Poemas y Cuentos Fantásticos Pablo Javier Figueroa Bresler

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El culmine Verso que describa el Amor, Poesía, Odio o Deseo, no ha sido, ni será escrito. Solo una página en blanco puede contener el verso perfecto, solo el sentir, puede mirar de reojo el verso eterno. En todo caso, el último y cúspide poema, Será el último suspiro del último hombre que exista, y según las ironías de la vida, será el antípoda del Poeta.

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Ven amigo, que te haré una pregunta, Siéntate, y escucha el alegre lamento que de mis labios gritan mis tormentos, silencios éstos que son mis hijos, hijos del dolor y del eterno luchar de tan amados, hermanos y dioscuros silencios. Como haré amigo, para callar a mis adentros, como haré si no lo quiero, Como sabré escuchar una por una las almas que desde el pozo gritan atormentadas pidiendo la luz libertadora del profundo pesar de la oscuridad de mis lamentos. Como negarles la libertad que tanto deseo, cuando mis labios son cadenas que atan mis dedos, que poseen las llaves de la puerta del níveo papel al que virginal versos entrego. Cuando el crepúsculo se hace sombra, el grato murmullo de sus voces observo, Mis manos tiemblan, el sudor enjuga mi pecho, mis labios muerdo y caigo presa del silencio. Y devoro uno por uno las cándidas palabras del deseo, del dolor, del sueño. Mi piel se eriza con la llegada a mis sienes de las imágenes que en palabras convierto. Imágenes de amor, odio, locura y sueño, imágenes oscuras, en las cuales diviso la tierna figura del niño ciego, que con flecha de oro y cobre acierta a mis más amados anhelos. Engendrados por la fragua del cojo númen herrero, aquel que engañado por la bella del amor, tejió las redes del infierno, para ellos y para los poetas locos como yo, para los amantes locos como ellos. Ven amigo, que te haré una pregunta, Siéntate y escucha,

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lo que mis labios dicen en silencio, Lo que el dolor oculta, la mano del poeta lo hace eterno, Eterno como la nada, como todo, como la oscuridad y el silencio.

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En tu cuerpo… A que saben la flor de tus labios A que duelen tus ojos perfectos A quien llama tu cuerpo casto A donde dirigen el sudor tus pechos Cuando tu blanca alma duerma en mi cama y el crepúsculo de los cuerpos anuncien el último soneto tu boca a mi loca soledad en calma devorará placentera el estertor eterno A que huele tu fragante cielo A que arde el enigma de tu labio A que sabe tu sudoroso cuerpo Cuando mi alma fenece en el ánfora sagrado Y cuando el postrero golpe de aldaba derrote al guardián de nuestra alfaguara y en mi boca aún duerma el alud de tu seno miles de dioses acudirán al ocaso de la beldad de tu cuerpo en el eterno abrazo Arderá la luna, morirá helios y en el cenit del momento las númenes callados escucharan el grito del silencio.

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Dolor Hoy me duelen todas ellas, todos sus rostros, todos sus labios, todas sus manos me duele esta enferma cura idílica del alma. Hoy me duele ese sueño, hoy me duele su pecho, su color, su aroma y su pelo hoy me duele toda la vida, vida minúscula sin peplo Hoy su aroma duele y penetra y duele y el “quizás” me duele y la piel arde y el corazón grita y me ahoga en efluvios de llanto; la soga del silencio me duele. Hoy me duelen sus pies, sus manos…

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Anhelo Como plasmar una mentira, si no es escrita, vana, superflua. Como llevar a tu esencia la mía, en un verso. Como dejar mi sello en tu alma. Si no lo siento. No lo creas, - sentí este verso que recojo del viento, este verso que solo yo en la nada veo. Como trazar geométricamente mi alma en tu seno. Como darte en este papel mi aliento. Como impregnar tu aurora de sueños. Si no estoy a tu lado, como lo estoy en este momento. No puedo más que reconocerme eterno, ilimitado, sin edad y sin tiempo. Aunque esté en esta cárcel, que me han regalado la humanidad y el tiempo. Hoy no puedo ver, porque estoy ciego, mi sentir se siente inundado de tanto consejo. Me he ilustrado de tantos ignorantes muertos. Y llego al punto de partida sin consuelo, y miro a un lado y ahí esta un espejo. El que trae la imagen, de aquel hombre cansado y viejo, que rodeado de libros seniles, escribió para ti estos versos, Pero aprender de él no puedo.

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El aprender ha sido mi sueño. Que solo ahora, en el ocaso, comprendo. Ellos y Yo Cuando todos entran yo salgo Cuando ganan yo pierdo Cuando gritan yo canto Cuando todos duermen yo despierto Cada vez que odian yo amo Tengo miles de rostros y de cuerpos Tengo cien sonetos, mil desvelos Tengo furias, tengo gritos Tengo ruidos y silencios Tengo cien vidas que vivir a tu lado y cien muertes seguras en tu abrazo Y te busco sin hallarte Y te sufro sin dolerte Y te pierdo sin ganarte Y te quiero sin odiarte Aunque la mañana me encuentra y yo deje de soñarte

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Adagio a Daphne

Él, abrazado a aquel árbol, mientras sus lágrimas lo regaban. Observaba al joven, corriendo a la enamorada.

Éste le daba alcance, mientras ella se negaba. Pero él le dijo algo al oído, y ella cayó entregada.

Con fuertes brazos la sostuvo, con paso firme al Laurel llegaba. Un cálido beso sus ojos abrieron mientras aquél era testigo del sudor que manaba.

Ya sus figuras con el sol se despedían, mientras él se recostaba en sus ramas, y abriendo sus ojos Apolo despierta, mientras el ciego niño reía y mientras ella lloraba.

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Oro Nuevo Loca insana la idea, de aprisionar el verso del alma. O querer controlar el fuego que purifica estado onírico de la copa derramada. El cuerpo desespera, el lenguaje se libera, por no poder gritar versos, por no poder escribir sueños. Que devoran, que duelen, queman y se sienten,

Mi boca reseca sufre la embestida de mi lengua húmeda, que acude en auxilio de mis labios que se parten por gritar locuras. De amor, odio, desenfreno. El sudor lame mi piel que se eriza por la imagen prohibida. Mi sentido penetra la Vida, mientras absorbo el flujo viviente del seno. “El carcelero ha muerto”,

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la Libertad enhiesta se ha enarbolado. El fuego purifica lo grosero, creando en el cenit de la Obra, donde nace el Oro Nuevo. Verso de poeta ha nacido. Siento vibrar el mundo entero, siento esos labios que aran mi cuerpo. Mientras mi corazón escucha tu pecho, ahondo profundo el misterio. Cuando ascendemos peligrosamente la gran cumbre del secreto, auxiliados por los humanos, Placer y Deseo. Mientras tanto la Obra se realiza en el matraz etéreo, tus uñas devoran mi carne, y la salamandra arde en amor de Eros, que consumiéndose purifica al Fénix eterno, que derrama sus lágrimas en tus pechos, en el instante que tu río me baña, me bautiza, me hace nuevo.

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El Poeta y su Diosa El crepúsculo, con su rebozo mora, montado en carro abigarrado de colores celestiales, ya se retiraba como siempre, persiguiendo con retraso a la hermosa Eos hija de Homero. Mientras tanto sentado en la fuerte roca, el joven poeta contemplaba el anciano Océano. Observaba como queriendo divisar en sus ventanas algún númen divino, al pastor de focas tal vez, a las nereidas, o como queriendo escuchar alguna melodía escondida dentro del murmullo sonriente del repiquetear de las olas al llegar a la esperada orilla. El poeta inmutable observaba aquel anchuroso ponto, mientras las gaviotas en vuelo lúdico dibujaban formas sobre sus sienes. La caricia suave de las manos de la brisa entrecerraba sus ojos, mientras su semblante tornaba apacible; y entonces del mundo azul recibió una melodía que fue como fuelle enfurecido en las llamas de su corazón apaciguado por la imagen del inédito crepúsculo. Y elevando el rostro, moviendo los labios dijo: “Ay, Madre mía, Musa, que naciste de la coz del Pegaso; portador del rayo y el trueno de quien posee la égida; que fue engendrado por la sangre de la Gorgona; cuanto te quiero, que placer extraño siento al crear cada verso, cada palabra que muere en el viento. ¿Qué culpa tengo yo de querer cantarle al manto negro y sus estrellas? Que importa que mi canto llegue a la tierra fecunda de los oídos amados o muera en el silencio? Que culpa tengo madre, si amo cada beldad que con corazón ve, y la consumo en mi amor, y me entrego en sus brazos y en alegórico rito pagano entrego mi cuerpo al calor de su encanto. Que culpa tengo, oh, Musa, de amarte así, aunque no se divisen tus cabellos, ni tus ojos, ni tu cuerpo, y aunque solamente en clamoroso silencio logre palpar la corriente de tu cuerpo; insigne visión que despierta el deseo”. Y mientras el suave murmullo de su labio, odas entonaba a la madre amada, los pies descalzos de ella, acariciando la arena, dulce y suave se acercaban.

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Cuando de pronto, el profundo palio de la Reina Noche a ambos abrazaba, muy cerca de él su deiforme cuerpo ahora reposaba.

Los grandes ojos de él buscaron sus iguales, que entre tremolantes cabellos enardecían la llama.

- No me busques hijo amado, yo no puedo pertenecerte, soy de todos…de ninguno yo camino con la muerte. Vive la Vida y deja de lado lo imposible, que ni el Placer ni el Deseo son como mi beso, irresistible.

El poeta sonrió ante aquella visión hermosa, y entonando sonoro cántico, le regaló a las deidades un himno ditirámbico; quienes lo recibieron danzando, como después del holocausto. Mientras el poeta quedó absorto, en la imagen de ella, y allí se detuvo la Rueda, nunca más corrió la arena, el tiempo entonces fue eterno, el tiempo de El, el tiempo de Ella.

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SUEÑOS

I Me encuentro enamorado del imposible de tus manos. Tus cumbres inalcanzables, tu cuerpo indígena, salvaje, eterno vigilia de mi insomnio. II ¿Cómo ser imparcial en la eterna dicotomía de este Juego? Ajedrez de la Vida, Oraniam del lúdico sueño. III Que bello saber que usted no es mía. Para saber que la tengo. Que bueno saberla lejos. Para cerca sentirla. Que dulce avistarla en el horizonte. Para en sueños tocarla, acariciarla, besarla, y despertarme, y perderla… IV Si supiera donde buscarte mi búsqueda abdicaría. No tendría ese sabor el futuro beso, el abrazo urgente, las lágrimas dormidas.

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Si supera donde buscarte, perdería sentido la Vida, Vida del peregrino, vida tuya, vida mía. Pero no sé donde buscarte, Tal vez no es necesario, tal vez las almas de los amantes solas se encuentren, para nuevamente pederse, para continuar buscando. V El Verso es lágrima de poeta, que llora al penetrar el virginal silencio. Su tinta es la sangre de sus venas y su alma, Muelle abandonado en el desierto.

VI No te quiero niño amor, no te quiero, Quisiera quererte pero no puedo, Por no poderte en tu ausencia muero, Sueño con morir dormido en tu pecho. Para que despertar si no quiero, Quiero buscarte a ti,…hay, no sé si lo quiero, No te acerques mas, por favor te lo ruego, Que cada paso en mi herida es fuego, Que aviva a esa mujer, que llevo velada en mi pecho.

VII El Poeta es sólo la pluma que utiliza la Poesía en este mundo; como el títere y el titiritero.

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VIII Magna Obra del poeta es: despertar con un verso un corazón dormido; concebir una rosa en el desierto. Con solo un verso abrir las aguas, mover montañas, la roca y franquear el Océano. La magna Obra del poeta es parir con dolores versos eternos, consumir mares con versos de fuego, embeber con dulces mieles lúgubres cuerpos, hacer el amor al dicotómico humano, y mutar en canto el grito del ahogado. Magna Obra despertar en la mujer su ninfa, en un hombre a su Dionisos. Y vivir de acuerdo al gran poeta Y ser la Lira Mi amor Ser la Lira.

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Amarte a destajo…

I

Ayer salí a buscarte, lento, taciturno anduve por entre las calles, por entre las gentes y las personas. Y pude ver sonrisas tristes y tristezas contentas de vivir en la amargura. Te seguí buscando, cada vez mas, en cada una de esas manos; porque sabes que me gustan tus manos; observando atentamente cada una de las curvaturas de los dedos de cada una de esas…que anónimamente se exhibían frente a mi atrevida mirada. Continué paso a paso, lento, cansado, por entre las muchedumbres apesadumbradas, buscándote tanto y tanto; y me pareció verte algunas veces en ciertos pares de ojos que distraídos se cruzaron con los míos. Tantas veces te dejé pasar, sin decirte nada, tantas veces la vergüenza dejó vacía mi casa. Aun así te seguí buscando, paso a paso, día a día, calle a calle, mano en mano, sin haberte encontrado. Sin embargo hoy, aun se que estás ahí afuera, y que estás como sabiéndome, o tal vez no me sepas, y yo crea que estás y solo esté tu ausencia. No importa, yo te sigo buscando, y mientras tanto, me sigo enamorando en el ómnibus, en ese segundo que dura el cruce de miradas buscadoras, en la parada, bajo un techo que me protege de la lluvia, mirando al otro lado de la calle, en la otra parada a ella que miraba al frente, que notó mi mirada; yo tal vez acompañado por algún viejo, bohemio, también cansado de ser, cansado ya de buscar, que me quiera convencer que no te busque, para seguirte buscando, y seguirme enamorando de todas las manos, de todas las mirada y de todos los abrazos.

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II

Si supieras cuantas veces te dejé ir de mi lado, sin que yo hiciera nada; inquieto, inmóvil, por el espasmo producido por la posibilidad imperiosa de que fueras vos la que estaba ahí, frente a mí, desviando la mirada, como buscando algo solo para que yo viera, y tal vez, en algún atisbo de atrevimiento, lanzarme con mis palabras o mis silencios a tu lado, tropezando con mis vergüenzas, desnudándome en la carrera al encuentro de tus labios. Si supieras cuantas veces sangraron mis labios, por la rabia de sentir que fue mi mano la que no buscó la tuya, que no fue mi boca la que no quedó entreabierta expectante a tu respuesta, como saberlo ahora que te has alejado, en cada par de ojos fugaces que quisieron gritarlo; pero ya te fuiste con un silencioso paso que entonaba un ensordecedor “nunca más”. Ahy, si supieras cuantas lágrimas mis ojos han llorado, por esa fuerza que no me dejó acercarme, esa fuerza que siendo fuerte veo en el espejo reflejada en mis adentros.

III

Ayer de noche, como todas las noches me deslicé por entre los oscuros silencios, y me adentré en la noche buscando alguno de tus recuerdos, y fue así que encontré en una esquina, encadenada, a ella, La pobre Esperanza, flaca, con sus ropas de mármol, oscuras, contrastando con su hermana, que sonreía desde lo alto, alborotada por la copia impúdica del sátiro que la acompañaba. Y fue así cuando la liberé, y la traje a mi casa. Una vez adentro, prendí la luz y allí pude verla en plenitud, y la recosté en mi cama, mientras le sacaba el velo que cubría su cuerpo escandaloso. Recuerdo, que le secaba sus lágrimas de esos ojos color Jade con trozos de nube. Luego, me senté a su lado y le hablé de vos. Y pude notar que mientras le hablaba de tu risa, tus labios, tu boca, tus ojos, y todos los tus, ella iluminaba mas y mas aquella casa. Ya

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no era la flaca escuálida, sucia, casi olvidada, que había encontrado por error en aquella esquina, sino que era una mujer que no se dejaba ver, porque su imagen era análoga a tu figura, y así, mientras yo hablaba, sentado en los pies de la cama, se incorporó y de un salto se perdió por la ventana. Mientras yo seguía hablando, contando los tus y deseando los nos. Mirando el espejo de cuerpo entero que siempre tuve en aquella esquina del cuarto, y pude verla aún echada sobre la cama, escuchando todas tus cosas, por eso le seguí hablando, y contando.

IV

Tantas veces mi Amor se enamoró de vos; que tuviste tantas caras que ya ni recuerdo. Aunque recuerde el aroma que dejó tu mirada en mis ojos, y el color que escuchó mi pecho latente y expectante a una palabra tuya, a un gesto. Cuantas veces mi amor enamorado cantó solitario en una plaza, llorando versos en la pálida hoja que se batía en guerra contra el invierno. Cansado mis pies de seguirte por ese camino de no se donde, con agujeros en mis zapatos por las mordidas del Tiempo. Mi cara eché a los vientos para poder sentir tu aroma y porque no, esperar alguna caricia. Cuantos versos inconclusos, estrofas mal paridas, por el sabor amargo que dejaron tus pasos ya lejanos. Confianza perdida y precipitada al olvido de los amantes, que ahora son maridos, que no son lo que fueron, porque lo que fueron ya es olvido. Si los pasos que pasan frente a mis sienes marcaran el día y la hora y el punto de tu llegada, o solamente el de partida.

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V

Sabes bien que salgo a la calle a enamorarme, a cruzarme con los ojos que sabiendo, nunca los había querido, con ese cabello moderno, en cascada, como todas lo usan, como a nadie le queda. Sabes que salgo a la calle a encontrarte todos los días, a reventar en implosiones de silencios, acumulados, imperantes, en gritar palabras no sabidas, nunca enunciadas, palabras que no existen. Callar la boca, cerrarla fuertemente, con los labios sangrantes, y sentir que el pecho desborda ahora por los poros, y que el sudor son lágrimas como río. Sabes bien que lo hago, y que tantas veces estuve tan cerca y casi pude respirar tu aliento, y simplemente vencido volví borracho de soledad y silencios, con el cuerpo gritando agonías. Y sabes bien que cada vez que parto, o que partís con paso sentido, es una muerte más que acumula la agónica vida.

VI Melancolía, palabra tan bella, tan sentida, palabra que me fascina, como la tristeza, como la nostalgia. ¿Como vestir a los sentimientos de palabras?. ¿Como representarlos en la obra del mundo?. Todavía no….todavía no encontré palabras que vistan mis sentimientos, solo el silencio ha sabido cobijarlos, solo el silencio ha sabido acurrucarlos en lo mas profundo de la noche oscura de los sueños. Mientras tanto me pregunto si la palabra puede despertarme del sueño, este sueño que vivo, tal vez sin vivir, y muriendo; porque vivo muriendo, porque camino a ello y mientras sigo buscando, buscándote a vos, buscando el silencio. Los ojos arden en las hojas de los poetas muertos, y mi cuerpo desespera por no sentirlo dentro, el labio reseco apresura la letra que ya sale de la fuente, y tarda en llegar a la

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mano que mata a la idea en el lienzo; ay como duele la vida, la vida con ella, sin ella… la vida con Poesía…la vida con versos.

VII

Serán los estigmas del Sol que me duelen aquí dentro, serán cada una de las flechas que han clavado tantas veces en mi cuerpo, que me duelen día y noche, que me duelen en profundo silencio. O serán aquellas palabras de olvido que me duelen y me gritan, y me lloran y me sufren. Uñas invisibles, extrañas, arañan mi pecho, mientras mi cabeza te busca por todos los lúgubres rincones de mi cerebro, y en ese laberinto, por alguna parte, todos ellos, mis hijos y mis dueños dicen que te han visto correr por los pasillos des ese laberinto que hizo llorar al Minotauro. Ya con los ojos cerrados me he lanzado a tu caza, sintiéndote ya cerca, hoy más que nunca, tuve un atisbo entre sueños de tu rostro, tus ojos, tu cabello. Mientras tanto continúo entre los pasillos, pero comienzan a pesarme las cadenas que me aprisionan acá afuera, donde la gente dice ser libre, no comprendiendo que la libertad esta dentro. Cadenas, cadenas y mas cadenas que me traen fuera, me sacan de la libertad de los adentros, cadenas que salen por mis ojos, mis orejas, cadenas en mis manos y mis piernas, cadenas en mi boca, me arrastran con la mañana, lejos de tu encuentro, y de pronto a la sombra de la luz del día no tengo mas que una hoja, mis poemas, que ven la luz en el salitre de tu recuerdo.

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VIII

Te vi, te vi, ahí estabas, ahí estuviste, cerca de mí, muy cerca. Ahora la imagen de tu recuerdo me flagela, estuviste ahí y te vi. En ese momento supe que estabas ahí. Pero me quedé inmóvil, azorado por tantos enemigos recuerdos de veces que quisieron y no fueron. Pero te vi y mis ojos te abrazaron, pude oler tu fragante sonrisa, que dejó ver tu bendición tan blanca. Pero tus ojos…recuerdo tus ojos, insignes, todos…esos ojos fueron todo…todo mi mundo…me transformé en tus ojos, me bañe en tus ojos azules que me inyectaron de celestial placerina que ahora tanto deseo. Pude…si que pude hablar con tus ojos, dialogar con ellos…y me hablaron de tristezas, de amores desamores y sueños ya perdidos, sueños dormidos y sueños olvidados todo eso y mas me dijeron tus ojos, que nunca me miraron. Aunque fue tan solo un instante, que tu mirada cruzó con la mía y tus ojos reconocieron los míos, en tantas hogueras que fenecimos, abrazados a la salamandra de nuestros cuerpos, beodos de efluvios de palabras de amor que nos bautizaron en aquella hoguera, como reconocí en tus ojos todas las noches que vivimos entre tantas sábanas mojadas, entre tanta tierra que recorrieron nuestros cuerpos entrelazados. Fue solo un instante, mientras pasabas caminando dejando en el éter tu aroma celeste, tus ojos marinos siguieron su camino mientras toda el alma me dolió. Y me dolieron los brazos, mis pies, mis manos y todo mi cuerpo. Luego me dolieron todos los segundos y los minutos que pase recordando tu rostro en aquel lienzo, y cada imagen me torturó, y a medida que me dolía reconocí que sacro amor era ese profano, que osó levantarse de las cenizas del desvelo y de la desilusión de tanto buscarte. Te vi, te vi y no te he olvidado. Ahora te fuiste, no tu recuerdo, se fue tu cuerpo, no el deseo. Y ahora se que te amo, hoy te amo, solo ahora te amo…y el te amo me baja del tiempo. Pero como amé tus ojos aquella noche. Pero tus ojos retornan a mi vista cada vez que cierro los ojos, y te veo en mi día, pero más en mis noches, que son las más tristes. Dolor, dolor, dolor placentero, silencio extático…

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¡exaltación!, que importa la muerte, que importa, si hoy te vi y supe que eras, que fuiste y que sos. Ni un te amo basta, solo el silencio contiene la palabra nunca dicha del alma que te tiene teniéndome, porque ahora sé que mi libertad se encuentra en elegir estar encadenado a tu recuerdo, a tu aroma, a la rosa de tus labios, el sueño de tu cuerpo mojado, a vos y tus senos y la loca locura de amarte a destajo…sin tiempo.

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Despertar

No se que hacer en esta casa. Desde que te fuiste me queda tan grande. Te vas por unos días lo sé, no es esa “ida” para siempre es cierto, es una ida tuya y mía, solo de unos días, o serán meses o serán siglos. Lo cierto es que me encuentro perdido, sin rumbo, desconociendo lo que hace una brújula. Te fuiste y mi Norte quedó mas abajo que el de Torres García. Ni nariz se pega a tu almohada para intentar retener tu olor, tu aroma, la fragante bienvenida por las noches; estoy tan perdido…ayer buscaba el papel higiénico en la heladera y en el baño abrí la tapa del inodoro para guardar el helado. Por la tarde, caliente conmigo mismo, fui y me miré en el espejo…no vi nada, pude ver todo en derredor pero nunca encontré mi cuerpo, ni mi cara, ni mis manos ni mis dedos, parecía que no estuviera, aunque lo estuviera mirando…intenté nuevamente luego de unos minutos y no encontré nada. Así pase la tarde, buscándote y ahora, buscándome. Decidí tomarme aquella botella de vino para vencerme y quedarme dormido, luego de varios intentos de descorcharla con una tijera, un tenedor y un cuchillo, algo en mí, como una especie de locura me dijo que existe un aparato especial para descorchar, lo busqué y como por arte de magia lo encontré. No se cuando ni quien lo puso allí, pero allí estaba. Entonces tuve la esperanza de poder encontrarme en el espejo, fui corriendo al recibidor, ahí donde está el dresoir y encima ese espejo grandote de medio cuerpo…pero no encontré nada. La imagen me hablaba de una puerta y un par de candelabros a los costados. Chisté como desengañado y retorné a mi empresa…una vez finalizada, el vino parecía reírse de mis inseguridades y mis miedos a medida que caía suavemente en la copa, dejando una estela espumosa que parecía una sonrisa. Yo también me sonreí cuando me di cuenta que el vino empezó a tomarme, poco…de

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apoquito…como saboreándome…catando cada uno de mis adentros. La sonrisa del vino era un poco más amplia, que dejaba entrever su garganta llena de matices que hablaban de taninos medio amargos. En aquel momento, de una manera algo altruista, decidí dejar que un cigarro me fumara también despacito, suave, como besando labios de mujer soñada, mujer de humo que se esparce y desaparece en el aire. Sentí unos pasos en el otro cuarto y salté raudamente del sillón y en breve estaba mirando entre las sombras, sin encender la luz…creo que pensé que podrías ser vos, o algunos de nuestros recuerdos materializados simplemente por un instante, pero no era nada, o casi nada, simplemente eran unos pies descalzos que caminaban como buscando algo, un poco cansados y sin encontrarlo todavía. Me di vuelta y me dejé otra vez caer en el sillón. Y ya, habiendo sido bebido y fumado, decidí apagar la luz y dormirme en el sillón, como queriendo ser revolucionario, para no hacer siempre lo mismo…o por miedo a no encontrarme solo en aquella cama sola, sin vos, aunque en verdad no fuera la cama, sino el espacio, tan acostumbrado a mi pierna sobre la tuya y tu oído increíblemente sordo a mis ronquidos. Cerré los ojos y mi mano buscó la llave de la luz hasta encontrarla, apagada ya, sentí una ligera sensación en mis párpados…de pronto sentí correr por mi lado los pies perdidos, como asustados, abrí los ojos y vi que se escondieron detrás de mí, miré hacia los agujeros rectangulares donde hay puertas abiertas cuando hay luz y vi las puntas de un vestido que se soslayaba detrás del marco de la puerta. Me sonreí y recordé a Gustavo cuando me contó que todo era un rayo de luna…pero cuando intenté cerrar los ojos, una sombra claramente visible, con la figura de un él…o un ella, se apersonó y me señaló el cuarto, donde estaba la cama vacía donde debería estar tu cuerpo y el mío, descansando del trajinar. La sombra parecía molesta, y me pareció que ella también te extrañaba aunque nunca lo dijo, me pareció que de los puntos mas oscuros de su rostro oscuro -que pienso hoy eran sus ojos- desde allí vi evaporarse dos hebras oscuras…las vi diluirse en el aire, como dos gotas de sangre se diluyen en un estanque de agua pura y clara. Quedé mirando la sombra por

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largo rato. Mientras ella se tambaleaba, caminaba iba y venía mirando el cuarto, mirándome y sacudiendo sus brazos de sombra como preguntando, la mire calmado y le dije que yo también te extrañaba…entonces se sentó a mi lado y mientras tímidos se arrimaban los pies aquellos…te extrañamos todos.

Hoy ya es el tercer día. Me di cuenta cuando abrí los ojos y vi que no estabas. Cuando abrí los ojos y lo primero que vi fue el espejo…salté y miré para dentro, buscándome y reconozco, que también buscándote…pero no hallé a nadie ni a nada. Me levanté y al pasar por el reloj de pared, aquel de péndulo, el que nos regaló tu viejo, estaba parado, luego miré mi reloj de la muñeca y me di cuenta que también no andaba, sin embargo, el tiempo seguía pasando, derechito como siempre o medio curvo, pero para atrás…eso si que no lo dudo. Lo cierto es que me propuse arreglarlo, al reloj de pared, siendo tan sencillo como darle cuerda. Pero por mas cuerda que le di seguía inmóvil, como protestando por tu partida. No tuve otra opción que prepararme un café, tirar unos de los puff frente de él, mirarlo fijamente y hablarle. Le expliqué que era por unos días que te habías ido y que todos te extrañamos, todos tus gritos y tus locuras de loca de verdad, tu infrenable pasión por monopolizar todas las actividades de la casa, por no dejar que pasen sed las plantas que desde ayer no les doy agua y por todas y todas esas cosas. Pero no obtuve respuesta, el reloj se negó a movilizar su péndulo y dejar así que el padre tiempo lleve a cabo su destino…aunque el tiempo seguía pasando. Ahora bien, por la tarde comencé a sentir unos murmullos y pensé que era la sombra jugando con los pies descalzos, que ahora se hicieron amigos. Pero no eran ellos, eran los sillones charlando con la ratona y el armario…entonces me quedé quietito para poder escucharlos hablar, y poder sentir, que hablaban de vos, y de que también te extrañan, tu paso lento y seguro, tu paso largo por lo largo de tus piernas, tu sonrisa soslayada en algún cómplice chocolate cuyo envoltorio siempre quedaba tirado arriba de la mesa, como para observar tu

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propia culpa de tu propio crimen. No supe que hacer y luego de vacilar unos instantes fui a hablar con ellos, pero tampoco quisieron hablarme, parecía que la casa se hubiera puesto de acuerdo y que me culparan por tu ausencia. Por la tarde decidí ir a hacer unas compras y a comprar remedios para mi alma, lo que se traduce en bastante comida, porque debo decirte que lo de la “angustia oral” es verídico y pienso, que así como el tomar o el fumar, esto de comer y comer me parece cierta inclinación al suicidio solapado por el dolor de tu ausencia… pero es simplemente mi punto de vista. Comí y dormí, o por lo menos creo que dormí, con los ojos abiertos, inclinado hacia tu lado en la cama, estirando mi pierna en una torpe búsqueda por la tuya, con la persiana abierta, dejando entrar las luces de la noche mirando las copas de los árboles y escuchando el viento que se reía…si…que se reía. Ahora estoy durmiendo mientras miro desde la esquina del cuarto mi cuerpo tumbado en la cama, ya sin inclinaciones nostalgiosas, roncando lento y profundo; mientras soy observado por mi mismo o por algo, o por alguien que sin lugar a dudas, también te extraña.

Ya han pasado creo que cuarenta años y ni el tiempo pudo borrarte de mis mañanas al abrir los párpados y mirar hacia los lados. Mi mano ha buscado a lo largo de todos estos años el encontrarte allá, del otro lado de la cama…pero nunca pudo ser. No me conformaron de ninguna manera las cartas que escribiste, menos aún se conformaron las plantas, con las que entablé una buena amistad luego de haberlas empezado a regar. Tampoco llegaron a un acuerdo mis dedos, que nunca conocieron tantas curitas en su vida como desde que nos haces falta, por eso intentaron suicidarse con el cuchillo cuando cortaba pan, con la engrampadora o con todas y cada una de las puertas. Llamé al médico y como todos los médicos que hubieran escuchado mis periplos, éste me colgó….no sin antes decirme “consígase otra”. Por lo que ni puedo negar que no saliera a la calle a verlas pasearse con todo su garbo y su osadía pretendiendo ser la reina de las amazonas. Lo cierto es que con la excusa de algún

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libro me estuve sentando en las plazas y mis oídos comenzaron a escarbar en cada una de las conversaciones de índole femenino que se efectuaban en los alrededores….y que tan pocos comentarios me sirvieron para darme cuenta que no cabían. Pero sin que lo intelectual importase mucho –cosa de la que me tuve que convencer realizando un auto hipnotismo- salí a medir con tu cara y tu cuerpo a las féminas que osaron caminar por la calles de Montevideo y luego de horas y horas, de cuadras y cuadras me senté desolado, azorado en la Plaza Varela con el centímetro en la mano y al no encontrar una que estuviera a tu altura recordé las palabras del poeta de Isla Negra: “hay mas bellas que tu….pero yo te he nombrado reina”. Aquella noche me recosté en el sillón, ya envejecido por los años a tu espera y me dejé llevar por el sueño…ahí donde en varias oportunidades te había encontrado pero de otras maneras…

Creo que ya han pasado algo así como cinco siglos y la vejez ya casi no me deja moverme, tampoco pensar. La última vez que anduve por la casa recuerdo que miré como enésima vez el espejo y no encontré a nadie, tampoco encontré su imagen, ni la imagen de la casa, ni nada de nada. En verdad no se cuanto tiempo ha pasado…solo he mirado el reloj y no vi números. Vi caras y gestos, tus manos, vi signos y símbolos vi universos…..

Al fin sonó el despertador y repentinamente se que ya es el séptimo día, el día en que un dios de un mundo lejano había descansado luego de crearlo. El séptimo lleva implícito el siete, la perfección, las siete artes, las siete notas y todos los sietes….pero lo único que me importa hoy día es tu regreso. Cuanto soñé en estos días, meses años y siglos de tu llegada, no se si porque te extrañé o porque quiero estar contigo, pero me dijo un amigo que mas o menos es lo mismo, ahora estas a unos minutos de la esperada llegada y en casa estamos todos contentos. Las plantas están con sus hojas mas verdes que nunca, los sillones…estuvieron

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haciendo murmullo por la mañana como preparándote una sorpresa, las paredes se vistieron con los rayos matutinos de eso sol que ya me había demostrado su inconformidad los días que se brindaba entrar por la ventana y no te veía a mi lado. Los pies, los pies descalzos, que estuvieron perdidos hoy se fueron por dentro del espejo, junto con la sombra…porque ahora son pareja y en el espejo volvió todo, hasta mi imagen…que ahora está un poco mas clara, ahí….si ¡ahí estás! Y no puedo evitarlo yo también me desespero, al igual que los cuadros de Aneff que tenías guardados boca abajo se enderezaron para ver tu llegada, mientras un libro de Benedetti salió de la Biblioteca y se abrió en el poema de “tu llegada” ahora todo es azul, hasta el cisne que tengo dibujado en mis manos. Voy a salir a abrazarte, no sin antes mirar por la ventana y ver a mi vecino…mi pasado que se estuvo burlando todo este tiempo…lo saludo, con algo de sorna, y vuelvo para mis adentros. Ahí estás…y ahora toda la casa te celebra.

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NARRATIVA

À la tombée de la nuit

Vivía en una casa cerca de la playa, los grandes ventanales de todas las habitaciones dejaban ver un panorama paradisíaco, inigualable. Desde la aurora, la dulce luz de los amaneceres penetraba en la casa buscando los muebles de anticuario, el roble añejo pero en buen estado, los cuadros de Aneff, Dalí, Kirscner, Aqa Mirak, Rubens; algunos colocados en las paredes, otros apoyados en el lustroso parquet. Los tapices orientales, las alfombras de Marruecos, y las cortinas españolas adornaban una a una todas las salas.

La sala de juegos era una de las más coloridas, en la entrada se trababan en lucha las baldosas blancas y negras, en cada uno de los rincones había una estatua guardiana de sus objetos lúdicos; al Norte se había colocado una Medusa con la palabra Sur a sus pies, al Sur un León de dos cabezas que indicaba el Norte, al Este se encontraba una serpiente devorando un corazón, y en el Oeste se encontraba la imagen del Baphomet con una inscripción para él desconocida.

A la mansión se llegaba serpenteando un camino con altibajos, el verde natural, los arbustos en estado salvaje se dejaban ver desde la portera hacia fuera. Hacia dentro, el césped se encontraba milimétricamente cortado, como por la mano de un maestro del Ikebana. Arreglos florales a lo largo de la senda. Sincretisando barrocos de yeso y bronce con algún detalle rococó. La llegada a los jardines principales que hubieran competido con los de Calypso, la fuente principal que se interponía a la majestuosa vista del primer edificio, que se

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dejaba apreciar entre los chorros de agua que parecían helarse en su caída aquella mañana. Luego, la suntuosa escalinata hasta el pie de las dos columnas que emulaban las colosales J y B, o a los guardianes mongoles. Mármoles y piedras finas contrastaban con las altas puertas de maderas nobles, con al gran llamador de oro puro que salía de la boca de un león de Nemea.

Esa mañana lo despertó más temprano que de costumbre su mayordomo, le trajo el desayuno, las noticias y sus pantuflas preferidas. Aguardó un instante a que le diera la aprobación acerca del jugo, el café, la miel, las galletas y demás. Luego se acercó como si por algún motivo fuera necesario decirle en silencio, que un hombre algo extraño, que se dice ser… “poeta”, había llegado a la puerta de su mansión, solicitando “ser cobijado durante la cruel fría mañana, tarde y noche. Con nada mas para entregarle que sus versos e himeneos a la vida, a las Musas, a las Gracias y las Horas, a toda la creación y lo no creado”.

Frunció de una manera algo extraña el entrecejo, pero de pronto recordó las palabras del párroco de la Misa del Domingo, y solo por ellas dejó que lo aguardara en la pomposa sala de bienvenida. Mientras tanto, saboreando parsimoniosamente su desayuno, intentó recordar si a lo largo de su vida había conocido un poeta; recordó que en algún momento se había cruzado con un pobre, otra vez por una desgraciada circunstancia en una de sus tantas empresas con un policía, y mas frecuentemente con un político pero en ningún lugar de sus recuerdos se hizo presente algo parecido a un…poeta.

Como era su costumbre, antes de ir al encuentro del posible huésped, se vistió de manera formal, con un traje hecho a medida, camisa de tela noble color escarlata, corbata haciendo juego con los zapatos italianos. Ingresó en la biblioteca y tomando uno de los mas

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grandes diccionarios buscó cual era el significado de la palabra poeta y encontró algo muy extraño, llamó a su abogado y su escribano ordenándoles que se hicieran presentes de inmediato en su mansión ya que había llegado a su hogar ese tal poeta.

El mayordomo se paró en la antesala del recibidor, donde estaba sentado aquel hombre algo extraño.

Mirada serena y curiosa, ojos negros y brillosos, de faz templada y gesto amplio, su ropas eran sencillas y extrañas. Observaba todo el lugar con ojos indagadores y una leve sonrisa que dejaba de ver algo de sorna en su aire fresco y jovial, a la vez que melancólico con cierto halo de nostalgia. Sin haberse percatado de la proximidad del propietario de aquel acogedor lugar, se dejó ver contemplando ensimismado una hermosa escultura representativa de las cuatro estaciones; como un devoto que sufre las embestidas de una visión divina. Una de sus manos ya casi lograba tocar aquellos pies de bronce cuando fue interrumpido el éxtasis por unas palmas que anunciaban la llegada del Señor.

El hombre se hizo presente frente de él y le hizo un gesto de bienvenida mientras se disculpaba por hacerlo esperar en la sala. El poeta elevó la mirada lentamente hasta que sus ojos tomaron por sorpresa a sus iguales y le dijo:

- Señor mío y de nadie, permítame presentarnos nuevamente, yo soy el poeta. Aquel que se vistió de cantor, soy futuro del rapsoda, soy de quien vendrá el pasado. Aquel que esculpió obras de arte y el que pintó los hermosos trigales de una fría tarde de verano. Soy poeta que vive en busca de la niebla, que desde el nacimiento viene a nuestro encuentro; el que ha descendido a los infiernos en busca de la amada, el que ha luchado contra dios en

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defensa de Lux Ferre, el que ha cantado y embelesado a las hadas. Soy antes que el dulce aedo y nací con la luna llena…llena de versos y poemas. Canté una vez en los bosques, ditirambos hermosos al Dios antiguo raptado del Asia, fui amante de Cleopatra y de Astarté, mi Madre me bautizó en las aguas que nacieron de la coz del equino alado. Yo soy el poeta, aquel que lloró por la imagen amada, el que dejó de temer a las sombras de la cruel caverna, el que murió en la hoguera de la santa ramera creadora de ilusiones. Soy aquella que incomprendida; teniendo tanto fuego que su carne consumía viva en dolor ardiente invisible al ojo mundano; paso a paso hundió su cuerpo en las eternas aguas, caminando hacia el mundo azul soñado. Yo soy el poeta. Soy aquel que sufre por estar en la jaula de este mundo de palabras, limitado por la Torre de Babel, que se yergue enhiesta ante la mirada de los hijos de la Musa. Soy hijo de dos padres que comparten un mismo templo, y soy ese que comparte sus versos con los oídos del viento y de éstas estatuas que nos miran inertes, y de los suyos ya envejecidos. Yo soy aquel, que siente frío, y que solo puede ofrecer la hoguera de sus palabras. Sea amable señor mío y de nadie, y otorgue a este poeta un noble espacio donde descansar su cuerpo, hasta que la mañana no me pueda encontrar donde me dejará la noche, ya que antes que los rosados dedos de la hija de Homero aparezcan en el horizonte, yo estaré caminando hacia mi hogar, que queda en la Isla de Neverland.

El hombre lo observó algo extrañado, comenzó a pensar seriamente ante la posibilidad de dialogar con él, aunque no hubiera entendido más que cuatro o cinco palabras de las que salieron de su boca. Observaba lentamente el porte y las vestiduras del Poeta que dejaban ver una falta total de cuidado con las prendes de vestir que sin lugar a dudas habrían sido donadas por sus amigos aristócratas de lugares cercanos. Sopesó todas las posibilidades y por fin decidió intercambiar unas palabras con aquel harapiento huésped. Diciendo:

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- Sepa usted…poeta, que me encuentro un poco sobresaltado al recibir tan distinguida visita de quien para mí es un completo extraño. Lamento sí, que no se encuentren en este preciso momento mis asesores, a los fines pertinentes de poder otorgarle completamente, las atenciones que tan ilustre visita merece. Pero redundo al expresarle mi asombro ya que a lo largo de mi vida, nunca he tenido el agrado de recibir a un poeta, ni la suerte de cruzármelo paseando con ilustres señoras en la Avenida de los Campos Elíseos, ni dialogando de temas interesantes en excelentes tertulias en algún café de Venecia con amigos de la infancia. ¿Como diría usted poeta?, que podría ayudar a mis arcas a acrecentar su caudal, como podría usted señor de tan extraña palabra a recuperar mis días y llenar mi lecho de excelentes amores ayudado por palabras de…poeta. Que es lo que me otorga usted a cambio para que yo lo acoja en esta fría mañana, para que luego la aurora no lo encuentre en el mismo lugar, donde el crepúsculo lo ha de dejar.

El poeta se encontraba sonriente mientras parecía observar a las paredes que se encontraban detrás del señor de aquella ilustre mansión. Contempló por atemporales momentos toda la sala, mientras tanto, el silencio se sentía cada vez mas fuerte, ya casi insoportable, hasta que en el silencio parecieron comenzar a tomar vidas cada una de las pictóricas imágenes y broncíneas estatuas…hasta que la intromisión de la tos del mayordomo obligó nuevamente a las ideas del poeta a vestirse con palabras, diciendo:

- Señor mío de todos y de nadie, sepa usted que mi cuerpo es una hoja desprendida del árbol que la aprisiona, y como si la vida fuera ese solemne y tan fugaz instante en que la hoja llega a su destino, de tal forma soy transportado por el Pampero y por el Céfiro. De tal manera me lleva hacia el ocaso de mis días realizando la empresa de observar en el camino, de recoger a lo largo del sendero la tierra que piso y cantarles odas a las madres Gea y Pacha

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Mama, acariciar las hojas de esas flores que delicadas y salvajes regalan sus virginales fragancias a los sentidos del hombre, beodos de tantas miserias. ¿Cómo podré ayudarlo señor mío y de nadie?, puedo perfumarlo con la fragancia de la prosa, de las elegías al son de la flauta de un sátiro etéreo. Oh señor mío y de todos, si usted se dejara embriagar por el ritmo ditirámbico, no necesitaría desear cuerpos extraños en su lecho, mas que el de la blanca amiga al momento de que los celestiales niños entonen los trenos correspondientes al crepúsculo de sus días. Oh amigo mío del alma de todos, no puedo entregarle nada cuando nada es mío, ni siquiera las palabras melódicas de la poesía. Ya que como podría yo adueñarme de la lira de Orfeo, cuando ya una vez luego de inclinar mis agrados a las melodías de mi amigo Pan, fui castigado con el áureo toque en los dedos de mis versos. Ay amigo y hermano mío, si algo pudiera ser solo mío y pudiera entregárselo, le daría aquel soneto que el Niño Amor le regalara a Francisco. Por eso hermano mío, ¿donde podrá mi cuerpo alojarse esta fría noche que ya nos acecha, aguardando la llegada de quien posee el carro de fuego?

El hombre lo miró durante largos períodos, con el mismo gesto extraño, miró de reojo a su mayordomo que permanecía inmutable, aguardando el aplauso o la reprobación con el mismo gesto impenetrable. Observó el reloj y notó que ni el abogado ni el escribano habían llegado, así que tomó la decisión de echarlo. No aguardó que su sirviente lo hiciera, sino que él mismo se dirigió hacia la puerta, tomó con su propia mano el cerrojo de oro con engarces de esmeralda y abrió la enorme puerta que dejaba ver el crepúsculo abigarrado de colores nunca antes vistos.

El poeta lo miró con gesto sereno, y le regaló una sonrisa, se despidió de la estatua del redentor a cuyos pies, incólume, se encontraba el mayordomo. Observó sus pies descalzos, y comenzó a andar por el jardín que lo aguardaba con un césped cubierto por capas de hielo.

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Tomó su saco y lo apretó contra su cuerpo. Luego metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y logró tocar sus frías piernas. Mientras la mirada del hombre lo seguía por la ya fría noche y observaba a lo lejos como aquel insolente extraño se acostaba en la Portera, poniendo un libro de cuentos como almohada, tapando sus pies con hojas de periódicos.

El hombre observó al mayordomo, caminó hacia la sala de juegos, se dirigió hacia la estatua que tenía la serpiente y dijo: “dios nos libre de los poetas”.

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La Noche Me senté en aquel viejo bar del centro, como todas las mañanas, pedí un café largo, encendí un cigarrillo y me puse a leer el diario…o por lo menos eso quise…prepararme para ver que mentiras había comprado. No es que sea desconfiado, pero en verdad, con el tiempo aprendí a no creer en “las Noticias”, sea el medio que sea. Observé detenidamente los números de la Lotería y del Cinco de Oro y me permití soñar, tan solo unos segundos, hasta recordar que nunca había jugado. Luego de las páginas generales, los Policiales y ahí nada para preocuparse, el Ministro del Interior de turno afirmando que los índices delictivos habían descendido -lo que a buen entendedor se traduce en lo contrario- un par de fotos con un par de cuerpos tirados y algo de sangre, y mis dedos…entre cansados y hartos pasaron a las deportivas. A medida que pasaba las páginas me fui enterando de cuales iban a ser, para el día de hoy, los tópicos de referencia para las diferentes tertulias de la gente. Un sorbo mas al café y comencé repentinamente – impulsado por esos inesperados sentimientos lúdicos – a juguetear con mi aliento en el ambiente. Fría mañana o mañana fría eran lo mismo; por largo rato jugué con mi aliento y con el aliento del pocillo de café, que en cierto momento dejó entrever dos hebras que desde el corazón de la negra infusión se levantaron, despacio, meditabundas hasta separarse cada vez mas y más (recuerdo que quise buscar una analogía, pero no pude) y ya casi por desaparecer las dos hebras, mi mirada siguió de largo hasta percatarse de una figura de mujer que cruzaba frente a la vitrina del bar, con la mirada algo triste, hombros encogidos, mirando hacia abajo y paso cansino que pedía perdón a la calle; como me enamoré de aquella tristeza repentina. Hasta que dobló por la esquina y desde la esquina apareció ella, que me hizo recordar que estaba esperándola. ¿Como no haberla extrañado en todos sus momentos de ausencia? ¿Cómo no haber pensado y soñado con cada uno de aquellos gestos que siempre eclipsaron mis palabras, mis gestos y mi todo hasta acostumbrarme a su presencia? Pero ahí estaba ella. Que sabía que

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nunca creí en las coincidencias. Si bien nos criamos prácticamente juntos, nuestras vidas siempre se entrelazaron mas de lo esperado, y ella siempre supo en su mas profundo sentir, que la amé más que a nadie, y como Alcione a su marido, así siempre la esperé, con una sonrisa…mi sonrisa con algo de ironía y algo mas de cierta locura que se dibujaba en mi boca. Labios color rojo intenso, casi escarlata, piel blanca con mucha vida que contrastaba con ella misma y aquel hermoso contexto otoñal; el vidrio algo empañado, las hojas cayendo; imagen que se rendía a la melancólica mirada. Sombrero de ala ancha color negro inclinado hacia la izquierda, polera del mismo color que se elevaba por el grácil cuello desde el escote del saco que sin dudas por su gusto tendría que ser Valentino. Abrió la puerta y dejó ver el corte perfecto de ese pantalón hecho a medida, zapatos de punta y medio taco. Llegó a la mesa sin haberme quitado un segundo sus ojos de los míos; dejó el sombrero en la mesa y hasta los espejos parecían observarla, y a ese hermoso cabello largo, atrevido, que parecía acariciar esos hombros. ¿Cómo olvidar aquella sonrisa y como arrancarme aquella caricia? Fueron breves o no tanto aquellos momentos que a la postre en mi memoria fueron eternos, que a la postre en mi mirada dejaron marcado su rostro, su rostro perfecto, nostalgioso, que quedara…y que quedará en mi memoria marcado mientras viva y tal vez… - … si extrañar es ansiar a la otra parte día y noche –dije- aguardando su llegada, para ansiar quedarse uno con el otro, sin lugar a dudas te extrañé. Pero considero que es una paradoja ya que ese sentimiento solo aminora la distancia que nos une. - En verdad, vine porque también te extrañaba…o sea como decís, que estaba cerca tuyo, (hizo un breve espacio y prosiguió)…estuve trabajando mucho últimamente y camino al trabajo decidí darme un descanso, además, por más que una quiera no es fácil encontrarte. - Vine a sentarme acá porque la mañana está bastante hermosa, como a mi me gusta, o como nos gusta, siempre vengo y lo sabes…a tomar un café, y siendo sincero estuve paseando la noche entera observando un poco la ciudad, los edificios y esas cosas, ya que unos siempre

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anda mirando la tierra que pisa. Pero hoy tuviste suerte de encontrarme porque no siempre ando par acá…puede que me encuentres volando por entre las casas o los edificios …- no tardó mucho hasta una nueva sonrisa. Mientras tanto ya había pedido un café para ella: - Si, lo sé, mal o bien me pasa lo mismo, yo no tengo horario y de reloj biológico ni hablemos. Estas semanas estuve por Europa: Italia, Paris, Portugal; y allí conocí gente hermosa, lástima que no pude conocerlos más. Pero entre todos me enamoré de un pintor, de un músico y de un poeta, –recuerdo cierto entusiasmo en sus ojos- no me vas a creer, pero el músico era sordo, y no sabes qué música hermosa tocaba todas las noches bajo aquel cielo estrellado. Recuerdo que un día lo fui a escuchar al Odeón. No pude más que esbozar una leve sonrisa porque siempre me ha dejado perplejo con sus anécdotas y sus viajes y si bien, en ciertas ocasiones he sentido ciertos desvaríos de su parte, por lo general nunca miente; y le dije con cierta sorna: - Y de seguro que el pintor era ciego. - Sabes que hablo con la verdad. ¡Si! el pintor era ciego y pintaba según el calor de los colores. Aunque también decía que cada color corresponde con una nota musical y solamente un músico que fuera sordo podría escuchar la música de las pinturas. ¿No te parece fantástico? - Si pero… ¿y el poeta, era manco?, si me decís que era de Lepanto te juro que llamo a la emergencia. - ¡No tonto! no era manco, tenía las manos más bellas que yo hubiera visto jamás, pero no sabía escribir. Sin embargo…su poesía llegaba y calaba hondo. Cada palabra, cada gesto, milimétricamente en armonía con lo que lo rodeaba. Hablaba a la vez que sin quererlo enseñaba…”la idea que te libera hoy, te apresará mañana” decía, y a mi me gustaba mucho su decir. Sin él saberlo su poesía era libre, pero no por eso dejaba de tener estilo. Algunas veces,

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observando la lluvia entonaba odas a sus musas vivientes, regalaba sonetos perfectos al viento, esos que en papel hubieran pasado a la posteridad. Así de rápido morían en la nada. Hasta que un día, luego de realizar su más grande poema en silencio, mientras miraba una musical pintura donde una bandada de aves negras sobrevuelan un trigal: entonó un hermoso treno… y decidió quedarse conmigo. Se acercó el mozo más alegre y joven de los allí presentes (que no eran muchos) y le sirvió el café a ella, que a su vez lo miró con ojos tristes. Luego de servir el café, le ofreció rápidamente fuego ya que ella llevaba un cigarrillo a la boca. Le regaló una gentil sonrisa y volvió a la barra. Pasó detrás del mostrador y se dispuso a efectuar una llamada. Se lo notaba sonriente, algo ruborizado. Sin lugar a dudas del otro lado se encontraba un afecto. Mientras miraba el reloj y hacía ahínco que en media hora la esperaría a pocas cuadras de allí. Dijo algo que fue imperceptible, se le observó simplemente mover los labios, sonrió por última vez, colgó y continuó con sus labores. Al mirarla noté que no le había sacado la vista de encima, con una mirada con cierto halo de melancolía y algo más de culpa. - Yo estuve leyendo a Quino – le dije - , ¿y sabes qué? El otro día me enteré que su alias proviene del vocablo griego kyon, que significa “perro”, y según me contó un señor muy amable de mi librería preferida -donde me divierto mirando títulos de libros esperando a que alguno “me hable”- el perro era el símbolo de la escuela de los cínicos. Cuyo mas conocido exponente fue Diógenes. ¿Qué te parece? Pero Diógenes el Turco no el hijo de Laertes, que no era hermano de Ulises. Que dicho sea de paso, fue quien deseó ser aquel magno hombre que quiso conocerlo… Y mientras me divertía enunciando tranquilamente aquel adamantino monólogo, me percaté que la mirada de ella se hallaba cada vez mas perdida en la joven sonrisa del muchacho. Que ya se preparaba para retirarse.

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Al observarla, ahora mas detenidamente pude comprender lo que pasaba. Esa mirada… que fuera moneda corriente en otros tiempos, la vi varias veces. Entonces le di una última pitada al cigarrillo y lo dejé que se consumiera en su cenicero, me levanté como en cámara lenta y me dirigí hacia ella, la ayudé a recogerse el cabello, tomé el sombrero y se lo alcancé, no sin antes pasarle la mano por el ala para arquearla un poco…aquel sombrero tenía algo dandy y glamoroso que me gustaba, ella sabía que me gustaba. El muchacho salió raudo hacia la calle, mientras miraba el reloj y su cabeza hacía un gesto de que se encontraba retrasado. Caminó calle abajo mientras tanto subía el cierre de su campera, levantaba el cuello, encogía los hombros como para resguardar su cuello del frío, y ya se dirigía al encuentro. Ella por su parte se despidió con un beso en los labios. Me había acostumbrado con el tiempo a esas súbitas despedidas; la volví a mirar con ojos tiernos y nuevamente, en in inútil intento de retrasar su despedida, emulé a un caballero del medioevo cediéndole el paso a la doncella.

-

Cuidáte Caro…-le dije- y subíte esa polera porque te vas a resfriar. ¿Dijiste algo de los cínicos? – dijo, y fue la última vez que reímos juntos.

Alguien observó que aquella mujer con sombrero caminaba calle abajo, con el tapado desprendido que tremolando con el gélido viento parecían saludar a aquel caballero que había llamado su atención desde aquel Bar. Levantó lentamente la mirada que a través de la ventana divisaba un cielo nublado. Indudablemente su reloj marcó las diez de la mañana. Llamó al mozo y le pagó la cuenta. Se incorporó y observó que ella no había tomado el café; al lado ambos cigarrillos consumidos y la página del diario que ya no mentía. Se puso su sombrero,

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enrolló a su cuello una bufanda que parecía de alpaca y se encaminó hacia la puerta de la Ciudadela, donde dicen algunos y cuentan otros que aún sin saberlo…lo esperaba ella.

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El Sueño A Rubén le gustaba salir por las noches; sus deseos habían desaparecido de apoco, pero caminar, y observar las plazas, los hoteles, los restaurantes, era su mayor placer. Había viajado mucho y amaba su ciudad mas que nada; había paseado por La Rue des Champs Elisees, la Avenida 9 de Julio, y por las calles exóticas de Brasil Colonial –especialmente de Bahía, que según él era su preferida- pero nada le hacia mas feliz que caminar lentamente, con paso adusto, por las calles de la avenida que como solía decir “tiene nueve mas que su par Río Platense”, aunque fuera siete veces mas chica. Alguna cerveza furtiva por las noches,

cigarrillos y algún humeante pocillo de café por las mañanas frías, habían sido sus fieles amigos durante estos días en que se había dedicado solo a caminar, y caminando había rememorado toda su vida. Sus padres ahora ausentes y su infancia, la pubertad y los primeros amores; esos amores que nunca entendió porque los había olvidado si todos dicen que nunca se olvidan; la adolescencia y el desconcierto, el amor, el odio, la pasión, la remera con inscripciones alusivas a la revolución del momento, una foto del Doctor Guevara, ignorando quien había sido, los veinte años…..

De repente se sintió cansado; decidió que lo mejor sería regresar; dejó la botella de turno casi vacía a un lado, y fumando un cigarrillo emprendió lentamente el regreso hacia su hogar. Sabía que en aquella casa; que hoy dicen otros que es de él, pero que él sabe que fue de ellos; lo esperaba una cama fría, solitaria, esa cama que un día albergó el cuerpo de Laura. La mujer que supo alimentar sus sueños, que una vez le dio fuerzas para caminar por el mundo y que había convertido el camino de regreso en un camino de alegría. Pero ella había seguido su sueño, el de viajar a otras tierras, o por lo menos, así decía la carta que había encontrado aquella noche que se volvió eterna, el día en que según Doña María, la curandera del barrio, se había muerto su Alma.

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No te culpes Ruben, tampoco te pido que me perdones, pero no puedo vivir mas contigo. No me gusta lastimarte, pero si continúo a tu lado lo voy a terminar haciendo. Tengo sueños sabes, y los quiero seguir, para cumplirlos o no, pero los quiero seguir y lamentablemente, si me quedo contigo, durante toda mi vida voy a estar pensando ..”y si lo hubiera hecho,…y si lo hubiera seguido” y no quiero que en mi epitafio diga: Aquí descansan los restos de…y si hubiera”. Sé que sueno egoísta, pero ¿acaso no somos todos egoístas? ¿Una flor no es egoísta?...¿quien de nosotros puede decir que no es egoísta?... Laura

El frío comenzaba a entumecerle las piernas cuando levantó la mirada hacia el cielo, y le preguntó dónde estaría ella,… pero Dios no contestó. Caminó algunas cuadras y de pronto, de esos profundos lugares que desconocemos de donde surge algo parecido al odio, o más bien el odio, comenzó a llenarle poco a poco las venas. Enfurecido intentó insultar a Dios, todos los dioses y todos los santos, como buscando algún tipo de reacción, desafiando al Omnipotente que no le contestaba, pensó en alguna otra ofensa, y la pronunció a viva voz mientras miraba al cielo, pero nuevamente nadie le contestó. Una leve sonrisa, con algo de capciosidad iluminó su rostro meditabundo, mientras recordaba con cierta nostalgia aquellos tiempos, bajo un bonito Laurel, las Epopeyas de Homero, cuando los Dioses interactuaban con los humanos y descendiendo del Olimpo los ayudaban o los mataban, o les hacían el amor, los maldecían, los bendecían. Mientras tanto continuaba caminando. Optó por sentarse ya más cerca de casa, en una plaza que había sentido en su tierra sus propios piececitos de niño corriendo. También lo había visto pasar allí casi a escondidas, besándose con la novia de

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su mejor amigo, pero lo más importante para esa plaza, había sido el tener tantas tardes de felicidad junto a Laura, tantos besos ardientes, tantas caricias a la espera. A medida que fumaba y se iba consumiendo, iba construyendo su mundo, algunas veces era príncipe y ella su princesa. El por supuesto, llegaba a rescatarla de la torre donde se encontraba secuestrada por el malvado; otras, él era un magnate y Laura era aquella a la cual él le daba el mundo, joyas, alhajas, todo tipo de diamantes desfilaban frente a los ojos de su amada. Sus viajes eran variados, pero estuviera donde estuviera, siempre se encontraba con ella.

El efecto pasó poco a poco, y lento, muy lento se fue dando cuenta que ya no podía volar, sus alas se iban plegando, y cada vez más le costaba despegar… La noche era cruda, fría, sólo unas pocas luces de aquella vieja plaza le dejaban ver entre la oscuridad aquella dama de frío mármol que parecía mirarlo desde lo alto.

Decidió que lo mejor era continuar caminando, para tratar de ahuyentar el frío, y para llegar rápido porque ya se le hacía urgente descansar; el doctor le había dicho en la última consulta que debía cuidarse de las noches inhóspitas pero por sobre todo de los cigarrillos porque podía llevarse una sorpresa. Observaba sus pasos y le parecía que estuviera algo así como en cámara lenta, pero no quiso prestar atención. Las silenciosas calles de la Ciudad Vieja dejaban que cada uno de sus pasos cantara un eco casi mortuorio, adornado por la oscura tristeza que ya no pretendía fingir. Le pareció escuchar un viejo tema cerca de una ventana. Abrió la puerta; recordó que no tenía luz porque había olvidado pagarla este mes, de todas formas poco le importó. Encendió una vela y lentamente comenzó a recorrer la casa, mientras escuchaba los pasos de ella, y sus risas. Acomodó el desorden a su alrededor, y se puso a preparar la cena, justo lo que a ella le gustaba. Primero puso los manteles, luego

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siguieron las copas, ahora los cubiertos. Sirvió un poco de vino, luego la cena, y llamó a Laura. Aguardó en silencio. Las velas poco a poco se fueron apagando…las velas se apagaron, mientras la cena se enfriaba.

Dejó la mesa servida y se recostó en la cama. Pensó que a ella no le molestaría que cerrara los ojos para descansar de ese día tan agotador. Su cuerpo fue acariciando las sábanas, y su mano se extendió hasta encontrar la mano de Laura. Ella lo tomó de la mano y le acarició las mejillas; él contuvo la respiración como queriendo aprisionar ese momento… Con gesto materno fue sacándole la ropa poco a poco, cantándole esa canción de cuna que a él tanto le gustaba. Le hizo sentir el calor de sus labios besándole las manos, mientras se arrimaba a su oído y le contaba dulcemente sus secretos, hasta que él abrió los ojos y la miró en lo profundo; ella, lentamente, como deteniendo el tiempo, lo besó en la frente. Rubén cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.

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Noticias

Lo recuerdo todos los días. Se podría decir que siempre, a cada momento. Especialmente aquella vez que lo vi… la última vez. Como olvidar a mi vecino de dormitorio, o aula como nos llamaban los doctores, porque decían que aún encerrados y en soledad, seguíamos aprendiendo. Ahora que lo pienso un poco mejor, el manicomio es cosa mala, depende como lo vea cada uno. Pero de él, nunca podré olvidar sus gestos, su modo de hablar, sus pinturas y sus tantos poemas. Cuántas veces, entre tantos silencios nos comprendimos mutuamente, aunque fuera por un instante. Y fue así que pude comprender por un momento sus ideas y porqué se encontraba feliz aquella mañana, precisamente dos semanas antes de la fecha pactada para que me diesen el alta. Había terminado su último poema y luego de contemplarlo durante horas en su aula se había dirigido al patio trasero. Sentados en la sombra de aquel laurel, en una de las esquinas del predio, y donde hasta altas horas de la noche continuábamos disertando sobre lo importante, nuestros coloquios eran de lo más variado; tantas veces tratamos temas literarios, pasando desde los clásicos hasta la literatura contemporánea, como así también disertábamos sobre las grandes obras de teatro y la importancia y grandeza de las obras maestras del celuloide. Una noche de verano, de ésas que invitan a mantenerse en vigilia hasta el amanecer, la noche pareció haberse quedado suspendida. Él había comenzado –luego de observar una mariposa- a discutir sobre la Teoría del Caos y a realizar cierta analogía con los procesos sociales; sin embargo en ciertos puntos no estuve para nada de acuerdo, en particular con su posición sobre la Teoría del Big Bang y expuse con cierta claridad la posibilidad de la falacia universal, trayendo a colación aquellos muertos que hablaron sobre el estado onírico del alma, la paradoja de Zenon de Elea y terminé por manifestar mi acuerdo con el Cinismo, en particular, con lo poco que se

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sabe del pensamiento de Diógenes de Sínope. Él, con aquella sonrisa en los labios, sornástica pero a la vez bondadosa, como aquella sonrisa del hombre póstumo, del hombre a quien le pertenece el futuro, asentía con la cabeza y con mucha elegancia y ciertos ademanes de dandy, refutó cada una de mis exposiciones, con tal facilidad, que me pareció estar ante un ser sin igual, ante uno de esos genios ignotos, que se mantuvieron en el anonimato por esas cosas de la vida. Recuerdo que éramos los únicos a los que se les permitía permanecer fuera de sus aulas luego del atardecer; uno de los motivos era que realmente no representábamos ningún peligro para la seguridad; otro, que luego de años de internación nos ganamos la confianza del personal más antiguo, aunque la causa menos conocida era que uno de los Doctores Jefes había plagiado varios de los poemas de mi querido amigo para extendérselos a una interna de la cual el emérito facultativo se había enamorado. Pero aquella tarde en el patio, luego de haber contemplado aquel poema, creo que fue esa tarde sí…porque a partir de aquella tarde todo cambió. Colocó el lienzo en el trípode – tardando un poco más de lo acostumbrado –, eligió las pinturas cuidadosamente mientras una leve sonrisa se le dibujaba en los labios. Luego se sentó frente al lienzo y allí se mantuvo contemplándolo durante horas. En determinados momentos abandonaba el lugar y caminaba por el parque, ya con la luz de la luna, como pensando, o como buscando algo, una idea, un pensamiento tal vez. Lo cierto es que así transcurrieron unos días mientras las pinturas aguardaban y el lienzo continuaba vacío, tal vez…como él. Pero fue una mañana que me levanté y luego del desayuno me dirigí a mi recorrida matutina, ya despreocupado y sin pensar en todos aquellos problemas que me habían trastornado, cuando de repente pude notarlo, debajo del laurel, sumido en un gran transe, moviendo el pincel en el aire, como cortando, como tajeando el alma de alguno de sus dioses, pensando o disfrutando de alguna morbosa manera la inspiración pictórica que mantenía su rostro con faz tan extraña. Me acerqué e intenté hablarle, pero no me respondió, ni siquiera se percató de mi cercanía,

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aunque yo lo noté tan distante. Recuerdo siempre que el estar cerca de él generaba cierta sensación calurosa, tal vez por la gran energía que desplegaba mientras no escribía o pintaba. Observé cuidadosamente su pintura y no pude distinguir nada, ni siquiera una idea. En verdad ya me había acostumbrado a que sus pinturas nunca encontraran la forma sino hasta los últimos momentos, hasta que los últimos toques de pincel unían todas las líneas, y como un soplo divino todo cobraba vida y sentido, como un juego macabro de aquella mente extraña. Algunas horas transcurrieron y pude percatarme de que los ánimos de todos los internos se habían renovado. Pensé por algunos momentos si aquel estado de transe había generado alguna rara energía que inconscientemente hubiera perturbado el estado de los pacientes, pero aquella débil teoría fue descartada inmediatamente. Sopesé que en verdad no había fundamento racional, sistemático, exacto, objetivo y verificable, que sostuviera esta descabellada hipótesis; y como dije recién, esta idea algo insana, sería descartada. Ya por la noche, me acerqué y pude descubrir que en aquel pincel se encontraba el progenitor de un hermoso cisne. ¡Qué hermoso cisne!... ¡qué celestial recuerdo! El cisne era hermoso. Nunca antes un lienzo había parido tal majestuosa obra de arte. Nunca antes la vida tuvo envidia de creación tal de hombre alguno, porque aquel cisne parecía como insertado en el lienzo. Sólo agregaré que era un sueño, un hermoso sueño plagado de belleza, que por largos días alegró los ojos de todos los pacientes y fueron felices. Ahora faltaban pocos días para que me dieran el alta, y esa tarde…si, creo que fue aquella tarde, cuando extrañamente el crepúsculo se vistió de un color algo extraño, que en cierta décima de segundo transmutó del color escarlata a colores desconocidos, o tal vez sea la impresión que ahora llega a mi mente al recordar que en aquel instante, nos encontrábamos en una agradable tertulia. Y fue allí, en ese instante, en que sus ojos se agrandaron de pronto que hasta creí que iban a salirse de sus órbitas. Su rostro quedó paralizado, sus piernas, sus manos, como si un rayo hubiera atravesado todo su cuerpo, como si algún mal lo hubiera atacado

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terriblemente. Por un instante pensé que pudo haberse tratado de un repentino infarto, pero todas mis nuevas hipótesis se vieron por tierra cuando un desesperado grito salió de su boca como queriéndome romper los tímpanos. Fue un grito deforme, desesperado, que hasta me sentí atemorizado y no pude haber quedado más perplejo cuando logré descifrar aquel violento grito -¡El cuervo!....¡el cuervo!, ¡lo vi! ¡pude verlo!¡ahí pasó el cuervo!- y en ese instante di un salto y mostré mi rostro de desconcierto por la ventana buscando a criatura semejante y más que extraña por esos lados; -si no hubiera sido porque el tratamiento había surtido sus efectos en mí, hubiera creído que sin lugar a dudas él había divisado aquella ave de mal agüero – cuando me dispongo a mirarlo, no veo más que un pobre loco revolviendo sus pinturas, buscando desaforadamente un lienzo en blanco, con los ojos inyectados en sangre, la boca entreabierta, y un gesto de insania tal que me hubiera petrificado el alma, si no hubiera sido, como dije anteriormente, porque clínicamente ya me encontraba apto. Pasé algunos momentos observando como de pronto aquel intelectual, aquel hombre que una vez había considerado como póstumo, había caído nuevamente en los brazos de la locura, y ahora sin siquiera extender la tela en el trípode y sin usar pinceles comenzaba a “tirar” la pintura en lo que me pareció una mancha sin forma, sin abstracción ninguna. Me acerqué suavemente a la puerta, esperando la gran oportunidad para soslayarme dejándolo con su locura mientras pude divisar que su rostro ya no era el mismo. Creo – o tal vez sea mi imaginación en este momento – que moví los labios, elevando una pequeña plegaria por él. Mientras su imagen nuevamente me llenaba de pena, de lástima; desde la boca entreabierta se escapaban dos hilos de baba que se iban confundiendo con aquellas horribles manchas de pintura, las manos moviéndose con locura de un lado al otro de aquel lienzo violentado por locura tan infame, por el tormento de aquella mente extraña y tan enferma, que un día yo llegué a admirar. Cerré la puerta y unos pasos más adelante pude sentir el estallar de una carcajada, similar a la de un hombre que luego de años de búsqueda encuentra un tesoro, pero es sólo para intentar

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establecer una analogía, porque mi buen amigo, repentinamente, había enloquecido, como cada uno de aquellos locos que ya comenzaban a colmarme la paciencia. Las carcajadas aumentaban en decibeles y al doblar la esquina del pasillo que conducía a mi aula pude ver correr a tres fornidos enfermeros que irían a reducirlo, luego a sedarlo para esperar la llegada del doctor de turno. Aquella noche no quise comer, simplemente decidí realizar algunos instantes de vigilia, tal vez en acto semántico que busca solidarizarse, como si se tratara del velorio de la mente de quien supo ser mi amigo. Por unos breves instantes abrí la ventana y observé aquel jardín bañado por los rayos de luna que lograban escaparse con haces de las ramas de los árboles. Los bancos solos en la oscuridad, dibujaban ciertas imágenes fantasmagóricas parecidas a las de sarcófagos, pero no pudieron sorprenderme estas imágenes más que por unos segundos, ya que a cada momento realizaba los ejercicios de “llamada a la razón” que me enseñara principalmente el Dr. Stutler. A esta hora, el jardín se encontraba totalmente rendido a la luz de la luna y mi mirada seguía aquellos juegos de luces y sombras, hasta que por fin mis ojos se dirigieron hacia el rincón donde se encontraba el trípode, llamándome poderosamente la atención que la pintura del hermoso cisne había desaparecido. No sé por qué causa, reitero, que aún no lo sé, por qué aquella imagen me resultó tan tenebrosa que ni el cerrar la ventana y el realizar mis ejercicios pudieron sacar de mi mente el vacío macabro de aquel lienzo. No pude comprender, menos en aquel instante, como la simple ausencia de aquella pintura causó tanta perturbación en mis razonamientos lógicos aristotélicos; sólo recuerdo que en aquel instante se sintió la explosión, acompañado por los cientos de risas que se hicieron sentir en aquella hora avanzada de la madrugada. No puedo evitar, el recordar que nuevamente abrí la ventana y una imagen fantasmagórica, del jardín en total tiniebla, petrificó toda intención que tuve en cierto momento de saltar por la ventana. Las risas no eran tales sino que eran carcajadas tan demoníacas, que me imaginé vivir uno de los infiernos dantescos.

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Rápidamente el humo comenzó a ingresar por la rendijas de mi puerta y no pude aguantar más aquella desesperación de saber que era lo que estaba sucediendo en aquella hora y fue entonces cuando abrí la puerta y las llamas casi me abrazan, como pude percatarme que lenguas de fuego tomaron las ropas de varios internos que corrían, totalmente encendidos como paja seca, riéndose, tirándose al piso envueltos en llamas y en carcajadas tan aterradoras como incomprensibles y con la carne ardiendo de sus rostros, ya casi sin párpados la mirada fija a la tierra. Los gritos se hicieron más comunes, pero tan extraños sonaron y tan desgarradores, que sólo sirvieron para apresurar los pies de todos los enfermeros que salían corriendo tratando de salvar sus vidas. Y fue en aquel preciso momento cuando recordé que sin lugar a dudas mi querido amigo se encontraría encerrado, ardiendo en llamas, atado, sin poder hacer nada, a la gran cama de seguridad a la que todo interno era amarrado por una noche, como medida ejemplarizante ante un desorden como el provocado por su actitud. No quise imaginar más, pero ¿qué podía hacer yo, que ya empezaba a quemarme la

aproximación con los cuerpos quemados de los internos y con las llamas que poco a poco iban tomando el edificio entero, sin contar con el humo asfixiante que parecía meterse por mis poros? Corrí rápido, muy rápido, y metros antes de llegar a la calle, sentí como si fuera una despedida aquella última carcajada, cuya voz reconocí enseguida, esa risa, esa… le hubiera roto las cuerdas vocales a cualquier garganta que se aventurara a tanto, gritos después de las mismas personas que me llegaron a parecer… no…. mejor no lo digo. Lo cierto y verdadero es que a la mañana siguiente, yo me encontraba cómodamente instalado en mi hogar, leyendo el diario, y sin importarme mi situación porque si bien algunos pocos me recordarían como fugado, todos los sistemas informáticos y todos los papeles habían quedado reducidos a nada. Justo en aquel momento, me enteré de la terrible noticia: todos los internos había muerto incinerados, de una manera brutal, por causas que al momento se desconocen, llamándole la atención a uno de los investigadores, el hecho de que uno de

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ellos, se encontraba claramente incinerado, pero con el faltante de sus dos ojos. Hecho que me repugnó sensiblemente, por la imagen que inmediatamente se formó en mi cerebro ante tal noticia, no pudiendo más que mantenerme en silencio por algunos minutos en honor a aquellos pobres y desgraciados internos que desgraciadamente culminaron sus vidas de aquella manera. Todavía los recuerdo, al igual que a él; su recuerdo es más fuerte que su mirada; que aunque no haya luna, y yo apague todas las luces de toda la casa me mira fijo, desde lo más profundo del retrato del cuervo que se encuentra en la pared central de la sala.

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Vecinos

I

Todas las mañanas, luego de acomodar los espejos en exposición en la vereda, se sentaba a observar, desde la agradable sombra que le regalaba su laurel vecino. A su vez yo lo observaba a él, que siempre me dejó observarlo -porque creo firmemente que siempre se percató de ello-. Lo cierto es que tantas veces lo vi sonreírse, soslayado desde aquella sombra, ante todas y cada una de las personas que por esas cosas de la vida pasaban y se miraban en los espejos. Las parejas que abrazadas se miraban como si fueran una postal romántica, el galán que se peinaba mientras se propinaba a él mismo una guiñada de aliento, el tímido que disimulando mirar hacia dentro de la tienda prestaba una atención descuidada a su prendas y que luego a los metros se acomodaba su chaqueta o el peinado, la madre joven distraída y su bebé que miraba asombrado de observarse a sí mismo o tal vez observando nada. Pero de todos ellos nunca podía faltar a la cita el gato, el gato negro del barrio, que con cierto garbo y algo de bizarría caminaba sin pedir permiso, se acercaba y observaba por largo rato, hasta que algún perro callejero (de esos que no dejan en paz a los gatos), lo incomodaba con sus ladridos y su desenfrenada carrera que siempre terminaba en lo mismo.

Un día al lado de su vieja casa, en una finca que había estado abandonada por mucho tiempo, se mudó una familia que al parecer llegaba desde lejos. Hermosa pareja recuerdo. Desde mi ventana se veía perfectamente el frente de la casa, que dicho sea de paso se encontraba algo deteriorada, pero para mi asombro, una vez que ellos estuvieron dentro, luego de pasados algunos días, se notó un agradable cambio -algo extraño debo confesar- en el jardín frontal. Se pudo notar un verde más nítido, algo más vivo y por cierto fue un

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comentario reiterativo entre los vecinos y especialmente las vecinas, que sincronizadamente salían todas las mañanas a la misma hora a barrer la vereda y luego se juntaban todas, medio apoyadas en las escobas a enterarse de las últimas nuevas del barrio.

El niño era sin lugar a dudas bastante tímido. Pocas veces hablaba en público y esto era algo que preocupaba a sus jóvenes padres. El niño observaba a los vecinos por la ventana y se divertía observando a aquel hombre que con extrema lentitud posaba los espejos en la tierra y los dejaba deleitarse a la luz del sol. Un día observó que repentinamente aquel hombre viejo lo miró a través de la ventana y le regaló una sonrisa. El niño se lanzó cuerpo a tierra, escondiéndose como si estuviera jugando a las escondidas. Pero en silencio y en lo oscuro lanzó una mirada algo cavilante, gesto algo preocupado, mirando la gruesa persiana que parecía haber fallado a la misión de ocultar su cara.

A los pocos días el padre de Tomás se acercó a la casa del comerciante y entabló conversación con aquel hombre amable; comenzaron a dialogar sobre el hermoso día y luego disertaron largo rato sobre ciertos temas de su comprensión. El padre de Tomás le expresó su deseo de comprar un espejo nuevo para su nuevo hogar y trató de elegir uno de los que allí se exhibían. Pero el artista (porque no le gustaba el mote de comerciante) le pidió un plazo de tres días para poder realizarle uno con un marco diferente a todos aquellos, ya que decía él que sin duda la casa que allí habitaban necesitaba de un toque diferente, de algo inédito. A lo que le fue accedido el plazo luego de acordar el precio.

Esa tarde Tomás salió por primera vez a la vereda a jugar con su pelota. Se habría podido decir que su sonrisa maceraba trémulamente el canto de las aves que desde las copas

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de los árboles jugaban con la brisa de la primavera. Observaba de reojo aquel hombre poner con cuidado espejo tras espejo. Mientras tanto el balón rebotaba en aquel gracioso pie que con extraña maestría demostraba el niño. Y fue así que en cierto momento, lleno de júbilo consigo mismo, un acto marcó su camino. Como sin querer queriendo perdió el dominio del balón y éste fue directo hacia uno de los espejos que hacía tan sólo un instante había dejado el artista en aquel lugar. Tomás se percató del hecho mientras veía la pelota dirigirse como atraída por un imán por la propia imagen que se dirigía a su encuentro, entonces un profundo temor lo dejó inmóvil. Mientras, el viejo artista apreciaba el acto soslayado en la sombra que cubría a su buena señora tejiendo una hermosa tela. Es cierto y hasta el día de hoy no comprendo, como es que habiendo podido evitar el desenlace, aguardó con mirada apacible a que el espejo estuviera hecho pedazos. Una sensación irreproducible invadió de los pies a la cabeza a aquel niño; entonces el viejo se levantó lentamente y caminó hacia él con paso y mirada impenetrable. Aquél sintió desfallecer su cuerpo pero de pronto la mirada del hombre transmutó por completo el miedo en sosiego, la pesada mano se posó en el pequeño hombro y con una voz ostensiblemente dulce le dijo: - Podría yo decirle mi pequeño amigo cómo pagarme lo que ha sucedido, pero vaya y cuéntele a sus padres y que sean ellos quienes le digan lo que debe hacer-. El hombre se marchó y Tomás, demostrando cierto valor sacado de vaya uno a saber donde… fue corriendo a contarle a sus padres.

Tomás se encontraba parado frente a ellos como aguardando paciente una resolución que podría ser fatal. Una buena paliza hubiera estado a la orden del día pero sin embargo su padre lo invitó a sentarse en medio de ellos y le dijo con voz suave: - si bien mamá y papá podrían pagarle al buen señor lo que has hecho, creemos sin embargo, que sería bueno que a pesar de tu edad, te demos a elegir alguna otra opción. La primera, es abonarle el espejo, la otra, autorizarte para que lo ayudes en su labor diaria, así de esa manera, con tu trabajo

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podrías pagarle tal vez mejor-. Al escuchar esas palabras y al verse observado y apoyado por los ojos amorosos de su madre, se sintió henchido de orgullo al sentirse capaz de ser útil, entonces corrió a contarle al viejo: - me dijeron mis papás que si usted quiere le pueden pagar el espejo (dibujando su cara de pronto un gesto de preocupación) -pero si lo desea, yo puedo pagarle con trabajo. Eso usted lo decide. El viejo lo miró con ternura, levantó la mirada, la dirigió hacia la sombra donde se encontraba su paciente mujer que como siempre se encontraba tejiendo; ésta sin levantar la mirada, le respondió con una sonrisa y le dijo: - creo saber que por las tardes vas a la escuela, ¿verdad? – Sí señora- asintió Tomás. – pues entonces mañana comienza a trabajar con nosotros caballerito… a las nueve en punto lo esperamos.

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II

A la mañana siguiente, cuando el artesano abrió la puerta se encontró con la graciosa figura de Tomás. Fue caluroso el saludo de bienvenida al joven aprendiz y las tareas comenzaron rápidamente. Como no podía ser de otra manera, la escoba comenzó por ser la fiel compañera del pequeño, que luchaba más para llevarla en equilibrio que lo que en verdad barría. Pero estos recuerdos simplemente llegan a mi mente como un anecdotario gracioso. Lo cierto es que en ciertos momentos pude notar ciertos cambios en la actitud del muchacho, que más tarde se movía con más soltura que en los primeros días, donde hasta la sombra del viejo ciprés de doña Josefa parecía asustarlo. Así pasaron algunas mañanas en que su único trabajo era simplemente barrer el frente de la vereda, como preparando a los espejos “la alfombra de asfalto” según decía el viejo. Luego de barrer, ya presentando un dominio bastante notorio sobre el amaderado elemento, pude ver que Tomás se sentaba en un banquito de madera a mirar atentamente el trabajo del viejo, sacar los espejos con cuidado, revisar que los marcos no estuvieran golpeados, limpiarlos, trasladarlos y ubicarlos, casi siempre en lugares diferentes, algunos a la vista del público y algunos otros como escondidos, especialmente uno que mantenía tapado con un fino paño de lino de color violeta. Los días pasaron y así se cumplieron siete, con los cuales estaba cubierta la deuda que tenía para con el buen hombre. Siendo entonces el octavo día, abrió por la mañana a la misma hora de siempre las puertas de su taller y observó que de pie junto a ella, listo para entrar se encontraba Tomás. Lo miró con ojos amorosos y con la dulce voz de siempre le preguntó, - ¿Usted sabe bien que su deuda conmigo ha sido cancelada caballerito, por qué sigue viniendo? Entonces le contestó:- Porque usted me dijo que no hay un espejo igual a otro, entonces… es imposible que con mi trabajo pueda llegar a pagar aquel espejo que rompí-. De pronto, entre las luminosa sombra en la cual ya se encontraba tejiendo una tela la

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esposa de aquel buen hombre, se dibujaba una sonrisa algo extraña. Prosiguió – Además, me siento alegre trabajando con usted y con ellos – señaló hacia el gran armario donde se encontraban la mayoría de los espejos- así que me gustaría quedarme trabajando. Sólo hubo un silencio que dejó notar un asentimiento de su parte, el niño comprendió, tomó la escoba y empezó a barrer.

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III

La puerta se cerró y pude ver al padre de Tomás que salió hacia la calle –una actitud que consideré valiente tomando en cuenta que recién se había escondido el sol y que la tarde era de las más frías- y allí fue la primera vez que vi a aquel hombre fumando. Sacó un cigarrillo de su camisa, lo que dejó ver que ya estaba preparado, lo encendió y comenzó a fumar, mientras pude escuchar la fuerte garganta que poseía el niño ya que sus llantos se sintieron como si estuviera a mi lado. Confieso que no me había recuperado de mi asombro cuando el camión de la empresa de mudanzas dobló la esquina y disipó como lo hace un buen cachetazo el aluvión de preguntas que se generaron ante aquella escena. Fue todo tan rápido que a los días pudimos darnos cuenta de lo sucedido en aquel instante. El viejo miraba tranquilo desde la ventana, mientras los padres del niño con lágrimas en los ojos se despedían de los vecinos del Barrio. Sin lugar a dudas está de más decir cual fue la despedida más dolida para todos, ni que hablar de Tomás. Cuyo recuerdo no quiero traer en estos momentos por la agudeza del dolor que me imprime tales imágenes.

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VI

Pasaron algunos días y se fue acostumbrando a los nuevos vecinos, a la nueva escuela. Así pasaron los meses y los años, y continuó creciendo. Un día preocupado, luego de varios meses ya sin recibir alguna carta de aquel viejo amigo, optó por preguntarle a su padre. Éste con los ojos tristes que buscaban apoyo en las llamas de fuego de la chimenea, le contó que los habían encontrado muertos, uno al lado del otro, abrazados en su lecho, como si…. (prefirió por el momento no decirlo). Tomás buscó las llamas como si fueran un lugar donde refugiarse aunque fuera sólo por un momento para intentar de comprender ese momento. – ¿Sabés viejo? – dijo tranquilo, con la voz serena e inmutable del viejo – …siempre pensé que iba a volver y que iba a aprender cómo se hacían los espejos. Espero que no te moleste, pero hoy no voy a ir al colegio-. Al atardecer su fue hasta la playa, termo y mate en mano se sentó tranquilo, en la arena, jugando un poco con ella, riéndose por lo lúdico del ser humano, observó el atardecer, escuchó algunos momentos el mar y recorrió de punta a punta la costa hasta que se detuvo en un niño que llevaba adelante una empresa bastante dificultosa. Aquel niño intentaba, por todos los medios, levantar algo parecido a un castillo, o más bien cierto promontorio de arena en la orilla de la playa, justamente donde culminaba la carrera de las olas, ahí donde lentamente se paran y quedan inmóviles por un imperceptible instante. Claro que lo obvio era que luego de haberse convencido el niño de que el agua no le dejaría construir aquel pseudocastillo, por experiencia comprendería que debía retirarse algunos metros hacia la playa. Pero luego de varios intentos seguía insistiendo en levantar el atalaya en ese lugar, y todas fueron las veces que el agua tranquilamente se llevaba el esfuerzo de aquel niño, hasta que su madre decidió que era hora de retirarse, y cuando ella lo llevaba de un brazo hacia la escalinata que lleva al encuentro de la rambla, el niño continuó mirando el mar, desafiante

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ante tanta inmensidad, ignorante de su pequeñez ante lo imposible de sus intentos, esa mirada hizo sonreír a Tomás que divertido ante tal situación, retornó tranquilamente a su casa, caminando, paso a paso, sin comprender nada de lo que había pasado.

A su llegada lo esperaba su madre. Sentada ella en su sillón favorito, lo invitó a conversar y así estuvieron largo rato.

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IV

Tomás se graduó, comenzó a trabajar y a abrirse camino en la selva de los negocios. Ya casi no tenía tiempo de recordar muchas cosas lejanas. Los meses pasaban volando, los negocios lo llevaban a veces al borde del límite de los nervios, pero aún así continuó su exitosa carrera. Llegó el matrimonio y los hijos. La enfermedad a sus padres, que fallecieron sorpresivamente. Tomás ya era un hombre adulto, fuerte, enhiesto, endurecido por los años y la vida que le había acostumbrado a recibir golpes. Los negocios, el dinero, la risa, el llanto, los nervios de los viajes, más mujeres, luego alcohol, alguna medicación para calmarlos, luego alcohol; ahora fiestas, un poco de droga, más mujeres, algún hombre, el stress, la libertad, el libertinaje, luego la muerte - que sorprendió a su esposa y su hijo, en un accidente ferroviario-. El alcohol era ahora su mejor amigo, ya casi con cincuenta años en el lomo, pensaba en retirarse de los negocios, con dinero suficiente para comprarse una destilería y vivir viajando por años solo, ya no le importaba nada. El recuerdo de la sonrisa de su hijo le afectaba aún más cada día, no tanto la de su esposa, la sonrisa de su madre. Sintió con dolor las palabras de su padre. Observó el espejo en la oscura esquina del dormitorio, dejó la botella a un lado y preguntó…lo que el espejo no contestaba, se tapó los ojos que lloraban a sus seres queridos, y preguntó, y el espejo sólo lo reflejaba. Tomado por la desesperación continuó tomando, en una mano una botella, en la otra el espejo, un trago, dos tragos, más, y la pregunta que continuaba sin respuesta, la imagen que le devolvía el espejo contrastaba con el recuerdo que proyectaba sobre su mente, sus ojos de niño habían desaparecido, su voz, sus pensamientos de niño ya habían huido, ahora solo veía un viejo árbol marchito, sin savia, consumido por los años, por el tiempo. El espejo viajó por el espacio hasta encontrar el

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contacto con un cuadro donde había sido retratado él con su familia, el estruendo hirió sus oídos, al igual que su recuerdo, tomado ya por el llanto soltó la botella que en silencio estalló en el piso. Mientras la mirada inerte de Tomás recordaba. El dolor no lo dejaba ver, el dolor era su salida sin llegada, viaje sin retorno, el dolor poco a poco, cansino, lo ahogaba, hasta el dolor lo desmayó; y por primera vez en muchos años, no soñó, simplemente descansó.

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V Al despertar pudo darse cuenta de lo que había sucedido. La depresión era cada vez más grande, y los efectos del alcohol se dejaban ver por toda la sala, una botella rota en el piso, los cigarros empapados por la bebida espirituosa, el cuadro dañado por el impacto del aquel espejo, del cual ahora sólo queda el marco y el fondo. Fondo en el cual, Tomás pudo observar la siguiente inscripción: “Todo lo que lo rodea estimado estúpido, lo llamado usted, la vida, la muerte, lo bueno y lo malo, esto ha ocurrido porque ha dejado de preguntarse, porque usted es un muerto en vida, porque la muerte sobrevendrá a su cuerpo mas no a su alma…que ya ha fallecido”. Luego seguían algunas inscripciones algo extrañas “quos vult lupiter perdere, dementat prius…qui bene amat, bene castigat”, y continuaba diciendo: “El espejo lo refleja todo, las nubes, el sol o la lluvia, sin dejar de ser él mismo, pero aún así nunca cambia. O ¿quien puede aseverar que el espejo refleja objetos cuando el ojo no está sobre él?... nadie puede descender dos veces en un mismo río, dijo un hombre oscuro”.

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VI El auto se detuvo, pudo reconocer el lugar. Habían cambiado los vecinos, las caras, pero la esencia seguía estando intacta. Pude reconocerlo inmediatamente. Observó con leve sonrisa los papeles de aquella propiedad que había comprado. El aroma añejo que salía de cada una de las habitaciones le traía recuerdos que había olvidado. Sobre un estante se encontraban las viejas agujas de tejer, en el fondo del taller, el calentador. Abrió las puertas de par en par y el sol abrazó aquel espacio y luego, los destapó con extremo cuidado.

De la misma forma los iba sacando a cada uno de ellos. Cerca del mediodía, en la vereda del frente estacionó una camioneta. Era una familia nueva en el barrio. Se presentó amablemente y los ayudó a descargar su pertenencias, desde al asiento trasero se lo observaba con unos grandes ojos tímidos. Luego se retiró no sin antes ponerse desde ya a las órdenes.

Al cabo de unos días él se encontraba acomodándonos en la vereda. Mientras mirando con sus ojos puestos en mí, yo pude observar que la historia se acercaba rebotando, cruzando la calle, y comprendí el por qué de todas las cosas. Y mientras los últimos de mis pedazos caían por el suelo, la música llegaba a los oídos del buen hombre, y detrás de la ventana se dibujaba una leve sonrisa.

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