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LA FE A PRUEBA

Martyn Lloyd-Jones

Salmo 73
Salmo de Asaf.

En verdad, ¡cuán bueno es Dios con Israel,


con los puros de corazón!
Yo estuve a punto de caer,
poco me faltó para que resbalara.
Sentí envidia de los arrogantes,
al ver la prosperidad de esos malvados.

Ellos no tienen ningún problema;


su cuerpo está fuerte y saludable
Libres están de los afanes de todos;
no les afectan los infortunios humanos.
Por eso lucen su orgullo como un collar,
y hacen gala de su violencia.
¡Están que revientan de malicia,
y hasta se les ven sus malas intenciones!
Son burlones, hablan con doblez,
y arrogantes oprimen y amenazan.
Con la boca increpan al cielo,
con la lengua dominan la tierra.

Por eso la gente acude a ellos


y cree todo lo que afirman.
Hasta dicen: «¿Cómo puede Dios saberlo?
¿Acaso el Altísimo tiene entendimiento?»

Así son los impíos;


sin afanarse, aumentan sus riquezas.

En verdad, ¿de qué me sirve


mantener mi corazón limpio
y mis manos lavadas en la inocencia,
si todo el día me golpean
y de mañana me castigan?

Si hubiera dicho: «Voy a hablar como ellos»,


habría traicionado a tu linaje.
Cuando traté de comprender todo esto,
me resultó una carga insoportable,
hasta que entré en el santuario de Dios;
allí comprendí cuál será el destino de los malvados:
En verdad, los has puesto en terreno resbaladizo,
y los empujas a su propia destrucción.
¡En un instante serán destruidos,
totalmente consumidos por el terror!
Como quien despierta de un sueño,
así, Señor, cuando tú te levantes,
desecharás su falsa apariencia.

Se me afligía el corazón
y se me amargaba el ánimo
por mi necedad e ignorancia.
¡Me porté contigo como una bestia!
Pero yo siempre estoy contigo,
pues tú me sostienes de la mano derecha.
Me guías con tu consejo,
y más tarde me acogerás en gloria.
¿A quién tengo en el cielo sino a ti?
Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra.
Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu,b
pero Dios fortalecec mi corazón;
él es mi herencia eterna.
Perecerán los que se alejen de ti;
tú destruyes a los que te son infieles.
Para mí el bien es estar cerca de Dios.
He hecho del Señor Soberano mi refugio
para contar todas sus obras.

b
73:26 espíritu. Lit. corazón.
c
73:26 fortalece. Lit. es la roca de.
PREFACIO ........................................................................................................... 4
EL PROBLEMA PLANTEADO .......................................................................... 5
BUSCANDO DONDE AFIRMARSE................................................................ 11
LA IMPORTANCIA DE PENSAR ESPIRITUALÍCENTE ............................. 17
ENFRENTANDO TODOS LOS ASPECTOS ................................................... 24
COMENZANDO A ENTENDER ...................................................................... 31
EXAMEN DE CONCIENCIA ........................................................................... 38
ALERGIA ESPIRITUAL ................................................................................... 44
CON TODO. . . ................................................................................................... 51
LA PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS HASTA EL FIN .......................... 57
LA ROCA DE LA ETERNIDAD....................................................................... 63
UNA NUEVA RESOLUCIÓN........................................................................... 69

PREFACIO

El Salmo 73 trata un problema que muy a menudo desconcierta y desanima al pueblo de


Dios. Es un doble problema: ¿Por qué los píos frecuentemente tienen que sufrir,
especialmente en vista del hecho que los impíos aparentan ser mucho más prósperos?
Es una clásica declaración de cómo la Biblia trata ese problema. El salmista relata su
propia experiencia, expone su alma para que la miremos en forma dramática, y nos guía paso
a paso de un casi desesperante fin a un seguro triunfo final. Es al mismo tiempo una gran
teodicea. Por estas razones, este Salmo ha sido un tema favorito de predicadores, de líderes
espirituales y de consejeros.
La preparación y la predicación de mensajes, exponiendo esta rica enseñanza, fue para
mí una labor de amor verdadero gozo. El sermón titulado "Con todo" en esta serie fue usado
por Dios para traer alivio inmediato y gran alegría a un hombre que sufría una profunda
agonía de espíritu y estaba al borde de la desesperación. Viajó alrededor de 9.000 kilómetros
y llegó a Londres sólo el día anterior al mensaje. Se convenció, y hasta el día de hoy está
seguro que Dios en su infinita gracia lo trajo de tan larga distancia a escuchar ese sermón.
Que dicho capítulo y los demás prueben ser una "puerta de esperanza" para muchos
otros cuyos pies "casi se deslizaron" y cuyos pasos "por poco resbalaron".
CAPÍTULO I

EL PROBLEMA PLANTEADO

Ciertamente es bueno Dios para con Israel, Para con los limpios de corazón. En cuanto a mí,
casi se deslizaron mis pies; Por poco resbalaron mis pasos.

El gran valor del libro de los Salmos es que allí se narran las experiencias y conflictos
espirituales de hombres santos. A través de los siglos el libro de los Salmos ha sido de valor
inapreciable para el pueblo de Dios. Una y otra vez les ha provisto de la consolación y
enseñanza que necesitaban, y que no podían encontrar en ninguna otra parte. Y si especu-
lamos un poco, bien podría decirse que en cierta medida, el Espíritu Santo ha guiado a la
Iglesia primitiva a adoptar el Antiguo Testamento por esta razón. Lo que encontramos en la
Biblia, desde el principio hasta el fin, es el relato de los tratos de Dios con su pueblo. El es el
mismo Dios en el Antiguo Testamento que en el Nuevo, siendo estos hombres ciudadanos del
Reino de Dios como lo somos nosotros. Hemos sido trasladados a un Reino al que ya
pertenecen personas como Abraham, Isaac y Jacob. El misterio de Dios revelado a los
Apóstoles consistió en que los gentiles fuesen hechos conciudadanos y co-herederos con los
judíos.
Podemos afirmar, entonces, que las experiencias de estos hombres son paralelas a las
nuestras. El hecho de que hayan vivido en la antigua dispensación no hace diferencia alguna.
Está errado el cristianismo que rechaza el Antiguo Testamento, y más aún pensar que
nosotros somos en esencia diferentes de estos santos del Antiguo Testamento. Si estamos
tentados a pensar así, leamos el libro de los Salmos y luego examinémonos honestamente y
comparemos nuestras experiencias con las del salmista. ¿Podemos decir: "Aunque mi padre y
mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá"? ¿Podemos decir: "Como el ciervo
brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía"? Leamos los
Salmos y las declaraciones hechas en ellos y nos daremos cuenta que estos hombres eran
hijos de Dios. Ricos en experiencias espirituales. Por esta razón, ha sido la práctica de
hombres y mujeres de la Iglesia Cristiana acudir al libro de los Salmos para encontrar allí luz,
conocimiento e instrucción.
Su valor reside en sus enseñanzas, que consisten mayormente en narraciones de
experiencias. Encontramos las mismas enseñanzas en el Nuevo Testamento, solamente que
allí están en forma más didáctica. En los Salmos están reducidas a nuestro nivel práctico y
normal. Todos estamos conscientes del valor que esto representa. Hay momentos en que el
alma está cansada e incapaz de recibir una instrucción más directa; la prueba es muy grande,
nuestra mente está tan cansada y nuestro corazón tan dolorido, que no podemos hacer el
esfuerzo de concentrarnos en principios, y mirar a las cosas objetivamente. Es en tales
circunstancias particularmente, cuando personas abatidas por los golpes de la vida, pueden
acudir a los Salmos y encontrar en ellos la verdad en forma más personal. Leen las
experiencias de estos hombres y observan que ellos también sufrieron pruebas semejantes. De
alguna manera, este hecho en sí les ayuda y fortifica. Sienten que no están solos y que las
pruebas por las que están pasando, no son excepcionales. Entonces comprenden la verdad de
las palabras consoladoras de Pablo ¿los Corintios: "No os ha sobrevenido ninguna tentación
que no sea común a los hombres...", y al darse cuenta de ello les ayuda a cobrar coraje y ser
renovados en su fe. El libro de los Salmos es de inestimable valor en este aspecto y muchos
recurren constantemente al mismo.
Hay varios aspectos de los Salmos que nos podrían interesar. Lo que quisiera
mencionar en especial es la notoria honestidad con que estos hombres dicen la verdad acerca
de sí mismos. Un ejemplo clásico es el del Salmo 73. Abiertamente admite que casi se
apartaron sus pasos, y que poco faltó para que resbalaran sus pies y luego sigue diciendo que
era como una bestia por su torpeza. ¡Qué honestidad! Este es el gran valor de los Salmos. No
hallo nada más desalentador en la vida espiritual que encontrarme con aquellos que dan la
impresión de vivir siempre en la cima de la montaña. Ciertamente no encontramos esto en la
Biblia. La Biblia nos enseña que estos hombres sabían lo que era estar abatidos y en graves
problemas. Muchos santos, en sus peregrinajes por esta tierra, han dado gracias a Dios por la
honestidad de los que escribieron los Salmos. Estos no han escrito una enseñanza utópica,
que no haya sido una realidad en sus vidas. Las doctrinas perfeccionistas ¡amas son verda-
deras. No se dan en las vidas de los que las enseñan pues ellos también son criaturas falibles
como todos nosotros. Proclaman las teorías de sus doctrinas pero no son realidad en sus
experiencias. Gracias a Dios que los salmistas no hacen esto. Nos dicen la pura verdad acerca
de sí mismos: nos dicen la verdad acerca de lo que les sucedió.
No lo hacen para exhibirse. La confesión de pecados puede en algunos casos ser una
forma de exhibicionismo. Hay ciertas personas que están dispuestas a confesar sus pecados
siempre y cuando puedan hablar de sí mismos. Es un peligro muy sutil. El salmista no hace
esto; nos cuenta la verdad acerca de sí mismo sólo para glorificar a Dios. Su honestidad está
guiada por este principio, porque al mostrar el contraste entre él y Dios, ministra para la
gloria de Dios.
Esto es justamente lo que el salmista hace aquí. Notemos que comienza el Salmo con una
nota triunfante: "Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón".
Es como si dijera: "Les voy a contar una historia, voy a contarles lo que me ha pasado, pero
quiero dejar algo bien claro: la bondad de Dios". Esto es más claro si usamos una mejor
traducción: "Dios es siempre bueno para con Israel, para con los limpios de corazón". Dios
nunca varía, no tiene limitaciones ni requisitos. "Esta es mi declaración", dice el salmista,
"Dios es siempre bueno para con Israel". La mayoría de los Salmos comienzan con esta gran-
diosa adoración y acción de gracias.
Ahora bien, como a menudo he dicho, los Salmos generalmente comienzan con una
conclusión. Esto es aparentemente paradójico, pero no estoy procurando ser paradójico: es la
verdad. Este hombre ha tenido una experiencia, y ha llegado a una conclusión. Lo interesante
es precisamente esta conclusión, y por lo tanto comienza con el final; luego describe cómo
llegó a esa conclusión. Esta es una buena forma de enseñar, y es el método de los Salmos. El
valor de la experiencia es que constituye una ilustración de esta verdad. La experiencia por sí
sola no tiene valor, y el salmista no tiene interés en contárnosla porque sí. Su valor reside en
ilustrarnos la gran verdad acerca de Dios.
Lo que tenemos que comprender en primer lugar es que Dios es siempre bueno para
con su pueblo, para con aquellos de limpio corazón. Esta es la declaración; pero lo que ha de
ocuparnos en el estudio de este Salmo es el método de cómo ha llegado el salmista a esta
conclusión. Lo que nos quiere decir puede resumirse así: comenzó su experiencia cristiana
con esta afirmación, luego se descarrió para después retornar. El gran valor de los Salmos
está en el análisis de estas experiencias. Todos conocemos algo de estas experiencias: comen-
zamos bien, luego algo va mal, y pareciera que perdemos todo. El problema reside en cómo
retornar. Lo que este hombre hace es mostrarnos cómo volver al lugar en que el alma
encuentra su real estabilidad.
Este Salmo es una de las tantas ilustraciones. Otros expresan lo mismo. Tomemos por
ejemplo el Salmo 43, donde encontramos al salmista en una condición similar. Se dirige a sí
mismo y dice: "¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?" Habla
consigo mismo; se dirige a su propia alma. Exactamente así procede el del Salmo 73,
solamente que lo elabora aquí en una manera muy directa.
El salmista nos cuenta acerca de una experiencia especial que tuvo. Nos cuenta que
fue muy zarandeado, y que casi cayó. ¿Cuál fue la causa? Sencillamente que no había
entendido el propósito de Dios para con él. Fue consciente de un hecho doloroso. Estaba
viviendo una vida santa, manteniendo limpio su corazón y lavadas sus manos en inocencia.
En otras palabras estaba viviendo píamente. Evitaba el pecado, meditaba en las cosas de
Dios, ocupando su tiempo en oración; se examinaba a sí mismo, y cuando descubría su
pecado lo confesaba a Dios en penitencia, buscando su perdón y renovación. En otras
palabras, se podría decir que practicaba una vida que agradaba a Dios, renunciando a este
mundo y su corrupción; se separaba de los caminos malos y se dedicaba a vivir una vida
santa. Sin embargo, aunque hacía todo esto, experimentaba serios problemas, porque dice:
"he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas". Realmente estaba pasando por
un mal momento. No nos cuenta exactamente qué le sucedía; no se sabe si era una
enfermedad, una dolencia o problemas en su familia. Sea lo que fuere, era penoso, y sufría
bastante en la prueba. Al parecer todo le iba mal y nada bien.
Ya cíe por sí esto era malo, pero no era lo que mayormente le preocupaba y
entristecía. Su preocupación era que al fijarse en los impíos veía un marcado contraste.
"Todos sabemos que estos hombres son impíos", dice, "todos ven que son malvados. Pero
prosperan en el mundo, aumentan sus riquezas", porque "no tienen congojas por su muerte,
pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como
los demás hombres". Describe la arrogancia de ellos, su engaño y su blasfemia. Esta des-
cripción, es una perfecta pieza literaria del hombre próspero de este mundo. Inclusive
describe su postura, su apariencia arrogante, bus ojos que saltan de gordura, y su orgullo que
le rodea como una cadena. "Se cubren con vestido de violencia", dice, "logran con creces los
antojos del corazón, hablan con altanería". ¡Qué descripción perfecta!
Esto no sólo fue verdad de los hombres que vivían en esa época, sino también de los
que viven actualmente. Hacen declaraciones blasfemas acerca de Dios. Dicen: "¿Cómo sabe
Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?" Hablas de tu Dios; nosotros no creemos en tu
Dios, y sin embargo míranos. En nada nos va mal. ¿Qué de ti? Tú que eres tan religioso,
¡mira las cosas que te están sucediendo!
Esta fue la causa de la angustia que le sobrevino al salmista. El creía que Dios es
santo, justo y verdadero, que interviene en favor de su pueblo y les rodea con cuidado
amoroso y grandes promesas. Su problema era reconciliar esto con lo que le estaba
sucediendo, y más aún, con lo que les estaba sucediendo a los impíos.
Este Salmo es un pronunciamiento clásico de este típico problema: los tratos de Dios
con el hombre, y especialmente con su pueblo. Esto es lo que lo tenía confundido al
contrastar su suerte con la de los malos. Y nos relata su reacción ante todo esto.
Contentémonos por ahora en deducir de todo esto, algunas lecciones generales pero
importantes. El primer comentario que debemos hacer es que la perplejidad ante una
situación así no nos debe sorprender. Diría que esto es fundamental, pues estamos procurando
conocer los caminos del Dios Todopoderoso, quien nos ha dicho repetidamente en su libro:
"Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos".
Buena parte de nuestros problemas provienen de no saber que tenemos que partir de esta
base. Muchos de nosotros pasamos por dificultades precisamente por no saber que estamos
tratando con la mente de Dios, y que la misma no es como la nuestra. Deseamos que todo en
esta vida sea sencillo y fácil y que no existan problemas ni dificultades. Pero si hay algo que
la Biblia nos enseña por sobre todas las cosas es que éste no es el caso. Los caminos de Dios
son inescrutables; su mente es infinita y eterna, y sus propósitos son tan grandes que nuestras
mentes pecaminosas no los pueden entender. Por lo tanto, cuando tal Ser trata con nosotros,
no debieran sorprendernos las cosas que a veces nos confunden.
Tenemos la tendencia de pensar que, como hijos de Dios, El nos tiene que bendecir
constantemente y nunca debe castigarnos. ¡Cuántas veces hemos pensado así! ¿Por qué Dios
permite la existencia de ciertos gobiernos tiranos, y más aún cuando son totalmente paganos?
¿Por qué Dios no los castiga, y bendice solamente a su pueblo? Esta es nuestra manera de
pensar, pero basada en una falacia. La mente de Dios es eterna, y sus caminos son tan
infinitamente superiores a los nuestros, que tenemos que comenzar por pensar que no siempre
entendemos inmediatamente lo que El hace. Si, por el contrario, empezamos creyendo que
todo debiera ser claro y sencillo, nos encontraremos en la misma situación que este hombre.
No es de sorprender que al mirar la mente del Eterno Dios, hay momentos en que recibimos
la impresión que las cosas suceden en la forma opuesta a la que pensamos debiera ser.
Permítaseme ahora expresar un segundo comentario. Estar perplejo en esta situación
no es sorprendente, y aún más, deseo enfatizar que estar perplejo no es tampoco pecaminoso.
Esto es algo que debiera reconfortarnos. Hay muchos que dan la impresión que para ellos los
caminos de Dios son siempre claros y fáciles. Pareciera que siempre razonan así; siempre se
sienten felices y todo lo ven color de rosa. Lo único que puedo decir a esto es que estas per-
sonas son superiores al apóstol San Pablo, pues él nos dice en 2da. Corintios capítulo 4, que
"estaba atribulado en todo, mas no angustiado...". Desesperarse está mal, pero estar atribulado
no. Conviene aclarar estas dos situaciones. El hecho de estar confundido por una prueba, no
nos hace culpables de pecado. Estamos en las manos de Dios, y sin embargo algo
desagradable nos está sucediendo y decimos: "no entiendo". No hay nada malo en eso:
"confundido, pero no desesperado". El estar perplejo no es pecado porque nuestras mentes no
sólo son finitas, sino que, además, están debilitadas por el pecado. No vemos las cosas
claramente; no sabemos qué es lo mejor para nosotros; no divisamos el futuro, y por eso,
naturalmente, estamos perplejos.
Pero tenemos que entender que, a pesar de que la perplejidad no es pecado,
permanecer en este estado de confusión da lugar a la tentación. Este es el verdadero mensaje
del Salmo que nos ocupa. Hasta cierto punto se entiende que podamos estar perplejos, pero
permanecer confundidos es invitar a la tentación. Sin darnos cuenta la tentación entra. Fue
esto precisamente lo que le pasó al salmista.
Esto nos trae a lo que el salmista nos dice sobre el carácter de la tentación, y cuan
importante es poder reconocerla. La tentación puede ser tan grande que sacude aun al hombre
más santo y fuerte y lo derriba. Como dice el salmista: "En cuanto a mí, casi se deslizaron
mis pies".
Pero nosotros razonamos y decimos: "¡Esto pasó en el Antiguo Testamento, y el
Espíritu Santo aún no había venido! Estamos en la era cristiana mientras que este hombre
vivió en otra época". El Apóstol Pablo lo expresa así en Ira. Corintios 10: "El que piensa estar
firme, mire que no caiga". Para decir esto, el Apóstol había tomado ejemplos del Antiguo
Testamento y por si acaso alguno de estos corintios, sintiéndose superiores, dijeran: "Hemos
recibido el Espíritu Santo, no somos así", Pablo dice: "El que piensa estar firme, mire que no
caiga". El hombre que no ha descubierto el poder de la tentación puede ser objeto de los más
grandes ataques. Las tentaciones pueden venir con diversos grados de poder y fuerza. La
Biblia nos enseña que la misma puede azotar al más espiritual como un violento huracán,
barriendo con todo, con tal fuerza que aun un hombre de Dios puede ser casi dominado. ¡Tal
es el poder de la tentación! Pero usaré nuevamente las palabras del Apóstol: "Tomad toda la
armadura de Dios", pues nos es necesario tomarla toda. Si queremos resistir en el día malo, y
estar firmes, tenemos que vestirnos de toda la armadura de Dios. La fuerza del enemigo sólo
es superada por el poder de Dios. Satanás es más poderoso que cualquier ser humano, y los
santos del Antiguo Testamento fueron abatidos por él. El tentó y probó al Señor Jesús hasta
lo último. Nuestro Señor lo venció, y El es el único que ha triunfado sobre el enemigo.
Leamos nuevamente este Salmo y nos daremos cuenta que a ese hombre le sobrevino la
tentación cuando menos la esperaba. Le vino como resultado de lo que le estaba ocurriendo, y
por el contraste entre su prueba y la aparente vida feliz que los impíos estaban gozando.
El siguiente punto que tenemos que considerar en cuanto a la tentación es la ceguera
que produce. Lo extraño de la tentación es que bajo su poder nos induce a hacer cosas que
normalmente no haríamos. El salmista lo expresa de esta manera y lo hace con sarcasmo en
riesgo propio. Mira el tercer versículo: "Porque tuve envidia de los arrogantes". Envidió a los
malos. Pareciera decirnos: "Me cuesta expresarlo, y me da vergüenza admitirlo, pero yo, que
he sido tan bendecido por Dios, por un momento tuve envidia de estos impíos". Sólo la
ceguera de la tentación puede explicar esto. Viene con tanta fuerza que perdemos el
equilibrio y no podemos pensar con lucidez.
No hay nada que sea de importancia tan vital en nuestra lucha espiritual que saber que
nos enfrentaremos con tal poder, y que por lo tanto, no podemos descuidarnos un solo
momento. Esto es tan sutil que sólo nos deja ver lo que al diablo le interesa y olvidamos todo
lo demás. Esta es la ceguera que produce la tentación.
A la vez, no debemos olvidar las sutilezas de Satanás. El se presenta como un amigo.
Es evidente que se presentó así al salmista. Le dijo: "¿No te parece que en vano has limpiado
tu corazón, y lavado tus manos en inocencia? Esto es lo que has estado haciendo", dice el
diablo. "Parecería que estás pasando tu tiempo en renunciación y oración. Realmente algo
está mal en tu enfoque. ¡Crees en el evangelio, pero mira lo que te está pasando! ¿Por qué
estás pasando por estas pruebas tan duras? ¿Por qué un Dios de amor te trata así? ¿Es ésta la
vida que tú estás defendiendo? Amigo", dice, "estás cometiendo un error; te estás haciendo
un daño tremendo; no eres justo para contigo". ¡Oh, la terrible sutileza de todo esto!
Sin embargo, la tentación parecería presentar el caso con lógica. Es que aparece con
un efecto enceguecedor, que aparentemente lo muestra como inocente y razonable. "Después
de todo", razona el salmista, "estoy viviendo una \ida santa, y me sucede esto. Aquellos
hombres blasfeman a Dios en su altanería dicen cosas que no se deben decir, ni aun pensar.
Sin embargo prosperan a sus hijos les va bien, y tienen más de lo que el corazón pueda
desear. Mientras tanto, aquí estoy sufriendo exactamente lo contrario, sólo puedo Ilegal a una
conclusión". Mirándolo desde un punto de vista humano, este caso parece no tener solución.
Esta es la característica de la tentación. Nadie caería en la tentación si no obrara así. Es tan
plausible, poderosa, fuerte, lógica y aparentemente irrefutable. Sabemos muy bien que no
estoy hablando teóricamente. Todos sabemos algo de esto, y si no lo sabemos, no somos
cristianos. El pueblo de Dios está sometido a esto, y porque es de Dios, el enemigo lo usa
como objetivo para abatirlo.
Llegando a este punto, enfatizo nuevamente que ser tentado de esta manera, no es
pecado. Débenos aclarar bien este punto. Que estos pensamientos se presenten e insinúen en
nuestras mentes no nos hace culpables de pecado. Nuevamente encontramos un punto que es
fundamental en nuestra lucha espiritual. Debemos conocer la diferencia entre ser tentados y
pecar. No podemos controlar los pensamientos que el diablo pone en nuestra mente. El los
coloca allí. Pablo habla de "los dardos de fuego del maligno". Esto es lo que le estaba
pasando al salmista. El diablo se los estaba arrojando, pero el solo hecho de que éstos venían
a su mente no quiere decir que era culpable de pecado. El Señor Jesucristo mismo fue
tentado. El diablo lo acosó con ideas en su mente pero El no pecó, pues las rechazó todas. Las
ideas vendrán a nuestra mente y el diablo nos hará pensar que ya pecamos. Pero no son
nuestras ideas, son las del diablo; él las colocó allí. Fue Billy Bray de Cornwall que en su
manera original dijo: "No puedes evitar que el cuervo vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes
prevenir que haga un nido en tu cabello". Y así digo que no podemos evitar que las ideas se
insinúen en nuestras mentes, pero lo que nos debemos preguntar es: ¿Qué hacemos con ellas?
Hablamos de pensamientos "que me pasaron por la mente", pero siempre que pasen, no son
pecados. Se convierten en pecados si los aceptamos y consentimos con ellos. Enfatizo esto,
pues constantemente he tenido que tratar con personas atormentadas por los malos
pensamientos que se les han cruzado por la mente. Lo que yo les digo es lo siguiente:
"Escucha lo que me estás diciendo. Dices que 'el pensamiento se te ha cruzado'. Bueno, si
esto es cierto, no has pecado. Tú no me has dicho: 'he pensado', sino 'se ha cruzado'. Esto es
correcto. El diablo te ha puesto éste o aquel pensamiento en tu mente, y por esto no eres
necesariamente culpable de pecado. La tentación en sí no es pecado".
Esto nos trae al último punto que es vital. Es muy importante saber cómo actuar ante
la tentación, para que cuando ésta nos venga sepamos cómo encararla. La verdad es que, en
cierto sentido este es el propósito del salmista. La única forma de saber que hemos lidiado
con la tentación en su debida forma, es que arribemos a la correcta conclusión final. He
empezado con la misma y finalizaré con ella. El gran mensaje de este Salmo es que si tú y yo
sabemos cómo hacer frente a la tentación, podremos tornarla en una gran fuente de victoria.
Podremos arribar, después del proceso, a una situación mucho más fuerte que cuando
empezamos. Podremos haber estado en un lugar en donde nuestros pies "casi se deslizaron".
Esto no interesa si al final hemos de llegar a aquella elevada meseta donde nos encontraremos
cara a cara con Dios con una confianza de la que carecíamos antes. Podemos utilizar al diablo
y a sus maquinaciones, pero tenemos que aprender cómo hacerlo. Podemos hacer que esta
prueba se torne en una gran victoria, y decir "habiendo pasado todo esto ahora veo que Dios
es siempre bueno. Hubo un momento en que estuve tentado a pensar lo contrarío y me doy
cuenta que estaba equivocado. En toda circunstancia, no interesa lo que me pase a mí o a otra
persona, he llegado a la conclusión que 'Dios es bueno para con Israel'".
¿Estamos todos dispuestos a decir esto? Podría ser que estamos pasando en este
momento por una experiencia similar. Las cosas nos van mal y estamos pasando por momen-
tos difíciles. Golpe tras golpe están descendiendo sobre nosotros. Hemos estado viviendo la
vida cristiana, leyendo nuestra Biblia, trabajando en la viña del Señor, y a pesar de todo esto,
las pruebas nos asaltan. Parecería que todo nos fuera mal, "has sido azotado todo el día, y
castigado todas las mañanas". Una prueba sigue a la otra. Quisiera hacer una pregunta:
¿Podríamos decir ante todo esto: "Dios es siempre bueno"? Sí, aun en nuestras circunstancias
actuales y viendo prosperar al malo. A pesar de la crueldad del enemigo o la traición de un
amigo, a pesar de todo, ¿podemos decir: "Dios es siempre bueno", no hay excepción ni
condicionamiento? ¿Podemos decirlo? De otro modo, somos culpables de pecado. Podemos
haber sido tentados a dudar. Esto es de esperar, pero no es pecado. La pregunta que hago
ahora es: "¿estábamos capacitados para vencer la tentación? ¿Pudimos sacar esos
pensamientos de nuestra mente? ¿Fuimos capaces de decir: "Dios es siempre bueno" sin
reservas? ¿Podemos decir: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan
a bien", sin dudar? He ahí la comprobación. Pero quisiera que nos demos cuenta que a pesar
de que el salmista dice: "Dios es bueno para con Israel", no se olvida de añadir: "para con los
limpios de corazón". Debemos tener cuidado y ser justos con nosotros mismos y con Dios.
Las promesas de Dios son grandes e incluyen todo, pero todas tienen esta condición, "... para
con los limpios de corazón". En otras palabras, si tú y yo hemos pecado contra Dios, El nos
va a castigar, y va a ser penoso. Pero aun cuando El nos castiga, es bueno con nosotros. Por el
mismo hecho de ser bueno, es que nos castiga. Si no experimentamos el castigo de Dios,
somos bastardos y no hijos, como nos recuerda el autor de la Epístola a los Hebreos.
Recordemos, que si queremos comprender esto claramente, hemos de tener corazones
limpios. Debemos ser verdaderos en lo más íntimo de nuestros corazones, y no tener pecados
escondidos, porque si "... en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me
habría escuchado". Si no soy honesto y recto con Dios no tengo el derecho de hacer mía
ninguna de sus promesas. Si, por el contrario, tengo el solo deseo de estar bien con Dios,
entonces sí, puedo decir confiadamente que "Dios es siempre bueno para con Israel".
A veces pienso que la esencia de la \ida cristiana y el secreto del poder espiritual, es
darse cuenta de dos cosas. Están en los dos primeros versos: ''Ciertamente es bueno Dios para
con Israel, para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies: por
poco resbalaron mis pasos. . .". En otras palabras, tengo que tener absoluta confianza en Dios
y no en mí mismo. Siempre que tú y yo estemos en esa posición en la que adoramos y
servimos a Dios en el Espíritu, "nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la
carne" (Filipenses 3:3), estará bien. Esto es ser un cristiano verdadero. Por un lado, absoluta
confianza en Dios, y por el otro, no confiar en nosotros mismos ni en lo que podamos hacer.
Y si tengo este concepto de mí mismo, entonces siempre miraré a Dios. En esta posición
nunca caeré.
Que Dios nos conceda la gracia para aplicar algunos de estos sencillos principios a
nuestras vidas, y que cuando lo hagamos, recordemos que tenemos el más grande ejemplo e
ilustración de todos en nuestro bendito Señor Jesucristo. Lo veo a El en el jardín de
Getsemaní. el mismo Hijo de Dios, y le oigo pronunciar estas palabras: "Padre, si fuera
posible". En ese momento hubo perplejidad. El preguntó: "¿No hay otro camino? ¿Es ésta la
única forma en que la humanidad puede ser salvada? La idea que el pecado del mundo se
interponía entre El y su Padre lo confundió. Pero se humilló. La perplejidad no provocó una
caída; se encomendó a Dios diciendo en efecto: "Tus caminos son siempre justos, tú eres
siempre bueno, y en cuanto a lo que has de hacer conmigo, sé que será bueno. Sea hecha tu
voluntad y no la mía".

***

CAPÍTULO II

BUSCANDO DONDE AFIRMARSE

Si dijera yo: Hablaré como ellos, He aquí, a la generación de tus hijos engañaría.
Hemos visto la conclusión a que arribó el salmista, es decir, que Dios es bueno para
con Israel, para con aquellos de limpio corazón, para con aquellos que desean agradarle.
Volvemos a mencionar esto, para así descubrir la manera en que el salmista llegó a
controlarse, y eventualmente arribar a esa grande y firme fe. Al leer los Salmos, no hay nada
más provechoso que analizarlos en la forma en que nos proponemos hacerlo. La tendencia
común es leer los Salmos rápidamente y contentarnos medianamente con sus conclusiones
generales. Hay muchas personas que usan los Salmos como drogas. Dicen que en tiempo de
ansiedad o perplejidad, encuentran que es bueno leer uno de ellos. "Se encuentra tanta paz en
ellos", dicen, "y el lenguaje es tan dulce"... El leer: "Jehová es mi pastor", parece tener un
efecto psicológico general sobre uno, y nos pone en un agradable estado mental y de paz en el
corazón, de manera que nos quedamos dormidos sin darnos cuenta. Es un buen tratamiento
psicológico. Hay quienes así usan los Salmos. Hay otros que los usan como poesía. Les
interesa la belleza del lenguaje. El libro de los Salmos contiene todas estas cosas, pero me
preocupa demostrar principalmente que son una recitación de experiencias espirituales
escritas para nuestro provecho. Nunca encontraremos este provecho si no nos tomamos el
trabajo de analizarlos y observar qué es lo que el salmista quiere decirnos. Tenemos que
olvidar, por un momento, la belleza del lenguaje y concentrarnos en su contenido. A medida
que lo vamos haciendo, descubriremos que el autor tiene un método bien definido.
En este Salmo particular, el autor no llegó a esa posición súbitamente sino después de
varias experiencias. Los pasos tomados en el proceso son realmente interesantes, y nos será
muy beneficioso descubrir cuáles eran los que llevaron a este hombre desde una posición
donde "casi se deslizaron sus pies" a una firme condición de fe inconmovible. Es
importantísimo para nosotros saber que existe la disciplina en la vida cristiana. No es
suficiente decir, como lo hacen algunos creyentes, que no importa lo que nos pase, con sólo
"mirar al Señor" ya está todo solucionado. Afirmo que esto no es verdad, y tampoco es
verdad en la experiencia de los que lo enseñan. No es una enseñanza escritural. Si hubiese
sido así, muchas de estas Escrituras estarían demás, no las necesitaríamos en absoluto. Si sólo
tenemos que "mirar al Señor", las epístolas no se habrían escrito, pero están escritas, y fueron
escritas por hombres inspirados divinamente. ¿Por qué? La respuesta es que fueron escritas
para nuestra instrucción, para enseñarnos a vivir, y que en un sentido nos dicen que existe una
disciplina esencial en la vida cristiana.
Una de las más tristes facetas de la vida de algunos creyentes, es que han perdido la
visión de este aspecto de la vida cristiana. Es especialmente cierto entre evangélicos, y creo
saber la razón por qué. Primero y principalmente hubo una reacción contra la enseñanza de la
Iglesia Católica. El sistema de la Iglesia Católica enfatiza una cierta clase de disciplina. Ellos
poseen gran cantidad de manuales y escritos sobre el particular. La verdad es que los más
famosos enseñadores en esto han sido Católicos Romanos, como por ejemplo, San Bernardo
de Clairvaux, o el bien conocido Fénélon, cuyos escritos fueron muy populares en cierta
época.
Ahora bien, los protestantes han reaccionado contra esta clase de disciplina, y con
toda razón. Ciertamente en la Iglesia Católica el método es más importante que la vida
espiritual en sí, y el practicante se convierte en un esclavo del mismo. Como protestantes es
correcto que refutemos esto decididamente. Pero está mal deducir, por causa de su abuso, que
la disciplina es innecesaria en la vida cristiana.
La verdad es que los grandes períodos del Protestantismo se han caracterizado por la
comprensión de esta necesidad de disciplina. Lo que caracterizó más que ninguna otra cosa al
gran periodo Puritano fue la actitud y el enfoque que guió a Richard Baxter a escribir su
libro: Spiritual Directory (Guía Espiritual). Los Puritanos se cateterizaron por su énfasis en la
aplicación de las Escrituras a la vida diaria. En el siglo siguiente vemos que los líderes del
Avivamiento Evangélico enfatizaron lo mismo. ¿Por qué los dos hermanos Wesley y
Whitefield se llamaron metodistas? Porque llevaban una vida metódica. Eran Metodistas
porque seguían un método en sus reuniones. Trazaron ciertas reglas, formaron sociedades, y
exigieron que todos aquellos que querían formar parte de la Sociedad tuvieran que observar
ciertas reglas y dejar de hacer ciertas cosas. El mismo término Metodista lo implica, y
enfatiza el conocimiento de cierta disciplina, y la importancia de disciplinar la vida de uno, y
de saber manejarse en circunstancias y situaciones variadas en este mundo en que vivimos.
Aquí, en este Salmo, tenemos a un gran maestro de esta verdad. La persona que
escribió este Salmo tenía un método bien definido, y no podemos hacer mejor cosa que
seguirlo. Nos enseña a orientarnos y a saber conducirnos. ¿No es éste uno de los mayores
problemas que se nos presentan en la vida a cada uno de nosotros en este mundo? El saber
conducirse a sí mismo, ¿no es acaso lo más difícil? ¡Es mucho más fácil conducir a otros! La
gran habilidad en la vida cristiana es saber cómo tratarse a sí mismo, especialmente en
situaciones críticas. Aquí este hombre nos revela su secreto.
Empezaremos entonces, por el primer paso, y es el más humillante de todos. Siento
que hay algo maravilloso que él nos quiere decir. Aquí vemos a un hombre que ha experi-
mentado grandes bendiciones, y sin embargo, lo primero que le salvó de un gran desastre es
realmente sorprendente. Nuestra reacción al descubrir este primer paso, nos servirá como
prueba para medir nuestro discernimiento espiritual. ¿Habrá alguno que piensa que esta
situación es demasiado humillante para que un creyente se encuentre en ella? Procuremos
examinarnos a nosotros mismos a medida que vemos lo que este hombre nos tiene que decir.
Quiero señalar que al comenzar en ese plano tan bajo, no me interesa tanto dónde nos
ubicamos y cuan bajo sea nuestro plano, con tal de que estemos afirmados y no resbalando.
Es mejor estar parado en el peldaño más bajo de la escalera que resbalar del último.
Este hombre comenzó a escalar desde el primer peldaño. ¿Cómo lo hizo?
Primeramente estudiaremos el método, exactamente cómo lo hizo, y luego deduciremos
ciertos principios que podemos establecer como aplicables siempre en cualquier situación en
que nos encontremos.
Aquí tenemos a un hombre súbitamente tentado; tentado a decir algo, o si lo prefieren,
tentado a hacer algo. La fuerza de la tentación es tan grande que casi pierde el equilibrio. Está
a punto de ceder a la tentación pero nos quiere explicar qué es lo que le salvó. Aquí está: "Si
dijera yo..." —Estuvo a punto de decirnos algo— "Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí,
a la generación de tus hijos engañaría". ¿Qué es entonces lo que él hace? ¿Cuál es su método?
Lo primero que hizo fue controlarse a sí mismo. No creo que se dio cuenta por qué lo
hizo, pero lo hizo. Se guardó de decir lo que tenía en la punta de la lengua. Estaba por
decirlo, pero no lo dijo. Esto es tremendamente importante. El salmista se dio cuenta de la
importancia de no hablar apresurada e impulsivamente. Esto fue lo primero, y es un punto
muy general. Es una buena actitud aun para una persona no creyente, y esto es precisamente
lo que estoy queriendo sugerir, que hay cosas tan sencillas y generales que tenemos que hacer
en relación a nuestra vida espiritual que a primera vista no parecen ser particularmente cris-
tianas. Sin embargo, si nos ayudan, usémoslas.
Hay muchas personas que desean estar siempre, espiritualmente, en la cumbre de la
montaña, y es por esta sencilla razón que muchas veces caen al valle. Desechan estos
sencillos métodos. No evitan hacer lo que el hombre del Salmo 116 había hecho. Recordemos
lo que él nos dice. El se confiesa honestamente: "Dije en mi apresuramiento: todo hombre es
mentiroso". Confiesa que lo dijo apresuradamente, y que fue una equivocación. Este hombre
en el Salmo 73 descubrió, aun a punto de resbalar, la importancia de no apresurarse a hablar.
Está mal que un cristiano hable o actúe impulsivamente. Si lo queremos en lenguaje del
Nuevo Testamento lo tenemos en la Epístola de Santiago, "... todo hombre sea pronto para
oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Stg. 1:19). No voy a desarrollar este tema aquí,
pero ¿no es obvio acaso que si todos practicáramos este principio viviríamos más
armoniosamente? ¡Cuántos problemas evitaríamos! ¡Cuántos disgustos y mala sangre!
¡Cuantas peleas se evitarían en todos los órdenes de la vida si todos tomáramos en serio este
mandato! ... ¡"sea pronto para oír, tardo para hablar”! Detengámonos y pensemos. A toda
costa, ¡detengámonos! No actuemos en base a impulsos. El salmista no lo hizo, y fue lo
primero que le salvó de no caer.
El próximo paso, evidentemente, fue considerar lo que tenía que decir. El problema lo
tenía en la mente, y nadie se lo podía discutir, pues era obvio. Aquí están los impíos; veo su
prosperidad, y aquí estoy yo siempre con problemas. Es tan patente. ¿Por qué no decirlo?
"No", dice el salmista, "examina el problema nuevamente, y en condiciones como éstas,
nunca está de más examinarlo una y otra vez". Empezó a hablarse a sí mismo sobre el
problema y ponerlo delante de sí. Lo miró nuevamente. ¡Oh, cuan importante es esto!
¡Cuántas tragedias en este mundo se podrían haber evitado si las personas hubieran echado
una nueva mirada! Con respecto a la tentación, cuando nos ataca con todas sus fuerzas y
cuando todos los argumentos parecieran pesar de un solo lado, la estrategia para combatir al
diablo es insistir en echar una nueva mirada al problema. Y probablemente esa otra mirada
nos salvará. El salmista lo miró nuevamente y lo examinó desde distintos puntos de vista.
Por la acción tomada por el salmista nos damos cuenta que él calculó en Ins
consecuencias que podía traerle si iba a expresar lo que pensaba. Nuevamente aquí vemos
otro principio muy importante. Nada de lo que el hombre haga en esta Tierra quedará sin
consecuencias. Todo efecto tiene su causa y toda causa produce un efecto. Muchos de nues-
tros problemas se originan porque olvidamos este sencillo principio de que la causa produce
un efecto y éste, a su vez, nos lleva a sus inevitables consecuencias. El diablo, en su audacia,
nos enlaza haciéndonos creer que lo que nos pasa es un acontecimiento único y aislado. Pone
esto delante de nuestros ojos, de tal manera que no podemos ver ni pensar en otra cosa. Nos
monopoliza, y no consideramos las consecuencias. El dijo: "Si dijera yo: Hablaré como ellos,
he aquí, a la generación de tus hijos engañaría". Minuciosamente consideró y enfrentó las
consecuencias.
En la Biblia tenemos muchos ejemplos similares. Uno de los mejores es el de
Nehemías. Nehemías se encontró en una situación en que peligraba su vida y un falso amigo
le aconsejó diciéndole: ''Tú eres un buen hombre, mira que tu vida estará en peligro si sigues
comportándote en la forma en que lo estás haciendo” —". . .esta noche vendrán a matarte”.
Le sugirió e insinuó a Nehemías que huyera. Si Nehemías le hubiera prestado atención, el
curso de la historia de Israel hubiera tomado otro rumbo. La idea no le disgustó, pero
Nehemías se compuso y dijo: "¿Un hombre como yo ha de huir?” Consideró las
consecuencias, y desde el momento que las vio no hizo lo que se le había sugerido. Esto es lo
que lo salvó al hombre del Salmo 73. Vio las consecuencias e inmediatamente se frenó.
Sigamos un paso más adelante. Lo que hizo a continuación fue aferrarse firmemente,
a cualquier precio, a lo que estaba seguro. Su problema principal le era muy incierto, no lo
podía entender para nada. Aun después de haber reaccionado a tiempo, todavía estaba
perplejo y no lo entendía. Pero habiendo mirado nuevamente al problema se dio cuenta que si
hubiese hablado como estaba tentado a hacerlo, como consecuencia inmediata hubiera
causado una ofensa al pueblo de Dios, y por eso se contuvo. Aquí entonces está el principio.
El salmista no está tan seguro del trato de Dios con sus hijos. Es un tema que le causa
perplejidad. Sin embargo, él sabe perfectamente que está mal ser una piedra de tropiezo o
causar ofensa a la generación de los hijos de Dios. El está completamente seguro de esto y así
actúa. Podemos darnos cuenta de la estrategia. Cuando nos sentimos confundidos o perplejos,
lo que tenemos que hacer es buscar algo en lo cual estemos ciertos y afirmar allí nuestra
posición. Puede no ser el tema principal, pero no importa. Este hombre vio las consecuencias
de lo que estaba por hacer, y supo ciertamente que estaba mal. Por eso dijo, "no lo voy a
decir". El todavía no ve claramente el problema principal, pero sí este punto.
La decisión que tomó el salmista es que tendría que contentarse con no resolver su
principal problema por el momento. Nos dice que todavía no está en claro, y no entiende aún
el problema que le sacudió y tentó tan severamente. En realidad no lo entendió hasta que
entró en el santuario de Dios. Por esto dejó de resolverlo diciéndose a sí mismo: "Tendré que
dejar el problema principal por el momento; no hablaré más de ello, porque si expreso mis
pensamientos con palabras, ofenderé a la generación de los hijos de Dios. No puedo hacer
eso. Muy bien: me aseguraré de lo que estoy bien cierto, y me contentaré con no entender el
otro problema por el momento". Este es su método. Esto es lo que lo salvó; y fue esto lo que
le ayudó.
Cuan simple fue su método, y sin embargo, cuan vitales son cada uno de sus pasos.
Permítaseme presentarlos bajo un número de principios. El primer principio lo pondría como
una guía especial, y es que nuestro hablar debe ser siempre esencialmente positivo. Quiero
decir que nosotros no debemos estar siempre demasiado listos para expresar nuestras dudas y
proclamar nuestras incertidumbres. Me he encontrado con hombres que han pasado muchos
años de su \ida agonizando por las cosas que han dicho antes de ser cristianos, cosas que han
servido para sacudir la fe de otros. Esto es terrible. Recuerdo a un joven que vino a verme
algunos años atrás. Era estudiante y fue a la Universidad basado y creyendo en la fe cristiana.
Un profesor en esa Universidad orgulloso de ser incrédulo y que no tenía en sí nada positivo
que dar a este joven, lo ridiculizó a él y a su posición, no solamente en clase sino también en
privado, riéndose de sus creencias y mofándose de su fe. Puso al joven en una posición
desgraciada y penosa. No hay muchas cosas más dañinas que la acción de este profesor,
quien no teniendo nada en sí mismo para ofrecer, trató de quitar y destruir la fe del joven,
hablando contra ella y despreciándola. Esto, por supuesto, fue un malicioso e intencional
ataque a la fe de este joven. Pero nosotros también podemos ser Culpables de esto mismo, si
bien es posible que no nos demos cuenta de ello. Aunque dudas e incertidumbres nos asalten,
no debiéramos proclamar nuestras ansiedades, ni expresar nuestras incertidumbres (excepto
cuando busquemos ayuda) no sea que inconscientemente, también produzcamos el mismo
efecto. Si no podemos contribuir con algo positivo, es mejor no decir nada. Eso es lo que hizo
este hombre. No lo entendía y estaba a punto de decir algo, pero en cambio pensó: "No lo
diré, porque si digo algo, perjudicaré al pueblo de Dios". Digan lo que quieran de este
hombre, pero se comportó con dignidad. Si notamos que nuestra fe está flaqueando,
procuremos a toda costa comportarnos con dignidad. No dañemos a nadie. Debemos aprender
a disciplinarnos y a no comentar nuestras dificultades ni hablar demasiado de nuestras
inseguridades. Este hombre calló hasta que se encontró en condiciones de decir: "Dios es
siempre bueno para con Israel". Entonces sí tuvo derecho de hablar. Habiendo comenzado
con esto, pudo seguir narrando sus dificultades con seguridad.
El siguiente principio es integral, y sus varias partes están recíprocamente
relacionadas. Quiero decir que no existe tal cosa como verdad aislada. El salmista comenzó
pensando que existía sólo un problema, el problema de la prosperidad de los impíos. Sin
embargo, relacionado con esto, había esta otra verdad, la del pueblo de Dios y lo que les
estaba sucediendo. Permítaseme dar otra ilustración para demostrar la importancia de darnos
cuenta de este principio: que los varios aspectos de la verdad están recíprocamente relacio-
nados. Muchas personas que tienen una inclinación científica entran en dificultades acerca de
su fe porque olvidan este principio. Se confrontan con lo que significa la evidencia científica.
Lo que les presentan los científicos es un hecho, y el peligro es que aceptarán estas
declaraciones definidas como tales, sin darse cuenta de las consecuencias de la aceptación de
estas afirmaciones en otras esferas de la verdad. Por ejemplo, yo siempre digo que una de las
buenas razones de no aceptar la teoría de la evolución, es que desde el momento que la
acepto, tropiezo con problemas y dificultades con la doctrina del pecado, de la fe, y de la
expiación. La verdad está recíprocamente relacionada; una cosa afecta a la otra. No nos
apresuremos a formar opiniones de una sola realidad o de un conjunto de realidades.
Recordemos que nuestra opinión afectará otros factores y otras posiciones. Miremos al
problema en todos los aspectos concebibles, teniendo en cuenta no sólo el problema en
cuestión, sino también sus consecuencias e implicancias. Procuremos entenderlos todos antes
de expresar una opinión.
El siguiente principio es que no debemos olvidar nuestra relación los unos con los
otros. Lo que detuvo al salmista antes que nada no fue el descubrimiento del trato de Dios
consigo mismo, sino la memoria del trato de Dios con los demás. Pienso que esto es
maravilloso. Esto es lo que le contuvo de hablar. De esto él estaba seguro y se asió de ello. El
Apóstol Pablo lo expresa muy bien en un versículo de Romanos 14, donde dice: ". . .Porque
ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí”. Sigue elaborando y al hacerlo
analiza el problema del hermano débil. Hace lo mismo en 1Corintios 8 y 10. Lo resume en
una frase excelente: "La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro...” (10:29). En otras
palabras, tú como cristiano maduro no debes decidir el problema pensando sólo en ti. ¿Qué
del hermano débil por quien Cristo murió? No debemos ofender su conciencia. Ninguno
"vive para sí"; todos estamos unidos. No si no podemos controlarnos para nuestro propio
beneficio, lo tenemos que hacer para el beneficio de otros. Cuando seamos tentados
nuevamente; cuando el enemigo nos haga olvidar que no somos casos aislados; cuando él nos
sugiera que lo que nos sucede nos concierne a nosotros solamente, pensemos en las
consecuencias y acordémonos de otras personas, acordémonos de Cristo, acordémonos de
Dios. Si tú y yo caemos, no lo tornemos como un caso aislado: toda la Iglesia cae con
nosotros. El salmista se dio cuenta que él estaba unido en esta vida a otros creyentes.
Digamos a nosotros mismos: Veo que estos otros creyentes estarán implicados. Somos hijos
del reino celestial, somos miembro1; individuales, y en particular del Cuerpo de Cristo. ¡No
podemos actuar en forma aislada! Si nada nos frena antes de hacer algo mal, recordemos esta
verdad, acordémonos de nuestra familia, recordemos a la Iglesia a la que pertenecemos,
recordemos su Nombre que está en nuestra frente. Si ninguna otra cosa nos contiene, sea esta
verdad la que nos frene, tal como lo contuvo a este hombre.
El siguiente principio es la importancia de tener ciertos valores absolutos en nuestra
vida. En otras palabras, debemos reconocer que hay ciertas cosas que son inconcebibles, y
que nunca deberíamos hacer. Debemos ocupamos en hacer una lista de ciertas cosas que
jamás han de hacerse. Ni siquiera debemos considerarlas. No dudo en afirmar que el gran
número de divorcios que existen hoy, se deben al solo hecho de no tomar en cuenta este
principio. Quiero decir que cuando dos personas se casan y toman los solemnes votos y
compromisos delante de Dios y de los hombres, tendrían que poner llave a cierta puerta
detrás, la cual nunca deberían ni aun mirar. Sin embargo, no sucede así hoy en día. Pareciera
que se casan dejando la puerta de atrás, la cual conduce a la vida separada, bien abierta.
Miran hacia atrás y albergan el pensamiento de separación del matrimonio, aun antes de
hacer los votos. Es por esto que hay tantos hogares destruidos hoy en día. Hombres y mujeres
por igual han abandonado los principios absolutos.
En un tiempo esto era inconcebible y tendría que ser siempre así. Hay ciertas cosas
que los cristianos, tanto hombres como mujeres deberían establecer como principios
irrevocables, y nunca más reconsiderarlos. El salmista tenía un principio y quizá en ese
momento, su único, pero a este único principio se afirmó. Se dijo: "Nunca más diré otra cosa
que incomode al hermano. No interesa cuánto me falte para entender; uno de mis principios
es éste, que nunca más dañare a mi hermano". Se aferró a esto con firmeza, y eventualmente
comenzó a entender sus propias perplejidades. Procuremos tener nuestros principios bien
establecidos, procuremos afirmar ciertas cosas irrevocablemente. Que los jóvenes
especialmente —aunque esto no se aplique más a ellos que a otros, sin embargo mientras
sean jóvenes y no sean culpables aún de estas cosas-— afirmen sus principios. Si no pueden
ser de ayuda, no digan nada. Nunca ocasionen daño a la causa de Dios, ni a su familia
espiritual.
El último principio es la importancia de recordar quiénes somos. En un sentido ya
hemos cubierto este aspecto, pero tú y yo somos personas llamadas por Dios para salir fuera
de este presente siglo malo. Hemos sido comprados con la sangre derramada por el Unigénito
Hijo de Dios en una Cruz del Monte Calvario, no solamente para ser perdonados e ir al cielo,
sino también para que seamos librados de todo pecado e iniquidad, "y purificar para sí un
pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). El hizo esto y constituye nuestro
derecho. Recordémoslo entonces, y cuando nos vengan perplejidades, o cualquier otra cosa
que nos haga sacudir analicémoslo a la luz de esto. Aunque no lo entendamos, tenemos que
decir en ese momento: "No me importa y me conformo con no entenderlo. Todo lo que sé, es
que soy hijo de Dios, comprado con la sangre de Cristo; hay ciertas cosas que no puedo
hacer, y ésta es una de ellas, por lo tanto no la haré; cualquiera sea la consecuencia, me
quedaré firme".
Estas son, entonces, mis conclusiones. No interesa en qué nivel nos encontremos
luchando contra este enemigo de nuestras almas. No interesa cuan primario es el nivel, con
tal de que estemos firmes. Como dije al principio, el salmista se afirmó a un nivel muy
básico. El simplemente se afirmó en el principio: "Si hago esto, dañaré a estas personas". No
podía haberse afirmado en un nivel más elemental que éste. Siempre y cuando encontremos
algo en que nos podamos afirmar, usémoslo como base. No despreciemos "el día de las cosas
pequeñas". No pensemos que somos tan espirituales que no podemos afirmarnos en ese nivel
tan elemental. Si así pensamos, entonces caeremos. Afirmémonos en cualquier punto que
podamos. Sostengámonos aun en lo negativo —quiero decir con esto, que a lo mejor somos
capaces de decir solamente: "No puedo hacer eso". Afirmémonos en esto. Porque es así:
cuando nuestros pies están resbalando, lo que necesitamos es poder afirmarnos. Dejemos de
resbalar y deslizamos. Afirmemos' nuestros pies por un momento y aferrémonos a cualquier
cosa que nos sirva para tal fin; afirmémonos en ello y quedémonos allí. Estamos ocupados en
escalar una montaña espiritual. Las pendientes son como vidrio, y podemos resbalar y caer en
esta terrible hondonada, y perdernos. Digo entonces que si vemos algo, aunque sea una
pequeña rama, tomémosla y aferrémonos a ella; pongamos nuestro pie en el descanso que
encontremos, aunque sea pequeño, o en el más precario borde, en cualquier cosa que nos
haga afirmar y nos permita detenernos por un momento. Cuando hayamos terminado de
resbalar y escurrirnos, entonces podremos comenzar a escalar de nuevo.
Es porque el salmista encontró este pequeño descanso, afirmó sus pies sobre él, que
dejó de resbalar. Desde ese momento comenzó a escalar hasta que eventualmente pudo
regocijarse nuevamente en el conocimiento de Dios y aun superar el problema que lo
anonadaba y pudo decir: "Dios es siempre bueno para con Israel". ¡Que tonto he sido!

***

CAPÍTULO III

LA IMPORTANCIA DE PENSAR ESPIRITUALÍCENTE

Cuando pensé para saber esto,


Fue duro trabajo para mí,
Hasta que entrando en el santuario
de Dios, Comprendí el fin de ellos.

Hasta ahora hemos arribado a la conclusión de que en un conflicto espiritual lo principal es


contrarrestar la caída, no importa qué nivel inferior se logre. No despreciemos el nivel
inferior. Es preferible tener los pies en el escalón más bajo de la escalera que estar sobre la
tierra: y es mejor encontrar el más pequeño apoyo que seguir resbalando por una pendiente.
Al trepar desde ese punto nos encontraremos nuevamente en el camino hacia arriba.
Pero ahora debemos proseguir, porque evidentemente el salmista no permaneció allí.
Si él se hubiera detenido allí, nunca hubiera podido decir: "Ciertamente es bueno Dios para
con Israel'”. El punto de apoyo fue solamente el comienzo. Existen aún varios escalones en
este proceso maravilloso, porque, aun después de haberse apoyado, estaba muy preocupado.
Entendió lo suficiente como para decir: "Si dijera yo: hablaré como ellos, he aquí, a la
generación de tus hijos engañaría”. Pero sigue diciendo: "Cuando pensé para saber esto, fue
duro trabajo para mí”. Aunque él no sigue resbalando, aún no comprende su problema
esencial.
Pero el hecho es que no sigue resbalando; no permanece en peligro de expresar
aquellos pensamientos blasfemos.
Sin embargo, estaba aún en gran agonía mental y de corazón estaba aún perplejo
acerca del camino de Dios para con él. Deseo enfatizar esto porque es un asunto primordial.
Aunque lo importante y vital es parar de resbalar, esto no significa que ahora estemos bien, o
que desde ese momento estaremos libres de nuestro problema. Este hombre no estaba
plenamente liberado; todavía tenía sus problemas. Gracias a Dios que sabe lo suficiente como
para no seguir resbalando, peí o su problema sigue siendo tan agudo como antes. ¿Conoces tú
esa posición espiritual? ¿Has estado allí alguna vez? Yo he estado en esa situación varias
veces. Es un lugar extraño pero en varios .sentidos es maravilloso. Tenemos algo vital que
nos sostiene aunque el problema original es tan definido como lo fue al principio.
Lo que él nos dice es lo siguiente. Estaba parado allí; no resbalaba más y sus
pensamientos de rebelión estaban bajo control. No obstante, sus pensamientos giraban en
círculos y se encontraba en gran agonía mental y de corazón. Esto continuó —nos dice—
hasta que "... entrando en el santuario de Dios, comprendió el fin de ellos”. Hay un punto
que debo clarificar antes de proseguir. Si leemos las diversas traducciones de este Salmo,
encontraremos que algunas de ellas sugieren que debería traducirse en la siguiente forma:
"Fue demasiado penoso para mí hasta que entré en el secreto de Dios", en lugar de "hasta que
entrando en el santuario de Dios..." Pero las razones para retener aquí la palabra "santuario"
me parecen terminantes. Un buen motivo es que todos los Salmos en esta sección del Salterio
hablan literalmente del lugar llamado el santuario. En el Salmo siguiente y el 76 encontramos
que cada uno de ellos hace referencia literal y física al santuario material. Se me ocurre que
esto, de por sí, es concluyente, aparte de otras evidencias que puedan presentarse. No
obstante, es un punto que no hace mucha diferencia pues cuando un hombre entraba en el
Tabernáculo o en el Templo de Dios, entraba entonces en la presencia de Dios. Bajo la
antigua dispensación cuando el pueblo iba al Templo lo hacía para encontrarse con Dios. Era
el lugar en el cual habitaba el honor de Dios; era el lugar donde la gloria de Dios estaba
presente. Este hombre ciertamente estaba entrando en la presencia de Dios, pero pienso que
es importante recordar que el santuario aquí significa literalmente el edificio. "... Hasta que
entrando en el santuario de Dios comprendí..." El estaba descontento, perplejo; el suyo era un
problema muy serio. Pero una ve7 que fue al santuario de Dios todo se le hizo claro. El
mismo fue enderezado, y comenzó a trepar nuevamente la escalera, hasta que eventualmente
alcanzó el tope y pudo decir: "Ciertamente es bueno Dios para con Israel…” Hay ciertas
lecciones vitales para nosotros en esta sección. Aquí tenemos a un hombre que ha alcanzado
un punto de apoyo y ahora comienza a ascender. ¿Cuáles son las lecciones? La primera que
sugeriría es la absoluta necesidad en la vida cristiana de pensar espiritualmente. Explicaré lo
que deseo decir. La situación de fondo del salmista hasta este momento era que estaba
enfocando su problema solamente en el nivel de sus propios pensamientos y entendimiento.
Esto —nos dice— fue un completo fracaso. Tenía delante suyo dos factores: la prosperidad
del impío y los problemas, tribulaciones y miserias de los píos, especialmente los suyos
propios. Sus pensamientos fluían más o menos así: "Esta situación es muy clara y para nada
compleja. Los hechos, después de todo, son hechos y no pueden ser ignorados. Lo que hace
un hombre del mundo, con sentido común y práctico, es mirar a los hechos. Siendo esto así,
indica que algo está mal. Yo conozco todo lo referente a las promesas de Dios; pero ¿qué les
ha sucedido n ellos en esta situación? ¿Cómo puedo yo encontrarme en esta situación difícil y
el impío estar floreciente, si el mensaje de la Palabra de Dios es correcto y verdadero?
Ahora bien, él ha estado razonando y retornando a la misma posición una y otra vez.
Todos conocemos el proceso, ¿no es así? Comenzamos a pensar acerca del problema y damos
vueltas y vueltas. Tratamos de olvidarlo sumergiéndonos en negocios, placeres, u otras cosas.
Después nos acostamos y el proceso comienza nuevamente, "a mí me va mal mientras que al
impío le va bien". Y repetimos el círculo vicioso una y otra vez. Decimos: "¿Puede ser que
esté cometiendo un error en esto? No; los hechos son evidentes". Esta fue la posición del
salmista. ¿Qué es lo que sucedía? Digo que esencialmente la situación de este hombre se
debía a que estaba pensando en forma racional solamente, en lugar de hacerlo
espiritualmente.
Este es un principio tremendamente importante. Es muy difícil expresar en palabras la
diferencia entre lo que es puramente pensamiento racional y lo que es pensamiento espiritual,
porque alguien podría estar tentado a decir: "Ah, sí, otra vez lo mismo; siempre he dicho que
el pensamiento cristiano es irracional". Sin embargo, esto es una falsa deducción. Si bien
establezco una distinción entre el pensamiento racional y el pensamiento espiritual, en
momento alguno estoy sugiriendo que el pensamiento espiritual es irracional. La diferencia
entre ellos es que el pensamiento racional se halla solamente sobre el nivel terrenal; el
pensamiento espiritual es igualmente racional, pero se sitúa en un nivel superior cubriendo al
mismo tiempo el nivel inferior. Tomamos en cuenta todos los hechos en lugar de sólo
algunos. Más adelante desarrollaré este tema, pero lo expreso así ahora a efectos de dejar en
claro lo que quiero decir al contrastar el mero pensamiento racional con el pensamiento
espiritual. Con esto en mente deseo enunciar ciertos principios. Primero, existe un peligro
constante de que retornemos a un pensamiento meramente racional, aun en nuestra vida cris-
tiana. Esta es una cosa muy sutil. Sin darnos cuenta, aunque seamos cristianos, aunque
hayamos nacido de nuevo, aunque tengamos el Espíritu Santo en nosotros, existe el peligro
constante de volver a un estilo de pensamiento que no tiene nada que ver con el cristianismo.
El salmista era un hombre devoto y pío, alguien con gran experiencia de los tratos de Dios;
pero inconscientemente se había vuelto a aquel tipo de pensamiento meramente racional.
Quizá pueda expresar este punto más claramente al decir que debemos aprender que toda la
vida cristiana es espiritual, y no sólo ciertas partes de la misma.
Todo cristiano, por supuesto, estará de acuerdo con esto, y reconocerá de inmediato
que desde el comienzo, el enfoque cristiano de la vida es totalmente diferente del enfoque ra-
cional. Tomemos lo que Pablo dice en 1Corintios 2. El pregunta por qué algunas personas no
son cristianas; por qué razón los príncipes de este mundo no reconocieron al Señor Jesucristo
cuando El estuvo aquí. La respuesta —nos dice— es que no habían recibido al Espíritu Santo.
Ellos miraban a Cristo solamente a nivel racional. Lo vieron solamente como un campesino,
vieron nada más que un carpintero: vieron a uno que no había sido entrenado en la escuela de
los Fariseos, y dijeron que este hombre no podía ser el Hijo de Dios. ¿Por qué? Porque
estaban pensando en términos puramente racionales. Estaban procediendo como el salmista
en esta instancia El caso de los príncipes de este mundo y el de aquellos que no creen en
Cristo es el mismo. Para ellos Jesús de Nazaret fue solamente un hombre que nació y fue
colocado en un pesebre, vivió, comió, bebió como otros hombres y trabajó como carpintero.
Luego fue crucificado en extrema debilidad sobre una cruz. "¿En base a estos hechos,
expresan, pretenden que crea que El es el Hijo de Dios? Es imponible". ¿Dónde está su error?
Están pensando en un nivel racional. Creen en la teoría de la evolución y enfrentados con
sucesos sobrenaturales expresan: "Estas cosas no suceden en el proceso evolutivo: son
imposibles". Esto es pensamiento racional. Si hablamos con ellos sobre la doctrina del nuevo
nacimiento dirán: "Por supuesto que cosas así no suceden, no hay tal cosa como un milagro.
Nosotros vemos leyes en la naturaleza y cuando se habla de milagros se está violando las
leyes de la naturaleza". Como dijo Matthew Arnold: "Los, milagros no ocurren, por eso los
milagros no han sucedido. Este es un ejemplo del pensamiento racional.
Estamos todos de acuerdo en que antes de que un hombre sea cristiano debe cesar de
pensar en esta forma. Debe tener un nuevo entilo de pensamiento, debe comenzar a pensar
espiritualmente. La primera cosa que nos sucede cuando nos convertimos es que
comenzamos a pensar en una manera diferente. Estamos en un nivel diferente. En otras
palabras, tan pronto comencemos a pensar espiritualmente, los milagros no constituyen más
un problema. El nuevo nacimiento tampoco es un problema; tampoco lo es la doctrina de la
expiación. Tenemos un nuevo entendimiento y estamos pensando espiritualmente. Nuestro
Señor fue visitado por Nicodemo, quien vino de noche y dijo: "Maestro, he visto tus
milagros, debes ser un Maestro enviado de Dios, porque ningún hombre puede hacer las
cosas que Tú haces a menos que Dios esté con él". Y estaba a punto de añadir: "Dime cómo
lo haces, ¿cuál es la explicación?" Pero nuestro Señor lo miró y le dijo: "De cierto, de cierto
te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios”, y "Os es necesario
nacer de nuevo”. Lo que El le estaba diciendo realmente a Nicodemo era esto: "Nicodemo, si
crees que puedes entender esto antes de que te haya sucedido a ti, estás cometiendo un error.
Nunca llegarás a ser cristiano así. Estás pensando racionalmente, estás procurando entender
cosas espirituales con el entendimiento natural. Pero no puedes. Aunque seas un maestro en
Israel debes nacer nuevamente. Debes volverte como una pequeña criatura si quieres entrar
en el Reino. Debes dejar de confiar en el poder de pensamiento que tienes como hombre
natural, y conocer la esencia de este nuevo pensamiento que es espiritual. Debes nacer otra
vez".
Todos los que son cristianos estarán de acuerdo con esto y lo entenderán. Nosotros
decimos que el problema con las personas que no son cristianas es justamente que no están
dispuestas a someter esa forma natural de pensar en la cual han crecido, en la cual han sido
entrenados y para la cual se han dado a sí mismos. Sí; pero el punto que estoy enfatizando es
que tenemos que rendirnos no sólo al comienzo de nuestra vida cristiana y no meramente en
cuanto al perdón de los pecados y el nuevo nacimiento. Toda la vida cristiana es espiritual, no
solamente algunas partes de ella; no solamente el comienzo.
El problema con muchos de nosotros, como lo fue con el salmista de aquel tiempo, es
que hemos llegado a la vida cristiana y comenzado en un nivel espiritual para luego, en
determinados problemas, volver atrás a lo racional. En lugar de pensar en ellos
espiritualmente retrocedemos y pensamos en los problemas como si fuéramos hombres y
mujeres naturales. Es algo que tiende a sucedemos durante toda la vida cristiana. A menudo
he escuchado a creyentes que se encuentran perplejos y, al expresar su problema, me he dado
cuenta que su dificultad se debía plenamente al hecho que habían retornado al nivel racional
de pensamiento. Por ejemplo cuando algo nos sucede que no entendemos, al momento que
empezamos a experimentar una sensación de resentimiento contra Dios, podemos estar
seguros que ya hemos retornado a aquel nivel racional. Cuando nos quejamos que lo que nos
sucede no parece justo, entonces estamos rebajando a Dios al nivel inferior de nuestro
entendimiento propio. Esto es exactamente lo que hizo este hombre. Pero en la vida cristiana
todo debe ser enfocado desde el punto de vista espiritual. La totalidad de esta vida es
espiritual. Todo acerca de nosotros debe ser considerado espiritualmente; toda fase, toda
etapa, todo interés, todo desarrollo.
Permítanme expresarlo así. En última instancia los problemas y dificultades de la vida
cristiana son todos espirituales, de modo que al momento de entrar en esta esfera debemos
pensar de una manera espiritual y dejar atrás los otros modos de pensar. Esto es
especialmente cierto en relación con el problema integral de entender los caminos de Dios
con respecto a nosotros. Este fue el problema del salmista. "¿Por qué Dios permite estas
cosas? —dice. ¿Por qué los impíos prosperan? Si Dios es Dios, ¿por qué no los barre de la faz
de la Tierra? Y, por el otro lado, si Dios es Dios, ¿por qué me permite sufrir como estoy
sufriendo en este momento?" Este fue el problema, el procurar entender los caminos de Dios.
En último análisis hay una sola respuesta a todo esto. Se halla en Isaías 55:8: "Porque mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová”.
Esta es la respuesta final. La primera cosa que debemos reconocer —nos dice Dios— es que
cuando venimos a El y a sus caminos, no lo debemos hacer en ese nivel bajo en el cual hemos
estado acostumbrados, porque "mis pensamientos son más altos que vuestros pensamientos y
mis caminos son más elevados que vuestros caminos”. Pero aun como pueblo cristiano, ¿no
somos acaso culpables constantemente de este error? Insistimos en pensar como hombres y
mujeres naturales en estos temas. Vemos que la salvación nos llama a un pensamiento
espiritual, pero en las cosas que nos suceden, nuestro pensamiento es proclive a volverse
nuevamente racional. No debiéramos sorprendernos entonces si no entendemos los caminos
de Dios, porque son totalmente diferentes a los nuestros. La diferencia entre los dos enfoques
es la diferencia entre el cielo y la tierra. Entonces, cuando algo nos sucede que no
entendemos, lo primero que debemos decirnos a nosotros mismos es: ¿Estoy enfrentando este
problema espiritualmente? ¿Tengo presente que esto tiene que ver con mi relación con Dios?
¿Estoy seguro que mi pensamiento es espiritual en este punto, o he vuelto inconscientemente
a mi manera natural de pensar?
Permítanme dar una ilustración obvia. A menudo he conocido a creyentes que han
vuelto completamente del pensamiento espiritual al racional cuando hablan de política. En
este tema no parecen hablar ya como personas espirituales. Todos los prejuicios del hombre
natural se manifiestan, así como los argumentos mundanos y las distinciones de clases. No
podríamos deducir de sus conversaciones que son cristianos. Si les hablamos de la salvación
no tendrán duda alguna; pero si les hablamos acerca de cosas terrenas y mundanas, son
culpables de todos los prejuicios del hombre natural, el orgullo de la vida y la forma mundana
de enfocar todas las cosas. Como cristianos se nos enseña a no amar el mundo con ''la
concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida". Nuestras
vidas deben ser consecuentes. Tienen que ser consecuentes en todos sus puntos: no debe
haber divergencias en lugar alguno. El creyente debe mirar a todas las cosas desde un punto
de vista espiritual.
Spurgeon dijo una vez a sus alumnos que ellos encontrarían personas que en
reuniones de oración oraban como verdaderos santos, se comportaban en general como
santos, pero que en reuniones de la Iglesia, súbitamente se convertían en demonios.
Lamentablemente la historia de la Iglesia prueba que lo dicho por Spurgeon es demasiado
cierto. Lo vemos, pues cuando oran a Dios piensan espiritualmente: luego entran en las
actividades de la Iglesia y se convierten en demonios. ¿Por qué? La razón es que comienzan
en una forma no espiritual: presumen que existe alguna diferencia esencial entre una reunión
de la Iglesia y otra de oración. Tienen en sí un espíritu sectario y éste se manifiesta. Sen-
cillamente se olvidan que en todo deben pensar espiritualmente. El primer principio que
debemos asentar, entonces, es que debemos aprender a pensar espiritualmente siempre. Si no
lo hacemos, pronto nos encontraremos en la misma situación peligrosa que el salmista
describe en forma tan gráfica.
Esto me trae al segundo principio, que es puramente práctico. ¿Cómo debemos
promover y animar el pensar espiritualmente? Evidentemente ésta es nuestra gran necesidad.
El salmista nos dice: "Cuando pensé para saber esto, fue duro para mí, hasta que entrando en
el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos". ¿Qué quiere decir? Permítanme ponerlo así:
debemos aprender corno dirigirnos a nosotros mismos y nuestros pensamientos hacia esta
esfera espiritual, y es suficientemente claro ver cómo sucedió en el caso del salmista.
Analicemos el proceso psicológico por el cual pasó. (De paso, cabe mencionar que existe tal
cosa como una psicología bíblica y espiritual, aunque no se la llame de esta manera
habitualmente). ¿Cómo se concretó en su caso? Creo que sucedió así. Hemos visto que
cuando estaba a punto de decir lo que no debía, pensó en sus hermanos en la fe. Esto lo
levantó, lo enderezó y lo mantuvo. Pero afortunadamente no quedó allí. "Debo considerar a
más creyentes", dijo. "Pero ¿quiénes son ellos? ¿Dónde los encontraré? Siempre me
encuentro con ellos en el santuario". Entonces se apuró para ir allí. Había estado ausente del
santuario, como todos somos propensos cuando experimentamos este tipo de problema. La
dificultad con este hombre era que se había enfrascado en sus pensamientos y de esa forma
entró en un círculo vicioso. Comenzamos a pensar acerca de las cosas en forma introspectiva,
nos volveremos miserables e infelices y no deseamos ver a nadie. No queremos mezclarnos
con el pueblo de Dios. Nos preocupamos con nuestros problemas, con los tiempos difíciles
que experimentamos, con el sentimiento de que Dios no es justo con nosotros y que nos trata
muy severamente. Somos miserables y sentimos lástima por nosotros mismos; así andamos y
seguimos dando vueltas en círculos viciosos de auto-compasión. El "yo" siempre está en el
centro del problema. Lo primero que debemos hacer entonces, es frenar esta preocupación
con nosotros mismos, ¡y dejar de dar vueltas en círculos a nivel natural!
¿Pero cómo rompe uno con el círculo vicioso? Sugiero que hay tres cosas principales
aquí. Colocaría en primer lugar lo que este hombre da como prioridad: literalmente ir a la
casa de Dios. ¡Qué maravilloso lugar es la casa de Dios! A menudo encontraremos liberación
por el solo hecho de entrar allí. Muchas veces he agradecido a Dios por su casa. Doy gracias
a Dios que El ha establecido que su pueblo se reúna en grupos y adoren juntos. La casa de
Dios me ha liberado de las enfermedades comunes del alma miles de veces, sencillamente por
entrar por sus puertas. ¿Cómo opera esto? Creo que es así. El solo hecho de que haya una
casa de Dios a la cual allegarnos, nos dice algo. ¿Cómo llegó a existir? Dios la ha planeado y
ordenado. El darnos cuenta de ello, de por sí nos pone en condición más saludable. Luego
recorremos la historia y nos acordamos de ciertas verdades. Aquí me encuentro al presente
con este terrible problema, pero la Iglesia Cristiana ha existido durante largos años. (Ya
comiendo a pensar en una forma totalmente diferente). La casa de Dios se proyecta hacia el
pasado a través de los siglos al tiempo de nuestro mismo Señor. ¿Para qué? ¿Qué significado
tiene? Ya ha comenzado la curación.
Al ir a la casa de Dios nos asombramos al encontrar otros allí también. Nos
sorprendemos de ello pues en nuestra miseria y perplejidad personal habíamos arribado a la
conclusión de que, quizá, no había nada en la religión, y que no valía !a pena continuar con
ella. Pero, he aquí, hay quienes piensan que vale la pena seguir adelante, y nos sentimos
mejor. Comenzamos a decirnos: Quizá esté equivocado, todas estas personas creen que hay
algo en ello; puede que tengan razón. Así prosigue el proceso de curación y sanidad. Luego
avanzamos un paso más. Miramos a la congregación y súbitamente encontramos a alguien
que conocemos, que ha pasado un período infinitamente peor que el nuestro. Creíamos que
nuestro problema era el más terrible del mundo, y que nadie jamás había sufrido tanto como
nosotros. Entonces vemos una mujer pobre, quizá una viuda, cuyo único hijo ha fallecido.
Pero ella permanece allí. Esto coloca nuestro problema de inmediato en una nueva
perspectiva. El gran apóstol Pablo tiene algo que decir en cuanto a esto, como para todas las
demás cosas. Nos recuerda que "no os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana
(1Cor. 10:13). Es aquí donde nos toma el diablo. Nos convence de que nadie ha tenido antes
esta prueba, nadie ha experimentado un problema como el nuestro, y que ninguno sufrió de
esta manera. Pero dice Pablo: "No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana;
pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará
también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar", y tan pronto
recuerdes esto te sentirás mejor. Todo el pueblo de Dios conoce algo de esto; somos criaturas
extrañas y el pecado ha tenido efectos misteriosos sobre nosotros. ¡Siempre encontramos
consuelo en nuestros sufrimientos al saber que otros también están sufriendo! Esto es cierto
de nosotros físicamente como lo es espiritual-mente. El entender que no estamos solos nos
ayuda a colocar el problema en su perspectiva real. Soy uno entre muchos; es algo que le
sucede al pueblo de Dios y la casa de Dios nos recuerda esta realidad. ,
Luego nos recuerda cosas que se proyectan más atrás aún. Comenzamos a estudiar la
historia de la Iglesia a través de los siglos, y nos acordamos de lo que leímos algunos años
atrás, quizá algún relato de la vida de alguno de los santos. Y comenzamos a entender que
algunos de los más grandes santos que hayan adornado la vida de la Iglesia han
experimentado pruebas, problemas y tribulaciones que reduce el nuestro a una
insignificancia. La casa de Dios, el santuario de Dios, nos recuerda todo esto. De inmediato
comenzamos a ascender; vamos hacia arriba, ubicamos nuestro problema en su debido
contexto. La casa de Dios, el santuario de Dios nos enseña todas estas lecciones. Aquellos
que son negligentes en asistir a la casa de Dios, no sólo desobedecen a las Escrituras (lo digo
en forma tajante) sino que además son necios. Mi experiencia en el ministerio me ha
enseñado que aquellos que son menos constantes en asistir a la casa de Dios, son los que
tienen más problemas y perplejidades. Hay algo en la atmósfera de la casa de Dios. Está
establecido que vengamos a la casa de Dios para encontrarnos con su pueblo. Es su mandato,
no el nuestro. Lo ha establecido, no solamente para que nos encontremos los unos con los
otros, sino además para que lo conozcamos a El mejor. Más aún, aquellos que no asisten a la
casa de Dios se sentirán desilusionados algún día, porque en alguna ocasión especial, el Señor
descenderá en avivamiento y ellos no estarán allí. El cristiano que no asiste al santuario de
Dios con la mayor frecuencia posible, es muy necio, sobre todo si no se entristece al no poder
hacerlo.
La segunda cosa que nos ayuda a pensar espiritualmente es la Biblia. En los días del
salmista no poseían la Palabra de Dios como nosotros la tenemos hoy. No se halla sólo en el
santuario sino que está disponible en todo lugar. Volvamos a ella en el hogar o la iglesia. No
interesa dónde, y de inmediato nos hará pensar espiritualmente. Lo hace en muchas maneras.
Una de las razones por las cuales Dios nos ha dado esta Palabra es para ayudarnos a tratar
este problema que estamos considerando. Las historias de la Biblia de por sí son de valor
incalculable, aunque no contengan otra cosa. Tomemos un Salmo como éste y su historia. El
solo hecho de leer lo que pasó este hombre nos hace bien, y todas las historias hacen lo
mismo. Pero esta es la única manera en que Dios nos da su gran enseñanza. Comencemos a
leer la Biblia y sus grandes enseñanzas y doctrinas y nos recordarán nuevamente los
propósitos que Dios tiene para el hombre en su gracia. De pronto comenzaremos a
avergonzarnos de nuestros malos pensamientos. Así, de diversas maneras, las Escrituras pro-
ducen el mismo resultado.
Luego, tiene enseñanza explícita acerca de los sufrimientos del hombre pío. Pablo
escribe a Timoteo, que tenía una tendencia a lamentarse y quejarse cuando las cosas iban mal,
y le dice: "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán
persecución” (1Tim. 3:12). Timoteo no lo podía entender. Estaba temeroso porque vio que
los siervos de Dios eran perseguidos, y muchos siervos de Dios han sentido lo mismo.
Además, Pablo, hablando a las primeras Iglesias cristianas les dijo que es "por mucha
tribulación" que debemos entrar en el Reino de Dios. Si entendiéramos estas enseñanzas de
Pablo no nos sorprenderíamos de las cosas que nos suceden. Por el contrario, en lugar de
sorprendernos casi llegamos al punto de esperar que sucedan, y de pensar que si no tenemos
problemas algo anda mal en nuestra vida. En otras palabras, toda la atmósfera de la Biblia es
espiritual, y cuanto más la leemos, más seremos librados del nivel racional y elevados a aquel
nivel superior donde vemos las cosas en el plano espiritual.
Agrego una palabra relacionada con la otra ayuda esencial: oración y meditación. Esto
toma lugar en el santuario de Dios. El salmista no fue simplemente al edificio, fue a
encontrarse con Dios. El santuario es el lugar donde habita el honor de Dios, el lugar de
reunión de Dios y su pueblo. Es cuando venimos a Dios cara a cara y meditamos acerca de
El, que somos librados finalmente de aquel nivel inferior de pensamiento racional y
comenzamos, de nuevo a pensar espiritualmente. Pienso que puede haber alguno que se
sorprenda de que no haya puesto la oración en primer lugar o que no la haya mencionado
antes. Estoy seguro que habrá algunos, porque siempre hay cristianos que tienen una
respuesta universal a todas las preguntas. No interesa cuál es el problema, siempre dicen:
"Ora acerca del mismo". Si un hombre en la condición del salmista hubiera venido a alguno
de ellos, le hubiera dicho: "Ve y ora acerca del problema". ¡Qué consejo superficial, liviano y
falso puede llegar a ser éste, y lo digo desde un pulpito cristiano. Puede ser que preguntes:
¿Es acaso equivocado decir a las personas que oren acerca de sus problemas? No, nunca es
erróneo, pero a menudo es inútil. Lo que deseo señalar es lo siguiente: El problema de este
pobre hombre, en un sentido, era que estaba tan confundido en su pensamiento acerca de
Dios que no podía orar. Si tenemos pensamientos confusos en nuestra mente y corazón acerca
de los caminos de Dios para con nosotros, ¿cómo podemos orar? Es imposible. Antes de que
podamos orar de verdad, debemos pensar espiritualmente. No hay nada más fatuo que hablar
livianamente acerca de la oración, como si orar fuese algo que podemos hacer siempre a las
apuradas.
En el caso de que se dudara de mi palabra me referiré a uno de los más grandes
hombres de oración que el mando ha conocido. Me refiero al gran Jorge Müller de Bristol.
Jorge Müller, exponiendo el tema de la oración a ministros de la Palabra, les dijo que por
muchos años lo primero que hacía todas las mañanas era orar. Hacía ya tiempo que había
descubierto que éste no era el mejor método. Había encontrado que para orar de verdad y
espiritualmente, tenía que estar en el Espíritu, y que debía prepararse primero. Había
descubierto que era bueno y de gran ayuda, y así se lo recomendaba a ellos, leer una porción
de las Escrituras y, quizá, algún libio devocional antes de orar. En otras palabras, había
encontrado la necesidad de prepararse él y su espíritu, antes de poder orar verdaderamente a
Dios.
Esto es exactamente lo que le sucedió al salmista. Estaba en un círculo vicioso y no
podía orar porque su pensamiento estaba errado. Siguiendo los pasos que he enumerado, su
pensamiento fue corregido y entonces estaba en condiciones para orar. A menudo
malgastamos nuestro tiempo pensando que estamos orando cuando en realidad no lo estamos
haciendo. Muchas veces es una especie de grito de desesperación. Nuestra mente está
cerrada, también nuestra actitud, y así no podemos orar. Debemos tomar tiempo para orar. En
realidad no comenzamos a orar a Dios hasta que sentimos su presencia, y no encontramos su
presencia hasta que nuestro pensamiento acerca de El sea el correcto. Pablo dijo a los
filipenses: "Nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos glo-
riamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne" (Fil. 3:3). Debemos orar "en el
Espíritu". Debemos estar preparados espiritualmente, y esto significa que nuestros
pensamientos deben ser correctos y verdaderos. De modo que los pasos son perfectamente
correctos: la casa de Dios; la Palabra de Dios; oración a Dios y comunión con Dios. As!,
habiendo comprendido que todos aquellos pensamientos eran blasfemos y erróneos, cuando
nuestro espíritu ha sido limpiado y purificado, nos tornamos a Dios, nos enfrentamos con El y
nuestro espíritu encuentra descanso. Ese es el proceso, o mejor dicho, el comienzo. No hemos
terminado aún, pero habiéndonos afirmado el proceso continúa. En problemas, "hasta que
entrando en el santuario de Dios” nos encontramos cara a cara con El.

***

CAPÍTULO IV

ENFRENTANDO TODOS LOS ASPECTOS

Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí,
Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos.

Ahora debemos proseguir, porque el proceso de recuperación del salmista no finalizó con su
entrada al santuario Ese paso es vital, y nuevamente debo enfatizarlo, pero no es suficiente.
El salmista fue al santuario de Dios y esto solamente puso su modo de pensar en un ambiente
propicio. Pero siguió más adelante. ¿Qué le sucedió en el santuario? Nos dice: "Cuando pensé
para saber esto, fue duro trabajo para mí. Hasta que entrando en el santuario de Dios,
comprendí el fin de ellos".
La primera palabra que debemos tratar es "comprendí". Tenemos aquí otro de los más
grandes fundamentos de nuestra fe que puede ser fácilmente olvidado. Lo que encontramos
en el santuario de Dios no es solamente una influencia general, no meramente un ambiente
propicio. Cuando este hombre fue al santuario de Dios, le fue dado entendimiento. No sólo se
sintió mejor; su pensamiento fue puesto en orden. No dejó de lado su problema por un
tiempo, sino que encontró la solución.
Desearía exponer esto clara y sencillamente pues es un punto muy importante. La
religión no debería actuar en nosotros como las drogas. Hay personas en cuyos casos la
religión actúa como tal. Podía parecer terrible decir esto, pero si he de ser honesto, tengo que
decirlo. Con frecuencia, quizá con mucha frecuencia, hay un justificativo para decir que la
religión no es más que "el opio de los pueblos". Para muchas personas es estar dopado y nada
más, y sólo piensan que la casa de Dios es un lugar donde pueden olvidar por un momento
sus problemas. Es por esta razón que demuestran interés en el aspecto estético: un lindo ritual
en un hermoso ambiente. No les interesa la exposición de la Verdad; de ahí su preferencia por
sermones cortos. Solamente se interesan en un efecto sedante general, y mientras están en el
culto se olvidan de sus problemas. Dicen: "¡Qué lindo! ¡Qué hermoso!" Esta no es la religión
de la Biblia. "Comprendí el fin de ellos". Lo que le pasó al salmista, no fue sencillamente ir al
Templo —a la iglesia, por decirlo así— a escuchar la tonada de una hermosa música
ejecutada en órgano, o contemplar los "vitraux" o ver la hermosa iluminación y luego
gradualmente sentirse un poco mejor y por el momento olvidar sus penas. No fue algo
racional —"comprendí el fin de ellos"— fue llegar a una comprensión.
La verdadera religión no significa producir un efecto de bienestar general. La Biblia
es la revelación de los caminos de Dios con respecto al hombre. Por la misma deberíamos
"comprender". Si la práctica de nuestra religión no nos da entendimiento, entonces es algo
que nos puede dañar y estaríamos mejor sin ella. Estoy seguro que no necesito enfatizar
mucho este punto tan vital. Hay muchas cosas que podemos hacer que nos harían sentir mejor
por un tiempo. Hay muchas maneras de olvidarnos, por un momento, de nuestros problemas.
Algunos van al cine, otro van al bar o a la botella de whisky que guardan en su casa. Bajo su
efecto e influencia se sienten mejor y más contentos; sus problemas no parecen tan agudos.
Otros corren a los cultos, tal como la Ciencia Cristiana, que es una basura filosófica, pero que
a menudo hace sentir mejor a las personas. Hay muchas maneras de tener alivio momentáneo,
pero la pregunta es: ¿Nos da entendimiento? ¿Nos ayuda realmente a comprender nuestro
problema?
Ahora bien, este falso confort, puede también sentirse en la casa de Dios. Hay algunas
personas que piensan que lo correcto en la casa de Dios es solamente cantar coros o cierta
clase de himnos que llevan al punto de intoxicación. Realmente todo el servicio está hecho
con tal fin. Uno llega a sentir una influencia emotiva y se siente mejor. El mundo hace esto.
Hace cantar canciones cómicas, con las cuales evidentemente, aunque por un momento, se
sienten mejor. Todo esto puede ser del diablo, y la prueba está en ver si sólo nos hace
sentirnos bien, o nos hace "comprender". "Comprendí" fue la experiencia del salmista.
Procuremos no olvidar nunca que, en primer lugar, el mensaje de la Biblia está
dirigido a la mente, al entendimiento. No hay cosa más gratificante en el evangelio que esto.
No solamente me proporciona una experiencia, sino que me permite entender la vida. Tengo
conocimiento; tengo entendimiento. Sé. Puedo "dar razón" de la esperanza que está en mí. No
sólo digo: "Habiendo sido ciego, ahora veo”, sin saber por qué; puedo dar razón de la
esperanza que está en mí. Gracias a Dios que el salmista fue al santuario de Dios y encontró
una explicación. No recibió un consuelo temporáneo; no era como una inyección que a veces
se da para mitigar el dolor momentáneamente, ni tampoco un tratamiento que no afectaría el
problema en sí y que al pasar el efecto del mismo estaría como antes. Nada de esto. Habiendo
comenzado a pensar correctamente en el Templo de Dios, fue a su casa y siguió pensando
correctamente. ¡Y finalizó produciendo este Salmo!
¡Entendimiento! ¿Sabes en quién has creído? ¿Estás interesado en doctrina cristiana?
¿Cuál es tu deseo primordial? ¿Es simplemente sentirte feliz o es saber la verdad? Es una de
las preguntas más penetrantes que se les puede hacer a los creyentes. Dios no permita que
nosotros sólo busquemos entretenimiento y que nuestros servicios religiosos sólo provean
esto. Hablo deliberadamente, porque este peligro existe. Una vez tuve que hablar en una
famosa Conferencia Bíblica. Estuve allí cuatro días y cada culto fue presentado con cuarenta
minutos de música de varios tipos. En toda la conferencia no escuché la lectura de las
Escrituras. Un amigo mío tuvo una experiencia similar en una famosa iglesia de otro
continente. A la mañana, un número de personas fueron dedicadas a la Obra Misionera y
luego se celebró la Santa Cena. Hubo dos himnos cantados por el coro, tres solos y una muy
breve oración. No se leyó las Escrituras para nada. Esa iglesia es reconocida como una iglesia
evangélica. No se obtiene entendimiento de esta forma, con entretenimiento musical, y
sacrificando la lectura y la exposición de la Palabra. Esta es una parodia de la enseñanza
bíblica acerca de la Iglesia. "Comprendí". Es porque muchos no entienden que siempre están
quejándose y rezongando; y es por esta razón que muchos no tienen un verdadero
entendimiento de los tiempos en que vivimos.
Muy bien, este fue el primer efecto que el ir al santuario le causó al salmista. Le dio
entendimiento, le afirmó los pies. Sin embargo, tenemos que seguir adelante. ¿Cómo le fue
dado entendimiento? La respuesta es que lo que le pasó en el santuario le enseñó a pensar
correctamente. En otras palabras, no sólo nuestro razonar debe ser corregido y puesto en su
lugar, no sólo debe ser espiritual y no racional, tiene que haber también una corrección hasta
en los detalles. Esto es lo que le pasó al salmista.
Dividámoslo de esta manera. Primero nos dice que ciertos defectos generales en su
pensar fueron corregidos y luego nos dice que ciertos aspectos de su pensar fueron corregidos
en detalle. Por el momento sólo nos ocuparemos de lo general. Aquí lo necesario es que
nuestro pensar sea íntegro y no parcial. Su caída fue detenida, pero todavía estaba
descontento. Estaba en una agonía mental cuando fue al santuario de Dios. Luego:
"Comprendí el fin de ellos”. ¡Aquí está lo que él se había olvidado! Descubrió que su modo
de pensar era incompleto.
Pienso, en último análisis, que uno de los problemas centrales es que nuestro modo de
pensar tiende a ser parcial e incompleto. Conocemos estas líneas de Matthew Arnold:
"Enfocó la vida con estabilidad y en su totalidad". Es difícil elogiar mejor a un hombre que
decir que enfocó a la vida con estabilidad y la vio en su totalidad. Creo que fue el Conde de
Oxford y Asquith quien una vez dijo quo el más grande don que podría tener el hombre era la
capacidad que él llamó "pensamiento cúbico", o sea la habilidad de analizar un tema por
todos sus lados. La verdad es como un cubo, y tenemos que mirarla en todas sus facetas. Si
nos analizamos, creo que encontraremos que es aquí donde fallamos. Tomemos al salmista,
por ejemplo. Evidentemente ésta era la raíz de todos sus problemas. El estaba mirando de un
solo lado; no veía otra cosa, y esto lo sujetó y lo atrapó.
¿Qué le sucedió cuando fue al Santuario de Dios? Empezó a ver las otras facetas.
Comenzó a ver las cosas en su totalidad en vez de ver sólo una de las partes.
¿No es éste el problema de prejuzgar? Todos hemos nacido en este mundo como
criaturas con prejuicios; y muchos errores en última instancia, han de explicarse en términos
de prejuicio. Prejuicio es opinar sin pruebas acerca de problemas; enumeran todos los
aspectos de la verdad, excepto uno y ése no nos deja ver los demás. Las personas que son
propensas a prejuzgar invariablemente dejan expuesto cuál es el origen de sus problemas.
Dicen: "Yo siempre dije esto". Exactamente. No ven el otro aspecto. El prejuicio sólo nos
hace ver una faceta y no nos dejará mover. El resultado es que somos ciegos a los demás
lados. Esto es causa de mucha tragedia en el mundo y ciertamente el origen de muchos de
nuestros errores.
Ahora bien, yo sugeriría que cualquiera que no sea creyente está en esa situación,
porque no ve la totalidad de la cosa. Esto explica muchas equivocaciones que se cometen.
Tomemos, por ejemplo, al materialismo. La filosofía del materialismo no es ahora tan
popular como lo fue tiempo atrás. Hacia fines del siglo pasado fue la filosofía predominante;
todo se explicaba en este contexto. Ya no lo es ahora, porque la física nuclear está realmente
aplastando la filosofía materialista, pues se nos dice que aun los objetos materiales están
llenos de movimiento y fuerza. Nada es estático o inerte. Hay fuerzas, grandes fuerzas por
todos lados, y lo que nosotros llamamos materia, no es más que una gran fuerza atómica
uniendo ciertas cosas entre sí. Si hubiéramos dicho esto cincuenta años atrás, se hubiera
tomado como una blasfemia científica. El materialismo estaba en control. ¿Por qué?
Solamente estaban mirando de un lado y no conocían todos los aspectos. Ahora el punto de
vista materialista ha tenido que desaparecer.
Puedo ilustrar lo mismo en el campo de la medicina. Lo que se hace hoy en día —y
debemos recordar que hay modas también en la medicina— es hablar de la medicina
psicosomática. Por fin los profesionales han descubierto que el paciente mismo es importante.
Hasta hace poco su interés era en la enfermedad o en ciertas partes del cuerpo humano,
mientras que el paciente era ignorado. Cuando uno iba al doctor, a éste sólo le interesaba los
dolores de su estómago. Atribuían los dolores de estómago a ciertas condiciones del mismo:
acidez, etc. En mi época de estudiante, si me hubieran preguntado cuál era la causa más
corriente de dolores de estómago, y yo hubiera contestado "preocupación y ansiedad"
hubieran pensado que algo mal me pasaba, y me hubieran descalificado por no dar una
respuesta científica. Pero ya hoy en día han descubierto que ésta es la respuesta. El cuerpo
humano y su funcionamiento no es solamente una materia física, su espíritu es también
importante en el contexto de su salud. La ansiedad, la preocupación, todas estas cosas, causan
mensajes enviados por la mente a las partes locales del cuerpo. El cuerpo no es solamente
materia. Hoy día, se reconoce la importancia de la mente, aunque todavía no se admite el
factor espiritual. Dios permita que pronto se reconozca que el espíritu es tan importante como
el alma (psique).
Del mismo modo, puedo demostrarles que toda la idea del hombre como unidad
económica está basada en la misma falacia. El problema es que ven un solo aspecto. Cuando
dicen que esto es todo, simplemente están prejuzgando y se han olvidado de otros factores
que son importantes igualmente. Las personas que creen en la economía creen que todo el
problema del hombre es uno: el económico. No —dice otra persona— no es económico sino
biológico, y él a su vez está listo para sugerir que la persona entera y su comportamiento se
puede explicar en términos del equilibrio de las glándulas endocrinas.
Otros dicen que esto es totalmente erróneo, y que el hombre es esencialmente
intelectual. Consideran al hombre como puro intelecto sentado en un vacío, enteramente
racional, ¡sin otro factor alguno en su composición! No seguiremos elaborando más el asunto,
pero, ¿no es evidente que el problema de todas estas teorías es que lo están mirando de un
solo lado, considerando un solo aspecto, y por esto sus soluciones son parciales e
incompletas? Lo que están olvidando, y lo que tantos otros se están olvidando, es la vida en
sí. Se olvidan de los sentidos y de factores tales como la emoción. Estas cosas se dejan a un
lado, y sin embargo forman parte de la vida, son esencialmente vitales. La concupiscencia,
los deseos, el pecado, la maldad, todas estas cosas vienen al caso, todas estas realidades
hacen lo que somos y hacen de la vida lo que es. "Hay muchas más cosas en los cielos y en la
tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía", dice el personaje de Shakespeare. Esto es lo
que tenemos que decirle al hombre de hoy. Quizá Browning lo expresa aún mejor en su
famosa poesía "Apología del Obispo Blougram". Allí se relata la entrevista entre el anciano
obispo y el joven periodista que estaba desilusionado de la vida cristiana. El joven iba a
razonar la vida por su propia cuenta. Iba a romper con todo lo que le habían enseñado en el
pasado, iba a pensar por sí mismo y hacer una nueva filosofía. El anciano obispo le dijo en
efecto: "¿Sabes que yo también una vez fui joven e hice exactamente lo que tú estas
haciendo? Creía que tenía un perfecto entender, armé todas las partes componentes, poseía un
perfecto sistema y filosofía de la vida. Creía que nada podría trastornarme, pero "justo
cuando nos sentimos más seguros, viene un toque del ocaso". Justo cuando pensamos que
tenemos toda la filosofía de la vida grabada en un cassette, pensamos que nuestra filosofía es
perfecta, llega un toque del ocaso: la muerte de algún ser querido, o una catástrofe.
Con nuestras mentes racionales nos hacemos un plan para la vida y pensamos que
podemos explicarlo todo y que lo tenemos todo planeado. Pero, justo cuando hemos hecho
esto, probablemente, salimos a caminar al parque y vemos una puesta de sol que emociona lo
más recóndito de nuestro ser de una manera inexplicable. O puede ser la hermosura de una
flor o la muerte de algún ser querido. Nuestra filosofía no lo tomaba en cuenta, ni lo puede
explicar. Hay un misterio que no podemos profundizar. Puede ser que después de todo hay
algo más allá arriba, donde nuestras mentes no alcanzan a llegar.
Esto es lo que el hombre ve cuando se allega al santuario de Dios, Comienza a ver las
cosas en su totalidad; cosas ignoradas y olvidadas vienen a su memoria. El apóstol Pablo lo
expresa en una frase maravillosa. Hubo un tiempo en que él odiaba el nombre de Jesús de
Nazaret y persiguió a su pueblo. Creía que estaba haciendo un servicio a Dios al matar a los
creyentes. Cuando vio a Jesús, y llegó a conocerlo, todo fue hecho nuevo y luego mirando
hacia su pasada vida dijo: "Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra
el nombre de Jesús de Nazaret” (Hch. 26:9). Hizo lo que a él le parecía en vez de consultar a
Cristo. Esto es prejuicio. "Había creído mi deber". Mientras tú y yo hagamos nuestro parecer
jamás llegaremos a entender la vida en verdad.
¿No es este el grave problema de la vida de hoy en día? He leído un libro que indica
cómo se debe de vivir y gobernar este país. Es un libro muy competente y el argumento,
pienso, muy convincente. El esquema socio-económico propuesto me pareció perfecto. Había
un solo defecto; la persona que lo escribió no sabía absolutamente nada de la doctrina del
pecado. Si en este país todos hubiésemos sido perfectos ese esquema hubiese sido ideal. El
autor se olvidó que los hombres y mujeres no viven de ideales sino de deseos, que somos
gobernados por lo que queremos y lo que deseamos. Tenemos pasiones y codiciamos. Somos
criaturas de codicia y de envidia, de anhelos y de lascivia. Estas cosas están dentro de nuestra
naturaleza. El hombre en sí ha sido olvidado en ese libro y esta es la principal falacia y la
causa del fracaso de todo sistema idealista propugnado por el hombre. Podemos presentar
planes para abolir guerras y crear un permanente estado de paz para este mundo. Estos planes
son perfectos en teoría, pero no toman en cuenta la codicia, y los anhelos; se olvidan de estas
fallas que están en la naturaleza humana, en la mente misma del hombre. Se puede producir
un perfecto esquema, luego alguien —quizá algún miembro del grupo o alguno de la
conferencia que planea el esquema— de pronto deseará algo, y los planes perfectos quedarán
en la nada.
Tenemos que enfrentar todos los aspectos. "Comprendí el fin de ellos”. Había
aspectos que él no había considerado, había elementos que no había tomado en cuenta.
Consideremos todos los aspectos; pensemos como un todo; pensemos en nosotros mismos
como seres completos. Démonos cuenta de la corrupción que hay en nuestra naturaleza
humana. Démonos cuenta que no solamente somos cuerpos humanos. Hay otros factores en
la vida, y si no los hemos considerado aún no comprenderemos verdaderamente la vida. Estas
otras cosas son importantes. Levantemos la vista y miremos al misterioso universo y
procuremos explicarlo. Consideremos nuestro lugar dentro de él. Miremos cuan misterioso y
maravilloso es; aun los científicos no lo pueden explicar. ¿Podemos reducirlo todo a nivel
material solamente? Claro que no; los científicos tampoco pueden. O tomemos un libro de
historia. Fijémonos cómo se produce la historia, observemos los procesos. ¿Podemos explicar
realmente toda la historia en términos de evolución? Afrontemos los diferentes aspectos. ¡Oh,
la insensatez de aquel que piensa que el hombre, automáticamente, va mejorándose!
¿Podemos decir, considerando lo que constantemente estamos leyendo en los diarios, que el
hombre sigue camino a la perfección, que está mejor que antes? Leamos la historia,
mirémosla en su totalidad, y nos daremos cuenta que el hombre sigue comportándose como el
pecador que es y siempre fue.
Ahora miremos a Cristo. Miremos su vida, miremos todo lo que El hizo. Pongámonos
delante de la cruz y tratemos de explicarlo. Luego leamos la historia de la Iglesia, la de los
mártires, y la de los santos. Absorbamos todo. No nos contentemos con menos que eso.
Luego pongámonos delante de Dios. Nuestra falla está en no pensar a fondo, porque si
nosotros no consideramos todos los aspectos y facetas, si no enfrentamos todos los hechos,
inevitablemente erraremos. Si, al contrario, tenemos rencor contra la vida y contra Dios y
tenemos autocompasión, esto es lo que tenemos que hacer: apresurémonos a ir al santuario,
consideremos todos los aspectos, tratemos de recordar todas las cosas que hemos olvidado.
Hay, sin embargo, otro principio más. No solamente vio que en su pensar no había
tomado en cuenta todos los aspectos, sino que se dio cuenta que además, no estuvo pensando
correctamente todo el tiempo hasta el final. Muchos de los problemas en esta vida se deben a
que las personas no piensan correctamente desde el principio. Este hombre se fijó solamente
en la prosperidad de los impíos. Cuando fue al santuario de Dios, inmediatamente dijo:
"Comprendí el fin de ellos”.
Este es el grandioso tema de la Biblia. Santiago tiene algo muy valioso para decirnos
acerca del caso de Job. Dice: ... "Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del
Señor...” (Stg. 5:11). Job había estado pasando un mal momento, y no podía entender por
qué. No pensó en "el fin" del Señor. Al final de la historia en el último capítulo, Job, que fue
despojado de todo, terminó poseyendo mucho más de lo que tenía antes. Este es "el fin" del
Señor. Sigamos hasta el final. No nos quedemos atrás. ¿No es este el argumento del Salmo
37? Lo que el salmista dice allí es que... "vi al impío sumamente enaltecido y que se extendía
como laurel verde, pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué, y no fue hallado” (vers.
35-36) y por lo tanto dice: "Considera al íntegro, y mira al justo; porque hay un final dichoso
para el hombre de paz” (ver. 37). La importancia del "final" es algo que se enfatiza
constantemente en la Biblia.
Nuestro Señor lo afirmó una vez y para siempre en el Sermón del Monte: "Entrad por
la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la
perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el
camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. ¿Vemos lo que está diciendo? Nos
dice: Mira el camino ancho, ve cuan maravilloso parece. Puedes ir con la multitud y hacer lo
que hacen los demás; todos ríen y hacen bromas. La puerta y el camino son anchos y
espaciosos. Todo parece maravilloso allí y este otro camino parece ser tan miserable:
"angosta es la puerta”. Un paso a la vez, una decisión personal, luchando con uno mismo,
tomando la cruz. "Estrecha es la puerta, y angosto el camino”. Y es porque miran sólo el
comienzo que muchos están en el camino ancho. ¿Qué es lo que les sucede? No miran el fin.
"Ancha es la puerta, y espacioso el camino, que lleva a la perdición”. "Estrecha es la puerta,
y angosto el camino”, pero —y éste es el fin— "lleva a la vida”.
El fin de uno es destrucción, el del otro, vida. El problema en esta vida es que las
personas miran sólo el comienzo. Al parecer sus vidas son lo que nosotros llamamos "de
película". Llama la atención constantemente, y los que la viven dan la apariencia de pasarlo
maravillosamente bien. ¡Ah de los jóvenes que han sido criados pensando que la vida es así, y
que vivir de este modo es la suprema felicidad! Miremos el fin de ellos. Miremos cómo
entran y salen de los juicios de divorcio, convirtiendo el matrimonio en una aceptada
prostitución, indignos de tener hijos a causa de sus egoísmos y porque no saben educarlos.
Las personas son atraídas por las apariencias. Miran sólo la superficie; miran sólo el
comienzo. No miran el fin de este tipo de vida; no piensan, en ningún instante, en el resultado
final. De todos modos, es cierto hoy en día, como lo fue siempre, y la Biblia lo dice
constantemente, que el fin de estas cosas es "destrucción".
No hay nada más penoso en este mundo, que la desintegración final del enfoque no
cristiano de la vida. Carlos Darwin, el autor de "Origen de las Especies", confesó al final de
su vida, que por concentrarse en un solo aspecto de la vida, había perdido el poder para
disfrutar de la poesía y la música, y en gran medida, también del poder de apreciación de la
naturaleza misma. ¡Pobre Carlos Darwin! Mientras que solía disfrutar de poesía en su
juventud, ahora en su ancianidad no encontraba placer en ella y la música ya no le significaba
nada. Llegó a concentrarse muchísimo en los detalles de un área de la vida que
deliberadamente limitó su campo de visión en vez de dejar que el glorioso panorama de la
totalidad le hablara. El fin de H. G. Wells es más o menos similar. El, que había abogado
tanto a favor de la mente y del entendimiento humano, y había ridiculizado el cristianismo
con sus doctrinas de pecado y salvación, al final de sus días confesó que estaba totalmente
desconcertado y azorado. El título mismo de su último libro "La mente al fin de sus
Recursos", sustenta elocuentemente el testimonio de la enseñanza bíblica sobre el fin de los
impíos. O tomamos la frase de la autobiografía de un racionalista como el doctor Marrett, que
fue rector de uno de los colegios en Oxford. Escribe así: "Pero para mí la guerra ha traído a
un súbito fin el largo verano de mi vida. Es por esto que no tengo nada que ambicionar,
solamente un frío otoño, y un más frío invierno y procurar todavía, de alguna manera, no
perder las esperanzas". La muerte de un impío es terrible. Leamos las biografías. Sus
resplandecientes días llegan a un final. ¿Qué poseen ahora? No tienen nada para animarse, y
como Lord Simón, tratan de animarse reviviendo sus anteriores éxitos y triunfos. Así es el fin
de los impíos.
Compara esto con una vida santa que, al principio, aparenta ser estrecha y miserable.
Aún el mercenario profeta Balaam, malo como era, entendió algo de esto, y dijo: "Muera yo
la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya” (Núm. 23:19). En otras palabras:
'Tengo que admitir que estos rectos saben cómo morir; ¡ojala pudiera yo morir como ellos!'
En el libro de los Proverbios leemos: "El camino de los impíos es como la oscuridad... Mas la
senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es
perfecto” (Pr. 4:19, 18). ¡Qué glorioso! Volvamos al Salmo 37: "Considera al íntegro, y mira
al justo; porque hay un final dichoso para el hombre de paz”. Y luego escuchemos al
Apóstol Pablo. A pesar de todas sus tribulaciones y persecuciones, sus pruebas y
desilusiones, escuchemos lo que dice cuando enfrenta el fin de sus días: "Porque yo ya estoy
para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he
acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia,
la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los
que aman su venida” (2Tim. 4:6-8). Esta es la forma de morir, ésta es la manera de terminar
los días. Una de las más orgullosas afirmaciones de Juan Wesley en sus primeros días de
Metodismo fue: "Nuestro pueblo sabe morir bien".
En toda la Biblia se nos urge a considerar nuestros "últimos días". No vayas a la
iglesia sólo para considerar las ventajas del presente; considera tus últimos días. "El fin".
¡Qué glorioso sería para nosotros si pudiésemos afrontar el fin como lo hizo el Apóstol Pablo,
y decir: "Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor,
juez justo, en aquel día”. Para poder decir esto, y estar seguros de recibir una corona,
debemos primero ver las dos posibilidades en su totalidad, y luego ir inmediatamente a Dios
y confesar nuestra ceguera, nuestro prejuicio, nuestra insensatez de confiar en el propio
juicio, y luego pedirle a El que nos reciba. Cuéntale que aceptas el mensaje concerniente a
Cristo, su Hijo Unigénito, quien vino al mundo a morir por tus pecados y librarte. Ríndete a
El y confía en El y en su poder. Entrégate incondicionalmente a Cristo y veras la vida en su
totalidad y tendrás una felicidad que jamás experimentaste. Y el final será glorioso. Tus
caminos serán como la luz de la aurora que brilla más y más, por más negro que se ponga el
mundo y, aun en el valle de sombra de muerte, tu luz brillará más y más hasta que el día sea
perfecto "Comprendí el fin de ellos”.
***

CAPÍTULO V

COMENZANDO A ENTENDER

Ciertamente los has puesto en deslizaderos; En asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido
asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores. Como sueño del que despierta,
Así, Señor, cuando despertares, Menospreciarás su apariencia.

Hemos llegado al punto donde la forma de pensar del salmista fue corregido en términos
generales. Procederemos ahora, a considerar cómo él llegó a pensar correctamente en ciertos
aspectos particulares.
Como hemos visto en el capítulo anterior, él descubrió que su concepto acerca de los
impíos era completamente falso. Se encontraba en el Templo. ¿Cuál era el origen del
Templo? Esta pregunta que se hizo, le hizo considerar toda la historia del pueblo de Dios,
todos sus enemigos y toda la oposición que encontraron y que tuvieron que vencer. La
historia fue que Dios siempre libio a su pueblo, y derrotó a sus enemigos. La historia de la
Iglesia Cristiana debe hacer lo mismo en nosotros. Lord Macaulay dijo una vez: "Ningún
hombre que esté correctamente informado acerca del pasado estaría dispuesto a tomar una
morbosa o desesperada opinión del presente". Si esto es cierto en términos generales, es
particularmente cierto en el ámbito de la fe cristiana. Es nuestra ignorancia sobre la historia
de la Iglesia, y particularmente de la historia registrada en la Biblia, que frecuentemente nos
causa tropiezo y desesperación.
¿Cuál es entonces, la enseñanza de la Biblia al respecto? Lo primero que encontramos
es que nos enseña historia. No podemos dejar de recordar frecuentemente historias como las
del diluvio, de Sodoma y Gomorra, de los Filisteos, de los asirios, de los Babilónicos y de
Belsasar. Todas nos enseñan la misma lección: el triunfo de Dios sobre sus enemigos. La que
más se destaca entre todas es el hecho de la resurrección que muestra el triunfo final de Dios
sobre el diablo y todos sus poderes. Su continua victoria se ve en todas partes en los Hechos
de los Apóstoles y, una majestuosa mirada del fin nos es dada en el libro de Apocalipsis.
La historia propiamente dicha de la Iglesia Cristiana desde los días de los Apóstoles
continúa con lo mismo. Sabemos lo que ha pasado con potencias como la de los judíos, la de
los Romanos, etc., que han intentado exterminar la Iglesia Cristiana. Conocemos también las
épocas, historias de los mártires y de los primeros confesores, la historia de la Iglesia
Valdense, de los primeros Protestantes, de los Puritanos, de los Pactantes de la reforma
religiosa escocesa. Ciertamente este presente siglo en que vivimos nos ha proporcionado aun
más evidencias.
La Biblia, sin embargo, no sólo registra la historia. Nos enseña a entender el
significado de la misma. Nos enseña ciertos principios. El primero es que todas las cosas, aun
los poderes satánicos, están controlados por la mano de Dios. Como el salmista lo expresa
aquí en el versículo 18: "los has puesto en lugar resbaladizo...” No son agentes libres. Nada
sucede fuera de Dios. "Jehová reina", "Por mí reinan los reyes". Es de vital importancia que
entendamos bien esta doctrina de la providencia de Dios. Puede definirse así: "Es el continuo
ejercicio de la energía divina con la que el Creador defiende a todas sus criaturas, opera en
todo lo que pasa en este mundo y dirige todas las cosas a su establecido fin". Dios está por
encima de todo, y como leemos en el Salmo 76:10: "Ciertamente la ira del hombre te
alabará, tú reprimirás el resto de las iras”. En relación con esto tenemos que recordar la
voluntad permisiva de Dios. Esto escapa a nuestro conocimiento, pero se enseña claramente
que El permite que pasen ciertas cosas para cumplir su propósito.
Otra cosa que vemos claramente aquí es la condición totalmente precaria y peligrosa
del impío. Están "en lugar resbaladizo”. Todo lo que tienen es temporáneo. El salmista
repentinamente vio con claridad lo mismo que Moisés cuando eligió "ser maltratado con el
pueblo de Dios”, en lugar de "gozar de los deleites temporales del pecado”. No cabe duda
que la vejez y decaimiento, la muerte y el juicio, vendrán. Lo más terrible del pecado es que
ciega a los hombres para comprender esto. No ven que la pompa y la gloria son sólo por un
momento. "Jehová reina; temblarán los pueblos”.
El salmista vio esto bien claro en el santuario de Dios y no solamente dejó de tenerles
envidia, sino más bien da la impresión que empezó a compadecerse de ellos al darse cuenta
de la verdad de su situación. Así, su opinión con respecto a los impíos fue corregida y
probablemente no haya mejor prueba para nuestra profesión de fe cristiana que ésta.
¿Tenemos lástima de la ceguera de los impíos? ¿Tenemos una sensación de compasión de
ellos que andan como ovejas sin pastor?
Proseguimos ahora a considerar el siguiente paso y a demostrar cómo el pensamiento
del salmista fue corregido con respecto a Dios mismo. Hemos visto cómo su opinión acerca
de Dios se desvió completamente porque empezó a pensar de los impíos en un sentido
equivocado, y es por eso que llegó a la posición de cuestionar y aun dudar acerca de Dios.
Dice: "¡En vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia!" En otras
palabras: "He tratado de obedecer a Dios, pero parece que realmente no vale la pena. ¿Es
Dios en realidad lo que El dice ser?" Pensar así es algo terrible; y es precisamente esto que
vamos a considerar ahora. El salmista nos demuestra cómo su pensar acerca de Dios fue
corregido. En un sentido, él ya lo dijo cuando exclamó: "Los has puesto en deslizaderos”.
Desde el momento que reconoce que Dios los ha puesto allí, uno tiene la sensación que toda
su posición comienza a cambiar.
¿Qué es lo que necesitaba ser ajustado cuando comenzó a pensar de Dios en el sentido
correcto? Creo que lo primero fue su actitud con respecto al carácter de Dios, porque,
después de todo, lo que el salmista empezó a poner en duda fue el carácter de Dios mismo.
Muchos de estos salmistas con extraña y notable honestidad confiesan que fueron tentados en
este sentido. Por ejemplo, en el Salmo 77 se expresa claramente. El salmista pregunta:
"Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a sernos propicio? ¿Ha cesado para
siempre su misericordia? ¿Se ha acabado perpetuamente su promesa? ¿Ha olvidado Dios el
tener misericordia?..." Esta es la clase de pregunta que ellos se hacían, y, como indiqué al
principio, algunos de los grandes hombres de Dios fueron tentados a veces a hacerse estas
preguntas cuando las cosas no les iban bien. El salmista de igual manera formuló estas
mismas preguntas: ¿Acaso a Dios le importa?, y si le importa ¿por qué no detiene todas estas
cosas? ¿Será que no puede hacerlo? Así es que las dudas acerca del carácter de Dios
conducen a dudar de su poder.
¡Cuántos se han hecho estas preguntas! ¿Cuántas veces se ha dicho durante la última
guerra mundial: "¿Por qué Dios permite que viva un hombre como Hitler? Si El es Dios
todopoderoso, por qué no lo destruye de una vez?" Luego la misma pregunta sugiere: ¿Será
que Dios no lo puede hacer? o, ¿será que nos hemos equivocado en nuestras ideas acerca de
Dios? ¿Hemos estado equivocados en nuestras ideas acerca de su misericordia y bondad?
¿Por qué es que no destruye a estas personas que se oponen a El y a su pueblo? Estas son las
preguntas que tienden a agitar nuestras mentes en tiempos de prueba.
Este hombre fue atormentado con estas preguntas, pero aquí encuentra la respuesta.
Inmediatamente su modo de pensar se corrige recordando la grandeza y el poder de Dios—
"los has puesto en deslizaderos”. No hay nada que esté fuera del control de Dios. Muchos de
los Salmos expresan esto, como por ejemplo el Salmo 50. Es por cierto uno de los grandes
temas de la Biblia. No hay límites al poder de Dios, es eterno en todos sus poderes y en todos
sus atributos. "El dijo, y fue hecho” (Sal. 33:9). El creó todo de la nada; suspendió el
Universo en el espacio. Leamos los pasajes grandiosos del libro de Job (por ejemplo, capítulo
28) y encontraremos que allí se expresa en una forma maravillosa.
"En el principio Dios”. Esto es un postulado fundamental; la Biblia lo afirma en todas
partes. Cualquiera sea la explicación que se dé a todo lo que está sucediendo en el mundo, no
significa que Dios sea incapaz de detenerlo. No es que Dios no pueda frenar estas cosas,
porque el poder de Dios, por definición, es ilimitado. El es absoluto; es sempiterno, eterno
Dios para quien todo lo de este mundo le es como nada. El posee todo, gobierna y controla
todo; todas las cosas están bajo su mano. "Jehová reina". Esto fue pues, lo primero que
comprendió, y lo comprendió bien.
En segundo lugar, comprendió lo referente a la rectitud y justicia de Dios. Este es el
orden en que se presentan. Si Dios tiene el poder, ¿por qué no lo ejercita? Si Dios tiene la
habilidad de ejercerlo, ¿por qué no lo ejerce? Si Dios tiene la capacidad de destruir a todos
sus enemigos, ¿por qué permite que ellos hagan lo que están haciendo? ¿Por qué los impíos
florecen? ¿Qué de la rectitud y la justicia de Dios? La respuesta se encuentra en las palabras
de Abraham: "El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?" (Gn. 18:25). Este
postulado es tan fundamental como lo es la grandeza, el poder y la majestad de Dios. Dios es
eternamente justo y recto. Dios no puede cambiar. Dios no puede (lo digo reverentemente, y
es parte de la verdad concerniente a la santidad de Dios), Dios no puede ser injusto. Esto es
imposible.
Santiago lo expresa de esta manera: "Cuando alguno es tentado, no diga que es
tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni El tienta a nadie,
pues El es Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg.
1:13, 17). Si hubiera posibilidad alguna de cambio o modificación en la persona de Dios,
dejaría de ser Dios. Dios, tal como El se reveló a nosotros, es desde la eternidad y hasta la
eternidad, siempre el mismo; jamás hay diferencia, jamás modificación alguna. Así, cuando
Abraham dice: "El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo” está en lo correcto.
No puede hacer otra cosa. Tenemos que darnos cuenta de esto, y cuando somos tentados por
el diablo, o por nuestros propios contratiempos, o por cualquier posición que el diablo quiera
utilizar para hacernos dudar de la justicia de Dios, podamos entender que lo único que
estamos haciendo es sugerir la posibilidad que Dios varíe y cambie. Esto es imposible;
porque Dios es Dios, y por lo que El es, jamás puede haber variación alguna en su justicia o
rectitud.
Tenemos, sin embargo, que seguir más adelante. El salmista siguió y llegó al punto
donde descubrió que el pacto de Dios y las promesas de Dios, son fieles para siempre, y para
siempre seguras. En otras palabras, Dios no es solamente justo y recto, sino que se ha
comprometido con el hombre. Ha dado ciertas promesas. Por eso otra gran doctrina de la
Biblia es que las promesas de Dios son siempre ciertas y seguras; lo que El ha prometido,
segura y ciertamente lo cumplirá. Recordemos las palabras de Pablo a Tito; él se refiere a un
"Dios, que no miente" (Tit. 1:2). Y no puede mentir por la sencilla razón que Dios es Dios.
Cuando Dios da una promesa, ciertamente la cumplirá. Todas sus promesas son absolutas, y
cualquier cosa que El ha prometido, sin lugar a duda, la llevará a cabo.
Esto fue muy importante para el salmista porque siendo él uno de los miembros del
pueblo de Dios, conocía el pacto. Conocía las promesas que Dios había hecho a su pueblo, y
cómo El se había brindado a ellos. Les dijo que ellos eran su pueblo especial, su pueblo
"peculiar", que tomaría especial interés en ellos, que los cuidaría y los bendeciría hasta que
eventualmente los reuniría a El.
El salmista, como hemos visto, estuvo tentado a preguntar: "Si es así, ¿por qué estoy
en esta condición?" Pero ahora en el santuario de Dios se da cuenta que su actitud era
incorrecta, y ve que Dios obra tanto indirecta como directamente Fue en el santuario de Dios
que él se dio cuenta de esto. Si leemos los versículos que siguen nos daremos cuenta de cómo
él lo desarrolla. Dice: "Con todo, yo siempre estuve contigo. Me tomaste de la mano derecha,
me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria". Se da cuenta de todo tan
claramente que cuando se dispone a escribir este Salmo comienza diciendo: "¡Ciertamente es
bueno Dios para con Israel"; aunque todo parezca lo contrario, Dios es siempre bueno con
Israel, El nunca deja de cumplir sus promesas. Estos son los postulados fundamentales en
nuestra relación con Dios, y nunca debemos ceder a la tentación de preguntar o dudar sobre el
particular.
Entonces vemos que el concepto del salmista acerca de Dios fue corregido,
primeramente en lo que respecta al carácter de Dios. Sin embargo, todavía nos falta responder
a la pregunta de mayor importancia. Si sabemos que Dios tiene todo poder y que nada lo
puede limitar, que es siempre justo y recto, y que es siempre fiel a su pacto y a sus promesas,
entonces, ¿por qué es que a los impíos se les permite florecer y prosperar de esta manera? y
¿por qué es que los santos se encuentran frecuentemente en un estado de sufrimiento? Aquí
está el centro de la pregunta que siempre preocupa a la humanidad y que probablemente es la
pregunta de millones de personas en diferentes partes del mundo en este momento. ¿Por qué
Dios permite estas cosas?
El salmista encontró la respuesta en la casa de Dios. Lo expresa en una manera muy
interesante. Encontraremos la misma respuesta en varios Salmos, y por cierto, también en
otras partes de las Escrituras. Aquí se expresa en palabras que bien podemos describir como
un atrevido antropomorfismo. El salmista dice que la explicación es que Dios por el momento
parece estar dormido “... cuando despertares, menospreciarás su apariencia”. Este es un
antropomorfismo.
En otras palabras, el salmista, para poder decir lo que descubrió en el santuario de
Dios, tuvo que expresarlo en términos humanos. Debido a las limitaciones de nuestro
entendimiento y de nuestro lenguaje, utiliza representaciones figuradas de lo que es cierto
acerca de nosotros como hombres Dios no puede dormirse, pero aparenta estar dormido. No
es que El se ha olvidado de ser bondadoso; está dormido. Este es el argumento.
Una declaración similar se encuentra en el Salmo siguiente en el versículo 22, donde
después de describir la desolación de la Iglesia y la forma en que el enemigo vino y redujo
casi todo a escombros, el salmista termina con una oración. Dice: .. . "Levántate, oh Dios,
aboga tu causa. . .” Parece que se vuelve a Dios y le dice: "Dios, ¿por qué no te despiertas?
Levántate, oh Dios. .” Es la misma idea. En el Salmo 44:23 está aun más enfatizado.
"Despierta, ¿por qué duermes, Señor? Despierta, no te alejes para siempre". Aquí tenemos a
un hombre en estado de desesperación. Ve la desolación producida por el enemigo. Sabe que
Dios es justo y todopoderoso, y volviendo a Dios, dice: "¿Por qué duermes, Señor? ,; Por qué
no te haces valer, Señor?" Todas expresan la misma idea, y esto es lo que ahora debemos
examinar en detalle.
¿Por qué parece estar dormido Dios? Antes de llegar a la respuesta espiritual a esta
pregunta, quisiera apartarme por un momento, para indicar la grave inconsecuencia que se
encuentra en el argumento de aquellos que fácilmente cuestionan el carácter de Dios y su
poder. Hay muchos que dicen: Si Dios es Dios, si tiene poder, y si es misericordioso y
bondadoso, ¿por qué no destruyó a un hombre como Hitler al principio de su régimen? ¿Por
qué no lo hizo desaparecer a él y a todo su ejército y así evitar sufrimientos? ¿Por qué no
intervenir antes? ¿Por qué no se hizo sentir? Este es el argumento que presentan y sin
embargo, generalmente estas mismas personas son las que pretenden defender lo que ellos
llaman el libre albedrío. Si comenzamos a predicarles sobre la doctrina de la gracia, y
mencionamos términos como "predestinación" y "elección", son los primeros en decir: "yo
tengo libre albedrío, tengo derecho a hacer lo que quiero con mi vida". Sin embargo, estas
personas son las que dicen que Dios debería ejercer su poder y su fuerza sobre otras personas.
No podemos tener ambas cosas. Si queremos que Dios se enoje en ciertas cosas, tiene que
hacerlo en todas las cosas, no sólo en las que nosotros elegimos. Hay una total
inconsecuencia en el argumento. Cuando estas personas piensan en otros, esperan que Dios
los controle, pero cuando piensan en sí mismos dicen: "está mal que Dios me controle". "Soy
una persona libre; es imprescindible que tenga libertad de hacer lo que se me antoja; soy
libre, y tengo que tener libertad". Sí; exigen libertad para sí mismos, ¡pero para los otros, no!
¿Por qué, entonces, Dios parece estar dormido? ¿Por qué permite que los impíos florezcan de
esta manera? Hay en las Escrituras ciertas respuestas bien definidas a esta pregunta. Primero,
no hay duda alguna que una de las razones por qué Dios permite que estas cosas sucedan, es
para que el pecado sea revelado tal como realmente lo es, y sea visto cómo es en toda su
perversidad. Si queremos un clásico ejemplo lo encontraremos en la segunda parte de
Romanos 1 donde Pablo destaca en la historia del hombre, su deslizamiento y caída. Pablo
estaba escribiendo acerca de la civilización, o sociedad, de su tiempo. Describe la terrible
fealdad e inmundicia de la vida; nos da esa horrible lista de pecados, las perversiones
sexuales y todas esas otras cosas que caracterizaron la vida de aquella época. Y dice que la
verdadera explicación de todo eso es que la humanidad había substituido la criatura por el
Creador, se había rebelado contra las santas leyes divinas, y por tanto, Dios los entregó a una
mente reprobada. Dios ha retirado su poder de retención. Ha permitido que el pecado se
manifieste y demuestre realmente lo que es.
Indudablemente esto es algo que necesitamos recordar hoy en día. Actualmente se
presta mucha atención a la condición moral del país, y con toda razón. ¿Por qué es necesario
esto? Sugiero que la respuesta es todavía exactamente la misma. Nuestros padres y
antepasados han vuelto sus espaldas a Dios en forma creciente. Cuestionaron la autoridad de
las Escrituras —esto se ha hecho inclusive desde el pulpito— y el hombre se convirtió en
autoridad. Lo que el hombre piensa acerca de la Biblia, lo que el hombre piensa acerca de
Dios, lo que el hombre piensa acerca de moralidad, fue hecho ley. El hombre se ha puesto en
la posición de autoridad y rehusó la autoridad de Dios, y hoy en día estamos cosechando las
consecuencias. Dios, por decirlo así, se dirige a la humanidad y le dice: ''Muy bien, yo les
dejaré que vean a dónde les llevan sus criterios y filosofías". Ahora estamos empezando a ver
lo que realmente es el pecado. Se está mostrando en toda su fealdad. Lo vemos en todo su
horror, su inmundicia y malignidad. No hay duda que Dios, para enseñar a la humanidad lo
sumamente vil que es el pecado, a veces retrae su poder controlador y permite a los impíos
actuar desenfrenadamente. Les deja actuar a su antojo y pronto se echa de ver lo que
realmente son. El pecado es ignorado por los filósofos y los psicólogos pretenden ignorarlo.
Pero nosotros lo estamos viendo tal como es: horrible, inmunda perversión y codicia. Está en
el corazón de los educados como también en el de los iliteratos, en todas las clases y estratos
sociales.
Esta es una razón, pero no la única, porque sin duda Dios permite que sucedan estas
cosas, en parte, como castigo del pecado. Si leemos Romanos 1, nos daremos cuenta que este
punto surge allí también. En otras palabras, Dios retira su poder restrictivo para que las
personas cosechen las consecuencias de sus propios pecados, y así en esa forma El los
castiga. Todos somos iguales por naturaleza: deseamos los placeres del pecado sin sus
consecuencias, deseamos poder pecar sin sufrir por ello. Sin embargo, no podemos, porque
"no hay paz para los malos, dijo Jehová". Dios ha hecho al hombre de tal manera que sin El
no tiene paz, y por esa razón sufrimos, y a veces Dios permite que el mundo llegue a un
estado de impiedad como parte de su castigo. No vacilo en afirmar que ésta es la única
explicación de las dos guerras mundiales. Dios, en parte, ha repartido castigo a la humanidad
por su desafío a El durante estos últimos cien años. Dios permite que las cosas se desarrollen
para que la humanidad coseche las consecuencias de lo que sembró. Recogemos lo que
sembramos. Y hemos experimentado esto en el curso de nuestro tiempo.
¿Qué es lo que sigue? Yo creo que Dios permite que el mal y los malos operen
desenfrenadamente. El les da rienda suelta, licencia, como quien dice, para que su caída sea
más completa y contundente. La historia bíblica es realmente la exposición de este principio.
Dios parece estar dormido, y el enemigo se levanta. Blasfema el nombre de Dios. Pensemos
en el caso de Asiría. Ellos se levantaron contra el Dios de Israel, y Dios permitió que así lo
hicieran. Se enaltecieron casi hasta los cielos y dijeron: "Nada nos puede detener". Luego
Dios intervino y todo el imperio cayó, siendo terrible la derrota final. Cuando el fanfarrón
expresa su máxima jactancia, entonces es derribado. Si Dios lo hubiera humillado antes, no
hubiera parecido tan maravilloso. Así Dios permite que la maldad y los poderes malignos
hagan cosas increíbles en este mundo, tanto que las personas piadosas se preguntan ¿podrá
Dios detener esto? Entonces, cuando el fin está ya por llegar, Dios se levanta, y vence. De
esta forma la derrota del enemigo es mayor y más completa.
Luego, por otra parte, Dios permite esto para mostrar su grandeza y gloria ante el
fracaso de tan grande y poderoso enemigo. Dios se levanta, los derrota y todos los que lo ven,
temen al todopoderoso y glorioso Dios. Todo esto está bien ilustrado al final del capítulo 12
del libro de los Hechos. Un rey llamado Herodes, sentado en un trono hizo un gran discurso a
ciertas personas y, después de arengarlos, el pueblo clamó: "¡Voz de Dios, y no de hombre!"
Luego Dios, se nos dice, envió a un ángel y "le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y
expiró comido de gusanos. Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba". Vemos el
contraste. La pompa y la grandeza fueron destruidas; pero la palabra de Dios que este Rey
necio estaba tratando de destruir, creció y multiplicó, y así la gloria de Dios fue manifestada.
La última explicación que les daré es esta. No hay duda alguna que a veces Dios
permite que los impíos florezcan para disciplinar a su pueblo. Lamento tener que decir esto,
pero necesitamos ser disciplinados. ¿Cuántas veces Dios permitió que se levanten enemigos
contra el pueblo de Israel con el propósito de disciplinarlos? Ellos, su propio pueblo,
aflojaban y se olvidaban de Dios. El les suplicó, les mandó profetas, pero hicieron caso
omiso. Entonces levantó a Asiría, levantó a los Caldeos para castigarlos, para corregir a su
propio pueblo. Y no me equivoco en afirmar que muchas de las cosas que pasan en este siglo,
se deben, en parte, a que nosotros, el pueblo de Dios, necesitamos ser disciplinados. La
Iglesia misma, en mayor medida, fue culpable de debilitar la fe de los creyentes en la Palabra
de Dios, y no es sorprendente que las cosas están como están. Probablemente tengamos que
pasar más pruebas para que seamos humillados y nos sometamos a El y comprendamos que
somos el pueblo de Dios y que tenemos que obedecerle y confiar entera y solamente en El.
Estas son, a mi entender, algunas de las respuestas en las Escrituras de por qué Dios
parece a veces estar dormido.
Pero esto no es todo lo que el salmista aprendió en el santuario acerca de los caminos
de Dios. Comprendió el carácter de Dios, y que Dios sólo aparenta estar dormido. Termina
entonces con lo que pasa cuando Dios se despierta. "¡Cómo han sido desolados de repente!
Perecieron, se consumieron de terrores. Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando
despertares menospreciarás su apariencia". ¿Qué es lo que está diciendo? La primera cosa es
que Dios se levanta. "¡Cuando despertares!"; va a suceder. Dios no está permanentemente
dormido. Cuando se realice esto... Hay un límite que Dios permite a los impíos. Ciertamente
les permite hacer bastante, pero hay un fin a la libertad y aparente licencia que El da a sus
enemigos. "No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre..." ¿Por cuánto tiempo ha
de continuar esto? La clave a esta respuesta, dada por Dios al principio de la historia, es que
los santos deben esperar, "porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta
aquí". Hay un límite. Dios se despierta.
¿Qué pasa cuando El se despierta? El salmista nos cuenta claramente lo que sucederá
a estos prósperos, hombres impíos. Dice: "Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando
despertares, menospreciarás su apariencia".
¡Qué cuadro! Este hombre impío, que parece ser tan grande y maravilloso, se
desvanece como un sueño cuando Dios se despierta. Es como si hubiera sido nada más que
un fantasma, una imagen, una apariencia y nunca una realidad. Los impíos que parecen ser
tan poderosos, tan grandes y maravillosos, tan suficientes en sí mismos y casi indestructibles,
cuando Dios se levanta, se desvanecen en un instante. La Biblia está llena de esto. Leamos
Isaías 40 y nos daremos cuenta que allí Dios dice que para El las naciones son como "la gota
de agua que cae del cubo y como menudo polvo en las balanzas". ¡Estas grandes naciones
con sus bombas atómicas y de hidrógeno, estas poderosas naciones, son como la "gota de
agua que cae del cubo, o como menudo polvo en las balanzas"! Y no solamente esto.
Escuchemos el sarcasmo y la burla. Todas las naciones de la tierra "son como langostas", aun
Gran Bretaña, los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ha habido otros grandes imperios,
naciones y repúblicas en el pasado; pero todas desaparecieron porque no se sometieron a
Dios. Todas las naciones de la tierra son como langostas cuando Dios se levanta.
Les daré otro ejemplo más; es el más notable de la historia. Hemos leído de Alejandro
Magno, uno de los más hábiles generales de todos los tiempos, gran monarca y poderoso
valiente. Conquistó casi todo el mundo. ¿Cómo se lo llama en las Escrituras? Leamos
nuestras Biblias del comienzo al fin y no encontraremos el nombre de Alejandro Magno. No
se menciona. Sin embargo, Alejandro Magno figura en las Escrituras, y podemos ver cómo
Dios lo menciona en Daniel 8. Como Walter Luthi indicó: ¡Aquel que para el mundo es
Alejandro Magno, para Dios es un "macho cabrío". Cuando Dios se levanta esto es lo que
pasa a las naciones, a imperios, a individuos, a todos. "Cuando despertares, Señor'', y El se ha
despertado. Leamos la historia registrada en la Biblia y encontraremos que Dios se levanta, y
cuando lo hace sus enemigos son diseminados y reducidos a la nada.
El último mensaje, sin embargo, que se deriva de todo esto es que estos grandes
eventos de la historia que han sucedido, son un pálido reflejo, y al mismo tiempo un poderoso
aviso, de lo que va a suceder. Este mundo es impío, está sin Cristo, ridiculiza la gracia de
Dios y al Salvador del mundo y especialmente la preciosa sangre de su cruz. Este mundo es
arrogante y se gloría en su pecado. No obstante, el apóstol Pablo, quien fue grandemente
perseguido, escribiendo su segunda carta a los Tesalonicenses nos dice qué es lo que va a
suceder: "y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste
el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar
retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor
Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y
de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser
admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre
vosotros)" (2 Tes. 1:7-10).
Esto es tan cierto como que estamos vivos en este momento. El Señor vendrá de entre
las nubes del cielo y todos sus enemigos serán desparramados y desarraigados. Satanás, el
infierno y todos aquellos que se oponen a Dios serán lanzados al lago de fuego y "sufrirán
pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor..." Este es el fin de los impíos.
Este es el poder y la gloria de Dios a quien amamos y a quien adorarnos y servimos. Si no
entendemos lo que está pasando, pongámoslo en este contexto. Dios es Dios. Dios es santo y
justo. Lo que El ha prometido, ciertamente lo cumplirá. El permite estas cosas para su
propósito. Llegará el día cuando se levantará y destruirá a sus enemigos, y el reino de
Jesucristo será extendido de mar a mar y en el nombre de Jesús se doblará toda rodilla "de los
que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra"; y toda lengua confesará que
Jesucristo es el Señor, "para gloria de Dios Padre". Gracias a Dios que sus promesas son
siempre seguras. Dios nos conceda que todos podamos ver, saber y entender los caminos de
Dios, y despojarnos, de una vez por todas, de todas las dudas pecaminosas y las preguntas
indignas.
***

CAPÍTULO VII

EXAMEN DE CONCIENCIA

Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas.


Tan torpe era yo, que no entendía; Era como una bestia delante de ti.

Aquí llegamos a otro paso más en la narración de la crisis por la cual pasó el alma del
salmista en su andar piadoso. Hemos visto cómo su forma de pensar con respecto a los
impíos y a Dios fue corregida.
Ahora entramos a considerar cómo, en un tercer aspecto, su pensamiento acerca de sí
mismo fue corregido. Esto lo describe en forma vivida y a la vez rigurosa en los dos
versículos que estamos considerando. Notemos primero el sorprendente contraste que
presenta con lo que anteriormente dijo acerca de sí mismo en los versículos 13 y 14. Allí dijo:
"¡En vano he limpiado mi corazón y lavado mis manos en inocencia! Pues he sido azotado
todo el día, y castigado todas las mañanas". Se tiene mucha lástima. Es muy correcto, un
hombre muy bueno Se le está presionando mucho, se le trata injustamente, y aun Dios mismo
parece ser injusto con él. Esto es lo que pensó de sí mismo cuando estaba fuera de santuario.
Sin embargo, dentro del santuario todo cambió:
"Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas Tan torpe era yo,
que no entendía; era como una bestia delante de ti”. (¡Qué transformación!) ¡Qué concepto
totalmente diferente de sí mismo. Y todo como resultado de que su forma de pensar fue
corregida y hecha verdaderamente espiritual.
Esto es un asunto muy importante y el punto más sobresaliente en todo el desarrollo
de la enseñanza de este Salmo. Seamos bien sinceros y honestos y admitamos que nosotros
somos muy propensos a detenernos antes de llegar a este punto. Estamos satisfechos con leer
acerca de los impíos —y no conozco a nadie que se ha incomodado por un sermón que
muestra cómo los impíos han sido puestos en lugares resbaladizos. También está esta gran y
exaltada doctrina acerca de Dios: "Jehová reina". A todos nos gusta escuchar acerca de ella.
Aceptamos la enseñanza en cuanto al juicio de los impíos y nos gusta leer de la gloria y la
majestad de Dios, porque esto nos hace sentir que todo está bien con nosotros. El peligro es
detenernos en este punto y no seguir más adelante. El salmista, sin embargo, sigue adelante, y
al hacerlo, no solamente nos revela su honestidad, sinceridad y veracidad, que eran parte tan
esencial de su formación, sino que también —y esto es lo que quiero enfatizar— exhibe una
comprensión de la naturaleza de la vida espiritual.
En estos dos versículos tenemos un relato de su arrepentimiento. Nos enteramos de lo
que dijo de sí mismo y, en particular, acerca de su reciente conducta. Es, por cierto, un
clásico ejemplo de un honesto examen de conciencia. Les invito a considerar esto conmigo
por la importancia que tiene en la disciplina cristiana. Este arrepentimiento, este estado en el
cual el hombre se detiene y habla consigo mismo, es uno de los aspectos más esenciales y
vitales en lo que comúnmente se llama disciplina de la vida cristiana. No me disculpo por
enfatizar este punto nuevamente, porque es algo que ha sido seriamente descuidado en estos
días. ¿Con cuánta frecuencia oímos acerca de la disciplina en la vida cristiana? ¿Cuántas
veces hablamos de esto? ¿Cuántas veces lo encontramos realmente en el centro del andar
cristiano?
Hubo un tiempo en la Iglesia Cristiana cuando ocupaba un lugar central, y creo
verdaderamente que el estado actual de la Iglesia se debe a nuestro descuido de esta
disciplina. Realmente, no veo esperanza alguna de un verdadero avivamiento y un verdadero
despertar hasta que volvamos a esta disciplina.
Al abordar este tema, quisiera comenzar diciendo que existen dos peligros principales,
y como es habitual, están en extremos opuestos. Nosotros somos criaturas dadas a excesos,
tomando posiciones ya sea en un extremo o en el otro. La dificultad está en caminar en la
posición correcta, evitando las reacciones violentas; porque la verdadera posición en la uda
cristiana es generalmente en el centro, entre los dos extremos. Un peligro bastante común ha
sido la morbosidad y la introspección. Yo diría que no es una dificultad muy común entre
cristianos hoy en día, aunque hay algunos que todavía están sujetos a ello. En algunas partes
de Gran Bretaña, como por ejemplo, las regiones montañosas de Escocia, se encontrará
todavía esta tendencia a que me estoy refiriendo. En un tiempo esto era muy común entre los
celtas de esa región y en otras partes. Yo también fui criado en un ambiente religioso dado a
esta tendencia, donde las personas pasaban gran parte de sus vidas analizándose y
condenándose, sólo conscientes de su indignidad e incapacidad. Como resultado de esta
actitud se volvían introspectivas, y se encerraban en sí mismas. Vivían continuamente
tomándose el pulso y la temperatura espiritual, casi sumergidas en este proceso de
condenación de sí mismas.
Les contaré la historia de una de las escenas más patéticas que he tenido que presenciar.
Estuve al lado del lecho de muerte de uno de los hombres más santos y píos que he tenido el
privilegio de conocer. En el cuarto estaban sus dos hijas, siendo ambas de edad madura. £1
anciano padre sabía que se estaba muriendo, y lo que más le preocupaba era que sus hijas no
eran miembros de una Iglesia, y que nunca habían participado de la Santa Cena. Era
realmente un caso asombroso, porque sería difícil encontrar dos mujeres tan santas y tan
activas en la vida de la Iglesia. Sin embargo, no eran miembros de la Iglesia. ¿Por qué nunca
habían participado de la Santa Cena? Porque no se sentían merecedoras de la misma; sentían
que no estaban en condiciones de venir a la mesa, tan conscientes estaban de sus fracasos, de
sus pecados y de sus defectos. Dos excelentes mujeres cristianas que por su introspección y
encierro en sí mismas, creyeron no tener derecho de participar de la vida íntima de la Iglesia.
Esto era muy común en un tiempo. Algunos se levantaban en las reuniones de Iglesia
para decir cuan pecadores eran y enfatizar cuánto habían fracasado. Tenían la esperanza de
llegar al cielo, sí, pero no podían entender cómo criaturas tan indignas podían lograrlo.
Ustedes seguramente estarán familiarizados con esta actitud por lo que han leído. Sin duda
era una tendencia en las \idas de los santos Juan Fletcher y Henry Martyn. Estos no eran
casos extremos, pero evidentemente tenían esta tendencia, y era una fase de la piedad de
aquella época.
Este no es, en ninguna manera, el peligro de hoy en día, particularmente aquí en
Londres y en los círculos en donde la mayoría de nosotros nos movemos. En verdad, el
peligro entre nosotros es totalmente diferente; es el peligro contra el cual el profeta Jeremías
nos amonesta cuando habla de aquellos que "curan la herida de mi pueblo con liviandad,
diciendo: Paz, paz y 'no hay paz'. Es el extremo Opuesto a la otra tendencia. Es la ausencia de
una real y santa tristeza por el pecado, con la inclinación a disculpamos y de consideramos a
nosotros, a nuestros pecados, nuestras fallas y nuestros fracasos, muy livianamente.
Permítaseme expresarlo en una forma más drástica aún." Creo que existe un
verdadero peligro entre algunos, y en particular entre evangélicos, de abusar de la doctrina de
la salvación, de abusar de las grandes doctrinas de la justificación por la fe solamente y de la
seguridad de la salvación con el consecuente fracaso al no comprender lo que realmente es el
pecado ante los ojos de Dios, y lo que realmente significa en un hijo de Dios. No sé por qué,
pero la idea que el arrepentimiento no debería tener parte alguna en la vida, del cristiano,
parece haber ganado popularidad. Hay quienes piensan que está mal hablar de
arrepentimiento. Dicen que en el momento en que uno se ha dado cuenta que ha pecado y que
ha puesto su pecado "bajo la sangre" ya está bien. Detenerse para pensar en eso y condenarse
a sí mismo significa que hay falta de fe. En el momento que miramos a Jesús ya está todo
bien. Nos curamos a nosotros mismos muy fácilmente; en verdad, no vacilo en decir que el
problema con la mayoría de nosotros, en un sentido, es que somos demasiado "sanos"
espiritualmente. Lo digo enfáticamente, somos demasiado volubles y muy superficiales. No;
nos preocupamos de estos problemas; nosotros, contrariamente a lo que hace el salmista en
estos dos versículos, andamos muy a gusto con nosotros mismos Somos muy distintos al
hombre que se describe en las Escrituras.
Sugiero que esto se debe al hecho que nosotros no hemos llegado a dar el paso que el
salmista dio. En el santuario no solamente se dio cuenta acerca de los impíos y de Dios, sino
también acerca de sí mismo. Parece que hoy en día no hacemos esto y el resultado es la falsa
apariencia de salud, como si todo estuviera bien con nosotros. Hay muy poco de polvo y
cenizas; hay muy peco de divina tristeza por el pecado; hay muy poca evidencia de verdadero
arrepentimiento.
Deseo mostrar que la necesidad de arrepentimiento y la importancia del mismo es
algo que se enseña en todas las Escrituras. £1 ejemplo clásico de esta enseñanza, desde luego,
se encuentra en la parábola del Hijo Pródigo. Allí tenemos la historia de un hombre que pecó,
y que en su insensatez, dejó su casa y después se encontró con que las cosas le fueron mal.
¿Qué pasó? Cuando se dio cuenta, ¿qué hizo? Se condenó a sí mismo, habló consigo mismo.
Se trató a sí mismo severamente. Y fue sólo después de esto que se levantó y se volvió a su
padre. O bien, tomemos esa maravillosa declaración en 2* Corintios 7:9-11. Estos cristianos
en Corinto habían cometido un pecado y Pablo les escribió acerca de ello y envió también a
Tito a predicarles sobre el tema. La acción que siguió nos proporciona una definición de lo
que realmente significa un verdadero arrepentimiento espiritual. Lo que alegró al gran apóstol
acerca de ellos fue la forma en que se trataron a sí mismos. Notemos que lo describe en
detalle. Dice: "Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios ¡qué
solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto,
qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto". Estos
corintios se trataron a sí mismos severamente y se condenaron a sí mismos; se "contristaron
según Dios", y debido a esto Pablo les dice que nuevamente están en un lugar de bendición.
Otro ejemplo maravilloso de esta verdad la encontramos en el libro de Job.
¿Recordamos cómo Job a través de la parte principal de ese libro se justifica a sí mismo,
defendiéndose y a veces sintiendo lástima de sí mismo? Pero cuando él vino sinceramente a
la presencia de Dios, cuando llegó al lugar en donde se encontró con Dios, esto es lo que dijo:
"Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:6). No hubo otro
hombre más piadoso que Job, el más recto, el más religioso de todos en este mundo. Sin
embargo, ahora, a causa de la adversidad, no se acuerda más de las buenas cosas que había
tenido ni de las bendiciones de que había disfrutado. Job estuvo tentado a pensar de Dios en
la misma manera que el autor del Salmo 73, y dijo cosas que no debería haber dicho. Pero
cuando ve a Dios, tapa su boca con su mano y dice "me arrepiento en polvo y ceniza". Me
pregunto si conocemos esta experiencia. ¿Sabemos lo que es aborrecernos a nosotros mismos
y arrepentimos en polvo y ceniza? La doctrina popular de nuestros días no parece congeniar
con esto, pues enseña que nosotros ya hemos pasado Romanos 7. No debemos hablar de
sentirnos tristes por el pecado, porque esto significaría estar toda-\¡a en las primeras etapas de
la vida cristiana. Así es que salteamos Romanos 7 y nos quedamos en Romanos 8. ¿Pero
hemos estado alguna vez en Romanos 7? ¿Hemos dicho alguna vez desde el fondo de nuestro
corazón: "¡ Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" ¿Alguna vez nos
hemos arrepentido, en verdad, en polvo y cenizas? Esta es una parte muy vital en la disciplina
de la vida cristiana. Leamos las vidas de los santos a través de los siglos y veremos que
hicieron esto muy frecuentemente. Leamos nuevamente la vida de Henry Martyn, por
ejemplo; miremos a cualquiera de los grandes hombres de Dios, y encontraremos que muchos
de ellos se aborrecían a sí mismos. Odiaban sus vidas en este mundo; se odiaban a sí mismos
en este sentido. Y era por eso que fueron grandemente bendecidos por Dios.
Nada es más importante, entonces, para nosotros que seguir al salmista y ver
exactamente lo que hizo. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos y tratarnos
con firmeza. Esto es primordial en la vida cristiana. ¿Cuáles son los pasos? He procurado
dividirlos de la siguiente manera.
Primeramente, tenemos que confesar honestamente lo que hemos hecho. No nos gusta
hacer esto. Nos damos cuenta de lo que hemos hecho, y la tendencia es decir: "He vuelto a
Cristo, enseguida me ha perdonado y todo está bien". Esto es un error. Tenemos que confesar
que hemos hecho esto. El salmista perdió mucho tiempo en conmiserarse de sí mismo, en
mirar a otras personas y envidiarlas. Perdió mucho tiempo con pensamientos indignos acerca
de Dios y sus caminos. Sin embargo, después de su recuperación en el santuario, se dijo a sí
mismo: "Yo debo pasar la misma cantidad de tiempo mirándome a mí mismo, y a lo que he
hecho". No debemos escatimarnos. Debemos en verdad confesar lo que hemos hecho, que
equivale a decir que debemos deliberadamente poner estas cosas delante de nosotros. No
debemos protegernos de ninguna manera; no debemos ceder a la tentación de escaparnos de
nuestro pecado; no debemos mirarlo en forma casual. Debemos deliberadamente poner los
hechos delante de nosotros y decir: "Esto es lo que he hecho, esto es lo que he pensado y lo
que he dicho".
Pero no solamente esto. Debo analizar y desmenuzar esto en todos sus detalles y
considerar todo lo que involucra e implica. Esto es lo que por medio de la disciplina propia
debemos hacer implacable y resueltamente. Es indudable que el salmista hizo esto. Es por
esto que termina diciendo: "igual que una bestia". Nosotros nunca nos aborreceremos si no
hacemos esto. Debemos poner nuestro pecado delante de nosotros hasta que lo veamos tal
cual es.
Enfatizaré que debemos particularizarlo y analizarlo en detalle. Sé que esto es penoso.
Significa que no sólo es suficiente ir a Dios y decir: "Dios, soy un pecador". Debemos
detallar nuestro pecado, debemos confesarlo a nosotros mismos y a Dios minuciosamente.
Ahora bien, es más fácil decir: "soy un pecador", que: "he dicho algo que no debería haber
dicho, o pensado algo que no debería haber pensado", o, "he abrigado un pensamiento
impuro". La esencia del asunto es llegar hasta el detalle, particularizarlo, expresarlo todo,
poner todos los detalles delante de uno mismo, analizarse a uno mismo y enfrentar el horrible
carácter del pecado hasta su más profundo detalle. Esto es lo que los maestros en la vida
espiritual han hecho. Leamos sus manuales, leamos las publicaciones de los hombres más
santos que han adornado la vida de la Iglesia y nos daremos cuenta que siempre han
procedido así. Ya he recordado a Juan Fletcher. El no solamente se hacía doce preguntas a sí
mismo antes de acostarse a la noche sino que enseñó a su congregación a que haga lo mismo.
No se contentó con un rápido examen general; se examinó en detalle con preguntas tales
como ¿me enojo yo?, ¿me he enojado hoy? ¿He hecho la vida ingrata para alguien hoy?, ¿he
escuchado hoy a alguna sugerencia que el diablo puso en mi mente, algún pensamiento
impuro?, ¿he persistido en pensarlo, o lo he rechazado de inmediato? Debemos hacer un
recuento de todo lo del día y ponerlo delante de nosotros y enfrentarlo. Esto es
verdaderamente un examen de conciencia.
Luego debemos examinarlo todo a la vista de Dios, "ante El". Debemos llevar todas
estas cosas incluyéndonos a nosotros mismos a la presencia de Dios y antes de hablar con
Dios, debemos condenarnos a nosotros mismos. Notemos las palabras de Pablo en 2
Corintios 7:11: "qué indignación". Ellos estaban indignados consigo mismos. El problema es
que nosotros no estamos indignados con nosotros mismos, y tendríamos que estarlo, porque
todos somos culpables de los pecados que ya he enumerado. Estas son cosas horribles a la
vista de Dios, y no estamos indignados. Nos llevamos muy bien con nosotros mismos; es por
eso que nuestro testimonio es tan poco eficaz. Tenemos que aprender a humillarnos, tenemos
que aprender cómo humillarnos, tenemos que aprender a golpearnos. Pablo nos dice en
1Corintios 9:27: “. Lo pongo en servidumbre". Metafóricamente él se castiga, se golpea hasta
estar morado: esa es la derivación de la palabra traducida "poner en servidumbre". Nosotros
debemos hacer lo mismo. Es una parte esencial de la disciplina. Indudablemente el autor del
Salmo lo hizo porque termina diciendo: "Tan torpe era yo, que no entendía: ¡era como una
bestia delante de ti! Solamente una persona que haga pasado por el proceso de un profundo
examen de conciencia puede llegar a esta conclusión. Si queremos, entonces, llegar a esto,
debemos persistir en este camino que hemos indicado y examinarnos de verdad para vemos
tal como somos realmente.
El próximo punto que debemos considerar es éste: ¿qué es lo que descubrimos cuando
hemos hecho todo esto? No puede haber ninguna duda a la respuesta dada en este Salmo. Lo
que el autor encontró después de haberse examinado, y de haber realmente corregido su
pensamiento acerca de sí mismo, fue que la causa principal, quizás la única causa de sus
problemas, era él mismo. Este es siempre el problema. Nuestro yo es nuestro principal y
constante enemigo; y es una de las más prolijas causas de nuestra infelicidad. Como resultado
de la caída de Adán, nos centramos en nuestro ego. Somos sensibles en cuanto a nosotros
mismos. Somos siempre egoístas, estamos siempre protegiéndonos, siempre listos a
imaginarnos ofensas, siempre listos a decir que hemos sido engañados y tratados
injustamente. ¿Acaso no estoy hablando de nuestra experiencia real? Que Dios tenga
misericordia de nosotros. Es la verdad acerca de todos nosotros. El yo, este enemigo que aun
trata de hacer que un hombre sea orgulloso de su propia humillación. El salmista encontró
que ésta era la causa de todos sus problemas. Estaba errado su pensamiento acerca de los
impíos, estaba equivocado en su juicio acerca de Dios. Pero la causa primordial de todos sus
problemas estaba radicada en su pensar acerca de sí mismo. Era porque siempre estaba dando
vueltas alrededor de sí mismo que todas las demás cosas le parecieron terriblemente malas, y
totalmente injustas.
Quiero presentarles la psicología enseñada en este versículo, la verdadera psicología
bíblica. ¿Lo hemos notado? Cuando el yo toma control de nosotros hay algo que sucede
inevitablemente. Nuestros corazones comienzan a controlar nuestras mentes. Escuchemos al
salmista. El se recuperó en la casa de Dios; su parecer acerca de los impíos y en cuanto a
Dios fue corregido. Ahora se dirige a sí mismo y dice: "Se llenó de amargura mi alma y en mi
corazón sentía punzadas" —nuevamente una parte de la sensibilidad— "tan torpe era yo, que
no entendía; ¡era como una bestia delante de M!" Notemos el orden. Pone el corazón antes
que la mente.
Hace notar que su corazón estuvo lleno de amargura' antes de que su mente
comenzara a funcionar mal: el corazón primero, luego la cabeza.
Esta es una de las partes más profundas de la psicología que jamás podamos entender. El
problema real está en que cuando uno se defiende a sí mismo, logra que se invierta el
verdadero orden y el sentido exacto de proporción. Todos nuestros problemas son causados,
en última instancia, por el hecho de que somos gobernados por nuestros corazones y
sentimientos en vez de guiarnos por un pensar claro y un honesto análisis de las cosas delante
de Dios. El corazón es una facultad muy poderosa dentro de nosotros. Cuando el corazón
llega a controlar al hombre, lo intimida. Nos hace estúpidos; se apodera de nosotros de tal
manera que nos volvemos irracionales y no podemos pensar claramente. Esto es lo que le
pasó a este hombre. Pensó que era puramente un asunto de factores: ¡allí están los impíos,
mírenlos y mírenme a mí! Pensó que era racional. Descubrió en el santuario que en verdad no
fue racional, sino que su pensamiento estaba gobernado por sus sentimientos.
¿No es éste el problema con todos nosotros? El apóstol Pablo describe todo este
problema en un gran párrafo en Filipenses 4:6-7. Observemos el orden de las palabras. "Por
nada estéis afanosos, (no se preocupen por nada), sino sean conocidas vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias". Y luego ¿qué pasará? Nos
dice el próximo versículo: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará
vuestros pensamientos, y vuestros corazones"? ¡De ninguna manera! Dice: "La paz de Dios,
que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones, y vuestros pensamientos en
Cristo Jesús". Los corazones primero, luego los pensamientos, porque aquí el problema está
primordialmente en la esfera de los sentimientos.
Vemos aquí una profunda psicología. El Apóstol Pablo era un especialista para tratar
las enfermedades del alma. Sabía que no tenía sentido tratar la mente antes de corregir el
corazón, y es por esto que pone el corazón primero. El problema con cualquiera que está en
esta condición, que siente que está pasando por malos momentos y que las cosas no le están
yendo bien, es que comienza a cuestionar a Dios; y en realidad la raíz del problema es su
propio corazón turbado, que lo gobierna y controla. Sus sentimientos han tomado posesión de
su persona y le han cegado a cualquier otra cosa.
Todos los problemas y las luchas de la vida se deben, en última instancia, a esto.
Podemos decir que los problemas familiares, las disputas entre marido y mujer, las peleas
entre parientes, las discusiones entre clases y grupos, las peleas entre naciones, se deben al
hecho que el yo es controlado por las emociones. Si nos detenemos a pensar, podemos ver
cuan malo es esto, porque lo que realmente estamos diciendo es que somos absolutamente
perfectos y que todos los demás están equivocados. Pero es patente que esto no puede ser
cierto porque todos dicen lo mismo. Todos somos gobernados por este sentimiento acerca de
nosotros mismos y estamos tentados a decir: "los demás no se portan bien conmigo, siempre
soy mal entendido, siempre me hieren". Los demás dicen exactamente lo mismo. El problema
es que nosotros somos controlados por nuestro yo, vivimos en base a nuestras emociones y
somos gobernados por ellas de la forma más extraordinaria posición y decimos: "No veo por
qué debo ceder". Nos afirmamos. Aun inconscientemente ponemos énfasis en esto. ¿Yo?
¿Qué he hecho de malo? ¿Por qué me han tratado así a mí? "Se llenó de amargura mi alma y
en mi corazón sentía punzadas"; es siempre el corazón. El principio que quisiera enfatizar es
que cuando el yo tiene el predominio, afecta nuestras emociones. El yo no puede soportar un
examen intelectual verdadero. Si nos ponemos a pensar sobre esto, nos daremos cuenta cuan
necios somos. Porque luego diremos: "Yo siento esto, pero así siente la otra persona. Yo digo
esto, pero él también dice lo mismo. Evidentemente los dos pensamos que tenemos razón.
Los dos tenemos la culpa y soy tan malo como el otro". "El que se siente disminuido", dice
Juan Bunyan, "no teme la caída. El que es humilde, no teme el orgullo".
Tenemos que aprender a controlar cuidadosamente nuestros corazones. No es de
extrañar que las Escrituras dicen: "Dame, hijo mío, tu corazón". No es sorprendente que
Jeremías dice: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso..." ¡Qué tontos
somos en nuestra psicología! Nuestra tendencia es decir acerca de otro: "No es muy
intelectual: no entiende mucho, ¡pero tiene un buen corazón!" Eso está mal. Por más falta de
inteligencia que tengamos, nuestras mentes son mucho mejores que nuestros corazones.
Hablando en términos generales, los hombres no son malos porque piensan, sino porque no
piensan.
Este pobre hombre del Salmo 73 era controlado por su corazón, pero no lo sabía.
Pensaba que tenía razón. El corazón es "engañoso"; es muy hábil y astuto. Es por eso que
tenemos que vigilarlo. "Y esta es la condenación”, leemos en Juan 3:19, "que la luz vino al
mundo. Y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Es
el corazón el que está mal, y es así que terminamos con el consejo del hombre sabio en
Proverbios 4:23: "Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida".
Vigila tu corazón, vigílate a ti mismo, vigila tus emociones. Cuando tu corazón está
amargado, todo estará dolorido, y nada estará bien. Es el corazón lo que domina todo y hay
un solo remedio final para el corazón dolorido y amargado: es acudir a Dios como lo hizo el
salmista, y darse cuenta que Dios en su infinito amor y gracia, en su misericordia y
compasión envió a su Hijo a este mundo para morir en una cruz, para que al aborrecernos a
nosotros mismos, podamos ser perdonados y tener nuevamente un corazón limpio, y que la
oración de David: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio..." sea contestada. La respuesta a
esa oración está en Cristo. El puede limpiar el corazón y santificar el alma.
Una vez que el hombre se conoce a sí mismo y ve lo horrendo de su pecado y la
falacia de su corazón, sabe que tiene que acudir a Cristo. Allí encuentra perdón y
purificación, una nueva vida, una nueva naturaleza, un nuevo corazón, un nuevo nombre.
Gracias a Dios por este evangelio que puede dar al hombre un nuevo corazón y renovar un
espíritu recto dentro de él.

***

CAPÍTULO VII

ALERGIA ESPIRITUAL

Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas. Tan torpe era yo, que no
entendía; Era como una bestia delante de ti.
En estos dos versículos, como hemos visto, el salmista nos dice cómo se dio cuenta
que estaba totalmente equivocado, no sólo en su pensamiento acerca de los impíos y acerca
de Dios, sino también en su pensamiento acerca de sí mismo. Su primer descubrimiento fue
que la dificultad radica en uno mismo, que el yo tiende a tomar control, y es por eso que
surgen muchas de nuestras dificultades, problemas y perplejidades en esta vida. Esta es la
clave de todo. Hemos enfatizado que este hombre era muy honesto consigo mismo; en
realidad fue bastante severo consigo mismo. Al proseguir esto se hará todavía más evidente.
No se hizo un examen apresurado de conciencia para luego olvidarlo rápidamente y pasar a
otra cosa. Se detuvo y se mudó a sí mismo, se miró fijamente en ese espejo, y se enfrentó a sí
mismo hasta en el detalle más insignificante. Nada lo acobardó.
Esto es absolutamente esencial. No es posible el crecimiento en la vida cristiana si no
somos absolutamente honestos con nosotros mismos. De todos los aspectos de la v ida
cristiana, el examinarse a sí mismo es, probablemente, uno de los más descuidados. Esto se
debe en parte a una enseñanza errónea, pero también porque no nos gusta hacer nada que nos
duela.
No cabe duda en cuanto a la enseñanza. No hay nada más característico del verdadero
santo que la forma en que se examina a sí mismo, se enfrenta consigo mismo y se trata
duramente a sí mismo. El salmista lo hizo y tuvo que admitir que el yo era realmente la causa
de sus problemas.
Luego vimos que hizo este otro descubrimiento interesante, que cuando el yo controla
nuestra vida generalmente ocurre que el corazón toma el control de los pensamientos. Es muy
triste cuando nuestras mentes son gobernadas por nuestras emociones. Esto nunca debería ser
así. La mente, el entendimiento, es lo más supremo del hombre; indudablemente es parte de
la imagen de Dios en el hombre. El poder de razonar, de entender, de pensar y de saber por
qué hacemos las cosas, y si debiéramos hacerlas o no, es una de las razones que diferencian al
hombre de los animales. Así que cuando nos encontramos pensando emocionalmente, si es
que se me permite usar ese término, estamos en malas condiciones. El salmista llegó a esa
condición cuando el corazón se impone sobre la cabeza. La Biblia trata mucho acerca de esto,
y su enseñanza es que nosotros debemos siempre guardar el corazón, "porque de él mana la
vida". Esto quiere decir que el mismo debe estar bajo el control de la verdad. Así se nos urge
a "adquirir sabiduría" y a "adquirir inteligencia". Nunca debemos dar la impresión que los
que se convierten han dejado de pensar y sólo responden a sus corazones. Un cristiano es
aquel que cree y acepta y se entrega a la verdad. Ve la verdad, es movido por ella y actúa de
acuerdo con ella. El término "corazón" en la Escritura no significa las emociones solamente,
sino que incluye también la mente: y el arrepentimiento significa un cambio de mente.
Proseguiremos ahora considerando qué descubrió el salmista en detalle acerca de sí
mismo. Nos relata esto en los dos versículos que estamos considerando. Lo primero que
descubrió cuando vio su situación real es que él mismo se había acarreado sus propios
problemas y su propia desdicha. Descubrió en el santuario de Dios que su problema no era en
ninguna manera los impíos sino él mismo. Encontró que él mismo había provocado esa
situación. Tenemos evidencia de esto en el versículo 21 en la Antigua Versión de Casiodoro
de Reina que dice así: ''Desazonóse a la verdad mi corazón y en mis riñones sentía punzadas".
Esta traducción sugirió más bien algo sucedido en su corazón; algo que sucedió en sus
riñones, otro lugar de sentimientos y emociones de acuerdo con la psicología de antaño. Sin
embargo, lo que dijo fue algo un poco distinto. Las palabras usadas en el versículo 21 están
en tiempo reflexivo. Lo que en realidad está diciendo es que él se dañó a sí mismo. Dice: "me
he provocado una irritación en mi corazón". Y en cuanto a sus riñones puede traducirse así,
"me he causado agudos dolores". El mismo se las había provocado. El estuvo estimulando su
propio corazón estuvo agravándolo, e irritando sus propios sentimientos. El mismo realmente
se estuvo produciendo sus propios problemas y dando lugar a dolorosas punzadas las cuales
tuvo que soportar hasta que fue al santuario de Dios.
Esto es evidentemente un principio muy importante y vital. El hecho es que tenemos
la tendencia de agravar nuestros propios problemas y todos debemos confesar esto delante de
Dios. Nosotros, por supuesto, tenemos la tendencia de decir, como lo hizo el salmista antes
de que fuera al santuario de Dios, que algo fuera de nosotros es lo que produce todo el
problema. Sin embargo la causa del problema somos nosotros mismos. Me acuerdo haber
leído una vez una frase que ilustra este punto muy bien: "No es la vida lo que importa, sino el
coraje que uno pone en ella" Ahora yo no acepto esta filosofía de coraje, pero estoy citando
esta frase, porque a pesar de estar mal formulada, hay cierta verdad en ella. "No es la vida lo
que importa". Entonces, ¿qué es lo que importa? Somos nosotros mismos y la forma cómo
encaramos la vida, la manera cómo reaccionamos, nuestro comportamiento con respecto a la
misma. Puedo comprobar esto muy sencillamente. Puede haber dos personas viviendo
exactamente la misma forma de vida, enfrentando idénticas condiciones. Con todo esto son
muy diferentes. Una de ellas está amargada, entristecida, rezonga y se queja; la otra está
calma y tranquila, contenta y serena. ¿Dónde está la diferencia? No está en las condiciones;
no está en lo que les está sucediendo. La diferencia se debe a algo en ellas mismas.
Esto puede demostrarse abundantemente. Hay un verso que lo expresa muy bien: Dos
hombres miraban desde rejas de prisión. Uno vio barro, el otro las estrellas. Uno miró hacia
abajo; el otro miró hacia arriba. No es la vida, no son las circunstancias, no son los impíos,
no; somos nosotros mismos. El autor descubrió todo esto, descubrió que él mismo creaba,
exageraba y agravaba sus propios problemas. Estaba amargando su propio corazón.
Dios sabe que todos tenemos la tendencia a ser culpables de esto mismo. No es lo
externo en sí lo que importa. Lo importante es darnos cuenta que la forma en que
reaccionamos ante algo que determina lo que nos pueda pasar, no la cosa en sí meramente. A
veces decimos de cierta clase de personas que siempre agrandan sus problemas. Transforman
pequeños obstáculos en grandes montañas. Había algo allí, desde luego. Había algo para
enojarse. Sin embargo, en sí, era muy pequeño. No obstante, este hombre, estaba haciendo
una montaña del mismo, tomándolo como algo tremendo. Pensó, entonces, que se estaba
confrontando con una montaña de problemas, pero realmente no fue así. El convirtió la
dificultad en una montaña. Así es con nosotros también, pues nos incomodamos y nos
agitamos y entramos en ese mismo estado.
Hay otra frase que también describe esto. Decimos que algo nos altera, pero en
realidad somos nosotros los que nos alteramos. En otras palabras, el estímulo no es tan fuerte
como para justificar nuestra alteración. No estamos adecuadamente equilibrados, no estamos
en la condición correcta, somos hipersensibles. Todos, hoy en día, tienen alergia a algo; es
una de las frases de moda. ¿Qué significa esto? Significa que somos hipersensibles. Hay
algunas personas, por ejemplo, que no pueden estar en el mismo cuarto con un gato sin sufrir
un ataque de asma. Otros no pueden estar cerca de un campo de heno sin sufrir un ataque de
alergia. Todos conocemos esto. ¿Qué es lo que pasa? Los entendidos dicen que es el polvo o
el polen en el aire. Sin embargo, no es sólo el polen, desde luego, porque otras personas
pueden andar por el mismo campo y nada les sucede. El polen está allí. No obstante el
problema es que estas personas sufren de alergia, no por el polen sino porque son
hipersensibles, son alérgicos. Ahora bien, esto ilustra lo que el salmista descubrió. Sin
embargo, prosigue más allá. Dice que él mismo se produjo la sensibilidad, en realidad la
hipersensibilidad. Esto se puede producir fácilmente y podemos hacer que nuestro corazón
sea hipersensible. Cuanto más lo cuidamos y mimamos, más sensible y delicado se pondrá.
Podemos provocar esta condición al punto que la cosa más pequeña nos causa un problema
inmediatamente. Si encendemos un fósforo en un barril de pólvora, podemos causar una
terrible explosión. No es el fósforo lo que reviste principal importancia, sino el barril de
pólvora.
Esto es lo que el hombre descubrió. Estaba totalmente equivocado con respecto a los
impíos. Pensó que ellos eran la causa de su problema, pero descubrió que no era nada
semejante. El mismo había llevado su corazón a esta condición tan tonta: a esta
hipersensibilidad. Estaba en tal estado que cualquier cosa que le iba mal, podría causar una
explosión. Creo que todos nos damos cuenta de la verdad que estoy exponiendo, pero el
problema es ¿nos damos cuenta que nosotros estamos haciendo lo mismo? Cada vez que nos
hablamos a nosotros mismos, ¿no nos tenemos lástima? Si es así, estamos haciendo lo mismo
que este hombre, estamos alimentando nuestra morbosidad e hipersensibilidad, y nos estamos
impulsando hacia una dolorosa experiencia. Esto se llama masoquismo. Conocemos esa clase
de perversión de la cual somos todos en mayor o menor medida, culpables. Es una extraña
particularidad de la naturaleza humana, y una de las consecuencias más aterradoras de la
caída del hombre, que nosotros nos deleitemos perversamente en dañarnos a nosotros
mismos. Es algo extraordinario, pero nos gozamos en nuestra propia miseria, porque,
mientras la gustamos, nos tenemos lástima al mismo tiempo. Aquí es donde entra la sutileza.
Mientras nos sentimos totalmente miserables y tristes, hay un deseo de quedarnos en este
estado, pues nos da una especie de alegría pervertida. Todavía estamos protegiendo y
magnificando el yo.
El salmista descubrió todo esto en el santuario de Dios. Se estaba entristeciendo a sí
mismo: el mismo produjo su propia miseria y la siguió produciendo. Exageró todo el
problema en vez de enfrentarlo honestamente. Realmente no estaba en tan grave situación, no
lo estaba pasando mal. Estaba mirando a las cosas de tal manera como para decirse a sí
mismo que lo estaba pasando mal. ¡Qué hombre necio! ¿No somos todos nosotros como él de
vez en cuando? En verdad, somos tan necios!
En contraposición a esto tenemos la bendita condición descrita en Filipenses 4:11-13.
Pablo lo expresa de esta manera, "...pues he aprendido a contentarme, cualquiera sea mi
situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado,
así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para
padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. En otras palabras, arribó a la
condición en que ya no era más hipersensible. Está gobernado por una actitud donde no
interesa lo que le suceda: no lo va alterar: “... he aprendido a contentarme, cualquiera sea ni
situación”. Esta es la posición en que todos nosotros que somos cristianos, debemos estar. El
que no es creyente no se encuentra en esta posición y tampoco puede lograrla. Es corno un
barril de pólvora; nunca sabemos cuando habrá una explosión. Aún un pequeño pinchazo
causa un gran problema; es hipersensible a causa del yo. Sin embargo, el Apóstol Pablo
recordó lo que el Señor primero enseñó a sus discípulos, o sea, que "si alguno quiere venir en
pos de mi, niéguese a sí mismo...”. El yo debe ser puesto a un lado primero. Luego dijo:
"tome su cruz, y sígame”, cuando el yo es destronado y puesto en el olvido, el discípulo
no es más hipersensible, y estas cosas no causan problemas, ni alarmas, ni explosiones. Es un
hombre equilibrado porque el yo ha sido quitado y él vive para Cristo.
Examinémonos a la luz de esto. Pensemos en todas nuestras injusticias, nuestros
contratiempos e insultos y todas las otras cosas que creemos están amontonadas sobre
nosotros, y todos los malentendidos. Enfrentémoslos a la luz de esta enseñanza y creo que
nos daremos cuenta de una vez que es algo triste y miserable. Es todo provocado y realmente
no pasa nada. Hemos estado haciendo una montaña de una pequeña dificultad.
Si pudiésemos hacer una lista de las cosas que nos hacen enojar ¡qué avergonzados
nos sentiríamos! ¡Qué pequeños, qué insignificantes podemos ser!
Lo que luego descubrió el salmista es que se volvió tonto. La versión de Reina-Valera
traduce el versículo 22 así: "Mas yo era ignorante”. Sin embargo, esta palabra realmente
significa "necio" y es una palabra mejor. Era como una bestia, del todo irracional, portándose
neciamente, y de una manera absurda. Así es verdaderamente, la condición que estamos
describiendo y analizando. ¿Qué es lo que significa exactamente? Dice: "Tan necio era yo, e
ignorante”. "Era", repite el énfasis: "Era como una bestia delante de ti”. Nuevamente
notemos su honestidad, su verdadero trato consigo mismo. No se escatima a sí mismo para
nada; vio la verdad acerca de sí mismo y dijo: "Era como una bestia delante de ti”.
¿Qué significa esto? Primero y antes que nada significa que estaba actuando
instintivamente. ¿Cuál es la diferencia entre una bestia y un hombre? Parcialmente ya se ha
sugerido la respuesta. Indudablemente el don supremo que Dios dio al hombre es el
entendimiento, la razón y el poder para pensar. El animal puede ser muy inteligente, pero le
falta esta verdadera cualidad y facultad de razonar, aunque a veces parecería lo contrario. Le
falta la capacidad de salirse de si mismo, de considerarse a si mismo y a sus acciones. Es sólo
el hombre quien puede hacerlo, y esto es parte de la imagen de Dios en él. El animal no hace
esto, actúa instintivamente. No necesito dedicar mucho tiempo a ilustrar lo que quiero decir.
Tomemos como ejemplo la migración de pájaros. El estudio de esto hace ver con claridad que
es el instinto y no la inteligencia el factor gobernante de este maravilloso fenómeno. En otras
palabras, el comportamiento animal es cuestión de una instintiva respuesta a un estímulo
dado. El salmista nos dice que él se estaba comportando así. En otras palabras, él no dejó de
pensar, no dejó de reflexionar y razonar su problema. Ser necio significa no pensar
lógicamente, no pensar claramente. Tú y yo hemos sido hechos para pensar lógicamente,
hemos sido hechos para pensar racionalmente, para pensar consecuentemente. Sin embargo,
este hombre no estaba pensando así, actuó como un animal. El animal responde al estímulo
inmediata y mecánicamente, sin ningún intervalo para pensar. Esto es lo que el salmista
estaba haciendo. Y todos veremos, cuando pensamos en esto, cuan propensos somos a hacer
lo mismo. Sin embargo, no es muy cristiano hacerlo.
Una de las más grandes diferencias entre el cristiano y el no cristiano debiera ser que
el primero deja un intervalo entre el estímulo y la respuesta. El cristiano debiera siempre
colocar todo en otro contexto. Debería tomar tiempo para pensar; no debería arribar a
conclusiones inmediatas, tendría que analizar las cosas. En otras palabras, y ciertamente esto
es de vital importancia, una de las marcas del cristiano, es la capacidad de pensar, de pensar
lógica, clara y espiritualmente. Ahora bien, ¿no es este el objetivo de las Epístolas del Nuevo
Testamento? ¿Qué es lo que dicen? Razonan con nosotros. Estas Epístolas fueron dadas a
personas cristianas como nosotros quienes tenían sus problemas y perplejidades, y lo que
todas dicen es simplemente esto: "No sólo reacciones a estas cosas. Piensa en ellas; ponlas en
el contexto de los propósitos de Dios; relaciónalas con todo el panorama de la salvación y de
la vida cristiana. Y después de haber hecho esto, pensarás de ellas en una forma diferente". El
cristiano es una persona que piensa en una forma diferente a la del no cristiano. Su pensar es
lógico, claro, calmado, controlado y equilibrado; y por encima de todo es espiritual. Piensa
todo en términos de esta gran verdad que está en el Nuevo Testamento. El animal no lo puede
hacer. "Era como una bestia delante de ti”; ¡fui un necio! Esta clase de comportamiento no
es sólo semejante a la de un animal, sino que también es algo parecido a la de un niño. Un
niño se comporta así porque sus facultades de razonar no se han desarrollado lo suficiente. Se
apresura a dar conclusiones; reacciona al estímulo como un animal. Tiene que ser entrenado a
pensar y a razonar, y dejar de ser necio.
Hay otra forma en donde el salmista encontró que era un necio. Evidentemente había
tenido un enfoque bastante falso de la vida cristiana. Deseaba el placer todo el tiempo, y
pensó que su vida iba a estar toda llena de felicidad y alegría. Esto es lo que le hizo quejarse
y decir: "¡En vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia! He sido
azotado todo el día, y castigado todas las mañanas”. Permítaseme preguntar directa y
llanamente: ¿no es cierto esto de todos nosotros? Tenemos la tendencia de tomar los regalos,
los placeres, la felicidad y el gozo sin decir mucho a Dios de todo esto. Sin embargo, cuando
las cosas van mal, inmediatamente comenzamos a quejarnos. Damos por sentado nuestra
salud y nuestras fuerzas, la comida y el vestido, nuestros seres queridos. Pero cuando las
cosas van mal, inmediatamente comenzamos a rezongar y a quejarnos y decimos: "¿Por qué
Dios ha hecho esto conmigo? ¿Por qué me tiene que suceder esto a mí?" ¡Cuan tarugos
somos para agradecer, y cuan rápidos para quejarnos! Sin embargo, así son los animales, ¿no
es cierto? Al animal le gusta ser acariciado y mimado. Come y disfruta de su comida. No
obstante, cuando lo corregimos, no le gusta. Esto es típico del animal, y es típico también del
niño. El niño toma todo lo que uno le da. Pero si le retiramos algo, se resiente. Esto es ser
necio. Esto es el fracaso de no pensar. Esta es la actitud infantil, necia, animal. Sin embargo
es así; fue así la actitud de este hombre y es también la nuestra.
Podemos enfocarlo de otra forma. Esta persona estaba dando por sentado las
bendiciones y las alegrías. Todos nosotros creemos tener derecho a estos privilegios y que
deberíamos gozar de ellas siempre. Por eso cuando nos son negadas, inmediatamente
comenzamos a cuestionar y a preguntar. El salmista debió haberse dicho a sí mismo: "Soy un
hombre santo, creo en Dios, estoy viviendo una vida santa y conozco algunos aspectos del
carácter de Dios. Esto no se puede cuestionar. Hay ciertas cosas penosas que me están
sucediendo, y veo que el caso de los impíos es muy diferente. No obstante, sin duda alguna,
debe haber una muy buena razón para esto". Luego, debió haber buscado razones, y
procurado una explicación. Si hubiera obviado así, indudablemente hubiera llegado a la
conclusión que Dios tiene un propósito en todo esto. Ya hemos considerado algunas de las
razones. Hubiera llegado a la conclusión que aunque él no lo entendía, Dios tenía una razón,
porque Dios no hace nada irracionalmente. Hubiera dicho: 'estoy seguro de esto, y, por tanto,
sea cual fuere la explicación, no es la que yo supuse al principio. Lo hubiera analizado.
Pero, ¡cuan difícil! nos es actuar así. Parecería que pensamos que como cristianos, no
deberíamos tener problema alguno. Nunca nada debería irnos mal, el sol debería siempre
brillar donde estamos, mientras que los impíos deberían constantemente tener problemas y
dificultades. La Biblia no nos promete esto. Al contrario, dice "que a través de muchas
tribulaciones entremos en el reino de Dios”. Y dice también: "Porque a vosotros os es
concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él”
(Fil. 1:29). Así que cuando comenzamos a pensar, vemos que la idea que nos vino
instintivamente es completamente falsa y contraria a la enseñanza de la Biblia.
Lo resumiré todo así. "Fui necio; fui una bestia delante de ti", significa que como
animales y bestias siempre nos disgusta la disciplina. No vemos la necesidad de ella, y
cuando somos disciplinados por Dios tenemos la tendencia de objetar y aun de cuestionar y
dudar del amor de Dios y sus misericordias. Esto es algo que el salmista describe
perfectamente cuando dice que comportarse así es actuar como una bestia. Nadie, por
naturaleza, desea ser disciplinado. Quiere seguir respondiendo a sus instintos, no quiere ser
controlado. Los animales siempre objetan a la disciplina, y al entrenarlos debemos ser
pacientes con ellos y a veces severos, por esta misma razón.
Esta es una característica del cristiano inmaduro, del niño en Cristo. Resiente la
disciplina, y sin embargo la respuesta es sencilla e inequívoca. El autor de la Epístola a los
Hebreos no vacila en usar una notable y casi sorprendente frase. Dice: "Si se os deja sin
disciplina... entonces sois bastardos y no hijos” (He. 12:8). Si somos hijos de Dios, entonces
seguramente seremos disciplinados, porque Dios nos está preparando para santidad. No es un
padre indulgente que da caramelos indiscriminadamente y no le interesa lo que nos suceda.
Dios es santo, y nos está preparando para El mismo y para su gloria; y porque nosotros somos
lo que somos, y porque el pecado está en nosotros, y porque el mundo es lo que es,
necesitamos ser disciplinados. Así, El manda pruebas y tribulaciones para detenernos y para
conformamos a la "imagen de su Hijo”. Pero esto no nos agrada, y como el animal, nos
quejamos porque nos disgusta el dolor. No obstante, si pensamos, si no somos necios, le
daríamos gracias a Dios aun por el dolor. Diríamos con el autor del Salmo 119: "Bueno me es
haber sido humillado”. Pienso a veces que no hay mejor prueba para saber la posición
cristiana que esto precisamente, el de agradecer a Dios aun por las pruebas y dificultades y
también por el castigo, porque han sido utilizados por Dios para traernos más cerca de El.
Luego lo que descubrió el autor del Salmo acerca de sí mismo fue su ignorancia. Ser
ignorante no es lo mismo que ser necio, pero la necedad generalmente conduce a la
ignorancia. El salmista ignoraba la verdadera posición de los impíos, era ignorante acerca de
Dios; era ignorante en cuanto a sí mismo, y acerca de la verdadera naturaleza de la vida que
estaba viviendo. Se había olvidado del propósito general de la vida santa. Y si nosotros
reaccionamos como este salmista a las pruebas y problemas, en última instancia, sólo hay una
cosa que decir de nosotros, y es que somos ignorantes.
¿De qué somos ignorantes? Somos ignorantes de todo lo que la Biblia dice acerca de
la vida santa, y especialmente somos ignorantes de las Epístolas del Nuevo Testamento, todas
las cuales fueron escritas para iluminarnos acerca de esta ignorancia en particular. Entonces,
si siempre nos quejamos del trato de Dios con nosotros y de sus castigos, solamente estamos
confesando que no conocemos las Escrituras en absoluto, y que nunca hemos entendido el
Nuevo Testamento, o si no, que voluntariamente somos ignorantes., y que rehusamos pensar
y aplicar lo que sabernos. Vemos estos libros, pero rehusamos oír los argumentos y nos
resistimos a que los mismos se apliquen a nosotros. "Ignorantes". El salmista dice: "Me
estuve comportando como un ignorante; como si no supiera nada de sus propósitos: como si
fuera un simple principiante en estos asuntos, como si nunca hubiera leído o escuchado la
historia del pasado". Y esto es verdad acerca de nosotros también. Cuando dejamos que
nuestros corazones y nuestros sentimientos nos controlen, al instante, nos comportamos como
hipersensibles o alérgicos en este sentido: y nos comportamos como si no supiésemos nada,
como ignorantes y como bestias delante de Dios.
Esto nos trae al punto final, que es el peor de todo. "Así irrité mi propio corazón y me
lastimé y me produje dolor. Tan tonto e ignorante fui; verdaderamente me comporté como un
animal delante de ti". Yo creo que esto fue lo que partió el corazón del salmista, y es esto lo
que debería causarnos profundo dolor en nuestros corazones. En el santuario de Dios, el
salmista se dio cuenta que estaba pensando todas estas cosas horribles, indignas, tontas y
necias en la presencia de Dios. "¡Delante de ti!”! Es por esto que pensó de sí mismo como de
un animal. ¡Qué imaginación, pensar estas cosas, y llegar al punto de casi decirlas en la
presencia de Dios! Lo que se había olvidado es que Dios es quien "discierne los
pensamientos y las intenciones del corazón”, y "no hay cosa creada que no sea manifiesta en
su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquél a
quien tenemos que dar cuenta” (He. 4:12. 13). Si tan sólo nos diéramos cuenta de esto, jamás
nos comportaríamos como el salmista, y como, para nuestra vergüenza, muchas veces
nosotros nos hemos comportado.
Tú y yo estamos siempre en la presencia de Dios. Entonces cuando estamos en un
rincón sintiendo lástima de nosotros mismos porque hemos sido ofendidos, y porque esto o
aquello nos ha sucedido, recordemos solamente que todo esto está sucediendo en la presencia
de Dios. Y cuando nos preguntamos, "¿Es justo Dios conmigo?" ¿Es justo que yo esté
sufriendo mientras que otros prosperan?" Recordemos que nos estamos preguntando y
pensando todo esto de Dios, en su misma presencia. "Delante de Ti''. El salmista se olvidó de
la grandeza de Dios. Si tan solamente tú y yo recordáramos siempre la grandeza de Dios,
habrá ciertas cosas que nunca volveríamos a hacer. Cuando recordamos que solamente somos
como una mosca, o una langosta, o aun menos que esto, delante de la presencia del
Todopoderoso, y que El podría poner fin a nuestra existencia como si nada hubiese pasado,
nunca nos volveríamos a jactar delante de Su presencia, y menos aún, dudar acerca de El.
Tenemos que damos cuenta, como el sabio del Antiguo Testamento, que ''Dios está en el
cielo, y tú sobre la tierra...”.
No obstante, tenemos que recordar especialmente el amor de Dios. Dios es amor. El
salmista se dio cuenta que fue muy necio, y tonto en cuestionar el amor de Dios.
Debía todo al amor, a la bondad y a la gracia de Dios. De modo que cuando pensamos
estas cosas injustas, estos indignos pensamientos acerca de Dios, tenemos que recordar que
estamos pensando acerca de Aquel que tanto nos amó, que envió a su Hijo al mundo y sufrió
hasta la vergüenza y la agonía del Calvario por nosotros. Sin embargo, pensamos estas cosas
de tal Dios, aun en su santa presencia. Imaginemos lo que parecemos enojados delante de la
presencia de Dios, malhumorados como niños malcriados. Fijémonos en un niño pequeño de
mal humor; fijémonos en un animal. ¡Qué ridículos parecen! Y multipliquemos esto por lo
infinito y pensemos lo que parecemos en la presencia del Todopoderoso, santo, y amoroso
Dios. No, no queda nada por decir. El salmista tiene razón; no es injusto consigo mismo, sólo
está diciendo la absoluta verdad: "era ante ti igual que una bestia, ignorante, completamente
tonto".
¿Qué es lo opuesto a esto? No puedo pensar en nada mejor que la condición del Hijo
Pródigo cuando volvió en sí. No me cabe la menor duda que en cierto momento este pobre
joven pensó que había sido tratado duramente. Dejó su casa para ir a un país lejano. Se iba a
hacer valer, pero las cosas le fueron mal y pensó que había sido tratado duramente. Luego
reflexionó y retornó a su casa y dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy
digno de ser llamado tu hijo”. Esta es otra forma de decir lo mismo. Sin excusas, sin nada
para recomendarnos, hemos sido excesivamente tontos, como bestias. Hemos dejado de
pensar y de razonar; hemos dejado de apropiarnos de estas Escrituras. Es el horrible yo que
ha tomado el control y nosotros somos tan sensibles que nada ni nadie tiene razón sino sólo
nosotros. Enfrentemos al yo, saquémosle la máscara; analicémoslo. Mirémoslo honestamente
hasta que de corazón estemos avergonzados con nosotros mismos. Luego acerquémonos a
nuestro Dios de amor y gracia y reconozcamos que somos como gusanos y aun menos que
esto delante de El, que no tenemos ningún derecho sobre El, ni de reclamar su perdón.
Vayamos a El y digámosle que no deseamos ser sanados rápidamente, que sentimos que no
merecemos ser sanados en absoluto.
Como hemos visto anteriormente, el problema con muchos de nosotros es que nos
curamos a nosotros mismos muy rápidamente. Sentimos que tenemos el derecho de ser
perdonados. Sin embargo, la enseñanza de la Escritura y el ejemplo de las vidas de los santos,
es que, como el Hijo Pródigo, merecemos sólo condenación, que hemos sido como bestias en
nuestras necedades, y que no tenemos derecho alguno a Dios. Realmente, ellos se asombraron
de que Dios les haya perdonado. Examinémonos a la luz de esto. ¿Vamos a Dios sintiendo
que tenemos derecho a que Dios nos perdone?, ¿o sentimos que no tenemos derecho alguno a
pedir perdón? Así es como el salmista se sintió, y sugiero que así es como el verdadero
cristiano se debe sentir primeramente. Pablo, después de predicar por años, miró hacia atrás y
dijo que era el más grande pecador. El todavía estaba asombrado de que Dios le hubiese
perdonado. Aunque fue un apóstol, por decirlo así, ¡sentía que podía aún recibir algo en una
reunión evangelística! El todavía estaba reaccionando como un pecador; todavía estaba
asombrado ante la cruz sangrienta y ante el amor de Dios en Jesucristo nuestro Señor. "...tan
torpe era yo, que no entendía; ¡era como una bestia delante de ti!”

***

CAPÍTULO VIII

CON TODO. . .

Con todo, yo siempre estuve contigo; Me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según
tu consejo, Y después me recibirás en gloria.

El curso de la historia del salmista durante el ataque por el cual estuvo sometido por el diablo,
es un relato conmovedor. Vemos a este hombre avanzando paso a paso, de una escena a otra,
y cualquiera que haya pasado por esta clase de experiencia sabrá que estos pasos son
inevitables. Es importante, entonces, que en esta consideración observemos cada paso. Hay
pocas cosas más provechosas que el observar el establecimiento de un alma. Vemos a este
hombre subiendo nuevamente de lo profundo, camino hacia la recuperación: y en este
momento todavía estamos observando cómo se trata a sí mismo.
Se humilló a sí mismo hasta el mismo polvo, se cubrió con cilicio y cenizas. Admite
que nada merece una persona que se queja y se comporta como hizo él en la presencia de
Dios —"delante de ti”. Pero gracias a Dios, él no se queda aquí. Sigue con esta grande y
bendita expresión "con todo” o "sin embargo". Esta es una expresión que en cierto sentido
resume todo el mensaje bíblico. Es como la palabra "pero"; es una palabra que a menudo
introduce el evangelio. Marca la diferencia entre conocer el evangelio y no conocerlo. Un
hombre que no conoce el evangelio puede en cierto sentido ir hasta donde llegó este hombre,
pero tendría que detenerse aquí. El cristiano nunca se detiene aquí. El creyente que se ha
deslizado hacia abajo, comienza a volverse. "Pero", "sin embargo..." y allí entra el Evangelio
Este es el caso de este hombre. Esta expresión "con todo" o "sin embargo" es por ende muy
importante; en verdad estos dos versículos que estamos considerando son vitales.
Una muy buena forma de probar si somos o no verdaderamente cristianos, es
preguntarnos a nosotros mismos si podemos decir este "con todo". ¿Conocemos este bendito
"pero"? ¿Seguimos adelante o nos quedamos donde estábamos al final del versículo 22? El
hombre natural se queda aquí, el mejor de los hombres naturales nunca va más allá, y hay
muchos en el mundo hoy. Hay hombres buenos que no son cristianos —hombres morales,
hombres conscientes— y hemos leído de tanto en tanto, cómo algunos de ellos se suicidaron.
Se han suicidado porque no han podido decir este "sin embargo". Llegan al final de su auto-
examen y luego dicen: soy un fracaso, me he comportado mal, no he cumplido con mi deber.
Se encierran en sí mismos. Hasta aquí esto es perfectamente correcto, tenemos que hacer
esto. Pero el punto principal que se enfatiza en estos versículos es que no debemos quedamos
aquí. Si nos quedamos, podemos bien estar camino al suicidio. Y hay muchos que se quedan
aquí, hombres nobles en el sentido natural. Se condenan a sí mismos y dicen: "No hay trabajo
para una persona como yo". Se juzgan a sí mismos como inservibles, sin valor, y así se van.
Sin embargo, el cristiano no hace esto, y es en este punto donde radica toda la diferencia
entre un creyente y un incrédulo. El cristiano debe recorrer el camino hasta este punto. Pero
es precisamente al final cuando se abre la puerta de la esperanza, y él pronuncia este bendito
"con todo".
Esta es una gloriosa y asombrosa expresión. Es la expresión que en este texto une lo
que se va a decir con lo que ya se dijo anteriormente. Es la conexión vital. Pero no sólo esto;
es al mismo tiempo el punto de retorno. Hemos estado observando al salmista deslizarse, ir
hacia abajo, y sentimos que ya no podía ir más lejos. Se humilló a sí mismo hasta el polvo;
luego comenzó a mirar hacia arriba —"con todo". Inmediatamente comienza a ascender y
avanzará hasta que pueda decir triunfalmente: "Dios es siempre bueno con Israel”. Sin
embargo, no llegó a este punto con un simple salto desde la profundidad. Pasó por el proceso
que ahora estamos considerando, tuvo que pasar por varios estados. Hay peldaños en esta
escalera que llegan al final y es maravilloso observar cómo este hombre fue escalando uno
por uno. Cuando nos hemos sentido miserables y no vislumbramos esperanza alguna, cuando
el diablo nos estaba presionando y diciéndonos que cerráramos las ventanas y bajáramos las
cortinas, y hemos estado envueltos en tinieblas y desesperación, ¿hemos conocido este "con
todo"? ¿Conoces ese bendito momento cuando un haz de luz aparece por una hendidura,
trayendo una nueva esperanza y cambiando toda nuestra actitud y condición? Esta, pues es la
expresión de liberación: "con todo".
Aquí está en este Salmo. Es interesante observar cómo sucedió esto. La lógica de
estas cosas es muy fascinante.
Sucedió así. El llega al punto donde dice: "tan torpe era yo, que no entendía; ¡era
como una bestia delante de ti!”
Súbitamente se dio cuenta. En el momento que dijo “delante de Ti”, dijo también:
"Con todo, yo siempre estuve contigo”. En otras palabras: "Todavía estoy en Tu
presencia”. Y todo cambió. Fue una expresión de alivio.
Habiéndose condenado a sí mismo porque se había tenido lástima, y había sido tan
tonto en la presencia de Dios, ahora dice: "pero todavía estoy en la presencia de Dios" —"con
todo, siempre estuve contigo”.
Esto es algo asombroso, y el salmista no lo podía creer. Lo que le maravilló en ese
momento es que todavía estaba en la presencia de Dios. ¿Vemos esto? Dios no lo aniquiló
aunque se portó tan neciamente en su presencia. ¿Por qué Dios no lo echó? ¿Por qué Dios no
le mostró la puerta y le dijo: "Este es el fin tuyo; no mereces nada"? Sin embargo, no lo hizo.
Todavía estaba en la presencia de Dios. Esto es lo que le causó tanta sorpresa y asombro. No
recibió la suerte que tenía bien merecida. ¿A que se debe esto?
Lo que vemos en estos dos versículos, considero que nos lleva a toda la doctrina de la
gracia de Dios. Es una nueva comprensión de la maravillosa gracia de Dios. Si este Salmo
enseña una cosa más que cualquier otra, es que todo lo mejor y todo lo admirable en esta vida
es entera y exclusivamente el resultado de la gracia de Dios. Si no entendemos esto, no
estamos beneficiándonos realmente de esta larga consideración del Salmo. El gran mensaje
de este Salmo es que somos deudores sólo a la misericordia, en todo el trayecto, del principio
al fin. Toda nuestra vida se debe enteramente a la gracia de Dios. El salmista lo descubrió, y
lo expresa de esta manera: ''Con todo siempre estuve contigo”. “Esto”, dice en efecto, "es lo
asombroso, que todavía estoy contigo, que Tú todavía permites que venga a Tu presencia".
Tal es la maravillosa gracia de Dios. ¿Qué si El hubiera permitido que permanezcamos en esa
condición de condenación y desesperación, de no ver nada más que la verdad acerca de
nosotros sin ninguna clase de alivio? Pero El no hace esto.
Veamos ahora cómo la historia de este hombre ilustra los varios aspectos de la
doctrina de la gracia de Dios. Cuando existía aún interés en la doctrina y no simplemente en
el estudio bíblico, se reconocían ciertas divisiones en esta doctrina. El estudio bíblico en sí es
de muy poco valor si consistiera solamente en significados de palabras. El propósito de
estudiar las, Escrituras es llegar a la doctrina. Aquí tenemos una maravillosa exposición de la
doctrina de la gracia de Dios Examinemos juntos las subdivisiones que en un tiempo fueron
tan conocidas.
La primera de todas, necesariamente, es la gracia salvadora de Dios. Lo primero que
comprendió el salmista fue que, a pesar de que El mismo era Dios, le perdonó. Porque si Dios
no le hubiera perdonado, él no estaría todavía en la presencia de Dios. Si Dios le hubiera
tratado como se merecía, hubiera sido rechazado. No se le hubiera permitido volver
nuevamente a la presencia de Dios. Y esto es una prueba absoluta para él que Dios le
perdonó.
Los Salmos hablan mucho de esto. ¿Recordamos la declaración en el Salmo 103: "No
ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a
nuestros pecados”? ¡Qué de nosotros si lo hubiera hecho! Hay otro Salmo que lo expresa así:
"Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, Oh Señor, podrá mantenerse?” (130:3). Estamos en
la presencia de Dios, y estamos allí por una sola razón, o sea que en Dios hay misericordia
para que El sea temido. Estamos en la presencia de Dios, porque su nombre es Amor;
estamos aquí "porque de tal manera amó Dios al mundo (en su pecado, arrogancia, rebelión y
vergüenza), que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se
pierda, mas tenga vida eterna”. No habría un principio en la vida cristiana sino fuera por esta
gracia salvadora. Es a pesar de nosotros mismos que Dios nos perdona. Somos cristianos no
porque somos buenos, sino porque aunque somos malos, Dios tuvo misericordia de nosotros
y mandó a Su Hijo a morir por nosotros. Somos salvados sólo por la gracia de Dios; no hay
contribución humana alguna, y si pensamos que la hay, estamos negando la doctrina central
de la Biblia. Si sentimos en este momento que hay algo en nosotros que nos pueda
recomendar a Dios, no creemos el evangelio de este salmista, ni el evangelio del Nuevo
Testamento. Somos deudores a la misericordia solamente. Fijémonos en el salmista;
consideremos lo que estuvo haciendo; consideremos lo que estuvo por decir; consideremos
toda su actitud en la presencia de Dios. ¿Cómo es que Dios le podía perdonar eso? ¿Por qué
es que Dios le perdonó? ¿Hubo algo en él para merecer esta gracia? No; absolutamente nada.
Hay un solo camino para acercarnos a Dios; es venir a. El y decir como el Hijo
Pródigo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu
hijo”. Quiero dejar esto bien aclarado. Si creemos que tenemos el derecho de ser perdonados,
no somos, según yo lo entiendo, cristianos. Gracia significa bondad y amor a pecadores
indignos. Dios fue movido solamente por su propio amor, su propia misericordia, su propia
gracia. Si no vemos esto, hay una sola explicación. Es que nunca hemos visto nuestro pecado,
no hemos pasado lo que este salmista describe en la frase anterior. Si nos hemos visto a
nosotros mismos como bestias, como idiotas o estúpidos, como ignorantes, si nos hemos visto
así en la presencia del Santo Dios, entonces no habría necesidad de discutir este punto.
Daré otra definición de lo que es ser cristiano. Es un hombre que se da cuenta, que
aunque no se pueda perdonar a si mismo, Dios le ha perdonado; es un hombre que está
sorprendido precisamente de que ha sido perdonado. No toma las cosas como sentadas o con
ligereza. No viene demandando el perdón como un legítimo derecho. Jamás lo ha hecho: por
el contrario dice:

Tal como soy; sin más decir


Que a otro yo no puedo ir
Y tú me invitas a venir;
Bendito Cristo, vengo a ti.

Esto es lo que el autor está diciendo: "Con todo, siempre estuve contigo”. A pesar de lo que
he sido y de lo que he hecho, todavía estoy contigo, por tu amor, tu compasión, tu gracia
salvadora. A pesar de la condición del mundo, Dios envió a su Hijo. ¡Cuántas veces lo dice
en el Antiguo Testamento! ¡Cuántas veces hace recordar al pueblo de Israel que El los sacó
de Egipto, no por lo que eran sino por causa de su Santo nombre, por su amor y compasión a
su propio pueblo. Y el Nuevo Testamento pone gran énfasis en esta gracia salvadora de Dios.
“...en que siendo aún pecadores”, "cuando aún éramos débiles”. Dios ha hecho todo, y El
debe recibir todo el crédito y toda la gloria. "Con todo" —a pesar de mí mismo, a pesar de lo
que es cierto acerca de mí —"…siempre estuve contigo".
Pero sigamos al salmista. Habiendo comenzado con esta primera comprensión, que a
pesar de todo, Dios le está considerando, él entonces mira un poco hacia atrás. "Con todo,
siempre estuve contigo. Me tomaste de la mano derecha”. ¿Qué quiere decir con esto?
Podemos mirarlo de dos formas.
En primer lugar, vemos la gracia restrictiva de Dios. "Me tomaste de la mano
derecha”. Esto es como si hubiera dicho: "Cuando yo iba resbalando, tú estabas allí, tú me
levantaste; tú me salvaste". Los padres de la Iglesia hablaban mucho de esta gracia restrictiva
de Dios. Parece que la hemos olvidado. ¿Cuántas veces la oímos mencionar? y ¿por qué no
usamos estas grandiosas palabras? Nos hemos vuelto anti-bíblicos, hemos olvidado nuestras
doctrinas. No obstante, qué gloriosa doctrina es ésta. ¿Qué significa? El salmista quiso decir
que fue Dios quien lo sostuvo y le resguardó de la terrible caída. Esta era su posición —"Por
poco resbalaron mis pies”. ¿Por que es que no resbaló? Ahora comienza a entender. No lo
había entendido antes. Lo que le salvó fue que Dios lo sostuvo con su mano derecha. Es Dios
quien lo enderezó en el momento justo antes de la caída final. Dios le tomó de las manos
nuevamente; y en el preciso momento cuando estuvo a punto de caer, lo sostuvo.
El salmista no lo vio así al principio. Sencillamente se dio cuenta que estaba a punto
de decir cosas que nunca debería decir porque sería una ofensa al pueblo de Dios Pero, ¿por
qué se dio cuenta repentinamente de esto? ¿Que es lo que le hizo pensar así? ¿De dónde vino
este pensamiento: "Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí a la generación de tus hijos
engañaría”? La respuesta es que vino de Dios. Dios le tomó de la mano derecha y le
restringió. Dios puso el pensamiento en su mente y eso le sostuvo. Ahora ve esto, y entonces
en cierto sentido, él mismo se convierte en el gran tema de este Salmo.
El Salmo 37:24 expresa el mismo pensamiento. El salmista está describiendo al
hombre recto y dice: "cuando cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su
mano”. Es el mismo pensamiento. Es importante que esta verdad sea presentada
sencillamente. Esta doctrina, como observaremos, no dice que el cristiano nunca cae. ¡Ya
sabemos que cae!; pero nunca es castigado eternamente. Esta doctrina concierne al enfriado
espiritualmente. ¿Comprendemos esto claramente? El enfriado es evidentemente una persona
que cae; pero también es correcto decir que es una persona que no está totalmente perdida.
Algunas personas no entienden esta doctrina del enfriado espiritual. Dicen que si una persona
que aparenta ser cristiano cae en pecado, entonces, nunca fue cristiano. Están equivocados.
Un cristiano puede hacer cosas sorprendentes y pueden ocurrirle cosas sorprendentes. Sin
embargo, la doctrina concerniente al hermano caído enseña que, aunque pueda caer, no se
pierde completamente. En otras palabras, esa persona siempre reacciona; no permanece en
pecado. Es una persona que sufre una caída temporaria. Hay personas que dan la impresión
de ser cristianas, pero nunca han dado más que mal asentimiento intelectual a la verdad.
Nunca han nacido le nuevo y rechazan la verdad en su esencia. Estos no son hermanos caídos
o enfriados. Solamente al verdadero cristiano se puede aplicar la frase "hermano caído".
Lo explicaré más fácilmente con una ilustración. Recuerdo a un hombre que, según
mi criterio y el de otros, era un cristiano. No obstante, llegó un momento en que le vimos
hacer cosas terribles. Fue liberado de una vida de borrachera e inmoralidad. Se convirtió y
llegó a ser un buen cristiano. Creció espiritualmente de una manera asombrosa. Sin embargo,
este hombre llegó a hacer cosas terribles. Nuevamente cayó en el adulterio. Más aún, llegó a
robar a su propia mujer y su comportamiento era por demás despreciable. Muchos empezaron
a decir que jamás había sido creyente. A pesar de todo, yo insistía: "Este hombre es creyente;
es un hermano caído. No terminará su vida así".
Fue de mal en peor; los demás decían: "Tendrás que admitir ahora que este hombre no
es creyente." Gracias a Dios, volvió y todavía está firme, regocijándose una vez más en su fe.
Cayó, pero no fue totalmente destituido.
Es una doctrina difícil de comprender pero verdadera. La Biblia no dice que cuando
una persona nace de nuevo, jamás vuelve a pecar. Nosotros sabemos que esto no es verdad.
La Biblia no enseña el perfeccionismo. El creyente peca; puede llegar a cometer pecados
terribles, horribles. Leamos 1Corintios 5. El hombre de ese pasaje era culpable de un pecado
inmundo, pero volvió. Tan malo fue que el apóstol no pudo hacer nada con él sino solamente
entregarlo a Satanás. No obstante, fue restituido y volvió. Gracias a Dios por esto. Esta es la
gracia restrictiva de Dios Pareciera que a veces permite que nos alejemos mucho de El, pero
si somos hijos de Dios no nos alejaremos del todo. Esto es imposible.
Pero, ¿qué de Hebreos 6? La respuesta es que las personas mencionadas allí no habían
nacido de nuevo. Habían estado temporalmente bajo la influencia del Espíritu Santo. En
ningún momento se sugiere que recibieron nueva vida. Es hablando de una persona
regenerada cuando digo que, aunque pueda alejarse bastante, no se alejará del todo. Cuando
mira a su pasada vida dice: "¡Oh! amor, que no me dejarás". Dios no nos dejará ir del todo. El
salmista por poco resbaló, pero dice: "Me tomaste de la mano derecha”. No se le permitió
resbalar totalmente.
Pero sigamos al otro paso. Hay otro aspecto de esta doctrina de la gracia que se enseña en
este versículo, y es "la gracia restauradora" de Dios. Está en el mismo versículo. “Me tomaste
de la mano derecha”. Esta es otra parte maravillosa de la doctrina. Cuando el salmista mira
hacia atrás comienza a comprender. Ha llegado a entender que Dios lo estaba sosteniendo de
su mano derecha, y en el momento crucial lo trajo de vuelta. Sin embargo, no se quedó allí.
¿Qué es lo que le hizo volver? Se sentía muy miserable, con mucha envidia de los necios.
¿Qué es lo que le levantó y le ayudó a entender? Algunos creerán que es una pregunta
innecesaria, porque ya hemos visto que fue como resultado de ir al santuario de Dios. El
mismo lo dice: "Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando
en el santuario de Dios comprendí el fin de ellos”. Lo que le restauró fue su decisión de ir al
santuario de Dios.
Sin embargo, esto sólo es una respuesta superficial. La pregunta que nos tenemos que
hacer es ésta: ¿Qué es lo que al salmista le hizo ir al santuario de Dios? Estaba allí,
sumergido en su miseria y diciéndose: "Dios es injusto. He lavado mis manos y limpiado mi
corazón y a pesar de todo, siempre tengo problemas, mientras que los impíos son felices". Le
pareció que no era verdad el evangelio. Repentinamente sintió la necesidad de ir al santuario
de Dios. Pero, ¿que le impulsó a ir al santuario? Hay una sola respuesta a esto: la gracia
restauradora de Dios. Yo sugiero que fue al santuario porque Dios le puso el deseo en su
mente. Como decimos tan livianamente, es algo que se le "ocurrió". Pero, ¿cómo es que se le
ocurrió? La respuesta es que Dios puso la idea en su mente.
Quisiera volver al caso del creyente que cayó en el adulterio, y engañó y robó a su
mujer. Aquí está el resto de la historia. Abandonó su casa, vino a Londres y vivió en
adulterio. Se le acabó el dinero. Se sintió desgraciado y miserable, tanto, que estaba decidido
a suicidarse. Llegó a ser mendigo. Finalmente, un domingo por la noche, cuando se dirigía al
río Támesis, determinado a arrojarse y terminar con su vida, repentinamente se le "ocurrió"
venir aquí, se sentó en la galería mientras yo dirigía a la congregación en oración. No sabía
que él estaba presente pero dije algo sobre el amor de Dios para con el "enfriado". Lo dije
repentinamente, sin premeditarlo, no sabiendo nada. Y lo que dije, aunque una frase sin
importancia, fue como un rayo de luz proveniente de Dios, para esta pobre alma. El volvió a
Dios y ahora todo estaba bien. ¡La gracia restauradora de Dios! Este hombre estaba
caminando por las calles y repentinamente tuvo deseos de venir al santuario. ¿Por qué?
Porque Dios le mandó, Dios puso el pensamiento en su mente y él vino. Dios también puso
ese pensamiento en mi mente y lo dije en mi oración. Realmente, en un sentido, no fui
responsable; no me di cuenta. Así es como obra Dios.
La historia de la Iglesia está llena de estos casos. Hombres y mujeres, convertidos
pero aparentemente, alejados por muchos años. ¿Cómo es que Hugh Redwood volvió al
Señor? Era periodista y mientras reunía datos acerca de las inundaciones del río Támesis en
1927, se encontró nuevamente con el Ejército de Salvación. Años antes, se había convertido
con el Ejército de Salvación, pero luego se alejó. De modo que, aun una inundación puede
traer a un hijo de vuelta a Dios. Estos casos son testigos de la gracia restauradora de Dios.
Dios trajo a estos hombres de vuelta. Justo cuando llegamos al límite, cuando ya no
tenemos esperanzas y cuando ya estamos por dar lugar a la desesperación, cuando llegarnos a
pensar en suicidarnos, inesperadamente Dios interviene, quizá a último momento y nos trae
de vuelta. Nos restaura a la comunión, comunión con El mismo y más particularmente a la
comunión con los santos, y nos devuelve el gozo y la alegría que hemos perdido. "Me hizo
sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso. Puso mis pies sobre peña, y enderezó
mis pasos”.
David, Rey de Israel, supo algo de esto. Pecó terriblemente y la única forma en que
Dios pudo tratar con él, fue enviándole el profeta Natán. Natán le hizo notar su pecado en
forma de parábola, diciéndole simplemente: "Tú eres aquel hombre'” (2a. Sam. 12). David
vio su pecado y eso le impulsó a escribir el Salmo 51 y a confesar su pecado. El
remordimiento puede hacer esto. Puede hacer que nos condenemos y luego, quizá, llegar al
suicidio. Pero el cristiano dice con David: "Lávame”: "Vuélveme el gozo de tu salvación”.
La gracia restauradora de Dios. El trae al alma de vuelta, conforme a su maravilloso
amor y a su admirable bondad Podemos resumir esta doctrina así. En la vida cristiana nada es
fortuito. Nada sucede por casualidad. ¿Hay algo más consolador, más maravilloso que saber
que estamos en las manos de Dios? Todo está bajo su control. El es el Dios Todopoderoso, el
Señor del Universo, que hace todo de acuerdo al consejo de su propia eterna voluntad. Somos
objetos de su amor por lo tanto nada nos puede pasar. ". . Aun vuestros cabellos están todos
contados”. El no nos dejará ir. Podemos caer profundamente en el pecado, y alejarnos
mucho, pero no seremos del todo destruidos; nos sostendrá de la caída final. El siempre nos
traerá de vuelta. "Confortará mi alma”, dice el salmista. Y después de confortarnos, nos hará
descansar "en lugares de delicados pastos” y nos guiará a "aguas de reposo”. Y nos tratará
de una forma tan maravillosa que nos será difícil creer que hicimos lo que hicimos. ¡La
gracia restauradora de Dios!
¿No es nuestra ignorancia el problema principal? Hablamos mucho de nuestras
decisiones y de lo que estamos haciendo. Tenemos que aprender a pensar de otra manera y
ver que Dios es el que ha hecho todo. Nosotros no nos decidimos por Cristo, fue El quien
puso las manos sobre nosotros y, para usar el término de Pablo, nos "asió". Es por eso que
nos decidimos. Vayamos más allá de nuestra decisión. ¿Qué es lo que nos hizo decidir?
Volvamos al principio, a la gracia de Dios. Es todo por su gracia, y si no fuese así, y nosotros
hayamos decidido por Cristo, pronto decidiríamos por lo contrario, y nos alejaríamos y
perderíamos por completo. Sin embargo, no podemos caer de su gracia. Podemos caer en
nuestra confusa inteligencia y pensamiento, pero no en la realidad. ¡La gracia salvadora de
Dios! No obstante, necesitamos ser restringidos, y cuando caemos necesitamos ser
restaurados. Y El lo hace todo. Tenemos que darnos cuenta que "Dios es el que en vosotros
obra desde el principio hasta el fin". Gracias a Dios por su gracia admirable, maravillosa
gracia salvadora, restringente, y restauradora. "Con todo, siempre estuve contigo”. Es casi
increíble, pero es verdad. "Siempre estuve contigo”.

***

CAPÍTULO IX

LA PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS HASTA EL FIN

Me has guiado según tu consejo. Y después me recibirás en gloria.

En nuestro último estudio comenzamos a considerar la doctrina bíblica concerniente a la


gracia de Dios, ilustrada en la historia del autor de este Salmo. La proposición en general es
que la salvación es enteramente "por gracia. . . por medio de la fe, y esto no de vosotros pues
es don de Dios” (Ef. 2:8). La gloria de la salvación de cada alma es enteramente de Dios.
Tenemos aquí la gran fórmula de la Reforma Protestante que no debemos olvidar jamás.
Luego hemos visto que la doctrina bíblica con respecto a esto puede ser considerada en
ciertas categorías. Primero, la gracia salvadora. Esta es la forma original en que nos llega la
gracia, trayéndonos el perdón de nuestros pecados. Luego la gracia restringente. Hemos
notado que fue Dios quien sostuvo a este hombre. Sus pies casi resbalaron. ¿Por qué no
resbaló? Porque, según él, se acordó del daño que podría haber causado al hermano más
débil. Pero, ¿quién puso ese pensamiento en su mente? Dios; El nos frena. Dios permite que
sus hijos vaguen muy lejos, a tal punto que algunos piensen que no son hijos de Dios. Sin
embargo esto significa que como hemos visto, no entendemos la doctrina del hermano caído.
Parece que Dios permite que nos apartemos bien lejos, pero nunca del todo. El nos sostiene
de la mano derecha, nos frena.
Luego hemos visto la obra de la gracia restauradora. Dios hizo volver a este hombre y
lo llevó al santuario. No fue un pensamiento ocioso que vino a su mente, y le obligó a decir,
"Y bien, ¿por qué no voy a la casa de Dios?" Alguno que haya vagado lejos del Señor al leer
estas palabras, y examinar su propia experiencia, encontrará que el pensamiento que le vino,
no fue un impulso repentino sino que Dios se lo puso en su mente. Dios manipula nuestras
mentes y pensamientos. Le llevó al santuario y como resultado lo restauró.
A este punto llegamos. Todo eso pertenece al pasado. El salmista está todavía
mirando hacia atrás. No puede entender este "con todo", esto tan sorprendente. "Todavía
estoy en la presencia de Dios", dice. "Dios todavía me mira y se interesa por mí, a pesar de lo
que estuve haciendo, a pesar de lo que casi llegué a hacer". "Con todo yo siempre estuve
contigo”. No lo puede olvidar, y dice: "Estoy aquí por Dios y por su gracia". Y dándose
cuenta de esto, mira hacia el futuro. ¿Cómo será? Su respuesta es: "El futuro será siempre
igual. Estoy siempre en las manos de Dios". Y dado que "me tomaste de la mano derecha”:
"me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria”.
El primer punto que tenemos que considerar aquí es que este nuevo paso que el
salmista toma es casi inevitable en vista de lo que dijo. Para mí todo el caso depende de esa
proposición. Mi argumento es que la persona que comprende, como el salmista, lo ocurrido
en el pasado, tiene, por necesidad e inevitable lógica, que decir esto acerca del futuro. Por
tanto, si no podemos decir lo mismo que él acerca del futuro, significa que no hemos
comprendido el pasado. En otras palabras, la vida cristiana es un todo. La doctrina de la
gracia es una sola e indivisible; no podemos tomar parte de ella y dejar el resto. Es todo o
nada. Afirmo, pues, que este hombre hizo esta declaración porque se vio obligado a hacerlo.
Argumenta así: "He sido restringido; cuando casi me perdía, he sido sostenido por la
poderosa mano de Dios. Como resultado de su gracia, estoy en la presencia de Dios. ¿Por
qué? Por la gracia restauradora de Dios. Pero ahora se suscita esta pregunta: ¿por qué Dios
me trató así?, ¿por qué Dios me restringió?, ¿por qué Dios me restauró? Hay una sola
respuesta a esta pregunta. Dios ha hecho esto porque le pertenezco, porque El es mi Padre,
porque soy su hijo. En otras palabras, no es algo accidental o fortuito. Dios ha hecho esto
conmigo por la relación que existe entre nosotros, y por lo tanto, si esto es verdad, tendrá que
seguir haciendo lo mismo en el futuro.
Es decir que estamos considerando, aunque no nos demos cuenta de ello, lo que se
conoce como la doctrina "de la perseverancia hasta el fin, de los santos". ¿Conocemos esto?
No ha habido otra doctrina descubierta por la Reforma Protestante, que haya traído más gozo,
aliento y consolación al pueblo de Dios, que ésta. Fue esta doctrina la que sostuvo a los
santos del período del Nuevo Testamento, y como veremos, desde esa época no ha habido
nada que haya sostenido y estimulado tanto al pueblo de Dios. Esta doctrina explica las
grandes proezas que hay en los anales de la Iglesia Cristiana. Jamás entenderemos a personas
como los Pactantes de Escocia y los Puritanos —hombres que han dado sus vidas con gozo y
gloria— si no es a la luz de esta doctrina. Es la explicación de algunas de las maravillosas
cosas que sucedieron durante la última guerra; es la única forma que podemos entender cómo
algunos cristianos alemanes enfrentaron a Hitler y le desafiaron.
El salmista ahora nos da una excelente exposición de esa doctrina. Se dirige a Dios y
esto es lo que dice: "Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria”.
Muchos expositores bíblicos no se han puesto de acuerdo en cuanto al significado exacto de
esto. A algunos no les gusta la palabra "después". Dicen que debe leerse así: "Me guiarás
hacia la gloria". Sin embargo, el sentido es el mismo. Va sea que pongamos estas palabras en
presente o en futuro, hay un elemento de continuidad en las mismas. Lo que el salmista está
diciendo es: "Tú estás haciendo esto ahora, y lo seguirás haciendo, y 'después' gloria...". Este
hombre no está expresando una esperanza pía; está absolutamente seguro de ello, como el
resto del Salmo lo explica más extensamente y en detalle.
Esta es una doctrina que se encuentra en toda la Biblia, en el Antiguo Testamento así
como en el Nuevo. Los santos del Antiguo Testamento vivieron en el mundo a la luz de esta
doctrina. Así se explican los héroes de la fe mencionados en Hebreos 11 de Abel en adelante.
Se ve con particular claridad en el caso de Noé. Noé fue un excéntrico, necio y extraño en la
sociedad en que vivió. Parecía muy ridículo construir un arca. El no era como los demás, que
vivían para este mundo. No; se estaba preparando para una catástrofe. ¿Por qué lo hizo?
Porque conocía a Dios, creyó en El (deseaba solamente agradarle a El. Una magnífica
presentación de esta doctrina se encuentra en Hebreos 11:13-16: "Conforme a la fe murieron
todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y
saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que
esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado
pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban
una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos
porque les ha preparado una ciudad”
Esta es una síntesis perfecta de la forma en que los santos del Antiguo Testamento
vivieron; explica la fe de ellos y su filosofía de la vida. Es la declaración de la doctrina de la
perseverancia de los santos hasta el fin. Se ve más clara, como es de esperar, en el Nuevo
Testamento. Y es más clara por esta razón: porque el Hijo de Dios ha venido a este mundo y
cumplido con su obra, y por lo tanto tenemos mucha más seguridad que los santos del
Antiguo Testamento. Ellos tenían seguridad, pero nosotros deberíamos estar doblemente
seguros. El Hijo de Dios vino a este mundo y volvió al cielo. El ha sido oído, tocado y
palpado. Tenemos toda esta evidencia y aun más, pues el Espíritu Santo ha sido dado en una
forma tal que no había sido experimentado antes de Cristo. El efecto de esto tendría que
asegurarnos doblemente esta gloriosa y maravillosa doctrina de la perseverancia de los santos
hasta el fin.
Al considerar esta doctrina, estamos mirando a la doctrina del hermano caído en una
forma positiva. Anteriormente, la habíamos visto en una forma negativa, considerando el
aspecto restringente y el aspecto restaurador de la gracia de Dios. Si ponemos esa doctrina en
forma positiva y en el futuro, tenemos la perseverancia de los santos. ¿Por qué Dios no
permite que el hermano caído se pierda del todo? ¿Por qué decimos siempre que el hermano
caído vuelve y debe volver? Esta doctrina nos da la explicación.
Consideremos, entonces, esta gran doctrina. ¿Qué evidencias tenemos de ella? Este Salmo
que estamos considerando es una de las mejores. No obstante, veamos algunas declaraciones
del Nuevo Testamento. Leamos las palabras del Señor Jesucristo en Juan 10:28, 29: "Y yo les
doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me
las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”.
Esta declaración en sí es más que suficiente. Esas palabras fueron pronunciadas por
nuestro bendito Señor y Salvador sin ninguna salvedad. Son una aseveración dogmática, una
certeza absoluta. No podrían ser más fuertes. Sin embargo, consideremos también otros
pasajes de las Escrituras. Miremos el final de Hebreos 6 y Hebreos 11. Quizás no
conozcamos bien estos pasajes y habrá cosas de las cuales no estamos seguros. Pero
permítaseme recordar una declaración que hizo Lord Bacon: "No permitas que las cosas de
las cuales no estás seguro, te roben de lo que estás seguro". ¡Qué declaración profunda es esta
en cualquier nivel! Cuando se aplica a doctrinas bíblicas significa esto: Por un lado tenemos
una declaración categórica hecha por nuestro Señor que es clara y sencilla. No puede haber
equivocación alguna acerca de ella; es absolutamente cierta. Muy bien; entonces cuando nos
encontramos con pasajes que son inciertos, ¿qué hacemos con ellos? ¿Abandonamos aquello
de lo cual estamos seguros? Lord Bacon dice que si somos sabios, nunca debemos permitir
que lo incierto nos robe de lo cierto. Lo que dice el Señor es absolutamente seguro y lo
tomamos así. Luego examinemos los otros versículos a la luz de esto.
Si hacemos así encontraremos que no es muy difícil como he dicho anteriormente al
pasar, en pasajes como los primeros versículos de Hebreos 6, no hay manifestación alguna de
que esas personas habían nacido de nuevo. Nunca olvidemos que hay personas que parecen
ser cristianas, que aprueban las debidas declaraciones, y que muestran muchas otras señales,
pero esto no significa necesariamente que han nacido de nuevo. Quizá hayan "gustado" del
don celestial, o hayan experimentado algo del poder del Espíritu Santo, pero no significa
necesariamente que recibieron vida de Dios. La doctrina de la perseverancia de los santos se
aplica a aquellos que recibieron vida.
Consideremos ahora aquellas repetidas declaraciones de Romanos 8, y especialmente
el versículo 30: "Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos
también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. El Apóstol Pablo enseña
aquí claramente que si Dios justifica a una persona, El ya le glorificó. Todo este pasaje es una
tremenda exposición de la doctrina de la perseverancia de los santos hasta el fin, y termina
con un último desafío: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?” "Estoy seguro (en griego,
absolutamente seguro) de que ni la muerte, ni la vida... nos podrá separar del amor de Dios,
que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Leamos otro pasaje: "El”, dice Pablo a los Filipenses
(1:6), "que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.
Miremos también en Pedro 1:5. El apóstol dice: "guardados por el poder de Dios mediante la
fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo
postrero”. ¡Y así podríamos pasar horas citando Escrituras a tal fin!
Sobre la base de estas declaraciones, ¿cuál es exactamente la doctrina? ¿Cuáles son
las verdades que pueden basarse sobre estos argumentos? ¿Cómo probamos, cómo
demostramos esta doctrina? Parecería que esta enseñanza puede ser subdividida de la
siguiente manera.
Esta verdad está basada sobre el carácter inmutable de Dios. "Porque irrevocables son los
dones y el llamamiento de Dios”, dice Pablo. El es el "Padre de las luces, en el cual no hay
mudanza, ni sombra de variación”. La voluntad de Dios es inmutable, y es inmutable porque
Dios es Dios. Lo que Dios desea, lo que Dios se propone, Dios lo ejecuta. La inmutable
voluntad de Dios es la roca fundamental de todo. Si yo no creo esto, no tengo fe. La verdad
absoluta es que Dios es Dios. "Yo soy el que soy”, eterno, inmutable y siempre el mismo. En
otras palabras, Dios no es como el hombre, nunca empieza algo para luego abandonarlo. Esto
es tan típico de nosotros ¿no es cierto? Tenemos nuevos intereses y vivimos para ellos; luego
los abandonamos. Nosotros tenemos esta tendencia, pero Dios no es así. Cuando Dios
comienza una obra, El la completa. Dios es incapaz de dejar algo a medias. Este es el
fundamento de toda nuestra posición. Dios no se niega a sí mismo. No es inconsecuente. No
hay contradicciones en Dios, todo es sencillo y claro. El ve el fin desde el principio: así es
Dios. Si no descansamos en la voluntad inmutable de Dios y su propósito, no tenemos nada
en que descansar.
El segundo argumento que deduzco concierne a los propósitos de Dios.
Evidentemente no hay nada más claro en las Escrituras, desde el principio hasta el final de
ellas, que esto: Dios tiene un gran propósito, y su propósito es salvar a los que creen. No
podemos leer la Biblia honestamente y sin perjuicio sin ver esto claramente. Encontramos allí
el relato de la creación, la explicación de la caída del hombre y de la humanidad pecaminosa.
Pero luego introduce el mensaje de la gracia. ¿Que es esto? ¿No es que Dios nos muestra su
propósito en salvar a aquellos que creen? Lo estoy expresando así deliberadamente. La Biblia
establece claramente que hay algunas personas que pasarán la eternidad en gloria, y que hay
otras que no la van a pasar allí.
¿No es esto el evangelio? Encontramos en todas partes esta división, este juicio, esta
separación entre el pueblo de Dios y aquellos que no son de Dios. Es el propósito de Dios
salvar a aquellos que creen, y es un propósito inmutable. Es un propósito que se llevará a
cabo. ¿Por qué?
Esto me lleva a mi próximo argumento concerniente al poder de Dios. Este mundo
está gobernado por un poder hostil a Dios. Ese poder se describe como "el Dios de este
mundo” o "Satanás", y él ha organizado sus fuerzas con una extraordinaria habilidad y
sutileza de tal manera que toda su acción en esta vida y en este mundo está programada en
contra del pueblo de Dios. Las tentaciones, las sugerencias, las insinuaciones, toda la actitud,
todo el prejuicio —no necesito describirlos— todo está en contra nuestra. Y evidentemente la
pregunta que se presenta aquí es la siguiente: tenemos aquí a un hombre que es Hijo de Dios,
¿corno enfrentará todo esto? ¿No es evidente que caerá? Leamos el Antiguo Testamento y
encontraremos que estos hombres piadosos cayeron en pecado, entre ellos David y muchos
otros. ¿Cómo puedo estar seguro que seguiré adelante? La respuesta es que estoy sostenido
por el poder de Dios, sostenido por la gracia de Dios: "Me tomaste de la mano derecha". Esta
es la única base — el poder de Dios. No cabe duda que es un poder invencible, ilimitado e
infinito. Es por eso que el Apóstol Pablo, orando por la Iglesia en Efeso, pide tres cosas para
ellos (Ef. 1:18-19). Ora para que sepan "cuál es la esperanza" a que Dios los ha llamado.
Ruega para que conozcan "las riquezas de la gloria de su herencia en los santos", y también
cuál es "la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos", el poder
de Aquel que levantó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo. "Ahora bien", dice Pablo, en
efecto, a estos Efesios, "esto es lo que estoy pidiendo por ustedes. Son cristianos en una
sociedad pagana y están pasando por un tiempo muy difícil. Lo más grande que pueden llegar
a conocer, es que el poder que está en ustedes es el poder que Dios ejerció cuando levantó a
su Hijo de entre los muertos y lo resucitó". Este es el poder que está trabajando por nosotros y
en nosotros. El no se contenta con decirlo una vez, lo repite y lo enfatiza. El poder de Dios es
tal, que "es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que
pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros" (Ef. 3:20).
Sin embargo, tengo un argumento que es mucho más fuerte que todo lo que he dicho.
Hay algo que es aun de mucho más valor práctico para ustedes y para mí que las doctrinas de
la voluntad de Dios, del propósito de Dios y del poder de Dios. Somos tan sordos para oír, y
tan lentos en las cosas espirituales que estas declaraciones nos parecen remotas y abstractas.
Por eso les daré algunas evidencias concretas de la historia, una demostración práctica de lo
que he estado diciendo. La encontramos en la última parte del versículo 24 de este Salmo.
Comencé diciendo que él enfrenta el futuro y lo hace con lo que deduce del pasado. Lo hace
con bastante lógica. Dice que el Dios que lo trató con tanta gracia no lo puede abandonar. Lo
expresaré en palabras del Nuevo Testamento: "Si (me gusta este si, me gusta la lógica del
Nuevo Testamento) siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida" (Rom. 5:10). ¿Podemos
refutar esta lógica? Veamos lo que está diciendo. Si este Dios Todopoderoso envió a su
Unigénito Hijo amado para morir en la Cruz del Calvario, cuando todavía éramos enemigos,
¿cuánto más seremos salvos por su vida? El Dios que hizo esto por nosotros, no nos puede
dejar ahora. Se tendría que negar a sí mismo para hacerlo. Habiendo hecho lo más
importante, no puede rehusar hacer lo menos importante. Lo tiene que hacer.
Sin embargo, el apóstol, conociendo cómo somos, lo repite nuevamente en Romanos
8:32: "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos dará también con é1 todas las cosas?" El no escatimó su humillación ni sus
sufrimientos, no escatimó los esputos ni la cruel corona de espinas, ni la agonía de los clavos
en sus santas manos y pies; no escatimó la tremenda carga de la culpa del pecado. "El que no
escatimó ni a su propio Hijo... ¿cómo no nos dará también con El todas las cosas?"
¿Queremos algo más? Si esto no es suficiente, entonces me desespero. El Dios que hizo esto
por nosotros está obligado a darnos todo lo que es esencial para nuestra salvación final. Es
imposible pensar que El no lo haría. Nuestro trabajo nunca es en vano en el Señor si creemos
lo que Pablo dice en 1Corintios 15. Y si esto es cierto de nuestro trabajo cuánto más cierto es
del suyo.
Quisiera darles un último argumento. La forma en que somos salvos es, para mi, la
prueba final de la doctrina de la perseverancia de los santos hasta el fin. ¿Qué es lo que
quiero decir? Digo que somos salvos por nuestra unión con Cristo. Esta es la enseñanza de
Romanos 5 y 6. Si de veras estamos in Cristo y unidos a El nunca podemos dejar de serlo.
Formamos parte indisoluble de El, estamos unidos a Cristo. La doctrina de la justificación
también prueba esto. Dios dice "... nunca más me acordaré de sus pecados y de sus
iniquidades". Hemos muerto con Cristo; hemos sido crucificados con El y también hemos
sido sepultados con El; hemos sido resucitados con Cristo, y estamos sentados con El en
lugares celestiales. Todo lo que es verdad de El es también verdad de nosotros. ¿Puede esto
dejar de ser cierto? La doctrina del nuevo nacimiento enseña lo mismo. Somos participantes
de la naturaleza divina. Adán no lo fue. A Adán le fue dada una justicia positiva, pero no fue
hecho participante de la naturaleza divina. Fue hecho a la imagen y semejanza de Dios y nada
más; pero aquel que está en Cristo, el que es cristiano, el que ha nacido de nuevo, es
"participante de la naturaleza divina". Cristo está en él y él en Cristo.
Sigamos la lógica de estas proposiciones. Si creemos estas doctrinas veremos que
ciertas cosas se suceden inevitablemente. No puedo entender a aquellos que dicen que hoy
uno puede nacer de nuevo y mañana puede dejar de ser renacido. Es imposible, es
monstruoso, es casi una blasfemia sugerir esto. Podemos tener experiencias emocionales que
van y vienen; podemos tomar decisiones y luego renunciar a ellas. La Biblia enseña acerca de
la actividad y la acción de Dios, y cuando Dios obra, lo hace efectivamente; y si estamos en
Cristo, sin duda alguna, estamos en Cristo. Si somos participantes de la naturaleza divina v
estamos unidos a Cristo en una unión espiritual y formamos parte de El, no puede haber
separación.
Aquí, entonces, están los argumentos que prueban y substancian esta doctrina. Queda
la pregunta de cómo lo hace Dios. ¿Cómo es que Dios nos sostiene? El salmista lo expresa
así: "Me has guiado según tu consejo". El dirige; El guía. El hace todas las cosas que hemos
considerado en nuestro estudio anterior. Nos frena, trabaja en nosotros: "...ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como
el hacer...” (Fil. 2:12). Así es como El preserva a su pueblo; así es como nos sostiene por su
gracia, y nos libra del pecado. El obra en nosotros, en nuestras mentes y también en nuestras
disposiciones y deseos. Pedro, al principio de su segunda epístola, recuerda a quienes está
escribiendo que se les ha dado "todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”.
"Todas las cosas": todo lo necesario para vivir una vida santa se encuentran en las Escrituras,
en el Espíritu Santo, en la Persona de Cristo. Por medio de estas cosas Dios nos guía, nos
sostiene y nos perfecciona. El se ocupa de nosotros, somos hechura suya y su cincel ha sido
utilizado en nuestra formación. ¿Hemos estado enfermos? Probablemente haya sido Dios que
lo permitió. "Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros...", dice Pablo en
1Corintios 11:30. Porque algunos de los miembros de la iglesia en Corinto no se estaban
examinando y juzgando a sí mismos, Dios tuvo que tratar con ellos por medio de
enfermedades y dolencias. "Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que
recibe por hijo" (He. 12:6). Esto es a veces parte de su proceso en sostenernos y traernos a
esa glorificación final que nos aguarda.
Terminaré con esto. ¿Adonde nos lleva este proceso? De acuerdo a este hombre, nos
lleva a la gloria... "Me recibirás en gloria”. Quiere decir que si estamos en las manos de
Dios, y somos sostenidos por El, disfrutamos en parte de esa gloria aun en este mundo. Aun
en este mundo comenzamos a gozar algo de los frutos de la salvación, de la vida que es
gloria. Los dones del Espíritu, la gracia del Espíritu, los frutos del Espíritu, todo esto es parte
de la gloria. Cuando Dios comienza a producir estas cosas en nosotros, nos está glorificando.
El nos hace diferentes al mundo y a sus habitantes; nos hace semejantes a Cristo. Algo de la
gloria de nuestro bendito Dios nos pertenece.
Gracias a Dios por esta verdad. Sí, pero esto sólo es el comienzo; esto es sólo una
anticipación. En verdad, es sólo después de la muerte que llegaremos perfectamente a la
gloria que nos espera, a gozar de todo lo que significa el cielo. "... Me está guardada la
corona de justicia”, dice el gran apóstol Pablo. Es por eso que él ora repetidamente por las
iglesias para que conozcan "la esperanza de su vocación" y "las riquezas de la gloria de su
herencia en los santos". En otras palabras, Dios nos está preparando para Sí mismo, y el final
de nuestra salvación es que iremos a estar con Dios y gozar de su vida con El. ¡Qué criaturas
miserables somos, qué criaturas tontas, descontentas, que nos quejamos pero nos atamos a las
cosas de este mundo! ¿Sabes que tú y yo, si estamos en Cristo, estamos destinados a gozar de
la \ida y de la gloria de Dios mismo? Esta es la gloria que nos aguarda. No es apenas el
perdón de los pecados; estamos siendo preparados para esa positiva, eterna gloria. Esta es la
enseñanza que el salmista está exponiendo. Este es el fin y el objetivo a donde la gracia
sustentadora de Dios nos lleva, y para la cual El nos está preparando.
Sin embargo alguien podría preguntar, ¿no es esto acaso una doctrina peligrosa?
Existiría el peligro de que alguien dijera: "Como ya soy salvo, no importa lo que hago". Mi
respuesta es ésta. Si después de escuchar la doctrina que he estado enunciando llegamos a esa
conclusión, entonces no tenemos vida espiritual en nosotros mismos, estamos muertos. "Todo
aquel que tiene esta esperanza en él", dice en Ira. Juan 3:3, "se purifica a sí mismo, así como
él es puro". Si se nos hubiera prometido una audiencia con alguna persona importante, nos
prepararíamos para ello. Y lo que he estado diciendo es que si somos hijos de Dios, seremos
llevados a la presencia eterna y estaremos delante de la gloria de Dios. "Bienaventurados los
de limpio corazón, porque ellos verán a Dios". Cuanto más seguro esté yo de esto, más
preocupado estaré de mi santificación y pureza; más y más trataré de purificarme. El tiempo
es corto. Sé que el fin se acerca; no tengo ni un momento para perder. Debo prepararme con
más y más diligencia para el día de la coronación el cual llegará pronto.
Termino con un fragmento de lógica de John Newton. El lo pone así:

Su amor en todo el pasado me impide pensar


Que en las pruebas finales me dejará hundir.
Cada dulce experiencia que me hace gustar
Confirma que me quiere a la gloria llevar.

Dios permita que todos, cuando miramos a nuestros "Ebenezeres" pasados (ver 1Sam. 7:12),
podamos gozar de esta gloriosa y bendita seguridad: que El no puede ni quiere abandonarnos.
De esto estamos seguros ¡bendito sea el nombre Dios!

***

CAPÍTULO X

LA ROCA DE LA ETERNIDAD

¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi
corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción, es Dios para siempre.

En estas palabras el salmista describe un nuevo paso hacia adelante en el proceso de


recuperación de la enfermedad espiritual que estaba sufriendo. Lo hemos estado siguiendo
paso a paso, y ahora llega a esta próxima etapa, esta nueva declaración, la que sin duda
alguna, es la posición final, la más alta de todas. Aquí, en vista de todas sus experiencias, no
puede hacer más que entregarse a la adoración a Dios. Esto es lo que expresa en estos dos
versículos. 'V A quién tengo yo en los cielos sino a ti. Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para
siempre".
Este próximo paso es casi inevitable, y quisiera enfatizar bien este punto. Una de las
cosas más interesantes al seguir a este hombre en su peregrinaje espiritual es notar la forma
en que cada paso está ligado al anterior y con el que le sigue. Sugeriría que bien podríamos
decir que tenemos aquí la descripción de una experiencia espiritual normal. Hemos notado
que si nos quedamos estancados en una de esas etapas nos está ocurriendo algo malo en el
sentido espiritual. El detuvo el avance descendente en la primera instancia, y desde aquel
momento comenzó a ascender paso a paso y escalón por escalón. Cada movimiento era
inevitable porque el conocimiento de cada una de estas situaciones le llevaría directamente a
la siguiente. Así que, habiendo conocido todas estas verdades acerca de su bondadoso trato
con él, habiendo llegado a entender esta maravillosa doctrina de la gracia en sus diversas
manifestaciones, el salmista casi involuntariamente y casi inevitablemente se encuentra
alabando a Dios y adorándole en su maravilloso trono de gracia. Esto, repetiría, es el fin del
proceso, y es el nivel más alto adonde podemos arribar. En verdad, en estos dos versículos
vemos la meta de la salvación. Esto es todo el propósito; es para esto que somos salvos; y el
salmista arribó allí.
Me apártate del tema por un momento: con bastante frecuencia se encuentra la
tendencia, entre cristianos, de despreciar el Antiguo Testamento. No es que no creen que sea
la Palabra de Dios. Lo creen. Pero se contrastan a sí mismos con los santos del Antiguo
Testamento. "Estamos en Cristo", dicen, "hemos recibido el Espíritu Santo. Los santos del
Antiguo Testamento no sabían esto y por lo tanto son inferiores a nosotros". Si estamos
tentados a pensar así, debemos hacemos una simple pregunta: ¿Podemos honestamente usar
el lenguaje que usó este hombre en los dos versículos que estamos considerando? ¿Hemos
llegado al conocimiento de Dios y a una experiencia de Dios como este hombre llegó?
¿Podemos decir honestamente: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada
deseo en la tierra?" ¡Qué parciales que somos! Estos santos del Antiguo Testamento eran
hijos de Dios como tú y yo lo somos; y en verdad, si leemos estos Salmos honestamente, nos
sentiremos a veces algo avergonzados de nosotros mismos y quizá pensemos que acaso ellos
avanzaron más de lo que hemos avanzado nosotros. Cuidémonos de recalcar demasiado la
diferencia entre las dos dispensaciones y hacer distinciones que terminan siendo
completamente anti-bíblicas.
Así es como el salmista puede hablar de su relación con Dios, y no vacilo en asegurar
que todo el propósito del Evangelio del Nuevo Testamento y su salvación es sencillamente
mostrarnos esto. Así se prueba toda profesión de cristianismo; esto es todo el propósito de la
encarnación y de la obra completa de nuestro bendito Señor y Salvador: el permitirnos hablar
de esta manera. Preguntaría nuevamente entonces: ¿Podemos nosotros hablar así? ¿Es esta
nuestra experiencia? ¿Conocemos a Dios como este hombre lo conoció? No importa a qué
nivel hemos llegado o cuánto podamos decir: nunca deberíamos estar satisfechos hasta llegar
a esto. Esta es la meta, éste es el objetivo. Estar satisfechos con algo menos, aunque sea
bueno, en un sentido es negar el evangelio en sí, porque el grandioso y majestuoso fin y el
objeto de todo el evangelio es traernos, como veremos, a esta particular posición.
Encaremos entonces esta tremenda declaración: "¿A quién tengo yo en los cielos sino
a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de
mi corazón y mi porción es Dios para siempre". ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué está
diciendo? Estoy seguro que lo primero que surgió en su mente fue negativo y él estaba
haciendo una declaración negativa. Con esta pregunta está diciendo en verdad, que como
resultado de su experiencia ha comprendido que nadie en ninguna parte le puede ayudar, y
que no hay otro Salvador. "¿Quién es el que me puede ayudar en el cielo o en la tierra sino
sólo tú?", pregunta. No hay nadie. Cuando las cosas le fueron mal, cuando realmente llegó a
lo último, cuando no sabía dónde ir o a quién recurrir, cuando necesitaba consuelo, solaz,
fuerza y seguridad, y algo a qué aferrarse, encontró que no hay nadie aparte de Dios.
Sin embargo la negativa de este hombre es importante para todos nosotros.
Verdaderamente doy gracias a Dios por esto, porque me da mucho consuelo. Me imagino que
lo que este hombre está diciendo es que a pesar de sus imperfecciones, a pesar de sus
fracasos, cuando se encontraba lejos de Dios, casi dándole las espaldas, no encontró
satisfacción. En su experiencia, cuando estaba mal con Dios, estaba mal en todo sentido.
Había un vacío en su vida, no había satisfacción, ni bendición, ni fuerza alguna —y aunque
no podía hacer una declaración positiva acerca de Dios, podía al menos decir que ¡ no había
nada ni nadie más! Este es un pensamiento muy consolador. ¿Podemos nosotros usar este
negativo, me pregunto? Si tenemos miedo de la prueba positiva, ¿cómo nos encontramos
frente a esta prueba negativa? ¿Podemos decir que hemos comprendido todo lo que hay en
esta vida y en este mundo? ¿Hemos llegado a ver ya que todo lo que este mundo ofrece es
como "cisternas rotas"? ¿Hemos podido comprender realmente cómo es el mundo y sus
caminos y toda su supuesta gloria? ¿Hemos llegado al punto on que podamos decir: Esto si
sé, no hay nada más que me pueda satisfacer? He probado lo que el mundo puede ofrecer, he
experimentado todas esas cosas, he jugado con ellas, y he llegado a esta conclusión: que
cuando estoy lejos de Dios, en palabras de Otelo, "el caos ha llegado nuevamente".
Este es un aspecto importante de la experiencia, y muy vital. El que ha estado alejado
del Señor sabe exactamente lo que quiero decir. Es una de las formas en que se puede probar
mis anteriores observaciones acerca del hermano caído. El caído espiritualmente es una
persona que, por su relación con Dios, nunca puede llegar a gozar realmente de otra cosa.
Puede procurarlo, pero se siente miserable mientras permanece en esa situación, y él se da
cuenta de esto. Así nosotros podemos examinarnos a nosotros mismos. En forma notable
tenemos en esta confesión un examen sorprendente de nuestra fe y creencia cristiana. Este es
casi siempre el primer paso en nuestra recuperación: llegar a comprender que todo en verdad
es diferente, "las cosas viejas pasaron; y he aquí, todas son hechas nuevas". Las cosas del
mundo ya no tienen la atracción y el valor que antes parecían tener. Descubrimos que cuando
no estamos en una correcta relación con Dios los mismos cimientos de nuestra vida no
parecen existir. Podríamos viajar al confín de la tierra procurando encontrar satisfacción sin
Dios, pero descubrimos que no la hay.
Sin embargo, es evidente que no nos podemos quedar aquí con lo negativo. Esta
declaración es también positiva. Enfatizaré esto analizando la afirmación positiva del
salmista. Está diciendo, en primer lugar, que él desea a Dios mismo, no solamente lo que
Dios da, o lo que hace. Esta es una declaración muy importante, por esta razón: La verdadera
esencia del problema del salmista, en un sentido, es que él había colocado lo que Dios da, en
el lugar que debe ocupar Dios mismo. Esto es lo que estaba detrás de su problema con
relación a los impíos. A todos les iba bien; ¿por qué es entonces que él lo estaba pasando
mal? ¿Por qué había sido "azotado todo el día?" ¿Por qué piensa: "en vano he limpiado mi
corazón y lavado mis manos en inocencia"? ¿Por qué pensó así? El problema es que él estaba
más interesado en las cosas que Dios da, que en
Dios mismo, y porque pensaba que no tenía las cosas que él deseaba, comenzó a
dudar del amor de Dios. Pero llegó al punto donde honestamente puede decir que desea a
Dios mismo por lo que es y no sólo por lo que da y hace. Lo expresaré en forma más enfática.
La prueba final del cristiano radica en que sinceramente pueda decir que desea a Dios aun
antes que el perdón. Todos deseamos el perdón, y con toda razón; pero esto es uno de los
grados más elementales de la experiencia cristiana. La cúspide de la experiencia cristiana es
cuando uno pueda decir: "Sí, pero aun más que el perdón, deseo a Dios, Dios mismo".
Muchas veces deseamos poder, capacidad y otros dones. Hay un sentido en que es correcto
desearlos. Pero si ponemos estas cosas antes que Dios, estamos proclamando nuevamente que
somos cristianos muy pobres Como cristianos desearnos bendiciones de varias clases y
oramos a Dios por ellas, pero al hacerlo, a veces podemos insultar a Dios, porque damos a
entender que no tenemos interés en El sino sólo en el hecho de que El puede darnos esas
bendiciones. Deseamos las bendiciones pero no nos detenemos a gozar de su bendita Persona.
El salmista experimentó todo esto y llegó a ver que la mayor de todas las bendiciones es
justamente conocer a Dios y estar en su presencia.
Hay muchos ejemplos de esto en la Biblia. El Salmo 42: 1 y 2 lo expresa
perfectamente: "Como el siervo brama por las corrientes de aguas, así clama por ti. oh Dios,
mi alma". Aquí el salmista está clamando por un conocimiento directo de Dios, una
inmediata experiencia de Dios. Su alma "clama", "tiene sed de Dios, del Dios vivo". No de
Dios como una idea, no de Dios como una causa, o fuente de bendición, sino del Dios vivo en
persona. ¿Conocemos esto?
¿Estamos hambrientos y sedientos de El? ¿Anhelan nuestras almas a El? Esto es muy
profundo, y es terrible pensar que es posible pasar nuestra vida orando cada día y nunca
darnos cuenta que lo supremo en la experiencia cristiana es encontrarnos cara a cara con
Dios, adorándole a El en Espíritu y espiritualmente. ¿Nos damos cuenta que estamos
relacionados directamente con el Dios vivo? ¿Conocemos su presencia? ¿Es real en nosotros?
Lo expresaré en un nivel inferior: ¿Estamos deseando y buscando esto? ¿Estamos
insatisfechos hasta tenerlo? ¿Es el mayor deseo de nuestros corazones y nuestra más alta
ambición, sobre toda otra bendición y experiencia, saber que estamos ante El y que lo
conocemos y nos gozamos en El? Esto es lo que el autor del Salmo 42 desea; esto es lo que el
autor del Salmo 73 había llegado a disfrutar.
El Apóstol Pablo dice exactamente esto en Filipenses 3:10. "Si me preguntan", dice
Pablo, "cuál es mi mayor deseo, es este: 'conocerle'". Notemos su suprema ambición. No me
interpreten mal al exponer esto claramente. Su más alta ambición no fue ser un gran ganador
de almas. Fue una de sus ambiciones, y muy buena. No era ni siquiera ser un gran predicador.
No; por encima de todo e incluyendo esto, era "conocerlo". Porque como el apóstol nos
recuerda en otra parte, si ponemos las otras cosas primero, quizá seamos reprobados, en
cierto sentido, aun como predicadores. Pero cuando ponemos el deseo que tuvo Pablo en el
centro, no hay peligro. Pablo vio la faz del Cristo vivo, del Cristo resucitado. Sin embargo,
aún no está satisfecho y desea este más profundo y más íntimo conocimiento de El, un
conocimiento personal, una revelación personal del Señor viviente en el sentido espiritual.
No hay nada más sublime que esto, Fijémonos en el anciano Juan escribiendo su carta
de despedida a los cristianos. Su mayor deseo, les dice en 1 Juan 1:4, es "... que vuestro gozo
sea cumplido”. ¿Cómo es que se cumple? "... para que también vosotros tengáis comunión
con nosotros...", compartiendo con nosotros esta experiencia bendita que gozamos. ¿Y qué es
esto? ". Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo". No
significa que solamente estamos involucrados en la obra de Dios. Quiere decir esto por
supuesto; pero es el nivel inferior. El nivel más alto es realmente conocer a Dios mismo. ''Y
esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien
has enviado” (Jn. 17:3). En verdad, tenemos la autoridad de nuestro Señor mismo, y no
solamente en la declaración que acabo de mencionar. Cuando uno le preguntó cuál era el más
grande mandamiento, dijo: "... .Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente". "... Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo" (Mt. 22:37, 39). Lo primero, lo más importante en la vida, es que conozcamos a Dios
y que le amemos con todo nuestro ser. Estar satisfechos con algo menos que esto es no
entender el fin, el objeto y el propósito de la salvación cristiana. No nos detengamos en el
perdón. No nos detengamos en las experiencias. La meta es conocer a Dios, y nada menos. El
salmista puede decir que ahora sólo desea conocer a Dios por lo que El es, y no por lo que da
y hace.
Lo expresaré de otra manera. Este hombre no solamente desea a Dios mismo, sino que
no desea otra cosa aparte de Dios. Es exclusivo en su deseo y lo detalla. Primero dice que no
desea otra cosa en el cielo sino a Dios. ¡Qué declaración! "¿A quién tengo yo en los cielos
sino a ti?” Quisiera formular una pregunta, y creo que son estas simples preguntas las que
realmente nos dicen toda la verdad acerca de nosotros mismos. ¿Qué es lo que deseamos y
esperamos en el cielo? Haré una pregunta que quizá venga antes que ésta: ¿Realmente
anhelamos estar en el cielo? Esto no significa ser movidos. Me agrada la forma en que
Matthew Henry lo dice: "Nunca se nos ha dicho en las Escrituras que deseemos el cielo". Si
una persona desea la muerte es que deseemos el cielo". Si una persona desea la muerte es
porque quiere quitarse la vida debido a sus problemas. Esta no es una actitud cristiana sino
pagana. El cristiano tiene un deseo positivo del cielo, y por lo tanto pregunto: ¿Deseamos
estar en el ciclo? Pero, aun más, qué es lo que deseamos cuando lleguemos al ciclo?, ¿es el
descanso?, ¿es el estar libres de nuestras pruebas y tribulaciones?, ¿es la paz del cielo?, ¿es el
gozo del cielo? Todas esas cosas se encontrarán allí, ¡gracias a Dios!; pero esto no es lo que
debemos buscar en el cielo. Es la faz de Dios que debemos buscar. "Bienaventurados los de
limpio corazón, porque ellos verán a Dios”. La visión espléndida, el Summum Bonum es
estar en la misma presencia de Dios contemplar y contemplar a Dios. ¿Deseamos esto? ¿Es
esto el cielo para nosotros? ¿Es esto lo que deseamos por sobre todas las demás cosas? ¿Es
esto lo que codiciamos y deseamos con ansias?
El Apóstol Pablo nos dice que morir "es estar con Cristo". No hay necesidad de
agregar nada más a esto. Esta es la razón, creo, por la cual sabemos muy poco en detalle,
acerca de la vida en el cielo y en la gloria. Muchos a menudo preguntan por qué no sabemos
más acerca de esto. Creo que hay dos respuestas. Una es porque en nuestra situación
pecaminosa, cualquier descripción que se nos dé, sería mal interpretada. Es tan glorioso que
no lo podemos entender ni comprender. La segunda razón es más importante; a veces el
deseo de saber más es sólo una curiosidad ociosa. Les diré lo que es el cielo. Es "estar con
Cristo", y si esto no nos satisface, entonces no conocemos a Cristo en absoluto. "¿A quién
tengo yo en los cielos sino a ti?", dice el salmista. No quiero otra cosa. "Do tú estás el cielo
es". Sólo mirarle es suficiente. "Estar con Cristo" es más que bastante, es todo. "¿A quién
tengo yo en los cielos, sino a ti?"
¿Cuánto conocemos de esta experiencia? Hemos tenido experiencias y bendiciones;
hay ciertas cosas que ya sabemos, pero esta es la prueba: ¿le conocemos, le deseamos? Nada
más que estar con El, conversar con El. ¿Clamamos por El? ¿Tenemos sed del Dios vivo y de
la intimidad con el Señor Jesucristo? Esta es la verdadera experiencia cristiana. ¿Cuánto
tiempo pasamos con El, orando a El? "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?”
En la misma forma sigue diciendo: "Fuera de ti nada deseo en la tierra”.
Nuevamente notemos por qué el salmista dice esto. Lo dice porque era la misma esencia de
su problema anterior. La razón de su problema era que él deseaba ciertas cosas que los otros
tenían. "Pues tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos. Porque no
tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero". Y deseaba ser como ellos y tener
las cosas que ellos tenían: pero ahora ya no las desea. Ya había comprendido el fin de ellos.
Ahora, "fuera de ti nada deseo en la tierra": sólo Dios en el cielo, sólo Dios en la tierra.
Las Escrituras, nuevamente, están llenas de esta enseñanza. Es así como el Señor lo
expresa en Lucas 14:26:
"Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y
hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo". No nos
preocupemos por la palabra "aborrece"; es simplemente una palabra fuerte que significa que
una persona que pone a alguien o algo en su vida, antes que a Cristo, no es un verdadero
discípulo suyo. Ser un verdadero discípulo de Cristo, significa que Cristo debe estar en el
centro, Cristo debe ser Señor de mi vida, Cristo debe estar en el centro de mi ser; significa
amarle a El más que a cualquier persona o cosa. "Fuera de ti nada deseo en la tierra". ¿Tiene
El, el primer lugar en nuestras vidas? ¿Aun antes que nuestros seres queridos y los más
allegados y los más amados? ¿Aun antes que nuestro trabajo, nuestros éxitos, nuestros
negocios, que toda otra cosa mientras estamos en esta tierra? El debería ser nuestro supremo
deseo. "Para mí el vivir...", ¿es qué? "Es Cristo", dice San Pablo. Es caminar en este mundo
con Cristo mismo, tener comunión con El en esta vida. Y porque esto fue realidad en su vida,
Pablo podía decir: "he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación". ¿Por qué?
Otras cosas ya no le controlan. Es Cristo, y es sólo Cristo a quien desea. Si tengo a Cristo,
dice, tengo todo y "todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Fil. 4:11, 13). Vivimos
independientes de las circunstancias y de lo que nos rodea, cuando vivimos de El, por El y
para El; lo demás es insignificante. ¿Le deseamos a El por sobre todas las cosas en este
peregrinaje sobre la tierra? El salmista llegó al punto donde podía decir esto.
No solamente eso, sino que sigue diciendo que encuentra completa satisfacción en
Dios. Toda la declaración significa esto y una vez más lo expone en detalle. "¿A quién tengo
yo en los cielos, sino sólo a ti?" El es Sol y Escudo, da gracia y gloria. No tiene fin. El
encuentra que Dios le satisface completamente: su mente, su corazón, todo su ser.
¿Encontramos satisfacción intelectual completa en Dios y en su obra santa? ¿Encontramos
toda nuestra filosofía aquí y sentimos que no necesitamos otra cosa aparte de esto? Dios
satisface plenamente al hombre, al corazón, y también a los sentimientos. El llena todo. Dios
es todo y en todos. El es mi porción y mi completa satisfacción. Yo no deseo otra cosa, no
deseo que se agregue más. Leamos los Salmos y encontraremos ese tema en todas partes. En
el Salmo 103, por ejemplo, encontramos que esto es exactamente lo que el salmista está,
diciendo: Dios ¡.ana sus males y enfermedades, echa sus pecados tan lejos de él como el
oriente lo está del occidente, le da fuerza y poder, todo. Está plenamente satisfecho con este
bendito, glorioso Dios.
Esto nos trae al último punto, y es éste: que el salmista descansa confiadamente en
Dios. Desea a Dios por lo que El es, antes que por lo que El da. No desea nada más que a
Dios. Encuentra completa satisfacción en Dios, descansa y reposa confiadamente en El.
Leamos lo que dice: "Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi
porción es Dios para siempre". Hay quienes dicen que se está refiriendo aquí no sólo al
tiempo cuando su carne se envejecerá con el correr de los años sino también a algo que estaba
experimentando en ese momento. Probablemente tengan razón, porque no es posible pasar
por una experiencia espiritual como la de este hombre sin que el cuerpo físico sufra. Creo que
sus nervios estaban en mal estado. Su corazón físico no funcionaba bien. "Mi carne y mi
corazón desfallecen" sugiere que podría haber estado enfermo físicamente. Pero de todos
modos, mirando al futuro, él sabe que va a llegar el día cuando su carne y su corazón fallarán.
Se pondrá viejo; sus facultades fallarán; sus fuerzas disminuirán, no podrá alimentarse a sí
mismo, yacerá desvalido en cama, las cosas del tiempo y de este mundo se le deslizarán.
"Aun así todo estará bien", dice este hombre, "porque pase lo que pase, Dios es el mismo
ayer, hoy y para siempre, y será la fuerza de mi corazón".
"Más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre". Me gusta esto, pues
suscita una imagen en nuestras mentes. "Oh, sí", dice este hombre, "sé que estoy en una
posición tal que me permite descansar quieta y confiadamente en £1. Sé que puedo decir esto,
aunque llegue el día en que el fundamento de la vida se sacuda debajo mío, Dios será la roca
que me sustentará". El no puede moverse; El no puede ser sacudido. Es la Roca de la
eternidad, y esté donde esté, pase lo que pase, aunque mi cuerpo fallare y las cosas de este
mundo se diluyan, Dios la Roca me sustentará y nunca seré movido. "Mas la roca de mi
corazón y mi porción es Dios para siempre".
La Biblia no se cansa de decía esto. Leamos lo que otros pasajes dicen. Aunque pasen
cosas terribles, éste es el aliento y consuelo que todos ellos dan. No solamente es Dios la
Roca sino también "acá abajo los brazos eternos". Los cimientos de nuestra vida pueden
desaparecer, todo lo que hayamos considerado como fundamento puede desmoronarse y
nosotros mismos estar cayendo al abismo. Pero no, "acá abajo" —y siempre están allí— "acá
abajo los brazos eternos". Ellos nos están sosteniendo siempre; nunca llegaremos a
estrellarnos; seremos sostenidos cuando todo lo demás desaparezca. Isaías dice lo mismo.
Habla de esa "piedra por fundamento", "piedra probada... de cimiento estable" que ha sido
puesta, y lo que dice es que "el que creyere, no se apresure". Una mejor traducción es la que
tenemos en el Nuevo Testamento, ". el que creyere en ella, no será avergonzado". ¿Por qué
no? Porque está sobre la Roca, tiene este apoyo v no puede ser movido, porque este
fundamento es Dios mismo. Y en esta Roca, aunque mi carne y mi corazón desfallezcan,
nunca seré movido, nunca seré tomado de sorpresa, nunca seré avergonzado. Dios me
ayudara hasta el fin.
¿Conocemos esto? ¿Estamos sobre la Roca? ¿Lo conocemos? No tratemos de
depender de nuestra familia; no vivamos de nuestros negocios, de nuestras propias
actividades; no vivamos de nuestras experiencias, o de otra cosa. Todo tendrá su fin, y el
diablo nos sugerirá que aun nuestras máximas experiencias pueden explicarse
psicológicamente. Vivamos de nada, no confiemos en cosa alguna, sino sólo en El, El es la
Roca de la eternidad, el Dios eterno.

***

CAPÍTULO XI

UNA NUEVA RESOLUCIÓN

Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; Tú destruirás a todo aquel que de ti se
aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor
mi esperanza, para contar todas tus obras.

Estos versículos finales sintetizan la conclusión a la cual arribó el salmista como resultado de
la experiencia que describe en detalle en el resto del Salmo. Representan su meditación final,
y toma la forma de una determinación. Ha finalizado su análisis del pasado y ahora se
enfrenta consigo mismo y el futuro. Resuelve que, en lo que a él le toca, hay una cosa que
hará a toda costa. "El acercarme a Dios es el bien”, dice. "En esto me voy a concentrar".
Expresándolo así el salmista nos da una idea completa de su filosofía de la vida, su
forma de enfrentar las incertidumbres que se le puedan presentar. Es aquí donde descubrimos
el gran valor de los Salmos. Estos hombres no sólo relataron sus experiencias en este mundo,
sino también sus reacciones ante las mismas, y como resultado de todo lo que les pasó,
propusieron ciertos grandes principios. Tenemos aquí, por lo tanto, la esencia de su sabiduría.
En la Biblia encontramos sabiduría divina, celestial, y en un sentido, la conclusión final de
este hombre es sencillamente el gran mensaje central de la Biblia. En ella se nos dice que, en
última instancia, hay sólo dos posibles aspectos de la vida y dos posibles formas de vida.
No podemos hacer nada mejor, entonces, que concluir nuestro estudio de este
grandioso Salmo, considerando la sabiduría de su autor. Cada uno de nosotros ha llegado a
cierto nivel en esta vida; todos hemos tenido variadas experiencias. Yo pregunto: ¿hemos
llegado a la misma conclusión que el salmista? ¿Vemos en verdad que ésta es realmente la
esencia de la sabiduría? ¿Cómo estamos enfrentando el futuro desconocido? ¿Lo estamos
haciendo de esta manera?
Comencemos con mirar a la determinación que el salmista tomó. En la versión
popular dice: "Pero yo me acercaré a Dios, pues para mí eso es lo mejor. . .” y la revisión de
1960 dice: "Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien”. El se está contrastando con
otros. Cualquier otra cosa podrá ser verdad acerca de otros, pero el acercarse a Dios es lo
bueno para él. Su gran ambición será eso sólo, mantenerse cerca de Dios. Al expresarlo en
forma de contraste, nos ayuda a ver la importancia de esta decisión. "Porque he aquí, los que
se alejan de ti perecerán... Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien”. Hay sólo
estas dos posiciones en la vida. Estamos todos lejos de Dios o cerca de El. Y no hay otra
posición posible, de manera que es de vital importancia que lleguemos a la decisión que tomó
este hombre, la de estar cerca de Dios.
No tengo duda alguna que esto es lo que predominaba en su mente. Recordando su
triste experiencia, llegó a la conclusión que en verdad su error y las causas que provocaron su
problema, se debían sólo a no estar cerca de Dios. El pensó que la razón era que los impíos
parecían prosperar mientras que el sólo experimentaba problemas. Sin embargo, al ser
iluminado en el santuario de Dios, ve claramente que esa, de ninguna manera fue la raíz de su
problema. Hay un sólo problema de importancia y es la relación del hombre con Dios. Si
estoy cerca de Dios, dice el salmista, realmente no interesa lo que me pase; pero si estoy lejos
de Dios, nada estará bien. Y ésta es la profunda conclusión a que arribó.
Todos tenemos la tendencia de pensar que necesitamos ciertas cosas. Pensamos que
nuestra felicidad depende de condiciones y de sucesos. Precisamente por pensar de esa
manera el salmista llegó a esa condición tan desgraciada. Ver a los impíos y a su aparente
prosperidad le molestó, le provocó envidia, y empezó a quejarse y a murmurar. Pasó días y
semanas en ese horrible estado de conmiseración, pero luego comprendió que estaba así por
el solo hecho de no estar cerca de Dios. Este es el principio y el fin de la sabiduría en la vida
cristiana. Tan pronto nos alejamos de Dios, todo va mal. El secreto es estar cerca de Dios.
Cuando dejamos de hacerlo, somos como un barco en el mar cuando pierde de vista las
estrellas, o falla su brújula. Si perdemos nuestra paciencia, no nos sorprendamos de las
consecuencias. Esto es lo que descubrió el salmista. "Esto es lo que necesito" dice. "No
necesito bendiciones, ni la prosperidad que otros tienen, ni esas otras cosas de que el mundo
habla tanto. Lo único que interesa es estar cerca de Dios, porque mientras estaba lejos de El
todo me iba mal y me sentía miserable; pero ahora que he vuelto, aunque mi condición
permanece igual, todo está bien conmigo, estoy lleno de gozo y paz, puedo descansar
confiado, feliz y seguramente en los brazos de su amor. Por lo tanto, esta es mi decisión. En
cuanto a mí, voy a vivir cerca de Dios. Esto es lo que siempre va a ser lo más importante de
mi vida. Comenzaré con esta actitud cada día. Me voy a decir a mi mismo, aunque suceda
cualquier otra cosa, que lo esencial es estar cerca de Dios".
Esta fue la decisión del salmista, y afortunadamente para nosotros, nos hace conocer
el secreto de cómo llegó a esa conclusión. Tenemos que agradecer a Dios una vez más por la
Biblia y sus instrucciones detalladas. Ella no nos da simplemente un precepto en términos
generales; nos da también las razones para el mismo. Y estas razones son necesarias, porque
fácilmente olvidamos el precepto. Aquí en estos dos versículos tenemos algunas de estas
razones.
Una buena razón para estar cerca de Dios es la contemplación del fin de aquellos que
no lo están. Notaremos que menciona esto primero, y creo que lo hace porque todavía está
pensando, en un sentido, en términos de su experiencia. En verdad fueron estas personas
impías que le hicieron extraviar. Está ansioso, por lo tanto, de protegerse para no caer
nuevamente en esa trampa. Sabe, al enfrentarse con el futuro, que el mundo no va a cambiar.
Los impíos seguirán siendo como antes: "Los ojos se le saltan de gordura”. Todo podrá
parecer maravilloso y excelente para ellos, pero él nunca caerá otra vez en esa trampa. Por
eso dice primero: "Los que se alejan de ti, perecerán: tú destruirás a todo aquel que de ti se
aparta". Dios lo ha hecho en el pasado; lo hará también en el futuro.
Hemos visto todo esto en detalle. El salmista lo ha tratado minuciosamente. "Los has
puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido asolados de repente!
Perecieron, se consumieron de terrores”. "Comprendí el fin de ellos”. Esto es sólo un
resumen histórico. Ha sucedido en el mundo antes y después del diluvio, en Sodoma y
Gomorra y en otros eventos similares de la historia. ¡Qué ridículo parecía Abraham, andando
por las montañas con sus ovejas, en contraste con la situación próspera de Lot en las ciudades
del valle, con sus vicios e inmoralidad. Bien se podría haber preguntado: ¿Vale la pena ser
pío? Pero también podría haber dicho: "Los que se alejan de ti, perecerán; tú destruirás a
todo aquel que de ti se aparta”. Esta es la larga historia del Antiguo Testamento expresada
aquí tan sencillamente: "Los que se alejan de ti, perecerán”. Si basamos nuestro concepto de
la vida en lo que dicen los diarios bien podríamos pensar que el mundo no-cristiano lo está
pasando maravillosamente con sus relucientes ganancias, sus pompas, glorias y riquezas.
Pero no interesa cuál es la prosperidad temporaria del impío; aunque en este momento todas
las circunstancias demuestren lo contrario, es una verdad ineludible que aquellos que están
lejos de Dios morirán. "Los molinos de Dios muelen despacio”, muy despacio, y a veces
pensamos que no se mueven en absoluto, "sin embargo muelen muy fino". Este es el mensaje
de la Biblia desde el principio hasta el fin. Esto es lo que significa la vida de fe. Todos somos
llamados a mirar la vida de la misma forma en que los grandes héroes mencionados en
Hebreos 11 lo hicieron. Tenemos que hacer lo que hizo Moisés. Tenemos que tener por
mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; tenemos que damos
cuenta de lo que es este mundo y su vida; tenemos que verlo bajo condenación, bajo la ira de
Dios; tenemos que ver el castigo que muy ciertamente vendrá sobre él. Todo se perderá, todo
pasará. Tenemos que darnos cuenta, por lo tanto, de su vanidad, de su vacío, de su nada.
Luego nos propondremos, como lo hizo este hombre, quedarnos cerca de Dios. El mundo y
sus obras perecerán: "cambio y decadencia veo en mi alrededor; polilla y herrumbre hay en la
misma trama de lo más resplandeciente, en las más excelentes ganancias que el mundo pueda
ofrecer. Tenemos que entender que nos estamos moviendo constantemente hacia el gran
tribunal, el fin del mundo, el juicio final. "Los que se alejan de ti, perecerán”.
¿Hemos entendido esto? ¿Alabamos a Dios de mala gana? ¿Al enfrentar el futuro,
dudamos en seguir con la vida cristiana? ¿Estamos en alguna manera confundidos al mirar a
nuestro alrededor y ver a otros que parecen tener lo mejor de todo, a personas que nunca van
a adorar a Dios y sin embargo parece que nada les va mal? ¿Es verdad la Biblia?
Necesitamos aprender la lección que le fue enseñada a un granjero por un anciano
pastor en Norteamérica. Este granjero decidió, un verano particularmente lluvioso, que
cosecharía su siembra un día domingo. El anciano pastor le aconsejó a él y a otros que no lo
hagan. Pero este hombre decidió que lo haría y se maravilló de la cosecha al ver que sus
graneros estaban repletos. Cuando el granjero se encontró con el anciano pastor, le dijo que
su predicación estaba equivocada. "Calamidad repentina no me vino", dijo; "mis graneros no
se quemaron; Dios no ha matado a ninguno de mis hijos ni me ha quitado a mi mujer. Sin
embargo, he hecho lo que usted siempre me aconsejó que no haga por las consecuencias que
me acarrearía. Pero nada ha sucedido. ¿Qué de su predicación ahora?" El anciano pastor miró
al granjero y le respondió: "Dios no siempre ajusta sus cuentas en el otoño". No siempre lo
hace al instante. Pero tan cierto como que estamos aquí los dos en este mundo es el mensaje
de la Biblia: "Los que se alejan de ti, perecerán”. No hay nada más para ellos. Podrá llevar
mucho tiempo, y las apariencias quizá demuestren lo contrario, pero es cierto y es seguro. No
hay otro evangelio aparte de éste. ¿Cuál es el mensaje del evangelio.
"Huid de la ira venidera", y si no hay "ira" no hay necesidad de salvación. Esta es la
primera razón de su determinación. No tengo interés en un evangelio que descarta el miedo al
infierno. Hay personas maravillosas que dicen no tener interés ni en el infierno ni en el cielo,
sino que creen en hacer el bien por el hecho en sí. Sin embargo, la Biblia nos advierte sobre
el infierno, y nos muestra la gloria del cielo.
La segunda razón es más positiva. Aquí, el salmista lo expresa en términos del
carácter de Dios. "Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien. He puesto en Jehová
el Señor mi esperanza”. El ha resuelto estar cerca de Dios y seguir viviendo tan cerca de Dios
como sea posible. ¿Por qué? Porque Dios es bueno, por el carácter de Dios.
Aquí, nuevamente, nos sentimos culpables porque este elemento tiene tan poco lugar
en nuestra vida religiosa y en nuestra adoración. Si tan sólo nos diésemos cuenta del
verdadero carácter de Dios no habría en este mundo algo que nos atrapara más que el estar en
la presencia de Dios. Deseamos estar en la presencia de personas que nos gustan y a quienes
amamos. Nos gusta conocer y estar en presencia de personas que son consideradas famosas
por diversos motivos y razones. Y sin embargo qué poco dispuestos estamos a pasar nuestro
tiempo en la presencia de Dios. Qué dispuestos estamos a pensar de Dios como el simple
distribuidor de bendiciones, y cuan tardos en darnos cuenta de la gloria de estar en su
presencia. ¡El Señor Dios, el Señor Jehová! Así es como este hombre lo llama. Está
enfatizando la soberanía de Dios, la inalterable grandeza y majestad de Dios. E1 Señor Dios
Todopoderoso, el Creador de los cielos y de la tierra, el Dios que existe por sí mismo, el
eterno Dios, el Absoluto, el Sempiterno Dios, es a El a quien podemos acercarnos.
Otra verdad que él enfatiza, especialmente al usar el nombre Jehová, es que Dios es el
Dios de los pactos, Dios, en su relación de pacto con los hombres. Recordaremos que cuando
Dios llamó a Moisés para librar a los Hijos de Israel de la cautividad y servidumbre de
Egipto, dio una especial revelación de Sí mismo como Jehová. Había dado su nombre antes,
pero aquí lo define; y siempre usa este nombre cuando se refiere al pacto. En otras palabras.
Dios en su bondadoso propósito hacia nosotros, Dios como el Dios que planteó la salvación.
Dios como el Dios que se interesa por nuestro bienestar y nuestra prosperidad. El mismo
pacta, El mismo se compromete a hacer todo esto por nosotros. Ahora, dice el salmista, lo
único que deseo en esta vida por sobre todas las cosas es estar cerca de tal Dios. Quiero
mantenerme en contacto con El. Podríamos explicarlo de esta forma. Cuando algún gran
personaje nos dice que se pondrá en contacto con nosotros, estamos agradecidos y queremos
mantener el contacto con él. Con toda razón creemos que es un privilegio y un honor. Ojala
veamos con claridad que la bendición final que el Señor Jesucristo vino a dar es vida eterna.
¿Qué es la vida eterna? Nuestro Señor lo definió así: "Y esta es la vida eterna: que te
conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). O
como Juan lo expresa en su Primera Epístola, donde les dice a sus lectores: ''que tengáis
comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo
Jesucristo” (1Jn. 1:3). El salmista dice entonces: "Esta es mi determinación, quiero quedarme
cerca de Dios, mantenerme en contacto con El; quiero pasar todo mi tiempo con El, y vivir
siempre en su presencia. Me agrada pensar en su poder, en sus promesas, y recordar su
constancia". ¿No es este un pensamiento consolador y reconfortante? No sabemos lo que nos
aguarda, vivimos en un mundo lleno de cambios y nosotros mismos somos inconsecuentes.
El mejor de nosotros es sólo una criatura cambiante. No hay nada más característico de
nuestro mundo que su inestabilidad e incertidumbre. ¿Hay algo más maravilloso que saber
que en cualquier momento, podemos entrar en la presencia de Aquel que es eternamente el
mismo, “...el Padre de las luces en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” Stgo.
1:17). ¡No importa lo que esté pasando alrededor nuestro, o dentro de nosotros, podemos ir a
Aquel que es siempre el mismo, el mismo en su poder, su majestad, su gloria, su amor, su
misericordia, su compasión y en todo lo que El ha prometido! ¿Entendemos ahora a este
hombre? "No me interesan los otros'', dice; "Pero en cuanto a mi, el acercarme a Dios es el
bien”. Pensemos más en Dios. Meditemos en El; volvamos nuestras mentes y nuestros
corazones hacia El. Comprendamos que en Cristo, El nos ofrece su comunión, su compañía,
en forma constante y permanente.
Existe otra razón más. "En cuanto a mi, el acercarme a Dios es el bien”, dice. Esto lo
he enfatizado ya, y lo quiero volver a enfatizar. El elemento pragmático nunca debe ser
excluido. Con esto no quiero decir que nos volvemos a Dios para obtener ciertas bendiciones,
sino que si somos cristianos, sin duda recibiremos ciertas bendiciones. Y está bien que
recordemos esto. Fue por "el gozo puesto delante de él” que nuestro bendito Señor "sufrió la
cruz”; y, ¿no es esto lo que el apóstol quiere decirnos cuando expresa "...tengo por cierto que
las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en
nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18). Pongamos estas cosas en el orden correcto.
Comencemos con Dios como Dios, y por el hecho de que es Dios, y luego recordemos que El
es Dios para nosotros En otras palabras, significa que estar cerca de Dios equivale a ser
salvos. Y esta es la razón por la cual el salmista quiere quedarse allí. No es de sorprender que
diga que es bueno el acercarse a Dios en vista de la experiencia por la que ha pasado. ¡Qué
miseria y desdicha, cuántos dolores sufrió hasta que fue al santuario de Dios! Pero allí,
habiendo comprendido su posición, se llenó de felicidad Se regocijó en Dios, y sentía que
nunca había sido tan feliz en toda su vida, aunque las circunstancias de los impíos no habían
cambiado. Es bueno estar cerca de Dios; es el lugar de salvación y de liberación.
Santiago en su estilo tan práctico, expresa esto muy sencillamente en su epístola.
"Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Stg. 4:8). Nuevamente, este es un
pensamiento glorioso, y podemos estar seguros que cada vez que tomamos un paso hacia
Dios, Dios tomará un paso hacia nosotros. No pensemos que el acercarnos a Dios será difícil.
Si es que nos acercamos a El en verdad, si nos acercamos a El honestamente, podemos estar
seguros que Dios nos encontrará. El es el Dios de salvación. Esta es una buena razón para
acercarnos a El. El tiene todas las bendiciones que necesitamos. No hay nada que nos falte
que Dios no pueda suplir. Todas las bendiciones vienen de Dios; El es el Dador de "toda
buena dádiva y todo don perfecto”. Ha puesto todas las bendiciones en Cristo, y nos ha dado
a Cristo. "...Porque todo es vuestro”, dice Pablo a los Corintios. ¿Por qué? Porque "vosotros
sois de Cristo". Es una lógica inevitable. "Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el
bien”, porque cuando estoy cerca de Dios sé que mis pecados son perdonados; pero cuando
estoy lejos de Dios comienzo a dudar. No puedo lidiar con una conciencia que me remuerde.
Y menos aún puedo responder a las acusaciones de otras personas, o del diablo. Es solamente
cuando estoy cerca de Dios en Cristo, que sé que mis pecados son perdonados. Siento su
amor, siento que soy su hijo y gozo de sus inapreciables bendiciones de paz con Dios, dentro
de mí y con los demás. Siento su amor y tengo un gozo que el mundo no tiene y que no me
puede quitar.
Alguien que ha probado alguna vez de estas cosas necesarias tiene que reconocer que
no hay nada comparable con estar cerca de Dios. Miremos nuestra vida. Escojamos los
momentos más gloriosos de nuestra experiencia, los momentos supremos de paz y gozo. ¿No
han sido estos momentos cuando más cerca hemos estado de Dios? No hay nada que se pueda
igualar o la felicidad, el gozo y la paz que resultan de estar cerca de Dios. Allí estamos por
encima de nuestras circunstancias. Comenzamos a conocer algo de lo que Pablo quiso decir
cuando escribió: "...pues he aprendido a contentarme, cualquiera sea mi situación. Sé vivir
humildemente, y sé tener abundancia”. Las circunstancias, los accidentes, y las casualidades,
han dejado de dominarnos. Es bueno estar cerca de Dios porque es un lugar de salvación,
porque allí experimentamos todas las bendiciones. Significa que estamos sumergidos en el
océano del amor de Dios y que allí quedaremos. Tomemos, entonces, esta determinación de
quedarnos cerca de Dios.
No obstante, además de todo esto, es un lugar de seguridad. "Pero en cuanto a mí, el
acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza”. Necesitamos esto
también. Al mirar al futuro desconocido no sabemos lo que nos aguarda. Cualquier cosa
puede ocurrir.
Y si hay algo que nosotros y todo el mundo anhela en este momento, es seguridad y
protección. Hemos sido engañados tantas veces; aun nos hemos engañado a nosotros mismos.
El hombre precavido pregunta: ¿En qué pondré mi confianza? ¿Con quién puedo contar con
absoluta segundad? Hay una sola respuesta. Con Dios. "Pero en cuanto a mí”, me acercaré a
Dios. "He puesto en Jehová el Señor mi esperanza”, en Jehová, en el Dios que guarda sus
pactos.
Los Salmos, por supuesto, enfatizan esto constantemente. Lo encontramos también en
el libro de los Proverbios. "Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será
levantado” (Prov. 18:10) Imaginemos a un hombre que está en el mundo y el enemigo
comienza a atacarle. No lo puede dominar, no sabe qué hacer, se alarma y está aterrorizado.
Luego corre a una torre fuerte, al nombre del Señor, el Señor Jehová. El enemigo no puede
llegar allí. En los brazos de Dios, esos brazos todopoderosos, está seguro. Si, dice el apóstol
Juan: "sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno'”, y "el maligno
no le toca” (1Jn. 5:19. 18). ¿Por qué no? Porque estamos en Cristo, estamos en Dios Estamos
perfectamente seguros allí. Me gustaría citar nuevamente una de las declaraciones más
grandes que el apóstol Pablo ha dicho: "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la
vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo
profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo
Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:38, 39). Seguro en los brazos de Jesús. Si estamos allí, aunque
el poder del infierno se desatase, no nos puede tocar. Nada puede dañar a aquellos que están
con el cuidado seguro del Dios que guarda sus pactos.
Lo último que el salmista menciona es también maravilloso. Les voy a hacer notar:
"Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi
esperanza para contar todas tus obras”. Esta última frase es vital. Este es el punto al cual
tenemos que llegar. Su razón final para tomar esta determinación de estar cerca de Dios es
para glorificar a Dios, para declarar todas sus obras. Me imagino que su argumento era algo
así: Si me quedo cerca de Dios seré bendecido, experimentaré su salvación, tendré esta
grande y maravillosa sensación de seguridad. Y por supuesto esto inmediatamente me llevará
a adorar a Dios, a alabarle y a glorificarle delante de otros. Estaré cerca de Dios para que
siempre pueda alabarle, y así como alabo a Dios testificaré a otros acerca de El. Este es el
punto al cual todos tenemos que llegar.
La primera pregunta en el pequeño Catecismo de la Confesión de Fe de Westminster es:
¿Cuál es la aspiración primordial del hombre? Y la respuesta es: la aspiración primordial del
hombre es glorificar a Dios, y disfrutar de El para siempre. En este Salmo, el autor lo
presenta a la inversa. Menciona el gozo primero porque está tratando el tema desde el punto
de vista de la experiencia. Había estado muy triste y por eso se coloca en nuestra posición y
aconseja: Quédense cerca de Dios y serán felices, disfrutarán de Dios y le glorificarán. Estas
dos cosas siempre tienen que ir juntas. La meta principal de todo hombre es glorificar a Dios
y gozar de El para siempre. Sí, dice el salmista, me quedaré cerca de Dios para que lo pueda
glorificar y también gozar de El. El es el gran Señor Dios Todopoderoso, y la tragedia del
hombre, del mundo y de la historia, es que el mundo no lo sabe. Pero mi deber es hablar de
El. Lo haré con mi vida, y lo haré con mis labios. Toda mi vida será para la gloria de Dios; y
no puedo glorificar a Dios si no estoy cerca de El, experimentándole. A medida que lo hago
reflejaré su vida.
Así hemos visto la determinación de este hombre, y hemos visto sus razones para
hacerlo. Quiero recordar, brevemente, cómo es que el lo hará. No es suficiente decir:
"permanece cerca de Dios y si haces esto, lo demás vendrá". ¿Cómo es que uno permanece
cerca de Dios? Tenemos que descender a un nivel práctico. Tú y yo como cristianos sabemos
que podemos llegar cerca de Dios por Jesucristo. No debemos escalar alturas ni descender a
profundidades "...Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón... si confesares con
tu boca que Jesús es el Señor. Y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo” (Rom. 10:8, 9). No debemos, afligirnos por esto, pues si somos en verdad
cristianos, sabemos que, por mucho que hayamos hecho mal a otros y a nosotros mismos si
en este momento venimos a Dios y confesamos nuestros pecados, admitiendo que no
podemos anularlos o salvarnos a nosotros mismos, y confiamos enteramente en el Hijo de
Dios y lo que El ha hecho en nuestro beneficio, por su vida de obediencia y por su sacrificio
en la cruz, somos aceptos por Dios, somos reconciliados con El, y estamos en comunión con
El. Este es el camino. Sí, pero recordemos que debemos permanecer cerca de Dios. Esta es la
determinación de este hombre. ¿Cómo debemos hacerlo? En primer lugar con una vida de
oración. Insisto en esto. Si creemos en todo lo que he estado diciendo, entonces creemos que
podemos hablar con Dios. Si nos damos cuenta verdaderamente de quién es El, tendremos
deseos de hablarle. El hombre que realmente está cerca de Dios es aquel que siempre habla
con Dios. Tenemos que tomar esta determinación; tenemos que decidir que no vamos a
permitir que el mundo nos controle más, sino que nosotros lo controlaremos a él, como
también a nuestro tiempo, a nuestras energías y a todo lo demás.
Luego, además de la oración, está la lectura de la Biblia. En este libro Dios nos habla.
Por eso leamos y estudiemos las Escrituras.
Seguidamente viene la adoración pública. Fue cuando vino al santuario de Dios que
este hombre encontró paz y descanso para su alma. Y nosotros muchas veces hemos tenido
esta experiencia. Si queremos estar cerca de Dios, tenemos que orar no solamente en privado,
sino también con otros, no sólo debemos leer y estudiar la Palabra en privado sino también
junto con otros. Debemos ayudarnos mutuamente, y llevar los unos las cargas de los otros.
También es importante la meditación y tomar el tiempo necesario para pensar.
Dejemos el diario a un lado y pensemos en Dios y en nuestra alma y en todas estas cosas. No
hablamos lo suficiente con nosotros mismos. Tenemos que decirnos a nosotros mismos que
estamos en su presencia, que somos sus hijos, que Cristo murió por nosotros y nos ha
reconciliado con Dios. Tenemos que practicar la presencia de Dios y experimentarla
Tenemos que hablarle, y pasar nuestros días con El. Este es el método. Acercarnos a Dios
significa buscarlo, y no descansar hasta que sepamos que nuestros pecados han sido
perdonados, hasta que conozcamos a Dios, hasta que comprobemos el amor de Dios, hasta
que estemos conscientes de que cuando oramos, El está dispuesto a escucharnos.
Finalmente, no debemos olvidar la obediencia, porque si le desobedecemos se
interrumpe el contacto. El pecado significa cortar la conexión, significa ir muy lejos de Dios.
Así que las reglas son éstas, buscar a Dios y luego obedecerle Si hemos pecado,
interrumpiendo así el contacto y la comunión, inmediatamente establecemos la conexión
confesando nuestros pecados, sabiendo "que la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de
todo pecado”.
Dios permita, que al enfrentar el futuro, esta sea nuestra determinación de todo
corazón "Pero yo me acercaré a Dios, pues para mí eso es lo mejor” (V. P.). Que todos le
conozcamos, vivamos con El y pasemos el resto de nuestros días realmente soleándonos en el
brillo de su rostro, gozando de la bendita comunión con El.

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