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La prostitución es una de las instituciones más presente del sistema capitalista patriarcal, sin embargo, suele ser poco visibilizada por parte de la mayoría de la sociedad. Su supuesta inevitabilidad va de la mano con un determinado orden social, donde los hombres tienen preeminencia y deben descargar sus instintos naturales, como garante de que ese orden se mantenga:

“Generalmente la sociedad considera el proceso sexual del hombre como un atributo de su propio desarrollo viril; entre tanto, lo que idénticamente se realiza en la vida de la mujer es mirado como una de las más terribles calamidades: la pérdida del honor y todo lo que es bueno y noble en la criatura humana. Esta doble modalidad moral tuvo no poca participación en la creación y perpetuación de la prostitución. Ello entraña mantener a la juventud femenina en una absoluta ignorancia de la cuestión sexual, con el pretexto de la inocencia, junto con una represión anormal de los deseos genésicos, lo que contribuye a originar morbosos estados de ánimo, que nuestros puritanos particularmente ansían evitar y prevenir”.

Emma Goldman, La prostitución en La hipocresía del puritanismo y otros

ensayos,1910

A pesar del tiempo transcurrido, estos argumentos sirven hoy de excusas para

dotar a la prostitución de características que nos llevan a naturalizar su existencia y, por ende, a no objetarla. En efecto, tal como señala Carole Pateman en su libro El contrato sexual: “la prostitución es parte del ejercicio de la ley del derecho sexual masculino, como uno de los modos en que los varones se aseguran el acceso al cuerpo de las mujeres”.

A comienzos del siglo XX, particularmente en los convulsionados años 20 la

prostitución, junto a otros temas de orden moral y de higienización cobraban especial relevancia. En 1924 se crea el Ministerio de Higiene, Asistencia, Trabajo y Previsión social a cargo del doctor Alejandro del Rio, de la mano con la “Ley por la defensa de la raza” que tendría la misión de “luchar contra las enfermedades y las costumbres susceptibles de causar degeneración de la raza y adoptar los medios que él juzgue necesario para mejorarla y fortalecerla”. Discurso recogido también por las feministas de clase media de la época, agrupadas bajo la revista “Acción femenina” que apela constantemente a un gran espectro del sector obrero , como se lee en el No. 3 de Noviembre 1922, pág. 12 “lo que queremos para nuestra raza es la abolición (…) de la inmoralidad (…)”). Para Acción Femenina, el problema de la prostitución radicaba precisamente en su reglamentación oficial.

De hecho, la práctica de la prostitución estuvo reglamentada en Santiago entre los años de 1896 y 1925, para lo cual se creó el Reglamento de Casas de Tolerancia, el que incluía la creación de una Oficina de Casas de Tolerancia, la Inspección Sanitaria y El Dispensario, además de irse modificando con nuevos decretos a lo largo de su existencia. Durante el período entre 1906 y 1920 existieron 8582 prostitutas inscritas en los registros de Santiago, las cuales recibían una tarjeta de identificación con los respectivos registros municipales de higiene, domicilio y edad, esto sumado a las clandestinas, que es imposible de contabilizar y que probablemente constituían la mayoría.

Algunos médicos higienistas consideraban que la reglamentación era una buena herramienta para combatir la propagación de las enfermedades venéreas y así contener los males que podían causar a las futuras generaciones. Empero, para otros, la reglamentación era injusta porque instituía “el proxenetismo y la explotación de la mujer como una función social, útil y moral”.

Para el médico libertario, Juan Lazarte el reglamentarismo había fracasado pues no había logrado controlar las enfermedades al considerar a las mujeres como las únicas responsables del contagio y era el “factor dominante de degeneración racial”. Consecuente con el ideario anarquista, de ese entonces, proclamaba su adhesión a las ideas eugenésicas del período, en cuanto al mejoramiento de la raza, propiciando el control de la natalidad, no sólo de las personas consideradas enfermas.

Como resultado de esas discusiones, en 1925,

termina con la prostitución reglamentada y marca el inicio del período abolicionista, provocando un aumento de la prostitución clandestina. El período abolicionista, dictaminó la prohibición y el cierre de prostíbulos y burdeles. Sin embargo, nada decía sobre erradicar o prohibir el ejercicio de la prostitución, pues “el abolicionismo no consiste en abolir la prostitución, sino en abolir la reglamentación”. Ninguna de estas dos posturas se proponía terminar con la prostitución sino que una la legitimaba y la controlaba y la otra castigaba a los proxenetas y prostitutas con la cárcel, pero no a sus clientes. Entre estos dos posicionamientos, reglamentarismo y abolicionismo, acerca de la prostitución, podemos encontrar una tercera postura poco visibilizada en las investigaciones sobre el tema, postura de la cual, en cierto sentido somos herederas.

xxx la cual

se dictamina la ley

Esta postura es originaria del movimiento anarquista, que a comienzos de siglo apostaba a la supresión total de la prostitución atacando lo que señaló como sus verdaderas causas: la desigualdad de género, la pobreza, la falta de educación,

el matrimonio, y la idealización de la maternidad. Causas todas que reafirmaban el lugar subordinado de la mujer en el heteropatriarcado.

Una de las más influyentes defensoras de esta actitud fue la ya mencionada anarcofeminista estadounidense Emma Goldman. Sin embargo en América Latina encontramos notables defensores de esta postura como el médico libertario Juan Lazarte en Argentina, o las mujeres tras la publicación “La Palanca” en nuestro país. En el caso de La Palanca “Publicación feminista de propaganda emancipadora” no condenaban directamente la prostitución, sino que perseguían ir contra todos aquellos vicios que enceguecía a los y las trabajadoras, entendiendo por vicios todas aquellas acciones rutinarias que producían evasión.

Tanto el reglamentarismo como el abolicionismo han sido analizados como puntos opuestos en un solo horizonte, siendo catalogado el abolicionismo como una etapa superadora del período anterior; sin embargo, con la incorporación de esta tercera opción, aquellas posiciones se ven más análogas que dispares. El reglamentarismo como el abolicionismo representa dos maneras de intervención del sistema capitalista a favor de la subordinación de la mujer. Ninguno lucha por la desaparición de esa institución sino que promueven o callan su existencia.

La prostitución, abarca más de una forma de comercio sexual. Como señala la antropóloga feminista Paola Tabet la idea del intercambio económico-sexual sirve para designar un fenómeno amplio, vale decir, todas las relaciones sexuales entre hombres y mujeres implican, de un modo u otro, una transacción económica. Transacción en la cual las mujeres proveen los servicios (variables, pero que comprenden accesibilidad sexual) y los hombres dan de manera más o menos explicita, una compensación (que van del nombre al estatus social, regalos o dinero). Tenemos así una serie de relaciones que van desde el

) a la prostitución, y que comprenden formas muy diferentes

entre esos dos extremos.

matrimonio (

Kant
Kant

El matrimonio es para la antropóloga feminista sinónimo de intercambio, sin prejuicio de que esta relación sea considerada legitima o no. Esta escisión entre una sexualidad legítima (en la cual se niega la idea del intercambio) y las otras relaciones, es propia de las sociedades occidentales actuales, ya que en otros culturas se dice de manera clara que el sexo es el capital de las mujeres, su heredad y que ellas están facultades a utilizarlo. Hoy en cambio, ese capital puede ser administrado, intercambiado, por la familia, por el padre etc. Sobre este punto Maria Galindo en su libro Ninguna mujer nace para puta hace una interesante reflexión entre la figura del padre y su relación con la prostitución:

“Una función social por la cual el varón, en un ejercicio de poder, puede optar o rechazar y se convertirá en padre con su sola condición biológica. Sobre el padre no se descarga ningún tipo de adjetivo, ni de juicio social. El padre es el padre y punto. Su legitimidad como padre no está puesta en cuestión, tanto que la propia madre es capaz de cubrirlo, socaparlo, o inventar un fantasma con tal de dejar el lugar del padre intacto”. P.41.

Esta visión del matrimonio es compartido por las y los libertarios que lo definen como “la posesión de un ser humano para el exclusivo servicio vitalicio sexual”. Un ejemplo de esta posición es el caso de la agrupación Mujeres Libres en Españas, las que postulaban que la desaparición del matrimonio llevaría al fin de la prostitución al permitir a varones y mujeres relacionarse por medio de uniones libres, fueran éstas transitorias o permanentes. También repudiaban el control y sanción institucional (estatal o eclesiástico) sobre las uniones. En el caso de la prostitución, se manifestaban en contra pero a favor de las prostitutas. Decían que no se podía acabar con la explotación sexual sólo con medidas policiales, pues ello supondría dejar sin trabajo a muchas mujeres. Plantearon que inicialmente debía existir una prostitución liberatoria, con exámenes y tratamientos médico-sicológicos, orientación y capacitación en trabajos sustitutos, ayuda moral y económica, que progresivamente llevasen a la desaparición de este «oficio».

Para el movimiento feminista el debate acerca de la prostitución no ha finalizado, y aún genera fuertes debates. Muchas siguen considerando la prostitución como una esclavitud sexual, no obstante, tampoco era plenamente aceptada la idea del intercambio, que es heredera de la oposición total entre matrimonio y periodos de intercambio sexual explicito, que se dio en contexto de “exepción” como en Inglaterra.

Así nuestra posición no busca garantizar ni reglamentar el trabajo sexual, en el sentido que este se entiende generalmente, sino luchar contra toda forma de apropiación de las mujeres y de la sexualidad femenina. Por apropiación nos referimos al concepto utilizado por Colette Guillaumin para caracterizar la relación de esclavitud propia de la apropiación física directa que reduce a los actores al estado de unidades materiales apropiadas, la máquina- de- suministrar-la-fuerza-de-trabajo perteneciente a otro, que dispone de ella sin salario y sin medida de tiempo. Esta forma de apropiación es específica de las mujeres aún hoy en día. A esta forma de apropiación la socióloga la denomina sexaje, que es tanto colectiva como individual. La única forma de luchar contra este sexaje, que no sólo afecta a prostituta sino a todas las mujeres como clase apropiada, es la autonomía. Volvemos de esta manera, a la propuesta ahora actualizada desde el anarquismo, sólo por medio de la autonomía podemos

superar la prostitución, en un sistema que vaya más allá del intercambio sexual- economico.