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SEGUNDA CATEQUESIS

SOBRE EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

“MISTERIOS DE GOZO Y DE LUZ, DE DOLOR Y GLORIA”

(Ge. 15,5-12. 17-18; Flp. 3,17; Lc 9,28-36)

Es una Gracia de Dios que sintamos siempre la necesidad de superarnos, de


que todos los pueblos se desarrollen, de que Haití supere sus crisis y vuelva a
vivir con dignidad, que se respete en todas partes la vida y transformemos la
cultura de muerte en una cultura que respete la dignidad de la persona y
obedezca la Ley de Dios que nos dice “no mataras” y que anhelamos que todos
los creyentes y todos los seres humanos seamos mejores…

En esta catequesis tenemos mensajes y promesas de superación al hablar


de Abraham como padre de un gran pueblo y de la transfiguración de Jesús en el
monte Tabor. Debemos darnos cuenta que todo se logra con esperanza, despojo y
sacrificios.

Dios nos ha creado para que seamos felices. Ojalá que nuestro gozo no se
agotara nunca pero el paraíso terrenal duró poco y pronto nos colocamos en un
valle de lágrimas. Dios se empeña en hacernos volver al paraíso, aunque el
hombre no entiende sus caminos y prefiere, como Esaú, un plato de lentejas.

Con todo, Dios se acerca al hombre para llenar nuestros vacíos y para
enjugar nuestras lágrimas, para devolvernos la esperanza y hacernos sonreír. Fue
lo que sucedió con Abraham y con Sara.

1.- MISTERIOS DE GOZO Y DE DOLOR.

Abraham se hizo amigo de Dios y fue Dios el que empezó con esta amistad.
Dios se acercó a Abraham para hacerlo amigo y hacerlo crecer. Abraham
necesitaba una tierra y el Señor se la dio. ¿Qué más necesitas? Le preguntó el
Señor. Lo necesario para vivir con mi familia. Te lo daré y en abundancia. ¿Qué
más deseas Abraham? ¡Un hijo! Te lo daré y no uno solo, sino muchos hijos, hijos
incontables como las estrellas. Y Sara se reía.
Abraham y Sara empezaron a vivir sus misterios gozosos. ¿Qué más quieres
Abraham? Nada más Señor. Ya solamente quiero tu amistad, que estés siempre
conmigo. Así será. Existían muchas razones para la alegría.

Como Dios y Abraham eran amigos y Dios le había dado un mundo de


bendiciones y gracias, fue obra de Dios el que Abraham fuera fiel. Quiero tu
amistad le dice el Señor. ¿Serás siempre mi amigo? Y Abraham respondió: Tú lo
sabes, sí.

Abraham, ¿podríamos hacer un pacto, algo así como una alianza con
sangre? Lo que Tú digas Señor. Pero no solo quiero que me ofrezcan víctimas
animales. Quiero pedirte algo más. Tú dirás Señor, responde Abraham.

No te asustes por lo que te voy a pedir. Quiero a tu hijo. A ese que tanto
quieres, al que es la niña de tus ojos y la razón de tu esperanza. ¿Hablas en serio
Señor? Dice Abraham. Quiero que me lo sacrifiques en el monte de Moriá. ¡Hay
Señor! Toma mejor mi vida y no la suya. Si mi hijo muere, yo no podré sobrevivir.
Pero lo mío es tuyo y haz lo que quieras.

Aquí empezaron los misterios dolorosos de Abraham y Sara. ¡Que bueno


que no duraron mucho tiempo! Pero fueron sumamente intensos. Abraham sintió
el vació y la desesperanza. Pero no perdió la amistad con Dios.

Después de la prueba, superada con una fe inmensa, Abraham creció. Sería


no solamente bendecido de nuevo por Dios, sino que él mismo sería fuente de
bendición. Abraham se convertiría no solo en el padre de Isaac e Ismael, sino en
padre de todos los creyentes. Abraham y Sara continuarían rezando los misterios
gozos de su vida.

Así transcurre nuestra vida con misterios de gozo, dolor y gloria.

2.- MISTERIOS DE LUZ Y DE GLORIA.

La experiencia del Tabor es una manifestación de Dios desbordante de


gloria y de luz, es realmente un adelanto del cielo. Es el amor el que produce esta
explosión de luz. Por esta razón “sus vestiduras brillaban de blanco… y su rostro
resplandecía como el sol” (Mt 17,2).
En Jesús se descubre el brillo de su Padre que es la verdad que buscamos,
el brillo de sus signos, que son los milagros en que resplandece su misericordia.
Jesús nos invita a las cosas del cielo desde la tierra y nos ofrece la libertad
verdadera y la trascendencia.

La luz del Tabor nos muestra el brillo de la vida de Cristo entregada siempre
a los demás: “Pasó su vida haciendo el bien”, llenando a todos de su luz. La luz
será siempre una forma para encontrar al Señor. Lo que realmente manifiesta la
luz del Tabor es el misterio de la divinidad. Dios es luz y Dios es fuerza, es otra
forma de decir, Dios es amor. El amor que enciende los corazones. Jesús en su
transfiguración experimenta intensamente la presencia íntima del Padre que le
habla: “Este es mi Hijo” y la presencia del Espíritu que la envuelve con una nube.

También los discípulos tocaron el misterio y entraron en la nube. Fue


realmente una experiencia de cielo: por la cercanía de Dios, casi lo tocaron y lo
escucharon; por la certeza y seguridad de Dios, no había duda, no era un sueño,
aunque se caían de sueño; por el gozo inexplicable: “qué bueno es estar aquí”.
Cristo transfigurado nos puede transformar e iluminar.

3.- SOMOS CIUDADANOS DEL CIELO.

Meditando y mirando el Tabor ya sabemos un poco más del cielo.


Contemplando a Cristo transfigurado, conoceremos mejor a lo que estamos
llamados a ser. Nuestra condición ahora es humilde, porque somos vasos de
barro, que gracias al amor, fuego y luz de Cristo, seremos convertidos por su
Pascua en un vaso de elección y admiración.

Todos tenemos momentos y ratos de Tabor. Hemos sentido muchas veces


la cercanía de Cristo y su fuerza. No es necesario que nuestro Tabor sea
espectacular. Es más bien sencillo y humilde, pero lleno de luz. Normalmente es
sencillo e íntimo.

Son momentos en nuestra vida de Tabor, porque Dios está ahí: ahí está en
la oración, en el trabajo bien hecho, en el servicio, en las tentaciones superadas,
en el silencio, en el sufrimiento asumido con fe; en el ejemplo, en el perdón
ofrecido, en el re-encuentro y reconciliación, en el descanso, en el amor recibido y
ofrecido, en la ayuda brindada, en el ángel de la guarda que se nos cruza tantas
veces en el camino…

4.- NUESTROS MISTERIOS DE DOLOR.


En la cima del monte Tabor se hablo también de la cruz. A la gloria se llega
pasando por la cruz y por la muerte. “Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20) y
por ti y por todos.

Esta experiencia les servirá a los discípulos para confirmar la fe y fortalecer


la esperanza cuando llegue el momento de la pasión. Moisés y Elías hablan con
Jesús de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén. En la cima del monte con
sabor a cielo se habla también de la cruz.

Todos necesitamos algún o algunos momentos de Tabor, algunas


experiencias de luz, de consuelo, de fuerza; alguna certeza de que Dios está aquí,
muy cerca de cada uno, con nosotros, por nosotros, para nosotros y en nosotros.

Los misterios dolorosos en nuestra vida son muy frecuentes, y, a veces,


muy fuertes. Dada nuestra debilidad podríamos sucumbir ante el peso de la
cruces del camino. Por eso Dios siempre viene en nuestra ayuda.

Que la nube de luz nos envuelva, nos llene de su presencia, de su fuerza y


de consuelo. Que el Padre nos hable también a nosotros y nos diga: “Tú eres mi
hijo querido…”, el más pequeño pero muy amado. Que Jesús nos haga sentir su
presencia en todo momento, pero sobre todo cuando participamos en su Pasión.

5.- PARA REFLEXIONAR.

1. ¿En qué forma y por qué la oración nos eleva, nos transfigura y nos
diviniza?

2. ¿Por qué la caridad nos hace grandes, nos transforma y nos asemeja a
Dios?

3. ¿Cómo el trabajo nos dignifica y enriquece?

4. ¿Por qué el dolor nos madura, nos sensibiliza y nos cristifica?