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Menos memoria, más historia.

Joaquín Castillo Vial

El espectáculo vivido el domingo en las inmediaciones del Teatro Caupolicán evidenció el fracaso
de la reconciliación en Chile.

Claramente, el odio y la violencia no se erradicaron de nuestro debate sociopolítico. El quiebre de
la democracia de los años setenta significó el sucumbir a esa desconfianza y odio, por lo que
durante la transición fue necesario recomponer la posibilidad de diálogo político y social. Había
que reconstruir la confianza entre las partes y fomentar la confrontación civilizada de ideas. Vale la
pena mirar atrás y ver qué se hizo y qué faltó por hacer. En los años ’90 y ’00 se reflexionó y
dialogó en torno a la transición y reconciliación. Esto incluyó a personas del ejército y del mundo
político. “Nunca más violaciones a los derechos humanos”, dijo el general Juan Emilio Cheyre en
2003. Y a continuación afirmó: “Nunca más una clase política que fue incapaz de controlar la crisis
que culminó en septiembre de 1973. Nunca más a los sectores que nos incitaron y avalaron
oficialmente nuestro actuar en la crisis que provocaron. Nunca más excesos, crímenes, violencia y
terrorismo. Nunca más un sector ausente y espectador pasivo. En fin, nunca más una sociedad
chilena dividida”. Personas como el ex senador Ricardo Núñez, Ernesto Ottone y Sergio Muñoz
también aportaron en la reflexión: reconocieron que hubo irresponsabilidad y odiosidad en las
formas políticas, clima que terminó por quebrar la democracia chilena.

Pero estos fueron esfuerzos aislados. Hoy, los mitos dominantes en la derecha y la izquierda son
aún muy simples. No necesariamente falsos, pero omiten preguntas relevantes. Hay un intento de
dos partes por ocupar el lugar de la víctima de la historia, sin pensar en qué nos llevó a actuar
como lo hicimos. La derecha culpaba a la izquierda por sembrar el odio social, sin preguntarse qué
hacía que el odio social pudiera ser sembrado tan efectivamente. La izquierda reclamaba sobre las
injustificables violaciones a los derechos humanos y la existencia de una dictadura, sin preguntarse
qué hizo posible que la maldad humana pudiera desatarse con tanta fuerza, cuando en
condiciones normales está contenida por las instituciones y por las relaciones sociales. Las
explicaciones que priman en ambos sectores son simplistas, con lo que se esconden factores muy
relevantes que permiten el surgimiento y la mantención de la violencia. De acuerdo con Girard,
cuando la paz se alcanza por la construcción de un mito, la violencia siempre vuelve a surgir. E
intentar relatar la historia desde una posición de víctimas es contar un mito. Por ello, resulta clave
complejizar el período histórico. Volver a abrir la discusión y plantear más preguntas.

Las actitudes que han ido ganando espacio en nuestra sociedad demuestran que es necesario
retomar la tarea de reflexión y encuentro. De no ser así, la indignación frente a la violencia pasada
y actual no es más que palabrería, ya que ésta sólo se erradica mediante la comprensión de lo que
llevó al otro a actuar de la manera en que lo hizo, no simplemente denunciándola o quejándose
por ella. Un buen comienzo es que la academia, el parlamento y la opinión pública posibiliten una
discusión donde las distintas concepciones políticas encuentren cabida. Sólo cuando la buena fe y
el reconocimiento del otro operan como base de la discusión, es posible que exista un diálogo
político verdadero, donde la violencia en cualquiera de sus formas simplemente no es una
alternativa.