hora, o de dos, según cómo
soplara el viento.
-¿Nana Loretta? -dijo Siren, golpeando la puerta con más fuerza-. Nana, ¿estás en casa?
La puerta se abrió con un crujido. Siren esperaba ver la cara sonriente de Nana, pero nadie se
asomó a mirarla desde detro de la puerta. El fuego de la chimenea jugueteaba y tiraba punzadas a los
ladrillos ennegrecidos. En una mecedora que estaba junto a la chimenea había un marco de hacer punto de
aguja de tamaño adecuado para tenerlo en el regazo, con una colcha voluminosa que caía hasta el suelo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Junto a la mecedora había una mesa redonda preciosa, con la superficie de mármol, aparentemente. Una
lámpara de petróleo grande, cuyo depósito estaba lleno de combustible rojo, ardía suavemente y arrojaba
un brillo cálido sobre la mesa y sobre la colcha. Siren volvió a llamar sin recibir respuesta.
Entró por la puerta, indecisa. No le gustaba la idea de rondar por la casa de alguien sin que la
hubieran invitado; pero un temor remoto se asomó a los bordes de su mente. ¿Y si Nana se había puesto
enferma, o había tenido una caída? Siren supuso que Nana tenía ochenta años por lo menos, quizá más.
Allí sola, en el monte, podía haberle pasado cualquier cosa.
Siren volvió la cabeza hacia un lado con la esperanza de captar el sonido de la respiración de
Nana, o un movimiento de alguna clase. Nada. Le llegó a la nariz el olor apetitoso de la salsa de calabaza.
Cuando entró en la habitación principal, le llamó la atención una mesita que estaba junto a la ventana
opuesta. Se parecía a los altares wiccanos que había visto ella en Nueva York. Había encima velas
encendidas, plumas de todos los colores naturales, cuencos, algunos jirones de tela blanca y cintas roja
blancas y negras. Siren se acercó, intentando distinguir el objeto pequeño que había en el centro. Cuando
llegó junto al altar, le sorprendió ver una piedra plana y lisa, un guijarro de río del tamaño de su dedo índice,
cuya superficie tenía pintada toscamente la figura de una anciana.
-¿Siempre andas con tanto silencio?
Siren se volvió, con el corazón en la garganta.
-¡Tanner! ¿Qué haces tú aquí?
Tanner estaba apoyado en una puerta que Siren supuso que sería la de la cocina; su pelo largo
reflejaba la luz de la lumbre en sus mechones relucientes. Nana estaba un poco más atrás de él, con una
sonrisa suave en la cara.
-No tiene importancia -dijo Nana a Tanner, pasando delante de él. Aquel día llevaba una gruesa
rebeca blanca con pequeñas calabazas y enredaderas que le pasaban por los ojales.
-Te he traído tus cosas -dijo Siren, entregando la cesta Nana, que se la pasó a su vez a Tanner.
-Siéntate un rato y descansa -dijo Nana, señalándole e sofa-. Tanner y yo estábamos charlando,
¿verdad?
A Siren le pareció como si los dos se dijeran algo sin hablar. Tanner asintió; sus ojos plateados no
dejaban relajarse a Siren. Esta se sentó en el sofá, hundiéndose entre las capas suaves de paño fragante.
Dejó el bolso ante sus pies. Nana se sentó su lado. Tanner se quedó en la puerta.
-Tanner, ¿por qué no guardas esa cesta y me miras cómo están esas tartas? Pronto estarán listas
para salir del horno.
Tanner titubeó, pero dijo "claro" y se metió en la cocina.
Nana cruzó las manos sobre su falda marrón.
-Bueno, veo que has encontrado la casa sin problemas. Llegas a tiempo de comer tarta de calabaza
caliente.
Siren sonrió, echó una mirada hacia la puerta de la cocina y volvió a mirar después a Nana Loretta.
-Entonces -dijo Nana, volviéndose a Siren con aire de intimidad-, ¿has venido solo a dejar la cesta,
o tenías algo más en la cabeza?
Aunque Siren quería hablar con Nana, la presencia de Tanner le había quitado las ganas de
conversar. Se oyó un golpe fuerte y una palabrota corta, pronunciada entre dientes, que llegaron entre el
aroma fuerte de las tartas. Siren hizo ademán de levantarse.
-La verdad es que debo marcharme.
Salió más ruido de la cocina.Tanner asomó la cabeza.
-Ya están todas fuera y enfriándose -anunció.
Siren observó que tenía puesto el abrigo, y se preguntó si a marcharse ahora que estaba ella allí.
Tanner entró en el de estar y dijo:
-Voy a hacer unos recados en Whiskey Springs. ¿Quieres que te traiga algo, Nana?
Nana sonrió, negando con la cabeza.
-¿Volverás a comerte un trozo de tarta, antes de volver al parque de bomberos? -le preguntó.
-Si no hay ningún incendio. Además, tengo que cobrar una deuda -dijo él, mirando fijamente a
Siren. Esta sintió que le asomaba el color a las mejillas. Aquella mañana, cuando él la había llevado a su
casa, estaba tan cansada que apenas le había dicho dos palabras al bajarse de la moto antes de entrar en
la casa.
Tanner le sonrió y se marchó.
-¿Has venido por lo de tus sueños? –le preguntó Nana, acomodándose en el sofa.
-¿Cómo lo sales?
-Me lo contó Tanner -dijo Nana, poniéndose seria.
Siren inspiró vivamente mientras el miedo le saltaba dentro cerebro. ¿Cuánto le habría contado él?
-¿Qué te ha dicho? -le preguntó, con voz tan temblorosa como un montón de gelatina en un
terremoto.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Lo del asesino que has visto varias veces -dijo Nana despacio-. No es nadie que yo conozca. Pero
creo que lo he visto en persona la semana pasada, en el mercado. Estaba mirando cuchillos, los grandes,
afilados y puntiagudos. ¿Has traído algo que quieres enseñarme?
-Billy Stouffer cree que fue Ethan Files quien mató a la chica y al chapero. Cree que Files quiere
matarme a mí.
-¿Pero tú no lo crees?
-No.
Siren observó a Nana. Sentía que había llegado a un punto pasado el cual no podría volverse atrás.
O hablaba a aquella mujer con claridad y con sinceridad, o se levantaba y se marchaba. Estaba colgada al
borde de un precipicio mental. ¿Se sujetaba, o se soltaba? Extrajo despacio el sobre del bolsillo de sus
pantalones vaqueros y enseñó a Nana los pedazos de papel. Sintió al mismo tiempo una sensación de
alivio, como si se le hubiera quitado un peso enorme de la nuca y de los hombros. Nana chascó la lengua
varias veces.
-Yo diría que esto lo ha escrito Nanette Ballentine, la propietaria del Todo a Cinco y Diez Centavos
de Ballentine, ¿la conoces?
-Hace años que no entro allí, pero lo vi la semana pasada cuando visité la tienda de muebles de
enfrente -dijo ella.
-Esa Nanette Ballentine ha estado siempre un poco tocado -dijo Nana, dándose unos golpecitos con
el dedo en la sién-. Tiene mala reputación. ¿Sabías que en su casa estaba el burdel pueblo, a principios del
siglo veinte? Bueno, no, supongo que no lo sabrías. Ese sitio tiene mala energía, te lo juro. La propia
Nanette siempre ha sido un poco ligera de cascos, no sé si me entiendes. Juntándose con gente que no le
convenía, tratando con inútiles. Cuando yo la conocí, se relacionaba con lo más tirado del pueblo, o con
gente que estaba mal de la cabeza, no sé si me entiendes. Si quieres que te diga mi opinión, la culpa era
de ella, maldita sea. No tenía ni pizca de sentido común. Sí, no cabe duda de ello -añadió, cerrando los ojos
mientras sostenía los papeles en las manos.
-¿Qué haces?
-Psicometría -dijo Nana, entreabriendo ligeramente los ojos-. Tanner lo hace mejor que yo, aunque
él no lo quiere reconocer.
Volvió a cerrar los ojos.
-La veo escribeindo esto, a Nanette Ballentine, digo, en el mostrador viejo de la trastienda de su
local. Esa chica, Marlene, es una ex prostituta, de pelo castaño, un poco tirando a gruesa. Le faltan dos
dientes de delante. Una pena. El otro, Randy, es alto y tiene el pelo negro como el carbón. No es ninguna
belleza de hombre: papada gruesa, barriga de bebedor de cerveza. Los dos son alcohólicos.
Siren suspiró.
-Pensaste que él era tu asesino, ¿verdad?
-Aunque no parecía probable -dijo Siren, asintiendo con la cabeza-. Lo más seguro es que no
tengan nada que ver en esto -añadió con desilusión-. ¿Ves algo más?
-Inténtalo tú -dijo Nana, devolviendo a Siren el sobre y los papeles.
-¿Yo? No sé hacerlo.
-Cierra los ojos y relájate, nada más. Entra en ese lugar, dentro de ti misma, donde todo está en
calma.
Siren cerró los ojos, sujetando los papeles delante de ella tal como había hecho Nana.
-Ahora, deja la mente en blanco y di lo Primero que te venga a la cabeza.
-Asqueroso -dijo Siren, insegura.
-¡Bien! Nanette es una perra asquerosa. Eso lo has captado bien. ¿Ves u oyes algo más? A veces
lo que se ve es muy difuso e insuficiente, como si estuvieras mirando a través del culo de una botella verde
de Coca-Cola, de las antiguas. Otras veces puede que oigas cosas. Pero todo es muy rápido. Es como un
chispazo, y desaparece enseguida.
-Pelirroja.
Siren oyó que Nana se daba una palmada en la rodilla.
-Oye, esto se te da la mar de bien. ¡Lo es! Nanette es pelirroja. Ahora es pelirroja teñida. Sigue.
Siren respiró hondo y dijo:
-Es más bien gordita, tiene más de rechoncha que de pesada. Se preocupa constante de lo que
pensarán de ella los demás.
-Excelente –susurró Nana-. Sigue.
-Es la persona más entrometida del pueblo.
-¡Eso es una suposición tuya!
Siren se rio y abrió los ojos.
-Así es.
Nana soltó una risita.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Te parece que puedes sacar algo más?


Siren volvió a cerrar los ojos e intentó enfocarse.
-Organiza una partida de póquer casi todas las noches en la trastienda del local.
-Podría ser –dijo Nana-. He oído rumores.
Siren vio la habitación llena de humo y a muchos hombres mayores. Algunas mujeres jóvenes.
-¿Crees que allí pueden pasr más cosas que las partidas de póquer? ¿Un poco de prostitución,
quizá?
-No me sorprendería. ¿Puedes sacar algo más?
Siren negó con la cabeza.
-¿Debo dárselos a Tanner? Al fin y al cabo, iban dirigidos a él.
Nana cogió los papeles y se los metió en el bolsillo de la rebeca.
-Depende de cómo esté de humor -dijo-. Se los guardaré yo.
Siren volvió los ojos oscuros hacia el altar.
-Mis amigos de Nueva York tienen un altar parecido a ese -dijo tímidamente, tocando su broche de
figura de gárgola-. ¿Hay muchas por aquí? Brujas, quiero decir.
-Aunque las hubiera, yo no podría decírtelo -dijo Nana-. Por lo menos, de momento.
Siren inclinó hacia atrás la cabeza, miró al techo un momento y después miró a a Nana a los ojos.
-Me parece increíble. Eres auténtica, ¿no es así?
-Sí. Bueno, a veces yo misma me lo pregunto.
Siren se puso a juguetear con los dedos.
-Crees que yo también lo soy. Tanner también lo cree.
Nana observó a Siren un momento.
-En último extremo, eso deberás decirlo tú.
-¿Cómo es ser bruja?

SERATO tenía varias reglas que guardaba a rajatabla: no beber nunca; no presumir nunca; no ir
nunca desaliñado a no ser que lo exigiera el disfraz; escuchar con paciencia (para desvelar pocas cosas
acerca de sí mismo); tener las mismas ideas religiosas y políticas que su jefe, y nunca,jamás, manifestar su
ira en público.
Serato daba la vuelta a las hamburguesas murmurando entre dientes y sabiendo que estaba a
punto de quebrantar esta última regla, la de la ira. Aquel trabajo le estaba llevando demasiado tiempo. Sí,
tiempo. Ya había llegado casi el momento de hacer que se cumpliera el destino de Siren. La carne frita
chisporroteó cuando la apretó con fuerza, mientras veía cuajarse su jugo sobre la plancha. Tenía dos
posibilidades: acabar primero con el sucio poli y tener después una cita con Siren, o bien apoderarse
primero de ella, como primera prioridad, y freír más tarde al poli. Maldita fiesta de la cosecha. Todavía no
tenía noticias del tipo que había empujado por el barranco. Puede que, con tanta actividad en el pueblo, no
se hubiera pasado nadie por el barranco. Por una parte era maravilloso: con tanta gente como entraba y
salía de las tiendas y de los restaurantes, él llamaba menos la atención cuando se movía por allí; pero, por
otra parte, estaba muy ocupado, pues el dueño le suplicaba que hiciera turnos dobles en el trabajo.
Tiró las hamburguesas sobre unos bollos, les echó encima algo de lechuga, llenó los platos de
patatas fritas y añadió la vinagreta de eneldo que le habían pedido. Tomó un cuchillo afilado, y vio cómo se
fundía sobre su hoja la luz amortiguada de la cocina antes de ponerse a cortar el grueso tomate.
Una camarera rubia que mascaba chicle tomó los platos de debajo del calentador.
-Vamos, Gus, mueve ese culo flaco y moreno. Los de la mesa tres están pidiendo el papeo a gritos.
Él se volvió a mirarla, empuñando todavía el cuchillo.
-Esto, son bromas de las que se dicen en los restaurantes -dijo ella, mirando el cuchillo que tenía él
en la mano-. Cuando puedas.

BENITA PRESCOTT se apresuró a servir los platos mientras pensaba que aquel cocinero nuevo,
Gus como-se-llamara, era bastante raro. No solía pronunciar más de cinco palabras en todo un turno de
trabajo, y ¿acaso era corriente que un cocinero de segunda categoría tuviera los cuchillos más brillantes
que la plata de la Casa Blanca?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-LAS BRUJAS son como todo el mundo, supongo -dijo Nana-. Yo lo he sido siempre, así que no
sabré responder muy bien a tu pregunta. No somos perfectas; pero, de cuando en cuando, síq ue tenemos
ventaja en determinadas circunstancias. Supongo que en estos tiempo modernos, nuestro don mayor es el
arte de escuchar; todo lo demás es secundario.
Siren reflexionó sobre esto por un instante; después, dijo:
-Quiero saber más cosas.
Los ojos de Nana se oscurecieron.
-Bueno, tampoco puedo decirte mucho si no prestas juramento.
-¿Qué quieres decir? –preguntó Siren, entrecerrando los ojos-. ¿Cómo una iniciación, o algo así?
-No; es como un despertar.
Siren no respondió.
-¿Sabes? Tiene gracia: Jayne solía llevar sus instrumentos y sus cosas mágicas en una mochila
parecida a esa que tienes tú –dijo Nana, señalando con la cabeza el bolso de colgar a la espalda de Siren.
Siren apoyó los codos en las rodillas.
-¿Cómo era Jayne de verdad?
-¡Oh! ¡Hermosa! Alta. Esbelta como un sauce. Con el pelo negro, de cuervo, como el tuyo. Era hielo
y era fuego. Se parecía mucho a ti, aunque tenía la piel más clara. La mayoría de las personas la querían;
algunas la odiaban.
-En eso no se parece a mí, eso está claro. ¿Sabes? Una de mis clientes me dijo ayer que cada
familia del pueblo tiene un relato diferente sobre las brujas de la Cabeza de la Vieja; ella hasta tiene un
retrato de ellas.
-¿Lo tiene? -dijo Nana, levantando las cejas blancas-. ¡A mí misma me gustaría verlo!
-Si lo trae, intentaré conseguir una copia -dijo Síren-. Dudo que me deje quedármelo una
temporada.
Siren se pasó los dedos por la costura de la pernera de sus pantalones vaqueros.
-¿Estás emparentada con las brujas de la Cabeza de la Vieja, Nana? -le preguntó.
-Sí: somos descendientes de la muchacha que murió primero. De la vigía.
-Al oír el relato, yo me había figurado que esta no había tenido ningún hijo.
-No; tenía unos diecisiete años y ya había dado a luz varias veces. Dos ninos y una nina -dijo Nana
sacudiendo la cabeza tristemente. Un mechón rebelde de pelo se le escapó del moño que tenía bajo la
nuca.
-¿Y la tía Jayne? ¿Dónde entra ella en todo esto?
-Pues ella pertenece a la línea de la suma sacerdotisa, de la primera Margaret McKay. Jayne decía
siempre... -dijo Nana, la voz se le apagó en la garganta.
-¿Qué decía la tía Jayne? -preguntó Siren, inclinándose hacia adelante.
Nana se llevó la mano a la base de la garganta.
-Decía que su familia, por ambas partes, descendía de una raza antigua; pero algunos creíamos
que aquello no eran más que cuentos, ¿sabes? En todo caso, Jayne decía que por eso no funcionarían
nunca las cosas entre tu madre y tu padre, porque a tu padre le corría por las venas la sangre de los
antiguos, y tu madre tenía la sangre de los extraños.
Siren se había llevado la mano al regazo.
-El tío Jess afirma que si mi padre nos dejó fue por culpa de la tía Jayne.
-Vaya, vaya -dijo Nana, agitando una mano-. Eso es una manera interesante de dar la vuelta a la
historia, aunque no esté bien que yo lo diga.
-¿En qué sentido?
-En realidad, es muy sencillo. Tu padre, por lo que yo lo conocí, parecía ser muy popular en el
pueblo, no sé si me entiendes. Tenía la piel oscura, con pelo negro como el tuyo, y los ojos del color del
mar. Era un chico poco corriente. Tu tía Jayne se lo encontró retozando con una muchacha del pueblo poco
después de que tu madre tuviera a Gemrna. La tía Jayne levantó un escándalo muy grande por todo el
asunto, y propuso traeros a todos a vivir al monte, pero tu madre no quiso ni oír hablar de ello. Era casi
como si Jayne supiera lo que iba a pasar, pues tu padre se largó del pueblo al día siguiente. Desde
entonces, nadie ha oído hablar de él. Tu madre, que tuvo que hacerse cargo de vosotras dos, echó la culpa
a tu tía y la expulsó de su propia casa. Dijo que Jayne estaba difundiendo mentiras.
-Pero ¡eso no es posible! Jess afirma que la casa era del clan de los Ackermann.
-Mentira.
-¿Quieres decir que mi casa era en realidd de Jayne?
-Eso es.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Pero yo no vi nada de eso al pedir la certificación de propiedad; o, por lo menos, mi abogado no


dijo nada. ¿Dónde se fue Jayne? -preguntó Siren con incredulidad.
-Se subió aquí, con nosotros. Murió menos de un mes más tarde.Yo siempre pensé que había
muerto de pena. Tu madre no os dejó que la vierais.
-Pero, si era la casa de mi tía, ¿por qué no echó ella a mi madre?
-Por lo mucho que te quería a ti. No apreciaba gran cosa a Gemma, que yo recuerde. Aunque
siempre creí que eso era bastante tonto, pues Jayne no había llegado a conocer a la pequeña: al fin y al
cabo, Gemma no era más que una recién nacida. Jayne también tenía sueños. Sueños que anunciaban el
futuro, como te he dicho antes.
-¿Soñaba con el pasado?
-Todos soñamos con el pasado, niña.
-No; quiero decir, con el pasado de otra persona. Por ejemplo, si tú me estuvieses hablando de la
Segunda Mundial y vieras de pronto lo que me había pasado a mí.
Nana se quitó un poco de pelusa de la falda marrón.
-Eso se le daba bien. Ajá. ¿Por qué?
Siren contó a Nana la experiencia que había tenido aquella mañana con el tío Jess.
-¡Cielos! ¿Es la primera vez que te pasa?
-Sí.
-Bueno, pues te digo en confianza, que más vale que no le cuentes a nadie, y digo "a nadie”, que
eres capaz de hacer eso; suponiendo, claro está, que descubras que lo puedes hacer otra vez. Hay mucha
gente a la que no le gusta que se descubran sus secretos. Y, francamente, si eres como la mayoría de la
gente, solo te vendrá a rachas. A veces acertarás plenamente, y otras veces no captarás nada. La videncia
no se puede encender y apagar como si fuera una bombilla.
-¿Sabe el tío Jess todas las cosas que me has contado hoy?
-Claro que las sabe; y por eso me sorprendió que me llamara para que te mirase cuando te hiciste
daño. Llevaba años sin pisar esa casa.
Siren volvió a arrellanarse en el sofá. Sentía como si le diera vueltas la cabeza, pero al mismo
tiempo se sentía cómoda con todas las cosas raras que le había contado Nana.
-Por primera vez en mí vida me siento, ¿cómo decirlo? Conectada. Quisiera aprender algo más
acerca de mi linaje, pero no estoy segura de cómo hacerlo. Quiero comprender quién soy y lo que soy.
¿Existe algún modo de aprender a controlar una parte de estas cosas, como, por ejemplo, los sueños y las
impresiones videnciales? ¿De hacer que me sirvan de algo, en vez de darme sustos de muerte?
Nana se Ievantó despacio del sofá y se puso de pie junto al altar.
-A mí me agradaría enormemente transmitirte a ti el linaje mágico de Jayne y sus conocimientos.
Creo que ella lo habría querido así. Tengo casi todos sus instrumentos. Dejó aquí todas sus cosas al morir.
Nana titubeó.
-Pero lo que pides trae aparejada una responsabilidad enorme. No te puedo mentir. No serías una
alumna corriente, Siren. Deberías pensarte cuidadosamente esta decisión. Llevas en tu sangre los Viejos
Modos.
En la sangre.
Sangre marcada.

LAS CALLES secundarias estaban saturadas de tráfico, pues los más previsores de entre el público
que asistía a la feria intentaban salir del pueblo antes de que estallara la tormenta.Tanner dio un bandazo
para evitar un cucurucho de palomitas medio vacío que rodaba por el asfalto. Nana se traía algo entre
manos, él lo notaba. Un fragor lejano de truenos interrumpía sus pensamientos. Las colgaduras de colores
se rompían con el viento cada vez más fuerte. Un globo solitario golpeó la fachada del parque de bomberos
y fue subiendo hasta que el roce de los ladrillos ásperos lo hizo estallar. El cielo tenía mal aspecto. Muy mal
aspecto. Tanner dejó la moto detrás del parque de bomberos y saludó con la cabeza a varias personas
mientras se abría camino entre la multitud de asistentes a la feria que paseaban ante las puertas de los
garajes traseros. Algunos le echaron miradas extrafias; alguien soltó un risita, y más de uno se apartó de él
y cruzó rápidamente al otro lado de la calle. ¿A qué venía todo aquello?
Jimmy Dean lo recibió cuando entró por la puerta
-¡Ay,jefe, tenemos un problema grande! -le dijo.
-¿Y eso es una novedad?
Jimmy lo cogió del brazo cuando él intentó seguir adelante.
-No lo entiende. Un problema de verdad.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Cuál? -dijo Tanner, suspirando.


-No quiero decírselo, porque si se lo digo, usted cree yo he tenido algo que ver, y no ha sido así. De
verdad, no ha sido así.
Tanner lo dejó atrás.
-No entiendo nada de lo que dices -expuso, y abrió puerta de su despacho para encontrarse con el
alcalde y variosconcejales, entre ellos Ronald Ackerman.
-¡Ay, mierda! -dijo Jimmy-. Debería haberme dejado que se lo explicara antes.
-¿Qué pasa aquí? -Preguntó Tanner, sujetando todavía la puerta.
El alcalde, un hombrecito regordete con papada, apartó la vista. Avergonzado.
-Lo siento, Tanner, pero no podemos consentir una publicidad de este tipo. Tu afición a la bebida.
Los incendios. Sencillamente, no estás a la altura de lo que esperamos. Y ahora, esto –dijo, alzando las
manos al aire.
-¿De qué demonios habla?
Ronald Ackerman arrojó un ejemplar de La gaceta de Cold Springs de aquella semana sobre el
escritorio de Tanner.
-Considérate despedido -dijo-. Muchachos, lo he hecho por vosotros -dijo, rnirando a los demás
hombres-. No sois más que un hatajo de cobardes sin agallas.
Se volvió y pasó por delante de Tanner pisando fuerte. Los demás desfilaron mansamente, dejando
solo en el despacho a Tanner que miraba con horror el titular: Bruja local lo cuenta todo.

-¿QUÉ DEMONIOS te pasó anoche? -gruñó Dennis, de pie en el escalón de la puerta de Chuck.
Echó una ojeada a la puerta mosquitera rota y al montón de botellas de cerveza que había en lo que antes
era un jardín. Cuando fuera jefe de policía se alegrarí, pues podría obligar a la gente como Chuck a tener
limpias sus propiedades… o a atenerse a las consecuencias.
-¡Ay, hombre, no te lo vas a creer! -dijo Chuck, volviendo la vista y apartándose de los ojos el
flequillo rubio-. Escucha, Rachel se ha quedado hoy en casa. Esas malditas pesadillas. Se está subiendo
por las paredes. Le di un somnífero. Ella se resistió pero yo me impuse. Está como un tronco.
-¿Te marchaste para volver a tu casa con tu mujer? -le preguntó Dennis, que se había pellizcado la
nariz con los dedos y se la iba soltanto poco a poco.
-¡No hombre! -dijo Chuck. Salió de la casa y cerró la puerta-. Ethan Files intentó acabar conmigo.
-Estás de broma.
-Te lo juro por Dios -dijo Chuck, mostrando las manos, llenas de cortes y de magulladuras-. Un hijo
de perra me tiró por el barranco.
-Si te caíste por el barranco, ¿cómo es que estás aquí?
-Me salvé por pura suerte -dijo Chuck, con los ojos muy abiertos, dejando escapar el aliento entre
los dientes podridos-. Han estado allí hace poco, en el barranco, unos escaladores. Dejaron un par de
clavos de escalada justo por debajo del borde de granito. Yo me colgué de ellos, desesperado, hasta que
ese hijo de perra se alejó del borde, y después subí y me largué de allí.
Dennis lo miró con rabia.
-He estado intentando llmarte toda la mañana. ¿Dónde está el teléfono móvil que te di?
-Lo siento, hombre, lo perdí. Mira, será mejor que te vayas. No sé cuándo durará el efecto de esos
somníferos.
-Estate quieto hasta que te dé más instrucciones –dijo Dennis, apartándose de la puerta-, y hazme
un favor. Date un baño. Apestas.
La puerta mosquitera se cerró de golpe. Dennis se retiró al Durango, mirando el cielo plomizo. Se
volvió y contempló la caravana desangelada de Chuck sobre el fondo del cielo cubierto. La tormenta venía
del nordeste y se movía deprisa. Malo. Estas solían ser las peores. Un relámpago serpenteó por el cielo. No
obstante, podía encajar en el plan.
Salió con el Durango a la carretera de Lambs Gap. La carretera estaba casi desierta. Se cruzaron
con él unas pocas camionetas y una furgoneta que se dirigían en sentido opuesto, hacia Cold Springs. Su
plan divino llevaba funcionando dos años sin ningún tropiezo. Formaban un trío: Ethan Files, Chuck
Anderson y Dennis Platt. Amigos desde el primer curso de primaria hasta terminar la enseñanza
secundaria, amigos de la infancia se habían convertido en hombres con un propósito. En realidad todo
había sido idea de Ethan, este la había forjado cuando estaban en el último curso de la escuela secundaria.
Dennis iría a la universidad, después ingresaría en la policía, y con el tiempo se convertiría en el jefe
supremo. ¡Qué fácil sería! El padre de Dennis dirigía la Policía Regional del condado de Webster. Ethan
aprendería todo lo que podría de contabilidad y de informática. ¿Y Chuck? Haría lo que le mandaran.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Tendrían las manos limpias. Serían buenecitos. Cuando Dennis ocupara su puesto y Ethan estuviera
trabajando como funcionario, entonces empezaría la diversión.
Y así había sido. Doce misiones con éxito hasta la fecha, seis al año, todas contra criminales; todas
contra personas que merecian morir o ir a la cárcel pero que, de una manera u otra habían escurrido el
bulto a su destino. No, no habían hecho nada abiertamente, eso habría sido demasiado chapucero. Un
accidente por aquí, un desaparecido por allá, una denuncia por delito informático que había terminado en
un suicidio: todo muy limpio; una importante redada de drogas (con pruebas falsas) gracias a la cual él
había salido en los periódicos y que a él le había valido un ascenso y, a la víctima, una condena a cadena
perpetua. Muy limpio. Era la belleza del plan divino de Dennis. Debería realizar más misiones de esas, no
mortales. Solo que no podía. Lo habían despedido. Nadie comprendía como él las responsabilidades del
condado de Webster. No importaba. Volvería a ganarse la estimación de su padre. Podría conseguirlo.
Todo formaba parte del plan divino.
Y la clave era Siren McKay.
Fue en el coche hasta la casa de la McKay. El coche de ella no estaba en el camino de entrada
Entró hasta más allá de la farola torcida, para asegurarse de que ella no había aparcado el coche detrás de
la casa. Volvió a la carretera. No estaba seguro de qué habría hecho si ella hubiera estado allí. Necesitaba
un plan. Estaba enfurecido, y subió a toda velocidad por la ladera del,monte con el todo terreno deportivo,
entrando con fuerza en las curvas y acelerando en las rectas. Piensa. Piensa.
Cuando se habían enterado de que volvía al pueblo Siren McKay, casi habían bailado de alegría.
Era la persona ideal para añadirla al plan divino; pero él se había aterrorizado cuando la había visto, la
noche del incendio en casa de los Ackerman. En las sesiones de planificación de los tres no había
advertido que las fotos borrosas que se habían publicado en los periódicos de aquella mujer vestida con el
uniforme de la cárcel y con el pelo en un moño correspondían a una persona que él conocía. A una persona
que podía echar a perder el plan divino. Al verla con el pelo suelto, con aquellos ojos negros, almendrados,
asomándose a su alma, con ese cuerpo pequeño y musculoso que se movía con seguridad de atleta...
bueno, había estado a punto de caerse muerto.
Lo primero que había hecho había sido salir a buscar a Chuck antes de que Billy lo encontrara,
aunque de poco le habría servido. Chuck tenía miedo de Billy y hacía todo lo que le decía Billy. Después,
Dennis había llamado por teléfono a Ethan; Ethan se había pasado toda la noche buscando en Internet, no
nabia sido capaz de encontrar nada de particular en el historial financiero de ella. Dennis recordó que le
había dado un vuelco el corazón cuando ella le había preguntado si se conocían de antes, y que no se
había tranquilizado hasta haberse alejado bastante de su casa. La idea de atropellarla se le había ocurrido
al propio Ethan, y aquello había sido un error. Sacudió la cabeza. Lo había hecho sin preguntárselo a
Dennis. Una falta de disciplina en las filas, y a la vista estaban sus consecuencias.
Desde entonces no habían tenido más que un problema tras otro. Primero, Ethan se había vuelto
loco, había volado su garaje, había matado a una prostituta estúpida (ah, si, Dennis sabía muy bien quién
era, pero no pensaba decírselo a nadie hasta que llegara el momento oportuno), y después se había
cargado a aquel chico de Whiskey Springs, echando por tierra el program coordinado para quitarse de
enmedio a Siren McKay. Ahora todo el mundo intervenía, todo el mundo hacía preguntas. Dennis había
estado a punto de cagarse en los pantalones cuando Stouffer había encontrado las fotos de la McKay junto
con los recortes de prensa en la guantera del vehículo de Files. Gracias a Dios que no había nada que
pudiera incriminar a Dennis.
Lo mismo pasaba con Tanner Thorn. También este formaba parte del plan divino; pero, a diferencia
del fracaso McKay, Dennis había organizado cuidadosamente la marcha de Tanner. Primero, las falsas
denuncias por conducir borracho. Después, hablar con quien convenía para que perdiera su trabajo.
Lástima no haberle pegado con más fuerza la otra noche; pero por otra parte, eso también habría suscitado
demasiadass preguntas: podía haberle costado un expediente a él, teniendo en cuenta sobre todo que el
muy capullo de Stouffer no le había apoyado y había soltado al desgraciado. Dennis seguía sin entender
cómo había podido suceder aquello. El paso siguiente con Tanner habría sido sencillo: un bonito accidente
en un incendio. Justicia por haber asesinado a Jenny Thorn. Todavía podía suceder.
Cuando la McKay se había subido a la moto con Thorn, Dennis había pensado que tenía una
parejita perfecta. Los tiraría de la carretera, se aseguraría de que estaban muertos, y así habría matado dos
pájaros de un tiro. No tenía tanta importancia que Files anduviera suelto por ahí. Si lo atrapaban, Dennis y
Chuck lo negarían todo. ¿Quién iba a creer a un asesino loco? Pero si perseguía a Chuck, entonces
terminaría lo que había empezado, o bien se dedicaría a Dennis. ¿Quién sabía lo que se escondía en el
cerebro retorcido de Files?
Siempre podía recurrir a la defensa propia. Sacó de la guantera la Glock 17 y la dejó sobre el
asiento. Llevaba un cargador de diecisiete cartuchos, lleno del todo. Cuando volvía a su casa, vio el coche
de la McKay en el camino de la casa de Loretta Thorn.
Iba a cobrar forma un nuevo plan.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

23
____________________________

SIREN DABA VUELTAS a la cuestión. ¿Qué tenía que perder? Por otra parte, ¿y si Nana era una
enferma mental? ¿Estaba haciendo una tontería al ponerse en sus manos? "Ay, sé realista", pensó Siren.
"¿Qué daño puede hacerte?"
-¿Qué tengo que hacer?

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Ven conmigo.
Siguieron un sendero del jardín de la parte trasera de la casa. Allí también había flores, varias
figuras pequeñas de elfos y una fuente encantadora. Al final del sendero había un edificio octogonal de
madera con ventanas de vidrio negro.
-Esto era un mirador -dijo Nana, abriendo la puerta con una llave que sacó del bolsillo de la rebeca-,
pero hice que mis alumnos lo convirtieran en casa de rituales. Desde dentro se ve bastante bien lo que
pasa fuera -dijo, dando un golpecito a uno de los vidrios-, pero nadie puede ver lo que hay dentro.
El suelo del interior estaba cubierto de moqueta negra un centro de losas planas.
-Tú quédate aquí de pie -dijo a Siren, indicándole un punto junto a la puerta-, y ven cuando te llame,
pero no antes.
Había un altar bajo de piedra pegado a la pared norte. Nana se entretuvo allí varios minutos,
hablando para sí, cantando a veces. Por fin, se volvió y dijo en voz baja:
-No te muevas hasta que yo te diga que avances. Tengo el deber de advertirte que te preguntaré
tres veces si quieres cambiar de opinión. Cuando hayas respondido por tercera vez, nada podrá detener a
los poderes del lago y de la montaña. ¿Comprendido?
Siren asintió con la cabeza. Empezaron a temblarle las rodillas, pero se mantuvo todo lo firme que
pudo. Quizá aquello había sido una gran idea. Pensó seriamente en volver a salir por la puerta.
Nana encendió el incienso del altar y extinguió las llamas golpeándolas con las manos. Extendió las
palmas de las manos sobre el humo que subía en espiral, mientras susurraba unas palabras que Siren no
podía oír. La casa de rituales se llenó del aroma del inciencio. Después, encendió una vela roja, diciendo:
-Elemento del fuego, haz mi voluntad por mi deseo.
Sacó de un estante que estaba debajo del altar un cuchillo; la luz de la vela se reflejó en su filo.
Echó en un cuenco de agua tres pellizcos de sal, y después sumergió en el cuenco el cuchillo,
diciendo:
-¡Lo que la vara es para el Dios, eso es el Cáliz para la Diosa, y juntos son uno!
Saltaron del agua unas leves chispas azules que chisporrotearon sobre el altar.
El suelo tembló levemente bajo los pies de Siren.
-Quítate los zapatos -le indicó Nana, volviéndose un momento a mirarla-. Y los calcetines.
Siren se miró los pies, confusa.
Nana volvió a mirar el altar, tomó el cuchillo y lo giró en el aire sobre el altar en el sentido de las
agulas, del reloj. Brillaron sobre su cabeza fragmentos de luz dorada, como trocitos de oropel, que se
movían en espiral. A Siren le pareció oír un suspiro extraño o una nota de una melodía, aunque no estaba
segura de ella. Nana terminó dando tres golpecitos en el altar con el mango del cuchillo.
En la sala reinó un silencio absoluto.
Siren soltó leve suspiro.
Le pareció que el cielo se había oscurecido apreciablemente en el exterior de la casa de rituales,
aunque no podía estar segura de ello, pues lo veía a través de los vidrios ahumados. La sala se llenó de
sombras extrañas cuando la llama de la vela del altar vaciló de pronto, pero se estabilizó después. Siren
oyó un rumor profundo a lo lejos. Respiró hondo. ¿Dónde se había metido?
Nana tomó el incienso y recorrió la sala en el sentido de las agujas del reloj, llevándolo. Hizo lo
mismo después con la vela, con el cuenco de sal y, por fin, con el cuenco de agua. Cuando volvió al altar,
se dirigió a Siren.
-¿Quieres seguir adelante?
Siren levantó la cabeza. ¿Debía volverse atrás? Pensó en el asesino y recordó lo que había dicho
Nana de que las brujas tenían a veces una ventaja que no tenían los demás. Aunque que le iba a temblar la
voz, dijo:
-Sigamos.
-Bien.
Nana encendió las ocho velas que estaban en ocho bros de pie en las ocho esquinas de la sala.
Después, llevó al centro un gran caldero de metal.
-En la hoguera usamos las nueve maderas mágicas, entre ellas el roble, el fresno y el espino.
Salpicó un polvo morado sobre la madera que estaba dentro del caldero, y después, sirviéndose de
una vara larga abrió una pequeña claraboya que estaba en lo más alto del tejado de rituales.
-Enciende el fuego, por favor -dijo, mirando a Siren
Siren avanzó, buscando con la vista por la sala un encendedor o unas cerillas.
-Sé que puedes hacerlo -dijo Nana con voz tranquila-. Con las manos.
–Pero...
-Hazlo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Siren extendió las manos, imaginándose las llamas, procurando que su yo interior crease el fuego
sagrado, intentando imaginarse mentalmente cómo sería el fuego. Algo le dio vueltas en el vientre, le fue
subiendo por la columna vertebral, le fluyó hasta los dedos.
Las llamas le saltaron de los dedos, serpenteantes, con un silbido regular, y encendieron la leña y el
polvo morado.
-¡Retrocede! -le ordenó Nana.
Siren dio un paso atrás justo a tiempo, en el instante en surgieron del caldero unas llamas de un
metro.
-Vuelve al lugar junto a la puerta –le dijo Nana en voz baja.
Siren obedeció.
Nana esperó hasta que el fuego se hubo estabilizado a una altura prudente y entonces se puso de
pie junto al caldero que estaba en el centro de la sala. Levantó despacio las manos, diciendo:
-Levanto la cerca del mundo entre el reino material y el reino de los Dioses. Que sirva de protección
ante todos los malos espíritus y que me rodee con el ceñidor de la diosa.
Siren vio, fascinada, que la sala se nublaba aparentemente. Ya no veía con claridad a Nana Loretta.
Era como si hubiera una pared invisible entre la anciana y ella.
El cielo se oscureció todavía más tras las ventanas.
Sonaron truenos sobre el valle.
Nana levantó las manos hacia el techo, con los pies separados, con los dedos abiertos, y dijo con
voz fuerte y clara:
-Holda, cazadora con velo, dame fuerza y salud. Sabio Woden, padre de las runas y huésped
salvaje, despierta en mí el áspid de la sabiduría. Con la vara de Gambanteinn, por la Madre Oculta y por el
Dios Encapuchado, enciendo el fuego, invoco el éxtasis. Te invoco y te llamo, oh madre poderosa de todos
nosotros.
Su voz resonaba por la sala.
Siren se estremeció.
-Mujer guerrera, doncella, madre, vieja... escucha ahora mi llamada. Tú que lo haces fructificar todo,
por la simiente y la raíz, por el tallo y el brote, por la hoja y la flor, y por el fruto del amor. ¡Por la vida y la
fuerza, Señora del Lago, te invoco para que desciendas sobre el cuerpo de tu sirviente y sacerdotisa! ¡Así
sea!
Cayó un ra en el patio, tras las ventanas; los marcos brillaron como iluminados por fuegos de
artificio. Una fuerte explosión hizo temblar la sala. Siren notó que se le ponían los ojos como platos.
Nana Loretta la miró fijamente.
-¿Quieres que siga?
Siren se pasó las palmas de las manos, sudorosas, por los costados.
-Si.
Nana Loretta asintió con la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho.
-Señor temido de la Muerte y de la Resurrección, tú que tomas la vida y la das. Señor que estás en
los cielos, cuyo nombre es misterio. Da valor a mi corazón, haz que tu luz se cristalice en mi sangre
llenándome de un poder incalculable. Pues no hay parte de mí que no sea de los Dioses. ¡Señor de la
Montaña, desciende sobre este cuerpo, te lo ruego, yo que soy tu sacerdotisa! ¡Así sea!
La sala se llenó de una luz cegadora cuando un rayo encendió los cielos. La casita volvió a temblar
hasta los cimientos. El fuego del caldero rugía y chisporroteaba. Las llamas de las velas que estaban
alrededor de la sala se alargaron y se volvieron azules.
-Siren, solo puedes entrar en este círculo si vienes con amor perfecto y con confianza perfecta.
Nana se acercó a Siren y hendió con el cuchillo el tejido de la niebla que la rodeaba. Siren la pudo
ver con claridad. Nana le indicó con un gesto que se adelantara y entrase en el círculo. Cuando Siren hubo
entrado, Nana se volvió e hizo un movimiento inverso con el cuchillo, cerrando la abertura palpitante. Nana
caminó hasta el altar, dejó el cuchillo y volvió con un frasco de óleo fragante. Ungió la frente de Siren.
-Sé limpiada y consagrada en el nombre del Señor y de la Señlora. Sé regenerada y bendita,
siempre en brazos de los antiguos.
Siren volvió a respirar hondo. Aquello no era tan malo, después de todo...
Nana Loretta se volvió, con una luz extraña en los ojos. Su silueta temblaba y se difuminaba. La
claraboya del techo se iluminó con un brillo blanco mientras sonaba un trueno justo encima. Cuando Siren
volvió a ver con claridad, el miedo le hizo un nudo en la garganta y se atragantó.
La primera Margaret Siren McKay.
¡No podía ser!

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

TANNER se quedó de pie con el periódico en la mano, atónito. Ella lo había arruinado. Lo había
contado todo en letras de molde, para que lo pudiera ver todo el mundo. Abrió la puerta inferior del
escritorio y sacó la botella de whisky escocés. Acarició el cuello sueve de la botella, miró el líquido ámbar
que se agitaba dentro. Fuego líquido.
La sirena del parque de bomberos chilló.
Jimmv corrió por el pasillo, sorteando a los asistentes a la feria que se habían refugiado de la
tormenta en el parque de bomberos. Volvió al cabo de unos minutos.
-Mierda, jefe, tenemos que ir. Es gordo.
-¿No te has enterado? Yo ya no estoy en nómina aquí –dijo Tanner, mirando la botella.
-Yo no me he enterado de nada –dijo Jimmy-. Además, yo tampoco he estado nunca en nómina
aquí.
Tanner levantó la vista. Sonrió.
-No te falta razón.
Tiró la botella a la papelera.

LA PRIMERA Margaret Siren McKay se rio, haciendo que a Siren le subieran escalofríos por los
brazos. La mujer era tal como la había descrito Nana: alta, esbelta, como un sauce, de una belleza maligna,
con los labios tan rojos que Siren se preguntó si habría estado bebiendo sangre.
Margaret caminó despacio hasta el altar; el borde de su largo vestido negro se arrastraba por la
alfombra y producía un susurro temible. Después de hacer una pausa, levantó despacio el cuchillo de la
piedra; el ruido metálico del choque entre los dos resonó por la sala
Siren, hipnotizada, vio que la mujer se acercaba despacio a ella; los ojos verdes le brillaban como el
fuego de las hadas. Margaret dirigió la punta del cuchillo al pecho de Siren.
-No te muevas - susurró
Siren se mordió el labio.
"He hecho mal al meterme en esto."
"Escuchame bien, Siren McKay -dijo la mujer-. Todos mis hijos deben pasar dos muertes. La
primera es la muerte del cuerpo: esa la conocemos todos. La segunda es la muerte de la iniciación. De
estas dos, la del cuerpo es la más flacil, con mucho.
Hizo una pausa, riéndose, enseñando unos dientes de blancura repelente.
-Oh, tú que estás en el umbral entre el mundo de los hombres y los dominios terribles del monte de
de la Vieja, ¿tienes valor para pasar al otro mundo?
La voz de la mujer fue sonando gradualmente con mayor fuerza cada vez, hasta que a Siren le dio
la impresión de que debía de estar gritando, aunque sabía que no era así. La mujer no dio a Siren tiempo
de responder: sus palabras siguieron, precipitadamente, mientras la fuerza que estaba detrás del cuchillo la
amenazaba.
-Pues yo te digo que sería mejor que te arrojases sobre mi cuchillo y que perecieras, antes que
hacer el intento con miedo en tu corazón. Di otra vez: ¿quieres seguir adelante?
Y entonces Siren los sintió. Estaba rodeada por completo. De elementales, de fantasmas, de
espectros que llenaban el círculo. El viento gemía tras las ventanas. Dentro, pareció como si surgiese un
zumbido grave de las tablas del suelo. Sus oídos se llenaron de susurros, como hojas secas. Cerró los ojos
despacio
-Sí, seguiré adelante.
Margaret sonrió; aquellos dientes suyos relucieron con un brillo húmedo bajo la luz suave. Levantó
el cuchillo hasta la garganta de Siren; su filo brilló a la luz de la vela.
-Los Dioses han sido testigos de tu primer juramento, pero todavía ha de venir el desafio.
Extendió el brazo hacia la ventana del norte.
-¡La cazada se vuelve cazadora!
Pareció como si un trueno partiera en dos el universo. Un instante después entró por la ventana
rota un lince, que se puso al chillar y a rondar por el exterior del círculo.
-¡Recibe a la fiera dentro de ti misma, y reconoce tu poder! -gritó Margaret-. ¡Si no lo haces, morirás
este mismo día, y ella devorará tu carne!
El lince volvió a chillar y lanzó un zarpazo sobre el límite del círculo que desgarró los pantalones
vaqueros de Siren, le llegó a la carne de la pantorrilla y le hizo sangre. Ella vaciló un poco, pero recobró el
equilibrio.
-¡Se cazadora! –exclamó Margaret-. ¡Acoge en tus brazos al animal!
El felino y el ser humano se miraron mutuamente. El tiempo se detuvo.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Yo te daré un incentivo -dijo Margaret con suavidad-. Mira el fuego. ¡Míralo!
Siren, que desconfiaba de la fiera salvaje, apenas era capaz de apartar la mirada del animal. Por
fin, arrastró la vista hacia el fuego. Una casa en llamas. Un hombre vestido de bombero, con máscara
antigás. Dentro. El fuego saltando como un animal loco entre la libertad y él. Su porte, su manera de
moverse... ¡Tanner! Con la cabeza baja. Retirándose. Sonaba la alarma de su equipo. Fuera. Era tiempo de
salir. Atrapado. Se derrumbaba el hueco de la escalera. No tenía escapatoria. Ruido de cristales rotos.
Gritos ahogados. Oscuridad.
Margaret inclinó la cabeza hacia un lado.
-Si haces lo que digo... él vive. Si no... muere.
Siren abrió los brazos y ofreció el cuello al mordisco violento.

TANNER se sentó apoyando la espalda en el muro de contención, agotado. Jimmy se dejó caer a
su lado, con el casco bajo un brazo, con el abrigo de bombero, sucio yY apestoso, sobre las piernas
extendidas.
-Jesús, podría pasarme durmiendo una semana. No, que sean dos semanas.
Tanner asintió con la cabeza.
-¿Sabía, jefe, que la profesión más peligrosa del mundo es la de bombero?
-¿Profesión? ¿Acaso nos pagan?
-Ya. Claro. jefe...
-¿Qué?
-Ahí hemos estado muy apurados.
-Vaya si lo sé -dijo Tanner, mirando el montón de escombros humeantes que estaba al otro lado de
la calle-. El maldito rayo lo ha destrozado todo, desde luego. Se acabó la ferretería -añadió, pestañeando
despacio.
-Vaya, aquí llega su amigo favorito, Billy Stouffer, y no parece contento.
-Seguramente se piensa que he invocado el rayo para qu,e cayera del cielo, solo para fastidiarlo.
Jimmy soltó una risita.
Billy se quedó de pie ante Tanner; la lluvia persistente le goteaba de los bordes de su sombrero
Stetson, cubierto por un plástico.
-Ponte de pie, Thorn. Tenernos problemas.
Tanner ladeó la cabeza cansadamente.
-Es la segunda vez que oigo decir eso hoy -dijo.
-¿Quiere que le atice, jefe? -dijo Jimmy, poniéndose de pie. Tanner le indicó que se apartara con un
gesto de la mano.
-¿Cuál es el problema, entonces?
-¿Tienes idea de dónde está Siren McKay? Esta mañana me pasé por su casa y ella me dijo que
iba a hacer una visita. He vuelto a pasarme por allí hace tres cuartos de hora, y no ha regresado.
-¿Y a ti qué te importa eso?
-No seas gilipollas, Thorn, esto es grave.

EL FELINO GIRÓ en círculo, aulló y después saltó, bufando y clavando las garras en los brazos de
Siren. Esta cayó de espaldas y se dio con la cabeza en las losas del círculo.
Silencio.
Abrió los ojos.
La ventana volvía a estar intacta. No había ni un vidrio roto, ni una gota de lluvia en la moqueta.
Siren sentía como si se le fueran a saltar los ojos de la cara.
-Has superado la prueba con valor -dijo Margaret, de pie junto a ella. La mujer se inclinó y tomó la
mano izquierda de Siren con su derecha. Mientras Margaret ayudaba a Siren a levantarse, le puso la mano
izquierda en la base de la espalda.
-Bienvenida a casa, hermana mía -dijo. La soltó. Siren se tambaleó, pero se mantuvo de pie. Se
miró los brazos. No tenía el menor rasguño en la piel.
-Ahora pon la mano en el filo del cuchillo –le ordenó Margaret.
Sostuvo el cuchillo entre las dos, con el filo en horizontal. Siren puso sobre el filo su mano
temblorosa. Margaret cubrió la de Siren con la suya.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-¿Juras por el vientre de tu madre v por todo lo que tienes como sagrado que respetarás y honrarás
a los Dioses?
-Si.
-¿Que aspirarás a servir a los Dioses y a aprender el Arte de los Sabios?
-Si.
-¿Que no te serviras de los conocimientos que adquieras por esta iniciación para hacer daño a tu
gente?
-Si.
-Vuelve la mano, por favor.
Siren hizo lo que le habían dicho. Margaret sacudió el cuchillo sobre la palma de la mano d eSiren
con un gesto de la muñeca. Las líneas naturales de la palma de Siren se fundieron y se agitaron, hasta
convertirse en una media luna y siete estrellas.
-Los Dioses han sido testigos de tu juramento. Ya no te puedes volver atrás, ni en esta vida ni en
las venideras. Así sea.
Siren no dijo nada.
-Arrodíllate, Margaret Siren McKay.
Siren se dejó caer de rodillas al suelo. Margaret se arrodilló junto a ella y puso una mano sobre la
cabeza de Siren otra en sus pies.
-De la mano que tengo en tu cabeza a la mano que tengo en tus pies, envio con mi voluntad a tu
cuerpo todo el poder de nuestro linaje. Convoco al renacer del lago y a la fuerza de la montaña para que
llenen tus huesos. Mezclo con tu sangre el poder de tus antepasados. ¡Está hecho!
Siren sintió que recorría su cuerpo una oleada tremenda de poder. Le temblaron los miembros;
respiraba con jadeos rápidos y acelerados. Le parecía que el suelo daba vueltas.
Una sacudida.
La primera Margaret McKay se puso de pie y ayudó a Siren a levantarse.
-Bien necno. Ahora debemos terminar lo que empezó.
Entró en el cuerpo de Siren, literalmente, mientras caía por la claraboya un rayo que dio a Siren en
la cabeza. Siren sintió que el cuerpo, tembloroso, se le ponía de puntillas, y sintió también un calor
eléctrico, al rojo vivo, que le ardía por las venas y le explotaba en la base del cuello.
Eran una.
Siren puso los ojos en blanco. Fragmentos de estrellas destacaban sobre la oscuridad que se
agitaba tras sus parpados. El pelo se le puso de punta desde la raíz, tirándole de todas partes a la vez. La
cremallera de sus vaqueros se fundió y le quemó el vientre. La lengua se le hinchó; la saliva le hervía en la
boca. Convencida de que había terminado la última esencia de su vida, pensó en Tanner.
-No importa. Hice lo que debía -susurró.Y se derrumbó.

24
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SIREN SE DESPERTÓ tendida boca abajo en el barro mientras la lluvia le azotaba el cuerpo.
Levantó la cabeza despacio; el pelo le colgaba sobre la cara en forma de tiras llenas de barro. ¿Dónde
demonios estaba? Lo último que recordaba era que había estado en la casa de rituales. Le daba vueltas la
cabeza. Había algo de la primera Margaret McKay. Una iiniciación. Su iniciación. ¿Por qué estaba todo tan

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

confuso? Se palpó la cabeza. No tenía chichones; solo estaba... mareada.Tenía un sabor horrible en la
boca y le ardían las sienes. Drogada. ¡La habían drogado!
Levantó el tronco de su cuerpo, pero las piernas, heladas e inmóviles, se negaban a moverse. Se
miró la mano izquierda. Tardó un momento en enfocar los dedos con la vista. Tenía los dedos cerrados
sobre el broche en figura de gárgola, que tenía roto el cierre y del que colgaba el alfiler largo y recto.
Levantó la vista hacia los bancos de madera empapados por la lluvia, ordenó a sus ojos que funcionaran.
Volvió la vista hacia las dianas destrozadas, empapadas por la lluvia, sobre un fondo de tableros de
madera. ¡El campo de tiro!
Le zumbó el oído.
Él salió de entre la tormenta y llegó hasta ella, un demonio vestido con un largo anorak negro que
llevaba un pasamontañas de esquí negro. Los faldones del anorak azotaban y se agitaban al viento; el
tejido húmedo brillaba en la media luz.
-¡Muere, perra repugnante! -susurró, soltando una patada que dio a Siren en el vientre. La fuerza
del golpe la hizo caer; el lado derecho de su cara cayó entre el barro y el broche le salió disparado de la
mano. Esperaba que se le saldrían las tripas por la boca en cualquier momento. Soltó un quejido.
Él se inclinó para acercar su cara a la de ella.
-Debes guardar silencio. El ruido no encaja en el plan.
Se movió alrededor de ella, golpeándola en la cabezacon un objeto grande y pesado. El arma le
cayó junto a la sien, salpicándola de barro y de agua. Ella vio paralizada, la esquina a de una Biblia de
tapas duras. En la Biblia había sangre, la suya. Leyó a través de una neblina roja confusa el nombre que
grabado en letras de oro en la cubierta del libro: Ethan Files.
Parecía como si la lluvia cayera del cielo en chorros cortantes; gotas gruesas y enormes de agua
helada le azotaban la cara. El broche de gárgola brillaba en el barro.
-Es hora de pagar –dijo él, levantando el pie para pisarle el vientre. Ella le cogió el talón de la bota
con manos resbalosas y le hizo perder el equilibrio. Cayó aparatosamente; la pierna se le enganchó en uno
de los bancos de madera, se le rasgaron los pantalones y le quedó al descubierto la carne cremosa de su
pantorrilla delgada.
Siren intentó ponerse de pie, moviéndose hacia atrás, pero el otro tuvo tiempo de extender la mano
y agarrarle un pie. Ella volvió sobre sí misma y le pisó la pierna lesionada. Él la soltó, aullando, pero ella
volvió a resbalar y cayó con la cara demasiado cerca de él. Él le cogió un puñado de pelo, intentando
enredárselo entre los dedos delgados, y le dio un tirón. Ella bajó la cabeza, perdió el equilibrio, cayó, dando
de cara en el suelo y llenándose la boca de gravilla y de fragmentos de hojas. Gritó, escupiendo los restos
que tenía en la boca.
Entonces lo vio brillar a unos cinco centímetros de su mano. El broche de gárgola, cuya cabeza
sobresalía en el mar de barro. Él bajó la cara hacia la de ella.
-¡Este no es (jadeo) el plan (jadeo)!
-¡Y este tampoco! -gritó ella, agarrando el broche y clavándole el alfiler en la mejilla, a través del
pasamontañas negro. Él aulló y retrocedió, tropezando.
Oyó mentalmente la voz de Nana: "A veces tenemos una ventaja". Se le iba aliviando el dolor. Se
incorporó hasta quedar agachada, sin considerarse todavía capaz de ponerse de pie. Tenía palpitaciones
dolorosas en la mano derecha. Bajó la vista para ver las líneas de su mano: la luna y las siete estrellas.
Se levantó despació hasta quedar de pie mientras la figura de negro se arrancba de la car el
broche.
-Diosa Oscura que vas en un caballo negro –susurró Siren, irguiendo los hombros y tendiendo la
palma de la mano hacia él-, préstame tu ayuda. ¡Cabalga, gran Reina, hasta la furia del Infierno, para salvar
a tu hija!
El otro se abalanzó sobre ella, pero ella fue más rápida y le dio en la ingle; cuando se dobló sobre sí
mismo, le golpeó en la cara con las dos manos unidas en un solo puño, obligándole a vacilar y caer. A su
alrededor giraba el sonido de cascos de caballo que se aproximaban sobre el terreno húmedo.
-¡Diosa Oscura que vas en un caballo negro! –gritó ella-. ¡Despierta el elemento del agua!
¡Rodéame con tu manto de protección, pon de rodillas a este demonio!
La lluvia se convirtió en bolitas de granizo y después en pedrisco que golpeaba el suelo, que
resonaba con estrépito sobre los bancos, e caía por el aire silbando y girando sobre sí mismo. Su atacante
soltaba quejidos mientras las esferas grises, rugosas, le golpeaban el cuerpo sin descanso. A Siren le
rugían en los oídos los latidos de su propio corazón asustado, mientras veía aquello refugiada en una niebla
que se había formado a su alrededor. No la tocó una sola bola de granizo.
-¡Perra! -chilló él, poniéndose de pie trabajosamente, con el abrigo negro hecho trizas, con trozos
de tela que se agitaban viento, rmientras le manaba sangre de los brazos delgados. Le caía la sangre por el
cuello blanco. Se abalanzó sobre ella, y ella le recibió con un rodillazo. Él cayó pesadamente. Dejó de

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granizar. Los rayos del sol iluminaron el campo de tiro. La niebla que rodeaba a Siren desapareció como un
globo que explota.
-¡Siren!
Tanner llegó corriendo tras ella, la sujetó por la cintura y la hizo retroceder en el momento en que
ella intentaba dar una patada en los dientes a aquel hijo de perra, cubierto por el pasamontañas.
Ella sin aliento y llena de dolor, habló trabajosamente.
-¡Buen protector de damas estás hecho túl
Billy, que estaba tras él, cogió al asaltante de la manga de su anorak destrozado y tiró de él hacia
arriba. Siren oyó el rasgar del tejido. La Glock cayó al barro.
-Ay, mierda -dijo Siren.
Tanner se volvió y empujó a Siren hacia atrás, comprobando que respiraba como es debido, según
supuso ella. Cuando quedó convencido de ello, Tanner gruñó, con un brillo rnortal en ojos bajo la sombra
de su sombrero de cazador.
-¡Desgraciado hijo de puta! -dijo con furia, volviéndose y cogiendo del cuello al que había atacado a
Siren. Tanner quitó el pasamontañas de esquí de la cara del fantasma con un solo movimiento brusco.
-¡Cielo santo...! -dijo Siren.
-Ay, Dios -murmuró Billy, sujetando a Dennis Platt, que se debatía-. ¿Qué demonios pretendías
hacer? -le dijo con rugido.
-¡Soltadme! ¡Habéis estropeado el plan! -gritó Dennis.
Tanner le dio un golpe en la cara.
-¡Basta! -gritó Billy, apartando a Dennis para evitar que recibiera otro golpe.
-Gracias a Dios que habéis venido -farfulló Dennis-. Estaba a punto de detenerla.
-¿Qué te he hecho yo? -dijo ella, sin aliento.
-Tú lo sabes -dijo él, lamiéndose la sangre del labio cortado. Le manaba sangre de la herida que le
había hecho la aguja en la mejilla-. Déjate de cuentos, tú te acuerdas de mí.
-No. No me acuerdo de ti -dijo Siren. Le zumbó el oído.
Él se rio con una risa aguda, como de pájaro.
-Díselo a ellos. Diles que eras una prostituta en Nueva York. Vamos. ¡Apuesto a que ninguno de los
dos lo sabe! Yo lo sé. Lo sé porque estuve en una fiesta de Halloween en Nueva York, hace cuatro años.
Todas esas perras Nueva Era no eran más que rameras de lujo que también hacían un poco de brujería.
¡Te recuerdo!
Todos los ojos se volvieron hacia Siren.
Tres pares de Ojos clavados en los de ella.
Billy silbó. Dennis soltó una risita. Tanner dejo caer los hombros mientras cerraba los ojos.
Siren tragó saliva con fuerza.
-Yo no era prostituta. Ellas... ellas eran amigas mías, ¡y, desde luego, no tengo por qué dar
explicaciones a un tipo como tú! –dijo a Dennis-. La verdad es que ahora me acuerdo de ti. Estabas
comprando drogas a Max.
-La mujer era una patrona de burdel -dijo Billy. Siren perecibió en su voz un deje de admiración
perversa.
Dennis intentó zafarse de las manos de Billy, pero este lo sujetó con fuerza.
-Lo sabías desde el primer momento, so mierda -dijo a Dennis-, y no me lo dijiste.
-Si no te lo dije, fue porque sabía que te pondría caliente -dijo Dennis con desprecio.
-Yo no era su patrona –dijo Siren-. Compraste una partida importante de droga a Max en la
habitación del fondo –dijo, señalando a Dennis-. Lo sé porque entré allí cuando estabais cerrando el trato.
Entonces fue cuando me di cuenta en qué estaba metido Max.
-Estaba camuflado –dijo Dennis con voz ronca, claramente dolorido.
-Ni siquiera eras policía por entonces -dijo Siren sin más. Le bajaba la adrenalina, y empezó a
temblar-. Estabas en la universidad. No me extraña que no te reconociera al principio.
Tanner la rodeó con el brazo.
-Sabías lo de las prostitutas -dijo Dennis en son de desafío.
Siren dio un pisotón en el suelo. El barro y el agua le salpicaron los tobillos helados.
-¡Claro que lo sabía, eran amigas mías!
-Intentó matarme porque no quería que yo hablara de su pasado. ¡Quiero que la detengan!
-exclamó Dennis-. ¡Mirad cómo tengo la ropa! La sangre que tengo en los brazos y en la cara. Es una
especie de diablesa. Hizo caer granizo con un conjuro. ¡Vosotros lo habéis visto!
-Lo siento mucho, compañero, o, mejor dicho, ex compañero -dijo Billy, riéndose-, pero aquí no hay
granizo en minguna parte.
Dennis recorrió con la vista el campo de tiro. La piel se le puso apreciablemente más pálida.
Tanner miró a Siren con expresión inescrutable.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Creo que Dennis está delirando. ¿No crees tú que está delirando, Billy?
Los dos hombres se miraron mutuamente largo rato. A Siren le latía desmayadamente el corazón
en el pecho.
-Sí. Está delirando, desde luego. ¿Qué vamos a hacer con él? -preguntó Billy.
-Podemos pegarle hasta dejarlo sin sentido -propuso Tanner.
-Sí. Pero es mucho menos de lo que se merece -dijo Billy.
-Bien -respondió Tanner-. Podemos atarlo a la parte trasera de tu coche patrulla y llevarlo a rastras
unos cien metros -respondió Tanner.
-No, me ensuciaría el vehículo.
-¡Por qué no le hiciste caso a ella! -dijo Dennis a Siren, amenazándola con el puño-. ¡Ha agredido a
tu abuela! -añadió, dirigiéndose a Tanner.
Siren bajó la cabeza. Lo último que recordaba era la escena en la casa de rituales. ¿Cómo había
llegado ella hasta aquí?
-¡Ay, Dios! -dijo Siren-. ¡Nana Loretta!

LA ENCONTRARON en el porche trasero, inconsciente.


-¿Cómo habrá ido a parar allí? -pensó Tanner en voz alta mientras los sanitarios introducían el
pequeño cuerpo de Nana en la ambulancia. Parecía como si toda la montaña estuviera iluminada por las
luces giratorias rojas y azules.
Siren, abrigada con una manta de los servicios de emergencia, estaba mojada, tenía frío y estaba
dolorida hasta los huesos. ¿Cómo había conocido la fórmula para llamar a la Madre Oscura y para cambiar
el tiempo meteorológico? Había sido casi como si... bueno, casi como si lo hubiera recordado.
-Por lo menos, sigue viva -dijo Billy, muy serio, rmirando con ojos amenazadores la silueta de
Dennis, que se revolvía en el asiento trasero del coche patrulla-. Hijo de perra. Deberíamos haberle partido
el cuello sin más en el campo de tiro.
Siren inclinó la cabeza. En esos momentos no era capaz de soportar un interrogatorio. Algunos
fragmentos de su memoria se ordenaban como las piezas de un rompecabezas, pero todavía faltaban
piezas. Sabía que no debía hablar de la casa de rituales ni de la iniciación. Si la prensa se enteraba de lo
que había dentro de esa casita, los periódicos buscarían la ruina a Tanner. Además, Dennis no la había
atacado ahí dentro, había esperado hasta el momento en que Siren metía en el maletero de su coche la
maleta de la tía Jayne. Nana Loretta debió de verlo, y seguramente salió por la puerta trasera esperando
sorprenderlo. ¿Qué había esperado hacer una mujer de ochenta años contra un joven entrenado en
defensa personal?
¿Y por qué no había llamado a la policía, ni había aplicado su magia?
A no ser que él la hubiera alcanzado antes, sin darle tiempo de enterarse de lo que pasaba.
-Deberías ir tú también al hospital -dijo Tanner, intentando llevarla hacia la ambulancia. Ella se lo
quitó de encima.
-Estoy bien; pero seguramente me dará una pulmonía si no me quito esta ropa.
Billy abrió la puerta del coche patrulla.
-Voy a llevar a la cormísaría a este gilipollas. Esto acarreará montones de papeleos, ya lo sabes.
¿La llevas a su casa?
-No quiero tener que enfrentarme con Jess -dijo ella en voz baja-. Todavía no.
Tanner asintió con la cabeza.
-La llevaré a mi casa, y después me pasaré por el hospital.
Billy miró a Dennis, en el interior del coche.
-Esto no le va a gustar nada a tu papi -le dijo.
-¡Has estropeado mi plan, mi plan divino! -gritó Dennis desde el interior del coche patrulla-.
¡Atacaste a la anciana, y después viniste por mí! ¡Yo solo quería defenderme! Ya te pillaré. ¡Estaré libre
dentro de pocas horas, ya lo verás!
-Imbécil -murmuró Billy. Subió al vehículo y cerró la puerta de un portazo.
Siren se ciñó la manta al cuello; su aliento llenaba el aire de gotas de vapor. Abrió mucho los ojos.
-¡El broche,Tanner! ¡He perdido el broche!

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

25
____________________________

BUSCARON BREVEMENTE en el campo de tiro con linternas, pero no pudieron encontrar el


broche. Ya era noche cerrada cuando subieron la cuesta empinada hasta la cumbre del monte de la
Cabeza de la Vieja, con Tanner al volante del coche de Siren. Ella guardó silencio durante los veinte

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

minutos del viaje, mientras le hervían en la cabeza los pensamientos. Había visto a Billy por la mañana, y
había ido a visitar a Nana Loretta poco antes de la hora de almorzar. Allí estaba Tanner, que se había
marchado después. Había practicado la psicometría, y Nana le había hablado después de la brujería. Había
visitado la sorprendente casa de rituales y se había sometido a una ceremonia de iniciación. Entonces era
cuando empezaban a ponerse las cosas confusas. Recordaba un lince, o el sonido de un lince, y que se le
había aparecido la primera Margaret McKay. ¿Era posible que aquellas cosas no fueran mas que un sueño
provocado por las drogas? Lo que recordaba a continuación era a Nana Loretta, inclinada sobre ella, con
lágrimas en los ojos ancianos y con una sonrisa en la cara. Había dado a Siren la maleta de la tía Jayne,
que contenía las herramientas mágicas. Siren recordaba que se había despedido de ella en la puerta de la
casa de rituales, y que Nana había respondido algo así como: "Feliz encuentro y feliz partida, hasta que nos
veamos felices otra vez". Nana había vuelto a entrar en la casa de rituales mientras Siren se marchaba por
el sendero y rodeaba la casa para pasar a la parte delantera, donde estaba su coche. Y había sido
entonces cuando él se le había echado encima y le había puesto un trapo maloliente en la cara y en la
nariz. El resto estaba vacío, hasta los hechos del campo de tiro, y aun los detalles de estos empezaban a
difuminarse un poco. ¿Cuánto de todo esto debía callar cuando hablara con la policía? La mayor parte,
igual que la otra vez. Repasó mentalmente una versión abreviada, que repitió para sí varias veces.
-Siren...
Levantó la cabeza, sobresaltada. ¿Había estado soñando? Se miró la ropa, rígida y cubierta de
barro. No, no había sido un sueño en absoluto.
-¿Estás bien? -le preguntó Tanner, apagando las luces del coche de ella.
-Sí. Bien.
Estaba intentando recordar el orden de los acontücímientos. Algunos están todavía un poco
confusos.
-La conmoción.
-Puede ser.
-Espera aquí hasta que encienda las luces.
Tanner bajó del coche y caminó hasta los conmutadores que estaban al pie de las escaleras de
subida al porche. Pulsó un interruptor, y Siren se quedó boquiabierta de sorpresa. No sabía qué había
estado esperando, pero desde luego que no era aquello. La casa de Tanner era una bonita construcción en
forma de A, con la fachada delantera completamente de vidrio. En el vértice superior, sobre las puertas
correderas de la entrada principal, había una vidriera de colores que representaba un triskelete de diseño
intrincado. A dichas puertas se ascendía por varios porches, así como por una rampa que subía por la parte
lateral de la casa y que daba a una puerta de seguridad normal, de acero. La mitad inferior de la casa, bajo
los porches, era un garaje con capacidad para tres coches. Sorprendente.

UNA DE LAS VENTAJAS de trabajar con una camarera bocazas que mascaba chicle era que esta
siempre era la primera que se enteraba de las noticias locales. Serato la escuchaba con interés, sin
aparentarlo. La miraba de reojo mientras ella soltaba la última noticia a los clientes que la rodeaban,
subrayando los puntos destacados con chasquidos del chicle.
-Eso es -dijo, con una mano en la cadera y sosteniendo en la otra una cafetera a medio llenar---.
Primero dijeron que Dennis Platt había agredido a Nana Thorn y a Siren McKay. A Siren, ya sabéis, la
señora de la que os hablé, que practica la hipnoterapia. ¿Sabéis que he perdido tres kilos? -comentó,
haciendo chascar el chicle-. En todo caso, ¡lo han soltado hace menos de tres cuartos de hora!
Hizo una pausa para rellenar la taza de café de un cliente.
-¡Y Dennis afirma que fue Siren McKay la que atacó a la señora Thorn, y que fue por él después!
Dice que solo intentaba cumplir con su deber y detenerla cuando aparecieron Billy Stoffer y Tanner Thorn y
lo echaron todo a perder!
-¿No es esa mujer que asesinó a su novio? -preguntó alguien.
-La misma -comentó otro.
-Sí, pero ¿habéis visto el periódico de hoy? ¡Loretta Thorn ha dicho a todos los del condado que es
bruja! -replicó un cliente calvo.
Alguien soltó una risotada.
Todo el restaurante estaba alborotado. Serato se desató en silencio el delantal y salió por la puerta
trasera. Ya no volvería.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

TANNER estaba sentado en silencio en el sofa, sujetando entre sus brazos a Siren McKay, que
estaba recién duchada y agotada. Siren llevaba una sudadera vieja de él y estaba acurrucada en sus
brazos; los párpados se le iban cayendo, aunque ella se resistía a quedarse dormida. Tanner ya se había
pasado a ver cómo estaba Nana, y había vuelto para asegurarse de que Siren estuviera cómoda. Nana
estaba estabilizada, pero inconsciente. Tanner sabía que debería marcharse pronto para volver al hospital.
Siren producía una sensación... diferente. Tanner lo había percibido de inmediato, pero no había
tenido tiempo de oír nada. En el campo de tiro había parecido como si la energía que la rodeaba chispeara
de nueva vida. Así era como la había encontrado. Billy iba por la carretera de Lambs Gap a toda velocidad,
con el acelerador pisado a fondo, cuando Tanner le había gritado:
-¡Para! ¡Gira aquí! ¡Ya!
Billy había obedecido, aunque gruñendo.
Al cabo de un instante, el coche patrulla entraba en el barro y el fango del campo de tiro y sus faros
habían iluminado a Dennis, ensangrentado y con la ropa hecha jirones, y el rostro, muy temible, de Siren
McKay. Tanner había pasado toda la vida entre historias de magia, y había visto algunas cosas poco
corrientes. Pero no olvidaría en toda su vida la imagen de Siren McKay en aquel momento, y era una cosa
que ni siquiera entonces se podía explicar. Real, pero no real. Allí, pero no allí. ¿Y qué pasaba con aquella
mierda de Max? Hasta ese momento no se había preocupado por aquellas relaciones, pero los comentarios
que había hecho Dennis suscitaban algunas preguntas. Él quería respuestas.
Siren se movió entre sus brazos.
Tanner inspeccionó la cabeza de Siren.
-Tienes un buen corte, pero no es grave -dijo-. ¿Cómo tienes el estómago?
Ella gruñó y se levantó la sudadera lo justo para dejar ver la lesión.
-No tiene muy mal aspecto. Debes de tener fuertes los músculos abdominales.
-No me hace cosquillas -murmuró ella, bajándose enseguida la sudadera.
-Desde luego, parece que sabes despertar los demonios que tienen dentro las personas.
-Es un don especial mío.
-Hay más cosas que contar de Max de las que has dicho, ¿verdad?
Siren evitó su mirada penetrante, concentrándose en la alfombra dorada de nudos que tenía bajo
los pies descalzos.
Tanner la miró fijamente y dijo después:
-Háblame de Max.
Siren no levantó la vista. En lugar de ello, se aclaró la garganta y contempló la mesa de café.
-Max era un gran artista de la estafa. No pasó en la cárcel un solo día de su vida. Empezó con
ventas fraudulentas y pasó después a dar estafas mayores. Cuando yo llegué a comprender a lo que se
dedicaba, ya estaba demasiado metida. Yo era cómplice. Hacia la misma época, descubrí dos hechos
terribles: Max tenía esposa y no pensaba divorciarse de ella, y tenía una adicción a la cocaína que le
costaba mucho dinero.
Recostó la cabeza sobre el sofá; el pelo le rodeaba la cabeza como una aureola oscura y
voluptuosa.
-Las prostitutas formaban parte del timo, o del "palo", como lo llamaba él. Servían para ablandar al
primo, o sea, a la víctima. Con el tiempo, Max llegó a meterse en el tráfico de drogas, y fue entonces
cuando empezó a ir todo por el mal camino. Cuando un traficante consume su propia mercancía, tiene un
problema, y acaba cayendo. Tarde o temprano. Algunos antes que otros. El problema de las personas
como Max es que alcanzan mucho poder. Dan empleo a otros, les pagan los gastos sanitarios, la vivienda y
el transporte, y esto pasa sobre todo en los barrios de la ciudad de habla no inglesa. Esa persona se
convierte en un dios.
-¿Como la mafia?
-No exactamente, pero algo muy parecido.
-¿Cómo te relacionaste tú con él?
Ella apartó la cabeza, sin mirarle a los ojos.
-Por medio de mi hermana, Gemma. Ella era la patrona delburdel.
-Estás de broma.
-Ojalá lo estuviera -dijo Siren, negando tristemente con la cabeza-. Gemma estudió gestión de
empresas en la universidad, y estudió también algunos cursillos de derecho, criminología y otras materias
interesantes. Se enteró de que, según las estadísticas, un cincuenta por ciento de la población masculina
estadounidense ha mantenido relaciones con una prostituta al menos una vez en la vida, y una proporción
considerable de estos son repetidores. No me entiendas mal: no se sirve de prostitutas callejeras ni de
casas de masajes. Sus chicas son las mejores y se tratan con la crema y nata de la sociedad. Así fue como
conoció a Max. Él se estaba trabajando a un primo, y ella se dio cuenta. Hicieron un trato.Y así empezó la

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

historia. Gemima tiene chicas en Nueva York, en Chicago, en Boston y en Miami. Funcionan desde una
agencia de modelos. Aquello fue lo que vio Dennis: el negocio de Gemma. Gemma daba una fiesta. Él
estaba allí. Max estaba allí. Traficando. Dennis sacó sus conclusiones. Se acabó el cuento.
-¿Y qué papel desempeñabas tú en la organización?
-A veces investigaba cosas para Max. Recogía información financiera o personal, hacía fotos.
-¿Investigadora privada?
-No, fisgona a sueldo. Muchas veces, las mujeres pueden ir donde no puede ir un hombre, o bien
los hombres no les prestan atención, solo porque son mujeres.
-¿Eras prostituta?
-¡Claro que no!
-Entonces, ¿eras su amante?
Ella respiró hondo.
-No quiero seguir hablando de esto.
Él se quedó callado un momento. Por fin, dijo:
-Tengo que saberlo.
Esperaba que ella se enfadaría, que se marcharía de la habitación enfurecida, o que al menos diría
algo sobre su derecho a la intimidad; pero no hizo nada de eso.
-No solo era su amante -dijo ella despacio-, sino que creo que fui su asesina. Es posible que
Dennis, con sus contactos, sepa de verdad algo que yo no sé, pues no recuerdo nada de lo que pasó la
noche que murió Max. Sí, recuerdo algunas cosas sueltas, pero nada concreto.
A Tanner se le volvió agitada la respiración.
-¿Me estás diciendo que, en efecto, mataste a Max?
Siren lo miró directamente a los ojos, con sus ojos oscuros inescrutables. Tanner sintió frío y sudor
en las axilas. La cicatriz de la cara le palpitaba como el toque de un tambor indígena.
-Lo que tengo que preguntarme no es si lo hice, sino si fui capaz de hacerlo. La respuesta a esta
segunda pregunta es "sí". El odio que sentía por él llegaba a tanto.
-¿Y ese griego, el tipo que era propietario del restaurante?
Ella sacudió la cabeza, pasándose la lengua por el labio superior.
-¿Un favor?
Ella se encogio de hombros.
-¿Pero no estás segura?
Siren abrió las palmas de la mano en el aire.
-Déjame que te vea la mano.
Ella no se movió. Ni siquiera pestañeó.
-Por favor.
Siren presentó la mano izquierda. La luna y las estrellas. Ya estaba hecho. Para bien o para mal,
Nana Loretta había atraído del todo al redil a aquella mujer. A Tanner le daba vueltas la cabeza. Había
asesinado... no. En aquel momento, él sentía, sentía de verdad, que era inocente. Jamás se había parado a
pensar que pudiera ser culpable. ¿Y si lo era? ¿Es que aquello cambiaba algo? ¿Habían cambiando en
algo los sentirmientos de éI hacia ella? ¿Qué diría Nana Loretta? Sobre todo, ahora que había dirigido la
iniciación de la muchacha. Estaba prohibido expresamente que los miembros tradicionales cometieran o
hubieran cometido ningún delito grave. El honor era la ley, el amor era el vínculo. En el asesinato no había
honor. Nana había dicho siempre: "Dad al César lo que es del César. Debemos cumplir las leyes que ha
establecido nuestra sociedad más amplia. No somos mejores que los demás, y, desde luego, debemos ser
más prudentes".Y allí estaba Siren, reconociendo que era una asesina, aunque la hubieran absuelto los
tribunales. Tanner dejó caer la mano.
-Me voy para estar con Nana.
-Yo voy también.
Él la miró fijamente un instante.
-Sería mejor que fuera yo solo.
La expresión de Siren, que había estado abierta hacía un instante, se cerró por completo. Tanner
sintió que ella se separaba de él, literalmente. La sensación fue tan clara como si ella se hubiera marchado
de la habitación o le hubiera clavado un cuchillo en el corazón.

SERATO conocía cuatro datos muy importantes: que Dennis había intentado matar a Siren McKay
en dos ocasiones anteriores; que Dennis era lo bastante estúpido como para ir de nuevo por Siren McKay;
que intentaría asesinarla echando la culpa a Ethan Files (que ya estaba muerto, aunque Dennis no lo

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

sabía); y, por fin, el dato más importante de todo: que si la anciana no se despertaba, Dennis quedaría libre
de toda acusación.
Dennis podía ir a uno de dos sitios: por Siren o por la anciana. La más peligrosa de las dos era
Loretta Thorn. Esta podía identificar a Dennis y echar por tierra el relato que hacía este de los hechos.
Iría por la anciana.
Serato se dirigió a su coche, que estaba aparcado junto al cobertizo para guardar barcas que
estaba a orillas del lago. Estaba a un paseo, sí, pero no podía permitirse que los del personal del Maybell lo
vieran conducir un coche de lujo como era el Lexus.
Se movía con rapidez. Era fundamental que mantuviera clara la cabeza. Debía evitar los errores de
juicio precipitados y costosos; pero la ira se le iba acumulando dentro, en parte consigo mismo por no haber
dado cuenta del polí inmediatamente, al haber sentido tal superioridad que se había creído capaz de acabar
con él en cualquier momento, y en parte por la estupidez de ella, que la había dejado caer en una situación
tan apurada. Serato la había creído más lista. Se acarició la barbilla. Bueno. Ella se había enfrentado a su
agresor y lo había vencido. De momento. Sentía curiosidad por saber cómo lo había conseguido. ¿Habría
estudiado defensa personal, y a éI se le habría pasado por alto el dato al estudiar el dossier que le había
entregado la persona que lo había contratado? Podía ser, pero él no solía cometer errores de esa clase. Sí,
la había visto plantar cara a los últimos monos de su familia. Debería haber prestado más atención a
aquello, en vez de limitarse a pasar un buen rato con aquel momento divertido. ¿Habría infravalorado a su
presa? Creía que no. Puede que la suerte estuviera de parte de ella, como lo estaba de parte de él.
También sentía ira porque un mierdecilla como Dennis Platt se hubiera creído capaz de apoderarse del bien
más valioso que poseía Serato: la vida de Siren McKay.

TANNER estaba sentado en la unidad de cuidados intensivos del hospital, con la cabeza entre las
manos. No había reacción. Nada.
Nana estaba allí tendida, pequeña, antigua, como un pedazo de pergamino gris sobre las sábanas.
Apenas movía el pecho.
El médico, un hombre joven con Oojos cansados por el trabajo, sacudió la cabeza.
-Lo siento -dijo, con voz que perforó el mundo interior de Tanner-: el estado de su corazón y la edad
están en su contra.
Tanner unió las manos y apoyó la frente en los pulgares. Se frotó la frente, mirando de vez en
cuando para asegurarse de que Nana seguía respirando; el médico había salido de la sala hacía mucho.
Le palpitaba con fuerza la sangre bajo las palmas de las manos. Sentía un hormigueo en la piel.
Sabía que estaba siendo llamado a hacer una cosa, pero ¿lo creía de verdad? Reprimió en el pecho un
medio sollozo. La sensación de quemazón en las manos se volvió más insistente. Cediendo, se puso de pie
y se acercó a la cama.
-Nana, siento mucho todo el dolor y la pena que te he causado.
La voz le fallaba en la garganta y no pudo seguir. Respiró hondo.
-He sido un mierda. Quisiera, de verdad, haber pensado como tú. No es que no me guste la
religión; es que estaba harto de cómo me trataba la gente. Quería ser normal, quería ser como todos los
demás. Pero ¿sabes una cosa? La normalidad no existe.
Sollozó y le rodaron las lágrimas por las mejillas ásperas.
-¿Nana? Cree tú por mí. ¿De acuerdo? Puede que baste con eso.
Levantó las manos sobre la figura inerte de ella, tomando tierra y centrándose tal como le habían
enseñado, encontrando ese punto fijo donde coexisten todas las formas vitales.Ya le quemaban las palmas
de las manos; la energía se fusionaba, fluía hacia ella. Dijo en voz alta el nombre completo de ella, tal como
le habían enseñado, visualizando el poder curador del universo que entraba en las manos de él y pasaba al
cuerpo de ella.
-Y estas señales seguirán a los que crean en mi nombre. Arrojarán a los demonios y hablarán con
lenguas nuevas, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y
estos sanarán. En nombre de la Doncella, Madre YVieja, así será como yo lo deseo.
Tres veces.
Tres veces la fórmula.
Repitió el cántico otra vez, y otra, y volvió a empezar todo el proceso con una cadena nueva,
completando un tres-por-tres: nueve veces, el número antiguo y mágico. Le pesaban los brazos; tenía las
manos tan calientes que apenas era capaz de soportarlo, pero continuó sin detenerse ni flaquear nunca. A
cualquiera que pasara por delante de la habitación privada le habría parecido que estaba rezando... y eso
estaba haciendo, en efecto.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Estaba creando el don más importante y más apasionado que puede manifestar un ser humano: el
don del amor divino.
-¿Tanner? Tenemos un problema.
No oyó a Billy al principio, tan concentrado estaba en el proceso de curación. Cuando se rompió su
cadena de pensamientos, levantó la vista con cansancio y dejó caer junto a sus costados los brazos
agotados. Tenía los dedos rígidos; las palmas le dolían de frío. El miedo le agarró el estómago.
-¿Dónde está Siren?
-Está bien. Está en la zona de visitas, al fondo del pasillo.
Tanner retrocedió, sintiendo que se le hundían los hombros. No había ningún cambio en el estado
de Nana.
Billy sostenía entre las manos su sombrero Stetson marrón, al que daba vueltas despacio por el ala.
-Tenemos que hablar.
-No voy a dejarla -dijo Tanner, mirando la cara pálida de Nana.
-¿Por qué no te sientas? Pareces agotado -dijo Billy, acercando una silla.
Tanner se sentó en el borde de la silla, debatiéndose entre la fatiga y el miedo nervioso.
-Es la segunda vez en veinticuatro horas que vienes a decirme que hay problemas. ¿Sabes? ¿De
qué se trata esta vez?
Billy acercó otra silla y se sentó frente a él, sin dejar de dar vueltas al sombrero.
Se trata ae Dennis Flatt. Lo han soltado.
-¡Estás de broma!
Billy negó con la cabeza.
-Y es peor. En su declaración afirma que Siren atacó a Nana Loretta, y que él detuvo a Siren en el
campo de tiro, y ella le atacó a él allí.
-¿Y lo han tomado en serio?
-Me temo que sí.
-Eso es ridículo. Cualquiera que tenga dos dedos de frente verá que esa historia es ilógica. ¿Por
qué no pidió ayuda? ¿Por qué dejó allí tendida a Nana para perseguir a Siren sin pedir ayuda antes? Si
Siren hizo lo que afirma él, ¿por qué no huyó en el coche de ella? ¿Por qué se fue a pie? El campo de tiro
está a ocho kilómetros de la casa de Nana. ¿Cómo lo explica él?
Tanner hablaba con rapidez; la ira había ocupado el lugar del miedo.
-Por raro que parezca, tiene una explicación aceptable para todo. El problema, en este caso, es que
es su palabra contra la de ella.Y él es hijo del jefe de policía. Aunque, para ser sincero contigo, que Charles
Platt tolere esto me deja atónito. He perdido todo el respeto por él.
Tanner se puso de pie y empezó a pasearse por la habitación.
-Ya lo sabes, solo tenemos la palabra de ella -dijo Billy con expresión afligida-. Él describió con
mucho detalle los antiguos contactos de ella y lo que él vio hace cuatro años. Ella tendrá que explicar
algunas cosas. Podría haber pasado tal como cuenta Dennis.
Tanner giró sobre sí mismo con la mirada furiosa.
-¡Eso es imposible! Siren lo puede explicar todo. He hablado con ella esta tarde.
Pero una vocecilla dentro de él le decía: "mató a su novio".
-Además, nosotros vimos...
-¿Qué vimos? -dijo Billy, dejando de dar vueltas al sombrero. No vimos nada que pudiera demostrar
las afirmaciones de uno ni las del otro. Nos limitamos a suponer que, como Siren era mujer, la agredida era
ella. Tú y yo hemos visto cosas increíbles en nuestros trabajos. Las mujeres son tan capaces de hacer
daño a otro ser humano como un hombre. La agresión está al alcance de los dos sexos. Y hay otro
problema: él ha conseguido dar a conocer sus alegaciones a los medios de comunicación.
-¿Qué vamos a hacer?
-Vigilarla. Confiar en que los periódicos no saquen punta a este lío. Ella ya ha prestado declaración.
Si las cosas salen como creo que van a salir, necesitará un abogado -dijo, acariciando su sombrero.
-¿No se puede hacer nada más?
Billy miró la figura pequeña de Nana.
-Rezar porque se despierte; pues, de lo contrario, será un asesinato.

DENNIS dejó el Durango al fondo del aparcamiento del hospital, cerca de una farola rota. No quería
que se fijaran en él. La mente le daba vueltas con furia. Había estado a punto de estropearlo todo aquella
tarde, pero había recobrado la sangre fría en el viaje hasta la comisaría. Había una manera de quitarse de
en medio a Siren McKay. Sencillamente, diciendo que todo era culpa de ella. Había trazado los detalles; su

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

mente despierta había trabajado todos los puntos, todas las cuestiones, repasándolos para no cometer
ningun error. Manifestar pesar por no haber sido capaz de detenerla. Lamentar (solo un poco, claro) la
desgraciada agresión que había sufrido la anciana. Aunque no estaba bien que lo dijera él mismo, era todo
un personaje. Cuando Stouffer le había preguntado por el plan divino, él había reaccionado con presteza:
"El plan de vigilancia, ya sabes, para atrapar a Ethan Files". Le parecía increíble que se lo hubiera tragado
Stouffer, nada menos, que codiciaba a la mujer y que, por lo tanto, no querría verla como culpable.Y, si
Stouffer no se lo había tragado, al menos le había hecho albergar dudas razonables. No había olvidado
hablar un poco de los contactos ilícitos de Siren cuando él la había visto en Nueva York, y de Gemrna y las
prostitutas, recurriendo a fantasías cuando no recordaba los detalles y presentándose a sí mismo, siempre
como inocente, como un pobre chico que había estado en un mal sitio cuando no debía. Como si aquello no
hubiera pasado nunca a Stouffer. Sí. Bien.
Solo tenía un peligro.
Nana Loretta.
Esta no podía recuperarse.
Echaría a perder su plan divino.

SERATO se consideraba a sí mismo el cazador invisible perfecto. Era un profesional, era el


maestro. Vio con sus prismáticos que Dennis se acercaba discretamente a la entrada de urgencias,
esperando la llegada de una ambulancia u otro momento de agitación para poder entrar sin que se fijaran
en él. Evidentemente Serato había elegido el hospital acertado.
Serato entrecerró los ojos.
¿Qué tenemos aquí?
Hummmm. Un nuevo giro de la situación. El juego se acelera. Siren estaba junto a una ventana del
tercer piso, con los ojos puestos en el cielo oscuro, sujetando con su mano esbelta el borde de la cortina.
¿Qué tenía Denmis en contra de Siren McKay? ¿Una ofensa antigua? ¿Lo habrían contratado para
matarla? Esta idea sí que era interesante. ¿Estaría tan desesperada la persona que lo había contratado a él
como para hacer tal cosa?
Quizá.
¿Podía ser que las energías universales estuvieran enviando a Serato el mensaje de que él, de que
Serato, no estaba actuando con la rapidez suficiente? ¿O era que esas energías ya no confiaban en él,
pensando que Serato podría fracasar?
Reflexionó sobre estas preguntas mientras veía cómo Dennis, junto a la puerta, se ponía cada vez
más nervioso. Era posible que el universo estuviera atrayendo a Dennis hasta Serato. Un regalo. ¿Cuántas
veces puede gozar uno del placer de quitar de en medio a un sucio policía? Y debía de tener las manos
sucias; ¿por qué habría atacado a la vieja, si no? Serato conocía a Siren lo suficiente para comprender que
ella no haría daño a una persona mayor nunca, jamás. Era incapaz de ello.
Lo más probable era que Dennis no supiera que Siren McKay estaba allí arriba con la Thorn. Si
Dennis era listo, cuando se enterara de ello mataría primero a la anciana para terminar con Siren después,
llevando hasta el final su historia de que Siren McKay pretendía hacer daño a la señora Thorn; pero Dennis
era un practicante menor y sin experiencia en el arte de la eliminación de seres humanos. Puede que fuera
listo, pero era inestable. En la en el condado, había parecido un bufón; y las cámaras de los periodistas
habían sido despiadadas.
Dennis estaba perdiendo el juicio.
Serato no creía que Dennis fuera capaz de realizar con éxito la operación de matar a Thorn y a
Siren de una vez sin que lo atraparan.
Se acarició la barbilla.
Pero...
¿Sería lo bastante estúpido como para intentarlo?

LEXI RIDDLEHOFF entró en el hospital, con el pelo rubio perfectamente peinado, agitando los
dedos llenos de anillos. Siempre le maravillaba descubrir que podía entrar en plena noche en el hospital de
una ciudad pequeña e ir prácticamente donde quisiera. Aquel hospital no era ninguna excepción. Ni siquiera
había un guardia de seguridad en la puerta. Era una vergüenza, una verdadera vergüenza.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Subió al tercer piso en el ascensor sin que nadie le dijera nada. Ignominioso: no se veía un alma.
Siguió adelante, sin perder su impulso decidido cuando pasó por delante de la mesa de enfermeras, vacía.
-¡Siren, querida! -exclamó con los brazos abiertos cuando entró en la zona de visitas-. ¿Cómo está?
Siren sonrió tristemente. Tenía el pelo revuelto, los ojos cansados. I
-No hay ningún cambio. Tiene mal aspecto.
Lexi se sentó junto a ella y le cogió la mano. Observó que Siren tenía los dedos pequeños y fríos.
-Es terrible para todos nosotros. He oído decir que estás en un buen "birrete".
Siren estaba tan cansada que ni siquiera fue capaz de sonreír.
-Se dice "en un brete", Lexi. En un brete.
-Sí. Desde luego. Nunca pude soportar a Dennis, un hombre tan taciturno. ¡Un sucio prevaricador!
-Desde luego que me ha puesto en un aprieto con sus mentiras.
-¿Hay aquí alguien contigo?
-Me ha traído Billy Stouffer –dijo ella, asintiendo con la cabeza-. Tanner ya estaba aquí. Están en la
habitación de Nana
El le soltó las manos y ella se las dejó caer cansadamente en el regazo, con las palmas hacia
arriba. Lexi se quedó mirando aquellas manos, paralizado. La luna y las siete estrellas. De manera que lo
había hecho. Lexi comprendió la terrible realidad de que Nana había cumplido su última misión. No se
recuperaría. Estaba esperando el momento de pasar al otro lado: lo único que la mantenía allí era el amor a
su familia y a sus amigos. Aunque el saber esto no reducía en nada el dolor que le causaba su
fallecimiento.
-¿Conocías bien a Nana? –le preguntó Siren, como buscando algo en común entre los dos. El
sonrió.
-Hace unos tres años que somos amigos. Cuando yo llegué aquí, ella era la única persona del
pueblo que quería hablar conmigo. Esa bondad no se olvida.
Siren asintió con la cabeza. Comprendía los sentimientos de Lexi.
Lexi cruzó las piernas y se puso las dos manos en la rodilla.
-Ella y yo estábamos trabajando junto en un proyecto.
-¿De verdad?
Él asintió.
-Yo colecciono manuscritos antiguos, libros, periódicos, diarios, cosas así. Domino varias lenguas
antiguas, entre ellas el latín y el gaélico. Algunos diarios antiguos de por aquí se escribieron en gaélico,
sobre todo los de las señoras que tenían secretos -dijo, con una risa ahogada-. Se pueden aprender
muchas cosas leyendo la vida cotidiana de nuestros antepasados.
Dirigió la mirada hacia el fondo del pasillo vacío. Siren se levantó de su silla con desgana.
-Con tantas emociones, se me ha olvidado llamar al tío Jess. Estará fuera de sí de preocupación.
Vuelvo enseguida, Lexi, voy a buscar un teléfono.

ESTABA tan absorto en su conversación con Billy que no la oyó al principio.


-¿Tanner?
Este se volvió.
-¡Nana!
Corrió haci ella, se arrodilló junto a la cama y tomó delicadamente su mano entre las suyas. Ella
sonrió débilmente.
-¿Y de qué estabais hablando, exactamente?
Billy se adelantó con delicadeza.
-Señora Thorn, me alegro de que vuelva a estar con nosotros. Es fundamental que le haga unas
cuantas preguntas.
Ella respiraba con dificultad y le temblaban los párpados.
-¿No puede dejarse para más tarde? -dijo Tarmer, rmirándola con temor.
-Adelante -dijo Nana-. Pregúntame lo que quieras.
Billy bajó la cabeza y se sacó del bolsillo una minigrabadora. La dejó en la mesilla que estaba junto
a la cama, cerca de la cabeza de ella. Dijo en voz alta la fecha, la hora y las circunstancias de la grabación.
-¿Sabe lo que le ha pasado?
-¡Lo sé de maravilla! -declaró ella, con voz más fuerte, volviendo la cabeza hacia la grabadora-. Soy
Loretta Penelope Thorn, y estoy aquí para decirle que Dennis Platt, el canalla, me dio un golpe en la cabeza
y me tiró por los escalones del porche. Me sorprendió, pero yo le vi la cara claramente, y hasta me habló.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

Me dijo que la gente como yo estropeábamos su plan divino.Y si él les dice otra cosa, es que es un cochino
mentiroso.
Billy le hizo algunas preguntas más. Ella las respondió, pero la boca le fallaba y parecía que
respiraba con dificultad. Billy le dio las gracias y salió apresuradamente a buscar al médico.
-¿Cómo está Siren? -preguntó Nana.
-Bien -dijo Tanner, sonriendo-. Tuvo una escaramuza con Dennis, pero es toda una guerrera. Él
dice que fue Siren la que te atacó a ti.
-¡Menuda tontería! -dijo Nana.
Tanner se aclaró la garganta suavemente.
-Estoy enamorado de ella.
-Por algún motivo, la noticia no me toma por sorpresa -dijo ella, volviéndose para mirarlo, con una
leve sonrisa que le llenó de arrugas la piel alrededor de los ojos.
Nana iba perdiendo el color. Tanner quiso decirle que Siren era verdaderamente culpable de haber
asesinado a su novio, Max Dalton, y que tenía emociones controvertidas sobre todo aquel lío, pero ya no
estaba seguro de si debía decírselo o no.
-¿Te encuentras bien, Nana?
-No tengo muy buen aspecto, ¿eh?
-Bueno...
-No importa. Creo que estoy prácticamente lista para picar billete, por así decirlo.
-¡No!
A Tanner se le aceleró el corazón, y la cogió de la mano. Estaba muy fría y muy frágil dentro de la
suya.
-Tendrás que enseñarle, Tanner, yo no estaré aquí para hacerlo. Espero que todo vaya bien entre
vosotros dos; pero, aunque no sea así, procura mantenerte cerca de ella. Siempre te necesitará -dijo Nana,
y retiró la mano de la de él.
-No puedo hacer eso.
-Claro que puedes -dijo ella, dándole unas palmaditas en la mano-. Hiciste la magia curadora para
hacerme volver.
-Si hubiera funcionado, estarías de pie y bailando danzas populares.
-Sabes que no es así. Todos los que conocemos el camino de la sanación sabemos que nadie se
pone enfermo en un solo día, y está claro que nadie se va a curar en un solo día. No somos fanáticos de la
velocidad, ya lo sabes -dijo Nana, con un suspiro-. Me puse en contacto con Lexi. Ha estado consultando
sus archivos, pero me temo que no hemos encontrado nada sobre tus incendios. Yo debería haber ido a su
librería esta tarde. No me habías dicho que era amigo tuyo.
Tanner cerró los ojos con fuerza. ¿Cómo podía haber quebrantado Lexi su secreto?
-No, no me lo contó él -dijo Nana-. Lo descubrí yo. A esta vieja bruja todavía le queda algo de
magia en la manga -añadió, agitando un dedo nudoso-. Tiene intenciones puras. Quiere que lo inicie, pero
yo no seré capaz de soportar otra cerernonía.
Nana volvió a recostar la cabeza en la almohada. Tanner la miró con sorpresa.
-¿Iniciar a Lexi? ¿Para qué?
-En realidad, su estirpe se remonta a las brujas de la Cabeza de la Vieja por parte de su madre.
Eran bastantes, ya lo sabes. Yo he visto el árbol genealógico. Es legítimo.
-¿Por qué no me lo dijo a mí?
-Porque sabía que tú querías dejar que desapareciera el clan. Temía que te enfadases con él, que
te negases y que le retiraras tu amistad. Es un buen muchacho. Un poco raro. Pero un buen muchacho.
-Nana, no es un muchacho, tiene más de treinta y ocho años.
Ella agitó débilmente la mano, pocos centímetros por encima de las sábanas.
-Para mí es un muchacho.Y es un escritor estupendo, además -dijo. Cerró los ojos.
-¿Estás bien?
-Claro. Claro. Cuando Siren aprenda, podrá iniciarlo ella. Deberá hacerlo ella, ¿sabes? Ella será la
nueva reina cuando yo haya muerto.
-Tengo mis reservas al respecto, Nana -dijo Tanner, frunciendo el ceño.
-¡Bah! ¡Paparruchas! Ya te estás haciendo el remolon otra vez. Cíñete al programa, muchacho.
Además, hay otros. Yo, los he estado formando. Están esperando a que ella ocupe el lugar que le
corresponde.
-¿Qué otros?
-Ya te enterarás con el tiempo.
Tanner se metio las manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros. No se animaba a decirle
que Siren había asesinado a Max. Pero, si no se lo decía, y si Nana fallecía, ¿no echaría aquello a perder la
transmisión del linaje? Estaba seguro de que las leyes por las que se regía su tradición decían algo al

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

respecto de moralidad de la reina, y de las cosas terribles que pasarían a tradición si se nombraba a una
reina inadecuada. Se quejó para sus adentros. Debería haber atendido mejor cuando Nana le hablaba de
las leyes; pero es que era muy aburrido, y él se figuraba que no sería él quien habría de recordarlas.
-¿En qué sueñas, muchacho? -le dijo Nana bruscamente-.Te he preguntado si tenías algo más que
decirme.
-No -dijo él, sonriendo-. Ahora, descansa.
Ella se ajustó despacio las sábanas, con manos temblorosas.
-Entonces, soy yo la que tengo que decirte algo. Tienes aclarar las cosas con Billy Stouffer.
-No creo que pueda hacer eso.
-Tienes que hacerlo. Esto afecta a otras personas, sobre todo a los pequeños.
-¿Desde cuándo lo sabes? -preguntó él, con los labios temblorosos.
-Lo he sabido siempre. Pero no podía decírtelo: se te habría partido el corazón.
Él cerró los ojos y tragó saliva con fuerza.
-Ya se me ha roto.
-¿Lo sabe él ya?
-No.
-Será mejor que se lo digas.Tengo una mala sensación, Tanner: ninguno de los dos debemos ir a la
tumba sin que él sepa la verdad.
-Entonces, ¿crees que debo decirle algo?
-Sería lo más acertado -dijo ella con suavidad-. Hay algo que no me estás contando, muchacho.
¿Qué es?
-Podemos dejarlo para más tarde -dijo Tanner, encogiéndose de hombros.
-¿Estás seguro de ello? -dijo Nana, con una expresión extraña en el rostro-. Si se trata de una
cuestión importante, quizá debas decírmelo ahora mismo.
-Déjalo -dijo Tanner-.Ya hablaré contigo más tarde.
-Allá tú -contestó ella con un tono raro-. Siento haber hablado con los periódicos. Seguramente te
habré hecho mucho daño, pero era una cosa que había que hacer.
Hizo una pausa.
-Te quiero, mi pequeno Tanner. Sé bueno.
Le envió un beso con los labios, y después cerró los ojos.
-Y no te preocupes, muchacho. La muchacha demostrará su valí o morirá en el intento.Tiene que
tomar una decisión terrible. Recemos por que los Dioses guien su corazon y sus manos.

SIREN estaba ante la fila de teléfonos públicos de la recepción. Estaba tan cansada que apenas fue
capaz de encontrar en su bolso monedas necesarias para hacer la llamada. Escuchó mecánicamente
mientras introducía las monedas. Con el auricular en la mano, se volvió y miró por las puertas correderas
de vidrio que daban acceso a los servicios de cuidados intensivos y urgencias.
Y dejó caer el auricular.
¡Dennis! Iba vestido completamente de negro.
La zona de urgencias era una casa de locos, había gente que corría en todas direcciones mientras
miembros del personal del hospital daban órdenes a gritos. Había habido un choque múltiple en la Ruta 15.
Iban a llegar más.
Dennis volvió despacio la cabeza y sonrió. La había visto.
Siren huyó por el pasillo, corriendo hacia los ascensores. No veía un alma. Pulsó frenéticamente los
botones, pero no se abrió ninguna de las puertas de los tres ascensores. Desesperada, corrió a las
escaleras y subió los escalones de dos en dos, jadeando por el esfuerzo. Dennis subía tras ella, pisando
fuerte. Siren gritó; su voz resonó en el hueco de las escaleras.
Llegó al tercer tramo de escaleras, apoyando el cuerpo en la barandilla para impulsarlo cuerpo
hacia arriba con toda la fuerza posible. No servía de nada; Dennis la estaba alcanzando.

SERATO esperaba con paciencia en lo alto del tercer tramo de escaleras, de espalda a la pared, en
un punto donde no podían verlo por el cristal de la puerta de incendios que daba a las escaleras.Toda
precaución era poca. Serato había sido el primero que había visto llegar las ambulancias. Eran tres. Debía
de haber habido un accidente grave en la autopista. La zona de urgencias una casa de locos al cabo de

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

poco rato. Entró rápidamente por la puerta de urgencias; de allí pasó con decisión por las puertas
correderas de vidrio a la recepción principal del hospital. Pasó por delante de Siren, que estaba en los
teléfonos, pero esta estaba metiendo las monedas en el teléfono y le daba la espalda. Tomó un ascensor y
llegó arriba en menos de un minuto. Creyó que el poli iba a darle problemas, pero este se volvió y caminó
hacia la zona de visitas mientras Serato entraba en las escaleras sin que lo hubieran visto.
Ya llevaba el tiempo suficiente observándola para saber cómo reaccionaría. ¡Qué ensayo tan
maravilloso sería aquel! La oía subir corriendo por las escaleras, jadeante. Un grito apagado, y pués otro.
Confiaba en que el universo la pondría en sus manos con seguridad. Se imaginaba aquel pelo largo y
oscuro que volaba tras ella. Sus músculos, tensos de miedo y de esfuerzo. ¡Qué bien le hacía sentirse a él
aquello!
-Te espero -susurró.

AQUELLO era casi demasiado perfecto, con solo que él pudiera alcanzar a la condenada perra. La
planta baja era un maniconio. Nadie oiría el grito de ella. Intentó atrapar el pie de ella, calzado con una
zapatilla deportiva; se le escapó, lo intentó de nuevo y atrapó el talón. Ella perdió el equilibrio y cayó de
cara; la barbilla le rebotó en los escalones metálicos. Soltó un aullido de dolor. Bien. La perra se lo merecía,
y recibiría mucho más. A nadie le estaba permitido estorbar su plan divino.
Él, llevado por su impulso, se adelantó a coger un puñado de aquel pelo largo, pero ella se volvió y
le dio con el pie en la cara.
Él la soltó y se deslizó unos pasos hacia atrás, evitando caer al fondo del hueco de la escalera
aferrándose a la barandilla. El cuerpo le colgó ligeramente hacia atrás, mientras se debatía por liberarse y
volver a avanzar.
Ella subía las escaleras corriendo a gatas, como un animal.
Él se rio.
No escaparía.

SERATO esperaba que la vería de pie, y se sorprendió al ver aparecer su cabeza en la postura que
llevaba, corriendo a gatas. Se quedó en las sombras. “Un poco más cerca, querida”.
Dennis volvió a agarrarla, esta vez de las piernas. Ella cayó, con la parte superior del cuerpo en el
rellano del tercer piso, buscando algo a qué agarrarse con las manos en el suelo de baldoss lisas. Las
palmas de las manos le chirriaron sobre el linóleo cuando Dennis la hizo caer. Volvió a gritar, con una parte
del largo pelo atrapado bajo su cuerpo, mientras otros mechones le cubrían los ojos y la boca como una
venda negra. Se atragantó.
Dennis empezó a reptar sobre ell para sujetar mejor su cuerpo que se retorcía.
-No voy a consentir que estropees mi plan divino –dijo, dándole un puñetazo en los riñones.
Ella soltó un quejido.
Dennis fue subiendo por su cuerpo, intentando cogerla del pelo en la base del cuero cabelludo.
Ella a agitó la cabeza antes de que él hubiera podido asirse con fuerza.
Él se levantó para golpearla.
Serato se adelantó y lanzó una patada a la cabeza de Dennis. El muy idiota estaba tan concentrado
en dominar a Siren que no la vio venir.

EN UN MOMENTO DADO tenía a Dennis encima, y al cabo de otro instante ya no lo tenía. Mientras
ella se debatía por quitarse el pelo de los ojos y volverse, sonó un golpe terrible. Se quedó tendida en los
escalones, jadeando, y miró hacia abajo. Dennis estaba tendido en el rellano del segundo piso, con el
cuello torcido de manera extraña, con una pierna doblada bajo el cuerpo, mientras se formaba lentamente
sobre las baldosas blancas y brillantes un charco rojo que le manaba de la parte trasera del cráneo. Los
oídos de Siren captaron el ruido de la puerta que daba de la escalera al tercer piso al cerrarse, pero ella no
se volvió a mirar.
Miró fijamente a Dennis.
La respiración profunda de Siren resonaba en el hueco escalera, por lo demás en silencio.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Que se joda tu plan divino -susurró. Se volvió despacio y se puso de pie. En el borde del rellano del
tercer piso había una moneda de oro reluciente. Ella la recogió y la miró de cerca ¡Era la moneda de
Tanner!

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____________________________

DENNIS PLATT, de 25 años, agente que fue del Departamento de Policía del Condado de Webster,
e hijo de Charles Platt, jefe de Policía, se convirtió en ejemplo del buen policía que se vuelve malo cuando
se conoció esta mañana la noticia de que, tras ser puesto en libertad despuésa de ser cusado de agresión

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

a Loretta Thorn y a Siren McKay, de Cold Springs, intentó asesinar a la señora McKay en la escalera del
Hospital Holy Manor, de Whiskey Springs, donde la señora McKay acompañaba a Loretta Thorn, que
estaba ingresada. Más detalles a las ocho."
Siren apagó la radio de su coche mientras entraba por el camino de acceso rodeando la farola,
eternamente torcida. Tuvo que mirar dos veces la fachada de su casa, sin dar crédito a sus ojos. Tres
banderas de vivos colores ondeaban en los postes del porche. En la primera aparecían motivos
relacionados con la cosecha: calabazas, mazorcas de maíz y melones, de colores anaranjados, amarillos y
pardos. La segunda bandera ondulante de seda lucía atrevidamente un signo hexagonal familiar, bordado
en color rojo, blanco y negro; ella recordó que era el que representaba la protección. Le vino a la cabeza la
palabra blummerstone; ¿o era quizá hexefus? La última bandera, que se agitaba al viento cerca del
ventanal, lucía orgullosamente una pareja de distelfinks, aves místicas populares entre los habitantes de
Pensilvania de origen alemán, que representan el amor y la longevidad. Los ojos muy abiertos de Siren
captaron sus colores turquesa, amarillo mantequilla y rosa. De hecho, su casa había adquirido el ambiente
de una trampa para turistas deteriorada. Todo el patio delantero estaba decorado con tiras de espumillón
brillante; pero no había rastro del tío Jess.
Evidentemente, el hombre se había vuelto loco.
Entró apresuradamente en la casa, pidiendo al cielo que los periodistas la dejaran en paz. Todavía
no había señales de ellos, pero eso no quería decir nada. Aquel lío haría que saliera a relucir todo lo
demás.
Corría aire frío por la casa. No advirtió más toques decorativos, y entró en su dormitorio quitándose
la sudadera de Tanner. El cerebro le saltaba de momentos de desaliento doloroso a oleadas de gran
euforia. Después de darse una ducha, miró los mensajes que tenía en el contestador, que la dejaron muy
seria. Todos y cada uno de los clientes habían cancelado sus citas. Se dio cuenta de que su negocio quizá
no se recuperaría nunca de la mala publicidad, aun después de que los periódicos publicara la verdad. La
predicción que había hecho el tío Jess de que ella no aguantaría hasta el final del invierno llevaba camino
de hacerse realidad.
Después de la ducha, de comer algo y de tomarse una infusión, sacó del maletero de su coche la
maleta de la tía Jayne. Su contenido era interesante y extraño, y Siren no sabía para qué servían la
mayoría de las cosas, pero ya lo iría descubriendo con el tiempo. El fondo de la parte interior de la maleta
estaba suelto. Quizá debiera sacarlo, limpiarlo y volver a meterlo. Levantó una esquina. ¿Qué era aquello?
Un libro, encuadernado en piel negra, oculto bajo el falso fondo. Un diario, escrito a mano con letra firme,
segura y femenina, en una lengua extranjera. No era español ni francés. Tampoco parecía latín.
Mierda.
Le vinieron a la cabeza las palabras de Lexi. "Muchos de los diarios... escritos en gaélico... sobre
todo los de las señoras que tenían secretos."
Volvió a meter el libro en la maleta y guardó esta en el desván, bajo el alero del tejado, por si a Jess
le entraban ganas de fisgar cuando ella no estaba en casa.

SERATO la vio subir cansadamente por los escalones del porche delantero. Los periodistas no
tardarían en encontrarla, y a él le sería fácil esconderse entre ellos. Se quedó sentado, perfectamente
quieto, sosteniendo la cara cámara fotográfica Canon entre las manos, que le temblaban ligerísimamente.
Aunque alguien lo abordara, él tenía preparadas sus credenciales de prensa. No tuvo que esperar mucho
tiempo. Llegaron en tropel, de York, Harrisburg, Carlisle y Gettysburg. Naturalmente, también habían veni
dorepresentantes del periódico local, así como de las cuatro grandes cadenas de televisión, con sus
furgonetas, sus presentadores y sus operadores. Solo entonces se aventuró a salir. Callado. Discreto. Lo
más probable era que ella se acostase. Que durmiera. Él lo pensó, ¡pero se sentía exuberante, excitado y
vivo! Aunqu eno la atrapara, la atraparía el viejo. Las caras de los representantes de la presa se
arremolinaron alrededor de él al congregarse, ruídosas, en el patio delantero. Salió el viejo con la horca en
alto y les dijo a todos que se marchasen a sus casas. Que se fueran de allí. Serato le hizo una foto. Una
vez. Dos. Tres veces.
Después, levantó la vista. ¡Allí! En la ventana del dormitorio de la parte delantera. Con el pelo largo
y suelto, con los ojos tristes... cansados. La encuadró con el objetivo. Enfocó. Acercó la imagen. El pulso se
le aceleró. Más cerca. Sus miradas se cruzaron a través del objetivo. Ella abrió ligeramente los ojos. Fluyó
una corriente eléctrica entre los dos.
"No falta mucho, rmí niña bonita, no falta mucho."
Clic. Clic.
El mecanismo de la cámara zumbó.
Y, después, la cara de ella se fundió con la oscuridad de la casa.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

SIREN se despertó a oscuras. Pensó en la extraña sensación que había tenido cuando había visto
a los periodistas en el patio, desde de la ventana del dormitorio, como si entre aquella manada de sabuesos
de las noticias hubiera alguno cuya intención no fuera la búsqueda de la noticia. Recorrió la casa, atontada,
y se encontro al tío Jess fuera, en el porche delantero, custodiando la puerta principal con su horca.
-Casi he pillado a uno o dos de esos condenados periodistas -dijo, sin más-. La mayoría se
aburrieron y se largaron. Pero todavía sigue allí un tipo con un teleobjetivo. Se cree que no lo veo, pero a
un perro viejo como yo no se le engaña. No, señor.
A las siete y media recibieron una llamada telefórnica de Tanner. Nana Loretta había fallecido
apaciblemente rmientras dormía. El tío Jess se sentó ante la mesa de la cocina y lloró.

SERATO la siguió hasta la casa de Tanner, en el monte de la Cabeza de la Vieja. Se acarició la


barbilla, admirando la casa. Podía hacerlo allí, pero le gustaba mucho más la idea de hacerlo en la cueva.
Otro par de faros dobló la curba. Maldita sea. Unn coche patrulla de la Policía Regional de Webster. Qué
mala suerte la suya. Bueno, entonces podría entregar su regalo. Esperó a que el polí entrara en la casa,
soltó el freno de mano y se dejó caer suavemente ante la casa en forma de A y hasta la carretera rural.

TANNER, abrió la puerta y se sorprendió al ver allí a Billy. Este sujetaba en las manos el sombrero
Stetson marrón.
-He venido a pedir disculpas.
Tanner lo miró con cara inexpresiva.
-Hiciste todo lo que pudiste.
Billy torció la cabeza a un lado con inseguridad.
-No por lo de ayer. Por la escena del bar... y lo de las denuncias por conducir bebido. Dennis me
tenía engañado, desde luego. He sido tonto.
-Es agua pasada -dijo Tanner, encogiéndose de hombros.
-Por si te sirve de consuelo, lo más probable es que me despidan. Si no lo han hecho ha sido solo
porque estamos mal de personal.
Tanner no supo qué responder.
-Tenemos que hablar, ¿sabes? -dijo Billy-. Tenemos que poner las cosas claras. Lo de Jenny.
Tanner apretó el tirador de la puerta con la mano y se le puron blancos los nudillos.
-Este no es buen momento.
-La muerte de Nana. Lo comprendo.
-No: tengo compañia. Puedes pasar, no importa. Hemos estado hablando de ti.
Tanner hizo pasar a Billy a su cuarto de estar. En aquellos momentos necesitaba una copa más que
ninguna otra cosa del mundo.
-¿A que no sabes quién se ha pasado por aquí? -dijo.
-Hola, Billy -dijo Siren.
Billy se sentó, incómodo, en el borde de un sillón demasiado mullido. Se volvió hacia Tanner,
apretando con las manos el ala de su sombrero.
-Me he enterado de que has perdido el puesto. Mal asunto. Los periódicos os han estado
destrozando a los dos con el sensacionalismo. Ya sé que hemos ternido nuestras diferencias, pero lo siento
mucho. La semana pasada, Nana sale en los periódicos como bruja, y esta semana... esto... fallece por un
suceso desafortunado.
Tanner se encogió de hombros.
-La mierda tiene que ocurrir, supongo.
-Ya te darás cuenta de que el funeral será un manicomio -observó Billy-. Si no tienes nada que
objetar, solicitaré algún tipo de presencia policial. No sé si te la darán, pero lo intentaré. Si no, estaré yo allí.
Puedes contar con ello.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-No creo que sea necesario -dijo Tariner-.Ya la he heho incinerar, que era su voluntad. Se celebrará
una ceremonia privada, pero no será hasta dentro de un mes. Hay varias personas que tienen que venir de
muy lejos para estar presentes. También era su voluntad.
Billy asintió con la cabeza.
-Por si te sirve de consuelo, tu despido ha molestado a mucha gente. Se dice que va a haber una
insurrección en el próximo pleno municipal -dijo, riéndose y recostándose en el sillón mullido-. Será
interesante. El verdadero catalizador de tu despido fue Ronald Ackerman, pero he oído decir que su mujer
está declarando una guerra santa en su contra. Los investigadores incendios a los que llamaron no
encuentran nada más de lo que encontraste tú: la logia de los Alces, la casa de los Ferguson, casa de Jess
y el garaje de Files siguen investigándose.
Tanner miró a Billy con sentimientos contrapuestos. Tenía gracia que en una situación de crisis se
encontrase confraternizando con el enemigo. Carraspeó.
-¿Hay alguna novedad sobre Files?
Billy tomó una revista de caza de la mesa de café, echó una breve ojeada a la portada y volvió a
tirarla en su sitio.
-Todo el pueblo está aterrorizado. La gente está cerrando con llave puertas que llevaban abiertas
veinte años. Han subido las ventas de perros, de armas de fuego y de sistemas de seguridad. Esa vidente
loca del pueblo, Madame Rossia, está ganando dinero a espuertas. Está vendiendo papeles de oraciones,
¿no es increíble? Pones un papel de esos en la puerta principal y, supuestamente, Ethan Files no te puede
hacer nada. Se ha convertido en un coco con todas las de la ley. Los medios de comunicación están
desatados. Todo el mundo exige que se haga algo. Es como si el tipo fuera un maldito fantasma, o algo así.
Tamborileó con los dedos sobre su rodilla.
-Y lo que me preocupa de verdad es que no sabemos con seguridad si fue Ethan quien cometió
esos dos asesinatos. Pero, no sé, hay algo que no encaja. Reconozcámoslo: normalmente, dos cadáveres
en dos pueblos distintos no suelen levantar tal revuelo entre los medios de comunicación.
Siren seguía en silencio, apretándose una almohada contra el estómago, con los ojos oscuros
inescrutables.
-Estoy de acuerdo -dijo Tanner-.Y por eso me alegro de que te hayas pasado por aquí. Puede que
no te lo creas, pero Siren ha estado soñando con los asesinatos, y cree que el responsable no es Ethan
Files.
Miró a Siren, pero esta no intervino.
Billy se arrellanó en el asiento y se rio.
-No me irás a venir con chorradas de ocultismo, ¿verdad?
Tanner esperó a que Siren dijese algo. Nada. Por fin, Tanner dijo:
-Cuéntale lo de los sueños. Por favor.
Siren titubeó, respiró hondo y explicó sus experiencias. Terminó diciendo:
-No estaba sola en esas escaleras.
-Claroque no -dijo Billy-.Allí estaba Dennis.
-No -dijo ella despacio-; había otra persona. Te juro que Dennis no cayó por sí solo.
-Puede que lo empujases tú escaleras abajo, al resistirte.
-Sé que todo fue muy rápido, pero estoy segura de que no le empujé.
Billy jugueteó con su sombrero, se pasó los dedos por la costura de los pantalones y dio una
patadita a la alfombra con la puntera de su zapato negro y lustroso.
-Siren, en el condado de Webster hay mucha gente rara, te lo digo yo; pero hasta ahora no he visto
a nadie que se ciña a tu descripción. Creo que has estado sometida a un gran estrés últimamente.
-Entonces, ¿cómo explicas esto? -dijo ella, enseñando la moneda de oro. La hizo girar levemente;
su canto reflejó la luz ave del cuarto de estar-. Es la moneda amuleto de Tanner, y yo la encontré en el
rellano del tercer piso de las escaleras del Hospital, después de que cayera Dennis. La moneda no estaba
allí cuando Dennis me estaba atacando, porque yo pasé la mano por ese mismo sitio.
Billy la rniró con desconfianza.
-Los dos sabemos que Tanner estaba contigo durante la pelea, de modo que él no pudo dejarla ahí;
de lo que se deduce que me la dejó otra persona.
-¿Por qué iba a hacer eso? -preguntó Billy, tomando la moneda de la mano de Siren y volviéndola
sobre su palma-. ¿Por qué no la dejaste allí? Podríamos haberla analizado. Haber buscado huellas
dactilares.
Siren cerró los ojos despacio, y los abrió después.
-¿De verdad? No lo pensé ni por un momento. La recogí, sin más.
Billy tiró la moneda por el aire hacia Tanner, que la atrapó al vuelo y se la guardó en el bolsillo.
-No me convence –dijo Billy.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Teniendo en cuenta cuántos forasteros hay en el pueblo por la feria de la cosecha, ¿cómo ibas a
reconocer a alguien diferente? -dijo Siren-. El tipo no va por ahí con la palabra "asesino" escrita en la frente.
-¿Cómo explicas la exactitud de sus sueños? -le preguntó Tanner.
-No la puedo explicar –suspiró Billy-. A no ser que fuera ella quien cometió los crímenes, claro está.
-Eso es ridículo -replicó Tanner.
-Ya te advertí que diría eso -dijo Siren.
-Siempre has sido un soñador, Tanner -dijo Billy-. Con la cabeza en las nubes, sin ver lo que pasa a
tu alrededor.
La expresión de Tanner se agrió.
-Dejando que otros se aprovechen de la situación -dijo.
-El problema es que mis sueños no son premonitorios -dijo Siren, cortando la tensión que reinaba
en la habitación-. Al parecer, se producen durante el crimen o pocos segundos antes. Si hubiera alguna
manera de adelantarlos, quizá pudiésemos evitar el próximo crimen.
Billy la miró con escepticismo.
-Suponiendo que haya un próximo crimen -dijo Siren, mordiéndose el labio.
Tanner se inclinó hacia delante.
-Puede que la idea sea atrevida, pero vale la pena intentarlo. Podrías describirlo todo, y nosotros
podríamos intentar deducir quién es la víctima y cuál es el lugar del crimen.
-Pero no el día ni la hora -dijo Siren, con la voz cargada de desánimo-.Y, caso de que pudiésemos
determinar quién es la víctima, ¿cómo le explicaríais que corre peligro de que la asesinen, sin que
intervenga la policía? Billy está sujeto a los reglamentos de su trabajo en todo lo que intervenga.
-Lo siento, amigos. Esto es demasiado inverosímil. Creo que los dos vivís en un mundo de fantasía
porque no queréis afrontar la realidad.Y, por otra parte, ¿quién ha dicho que yo quería intervenir?
Siren le echó una mirada hosca.
-Vale. Aceptando vuestro pequeño plan, ella tiene razón. No puedo decir al jefe que tengo que
custodiar a una persona porque una vidente de orejas puntiagudas me ha dicho por quién ya a ir ahora el
asesino.Ya están hartos de Madame Rossia. Ha estado llamando a la comisaría sin parar, y cuando vio que
esto no le servía de nada, contó sus predicciones a los medios de comunicación. Dice que habrá un
incendio terrible en el pueblo, y después otro en el monte. Dice que un demonio acosará a los puros de
corazón: supongo que el demomo es Ethan Files, pero ella no lo llama por su nombre. Son tonterías, nada
más. Sí, reconozco que lo de la participación de Files tiene algo de extraño, pero yo no iría tan lejos como
para decir que los asesinatos los cometió un forastero. Además, ¿qué haríamos? ¿Esperar a que Siren
vuelva a soñar? Eso podría pasar esta noche, o mañana, o nunca -dijo Billy-; y, aun entonces, si lo que me
contáis es verdad, tampoco podríamos llegar a tiempo, en todo caso.
Tenía razón.
-Yo sé una manera de conseguirlo -dijo Tanner, pensativo.
-Eso me suena mal -dijo Siren, pasándose la mano por el pelo oscuro.
-¿Cómo? -preguntó Billy, quitando los pies de la mesa de café e inclinándose hacia delante.
-Podría hipnotizarla -dijo Tanner.
-¿Hipnotizarla, tú? -dijo Billy, riéndose-. Yo creía que la que se dedicaba a esos cuentos era ella.
-Adelante, ríete -dijo Siren, frunciendo el ceño.
Tanner se volvió hacia ella, intentando suavizarle la voz.
-¿Estarías dispuesta a dejarme que lo intentara?
-No lo sé -dijo ella, indecisa.
-Deberíamos hacerlo esta noche -dijo Tanner con firmeza.
-Sabes que no puedes garantizar los resultados -dijo Siren-ç-. Puedo darte mucho, o puedo no
darte nada.
-Tendremos que arriesgarnos. ¿Qué puedes perder?
-No me trago nada de esto -dijo Billy.
Siren entrecerró los pjos y enmarcó las cejas.
-Si pudiera decirte dónde has estado esta mañana, ¿te quedarías, al menos, para observar el
proceso?
-Sin dudarlo.
-Bien -dijo ella, esbozando con los labios una sonrisa seductora. Cerró los ojos, inspiró hondo, y
soltó después el aliento despacio-. Estabas en el catre con Benita Prescott. Ella fue también la causante de
que te restregaras con hiedra venenosa... las partes pudendas. Aquella noche no la pasaste entera en el
Atadero, saliste al lago con Benita.
Abrió un ojo, y después el otro. Billy se sonrojó.
-Te lo dijo ella. Eso es hacer trampa.
-Un trato es un trato -dijo ella, negando con la cabeza.

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MUERTE EN EL BARRANCO DE LAS BRUJAS Silver Ravenwolf

-Sigo creyendo que esta es la mayor estupidez que he oído en la vida -suspiró él-. ¿Necesitas algo
especial para hacer esto?
-Una manta -respondió Siren-. Cuando practico la autohipnosis, a veces tengo frío.
-Hay una en el cuarto de invitados -dijo Tanner, sonriendo-. Subiendo la escalera, a la derecha.
Mientras Billy traía una manta del dormitorio del piso de arriba, Siren se dirigió a Tanner con
expresión temerosa.
-¿Qué te has creído que estás haciendo? ¿Por qué le has contado lo de los sueños?
-Porque sospecha algo. Esto le dará algo en qué entretenerse durante una temporada. Sigue
creyendo que tú estás relacionada de alguna manera con el crimen organizado. Lo conozco. A partir del
momento en que Dennis le metió esa idea en la cabeza, él seguirá dándole vueltas hasta que se quede
satisfecho. Revolverá y seguirá revolviendo. No importa que Dennis no anduviera demasiado bien de la
azotea. Billy sigue creyendo que tú tuviste algo que ver con el incendio de la casa de tu tío, solo que no
puede demostrarlo.
-¿Cómo sabes todo esto, sí no te hablabas con él?
-Confía en mí, nos criamos juntos. Conozco su manera de pensar.
-Bueno, pues a mí no me parece que sea tan buena idea.
-¿Cómo sabías lo de Benita?
-Me lo contó ella esta tarde -dijo Siren con una sonrisa.
Billy entró en la habitación con una manta de viaje india de color rojo, azul y dorado en el brazo. Se
la entregó a Siren.
Siren se recostó en el divan, levanto ios pies y se cubrió con la manta la parte superior del cuerpo.
Tanner tomó el mando.
-Billy, ¿qué te parece sí apagas todas las luces menos una? No, así hay demasiada luz. Tengo ahí
una vela, en el aparador, en esa palmatoria de bronce. Sí, esa.Tráela, ¿quieres?
-A mí me sigue pareciendo una idea tonta -dijo Billy, frunciendo el ceño-. Me da la impresión de que
estoy particiando en una sesión de espiritismo.
-Puede que sea así -dijo Siren, pensativa.
-No empieces con esas tonterías -dijo Billy, poniendo la palmatoria de bronce sobre la mesa de
café-. Si empiezas a hablar de esas chorradas, yo me largo de aquí.
Cuando Billy encendió la primera vela, Tanner habría podido jurar que había visto que la llama
palpitaba, se dilataba y adoptaba la forma de una cara femenina, casi humana. Pero los ojos eran
almendrados y rasgados, casi como los de una gata. Tanner miró a Billy y a Siren, pero al parecer estos no
habían percibido la visión. Intentó desentrañar mentalmente el significado de lo que había visto. Entendía la
charla de las velas, la longitud y la dirección de las llamas y los mensajes del humo, en su sentido mágico,
pero aquello que acababa de ocurrir era completamente nuevo para él. ¿Era buen presagio, o malo? Pensó
en Nana, y se le deprimió el corazón.
Cuando la habitación estuvo con la luz convenientemente amortiguada, con Siren tendida en el
diván, abrigada con la manta, Tanner se sentó en el borde de la mesa de café para comenzar la sesión.
Billy volvió a ocupar su sillón, con los pies plantados firmemente en el suelo.
Al cabo de veinte minutos, Tanner soltó un gruñido de impotencia. ¿Quizá con un poco de
fascinación? Intentó meterse en la mente de ella, pero ella lo bloqueaba corno una profesional. Se preguntó
si lo estaría haciendo a propósito. Fuera como fuese, no era capaz de hacerla dormir. Echó de menos a
Nana, y sintió en el