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No cabe la menor duda que vivimos en tiempos muy agitados.

La revolución industrial y las dos


guerras mundiales abrieron un amplio desarrollo de propuestas artísticas y culturales. Hoy en la
era de la revolución cibernética y electrónica, sin duda alguna, el número de artistas sea más
grande que, juntado a todo el renacimiento, la ilustración y las vanguardias. Ello habla muy bien de
nuestras sociedades, pues se respalda y apoya, tanto económica como socialmente, a los artistas.
En otros tiempos, esto hubiera sido inimaginable.

Paralelamente que iban creciendo las propuestas artísticas y culturas, apareció, también, la crítica
y la reflexión de la misma. Esta aparición de los críticos, que se dio en el siglo XVII con Diderot al
reseñar las obras de arte del salón, en Francia; apuntalo sus plumas para comprender el fenómeno
del arte y la cultura, no como mera contemplación, sino como un camino hacia la perfección del
ciudadano y, por ende, comprenderlas como propedéuticas.

Este fenómeno, sin embargo, provoco los efectos contrarios; se volvió en una dictadura de la
belleza. Al punto de asesinarla y ampliar sus fronteras. La mayor apertura se dio en las vanguardias
donde se proclamaba, paradójicamente, a la fealdad como nuevo canon de belleza.

Todo ello es razonable. Sin embargo en la actualidad, el arte y cultura, con el desarrollo de la
televisión y la industria, se ha convertido en un mero espectáculo donde: la frivolidad, la
banalización y la provocación por la provocación son las nuevas musas de los artistas.

Estas nuevas musas se han democratizado en el arte y la cultura, actualmente. Ocasionando un


menosprecio por la ética de trabajo, el desarrollo óptimo de la técnica y la agudeza reflexiva para
plasmar, todo ello, en el soporte artístico. El incremento de artistas es importante para una
sociedad, pues ello ayuda al espectador a sensibilizarse, sin llegar a ser sensiblon, a tomar una
consciencia crítica, sin ser criticón, y, sobre todo, a ser reflexivo sobre su entorno.
Lamentablemente, muy pocos siguen este camino largo, fatigoso y angustiante, porque la puerta
de la fama, la gloria y el reconocimiento social: es más ancha.

Por tanto, la crítica de arte y cultural se hace necesario e imprescindible, porque lo que se
necesita, hoy en día, no es críticos justificadores de atrocidades, sino cuestionadores. Y, ese,
debería ser el papel de la crítica. Es decir, poner en jaque a los artistas, pues reciben un respaldo
social y económico para presentarnos algo que nos haga reflexionar y, no así, entretener.