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La importancia del Espíritu Santo y su papel en la salvación

El tema del Espíritu Santo ocupa un lugar central en el pensamiento de Calvino. En


efecto, no es exagerado decir que la mitad de la Institución de la Religión Cristiana está
consagrada a esta materia, abordándola extensamente en los libros III y IV. Calvino trata
en ellos el beneficio que los fieles obtienen de la obra redentora realizada por Dios en
Jesucristo. Primero aborda este beneficio en sí (libro III), y después mediante la relación
de los medios externos que les son vectores: la Iglesia y los sacramentos (libro IV). Sin
embargo, nadie puede beneficiarse de la obra realizada por Cristo sin estar unido a Él, y
el vínculo concreto de esta unión no es otro que el Espíritu Santo. Siendo más precisos,
esto se debe a que el Espíritu interviene en los creyentes comprometiéndolos en la obra
salvadora del Mediador.
La intervención principal del Espíritu – el Reformador se refiere a ella como su “obra
maestra” – no es otra que la fe, la modalidad concreta de nuestra comunión con Cristo.
De esta comunión resulta una doble gracia: la gracia de la justificación y la gracia de la
santificación. Debido a que estas dos temáticas son tratadas en un documento aparte, no
las abordaremos aquí. Las siguientes líneas pretenden más bien abordar un aspecto
particular de la fe: que el creyente deposite su fe en las Escrituras reconociendo en ella la
Palabra de Dios. En otras palabras, lo que nos proponemos analizar brevemente es la
relación entre las Escrituras y el Espíritu. En primer lugar, el Reformador destaca que no
debemos confrontar ambas cosas, como algunos se sentirían persuadidos a hacerlo,
arrogándose una comunicación íntima con el Espíritu para obviar la necesidad de recurrir
a las Escrituras. Sin embargo, según Calvino, es tanto presuntuoso como vano el
demandar recibir revelaciones particulares sin vínculo alguno con la revelación bíblica.
Puesto que “Dios no habla diariamente desde el cielo”, inmediatamente surge la
interrogante respecto a la autenticidad de estas revelaciones. Los espiritualistas lo
atribuyen al Espíritu, pero ¿de qué espíritu se trata? ¿Cómo distinguir entre lo puramente
subjetivo y el sentirse motivado por el Espíritu de Dios? Además, desconocer las
Escrituras con el pretexto de beneficiarse de una inspiración directa, conduciría a la
absurda conclusión de que el Espíritu de Dios no es un único Espíritu, como si en la
actualidad Dios pudiera pasar por alto e incluso renegar lo que su Espíritu inspiró en los
escritores bíblicos en el pasado.
Las Escrituras y el Espíritu no deben contemplarse de manera opuesta, sino en forma
conjunta. Esta es en efecto la tesis central de Calvino respecto a este punto: sólo el
Espíritu da la certeza de la inspiración en las Escrituras, de su autoridad divina; sólo Dios
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da testimonio directo de Él y sólo Dios puede dar autenticidad de su propia presencia en
el corazón del creyente, hablándole a través de las Escrituras. Calvino lo llama el
testimonio secreto (o interno) del Espíritu Santo.
A partir de lo expuesto, se descalificaría la validez de dos instancias, la primera de ellas
es la Iglesia. Apoyándose en el dictum de Agustín, “no creería en el Evangelio si la Iglesia
no me moviera a ello”, los teólogos católicos sostenían que sólo la iglesia (lo que
posteriormente se denominará como su magisterio) estaba acreditada para dar validez a
las Escrituras, iglesia que además había establecido el canon en el pasado. La respuesta
de Calvino fue, en esencia, que la iglesia como garante de las Escrituras significa ni más
ni menos que fundar la autoridad de la Palabra de Dios en un juicio humano. (Esto no era
lo que sus adversarios querían decir, pero nos referiremos a los argumentos de Calvino y
no a la precisión de éstos). La segunda instancia que Calvino descalifica por los mismos
motivos, es la razón humana, señalando que sería absurdo que la autoridad divina
derivara del juicio de la razón humana. Para concluir, citaremos este célebre pasaje: “Se
trata, pues, de una persuasión tal que no exige razones; y sin embargo, un conocimiento
tal que se apoya en una razón muy poderosa, a saber: que nuestro entendimiento tiene
tranquilidad y descanso mayores que en razón alguna. Finalmente, es tal el sentimiento,
que no se puede engendrar más que por revelación celestial. No digo otra cosa sino lo
que cada uno de los fieles experimenta en sí mismo, sólo que las palabras son, con
mucho, inferiores a lo que requiere la dignidad del argumento, y son insuficientes para
explicarlo bien. ...no hay más fe verdadera que la que el Espíritu Santo sella en nuestro
corazón”. Como podemos ver, Calvino hace uso del juego de palabras para aseverar
finalmente que la razón que funda la certeza de que Dios es el que habla en las
Escrituras, está más allá de toda razón. Y parece ser que ésta es la razón por la que el
Reformador recurre al vocabulario de los sentimientos, no del tipo de sentimientos que
provienen de un pensamiento intelectual, sino a un sentimiento que excede todo intelecto.
La confianza que otorgamos a las Escrituras es de orden “existencial”, en el sentido que
compromete a la persona por completo y no depende de la certeza intelectual mediante la
cual damos nuestro asentimiento a cualquier proposición. Y para reiterar, esta certeza no
deriva de una demostración, sino de la acción de Dios, la acción mediante la cual Él da
propio testimonio, garantizando la autoridad de su Palabra en el corazón del creyente,
convirtiendo a la vez al individuo en creyente. Así, la forma en que reconozco la Palabra
de Dios en las Escrituras es la misma mediante la cual Dios se dirige a mí para
convertirme en creyente; deposito mi fe en las Escrituras en el momento mismo en el que
el Espíritu Santo crea en mí la fe.

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1. El Espíritu Santo y la justificación
Articulus stantis et cadentis Ecclesiae, “el artículo sobre el cual la Iglesia se sostiene o se
derrumba”, así concebía Lutero la temática de la justificación por la fe. Podríamos decir
que concebía este artículo como artículo fundamental de fe, en el sentido más literal de la
palabra, es decir, de fundamento, con la justificación por la fe se da sentido a todos los
artículos de fe. Cierto es que la perspectiva de Calvino no coincide enteramente con la de
Lutero, de hecho la posesión espiritual de Cristo por parte del fiel o, si se prefiere, la
intervención del Espíritu Santo que permite al fiel beneficiarse de la obra realizada por
Cristo, en lugar de limitarse a la justificación comprende igualmente la santificación o
regeneración. El Reformador de Ginebra habla de la justificación por la fe como el
“principal artículo de la religión cristiana”.
Por “justificación”, Calvino comprende al igual que Lutero, que Dios tiene por justos a los
elegidos, incluso al continuar siendo pecadores. La tesis es aparentemente paradójica,
pero en realidad significa que la justicia de una persona no se atribuye al individuo mismo
y no es resultado de algún mérito en particular, sino de la sola gracia de Dios. Nosotros
somos justos sólo en la medida en que somos considerados como justos: la justicia no
viene de nosotros, sino que llega a nosotros. Esta justicia es resultado de la obra del
Espíritu Santo que nos aplica la justicia de Cristo. Calvino retoma aquí la expresión de
Lutero “justicia extranjera” (iustitia aliena), que lejos de dar testimonio de la existencia de
una cualidad intrínseca en el individuo, Dios le concede esta justicia desde el exterior. Sin
embargo, este don de la justicia no significa en absoluto una modificación sustancial del
justificado, en otros términos, la justificación no se traduce en un cambio de sustancia o
de esencia, como si mediante la gracia, la esencia divina modificara la esencia humana.
Calvino insiste particularmente sobre esta materia en las páginas de la Institución, hasta
el punto que Andreas Osiander, un discípulo de Lutero que no concordaba con su
maestro respecto a esto, hablaba justamente de una “justicia esencial”. En oposición a
esta tesis, Calvino afirmó reiteradamente que la justicia del fiel es efectivamente una
“cualidad” innata de Cristo que es imputada a los creyentes. Contemplar el don de la
justicia como una imputación nos permite precisamente verla no como un cambio
ontológico del fiel o, igualmente, como una mezcla de lo humano y divino en un ser
humano. El Reformador estaba demasiado enfocado en la trascendencia de Dios como
para hacer suya una tesis semejante. Por esta razón, insiste en que la justificación es
obra del Espíritu, lejos de ser una comunicación sustancial de la justicia, la justificación es

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más bien una comunicación espiritual. De manera que esto demuestra que la teología del
Espíritu Santo es una teología de la trascendencia.
Respecto a la justificación, con frecuencia surge la pregunta cómo se debe entender la
“fe” en la expresión “justificación por la fe”. La definición que Calvino da es la siguiente:
“... podemos obtener una definición perfecta de la fe, si decimos que es un conocimiento
firme y cierto de la voluntad de Dios respecto a nosotros, fundado sobre la verdad de la
promesa gratuita hecha en Jesucristo, revelada a nuestro entendimiento y sellada en
nuestro corazón por el Espíritu Santo”. La fe calvinista no se reduce a lo que llamaríamos
una simple creencia, como tampoco a un simple conocimiento de un estado de cosas que
nos sería exterior. Como don del Espíritu Santo, la fe constituye más bien nuestra relación
real con Dios, es decir, la condición misma de nuestra justificación y de nuestro propio
conocimiento de ser justificados.
Hasta aquí no hay una verdadera diferencia entre la doctrina de Calvino y la de Lutero, sin
embargo, hay un punto sobre el cual no se puede igualar la enseñanza del Reformador de
Ginebra con la de su predecesor de Wittenberg: la justificación de las obras. Calvino no
habla de una justificación por las obras, sino que para él el tema en cuestión es la
justificación de las obras. La doctrina se esboza en las siguientes líneas: “Y, así, desde
que somos incorporados a Cristo parecemos justos delante de Dios, porque todas
nuestras maldades están cubiertas con su inocencia; y por eso nuestras obras son justas
y tenidas por tales, porque no nos es imputado el vicio que hay en ellas, por estar
cubierto con la pureza de Cristo. Por tanto, podemos decir con toda justicia que no
solamente nosotros somos justificados por la fe, sino también lo son nuestras obras”. Aquí
todavía aparece la noción de imputación en relación con la no imputación. Debido a que la
justificación del hombre consiste en la imputación de una justicia que en realidad no es
suya, la justificación de sus obras consiste en la no imputación de las propias faltas. De
este modo, vemos que la justificación es completa, que engloba la persona en todos sus
aspectos y que es gratuita, que no hay nada en nosotros para merecerla y tampoco nada
en nosotros puede serle obstáculo.
Marc Vial, Profesor Asistente de la Facultad de Teología de Ginebra

Traducción del texto original en francés


Aunque el autor no da las citas de la Institución, las referencias de los tres párrafos citados son:
1) Inst. I, VII, 6. (pág. 2)
2) Inst. III, II, 7. (pág. 4)
3) Inst. III, XVII, 10. (pág. 5)