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CENTRO DE INVESTIGACIONES Y ESTUDIOS SUPERIORES EN ANTROPOLOGÍA SOCIAL Trabajo en casa particular , curso

CENTRO DE INVESTIGACIONES Y ESTUDIOS SUPERIORES EN ANTROPOLOGÍA SOCIAL

Trabajo en casa particular, curso de vida y envejecimiento: un acercamiento a las representaciones de empleadas y ex empleadas domésticas en Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México.

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OPTAR

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AL

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GRADO

DE

DOCTORA EN ANTROPOLOGÍA

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A

AVRIL REGINA ARJONA LUNA

DIRECTORA DE TESIS:

DRA. MARÍA EUGENIA MÓDENA ALLEGRONI

MEXICO, D. F. SEPTIEMBRE DE 2016

Dedico este trabajo a:

Esther, Margarita, Marilú, Rosa María y Cristina por haber sido mis interlocutoras y permitirme aprender de ellas. Me dejan mucho más de lo que este documento da cuenta, siempre estaré agradecida con ustedes.

Alejandra Vilchis, la joven trabajadora en casa con la que conviví durante mi niñez y a quien ahora recuerdo no sin cierta nostalgia.

Lorenza Gutiérrez Gómez, y las muchas trabajadoras del hogar organizadas, con la esperanza de que este granito de arena abone a la búsqueda y construcción de mejores condiciones de vida.

Las mujeres trabajadoras domésticas y extradomésticas, como mi madre, que de acuerdo con sus condiciones han salido adelante en/frente a este patriarcado que insiste en negarnos lugares dignos.

Las mujeres y los hombres que en el Valle de Xico me tendieron la mano.

Yasser Martínez Tapia por compartir conmigo las representaciones y prácticas que dan vida a la democracia en la casa, la cama, la calle y todos los espacios posibles por imaginar y construir.

AGRADECIMIENTOS

Mi especial agradecimiento a las Dras. María Eugenia Módena Allegroni, Zuanilda

Mendoza González, Georgina Rojas García y Angeles Sánchez Bringas por su compañía durante este largo pero fructífero viaje. Sus comentarios enriquecieron mucho la investigación, el documento final, la forma en que miro mi realidad y la de otres; también me dejan tareas pendientes que seguramente me permitirán desarrollar otros productos derivados de esta pesquisa.

Al Dr. Eduardo L. Menéndez y a las docentes de la línea de investigación de

antropología médica, así como a mis compañeras Natalia Galeano, Nadia Santillanes, Alaíde Peña, Renata Cortez –y al prófugo Paco Morales-, agradezco por haberme introducido en este interesante, fundamental y fecundo campo de la vida humana. A

mis

compañeres de la generación 2011-2015 y a la Dra. Mariángela Rodríguez Nicholls

por

sus palabras de aliento en momentos difíciles.

Igualmente agradezco a Yadira Lazcano por siempre estar dispuesta a apoyar a

les

estudiantes que requieren de consulta en la Biblioteca “Ángel Palerm”; a Nancy

García por su labor en la gestión académica y escolar; a Grace por su siempre cordial trato y eficiente trabajo frente a la fotocopiadora; a las mujeres que cotidianamente se

afanan en tener limpios los pasillos, las aulas y los baños y a los hombres que custodian

la sede D.F. del CIESAS.

Mi violeta agradecimiento a la Dra. Fabiola Pérez-Baleón y las Mtras. Claudia Carrera, Alma Sánchez y Cristina Elizondo, que en la UAM-Xochimilco me compartieron un lugar para la reflexión feminista bajo las especiales formas de la “Casa abierta al tiempo” que tanto me ha marcado.

A Doña Lety, Don Genaro, Don Onésimo, el chamaco Luis, Julio Vulcano y les participantes del Museo Comunitario del Valle de Xico que me adoptaron; mis

infinitas gracias por permitirme seguir participando de su comunidad. A Don Gabriel

y sus hijes por haberme dado la oportunidad de tener un lugar seguro y siempre

amigable en su casa; por compartirme ese espacio privado que tanto me hizo pensar

críticamente en mi propia familia. A Javi, por su entrañable amistad que deseo tenga una larga vida.

A Cocó (†), Yasser, Rimbo, Czita y Tzotz (†) gracias por compartir conmigo la

existencia más íntima, por soportarme y quererme. Al rehabilitador físico Jesús David

Briseño Macías, porque gracias a sus saberes comencé a recuperarme de la cervicalgia que me aquejó. A mi madre, Maru Luna, y a Elizabeth Simonin, Beto Peralta, Sergio Cardoso y Cynthia Caballero por introducirme a la curativa práctica del yoga. A mi hermano, Roberto Arjona Luna, por compartirme su experiencia como médico en torno a los problemas de salud que ha detectado en mujeres con trayectoria en el empleo/trabajo doméstico.

A mi familia elegida –como Elena Vega, Paula Téllez, Severiano Marín, Oliver

Marín Téllez, Cecilia y Nidia Talamante-Díaz, Blanca Estela Tapia- gracias por permitirme trenzar mi curso de vida con el suyo. Al etílico Vladimir Martínez por las chelas artesanales compartidas. A la “banda chula hermosa” (Arturo Granados, Roselia Rosales, Andrea Angulo, Fernando Bolaños, Mónica Pérez) por seguirme considerando parte de ella; a Benoît Jorand y el desierto potosino por reencontrarme con los sueños y la ensoñación. A Hell George (Jorge Luna) por la entintada corporal de experiencias disruptivas recientes y a Sandra Escutia por estar –deseo que nuestros caminos se sigan encontrando.

También agradezco al CONACYT la beca doctoral por medio de la cual tuve las condiciones para el desarrollo de esta investigación; en especial a les mexicanes que con sus impuestos hacen posible la educación pública y gratuita –a la que se hace indispensable seguir defendiendo y construyendo abierta y frontalmente.

A

quien

se

tome

el

tiempo

de

leer

algo

de

lo

que

dice

esta

tesis,

mi

agradecimiento

e

invitación

a

un

ejercicio

de

funambulismo

resistente

y

sentí-

pensante.

INTRODUCCIÓN

Índice

6

I. Perfil clásico del empleo doméstico, trayectorias vitales y envejecimiento en la Zona

Metropolitana de la Ciudad de México: el problema y sus antecedentes

 

54

II. Algunos procesos metodológicos de/en la investigación sobre empleo doméstico urbano

94

 

2.1 Los objetivos y las preguntas de investigación

 

97

2.2 Posibilidades para la articulación entre biografía y autobiografía desde el

 

conocimiento situado

 

100

2.3

La estrategia metodológica, las técnicas y los instrumentos: el viaje

antropológico

 

122

2.4 Las empleadas y ex empleadas domésticas como interlocutoras: mujeres nacidas

 

entre 1941 y 1970

144

III.

El Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México: lo doméstico, lo público y los

procesos de s/e/a como indicadores de las condiciones materiales y simbólicas de las poblaciones en un territorio subalternizado

158

 

3.1

Reflexiones en torno a los cambios y las continuidades en las condiciones

materiales y simbólicas a raíz de la autonomía municipal

162

3.2 El impacto del género y la edad en la distribución de los procesos de s/e/a de las

 

poblaciones vallechalquenses

222

3.3

Reflexiones finales en torno a lo que en las cifras no encontramos

274

IV.

Niñez y primeras transiciones de vida: menarca, unión conyugal y trabajo

 

remunerado como entradas a la adultez en la experiencia de mujeres migrantes de

 

origen rural

284

 

4.1

Lugar y familia de origen: recuerdos en torno a las condiciones materiales de

 

existencia

287

4.2

Trabajo en el lugar y la familia de origen: la ilusión dicotómica entre espacio

público y privado

4.3 Salud/enfermedad/atención en el lugar de origen: un vistazo a estos procesos la

308

luz de la falta de formas de atención biomédicas

320

4.4

Inicio del proceso migratorio e inserción en el empleo doméstico en la

modalidad de planta

390

4.5 Primera unión en pareja e inicio de la vida sexual

423

4.6 Los lugares ocupados en la familia, el trabajo, la salud y la pareja durante la

primera etapa de vida: los primeros límites y posibilidades en torno a la agencia. 440

V. Familia propia, sexualidad y empleo en casa durante la segunda etapa de los TRS:

continuidades y discontinuidades

458

 

5.1 Pareja, sexualidad, salud y familia propia

462

5.2 Empleo doméstico en la ZMCM: relaciones, espacios y lugares flexibles

568

5.3 Continuidades y discontinuidades en las condiciones de posibilidad, los lugares

ocupados y la agencia: pareja, trabajo remunerado y maternidad

670

VI. Familia, trabajo flexible y procesos de envejecimiento en el Valle de Chalco

Solidaridad: tendencias en las condiciones de posibilidad y los límites de la agencia de

trabajadoras y ex trabajadoras en casa durante la última etapa de los TRS

722

6.1 Familia, condiciones de posibilidad y agencia: su influencia en el curso de vida y

 

en la (re)configuración de lugares femeninos

 

725

6.2

Tendencias de las transiciones laborales posibles en la flexibilidad de lo

doméstico a la luz del envejecimiento

 

812

6.3

Diferencias entre ser y sentirse viejita: un acercamiento a las experiencias de

 

envejecer de acuerdo con las posibilidades de agencia mapeadas

 

892

Reflexiones finales

 

985

Bibliografía

 

1039

ANEXO METODOLÓGICO

1053

AVRIL ARJONA LUNA

INTRODUCCIÓN

L os diversos procesos sociodemográficos, económicos y políticos ocurridos durante el siglo XX y en especial desde los años 40 -asociados al

crecimiento de las ciudades a partir de las relaciones transaccionales que tejieron con los ámbitos rurales- permiten distinguir un “perfil clásico” (Rojas y Toledo, 2013) de las empleadas domésticas urbanas en México: niñas o jóvenes migrantes de origen rural, solteras y con bajos niveles educativos que inicialmente se insertaron en la modalidad de planta.

Este perfil sociodemográfico ha sido estudiado en nuestra región desde alrededor de los años 70 por la sociología y la antropología, principalmente, bajo abordajes feministas marxistas que acentuaron la estratificación de la reproducción de la vida cotidiana por medio de la explotación de la fuerza de trabajo de jóvenes indígenas y/o campesinas por parte de los grupos pertenecientes a estratos socioeconómicos con mejores condiciones materiales y simbólicas. De este modo, los estudios clásicos sobre empleo doméstico han distinguido claramente las desigualdades que de acuerdo con el género y el estrato socioeconómico configuraron dos categorías de sujetas específicas: las amas de casa -muchas de las cuales a partir de los 80 también se tornaron trabajadoras extradomésticas- y las empleadas domésticas.

Teniendo en cuenta las desigualdades entre estas categorías de sujetas sociales, las investigaciones clásicas han brindado referentes importantes para

5

INTRODUCCIÓN

el análisis de las condiciones de trabajo -ingresos, horas de trabajo, actividades desempeñadas, relaciones con las unidades domésticas empleadoras- según las modalidades del empleo doméstico, entre las que se ha privilegiado la de planta pues 1) fue la dominante durante décadas en la medida que las condiciones materiales de las/os empleadores lo permitieron, y 2) es la que más subalternidad ha implicado para las trabajadoras. Sin embargo, en el mediano plazo se sucedieron procesos estructurales y subjetivos que modificaron los perfiles sociodemográficos tanto de las empleadas como de las empleadoras. Puesto que los estudios clásicos han concentrado sus análisis en las primeras etapas de vida de las empleadas domésticas urbanas enfatizando la migración rural-urbana, la trayectoria laboral y la trayectoria reproductiva de la sexualidad, principalmente encontramos datos relativos a: 1) variables observadas sincrónicamente o, 2) procesos diacrónicos de mediano alcance limitados a determinados momentos y trayectorias del curso de vida de estas mujeres. Tomando como referencia los hallazgos de estas pesquisas, mi problema de investigación apunta a visibilizar por medio del análisis de las representaciones sobre los procesos estructurales y subjetivos que han configurado a las empleadas domésticas como sujetas complejas que sintetizan saberes diversos por medio de los cuales han establecido resistencias y subvertido algunas de las representaciones que frecuentemente las subalternizan.

Así, teniendo como trayectoria fundamental aquélla en el empleo doméstico de mujeres que forman parte de los sectores urbano populares porque emprendieron procesos migratorios intrametropolitanos posteriores a los considerados por las investigaciones clásicas, mi intención es analizar el

6

AVRIL ARJONA LUNA

curso de vida dividido en tres etapas delimitadas por los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad (TRS) para brindar una perspectiva diacrónica de diversas trayectorias vitales -de la familia, el trabajo, la sexualidad y la salud, así como de los eventos y las transiciones que han marcado dialécticamente a cada una de estas-, para problematizar la experiencia de envejecer de tres empleadas y dos ex empleadas domésticas que habitan en el Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México -un municipio subalternizado de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM).

De este modo el por qué de esta investigación tiene dos aristas principales y articuladas: la relativa al trabajo y las condiciones que actualmente le caracterizan y la relativa a los procesos de envejecimiento en nuestro país. Las investigaciones más recientes sobre trabajo en México muestran un panorama complejo y poco alentador que requiere cada vez más de enfoques procesuales, retrospectivos y prospectivos, como el que permiten los análisis de los cursos de vida; pues

el mercado laboral es cada vez más dinámico y heterogéneo y (…) es necesario profundizar en el entendimiento de nuevas prácticas, sujetos, temporalidades y espacialidades del trabajo, además de identificar cómo estos nuevos rasgos afectan diferencialmente a varones y mujeres. (…) muestran la precarización del empleo y la degradación de las condiciones del trabajo femenino que se confirma por varios rasgos: una creciente inserción en el sector informal, la intensificación de la jornada doméstica y extradoméstica, la temporalidad del empleo, la devaluación de las carreras profesionales, la diversidad de las condiciones contractuales y salariales. Pero sobre todo, se extiende el fantasma de la incertidumbre sobre el futuro del trabajo para hombres y mujeres hoy, lo que impacta en la noción de continuidad de clase,

7

INTRODUCCIÓN

étnica y generacional entre los trabajadores. (…) [Para] las mujeres (…) Trabajar significa no asumir el cuidado de los hijos como se desearía (…) Esta realidad diversa (…) muestra la necesidad de construir categorías analíticas que permitan identificar a los actores frente a estos cambios a lo largo de sus vidas (de la O, 2014:

28-29).

En relación con estas condiciones es primordial tener en cuenta el envejecimiento poblacional pues “representa un cambio radical en la estructura por edad de la población a favor de las edades medias y avanzadas, que se dio como resultado de la caída de la mortalidad y de la fecundidad por un periodo largo y de manera sostenida en la segunda mitad del siglo XX” (Wong, 2001:477). De este modo abordar los procesos de envejecimiento y las implicaciones sociales e individuales que tiene y tendrá en ámbitos diversos como el trabajo, las dinámicas familiares, la sexualidad, la salud, la educación, etc., podría servir para aprovechar, en beneficio de las poblaciones, esas dos o tres décadas que en México representan, según las/os especialistas, una “ventana de oportunidad” porque: “la tasa de dependencia demográfica primero bajará para después subir cuando se acelere el envejecimiento” (Hill, et al., 1999 en Wong, 2001:477).

Es así que mi investigación abona a ubicar algunos de los retos que a corto, mediano y largo plazo enfrentan y enfrentarán distintos grupos sociales, más o menos subalternizados, en ámbitos de la vida cotidiana como la familia, el trabajo y la salud; mismos que vistos desde las condiciones actuales -cada vez más precarias-, no proyectan un horizonte atractivo en general y requerirán de la participación de las personas ante un Estado históricamente indiferente.

8

AVRIL ARJONA LUNA

Resulta pertinente porque desde las representaciones de cinco mujeres podemos acercarnos a algunos procesos y sus repercusiones en al menos otras dos generaciones -la previa y la posterior a la de mis interlocutoras- que bordean al empleo doméstico encarnado, representando vidas interrelacionadas de mujeres y hombres pertenecientes a grupos subalternizados marcados por el espacio, el tiempo, las condiciones materiales y simbólicas desiguales y flexibles inscritas en un sistema cultural, económico y político como el mexicano.

El para qué de esta investigación tiene mucho que ver con visibilizar aspectos diversos del perfil clásico de las empleadas domésticas urbanas desde una perspectiva longitudinal de largo alcance. De este modo me parece fundamental destacar los aspectos estructurales y subjetivos que como agentes estas mujeres tienen para consigo mismas, en especial en torno a una dimensión muy poco estudiada de este ramo laboral: los procesos de s/e/a. En este sentido una investigación como ésta sirve para tender puentes entre distintas/os actoras/es sociales que podrían estar interesadas/os en combatir las sinergias negativas y promover las positivas en torno a las poblaciones de empleadas domésticas, pues la reflexión, acción y prevención -esta última no sólo en materia de enfermedad- me parecen fundamentales para mejorar tanto las condiciones objetivas como las subjetivas en torno a los lugares que ocupan en nuestro país.

De este modo, y teniendo en cuenta que mi unidad de análisis se concentró en empleadas y ex empleadas domésticas originarias de municipios rurales que habitan en el Valle de Chalco Solidaridad desde hace más de dos décadas, tienen más de 40 años de edad y experimentan alguna de las fases de

9

INTRODUCCIÓN

la tercera etapa de los TRS, la pregunta central de mi investigación es: ¿qué tipo

de relaciones transaccionales han configurado objetiva y subjetivamente el

perfil clásico de las empleadas domésticas en la ZMCM a lo largo de sus cursos

de vida y cómo repercuten en la experiencia de envejecer? -de la cual

desprenden otras preguntas que se desglosan en el capítulo metodológico.

En este sentido, el objetivo general de mi investigación es describir y comparar los procesos de envejecimiento de tres empleadas y dos ex empleadas domésticas, nacidas entre 1941 y 1970, que viven en el Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México. A partir de tal descripción comparativa, analizaré cómo se relaciona la experiencia de envejecer con los diversos

procesos sociodemográficos, económicos y políticos ocurridos durante el siglo

XX y en especial desde los años 40 -asociados al crecimiento de las ciudades a

partir de las relaciones transaccionales que tejieron con los ámbitos rurales- permiten distinguir un “perfil clásico” (Rojas y Toledo, 2013) de las empleadas domésticas urbanas en México: niñas o jóvenes migrantes de origen rural, solteras y con bajos niveles educativos que inicialmente se insertaron en la

modalidad de planta.

Este perfil sociodemográfico ha sido estudiado en nuestra región desde alrededor de los años 70 por la sociología y la antropología, principalmente, bajo abordajes feministas marxistas que acentuaron la estratificación de la reproducción de la vida cotidiana por medio de la explotación de la fuerza de trabajo de jóvenes indígenas y/o campesinas por parte de los grupos pertenecientes a estratos socioeconómicos con mejores condiciones materiales y simbólicas. De este modo, los estudios clásicos sobre empleo doméstico han distinguido claramente las desigualdades que de acuerdo con el género y el

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AVRIL ARJONA LUNA

estrato socioeconómico configuraron dos categorías de sujetas específicas: las amas de casa -muchas de las cuales a partir de los 80 también se tornaron trabajadoras extradomésticas- y las empleadas domésticas.

Teniendo en cuenta las desigualdades entre estas categorías de sujetas sociales, las investigaciones clásicas han brindado referentes importantes para el análisis de las condiciones de trabajo -ingresos, horas de trabajo, actividades desempeñadas, relaciones con las unidades domésticas empleadoras- según las modalidades del empleo doméstico, entre las que se ha privilegiado la de planta pues 1) fue la dominante durante décadas en la medida que las condiciones materiales de las/os empleadores lo permitieron, y 2) es la que más subalternidad ha implicado para las trabajadoras. Sin embargo, en el mediano plazo se sucedieron procesos estructurales y subjetivos que modificaron los perfiles sociodemográficos tanto de las empleadas como de las empleadoras. Puesto que los estudios clásicos han concentrado sus análisis en las primeras etapas de vida de las empleadas domésticas urbanas enfatizando la migración rural-urbana, la trayectoria laboral y la trayectoria reproductiva de la sexualidad, principalmente encontramos datos relativos a: 1) variables observadas sincrónicamente o, 2) procesos diacrónicos de mediano alcance limitados a determinados momentos y trayectorias del curso de vida de estas mujeres. Tomando como referencia los hallazgos de estas pesquisas, mi problema de investigación apunta a visibilizar por medio del análisis de las representaciones sobre los procesos estructurales y subjetivos que han configurado a las empleadas domésticas como sujetas complejas que sintetizan saberes diversos por medio de los cuales han establecido resistencias y

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INTRODUCCIÓN

subvertido

subalternizan.

algunas

de

las

representaciones

que

frecuentemente

las

Así, teniendo como trayectoria fundamental aquélla en el empleo doméstico de mujeres que forman parte de los sectores urbano populares porque emprendieron procesos migratorios intrametropolitanos posteriores a los considerados por las investigaciones clásicas, mi intención es analizar el curso de vida dividido en tres etapas delimitadas por los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad (TRS) para brindar una perspectiva diacrónica de diversas trayectorias vitales -de la familia, el trabajo, la sexualidad y la salud, así como de los eventos y las transiciones que han marcado dialécticamente a cada una de estas-, para problematizar la experiencia de envejecer de tres empleadas y dos ex empleadas domésticas que habitan en el Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México -un municipio subalternizado de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM).

De este modo el por qué de esta investigación tiene dos aristas principales y articuladas: la relativa al trabajo y las condiciones que actualmente le caracterizan y la relativa a los procesos de envejecimiento en nuestro país. Las investigaciones más recientes sobre trabajo en México muestran un panorama complejo y poco alentador que requiere cada vez más de enfoques procesuales, retrospectivos y prospectivos, como el que permiten los análisis de los cursos de vida; pues

el mercado laboral es cada vez más dinámico y heterogéneo y (…) es necesario profundizar en el entendimiento de nuevas prácticas, sujetos, temporalidades y espacialidades del trabajo, además de identificar cómo estos nuevos rasgos afectan diferencialmente a

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AVRIL ARJONA LUNA

varones y mujeres. (…) muestran la precarización del empleo y la degradación de las condiciones del trabajo femenino que se confirma por varios rasgos: una creciente inserción en el sector informal, la intensificación de la jornada doméstica y extradoméstica, la temporalidad del empleo, la devaluación de las carreras profesionales, la diversidad de las condiciones contractuales y salariales. Pero sobre todo, se extiende el fantasma de la incertidumbre sobre el futuro del trabajo para hombres y mujeres hoy, lo que impacta en la noción de continuidad de clase, étnica y generacional entre los trabajadores. (…) [Para] las mujeres (…) Trabajar significa no asumir el cuidado de los hijos como se desearía (…) Esta realidad diversa (…) muestra la necesidad de construir categorías analíticas que permitan identificar a los actores frente a estos cambios a lo largo de sus vidas (de la O, 2014:

28-29).

En relación con estas condiciones es primordial tener en cuenta el envejecimiento poblacional pues “representa un cambio radical en la estructura por edad de la población a favor de las edades medias y avanzadas, que se dio como resultado de la caída de la mortalidad y de la fecundidad por un periodo largo y de manera sostenida en la segunda mitad del siglo XX” (Wong, 2001:477). De este modo abordar los procesos de envejecimiento y las implicaciones sociales e individuales que tiene y tendrá en ámbitos diversos como el trabajo, las dinámicas familiares, la sexualidad, la salud, la educación, etc., podría servir para aprovechar, en beneficio de las poblaciones, esas dos o tres décadas que en México representan, según las/os especialistas, una “ventana de oportunidad” porque: “la tasa de dependencia demográfica primero bajará para después subir cuando se acelere el envejecimiento” (Hill, et al., 1999 en Wong, 2001:477).

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INTRODUCCIÓN

Es así que mi investigación abona a ubicar algunos de los retos que a corto, mediano y largo plazo enfrentan y enfrentarán distintos grupos sociales, más o menos subalternizados, en ámbitos de la vida cotidiana como la familia, el trabajo y la salud; mismos que vistos desde las condiciones actuales -cada vez más precarias-, no proyectan un horizonte atractivo en general y requerirán de la participación de las personas ante un Estado históricamente indiferente.

Resulta pertinente porque desde las representaciones de cinco mujeres podemos acercarnos a algunos procesos y sus repercusiones en al menos otras dos generaciones -la previa y la posterior a la de mis interlocutoras- que bordean al empleo doméstico encarnado, representando vidas interrelacionadas de mujeres y hombres pertenecientes a grupos subalternizados marcados por el espacio, el tiempo, las condiciones materiales y simbólicas desiguales y flexibles inscritas en un sistema cultural, económico y político como el mexicano.

El para qué de esta investigación tiene mucho que ver con visibilizar aspectos diversos del perfil clásico de las empleadas domésticas urbanas desde una perspectiva longitudinal de largo alcance. De este modo me parece fundamental destacar los aspectos estructurales y subjetivos que como agentes estas mujeres tienen para consigo mismas, en especial en torno a una dimensión muy poco estudiada de este ramo laboral: los procesos de s/e/a. En este sentido una investigación como ésta sirve para tender puentes entre distintas/os actoras/es sociales que podrían estar interesadas/os en combatir las sinergias negativas y promover las positivas en torno a las poblaciones de empleadas domésticas, pues la reflexión, acción y prevención -esta última no sólo en materia de enfermedad- me parecen fundamentales para mejorar tanto

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AVRIL ARJONA LUNA

las condiciones objetivas como las subjetivas en torno a los lugares que ocupan en nuestro país.

De este modo, y teniendo en cuenta que mi unidad de análisis se concentró en empleadas y ex empleadas domésticas originarias de municipios rurales que habitan en el Valle de Chalco Solidaridad desde hace más de dos décadas, tienen más de 40 años de edad y experimentan alguna de las fases de la tercera etapa de los TRS, la pregunta central de mi investigación es: ¿qué continuidades y discontinuidades en sus condiciones materiales y simbólicas, y con los lugares que han ocupado estas cinco mujeres en espacios como el trabajo, la familia, la sexualidad y la salud durante las tres etapas de los TRS.

Así, las premisas de investigación son:

1) En tanto sujetas complejas y multidimensionales, a lo largo de los cursos de vida de las empleadas y ex empleadas domésticas se tejen trayectorias vitales diversas que trascienden la trayectoria laboral pero se articulan con ella.

2)

Las trayectorias vitales confluyen y frecuentemente se determinan de acuerdo con el momento del curso de vida por medio de una serie de eventos disruptivos que repercuten en la continuidad-discontinuidad de unas y otras, marcando así transiciones biológicas, sociales y culturales.

3) Las transiciones biosocioculturales modifican los lugares que ocupan al interior de los espacios como la familia, el trabajo, la sexualidad y la salud/malestar/enfermedad/atención (s/m/e/a) y tales transiciones se las representan de acuerdo con sus condiciones materiales y simbólicas de existencia.

15

INTRODUCCIÓN

4) Las condiciones materiales y simbólicas de existencia se presentan como límites o posibilidades pues repercuten en su capacidad para imaginar y/o reconocer representaciones y prácticas que modifiquen objetiva y subjetivamente los espacios materiales y los lugares simbólicos que ocupan, configurando así su situacionalidad en la estructura social.

5) Su situacionalidad puede ser dinámica, pero se construye material y simbólicamente de acuerdo con tres mecanismos de estratificación articulados a lo largo del curso de vida: el sexo-género, el estrato socioeconómico y la edad.

6)

La sexualidad es una de las principales dimensiones biosocioculturales por medio de las cuales se oprime y subalterniza a las mujeres en nuestras culturas, por ello los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad representan una herramienta heurística fundamental para el análisis de las transiciones vitales a lo largo de los cursos de vida femeninos.

7)

El perfil sociodemográfico clásico de las empleadas domésticas cambia y se complejiza a lo largo del curso de vida, y cada vez más coexiste con versiones emergentes que responden a las complejas contingencias en la (re)producción de la vida cotidiana, tanto de quienes demandan la mano de obra como de quienes han contado casi exclusivamente con ella para su oferta.

De acuerdo con lo anterior la principal hipótesis teórico-metodológica de mi investigación es que mapeando y analizando las relaciones dialécticas entre trayectorias vitales tales como la laboral, la familiar, la sexual-de pareja y la de

16

AVRIL ARJONA LUNA

s/e/a podemos delinear el ejercicio de las agencias -sus límites y posibilidades- según las situacionalidades configuradas con base en las jerarquías de sexo-género, estrato socioeconómico y edad a lo largo del curso de vida -al que nos acercamos teniendo en mente tres etapas vitales delimitadas por los TRS en contextos de inclusión social selectiva y flexible.

Esta es una investigación eminentemente cualitativa basada en el “viaje antropológico” como metáfora del trabajo de campo etnográfico que abarcó de mayo de 2012 a septiembre de 2013 –periodo durante el cual viví en el Valle de Chalco Solidaridad. A título personal defino mi perspectiva teórico-metodológica como un ejercicio de funambulismo 1 en la medida que se desplaza, no sin algunos peligros, entre enfoques y conceptos emparentados aunque frecuentemente observados como diferentes, o incluso opuestos, desde las formulaciones del conocimiento dicotómico. Ubico mi enfoque en la teoría del curso de vida desde un abordaje mestizo que, por medio del análisis e interpretación contextualizada del punto de vista de las actoras y sus representaciones en torno a sus trayectorias vitales, vincula la antropología médica -subdisciplina cuyas corrientes críticas son socioculturales e históricas, procesuales, encaminadas también al estudio de la salud y no sólo de la enfermedad- con el conocimiento situado/encarnado en las perspectivas feministas críticas al patriarcado capitalista heteronormativo.

De este mestizaje que aterrizo teóricamente por medio de la geografía feminista y dos de sus conceptos fundamentales -espacio y lugar-, surge la

1 Funambulismo 1 m. Arte del funámbulo. 2 Habilidad para desenvolverse en situaciones difíciles, entre tendencias u opciones opuestas, etc.”. Funámbula/o “(del lat. funambŭlus, el que anda en la maroma) n. * Acróbata que hace ejercicios sobre la cuerda o el alambre. ≈ Funambulista” (Moliner,

2007:1413)

17

INTRODUCCIÓN

importancia de tener siempre presente el cuerpo como lugar y proceso fundamental de las experiencias. Ahora me dispongo a presentar los principales conceptos utilizados para dar respuesta a la pregunta central y enmarcar el análisis incluyendo algunas nociones teórico-empíricas surgidas del proceso de investigación bajo el enfoque de la Teoría fundamentada.

Las relaciones transaccionales permiten describir

las articulaciones que en el nivel consciente, pero también en los niveles no conscientes e inconscientes, operan en las relaciones generadas entre los estratos dominantes y subalternos (…). [E]l concepto refiere siempre a situaciones en las cuales ya está dado un juego de relaciones sociales, económicas e ideológicas, y de las cuales se puede abstraer la estructura dominante en dichas relaciones (Menéndez, 1981 en Ortega, 2010: 40).

De este modo, sostengo que la estructura de las relaciones que configuraron, objetiva y subjetivamente, el perfil clásico de las empleadas domésticas metropolitanas en la ZMCM fueron de hegemonía/subalternidad, 2 de empatía y cooperación, de tensión y a veces de conflicto, provocando también relaciones de negociación y/o de resistencia -entre individuos y grupos sociales- que sucedieron en distintos niveles de la escala geográfica, siempre

2 La “utilidad de la noción de hegemonía reside en que presupone la dominación junto con el consenso. En otros términos, para Gramsci el poder es siempre e inseparablemente coerción más consenso. Es decir, que todo poder hegemónico conlleva ciertos niveles de aceptación y legitimación por parte de quien resulta sometido a él. (…) Asimismo, es igualmente importante la idea de Gramsci de que la hegemonía está siempre en disputa” (Calveiro, 2003: 13-14). “Los conceptos de hegemonía/subalternidad, así como otros procedentes de diferentes corrientes teóricas, asumen la existencia de desigualdades estratificadas, pero incluyendo como parte sustantiva de las mismas a los procesos socioculturales que operan favoreciendo la cohesión/integración, opacando las causales que establecen las desigualdades o promoviendo procesos de oposición o de otro tipo de transacciones, que posibilitan el desarrollo autónomo de sectores subalternos” (Menéndez, 1994: 73)

18

AVRIL ARJONA LUNA

material y simbólica. Ello nos introduce a algunos conceptos de la geografía feminista: espacio, lugar y escala.

Articulando los enfoques feministas y las perspectivas geográficas, Linda McDowell busca

demostrar que los lugares –y el apego a ellos- siguen siendo importantes. La mayoría de las personas (…) llevamos una vida geográficamente limitada en una casa, una vecindad, una ciudad y un puesto de trabajo, y todo ello dentro de un Estado-nación. Naturalmente, todos estos lugares son un conjunto complejo de relaciones sociales que se entrecruzan y operan a muchos niveles, en función de unas ideas y unos comportamientos, unas imágenes y unos símbolos (McDowell, 2000: 53).

Los espacios y las situaciones que en ellos se desarrollan “son localizaciones significativas de construcciones” (McDowel, 2000: 55) sociales diversas. Para que de un espacio territorialmente delimitado surjan lugares simbólicos es necesario que las y los sujetos atribuyan significados específicos a las relaciones y las prácticas características de dicho espacio. En otras palabras “los distintos espacios tienen distintos significados y representan distintas relaciones de poder que varían con el tiempo” (McDowell, 2000: 55), permitiendo así su superposición, entrecruzamiento y transfronterización.

De este modo, es necesario que las sujetas atribuyan significados específicos a las prácticas socioespaciales, a las relaciones sociales y a las dinámicas de inclusión selectiva características de determinado espacio, como puede ser la casa, para que surjan lugares como el de madre, esposa y empleada doméstica. Así, los espacios son conflictivos, fluidos e inseguros; surgen de las relaciones de poder que establecen las normas, mismas que, a su vez, definen

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INTRODUCCIÓN

los límites, tanto sociales como espaciales, “porque determinan quién pertenece a un lugar y quién queda excluido, así como la situación o emplazamiento [ubicación o colocación] de una determinada experiencia” (McDowell, 2000:15).

Siguiendo a Neil Smith, McDowell asegura que cada espacio es distinto a otro en la medida que su construcción implica su producción a escala geográfica. Aquí la escala es “el criterio de la distinción no tanto entre lugares como entre distintos tipos de lugares” (Smith, 1993 en McDowell, 2000:15). Así pues, la escala geográfica delimita las identidades en función de las cuales se ejerce o rechaza el control (Smith, 1993 en McDowell, 2000) y se ejerce o rechaza la agencia.

Los lugares “se definen por las relaciones socioespaciales que se entrecruzan en ellos y les proporcionan su carácter distintivo” (McDowell, 2000:16). La antropóloga Judith Okely, en relación con la naturaleza variable del lugar, “ha destacado su origen relacional, y afirma que se define, mantiene y altera por el efecto de las relaciones de poder” (1996 en McDowell, 2000:16-17). En este caso lo relacional se entiende como las relaciones sociales entre los grupos y los individuos. Sin embargo, desde la perspectiva de McDowell no conviene dejarse llevar por la fluidez de la representación relacional del lugar porque “las costumbres y las estructuras institucionales tienden a sobrevivir y a <fijar> los lugares en el espacio y el tiempo” (2000:17).

Teniendo en cuenta esta precaución en torno a la persistencia de los lugares, este enfoque permite pensar las distintas relaciones materiales y simbólicas que operan en diversas escalas: rural/urbano, intrametropolitanas entre centro y periferia, en la casa a escala propia y ajena -que puede ser para la

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habitación, pero también es lugar de trabajo con o sin remuneración-, y en los espacios de la salud/enfermedad vistos desde las formas de atención correspondientes a los distintos sistemas médicos 3 y de acuerdo con el lugar de padecente o de actora vinculada a la atención de otras/os. 4

En este sentido, sostengo que las distintas relaciones transaccionales condicionaron los espacios y lugares ocupados por tres empleadas y dos ex empleadas domésticas a lo largo del curso de vida y en las distintas trayectorias vitales, mismas que en su decurso se condicionaron y determinaron para desembocar en determinadas condiciones de existencia en las que experimentan el envejecimiento.

Los estudios de curso de vida en México

se han enfocado en el desarrollo de dos temas: el de transiciones a la adultez y el de trayectorias vitales de hombres y mujeres. Ambos se relacionan directamente porque se observan bajo un mismo proceso longitudinal. Las transiciones a la adultez son eventos de “corto alcance” incorporados en las trayectorias, “dándoles formas y significados distintivos”, en tanto que las trayectorias vitales están

3 Mi perspectiva está totalmente influenciada por la antropología médica de Eduardo L. Menéndez; sin embargo, y en asociación con su teoría, retomo del enfoque feminista a Nancy Scheper-Hughes y Margaret Lock, cuya perspectiva interpretativista de la antropología médica estudia los sistemas médicos desplazando el foco de atención “a la forma como todo el conocimiento relacionado con el cuerpo, la salud y la enfermedad es culturalmente construido, negociado y renegociado en un proceso dinámico a través del tiempo y el espacio” (1996: 49). Esto resulta fundamental, pues nos acercaremos tanto al sistema biomédico como a los sistemas populares en los que los Síndromes de Filiación Cultural son fundamentales.

4 La antropología médica ha señalado el papel de la mujer como “encargada de diagnosticar el padecimiento, de manejar, por lo tanto, indicadores diagnósticos y de establecer una evaluación de la gravedad o levedad del mismo” (Menéndez, 2005: 58). Es en este sentido que su reflexión tiene eco con la tesis de Rosa María Osorio sobre los saberes femeninos –en los que destaca su lugar como curadora pero no como padecente.

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INTRODUCCIÓN

marcadas por una secuencia de eventos y transiciones, que se orientan al largo plazo (Pérez Baleón, 2014 en Degante, 2014: 15).

Teniendo lo anterior como referencia, esta investigación parte de las investigaciones que en torno al empleo doméstico han enfatizado las transiciones a la adultez señalando algunas relaciones a corto y mediano plazo entre trayectorias vitales. Sin embargo, mi intención es abonar al análisis de estas y otras trayectorias vitales observando la secuencia de eventos y transiciones a largo plazo y, en esa medida, bajo un enfoque diacrónico que nos permita analizar etapas subsecuentes del perfil clásico de las empleadas domésticas metropolitanas que cada vez más enfrentarán la experiencia de envejecer. Aterricemos entonces tres definiciones claves para esta investigación: empleo doméstico, perfil clásico de las empleadas domésticas metropolitanas y procesos de envejecimiento.

El empleo doméstico es “aquella actividad laboral en la que se efectúan procesos de compra y venta de mano de obra para labores de reproducción cotidiana. Es también una de las ocupaciones más emblemáticas de la segregación laboral por género” (Rojas y Toledo, 2013: 410) y refiere a un conjunto de relaciones transaccionales que se suceden en espacios concretos y dan como resultado lugares que permiten la producción para la reproducción estratificada 5 de la vida cotidiana.

El “perfil clásico” (Rojas y Toledo, 2013) de las empleadas domésticas metropolitanas es una abstracción, una construcción teórica descrita empíricamente de acuerdo con el curso de vida de las trabajadoras y la

5 La reproducción estratificada “se refiere a las maneras diferenciadas en las que se resuelven las tareas de reproducción física y social, con base en las desigualdades de clase, raza, pertenencia étnica o género” (Colen, 1989 y 1995 en Rojas y Toledo, 2013: 403).

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articulación entre las trayectorias vitales que caracterizaron material y simbólicamente a estas mujeres: se trató inicialmente de mujeres de origen rural -indígenas o no indígenas- con niveles educativos básicos que siendo solteras migraron, apoyadas en redes familiares, para vivir con sus empleadores y desarrollar, con mayores o menores grados de especialización, determinadas actividades para la reproducción de la vida cotidiana de quienes las emplearon. Una vez que se inicia la trayectoria reproductiva de la sexualidad y/o la vida conyugal, el perfil tiende a mostrar cambios en la modalidad del empleo doméstico, normalmente transitando a la modalidad conocida como de entrada por salida y caracterizada por la residencia de la empleada en independencia de la de sus empleadoras/es -aunque también se pueden presentar transiciones temporales a otros ámbitos laborales flexibles; es decir, informales, precarios e intermitentes.

La independencia residencial estará acompañada de distintos procesos migratorios intrametropolitanos bajo el esquema de la inclusión selectiva 6 de la urbanización, propiciando así la configuración de espacios periféricos en torno al centro, que en este caso está representado por la ciudad de México. Ello provoca otra transición importantísima en la medida que estas mujeres y sus parejas se establecen y forman parte de los sectores populares de la sociedad o urbanos pobres de la ciudad -como distingue Alicia Lindón (1999)-, configurándose así una compleja identidad urbano popular 7 en la que se

6 Esta noción es deudora de los muchos debates existentes en torno a conceptos como exclusión, marginación y segregación presentes en diversas investigaciones socioantropológicas rurales y urbanas.

7 “El principio del tiempo y lugar histórico enuncia que: el curso de vida de los individuos está incrustado en y moldeado por los tiempos y lugares históricos que experimentaron a lo largo de su tiempo de vida” (Elder, 1999: 13).

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INTRODUCCIÓN

sintetizan modos de vida que articulan representaciones y prácticas rurales y urbanas en un municipio subalternizado en el que se combinan la pobreza y el territorio 8 asociados con

la escasa valorización económica (…) por su alejamiento, sus pocas ventajas comparativas y las carencias mismas de su población, [de modo que] el Valle de Chalco no es un territorio de generación de riqueza, sino de redistribución de la pobreza (…). Por ello, la base económica de sus habitantes y sus actividades locales, se encuentra sumamente reducida (Hiernaux, 1995: 181).

De este modo, para pensar la relación entre centro y periferia en la ZMCM, la articulación que teje Daniel Hiernaux entre lo local y lo global resulta muy viable, pues para “luchar contra la fragmentación” analítica a él le “resultó importante demostrar que a través de una política urbana selectiva que empuja a la periferia a quienes no pueden ser parte del esfuerzo modernizador, lo que se hace es demostrar que la ciudad es un cuerpo lomeo [sic] formado por fragmentos o partes articulados” (Santos, 1990 en Hiernaux 1995: 251) -cuestión que a mí me remite a los engranajes de una máquina tan mutante como clásica y jerarquizada.

8 Daniel Hiernaux se acerca a la pobreza urbana en Valle de Chalco “con un enfoque de interfase entre la misma y el territorio” (1995:174), es decir, relacionando las fases de la pobreza y el territorio. Asegura que “se pueden identificar tres tipos de carencias: educativas, económicas y urbanas” (1995: 175). En este sentido, me interesa rescatar la idea de Hiernaux sobre “un territorio de la pobreza y la pobreza del territorio”, pues evidencia condiciones de vida particulares al Valle de Chalco Solidaridad. “En primer lugar, cabe resaltar, (…) que la relación entre pobreza y territorio tiene dos vertientes de análisis: la primera se refiere a que el Valle es el asentamiento de ciertos grupos pobres; por otra parte, también es necesario demostrar la pobreza misma de las formas territoriales desarrolladas en el Valle de Chalco” (1995: 178).

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En este sentido, la participación económica del municipio es considerada baja en el contexto metropolitano cuando se mira desde los índices tradicionales, pues en realidad se trata de

una economía de supervivencia y por ende de un mecanismo de inserción económica que a su turno reivindica la globalidad: ésta es justamente la reintegración de las esferas de la producción y de la reproducción, antes fuertemente contrastadas si no transformadas en esferas distintas por la esquizofrenia de la economía industrial de corte fordista. (…) Esta economía entonces produce, distribuye, reproduce y acumula, pero no en las formas tradicionales analizadas tanto desde la economía tradicional como desde la marxista. (…) Lo que produce esta economía, reproduce y posiblemente acumula, es la formación de un territorio, de una forma territorial que posibilita su sostenimiento pacífico dentro de una sociedad dominada por grupos hegemónicos que buscan su exclusión. Por ello, la meta, la misión principal de esta economía no es la producción de bienes, de condiciones de vida –aunque no se eluda la necesidad de ellos- sino la producción de los elementos que permitan la supervivencia, la continuación de la existencia misma y de la presencia en el todo que es la metrópoli (Hiernaux, 1995: 252).

Ahora bien, las representaciones sociales -siempre culturales- 9 que estas mujeres han sintetizado pueden considerarse fenómenos que se presentan como “sistemas de referencia que nos permiten interpretar lo que nos sucede, e incluso, dar un sentido a lo inesperado; categorías que sirven para clasificar las circunstancias, los fenómenos y a los individuos con quienes tenemos algo que ver” (Jodelet, 2008: 472). Parafraseando a Jodelet, las representaciones sociales

9 Las sociedades se fundamentan en conjuntos interrelacionados de creencias, ideas, costumbres, hábitos, leyes, normas, valores y formas de conocimiento que configuran sus respectivas culturas. La cultura, en tanto totalidad compleja, “es característica de cierta sociedad y la distingue de otras que existen en tiempos y lugares diferentes” (Taylor, 1990 en Thompson, 2002: 7).

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INTRODUCCIÓN

configuran las racionalidades que se decantan en formas de conocimiento social comunes, mismas que permiten interpretar la realidad cotidiana en la que se presentan, por ejemplo, los eventos disruptivos 10 que bien pueden marcar transiciones vitales diversas.

Lo social -entendido no como la suma de individuas/os, sino como el conjunto de agentes y actores con condiciones de posibilidad determinadas bajo las cuales deciden de acuerdo con su ubicación en una sociedad estructurada jerárquicamente-, interviene en las representaciones sociales de varias formas: “a través del contexto concreto en que se sitúan los individuos y los grupos; (…) a través de los marcos de aprehensión que proporciona su bagaje cultural; a través de los códigos, valores e ideologías relacionados con las posiciones y pertenencias sociales específicas” (Jodelet, 2008: 473). De este modo, lo social permite establecer los mecanismos para la socialización, interpretación, apropiación, reproducción o modificación de la realidad a la luz de las relaciones transaccionales que suceden en los distintos espacios y generan tanto lugares como no lugares -estos últimos frente a los cuales las y los agentes resisten la asunción de determinadas relaciones y situacionalidades.

Las representaciones sociales, que circulan en los distintos espacios de interacción social, se definen por su contenido: informaciones, opiniones, imágenes, actitudes, valores, normas; mismo que siempre se relaciona con algo

10 La enfermedad, pero también algunos eventos de la sexualidad como la menarca, es “un tipo particular de evento disruptivo (…) [que] destaca los recursos (cognitivos y materiales) disponibles para los individuos, los modos en que explican el dolor y el sufrimiento, las continuidades y discontinuidades entre el pensamiento profesional y el lego, y las fuentes de variación en la experiencia” (Bury, 1982: 197).

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o alguien y, por tanto, refiere a un “sujeto (individuo, familia, grupo, clase, etc.), en relación con otro sujeto. De esta forma, la representación es tributaria de la posición que ocupan los sujetos en la sociedad, la economía, la cultura” (Jodelet, 2008: 475). Este es un aspecto fundamental del concepto de Jodelet, pues permite acercarnos a pensar la situacionalidad material y simbólica de las empleadas y ex empleadas domésticas a partir de las representaciones que tienen sobre sí mismas y otras/os sujetas/os a lo largo del tiempo, posibilitando ubicar tanto continuidades como discontinuidades en su forma de leer el mundo -o racionalidad.

La cultura configura la organización social como un proceso que se sirve de otros subprocesos a escala geográfica, material y simbólica; en estos procesos y subprocesos entran en juego los mecanismos de jerarquización social fundamentales para la estructuración de las sociedades en grupos, espacios y lugares: tal es el caso del sistema sexo-género, el estrato socioeconómico y la edad, 11 procesos -subjetivos y estructurales- que al insertarse en contextos sociohistóricos cambiantes han servido como mecanismos para la inserción selectiva y flexible que requieren las sociedades

11 Carles Feixa asegura que la edad en la investigación antropológica (de Maine, Morgan, Frazer y Boas), “ha sido considerada, junto con el sexo, como un principio universal de organización social, uno de los aspectos más básicos y cruciales de la vida humana” (Spencer, 1990 en Feixa, 1996: 319). Retomando un principio básico de la denominada antropología de la edad, Feixa asegura que la edad se considera una construcción cultural porque “todas las culturas compartimentan el curso de la biografía en períodos a los que atribuyen propiedades, lo que sirve para categorizar a los individuos y pautar su comportamiento en cada etapa” (1996: 320). Por supuesto, las fases y sus contenidos culturales varían de una sociedad a otra. Ello encuentra eco con la Teoría del curso de vida, que tiene como una de sus premisas que “la edad coloca a la gente en la estructura social” (Elder, 1999:6).

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INTRODUCCIÓN

-en este caso una patriarcal, 12 capitalista, 13 heteronormativa y adultista que privilegia la etapa de vida productiva y reproductiva.

Gayle Rubin define el sistema sexo/género como “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen [en una forma convencional] esas necesidades humanas transformadas” (1968:97). Es “el momento reproductivo de un “modo de producción”. La formación de la identidad de género es un ejemplo de producción en el campo del sistema sexual. Y un sistema de sexo/género incluye mucho más que las “relaciones de procreación”, la reproducción en sentido biológico” (1968:104).

Siguiendo a Marx y la importancia que da al elemento histórico y moral en la determinación del valor de la fuerza de trabajo, Rubin asegura que es éste el

12 Rubin define el patriarcado de forma tradicional asociada al parentesco y la institución paterna: “El patriarcado es una forma específica de dominación masculina (…) un viejo cuyo poder absoluto sobre esposas, hijos, rebaños y dependientes era un aspecto de la institución paternidad (…). Cualquiera que sea el término que utilicemos, lo importante es desarrollar conceptos para describir adecuadamente la organización social de la sexualidad y la reproducción de las convenciones de sexo y género. Necesitamos continuar el proyecto que Engels abandonó cuando ubicó la subordinación de las mujeres en un proceso dentro del modo de producción (…) por la vía del examen de una teoría de los sistemas de parentesco. Los sistemas de parentesco son y hacen muchas cosas, pero están formados por, y reproducen, formas concretas de sexualidad socialmente organizada. Los sistemas de parentesco son formas empíricas y observables de sistemas de sexo/género” (1968: 105-106). Sin embargo en este caso sugiero que la institución paterna puede ser una función en el sentido Lacaniano, y en ese sentido no necesariamente refiere a un “viejo” ni al padre en el sentido estricto, sino al hombre cuya masculinidad está investida de hegemonía.

13 “El capitalismo es un conjunto de relaciones sociales –formas de propiedad, etc.- en que la producción adopta la forma de conversión del dinero, las cosas y las personas en capital. Y el capital es una cantidad de bienes o de dinero que, intercambiada por trabajo, se produce y se aumenta a sí misma extrayendo trabajo no pagado, o plusvalía, de la mano de obra para sí misma” (Rubin, 1968: 98-99).

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que determina que una “esposa” es una de las necesidades del trabajador, que el trabajo doméstico lo hacen las mujeres y no los hombres, y que el capitalismo es heredero de una larga tradición en que las mujeres no heredan, en que las mujeres no dirigen y en que las mujeres no hablan con el dios. Es este (…) el que proporcionó al capitalismo una herencia cultural de formas de masculinidad y femineidad. Es dentro de ese “elemento histórico y moral” que está subsumido todo el campo del sexo, la sexualidad y la opresión sexual. (…) Sólo sometiendo al análisis ese “elemento (…)” es posible delinear la estructura de la opresión sexual (Rubin, 1968: 101).

Sylvia Walby utilizó el concepto de “régimen de género” para distinguir dos regímenes muy concretos en las sociedades industriales avanzadas: el doméstico y el público.

El régimen doméstico de género se basa en la producción doméstica como principal estructura y lugar del trabajo femenino, donde se explota su trabajo y su sexualidad, y en la exclusión de las mujeres de la vida pública. El régimen público de género no excluye a las mujeres del ámbito colectivo, pero las subordina dentro de las estructuras del trabajo remunerado y del Estado, mediante la cultura, la sexualidad y la violencia. (…) Los beneficiarios de la versión doméstica son en primer lugar los maridos y los padres de las mujeres que están en casa, mientras que en la versión pública se produce una apropiación más colectiva. En su forma doméstica, la principal estrategia del patriarcado es la exclusión de las mujeres del terreno público; en la forma pública, es la segregación y la subordinación. (…) Para comprender cualquier régimen de género es imprescindible comprender primero que el género y las relaciones étnicas y de clase se estructuran mutuamente (1997 en McDowell, 2000: 34-35)

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INTRODUCCIÓN

Esta división de espacios que refiere a la división sexual del trabajo no es

natural aunque esté naturalizada, y definitivamente tiene objetivos tanto

económicos como políticos:

Lévi-Strauss concluye de un examen general de la división del trabajo por sexos que no es una especialización biológica, sino que debe tener algún otro propósito. Ese propósito, sostiene, es asegurar la unión de los hombres y las mujeres haciendo que la mínima unidad económica viable contenga por lo menos un hombre y una mujer

(

)

La división del trabajo por sexos, por lo tanto, puede ser vista como un “tabú”: un tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, un tabú que divide los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas, (…) que exacerba las diferencias biológicas y así crea el género. La división del trabajo puede ser vista también como un tabú contra los arreglos sexuales distintos de los que contengan por lo menos un hombre y una mujer, imponiendo así el matrimonio heterosexual (Rubin,

1968:113-114).

Así,

la organización social del sexo se basa en el género, la heterosexualidad obligatoria y la constricción de la sexualidad femenina. El género es una división de los sexos socialmente impuesta. Es un producto de las relaciones sociales de sexualidad. Los sistemas de parentesco se basan en el matrimonio; por lo tanto, transforman a machos y hembras en “hombres” y “mujeres”, cada uno una mitad incompleta que sólo puede sentirse entera cuando se une con la otra. (…) Lejos de ser una expresión de diferencias

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naturales,

semejanzas naturales

la

identidad

(

)

de

género

exclusiva

es

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la

supresión

de

El género no sólo es una identificación con un sexo: además implica dirigir el deseo sexual hacia el otro. La división sexual del trabajo está implícita en los dos aspectos del género:

macho y hembra los crea, y los crea heterosexuales (Rubin,

1968:114-115).

Sin embargo, la división de espacios es más simbólica que material, y esto

sucede particularmente entre los estratos socioeconómicos más bajos cuando

los hombres también se encuentran subalternizados en el capitalismo,

provocando que muchas veces las mujeres sean padre y madre; así “los sistemas

simbólicos contienen contradicciones internas cuyas extensiones lógicas a

veces conducen a la inversión de las proposiciones en que el sistema se basa”

(Rubin, 1968:104).

Puesto que la vida cotidiana en la ciudad de México y su ZM se ha

compartimentado geográficamente durante las últimas décadas, es importante

tener en cuenta que para las empleadas domésticas y sus familias la vida

cotidiana -que por supuesto incluye el trabajo- ha requerido flexibilidad por

medio de algunas estrategias 14 -para salir adelante- que reflejan relaciones

14 Desde mi perspectiva el concepto de estrategia como lo caracteriza Alicia Lindón es sumamente viable. Las estrategias hacen “referencia a un conjunto de prácticas con las cuales los hogares encuentran salidas a situaciones restrictivas. De ninguna manera utilizamos el término estrategia en el sentido de prácticas que resultan de la toma de decisiones racionalizadas, en las que se evalúan todas las posibles opciones, sus costos y beneficios (…), es decir, en una visón permeada de rational choice” (Dreyfus, Hubert y Paul Rabinow, 1988 en Lindón 1999: 95-96). Puesto que las estrategias familiares y laborales se basan en redes en las que hay “sumisión y resistencia” (Calveiro, 2003) el concepto anterior nos permitirá un panorama de las relaciones transaccionales inter e intragénero y

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INTRODUCCIÓN

transaccionales entre mujeres, su familia y otras personas significativas en las cadenas de cuidado, pero también entre empleadas y empleadoras/es en estos contextos urbanos. De ahí la importancia de analizar no sólo las representaciones que tienen sobre sus derechos como empleadas domésticas y sus variaciones en el tiempo, sino también las estrategias que han utilizado para negociarlos y, en la medida de lo posible, hacerlos valer.

Así, en tanto conjunto de relaciones el empleo doméstico ha requerido y se ha fundamentado en la flexibilidad observada en las modalidades que puede adquirir, en las formas de pago o retribución, en la informalidad de los derechos, obligaciones y actividades a desempeñar. Lo que complejiza la flexibilidad de esta actividad es, sin embargo, el efecto de las diversas relaciones transaccionales en los espacios y lugares considerados tradicionalmente femeninos por los distintos estratos socioeconómicos -y que, en esa medida, reportan tanto beneficios como costos materiales y simbólicos para estas sujetas complejas y multidimensionales.

Teniendo en cuenta que el empleo doméstico es “uno de los posibles arreglos a los que recurren mujeres de estratos socioeconómicos medios para conciliar sus responsabilidades domésticas. (…) [Y que] esta relación laboral la establecen, por una parte, una mujer que contrata a otra para que la supla y, por otro lado, una mujer que realiza dicha tarea específica, que le permite obtener ingresos” (Rojas y Toledo, 2013: 409), sostengo que este es un conjunto de relaciones fundamentales para un sistema patriarcal capitalista heteronormativo en la medida que son los hombres de los estratos medios y

entre sectores socioeconómicos al interior de los espacios construidos a escala.

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altos los principales beneficiarios de los acuerdos a los que llegan mujeres de distintos estratos socioeconómicos.

Si bien todavía hay pocas investigaciones que den cuenta del perfil clásico de las empleadas domésticas metropolitanas en etapas de vida en las que se observen los efectos del envejecimiento de las trabajadoras y los cambios asociados a etapas avanzadas del ciclo doméstico de sus familias, sugiero que podemos encontrar diversos fenómenos que requieren, y requerirán cada vez más, de atención: giros ocupacionales remunerados o no; nuevas transiciones en la modalidad del empleo doméstico que impliquen arreglos diversos en los que el retorno a la modalidad de planta sea una alternativa posible y/o deseada, e incluso el inicio de nuevos procesos migratorios de retorno al lugar de origen.

En este orden de ideas el envejecimiento es concebido como un proceso, trayectoria o carrera -continente de otros/as- caracterizado/a por eventos, transiciones, acciones, decisiones, relaciones y condiciones que marcan etapas de vida de acuerdo con los lugares que ocupan las personas en la producción y reproducción social y biológica. El envejecimiento no sólo incluye “aspectos físicos, sino también es importante comprender el contexto donde una persona se desarrolla a lo largo de su vida, las problemáticas y necesidades tanto individuales como sociales, además de los intereses y los proyectos de vida (…) hasta el fin de sus días” (Rodríguez Daza, 2011:18).

Como parte del envejecimiento destaco la vejez en tanto experiencia subjetiva, y construcción social objetiva, en la que las personas encuentran tanto límites como posibilidades biológicas, sociales y culturales de acuerdo con la percepción que tengan del “resultado de todas las experiencias,

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INTRODUCCIÓN

transformaciones y aprendizajes (…) en las etapas anteriores” (Rodríguez Daza,

2011:13).

Si bien reconozco que las construcciones sociales de la vejez tienden a enfatizar las limitaciones existentes en torno a las y los sujetos que ya experimentan las consecuencias del proceso de envejecimiento, pretendo “evitar ideas unificadoras, habitualmente negativas, como el carácter inevitable de la dependencia, la pérdida, el deterioro y la enfermedad. (…) Esta perspectiva permite una mayor sensibilidad a la pluralidad de experiencias de la vejez, documentando los problemas y conociendo cómo los afrontan las diferentes personas” (Freixas, 1997: 34) de acuerdo con la satisfacción o insatisfacción con la que experimentan esta etapa en la que se sintetiza el curso vital.

De este modo, el curso de vida es un marco teórico referencial muy útil porque metodológicamente propone entre otras cosas: formular conceptos del desarrollo y el envejecimiento sobre el periodo de existencia y relacionar las vidas con una sociedad siempre cambiante, enfatizando la relación entre procesos y mecanismos (Elder, 1999). Es en este sentido que en relación con el primer punto surge la noción de los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad (TRS) entendiendo que sus tres etapas (no reproductiva -reproductiva- no reproductiva) caracterizan la posible reproducción biológica de las mujeres. Así, el tránsito reproductivo entre la primera etapa y la segunda está dado por la menarca, mientras que el tránsito de la segunda etapa a la tercera está definido por tres fases -premenopausia, menopausia y postmenopausia- en las que el cese definitivo de la menstruación se torna el evento mayor en términos generales.

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De este modo, considero que para historizar los procesos y experiencias del envejecimiento, y analizar las relaciones dialécticas entre distintas trayectorias vitales de las empleadas domésticas, es conveniente considerar las etapas de vida que en este caso están delimitadas por las transiciones -reproductivas y no reproductivas- de la sexualidad en la medida que ésta es uno de los ámbitos más relevantes en la configuración de la identidad y la situacionalidad de las mujeres.

Así, pretendo historizar los cursos de vida teniendo en cuenta distintos procesos en los que se articulan eventos -como la migración, las enfermedades y padecimientos, los accidentes, la inserción laboral y las distintas experiencias laborales; la primera menstruación y las menstruaciones en general, la primera relación sexual y las relaciones sexuales en general; las uniones, los embarazos, partos, puerperios; el uso de métodos anticonceptivos y las experiencias de aborto, la perimenopausia, la menopausia y la postmenopausia-, que pueden marcar transiciones 15 materiales y simbólicas para estas mujeres. En cualquier caso, es fundamental tener en mente que “las consecuencias de las transiciones de vida, de los eventos y los patrones de comportamiento, varían de acuerdo con el momento en que acontecen en la vida de una persona” (Elder, 1999:9); de modo que las transiciones “a destiempo” -adelantadas o aceleradas- según las normas y expectativas sociales, impactan en la percepción subjetiva de éstas.

Para relacionar las vidas con una sociedad siempre cambiante, enfatizando la relación entre procesos y mecanismos, me sirvo de perspectivas

15 Como asegura Elder, las transiciones claves de vida (dejar la casa, entrar y completar la escuela, empezar a trabajar, el matrimonio y el primer hijo, la separación y el divorcio, el retiro, etc.) reflejan diferentes patrones, y por lo tanto distintas historias de vida y distintas consecuencias en la experiencia de la transición.

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INTRODUCCIÓN

que destacan lo histórico, relacional y contextual tanto a nivel microsocial como a nivel macrosocial, permitiendo así acentuar los procesos estructurales y subjetivos. De aquí la importancia de contextualizar la vida de las personas enfatizando la dinámica social de las vidas relacionadas en las que las trayectorias interdependientes de un/a individuo/a se relacionan con la familia y los roles familiares, con las amistades, con la historia de pareja, los roles de trabajo, etc., a lo largo del tiempo (Elder, 1999). Esto mostrará que “las vidas son vividas en interdependencia y las influencias sociohistóricas se expresan por medio de las redes de relaciones [transaccionales] que comparten” (Elder, 1999:

10).

Si bien las condiciones estructurales y objetivas tuvieron un peso fundamental en la asunción subjetiva de determinado tipo de lugares subalternizados a lo largo del curso de vida, las empleadas y ex empleadas domésticas tomaron decisiones que sintetizan procesos de agencia bajo diversas estrategias de (auto) inclusión/exclusión. Al respecto, Judith Butler

hace suya la concepción de poder de Michel Foucault, según la cual el poder lo inunda todo. (…) sin embargo, su visión no es determinista, sino que el propio sistema que proporciona reconocimiento y exclusión da también las herramientas que posibilitan la agencia. La resistencia, como el poder, se extiende por todo el campo social (Cano, 2014:5).

De este modo podemos decir, siguiendo a Butler, que las restricciones o límites abren al mismo tiempo posibilidades múltiples de resignificación cuando, por ejemplo, se “reterritorializa” “un término que fue empleado para excluir a un sector de la población [y éste] puede llegar a convertirse en un sitio de resistencia, en la posibilidad de una resignificación social (…) capacitadora”

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(Butler, 2002 en Cano, 2014:10). En este sentido sugiero tener en cuenta, siguiendo a Butler 16 y a Julia Kristeva, 17 la importancia de la ambigüedad y la contingencia en la resistencia y la agencia de estas mujeres diversamente subalternizadas.

Esto podría explicar que aún cuando las representaciones y prácticas que configuraron sus lugares en los distintos espacios sociales moldearon su cuerpo como una herramienta productiva y reproductiva, subvirtieran distintas normas sociales permitiéndoles hacerse de lo suyo y salir adelante desde la articulación compleja de su ser madres-trabajadoras doméstico-extra domésticas que con el tiempo pueden, incluso, recuperar su cuerpo para sí.

En este orden de ideas, concibo el cuerpo como el lugar fundamental de la experiencia, pues es el espacio más inmediato para todas y todos.

El primer lugar físico de la identidad personal, la escala del cuerpo,

es una construcción social. El lugar del cuerpo establece la frontera

entre el yo y el otro, tanto en el sentido social como en el físico, e implica la creación de un <espacio personal> que se añade al espacio literalmente fisiológico. El cuerpo es también un <lugar cultural con significados de género>, según Judith Butler (…). Naturalmente, el género no es la única diferencia social que se crea

a partir de la identidad del cuerpo. Young ha defendido que la

<escala de los cuerpos>, como ella lo llama, utiliza no sólo el sexo, sino una enorme variedad de diferencias corporales (…) para justificar [las desigualdades materiales y simbólicas entre sujetas/os y grupos] (Smith, 1993 en McDowell, 2000:68).

16 “Butler apuesta por la incorporación deliberada de la ambigüedad como forma de subvertir el binarismo polarizado de género” (Cano, 2014:11).

17 Para Julia Kristeva “la abyección es ante todo ambigüedad” (1988 en Cano, 2014:8).

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INTRODUCCIÓN

Se trata del espacio en el que se localiza el individuo, y sus límites resultan más o menos impermeables respecto a los restantes cuerpos. Aunque no cabe duda de que los cuerpos son materiales y poseen ciertas características como la forma y el tamaño, de modo que, inevitablemente, ocupan un espacio, lo cierto es que su forma de presentarse ante los demás y de ser percibido por ellos varía según el lugar que ocupan en cada momento [o situación] (McDowell, 2000:59).

Entre otras cosas, la geógrafa sostiene que “los cuerpos son fluidos y flexibles” porque se presentan y ocupan los espacios de acuerdo con el lugar y la posición que tienen, de modo que poseen “una historia y una geografía” (McDowell, 2000) que entre otras cosas da cuenta de las diferencias traducidas en desigualdades y desventajas. 18 “Si para las estudiosas feministas ha sido fructífero el concepto foucaultiano del cuerpo como mapa, como superficie susceptible de inscripción social, la analogía geográfica ha resultado no menos estimulante para las geógrafas” (McDowell, 2000:82). Al respecto, McDowell asegura que

las ideas sobre la localización correcta del cuerpo femenino han servido (…) para justificar el sistema de dominación patriarcal que excluye a la mujer de unos ámbitos y le dificulta la integración en otros (…). En este sentido, <saber cuál es su lugar> tiene para las mujeres un significado tanto literal como metafórico (2000:88).

18 “La dicotomía mente-cuerpo ha sido un factor decisivo para la construcción de una mujer distinta e

las diferencias entre los cuerpos –de tamaño, de forma, etc.- constituyen la base

de la discriminación y las desventajas sociales”; “tanto el cuerpo como la conducta sexual son construcciones sociales y, por tanto, susceptibles de variación, basadas en determinadas ideas (no

menos susceptibles de cambio) sobre lo que es <natural> y <normal>. En otras palabras, posee una historia y una geografía” (McDowell, 2000: 59-60, 62).

inferior al hombre (

)

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Es así que el cuerpo puede conceptualizarse como un mapa en el cual rastrear los procesos de su historia subjetiva y objetiva. Por ello los cuerpos “no pueden comprenderse como medios neutros de la práctica social. Su misma materialidad es importante. Harán ciertas cosas y otras no. Los cuerpos se encuentran sustantivamente en juego en prácticas sociales como el deporte, el trabajo” y la sexualidad (Connell, 2003: 91), pues son lugares ocupados en espacios concretos bajo situaciones específicas de desigualdad.

Son entonces tanto objetos como agentes de prácticas en torno a cierta experiencia -como puede ser trabajar, enfermar, parir o enamorarse- y en torno a ello Connell encuentra un patrón que denomina “prácticas que se reflejan en el cuerpo y se derivan del mismo” (2003:95). Sin embargo, los circuitos de las prácticas que se reflejan en el cuerpo y se derivan del mismo no necesariamente son coherentes; dependiendo del espacio y los lugares ocupados, las posiciones de hegemonía-subalternidad se tornan dinámicas y pueden implicar tanto ruptura como reproducción de los significados en los tipos de lugares que ocupamos y en las metáforas de las cuales nos servimos para representar nuestros cuerpos.

De ahí la importancia de hacer referencia a las metáforas que las mujeres usan para referir su cuerpo en tanto proceso. Me refiero al cuerpo-herramienta como la síntesis de representaciones y prácticas en torno a ese lugar fundamental de la experiencia productiva y reproductiva de las mujeres de estos sectores precarizados desde generaciones previas. Esta concepción del propio cuerpo como un ente mecánico tuvo sentido en la ética del trabajo en la que la fuerza productiva -y reproductiva- estaba contenida en esos cuerpos que

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INTRODUCCIÓN

no asumieron mayores contratiempos. 19 Sin embargo, con el paso del tiempo y las transiciones laborales y sexuales aparecen alternativas para representarse nuevas formas de relación con sus propios cuerpos metaforizados desde otros lugares.

Estos otros lugares están vinculados con la última etapa de los TRS, con la transición laboral de las ex empleadas, y posiblemente también con la asunción del lugar de abuela, teniendo como posibilidad la asunción de sus propios procesos de salud/enfermedad/atención, pero sobre todo de los malestares surgidos de una serie de representaciones y prácticas que han tendido a negarlas. Puesto que en el Capítulo I retomo varios conceptos de la antropología médica desarrollada por Eduardo L. Menéndez, aquí me limitaré a vincular las propuestas feministas para acercarnos en específico a un concepto intermedio entre salud y enfermedad en articulación con lo que el antropólogo denomina procesos de salud/enfermedad/atención y las posibilidades de agencia que encuentro en esta teoría.

El abordaje de Mabel Burin bajo el modelo tensional-conflictivo con el que propone comprender la salud mental de las mujeres es fundamental en esta investigación. El malestar es un concepto intermedio entre salud y enfermedad, dirá la psicóloga y psicoanalista argentina, que permite “analizar las condiciones que producen y/o preservan la salud mental de las mujeres” (2010:3). Así “en la construcción de sentidos que realizan las mujeres respecto de su malestar” podré destacar algunas representaciones y prácticas que estas

19 “Servir es ante todo negarse, renegar de su cuerpo, su ritmo, sus necesidades y sus deseos” (Martin- Fuger, 2004 en Durin 2014:272).

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mujeres apuntan para “la preservación de su salud mental y/o la prevención de condiciones enfermizas mediante los autocuidados” (2010:3).

Siguiendo a Burin, sostengo que frecuentemente las mujeres se encuentran en una suerte de círculo vicioso en el que sus recursos se engarzan para establecer límites y limitaciones a su agencia y bienestar por medio de la articulación de lugares -el de madr-esposa, trabajadora doméstica-extra doméstica-, y roles como les denomina Mabel Burin: el maternal, el conyugal y el de trabajadora doméstica y extradoméstica (2010).

“Los deseos maternales han sido propiciados de manera relevante, en nuestra cultura patriarcal, para nominar a las mujeres en tanto sujetos” (Burin, 2010:3). El problema es que no basta con ser madre biológica, lo ideal es ser buena madre; por lo que la maternidad cuenta con mayor o menor legitimidad dependiendo de la reproducción que permita de ciertas normas y expectativas bajo una serie de criterios socioculturales que pueden representar factores iatrogénicos que vulneran a las mujeres. Tal es el caso, por ejemplo de las expectativas biomédicas en torno al momento ideal para ser madres, pues a partir de determinada edad un embarazo se considera inadecuado.

El rol conyugal puede estar cargado de significados negativos cuando la sexualidad de las mujeres es objetivada por el esposo bajo una cultura patriarcal que sólo reconoce deseos y derechos a ellos. Esto, aunado a la carga que implican las dobles jornadas, puede acarrear situaciones de vulnerabilidad.

Mabel Burin en uno de sus textos hace referencia a una investigación sociológica inglesa, en la que la investigadora buscó indagar la relación entre

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INTRODUCCIÓN

los roles sociales y la demanda de atención a la salud mental de las mujeres, señalando:

dos modos explicatorios para tal demanda: a) el modelo social inducido, entendido como la mayor disposición de las mujeres a considerarse mentalmente enfermas, debido a que socialmente tienen un rol carenciado, inferiorizado, definido como enfermo; b) el modelo de causalidad social, entendido como una mayor disposición de las mujeres a enfermar mentalmente debido a estilos de vida (…) más bajos, más pobres, con mayores condiciones de estrés y problemáticas asociadas con sus roles sociales dentro de la familia, o combinando éstos con otros roles sociales (2010: 4).

Como veremos, tanto el modelo social inducido como el de causalidad social tienen eco y empatan con las condiciones de vida y las representaciones en torno a los procesos de s/e/malestar/atención de mis cinco interlocutoras experimentados durante al menos la última etapa de los TRS. Es por ello que tener en cuenta los tres paradigmas existentes para la comprensión de la salud mental de las mujeres que destaca Burin -el modelo psicopatológico, 20 el emotivo-sensible 21 y el tensional-conflictivo- es fundamental para el análisis de

20 Es un modelo que estigmatiza el cuerpo de las mujeres en transición como anormales: “(…) indica que un cierto grado de locura acompaña y define a la salud mental de las mujeres. Se basa en el criterio de enfermedad como desviación de lo “normal”. En su fundamentación alude tanto a una problemática de “fiebre uterina”, “transtornos hormonales”, “etapas vitales” (…). Sus principios son biologisistas, a- históricos, individualistas, a-sociales, esencialistas. Requiere un tipo de racionalidad basada en criterios dualistas (…) y a partir de allí ubica a las mujeres dentro del universo sociosimbólico de las “locas”. Su modo de intervención es a través de “expertos”, de profesionales generalmente médicos que confían en herramientas principalmente farmacológicas o coercitivas para la acción que denominan “curar”” (Burin, 2010: 4-5).

21 El modelo emotivo-sensible sirve para hacer llevadera la situación crítica apelando a un lugar importante en los cursos de vida de las mujeres: el de cuidadoras que ya en cierto momento del curso de vida se cuidan para seguir cuidando. “Su formulación sería: “las mujeres son saludables en tanto puedan mantener su equilibrio emocional y armonizar los afectos entre quienes las rodean”. Se basa en el criterio de la salud equiparada al de equilibrio y armonía. (…) Sus principios se basan en la capacidad

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los malestares y la situacionalidad, cambiante, de las mujeres frente a sus padecimientos.

El modelo tensional-conflictivo se caracteriza porque

Su formulación sería: “las mujeres padecen estados de malestar que expresan a través de sentimientos de tensión y de conflicto: la agudización de los estados de conflicto, denominados crisis, constituyen situaciones óptimas para abordar las problemáticas de las mujeres”. Este es un modelo en construcción (…) Se basa en identificar a las mujeres como grupo social que padece condiciones opresivas de existencia, especialmente en sus vidas cotidianas. Define dos espacios de desarrollo para las mujeres: el ámbito doméstico y el ámbito extradoméstico, a veces superpuestos a ámbito privado y ámbito público, y caracteriza diversos modos de malestar de las mujeres en ellos y en la interacción entre ambos espacios. Pretende examinar, reconocer y denunciar las condiciones de vida que producen modos específicos de enfermar de las mujeres. Hasta ahora ha habido un centramiento en las condiciones de la maternidad, de la sexualidad y del trabajo femenino. Asocia la salud mental de las mujeres al enfrentamiento de los conflictos. Destaca los estados de crisis (especialmente las crisis vitales evolutivas –tales como la adolescencia o la mediana edad- o accidentales –embarazo, aborto, divorcio-) como propiciadoras de transformaciones para la salud mental. Insiste en la necesidad de la construcción de una subjetividad femenina basada en la participación social y el

de mantener, preservar y equilibrar los conflictos familiares. Requiere un tipo de racionalidad afirmada sobre la sensibilidad femenina, equiparada a la salud mental, para detectar las necesidades emocionales de quienes las rodean, junto con la capacidad para dar una respuesta apropiada a tales necesidades. (…) admite la existencia de conflictos, pero su destino será ser “integrados”, “equilibrados”, “armonizados”, esto es, naturalizados mediante implementaciones técnicas utilizadas por “técnicos” especialmente entrenados para ello. (…). Su modo de intervención (…) es a través de recursos humanos con conocimientos (…) en psicoterapias, en asesoramiento, en counseling, etc. Ocasionalmente pueden combinarse con recursos farmacológicos” (Burin, 2010:5).

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INTRODUCCIÓN

concepto de las mujeres como sujetos sociales. Este modelo ha puesto un énfasis singular en analizar las relaciones de poder inter género (entre varones y mujeres) e intragénero (entre mujeres) y sus efectos sobre los modos de enfermar de las mujeres. Entre las relaciones de poder que pueden tener efectos enfermantes, se analiza, por ejemplo, la asignación social del poder de los afectos al género femenino, y la asignación del poder económico al género masculino, como áreas de poder exclusivas y excluyentes. Requiere una racionalidad afirmada sobre la noción de conflicto, de crisis y de transicionalidad (Burin, 2010:6).

Es por ello que este último es el más viable para el análisis de los efectos del trabajo productivo y reproductivo en las mujeres; sin embargo, es importante tener en cuenta que cuando analicemos la última etapa de los TRS veremos la presencia de los otros dos modelos en la construcción social de la transición -pudiendo así destacar los efectos de uno y otros modelos, así como la síntesis que hacen las mujeres.

La clasificación que presenta Menéndez en torno a las formas de atención, 22 advierte, no refiere formas estáticas y aisladas, sino relaciones dinámicas de exclusión/articulación/conflicto que tienen por lo menos dos niveles: a través de los operadores y a través de los sujetos o grupos que tienen el padecimiento. Este último tipo de articulación “resulta el más frecuente, dinámico y expandido” (2005: 40), y es en cualquier caso el que a mí me interesa destacar teniendo en cuenta que existen procesos de apropiación y eclecticismo

22 En cuanto a “los comportamientos de los sujetos y grupos respecto a sus padecimientos (…) nos encontramos con que los mismos utilizarían potencialmente las siguientes formas de atención: (…) de tipo biomédico (….), de tipo “popular” y “tradicional” (…), alternativas, paralelas o “new age” (…); devenidas de otras tradiciones médicas académicas (…) [y aquéllas] centradas en la autoayuda” (Menéndez, 2005: 39).

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que pluralismo médico.

frecuentemente

se

sintetizan

en

lo

que

el

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antropólogo

denomina

Así, es de suma importancia tener en cuenta que “los sujetos y grupos sociales constituyen el agente (…) que reconstruye y organiza una parte de estas formas de atención en actividades de “autoatención” (Menéndez, 2005: 42).Ésta se concibe como proceso estructural 23 que remite a los sujetos y grupos sociales, y puede ser pensada en dos niveles, uno amplio y otro restringido (Menéndez, 2005: 55). El nivel amplio refiere todas las formas de autoatención necesarias para asegurar la reproducción biosocial de los sujetos y grupos a nivel de los microgrupos, y singularmente del grupo doméstico.

Estas formas son utilizadas a partir de los objetivos y normas establecidos por la propia cultura del grupo. (…) La autoatención, según la estamos definiendo (…) se refiere a microgrupos y especialmente a aquéllos que más inciden en los procesos de reproducción biosocial y que incluyen sobre todo al grupo doméstico, pero también al grupo de trabajo (…). La definición restringida remite a las representaciones y prácticas aplicadas intencionalmente al proceso s/e/a (Menéndez, 2005: 55).

En este sentido, también se torna teórico-empíricamente relevante la articulación de varios conceptos como autoatención, autocuidado y estilo de

23 Siguiendo a Menéndez, la “autoatención constituye una actividad constante, aunque intermitente, llevada a cabo a partir de los propios sujetos y grupos en forma autónoma o teniendo como referencia secundaria o decisiva a las otras formas de atención” (2005: 54). “El carácter estructural de la autoatención deviene de algunos hechos básicos, e implica que aquélla se constituye como un proceso necesario en toda cultura (…) para asegurar el proceso de reproducción biosocial” (2005: 57). Es estructural, principalmente, “porque implica la acción más racional, bajo la óptica cultural, de estrategia de supervivencia e inclusive de costo/beneficio, no sólo en términos económicos, sino de tiempo por parte del grupo” (2005: 59).

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INTRODUCCIÓN

vida -este último destacado por los usos que de él hacen la biomedicina y los salubristas, quienes lo suelen entender como

las acciones realizadas por los individuos para prevenir el desarrollo de ciertos padecimientos y favorecer algunos aspectos de salud positiva. El uso de este concepto por el Sector Salud es marcadamente individualista, y se diferencia del de autoatención cuyo carácter es básicamente grupal y social. Pero lo importante a considerar aquí es que el concepto de autocuidado constituye una variante del de autoatención, impulsado a través de determinadas ideologías no sólo técnicas sino también sociales. En consecuencia, las actividades de automedicación y autocuidado son parte del proceso de autoatención, pero no su equivalente, ya que autoatención constituye el concepto y proceso más inclusivo (Menéndez, 2005: 56).

Así, la autoatención y la automedicación “no se refieren sólo a la intervención sobre los padecimientos, sino también deben ser remitidas a la aplicación de tratamientos, al consumo de sustancias o a la realización de actividades que, según los que las usan, posibilitarían un mejor desempeño” (Menéndez, 2005: 60), e incluso mejores condiciones de posibilidad para establecer representaciones y prácticas del cuidado de sí.

Para cerrar la introducción una vez presentada la síntesis del problema y su justificación, las premisas, el objetivo general, la pregunta central, la síntesis teórico-metodológica y los conceptos básicos de esta investigación, a continuación describo el capitulado advirtiendo el viaje al que se introducirá quien en adelante siga leyendo.

Esta investigación se divide en seis capítulos, un Anexo Metodológico y algunas conclusiones provisorias considerando que se trata de un primer

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acercamiento al vasto problema de investigación. En el Capítulo I. Perfil clásico del empleo doméstico, trayectorias vitales y envejecimiento en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México: el problema y sus antecedentes, desarrollo el problema de investigación echando mano de algunas investigaciones existentes y otros datos pertinentes para problematizar el empleo doméstico en relación con las trayectorias vitales de mi interés a la luz de los procesos y experiencias del envejecimiento en un contexto urbano complejo. En el Capítulo II. Algunos procesos metodológicos de/en la investigación sobre empleo doméstico urbano, la intención es notar los procesos de los cuales parto para plantear la necesidad de investigaciones multidisciplinarias, teórico-metodológicas, cuali-cuantitativas -y en la medida de lo posible colectivas- para el abordaje del empleo doméstico urbano. En un primer momento desgloso los objetivos y las interrogantes de la investigación; en segundo lugar comento las posibilidades que encontré para articular biografía y autobiografía desde el conocimiento situado, dando paso a la síntesis del método (auto)biográfico que guió mi investigación a raíz del encuentro entre investigación-acción feminista, antropología médica y teoría fundamentada.

En un tercer momento describo la estrategia metodológica, las técnicas y los instrumentos empleados, así como algunas posibilidades y limitaciones encontradas durante el “viaje antropológico” destacando la construcción de interlocuciones. Por último presento brevemente a mis cinco interlocutoras introduciendo las posibilidades dialécticas entre heterogeneidad y homogeneidad, o el caso y el conjunto de casos, destacando las particularidades de cinco mujeres nacidas entre 1941 y 1970.

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INTRODUCCIÓN

En el Capítulo III. El Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México: lo doméstico, lo público y los procesos de s/e/a como indicadores de las condiciones materiales y simbólicas de las poblaciones en un territorio subalternizado me propongo caracterizar sociodemográficamente el contexto de mi investigación sugiriendo un enfoque que nos permita abonar a los hallazgos de Alicia Lindón y Daniel Hiernaux en torno a los modos de vida urbanos y las pobrezas del territorio vallechalquense y sus poblaciones distinguidas por estrato, sexo-género y edad.

Recupero algunos procesos importantes en la conformación del Municipio de interés para por medio de los datos estadísticos del Censo de Población y Vivienda 2010 y algunas notas de mi diario de campo, acercarnos a los cambios y continuidades en las condiciones materiales y simbólicas de las poblaciones vallechalquenses atravesadas por diferencias construidas socialmente. Así, mi primera intención es dar un panorama general de los principales procesos sociohistóricos y políticos en el municipio para partir de la “autonomía” como pivote para la problematización de las condiciones recientes en Valle de Chalco Solidaridad.

Tras recuperar algunos datos estadísticos que me permiten actualizar algunas dimensiones abordadas por Lindón y Hiernaux -introduciendo una discusión en torno al acceso a las tecnologías domésticas como mecanismo que a nivel de las representaciones y prácticas profundiza las desigualdades-, me centro en los procesos de s/e/a en tanto indicadores de las condiciones materiales y simbólicas. Para sustentar la importancia de los procesos de s/e/a también me sirvo de fuentes secundarias cuantitativas que me permiten cerrar el análisis teniendo en mente algunas relaciones existentes entre espacios y

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lugares ocupados por las poblaciones, enfatizando las condiciones materiales y simbólicas de salud a las que mujeres y hombre vallechalquenses -atravesados por la edad y otras formas de categorización sociodemográficas- han tenido acceso a partir de 1994. Esta segunda parte del capítulo se nutre de información provenida de la Dirección General de Información en Salud (DGIS) y el Sistema Nacional de Información en Salud (SINAIS).

Los tres capítulos siguientes conforman una segunda parte de la tesis pues en ellos se concentra el análisis etnográfico y contienen un Anexo con las Graficas de la etapa de los TRS que se analiza en cada uno. En el Capítulo IV. Niñez y primeras transiciones de vida: menarca, unión conyugal y trabajo remunerado como entradas a la adultez en la experiencia de mujeres migrantes de origen rural, describo y analizo las representaciones, incluyendo aquellas sobre sus prácticas, de mis cinco interlocutoras -tres empleadas y dos ex empleadas domésticas- en torno a las condiciones materiales y simbólicas de existencia de ellas y sus familias de origen en los respectivos lugares donde nacieron. Se trata de un primer corte analítico fundamentado en los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad, enfocándonos en la primera etapa -no reproductiva- y la transición a la segunda etapa -reproductiva-, y ubicando las principales transiciones de vida teniendo como supuesto teórico-metodológico que las relaciones dialécticas entre trayectorias vitales tales como la familiar, laboral, migratoria, de salud-enfermedad, sexual y de pareja configuran los espacios materiales y lugares simbólicos para estas cinco mujeres en las primeras etapas de vida y hasta la primera unión formal en pareja. Todo ello con la intención de distinguir los primeros límites y posibilidades en torno a la agencia de estas mujeres, entonces niñas y jóvenes.

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INTRODUCCIÓN

En el Capítulo V. Familia propia, sexualidad y empleo en casa durante la segunda etapa de los TRS: continuidades y discontinuidades describo y analizo las representaciones, también sobre prácticas, de mis cinco interlocutoras en torno a las condiciones materiales y simbólicas de existencia de ellas y sus familias propias a lo largo de una de las etapas de vida más larga: la reproductiva. Se trata de ubicar las principales transiciones vitales teniendo en mente las relaciones entre trayectoria de pareja y sexual, de éstas en la trayectoria migratoria, y de estas tres en la trayectoria laboral, pues supongo que todas ellas se condicionan y trazan lo que las y los expertos denominan como un periodo fundamental de la carrera hacia la vejez. La intención es enfatizar las continuidades y discontinuidades en torno a los espacios y lugares ocupados por estas mujeres con miras a discutir sus condiciones de posibilidad y agencia teniendo en cuenta un lugar fundamental: el de madre.

Con el Capítulo VI. Familia, trabajo flexible y procesos de envejecimiento en el Valle de Chalco Solidaridad: tendencias en las condiciones de posibilidad y los límites de la agencia de trabajadoras y ex trabajadoras en casa durante la última etapa de los TRS, cierro el análisis del curso de vida de mis cinco interlocutoras. Describo y analizo sus representaciones, también sobre prácticas, en torno a las condiciones materiales y simbólicas de existencia de ellas y sus familias durante la etapa más reciente de vida. Destaco tres principales transiciones: 1) la transición a abuelas en todos los casos, 2) las transiciones laborales de las dos ex empleadas y 3) la transición reproductiva que veremos en dos de sus tres fases según sea el caso: la postmenopausia para las dos mayores y la perimenopausia para las tres más jóvenes. El análisis de esta última transición nos permitirá bordear la menopausia en tanto evento

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intermedio. Teniendo en mente estos tres ejes analíticos veremos cuáles son las continuidades y discontinuidades en las condiciones de posibilidad y los límites de la agencia de mis interlocutoras a la luz del proceso de envejecimiento según lo ha experimentado cada una.

Finalmente presento algunas Reflexiones finales sobre las continuidades, discontinuidades y sinergias que repercuten en los procesos y experiencias del envejecimiento de mujeres empleadas y ex empleadas domésticas con perfil clásico metropolitano.

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I.

Perfil clásico del empleo doméstico, trayectorias vitales y envejecimiento en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México: el problema y sus antecedentes

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E l objetivo general de mi investigación es describir y comparar los procesos de envejecimiento de tres empleadas y dos ex empleadas

domésticas, nacidas entre 1941 y 1970, que viven en el Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México. A partir de tal descripción comparativa, analizaré cómo se relaciona la experiencia de envejecer con las continuidades y discontinuidades en sus condiciones materiales y simbólicas, y con los lugares que han ocupado estas cinco mujeres en espacios como el trabajo, la familia, la sexualidad y la salud durante las tres etapas de los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad (TRS).

En México las investigaciones sobre mujeres y trabajo han enfatizado los estudios comparativos ya sea entre sectores sociales o al interior de los mismos (de Barbieri, Teresita, 1984; García, Brígida, et al., 1994). También hay estudios, como el de Estela Suárez (1989), enfocados en la problemática del sector servicios y la evolución y estructura de la fuerza de trabajo femenina en este ámbito. Otra rama importante de las investigaciones sobre mujeres y trabajo se concentra en la participación creciente de éstas en las esferas políticas (Ortiz, 2011) y los altos mandos en empresas (Tolentino, 2014).

Entre las variables más relevantes en las investigaciones sobre mujeres y trabajo encontramos la escolaridad, la condición migratoria, la identidad indígena, el estado civil y el tipo de unidad doméstica de las mujeres trabajadoras. Así, se ha visto que las mujeres también trabajan por cuenta propia, que se emplean en el servicio doméstico particular y, cada vez más, se hacen presentes en las industrias a domicilio y en empresas maquiladoras

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PERFIL CLÁSICO DEL EMPLEO DOMÉSTICO

transnacionales, por lo que numéricamente son relevantes en el sector obrero industrial (Oliveira, 1989; Balderas, 2006). Por supuesto esto sucede más frecuentemente con las mujeres de sectores populares, rurales y urbanos, que tienen condiciones materiales y simbólicas que limitan su desempeño laboral en otros ámbitos del sector productivo.

Las investigaciones sobre trabajo doméstico -no remunerado- son amplísimas y abarcan una diversidad de puntos nodales tales como la distribución de las labores; la relación entre tiempo destinado al trabajo doméstico e ingresos; el trabajo doméstico como reproductor de las relaciones sexo-genéricas tradicionales entre hombres y mujeres; la falta de tiempo libre que experimentan las mujeres que combinan trabajo doméstico y trabajo extradoméstico y, sobre todo en el caso de los sectores populares, las negociaciones que llevan a cabo mujeres y hombres de distintas generaciones para realizar el trabajo doméstico en sus hogares (Sánchez Gómez, 1989). Todos son aspectos que caracterizan la división sexual y social del trabajo y han permitido distinguir dos grupos de mujeres que se diferencian por la falta o presencia de remuneración: el ama de casa y la empleada doméstica.

Con base en esta distinción, las investigaciones destacan “la comparación entre trabajo asalariado y doméstico, y la vinculación entre las esferas de la producción y la reproducción como una manera de cuestionar la división ideológica entre el mundo del trabajo y el mundo de la casa” (Oliveira, 1989: 19). Desde estas perspectivas el ámbito público y el privado ya no aparecen desvinculados, sino que se analizan e interpretan interrelacionados y en tensión en el marco más general de relaciones sociales tendientes a naturalizar

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las

/público-privado.

dicotomías

masculino-femenino/

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producción-reproducción

En este sentido, las investigaciones existentes develan que el trabajo doméstico ha estado históricamente destinado a las mujeres -niñas, jóvenes, adultas e incluso viejas; se caracteriza por ser un trabajo no reconocido, no remunerado y asociado con las características “propias, esenciales y morales” de las mujeres pues se desarrolla en el espacio que según la ideología patriarcal capitalista heteronormativa les debe resultar “natural”. Su fundamento sociocultural son los estereotipos sexo-genéricos que han definido la división sexual del trabajo y la aparente división entre espacio público y privado. Así, desde la dicotomía mujer femenina/ hombre masculino, se definen representaciones, prácticas y jerarquías tendientes a subordinar a las mujeres, a lo femenino y todo lo relacionado con ellas y con ello. Por supuesto, el trabajo doméstico adquiere particularidades de acuerdo con el ciclo vital de las mujeres, de modo que a lo largo del curso de vida éstas ocupan distintos tipos de lugares en la reproducción de la vida cotidiana.

Sin embargo, la ocupación exclusiva de las mujeres como amas de casa se ha tornado un ideal cada vez más irreconciliable con las condiciones económicas del grueso de la población mexicana, provocando que estructural y subjetivamente éstas busquen espacios para desempeñarse como trabajadoras remuneradas. Esto ha favorecido la consolidación de la denominada doble jornada -entendida como la suma de labores domésticas y extradomésticas- especialmente entre mujeres de sectores populares que no tan fácil pueden pagar para ser sustituidas en las múltiples actividades que socialmente se han configurado como su “obligación moral” (Rojas y Toledo, 2013) en tanto

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PERFIL CLÁSICO DEL EMPLEO DOMÉSTICO

madr-esposas-trabajadoras domésticas. Estas actividades son, independientemente de la presencia de remuneración:

las vinculadas a los alimentos (comprar, preparar y servir comida, planear menús, limpiar herramientas de trabajo); la limpieza y el mantenimiento de la ropa; la limpieza general de zonas interiores de la casa; el cuidado de los niños; la limpieza y el mantenimiento de las zonas exteriores, incluyendo tareas de jardinería y lavado de coches; cuidado de animales domésticos; (…) labores que aparentemente no son trabajo, como vigiar la casa (Goldsmith, 1989:

110).

El empleo doméstico es uno de los ámbitos más flexibles -precarios, informales e intermitentes-, menos reconocidos y más devaluados entre los que muchas mujeres en América Latina han encontrado un lugar -aunque no es el único considerando el trabajo sexual y el comercio ambulante. Dependiendo del país del que se trate y de las particularidades que haya tenido el proceso de colonización, el sexo-género, la raza, la etnia y la edad son factores socioculturales que en mayor o menor medida condicionan el hecho de que algunas mujeres, y no otras, se dediquen al empleo doméstico. 24 Así, las mujeres indígenas o negras y las mujeres más pobres de los espacios rurales y urbanizados, son quienes social, económica, política e históricamente han

24 En el libro Muchacha/ chachifa/ criada/ empleada/ empregadhina/ sirvienta… más nada. Trabajadoras del hogar en América Latina y el Caribe (Chaney / García Castro, 1993), se observa que en la región desde los años ochenta se han desarrollado un sinfín de indagaciones derivadas –en buena medida- de la conjunción de esfuerzos entre académicas y líderes sindicales de las trabajadoras domésticas. En general, las investigaciones en la Región han considerado procesos similares pues finalmente compartimos una serie de criterios para la estratificación en la reproducción de la vida cotidiana. Mary García Castro (1993) se concentra en las articulaciones entre cultura de sexo/género y relaciones de clase en Colombia; entre las investigaciones que privilegian las relaciones de raza y etnia, encontramos algunas desarrolladas en Brasil focalizadas en las mujeres negras (Brites, 2007).

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tenido las condiciones para formar parte de estas relaciones laborales en tanto fuerza de trabajo.

Lo que las mujeres que dieron vida a mi investigación denominan como trabajo en casa (particular) ha recibido distintos nombres dependiendo de la situacionalidad y perspectiva de quien a esta actividad remunerada haga alusión. Estas mujeres durante añales nombradas peyorativamente como sirvientas, chachas o gatas han sido las principales actoras de esta actividad también denominada servicio doméstico (Goldsmith, 1989; Chaney/ García Castro, 1993), empleo doméstico (Chavarría, 2008; Durin, 2008), trabajo doméstico remunerado (Rojas y Toledo, 2013), trabajo de la limpieza y el cuidado (Hondagneu- Sotelo, 2011) o trabajo del hogar -esta última nominación desde la situacionalidad de las trabajadoras organizadas en torno a sus derechos laborales.

A pesar de las diferentes nominaciones que frecuentemente se combinan en las investigaciones sociales existentes aquéllas desarrolladas durante las últimas décadas del siglo pasado marcaron la construcción social del problema apuntando las desigualdades de género, clase, raza y pertenencia étnica inscritas en los procesos históricos, estructurales y microgrupales que han sostenido este oficio cada vez más complejo 25 y heterogéneo.

En este sentido considero que los procesos sociodemográficos, 26 económicos y políticos ocurridos durante el siglo XX, y en especial en la

25 Pensando en la división internacional del trabajo, debemos considerar que “hay países y regiones consumidores de mano de obra doméstica (España, Italia, Estados Unidos, Canadá, Francia, Inglaterra); y países que producen la mano de obra (Perú, Filipinas, Moldavia, Indonesia, México, Ecuador, Bolivia)” (Hondagneu-Sotelo, 2007 en Toledo, 2009). Esto ha puesto en la mira de algunas investigaciones recientes (Ariza, 1997) a los procesos de migración transnacional que marcan uno de los perfiles emergentes en este ramo del trabajo remunerado al que acceden principalmente, y todavía hoy, las mujeres.

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segunda mitad de éste, permiten distinguir un “<perfil clásico> de la mujer joven [y migrante], soltera y analfabeta o con educación muy limitada” (Rojas y Toledo, 2013: 413). Sin embargo, este perfil sociodemográfico cambia y se complejiza a lo largo del curso de vida, y cada vez más coexiste con versiones emergentes que responden a las complejas contingencias de la vida cotidiana tanto de quienes requieren la mano de obra como de quienes sólo han contado con ella para su venta (Goldsmith, 2007).

Las investigaciones clásicas sobre empleo doméstico 27 han brindado referentes importantes para el análisis de las condiciones de trabajo -ingresos, horas de trabajo, actividades desempeñadas, relaciones con las unidades domésticas empleadoras- según las modalidades del empleo doméstico, entre las que se ha privilegiado la de planta pues 1) fue la dominante durante décadas en la medida que las condiciones materiales de las/os empleadores lo permitieron, y 2) es la que más subalternidad ha implicado para las

26 La esperanza de vida en nuestro país ha aumentado con el paso de las décadas y lo hizo más rápidamente entre 1942 y 1960 en la medida que disminuyó la mortalidad por la “expansión de los servicios educativos y de infraestructura sanitaria (…), así como la extensión de los servicios de salud, notoria desde la creación del Instituto Mexicano de Seguro social (IMSS) en 1942 y la transformación del Departamento de Salud en la Secretaría de Salud en 1943” (Partida, 2005: 12). Ello podría explicar que mis informantes tuvieran más posibilidades de sobrevivir a los primeros años de vida en comparación con generaciones anteriores. Aunque mi intención no es desestimar estos hechos, considero que deben relativizarse pues las trayectorias de salud de mis interlocutoras no evidencian la presencia contundente de estos factores -entre los que debemos considerar también la proliferación posterior de los programas de control natal y planificación familiar, que también modificaron otro indicador demográfico importante, la fecundidad. Lo cierto es que, siguiendo a Virgilio Partida, “las diferentes etapas de la transición demográfica quedan impresas en la composición etaria de la población” (2005: 9) y se vinculan también con la transición epidemiológica.

27 Desde mi formación en la Maestría en Estudios de la Mujer he estado consciente de que una de las pioneras en la materia es la Dra. Mary Goldsmith. Puesto que no en todos los casos pude encontrar la fuente original para consultarla y referirla, en este caso como en otros, me sirvo de fuentes indirectas que refieren la fuente original.

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trabajadoras. Sin embargo, en el mediano plazo se sucedieron procesos estructurales y subjetivos que modificaron los perfiles sociodemográficos tanto de las empleadas como de las empleadoras. En el caso de las empleadas y a raíz de sus trayectorias reproductivas de la sexualidad y la unión en pareja surgió la necesidad de articular maternidad, vida marital y trabajo remunerado, provocando la búsqueda de espacios laborales en la modalidad de entrada por salida. Por su parte, muchas empleadoras y sus familias, como señalan las diversas especialistas, se vieron afectadas por las crisis económicas -principalmente de los años 80- que provocaron, frecuentemente, la búsqueda de empleadas a tiempo parcial.

Puesto que los estudios clásicos han concentrado sus análisis en las primeras etapas de vida de las empleadas domésticas urbanas enfatizando la migración rural-urbana, la trayectoria laboral y la trayectoria reproductiva de la sexualidad, principalmente encontramos datos relativos a: 1) variables observadas sincrónicamente o, 2) procesos diacrónicos de mediano alcance limitados a determinados momentos y trayectorias del curso de vida de las empleadas domésticas. En este sentido y tomando como referencia los hallazgos de estas pesquisas, mi problema de investigación apunta a visibilizar por medio del análisis de las representaciones sobre los procesos estructurales y subjetivos que han configurado a las empleadas domésticas como sujetas complejas que sintetizan saberes y experiencias diversas por medio de los cuales han resistido y subvertido algunas de las representaciones bajo las cuales han estado frecuentemente subalternizadas.

Así, teniendo como trayectoria fundamental aquélla en el empleo doméstico de mujeres que forman parte de los sectores urbano populares

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porque emprendieron procesos migratorios intrametropolitanos posteriores a los considerados por las investigaciones clásicas, mi intención es analizar el curso de vida heurísticamente dividido en tres etapas construidas de acuerdo con los TRS para brindar una perspectiva diacrónica de diversas trayectorias vitales -de la familia, el trabajo, la sexualidad y la salud, así como de los eventos y las transiciones que han marcado dialécticamente a cada una de estas -, para problematizar la experiencia de envejecer de tres empleadas y dos ex empleadas domésticas que habitan en un municipio subalternizado de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM).

Desglosemos entonces los elementos fundamentales del perfil clásico de las empleadas domésticas urbanas para ir tejiendo el problema de esta investigación socio-antropológica, eminentemente cualitativa, que pretende abonar al análisis diacrónico del perfil clásico a la luz de los procesos que influyen en el envejecimiento.

En primera instancia y reconociendo que las representaciones y prácticas del empleo doméstico han cambiado con el tiempo y en el espacio, es necesario decir que éste normalmente ha tenido dos modalidades para su desempeño: la de planta y la de entrada por salida. La primera y dominante durante décadas, frecuentemente comparada con la servidumbre, implica que la empleada viva con quienes la emplean, normalmente no tenga horarios fijos pues su tiempo está condicionado por las necesidades de sus empleadores y tenga uno o dos días de descanso a la semana o quincenalmente. La modalidad de entrada por salida, más asociada a mujeres que ya ocupan lugares de madr-esposas, implica una residencia independiente y si bien es cierto que está acompañada de mayor autonomía frente a las/os patronas/es, también parece representar mayores

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dificultades en las que se articulan distintos procesos biosocioculturales como la maternidad, la historia de pareja y el ejercicio de los derechos en tanto trabajadoras domésticas y extradomésticas.

De este modo las tendencias muestran que la modalidad de planta se ha asociado, principalmente, con niñas o jóvenes que siendo hijas de familia de origen rural -indígenas 28 o no- migraron para insertarse en el mercado del trabajo remunerado según sus posibilidades materiales y simbólicas. De ello dan cuenta investigaciones como la de Chávez (2006) y Durin (2008) en las que se aborda la relación específica entre etnia, identidad indígena y empleo doméstico. Teniendo en cuenta esta particularidad del perfil clásico en la que los primeros procesos migratorios rural-urbanos frecuentemente están asociados a la inserción en el ramo, es pertinente indagar sobre los motivos que llevaron a cinco mujeres concretas a dejar su lugar de origen para insertarse en un trabajo que se fundamenta en la labor de/para lo ajeno. De ahí la importancia de analizar cuándo, dónde, cómo, por qué se insertan las mujeres en este ramo del trabajo remunerado que, al menos en el siglo pasado, se sucedió bajo el esquema general del trabajo infantil.

Como sostiene Durin (2008) en sus investigaciones con jóvenes indígenas en Monterrey, existen nichos laborales derivados de la migración. 29 Estos

28 De acuerdo con datos específicos para el área metropolitana de Monterrey, Durin asegura que a “diferencia de quienes trabajan por horas, el personal de planta es mayormente de origen migrante e indígena” (2014: 274).

29 Agradezco a la Dra. Georgina Rojas el señalamiento de que estos hallazgos encuentran eco con investigaciones clásicas desarrolladas por Elizabeth Jelin, sin embargo en las fuentes directas que consulté no encontré una referencia específica al concepto, por lo que sin negar la herencia genealógica de estos conocimientos académicos sólo puedo referir, por el momento, mis fuentes directas.

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resultan igualmente fundamentales para el análisis del perfil de las empleadas domésticas no indígenas a lo largo del curso de vida, pues las relaciones entre ciudad y campo, las redes migratorias y las condiciones materiales y simbólicas -entre las que destacan el limitado acceso a la educación formal- redundan en la configuración del empleo doméstico como nicho laboral fundamental para mujeres jóvenes y no tan jóvenes.

Muy asociado con los bajos niveles educativos de las mujeres que han conformado el perfil clásico del empleo doméstico urbano encontramos igualmente bajos ingresos que frecuentemente han adquirido dos modalidades:

el salario monetario y el salario en especie. En relación con el primero y s egún datos de una encuesta auspiciada por la Confederación Latinoamericana de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO) en la capital mexicana, en 1994 “aproximadamente el 9.4% de las trabajadoras domésticas [de planta] ganaba menos del salario mínimo, 59.3% entre uno y dos salarios mínimos y sólo 31.3% un ingreso mayor. Al contrario de lo que se esperaba, las trabajadoras de entrada por salida ganaban ligeramente menos, lo cual lo podemos atribuir a que difícilmente estaban contratadas todos los días” (Goldsmith,2007: 94). 30

El salario en especie, al margen de la modalidad del empleo doméstico, se caracteriza por la dotación de comida, aunque también puede representarse como “regalos”, “domingo” o simplemente algo “extra” al salario monetario. Esta modalidad del salario ha sido analizada como obstáculo para la toma de

30 Georgina Rojas y Mónica Toledo muestran que a nivel nacional, según datos que sistematizaron del INEGI (2011), en el 2012 el 33% de las empleadas y empleados domésticos ganaban hasta un salario mínimo; el 40% ganaba más de uno y hasta dos salarios mínimos; el 18.1% ganaba más de dos y hasta tres salarios mínimos; el 3.6% ganaba más de tres y hasta cinco salarios mínimos; el 0.5% ganaba más de cinco salarios mínimos y el 0.2% no recibía ingresos (2013: 412).

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conciencia de las empleadas sobre su situación de clase (Goldsmith 1990 en Toledo 2009; García Castro, 1993). Esto sucede porque dichas prácticas reproducen bajo el paternalismo las relaciones de hegemonía/subalternidad, las desigualdades materiales y simbólicas y los antagonismos entre las empleadas y sus empleadoras.

Las relaciones antagónicas entre empleadas y empleadoras (García Castro, 1993), pero también las afectivas entre empleadas y otros miembros de las unidades domésticas donde laboran, 31 han sido foco de algunas investigaciones en la Región. En general destacan las desigualdades y asimetrías inscritas en estas relaciones en torno a la reproducción de la vida cotidiana y señalan que, aunque sea a tiempo parcial y como “ayuda”, las personas que contratan la mano de obra de estas mujeres disfrutan de condiciones materiales y simbólicas de posibilidad derivadas de las relaciones sociales jerarquizadas. Así, a partir de una investigación con empleadas domésticas de planta y de entrada por salida, Mary Goldsmith asegura que estas mujeres “contribuye[n] tanto física como ideológicamente a la reproducción de sus empleadores” (1989: 104). En este sentido, el empleo doméstico permite solventar proyectos de vida de los estratos socioeconómicos medios y altos bajo una clara división sexual, social y etaria del trabajo.

La modalidad de entrada por salida ha cobrado importancia al menos desde finales del siglo XX por motivos diversos entre los que las especialistas destacan las crisis económicas y los cambios socioedemográficos:

31 Se ha visto que las relaciones entre las empleadas y las niñas y niños de las familias donde trabajan tienden a dotar de mayor ambigüedad las relaciones asimétricas implicadas. Al respecto, Jurema Brites discute la relación entre afecto y desigualdad que tiene lugar cuando el “hogar” se idealiza como espacio armónico (2007).

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Si bien desde hace muchos años el personal de entrada por salida ha llevado a cabo tareas especializadas tales como el lavado, planchado

y arreglo de la ropa, la importancia del trabajo de entrada por salida ha aumentado recientemente. En una encuesta auspiciada por la Confederación Latinoamericana de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO) en 1994 en la capital de la república,

encontramos que sólo el 52.2% de las trabajadoras del hogar era de planta, y el restante de entrada por salida en una o varias casas. Esta tendencia se puede atribuir por lo menos en parte a la crisis económica y a las políticas de ajuste. (…) [Pero también] por la oferta creciente de trabajadoras, conformada por mujeres mayores

y casadas (Goldsmith, 2007: 89). 32

Además se ha destacado que “las mujeres de los sectores populares urbanos han tenido que incorporarse al mercado de trabajo” como empleadas domésticas (Goldsmith, 2007; Rojas y Toledo, 2013:416). Esto ha sido problematizado desde los ciclos vitales y encuentra eco con la teoría del curso de vida, pues muchas mujeres de estos sectores son de origen rural y sus trayectorias vitales las llevaron, por medio de procesos migratorios intrametropolitanos, a habitar desde hace décadas en las periferias de las Zonas Metropolitanas -ocupando espacios materiales y lugares simbólicos subalternizados como es el municipio de Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México.

32 “De acuerdo con los resultados del primer trimestre de la ENOE 2015, la población ocupada en México representa más de 49.8 millones de personas, de las cuales 4.7% (2.3 millones de personas) son trabajadores domésticos remunerados. En esta categoría se distinguen diferentes ocupaciones, en las que el grupo más representativo es el de los “empleados domésticos” que realizan principalmente quehaceres de limpieza en casas particulares, además de otras actividades complementarias. Este grupo constituye 83.9% del universo de trabajadores domésticos remunerados y suma 1.9 millones de personas” (INEGI, 2015: 6).

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Teniendo en cuenta que entre 1940 y 1970 se presentó un intenso proceso migratorio hacia las grandes urbes como la ciudad de México (Lezama, 1994), es necesario decir que la dimensión espacial -que incluye el territorio pero lo transciende porque refiere a las escalas materiales y simbólicas- resulta fundamental en los procesos que dieron lugar al perfil clásico porque la migración rural-urbana configuró una primera base para el crecimiento estratificado de las Zonas Metropolitanas. Así, “el hecho de que históricamente el origen de la mayoría de las trabajadoras del hogar sea rural refleja el desarrollo desigual que ha caracterizado a México y que persiste hasta la fecha. El campo proporciona alimentos y manos de obra baratos (incluyendo a la mayoría de las trabajadoras domésticas) a las ciudades” (Goldsmith, 2007: 87).

En este sentido los grandes centros urbanos, como la Ciudad de México 33 y Monterrey (Durin, 2008), han sido receptores de mujeres jóvenes que encuentran como primera opción los empleos informales y peor remunerados -como el servicio doméstico y el comercio informal- y que al menos entre algunas mujeres mayores de 40 años habitantes de la ZMCM se tornarán nichos laborales en distintos momentos de sus cursos de vida; pues se ha visto que el Distrito Federal demandó y recibió -aunque todavía lo hace- mujeres provenientes de Estado de México, Oaxaca y Puebla (Goldsmith, 1990 en Toledo 2009; Chávez, 2006) para el servicio doméstico.

Actualmente “México es una nación altamente urbanizada. En 2005, su sistema de 367 ciudades se caracteriza por la elevada concentración de sus

33 Para una descripción tan extraordinariamente literaria como informada de la configuración temprana –años 30 a 50- de la Ciudad de México recomiendo ampliamente la trilogía de Gonzalo Martré: El Chanfalla; Entre tiras, porros y caifanes; ¿Tormenta roja sobre México?

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habitantes en 57 zonas metropolitanas, que absorben 83% de la población urbana nacional. Las cuestiones más complejas que enfrenta el país, por ende, son sobre todo urbanas y, más específicamente, metropolitanas” (Garza,

2010:32).

Sobrino e Ibarra siguiendo a Gustavo Garza (2000) aseguran que la ZMCM ha experimentado

un ininterrumpido proceso de expansión física, abarcando cada vez un mayor número de municipios metropolitanos. Su proceso de metropolización inició en la década de los cuarenta del siglo XX, cuando el tejido urbano se extendió hacia el municipio de Tlalnepantla, en tanto que en los albores del tercer milenio su área urbana se extiende sobre las 16 delegaciones del Distrito Federal, 40 municipios del Estado de México y uno más de Hidalgo. Estas 57 unidades político administrativas conforman la segunda metrópoli más poblada del planeta y se extiende sobre suelo de tres entidades federativas del país (2008: 166).

Los procesos de urbanización metropolitana son descritos y analizados por los especialistas en términos de centro-periferia, relación que sirve para ejemplificar territorialmente el concepto de escala geográfica -material y simbólica. El tercer contorno, al que pertenece el municipio de Valle de Chalco Solidaridad,

comenzó a dibujarse desde la década de los setenta y para 1990 se conformaba por Milpa Alta y los municipios de Acolman, Chalco, Chiautla, Chicoloapan, Chiconcuac, Ixtapaluca, Melchor Ocampo, Nicolás Romero, Tecámac, Teoloyucan, Tepotzotlán, Texcoco, Tezoyuca, y Tultepec. En 1990 residían [en este contorno] 8.2% de la población total de la metrópoli (Sobrino et. Al., 2008: 173).

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Para el análisis conviene tener en cuenta que un evento intermedio en dicha etapa del metropolitanismo estuvo acompañada por la crisis económica

de la década de los ochenta, misma que “trastocó seriamente la estructura

productiva de la metrópoli” (Sobrino et.Al., 2008: 173). Esta época de crisis produjo “un notable deterioro de las condiciones de vida de la población rural y urbana. En esta última, adicionalmente, ocurre una notable expansión del empleo informal” (Garza, 2010: 38), al que, dicho sea de paso, ya estaban acostumbradas mis interlocutoras.

Sobrino e Ibarra analizan “la movilidad intrametropolitana en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, bajo dos perspectivas: 1) cambio de lugar

de residencia, y 2) movimientos por motivo de trabajo”. Sirviéndose del Censo

General de Población y Vivienda del año 2000, sostienen que la

distribución intrametropolitana de la población y el empleo, así como su cambio en el tiempo, son temas de gran relevancia debido a sus implicaciones para el desarrollo urbano. Los patrones del desarrollo de las ciudades, tanto en los países desarrollados como en las naciones en desarrollo, muestran gran similitud porque las grandes áreas metropolitanas contienen estructuras descentralizadas, múltiples subcentros, descentralización de las actividades manufactureras y mayor centralización de las actividades de servicios (2008: 161).

El punto de vista demográfico de la expansión de las ciudades, producto

del crecimiento poblacional y de las actividades económicas, es relevante para

mi análisis porque deja ver que

el tejido urbano se extiende ya sea para albergar a población migrante, o como consecuencia de la movilidad intrametropolitana

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de sus residentes. En el primer caso, el grado de atracción migratoria de una ciudad generalmente se explica por las condiciones, reales o ficticias, de su mercado de trabajo (Patridge y Rickman, 2003). Por su parte, la movilidad intraurbana representa cambios en los tiempos de traslado, en las amenidades del vecindario y en los sistemas sociales; estos cambios no pueden ser concebidos con una misma función de utilidad para todos los miembros de la familia, pero la decisión final es asumida por el miembro de la familia con mayor estatus económico y social (Chang, Chen y Somerville, 2003 en Sobrino et. Al., 2008: 162).

Estas dos aristas son fundamentales en mi problema de investigación porque mis interlocutoras presentaron procesos migratorios caracterizados por varias etapas previas al asentamiento en Valle de Chalco Solidaridad, implicando movimientos intrametropolitanos asociados al espacio de residencia y al espacio de trabajo remunerado. Una vez asentadas en el municipio de interés, los movimientos intrametropolitanos derivados del empleo implicaron e implican desplazamientos cotidianos varios. En este sentido, en mi investigación encontraremos respuestas a la pregunta sobre ¿por qué y cómo llegaron a vivir mis interlocutoras al Valle de Chalco Solidaridad?

En cualquier caso, estos procesos intrametropolitanos son importantes porque el perfil clásico de las empleadas domésticas visto a lo largo del curso de vida nos obliga a observar una transición importante en la condición migrante asociada a las historias de pareja, pues aunque son originarias de otras latitudes y no de los lugares en los que habitan o trabajan, con el tiempo terminan convirtiéndose en habitantes de nuevas localidades o municipios en la medida que se tornan propietarias/os establecidas/os que modificaron a mediano y largo plazo su situacionalidad.

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Siguiendo a las especialistas, las empleadas domésticas son prácticamente invisibles en tanto que trabajadoras con derechos pues frecuentemente éstos no son reconocidos por las leyes, tampoco por otros movimientos sindicales y ellas, en sí, enfrentan dificultades diversas para organizarse políticamente (Chaney/ García Castro, 1993; Goldsmith, 2000). 34 Este es un hecho que ha cambiado en las últimas décadas a raíz de una serie de eventos y procesos internacionales y nacionales que en buena medida tienen su origen en 1988. Ese año en Bogotá, Colombia, tuvo lugar el Primer Encuentro Latinoamericano y del Caribe de Trabajadoras del Hogar y surgió la Confederación de Trabajadoras del Hogar de América Latina y del Caribe (Chaney/ Gracía Castro, 1993); desde entonces los esfuerzos organizados de la Confederación, de diversas académicas feministas y de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) han generado estrategias que buscan beneficiar a las “trabajadoras del hogar”.

A nivel nacional en febrero del 2016 surgió el Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar (Sinactraho). “El contrato colectivo elaborado por el nuevo sindicato contempla elementos como seguridad social, salario con base en horas laboradas, vacaciones y aguinaldo” (CACEH, 2016). Además, existen grupos en la Ciudad de México, Cuernavaca, Guerrero, Chiapas y Oaxaca que están llevando a cabo la campaña permanente

34 Según las especialistas, “en casi todos los países [de la región] las trabajadoras domésticas empezaron a organizarse bajo la tutela de la Juventud Obrera Católica” (Chaney y García Castro, 1993: 19). En sus investigaciones en el área metropolitana de Monterrey, Durin ha encontrado que las “religiosas tienen una participación muy activa con las empleadas domésticas, y con excepción de las agencias formales de colocación, los únicos actores que estructuran este sector son católicos. (…) [En este sentido, estos] valores (…) moldean su idea de la sexualidad, del matrimonio y la maternidad” (2014: 283- 284). Para reflexiones históricas pormenorizadas en México ver Goldsmith, 2000.

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denominada “Ponte los guantes por los derechos de las trabajadoras del hogar” para que el senado mexicano ratifique el Convenio 189 35 relativo a la “dignidad” en el trabajo para “los trabajadores domésticos” (OIT, 2011). Este instrumento, abiertamente sexista en su redacción pues aunque reconoce que en el ramo se desempeñan principalmente mujeres hace referencia exclusiva a “los trabajadores domésticos”, si bien toca algunos puntos fundamentales en torno a los derechos de las trabajadoras, requeriría una revisión pormenorizada, pues plantea posibilidades para la regulación más viables en la modalidad de planta que en la de entrada por salida.

Lo cierto es que las personas -principalmente mujeres- que se desempeñan en este ámbito laboral enfrentan una maquinaria patriarcal capitalista y heteronormativa que no favorece la apropiación subjetiva ni el ejercicio objetivo de la ciudadanía laboral. Entendiendo que éstos se construyen procesualmente, de acuerdo con las distintas etapas del curso de vida y la situacionalidad de las empleadas, es importante notar que cuando se trata de demandar, negociar, participar y organizarse, el temor a perder lo que se tiene resulta problemático -especialmente cuando la vejez, asociada con menor productividad, pone en peligro su situación material y simbólica y surgen preguntas del tipo: ¿quién va a ver 36 por ellas?, ¿quién las va a cuidar cuando sean viejas?, ¿con qué recursos podrán proveerse de los cuidados si para tener dinero necesitan trabajar?

35 La recomendación 201 de la OIT está asociada a la identidad indígena y hay grupos –como el Colectivo de Mujeres Indígenas Trabajadoras del Hogar (COLMITH)- que exigen la ratificación del Convenio 189 a la luz de la identidad indígena que todavía hoy caracteriza a algunas trabajadoras del hogar.

36 En adelante utilizo las cursivas del tipo de letra Times New Roman para referir las expresiones de mis interlocutoras, mismas que incorporo en el texto de análisis independientemente de los fragmentos etnográficos.

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De aquí la importancia de preguntarnos por los derechos laborales desde las representaciones de mujeres sin trayectoria política en estas luchas; por las estrategias que mis cinco interlocutoras han utilizado para negociar cotidianamente sus derechos, así como por las instancias que reconocen para la gestión de los mismos. Esto teniendo en cuenta que en la modalidad de entrada

por salida la negociación de vacaciones, aguinaldo, licencias por maternidad y

jubilación se complejiza, pues se deja ver que hay poca claridad sobre las responsabilidades compartidas entre varias/os patronas/es en relación con los derechos de las trabajadoras.

Si bien todos estos derechos serán abordados en mi investigación a lo

largo de la trayectoria laboral de mis interlocutoras como empleadas domésticas, uno de los que considero fundamentales para la discusión sobre las experiencias de envejecer tiene que ver con la salud. En este sentido y puesto

que esta investigación se inscribe en los debates de la antropología médica, es

necesario retomar algunos de los aportes de esta subdisciplina en términos de

mi problema de investigación. Tal es el caso de la historicidad que

parafraseando a Eduardo L. Menéndez es fundamental en la comprensión de

los procesos, como los de salud/enfermedad/atención (s/a/e), y así tomar

distancia de los enfoques que solo observan variables (2009:22).

Actualmente

entre las temáticas abarcadas por la antropología médica se incluyen por lo menos las siguientes: los distintos sistemas de salud y sus articulaciones; los curadores y prestadores de servicios; la salud materno infantil; la salud reproductiva; la etnomedicina o medicina tradicional; la alimentación y la nutrición; la epidemiología, incluyendo a la epidemiología cultural; aspectos

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socioculturales de las enfermedades infecto-contagiosas y crónico- degenerativas; la sexualidad y el cuerpo; el nacimiento, el crecimiento, la reproducción, la vejez y la muerte; representaciones y prácticas en torno a la salud, la enfermedad y la búsqueda de atención; las terapéuticas; las nuevas tecnologías aplicadas al campo de la salud; el cuerpo, la fertilidad y el genoma humano; y las políticas y programas sobre salud (Freyermuth y Sesia, 2006:9).

El principal proceso, o proceso continente, que me interesa analizar es justamente el envejecimiento visto como trayectoria o carrera en la cual se concatenan otros/as como los de s/e/a -al que sumo el análisis de los malestares siguiendo a Mabel Burín y el impacto que tienen los roles femeninos en la salud de las mujeres- que busco ligar a la familia, el trabajo y la sexualidad a lo largo del curso de vida. Dichos subprocesos se articulan de forma no lineal en los tiempos individuales de alguien que está en contacto con otras personas en la interacción social.

Frente a la epidemiología positivista, la antropología médica crítica propuesta por Eduardo Menéndez concibe al proceso s/e/a como estructural a todas las sociedades y con afectaciones diferenciales para las/s sujetas/os y grupos sociales. En este sentido, considero que

la enfermedad, los padecimientos, los daños a la salud constituyen algunos de los hechos más frecuentes, recurrentes, continuos (…) que afectan la vida cotidiana de los conjuntos sociales. Son parte de un proceso social dentro del cual se establece colectivamente la subjetividad; el sujeto, desde su nacimiento (…), se constituye e instituye, por lo menos en parte, a partir del proceso s/e/a (Menéndez, 1994: 71).

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Así entendidos los proceso s/e/a son “una de las áreas de la vida colectiva donde se estructuran la mayor cantidad de simbolizaciones y representaciones colectivas en las sociedades” (Menéndez, 1994: 71). En las sociedades latinoamericanas actuales estos procesos operan

en un campo sociocultural heterogéneo, que implica la existencia de diferentes formas de desigualdad y estratificación social, las cuales suponen no sólo la presencia de relaciones de explotación económica, sino de hegemonía/subalternidad en términos ideológico-culturales. Esto opera a nivel de los sujetos, de las instituciones y de los conjuntos sociales (Menéndez, 1994: 73).

Teniendo en cuenta lo anterior, busco acercarme a los saberes que permiten diagnosticar, tratar y prevenir los padecimientos y malestares, las enfermedades y los males sin perder de vista que las respuestas a los mismos se construyen socialmente en la vida cotidiana y constituyen procesos estructurales en todo sistema y en todo conjunto social (Menéndez, 1994). En este sentido, los procesos biológicos como embarazarse, parir, menstruar o dejar de menstruar, enfermar, envejecer y morir, son procesos y hechos sociales “respecto de los cuales los conjuntos sociales necesitan construir acciones, técnicas e ideologías” (Menéndez, 1994: 71) en dos ejes: uno individual y otro colectivo (Menéndez, 1994: 72).

Así, los padecimientos, malestares, males y enfermedades implican “una doble construcción: la que se da a través del médico [y otros actores que legitiman o deslegitiman la experiencia ajena] y la que se expresa a través del enfermo; ambas, aunque de manera diferente, están condicionadas por lo social, lo cultural y lo técnico” (Mendoza, 1994: 117).

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procesos

reconozco que los significados atribuidos a los mismos se han desarrollado

Puesto

que

concibo

los

de

s/m/e/a

biosocioculturalmente,

dentro de un proceso histórico en el cual se constituyen las causas específicas de los padecimientos, las formas de atención y los sistemas ideológicos (significados) respecto de los mismos. Este proceso histórico está caracterizado por las relaciones de hegemonía/subalternidad que operan entre los sectores sociales que entran en relación (Menéndez, 1994: 72).

Considerando que los diversos saberes, incluidos los técnicos, están presentes en una misma sociedad y en distintos grupos sociales, busco analizar los “procesos de síntesis, yuxtaposición o de exclusión de prácticas y representaciones procedentes de diferentes saberes, pero que, en los conjuntos sociales, se organizan de una determinada manera” (Menéndez, 1994: 75). Así, puesto que los sujetos y grupos sociales tienen acceso a diversos recursos y formas de atención, lo importante será analizar las combinaciones y síntesis que mis interlocutoras han desarrollado para atender, o no, sus problemas de salud y los de su familia, pues definitivamente las mujeres ocupan un lugar preponderante en estos procesos.

En la propuesta de Menéndez, “la transformación constituye (…) uno de los procesos continuos y necesarios” para los grupos sociales (1994: 77). Las condiciones materiales precarias obligan a los grupos subalternos a desarrollar formas que posibiliten la reproducción de la vida cotidiana, y en ese sentido es fundamental tener en cuenta el impacto de las condiciones de posibilidad no solo materiales, sino también simbólicas, que delimitan las capacidades transformadoras y sintéticas -vinculadas con la agencia- en condiciones de

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subalternidad. Sin embargo, uno de los puntos de partida es el reconocimiento de lo que el antropólogo denomina pluralismo médico, pues

Lo dominante en las sociedades actuales, dentro de los diferentes conjuntos sociales estratificados que las constituyen y más allá de la situación de clase o de la situación étnica, es lo que se conoce como pluralismo médico, término que refiere a que en nuestras sociedades la mayoría de la población utiliza potencialmente varias formas de atención no sólo para diferentes problemas, sino para un mismo problema de salud (Menéndez, 2005: 35).

Esto quedará claro cuando veamos la importancia de la religión 37 y su conjunción con formas de atención tradicionales o populares en la búsqueda de alivio, sanación y curación de padecimientos diversos. Lo cierto es que si analizamos

los comportamientos de los sujetos y grupos respecto a sus padecimientos (…) nos encontramos con que los mismos utilizarían potencialmente las siguientes formas de atención: a) formas de atención de tipo biomédico (….). b) formas de atención de tipo “popular” y “tradicional” (…). c) formas de atención alternativas, paralelas o “new age” (…). d) formas de atención devenidas de otras tradiciones médicas académicas (…). e) formas de atención centradas en la autoayuda (Menéndez, 2005: 39).

Ahora bien. “El desarrollo que en las últimas décadas ha tenido la perspectiva de género en la producción socioantropológica mexicana, ha propiciado un campo fecundo de investigación respecto de los procesos de salud/enfermedad/atención que afectan a la mujer y al varón, así como los

37 Para un interesante análisis ver Lagarriga Atrias, Isabel (2007). “Características de los terapeutas religiosos en México” en Juan Luis Ramírez Torres (Comp.), Enfermedad y Religión. Un juego de miradas sobre el vínculo de la metáfora entre lo mórbido y lo religioso, UAEM, p. 1-29

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patrones diferenciales susceptibles de ser identificados” (Osorio, 1999: 63). En este sentido, la Antropología Médica de Género ha ahondado, desde múltiples aristas, en el análisis de la experiencia y distribución diferencial de la enfermedad y la salud entre hombres y mujeres. Szasz (1999), por ejemplo, muestra una multiplicidad de temas y problemas donde el género y la salud se interconectan. De modo muy general ubica tres grandes líneas, que desglosa pormenorizadamente: identidad de género y salud, relaciones de poder y salud; y estratificación social de género y salud.

Courtenay (2000), Bird y Rieker (1999), Doyal (1995) y Sabo (2000), entre otras y otros, abordan la dimensión sociocultural y los sistemas de creencias y conductas que particularizan los procesos s/e/a a través de la construcción social de la feminidad y la masculinidad. En todos los casos, implícita o explícitamente, se aboga por un análisis que articule el análisis biológico y el cultural. Esto me parece fundamental pues si bien rescatan los determinantes biológicos también matizan profundizando en las desigualdades culturalmente instituidas. Así, el enfoque relacional de género de estas investigaciones aborda las particularidades del riesgo, el acceso y la atención en el proceso s/e/a.

En última instancia, como señala Menéndez, vale la pena destacar que en las diversas formas de atención “la casi totalidad de las actividades (…) actúan básicamente respecto de los padecimientos y enfermedades y no sobre la promoción de la salud” -tanto en términos de oferta como de demanda” (2005:

36). Pero, ¿qué dicen las empleadas y ex empleadas domésticas?, ¿cuáles son las prácticas saludables y cuáles no lo son?, ¿qué condiciones materiales y simbólicas han encontrado en su vida cotidiana para llevar a la práctica lo saludable?, ¿cuáles son las formas de atención más usadas y cuáles las que

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tienen mayor eficacia? A estas y otras preguntas sobre los procesos de s/m/e/a daré algunas respuestas.

Así, y más allá de las perspectivas demográficas y epidemiológicas clásicas, en mi investigación es fundamental tener en cuenta algunos de los factores que impactan en la salud de las personas: el estado civil, tener o no un empleo, el grado de satisfacción y las condiciones del mismo (Kosteniuk y Dickinson, 2003; Tay et al., 2004; Borrell et al., 2004; Virtanen et al., 2002 en Cárdenas, 2008); el vecindario y la calidad de vida que percibimos o incluso el grado de pertenencia al mismo, así como las actividades domésticas (Dunn, 2002 en Cárdenas 2008), la condición socioeconómica, etcétera.

A pesar del giro discursivo que posibilitó la ratificación del Programa de Acción del Cairo, 38 en México la reproducción biológica, la morbi-mortalidad materna y las metas demográficas destinadas a la población en edad reproductiva han constituido las acciones en materia de salud. Así, con frecuencia la sexualidad se ubica como contenida por la reproducción; sin embargo, en esta investigación parto de lo contrario: es la sexualidad el campo continente de la reproducción como una posibilidad que, por supuesto, es regulada socialmente y normalmente requiere de atención. Lamentablemente concentrar la mirada en la dimensión reproductiva de la(s) sexualidad(s) ha invisibilizado lo que denomino la primera y la tercera etapa de los TRS.

38 En 1994 el Programa de Acción derivado de la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo, convocada por las Naciones Unidas en El Cairo, representó para diversos actores sociales -como los organismos internacionales, las organizaciones no gubernamentales y algunas/os investigadoras/es- “un hito histórico en el campo de la salud sexual y reproductiva” (Langer, 2003: 25). Desde entonces se enfatizaron los derechos humanos, el rechazo a la coerción en materia de reproducción biológica, la importancia del género en las relaciones entre hombres y mujeres, la sexualidad adolescente y joven y los derechos sexuales y reproductivos de las personas.

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Si bien hay muchas formas de teorizar la sexualidad y muchas más de experimentarla y representarla, en mi investigación resultan de suma importancia los abordajes sociohistóricos que la problematizan en tanto que hecho socialmente construido con implicaciones económicas, políticas y subjetivas. Para definir los eventos y transiciones de la sexualidad tomo como principal herramienta heurística las tres etapas de los TR (no reproductiva -reproductiva- no reproductiva) que caracterizan la posible reproducción biológica de las mujeres. El tránsito reproductivo entre la primera etapa y la

segunda está dado por la menarca; mientras que y el tránsito de la segunda etapa a la tercera está caracterizado en tres fases: premenopausia, menopausia

y postmenopausia.

En este sentido considero que acercarme a los eventos y transiciones de la

sexualidad -como la menarca, las menstruaciones, las relaciones sexuales, el embarazo, parto y puerperio, los anticonceptivos, el aborto y los cambios físicos

y psicológicos asociados a la última etapa y sus fases- permitirá discutir, desde

las representaciones de mis interlocutoras, las representaciones y prácticas que

vinculan la sexualidad reproductiva y no reproductiva con otros procesos como la historia de pareja, la salud/malestar/enfermedad/atención y la maternidad -esta última a cuyo análisis sí han abonado las investigaciones clásicas sobre empleo doméstico- como proceso biosociocultural complejo.

De la primera etapa me interesa analizar las representaciones y experiencias en torno a la menarca y la primera relación sexual en tanto eventos que marcan transiciones clave hacia la adultez. Existen algunas investigaciones teórico-históricas sobre los significados atribuidos a la menstruación de acuerdo con culturas y religiones específicas. Tal es el caso del

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colombiano Miguel Ángel Alarcón-Nivia (2005), quien llevó a cabo una revisión de los nombres populares que se le dan a la menstruación en su país y que apuntan a develar las “precauciones y prohibiciones que se tienen respecto a las mujeres menstruantes desde la mira de algunas religiones” (2005: 35). En este sentido, los eventos como la menstruación y el parto están cargados de diversas representaciones sociales, variables en el tiempo y el espacio, delimitadas por los mitos y tabúes que las diversas culturas religiosas, y no religiosas, construyen en torno a estos aspectos fundamentales de lo femenino.

Dicho de otra forma, la menopausia y la menstruación así como otros eventos de la sexualidad “no tienen significado en sí mismas, sino como parte de “ser mujer” en los diferentes contextos” (Lander, 1988; Ehrenreich, 1999; Piazza, 1992; Ordóñez, 1985 en Pelcastre, 2003: 146).

De la segunda etapa me interesa analizar las representaciones y experiencias en torno a las menstruaciones y las relaciones sexuales en general, al uso de anticonceptivos, a los embarazos, partos y cuarentenas -estos tres como procesos articulados-, y al aborto. En torno al proceso articulado entre embarazo, parto y cuarentena de mujeres con trayectoria en el empleo doméstico:

Díaz (2007) mostró que muchas jóvenes indígenas consideran el servicio doméstico como una ocupación temporal que desempeñarán mientras no se casen. Cuando se embarazan, por lo regular, las jóvenes regresan a sus comunidades de origen para contar con el apoyo de sus madres durante el embarazo y el parto. Una vez que el hijo nace, regresan a la ciudad y se dedican al hogar. En algunos casos, trabajan de entrada por salida, lo que facilita la

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vida matrimonial y la crianza de los hijos. Esta opción les permite trabajar por horas, acompañadas de sus hijos (en Durin 2014: 280).

Pero, ¿sucede igual con mujeres no indígenas?, ¿cuentan las mujeres migrantes de sectores urbano populares con la posibilidad de apoyarse en sus madres para encarar estos eventos de la sexualidad? ¿Cómo afectan el trabajo y el empleo doméstico estos eventos teniendo en cuenta que implican “realizar tareas pesadas y riesgosas para una mujer embarazada: cargar botes de agua, colgar y descolgar ropa, subir y bajar escaleras” (Durin, 2014: 279)? ¿Qué representaciones mesoamericanas perviven entre estas mujeres de sectores populares? Me refiero a la dualidad frío-caliente que “permea casi todos los conceptos de salud, enfermedad, embarazo, menstruación y parto” (Marcos, 1999: 199).

Para abordar la última etapa de los TRS me concentro en las representaciones y experiencias en torno a los cambios físicos, anímicos, materiales y simbólicos en torno a las fases mencionadas para conocer cómo se construye la transición de la etapa reproductiva a una última no reproductiva. De ahí la importancia de trabajar con mujeres de 40 años y más, pues representan el grupo de edad en el que aparecen los síntomas relacionados con el climaterio y la menopausia. Blanca Estela Pelcastre asegura que la menopausia “no indica otra cosa que el final del periodo menstrual y ocurre durante el climaterio, que se diferencia de aquélla por su duración, ya que éste abarca una etapa más amplia en la que tiene lugar la transición de un periodo reproductivo a uno no reproductivo” (2003: 143). En este orden de ideas, aunque reconozco la influencia de la biomedicina en mi situacionalidad urbana,

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pretendo tomar distancia de las perspectivas concentradas en los aspectos estrictamente fisiológicos del sistema sexual y reproductivo de las mujeres.

Siguiendo a Anna Freixas conceptualizo la menopausia “como coyuntura en la que confluyen importantes variables de carácter psicológico, social, cultural, fisiológico que explican y configuran la experiencia de las mujeres” (1997:35-36). Sin embargo y dadas las diferencias de edad entre mis cinco interlocutoras, mi investigación permite abonar a una de las fases menos tratadas de esta etapa de la sexualidad y la vida: la postmenopausia; pues definitivamente hacen “falta estudios cualitativos que reflejen la experiencia (…) [del] periodo en el que las mujeres entran en una segunda edad adulta o en la tercera edad” (1997:36).

Así, desde la experiencia localizada de mis interlocutoras -ya sea en la premenopausia o en la postmenopausia- ha sido posible analizar las trayectorias y los procesos de la sexualidad que biológica, social y culturalmente reconfiguraron y reconfiguran los lugares que ocupan en el trabajo, la familia y los procesos de s/malestar/e/a. Desde esta articulación de dimensiones que configuran eventos y transiciones biosocioculturales es que podemos rastrear las relaciones dialécticas entre trayectorias vitales de mujeres de sectores urbano populares que sintetizan los saberes de acuerdo con sus condiciones materiales y simbólicas de existencia.

En especial indagué sobre los discursos del riesgo y cuidado que aprehendieron durante las distintas etapas del curso de vida, así como las condiciones materiales y simbólicas que tuvieron para representarse y actuar en consecuencia con ellos. Teniendo en cuenta que provienen de comunidades

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rurales en las que comúnmente no había médicos alópatas durante sus primeros años de vida, ha sido fundamental rescatar sus saberes en torno a otras formas de atención y representación de la sexualidad. Me refiero a los saberes médicos tradicionales o populares que, algunas veces en pugna con la biomedicina, han impactado en las representaciones y prácticas de estas mujeres. Así, estos eventos de la sexualidad serán vistos también desde las formas de atención que conocen -ya sea que las implementen o no- para lidiar con los padecimientos, malestares y/o enfermedades asociadas a éstos.

De este modo y puesto que me interesa analizar tanto las representaciones culturales como la experiencia individual de la sexualidad, sus eventos y transiciones, buena parte del problema consiste en indagar sobre la influencia de diversas/os actoras/es sociales involucradas/os -como la familia, las amistades, las y los empleadores, la pareja e incluso las/os prestadores de servicios de atención-, en la conformación de representaciones y prácticas.

De acuerdo con la revisión de antecedentes, la sexualidad de las empleadas domésticas ha sido analizada principalmente en la medida que las lleva a transitar del lugar de solteras-no madres al lugar de madr-esposas, destacando el impacto que tienen la maternidad y la conyugalidad en la trayectoria laboral. Así, se ha observado que el ciclo vital de las empleadas impacta en la modalidad del empleo doméstico, pues “la diferencia para optar por una u otra forma de empleo depende de la existencia de hijos y de la necesidad de atenderlos” (Harlow, 1994: 421). Frecuentemente con “el matrimonio y la maternidad, muchas interrumpieron su actividad laboral, y las que regresaron al empleo doméstico, trabajan de entrada por salida” (Durin, 2014: 281). En este sentido, coincido con las especialistas cuando aseguran que

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“el servicio doméstico moldea la forma que ejercen su sexualidad y viven la maternidad” (Durin, 2014:270), pues

ante la dificultad de criar hijos y trabajar en casa, las mujeres resisten la desposesión maternal empleándose por día o encargando los hijos con familiares. Este fenómeno de crianza de los hijos por terceros es común en los medios populares en Latinoamérica. (…) En algunos casos, los niños son criados en casa de los patrones, mientras su madre trabaja ahí (Drouilleau, 2011). La convivencia suele ser difícil por la diferencia de clase y estilo de educación (Durin, 2014: 273).

En relación con la experiencia de la maternidad de las empleadas domésticas transnacionales que hacen parte de los perfiles emergentes, se ha visto que las “madres migrantes viven con culpa y son juzgadas a veces fuertemente por “abandono”, mientras su trabajo permite a las mujeres de clase media alta y alta cumplir con la ideología de la maternidad intensiva que subraya la necesidad de una madre omnipresente para los hijos” (Macdonald, 2010 en Durin 2014: 272). Sin embargo, como veremos en esta investigación, no hace falta irse a otro país para que la culpa, los juicios y las representaciones de “abandono” se hagan patentes.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, sugiero que los lugares que las mujeres ocupan al interior de la pareja en tanto esposas tienen un peso importante en la trayectoria laboral, en los significados de la maternidad y en la experiencia de la misma, pues no debemos olvidar que las mujeres de sectores urbano populares normalmente no acuden a las empleadas domésticas para cubrir su “obligación moral” como encargadas del trabajo doméstico, sino que echan mano de otros arreglos y estrategias a su alcance. Así, en esta

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investigación veremos los arreglos a los que llegaron y las estrategias que implementaron mis cinco interlocutoras en distintos momentos de su curso de vida. Por ahora quiero destacar que, de entrada, debieron negociar con o hacer frente a -no siempre abiertamente- las masculinidades tradicionales subalternizadas que en general caracterizan a los hombres significativos en sus vidas en tanto esposos.

Como se ha visto en otras investigaciones, la actividad económica extradoméstica de las mujeres no necesariamente trae aparejado el cambio en las relaciones y los roles socialmente asignados a mujeres y hombres. Incluso se ha visto que “cuando la mayor presencia de las mujeres en diferentes ámbitos se da aunada a la pérdida de participación de su cónyuge, padre o hermano, puede generar tensión en la familia y derivar en un reforzamiento de los papeles sexuales tradicionales y en un incremento de la violencia doméstica o el mal trato hacia las mujeres” (De Barbieri y Oliveira, 1987 en Oliveira, 1989: 20).

De aquí la importancia de profundizar en las trayectorias de pareja analizando las condiciones en las que se inician, desarrollan, cambian e incluso concluyen, pues resultan fundamentales para comprender los tipos de lugares de género que han ocupado estas mujeres. Teniendo esto en cuenta se torna fundamental buscar respuestas a otro tipo de relaciones entre trayectorias:

¿siempre interrumpen la actividad laboral o sólo cambian temporalmente de ramo?, ¿qué papel juega la pareja en las transiciones laborales?, ¿qué otras trayectorias vitales y sus eventos influyen en las transiciones laborales temporales o definitivas?

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Aunque no hay un total acuerdo, hay quienes sostienen -frecuentemente empezando por las mismas empleadas domésticas jóvenes- que en muchos casos el empleo doméstico será una actividad transitoria; sin embargo, no siempre sucede así en la medida que la transitoriedad está vinculada con otras trayectorias vitales y con las condiciones estructurales y subjetivas. Así, teniendo como referente las investigaciones que han relacionado la trayectoria laboral y reproductiva subrayando su importancia en el curso de vida de las mujeres y las modalidades que buscan, prefieren o aceptan en el empleo doméstico (Goldsmith; Durin, 2008), en mi investigación permanecí abierta a indagar sobre los efectos de otros procesos en la permanencia o el abandono del empleo doméstico.

Así, para acercarme a las transiciones laborales temporales o definitivas, considero los requerimientos de la familia de origen, la relación con las/os patrones -entre las que debemos considerar factores como las relaciones de confianza (Toledo, 2014), el reconocimiento del trabajo y la posibilidad de negociar día a día los derechos y las obligaciones de estas trabajadoras-, las expectativas de la mujer empleada, su trayectoria sexual y de pareja, los arreglos para conciliar trabajo doméstico y extradoméstico, los procesos de s/e/a propios o ajenos y por supuesto la edad y sus efectos.

Según datos del INEGI, hay poco más de dos millones de empleadas domésticas y 95 de cada 100 personas ocupadas en este ramo son mujeres (2015) entre las cuales no sólo ha aumentado la edad, sino que también ha aumentado el número de unidas en pareja y viudas, separadas o divorciadas, como señalan las especialistas:

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el total de mujeres solteras desempeñándose en esta actividad pasó del 44.2% al 31.1% entre 1995 y 2012, creció la cifra de mujeres que viven en pareja (casadas o en unión libre) de 40.2% a 47.7% y la de aquellas mujeres que alguna vez han estado unidas (separadas, divorciadas y viudas) de 15.5% a 21.2%. Sobre la edad, también se confirma que se ha incrementado la importancia relativa de las mujeres en edades adultas pues el grupo de las más jóvenes (de 14 a 24) pasó del 36.3% al 16.4% en el periodo referido, en cambio el grupo de mujeres entre 25 y 49 años ascendió del 46.9% a 57.5% (Rojas y Toledo, 2013: 412).

Si en el 2012 a nivel nacional el 26% de las empleadas domésticas tenía 50 años y más (Rojas y Toledo, 2013: 412), ¿qué implicaciones puede tener el aumento de la edad cuando, además, la modalidad de entrada por salida, con toda la flexibilidad que implica, ha ganado terreno sobre la modalidad de planta?, ¿cómo podría influir en sus condiciones laborales el aumento en la edad también de quienes las emplean?, 39 ¿cómo están viviendo la última etapa de los TRS de la sexualidad las empleadas?, ¿tienen condiciones materiales y simbólicas para retirarse de este ramo del trabajo?, ¿cuáles son los giros ocupacionales posibles y cómo impactan en los lugares que ocupan en la familia y la salud? Estas son algunas preguntas a las que daré respuesta como parte de mi problema de investigación, por ahora aterricemos en la cuestión de los procesos y las experiencias de envejecimiento distinguiendo algunos datos existentes.

39 Así como podemos sintetizar un perfil clásico de las empleadas, podemos hacerlo con las empleadoras:

mujeres de clases medias que no desarrollan trabajos manuales y tienen niveles educativos de bachillerato en adelante (Rojas y Toledo, 2013: 419) -entre las que también se ha observado un aumento en la edad. Este aumento implica cambios sociodemográficos importantes en las familias empleadoras como la muerte del cónyuge, la enfermedad, el nacimiento de nietas y nietos, la migración. Todo esto puede mermar las posibilidades de emplear con regularidad y manteniendo o aumentando mínimamente el salario establecido con mis informantes.

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En el 2010 la esperanza de vida al nacimiento para el total de la población en México fue de 75.4 años; distinguiendo entre hombres y mujeres, ellos tuvieron 73.1 años, mientras las mujeres tuvieron 77.8 (INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010, en Pérez Baleón, 2011:38). Por otro lado, en el Estado de México la esperanza de vida en 1990 fue de 71.74 años en general, aunque desagregada por sexo encontramos que fue de 68.84 años para los hombres y de 74.63 para las mujeres. Así, en general se ha observado que la esperanza de vida entre las mujeres es aproximadamente de cinco años más. En el año 2013, en la misma entidad, la esperanza de vida global aumentó a 76.45 años, la de los hombres a 74.03 años y la de las mujeres a 78.87 años de vida (INEGI, 2010).

En el 2010 el Índice de envejecimiento 40 indicaba que a nivel nacional había 30.92 personas viejas por cada 100 jóvenes; en el D.F. hubo 51.8, en el Estado de México hubo 26.13 y en el municipio de Valle de Chalco Solidaridad hubo 17.17 personas viejas por cada 100 jóvenes. En este sentido las proyecciones del INEGI muestran que después del año 2040 la población de personas viejas será mayor a la de jóvenes.

Las y los especialistas (Robles, 2006) consideran que existen cuatro temas dominantes en los estudios sobre la vejez en México: el comportamiento demográfico de las poblaciones en edades avanzadas, las pensiones, las condiciones de salud y las relaciones sociales de los ancianos. Teniendo esto en mente, con mi investigación espero abonar a las respuestas sobre las

40 Refiere el número de personas envejecidas por cada 100 jóvenes. Esta cifra relaciona los dos extremos de las edades, dando cuenta del balance entre generaciones. En términos numéricos, es el cociente de la población envejecida (65 años y más) entre la población joven (0-14 años), multiplicado por 100. Sirve para mostrar de forma relacional las variaciones en la estructura poblacional por edad y sexo que ha experimentado nuestro país.

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representaciones que tienen dos ex empleadas y tres ex empleadas domésticas respecto de los dos últimos -el primero a lo largo del curso de vida y el segundo como parte de su propia experiencia de envejecer, pues “particularmente a nivel familiar, ofrece una mirada sobre los intrincados mecanismos de intercambio a nivel generacional y vecinal, el cual permite a los ancianos acceder a una serie de bienes y servicios para su supervivencia” (Robles, 2006: 22).

Si bien estos temas se han abordado desde dos visiones dominantes del envejecimiento, 41 yo me sumo a los intereses antropológicos que estudian la interioridad de la vejez -es decir, la experiencia- desde un abordaje que enfatiza las posibilidades de

entender la vejez como un sitio de agencia y un proceso de autorreconocimiento que debe ser entendido a partir de la tensión social entre la experiencia de la interioridad y la exterioridad, es decir, entre lo que el anciano vive y experimenta como vejez y lo que la sociedad prescribe que es un viejo (Tulle y Mooney, 2002 en Robles, 2006: 28).

En este sentido, y considerando que en la experiencia de envejecer la agencia puede encontrar posibilidades que entran en tensión social, reconozco que igualmente hay restricciones para las mujeres; de ahí la importancia de analizar “las estrategias individuales y colectivas que las personas ponen en marcha para afrontarlas” (Freixas, 1997: 32). Así, dado el enfoque del curso de vida que destaco en mi investigación, pretendo hacer “hincapié en la diversidad de experiencias de las personas a lo largo de la vida (…). [Pues] Esta perspectiva

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Una es la que considera a la vejez como problema social y otra la que privilegia los abordajes macrosociales (Robles, 2006: 23).

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permite una mayor sensibilidad a la pluralidad de experiencias” (Freixas, 1997:

34).

Aunque me parece un concepto que debe ser tomado con pinzas, la carrera o trayectoria de la vejez adquiere importancia porque nos acerca a los procesos sociales y subjetivos que la configuran por medio de

todas aquellas acciones que realiza el sujeto en forma consciente o inconsciente durante su vida, muy en especial en el período de formación de su familia, y que van a impactar en el futuro el estilo de vida en caso de alcanzar edades avanzadas. Así, por ejemplo, cuando los padres son amorosos y protectores con su familia, cuando procuran bienes o aseguran apoyo a su situación económica a futuro, cuando están pendientes de su estado de salud, buscando con ello añadir más años a su vida de la mejor forma posible o establecer lazos afectivos y solidarios con los suyos, tendrán, teóricamente, mejores oportunidades y recursos para hacer frente a su vejez (Reyes Gómez, 2006: 174).

Así, mi investigación apunta a ver en qué medida, cómo y por qué funciona, o no, ese famoso dicho sobre que se “cosecha lo sembrado”, y que en cualquier caso implica tanto certidumbres como incertidumbres en relación con los lugares que ocupan en la familia, el trabajo y la salud.

Teniendo en cuenta que el cuerpo es el primer lugar de la experiencia me interesó conocer las representaciones en torno a éste en distintos momentos del curso de vida. Así, a la larga, las metáforas en torno al cuerpo permiten observar las continuidades, los cambios y las sinergias -positivas y negativas- existentes entre condiciones materiales y simbólicas y los tipos de lugres, o no

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PERFIL CLÁSICO DEL EMPLEO DOMÉSTICO

lugares, que condicionan la experiencia de envejecer de algunas empleadas y ex empleadas domésticas metropolitanas.

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II.

Algunos procesos metodológicos de/en la investigación sobre empleo doméstico urbano

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Q uizá porque desde un inicio tuve algunos objetivos teórico-metodológicos muy claros desde mi situacionalidad feminista, al entrar en contacto con

otros campos del conocimiento, cuyos ecos encontraba pero no sabía bien cómo situar, las preguntas surgieron a borbotones, y delimitarlas teórica y empíricamente se tornó una trayectoria de eventos y transiciones que, al menos por ahora, concluyen en este documento.

La intención en este capítulo es evidenciar los procesos de los cuales parto para plantear la necesidad de investigaciones multidisciplinarias, teorico-metodológicas, cuali-cuantitativas -y en la medida de lo posible colectivas-, para el abordaje del empleo doméstico urbano. En primera instancia presento los objetivos y las interrogantes de la investigación; después, las posibilidades que encontré para articular biografía y autobiografía desde el conocimiento situado, dando paso a la síntesis del método (auto)biográfico que guió mi investigación a raíz del encuentro entre investigación-acción feminista, antropología médica y teoría fundamentada.

En un tercer apartado describo la estrategia metodológica, las técnicas y los instrumentos empleados, así como algunas posibilidades y limitaciones encontradas durante el “viaje antropológico” destacando la construcción de interlocuciones. Por último, presento a mis cinco interlocutoras introduciendo las posibilidades dialécticas entre heterogeneidad y homogeneidad, o entre el caso y el conjunto de casos, en el perfil clásico de la experiencia del empleo doméstico urbano de mujeres nacidas entre 1941 y 1970.

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ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

2.1 Los objetivos y las preguntas de investigación

El objetivo general de mi investigación es describir y comparar los procesos de envejecimiento de tres empleadas y dos ex empleadas domésticas, nacidas entre 1941 y 1970, que viven en el Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México. A partir de tal descripción comparativa, analizaré cómo se relaciona la experiencia de envejecer con las continuidades y discontinuidades en sus condiciones materiales y simbólicas, y con los lugares que han ocupado estas cinco mujeres en espacios como el trabajo, la familia, la sexualidad y la salud durante las tres etapas de los Tránsitos Reproductivos de la Sexualidad (TRS).

De este objetivo general se desprenden cuatro específicos:

a) Describir, comparar y analizar los eventos y las transiciones de vida asociadas a cada una de las cuatro trayectorias de acuerdo con las tres etapas de los TRS. 42

b) Describir, comparar y analizar las continuidades y discontinuidades en las condiciones materiales y simbólicas de posibilidad de tres empleadas y dos ex empleadas domésticas de acuerdo con las tres etapas de los TRS. 43

42 El desglose sería el siguiente. Describir, comparar y analizar: las representaciones de las interlocutoras sobre su historia de pareja, la conformación de su familia propia y sus repercusiones en la continuidad-discontinuidad en el empleo doméstico; los eventos y las transiciones asociadas al espacio laboral a lo largo del curso de vida considerando las implicaciones del proceso migratorio, de algunos eventos y transiciones de la sexualidad y de algunos eventos y transiciones en la familia propia.

43 El desglose sería el siguiente. Describir, analizar y comparar: el peso específico de las jerarquías de género, edad y estrato socioeconómico en la configuración de condiciones materiales y simbólicas de posibilidad en su lugar y familia de origen; las causas, los motivos y las expectativas de algunas empleadas y ex empleadas domésticas en torno a la migración; las condiciones materiales y simbólicas que las llevaron a insertarse y a abandonar el empleo doméstico en distintos momentos del curso de vida; las condiciones materiales y simbólicas que las llevaron a insertarse en otros espacios del trabajo

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c) Describir, comparar y analizar las continuidades y discontinuidades en los lugares que han ocupado en los espacios del trabajo, la familia, la sexualidad y la salud en distintos momentos del curso de vida. 44

d) Describir, comparar y analizar los límites y posibilidades de la agencia a lo largo de las tres etapas de los TRS y sus repercusiones en la experiencia de envejecer. 45

Siguiendo

estos

objetivos

me

propongo

brindar

algunas

teóricas y empíricas a preguntas como:

respuestas

a) ¿Cómo las desigualdades articulan límites a la agencia durante las tres etapas de los TRS?

remunerado.

44 El desglose sería el siguiente. Describir, comparar y analizar: las continuidades y discontinuidades en los lugares ocupados en el trabajo de acuerdo con la modalidad del empleo doméstico a lo largo del curso de vida; los sistemas de referencia, la información, las categorías, los significados, las formas de atención y las prácticas de riesgo y cuidado que recuerdan algunas empleadas y ex empleadas domésticas en torno a la salud general y sexual en su lugar de origen; las continuidades y discontinuidades en los sistemas de referencia, la información, las categorías, los significados y las prácticas de riesgo y cuidado en torno a los eventos de la sexualidad de interés a raíz de las primeras etapas del proceso migratorio y su inserción en el empleo doméstico; los saberes que rodearon su experiencia de la menarca, las menstruaciones, relaciones sexuales, la anticoncepción, el aborto, el embarazo, el parto y puerperio, así como la última etapa de los TRS; Describir, comparar y analizar el peso específico de la última etapa de los TRS en los lugares que ocupan en la familia, el trabajo y la salud.

45 El desglose sería el siguiente. Describir, comparar y analizar: cuáles fueron los eventos y las transiciones que posibilitaron mayor agencia en la familia, el trabajo, la sexualidad y la salud en distintos momentos del curso de vida; cuáles fueron los eventos y las transiciones que más limitaron su agencia en la familia, el trabajo y la salud en distintos momentos del curso de vida; los espacios, actores y relaciones significativas para cada informante en Valle de Chalco Solidaridad (religiosos, deportivos, culturales, políticos); la relación entre la proyección del futuro en la familia, el trabajo, la sexualidad y la salud con los sistemas de referencia, las categorías y los significados bajo los cuales se representa al envejecimiento propio.

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ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

¿Cuáles son y han sido los límites a la agencia en el trabajo, la

sexualidad, la salud y la familia?

¿Cómo se estructuran y vinculan las condiciones materiales y simbólicas de posibilidad en los cuatro espacios de interés?

¿Cuáles son actualmente las condiciones materiales y

simbólicas en los cuatro espacios?

b) ¿Cómo se entrecruzan las jerarquías sociales en la construcción de

lugares a lo largo de las tres etapas de los TRS?

¿Cuáles son las relaciones entre sexo-género, edad y estrato

socioeconómico y qué lugares configuran en la familia, el trabajo, la

sexualidad y la salud en las tres etapas de los TRS?

¿Qué lugares y no lugares ocupan actualmente en estos

espacios y cómo se relacionan con las trayectorias en cada uno?

c) ¿Cómo la simbolización de los lugares ocupados en el trabajo, la

familia, la sexualidad y la salud repercute en las condiciones materiales

y simbólicas de posibilidad en la edad adulta y en las experiencias del

envejecimiento?

¿En qué medida se reproducen los lugares de desigualdad en

la última etapa de los TRS?

¿Cuáles son los eventos y las transiciones que en el trabajo, la

familia, la sexualidad y la salud reproducen los lugares de

desigualdad?

¿Cuáles son los eventos y las transiciones que abren nuevas

condiciones de posibilidad y agencia?

En este sentido, la hipótesis teórico-metodológica de mi investigación es

que mapeando y analizando las relaciones dialécticas entre trayectorias vitales

tales como la laboral, la familiar, la sexual-de pareja y la de s/e/a podemos

delinear el ejercicio de las agencias -sus límites y posibilidades- según las

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situacionalidades configuradas con base en las jerarquías de género, estrato socioeconómico y edad a lo largo del curso de vida -al que nos acercamos teniendo en mente tres etapas vitales delimitadas por los TRS en contextos de inclusión social selectiva y flexible.

2.2 Posibilidades para la articulación entre biografía y autobiografía desde el conocimiento situado

Haciendo un ejercicio de síntesis, quiero delinear algunos eventos metodológicos importantes en una investigación enmarcada en el proceso del “viaje antropológico” que teórica, metodológica y empíricamente nos acerca a algunas metáforas de la vida cotidiana por medio de las cuales pude desplazarme entre categorías dicotómicas como subjetividad-objetividad, sujeto-sociedad, significativo-representativo y cualitativo-cuantitativo.

La metáfora del viaje 46 designando al método “destaca el hecho de que la realidad por estudiar es en parte construcción del investigador y resultado de la pertenencia de este último a un contexto cultural distinto del que caracteriza a su objeto de estudio” (Krotz, 1991: 51). Desde esta perspectiva, la metáfora de “la visión”, utilizada por Donna Haraway para sustentar el conocimiento situado en los ojos encarnados en un cuerpo, resulta fundamental porque permite un acercamiento a las metáforas en torno a éste como principal espacio-lugar-proceso biosociocultural por medio de la síntesis del método (auto)biográfico.

46 Krotz encuentra tres características del viaje: 1) es en primer lugar un movimiento en el espacio; 2) es siempre, también, movimiento en el tiempo –que interpreto no solo como el tiempo social e histórico sino como el kairós –un tiempo más bien individual; y 3) el movimiento espaciotemporal se relaciona con la meta, “se encuentra unido a la meta, es parte de ella” (1991: 52).

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ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

Este encuentro de metáforas se nutre de la investigación-acción

feminista, de la antropología médica, de la teoría fundamentada y de diversas

técnicas de investigación cualitativa entre las que destaca, por su alta densidad,

la entrevista a profundidad de corte historia de vida que denomino

conversación semiestructurada. Esta se basa en: 1) la situacionalidad y

parcialidad del conocimiento encarnado, 2) la importancia de los procesos y las

relaciones transaccionales en la configuración de sujetas/os complejas/os cuyas

representaciones y prácticas queremos mirar, y 3) en la posibilidad de vincular

visiones EMIC y ETIC desde la ética y la política de las conversaciones con fines

de investigación feministas.

2.2.1 La investigación-acción feminista al encuentro con la antropología médica y la teoría fundamentada

En noviembre de 2010, y hasta julio del 2011, participé en un incipiente proyecto

de investigación-acción que buscaba promover los derechos humanos de

algunas empleadas domésticas residentes en el Valle de Chalco Solidaridad,

Estado de México. Estas mujeres, cuyas edades oscilaban entre los 20 y 80 años

de edad -aunque se concentraban entre los 40 y 60-, se reunían en una

metodología cercana a los grupos focales para discutir aspectos fundamentales

en sus vidas cotidianas: condiciones laborales, situaciones y problemas

familiares y algunos comunitarios. La idea era echar a andar redes de mujeres

que quisieran participar y organizarse en torno a sus derechos, pero ejercitando

la autocrítica el objetivo no se cumplió porque el proyecto resultaba poco viable

dadas las condiciones estructurales y subjetivas de las participantes.

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De esa experiencia, y tras la disolución del proyecto original (Mujeres Trabajándose), surgió la inquietud de indagar sobre los factores subjetivos y estructurales que influyen en la participación, la organización y el ejercicio de los derechos de algunas empleadas domésticas. Para el 2011 tenía claro que debía problematizar dos dimensiones concretas: el género y el estrato socioeconómico en la historia de vida y la trayectoria laboral de mujeres migrantes. Y ya desde entonces intuía un abordaje cualitativo que me permitiera analizar cómo se cruzan varios fenómenos, dimensiones o aristas a lo largo del tiempo -fundamentalmente el individual, pero no sólo-, de modo que me acercaba sin suficiente claridad a los espacios, tiempos, eventos y transiciones del curso de vida para enmarcar el empleo doméstico desde la crítica a la heteronormatividad y la reflexión sobre lo que denomino ciudadanías laborales -siguiendo un poco con la investigación que desarrollé en la Maestría en Estudios de la Mujer, donde discutí algunas posibilidades de la ciudadanía sexual (Arjona, 2007).

Ese mismo año entré en contacto con la antropología médica del CIESAS-D.F. y se abrieron las posibilidades para vincular mis inquietudes en torno a las trayectorias en el empleo doméstico con esta subdisciplina antropológica a partir de la problematización del cuerpo. Posibilidades imaginé muchas con ayuda de las compañeras y las/os docentes en la línea de investigación. Pero, y probablemente por mi anterior tesis, la propuesta más llamativa fue comenzar por problematizar la relación entre empleo doméstico y sexualidad, en donde la edad de las mujeres que podrían ser informantes resultaba fundamental porque parte del objetivo era analizar la menopausia y

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ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

sus posibles consecuencias en la salud y el trabajo remunerado de algunas empleadas domésticas.

Como mi reto era un proyecto retrospectivo, comencé a perfilar las nociones de tránsito laboral y tránsito reproductivo para plantear posibles relaciones entre los eventos y las transiciones en estas dos trayectorias atravesada por eventos, transiciones y procesos tales como la migración, la conformación de la familia propia y el acceso a formas de atención a los padecimientos, enfermedades y malestares.

Teniendo en mente los eventos y transiciones en las trayectorias vitales surgió la inquietud, en diálogo con la antropología médica, de buscar las disrupciones dialécticas entre ellas. Esto surgió del impacto que tuvo, en mi situacionalidad como hija de un hombre con esclerosis múltiple avanzada, la noción de disrupción con la que Michael Bury define la enfermedad: “un tipo particular de evento (…) [que] destaca los recursos (cognitivos y materiales) disponibles para los individuos, los modos en que explican el dolor y el sufrimiento, las continuidades y discontinuidades entre el pensamiento profesional y el lego, y las fuentes de variación en la experiencia” (1982: 197) -éste último un concepto fundamental al que regreso en un momento más.

De este modo, y fundamentalmente bajo la línea desarrollada por Eduardo Menéndez en torno a los procesos de s/e/a y el punto de vista del actor, hice un primer planteamiento con la intención de delimitar la unidad de análisis pensando en los matices y claroscuros, en las tensiones, contradicciones y complejidades presentes en un concepto primordial en el pensamiento de este autor: las relaciones transaccionales observables desde el

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género, el estrato social y la edad en procesos como la migración, la inserción en el trabajo, la configuración de las familias, las relaciones al interior de las mismas y el acceso a formas de atención a los procesos de s/e/a vinculados a la sexualidad.

La Teoría Fundamentada, o grounded theory, de Glaser y Strauss (1967) es una metodología de análisis inductiva, generativa, que “propone un proceso de análisis cualitativo con el objetivo de generar proposiciones Teóricas Fundamentadas en los datos empíricos” (Trinidad, Antonio, et. al., 2006: 21). Esta teoría “cuyo paradigma se fundamenta en la sociología y el interaccionismo simbólico (…) posee una serie de estrategias metodológicas para realizar el estudio de la información” (Campo-Redondo, María, et. al., 2009: 46). Mi primer acercamiento a esta perspectiva tuvo lugar un poco antes de comenzar el viaje antropológico a raíz de un seminario optativo que tomé sobre el análisis de información cualitativa en el CIESAS. 47 Fue entonces cuando comencé a usar el programa NVivo del que finalmente me serví para sistematizar la información cualitativa que analizo en los tres capítulos etnográficos.

Esta teoría, y su metodología, me obligaron a dos cosas. Primero: a entrar al campo con ciertas nociones fundamentadas en el bagaje que llevaba hasta el momento, y que buscaba diferenciar frente a la realidad concreta a la que me acercaba. Y segundo: me permitieron estar abierta a las complejidades que darían sentido y cuerpo al problema de investigación. Es decir, en la Teoría Fundamentada hallé la libertad para, junto con mis interlocutoras en el trabajo de campo, ir construyendo otros sentidos en mis objetivos y preguntas. Fungió

47 Estuvo a cargo de la Dra. Georgina Rojas García y la Dra. Susann Vallentin Hjorth Boisen.

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ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

como una especie de metaencuadre de mi investigación porque fue el puente que me permitió articular, en las primeras etapas del trabajo de campo, una perspectiva teórico-metodológica que se desplaza al interior de varias dicotomías que sintetizo en el método (auto)biográfico cuya base es el cuerpo, las situacionalidades y los significados de las experiencias de sujetas/os complejas/os y concretas/os.

2.2.1.1 Cuerpo, situacionalidad y conocimiento: la objetividad encarnada

Durante buena parte de mi investigación intenté desvestirme de mis inquietudes en torno a los conocimientos situados porque se me tachó de asumir una ideología feminista que, al parecer, no daba cabida a la objetividad. Esto dejó de suceder cuando -siguiendo mi intuición y formación, y los enfoques críticos y los comentarios de mis lectoras-, me reencontré con este abordaje ético y político de las ciencias con el que surgieron las primeras inquietudes.

En este sentido, es necesario retomar una de las preocupaciones más frecuentes en torno a las perspectivas cualitativas de investigación: el relato/historia/trayectoria/curso de vida, que refiere a la subjetividad y la veracidad de lo que las y los sujetos cuentan. Así, y dado que se trata de ciencia y conocimiento lo que nos ocupa, es cierto que existe el peligro de darle “connotaciones novelescas” a este enfoque y la información que recaba, pues “en todo lo que es autobiográfico, siempre estamos frente al problema de la subjetividad que atraviesa todo nuestro relato. Es un material absolutamente subjetivo” (Rheaume, 1999 en Márquez, et. al., 2000: 5). Esto en mi opinión no es

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un problema, es una de las posibles perspectivas de la realidad, y en mi caso la más relevante.

No en vano cuando regresé a vivir a la Ciudad de México una vez concluido el trabajo de campo -que abarcó de mayo de 2012 a septiembre de 2013-, 48 la experiencia me estaba llevando a preguntarme ¿por qué el cuerpo es un proceso biosociocultural?, ¿por qué el trabajo, la sexualidad, la salud y la familia son procesos biosocioculturales?, y ¿por qué cada una de estas trayectorias podía ser dialécticamente disruptiva? 49 Lo cierto es que durante el trabajo de campo reconocí varios aspectos del problema que, conforme avanzó el proceso y se acercaba mi regreso al D.F., articulé en el retorno al cuerpo -ese que me llevó a querer dialogar con los/as antropólogo/as médicos/as desde la teoría fundamentada.

Así fue como comencé a pensar los eventos y transiciones biosocioculturales no sólo de/en la sexualidad y de/en el trabajo, sino de/en los procesos de s/e/a y de/en la familia en tanto dialécticas, articuladas y con posibilidades disruptivas en el cuerpo -sus representaciones y prácticas- como lugar primordial de la experiencia del envejecimiento; entendiendo a éste como un proceso biosociocultural complejo anudado por y en el cuerpo, como una suerte de evento diacrónico condicionado objetiva y subjetivamente.

El conocimiento situado es una perspectiva teórica de Donna Haraway, quien en las reformulaciones sobre la subjetividad y la identidad humana tiene un planteamiento que “reside en tomar como punto de partida y como objetivo

48 Viví en Valle de Chalco Solidaridad, Estado de México, de junio de 2012 a septiembre de 2013.

49 Había sistematizado ya los dos primeros instrumentos de la estrategia metodológica y alrededor de 15 de las conversaciones estructuradas que tuve con mis interlocutoras.

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del análisis la situación y los intereses de las mujeres” (Villarmea, 1999:220) en tanto actoras y sujetas. Así, en Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective (1988), 50 Haraway aborda el tema de la objetividad desde los debates feministas apelando al diálogo con quienes de ellos participamos.

A su parecer, las feministas estamos “atrapadas, selectiva y flexiblemente, por dos polos de una seductora dicotomía en las preguntas sobre objetividad”. Estos extremos serían el constructivismo radical y el feminismo empiricista crítico, 51 para los cuales “ninguna perspectiva desde dentro es privilegiada, porque todos los esbozos de los límites del conocimiento entre el adentro-afuera son teorizados como movimientos de poder, no como movimientos dirigidos a la verdad” (Haraway, 1988: 576 y 580).

Pero, ¿qué es la verdad?, deberíamos preguntarnos entonces, ¿cierto? Bueno, en mi opinión Haraway aporta posibilidades para llegar a ella asumiendo que podemos hacerlo ética y políticamente desde un conocimiento parcial. Así, coincido con la autora cuando asegura que las feministas tienen interés

en un proyecto de ciencia sucesora que ofrezca más adecuados y ricos recuentos del mundo para poder vivir bien en él, en una relación crítica y reflexiva con nosotras mismas, con otras prácticas de dominación y con la desigual distribución de privilegios y opresiones que inventan todas las posiciones. En categorías filosóficas tradicionales, el asunto es de ética y política más que de epistemología (1988: 579).

50 La traducción de los fragmentos citados es mía.

51 Haraway asegura que Sandra Harding apela a la misma dicotomía y la describe como, de un lado, el proyecto de la ciencia sucesora y, de otro, los relatos de la diferencia postmodernista (1988: 580).

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Desde esta perspectiva, necesitamos la parcialidad como habilidad para traducir los conocimientos entre distintas comunidades (Haraway, 1988: 580) diferenciadas material y simbólicamente, como sucede frecuentemente en la antropología social. Es en este orden de ideas, y dado que resulta difícil sostenerse de los dos polos -el constructivismo y el empiricismo-, que la estadounidense propone un cambio en las metáforas para situar su perspectiva.

Esto surge del análisis de la persistencia de la visión y sus posibles utilidades al evitar las oposiciones binarias, por lo que no es gratuito que surja en el pensamiento de quien, en tanto historiadora de las tecnologías y su relación con el desarrollo humano, sabe que los “ojos han sido utilizados para significar una capacidad perversa -pulida a la perfección en la historia de la ciencia atada al militarismo, el capitalismo, el colonialismo y la supremacía del hombre- para distanciar al sujeto cognoscente de todos y todo bajo el interés del poder liberador” (1988: 581). Esta visión binaria tan patriarcal es “la de todo desde ningún lugar” que caracteriza a las tecnologías militares y a otras ramas de los Estados, presentándose como el <panorama de una visión infinita> que, en realidad, “es una ilusión” (1988: 582).

Desde esta crítica, Haraway propone la visión o perspectiva como metáfora para sostener la construcción utilizable, pero no inocente, de un método de la objetividad encarnada/incorporada/corporal “que admita los paradójicos y críticos proyectos científicos feministas [en los que] la objetividad (…) significa (…) conocimientos situados” (1988: 581), -mismos que entiendo como desplazamientos intencionados ética y políticamente, y que Haraway describe como:

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compromiso con los posicionamientos móviles y con el desapego (…)[;] imposibilidad de entretenerse (….) con las epistemologías como estrategias para mirar desde los puntos de vista de los subyugados para poder ver bien. (…) [Reconocer que] “Ser” es mucho más problemático y contingente (…) [Y que] una no puede relocalizarse en cualquier posible punto de ventaja sin ser responsable de tal movimiento. La visión es siempre una cuestión del poder para ver –y quizá de la violencia implícita en nuestras prácticas de visualización (1988: 585) (las cursivas corresponden al texto original).

Desde esta perspectiva, el sujeto y el yo están divididos y muestran contradicciones, dando lugar a la complejidad de sujetas y sujetos multidimensionales incompatibles con el conocimiento dicotómico, “estable” y aparentemente pasivo:

La fisura/grieta, y no el ser, es la imagen privilegiada para las epistemologías feministas del conocimiento científico. […] La subjetividad es multidimensional; por lo tanto también la visión. […] Aquí está la promesa de la objetividad: una conocedora científica busca la posición del sujeto, no de su identidad sino de la objetividad, esto es, una conexión parcial” (1988: 586). “La responsabilidad feminista requiere de conocimientos afinados en la resonancia, no en la dicotomía. […] La encarnación/incorporación feminista, entonces, no se trata de la localización fija en un cuerpo reificado, femenino u otro, sino de nodos entre campos, inflexiones en las orientaciones y responsabilidad por las diferencias en los campos materiales y semióticos de significado. La encarnación es una prótesis significativa; la objetividad no puede ser sobre una visión fija cuando lo que cuenta como objeto es, precisamente, lo que se torna historia del mundo (Haraway, 1988: 588).

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De este modo, Haraway permite retornar al cuerpo como espacio y lugar

de la experiencia de saber obligándonos a aprender en nuestros cuerpos, a

nombrar dónde estamos y dónde no teniendo en cuenta las dimensiones

mental y física -aunque también podríamos decir espiritual. Así, la objetividad

se trata de corporalidades o encarnaciones particulares y específicas,

localizadas y situadas en el cuerpo de actoras/es sociales concretas/os.

Para introducirnos a los aportes metodológicos de la antropología médica

quiero rescatar otra observación de Haraway, pues desde su perspectiva las

doctrinas de la objetividad científica generan entre muchas feministas la

sospecha de que un “objeto” de conocimiento “es una cosa pasiva e inerte” (1988:

591). Esto es fundamental para mi perspectiva porque al considerar a mis

interlocutoras como actoras de y en su realidad pude analizar las condiciones

en las que encuentran tanto posibilidades como límites de su agencia en tanto

miembros de grupos sociales específicos.

2.2.1.2 El punto de vista de sujetas complejas participantes de las relaciones transaccionales

Si bien durante el trabajo de campo levanté información relevante con quienes

en algún momento fueron informantes clave, el ejercicio de convertirla en dato

ha quedado fuera de esta tesis con miras a trabajar posteriormente con las

representaciones de actoras y actores sociales relacionadas/os con las

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poblaciones vallechalquenses -como fue el caso de funcionarias/os públicas/os 52 y actoras que atienden procesos de s/e bajo distintos modelos médicos. 53

Esto lo comento debido a que en el marco teórico desarrollado por Eduardo Menéndez destaca también, metodológicamente, que el enfoque relacional permite relativizar el punto de vista de las actoras. Aunque durante el trabajo de campo consideré algunas opciones, 54 mi investigación no se guió por

52 Con la intención de acercarme datos estadísticos para contextualizar mi pesquisa, una de mis actividades a realizar durante el trabajo de campo, surgió la inquietud de revisar la página web del Municipio. La mayor parte del portal estaba en construcción, pero se anunciaba que existe una Dirección Municipal de Salud, otra de Atención a la Mujer y otra a Población Indígena. Aunque en primera instancia sólo fue curiosidad por la falta de información en torno a la Administración Municipal 2009- 2012, más tarde se tornó la inquietud de conocer la perspectiva de las y los funcionarios encargadas/os de “atender” a las poblaciones municipales. Así comencé a idear un instrumento que, bajo la técnica de entrevista semiestructurada, me permitiera acercarme a las representaciones de estos actores en torno a la Dirección que comandaban y en relación con las condiciones, necesidades, demandas y problemáticas de las mujeres y los hombres que viven en Valle de Chalco Solidaridad. Los guiones de entrevista para ellas y él incluyeron rubros tales como: origen, objetivos y funciones de la Dirección; demandas y necesidades de la población; objetivos y acciones de gobierno -distinguiendo en cada caso dimensiones relativas al sexo, la edad, ocupación, salud sexual de la población y fuentes de información en cada materia. Estas entrevistas se llevaron a cabo y arrojaron información relevante que encuentra eco con el marco contextual que presento en el Capítulo III y que por falta de tiempo y espacio ya no fue incluida en esta investigación.

53 Pensando en la importancia de los actores médicos involucrados en los procesos de s/e/a de mis interlocutoras me acerqué a una hierbera y a una médica de la Farmacia Similar: actoras que representan dos de las formas de atención a las que acuden mis interlocutoras y sus familiares. En ambos casos apliqué una entrevista semiestructurada que sólo pude audiograbar con la primera. La información obtenida ya no fue incluida en esta investigación por falta de tiempo y espacio, sin embargo encuentra eco con el perfil epidemiológico descrito y analizado a lo largo de esta investigación.

54 Las y los informantes secundarias/os y clave fueron más difíciles de definir porque me sentía tirada por dos polos del mismo enfoque de las investigaciones antropológicas en torno a los procesos de s/e/a. Por un lado, se hacían patentes las múltiples posibilidades desarrolladas en éstas investigaciones de corte relacional. Por otro, una vez observado lo anterior, se hicieron patentes las limitaciones éticas y los problemas que podría acarrear, para mis informantes principales, un enfoque de este tipo. Fue así que aunque lo considerara posible, entrevistarme con empleadoras y miembros de las familias de mis informantes principales, con la intención de tener varios puntos de vista sobre los eventos y

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este enfoque frecuentemente diádico, pues no fue mi intención triangular la información, contrastarla y/o corroborarla en el sentido estricto.

Teniendo en cuenta que el trabajo de campo etnográfico como método central para la disciplina antropológica tiene dos implicaciones básicas:

insertarse con una serie de objetivos en una realidad muchas veces ajena, e interactuar con sujetas/os y grupos sociales con referentes, experiencias, prácticas y representaciones distintas y a veces contradictorias con las propias. Quiero situarme en el enfoque relacional que parte del punto de vista de las actoras en tanto sujetas complejas situadas frecuentemente en la subalternización.

Al concebir los ojos como sistemas activos de percepción, capaces de construir y traducirse en formas específicas de mirar y vivir, Haraway nos permite acercarnos a este punto de vista en el proceso de investigación teniendo en cuenta a las actoras, entre las que por supuesto me cuento

trayectorias de mi interés, no resultaba lo más viable. Entre los actores y actoras secundarios fundamentales para el abordaje relacional en la familia, ubiqué a la pareja de las mujeres en el caso de que estuvieran unidas, a las hijas e hijos y a otros/as informantes que habitasen con ellas y pudieran dar cuenta de la situación familiar y las representaciones sobre los EBSCs de la sexualidad. En cuanto al abordaje relacional en el trabajo, las y los patrones fueron considerados actores secundarios fundamentales para el análisis. Sin embargo, considerando los aspectos éticos de la situación laboral y familiar de las informantes principales, consideré, dependiendo de lo que encontrara en campo, la opción de hacer algunas entrevistas estructuradas a informantes secundarios con características similares a las que presentaran las familias y las empleadoras de mis informantes. La idea era llevar a cabo entrevistas semiestructuradas que me permitieran contrastar el punto de vista de mis informantes principales. A la larga implementar esta alternativa no fue funcional porque contactar a quienes se convirtieron en mis principales interlocutoras fue un proceso que llevó tiempo; además, hubiera requerido de otros desplazamientos, en la ZMCM, que complicarían aún más el trabajo de campo y la sistematización de la información. Por último, y fundamentalmente, aunque reconozco las muchas posibilidades que brinda el análisis relacional, desde un principio me pareció que escapaba a mis posibilidades.

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reconociendo mis intenciones. Desde esta perspectiva articuladora entre feminismo y antropología médica, quiero retomar la cuestión de las perspectivas de las/os subyugados o subalternizadas/os teniendo en cuenta que mirar desde abajo de las plataformas del poder, o desde la propia situacionalidad en las relaciones transaccionales, no es sencillo y puede prestarse a suspicacias.

Al respecto coincido con Haraway, quien asegura que estos puntos de vista al no ser “posiciones <inocentes> (…) [frecuentemente] permiten menor negación del núcleo crítico e interpretativo de todo conocimiento. Son conocedores de los modos de negación por medio de la represión, el olvido y los actos de desaparición -formas de estar en ningún lugar mientras reclaman ver comprensivamente” (1988: 584).

De este modo, el punto de vista subyugado-subalternizado es hostil tanto a las diversas formas de relativismo, como a las versiones totalizadoras que reclaman autoridad científica (Haraway, 1988) mientras nublan la visibilidad. Esto es así porque tanto los extremos del relativismo como las perspectivas totalizadoras niegan la situacionalidad, la encarnación y la perspectiva parcial. Por ello, la feminista propone partir de la siguiente premisa: “el relativismo es parcial, localizable [y situable. Se trata de generar] conocimientos críticos apoyando la posibilidad de redes de conexión denominadas solidaridad en política y conversaciones compartidas en epistemología” (Haraway, 1988: 584).

En este sentido, el relato del curso de vida que busqué articular por medio de la biografía y la autobiografía tiene límites y virtudes, pues da cuenta de las “relaciones de sentidos, más que de relaciones o recuento de acontecimientos y

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hechos “verdaderos”. (…) El que relata siempre se preocupa de dar ciertos referentes precisos en su relato de vida, y son ellos mismos quienes hacen el trabajo de verificación” (Rheaume, 1999 en Márquez, et. al., 2000: 5).

Esta perspectiva me permitió pensar en procesos teniendo en cuenta la situacionalidad o localización de los cuerpos en espacios y tiempos específicos. Sin embargo, definir cuáles serían finalmente las dimensiones de las sujetas que analizaría en mi investigación, y el lugar que tendría cada una de tales dimensiones, implicó un trayecto de conversaciones con mis interlocutoras por

medio de las cuales repensé los principales ejes y las relaciones entre ellos para

mi análisis situado.

De este modo, en el transcurso busqué y encontré las formas en que mis interlocutoras son sujetas sociales complejas porque están atravesadas por

múltiples dimensiones: “se encuentra[n] en relación con otras personas, con parejas, amigos, grupos; (…) forma[n] parte de un orden familiar, de grupos y

de

organizaciones formales; (…) existe[n] en una sociedad, en un continente y

en

un mundo. (…) [Son] también historia, se desarrolla[n] a través del tiempo”

(Rheaume, 1999 en Márquez, et. al., 2000: 1).

En este orden de ideas, como explica Jacques Rheaume abonando a lo que denomina el relato de vida, el sujeto social complejo es “individual y social, enraizado en su cuerpo, abierto a la interacción social, sumergido en la historicidad” (Rheaume, 1999 en Márquez, et. al., 2000: 4) -que siguiendo a Rosi Braidotti podemos denominar como el devenir. Así, la sujeta social compleja:

se define también por su pertenencia o su no-pertenencia a una religión, a una clase socioeconómica, un régimen político, un sistema de salud, etc. Asimismo, […] puede manifestarse de

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maneras diferentes: verbalmente, gestualmente, por un discurso racional o una expresión afectiva, consciente o inconscientemente… En fin, el sujeto complejo se realiza progresivamente en una historia, un tiempo individual y colectivo, condición necesaria a la realización de sí (Rheaume, 1999 en Márquez, et. al., 2000: 4).

La corroboración o verificación de la información en mi investigación la hicieron las interlocutoras mismas durante las entrevistas a profundidad y en relación con los primeros datos obtenidos con la técnica de encuesta por cuestionario. Además, me apoyé en la observación participante para, en la medida de lo posible, relativizar el punto de vista de mis actoras a la luz de sus espacios, relaciones y contextos cotidianos -a los que caractericé cuantitativamente en el siguiente capítulo- para observar críticamente -es decir histórica y contextualizadamente- su situacionalidad, y por tanto también los orígenes, los cambios y las continuidades en sus representaciones y prácticas.

2.2.2 El método (auto)biográfico: tendiendo puentes

Hasta aquí he sostenido el conocimiento racional posicionado o situado como la forma del que he privilegiado teorico-metodológicamente en mi investigación, pues principalmente

no pretende la desvinculación: estar en todas partes y en ningún lugar, estar libre de interpretación, de ser representado (…). El conocimiento racional es un proceso de interpretaciones críticas entre “campos” de intérpretes y decodificadores. (…) es una conversación sensible al poder. Decodificar y transcodificar más traducción y criticismo; todas son necesarias. (…). La división de los sentidos, la confusión de voces y perspectivas (…) se torna la metáfora para el terreno de lo racional. (…) Los conocimientos

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situados son sobre comunidades, no sobre individuos aislados. La única forma para encontrar una visión más amplia es estar en algún lugar en particular. La cuestión de la ciencia en feminismo es sobre la objetividad como racionalidad posicionada. Sus imágenes son […] el conjunto de visiones parciales y voces titubeantes en una posición de sujeto colectivo que promete una visión de los medios, por medio de los cuales, se suceden ilimitadas encarnaciones del vivir con límites y contradicciones -de visiones desde algún lugar (Haraway, 1988: 590).

Desde los abordajes críticos, Haraway asegura que en los conocimientos situados un punto paradigmático es el reconocimiento de que “la agencia de la gente que estudiamos transforma todo el proyecto de producción de la teoría social. De hecho, reconociendo la agencia de los “objetos” estudiados es la única manera de evitar errores y falso conocimiento de muchos tipos en estas ciencias” (1988: 592- 593). Así, propone reconocer el estatus de agentes/actores a los “objetos” del mundo y asegura que “dar cuenta de un mundo “real” no depende de una lógica del “descubrimiento” sino de una relación social de “conversación” cargada de poder” (1988: 593).

Pero, ¿cómo en las conversaciones se pueden articular biografía y autobiografía? Bueno, la relación metodológica entre biografía y autobiografía en mi investigación no fue inmediata; implicó el reconocimiento e incluso el contraste de las dimensiones de vida importantes para mí y para las mujeres a las que me acerqué con la intención de conocer su historia. Asumí que uno de mis objetivos metodológicos más importantes había sido, en la etapa previa al viaje antropológico, la búsqueda de autobiografías por medio de técnicas como el diario personal. Sin embargo, ya estando en Valle de Chalco Solidaridad y en los primeros meses de interacción con mujeres que en general aseguran no

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poder escribir, me percaté de que para lograr algo similar resultaba necesario articular un método (auto)biográfico en el que se sintetizaran tanto la perspectiva etic -de quien investiga bajo determinado bagaje teórico y personal- como la perspectiva emic -de quien siendo actora experiencial directa del problema de investigación jerarquiza la importancia de sus experiencias. Puesto que a la larga mi intención se ha vuelto analizar las experiencias del envejecimiento de cinco mujeres concretas, acudir a este concepto resulta fundamental.

Las y los especialistas señalan que el método biográfico "apunta tanto a lo subjetivo-individual como a lo estructural " (Reséndiz, 2008: 138), por ello permite articular estos dos niveles de la realidad e incluso problematizar, por medio de las condiciones de posibilidad, los límites de la agencia. En este sentido, a lo largo de la investigación propuse trabajar con la noción de historia de vida como paraguas de la técnica general que utilicé para indagar e intervenir los procesos de subjetividad individual entre mujeres, a partir de la construcción de narrativas espontáneas que expresan y apuntalan las formas en que se organizan sus experiencias cotidianas y contingentes” (Rivas, 1996:

2115).

Retomando la propuesta de Haraway, es probablemente por la misma contingencia de las experiencias que las conversaciones -intencionadas y entre agentes/actoras diferencialmente situadas en las jerarquías sociales- fueron la principal técnica a seguir. Así, éstas adquirieron una visión más retrospectiva, longitudinal y transversal que me acercó a una perspectiva procesual fuertemente enraizada en el punto de vista de mis interlocutoras.

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La metodología de Jacques Rehaume es una que supone la interacción inscrita en “una filosofía del intercambio de saberes” (en Márquez, et. al., 2000:

4). Personalmente, con el paso del tiempo y la estancia en Valle de Chalco Solidaridad me di cuenta que las conversaciones -más abiertas al principio y más cerradas conforme transcurrieron los encuentros- permitían efectivamente ese intercambio mediado por las condiciones de posibilidad, tanto de mis interlocutoras como mías, en un contexto específico como el municipio donde habitan. Ello me permitió con Esther, por ejemplo, una vez que conocí sus saberes sobre el uso del condón, compartir con ella mis saberes en torno al mismo porque detecté que el uso dado podría limitar su eficiencia real.

La antropóloga Suely Kofes escribió una ponencia titulada Experiencias sociales, interpretaciones individuales: historias de vida, sus posibilidades y límites 55 (1994), en la que analiza dos relatos de vida vistos en este sentido. Considerando esta perspectiva, a mí me interesó conocer de las interlocutoras la interpretación individual de una experiencia personal inserta en un contexto social más amplio y que, de alguna forma, permite trazar nuevas hipótesis para reformular las generalizaciones existentes en el arte de malabarear entre lo particular y lo general inscrito en el estudio de caso(s).

La perspectiva de Kofes me resultó particularmente interesante porque distingue más o menos nítidamente entre “biografía” y “autobiografía. En cualquiera de los casos, sin embargo, reconoce que “se trata del levantamiento de toda, o de una parte, de la vida de un individuo” (1994:118). Desde su perspectiva, el relato o la narración de vida, más bien concentrado en la

55 La traducción del texto es mía.

117

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

biografía, se configura bajo los siguientes sentidos: son “motivados por el investigador e implicando su presencia como oyente e interlocutor”; sólo se considera lo que es narrado por el entrevistado sin la complementación de otras fuentes; y se concentra en una parte de la vida del sujeto, la relativa a la pesquisa, “sin agotar las varias facetas de una biografía” (Kofes, 1994: 118).

En este orden de ideas, mi propuesta metodológica tiene encuentros y desencuentros con la propuesta de Kofes. Ciertamente reconozco mi presencia como detonadora, oyente e interlocutora, y aunque las dimensiones de mi pesquisa son diversas, tampoco fue mi intención agotar todas las facetas de una biografía. Sin embargo, una diferencia sustancial con Kofes se encuentra en que yo acudí a otras fuentes secundarias para redondear el análisis de las condiciones materiales y simbólicas de posibilidad, desplazándome entre información cualitativa y cuantitativa.

Puesto que mi intención ha sido articular biografía y autobiografía en la técnica de entrevista denominada conversación semiestructurada, Kofes es también una referencia importante porque las dos narraciones de vida que analiza 56 se sitúan en una investigación sobre la relación entre mujeres, patronas y empleadas domésticas. A partir de su análisis presenta varios supuestos, de los cuales me interesa resaltar tres, útiles para mi perspectiva.

[1] los relatos de la historia de vida no serían vistos como desconectados e incoherentes y, por tanto, solamente adquieren sentido cuando son reordenados por el investigador (…). [2] Preservada esta lectura de la narrativa, como un texto con secuencia

56 Las analiza desde tres dimensiones: “1) la situación de entrevista; 2) como narrativas (sobre lo que habla el sujeto entrevistado y como construye su narrativa); 3) las posibilidades analíticas para el investigador” (1994: 119).

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AVRIL ARJONA LUNA

interna, e interrelacionando sus partes como parte de otras narrativas integrales, el investigador podrá producir su propio análisis, sus explicaciones, sus interpretaciones, en fin su propio texto. Y (…) [3] las narraciones de vida contienen informaciones, evocaciones y reflexiones. Así consideradas, las narraciones de vida sintetizarían la singularidad del sujeto –sus interpretaciones e intereses-, la interacción entre el investigador y el entrevistado, y también una referencia objetiva (1994: 119-120).

Tal referencia objetiva es posible, desde la perspectiva que estoy argumentando, en tanto situacional, ubicable y parcial. Así, el arte está en encontrarse con el hecho de que “no es el relato de la entrevistada el que precisa ser reordenado, es su lectura” (1994:123). En síntesis, las narraciones de vida son consideradas como:

fuentes de información (hablan de una experiencia que excede al sujeto que relata); como evocación (transmiten la dimensión subjetiva e interpretativa del sujeto); como reflexión (contiene un análisis sobre la experiencia vivida. En este sentido, el propio entrevistado articula reflexión y evocación). Corresponde al investigador, al leer la narrativa del relato de vida, tomar en cuenta estos elementos, considerándola en la situación de entrevista, y también interrelacionarla con otros relatos (Kofes, 1994: 120).

De este modo, la idea ha sido encontrar en cada relato de vida la estructura que denomino autobiográfica, propia de cada informante o interlocutora, pues los ejes y énfasis en la estructura y lógica interna de cada relato nos hablan de las singularidades interpretativas y arrojan luz para que, en tanto investigadoras, analicemos -apelando a la técnica biográfica sobre la vida de otras personas- las interpretaciones individuales de experiencias

119

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

subjetivas en el marco de espacios sociales como el trabajo, la familia, la sexualidad y la salud/malestar/enfermedad.

Considero que el método (auto)biográfico evidencia las relaciones transaccionales entre distintas actoras sociales con objetivos y expectativas diversas en torno a un proceso de investigación. Estas relaciones con mis interlocutoras e informantes se fueron configurando en un ir y venir entre posiciones de hegemonía/subalternidad tanto de mi parte como de la suya. 57 Sólo en esa medida tuve oportunidad de convertirme en escucha, de participar para observar y tener en cuenta los procesos reflexivos propios y de mis interlocutoras.

Así, las conversaciones que persiguen relatos del curso de vida por medio de indagaciones sobre trayectorias, eventos y transiciones se encuentran, como en mi caso, con micro-medio-macro relatos o narraciones sobre la propia vida que son contados “a alguien, en un contexto interactivo, para fines de investigación” (Rheaume, 1999 en Márquez, et. al., 2000: 5). Este último fin siempre fue abiertamente expuesto a las mujeres y personas con las que interactué durante mi estancia en campo, generando efectos en el proceso de

57 Durante las investigaciones sociales se suceden transferencias y contratransferencias (Devereux, 1977) representacionales entre personas situadas diferencialmente en la jerarquía social. Mi caso no fue la excepción y considero que, por ejemplo, mi lugar hegemónico conferido por el lenguaje académico que me atraviesa, no representa una posición de poder hegemónica cuando de negociar espacios para desarrollar entrevistas con fines académicos se trata. En otras ocasiones y aunque mi situación económica era, y sigue siendo, más olgada que la de mis interlocutoras, me conferían una situación material más hegemónica de la que en realidad tenía. Todos estos procesos y relaciones deberé analizarlo/as a profundidad en otro momento; por ahora me limito a señalar que en tanto mujer joven, güera, sin hijos, con altos niveles educativos formales, mi posición durante el trabajo de campo estuvo caracterizada por matices representacionales complejos en los que en ocasiones ocupé un lugar hegemónico, y en otras subalternizado, para la negociación con las actoras.

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AVRIL ARJONA LUNA

investigación y las expectativas en torno a ella, así como en torno a las interpretaciones diversas sobre mi forma de leer el mundo.

En síntesis, los relatos sobre la historia de vida son:

un lugar de re-enraizamiento y de experiencia concreta, siempre social, siempre también individual, siempre dialéctica, siempre ambigua. (…) Las certezas que nos quedan: la referencia necesaria a la experiencia; la naturaleza siempre individual y social de esta experiencia; la dimensión esencialmente histórica de toda elaboración pertinente sobre la comprensión del actuar humano. Sólo una pérdida: La certeza de la verdad y la felicidad (Rheaume, 1999, en Márquez, et. al., 2000: 6).

2.3 La estrategia metodológica, las técnicas y los instrumentos: el viaje antropológico

Probablemente porque mi formación es diversa y mi contacto con la antropología había sido tangencial, en tanto antropóloga en formación el evento que resultó un parteaguas -porque fue disruptivo y trastocó mis supuestos, referentes y herramientas- fue el trabajo de campo durante el viaje antropológico situado.

En mi experiencia el contacto con las complejas sujetas de investigación fue crucial porque me mostró que la realidad es mucho más compleja que lo expuesto en un incipiente proyecto de investigación doctoral. Así, mi proceso de investigación da cuenta de dos aspectos teorico-metodológicos relacionados:

1) que la dicotomía entre criterios de inclusión y exclusión sirve si se observan los matices entre extremos bajo la teoría fundamentada que, a su vez, brinda una perspectiva específica en un campo vasto, complejo, desigual y diferencial,

121

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

y 2) que las relaciones transaccionales están efectivamente presentes en la

interacción investigativa, de modo que las y los informantes, en tanto agentes,

se excluyen o incluyen de acuerdo con su situacionalidad.

En un primer momento 58 del diseño de la investigación, el estatus en el

empleo doméstico, el lugar de origen, la edad y la cercanía con la experiencia de

la menopausia fungieron como primeros criterios para la generalización que se

apoyarían en la indagación de eventos, transiciones y procesos que me permitirían ver las particularidades -como el estado civil, el número de hijas/os, las características sociodemográficas de su familia, el nivel educativo de las empleadas y la experiencia o no en la modalidad “de planta”.

Sin embargo, en la búsqueda de empleadas domésticas con características tan específicas encontré que se abrían otras posibilidades para la problematización. En este sentido, los primeros meses del viaje antropológico me permitieron (re)configurar la unidad de análisis de mi pesquisa a partir de las empleadas domésticas habitantes del Valle de Chalco Solidaridad, Estado de

58 Me propuse buscar ocho informantes principales que describí como: mujeres originarias de la Mixteca Baja que al momento del estudio vivieran en el municipio, tuvieran entre 40 y 65 años de edad, trabajasen como empleadas domésticas en la modalidad de entrada por salida -de preferencia en el sur del D.F. porque, según yo, así tendría un referente relativamente estable del ingreso que perciben y las condiciones materiales de las familias empleadoras- y transitasen por el climaterio o ya hubieran experimentado la menopausia. La idea de trabajar con mujeres de la Mixteca (Baja y/o Alta) surgió de la propuesta de problematizar el lugar de origen como criterio de generalización y en tanto factor determinante que permitiera comparar, completamente, la socialización y las circunstancias materiales de los casos. Me fue solicitado que decidiera por una sola región Mixteca y considerando que tenía dos posibles informantes de la región Baja y sólo una de la región Alta, decidí inclinarme por la primera. Sin embargo, no fue posible cerrar ese criterio de inclusión.

122

AVRIL ARJONA LUNA

México, que participaron de la llamada “bola de nieve” en tanto porteras al campo. 59

2.3.1 La búsqueda de informantes y la configuración de la unidad de análisis

La búsqueda de mujeres que cumplieran con los criterios generales la hice por medio de la estrategia conocida como “bola de nieve”, consistente en la recomendación de boca en boca para el contacto con informantes durante el trabajo de campo. Esta sucedió inicialmente por medio de algunas mujeres que conocí en el proyecto de investigación-acción ya mencionado.

Dulia participó en este proyecto y por ello consideré que, siendo originaria de la Mixteca Baja, sería una informante principal y portera al campo. Sin embargo, en el corto plazo mostró poca disposición para participar y contactar a otras mujeres porque no cumplen, por eso no les digo 60 - dijo en marzo del 2012. No sin algo de incertidumbre, continué utilizando la “bola de nieve” para localizar a las mujeres cuyos casos llegarían a ser significativos. En el proceso conocí las amigas y/o comadres y/o vecinas -algunas con trayectoria en el empleo doméstico- de las que ya habían aceptado ser parte de la

59 Me refiero a las y los actores que perteneciendo al grupo de interés o siendo actores cercanos, se tornan claves para la inserción en campo y la consecución de los objetivos de investigación. Por supuesto son actores/as que pueden abrir unas puertas y cerrar otras, pero la discusión al respecto rebasa los alcances de este documento.

60 En ese momento comencé a dudar sobre la participación de Dulia y a finales de abril del 2012 me anunció que no participaría en la investigación. Un par de semanas después supe por medio de Esther, que a su vez se enteró por medio de Marilú –ambas interlocutoras en mi investigación-, que Dulia no quería participar porque no encontraba el beneficio concreto en su vida. “¿Qué gano yo?” parecía ser la pregunta de fondo. Aunque intenté que Dulia expresara abiertamente los motivos para no participar, sólo argumentó la carga de trabajo y sus ocupaciones familiares los fines de semana para negarse.

123

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

investigación en extenso: Esther, Marilú y Margarita, las tres empleadas domésticas con las que construí interlocución.

En mis desplazamientos en el territorio municipal tuve oportunidad de conocer a Lucrecia, 61 enfermera que participaba en el Museo Comunitario de Valle de Xico y que, en tanto portera, inició una micro “bola de nieve” que me llevó a Cristina y Rosa María -las dos ex empleadas domésticas que tuve como interlocutoras.

De este modo, con el paso de los meses y a medida que fui avanzando en

la aplicación de la estrategia metodológica con estas cinco mujeres, mi unidad

de análisis se concentró en empleadas y ex empleadas domésticas originarias de municipios rurales que habitan en el Valle de Chalco Solidaridad desde hace más de dos décadas; tienen más de 40 años de edad y experimentan alguna de las fases de la tercera etapa de los TRS.

2.3.1.1 Lo positivo de los “casos negativos”

A pesar de los contactos establecidos por medio de mis cinco interlocutoras y

porteras como Lucrecia y las jóvenes habitantes del espacio donde viví rentando, varios se limitaron a encuentros y conversaciones esporádicas que no me permitieron construir con Cleotilde, Silvia, Isabel, Julisa, Anónima, América

y Verónica, a quienes en algún momento consideré informantes secundarias,

61 Lucrecia, aunque al principio cuestionó varios aspectos de mi investigación –por ejemplo, lo que yo haría en caso de encontrar a una mujer que por lo “delicado” de su historia de vida necesitara apoyo psicológico; sugerir que sería mejor incluir a una psicóloga social en el proceso de investigación y solicitarme un ejemplar del cuestionario que fungió como el primer instrumento para acercarme a los ejes de investigación-, accedió a contactarme con algunas mujeres que consideró querrían participar en mi investigación y cuyas historias de vida me resultarían “interesantes”.

124

las

metodológica completa.

interlocuciones

buscadas

por

medio

de

la

aplicación

AVRIL ARJONA LUNA

de

la

estrategia

En mi experiencia, y seguramente por las desigualdades materiales y simbólicas, las relaciones transaccionales se juegan en los distintos espacios y sentidos de la vida cotidiana, asignando también lugares -o no lugares- a las investigadoras e investigadores sociales. En este sentido, y me parece fundamental decirlo, las y los actores de los grupos sociales a los que nos acercamos tienen posibilidades de resistirse, negarse o colaborar con las investigaciones sociales que muchas veces gozan de prestigio sólo entre grupos sociales de orden académico.

Los casos negativos de los que hablan los y las especialistas de la Teoría Fundamentada, entendidas en este caso como las mujeres que no participaron cabalmente en mi investigación, me permitieron observar algunos “contratiempos” que reflejan las condiciones materiales y simbólicas de posibilidad para la participación de las mujeres en espacios y relaciones sociales que pueden poner en peligro las fronteras socialmente impuestas entre lo público y lo privado.

En este sentido, desde la situacionalidad, encontré que algunas mujeres de sectores urbano populares con trayectoria en el empleo doméstico tienen representaciones negativas sobre la posibilidad de hablar con una desconocida

125

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

sobre su vida y los aspectos que consideran privados 62 o que pueden resultar difíciles de recordar por representar episodios dolorosos. 63

En general hay poca disposición de tiempos 64 y espacios para algo que parece ocioso o chismoso y que, por lo mismo, puede prestarse a malas interpretaciones en sus relaciones sociales fundamentales, como son aquéllas con el esposo o las/os hijas/os. Cuando persisten algunas necesidades materiales -como la alimentación, el vestido, la educación y la vivienda- y simbólicas -como la interacción familiar, la pertenencia a una comunidad religiosa y el respeto a la privacidad familiar-, las condiciones para la participación social están, material y simbólicamente, muy constreñidas. Los cambios de horarios y días de trabajo, las problemáticas familiares relacionadas con las enfermedades de sus progenitores y otras asociadas a las condiciones laborales de sus esposos o yernos, son fenómenos biosocioculturales que repercuten en la organización de los tiempos y la distribución de espacios y lugares que ocupan estas mujeres.

62 Anónima argumentó que no podía contestar al cuestionario porque se trataba de cuestiones privadas, y para hablar de ellas tendría que consultarlo, primero, con su esposo. Después supe que sus hijas la animaron a participar, ¿qué podía pasar?, pero al parecer su esposo no pensó lo mismo.

63 Cleotilde no se mostró cómoda hablando de su trayectoria de pareja pues dejó ver que la relación con su esposo es distante desde hace varios años –cuando decidió vasectomizarse para no tener más hijos. Para Silvia resultó doloroso hablar del robo de su primogénito y prever que sería un tema al que volveríamos en algún momento; además se mostró incómoda cuando quise abordar sus representaciones en torno a la virginidad de las mujeres.

64 Ni Cleotilde ni Verónica, a la larga, presentaron el interés ni las condiciones de tiempo mínimamente necesarios para seguir adelante con las entrevistas a profundidad. Silvia e Isabel también argumentaron dificultades de tiempo, pero en ambos casos se suma un problema tecnológico específico: a Isabel le cortan el teléfono frecuentemente y Silvia estuvo por lo menos tres meses sin teléfono. En abril de 2013 implementé estrategias varias –como visitarlas en sus casas sin confirmar el encuentro pactado en la entrevista anterior o dejarles recados de viva voz en sus domicilios- con la intención de pactar nuestras próximas citas, pero no funcionó porque no les daban mis recados, o los ignoraron, y si no llamaba para confirmar me dejaban plantada sin problema alguno.

126

AVRIL ARJONA LUNA

En este orden de ideas, y a pesar del desgaste inicial que resultó la incertidumbre en torno a la participación intensiva y extensiva de las mujeres, los casos negativos indicaban que iba por buen camino con quienes -aún con incertidumbres sobre lo que realmente pasaría si colaboraban conmigo- encontraron en sí y en mí las condiciones para construir interlocuciones en la aplicación de toda la estrategia metodológica.

2.3.2 La construcción de interlocuciones: de la encuesta a la conversación

Desde un principio mi apuesta fue por el diseño de investigación basado fundamentalmente en las metodologías cualitativas, pues son las más viables cuando “la perspectiva de la realidad que se busca conocer es el punto de vista de los actores, la interpretación desde la experiencia vivida” (Szasz y Amuchástegui, 1996: 22). Desde ésta óptica, las técnicas e instrumentos de investigación son concebidos como “dispositivos de intervención porque, al mismo tiempo que complementan y constituyen parte de la estrategia metodológica general, crean efectos en el campo investigativo susceptibles y necesarios de ser analizados” (Rivas, 1996: 205-206). 65

Sin embargo, y probablemente por mi formación sociológica, no podía imaginar un acercamiento que no combinara enfoques y técnicas cualitativas y

65 La autora alude a la escuela institucionalista francesa (Louraru, Lapassade y Ardoino), al usar el término dispositivo. Este concepto permite “analizar y tomar en cuenta el impacto –entre sujeto-objeto- que se produce en la interacción (en una investigación). Las diferencias por grupos de edad, de género, de clase social y del origen étnico, así como las relaciones de poder que se suscitan bajo estas condiciones, son elementos que se ponen en juego durante el desarrollo de la … investigación” (Rivas, 1996: 206). Durante el trabajo de campo desarrollé varias reflexiones al respecto que en este documento final he buscado sintetizar en lo general.

127

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

cuantitativas, de modo que en el diseño de la estrategia metodológica el cuestionario representó la primera fase del acercamiento al problema de investigación. La técnica de encuesta consistió en un cuestionario con preguntas cerradas y abiertas que fue aplicado por mí en el espacio dispuesto por las empleadas domésticas. Se trata de una herramienta que contiene de forma superficial los principales ejes que configuran mi investigación: datos sociodemográficos de las informantes y su familia propia, eventos básicos de la trayectoria en el empleo doméstico y otras ramas del empleo remunerado, eventos básicos de la trayectoria migratoria y de la sexual y de pareja (Anexo Metodológico, 1.1 Cuestionario para informantes principales).

El objetivo fue obtener información que sirviera de base para posteriormente profundizar en cada trayectoria y sus relaciones con otras por medio de las técnicas de entrevista. Así, con nueve mujeres encuestadas generé una matriz cuanti-cualitativa básica por medio de la sistematización con el programa SPSS -una útil herramienta para el análisis estadístico.

La técnica de encuesta tiene varias posibilidades según mi experiencia en campo: 1) es una forma sencilla de comenzar a observar las diferencias lingüísticas entre investigadora e informantes y permite los primeros cambios en las formas de acercamiento a las sujetas de investigación; 2) si se audiograba es mejor, pues permite conservar la información tal y como se dijo en caso de que las informantes se explayen -como fue mi experiencia en varios casos-; 3) la sistematización de la información recabada es relativamente sencilla y permite un panorama general para trazar el proceso retrospectivo, reflexivo y del ejercicio de la memoria y la confianza de las interlocutoras que participaron en la siguientes etapas de la recopilación de información densa.

128

AVRIL ARJONA LUNA

Por otra parte, la principal limitación de la encuesta es que arroja información muchas veces imprecisa, espontánea, poco reflexiva y normalmente de baja densidad. Además, es necesario considerar que la rapidez con la que se levanta un cuestionario cuando se vive en el lugar y las posibilidades de encuentro se representan como innumerables, puede ser un mito dependiendo del tipo de informantes. 66

En cuanto a la estrategia metodológica de corte cuantitativo por medio de la sistematización y análisis de información sociodemográfica y estadística, el reto inicial fue encontrar las bases pertinentes para armar matrices que esquematizaran el contexto de mi estudio en materia de empleo, morbi-mortalidad, familia y sexualidad. Puesto que la demografía tiene tanto posibilidades como limitaciones, la búsqueda y sistematización de información puede tornarse compleja e incluso tediosa. Por supuesto que cada materia implica limitaciones y retos, pero en definitiva la que mayores dificultades me implicó, por la forma en que funcionan las instancias gubernamentales, fue la morbi-mortalidad. 67 Con todo, en el siguiente capítulo presento el producto del

66 Levantar el cuestionario con mis cinco interlocutoras me tomó entre dos y cuatro encuentros programados. Esto se debió, en parte, a que en los primeros encuentros se estaba propiciando el rapport básico; también pudo influir el hecho de que a excepción de Cristina, estas mujeres no habían participado en una investigación social formal, de modo que aplicaron sus formas del habla cotidiana y permitieron, en distinto grado, un diálogo más o menos fluido con base en los objetivos de mi investigación.

67 Con la intención de gestionar el acceso a datos sobre morbi-mortalidad de la población y atención a la salud sexual de las mujeres en el municipio de interés, me acerqué a la Jurisdicción Sanitaria de Amecameca, la número 10. La interacción con funcionarias y funcionarios de esta instancia intermunicipal no fue sencilla porque el trato burocrático es sumamente jerarquizado y fácilmente perceptible cuando se persigue observarlo con cautela. A la tramitología característica de las instituciones e instancias de gobierno hay que agregar el desdén y la indiferencia de las y los servidores públicos que, en tanto médicos, parecen investirse de un halo de poder, omnisciencia y pureza difíciles de igualar. A pesar de que llevé dos oficios, las respuestas fueron negativas; ellos –

129

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

análisis

Solidaridad.

estadístico

en

relación

con

la

etnografía

del

Valle

de

Chalco

2.3.2.1 Los antecedentes familiares y personales: el mapa como intento fallido de la genealogía

La segunda fase de la estrategia metodológica consistió en lo que ahora me

parece un acto tan aventurero como aventurado: la elaboración de las

genealogías de las mujeres participantes. Esta técnica me resultó seductora

porque permitía tener claridad en sus relaciones de parentesco y en la

horizontalidad y verticalidad de las mismas. Lo cierto es que, a falta de una idea

clara de la técnica y su implementación, finalmente establecí un instrumento,

relativamente abierto, que me permitió mapear los antecedentes familiares y

personales de mis cinco interlocutoras.

El mapeo me permitió: 1) ubicar a las mujeres en el esquema de

parentesco de su familia de origen y distinguir los orígenes de sus

antepasados/as; 2) ubicar gráficamente el número de uniones, e hijos/as por

cada unión, de las participantes; 3) conocer quién en su familia de origen y

entre sus antepasados habla/ba y/o comprendía/de lenguas indígenas; 4) ubicar

a las y los parientes directos o indirectos que también han trabajado como

empleadas/os domésticas/os; 5) tener algunos referentes de las trayectorias

reproductivas de las madres de las mujeres para compararles con las de estas

últimas; 6) reconocer que en las familias de origen se suscitaron procesos

migratorios diversos que incluían no sólo los de las mujeres con las que

según me explicaron- no están obligados a dar información, sería un favor. Y bueno, “el favor” nunca llegó; a pesar de que tuve oportunidad de presentar mi solicitud, personalmente, al Jefe de la Jurisdicción Sanitaria en una de las dos sesiones del Comité Municipal de Salud a las que asistí.

130

AVRIL ARJONA LUNA

interactué, sino los de sus progenitores y sus hermanas/os; y 7) tener algunas

nociones sobre las diferencias en la esperanza de vida y los procesos de

enfermedad/muerte al interior de su familia de origen, destacando la diferencia

por género y edad. Es decir, me permitió acercarme gráficamente a la

composición sociodemográfica de algunas familias rurales y urbano populares.

En la mayoría de los casos el mapeo me tomó una sesión y media -aunque

con Esther se llevó por lo menos dos sesiones. En este sentido, los

condicionantes temporales se relacionan, como en el caso del cuestionario, con

condicionantes subjetivos de las partes involucradas en las conversaciones y

que, sabemos, no sólo se relacionan con el proceso de rapport, con las

expectativas y las cuestiones de vida que para ellas resultan importantes, sino

también con la imposibilidad ética, política y epistemológica que asumí para

resistir, por lo menos al principio, interrumpirlas desde la situacionalidad

ETIC, sin más ni más.

2.3.2.2 La conversación semiestructurada, la participación observadora y el diario de campo

El tercer y fundamental paso en la estrategia metodológica fue la entrevista que

denomino conversación semiestructurada y que inicialmente calculé sumarían

alrededor de 20 por interlocutora. En el siguiente cuadro presento una síntesis

al respecto en la que destaca que tuve un mínimo de 17 y un máximo de 35

conversaciones de este tipo.

Pocas no fueron audiograbadas y en todos los casos se debió a fallas

técnicas con el aparato. Para cada caso presento un promedio de la duración

131

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

por interlocutora que, a su vez, me permitió calcular un promedio general de la duración. Así, como se observa, en promedio mis entrevistas duraron una hora y media. Esta resultó una técnica extensivamente utilizada porque permitió obtener densidad en las narraciones cuando, como sucedió con estas mujeres, se suscitaron las condiciones propicias para que profundizaran en los significados, valores, expectativas, experiencias, eventos, hechos y prácticas a lo largo de sus cursos de vida, en distintos espacios y tiempos.

Cuadro 1. Conversaciones por interlocutora

 
 

Características generales

 

Audio-

Con notas y sin audio

Duración promedio de las entrevistas

Interlocutoras

grabadas

Cristina

35

 

100

minutos

Rosa María

17

 

100

minutos

Marilú

19

2

90

minutos

Margarita

26

1

100

minutos

Esther

27

 

80

minutos

Total

124

3

94 minutos

Elaboración propia. Fuente: Entrevistas, notas de entrevistas y diario de campo. Trabajo de campo 2012- 2013.

El instrumento que elaboré (Anexo Metodológico, 1.2 Guía de entrevista para informantes principales) estuvo concebido bajo el método estrictamente biográfico que caracterizo como ETIC, y en la estrategia metodológica requería de dos preámbulos -el cuestionario y los antecedentes familiares y personales. Este instrumento se divide en dos grandes apartados con subapartados:

1) Los ejes generales, detonadores o introductorios. La idea fue abordar la relación entre salud, trabajo, familia y los tiempos y actividades actuales, enfatizando con ello las experiencias y situaciones por las que pasaban mis interlocutoras al momento del trabajo de campo. El

132

AVRIL ARJONA LUNA

primer apartado contempla los momentos más representativos o significativos en su vida; las diferencias y similitudes de género; los eventos de la sexualidad; el lugar de origen y las condiciones de vida, las relaciones sociales y los procesos migratorios; el empleo doméstico y la experiencia en las distintas modalidades del mismo, y por último la historia de pareja.

2) Los ejes de profundización y articulación entre eventos y trayectorias. Buscaba abordar los eventos de la sexualidad en relación con las formas de atención a los procesos de s/e/a asociados con ésta, con el trabajo, la familia y la migración. Esto implicó desarrollar sub ejes que abordaran los eventos de la sexualidad que problematicé -la menopausia, 68 la menarca y las menstruaciones, el ejercicio de la sexualidad y la primera relación sexual, los embarazos, partos y puerperios, el aborto y la anticoncepción- en tanto trayectoria de eventos y transiciones que resultan disruptivos de otras trayectorias de vida, y viceversa.

No encuentro limitaciones intrínsecas a la técnica de entrevista semiestructurada a profundidad, que bajo el enfoque (auto)biográfico denominé conversaciones semiestructuradas, sino complejidades relativas al problema de investigación, a la experiencia de la investigadora -incluidos sus referentes socioculturales- y a las características socioculturales de las personas con quienes se trabajan.

68 Como veremos en el Capítulo VII, mi acercamiento a este evento de la última etapa de los TRS estuvo referenciado por la perspectiva ETIC de la biomedicina. A pesar del sesgo que podría implicar, considero que fue un muy buen punto de partida para detonar al respecto en las conversaciones semiestructuradas.

133

ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

Reflexionando sobre el decurso de las conversaciones, encuentro que requieren la agudeza de la investigadora para buscar comprender los significados de términos desconocidos y, al mismo tiempo, tener la sensibilidad para explicar lo que entendemos por un determinado término o palabra evitando predisponer la respuesta de las informantes en un diálogo en sí intercultural. 69 Esto, a su vez, se relaciona con la apertura de las interlocutoras a explicar o profundizar en sus saberes, pues en ocasiones requerir la explicación profunda de un término o experiencia puede provocar reacciones de disgusto cuando interpretan que la investigadora cuestiona sus creencias y referencias por considerarlas inválidas.

La entrevista a profundidad demanda paciencia para acordar los encuentros y propiciar un ambiente con la menor cantidad de distractores como la televisión o la radio que sobre todo Cristina y Margarita escuchaban frecuentemente y a altos volúmenes -por lo que con la misma frecuencia solicité bajar el volumen para escucharnos mejor. También implica un ejercicio constante de almacenamiento, revisión y memoria sobre aspectos, hechos,

69 El cuestionario que elaboré tiene un sesgo que corregí en las conversaciones semiestructuradas. Me refiero al hecho de que con el primer instrumento sólo hice preguntas relativas a las formas en las que se atienden cuando se enferman, es decir, cuando la salud, que podemos considerar un bien de acuerdo con las representaciones de algunas interlocutoras, se ve afectada. Para corregir la inducción generada por el cuestionario incluí un par de preguntas en las entrevistas: ¿qué es la salud? y ¿cómo hace usted para mantenerse sana? Considerando que la investigación es un proceso complejo, no es de extrañar que en el transcurso del mismo se detecten “males” -es decir el sesgo- y se implementen “remedios” –la ampliación de preguntas a profundidad. Con estas modificaciones he detectado que todas mis interlocutoras tienden a hablar de su enfermedad y reconocen la necesidad de atenderse – aunque sea dejando que pase solo-, excepto cuando se representan como personas que “no se enferman” y que por ende podrían parecer “sanas”. Es decir, más allá del sesgo en mi cuestionario he visto que en ocasiones hablar de enfermedad/padecimiento lleva a hablar de la salud –sus representaciones y prácticas- y viceversa.

134

AVRIL ARJONA LUNA

eventos y personajes ya mencionados en entrevistas anteriores con cada una de las participantes. Esto puede ser sencillo cuando se manejan pocos casos, pero en general resulta complejo cuando se abordan procesos diacrónicos conjugados con la inserción en, la interacción con y la adaptación a un medio sociocultural nuevo durante el viaje antropológico.

Cuando las entrevistas son audiograbadas, la sistematización completa de la información requiere muchas horas de trabajo de escritorio para la transcripción, la categorización y el análisis. 70 La familiarización y sistematización por medio de la elaboración de códigos y categorías que guían hacia al análisis lleva tiempo y requiere de imaginación, trabajo y paciencia -porque el pensamiento necesita asentarse. Estos no son inconvenientes en el sentido estricto, pero sí son fases a considerar como parte del proceso que puede implicar la investigación social cualitativa no grupal apoyada en esta técnica de gran densidad. 71

70 Agradezco al Lic. Yasser Martínez Tapia, al Lic. Juan Pablo Herrera López y a la Lic. Tonali García Mendoza por su colaboración en la transcripción del 30% del total de las entrevistas señaladas. Para ello llegamos a un acuerdo económico y elaboré una guía de transcripción que facilitara esta labor.

71 En mi experiencia, las dificultades ergonómicas en la vida cotidiana moderna, el estrés, el sedentarismo asociado a buena parte de las actividades remuneradas que he tenido y el (ab)uso de la escritura a máquina con fines diversos, derivaron en la cervicalgia que me atosigó durante buena parte del viaje antropológico y los dos años subsecuentes, pues las alternativas médicas más viables se encontraban en el D.F. y atenderme integralmente requería de condiciones que no tenía –por la situación que atravesaba el curso de mi vida- para la movilidad personal y la organización de mis tiempos en tanto cuerpo en malestar. Hasta principios del 2014 pude comenzar a tratarme. Este proceso de salud-malestar-enfermedad encarnado en la situacionalidad de quien investiga me ha marcado, y a la larga ha modificado algunas prácticas en torno al autocuidado de mí misma. No es mi intención analizar mi propia trayectoria de atención, pero sí considero necesario notar que las conversaciones con mis interlocutoras fueron un impulso en la búsqueda de formas de atención no biomédicas. En cualquier caso, y puesto que entre mis redes amicales he sabido de otras/os estudiantes de posgrado con padecimientos similares, esta me parece una interesante y pertinente línea de investigación bajo estos enfoques cualitativos que aquí engarzo con la antropología médica y

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ALGUNOS PROCESOS METODÓLOGICOS DE/EN LA INVESTIGACIÓN

La técnica de entrevista no sólo tuvo lugar en espacios como la casa de mis interlocutoras e incluso aquella que entonces fungía como mi morada, sino que el transporte público durante los trayectos de ida y vuelta a sus espacios de trabajo fueron fundamentales para los casos de Marilú y Margarita. Las dificultades que encontré en la estrategia de entrevista durante el trayecto son tres: 1) aunque se audiograben, es necesario tomar notas in situ o inmediatamente después del trayecto porque frecuentemente la música y el ruido en los transportes tornan inaudibles algunos fragmentos. Sin embargo, tomar notas in situ no es fácil por el movimiento y puede ser un proceso que genere mareos, náuseas y dolor de cabeza. 2) La antropóloga, como la persona a la que acompaña, se expone a los peligros generales del transporte como son accidentes y robos. 3) Los trayectos de ida y vuelta pueden ser extenuantes considerando que entrar al espacio de trabajo de mis interlocutoras no fue una alternativa; en este sentido, ir y regresar al municipio para otra entrevista pudo ser agotador no tanto por el recorrido, sino por lo que para mí representa contaminación auditiva en el transporte. Si por el contrario la idea es esperar la salida de la informante para acompañarla de regreso, siempre será necesario buscar la forma de aprovechar esos tiempos “muertos” para el desarrollo de la investigación.

Dada la importancia que tiene la observación y participación directa en la antropología social, tal herramienta fue un objetivo inicial finalmente conseguido. Así, de entrada busqué participar para observar directamente los trayectos de mis interlocutoras a su trabajo y, en la medida de lo posible,

los estudios en torno a las y los sujetos de procesos de s/e/a asociados al trabajo académico y otros de escritorio.

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cualquier otro espacio que las mujeres quisieran compartirme y me acercara a sus trayectorias, espacios y relaciones significativas.

Durante los primeros nueve meses del 2013 participé de los trayectos al trabajo porque el horario de invierno resultó más viable en la medida que limitaba la posible exposición a riesgos asociados a la oscuridad. Acompañar a Marilú y a Margarita 72 en sus trayectos me permitió conocer sus representaciones sobre los cambios en el transporte público -especialmente a raíz de la nueva línea del metro- y los peligros que enfrentan -como caídas, asaltos y choques- por fortuna no muy frecuentemente. A la par, pude tener mayor precisión en la ubicación geográfica de los espacios laborales y calcular mejor los tiempo