Sie sind auf Seite 1von 2

Explicación del Icono del costado traspasado

Explicación del Icono del costado traspasado Icono del Esposo, siglo XII Una mirada contemplativa sobre el

Icono del Esposo, siglo XII

Una mirada contemplativa sobre el Icono del Costado traspasado nos ayuda a gustar interiormente el amor de Jesucristo; nos invita a ser como la Virgen María en su actitud orante; nos conduce al diálogo y al encuentro con Cristo Eucaristía.

En una sola imagen está contenido todo el misterio pascual: pasión, muerte y resurrección del Señor. Las llagas y la sangre de la pasión, la cruz, el paño blanco que simboliza la luz que triunfa sobre las tinieblas del pecado y de la muerte. Dolor y gozo. Cristo luce sereno, con la paz de quien ha cumplido su misión. Las manos de Jesucristo atadas voluntariamente, sin cuerdas: es Cristo en los sagrarios, libremente prisionero para estar siempre a nuestro lado (Mt. 28,20)

"Un crucifijo en el que en modo alguno pudiera entreverse el elemento pascual sería tan erróneo como una imagen pascual que olvidara las llagas de Cristo y la

actualidad de su sufrimiento. En cuanto centrada en los aspectos pascuales, toda imagen de Cristo es siempre icono de la Eucaristía. Es decir, esta imagen remite a la presencia sacramental del misterio pascual" (Card. Josep Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, ed. Paulinas, Colombia 2001, pp. 109-110).

Jesucristo, con toda humildad, se recarga en su mamá. María le da amor: es figura de las personas que visitan y reciben a Cristo Eucaristía; Él se deja consolar para consolarnos, se deja amar para que nos sintamos muy amados, como Juan al recostarse en el pecho de Jesús en la última cena (cf Jn 13, 23 y 25, Jn 21, 20).

Los ojos cerrados de Jesucristo nos invitan a verlo con una nueva mirada, la mirada de la fe, necesaria para creer y reconocer al Resucitado en la Eucaristía, en Su Palabra y en el prójimo. Los oídos cubiertos de María y su boca pequeña simbolizan la escucha interior del contemplativo; María es la que escucha la Palabra de Dios (cf Lc 11, 28): no hemos de buscarlo fuera, sino dentro, en la intimidad del corazón, donde Él habita desde el día de nuestro bautismo.

Cristo resucitado no se avergonzó de sus heridas, las de su Cuerpo Místico que es la Iglesia: "Ven acá y mete tu mano en la herida y ve que soy yo" (cf Jn 20,27). Las manos de María señalan el costado traspasado: una herida fecunda, fuente de gracias, de los sacramentos ("Al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34); "Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación"(Is 12,3); la herida nos llama a penetrar en su intimidad y a conocerle por la experiencia de su Divina Misericordia. Las heridas de las manos son notables; representan la profundidad y evidencia de nuestro pecado, y a la vez la abundancia de la misericordia de Dios que nos lava con su sangre: miseria nuestra y Misericordia Divina, amor a quien no lo merece.

El rostro doliente de María y su mirada misericordiosa responden a las ofensas que nosotros, sus otros hijos, hicimos a Su Hijo: amor, reparación y penitencia.

María viste de rojo con el fruto de la Sangre de Cristo: el Espíritu Consolador (Jn 16,7) que la abrasa y que abrasa a Jesús. El Espíritu Santo escucha aquel "Tengo sed" del Crucificado (Jn 19,23) y despierta en nosotros la sed de Dios para que encuentre en nosotros Su descanso: "Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él". (San Agustín De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4).) Su vestido transparenta el dorado de fondo: es la gloria de Dios que brilla con más fuerza que el sol. Ver a la Virgen María es contemplar la belleza de Dios. Quien hace oración, como María, se llena de gracia, irradia la belleza de Dios y da testimonio, con su sola presencia, de los bienes del cielo.

Las estrellas que la Virgen María lleva en su manto, como en todo icono mariano, hablan de dos cosas: de la virginidad antes, durante y después del parto; y del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La tercera estrella es Cristo mismo.

La cruz de Cristo representa el tálamo nupcial, donde Cristo se entregó por completo a su Esposa, la Iglesia, como lo hace en cada misa y cada vez que comulgamos. (Mt 9,15; Ef 5,23-25)

Ante la evidencia de tanto amor, no obstante cualquier problema o sufrimiento, el corazón del orante exclama con San Pablo: ¿Quién me separará del amor de Cristo? (cf. Rm 8,35)