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Clínica de Niños y Adolescentes Carrera de Psicología UB

Fundamentos de la clínica con niños. Especificidades. La estructuración subjetiva Dr. Carlos E. Tkach Prof. Titular

Introducción a la clínica de niños y adolescentes

El panorama actual del psicoanálisis es complejo y conserva la cuestión de las escuelas que se han sucedido y han coexistido al mismo tiempo. Una de las cosas que ha ocurrido en el campo psicoanalítico es algo que se ha llamado la Babel Psicoanalítica: cada psicoanalista habla su lengua y no se entienden unos con otros, leen sólo lo que a cada uno le interesa desestimando lo que los demás dicen, resultando esto en un problema serio para la disciplina y a la larga, empobrecedor. Lo cierto es que todas las escuelas y teorizaciones dentro del marco psicoanalítico han tenido un aporte importante, por lo cual es fundamental tener conocimiento de ellas para el trabajo clínico, ya que cada una da alternativas de intervención y abordaje que se convierten en diferentes recursos para enfrentar las diversas problemáticas que se presentan. Dentro del programa de la materia hemos incluido autores como Sigmund Freud, Melanie Klein, Donald Winnicott, Anna Freud, Jacques Lacan y autores más contemporáneos como Silvia Bleichmar, autora argentina que ha seguido a Laplanche y ha hecho importantes aportes al Psicoanálisis de Niños, y André Green, entre otros.

Breve historia de la Clínica de Niños

La historia de la clínica con niños no tiene poco más de cien años. El primer caso de un niño que fue analizado fue el de Juanito, analizado por Freud en el año 1909. Si bien podemos identificarlo como el primer caso, Freud en ese entonces no se propuso fundar el psicoanálisis de niños sino más bien, confirmar en los niños sus desarrollos teóricos acerca de la infancia hechos a partir del análisis de adultos. Se trataba, en principio, de observar niños con el objeto de confirmar dichas teorizaciones. En este sentido, las primeras teorizaciones del psicoanálisis de niños nacen de la reconstrucción de los adultos y no de la observación de niños. En los años posteriores al caso Juanito, entre 1910 y hasta la década del 20 inclusive, muchas producciones teóricas pioneras escritas en lengua alemana quedaron perdidas como consecuencia del nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Los analistas vieneses y alemanes emigraron hacia Inglaterra, Francia y Estados Unidos, principalmente. Se mantuvieron los desarrollos de Anna Freud, Melanie Klein y autores ingleses. Si bien se han ido recuperando trabajos iniciales que estaban en alemán, los desarrollos teóricos posteriores a la Segunda

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Guerra cobraron preeminencia. El psicoanálisis pasó del alemán al inglés como lengua predominante, y es algo que se mantiene hasta el día de hoy. Se sabe que Freud trabajó como neurólogo infantil en un dispensario entre los años 1890 y 1895 con una frecuencia de una o dos veces semanal, pero su trabajo no fue registrado de la manera en que solía hacerlo. De todas formas, se puede decir que Freud ya había tenido una aproximación al trabajo con niños, antes de Juanito. El campo para el que se creó el método psicoanalítico es el de adultos neuróticos, y especialmente neuróticos histéricos – el mismo Freud aclara en el año 1919 que se creó para la histeria, y que tanto para la neurosis obsesiva como para la fobia deben hacerse modificaciones. La infancia es el primer campo hacia el cual se extiende el Psicoanálisis luego de su campo original. Anna Freud cuando habla de los fundamentos del Psicoanálisis de Niños, señala:

Las construcciones freudianas teóricas en adultos

La observación directa de los niños como fuente de conocimiento

Lo que se aprende en la clínica, en el análisis de cada niño.

Otros autores pondrán el acento en otros fundamentos. El análisis que Freud hizo de Juanito dio impulso a otros psicoanalistas para que comenzaran a analizar niños. Si bien Freud no pretendía fundar el campo clínico con niños, sino más bien, como dijimos, confirmar sus teorías acerca del psiquismo infantil, reconstruido en el análisis de pacientes adultos, varios psicoanalistas emprendieron la tarea del análisis de niños. La primera psicoanalista que se dedica a atender niños inmediatamente después de Freud es Hug Hellmuth (1874 – 1924). En el transcurso de su trabajo con niños entre las décadas del 10 y del 20, Hellmuth inventó el “método terapéutico-educativo”, en el marco de la preocupación de la época, alrededor de los conflictos que se consideraba que surgían entre el psicoanálisis y la educación. Esta autora analizaba sólo al niño, y utilizaba muñecos para que el niño jugara – lo que implica ya un cambio en el método de aproximación, que más adelante veremos. Utilizaba muñecos de representaciones fijas que manipulaba para hacerle al niño sus interpretaciones y hablarle de sus conflictos. No era el niño quien jugaba, sino ella la que manipulaba dichos muñecos para indirectamente realizar las interpretaciones. En sus ejemplos escritos se puede ver claramente que el niño comprende de qué se le está hablando, por ejemplo a través de los relatos que ella utilizaba para analizarlos.

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Freud se expidió sobre la cuestión de la educación y el psicoanálisis de niños en las Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis del año 32. En dicha época, en los inicios del siglo XX, la revolución social y cultural auspiciaba grandes cambios en materia de

educación. Se generó la expectativa de que el psicoanálisis se uniría a dicha revolución y en un nivel más extremo, se llegó a considerar la posibilidad de que la integración del psicoanálisis a

la educación podría traer como consecuencia de una educación más libre, menos punitiva de la

sexualidad infantil, hasta la prevención de la neurosis. Si bien parecía esperanzadora, esta

hipótesis fracasó por completo. Freud mismo, respecto del caso Juanito (1909) considera que sus padres lo habían criado con el mínimo de coerción, que el niño había sido criado con una educación liberal y

progresista, diríamos actualmente. Esto no había evitado su neurosis, sino que, contrariamente

a esta idea, había permitido que su fobia se desplegara a cielo abierto, lejos de ser acallada

por la educación, como según el mismo Freud, podría suceder. Sumado a esta problemática estaba la esperanza planteada anteriormente surgida de la idea de que la manifestación de la sexualidad infantil liberara a los niños de las represiones que les imponía la cultura. Sin llegar a postular que una educación libre permitiera el libre desarrollo de todas las neurosis en los casos de niños, Freud sí expresó que la educación puede acallar a gritos los síntomas de un niño. En el caso de los adultos, éstos tienen la libertad para hacerse cargo de lo que les sucede; en el caso de los niños esta cuestión se modifica ya que la dependencia de sus padres hace que la posición de estos se vuelva necesaria para detectar una enfermedad o un sufrimiento en los niños y es lo que hará que dichas dificultades del niño se vuelvan llamativas

o pasen desapercibidas. La cuestión central que planteaba el conflicto entre psicoanálisis y educación era la siguiente: cómo podríamos analizar a un niño, lo que implicaría remover o levantar represiones del inconsciente, cuando en la infancia se supone que hay que ayudarlos a instalar represiones

y no justamente a levantarlas. Freud, en años posteriores, sostiene que en lo que se refiere a la educación hay cuestiones ideales que habría que darlas como imposibles para poder pensar en lo que es posible. Por ejemplo, si los padres se proponen ideales educativos demasiado rígidos, en los niños terminan provocando desastres y estragos. Desde esta perspectiva se podría decir que es mejor aceptar las limitaciones de la educación. Según Freud, para explicar esta cuestión utiliza una metáfora y es decir que la educación navega en un estrecho, basándose en la mitología, que se ubica entre dos monstruos: Escilia y Caribdis. La educación se encontraría navegando

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entre dos peligros extremos: el de la prohibición y el de la permisión. La educación debe tanto

permitir como prohibir. Y no habría una solución ideal a esta cuestión. Cada padre o madre

deberá ir resolviendo esta cuestión soportando la tensión entre prohibir y permitir.

Volviendo a lo planteado por Hug Hellmuth respecto de su método educativo-terapéutico

esta autora señalaba la necesidad del tratamiento analítico de inculcarle a los niños valores

morales. Hoy nadie sigue esta idea, ni siquiera Anna Freud la siguió. La autora concluye en

que a los niños no había que hacerles interpretaciones que hicieran consciente lo inconsciente,

sino que solo había hacer preconsciente lo inconsciente y detenerse allí ya que demasiada

conciencia era considerada peligrosa. Es decir, que si el niño comprendía metafóricamente

representada la problemática en una escena de juego, era suficiente, y dejaba de ser necesario

el paso a la conciencia – es decir, decirle directamente que aquello le pasaba a él 1 . El juego

con un relato dirigido por ella misma se volvería un camino de representación metafórica y

preconsciente. En la actualidad y desde hace muchos años la importancia de la eficacia

analítica de esta posibilidad del juego del niño de representar de modo metáforico su

subjetividadha sido subrayada con otras ideas contemporáneas. Pero desconociendo o

ignorando las ideas ya descubiertas en la clínica por Hug Hellmuth.

Melanie Klein y Anna Freud trabajaron con niños, posteriormente a Hug Hellmuth, desde

perspectivas claramente diferenciadas - que llegaron a confrontarse agitadamente en su época

alrededor de una polémica que hoy vemos que enriqueció los desarrollos posteriores y nuestro

entendimiento sobre la clínica. Polémica que ha perdido valor hace muchos años y de la que

Winnicott afirmó en su momento que sólo le interesaba en la medida en que fuera un obstáculo

para pensar libremente.

Respecto de la problemática planteada entre el psicoanálisis y la educación, Melanie Klein

en la décadas del 1910 al 1920, escribió acerca de la educación y el psicoanálisis y en un

principio creyó junto con Ferenczi en las posibilidades revolucionarias de una educación

psicoanalítica. Aunque posteriormente descreyó de esta idea y tal vez esto explique sus

manifestaciones con mucha virulencia frente a cuestiones técnicas de aquellos años como la

que inventó Anna Freud en sus comienzos, a las que acusaba de tener un carácter educativo o

1 Las menciones históricas tienen sentido porque muestran la vigencia actual de algunos problemas. Esto de hacer preconsciente lo inconsciente se encuentra retomado en muchas ideas de juego que han surgido de Winnicott y otros autores – cuando se intenta producir en el trabajo analítico con niños situaciones en las que los niños crean escenas que representan metafóricamente lo que les está sucediendo.

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no psicoanalítico. Según Melanie Klein había que interpretar el inconsciente a los niños desde el principio. Si bien con Freud ya había conceptos acerca de la infancia, cuando se comienza a aplicar el método a los niños aparecen problemas porque éstos no pueden producir asociaciones libres de manera verbal. A partir de dicha dificultad comienzan a surgir diversas maneras de enfrentarla. En este sentido el campo de la infancia es el primero en el que se intenta extender la aplicación del método original inventado por Freud. Luego vendrá la psicosis y con el tiempo otros campos. Cuando Freud habla del psicoanálisis de niños en el año 1932 (ese año Melanie Klein publica su obra “El psicoanálisis de niños”) sostiene que el niño es un objeto muy favorable para el análisis y que sus éxitos son radicales y duraderos, lo que supone que confía en que los niños son analizables y el psicoanálisis puede ser eficaz con ellos. Sin embargo, sostiene que es preciso modificar en gran medida la técnica del tratamiento elaborada para ellos porque el niño no tolera demasiado los métodos de la asociación libre. Lo que Freud no dice es cuál es la manera de hacerlo al enfrentar esta dificultad. Si bien siempre se expidió a favor de la postura de Anna Freud quien estaba en oposición a la de Melanie Klein, nunca se expresó respecto a la modificación kleiniana del método (el invento del juego como dispositivo); más bien discute con Klein acerca del superyó temprano. Ante esta concepción de Freud se abre la pregunta sobre el síntoma en el niño: ¿cómo pensar el síntoma de un niño si todavía no posee superyó? Entonces, resumiendo lo dicho por Freud acerca de los niños, tenemos que:

No posee superyó

No tolera mucho el método de la asociación libre. Esto es interesante, porque no dice que no se la pueda aplicar, sino más bien que no la tolera mucho, abriendo la puerta a la necesidad de modificarla. En este punto no es taxativo sino que acepta los grises.

La transferencia desempeña otro papel porque los progenitores reales siguen existiendo. Si los padres están presentes, ¿cómo va el niño a transferir los vínculos paternos que lo constituyeron ala analista? De todas formas, no dice que no habrá transferencia, sino que ésta desempeñará otro papel. Anna Freud, dirá que el niño todavía no terminó la primera edición de su lazo con los padres, por lo cual no podrá reeditarla en análisis, es decir, haciendo neurosis de transferencia.

Las resistencias internas que están en el adulto, en el niño aparecen sustituidas por las resistencias de los padres. Es decir, los padres pasan a reencarnar las resistencias.

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Freud agrega que suele ser necesario aunar al análisis del niño algún influjo analítico con sus progenitores. De este modo sostiene que para posibilitar el análisis de un niño se hace necesario trabajar también con los padres. Pero “aunar algún influjo analítico” no es necesariamente equivalente a hacer un psicoanálisis de los padres, ni siquiera derivarlos a análisis a ambos. Este planteo abre la posibilidad de realizar otras prácticas acotadas, diferentes del tratamiento analítico individual clásico para resolver problemas que sean de los padres y que se encuentren en relación al problema del niño. Para Melanie Klein, el método por excelencia para atender niños fue el juego. Ella consideraba que el juego en los niños era el equivalente a la asociación libre de los adultos. El juego pasa a ser utilizado como técnica central de la clínica con niños. Melanie Klein nunca trabajó con los padres, a diferencia de Anna Freud quien sí lo hizo, siguiendo los desarrollos de su padre y basándose en su propia concepción del psiquismo infantil. Con respecto a los padres Melanie Klein consideraba que en la medida en que no eran sus pacientes sólo podían ser influidos por medios psicológicos comunes para asegurar el mantenimiento del tratamiento del niño. Anna Freud también incluía el juego en su trabajo aunque no era lo único en lo que se basaba. Winnicott también trabajó mucho con el juego pero con ideas emparentadas y otras diversas a la de Klein, tanto para entenderlo como para utilizarlo. Todos los psicoanalistas que comienzan a atender niños lo hacen introduciendo modificaciones técnicas o de método para lograr que el psiquismo infantil produzca material que permita realizar el trabajo analítico. Continuando con la postura de Freud acerca del psicoanálisis de niños, cabe centrarse en su posición respecto de la diferencia que hace del niño como objeto psicológicamente diverso del adulto, ya que su superyó no se encuentra aún constituido. La instancia del superyó en el caso de los niños según Freud se encuentra en vías de constitución, se está estructurando o construyendo. Esta afirmación de Freud permite considerar en este sentido y desde la metapsicología freudiana que las instancias del psiquismo deben ir desarrollándose. Freud concibe que el niño es un ser en desarrollo desde el punto de vista psíquico. Desde el punto de vista de las instancias psíquicas, habrá que ver, cuando se nos presenta un niño en la clínica, en qué punto de dicho desarrollo está – dicho en palabras annafreudianas. En términos estructurales freudianos decimos que tendríamos que ver en qué punto de instauración de la tópica se encuentra su psiquismo. Esta última idea corresponde a desarrollos sobre los que ha insistido en particular Silvia Bleichmar.

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Lo que resulta interesante destacar del período histórico entre el trabajo de Freud con el caso Juanito (1909) y 1930, es que los psicoanalistas de dicha época se encontraron con limitaciones que obligaron a hacer reajustes y modificaciones al método clásico de la asociación libre, dando cada uno una respuesta basada en su propio entendimiento del psiquismo infantil. Las dificultades del niño para asociar libremente, es decir, verbalmente, especialmente en el caso de niños pequeños, menores de 5 años, la presencia activa y real de los padres, las cuestiones resistenciales específicas surgidas en este marco, y demás cuestiones llevaron a quienes empezaron a trabajar con niños a plantearse la necesidad de hacer dichas variaciones y modificaciones del método. Cada autor basó su trabajo en una concepción determinada del niño y su psiquismo. Es importante ver cómo estas concepciones metapsicológicas determinaron la práctica clínica en cada caso y las variaciones del método en cada caso serían consecuencia directa de las concepciones teóricas acerca del niño, del psiquismo infantil, del inconsciente y el proceso de estructuración del aparato psíquico en la infancia. De cada postura teórica se desprende una clínica particular y criterios diferentes al momento de definir si un niño es analizable o no; si deberá incluirse a los padres o no, de cómo analizarlo, etc.

La estructuración subjetiva. ¿Qué es la infancia para el Psicoanálisis?

Los distintos autores plantean diversos aportes a la clínica con niños, y si bien muchos de éstos ya no se utilizan actualmente en su modelo original es necesario conocerlos para situar nuestro trabajo dado que los progresos de la disciplina se han constituido como bases sobre las cuales los aportes contemporáneos fundaron su origen. En este sentido, y para comprender la práctica clínica y su evolución a los largo de los años, debemos conocer las concepciones del niño y de lo infantil surgidas desde el seno del psicoanálisis. Podemos decir que cada época crea su propia infancia. Toda cultura, toda época y toda sociedad tiene una noción de niño que está fechada históricamente. La concepción de un niño hoy dista mucho de la que existía en la Grecia Antigua o en la Edad Media. La noción de infancia y de niño, así como la de niño como sujeto, comienza a surgir a fines del Siglo XVIII y durante el Siglo XIX, con su culminación a principios del Siglo XX. El Psicoanálisis pasa a formar parte de ese movimiento que comienza a darle al niño un estatuto específico, desde el muchos puntos de vista, como por ejemplo, de la educación. Hay muchos estudios al respecto.

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Incluso a partir del psicoanálisis surgen concepciones diferentes acerca del niño y lo infantil. La infancia que describió Freud no es la misma que la que describe Melanie Klein, por ejemplo. Pero si bien en los años de los orígenes del psicoanálisis se dieron cambios de este tipo, lo que resulta novedoso de las últimas décadas es que los cambios ya no se dan de manera gradual sino que los cambios de las últimas décadas, con todos los avances de la tecnología, por ejemplo, se vienen produciendo de manera veloz y produciendo discontinuidades mayores entre una generación y otra. Por ejemplo, antes los adultos enseñaban a jugar a los niños; hoy, por el contrario, son los niños quienes nos enseñan a los adultos a manipular determinados juguetes y objetos, a jugar de determinada manera. Esto necesariamente tiene consecuencias en la clínica, dado que nos impone el deber de actualizar nuestra práctica y nuestro conocimiento constantemente para no quedar excluidos del mundo de la infancia que pretendemos abordar. Partiendo de esta cuestión, cada teoría psicoanalítica de las que abordaremos en nuestro recorrido, esbozará o pintará un determinado tipo de niño, lo cual tendrá importantes consecuencias en la práctica.

El niño de Freud

Con la introducción de la sexualidad infantil, Freud crea una noción distinta de infancia, desde el marco del psicoanálisis para toda la cultura. Ya el psicoanálisis es una novedad para pensar la infancia, diferente de teorías filosóficas, políticas, sociológicas, educativas, etc. Para el psicoanálisis el niño no es un niño a educar. No porque la educación no tenga importancia sino porque se coloca el acento en otra dimensión. El psicoanálisis introduce una novedad: el niño no es el inocente que se creía en cuestiones de la sexualidad. Freud dibuja al niño de la sexualidad infantil, descripto como “perverso polimorfo”. Es el niño correspondiente a los “Tres ensayos de una teoría sexual”. Si lo dibujamos un poco más, este perverso polimorfo sería como una especie de querubín libidinoso que pretende mirar, tocar, saber, espiar, franelear, masturbarse, tocarse, frotarse con otro, etc., es decir, que quiere satisfacer sus pulsiones parciales polimorfas a toda costa, que tiene miedo de que le corten el miembro o que le prohíban ciertas satisfacciones. Es cierto, la perspectiva masculina está en primer lugar. Es un niño a predominio de la sexualidad, una especie de manojo de pulsiones sexuales que tienen que ser reprimidas y que a partir de la tensión y los conflictos tiene determinados síntomas. El

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niño tiene una sexualidad reprimida que retorna en los síntomas y hay que ayudarlo a tramitarla en el proceso analítico. Si el niño tiene un síntoma, o alguna fobia, por ejemplo, tendrá que ver con vivencias y fantasías sexuales que están reprimidas y que retornan en los síntomas y que son vividas con angustia. La noción freudiana de niño rompe con las estructuras de la época. Si bien al momento de comenzarse a trabajar con niños desde la clínica analítica, ya habían sido aceptadas las teorías sobre la sexualidad infantil, las cuales estaban difundidas y aceptándose gradualmente, cuando se intenta aplicar estas concepciones en la práctica directa con niños se genera en Europa central una discusión pública viéndose el mismo Jung implicado y comprometido en la polémica. En la actualidad ya no resulta extraño ver a una madre o a un padre explicarle al hijo cómo se gestan y nacen los bebés. Puede resultar un tema embarazoso para tratar, pero ya casi nadie se escandaliza al hablar de sexualidad o al reconocer la misma en los niños. Actualmente la angustia de los padres se focaliza más alrededor de la muerte como cuestión difícil para enfrentar con los niños. Muchos padres pueden explicarle a un niño la concepción, el embarazo, el parto y la diferencia de los sexos pero se ven en figurillas y con mucha angustia si tienen que hablarle acerca de lo real de la muerte. En resumen, el niño de Freud es muy distinto al niño de otros autores como por ejemplo el de Melanie Klein. El de Freud es un niño edípico, atravesado por los conflictos impuestos a su sexualidad desde el Edipo, como un tiempo que está atravesando. Hay ideas en Freud que permiten pensar que consideraba que las instancias psíquicas se van constituyendo, se van instaurando. Es decir que no se nace con ellas, sino que tienen tiempos en los que se constituyen. Lo que Freud armó fue un modelo de estructura psíquica a partir de un adulto ya constituido. Lo que estas elucidaciones nos permiten entrever es que ya en Freud había una idea de un sujeto en estructuración, lo cual permite plantearnos el problema del niño en términos de su estructuración subjetiva o de los tiempos de su estructuración subjetiva. Desde el punto de vista freudiano esto implica la estructuración de las instancias psíquicas. Con lo cual, Freud ya consideraba que no había instancias desde el principio, sino que éstas se iban constituyendo. Este planteo se vuelve una particularidad para el análisis de niños ya que en nuestra práctica con ellos estamos interviniendo en el tiempo de esa estructuración. Freud estuvo preocupado desde el principio por las cuestiones del funcionamiento psíquico, por eso habla de procesos primarios, procesos secundarios, mecanismos

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defensivos, modos de procesamiento, modos de trabajo psíquico. La noción de trabajo

psíquico es un concepto freudiano central. Más adelante veremos cómo esta perspectiva

de Freud es complejizada especialmente con Lacan y Melanie Klein.

El niño de Melanie Klein

El niño que dibuja esta autora es distinto del de Freud. Es un niño atormentado por las

pulsiones, y específicamente por la pulsión de muerte. La infancia no es un paraíso no ya

desde el punto de vista de la sexualidad, sino más bien un infierno del cual el niño no ve la

hora de salir, porque las pulsiones son tormentosas y violentas, en especial las

destructivas, que atentan directamente contra el niño. El niño, desde esta perspectiva,

adolece de su maldad original porque Melanie Klein pone el acento en las pulsiones de

destrucción. Los desarrollos de Melanie Klein son ya muy posteriores a los de los Tres

Ensayos de Freud. Pero podemos decir que el último niño que conceptualiza Freud en su

propio desarrollo teórico es explícitamente un niño que padece las vivencias sexuales

como traumáticas, con pena, dolor y angustia. Las vivencias sexuales, en este sentido, son

traumáticas y traumatizantes; no son sólo vivencias que serán sofocadas o reprimidas por

su carácter sexual sin también por su violencia y por el sufrimiento que ocasionan. Este es

uno de los últimos planteos de Freud 2 .

Entonces, el niño de Klein es un niño que tendrá que enfrentar la destrucción y la

autodestrucción y la culpa que surgirá frente a éstas. Melanie Klein describe un niño

atormentado por la pulsión, y especialmente por las pulsiones destructivas, que están

mezcladas y al mismo tiempo en lucha, con las pulsiones sexuales. No sólo hay, siguiendo

la primera teorización freudiana, obstáculos a la satisfacción del deseo, de las pulsiones –

lo cual traería frustración – sino que además la frustración genera agresividad, rechazo, e

incrementa los impulsos destructivos, dado que la destructividad está desde el inicio junto a

Eros. La frustración es intolerable porque se impone por razones externas. Pero también la

frustración es el resultado de causas internas ya que las pulsiones exigen con violencia y

reclaman una satisfacción imposible. Hay la violencia de la rabia frente a las

2 El trauma, en este último momento, vuelve a tomar importancia para Freud. Su concepción del trauma es diferente a la de Melanie Klein. Con Klein y Lacan, como veremos más adelante, la noción de trauma se desvanece.

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insatisfacciones, hay la violencia pulsional que insiste frente a la diferencia entre el placer esperado y el obtenido y hay la violencia de la destructividad y la satisfacción de las pulsiones destructivas. Estas frustraciones van a generar un redoblamiento, no sólo de la insatisfacción, sino de los impulsos destructivos hacia el objeto frustrante. De este modo, Melanie Klein resalta la destructividad en el niño, es un niño que no sólo se encuentra insatisfecho por no poder cumplir sus satisfacciones, sino que se encuentra atormentado por la destructividad que alberga. Esta lucha contra la destructividad será la que el niño tendrá que librar y superar en lo que dure su primera infancia. Melanie Klein retrotrae la génesis de la estructuración psíquica inconsciente – y la patología – a épocas muy tempranas, mucho más tempranas que las que ubicaba Freud. La cuestión de la madre aparece en primer plano, mientras que en Freud esta quedaba en un segundo plano (la problemática en Freud se plantea en éste en relación al padre, y en todo caso al padre en relación a la madre). Pero la problemática del lazo con la madre y el objeto materno es introducido casi en primer lugar por Melanie Klein, aunque la madre de la realidad no sea el eje de la problemática – más bien se centra en proyecciones y en la ocasión que implica para el despliegue de las pulsiones psíquicas. Melanie Klein nos introduce al niño enfermo que le permite concluir en que todos los niños deberían ser psicoanalizados. Con esta concepción, se produce una recomendación del psicoanálisis para toda la especie humana; es decir, para todo niño, sin discriminación específica de las distintas formas que adquiere la patología. En la medida en que todos los seres humanos se ven obligados a atravesar conflictos dolorosos e inevitables todos los niños se beneficiarían de una intervención psicoanalítica. En base a las dos posiciones planteadas por Klein, que tienen que ver acción de la angustia paranoide y la depresiva, se explica la sintomatología en la infancia y la de ahí en adelante, de suerte que podemos hablar de una especie de enfermedad original, la psicosis, en base a las angustias masivas psicóticas que la autora plantea. El inconsciente que introduce Melanie Klein se acerca más al Ello de la segunda tópica freudiana que al inconsciente reprimido de la primera tópica. A diferencia de la primera tópica freudiana – en la que las pulsiones se definen como un concepto límite entre lo somático y lo psíquico – en la segunda tópica las pulsiones ya pasan a formar parte del aparato psíquico, pasan a ser psíquicas en tanto tales, dejando de estar en el límite. Las posiciones psíquicas que desarrolla Klein son más tempranas, anteriores a la constitución del inconsciente reprimido – esto es, previas a la represión primaria y a la secundaria. La

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fobia de Juanito, Klein la explica por una ansiedad paranoide persecutoria, más arcaica que la fobia. Es decir, que en el miedo de Juanito al caballo que lo va a morder se destaca más el lado de la oralidad y de la madre. Mientras Freud pone el acento en el caballo como el significante del padre, sustitutivo, desplazado, Melanie Klein pone el acento en la madre devoradora, que estaría presente en la oralidad del caballo. En este sentido, desde la perspectiva kleiniana, habría ansiedades anteriores que explicarían inclusive la ansiedad de castración y que son anteriores a la represión primaria y a la represión secundaria edípica. Por este motivo, en Klein la cuestión de la represión pasa a tener menos importancia, dado que ella sitúa como núcleo patógeno general, las angustias arcaicas o tempranas masivas, como las de ataque o de pérdida. De modo que en Melanie Klein, la cuestión del ello, de las pulsiones, se plantea como un tiempo anterior al inconsciente reprimido. Este Ello tiene un origen endógeno, casi derivado directamente de lo biológico, dado que la autora habla más de instintos que de pulsiones . Al interpretar el concepto freudiano de pulsión como instinto, se plantea la existencia de representaciones psíquicas desde el origen de la vida, de modo tal que por acción endógena de las pulsiones ya se representan en el psiquismo las fantasías o lo que conocemos como la fantasía inconsciente. En este punto, lo que cabe destacar de la posición kleiniana, es que el inconsciente tiene un origen absolutamente endógeno, no le debe nada al otro ni a las experiencias infantiles de la realidad; y estas últimas, las experiencias, en todo caso, vienen a confirmar aquello que viene dado constitucionalmente. El otro viene a plantearse como ocasión para que esto se despliegue y donde esto encuentra sus límites. Todo está constituido y se va constituyendo endógenamente por un proceso inherente al propio desarrollo.

El niño de Anna Freud

Anna Freud tiene otra perspectiva, porque teorizó al niño sano en su comparación con el de la patología. Su preocupación fue la normalidad y la patología. Su inquietud fue constituir una psicología psicoanalítica para lo cual tomó las famosas etapas de la libido y desarrolló una visión del niño pensada como desarrollo, evolución y en etapas. El niño de Anna Freud es el niño del desarrollo, que va constituyéndose, integrándose progresivamente, y que tiene como finalidad la conquista de un Yo autónomo - que no necesariamente es el Yo libre de conflictos de la Psicología del Yo, pero está cerca de esa

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concepción – al que le va a atribuir la búsqueda de esa autonomía más allá de las determinaciones del mundo exterior, del ello y del superyó. En Anna Freud aparece la idea de evolución; apuesta a la evolución del sujeto, del Yo, de las pulsiones. Es un niño del desarrollo y de la adaptación a las pautas de la realidad. Esta perspectiva ha sido muy criticada, especialmente por Lacan, por el carácter ideologizante que le subyace. Anna Freud destaca al niño que se desarrolla y que en dicho proceso van constituyéndose funciones superiores cada vez más integradas, y plantea al Yo como una instancia de dominio de todas estas funciones en relación con la realidad. Si bien estos planteamientos tienen una base en la realidad, porque tanto los padres como el niño mismo quieren que éste aprenda, crezca, se desarrolle, pase de grado, aprenda matemática, etc., el problema es que Anna Freud sesgó esta perspectiva poniendo demasiada carga sobre el Yo y la adaptación a la realidad, lo cual hizo que el inconsciente se midiera por relación a la adaptación y a la realidad. La concepción del niño sano comparado con el niño de la patología va a tener mucha importancia en esta autora. En este caso se produjo una inversión: mientras Freud hacía conjeturas acerca de la normalidad a partir de la patología, Anna Freud tomó como parámetro y punto de partida la normalidad, estudiando los logros, los progresos y los avances que los niños deben ir realizando y alcanzando a lo largo del camino de su desarrollo como personas autónomas y desde este punto de vista de la normalidad como parámetro situó la patología.

El niño de Winnicott

El niño de Winnicott ya supone las concepciones freudiana, kleiniana y annafreudiana. Este autor, sin desconocer las otras perspectivas pone el acento en otra cuestión que constituye una novedad. El niño winnicottiano va más allá del Edipo, es un niño que va más allá de ser hijo de sus padres, es un niño que vale por su propio ser auténtico. Winnicott valora al niño por sobre las determinaciones familiares, inconscientes, en su carácter de ser autónomo. En los planteos anteriores se definió al niño determinado por el inconsciente sexual, libidinal, determinado por el inconsciente de las pulsiones de muerte y determinado por las etapas del desarrollo. Lo que Winnicott introduce como novedoso es que aún con estas determinaciones, el niño se encuentra más allá de todas estas, valorando lo que él denomina el gesto espontáneo del niño. Este gesto espontáneo supone la capacidad que

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tiene el niño de constituirse en alguien único, cuya expresión subjetiva es algo absolutamente original, más allá de las determinaciones previas. Estas cuestiones serán tenidas en cuenta en la clínica. Considerar al niño en su unicidad, como ser creativo, cuya creatividad implica considerar una fuerza vital en el propio niño que lo impulsa a desarrollarse y a crecer espontáneamente, en el sentido de su propia originalidad como sujeto. Esta concepción tiene consecuencias en la clínica: si creemos que el niño es sólo determinado por la estructura parental, limitaremos nuestra óptica simplemente a eso. Si creemos que además de un ser determinado hay un ser único, trabajaremos de otra manera. Dependiendo del caso, el peso recaerá sobre determinado lugar a ambos lados de la balanza. Winnicott va a concederle un papel importante al Self, denominación inglesa para el ser, y al carácter espontáneo del ser del niño. El concepto de Self, es un concepto originalmente inglés, que no implica lo mismo que el de Sujeto de Lacan o que el de Yo de la Psicología del Yo. En este punto hay que resaltar que Freud introduce, con su concepción del inconsciente, un orden determinante. Winnicott intenta, sobre los diversos lugares de determinación – pulsional, parental, etc. – conservar algo que está más acá y más allá de esa determinación. Por esto plantea como central la noción de creatividad, de espontaneidad. En este marco toma valor la idea de un proceso en que algo informe, que no tiene forma y va tomando forma, dimensión a lo que le dará mucha importancia para pensar la subjetividad del niño. Su concepción del niño tiene inevitablemente como referencia la existencia de la madre. No hay niños sin madres, es una frase conocida suya, la cual no plantea ninguna novedad, pero en época de Melanie Klein, era llamar la atención sobre una nueva perspectiva para pensar al niño. Esto no implica obviamente que Klein no supusiera que no había madres reales, pero no teorizaba el papel constituyente, estructurante que pueden cumplir los otros parentales en la subjetividad de un niño. Tampoco Freud se detuvo en ese punto. Winnicott avanza a partir de esta cuestión y habla de la función materna y sus dimensiones.

El niño de Lacan

Lacan propone una concepción de niño con un punto de partida convergente al de Winnicott en el sentido de que toma en cuenta la importancia del Otro y los otros en la

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constitución de su psiquismo. Aunque diferente en tanto que su concepción del inconsciente y la constitución de éste como producto de las inscripciones inconscientes del otro, ponen al Otro en un lugar privilegiado, con el riesgo de hacer perder la noción de creatividad y gesto espontáneo de la que habla Winnicott. Dentro de este nuevo paradigma y en función de la idea del Otro y del orden simbólico en el pensamiento de Lacan, se constituye como punto de partida para entender la constitución del niño y del inconsciente como algo que se va a originar en el campo exógeno, del Otro. En lugar de ser el inconsciente que nace del propio niño y de sus pulsiones, la fórmula lacaniana establece que el inconsciente es el discurso del Otro, que el sujeto nace en el campo del Otro y que cuando el niño puede llegar a decir “yo soy” o a reconocerse como él mismo, es porque el otro ya ha dejado sus marcas indelebles. El yo del niño es el resultado de algo que originalmente está en el Otro. De este modo, se existe en el Otro antes incluso de existir como cuerpo viviente. Este nuevo paradigma llega a revolucionar el psicoanálisis en general y el psicoanálisis de niños en particular, dado que las ideas de inconsciente y de sujeto situados en el campo simbólico parental, en el campo de los deseos parentales, de sus representaciones, etc., hacen del niño un objeto del deseo de los padres. El niño, antes de hablar y poder decir “yo quiero esto”, antes de ser inclusive un sujeto, tuvo que ser alojado en el deseo de los padres. De ser objeto de este deseo, devendrá en sujeto. Desde este punto de vista podemos ubicar la determinación del lado de la estructura preexistente al niño, la estructura parental, del mundo, de la cultura. Entonces las concepciones se invierten, dado que el inconsciente deja de pensarse como algo que está dentro del sujeto. El sujeto es el resultado de cómo se posiciona en relación a los Otros originales, de cómo ha sido deseado y de cómo el niño responde a las vicisitudes que le imponen los padres y su relación a éstos. De modo tal que lo que se llama Edipo, antes de estar en los niños, está en los padres. En este sentido, el Edipo del niño estará determinado por cómo se sitúen los padres respecto del hijo a partir de su propio Edipo. Los padres estarán a su vez determinados a su vez en su posición parental de una manera u otra en función de cómo hayan sido hijos ellos mismos. Todas estas dimensiones (los padres, sus deseos, sus historias como sujetos, habiendo sido hijos, etc.) vehiculizadas en el discurso, la palabra y los significantes, plantean una nueva manera de pensar al niño. El niño conceptualizado a partir de Lacan ya no es sólo el resultado de un desarrollo biológico, ni psicológico ni cognitivo, sino que es

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el resultado de los lazos que mantiene con el Otro y de las determinaciones que el Otro ha puesto sobre él. Determinaciones del Otro implica tanto el deseo como la ley del Otro y de los Otros. En este sentido del niño está pensado como marcado por los deseos del Otro y la ley del Otro.

Aportes e impasses de las teorías en Psicoanálisis de Niños. Introducción de perspectivas contemporáneas.

Ahora bien, habiendo hecho un recorrido por las concepciones del niño desarrolladas por cada autor, es importante ver sobre qué concepción del psiquismo infantil se han basado. En este sentido, interesa revisar las concepciones del Inconsciente que cada autor elabora para continuar con nuestra comprensión y de este modo entender los desarrollos actuales en psicoanálisis de niños. En particular nos ocuparemos de Silvia Bleichmar que es una autora argentina que ha hecho muy interesantes aportes. La idea de realizar un recorrido a lo largo de dichos conceptos, se enlaza con la necesidad de resaltar los aportes que cada teoría ha hecho, a la vez que identificar los impasses que han surgido respecto de los alcances y limitaciones con las que se han encontrado. Con la incorporación de los conceptos lacanianos al psicoanálisis de niños se produce un cambio de paradigma. La gestación del niño como sujeto no será la que tenga que ver con la biología; su gestación como sujeto es consecuencia de la gestación simbólica en el deseo de la madre, la función del padre, etc. Como dijimos se produce un cambio de paradigma: hay sujeto, hay niño porque antes fue deseado, porque fue imaginado, fue nombrado, porque va a caer en un lugar dentro de una legalidad y deseos que le preexisten y en ese lugar Lacan va a situar la estructura: el deseo de la madre, la función del padre, el ideal y el significante fálico serán los elementos que darán lugar a la estructuración del sujeto. Entonces, el niño aparece como sujeto en el campo del Otro, pero además como sujeto a la estructura, porque el sujeto es sujeto de una estructura. Por un lado, tenderá a autonomizarse de dicha estructura, pero por el otro, estará inevitablemente sujeto a ésta desde sus orígenes. Desde este punto de vista, no habrá nunca alguien que pueda estar absolutamente libre del Otro. En la perspectiva lacaniana nace una vertiente que piensa al niño como sujeto de la estructura, con consecuencias en la clínica, dado que podría pasar a considerárselo víctima de la estructura. Una perspectiva mecánica desde este punto de vista podría resultar en una

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simplificación de la clínica. Se llegó a pensar que para entender al niño había que entender las claves de la gestación simbólica que están en los padres, pasándose de la idea de determinación endógena (de Melanie Klein) a la de determinación exógena. La concepción lacaniana del psiquismo infantil deja de considerar al inconsciente como algo interno, endógeno, para volverlo algo que no está ni dentro ni afuera y cuya instancia de origen serán los otros, que preexisten al sujeto. Como ya dijimos antes de que el niño pueda decir “yo”, ya hay alguien que lo ha identificado, con lo cual ya en lo más propio en que creemos que somos nosotros mismos, hemos sido previamente otro. Esto vale tanto para el yo como para el inconsciente. El inconsciente de Melanie Klein, como veíamos previamente, es el inconsciente absolutamente endógeno, en su radicalización de la teoría freudiana de las pulsiones. Las formas de pensar la clínica que nacen a partir de estos desarrollos tan polarizados pueden desencadenar en un reduccionismo respecto de nuestro entendimiento del niño y sus problemáticas. Sin duda, considerar los determinantes endógenos del desarrollo psíquico y de la patología será útil, aunque del otro lado también será útil contemplar el hecho de que el niño tiene un lugar en los padres, en cómo fue deseado, y entender las cuestiones edípicas que hacen a su problemática. El problema entonces es que es tan insuficiente poner el acento exclusivamente en una dimensión o en la otra, ya que el valor de una y otra para la clínica se verá reducido. Pensar al niño en tiempos de estructuración es un modelo que nos permite atribuir a las determinaciones parentales lo que corresponde, pero pensar un sujeto que tiene que ir armándose como sujeto tendrá tiempos de acuerdo a las tareas, los trabajos psíquicos que deberá realizar en los distintos momentos de la constitución de su subjetividad. Incluso en el caso del bebé, al que puede considerarse efectivamente como más dependiente de las determinaciones parentales, habrá un trabajo psíquico, tendiente a metabolizar aquello que viene dado tanto de las funciones como de lo que introducen las figuras parentales. Estos tiempos pueden ubicarse y definirse con distintos parámetros psicoanalíticos, y nos permitirán ubicar, de acuerdo al tiempo de la estructuración, cuál es la problemática que el niño estará atravesando, a la vez que comprender con qué sujeto estamos en el punto de partida del trabajo clínico. Existen distintos modelos para pensar la estructuración del psiquismo. El modelo freudiano permite pensar la constitución del narcisismo, de la represión primaria, de la

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represión secundaria y de los destinos de pulsión 3 . Todas estas variables permiten pensar en el psiquismo como en un proceso de estructuración, son variables para pensar la estructuración intrasubjetiva, es un modelo que también permite pensar el funcionamiento psíquico. Cuando Lacan habla de la constitución subjetiva, si bien es articulable con el modelo freudiano, se produce un salto teórico. Porque pensar al niño en posición de falo de la madre, por ejemplo, nos sitúa en el posicionamiento del niño respecto de la estructura. Con lo cual, estamos en un modelo relativo a los Otros, al Otro y no a la estructuración intrasubjetiva. Lacan no creía en el aparato psíquico, en el modelo de aparato psíquico freudiano, y plantea un modelo diferente para pensar el sujeto, por relación a la madre con su posicionamiento. Winnicott también tiene un modelo que plantea una fusión inicial con la madre y un proceso de diferenciación, proponiendo una nueva manera de pensar la estructuración psíquica temprana. Su modelo para pensar la fusión con la madre pone de relieve que si desde el punto de vista del observador hay dos organismos, la madre alimentando al bebé, desde el punto de vista psíquico y de la madre no hay dos, sino que hay un bebé que se alimenta de un pecho – que es parte de él – y una madre que alimenta al bebé – que es parte de ella. Cabe notar que estas posiciones no son simétricas. De esta fusión inicial comenzará a producirse una diferenciación progresiva, pero de algo que ni siquiera inicialmente estaba diferenciado. A fines de la década del 60 en la Argentina, el conocimiento de la obra de Winnicott y de Lacan produjo en nuestra clínica un cambio importante. Con estos autores aparecieron ideas que permitieron comenzó a introducir a los padres en el trabajo clínico a partir de los impasses que había traído la clínica kleiniana. Las teorías en psicoanálisis según Rafael Paz son como organismos vivos: nacen, se desarrollan, tienen su punto máximo de esplendor y luego decaen o al menos se relativizan. Están sometidas a la eficacia clínica y a resultados:

siempre hay impasses y, si no entran en decadencia, por lo menos sí entran en relativización. Cada teorización (no la de Winnicott), sí la de Lacan y la de Melanie Klein, supuso que solucionaba todos los problemas, que prometía una exhaustividad. Muchos psicoanalistas kleinianos que, por ejemplo, atendían a los niños tres veces por semana, sin involucrar a los padres, llegaron a comprobar que éste era un recurso técnico clínico limitado para la cantidad de problemas que se presentaban. La obra de Lacan amplió las posibilidades de concebir al niño y sus problemas. Saber que hoy un niño tiene que ver con la historia de los padres, con la historia de la pareja, de la

3 Esta será una perspectiva que tomará Silvia Bleichmar

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madre con sus propios padres, la historia del niño con sus propios padres y las situaciones traumáticas que ha vivido, se vuelve esencial para entender el síntoma del niño. En nuestro país esto tuvo importantes consecuencias, y hasta hoy podemos ver sus efectos. Una particularidad que ocurrió en la Argentina fue que se pasó de la ortodoxia kleiniana

a la ortodoxia lacaniana. Silvia Bleichmar, contemporánea e involucrada en estos movimientos

teóricos, tuvo una formación tanto kleiniana como lacaniana y su valor para nuestra propia formación reside en el hecho de que fue una autora que pudo construir una posición alternativa entre ambos desarrollos, situándose a partir de Freud. Bleichmar parte de una crítica hacia el kleinismo, en especial a la idea de que el inconsciente es absolutamente endógeno, desde el origen y proveniente de lo biológico, si bien compatible con las ideas de Freud, pero acentuado a un nivel tal que se acerca a la idea del Ello con el resultado de una mitología biológica. Hacia el otro extremo, critica la idea lacaniana

del inconsciente concebido como absolutamente exógeno, proveniente del otro y ajeno al sujeto. Desde Lacan, el inconsciente se constituye a partir del otro, es el inconsciente del otro,

y el deseo también es el del otro. Silvia Bleichmar subraya la importancia de situar la constitución del inconsciente en el propio niño.

Si bien ambas posiciones, la de Melanie Klein y Lacan, se diferencian claramente,

comparten algo en común: son posiciones estructurales. Las posiciones kleinianas, si bien se constituyen en el primer año de vida, una vez constituidas se mantienen a lo largo del tiempo. Las posiciones esquizoparanoide y depresiva están más allá del tiempo y perviven a lo largo de

la

vida del sujeto; se vuelven trans-fenoménicas, trans-históricas. La postura de Lacan también

lo

es, dado que el inconsciente del niño es el discurso del Otro y de la estructura que determina

la

posición del niño en relación al Otro, en una especie de desestimación y desvalorización del

tiempo cronológico. Al mismo tiempo el inconsciente también es trans-individual y está más allá

del tiempo, como por otra parte afirmaba Freud cuando señalaba la atemporalidad de los procesos inconscientes.

A partir de las primeras teorizaciones de Lacan, inclusive, surge una especie de

búsqueda del inconsciente del niño en la madre o en el campo del Otro en el trabajo clínico. Las determinaciones fundamentales estarán en estos otros significativos y todo lo que suceda después se volverá una mera ocasión para que esto se despliegue, en una especie de fatalismo llevado al límite. Desde los conceptos de Lacan la historia y los tiempos cronológicos pasan a un segundo plano frente al peso que adquiere el tiempo lógico y los tiempos de la articulación significante. Importa en todo caso más que la historia la historización. En el primer

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Lacan aún la historización pierde importancia en sus desarrollos. Se desestima el papel de los acontecimientos en la vida del niño y en su estructuración subjetiva. Lo que interesa en Lacan es el orden significante y todo lo que ocurre puede explicarse desde éste; no hay acontecimientos que lleguen a conmover o cambiar esta estructura. Se reconocen los hechos, pero la clave de éstos estará dada en la estructura. Ante esta tendencia des-historizante, Silvia Bleichmar va a rescatar la importancia de la noción de historización como parte del trabajo analítico. No será la de una historia cronológica, en el sentido de evolutiva o en secuencias de etapas, sino la de una historia como tiempo de organización del psiquismo del niño. La constitución del yo sería un tiempo de su organización. Hay un momento, no definido por la edad ni por el reloj, sino por un modo de organización. Son tiempos de organización del psiquismo. En este sentido, separarse de la madre, adquirir el dominio de la palabra y el lenguaje, situarse en el complejo de Edipo, serán secuencias o momentos en la secuencias de reorganización psíquica, y no sólo evolutivos. Uno de los tiempos estaría dado por la constitución del inconsciente reprimido. El niño no nace con inconsciente, esto es, no nace ya determinado por el inconsciente, como sostenía Melanie Klein, ni por el inconsciente del Otro ya determinado. En este sentido, el inconsciente reprimido no se encuentra desde el inicio, tiene un tiempo para su constitución, que no está dado ni por la biología ni por la estructura del Otro. Tiene tiempos de estructuración mediante operaciones bien definidas: la represión primaria u originaria. El pensar que la represión originaria se produce en un tiempo de organización determinado, implica que habrá un tiempo de constitución subjetiva, estando por lo menos constituido el narcisismo y contando con un sujeto que se encuentra en posición de producir representaciones y de cierto dominio del lenguaje y la palabra. El concepto de represión primaria es un concepto metapsicológico utilizado por Silvia Bleichmar como un operador clínico, dado que se lo podrá identificar como un modo de funcionamiento psíquico en el niño. Es un mecanismo que actúa sobre material psíquico, y que implica el separar ciertas representaciones del comercio asociativo en el sistema preconsciente-consciente. Serán representaciones que el niño va a excluir de su dominio preconsciente-consciente por la carga de angustia que le generan y por el monto de ansiedad que le despierten. Como producto de la represión primaria, se instala una barrera que divide el preconsciente-consciente del inconsciente. Sería un corte transversal del psiquismo, a modo de un clivaje psíquico de orden transversal - previo a la instalación de la represión primaria, en un tiempo anterior, el niño dispone de representaciones y un dominio de la palabra.

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Lo característico del planteo que hace Silvia Bleichmar es que retoma ideas de la constitución del psiquismo partiendo de Freud. Utiliza los modelos del aparato psíquico de Freud para pensar cómo va funcionando el psiquismo del niño en los distintos momentos de la primera infancia. Entonces, habrá que definir mecanismos, materialidades psíquicas y tiempos de reorganización en secuencias. Por ejemplo, para poder acceder al tiempo edípico, para tiene que estar constituido el yo, la identidad sexual en cuanto género, la represión primaria. Si no se ha instalado todo esto, no podremos hablar de tiempo edípico como tal, lo cual no estará definido por un parámetro cronológico, sino por el funcionamiento psíquico del niño y sus síntomas.

El síntoma de la fobia de Juanito indica que se trata del conflicto edipico. Hay otras fobias en los niños que no son edípicas, que no son fálicas, sino que son prefálicas – preedípicas, donde lo que está en juego no es la diferencia sexual, sino la separación de la madre. En este último caso la fobia puede ser a la oscuridad, o, si es más grave, a ciertas máscaras o ciertos terrores que no lo dejan dormir. Estos miedos arcaicos, como se los ha denominado, nos remiten a algo reprimido, como el odio a la madre por los procesos de separación, y nos hace pensar en una fobia, pero no de tipo fálica, donde está en juego la diferencia sexual, sino que lo que está en juego es la diferenciación y separación entre el niño y la madre.

A partir de los síntomas, de lo que los niños dicen, de lo que los padres describen y de lo que observamos en la clínica, se hacen hipótesis de cómo está funcionando el psiquismo, lo que podremos hacerlo utilizando varios parámetros para pensar estos procesos: represión primaria, consciente, preconsciente, inconsciente, proceso primario y secundario, principio del placer y más allá del principio del placer. Esto implica utilizar los conceptos de la metapsicología freudiana para pensar cómo funciona el psiquismo de un niño.

Referencias Bibliográficas

Bleichmar, S.: "El concepto de infancia en psicoanálisis" En: "La fundación de lo inconsciente". Amorrortu. Bs. As.

Cena, M.T.: “El niño del psicoanalisis”. Revista Nro 15 Asoc. Esc. Psicot. Para Graduados.

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Lacan, J.: La familia. Primera parte. Ed. Homo Sapiens.

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Moreno, J.: Ser Humano. Cap. 7 y 8. Libros del Zorzal. Bs. As. 2002.

Tkach, C.E.: “La madre y el niño”. El psicoanálisis en el siglo. Córdoba. 1992.

Freud, A.: "El psicoanálisis infantil y la clínica" (1968). Ed. Paidós. Cap. I: Breve historia

del psicoanálisis de niños. Cap II: El análisis de niños como subespecialidad del

psicoanálisis.

Clases del Prof. Carlos Eduardo Tkach (2007-2008-2009) Edición preparada por la Lic. María Sol Travaglio – Ayudante de la Cátedra

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