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Colegio Franciscano San Román

“Vivamos una navidad


Franciscana”

2017
LA NAVIDAD DE GRECCIO
CELEBRADA POR SAN FRANCISCO (1223)
Relato de Tomás de Celano (1 Cel 84-87)

Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres
años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en
aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado
Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la
sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado
Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta
del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño
que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño,
cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el
hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la
comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que,
con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las
cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el
asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en
una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega
la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los
himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría.
El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en
inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz
potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que
asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que
vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem»,
y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le
llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar
la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño
que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño.
No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó
por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados.
Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su
medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que
sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos
largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con
personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se
construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron
el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero
inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y
que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos.
Amén. Aleluya. Aleluya.
¿SABIAS QUE?
El bueno de San Francisco de Asís vivía la Navidad maravillosamente. Cantaba, danzaba, contagiando su
felicidad. Si el día 25 caía en viernes, lo celebraba en grande. En fecha tan entrañable no se podía
ayunar. -Si las paredes pudieran comer carne, hermano León, se la ofrecería para que también ellas
pudieran celebrar el nacimiento del Niño Dios– les decía con ternura.
Es verdad que la Biblia no indica la especie. Lo cierto es que la tradición se ha continuado por los siglos.
Y hoy adornan nuestras casas abetos y pinos. ¿Cuál es la legendaria historia de nuestro árbol de Navidad?
¿Por qué le colgamos tantas luces y dulces y adornos?
Los antiguos germanos creían que el mundo y todos los astros estaban sostenidos pendiendo de las
ramas de un árbol gigantesco llamado el "divino Idrasil" o el "dios Odín". A este dios se le rendía culto
cada año, durante el solsticio de invierno, cuando para ellos, se renovaba la vida. La celebración de ese
día consistía en adornar un árbol de encino con antorchas que representaban a las estrellas, la luna y el
sol. En torno a este árbol bailaban y cantaban adorando a su divinidad.
Cuentan que San Bonifacio, evangelizador de Alemania, derribó el árbol que representaba al dios Odín
y en el mismo lugar plantó un pino o abeto, símbolo del amor perenne de Dios. Lo adornó con
manzanas y velas, dándole un simbolismo cristiano. Era curioso ver abetos "cargados" de manzanas. De
esta manera tan pintoresca, los cristianos de la Edad Media pintaban de sentido cristiano sus
celebraciones familiares.
Las manzanas representaban las tentaciones, el pecado original y los pecados de los hombres; las velas
representaban a Cristo, la luz del mundo y la gracia que reciben los hombres que aceptan a Jesús como
Salvador.
Desde el siglo XVII, junto a las manzanas cada familia cuelga una oblea. ¿Por qué? A la manzana, que ha
sumergido al hombre en este valle de lágrimas, se contrapone la oblea, que representa el pan de vida. Y
poco a poco, con el correr de los siglos y de la imaginación, se le han añadido dulces y golosinas, luces y
colores, esferas y figuras.
El antiguo y legendario árbol del primer pecado reconquista un nuevo verdor. El árbol de Navidad
vuelve a ser el árbol de la vida. Los mismos cantos recuerdan ecos lejanos: "Hoy nos vuelve a abrir la
puerta del Paraíso. El querubín ya no la defiende. Al Dios Omnipotente alabanza, honor y gloria".
Esta costumbre alemana se difundió por toda Europa en la Edad Media. Por medio de la Conquista
española y las migraciones, la tradición llegó a América. Poco a poco fue evolucionando: se cambiaron
las manzanas por esferas y las velas, por focos que representan la alegría y la luz que Jesucristo trajo al
mundo.
Las esferas, han cambiado su simbolismo del pecado y ahora se les atribuye ser el símbolo de las
oraciones que hacemos durante el periodo de Adviento, teniendo sus colores también un significado
simbólico:

• azules, oraciones de arrepentimiento • doradas, de alabanza


• plateadas, de agradecimiento • rojas, de petición

Se acostumbra poner una estrella en la punta del pino que representa la fe que debe guiar nuestras
vidas.También se suelen poner adornos de diversas figuras en el árbol de Navidad. Éstos representan las
buenas acciones y sacrificios: los "regalos" que le daremos a Jesús en la Navidad.
Esa es la historia del árbol y de la Navidad. Muchos deberíamos ver en el árbol de Navidad más que una
simple tradición de otros tiempos o una mera decoración ambiental. ¿Por qué no dejarnos iluminar por
el significado más profundo de las esferas, de las frutas o de las obleas? ¡Navidad!
Hay que cantar, danzar y celebrarlo en grande, porque al lado del árbol vuelve a nacer un bebé-Dios.
LA CORONA DE ADVIENTO
La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad.
La palabra ADVIENTO es de origen latín y quiere decir VENIDA. Es el tiempo en que los cristianos nos
preparamos para la venida de Jesucristo. El tiempo de adviento abarca cuatro semanas antes de Navidad.
Una costumbre significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo es La corona o guirnalda de Adviento,
es el primer anuncio de Navidad.
Origen: La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos
(Alemania). Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían
fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera. Pero la corona de adviento no representa
una concesión al paganismo sino, al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo
ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. El vino para hacer todas las cosas nuevas.
Nueva realidad: Los cristianos supieron apreciar la enseñanza de Jesús: Juan 8,12: «Yo soy la luz del
mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.». La luz que
prendemos en la oscuridad del invierno nos recuerda a Cristo que vence la oscuridad. Nosotros, unidos
a Jesús, también somos luz: Mateo 5,14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad
situada en la cima de un monte."
En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el adviento:
Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad
suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan
la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.
La corona de adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tres velas son
violeta, una es rosa. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de
adviento encendemos una vela mas hasta llegar a la Navidad. La vela rosa corresponde al tercer domingo
y representa el gozo. Mientras se encienden las velas se hace una oración, utilizando algún pasaje de la
Biblia y se entonan cantos. Esto lo hacemos en las misas de adviento y también es recomendable hacerlo
en casa, por ejemplo antes o después de la cena. Si no hay velas de esos colores aun se puede hacer la
corona ya que lo mas importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento
de Jesús quien es la Luz del Mundo. La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el
sacerdote.
La corona de adviento encierra varios simbolismos:
• La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin
principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.
• Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el
perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en
nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.
• Las cuatro velas: Nos hacen pensar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y
lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una
esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas la corona. Así como las tinieblas
se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando con la cada vez más
cercana llegada de Cristo a nuestro mundo. Son cuatro velas las que se ponen en la corona y se
prenden de una en una, durante los cuatro domingos de adviento al hacer la oración en familia.
Tres velas moradas y una rosa. Las tres primeras indican el camino hacia Dios, estar en marcha hacia
la Navidad, la rosa es signo de la alegría por la cercanía de Jesús.
• Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y
Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.
• El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.