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Congreso Nacional de Estudiantes de Periodismo

“Formación y deformación del Periodista”


Universidad de Playa Ancha 2010

Mesa de Trabajo: Organización de los periodistas

• Aproximaciones a las problemáticas del periodismo como género


profesional y a su ejercicio laboral

1. Introducción

Al iniciar esta reflexión acerca del periodismo, que se enmarca en una


propuesta temática para el próximo congreso de estudiantes a realizarse en la
Universidad de Playa Ancha, surge la necesidad metodológica de poder dividir
el análisis en dos cuerpos fundamentales: 1.- El análisis centrado en el campo
de la teoría de la comunicación y 2.- El ejercicio periodístico en su dimensión
laboral, ya sea en medios de comunicación, empresas, instituciones y en las
áreas donde se pueda ejercer esta profesión en la actualidad. El desafío de
poder delimitar el análisis a estos dos campos específicos, surge en la medida
que entendemos en estos ejes temáticos las matrices para iniciar cualquier
discusión acerca de nuestra profesión. En la medida que podamos
aproximarnos a una comprensión de ambos ejes, iremos gradualmente
incursionando en campos más específicos como análisis de géneros
periodísticos y de medios. Lo que nos convoca a investigar la episteme del
periodismo y su práctica concreta, no es solamente una vocación científica de
descubrimiento sino por sobre todo los profundos intereses que agitan nuestro
transitar por la academia, comprendiendo el conocimiento desde una
perspectiva crítica en virtud de la construcción de un proyecto político de
transformación social. La socialización del conocimiento como una práctica
política con intereses revolucionarios y la educación revolucionaria desde el
periodismo como herramienta al servicio de estos intereses, debiesen ser los
pilares sobres los cuales se edifica el tan manoseado concepto de “nuevo
periodismo”, hoy día carente de ideas y territorios en los cuales producirse.
Queremos construir un periodismo militante, que se produzca y (se) reproduzca
en la reivindicación histórica del valor de uso del trabajo (y del periodismo como
un trabajo más), que actúe en función de principios humanos desde la clase
trabajadora no como una máxima histórica universal, sino que como producto
del desarrollo de una consciencia política que implique identificar el rol en el
proceso de producción y la necesidad de transformar el orden establecido
utilizando cada uno de los medios a disposición (o bien apropiarse de esos
medios para disponerlos). El desarrollo de esa consciencia no será el resultado
de la explosión repentina de las contradicciones dentro del sistema capitalista;
esa consciencia, esos intereses se deberán construir, lo que implicará asumir
desafíos aún mayores. Esa construcción debe considerar la creación de un
poder, y que ese proceso logre determinar con claridad el qué hacer del
periodista en la sociedad, entendiendo que los medios de comunicación no son
un fin en si mismo sino un instrumento al servicio de intereses de clase, hoy
encubiertos bajo el manto de la objetividad como práctica y el
informacionalismo como ciencia de la comunicación por excelencia.

2. Saberes son poderes

Todo lo que la “teoría postmoderna” defiende como parte de una


superación de la modernidad, no son más que las consecuencias de una
modernidad en crisis (posmodernidad u oposición a las lógicas modernas). La
crisis se expresa entre los niveles de acumulación de capital, la fortaleza del
sistema de dominación (en detrimento de los sectores populares) y la aparente
desaparición de las ideologías en el mundo (como discurso de la verdad).
Alguno de los hitos que marcan este transitar entre la modernidad y la
postmodernidad, se refieren a la caída de los regímenes socialistas, a la
explosión de la innovación tecnológica (como parte de una cultura de
dependencia tecnológica, desconfianza de la razón humana y mercado de
consumo), y a los nuevas instituciones que median en la sociedad. Diría un
postmoderno: “si antes fueron los partidos políticos, hoy son los medios de
comunicación”.
Lo cierto es que la característica fundamental de la organización de un
discurso de la verdad en las sociedades actuales, es que ha hecho
desaparecer de la vista pública las voluntades de verdad, y con ello los saberes
que desprenden intereses (diría Marx) y deseos (diría Freud). Las ha hecho
desaparecer en el enunciado mismo del discurso que se asume como
verdad, que se expresa como conducta ideológica sin asumirse a si
misma como tal. Mediadores de este proceso son los Medios de
Comunicación de Masas, que poseen la característica de ser parte de un
oligopolio económico y por supuesto un monopolio ideológico que conforman
una comunidad de intereses (parte de una clase), por tanto, se constituyen
como instrumentos de reproducción ideológica.

La crisis del conocimiento, contrastado con la masificación en el número


de instituciones y en el acceso a la Educación Superior, condiciona un
escenario de precarización del conocimiento a raíz de su mercantilización y un
campo laboral saturado de profesionales. Los saberes son la comprensión del
funcionamiento y las relaciones entre sí de todo lo que existe, donde la razón
medió para su entendimiento, sistematizándolo, transformándolo en
conocimiento. En el correr de las transformaciones (entre los años 80 y 90), se
pasó desde el activismo puro como negación del teoricismo, hasta un
teoricismo abstracto ajeno a la experiencia. Llegamos y quedamos enfrentados
a un escenario donde la racionalización de saberes pareciera ser “un insulto” a
la necesidad de diversidad, abstracción, descubrimiento, innovación
(paradigma de la complejidad). Los grandes relatos cambiados por pequeños y
fragmentados relatos, han posibilitado un fenómeno que explicaremos de la
siguiente manera: se ha dejado caer sobre nosotros una interpretación
desastroza que cree poder explicar la dicotomía entre teoría y práctica,
desconociendo su unidad dialéctica, aproximándose a las interpretaciones de
una sociedad compleja, dejando a un lado los mapas que permiten orientar el
curso de las interpretaciones, dejando con alevosía “que los árboles les
impidan ver el bosque”, para fundamentar forzosamente su propia tesis de que
no existe verdad única ni hegemonía emanada de un poder dominante, y que
habitamos en el reino de la diversidad, abarrotado de posibilidades de hacer
sentir las voces de cada uno de los habitantes de la aldea global, mediante las
nuevas tecnologías multimediales. Coincidiendo en la dureza del
planteamiento, es una forma concreta de expresar la sensación de desalojo
que sentimos quienes consideramos la actividad teórica como un producto de
la experiencia, frente a la idea de postmodernidad y todo lo que ella ha
implicado.

Señalaremos dos cosas: la ideología como saber no ha desaparecido y


el conocimiento sigue siendo privativo de la clase social dominante. El discurso
de la no existencia de una única verdad (como crítica a los macrorelatos) es
una errática postura. La multiplicidad de relatos, de pequeños relatos, de
fragmentarios discursos, es el correlato de un gran relato, de un gran
discurso de la verdad. En tal caso, recorrer un laberinto sin conocer un mapa
de éste nos destinaría irremediablemente a la incomprensión de sus entradas y
salidas, y daríamos vueltas dentro de él hasta que el azar nos diera la pista de
salida. Pero pretendemos también dejar de manifiesto, sin miedo a
equivocarnos, la voluntad de saber detrás de esta “no-teoría de la diversidad”
bajo las condiciones de fragmentación. Se trata no más que del paradigma de
una modernidad en crisis, el paradigma de la derrota emanado de los proyectos
políticos de transformación social. De pronto se apagaron las luces y los únicos
que perdimos la visión fuimos quienes quedamos subsumidos en el yugo
lúgubre donde habitan los dominados. En el exterior, los verdaderos intereses
que dan vida a cada saber y a cada discurso de la verdad, como organización
de un discurso que se le asigna el valor de verdad, habitan en condiciones
inmejorables. Entonces, ¿no podría parecernos que este afán por la
diversidad, esta valoración de la fragmentación, no es parte necesaria de
la reproducción de las condiciones de dominación, basadas en una
pérdida de sentido ligada al conocimiento, que precariza sus
componentes allá abajo, donde dijimos que habitan los dominados?. Lo
cierto es que debemos pretender descubrir los saberes y ordenar nuestros
propios discursos de la verdad (sabiendo que toda verdad aumenta su valor de
acuerdo a las voluntades de verdad detrás del discurso que la enuncia).
Deberemos conocer los callejones del laberinto, mirarlo desde lo alto:
deberemos pararnos sobre los hombros de los gigantes, nuestros gigantes.
Renunciar a los mapas es renunciar a la necesidad de construir
instrumentos de poder para la liberación de quienes habitamos en el
cuarto oscuro donde la gente no se ve entre sí y no se conocen ni las
entradas ni las salidas. Deberemos descubrir los saberes con los medios a
nuestra disposición, con nuestro conocimiento crítico (nuestra luz y razón), con
nuestro discurso de la verdad, con nuestra voluntad de verdad que es la
transformación de la sociedad capitalista por una sociedad sin clases, con un
sistema económico que planifique centralmente su funcionamiento en función
de las necesidades sociales. No nos cabe duda que Saberes son Poderes, y
esta batalla se debe dar en todos los frentes.

3. La tesis de los sindicatos

La salud del régimen político se ha visto fortalecida en las últimas


décadas a causa de una dispersión de ideas reinante en el campo de las
ciencias sociales, donde los periodistas somos alumnos aventajados.
Adentrarnos a la comprensión de una sociedad compleja sin las herramientas
conceptuales requeridas para tal desafío científico, ha significado estancarnos
en la reproducción de ciertos estatutos conductuales diseñados para la
mecanización del trabajo y la enajenación del sujeto. La crónica informativa
como recurso periodístico, es la fuente primaria (y que cuenta con mayor
experticia entre los profesionales) al momento de abordar a la sociedad desde
el periodismo. La construcción de relatos, como una sistematización de hechos
a través de los medios a nuestra disposición, se hace de muy mala manera. La
obligatoriedad de la despolitización no es una imposición gerencial: el
periodista es quien dice y no quiere tener posición política, al mismo tiempo
que trabaja en medios de comunicación, empresas o instituciones con
marcados perfiles ideológicos. La contradicción más escandalosa no es no
saber para quién se trabaja, sino que no saber para qué se trabaja. En la
cultura periodística, es común escuchar entre colegas conversaciones acerca
de cuántos millones de dólares al mes se embolsan los Edwards o de cuántas
injusticias suceden en las empresas periodísticas del Grupo COPESA. El
discurso de los oligopolios parece conducirnos a la conclusión más esperada
por los dueños de la prensa, que es la aparente necesidad de democratizar los
medios de comunicación. El derrotero se establece “de forma lógica” y la tarea
es abrir muchos medios de comunicación independientes (independientes de
qué o de quién) que democraticen el acceso a la información y se transformen
en grupos de presión formando anheladas redes comunitarias, sin ponerse a
pensar en algo fundamental: para qué se hace periodismo. El periodismo
construye subjetividades como todos los trabajos, para lo cual utilizaremos un
ejemplo cotidiano: el carpintero que construye una silla o una mesa entrega un
valor de uso a quienes compran esa silla o esa mesa, y de ser sillas o mesas
cómodas, la gente lo agradece y considera que el carpintero es además un
buen carpintero, un buen trabajador y hasta una buena persona. El hecho de
realizar de buena manera su trabajo le ha permitido no sólo ganar mayor
clientela para su taller sino que además intervenir el estado de ánimo de las
personas, quienes al asociar el uso de la silla o la mesa a su propia comodidad,
han modificado en alguna medida su forma de vida. Lo que el carpintero
identifica, y que le da valor a su trabajo, es el precio que le pagaron por su
trabajo, es decir su trabajo tiene un valor de cambio.

El que el periodista sea un profesional tan deslegitimado socialmente


(sobre todo el periodista que trabaja en medios de comunicación de masas), se
da precisamente por la relación existente entre la propiedad privada de los
medios y quienes trabajan en ellos. La prensa por si misma no es un cuarto
poder, lo que le da esa cualidad es la relación estrecha que históricamente ha
mantenido con el poder dominante. En el caso de la representación de
intereses a través de la prensa, cabe destacar que ni siquiera los propios
periodistas se ven representados en el diario, la radio o el canal de televisión
en el cual trabajan. Su labor se limita al reporteo y a la aplicación de ciertos
estatutos de redacción y/o manuales de estilos, es decir a la reproducción de la
línea editorial donde tampoco participa. Los dueños de la prensa utilizan al
medio precisamente como un medio para reproducir una ideología que se
enmarca en sus intereses de clase, toda vez que los periodistas siguen siendo
educados en las falacias de la verdad objetiva y el periodismo informativo como
principal valor ético. El periodista, en esa senda, sigue sin identificar para qué
hace periodismo. En las universidades, el conocimiento precarizado como
producto de la masificación de la Educación Superior bajo los parámetros del
mercado (masificación de instituciones y flexibilización de sistemas de créditos
para masificar la posibilidad de acceso), ha potenciado la débil capacidad
crítica de los profesionales del periodismo, quienes condicionados por los
valores sociales instalados, se automarginan de cualquier actividad colectiva y
optan por una línea “autónoma” (individualizada) o bien por pequeños
proyectos que irradian voluntades bienintencionadas por combatir el oligopolio
comercial contribuyendo a la atomización al mismo tiempo, que nos hace más
débiles como gremio. Decir que el periodismo es un trabajo y que debe generar
medios para luchar por intereses de clase y que también debe apropiarse de
otros medios para disponerlos en virtud de esos intereses, significa construir
una mirada programática de la prensa, donde se identifiquen las tareas de los
periodistas al momento de ejercer su trabajo. Rechazamos la tesis de la
“prensa independiente autónoma” por considerar que propende a la
atomización organizativa y a la fragmentación de relatos múltiples que no
logran confluir en un proyecto político, además de considerar de que los
medios son precisamente medios para luchar por intereses de clase, desde las
ideas que se materializan en un proyecto político, y no un fin en si mismo para
democratizar el régimen político. En tal sentido, consideramos que las tareas
del periodista para la transformación social pasan por su formación político-
ideológica (desde una perspectiva de clase) que signifique asumir una postura
entendiendo el para qué de su profesión (valor de uso) y la construcción de
instrumentos de poder en sus lugares de trabajo que le permitan ganar un
espacio en los medios de comunicación donde ejerce su labor. Esos
instrumentos de poder serán los sindicatos, espacios organizativos por
excelencia para los trabajadores.