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Literatura del Siglo XVIII.

El

Silo XVIII es el llamado “Siglo de las Luces”, por el auge de la Ilustración, un movimiento que promueve

la

importancia de la razón, la educación y la ciencia como bases para el progreso. Su expresión artística es

el

Neoclasicismo, que rescata los preceptos clásicos del arte: la armonía, lo mesurado, lo racional… El arte

se pone al servicio del pensamiento ilustrado y trata de promover la cultura para transmitir así sus ideas.

Es muy importante en esta época el ensayo, que mediante un estilo ameno y claro difundía los pensamientos ilustrados. Encontramos a B. J. Feijoo y Montenegro, que en obras como Teatro crítico Universal o Cartas eruditas expone los problemas de la Filosofía, la Física, la Literatura… pretende combatir supersticiones y restituir al hombre en su derecho de investigar la naturaleza. Otro autor destacado es Ignacio Luzán, quien en su Poética intenta regular la literatura mediante la separación de géneros, las unidades dramáticas, el decoro poético o las ideas de imitación y verosimilitud. José Cadalso recoge las ideas ilustradas en su obra Cartas marruecas. Gaspar Melchor de Jovellanos es el impulsor del pensamiento y las reformas ilustradas en España, en sus ensayos trata temas diversos: Informe de la ley Agraria, Memoria sobre espectáculos y diversiones públicas, Memoria sobre la educación pública.

El

otro género destacado fue el teatro. Durante la primera mitad del Siglo XVIII se heredan las formulas de

la

época anterior (comedias de magia, heroico-militares…). Pero a raíz de la Poética de Luzán, que propone

una crítica al teatro anterior, surge un nuevo teatro educativo que separa la comedia de la tragedia, respeta las tres unidades dramáticas (tiempo, acción y lugar) y refleja la realidad.

Dentro del teatro triunfa la comedia neoclásica. Destaca Tomás de Iriarte con El señorito mimado. Sin embargo, el máximo representante es Leandro Fernández de Moratín, quien en sus obras integra la sátira de vicios con un desenlace de corte sentimental en el que triunfan la verdad y la virtud, concibe el teatro como educativo; trata los temas de los matrimonios concertados (El sí de las niñas), la educación de las jóvenes (La mojigata) y el teatro de la época (La comedia nueva o el café).

Pese a esto, el público prefiere el teatro de tipo popular, como los sainetes. Estas piezas se representaban en los entreactos de las comedias neoclásicas y mostraban costumbres y tipos populares del Madrid castizo. Destaca Ramón de la Cruz con sainetes como La pradera de san Isidro.

A finales de siglo surge la comedia sentimental, que apela directamente al sentimiento para provocar la

identificación del espectador con el tema. Encontramos obras de Jovellanos (El delincuente honrado) o T.

de Iriarte (La señorita malcriada).