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ÉTICA Y DEONTOLOGÍA PROFESIONAL
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LA FUNCIÓN SOCIAL DEL TRADUCTOR

El fin principal del traductor es facilitar la comunicación a través de las barreras lingüísticas. El traductor debe lograr la comprensión de un texto escrito en una lengua original y traducirlo en la lengua meta para que lo comprendan quienes no conocen la lengua original. En efecto, son varias las definiciones que existen en cuanto a la traducción como acto de comunicación. Algunas de ellas definen a la traducción como “un proceso comunicativo que tiene lugar en un contexto social” (Hatim y Mason); como un acto que “consiste en reproducir, mediante una equivalencia natural y exacta, el mensaje de la lengua original en la lengua receptora” (Nida y Taber); y, por último, como un acto comunicativo cuyo criterio fundamental es la funcionalidad (Nord). La primera y la última definición apuntan más específicamente al rol social de la traducción y, más concretamente, al del traductor, al cual pretende apuntar este trabajo.

Entonces, ¿cuál es el sentido social de nuestra práctica profesional? Según Augusto Hortal, el traductor debe poder percibir lo que su actuación tiene de práctica social, ya que toda traducción se sitúa en contextos que pueden afectar tanto positiva como negativamente a las personas y grupos con los que se relaciona su tarea. Es decir, debe saber cómo afecta a las personas, a los grupos y a la sociedad lo que él hace o lo que hacen los otros con los que el traductor colabora traduciendo. El traductor, así como cualquier otra profesión, tiene lo que se denomina una responsabilidad social que tiene que ver con el rol que asume el profesional y el cual debe realizar conforme a los requisitos socialmente establecidos. Dicha responsabilidad social comprende asumir las responsabilidades que conllevan las actuaciones profesionales en los diferentes contextos. En otras palabras, los profesionales tienen la responsabilidad de ejercer su propia profesión con sentido social, actuando siempre en beneficio de la sociedad en su conjunto, del bien común. La sociedad ideal sería aquella en la que cada profesión hiciese bien su propia contribución profesional al bien de los otros, al bien de todos. El autor enumera unos cuantos ejemplos que dan mayor claridad a estos conceptos. En una “sociedad maravillosa”, los jueces deberían juzgar con justicia, los médicos deberían cuidar de la salud, los arquitectos deberían construir casas habitables y accesibles a las personas, los estudiantes deberían estudiar, los profesores deberían enseñar, los gobernantes deberían gobernar… La lista podría seguir.

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No cabe duda de que los traductores e intérpretes a lo largo de toda la historia han contribuido, y lo siguen haciendo, a la comunicación entre personas, colectivos y culturas con lenguas diferentes. Sin esta contribución, esas personas estarían más aisladas, esos colectivos serían más cerrados sobre sí mismos, esas culturas serían más pobres… La realidad histórica demuestra la gran valoración a esta profesión que contribuye ampliamente a la vida humana de todos los seres humanos. Es por esto que la traducción es una actividad social que tiene repercusiones sociales y de ellas, el traductor, debe hacerse responsable. Por otra parte, en la mayoría de los casos, la traducción forma parte integrante o contribuye a otras actividades sociales con las que los traductores colaboran traduciendo y de cuyas contribuciones y sus repercusiones los traductores deben responsabilizarse. De todas maneras, no es cuestión de pensar que el traductor es el responsable absoluto de cualquier asunto relacionado con su tarea ni que es un mero traductor que se desentiende de las responsabilidades. Como en todo, debe haber un término medio. Ese medio lo brinda el criterio de justicia, el que dice qué actuaciones son justas o injustas.

Como traductores, debemos plantearnos si debemos traducir o no determinados encargos, en tanto estos representen una violación a la dignidad o al derecho de las personas. Ante actuaciones profesionales indignas, como por ejemplo llevar a cabo interrogatorios vejatorios, torturas físicas o psíquicas, falsear documentos, etc., el traductor debe negarse a colaborar, pero además debe recurrir a quienes puedan remediar esos desmanes. Por todo esto, hay que tener ideas claras sobre la justicia, sobre lo que en términos de justicia está en juego en las situaciones en que el traductor desempeña sus tareas profesionales. La justicia es la virtud que regula las relaciones sociales no sólo entre los individuos y grupos sino también entre estos y el conjunto de la sociedad. La justicia consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. A continuación, se enumeran los principales títulos de justicia, que serían los criterios por los que se juzga qué es en cada caso lo que corresponde a cada quién; tomando en cuenta principalmente la tarea del traductor:

Por ser persona, libre, digna, con derechos: El primer criterio que tiene el profesional para saber si son justas o no sus actuaciones o las de otros para los que él traduce, es si esas actuaciones respetan y promueven los derechos humanos o los violan y recortan. Los traductores no se deben prestar a colaborar en actuaciones que promueven el racismo, el sexismo, la pornografía infantil, etc. Pero se debe aclarar que la justicia y la

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injusticia no está sólo ni principalmente en el texto, sino en lo que se hace con él al traducirlo; es decir, al servicio de qué fines se pone la actuación del traductor.

Por contrato, explícito o implícito: Es de justicia que, en condiciones ordinarias, se cumplan las estipulaciones contractuales. Los contratos, tanto los implícitos unilaterales (promesas, apretón de manos)como los explícitos bilaterales (pactos, contratos), generan obligaciones de justicia. Un traductor que trabaja como autónomo no tiene la obligación de traducir lo que no quiere o no le interesa; pero si se ha comprometido a hacerlo, es de justicia que cumpla con su compromiso.

Por mérito: Cuentan en la vida profesional a la hora de la estimación y el reconocimiento social. No es justo que tenga la misma valoración y aprecio profesional el que es un buen traductor que el que no lo es. Es de justicia que cada cual obtenga lo que se merece.

Resumiendo, los traductores contribuyen a promover una sociedad más justa y solidaria al participar en acciones que respetan y promueven la justicia. No deben desentenderse de sus responsabilidades. En el proceso de intensificación de las relaciones internacionales e interculturales que está teniendo lugar, la comunicación y las relaciones humanas no se pueden quedar ni se quedan dentro de las barreras lingüísticas. En este sentido, la principal función social de los traductores consiste en ser facilitadores de una comunicación entre personas y grupos que, sin su contribución profesional, no podrían comunicarse, no tendrían acceso a textos literarios, a información científica, técnica, económica o jurídica, a textos que están escritos en otra lengua distinta; las culturas y las literaturas serían mucho más pobres sin su aportación, tendríamos menos conocimiento de lo que sucede en otras partes, no podríamos ver y entender las películas que se han hecho en idiomas que desconocemos, no sabríamos manejar los aparatos cuyas instrucciones de uso están escritas en una lengua extraña para nosotros… En definitiva, podemos afirmar que los traductores también “aumentan la vida”.

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BIBLIOGRAFÍA

HORTAL, AUGUSTO (2007). Ética Profesional de Traductores e Intérpretes. Bilbao: Desclée de Brouwer.

HURTADO ALBIR, AMPARO (2001). Traducción y Traductología: Introducción a la traductología. Madrid:

Cátedra.

LÓPEZ GIUX Y MINETT WILKINSON (2003). Manual de Traducción. Barcelona: Gedisa.

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