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CAMINANDO EN UN ESPIRITU MISIONERO

Erick Fernando Tuch

Villa Hermosa Tabasco 2005

INTRODUCCIÓN: “Así como el Padre me envió, así también yo os envío” (Juan 20:21). Esta contundente declaración de Jesús define que Dios es misionero: El Padre envía al Hijo, en consecuencia el ministerio de Cristo en la tierra a favor de la humanidad, es la actividad misionera de Dios. Y los discípulos de Jesús somos enviados al mundo de la misma manera en que el Padre envío al Hijo. Por eso decimos que nuestra vocación es misionera, consecuentemente, nuestro caminar debe ser en un espíritu misionero. Veamos algunas razones:

I. LA NECESIDAD DEL SER HUMANO

El hombre fue creado para la gloria de Dios (Efesios 1:3-14). Sin embargo, el pecado ha tergiversado temporal y parcialmente este propósito, pues ha traído consecuencias devastadoras en la humanidad que se resumen en la muerte: tanto espiritual como física.

Por causa del pecado, la humanidad quedó sujeta a corrupción y degradación. Desde entonces el hombre huye de Dios, se autodestruye y destruye a los demás. Al ser expulsado de la presencia de Dios; el paraíso y la paz perfecta que da la comunión con Dios se convierte en un campo hostil: Adán acusa a su mujer, Caín mata a su hermano, José es vendido como esclavo por sus hermanos.

¡Es el pecado el causante de todas las desgracias humanas y solo Dios puede ayudarle! Sin embargo, al igual que nuestros padres (Adán y Eva), la humanidad sigue escondiéndose del amor y la gracia de Dios. De la misma manera, Dios sigue tomando la iniciativa de buscarlos para la reconciliación. Y es allí donde entra en escena la iglesia y su misión en el mundo:

“En el camino de la misión cristiana encontramos muchas personas quebrantadas por el dolor de haber pecado, debemos sentir por ellas auténtica compasión cristiana y hablarles del divino alfarero que puede recoger los pedazos de una vida rota y hacer un vaso nuevo.” 1

En un mundo lleno de dolor, la iglesia debe proclamar las palabras de Jesús: “El diablo vino para matar, robar y destruir, más yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”. La iglesia debe dejar de ver hacia adentro y al igual que Jesús, levantar la mirada hacia las gentes que viven como “ovejas sin pastor”. La

1 Núñes Emilio, Hacia una Misionología Latinoamericana. P. 76, 77

iglesia que pierde de vista lo trágico del pecado en la vida humana, también pierde el sentido de la salvación ofrecida por Dios mediante la muerte de su Hijo Jesucristo. En otras palabras, solamente una iglesia que ha experimentado la verdadera salvación, puede cumplir su vocación misionera.

II. EL LLAMADO MISIONERO (1 Pedro 2:9)

La identidad de la iglesia está intrínseca a su llamado misionero: “más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”.

En medio del caos, la iglesia es portadora de un mensaje de esperanza. Ser portadores de la Buena Nueva, nos coloca en el centro mismo de la historia de la redención, en el misterio de Dios que se hace carne para revelarse a cada ser humano.

La salvación que Dios ha dado, es para disfrutarla compartiéndola. La bendición que Dios promete a Abraham, es una bendición que tiene carácter extensivo. Lo contrario es un atentado contra la salvación que Dios da.

Cuando Dios buscó a Adán en el huerto, le prometió redención, la cual cumplió a través del sacrificio de su Hijo, y este hecho salvífico, debe ser conocido en el mundo entero, por eso llamó a sus discípulos y los constituyó en testigos de dicho misterio: “ Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día, y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas” (Lucas 24:46-48). ¿Acaso no es ésta una vocación misionera? A la vez, esto hace a la iglesia como continuadora del ministerio de Cristo.

III. LA IGLESIA COMO CONTINUADORA DEL MINSITERIO DE CRISTO (Jn. 20:21)

Jesús dice a sus discípulos: Así como el Padre me envió, así también yo os envío”. Claro está, la iglesia está llamada a continuar con el ministerio terrenal de Cristo. Lo que para muchas iglesias no está claro es en qué consistió el ministerio de Cristo.

En primer lugar, Jesucristo vino para revelarnos al Padre (Juan 1:14-18). La gloria del Padre que el hombre perdió por el pecado, es recuperado a través de Cristo. Esta revelación lleva a la reconciliación con el Padre.

En segundo lugar, desarrolló un ministerio kerigmático, pedagógico y terapéutico (Mateo 9:35-38). En tercer lugar, el método que utilizó fue la encarnación. Estado que le permitió comunicar el amor y la gloria de Dios (Filipenses 2:5-11).

En cuarto lugar, estableció la iglesia como portadora de su gloria y poder a favor del mundo (Marcos 3.13-15) mediante el testimonio (Hechos 1:8)

Nuestro ministerio no tiene fundamento si cambiamos los propósitos por los cuales Dios nos llamó. Nuestra vocación es misionera.

IV. LA VENIDA DEL ESPIRITU SANTO (Hechos 1:8)

Cuando Jesús estaba por ascender, los discípulos experimentaron incertidumbre y cuando pensaron que todo había terminado, descubren que su tarea comienza:

Ellos deben llevar las buenas nuevas a todo el mundo.

En Hechos 1:8, Jesús define la estrategia: Poder-Testimonio-hasta lo último de la tierra. Estos tres conceptos son importantes en la comprensión y desarrollo de nuestra vocación misionera.

Primero, hay una promesa de empoderamiento: “recibiréis poder”. De la misma manera en que Jesús fue empoderado para cumplir su misión, así los discípulos recibirían poder para cumplir la misión. En Hechos, Lucas nos presenta que la iglesia, por el poder del Espíritu Santo, es la prolongación de la vida y ministerio de Jesús. Es el Espíritu quien “envía a misión y el que dirige sus avances y orientaciones.” 2

Segundo, el poder es de carácter vocacional: “Me seréis testigos”. El vocablo griego para testigo es martures, que significa una persona que cree en su testimonio tan fuertemente que da hasta su vida para contar la historia. 3

Es el testimonio de hombres empoderados el que trasformará al mundo. Hombres y mujeres que han tenido un encuentro transformador con Dios, al punto que no pueden callar lo que “han visto y oído”. Es la vivencia con el Dios de la vida lo que les impulsa a dar testimonio del Hijo de Dios en medio de la adversidad, incluso ante la muerte misma (Hechos 4:29-31).

2 Gourgues, Michel. Los Dos libros de San Lucas. P. 47 3 Tunstall, Frank. Nuestro Magnífico Señor. P. 263.

Tercero, el testimonio debe ser a todo el mundo. La salvación que Jesucristo ha traído es universal, es para “todo aquél que cree”. Tal concepto lo encontramos en el transcurso de las Escrituras: Cuando Dios llama a Abraham hace un pacto de bendecir a todas las familias de la tierra, pacto que vemos cumplido al final de los tiempos donde multitud “de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas,” estarán delante del Cordero reconociendo que la “salvación pertenece a nuestro Dios ” (Apoc. 7:9,10).

V. LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

Finalmente, Cristo regresará para llevarse a su iglesia. La relación que el pecado deterioró, finalmente será restaurada. Y es la voluntad de Dios que participe gente de toda la tierra.

Sin embargo, no podemos hablar de la Segunda venida de Cristo, si todavía hay mucha gente que no ha escuchado de su primera venida. ¡Cumplamos con nuestra vocación Misionera para que Cristo regrese!

CONCLUSIÓN: Dios nos llama a caminar en un espíritu misionero. Es este el camino que trazó para su iglesia, cualquier otro camino es incierto. La gloria y el poder que la iglesia tiene, son de carácter vocacional, es poder para dar testimonio de la nueva vida que Dios ofrece. Hasta ahora, Dios ha usado a su iglesia como el agente de salvación y la Biblia dice que seguirá siendo el medio por el cual Dios salve a este mundo. Si hemos experimentado la salvación de Dios y si el Espíritu Santo ha venido sobre nuestra vida, ¿qué hacemos en Jerusalén? Vallamos por el mundo y cumplamos nuestra vocación misionera.