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GARA

EGUNEKO GAIAK

EG3

CONFLICTO POLÍTICO EN KURDISTÁN

GENTRIFICACIÓN POLÍTICA

Hutsa

EN KURDISTÁN NORTE

El Estado turco está expro- piando las viviendas de algu- nos de los barrios del distrito de Sur. Las organizaciones kurdas subrayan que, detrás de este movimiento, el objeti- vo es convertir la región en una zona de alta seguridad pa- ra combatir al PKK.

L a casa de Ali Üzmek tenía 17 habitaciones, un jardín con árboles frutales y un sótano en el que el asfixiante calor del verano era incapaz de penetrar. A dos pasos había vecinos a los que considera- ba familiares. A cuatro pa-

sos más, un económico mercado de frutas y vegetales. La casa de Ali, al igual que las de sus vecinos del barrio de Cemal Yilmaz, ya no existe: es hoy un montón de polvo, un te- rreno diáfano, sin sótanos ni árboles. Eso es lo que al menos piensa Ali, que desde hace meses no puede entrar en su barrio del dis- trito de Sur, en la ciudad de Diyarbakir. «Nací en Sur y solo he conocido Sur. Es mi vida. Esta guerra nos ha dejado sin nada y la única esperanza que tengo es recuperar mi casa, y me la quieren arrebatar por la fuerza. Creo que cualquier turco puede entender lo que estoy viviendo. Una vida se va y no pue- des hacer más que darte de golpes en la ca- beza mientras esperas» dice, desesperado, Ali, de cuerpo delgado y barba de varios días, mientras su mujer Meles y sus hijas y sobri- nos revolotean por su nueva casa, oscura, de escasas habitaciones y equipada con una bombona de butano para cocinar. Ali tiene un documento de propiedad que atestigua que la casa que reclama es suya, pero el Estado turco tiene otro plan para las viviendas de Sur. El distrito, en el que vivían 60.000 personas, estuvo más de tres meses bajo el toque de queda impuesto por el Eje- cutivo. Las estrechas y empinadas calles de algunos de sus barrios se convirtieron en testigos de una lucha que, según cuentan los locales, ha destrozado la moral de los kur- dos. Pero esto al Estado poco parece impor- tarle y, en un movimiento estratégico, pre- tende expropiar las casas de los civiles para desarrollar una gentrificación política que convierta Sur en una zona de alta seguridad.

REPORTAJE

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Miguel

FERNÁNDEZ

IBÁÑEZ

Diyarbakir

En declaraciones a Crisis Group, el gober- nador de Diyarbakir reconoció en marzo que, una vez concluida la lucha, la segunda fase sería la expropiación de viviendas: «En lugar de pagar a la gente por el daño sufrido, compensaremos la pérdida de las casas con otras nuevas en otras áreas». El Estado, am- parándose en la cuestionada Ley Antiterro- rista, está usando un sistema denominado «mediación», en el que se ofrece dinero o vi- viendas a los dueños de las casas de Sur. De aceptarlo, los afectados no podrían recurrir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). Aquellos que rechazan la compensa- ción estatal, que es lo que aconsejan las or- ganizaciones kurdas, han comenzado una lucha legal. Pero el tiempo, con juicios que podrían superar la década, unido al escaso poder adquisitivo de los locales, juega a fa- vor del Gobierno. «No pienso vender mi casa ni firmar los papeles del Gobierno. Si lo hago me conver- tiré en un desplazado de por vida. Lucharé e iré al TEDH. No nos queda otra opción, ya que el Estado no nos escucha. ¿No somos se- res humanos? ¿Nos hacen esto por ser kur- dos?», se pregunta, indignado, Ali. Lahmya Bingöl, una empleada de limpieza, no cesa de repetir que quiere su casa, que son po- bres, y subraya que su marido está enfermo

y tres de sus cinco hijos están encarcelados:

«Mi nueva casa es gratis, me la ha dejado un conocido, pero tiene que ser algo temporal.

Mi marido está enfermo y mis hijos sobrevi-

ven en la cárcel. No tenemos apenas dinero,

pero aunque lo tuviéramos no abandonaría- mos Sur. Somos los hijos de Sur. Quiero mi casa y resistiré en los tribunales, en la calle,

en

cualquier lugar».

Zona de seguridad Erdal Balsak, director técnico de la Unión de

Municipios del Sureste de Anatolia, una or- ganización dependiente del DBP, la rama po- lítica del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) en Kurdistán, explica que el Estado «ha desalojado a casi 25.000 de las 60.000 personas que vivían en Sur. Eso son unas 5.000 familias. El 20% ha ido a juicio. Ellos saben que todo será lento, que harán falta 20 años. La gente no confía en la Justicia, pero

no hay otra opción. Uno de los problemas es

que quienes vivían en Sur no eran dueños de esas casas; las alquilaban. Esa gente no va a recibir nada. Y a los dueños, que no vivían

allí, les han ofrecido unas 1.500 liras por me-

tro cuadrado. No es un buen precio. Cuando

el Estado tenga todo listo podría ser mucho más caro». En Sur, se puede pasear por su alargada calle principal mientras los comer-

pasear por su alargada calle principal mientras los comer- El Estado turco pretende expropiar cerca de

El Estado turco pretende expropiar cerca de la mitad de los barrios del distrito de Sur.

Miguel FERNÁNDEZ IBÁÑEZ

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ciantes venden ropa de marca, recomiendan a los viandantes la comida tradicional y re- cuerdan la apreciada bisutería local. A un la- do queda la mezquita Ulu, al otro, iglesias ar- menias y asirias. Es un rincón comercial e histórico que fue reconocido junto a su mu- ralla como Patrimonio de la Humanidad. De- bido al potencial económico, la oposición ha acusado al Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de querer entregar la reconstrucción a su élite clientelar. Los islamistas, amparán- dose en la búsqueda una solución a los pro- blemas sociales, lo han rechazado. Desde los barrios de Sur que no entran dentro del plan de expropiación guberna- mental, se observa una hilera de polvo que se eleva. La provocan los buldócer, que están destruyendo los pilares que aún se mantie- nen en pie en los barrios de Ali y Lahmya. Áreas como Dabanoglu, Savas o Cemal Yil- maz son inaccesibles para quienes vivieron allí durante décadas. «Están construyendo una docena de puestos de seguridad militar. En el proyecto de 2012 no estaban y, aunque estén usando este plan, creo que lo cambia- rán porque ahora en Sur no queda nada más que suelo. No sabemos quién vivirá allí, pero no serán los mismos. Antes esas casas eran privadas, pero ahora el Estado puede hacer lo que quiera y la municipalidad no tiene ni la fuerza ni la autoridad para evitarlo», ex- plica Balsak. En 2012, la municipalidad preparó un pro- yecto para la reconstrucción de los enrevesa- dos barrios de Sur, formados por antiguas casas bajas de piedra. El Estado lo aceptó. Balsak reconoce que el proyecto original aprobado por el DBP fue un error, ya que so- lo se tuvieron en cuenta las cuestiones técni- cas, olvidando las condiciones sociales de quienes vivían allí: «En general vive gente pobre, jornaleros sin un sueldo fijo. No vi- mos el problema social que conllevaría la migración –a otros barrios– porque sólo mi- ramos la parte técnica».

Identidad y memoria El distrito de Sur, al igual que el de Baglar, es habitado por gente de limitados recursos económicos, muchos de ellos desplazados kurdos de los años 90. Al sentimiento de pertenencia a un grupo social, el kurdo, se unen los lazos humanos creados durante dé- cadas. «Mis hijos están desmotivados. Nues- tros vecinos eran como una familia. Com- partíamos todo. Conocía los nombres de sus hijos, de sus mujeres. Ya sabe, estos lugares se quedan pequeños. Era salir a la calle y ha- blar de nuestra vida. Han sido muchos años

a la calle y ha- blar de nuestra vida. Han sido muchos años Meles, junto a

Meles, junto a su nieto Mehmet, en la entrada de su nueva casa, situada a 500 metros del distrito de Sur, en Diyarbakir.

Miguel FERNÁNDEZ IBÁÑEZ

DESALOJADOS

El Estado «ha desalojado a casi 25.000 de las 60.000 personas que vivían en Sur. Eso son unas 5.000 familias. El 20% ha ido a juicio. Ellos saben que todo será lento, que harán falta 20 años. La gente no confía en la Justicia, pero no hay otra opción».

y eso no entiende de dinero, relata Ali. Las

históricas edificaciones de Sur son impor- tantes para Ali, pero aún más lo son los re- cuerdos de sus calles empedradas. Ali abrió

su cafetería y conoció a su mujer Meles, de

semblante tranquilo y corpulenta. Meles re- cuerda que, tras 28 días bajo el toque de que- da, detuvieron a su hijo: «Llevábamos una bandera blanca y nada más salir detuvieron

a mi hijo. Él no ha hecho nada y aún sigue en

la cárcel acusado de ayudar al PKK».

Meles ofrece sopa fría de yogur, pan y tri- go mientras Ali cuenta su flechazo: «Nos co-

nocimos al ir a por agua a los pozos. Tiré una piedra para que me mirara. La quería para mí y si no me habría suicidado. Como ve, aquí estoy». A los 15 años se casaron, tuvie- ron diez hijos, aunque dos murieron cuando eran pequeños. Durante 25 años, Ali dirigió una estrecha cafetería que vendió cuando las cosas comenzaron a torcerse. Desde en- tonces, no trabaja. «Mis hijos ya eran mayo- res y podían cuidarnos», recuerda. En Kurdistán Norte, la relación padre-hijo está marcada por una tradición cada vez me- nos estricta. Ésta dice que un padre con re- cursos tiene que pagar la casa de sus hijos al casarse, pero luego estos tienen que cubrir cada necesidad de sus padres hasta su muer- te. Ahora mismo, tras un año de conflicto, los hijos de Ali tienen problemas para entre- gar el confort que Ali y Meles se merecen. La casa en la que residen, a 500 metros de la ciudad amurallada de Sur, es inhóspita, a medio hacer, cara. «Son 400 liras al mes. La lucha ha encarecido todo y el Estado nos ha dado 1.000 liras desde que nos sacaron. La lavadora nos la ha dado un vecino. Es la gen-

te

la que ayuda y no el Estado», se queja Ali. El caso de Sur es el más representativo de

la

estrategia del AKP en Kurdistán Norte. Pe-

ro en la mayoría de las ciudades afectadas

por los toques de queda se esperan cambios. Yüksekova y Cizre serán reconocidos como centros provinciales, lo que aumentará el número de fuerzas de seguridad y puestos militares. En Nusaybin, Balsak asegura que «quieren alejar la ciudad 8 kilómetros de la frontera con Siria; hacia el norte». A esta re- modelación de las urbes kurdas se une la carta del refugiado sirio. El Ejecutivo ha re- chazado que vaya a utilizar a los sirios para alterar la demografía de Kurdistán, pero Er- soy Dede, columnista del diario pro-AKP “Daily Star”, ha llegado a pedir que los sirios obtengan la ciudadanía turca y sean manda- dos al sureste. A principios de año, Recep Tayyip Erdogan aseguró que «no solo vamos a limpiar las ciudades de terroristas, sino que a través de un plan de regeneración urbana –eliminare- mos– las condiciones que permiten su ac- tuación». En junio, el primer ministro, Binali Yildirim, añadió que «crearemos un mejor futuro para nuestra gente, entregando traba- jo a todos los jóvenes. Así salvaremos a la gente de la explotación del PKK». La recons- trucción urbana como arma de guerra, como política de asimilación, ha sido tratada por académicos como Joost Jongerden. En sus publicaciones, este antropólogo se refiere a esta estrategia desplegada en las área rurales desde la fundación de la República. Bajo el pretexto de la reconstrucción, el objetivo a largo plazo es evitar la dispersión de las áre- as rurales integrando las pequeñas aldeas en puntos rurales de mayor tamaño diseñados por el Estado. En Kurdistán Norte, la política de tierra quemada de los años 90 consiguió forzar esta migración. Hoy, la reconstrucción de áreas urbanas modeladas por el Estado es una nueva vuelta de tuerca al conflicto kur- do, que hace un año llegó a las ciudades y ha dejado 400.000 desplazados.