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ENSAYOS

NECESIDAD DE LA
RENOVACIÓN EN EL
SOCIALISMO EXISTENTE Y SU
GRADO DE UNIVERSALIDAD

Orel Viciani

La enorme gravitación que el tema de la perestroika y de la renovación del


socialismo existente –particularmente en la URSS- tiene en nuestro país puede explicarse, a
lo menos, por dos hechos básicos: primero, que dichos procesos no son un asunto
puramente soviéticos, y ni siquiera exclusivos de todo el socialismo hasta ahora existente,
sino de magnitud universal. Segundo, que esa universalidad toca directamente a quienes
tienen la aspiración de un futuro plenamente democrático, -es decir, socialista- para nuestra
nación.

Tales implicancias son las que obligaban no sólo a seguir tratando el tema, sino a
hacerlo cada vez con mayor rigurosidad, buscando una metodología que permita traspasar
el tentador umbral de la adhesión fácil, de la simplificación, del transplante mecánico que
sólo cambie las viejas citas de autoridad por otras nuevas. Porque de lo que se trata es
justamente de abandonar para siempre esa vieja mentalidad e ir directamente al fondo de las
cosas, asumiéndolas en toda su extraordinaria complejidad, sin esa retórica justificatoria de
todo. Y, lo que es tanto o más importante que eso, asumirlas de una vez por todas, con
cabeza propia y desde nuestra propia perspectiva.

Aunque resulte majadero decirlo: reestructurar y renovar no es remozar, sino


cambiar algo desde sus cimientos, ponerlo sobre nuevas bases. Porque lo hecho, con todo
su pasado de gloria y a la vez de drama que pueda tener, entró objetivamente en crisis. Así,
hablar de la necesidad de la renovación es hacer referencia a una necesidad verdaderamente
histórica, y por tanto, inexcusable. Pero también muy compleja, porque significa remover
toda una conceptualización de la transformación revolucionaria de la sociedad –y los
pesados hábitos en los que ella se materializó- y fundar, en cambio, una conceptualización
nueva. No es poca cosa. Por ello es que asumir el desafío significa, en términos de actitud,
estar dispuesto a afrontar un proceso que será prolongado, repleto de dificultades, de
riesgos, errores y hasta retrocesos inevitables, ante los cuales no habrá recetario alguno que
pudiera valer algo la pena. Lo que sí abundarán serán, en cambio, interrogantes, porque
perestroika y renovación no son modelos de nada, sino intensos procesos de búsqueda. De
una búsqueda que tampoco parte de cero, sino de una historia que tiene que ser recogida
precisamente para ser superada dialécticamente. Ni el continuismo –por muy remozado que
pudiera ser- ni la abjuración fácil, pero igualmente estéril de esa historia son alternativas.
Tal es el sentido de la crisis y, en consecuencia, tal es también el sentido de la renovación.

¿Qué es lo que entró en crisis y por qué? En primer término, un cierto tipo de
socialismo que llegó a ser, de hecho, toda una concepción. El socialismo hasta ahora
existente que alguien, en algún momento, se le ocurrió absolutizarlo agregándole el
calificativo de “real”. Pero no sólo eso. Hay un segundo plano de la crisis que afecta a todo
el movimiento comunista y revolucionario mundial; esto es, incluso al movimiento de
Liberación Nacional. Tal podría considerarse la “geografía” de la crisis. Y es esta
“geografía” la que establece el punto de contacto entre tres procesos íntimamente ligados,
pero no idénticos, que son los que realmente se han puesto en marcha, a saber: la
“perestroika” del socialismo existente, la renovación de todo el movimiento comunista
internacional y de todo el movimiento revolucionario mundial en general, y lo que
Gorbachov llama la apertura de una “nueva mentalidad política” que, en como se sabe, se
basa en la idea de que el mundo de hoy es mucho más interdependiente y hasta cierto punto
más íntegro que ayer, y que, en no pocos aspectos, los valores humanos generales o
universales han alcanzado una cierta prioridad por encima –o más allá- de los calores de
clase. En cuanto a los ámbitos de contenido, con expresiones y magnitudes distintas, es esta
una crisis que se hace presente en los tres niveles fundamentales de la actividad humana: el
de la economía, el de la política y el de la teoría propiamente tal.

Esto último es algo que queda expresado con notable claridad en la propia historia
de lo que Gorbachov llamó “primera fase de la perestroika”, es decir, la de formación
sistémica de sus principales postulados teóricos. Porque esta peculiarísima “revolución en
la revolución” –que hasta ahora, lamentablemente, aún no ha podido superar el hecho de
haber sido impulsada “desde arriba”- no se inicia, como se sabe, con alguna
sistematización teórica o programática pre-establecida. Ni los documentos del Pleno del
Comité Central del PCUS, realizado en abril de 1985, y ni siquiera todos los materiales del
histórico XXVII Congreso representan eso. La primera percepción de Gorbachov y sus
compañeros –lo digo así porque no es una percepción que entonces haya sido compartida
por todo el PCUS, ni por todo el Comité Central, y ni siquiera por todo el Buró Político-
está referida a lo que resulta más evidente a simple vista: el estancamiento del desarrollo
económico, la mala calidad de los productos y de los servicios, el desabastecimiento y la
falta de surtido de bienes de consumo, el ostensible deterioro de las condiciones de vida de
la población; en definitiva, la pérdida de una batalla considerada –con sobrada razón-
histórica en la arena internacional, eje de las tesis sobre la coexistencia pacífica: la
emulación económica mundial con el capitalismo.

Por ello es que antes de hablar de “perestroika”, de “glasnot”, incluso de “nueva


mentalidad política”, se habla sólo de “estrategia de aceleración del desarrollo económico”.
Tal fue, en realidad, la tarea central que se trazó el llamado Pleno de abril, como el XXVII
Congreso. Cuando comienzan a identificarse los componentes de lo que se llamó
“mecanismo de freno”, la mirada está puesta en el freno al desarrollo económico y no
todavía en el estancamiento del régimen político, de la producción teórica y de toda
creación cultural (aun cuando, en este último aspecto, ya se tenía conciencia de la crisis
existente en la escuela soviética y en la formación cultural de las nuevas generaciones. Del
mismo modo, el cuestionamiento de los métodos de gestión está referido en un primer
momento sólo a la gestión política en el Estado y en la sociedad. Es sólo cuando se ubica la
expresión más de fondo del estancamiento económico –esto es, la incapacidad de pasar
rápida y eficientemente de las modalidades de explotación extensiva a la intensificación de
la producción; o, lo que viene a ser en definitiva lo mismo, la aplicación plena de los logros
de la revolución científico técnica a la producción- que se llega a la conclusión de que el
aceleramiento del desarrollo socio-económico es imposible sin una amplia y profunda
democratización de la sociedad y del Estado. Y es, a su vez, esta apertura, este acceso al
horizonte más vasto de las relaciones políticas lo que permite hincar la visualización
sistemática y global de las expresiones de la crisis en el terreno propiamente de la teoría.
No es que se abandone la “estrategia de la aceleración del desarrollo socio-económico” ni
mucho menos, sino que ahora pasa a ser entendida en el ancho contexto de lo que se ha
denominado “la activización del factor humano”. Es el gran y definitivo salto que va desde
el hombre-objeto productor al hombre-sujeto de la historia, y ya no visto tan sólo ni tanto
como hombre-masa, sino como individuo. Gorbachov dice, entonces: la democratización es
el “alma” de la perestroika. Es recién la XIX Conferencia Nacional la que comienza a ver
las cosas definitivamente de ese modo En eso consiste, justamente, su significación
histórica. La perestroika ha terminado por partir desde sus propias entrañas, desde sus
propios desgarros y dolores su destino definitivamente humano.

Es sólo entonces cuado se está en condiciones de iniciar una reflexión completa


acerca de por qué el capitalismo y el imperialismo no sólo están –como se afirmaba- al
borde del derrumbe definitivo, sino que, como resulta evidente a simple vista, muestra un
vigor mucho mayor que el socialismo para la aplicación exitosa –y vertiginosa- de la
revolución científico-técnica de la producción, y hasta muestra en no pocos aspectos un
eficiencia mayor que el socialismo en la regulación internacional de su economía que, con
los espectaculares conflictos y contradicciones internas cuyos efectos todo el mundo
conoce, le ha permitido en buena medida sortear la crisis. Y hasta diferirla o reducirlas al
mínimo, si tenemos en cuesta que la anunciada crisis que debía sobrevenir a fines de 1987
no fue tal. Se trata, por cierto, de una respuesta capitalista e imperialista, es decir, basada en
la explotación y saqueo de pueblos enteros. Pero este carácter no tiene por qué anular la
validez de la mencionada reflexión.

Se hace evidente la puesta en crisis de una serie de tesis teóricas. Se pone en crisis
su uso, su comprensión estereotipada contenida en manuales con los que se ha educado a
generaciones completas de cuadros comunistas y de otros movimientos revolucionarios. Y
hasta se ponen en crisis las formas concretas con que estas tesis fueron expuestas por sus
autores en las obras más clásicas del marxismo. Lo cual no debiera tener nada de extraño si
es que ella no hubieran sido asumidas al pie de la letra como elaboraciones últimas y
acabadas –es decir, como doctrinas-, extraídas del contexto histórico en el que fueron
escritas. Lo primero que pasa a ser objetivamente cuestionado es la comprensión dogmática
del concepto de crisis general del capitalismo. También un uso similar acerca de la
caracterización leninista del imperialismo como capitalismo decadente, parasitario y en
descomposición. Resultan igualmente obsoletas las absolutizaciones sobre la
“imposibilidad” de que el capitalismo pueda conocer las leyes objetivas de su propio
desarrollo (absolutizaciones que no dan cuenta de la creciente capacidad desarrollada por el
capitalismo para el manejo de sus crisis). Queda convertida en papel la afirmación hecha en
mucho eventos internacionales y en diversas obras relativamente recientes acerca de una
supuesta y congénita incapacidad del capitalismo para asimilar plenamente los logros de la
revolución científico-técnica; capacidad que automáticamente sí se le confería al socialismo
en virtud tan sólo de sus simple naturaleza. En fin, la tesis acerca de la superioridad
histórica del socialismo sobre el capitalismo queda aún a la espera de una demostración
práctica más convincente.
¿Por qué esta crisis –que, como se ha dicho, abraca los planos de la economía, de la
política y de la teoría, afectando al socialismo existente ya todo el movimiento
revolucionario mundial- se hace evidente, madura, estalla y se generaliza en estos
momentos? La revolución científico-técnica –que es, ante todo, una revolución en los
sitemas de relaciones del hombre con la naturaleza-, la internacionalización sin precedentes
en el desarrollo de las fuerzas productivas, la amenaza de exterminio termo nuclear que aún
pende sobre toda la humanidad, las catástrofes ecológicas de magnitud planetaria, las crisis
energéticas y de drástica reducción de los recursos no renovables, los problemas del
subdesarrollo, del atraso, del hambre y de la miseria más extrema que viven casi dos tercios
de la humanidad son problemas globales que hablan con elocuencia propia de la mayor
universalidad del mundo de hoy y del carácter también universal que deben revestir sus
perspectivas de solución. Nos hablan también de la magnitud igualmente universal y nueva
que han adquirido las necesidades humanas materiales y espirituales. Son estas nuevas
necesidades las que explican ese protagonismo inédito que han alcanzado las masas en casi
todos los países del mundo, y que, entre sus novedades más notables, suele mostrar una
articulación no tradicional en el sentido de que ella se produce a partir de intereses y
valores no relacionados en lo inmediato con intereses y valores expresamente clasistas. Son
los llamados nuevos movimientos sociales de masas –juveniles, étnicos, feministas,
ecologistas, antibélicos- no comprendidos oportunamente en sus potencialidades
anticapitalistas y libertarias por un movimiento comunista prisionero de estereotipos
doctrinaristas; en circunstancias de que tales articulaciones no tradicionales no son otra
cosas que expresión del mayor grado de universalidad del mundo actual.

Mayor universalidad no significa disolución de la contradicción de clase, sino una


complicación cualitativamente nueva de ella que debe ser entendida en el carácter objetivo
que realmente tiene. Objetivamente existen hoy problemas de magnitud planetaria para
cuya solución se requiere un concurso mayor de la humanidad entera. Los problemas
globales lo son justamente por que en modo alguno son solucionables por el capitalismo;
pero tampoco pueden ser resueltos con el esfuerzo unilateral de las fuerzas del socialismo.
El ejemplo más elocuente es el de la paz en el mundo. Si, como parece haber quedado
demostrado, la acumulación de medios de exterminio masivo a ambos lados de la gran
contradicción no fue solución, sólo resta la alternativa de una solución política. La gran
complicación consiste en la necesidad de abrirle paso a esta alternativa aunando las
mayores capacidades que permitan anular de hecho las expresiones más agudas de la
naturaleza agresiva y expoliadora del imperialismo, sin soñar ni siquiera por un solo
instante con que tal naturaleza podrá ser cambiada. Porque ante los desafíos que la
universalización del mundo de hoy presta, tanto a las fuerza mundiales del socialismo como
a las fuerzas mundiales del capitalismo, estas últimas ensayarán siempre –como lo están
haciendo- una respuesta acorde con su carácter. Así, las únicas posibilidades de propuesta
propia y viable por parte del socialismo y de las fuerzas por el socialismo, que logren reunir
toda la fuerza humana para las soluciones globales que se requieren, estriban en
comprender su universalidad y actuar en consecuencia. Para ello es la perestroika, tal es el
sentido histórico de la renovación.

El socialismo no estaba en condiciones ni económicas, ni políticas, ni teóricas para


afrontar el desafío sin renovarse profundamente. No estaban en condiciones económicas
como efecto de la transgresión de las propias bases echadas por los fundadores del
marxismo para una teoría de la economía política del socialismo. La consigna acuñada por
Marx y Engels: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”-que
sintetiza, por una parte la posibilidad real del nacimiento de una nueva conciencia, pero,
por otra, el carácter todavía mercantil de la economía socialista-, fue suplantada por una
concepción igualitarista que es imposible encontrar en lugar alguno de las obras marxistas y
leninistas más clásicas sobre la materia. Un igualitarismo que tampoco tiene nada que ver
con el criterio diferencial referido a las distintas necesidades humanas que Marx y Engels
imaginaron para la ulterior fase propiamente comunista. Es decir, una deformación
completa, afincada en criterios economicistas, estrechamente cuantitativos y colectivistas,
en una visión limitada de lo que es el proceso productivo y, como consecuencia de todo
ello, en una comprensión primitiva acerca de lo que es la propia clase obrera. Las extensas
investigaciones de Marx y Engels que, no por casualidad, terminaron relacionando en una
sola fórmula, única e indivisible, propia para esta larga fase de la historia humana, el
desarrollo consciente del conjunto de las capacidades que el individuo entrega a la
sociedad con retribución que ésta debe hacerle de acuerdo, no al valor de su fuerza de
trabajo como en el capitalismo, sino “según su trabajo” –según la cantidad y la calidad
de él-, quedaron durmiendo el sueño de los justos para dar paso al rasero igualitarista que
sólo podía significar a la larga la objetiva estimulación de la descalificación, la
mediocridad, la holgazanería y la falta de espíritu innovador.

Así discurrió la llamada “emulación socialista”, cuyos impactantes resultados –de


una época en que los métodos de “ordeno y mando” aparecían justificados en la situación
de guerra, atraso y aislamiento- sirvieron de cobertura al régimen de Stalin para sepultar
definitivamente no sólo los criterios de Marx y Engels, sino los contenidos de las obras de
Lenin (particularmente en sus últimos criterios y materiales). La “desestalinización” del XX
Congreso del PCUS –que, como se sabe, quedó a medio camino- produjo reformas
económicas modernizantes que no alteraron en nada las deformaciones más esenciales: el
igualitarismo, los métodos de “ordeno y mando”, los patrones preferentemente extensivos
de explotación y la absolutización extrema de la planificación central con el consiguiente
desprecio por los mecanismo del mercado y la identificación de la propiedad estatal como
ideal de propiedad socialista. Todo un conjunto de prácticas económicas funcionales a una
concepción administrativa y autoritaria del ejercicio del poder político. Ello tenía que entrar
inevitablemente en crisis a la hora en que el propio desarrollo de la humanidad impusiera
un salto definitivo de los mecanismos de explotación extensiva a la intensificación de la
producción. Porque el despliegue de la revolución científico-técnica y su plena aplicación a
la actividad productiva que este salto implica son causa y efecto para una mayor
intelectualización del individuo que, por ello, reclama libertades política, civiles y de
creación cultural plenamente garantizados en un Estado de Derecho.

La identificación de la propiedad estatal como idea de propiedad socialista, la


absolutización de la planificación central y el imperio de los métodos de “ordeno y mando”
están en la base del destino inverso al verdadero ideal socialista que fue tomando la
cuestión del Estado. En lugar de ir caminando hacia la “paulatina extinción” del aparato
estatal y, congruentemente con ello, hacia el autogobierno de las masas –como lo
imaginaron los fundadores del marxismo-, se llegó a ese aparato burocrático partidario-
estatal de dimensiones elefantísticas que se interpuso entre la sociedad política y sociedad
civil, entre gobernantes y gobernados como una suerte de “pantano” en cuyas inmensidades
se ahogó toda iniciativa independiente no sólo de las masas, sino también de los individuos.
Una burocracia que en la URSS llegó a contar con 17 millones de personas -60 millones
considerando a sus grupos familiares, en un país de 260 millones de habitantes-, que,
desligada de los procesos productivos reales, acumuló, sin embargo, un poder omnímodo
que le permitió vivir precisamente de la distribución de los valores creados por los demás.
Dicho sea de paso, es justamente esta consideración la que ha llevado hoy a muchos
científicos soviéticos a investigar si es que no se trata definitivamente del surgimiento de
una nueva clase social. Así, las cosas caminaban en la dirección exactamente opuesta a lo
que Lenin llamó –como otra forma de nominar al socialismo- la “democracia más
completa”. El llamado “Estado de todo el pueblo”, en los hechos, no eran las palancas del
poder político puestas efectivamente en las manos de los trabajadores, ni mucho menos en
las de “todo el pueblo”. Ello agravado por lo que Gorbachov ha definido como “la tutela
mezquina del aparato partidario sobre el aparato del Estado”, es decir, la suplantación de las
funciones de administración estatal por parte del partido único, una de las resultantes de la
absolutización dogmática de la tesis sobre el rol dirigente del partido.

Este rol dirigente llegó a ser entendido como el deber y el derecho del partido para
ser la única fuente, omnisapiente, de toda iniciativa social, el monopolio de la imaginación,
planificación y administración de cualquier directriz. Pero, en un ambiente de extrema
concentración burocrática del poder, la propia vida interna del partido –incluidos sus
propios procesos electorales y la toma de decisiones- no podía ser sino igualmente formal y
ficticia. Así, el ejercicio de este tipo de “rol dirigente” tampoco estaba en manos del
conjunto del partido, sino en el Buró Político, el que, incapaz de cumplir una misión
sobrehumana como la señalada, terminaba delegando inevitablemente la dirección ejecutiva
de todo a la ya mencionada burocracia. De este modo, el partido hizo abandono justamente
de su rol dirigente, es decir, de su capacidad de propuesta política ante la población, de su
trabajo ideológico y organizativo entre el pueblo, de su capacidad de persuasión para
generar un consenso real. Se optó, en cambio, por lo que Lenin denominaba un criterio
“propio de tenderos”; es decir, la renuncia a reunir legítimamente las capacidades arriba
anotadas para transformarlas en el establecimiento de un requisito de reconocimiento
previo estampado en el papel (con el agravante que, en este caso, el “papel” era ni más ni
menos que el texto de la Constitución Política del Estado). En tales condiciones se hace
imposible el desarrollo de un verdadero tejido organizacional de intermediación social, el
que es remplazado por unas cuantas organizaciones únicas que, en verdad, trabajan como
otras tantas dependencias partidarias. Es decir, el verticalismo.

La consolidación del descrito funcionamiento irracional de las relaciones Estado-


partido-régimen político terminó por restar todo vigor real a la sociedad civil socialista, la
que, en consecuencia, tampoco estaba en condiciones políticas de enfrentar los desafíos del
mundo actual. La principal dificultad que hasta ahora enfrenta la perestroika para
transformarse de revolución desde arriba en revolución desde abajo –que, dicho sea de
paso, es lo único que la hará irreversible- radica justamente en la enraizada costumbre de
que 17 millones de personaras pensaran, organizara, planificaran e impartieran órdenes para
y por todo el resto de la población. El principal enemigo de la perestroika –más que la
enconada y organizada resistencia de los conservadores- es que la gente no sabe como
hacer las cosas en un ambiente de verdadera democracia socialista, no tiene experiencia.
Ello aumenta los temores, la desconfianza y los recelos, y hasta para muchos resulta hoy
una odiosa molestia la responsabilidad propia de tener que pensar y organizarlo todo por sí
mismos. Hay gente que hasta llega a añorar los tiempos en que sólo debía cumplir órdenes
si asumir ninguna responsabilidad por la calidad de los resultados de su trabajo.

La aplicación de la autogestión y autonomía financiera en las empresas; la


democratización socialista de su conducción; su derecho a establecer relaciones
comerciales directas con empresas extranjeras; el régimen de salarios en dependencia
directa de los niveles de producción, de calidad y de productividad; el término del
paternalismo estatal sobre las empresas ineficientes y no rentables; el respeto a los factores
monetario-mercantiles en las relaciones entre empresas estatales y cooperativas; el
desarrollo de estas últimas; la aplicación de planes de arriendo y de contrata familiar; la
anunciada reforma del sistema de precios orientada al respeto por los costos de producción
–cuestión que deberá ser aplicada paulatinamente para evitar los efectos explosivamente
negativos sobre el poder adquisitivo de la población- son medidas todas orientadas no sólo
a la reactivación económica, sino pensadas también en sus efectos de reactivación política
como expresiones de la “activación del factor humano”, en términos de que significa
“acercar” el parto productivo a la población para que ésta realmente se “apropie”
socialmente de él, superando la enajenación que supuso la derivación de la propiedad
estatal como “propiedad de nadie”.

En todo caso, los resultados propiamente económicos tiene su validez en sí mismos


por cuanto, además de que tendrán que representar una recuperación del protagonismo
económico mundial de l socialismo frente al capitalismo, inciden en la necesidad de que la
perestroika muestre mejoramientos sustanciales y tangibles a corto plazo en lo que a la
elevación del nivel de vida de la población respecta. Eso es lo que, ante todo, la gente
espera.

En la esfera más propiamente de la política, la crítica del stalinismo, la “glasnot” y


la reforma del régimen político han contribuido a crear ya otra atmósfera socio-política en
la población soviética. Ese es justamente, por ahora, el logro más cierto de la renovación.
Las elecciones del 26 de marzo de este año, sin ser más que un paso intermedio hacia la
formación de un sistema electoral plenamente democrático, significaron un salto cualitativo
en la activación política de la sociedad. El hecho de presentar alternativas de candidatos, y
hasta de plataformas electorales, descorrió el velo del formalismo que impidió el
surgimiento de un verdadero interés por parte de los electores en cuanto a hacer uso de su
derecho a sufragio. La sociedad civil soviética inició así su marcha hacia la recuperación de
su vigor político; ahora, claro esta, sobre nuevas bases.

El socialismo tampoco estaba en condiciones teóricas de enfrentar con éxito los


desafíos del mundo actual. No lo estaba, en términos generales, por los procesos de
doctrinarización sufridos por el marxismo en uso. Ni Marx, ni Lenin pudieron desarrollar
una teoría completa de la construcción real del socialismo. Sin embargo, el stalinismo se
arrogó tal derecho imponiéndole a las elaboraciones iniciales de aquellos todo el pero
tergiversador de su estereotipada pobreza. Así, gran parte de los descubrimientos teóricos
del marxismo –y más aún los de la filosofía anterior- quedaron sin efecto para la
comprensión verdaderamente compleja de la construcción del socialismo. Todo lo que
Lenin llamó el “núcleo” de la dialéctica quedó difuminado a la hora de explicarse el
desarrollo de la sociedad socialista.

Todas las sociedades anteriores habían sido contradictorias; pero nadie nunca habló
de las contradicciones internas inherentes al socialismo. Sólo en el socialismo el desarrollo
de las fuerzas productivas dejó de determinar cambios cualitativos en las relaciones de
producción. Las relaciones contradictorias entre las nacionalidades, entre la sociedad y el
individuo, entre la ciudad y el campo, se dieron por resueltas. Los dolorosos
acontecimientos que hoy ocurren en torno al problema nacional indican con trágica
elocuencia que ello estaba muy lejos de ser así.

Hoy, muchos plantean que único modo de resolver esta crisis teórica es retomando a
Marx, a Engels y a Lenin. Es un predicamento que puede parecer retrógrado si es que es
tomado como el propósito de volver, al pie de la letra, a formulaciones teóricas expresadas
de un modo determinado en contextos históricos pasados. No tendría por qué ser así, en
cambio, si es que la referencia es a rescatar más que nada una actitud teórica. Es decir, esa
universalidad del marxismo original para desarrollarlo y ponerlo a la hora de los relojes del
siglo XXI. Marx y Engels jamás propusieron tender en torno a su pensamiento esos
cordones sanitarios inventados por Stalin para defender la “pureza” de la “doctrina” de lo
que él mismo bautizó como “influencias extrañas”. Para realizar la más grande revolución
que hasta ahora conozca la filosofía moderna, por el contrario –usando el término original
empleado por Engels- “empalmaron” su pensar con todo lo que hasta eran los más grandes
logros del pensamiento universal, sin desecharlo “por burgués”, sino asumiéndolo a
plenitud para superarlo dialécticamente. La grandeza teórica de Lenin estuvo también en su
universalidad –o en su “cosmopolitismo”, como acusadoramente diría Stalin- y no en la
estrechez doctrinarista que se le encorsetó después. Por ello mismo es que asumió este
sistema totalizante, pero abierto, que es el marxismo de un modo crítico, incluso
“corriendo” a Marx, “revisándolo” en no pocos aspectos. Y a nadie nunca se le ocurrió
acusarlo por ello de “revisionista”.

Si el paso del capitalismo a su fase imperialista llevó a Lenin a desarrollar


cualitativamente el pensamiento marxista, ¿por qué no encarar hoy un esfuerzo semejante
en circunstancias que el cambio de la realidad presente es mucho más vasto que entonces?
¿Puede el marxismo asumir este salto cualitativo de la realidad sin dar él mismo un salto
semejante que lo “reabra” como sistema teórico? Todo indica que en la imperiosa
necesidad de dar este, salto y en el desafío de que él sea lo suficientemente vasto y
profundo como para dar plena cuenta del universo de nuestro días, consiste justamente la
crisis y la necesidad de la renovación en el plano de la teoría.

Es el movimiento comunista el que, antes que nadie, tiene que hacerse cargo de esta
urgencia. Para ello resulta imperioso que se reasuma en sus relaciones internas como
movimiento. Ello significa superar en su seno todo atisbo de conducta hegemónica y su
resultado consustancial que es el seguidismo, los alineamientos para producir
“excomuniones” –que, por lo demás, lejos de resolver algo, sólo reportaron graves pérdidas
en un pasado no muy lejano- y, naturalmente, dar por terminado ese pesado hábito de
autocensura colectiva que se transformó en el sano principio de la “no ingerencia en los
asuntos internos de los partidos”, y que determinó silencios imperdonables frente a
situaciones que, pese a ser generadas por un partido en particular, en verdad afectaban al
movimiento en su conjunto.

Superar, en suma, esa suerte de “diplomacia roja” que inundó las relaciones
interpartidistas de un alambicado formalismo, tan impropio del estilo directo y franco que
por naturaleza tienen los trabajadores y los pueblos a quienes se aspira a representar.

Se trata, en definitiva, de optar por nuevas formas de hacer política al interior


mismo del Movimiento Comunista Internacional, basadas en una actitud teórica que no sólo
rechace la dogmatización absoluta, sino también todo aquello que tantas veces se ha
expresado como la “aplicación creadora” del marxismo a las realidades nacionales. Porque
toda “aplicación”, por mucho que se le agregue el adjetivo de “creador”, supone la
preexistencia de un cuerpo doctrinario (que es lo que se “aplica”). Lenin nunca hablo de la
“aplicación creadora” del marxismo en Rusia. En cambio, en su obra “Nuestro Programa”
postuló el deber de los revolucionarios de cada país de “impulsar un desarrollo nacional del
marxismo”, lo que equivale a decir que cada partido tiene, más que el derecho, el deber de
poseer una teoría propia de la revolución en su país.

Lo anterior tendría que llevar inevitablemente a que cada partido se asuma a sí


mismo de un modo más terrenal, más histórico, menos metafísico y menos moralista. Es
decir, como organización que, por revolucionaria y planetaria que sea, no puede escapar en
su vida interna y en sus relaciones con los demás a lo que son las leyes propias del
desarrollo histórico y a la ciencia y el arte de la política. Este es, quizás, el paso más difícil
de la renovación, por cuanto importa reconocer las formas concretas con que la crisis
general de todo el movimiento comunista se manifiesta al interior de cada cual; lo que
choca con fuertes subjetividades tales como el orgullo nacional-partidario. Importa también
romper con viejos usos en la propia concepción del partido. En primer término, con la
elevación del monolitismo y de la “unanimidad” al rango de virtudes –garantes de cohesión
orgánica, ideológica y política, condición de disciplina y voluntad revolucionaria- de una
noción del centralismo democrático distinta, por decir lo menos, a la que tenía Lenin, para
quien las virtudes arriba enunciadas estaban indisolublemente ligadas a la libertad crítica y
de discusión (enteramente necesaria para el florecimiento de la cultura partidaria, dado que
el conocimiento no conoce hasta ahora otra génesis que no sea la duda, el cuestionamiento,
ni otro camino que no sea la reflexión crítica).

Cierto es que entre la libertad crítica y la unidad de acción se planteará siempre una
relación dialéctica de contradicción; pero ésta tiende a ser resuelta por el carácter de
asociación voluntaria que la organización partidaria tiene, en términos de que el
compromiso colectivo que ella representa será realmente sólido en la medida que sea
materialización del consenso (algo enteramente distinto, y hasta opuesto, a la unanimidad y
el monopolitismo, por cuanto implica, a diferencia de estos, la idea dialéctica de unidad en
la diversidad).

La solución nacional de los llamados problemas cardinales de la revolución –que


no otra cosa significa tener una teoría propia de la revolución en cada país- implica también
dar por definitivamente superados los tiempos en que la exclusividad de la representación
de la clase obrera y la autocalificación de vanguardia se convirtieron, desde la partida, en
hechos positivos por la sola razón de estipularlo así en algún artículo de los estatutos
partidarios o en cierto párrafo del programa.

Esfuerzo similar se plantea respecto de la cuestión de la hegemonía. Lenin decía que


la hegemonía de la clase obrera era la influencia que esta clase ejercía sobre otros
elementos de la población (Lenin ocupa originalmente el término “elementos de la
población” y no el de clases o capas sociales), en sentido de depurar su democratismo –
cuando éste existe- de incrustaciones no democráticas. Gramsci, como se sabe, hablaba de
influencia no sólo política, sino intelectual y moral. Ambos concebían así la formación de
la capacidad real para dirigir al conjunto de la sociedad como un intenso proceso de índole
político-cultural. Ambos rechazaban, desde la partida, todo interno de transformar esta
cuestión en una noción administrativa, consecuencia de un uso meramente táctico de tal o
cual correlación de fuerzas, o exigencias de reconocimiento previo estampadas en el papel.
Sin embargo, tal es la tentación en la que tantas veces se ha caído. Se ha tratado de toda una
concepción estrechamente administrativa y primitiva de la política que es necesario y
urgente superar resueltamente.

En esa superación, cualquier partido que aspire a ser efectivamente una


representación política de la clase obrera –y mucho más aún si aspira a ser una vanguardia
real- afronta el deber de reflejar en sí mismo la transformación de la clase obrera en clase
nacional –que es la forma superior de asumirse como clase “para sí”-. Ello sólo se hace
tangible ensanchando y enriqueciendo la naturaleza proletaria del partido como fuerza
política de carácter nacional-popular. Es decir, asumiendo como propios no sólo los
interese específicos de la clase obrera y de la revolución, sino los de todos los sectores que
conforman el pueblo- recogiendo sus reivindicaciones tal como estas se expresan- y
también los intereses de la nación como tal. Hoy, además, se requiere que cualquier partido
o movimiento revolucionario asuma plenamente las reivindicaciones que dimanan de las
problemáticas regionales o sub-regionales en las que se halla inserto. Esto es una
consecuencia del mayor grado de universalidad del mundo de hoy. Es decir, para el caso de
América Latina, se requiere algo más que un diagnóstico general de la lucha
antiimperialista. Cada partido debe tener su propia política latinoamericana, su propia
opinión sobre los destinos de la región relativos al establecimiento de un Nuevo Orden
Económico Internacional, a las propuestas de búsqueda de soluciones políticas a los
conflictos sub-regionales, al desarrollo de nuevas formas de integración, al enfrentamiento
de los graves procesos de deterioro del medio ambiente, etc.

En una palabra, así como en el plano nacional no es concebible hoy agrupación


política alguna que no actúe con criterio de Estado, en el plano regional no será exitoso un
partido que no asuma como suyos los destinos de la región en la que se encuentra inserto,
que no se haga cargo del peso político de su región en el concierto internacional. Son
cuestiones que hoy constituyen parte inalienable de la vocación de poder de cualquier
organización política moderna.

La renovación, pues, tiene carácter universal no sólo desde el punto de vista de su


“geografía”, sino también respecto de sus ámbitos de contenido. Porque esas son las
dimensiones reales de la crisis. Y este camino de renovación no tiene alternativa. A menos
que, premeditadamente, se desee la paulatina pero segura pérdida de vigencia que ha
encabezado las transformaciones históricas más trascendentales del presente siglo.
Santiago, mayo de 1989.