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HISTORIACONTEMPORÁNEADEESPAÑA.

PROFESOR:ÁNGELLUIZLÓPEZVILLAVERDE

FACULTADDEHUMANIDADESYCIENCIASDELAEDUCACIÓNDECUENCA.

UNIVERSIDADDECASTILLA­LAMANCHA.

ÍNDICE.

1.CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN Y REVOLUCIÓN EN ESPAÑA

(1808­1843).

2. EL ESTADO LI BERAL Y LA AP ERTURA CAP I TALI STA EN ESP AÑA

(1843­1874).

3.RESISTENCIAS

OLIGÁRQUICAS

Y

OFENSIVAS

MODERNIZADORAS EN LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN

(1874­1923).

4.ESPAÑA ENTRE DOSDICTADURAS:EL FALLIDO INTENTO DE CONSTRUIR UN ESTADO SOCIAL Y DEMOCRÁTICO (1923­

1939).

1. CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN Y REVOLUCIÓN EN ESPAÑA

(1808­43)

1.1. Antecedentes de la crisis del Antiguo Régimen. Los límites del reformismo ilustrado y el impacto de la revolución francesa en España

1.2. Guerra y revolución (1808­14): los antecedentes del levantamiento popular; el levantamiento popular y la ocupación francesa; el escenario bélico y las estrategias de la guerra; las juntas de resistencia; las cortes de Cádiz y los orígenes del constitucionalismo español; a modo de balance

1.3. El reinado de Fernando VII y la crisis del Antiguo Régimen: el regreso desde Bayona; la crisis de la monarquía absoluta durante el sexenio absolutista (1814­20); el trienio liberal (1820­23); la década ominosa (1823­33)

1.4. La Regencia de María Cristina (1833­40) y la transición a la monarquía constitucional: fases; el conflicto carlista; la irrupción del liberalismo y la dialéctica moderados versus progresistas

1.5. La Regencia de Espartero y la división de los progresistas (1841­43)

1.6. Las bases de la reforma agraria liberal (desamortización eclesiástica, abolición del régimen señorial y desvinculación) y su incidencia en España

1.7. Controversia historiográfica sobre la revolución liberal­burguesa en España

1.8. La revolución y la lucha por la independencia en Iberoamérica: los imperios español y portugués en América a principios del s. XIX; la sociedad criolla y los orígenes del movimiento emancipador; modelos regionales y sociales del proceso independentista (Nueva España, Nueva Granada, Río de la Plata y Banda Oriental; el caso brasileño); el nacimiento de los nuevos estados y el balance sobre el proceso emancipador; las repercusiones internacionales

1.1. ANTECEDENTES DE LA CRI SI S DEL ANTI GUO RÉGI M EN. LOS LÍMITES DEL REFORMISMO ILUSTRADO Y EL IMPACTO DE REVOLUCIÓNFRANCESAENESPAÑA

Los signos de agotamiento de la sociedad tradicional eran claros antes de la coyuntura de crisis de Carlos IV. Por otra parte, las estructuras tradicionales convivían con una serie de factores de cambio. En esto tampoco era España una excepción respecto a Europa, donde también los antecedentes de la crisis del Antiguo Régimen deben buscarse en los años sesenta del siglo XVIII. Las causas de esta crisis son de índole diversa (en especial, políticas, económicas, sociales e ideológicas).

Desde el punto de vista político, a fines del Antiguo Régimen se apreciaba una evidente quiebra institucional. La concepción patrimonial del Estado (todo el poder para el rey, ejercido a través del gobierno y la administración) no había podido impedir que persistieran, en la práctica, una serie de particularismos (fueros territoriales y personales) que escapaban al gobierno real, así como una gran diferenciación entre el centro y la periferia. A esto hay que añadir el creciente desprestigio de la

MonarquíaabsolutabajoelreinadodeCarlosIV(1788­1808).

Desde que los ecos de la revolución francesa llegaron a la península, se puso fin a la política reformista de Carlos III, uniendo así al nuevo rey, Carlos IV, con la nobleza y la Iglesia para terminar con las reformas ilustradas. Aunque continuó Floridablanda como Secretario de Estado (cargo en el que llevaba desde 1777) hasta 1792, sin embargo, cerró la frontera con Francia en 1790 a modo de “cordón sanitario” e impulsó una política dura y autoritaria. La política de su sucesor, Aranda, Secretario de Estado durante algunos meses en 1792, buscó inútilmente una política de apaciguamiento y aproximación a Francia que echó por tierra la proclamación de la República en el país vecino. Lo sustituyó ese mismo año un joven protegido suyo, Godoy, que había ascendido vertiginosamente en apenas unos años de guardia de Corps a primer ministro. Godoy impulsó una política interior represiva (despotismo ministerial) y puso la política internacional española al servicio de los intereses napoleónicos, abandonando la tradicional política atlántica con América. La alianza con Francia se tradujo en una guerra con Portugal (1801) y dos guerras contra G. Bretaña (1802 y 1805), la segunda de las cuales condujo al aniquilamiento de la flota española (derrota francoespañola de Trafalgar,

1805).

El desprestigio político del absolutismo estuvo unido a la crisis financiera, relacionada con las dificultades del mercado colonial y los crecientes gastos que tuvo que afrontar el Estado por la política exterior belicosa, mientras se estancaban los ingresos por la ausencia de una reforma fiscal. El aumento de la Deuda obligó al Estado a recurrir al crédito, a la emisión de títulos de la Deuda (vales reales) que se depreciaron y a

obligó al Estado a recurrir al crédito, a la emisión de títulos de la Deuda (vales
obligó al Estado a recurrir al crédito, a la emisión de títulos de la Deuda (vales

una primera desamortización eclesiástica (de Hospitales, Hospicios, Cofradías, Casas de Misericordia, Obras Pías, Patronatos legos, etc.) impulsada por Godoy. Esta crisis financiera agravaba la situación económica si tenemos en cuenta el agotamiento del sistema económico­social tradicional, dada la escasa capacidad de acumulación de capital de la agricultura, ya que 2/3 de la propiedad territorial estaba amortizada (fuera del mercado), en manos de la Iglesia y los municipios, o vinculada en mayorazgos. Esta forma de tenencia relegaba, por otra parte, a gran parte de la población a una miseria permanente, salvo en determinadas variantes regionales.

Por otro lado, una estructura social propia de una sociedad estamental (mantenimiento de los privilegios y el poder de la nobleza y la Iglesia) se acompañaba de una serie de factores de movilidad social, que permiten hablar de una sociedad de transición. Las estructuras de poder a escala local (tanto respecto a las oligarquías dominantes como de las formas de ejercicio de poder) no estuvieron estáticas durante el XVIII. En este sentido, ha sido destacada la identidad de intereses entre las elites de poder local (terratenientes, principales arrendatarios y campesinos acomodados, que se habían beneficiado del crecimiento económico) con la alta nobleza, polarizándose la sociedad entre estos notables y los campesinos sin tierra y, por tanto, declinando el estamento frente a la riqueza como verdadero elemento de unión. Dicha comunión de intereses se relacionaba también con factores coyunturales, como la crisis del comercio colonial y la crisis fiscal.

Por último, las ideas ilustradas se tradujeron un programa reformador, básicamente de carácter agrario (en relación al acceso a la tierra o a su integración al mercado) y eclesiástico (crítica al clero y al excesivo número de clérigos) antes de la revolución francesa. Y, desde la crisis de los años noventa, se radicalizaron los postulados ilustrados y, con la penetración de la propaganda de agentes franceses, se difundieron las teorías revolucionarias en la península, que cuajarían en 1808 en un programa político liberal coherente.

1.2. GUERRA Y REVOLUCI ÓN (1808­14)

El tratamiento historiográfico tradicional y en los fastos oficiales ha sido, por lo general, de honor, como la gran fecha patriótica, buena para charanga y discurso. Pero en los últimos años se está viendo la complejidad que tuvo. La propia denominación de la guerra difiere según los rasgos que quieran destacarse: guerra de la independencia (historiografía liberal), guerra del francés (sobre todo, en el ámbito catalán), guerra napoleónica de España (historiografía francesa), o guerra peninsular (historiografía británica).

Parece evidente que no fue sólo una invasión que produjo un levantamiento. Fue, en parte, espontáneo y, en parte, inducido por agentes ingleses.

Tuvo una vertiente internacional. Se encuadra en el contexto de las guerras nacionales europeas de liberación, ante el despertar del espíritu nacional frente a la dominación napoleónica. Y en la dirección y desenlace de la guerra fue fundamental el papel británico.

Tuvo también una serie de características peculiares. Las masas que lucharon contra el invasor fueron heterogéneas y con distintos planteamientos; por un lado, la defensa de la patria y sus valores tradicionales (ante el vacío de poder de la monarquía); por otro, como ocasión de exteriorizar el descontento y las aspiraciones de renovación. El protagonista de la guerra fue el pueblo (depositario de la soberanía vacante), que se atribuye la facultad de declarar la guerra a los franceses. La sustitución de la legitimidad monárquica por la popular y la lucha mediante guerrillas supone una evidente ruptura con el pasado. Aunque se ha mitificado el papel de los guerrilleros, aparecen las masas españolas en la escena política (GIL NOVALES).

Las consecuencias fueron de diverso tipo. En primer lugar, hay que hablar de las destrucciones, tanto en cuanto a la pérdida de vidas humanas (entre medio millón y un millón) como a la pobreza material. Se ha destacado su papel para la caída del I mperio napoleónico, pues obligó a Napoleón a desviar tropas y sufrir graves pérdidas y demostró a Europa que Napoleón no era invencible. Por otra parte, en clave interna, fue uno de los fenómenos decisivos para la crisis del Antiguo

Régimen en España, pues mostró la fragilidad del Estado absoluto y posibilitó la introducción de reformas dentro del marco de las revoluciones liberales (MOLINER), de modo que guerra y revolución fueron dos procesos complementarios. Dicho de otra manera, la revolución vino a consecuencia de la guerra, aunque favorecida por una serie de factores previos que hemos resumido en páginas anteriores. Pero, fruto de esa ambivalencia comentada, a la vez que supuso el punto de arranque de la revolución, también se utilizó el conflicto para acabar con todo intento de modernización del Estado, por una parte. Por consiguiente, la salida de la guerra será tanto la monarquía restaurada como la revolución de

1820.

a)Antecedentesdellevantamientopopular

La firma del Tratado de Fontainebleau por Carlos IV y Napoleón (27­ 10­1807) respondía a la política francesa de completar el bloqueo continental contra el Portugal anglófilo, pues necesitaba introducir tropas en España para cerrar las costas de Portugal al tráfico con Inglaterra. De este modo, se aceptaba el paso de las tropas francesas por España para poder llevar a cabo un verdadero reparto de Portugal (del que se beneficiarían el propio Godoy y la familia real). Desde entonces, los franceses ocuparán plazas estratégicas en N. de España. En un primer momento no fueron mal recibidas las tropas francesas, pues algunos sectores esperaban que Napoleón les librara del valido Godoy y diera el trono al príncipe de Asturias. Pero los planes de Napoleón iban en otra línea; las tropas francesas no abandonarían las plazas que iban ocupando en España y Napoleón estaba dispuesto a proclamar a Carlos IV soberano del todo el centro de Portugal a cambio de que todo el territorio español entre los Pirineos y el Ebro pasarían a Francia. Al conocer estos planes, Godoy propuso que la mejor solución sería la huida de la familia real y los órganos de gobierno a América.

En este contexto estalló el motín de Aranjuez (17­3­1808) Los partidarios de Fernando movilizaron al pueblo de Aranjuez; fue,

estalló el motín de Aranjuez (17­3­1808) Los partidarios de Fernando movilizaron al pueblo de Aranjuez; fue,

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por tanto, un motín popular pero instigado (revuelta de palacio y

amotinamiento popular), dirigido contra el despotismo ministerial de Godoy

y un rey impopular, en la creencia que Fernando sería diferente. Las

consecuencias de los sucesos de Aranjuez fueron diversas. En primer lugar, cayó Godoy y el rey abdicó en su hijo Fernando, que adoptó medidas populares, como la condonación de determinados impuestos. La confusa situación política apresuró la llegada de Murat a Madrid para posesionarse de la capital del Reino.

Napoleón atrajo a la familia real a Bayona (abril 1808) para arbitrar el pleito sucesorio. Padre e hijo acudieron separadamente. Mientras Fernando VII buscaba la protección de Napoleón, su padre se retractó de su abdicación y pidió al emperador ser reconocido como rey. Era la oportunidad que buscaba Napoleón para sustituir a los Borbones por su hermano José; consiguió primero la cesión de los derechos de Carlos IV y después, mediante amenazas, que Fernando devolviera la corona a su padre. Con las abdicaciones de Bayona, España entraba en una de las crisis más grandes de su historia.

b) El levantamiento popular y la ocupación francesa

Enpocosdíassepasadeltumultoalenfrentamientopopular. En efecto, el 2 mayo de 1808 se inició en Móstoles y se extendió a Madrid un tumulto popular contra las tropas napoleónicas allí estacionadas, mientras llegaban confusas noticias desde Bayona. Este levantamiento significó el divorcio entre la autoridad oficial (sujeta a Murat) y el pueblo, que se negó a obedecer a la Junta Suprema de Gobierno y al Consejo de Castilla (máximas instituciones políticas de la Monarquía en ausencia del rey), sometidas a Napoleón. La insurrección espontánea contó con la colaboración de algunos militares (como Daoíz y Velarde) que murieron en

de algunos militares (como Daoíz y Velarde) que murieron en la acción. Los días 2 y

la

acción. Los días 2 y 3 de mayo, son fechas marcadas por

la

represión y los fusilamientos por parte de las tropas

represión y los fusilamientos por parte de las tropas de Murat. Las noticias de la renuncia

de Murat. Las noticias de la renuncia a la Corona de Fernando y la abdicación de Carlos en Napoleón (producidas formalmente el 5 de mayo), la extensión de la intervención francesa y los ecos del sucesos de Madrid dieron paso en los días siguientes a la creación de J untas Locales de Defensa o de Resistencia en varias ciudades españolas, que consolidaron un nuevo poder revolucionario, en medio de un clima de hostilidad antifrancesa. Así, el levantamiento dio paso a una guerra cruel y devastadora, reflejada en la serie de estampas grabadas de Goya “los desastres de la guerra”.

La crisis dinástica y el levantamiento popular provocaron el colapso delaautoridaddelEstado,ungranvacíodepoderylarupturadel territorio español. En la zona de ocupación francesa, el decreto de 6 de junio nombraba a J osé Bonaparte rey de España y las I ndias. José I asumió la Corona española con el propósito de modernizar el país en el marco legal del Estatuto de Bayona, que juró antes de establecerse en Madrid el 20 de julio de 1808, y apoyándose en los afrancesados. Pero,

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considerado un “rey intruso”, tuvo un sombrío recibimiento al llegar a España y fue apodado “Pepe Botella” por sus detractores.

El Estatuto de Bayona (6­7­1808), en realidad, no llegó a entrar en vigor. No fue una constitución sino una “Carta Otorgada”, aprobada por la Asamblea de Bayona (a la que apenas acudieron 65 representantes, la mayoría nobles) pero redactada por un francés residente en España (M. Esmenard) y revisada por Murat y Napoleón. Contenía bases de reforma política y social. No era excesivamente liberal (no se mencionaban la Inquisición o los señoríos), pero se protegían los derechos individuales. Tenía elementos para desarrollar el comercio, disminuir el poder de la nobleza, potenciar la burguesía y modernizar justicia y fiscalidad. Y establecía la confesionalidad católica, para ganarse al clero y nobleza.

En realidad, en las zonas ocupadas por franceses, José I reinó de iure, que no de facto, pues estuvo mediatizado por Napoleón y obstaculizado por generales franceses. Tuvo que abandonar momentáneamente Madrid tras batalla de Bailén. Napoleón vino a España y se puso a reorganizar el país sin consultar con José. En 1809, en su reencontrada capital, José siguió su misma política (supresión de las órdenes monásticas y de la Grandeza de España, asumiendo el papel de heredero de la revolución francesa. El papel de instrumento en manos del emperador que representó José se volvió a evidenciar en 1809, cuando Napoleón decretó que todos los territorios situados a la izquierda del Ebro se incorporaban a Francia (provincias vascas, Navarra, Aragón y Cataluña), sin respetar las obligaciones contraídas con su hermano y con

afrancesados).

Desde 1809 a 1812 es el período de ocupación francesa, donde se estableció una estructura bifronte, con dos autoridades, la militar (en manos de franceses) y la civil, dirigida por los afrancesados, cuyo peso fue debilitándose progresivamente y cuya política reformista estuvo condicionada por las necesidades de la guerra. Eran llamados afrancesados los españoles colaboracionistas que apoyaron a Napoleón, reflejo la fractura interna que la guerra había producido también entre los españoles. Su número fue amplio, pues se cifran en más de cien mil los españoles colaboracionistas y en más de dos millones los que prestaron juramento a José Bonaparte. Hay visiones encontradas sobre ellos, desde una literatura hostil, mayoritaria, que los consideraba “traidores”, hasta una literatura favorable. En parte, está relacionado con los diversos motivos que llevaron a dicho colaboracionismo; una minoría fueron por convicción ideológica (opción política reformista frente al inmovilismo del Antiguo Régimen y la alternativa rupturista liberal) o cultural; pero los demás lo hicieron por miedo o por oportunismo, aceptando la dictadura militar napoleónica (como dice GIL NOVALES). También fue diverso su perfil sociológico: políticos, funcionarios (civiles y militares), eclesiásticos, aristócratas, hombres de letras, negociantes y propietarios, incluso hombres de extracción humilde.

eclesiásticos, aristócratas, hombres de letras, negociantes y propietarios, incluso hombres de extracción humilde. 8

Pero la ocupación militar no pudo ser total, limitándose a los más importantes núcleos de población, las vías de comunicación y otras zonas de interés estratégico. Los franceses dejaron libres las zonas más alejadaseinaccesibles,quesiguieroncontroladasporlasJuntasde Resistenciaylasguerrillas.

c)Elescenariobélico.Variasfases:

Resistenciaylasguerrillas. c)Elescenariobélico.Variasfases: 1) Campaña del verano de 1808: el levantamiento se

1) Campaña del verano de 1808: el levantamiento se transforma en guerra nacional Fracaso del plan del norte (para favorecer comunicaciones Francia/meseta) Fracaso del plan del sur: es frenado el avance en la decisiva batalla de Bailén (julio 1808) LastropasfrancesastuvierontambiénqueevacuarPortugal

2) P redominio francés (1808­09): Napoleón tomó personalmente el mando de las tropas francesas y desplaza a España un ejército de 300.000 hombres Victorias francesas en todas las oportunidades sobre los españoles:

es repuesto José I, tras entrar en Madrid las tropas francesas el 4­12­

1808.

Forzó la huida de la Junta Central a Sevilla

3) Ofensivas y ocupación francesas (1809­11): guerra de desgaste

Expulsión de británicos que habían desembarcado en Galicia

Fracasaron varios contraataques españoles para reconquistar Madrid. A fines de 1809 la superioridad francesa era incontestable y los ejércitos españoles estaban gravemente quebrantados 1810­11: las tropas francesas extienden su dominio por España

Los franceses sólo fracasaron en Portugal, donde no pudieron expulsar a los ingleses. Desde 1810, Portugal fue una base de operaciones inglesas

4)Ofensivahispano­inglesa(1812­14):

Napoleón retira las tropas de elite hacia Rusia

Desde Portugal, W ellesley (W ellington) pasó a la contraofensiva

Victorias decisivas de Vitoria (21­7­1813) y San M arcial (Irún) (31­

8­1813)

Fines 1813: los ejércitos de Wellington ocupan territorio francés 1814: Soult y Souchet ordenan la evacuación de las plazas ocupadas

en Península

d)Estrategiasdeguerra:

El plan de operaciones del ejército francés, basado en una estrategia de ocupación rápida y sin apenas resistencia, acabó fracasando por varios motivos. En primer lugar, porque tuvo que abandonar España sin haberla conquistado realmente. Cometió, además, el error militar de dispersar sus fuerzas para ocupar todas las provincias. Por otra parte, se tuvo que enfrentar a una nación en armas: la resistencia de las ciudades inmovilizó y desvió tropas que se hubieran batido con éxito en batallas de estrategia nacional y los ataques guerrilleros acabaron demostrando que los franceses no sabían enfrentarse con un “tipo de guerra” frente a la que no existía entonces estrategia. A los anteriores hay que sumar la ayuda exterior inglesa y, por último, la desastrosa campaña de Rusia.

El ejército español mantuvo una estrategia defensiva, ante la superioridad del ejército francés en campo abierto. Su inoperancia en múltiples ocasiones explica el elevado porcentaje de deserciones (alrededor del 20%). Por otra parte, fueron frecuentes sus conflictos con la población civil, debido a los abundantes abusos militares, los recursos extraordinarios que recaían en los campesinos para financiar la guerra así como la larga duración del conflicto. Desde 1810, muchos de sus miembros engrosaron la guerrilla y otros se pusieron bajo las órdenes de las tropas anglo­ portuguesas de Wellington, que reorganizó nuevos cuerpos del ejército español y los guió a la victoria tras el reajuste de las tropas francesas a raíz de la campaña de Rusia. La ayuda británica, cuyas tropas estaban acantonadas en Portugal y controlando el mar, resultó así fundamental desde 1812, momento a partir del cual, se fue abandonando progresivamente la anterior estrategia defensiva.

Importante resultó la aportación militar de la guerrilla, la forma de participación popular en la guerra ante la resistencia a encuadrarse en el ejército de buena parte de la población. Formada por pequeños grupos, sobre todo en el mundo rural, de ex oficiales y ex soldados, voluntarios civiles, campesinos y bandoleros, llegaron a ser unos treinta mil. Apoyados en el ataque por sorpresa, el conocimiento del terreno y el apoyo de la población civil, y contando con la ayuda y la regulación de la Junta Central, sus principales objetivos eran el desgaste y el hostigamiento, con el fin de desconcertar al ejército invasor y obstaculizar las comunicaciones así

como fijar e inmovilizar las tropas francesas en las ciudades. De todos modos, ha sido objeto de una evidente mitificación historiográfica que ha extendido la imagen del supuesto entusiasmo guerrero de todos los españoles, cuando, en realidad, en esta como en todas las guerras, hubo sus aprovechados, (como reconoce AYMES); por otra parte, la guerrilla carecía de capacidad suficiente para operaciones convencionales y decisivas; y, por último, de sus filas saldrán en años posteriores, tanto revolucionarios y liberales como feotas y carlistas.

e)LasJuntasderesistencia

Den tro del escenario bélico n ació la revo lu ción . El pueblo, protagonista de la guerra, toma conciencia de su soberanía. La ocupación francesa, el levantamiento popular y la propia guerra acabaron destruyendo el viejo orden político y social del país. Muchos observadores de la época vieron en aquellos acontecimientos la materialización de la revolución española, pero, como dice FUSI, sólo era la primera de las tres etapas que pasaron hasta su consolidación en torno a 1840. Las dos bases de esta primera etapa revolucionaria fueron las Juntas de Resistencia y la labor de las Cortes de Cádiz.

Las J untas de Resistencia de Defensa surgieron, de manera provisional, ante el vacío existente por la ausencia de un poder legítimo, para armar los ejércitos y a los guerrilleros y se extendieron por el territorio nacional, perviviendo durante la guerra adaptándose al territorio no ocupado por los franceses. Ha sido comparado su significado en el orden político con el de la guerrilla en el militar. Su tipología es triple: locales, provinciales y Central.

Las J untas Locales nacen en el mismo momento del levantamiento, de manera espontánea y estuvieron, en un principio, carentes de organización. Sus proclamas mostraban los particularismos locales y la conflictividad social del levantamiento popular. Los problemas se agravaron cuando las Juntas formadas en las capitales se convirtieron en provinciales, asumiendo la representatividad del resto e incorporando algunos de sus vocales. Las J untas P rovinciales o Supremas, a su lado, venían a ser una especie de gobierno provisional a través del cual el pueblo expresaba su voluntad y actuaba ejerciendo su soberanía. Rivalizaron por hegemonizar la formación de un Gobierno Central o por establecer un gobierno federativo apoyado en las juntas provinciales.

Como instrumento unitario, tras superar no pocas tensiones, surgió el 25 de septiembre de 1808 la J unta Central Suprema y Gubernativa del Reino, con la finalidad principal de atender las necesidades bélicas. Presidida por Floridablanca y compuesta por 34 representantes de las Juntas Provinciales, se ubicó primero en Aranjuez, desde fines de 1808 en Sevilla y, en enero de 1810, en Cádiz, donde se disolvió (tras perder credibilidad ante las continuas derrotas y disensiones internas), para ceder el poder a un Consejo de Regencia de cinco personas que preparó la reunión de las Cortes de Cádiz.

La pregunta que surge es: ¿fueron revolucionarias las Juntas?. Téoricamente, por su origen, podría haber sido un poder revolucionario, pues el pueblo asumía la soberanía para delegarla en una Junta elegida por él. Pero, en la práctica, no fueron revolucionarias, según FUSI, por varios

motivos: por su composición social, se estructuraron de manera estamental y supusieron un papel de control y hasta de traición al propio pueblo, al estar en manos de las clases más altas (nobles, militares, eclesiásticos, magistrados, letrados, etc.); y, por otra parte, no hubo proyectos ni ideas claras, más allá de su identificación con la legitimidad fernandina. Y al surgirlaJuntaCentral,lapérdidadepoderpopularfueaúnmayor, pues fue la antítesis de un Gobierno revolucionario pese a haber en su burocracia significados radicales.

f)CortesdeCádizyConstituciónde1812

significados radicales. f)CortesdeCádizyConstituciónde1812 Suponen el verdadero comienzo de la revolución española ,

Suponen el verdadero comienzo de la revolución española, pues arremetió contra los presupuestos básicos del Antiguo Régimen amparándose en la representación nacional para iniciar una obra legislativa que se coronó con la constitución de 1812. Sus importantes reformas políticas, sociales y económicas iban encaminadas a transformar España en una monarquía liberal y parlamentaria.

Los reveses militares y el contexto ideológico incidieron en la novedad revolucionaria que suponía que no eran Cortes estamentales, sino una Asamblea Nacional unicameral.

Sus componentes fueron elegidos por sufragio universal masculino

indirecto (sin ley electoral, bajo la presión de la guerra y de forma caótica), por representación geográfica (1 cada 50.000 habitantes), y se admitió el sistema de suplentes (dada la situación del país). En la práctica, muchos suplentes españoles sustituyeron a los americanos y, por otra parte, las suplencias beneficiaron a los diputados de la periferia y liberales. Pero la progresiva retirada de los franceses favoreció, desde 1812, la incorporación de los diputados titulares, de talante menos radical, por lo que la correlación de fuerzas cambió a favor de los absolutistas de 1813­14. En cuanto a su origen social, formaron un grupo social heterogéneo; aunque se consideran representantes del pueblo frente a los privilegiados, estaban lejos de reflejar la situación real de la sociedad española, pues predominaban los funcionarios y abogados y había un elevado número de eclesiásticos y de militares, en contraste con el escaso de la burguesía comercial. Los principales grupos ideológicos que componían las Cortes eran tres: absolutistas (defensa de soberanía real y sociedad estamental); jovellanistas, renovadores o moderados (consideraban necesarias las reformas, pero conjugando la soberanía del rey y de acuerdo con la tradición española); y revolucionarios, innovadores o liberales (propugnaban la soberanía de la nación y la creación de una sociedad nueva

y sin privilegios).

Reunidas por primera vez el 24 de septiembre de 1810 con el carácter de generales, hispanoamericanas y extraordinarias, asumieron la tarea de reestructurar el país sobre un nuevo modelo político y social. Por iniciativa de los liberales (que, aunque no tuvieron la mayoría, estaban mejor organizados y se habían beneficiado de las suplencias), las Cortes se autoconstituyeron en Asamblea Constituyente.

Su labor legislativa aniquiló las bases sobre las que sustentaba la sociedad estamental y creó los fundamentos para una nueva basada en la igualdad legal, la ampliación del número de propietarios y el acceso de los más capaces según el ideal meritocrático de la época).

La Constitución (aprobada el día de S. Jose de 1812, de ahí el apelativo de “La Pepa”) puso los cimientos para edificar el nuevo Estado. A partir de una doble base (Constitución francesa de 1791 y referencias históricas españolas), supuso un compromiso entre liberales y absolutistas, aunque favorable a liberales por la situación política. Su labor reformadora abarcó el ámbito político (soberanía nacional, separación de poderes, derechos y libertades), religioso (pese a su confesionalidad, lass Cortes vinieron a modificar las relaciones Iglesia­Estado), administrativo (tanto municipal –ayuntamientos electivos—, provincial –origen de las diputaciones— y militar –Milicia Nacional y servicio militar obligatorio), social (igualdad ante la ley, abolición de privilegios, supresión del diezmo) y económico (desamortización y supresión de la Mesta, gremios y aduanas interiores). Esta constitución ha sido valorada de distinta manera por los diversos autores, que han hecho hincapié bien en el llamado “radicalismo gaditano” o su equiparación a la constitución francesa de 1791, o bien en su conservadurismo y en el “espejismo revolucionario”, así como en su poca capacidad para ser puesta en práctica.

Tras unas elecciones (mediante un sistema de elección indirecto, como establecía la Constitución, para evitar un excesivo democratismo) que le otorgaron una mayoría conservadora, las nuevas Cortes se reunieron el 15 de enero de 1814. Pero su labor fue destruida por Fernando VII al regresar a España

1.3. EL REI NADO DE FERNANDO VI I Y LA CRI SI S DEL ANTI GUO

RÉGIMEN

En su reinado se desarrollaron tres grandes

procesos: la definitiva crisis del Antiguo Régimen, el desenvolvimiento de la revolución burguesa y el comienzo de la construcción del estado liberal. Pero las esperanzas nacidas del triunfo y depositadas en su rey (El Deseado) no tenían base sólida. La guerra había dividido

a los españoles en distintas tendencias

ideológicas (conservadores, innovadores y

renovadores). A su regreso asumió el poder

de manera personal para acabar con la obra

constitucional pero hay que distinguir en su reinado tres etapas básicamente: Sexenio absolutista (1814­20) o primera restauración absolutista; Trienio Liberal o Constitucional (1820­23), período crucial en el proceso de la revolución liberal; y Década ominosa (1823­33), en la que el absolutismo restaurado se vio abocado a reformas.

la que el absolutismo restaurado se vio abocado a reformas. a)ElregresodesdeBayona Mediante el Tratado de Valençay

a)ElregresodesdeBayona

Mediante el Tratado de Valençay (dic. 1813), Napoleón devolvía la condición de rey a Fernando VII sin contar con las Cortes, en un intento

desesperado para librarse del tema español y esperar que Fernando aceptara una neutralidad frente a Francia.

Previamente, la Cortes de Cádiz habían dictado medidas para evitar un posible absolutismo real. El Decreto de 1­1­1811 negaba la validez de cualquier acto del monarca prisionero de Napoleón; y el Decreto de 2­2­1814 inhibía al rey en el ejercicio de sus funciones hasta jurar la Constitución y le marcaba un itinerario a Madrid. Sin embargo, en su regreso a España (el 22 de marzo de 1814), Fernando empezó por no respetar el itinerario fijado por las Cortes. Fue recibido con aclamaciones populares porque significaba el fin de la pesadilla de la guerra, no porque los españoles prefiriesen el absolutismo (GIL NOVALES), pero los absolutistas quisieron capitalizar este entusiasmo. A su regreso vaciló si enfrentarse o no al régimen que ejercía el gobierno desde su marcha. Pero decidió volver al estado anterior a 1808 mediante un golpe de estado por varias causas: en primer lugar, porque estaba convencido de la escasa legitimidad de las Cortes de Cádiz y de su gran popularidad; pero, sobre todo, por el ambiente previo de la Europa de la Restauración y la plasmación de una serie de textos absolutistas en su itinerario de vuelta, en que recibía el apoyo de mandos militares y de un número considerable de diputados. Estos textos absolutistas son básicamente dos: la alocución del general Elío (reflejaba el malestar por verse desatendidos y ultrajados los ejércitos y confiaba en que Fernando haría justicia); y el manifiesto de los P ersas (12­4­1814, un documento muy polémico, basado en pensamiento tradicional español y dirigido al rey por 69 diputados de Cortes Ordinarias, aunque su autor real era Bernardo Mozo de Rosales), que declaraba nulos los acuerdos de las Cortes de Cádiz y, por supuesto, la Constitución, y prometía tratar con los procuradores en Cortes legítimas. La consecuencia fue el Real Decreto de 4­5­1814 (considerado como el primer pronunciamiento de la historia de España), que abolía la obra de las Cortes de Cádiz, olvidando promesas anteriores y volviendo al absolutismo. Según FUSI, quedaba en evidencia la fragilidad de la primera revolución española pues el autogolpe del Rey no halló una gran oposición.

b)La Crisis de la monarquía absoluta. El sexenio absolutista

(1814­20)

La vuelta de Fernando VII significó también la restauración del absolutismo. El rey va a gobernar de manera absoluta, sin limitación constitucional, volviendo a las antiguas instituciones, restableciendo el poder real, la Inquisición y el régimen señorial, recuperando el protagonismo socioeconómico de la nobleza y el clero y todo ello en un marco represivo que condujo a la primera oleada de exiliados políticos de la España contemporánea.

Desde un primer momento, la restauración del absolutismo encontró importantes apoyos (como demuestra la destrucción en muchos lugares de las lápidas constitucionales a principios de abril de 1814). Sin embargo, en lugar de ser una época para saborear las mieles del triunfo, será una etapa plagada de problemas económicos y políticos. Desde el punto de vista político, se habla de una degeneración del poder, pues el rey fue incapaz de dar una dirección política coherente a la gobernación del país, nombrando y cesando a su arbitrio y haciendo del capricho una forma de gobierno, además de rodearse de una camarilla envuelva en un ambiente

de intrigas. A ello se añadió la ruina de la Hacienda, pues a la devastación de la guerra de independencia se sumaba la sublevación de las colonias americanas, que dejaron al país sin los recursos ultramarinos cuando más los necesitaba. La consecuencia de todo ello fue la quiebra de las estructuras económicas y la carencia de un aparato estatal mínimamente eficaz que, por otra parte, imposibilitaba la contención de la lucha independentista americana.

El ámbito de la política internacional, España quedó relegada a una nación de segundo orden, de escasa influencia en el mundo y replegada en sus problemas internos. En el Congreso de Viena, España no figurará en la pentarquía de potencias pues, pese a la resistencia española a la invasión, pues no había participado en ninguna coalición antinapoleónica, ni había firmado la Paz de París, ni tenía reivindicaciones territoriales sobre Francia, y ninguna potencia tenía interés en atraérsela a su órbita, dada su poca fuerza operativa.

Por su parte, el orden colonial no pudo sobrevivir a la crisis por la ocupación francesa. Desde mediados del XVIII fue cristalizando entre los criollos un sentimiento de nacionalidad diferenciadas y aunque al principio de la invasión napoleónica de la península, las colonias fueron fieles a Fernando VII y luego aceptaron la autoridad de la Junta Central, sin embargo la Regencia a dicha Junta Central, el dominio español se derrumbó, asumiendo las Juntas Locales americanas el poder; algunas de ellas fueron independentistas (Caracas, Cundinamarca), otras ejercieron la soberanía de hecho (Buenos Aires) y la mayoría fueron sólo autonomistas o, como en el caso de Perú, Centroamérica, Cuba, Puerto Rico, fueron fieles a España y sirvieron de base a reacción española. Aunque en 1815 (salvo en Río de la Plata) parecía que España restablecía su poder, sin embargo, la lucha por la independencia rebrotó en 1816­17 debido a varios factores: en primer lugar, los éxitos militares de los patriotas americanos como Bolívar (Colombia, Venezuela, Bolivia) o San Martín (Chile, Perú); en segundo lugar, la referida quiebra financiera y política de la monarquía española, pues carecía de recursos económicos y militares para frenarla y el rey no quería concesiones ni negociar un nuevo Pacto colonial; y, por último, la también comentada postergación internacional española, pues las potencias europeas se mantuvieron neutrales ante la rebelión colonial, mientras G. Bretaña obstaculizó cualquier intento para que España recupera sus colonias. Al final, la

revoluciónespañolade1820acabódesacreditandodefinitivamente

a la metrópoli en ultramar y debilitó sensiblemente su acción militar, por lo que la independencia hispanoamericana pudo culminar su victoria en

1824­25.

La Restauración nació también con ansias represoras, emprendiendo una severa depuración de afrancesados y liberales. A la antinomia patriota­afrancesado del periodo anterior, sucede ahora la de absolutista­liberal. Pero el creciente malestar ante los problemas descritos fue capitalizado por la oposición liberal, que, aunque carecía de apoyo significativo, estaba compuesta por la débil clase media ligada a actividades intelectuales o comerciales, el clero con formación ilustrada y algunos militares descontentos con la política de ascensos tras la Guerra. Su único recurso frente al absolutismo era la conspiración militar (instrumentalizada por sociedades secretas) y explicable por la doble experiencia de guerra

regular y guerrillas en la guerra de Independencia. De esta manera hacía su aparición en la España deciminónica el espectro del pronunciamiento militar. Fracasaron los pronunciamientos de antiguos guerrilleros ascendidos a generales, como Espoz y Mina (Pamplona, sept. 1814), Díaz Porlier (La Coruña, sept 1815), Richart y Renovales (“Conspiración del Triángulo”, 1816), Vidal (Valencia, dic. 1819) o Francisco Milans del Bosch. Pero acabó triunfando la sublevación de Riego, que pondrá fin a la primera etapa del reinado fernandino y certificando la crisis de la monarquía absoluta.

c)ElTrienioLiberaloConstitucional(1820­23)

El primer día de enero de 1820, se sublevó una parte del ejército (que se concentraba en Cádiz para ir a combatir a los rebeldes americanos) reclamando la Constitución de 1812. El complot revolucionario fue instigado por la masonería y acaudillado por el comandante Riego, que proclamó la Constitución de Cádiz desde el sevillano pueblo de Cabezas de S. Juan e inició una marcha por Andalucía, cuyos ecos, convenientemente exagerados, provocaron levantamientos sucesivos de otras guarniciones en medio de la indecisión de las autoridades realistas. Los revolucionarios apoyaban las pretensiones de los independentistas americanos (afinidades con la revolución) pero tras su triunfo se desdijeron.

La revolución de 1820 produjo una amplia movilización social y política a través de formación de juntas en los principales núcleos urbanos. El 9 de julio de 1820, el mismo rey que la había derogado seis años antes, se veía obligado a jurar la constitución, sin que pudieran evitarlo algunas intentonas absolutistas. El triunfo del pronunciamiento de Riego (debido más al fracaso del Estado absolutista que al impulso revolucionario) fue incruento y abrió una segunda etapa en el proceso revolucionario español de gran resonancia internacional (revoluciones de 1820)

Antes de trazar sus distintas etapas, conviene resumir las características del Trienio. La primera es la escasa base social con que contó la revolución, que no fue resultado de un amplio movimiento de opinión, sino hecha “desde arriba” y, aunque contará con el apoyo de determinadas capas populares urbanas, sin embargo, la timidez de las reformas emprendidas impidieron que hubiera mayor resistencia a la nueva invasión francesa en 1823 de los Cien Mil Hijos de S. Luis. La segunda, y no menos importante, es la división en el seno del liberalismo entre doceañistas (moderados, partidarios de la reforma de la Constitución de Cádiz) y veinteañistas (exaltados, que defendían la Constitución tal como estaba redactada y querían trasladar la revolución del papel a la realidad), en torno al modelo de Estado, la participación popular en el proceso político y el modelo constitucional; se trataba de criterios políticos, no de índole socioeconómica, pues ambos grupos liberales coincidían en la transformación del régimen de propiedad a partir de la desamortización y la desvinculación. Se habla también de un cierto dualismo de poder, representado, por un lado por el propio Rey, el Gobierno y las Cortes (de mayoría moderada) y, por otro, de un contrapoder compuesto por el ejército de Riego, las sociedades secretas (masones, comuneros,

y, por otro, de un contrapoder compuesto por el ejército de Riego, las sociedades secretas (masones,

carbonarios) y las sociedades patrióticas (lugares públicos de debate político), depositarias de la legitimidad revolucionaria. Por último, en esta caracterización del Trienio no puede faltar el programa de modernización estatal, con reformas administrativas, económicas (espíritu

proteccionista y fomento agrario e industrial, herencia del espíritu ilustrado)

y religiosas (desamortización, abolición de la Inquisición, supresión de la

Compañía de Jesús y de las órdenes monacales, hospitalarias y militares y

cierre de los conventos de menos de doce religiosos), lo que provocó un incremento de la dialéctica clericalismo/anticlericalismo.

A la división de los liberales y la falta de apoyo suficiente, otras causas se sumaron para impedir la consolidación definitiva del liberalismo durante el Trienio, como el contexto internacional (dominado por los principios de la Restauración y el concierto europeo, que dio lugar a la intervención exterior en 1823) y la propia reacción interna contrarrevolucionaria, a través de alzamientos realistas. Éstos últimos, impulsados por círculos palaciegos, clero, notables rurales, contaron con apoyo de sectores populares de la ciudad y el campo, canalizando así el tanto el descontento de los intereses económicos en peligro como el desconcierto ante la pérdida de identidad y el desclasamiento, inquietudes compartidas por diferentes sectores de la sociedad del Antiguo Régimen y, en particular, por los más débiles de las clases populares.

Pero la primera experiencia constitucional española pasó por distintas fases:

c.1.) P rimera (marzo 1820, julio 1822): gobiernan los moderados. El primer gobierno moderado fue presidido por E. P érez de Castro. Aunque emprend¡ó algunas medidas radicales (desamortización, supresión de mayorazgos y de órdenes monacales o la reforma de las órdenes regulares), desde septiembre, se producirá la ruptura con los exaltados, debido a la disolución del ejército de Riego y la prohibición de algunas significadas Sociedades Patrióticas.

Desde oct. 1820­jun. 1822 se produjeron innumerables roces tanto entre moderados y exaltados como entre liberales y realistas, entre liberales y el rey, o entre el gobierno y la Iglesia. El segundo gobierno liberal, presidido por Bardají desde marzo de 1821, era aún más moderado que el primero y fue tachado de traidor a la revolución por parte de los exaltados. Mientras se produjo la ruptura total entre el gobierno y la base popular del liberalismo y se ahondaban las divisiones entre liberales, los absolutistas se dedicaban a conspirar. El tercer gobierno moderado, presidido por M artínez de la Rosa desde febrero de 1822, fue tan reaccionario e impopular como el anterior y pese a preparar nuevos

proyectos (instrucción pública, Código Penal, división provincial y reforma presupuestaria) se vio incapacitado para gobernar debido a la inestabilidad política, aprovechada por los absolutistas para intentar un golpe de Estado (del 2 al 7 de julio de 1822), sofocado por la Milicia Nacional y la intervención de paisanos armados. Como consecuencia, dimitió Martínez de

la Rosa, que fue sustituido por el exaltado Evaristo S. Miguel.

c.2.) Segunda fase, transcurre desde el 7 de julio de 1822 hasta

abrilde1823,conlosexaltadosenelpoder.

Pero el gobierno de Evaristo San M iguel fue incapaz de gobernar un

país en bancarrota, sometido al hostigamiento absolutista (bien visto por el rey, apoyado por el clero y respaldado por masas campesinas que se han visto perjudicadas por los problemas agrarios). En el verano 1822, los absolutistas controlaban la zona norte y proclamaron la Regencia de Urgel que, compuesta por personalidades del tradicionalismo absolutista, declaró nulo todo lo actuado por la revolución. Aunque el gobierno la reprimió duramente, las potencias extranjeras decidieron intervenir. De manera que

el régimen liberal no fue derribado por la contrarrevolución interna, sino por

una invasión extranjera, de los Cien Mil Hijos de San Luis (7­4­1823), al mando del duque de Angulema y compuesta por 65.000 franceses y 35.000 voluntarios españoles. Curiosamente, en 1823, los franceses no fueron considerados invasores por los “patriotas” antiliberales.

Terminaba así la experiencia del Trienio, pero ¿para que sirvió?. La segunda fase revolucionaria no fue sólo un paréntesis y transformó la vida pública más que las Cortes de Cádiz. En primer lugar, permitió que el liberalismo accediera al poder por primera vez. Por otra parte, revitalizó y socializó la vida política, pues e país se familiarizó con las

prácticas constitucionales (elecciones, Cortes) y permitió la extensión de la nueva cultura política (a través de las Sociedades Patrióticas, sociedades secretas, la Milicia Nacional, el desarrollo de la prensa política, etc.), además de asimilar de forma irreversible el principio de soberanía nacional

y de implantar el arquetipo revolucionario: pronunciamiento, juntas y

Constitución de 1812. Y, por último, revitalizó la vida cultural, con la

creación de la Universidad Central de Madrid (1822) y el germen de numerosas sociedades culturales de iniciativa privada (Ateneos).

d)Ladécadaominosa(1823­33)

El decreto de 1­10­1823 reimplantó el régimen absolutista.De nuevo aparece el control policial, una represión durísima y la censura intelectual, de la mano de Calomarde (ministro de Gracia y Justicia, desde 1824 hasta 1833) y ejecutada por los Voluntarios Realistas (cuerpo paramilitar surgido de las partidas realistas sublevadas en el Trienio y encargados de la defensa del absolutismo, entre quienes algunos de los futuros carlistas). El resultado fue la depuración y ejecución de cientos de

oficiales, políticos y funcionarios, así como el exilio de varios miles de ellos (entre ellos, Mendizábal, Istúriz, Calatrava, Toreno, Argüelles o Martínez de

la Rosa)

Pero el régimen absolutista sólo se reimplantó parcialmente, pues su reformismo moderado le otorgó una apariencia cualitativamente distinta al Sexenio de 1814­20. Aunque se restablecieron los mayorazgos y señoríos y se produjo una restauración religiosa muy intensa (se devuelven los bienes expropiados al clero durante el Trienio, se anularon sus disposiciones antieclesiásticas del Trienio, se restablecieron los diezmos y los obispos volvieron a sus diócesis), sin embargo, se admitieron ciertas reformas. Sintomático es que no se restableciera la Inquisición, si bien los obispos crearon, como alternativa, los Tribunales de Fe diocesanos.

La tarea de gobierno fue superior a la etapa del sexenio absolutista: en primer lugar, se creó el Consejo de Ministros (como órgano principal del poder ejecutivo), así como el Ministerio de Fomento (para impulsar y coordinar la acción del Estado en materia de gobernación,

educación, obras públicas y desarrollo económico); por otra parte, hay una cierta recuperación económica que, no obstante, no permite salir de la postración; en tercer lugar, se intenta poner en orden la maltrecha Hacienda (Luis López Ballesteros); también se reorganiza el Ejército con criterios más profesionales que ideológicos y se crea el cuerpo de Carabineros en 1829 para perseguir el contrabando; y, por último, se reorganiza la administración, reduciendo gastos y moralizándola. Todo ello llevó a Larra en 1833 a hablar de la “mudanza prodigiosa” producida.

De todos modos, los males básicos del país seguían sin resolverse. Desde el punto de vista económico, la Hacienda seguía con amenaza de quiebra a pesar de las reformas de Ballesteros, los caminos y carreteras seguían en pésimo estado y la agricultura y ganadería seguía sumida en una crisis endémica. En el ámbito social, cabe destacar la persistencia del bandolerismo. La administración (tanto la central, como la local y la de justicia) seguía desorganizada. Y el ejército seguía con sus carencias gravísimas. De especial gravedad serán también los problemas políticos, en especial relacionados con una verdadera visión del Estado, la inestabilidad ministerial y la pérdida de apoyos. Para llevar a cabo las reformas necesarias, llegó a recurrir a antiguos afrancesados y a liberales moderados, en especial en los últimos años, pero esto no contentó a los liberales y provocó la división de los absolutistas en moderados (por un lado) e intransigentes, ultra­absolutistas o apostólicos (por otro), caracterizados por su oposición al reformismo gubernamental. Precisamente fue la derivación a posiciones reformistas la que hizo surgir un grupo radical en torno a don Carlos, cuya actuación más representativa fue la revuelta dels agraviats o malcontents (primavera de 1827), que se extendió en zonas montañosas y rurales catalanas en torno a Voluntarios Realistas, clero rural y campesinado, y que desembocó en una verdadera guerra. También hubo conspiraciones liberales desde el exilio, de menor alcance que las realistas y que también fracasaron, siendo fusilados sus protagonistas, como ocurrió con la de Torrijos en Málaga a fines de 1831.

La situación en torno a 1830 ha sido definida como de constitucionalismo impracticable y de absolutismo inviable. La revolución francesa de 1830 reavivó la doble conspiración de ultras y liberales. El conflicto estalló en torno a 1830 a raíz de un pleito dinástico.La Pragmática Sanción (marzo de 1830), anulaba Ley Sálica y permitía, por tanto, que la hija del rey, Isabel (nacida en octubre fruto del cuarto matrimonio del rey, con María Cristina de Borbón) fuera la heredera al trono, generando un problema sucesorio al privar de sus derechos a su tío D. Carlos. El pleito culminó en los sucesos de La Granja (septiembre de 1832): aprovechando la grave enfermedad del rey y ante la impopularidad de la Pragmática, hubo presiones de ultras (como Calomarde) para derogarla, pero el golpe palaciego de La Granja lo impidió, recuperando el rey su poder y expulsando del gobierno a los ultras.

Desde entonces (1832­33), el sector moderado del absolutismo controló el poder y Fernando VII buscó un acercamiento hacia los liberales moderados que, introducidos en el gobierno y administración, van preparando la transición política. Bajo la presidencia de Cea Bermúdez, se

en el gobierno y administración, van preparando la transición política. Bajo la presidencia de Cea Bermúdez

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emprende una política tendente a evitar que los partidarios de don Carlos pudieran llegar al poder. Para ello, nombró nuevos capitales generales, disolvió a los Voluntarios Realistas, concedió un indulto general y logró reconciliar a los liberales con los interese monárquicos de Isabel.

La valoración de esta década ha sido diversa. Algunos autores han destacado el régimen de clandestinidad y terror (GIL NOVALES) y otros han resaltado los aspectos reformistas. Como resume MOLINER, pese al fuerte carácter represivo del absolutismo restaurado, éste se vio abocado a reformas para evitar una nueva situación revolucionaria como en 1820, pero las medidas tomadas fueron insuficientes para evitar la quiebra del sistema, dividieron a los absolutistas y no pudieron contener la doble conspiración ultra y liberal.

1.4. LA REGENCI A DE MARI A CRÍ STI NA (1833­1840) Y LA TRANSICIÓNALAMONARQUÍACONSTITUCIONAL

La muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1933, cuando la heredera al trono (como así confirmó el testamento del rey) apenas contaba tres años de edad, supuso el inicio de la Regencia de María Cristina de Borbón, la madre de Isabel, desde 1833 hasta 1840, un período clave para la transición al liberalismo. La guerra civil (carlista) y la desamortización serán las dos bases más destacadas de esta última fase de la revolución liberal, caracterizada por cambios económicos y políticos fundamentales.

El Estado cristino siempre estuvo mediatizado por la guerra carlista (pues la mayoría de los recursos económicos iban dirigidos a financiar el Ejército, que aumentó su poder mientras el Estado sólo existía sobre el papel) y por su frente abierto en su retaguardia, representado por las juntas revolucionarias de las ciudades. Guerra y revolución marcharon juntas de nuevo en los años treinta, pues el liberalismo avanzado no renunció a la opción revolucionaria de ruptura con el Antiguo Régimen, aun a riesgo de perder la guerra (algo que parecía iba a suceder hasta 1837). Las ciudades fueron el campo privilegiado de acción política de los liberales, ámbito en el que se aprecia el peso social y político del liberalismo revolucionario y su penetración en la población, de ahí que fuera decisivo el control de las instituciones locales y provinciales, como demostró el movimiento juntista de 1835­36.

a)Fases

Frente al Antiguo Régimen, representado por don Carlos, María Cristina no fue capaz de expresar claramente el liberalismo y, por tanto, los ocho años de su Regencia están plagados de vaivenes y de una cierta ambigüedad. Pero la complejidad del período y la diversidad de elementos sociales y políticos que confluyen, no impiden trazar una serie de etapas. En líneas generales, se puede decir que el fracaso del sistema político transaccional y la estrategia militar moderada buscada en los primeros años de la Regencia condujo a un protagonismo creciente de los progresistas frente al carlismo, apoyados en los distintos alzamientos de la Milicia Nacional y la formación de juntas revolucionarias.

a.1.) 1833­36. La primera fase vino marcada por el fracaso de la transición controlada al liberalismo, proyectada desde 1832, que

La primera fase vino marcada por el fracaso de la transición controlada al liberalismo, proyectada desde

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imposibilitóunasoluciónpactadacomosalidafinaldelacrisisdel

AntiguoRégimen.

Tras la muerte del rey, se creó un Consejo de Gobierno para asesorar a la Regente y fue confirmado en su puesto Cea Bermúdez, que, hasta 1834, emprenderá un reformismo moderado, propio de la vieja clase dominante, que intentará no enajenarse a los absolutistas.

Pero la Regente deberá apoyarse en los liberales para salvar la corona de I sabel. Carlos María Isidro se había autoproclamado rey (Carlos V) desde Abrantes a principios de octubre de 1833) y ello supuso el comienzo de la guerra civil carlista. Ello forzó a los partidarios de la RegenteaaliarseconelEjércitoylosliberalesparasalvareltrono, acelerando el proceso de liberalización política, reuniendo las Cortes para realizar reformas efectivas y emprendiendo una rápida acción militar para liquidar la rebelión.

En este contexto, los sectores reformistas de la vieja clase dominante buscaron el entendimiento con algunos liberales moderados. Como señala MOLINER, las oligarquías propietarias se alarmaron ante las fuerzas populares movilizadas por el carlismo, y el conflicto dinástico obligó a entenderse a los defensores del reformismo absolutista con los más moderados del liberalismo español, en una especie de tercera vía. El resultado fue el régimen semirepresentativo del Estatuto Real de 1834, del que fue artífice M artínez de la Rosa, sin duda, un paso importante al liberalismo. El Estatuto Real era una especie de Carta Otorgada de inspiración francesa y suponía una tímida liberalización frente al absolutismo anterior. Sus objetivos principales eran la convocatoria a Cortes bicamerales (Próceres y Procuradores) basándose en las leyes tradicionales (Partidas y Nueva Recopilación) para organizar un régimen político oligárquico.

La labor de gobierno de Martínez de la Rosa (en el que continuaba del anterior gabinete Javier de Burgos, el ministro que llevó a efecto la división provincial a fines de noviembre de 1833, que, con algún pequeño retoque, aún persiste en la actualidad) fue poco brillante. Bajo su mandato se extendió la guerra y su debilidad se apreció cuando fue incapaz de resolver los desórdenes en Madrid que culminaron con el degüello de 75 frailes en julio de 1834. Por otra parte, la opinión pública le exigía más de lo que concedió, pues a pesar de la recuperación parlamentaria y de prensa y de los primeros embriones de partidos, el Gobierno suspendió periódicos y se obstinó en impedir el desarrollo liberal del régimen. En consecuencia, los liberales emprendieron la lucha (por vía legal o ilegal) para imponer la ruptura con el Antiguo Régimen y ampliar el marco político del Estatuto hacia un régimen de liberalismo avanzado, auténticamente representativo. Las pulsaciones revolucionarias estallarán en dos veranos consecutivos, de 1835 y 1836.

El fugaz gobierno del conde de Toreno (junio­septiembre de 1835) será incapaz de resolver la situación bélica, y se verá desbordado por una oleada de disturbios provocados por la carestía de la vida y los impuestos de puertas y consumos, que los liberales trataron de canalizar a través de la una insurrección urbana e interclasista, el movimiento juntista. Algunas juntas (Barcelona, Cádiz o Málaga) asumieron el poder local en el verano de 1835 y exigieron la convocatoria de Cortes Constituyentes.

Cádiz o Málaga) asumieron el poder local en el verano de 1835 y exigieron la convocatoria

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Cuando el país parecía abocado a la revolución, la Regente encargó la formación del gobierno al progresista M endizábal (sept. 1835­mayo 1836), que había regresado del exilio londinense rodeado del mayor prestigio liberal. Mendizábal integró pronto las juntas revolucionarias en las Diputaciones, emprendió la reforma (que no la sustitución) del Estatuto Real, proyectó ampliar el cuerpo electoral (lo que provocó la oposición de los moderados) y se propuso acabar con los dos problemas más graves, la guerra civil y el hacendístico. Para encauzar la guerra, prometió reforzar el Ejército con cien mil hombres (aunque la cifra se quedó al final en la mitad) y conferir su jefatura a generales progresistas. Para reformar la Hacienda y liquidar la Deuda Pública, puso en marcha medidas desamortizadoras de bienes eclesiásticos (R.D. 19­2­1836, 5 y 9­3­1836). Pero teoría y práctica fueron contradictorias. Mendizábal fue cesado a mediados de mayo de 1836 por varias razones. En primer lugar, porque sus reformas parecieron insuficientes al sector más avanzado de los liberales (que, por otra parte, querían restablecer la Constitución de Cádiz) y porque no contribuyó mejorar ni la situación económica ni la bélica a corto plazo. Pero la razón última era el deseo de la Regente de desembarazarse de él a toda costa porque le parecía demasiado liberal. Sin embargo, en realidad, Mendizábal tenía tanto miedo a los tintes democráticos y populistas consiguientes a la revolución liberal como a los moderados.

La Regente nombró entonces a I stú riz, un antiguo veinteañista reconvertido al ahora al moderantismo, lo que motivó las protestas desde la prensa y el Estamento de lo Procuradores. Cuando el progresista Joaquín María López (el más estrecho colaborador de Fermín Caballero) consiguió que se aprobara un voto de censura contra su gestión, la respuesta de Istúriz fue la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones para julio. Sin embargo, este proceso electoral no pudo completarse por el estallido del proceso revolucionario de julio­agosto de 1836, en un contexto que condujo a la formación de juntas (entre ellas, en Cuenca) en la mayoría de las capitales y culminó con la sublevación de La Granja. La suma del movimiento juntista y el pronunciamiento militar obligó a Istúriz a huir a Francia, cuando apenas hacía tres meses que presidía el Gobierno. María Cristina se vio obligada a jurar la Constitución de 1812 y a nombrar un nuevo Gobierno, presidido ahora por el progresista Calatrava y en el que López era ministro de Gobernación.

a.2.) El resultado del movimiento revolucionario del verano de 1836 fue el control del poder por parte de los progresistas. El gobierno de José Mª Calatrava, entre los meses de agosto de 1836 y 1837, inauguró una segunda fase, que se abre con el proceso constituyentes de 1836­37 y que consolidará la ruptura definitiva con el Antiguo Régimen. Durante este período se convocaron Cortes Constituyentes y se sancionó la Constitución de 1837, además de emprender un mayor esfuerzo financiero a la guerra y emprender una sólida tarea reformista.

El nuevo Gobierno aceptó el restablecimiento temporal de la constitución gaditana mientras se redactaba otra nueva. En las nuevas Cortes, en las que Caballero era secretario, López participó activamente en las discusiones sobre el texto constitucional. Pero más que adecuar la de Cádiz a los nuevos tiempos, las Cortes Constituyentes sancionaron una Constitución nueva, de origen popular, más precisa, flexible, condensada,

las Cortes Constituyentes sancionaron una Constitución nueva, de origen popular, más precisa, flexible, condensada, 22

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moderna y sistemática que aquélla. Con el intento de reconciliar a las distintas facciones liberales (progresistas y moderados), resultó ser un texto transaccional de monarquía constitucional que conciliaba la soberanía nacional con el pragmatismo del liberalismo doctrinario imperante en Europa. Sus principios doctrinales se pueden resumir en los siguientes:

vuelta (matizada respecto a 1812) a la soberanía nacional, la división de poderes y la afirmación de derechos individuales; se preveía que las leyes ordinarias regularían las instituciones y derechos (así serviría para gobernar tanto progresistas como moderados). Aunque se establecían viejas aspiraciones progresistas (como la Milicia Nacional, jurados y libertad de imprenta), los órganos constitucionales resultaban ser menos radicales que en 1812: Cortes bicamerales (Senado y Congreso), como concesión a los moderados; aumento de poderes del monarca (se reserva el poder ejecutivo y tiene el poder legislativo junto a las Cortes); y cambia el sistema electoral establecido en 1812 por un sufragio censitario limitado a las clases propietarias y sectores de la burguesía profesional, comercial, agraria e industrial (unos 265.000 electores). Pero, pese a las concesiones, esta Constitución de 1837 no fue aceptada por los moderados y provocó también la crítica de los sectores liberales más radicales, que seguían abanderando la Constitución de 1812.

A diferencia de los gobiernos anteriores, el de Calatrava fue eficaz y salvó la situación. Por un lado, dedicó un mayor esfuerzo financiero a la guerra que se vio compensado con la victoria de Espartero en Luchana, aunque la irrupción en la vida pública de altos mandos militares (generales de prestigio, no sargentos como los de La Granja) como árbitros de la situación, alteró el proceso político en lo sucesivo. Por otro lado, pudo realizar la obra reformista liberal (local, agraria y religiosa) en plena guerra civil con los carlistas. Así, agudizó la política antieclesiástica de gobiernos anteriores, convocó elecciones municipales según las normas de 1812 (lo que permitió la formación de ayuntamientos mayoritariamente progresistas) e impulsó la reforma agraria liberal para restaurar el principio de la propiedad burguesa: Mendizábal, ministro de Hacienda, relanzó la desamortización y se pusieron en vigor los decretos del Trienio Liberal que abolían los señoríos y suprimían los mayorazgos.

a.3.) Alternancia en el poder de moderados y progresistas (1837­ 40). Se sucederán numerosos gobiernos efímeros de ambos matices, por enfrentamientos entre liberales, mediatizados al entrar militares (el progresista Espartero y el moderado Narváez) en la vida política. Sirve para cancelar el proceso revolucionario liberal y perfilar un primer sistemadepartidosantagonistas.

Las elecciones de octubre de 1837 dieron el triunfo a los moderados. El

partido progresista (que defendía la Constitución del 37, mayor atención a

la guerra y proseguir las reformas anteriores) obtuvo sólo 60 escaños frente

a los 150 moderados. MARICHAL explica la derrota progresista por su falta

de organización y propaganda y, sobre todo, por la ley electoral, que permitía la participación de una mayor proporción de terratenientes y arrendatarios prósperos.

Tras las elecciones de enero de 1840, que otorgaron una clara mayoría moderada en un ambiente de presiones gubernamentales y manipulación electoral denunciado por los progresistas, el Gobierno moderado de Pérez

de Castro pudo introducir reformas que limitaron los poderes de dos de los pilares progresistas, la Milicia Nacional y los municipios y que suponían un cambio encubierto el régimen constitucional. Fue entonces cuando Fermín Caballero dio el salto a la política municipal madrileña, como alcalde tercero de una corporación presidida por su amigo Olózaga.

b)Elestallidodelaprimeraguerracarlista(1833­40)

Mientras se sucedían los cambios políticos, continuaba la guerra carlista. Se trata de un conflicto ideológico, más queunpleitodinástico,quemarcóeldesarrollodela revoluciónliberal.

revoluciónliberal. En puridad, el carlismo no se puede simplificar

En puridad, el carlismo no se puede simplificar identificándolo sin más con el absolutismo, ya que fue un movimientomáscomplejoderesistenciaantiliberal,en conexión con los movimientos de resistencia a las revoluciones liberales europeas, que desaparecieron a mediados del XIX. Por tanto, representa básicamente el tradicicionalismo absolutista y el Antiguo Régimen social, pero no exclusivamente, y se fue transformando en un movimiento político y social amplio, cuya ideología tradicionalista y antiliberal admitía cierto pluralismo antirrevolucionario.

Hay que distinguir el carlismo como movimiento político del problema de su apoyo popular en las diversas zonas geográficas. Había gran heterogeneidad en su composición sociológica. Predomina el campesinado, expulsado de sus tierras por la disolución del sistema señorial y amenazado por el nuevo sistema fiscal y la crisis agraria, que buscarán una salida en el bandolerismo. El clero carlista defendía el catolicismo más rancio y apoyaba el retorno al absolutismo. También apoyaban el carlismo algunos sectores de la nobleza, clases medias y artesanales urbanas. Y, en el Norte, lo apoyaban los defensores de los fueros, pues garantizaban privilegios fiscales, autogobierno, exención del reclutamiento militar y otras peculiaridades. Esta complejidad interna se reflejará en sus diversas posiciones: izquierda (transaccionistas), próximos al constitucionalismo moderado; centro, que sólo querían el regreso de la monarquía absoluta y que llegarían a prescindir de don Carlos llegado el caso; y derecha (apostólicos netos), partidarios de la teocracia pura, opuestos “a ceder ni una coma a las exigencias del siglo”.

Geográficamente se centró básicamente en Navarra, Euskadi, Maestrazgo, Cataluña y Levante, aunque también las zonas más montañosas del centro de la Península (como ocurrió en nuestra región en la serranía de Cuenca, los montes de Toledo o las estribaciones de Sierra Morena y la Sierra de Alcaraz), protagonizaron algunos de los episodios guerrilleros, en especial desde 1835.

Aunque los efectivos militares carlistas eran menos numerosos, la inicial idea de que el levantamiento

Aunque los efectivos militares carlistas eran menos numerosos, la inicial idea de que el levantamiento sería sofocado en poco tiempo dio paso a la realidad del fortalecimiento carlista debido a la incapacidad del gobierno (sobre todo en el Norte), las tensiones políticas y la incompetencia militar. Mientras el ejército carlista, comandado por Zumalacárregui, centró sus operaciones en el Norte (principalmente en el área vasconavarra), la táctica de guerrillas predominó en el centro. Frente a la estrategia carlista, el ejército cristino opuso una táctica equivocada (persecución desordenada y cacería sin cuartel de las partidas sublevadas) hasta que Espartero cambia el signo de la guerra tras la victoria de Luchana.

Esta guerra, como otras calificadas de civiles, también tuvo una vertiente internacional. Gran Bretaña y Francia apoyaron al liberalismo moderado español con armas, hombres y acciones diplomáticas (firma en 1834 de la Cuádruple Alianza). Por su parte, las potencias absolutistas ayudaron a los carlistas aunque de manera insuficiente.

ayudaron a los carlistas aunque de manera insuficiente. En su desarrollo, cabe establecer algunas fases. La

En su desarrollo, cabe establecer algunas fases.

La primera etapa (desde octubre de 1833 a julio 1835) fue de iniciativa carlista. Mientras los cristinos destinaban parte de sus tropas a guarnecer ciudades, Zumalacárregui iba consiguiendo sucesivas victorias en plazas menores. Necesitado de un triunfo en una gran plaza, D. Carlos decidirá el asedio o sitio de Bilbao, una operación no grata para Zumalacárregui por su debilidad artillera y que acabará mal, pues morirá el propio Zumalacárregui (julio 1835), lo que supondrá un grave revés para los carlistas.

En su segunda etapa (hasta octubre 1837), el conflicto buscará alcanzar un nivel nacional. Los carlistas proyectarán una nueva estrategia

que sobrepasa los límites regionales, iniciándose así las grandes expediciones más allá del Ebro. Las columnas carlistas consiguieron éxitos tácticos (pues recorren el país sin ser vencidas) pero fracasan estratégicamente, ya que no alcanzan sus objetivos y obtienen una decepción política, por el escaso arraigo del carlismo al S. del Ebro. La expedición de Gómez, que atravesó España desde Euskadi a Cádiz, no consiguió levantar en armas a nuevas provincias ni llevar al Norte masas de

nuevos voluntarios. Y la expedición real (mayo­oct. 1837), con participación

del ejército de Cabrera y dirigida por D. Carlos, fue a Arganda pero no atacó

Madrid.

La tercera etapa comenzó con el segundo sitio de Bilbao (oct.­dic. 1836), en el que Espartero consiguió la ya mencionada victoria de Luchana, fruto del esfuerzo financiero que impulsó el gobierno Calatrava. La iniciativa de Espartero se produjo en el momento en que las filas carlistas evidenciaban el cansancio de la guerra; pese a éxitos aislados (como la toma de Morella por Cabrera), era imposible su victoria. Se produjo entonces una crisis interna del carlismo: intransigentes apostólicos (navarros y alaveses, que contaron con el apoyo del propio D. Carlos) y transaccionistas (castellanos, vizcaínos y guipuzcoanos, apoyados por el general Rafael Maroto). El fin del conflicto vino marcado por el convenio de Vergara (31­8­1839), negociado entre Espartero y Maroto, que fue visto como una traición por los intransigentes. Dicho convenio se basaba

en la propuesta a las Cortes de la concesión o modificación de los fueros y

el reconocimiento de grados, empleos y condecoraciones de los carlistas.

Aunque Cabrera continuó sus correrías por Aragón y Cataluña durante diez

meses, en julio de 1840 cruzaba la frontera y concluía la guerra. También

en Cuenca hubo correrías hasta 1840.

Las principales consecuencias de la guerra son las siguientes:

murieron alrededor de doscientas mil personas (en un país de unos trece

millones); aunque España vivirá en un absoluto desorden administrativo, el liberalismo triunfará sobre el Antiguo Régimen y se implantará un régimen constitucional; el carlismo, aunque derrotado, era una fuerza que quedaba latente y echó fuertes raíces en algunos territorios, reapareciendo años después como expresión del tradicionalismo y el pensamiento reaccionario;

y selló el compromiso entre ejército y liberalismo, haciendo del

intervencionismo militar un factor esencial de la vida política hasta 1876

c) La irrupción del liberalismo y la dialéctica moderados versus progresistas

El triunfo liberal en 1840 supuso el asentamiento del régimen constitucional, que, tras una breve Regencia de Espartero (1840­43), el general que lo había hecho posible en buena medida, tuvo su desarrollo en el

largo reinado de Isabel II (1843­68). Junto a la Corona y el ejército, otra de sus instituciones principales fueron los partidos liberales (moderado y progresista), cuyas diferencias (aunque a veces son más bien de matiz), estaban relacionadas básicamente con el modelo de Estado y la conformación

del cuerpo electoral, como resume el siguiente cuadro:

POSTULADOSIDEOLOGICOS

M ODERADOS

P ROGRESI STA S

Soberanía

Compartida

Nacional

26

Sufragio

Restringido

Ley electoral más amplia

En realidad, el partido progresista nació a partir de la minoría exaltada de las Cortes de 1834 y contaba con un órgano de expresión dirigido por el conquense (de Barajas de Melo) Fermín Caballero, el Eco del Comercio. Pero la delimitación definitiva entre moderados y progresistas (tiende a desaparecer entonces el término genérico de exaltado para referirse más bien a un sector dentro del partido) se efectuará claramente en las Cortes de 1836­37, en relación a los problemas del gobierno y de la guerra. Ya en el congreso constituyente de 1836­37 se perfiló un ala más conservadora y otra más avanzada.

Más coherente doctrinal y políticamente era el partido moderado cuyos representantes gobernaron desde fines de 1837 hasta 1840, intentando controlar el Congreso y Senado para paralizar la aplicación de las leyes de los progresistas.

1.5. LA REGENCI A DE ESP ARTERO Y LA DI VI SI ÓN DE LOS

PROGRESISTAS(1841­43)

En 1840, las posiciones políticas de la Regente, María Cristina, y del héroe de la guerra, el general Espartero (Duque de la Victoria) estaban encontradas en torno, principalmente, a la ley de Ayuntamientos que el gobierno presentó a las Cortes y que la Regente ratificó el 15 de julio. Se trataba de una ley municipal centralista y que acababa con la elección popular de los alcaldes, lo que motivó las protestas de muchos ayuntamientos (entre ellos el de Madrid, que firmó un manifiesto encabezado, entre otros, por Fermín Caballero y Joaquín María López) así como la radicalización del partido progresista, que puso en marcha un plan para derribar la situación al que se sumó Espartero. El plan culminó a principios de septiembre, con la caída de la Regente María Cristina y el ascenso al poder (desde septiembre de 1840 en una etapa de interinidad al frente del gobierno y desde mayo de 1841 como Regente) del espadón del progresismo, iniciando la presencia de militares en la dirección política.

de 1841 como Regente) del espadón del progresismo , iniciando la presencia de militares en la

Baldomero Espartero, el “general del pueblo” (según Romanones) y el “español más popular del siglo XIX, recurso de emergencia de tantas crisis de gobierno y aun de Estado, prototípico ‘salvador de la Patria’ y ‘espada de la revolución’” (según el historiador ESPADAS BURGOS) había forjado su carrera militar en América aunque su mayor prestigio lo adquirió durante la guerra carlista. Con fama de “pacificador” y la convicción de que debía intervenir en política como símbolo de unión de los españoles, Espartero intentó resolver en la vida civil cuestiones importantes con métodos expeditivos y se rodeó, para ello, de fieles compañeros de armas que habían luchado con él en América (los criticados ayacuchos), en lugar de buscar el apoyo de los parlamentarios progresistas más prestigiosos, como Olózoga, Mendizábal, López o Caballero. No debe extrañar que se produjeran divisiones entre las filas progresistas, que se agravaron con el tiempo.

No es extraño que surgieran luchas internas entre los distintos sectores del progresismo, primero entre el sector de los unitarios (liderado por Olózaga) y el de los trinitarios (encabezado por Caballero y López). Mientras los primeros apostaban por la Regencia única y no avanzar en las reformas sociales, los segundos querían una Regencia compartida, con el fin de limitar el poder de Espartero y proseguir las reformas económico­sociales. Ahora bien, no cabe identificar ambos sectores con derechas o izquierdas ni hay detrás de estas posturas un pensamiento elaborado, según GÓMEZ URDÁÑEZ. De todos modos, esta división fue, a la postre, fatal para el partido. Ganaron los primeros y, por ello, el duque de la Victoria, un manchego nacido en una familia de labradores y artesanos carreteros, accedía nada menos que a la Regencia de España en mayo de 1841.

La política de Espartero se basó, en distribuir empleos y prebendas a su camarilla, sin emprender ninguna reforma de importancia, según MOLINER. Su fama se fue volatilizando en pocos años debido a su gestión personalista y autoritaria, que culminó con la disolución repetida de las Cortes y el bombardeo de Barcelona en noviembre de 1842 con el fin de acabar con un heterogéneo movimiento popular y republicano contrario a sus medidas librecambistas. Instruido, como estaba, en la guerra, Espartero aplicó la “receta” que mejor conocía y que solía usar para resolver los conflictos militares, la vía represiva.

El sector de Caballero y López, que criticaba la falta de reformas del Gobierno, se había ido distanciando profundamente del Regente. Desde enero de 1842 se distinguían tres sectores progresistas: de González Infante (ministerial), de Olózaga (legales) y de López (puros). Con las Cortes repetidamente clausuradas, la oposición se hizo a través de la prensa. Desde del Eco del Comercio, se apoyó una coalición periodística contra Espartero que contó con buena acogida entre diversos sectores de la prensa independiente. Fueron los acontecimientos de Barcelona de noviembre de 1842 los que precipitaron la definitiva ruptura entre esparteristas y progresistas, creando una coyuntura favorable a la alianza de éstos con los moderados con el fin de poner fin a la Regencia.

La convocatoria de nuevas elecciones en marzo de 1843 puso de manifiesto la desintegración del partido progresista. Cada una de sus sectores (ministeriales, legales y puros) publicaron sus listas y sembraron la confusión al organizar por separado su propia propaganda electora. La

candidatura de los puros defendía, entre otras medidas, la estricta observancia de la constitución, el cese de la Regencia en octubre de 1844 (al cumplir Isabel los catorce años), la reducción del número de miembros del ejército, la protección de la Milicia Nacional, la reforma del sistema tributario, la disminución de la deuda del Estado (adecuando los gastos a los ingresos), la articulación de una ley de ayuntamientos y diputaciones de acuerdo con la constitución, el fomento de los establecimientos de beneficencia y las escuelas de primaria, así como la protección de la agricultura, la industria y el comercio.

El resultado de las elecciones complicó la formación del gobierno a Espartero. La mayor parte del progresismo, con Olózaga y López a la cabeza, estaban contra el Regente. Al abrir las Cortes, en abril, López arremetió contra la manipulación gubernamental del proceso electoral. Pero, tras fracasar el Regente con otros candidatos, tuvo que ofrecer la jefatura del ejecutivo, en mayo de 1843, a López.

La pregunta que surge es cómo pudieron pactar dos partes tan enfrentadas. Según ARTOLA, a Espartero no le quedó más remedio que confiar el gobierno a los progresistas puros (el segundo en importancia de los grupos parlamentarios) tras fracasar el intento de atraer al bando ministerial a los legales). Y MOLINER defiende que López tuvo que aceptar por las presiones de su grupo, aunque era consciente de no tener ni el carácter ni la ambición adecuadas para dicho cargo. Pues bien, López nombró a Fermín Caballero como ministro de la Gobernación, cargo que desempeñó durante tan sólo diez días (del 9 al 19 de mayo de 1843). La brevedad del gabinete se debió a la negativa del Regente a disolver su camarilla de ayacuchos, pese a haber aceptado muchas de las exigencias programáticas de López.

La gestión personalista y, en ocasiones, autoritaria de Espartero, junto

a la política librecambista (que le enfrentó a los industriales catalanes, en

especial) acabaron provocando su caída. Sus opositores eran tantos que abarcaban desde el sector más avanzado del progresismo hasta el cada vez más fuerte partido moderado. Según GÓMEZ URDÁÑEZ, Olózaga consiguió unir a los detractores de Espartero bajo el lema de acabar con su autoridad.

Los m o derado s, que durante el trienio esparterista habían utilizado la

vía conspirativa, financiada desde París por María Cristina, van a participar en un pronunciamiento con otras diversas fuerzas entre mayo­julio de 1843. Estarán presentes en este pronunciamiento jefes militares rivales (Serrano, O’Donnell, Narváez), tanto moderados como progresistas. El papel de las juntas revolucionarias (animadas por la coalición en el Congreso y por la prensa) será, de nuevo, fundamental en el ámbito provincial; controladas por militares contrarios al Regente y representantes de la burguesía, apoyaban el programa del gabinete López. El proceso revolucionario culminará con la caída del Regente en el mes de julio, la formación de un Gobierno P rovisional presidido de nuevo por López y la convocatoria de elecciones que distribuyeron equitativamente los escaños.

El movimiento triunfante era muy heterogéneo. La situación era muy atípica

porque López gobernaba en nombre de la nación sin que lo hubiera nombrado rey o regente aguno. En estas circunstancias no eran extrañas las peticiones de formar una Junta Central que convocara Cortes Constituyentes.

Pero la actuación política del gabinete López demostró su evolución –o mejor dicho, su involución— hacia posturas más moderadas, poniendo en evidencia que su radicalismo era meramente verbal. Como resume MOLINER, “el tribuno de 1834, el demagogo de 1836, el revolucionario de 1839 se había convertido, sin apenas notarlo sus amigos, en el hombre de orden, de tolerancia y de gobierno”. De todos modos, la situación política era muy frágil y el Gobierno, transitorio. La coalición de progresistas y moderados, una vez caído Espartero, obligaba a los compromisos. Las medidas gubernamentales fueron contradictorias e incluso anticonstitucionales. En primer lugar, desarmó la Milicia Nacional, pese a haberla apoyado en el programa de mayo de 1843. Por otro lado, disolvió tanto el ayuntamiento como la diputación madrileños, amén de no cumplir sus promesas de constituir una Junta Central. Y su actuación provocó una revolución de contenido popular y obrerista en Barcelona (y, en menor grado, en otras ciudades) que quiso contrarrestar bombardeando la ciudad de manera todavía más brutal que la de Espartero en 1842.

En el Gobierno Provisional había dos conquenses, Mateo Miguel Ayllón (ministro de Hacienda) y Fermín Caballero (que volvió a desempeñar la cartera de Gobernación desde el 24 de julio al 24 de noviembre) y que, en calidad de Notario mayor del Reino, dio fe de la ceremonia del 8 de agosto que declaraba mayor de edad, con antelación, a la Reina Isabel, con el fin de salir de una situación de provisionalidad ante la ausencia de un representante de la Corona.

La gestión del gabinete López ha sido muy criticada tanto por sus contemporáneos (que lo acusaron de haber entregado el poder al partido moderado) como por muchos historiadores, que lo han calificado de oportunista. Sin embargo, la acusación de haber entregado el poder a los moderados no se sostiene porque, al ser cesado, López pidió ser reemplazado por Olózaga, que, a su vez fue destituido unos días después por una intriga de la camarilla palaciega de la Reina, que nombró en diciembre de 1843 jefe del Gobierno a González Bravo, dando inicio con él a la década moderada. De manera que, aunque la revolución que derribó a Espartero había sido de moderados y progresistas, fueron los primeros los que se hicieron con el poder durante diez años (1844­54).

No parece apropiado acusar de “traidor” a López, y, sin embargo, resulta más lógico considerarlo poco apto para gobernar, al mostrar escasas cualidades al respecto. En todo caso, es evidente su evolución ideológica hacia posturas cercanas al moderantismo, hacia el “orden” en 1843 y representa el prototipo de la contradicción de su partido. Algo parecido cabe decir de su ministro, el conquense Fermín Caballero.

1.6. LAS BASES DE LA REFORM A AGRARI A LI BERAL Y SU INCIDENCIAENESPAÑA

En primer lugar, conviene precisar qué se entiende por reforma agraria liberal y quienes están detrás de la misma. La reforma agraria se refiere fundamentalmente a los cambios en la propiedad de la tierra y en la distribución del producto agrario. Y es liberal en el sentido de su titularidad, porque habrá libertad para comprarla y venderla, pasando de “manos muertas” (instituciones como la Iglesia, los municipios o las órdenes militares, que no podían poner en venta sus bienes raíces, pues constituían

su patrimonio permanente) a una propiedad particular, como si fuera una mercancía. Pero ni es una reforma agraria “social” porque no implica reparto, ni tampoco una revolución agrícola, porque ésta última se relaciona con cambios en los rendimientos (por nuevos cultivos, técnicas, maquinaria, abonos, etc.).

En consecuencia, puede decirse que las cuatro primeras décadas del XIX asisten en España a unos cambios jurídicos respecto a la tierra (desamortización, desvinculación y abolición del régimen señorial) y a la distribución de la producción agraria (abolición del diezmo y reforma de la Hacienda) que acabarán con los últimos obstáculos para el triufo del capitalismo agrario y conciliarán la propiedad real con la propiedad de uso. La tesis clásica de su carácter transaccional lo resume FONTANA al hablar de alianza entre la burguesía (entendiendo como tal a los rentistas, labradores ricos, profesionales liberales y comerciantes) con la aristocracia latifundista, teniendo a la monarquía como árbitro, cuyo resultado será una consolidación del latifundismo que no irá acompañado de una mejora de la productividad y que aparca cualquier contenido social.

Por ello, los principales beneficiarios fueron los campesinos acomodados, profesionales, comerciantes y rentistas, mientras que las víctimas fueron la Iglesia, los municipios, los campesinos pobres y los jornaleros (pues perdieron la posibilidad de tener la “caridad” del uso de propiedades eclesiásticas o de aprovechar pastos y montes comunales y sufrieron la amenaza de una nueva fiscalidad).

a)Lasdesamortizaciones

La desamortización consiste en la nacionalización por parte del Estado

de bienes raíces (inmuebles: tierra, solares, edificios amortizados

)

(vinculados a manos muertas, y, por tanto, fuera del mercado) para ponerlos en venta en pública subasta. Desarrolladas en varias etapas (véase el cuadro siguiente), las leyes desamortizadoras seguirán en grandes líneas el modelo de la revolución francesa, aunque en Esaña no se busca la distribución de la tierra entre los desheredados ya que, a diferencia de Francia, los campesinos no protagonizaron el proceso revolucionario.

De Godoy (1798): primeras apropiaciones de bienes de la Iglesia para asignar el importe de la venta a la redención de títulos de la Deuda. De José Bonaparte: de bienes del clero y aristócratas (para comprometer a los adictos). De Cortes de Cádiz: decreto general de desamortización (13­9­1813) (no se aplicó) Del Trienio Liberal De Mendizábal/Espartero (1836­41): de los bienes eclesiásticos De Madoz (1855): Ley de Desamortización General (1­5­ 1855), que afectó, principalmente, a bienes de propios (aquéllos que los municipios alquilaban para atender sus gastos) y bienes comunales (propiedad municipal pero susceptibles de uso por sus vecinos)

Las principales son las de Mendizábal/Espartero (eclesiástica) y la de Madoz (civil). Los fines principales de las mismas fueron de dos tipos:

paliar la crisis de la Hacienda y conseguir el apoyo social de los compradores a la causa liberal, a la vez que el debilitamiento económico de los enemigos de la revolución (en particular, la Iglesia, aunque no tanto los clérigos, pues algunos de ellos fueron compradores a título personal).

Nos centraremos, a continuación en la de M endizábal y dejaremos el análisis de la de Madoz para un próximo tema. Mendizábal realizó la desvinculación de las propiedades eclesiásticas en tres fases, mediante sucesivos decretos desde fines de 1835 a principios de 1836. Primero suprimió todas las órdenes religiosas no dedicadas a la beneficencia o a las misiones en ultramar. Segundo, declaró “bienes nacionales” todas las propiedades de los conventos y comunidades suprimidas. Tercero, sacó dichos bienes a pública subasta, admitiendo el pago en Títulos de la Deuda (medida fiscal que beneficiaba a las clases medias y alta).

Las consecuencias más evidentes fueron, desde el punto de vista socioeconómico, la concentración y el cambio de titularidad de la propiedad, pero no en la estructura, de manera que se creó una clase muy poderosa de terratenientes que se aprovechó de las gangas para quienes tenían títulos de la Deuda; paralelamente, provocó la creciente proletarización del sector, conforme creció el número de campesinos sin tierras; y políticamente consolidó la revolución liberal, pero sólo fue un éxito relativo para los progresistas, ya que los nuevos propietarios engrosaron pronto las filas del partido moderado.

En consecuencia, ¿cabe mantener la tesis clásica de ocasión perdida para un cambio en las estructuras agrarias y en las condiciones sociales del campo?. La historiografía más reciente, sin perder de vista las cuestiones de justicia social y de rentabilidad económica, sin embargo no comparte la tesis de ocasión perdida y hace hincapié más en la coherencia que tuvo con los objetivos que se proponía. Puesto que no tenía una finalidad social ni tampoco pretendía impulsar una revolución agrícola ni trasvasar excedentes de capital a la industria, sino disminuir la Deuda, consolidar la revolución e implantar un nuevo sistema de propiedad libre e individual, historiadores como ARTOLA, FONTANA o TOMÁS y VALIENTE concluyen que no sólo no fue un fracaso, sino que fue coherente y cumplió sus objetivos.

b)Abolicióndelrégimenseñorial

Aunque es un tema mucho menos estudiado en España que la desamortización, se puede decir que refleja de manera claro pacto entre la burguesía revolucionaria y la aristocracia terrateniente, pues posibilitaba legalmente a los señores el reconocimiento de la propiedad de la tierra que disfrutaban desde hacía varias generaciones y, a veces, era de sospecha procedencia. De este modo, la aristocracia terrateniente renunciaba a sus preeminencias jurisdiccionales a cambio de integrarse como propietaria (con propiedad real, no de uso) y superar el trance revolucionario.

c)Desvinculación

Otorgaba la calidad de mercancía de libre disposición a las propiedades que, como el mayorazgo, habían sido hasta entonces inalienables e inconfiscables por diversos regímenes viculares.

d)Otros

Cabe aquí incluir otros cambios jurídicos respecto a la tierra como la abolición de los privilegios mesteños (sancionando así la decadencia de la trashumancia), la abolición de la prohibición de los cercamientos o la protección de los derechos de los propietarios frente a servidumbres colectivas. Y también los cambios jurídicos sobre la distribución agraria, como la abolición del diezmo (reformado en el Trienio Liberal y suprimido en 1841) o la reforma de la Hacienda (que culminará con el nuevo sistema fiscal de Mon y Santillán en 1845, del que hablaremos en otro tema).

1.7. CONTROVERSI A HI STORI OGRÁFI CA SOBRE LA REVOLUCI ÓN LIBERAL­BURGUESAENESPAÑA

Dejaremos de lado la terminología burguesa/liberal que se ha visto ya en otros temas porque nos llevaría a un debate nominalista y poco fructífero. Es mejor centrarse en sus características.

La tesis tradicional que negaba la revolución burguesa en España ha sido superada. No se puede mantener en la actualidad la excepcionalidad española en este aspecto, aunque eso no impide resaltar las características peculiares de la revolución liberal o burguesa española.

a) Se llevó a cabo en varias etapas (1808­13; 1820­23 y 1833­40).

Los cambios habían sido preparados en las últimas décadas del XVIII

y se desarrolló en contextos de excepción, lo que explica su

largo proceso (guerra, represión y exilio). Conllevó dos largas

guerras (1808­13 y 1833­39), vio la alternancia de etapas constitucionales y contrarrevolucionarias y se consolidó en 1840 tras

la derrota carlista.

b) En relación con lo anterior, el ejército fue el verdadero instrumento de la revolución liberal (no la sociedad) y condicionó la significación histórica de la misma.

c) Otro de los elementos básicos del liberalismo viene representado por la M ilicia Nacional, estudiada por Pérez Garzón. Se trata de unidades militares compuestas por personal civil (ciudadanos a los que el alcalde convocaba) y cuyos gastos eran sufragados por el Ayuntamiento. En ciertos casos, los alcaldes la utilizaban para participar en alternativas políticas y conducir la revolución liberal. Fueron disueltas en períodos absolutistas o moderados.

d) Los pronunciamientos liberales tenían dos objetivos: imponer al monarca de la constitución de 1812 y crear condiciones revolucionarias que permitieran establecer las juntas en las provincias y luego la Junta Central (con funciones de Gobierno Provisional). Por tanto, el juntismo resultará ser otro elemento consustancial de la revolución española. Las juntas (surgidas durante la guerra de la Independencia) supondrán la implicación de la sociedad civil en las coyunturas revolucionarias, en apoyo, normalmente, de la sublevación militar, lo que alejará la revolución liberal española del modelo estrictamente militarista. Como ocurre con la Milicia, son también contradictorias, produciéndose una lucha en su seno entre las clases dominantes y los movimientos populares.

e) Relacionado con lo anterior, cabe decir que las ciudades fueron el campo privilegiado de acción política de los liberales. Por eso fue decisivo el control de las instituciones locales y provinciales

f) En perspectiva comparada, MOLINER considera que la revolución en España supuso una ruptura violenta y desde abajo con el Antiguo Régimen, cuya crisis (pese a dilatarse en el tiempo) tiene rasgos específicos más cercanos a la Francia revolucionaria de 1789 que a los de Alemania o Italia del XIX.

1.8. LA REVOLUCI ÓN Y LA LUCHA P OR LA I NDEP ENDENCI A EN IBEROAMÉRICA

Como complemento a este tema, aunque excluido de evaluación, se acompaña un guión de la revolución e independencia de Hispanoamérica que, no obstante, para un mejor conocimiento, se puede consultar el libro de LYNCH que se adjunta en la bibliografía recomendada.

Significación: independencia y movimiento revolucionario (incluido en revoluciones burguesas) Dio nacimiento a varios Estados

Alteró la estructura sociopolítica y destruyó el sistema administrativo tradicional Abrió el camino a transformaciones económicas, sociales y olíticas

a)Losimperiosespañol yportuguésenAméricaaprincipiosdels.

XIX

Desde el XVI hasta comienzos del XIX, España y Portugal mantienen sus respectivos Imperios coloniales sin grandes cambios ni dificultades: quedaban amplias regiones internas sin explorar (habitadas por indígenas) I mperio español: desde el S. de América del Norte (Florida, Luisiana, Texas, Nuevo México y Alta California) hasta Tierra de Fuego: 13,5 millones habitantes Virreinatos(capital) Nueva España (México): el más importante en población (6 millones) y en riqueza (agropecuaria y minera) y principal mercado colonial español Nueva Granada (Santa Fe de Bogotá):

colonial español Nueva Granada (Santa Fe de Bogotá): millones englobaba también el reino de Quito

millones

englobaba

también el

reino

de

Quito

(1,8

habitantes)

también el reino de Quito (1,8 habitantes) P erú (Lima): 1,3 millones habitantes Río de La
también el reino de Quito (1,8 habitantes) P erú (Lima): 1,3 millones habitantes Río de La

P erú (Lima): 1,3 millones habitantes

Río de La P lata (Buenos Aires): 1,1, millón habitantes (7

provincias, 4 gobernadores)

Otros territorios y organismos administrativos y de gobierno

Guatemala (1 millón habitantes) Venezuela (1 millón habitantes; riqueza de cacao) Cuba (Antillas; medio millón de habitantes) Chile (medio millón habitantes) Audiencias (ej. Charcas) Cabildos

Capitanías generales:

35

I mperio portugués: virreinato de Brasil (organizado en capitanías generales): 4 millones habitantes + producción agrícola tropical + acentuado carácter esclavista

b)Lasociedadcriollaylosorígenesdelmovimientoemancipador

Causasdelaindependencia 1) Económicas: explotación económica en beneficio de la metrópoli (s.t. tras el Pacto Colonial del XVIII) Nivel de desarrollo muy desigual El comercio estaba sometido al monopolio impuesto por metrópoli, aunque se consentía el contrabando Los criollos querían una mayor libertad económica para que la explotación económica fuera en beneficio propio y no de la metrópoli

2)Sociales

Clases altas: predominantes Aristocracia peninsular: monopolizaba los cargos políticos y administrativos Criollos: los ayuntamientos eran sus verdaderos portavoces Tenían el poder económico: propietarios de haciendas, plantaciones, minas Se sentían postergados ante los peninsulares: no tenían proyección política y les interesaba la independencia para buscar el poder político Clase culta y refinada La mayoría de la población restante vivía en condiciones de miseria, atraso y sometimiento o marginación: grupos descontentos e inquietos

Mulatos y mestizos: marginados

Indios y negros esclavos: sometidos

3)Político­administrativas:

Administración española anticuada y pésima Inmoralidad y corrupción administrativa

Acaparamiento de cargos por peninsulares: más preocupados por enriquecerse que por el gobierno

4) I deológicas: formación de una conciencia emancipadora entre criollos debido:

Cultura e ideología española del XVIII Difusión y extensión de ideas revolucionarias de pensadores europeos Influencia de ejemplos de independencia americana y Revolución Francesa Apoyo y ayuda de ingleses y norteamericanos 5)Situacióndelametrópoli:invasiónfrancesa yvueltade Fernando VI I : será el disparador que activará as fuerzas de revolución e independencia

La invasión de la Península supondrá la instalación de la Corte portuguesa en Brasil Para colonias españolas es el inicio de un debate sobre quién debe gobernarlas estando el rey Fernando VII prisionero en Francia

P recedentes y precursores: desde fines del XVIII hay un movimiento revolucionario activo, aunque con escasos triunfos, por

parte de los precursores

Sublevación de Tupac Amaru en Perú (1780­81)

Conspiración de Picornell (1797)

Independencia de Haití (1804) de Francia (lucha de razas)

Destaca el caraqueño Francisco de Miranda (1806): este criollo caraqueño (había visitado EEUU tras su independencia y había viajado a Europa) intentó sublevar Venezuela pero fracaso Losiniciosdelmovimientoemancipador(1808­15):primeros levantamientos debido a los sucesos ocurridos en España (invasión napoleónica y coronación de José I) Los criollos forman Juntas en la América hispana de carácter liberal y con tendencia a la autonomía

Suplantar la ausencia del titular de la Corona Que recaben margen de autonomía (pues puede ser discutida la autoridad de los gobiernos provisionales de la Península) Identidad en los orígenes y fines de criollos americanos con los liberales españoles que se levantan contra Napoleón La anómala situación permite que se ensayen propuestas

dispares y abre las puertas al choque entre inmovilistas e innovadores Pronto muestran su sentido revolucionario e independentista:

Levantamientos armados contra autoridades españolas, sobre todo a partir de 1810 Actitud generalizada de descontento que mueve a muchos ciudadanos a hacerse cargo del gobierno de varias provincias deponiendo a las máximas autoridades Cuatro focos independentistas:

M éxico: movimientos populares de curas Hidalgo (desde Dolores) y Morelos

Miguel Hidalgo (cura de Dolores): grito de insurrección (16­ 9­1810): revuelta social y racial que provocó el rechazo de peninsulares y criollos y duró poco (fue asesinado en enero) José María Morelos proclamó la independencia en 1813, pero en 1815 fue derrotado definitivamente el foco rebelde Caracas:

Se proclama la independencia nacional en 1811 (Miranda) y una Constitución, pero en 1812 las tropas realistas acaban con República venezolana En 1813 fracasa un segundo intento de independizar Venezuela por parte de Bolívar (desde Nueva Granada) EntornoaLima:

Movimientos iniciados en las Juntas de Bogotá, Quito y Chile Perú se transforma en el núcleo de resistencia española Buenos Aires (donde actúa San Martín): se proclama la independencia de Provincias Unidas del Río de La Plata (salvo

Se ven en la necesidad de constituir órganos de gobierno para:

Montevideo y Paraguay) (1810) al constituirse la Regencia en Cádiz PerolarestauraciónabsolutistadeFernandoVIIdevuelve el predominio español en casi todos los territorios americanos:

Son sometidas casi todas las Juntas criollas y enviados varios ejércitos españoles (una vez terminada la guerra de la independencia) a América El principal foco de resistencia contra España son los territorios del Río de la Plata 1811:Paraguayproclamasuindependencia En 1810 Paraguay había decidido mantenerse fiel a la Regencia Buenos Aires envía una expedición para imponer su voluntad y huye el gobernador español de Asunción Los paraguayos rechazan las tropas porteñas y declaran la independencia Sólo Uruguay permanece fiel a España

c) Modelos regionales y sociales del proceso independentista

1816­1825 fue fase decisiva y de radicalización de los movimientos de independencia, que triunfan frente a la resistencia de la metrópoli y dan nacimiento a nuevos Estados

independientes Se reinicia la resistencia del nacionalismo criollo (revolucionario y liberal) contra el absolutismo fernandino y la represión española Victorias sucesivas de San Martín (desde el Sur) y Bolívar (desde el Norte de Sudamérica) Hay cuatro corrientes revolucionarias hispanoamericanas (C. M. RAMA):

Burguesa conservadora: quiere mantener el status quo Liberal: reformismo moderado y monárquico Criolla­republicana: fue la dominante y la que le dio la orientación general al movimiento Revolucionaria democrática o jacobina El golpe de Riego en España provoca el desmoronamiento rápido del imperio Los realistas se sienten desautorizados al tener que servir a un régimen que odiaban Los líderes insurgentes no se sienten impulsados a someterse a la metrópoli a pesar de aplicarse la Constitución de Cádiz Síntesisdelosprocesosdeindependencia:

No forman un proceso unitario: brota de diversos focos de rebeldía diferentes y distantes y sólo tardía y parcialmente coordinados Es la reacción de la metrópoli y de sus autoridades delegadas en América lo que confiere unidad a estos movimientos dispares Sudamérica:

1816: Declaración formal de independencia de las P rovincias Unidas del Río de La P lata (reunidas en el Congreso de Tucumán) (Argentina)

contra autoridades españolas, pero hasta 1816 no se declaró su independencia La declaración de independencia no resolvió el problema de la unidad 1817­18: el general San Martín y O’Higgins avanzan desde la región de la Plata: tras las victorias de Chacabuco y Maipú proclaman la independencia de Chile. Otras consecuencias:

Consolida la independencia de las provincias rioplatenses

Desde 1810 los territorios de La Plata se habían sublevado

Sitúa a San Martín en el umbral del Perú (corazón de la resistencia realista) 1819: Bolívar avanza en el norte desde Jamaica, entra en Nueva Granada (centro de resistencia realista) y proclama (tras la victoria de Boyacá) la independencia de Colombia

1821: Bolívar proclama la de Venezuela tras la batalla de Carabobo 1822:

Ecuador obtiene su independencia tras la victoria de Pichincha por Sucre (lugarteniente de Bolívar) Entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín Bolívar es presidente de la Gran Colombia: incluye Venezuela, Panamá y Ecuador (incluyendo Guayaquil,

ciudad disputada por Perú) 1824: P erú es independiente, al acabar Bolívar y Sucre con la resistencia española en la victoria de Ayacucho

Perú, en manos del virrey Abascal, fue la posición más sólida de los realistas en todo el continente En 1820, el sucesor de Abascal, Pezuela, pierde apoyo social: es aprovechado por San Martín (primero) y luego Bolívar La división de jefes realistas produjo la destitución de Pezuela + problemas para hacer frente al ejército de Bolívar 1825: Bolivia (Alto Perú) obtuvo la independencia de manos de Sucre M éxico y América Central: entre 1821­23

1821: la independencia se realiza casi sin violencia en M éxico, llevada por quienes se habían opuesto a ella antes de iniciarse el Trienio Liberal

P lan de I guala establece la independencia: tras llegar a un acuerdo el general Agustín Itúrbide con el dirigente popular Guerrero (fórmula de compromiso para conciliar diversos intereses) Agustín Itúrbide asumió el gobierno, primero como Regente y luego como emperador (que incluía Centroamérica) mediante un gobierno dictatorial (hasta su destitución en 1823 tras un golpe de estado) 1821: Guatemala se independiza de España y se incorpora a México 1823: se independizan de México (experiencia de confederación) las P rovincias Unidas de Centroamérica

Brasil: se produjo pacíficamente y mantuvo su unidad tras su independencia: no tuvo ningún parecido con la independencia de colonias españolas La familia real portuguesa residía en Brasil desde invasión francesa de 1808 y establecen la capital del imperio lusitano en Río de Janeiro: desde entonces, se reactivó la vida cultural brasileña e incrementó sus relaciones comerciales 1815: el Regente Juan concede el título de dominio dentro del Imperio a Brasil 1816: muere la reina y el Regente se convierte en rey Juan VI La familia real no tenía intención de regresar a Portugal a pesar de haber sido expulsados ya los franceses Al constituirse una Regencia en Portugal, Juan VI tiene que regresar (abril 1821) para no ser depuesto Dejó encomendado el gobierno de Brasil a su hijo (D. Pedro) con el título de Regente Es reclamada la presencia del Regente en Portugal, pero se opone (“grito de Ypirangá” en Sao Paulo (7­9­1822): D. Pedro es nombrado emperador de los brasileños al proclamarse la independencia casi sin lucha 1824: Constitución del Imperio de Brasil 1825: el Imperio es reconocido por Portugal

d)Elnacimientodelosnuevosestadosyelbalancesobreelproceso

emancipador

Con la obtención de la independencia, las naciones iberoamericanas empiezan una nueva fase en la que no se van a encontrar soluciones a los problemas existentes (empiezan décadas de confusión al menos hasta 1870) Cuestiones planteadas tras la independencia

Búsqueda de formas idóneas de organización política:

Formas híbridas, indefinidas de gobierno (triunviratos, directorios, consulados) Sistemas centralizados

Monarquías Estructuración estatal: centralismo frente a federalismo

Transformación de viejas estructuras económicas y sociales: se adaptan los principios del liberalismo por las burguesías dominantes Delimitación de las propias entidades nacionales (a pesar de rasgos culturales comunes heredados de su pasado colonial, había diferencias regionales decisivas) Constante modificación de fronteras nacionales hasta su definitiva delimitación Pugna entre intentos de unificación (Bolívar) y proyectos de federación y tendencias separatistas Nueva configuración continental: en los nuevos países independientes predominan las tendencias regionalistas disgregadorasfrentealasunitariasaescalacontinental:

Predominio de las Repúblicas (optaron entre sistemas centralista y federal)

No se realizaron los proyectos de Bolívar de crear una gran federación de naciones hispanoamericanas, capaz de resistir las crecientes presiones inglesas y norteamericanas: el Congreso de Panamá (1826), que pretendía la confederación hispanoamericana, fue un fracaso Se produce la fragmentación de Hispanoamérica y la consolidacióndenuevasnaciones(tendenciascentrífugas):

se pasa de ocho países en 1825 (México, Centroamérica, Gran Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Paraguay) a once en 1830 (se añaden Uruguay, Venezuela y Ecuador ) y quince en 1844 (Guatemala, El Slvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica) 1823: Independencia de Provincias Unidas de Centroamérica (cae Agustín I) 1824: M éxico pone fin al régimen imperial y proclama RepúblicaFederal 1828­30: Uruguay se independiza de Brasil 1830: ruptura de la Gran Colombia, dando nacimiento a las Repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador 1838­44: fragmentación de Centroamérica en cinco Repúblicas: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua yCostaRica Surgen rivalidades fronterizas en algunas regiones de América del Sur

e)Lasrepercusionesinternacionales

Supuso el primer fracaso a escala mundial de la política de Santa Alianza Gran Bretaña mantuvo una actitud de mediación, reconocimiento y apoyo de las nuevas naciones independientes en beneficio de su intervención económica La actitud de USA fue también decisiva, pues apoya a hispanoamericanos desde el principio, apoyo que se concretó en la formulación de la Doctrina Monroe (diciembre 1823) (“América para los americanos”). Buscaba:

Distanciar a nuevas naciones hispanoamericanas de su relación con Europa Disponerlos a una creciente intervención y dependencia neocolonial de USA (auténticos dominadores del continente americano desde entonces)

Textosparaelcomentario

Constituciónespañolade1812

En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Autor y Supremo Legislador de la sociedad. Las Cortes generales y extraordinarias de la nación española, bien convencidas, después del más detenido examen y madura deliberaci6n, de que las antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de la nación, decretan la siguiente Constituci6n política para el buen gobierno y recta administración del Estado:

Art. 3. La soberanía reside esencialmente en le nación, y, por lo mismo, pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales. Art. 4. La nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen. Art. 6. El amor a la patria es una de las obligaciones principales de todos los españoles, y así mismo el ser justos y benéficos. Art. 12. La religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única Verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquier otra. Art. 14. El Gobierno de la nación española es una Monarquía moderada hereditaria. Art. 15. La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el

Rey.

Art. 16. La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el rey. Art. 17. La potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales reside en los tribunales establecidos por la ley. Art. 34. Para la elección de los diputados de Cortes se celebrarán juntas electorales de parroquia, de partido y de provincia. Art. 35. Las juntas electorales de parroquia se compondrán de to­ dos los ciudadanos avecindados y residentes en el territorio de la parroquia respectiva, entre los que se comprenden los eclesiásticos seculares. Art. 38. En las juntas de parroquia se nombrará, por cada 200 vecinos, un elector parroquial. Art. 45. Para ser nombrado elector parroquial se requiere ser ciudadano, mayor de 25 años, vecino y residente en la parroquia. Art. 75. Para ser elector de partido se requiere ser ciudadano que se halle en el ejercicio de sus derechos, mayor de 25 años, y vecino y residente en el partido, ya sea del estado seglar o del secular, pudiendo recaer la elección en los ciudadanos que componen la junta o en los de fuera de ella. Art. 91. Para ser Diputado de Cortes, se requiere ser ciudadano que esté en el ejercicio de sus derechos, mayor de 25 años, y que haya nacido en la provincia o esté avecindado en ella con residencia a lo menos de 7 años, bien sea del estado seglar o del eclesiástico secular; pudiendo recaer

la elección en los ciudadanos que componen la junta o en los de fuera de ella.

Art. 92. Se requiere además, para ser diputado de Cortes, tener una renta anual proporcionada, procedente de bienes propios.

Art. 104. Se juntarán las Cortes todos los años en la capital del reino, en edificio destinado a este solo objeto. Art. 106. Las sesiones de las Cortes en cada año durarán tres

meses consecutivos, dando principio el día primero del mes de marzo. Art. 108. Los diputados se renovarán en su totalidad cada dos años. Art. 110. Los diputados no podrán volver a ser elegidos si no mediando otra diputación. Art. 131. Las facultades de las Cortes son:

 

(

)

Décima: Fijar todos los años, a propuesta del Rey, las fuerzas de

tierra y de mar, determinando las que se hayan de tener en pie en tiempo

de paz y su aumento en tiempo de guerra Undécima: Dar ordenanzas al Ejército, Armada y Milicia Nacional en todos los ramos que los constituyen

 

(

)

Decimatercia: Establecer anualmente las contribuciones e

impuestos.

 

(

)

Vigesimasegunda: Establecer el plan general de enseñanza

pública, en toda la Monarquía y aprobar el que se forme para la educación del príncipe de Asturias.

(

)

Vigesimacuarta: Proteger la libertad política de la imprenta.

Vigesimaquinta: Hacer efectiva la responsabilidad de los Secretarios del Despacho y demás empleados públicos.

 

(

)

Art. 157. Antes de separarse las Cortes nombrarán una

Diputaci6n, que se llamará Diputación Permanente de Cortes, compuesta

de siete individuos de su seno, tres de las provincias de Europa, y tres de las de Ultramar; y el séptimo saldrá por suerte entre un diputado de Europa y otro de Ultramar. Art. 159. La Diputación Permanente durará de unas Cortes ordinarias a otras. Art. 160. Las facultades de esta Diputación son: Primera, velar sobre la observancia de la Constitución y de las leyes para dar cuenta a las próximas Cortes de las infracciones que hayan notado.

 

(

)

Art. 309. Para el gobierno interior de los pueblos habrá

Ayuntamientos compuestos del Alcalde o alcaldes, los regidores y el

procurador síndico, y presididos por el jefe político, donde lo hubiere, y en su defecto, por el alcalde o el primer nombrado por éstos, si hubiere dos.

 

(

)

Art. 312. Los alcaldes, regidores y procuradores síndicos se

nombrarán por elección en los pueblos, cesando los regidores y demás que sirvan oficios perpetuos en los Ayuntamientos, cualquiera que sea su título y denominación.

 

(

)

Art. 324. El gobierno político de las provincias residirá en el

jefe superior, nombrado por el rey en cada una de ellas. Art. 325. En cada provincia habrá una Diputación llamada Provincial, para promover su prosperidad, presidida por el jefe superior. Art. 326. Se compondrá esta Diputación del presidente, del inten­ dente y de siete individuos elegidos en la forma que se dirá sin perjuicio de que las Cortes, en lo sucesivo, varíen este número como lo crean conveniente, o lo exijan las circunstancias, hecha que sea la nueva división de provincias, de que trata el artículo.

Art. 362. Habrá en cada provincia cuerpos de Milicia nacionales,

compuestos de habitantes de cada una de ellas, con proporción a su población y circunstancias.

Art. 365. En caso necesario podrá el rey disponer de esta fuerza

dentro de la respectiva provincia; pero no podrá emplearla fuera de ella sin otorgamiento de las Cortes.

( )

( )

FernandoVIIanulalaobradeCádiz

“Las Cortes, en el mismo día de su instalación, y por principio de sus actas, me despojaron de la soberanía, poco antes reconocida por los mismos diputados, atribuyéndola nominalmente a la nación para apropiársela a sí ellos mismos, y dar a ésta después sobre tal usurpación las leyes que quisieron, imponiéndole el yugo de que forzosamente las recibiese en una nueva Constitución, que sin poder de provincia, pueblo ni junta, y sin noticia de las que se decían representadas por los suplentes de España e Indias, establecieron los diputados, y ellos mismos sancionaron y publicaron en 1812. Este primer atentado contra las prerrogativas del trono, abusando del nombre de la nación, fue como la base de los muchos que a éste se siguieron; y a pesar de la repugnancia de muchos diputados, tal vez del mayor número, fueron adoptados y elevados a leyes, que llamaron fundamentales, por medio de la gritería, amenazas y violencia de los que asistían a las galerías de las Cortes, con que se imponía y aterraba; y a lo que era verdaderamente obra de una facción, se le revestía del espacioso colorido de “voluntad general”, y por tal hizo pasar la de unos pocos sediciosos, que en Cádiz, y después en Madrid, ocasionaron a los buenos

cuidados y pesadumbre(

Conformándome con las decididas y generales demostraciones de la voluntad de mis pueblos, y por ser ellas justas y fundadas, declaro que mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha constitución ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias, y de las ordinarias actualmente abiertas, a saber los que sean depresivos de los derechos y prerrogativas de mi soberanía, establecidos por la constitución y las leyes en que largo tiempo la nación ha vivido, sino el declarar aquella constitución ”

(Fernando VII: Real Decreto, 4 de mayo de 1814)

y tales decretos nulos y de ningún valor ni efecto

)

ElManifiestodeAbrantes

“No ambiciono el trono; estoy lejos de codiciar bienes caducos; pero la religión, la observancia y cumplimiento de la ley fundamental de sucesión, y la singular obligación de defender los derechos imprescindibles de mis hijos y todos los amados consanguíneos me esfuerzan a sostener y defender la corona de España del violento despojo que de ella me ha causado una sanción tan ilegal como destructora de la ley que legítimamente y sin interrupción debe ser perpetua.

Desde el fatal instante en que murió mi caro hermano (Q.S.G.H.), creí se habrían dictado en mi defensa las providencias oportunas para mi

reconocimiento; y si hasta aquel momento habría sido traidor el que lo hubiese intentado, ahora lo será el que no jure mis banderas, a los cuales, especialmente a los generales, gobernadores y demás autoridades civiles y militares, haré los debidos cargos, cuando la misericordia de Dios, si así conviene, me lleve al seno de mi amada patria, y a la cabeza de los que me sean fieles. Encargo encarecidamente la unión, la paz y la perpetua caridad. No padezca yo el sentimiento de que los católicos españoles que me aman, maten, injurien roben ni cometan el más mínimo exceso. El orden es el primer efecto de la justicia; el premio al bueno y sus sacrificios, y el castigo al malo y sus inicuos secuaces es para Dios y para la ley, y de esta suerte cumplen lo que repetidas veces he ordenado.”

(Abrantes, 1º de octubre de 1833. Carlos María Isidro de Borbón.)

ElEstatutoReal,1834

“El Estamento de próceres del Reino (como guarda permanente de las leyes fundamentales, interpuesto entre el Trono y los pueblos) comprenderá en su seno a los que se aventajen y descuellen por su elevada dignidad o por su ilustre cuna, por sus servicios y merecimientos, por su saber y sus virtudes: los venerables Pastores de la Iglesia; los Grandes de España, cuyos nombres despiertan el recuerdo de las antiguas glorias de la Nación; los caudillos que en nuestros días han acrecentado el lustre de las armas españolas; los que en el noble desempeño de la Magistratura, en la enseñanza de las ciencias o en otras carreras no menos honrosas, hayan prestado a su Patria eminentes servicios, granjeando para sí merecida estima y renombre, hallarán abiertas las puertas de este ilustre estamento, el cual debe ser esencialmente conservador por la naturaleza de los elementos que lo constituyen.”

(Fragmento de la Exposición preliminar al Estatuto Real de 1834)

CONSTITUCIONDELAMONARQUIAESPAÑOLA

(18dejuniode1837)

DOÑA ISABEL II, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española, Reina de las Españas; y en su Real nombre, y durante su menor edad, la Reina viuda su madre doña María Cristina de Borbón, Gobernadora del Reino; a todos los que la presente vieren y entendieren, sabed: Que las Cortes generales han decretado y sancionado, y Nos de conformidad aceptado, lo siguiente:

Siendo la voluntad de la Nación revisar, en uso de su Soberanía, la Constitución política promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, las Cortes generales, congregadas a este fin, decretan y sancionan la siguiente

TÍTULOII DE LAS CORTES

Art. 12. La potestad de hacer las leves reside en las Cortes con el Rey.

Art. 13. Las Cortes se componen de dos cuerpos colegisladores, iguales en facultades: el Senado y el Congreso de los Diputados.

TÍTULOIII

DEL SENADO

Art. 14. El número de los senadores será igual a las tres quintas partes de los diputados.

Art. 15. Los senadores son nombrados por el Rey a propuesta, en lista triple, de los electores que en cada provincia nombran los diputados a Cortes.

Art. 16. A cada provincia corresponde proponer un número de senadores proporcional a su población; pero ninguna dejará de tener por lo menos un Senador.

TÍTULOIV DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS

Art. 21. Cada provincia nombrará un Diputado a lo menos por cada cincuenta mil almas de su población.

Art. 22. Los diputados se elegirán por el método directo, y podrán ser reelegidos indefinidamente.

TÍTULOVI

DEL REY

Art. 44. La persona del Rey es sagrada e inviolable, y no está sujeta a responsabilidad. Son responsables los ministros.

Art. 45. La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el Rey, y su autoridad se extiende a todo cuanto conduce a la conservación del orden público en lo interior, y a la seguridad del Estado en lo exterior, conforme a la Constitución y a las leyes.

Art. 46. El Rey sanciona y promulga las leyes.

TÍTULOVII DE LA SUCESIÓN DE LA CORONA

Art. 50. La Reina legitima de las Españas es doña Isabel II de Borbón.

TÍTULOVIII DE LA MENOR EDAD DEL REY Y DE LA REGENCIA

Art. 56. El Rey es menor de edad hasta cumplir catorce años.

Bibliografía básica:

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1990.

CASTELLS, I. y A. MOLINER, A. Crisis del Antiguo Régimen y Revolución Liberal en España (1789­1845). Barcelona: Ariel, 2000. FONTANA, J. La crisis del Antiguo Régimen, 1808­1833. Barcelona: Grijalbo,

1983.

Bibliografía complementaria:

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AYMES, J. R. La guerra de la independencia en España, 1808­1814. Madrid:

Siglo XXI, 1974.

CASTRO, C. de. La Revolución liberal y los municipios españoles (1812­

1868). Madrid: Alianza,1979.

DONÉZAR, J. Las revoluciones liberales: Francia y España. Madrid: EUDEMA,

1992.

FERNÁNDEZ DE PINEDO, E. (et al.). Centralismo, Ilustración y agonía del Antiguo Régimen (1715­1833). Barcelona: Labor, 1980. FONTANA, J. La quiebra de la monarquía absoluta, 1814­1820. Barcelona:

Ariel, 1971.

–– Hacienda y Estado en la crisis final del Antiguo Régimen español: 1823­

1833. Madrid: IEF, 1973.

–– La revolución liberal: política y hacienda ( 1833­1845). Madrid: IEF, 1977.

GIL NOVALES, A. El Trienio liberal. Madrid: Siglo XXI, 1980.

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1999.

LYNCH, J. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808­1826. Barcelona: Ariel,

1976.

MARICHAL, C. La revolución liberal y los primeros partidos políticos en

España, 1834­1844. Madrid: Cátedra, 1980.

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Alicante: Instituto de Estudios Juan Gil Albert, 1988.

PÉREZ GARZÓN, J. S. Milicia nacional y revolución burguesa. El prototipo madrileño (1808­1874). Madrid: CSIC, 1978. RUEDA,G.LadesamortizacióndeMendizábalyEsparteroenEspaña.Madrid:

Cátedra, 1986. SEBASTIÁ, E. La revolución burguesa. Valencia: Historia Social, 2001, 2 v.

STEIN, S. J. y STEIN, B. H. La herencia colonial de América Latina. Madrid:

Siglo XXI, 1978 (10ª ed).

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http://www.historiasiglo20.org/enlaces/esp1800­1814.htm

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http://www.historiasiglo20.org/enlaces/independenciaiberoam.htm

2.ELESTADOLIBERALYLAAPERTURACAPITALISTAENESPAÑA

(1843­1874)

2.1. Características políticas del período isabelino

2.2. La década moderada (1844­54): bases políticas y programáticas; las principales realizaciones y los primeros problemas; el autoritarismo sin control parlamentario de Bravo Murillo; la corrupción y la preparación del alzamiento

2.3. El bienio progresista (1854­56):modernización y problemas sociales y políticos

2.4. De la Unión Liberal a la crisis del sistema (1856­68): el bienio moderado; el pragmatismo de la UL; la crisis del sistema

2.5. Transformaciones económicas y contornos de la sociedad liberal:

los factores del atraso de la industrialización; la apertura capitalista; la nueva oligarquía; clientelismo y miseria de la sociedad campesina. El sistema educativo. La contraposición de modelos de administración local

2.6. Significación del Sexenio Democrático o Revolucionario: la prolongación de la revolución liberal en revolución democrática; ¿revolucionario o democrático?; levantamiento militar y apoyo popular de la Gloriosa

2.7. De la Revolución a la Regencia de Serrano (1868­70)

2.8. La monarquía democrática de Amadeo I (1871­73) y sus obstáculos

2.9. La I República (1873): bases ideológicas; las jefaturas de Figueras, Pi, Salmerón y Castelar y sus dificultades; el modelo federal de constitución

2.10. El final del Sexenio: la interinidad de Serrano o la República

unitaria (1874)

2.1. Características políticas del período isabelino

La inestabilidad política había obligado al Gobierno Provisional a adelantar a fines de 1843 la mayoría de edad de Isabel, cuando apenas contaba trece años de edad. Se inició así un reinado que se extendió durante un cuarto de siglo, hasta septiembre de 1868 en que fue depuesta, y en el que pueden distinguirse las siguientes etapas:

ÿ Década moderada (1844­54)

ÿ Bienio progresista (1854­56)

ÿ Unionistas y moderados en el poder (1856­68)

(1854­56) ÿ Unionistas y moderados en el poder (1856­68) o Bienio moderado (1856­58) o El “gobierno

o

Bienio moderado (1856­58)

o

El “gobierno largo” de la Unión Liberal: el pragmatismo político

o

La crisis del sistema

ß Gabinetes moderados (1863­65)

ß La crisis de la Unión Liberal (1865­66)

ß Autoritarismo, crisis política y crisis económica (1866­

68)

El triunfo liberal supuso el asentamiento del régimen constitucional, estructurado en torno a tres instituciones (Corona, ejército y partido

moderado, sobre todo, con el soporte socioeconómico de los nuevos grupos dominantes y la puesta en marcha de un aparato centralista. Aunque simbolizaba la bondad del liberalismo, su reinado transcurrió agitaciones sociales,cambiospolíticosyeconómicosyescándaloscortesanos.

Respecto a la Corona, los historiadores han sido, por lo general, muy críticos. Isabel II no estuvo a la altura de las circunstancias históricas que España atravesaba y tuvo un papel político mucho más intervencionista en la vida política que la británica Reina Victoria. Su primera decisión infantil fue destituir al jefe de Gobierno y entregar el poder a los moderados, que, desde entonces, dominaron la vida política salvo cortos períodos. Por otra parte, la imagen de La Corte de los milagros (título de una obra de Valle Inclán en la que satirizaba el final de su reinado) reflejaba precisamente la idea de la Corte como nido de corrupción y de caprichos. No debe extrañar así que durante su reinado hubiera una treintena de gobiernos diferentes, pues sus prerrogativas constitucionales le permitían cesar y nombrar a jefes de Gobierno sin control parlamentario.

En cuanto a los partidos políticos liberales (moderado y progresista, de los que ya se trazaron sus diferencias en un tema anterior) eran, en realidad, simples grupos de notables, sin una estructura definida, que casi reducían su actuación a las convocatorias electorales y cuya extracción social provenía en ambos casos de la clase alta terrateniente, la nobleza y clases medias profesionales vinculadas a las anteriores por negocios, intereses o matrimonios. Pero la apuesta de la Corona por los moderados y la notable restricción del sufragio impidió una verdadera alternancia al estilo británico y empujó a los progresistas, marginados políticamente, a la conspiración para acceder al poder, como sucederá en 1854 (dando inicio al bienio progresista progresista) y 1868 (que pondrá fin al reinado isabelino).

El protagonismo de tales episodios recaerá en los militares, un grupo social de escaso número pero de gran relevancia política, debido a su vocación liberal y a la presencia constante de la guerra desde 1808 que culminará con el conflicto carlista. Militares serán no sólo los cabecillas de levantamientos, sino también los jefes de partidos y presidentes de gobiernos. Sus altos mandos solían alcanzar títulos nobiliarios y se integraron en la oligarquía dominante. Este será el caso, por ejemplo, del progresista Espartero, el moderado Narváez o el unionista O’Donnell, cuyo prestigio y carisma les convirtió en piezas centrales de la vida política.

En consecuencia, algunos historiadores han insistido en la debilidad del liberalismo español debido a varios factores. En primer lugar, a causa del militarismo, porque es el ejército, y no la mecánica electoral y parlamentaria, el elemento esencial del cambio político. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, por la fragilidad del sistema de partidos, que el pensador católico Jaime Balmes relacionó con un poder militar fuerte como consecuencia de la ineficacia de los partidos como instrumentos de acción política. En tercer lugar, la altísima inestabilidad gubernamental y la constante disolución de Cámaras. Por último, hay que destacar el peso del catolicismo como elemento definidor de la nacionalidad, cuyo peso condicionó la evolución del liberalismo español (cultura, educación, valores, etc.).

Porotraparte,elmayorpesoelectoraldelaszonasruralesfrente

a las urbanas, supuso el arranque del caciquismo, dado que estas zonas

eran políticamente mucho más controlables y retraídas. De manera que fue en el segundo tercio del XIX, coincidiendo con la configuración de un régimen parlamentario estable y el pacto social entre viejas y nuevas elites en la España rural cuando se origina aunque se generalizará y desarrollará en toda su extensión a partir de la Restauración.

No menos importante es otra de las novedades, la creación de un aparato centralista, para que el Estado liberal pudiera extender sus tentáculos (a través de los gobernadores) a todos los rincones del país, aunque ello implicara una costosa burocracia y no pocos problemas.

Pero, por otra parte, la implantación del nuevo Estado liberal coincidió con la modernización de la economía e importantes cambios sociales. Aunque continuaba el retraso respecto a otros países,

fue una etapa de equipamiento industrial y de crecimiento espectacular, favorecido por una coyuntura alcista y basada en tres ejes: la generalización del tendido ferroviario, la intensificación de la explotación minera, el afianzamiento de la industria y la reducción del peso del sector agrario. En consecuencia, se consolidan una oligarquía dominante, formados por la oligarquía agraria, los empresarios de la minería (en Vizcaya, Asturias, Andalucía y Cartagena), los industriales de Cataluña, la burguesía financiera y especuladora (banqueros y hombres de negocios), sus abogados y militares. Y, la otra cara de la moneda será el nacimiento del proletariado urbano, cuya voz se oirá en la huelga de 1855 y durante

el Sexenio.

cuya voz se oirá en la huelga de 1855 y durante el Sexenio. 2.2. Ladécadamoderada(1844­54)

2.2. Ladécadamoderada(1844­54)

a)Basespolíticasyprogramáticas:elliberalismodoctrinario

Fueron los moderados quienes mayor tiempo estuvieron en el poder (desde 1844 hasta 1854

ininterrumpidamente y varias 1868. Durante estos años, la su actuación vino marcada por de 1845, que rompía el constitucional de 1837 y, a medida” para los moderados,

el liberalismo doctrinario; de este modo, la Corona adquiría un lugar preeminente (poder moderador entre el legislativo y ejecutivo), limitaba los derechos y libertades populares y restringía el voto a los más pudientes. A partir de esta formulación política, pusieron en práctica un programa basado en: a) la centralización administrativa (ley de ayuntamientos y ley provincial, 1845); b) la defensa del orden y la propiedad, con dos medidas tan destacables como la creación de la Guardia Civil (1844) y la reforma de la Hacienda (Mon y Santillán, 1845); y c) las buenas relaciones con la Iglesia (olvidando pasadas disputas y frenando el proceso desamortizador), que culminó con el Concordato de 1851. En consecuencia, la política moderada pretendió consolidar los cambios suscitados tras la destrucción del Antiguo Régimen, tranquilizar a los sectores más reaccionarios y garantizar el orden público. De manera que su pretendidas reformas modernizadoras condujeron a limitar los cambios en beneficio de una oligarquía

veces entre 1856 y base política de la Constitución consenso modo de “traje a institucionalizaba

oligarquía veces entre 1856 y base política de la Constitución consenso modo de “traje a institucionalizaba

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formada por los sectores sociales más conservadores beneficiarios del proceso revolucionario.

Por otra parte, ejercieron el poder de forma arbitraria (recurriendo a la manipulación electoral e, incluso, con Bravo Murillo, al cierre de los Cortes y al gobierno por decreto) y excluyente (no sólo excluyeron a los progresistas del poder, sino de actividad política) aunque divididosenclientelasytendenciaspersonalesqueimpidierondar estabilidad política al país. Por consiguiente, pese a la fuerte personalidad del general Narváez, dentro del moderantismo se podía observar una aparente heterogeneidad política, relacionada con los distintos bandos en liza: a) izquierda (puritanos, de Pacheco e Istúriz), defensores de la reconciliación con progresistas; b) la derecha (desde grupo de Vilumá a neocatólicos de Donoso Cortés y los reaccionarios, cercanos al absolutismo, de Bravo Murillo); y c) polacos del conde de San Luis, sin más programa que la mera adhesión personal a Narváez. Por tanto, conviene establecer algunas etapas diferenciadoras.

b)Primerafase.Lasprincipalesrealizaciones(1844­48)

El nuevo hombre fuerte es N arváez (el espadón de Loja), rival de Espartero, que puso en marcha un régimen autoritario y represivo para afianzar el nuevo sistema burgués. Junto a González Bravo (1843­44), los gobiernos de Narváez (1844­46 y, salvo breves períodos, entre 1847­51) reprimieron a la oposición progresista, cuyos principales líderes optaron por el exilio. En realidad, González Bravo se había limitado a preparar el advenimiento al poder de Narváez (el 3 de mayo de 1844) que en su primera etapa gobernó de manera dictatorial (aunque con la autorización de las Cortes). En esta línea de defensa de la ley y el orden, la primera medida de Narváez fue la reorganización definitiva de la Guardia Civil (13­5­1844), instituto creado por su antecesor como un cuerpo de policía de naturaleza paramilitar, con mandos y según criterios militares (su primer director fue el duque de Ahumada) que sustituía a la Milicia Nacional. A la Guardia Civil se encargará la defensa de la propiedad privada (recientemente consolidada por la reforma agraria liberal), y el control del orden público, obsesión de cualquier buen conservador.

Las siguientes medidas más representativas del programa moderado serán de cariz claramente centralista. Se trata de la ley de Ayuntamientos (8­1­1845) y, unos meses más tarde, otra sobre el gobierno político de las provincias (2­4­1845). La ley de Ayuntamientos, que los dejaba en manos del poder central y de las minorías oligárquicas locales, establecía los principios más significativos del municipio moderado son: centralización, dependencia jerárquica y restricción del principio electivo. De este modo, la Corona nombraba a los alcaldes de las capitales de provincia y de las cabeceras de partido, dejando los del resto de municipios a la designación del gobernador. Por otro lado, reducía el número de electores sólo a los mayores contribuyentes. En cuanto a la nueva legislación sobre el gobierno de las provincias, otorgaba mayor importancia otorgada al jefe político (llamado gobernador general, desde septiembre de 1847, y, definitivamente bajo la denominación de gobernador civil desde fines de 1849), alrededor del cual giraban todos los órganos de la administración provincial, cuyas atribuciones eran de amplio calado: presidía las diputaciones, representaba los intereses generales,

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provincial, cuyas atribuciones eran de amplio calado: presidía las diputaciones, representaba los intereses generales, 51
provincial, cuyas atribuciones eran de amplio calado: presidía las diputaciones, representaba los intereses generales, 51

administraba los asuntos provinciales y era agente de jurisdicción administrativa. La centralización en el gobierno provincial quedaba más patente con la figura de un gobernador ejerciendo el poder supremo en la provincia, fruto de merma en las atribuciones y la capacidad de decisión de las diputaciones, que quedaban bajo la dependencia del poder central.

El 23 de mayo de 1845 veían la luz dos de los estandartes de su gobierno, la Constitución y la reforma hacendística. La constitución de 1845 sustituía el principio de soberanía nacional por el de soberanía compartida (Corona y Cortes), incrementando el poder real (que podía nombrar ministros, disolver las Cortes y sancionar las leyes). Confirmaba un sistema bicameral en el que el Senado se convertía en Cámara de la aristocracia, de nombramiento exclusivo por parte de la Corona (frente a la elección mixta establecida en 1837), con carácter vitalicio y de número ilimitado (para garantizar una mayor sumisión a la Corona). Por otra parte, se reducían algunos derechos y libertades y se restringía el cuerpo electoral a los mayores contribuyentes, para garantizarse así el triunfo electoral. Para certificar las medidas de orden público y de ámbito local, suprimía la Milicia Nacional y modificaba las competencias de los ayuntamientos, reforzando el poder del Gobierno. En definitiva, esta constitución, pese a su larga vigencia (incluso su modelo será seguido, en buena manera, durante la Restauración), se aplicó habitualmente en un

contexto represivo y sirvió para impedir la alternancia política y contribuyó

a acrecentar la corrupción electoral y la falsificación del sufragio.

De gran calado será también la reforma de la Hacienda de M on y Santillán (23­5­1845), que venía a culminar las transformaciones jurídico­institucionales y económicas de la revolución burguesa. Con la finalidad de equilibrar el presupuesto (y acabar con el déficit crónico del Estado) y suprimir los privilegios regionales (para vertebrar España como nación), se racionalizaba el sistema tributario, pasando de un sistema de impuestos múltiples a otro más uniforme, basado en un triple capítulo de ingresos: monopolios (tabaco, loterías, etc., arrendados a particulares); impuestos indirectos (transmisión de bienes, consumos); e impuestos directos (contribución territorial; industrial; y de comercio). Pero el fracaso relativo de la contribución territorial (hoy más conocida como rústica y urbana), debido al ocultamiento y falseamiento continuo de datos (pues su

cobro se hacía de acuerdo con los amillaramientos y las cartillas evaluatorias, de poca fiabilidad en cuanto que se basaban en declaraciones juradas de los propietarios y las estimaciones de los ayuntamientos), supuso la potenciación de los impuestos indirectos como el de consumos, que va a centrar las protestas populares en todos estos años, especialmente en los años cincuenta

y sesenta.

En la vía de modernización se inscriben otras reformas moderadas en ámbitos tan diversos como la educación (P .J. P idal, 17­9­1945), la justicia (nuevo Código P enal, 1848, de Manuel Seijas Lozano), el ejército (reconstrucción de la Marina, destruida desde Trafalgar, y reforma de las academias militares) y los pesos y monedas.

c)Losprincipalesproblemas,1846­49

Pero la hegemonía moderada iba a provocar el descontento político tanto de carlistas como por progresistas, así como el nacimiento de nuevas organizaciones políticas.

Loscarlistasvolvieronalaluchaarmadaentre1846­49,enla

llamada Guerra de los Matiners, que tradicionalmente se ha considerado como una “segunda guerra carlista”, aunque no fuera en realidad sino una reaparición de la lucha de guerrillas, sobre todo en Cataluña, aunque también tuvo un limitado impacto en nuestra región.

Por otra parte, el ostracismo de los progresistas les obligó a recurrir a la conspiración. Sin embargo, éstos no tuvieron protagonismo en los leves conatos insurgentes en torno a 1848, promovidos tan sólo por algunos pequeños grupos que defendían ideas relacionadas con el socialismo utópico y

el radicalismo democrático, sin apenas apoyo popular, y que Narváez reprimió con dureza, por lo que apenas repercutió la “primavera de los pueblos” en España. Ahora bien, sirvió para que se formaran nuevos grupos políticos más

a la izquierda, entre los que se encontraban los demócratas (1849) así como

los republicanos y los primeros socialistas. Hombres como Fernando Garrido

y

Sixto Cámara denunciaban en la prensa las intrigas de los viejos partidos a

la

vez que criticaban el sistema de propiedad y la organización social.

d)Lasegundafase.Elautoritarismosincontrolparlamentario

deBravoMurillo(enero1851­dic.1852)

Si la dictadura de Narváez se había hecho con el apoyo parlamentario, Bravo Murillo fue aún más allá, pues cerró las Cortes y gobernó por decreto. Calificado como ultrarreaccionario por J. P. FUSI, Bravo Murillo defendía posiciones cercanas al absolutismo y sus proyectos políticos suscitaron una fortísima oposición y dividieron a los moderados. Sin embargo representaba, por otra parte, a un sector político cansado de la supremacía militar y preocupado especialmente por el progreso material (gobierno de técnicos). Sus dos principales iniciativas fueron el Concordato con la Santa Sede y el intento de reforma constitucional.

El Concordato de 1851, vigente durante un siglo, devolvía al catolicismo su papel central en la vida española a cambio de que la la Iglesia se descolgara del Antiguo Régimen y legitimara el nuevo Estado burgués. En síntesis, la Santa Sede renunciaba a reclamar las propiedades desamortizadas y aceptaba el nombramiento estatal de los obispos (“derecho de Patronato Real”) a cambio de que el Estado mantuviera los edificios religiosos y los estipendios del clero (presupuesto de culto y clero), se reafirmaba la confesionalidad del Estado y la enseñanza católica en las escuelas públicas. La reafirmación de la influencia católica, simbolizada en el pensamiento de representantes del pensamiento católico más conservador, como J aime Balmes (sacerdote y ensayista español, defensor de la monarquía, pretendía conciliar a carlistas e isabelinos a través del semanario El Pensamiento de la Nación, que él fundó y redactó en solitario), Donoso Cortés o Antonio Mª Claret, fue inmediata y poderosa. De esta manera, los años 1856­68 vieron una convivencia óptima entre Iglesia y Estado.

Y, fruto de su pensamiento reaccionario, Bravo Murillo intentó (sin éxito, pues encontró la oposición de las Cortes e irritó al propio Narváez) reformar la Constitución en 1852 (imitando el ejemplo de Luis Napoleón en Francia, que acababa de dar un golpe de estado para poner fin a la II

1852 (imitando el ejemplo de Luis Napoleón en Francia, que acababa de dar un golpe de
1852 (imitando el ejemplo de Luis Napoleón en Francia, que acababa de dar un golpe de
1852 (imitando el ejemplo de Luis Napoleón en Francia, que acababa de dar un golpe de

República). Ratificaba el predominio del ejecutivo sobre el legislativo (reducía las Cortes a meras cámaras consultivas) y limitaba el sufragio a los 150 ciudadanos más ricos de cada distrito para poder gobernar sin el acoso parlamentario.

e)Elfindeladécadamoderada:corrupciónypreparacióndel

alzamiento

La tercera fase (1853­54) de la década moderada estará marcada por gobiernos anodinos y mediocres. El último estuvo presidido por Luis J osé Sartorius (conde de San Luis), de ascendencia polaca, fundador de una dinastía política vinculada a los distritos de Huete y Priego y uno de los mayores representantes de la corrupción electoral a gran escala. Sartorius gobernó con las Cortes cerradas y la prensa amordazada, pues se vio salpicado de escándalos relacionados con las concesiones de contratos ferroviarios.

La suspensión de las Cortes (que se habían negado a respaldar el proyecto de ley de concesiones ferroviarias de Sartorius, el objeto preferido de especulación) provocó una crisis parlamentaria (enero de 1854) que llevo a más de doscientos senadores y diputados pedir a la reina que solucionara la crisis. La falta de resultados originó un movimiento revolucionario (que seguía el clásico modelo de pronunciamiento militar acompañado de levantamiento urbano) que acabará con la época moderada y dará paso al período conocido como bienio progresista.

El pronunciamiento militar (conocido como la Vicalvarada, debido al enfrentamiento de tropas en Vicálvaro el 30 de junio de 1854) fue dirigido por los generales O’Donnell, Dulce y Serrano. Querían imponer un cambio de gobierno pero era un golpe indeciso. Necesitaban radicalizar su lenguaje y apelaron al país con el M anifiesto de Manzanares (redactado, en realidad, por Cánovas del Castillo y no por O’Donnell), que contenía una serie de reformas queridas por los progresistas: instauración de la Milicia Nacional; reducción de impuestos; cierta descentralización administrativa;cese del favoritismo gubernamental (crítica de las camarillas); ampliación del sufragio electoral; puesta en marcha de la ley de imprenta; y convocatoria de Cortes Generales. Para secundar el pronunciamiento, se generalizan una serie de revueltas populares (que reclaman “pan, trabajo y Espartero”) en las principales ciudades, asumiendo el poder las J untas de Salvación, que se atribuyen la voluntad popular. En estas circunstancias, Isabel II acaba cesando a Sartorius y encargado a Espartero la formación de un gobierno de coalición progresista­ moderada (con O’Donnell).

2.3. ELBIENIOPROGRESISTA(1854­56)

a)Elprogramamodernizador

Frente a la inercia de los moderados, la labor política realizada durante el bienio progresista (1854­56) por el gobierno presidido por Espartero supone un programa modernizador en torno a una nueva tarea constitucional y la consolidación de reformas económicas de gran calado

La resurrección del programa progresista supuso un intento de ampliar los derechos políticos y libertades, recogidos en la Constitución de 1856 que, no obstante no va a llegar a tener vigencia (de ahí su calificativo

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recogidos en la Constitución de 1856 que, no obstante no va a llegar a tener vigencia
recogidos en la Constitución de 1856 que, no obstante no va a llegar a tener vigencia
de nonata) . Sus principales novedades eran: la vuelta a la soberanía nacional; la regulación

de nonata). Sus principales novedades eran: la vuelta a la soberanía nacional; la regulación de los derechos individuales; la libertad de conciencia (libertad religiosa, a la que se opondrán las fuerzas confesionales); limitación de las facultades de la Corona; mantenimiento del sistema bicameral, pero reforzando la autonomía de las Cortes y pasando el Senado a ser enteramente electivo; vuelta a la Milicia Nacional; y ampliación del sufragio hasta casi 700.000 electores.

La consolidación de reformas económicas tiene tres bases

fundamentales: a) la desamortización general de Madoz (1855); b) el impulso

a la construcción de la red ferroviaria (ley de ferrocarriles, 1855); y c) el desarrollo de la banca (ley de banca, 1856).

La ley de Desamortización General de Madoz (1­5­1855) pretendía completar la ley de Mendizábal y dar un nuevo impulso a la venta de bienes nacionales. Aunque es de carácter general, es sobre todo una desamortización civil, pues afecta básicamente a los bienes de propios y tierras comunales. Fue hecha a medida de terratenientes y de la burguesía urbana y, aunque favoreció la modernización y la eficiencia agrícola, supuso un enorme despojo pues desheredó definitivamente al campesinado pobre.

Mediante la ley de ferrocarriles (1855), se generaliza el tendido ferroviario. Fue un gran negocio que procuró sustanciosas ganancias a constructores y propietarios de vías férreas. Como complemento, la ley de banca (1856) venía a darle el fundamento financiero que permitió crear sociedades de crédito y nuevos bancos a la vez que sirvió también para canalizar el dinero hacia el negocio ferroviario.

b)Problemassocialeseinestabilidadpolítica

El descontento social creció desde 1855, pues se disparó la inflación en un contexto de creciente influencia de ideas revolucionarias y socialistas, conforme aumentaba la toma de conciencia de un emergente proletariado. La inflación, junto a la descapitalización interna y el descenso de producción fueron, en buena parte, producto de las medidas librecambistas y la aceptación de las condiciones puestas por países más avanzados (como Gran Bretaña, Francia o Bélgica). El malestar estalló en Barcelona, originando la primera huelga general obrera en España.

La inestabilidad política fue fruto de la contradicción inherente a una revolución nacida de la convergencia de un pronunciamiento y de un movimiento popular, que desembocó en un gobierno heterogéneo (presidido por el ídolo progresista, que descartaba cualquier alianza con los moderados, a diferencia de O’Donnell, que buscaba amalgamar a moderados y progresistas) que se enfrentó a agitaciones en diversas partes del país y la inquietud de los demócratas (izquierda) y carlistas (derecha). Por otra parte, las relaciones diplomáticas con Roma se suspendieron, por el

malestar de la Santa Sede por el artículo de la libertad religiosa recogida en

la nueva constitución.

El fin del bienio se desencadenará cuando en julio de 1856, O´Donnell es llamado a formar gobierno, a quien apoyará la reina en detrimento de Espartero. O´Donnell endurecerá la represión mediante el ejército, prohíbe las asociaciones de trabajadores, disuelve las Cortes y arrincona la nueva Constitución, que asustaba a los moderados. Restableció la Constitución de 1845 y le añadió un acta adicional (15­9­

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que asustaba a los moderados. Restableció la Constitución de 1845 y le añadió un acta adicional

1856) de dudosa legalidad, que recogía la existencia de jurado para los delitos de imprenta.

2.4. DE LA UNI ÓN LI BERAL A LA CRI SI S

Pese a las buenas “relaciones” de O’Donnell con la reina, ésta nombrará de nuevo a formar gobierno a Narváez en octubre de 1856, produciéndose la vuelta al moderantismo, turnándose con la Unión Liberal, siendo ambos partidos los pilares del reinado isabelino.

En un contexto en que los progresistas se retraían a participar en la vida política, la Unión Liberal, liderada por O’Donnell, representaba una especie de fuerza de centro que, alejada de cualquier radicalismo, quería obtener el apoyo de los distintos sectores liberales con el fin de estabilizar el sistema. Se trataba de un conglomerado político de ideario vago que aglutinaba tanto a la izquierda moderada (antiguos puritanos como Ríos Rosas, Pacheco, Borrego, Alonso Martínez) como a progresistas templados (San Miguel, Cortina, Prim o Modesto Lafuente, entre otros). De todos modos, algunos de ellos se acabarán desencantando y abandonando la Unión Liberal con el paso del tiempo, como Ríos Rosas o Prim.

DEL SI STEMA (1856­68)

a)ElBieniomoderado(1856­58):Narváez

Narváez, tras recuperar la presidencia del Consejo de Ministros, suspendiótodalalegislaciónprogresistayanulóelactaadicionalde O’Donnell y añadió una reforma (la ley constitucional de 17­7­1857) que afectaba al Senado en la línea propuesta por Bravo Murillo en 1852. Con ello, se atrajo a los sectores más reaccionarios (neocatólicos, carlistas reciclados y conservadores en general).

Lo más destacable de este bienio son dos novedades administrativas. La ley M oyano (1857), reflejo de la importancia del sistema educativo para el nuevo aparato estatal, y el censo de 1857, que iniciaba la época estadística, de acuerdo con lo que era habitual en otros países europeos, por la gran importancia del recuento de ciudadanos y sus características para controlar mejor los recursos del Estado liberal).

La caída de los moderados estará relacionada con las agitaciones sociales y las repercusiones políticas a consecuencia de la crisis económica de 1857 (de subsistencias al principio y que se complicó con problemas financieros y comerciales a fines de ese año) y sus secuelas demográficas. La Unión Liberal recuperaba el poder y disfrutaba de unos años de relativa bonanza económica y tranquilidad política.

b) El Gobierno Largo de la Unión Liberal (1858­63)

La Unión Liberal de O’Donnell va a tener su segunda oportunidad de gobernar y ahora lo va a hacer en un contexto más propicio y, por tanto, más longevo. Representaba la expresión política de los deseos de orden y estabilidad, flexibilidad y tolerancia. Por tanto, respetarán las reglas de juego y, a diferencia de los moderados, gobernarán sin suspender el Congreso.

Desde luego, se verán beneficiados por una fase de crecimiento económico. Se trata de una verdadera época de los negocios, caracterizada por la continua expansión del ferrocarril, de las obras públicas, de las áreas cultivadas, de minas, bancos y textiles catalanes. En

pocos años salieron a la venta gran cantidad de bienes desamortizados (pues se restableció la Ley Madoz) y se liberalizó el mercado de la propiedad (Ley Hipotecaria, 1858; Ley de Minas, 1859). Pero no desaparecen las agitaciones sociales, sobre todo en el campo, como la “revolución de Loja”.

El relativo dinamismo económico, permitió emprender una política internacional de prestigio. Se resucitan sueños de grandeza imperial y España se lanza, de la mano de Napoleón III, a buscar mercados y zonas de influencia para dar salida al excedente de mano de obra y afirmar posición española en el mundo (a modo de una especie de empresa nacional) con resultados, no obstante, dudosos, pues son acciones ocasionales e improvisadas y de escasos resultados económicos. Destacan la expedición a Cochinchina (agosto de 1858), que no pasó de una escaramuza sin sentido; la guerra de África (1859­60), dirigida por O´Donnell y Prim, que desembocó en ciertas concesiones territoriales a España (como Ifni, pero no Tánger), garantías sobre Ceuta, Melilla y tratamiento de nación más favorecida; la incorporación efímera (desde 1861 a 1864) a España de Santo Domingo (1861­64), a iniciativa del gobierno dominicano; y la expedición a Méjico (1862), dirigida por Prim, y que acabó siendo un fiasco para España.

Las principales causas de la caída del gobierno de la Unión Liberal hay que buscarlas, según FUSI, en el propio eclecticismo ideológico del partido y la frágil unidad interna, que no pudo superar el desgaste tras cinco años de gobierno y las arbitrariedades de la Corona

c)Lacrisisdelsistema

A partir de 1863 volverán a ser los moderados quienes monopolicen básicamente los últimos gobiernos isabelinos (salvo en el bienio 1865­66). La Reina seguirá siendo el principal obstáculo para el desenvolvimiento constitucional normal. No obstante, buena parte de la legislación modernizadora del bienio progresista (como la desamortización o el ferrocarril) se mantuvo, con leves modificaciones, en estos años.

Entre 1863 y 1865 se sucederán varios gabinetes moderados, presididos por Miraflores, Arrazola, Mon, Narváez. Serán los incidentes de la noche de San Daniel (10­4­1865) los que provoquen la caída de Narváez y el regreso de O´Donnell. Empieza así la última etapa de gobierno unionista (1865­66) que no sólo no logrará atraerse a los progresistas, sino que irá quedando progresivamente al margen del sistema. Serán ya años difíciles, pues entre 1865 a 1868, la crisis económica se sumará al colapso político. Y el malestar generalizado favoreció las diferencias políticas y creó una vinculación entre burguesía y clases populares.

La crisis económica tuvo una triple base, financiera, textil y de subsistencias. La quiebra financiera se inició en 1866 debido a la crisis en las inversiones del ferrocarril, en especial, que acabó desilusionando a algunos políticos y a los hombres de negocios, que se irán alejando del régimen establecido. En esta coyuntura, el hambre de algodón provocado por la Guerra de Secesión (1861­65) en Estados Unidos vino a agravar la situación, pues el encarecimiento de las materias primas condujo a la crisis de las fábricas textiles. Por último, entre 1867 y 1868, la crisis de subsistencias, ante la caída de la producción agrícola (y

fundamentalmente de cereales) provocó una subida brutal de los precios del trigo que, sumado al incremento de la presión fiscal (simbolizada en los odiados consumos) se tradujo en una creciente hostilidad popular al régimen manifestada a través de motines y algaradas. Como dice Nicolás SÁNCHEZ ALBORNOZ, aunque la crisis de subsistencias no causó la revolución, sirvió para nutrir un clima donde pudo estallar y ganar aceptación como demuestra la sensación de alivio con la que se recibió la caída de Borbones.

La crisis económica coincidirá con un clima de descomposición política e institucional. Desde 1866, los gobiernos moderados darán nuevas muestras de autoritarismo. Las Cortes dejaron de funcionar como verdadero y legítimo órgano depositario de la soberanía nacional (aunque fuese censitaria) y el decreto­ley se impondrá como norma para legislar. La desaparición de Narváez (que gobernó desde 1866 hasta su muerte en abril de 1868) se vino a sumar a la de O’Donnell, muerto en noviembre de 1867, con lo que desaparecían los dos apoyos más firmes. A Narváez lo sucedió González Bravo, cerrando el círculo del período isabelino pues fue el primer y, prácticamente, el último presidente de Isabel II. Mientras González Bravo llegaba a pensar en ejercer una dictadura apoyada por el ejército, la oposición se organizaba y sentaba las bases para la revolución.

La política moderada acabó forzando alianzas opuestas al sistema empujando a la revolución como respuesta al autoritarismo y a desnaturalización del sistema liberal. Los progresistas, que se habían abstenido de participar en la política nacional debido al control caciquil de los procesos electorales, se radicalizaban ahora y unían sus fuerzas a los demócratas (un partido de amplio y coherente programa) para poner fin al reinado isabelino. Por otra parte, tras el destierro de los presidentes del Congreso y del Senado en diciembre de 1866 (Ríos Rosas y Serrano) y la muerte de O’Donnell, la mayoría de generales unionistas (Serrano, Dulce, Zavala, Echagüe) se enfrentaron al gobierno de González Bravo y acabaron uniéndose a los conspiradores.

Tras fracasar varios pronunciamientos militares en los primeros meses de 1866, en el verano de ese año se reunían en una ciudad belga los partidos desfavorecidos por el régimen. El P acto de Ostende reunió a los progresistas de Prim y a los demócratas para sentar las bases de la revolución. Más tarde se unieron los unionistas. Los firmantes estaban muy distantes entre sí pero eran conscientes de la necesidad de colaborar pues el régimen no podía ser derrocado sólo por un puñado de soldados. El apoyo del ejército estaba garantizado pues el general Prim, pieza clave de la conspiración contra la reina, estaba presente en ese acuerdo. El programa acordado se basaba en la supresión del régimen isabelino, un Gobierno Provisional y unas Cortes Constituyentes.

La ocasión se produjo en septiembre de 1868, aprovechando el desgaste moderado, la oposición creciente a la “camarilla de la reina” y el descontento popular. El ejército volverá a ser de nuevo el instrumento del cambio político. Bajo el lema ¡Viva España con honra; abajo los Borbones! (pronunciado por el almirante Topete el 17 de septiembre de 1868) se inició la revolución y esta vez llevó al cambio de dinastía.

2.5. LAS TRANSFORM ACI ONES ECONÓM I CAS Y LOS CONTORNOS DELASOCIEDADLIBERAL

a)¿Fracasooatrasoindustrializador?

La publicación hace tres décadas del libro titulado El fracaso de la revolución industrial en España supuso un verdadero éxito de ventas para su autor, Jordi Nadal, que sacó varias reediciones en los años siguientes. Venía a reafirmar la tesis tradicional de excepcionalidad española también en el ámbito económico. Sin embargo, los estudios de Prados de la Escosura vinieron a matizar la idea de “fracaso” y sustituirla por la de “atraso”. De esta manera, la industria española decimonónica, por ser raquítica y anticuada, quedaría en una situación de atraso porque fue incapaz de insertar la economía española en la mundial de una forma no dependiente. Y, por ello, la economía española permaneció mayoritariamente agraria hasta bien entrado el S. XX.

Ahora bien, eso no significa que el estancamiento fuera total, pues hubo una incipiente industrialización en algunas regiones, como Cataluña (textil algodonera), Andalucía (altos hornos en Málaga, aunque utilizaban carbón vegetal) y Asturias y el País Vasco (empresas mineras y siderúrgicas desde la época isabelina). Por tanto, habría que hablar de un proceso de industrialización español con características propias (mayor importancia de la industria alimentaria) y de manera más tardía. Y, España, como Italia o Portugal, quedaría entre un grupo de “rezagados europeos”.

A lo largo del s. XIX, se distinguen varias fases en el desarrollo económico español: 1) desde 1800 hasta 1840 (final de I Guerra Carlista), la economía permaneció virtualmente estancada; 2) en los decenios centrales del siglo (entre 1840­1860), hubo una lenta recuperación; 3) y en las últimas cuatro décadas (1860­1900) se aprecia un proceso de progresivo crecimiento que gana velocidad al aproximarse el s. XX.

b)Losfactoresdelatrasodelaindustrialización

Varios son los factores del atraso industrial. En primer lugar, los relacionados con el transporte, debido a los condicionantes geográficos, en general, y orográficos, en particular. El programa de construcción de carreteras a partir de 1840 resultó insuficiente y la construcción de red ferroviaria, (con mayor incidencia en la transformación del transporte terrestre que las carreteras) tuvo una serie de deficiencias que más adelante se detallarán.

En segundo término, habría que mencionar los recursos mineros y energéticos. Durante la mayor parte del XIX, la explotación de las riquezas mineras españolas permanecieron poco explotadas y, por consiguiente, contribuyeron poco al desarrollo del país; de igual manera, la escasez de recursos energéticos resultó ser un obstáculo para el crecimiento.

En tercer lugar, habría que situar el atraso del sistema bancario y, con él, la falta de una financiación suficiente. A estos factores habría que añadir, en cuarto lugar, el factor empresarial, relacionado con la debilidad del espíritu de empresa español; en este sentido los empresarios españoles estaban más atentos a reclamar medidas proteccionistas y a manipular el

mercado para obtener pingües ganancias que a aumentar su competitividad

y actuar con una visión a largo plazo. También hay que considerar, en

quinto lugar, el factor estatal, debido al déficit crónico del Estado, que utilizó el proteccionismo también como instrumento fiscal (recaudador).

Y, en definitiva, hubo desconexión entre los distintos sectores.

c)Laaperturacapitalistaysuscaracterísticas

Será con la implantación del nuevo Estado liberal cuando se emprenda la modernización de la economía y la apertura capitalista. La economía española parecía entrar en el camino de la prosperidad conforme aparecían nuevos bancos y empresas ferroviarias y la industria textil catalana experimentaba un cierto auge. Sin embargo, tanto la apuesta privada (de empresarios catalanes, en especial) como la pública (sobre todo por parte del partido progresista, primero en el bienio 1854­56 y luego durante el Sexenio) para fomentar una base industrial quedaron malogrados por los factores antes referidos.

La industria textil se consolidó en torno a Barcelona tras la primera guerra carlista y, aunque a la zaga de la británica, creció su producción y mecanización hasta la década de los cincuenta. Pero la guerra de Secesión americana y la escasa demanda interna impidieron un mayor desarrollo.

La industria siderúrgica y la minería del carbón en Asturias y Euskadi recibieron una importante inyección de capitales ingleses, franceses

y españoles durante la época isabelina, produciéndose un proceso de

cambio en la localización de la siderurgia en España. Así, la hegemonía siderúrgica andaluza (que utilizaba carbón vegetal, escaso y menos rentable) empezó a declinar en torno a 1860 conforme se impuso la “localización racional” asturiana (con cuencas de carbón mineral) y vasca (con abundante mineral de hierro, que exportaba a G. Bretaña para importar coque británico).

Mención aparte merece el ferrocarril. Puede decirse que la construcción de red ferroviaria no sólo fue tardía (dos décadas de retraso respecto a G. Bretaña) sino que no contribuyó tan decisivamente como en

otros países al desarrollo industrial por varios motivos. En primer lugar, porque fue utilizado como instrumento de especulación y de trampolín para

la vida política, sacrificándose la planificación racional en aras de la rapidez

y el beneficio. Y, además tuvo, deficiencias de financiación y de

infraestructura, adoptando un ancho de vía distinto (1.660 m.m., frente a los 1.435 m.mm. europeos), lo que resultó un error; resulta poco convincente el argumento de que obedecía a una forma de protección frente

a una posible invasión francesa; se han apuntado también argumentos más

técnicos relacionados con las fuertes pendientes de los trazados en España (que exigirían que las locomotoras, para aumentar su potencia, tuviesen un cajón de fuego más amplio que el resto de las europeas, lo que obligaría a ensanchar el conjunto mecánico y, por tanto, la vía).

Los gobiernos moderados impulsaron una generosa legislación de concesiones provisionales a aquellos solicitantes de “conocido arraigo” y que tuvieran la “estima” del gobierno, que fomentó el favoritismo y la corrupción (que provocó, entre otras razones, la caída del gobierno Sartorius). La primera línea ferroviaria en España (Barcelona­M ataró) data de 1848, de unos 29 km, que fue inaugurada el 28 de octubre de ese

año. Un año después la reina Isabel II inauguraba la línea Madrid­Aranjuez, promoción del marqués de Salamanca (un banquero especulador al que se le había concedido esta línea por orden de 31­12­1844), tramo que suponía los primeros 45 km de la concesión de la línea Madrid­Alicante. El ferrocarril siguió extendiéndose en España de forma que en menos de dos décadas estaban concedidas, y varias en explotación, la mayoría de las líneas fundamentales de la red española. Una ordenación adecuada no se alcanzó hasta la ley general de ferrocarriles de 1855 (que posiblilitó la formación de sociedades anónimas, el pago de subvenciones estatales y la garantía de inversiones frente a riesgos así como la desgravación de la importación de material). Entre 1855 y 1866, la construcción de nuevas líneas dió un salto espectacular, y la red española pasó de un total de 305 km a cerca de 5.000 km. Pero el decenio posterior a 1866 fue dramático por problemas financieros. Su construcción no se reanudará hasta el último cuarto de siglo, mediante la concentración, fortaleciéndose las grandes compañías (en especial la MZA y la Norte) en detrimento de las débiles.

Se apreciará también una fase expansiva de la agricultura entre 1830 y 1880, cuyas causas se relacionan con el incremento demográfico, la creciente integración del mercado interior y una mayor demanda externa. Las consecuencias serán la expansión de sectores como la patata, el maíz, el aceite y la vid. No obstante, la expansión fue desigual a nivel regional y no conllevó transformaciones técnicas de consideración. Además, tanto el sector forestal como el ganadero se verán perjudicados en esta etapa.

c)Los cambios sociales: nueva oligarquía, crecimiento urbano,clientelismoymiseriadelasociedadcampesina

En las primeras décadas del XIX fueron desapareciendo las diferencias estamentales, sustituidas las por nuevas bases para el desarrollo de la sociedad clasista, a saber: la igualdad jurídica entre todos los individuos y una nueva diferenciación social entre las clases derivadas de la desigualdad económica y no de los privilegios. Este cúmulo de transformaciones dio paso a una sociedad abierta, de mayor movilidad social; las posibilidades de promoción quedaban abiertas a todos (en teoría) si poseían recursos económicos o conocimientos necesarios para acceder a los altos cargos administrativos o militares.

La I glesia y el estamento eclesiástico fueron los principales perjudicados, pues perdió su patrimonio, su sistema fiscal y sus facultades jurisdiccionales y se redujeron notablemente sus efectivos. Habrá que esperar a la Restauración para que consiga recuperar la mayor parte del papel perdido.

Por su parte, la nobleza no fue expropiada y se adaptó sin dificultad a la nueva situación, diluyéndose en el nuevo bloque de poder oligárquico. Aunque perdió sus atributos señoriales, no sólo conservó sino que, incluso, consiguió incrementar sus tierras y siguió teniendo una participación privilegiada en la vida política.

Los grandes favorecidos (por la eliminación de las trabas para su enriquecimiento) fueron los propietarios rurales o urbanos, la naciente burguesía. Los grandes perjudicados fueron la mayoría de los campesinos y los trabajadores de las ciudades, debido a la aparición de

nuevas formas de propiedad y nuevos tipos de propietarios, no limitados por las trabas de carácter paternalista del Antiguo Régimen.

Hay, por tanto, una simbiosis activa entre la nobleza y la alta burguesía tras el desmantelamiento del Antiguo Régimen, que ha mantenido un debate tradicional en la historiografía española, entre aquellos que se han centrado más en el aburguesamiento del estamento nobiliario (“integración” en la sociedad burguesa para formar junto a otros grupos sociales una nueva clase de propietarios de la tierra,

dentro de la cual la posesión de títulos sólo es un motivo de prestigio social)

y quienes han insistido más en la tendencia al ennoblecimiento burgués

(la burguesía se integró, por su notoria debilidad, en las filas nobiliarias con

la obtención de títulos y una endogamia creciente, de manera que no llegó

a alterar la “hegemonía de la nobleza” hasta la II República); de acuerdo

con esta última interpretación, la sociedad española del XIX sería formal y

predominantemente clasista, pero con una amplia gama de elementos incorporados procedentes de una sociedad estamental.

En relación al debate anterior, nos aparece de nuevo la dificultad para precisar la composición y el perfil socioeconómico de la alta burguesía. Convendría incluir aquí no sólo a los empresarios del comercio y la industria, sino también a financieros y contratistas del Estado. Frente a la debilidad de principios del XIX (sólo merece la pena destacar los núcleos de burguesía industrial en Cataluña y de burguesía mercantil, en especial, en algunas ciudades del litoral andaluz), en las décadas centrales del XIX se constituyó una burguesía de los negocios y contratistas del Estado (inversiones en tierras, construcción, ferrocarriles, finanzas) que levantaron unos patrimonios que superaban en los años setenta los de destacados nobles.

La imagen de la prosperidad de la época isabelina y de ennoblecimiento burgués la daban banqueros y empresarios, altos cargos del ejército, la política y la administración, propietarios y profesionales de éxito que retrataban los pintores de moda, como Federico Madrazo. Un ejemplo al respecto es José de Salamanca que, tras salir de su Málaga natal buscando nuevos horizontes se convirtió en un importante hombre de la política y los negocios y para redondear su ascenso social, compró el título nobiliario de marqués de Salamanca. Tras ser serle concedida la línea Madrid­Zaragoza­Alicante en 1844, fue nombrado ministro de Hacienda en el Gabinete Pacheco (1847) y poco después tuvo que huir a Francia acusado de corrupción, de donde regresó en 1849. Desde entonces dejó de participar en la política activa para dedicarse por entero a sus asuntos financieros y empresariales que, en definitiva, son los que lo convirtieron en un personaje histórico y que se ennobleciera. En los inicios del capitalismo salvaje, este revolucionario venido a menos se movió con extraordinaria soltura. Como empresario sus negocios principales fueron los relacionados con los ferrocarriles (línea MZA) y la construcción. A él se debe el nombre del barrio de Salamanca de Madrid. Aunque hizo inmensos negocios, a la vez también se arruinó en más de una ocasión. En la banca no fue muy afortunado; en enero de 1844 participó en la creación del Banco de Isabel II cuya situación fue de mal en peor hasta producirse su desaparición. Acabó sus días arruinado.

Claro que la mayor parte de la burguesía no se incluía en esta oligarquía dominante. Había una burguesía media, formada propietarios de empresas familiares (poco numerosos salvo en Cataluña) y una pequeña burguesía tradicional, compuesta básicamente por artesanos y dueños de pequeños talleres y comercios. El peso de esta pequeña burguesía era aún en estos años importante en relación al aún naciente proletariado urbano, cuyo crecimiento era lento y con diferencias regionales.

Pese al relativo crecimiento urbano decimonónico, la mayoría de la población española siguió siendo rural en el XIX. En este ámbito, la diferencia fundamental era la que separaba a propietarios y no propietarios de tierras, aunque seguía existiendo una capa intermedia de arrendatarios. Pero las diferencias entre los propietarios eran grandes, pues a un Norte de numerosos pequeños propietarios y arrendatarios se contraponía un Sur dominado por la gran propiedad (en poder de una oligarquía agraria muchas veces absentista). Con los procesos desamortizadores y el paso del tiempo la desigualdad no sólo no se atenuó sino que, incluso, se agrandó, lo que incidió en el arranque del caciquismo, fenómeno que refleja las relaciones sociales de una España rural (donde la estructura agraria estaba polarizada entre los grandes latifundios y la pequeña propiedad) y que supone el dominio de la oligarquía agraria sobre la población campesina.

Los más perjudicados por los cambios sociales decimonónicos serán, junto al proletariado urbano, los campesinos, los jornaleros y los artesanos, desposeídos de fórmulas de protección (bienes comunales o estructuras gremiales), que comenzaban a sufrir las consecuencias negativas de unas nuevas relaciones de producción basadas en la explotación por los todopoderosos propietarios agrícolas o industriales. Esto se traducirá en conflictividad social tanto en el campo como en las ciudades.

En el mundo urbano, las luchas sociales protagonizadas por los sectores populares (tanto pequeño­burgueses como obreros) adquieren diversas modalidades. Por un lado, continúan existiendo, como en el Antiguo Régimen, repetidos motines de subsistencia (de hambre) durante la primera mitad del XIX, como protesta ante los acaparadores. También se detectan conflictos políticos que, tras establecerse el sistema constitucional en 1837, son protagonizados por los sectores marginados, que actuarán mediante revueltas callejeras espontáneas en apoyo a pronunciamientos militares (en 1854 y 1868) o que derivarán en 1873 hacia un republicanismo popular, pero que, en cualquier caso, se trata de una participación popular poco estructurada hasta el fin del Sexenio. Por último, también las ciudades serán escenario de una creciente conflictividad laboral (más intensa en Cataluña) desde los años cuarenta y cincuenta (en especial, destaca la huelga de 1855, reprimida por los progresistas quienes, paradójicamente habían autorizado un año antes las asociaciones obreras ilegalizadas por los moderados) y que incrementará su tono durante el Sexenio (y, sobre todo, entre los años 1872 y 1873) conforme el movimiento obrero deje su anterior vinculación al republicanismo democrático y se consolide impregnándose de las doctrinas internacionalistas.

anterior vinculación al republicanismo democrático y se consolide impregnándose de las doctrinas internacionalistas. 63

Si en la primera mitad del siglo, el malestar campesino se había traducido en protestas contra la pervivencia de cargas señoriales, primero, y contra la reforma agraria liberal, después (encauzado con al apoyo al carlismo), será en la segunda mitad del XIX cuando el descontento campesino se generalice, pues la situación de los jornaleros empeoró tras la venta de propios de desamortización de Madoz.

En definitiva, estamos en presencia de una sociedad clasista piramidal, marcada por profundas desigualdades sociales (procedentes de la propiedad de los medios de producción) y de distintos niveles de participación política ya que, a través del sufragio censitario, se margina políticamente a buena parte de la población. Los resultados de este proceso serán, por un lado, el caciquismo y la aparición de una oligarquía agraria que falsificó muchos de los principios liberales. Y, por otro, fenómenos de conflictividad social.

d)Elsistemaeducativo

El Estado liberal tendrá que asumir, pese a su pretendida inhibición teórica, determinados servicios públicos como la promoción de obras públicas, la asistencia social o la educación. El sistema educativo liberal se apoyará en dos grandes reformas (1845 y 1857) que respondían a la utilidad que tenía para el buen funcionamiento del aparato estatal y del sistema económico. Por otra parte, el proceso de nacionalización de los ciudadanos, paralelo a la construcción estatal, conllevaba en España (como en otros Estados­nación) el uso de la educación como instrumento para enseñar una historia nacional (la “gestión de la memoria”, parafraseando a PÉREZ GARZÓN) y una lengua común (el castellano) que se impusiera como idioma oficial más allá de cualquier particularismo lingüístico regional. También conviene advertir que el triunfo de los moderados otorgó una importancia creciente a las enseñanzas de carácter religioso.

de P . J. P idal (17­9­1845) reglamentaba y

colocaba la enseñanza bajo el control estatal, poniendo en marcha un verdadero sistema nacional de educación secundaria y universitaria. Fijaba en diez el número de universidades, regularizaba los cuerpos docentes y creaba los institutos, las escuelas especiales (ingeniería, arquitectura, etc) y las Escuelas Normales de Magisterio (que luego completaría Moyano en

La reforma educativa

1857).

La siguiente reforma (ley Moyano, de 9­9­1857) fue de aún más calado y su vigencia se prolongó durante mucho tiempo después. Aunque confirmaba la dirección estatal y secular de la enseñanza, establecía el derecho de los obispos a velar por la ortodoxia de la doctrina. Las escuelas quedaban bajo responsabilidad de los ayuntamientos, los institutos bajo la de las diputaciones y la universidad dependía del Estado. Establecía, por consiguiente, una organización rígidamente jerarquizada en la que cada una de las sucesivas autoridades (director general, rector, gobernador civil, alcalde) era asesorada por el correspondiente consejo (consejo de instrucción pública, consejo universitario, junta provincial de instrucción pública y junta local de primera enseñanza, respectivamente) y distinguía dos niveles, al poner la primera y segunda enseñanza bajo control de los alcaldes y gobernadores civiles.

Pero de la ley a la práctica había un abismo, pues el mayor

problema era la falta de medios económicos y la principal víctima, en este sentido, será la enseñanza primaria. Su aplicación tuvo una eficacia limitada en la base porque el analfabetismo siguió siendo una característica dominante de la población española, entre otras cosas porque los gastos de enseñanza (incluida la retribución del maestro) corrían a cargo del presupuesto de los municipios (sin que se previesen en el presupuesto Estatal más que un millón de reales anuales para atender a los pueblos sin recursos suficientes). No puede extrañar que el nivel de enseñanza no rebasara en la inmensa mayoría de los casos la primaria elemental, lo que provocaba un estrangulamiento brutal a partir de la primaria superior y aún mayor en la segunda enseñanza.

e)Lacontraposicióndemodelosdeadministraciónlocal

La racionalización administrativa vino a ser, junto a la división de poderes, uno de los pilares en que se apoyó la revolución liberal. Debían desaparecer los regímenes especiales y aplicar un uniformismo administrativo (que continuaba la labor del reformismo ilustrado) que, también en este ámbito, suponía una continuación institucional de la eliminación de las diferencias jurídicas personales. Ahora bien,

Basada en el encuadre de las instituciones locales (municipios y provincias) en el régimen administrativo general de manera jerarquizada, el modelo constitucional nacido de la constitución de Cádiz establecía dos órganos de representación local: el ayuntamiento (para los municipios), a cuyo frente estaría el alcalde; y la diputación provincial (para las provincias), a cuyo frente estaría el jefe político. Ambos órganos estarían articulados jerárquicamente, pues aunque el alcalde tenía carácter electivo, dependía del jefe político y, por tanto, era derivación del poder central.

El modelo moderado vino a corregir, desde los años cuarenta, el modelo constitucional en un sentido aún más centralista y anuló los aspectos más democratizadores y participativos del anterior (al suprimir la elección de los alcaldes, que serán designados directamente por la Corona o por el jefe político o los gobernadores). Paradójicamente, pese a su aparente incompatibilidad con un régimen liberal y fruto de la transacción que supuso el final de la guerra carlista, persistieron las diputaciones forales vasco­navarras hasta 1876.

Frente al anterior, el modelo progresista (puesto en marcha en el bienio progresista y, sobre todo, durante el Sexenio Revolucionario) supuso un intento por aflojar la tensión centralista, ampliando las competencias de la administración local (y, sobre todo, la provincial), y aportar una descentralización más administrativa que política. Pero sólo la efímera experiencia federalista de la I República vino a ser una alternativa diferenciadora del Estado centralista y uniformista.

2.6. SI GNI FI CACI ÓN REVOLUCIONARIO

El Sexenio representa el afán de cierta burguesía radical para democratizar el sistema liberal. La revolución significaba la posibilidad pasar de un régimen liberal (basado en una monarquía constitucional y un sufragio restringido) a uno democrático, pero acabó frustrándose. En puridad, no habría que hablar tanto de revolución como de “revoluciones”

DEL

SEXENI O

DEMOCRÁTI CO

O

distintas. La que triunfó no fue propiamente ni tan revolucionaria ni tan democrática, pues no persiguió la revolución social. Se limitó a un programa de gobierno sin atacar los problemas socioeconómicos de fondo. La revolución llevó al poder a un conglomerado heterogéneo de fuerzas políticas unidas por la hostilidad a la monarquía borbónica y la defensa de un ideal político formalmente democrático.

LASFUERZASPOLÍTICASENELSEXENIOREVOLUCIONARIO

Extr.Izquierda

Izquierda

Centro­izquierda

Centro

Derecha

Extr.Derecha

Movimiento

Republicanos
Republicanos
   

Unión

 

obrero

Demócratas

Progresistas

Liberal

Carlistas

Progresistas.

Posición política: Centro Líder: General Juan Prim. Apoyos: Burguesía urbana.
Posición política: Centro
Líder: General Juan Prim.
Apoyos: Burguesía urbana.

UniónLiberal.

Posición política: Derecha oligárquica. Líder: Leopoldo O’Donnell Apoyos: Oligarquía terrateniente y
Posición política: Derecha
oligárquica.
Líder: Leopoldo O’Donnell
Apoyos: Oligarquía terrateniente y
colonial. Negreros. Poder económico
tradicional. Iglesia.

PartidoDemócrata.

Posición política: Centro­izquierda Líder: Grupo de intelectuales. Apoyos: Pequeña Burguesía. (Obreros,
Posición política: Centro­izquierda
Líder: Grupo de intelectuales.
Apoyos: Pequeña Burguesía.
(Obreros, Campesinos).

PartidoRepublicano.

Posición política: Izquierda moderada. Líderes: Emilio Castelar, Pi y Margall. Apoyos: Pequeña Burguesía. Obreros. Campesinos.

Movimientoobrero (Federación Regional Española de la I

Internacional).

Posición política: Izquierda radical. Líderes: Varios. Apoyos: Obreros. Campesinos.
Posición política: Izquierda radical.
Líderes: Varios.
Apoyos: Obreros. Campesinos.
Carlistas.
Carlistas.

Posición política: Extrema derecha.

Junto con los demócratas, son una de las pricipales fuerzas qu actúan en la Revolución de 1868. Acaudillados por el Gral. Prim, so una mezcla de todos los liberales que actúan guiados por pragmatismo más que por una ideología, de la que en realida carecen. Profundamente desunidos, sólo Prim aglutina el partido.

Se acabaron inclinando a la conspiración tras ser desterrados lo presidentes del Congreso y Senado (Ríos Rosas y Serrano) en di de 1866 (que querían reabrir las Cortes) y en jul. de 1868 a vario generales del partido (Serrano, Dulce, Zavala, Echagüe, etc. Intentan evitar todo tipo de reformas y apoyan cualquier solució monárquica continuista, por lo que tras la Gloriosa apoyan a Prim posteriormente, a Serrano

Hasta la aparición del partido Republicano y de un movimient obrero fuerte, fueron la tendencia izquierdista y hasta radical de l política española. Reivindicaban la abolición de las quintas, sufragio universal, libertades de expresión, prensa, asociació reunión y culto; el juicio por jurado, la elección democrática de lo cargos municipales. Eran partidarios de la soberanía nacional y parlamento unicameral. Fueron una de las fuerzas principales de l revolución de 1868.

Dividido entre republicanos unionistas y federales. Su planteamientos ideológicos son similares a los del P. Demócrata Además abogan por el fin de la Monarquía y la instauración de un República Española. Los Republicanos Federales pretenden crea una República formada por diecisiete Estados (incluyen Cuba y Rico) más varios territorios de Ultramar.

El movimiento obrero surge a partir de 1846 y pronto se afiliará a l Internacional. La división de ésta entre marxistas y bakuninistas s reflejará en España en la creación de dos tendencias distintas:

socialismo y el anarquismo (1872). Sólo en 1879 se creará Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y en 1882 la Unió General de Trabajadores (UGT), liderados por Pablo Iglesias, qu posteriormente llegarían a tener gran influencia. Los anarquistas n crearán una estructura estable en forma de partido ni de sindicat hasta 1910 (Confederación Nacional del Trabajo, CNT)

hasta 1910 (Confederación Nacional del Trabajo, CNT) Permanecerán en una estrategia legalista, de participació

Permanecerán en una estrategia legalista, de participació

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Líder: "Rey" Carlos VII Apoyos: Oligarquía terrateniente. Iglesia. Campesinado rico de Navarra, País Vasco, Galicia, partes de Cataluña, Valencia y Castilla.

electoral hasta agosto de 1872, en que vuelven a empuña las armas y enfrentarse abiertamente a la monarquí democrática, primero, y a la I República, después

Aunque la experiencia resultó frustrante (por no poder consolidar este proyecto democratizador) fue trascendente, al permitir salir a la luz una serie de tensiones políticas y sociales, nuevas (regionalismos, anarquismo) y viejas (carlismo), gracias al clima de libertades públicas (asociación, reunión, imprenta, expresión) que propició. En realidad, se puede hablar de un auténtico frenesí electoral (nacionales en 1869, 1871, abril de 1872, agosto de 1872 y 1873; también provinciales y locales) mediante sufragio universal masculino; aunque esto suponía un hecho revolucionario, su frecuencia provocó hastío en el electorado.

Es interesante resaltar las interacciones del Risorgimento con la España del Sexenio, estudiadas por Isabel M. PASCUAL. Si hasta 1848 era la España constitucional la que aportaba un modelo a seguir a los liberales italianos, a partir de 1860 el proceso es al contrario. Así, cuando en España se buscaba una alternativa al régimen isabelino, los distintos grupos políticos volvieron la vista a Italia buscando varios modelos: los progresistas colaboraron con la destra storica y admiraban la dinastía de Saboya (por eso elegirán a Amadeo como rey para España); los demócratas fomentaron vínculos con el partido de Acción y la izquierda fuera del régimen; el ideario mazziniano influyó en los republicanos federales (y su federación de los pueblos libres de Europa); incluso los carlistas colaboraron con los legitimistas italianos y miraban al magisterio papal (encíclicas Quanta Cura

y el Syllabus errorum).

Estos seis años se inician y concluyen con sendos alzamientos militares. Entre ambos aparecen varias fases: a) Gobierno Provisional y Regencia de Serrano (oct. 1868­dic. 1870); b) Monarquía democrática de Amadeo I de Saboya (hasta feb. 1873); c) I República (1873) federal, que termina con el golpe de Pavía; d) régimen de interinidad o República autoritaria de Serrano hasta el golpe de Martínez Campos.

autoritaria de Serrano hasta el golpe de Martínez Campos. 2.7. DE LA REVOLUCI ÓN A LA

2.7. DE LA REVOLUCI ÓN A LA REGENCI A DE SERRANO (1868­70)

a) El Alzamiento (17 sept. 1868): “La Gloriosa”

Siguió el esquema clásico (sublevación militar y formación de Juntas Revolucionarias), aunque los elementos diferenciadores fueron tanto la trama política que lo alentó como el apoyo popular que tuvo inmediatamente. Por tanto, se trata de un proceso revolucionario alejado del modelo estrictamente militarista.

El levantamiento militar del 19 de septiembre de 1868 fue

El levantamiento militar del 19 de septiembre de 1868 fue protagonizado por los generales Prim, Serrano,

protagonizado por los generales Prim, Serrano, Dulce y el almirante Topete.

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Iniciado en Cádiz, se extendió rápidamente por Andalucía y otras ciudades peninsulares hasta que las tropas gubernamentales (comandadas por Pavía) fueron derrotadas por las de Serrano en la batalla de Alcolea del Pinar (Córdoba, el 28 de septiembre), que decidió el triunfo de la revolución. La reina (que veraneaba en San Sebastián) salió del país camino del exilio en Francia.

La sublevación se acompañó de la formación de J untas Revolucionarias (entroncando así con la trayectoria juntista decimonónica) y el resurgimiento de la Milicia Nacional (denominada ahora Voluntarios de la Libertad) para defender la revolución. Tuvo un amplio apoyo social, uniendo sus fuerzas la burguesía acomodada (opción monárquico­radical) a las sectores que padecieron más las consecuencias de las duras condiciones de vida, como las clases populares urbanas, la pequeña burguesía y el campesinado (opción democrático­republicana).

La Gloriosa Revolución proclamó todos los principios fundamentales de la democracia, fue bien recibida, en principio, por los gobiernos de las principales potencias y revitalizó la vida intelectual del país. Sin embargo, topó con numerosos problemas. El principal problema fue de tipo político, de legitimidad, por la falta de consenso. Por otro lado, nació condicionada por la sublevación independentista cubana y las expectativas generadas se fueron desvaneciendo conforme surgieron nuevos conflictos (segunda guerra carlista y agitación cantonal). Por último, tampoco el contexto internacional (marcado por el final del II Imperio, la culminación de las unificaciones italiana y alemana y la represión de la Comuna de París) ayudó a consolidar un régimen que pretendía profundizar en las reformas democráticas.

b)ElGobiernoProvisionaldeSerrano(oct.1868­jun.1869)

b)ElGobiernoProvisionaldeSerrano(oct.1868­jun.1869 ) Presidido por Serrano y formado sólo por unionistas y

Presidido por Serrano y formado sólo por unionistas y progresistas (quedaron fuera los demócratas), la finalidad de este Gobierno Provisional era estabilizar la situación y construir el primer régimen democrático en España. Quedaba aplazada la cuestión de la forma del nuevo régimen hasta las próximas elecciones.

Como primeros pasos, los poco radicales Serrano y Prim (ministro de Guerra) se apresuraron a desarmar a los Voluntarios de la Libertad y a disolver las Juntas Revolucionarias, cuyos programas (en algunos casos con un lenguaje más radical) reivindicaban derechos políticos (cortes constituyentes, sufragio universal, libertades de asociación, reunión, imprenta, religiosa y de enseñanza) y sociales (supresión de quintas y de pena de muerte, así como de impuestos de puertas y consumos) e, incluso, la supresión de la Guardia Civil y del Ejército.

El Gobierno Provisional dio satisfacción a los derechos políticos reclamados por las ya disueltas Juntas, pero pospuso las reivindicaciones sociales y militares,

En las elecciones a Cortes Constituyentes triunfó la coalición de centro formada por progresistas, unionistas y demócratas, que eran partidarios de una monarquía democrática, quedando en minoría tanto las derechas (isabelinos y carlistas) como la izquierda (republicanos federales). Elegidas por primera vez por sufragio universal (por los varones mayores

de 25 años), se optó por el distrito uniprovincial (principio progresista) y

vinieron a suponer una especie de plebiscito sobre el sistema de gobierno. Aunque la implicación gubernamental en la campaña se hizo notar, hubo, en general, limpieza en el proceso electoral.

Las Nuevas Cortes (reunidas por vez primera el 11 de febrero de

1869) emprendieron una tarea legislativa progresista (libertad de prensa

y de asociación), una legislación económica librecambista y una

racionalización del sistema monetario (con la peseta como moneda nacional).

Como constituyentes que eran, la labor fundamental de las nuevas Cortes fue la elaboración y aprobación de la constitución de 1869 (aprobada el 1 junio), que apostaba por una monarquía parlamentaria y democrática, recogía una amplísima declaración de derechos individuales, confirmaba el sufragio universal masculino (conquistado en jornadas revolucionarias), reconocía la libertad de cultos (aunque manteniendo el presupuesto estatal de culto y clero) y una clara separación de poderes. A diferencia de las constituciones precedentes, el centro del poder residía ahora en las Cortes (control del gobierno, iniciativa legislativa y nombramiento de su propia mesa), elegidas por sufragio universal directo (Congreso de los Diputados) o indirecto (Senado).

En consecuencia, era un texto democrático y muy superior técnicamente a los anteriores. El sufragio universal y el derecho de

asociación contribuyeron a la politización de los trabajadores, que dejaron

su subordinación a progresistas o republicanos. Pero la constitución satisfizo

a pocos, pues pareció muy avanzada para los católicos y poco avanzada para los republicanos (por ser monárquica).

c)RegenciadeSerrano(jun.1869­fines1870)

Tras aprobar Constitución, Serrano fue elegido Regente (en espera de elegir la candidatura al trono más adecuada) y P rim de jefe de gobierno desde el 18 de junio de 1869. A la guerra de Cuba (que se arrastraba desde 1868) se añadieron otros graves problemas a la Regencia. Uno de los más importantes fue la búsqueda del candidato al trono, que devino en un problema internacional que prolongó la propia Regencia. Entre los distintos candidatos (Espartero, Fernando Coburgo, el duque de Montpensier, Leopoldo de Hohenzollern y Amadeo de Saboya) las Cortes acabaron eligiendo a éste último, apuesta personal de Prim, por exigua mayoría; en el camino se había abandonado la candidatura prusiana (Hohenzollern) ante las presiones de Luis Napoleón. No menos importante era dar satisfacción a las demandas populares (abolición de impuestos y quintas, demandas obreras y hambre de tierras de campesinos), pero la falta de respuestas provocó protestas sofocadas sangrientamente.

Para solucionar los diversos problemas era imprescindible la unión de la coalición de fuerzas de la revolución (progresistas, unionistas y demócratas). Sin embargo, la elección de Amadeo resultó fatal porque provocó nuevas facturas en la coalición del 68, que acabó rompiéndose (sirvió para unir en torno a Prim la coalición progresista­derecha demócrata pero contrarió a los unionistas, mientras la izquierda demócrata optó por el republicanismo), mientras supuso un desafío a la Santa Sede, según FUSI.

mientras supuso un desafío a la Santa Sede, según FUSI. d)LascomplicadasrelacionesconlaIglesiaduranteelSexenio 69

d)LascomplicadasrelacionesconlaIglesiaduranteelSexenio

69

Tras estallar la revolución, una parte del episcopado español mantuvo una inicial postura expectante. Pero tras los primeros decretos de algunas juntas pasó a mantener una postura más activa y militante; la Iglesia consideraba que la política religiosa revolucionaria conducía al indiferentismo religioso, al relativismo doctrinal y al laicismo.

El conflicto Iglesia­Estado rebrotó cuando las Cortes plantearon la cuestión religiosa en los debates de la Constitución; los diputados eclesiásticos (como Antolín Monescillo) defendieron con ahínco y pasión la idea de unidad católica. Tras reconocer la libertad de cultos, la Constitución de 1869 rompió con la tradicional confesionalidad del Estado. Roma receló del gobierno revolucionario y apenas hubo diálogo, aunque no se rompieron las relaciones. Posteriormente, la iniciativa de la constitución republicana de separar Iglesia y Estado y la secularización total de la vida civil quedó en simple proyecto.

2.8. LA M ONARQUÍ A DEM OCRÁTI CA DE AMADEO I (1871­73) Y SUS OBSTÁCULOS

AmadeoI fueelprimerreydeEspañapordesigniodel P arlamento (frente a los Borbones, apoyados en la tradición) iniciándose un reinado de dos años basado en una intachable actuación parlamentaria. Pero se enfrentó a multitud de problemas desde el principio que, a la postre, provocaron su abdicación en febrero de 1873.

Precisamente, el mismo día que desembarcaba en Cartagena, el 30 de diciembre de 1870, moría P rim (a raíz de las heridas del atentado que sufrió tres días antes), quedándose sin su principal valedor. Por otra parte, no consiguió consolidar un sistema moderno de partidos, encontrándose con la oposición de muchas fuerzas y la división del bloque progresista­demócrata, lo que generó una gran inestabilidad política. A los problemas anteriores, se sumó un nuevo conflicto carlista desde mediados de 1872. Y, en definitiva, su mayor problema era el escaso apoyopopular.

La oposición a Amadeo incluía muchas fuerzas, desde la derecha a la izquierda: a) alfonsinos, en torno a Cánovas, que aglutinaba la vieja nobleza hostil al rey extranjero y a la oligarguía de banqueros, industriales y terratenientes; b) carlistas, que tras participar en los procesos electorales al principio, se preparaban para volver a empuñar las armas; c) los republicanos federales, frustrados por una constitución monárquica y que promovían protestas; d) la I glesia, opuesta a una constitución no confesional y que arremetía contra el hijo de un monarca sacrílego (considerado usurpador de los Estados Pontificios); e) el movimiento obrero, influido por el anarquismo, no confiaba ni siquiera en el republicanismo y despreciaba el juego político.

Por otro lado, el asesinato de Prim dejó a la monarquía amadeísta sin liderazgo y precipitó la escisión del bloque progresista­demócrata en dos partidos:

ÿ Constitucional (liderado por Sagasta, foto de la derecha), que quería tender puentes a los unionistas.

ÿ Constitucional (liderado por Sagasta , foto de la derecha), que quería tender puentes a los

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ÿ Constitucional (liderado por Sagasta , foto de la derecha), que quería tender puentes a los

ÿ Radical