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ACCION COLECTIVA E INTERVENCION POLITICA DE MASAS EN LA ARGENTINA DESDE LA COLONIZACIÓN HASTA 1976 Marcelo Gómez

Si como demuestra Tarrow, la acción colectiva desafiante nunca es ajena a una temporalidad: por las

tradiciones que la enmarcan, por las convenciones de que se nutre, por las oportunidades que ofrecen las condiciones del contexto, entonces no podemos intentar interpretar el desarrollo de las

movilizaciones de masas del presente sin tener en vista la historia de la movilización de masas. No podemos no comenzar recuperando los principales hitos históricos de nuestra sociedad en cuanto a

la acción colectiva y las intervenciones de masas contra el orden establecido. En ella podemos ver

sus principales líneas de desarrollo, los ciclos y los fenómenos de inducción y contagio, los cambios de repertorios y su significado, y detrás de todo ello posiblemente la operación del pasado en el presente, la reelaboración de la experiencia mitificada y el aprendizaje político de las masas pleno de continuidades y rupturas: las masas se educan por su propia acción.

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La historia que se desenvuelve en torno al territorio del Río de la Plata, del Virreinato, de la Confederación y, luego, de la República Argentina propiamente dicha, está marcada por numerosos episodios de manifestaciones colectivas. Esas manifestaciones, a lo largo de un período que arranca en el siglo XVI con la colonización española, están protagonizadas por conjuntos populares muy distintos según la época de que se trate y la estructura social específica. De tal modo, encontraremos en nuestra historia manifestaciones colectivas con predominio de indios, vecinos, gauchos, chacareros, sectores medios administrativos y comerciales, estudiantes, obreros, con formas no

menos diversas de agrupamiento y organización: malones, logias, periódicos, milicias rurales, montoneras, comités, partidos políticos, sindicatos, organizaciones revolucionarias.

La exterioridad del poder frente a las masas: Resistencias al absolutismo en España y resistencias al conquistador en América

La conquista viene acompañada por un fuerte movimiento político colectivo de gran repercusión en la

misma España conquistadora. Las guerras de los comuneros tuvieron un hondo significado político:

los pueblos como elemento político legitimante/legitimado frente al derecho político de la monarquía.

A tal punto tuvieron importancia estos levantamientos populares que derivaron en una revisión

doctrinal del derecho político por parte de los más importantes teólogos (F. de Vitoria y F. Suárez) que

finalmente terminarían siendo consejeros de la corona.

Estas ideas se ligan a largos debates que se remontan a la baja Edad Media y se relacionan, a su vez, con el movimiento de las Comunidades castellanas que entre 1519 y 1521 enfrentó a Carlos V protestando contra su política de impuestos, la entrega de cargos a los extranjeros y la delegación del poder en un gobernador extraño por la ausencia de residencia del Rey dentro del territorio.

Surge el principio de la legitimidad territorial/popular del poder: el reconocimiento del derecho de los

pobladores y las comunas ante la corona. No se puede tomar una decisión sobre un lugar sin estar o sin pertenecer a él. El vínculo territorial es un elemento político y no solo el territorio un elemento subordinado de la política 1 . La ausencia del Rey hace retornar el total de la soberanía sobre el pueblo y al comunidad. El tema de la “exterioridad” de la autoridad y la resistencia al poder extranjero “de afuera” vuelve como fundamento de la acción colectiva de rebelión. La unidad tierra/hombres (aludida

en “pueblos”) es fuente necesaria de legitimidad de la autoridad. En este concepto, la soberanía alude

1 Sin dudas, la globalización entendida como la descentración de las decisiones respecto de territorios y poblaciones arraigadas en ellos, reflota hoy problemas políticos semejantes.

a la inherente “interioridad” de la autoridad respecto del lugar y de los hombres. No sería concebible una autoridad completamente ajena y extraña a los hombres/súbditos y a las tierras/dominios 2 .

“A fines del siglo XV, entre juristas y teólogos, entre historiadores y políticos, entre seglares y ”

eclesiásticos

movimiento comunero significó una sublevación por un gobierno autónomo y popular “asentado por una acción militar de los vecinos armados”. La legitimidad de la deposición de aquel rey que, por incumplimiento de las condiciones del pacto, se convierte en tirano, es doctrina corriente al final de la Edad Media. “Según la doctrina absolutista, la unidad política, el cuerpo del pueblo, tiene su causa formal en el Príncipe y sólo en él se realiza. Con insistencia los comuneros se atribuyen la representación del pueblo, frente al cual el Rey es la otra parte contratante. La Junta tiene un poder equivalente al del Rey, porque el poder de éste no es más que el de la comunidad del pueblo, según la teorización que Vitoria desarrollaría cumplidamente años después. En la doctrina de este dominico español (s. XVI) la voluntad del común, de los cabildos tiene supremacía frente al rey. Por su parte, el teólogo Suárez, F. Desarrollaría el tema contra la teoría del derecho divino de los reyes (fines s. XVI principios XVII).

(Maraval, 1979: ). El

se coincide en una adhesión a los principios democráticos

Lo que dice Maraval acerca de la libertad por la que luchaban los comuneros: “¿Qué se entiende

entonces como

Pero por debajo de ello, como raíz de esa autonomía formal, hay todo un principio sustantivo de autogobierno”.

Tener órganos de gobierno de propia elección.

contenido de esa idea de libertad?

Las luchas indígenas: de la exterioridad a la interioridad del orden colonial

Las reacciones indígenas frente a la conquista ofrecen los antecedentes americanos más lejanos de reacciones colectivas. En la medida en que aun no se había constituido la sociedad colonial la colisión entre conquistadores y naturales tenía el carácter de exterioridad: los conquistadores necesitaban recursos para proseguir su búsqueda de riquezas. Los aborígenes eran principalmente un instrumento que les proveyera recursos necesarios cuando no podían obtenerlos por sí mismos, pero sobre todo eran un recurso potencial de información acerca de la existencia de “el dorado”, “la ciudad de oro”. Posiblemente los españoles mitificaban mucho más a los aborígenes que estos a aquellos.

Lo sucedido en 1536 con motivo de las actividades de Mendoza a orillas del Riachuelo ejemplifican la naturaleza de estos primeros conflictos. En medio de un momento de incertidumbre acerca de cómo iban a subsistir los españoles recién llegados éstos se deciden por un ataque masivo (cerca de 300 conquistadores) a una toldería nativa a fin de disuadir a los indios para que entreguen provisiones. El eficaz rechazo de este ataque por parte de los indios pampas y querandíes de la zona generó un fervor y una efervescencia de gran magnitud. Tribus lejanas entre sí se comunicaron por medio de los tambores de guerra y conformaron una suerte de confederación de indios pampas movilizada que asediaba sin descanso el fortín y el puerto levantados por los españoles. Aunque no se sabe nada cuales fueron las creencias que se hicieron los aborígenes acerca de la presencia y las agresiones de los conquistadores fue claro que definieron expulsarlos cosa que lograron en muy poco tiempo:

los españoles debieron permanecer en sus barcos a la espera de provisiones. La guerra por los recursos y la tierra que los brinda duraría casi cuatro siglos.

La exterioridad de las partes del conflicto derivado de la ausencia de un orden común es un elemento que nunca terminaría de desaparecer del todo: el antagonismo derivado de la negación recíproca de las identidades daría lugar a una casi perpetua guerra de fronteras mediante la cual el orden preexistente, lo nativo, lo original de esta tierra, fue siendo repelido-expulsado o disuelto integrado. La guerra de fronteras de conquista del territorio y por otro de incorporación “forzada” del aborígen en la sociedad colonial en gestación en calidad de mano de obra dan cuenta de esta dialéctica de expulsión/desintegración/integración. En este sentido comienza a internalizarse la contradicción al seno de la sociedad colonial y las acciones colectivas adquieren un carácter mucho más complejo.

En 1627 se produce un extenso levantamiento diaguita contra la mita y la encomienda que duró casi 10 años de luchas por momentos muy cruentas que se conoció como la “guerra de los calchaquíes”.

2 Es quizás la matriz elemental de toda reivindicación antiimperialista. Debe haber un mínimo de isomorfismo o correspondencia entre el poder y las masas.

Esta vez el rechazo del orden colonial provenía desde los elementos interiorizados. Los diaguitas eran los pueblos indígenas de mayor desarrollo cultural y económico y los españoles dudaban en exterminarlos o reprimirlos porque pensaban que conocían minas secretas de oro y plata. En 1657 un aventurero andaluz (Pedro Bohorquez) se hizo pasar por descendiente de los Incas y llegó a encabezar un cruento levantamiento contra los blancos. La presencia blanca en el liderazgo mismo del levantamiento hace evidente un patrón de enfrentamiento y un conflicto “complejo”. Recién en 1685 cesaría la resistencia cuando fueron dispersados luego de una violenta represión.

Un siglo después tenemos en la llanura pampeana el desarrollo de las estancias y el aquerenciamiento del ganado cimarrón alrededor de las mismas. Los indios, ahora araucanos y pampas, consideraban tener derecho de acceso al ganado sea o no de las estancias. No podían concebir la apropiación de tierras y animales.

Cuando los naturales se llevaron ganado de las estancias los blancos los consideraron ladrones y castigaron el delito con una masacre en la primera toldería que encontraron. Los nativos de la llanura pedirían ayuda a sus compañeros de Chile y movilizando malones de miles de guerreros atacarían lugares de los blancos, llegando cerca de Buenos Aires en 1738. Estas guerras recién acabarían recién con las campañas de Roca 150 años más tarde. Durante el periodo independentista y de la organización nacional: la frontera fue escenario de guerra pero también de diplomacia. Rosas, Urquiza y muchos otros llegaron a “acordar” con algunos caciques una útil convivencia que permitía darles participación incluso en el comercio a cambio de paz. No faltaron tampoco especulaciones políticas: ambos en muchos casos hicieron jugar la presión de los malones para dirimir los enfrentamientos de la campaña y el interior contra Buenos Aires. Lo “exterior” tenía un papel también en el interior del proceso de gestación de un nuevo orden.

Durante el S.XVIII fueron varios los movimientos populares, ahora sí decididamente interiores a la sociedad colonial que desafiaron la autoridad hispana. Entre 1717 y 1735 en el Paraguay surgieron grupos de pobladores armados (impulsados por criollos, pero que incluían mestizos e indígenas) que sosteniendo el principio de supremacía de la voluntad “del común”, de los cabildos frente a la voluntad del rey, intentaron imponer un gobierno propio. Los detonantes eran los privilegios que gozaban las misiones jesuíticas (entre ellas el gobierno autónomo). De forma similar en Nueva Granada a partir de 1779 comienza una insurrección contra los impuestos cobrados para la defensa de la ciudad de Cartagena de Indias frente a los ataques ingleses. La organización de milicias “del común” armadas con sus propias jerarquías militares las fueron convirtiendo en un verdadero ejército que no tardó en someter al Virrey a sus condiciones a cambio de la disolución de las fuerzas y la entrega de las armas, luego de lo cual fueron perseguidos y aniquilados sus cabecillas. La rehabilitación y depuración de los cabildos carcomidos por los favoritismos, nepotismos y la compra de cargos constituían las principales banderas políticas de estos movimientos. La militarización de los vecinos para enfrentar las amenazas inglesas tendrían consecuencias políticas incalculables.

Veamos otro caso de movilización indígena armada que ostenta la particularidad extraordinaria que ni siquiera es contra el orden colonial sino a favor de su continuidad.

En 1753 los aborígenes de varias de las misiones jesuíticas resisten el desalojo y la destrucción de los pueblos que habían estado gobernando con envidiable autonomía por más de 120 años. Las misiones gobernadas internamente por un cabildo íntegramente formado por indígenas sin mayores intromisiones del poder peninsular y sin las instituciones económicas coloniales eran un ejemplo de prosperidad y poderío económico. La guerra guaranítica convertida en un conflicto internacional también era un intento de anular toda forma de autonomía respecto de la monarquía y de ajustar el control peninsular sobre las colonias. Asimismo esta fue quizás la primer guerra anticolonial en estas tierras ya que los guaraníes misioneros llegaron a enfrentar a fuerzas combinadas portuguesas y españolas.

Hacia fines de la década de 1770 desde España se apretaron las clavijas impositivas a la industria indígena de América. En el virreinato del Perú y en el norte del virreinato del Río de la Plata, tuvo resultados funestos la política de los enviados del Rey de empeñarse en extraer el cobro de impuestos a los sectores pobres en general e indios en particular.

A principios de 1780 hubo rebeliones en La Paz al grito de “¡

monarca no sabe cómo tiene hostigados a los pobres!” o “¡Viva el rey y mueran los ladrones públicos!”. Rápidamente se extiende un movimiento generalizado de sublevación con tomas de

si el

muera el rey de España

aduanas y atentados contra funcionarios españoles en Arequipa, Cochabamba y Cuzco donde se desata una severa represión.

Hacia fines de ese año, el cacique José Gabriel Condorcanqui (Tupac-Amaru), de sangre Inca, que llevaba una vida noble al estilo español, luego de intentar peticionar sin éxito al corregidor el cese de los abusos con los impuestos y la mita y de alcanzar algunos apoyos entre los sectores criollos vinculados al comercio e incluso a la Iglesia, sorpresivamente se rebela y con el asesinato del corregidor desata un movimiento indígena la noche misma que se estaba festejando el cumpleaños del Rey . Este levantamiento del Inca genera un enorme movimiento insurreccional que se propaga con rapidez por la región. Aunque, en algunos lugares se toma como enemigos a los blancos y mestizos adquiriendo la rebelión un sentido racial, en este proceso se presenta por primera vez un problema clásico para todo movimiento revolucionario: cuáles son los grupos a enfrentar quienes encabezan y cuales son los grupos que apoyan. En este caso, los criollos y los mestizos no apoyaron públicamente -salvo excepciones de conspiradores individuales- el levantamiento, sin embargo es claro que los tentaba aprovechar las oportunidades que brindaba de ampliar su influencia o recortar la discresionalidad de las autoridades peninsulares y fortalecer más las representaciones locales.

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Mientras tanto, hay levantamientos de criollos en Alto Perú y también en Jujuy, Cuyo y La Rioja donde son los blancos los que se oponen al cobro de impuestos. La rebelión de Tupac tiene enorme importancia: los aborígenes aparecen como un factor potencial de poder militar inquietante ya que estuvieron muy cerca de llegar a tomar el Cuzco, y también porque definen intereses y posibles articulaciones políticas y religiosas con otros sectores en el marco de la sociedad colonial. Quizás por primera vez la sociedad colonial observaba como nunca la precariedad del orden que la sostenía y la naturaleza de sus contradicciones.

Las invasiones inglesas: los comienzos de la intervención político

popular en el plano

Las invasiones inglesas muestran nuevamente la exterioridad como rasgo catalizador de la movilización beligerante y también muestra el aprovechamiento de oportunidades para producir fuertes cambios políticos.

Cuando a la mañana del 25 de junio de 1806, desde la ciudad de Buenos Aires, se avista a los buques de guerra ingleses, las autoridades dan la alarma de peligro. Ante esto, se produce una movilización que confluye en la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo). Se junta allí gran cantidad de gente, entre hombres y niños eran alrededor de mil quinientas personas cifra considerable en relación a la población total de la ciudad en aquel entonces. Las consignas de estas multitudes hablaban a favor del Rey y de armarse para “defender la Patria” (“patria” = localidad, no existía la noción de argentinidad o de nación). El virrey Sobremonte dirigió la palabra a aquella concentración de gente invitándolos a que vayan “a almorzar”, que no se preocuparan y que él se encargaría de todo. A los dos días las autoridades estaban firmando la rendición al brigadier Beresford casi sin lucha. El Cabildo y la Audiencia habían adoptado una posición sumisa y la falta de fuerzas militares locales propagaron un sentimiento de indefensión que rápidamente derivó en la formación de milicias voluntarias irregulares en la campaña (J.M. de Pueyrredón), en la misma ciudad (M. De Alzaga) y Liniers que en su marcha desde Montevideo iba sumando vecinos y voluntarios a su tropa. Este inglés tenía la ilusión de gobernar Buenos Aires a nombre de Su Majestad Británica. Pensaba que sus habitantes apoyarían a los ingleses. La mayoría de los funcionarios locales prestaron juramento al rey de Inglaterra y los grupos dominantes locales no tardaron en aparecer amistosos hacia los invasores. El poder español aparecía completamente desdibujado incapaz de sostener el orden del que era portador. Son las clases populares las primeras en darse cuenta de algo elemental: si es legítimo que las clases superiores puedan cambiar de amo también podrían ellas. Los esclavos se muestran altaneros, y motivaron el único decreto enérgico de Beresford: “los negros y mulatos esclavos deberán obedecer a sus amos bajo severas penas”. Rápidamente surgen planes, tanto de españoles como de criollos, para expulsar a los ingleses. El capitán Liniers será el encargado de conducir con éxito la reconquista de la ciudad mientras el Virrey Sobremonte perdía el tiempo en el interior (Córdoba) esperando refuerzos para avanzar sobre Buenos Aires. El capitán español contará con la ayuda de tropas reclutadas en Montevideo y en

3 Algo así como el primer crimen político trascendente de la historia sudamericana.

Buenos Aires mismo por la actividad de resistentes y guerrilleros. Dirá el historiador Ferns citado por Rosa: “Bajo la nariz de Beresford se organizan guerrillas urbanas, valiéndose de las disposiciones de las casas de Buenos Aires, con sus azoteas y calles rectas, para hacer de cada una de ellas una fortaleza” 4 . Durante el combate por la reconquista la plaza Mayor está desbordada por multitudes de gentes: militares, civiles, mujeres, niños, armados y desarmados. La batalla es cruenta. El 12 de agosto de 1806 el brigadier inglés es derrotado. En la plaza yacen, entre muertos y heridos de ambos bandos, casi mil personas. Sin embargo, la victoria suscitó mucha algarabía entre el pueblo y es convocado un Cabildo Abierto para el 14 de agosto. Había que tratar las consecuencias del combate y la futura organización defensiva de la ciudad. Ese día se reunieron en el Cabildo cerca de 100 personas respetables (religiosos, funcionarios, propietarios, comerciantes, profesionales). Los criollos americanos eran minoría. Pero en la plaza había una multitud reunida que algunos estiman en 4000 personas. Gritaban a favor del Rey y en contra de los traidores. Parte de una muchedumbre, a cuyo frente iban unos representantes (Paso, Campana, J.M. Pueyrredón, entre otros), irrumpió en el salón donde se desarrollaba el congreso para pedir la deposición del Virrey Sobremonte por cuestionarse su conducta militar durante la invasión y que asuma Liniers en el mando de la tropa. Afuera, los gritos de la multitud sonaban amenazantes. Bajo esta presión se intentó conciliar las demandas de la movilización popular con las fórmulas legales. En tanto Liniers disponía una convocatoria a formar milicias armando a toda la población adulta de varones y que las milicias formadas eligieran oficiales y estos sus jefes todo por voto directo. Esta medida tendrá incalculables consecuencias políticas futuras: el brazo armado comenzaba a construir una lealtad hacia abajo. A su vez las milicias asumieron un carácter clasista ya que el reclutamiento para cada regimiento se hacía con el criterio de lugar de nacimiento indudablemente ligado a la posición social. Las milicias de origen popular (patricios, arribeños, húsares) significan la primer carta de ciudadanía y el surgimiento de una instancia de organización autónoma que no tardaría en encarnar posicionamientos políticos y protagonismo 5 ya que la separación de cuerpos armados criollos y peninsulares con amplia mayoría de los primeros significó un cambio muy evidente en la percepción de las relaciones de fuerzas.

La nueva situación fue tomada por el Virrey y la Audiencia como un percance pasajero sin consecuencias futuras solo válidas para una situación de emergencia. “Tranquilizar al vulgo” eran las consignas de las clases dominantes locales y recuperar el control de la situación. No obstante, sí hubo una consecuencia política: la manifestación popular en la plaza había puesto en evidencia la impopularidad del Virrey y, en razón de esto, no podría regresar a Buenos Aires a hacerse cargo nuevamente del mando. La coyuntura a que dio lugar el primer combate contra los ingleses estaría signada por un proceso de militarización de los habitantes de Buenos Aires tanto a nivel de sus clases altas (negociantes, propietarios) como de las clases populares (“orilleros” = gente pobre de las afueras) base del regimiento de Patricios cuyo jefe era Saavedra. A principios de febrero de 1807 los ingleses toman Montevideo. El Virrey Sobremonte, que se había ido para el otro margen del Plata puesto que en Buenos Aires no podía estar, participó en la defensa de la ciudad y fue derrotado nuevamente. En Buenos Aires recrudece la protesta popular por el desempeño del Virrey. El 6 de febrero se reúne en el Cabildo una junta de guerra. Otra vez afuera, en la plaza, el pueblo grita contra el Virrey, por la libertad, la “patria” y la “república”. Convocan a un Congreso General para el día 10. Éste resuelve suspender a Sobremonte en todos sus cargos (Virrey, Gobernador y Capitán General) y mandarlo detener. La medida es sin dudas revolucionaria porque el representante directo del Rey es suspendido y detenido por una pueblada de vecinos y funcionarios de una ciudad. Allí están las consecuencias de la manifestación e indignación popular. La acción colectiva de los vecinos deviene en “golpe” de estado 6 .

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H. S. Ferns, Brittain and Argentina in the XIX century y documentación del Admiralty, War Office y Foreign

Office) citados

por

José María Rosa, Historia Argentina, T. II, Oriente, Río de Janeiro, 1981, pág. 35.

 

5 Mientras Buenos Aires tenía 40 mil habitantes, las milicias voluntarias irregulares alcanzaron los 7600 hombres mientras las milicias regladas apenas 1640. Las milicias comenzaron a hacer valer el peso del número en materia de liderazgo e influencia política: la oficialidad criolla se convirtió en actor político decisivo independiente de del antiguo sistema administrativo colonial.

6 La asonada del 1/01/1809 vuelve a ejemplificar el papel de la movilización a través de las milicias esta vez a instancias del Cabildo en contra de Liniers, finalmente Saavedra Jefe de Patricios y Andaluces salva a Liniers y se disuelven las milicias de peninsulares, acelerando el proceso de criollización de las milicias y las instituciones políticas.

En la ciudad de Buenos Aires se extiende, por todas las capas sociales, una conciencia generalizada de resistencia al invasor inglés. Se cavan trincheras, se acopian piedras en las terrazas de las casas. Éstas se convertirán en verdaderos reductos de ‘guerrilleros urbanos’ para cuando entre el invasor. Por otro lado, el avance de las tropas inglesas desde la Ensenada donde desembarcaron hacia Buenos Aires era hostigado por montoneras irregulares. Los habitantes de la campaña (la zona del campo, más alejada de la ciudad) también participaban de esa conciencia generalizada de resistencia al usurpador. El combate dentro de la ciudad será durísimo y en Miserere Liniers sufre una dura derrota, luego de la cual el pueblo de la ciudad protagonizará una gesta épica: barricadas, fortificaciones, piedras y cuanta arma pudiera usarse lograron detener y luego derrotar a las tropas británicas que no lograban salir de su estupor. En el proceso al comandante general Whitelocke (jefe de esta segunda invasión) éste manifestará: “No hay un solo ejemplo en la historia, me atrevo a decir, que pueda igualarse a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o esclavos, combatieron con una resolución y una pertinacia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado e implacable”. Puede conjeturarse que en la intervención colectiva contra las invasiones predomina una conciencia vinculada a mantener la integridad de lo propio, de lo local (la “patria”) sin intromisiones ajenas. Quizá estuviera esto relacionado con el “espíritu de autonomía” (Rosa) de las localidades durante el siglo XVIII y que se expresa con claridad en los casos del Común de Asunción, el gobierno de los vecinos en Corrientes y en la ideología preconizada por F. Mompó según la cual prima el interés o la predilección de la localidad sobre la voluntad del Príncipe, o la doctrina de resistencia al rey que autoriza al “pueblo a oponerse al príncipe que no procede por equidad y bondad”. Estas prácticas y doctrinas pudieron conferir un sustrato de legitimidad a las intervenciones populares directas.

Nuevamente se observa la constante de la injerencia o intromisión de lo ajeno, la exterioridad como detonador a la activación popular unificadora. Asimismo, el fracaso militar vergonzoso y estrepitoso de las autoridades coloniales mostraba su debilidad no solamente política sino represiva, mientras que el éxito militar de las nacientes milicias criollas y del sacrificio popular frente a las fuerzas de un imperio impulsaron el sentimiento de autonomía y autogobierno. El ejercicio organizativo y militar autónomo increíblemente exitoso estimuló la confianza y la determinación de muchos patriotas. El protagonismo popular en las milicias y en la política dará orígen a una suerte de socialización de la fuerza militar que impregnará durante muchos años el proceso político.

La Revolución:

movilización popular instituyente o institución de la movilización

popular

En las manifestaciones colectivas durante la fase que abre la revolución de mayo parece surgir, agregándose a los rasgos vistos precedentemente, una conciencia anticontinuista e independentista respecto a los españoles. El 13 y 14 de mayo de 1810 llegan noticias al Río de la Plata de que las tropas francesas de Napoleón habían tomado Sevilla. Por lo tanto, conmocionó el ambiente en Buenos Aires la creencia de que la autoridad en España había desaparecido. ¿Quién y cómo se iba a gobernar la colonia?. Empezaron inmediatamente los planes de conspiración de algunos dirigentes con el objetivo de desplazar al Virrey. Estas tramas no operaban en el vacío, podían cuajar por el estado de excitación de la opinión popular en la ciudad y su zona de influencia. El problema de los dirigentes es cómo mantener dentro de ciertas pautas de certidumbre la agitación popular sin que se desmadre. Surge la idea de convocar a un cabildo abierto que el Virrey aceptaría con reticencia. El 21 de mayo ya hay activación en las calles y en la plaza. Las consignas pedían la suspensión del Virrey. Los patricios, que eran la milicia más popular, parecían los protagonistas, entre otros sectores movilizados. Por su parte, los funcionarios del cabildo convocaban a la “parte principal y sana del vecindario”. El 22 de mayo deliberan en el cabildo funcionarios, militares, religiosos, profesionales, comerciantes y propietarios. Discuten la fórmula legal de gobierno a adoptar. Gana la postura de la cesantía del Virrey y que gobierne el cabildo hasta que se forme una Junta. Sin embargo, los días 23 y 24 los funcionarios partidarios de la continuidad se las arreglaron para formar una Junta presidida por el ex virrey Cisneros con muchas prerrogativas de su anterior condición de virrey.

Estuvieron de acuerdo todos los jefes militares, incluido Saavedra, y ciudadanos respetables, pero no lo estaría el pueblo que había decidido salir a las calles. La conmoción en el cuartel de Patricios el mismo 24 a la tarde empezó a causar alarma. Hubo gente que se movilizó hacia los cuarteles. Después de las invasiones inglesas parte importante de los habitantes hallábanse de

alguna manera armados y las milicias estaban mayoritariamente bajo control de los criollos además de que había incorporado también a buena parte de las clases subalternas incluyendo a los gauchos de la campaña. No se trataba de tropas veteranas de guerra y menos de ejército profesional. Eran verdaderas ‘milicias populares’ que elegían por votación a sus oficiales y jefes y se habían transformado en un punto de referencia político puesto que una gran mayoría de los “patriotas” (Belgrano, Viamonte, Martín Rodríguez, Pueyrredón, etc.) eran jefes y oficiales. El protagonismo

popular alcanzado, la experiencia y el aprendizaje de la actuación contra el Virrey durante las invasiones inglesas, la oportunidad política derivada de la caída del monarca y la Junta Central de Sevilla más la creciente influencia de ideologías liberales conforman el cóctel explosivo sobre el que avanza la voluntad independentista y anticontinuista. Como resultado de esta efervescencia fueron desbaratados los planes continuistas del cabildo y fue impuesta una Junta provisional de gobierno presidida por Saavedra. La influencia de los patricios parece que fue fundamental para colocar como presidente al jefe de la facción más popular de las milicias. Pero la gravitación de los cuerpos armados está mediada por cuestiones faccionales y personalismos (Por ej.: a Moreno lo respaldaba el regimiento de “La Estrella” de French). Pero esta

que parece adueñarse del proceso no implica que la participación popular esté

íntegramente sometida a ella como vimos cuando arruina los planes continuistas del Cabildo

por los jefes militares 8 . Parece existir aquí un elemento de lo que usualmente se

denomina “autonomía” política de las clases populares potenciado por la dependencia de los jefes militares del voto y la confianza de las tropas. La prisa, la presión popular y las desprolijidades fueron instituyendo los esbozos de un sistema político nuevo basado en el predominio del poder de la representación local (la patria) ahora convocando al resto de las ciudades (“los pueblos”) del virreinato. También comienzan a esbozarse los nuevos clivajes, y nuevas formas de accionar político. La movilización callejera, la agitación por la prensa combinada con la intriga (los cenáculos y las logias van ocupando el teatro de operaciones) dentro del nuevo gobierno y de las milicias constituyen los primeros dias febriles del gobierno

neonato. Para algunos historiadores comienza a hacerse visible que los diversos sectores sociales se apoyan en personajes, regimientos distintos, que la guerra contra los realistas iba a necesitar la movilización política y militar de las elites del interior y las clases populares y que esta misma movilización introducía una lucha política en el seno de la conducción del proceso revolucionario. La proclamación de Castelli en el Alto Perú de los derechos igualitarios para los indígenas incluyendo el sufragio y el fin de la servidumbre hacía evidente las necesidades imperiosas del reclutamiento para la guerra aun a costa del horror que esto causaba entre los hacendados criollos que explotaban el trabajo indio. Los casos de Güemes en Salta y sobre todo Artigas en la Banda Oriental son paradigmáticos: no tardarían en ser convertidos por la prensa de Buenos Aires y los grupos ilustrados porteños en los símbolos de la anarquía.

consentidos

“lógica faccional”

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Todavía faltaba para cumplirse el primer aniversario desde la revolución de Mayo cuando se produce otro hito de intervención popular de singulares características que muestra una vez el carácter decisivo de la intervención inesperada y autónoma de amplias franjas de las clases populares. Veamos la secuencia que lo antecedió y algunos rasgos de la movilización. La Primera Junta cayó en el descrédito por las luchas intestinas facciosas entre Moreno y Saavedra (excesos represivos, intrigas internas, etc.). Las pretensiones de los diputados del interior que quieren incorporarse a la Junta genera controversias con ella. El único dentro de la Junta que está de acuerdo con la incorporación es Saavedra. La coyuntura estaba difícil para la Junta Grande, que hacia fines de 1810 había sucedido a la Primera Junta, porque España ya consideraba rebelde al gobierno y las intenciones de Bs. As. y estaba preparándose para una ofensiva contra los americanos que no reconocían la autoridad (Consejo de Regencia) instalada en España. Se temía una invasión de los realistas desde Montevideo y, además, la flota española en el Río de la Plata bloqueaba Bs. As. y bombardeaba a

7 No debemos dejar de pensar, además, en los sectores de la movilización popular. Ej.: cuando hablamos de la activación en las calles el 21 de mayo de 1810, las fuentes informan de que en la plaza estaban los patricios y, además, los jóvenes “carlotinos”, repartiendo cintas blancas. Entre éstos French y Beruti que lideraban a los jóvenes ‘bien’, de la clase “principal”. Formaban la “Legión infernal”. Cuando el 24 y 25 de mayo ocurrieron las manifestaciones de protesta dentro de patricios y después la irrupción de personeros en las salas del cabildo para imponer el nombramiento de otra Junta, una parte del pueblo (presumiblemente la clase principal) quedó sorprendida porque creía que las cosas se habían arreglado con lo que había hecho el cabildo luego del 22 de mayo.

8 La lógica del poder (¿quién decide y gobierna?) separa y enfrenta, mientras que la lógica de la acción colectiva (¿qué se decide y qué se hace?) unifica y sintetiza.

veces. La posición aparente de Inglaterra era tratar de arreglar las cosas entre americanos y españoles y que no se desate la guerra. Un sector de opinión del gobierno consideraba entregarse a los intereses de Inglaterra para protegerse del escarmiento español que se creía iba a venir. Ante este peligro, en marzo de 1811, la Junta llama a armarse a todos los habitantes entre 18 y 45 años y ordena sacar de la ciudad a los españoles solteros. El cabildo no estaba de acuerdo con esta última medida. En el marco del enfrentamiento entre el sector promorenista (la Sociedad Patriótica) y el de

Saavedra se produce un hecho inesperado para casi todos los actores hasta ese momento protagonistas de la vida política en Buenos Aires. Entrada la noche del 5 de abril se empiezan a reunir grupos de gente a caballo en la periferia de Bs. As. Eran orilleros, quinteros y arrabaleros de las afueras de la ciudad. Se trataba de individuos que tenían todavía control sobre sus propias condiciones de subsistencia, eran pequeños propietarios o dependientes que se ocupaban de faenar reses y pastorear ganado. El historiador V. F. López dirá de ellos que “tenían un amor exagerado a su tierra y a su libertad”. El campo en aquella época era zona abierta, sin alambrados, había estancias con su correspondiente zona de explotación, pero la tierra y los animales eran muchos en relación a los habitantes. Las gentes de las afueras tenía margen y libertad para procurarse sus medios de vida. ¿Por qué se movilizó esta gente?, ¿qué pretendían, cuáles eran sus ideas sobre lo que hacía el gobierno de Bs. As.?. Hay algunas cosas significativas sobre su forma de manifestarse y sobre sus dirigentes. A medianoche ya se empezaba a llenar la plaza Mayor con toda una multitud a caballo (Saavedra dirá en una carta que eran más de 4.000 personas, cifra enorme en relación a la población de la ciudad en esa época) y estaban en absoluto silencio. ¿Por qué el silencio?. Simplemente ¿porque era de noche y los vecinos estaban durmiendo?. ¿Por qué a la medianoche?. ¿Cuál era la urgencia?. Funcionarios del Cabildo hablarán de una plaza “llena de gentes de a caballo, sin notarse la menor voz ni susurro alguno”. Rosa (1981, T.2:288-289 ) dice que “A las 12 de la noche, la plaza de la Victoria estaba llena de gentes que rodeaban el edificio del Cabildo en un imponente silencio

Aquella actitud y a esa hora, debió estremecerlos

Saavedra no solo no quería hacerse cargo de lo que ocurría sino que quiso renunciar a todas sus responsabilidades y cargos (?!). Los regimientos de la ciudad simpatizan con la manifestación. Hay enorme inquietud en los gobernantes ante lo que ellos veían como un nuevo actor autoinvitado a participar de la revolución: las masas rurales. ¿Quiénes están al frente de semejante manifestación? Hay un alcalde de la zona de quintas llamado Tomás Grigera y un abogado conocido en las afueras: Joaquín Campana. Un miembro de la Junta le pregunta a Grigera quién ordenó todo esto. Grigera, tranquilo, le replica: “el pueblo tiene que pedir cosas interesantes a la Patria”. Los morenistas se enojan porque no pueden sacar de boca de Grigera cuáles son esas “cosas interesantes”: sólo las dirán al cabildo. El nuevo actor ¿descalifica de hecho al gobierno como interlocutor y pretende reforzar las viejas insituciones localistas?. ¿Qué pensarían los jóvenes ilustrados del morenismo de la existencia de este pueblo que se hace tremendamente visible no obstante la noche?, ¿qué pensaría la gente “respetable y sana del vecindario”? De lo que se deduce del petitorio y de las consecuencias fue una manifestación contra la influencia de la facción morenista y la reafirmación de una ideología independentista libre de las pretensiones europeas sean inglesas o españolas: se reemplazaron miembros morenistas, se disolvería el regimiento de “la Estrella”, se introducirían algunas medidas proteccionistas contra mercaderías inglesas, se rechazaría la política de mediación británica y se tomarían medidas de seguridad interna ante posibles ataques a la causa del gobierno patrio. Duraría poco esta experiencia. Los bombardeos de la escuadra española sobre la ciudad, la ausencia de Saavedra (se había ido para ver si recomponía el ejército que luchaba en el norte) fueron aprovechados por los opositores para iniciar una activación de opinión promovida por la “gente decente”, los jóvenes intelectuales, las logias. El miedo a los bombardeos navales, probablemente instigado y explotado con habilidad por los ingleses para su propio beneficio, da pie a una campaña para arreglar con las potencias. Esto implicaba dar retirada de los frentes de lucha de los ejércitos patriotas. (ej. dejar el sitio de Montevideo por Artigas). Por primera vez aparece un discurso “clasista” en el concierto de los grupos revolucionarios: las operaciones asumen la característica de una campaña contra la “chusma provinciana” y “orillera” que gobernaba. Ya no son facciones o disputas por preeminencias personales o de ideas, sino surge la conciencia de sectores sociales enfrentados a los cuales se denigra o ataca. Hay por primera vez signos de la interiorización del conflicto. Ya no se trata de competir o diferenciarse por la respuesta al enfrentamiento con el enemigo exterior, sino que surge una incipiente contradicción dentro de la sociedad poscolonial. El fantasma de Artigas en tanto que combinación de control de la fuerza militar con apoyo de las clases populares, comenzaba a desesperar a las elites porteñas.

”.

Surgen planes para desplazar a Campana y la Junta por un triunvirato. Hay movimiento en la plaza, la acción colectiva no se detiene: están los jóvenes de la Sociedad Patriótica con sus escarapelas celestes y blancas, las Sras. “de sociedad”. El clima de opinión está instalado y el “ganar la calle” junto con la prensa para presionar a los integrantes de la Junta y el Cabildo constituyen las claves de la estrategia política. Piden la suspensión de Campana que finalmente es apresado y estaría durante 9 años con reclusión impuesta en Chascomus. Días después gobernará el primer triunvirato. Comienza a darse un contenido “clasista” a la lucha política, se estaba incubando la formación de los bandos que disputarían el poder en las próximas décadas. Los diputados del interior vuelven a sus pagos “expulsados” generalizando el descontento y la desconfianza hacia las elites que predominaban en el puerto. El 8 de octubre de 1812 se produce una sublevación militar inspirado por la acción de la Logia Lautaro y apoyado nuevamente por numerosos civiles que derribaron al 1er. Trinvirato y forzaron la convocatoria a un nuevo Cabildo Abierto con el compromiso de llamar a una nueva asamblea. Obsérvese que la ausencia de mecanismos institucionalizados de transferencia de poder deja expedito el camino para el recurso reiterado a la intervención y movilización colectiva como forma de saldar disputas 9 . El golpe cívico-militar reconoce sin dudas antecedentes en el nacimiento mismo de nuestra vida política independiente. Al mismo tiempo, sin temor a equivocarse se podría afirmar que la principal política existente durante el proceso revolucionario e independentista es la política de masas: como una intervención continuada débilmente regulada y abierta de grandes sectores sociales poco organizados pero con fuerte propensión a la movilización y la acción colectiva. Sobre la intervención de masas es que pivotaban las conspiraciones e intrigas. La acción colectiva masiva era en sí misma un criterio de legitimidad que se hacía valer ante los títulos de representación y los mandatos. Lo colectivo irrestricto aparece como fundante del orden político a crear. Evidentemente, las contradicciones internas de la Junta y posteriormente la divergencia social en la movilización colectiva comienza a hablar de la confrontación de ideas de orden y organización social en pugna. En momentos instituyentes la acción colectiva es fundante de un “colectivo” en tanto identidad y orden. La Nación aparece no como pasado o comunidad étnica sino como “asociación”, como voluntad compartida. Los “pueblos” pasan a ser tanto claves de identidades políticas como centro de acontecimientos. Por ello la Primera Junta convoca a las ciudades o “pueblos” a través de sus Cabildos como depositarios de la soberanía. Sin embargo, no tarda en aparecer una diferenciación entre aquellos que quieren refundar la soberanía sobre la base de una idea racionalista del contrato:

los cuerpos representativos hacen caducar la soberanía de los “pueblos” que deben trasvasarse a la Nación y sus órganos de gobierno, y aquellos que retomando tradiciones indias e hispanas sostienen el derecho irrestricto al autogobierno y reconocen la identidad con la tierra y el lugar como requisito de legitimidad de la autoridad. Centralismo porteño ilustrado y federalismo rural de los caudillos no tardarán en encarnar estos opuestos contenidos del principio democrático. Poco a poco la acción colectiva y la movilización de masas deja de estructurar el conflicto por la independencia puesto que desatada la guerra queda en manos militares, y pasa a formar parte de las disputas por el acceso al gobierno y la forma que debe asumir la nueva Nación. La acción colectiva se va inscribiendo en los conflictos por el poder, en la lucha entre las elites en pugna. Así la “exterioridad” que detentaba la “autoridad colonial”, o “los ingleses” y que permitía la unificación de voluntades detrás de la acción colectiva, poco a poco se va introyectando: lo “exterior” pasan a ser la “chusma orillera” ignorante y retrógrada o “los señoritos” porteños con sus pretensiones de elite ilustrada y sus permanentes turbias maniobras diplomáticas internacionales.

Los caudillos y la anarquía: acción colectiva contra el gobierno y acción colectiva

gobierno por la

La militarización de las clases subalternas 10 que se había extendido desde las invasiones inglesas y potenciado con los acontecimientos revolucionarios y las luchas por el predominio, terminan generando formas armadas de acción colectiva y lucha política. Una vez que los pueblos del interior se involucran en el proceso independentista y en la lucha por orientarlo se instituyen nuevas formas de organización colectiva: el liderazgo personal de los caudillos que aunaban autoridad económica, política y militar sobre el territorio pero que buscaban la disponibilidad permanente de las masas

9 Como ya se vió hasta los sectores pudientes criollos apelaban a la agitación y la movilización callejera. 10 Halperin (1979) resalta la importancia de la guerra: la militarización de la sociedad porteña en l806/7 con una convocatoria a las armas de las clases subalternas, las que por esta vía ingresan a la vida política, y la dificultad para sujetar a un centro el poder militar.

rurales bajo el principio de “una lanza, un voto” y la consigna montonera “Naides mas que naides” 11 generó una forma inédita de politización de masas, cuya primera manifestación la constituyó el levantamiento rural conducido por Artigas en febrero de 1811 en la Banda Oriental que las elites de Buenos Aires consideraron siempre un peligro mayúsculo, siguiendo la tradición colonial de considerar al pueblo solamente a “la parte sana y principal de la población”. Muchos otros acontecimientos seguirían esta línea de desarrollo de activación e irrupción de masas populares: en Salta bajo el sistema Güemes 1815/1821, el Movimiento Indígena en Alto Perú, la militarización de peones y arrieros en los llanos riojanos (Ansaldi, 1995: 38). Los intentos institucionalizadores modernizadores de las clases económicamente predominantes del puerto serían enfrentados por las dispersas voluntades instituyentes de las masas rurales movilizadas y sus conducciones naturales generalmente surgidas de las elites tradicionalmente postergadas del interior pero cuyo liderazgo se sostenía por la capacidad de expresar estos fuertes sentimientos colectivos y estas necesidades imperiosas de reconocimiento igualitario tanto tiempo incubado en la rigidez de la sociedad estamental colonial. A las logias y sociedades conspiradoras de las urbes y a la maniobra política se le oponía el uso directo de la fuerza colectiva armada. Los caudillos instituyen la acción colectiva como recurso político legítimo y a la disposición para la lucha como carta de ciudadanía y participación política 12 . La práctica de las asambleas populares públicas que finalmente terminaron aceptando el levantamiento del sitio a Montevideo (10/10/1811) por decisión del Trinuvirato, luego del armisticio con Portugal, la proclamación por voto directo de Artigas como Jefe y el éxodo de la población que lo acompañó a Entre Rios muestran la expresión temprana más radicalizada de esta democracia donde toma forma la práctica del “gobierno inmediato” donde la legitimidad de la representación y el mando pasa por el “estar ahí”, el “ser uno de ellos”, el “compartir el arraigo al lugar” cancelando todas las mediaciones. Este núcleo doctrinario del federalismo rioplatense se apoya en las tradiciones autonomistas y localistas fundadas en el requisito de presencialidad y arraigo compartidos por mandatarios y mandantes. Los “mandatos imperativos” según los cuales los mandatarios representantes debían actuar bajo las instrucciones de sus electores también recortaban el campo político a la expresión de las voluntades de los “pueblos” y las masas movilizadas. El surgimiento de caudillos-gobernadores retoma y renueva una tradición hispana: el gobierno directo de los pobladores de la tierra a través de la aclamación de uno de ellos (como había ocurrido con Hernandarias, José Luis de Cabrera y otros) que concentraba funciones ejecutivas, legislativas y judiciales asistido por una Sala de Representantes en el marco de una total libertad de expresión. (F. Luna : 274) El principio político de la fuerza del número era temido por las elites urbanas y los intereses portuarios. En Buenos Aires la Logia Lautaro abandona el recurso a la opinión y la agitación pública y asume una forma secreta restringida a los ilustrados y centrada en la conformación de un ejército regular con suficiente fuerza militar y la declaración de la independencia. San Martín y Alvear, recién llegados comenzarían el proceso de gestación de una fuerza militar al servicio de un poder político central, intentando organizar la despolitización y desdemocratización de las milicias voluntarias, imponiendo principios de jerarquía y separación entre oficiales y tropas. El aplastamiento sangriento del motín de las trenzas en 1811 ante la resistencia de la tropa a aceptar a Belgrano como nuevo Jefe en lugar de Saavedra había sido un precedente: el poder político requiere un “instrumento” militar dócil y eficaz para un proyecto de nación. Sin embargo, la sublevación de Bustos en Arequito desobedeciendo a Rondeau, negándose a enfrentarse con Artigas y su proclamación como gobernador de Córdoba muestra la fuerza de este proceso de politización de masas armadas.

La guerra fue agudizando poco a poco la dependencia del favor político y administrativo respecto de los recursos económicos, la asignación de tierras, etc. y para mantener los recursos era necesario solventar los costos de mantener una fuerza armada dando lugar a una suerte de círculo vicioso sin

11 Artigas, influido por el constitucionalismo americano, expresa este radicalismo democratizador e igualitarista en su Proyecto de Constitución: art. 1)“todos los hombres nacen libres e iguales” y 5) todo poder reside originalmente en el pueblo. (Ver Ansaldi, 1995: 29).

12 Esta reminiscencia de las formas de participación adoptadas por los piqueteros y las asambleas barriales:

horizontalistas, de liderazgos fuertemente locales y de evidente arraigo a los barrios, al igual. Es claro que la forma urbana de distribución de la población ha homogeneizado las pertenencias: el patrón clasista de ocupación espacial hace que el barrio se convierta en lugar de pares. La homogeneización de situaciones de clase y vecindad o proximidad favorece la acción colectiva. El retorno a la territorialidad del proceso de masas tiene claros precedentes y líneas de desarrollo en nuestra historia. De la misma forma y aun más importante es el paralelismo de “una lanza un voto” con los sistemas de estímulos a la participación en donde la organización premia con protagonismo y prioridad en el acceso a los beneficios conseguidos a aquellos que se involucran y aportan más a la lucha.

solución en el que la influencia económica pasa de los comerciantes a los agiotistas que financian a los ejércitos que protejan los intereses de las clases pudientes de las ciudades (Halperin Donghi, 1980: 137). A su vez la guerra misma cambia la estructura social incidiendo en el proceso de formación de clases: los comerciantes devienen terratenientes al obtener grandes extensiones en pago por las contribuciones a los gastos de la guerra, los desplazados de la tierra se enrolan en las milicias como única forma de subsistencia y quizás con el tiempo también terminen obteniendo tierras. La montonera expresa intereses coincidentes entre los propietarios rurales y las clases subalternas del campo (Ansaldi: 69).

Veamos la secuencia que condujo a uno de los episodios de acción colectiva más importante y menos comentado de la historia argentina: estamos hablando de la oleada indígena, gaucha y montonera que precedió el ascenso de Rosas al poder.

Hacia 1826-7 el gobierno de Rivadavia había caído en gran descrédito. La constitución centralista y elitista del ‘26 había sido rechazada por las provincias. La gota que colmó el vaso fue la política exterior que satisfizo las pretensiones de Inglaterra y Brasil sobre la Banda Oriental a pesar de que las acciones de la guerra (batalla de Ituzaingó) eran favorables a la ‘Argentina’. Hubo gran descontento en todo el territorio. A todo esto se sumaba el escándalo por los negociados en el asunto de las minas de Famatina. El 22 de junio de 1827 se producen manifestaciones en las calles de Buenos Aires contra Rivadavia, el Congreso y el ministro García. Se habla de traición. Rivadavia se ve obligado a renunciar a principios de julio de 1827. Nuevamente el elemento de “exterioridad” la guerra y los ingleses como detonantes de la activación colectiva y la intervención política de masas. En agosto asume Dorrego como gobernador de Bs. As. con algunas facultades para representar al resto del territorio ya que como “federal” mantenía buenas relaciones con los caudillos del interior y no compartía el proyecto centralista de las elites ilustradas porteñas. Tenía prestigio militar y ascendencia sobre las clases subalternas de la campaña y de la ciudad puesto que se oponía a las levas forzosas del ejército (lo que seguramente lo enemistaba con los jefes militares) y al mismo tiempo era partidario de continuar la guerra. Sin embargo, ante las dificultades que oponen los poderosos hacendados y comerciantes perjudicados se inclina por un acuerdo. Por su parte, los unitarios especulan con el derrocamiento de Dorrego a la vuelta del ejército que peleó en la Banda Oriental cuyos jefes, Alvear, Paz y Lavalle consideran al gobierno de Dorrego como el de la “chusma”.

La vuelta del Ejército triunfante en lo militar pero derrotado en lo político muestra claramente una voluntad de intervención política: Lavalle se apodera de Buenos Aires y Paz del interior mediterráneo. Los complotados se aprovechan del sentimiento de indignación que tenían los oficiales por el manoseo al que los sometía el poder político y procuraron utilizar su fuerza militar para asegurarse el control político en combinación con las elites unitarias de Buenos Aires.

El 30 de noviembre de 1828 empezó Lavalle la marcha con su ejército hacia la plaza de la Victoria. A la mañana del día siguiente había multitudes junto a los militares que copaban la plaza. V. F. López describe a la gente reunida en la plaza y en la Casa de la Justicia (ex sede capitular):

coroneles, estudiantes de derecho y medicina, comerciantes, propietarios, abogados. El diario El Tiempo dirá que los soldados condescendieron con las familias “distinguidas” que les trajeron alimentos y bebidas. El diario El Pampero: “La gente baja / ya no domina / y a la cocina / se volverá”. A Lavalle le dicen lo que tiene que hacer: “la verdadera misión de Ud. es concluir con esta chusma y escarmentarla” (Rosa, 1981, T.4: 96).

El día 10 de diciembre Dorrego es apresado. Tres días después será fusilado por orden de Lavalle y por sugestiones de los civiles que le rodean. Entre la prensa y los civiles desatan una campaña para incitar una política de represión y exterminación en las zonas rurales. El Pampero:

“Lavalle debiera degollar a cuatro mil”. Según las Memorias curiosas de Beruti se asesinaron, degollándolos, hasta niños de 7 años por llevar divisas federales. Algunos calculan en más de mil los asesinatos cometidos por los unitarios en el interior de la provincia de Bs. As. a tal punto que influyó en el crecimiento demográfico de ese año. Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña. Del terror se valieron muchos de sus subalternos: “como a bestias feroces trataban a los desgraciados gauchos que caían en sus manos” 13 . Aunque los episodios del año 20 habían incluido escaramuzas y enfrentamientos, el fusilamiento de Dorrego y la política de exterminio y terror hacia los federales de las afueras de la ciudad acompañada por la guerra del Gral. Paz en el interior

13 Memorias de Iriarte citadas por Rosa, 1981, T.4,p. 96.

muestra por primera vez el uso sistemático de la fuerza militar para alcanzar objetivos de predominio político asociados a las clases dominantes porteñas.

Si los episodios de Cepeda, que después de todo había sido una breve escaramuza entre cuerpos armados, habían puesto de manifiesto el antagonismo entre Buenos Aires y el Interior, este antagonismo era aún predominantemente vehiculizado políticamente entre las elites gobernantes en

el interior y en el puerto. La guerra abierta había sido una situación que ambas partes habían estado evitando. Ahora, la masiva ofensiva militar unitaria en todos los frentes y su carácter sangriento significan un intento nuevo de subordinar la política al logro de la imposición de la fuerza militar y al miedo. El temor a la acción política de las masas en las proximidades y dentro de la ciudad combinada con el surgimiento del federalismo bonaerense modificó el enmarcamiento del conflicto desde las elites unitarias: la oposición derivaba en antagonismo en donde solamente una de las partes podía subsistir. El fusilamiento de Dorrego muestra simbólicamente el comienzo de una guerra

donde la aniquilación del enemigo aparece por primera vez de manera manifiesta en la guerra civil

14

.

Ante semejante acción unitaria a nivel nacional, los federales empiezan a concebir la confrontación contra las fuerzas de Lavalle y Paz como una guerra militar de ejércitos 15 . Tiene como aliados a caudillos grandes (“Tigre de los llanos” Quiroga y Estanislao López) y chicos (Medina, Sosa, Basualdo). También cuenta con el apoyo de los indios en el sur de la provincia de Bs. As. Un congreso de indios pampas decide apoyar a la resistencia y contraofensiva federal.

Sin embargo, mientras los poderes establecidos se aprestan a dirimir sus conflictos, la acción de las clases populares en la campaña de Buenos Aires asume una beligerancia en gran medida autónoma como una resistencia enconada, desordenada y espontánea contra el poder militar unitario. Hacia fines de 1828, luego del asesinato de Dorrego, se produjo en la campaña de Bs. As. una movilización rural de alcances no previstos para los que habían hecho la revolución unitaria contra Dorrego y para los propios líderes federales. Esa movilización adquirió distintas facetas:

hostigamiento de los indios y de las partidas de gauchos tanto a civiles como a soldados. El lugar donde se cimenta el movimiento de opinión de rebeldía y protesta son las pulperías donde se socializa la información y las novedades políticas. La cultura que rige en esos ámbitos es oral (gauchos cantores). La prensa está muy monopolizada por los unitarios. Pero surgen canales alternativos de expresión del sentimiento popular opositor: pasquines, cielitos santafesinos: “Este es el cielo de los cielos / que hemos todos de cantar / porque otra vez los unitarios / nos vuelven a esclavizar. / Cielito y cielo nublado / por la muerte de Dorrego, / enlútense las provincias / llore,

cantando este cielo./ Cielito, cielo de plata, / cielo de la montonera./ Aunque no tienen cultura / no

harán acción tan grosera

El hostigamiento de los indios en el noroeste y sur de la provincia de Bs. As. sirvió para desgastar al gobierno de Lavalle y distraer sus fuerzas militares. Otra función correspondió a la acción

de las partidas de gauchos armados y “montoneras” encargadas de robar ganado, armas, y hacer algunas operaciones políticas (partidas montoneras secuestran al alcalde del cuartel nº 5 de Quilmes; se llevan prisionero, luego de ataque a una estancia, a un reconocido político unitario). A estas milicias se van incorporando paisanos, vecinos e indios. Este movimiento aparece como fragmentario, descentralizado y multiforme aunque claramente inscripto dentro del inminente choque militar entre federales y unitarios. Dorrego, quien en 1827 se había pronunciado contra los abusos de las levas, se presentaba para la población rural como la primera víctima del ejército nacional. En las pulperías de campaña circulan litografías, mientras son cantadas sus desgracias. La utilización de su imagen para reunir e identificar a la ‘montonera’ le confiere una función simbólica. Rápidamente se desarrolló una

.

La prensa unitaria llamaba a esto cielitos “subversivos”.

14 El contenido de este antagonismo en Buenos Aires asumía cierto carácter clasista: los pobres de la ciudad y el campo conducidos por un sector de los hacendados de la campaña versus una oligarquía ilustrada y mercantil urbana. Carta de Rosas a E. López (12 de enero de 1829): “Todas las clases pobres de la ciudad y campaña están en contra de los sublevados y mucha parte de los hombres de posibles (propietarios). Sólo creo que están con ellos los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia mercantil”.

15 Declaración de la Convención Nacional Federal (20 de febrero de 1829): la revolución de Lavalle es “anárquica, sediciosa y atentatoria contra la libertad, honor y tranquilidad de la Nación” y el asesinato de Dorrego “es un crimen de alta traición contra el Estado”. La preparación de los ejércitos supone que la acción política por primera vez reviste el carácter de enfrentamiento militar de escala nacional. Las luchas civiles se convierten en guerra generalizada. Se estrechan al mínimo los márgenes de maniobra y negociación política.

iconografía que acentuó el carácter social del antagonismo 16 . Para González Bernaldo (1987: 163 y

toma un sentido de protesta social. Esta rebelión testimonia a través

ss) “

de la acción, de la palabra y de las producciones simbólicas, una explosión del imaginario social”.

el

levantamiento de 1829

Aunque Rosas estaba en Santa Fe buscando alianzas con E. Lopez y permanece ajeno a esta oleada de agitación “para la población en armas el comandante general de milicias no sólo era

la autoridad reconocida por todos

revuelta

movilización de masas rurales de Buenos Aires se ve claramente en esta fuerte adherencia a figuras

como Dorrego y Rosas quienes para esa época participaban activamente en las luchas por el poder. La rápida generalización del reconocimiento de Rosas como caudillo federal de Buenos Aires también

muestra la necesidad de traducir en consecuencias políticas la movilización alcanzada. Sin dudas, se había propagado en el movimiento una fuerte esperanza de materializar un arribo al gobierno y

también producir un aniquilamiento político unitario

sino el símbolo unificador y el sentido globalizante de esta

lo consagra como jefe carismático 17 ”. El carácter político de la

este desbordamiento

18

.

Hacia abril de 1829 la ciudad de Bs. As. está prácticamente sometida a un bloqueo terrestre por parte de indios, gauchos y montoneras. Ya adentro de la ciudad aparecen pasquines:

“vale más indio que unitario”, “el día de la federación llegó”. El entorno civil de Lavalle, no sin antes intentar acuerdos y sobornos de todas clases, se disgrega y se refugia en Montevideo. Lavalle seguirá el mismo camino hacia setiembre de ese año. En diciembre Rosas será elegido gobernador con facultades extraordinarias en medio de manifestaciones impresionantes de adhesión popular.

Durante el periodo rosista fue claro que la acción colectiva autónoma de masas trasmutó en rituales populares (el carnaval, exequias de Dorrego y de Facundo, juicio a sus asesinos, etc.) y en colaboración con la autoridad (la Sociedad Restauradora, la Mazorca), como formas de un orden gubernamental que hiciera cesar la acción colectiva como recurso político permanente. El disciplinamiento se extendió a los caudillos del interior a cambio del respeto a los localismos. El principio de autoridad del rosismo no parece ser compatible con aquellos de la “democracia bárbara” 19 . De manera distinta a los unitarios ilustrados que habían intentado sustentar su poder con la formación de un ejército profesional institucionalizado, Rosas intentó obtener una capacidad de violencia política bajo control exclusivo (la Mazorca) y el monopolio del control de la capacidad de movilización colectiva. El nombramiento de Lavalle –el mismo que había fusilado a Dorrego y asolado la campaña- como Jefe de Caballería y de otros ministros de indudable proveniencia unitaria exime de mayores comentarios respecto de la función del fanatismo de “federación o muerte” con que interpelaba a las masas rurales y urbanas acompañado con un férreo sistema de control político que cancelaba la incidencia de las mediaciones políticas le garantizaba la neutralización de la opinión pública y de la movilización contestataria, a tal punto que el mismo Chacho Peñaloza tuvo que exiliarse en Chile.

El segundo gobierno de Rosas también nace de una acción colectiva: la revolución de los restauradores del 11/10/1833 en el marco del enfrentamiento entre los federales netos o “apostólicos” que habían sido derrotados en elecciones de diputados y los “lomos negros” o cismáticos encabezados por el Gobernador Balcarce. El anuncio de un proceso judicial por abusos a la libertad de prensa al periodico ultrarosista “El Restaurador de las Leyes” fue confundido por muchos como un juicio al mismo Rosas que en ese momento se hallaba en la campaña al desierto. La agitación popular derivó en asonada cuando se plegaron milicias de campaña y efectivos militares

16 “Existieron insignias que sirvieron para distinguir a los rebeldes de 1829: la cinta punzó y la lanza decorada

con la pluma. El peso de estos símbolos fue tal que

símbolos’. La prensa porteña se exaspera frente a la proliferación de esas insignias en la ciudad” (Pilar González Bernaldo, Anuario IEHS, 1987: 163-167 )

17 Rosas ya era, antes del estallido de la revuelta, jefe carismático de la población rural. La razón principal es su condición de articulador social: máximo exponente de los valores y significaciones de la cultura y la vida de los habitantes de la campaña (coraje, sentido de la justicia, destreza), jefe militar exitoso, y estanciero poderoso. “‘Es un Dios gaucho’ decían de él los hombres de la campaña. Rosas representaba la perfección tal como la cultura del gaucho la entendía” (González Bernaldo, 1987: ).

se libra en la ciudad de Bs. As. una suerte de ‘guerra de

18 “Cielito, cielo que sí, / cielito de los leales; / con el sartén por el mango / ahora están los federales. / No decían que la muerte / de Dorrego concluiría / Federación, federales, / y la unidad triunfaría? / Cielo, cielito, ya es tiempo, / hagámosnos respetar, / porque si no volveremos / a ser mulas de collar”.- Nuevo Tribuno.

19 El disciplinamiento rural y la obediencia fueron sus máximas en las conocidas “Instrucciones a los mayordomos de estancias” (1819 y 1825) en donde se reprimía la desocupación y se controlaba a la peonada.

que derrotaron a tropas leales y sitiaron la ciudad exigiendo la renuncia de Balcarce cuyo desplazamiento impuso finalmente la Legislatura. La presión y hostigamiento de la Sociedad Popular Restauradora profundizaría el sentido político del descontento popular: la concesión de las facultades extraordinarias.

Las conspiraciones contra Rosas (Maza), el levantamiento de Corrientes (Berón de Astrada que contaba con el apoyo del anciano E. Lopez) y de los hacendados del Sur a los que se sumaron Lavalle y Paz nunca lograron concitar un apoyo e involucramiento de las masas rurales tantas veces movilizadas antes. Las operaciones eran predominantemente militares, diplomáticas (bloqueo anglofrancés) y conspirativas. Durante el periodo de Rosas puede decirse que cesa el impulso revolucionario de la acción colectiva de masas especialmente del interior (y dentro de él, el litoral). Termina el “gobierno de la acción colectiva”, es decir, la intervención política directa con escasas mediaciones de los sectores sociales movilizados. La concentración del poder en la persona de Rosas y la extension de dispositivos de disciplinamiento político y control social termina con la situación de dispersión y multiplicidad de poderes diversos que siempre constituye el caldo de cultivo de la acción colectiva de masas.

Sin embargo, el periodo de la organización nacional mostrará un nuevo ciclo de movilización y acción colectiva tanto civil como militar.

Las resistencias populares al estado interoligárquico

No había terminado de festejar Urquiza cuando en Buenos Aires una revuelta de opositores, militares que combinaba unitarios con ex rosistas depone sin resistencia al gobernador que había dejado y elige gobernador a V. Alsina comenzando la lucha entre el autonomismo de Buenos Aires y los intentos de una elite provincial de organizar un orden nacional que subordinara a la “hermana mayor”. En esta lucha, Urquiza entablará fuertes lazos con los pampas y araucanos a través del cacique Calfucurá que asediará vastísimas áreas rurales de Buenos Aires como forma de presión permanente. Los malones de las “hordas del desierto” como eran llamados por al prensa, robaban ganado e impedían el tráfico comercial con Chile además de saquear e incendiar poblados de frontera, derrotando o poniendo en fuga a regimientos del ejército de línea y demostrando en los hechos un tremendo problema de soberanía y control e integración territorial que recién terminaría con el completamiento del exterminio indígena en 1885 una vez introducido el fusil Remington y moderna artillería en el ejército de línea. La prensa y las logias recuperan su papel en la política porteña. El Ejército, el monopolio de la violencia por parte de una autoridad política aparece una vez más como recurso político privilegiado para estabilizar un poder de decisión central en reemplazo de las acciones colectivas. La guerra del Paraguay, la represión de los alzamientos provinciales y las montoneras rurales y la conquista de tierras sobre los indios sintetizan la labor estratégica del ejército de línea: aniquilar la capacidad de acción colectiva de masas en todo el territorio del país. El Estado de Mitre Sarmiento y Avellaneda es un estado omnímodo cuya autoridad deriva de su capacidad de violencia y del derivado disciplinamiento de las elites del interior y las clases subalternas.

En tanto, la acción del estado nacional a partir de la presidencia de Mitre de desarmar las milicias provinciales, cooptar burocracias administrativas y elites locales empieza a ser resistida por las Montoneras de Chacho Peñaloza quien alcanza un breve armisticio con Mitre y consigue una reparación para su provincia por los daños civiles y la miseria derivada del nuevo orden nacional. Pero pronto los enviados del gobierno reinician la persecución que terminará con su muerte luego de sangrientas batallas. Poco después Felipe Varela, sucesor del Chacho, encabezaría un nuevo levantamiento cuyo detonante fue la sublevación de la policía por falta de pago que deja libre a los presos, entre los cuales estaba el dirigente federal J. C. Rodríguez que se hace del poder. Algo similar ocurre en Cuyo con Juan Saá quien se enfrenta a las tropas del gobierno. Inmediatamente comienza un levantamiento armado de milicias populares que vence a las tropas nacionales en La Rioja, en San Luis y en San Juan pero finalmente son desechos en Pozo de Vargas que decreta el fin del ciclo de las insurrecciones rurales armadas del interior mediterráneo contra el poder central. En el litoral quedarían las intentonas de R. López Jordán de resistir la intervención de su provincia, pero caería definitivamente en 1873.

Las resistencias que van quedando al nuevo orden que viene de la mano de los remingtons son un levantamiento indígena sangrientamente reprimido entre 1872 y 1875 contra las expropiaciones de las tierras comunales en la puna jujeña, y los malones y el asedio de los bravos mapuches y araucanos que prosiguen en la región pampeano patagónica. Reaparece la “exterioridad” del enfrentamiento que luego se convertiría en las campañas militares de exterminio por la conquista del desierto. La autoridad omnímoda de un nuevo actor se impone en todo el territorio nacional: el Estado Nacional, con su brazo armado parece domeñar por fin a la multiplicidad de poderes locales unificando a las elites del interior y del puerto.

Sin embargo, el último intento de detener el avance arrollador del poder político “estatal” fundado en

un moderno ejército nacional proviene nada menos que de la ciudad de Buenos Aires: los autonomistas temían el advenimiento de Roca como presidente y el gobernador C. Tejedor al tener prohibido la convocatoria a milicias provinciales comenzó a promover las “sociedades de tiro” al principio para las clases acomodadas pero que no tardaron en ampliarse masivamente convirtiéndose en un movimiento llamado “los rifleros” cuyo centro de actividades eran los ejercicios de tiro en Palermo. Al grito de ¡Viva Buenos Aires! Reaparecían las masas populares armadas en franca oposición al ejército de línea y al poder centralizador (Rosa, :261) en sus mismas narices: un cantón cívico fue apostado por el movimiento de rifleros enfrente de la casa presidencial. La política se había ido volcando masivamente a las calles nuevamente ante un Estado Nacional cuyo esquema legitimador desde 1862 contemplaba formalmente el sufragio universal pero realmente funcionaba con el voto restringido, y permitía una participación ciudadana amplia sin reconocimiento de la ciudadanía política efectiva (Sabato, 1998: 175). Como manifestación de fuerza el 15/02/80 estaba previsto un desfile-acto opositor como demostración de fuerza del gobernador. El gobierno nacional prohibe el acto que el gobernador suspende pero se convoca igual a la “Revolución santa del pueblo de Buenos Aires” contra el ejército

nacional, símbolo del autoritarismo y del avasallamiento de las preciadas autonomías locales

El

contrabando de armas, el agregado de bomberos y guardiacárceles, además de artillería liviana, hace que el proceso de militarización civil de la ciudad adquiera proporciones importantes. Los revolucionarios comienzan con acciones de amedrentamiento sobre funcionarios nacionales y sobre el Congreso para evitar la formación de una mayoría electoral roquista. Reciben el apoyo de milicias correntinas que marchan hacia Buenos Aires esperando ser armadas por Tejedor. En determinado momento el ministro Pellegrini ordena cargar armas contra las “turbas” de manifestantes, pero el oficial a cargo desobedece la orden y existen sospechas de confraternidad entre oficiales y tropas del ejército con los insurrectos. Aunque las primeras escaramuzas habían sido favorables para los sublevados, el mismo Tejedor decide no armar a los correntinos y encargar a Mitre una mediación que termina en virtual rendición y posibilita el acceso de Roca a la Presidencia ya con el campo libre para culminar la obra unificadora simbolizada en la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la estabilización de un poder hegemónico sin oposición en todo el territorio 21 . La Revolución del ‘80 fue

el último episodio de un largo ciclo de acción colectiva armada de base territorial: la lucha como movilización de la población local por un principio de legitimidad de la autoridad atado a la tierra, la pertenencia a un pago, los intereses de una comarca, y la identificación con un lugar. La lucha por los derechos a autogobernar un espacio propio que alentaron desde sus comienzos indígenas y criollos contra el orden colonial, expira en el ‘80. La institucionalización de un estado republicano libre de obstáculos le brinda al cojunto de las clases domianntes una plataformas desde donde desarrollar una sociedad a la medida de sus intereses sin resistencia ni oposición. Solamente las disputas intraoligárquicas serían toleradas. Sin embargo, la estabilización de un aparato de gobierno tan poderoso combinada con las consecuencias del proceso de modernización capitalista, sentará las bases de un nuevo escenario para que la acción colectiva encuentre nuevas formas de intervención. A las luchas por el autogobierno le sucederían las luchas por el acceso al gobierno, y las luchas para que el Estado tenga en cuenta otros intereses y grupos. Los procesos de modernización y la inmigración proporcionaran nuevos actores y nuevas identidades.

20

.

20 Roca encarnaba un doble carácter repulsivo para los autonomistas porteños: era la expresión del poder militar que los avasallaba y de las elites privilegiadas del interior del país.

21 La maniobra política de Mitre posibilita una derrota política y no militar de la revolución. Debe considerarse el punto de partida de nuevas formas de regulación del conflicto por el poder –la lucha específicamente política- que preanuncia el surgimiento de un sistema político compatible con la forma del estado oligárquico. Es decir, un sistema político que excluya la activación de las clases populares subalternas.

La gestación de una sociedad civil por la acción colectiva: abstención revolucionaria y lucha de clases

El régimen del unicato como un cerrojo perfecto entre una elite nacional que se reservaba los derechos al gobierno y un estado que centralizaba la fuerza y la capacidad de gestionar y administrar sin resistencia se enfrentaría hacia los `90 con dos desafíos encarnados en una nueva oleada de movilización con nuevas formas organizativas de las clases populares: por un lado, las aspiraciones de participación política de los sectores sociales que surgieron de la modernización y la inmigración en el campo y la ciudad, por el otro con los problemas derivados de las nacientes concentraciones de obreros y el accionar asociativo y reivindicativo que traían los inmigrantes socialistas y anarquistas.

La Revolución del Parque de 1890 que comienza con dos mitines cívicos multitudinarios que recibieron la adhesión de un puñado de militares pertenecientes a una logia muestra un amplio espectro de veteranos políticos y jóvenes deseosos de participar en la lucha política frente a un régimen excluyente, un estado omnímodo, y una profunda crisis económica (inflación y endeudamiento) y moral (especulación y corrupción). La Unión Cívica de la Juventud comandada por L. Alem muestra una sociedad civil en formación que reclama poder político al Estado. La respuesta de J. Celman con una fiesta de camaradería militar de jefes y oficiales simbolizaba la naturaleza de la disputa. La revolución estalla el 26/07/1890 con movimientos de los militares alzados y apoyo de civiles. Terminó el 28/07 con la rendición pero el Congreso quitó el apoyo al ejecutivo y el juarizmo debió retirarse del gobierno.

El nacimiento de los partidos políticos entendidos como organizaciones que impulsan corrientes de opinión para acceder al poder por el consenso electoral comienza a tomar forma. Hasta ese momento los partidos políticos eran meras maquinarias comiciales que garantizaban en las urnas y padrones los acuerdos o decisiones de las elites que monopolizaban la consideración de los asuntos públicos y del estado. El fraude y la manipulación discrecional de padrones o aun la utilización de la violencia para asegurar resultados eran el modo “natural” de la competencia política si es que la había. La experiencia de apertura de padrones cívicos con la ley 2742 de 1890 no solamente da nacimiento a la UCR sino que aparece un modelo de acción y organización política completamente distinto inspirado en el modelo norteamericano: estatutos, programas, propaganda y candidatos elegidos por convenciones (Paez, 1970: 88). Sin embargo, la ausencia efectiva de derechos electorales tenía la consecuencia de incentivar la importancia de la acción colectiva como recurso y la participación en la movilización como forma de politización. La ausencia de ciudadanía política para las masas no

implicaba la no participación de la misma en la lucha política (Sábato, 1998). El problema de la apatía

y la clandestinización del accionar colectivo vendría del “contubernio” y el fraude sistemático bajo control conservador que sistemáticamente excluía del acceso al gobierno a los líderes de vastos sectores sociales nacidos del proceso de modernización económica y de la organización del estado nacional.

El recurso a la disuasión militar y el control administrativo comienza a ser cuestionado como principal recurso de gobierno y el debate político deja de centrarse en la agenda de paz y administración, sentando las bases de un nuevo escenario de arena política. La organización civil para la lucha política presupone la legitimidad del Estado en tanto aparato de gobierno central de jurisdicción nacional como tal. La división entre UC Nacional “acuerdista” y UC Radical en torno al problema de la proscripción electoral y el sufragio universal y secreto pone en cuestión la extensión efectiva de los derechos políticos -quiénes tienen derecho a elegir gobernantes- muestra dos formas de “consenso”:

el “consenso” autónomo de las elites políticas establecidas acerca de los asuntos públicos y el “consenso” de las masas ahora a través de la participación electoral amplia. La política de la abstención revolucionaria con su repetida y derrotada táctica insurreccional con concurso de adeptos militares del yrigoyenismo mostraba también el cambio de la lógica política: la preocupación por el consenso hacía que fuera difícil utilizar exclusivamente mecanismos represivos y de persecución y se aceptaba que las disputas por el poder debían dirimirse por medios pacíficos. Los revolucionarios podían ser derrotados o frustrados pero no perseguidos y eliminados del mapa político. Las amnistías

y los intentos pacificadores del régimen mostraban el cambio en la lógica del enfrentamiento político.

La ley electoral y la organización de los partidos (Radical, Conservador, Socialista, Demoprogresista) produjo una oleada de politización y participación que llevó finalmente a Yrigoyen al gobierno.

Simultáneamente con la traumática génesis de los partidos políticos y de un sistema de competencia

y participación electoral surgían los sindicatos obreros con nuevos repertorios de acción colectiva y nuevas reivindicaciones. Desde la formación de la Unión Tipográfica y su huelga en 1878 y la

formación del Vorwarts de los socialdemocratas alemanes (1881) hasta que el presidente Roca debe referirse por primera vez en el discurso inaugural del Congreso al problema de la cuestión social (“desorden social”) en 1902 se había extendido una vasta red de asociaciones, gremios, sociedades de socorros, centros culturales, bibliotecas populares, publicaciones, gacetillas y periódicos de grandes tiradas, además de grupos revolucionarios -especialmente anarquistas- que se convirtieron rápidamente en una impensada amenaza para las elites dominantes. La libre asociación y la difusión de nuevos idearios contribuyeron a definir nuevos intereses (salarios, jornada de 8 hs., derechos de agremiación) para capas importantes de las clases subalternas que pronto demostraran capacidades de acción colectiva con fuerte impacto sobre el orden público: la importante huelga ferroviaria en 1888, las asambleas obreras multitudinarias disueltas a tiros, la huelga en el mercado de frutos y la primera huelga general en 1902 a la que siguen la ley de residencia, las campañas represivas, los atentados anarquistas, las masacres del 1 de mayo de 1904 y 1909 con la huelga general por tiempo indeterminado, bajo el decreto de estado de sitio deriva en una campaña de terror represivo, de clausuras, y el accionar de grupos civiles antiobreros. El uso de la violencia estatal represiva que

parecía haberse mitigado en el escenario político, parecía retomarse para controlar el conflicto social.

El centenario con sus festejos transcurriría en un enrarecido clima de agitación social y un escenario

político extremadamente complejo para las elites en el poder.

Bajo el predominio anarco-sindicalista con su política de confrontación directa contra las autoridades estatales las huelgas generales se utilizan como recursos frente a la represión. Es particularmente importante la desencadenada por la masacre orquestada de anarquistas en el acto de la FORA del 1° de mayo de 1909 en Pza. Lorea cuando se disponían a marchar a Pza. Mazzini (las ambulancias estaban preparadas para recoger inmediatamente a los 12 muertos y los 100 heridos y los bomberos limpiaron la sangre de manera de que se retomara la tranquilidad inmediatamente). Pero el acontecimiento que frustró los planes gubernamentales de escarmentar de manera artera y aislar al sector más dinámico del sindicalismo fue la declaración inmediata y en caliente de la huelga general por parte de los socialistas que estaban haciendo otro acto. La movilización a la morgue congregó multitudes nunca vistas hasta ese entonces (se estimaba entre 50 y 80 mil personas) que se fueron esparciendo, presas de ira,por el centro de Buenos Aires y los barrios resistiendo las cargas a sable de la caballería, formando barricadas y respondiendo el fuego de fusiles con armas de puño para dar tiempo a que el grueso se dispersara y se reagrupara en otro lugar, evitando las detenciones masivas que generalmente iban acompañadas con todo tipo de torturas y vejámenes. A su vez se generalizaron los ataques a tranvías, y el apagado del alumbrado público como formas de intimidación que garantizaran la efectividad de la huelga y para sancionar a la empresa inglesa Anglo. La bomba en el tranvía que causaría un muerto y varios heridos y el asesinato de R. Falcón responsable de la masacre en Pza. Lorea completarán este panorama que mostraba una importante capacidad de alteración del orden público sobre la base de una descentralización y propagación territorial de la acción colectiva puesto que los piquetes no respondían a una dirección central (Frydenberg y Rufo, 1992: 105).

Simétricamente, los grupos civiles antiobreros parecían retomar la legitimidad del uso de la violencia ilegal como recurso político. La resistencia armada a la policía, la violencia política selectiva anarquista y las luchas callejeras de barricadas sumadas a los trastornos producidos por las cada vez más frecuentes olas huelguísticas nuevamente hacía reaparecer la sombra de la “exterioridad” amenazante sobre el orden establecido 22 apenas atenuada por la organización del Partido Socialista

y la aceptación de su representación parlamentaria. El carácter inmigrante de la mayoría de los

grupos movilizados y la ideología anticapitalista y antiestatal que predominaban acompañadas por

metodologías de lucha basadas en la acción directa reforzaba recíprocamente el carácter antagónico del conflicto. El Estado tenía de nuevo frente a sí en sus propias narices a grupos resistentes que no

lo reconocían. Pero contrariamente a lo ocurrido con las montoneras federales o los indios, ahora el

Estado impulsó una política de control “policial” y no de aniquilación posiblemente por temor a un proceso de convergencia de sectores sociales que estaban desarrollando acción contestataria además de no sobrecargar de exigencia al Ejército ya que también había algunos problemas internos en él. Como veremos más adelante durante el gobierno radical no se tenía esos problemas y entonces las posibilidades de ejercer la represión aniquiladora eran mayores.

Con los movimientos políticos democratizadores y los sindicatos y asociaciones libertarias surgen dos tipos de identidades nuevas, dos nuevas posiciones de sujeto social: la identidad de ciudadano, miembro de un estado pero sujeto de derecho político, cuya arma es el voto y su acción el

22 Los hechos de la semana roja dieron lugar a la sanción de leyes para controlar la acción sindical que fueron denominadas de “defensa social” poniendo blanco sobre negro acerca del carácter “externo” de la amenaza.

proselitismo, y la identidad de clase, de fuerza de trabajo en un orden económico de explotación, cuya arma es la organización y la solidaridad y su acción colectiva disruptiva es la huelga y la resistencia a la autoridad. Ambas identidades son universalistas y no particularistas superando localismos y determinaciones raciales, y ambas identidades cuestionan las restricciones del orden político y del orden económico.

El arribo al gobierno del radicalismo y su hegemonía electoral combinada con la aceptación de los parámetros fundamentales del orden económico oligárquico va a producir una situación aguda de antagonismo del conjunto del Estado “consolidado”(Tilly, ) ahora por el acceso al gobierno de las clases auxiliares, con la clase obrera movilizada detrás de reivindicaciones sociales y económicas.

Desde 1916 a 1921 hubo una creciente ola de huelgas y un aumento en el nº de afiliados a los sindicatos (Romero y Gutiérrez, 1995:116). La oportunidad política brindada por la ampliación del sistema político y el debilitamiento de las elites oligárquicas no fue desaprovechada.

La Semana Trágica es el colofón de los antagonismos sociales que atravesan la gran ciudad. Se trata de un conflicto que comienza en enero de 1919. La situación socioeconómica luego de la 1ª guerra es muy difícil. Aumenta el costo de vida y los salarios se retrasan. Los protagonistas son los obreros de los Talleres Metalúrgicos Vasena. La reciente revolución rusa (1917) hace sentir su influencia y las doctrinas anarquistas, sindicalistas y reformistas entre las que se reparte la representación del movimiento obrero le imprimen un fuerte antagonismo. Los obreros metalúrgicos habían declarado una huelga en demanda de salarios, jornadas de 8 hs., pago de horas extras, y reincorporación de despedidos por causas gremiales. La empresa decidió utilizar rompehuelgas que llegaban y salían en convoyes de la empresa que eran hostigados por los huelguistas y sus familiares, mujeres e hijos apostados en el trayecto. La intervención policial en defensa de los convoyes arrojó un huelguista y cuatro inocentes muertos además de una veintena de heridos lo que detonó el enfurecimiento de los huelguistas y la inmediata reacción de todos las organizaciones obreras. Las centrales obreras (FORA: anarquistas y sindicalistas y UGT: reformistas) declaran huelga general el 9/1/1919 y vuelcan masivamente a la calle piquetes para garantizarla: el transporte y el comercio empiezan a paralizarse. Mientras los talleres son rodeados y asediados a pedradas y disparos, el velatorio de los muertos y un masivo cortejo fúnebre envuelto en banderas rojas y encabezado por unos 150 obreros armados se convierte en el epicentro móvil de una rebelión

obrera. Al pasar por la fábrica son tiroteados lo que precipita una furia que se esparció por la ciudad y que incluyó saqueos de Iglesias, incendios de tranvías y autos, quema del portón de la fábrica, desmanes y enfrentamientos que se prolongaron toda la noche. El combate por la fábrica se prolonga

a tal punto que la puerta del taller es incendiada y sus directivos tienen que llamar al ministro de

guerra. Hasta el embajador británico intenta intervenir. El jefe de policía intenta pacificar los ánimos pero le incendian el auto y los efectivos del ejército munidos de ametralladoras desalojan los alrededores de la fábrica violentamente. Hay 24 muertos del lado obrero y heridos del lado de los soldados.

El enfrentamiento final del cortejo con la policía y un destacamento del Ejército al llegar al cementerio

genera un violento tiroteo en el que caen decenas de personas. Se crea un clima social de paranoia (alimentado por la prensa) que hace que se movilicen contingentes de civiles armados para reprimir lo que en aquel tiempo se llamaban los “maximalistas” (bolcheviques rusos). En los días siguientes la

calle parecía estar bajo control obrero, el gobierno demoraba la represión militar por temor a un supuesto complot revolucionario internacional. Cuando se pone en marcha una parte de la población la saluda y otra la resiste con las armas en la mano. Se registraron asaltos a las comisarias para liberar detenidos y comenzó un guerra de barricadas que incluyó el asedio a edificios públicos. El temor de la policía llegó a ser tan grande que en su propio departamento central por confusión terminaron tiroteándose entre sí y a las casas vecinas. Las huelgas se prolongaron varios días más y se notó el desabastecimiento en la ciudad.

Como ya había ocurrido en 1909 la represión es un poderoso detonante de la acción colectiva

violenta y de la unidad de los sectores obreros urbanos, pero simultáneamente polariza a la sociedad

y contribuye al aislamiento político de la clase obrera. Al mismo tiempo se observa que la revuelta y los métodos preinsurreccionales callejeros tienen altos costos y no son eficaces desde el punto de vista de las conquistas o mejoras demandadas y mucho menos de la posición de las organizaciones obreras. La autonomía y la dispersión favorecen la capacidad de perturbación del orden público pero limitan enormemente la posibilidad de desarrollo político.

La cuestión social no es privativa de las grandes ciudades y su proceso de modernización capitalista,

sino que el campo vuelve a dinamizar acción colectiva y actores de nuevo tipo.

El 25/06/1912 comienza la huelga de agricultores arrendatarios en la zona maicera de Santa Fe

conocida como “Grito de Alcorta”. Atenazados por los aumentos de los arrendamientos derivados de

la imposibilidad de proseguir la explotación extensiva por incorporación de nuevas superficies al

agotarse las existentes y ante los desalojos, los chacareros protagonizan el retorno de la lucha rural bajo la forma de la huelga o negativa a cultivar los campos que dista enormemente de las montoneras protagonizadas un siglo antes. La huelga fue decidida en una asamblea de 3000 productores. Propagado por la prensa no tarda el movimiento de alcanzar todo el sur de la provincia con el apoyo de comerciantes y gobierno provincial. Luego pasa al norte y oeste de Buenos Aires y las asambleas se hacen en todos los lugares posibles: plazas, estaciones ferroviarias, hoteles, sociedades de inmigrantes, etc. Duró 4 meses y también se hicieron manifestaciones algunas disueltas por la policía. Finalmente aparecerá la Federación Agraria Argentina que aumenta la capacidad negociadora y en 1921 se sancioná una Ley que recoge la mayor parte de sus demandas.

La cuestión agraria adquiriría ribetes trágicos en 1921 cuando estalla la huelga patagónica y en 1919/21 con las huelgas en La Forestal al norte de Santa Fe. Lo que se había tolerado de los chacareros arrendatarios no se permitiría de los peones asalariados.

La Sociedad Obrera de Oficios Varios de Rio Gallegos impulsado por una militancia de origen inmigratorio y de orientación comunista anárquica venía desarrollando una fuerte acción gremial pero

el conflicto se desató al intentar agremiar a los peones de estancias a quienes convocó en noviembre

de 1920 a elegir delegados y presentó un pliego de reivindicaciones sobre todo de salarios atrasados

y despidos. Los empresarios nucleados en la Sociedad Rural rechazan el convenio y la SO declara la primera huelga de trabajadores rurales. Los huelguistas son duramente reprimidos por la policía que se llega a las estancias para desalojarlos previas palizas. Así es que van concentrándose a campo abierto grupos de peones que terminan por asediar las estancias para obtener provisiones evitando chocar con la policía. Se produce un choque armado en el que mueren huelguistas y policías. En el contexto del irresuelto conflicto con Chile, en Buenos Aires y por presiones de los estancieros se

juzga al movimiento como sedicioso y se envía un gobernador interventor acompañados por un Regimiento de Caballería al mando de un coronel de filiación radical. Se produce una negociación en

la que se contemplan las demandas salariales y de condiciones de trabajo pero los estancieros no

cumplen el acuerdo y se preparan para escarmentar al movimiento. Llegan la Liga Patriotica y la ANT

a Rio Gallegos. La segunda huelga en octubre de 1921 enfrenta una represión generalizada

incluyendo detenciones masivas y deportaciones cuya respuesta es la formación de grupos de peones armados que recorren las estancias tomando rehenes y provisiones. La vuelta del regimiento de Caballería será para reprimir sin ningún límite: fusilamientos inmediatos, torturas, destrucción de

pertenencias especialmente de los certificados de propiedad de caballos y de deudas salariales. No hubo combates excepto un tiroteo y un solo conscripto muerto ya que los huelguistas no concebían que fueran ejecutados habiéndose rendido y entregado las armas.

El sistema de obrajes y los abusos tremendos para los obreros en la empresa inglesa La Forestal del

Norte de Santa Fe, ameritó la primer huelga de la FORA en julio/1919 realizándose otra en diciembre. La empresa contestó con despidos masivos y la formación a su cargo de una fuerza represiva que combinaba al ejército, la policía con lumpenes y gente de la Liga Patriótica. Los huelguistas sin embargo logran tomar la fábrica tras un tiroteo en el que muere el gerente. La represión termina con el fusilamiento de 20 trabajadores. A posteriori el vaciamiento de la empresa, los despidos masivos y la represión absurda (se prohibían las vestimentas rojas y negras) generaron un nuevo movimiento en enero de 1921 que finalizaría con una suerte de guerrillas armadas en los

bosques y sabotajes en vias férreas. La muerte de una comisario desató una horrenda represión sobre la población.

El acceso al gobierno y el predominio en el sistema político no agotó la movilización de las llamadas

clases medias durante los gobiernos radicales.

El movimiento estudiantil con sus huelgas y revueltas estudiantiles en Córdoba y luego difundidas a

otras universidades, bregará por dos banderas muy significativas: democratización de la universidad,

autonomía académica del poder político, y modernización de la enseñanza. El manifiesto liminar de D. Roca incorporará la cuestión social y la cuestión latinoamericana demostrando la ruptura con los marcos ideológicos que predominaron entre las clases ilustradas hasta ese momento. La acción de rebeldía colectiva y la respuesta estatal a varios de los reclamos reformistas causaron honda

impresión en toda A. Latina, especialmente en México y Perú demostrando que la universidad constituye una caja de resonancia muy importante y que el dominio ideológico de las oligarquías tradicionalmente dominantes sobre las clases medias resultados de la modernización y la inmigración se estaba resquebrajando. El contenido ideológico de la Reforma es la primera muestra de un posible nexo entre la democratización, las luchas sociales y la posibilidad de un proyecto de Nación independiente.

En la década del 30 se opera una notable regresión en el plano político: el fraude patriótico, el contubernio, la neutralización del radicalismo, y el regreso de los militares al primer plano político (Uriburu y Justo) mientras que en el plano social el movimiento sigue desarrollando su espesor organizativo y sus capacidades de acción colectiva aun soportando una política estatal duramente represiva. El crecimiento cuantitativo notable de la clase obrera y la unificación de la representación gremial en la CGT ante la dura persecución de la dictadura de Uriburu potenció el crecimiento de la acción colectiva organizada sobre todo desde mediados de la década. Las huelgas aumentaron sensiblemente y los perjuicios a empresas exportadoras y extranjeras derivaron en la creciente importancia del tema en las agendas del estado. La minimización del componente anarquista duramente golpeado por la represión y la apertura del Departamento Nacional del Trabajo favoreció en pequeña medida la institucionalización de algunas protecciones y de resguardos ante las situaciones de conflicto. Sin embargo, el accionar obrero no se limita de manera perdurable al carácter puramente reivindicativo.

En octubre de 1935 los obreros de la construcción, reunidos en una asamblea bastante nutrida en el Luna Park, se declararon en huelga por reivindicaciones específicas del sector. En noviembre se extiende a toda la rama de la construcción. La tendencia negociadora en la dirección de la CGT es desalojada antes de las fiestas de fines de 1935. Entre los nuevos dirigentes hay influencia de los partidos socialista y comunista. Un Comité de Defensa y Solidaridad con los Obreros de la Construcción, formado por varias organizaciones sindicales y algunas de pequeñas empresas, declaró una huelga para el 7 de enero de 1936. Llama a hacer asambleas en diversas partes de la capital y convoca a una movilización general en Plaza Once. Además de otros gremios se suman activamente el Partido Comunista y apoyo no activo del socialista. Los anarquistas apoyan cuando ven a los manifestantes obreros en las calles.

A la madrugada del día 7 de enero empieza a haber concentraciones en varios lugares de la capital. Actividad de los piquetes de huelga llamando a dejar los lugares de trabajo y al paro del transporte. Se conmina a los patrones a que cierren las empresas y negocios. Como en la semana trágica nuevamente los obreros ganan la calle y comienzan a controlar la via pública ejerciendo su propia capacidad de violencia. La policía se prepara para intervenir. La marina y el ejército:

acuartelados. Se producen apresamientos de los huelguistas de los piquetes y se dispersa a los que agreden a los transportes y comercios. Ya desde muy temprano (7 de la mañana) se produce un enfrentamiento armado en el que mueren dos policías y un obrero. Se generalizan actos de sabotaje contra los transportes. Hay más enfrentamientos armados y algunos manifestantes se ubican como francotiradores. Se impide que circulen los trenes, se rompen vías y se incendian vagones. Los ómnibus y los tranvías también son incendiados. Algunas fuentes hacen referencia a “hombres, muchachos, mujeres y niños” como participantes de las revueltas. No hay mención de estudiantes. Hay civiles armados que comienzan a intervenir contra los manifestantes. Hay allanamientos y apresamientos de dirigentes. Para el día siguiente (8 de enero) el Comité llama a que siga la huelga por la libertad de los presos. Los disturbios continúan en menor cantidad. A las 6 de la tarde el Comité da por finalizada la huelga.

La capacidad de alteración del orden público nuevamente conmueve al establishment que parece no acertar con la respuesta ante un repertorio de acción colectiva que obliga al uso de la fuerza. Queda claro que la represión puede ser útil en el corto plazo pero genera odios e incuba indisciplina social a largo plazo. La ausencia de respuesta política para la cuestión social daría lugar al surgimiento del peronismo.

Dos fenómenos intervienen para precipitar el advenimiento de las masas al centro de la lucha política y su orientación al Estado. En principio el proceso de nacionalización de vastas capas de la clase obrera y la paulatina conciencia de la necesidad de jugar un rol importante en los sistemas de decisiones estatales (Godio, T2: 189) y el cambio de las principales organizaciones de izquierda hacia las posiciones antifacistas y prodemocráticas donde la fuerza del número y la sumatoria se

convirtieron en imperativas. El abandono junto con la reunificación sindical de tácticas violentas hacía valorizar el recurso del número y la organización. A su vez, la ausencia de competencia electoral y las resistencias del poder militar hacían inevitable el recurso a la agitación y la movilización colectiva por parte de los partidos políticos populares.

El peronismo: las masas organizadas en el centro de la escena

La desarticulación del viejo orden político oligárquico se produce desde el interior mismo de su fuerza principal: las fuerzas armadas que ya habían dado muestras de fricción con la reiterada participación de algunos de sus oficiales y suboficiales en las intentonas yrigoyenistas, ahora aparece de manera mucho más incontrolable: la logia militar o grupo clandestino llamado GOU en un marco internacional signado por el fenómeno nazifascista en europa y la II Guerra Mundial. El creciente nacionalismo militar y el agotamiento político del conservadorismo junto con los cambios en la función del Estado – ahora intervencionista- terminarán por agotar el sustento de las elites que durante 50 años habían orientado los asuntos públicos. El golpe del ‘43 muestra la ausencia de respuesta política no solamente de las clases dominantes y sus elites sino también el nivel de desarticulación de las fuerzas políticas que habían estado paralizadas por las diversas formas de cooptación y neutralización desarrolladas por el régimen. El caso del GOU puede ser interpretado como un caso típico de “fracción desertora” y el de Perón como “tribuno del pueblo” es decir intentos de redefinir los soportes sociales de la acción estatal.

La atonía de los partidos políticos, la pérdida de presencia en la acción colectiva y la sombra de la corrupción generalizada hicieron que el estímulo para la reactivación viniera de una circunstancia internacional: en mayo de 1945, cuando se sabe del suicidio de Hitler y la ejecución de Musolini, se desata entre las clases medias urbanas una campaña de movilización contra el gobierno militar, los nazis y Perón con un singular protagonismo del embajador norteamericano (Rosa, 1981 T.13: 129). En realidad se aprovechaba la oportunidad para presionar por una salida electoral que quede en manos de la dirigencia política. Los cambios en las estrategias de los partidos de izquierda (incluido el comunista) ahora volcados a la gestación de frentes antifascistas y la crisis del radicalismo más la influencia norteamericana hicieron posible una convocatoria unitaria que se denominó Unión Democrática y que debutó con una gigantesca marcha del 19 de setiembre de 1945 por la democracia y la constitución.

La flamante Unión Democrática con la convocatoria unificada del radicalismo, el socialismo, el comunismo, demoprogresismo y otras expresiones políticas menores lograron reunir una manifestación de cerca de 300 mil personas que marcharon del Congreso a Pza. Francia a pesar del sabotaje del paro del transporte decretado para ese día sorpresivamente con la inéquivoca intención de impedir una concurrencia numerosa. Fue evidente el apoyo en el centro de la ciudad por el asueto masivo de comercios y por primera vez se notó visiblemente la participación de mujeres. No se registraron incidentes y los manifestantes no entonaron el himno nacional sino la Marsellesa repetidamente. El acto terminó con un Juramento por la Constitución Nacional a viva voz de la multitud (Russo, 1971). Los discursos fueron de carácter moderado y enfatizaron la necesidad de volver a la democracia electoral. La sorpresa por la masividad del acto fue generalizada incluso para los mismos convocantes quienes no tardaron en pretender usufructurlo en su provecho generando discordias. La demanda de democratización, de apertura a la participación en los asuntos públicos, y de legitimidad para el gobierno eran universales.

Este reclamo de protagonismo se completaría con el hecho de masas que marcaría un punto de inflexión en la historia política argentina. Solamente una lectura superficial de los movimientos de masas y las acciones colectivas reducidas a elementos de conflictos ideológicos sustanciales o por competencias de poder oculta el hecho de que aun encarnando sectores sociales diferentes, sus reivindicaciones no eran contradictorias sino complementarias. Pues ambas tendían a la recuperación del protagonismo político por sobre las elites conservadoras.

De igual modo es muy difícil pensar que el tipo de modelo económico-social promovido por Perón (y las consecuencias de ello por varias décadas) hubiera sido posible sin la extraordinaria intervención

de la multitud el 17 de octubre de 1945. Veamos algunos detalles del proceso que desembocó en este acontecimiento 23 .

La reaparición de la movilización colectiva con la marcha por la Libertad y la Constitución, la reactivación de los partidos políticos y la presión internacional especialmente norteamericana, cambia la correlación de fuerzas al interior del ejército, que se torna desfavorable al Coronel Perón. Campo de Mayo está dispuesto a salir en contra de Perón quien se ve obligado a renunciar a todos sus cargos el 9 de octubre. En realidad el consenso entre los militares era una salida ordenada del gobierno y para ello no hay mejor carta de intercambio que entregar a Perón.

La reacción de la dirigencia sindical cercana a Perón no se hace esperar: varias decenas de dirigentes logran entrevistarse con él y a las pocas horas cerca de setenta mil personas se habían reunido frente a las oficinas de la Secretaría de Trabajo, poniendo de manifiesto la existencia de una inquietud generalizada y, a la vez, la obra de un eficaz aparato sindical (Torre, 1995: 46-48). Esa muchedumbre obrera, recibió las palabras de Perón coreando las consignas “Perón Presidente” y “Un millón de votos”, y “dejó planteada ante ellos la salida política que, en forma errática, habían estado buscando por varios meses” (Torre, 1995: 49 ). En su discurso el coronel dirá: “Los trabajadores deben confiar en sí mismos y recordar que la emancipación de la clase obrera está en el propio obrero” (Rosa, 1981 T13: 160). El 12 de octubre, el presidente Farrell, ante la exigencia de una comisión cívico-militar, ordenó

al jefe de Policía la detención de Perón. La incipiente movilización de la clase obrera tuvo su

respuesta: “Miles de personas colmaban los alrededores del Círculo Militar coreando estribillos

antimilitaristas” (Luna, 1969: 313). La consigna era “Gobierno a la Corte Suprema”. “Señoras y niñas

La concurrencia entonaba la

‘Marsellesa’, el ‘himno de la libertad’

La noche del 12 de octubre Perón es detenido y llevado a la isla Martín García bajo

jurisdicción de la Marina donde tenía sus peores enemigos.

escribían con rouge en las paredes: Milicos, al cuartel. Basta de botas

(Rosa).

El diario Crítica del 13 de octubre: titulaba “YA NO CONSTITUYE UN PELIGRO PARA EL PAÍS”. De la cabeza del radical intransigente Sabattini sale la fórmula para satisfacer las pretensiones conocidas de todo el mundo: el procurador general de la nación sería el encargado de formar nuevo gobierno como si fuera un primer ministro; así se mantiene el presidente militar pero sin gobernar y se involucraría a la Corte en el gobierno. El Dr. Álvarez empezaría las consultas para formar un gabinete de notables. Sin Perón quedaba expédito el camino para una salida limpia e indolora guiada por el radicalismo.

La acción colectiva sin embargo estaba ya en marcha: el capitán Ruso, que hasta el 11 había sido director de delegaciones regionales de la Secretaría de Trabajo, se instaló en su antiguo

escritorio sin autorización el mismo dia 13 y con ayuda del personal se puso a avisar telefónicamente

a las delegaciones regionales de todo el país la detención y aislamiento de Perón lo que desencadena inmediatamente un movimiento de agitación en el interior.

El 16 de octubre la FOTIA declara la huelga en Tucumán en protesta por el apresamiento de Perón; invita a una ‘marcha por la paz’ sobre la ciudad. Hay manifestaciones obreras en los barrios periféricos de Rosario y Córdoba.

La prensa y la dirigencia política siguen armando el gobierno, “¿quién se acuerda de Perón?”.

Debate durante 10 horas en el Comité Central Confederal de la CGT sobre qué hacer: seguir negociando con el gobierno o llamar a una huelga.

Luego de dilatadas discusiones se resolvió por 16 votos contra 11 declarar la huelga general para el 18 de octubre. Saldría el siguiente comunicado sobre el objeto de la huelga: 1) Contra la entrega del gobierno a la Corte y contra todo gabinete de la oligarquía; 2) Por un gobierno garante de la democracia y la libertad y que consulte a las organizaciones sindicales; 3) Que se levante el estado

23 En agosto de 1943, Perón había resuelto la huelga del sindicato de la carne de manera expeditiva y completamente novedosa para la época: los obreros querían aumento de salario y la libertad del dirigente comunista J. Peter, recluido en el sur. Perón otorga el aumento y hace traer al dirigente en un avión militar. Un año despues la Unión Industrial ya estaba preocupada “por la indisciplina que necesariamente engendra en los establecimientos el uso generalizado de cierta terminología, que hace presentar a los patrones en una posición de ”

prepotencia y a cada arreglo como una conquista

(Comunicado UI, 29/12/44)

de sitio y se libere a los presos civiles y militares que se distinguieron por su convicción democrática y su identificación con la causa obrera (se evita nombrar a Perón); 4) Mantener las conquistas sociales y ampliarlas; 5) Que se firme el decreto ley sobre aumento de sueldos, salario mínimo y móvil, participación en ganancias, cumplimiento del Estatuto del Peón.

El debate en el CCC muestra que la dirigencia sindical duda por asumir riesgos de una jugada que puede ser perdedora. Sin embargo, para muchos dirigentes ya era clara la oportunidad política abierta por el liderazgo popular de Perón y las dudas que atravesaban a los uniformados y el gobierno, su abierta división. Por otra parte, muchos dirigentes hicieron una defensa de la gestión de Perón en el sentido de que había posibilitado el crecimiento del sindicalismo sacándolo del “raquitismo militante” y convirtiéndolo en un movimiento de masas.

Anochecer del 16 de octubre. Mientras están votando en el CCC “había manifestaciones en

Avellaneda que trataban de cruzar el puente

por la noche

llegaron más tandas de Villa Urquiza, Flores, el canal San Fernando, los talleres de ferrocarriles del

Oeste

en los barrios industriales de Buenos Aires y Rosario, en Tucumán, en Mendoza, en Córdoba.

En Avellaneda, en Quilmes, en Beriso,

No son más de trescientos que vivan a Perón por la

avenida Montes de Oca, desembocan en la avenida de Mayo y aplauden a La Época

‘Sin galera y sin bastón / los muchachos de Perón’

Veamos ciertos elementos de la acción colectiva el mismo día miércoles 17. Horas de la mañana en Avellaneda: piquetes en algunas fábricas llaman a concentrarse en Av. Mitre. “A Bs. As.”, “¡A traer a Perón!”. Movilización en toda la zona sur del Gran Buenos Aires. Hay muchas mujeres con sus niños. Berisso y Ensenada: obreros de la carne marchan a La Plata: chiflan a la Universidad, tiran piedras al diario El Día, incautan automóviles y camiones y van a plaza de mayo. Movilizaciones en Tucumán: ferroviarios y población de los ranchos va a la casa de gobierno provincial. En Córdoba:

silbidos al Jockey Club. En las provincias del interior se producen algunos desmanes. Mientras ocurre esto Perón está desde la mañana en el Hospital Militar trasladado desde Martín García por orden de Farrell. No se sabe cómo se entera la gente pero se reúne una multitud en la puerta del hospital aclamando al coronel. Perón se sorprendió. A partir de media mañana el coronel empieza a informarse sobre la conmoción que está ocurriendo en el país, al percatarse de la presión de masas teme por las derivaciones violentas.

Horas del mediodía en Buenos Aires: las calles que van hacia el puerto están atestadas de gente, hombres, mujeres, jóvenes, niños. Algunas fábricas que estaban trabajando han debido parar; los hombres en vez de irse a sus casas enfilan a la plaza de Mayo (Perelman, 1961). “¡Yo te daré, te daré patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con P / ¡Perón!”. Aparece en primer plano la consigna con el nombre de la persona que la CGT no se había atrevido a pronunciar. La plaza se va llenando de gente, de una población que no era usualmente visible para los habitantes de la ciudad de Bs. As. y su zona céntrica. Vernengo Lima (marino) quiere disolver la concentración usando medios militares. Ávalos (ejército) se opone.

En horas de la tarde la multitud en la plaza se calcula en 100.000. Sigue cayendo gente de todas partes. Al cruzar por barrio Norte las muchedumbres gritan: “¡Maricones a otra parte./ Viva el macho de Eva Duarte!” 24 .

24 “Esta atmósfera carnavalesca, en la que ponen el acento tanto los testimonios orales como los escritos,

nos hace reparar en la novedad que esto constituía como forma de expresión de la clase obrera

un apartamiento radical respecto de los cánones de la época sobre el comportamiento público aceptable de los obreros. Esta transgresión de las normas tradicionales que regían las manifestaciones obreras, este quebrantamiento de los repertorios de conducta aceptados, fue resentido agudamente sobre todo por los comunistas, anarquistas y socialistas. No sólo los incidentes violentos denunciados, sino el tono y el estilo mismo de las manifestaciones fue para ellos una afrenta. Esos proletarios no cantaban los himnos típicos de los mitines obreros, como los del 1º de mayo, no marchaban bien encolumnados ni obedecían las reglas tácitas de

la decencia y la contención cívicas. En lugar de ello, entonaban canciones populares, bailaban en medio de la calle, silbaban y vociferaban, y eran a menudo dirigidos por hombres a caballo vestidos de gauchos. El acompañamiento musical constante de sus marchas era el insistente retumbar de enormes bombos. Además, cubrían a su paso todo lo que veían con leyendas inscriptas con tiza - hecho que, teniendo en cuenta las reiteradas oportunidades en que fue comentado por la prensa, aparentemente era otro notorio apartamiento de la tradición.- En suma, las multitudes del 17 de Octubre carecían del tono de solemnidad y dignidad característico que impresionaba como la decorosa encarnación de la razón y de los principios” (James,1995:

110-111 ).

‘El subsuelo de la patria sublevado’, lo definiría con acierto Raúl Scalabrini. ‘No hay rencor

en ellos - observaría Leopoldo Marechal-, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder’

representaba

La dinámica de los hechos del 17 muestra, desde el punto de vista de la acción colectiva y la intervención política de masas, el contrapunto de dos repertorios: 1) la huelga general promovida por las instituciones del movimiento obrero que apuntaban fundamentalmente a preservar los intereses

del conjunto de los trabajadores pero no podían inscribirlo en una relación de fuerzas política aunque

el rechazo explícito a la entrega del gobierno a la Corte avanza en este sentido, y 2) la “pueblada” o

movilización de masas hacia los epicentros políticos a los efectos de producir decisiones o hechos inmediatos. La huelga general como medida de acción reivindicativa presupone el derecho a decidir por parte de la autoridad estatal. En este sentido la huelga funciona como amenaza a la paz social o presión política. La pueblada aparece como un desconocimiento en acto de la autoridad estatal y de

potestad del gobierno para decidir: la acción colectiva pretende no presionar o forzar una decisión

si

la

no directamente producirla sin mayores mediaciones 25 .

La ausencia de represión o intentos consistentes de detener la movilización por la fuerza también resultó un dato muy importante. No obstante que las provocaciones o agresiones fueron respondidas y que en varios lugares se registraron desmanes, la forma predominantemente pacífica de la movilización ayudaba también a que la represión no fuera una alternativa políticamente aceptable. Si bien la sociedad volvía a estar polarizada la ausencia de violencia y víctimas ayudaba a pensar formas nuevas de estructuración del conflicto: la presencia dominante de las masas trabajadoras en el sistema político debía institucionalizarse y regularse a través de nuevas expresiones político-electorales y a través de una expansión del sistema sindical. La competencia electoral y el poder sindical en la fábrica fundante de una negociación “paritaria” en el ámbito laboral daría cuenta de nuevos dinamismos políticos.

Aunque las consignas de la multitud se centraban en Perón, la repentina visibilidad de las masas reunidas más allá de las organizaciones y yendo “al rescate” de un hombre, inmediatamente puso a Perón y a las masas en el centro mismo del escenario político. La salida del gobierno militar ya no sería la controlada por la dirigencia y los partidos establecidos si no por un nuevo actor.

Dentro de la Casa Rosada se estaba perdiendo la calma. Hacia la noche vuelve a cambiar la

correlación de fuerzas dentro de los grupos del ejército por el influjo de la inédita intervención popular. Partidarios del coronel Perón vuelven a tomar el mando en la Policía y en el regimiento 3 de Infantería. Luego de la entrevista de Ávalos con Perón el 1º comunica a Campo de Mayo su renuncia

e invita a los oficiales a “escuchar las palabras que el triunfador de la jornada dirigiría a los obreros” (Torre).

A las 10 y media de la noche Perón y Farrell llegan a la Casa de Gobierno.

A las 11 de la noche salen Perón y Farrell al balcón. Tienen ante sí un acontecimiento que

raras veces sucede en la historia de los países y del mundo. Perón improvisa un discurso dirá:

interpreto este movimiento colectivo, el renacimiento de una conciencia de trabajadores, que es lo “

minutos más para

sino amar a nuestros hermanos

amar a la patria no es amar sus campos,

único que puede hacer grande e inmortal a la patria

”;

.

Al terminar pidió que se quedasen

quince

llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí”. Lo que no se había podido ver ahora abarcaba todo el horizonte.

La centralidad política de la clase trabajadora se tradujo no solamente en la victoria electoral del año siguiente si no en su plena inserción en el poder político y en las estructuras estatales. Sin embargo,

el vínculo líder/masas, con su inmediatez y sus componentes pasionales carentes de mediaciones,

en el que la voluntad colectiva era expresada en su forma más pura y que se colocaba como una fuente de legitimidad por sobre el estado y sus instituciones constituyó un núcleo inasimilable para las viejas elites y para las propias instituciones tradicionales (fuerzas armadas, iglesia, prensa, universidad) completamente marginadas de este dispositivo.

Esta fuerte gravitación de las masas se combinó con una pérdida de autonomía colectiva, el desplazamiento de las fuentes de legitimidad a la relación líder/masas a la que se subordinaban las

organizaciones y a la ritualización de la acción colectiva convertida en repetidos actos celebratorios. La falta de vida interna y el verticalismo presente en las organizaciones obreras empobreció los liderazgos y fue opacando su papel en el escenario político hasta la iniciativa de Eva Perón de apoyarse en la central obrera para impulsar su candidatura. Solamente la sangrienta intentona golpista de junio/55 comenzó a sacar a las masas de su letargo: la ira colectiva fue parcialmente convalidada desde el gobierno (el famoso discurso del 5 por 1) pero rápidamente pudo observarse que el gobierno temía que la reactivación autónoma de las masas derivara en violencia social y provocara situaciones más favorables al golpe. El 16 de setiembre el golpe militar y el abandono del apoyo del generalato fue determinante. Hasta las mismas organizaciones obreras terminaron por jugar sus cartas “prudentemente” según las expresas instrucciones de retirada de Perón. Si el 17 de octubre Perón quizás dudaba de sus chances, el 16 de setiembre puede decirse que se fue con la voluntad y la convicción expresada en una palabra: “volveremos”.

El imperio de la acción colectiva de masas: de la resistencia a las puebladas

La división clasista de la sociedad argentina se patentizó con la gigantesca concentración para celebrar el golpe y la invasión de muestras de júbilo por parte de una amplia clase media que había sufrido la “falta de libertad” durante el gobierno depuesto. El conjunto de los partidos políticos, la Iglesia, la Universidad, la Prensa y los poderes internacionales se expresaron inequívocamente dando la sensación de unanimidad. Las bases sociales del peronismo: las clase trabajadora de la ciudad y el campo quedaron en un importante aislamiento político y expuestas a la represión y las políticas de desmantelamiento del nuevo gobierno.

Sin embargo, el periodo inmediatamente posterior a la caída del peronismo también va a mostrar dos canales de movilización colectiva no relacionados: la reactivación de los partidos políticos en el marco de un antiperonismo explícito que no dejaba de convocar a amplias capas medias y altas, y la aparición de una resistencia popular tanto a la proscripción política como a los cambios regresivos en materia social.

La proscripción política del peronismo, se asoció a una verdadera proscripción social: la pérdida de gravitación política derivó rápidamente en la pérdida de gravitación laboral y en el deterioro de las condiciones de trabajo y salarios. El orden represivo y la proscripción de las dirigencias obreras y la intervención sindical junto con la restauración plena de la autoridad discrecional patronal en las fábricas no tardó en reducir las posibilidades de la acción colectiva contestataria y la organización popular en formas de sabotaje y de clandestinidad (James, 1999: 107). El “caño” o bomba de fabricación casera colocada en los sitios que simbolizaban a los poderes económicos y políticos y una forma descentralizada y espontánea de “comandos” eran las formas iniciales de mantener viva la presencia obrera y peronista aun mismo dentro de las FFAA. La sombra de las acciones anarquistas y de la capacidad de perturbar el orden público constituyeron recursos políticos nada despreciables. Un fuerte rechazo a lo político y una ideología que acentuaba los componentes clasistas del peronismo fueron sus formas de enmarcamiento dando lugar a una suerte de “estructura de sentimiento” obrerista y una cultura de oposición que tenía un nosotros y un ellos muy definidos: los trabajadores peronistas y “los gorilas”.

En 1958 se vuelve a impulsar la actividad huelguística, los dirigentes logran recuperar sus gremios. La toma del Frigorífico Lisandro de la Torre ante el proyecto oficial de privatización y la huelga general (16/01/58) de apoyo al mismo junto con una sorprendente reacción barrial con barricadas, quema de tranvías y grupos armados que resistían la carga de la policía y el ejército, generaron una situación de rebelión popular que rememoraba las jornadas de la semana trágica y la huelga del 36. La adhesión masiva de los comerciantes de los barrios adyacentes y hasta de los 32 gremios democráticos antiperonistas daba cuenta del resquebrajamiento del consenso hacia el gobierno.

Sin embargo, los acontecimientos de movilización masiva de setiembre de 1958 contra la aprobación del proyecto de ley de enseñanza libre mostrará los primeros indicios de resquebrajamiento entre los sectores sociales que habían expulsado al peronismo. La defensa de la universidad pública y gratuita provocó una sorpresiva y tenaz catarata de participación y acciones colectivas: petitorios, marchas, huelgas estudiantiles aun en escuelas medias, tomas y hasta una huelga universitaria por tiempo indeterminado lanzada por al FUA. Aunque la resistencia popular en ese momento no parecía tener punto de contacto alguno con estas

movilizaciones, pronto se comenzaría a ver que el dinamismo adquirido por el estudiantado universitario terminaría tendiendo puentes con el conjunto de la movilización de masas.

No tardaron en movilizarse también los sectores vinculados a la Iglesia que impulsaban el proyecto y se desató una guerra de propaganda callejera. El acto más importante contra la ley alcanzó las 400 mil personas lo que habla a las claras de que la bandera de la defensa de la educación laica y gratuita canalizaban expectativas profundamente arraigadas en las capas medias. Estos episodios demostraron dos cosas: la imposibilidad de las elites políticas en su nueva colusión con las clases dominantes para contener intereses fundamentales de las clases auxiliares de apoyo, y la innovación de acción colectiva masiva autónoma o independiente de estos mismos sectores. La política petrolera del gobierno y la rápida fragmentación de la dirigencia política junto con la desaparición de las expresiones políticas conservadoras directamente controladas por las viejas clases dominantes agudizarán la debilidad política y abrirán nuevas oportunidades para la intervención colectiva de masas y la reactivación del accionar sindical.

Otro elemento importante es el auge del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo cuyas propuestas pastorales reivindicaban las luchas de las clases populares y contribuyeron en gran medida a tender un puente de enmarcamiento entre las clases medias, sobre todo la juventud, y los sectores populares movilizados. La participación directa de religiosos en muchas acciones colectivas reducía las chances de soluciones represivas y mostraba la acelerada pérdida de apoyos sociales del establishment gobernante, además de brindar un fuerte elemento legitimador de la acción colectiva disruptiva como recurso válido.

El derrumbe de los soportes al esquema político se va a agudizar con el surgimiento también sorpresivo de la acción colectiva autónoma de los grupos obreros industriales del complejo metalmecánico más moderno instalado en el eje Bs.As-Rosario-Córdoba, y por la reagrupación -en la llamada CGT de los Argentinos- del sindicalismo combativo más duro de origen peronista en ruptura con las tácticas oscilantes y fracasadas del vandorismo y los grandes aparatos sindicales ante la dictadura militar represiva de Onganía. Los sectores obreros nacidos al calor del desarrollo de las industrias más modernas de automotores y material ferroviario y de aviación habían permanecido inactivos recluidos en un formato de agremiación por empresa que los separaba de las organizaciones sindicales centralizadas tradicionales manejadas por el peronismo. Sin embargo, esta autonomía organizativa y la juventud con mayores niveles de calificación de la fuerza de trabajo derivarían en una nueva forma de acción gremial. De la mano de estos sectores surgirá un sindicalismo llamado “clasista” por su fuerte combatividad y por su democracia interna y liderazgos no dependientes del aparato sindical y sobre todo por una política muy acentuada de “control obrero” del lugar del trabajo sin descuidar el acompañamiento de otros sectores sociales.

El sindicalismo cordobés nucleado en la CGT de Córdoba y la CGT de los Argentinos modificaron el repertorio de acción colectiva: introdujeron la modalidad del paro activo ya sea dentro de la fábrica (toma de fábricas que en algunos casos incluía la toma de rehenes) como en los barrios y las formas de manifestación pública (marchas, concentraciones, mitines) ante centros políticos o simbólicos (hasta las Iglesias fueron espacios de despliegue de acciones colectivas) y también las concentraciones multitudinarias abiertas no restringidas a la capacidad de movilización disciplinada del aparato sindical. Las posturas antiburocráticas y las formas de acción colectiva adoptadas permitieron rápidamente tender puentes con otros sectores descontentos. La CGT de Córdoba llegó a realizar en menos de dos años una docena de paros activos acompañados de movilizaciones callejeras masivas (James, 1999: 303).

El contexto internacional con la irrupción de las luchas de liberación nacional, el movimiento de paises no alineados y una generalización de las resistencias mundiales al imperialismo se expresaba en la argentina como repudio a la trasnacionalización de la economía y a la presencia de las grandes empresas multinacionales con su pública incidencias sobre los gabinetes y gobiernos militares. Nuevamente el elemento de “exterioridad” aparece como fuerte estructurador del enmarcamiento de estas formas de acción colectiva. La política represiva con su secuela de víctimas y persecuciones también agregaba componentes de antagonismo extremo. El aislamiento del gobierno y la reducción al mínimo de las expresiones políticas de las elites tradicionales y las clases dominantes configuraban un marco de ilegitimidad generalizada en donde solamente la capacidad represiva aparecía como fundamento del poder estatal.

El Cordobazo se caracterizó por la confluencia movilizada de estudiantes y obreros en un contexto de dictadura militar y de gran influencia ideológica de distintas variantes de la izquierda a nivel mundial. En las semanas previas se habían decretado aumentos en tarifas y transportes, derogación del “sábado ingles” en varias provincias y luchas estudiantiles por la privatización de comedores en Corrientes. Hubo serios incidentes y manifestaciones de protesta reprimidas en Rosario, en Salta, y en la Capital Federal. El clima de conmoción era bastante extendido. Gran efervescencia de sectores medios estudiantiles radicalizados 26 y de sectores del movimiento obrero organizado (Luz y Fuerza de Córdoba, CGT de los Argentinos). Participación, expectativa, lucha y negociación de otros sectores del movimiento obrero (UOCRA, CGT Azopardo, vandorismo). La coordinación alcanzada entre las dos centrales sindicales, especialmente en Córdoba y Rosario es una señal muy importante. Córdoba está pasando por un desarrollo monoindustrial (automotriz: IKA RENAULT, FIAT). Los dirigentes aquí se reivindican marxistas. Los obreros tienen buenos salarios con capacidad de consumo parecida a los sectores medios. Las condiciones de trabajo en algunas de las plantas son malas: los obreros están expuestos a actividades que les ocasionan problemas psicofísicos. Hacia mayo de 1969 parece haber una confluencia antigubernamental de casi todos excepto UOCRA, Vestido y Luz y Fuerza. A principios de mayo se realiza un congreso de delegados de la UOM en Mar del Plata con tono crecientemente opositor. Vandor dialoga en Córdoba con Agustín Tosco (Luz y Fuerza de CGTA) y Atilio López (UTA de CGTA). También se reúne con Elpidio Torres uno de sus seguidores en SMATA de Córdoba. El estallido del 29 es precedido por una serie de paros y manifestaciones: SMATA, UTA, UOM. Elpidio Torres y Tosco se muestran como los líderes de la movilización. Hay descontento por aumentos de precios y avance sobre derechos laborales de descanso (sábado inglés). Tampoco escapa el hecho de que ese día se festejaba en todas las unidades militares el día del Ejército Argentino. El repudio al papel represivo y político de las FFAA era especialmente fuerte en los sectores estudiantiles. En Corrientes hay enfrentamientos entre la policía y los estudiantes que salieron por la privatización del comedor universitario. Muere un estudiante. Manifestaciones de solidaridad en muchas ciudades y protestas en Rosario contra la represión de los correntinos. Muere otro estudiante. En Córdoba una marcha de silencio encabezada por gremialistas y sacerdotes es reprimida. Las dos CGTs convocan a un paro nacional para el 29 de mayo. La central obrera de Córdoba lo transforma en paro activo.

A media mañana del 29 de mayo salen los obreros de IKA-RENAULT. El ausentismo en las

100% 27 . Se hacen concentraciones en la zona céntrica de la

fábricas más importantes es de casi

ciudad de Córdoba. Apoyan los comercios y la administración pública. La policía trata de dispersar

con gases lacrimógenos. Los manifestantes hacen barricadas para detener las cargas policiales. Se prenden fogatas. Los vecinos de adentro de las casas arrojan papeles y se solidarizan con la manifestación en las calles. Se repiten escenas de cargas policiales, repliegue de manifestantes y reagrupamiento para hostigar a la policía. El territorio de lucha abarca 150 manzanas. Los huelguistas se defienden con “piedras, cascotes y diversos objetos”. Se atacan comercios, se incendian depósitos pero no se roba nada. Se empieza a notar la acción de francotiradores que mantienen a raya a las fuerzas policiales. Hay heridos y muertos. Algunos huelguistas hacen molotov con nafta de las estaciones de servicio. Estudiantes incendian el casino de suboficiales de la Aeronáutica 28 .

A media tarde se habla de la intervención del ejército. Aviones de la Fuerza Aérea hacen

vuelos rasantes sobre la ciudad. A las 5 de la tarde entran tropas de la IV Brigada de Infantería Aerotransportada y diversos efectivos militares. A la noche se impone el toque de queda. Habrá escaramuzas, disturbios y tiros espaciados durante los siguientes dos días. Se abren consejos de

guerra. Se condena a Tosco y Torres a varios años de prisión.

26 Hasta en la Universidad Católica de Córdoba hubo agitación estudiantil contra la represión. Estudiantes y obreros participaron en una marcha de silencio que fue reprimida a la salida de un oficio religioso por los muertos.

27 “La hegemonía del ‘Cordobazo’ es claramente proletaria. Son los obreros industriales los que directamente impulsan el paro activo, son los dirigentes orgánicos los que organizan la movilización; el resto de Córdoba se

pliega, militante y combativa, a los trabajadores fabriles”. “El corazón de la lucha se libró en el centro

zonas de resistencia

constituyeron el último radio de la movilización.” (Horowicz,

Las

eran los barrios: una vez que el movimiento refluyó, tras el ingreso del ejército, ellos

1986:203-204 ).

28 “Los lemas escritos en las paredes son escasos, los ‘vivas’ casi insignificantes. El lenguaje de la movilización es el lenguaje de los hechos mismos”. “Los partidos políticos tradicionales - incluido el Partido Comunista - no tienen injerencia alguna en la movilización. No son desbordados sino marginados”. “No hubo ni saqueo ni

pillaje

Hubo destrucción

”.

(Delich, 1974: 21 )

Las CGTes declaran el 2 de junio día de duelo. El 4 de junio renuncia el gabinete de Onganía. El 27 de junio hay atentados en la cadena “Minimax” propiedad de Rockefeller que visita el país. El 30 de junio es asesinado Vandor por comando que logra engañar a la muy bien custodiada sede de la UOM de la calle Rioja donde se encuentra el dirigente. No se saben las razones ni los responsables.

Después del cordobazo, en un contexto donde la dictadura militar combinaba la cerrazón represiva como único recurso y la debilidad por total ausencia de apoyos sociales y políticos surgen las “puebladas” : Rosariazo (setiembre/69), Tucumanazo (noviembre/70), Cipolletti, Casilda y Mendoza (febrero/72). Todas fueron movilizaciones amplias de resistencia que pugnaban por el control de las calles con gran capacidad de perturbación del orden público, que concitaban la participación directa o el apoyo de múltiples sectores y que se generaban como respuesta a la represión de movilizaciones de estudiantes universitarios, sindicatos combativos o manifestaciones de productores o ligas agrarias. Las repercusiones políticas de estos gigantescos desafíos a la autoridad que constituían estas manifestaciones eran inmediatos movimientos en las cúspides y búsquedas de “salidas” a la situación: caídas de Onganía luego del cordobazo, de Levingston luego del viborazo, y el ablandamiento final de Lanusse luego del mendozazo. El resquebrajamiento de la unidad militar también comenzaba a hacerse evidente.

La “pueblada” formaba parte del repertorio de acción colectiva de masas para esa etapa. Había sido asimilado por los grupos militantes, los gremios combativos y las nacientes organizaciones revolucionarias como un cauce de inserción entre las clases medias y subalternas. Posteriormente (ver capítulo ) la herencia de esta oleada de acción colectiva sería tamizada y moldeada por la proliferación de organizaciones revolucionarias que combinaban la lucha armada con la política de masas.

Lo notablemente novedoso de esta oleada también lo constituía la multiformidad de organizaciones, sectores sociales, posiciones ideológicas y de intereses políticos. Sin dudas no pueden ser interpretadas como continuación directa de la llamada resistencia peronista. La mayor parte de las puebladas no incluyó significativamente la demanda del retorno de Perón. Sin embargo, el anciano líder gozaba de la mejor posición para aprovechar la oportunidad de convertir en recurso político propio el complejo movimiento de masas ascendente 29 . A su vez la llegada de Lanusse significaría la opción de la negociación con Perón como salida “menos mala” vis a vis una radicalización incontrolable de masas. Una vez más las irrupciones “sorpresivas” de acciones colectivas beligerantes cambian completamente el escenario político.

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