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LOS ASESINOS LLEGAN A MONTERREY

Por José Mallorquí

CAPITULO PRIMERO

Hacía calor. Félix Arregui comenzaba a sentir los efectos del cansancio, al cabo de tantas horas
de vagar por San Francisco. Su interés máximo estaba en poner el mayor espacio posible entre la
Policía y él, y, para ello, nada mejor que poner la mayor distancia posible entre San Francisco y
Félix Arregui.
Tres medios de conseguirlo se le ofrecían. El más antiguo: las diligencias de la Wells & Fargo
hacia Monterrey o Los Angeles. El intermedio: los vapores de la Californian Steamship Co. Y el
más moderno y rápido: El tren que le llevaría hasta Los Angeles. No cabía duda de la elección: el
último sistema era el mejor y más indicado. Un tren rápido que marchara hacia el Sur. Nadie le
supondría tan loco. Nadie, ni siquiera Patricio Romay, le imaginaría dirigiéndose hacia Monterrey o
Los Angeles, donde era tan conocido. Se supone que los culpables se alejan del lugar donde residen
habitualmente, porque allí es donde la Justicia los va a buscar desde el primer momento.
En la región de Los Angeles estaba el rancho de Elias Brión. Elias era su mejor amigo. De todos
sus amigos, él fue el único que le aconsejó no se casara con Carmen. ¡Si le hubiese hecho caso! En
vez de comprender que un hombre sólo habla mal de la novia de otro cuando, realmente, se
considera amigo suyo, Félix se había enfurecido.
—La querías para ti, ¿no? —gritó—. ¡Y ahora te roe el despecho! ¿Cómo puedes ser tan ruin?
Elias le miró tristemente.
—Olvida lo que te he dicho —pidió—. Te lo suplico. ¡Ojalá nunca se presente la oportunidad de
recordar mis consejos! Por encima de todo, aprecio nuestra amistad.
Luego, cuando llegó la boda con Carmen, Elias hizo a los novios el mejor regalo. Poco a poco,
Félix fue olvidando las palabras de su amigo contra Carmen, hasta que, poco a poco, las fue
recordando de nuevo, cuando los hechos parecieron demostrar que no había mentido.
Pero ahora Carmen estaba muerta, y un policía de San Francisco, más joven y con ideas más
nuevas que sus compañeros, le buscaba para hacerle responder ante la Ley de un crimen del cual
probablemente era culpable, aunque no recordaba haberlo cometido.
Patricio Romay había tardado unas horas en llegar a la conclusión de que el único posible
culpable del asesinato de Carmen Arregui era su marido. De momento creyó que el delito lo había
cometido un ladrón, porque se echaron de menos unas joyas. Mas cuando las joyas aparecieron en
un armario y, entretanto, se supo que la mujer de Félix Arregui hacía, todos los meses, un viaje de
cuatro o cinco días a San Francisco, no sólo para comprar ropas y hacerse trajes, sino para mantener
vivas antiguas amistades, Romay sacó la conclusión de que el marido tenía sobrados y justificados
motivos para estrangular a la esposa. Años antes, bajo las leyes españolas o mejicanas, Patricio
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Romay se hubiera encogido de hombros, hubiese dado el crimen por cometido por persona o
personas desconocidas y se habría olvidado de él; pero los tiempos habían cambiado. Existían otras
leyes y un marido no podía resolver sus problemas sentimentales a la moda del siglo XVI. Ahora,
por un delito así, incluso se le podía condenar a muerte. No es que a Patricio Romay le interesara
particularmente que Félix Arregui subiera al cadalso y cayera luego por la trampilla del mismo. Sus
simpatías personales estaban con el delincuente; mas, por encima de todo, estaba la Justicia, la Ley
y su cargo de comisario. En tres años, gracias a sus éxitos, había ascendido de simple agente a
comisario, y en cuatro o cinco años más de servir a la Justicia sin vacilaciones, podía llegar a jefe de
la Policía de San Francisco, donde los buenos jefes habían sido siempre muy raros.
Ya estaba cerca de la estación del Southern Pacific. Un policía de uniforme paseaba su
aburrimiento frente a la entrada principal. Félix miró a su alrededor. No se veía a ninguno más.
Faltaba media hora para la salida del tren e iban llegando viajeros que regresaban al Sur. Tal vez
algún día la Baja California tuviese más atractivos que la Alta; pero de momento, la mayor riqueza
de California se centraba en la región comprendida entre San Francisco, Sacramento, Eldorado y
Calaveras. Allí estaba el oro. La fortuna rápida. En cambio, en la Baja California estaba la
agricultura, la fortuna lenta, aunque sólida. Por todo ello, eran pocos los viajeros que, llegando a
San Francisco, seguían viaje hacia la región de la agricultura y del ganado. Generalmente, los trenes
que llegaban del Sur a San Francisco iban mucho más llenos que los de regreso.
Félix descansó un momento. Se voceaba la última edición de San Francisco's Sun. Compró un
ejemplar. En primera plana no se daba, siquiera, la noticia de la muerte de Carmen. Con escasas
variedades, eran las mismas noticias de la edición de la mañana. Tiró el periódico y miró hacia
atrás, hacia Cerro Rincón y los muelles de Punta Rincón, por donde había llegado. No se veía a casi
nadie. Ningún policía, desde luego. Sólo el panzudo agente que bostezaba mientras hacía oscilar su
porra de madera.
Cuando pasó junto a él, camino de la estación, Félix se asombró de que el policía ni siquiera le
mirase. ¿Era posible que su instinto no le advirtiera la presencia de un hombre perseguido por la
Justicia?
Acercóse a la taquilla y pidió billete para Los Angeles. No pensaba ir tan lejos; pero más valía no
dejar una pista excesivamente clara. Pedir un billete para San Luis Obispo hubiera sido una locura.
Aunque... ¿Sería la Policía tan sagaz como él, en su situación de hombre acosado, la imaginaba en
aquellos momentos? Probablemente, no. Acababa de pasar junto a un agente sin que el hombre
sospechara nada.
Pagó el billete. Por fortuna había conservado encima cerca de dos mil dólares, y no le faltaría
dinero en bastante tiempo. Encaminóse a la cantina de la estación y pidió whisky. Hubiera preferido
ron o brandy, sus bebidas predilectas, pero valía más evitar las pistas demasiado claras.
Mientras sorbía el licor pensó en lo que estarían haciendo Romay y sus agentes. Sin duda le
esperaban en el hotel. No podían saber que don César de Echagüe le había prevenido,
involuntariamente, de que le estaba buscando la Policía. Por lo tanto, aguardarían su regreso para
detenerle. Sólo cuando llegase la noche sin que él volviera, comprenderían que había huido. Tenía a
su favor casi diez horas de ventaja sobre la Policía. De estas diez horas ya, habían pasado tres pero
el tiempo perdido lo recuperaría luego durante el viaje. Romay empezaría por buscarle en San
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Francisco. Cuando no diera con él, investigaría las estaciones del Western Pacific y del Unión
Pacific, que iban hacia el Suroeste y el Este, respectivamente.
«Tal vez disponga de veinte horas de ventaja», pensó, dejando el vaso sobre el mostrador de la
cantina. Un estruendo de ruedas con llantas de hierro, atrajo su mirada hacia el exterior, por una de
las enrejadas ventanas de la cantina. Estaban llegando varios furgones.
—Son de la Policía —dijo el camarero, devolviendo el cambio a Félix—. ¡Nunca había visto a
tantos!
Arregui sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Uno de los furgones habíase detenido
diagonalmente y se podía leer en su costado, con grandes letras blancas: Departamento de Policía de
San Francisco. De él estaban saliendo doce policías uniformados. De los otros también salían
policías de uniforme y agentes de paisano. Su meta parecía ser el interior de la estación.
—Deben de buscar a alguien muy importante —comentó el camarero—. Nunca vienen tantos.
Estaban ya en el andén y se dirigían en dos grupos hacia el tren de Los Angeles.
Félix sintió un inmenso vacío en el estómago. Su idea acerca de la torpeza mental de Romay y
sus hombres, era una tontería más de las muchas que se le habían ocurrido en los últimos tiempos.
El comisario debía de ser un hombre muy afortunado en sus sospechas, o sabía leer el pensamiento
de aquellos a quienes perseguía. Fuera lo que fuese, lo indudable era que había acudido al punto
escogido por Arregui para escapar dé la Justicia.
Conteniendo apuradamente sus deseos de echar a correr, Félix salió de la cantina al vestíbulo de
la estación. Las puertas que daban al andén estaban vigiladas por agentes de uniforme. Las que
daban al exterior no parecían hallarse custodiadas. Los pasajeros que pasaban al andén no eran
molestados; pero alguno que intentaba salir de él se encontraba con una firme barrera. Por fortuna, a
Romay le pasó por alto la posibilidad de que el hombre a quien buscaba pudiera estar en la cantina.
Al comprender esto, Arregui sintió violentos deseos de estallar en carcajadas. No porque se
sintiese alegre ni divertido. Ni porque se sintiera feliz. Ni se sentía alegre, ni divertido ni dichoso;
pero necesitaba reír. Esto o echar a correr. ¡Qué difícil resultaba no echar a correr!
«Cálmate —se dijo mentalmente—. La suerte está de cara. Sólo gracias a ella te has salvado de
ser cogido como un ratón en el tren. Si conservas la serenidad podrás salir de la estación. Sólo
Patricio Romay te conoce personalmente. Ahora debe de estar registrando el tren. En él debe de
haber ya más de doscientos viajeros. Tardará mucho en examinarlos personalmente, uno a uno...
Tienes tiempo de huir. ¡No te pasará nada! ¡No te puede ocurrir nada!»
Sin embargo, sentía miedo. ¡Aquella inesperada aparición de Romay! ¿Cómo podía, un hombre
de aspecto tan anodino, ser tan sagaz?
Pisando como si quisiera sujetar los pies al suelo e impedirles moverse con la rapidez que
anhelaban, Arregui fue llegando a las puertas de la estación. En la plaza, el grueso y uniformado
policía paseaba lentamente, como si nada hubiese ocurrido. De nuevo tendría que pasar junto a él.
No quedaba otro remedio.
Procuró dar a su paso toda la indiferencia posible. Evitó acelerarlo, mas el policía le estaba
mirando. Era un hombre de cuarenta y cinco o cincuenta años. El gris uniforme le quedaba estrecho.
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Al carraspear parecían hervirle los bronquios. Uno de esos policías viejos, bonachones, de quienes
los chiquillos se burlan confiando en su propia agilidad y en la pesadez de su víctima.
Arregui se desvió a la derecha, para pasar por detrás del policía; pero éste se movió para cerrarle
el paso y, al mismo tiempo, se dirigió hacia él. Parecía lamentar lo que se veía obligado a hacer. Le
temblaba la barbilla, el nicotinado bigote y las oscuras patillas.
—Perdone usted, caballero —dijo en español—. Son órdenes superiores. Nadie puede salir de
los terrenos de la estación.
No se sentía seguro de sí mismo. No le habían entrenado para aquello.
—¿Ocurre algo? —preguntó Arregui, procurando fingir curiosidad.
—Son órdenes superiores, caballero...
Su mirada se había clavado en la larga cicatriz que Arregui conservaba en el pulgar derecho,
como recuerdo de un revólver cuyo cilindro había reventado al estallar las cargas.
Fue como una atronadora revelación. Patricio Romay no necesitaba examinar personalmente a
los posibles sospechosos. Sus órdenes debieron de concretarse a pedir la detención de todos
aquellos hombres que tuviesen una larga cicatriz en el pulgar derecho.
El policía se estaba llevando a los labios un largo silbato. Era hombre grueso y viejo; pero no
había otra solución. Debía pegarle fuerte.
El puño derecho de Arregui entró en contacto con la mandíbula del policía, cuyos ojos saltaron
dentro de las órbitas. Luego el hombre cayó hacia atrás, braceando ridículamente, y quedó tendido
de espaldas, con la boca abierta y ensangrentada.
«¡Sería horrible que lo hubiese matado!», pensó Félix, mientras corría fuera de los terrenos de la
estación.
Cuando se detuvo, jadeando, bajo los árboles, a doscientos metros de la reja que rodeaba el patio
exterior, volvióse y vio cómo el viejo policía se estaba sentando en el suelo. Aún no se daba cuenta
de lo que había ocurrido. Cuando lo comprendiera haría sonar el silbato y los hombres de Romay
sabrían que el asesino se estaba alejando de la estación, desistiendo de utilizar el ferrocarril.
Por tonto que fuese Romay —y Félix ya no lo consideraba ni siquiera un poco tonto—, llegaría
en seguida a la conclusión de que Arregui intentaría huir en barco o en diligencia, o alquilaría un
coche o un caballo. Ahora se trataba, únicamente, de ver si era posible ganar tiempo al astuto
policía.
Un coche de alquiler se dirigía cansinamente a la estación. Era pronto para la llegada de los
trenes. Habría que esperar una hora en el patio. Por eso, el cochero sonrió obsequiosamente cuando
Arregui le hizo una seña de qué se detuviese.
—Muy de prisa al final de la calle Market.
—¿Al embarcadero? —preguntó el conductor.
—Un poco antes de llegar allí —replicó Arregui—. ¡Ya le avisaré para que se detenga! De prisa.
—¡Sí, señor! ¡Ya verá, señor!
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Arregui cruzó el muelle. el oficial estaba preocupado por algo. mas no por él. aunque esto tuviera fácil arreglo dando uno fingido. Le pareció oír sonar el silbato del policía. Me paso la noche yendo de una litera a la otra y amanezco rendido y hecho un mono. Si tenía suerte se metería en el de don César de Echagüe o en alguno vacío. ahora. pues tendría que dar su nombre y. Alcanzó uno de los pasillos que conducían a los camarotes de cubierta. No pudo precisarlo. poco más o menos: —Me molesta el polvo del viaje en diligencia. destinando las bodegas a la carga. Hay dos literas y eso me crea un horrible conflicto. pero el puente estaba vacío. El estómago de Félix pareció rebotar contra el suelo. Luego siguió hacia tierra. se llevó la mano a la visera de la gorra y murmuró. pero Arregui siguió adelante. como a su encuentro. Estaba vacío. La pasadera estaba tendida y nadie parecía vigilar en aquel punto. que estaba siendo introducida por las grandes portas. quedaba el peligro de que Romay hiciese vigilar también los muelles. especialmente los despachos de pasajes. Arregui volvió la cabeza. El oficial se cruzó con él a mitad de camino. con dos altas chimeneas y afilada proa. Faltaban dos horas para la partida y aún no habían llegado los viajeros. Don César le había dicho. salió del otro extremo. No podía arriesgarse a comprar un pasaje en el vapor. y la carbonilla del viaje en tren. Ahora debía recordar su conversación con don César de Echagüe. Me habría gustado que me acompañase. apresuradamente: —Con su permiso. de esbeltas y elegantes líneas. mientras Arregui lanzaba un profundo y silencioso suspiro de alivio. No sé por cual decidirme.Le dio un chillido al caballo y lo lanzó a un vivo galope. No me queda otro recurso que el inseguro globo aerostático o el barco de vapor. El Rivera tenía excelente aspecto. procurando mantener su aspecto de hombre seguro de sí mismo y en paz con el mundo entero. cuando un oficial de azul uniforme y gorra de charolada visera. No podía hacer otra cosa. ¿En qué buque embarcaba? En el Rivera. ¡Lo que él daría. por ocupar una de aquellas literas! Hizo que el coche se detuviera a unos doscientos metros antes de llegar al Embarcadero y continuó a pie el camino hacia allí. Dentro del buque reinaba gran actividad. Indudablemente. Era un buque nuevo. Destinado a conducir pasajeros de importancia reservaba para ellos el puente. Sí. estaba seguro del nombre del vapor. Por eso he tomado pasaje en el Rivera. CAPITULO II Había cruzado una tercera parte de la pasadera. Llegó al puente y torció hacia la derecha. ¡Ojalá fuese cierto! Abrió la puerta del primer camarote. Seguir hacia el buque y esperar lo menos malo. Había oído decir que los camarotes de lujo rara vez se ocupaban todos. para examinar el pulgar derecho de cada viajero. El segundo ya tenía el equipaje de los 5 .

una horrible confusión mental y doce horas perdidas. Hacía calor. Volvió a sonar la sirena y en el mismo instante.. Alonso. De la misma madera eran las literas y los muebles. Cuando el vapor zarpase. la ventilación del cuartito era nula. si es que podían advertirlo. Escuchó. El barco estaba lleno de ruidos. El camarote no iba a quedar desocupado. muerta. carreras.. se metió en el camarote vacío. tenía una cavidad con una ducha de latón dorado. que él no figuraba en la lista. Debía de seguir desocupado. la primera vez que la vio. abrir de puertas y arrastre de baúles.. Se despertó sobresaltado. mientras él bebía la copa de ron que poco antes Carmen le había preparado. Carmen. de Los Angeles. No se oía ruido alguno en el camarote. había sido capaz de dormirse? Era irritante aquel predominio de lo físico. Félix había cerrado el camarote con cerrojo. Probablemente. cerrando en seguida la puerta. Pasos. retrocediendo. pero aún no giraba la hélice. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? Lo único que recordaba era el haberse despertado con un terrible dolor de cabeza. Necesitaba animarse. Olía a cera y a cuero. Para no pensar en el calor pensó en Carmen.pasajeros que lo ocuparían. Le tomarían por uno de los pasajeros y era demasiado pronto para que los camareros y empleados del Rivera los conocieran a todos y advirtiesen. 6 . Con numerosas y amoratadas huellas en el blanco cuello. No del comisario Romay. que siguió hasta el puente. Al cabo de un momento oyó los pasos del camarero. incluso estrangular a Carmen. Carmen en su hacienda de Santa Inés. —Cierra la puerta. en tan difícil situación. Mugió la sirena y Félix comprendió que éste había sido el sonido que le despertó de su modorra. Al cabo de un cuarto de hora. Era estrecho y con escasa ventilación. Y. Carmen en la Posada del Rey don Carlos. saldría del camarote e iría al bar a tomar una copa de ron.. Retiróse al cuarto de aseo. El no quiso que se lo pusiera y se pelearon. tendida en el suelo. Después la fuga. Probablemente ya nadie se instalaría en él. pero mientras el barco no navegase. Este tenía dos literas y las paredes estaban forradas de caoba. ¿Cómo. estaba bañado en sudor y la ducha era una tentación casi irresistible. charlando con Elias. Lo pudo ver por la redonda portilla que hacía de ventana del camarote. No podía ser el de don César. Carmen se quitó el traje y lo tiró sobre la cama. Una rejilla en el techo. luego. porque le había dicho que viajaba solo. Todas sus esperanzas murieron. Carmen poniéndose un traje con excesivo escote. Carmen visitando con él la vieja mansión de Santa Bárbara. que debía lucir la noche aquella en el baile de la Opera. en otros camarotes de más lujo todo aquel espacio se destinaba a la bañera. debía de comunicar con una toma de aire. El la llamó todos los nombres peores que se le ocurrieron. pero ahora lo descorrió para no despertar curiosidades y sospechas. Al entrar. voces. Cerró la puerta y sentóse a esperar. vestida con aquel traje tan escotado. encerrándose en su propia habitación. Además del lavabo y del inodoro. Las máquinas estaban funcionando. Nadie se fijaría en él. Oyó pasos que debían ser de alguno de los camareros y. Arregui oyó el roce de una maleta contra el suelo del camarote. Carmen escogiendo telas en los almacenes Chávez de Monterrey. durante las cuales podía haber hecho cualquier cosa. sino de las ideas que la propia Carmen había metido en su cerebro.

—¿Te has enamorado de ella. nada mejor que el limpio y frío cuchillo. que se dispara y no sabes si dio o no en el blanco. Para matar a una persona. como nos ordenó el Jefazo. hasta Félix. no te retrases.. —Ordenes son órdenes. Eso que a ti te gusta va bien en tierra. ni si el que cae está muerto. Has estado a punto de perder el barco.La voz era de un americano del Este. ¡Y si te he visto no me acuerdo! —A pesar de todo me gusta hacer los trabajos a... Mientras lo manejas te vas dando cuenta de lo que haces. Estrangularla y luego por encima de la borda. herido o desmayado a causa del susto. pero si dejas en el puente un charco de sangre como después de matar a un cerdo. ¡ñiiic! Con un escalofrío. —¿Y si grita?—preguntó Eddie. Aquí es distinto. se tiró o fue empujada. —¡Deja ya el cuchillo! —pidió Eddie—. Llegó claramente. Para un trabajo a conciencia. —Ya sabes que nunca he dejado que griten. Eddie —replicó otra voz. donde no importa que se derrame sangre. mi manera. Hasta que te conocí no había visto a otro como tú. La estrangularemos. —No insistas. ¡Qué mujer. —Esa idea tuya de liquidarla silenciosamente resultará una estupidez —gruñó Alonso—. La puerta fue cerrada y Alonso se acercó al cuarto de aseo. Eddie! Es una lástima destinar al matadero a una ternera así. porque tampoco puedes deshacerte del cuerpo. —Te gusta mucho mandar. Su voz y sus pasos lo indicaban. Alonso —rió Eddie—. No hace falta que lo exhibas ahora. ¡Viste a la chica? —¡Claro que la vi! —exclamó Alonso—. limpio y seguro. Arregui imaginó el ademán de Alonso: La mano haciendo de imaginario cuchillo sobre la yugular.. pero tengo ojos y sé darme cuenta de cuando una mujer es guapa o fea. Debía de ser el llamado Alonso. Claro que eso no me preocupaba. Pero. Eso no nos conviene. Eres un ser elemental. porque entonces hubiera hecho yo solo el trabajo y no hubiese tenido que repartir contigo el dinero. el Jefazo ordenó que tomáramos precauciones.. La tiramos al agua y nadie sabe si cayó. no hay nada como una mano sobre la boca y. Tal vez por eso mismo me resultas simpático. en seguida se despiertan las sospechas. Esa es de las guapas de verdad. 7 . Nos pagan muy bien y hemos de hacer el trabajo como se nos ha ordenado. Y tampoco hará falta luego.. —Es una idiotez. a través del tabique. al mismo tiempo. Alonso? —No. con acento del Sur. No es la primera vez que tenemos que hacer un trabajo de ésos. otra vez que tengamos que hacer un trabajo tan importante. Alonso. No es como el revólver. con un par de años de residencia en California. Ni gritos ni huellas de sangre. No me gusta improvisar. —A pesar de todo.

Pero no importa. Ahorras acaso las cuatro quintas partes de tus beneficios. —Y luego. Alonso—. cogeré unas cuantas gallinas y les cortaré el cuello. —En estos trabajos. —¡Qué barbaridad! —rió Eddie—. —En tal caso. —No seas cretino. no me gusta cobrar luego.! —En un caso así hay que hacerlo. Hay que demostrar confianza a la gente. —¡Eres un bruto. La vida es una gran cosa. será que nuestros gustos coinciden —rió Eddie—. Seguro que para 8 . pero muy simpático! Por eso. le buscamos. —Supongo que antes de llegar a viejo me ahorcarán.—¿Para qué quieres tanta plata. Nosotros hacemos el trabajo y él nos dará los seis mil dólares. luego. —Me gusta vivir la vida —rió Eddie—. Eso me calmará. Trabajaré hasta que las fuerzas me lo permitan. sé manejar a las mujeres. Es demasiado guapa. y le pedimos el dinero. Pasar de asesino profesional a criador de gallinas y cultivador de huevos. y yo sé dónde encontrarle. Si el Jefazo no nos paga. —¡Dos trabajos gratis! ¡Pues sí. Echarás de menos tu antiguo oficio. compraré un ranchito y criaré gallinas. Son ellas las que hacen de ti lo que les da la gana. Tú no ahorras. cobramos. porque de lo contrario se gana fama de blando y luego la gente se acostumbra a no pagar. usamos tu cuchillo.. Se lo expliqué al Jefazo y dio el visto bueno. en cuanto me ofrecieron el trabajo. ¿qué? ¿Qué harás cuando llegues a viejo y no puedas trabajar? Eddie soltó una carcajada. Ya verás cómo la conquisto. Yo tengo algo en el cerebro. ¿qué hacemos? ¿Resucitamos a la chica? No. cuando ya no pueda dedicarme a esto. Y si no quiere pagar. si saben que de una manera o de otra. —Me parece que tu habilidad con las mujeres es muy relativa. —Ya lo he pensado —gruñó Alonso—. —¿Le volviste a ver antes de embarcar? —No. —No te será fácil. ya evitarán todos el engañarnos. Y si se niega. Eddie. En cambio. ¿De qué me serviría haber ahorrado unos miles de dólares? —¿Y si no te ahorcan? Entonces ¿qué? ¿De qué vivirás? Yo tengo ideas en la cabeza. Siempre ha pagado. Yo tengo buenas ideas. Deja el asunto en mis manos. Alonso. Tú no sabes nada de ella. despectivo. Además. pensé en ti. —Yo no soy como tú —replicó. El día que me dé por echar de menos los buenos tiempos. Yo no soy un derrochador como tú. ¿Vamos a las autoridades a protestar porque no nos pagan lo acordado? ¡A buena hora! Llevamos en todo las de perder. Todo se te va en hacer regalos a las mujeres que te sonríen. Alonso? Eres un tacaño. Alonso. No tengas miedo.. Ellas hacen de mí lo que quieren y yo de ellas lo que me da la gana. Debe de tener los hombres a montones.

el saber demasiado es un peligro para la salud.. si se hubiera conformado con su derrota. —¡Claro que no sé nada. en el otro lado.. —A lo mejor le dio calabazas y quiere vengarse. apresuradamente. ¿Qué le habrá hecho al Jefazo. Porque.. Alonso! Y me alegro de no saberlo. —¿Qué planes? —No preguntes tanto. Aunque ya sabes que yo no me impresiono por ninguna mujer. —Entonces ¿es que el Jefazo es tonto? —No. —Yo no opino —dijo Eddie—. A su padre lo mataron los cuatreros hace un año. en estos asuntos. si regateas un poco. como tú le llamas? —Siempre que alguien le estorba en San Francisco y alrededores. ¿Es de aquí? —Del Este. —Bueno. ¿En qué camarote se aloja? —En el veintidós. querido Alonso. Eso es otra cosa. —Dirigir un rancho no es ocupación adecuada para una mujer —dijo Alonso. Vino a San Francisco para contratar a un capataz que llegaba de Wyoming o bien a otro que había roto con los mormones de Utah y buscaba trabajo en un clima más de su gusto. Alonso—. Alonso. te lo hacen por quinientos.. De todas formas es una mujer muy tesonera. —Por eso. —¿Tan feo es el Jefazo? —Hablas demasiado. —¿Trabajas mucho para el Jefazo. ¡Y matarla sólo porque en vez de llamarle guapo le llamó feo! En la vida también hay que saber perder. nosotros habríamos perdido tres mil dólares por barba. porque pudiendo encargar el trabajo a un par de mestizos. Lo que pasa es que el hombre quiere que el trabajo se haga con la máxima pulcritud.. Eddie. tal vez. es un magnífico precio en este mundo. Alonso. el Jefazo llama a Eddie 9 . esa mujer. Nos costó bastante asustar a los voluntarios. Nos encargan un trabajo y lo hacemos. para que nos pague seis mil águilas por quitarla de la circulación? No me lo explico. Si se fallase.. te digo que matar a ésa es malgastar una joya. que debemos estarle agradecidos al Jefazo. donde.poder andar tiene que ir apartando a los que la rodean continuamente.. Pero. nos ha preferido a nosotros. ¿Estás dispuesto a renunciar a ellos? —No —respondió. No lo olvides.. quiere matarla el Jefazo. que se lo hubieran hecho por mil dólares. Y. pero eso no quita para que opinemos que es una barbaridad. —Eso es que no sabes nada. —Sean cuales sean los motivos del Jefazo. todos sus planes se vendrían al suelo. Seis mil dólares por quitar del mundo a una mujer. Gobierna un rancho en la región de San Luis Obispo. Y recuerda.. No debe de tener más de veintitrés años. Hay mucha competencia.. una chica tan joven.

Si lo hubiese querido hacer solo. Piensa que un solo chillido de la chica atraería al puente a todos los pasajeros. ¿Me oyes? ¡No te duermas! —¡No estoy dormido! Habla. le aprietas el cuello hasta que deje de moverse. entonces. —A ésa no la vas a conseguir así. Además. —Eres un genio —admiró Alonso—. pero hecho con tosquedad.. ¿qué? ¿Te imaginas el desastre? Horrorizaba oír a aquel par de hombres tratar con tanta naturalidad un asesinato. De todas formas. Y. si es que algo de él va a parar a la costa. Probablemente mañana. Si fuese fea. yo le taparé la boca para que no chille. pero hay que saber obedecer. Pero si usáramos el cuchillo. Te acercas sin hacer ruido y. como lo harías tú. Cuando tú vayas a rodear su linda garganta. —Es sencillo porque yo lo he organizado debidamente —protestó Eddie MacKay—. en colaboración.. ésa necesita un capataz y yo le hablaré de lo que sé acerca del ganado. Y tú deberías alegrarte de que te haya puesto en contacto con él.. CAPITULO III —¿Cuándo haremos el trabajo? —preguntó Alonso. Cuando dice: «Puñal». Les gusta que les digan cosas bonitas y románticas. Félix Arre-gui sintióse invadido por un ansia violenta de fumar. El olor a tabaco se filtró hasta el cuarto de aseo.. lo intentaré.. desde luego. —Quizá esta noche. Y cuando dice: «Las manos». —Todas las mujeres son iguales.. —Procuraré enamorarla. tras un prolongado bostezo. Lo mismo que otros hubieran proyectado un paseo o una visita de compromiso. pero ¿crees que hubiera resultado tan fácil? ¡No! Así. con lo que había oído. Para cualquier otro sería mucho más complicado. habría ganado más. es fácil. —Así parece la cosa más sencilla del mundo.. se emplea el revólver o la carabina. No creo que hoy tengamos tiempo de arreglar el asunto. Cuando dice: «Tiro». No tolera variaciones en sus proyectos.. Se dejará conquistar para conquistarme.MacKay y le encarga el asunto. podría ser un fracaso espantoso. Es hombre que tiene mucho trabajo para quienes le sirven a su gusto. con esas lindas manazas que tienes. Tú nos vigilas desde lejos y cuando nos veas salir a cubierta nos sigues. pero me escama que paguen seis mil águilas por un trabajo tan sencillo.. oficiales y tripulación. Por eso sé que es digno de confianza. Luego la tiramos al mar y los peces se encargarán de borrar toda huella de violencia en su cuerpo. y distribuyendo bien los trabajos. ¿Qué reacción podía esperarse de aquella pareja que estaba proyectando el asesinato de la pasajera del camarote veintidós? Nada bueno. ¡Si pudiera salir de allí! Pero. al segundo. hay que estrangular. ¡Sería más seguro! 10 .. La vibración de las máquinas acentuóse y el Rivera se empezó a mover. ¿Comprendes? Alonso no respondió. ¡Ni soñar con salir antes de que se marchasen! Si es que se marchaban sin entrar en el cuartito de aseo. se usa el cuchillo.

pero resultaba bastante por comparación con la situación de antes. Eddie MacKáy se echó a reír y sus pasos fueron hacia la puerta del camarote. Por fin lo terminó.—No lo sería —dijo MacKay—. No era mucho. Vamos a tomar algo. ¿Qué diablos estaría haciendo Alonso en el camarote? Félix pensó en entreabrir la puerta para averiguarlo. Por fin ésta se cerró. silencio. hasta abrirlo cuanto era posible. Había que hacer algo por ella. Pero también necesitaba seguir su viaje hacia el Sur. No debía descubrir a Alonso su presencia. rojos. Parecía imposible que ni MacKay ni Alonso hubieran entrado allí. ayudando a la viajera del número 22? Era una locura o una imprudencia. Luego salió del cuartito. desde el umbral. ¡Y eso es todo! Los pasajeros son como los hombres: los hay blancos. pero no podría perjudicarle mucho el llamar al camarote 11 . se ordenó. de nuevo. Félix le oyó salir y cerrar. Todos los negros son iguales. Crujió la silla en que estaba sentado Alonso y. Ya que ella le ayudaba a salir del lío en que se había metido con la muerte o el asesinato de Carmen. necesitaba huir de aquella trampa. por encima de todo. antes de que adquieran otras amistades. en vez de fumar. Luego volvió a sentarse. Eso es un espectáculo que todos los pasajeros admiran. Estamos navegando hacia la Puerta de Oro. «¡No cometas imprudencias!». MacKay anunció: —Ya han abierto el bar. Mas ¿qué? Por encima de todo estaba su propia vida. Ven a admirar el panorama. y yo no encuentro diferencia alguna de un piel roja a otro. Vamos. ¡ Que te diviertas con tu paisaje! Cuando abran el bar avísame. paladeando el cigarro. No era un cigarro vulgar. No se gana nada contemplándolos. Fumaba lentamente. —Todos los panoramas son iguales —gruñó Alonso—. no había decidido Alonso echar un sueño? Si se hubiera dormido. No era cosa de arriesgar el cuello por salvar a la hija de un ganadero. luego. Pensó en la pasajera del camarote 22. Al torturarte aroma del cigarro lo sustituyó el irritante olor de la colilla. todos los chinos también. Con mil precauciones hizo girar le rejilla del ventilador. ¿por qué no corresponder. No debía hacer ruido. sin dejar rastro alguno. Félix Arregui esperó hasta haber contado hasta quinientos. Necesitaba aire fresco. que la suerte estaba de su parte. Luego. sin entrar. sino un excelente habano. dejando el camarote oficialmente vacío. Un poco de aire fresco entró en el cuartito. Hay que entrar en contacto con ellos ahora. Lo que no es bosque es desierto y lo que no es tierra es mar. sus pasos sonaron hacia la puerta. él habría intentado escapar de allí. Hemos cruzado la Puerta de Oro y estamos acercándonos a las peñas de las focas. negros y amarillos. Lo que no es montaña es llanura. pasear. pero no dormía. Me quedaré hasta acabar el cigarro. Esto le hizo pensar. Por fin la puerta del camarote abrióse y. ¡Cómo duraba aquel cigarro! ¿Por qué. estirarse. beber algo y. Ahora estaba solo con Alonso. Sí realmente estaba en peligro de morir asesinada. No podemos dejar charcos de sangre detrás de nosotros.

dorado. el cabello planchado como con almidón. Salió del camarote y cruzó por el corredor hacia el otro lado del barco.» La cosa no podía ser más sencilla.. Torció a la derecha y empezó a contar los números de los camarotes. Mientras no conoció a Carmen fue un hombre feliz. Además. dirigiéndose hacia el comedor y el bar. El mismo silencio de antes. Félix se encogió de hombros. Era mejor no pensar en aquello. ¿Hacia bien saliendo de su propio lío para meterse en el de una mujer? Las mujeres siempre traen complicaciones. Podía dejar un aviso a la pasajera. Miró a Félix como si no le hubiese visto nunca ni tuviera interés en recordarlo jamás y siguió corredor adelante. desde cuya borda los pasajeros estaban contemplando los juegos de las focas en las peñas. Lo que necesitaba era beber algo. Eran de latón y ocupaban el centro superior de las puertas. para salir al otro lado de la cubierta. La puerta estaba abierta. Quedaba al margen. —¿Jamaica? —preguntó el camarero. CAPITULO IV El camarero tenía la cara redonda. Hizo girar el tirador. y consideraba a Félix uno de ellos. Cuando llegaba ante la puerta se abrió la del camarote de enfrente. la reservaba a los pasajeros. el 23. Nada más. Bueno. —¿Tiene cigarros? —¿Habanos o de Florida? 12 . Vaciló un instante. Indudablemente. pero se contuvo. y don César de Echagüe salió al pasillo. El camarero alcanzó una botella de Bacardí y sirvió a Félix. El camarote vacío. —Un ron —pidió Arregui. frente a los montes de Sutro. en el centro. Buenas tardes. pero sobre la cama había un chal y. No le había reconocido o no quiso reconocerle. unas maletas. el veinticuatro y el veintidós. olía a perfume francés. el veintiséis. Ni le perjudicaba ni le ayudaba. Iba a llamar a la puerta del camarote. —Cubano. No. al casarse con ella empezaron los disgustos. Cerró la puerta y salió a cubierta. Luego. Llamó a la puerta con miedo de que le oyeran todos menos la muchacha. hay a bordo un par de tipos que por seis mil dólares están dispuestos a estrangularla y echarla luego al mar. Y en cuanto al oro. un bigote de agresivas guías y una sonrisa bastante espontánea. Se lo digo por si quiere usted tomar alguna precaución. Luego repitió la llamada con más energía. No ayudaba a nadie.. El veintiocho. simple latón dorado. ¡Y el gasto! ¡Lo que le había costado aquella mujer! Los números de la puerta parecían dos cisnes de oro. ¡Como si no le hubiera reconocido! ¡Buen chico don César! ¿Bueno o egoísta? Seguramente no quería complicarse en un asunto tan turbio como el de la muerte de Carmen. Arregui sintió impulsos de entrar en el camarote. ¡Mentira! No eran cisnes.veintidós y decir a la joven que acudiera a abrir la puerta: «Señorita.

Era mejor de lo que esperaba. en vez de ser de plata. 13 . Mientras hablaba miraba por las redondas ventanas hacia el lado del puente donde se agolpaban los viajeros contemplando la costa de San Francisco. Lo fumó con ansia. Con una naturalidad que a Félix le pareció casi irreal. nervioso por la vecindad de don César. Era plano y recordaba una guillotina. de dos puntas. ¿Sería posible que el detalle de haber adquirido unos cigarros de su marca favorita pudiera tener una importancia tan decisiva? ¿Viajaba. que fumaba una enorme pipa de espuma. Luego encendió el cigarro. Tiró de la parte superior y halló cierta resistencia.. —¿No funciona? —preguntó don César. después de sorber un poco de jerez. —Está oxidada la cuchilla. . Eso es.—Habanos —respondió Arregui—. ¡Qué raro! Dos días antes estaba en perfecto estado. La examinó. —Gracias— dijo Arregui. Luego entró don César de Echagüe.. Por las otras portillas entraba el rojizo resplandor del sol poniente.. acaso. Yo no lo he conseguido nunca. Hay quien se fija en esos detalles tan nimios. Arregui cogió los cigarros que le había recomendado don César. ¿cómo diría yo? Menos evidentes. Frente a él. Le recomiendo estos otros. Romay en el Rivera? Sacó el cortapuros de plata que Carmen le había regalado a poco de conocerla. sin duda escocés. oscilando suavemente un vaso de whisky. Son peores. se acodó casi junto a él y pidió al camarero. —No se los aconsejo —comentó don César—... después de tantas horas de desearlo. Con la hoja de acero en diagonal. Por fin escogió tres de su marca preferida. estuvo a punto de tirar al suelo una de las cajas de habanos. Ofreció a Félix su propio cortapuntas. Dicen que por el humo se conoce al fumador. Puede que no tengan importancia. El camarero abrió las cajas de cigarros y luego fue a buscar la botella de jerez. —Hay quien los despunta con los dientes —sonrió el hacendado—. pero menos. que llegaba con tres cajas de cigarros: —Una copa de jerez seco. —¿Puedo invitarle a otra copa de jerez? —preguntó a don César. Siempre que los encuentro. El camarero llegó con una alta copa y una botella de legítimo jerez.. A veces lo he intentado y me he quedado con medio puro en la mano y otro medio en la boca. La cuchilla estaba oxidada. era de oro y la cuchilla tenía un resorte que la alzaba automáticamente. En el bar había otro pasajero: un inglés de rojizas y copiosas patillas. Debía de ser a causa del sudor de aquella tarde en el camarote de Alonso y Eddie MacKay. sólo que.. Era parecido. —Pues ya es hora de que cambie de costumbres. Si es posible. Félix. Será a causa del sudor. —Una es mi máximo —sonrió el hacendado. ¿Los fuma siempre? —Sí —tartamudeó Arregui—. Use el mío.

¡Demasiado tarde! Un golpe en la cabeza le hizo caer de bruces. Esperaría allí el regreso de Eva Mary Holger. Una joven vestida con un elegante conjunto castaño. contemplando los juegos de las focas. permanecía acodada a la barandilla. La misma ráfaga trajo un fragmento de la voz del hombre. huyendo del ataque.. Era Eddie MacKay. que le pareció el más locuaz: —¿Va muy lejos.. El camarero retiró las cajas de puros y como no había más clientes. Los pasajeros que habían estado divirtiéndose con los juegos de las focas.. se iban apartando de la borda. Dejó medio dólar de propina y salió a cubierta. luego. Llegó ante el 22 y llamó con los nudillos. por el lado de estribor. pero tampoco se retiraba. Es asunto personal. Don César aceptó con una reservada inclinación de cabeza. un puntapié en el otro lado de la cabeza le hizo perder el sentido por un instante. El camarote estaba a oscuras. El mismo que había notado en el camarote de Eva Mary Holger. El sol teñía de oro las alturas dominadas por el monte Davidson. Alonso debía de estar fumando uno de sus cigarros. Pasó ante el camarote número 5. cuando quiso incorporarse. ¿Quiere que le transmita algún encargo? Arregui movió negativamente la cabeza.Sacó una cigarrera de piel y de ella un largo habano. el de Alonso y Eddie MacKay. cerrando suavemente tras de sí. Luego replicó el obligado: —La próxima vez convido yo. —Cobre el jerez del caballero —dijo. Arregui se retiró de cubierta y dirigióse. por si había dentro algún camarero. entró. El camarero comprendió. a través de los párpados vio la luz de una lámpara sostenida muy cerca de sus ojos. don César inquirió en voz baja: —¿Cómo está la señorita Eva Mary Holger? Vi que llamaba usted a su camarote. luego. el veintidós. —Ya hablaré con ella. seguro de que nadie le vería. pero ya demasiado tarde. Había empezado a tender la trampa que debía terminar en el fondo del Pacífico. pero no vacío. de nuevo. Mientras el camarero iba en busca de cambio. Un soplo de aire trajo hasta Arregui un inconfundible perfume. un hombre alto y delgado hablaba en voz baja. Notó el movimiento del que esperaba tras la puerta y quiso lanzarse hacia delante. Lleva un hermoso traje castaño. al camarote 22. 14 . Un poco de luz se filtraba por entre la puerta y el alto umbral.. —Está en el puente. La joven no respondía. Las peñas de las focas iban quedando atrás. preguntó a Arregui. —¿Se lo cargo en la cuenta o lo paga? Félix dejó veinte dólares sobre el mostrador. Junto a ella. Volvió a llamar y. En seguida percibió un perfume de lilas. Félix lo comprendió en seguida. Lo despuntó y lo encendió cuidadosamente. señor? —Bastante —replicó Arregui. —No la encontré —tartamudeó Arregui.

—¿Alguien tenía interés en darme una paliza? —preguntó.. Fue un ataque algo inesperado. Él puntapié había sido terrible. Pero es lógico que pregunte su identidad al hombre a quien he encontrado. Necesita que lo curen. Con la mano derecha sostenía la lámpara de petróleo que había descolgado del soporte de la pared. Por favor. Le parecerá fantástico. Tenía los párpados como pegados y no respondían a su esfuerzo. con dificultad. Eva Mary seguía luciendo el traje castaño. 15 . y tras un momento de bruma quedó enfocado el rostro de Eva Mary Holger. No vamos a tener tiempo de conocernos íntimamente. Me perjudicaría. todo vacilaba a su alrededor. —¿Incorrecto? —Félix trató de fijar la mirada—. Llamaré al médico. en mi camarote. una ceja.. Mi buen nombre padece. —Gracias —murmuró. —No se esfuerce —aconsejó Eva Mary—. Supongo que hay algún médico a bordo. pero no pudo ir más arriba. —Creí que no había llegado ni a perder el sentido. —No lo llame. Se sentó en el suelo. No comprendo. —Está usted herido.. —¿Hace mucho que volvió del puente? —Unos siete u ocho minutos. los ojos azules y la epidermis dorada por el sol. —No es correcto que usted permanezca en mi camarote. —¿De qué me da las gracias? —inquirió la joven. No lo haga. —Desde luego que no —dijo la joven—... —Mi cabeza también —sonrió Félix—.. La lámpara de gas del centro del camarote estaba encendida. —Por lo menos un poco extraño.. sin sentido. —Me marcho en seguida. señorita Holger —musitó Arregui—. Tenía los labios entreabiertos y en los ojos un poco de inquietud. no avise a nadie. Descanse. La voz de la mujer era ligeramente gutural. aunque previsible. debo de tener derecho a saberlo. Sólo podía ser de ella. El caso es que me metí en una trampa preparada para usted. —No.. Luego me contará lo que ha ocurrido. Por fin pudo abrir los ojos. Tenía el cabello del color de la miel. Trató de abrir los ojos. Este es mi camarote y. ¿no? —No lo va a creer —dijo. irónica. —¿Quién es usted? —preguntó Eva Mary.. Arregui—.—No se mueva —pidió una voz de mujer—.. Eva Mary arqueó. E incorrecto.

No acierto con sus motivos. —Les oí hablar de usted y planear todos los detalles de su asesinato. —Nadie pagaría seis mil dólares por mi muerte. Les oí. No me pregunte a qué se debió el que yo les oyese. pero no creía ni una palabra. —¿Cree que lo he inventado? —No lo sé. Le conocí esta tarde. —¿Quién? —preguntó. Ahora. La joven seguía sin dejarse impresionar. El Alonso a que yo me refiero tiene algunos años menos. desde luego. —Eddie MacKay y un mejicano llamado Alonso han embarcado en el Rivera para estrangularla y echarla luego al mar —explicó Arregui—. ¡Oh! ¡Cómo duele! —¿Por qué le han agredido en mi camarote? —Ya le he dicho que la agresión la destinaban a usted. Sabré protegerme. Eva Mary asintió: —Sí. Le iban a echar de pasto a los peces. en su camarote. ¿Es ése? —No. la joven. —¿Qué interés pueden tener esos hombres en matarme? —preguntó Eva Mary—. Bueno. Ese aprendiz de vaquero que le hacía el amor en cubierta. indiferente... Apuntaban contra usted y me dieron a mí cuando vine a prevenirla. debe de tener ochenta años.. ¿Y el nombre de Eddie MacKay? Tras corta vacilación. le agradezco el interés que se ha tomado. —¡Es absurdo! ¿Cómo se le ocurren esas cosas? ¿Consecuencias del golpe? —El golpe es una consecuencia de esas cosas —Félix consiguió levantarse. ¿no? —Pues. Ya lo sabe.—Una paliza es poco. Eva Mary sonreía cortésmente. Y alguien llamado el Jefazo. pero ocurrió. ¿Conoce a un tal Alonso? Eva Mary trató de recordar: —Conozco a un Gustavo Alonso. Usted me preguntó por qué me golpearon aquí. ¿No ve usted mismo que la idea resulta absurda? —Seis mil dólares de interés. pero no mucho. Las piernas fallaban por sus articulaciones—. si es verdad. Ocurrió inverosímilmente. Le conviene creerme. si no ha muerto ya. ¿Por qué? —Intenta asesinarla. No era fácil disiparlas. De todas formas. les paga seis mil dólares por la molestia. —MacKay.. Arregui comprendió lo justificado de las dudas de la joven. Cierta clase de amistad. No era lógico que unos asesinos 16 . Tres mil por barba. ¿Por qué? —Ha tratado de entablar amistad. pero se tuvo que dejar caer en un sillón.

dijo: —Usted es ganadero. —Ya veo que no se asusta fácilmente. Me propuso un paseo por cubierta esta noche a la salida de la luna. cómo ni cuándo. es posible que cambien su plan. señalando la cabeza—. pero si mi consejo sirve de algo. su cómplice se acercará por detrás y la estrangulará mientras Eddie le tapa la boca para ahogar cualquier chillido. —¿Por qué pregunta eso? —Me interesa un buen capataz para mi rancho. ¿no? Entiende de ganado de cuerna. Esa ventana. —El capitán no podría hacer nada aunque lo deseara. Por eso me encontró usted aquí. —Espere un momento. Y no abra la puerta a nadie. Era una afirmación más que una interrogación.. Mas no porque temiese eso del estrangulamiento. No sé lo que intentarán ahora. ahora. De pronto... El que usted se negase a imaginar que en el cielo flotaba una romántica lima obligó a MacKay a cambiar sus planes. MacKay y Alonso no han cometido 17 . después de lo ocurrido aquí.. señorita: Eddie MacKay espera emocionarla lo suficiente para atraerla esta noche a cubierta.. —Hablaré con el capitán y le contaré lo que usted me ha dicho. No se marche aún.! —¿Y estos golpes son también fantásticos? —preguntó Arregui. —Por lo visto sabe convencer a las mujeres. Eddie MacKay trató de enamorarme. Y como ya me voy encontrando mejor.. No tuvo más remedio que dejarme sin sentido y escapar.. Félix fue cogido por sorpresa. no deje la puerta abierta ni abra a nadie... Vino a esperarla en su propio camarote. —Si cree que me asusta. ¡Es tan fantástico.. —Hay muchos que tienen esa costumbre. —Escuche. Llamé a la puerta. —Esta noche no hay luna. Es mejor que tome precauciones para salvar 'su vida.. pero aseguró que estando con él sería todo tan emocionante como si hubiese realmente luna. y el hombre comprendió que llegaba un indeseado visitante que podía encontrarle en este camarote y preguntarle el motivo de su presencia aquí. Ese era el proyecto. pero en lugar de usted llegué yo. —¿Debo permanecer encerrada toda la noche en este camarote? —Eso es cosa de usted. —A mí no me convenció. —Pero usted es un hombre acostumbrado a dirigir un rancho —insistió la joven. cosa que usted no hubiera hecho. Sin embargo. Es mejor que la cierre y tape el cristal con algo si no quiere que MacKay le pegue un tiro mientras usted duerme. En un momento preciso. —No me interesa el empleo. Eva Mary quedó pensativa unos instantes como si tratase de comprender la explicación de Arregui.dejaran que alguien les oyese proyectar un crimen.. Por ejemplo. —Lo mismo le dije —sonrió Eva Mary—.

Si hiciera algo más me perjudicaría. que avanzaba por el pasillo. en pago del favor que trato de hacerla. Cerró la puerta y. que se olvide de mí. le pido. garganta. He hecho por usted cuanto me era posible. nervioso... —No le pido que me comprenda. cuello. vio a don César de Echagüe. al volverse. Le debo una copa de ron o de jerez. Don César sonrió irónicamente. —Puede que estuviese más seguro. mañana por la noche. de mi cara. —Aunque logre sobrevivir hoy. —¿Su cuello? ¿No estaría mejor dicho: su cabeza? —No. Consérvese viva. —Adiós —murmuró Félix. 18 . yendo hacia la puerta.. ¿qué pasará mañana y el resto del viaje? —No lo sé. —No le comprendo. entre usted.. si no le molesto —dijo Arregui. desde la puerta. no estaría aquí. Intentaré defenderme de esos peligros. señorita. Eva Mary replicó: —Gracias.. —Por favor.ningún delito. de mi existencia misma. Cuando hubo cerrado la puerta. Lo único que he descubierto es que esta noche se halla usted en peligro. don César —replicó Félix—. —Buenas noches —saludó el hacendado—. hacia su camarote. vacilante. Al contrario. Además. pidió: —¿Le importa que deje cerradas las ventanas? Me molesta que la gente que pasea por el puente se entere de lo que hago. Don César abrió la puerta del camarote y dejó entrar delante a Arregui. Eva Mary respondió inclinando la cabeza en silencioso saludo. Sentíase incómodo. —Buenas noches —dijo.. No sé nada más.. he puesto en peligro mi.. se daba cuenta de que Eva Mary no pensaba permanecer en su camarote. Eso que me ha dicho. a Félix. Y si no. —Gracias por todo. ¿Quiere que la tomemos en mi camarote? —Encantado.. No se dejaría impresionar por un desconocido y sus historias. Al venir a prevenirla.. Lo siento mucho. De no avisarme a tiempo. —Pero si usted le contase lo que ha oído. Procure olvidarse de que he venido y la he avisado. Eva Mary Holger miró.. —No tengo el menor interés de ver al capitán. extrañada. Lamento su. Inclinando la cabeza.. No quiero hablar con él. Hubiese querido dejar en la muchacha una mejor impresión. dolor de cabeza y de..

el cali-forniano. se emperró en que debía salvar la vida a Arana. pero. Fue capturado y un juez lo condenó a muerte por patriota. Me salvó. Arana montó en el caballo y tomó el camino de Méjico. El que me golpeó la esperaba a ella. —En su cabeza veo huellas que no estaban hace un rato. Don César levantó la mano derecha: —Un momento.. cuando nos vimos en el bar. No sé si en realidad le hice algún favor al prevenirle. Le impedí que volviera al hotel donde el comisario Romay le estaba esperando para detenerle. Tras noches antes de la fecha fijada para la ejecución. —¡La hospitalidad ya no es ni sombra de lo que era! —suspiró don César—. —Tampoco yo lo soy. me ayudó. y empuñando un revólver. con una sonrisa. Es posible que eso haya sido hacerle un favor. que no estaba hecho a cabalgar por aquellos vericuetos. que era bastante tonto. no aguardaba celosamente a la señorita Holger —replicó Arregui —. Se fijó el día de la ejecución. Acaso dentro de varios años. ¿Le recuerda? Era una mezcla de bandido y de patriota. ¿no? —Tampoco —respondió. en su caso. —¿Por qué me ha de interesar? No es asunto mío. y mi amigo. en cambio. Quería matarla. Eso se sabrá dentro de algún tiempo.—¿Por qué lo dice? —preguntó Arregui. o sea que era un bandido de tercera categoría y un patriota de cuarta. con el cual dominó a los carceleros. Hace unos años a nadie se le hubiera ocurrido recibir así a un visitante. más un magnífico caballo. —Ese quiere asesinarla por dinero. Dos horas después.—. —Un amigo mío.. No le interesa lo que estoy contando. debe temerlo todo del que la quiere. —¡Ah! —don César estaba sirviendo viejo ron de Jamaica a Félix y jerez para él.. Podrían contarse con los dedos de una mano las mujeres asesinadas por odio. facilitó la fuga de Arana. Los celos son una prueba de inferioridad mental y de superioridad muscular. Le dio unas-armas y algún dinero. —Sin embargo. hace años. —¡Vaya! Eso es una prueba de gran amor. —El que estaba esperando allí. 19 . ¿Tropezó con alguna puerta abierta? —Entré en un camarote y alguien me dio un golpe y un puntapié. les obligó a abrir la celda y puso en libertad a Arana.. —¡Ah! ¡ Entonces no la odia! ¿Qué le parece el ron? —Bueno. ¿Fue la señorita Holger? —No. —¿Acaso no? De nuevo don César se encogió de hombros. ¿verdad? Don César se encogió de hombros. La mujer no debe esperar amenaza alguna del hombre que la odia. mi amigo entró en la cárcel disfrazado de soldado americano. Al menos. Le pagan para que la mate. el caballo.

Tenga en cuenta que el Rivera navega a unas ocho millas por hora. Los chinos. que son un pueblo muy viejo y muy sabio. por eso mismo. que no debo esperar más ayuda de usted.. ¿Usted? ¿Otro hombre? ¿Una mujer? —¿Se sospecha de alguien? —preguntó. Los padres están obligados a cuidar de sus hijos. Si lo hace.. desde el Norte. en aquel momento. Por eso en China nadie se molesta en salvar al que se ahoga. ¿Qué le parece el ron? —No lo he probado. Lo que usted esperaba eran esos diez dólares. con su jinete. —¿Ganaría usted algo si en vez de ahogarse solo nos ahogáramos los dos juntos? —Supongo que no.. —Hay preguntas que tienen difícil respuesta. mientras en Los Angeles ocurría algo muy curioso. pero el problema está en saber quién asesinó a su esposa. Y eso mismo les ocurre a los que salvan las vidas que en el libro del Destino estaban ya dadas de baja. Si con ellos se resolviera todo el problema. sin el menor beneficio para usted. Yo sé que soy el único.. Todos tienen demasiadas responsabilidades. Un correo urgente acababa de llegar. que no la mató. en padre del salvado. para cargar con otras. ya que en cierto modo le ha dado de nuevo la vida.! Mal asunto para mí. —Investigue los motivos. ¡Ojalá supiese si fui yo quien mató a Carmen! —¿No lo sabe? —No. muchos. ¿Tuvo usted algunos? —Sí.. nadie descubrió jamás la identidad del que facilitó a Arana todos los medios para que se partiese la cabeza..perdió pie y se fue de cabeza. al fondo del abismo. Y ésa de usted es una de ellas. Hay que encontrar el defecto o el error. señor Arregui. 20 . trayendo el indulto y la orden de libertad para Arana. Tenga —Arregui dejó la copa frente a don César—. Arregui. otra cosa. ansiosamente. se los daría. —Siempre esperamos de los demás un trato mejor del que merecemos. Meterse en los asuntos ajenos es una imprudencia. dicen que aquel que salva la vida a otro se convierte. Caballo y jinete se rompieron sus respectivas cabezas. —De todo el mundo. De San Francisco a Monterrey hay unas noventa millas. Afortunadamente. Tal vez dé con usted. Guárdelo como defensa contra las mordeduras de las serpientes de cascabel. —Quisiera poder decir lo mismo —suspiró Arregui—. No sé si fui yo o fue otro. —Eso quiere decir.. Cuando en el balance del Banco faltan diez dólares. ¿Quién le protegió? ¿Dónde pasó la noche? ¿En el camarote de don César de Echagüe? ¡Caramba con don César! ¡Ayudando a un. Dentro de doce horas subirá a bordo el comisario Romay. ¿no? Don César sonrió. El gobernador de California había comprendido que ahorcar a un patriota es peor que dejarlo en libertad. pero yo esperaba. menos de mí —sonrió don César—. Mi amigo se sintió un poco en ridículo. el cajero no puede resolver el problema cogiendo diez dólares suyos y metiéndolos en la caja de donde faltan. le obligará a hablar.

No tardaron en empezar sus dificultades. Adiós. todas sus inquietudes fueron por Eva Mary Holger. no sabe usted la suerte que tiene careciendo de historia. sentía reconocimiento hacia la joven. o más. De nuevo Arregui salió al corredor y cerró tras él la puerta de su camarote. cerca de uno de los grandes botes salvavidas. Se le nota. ¿Por qué lo hizo? Entre ellos sólo hubo una antigua relación familiar. No sé por qué lo hacen. al día siguiente. Además. Además.. señor Arregui. Me queda el suficiente para curarme cien mordeduras de serpiente. ya no podía cenar.. una copa de ron no obliga a nada.. —¡Claro que lo sé! —sonrió don César—. Hasta más tarde no resultaría lógica su presencia en el bar del Rivera. y. ¿Qué ocurriría si Eva Mary Holger aparecía. —Estoy nervioso —se excusó. no. —La señorita Holger salió hace un momento —dijo un camarero.—Será mejor que se tome su copa de ron. Estaba cerrada. —Sí. Muchas gracias. Al volver a preocuparse por sí mismo se daba cuenta de que. Félix Arregui se ciñó más la chaqueta. al menos. —Buenas noches. Esa dicen que es mi suerte. Ahora se daba cuenta de que había confiado excesivamente en don César. CAPÍTULO V El viento salado era frío. que ella! A pesar de todo. ¿Dónde dormiría? ¿Y si Eva Mary aparecía estrangulada en su camarote? No quería pensar en ella. Probablemente. Salió a cubierta y fue a acodarse en la baranda.. durante varias horas. es feliz. Su mirada quedó prendida en el 22 que estaba ante sus ojos. don César de Echagüe. Al otro lado reinaba un denso silencio. Adiós. ¿era lógico que el hacendado se comprometiese por él? ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Lo hubiera hecho él por don César? No. —No hace falta que lo diga. Parte del licor cayó fuera y le humedeció la mano. Arregui se llevó con temblorosa mano la copa a los labios. En Francia la dan a los condenados a la guillotina. Creo que está en el comedor. en el suelo de su 21 . —Los hombres felices son aquellos que no tienen historia —sonrió don César—. —Gracias —murmuró Arregui—. sin embargo.. que ni don César ni él se cuidaron de mantener. Usted. Llamó con los nudillos y luego empujó la puerta. Sólo se oía el rítmico latir de las máquinas del Rivera y el rumor del agua cortada por la afilada proa. Pero ahora volvían. ¡ Como si él no estuviera tan en peligro. De momento. le era imposible dominar sus pensamientos e inquietudes. Durante toda mi vida he luchado por conservar mi preciosa vulgaridad. Sus problemas le obligaron a preocuparse menos de los suyos propios. llegando silenciosamente hasta allí—.

Es demasiado peligroso. a pesar de todo. habría advertido aquella cicatriz? De momento parecía que ninguno de los viajeros lo había visto. No por esa justicia lenta y llena de posibilidades para los tipos como ustedes.. y en vez de un crimen tendría dos sobre su conciencia. tan sencillo? Se los ofreció porque sabía que yo andaba de por medio. estrangulada lo mismo que Carmen? Nada. sobre todo. tenía interés en suprimir. Confío en que se darán cuenta del gravísimo peligro en que se hallan y obedecerán la orden del COYOTE. Ya habría encontrado la pista que conducía al Rivera y. incluyendo el del bar. »Como. Cualquier otro tipo de muerte provocaría en mí idéntica ira. aparecerían docenas de viajeros y camareros.. porque si algo malo le ocurre a Eva Mary Holger.. acudiría a Monterrey. No pasaría nada. no. Eva Mary! No lo atribuirían a simple coincidencia. Confío en que no harán nada hasta que lleguemos a Monterrey y que entonces desembarcarán como dos buenos niños. Félix dirigióse a una de las mesitas escritorio y cogiendo una hoja de papel.. en tiempos de España y Méjico. ¡Seguro! No podía desentenderse de ella y su problema. En Monterrey. El bar empezaba a llenarse de pasajeros que regresaban del comedor. que se habrían fijado en él. a bordo. Dirían de él que sentía pasión por estrangular mujeres. hasta encontrar una de ellas con un pulgar señalado con una cicatriz. Y recordarían haberle visto rondar el camarote de Eva Mary. aunque fuese en tren especial. me resultan ustedes simpáticos. y luego. O telegrafiaría a las autoridades de la antigua capital de California. empezó a escribir: «Distinguidos asesinos: Cometieron el mayor error de sus vidas al aceptar el encargo del «Jefazo». Le detendrían. la suya. para que subiesen a bordo del Rivera y examinaran las manos de los viajeros. ¿Cuánta gente. ¿Creen que el «Jefazo» les hubiese ofrecido seis mil dólares por un trabajo en apariencia. Eddie MacKay. subiría a bordo Romay. con el membrete del Rivera. además tenía que apechugar con el de una joven a quien alguien llamado el «Jefazo». como le llama. No era poco tener el suyo.» 22 . como había indicado don César. ¡Claro que pasaría algo! ¡Y mucho! El camarero recordaría haberle visto llamando a la puerta del camarote. Luego asociarían los dos crímenes. Yo me encargaré de comprobar que los dos desembarcan y que la señorita Holger no ha sufrido ningún estrangulamiento a manos de Alonso mientras MacKay le tapa la boca.camarote. les aconsejo que se olviden de ese encargo. ustedes serán juzgados y ejecutados sumarísimamente. ¡Primera. pero cuando llegase el momento de hablar. sino por mí mismo. utilizando los servicios de dos asesinos profesionales.

salió del salón seguido por todas las miradas. se la llevó a los labios como si nada hubiera ocurrido. El no podrá actuar. Eva Mary se volvió y su mirada fijóse en Félix. Al dejar la copa sobre la mesita. con lo que ha hecho. alcanzando una copita de anisete que le habían servido. con una despectiva sonrisa en los labios. señorita Holger. quebrando un cañamazo de miradas y murmullos. Iba a atacar. Sólo el famoso enmascarado podía. Eddie MacKay se levantó violentísimamente. que. Se inclinó como si agradeciese un honor y. Además. rígidamente. 23 . menos que a ningún sitio. Eva Mary Holger le había humillado delante de todos los que estaban en el salón. —Estará más segura que paseándose por aquí. menos la de Eva Mary. Bruscamente. ¿A qué obedeció la violencia? —Unas palabras que sólo pueden merecer esa clase de respuesta. Si tenía nervios. La bofetada sonó como un disparo. la joven se volvió hacia su compañero y. a través del cual sólo pasó el estallido de la bofetada. Fue como si la mano hubiera obrado por iniciativa propia. —¡Ni que estuviera loca! Al camarote. resultaba fantástico e irreal. Este hablaba.Arregui releyó la carta. Mientras los dos no vayan a su camarote. Eva Mary había erguido la cabeza y toda su persona expresaba tensión y violencia contenida. no allí. salió a cubierta. Le dirigió una breve sonrisa. dejó que su mano golpease violentamente la cara de MacKay. usted se halla en peligro de morir apuñalada. y todos los que se hallaban en el salón contemplaron. a la pareja. Paseemos por el puente. Aquí no está segura. en cambio. con todos los ruidos ahogados por el cristal de la ventana. ha quitado de en medio a MacKay. salió en seguida a cubierta y al pasar por el salón miró por una de las ventanas y vio a Eva Mary sentada junto a Eddie MacKay. Félix se detuvo a observar toda la escena. —¿Qué le pareció la interpretación? —Me dejó desconcertado. y su sonrisa expresaba claramente sus palabras. con su mágico poder. pero haciendo un alarde de fuerza de voluntad se contuvo. Rió. —Debe volver a su camarote. imaginando la sorpresa de Eddie y Alonso al recibir la carta del «Coyote». Tiene que permanecer a la vista de todos. El asombro les duraría hasta bastante más allá de Monterrey. Estaba orgulloso de su idea. estar justificadamente enterado de lo que habían hablado los dos compinches en su camarote. Alonso tiene que hacer el trabajo. no los acusaba. Fue genial la ocurrencia de usar el nombre del «Coyote». se puso en pie y. La sonrisa de MacKay se acentuaba y también la tensión de Eva Mary. mientras MacKay prueba su coartada. Allí estaré en el centro de un haz de peligros. Tengo miedo. Aquella escena. Alonso podrá usar su cuchillo. pero el desquite se lo tomaría a su debido tiempo. La verdad es que estoy asustada. Salió del bar hacia el camarote número cinco y tiró la carta por debajo de la puerta. pero. asombrados. Félix la esperaba junto a la borda. —Buenas noches.

se lo aseguro. —No. Se lo suplico. De lo contrario. otro lugar. —Don César habla mucho —dijo.. ¿Por qué no ha cenado con nosotros? —Cuando navego. —Sólo hay un motivo: falta de dinero. —Creo que. Por favor: retírese a su camarote y no se mueva de él. En Monterrey desembarcarán. No le gusta darse por vencida. Está a bordo huyendo de algo. Después de Monterrey no tendrá usted que preocuparse. Soy un polizón. —¿Y pudo oír quién los contrató para ese.. todo lo que se aprendió no sirve de nada. trabajo? —preguntó. ¿Por qué? ¿Cuál es su camarote? —No tengo pasaje. —¿Por qué no Monterrey? —preguntó. que debe de ser una especie de apodo. —Si se termina el viaje—. No olvide que son dos. El único nombre que pronunciaron fue ese del «Jefazo». —No lo sé. Es curioso. Si acaso. —¿Ha sido muchas veces polizón? —preguntó Eva Mary. o se los anticiparé sobre el sueldo que me pida. temblorosa. Félix. Yo estaba escondido en el lavabo del camarote número cinco y desde allí escuché la conversación entre MacKay y Alonso. —Es usted muy tenaz. —¿Cuánto necesita? ¿Mil dólares? Se los daré. Su manera de hablar no corresponde al Norte. —Eso no es cierto. —Y usted. Eva Mary.—Ahora no se atreverá. Más al Sur. de mal humor. muy poco. pero no le asocio con Monterrey. —No.. sabe que es usted un genio en el cuidado de las reses. con forzada sonrisa Félix.. —Lo ha dicho como si usted pensara desembarcar en Monterrey. no.. o se los prestaré. —Y usted no necesita dinero. He arreglado una jugada que les hará saltar del barco antes de que se meta en la bahía. por lo menos. Además. sí.. Es una buena medida de precaución. Dice que sería usted un formidable capataz. no como. —El. Nunca había visto a un polizón—rió—. Tenga confianza en mí. ¿No? Miraba con los ojos muy abiertos a su compañero. ¿Le conoce don César de Echagüe? —No lo sé. —¿Por qué? —preguntó seriamente la joven. No quiere que veamos al capitán. Sus inquietudes habrán terminado. 24 . No cabe duda de que viajando se aprenden muchas cosas. —Siempre huimos de algo. observó Félix—. pero no me atreví. pero su compañero. —La tengo —musitó Eva Mary—. Es mi primer experimento. Quería decírselo antes.

¿es muy grave su delito? Quiero decir si los cargos son graves. Eva Mary. a pesar de que mi vida está en peligro. Creen que asesiné a mi esposa. caso de peligro. —¿Se burla de mí? —preguntó nerviosamente. ¿verdad? —No lo sé. No podía engañar a Félix. —Ya sé que no debo hacer preguntas. debe de saber si existía algún motivo. —Lo sé —dijo sencillamente Eva Mary.—¡Ah! Y. Continuamente está procurando ocultarla. Asesinato. —Le digo la verdad. no quiere prestar declaración ante el capitán del barco. —¿Qué es lo que sabe? —preguntó.. ¿Se da cuenta del peligro? —¿Existe en realidad ese peligro? —preguntó. En absoluto. —¿Quiere decir homicidio? —preguntó con débil voz Eva Mary. Asesinato. Además. con la mi rada fija en Arregui. pero. Lo averiguaré esta noche. no la asesinó. a fin de facilitar la captura de los posibles asesinos. Pero no existe. Me sestiré más segura sabiendo que usted está cerca. la joven observó: —En mi camarote hay una litera vacía. con la mirada fija en la lejana costa. para defenderme en. —Pero usted. ¿sabe dónde duerme un polizón? —Eso tendrá que explicárselo mañana por la mañana. —Es usted joven y bonita —dijo—. ¿Estaba usted casado? —¡Claro! —rió Félix—. No lo sé. Eso ha hecho que me fije en ella. —¿Necesito saber algo más? —¿Lo ha averiguado o lo ha intuido? —Tiene dinero para pagar el pasaje. Félix.... Los solteros matan a las esposas de otros o a chicas solteras. además. Lentamente... inquieto. pero éste agradeció el esfuerzo. —¡Oh! —Eva hablaba demasiado sencillamente para que se pudiera creer que no daba importancia a la cosa—. a su vez.. —Sí.... tiene en el pulgar de la mano derecha una cicatriz bastante profunda. la Justicia me busca. Soy un caballero y. 25 . —Pero. Eva Mary. pero insiste en viajar como polizón. —Por cortesía debería decirle que sí —sonrió tristemente Arregui—..... Para matar a mi esposa tenía que estar casado. Y. ¿Puede servir para identificarle? Arregui movió afirmativamente la cabeza. —No.

¿Celos? Arregui se repitió mentalmente la pregunta. No sé por qué no lo hice antes. 26 . Ya sé que esto carece de sentido. Félix movió la cabeza. —Pero. No existieron los celos. Ni antes ni luego. con otro traje. Hace tiempo que debí haberla matado.. al fin. —Fue con las manos. —¿Celos? —preguntó con un hilo de voz Eva Mary. Arregui—. —¿Acaso las de Alonso? —sugirió Eva Mary...—Muchos.. desperté. de haberlos tenido. Se esforzaba por convencerle de que tenía confianza en él y lo creía todo.. Mas si continúa paseando durante la noche. mas.. Y yo no recordaba nada. —No. hubiera matado antes a Carmen. Mucho. —A veces la verdad tiene menos visos de verosimilitud que la mentira —admitió Eva Mary—. además hay que estar loco. aceptaré —dijo. Ocurrió algo extraño. Mientras todo el mundo pasea por cubierta. —Alguien puede verme entrar en su camarote. ¿Por qué iba a hacerlo él? —Eddie MacKay siente una gran inclinación por las caras bonitas. Tal vez usó su revólver. Y para casarse con una mujer como Carmen. Eva Mary las contempló mientras Félix las abría y cerraba lentamente. además de correr un aparente peligro su vida. Nos enfadamos.. sin duda. Me cegué y.. No. La oferta sigue en pie. la estrangulé con mis propias manos. y si lo tiene. alguien le preguntará dónde tiene el camarote. ¿Era guapa su esposa? —Sí.. —¡ Oh! —esta respuesta no había agradado a Eva Mary—. ¿no recuerda el momento de haberla matado? Arregui movió negativamente la cabeza. —Si no lo considera demasiado peligroso. Discutimos y ya no recuerdo más. —¿Mi buen nombre? —preguntó Eva Mary.. su presencia no sorprende a nadie. El cadáver de mi mujer estaba allí. —¿Podemos resolver su problema sin correr ese peligro? —preguntó Eva Mary. pero no olvide que.. Las mías o las de otro. Bebí la copa de ron que Carmen me había preparado antes... —Debimos de discutir y yo perdí la noción de las cosas. hasta lo de que no había matado a su mujer. rozándolas con las yemas de los dedos—. —No parecen capaces de matar —musitó. existe otro peligro mucho más real. Es increíble.. Siempre había creído en sus celos. Todos le creen un pasajero. Arregui asintió con la cabeza. ¿Se enamoró de ella? —Para casarse hay que estar enamorado... pero es la verdad. desde su historia de MacKay y Alonso.. Absolutamente nada —se encogió de hombros y sonrió tristemente—. Luego.. —No.

¡Vaya gangas que encuentras tú. ¿Sabes lo que te digo? Pues que si en vez de viajar en un maldito barco fuésemos en tren o en diligencia. Con el «Coyote» no se puede bromear. lo correremos —sonrió la joven—. ¿no? —Pero ¡cómo los usa! —exclamó Alonso. —Yo no sé de ningún fracaso del «Coyote» —gruñó Alonso—. Vamos. todo lo que sucede en el mundo. ¿cómo sabe ése lo que pensábamos hacer? —¿Y cómo lo puede saber el «Coyote»? —replicó MacKay—. señalando la carta. cuando te pones a buscarlas! —¡No es el «Coyote»! —insistió MacKay—. No debemos hacerle 27 . Esta vez no les esperaba nadie en el camarote. Se dirigieron. —De una forma totalmente material —replicó MacKay—. tendiendo a su compañero la carta que había encontrado en el suelo del camarote. —Sabe todo lo que le interesa. Haces mal en despreciarlo. Tan asombroso es que lo sepa uno como otro. —No hay nadie —murmuró. que usa revólveres.. haciendo seña a Arregui para que se acercase. Es suficiente.Arregui no contestó. no sabe. —No seas idiota. MacKay la tiró sobre la litera inferior. ni mucho menos. Ha usado el nombre del «Coyote» para dar mayor importancia a su amenaza. ¿Qué pruebas tienes de que el «Coyote» se encuentre realmente a bordo? ¡Ninguna! ¡Claro que no! —Si no es el «Coyote» el que ha escrito esa carta.. Aquí no hay ningún «Coyote». CAPITULO VI —¿Qué te parece? —preguntó Eddie MacKay. —¡No bromees! —gritó Alonso—. Te dará una lección. Es un hombre de carne y hueso. —Entonces. —¿Y eso? —preguntó el otro. dando un rodeo. Alonso. —Eso es una carta que puede haber escrito cualquiera que sepa maldibujar una cabeza de coyote o de perro. al lado del puente que correspondía al camarote de Eva Mary y ésta se adelantó unos pasos para comprobar si había alguien que pudiera verles. ahora mismo me apeaba y dejaba para el «Jefazo» el trabajo de matar a esa mujer. El «Coyote» no es un fantasma. Y aunque se entera de muchas cosas. Alguien nos oyó hablar y quiere asustarnos. ¡Es horrible que nos haya tocado tenerlo por compañero de viaje! MacKay se echó a reír. —Más de una vez ha fracasado.

la mataremos con todo el ruido que haga falta. Quizá lo dijeron antes o después. yo no sé lo malo que será el «Jefazo». Por lo menos. —¿Tú qué sabes? —¡Te digo que no lo es! ¿Cómo va a estar tan oportunamente a bordo del Rivera para ayudar a esa mujer? ¿Llegó galopando sobre las olas? ¿O montado en una golondrina? —Nadie sabe cómo llega el «Coyote» —gruñó Alonso—. —No es el «Coyote». —El que alguien sepa que proyectamos asesinar a esa chica es ya bastante malo. No nos arriesguemos a ser nosotros los que sirvamos de pasto a los peces. hubiera acudido al capitán del barco. Si no podemos deshacernos silenciosamente de esa señorita. Y cuando el «Jefazo» se enfada contigo. Y observé una cosa. el «Jefazo» comprenderá tus motivos y te dará unas palmaditas en la espalda.. Es alguien que no se atreve a dar la cara. ¿No te das cuenta? —Puede ser el «Coyote» perfectamente —.. —Espera —pidió MacKay—. —Lo que debemos hacer. No valen miedos.insistió Alonso—. y te encuentras con media oreja de menos. —Y luego. no le vi durante la cena. —¡No seas ridículo! No es el «Coyote». Eso no podemos hacerlo. No te hagas ilusiones de que si huyes del «Coyote».. —¿Qué clase de lección? —La peor de todas.. le obligaré a que me enseñe una muestra de su escritura. Tal vez no le di toda la importancia que debí haberle dado. No podemos dejar este asunto como se suelta una patata caliente. El nunca pide ayuda a nadie. —Tal vez no lo dijeron mientras tú estabas delante. Acepto que sea lo peor de lo peor... ¡Qué va! El «Jefazo» paga como paga porque exige que se le sirva debidamente. El «Coyote» se pondría muy contento. con más o menos comodidad.. Quizá no pregunté al camarero más indicado.demasiado caso. tú te enteras en seguida. Déjame reflexionar. El «Coyote» se meterá con nosotros y. Alonso: nadie dijo que faltase ninguno de los pasajeros. —Pregunté por él y tampoco me supieron dar razón. No nos metamos en un lío demasiado grande. 28 . ¿qué? —preguntó Alonso—. ya lo tienes delante. —Recibe una lección para que no vuelva a fracasar nunca más. Si se atreviese.. ¿Quién será? No le hemos visto entre los demás pasajeros. —Aguarda—MacKay movió la cabeza—. pero si vuelvo a ver a ese tipo. Dejémoslo. pero el «Jefazo» no se alegraría nada. Lo haremos mejor o peor. Cuando te enteras. Eddie. Quiere resultados prácticos. Mas el «Coyote» le supera en mucho. es largarnos en cuanto lleguemos a Monterrey... verdadero o falso.. O acaso no lo oíste... Aquel tipo que entró en el camarote de la Holger. No acepta excusas ni comprende los miedos que tú y yo podamos sentir. Alonso. —¿Y si uno fracasa? —preguntó Alonso. MacKay. pero tenemos que hacerlo.

se puede encontrar metido en un lío.. Yo haré el trabajo y me quedaré los seis mil pavos.. porque tú lo quieres. y volveré aquí antes de que nadie se haya enterado de mi trabajo. —¿Y luego? ¿No se atreverá? ¿Crees que se estará callado. pero lo haremos. sea quien sea. ¿cómo explica el haberse enterado de lo nuestro? También le tomaría por loco. El único que tal vez se entere de algo es el que ocupa el camarote de delante. ¿Quieres salirte de la combinación? Hazlo si lo deseas.. no suena bien. según vayan las cosas. Por eso. MaKay hizo un gesto de irritación. ¿Crees que el «Jefazo» te ha ofrecido seis mil águilas porque sí? No se trataba de matar a una simple mujer. No va a ir al capitán para decirle: «Mire usted. Y para que no le cuelguen el mico. Acepto. Y aunque nosotros digamos que no somos culpables de nada. Por eso ha preferido resolver la cuestión entre él y nosotros. le pegaré seis tiros y no se oirá ningún ruido. no necesitarán más para saber quiénes son los culpables. satisfecho de sí mismo. No me causa el menor placer. —¡Idiota! —gritó MacKay—. —¿Cómo lo harás? —Iré a su camarote con la cara tapada. ¡Te digo que aquí no hay ningún «Coyote»! Ese que nos ha escrito no se atreve a dar la cara. Eso sin contar con el «Coyote» o. Tenemos que encontrarlo y. —El revólver. hablará y dirá que hemos sido tú y yo. 29 . ¡Vaya si hablará! Aunque no fuese el «Coyote». Ha tenido la amabilidad de avisarnos. metiendo el revólver en una almohada doblada. nuestra situación es bien mala. Es una atención. que esos del camarote número cinco quieren estrangular a la señorita del veintidós.. —¡Basta de idioteces! —gritó Eddie MacKay—. nos tendrán metidos en un buen jaleo. pero no te hagas ilusiones de cobrar ni un centavo. —Pero armarás un ruido terrible. Dejaré la almohada y el revólver allí. disparado metido en una almohada. Eddie. todos creerán que él ha sido el culpable de la muerte de la Holger. Si está a bordo sin permiso. —¡Te digo que no hables más de ese tipo! —Pues será otro. antes de nada. capitán...Trabaja solo. Lo sé porque yo soy el «Coyote». Un tal César de Echagüe. Lo he probado otras veces. investigarán y. Demasiado dinero. —¿Y luego? ¿Qué pasará cuando investiguen lo sucedido y hagan preguntas a todo el mundo? Por poco que escarben en nuestro pasado. nos harán preguntas. cuando se descubra el cadáver? ¡Ni lo sueñes! Hablará... Y si dice que es otra persona. No será tan limpio como lo habíamos proyectado. pero es alguien que. ¿comprende? El capitán le tomaría por loco. Había que matar a una protegida del «Coyote». Dejemos este asunto.. —Antes de que pueda explicar nada lo eliminaremos —dijo MacKay—.. Sonrió nuevamente. abriré de un puntapié la puerta y. que no sea el «Coyote». No hay miedo de que salga a ver lo que ocurre: es un tipo que le tiene más apego a la vida que una ostra a la roca donde vive.

mirando hacia la costa. Tú quédate fuera. He visto al encargado del pasaje fuera de su despacho. Escucha bien. para que supongan que el tipo ese mató a la Holger y luego se suicidó. Los demás camarotes estaban ocupados por dos o más pasajeros. Iremos a consultar la lista de pasajeros. Alonso se asombró. todo es sencillo. Salió del despacho y. Parece mentira lo difíciles que son las cosas cuando uno no tiene cerebro. —No lo van a creer —gruñó escépticamente Alonso—. poniendo cerca el cañón del revólver. Ven. vigilando. Abriré la puerta del camarote de la Holger y luego le pegaré un tiro en la cabeza. —Probablemente está con ella —dijo—. No vieron ni a Arregui ni a Eva Mary. MacKay entró un momento en la oficina del sobrecargo y consultó la lista de pasajeros. —Una buena idea. —¡Claro que no se ha marchado! —replicó. —¿Qué vas a hacer? —Es un plan fantástico —rió MacKay—. En seguida dispararé contra el hombre. Hay que empezar por el principio. Alonso. y no es así. Ya verás. buscaremos en cubierta. si lo tiene. seguido de Alonso. —¿Crees que se habrá atrevido a cometer un acto tan incorrecto? —¡Bah! Eso no tiene importancia. Déjame hacer a mí. Para mí. Eva Mary Holger era la única mujer que también viajaba sola. MacKay—. —¿Y luego? MacKay hizo un gesto de impaciencia.. No quedaba ningún camarote vacío. —Lo primero es lo primero —dijo—. —Miles de hombres lo hacen todos los años. Tú eres de los que piensan que empezando por el final se termina antes. Lo primero que hemos de conseguir es dar con el hombre a quien yo dejé sin sentido en el camarote de la Holger. Dejaremos el revólver allí y la llave en la cerradura. o en el de la chica. Vamos.—¿Se te ha ocurrido alguna idea? MacKay asintió. como te sucede a ti.. furioso. En su camarote. No dispares sobre él. todo es difícil. —No puede haberse marchado —dijo Alonso. Miraremos en el bar. dirigióse hacia el camarote de Eva Mary. Le dejaré sin sentido y le quitaré la llave. 30 . porque tengo inteligencia y sé utilizarla. Si no están allí. pero no dispares antes de que yo te lo ordene. Para ti. Se llaman crímenes y suicidios pasionales. Por lo tanto. el hombre a quien él había dejado sin sentido en el camarote de Eva Mary debía de estar aún en el mismo sitio. Si oyes acercarse a alguien. El camarero tiene una llave que abre todas las puertas de los camarotes. MacKay los recordaba a todos. Coge tu revólver. para que se vea en la carne la quemadura de la pólvora. No conviene que nos vean consultando esa lista. Está a bordo. Nadie se suicida por esas cosas. El único hombre que viajaba solo era don César de Echagüe. avisa. Salieron del camarote y recorrieron el itinerario fijado por MacKay.

el que empuñaba el revólver. eso de la llave. ¿Crees que si no podrían entrar? —¿Y si han echado el cerrojo? —Está estropeado y no funciona —dijo MacKay—. Tú vigila. Dejándolo en el suelo. con el nombre y una silueta del Rivera.. Y. pero ante sus ojos apareció un negro y amenazador cañón de revólver. No quería hacer ruido. —¿Y si luego me cuentas que fue ahora cuando hablaste en broma? —¿Estás idiota? ¿Crees que es éste el momento más oportuno de discutir si te voy a dar tanto o cuanto? —¿Por qué no lo ha de discutir? —preguntó una voz.. consiguiendo. MacKay lo sujetó. le registró. Se limitará a cerrar con llave. En el bolsillo de la chaqueta llevaba una llave de latón sujeta a una placa del mismo metal. —¡Es el «Coyote». que le miraba fijamente entre las cejas. El se llevará todas las culpas. Eddie! —musitó. Esperaron en un recodo el paso del camarero y cuando llegó junto a MacKay. ¡Cuidado! Ahí está el camarero. —¿Eh? —gritó MacKay.. ¿Qué parte llevo yo en este asunto? —La que acordamos. Eddie. ¿Y si no sirve? —¡Claro que sirve. —¿No sigue? —preguntó. Vamos. Alonso—. Así pueden los camareros hacer las camas y limpiar los camarotes. 31 . —Ahora ya podemos ir —dijo Eddie—. ¡Ya te dije que era verdad! Eddie MacKay miró al enmascarado que tenía delante. Vestía como el «Coyote»: traje charro. si sabes tanto como dices. cegarle y luego derribarlo sin sentido. —Lo dije en broma.. aterrado. irónico. —¡No presumas tanto de listo! Ya veremos. Llevó la mano hacia al sobaco.. en el acto. —Ven y no pienses. idiota! Esa llave es para abrir las puertas de los camarotes mientras los pasajeros están en cubierta o en otro sitio. —¿Y si la chica está sola? —Entonces dejaremos el revólver y ya encontrarán a ese tipo que viaja gratis. —Un momento —pidió Alonso—..—No sé. No lo veo nada claro. Antes de que cayera al suelo. éste pegó con el puño contra la sien derecha del hombre. —Pero tú dijiste que ibas a quedártelo todo. junto a ellos. al final. en busca del revólver. Lo estropeé yo mientras esperaba. No sabes hacerlo y sólo se te ocurrirían estupideces. ¡Que no nos oiga ni nos vea! Debe creer que fue el otro quien le atacó. No puede hacer otra cosa.

levantando las manos. Vaya con cuidado. que sin preocuparse de las posibles reacciones de los otros. Ya sabe que nunca asesino a mis adversarios. En vez del ancho sombrero de campo. MacKay. —¿Qué va a hacer? —preguntó MacKay. y saque el revólver que guarda bajo el sobaco. no le excites. Al fin y al cabo.. que lo sabe todo. Eddie! —rogó Alonso—. 32 . ¿Por cuenta de quién trabajan? —Usted. antes. algo irónicamente—. ¿Cree que no me voy a atrever a pegarle un tiro? —¡Por favor. Estás emperrado en que nos suceda algo y. Probablemente. fuese o no el «Coyote».. Alonso aseguró: —Yo quería hacer caso de la carta que nos envió.. ¿Qué pasaría entonces? Tenía que estar seguro de que el desenlace. como el «Coyote» no querría arriesgarse a dejar un enemigo a su espalda. de seda. Pero el revólver que empuñaba le daba todas las ventajas. —¿A qué venían? —preguntó el enmascarado. aquel enmascarado era el «Coyote». inevitablemente. y. —Devuélvame la carta. cubríase la cabeza con un pañuelo anudado a la nuca. antes. y antifaz muy grande. aunque sean tipos como usted. pero Eddie insistió en que era una broma de algún pasajero que se quería burlar de nosotros dándonos un susto. por la exhibición del revólver.negro. De no tener esa seguridad. Había estado seguro de que su inteligentísimo compañero cometería una estupidez que le costaría la vida. pero no saque otra cosa. probablemente también hubiera disparado sobre Alonso. —¿Qué quiere que hagamos? —preguntó. Acaso sí. MacKay sacó la carta y la entregó al «Coyote». —Me molesta el buen humor —advirtió el «Coyote»—. al fin lo vas a conseguir. leyó rápidamente la nota de Aguirre. Levántese. Alonso lanzó un suspiro de alivio. Conozco todos los trucos que se le puedan ocurrir. Al renunciar a ella. sólo podía ser la muerte de su enemigo. se exponía a que su adversario fuese más rápido de lo que él imaginaba y. ocultándole casi la parte superior del rostro. Tal vez no fuese el «Coyote». —No se meta usted en eso —dijo el «Coyote». El enmascarado logró disimular el asombro que la noticia de la existencia de una carta del «Coyote» le producía.. enfundando el revólver. señor «Coyote». se aprovechaba de una indudable ventaja. guardando el revólver en la pistolera—. el enmascarado. no hubiera renunciado a la ventaja. ¡Pronto! MacKay quedó más aterrado por esta demostración de despectivo valor que. ¿Nos va a entregar al capitán? ¿De qué nos va a acusar? ¿De haber golpeado al camarero? —Lo que tenemos que resolver nosotros no necesita la intervención del capitán ni de nadie más. seguramente sabrá también eso —rió MacKay.

—¿Ningún trabajo más? —preguntó el «Coyote».. Tiren todas sus armas al mar. subirá a bordo el comisario Romay. Eddie MacKay? —No lo sé —respondió el otro—. les juro que se quedarán ante él hasta que se los lleven para tirarlos al mar. —Los cuchillos. Recibí un aviso suyo y nos vimos en una calle muy oscura y solitaria. No se oyó su choque contra el agua. Estaba cerca de Telegraph Hill. como si hubiera querido convencerse de que Eddie no intentaba darle una carta por otra—. Le obedecieron sin la menor vacilación. —No creo que eso le convenga a usted tampoco —sonrió MacKay—. logró. pero el «Coyote» les llamó de nuevo: —¡Un momento! Me olvidaba de arreglarles las uñas. —No. para que no le pueda ver la cara. —¿Qué calle? —No recuerdo bien. 33 . Vayan delante. Alonso y Eddie sacaron sus revólveres y los tiraron por encima de la baranda. —En San Francisco —respondió MacKay—. Y. Y si encontraban en un baúl o maleta esas ropas de «Coyote». tirarlo al mar. al hundirse en ella. ¡Se lo digo de veras! Es alguien que tiene mucho dinero. ya saben lo que han de hacer. ¿qué le harían? —Cuando lleguemos a Monterrey. Debe de ser importante. Luego me dijo que debía quitarla de en medio. Siempre escoge calles desiertas y oscuras. por último. En cuanto lleguemos a Monterrey. también —ordenó el «Coyote». al fin. luego.. Si vuelven a acercarse al camarote de la señorita Holger. Alonso sacó el suyo y. ¡Lárguense! MacKay y Alonso iban a alejarse. ¿quién es el «Jefazo». desembarcan y se pueden alegrar de haber salido tan bien de ésta. —¿Cuándo le vieron por última vez? —preguntó al llegar bajo la gran lancha de salvamento que pendía sobre la cubierta. con un terrible esfuerzo. No era necesario.—Es ésta —asintió. Y es la primera vez que voy a fracasar. —Salgamos a cubierta. Busca a alguien y registrará todo el barco. En cuanto lleguemos a Monterrey. les mataré. —Vuelvan a su camarote y no salgan de él.. Si vuelven al camarote de la señorita Holger. pero tampoco él encontrará nada que pueda perjudicarme. Dos cadáveres a bordo despertarían muchos comentarios y registros. Fue hace tres días o cuatro. Se les pueden disparar y darles un susto. Bien. —¿Qué le ordenó? —Asustar a unos que estaban a punto de aceptar una oferta de la Holger para trabajar como capataces de su rancho. No les ordenó nada más ni les amenazó.

—Ahora ya pueden retirarse. »¡Ah! En Monterrey subirá a bordo el comisario Romay. Eddie y Alonso obedecieron lentamente. esperando que usted cometa la lógica tontería de abrir la puerta para ver quién ha tirado el papel. don César salió al corredor y. —Eso mismo iba a hacer —susurró Eva Mary. Descienda por ella hasta el agua. pues siendo dos. ¿no? —Tal vez. Así. está deseando verles huir. junto al bote de salvamento número 2. Serán en su beneficio. No se oía nada en el corredor. Eva Mary se acercó. pero si vuelve a usar mi nombre para eso.. uno de ellos podría haberse marchado para hacer creer que no quedaba nadie frente al camarote. Si hubieran llamado. le he ayudado.. Encontrará una cuerda atada a la baranda. sonriendo.. En seguida se metió en su propio camarote y cerró suavemente la puerta. a la puerta y escuchó a través de ella. No haga ningún ruido. dentro del camarote de Eva Mary. señor Arregui. el «Coyote» regresó al pasillo. inclinóse y tiró la carta por debajo de la puerta del camarote 22. El «Coyote» se metió en el camarote de don César de Echagüe y se quitó las comprometedoras ropas.... sentándose ante el buró del camarote. luego escribió al pie de la falsificada firma: «Por esta vez.. esperando que usted les abra la puerta. Luego movió negativamente la cabeza señalando el oído. no fue a denunciar el ataque. después de asegurarse de que éste se hallaba desierto. Cerca de donde usted se encuentre verá una barca. sacó la carta de Águerri y la leyó de nuevo. con el revólver o el cuchillo preparado. tendré que enfadarme y demostrárselo. ¿Como sabe. Diríjase a popa. descalza. Déjese ayudar hasta ella.» Doblando la carta.. El camarero ya se había repuesto de su desmayo.. —Es lo natural —sonrió Arregui—. pero debe obedecer todas las indicaciones que le hagan.. Deben de estar fuera. Seguro que está ahí fuera. CAPITULO VII La mirada de Arregui se fijó en el papel que acababa de deslizarse por debajo de la puerta. y. No quiero que nadie tomé a risa una amenaza del «Coyote». Pero. dejando para más tarde su mejor ocultación.. y. eso? —No se han oído pasos alejándose. Estará en buenas manos. Lo voy a echar de menos. El corredor estaba vacío. Cuando sus pasos se alejaron hacia la otra cubierta. la reacción de usted hubiese sido no abrir. 34 . Lo metió todo en un baúl. mientras su compañero esperaba la oportunidad. —¡No abra! —pidió en voz baja—..—Le tenía cariño —suspiró—. convencido de que había tropezado con algo por su propia torpeza. Es una torpeza. Ellos lo saben y están fuera.

. Usé el nombre para asustarles. ¿Qué diría su padre si la viese? —Mi padre era un hombre muy especial —sonrió Eva Mary—. Es tarde y.. No es correcto que estemos juntos en él.. En seguida la reconoció. como no sea tirándose de cabeza al agua. Y eso sería lo mismo que suicidarse. el «Coyote» está a bordo del Rivera. Arregui se la entregó. No nos han visto. y de sus hazañas. Le cogerían en seguida. Eva Mary terminó la lectura. parece sensato. —¿Qué dice? —preguntó Eva Mary.. —Pero ellos no saben que usted se halla aquí —observó Eva Mary—. Acaso hay a bordo algún agente de Romay. Ahora ellos me devuelven la pelota. No creo que ellos lo sepan. Puede tener algún medio de comunicación con tierra. son reales. pero tuvo tiempo de hacerlo. —¿Se la devuelven? —Sí: con un añadido... —No lo creo.. Quizá por medio de palomas mensajeras. ¿cree que necesitaría tomarse tantas molestias? Usted no puede huir. —Tampoco son posibles el noventa y nueve por ciento de los actos de valor del «Coyote». Lo que le propone ese hombre que firma como el verdadero «Coyote». de lo malo y de lo bueno. esta situación se hace difícil. Eva Mary se echó a reír. —No lo veo yo tan lógico. Sin embargo.. Luego preguntó en voz baja: —¿Es usted el «Coyote? —¡No! —sonrió Félix—. MacKay me vio aquí. Y en cuanto a su nombre. Muy comprensivo y con un sentido especial de lo correcto e incorrecto. Antes de terminar esta sugerencia. Además.Arregui inclinóse a recoger la carta. Temerán no poder dar conmigo. es lógico suponer que volveré otra... ¿A quién se le podía ocurrir que alguien viajase con una jaula de palomas mensajeras? —Tal vez no traiga palomas. —¿Cómo ha podido organizar mi fuga antes de llegar a Monterrey? No es posible. Si vine una vez.. Tal vez alguien quiere ayudarme. El decía que la gente siempre 35 . —Mañana lo veremos —sonrió Arregui—. Debería salir de este camarote. explicando en voz baja: —Es la carta que envié a MacKay y Alonso para asustarles. pero tiene otros medios. Eso es lo raro. ¿cómo lo sabe? ¿Lleva documentos encima? —No. o sea para dar algo de melodramatismo a la carta. burlándose de sí misma. —Si un agente de la Justicia estuviese en el barco y quisiera detenerle a usted... sabiendo donde está. —Habrán llegado a ello al cabo de una serie de conjeturas.. No sé si examinó mi cara. Ahora. Hágalo. —Entonces. Y además lo del comisario Romay... o cazarme en una trampa.

. Arregui las miró.. y por eso parece roja. lo enciendo y lo fumo muy despacio. Nadie. juzgar equivocadamente nuestros motivos. —No soy muy fumador —dijo—. Eva Mary mostraba en la palma de la mano unas partículas de tierra sacadas del interior del cortapuros. pero cuando sé que no puedo fumar. desconcertado. —No —musitó Arregui—. Métalo en un baño de aceite mineral. por favor. —Es una hermosa tierra —empezó Eva Mary—. se preocupó de buscar al culpable. Cuando nos separemos la echaré de menos.. Yo misma le cortaré la punta del habano. Allí casi no hay representación de la Justicia. Claro que esa puede ser amarilla teñida de óxido. Si lo hace. No sirve para nada y es demasiado bueno para tirarlo. Es tierra en pleno estado salvaje. —Pero si mañana el camarero encontrase aquí unas colillas de cigarro. Luego me lavo la boca con colonia y el resultado es una horrible mezcla de sabores a cuál peor... Arregui guardó el cortapuros y jugueteó con uno de los cigarros sin decidirse a encenderlo. y construyese allí mi felicidad y mi porvenir. No lo deseo. cuando nadie me ve. —Es muy bonito —dijo—. Que no vendiera por nada las tierras. Me siento bien aquí. Trató de abrirlo. sin hipocresía. Ninguno tiene mucha agua. El rechazó muchas ofertas de compra. Nunca me alejaré de ella. Yo la amo tanto como la quería mi padre. —¿Por qué no fuma? No me molesta el humo. excepto mis hombres y yo. —Es tierra de buenos pastos —dijo Arregui—. ¡Qué oxidado estaba! Casi no parecía el suyo. la tierra nuestra es más amarilla. —Es raro —dijo—. Cogió el cortapuros y lo miró curiosamente. Es muy cómodo rechazar un riesgo con la excusa de que los demás pueden. no creería que eran de usted. Tenga su cortapuros. como la del valle de Santa Ynez. me sentiré más cómoda. Tenemos que ser jueces de nosotros mismos y juzgarnos honradamente. —Las tiraremos por la ventana y no se notará nada. Desde que era niña.encuentra motivo de crítica en lo que uno hace. ¿Qué tiene de malo? Está oxidado y lleno de tierra roja. —Creí que no era usted ganadero. Nunca lo traté con descuido. mi padre me pedía lo mismo: Que me quedase en Santa Ynez. Félix. Eso es lo bueno y lo malo de Santa Ynez. —Es verdad —sonrió Eva Mary—. Probablemente se le irá el óxido. tanto si lo hace bien como si lo hace mal. Además. cojo un cigarro de los que usaba mi padre. A mi padre lo asesinaron hace un año. ni recuerdo que se me cayera al suelo. Déme. 36 . Yo misma. Arregui sacó el cortapuros.. Pero si desea marcharse. a veces. pero todos juntos dan de sobra para el riego. Fume. —En mi rancho estaría usted seguro. las ganas de hacerlo me devoran. Protegida por montañas y bañada por muchos riachuelos. Nadie le buscará.

. Un par de meses después. Le pedí que esperase un poco. —Y yo también. que en una ciudad que vive en el mil ochocientos setenta. —¿Es bonita? —Demasiado —sonrió Eva Mary—. —Esa mujer resultaría escandalosa incluso en el mil novecientos sesenta. En esos lugares alejados de la civilización. —No comprendo. Eva Mary hablaba secamente.. Pero no le desanimé. —¿Dorian Lee? No recuerdo. Supongo que sí. Lo hizo casi en seguida de la muerte de mi padre. Todo el mundo le aprecia. vino acompañado de Dorian Lee.. ¿Yo? ¿Por qué iba a estarlo? —Me pareció que lo estaba. Una sombra oscureció el bello semblante de Eva Mary. Elias me pidió que me casara con él. Se llama Elias Brión. porque yo habría sido el primero en saberlo. Es un buen amigo y se ha portado bien. lo malo de ese caso. Las costumbres no son las mismas en un pueblecillo que vive aún en el mil setecientos ochenta. Ya no hubo ocasión de que repitiera su demanda. No sé si le conocerá.. —¿Enamorada de él? —No. Nunca le había dicho nada de ella. Los santineceños no estamos acostumbrados a esos productos de la ciudad. esa mujer. —Por su tono de voz cualquiera diría que son enemigos. las cosas tienen un aspecto que no corresponde a la realidad. Y no tienen nada de intolerantes. Algo resentida. —Precisamente. Ese es otro de los defectos que no le perdonamos. —¿No son amigos? —Ni enemigos. Los franciscanos de la misión de Santa Ynez fueron a pedirle que se la llevase de allí. Se llamaba Dorian Lee. Eva Mary inclinó la cabeza y contempló las uñas. Yo no sé nada malo de Elias Brión. ¿Vive alguna mujer con él? ¿Se ha casado? Me extraña. —Sí —dijo. es que esa mujer no es ni siquiera su esposa. —Le conozco —dijo. porque lleva muchos años. al fin—. ¿Hace mucho que está con él? —Casi un año. En el pueblo se dice que antes de ir allí cantaba y bailaba en un teatrucho de San Diego. al volver de un viaje a San Diego. pero. —¿Resentida especialmente? —¿Quién? —preguntó la joven—. Es que a ninguna mujer le gusta que el hombre que le dijo estar enamorado de ella se 37 . Le hice observar que el momento no era el más indicado para una declaración amorosa. ¡Qué raro comportamiento en Elias Brión! —Tal vez la cosa no sea tan mala como ustedes la ven.—Yo tengo un amigo allí —dijo Arregui—.

Y. pero en pasando de los ciento cincuenta mensuales. —El Jefazo los aleja. podría ayudarme mucho si quisiera. Todos los que hemos andado cerca del ganado sabemos lo que se puede pagar a un capataz. ya es señal de que el jefe quiere. creo que ya va siendo hora de que durmamos. —Yo me acostaré en un sillón —dijo Arregui. ¿verdad? —No —sonrió Eva Mary—. —¿Le pareció poco? —No lo sé. Mientras está en el rancho. El camarote quedó en tinieblas y Arregui esperó a que Eva Mary se hubiese acostado.. aprovechando un mal momento suyo. Además. Dejando el traje en el respaldo de una de las sillas.. Nunca se hubiera sentido harto. el marido. Dijo que no y se marchó. ¿Adonde? ¿Se pelearon nuevamente? ¿Hubo testigos de la segunda pelea? ¿Supo. Romay lo suficiente para sospechar del marido de la mujer asesinada? ¿Por qué se tenía que entrometer tanto aquel hombre? ¿Qué le importaba a la Justicia lo que ocurriera entre marido y mujer? ¿No tenía derecho. No he podido encontrar otro que haya durado la décima parte de lo que duraron los que trabajaron para mi padre.. Creí que le gustaría dirigir un rancho.. Use la litera superior. La joven apagó las luces de gas y las de petróleo. las dos mejores haciendas de Santa Ynez. ¿Cómo? No recordaba el cambio de vestidos.consuele tan pronto. no dormía. además.. a matar a la esposa cuando ésta se lo merecía? Antes había sido así. —No puede decirse que usted diera calabazas a Elias. Al último capataz le ofrecí doscientos cincuenta mensuales si se quedaba. Hasta el límite. Arregui dejó de pensar en ella y sus recuerdos volvieron hacia Carmen. La oferta sigue en pie. Ningún vaquero de verdad aceptará un sueldo que inevitablemente ha de incluir entre las obligaciones el jugarse la vida a tiros. me quedé sin capataz. papá siempre decía que la boda con Elias Brión sería un buen medio de reunir. No se trata de obtener gratis sus servicios... Probablemente salieron. Además. pero trataba de fingirlo. —¿Era por eso que me ofrecía cobijo? Eva Mary se sonrojó intensamente. Probablemente la asesinó.. No creo que sea él quien me odie por eso. Se me ocurrió después de haberle ofrecido la ayuda. acaso por ellos. Ya sabe dónde está mi rancho. así la gente no se extrañaría de nada. cualquiera acepta. Haga caso de un buen consejo: No ofrezca más de ciento cuarenta a nadie. que todos los que le vean sabrán que no ha dormido en una cama.. —¿Doscientos cincuenta dólares al mes? ¡Sueldo de pistolero! Tal vez por eso no aceptó el otro. Pagaré lo que me pida. —Y mañana tendrá el traje tan arrugado. —Usted. A un muerto no le sirve de nada tener una fortuna. Arregui trató de captar la respiración de Eva Mary para saber si estaba dormida. No lo olvide. El silencio sólo se quebraba con el latir de las máquinas. yo fui la más desairada. mas. No. ¿Por qué tenían los californianos que 38 . —No diga esas cosas.. Papá era un hambriento de tierra. en una. Además de perder un marido. un pistolero. Al fin y al cabo. —Gracias —murmuró Eva Mary—. llegó a tientas hasta las literas y se tendió en la de arriba.

Procure no salir. —¿Ha salido del camarote? Eva Mary dijo que no con la cabeza. Estaba ya vestida y por las ventanas del camarote se filtraba la luz del día. por lo menos. Cualquier hombre de su raza hubiese hecho lo mismo. frías e indiferentes? —¿Está pensando en ella. Lo llevo como detalle sentimental... sobresaltado. —¡Hay tantas cosas confusas! Si. Eva Mary obedeció y Arregui se puso el traje y se peinó. Había algunos pasajeros que hablaron de bajar en Monterrey a ver el pueblo y el Presidio. ¿Desembarca alguien más? —No sé. Aún no hemos llegado a Monterrey. —Piense lo peor. Quisiera saber la verdad. pero falta poco. ¡Con estas barbas! —Si sabe usar una navaja barbera.. que no hay forma de coger el sueño. Era de mi padre. Arregui esperaba que la joven siguiese hablando. recordase algo más. Arregui se sobresaltó. —Son esas dudas —dijo Arregui—. —No se asuste —sonrió Eva Mary—. —Miré por la ventanilla y los vi con su equipaje. Félix? —preguntó Eva Mary. Cuando menos lo espere se encontrará con el detalle que ahora no puede captar.atenerse a las leyes escritas para gentes norteñas. Nuestros amigos están preparados para desembarcar en la lancha del comandante del puerto. con leyes favorables o sin ellas. Usted cumplió con su deber. Eso me alegró. tengo en la maleta un estuche con siete. 39 . Por un instante dejó de pensar y el sueño aprovechó aquella brecha para introducirse hasta su cerebro. mirándose en el espejo—. acostúmbrese a creer que fue usted quien lo hizo y admítalo como un hecho natural. —Deje de forzar el pensamiento. —Si se vuelve de espaldas me vestiré. CAPITULO VIII Le despertó Eva Mary. —Suena tan fuerte el chirriar de sus pensamientos. —Creí que estaba dormida —mintió. No piense más. —Lo malo será si en su lugar suben otros para el mismo trabajo que ellos no supieron realizar. Arregui se incorporó. para disimular su turbación.. —Tengo aspecto de vagabundo —comentó Arregui.

de vapor. Era horrible la eficiencia que demostraba anticipando todos sus movimientos. empezaron a subir por la escala. Arregui se dejó llevar. por medio del 40 ..—Un buen detalle —sonrió Félix. —Tal vez no suban a bordo. —Eso —respondió Arregui. Las máquinas se habían parado. Arregui lo comprobó por sí mismo. No se le ocurrió que si aquellos agentes de Monterrey estaban a pocos pasos del hombre a quien perseguían. —¿Por qué no hace lo que le encargó el «Coyote»? No tiene otra salida. pero supongo que lo notarían y me pedirían que les enseñase el dedo cortado. examinando el estuche con siete navajas de afeitar: una para cada día de la semana. —¿Cómo le voy a olvidar? ¡Ojalá pudiese! Salieron al puente y se asomaron a la borda. después de examinar las manos de todos los que desembarcaban. —Salgamos a cubierta. No va a ser fácil disimularlo. ¿Lo había olvidado? Arregui movió negativamente la cabeza. —¿Ha embarcado alguien? —preguntó. los tres hombres. Estaba pasando por un momento de desfallecimiento. Romay sólo le había dejado una noche de paz. —Ahora van a desembarcar —explicó Eva Mary. Estaban en la bahía de Monterrey. —¡Vamos. Si se queda aquí le encontrarán. debía de haber otros cientos que. Cuando hubo terminado de afeitarse hubo un súbito silencio en el Rivera. movilizados a distancia. —No. —O el comisario Romay —murmuró Eva Mary—. —No podría cortarme el dedo. con una pequeña chimenea central de reluciente boca.. había una lancha de remos y. —¡Oh! —exclamó la joven—. Tres hombres estaban haciendo algo que sorprendió a Eva Mary y fue como la destrucción de todas las esperanzas de Arregui. Uno de ellos puede ser el asesino que ocupe el puesto de MacKay. una más grande. que miraba por la redonda portilla. Al pie de la escalerilla por donde habían descendido los pasajeros que desembarcaban. mostrando la cicatriz de su pulgar derecho. Como si le hubieran oído y quisieran quitarle toda sombra de esperanza. Aquellos hombres estaban examinando los pulgares de cada uno de los viajeros que desembarcaban. —¿Qué deben de estar buscando? —preguntó Eva Mary. por favor! —pidió Eva Mary. Era la del jefe del puerto. Creo que nos interesa saber quiénes suben a bordo. junto a ella. arrastrándole hacia proa. Ya están bajando esos horribles asesinos.

Mire. perdían el tiempo en sus investigaciones. —Ha cortado la cuerda. hundiéndose a causa del lastre del extremo. —¡Aquí está la cuerda! —anunció Eva Mary. comenzó a descender. al que los dos pescadores y el barquero ayudaban a reembarcar en la lancha.telégrafo. Desde luego es un motivo de los más inteligentes. 41 . la vida agitada no es nada agradable. Esa cuerda indica muchas cosas. incapaz de pronunciar ni una palabra. que la había mantenido tirante todo el tiempo. Junto a ella estaba don César de Echagüe. La ocupaban tres hombres. arqueando una ceja. La blanca lancha estaba cerca del timón del barco. Yo no he hecho nada. que medio minuto después cayó al agua. Eva le miró.. agarrándose a la cuerda. —Gracias —musitó Eva. Creo que se confunde. Para mí. Sacó una navaja de corta y ancha hoja y comenzó a cortar la cuerda.. Están a punto de empezar el registro. padeciendo por ellos. —¿Yo? —don César sonrió—.. ¿no? —comentó don César. Hay personas que disfrutan complicando su vida. No he visto nada. dirigidas en dirección equivocada. —¡Dése prisa! —pidió Eva Mary—. cuyo extremo inferior rozaba el mar. Arregui observó lo bien sujeta que estaba la cuerda a la baranda. Eva Mary ocultaba con el cuerpo la cuerda atada a la baranda. Yo no. —Quiere decir que no quiere comprometerse. mirando distraídamente hacia Arregui. —¿Qué cuerda? —¡ La que acaba de cortar con la navaja! —Insisto en que se está usted equivocando. Eva comprendió... —No entiendo —dijo—: ¿Por qué me da las gracias? —Por lo que ha hecho. señorita. junto a ella: —Buenos días. una voz saludó.. Don César la miró interrogadoramente. ¿Se ve algo interesante? De momento. metiéndose en líos. En el centro había unas lonas y unas cestas con almuerzo y bebidas. —¿Me permite? —rogó don César—. no he cortado nada. Eva Mary tuvo la sensación de que la dejaban sin sangre. —Es un sistema de desembarco algo primitivo... Pasó una pierna sobre ésta y. Asomóse a la borda y añadió: —Abajo hay una lancha con pescadores de caña. ¿verdad? —Tal vez ése sea un buen motivo. Cuando Félix estaba a punto de hundirse en el agua. y. Nada he visto. asustada y temblorosa.

. preferiría el camarote veintidós. deslizarla. siendo amigo. pero nadie me creería si dijese que no la leí. Eva Mary.. ¿no? —Sí. ¿Verdad? —Creo que sí —admitió don César... Usted no hace pensar en nada malo. Y.. agresiva. —Si piensa algo malo.. pero si menciona el nombre de Arregui.. Entonces se volvió hacia Eva Mary. Por eso preferí leerla. —¿El «Coyote»? Don César fingió sobresalto. —¡Por Dios! —protestó don César—. del señor Arregui. no le cedió un puesto en su camarote. es amigo de. Si habla del «Coyote».. —Debería abofetearle. —Y.. acaso no. —Alguien me ordenó que viniese —dijo—. —Porque no podía estar en dos sitios a la vez. Eva Mary enrojeció. Me está ofendiendo. y supuse que si le dejaban escoger. Félix salvó su vida. Usted. tampoco.. señor de Echagüe. solamente. se lo aseguro. Félix. no hable. En todo lo que se refiere al «Coyote» lo mejor es no hablar demasiado. pero ciertas órdenes tienen que ser obedecidas.. No hay nada tan deprimente como una mala fama inmerecida.. Por mi gusto no habría venido. Al contrario. muchos no la tomarán en serio. El «Coyote» viaja en este barco y le ordenó a usted que ayudara al señor Arregui. La orden era. 42 .Mirando suspicazmente a don César. se va a ver acribillada a preguntas. —No. Creo que nuestro amigo guardará un grato recuerdo de este viaje.. ¿No fue así? —Tal vez sí o. ¿Cómo lo sabe? —Leí cierta carta que me ordenaron deslizar por debajo de su puerta. —No es ése mi deseo. —¿Qué quiere decir? —¿Se lo ha ordenado el «Coyote»? —¿El qué me ha ordenado el «Coyote»? Eva Mary se impacientó: —No se haga el tonto.. —Gracias por el aviso. —¿Por qué? —preguntó. Eva Mary preguntó: —¿Por qué ha venido si teme tanto comprometerse? ¿No encontró otro sitio mejor que éste? Don César vio cómo Arregui era subido a la barca y ocultado bajo las lonas. Ya sabe lo que quiero decir.

. mirando especialmente los pulgares de don César. personalmente.. El agente la miró recelosamente. no. hay excepciones. ¿Sabe acaso lo que busco? —No debió habérselo dicho así —reprendió don César al agente—. Debió haber preguntado sólo lo primero. Esos intentos siempre conducen al fracaso. —Entonces buscan a Félix Arregui —anunció don César—. Nunca he sido amigo de un hombre perseguido por la 43 .. atolondradamente. Al terminar el examen. —¿Buscan a un asesino? ¿A algún ladrón de bancos? —No. Es sólo un hombre que mató a su mujer. Quizá ella hubiera respondido algo que nos hubiese hecho saber algún terrible secreto. Desde luego. Yo estaba en San Francisco cuando se dio la noticia de que él era el causante de la muerte de su mujer. no le creo capaz de tan sensata medida. —¿Es usted amigo suyo? —preguntó el otro. mostrando las suyas al agente. Desde San Francisco nos dieron orden de detener a todos los que tuvieran cierta marca en la mano. Haciendo lo que la gente cree que uno ha hecho. Sin esperar la respuesta se llevó un pequeño silbato a los labios y lo hizo sonar dos veces. Pero.. Eva Mary. —Cuesta mucho menos justificarla. se disfruta más que intentando convencerla de que todo fue error y un mal juicio. —¿Y por qué usted no? —preguntó—. como iba a decirle. no mujeres. Es amigo suyo. no le he visto a bordo. aunque yo.. usted debe de sentirse feliz y él también. —¿Hay alguna orden acerca de la limpieza de las manos en Monterrey? —preguntó don César.. —Le estoy muy agradecida. dijo—: Gracias. ¿Me permite. Se trata de algo más grave. —el agente estaba desconcertado y aturdido.. la Justicia siempre busca hombres. ¡Oh! Uno de los hombres que habían embarcado poco antes se acercó a ellos.—Se puede demostrar que la fama es injustificada. —Perdonen que les pida que me enseñen las manos —dijo—. —Es otra cosa —replicó el hombre. mirando a don César como si éste fuese el homicida a quien buscaban. si él salvó su vida. —¡Un momento!—pidió don César—. —En ciertos casos. —Este caballero conoce a Félix Arregui. No es lo que usted cree. —Por regla general. Represento al sheriff de Monterrey. señorita? —¿Yo también? —preguntó. —¿Qué ocurre? —preguntó. Uno de sus compañeros acudió en seguida. La ha puesto usted sobre aviso..

creyendo que la fiesta había terminado. Sé marcharon para examinar a los demás pasajeros y a la tripulación. y su mala costumbre de no volverse atrás de sus precipitadas órdenes. hubiese preferido la fama de hombre prudente. en el cadalso. la gente sólo había ido a presenciar una decapitación. —Algo así —admitió. con una sonrisa. Tenemos mucho trabajo. lo metieron en un ataúd. —Vamos —dijo el segundo agente—. —¿Cómo puede predecir que las circunstancias de la vida no van a hacer de un hombre honrado un delincuente? —Cuando esas circunstancias entran en escena. Al fin y al cabo. donde se había levantado el cadalso. Se bajó al muerto. luego tiraron la cabeza. Los dos amigos fueron llevados a la Plaza Mayor.Justicia. —Yo no lo he visto.. Y eso me recuerda un hermoso suceso histórico. Este lo ignoraba.. el hacendado. ¿no? —En este caso no creo que peligre la cabeza de nadie —dijo el agente primero—. Esa íntima amistad era femenina. Entonces un gran amigo de mi antepasado se adelantó hacia el rey y le dijo que era un tal y un cual. yo creo que es mejor perder un amigo que quedarse sin cabeza. lo tendría que lamentar hasta que se demostrase que no era el hombre a quien buscaba la Justicia. Viendo esto. se trabajaba muy despacio. —Nadie me ha dicho que fuese Félix Arregui —dijo Eva Mary. Si alguno de los miembros de la misma tenía en la mano una cicatriz. —¿Cómo sabe que no lo ha visto si no sabe quién es? —preguntó el agente. El monarca hizo prender a mi antepasado y ordenó que lo decapitaran. no se hubiese emperrado en seguir siendo amigo de un hombre que iba a perder dentro de nada la cabeza. y la gente empezó a marcharse. orgullosamente.» El amigo. Mi antepasado tenía una íntima amistad con una íntima amistad del rey. Esos no son. Hace siglos uno de mis antepasados hizo unas cositas sin importancia que ofendieron a un rey. despectiva. ¿Por qué darles doble ración? Todos creerían que el rey deseaba congraciarse con la plebe. y aquella mujer sobornó al verdugo y a sus ayudantes para que el amigo de mi antepasado fuese el primero en perder la cabeza. ¿Por qué no perdonaba al segundo reo? Al fin y al cabo. Rompo la amistad. —¿Acaso escoge sus amigos entre los que nunca se pondrán fuera de la Ley? —preguntó. ¿Han visto ustedes a bordo a Félix Arregui? —¡Yo juraría que no está! —dijo don César. 44 . Como ejemplo puso el hecho de que un pobre muchacho que sólo había querido probar su amistad estuviera siendo decapitado.. como si fuese un melón. el rey concedió el perdón a mi antepasado y ordenó que se levantara un bello sepulcro en la catedral. Si en vez de querer ganar fama de buen amigo. aquella mujer fue censurando al rey su mal humor y su mal genio. Mientras le decapitaban. Mientras tanto. El rey replicó: «A ése le cortan también la cabeza.. respondió que ése era su mejor deseo: ¡Morir con su amigo! —Fue un noble acto de valor y de amistad —dijo Eva Mary. yo salgo de ella. Eva Mary. —Aguarde al final de la historia. para albergar el cuerpo y la cabeza del buen amigo. ni sé quién es —replicó Eva Mary.

cuesta trabajo pensar en otra cosa que en lo que usted dice— observó Eva Mary. fue condenado a la horca. que era muy cabezota. pero tenía que demostrar al mundo su terquedad. dijo. por no hacer no sé qué travesura.» —Muy valiente y muy digno. Hubo alguno que. hubiese salido vivo. El mármol del pedestal no era legítimo y parte de las letras se borraron. 45 . fue indultado. contando la hazaña de mi antepasado. ¡Pobres vanidades! Lo mejor es conservar la cabeza con razón o sin ella. Como otro de los nuestros.. su antepasado era un tipo simpático. se rompió como si fuese de papel.». que de milagro se había conservado entera hasta entonces. —Nadie le imitó. entonces. el nombre del poeta quedó en un punto donde la piedra era más dura. Hoy todo el mundo cree que el del monumento es el poeta. pero la familia trabajó bajo mano y todos se pusieron de acuerdo para la farsa. Siglos más tarde. El Ayuntamiento del pueblo en que ocurrió aquello. ¡Y lo ahorcaron! —De todas formas. y muy larga. si la historia es real. Nuestra familia ha tenido siempre mucha imaginación. ya que el hecho se interpretaba como una intervención divina en favor del reo. que era lo peor de ellos. Fue lo único que subsistió. hacerme dar la muerte de un villano. el rey siempre concedía el perdón al reo. Le pusieron la cuerda al cuello a mi antepasado y el verdugo tiró de él hacia arriba. La cuerda. —Duró muy poco. —Cuando se pone usted a hablar. —¿Es verdad eso de que un antepasado suyo... Pero antes de que el rey pudiera hablar. Hubo uno que. Una especie de Juicio de Dios.. El propio poeta que había desenterrado el suceso. porque está en tu mano. Es posible que sea como usted dice. A lo mejor todo es una simple fantasía de algún antepasado. una vez muerto? —Fue un ejemplo para los demás. despectivamente: «¿Es que ni siquiera puede el rey pagar una cuerda decente? ¿No hay buenas sogas en Castilla?» El rey se enfadó y ordenó que demostraran a mi antepasado que había muy buenas cuerdas. De haber callado. Pero ¿de qué le sirvió su caudal de razón. Muchos Echagüe subieron al cadalso a dejar en él la cabeza. —Me refiero a su carácter. mi antepasado. —Sí.? —¿Quién sabe lo que es verdad o es mentira al cabo de tantos años? —dijo don César. Eso. pero no la razón. fundida en bronce. —Ningún ahorcado resulta simpático. decidió levantar una estatua en honor del valeroso Echagüe que sacrificó su vida en aras de su razón. y al final pusieron el nombre del poeta. que dijo a sus jueces: «Podréis quitarme la vida.Eva Mary y don César siguieron con la mirada a los dos agentes. un poeta se enteró de lo ocurrido y escribió una poesía muy bonita. Puede que se me haya ocurrido a mí. A lo mejor sucedió tal como lo he contado. encogiéndose de hombros—. ¡No podía estar más podrida! En casos así. se colocó sobre un pedestal de mármol y en él se grabó el pasaje que empieza: «Podrás. era ofensivo. en el momento supremo. Por casualidad. si quieres. sirvió de modelo para la estatua que. —Señal de que mi charla es amena —sonrió don César.

—Creí que no llegaba nunca —dijo el enmascarado—. Debe correr delante. Los falsos pescadores seguían entregados a su aparente afición mientras el remero los iba llevando. —Sospecho que van a retener tanto tiempo al Rivera en este sitio. si no quiere. No estaba muy seguro de que fuese usted realmente el «Coyote». Los pescadores levantaron la lona para cubrir la salida de Arregui y le indicaron: —Suba por la escalera. ¿comprende? Debe dejarse casar. pero sí suficiente para aliviarle un poco. Gracias por su ayuda. Supongo que todo ha ido bien. Si tuviera tiempo me gustaría seguirle escuchando. —No pensaba ir detrás del señor Arregui —dijo Eva Mary. ¿no? —Sí. Le necesito y no encuentro a ninguno que se deje convencer por mí y no por los otros. no lo contrario. Es amigo mío y creo que me ayudará. pero lo que voy a decirle es una gran verdad: Para alcanzar a un hombre. ¿Adonde piensa dirigirse desde aquí? —Había pensado en la hacienda de Elias Brión. Creo que yo también desembarcaré. uno de los pescadores—. No me haga caso. —Procure no moverse —le dijo. poco a poco. hacia la playa. que lo más sensato será seguir el viaje en tren. Las mercancías eran conducidas hasta la trampa que comunicaba con el mar y subidas hasta allí. 46 ..—Realmente su charla es muy agradable. Sobre uno de los fardos vio al «Coyote». hasta encontrarse en un almacén lleno de fardos. CAPITULO IX La barca se fue apartando del costado del Rivera. —¿Falta mucho? —preguntó Arregui—. Ya le avisaremos cuando nos acerquemos al muelle. Arregui sentíase sofocar. Protegido por la lona. pero no podemos darnos prisa.. la barca se deslizó por debajo del muelle de madera hasta una escalera que conducía a un edificio construido sobre el mismo muelle. en español. Advirtiendo la irónica sonrisa de don César. ¡Me estoy ahogando! —Falta poco. don César.. Arriba le espera un amigo. la mujer no debe correr jamás detrás de él. —Un momento. cajas y sacos. Bajo las lonas que le ocultaban. Al cabo de más de una hora. agregó: —Sólo me interesa como capataz de mis tierras. Así no le alcanzará nunca. pero he decidido desembarcar. —Ni yo lo estoy de que sea usted realmente el culpable de la muerte de Carmen. Sudaba copiosamente y la imposibilidad de moverse le hacía sentir dolores en todo el cuerpo. Levantaremos un poco la lona para que pueda respirar. Félix subió apresuradamente por la escalera. No fue mucho.

Buena suerte. Tal vez por el valor del metal. las devolvía a Félix. Ese comisario se ha propuesto cazarle y casi parece a punto de conseguirlo.! Sin embargo. —Creo que no. —No hay muchos aparatos de éstos en California. Este tiene muchas formas de expresión y de percepción. Adivina todos sus movimientos con diabólica precisión. —Sin embargo. Algunas cosas impersonales. Arriba le darán ropa nueva y todo lo que necesite. podrá recobrarlo. Desde arriba bajaron unas ropas para Arregui. divertido por la pregunta.—Supongo que sí— admitid el «Coyote»—.. —El que quiere ganar un poco de dinero. El dolor se puede describir más sencillamente que el placer. adivinará con alguna ayuda sus movimientos y le seguirá. entra en la Marina. Tenemos que destruirla. que me gusta. —Dentro de un cuarto de hora —dijo el «Coyote». se hace banquero o algo así. El «Coyote» movió la cabeza. ¿Qué gana usted ayudándome? El enmascarado sonrió. —¿Qué emociones son ésas? —Aunque yo sea el «Coyote». algo personal. Si se aclara su asunto. No sé.. Le aseguro que me gusta.. No recuerdo. Es una cosa especial. El que ama los viajes marinos.. Arregui iba sacando todo lo que guardaba en los bolsillos. —Gracias. Para entonces tiene anunciada su llegada el tren en que viene Patricio Romay. las retenía. ¿Le puedo dar la mano? 47 . Otras. resulta extraña su insistencia. —¿Irá usted a Santa Ynez? —Probablemente estaré por allí.. Le conviene llevarle ventaja. Solo las consigo así.. Félix Arregui. trabaja como empleado.. tendrá que quedarse con ella! Dentro de dos horas tiene usted que salir de Monterrey.. El «Coyote» lo examinaba cuidadosamente. ¡Si pudiéramos quitarle esa cicatriz. Déjelo aquí. Podría servir para dar una pista a sus enemigos. señor «Coyote». Creo que debemos vigilarle. El dolor es más uniforme. —Perdone una pregunta.. Si no me gustara. Yo busco unas emociones especiales que no puedo comprar con dinero ni con trabajo.. El que las trajo anunció: —El caballo está ensillado. El que desea ganar mucho dinero. —¿Por qué conserva este cortapuros estropeado? —No sé. Ahora desnúdese y deje aquí toda su ropa. Recibe informes muy precisos.. señor «Coyote». —¿Tan pronto? —Piense que cuando Romay llegue a Monterrey. Si no. ¿Tiene algo contra usted? Quiero decir. Puede partir cuando quiera. no lo haría. No debe conservar nada que le relacione con su pasado. he de contestar como Cualquier ser normal cuando le hacen esa pregunta que usted acaba de hacerme.. Volveremos a vernos dentro de poco.

Adiós. No quisiera equivocarme y estrechar una mano por otra. FIN Ultima e inacabada aventura del Coyote 48 .—Esperemos a que luzca la verdad.