La niña mala

No hay maldad tan mala como la que nace en la semilla del bien
(Baldassare Castiglione)

Maribel

Índice

Agradecimientos…………………………………………………………………...2
Prologo………………………………………………………………………………3
Me caso……………………………………………………………………………....5
La niña……………………………………………………………………………….8
Jesús………………………………………………………………………………..16
La llegada…………………………………………………………………………..25
La separación……………………………………………………………………..39
¿Un comienzo?..............................................................................................53
Matías……………………………………………………………………………….61
Batallas…………………………………………………………………………….83
¿Quién puede más?....................................................................................122
La niña buena……………………………………………………………………139

1

Agradecimientos

Queridísima amiga Neus
Escúchame allí donde estés
Porque te sigo hablando
Léeme allí donde estés
Porque escribiré para ti.

Gracias también a Inma, Elvira e Inka por su infinita paciencia, por ser unas
excelentes “Marujas” y por seguir a mi lado evitando que cayera en mi soledad.

Gracias Francis, Julio, Dani y Anabel por ser mi inspiración, aunque esto nunca
tenía que haber sido así.

Y por último a ti Alberto, por estar a mi lado en horas inciertas, por apoyarme y
por quererme incondicionalmente. Gracias

2

Prologo

Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al
amor; pero el amor nos da miedo. (Anónimo)

Momentos.
Solo son unos momentos de felicidad absoluta, en un día, los que te hacen
olvidar mil momentos de agonías.
Momentos.
Solo son unos momentos de sed, en un día caluroso de verano, los que te
hacen olvidar toda el agua bebida.
Momentos.
Solo son unos momentos de palabras equivocadas, los que te hacen olvidar
todas las palabras acertadas, pronunciadas anteriormente.
Momentos.
Solo son unos momentos, los que hay que olvidar para no recordar.
¿O sí?
3

La adolescencia y juventud de hace treinta años era tan increíblemente
diferente a la de ahora, que si miro hacia atrás, me parece que estoy en otro
universo. Si mi madre estuviera aquí, podría decir lo mismo de su propia
juventud, y mi abuela de la suya, pero esto sería un no acabar.
¿Y lo que más ha cambiado de todo? El respeto.
Cada día se ven casos de jóvenes en los medios, sin respeto hacia los
mayores. Ya sean ajenos a su entorno, o a sus propios padres, abuelos y
profesores.
Si en mis años de colegio el profesor me castigaba, ni se me ocurría decírselo
a mis padres o el castigo era doble -¡algo habrás hecho!- hubiera sido la
respuesta de ellos.
Tampoco quiero dar un discurso sobre lo que ocurría entonces. No es mi
intención aburrir más de lo debido. Pero he tenido cuatro hijos. Cuatro amados
hijos, tres de los cuales los tuve tan joven que fueron educados desde la
inexperiencia de mi juventud, y con los vestigios de la educación que me fue
impartida por mis padres con su apoyo y con su ayuda. La cuarta. Mi niña. Vino
al mundo mucho después.
Y el mundo había cambiado.
Y todos cambiamos con él.

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Me caso
Diecinueve años recién cumplidos y me siento la mujer más feliz del mundo.
Con mi vestido blanco me dirijo a la iglesia donde me espera mi novio -¡Madre
mía! ¡Qué nerviosa estoy!- le digo a mi padre al bajar del coche. Él se limita a
sonreírme y me coge del brazo para acompañarme hasta el altar.
Le veo allí arriba. Tan guapo. Con su traje negro. Tan nervioso o más que yo.
Los nervios quieren jugarme una mala pasada y quiero reír y llorar pero me
contengo todo lo que puedo.
Es septiembre y acaba de comenzar a llover.
Eso me alegra, en mi pueblo se dice que una boda en un día lluvioso es un
matrimonio para toda la vida.
Y así es como comienza lo que yo creo que va a ser la mayor aventura de mi
vida.
Pero la aventura solo duró, lo que duró el viaje de novios. Una semana.
No había tiempo ni dinero para más.
A pesar de que mi recién estrenado marido era de familia acomodada y dicha
familia poseía negocios propios, él no se llevaba demasiado bien con su padre.
Era el mayor de cuatro hermanos y su padre tenía los ojos puestos en él, pero
también era el que más quebraderos de cabeza le daba.

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Jesús en el fondo odiaba discutirse con su padre. Los dos tenían el mismo
carácter y sus discusiones continuas hacían sufrir a su madre.
Un día, sin más, decidió marcharse de su casa y de sus negocios, cosa que por
otro lado hizo sufrir a mis suegros.
Jesús era tremendamente orgulloso. Yo entonces por el amor que le tenía,
confundí aquel orgullo con fortaleza y valentía.
-A mí no me grita ni mi padre- me solía decir.
Y siempre ha sido así. Nunca ha consentido que nadie se ponga por encima de
él.
Cuando regresamos del viaje de novios tuvimos que ponernos a trabajar
enseguida, siempre en la hostelería y de aquí para allá.
En verano playa, en invierno montaña. Sin parar. Con mucho esfuerzo y en
nueve años tres hijos entre trabajo y más trabajo.
Mi padre murió en un accidente de tráfico poco después de mi boda. Yo le
echaba tanto de menos que no podía entender a mi marido y su actitud.
Sola.
Perdida en la inmensidad del vacío de mi corazón, intento no olvidar la mirada
que un día llenó de luz y esperanza el camino de mi vida.
Esa mirada que me acompaña, me persigue y me alivia en mis momentos más
oscuros y devastadores de absoluta soledad interior.
Siempre te llevaré conmigo.

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Tu recuerdo constante ilumina mi camino aunque sepa que no he de volver a
verte.
Para Jesús no había nada más importante que yo, y demostrarle a su padre
que él podía llegar más lejos de lo que hubiese llegado a su lado.
Un día se le presentó esa oportunidad. Una oportunidad de negocio que no
podía dejar escapar. Y otra vez las maletas hechas, pero esta vez sería para
crear un hogar lejos de nuestro hogar.
Y la aventura continuó.
Aunque el estar tanto tiempo lejos de mi familia con la única compañía de mis
hijos, de mi trabajo y de mi marido, me hizo abrir los ojos ante la persona con la
cual había vivido todos estos años y lo que vi, no me gustó.

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La niña
Concha y yo íbamos como cada día que había mercado a tomar el café a la
cafetería de la esquina de mi calle.
Sonó mi móvil justo cuando nos disponíamos a entrar. Esperaba esa llamada
ansiosa desde hacía dos semanas.
Estaba embarazada de tres meses; tenía cuarenta años, tres hijos varones y
me habían practicado una amniocentesis.
-¿Señora Mercedes Ortiz?- dijo al otro lado del teléfono una voz de chica joven
y decidida.
-Sí…soy yo- contesté nerviosa.
-La llamamos del hospital materno infantil donde le han practicado la prueb…..no la dejé terminar.
-Sí, dígame por favor ¿ha salido bien?-Si señora; no parece que traiga ningún tipo de enfermedad congénita.¡Uf! Qué alivio -¿Y el sexo?- pregunté casi a la velocidad de la luz.
Hubo unos segundos de silencio al otro lado, aproximadamente tres o cuatro
en los cuales escuché el pasar de unas hojas de papel, pero a mí me
parecieron como dos horas. Casi le grito ¿Qué? ¿Dejamos el whatsApp para
otro momentito guapa?
-Una niña- dijo tras su pausa.
-…………….- casi me desmayo
8

-¿Una niña ha dicho?- dije al fin.
Me pareció escuchar su sonrisa de fondo.
-Si señora, una niña y esto no falla-. Estallé en un grito, sin poder evitarlo.
-¡Una niña! ¡Una niña! ¡Una niña!Concha reía histérica conmigo. Nos abrazamos las dos, dando saltos como
locas frente a la puerta de la cafetería que estaba repleta de gente y algunos
nos miraban con curiosidad y sonreían de ver el espectáculo que estábamos
dando.
Ella era de mi pueblo natal, nos conocíamos desde que teníamos tres o cuatro
años y siempre fuimos inseparables. Me atrevería a decir que más que
hermanas.
Cuando nos vinimos aquí, por supuesto no perdimos el contacto en ningún
momento y me las arreglé como pude para conseguirle trabajo a ella y a su
marido que en aquel tiempo estaba en paro.
Mi hermana le tenía unos celos descomunales y con razón.
Un año más o menos tardó Concha en venir hasta aquí y durante ese año tuve
lo que se denomina, síndrome de abstinencia.
Antes de que se me pasara el júbilo llamé a mi marido, a mi madre, a mi
hermana, a mi suegra y ya dentro de la cafetería, a casi todos los números que
tenía en mi agenda.
Por supuesto todos sabían que estaba embarazada, pero una niña, era todo un
acontecimiento familiar. Un acontecimiento apoteósico.
9

Tanto mi hermana como yo solo teníamos niños. Mi suegra solo tuvo niños y
mis cuñados niños a su vez; así que era la primera niña después de mucho
tiempo.
Cada vez que le decía a alguien que venía de camino una niña, me lo repetía a
mí misma mentalmente.
¡Dios! No me lo podía creer.
No busqué este embarazo. Mis hijos ya eran mayorcitos y yo empezaba a
liberarme un poco de ellos, pero ya que estaba aquí, al menos que fuese una
niña (me decía)… -¡Una niña!Nada más salir de la cafetería, ya compré un trajecito de bebé en color de rosa.
¡Qué ilusión me hizo! Tocarlo, olerlo. Imaginarme a mi pequeña ya dentro de él.
¿Y su nombre?
No había lugar a dudas. Ya estaba elegido hacía más de cuarenta años.
Mi madre perdió a la suya siendo casi una niña y siempre me hablaba de ella
con mucho amor y nostalgia.
Nadie en toda la familia llevaba el nombre de mi abuela íntegro y en exclusiva y
decidí ya siendo pequeña que si alguna vez tenía una niña, se llamaría como
ella.
María.
A mi marido no es que le hiciera mucha gracia el nombre, pero él escogió el de
nuestro primer y tercer hijo, yo el nombre del segundo y la niña me tocaba a mí.

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Además de que siempre le había dicho esa espinita que tenía clavada con el
nombre de mi abuela a la que no llegué a conocer.
Los meses pasaron lentos, muy lentos. Deseaba tanto ver la cara de mi bebé
que hasta tenía pesadillas.
Soñaba que al dar a luz tenía otro niño y yo pedía que lo apartaran de mí, que
no podía ser mío.
Me despertaba sobresaltada y empapada en sudor, me acariciaba la barriga y
me consolaba a mí misma diciéndome que tampoco sería tan malo.
Tengo unos hijos maravillosos, me ayudan en todo lo que pueden, son buenos
chicos y no tengo queja de ellos. -¿Seré tonta? ¿Por qué me pongo así?- me
decía entre dientes. Pero…mi niña, mi esperada niña…
En mi séptimo mes de embarazo tuve la peor de mis pesadillas, solo que esta
pesadilla era real.
Mi hermana me llamó por teléfono para decirme que fuese cuanto antes al
pueblo.
Mamá había sufrido un infarto.
Hacia doce años que por los negocios de mi marido nos habíamos trasladado
de nuestro tranquilo pueblo del interior de Andalucía, a otro mucho más grande
de la Costa Brava en Cataluña. Menos tranquilo pero con más futuro para
nuestra familia y sobre todo para los negocios de él.
Mi madre hacía cuatro años ya había sufrido de un infarto del cual se recuperó
bien y mi hermana desde entonces la cuidaba con mimo.
11

Yo bajaba cada vez que podía a verla y por supuesto nuestras vacaciones eran
casi una obligación de bajar al pueblo.
La llamada de mi hermana con la voz en un hilo, apremiándome por bajar y
sabiendo mi avanzado estado de gestación, me hizo ver claro que este infarto
era diferente.
Cogimos el primer vuelo a Córdoba sin reparar en gastos.
El peor viaje de mi vida. Hora y pico de vuelo en un silencio asolador. Metida
en mis pensamientos, en mis recuerdos. Intentando mantener viva a mi madre
aunque solo fuese en mi mente. Pero algo me decía que no iba a ser así. Que
mamá no me esperaría como a ella no la esperó la suya y que se marcharía sin
despedirse de mí. Sin conocer a su nieta.
Y mis temores se cumplieron.
Cuando llegamos era tarde. Mi madre había muerto.
Aún estaba en la cama del hospital pues no hacía apenas, según mi hermana,
una hora de su fallecimiento y pidió por favor que no se la llevaran hasta que yo
llegara.
Me acerqué a ella en silencio. No podía llorar. Estaba preciosa. Me despedí de
ella, no como me hubiese gustado hacerlo. La abracé, la besé y le puse su fría
mano en mi barriga. De algún modo, yo también quería que se despidiera de mi
niña y mi niña la conociera a ella.
Como si mi bebé supiera lo que estaba pasando, en ese preciso momento se
revolvió tanto que dio la sensación que golpeó de una patada la mano de mi

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madre. Hasta tal punto fue de fuerte la patada, que mi hermana que estaba
frente a mí, vio como la mano de mamá saltó de mi vientre y su llanto pasó a
ser una leve sonrisa de sorpresa y su sonrisa pasó a incredulidad, al ver como
mi cara iba palideciendo. Y su incredulidad a desconcierto, al verme caer
desplomada al suelo.
No sé muy bien si fue el cúmulo de situaciones, que unido a mi estado de
ánimo con mi estado de buena esperanza, me hizo bajar la presión arterial y
con ello perdí la consciencia, o aquella patada brutal que sentí como una cruel
punzada dentro de mi vientre y me dejó sin resuello; el caso es que de pronto
me encontré en una camilla de hospital, rodeada de gente vestida con bata
blanca y solo se me ocurrió pensar que había llegado la hora del parto, de lo
cual descartó la idea enseguida mi hermana al verme abrir los ojos y tirarse a
mi cuello para llenarme de besos pidiéndome perdón por no haberme llamado
antes.
-¡Hay Mercedes que susto me has dado! Perdóname por favor. Por favor. Por
favor. ¿Cómo iba yo a saber que no saldría de este? Mamá era muy fuerte. Ella
me pidió que no te llamara. Que no te preocupara. Me dijo que todo estaba
bien. ¿Cómo iba yo a……..?Y lloró agarrada a mi cuello, y yo lloré con ella.
Y ahí nos quedamos las dos; llorando hasta que se nos agotaron las lágrimas.
No había nada que perdonar.

13

Que dolor el recordarte.
Porque ya no te recuerdo.
Que dolor pensar en ti.
Que tu cara no la veo.
¿Cómo eran tus caricias?
¿De qué color tu pelo?
¿Qué sonido hacía tu risa?
Ya no encuentro consuelo.
Que dolor el recordarte.
Ya han pasado muchos años.
Ni un solo instante pude olvidarte.
Y te desvaneces, y me hace daño.
Y miro tu foto, y al mirarte.
No consigo hacer milagros.
Nunca dejaré de amarte.
Mamá. Te quiero y te extraño.

14

Jesús, mi marido, se portó muy bien en los días posteriores a la muerte de
mamá.
Aunque llevábamos algún tiempo pensando en separarnos, el embarazo de la
niña nos hizo olvidar nuestras desavenencias o más bien las escondió durante
algún tiempo.
El repentino golpe que me acababa de dar la vida, sacó de él su lado más
tierno y ya olvidado por mí. Me cuidó; me cuidó a mí y a la niña que llevaba
dentro.
Pero volvimos a casa y en poco tiempo, todo volvió a comenzar.

15

Jesús

¿Qué soy?
Una hormiga, que buscando entre la hierba una semilla, muere aplastada por tu
pie, ajeno a mi insignificante existencia.
Una pequeña nube blanca, que mezclada en un cielo tupido de nubes
tormentosas, ves sin reparar en mí.
Una amapola en un campo de rosas, que al ser tan rojas y tan hermosas,
hueles su fragancia sin darte cuenta que no me mueve el viento, sino tu
presencia.
Una brizna de polvo sobre tu espalda, que aunque grito para que me oigas, mi
diminuta existencia está a años luz de tus orejas.
Una gata parda perdida en áridas tierras, que dominadas por feroces leonas,
se enamoró del león más grande de la manada.
No soy nada.

16

Era un hombre muy arisco con los niños que ya eran hombrecitos y estricto
hasta la saciedad. No les dejaba pasar ni una.
Quizás quería seguir ejemplo de la educación que le fue impartida por su padre
y del cual huyo con apenas diecisiete años.
Mi suegro no era un hombre malo en absoluto.
Era un hombre trabajador y luchador como ninguno, que creó una empresa de
la nada en tiempos difíciles y la levantó con sus propias manos y su esfuerzo.
Cuando sus hijos tuvieron edad para trabajar en ella, ya tenía unos cuantos
empleados. Él no quiso que sus hijos fueran “los hijos del jefe” y se lo
encontraran todo hecho, de modo que los puso a trabajar desde abajo
exigiéndoles como a cualquier empleado y dándoles el mismo trato.
Esto lo hizo para que supieran valorar lo que tenían y para que valoraran lo que
a él le costó llegar hasta ahí.
Pero Jesús que era el mayor, cuando llegaba a casa a comer, tenía
discusiones espantosas con su padre por esto, le replicaba en todo y su padre
no se lo consentía.
-Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo te diga- solía decirle.
Su madre lloraba, su padre le gritaba y él le respondía con gritos a su vez. Al
final por no hacer sufrir más a su madre, decidió marcharse de su casa y de la
empresa.
¿Quiso hacer lo mismo con sus propios hijos? ¿Por qué?

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¿Quizás a lo largo de estos años hubo algún momento en que se arrepintió de
lo que hizo y quiso redimirse así? ¿Así quiso redimir su orgullo? ¿Era de esta
forma como quería pedir perdón a su padre?
No era justo. No para nuestros hijos.
Imponía horario para las comidas y el que no estuviera sentado a la mesa en
dicho horario, se quedaba sin comer.
Imponía horario para ducharse.
Imponía orden absoluto e impoluto en sus habitaciones.
Nada de amigotes en casa.
Prohibido comer en ningún sitio de la casa que no fuese la cocina.
Prohibido usar ordenadores y o videojuegos los días laborables.
A las diez de la noche cada cual a su habitación.
Etc…etc…etc…y tantas otras normas algunas de las cuales me parecían tan
absurdas como crueles para las edades que ya tenían mis hijos. Catorce,
diecisiete y veinte años respectivamente.
Normas que por supuesto él se pasaba por el forro de los pantalones, ya que
Jesús comía en el comedor y se llevaba “chuches” al dormitorio. Se duchaba
cuando se le antojaba. Traía todas las visitas a casa que le daba la gana y a
veces sin avisar. Y por donde él pasaba había que ir detrás recogiendo, porque
dejaba huella.

18

Pero claro. Ni podíamos replicar, que para eso era él quien mantenía esta casa
(solía decir para que no se nos olvidara cuál era su misión).
Mi trabajo con mi sueldo “mileurista” no contaba para nada.
-¿Qué te crees que con ese sueldo vas a mantener a esta manada de
bribones?- me decía cada vez que le planteaba la separación. Daba por
supuesto que el dinero que ganaba con sus negocios, era suyo. Yo no tenía
nada que ver ahí y mucho menos los niños.
Y no sé si lo hacía para humillarme o para echarme para atrás la idea de
separarme; pero lo único que conseguía era que me diera más rabia su
comentario machista y más ganas tenía de dejarle.
Cuando Jesús no estaba en casa era cuando nos sentíamos libres de hacer y
decir.
Como ratones en sus ratoneras, mis hijos, si no estaban en clase se
encerraban en sus habitaciones generalmente a dibujar, ya que durante la
semana no podían hacer otra cosa.
Si se marchaba a atender sus negocios, apenas oían la puerta, asomaban sus
cabezas y preguntaban en voz bajita.
-¿Se ha ido papá? ¿Podemos ver la televisión contigo?- solía decir el más
pequeño de los tres.
-¡Claro que sí! ¿Acaso tienes alguna duda? ¡Espera que saco “mierdas”!- así
era como le llamábamos a las “chuches”. Y juntos mirábamos televisión o
charlábamos de cualquier cosa menos de papá.

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