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VISION MUNDIAL PARA LA FAMILIA

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COMO CRECER SIN DINERO

Una iglesia puede crecer aunque no tenga mucho d1nero. Los recursos de Dios son
estupendos y sorprendentes.

Cuando Jesús resucitó, los principales sacerdotes y los ancianos “dieron mucho dinero a los
soldados, diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y los hurtaron, estando
nosotros dormidos. Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos y os pondremos a
salvo. Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido’ (Mateo 28:12-15). Mientras
tanto, el Señor reunió a sus discípulos y no les dio dinero, pero dijo: ‘Toda potestad me es dada en
el cielo y en la tierra” (vv 18-20), y “recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”
(Hechos 18).

Y ningún discípulo preguntó: Señor, ¿Cuánto dinero ves a damos para que podamos hacer
eso?. No tenemos muchos bienes materiales y los viajes cuestan, las reuniones cuestan, los gastos
se multiplican

He pensado muchas veces en el mucho dinero de los soldados, y el poco dinero de los
apóstoles (Hechos 3:6). También he aprendido a reconocer los maravillosos recursos de Dios.
Nada mejor que recordar cuatro experiencias reales, entre otras, ocurridas recientemente en el
contexto latinoamericano, todas en una sola iglesia de Rosario, Argentina.

UN PUÑADO DE HOMBRES AUDACES Y MUJERES FIELES

La iglesia no tenía suficiente dinero pero un barrio de la ciudad necesitaba un lugar de


testimonio. No había recursos para construir una capilla, ni para alquilar un salón, ni aún para
empezar a pagar un terreno! Dos laicos audaces, sin plata pero con fe, aceptaron el desafío. Uno
tenía alrededor de 40 años y sufría una molesta dolencia. Su amigo había pasado los 60, y padecía
algunos problemas cardíacos. Pero esas enfermedades no fueron excusa ni obstáculo. Ambos
fueron a caminar por el barrio, y se detuvieron en un improvisado campo de fútbol, donde un grupo
de jóvenes practicaba el deporte más popular de la Argentina.

Los dos se quedaron a presenciar el juego, actitud que repitieron con frecuencia, hasta
ganarse la simpatía de los muchachos. Poco tiempo después, tenían estudios bíblicos en el mismo
campo, rodeados por esos jóvenes que aún no conocían a Cristo, todos sentados sobre la tierra,
conversando bajo el cielo azul, guiaron a muchos de esos muchachos a los pies de Jesús. Desde el
principio se habían involucrado también otros hombres y mujeres fieles, y así comenzó a surgir una
nueva congregación tanto al aire libre como en los hogares.

Había en ese lugar un gran terreno, que el gobierno tenía destinado a la construcción de un
acceso a una importante autopista.
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El terreno estaba “sujeto a expropiación”, como lo expresaban las autoridades. Pero aquellos
audaces creyentes creían que ese terreno sería para la nueva misión. Oraron y siguieron orando.

Un día el gobierno dispuso el cambio del proyecto y el terreno quedó liberado para su venta.
Sus dueños, una pareja de ancianos, vendieron el predio a la iglesia a un precio muy reducido. Se
consiguió una vieja capilla montada de madera, de más de medio siglo de antigüedad, que
pertenecía a otra iglesia y ya estaba en desuso. Fue instalada en ese terreno, y muy pronto la
congregación subió a más de cien personas.

La capilla resultó insuficiente. Entonces, voluntarios y voluntarias de nuestra iglesia se


pusieron a trabajar por fe y, en algunos meses, con la ayuda de varios expertos, construyeron un
templo para más de trescientas personas, y salitas adicionales para la escuela dominical. Lo
milagroso fue que, a medida que se presentaban las necesidades, Dios proveía los recursos
indispensables, sin ayudas foráneas. Hoy existe allí una fuerte “iglesia satélite”, que sirve a una
importante comunidad.

EL ÁRBOL, EL CARTEL, Y LOS AUTOMÓVILES

En las riberas del río Paraná estaba un humilde caserío. En lo alto, desde las barrancas se
extendía un barrio de clase media. El evangelio no había llegado a esos sectores. La iglesia estaba
preocupada. Hombres y mujeres jóvenes y mayores se decidieron a caminar por las estrechas
callejuelas de la villa costera y lograron entrar en varios hogares para enseñar la Biblia. Mientras
tanto, un poco más arriba, sobre el borde de la barranca, los visionarios miembros de la iglesia
resolvieron comenzar una escuela dominical en el espacio vecino a una empresa que extraía arena
del río. Pero no había dinero para construir un local ni para adquirir un predio. Entonces, pusieron
en un gran árbol un cartel metálico, que decía más o menos así: “Debajo de este árbol se enseña la
Biblia los domingos a las 10 de la mañana”. Y Así lo hacían.

En días fríos o lluviosos, las clases funcionaban arriba de los automóviles de los creyentes,
parqueados en las inmediaciones del árbol. Una vecina, que tenía una casa a pocos metros, abrió
sus puertas para que dentro de su vivienda se pudiera enseñar la Palabra. Pronto se formó una
nueva y creciente congregación. Simultáneamente las mujeres por la tarde hacían reuniones
semanales, en las casas del barrio bajo.

Por esos días Dios mostró un terreno, al parecer pequeño, que estaba en un lugar accesible
para todos. Y los recursos aparecieron (nunca en forma de préstamos, ni ayudas del exterior, sino
como ofrendas genuinas de los miembros de la iglesia). Al construirse una capilla, los hermanos
soñaban con el terreno lindero que estaba libre y duplicaría las dimensiones de la propiedad. Un
domingo por la mañana recibieron la información: el otro terreno estaba en venta y sólo tenían dos
días % hasta el martes para concretar la operación.

Esa misma mañana consultaron al tesorero de la iglesia, y no había posibilidad de reunir


tanto dinero en 48 horas! Empezaron a orar, sin anunciar a la iglesia esa necesidad, porque el culto
matutino ya había finalizado. Esa tarde, dos creyentes que nada sabían del asunto, entrevistaron al
pastor para entregarle el diezmo de una herencia que habían recibido. El importe de ese diezmo
era exactamente el valor del terreno anhelado, 1 los impuestos y gastos para el trámite legal! Hoy
se congrega allí una floreciente “iglesia satélite”.

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LA FABRICA DE JABÓN

Esta historia se parece a la anterior, porque había que iniciar una misión en otra barriada de
la ribera del Paraná, distante de la que ya mencioné. Hermanas y hermanos evangelizaron el área,
muy humilde y allí los vecinos construyeron una sala precaria, con trozos de madera y viejas
láminas metálicas de escaso tamaño, que resultaba insuficiente; mientras sobre la alta barranca
estaban los jardines de ciudad nacía un nuevo una industria de jabones. Allí había suburbio, muy
cerca de amplio espacio, pero esos jardines eran propiedad privada, y tenían, un acerco
infranqueable. Los encargados de empezar a obra del Señor en ese lugar no se acobardaron

Pidieron una entrevista con los ejecutivos de la fábrica, y consiguieron el permiso para
reunirse en esos jardines sin pagar suma alguna. Allí pusieron sillas, bancos, etc., y además una
red práctica de voleybol. Todo al aire libre!. Numerosas personas recibieron a Cristo y el grupo
comenzó la búsqueda de un terreno apropiado, cuyo precio estuviera al alcance de la iglesia. Tras
intensa búsqueda descubrieron tres terrenos unidos, con entrada por dos calles, a un costo
razonable. La misión se había comenzado sin dinero, pero ahora Dios enviaba recursos para la
compra. Sin embargo, todavía faltaba construir la capilla!.

Ese barrio se llamaba “Santa Rita”. Y ocurrió un hecho pintoresco. Los hermanos tuvieron la
idea de pedir a todos los miembros que donasen sus alhajas de oro para reunir fondos que
permitieran edificar en los nuevos terrenos un sencillo templo con otras instalaciones. Pocos días
después, en la puerta del templo de la iglesia madre pusieron un gran cartel que decía: “Done su
oro para la capilla de Santa Rita”, lo que engendró los comentarios amables y risueños de toda la
congregación. La gente empezó a donar generosamente su oro y en corto plazo la ansiada capilla
fue una realidad, muy cerca de una estratégica autovía interprovincial. Hoy se congrega allí otra
“iglesia satélite” llena de vigor.

EL MISTERIO DEL TERRENO EQUIVOCADO

En la periferia de la ciudad nacía un nuevo suburbio, muy cerca de una gran industria
norteamericana dedicada a la producción de tractores. Modestas viviendas de obreros y residentes
de condición humilde se extendían a lo largo del cinturón asfáltico. Un fiel miembro de la iglesia
resolvió donar allí un terreno para comenzar una nueva obra. Mientras era llevado el testimonio a
las casas de esa comunidad, los jóvenes midieron y marcaron ese lugar para identificarlo entre
varios terrenos vecinos que aún permanecían baldíos. Luego la iglesia compró otro terreno igual,
colindante, que se vendía a bajo precio.

Después, con el debido asesoramiento, varios hermanos cavaron los cimientos y empezaron
la construcción de la nueva capilla. Además, pusieron allí un cartel que explicaba el destino de
dicho edificio. Cuando la edificación llegaba a la altura de los techos, un desconocido, que pasaba
por ahí en su automóvil, se detuvo para preguntarles: ¿Qué están haciendo? ¡Ese es mi terreno...
Nuestros albañiles buenos cristianos, se quedaron petrificados. Era verdad. Se había cometido un
error al marcar la propiedad de la iglesia... y ellos estaban construyendo la capilla en el terreno
equivocado! Obviamente el verdadero dueño se sintió indignado. Pidió que se derribase todo lo
que había edificado en su propiedad. Por otra parte, todos sabíamos que él tenía derecho a
reclamar judicialmente una indemnización por daños y perjuicios.

Además, él podía denunciar a la iglesia por ocupación y usufructo ilegal de propiedad ajena.
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Fue necesario orar para que se aplacase el enojo dueño. Y así ocurrió. En pocos días él
aceptó nuestras disculpas y amablemente, nos vendió su terreno por una suma muy conveniente.
Otra vez el Padre Celestial cumplió sus promesas. Se reunieron los recursos. Parecía increíble,
pero esa construcción siguió sin interrupciones, y la nueva iglesia “satélite abrió sus puertas aquella
naciente urbanización.

LECCIONES QUE HEMOS APRENDIDO.- Estas cuatro experiencias, y otras similares, nos han
enseñado muchas cosas. Pero hay algunas que deseo enfatizar

1.- Una iglesia crece con o sin dinero, cuando sus miembros tienen auténtica vocación
evangelística y misionera, y están dispuestos a testificar y discipular a la gente, en cualquier lugar,
empleando las Sagradas Escrituras.

2.- Una iglesia crece cuando sus miembros confían en las promesas del Señor, y reconocen
que, haciendo la voluntad de Dios, él proveerá a su tiempo los recursos necesarios para edificarlos
y otros proyectos.

3.- Una iglesia crece cuando adapta su programa a cada contexto, utilizando indistintamente
la visitación casa por casa, la enseñanza bíblica en hogares o al aire libre, la fe audaz para iniciar
nuevas obras, la evangelización personal, las cruzadas evangelísticas, y todo método legítimo que
tenga sus fundamentos en la Palabra de Dios.

4.- Una iglesia crece cuando ora con fe, conforme a las enseñanzas bíblicas, sabiendo que
Dios jamás la defraudará y que él le dará maravillosas respuestas, según su propósito eterno, para
la gloria de su nombre.

5.- Una iglesia crece cuando tiene miembros valientes que agudizan el ingenio para superar
los obstáculos, sintiéndose acompañados por el Espíritu Santo en la intención de llevar muchas
almas a los pies de Cristo.

6.- Una iglesia crece cuando ama a todo prójimo y ninguna persona es marginada ni
subestimada aunque sea muy pobre, o ignorante, o viciosa, o insuficiente mental, o minusválida por
cualquier razón.

7.- Una iglesia crece cuando prevalecen la santidad y la unidad entre aquellos que están
sirviendo al Señor.

8.- Finalmente, nosotros procuramos transformar a cada misión en una iglesia “satélite”
hasta que el Señor indique otra cosa, o produzca las condiciones para que algunas de tales obras
se constituyan en iglesias independientes. Por ahora, cada iglesia “satélite” es autónoma en cuanto
a la adaptación de su contexto, pero mantiene un vínculo de sujeción a la iglesia madre en todo lo
concerniente a la doctrina, el ministerio pastoral, el programa general, las normas disciplinarias, y
otros énfasis. En setiembre de 1995 teníamos siete iglesias ‘satélites”, y varias más en formación,
incluyendo una misión Ucrania.

Apóstol Daniel Márquez

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