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Artículo publicado en Artefacto/3 – 1999 - www.revista-artefacto.com.

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Ezequiel Martínez Estrada.


Técnica, Ciudad, Ajedrez
Soriasis y nación
Técnica y sintomatología
Christian Ferrer

Hasta ahora la filosofía ha sido


una mala comprensión del cuerpo
Friedrich Nietzsche

Caído

El enfermo en relieve horizontal. Derrumbado por un mal poco menos que


ignominioso. Un padecimiento cutáneo. ¿Soriasis? “Erupción polimorfa”,
“eritrodermia”, “neurodermitis”. Jerga indiciaria para síntomas solo engarzables
a un nombre propio. En todo caso, una enfermedad espectacular, un mal “a la
vista”. Hacia 1951 –año del revalúo de Juan Domingo Perón– Ezequiel Martínez
Estrada había caído, postrado por una variedad tan extraña como severa de las
enfermedades dermatológicas. Al comienzo su cuerpo supuraba y estaba
atrozmente llagado. Luego, la piel ennegreció y se endureció, como terrones,
transformándose en una suerte de salina oscura, casi impenetrable a la mirada
médica. Al intensificarse progresivamente los síntomas, la enfermedad impidió
al convaleciente la lectura, la escritura y la oratoria, los tres medicamentos que
podrían haberle aliviado la carga. Martínez Estrada quedó, literalmente,
“impedido”: ya no pudo hacer pie. Mientras la mayoría de los argentinos creía
experimentar una incesante utopía plebeya, Martínez Estrada padecía una
atopía personalizada. Los médicos diagnosticaron una “dermatitis de fuerte
origen psíquico” y la clasificaron en el nomenclador de las enfermedades
atópicas, es decir, “insólitas”. Nunca vistas. Pocos años después, en el tiempo
inmediatamente posterior al golpe de Estado de 1955, sintomática o
milagrosamente, el convaleciente inició su recuperación. Curioso: Perón
también tenía la piel manchada.

¿Qué importa la enfermedad de un ensayista? Los males privados de un


intelectual, por graves que sean, no pasan de ser incidencias, accidentes o
desgracias. Si la edad del sufriente permite juzgar a su obra completada, la
enfermedad señala el fin del periodo amortizable de un pensador y el comienzo
de la fama póstuma. Tanto más extraño debió sonar el discurso que Martínez
Estrada improvisó en 1955 ante el Ministro de Educación Atilio Dell'Oro Maini,
en Bahía Blanca, luego de emerger de su postración de cinco años: “Durante mi
enfermedad pensé que estaba sufriendo un castigo por alguna falta ignorada
cometida por mí. Mi situación era muy semejante a la de Job y en lugar de
discurrir sobre el bien y el mal, di en cavilar sobre mi país. Pues así como yo
padecía de una enfermedad chica, él padecía de una enfermedad grande; y si yo
pude haber cometido alguna falta pequeña, él la habría cometido grande. Yo y
mi país estábamos enfermos”. Que habitar este país supone sufrimiento
garantizado es una idea endémica entre las jóvenes generaciones. Y entre las
anteriores también. La patología fundacional y congénita es tema rancio que
recorre la literatura y los discursos oficiales de la nación, desde Sarmiento,
quien acusó al caudillo y a su caballo de ser gérmenes patógenos hasta los
sociólogos de la década de 1960 que culparon a la “sociedad tradicional” de
constituir un obstáculo para la modernización de la Argentina. Hace ya un par
de décadas que buena parte de la población cree que el único médico
aconsejable atiende en Ezeiza. Huir de los problemas es una constante de
nuestra historia, en la que también se alinea el personal intelectual, que suele
experimentar las patologías nacionales como un problema de cabecera. Sus
conciencias operan en los respectivos gabinetes como órganos de
distanciamiento crítico. Pero Martínez Estrada fue más lejos: “¿Era yo el
enfermo o era mi pueblo? Vagué de hospital en hospital, con la piel negra como
el carbón y dura como la corteza de un árbol. Yo, que siempre me había negado a
ser instrumento de los enemigos del país, aparecí ante ellos como la conciencia
que los acusaba. Y con mi enfermedad, expié también la sordera de mi pueblo
enfermo”. ¿Patetismo narcisista, o nítida conciencia de la libra de carne que ha
de sacrificar quienquiera pretenda pensar la Argentina? Según su testimonio, el
país y él mismo padecían mutuamente, y su piel era la radiografía sintomal de
los desastres y disparates nacionales. Esta apariencia de capricho se desvanece
en cuanto remontamos la raíz etimológica de la palabra síntoma: “caer
conjuntamente”. Martínez Estrada disponía de una aguda percepción somática
de la Argentina. Su instinto no lo engañó jamás acerca de donde debían buscarse
los problemas auténticos del país.

Una piel así, arrugada antes de tiempo, estriada y acartonada por la enfermedad,
es un papel carbónico perforado por el relieve argentino, no fácilmente legible,
pero aún interpretable. La suerte de pergaminos que se descubren en el fondo de
una cueva. Autopercepción esponjosa de su relación con la orografía simbólica:
el cuerpo absorbe los síntomas del país. Ezequiel Martínez Estrada declaró
haberse contagiado de un mal llamado Argentina. Por eso llega hasta nosotros
su nombre. Ese es el secreto de su potencia. No sólo su excentricidad, su
atipismo, su personal estilística mezcla de amargura lírica y de profetismo
violento, no solo el hecho de que nadie haya continuado su labor y de que su voz
resta como una de las últimas desgarraduras morales importantes, ni siquiera su
vital independencia en un país que pretende ser semillero de talentos
individualistas y que a la vez los formatea y los doblega. En su relación carnal
con la nación se oculta el misterio del autor. Y más que eso: a Martínez Estrada
no le importó ser el mensajero de las malas noticias. Nos legó una advertencia
sombría, una profecía incierta sobre nuestro destino, inaudible en interiores
domésticos, estuches académicos o gabinetes institucionales hinchados de
suficiencia y de acopio de cereal y reses. En lugares así, las quejas y lamentos
urbanos llegan amortiguados. Ezequiel Martínez Estrada, perro de la calle.

Titulación y amargura
La titulación de un libro nunca es inocente, pero a veces la audacia ofende el
ceremonial gramático. Radiografía de la Pampa. El atrevimiento se hace
manifiesto cuando percibimos que en su traducción al inglés (uno de los dos
únicos idiomas, junto al rumano, al que se tradujo), X-Ray of the Pampas,
tintinea la fonía pre-literaria, resalta el jeroglífico incrustado en una página
impecablemente escrita. Parece develar una clave técnica de abordaje, a la cual
cabe superponer el subtítulo de “La cabeza de Goliat”: microscopía de Buenos
Aires. Radiógrafo y microscopio son instrumentos de inmiscuímiento
fisiológico. Presumiblemente, se trataría de herramientas de distanciamiento,
órganos metálicos del método experimental, parte del ajuar objetivador del
científico moderno. Pero la titulación es engañosa: en los dos libros, lo
observado se licúa o esfuma en el ojo, lo radiografiado se retrae misteriosamente
de la seca descripción, la mayúsculo y lo minúsculo se eclipsan uno en otro.
Misterio, entonces.

Ezequiel Martínez Estrada estaba poseído por un demonio amargo. La posesión


determina menos la seña biográfica que al fogonero metodológico, menos la
dolencia del pensamiento que su estimulante. La amargura, fatalidad vital, era el
encaje con que tamizaba acontecimientos, lecturas y objetos cotidianos. Ese
atributo era el microscopio con que escrutaba el bordado irregular que enhebra
vidas y catastros, esa peculiaridad era la radiografía que desempañaba la imagen
de cimientos vetustos y debilitados, porque ya en la década del 1930 una trama
técnica comenzaba a superponerse sobre la ciudad de Buenos Aires, intentando
remediar falencias espirituales con ornamento funcional y publicidades de
futuros prodigiosos. ¿Cuáles son los instintos de un método amargo? Saber
detectar la invariancia histórica en la rutilante novedad, olfatear la
descomposición cadavérica en las cosas recién inauguradas, reconocer el sentido
trágico en las actividades urbanas plebeyas, destituir al consuelo del
pensamiento, confirmar que ya no hay tiempo. Con ellos radiografió a la
Argentina, diagnosticó sus males y advirtió la improbabilidad de la cura. ¿Bilis
intelectual? No. En su obra las imágenes tremendas, los argumentos
malhumorados, las paradojas antipáticas tensadas hasta el límite no son
caprichos de escéptico sino el diario de trabajo de un descarnador. En esa faena
solo cabe afilar, calibrar y pulir el órgano de la visión. Cuando se dispone de un
talante pensativo y de un instrumento óptico de precisión un hombre se basta a
sí mismo para pensar y, por lo tanto, funda complejas e intransferibles
relaciones entre verdad y estilo, entre falacias nacionales y violencia de la
recusación lingüística, entre verdades que se resisten a evidenciarse y
percepción personal atormentada. No había y seguramente no hay en este país
audibilidad posible para este tipo de dictámenes porque la verdad y la Argentina
son enemigos jurados.

Babilonia

Radiografía de la Pampa y Microscopía de Buenos Aires son dos hazañas


literarias. No tengo dudas de que la eternidad les ha reservado nichos en su
biblioteca. Cuando Argentina sea solo el dato anecdótico de un atlas histórico
del porvenir, estas memorias y balances de la Pampa y de Buenos Aires,
metamorfoseadas por Martínez Estrada en sustancia literaria, podrán ser
apreciadas por los posteriores como hoy lo hacemos con la historia de Roma, o
bien de Sodoma y Gomorra. En ambas obras el desierto argentino ha sido
elevado a rango mitológico y la cabeza del país queda filiada a la estirpe de las
ciudades bíblicas. Acontecimientos históricos son transmutados en proezas
míticas o maldiciones olímpicas, y obras cotidianas en signos de perduración o
decadencia. Martínez Estrada percibe a Buenos Aires fundada sobre capas
tectónicas, tal cual Troya. A su vez, los castigos que pueden caer sobre ella
también admiten un alcance bíblico: como Cartago fue destruida en cuatro
semanas, Sodoma lo fue en un instante. Nuestra gran Babilonia soporta una
nacionalidad débil, a pesar de las pomposas creencias que ella trompetea acerca
de sí misma. Argentina es para Martínez Estrada una cultura vulnerable,
desplegada aceleradamente, tal cual un campamento de escarbadores de pepitas
de oro frustrados que se consolaron erigiendo una ciudad apenas un poco menos
precaria. El resultado es monstruoso. Con todo, Buenos Aires, misteriosamente,
generó cultura. Pero los cimientos no están cultivados.

Se le acusaba de hacer “análisis espectrales” de la argentina. Amenazantes,


desoladores, proféticos. Por momentos, ultimátums. Entre la feligresía, un
hombre solo avanzaba a contrapelo. Quizás le sea imposible al pensamiento
proceder de otro modo, pues en buena medida toda cultura es indescifrable:
prospera y medra en estado de empañamiento. También se ha advertido acerca
de la violencia lingüística de Martínez Estrada. Esto es exacto. Si bien era capaz
de hacer germinar páginas sublimes y diamantinas, un genio furioso lo
impulsaba a recurrir a palabras tan sentidas como lacerantes, ásperas como
runas. Era necesario, porque toda cultura apuntala continuamente una costra
impenetrable que disimula un fondo volcánico. Y como tal, activo, confuso y
tenebroso. La furia puede conducir al exceso, a la arbitrariedad, incluso al error.
Las tres figuras no son descarríos, como creen los asépticos, sino los riesgos
inherentes a los actos de pensamiento. La descripción agresiva de Buenos Aires
es un intento irritado y muscular de aprehenderla: metáforas y conceptos
operan a modo de arpones, aparejos y amarras para inmovilizarla
momentáneamente. Pues toda gran ciudad es un octavo mar en cuyas corrientes
subterráneas el capitán y la ballena pugnan hacia un último puerto. A su vez, la
memoria urbana está impregnada de mareas históricas: de ecos antiguos.
Buenos Ares, enorme concha sonora. Pero también intenso montepío de la
carne. El modelo de recorrido en La Cabeza de Goliat pudiera ser el del paseo
por los círculos del infierno.

Víctor Hugo pudo afirmar confiadamente que París era la diadema de Francia.
Difícilmente en provincias se diría esa galantería acerca de Buenos Aires. Ella se
aparece como el estómago de la república o como su cerebro: una máquina
neurótica. Si se la pensara en clave musical, sería el gran órgano de la república,
cuya melodía política, cultural y financiera se escucha en todo el país, y lo
atrona. Sexualmente, un ser perverso que eyacula hacia dentro de sí mismo, y de
ese modo se reproduce. Hermandad de la costa, sanguijuelero, anticornucopia.
Su hervor parece inagotable. No obstante, en la obra de Martínez Estrada, la
ciudad está a punto de ser desplomada desde dentro: el caos inherente a toda
actividad urbana la asedia. En tanto la ciudad es un organismo vivo, tanto más
es corroída por sus males a medida que se activa. La estatua es inescindible de
su pátina como el palacio de cine de la fatal despotenciación de los mitos
plebeyos del siglo, y la decreciente feligresía de las iglesias escandinavas de
Buenos Aires se corresponde al desvanecimiento de la cultura marítima
internacional en la misma medida en que las rotundas siglas de los sindicatos
han devenido jeroglíficos apenas descifrables en la época de la crisis del
obrerismo bucólico nacional. El relieve orográfico de la ciudad opera a modo de
“fiel” de reloj de símbolos: la sombra y la luz de sus virtudes y defectos recorre
espacial y secuencialmente los 360º de la ciudad una vez cada veinticuatro
horas. Ezequiel Martínez Estrada fue el cronista de un “movimiento sísmico”
que inadvertidamente conmovió a Buenos Aires. ¿Cuándo? Imaginémonos que
en algún momento de nuestra historia se abrió una suerte de “falla” en la cultura
política e intelectual del país, fisura que solo actúa vesuvianamente mucho
después. Ese movimiento estremecido logró que las semillas de la ignorancia, la
barbarie y la necedad que hasta entonces estaban arrinconadas se liberaran y
hallaran campo fértil para su despliegue.

Cirrosis

Hacia 1935, finalizada la agronomía teórica de la pampa, Martínez Estrada


dedicó algunos años a relevar el catastro simbólico de Buenos Aires. Una vez
interpretado el desierto, era preciso indagar el centro radial de la cosmovisión
argentina, había que hundirse en la jaqueca de la nación y dar testimonio de sus
obsesiones. La Cabeza de Goliat, libro lírico y lóbrego, fue pensado en un
momento histórico único, la década del ‘30, bisagra en que la era orgánica y la
era mecánica se superpusieron en la ciudad. Martínez Estrada recorrió cien años
de historia urbana, identificó los tipos caracterológicos cincelados por la vida
ciudadana, balanceó la napa nutritiva y el aura apagada en las rutinas
cotidianas, reunió un elenco estable conformado por costumbres, instituciones,
símbolos, oficios y personajes; en suma, evidenció la “anímica peculiar” que
aflora de la fragua étnico-espiritual de la ciudad. Pero también analizó la
coyuntura del retorcimiento. En esos momentos son muchos los símbolos que se
desploman y las conductas que ingresan en su fase menguante. Lo arcaico y lo
novedoso se enrocan locamente, lo sublime y lo mercantil cambian el orden de
los elementos de su aleación, y ya no se sabe qué es fruto de la hazaña del
habitante, qué proviene de la feracidad predestinada, y qué cosas son apenas
instalaciones que se desembalan, articulan y desarman en todo el mundo por
igual. Se adivinará que Martínez Estrada no ofreció un “canto” a la ciudad sino
un informe crudo que describe la insostenible tensión que fuerzas espirituales,
mecánicas, políticas y arquitectónicas precipitan sobre Buenos Aires. El montaje
de sus aguafuertes produce vértigo: se nos expone a la psique colectiva
inficionada, al porteño como inquilino parásito, a los usos emocionales
intoxicados, a los símbolos espirituales despotenciados, a los cimientos
podridos. Con metódica amargura entrevió el futuro: la ciudad ya no concederá
a sus hijos otra posibilidad biográfica más que el posicionamiento epocal o el
sociológico. El iluso podría recurrir aún a los placebos de la publicidad, la
nostalgia, la técnica o la política, pero la esperanza desovada cada día en las
maternidades claudicará por la noche en la carne de morgue. Por eso el tono de
su libro es lúgubre, los momentos de humor hirientes, la perspectiva moral
malhumorada, el lirismo dolorido, porque se trata de la meditación espectral y
abrumada de un autodidacta solitario que analiza la descomposición orgánica de
un ideal urbano portentoso: “wagneriano”. Y sin embargo, es un retrato de
Buenos Aires hermoso y anhelante.
El método estradiano era simple: consistía en caminar por Buenos Aires. Así se
anuncia en la primera página de La cabeza de Goliat. En el camino, la ciudad se
va transformando en enigma, y además, en foco infeccioso. Lejos estamos de la
figura archirremanida del flaneur, para quien la ciudad era un campo de
observación relevado a distancia estetizada. Tal distancia había menguado
dramáticamente para la época de Martínez Estrada: la crítica urbana ya no
suponía una actitud intelectual o estética sino una cuestión de vida o muerte. En
el libro, Buenos Aires emerge como supuración desmesurada, efecto de la
impotencia de los argentinos para construir una nación. La ciudad puede
reproducirse únicamente por ensanchamiento partenogenético. Siendo una
máquina célibe, todas sus potencias se derrochan en desdoblamientos
urbanísticos, decorativos, circulatorios, teatrales. Solo puede desahogar sus
“instintos” bajo la forma de la crueldad vecinal y administrativa, o eyectando
“cultura”. Distante de la fe de un Sarmiento quien vislumbraba al Nilo en el
Paraná, al pórtico de Venecia en el Tigre y a la democracia en un simple vagón
de tren, Martínez Estrada percibe la intensificación de la ciudad, su
“neurotización”. Caput: raíz etimológica de cabeza y de capital. Una ciudad tal se
vuelve contagiosa, deviene un artefacto que secreta todo tipo de efluvios que en
otras épocas, luego del pánico, hubieran sido aceptados como pruebas
espirituales, como Deus Irae: líquidos contaminantes, radiaciones cancerígenas,
ominosas capas de ozono, aguas servidas e inmediatamente estancadas. El
hollín se constituye en el humo sacrificial de la ciudad y los óxidos en su pátina
leprosa. Los éteres psíquicos son aún más agresivos y penetrantes, emanaciones
que Martínez Estrada releva en los modos de uso del automóvil o en la voz
meliflua del locutor radial, en las modalidades agresivas de la publicidad o en los
estilos prepotentes o histéricos de la marcha urbana. Pisar una baldosa supone
salpicarse con miasmas psicológicas, pararse en cualquier esquina expone los
sentidos a la irritación estética. El cuerpo se revela un pararrayos ineficaz, el
aparato sensorial una zona cutánea fácilmente inflamable y la propia ciudad ha
de inventar analgésicos artificiales para evitar el desplome físico de la población.

Como Martínez Estrada entendía a la mente como un órgano del tacto, no hay
distancia posible con la ciudad. Nuevamente, lo que diferencia al paseo del
flaneur, arquetipo arcaico, de la deriva estradiana, es el tipo de distancia crítica
concernida: máxima en un caso, nula en el otro. El paso de uno conduce a la
ojeada estética, el del otro, a una suerte de relevamiento carnal. La
consecuencia: una persona es la ciudad toda. Un fragmento del autor,
recordando su despedida de Budapest, nos orienta acerca de su relación con las
ciudades: “Palpé la piedra de la construcción, obedeciendo a una costumbre muy
vieja que tengo, la de despedirme con una caricia de las ciudades extranjeras a
las que supongo que jamás volveré, como si el tacto me comunicara, por una
sensación fría, algo de la simpatía con que, seguramente, las cosas inanimadas
responden a nuestra ternura. Y en muchos casos ha sido así, hasta el punto de
que el recuerdo de lo que vi en esas ciudades se asocia, como uno de los
elementos más preciosos de mi amistad hacia ellas, el adiós del que me traje la
aspereza de un muro o la tersura de una estatua”. En varios de sus ensayos
Martínez Estrada postula la superioridad del saber de ágora sobre el saber de
aula. Un viejo dilema, legítimo para éste escritor de imaginación que nunca
masticó la papilla universitaria. En las calles del ágora se escucha un runrún
distinto al que se percibe en los gabinetes, y se huelen aromas y hedores
distintos. Pero las radiaciones de la urbe se sedimentan en la piel. De allí que las
carrocerías, la radio, los afiches, el periódico y demás domesticidades se
transformen en asperjadores de bacterias y en aceleradores virósicos: en
superficies somáticas en las cuales se evidencian los causales del sufrimiento y
asimismo los de la acción pseudoterapeútica de los analgésicos sociales. Pero al
caminante que medita nada puede evitarle la sarna cotidiana. Y de nada vale
rascarse contra las paredes, pues ellas mismas están impregnadas y no son papel
secante. La mecanización de la vida era el signo de los tiempos, y Martínez
Estrada tamizó a ese signo a través de un ideograma cuyo trazo era
estrictamente personal y que muy pocos podían apreciar. Los meandros de ese
ideograma ofrecen una comprensión acerca de como la acelerada
industrialización y la automatización urbana se superponían a los viejos males
argentinos.

Toda ciudad sufriente necesita de su némesis y de su curandero. Un shock


anímico puede hacer sanar la soriasis, al igual que carnestolendas y pandemias
purgaban a las ciudades antiguas. El otro camino conduce al desplome
depresivo y el desguace espiritual. Ni la fuga ni la nostalgia constituyen opciones
legítimas. Martínez Estrada no opuso el campo a la ciudad. Develó que la ciudad
ya constituía el hábitat indesertable para un nuevo estado de lo humano, cuyo
relieve recién ahora se está evidenciando. En la ciudad Adán no confronta con el
demonio. Es el segundo Adán, ya culpable, quien se enfrenta a Moloch y a un
ubicuo Golem. Y la salida no consiste en denunciar que la máquina ha
estropeado el jardín sino en advertir que el mal asume la figura siniestra de la
administración técnica de la urbe y del derroche de esfuerzo sin provecho
personal alguno, por lo tanto sin posibilidad de transmutarlo alquímicamente
en grandeza civilizatoria. No una pastoral alejada del infierno sino una postal
del mismo para saber como se hace sufrir.

Buenos Aires, auténtica ciudad-estado, entre cuyas posesiones se cuentan todo


el interior del país y Punta del Este, y cuyo “hinterland” podría estar localizado
en algunas metrópolis del viejo continente, ya comenzaba entonces a ser un
órgano que palpitaba epilépticamente entre la cirrosis espiritual y el
apuntalamiento incesante de sus andamiajes y travesaños, pero no el de sus
cimientos. Organo célibe. Además, escaparate y acto fallido. Si muchas ciudades
argentinas han sido el sarpullido del territorio (los fuertes de frontera devenidos
cabeceras de partido bonaerense o patagónico), por momentos forúnculos (los
enclaves de explotación de riquezas naturales), Buenos Aires es el nudo del
ombligo luego del corte del cordón umbilical. Para muchos, el mascarón de proa
del país, para Martínez Estrada, el rostro de la esfinge argentina.

En los años ‘60 se encomendó un diagnóstico del país a la reciente sociología.


Gino Germani, su deux ex machina, dirá de Martínez Estrada: “Hice un análisis
de toda su obra para ver que había en ella de rescatable. No hay casi nada”.
Cosas dichas en momentos de triunfo, pero también índice del menosprecio que
la meditación ensayística ha sufrido en este país. Para la sociología la ciudad era
la encrucijada de contabilidad estadística y leyes científicas. Martínez Estrada,
en cambio, percibió que vista, tacto, olfato, oído y gusto padecían y se atrofiaban
en una urbe enferma, y que ninguna terapéutica era posible si se impedía la
afinación de esos cinco instrumentos sonoros. El arte perceptivo de Estrada –
unido a una rigurosa y admirable cultura– le permitía apreciar a la esgrima de
arma corta en el juego de naipes, a la carne de sacrificio en el suicidio, a la
frustración sexual en el maniquí, al marido hipócrita e ideal en la voz del locutor
radial. ¿Cuántos “datos” habría que amontonar en el platillo para poder
contrapesarlo?

Soriasis

Martínez Estrada consideraba que sus libros eran llamadas morales, es decir
exhortaciones proféticas. En ellos se profetiza el agravamiento de los males del
país, no únicamente a partir de dramas de conciencia –el sonajero de los
intelectuales– sino desde un drama corporal. La conciencia, aún acongojada, es
un órgano de distanciamiento; el relevamiento físico, presencial, de los síntomas
urbanos, en cambio, supone riesgos de aproximación. Riesgos osmóticos.
Paredes y baldosas irradian males mitológicos. El circulante –el habitante–
recurre a su traje de amianto: la indolencia sensorial. Pero Martínez Estrada
estaba desnudo: desguarnecido por la academia y por los críticos. Tenía
renombre: pero es el tipo de fama que le hace acumular enemigos. El sabio de
aula o de gabinete observa ciudad y pampa desde lo alto y a lo lejos. Martínez
Estrada las caminó. Los síntomas urbanos y nacionales lo cubrieron como una
túnica de Neso.

Ezequiel Martínez Estrada fue un relevador de síntomas. Se preguntó: ¿qué está


vivo en la ciudad y soportando qué condiciones? ¿Qué está emergiendo y bajo
qué condiciones? ¿Qué tejidos urbano-simbólicos se marchitan y crujen y cuales
se despliegan y flamean en este incesante y feroz laboratorio? Y si lo dicho resta
escrito con tinta ictérica es porque a través de su estilo literario pujaban y se
expresaban sus “dramas de cuerpo”. Se dice de la soriasis que es una
enfermedad nerviosa o somática o psíquica. Una erupción personal. Pero
Martínez Estrada declaró que se había contagiado recorriendo la pampa,
caminando por Buenos Aires, leyendo los diarios, escrutando la escena
intelectual y, sobre todo, percibiendo los signos de la descomposición orgánica
que el país estampaba en cada cosa, persona y lenguaje que eran empollados
diariamente. Disponía de una aguda comprensión de la deriva nihilista del país.
Quizás por eso percibía la destrucción conjunta de sí mismo y de la nación,
porque siempre tuvo en claro las tendencias autodestructivas de la sociedad
argentina. Y dio testimonio del proceso.

Los hombres absorben de la nación sus ordenamientos administrativos y sus


catastros simbólicos. Esos ordenamientos y recorridos se aparecen primero
como molestia, como camisa de fuerza más tarde, y al fin como horma siniestra.
Luego, no queda otra salida que la implosión (depresión, delirio o resignación) o
la explosión (la psicopatía criminal, la crueldad, la descarga libidinal en horarios
y espacios previamente autorizados). En la frontera y como transacción: la
soriasis. La piel oscurecida, cerrada medianera entre carne y piedra. Soriasis,
cuya etimología griega nos advierte sobre su linaje canino (“sarna”). Es justo:
Ezequiel Martínez Estrada, profeta, había ladrado dos veces a los argentinos,
primero en la pampa y después en la gran ciudad. Había ladrado en el desierto.