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Cuentos de 2 almas encontradas para almas olvidadas.

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¿Por

qué

palabras, es el momento en

cantas?

Le

que uno se ve condenado de

preguntan al cantante.

por vida a esclavizarse a las letras. En el que nos volvemos

¿Por

qué

escritores.

pintas?

Le

volvemos ¿Por qué escritores. pintas? Le preguntan al artista. ¿Por qué escribo? Me preguntan

preguntan al artista. ¿Por qué escribo? Me preguntan ustedes. Pero yo no tengo respuestas largas ni complicadas, ni tampoco otro tema con que esquivarles. Nadie sabe por qué escribe. Quizá algunos te puedan inventar una buena historia convincente. Algunos hasta se la crean. La verdad escondida, y el misterio que todo escritor (por malo y patético que sea) es que no sabemos por qué escribimos. Un día nos vino una historia, ya sea de un sueño, de una situación imaginaria o de lo que hablaba el vecino. Y

decidimos escribirla para no contársela al mundo. Todos escribimos, es verdad, pero el momento en que alguien nos lisonjean las

Escribir me permite adentrarme en mundos que podría explicar. Me permite sentir lo que no siento, pensar lo que no pienso, decir lo que no digo. Escribir es un escape a una realidad, a veces cruda y sin sentido… Escribir me

permite ser alguien diferente, en muchas y complicadas

facetas…

Aunque

precisamente, escribir me permite ser yo mismo.

Aunque precisamente, escribir me permite ser yo mismo. no letrasolvidadas@gmail.com 4 http://letrolvi.blogspot.com

no

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Letras Olvidadas… Editorial presenta:

“Cuentos de 2 almas encontradas para almas olvidadas”

Irapuato, Gto. México.

Editor: Equipo Letras Olvidadas… Editorial.

Diseño de Portada: Alejandro Aguilar.

Editorial. Diseño de Portada: Alejandro Aguilar. Esta obra cuenta con una licencia Creative Commons, por lo

Esta obra cuenta con una licencia Creative Commons, por lo cual eres libre de copiar, distribuir y hacer pública esta obra bajo las condiciones siguientes:

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No Derivadas No está permitido que alteres, transformes o generes una obra derivada a partir de esta obra.

1ª edición julio de 2010.

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Cuentos de 2 almas encontradas para almas olvidadas.

Allizzia|DarkAngel

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Índice.

Dedicatorias

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Prologo por Allizzia

10

1ª parte: Cuentos de Allizzia

 

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Almas Flotantes Johanna

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Justina

21

La lluvia viene si se llama a la tormenta

23

Lápiz

25

Lidya

27

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2ª parte: Cuentos de DarkAngel

Aquelarre nocturno

31

Mora

34

Sueños de una mente enamorada

36

Cuando la magia de las drogas muestra su verdadera

cara

Suicidio…

37

Una noche. Una noche oscura y seca

39

El niño que olvido su papalote

41

Espera, Alma, Espera

42

Crónica de un accidente

44

Sentimientos

46

Diana

48

Epilogo por DarkAngel

59

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Allizzia

A Los Queridos, quienes siempre disfrutan de mis historias.

Y a los Alejandros, por ser mí apoyo eh inspiración siempre.

Al mundo, por hacerme quien soy; al viento, por susurrarme historias en el oído; al cielo, por estar ahí, enseñándome que por pequeña que sea yo, mis letras pueden crecer.

DarkAngel Esto es para la luna, quien me enseña que en un mes se puede cambiar de forma espectacular. Es para la montaña, quien no se detiene ante el más fuerte huracán. Es para la lluvia, que enjuaga las lágrimas de aquel que aun salta bajo sus gotas. Y es para la música, que ha estado allí siempre.

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Prologo,

por Allizzia.

A veces me siento debajo de un árbol y te cuento

historias sobre pájaros-changos (a quienes llamamos changájaros o pajangos) que vivían en los árboles platanilla y comían semillas-plátano (que son plátanos

del tamaño de una semilla) y cuando estaban aburridos les arrojaban semillas-plátano a los transeúntes. ¡Qué vida aquella de los changájaros! Te conté de la moneda que nosotros llamamos luna- que los antiguos gigantes, primeros pobladores de la tierra, pusieron en órbita al perderla cuando la lanzaron con gran fuerza en un juego de volado. Aquella moneda a la que a veces le vemos la cara plateada y a veces la cara dorada.

A veces me siento bajo el cielo y me dan ganas de

contarte. ¿Quieres que te cuente? Ven, vamos, siéntate. Te voy a contar…

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1ª parte: Cuentos de Allizzia

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Almas Flotantes

Tomé el camino de nuevo. Doblaba innumerables curvas, y cada vez olvidaba a donde me llevaban. Tampoco sabía cuánto tiempo llevaba, si minutos, horas o días. Ni siquiera se me ocurría que podía cansarme. A los costados podía observar ventanales largos, blancos. Algunas estaban cerradas, de otras volaban largas cortinas de tul blanco. Me detuve a observar un poco. Dentro, había mesas largas, blancas también, o quizá dorado claro. Señoras con vestidos largos y tocados sencillos en su cabello bien arreglado como un nudo delicado en su nuca. No había mucha luz, pero podía ver que casi todo brillaba ahí dentro. Tomaban té o café de tazas pequeñas y delicadas, y se reían constantemente, como si todo les pareciera perfecto. Quizá todo lo era. Continuaba caminando, en mi mente sonaba una tonada agradable. Los costados de la vereda se empezaban a ensanchar y a tomar un color verdoso vida. Había plantas flanqueando, con pequeñas florecillas luciéndose como una corona. Había rocas blancas delimitando el camino que iba siguiendo, y al levantar mi vista, frente a mí, había un extenso jardín verde, con árboles, y flores y plantas, donde niños se correteaban uno a otro.

-La traes.

Una mano ciñó mi hombro y un niño salió corriendo detrás de mí. Los niños tenían el pelo corto y las niñas el cabello dorado y volando al viento. Todos los niños me miraban y se reían, eso me molestaba.

-¡Ella la trae!

Gritaron atrás de mí, y todos empezaron a correr otra vez, sin dejar de verme. Bueno, si eso era lo que querían… Comencé a correr lo más fuerte que pude, y alcancé a una niña con vestido largo lleno de encajes, y un gorrito blanco de encajes también. Corría demasiado fuerte a pesar de venir tan bien vestida, se

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tomaba con una mano el sombrerito, y con la otra se levantaba un poco el faldón para poder correr. Finalmente la toqué y le grité:

-¡Tú la traes!

Empecé a correr a donde corrían el resto de los niños. El primer nombre que escuché fue el de Benito, un niño que era más bien pequeño, y llevaba vestido pantaloncillo y saquito de tela oscura. El pobre duró media hora corriendo sin poder alcanzar a nadie. El otro fue Gerta, que era una niña delicadita, con un vestido más bien corto, pero que le quedaba algo grande, y que con sus patotas alcanzó en unas cuantas zancadas al niño que llamaron Francisco. Francisco parecía grande y fornido, pero era lento, o torpe. De los otros nombres no pude darme cuenta, porque después de alguna hora más o menos, salieron unas de esas señoras de vestido largo, cuello alto y peinado pomposo acompañadas de algunos señores vestidos de trajes y algunos con sombreros llamando la atención a un par:

-¡Mírenlos! ¡Cómo están! Pareciera que viven con los animales.

Uno de los señores con cara severa empezó a ordenar.

-¡Váyanse a jugar debajo de los árboles! Ya les dio mucho el sol.

Así que todos nos fuimos a los árboles. Pensé que ya no iba a ser tan divertido pero fue una sorpresa encontrar varios juguetes debajo del árbol, pelotas de madera, muñecas, aparte de mesitas combinadas con mantelitos y tacitas y galletitas y panecitos. Algunos niños se pusieron a jugar con las pelotas, pero una niña en una esquina que tomaba una muñeca en sus manos mientras se sentaba en una de las mesitas llamó mi atención.

-Hola.

Pero no alzó la cabeza. Ni siquiera pareció oírme. Me acerqué y me senté frente a ella en la mesita.

-Hola. ¿Cómo te llamas?

Le pregunté. Se me quedó viendo un ratito y luego me contestó.

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-Agustina.

Y volvió a bajar su mirada hacia su muñeca. Era una muñequita de porcelana con trajecito de marinero, parecido al que usaba Agustina. Se quedó callada.

-¿Por qué estás aquí tan solita?

Entonces se rió. Yo estaba tratando de ser su amiga y ella se rió.

-¿Qué es tan divertido?

-Hablas muy raro…

- Mina.

Bueno, si de algo servía, ellos hablaban raro también, como si fuera un crimen que te escuchasen gritar. Agustina seguía viendo a la muñeca con un tanto de tristeza, o de soledad.

-Es que no puedo jugar. Y de todos modos nadie juega conmigo.

Y siguió viendo su muñeca. Y todos alrededor jugando, tomando té, y platicando… La tomé de la muñeca y la jalé para que se pusiera de pie. Agustina era tan pequeñita que no me tomó ningún trabajo. La jalé del brazo para jugar pero tenía problemas para correr algo rápido. Pero había muchos juegos bajo el gran árbol, y nos unimos a un grupo que jugaba boleo. Yo era muy buena en boleo, pero prefería susurrarle a Agustina consejos para que los demás le hablaran más. Y funcionó, Agustina derrumbó casi todos los pinos en la mayoría de sus turnos, y todos le envidiaban y la veían como si fuera la persona más grande del mundo, al menos en ese momento, lo era. Después de un rato, los otros niños decidieron hacer retas de las cuales, casi todas las ganó Agustina. Al final, estaban casi hartos de ser derrotados por Agustina que empezaron a inventar excusas. Agustina estaba tan feliz que se apresuró a agradecerme.

-¡Que juegue la niña nueva!

-¡Sí, le toca a la niña nueva!

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No. ¡No!. Ahora todos los niños se acercaban a mí con una mirada de malicia. Yo no quería jugar. Me fui retirando poco a poquito, pero ellos me seguían de cerca. Traté de ir más rápido pero me seguían al mismo ritmo. Me volví y corrí tras el tronco del árbol, eran más niños de los que pensé. O quizá se habían reunido más. Antes de que llegaran al tronco corrí de nuevo, y corrí y corrí, Agustina debía haberse quedado atrás. La arboleda se había acabado, el Sol brillaba sobre mi cabello, el resto de los niños me seguían. Seguí corriendo.

Di un par de vueltas en el jardín, y alcancé a pasar cercas de la puerta blanca de la

casa. Tenía cortinas blancas como velos que flotaban en la brisa invisible de cristal.

En algún momento me iban a alcanzar porque me comenzaba a doler la cabeza en

vez de cansarme. Volteé a ver qué tan cercas me seguían, y casi me tropiezo, al volverme de regreso, vi una figura cerrándose sobre mí. Casi me estrello, si no me hubiesen detenido sus manos, cerrándose sobre mis brazos y hombros

dolorosamente.

-Déjala Baltazar. Suéltala. Otra voz suave que no provenía de quien me sostenía. Las manos aflojaron y me soltaron. Todos los niños tras de mí se habían silenciado, y otros más habían huido. Jadeando, acababa de llegar Agustina.

-Querida, te buscaba. Es la hora de la cena. Su madre las busca a ustedes también.

-Sí, y ustedes también.

Varios niños, incluyendo Gerta, Benito y Agustina se adelantaron. Las mujeres como las que había visto por los ventanales les tendían la mano, atrás de ella un par de hombres también en trajes, como el que me había tomado cuando casi choco, se escondían.

-Mamá, ella es Mina, mi amiga. ¿Puede venir?

Se adelantó Agustina. Yo no podía, no debería. ¿Qué horas eran?

-Mina, mucho gusto. Claro, estás invitada, y… ¿tú eres hija de quien?

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Su cara de intriga me despertó un poquito. Claro que no podía quedarme, debía irme ahora mismo.

-No, no. Muchas gracias. No puedo quedarme. Necesito irme en este momento. Sonaba desesperada, sonaba casi malcriada. Agustina comenzó a rogarme, para mi desgracia, Gerta decidió ayudarle.

-Anda, vamos. Es solo por un rato. Solo para la leche y ya. -Sí, quiere, anda. Juega con nosotras por otro rato. Me comenzaba a retirar lentamente, dando pasitos hacia atrás. La señora y Agustina y Gerta me miraban fijamente. La vista se me comenzaba a borrar poquito y me dolía la cabeza. La verdad es que ya tenía mucha hambre, y cenar ahí dentro no sonaba tan mal. Todo dentro se veía bello, y seguramente todo estaba delicioso. Y ahí dentro podía descansar, lo cual también se m e antojaba mucho. De momentos pensé en regresar y entrar con Agustina a la casa blanca y grande llena de cosas bonitas.

-No. Yo tengo que irme. Ahora. Gracias. Corrí de regreso, por donde el jardín se reducía a un camino. Dentro de los ventanales se escuchaba el constante tintineo de platos y vasos. De personas alegres disfrutando, con tocados en sus cabezas, con vestidos largos.

El camino tenía flores en los costados, flores de colores. Hacía un poco de calor. Muchas curvas, muchas curvas. ¿A dónde iba? Los oídos me presionaban la cabeza. El camino se volvió difícil de andar cuando por fin me vi ahí, acostada. Donde había estado antes. Un sueño apacible al parecer. Ya había llegado. Entré y con un repentino respiro profundo, me levanté del catre. Me llamaban para comer.

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Johanna

Johanna había manejaba por el puente con cierta dificultad, “si tan sólo pudiese detenerme aquí” pensó. Miraba de soslayo al anillo que estaba en su mano.

Desde hace un mes había estado escuchando la historia, con disparatadas ideas y diversas interrupciones.

Había empezado con el anillo en una playa virgen, perteneciente al jefe de una tribu. Caray, Gabriel hasta había aprendido un poco de la lengua del lugar. La historia del anillo se remontaba aún, unos mil años atrás. Se había hecho representando al dios del agua y del fuego, la unión de los dioses más importantes de la tribu. Se decía que la piedra era única, había sido resultado del amor de la diosa Agua y el dios Fuego. Su único hijo fue una gran roca que cayó desde el c ielo, una noche en que la unión hizo teñir las nubes de rojo, y una lluvia caliente cayó. Desde entonces, la roca fue descendiendo en tamaño durante los años, y para no dejar morir el único fruto de lo que las personas creían imposible, hicieron el anillo. Se decía tener poderes especiales por eso, entonces. Pero hasta entonces, no se había dicho que tipo de poderes. Se suponía que cambiaba de color, pero desde que Johanna lo había visto en el dedo de Gabriel había sido color turquesa… quizá unas veces más tenue y otras más oscuro, pero era difícil saber bajo tanto equipo…

Johanna volvió a mirar el anillo. Estaba turquesa agua. No se le ocurría por qué habría de tener un anillo tan importante para una pequeña sociedad él. Recordando su largo viaje, creía haber recordado que ya no quedaban muchos de ella. Unos cuantos jóvenes no creyentes y el viejo, quien le contó fantásticas historias de la creación de la tribu. Johanna, en el lugar de Gabriel, se hubiese quedado ahí para morir. Pero ella, siendo enfermera, no recordaba la última vez que había vivido sin contacto con la tecnología.

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Gabriel había llegado hacía un mes. Había sido a ella a quien se había topado por primera vez en el hospital, insistiéndole a pesar de los otros 8 pacientes que ella tenía que atender. Finalmente, fue ella quien le llevó a su cuarto, y quien había estado atendiéndole por el resto del mes. La verdad es que en ese hospital nadie se ocupaba mucho de estos cuartos, las enfermeras hacían la mayoría de las cosas. Ella había estado ahí cuando el médico le informaba que tenía que empezar los tratamientos inmediatamente, y que las estadísticas no les daban mucho con que empezar. El había permanecido risueño, lo cual le parecía extraño, que quizá no había entendido, pero decidió no involucrarse. Días después, Johanna también tuvo que asistirle en la administración de medicamentos. “Que silencio, ¿No crees?”, empezó él, pero ella no le contestó. Johanna había aprendido a no estar en sí misma durante su trabajo, y siguió juntando guantes, tubos y jeringas del suelo. 5 largos años al cesto de basura. La pregunta la sacó de su órbita y golpeó su cabeza sobre una charola. “¿Puedo ayudarla?” se levantó súbitamente, trastabillando pero Johanna se precipitó hacia él, soltando todo y haciéndolo sentar de nuevo. “Por favor, no se levante”, le ordenó. Él obedeció y se sentó lentamente, “Disculpe SeñoritaSánchez”, y vio ella la sonrisa que le ofrecía, incluso cuando debía sentirse muy mal. “Johanna. No se preocupe. ¿Está cómodo?“ Ella siguió, sin pensar en lo que hacía. “Más de lo que está usted, sí. Pero no se preocupe, no me molesta en absoluto. Gabriel, por cierto. Y no me llame de usted”.

Johanna se vio envuelta en un lío de presentaciones, que llevaron a un círculo de historias míticas, animales al vuelo, dioses mortales, de lugares húmedos y tibios y de otra vida totalmente diferente a la que ella jamás había imaginado. Todo esto teñido por un acento tropical que la acompañaba casi todas las mañanas y casi todas las tardes. De un momento a otro, se vio conociendo a Gabriel, más de lo que se conocía a sí misma, y menos también y de la misma forma. Comenzó a olvidar la mitad de sus tareas y a no terminar las otras. Pero no le importaba, porque la magia de Gabriel y sus palabras nunca terminaban de sorprenderle.

La mayor historia, seguía siendo la del anillo. El que nunca debía quedar sin dueño, por que el anillo se alimentaba de la vida, del gozo y de la salud de quienes lo

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usaban, dando también como resultado, otras virtudes de las que nadie supo hablar. Había quienes decían que curaba enfermedades, pero era más que claro que eso no podía ser verdad. Otros, que encontraba amores, pero nadie lo supo probar. Otros tantos clamaban paz si era usado sabiamente, pero nadie era lo sabio suficiente. Finalmente, algunas historias comenzaron a derivar de que el anillo estaba maldito, aunque tampoco lo supieron comprobar. Así, de dueños miedosos y otros menos supersticiosos, el anillo había llegado a su dueño actual. Después, Gabriel se tomaba a contar historias de amor y de ficción: sobre diosas con una virtud indestructible, y dioses que las supieron dominar; sobre animales tan grandes tan grandes que podían alimentar a toda la aldea durante 3 semanas; sobre los primeros jefes de la tribu que fundaron una gran familia descendentes de los pájaros fénix; y entre otras largas historias que entretenían tanto a pacientes como a trabajadores. Era Johanna quien nunca debía faltar.

Finalmente, en los últimos 4 días, Gabriel enfermó tan fuerte que le era difícil hablar y las historias disminuyeron. La última historia, sólo la pudo escuchar Johanna, muy cercana a su boca. Contó que, cuando él muriera, ella tendría que cargar el anillo, porque no podía quedarse sin dueño, y porque nadie sabría que podría pasar si el anillo quedaba huérfano. Johanna intentó convencer en vano a Gabriel, pero no lo logró; sino que terminó prometiendo guardar casa al anillo. Él le tomó la mano y se la besó, ella era la honoraria heredera del anillo de Agua y Fuego. Después se quedó un poco callado pero muy risueño, como la vez que le habían avisado sobre su enfermedad.

Varias noches había soñado ya, sobre grandes anillos de agua y otros de fuego que la perseguían, que en un momento se convertían en nubes violentas, en piedras turquesa, o que dejaban tras su paso, pedazos de amoríos de dioses, de personas de la tribu como las había descrito Gabriel, en animales gigantes y feroces, para luego volver a convertirse en los temidos aros de fuego o agua amenazando con quemarla o ahogarla.

Los sueños se fueron ahogando brevemente, para acosarla durante el día mientras estaba despierta a un lado de Gabriel. Fueron esos últimos días los más feroces de

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sus sueños conscientes, hasta que comprendió que no podía soñarlos en su cama, ya que había varios días que no dormía. No había dejado el lado de Gabriel. Él sólo se limitaba a acariciar su cabello y decirle que debería descansar más, que iba a terminar igual o peor que él. Johanna simplemente se reía sin ganas. Veía su flama extinguirse, hasta que su día llegó. No se había dado cuenta de que se había quedado dormida, y Gabriel también estaba dormido junto a ella, casi juntos, una cabeza sobre otra y los brazos entrelazados. Johanna se levantó de su silla y lo miró, simplemente. Tomó el anillo de sus manos blancas y lo puso en su dedo anular izquierdo, justo donde lo llevaba él. Se retiró del hospital para no volver.

Johanna volvió a mirar el anillo, y se estacionó. Bajó al puente y se sostuvo unos minutos observando el agua. Pequeñas lágrimas resbalaban silenciosam ente, e iban a parar al mar, a sus manos y a su cuello. Se quitó el anillo y lo miró. Era imposible como había llegado a involucrarse tanto con alguien, y ahora, se sentía diferente. Sabía que una parte de Gabriel se había quedado con ella, pero ahora se preguntaba si una parte de ella se había ido con Gabriel. Johanna volvió a mirar el anillo casi con odio y lo apretó en su puño. El color turquesa no le hacía nada de gracia, parecía mortecino, deprimente, y mórbido. No se dio cuenta de la fuerza con la que apretaba al anillo hasta que escuchó un curioso “crack”. Abrió la palma de su mano y ahí yacían dos aros, medio anillos, uno transparente, puro como un diamante, y el otro rojo y brillante como la ira que sentía. Personas con impermeables pasaban tras de ella, y se pensó en buscar un lugar cálido y diferente. Miró de nuevo al ahora par de anillos que descansaban en sus manos. Lanzó el blanco al agua, y el rojo lo puso en su “honor”, el dedo anular de su mano izquierda. Y partió.

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Justina

-‘Tas obstina ‘o, te lo digo. Pásale necio. Que no logras nada.

Se rió maliciosamente Doña Paca. La dueña del congal. Con sus vestidos viejos y raídos de las ricas de hace años. Se rió de que siempre entraba con la misma cara. Al mismo cuarto. Al fondo del pasillo, cubierto con domo de plástico. La lluvia sobre el domo tapaba el sonido de sus zapatos en el piso de tierra. El cuartucho más pequeño. Los bordes de la cama pegados a la pared. La colcha roja vieja y rota. La cortina a juego en la cabecera, tapando la ventana hacia la calle. Ella. Sobre la cama. Rodrigo se quitó el saco, y se recostó junto a ella. Se abrazaron.

-Te tardaste. Le dijo ella.

-El trabajo. Le contestó simplemente Rodrigo.

Le besó el cuello. Los brazos y la boca. Ella le abrazaba tiernamente, con su usado vestido que solía ser rojo. Le besaba también el cuello y el pecho.

El calor. Los dos estaban acostados, acariciándose. Ella preguntó.

-¿Cuándo?

-Pronto. Algún día.

Siempre contestaba él. Y cerraba los ojos para encerrar el momento. Su olor. Su calor.

Y así despertó. En el frío cuartucho sin ventanas de la pensión. Sobre la cama sin sábanas. La resaca. El dolor de cabeza.

Se levantó con el mismo traje viejo, roto y desvaído. Viejo, casi transparente de los años. Caminó. Al pasar frente el bar, contando sus pasos en voz alta, sin darse cuenta.

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-¡Hey! ¡Rodrigo! ¡Pa’ donde mismo! ¡Ta’obstina’o!

Aunque parecía dirigirse a las personas de la barra más que a nadie. Una burla. Doña Paca limpiaba los vasos en el bar.

Rodrigo seguía con el mismo olor en la nariz, la misma piel en las manos, la misma voz en los oídos. La misma mujer en el alma, la que alguna vez dejó olvidada en algún lugar.

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La lluvia viene si se llama a la tormenta

Era ya la tarde. Se había nublado de repente. Había comenzado a chispear varias horas antes con el sol de medio día a todo lo que daba. Pero no duró más de quince minutos. Parecía que la lluvia no se decidía a venir. Como si tuviera miedo.

<<A lo mejor y si tiene>> pensaban los dones del pueblo. Hacía año y medio que estaban en sequía intensa. Ya se había ido medio pueblo a sembrar a otro lado, y nada más quedaban las doñas con sus hijos más pequeños.

El viento comenzaba a fresquear. Suave apenas, como una caricia. Había pocas ramas vivas, que se movían junto con las secas creando un murmullo entre ellas.

<<Así canta el silencio>> decían los viejos a los niños que salían corriendo de sus casas hacia la plaza, a jugar rayuela en la tierra o futbol con el balón parchado.

<<No se apuren plebes>> les gritaba Don Mateo, el viejo más antiguo del pueblo. Decían que ya estaba medio zafadón. Clamaba algunas veces que su padre estaba ahí cuando se fundó el pueblo, y él, de chico, lo miró con sus propios ojos. Otras recitaba a José Soni, el supuesto “poeta” del pueblo, con frases que nadie lograba entender. Por eso decían que ya estaba viejo demás y los niños se reían de él. Como lo acababan de hacer al pasar y escucharlo.

<<Igual no van a llegar>> les gritó menos fuerte. Casi siempre estaba sentado en su banca en el portal de su casita a medio caer, sin fuerzas para hacer muchas cosas. Sus hijos ya se habían ido al otro lado y olvidado de él. Su esposa había muerto hace tantos años que ni él la recordaba bien.

Por eso había querido morir desde hace mucho tiempo, tanto que esas ganas se terminaron por mezclar con los sueños jamás realizados y perdidos, catalogado como uno de ellos. Se volvieron ese vacío que rellena el corazón de la gente con rutina. Esa sequedad de los lugares donde jamás llega la humedad. Ese amor que

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dan los corazones rotos que nunca sanan. Algo que se mantiene por tanto tiempo, que en algún momento se puede decir que deja de ser.

Don Mateo pensaba en nada y en todo. Corrió un viento con olor a tierra mojada.

Saber cómo es el tiempo no es difícil. Lo difícil es vivir tanto como Don Mateo para aprenderlo. Y Don Mateo se acababa de graduar. Y sabía exactamente qué era lo que iba a pasar. Sabía, también con exactitud exagerada, cómo iban a resultar las vidas de los que conocía, que era casi todo el pueblo . Cayó la primera gota y él lo sabía. También sabía que eso era todo lo que necesitaba. El polvo del suelo comenzó a humedecerse. Las señoras salieron a ver si sí era cierto que llovía. Los niños regresaban corriendo cada uno para sus casas. Estaban enojados, pues no habían llegado muy lejos y no pudieron jugar. Las señoritas mirarían frustradas más tarde por las ventanas los rayos de fuego que soltaba el cielo, porque esta noche no habría baile. Y los pocos campesinos que quedaban en el pueblo, escucharían como suena la esperanza.

Era sencillo. Saberlo, era sencillo. Porque a esa edad todo deja de sorprenderte y te das por vencido por que ya sabes lo que viene. Entonces probó una calma total, de esas que preceden a los huracanes. Los niños se congelaron en su momento de corredera y esa imagen se detuvo ante sus ojos.

Porque, cuando ya sabes qué viene, vivirlo, no sirve de nada. El sonido dejó de ser y fue la última imagen que tuvo del mundo. Incluso el silencio dejó de cantar. Y lo había esperado tanto que ni siquiera lo disfrutó. Porque el tiempo no volvería a empezar, al menos no para Don Mateo.

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Lápiz

Había una vez un lápiz que se quedó sin alma. Su marca estaba mal impresa y el borrador rosa se había caído. Y no pintaba tampoco. El dueño del pobre lápiz lo desechó y después de pasar por una larga serie de manos fue exiliado a vagar solo y sin trabajo por el mundo.

Estaba decepcionado ya que no podría regresar a su fábrica de origen, porque su marca estaba mal impresa. Soñaba con regresar con sus semejantes del salón de “Defectos y defectuosos” de sabrá-Dios Lápices.

Un día se desesperó tanto que se rodó hacia las llantas de un auto… Pero nada le pasó. Después de pensarlo mucho decidió tomarlo como una señal y emprender el viaje para encontrar a su familia verdadera, a su fábrica de nacimiento.

Con la ayuda del aire, los fuertes vientos ráfaga y a los caminos bien inclinados, logró llegar lejos, pero ninguna de las fábricas que vio se parecía al logo chueco que cargaba sobre su lomo.

Decepcionado, rodó a donde el viento lo llevaba. Recorrió los lugares y miró el amor y el odio de las personas humanas.

Un día, mientras rodaba por una ciudad pequeña, un hombre lo recogió. El hombre de corta barba blanca, tenía piel blanca quemada por el sol.

El hombre lo vio con sus ojos grandes rasgados, que reflejaban años de experiencia. Después de varios minutos, sus ojos se tornaron en compasión y guardó a Lápiz en el bolsillo de su camisa.

El lápiz sintió el calor de un humano, por primera vez desde hace tanto tiempo. Comparable con nada, ni con el calor del mar Caribe (que también había visitado).

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Al llegar, el hombre se sentó en su escritorio y trató de escribir pero no pudo. El lápiz sintió desilusión en su cuerpecito recto de madera. El hombre lo dejó en el escritorio y contempló a Lápiz por un momento. Luego se fue.

Al cabo de dos días, después de que el lápiz vio al hombre buscar e investigar en computadoras y en libros grandotes amarillos con muchos números, después de verlo llamar varias veces por teléfono (la última de ellas gritó hasta el punto en que Lápiz descubrió una vena verde en la frente del hombre y colgó estrellando el auricular) el hombre se fue estampando los pies y la puerta.

Fue casi un día de ausencia. El hombre regresó con una bolsa de plástico comercial en la mano izquierda.

Se sentó frente al lápiz y comenzó a sacar cosas d e la bolsa y a operar sobre el lápiz.

Al final, el lápiz se sentía lleno, contento, realizado. No sabía que había pasado pero le agradaba.

El hombre comenzó a escribir pero no lo apartó. Lápiz ahora escribía. El hombre escribió las cosas más bellas con ayuda del lápiz, quien lo había visto todo.

El hombre escribió su historia en su honor.

Atentamente:

El hombre.

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Lydia

Lidya hecho mal y por eso lloraba quedamente en la esquina de su cuarto. Habían removido todo de allí. Sus muñecas, sus juguetes, su cama, las cortinas, e incluso habían cerrado los armarios con cadenas. La ventana estaba tableada por fuera. Su madre le había dicho que era necesario que ella se quedara allí, que lo que había hecho estaba mal, y que no podría salir por algunos días. Papá ni siquiera podía mirarla. Así que en la madrugada se despidieron de ella y la dejaron dentro. Pero la pequeña Lidya no sabía qué era lo que había hecho mal. Lloraba con su cabeza recargada sobre sus rodillas, sus lindos rulos caían sobre sus brazos y su elegante vestido que había usado esa noche.

Se había puesto uno de sus vestidos más elegantes, pues papá habría de llevarla a una fiesta del trabajo, con mamá. Ambos se habían vestido con trajes vistosos después de que mamá había convencido a gritos a papá de que llevar a Lidya sería mejor. Después de todo era la cena navideña familiar del trabajo, y algunas personas llevarían a sus hijos. Así que después mamá entró al cuarto de Lidya y le dijo que iría con ellos a una fiesta de papá. Le advirtió que debía ser buena y comportarse. Lidya se había emocionado enormemente, pues era la primera vez que papá le permitía salir. Había ido otras veces con mamá al mercado a escondidas de papá, y le había gustado todo lo que vio. Los edificios, las demás casas, las tiendas y las personas. Pero mamá le había dicho que era peligroso que ella saliera, y que no debía hacerlo, al menos, no por ahora. Que debía esperar un poco. Y Lidya pensó que quizás esto significaba que estaba lista. Mamá le había puesto un bello vestido de terciopelo negro con blanco y sus zapatos de fiesta. Le había peinado durante media hora hasta que mamá le avisó que estaba lista y Lidya corrió por toda la casa, presumiendo su ropa, y su libertad. Papá la miraba con los labios pegados a la fuerza.

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Cuando papá tocó el timbre de la casa de campo, avisó a mamá que solo se quedarían y cenar y se saltarían el postre. Lidya estaba en los fuertes brazos de mamá, y sintió que la apretaba aún más cuando se abrió la puerta.

-¡Qué hija tan adorable tienes!- admiró la señora que abrió. ¡Qué gusto verlos!

Papá le dio una mirada de precaución a mamá antes de entrar.

Mamá no soltó a Lidya en ningún momento y papá no se iba de su lado. Paseaban de un lado a otro con ella en los brazos. Pero Lidya estaba feliz porque podía ver a todas las personas, algunas conversaban y otras bebían y había un par de niños que corrían por entre los pies de todos.

Pero justo cuando papá estaba anunciándole a mamá que debían irse ya, la señora que les abrió la puerta apareció:

-¡Aún no se vayan! Apenas han estado por una hora, vamos. Esperen a que partamos el pastel, ¡es delicioso! Deja a tu niña que juegue, por un rato. La has traído en brazos todo el día.

Era obvio que papá estaba incómodo, así que fue mamá la que contestó con una larga sonrisa, y dejó a Lidya en el piso, tomándola de la mano. Mamá dejó que Lidya caminara por todos lados, incluso hasta la sala donde estaban los otros niños. Mamá le dijo a Lidya que se sentara por un rato y ella obedeció. El gatito de la casa pasó por ahí por un momento pero cuando Lidya intentó acariciarlo, el gatito gruñó y corrió muy rápido por entre las piernas de mamá, que estaba en la entrada de la sala. Un niño corrió detrás del gatito y casi tumba a mamá, lo cual fue un poco gracioso. Una señora comenzó a llamarle la atención al niño pero mamá se acercó a decirle que no tenía importancia. Lidya se acercó al otro niño que tenía algunos juguetes en la mano. Tomó uno de los juguetes que estaban entre las piernas del niño y lo tomó entre sus manos. ¡Era tan suave! Así que una sonrisa se formó en su boca. Una sonrisa tan grande que dirigió al niño. Pero el niño no estaba nada feliz, tenía el ceño fruncido. Estiro una de sus manos hacia el juguete y se lo quitó con fuerza mientras con la otra mano le empujaba uno de sus

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hombros. Lidya cayó al piso, y ya no estaba nada feliz. Había olvidado que había salido de su casa, que estaba en una fiesta con papá y mamá, que el niño que estaba en frente no quería hacerle daño. Olvidó todo, porque estaba en el piso, y ella quería tener ese juguete en sus manos. Ese suave y peludo juguete. Y lo único que la separaba de él, era ese niño. Así que se levantó de un ágil salto, y se precipitó sobre el niño; mientras la voz de su madre le ordenaba que no lo hiciera por detrás. Lo último que recuerda haber sentido son las manos de su padre cogiéndola con demasiada fuerza por la cintura.

Pensándolo bien, a Lidya aún le dolían las costillas donde su papá le cogido. Lidya levantó la cabeza para secarse las lágrimas con el faldón de su vestido de terciopelo. Pero su cara quedó manchada con el recién humedecido vestido que ahora era negro, blanco y rojo sangre. Lidya no sabía qué había hecho mal.

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2ª parte: Cuentos de DarkAngel

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Aquelarre nocturno

Dos días después de lo acontecido en la casa de los sueños, no puedo pensar en nada más que en aquella extraña fotografía, una fotografía en la que se expresa la inocencia de un niño, pero que en la noche, se transforma en un ser difícil de catalogar.

Todo empezó en la víspera del 30 de abril, conocido en México como Día del Niño, pero en otras partes del mundo como la Noche de Walpurgis. La noche de Brujas. Mi novia, quien pertenecía a una sociedad ocultista, me invito a una de sus celebraciones. Escéptico, acepte su propuesta ya que me imaginaba un aquelarre medieval, con fogatas, orgías, danzas y viento. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que el "aquelarre" se llevaría a cabo en uno de los departamentos más altos de la ciudad, con vista al parque central y amueblado al estilo minimista. Lo único que desentonaba con ese pasaje moderno era un cuadro que presentaba a un niño, con la sonrisa más expresiva jamás vista, con los ojos grandes y claros y una actitud angelical. El retrato estaba gastado de las puntas, polvoriento y muy viejo. Le calcule más de 50 años.

Al entrar a la espaciosa sala nos encontramos rodeados de 5 velas negras dispuestas en forma de estrella que, según me explicaron después, representaban los 4 elementos terrestres y el elemento espiritual. Todo se me hacia un poco raro y al parecer a las 6 personas que estaba allí también. No era común que alguien ajeno a su círculo se involucrara en una celebración tan importante para ellos. Mi novia se acerco a la que parecía la bruja mayor y le dijo algunas palabras en latín que no pude entender. La mujer me pidió que me sentara en una mesa cerca del cuadro.

El ritual comenzó.

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Las mujeres comenzaron una extraña contorsión en la que sus manos se juntaban y se movían en círculos. Dos de ellas se acercaron lentamente hacia mí mientras se quitaban lentamente sus blusas. Me recostaron en la mesa, lentamente me desabrocharon la camisa y ataron mis manos. La música seguía y las demás danzaban frenéticamente. La luz de las velas parpadeaba mientras la bruja mayor sacaba un puñal de su bolsa. El frió metal toco mi carne. La sangre brotaba mientras mis ojos se detenían en el cuadro. No era el mismo. Algo había cambiado. Su sonrisa antes delicada e infantil se tornaba más morbosa y sus ojos negros como la furia de una tempestad parecían observarme. Lentamente vi como cambiaba su rostro. El cabello crecía y las facciones se endurecían. Trate de voltear pero no pude. Sus ojos estaban en conexión con los míos. Mi sangre había sido derramada en una copa. Las mujeres bebían de ella, para después poder entregarse al placer de la carne en una orgía. Las 7 mujeres comenzaron a tocarme, a morderme, a besarme. Una de ellas poso su mano sobre mi miembro y comenzó a estimularlo. La erección fue lenta. Mientras una de ellas me ofrecía sexo oral otra exigía lo mismo. Cada una de ellas se fue turnando para disfrutar de mis regalos. Después cada una de ellas se poso sobre mí y comenzó a mover su cuerpo contra el mío. Así paso la noche, larga, fría y enigmática. Al día siguiente desperté en mi apartamento. Los recuerdos llegaron a mi mente, como la briza marina empapa el rostro. Y aunque las memorias sobre el sexo estaban allí, el cuadro cubría todo. Es como si me hubiera transformado en él y él en mí. No me lo podía sacar de la cabeza, ni cuando llegue al trabajo o cuando mi jefe me llamo para los pendientes del día. Pareciera que lo único que veía era ese cuadro. Maldito el día en que acepte ir.

Salí del trabajo corriendo para encontrarme con mi chica. Casi rompí la puerta de cristal del local del que era recepcionista y le dije que quería hablar con ella. Respondió que faltaban 10 minutos para que saliera. Desesperado me senté en la banca y encendí un cigarrillo. Tenía meses sin fumar pero la situación era estresante. Al salir casi le grite que qué me estaba pasando. Raro, ella estaba riendo.

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Aun no puedo explicar cómo olvide la siguiente noche que platique con ella. Solo sé que a media noche me encontraba desnudo en su cama mientras ella estaba muerta en mis brazos. Lo único que se con certeza es que algo está creciendo dentro de mí. Algo que nunca había sentido. Algo que despierta al psicópata que todos tenemos dentro.

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Mora

El viento frio de la mañana la despertó de su sueño. Lentamente entreabrió los ojos para distinguir la tenue luz de su lámpara de noche. 25 años y aun dormía con la luz encendida. Parece increíble, pero es cierto. Froto un poco sus ojos para quitarse la modorra y estiro las piernas. Se quedo unos minutos viendo el techo, pensando, analizando su vida. Comunicóloga de profesión, no ejercía por falta de trabajo en su área. Se sentía atada a una vida como vendedora de mostrador de una tienda de discos, que para colmo, pertenecía a su familia. Ella, aventurera por naturaleza, quería viajar, conocer el mundo, vivir otras cosas y conocer nuevas caras. Sentía que la vida estaba siendo injusta con ella. Puso las manos detrás de su nuca mientras acariciaba su espesa cabellera roja. Esa mañana no quería salir de su cama.

A regañadientes se metió a bañar. El agua caliente corría por su cuerpo y como si

de un ungüento mágico se tratase, se sintió un poco mejor. Mientras tallaba su sexo, una neblina tapaba sus dudas existenciales. Salió mas aliviada, con un turbante en su cabeza y una bata en su cuerpo. Dedico 1 hora al extraño ritual que

practican las mujeres para "arreglarse" y salió a su trabajo.

En su trabajo, las cosas no iban del todo bien. Las ventas son bajas y la gente es

terca. Olvido desayunar y lo único que le quedaba era un cigarro. Salió a la puerta

y empezó a fumar despacio, para poder saborear el tabaco. Habían pasado dos

horas desde que abrió los ojos y sus preocupaciones casi estaban en el olvido. Aun traía esa espinita que no le permitía estar del todo bien. Sin pensar demasiado en

el tiempo, saco su laptop plateada y comenzó a escribir:

"Si hoy me decidiera a dejar mis memorias, ¿cuales serian?, mis fiestas, mis risa, todo al morir quedará junto a mí, al ir bajando en el cajón, fría con los ojos cerrados debido al miedo, llorare en un cielo dándole las gracias al mundo por lo que me dejo ser, por lo que me dejo sentir…

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Desearía tener compañía, no me agrada la soledad, aun recuerdo mis alegrías con amigos, entre cerveza y cerveza. Sé que las letras no igualan casi nada a lo que yo estoy viendo en mi mente, pero en cada punto que encuentres necesario trata de imaginar lo que describo, tengo la esperanza de haber vivido una aventura o una reflexión contigo.

Me hiciste feliz, nuestro momento compartido fue el mejor, ahora que estoy muerta no sé qué es lo que me espera, antes juraba que al morir vendría directo a jalarle los pies a todo conocido… y aun sigo a obscuras, cuando la tierra me cubrió por completo escuche que alguien me dijo “espera”.

Trato de reflexionar en lo que estuve mal y en lo que estuve bien, aunque ya no tiene importancia, lo único que sigue presente eres tú y los demás, recuerdas aquel día en que lloramos hasta cansar y nos reímos hasta que el aliento se acabo, ahí creía morir "

Guardo el documento y sintió que las cadenas de la tristeza la liberaban. Inicio el mensajero y al comprobar que sus amigos estaban en línea, se sintió feliz. Sus amigos son su familia, aunque estén lejos o se dejen de hablar por algún tiempo. Ella sabe que siempre estarán allí.

El día apenas comenzaba para ella. Sus amigos estaban con ella y nada podía salir mal. Dio gracias a la vida por "la vida" y comenzó su viaje por la extraña, dura, no siempre entendible y la mayoría de las veces loca ciencia que es vivir.

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Sueños de una mente enamorada

El cielo despejado de la noche me recuerda los instantes de sueño y diversión. Cuando lo más importante era volar, jugar y comer chucherías. Pienso en recrear esos momentos que añoro, esos ratos en los que la vida se resumía en un ¿me

juntas

Me siento en la banqueta y miro el firmamento. Ahora, mágicamente han aparecido docenas de estrellas que bailan en torno a una luna grande, blanca y efímera. Enciendo un cigarrillo y miro como el humo crea formas difusas, que combinadas con la luz del poste toma colores caprichosos y sombras extrañas. Observo la punta incandescente quemarse lentamente en un delicado siseo. Mis pensamientos se derriten ante la loca expresión de soledad en la noche fría.

¿Me juntas ?

Mis días de niñez transcurrieron como cualquier otro. Con raspones y caídas, promesas sin cumplir y sueños de aventura. Pero lo que más atesoro de esa época ociosa es a ti. Aun recuerdo el perfume de tu cabello que me cerraba los ojos. Tu embriagadora sencillez de espíritu y cintura delineada. Tus manos blancas, tus ojos verdes. Tu imagen es como un sueño vivido, del cual no es posible despertar, pero que cuando despiertas, recuerdas cada detalle con nostalgia. Esa criatu ra de fina melena castaña eres tú. Tu, lo único por lo cual eh vivido y esperado estos años.

Me levanto lentamente de mi asiento. Eh pasado tanto tiempo sumergido en mis recuerdos que no me eh dado cuenta de que unas gotas de agua y gas caen copiosamente. Mis ojos ven con ternura la calle, deseando tener nuevamente 7 y saltar en el agua. Deseando correr sin importar los coches. Huyendo del baño diario y la escuela matutina. Deseando poder acercarme a ti

Y me pregunto ¿porque no lo hice hace tanto tiempo

?

?

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Cuando la magia de las drogas muestra su verdadera cara Suicidio

No tengo ningún sentimiento.

Algo en el camino se proyecta directo hacia mí, con sus grandes luces de neón y su chillar de ruedas. Acciona el pito y agita una mano. Grita desesperadamente que me quite de en medio. No puede parar la masa de hierro y vapor que maneja.

No puedo sentir nada.

Volteo como si de en cámara lenta se tratase. Miro suplicante el motor, como un salvavidas o una soga a la cual aferrar mi caída. Mi vida.

No recuerdo cualquier cosa.

Dicen que al morir tu vida pasa ante ti como un flash. No es cierto. Solo ves lo que quieres llevarte al inframundo. Ves las alegrías de tiempos mejores y los momentos de satisfacción vividos. Lamentablemente también ves los días de soledad y desasosiego. Las noches en vela, los atardeceres callados, los fines de semana tétricos, los desayunos fríos, las conversiones insípidas. Ves lo que realmente fuiste. Ves la inocencia del ayer y podredumbre del hoy. Te ves a ti.

No puedo moverme.

Recuerdo la última semana de mi vida. La semana que definía mi futuro. Gracias al cruel destino, mi futuro no duraría mucho. Músico de profesión, tocaba con el corazón las letras de los grandes del rock 60'ero, los sonidos de Pink Floyd y Black Sabbath. Rentaba un departamento donde siempre había alcohol, drogas y sexo. Donde los días pasaban perezosos sumergidos en Jack Daniel's y heroína. Las noches se llenaban de duendes y astros multicolores con el LSD. Los viernes se aceleraban con cocaína. Y todo el siguiente mes yendo a los cubos de basura de la

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pizzería de enfrente a recoger las sobras. Pero no importaba ya que ella estaba conmigo. Pero la semana pasada se fue. Sobredosis de anfetaminas mezcladas con heroína y alcohol adulterado. Eso fue lo que dijeron los doctores. No pude hacer nada. Estaba a un lado de ella y no puede salvarla. Estaba en un "viaje". Irónico, ¿no? Mi viaje será diferente. Viajare por soles y montañas, luces de colores y agua cristalina, arboles de frutas y caminos desaparecidos. Viajare por el fino y casi imperceptible firmamento de mí ser y llegare hasta ti. Te buscare y te traeré de vuelta. Te amo.

No me interesa.

La mano que antes se agitaba, ahora tapa sus ojos. El pito sigue aullando, cansado y resignado. Me tumbo en el suelo y mi cabeza se recuesta en una vía. Miro las estrellas, esperando el fin

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Una noche. Una noche oscura y seca

Frio. El aire estaba frio, tan frio que el vaho emanaba de cada respiración. De cada sentimiento. Era una noche de octubre, víspera de noche de brujas. Y ese almacén abandonado era mi refugio. Nuestro refugio.

Fuimos hasta allí para recordar nuestra niñez. Cuando nos escondíamos de nuestros padres. Cuando quebrábamos los cristales y salíamos corriendo. ¿Recuerdas cuando le di a un pajarillo con mi resortera? ¿y que después fuimos corriendo a enterrarlo cerca del árbol donde contábamos cuando jugábamos a las

escondidas?

Y ahora ya no corremos, ya no jugamos. Solo nos dedicamos a observar la noche.

Una noche oscura y seca. Donde las estrell as han escondido su rostro. Y la luna se

estremece tras las nubes pasajeras. Una noche de reproches y desilusiones. De miedo al porvenir. De recuerdos vagos y bofetones.

Una noche donde la amistad infantil se ha perdido. Donde sin más me dices adiós.

Te vas. Y no entiendo porque. Entiendo tus estudios, tus expectativas, tu futuro.

Lo que no entiendo es porque te vas. Aquí lo tienes todo. Tienes una familia, un perro y una casa. Y me tienes a mí. Aunque no parece importarte ya que en el carro tienes una maleta llena de ropa, otra de zapatos y otra de memorias. Yo que desde niño te dije que algún día me casaría contigo.

Y hoy tienes tres maletas en el carro.

Das media vuelta gritándome egoísta e insensible.

Y yo, parado en medio del caos, abro la boca para gritarte lo perra que has sido conmigo. Pero mi garganta permanece cerrada y mi mente en blanco. Solo quiero

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el recuerdo de los días felices. Esos días en los que nuestro mayor problema era en que casa comeríamos. Donde dormiríamos.

Y hoy, me quedo parado en medio de una noche fría. Sin luna. Sin estrellas. Mirando el vaho de mi respiración y jugando con mis pensamientos. En una noche oscura y seca. Y abrasante.

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El niño que olvido su papalote

El fino hilo se suelta de sus pequeñas manos. Su dedo regordete y pequeño intenta

aferrarlo pero el viento ha sido más rápido y le ha ganado. Lentamente sus expresivos y dulces ojos negros se posan en el viento y en el suelo, en el horizonte.

Su cara es todo un mar de emociones: Sorpresa, Desilusión, Mi edo, Tristeza.

Corre tras aquello que le es tan importante en la vida. Corre, aferrado al sentimiento, con la esperanza de que regrese de nuevo a sus manos. Corre lo más fuerte que le permiten sus cortas piernas. Y cae. Y un nuevo raspón aparece en esas rodillas sucias. Y se levanta. Y nos demuestra una vez más que caer es solo un retraso de segundos en un camino de una vida.

Grita, corre, grita más fuerte. Pulmones sanos. No puede creer que las cosas hayan acabado tan rápido. Sigue corriendo, cada vez con menos fuerza. Se detiene un momento para tomar algo de aire y reemprende su carrera con ahincó. El sabe que sus esfuerzos no servirán de nada, pero aun así no quiere pensar que todo fue en vano.

Y mientras corre, pisa un charco de agua. Se detiene a ver su reflejo en el agua.

Una sonrisa de nuevo ilumina su rostro. La desesperación que antes hundía su cara, desapareció como si de accionar un interruptor se tratase. Primero rodea su tesoro. Vuelta, tras vuelta, tras vuelta. Y salta. Salta en el centro del ag ua, sus pies empapados, sus manos sostienen un dulce y su cara irradia felicidad. Una tras otra las gotas empapan su cabello. Su cabello que se mueve al compás del viento. Y nos enseña que la vida es un juego. Donde no importa ganar o perder, sino cuanto l o

hemos disfrutado.

Y a lo lejos, la sombra de un papalote se refleja en el campo. Se aleja cada vez más,

mostrando una sutil silueta, cada vez más tenue y difusa. Y lo que antes era su vida

ahora es parte de su historia

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Espera, Alma, Espera

El sol golpea sin piedad la cabeza de Alma. Ella voltea a ver el cielo y sus ojo se queman con la luz. Baja la vista y su visión se nubla y se opaca. El viento caliente, sofoca y corta la respiración. Los moscos son implacables, atraídos por el aroma dulzón de la carne en proceso de descomposición. El día soleado, la humedad seca, la tristeza y el llanto. La muerte silenciosa, siempre al acecho, mancha con sus lágrimas el maquillaje de Alma. Alma, gótica, solitaria, callada. No puede pensar en el hecho de que pasea su frágil cuerpo por entre tumbas y desechos humanos, grillos y hierba alta. No siente nada, su mente se aleja, entre nubes y soles, para adentrarse en nuevos mundos donde no hay mas nubes o mas soles, donde el vació es la regla y la soledad la compañía.

Camina lentamente, casi arrastrada por el aire, escuchando las canciones de

Funeral, Static Fear y I Drowned In A Stream Of Mourn. Sus sueños se diluyen entre versos desgarrados y letras suicidas. Y mientras se arrastra, los arboles detienen su lento vaivén, los cuervos paran su vuelo. Su cuerpo no quiere seguir entre la miseria que la envuelve. A cada paso que da, su panorama siempre es el mismo. Gente que muere, niños mutilados, sueños rotos. Se sienta a un lado la

lapida de Alejandro Aguilar, Vivió Rápido, Murió Joven

poco la suciedad de la placa, mientras platica con su seres internos, aquellos que

solo salen cuando está más susceptible a quitarse la vida.

sin pensarlo, limpia un

Y

Adelante de Alma un entierro se lleva a cabo. Una pintora, en sus treinta, murió de una sobredosis. Sin embargo, su rostro, al igual que su última obra, demuestra la inminente sombra que la cubría. Una expresión de satisfacción, como si saludara la llegada de alguien esperado. Su cuadro, rescatado por su amante, muestra la monotonía y sordidez de los tonos blancos y negros, en parte grises. Pero al final, con la ironía del destino que avece tiene un humor muy negro, con los colores más vivos dibuja su rostro en pleno trance, cuando el LSD hace que pases la puerta de

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la realidad, hacia la mágica y fantástica tierra violeta. Luces de colores, arboles que no dan frutos, sino notas musicales, sapos con caras humanas y zanahorias que devoran conejos. El mundo de lo irreal convertido al presente. Un pene que camina entre nubes color morado, con formas de senos femeninos. Grandes, firmes, pequeños, deformes. Todo tiene cabida en este mundo donde las el tiempo te pregunta la hora y el sol oculta su rostro, no por vergüenza, si no, por miedo.

Aquí Karla se perdió, no encontró la salida

sabe, aunque su rostro parece cambiar y pese la rigidez de la muerte parece reír y

sonrojarse.

Alma ve todo esto y quisiera ser ella en vez de Karla. Se imagina el calor del ataúd, la oscuridad placentera de la tapa sobre su delgado cuerpo. Imagina como seria cuando la pala levantara la tierra y suavemente cayera sobre ella, el sonido gratificante, la aplastante tranquilidad. A cada palazo un poco mas de tierra cubrirían sus heridas y callarían las voces dentro de su cabeza.

Y así Alma, sentada a un lado de la tumba de su hermano, limpia un poco más la inscripción, derrama una lágrima, corta su dedo, la sangre roja como el vino, sale y cae y lo posa sobre "Murió". Abraza sus rodillas y esconde la cabeza, enjuaga las lágrimas y piensa en Karla y en como la muerte la saludaría, como le gustaría recibirla, en las flores marchitas y el pasto amarillo, en cómo le gustaría morir y cuando morir

¿acaso encontró una nueva? No se

o,

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Crónica de un accidente

-Y ahora estoy aquí, borracho y loooco, y mi corazooón idiota, siempre brillaraaa.

La radio sonaba la vieja canción de los enanos verdes, la lluvia caía a raudales, la carretera curva y traicionera mostraba una vuelta cerrada. Adriana aferro el volante mientras bajaba la velocidad que no sobrepasaba los 70 km. Respiro hondo, pensando en el fin de curso. Maestra de profesión, había logrado sacar a flote hasta a Ricardo, el más flojo y desordenado de su clase. Pensaba en la graduación, en que vestido llevaría, que zapatos combinan. Quería que su esposo fuera, pero tendrían que pedir un día en el trabajo, ya que cubría horario de 3 a 11 de la noche. Entro a la curva, con el pie levantado, esperando tomar la curva, para acelerar y salir, cuando el caos se presento a sus ojos

-Y yo te amareee, te amaree por siempre

Los efectos de la blanca cocaína estaban por acabar. Había pasado día y medio conduciendo ese maldito camión de refresco, con su maldito asiento incomodo, su maldita calefacción que no servía y para colmo, no podía tomar de las botellas que llevaba atrás, las llaves las mandan por paquetería. Maldiciendo y quejándose de su patética vida, sus ojos se entrecierran e invade parte del carril de la derecha, solo por un segundo, un segundo demasiado tarde

-Nena no te peines en la cama, que los viajantes, se van a'trasar

La caja del camión colea con el brusco volanteo pero gracias a la velocidad, alcanza a golpear parte de la fasia de un tsuru gris que gira sin control, apenas han pasado 3 segundo y ya tiene 5 vueltas dadas, en parte gracias a la ca rretera mojada y las piedras sueltas. Solo los mezquites y las aves que buscan refugio en sus ramas son los anónimos espectadores. Vuelta tras vuelta, piensa en su esposo, su madre, el

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vestido, su sobrina, sus alumnos, el café con sus amigas a las 6, sus hermanos y sus deudas. Sobre todo, sus deudas. Si muriera, ¿quién las pagaría?

Escucha un fuerte ¡crack! que proviene del choque de su cráneo con el cristal. Sus piernas golpean el volante violentamente, las manos aferran el volante, como si de

ello dependiera, literalmente, su vida, el cinturón de seguridad se ciñe a su cuello y

no la deja respirar, aire, se asfixia, ¡¡necesita aire

pasaron más de 5 segundos y al voltear a su alrededor, solo ve una barda de piedra, hierbas altas, sangre y metal humeante. La lluvia lo cubre todo, los rastros de la miseria, ahoga los pitidos del claxon. Pasan 5, 12, 21 minutos y nadie pasa por esa carretera olvidada de la mano de Dios, esto es una eternidad, la puerta no cede porque se ha doblado en un ángulo extraño, la cabeza le duele, el cuello la

mata.

Ve el retrovisor y piensa en detenerse. No lo hace, siempre ha sido un cobarde, nunca logro nada en su vida. ¿Y si murió? Mejor acelera, dejando atrás la estela de sus actos, sin saber que los demonios de la incertidumbre no lo dejaran dormir en paz, ya que no sabrá si mato o no a una persona.

Y Adriana piensa en su vestido, en su familia, en sus deudas. Llora, llora de tristeza, ira, y felicidad. Felicidad por estar viva.

-Y ahora estoy aquí, borracho y loooco, y mi corazooón idiota, siempre brillaraaa.

!!

Y de pronto, todo termina, no

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Sentimientos

-Tengo un sentimiento.

-¿Qué clase de sentimiento?

-De que podría morir hoy.

-No, no me veas con esa cara, no es un juego. Hoy puedo morir y siento que

no eh hecho nada. Nada en mi vida, nada para nadie. Si desapareciera, nadie

notaría mi ausencia. Sería como el viento que ah arrancado una hoja y se la lleva lejos, a la vista de todos, pero nadie se detiene por ella. Si desapareciera, que, ¿sería todo? mi nombre seria olvidado y mi rostro mutilado. Nadie recordaría como fui o que hice. Pasaría a la historia de mi familia como -oh, sí, creo que se

llamaba fulanito. Por cierto, ¿dónde está?- mas por cortesía que por preocupación.

Mi tumba seria pisoteada y el tiempo seria lo único que pase por ella. Las flores

marchitas, el césped alto, el agua podrida, el mármol gastado. Y cuando por motivos de espacio se necesite el lugar de mi descanso, sacaran mis restos y los venderán a un estudiante de medicina o a un brujo deseoso de un esqueleto

humano. Mi cráneo terminara en la repisa de una recámara sucia y maloliente, con

un par de velas rojas, una blanca y una negra haciendo de postes a mi nueva

prisión. Alguien pintara extraños símbolos en mi frente y me expondrán como un objeto de estafas y engaños, mentiras y dioses falsos. Y al final, cuando la farsa termine, desecharan mi esqueleto a un basurero o quizás se tomen el tiempo de triturar mis huesos hasta hacerlos polvo. Polvo eres y al polvo regresaras. Extraña forma de regresar. Y así abre terminado, echo tierra por alguien que no conocía mi sexo, mucho menos mi nombre. Y todo porque no hice nada, me quede siempre

donde le parecía mejor a otros y no a mí, quise hablar y me callaron la boca. Y mansamente respondí, con un movimiento de cabeza, dando la razón a allá cuando debía de alzar la mano y protestar. Y por eso, hoy podría morir, porque sintiéndome así, no me importa el caminar sin ropa por entre la gente, no pienso

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en pensar, no me importa el mar de almas que me rodean y me excluyen, me odian, me ridiculizan. Quiero sentir que moriré y dejar de sentir que podría morir. El cielo raso se abre ante mi y subo ante lo que me espere arriba, sea la reencarnación o el descanso eterno. Sea el nirvana o el ego. Convertirme en algo nuevo o vagar por la tierra, escondiéndome a la luz del día y saliendo por las noches a seducir extraños y pervertir sueños. O simplemente dejar de existir, como el roció que no vemos cuando llega y no estamos cuando se va, como la cruda llama de una vela que consume lentamente oxigeno y este deja de serlo para pasar a alimentar el apetito del fuego. Consumirme con las brujas de antaño, lentamente ahogarme en mis propios pensamientos, en mi propia miseria. Encerrarme en las celdas de los delirios, en el calabozo d el miedo. Desaparecer

Morir

-Hoy podría morir, y aunque lo deseo fervientemente, no estoy preparado para eso.

Sentir

-Y sin embargo, yo notaría tu ausencia

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Diana

Había una vez una prostituta y un poeta drogadicto quienes entre arboles de cristal, fierro retorcido, animales que exhalan humo y toxinas , se paseaban y sobrevivían. Aquí se desarrolla nuestra historia, en medio de la selva de concreto y las bajas pasiones, entre burdeles, prostíbulos, drogas y pisos derruidos. Aquí, donde la sociedad ha arrastrado a los marginados a un punto en el que hasta el amor es enfermo.

La prostituta rondaba en los 22. Tenía un cabello color negro intenso con puntas rojas, maltratado por tanto tinte y sol. Lo traía corto, con un corte degrafilado, rebelde. Su nariz era pequeña y en punta, pareciera la de una mujer famosa o tal vez una artista. Piel extremadamente blanca, resistiendo a las grandes caminatas bajo el astro rey. Sus 46 kilos de peso en 1.59 metros de estatura la hicieran parecer débil, pero era una mujer fuerte, que había dominado a varios clientes que se habían querido propasar más de lo que su cartera les permitía. Su rostro era bello, aunque demacrado por las exigencias de la profesión, sus ojos eran rasgados, negros, expresivos. Su cuerpo era una mina de tesoros: Copa B, vientre plano, nalgas altivas. Conocía sus encantos y los utilizaba a su favor. Su nombre, Diana. Su defecto: Sentimentalismo.

Nuestro poeta, quien respondía al nombre de Javier, vivía en un mundo lleno de colores, ricos olores y amigos imaginarios. Era un poeta dedicado a la belleza del cuerpo, a la pasión de lo absurdo, a los misterios del pensamiento. Solía pasar el día tumbado en la hierba o debajo de un puente. Escribía para la vida y la vida lo recompensaba dándole el tiempo necesario para no hacer nada, sin temer donde dormir o que comer. Estos eran los días bellos, cuando las drogas recorrían cada

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centímetro de su ser. Porque cuando no estaban allí, el mundo se tornaba gris, insensible, sucio, enfermo. La sociedad podrida de un sistema corrompido. Y sus “dulces” le daban ese sentimiento de pertenecer a algo o a alguien. Hasta que conoció a Diana.

La vida en la ciudad es un asco. Todas las noches los mismos rostros, la misma rutina. Te levantas, te bañas, eliges que ponerte. Sales y el mismo conductor de la ruta te mira, extiende la mano y recibe cuatro monedas. Alguien grita ¡En la esquina bajan! y el sonido crudo de la puerta trasera te recuerda todas las veces que has dejado pasar la oportunidad de romper las reglas. Pero la maravilla de la vida es que todo cambia. Y algunas cosas mejoran, otras desaparecen, algunas mas se obsesionan.

Todo empezó cuando Javier salió de su casa en busca de su “tirador”. Su ultima dosis había acabado hace dos tardes y tras tratar vivir ansiosamente en este mundo, se había desplomado ante la miseria de la gran urbe. Salió dificultosamente de su vivienda y camino entre calles y arboles. Llego a la zona rosa, donde se juntan las putas y los distribuidores. Caminando bajo la tenue luz de la avenida, llego hasta donde se suponía debería estar su distribuidor. Pero esa noche nadie lo esperaba. Confundido recorrió la calle donde la carne humana se vende para placeres y depravaciones.

-$150 una mamada, $300 todo lo que quieras.

-¿Disculpa?

-¿Qué? -replico- ¿Apoco no quieres gozar conmigo cariño?

-Lo siento, ¿dónde estoy?

-Espera primor -le respondió- ¿Adónde vas?

-Me siento mal. Necesito un doctor.

-¡Oye que haces maldito estúpido, acabas de arruinar mis zapatos!

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Javier cayó sobre su propio vomito, presa de fuertes convulsiones. Su sistema pedía drogas. Necesitaba drogas. Lo último que vio fue como la prostituta lo esculcaba y aventaba sus escritos a la calle, al no encontrar nada de dinero en sus bolsillos. Y después la obscuridad lo cubrió todo, adentrándolo en ese mundo perfecto, cálido, donde nadie te encuentra y del cual no estás seguro si quieres salir.

Diana vio como Sandra lo dejaba tirado en medio de la calle húmeda. Al principio pensó en dejarlo allí, ¿a quién le importa? pero después de ver las erráticas sacudidas de aquel individuo, pensó en llevarlo a su apartamento. Era un agente libre, por lo cual, no tenía un proxeneta al cual darle cuentas. Cruzo la calle aun dudosa, pero cuando vio que su cabeza golpeaba la banqueta por sexta vez, no lo pensó más y corrió bajo la luz artificial de la farola. Dificultosamente lo ayudo a pararse y tomo un taxi.

-¿A dónde mi reina?

-Avenida 6, manzana H, en la Plutarco, por favor.

-¿Que, apoco se te muere el cliente?

-¡Cállate cabrón!

-¡Huy! Las putas de hoy ya no tienen sentido del humor. Que se me hace que

te llevo por uno de mis atajos preciosa. Así aprenderás a hablar como la gente.

Diana saco algo de su bolsa. Algo duro, metálico.

-No creo que quieras que te enseñe mi “juguetito” -Mostrando un revolver sobre el asiento del copiloto- A sí que mejor llévame a donde te dije, sin decir nada más, pendejo.

-Ta’ bueno chiquita. Ya veo que si sabes cómo hablar.

Después de 20 minutos llegaron al conjunto departamental. Saco

semiinconsciente a Javier, para después aventar 30 pesos por la ventanilla del taxi

y recoger su bolso. Comenzaba a llover, las gotas caían sobre su rostro,

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empapando su cabello, mojando su pecho. Logro arrástralo hasta la entrada del edificio F el cual siempre estaba callado y poco iluminado. Saco una llave y abrió la puerta. La media luz alcanzo a distinguir el sillón, la mesa y una estufa vieja. Cargo nuevamente con aquel hombre, a quien había dejado sentado en la escalera. Lentamente, paso a paso, pudo sentarlo en el sillón. Encendió la luz y la verdad se hizo presente: Un sillón roto, en la mesa había pedazos a medio comer de pizza, un vaso de plástico, una silla a la cual le faltaba una pata y en su lugar habían puesto un pedazo de escoba. La estufa, grasosa, tenía una olla con café y un sartén con pedazos de una mezcla de carne de cerdo y frijoles de lata. En el frigo bar solo había líquidos: agua embotellada y cerveza, un poco de vodka y más café. En la esquina había una puerta que daba al cuarto de servicio y un pasillo a la derecha, que daba al único cuarto y a un baño que no conocía más que mierda y sangre.

Diana se desplomo sobre la silla, pensando en su triste miseria. No le quedaba nada en la vida, jamás termino la secundaria, sus padres, jaja, ¿cuáles padres? Y sin querer pensó que este hombre que tenía enfrente, podría ser aquella cosa a la cual aferrarse. Aquello que le permitiera cambiar, que le abriera un nuevo mundo, que cambiara su perspectiva. Y sus pensamientos la sumergieron en locas corrientes de amores frustrados, sueños de naufragios y renacimiento, cadenas de años. Y se quedo profundamente dormida.

-¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? -grito Javier-

Diana aun se encontraba dormida. Ya pasaban de las 12 del día y la combinación de la luz artificial y los rayos del sol que se filtraban a través de las ventanas le daba al recinto un toque más cálido que el de la noche anterior. Tenía jaqueca. Siempre al levantarse tenía jaqueca.

-Buenos días - fue todo lo que atino a decir- ¿Cómo te sientes?

-¿Quién eres?

-Ayer te pusiste muy mal en la calle y te asaltaron. Pensé en traerte a mi departamento.

-¿Porque? ¿Y porque no a un hospital?

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-Lo siento- se disculpo- Pero… creo que no tienes seguro. Eres un indigente.

Javier no contesto nada. La chica enfrente de él parecía tan bella e inocente que no la imaginaba como una asesina serial o un secuestrador o algo peor. Tal vez si quisiera simplemente ayudarlo. Aunque él no era un indigente.

-¿Qué te hace pensar que soy un indigente? ¿Qué apoco piensas que por mi ropa y mi aspecto puedes juzgarme?

-No, es solo que… -se volvió a disculpar.

El silencio cubrió la habitación. Se podía escuchar el respirar entrecortado de Diana, las ansias de Javier. Un ser invisible pareció haberse robado el aire del mundo, dejándolos en una asfixiante e incómoda situación. Afuera se escuchaba la bocina de algún carro, el viento sobre la copa de los arboles, la risa de un niño.

-¿Cómo te llamas? -pregunto él con voz más compasiva.

-Diana

Ese nombre lo sumergió en su cabeza y lo lleno de melancolía. Lo transporto a pocos años atrás, cuando se es joven e impulsivo. Cuando se quiere tenerlo todo y se quiere tenerlo ya. Recordó a aquella familia, que tal vez hoy no existiera en ninguna parte. La había dejado ir, había perdido aquello que un por un tiempo lo mantenía feliz. Había pasado un par de segundos y la cara de ella estaba expectante, con sus facciones esperando otro reproche.

-Lindo nombre.

-Gracias.

-¿Me regalas un poco de agua?

Diana se levanto. No se había cambiado y su p equeña tanga roja se asomaba tras una transparente minifalda. Javier admiro ese cuerpo, sin querer pensar en la idea de que esa mujer ejerciera la profesión más antigua del mundo. Pero era algo obvio, restos de condones esparcidos por toda la habitación, tacones altos, blusas con generosos escotes, maquillaje seductor.

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-Deberás disculparme, pero solo tengo vasos de plástico. No suelo comprar de vidrio… se rompen muy continuamente.

-No hay problema

Tomo el vaso azul que aquella fina mano le ofreció. Bebió a pequeños sorbos, intentando alargar el momento. Pero la ansiedad de su co-dependencia se hacía cada vez más fuerte, originándole un fuerte dolor de cabeza, seguido de nauseas y mareos. El sol comenzaba a calentar mas, la transpiración se hacía presente en suaves gotas de sudor en el cuello de ambos. Parecieran dos personas después del sexo.

-¿Cómo te llamas? -pregunto ella.

Su voz sonó delicada. Era la voz de una mujer, que ha sufrido mucho en la vida, pero que no se deja llevar por la corriente. De una mujer olvidada en el sistema, que pelea contra sus miedos, pero que no puede alejarse de sus vicios.

-Javier

-Lindo nombre ¿A qué te dedicas?

-Soy poeta.

La sombra de una sonrisa aprecio en la cara de Diana. Poeta. ¿Acaso todavía existía esa especie? Como los antiguos trovadores de la edad media, o los bohemios, o los hippies. Poeta.

-¿Poeta? ¿Y sobre que escribes?

-Sobre la vida y la desilusión, sobre los dioses y las mujeres. Sobre lo que se ve con los ojos del alma que se encuentra encerrada en pequeños puños de arena. Sobre aquellos detalles que alguna vez nos causaron placer por cinco segundos, pero que sin embargo hace falta una vida para poderlos olvidar.

Las palabras salieron de él sin siquiera pensarlo. Nunca antes había tratado de decir sobre lo que escribía. Pero era claro que esta mañana era diferente.

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-Y tú, ¿a qué te dedicas?

El nudo en la garganta de Diana le impidió respirar. ¿Cómo decirle a aquella persona que se dedicaba a hacer felaciones y se entregaba a extraños por unas cuantas monedas? Entonces mintió.

-Soy secretaria -fue lo primero que se le vino a la mente.

-Secretaria. ¿Y no trabajas hoy?

-No, es mi día libre.

La sonroja en su rostro no se hizo esperar. Había mentido con toda la cara y ahora no sabía qué hacer. Pero lo hecho, hecho estaba.

-Bueno Diana, ha sido un placer. Pero tengo que retirarme.

-¿Tan rápido? -pregunto ella.

-Si, necesito urgentemente encontrar a un viejo amigo.

-A pues en ese caso, tal vez pueda ayudarte.

Javier se quedo sin palabras. ¿Ayudarlo a conseguir drogas? Pero era lógico, aunque ella había mentido, él sabía que era prostituta y por lo tanto, conocería a más personas que él. Además la naturaleza de Javier era confiada, despistada. Así que decidió que sería una buena ayuda.

-¿Puedes guardar un secreto?

-Claro. ¿Qué es?

-Soy un drogadicto.

Diana no dijo nada. Era la primera persona en su vida que le había echo una confesión en su vida. No sabía cómo reaccionar. Se levanto de la silla y entro en uno de los cuartos. Al poco rato salió, vestida con pantalones vaqueros a la cadera, una playera azul de tirantes y un pequeño bolso. Camino hacia la puerta y puso una mano sobre el picaporte.

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-Vamos pues. Tal vez conozca a alguien.

Salieron de la casa. El sol del mediodía cayó sobre am bos, produciéndoles dolor de cabeza y confusión. Caminaron por aquellas calles que cuentan historias de pobreza y marginación. Donde los niños juegan con botellas aplastadas de cerveza, con colillas de cigarro y cristales rotos. Donde tener un arma es mejor que una bicicleta.

-¿Tienes dinero? -pregunto Diana.

-Claro. Siempre lo traigo en el zapato.

Javier se inclino sobre sí mismo y al quitarse el zapato derecho saco algunos billetes. No era mucho, pero era suficiente. Se pararon en sobre la banqueta de la avenida 6, esperando el transporte público que los llevaría a su destino. El camión paro y al ayudarla a subirse la conexión se dio. Sin saber cómo, sin saber porque. Simplemente se dio.

No cruzaron palabra durante el trayecto. Iban sumidos en sus pensamientos, en sus sentimientos. La mirada de Javier iba perdida en anuncios de “Se renta”, “Solo hoy dos, por uno en toda la tienda”, “Billares Jalisco”. La de ella se perdía en las manos que descansaban en su regazo. Se bajaron en la avenida Morelos, una de las que cruza gran parte de la ciudad. Caminaron hacia la colonia Doctores, primera calle a la izquierda. Portón rojo. Un perro de raza identificable ladra.

-¿Quien es?

-Soy yo. Diana. Vengo con un amigo.

-¿Y qué quiere?

-Sabes a que vengo.

Un hombre, no mayor a los 35 años salió por la ventana. Mostraba un pecho desnudo y un vientre plano. Parecía recién salido de bañar, ya que su cabello exhalaba un aroma a champú de marca. En una mano sostenía una bolsa negra, en

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la otra un cigarro. Su aspecto, mas el de un narcotraficante, parec ía el de una persona normal, de esas a quien uno le encarga su casa cuando sale de vacaciones.

-¿Quién es este vago? ¿Tienes dinero?

Javier saco un billete de su bolsillo y lo puso sobre aquella mano, cargada de anillos de supuesto oro. No sabía que decir y el idioma de dinero es universal. Se limito a sonreír como idiota, esperando aquello tan anhelado.

-Así que tienes dinero. Bien -se volvió hacia Diana- ¿Es de fiar?

saca la

mercancía.

El narco hizo una cara de fastidio y abrió la bolsa negra, llena de grapas de cocaína, churros de mota, paquetes de LSD, crack, frascos de anfetaminas y hierbas de peyote.

-¿Y cómo te quieres sentir hoy mi amigo? ¿Quieres volar hacia tus más grandes sueños? ¿O acelerarte a tal grado de querer ganarle al tren?

-Si

no, no

te

lo

hubiera

traído. Así

que no te hagas pendejo y

-LSD, por favor. Si lo tiene mezclado en azúcar, mucho mejor.

-Así que quieres un viaje feliz, donde las pesadillas no existen eh. Al cliente lo que pida. ¿80 microgramos, 100 o 200? Si quieres algo más fuerte, te lo debo. No manejo dosis más grandes.

-100 está bien.

Saco de la bolsa 3 paquetes envueltos en papel reciclado de tortillería. Dudó un instante antes de sacar uno cuarto. Al final lo saco, con una expresión de malicia en si rostro.

-Va uno por parte de la casa. Que les vaya bien -se despidió arqueando las

cejas.

-Espere. También quiero algo de heroína.

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Diana se mostro confundida. LSD estaba relativamente bien, un viaje es necesario de vez en cuando. Pero, ¿heroína? Era demasiado.

-Valla, tenemos un pinche gritón, si quieres les hablo a los vecinos, tal vez ellos también quieran algo de mis productos. Llévatelo antes de que le rompa su madre a este hijo de puta -le grito a Diana.

Diana jalo el brazo de Javier. Volteo a ver las demás casas, pero se alegro al ver que solo un papel que revoloteaba gracias al viento había sido el único testigo de su transacción. Caminaron calle abajo, donde los carros eran escasos.

-Heroína -le replico ella.

-Me dan tiempo para escribir y soñar con otros mundos -fue la excusa de él.

-¿Y a donde iras? ¿Volveré a verte?

-Espero que sí.

Tiempo después un par de policías sacaban, macana en mano, a un hombre tan harapiento y tan hediondo, que al parecer llevaba más de un mes con la misma ropa y en el mismo sitio, de una de las casas de Lomas de Vistahermosa. Sus gritos llegaban hasta la avenida. Y simplemente decían un nombre. Nombre que se reproducía en las inscripciones de libretas, una y otra vez. Que estaba pintado con cal sobre las paredes de ese nido de ratas. Que está grabado en su carne con quemaduras de cigarrillos y heridas de navajas para afeitar. Diana.

Lo llevaron al sanatorio de Santa Teresa, el único centro psiquiátrico de la ciudad. El diagnostico fue determínate. Esquizofrenia, causada por el constante consumo de drogas alucinógenas. Y Javier, con la cabeza gacha que se movía en el perfecto sentido de un reloj péndulo, veía el suelo de su nueva habitación donde con saliva escribía. Dina, Diana, Diana…

Y Diana esperaba a que aquel hombre al que una vez recogió de la calle apareciera en la esquina donde ella cada noche se paraba. Esperaba, con la única carta que le

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escribió Javier, aquella carta que apareció la siguiente noche al día que le dejo en la calle del narcotraficante. Esperaba, olvidando la única regla de una prostituta. Prohibido enamorarse.

“Diana:

La mañana que desperté en tu casa fue para mí una revelación. Nunca pensé que después de ver morir a mi prometida (quien misteriosamente llevaba tu nombre) podría volver a amar. Pero tú lo lograste, con solo medio día a tu lado. El destino es cruel con aquellos que son más miserables. Y nos junto. Y solo por un momento me ha dado lo que en la vida había conseguido. Amar intensamente, vivir por alguien, morir por una razón. Y espero que tú seas aquella razón. Espero poder darte todo aquello que te mereces, el mundo si es preciso. Por mi mente pasan tantas cosas, donde lo único que es el factor común es tu rostro. Lo puedo ver en las paredes, lo siento grabado en mi piel, mi voz no cesa de decir tu nombre. Solo espero que tu sientas lo mismo. Y espero volver a verte.

Con amor,

Javier, un poeta a quien le has devuelto las palabras.

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Epilogo,

por DarkAngel.

La vida de un escritor se basa en las almas que ha podido marcar. Se basa en que sus relatos sean transmitidos de boca en boca ó por medio de un pedazo de papel. Un escritor busca la inmortalidad por medio de palabras escritas. Y esa inmortalidad se alcanza cuando una sola alma olvidada le recuerda como lo que es. Un alma encontrada.

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