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LA NUEVA IZQUIERDA DE

START HALL

COMPILADOR
RICARDO SOTO SULCA

2017
LA NUEVA IZQUIERDA DE
START HALL
COMPILADOR
RICARDO SOTO SULCA

2017
LA NUEVA IZQUIERDA DE START HALL

Compilador: Ricardo W. Soto Sulca

200

Diciembre 2017

Diciembre

2017-18126
ISBN: 978-612-47553-2-3
PRESENTACIÓN

Estamos convencidos que el pensamiento de Hall, está latente en


muchos intelectuales y académicos de América Latina, cuando están
investigando, reflexionando, debatiendo o dictando cátedra sobre los
estudios culturales.
Vivimos una crisis de la izquierda en América Latina, porque el
péndulo está a la derecha y una hegemonía del neoliberalismo, donde
el discurso del socialismo tradicional ya no tiene repercusión como
sus estrategias de lucha, ni responden a las expectativas de la
población, creemos que el pensamiento de Hall recobra la
importancia teórica de un socialismo humanista independiente y los
discursos, deben estar estructurados a partir de los hechos cotidianos
de la población sin tener una respuesta absoluta ya que los cambios
son permanentes.
En esta oportunidad para entender hoy a la nueva izquierda en
América latina, compartimos con ustedes los trabajos y las
reflexiones de académicos e intelectuales sobre la izquierda tomando
como punto de partida, el pensamiento de Hall .
Lander (2017) nos dice: “Ser de izquierda hoy es reconocer que la
tradición teórica y política del socialismo es solo una de las diversas
tradiciones culturales desde los cuales se lucha hoy por otro mundo
posible. Hoy ser de izquierda exige una crítica radical a los patrones de
conocimiento coloniales y eurocéntricos hegemónicos que han sido
instrumentos eficaces tanto en los procesos de construcción de los

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patrones del sistema mundo colonial-capitalista moderno, como en su
legitimación por la vía de su naturalización”.
Creemos que la nueva izquierda está en proceso de cambio, tanto en la
teoría como en el discurso, porque el pensamiento ortodoxo y
economicista del marxismo, ya no tiene cabida en la realidad
Latinoamérica, sino por el contrario debemos conocer y entender
estas diversas tradiciones culturales que nos habla Lander; no es
posible que muchos intelectuales y dirigentes de izquierda —para su
análisis— separan la política de la cultura, en cambio lo que busca
Hall es la complementariedad entre ambas en la construcción de un
nuevo proyecto de izquierda.
Siguiendo a Lander nos manifiesta: “Ser de izquierda hoy exige otra
forma de hacer política. Exige ante todo el rechazo a toda pretensión de
construir la política desde la verdad. La política, sus objetivos y sus
métodos son construidos por los seres humanos de acuerdo a sus propias
opciones, valores, preferencias e imaginarios de futuro. No es posible
definir ni las metas y las prácticas de la política desde ninguna verdad
preexistente a la propia lucha, como por ejemplo, desde la verdad
científica”.
Nosotros creemos que la construcción de un proyecto político
cultural de la izquierda, debe nacer desde la realidad, conociendo sus
tensiones, sus luchas y sus proyectos, no podemos seguir atados a las
verdades absolutas, a las teorías totalizantes como el marxismo
ortodoxo, a los modelos del socialismo existentes tomando como
copia, sino como nos diría Mariátegui: “el socialismo no es una copia
sino una creación heroica de nuestro pueblo”.
Componen este texto siete ensayos, dos de ellos escritos por Hall, el
primero “Vida y momento de la primera nueva izquierda”, el segundo,
“El Manifiesto del primero de mayo”, los otros tres son de intelectuales

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que analizan el pensamiento de Hall, “Estudios culturales y la nueva
izquierda” de Eduardo Restrepo de la Universidad Javeriana de
Colombia, “Legado de Stuart Hall: thatcherismo, los estudios
culturales y la batalla de ideas socialistas durante 1980” de Herbert
Pimlott de la Wilfrid Laurier University, (traducido por Juan Carlos
Garay), “Por qué necesitamos la izquierda imaginaria de Stuart Hall”,
de Jessica Loudis, escritora y editora que vive en Brooklyn y los dos
últimos ensayos escritos en base al pensamiento de Hall, sobre la
primera nueva izquierda; ellos son docentes de la Universidad
Nacional del Centro del Perú de Huancayo-Perú, “La nueva izquierda
en América Latina” de Ricardo Soto Sulca, “Acerca de la nueva
izquierda” de Luis Manrique Álvarez.
La publicación del libro tiene dos motivos: la primera, después de
llevar el curso virtual sobre el legado de Stuart Hall dictado por el Dr.
Eduardo Restrepo, nos pareció importante difundir entre los
intelectuales de la región Junín, del Perú y de América latina el texto
sobre la vida y los momentos de la primera nueva izquierda de Stuart
Hall para poder entender su pensamiento y que pueda ser útil en la
reconstrucción de la izquierda en América latina. La segunda, en la
región de Junín, después de la violencia política que sufrieron los
partidos políticos de izquierda han desaparecido, sobre todo en las
universidades, lo que se buscó es proporcionar el ensayo de Hall en
algunos docente de la universidad para que puedan reflexionar sobre
sus experiencias en las organizaciones de izquierda teniendo como
respuesta de dos docentes que se publica en el texto.
Para terminar quisiera agradecer en primer lugar a los estudiantes del
curso de Cultura política de la UNCP donde discutimos el texto de
Hall y mi ensayo —que está en el texto— siendo ellos mis primeros
interlocutores, en segundo lugar al Dr. Eduardo Restrepo que me
motivó para poder publicar este texto y entregándonos su ensayo, a

7
nuestro amigo Juan Carlos Garay que pudo traducir el texto de
Herbert Pimlott, al profesor Luis Manrique que respondió a la
invitación para reflexionar a Hall.

Desde los Andes peruanos.

Ricardo Soto Sulca.


Docente de la Universidad Nacional del Perú.
Huancayo 26 de Noviembre 2017.

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VIDA Y MOMENTOS DE LA PRIMERA NUEVA IZQUIERDA

Dr. STUART HALL

La «primera» Nueva Izquierda nació en 1956, más que en un año en


una coyuntura delimitada, por un lado, por el aplastamiento de la
Revolución húngara por los tanques soviéticos y, por el otro, por la
invasión francesa y británica de la zona del Canal de Suez1. Estos dos
sucesos, cuyo dramático impacto fue amplificado por el hecho de
ocurrir con pocos días de diferencia, pusieron al descubierto la vio-
lencia subyacente y la agresión latente de los dos sistemas que enton-
ces dominaban la vida política.
El estalinismo y el imperialismo occidental provocaron una conmo-
ción en el mundo político. En un sentido más profundo, definieron
para la gente de mi generación los límites y fronteras de lo tolerable en
política. Nos pareció que, después de «Hungría», los socialistas lleva-
rían en su corazón el sentimiento de tragedia que la degeneración de
la Revolución rusa en el estalinismo supuso para la izquierda en el
siglo XX. «Hungría» puso fin a cierto tipo de inocencia socialista. Por
otro lado, «Suez» puso de manifiesto la magnitud del error de creer

1
Este ensayo está dedicado a la memoria de Alan Hall, con quien compartí muchas de las experiencias de
aquellos tiempos. Conocí a Alan en 1952, cuando vino a Balliol procedente de Aberdeen. Después dio
clases en Keele sobre la época clásica. Era además un apasionado arqueólogo de los restos
grecorromanos en Anatolia. Desempeñó un papel fundamental en la primera New Le (incluida la
transición de la primera a la segunda generación), pero murió trágicamente a los cincuenta años, antes
de tener la oportunidad de registrar por sí mismo la historia de la Nueva Izquierda. « e First New Le :
Life and Times» fue presentado originalmente como un texto en la conferencia sobre la Nueva
Izquierda «Saliendo de la apatía», que tuvo lugar en Oxford en 1988. Una versión ampliada apareció en
Out of Apathy: Voices of the New Le irty Years On, Londres, Verso, 1989, editado por Robin
Archer y otros.

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que arriar la Unión Jack en unas pocas ex colonias señalaba necesaria-
mente el «fin del imperialismo», o que los beneficios reales del Estado
de bienestar y de la ampliación de la abundancia material significaban
el fin de la desigualdad y la explotación. «Hungría» y «Suez» fueron,
así, experiencias de transición que definieron ciertos límites. Simboli-
zaron la ruptura de la Edad de Hielo política.
La Nueva Izquierda nació en la estela de estos dos acontecimientos.
Intentaba definir un tercer espacio político situado entre estas dos
metáforas. Su nacimiento significó para los izquierdistas de mi gene-
ración el fin de los silencios impuestos y de los puntos muertos políti-
cos de la Guerra Fría, y la posibilidad de un avance hacia un nuevo pro-
yecto socialista. Tal vez resulte útil comenzar por la genealogía. El tér-
mino «Nueva Izquierda» se asocia habitualmente a «1968», pero, para
la generación de la Nueva Izquierda de «1956», «1968» era ya una
segunda o quizá incluso una tercera mutación. El término lo había-
mos tomado prestado, en los años cincuenta, del movimiento conoci-
do como nouvelle gauche, una tendencia política independiente en la
política francesa asociada al semanario France Observateur y a su edi-
tor, Claude Bourdet. Bourdet, una figura sobresaliente de la Resisten-
cia francesa, personificó después de la guerra el intento de abrir una
«tercera vía» en la política europea, independiente de las dos posicio-
nes dominantes en la izquierda, el estalinismo y la socialdemocracia,
más allá de los bloques militares de la OTAN y del Pacto de Varsovia, y
opuesta a la presencia tanto estadounidense como soviética en Euro-
pa.
Esta «tercera posición» coincidía con las aspiraciones políticas de
muchos de los que se reunieron para formar la primera Nueva
Izquierda británica. Algunos de nosotros habíamos conocido a Bour-
det en París, en una conferencia convocada para estudiar la fundación
de una Sociedad Socialista Internacional por encima de las divisiones
10
entre Europa oriental y occidental. En Gran Bretaña, el principal
defensor de la idea fue G. D. H. Cole, un austero y valiente veterano de
la izquierda independiente que entonces todavía enseñaba Política en
Oxford. Aunque Cole era un destacado historiador del socialismo
europeo y estudioso del marxismo, su socialismo estaba basado en las
tradiciones cooperativas y de «control por los trabajadores» del socia-
lismo gremial. Su crítica de las nacionalizaciones burocráticas al estilo
«morrisoniano» tuvo una gran influencia sobre la actitud de muchos
socialistas de mi generación hacia las formas estatales de socialismo.
La Nueva Izquierda representaba la unión de dos tradiciones diferen-
tes aunque relacionadas, y también de dos experiencias políticas o de
dos generaciones. Una era la tradición que denominaría, a falta de un
término mejor, comunismo humanista, simbolizada por el New Rea-
soner y sus fundadores John Saville y Edward y Dorothy ompson.
La segunda se podría tal vez describir mejor como una tradición
socialista independiente, cuyo centro de gravedad estaba en la gene-
ración de estudiantes de izquierda de la década de los cincuenta y que
mantenía cierta distancia con las afiliaciones al «partido». Fue la gente
de este grupo la que, tras la desintegración de aquellas ortodoxias en
1956, creó la Universities and Le Review (ULR). Yo pertenezco a esta
segunda tradición.

LLEGADAS
Tal vez la narración en primera persona ayude a entender mejor aquel
momento. Llegué a Oxford en 1951 con una beca Rhodes, más o
menos directamente desde el colegio en Jamaica. Diría que mis ideas
políticas eran esencialmente «antiimperialistas». Sentía afinidad por
la izquierda y, aunque las lecturas de Marx durante mi educación me

11
habían influido, en aquel entonces no me habría definido como mar-
xista en el sentido europeo. En cualquier caso, me preocupaba el fra-
caso del marxismo ortodoxo a la hora de tratar adecuadamente tanto
los temas de la raza y la etnicidad en el «Tercer Mundo», y las cuestio-
nes del racismo, como la literatura y la cultura, que me interesaban
intelectualmente como estudiante. Visto en retrospectiva, me identi-
ficaría como uno de los descritos por Raymond Williams en Culture
and Society que, siguiendo como estudiantes de literatura la contro-
versia entre leavisitas y críticos marxistas, se veían obligados a reco-
nocer que «Scrutiny había vencido». No porque tuviera razón –siem-
pre fuimos críticos con el elitismo conservador del programa cultural
de Scrutiny–, sino porque los modelos marxistas alternativos eran
demasiado mecánicos y reduccionistas. (Todavía no teníamos acceso
a Lukács, Benjamin, Gramsci o Adorno.) En el frente político general,
me sentía muy crítico con todo lo que sabía sobre el estalinismo, bien
en tanto que sistema político, bien como forma de política. Me oponía
a él como modelo para un socialismo democrático y no comprendía la
renuencia de los pocos comunistas que conocía para reconocer la ver-
dad de lo que para entonces era de dominio público: sus desastrosas
consecuencias para la sociedad soviética y para Europa del Este.
Igual que el resto del pequeño número de estudiantes del «Tercer Mun-
do» en Oxford, mis principales preocupaciones políticas se centraban
alrededor de las cuestiones coloniales. Me impliqué mucho en la polí-
tica estudiantil sobre las Antillas occidentales. Debatíamos y discutía-
mos principalmente sobre lo que estaba ocurriendo en nuestra tierra,
en la confianza de que, antes de que pasara mucho tiempo, todos esta-
ríamos allí implicados en ello. Discutíamos sobre la Federación de las
Antillas Occidentales y sobre las perspectivas de un nuevo orden eco-
nómico en el Caribe, sobre la expulsión de la izquierda del PNP de
Manley en Jamaica bajo las presiones de la Guerra Fría y la caída del

12
gobierno de Jagan en la Guayana británica, con la suspensión de la
Constitución y la entrada de tropas británicas. No había «política
negra» en Gran Bretaña, la migración de la posguerra solamente aca-
baba de empezar.
Posteriormente, a medida que comenzaba a interesarme más por la
política británica, entré en contacto con la izquierda de Oxford. No
había un movimiento político de «masas» británico de la izquierda, ni
una cuestión política de alcance popular a la que uno pudiera adherir-
se. La elección parecía estar entre un Partido Laborista que entonces
estaba profundamente comprometido con una visión atlanticista del
mundo, y la oscuridad marginal de la extrema izquierda. La primera
vez que me aventuré en el debate de un grupo comunista fue para dis-
cutir con el Partido Comunista sobre la aplicación del concepto mar-
xista de clase a la sociedad capitalista contemporánea. En aquel
momento me pareció un paso extremadamente atrevido, tal era el
clima predominante de temor y desconfianza. Después de 1954, este
clima comenzó a cambiar. Se produjo un lento y vacilante resurgir del
debate en la izquierda y comenzó a cristalizar un grupo alrededor de
estas discusiones. Muchos de nosotros asistíamos al «Grupo Cole»
(como se llamaba a su seminario de política), que, aunque formal-
mente era una actividad académica para estudiantes de posgrado, se
desdoblaba en un diversificado grupo de debate de una izquierda
amplia. Allí se forjaron algunos de los primeros contactos y amistades
que posteriormente se consolidarían con la formación de la Nueva
Izquierda.
Ahora resulta difícil evocar el clima político de Oxford en los años cin-
cuenta. La Guerra Fría dominaba el horizonte político, posicionando
a todo el mundo y polarizando cualquier tema con su despiadada lógi-
ca binaria. Como señalaba el primer editorial de la ULR, «respaldar la
admisión de China en Naciones Unidas era buscarse la ofensiva eti-
13
queta de “compañero de viaje”; decir que el carácter del capitalismo
contemporáneo había cambiado suponía ser tachado de “liberal key-
nesiano”»2. El «deshielo» comenzó como un debate sobre un abanico
de temas contemporáneos: el futuro del laborismo y de la izquierda
tras el resurgimiento conservador, la naturaleza del Estado de bienes-
tar y del capitalismo de la posguerra, y el impacto del cambio cultural
en la sociedad británica en los primeros años «opulentos» de la déca-
da. El ritmo de este debate se vio acelerado por las revelaciones de
Khrushchev en el XX Congreso del PCUS. La respuesta a «1956» y la
formación de una Nueva Izquierda no podrían haber sucedido sin
este periodo previo de «preparación», en el que muchas personas
adquirieron lentamente la confianza necesaria para implicarse en un
diálogo que cuestionaba los términos del argumento político ortodo-
xo y superaba las fronteras organizativas existentes.
Estas tendencias fueron dramáticamente condensadas por los suce-
sos de «1956». Los tanques soviéticos en Budapest pusieron fin a cual-
quier esperanza de que una variante más humana y democrática del
comunismo pudiera desarrollarse en Europa del Este sin prolongados
traumas y convulsiones sociales. Suez hizo estallar la cándida ilusión
(adaptando una frase de Tawney) de que «se podía despellejar al tigre
del capitalismo imperialista raya a raya». La manifestación de Trafal-
gar Square contra la intervención en Suez fue la primera algarada polí-
tica masiva de ese tipo en la década de los cincuenta, y también la pri-
mera vez que me encontré frente a frente con los caballos de la policía
o que oí hablar en público a Hugo Gaitskell y Nye Bevan. Recuerdo
que la airada denuncia de Bevan de Edén hizo que las palomas alzaran
el vuelo sobresaltadas. Uno de los resultados del fermento de «1956»
fue la publicación de las dos revistas Universities and Le Review y

2
Editorial, Universities and Le Review I (1957), p.

14
New Reasoner, las cuales, al fusionarse posteriormente en 1960, for-
maron la «primera» New Le Review.
UNA NUEVA IZQUIERDA ESTUDIANTIL
¿Cómo y por qué ocurrió esto entonces y por qué de todos los sitios
posibles sucedió parcialmente en Oxford? En los años cincuenta, las
universidades no eran centros de actividad revolucionaria como lo
serían después. Una minoría de privilegiados estudiantes izquierdis-
tas que debatían sobre el capitalismo consumista y el aburguesamien-
to de la cultura de la clase trabajadora entre los «pináculos soñadores»
podría parecer, en retrospectiva, un fenómeno político bastante mar-
ginal. Sin embargo, el debate se seguía con una fiera intensidad cons-
cientemente contrapuesta a la frágil y laxa confianza del tono domi-
nante en Oxford, establecido por los intentos de los «Viva Henry» de
la época por revivir Brideshead Revisited. De hecho, Oxford contenía
también sus enclaves rebeldes: militares y jóvenes veteranos desmovi-
lizados, sindicalistas del Ruskin College y becarios y becarias nacio-
nales y extranjeros. Aunque eran incapaces de redefinir su cultura
dominante, estos tipos situados al margen llegaron a constituir una
minoritaria cultura intelectual alternativa, si bien no hace falta decir
que asediada. Era el «grupo ULR».
La izquierda de Oxford era muy diversa. Había un pequeño número
de miembros del PC, entre los que figuraban Raphael Samuel, Peter
Sedgwick, Gabriel Pearson, sobre todo en Balliol, donde Christopher
Hill era el tutor de Historia Moderna. A continuación estaba el
amplio grupo de simpatizantes del Club Laborista, la mayoría de los
cuales apoyaban firmemente las posiciones reformistas y laboristas
fabianas, y entre los cuales unos cuantos tenían la vista completamen-
te puesta en sus futuras carreras parlamentarias. Por último estaban
los «independientes», incluidos algunos laboristas serios, que no se

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alineaban intelectualmente con ninguno de los dos campos anterio-
res y navegaban con cierta incomodidad entre ellos. Este último
grupo atrajo un buen número de exiliados y emigrantes, lo que refor-
zó su carácter cosmopolita. Charles (Chuck) Taylor era un becario
Rhodes francocanadiense y un fenómeno aún más desconcertante,
una especie de marxista católico; Dodd Alleyene era de Trinidad, yo
era jamaicano; Sadiq al-Mahdi desempeñaría posteriormente un
papel significativo en Sudán; Clovis Maksoud era un miembro funda-
dor del Partido Baaz de Siria. Algunos, como Alan Lovell, un pacifista
galés, Alan Hall, clasicista escocés, y Raphael Samuel, Gabriel Pear-
son, Stanley Mitchell y Robert Cassen, todos judíos, eran lo que se
podría denominar emigrantes internos.
El centro de nuestros debates era el Club Socialista, una organización
moribunda que había quedado más o menos abandonada desde los
días del Frente Popular en la década de los años treinta y que nosotros
resucitamos. Se hizo evidente que en otras universidades se estaban
produciendo debates similares y que debía crearse una plataforma
común para esta emergente izquierda estudiantil. Esto explica la pala-
bra «Universidades» en el nombre de la revista que acabamos publi-
cando. La otra mitad de su abigarrado y extremadamente poco
comercial nombre señalaba nuestro interés por las cuestiones cultu-
rales, mediante un simbólico enlace con la Le Review, una ecléctica
revista literaria y cultural poco ortodoxa de las décadas de los años
treinta y cuarenta, más receptiva a los nuevos movimientos culturales
(por ejemplo, en su apertura, hacia las corrientes modernas) que cual-
quier otra revista de partido equivalente de su época; Brecht fue
publicado en Inglaterra por primera vez en sus páginas. Sin embargo,
los sucesos de 1956 destruyeron los límites estudiantiles de este deba-
te y nos catapultaron al remolino de la política de izquierda nacional e
internacional. El primer número de Universities and Le Review, que

16
apareció en la primavera de 1957, tenía cuatro editores: Raphael
Samuel y Gabriel Pearson, que abandonaron el PC después de Hun-
gría, y Charles Taylor y yo mismo, que representábamos a los «inde-
pendientes». Su contenido y sus colaboradores —Isaac Deutscher,
Bourdet, Lindsay Anderson, ompson, Cole, Eric Hobsbawm,
Graeme Shankland sobre planificación urbana, David Marquand
sobre Lucky Jim, Joan Robinson, Basil Davidson— demostraban cla-
ramente este traslado a un escenario más amplio.

TRADICIONES MARXISTAS INGLESAS


La Nueva Izquierda tenía raíces igual de importantes, aunque muy
distintas, en otra tradición, representada por el New Reasoner. Esta
tendencia había surgido de la política comunista y del Frente Popular
en Gran Bretaña. Algunos de sus componentes —Edward ompson,
John Saville, Rodney Hilton, Christopher Hill, Victor Kiernan, Eric
Hobsbawm— habían pertenecido a un enclave singular, el Grupo de
Historiadores del Partido Comunista, que, bajo la inspiración de la
poco conocida Dona Torr, desarrolló una lectura tremendamente ori-
ginal e independiente de la historia británica y una forma de política
marxista mucho más en contacto con el radicalismo popular inglés,
que era muy distinta en cuanto a estilo e inspiración a la mantenida en
la dirección del PC por figuras poderosas pero profundamente secta-
rias como Palme Dutt.
Las revelaciones del XX Congreso estimularon en el seno del partido
una dolorosa revisión de toda la experiencia estalinista, y el Reasoner
apareció precisamente en ese contexto como boletín de la oposición
interna que insistía en «rendir cuentas» pública y abiertamente. Sólo

17
después de ser derrotados en su lucha por el derecho a expresar lo que
oficialmente se definía como opiniones de «facciones», y de que la
disciplina del centralismo democrático se movilizara contra ellos, la
mayoría de los componentes del Reasoner dejaron el partido o fueron
expulsados de él y New Reasoner apareció como revista independien-
te de la izquierda. El último número de Reasoner fue planificado y
producido antes de Suez y Hungría, pero, para él, estos sucesos «mar-
caban un hito»:
Ni siquiera la urgencia de la crisis egipcia puede disimular el hecho de
que los acontecimientos de Budapest representan un punto de infle-
xión crucial para nuestro partido. La agresión del imperialismo britá-
nico es peor y más cínica que otras agresiones imperialistas anterio-
res. Pero la crisis en el comunismo mundial es ahora de otra naturale-
3
za .
La Nueva Izquierda representaba, por lo tanto, la reunión de dos tra-
diciones políticas distintas. ¿Cómo ocurrió esto y qué tal funcionó?
Los detalles organizativos de la amalgama entre ambas revistas pue-
den ser resumidos rápidamente. Continuaron publicando en paralelo
durante algún tiempo, publicitando y promocionándose la una a la
otra. Después, ambos consejos de redacción comenzaron a reunirse
periódicamente alrededor de una agenda política más amplia, para
acordar la designación conjunta de miembros del consejo y para
reclutar a otros nuevos. Ambos consejos estaban cada vez más preo-
cupados por el esfuerzo para mantener la viabilidad financiera y
comercial de dos revistas. El coste en términos de recursos humanos
era más acuciante aún. Para muchos de nosotros, la vida normal había

3
Edward P. ompson, « rough the Smoke of Budapest», Reasoner (noviembre de
1956).

18
quedado más o menos en suspenso en 1956. Algunos no habían deja-
do de girar en círculo desde entonces y se encontraban en un estado
de agotamiento político extremo. Desde una perspectiva más opti-
mista, también contaban las oportunidades que estábamos perdien-
do de crear una plataforma política más amplia y unida para nuestra
posición. Aunque éramos conscientes de nuestras diferencias, nues-
tros puntos de vista se habían acercado durante los meses de colabo-
ración. De esta variedad de factores surgió la decisión de la fusión y,
dado que candidatos más adecuados como ompson y otros no
estaban dispuestos a colaborar, acepté precipitadamente el puesto de
editor jefe de la New Le Review, con John Saville como director del
consejo editorial.

LA PRIMERA NUEVA REVISIÓN A LA IZQUIERDA


Con esta forma, New Le Review (Nueva revisión a la izquierda duró
dos años. Creo que nunca tuvo tanto éxito ni fue tan emblemática
como sus dos predecesoras. El ritmo bimensual y la presión para
conectar con cuestiones políticas inmediatas nos empujaron a con-
vertirnos más en un magazine de izquierda que en una «revista». Esto
requirió un cambio en el estilo periodístico y editorial que no casaba
con la intención política original y para el que el consejo de redacción
no estaba preparado. Había diferencias de énfasis y de estilo de traba-
jo entre el consejo, que llevaba el principal peso político y la autoridad
del movimiento, y el pequeño grupo de trabajo editorial que comenzó
a reunirse en el número 7 de Carlisle Street en Soho.
Los integrantes de New Reasoner —Edward y Dorothy ompson,
John Saville y otros miembros del consejo editorial del Reasoner
como Ronald Meek, Ken Alexander y Doris Lessing— pertenecían a

19
una generación política formada en las experiencias del Frente Popu-
lar y de los movimientos antifascistas de los años treinta, de los movi-
mientos de resistencia europeos durante la guerra, de las campañas
del «Segundo Frente» por la «amistad con la Unión Soviética» y por el
giro popular a la izquierda representado por la victoria laborista en
1945. Aunque algunos de los comunistas más jóvenes de la tendencia
ULR también pertenecían a esta tradición, su relación con la misma
siempre fue diferente. En su abrumadora mayoría, el centro de grave-
dad de la generación de la ULR se situaba irrevocablemente en la pos-
guerra. Se trataba de una diferencia no de edad sino de formación,
una cuestión de generaciones políticas para las cuales la Guerra cons-
tituía la línea divisoria simbólica. Estas diferencias provocaron sutiles
tensiones que emergieron alrededor de la nueva revista.
Estas diferencias de formación y de estilo de trabajo político fueron
magnificadas por la localización de ambas tendencias en dos entor-
nos sociales y culturales bien distintos. La base del New Reasoner esta-
ba en Yorkshire y en el norte industrial. Aunque contaba con muchos
lectores en otros sitios, estaba orgánicamente enraizada en una cultu-
ra política provincial no solo la del movimiento laborista sino tam-
bién de organizaciones como el Comité por la Paz de Yorkshire y rece-
laba profundamente de «Londres». ULR también consiguió apoyo en
muchos puntos del país, pero pertenecía sobre todo a lo que los miem-
bros de Reasoner consideraban el eje «cosmopolita» o el eje «Oxford-
Londres». Aunque entonces no lo entendimos conscientemente, los
miembros de la ULR eran modernos o incluso «cosmopolitas sin raí-
ces». En mi caso, al haber nacido en una colonia, me sentía más cómo-
do en la cultura metropolitana, que era socialmente más anónima,
aunque lamentaba la ausencia de conexión de ULR con la vida de la
clase obrera no metropolitana.

20
Ya debería haber quedado claro que, incluso en el interior de los con-
sejos editoriales de las revistas originales, la Nueva Izquierda estaba
lejos de ser monolítica y, en verdad, nunca llegó a ser cultural o políti-
camente homogénea. Las tensiones eran solventadas, en su mayor par-
te, de forma humana y generosa. Pero cualquier atento lector de las
revistas sería capaz de identificar rápidamente claros puntos de dife-
rencia y, en ocasiones, serios debates sostenidos que emergían en sus
páginas. Por lo tanto, sería un error intentar reconstruir en retrospec-
tiva una «Nueva Izquierda» básica e imponer sobre ella una unidad
política que nunca tuvo. Sin embargo, aunque ninguno de sus miem-
bros habría confeccionado la misma lista, había un conjunto de temas
relacionados que concitaban suficiente acuerdo como para dotarla de
personalidad propia como formación política.
Para mí, este acuerdo se centraba en el razonamiento de que cualquier
perspectiva para la renovación de la izquierda tenía que empezar por
una nueva concepción del socialismo y por un análisis radicalmente
nuevo de las relaciones sociales, de la dinámica y la cultura del capita-
lismo de posguerra. Lejos de tratarse de un modesto ejercicio de pues-
ta al día, se trataba de un proyecto intelectual de largo alcance, ambi-
cioso y polifacético. En lo que respecta al socialismo, significaba
enfrentarse a las deprimentes experiencias tanto del «socialismo real-
mente existente» como de la «socialdemocracia realmente existente»,
y transformar a la luz de esas experiencias la propia concepción de «lo
político». En cuanto a esto último, lo que llamábamos «capitalismo
corporativo» moderno tenía formas económicas, organizativas,
sociales y culturales muy distintas. Funcionaba según una «lógica»
distinta a la del capitalismo empresarial descrito en las tesis clásicas de
Marx o encarnado en el lenguaje y la teoría de la izquierda e inscrito
en sus agendas, instituciones y escenarios revolucionarios. Para

21
muchos de nosotros (aunque no para todos), en esta lucha por
cimentar el socialismo en un análisis nuevo de «nuestros tiempos»
fue primordial y originalmente donde comenzó todo el proyecto de
la Nueva Izquierda.
La visión predominante era que estábamos entrando en una sociedad
«poscapitalista» en la que los problemas principales de distribución
social habían sido resueltos por la vigorosa expansión económica de
posguerra unida a la expansión del Estado de bienestar, a la regula-
ción macroeconómica keynesiana y al «lado humano» de la revolu-
ción gerencial. Todos éstos eran elementos de lo que posteriormente
se conocería como «corporativismo» —gran capital, gran Estado— o,
desde otro punto de vista, como el «consenso de posguerra», que en
conjunto habían conducido a la erosión de las tradicionales culturas
de clase y al «aburguesamiento» de la clase obrera. A este plantea-
miento se oponía el argumento de la «Vieja Izquierda» de que, como
el sistema seguía siendo claramente capitalista, no había habido nin-
gún cambio significativo. Las clases y la lucha de clases seguían sien-
do lo que siempre habían sido y seguían estando donde siempre
habían estado, y cuestionar eso era traicionar la causa revolucionaria.
Sin embargo, en la Nueva Izquierda la mayoría rehusaba esta lógica
binaria. Las nuevas formas de propiedad y de organización corpora-
tiva, y las dinámicas modernas de acumulación y consumo requerían
un nuevo análisis. Estos procesos habían tenido sus efectos sobre la
estructura social y la conciencia política. De manera más general, la
propagación del consumismo había desarticulado muchas actitudes
culturales y jerarquías sociales tradicionales, y esto tenía consecuen-
cias para las políticas, para los electorados que apoyarían el cambio y
para las instituciones y planes de la izquierda, a los que el socialismo
tenía que adaptarse. A falta de suficiente material autóctono para
seguir adelante, los analistas estadounidenses —Riesman, Galbraith,
22
Wright Mills— que se encontraban en la primera línea de estos análi-
sis nos suministraron nuestros principales argumentos en esta discu-
sión.

CULTURA Y POLÍTICA
Muy relacionado con esto estaba la discusión sobre la «deriva» con-
tradictoria y políticamente indeterminada del cambio cultural y
social. Este cambio no suponía una transformación de la sociedad y,
sin embargo, aunque con ambigüedades, desmantelaba claramente
muchas de las viejas relaciones y formaciones sobre las que se había
construido históricamente todo el edificio de la izquierda y el proyec-
to del socialismo. De nuevo, había al menos dos versiones opuestas de
esto. Una era que, ya que la estructura fundamental de clase de la
sociedad británica permanecía intacta, «el cambio» sólo podía ser «so-
ciológico», superficial. Recogía diferencias casuales y fundamental-
mente estilísticas en áreas marginales, como las nuevas actitudes y esti-
los de vida entre los jóvenes, los nuevos patrones de vida urbana, el
movimiento de huida del centro de las ciudades, la creciente impor-
tancia del consumo en la vida diaria, el «debilitamiento» de las viejas
identidades sociales, etcétera, que no afectaban a «los fundamentos».
Esta explicación fundamentalista iba acompañada, en el otro extre-
mo, de una incesante celebración del cambio por sí mismo en el que
los nuevos medios de comunicación habían realizado una masiva
inversión. Con la expansión del «nuevo periodismo» y el auge de la
televisión comercial, la sociedad parecía embrujada por las imágenes
de sí misma en movimiento, reflejando sus relucientes superficies de
consumo.
De nuevo, la Nueva Izquierda insistió en no suscribir ninguna de estas

23
alternativas simples, eligiendo en su lugar una «tercera» descripción
más compleja. No estábamos necesariamente de acuerdo en cómo
entender estos cambios (la discusión entre Edward ompson, Rap-
hael Samuel y yo mismo sobre mi artículo especulativo «A Sense of
Classlessness» en las páginas de URL es un locus classicus de este deba-
te), pero sí coincidíamos en su significado. Desde mi punto de vista,
mucho de lo que era creativo aunque caótico e impresionista en la
«imagen del mundo» que emergía de las páginas de los escritos de la
Nueva Izquierda, debía su frescura y vitalidad (así como su utopismo)
al esfuerzo por esbozar el significado de estos contornos de cambio
que se modificaban rápidamente. De hecho, ahí fue donde surgió la
inversión de la Nueva Izquierda en el debate sobre la cultura. En pri-
mer lugar, porque era en los dominios culturales e ideológicos donde
los cambios sociales se hacían más dramáticamente visibles. En
segundo, porque la dimensión cultural no nos parecía una dimensión
secundaria sino constitutiva de la sociedad. (Esto refleja parte de la
larga polémica de la Nueva Izquierda con el reduccionismo y el eco-
nomicismo de la metáfora de la base-superestructura.) En tercer
lugar, porque el discurso de la cultura nos parecía fundamentalmente
necesario para cualquier lenguaje en el que el socialismo pudiera vol-
ver a ser descrito. La Nueva Izquierda, por lo tanto, dio los primeros
pasos vacilantes para plantear cuestiones de análisis y política cultural
en el centro de su política.
De estas maneras diferentes, la Nueva Izquierda lanzó un asalto sobre
la estrecha definición de «política» e intentó proyectar en su lugar una
«concepción expandida de lo político». Aunque no llegó tan lejos
como el principio feminista de que «lo personal es político», sí se
abrió a la crítica dialéctica entre «problemas privados» y «cuestiones
públicas», que hizo saltar por los aires el concepto convencional de la
política. La lógica que implicaba nuestra posición era que estas «di-

24
mensiones ocultas» tenían que estar representadas en el discurso de
«lo político» y que la gente normal podía y debía organizarse donde-
quiera que estuviese, alrededor de los problemas de la experiencia
inmediata; comenzar a expresar su disconformidad en un lenguaje
existencial y promover la agitación desde ese punto. (Éste fue el ori-
gen de nuestro intenso debate sobre el «humanismo socialista».) La
definición ampliada de lo político entrañaba también un reconoci-
miento de la proliferación de potenciales escenarios de conflicto
social y de grupos por el cambio. Aunque estábamos a favor de un sin-
dicalismo fuerte, nos oponíamos a la idea de que sólo quienes estaban
en el «punto de producción» podían hacer la revolución.
La crítica del reformismo y de su particular representante británico, el
«laborismo», estaba dentro de esta ampliación del discurso sobre «lo
político». Buscábamos una transformación más radical y estructural
de la sociedad: en parte, porque nos sentíamos comprometidos con
muchas de las perspectivas fundamentales del programa socialista
clásico y, en parte, porque veíamos en el capitalismo moderno un
aumento —no una disminución— de la concentración de poder
social y podíamos seguir el impacto de la «mercantilización» sobre
áreas de la existencia bien alejadas de los centros inmediatos de explo-
tación laboral. Pero, sobre todo, por la crítica mucho más amplia que
hacíamos de «la civilización y la cultura capitalistas». Nadie expresó
tan profundamente como Raymond Williams el carácter fundamen-
tal y constitutivo de este argumento para la Nueva Izquierda y dentro
de ella. En ese sentido, seguíamos siendo «revolucionarios», aunque
pocos conservaban la fe en un asalto vanguardista al poder del Estado.
La oposición entre «reforma» y «revolución» nos parecía a muchos
trasnochada; más una forma de imprecar y anatemizar a otros que un
valor histórico analítico valioso por sí mismo. Buscábamos distintas
formas de superarla.

25
En estas y en otras formas significativas, la tendencia dominante de la
Nueva Izquierda era «revisionista» con respecto tanto al laborismo
como al marxismo. Habíamos surgido y vivíamos en la época de los
«muchos marxismos». Prácticamente ninguno de nosotros podría
haber sido descrito después de 1956 como «ortodoxo», principal-
mente porque, aunque manteníamos posturas distintas sobre cuánto
del marxismo podía ser trasladado sin «revisión» a la segunda mitad
del siglo XX, todos nos negábamos a considerarlo como una doctrina
fija y cerrada o un texto sagrado. Por ejemplo, para algunos de noso-
tros tuvo una gran importancia el redescubrimiento de los primeros
Manuscritos económicos y filosóficos de Marx, con sus temas de la
alienación, el ser de la especie y las «nuevas necesidades», que Chuck
Taylor trajo de París en 1958 en francés y que poco después estaban
disponibles para nosotros en una traducción inglesa.

CLUB DE LA NUEVA IZQUIERDA


Hubo otros muchos temas que serían de obligada discusión en un aná-
lisis exhaustivo: el debate alrededor del «humanismo socialista», los
análisis del Tercer Mundo y, en conexión con la Campaña por el
Desarme Nuclear, el «neutralismo», la OTAN y el desarme; la cultura
popular y los medios de comunicación. Sin embargo, dado que la
Nueva Izquierda es a menudo considerada como una formación bási-
camente intelectual, sería más apropiado recordar a los lectores que la
«primera» Nueva Izquierda, por errada que estuviera, se veía a sí
misma más como un movimiento que como una simple revista. Poco
después de la publicación del primer número, ULR convocó su pri-
mera «reunión de lectores» una poco auspiciosa tarde de domingo, a

26
la que siguió la fundación del Club ULR de Londres. En los primeros
años, el Club (posteriormente el New Le Club de Londres) atrajo a
sus reuniones semanales una audiencia de trescientas o cuatrocientas
personas procedentes de todo el espectro de la izquierda. Durante un
tiempo fue un lugar extremadamente importante, vital y a menudo
polémico, para personas sin otros compromisos políticos formales.
Se diferenciaba de la típica organización o secta de izquierdas en que
su propósito no era reclutar miembros sino participar en la cultura
política de la izquierda en un frente muy amplio, a través del debate, la
argumentación, la discusión y la educación.
El Club se convirtió en un importante centro independiente para la
política de la izquierda en Londres, sobre todo después de encontrar
una residencia permanente —mediante otro de los arriesgados pero
brillantes e innovadores proyectos de Raphael Samuel— en el Parti-
san Café de Carlisle Street. Era la primera «cafetería» izquierdista en
Londres, con un salón y biblioteca en las plantas superiores. En la cuar-
ta planta se encontraban las oficinas de la ULR, que después se con-
vertirían en las de la NLR. Tras la fusión, surgieron varios New Le
Clubs por todo el país. El último número de NLR que yo edité, el 12,
listaba 39 de estos centros con distintos grados de salud política. Los
clubes reflejaban, por su programa y composición, el carácter cultural
y político de su localidad: los Le Clubs de Manchester y Hull estaban
próximos a los movimientos laboristas locales; la Liga Socialista de
Fife estaba vinculada, a través de Lawrence Daly, a un movimiento
socialista independiente entre los mineros de Escocia; los clubes de
Croydon y Hemel Hempstead tenían una personalidad más «intercla-
sista» o incluso «de ciudad nueva desclasada».
Muy pronto, el New Le Club de Londres lideró la propaganda y orga-
nización de la Marcha a Aldermaston dentro de la primera Campaña

27
por el Desarme Nuclear (CDN), que los miembros del club apoyaron
en masa. Fue el comienzo de una estrecha vinculación entre la Nueva
Izquierda, el moderno movimiento pacifista en Inglaterra y el naci-
miento de la CDN como organización política de masas. Entre otras
actividades, el New Le Club de Londres estuvo muy implicado en las
revueltas raciales de Notting Hill en 1958 y en las luchas antirracistas
en North Kensingston. Participamos en el esfuerzo para fundar aso-
ciaciones de vecinos en la zona, ayudamos a proteger a la población
negra, que, en el cenit de estos «problemas», estaba siendo atacada y
acosada por numerosos grupos blancos entre la estación de Notting
Hill y sus hogares, y formamos piquetes en reuniones de Mosley y de
otros grupos de extrema derecha. En el curso de estas acciones trope-
zamos con poderosos rastros de racismo en el seno del propio Partido
Laborista, y Rachel Powell, una activa miembro del club, desveló el
escándalo del «rachmanismo» y la explotación de los caseros blancos
en Notting Hill.
Peter Sedgwick afirmó sagazmente en una ocasión que la Nueva
Izquierda era más un «entorno» que un movimiento. Observaba la
ausencia de una estricta estructura organizativa, el difuso concepto
de liderazgo, la falta de jerarquías, afiliaciones, reglas, regulaciones y
programa o «línea» de partido que caracterizaban a la Nueva Izquier-
da, en marcado contraste con otras tendencias políticas y sectas de
extrema izquierda. Estos rasgos eran producto de nuestra crítica al
leninismo y a las formas de organización del centralismo democráti-
co y del énfasis puesto sobre la autoorganización y la política partici-
pativa, que ahora podemos ver retrospectivamente como una «prefi-
guración» de mucho de lo que vendría después. Sedgwick también
podía referirse al bajo nivel de participación de la clase obrera o
—para ser más precisos— a la «competencia interclasista» de muchos

28
aunque de ninguna manera todos los New Le Clubs. Esto podría ser
considerado una seria debilidad, y de hecho lo era, pero extrañamen-
te tenía también algunas ventajas. Los clubes eran especialmente fuer-
tes en aquellos estratos sociales que emergían de los paisajes de clase
que tan rápidamente se recomponían y descomponían en la Gran Bre-
taña de posguerra. Esto no nos separaba de los trabajadores ordina-
rios, ya que muchos de ellos eran activos simpatizantes, pero sí de las
culturas políticas del movimiento obrero tradicional y de los cuadros
revolucionarios de las sectas. Sin embargo, daba a la Nueva Izquierda
un acceso privilegiado a los rechinantes y crispantes procesos de un
cambio social

PRÁCTICA PREFIGURATIVA
Aun con todas sus debilidades, los clubes señalaron que el proyecto de
la Nueva Izquierda era un nuevo tipo de entidad socialista, no un par-
tido sino un «movimiento de ideas». Eran una señal, para nosotros y
para la izquierda, de que la «cuestión de la agencia» se había vuelto
muy problemática. Adoptamos este enfoque, en parte, por convicción
y, en parte, porque pensamos que el movimiento de la gente ordinaria
hacia la política —rompiendo con la coraza de las opiniones conven-
cionales y con el alineamiento ortodoxo de sus propias vidas en un
tema concreto, y comenzando a «emprender la acción por sí mis-
mas»— era políticamente más significativo que la más correcta de las
«líneas correctas». Otra de las razones era que veíamos en embrión en
la CDN un nuevo tipo de movilización política —más allá, por así

29
decir, de los grandes batallones de partido– que reflejaba ciertas fuer-
zas sociales emergentes para las cuales la izquierda debía desarrollar
una nueva práctica política.
La CDN fue uno de los primeros «movimientos sociales» de este tipo
que aparecieron en la política de posguerra; un movimiento
popular con un empuje claramente radical y un contenido anticapi-
talista implícito, que se formó mediante la propia actividad de la
sociedad civil alrededor de una cuestión concreta, pero que carecía de
una composición de clase clara y que apelaba a las personas atrave-
sando las sólidas líneas, netamente trazadas, de la tradicional identi-
dad de clase o de la lealtad organizativa. En estos nuevos movimientos
ya era posible reconocer rasgos de la sociedad moderna y puntos de
antagonismo social que —igual que los movimientos de derechos civi-
les de la época, las cuestiones sexuales y feministas, los problemas eco-
lógicos y medioambientales, las políticas comunitarias, los derechos a
la asistencia social y las luchas antirracistas de los años setenta y
ochenta— siempre habían sido difíciles de integrar en las agendas
organizativas de la izquierda tradicional. Sin embargo, sin estos movi-
mientos sociales no se puede concebir hoy una movilización social
contemporánea o un movimiento para impulsar cambios radicales en
los tiempos modernos.
En última instancia, lo que la CDN planteaba a la Nueva Izquierda
—como siempre ocurre con un nuevo movimiento social— era el pro-
blema de cómo articular estos nuevos impulsos y fuerzas sociales con
la política de clase más tradicional de la izquierda, y cómo, mediante
esta articulación, podía transformarse el proyecto de la izquierda. El
hecho de que no tuviéramos más éxito del que ha tenido la izquierda
desde entonces en la construcción de un «bloque histórico» de prácti-
ca política homogénea, a partir de intereses sociales y movimientos y
planes políticos tan heterogéneos, no niega la urgencia de esta tarea.
30
Lo que podemos aprender de la «primera» Nueva Izquierda son las
preguntas que debemos hacernos, no qué respuestas dan resultado.
Por lo que respecta al Partido Laborista, mucha gente dentro y alrede-
dor de la Nueva Izquierda eran miembros de él. Muchos otros no lo
eran. Como movimiento, nuestra actitud hacia el Partido Laborista
era muy clara. Nuestra independencia respecto a vínculos organizati-
vos, controles y rutinas y disciplinas de partido era esencial para nues-
tro proyecto político. El voto mayoritario a favor del unilateralismo en
la Conferencia del Partido Laborista, por el cual muchos de nosotros
hicimos campaña, fue un claro ejemplo para nosotros de la «derrota
en la victoria», como resultado de confundir la victoria en una plata-
forma con la conquista de nuevas posiciones políticas populares. En el
interior de la maquinaria política, la CDN se marchitó convirtiéndose
en un talismán, en un fetiche de las resoluciones de la conferencia del
partido, en un juguete de las maniobras del voto en bloque; sin tocar
tierra en la conciencia política o en la actividad de muchas personas
reales.
Al mismo tiempo reconocíamos que la suerte del socialismo en Gran
Bretaña estaba inexorablemente unida al destino y a las fortunas del
laborismo. Reconocíamos que, para bien o para mal, el Partido Labo-
rista era el partido que había dirigido a la amplia mayoría de la clase
trabajadora con una política reformista. Honrábamos su vínculo his-
tórico con el movimiento sindical. Lo reconocíamos como el motor
de la revolución del «Estado de bienestar» de 1945, que nunca subesti-
mamos porque representaba una reforma, más que una subversión,
del sistema. Seguíamos siendo muy críticos con la cultura Fabiana y
laborista del partido, con su estatalismo, con su falta de raíces popula-
res en la vida política y cultural de la gente normal, con su recelo buro-
crático hacia cualquier acción o «movimiento» independiente fuera
de sus límites, y con su profundo anti-intelectualismo. Nos oponía-
31
mos a los procedimientos profundamente antidemo-cráticos del voto
en bloque y al vacío «constitucionalismo» del partido. Sin embargo,
sabíamos que el Partido Laborista representaba, nos gustara o no, la
apuesta estratégica dentro de la política británica que nadie podía
ignorar.
Por ello desarrollamos una política abierta y polémica en relación con
el liderazgo de Gaitskell, por un lado, y con la perspectiva de la
izquierda tradicional de «nada ha cambiado y reafirmamos la cláusu-
la 4 [que recogía los valores y fines del partido]», adoptando aquí
—como en otros sitios— una tercera posición, abriendo un «tercer
frente». En los debates revisionistas de los años cincuenta y sesenta
nos opusimos a las tesis poscapitalistas, del «rostro humano del capi-
talismo corporativo», propuestas por Crosland en e Future of
Socialism, aunque reconocíamos en él a un adversario formidable e
inteligente. Insistimos —en contra del inmovilismo doctrinario de
gran parte del laborismo y sindicalismo de izquierda— en la necesi-
dad de cimentar las perspectivas de la izquierda en un nuevo análisis
de las novedosas condiciones del capitalismo y del cambio social de
posguerra. Algunas personas continuaron trabajando en este sentido
desde el interior del Partido Laborista, otras trabajaron desde fuera.
No entendíamos que pudiera haber una «línea correcta» sobre este
tema cuando había tan poca relación entre lo que la gente quería polí-
ticamente y el vehículo para conseguirlo. Por lo tanto, nuestra estrate-
gia era soslayarlo y alternativamente implicar a la gente, fuera cual
fuera su afiliación, en una actividad y un debate político indepen-
dientes.
Esta estrategia «paralela» requería, como condición necesaria, el man-
tenimiento de revistas, de clubes, de una red de contactos, de formas
de manifestación, de argumentos y de propaganda para articular esta
«tercera posición», que no estuvieran sometidos a las rutinas del cen-
32
tro de mando laborista en Transport House, sino diseñados para pre-
sionar y afectar a la política interna del Partido Laborista y al movi-
miento obrero. Llamamos a esta estrategia «un pie dentro, un pie fue-
ra».

IR AL PUEBLO
¿Qué tipo de liderazgo organizativo implicaban estas estrategias? La
metáfora a la que recurríamos constantemente era la de la «propagan-
da socialista». Como Edward ompson señalaba en el New Reaso-
ner: La Nueva Izquierda no se postula como una organización alter-
nativa a las ya existentes; por el contrario, ofrece dos cosas a los que se
encuentran dentro y fuera de las organizaciones existentes: una pro-
paganda específica de ideas y ciertos servicios prácticos (revistas,
clubes, escuelas, etcétera)4.
El concepto de «propaganda socialista de ideas» había sido tomado,
naturalmente, de forma directa y explícita de William Morris y de las
relaciones forjadas en la Liga Socialista entre intelectuales, que inten-
taban convertirse en lo que Gramsci llamaba «intelectuales orgáni-
cos», y la clase trabajadora. Todos habíamos leído y nos habíamos ins-
pirado en el capítulo «Making Socialists» contenido en William
Morris. Romantic to Revolutionary, de ompson. De hecho, el
primer editorial de la NLR estaba enmarcado al principio y al final
por una cita del artículo de Morris en Commonweal de julio 1885: «El
movimiento laborista no se encuentra en fase insureccional». Yo aña-
dí: «estamos en nuestra fase misionera»5.

Aunque no completamente teorizado, este concepto de liderazgo esta-

33
ba basado en ciertos presupuestos claros. El primero era la necesidad
de cuestionar el anti-intelectualismo convencional del movimiento
laborista británico y de superar la división tradicional entre los inte-
lectuales y la clase trabajadora. El segundo era el repudio de los tres
modelos alternativos: las concepciones «vanguardistas» y «centralis-
tas democráticas» del liderazgo revolucionario, las ideas fabianas de
los «expertos» de clase media dentro de la maquinaria del Estado lle-
vando el socialismo a las clases trabajadoras, y la tradicional fe de la
izquierda laborista en los mecanismos constitucionales, en las resolu-
ciones de conferencias y en las victorias en las votaciones en bloque y
6
«los procesos electorales con apenas más candidatos de “izquierda”» .
El tercer presupuesto era nuestra opinión de que los cambios en la
sociedad británica de la posguerra habían puesto al alcance de un
gran número de nuevos estratos sociales la educación y la propaganda
socialistas. El cuarto era que teníamos la profunda convicción de que,
en contra del economicismo estalinista, trotskista y de la izquierda
laborista, el socialismo era un movimiento democrático consciente y
que los socialistas se hacían, no nacían o aparecían solamente por las
inevitables leyes de la historia o de los procesos objetivos de los modos
de producción.
También cuestionábamos el punto de vista predominante de que la
llamada sociedad de la abundancia podría por sí misma erosionar el
atractivo de la propaganda socialista, que el socialismo sólo podía sur-
gir de la miseria y la degradación. Nuestro énfasis en que el pueblo rea-
lizara acciones por sí mismo, «construyendo el socialismo desde aba-
jo» y «en el aquí y ahora», sin esperar a una abstracta Revolución que

4
E. P. ompson, « e New Le », New Reasoner 9 (1959), p. 16.
5
Stuart Hall, «Introducing NLR», NLR I/1 (1960), p. 2
6
E. P. Thompson, «The New Left», cit., p. 16.

34
transformara todo en un abrir y cerrar de ojos, demostró ser, a la luz
del resurgimiento de estos temas tras 1968, extraordinariamente pre-
figurativa. Tal como lo expusimos en el primer número de la NLR:
Tenemos que ir a los pueblos y a las ciudades, a las universidades y a
las escuelas técnicas, a los clubes juveniles y a las filiales de los sindica-
tos, y hacer socialistas allí, como decía Morris. Hemos pasado por 200
años de capitalismo y 100 de imperialismo. ¿Por qué iba la gente a vol-
verse de manera natural hacia el socialismo? No hay ninguna ley que
afirme que el movimiento laborista, como una gran máquina inhu-
mana, vaya a impulsarnos hacia el socialismo, ni que podamos seguir
confiando […] en que la pobreza y la explotación empuje a la gente,
como a animales ciegos, hacia el socialismo. El socialismo es y seguirá
siendo una fe activa en una nueva sociedad, a la que podemos acercar-
nos como seres humanos conscientes y lúcidos. La gente debe ser con-
frontada con la experiencia y convocada a la «sociedad de iguales» no
porque se encuentre en una situación límite, sino porque la «sociedad
de iguales» es mejor que la mejor de las arteras sociedades capitalistas
de consumo, y la vida es algo que se vive, no algo por lo que uno pasa
como el té por el colador7.
Esta postura podría parecer ingenua y ciertamente desde entonces ha
sido calificada de «utópica» y «populista». Pero era populista en el
sentido que daban los narodnik a «ir al pueblo», en términos de lo que
ellos/nosotros podíamos llegar a ser, más que en el sentido de extraer
el consentimiento popular mediante cínicas llamadas a lo que el pue-
blo ha sido instruido a desear por sus mentores. Teníamos una noción
instintiva, aunque no bien formulada, de que el proyecto socialista
tenía que estar enraizado en el aquí y ahora y conectar con la expe-
riencia viva, con lo que desde entonces se ha dado en llamar «lo nacio-
nal-popular». «El pueblo», naturalmente, es siempre una construc-

35
ción discursiva, y la ausencia de un referente social concreto en el
populismo de la primera Nueva Izquierda era ciertamente significati-
va. Pero hay más de una clase de populismo y éste puede, a pesar de
sus problemas, ser articulado hacia la derecha o la izquierda, y servir
tanto para superar como para provocar antagonismos sociales. El «po-
pulismo» de la primera Nueva Izquierda no era ciertamente de este
último tipo, como Edward ompson, su principal arquitecto, expli-
có en el New Reasoner: Lo que distinguirá a la Nueva Izquierda será
su ruptura con la tradición del fraccionamiento interno del partido y
su renovación de la tradición de la asociación abierta, la educación
socialista y la actividad dirigida hacia el pueblo en su conjunto […].
Insistirá en que el movimiento obrero no es una cosa, sino una asocia-
ción de hombres y mujeres; en que los trabajadores no son receptores
pasivos del condicionamiento cultural y económico, sino seres inte-
lectuales y éticos […]. Apelará a la gente mediante argumentos racio-
nales y retos morales. Se opondrá al materialismo filisteo y al antiinte-
lectualismo de la Vieja Izquierda apelando a la totalidad de los intere-
ses y potencialidades humanas, y construyendo nuevos canales de
comunicación entre trabajadores industriales y expertos en las cien-
cias y las artes. Dejará de posponer la satisfacción del socialismo hasta
un hipotético periodo «después de la revolución», al tiempo que
intentará promover, en el presente y sobre todo en los grandes centros
8
de vida de la clase trabajadora, un sentido más rico de comunidad .
Las tensiones y contradicciones implícitas en este «populismo» nunca
fueron completamente resueltas. Los rápidos cambios en la estructu-
ra social durante el periodo de posguerra, que constantemente inten-
tábamos describir sin llegar a concretarlos, afectaban directamente a
la Nueva Izquierda; no conseguimos integrar estas diferencias en un

7
S. Hall, «Introducing NLR», cit., p. 3.

36
nuevo «bloque histórico», aunque ése fuera nuestro objetivo implíci-
to. Las tensiones mencionadas entre el norte provincial y el Londres
cosmopolita, igual que versiones posteriores de la división Norte/Sur,
eran mucho más complejas de lo que sugiere esta simple oposición.
Sin embargo, ocultaban algunas diferencias críticas en el ritmo y
carácter de la recomposición de clase y de la descomposición social de
la sociedad británica de posguerra, y llegaron a ser una metonimia de
la diversificación en el campo de la política, sin proponer un principio
de articulación. Las tensiones entre intelectuales y activistas constitu-
yeron un problema continuo aunque poco debatido, conectado a la
cuestión mucho más amplia de la incierta consideración de los inte-
lectuales en general en la vida cultural inglesa y del paralizante filis-
teísmo de la izquierda. Atravesando todas estas tensiones desde otra
dirección, estaba la casi completamente oculta cuestión del género, el
hecho de que la gran mayoría de miembros del consejo editorial eran
hombres y de que el trabajo de mantener en marcha toda la empresa
recaía sobre las mujeres; la habitual división sexual del trabajo, tan a
menudo reproducida por la izquierda. Sobre esta última cuestión, la
Nueva Izquierda mantenía —igual que el resto de la izquierda— una
profunda inconsciencia.
Confiábamos en que los clubes desarrollarían su propia organización,
liderazgo y canales de comunicación independientes (tal vez sus pro-
pios boletines), dejando libre a la revista para desarrollar su propio
proyecto. Pero nos faltaban recursos para promover esto, lo que exa-
cerbaba la sensación de los clubes de que no tenían control alguno
sobre la revista, y el temor en el consejo editorial de que una revista de
ideas no podía ser dirigida eficazmente por comités. Fueron, de
hecho, este último problema y las presiones asociadas con él lo que
precipitó mi propia dimisión como editor jefe de la New Le Review

8
E. P. Thompson, «The New Left», cit., pp. 16-17..

37
en 1961.
No me corresponde intentar una valoración global de la «primera»
Nueva Izquierda, que veo sólo como un primer paso en la formación
de un nuevo tipo de política de izquierda. Parece absurdo intentar
defender su andadura en detalle o imponer en retrospectiva una con-
sistencia que no poseía. Sus fortalezas y debilidades, errores y equivo-
caciones, son incontestables y están ahí más para aprender de ellos
que para repudiarlos. Sin embargo, yo haría una clara distinción entre
lo que hicimos y cómo lo hicimos, y el proyecto más amplio. Sigo tan
comprometido con este último como lo estaba entonces. El «tercer
espacio» que la «primera» Nueva Izquierda definió e intentó abrir
sigue pareciéndome la única esperanza para la renovación del proyec-
to socialista y democrático en nuestros nuevos y asombrosos tiempos.

38
EL MANIFIESTO DEL PRIMERO DE MAYO

Dr. STUAR HALL Y OTROS

Durante casi ochenta años, el movimiento obrero internacional ha


tomado el primero de mayo como un festival, como una celebración
internacional de compromiso. Este 1 de mayo de 1967, al contemplar
el mundo en el que vivimos, advertimos las conocidas autoridades del
dinero y del poder, pero ahora con una diferencia: que su agente, en
Gran Bretaña, es un Gobierno laborista. Se trata de una extraña
paradoja, con la que debemos enfrentarnos para intentar
comprenderla. En una crisis económica, con los salarios de millones
de obreros congelados, la esposa de un ministro laboratorista bota un
submarino nuclear “Polaris”. Mientras miles de los nuestros carecen
de hogares, mientras nuestras escuelas están abarrotadas por un
excesivo número de estudiantes por aula y nuestro servicio médico y
de seguridad social se derrumba, un capaz de cumplir sus servicios,
un gabinete laboratorista lanza lo que denomina una nueva
generación de planes militares, como si estos constituyesen ahora la
característica más importante para definir toda una generación. En
un mundo que padece hambre, Inglaterra se comporta al este de Suez
no como un amigo, sino como lo que los políticos laboratoristas
denominan una presencia militar: barcos de guerra, bombarderos y
tropas armadas.
Este es el salto peligroso del momento actual: el salto o distancia entre
el nombre y la realidad; entre la visión y el poder entre el sentido de
nuestra condición de seres humanos y el mortecino lenguaje de un
falso sistema político. En una sociedad cada vez mejor educada en la

39
que millones de personas tienen la posibilidad de participar en la
adopción de decisiones, en la que existe toda la experiencia
acumulada de un maduro movimiento obrero y de una democracia
política, y una confianza cada vez mayor en nuestra capacidad para
dirigir nuestras propias vidas, nos enfrentamos con un poder extraño
y distorsionador; con una política dada a la manipulación, con
frecuencia agresiva y cínica, que se ha apoderado del significado de
nuestras vidas y lo ha cambiado, que nos ha robado nuestras causas
justas y las ha utilizado para sus propios fines; que parece ser creación
nuestra, pero que se comporta como nuestra enemiga, como el agente
de las prioridades del dinero y del poder,, en suma, como negadora
de nuestra libertad.
¿Cómo ha podido ocurrir todo esto? Esta es la única pregunta
importante que podemos formularnos este Primero de Mayo, de
forma que podamos encontrar el modo de acabar con el peligro y el
insulto que representa la situación política de las Inglaterra de hoy en
día. El rumor de las protestas crece nuevamente en grandes zonas del
país, y es éste un momento crítico. Los años de campañas radicales,
desde los sucesos de Suez hasta los primeros años sesenta, pasando
por Aldermaston, crearon conexiones que todavía existen grupos que
todavía funcionan. El movimiento obrero, en los sindicatos y en los
distritos electorales ha trabajado y luchado con una resistencia muy
notable, si tomamos en cuenta los factores adversos. Y parecía hace
algún tiempo que todos estos esfuerzos iban a cohesionarse y dar un
paso adelante. Mientras se desintegraba el engaño del partido
conservador. El laborista bajo la nueva dirección de Harold Wilson,
dada la apariencia durante un momento, de ponerse al frente de todo
este descontento de darse cuenta de la urgencia práctica de un cambio
de rumbo. Después de varios años a la defensiva, vimos nuevamente
la esperanza y la posibilidad de un nuevo comienzo. Hubo una

40
notable revitalización en el propio partido laborista, y los nuevos
radicales, que defendían una alternativa humana en la estrategia
nuclear, en los problemas de la pobreza, del abandono de la cultura, se
pusieron a las órdenes del gobierno laborista: sin renunciar jamás a su
función crítica, pero si con una esperanza calculada y en apariencia
razonable.
Después de todos esos años de esfuerzos compartidos, todos los que
trabajamos para el partido laborista nos encontramos en una nueva
situación. Toda la izquierda tiene un sentimiento de fracaso de un
nuevo tipo de fracaso, a pesar de la aparente victoria. No se trata de las
lamentaciones o de la irritación temporal provocada por el fracaso,
sino de un reconocimiento profundo y seriamente preocupado de
una situación que ninguno de nosotros habíamos llegado a
comprender. Los obstáculos al progreso que nosotros hemos descrito
como diana de nuestros asaltos pueden transformarse ahora en una
nueva plataforma con la que el gobierno engañe a los electores. Pero
por muy plausibles que sean sus ahora nos ofrecen, no podrán
engañar a nadie. Ha fracasado toda una concepción política, y ahora
buscamos nuevas concepciones y direcciones.
Dicho momento es crítico en cualquier circunstancia histórica. Pues
reconocer el fracaso podría equivaler a convivir con él; apartarse de la
política, lo que sería lo más fácil, y a dejar que las cosas sigan tal como
están, sin hacer ningún esfuerzo por cambiarlas. Es cierto que
siempre habrá un núcleo irreductible de resistentes activos; los no
conformistas, como ha ocurrido casi siempre en Inglaterra, que
pierden su ímpetu y capacidad de cambiar la sociedad limitándose a
mantener sus propias posturas en los círculos en los que se mueven.
Esta minoría también es bastante grande en Inglaterra, en
comparación con periodos anteriores, lo suficientemente grandes, en
cualquier caso, para asegurar la conservación de un radicalismo vivo.

41
Sin embargo, a muchos de nosotros nos parece que, una vez jugadas
todas las cartas, no es este el momento de este tipo de retirada. Por el
contrario, es ahora, en medio de este fracaso general, cuando se
presenta la ocasión de lanzar una nueva campaña, más duradera y
conectada que las anteriores.
Lo que se consiguió a principio de la década de los sesenta fue la
coordinación y agrupamiento en una sola postura general de todos
los tipos de nuevos análisis y respuestas políticas y sociales en los que
se habían centrado las luchas locales. Ahora son evidentes las
consecuencias de este fallo. Mientras que las posturas actitudes
radiales habían estado fragmentadas, pudieron incorporarse, sin
compromiso alguno, a la retórica de la nueva Inglaterra. Ahora, al
desmoronarse dicha retórica, volvemos a recuperar esos fragmentos;
cada uno por su lado. Así, la incapacidad de resolver un problema, el
de la persistencia de la pobreza, puede atribuirse a otro —la crisis
económica— y este a su vez a otro —nuestra política exterior— y éste
nuevamente a la crisis económica, en una serie inacabable de
evasiones y mentiras, y el carácter de la crisis general, de la que estos
fallos no son sino síntomas, no puede ser nunca ni comprendido ni
explicado. Lo que necesitamos es una descripción de la crisis general,
en la que se relacionen entre sí no sólo los actuales errores e ilusiones,
sino también los cambios necesarios y urgentes que se precisan.
La tesis fundamental de este manifiesto es que las distintas campañas
en las que todos hemos participado, y los distintos temas de los que
todos nos hemos preocupado, se resumen en esenia en la existencia
del actual sistema político y de sus alternativas. Creemos que el
sistema al que ahora nos oponemos sólo puede sobrevivir mediante
una separación deliberada de los temas de interés general y de la
consecuente fragmentación de la conciencia política de la gente.
Nuestra primera deducción es que todos los temas y problemas

42
—industriales y políticos, internacionales y nacionales, económicos y
culturales, humanitarios y radicales— están estrechamente
relacionados; que nos enfrentamos con todo un sistema político,
económico y social, y que trabajamos por la consecución de una
sociedad totalmente diferente. Los problemas de los seres humanos
se ven normalmente relegados a campos sumamente especializados y
diversificados, en los que la sociedad ofrece su resolución mediante
una técnica procedimiento concreto. Es contra de esta teoría,
volvemos a definir al socialismo como un humanismo: como un
reconocimiento de la realidad social del hombre en todas sus
dimensiones y actividades, y de la consiguiente lucha en pro de una
mejora de dicha realidad, llevada a cabo por los hombres y mujeres
normales y corrientes.

EL NUEVO CAPITALISMO
Tanto en este país como en otros muchos del mundo, el capitalismo
tiene que cambiar y que adaptarse para poder sobrevivir. En
Inglaterra, la principal tarea de los sucesivos gobiernos de posguerra
ha sido dicha adaptación, en pequeña escala bajo los distintos
gobiernos conservadores, y con mayor fuerza, bajo el actual gobierno
laborista. Su objetivo ha sido el de dar nueva forma y salidas a una
economía en relativa decadencia, estructuralmente desequilibrada en
relación con el mundo exterior, atrasada en muchos sectores
paralizada por una tasa de crecimiento muy pequeña, por la inflación,
por la recepción y por una constante crisis de la balanza de pagos: y
sustituirla por un capitalismo de nuevo cuño, basada en una nueva
expansión organizada y rápida. Una parte esencial de dicha estrategia
era la contención e incorporación a la larga del movimiento sindical.
Un requisito previo fundamental para la consecución de todo esto es

43
una nueva definición del socialismo y la adaptación interna de los
agentes del cambio incluyendo el partido laborista en un consenso
amplio y general. La actual crisis no es, pues, sino una fase de la
transición de una etapa del capitalismo a otra. Se trata de la crisis que
se produce cuando un sistema, herido ya por sus propias
contradicciones y por una prolongada entropía, intenta, sin embargo,
estabilizarse a un nivel “superior”.
El nuevo capitalismo, aunque procede del capitalismo de mercado,
constituye —en términos de sus motores esenciales y de sus
modalidades de operación y control— una variante algo distinta de
éste. Consiste en un orden económico dominado por la acumulación
privada, en el que el poder económico decisivo está en manos de un
puñado de grandes corporaciones industriales para cada sector. Las
operaciones, la complejidad de la organización, las técnicas
avanzadas necesarias para dirigir y controlar tales unidades de
producción, así como su impacto sobre la sociedad en general, son
tan enormes que la asignación de los recursos y el modelo de la
demanda no pueden dejarse ya al libre juego del mercado. Las
innovaciones tecnológicas, la necesidad de unas inversiones y
crecimiento autofinanciados y a largo plazo, el deseo de poder
predecir y estructurar de antemano la demanda del consumidor,
todos estos factores han modificado ya sustancial-mente los
mecanismos del capitalismo de mercado en la práctica. Lo que se
necesita hoy en día, según la ideología dominante, es un mayor
proceso de racionalización que permite a las sociedades pasar
fácilmente a un sistema de precios, de negociación de salarios dentro
del marco de las normas acordadas, de demanda controlada y de
transmisión eficiente y real de órdenes desde el extremo superior al
inferior de la “cadena de mando”. Esto representaría, en efecto, una

44
mayor estabilización del sistema. El mercado libre, que fue
anteriormente la imagen misma del capitalismo, sería gradualmente
superado por una mayor gestión y control y por los beneficios de un
crecimiento controlado. Esta nueva concepción del capitalismo es la
que exige un cierto tipo de planificación.
Pero esta clase de planificación no tiene nada que ver con la que
siempre han propugnado los socialistas, que se basa en la
subordinación del beneficio privado (y de las direcciones que su
elevación al máximo impone a toda la sociedad) a las prioridades
sociales. Es muy importante el hecho de que se emplee la misma
palabra para designar dos cosas tan distintas, ya que el laborismo ha
confundido y engañado a sus seguidores precisamente mediante este
verbalismo, pretendiendo defender un cierto tipo de planificación
cuando, de hecho, propugnaba otro. La planificación significa ahora
una mejor previsión y coordinación de las decisiones de inversión y
de expansión, un control más inteligente de la demanda. Esto
permite que las unidades mejor equipadas tecnológicamente y más
granizadas del sector privado persigan sus fines con mayor eficiencia,
de un modo más “racional”. Significa también un mayor control sobre
los sindicatos y sobre la capacidad del mundo del trabajo para
negociar libremente sus salarios. Esto significa también otro
importante cambio, pues, en el transcurso de esta racionalización del
capitalismo se acorta la distancia que separa a la industria privada del
Estado. El Estado, de hecho, pasa a desempeñar un papel crítico. Se
hace responsable de la gestión global de la economía mediante sus
recursos fiscales. Debe ajustar la producción de mano de obra
educada y especializada a las necesidades del sistema económico; un
cálculo al que se dedicaba muchas páginas del famoso Informe
Robbins sobre Educación Superior. En el terreno político debe
conservar el círculo en el que se desarrollan las luchas y transacciones

45
entre los diferentes intereses. Debe manipular a la opinión y al
consenso público en favor de dichas transacciones y arreglos y
hacerse cargo directamente de la tarea —como ocurrió con la huelga
de marinero— de reprimir a la clase obrera y con los sindicatos, es el
Estado el encargado de obtener el consenso de estos segundos, de
conseguir su identificación con las decisiones planificadas y de fijarlas
normas y regulaciones que les conciernen, alcanzando de este modo
su colusión con el sistema.
Por su puesto, solo puede esperarse que los trabajadores
colaboradores con el sistema si éste les concede regularmente una
parte de los bienes que se producen. La primera promesa que hace el
Estado es que, gracias a dicha colaboración, estará mejor capacitado
para controlar los ciclos de inflación-recesión que han plagado la
economía de postguerra. La segunda promesa es que un sistema
estable será mucho más eficaz y productivo y que, si funciona todo
bien, el proletariado alcanzará mayores salarios, como recompensa a
su cooperación. Se sugiere que cuando se eleva la producción
aumentan los beneficios de la clase obrera. Por el contrario, cuando la
economía va mal, el proletariado debe sufrir también las
consecuencias, ya que ha aceptado el trato. Esto constituye en
apariencia un método mucho más racional de garantizar la elevación
del nivel de vida; se trata, de hecho, de una profunda reestructuración
de la relación existente entre el capital y los trabajadores. Vimos
anteriormente cómo se ha conservado el término “planificación”,
pero cambiando su contenido y significado. Lo mismo puede decirse
que ha ocurrido con la palabra “bienestar” El capitalismo de mercado
fue siempre enemigo del “welfare state” o economía del bienestar. En
Inglaterra, esta modalidad de Estado se introdujo como consecuencia
de una modificación del capitalismo. Al igual que los aumentos del
sueldo, representó en cierto modo una redistribución es justa, que

46
disminuía los beneficios del capitalismo y anteponía las necesidades
humanas y las prioridades sociales al sistema del máximo beneficio.
Pero los Estados de Europa Occidental capitalista de después de la
guerra se han llegado a considerar a la economía del bienestar como
un factor necesario del capitalismo organizado. Como es bien sabido,
las medidas conducentes a la consecución de una economía del
bienestar son mucho más amplias y avanzadas en otros países
capitalistas europeos que en Inglaterra.
No obstante, sigue existiendo una importante diferencia entre ese
aspecto de la economía capitalista moderna y los modelos
económicos socialistas. El aumento de la prosperidad —tanto sea en
forma de mayores sueldos, de un incremento del bienestar o de las
inversiones públicas— no se funda en una redistribución de la
riqueza que pase de manos de los ricos alas de los pobres. La
redistribución afectaría a los necesarios mecanismos de acumulación
privada, de reinversiones internas y de alta retribución a la gestión y
dirección de empresas sobre los que descansa todo el sistema. La
elevación de la prosperidad tiene, por lo tanto, como condición previa
la de un aumento de la productividad. Se da por buena la actual
distribución de la riqueza y del poder. Los aumentos de salarios
pueden alcanzarse únicamente mediante negociaciones, tras un
incremento de la producción, y dentro del marco de una serie de
normas fijas. Esas normas, sin embargo, no son los de la justicia
social, las necesidades humanas o las de la igualdad; a ellas se llega
calculando el tanto por ciento de aumento de productividad en un
periodo determinado, qué proporción del mismo corresponde a los
beneficios “necesarios” para el capital y qué proporción queda para
los aumentos de sueldo y para los costos del “welfare state” o
economía del bienestar. En efecto, dentro de este nuevo sistema de
negociación, loa aumentos de sueldo están subordinados a los

47
acuerdos de incremento de la productividad (no alas justas exigencias
de la igualdad), y el bienestar se transforma en una estructura de
apoyo para el capitalismo moderno (y no en un medio de modificar el
sistema). Esta es una de las fronteras fundamentales entre el nuevo
capitalismo y el antiguo, así como entre el capitalismo organizado y el
socialismo. Significa que la elevación del nivel de vida y de la
prosperidad de la clase obrera va ligada indisolublemente a un
crecimiento de las fortunas en la industria privada, ya que solo
aumentando la productividad de la misma se podrá negociar un
aumento de salarios o una ampliación de funciones del “welfare state”.
Un sistema capitalista moderna que funcione bien ofrecerá a la gente
una mayor medida de abundancia y prosperidad, siempre que
aumente la productividad; pero les niega, por definición, un sistema
de igualdad en términos de ingresos, riquezas, oportunidades,
autoridad o poder. Puede haber una cierta nivelación de los “status”
sociales; no obstante, las sociedades capitalistas “abiertas”, en las que
la estratificación social no está muy marcada. Siguen siendo sistemas
cerrados de poder. El capitalismo de mercado creó las relaciones
conflictivas y hostiles de la sociedad de clases; el capitalismo
organizado, cuando tiene éxito, intenta acabar con estos conflictos,
no cambiando las relaciones reales de propiedad y de poder, sino
suprimiendo todas las consideraciones humanas de fraternidad e
igualdad en nombre una contención planificada de los productores y
consumidores, organizados según sus esquemas.

LA MODERIZACIÓN
A principios de la década de los sesenta se produjo una manifiesta
crisis de confianza en la sociedad británica. Las versiones más
simplistas de aumento de riqueza y de oportunidades mantenidas por

48
el partido conservador en los años cincuenta de inflación-recesión, la
nueva izquierda formula en toda momento críticas socialista a los
valores de este tipo de aumento de riqueza, pero las ha ampliado hoy
en día con otro tipo de razonamientos que identifican la debilidad de
la sociedad inglesa con una excesiva hacia el pasado, con una
economía y un sistema político totalmente anticuados. Cuando se
derrumbó el gobierno de Mac Millan, el tema de mayor trascendencia
era que versión de la crisis adoptaría el partido laborista. Pareció ser,
en un principio, la de la necesidad de una renovación general, así
como la de la posibilidad de formar un frente amplio y poderoso que
proporcionara el cambio. Ahora puede uno darse cuenta de que lo
que ocurría en la dirección del partido laborista era algo muy
diferente. Cuando comparamos la retórica oficial de las campañas
anteriores a1964 con el funcionamiento actual del gobierno, lo que
más resalta es el proceso continuo de redefinición, los grandes
cambios producidos, el continuo estrechamiento de los horizontes.
El propio Mr. Wilson llevó al partido en el periodo anterior a 1964 a
un feroz ataque a la política económica de inflación-recesión de los
conservadores. Atacó la especulación del suelo, el escándalo de la
escasez de viviendas, el control de los estamentos dirigentes de la
industria británica por las “conexiones aristocráticas”, la “riqueza
heredada” y las “finanzas especulativas”. En política exterior se burló
de las “ilusiones nostálgicas”, de las “pretensiones nucleares” del
partido conservador. En 1964, él mismo señaló la estrecha relación
que existe entre la economía, la política de defensa, la exterior y los
servicios sociales. “Si, podemos seguir pidiendo prestado, pero mirad
a dónde nos ha llevado trece años de esa política, bajo gobiernos
conservadores. Puede uno endeudarse, pero no tiene entonces
derecho a hablar de una política exterior independiente. Puede uno
aceptar préstamos de alguno de los banqueros mundiales, pero

49
entonces se pierde algo más de independencia, debido a la deflación y
a la disminución de servicios sociales que se impondrá a un gobierno
que se ha colocado a sí mismo en esa situación”.
No obstante, en el transcurso de los meses siguientes, desapareció
toda esa estrategia, el estado de ánimo radical, y se empezó a centrar el
énfasis en temas y problemas completamente distintos. La misión del
laborismo de “transformar” la sociedad británica se redujo al
llamamiento mucho más ambiguo a la nación para que contribuyera a
edificar la “Nueva Inglaterra”. Entonces volvió a definirse nuevamente
la “Nueva Inglaterra”, primero en términos de “revolución científica”
y luego en términos de “modernización”. Pero ¿Qué significaba la
modernización? En primer lugar, una superación de la ineficacia,
causa a la que se atribuían todas las debilidades de la economía
inglesa. La economía inglesa es de hecho ineficaz en muchos sentidos.
Pero sus deficiencias al carácter general de la sociedad inglesa era algo
deliberadamente erróneo. Los problemas de la ineficiencia no pueden
separarse, por ejemplo, de los de la política exterior, ya que una de las
cargas más pesadas que tiene que soportar la economía se debe a la
política internacional concreta que han seguido los últimos
gobiernos ingleses. No se pueden separar tampoco de las grandes
desigualdades de remuneración y oportunidades, de las inmensas
discrepancias en términos de poder, autoridad y control, entre los que
viven del trabajo de los de más para poder vivir. Tampoco pueden
separarse de toda tendencia a consolidad una nueva economía
capitalista aceptada por sucesivos gobiernos; una política que
significa la aparición de mayores unidades económicas privadas, el
control y la absorción de los sindicatos, la redefinición del papel del
Estado en las actividades económicas. Si deseamos comprobar la
validez de la modernización como panacea económica, tenemos que
verla en su auténtico contexto; no como un programa, sino como una

50
estratagema e la nueva consolidación capitalista, basada, en parte, en
el verbalismo y, en parte, en las tácticas del capitalismo
contemporáneo.
La modernización es, de hecho, la “ideología” del nuevo capitalismo.
Abre unas perspectivas del cambio, pero al mismo tiempo mixtifica el
proceso y lo limita. Deben cambiar las actitudes, los hábitos, las
técnicas y las formas de actuar, pero el sistema de poder económico y
social permanece inalterado. L a modernización impide
inevitablemente la formación de metas sociales; cualquier discusión
de los objetivos a largo plazo es presentada como algo utópico en el
clima pragmático y prosaico que genera la modernización. La
discusión sobre una “Inglaterra modernizada” no se refiere a un tipo
de sociedad cualitativa que se pretende alcanzar, simplemente a cómo
seguir dicha modernización. Se considera como instrumentos a
todos los programas y perspectivas. Como modelo de cambio social,
la modernización limita brutalmente el desarrollo histórico de la
sociedad. La modernización es la ideología del presente que nunca
acaba. Todo el pasado pertenece a la ideología “tradicional” y la
modernización es el medio de romper con el pasado, pero sin crear un
futuro. Todo es actual; inquieto carente de visión y de perspectivas, de
fe en el futuro; la sociedad humana se reduce a una técnica efímera.
No se acepta ni se estimula ninguna confrontación entre poderes,
valores o intereses, ni ninguna elección entre distintas prioridades. Se
trata de un modelo tecnocrático de sociedad, libre de conflictos y
políticamente neutral, que elimina los auténticos conflictos y
problemas sociales en las abstracciones de “la revolución científica”,
del “consenso de la mayoría” y de la “productividad”. La
modernización presume que ningún grupo social tendrá que pagar
los costos de la revolución científica, que todos los hombres tienen las
mismas probabilidades de confirmar el consenso, y que, por algún

51
proceso o ley natural, todos nos beneficiamos igualmente del
aumento de la productividad. La “modernización” constituye por lo
tanto, un medio de enmascarar cuáles serán los costos reales de la
creación en Inglaterra de una sociedad auténticamente moderna.
En segundo lugar se identifica la “modernización” como la
planificación. Pero por la actual política del gobierno laborista
equivale, de hecho, a la continuación y consolidación de ese tipo de
planificación capitalista cuyos cimientos fueron puestos por Mr.
Maudling y Mr. Selwyn Lloyd en los últimos años de gobierno
conservador… El estilo de planificación adoptado por los laboristas
no es ni siquiera un método de modificar las fuerzas que impulsan al
capitalismo enmarcándolas en una concepción más favorable a las
prioridades sociales; se trata de una planificación “indicativa”, de una
aportación de datos y de una racionalización de las decisiones y de los
objetivos. La “planificación” laborista fomenta, pues, de un modo
activo la transición —ya iniciada antes de que el laborismo tomara el
poder, pero ahora mucho más avanzada— de una economía
capitalista de mercado a un capitalismo organizado, centrado en la
planificación y en la predicción a largo plazo, en la intervención y el
control estatales para apoyar a la empresa capitalista, en la aportación
de capitales públicos a los monopolios privados (como en el caso de la
North Sea Gas, por ejemplo) y en la aplicación de prácticas
comerciales privadas al sector público (como en la disputa sobre los
trenes de línea).
Es una sangrante ironía histórica que el consenso sobre el que se basa
el nuevo capitalismo se haya alcanzado en Inglaterra gracias a un
gobierno laborista. Para apreciar el papel que ha desempeñado el
laborismo en todo ello basta con fijarse en la respuesta confusa de la
dirección sindical a la política de ingresos, a la congelación de salarios
o al establecimiento de un sistema permanente de control de las

52
negociaciones laborales. La participación en la planificación
capitalista se ofrece como modelo a seguir por los sindicatos en la
economía moderna. Los sindicatos saben que hay algo extraño y que
huele mal en este modelo, pero se limitan a volver defensivamente a
las antiguas definiciones, a una negociación salarial libre entre mano
de obra y capital. Se muestran entonces dignos de la acusación de
querer volver a los antiguos sistemas de “todos contra todos” y de
desajuste salarial” que tanto han criticado en el pasado. Entonces, el
gobernó y los medios de comunicación procuran enfrentar a los
sindicatos con la opinión pública, haciendo aparecer a los primeros
como atrasados y anticuadas en contraste con la modernización que
ellos propugnan. De este modo, y durante algún tiempo, por medo de
una mezcla de invitaciones, de declaraciones de buenos propósitos,
de presiones, chantaje e indirectas, el gobierno obliga a la dirección de
los sindicatos a aceptar una colusión con el sistema. La crisis de 1966
demostró ser una auténtica bendición para esta forma de actuar, ya
que la necesidad de adoptar medidas rápidas y tajantes permitió al
gobierno poner en práctica unas leyes y regulaciones que, de hecho,
equivalen al esqueleto de la nueva planificación capitalista.
Camuflándolo de “medidas de emergencia”, Inglaterra dio un paso
decisivo en el camino del nuevo capitalismo.

LA POLÍTICA DEL CONTROL


Está claro cuál es la meta política del nuevo capitalismo y de los
gobiernos que lo sustentan. Es la de camuflar el verdadero conflicto, la
de disolverlo en un falso consenso político; construir no una
auténtica y radical comunidad de vida e intereses, sino una
convivencia ficticia entre todos los grupos sociales. La política del
consenso, esencial para el triunfo del nuevo capitalismo, es

53
fundamentalmente una política manipulada, la política del control
absoluto de los seres humanos es como tal, profundamente
antidemocrática. Todavía se eligen los gobiernos; los miembros de
Parlamento aseguran la supremacía de la Cámara de los Comunes.
Pero la verdadera tarea del gobierno es la de controlar el consenso
apoyándose para ello en las élites más poderosas y mejor organizadas.
En una sociedad basada en el consenso, la minoría dominante no
puede seguir imponiendo su voluntad mediante la coerción; pero
tampoco admitirá la forma de progreso que significa el que la gente se
organice para participar en un modo efectivo en el poder y en la
responsabilidad. De hecho, la democracia se transforma en una
estructura de maniobra y negociación. La tarea de los políticos que se
dirigen el país consiste en lograr una coalición de interese alrededor
de cada tema vital, valiéndose para ello de los regateos, componendas
y compromisos, así como en integrar a las grandes unidades de poder
o grupos de presión dentro de su programa legislativo. La política del
consenso se ha transformado de este modo en la política del control,
ya que su fin no es el de lograr un cambio estructural a gran escala. Es
una política pragmática, que busca maniobrar con éxito dentro de los
límites existentes. Cada acto administrativo equivale a una actuación
virtuosa, a un ejercicio de relaciones públicas dentro de la política.
Apenas importa que sea un gobierno conservador o laborista el que
lleve a cabo estas maniobras, ya que ambos aceptan como marco de su
actuación al “status quo” existente. El gobierno, tal como recuerda
frecuentemente el primer ministro, se basa únicamente en la decisión
de “gobernar”. Se trata de una pescadilla que se muerde la cola.
Se la ha mordido de un modo muy especial. En la sociedad capitalista
ha habido siempre distintas fuentes de poder, basadas en la propiedad
y en el control, con las que deben negociar los gobiernos. Pero la

54
esencia del nuevo capitalismo de dicha estructura. A los Estados
dentro del Estado, a los grupos de presión de cada sector (los bancos,
las grandes empresas, las asociaciones de empresarios...) se les
concede un puesto nuevo y más seguro en la estructura política que se
convierte, cada vez, en la verdadera maquinaria e poder y de toma de
decisiones, tanto en los campos propios de cada uno de los grupos de
presión, que es lo que ha ocurrido siempre, como en el campo de la
economía y de la política en general. Esta estructura política, que se
refleja hasta cierto punto en la propiedad y control de los grandes
medios de comunicación de masas, se describe entonces como el
“interés nacional”. Y no se trata sólo de que se haya definido el interés
nacional como equivalente a los intereses muy concretos y, con
frecuencia dañinos, de los bancos, de los trusts y del mundo de las
finanzas, sino que se ha dado también una nueva definición de los
electores, del proceso democrático, que se dice sancionan dicho
estado de cosas, y se les ha transformado —con el nombre de interés
público— en solo uno —relativamente débil y mal organizado— de
los diversas elementos que tienen derecho a dar su opinión en el
proceso de adopción de decisiones trascendentales.
Por lo tanto, bajo el actual gobierno laborista, podemos contemplar el
proceso seguido por todo un sistema de capitalismo monopolista en
busca de su estabilización. La táctica del periodo de transición en el
que el antiguo capitalismo se convierte en el nuevo se ocupa
principalmente del control de los conflictos y tensiones políticas, de la
disolución de los antiguos las y relaciones según van apareciendo
otros nuevos, hasta que el nuevo orden sea lo suficientemente estable.
Su objetivo, sin embargo, no es el de un ajuste de emergencia y a corto
plazo de los problemas temporales sino el de la creación de un nuevo
“status quo”, de hecho, de todo un nuevo orden social.

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En esta campaña para organizar y racionalizar un nuevo capitalismo
estable se pretende dejar atrás y presentar como obsoletas tanto la
versión liberal individualista del capitalismo de mercado como la
visión comunitaria e igualitaria del socialismo de merado como la
visión comunitaria e igualitaria del socialismo. Se hace creer que el
nuevo modelo de sociedad es algo inevitable, engendrado por el
empuje de la tecnología y apoyado por la tendencia a la
modernización. Hasta hace muy poco tiempo se había discutido este
modelo como algo abstracto. Pero ya ha dejado de ser así. Constituye
la base real de la política actual, la auténtica perspectiva del gobierno
laborista. Ahora, viéndolo en retrospectiva, podemos ver como
algunos de los elementos propios de este sistema empezaron ya a
cristalizar a finales del periodo de dominio de los conservadores; pero
sólo bajo los laboristas de ha transformado en la auténtica inspiración
de todas las medidas de gobierno. Solo en el periodo de dominio
laborista ha encontrado el sistema económico emergente su
contrapartida política y diseñado sus sofisticados medios de control
platico. En este contexto pueden explicarse las discusiones y
divisiones que se ha producido dentro del campo socialista en la
última década. Las duras increpaciones entre la “vieja” y la “nueva”
izquierda intercambiadas en los años cincuenta deben considerarse
como una consecuencia de la crisis provocada por este capitalismo
emergente en el mismo seno del socialismo, como resultado de la
incapacidad de encontrar un lenguaje en el que se pudiera describir
adecuadamente estar resurrección y transformación del capitalismo
y, al mismo tiempo, reestructurar el propio partido laborista.
Adoptar los planes de modernización del gobierno separadas de las
realidades capitalistas en los que se basan equivaldría a interpretar de
manera fatalmente errónea la naturaleza de la actual crisis de la
sociedad inglesa. Estos errores se han producido inevitablemente,

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incluso entre los socialistas; véase, si no, la creencia de que, como se
ha introducido en nuestra vida económica una cierta planificación,
caminamos “necesariamente por la vía del socialismo”. Sin embargo,
este mismo error de juicio demuestra cómo el nuevo capitalismo
desmantela las antiguas ideas y valores políticos, confunde y
fragmenta el movimiento laborista. Pues, el nuevo capitalismo, en el
mismo proceso de “superación” del socialismo, adopta de hecho
muchas de las formas colectivistas del socialismo, aunque nada de su
auténtico contenido. Así, los socialistas han creído siempre en la
planificación y ahora parece hacerlo también el capitalismo
organizado. Los socialistas se han opuesto al libre juego del mercado,
y ahora el nuevo capitalismo pretende superarlo. Los socialistas se
han mostrado a favor de la intervención y control estatal, en lo que
también cree el capitalismo organizado. Los socialistas han apoyado
un movimiento sindical fuerte, y ahora el capitalismo de nuevo cuño
necesita un movimiento sindical poderoso y centralizado con el que
poder negociar. Parece fácil afirmar; estamos construyendo el
socialismo, sólo que le llamamos “nueva Inglaterra”: la unión del
gobierno, de la industria, de los bancos y de los sindicatos, todos
juntos. Como operación propagandística, puede funcionar durante
algún tiempo, pero resulta con frecuencia ridícula. Lo que ha
ocurrido es algo completamente diferente. El partido laborista
encarnaba las aspiraciones de la clase trabajadora. Mucho antes de
que comenzara la actual transición, sus dirigentes e intelectuales
tradujeron estas aspiraciones a un economismo estrecho —a una
planificación experta— y a un mínimo de nivel de bienestar. Está
constituida ya en sí una redefinición importante, un desvirtuamiento
que excluía a todos los elementos democráticos de ejercicio de poder.
En nuestra propia época, estos objetivos y tergiversaciones han
llegado a coincidir con las necesidades del capitalismo en su fase

57
monopolista y, por tanto, en un movimiento que confirma y
trasciende un aspecto de la causa socialista. La dirección del partido
laborista limitada ya a un concepto muy especial y estrecho de lo que
significa el socialismo en realidad, vio en este cambio su oportunidad
para hacerse cargo del poder. Hizo, por lo tanto, una oferta para
domar y controlar el nuevo sistema; pero fue engañado tanto desde
fuera como dentro de sí mismo. El partido y el gobierno continúan
operando con su antigua marca de fábrica, con toda su buena
voluntad y “lealtad de sus consumidores” acumuladas que ha
ocurrido es que ha cambiado ya totalmente la situación sobre la que
operan.

UN NUEVO SISTEMA INTERNACIONAL


Este sistema global —que nosotros denominamos nuevo
imperialismo— es una estructura muy compleja, por lo que aquí
podemos referirnos sólo a algunas de sus características. El primer y
más significativo cambio es el de la aparición del complejo
imperialista internacional.
A lo largo de los años cincuenta y sesenta, las grandes corporaciones
de Estados Unidos, así como de Europa Occidental y Japón, se han ido
“internacionalizando” progresivamente. Han experimentado una
gran expansión, tanto en sus propios países como en los demás, en el
mundo colonial y ex colonial, mediante las inversiones y la creación
de empresas subsidiarias de exportación y fabricación en los
territorios de dichos países. Casi todas las inversiones son privadas y,
de éstas, la mayoría son efectuadas directamente por las grandes
empresas. Una proporción cada vez mayor de las inversiones van a
parar a países que han alcanzado a un alto nivel de desarrollo. Más de
la mitad de los beneficios derivados de las inversiones privadas que se

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reciben en Estados Unidos e Inglaterra proceden de los países
desarrollados, y dos tercios del capital que sale de estos dos países van
a parar a los mismos. Hoy en día nos encontramos con un gran
desarrollo de las inversiones mutuas, nacido de la lucha por la
supervivencia de las grandes “trusts” internacionales: una lucha que
tiene lugar tanto dentro de los países desarrollados del mundo (a
costa de los que están subdesarrollados) como en los tradicionales
mercados de ultramar. Solo las empresas internacionales gozan de los
recursos de capital, de la flexibilidad, del acceso a la investigación y al
desarrollo que son necesarios para poder competir en este terreno.
Esta rápida internalización de la corporación privada ha producido
un tremendo impacto en el comercio mundial. Ha exprimido todavía
más a las naciones subdesarrolladas, basadas casi siempre en un solo
cultivo o en un solo recurso minero, así como a sus rivales más
pequeños y menos eficientes, especialmente en Gran Bretaña.
Además, son estas grandes corporaciones internacionales las que
fijan el marco económico institucional en el que tienen que
desarrollarse las economías nacionales. De ellas depende qué es lo
que se fabricará y exportará en las subsidiarias locales, que
proporción de los beneficios obtenidos en otros países se destinará a
la metrópoli, dónde mantener fondos líquidos y cuándo transferir los
fondos en forma de divisas extranjeras. No fueron los enanos de
Zurich, sino las gigantescas corporaciones internacionales —muchas
de ellas inglesas— las que efectuaron transferencias masivas de libras
esterlinas en noviembre de 1964 y en junio de 1966. A su presión para
exportar capitales de Inglaterra y Estados Unidos se debe en gran
medida el gran déficit en los pagos internacionales con los que sean
encontrados ambas naciones. (Tanto una como otra se han visto
obligadas a tomar medidas para equilibrar estos déficit; el resultado,
sin embargo, es una escasez en el dinero líquido disponible en el
mundo). Sus operaciones minan las posiciones de los países en vías de
59
desarrollo y ponen continuamente en peligro las economías
nacionales.
Estos consorcios internacionales comercian e invierten masiva-
mente en los países desarrollados. Pero participan también, y cada
vez en mayor medida, en la continua explotación a que está sometido
el mundo colonial y excolonia. De las inversiones de Inglaterra,
estados Unidos y Europa Occidental, solo una pequeña en las
presiones globales de un sistema político y financiero de carácter
internacional y fuertemente coordinado.
Esto no lleva al cada vez mayor dominio de los Estados Unidos en la
evolución del nuevo tipo de imperialismo mundial. En el de Estados
Unidos, las inversiones en países desarrollados infieran también con
mucho a las inversiones en el Tercer Mundo, aunque no se debe
infravalorar tampoco la industria nueva aspecto del imperialismo
moderno, el militar. Es un hecho de sobra conocido y divulgado la
importancia del complejo militar industrial en la economía de
Estados Unidos y la constitución de los contratos de defensa a dicha
gigantesca entidad. Se afirma que los gastos de defensa están en
función al papel global de Estados Unidos como “defensor del
mundo occidental”. Pero el mundo occidental no se limita a ser una
idea política, un modo de vida se trata de un enorme complejo
económico y político comprometido —según la visión de los
sucesivos gobiernos norteamericanos en una lucha a vida o muerte,
en todos los terrenos, contra el “comunismo internacional—
centrado en la Unión Soviética y en China, y con la “extendida
subversión” de todo el Tercer Mundo. Ni que decir tiene que el papel
imperial de Estados Unidos en el mundo se explica por toda una serie
de factores económicos.
También parece claro que el resultante de un conjunto de fuerzas,
entre las que se cuentan los factores económicos internos y externos,
60
el programa militar y los elementos políticos e ideológicos han
actuado, en el contexto de la guerra fría, como transformador del
sistema socioeconómico del mundo occidental en una presencia
militar agresiva-defensiva a escala mundial.
Desde este punto de vista es desde el que tenemos que contemplar la
creencia tan extendida de que Inglaterra, con potencia imperialista,
se encuentra en una fase de decadencia y liquidación, en el crepúsculo
de su era colonizadora. Esta cuestión nos plantea de nuevo, y todos
juntos, los temas políticos más importantes del momento actual: las
verdaderas relaciones entre el nuevo capitalismo y el nuevo
imperialismo; el auténtico carácter de alianza político-militar
anglosajona; la posición que ocupa Gran Bretaña en el mundo
contemporáneo.

EL FINAL DEL IMPERIO


Para la mayoría de los ingleses, el imperialismo tiene unas imágenes
directas y concretas: La Unión Jack, el sombrero de plumas del
gobernador colonial, el aislado funcionario público de las colonias.
Muy pocos pueden sentir nostalgia de estas imágenes ya que
pertenecen claramente al pasado. En los panfletos y discursos del
partido laborista aparece casi siempre este tema: cómo “concedimos a
India la independencia”. Cómo “liquidamos el imperio”. Es cierto que
se han desmantelado ya que los viejos símbolos; se han arriado las
banderas, se han acabado los bailes de cualquier personaje de
segunda fila de la familia real con el nuevo primer ministro negro, los
nuevos nombres en el Atls. Y, sin embargo, si estudiamos la relación
de Inglaterra con el Tercer Mundo, nos daremos cuenta de que lo
único de ha ocurrido es un ligero cambio: políticamente, la era
colonial se ha cerrado, pero quedan todavía los vestigios de la misma,

61
adornados con todas las ambigüedades del colonialismo tardío, que
se dan en Rodesia y Adén. Económicamente se han “afianzado” toda
una serie de puestos, pero en el mismo centro de todas nuestras crisis
económicas vuelven a afirmarse los viejos imperativos imperiales e
internacionales de un modo claro e inequívoco. Militarmente
Inglaterra ha retirado sus tropas ocupantes de diversas zonas del
mundo colonial; pero seguimos teniendo todavía “una misión al este
de Suez”, intereses vitales con nuestros aliados del Oriente Medio y de
África, responsabilidades de defensa para con la India, fronteras en el
Himalaya. El derrumbamiento de los antiguos imperios coloniales es
un hecho de trascendental importancia en la historia del mundo, y
especialmente en la Inglaterra, pero también es un hecho histórico la
resurrección de una misión imperial, de un sistema militar global,
junto con las otras potencias occidentales, especialmente Estados
Unidos. ¿Cuáles son las nuevas estructuras dominantes de tipo
político, económico, militar e ideológico, de este nuevo
imperialismo? ¿Cuál es el carácter de la participación inglesa en el
mismo? ¿Cuál es su significado para las nuevas naciones del Tercer
Mundo? En lo que se refiere a Inglaterra, podemos llegar a la
conclusión de que nunca llegó a producirse realmente la total
liquidación de su imperio. En términos económicos, está claro que
cuando salieron los gobernadores coloniales entraron las grandes
compañías internacionales y los interese financieros. Los aspectos
políticos son también mucho más complejos y ambiguos de lo que
quieren hacernos creer. La historia de cómo “concedimos” a las
colonias su libertad suena muy parecida a la de cómo los ricos nos
“concedieron” a los demás el derecho alto, el “Welfare state” o el pleno
empleo. Esta historia es muy distinta si se la mira desde el punto de
vista de, por ejemplo, Kenia, Chipre, Malaya, Guayana, Rodesia,
Aden. En muchos casos, el proceso de liquidación del imperio se vio
determinado por la revolución armada, la guerra civil o una
62
prolongada desobediencia y resistencia cívicas. En otros casos, el
proceso se apresuró casi antes de que ningún movimiento nacional lo
exigiese, para permitir el traspaso de poderes a unos líderes nativos y
a unos cuadros seguros. Entre estos dos ejemplos se encuentra una
infinidad de casos, supresión de una de las alas de un movimiento
nacionalista, traspaso de poder a la otra, encarcelamiento de los
dirigentes políticos y sindicales; retirada de las tropas coloniales
debido a una presión latente o en aumento; creación de unas
estructuras políticas nuevas y esencialmente artificiales, tales como
federaciones, para lograr que la independencia se alcanzara de un
modo u otro. La actual complejidad del mundo excolonia está
estrechamente relacionada con todas estas historias. No puede
hablarse, pues, de un proceso de “liberación”, sin más.

“EL SUBDESARROLLO”
Existe un término que explica perfectamente nuestras relaciones con
los países excolonialiazados. No se refiere al imperialismo al que nos
hemos referido anteriormente; se limita a describir una condición
física, técnica; la condición del “subdesarrollo”. Este es el supuesto, el
tipo de término que el nuevo capitalismo se veía indefectiblemente
abocado a crear (Compárese con el de “desposeído” o con el de
“paria”). Es muy significativo por la visión que da de un país: no la de
un pueblo pobre, sino la de todo un territorio, una nación
“subdesarrollada”. Sin embargo, algunas personas, ajustándose a esta
descripción, pueden considerar como deber de los países
desarrollados ayudar a los subdesarrollados, al igual que era el deber
de los ricos ayudar y socorrer a los pobres. Por este procedimiento se
encauzan muchos sentimientos generosos a un determinado tipo de
relaciones entre países pobres y ricos. Y cuando se da uno cuenta,
como no puede menos que ocurrir, de que cada vez se agranda más el
63
foso que separa a los pobres de los ricos de este mundo, y que aumenta
de manera desastrosa el peligro de hambre y pobreza engendrado por
el rápido crecimiento de las poblaciones, lo más que se llega a decir es
que necesitamos dar más; más ayuda caritativa. La mayor parte de los
sentimientos positivos de la Inglaterra actual son de este tipo.
Por supuesto, es precisa esta ayuda. Pero al igual que el movimiento
obrero creó una alternativa para acabar con la pobreza y la
desigualdad mucho mejor que la caridad, necesitamos una
perspectiva diferente para los problemas de las naciones pobres, y
debemos empezar comprendiendo cuáles son las estructuras
políticas y económicas del mundo que intentamos cambiar. No nos
relacionamos con el Tercer Mundo mediante una simple “ayuda sin
lazos”, tipo Oxfam, o “Libres del Hambre”. Nos relacionamos también
a través de la City, de la libra esterlina, de Unilever, del oro, del
petróleo, del caucho, del uranio, del cobre, mediante bombarderos,
fuerzas expedicionarias y “Polaris”.
Considérese al subdesarrollo como una idea. En el mejor de los
sentidos implica que los países pobres se parecen a los ricos en una
etapa anterior de su historia. Por lo tanto, debe ayudárseles hasta que
logren desarrollarse, o quizá ser desarrollados por los otros países
hasta llegar a ser como estos en cuanto a economía y sociedad. Pero,
en su auténtico sentido, quiere decir que un pobre es igual que un rico,
sólo que en una etapa relativamente atrasada de su desarrollo. En la
Inglaterra victoriana, esto era lo que algunos pensaban de los pobres
de aquella época. Pero muy pocos pobres pensaban lo mismo. Veían
como la riqueza y la pobreza se creaba, y heredaban, a causa de las
formas de propiedad y de las relaciones de trabajo de su sociedad. Del
mismo modo, tenemos que preguntarnos acerca de los países pobres:
¿se trata de una condición heredada, o es también creada?

64
Con frecuencia es heredada desde el periodo colonial ya señalado.
África perdió millones de sus habitantes a causa del mercado de
esclavos. A estos países de les ha despojado de enormes cantidades de
petróleo, minerales y productos agrícolas que han ido de las naciones
pobres a manos de las ricas. En este proceso, durante el periodo
colonial, las economías se desarrollaron y estructuraron para un fin
fundamental: para crear economías de cosecha única o de extracción
de un solo mineral, o de petróleo, dependiendo para su venta del
mercado mundial, a través de las potencias coloniales. En una etapa
posterior, debido a su propio desarrollo interno y a las necesidades de
las economías en expansión de las potencias coloniales, se
convirtieron también en meta de exportaciones y de inversiones de
capital: su desarrollo, por así decirlo, era como economías satélites de
las potencias coloniales. Se deduce, pues, que, cuando decimos
“subdesarrollo” no nos limitamos a poner una etiqueta a una realidad
muy simple y que el desarrollo que pueda producirse en los países
subdesarrollados está únicamente en función de los intereses de las
naciones ocupantes. Los pobres no son pobres porque sí, sino porque
hay ricos y porque estos, mediante el control político y económico
determinan las condiciones de sus vidas.
Tenemos entonces que preguntarnos qué es lo que cambió cuando
estos países alcanzaron la independencia política. Es obvio que
seguían dependiendo del mercado mundial, ya que los precios eran
fijados por los que tenían en sus manos el control de mercado
mundial, hasta tal punto que podían influir radicalmente en la
cuantía de su renta nacional. Además, necesitaban capitales y la
mayor parte de estos solo podían venir de los países más ricos. ¿En
qué condiciones les suministrarían dichos capitales?
Los intentos de resolver estas cuestiones han conformado la historia
política y económica del antiguo mundo colonial. Se pueden dar dos

65
tipos distintos de respuestas. O bien pueden seguir económicamente
como antes, produciendo para el mercado mundial a unos precios
fijados desde fuera, recibiendo importaciones de las economías
industriales, también a precios fijados desde fuera, y aceptando
capitales para el desarrollo, en las condiciones y formas más
adecuadas para los países que se los suministrasen. O, por el
contrario, pueden dejar de considerar a sus economías como
simplemente productoras y consumidores de otras, hacerse cargo del
control de sus propios recursos naturales y desarrollarlos de acuerdo
con sus propias necesidades, aceptando capitales extranjeros solo
dentro del contexto de ese plan nacional. La primera actitud daría
lugar a una continuación de la dependencia económica, aún después
de alcanzar la independencia política. La segunda sin embargo,
llevaría a un inmediato conflicto económico y político con los que
controlan desde el extranjero los mercaos y los capitales. En la
complejidad y urgencia de su pobreza real no resultada fácil decidirse
por ninguno de estos dos caminos. Nosotros, por nuestra parte,
debemos estudiar cuál es nuestra postura en los países que adoptan
las decisiones decisivas acerca de los precios mundiales de los
alimentos y primas, así como de las inversiones de capital. ¿Cuáles
eran, pues, nuestras propias prioridades?
Se han llevado a cabo algunas tentativas de regular el comercio y de
suministrar capitales en condiciones favorables al desarrollo de las
economías excoloniales en beneficio de los intereses de lo que se ha
venido a denominar neocolonialismo. Se ha mantenido el dominio
económico sobre los países pobres, diciendo que era vital para
nosotros. Cuando una antigua colonia ha emprendido el primero de
los dos caminos descritos, ha recibido inversiones y ayuda que
aseguran su continuo desarrollo como economía satélite. Se hacen
grandes esfuerzos para mantener esta situación, tanto en las

66
negociaciones como en las maniobras políticas. En vez de la bandera
y del sobrero de plumas, contamos con el mercado de bienes y
materias primas y con el banquero internacional. No es lo que se ha
venido denominando corrientemente imperialismo; pero, para
aquellos que lo sufren, sigue siendo un control extranjero decisivo
sobre los aspectos más importantes y críticos de sus vidas. Y entonces,
si se inicia dentro del país un movimiento político para alterar las
prioridades y acabar con esta dependencia, se puede presentar
plausiblemente como subversivo; aplastarlo es una medida de
“pacificación”. Cualquier medida tendente a alcanzar la libertad
económica, por parte de un gobierno de país oprimido, puede
responderse con todo tipo de presión económica, política e incluso
militar, como en Suez. Para los que vivimos en los países explotadores
y leemos noticias sobre estos acontecimientos se crea toda una serie
de etiquetas que se adjudican a las partes contendientes; son
“prooccidentales” y “moderadas”, o “extremistas”, “terroristas” y
“comunistas”. El nuevo colonialismo de los mercados de materias
primas, de las corporaciones mineras, de las compañías petrolíferas y
de las organizaciones financieras se transforma en el nuevo
imperialismo de la presencia militar, de las fuerzas pacificadoras y de
las maniobras políticas.

CONTROLADORES POLÍTICOS DEL MUNDO


Lo que anteriormente era el campo relativamente especializado de la
gestión y control de las colonias se ha transformado, por todas estas
razones, en una estrategia global sumamente complicada. En la
misma, los elementos económicos, políticos y militares están tan
estrechamente unidos entre sí que parecen ser una misma cosa. Los
programas de inversión de las gigantescas corporaciones interesadas

67
en el mantenimiento de es te sistema son, por supuesto, puramente
capitalistas. Pero detrás de ellos se encuentran otro tipo de
inversiones que procede de distintas fuentes, pero que comparte la
misma ideología. Cuando se ofrece capitales a un país excolonizado
se pone mucho énfasis en que deben mantenerse alejados de
cualquier idea de nacionalización y partidarios de la “libre empresa”.
Los acontecimientos políticos en el país receptor n deben “asustar a
los inversores”. Se debe permitir una total libertad de actuación a las
corporaciones extranjeras, que son las que poseen los conocimientos
técnicos necesarios. Se debe asegurar una estabilidad política; en lo
interior, para dar seguridad a las empresas e inversiones extranjeras;
estratégicamente, para alejar del país cualquier tipo de “subversión”
comunista. Se exige regímenes estables —tanto por parte de la
estrategia económica como de la política—, aun si son dictaduras
militares o regímenes marioneta: el orden se considera preferible al
“caos” inevitable en cualquier cambio radical. Las referencias a dicho
caos son por supuesto, pura hipocresía. La indonesia que denunciaba
el neocolonialismo era un país paria; la Indonesia posterior a la
masacre de más de 400,000 comunistas se convierte de repente, en
una nación prometedora que merece una mención favorable del
secretario de Asunto Exteriores inglés.
Por su puesto, en determinadas circunstancias se puede alcanzar la
estabilidad política por otros medios; mediante reformas moderadas
llevadas a cabo en el momento oportuno —una reforma agraria,
algunas mejoras en las condiciones sanitarias o de vivienda, algunos
avances para los nativos—. Los límites de la reforma sin embargo, se
mantiene estrictamente. Se lanza en América Latina la Alianza para el
Progreso, pero se combate a los grupos que buscan una solución
política más radical y se derriban gobiernos, se bloquea a Cuba.
Cuando el clima económico y los regímenes políticos son

68
“favorables”, se apoya a la economía mediante ayudas e inversiones.
Pero lo normal es que estos programas sean financiados por el erario
público y que la construcción de una infraestructura —carreteras,
pantanos, fuentes de energía, así como de otros servicios que además
hacen más fáciles y beneficiosas las aventuras del capital privado—,
sea sufragada, no por ese mismo capital privado, sino por los fondos
públicos. Pero si estas reformas moderadas tienen realmente éxito, y
si las ayudas estimulan verdaderamente un auténtico crecimiento
económico, se crea en los países pobres nuevas fuerzas sociales y se
ponen en marcha nuevos programas que arrastran indefectiblemente
a dichos países fuera de la segura órbita del dominio occidental. Los
antiguos grupos privilegiados pueden resistirse a estos cambios y se
constituyen en las fuerzas aliadas al imperialismo, en las clases de las
nuevas naciones que las hacen “seguras” para la democracia. Cuando
se genera una de esas situaciones revolucionarias, se cambia la blanda
máscara de la “ayuda” por el duro rostro de la intervención política y
de la contra subversión. Así, pues, se obliga a las nuevas naciones a
vivir dentro de este círculo mixtificador; ayuda para la fuerza segura y
digna de confianza, pero presencia militar contra las revolucionarias.
Las relaciones de explotación económica y políticas entre las nuevas
naciones y el mundo occidental confirman, por lo tanto, la división de
clases y la explotación en dichas naciones, originando así el
“subdesarrollo” de los “países subdesarrollados”. Los pueblos de las
naciones ricas son explotados por los colonizadores que pretenden
estar actuando en su nombre y que son al mismo tiempo los
explotadores de los países pobres. Pero los pueblos de los países
pobres se ven también explotados dentro de sus propias sociedades
por los grupos de intermediarios, por los jefes y los “sheiks”, por la
burguesía local y por los importadores, por los terratenientes
indígenas y por los que producen para los mercado de materias

69
primas, por los representantes nacionales de las grandes empresas
internacionales, por los empresarios capitalistas locales y por las
burocracias políticas y militares que existen para mediar y mantener
las nuevas relaciones coloniales. Entre las clases imperiales del
mundo desarrollado y las clases explotadoras del subdesarrollo
existen una causa común económica, militar y política. Algunas de
estas burocracias y cuadros constituyen lo que denominados el
gobierno de los nuevos estados; su corrupción y brutalidad pueden
explicarse y justificarse como prueba de la incapacidad de los pueblos
“atrasados” para gobernarse a sí mismo, pero su auténtico carácter y el
verdadero papel que representan solo pueden entenderse viéndolos
dentro del complejo de las relaciones económicas y políticas reales.
Los gobiernos honrados y patrióticos se ven constantemente
sometidos a presiones, de modo que su supervivencia es sumamente
precaria. Los gobiernos más fuertes, decididos a alcanzar la
independencia económica, para que sea real la política, o bien son
derrocados desde fuera o desgastados desde dentro. Si consiguen
tener éxito, se les describe como enemigos nuestros.
Esta es la realidad política y social de las relaciones entre las naciones
pobres y ricas del mundo. Esta es la realidad que tenemos la
obligación de cambiar. Sólo tenemos que fijarnos en cuales son los
centros de violencia en el mundo contemporáneo, que se encuentran
precisamente en los países pobres del mundo que luchan por su
independencia, para darnos cuenta de que lucharemos no solo para
acabar con la explotación, sino también con la mayor fuente de
guerras y conflictos de nuestra era.

70
LA GUERRA FRÍA
Los socialistas han considerado tradicionalmente a las guerras del
siglo XX como una consecuencia de la rivalidad entre los
imperialismos; rivalidad por las colonias, por el comercio, por las
esferas de influencia. Pero esta situación fue modificada ya por la
revolución rusa, y la política internacional, durante toda una
generación, se vio determinada por las reacciones ante este nuevo
factor —la existencia de un estado socialista— y ante los movimientos
con él relacionados. La II Guerra Mundial, al igual que la primera,
tuvo su origen en Europa, pero su carácter era muy distinto. Las
antiguas rivalidades nacionalistas e imperialistas coexistían con el
complicado proceso de lucha política entre el socialismo, por el otro
lado, el capitalismo liberal y, por otro el fascismo. Antes de que
terminase la guerra, se vio todavía más complicada en Asia, por un
conflicto imperialista de nuevo tipo.
La formación y reformación de alianzas en esta lucha tanto durante la
guerra, como durante la post guerra, han ido profundamente
confusas. Para los socialistas ingleses los avances reales del
comunismo ruso, bajo enormes presiones —internas, debidas a la
lucha por salir rápidamente del subdesarrollo; externas, debidas a la
invasión y a la hostilidad de las grandes potencias— tenían un
carácter muy distinto de las visiones fáciles y utópicas, muchas de las
características de este comunismo no podían considerarse sino como
hostiles a las ideas socialistas nacidas de unas experiencias históricas
mucho más modernas y favorables. Todavía sigue urgiendo una
profunda reforma de las sociedades comunistas y, al expresar nuestra
oposición a sus características disciplinarias y manipuladoras,
manifestamos al mismo tiempo nuestra solidaridad con el cada vez
más número de críticas democráticas que se producen dentro de estos
mismos países. Pero ha resultado siempre sumamente difícil expresar

71
esta oposición democrática sin caer en el peligro de alinearnos al
mismo tiempo con los enemigos del socialismo en cualquiera de sus
formas.
Por todas estas razones, la Guerra Fría fue una experiencia que
provocó amargas divisiones en nuestras filas. Nunca nos fue posible
aceptar la versión propagandista de que la Unión Soviética era una
potencia imperialista agresiva; sin embargo, el hecho de que la
acusación se formulara en estos términos mostraba la complejidad de
una nueva política: El imperialismo ahora se presentaba como un
enemigo al que combatir. De forma parecida, los antiguos apologistas
de los partidos del orden, de cualquier tipo de régimen autoritario,
tanto en nuestro propio país como en cualquier otro, esperaba que
nosotros nos uniésemos a sus campañas, debido al autoritarismo
soviético; al negarnos a ellos, teníamos que insistir, con frecuencia
desautorizando las manifestaciones de amigos y camaradas, en que el
autoritarismo de cualquier tipo es algo brutal insoportable. Millones
de personas incluyendo a muchas que participaban en el movimiento
de la clase obrera, se vieron llevadas, sin a participar, si ha no
oponerse a la Guerra Fría, entendiéndola como una operación
esencialmente defensiva.
Esto era algo completamente falso, desde el comienzo. Los
movimientos populares de resistencia en la Europa ocupada durante
la II Guerra Mundial, aunque dirigidos por los comunistas, solo
pueden verse como agentes del imperialismo soviético si se emplea la
distorsión histórica más disparatada y gresca. Representaban unos
movimientos auténticamente populares, con genuinas aspiraciones
revolucionarias, emparentadas con las que produjeron las
arrolladoras victorias electorales de los laboratoristas en 1945. El caso
de Yugoslavia, durante los peores años del stalinismo, demostraba
cómo los impulsos autóctonos y democráticos podían escapar a

72
cualquier tipo de control imperialista. Y fue la represión de estos
movimientos populares —en Grecia, en Francia, en Italia—, así como
la reinstauración de los antiguos intereses y regímenes (ahora bajo
protección militar americana) lo que originó la Guerra Fría en una
medida mucho mayor que la represión stalinista de la oposición
liberal, social-demócrata y (en el último extremo) Comunista de la
Europea del Este.
La Guerra Fría tuvo más de un autor. Una de sus páginas de escribió el
Fulton, otra en Yalta, otra en Praga. Ha representado en todo
momento una radical falsificación de la cultura, de la historia e
incluso de las geografías europeas. No existe ningún enfrentamiento
entre el “Oeste” y el “Este”: Las líneas de la argumentación ideológica,
de la influencia cultural y de las solidaridades políticas se han
ajustado en todo momento a su propia lógica, que saltaba por encima
de las fronteras arbitrarias. Nunca hemos podido considerar la
Guerra Fría sino como un interregno en la historia europea, como un
paréntesis antinatural.
Ahora se puede acabar finalmente con el este paréntesis. La Guerra
Fría, en su carácter de confrontación dentro de Europa, ha ido
cambiando de forma y sentido a lo largo de los años. Creemos que,
debido a la confusión provocada por la Guerra Fría y a sus propias
tensiones internas, el movimiento obrero ha sido excesivamente lento
en reconocer el nuevo carácter de las relaciones internacionales. Con
la carrera de armas nucleares, la Guerra Fría llegó a un punto muerte
en Europa; ahora se lucha en otros lugares, por motivos diferentes y
con medios distintos. Esta nueva lucha ilustra mucho más claramente
cuál era el carácter de la confrontación original. Creemos que
teníamos razón cuando, en los años cincuenta denunciamos a las
armas nucleares como peligro mayor, y más inmediato para la
civilización y, de hecho para la propia vida humana. Acertamos al

73
exigir la retirada a Inglaterra de la estrategia nuclear y cuando
presentamos esta propuesta como una iniciativa política y moral
claramente positiva, tuvimos que elegir en todo momento, incluso en
el peor período del stalinismo, entre sistemas políticos mundiales de
carácter opuesto que, en vista de sus respectivos poderíos militares,
hacían prácticamente imposible tomas una decisión que no tuviese
algo de ambigua. Este era quizás el sentido del simple llamamiento
por un desarme nuclear unilateral: el de ofrecer una elección humana
donde no había ninguna elección política factible.
En el desarrollo posterior de la Guerra Fría ha cambiado
radicalmente esta situación. El movimiento en pro del desarme
nuclear, al igual que el movimiento por la libertad de las colonias o
contra el hambre en el mundo, pueden ahora politizarse de nuevos
modos. Pues, mientras se ha mantenido el peligroso punto muerto de
la Guerra Fría en Europa, el conflicto activo —por las razones que
hemos explicado en nuestro estudio del nuevo imperialismo— sea
desplazado al mundo colonial. La guerra de Vietnam es un ejemplo y
sumamente brutal de la estrategia política del nuevo imperialismo.
Como éste forma parte de un sistema internacional sumamente
complejo y poderosos, la guerra de Indochina ha superado la fase de
las simples presiones o intervenciones contra una sociedad excolonial
recalcitrante en su resistencia, o revolucionaria, y sucesivas potencias
imperialistas prosiguen la misma lucha. Y lo más importante de la
guerra de Vietnam no es que sea despiadada y brutal, exigiendo por
tanto, en toda persona humana a un grito de protesta en favor de la
paz, sino que se trata de una guerra emprendida conscientemente por
Estados Unidos como parte de una gran lucha internacional. Lo
esencial de esta guerra es que se trata de un test fundamental a nivel
mundial.

74
Para decirlo de otra forma: La Guerra Fría se ha desplazado de la vieja
Europa metropolitana a las nuevas naciones que despiertan a la
historia moderna. En Asia, los Estados Unidos han construido una
cadena de aliados y de potencias satélites que rodean a China
—Japón, Corea del Sur, Formosa, Filipinas, Tailandia, Saigón,
Pakistan—. Indonesia parece inclinarse rápidamente a su inclusión
en esta cadena; el neutralismo indio se hizo inviable tras la muerte de
Nehru y la disputa fronteriza chino-india. En América Latina
—donde Estados Unidos han disfrutado durante largo tiempo de una
hegemonía económica ininterrumpida— se ha creado un mando
militar interamericano, y la seguridad de esta zona del mundo se
mantiene mediante programas de ayuda, intervenciones políticas
directas y una amplia preparación antirrevolucionaria. En África
entraron a mansalva la ayuda militar y los capitales americanos tan
pronto como se expulsó a las antiguas potencias coloniales; en este
continente, la primera confrontación militar e ideológica se ha
producido en el Congo.
La consolidación de este sistema mundial de imperialismo
económico y militar se completó cuando se produjo la retirada de las
antiguas potencias coloniales europeas y después de un breve período
de lucha de liberación. En ese interregno surgió un bloque neutralista
de naciones, y el término “no alienación” pareció tener un significado
relativamente estable y válido. De hecho, el mundo occidental siguió
siendo el árbitro definitivo de los tipos de no alineamiento que eran
aceptables y de los que no lo eran]; el empleo de contingentes
militares regulares e irregulares de los países de la NATO por parte de
Tshombr y Mobutu en el Congo era “aceptable”, mientras que la
petición de ayuda de Lumumba a Rusia para transportar a sus tropas
no lo era. De este modo, y en términos efectivos, Occidente dio una
definición de qué tipos de regímenes eran “seguiros para la
democracia” en el Tercer Mundo y adoptó los medios –la presión
75
económica y política directa, y la subversión indirecta- para que se
respetase esta definición. El resultado es que la idea de “no
alineamiento” ha demostrado ser totalmente ilusoria. En algunos
casos —Vietnam, Venezuela, República Dominicana— Estados
Unidos ha intervenido directamente. Pero el nuevo imperialismo no
requiere en todos los sitios una presencia política y militar directa,
como ocurría con el antiguo tipo de colonialismo. Se puede permitir
un cierto grado de autonomía local, especialmente allí donde los
regímenes s ean “amistosos” o “simplemente”; es decir,
pro–occidentales (ya que un país no tiene porque se r internamente
democrático para ser “seguro para la democracia”). Pero estos
regímenes no tienen “ni pleno control de sus recursos económicos
más importantes, ni de sus opciones en política exterior”. Tal como
dijo Conor Cruise O'Brien: “En vez de pensar en un Tercer Mundo no
alineado, sería mucho más realista pensar en términos de una
economía capitalista mundial de la que los países no alineados
forman también parte integral y, considerados en su conjunto, puede
decirse que forman una parte sumamente rentable,” esta relación
económica se mantiene dentro del marco de un sistema global de
contención militar y estratégica que opera sobre los países del Tercer
Mundo con la misma fuerza y dureza que los regimientos coloniales
de los viejos tiempos. En los últimos años, la línea de actuación
americana se ha hecho más activa, empleando como técnicas
corrientes la presión política directa, el entrenamiento de fuerzas
contrarrevolucionarias por la CIA, el chantaje económico y la guerra
a gran escala. La elección para los países del Tercer Mundo se polariza
cada vez más, según su frágil independencia se va viendo debilitada
por su debilidad económica en relación con los países desarrollados,
por las tensiones internas y por las presiones externas, bien para
continuar dentro de la órbita global del imperialismo o para salirse de
ella. El rápido cambio de regímenes en el Tercer mundo y la
76
“aparición” de gobiernos más pro-occidentales en los últimos meses
—Brasil, Congo, Argelia, Indonesia, Ghana, la República
Dominicana y Guayana— sugieren que esta línea de actuación dura
del imperialismo ha tenido bastante éxito.
Es imposible creer que, frente a esta situación tan clara, la izquierda
pudiera adoptar una postura que no fuese la de la oposición a
ultranza. Pero la confusión provocada por la Guerra Fría continúa
todavía, sólo que sustituyendo a Rusia por China como principal
enemigo. Se ha elegido a China porque representa claramente un
ejemplo contemporáneo de una revolución triunfante en Asia.
Además, las complicadas y profundamente arraigadas alianza e
instituciones de todo el periodo de la Guerra Fría aportan una densa
realidad política a la que no puede oponerse una línea de actuación
moderada, sino una decisión tajante y en términos absolutos; a favor
o en contra. Por eso es por lo que no podemos limitar nuestra crítica
de la actual política exterior británica a una serie de tímidas
enmiendas y reformas. Tenemos que rechazarla totalmente en su
visión del mundo, y en las consiguientes alianzas sobre las que todavía
se basa. Nuestros problemas no constituyen la última etapa de la
retirada de Inglaterra de su posición imperial. Constituyen un
momento más de lo que, si no se frena, se convertirá en un
prolongado conflicto provocado por la participación inglesa en una
alianza militar internacional contra la revolución anti colonista y sus
aliados.
Por lo tanto, nuestra denuncia de la Guerra Fría no puede separase de
la del nuevo imperialismo. No es solo que algunas de las gigantescas
corporaciones mundiales se hayan apoderado de este conflicto
político como base para medrar, aprovechándose de los contratos
militares enormemente rentables actualmente; ni que nuestra vida
política e intelectual se haya visto invadida, en cien áreas concretas,

77
por los agentes de la Guerra Fría, como la CIA, que escapa de los
controles democráticos rudimentarios, y recluta y hace trabajar a los
mercenarios del anticomunismo. Es sobre todo que, a causa de las
dificultades financieras de la libra esterlina y de la cada vez mayor
penetración de los capitales norteamericanos en la economía inglesa,
se nos puede presionar directamente en favor o en contra de una
determinada política, por procedimientos no muy distintos de los
empleados por el neocolonialismo y el nuevo imperialismo en las
regiones más atrasadas del globo. Por todo ello es por lo que vemos a
la crisis inglesa como algo a la vez único e integrado en la compleja
problemática mundial. La lucha contra el imperialismo en un tema
como el de Vietnam está indisolublemente unida a la lucha contra la
dirección de nuestra propia economía y de nuestra propia política no
sólo por los americanos, sino concretamente por las instituciones
internacionales del capital monopolista, de las que forman parte
también elementos de nuestras propia sociedad. Al luchar en
cualquier región del mundo, luchamos en todo él.

LA IZQUIERDA LABORISTA
La mayor división en la política inglesa contemporánea es la que
separa la aceptación del rechazo del nuevo capitalismo, de sus
prioridades, de sus métodos y de su visión del ser humano y del
futuro. Sin embargo, esta división no puede aclararse en un sentido
general, ya que se encuentra enquistada en el interior del propio
partido laborista y se ve continuamente desdibujada por la
orientación del partido para la preparación de las elecciones y para la
recuperación después de las mismas.
La necesidad política más urgente de Gran Bretaña es la de mostrar
claramente la frontera y esta división y la de comenzar el largo

78
proceso de una lucha y de unas argumentaciones tajantes y evidentes
acerca de este punto.
Cuando los laboristas no están en el poder, puede siempre suponerse,
incluso por parte de una mayoría de socialistas, que la frontera es la
que separa a los partidos laboristas y conservador, que la lucha
electoral es también una lucha política. Según esa visión, ganar las
elecciones generales equivales a lograr el poder para la izquierda. El
partido laborista sería el encargado de defender en el Parlamento
todas las propuestas de carácter socialista. Esto es algo en lo que no se
puede ya creer y, sin embargo, ha determinado durante muchos años
la estrategia básica de la izquierda. Tenía que conseguirse la
aprobación en la Convención del Partido de esta o esa resolución.
Tenía que apoyarse a este o ese individuo en la lucha por el liderato
político. Siempre que la frontera se desdibujase y la lucha política se
hiciese confusa, se podían arreglar las cosas mediante esta línea de
actuación; apoyar al laborismo y empuje siempre hacia la izquierda.
No afirmamos ahora que esos esfuerzos fuesen erróneos, aunque
cuando está claro que se contradicen entre sí, y se sigue dando la
prioridad política al partido laborista en el Parlamento, cuando se
han ignorado las decisiones de la convención y que los dirigente
elegidos forman también parte de todo el corrompido aparato de
poder; no cabe duda de que es necesario cambiar de estrategias.
Incluso cuando se llevan a cabo esfuerzos para provocar cambios
internos, no se debe perder de vista las limitaciones de los mismos.
Por lo tanto, podemos dar nuestras felicitaciones a algunas de las
posturas y discursos de los miembros del Parlamento de la izquierda
laborista, pero, a pesar de todo el valor y lucidez de muchos miembros
individuales, lo único que queda claro en todo este proceso es su
subordinación a una línea política general. Lo grave no es que, en los
términos de la nueva política, tales esfuerzos y energías en beneficio

79
de la maquinaria de poder que los socialista deberían combatir.
Manteniendo la ilusión de que la política solo puede caber dentro del
campo de los grandes partidos reconocidos, se desvían las energías de
la arena pública y de enfrentamiento más abiertos y combativos. Y
una estrategia laborista de este tipo participa inevitablemente en el
mismo tipo de maquinaria política, en la misma manipulación de los
votos de un comité, escudándose en los nombres de miles de
personas, en la misma confusión de las instituciones vacías en cuyo
nombre actúan que la de los dirigentes políticos a los que desean
desplazar.
La principal distinción entre lo que se puede llamar “vieja” y “nueva”
izquierda —aparte de la de línea política— radica precisamente en
esta cuestión de la naturaleza del poder político y de la acción política
con sentido en el tipo de sociedad en el que vivimos. Pues, al igual que
el partido laborista no es sino un compromiso entre los objetivos de la
clase obrera y los de las estructuras de poder existentes a nivel
nacional, la izquierda laborista se basa en un compromiso entre los
objetivos socialistas y la estructura de poder existente a nivel de
partido.
La meta de la Nueva Izquierda debe ser la de acabar con este
compromiso. Declaramos, por lo tanto, que nuestra intención es la de
acabar con el sistema de política de consenso, trazando claramente la
frontera allí donde se encuentra, más que donde debería ser
conveniente para fines electorales o de otro tipo.

LA POLÍTICA DEL FUTURO


Debe quedar clara cuál es la postura del socialismo contempo-ráneo y
de la nueva izquierda. Algunas veces existen oportu-nidades
concretas de acción efectiva y de campañas particulares dentro de los
80
límites de la maquinaria de partido y del sistema, y con frecuencia
surgen del hecho de que los ajustes no son perfectos por los que
existen algunos márgenes de actuación. Creemos que deben
aprovecharse todas esas oportunidades. Pero lo que tenemos que
construir es un nuevo tipo de movimiento que se defina por el hecho
de oponerse a un sistema político nuevo, al que no puede derrotar
solo mediante la actividad electoral. Por lo tanto, dejemos de
subordinar todos los temas y toda la estrategia a los cálculos y
organizaciones de tipo electoral.

En vez de ello decimos:


1° El sistema no puede resolver los problemas importantes de la
sociedad. Pretender que las dificultades son temporales equivale a
engañar a la gente. De hecho son permanentes. El Sistema ni
quiere ni puede dar a la mayoría del pueblo una elevación de la
producción ni pleno empleo; ni desarme. Estos no son sus
objetivos, sino las condiciones para su supervivencia.
2° El sistema no puede ni identificarse ni resolver los problemas de la
sociedad. Ha optado en contra de los cambios sociales y los ha
frenado en las fronteras y desigualdades existentes. Pero por eso
mismo se ve obligado a absorber o derrotar los nuevos tipos de
reivindicaciones en un mundo en procesos de continuo cambio.
No puede satisfacer las cada vez mayores exigencias de que tanto
el trabajo como el tiempo libre tengan un significado de
participación en la dirección y control de las comunidades, de un
urbanismo conformado según las prioridades humanas, de una
plena igualdad para las mujeres, de una liberación de las rutinas
cotidianas que impone el sistema. Todo lo que puede ofrecer son
trucos de última moda y sustitutos o sucedáneos que se alimentan

81
a sí mismos. Enfrentando con la apatía, el desacuerdo y la
violencia, solo puede ofrecer nuevas manipulaciones, nuevas
formas de control y obligación, ya que no puede ni concebir el
medio que acabaría con todo ello, una sociedad responsable,
basada en la cooperación e igualitaria.
3° El sistema no puede funcionar con partidos y movimientos
políticos realmente enfrentados entre sí, por lo que tiene que
despojarles de su significado, lo que equivale de hecho a despojar
miles y millones de personas de sus valores, de sus ideas y de su
participación. Lo que intentan es arrebatar al partido laborista su
tenaz idea de una sociedad nueva y mejor; despojar a los
sindicatos de sus compromisos diarios de mejorar las vidas de sus
miembros; esto es lo que precisan para que su monstruosa
maquinaria continúe funcionando; pero no lo lograrán, ya que la
gente no está dispuesta a entregarse, atada de pies y manos a través
de una tarjeta electoral o de un carnet de partido o sindicato, a ese
tipo de manejos.
4° Finalmente, el Sistema no puede soportar la creciente presión del
mundo contemporáneo. Es el último sueño de un grupo pequeño
y limitado; el método que emplea una minoría para conservar su
poder frente a una revolución mundial, a la que debe
incorporarse su propio pueblo, antes o después, llevado por sus
necesidades de paz y democracia. Aferrándose a sus moribundos
conceptos de cómo debería ser el mundo; se ve arrastrada a la
guerra y a un rearme masivo, mientras predica su propia versión
de un paraíso inacabable y perfecto. Esta contradicción se está
resquebrajando y continuará haciéndolo. Se trata del eslabón más
débil de una política inaceptable. Es el eslabón en el que
comenzarán los cambios y sobre el que es preciso machacar, hasta
que se desmorone todo el Sistema.

82
Podemos iniciar, pues, un nuevo tipo de campaña; una campaña de
necesidades y reivindicaciones contra el Sistema que las reprime. En
los años próximos, las deficiencias y fallos del propio Sistema
provocarán repetidas luchas sobre temas concretos que representan
las necesidades urgentes y las esperanzas de millones de personas.
Tenemos la intención de participar, como aliados, en todos los
conflictos sociales de cualquier tipo que se produzcan. Veremos en
cada uno de ellos una ocasión para explicar cuál es el carácter del
sistema que nos está estafando, contribuyendo de este modo a elevar
el nivel de conciencia política; nos ajustaremos a las necesidades y a
los sentimientos de las masas hasta que lleguen a tal punto que el
sistema sea totalmente incapaz de satisfacerlos o contenerlos. Lo que
ha constituido hasta ahora nuestra mayor debilidad —que hemos
lanzado muchas campañas en diferentes temas sociales y políticos—
puede transformarse en nuestra principal fuerza: que nos
encontramos presente en la sociedad en la que no lo están ni el
sistema ni los dirigentes políticos. Ser socialista hoy en día significa
estar en las empresas absorbida por el capital extranjero; donde la ley
del máximo beneficio está explotando amenazando y descartando a
los seres humanos; donde se lucha por un aumento de salarios o por
una reducción de la jornada de trabajo; donde un hospital o una
escuela necesitan mejoras urgentes o donde se precisa luchar por un
mejor servicio de autobuses, por un programa de viviendas o por una
clínica local, en contra de las prioridades de tipo comercial o
burocrático. Significa también encontrase allí donde se aumentan los
alquileres de las viviendas municipales cuando los salarios están
congelados; en un periódico o revista amenazado de clausura a causa
de los manejos o cálculos de los propietarios o de los anunciantes; ser
un estudiante al que se le exige que apruebe unas asignaturas, si haber
participado en el plan de estudios de su carrera o en la dirección de su
centro; ser un profesor que lucha por mantener sus ideales contra una
83
clasificación burocrática de los niños y una perpetua escasez de
recursos; o un asistente social que sabe que siempre escasea aquello, el
necesario respeto; significa estar en la calle, en medio de la sociedad,
exigiendo que se preste atención a lo que les está ocurriendo a los
desposeídos de nuestro propio país y de los otros, que se acabe con el
sistema de indiferencia humana y se luche en contra de la preparación
y de la complicidad en las mentiras de la guerra; encontrarse en
alguno o en todos esos lugares y condiciones y poder explicar lo que
está ocurriendo de hecho, de forma que la gente pueda empezar a
luchar por el control de sus propias vidas.
Las antiguas definiciones han demostrado no servir de nada, y con
ellas, los agentes tradicionales de cambio socialista. Las maquinarias
políticas han intentado arrebatarnos nuestra identidad política; no
tenemos otra alternativa que la de retirar nuestro apoyo a dichas
maquinarias y poner en marcha nuestras propias iniciativas. Nos
encontramos ahora en un periodo de transición, en el que intentamos
lograr la unión de todos los socialistas, cualesquiera que sean sus
filiaciones actuales, en nuevas modalidades comunes de
organización; para la educación, para la propaganda; para las
discusiones y reuniones a nivel internacional; para consultas y apoyo
mutuo en todas las campañas e intervenciones activas. Afirmamos
que tenemos que crear nosotros mismos los tipos de organizaciones
adecuados para nuestras propias comunidades y para nuestro propio
trabajo, buscando en todo momento unirlas en una estrategia común.
En este proceso estamos decididos, al igual que nuestros enemigos, a
mantener una multiplicidad de opciones. La estructura actual del
partido se encuentra sometida a grandes presiones, que se espera
aumenten de intensidad. No pretendemos efectuar ningún
movimiento prematuro que pueda aislar a la izquierda o confundir a
sus partidarios potenciales. Al mismo tiempo, mantenemos que

84
estamos a favor de acabar con todas las tácticas y alianzas típicas de las
formas tradicionales de organización. Si nuestro análisis es correcto,
los socialistas deben hacer oír su voz una y otra vez, y no sólo en los
comités y en las convenciones, sino también entre la creciente
mayoría de personas que no se sienten interesadas por dichas
organizaciones tradicionales. Hay ya miles de hombres y mujeres
jóvenes que comparten muchos de nuestros objetivos, y cuya
conciencia internacionalista y preocupación personal por los
problemas son mucho mayores que las de sus padres, que se
mantienen alejados del partido laborista y se niegan a darle su apoyo.
Otras organizaciones de izquierda existentes adolecen también de las
mismas estrategias anticuadas, perjuicios y errores que el partido
laborista. Lo que importa ahora, en todos los lugares, es que se avance.
A los que afirman que la izquierda no tiene ningún futuro si no se
consigue cambiar el partido laborista les contestamos que solo lo
cambiaremos negándonos a aceptar sus definiciones y exigencias, y
que el cambio real que se precisa es tan largo y difícil que solo puede
alcanzarse como parte de unos cambios de conciencia mucho más
amplios, como consecuencia de toda una serie de luchas muy diversas
en distintos terrenos.
Nosotros generaremos nuestras propias presiones contra el sistema
actualmente existente. Pero tenemos que tomar también en cuenta
otro tipo de presiones existentes. El intento de absorber al partido
laborista y a los sindicatos en el nuevo tipo de capitalismo llevará a
estos movimientos a un punto de ruptura, antes o después. Las
relaciones entre el partido laborista oficial y los sindicatos se ven ya
muy deterioradas. Y por debajo de estos fenómenos, un partido
conservador remodelado de acuerdo con un agresivo capitalismo de
nuevo cuño se prepara a tomar el poder de manos de un gobierno
laborista que ha llevado ya a cabo el necesario trabajo de preparación.

85
Mientras tanto, el importante desarrollo de los partidos nacionalistas
de Gales y escocia constituye ya una respuesta a la política centralista
del Sistema y una nueva variación a todo el problema. Si gran Bretaña
se uniese al Mercado común, se produciría un entrecruzamiento
radical de las tradiciones y afiliaciones políticas del que tendrían que
surgir necesariamente cambios. Tal como están las cosas hoy en día, y
de acuerdo con las previsiones más razonables, puede decirse que la
estructura política formal del partido laborista no es nada estable.
Además aunque los grandes partidos harán todo cuento esté en sus
manos para impedirlo, crecerá el movimiento ya existente en pro de
una reforma electoral y de una representación más fiel a las
verdaderas votaciones. Si miramos al futuro, veremos numerosas
oportunidades de recuperación de la democracia activa, y nuestro
deber como socialistas en tanto el de aprovechar esas oportunidades
como el de crear otras nuevas.
El periodo que nos aguarda es difícil y confuso, pero creemos que si
definimos ahora nuestra postura claramente podremos participar de
manera eficaz en una remodelación de la política inglesa. Lo que
estamos definiendo es el socialismo de la generación que está
emergiendo, el proceso político del próximo futuro, en vez de las
formalidades de un proceso que, como práctica democrática, está
empezando ya a desmoronarse, a desaparecer. Estamos
contemplando la estructura política de lo que queda de siglo, en vez
de las formas que encarnan el pasado y un confuso reconocimiento
del presente.
Este manifiesto tiene como objetivo el inicio de una campaña
duradera. Se trata, por supuesto, de un desafío que exige, por lo tanto,
una respuesta. Hay miles de personas que están de acuerdo con
nuestro análisis general y que se encuentran en nuestra misma
situación. Les pedimos su apoyo activo.

86
ESTUDIOS CULTURALES Y LA NUEVA IZQUIERDA

Dr. EDUARDO RESTREPO


Universidad Javeriana de Colombia

“Me gustaría insistir en la característica tensión en


esta obra, que ha marcado mi propio desarrollo
intelectual y mi propio trabajo intelectual desde
entonces. Es decir, la máxima movilización de todo
el conocimiento, el pensamiento, el rigor crítico y
teorización conceptual se puede reunir, se convirtió
en un acto de reflexión crítica, que no tiene miedo
de decir la verdad al conocimiento convencional, y
se convirtió en la más importante, la mayoría delica-
do, e invisible de objetos: las formas y prácticas cul-
turales de una sociedad, su vida cultural”.
Stuart Hall (1992: 12).

Después de la presentación sobre la trayectoria biográfica e intelec-


tual de Hall, con esta clase nos adentraremos en dos de los más desta-
cados proyectos intelectuales y políticos en los cuales se desplegaron
gran parte de sus esfuerzos y que, sin duda, lo perfilaron como una
visible figura no solo en Gran Bretaña sino también por fuera de esta.
Como espero se haga claro en lo que se presentará más adelante,
ambos proyectos se encuentran estrechamente imbricados no solo
porque se gestaron al calor de la misma coyuntura sino que compar-
ten una serie de posicionamientos como el rechazo a los totalitaris-
mos epistémicos y políticos, así como la valoración de contextualismo
y la relevancia de la cultura y del trabajo intelectual en la ampliación
del espectro de la política.

87
NUEVA IZQUIERDA
Stuart Hall fue uno de los gestores de la Nueva Izquierda en los años
cincuenta y sesenta en Gran Bretaña, siendo uno de los referentes
durante más de medio siglo. Sus apariciones con documentales en la
televisión británica, sus labores como editor de la New Le Review y
su participación en diferentes movilizaciones y debates públicos,
hicieron de Hall una figura visible de la Nueva Izquierda en Gran
Bretaña. Parte importante del proyecto intelectual y político de Hall
se encuentra anudado a los bemoles, retos y logros de la Nueva
Izquierda. Su estilo de labor intelectual, abiertamente contextual y
antireduccionista, resuena con lo que se perfiló como la Nueva
Izquierda desde finales de los años cincuenta.
Hall llega a Gran Bretaña a estudiar en Oxford sin haber cumplido sus
veinte años, con unas sensibilidades políticas que el mismo Hall
caracterizaba “esencialmente 'antiimperialistas'” ([1988] 2010: 165).
Estas sensibilidades se traducirían prontamente en una identificación
con las luchas y debates anticoloniales de otros estudiantes de origen
antillano:
“Igual que el resto del pequeño número de estudiantes del 'Tercer
Mundo' en Oxford, mis principales preocupaciones políticas se cen-
traban alrededor de las cuestiones coloniales. Me impliqué mucho en
la política estudiantil sobre las Antillas occidentales. Debatíamos y
discutíamos principalmente sobre lo que estaba ocurriendo en nues-
tra tierra, en la confianza de que, antes de que pasara mucho tiempo,
todos estaríamos allí implicados en ello. Discutíamos sobre la Fede-
ración de las Antillas Occidentales y sobre las perspectivas de un
nuevo orden económico en el Caribe, sobre la expulsión de la
izquierda del PNP de Manley en Jamaica bajo las presiones de la
Guerra Fría y la caída del gobierno de Jagan en la Guayana británica,
con la suspensión de la Constitución y la entrada de tropas británi-
cas” (Hall [1988] 2010: 165).

88
Estas luchas de la Federación de las Antillas Occidentales no estaban
enmarcadas para entonces en términos de políticas de la identidad
negras o en asuntos de migración (la cual apenas iniciaba), sino en
disputas anticoloniales y de independencia nacional. Es la impronta
colonial la que hace que Hall estuviese interesado en este tipo de pro-
blemáticas más nacionalistas y anticolonialistas: “Vine a Inglaterra
como una colonia. No soy un postcolonial. Salí de Jamaica 13 años
antes de la independencia. Así que soy un muy colonial. Esa es mi for-
mación. Vine como una especie de nacionalista, una especie de anti-
colonial, en gran medida por la independencia y la ruptura del víncu-
lo colonial. Pero por razones complicadas, no me voy a casa” (Hall
2013: 757).
De su participación en los asuntos agenciados por los estudiantes anti-
llanos, Hall se empieza a interesar cada vez más por la política británi-
ca entrando en contacto con la izquierda de Oxford (Hall [1988]
2010: 165). Es su estadía en Gran Bretaña de los años cincuenta la que
hace que Hall se oriente hacia una serie de debates y experiencias polí-
ticas que no había adquirido en Jamaica: “Yo ya estaba politizado, sino
en una especie de divertida manera. En Inglaterra me encontré con el
movimiento obrero, los sindicatos, la historia de la clase obrera britá-
nica, E. P. ompson y todo eso. Me encontré con el marxismo. Me
encontré con personas que habían estado en el Partido Comunista.
Por lo tanto, se politizó en otro mundo, en el mundo de la izquierda
tradicional independiente” (Hall 2013: 757).
Cuando Hall llega a Gran Bretaña no contaba con una formación mar-
xista, aunque había tenido algunas lecturas de Marx. Desde muy tem-
prano entonces tenía una actitud crítica con el marxismo, sobre todo
por el marxismo ortodoxo:
“Sentía afinidad por la izquierda y, aunque las lecturas de Marx

89
durante mi educación me habían influido, en aquel entonces no me
habría definido como marxista en el sentido europeo. En cualquier
caso, me preocupaba el fracaso del marxismo ortodoxo a la hora de
tratar adecuadamente tanto los temas de la raza y la etnicidad en el
'Tercer Mundo', y las cuestiones del racismo, como la literatura y la
cultura, que me interesaban intelectualmente como estudiante”
(Hall [1988] 2010: 165).

A pesar de su sensibilidad con la izquierda, Hall nunca militó en el


partido comunista identificándose a sí mismo en la tradición del
“socialismo independiente” que manifestaba distancia con las con-
cepciones y políticas del partido comunista en Gran Bretaña.
En 1956 la invasión soviética a Hungría para aplastar con sus tanques
las revueltas en Budapest y la intervención militar británica en Suez
para garantizar sus intereses sobre el canal, fueron dos hechos de gran
trascendencia política: “En un sentido más profundo, definieron para
la gente de mi generación los límites y fronteras de lo tolerable en polí-
tica” (Hall [1988] 2010: 163). La desilusión con el comunismo estali-
nista así como con las “democracias” occidentales evidenciaron los
límites del espectro político en la izquierda y en la socialdemocracia:
“Los tanques soviéticos en Budapest pusieron fin a cualquier esperan-
za de que una variante más humana y democrática del comunismo
pudiera desarrollarse en Europa del Este sin prolongados traumas y
convulsiones sociales. Suez hizo estallar la cándida ilusión (adaptan-
do una frase de Tawney) de que 'se podía despellejar al tigre del capita-
lismo imperialista raya a raya'” (Hall [1988] 2010: 166).
Hall es enfático en señalar la centralidad de estos eventos de 1956 en la
consolidación de su posicionamiento político en el plano de la
izquierda independiente:
“Uno de ellos era de Suez y Hungría en 1956, que define la clase de
una posición política para mí porque nunca había sido y no tenía

90
intención de ser formalmente un comunista, y nunca había creído
que el imperialismo habría llegado a su fin. Así Suez y Hungría tipo
de demostraron por qué. . . ¿sí? Así que he sido una especie de zurdo
independiente desde entonces, y no he cambiado. Es un poco inquie-
tante realidad [risas], pero no he cambiado” (Hall 2013: 758).

La Nueva Izquierda surge entonces en gran parte como una respuesta


a la frustración política derivada de estos dos acontecimientos, que
más que hechos aislados prefiguraron una coyuntura política bien
específica: “La 'primera' Nueva Izquierda nació en 1956, más que en
un año en una coyuntura delimitada, por un lado, por el aplastamien-
to de la Revolución húngara por los tanques soviéticos y, por el otro,
por la invasión francesa y británica de la zona del Canal de Suez” (Hall
[1988] 2010: 163. Esta coyuntura de 1956 catalizó “[…] la publicación
de las dos revistas Universities and Le Review y New Reasoner, las
cuales, al fusionarse posteriormente en 1960, formaron la «primera»
New Le Review” (Hall [1988] 2010: 166).
En el nacimiento de la Nueva Izquierda se pueden trazar diferentes
tendencias y trayectorias. Por un lado, se encontraban aquella genera-
ción y tradición que Hall denomina “comunismo humanista”, que
asociada a la publicación del New Reasoner, se encontraban nombres
como los de John Saville y Edward y Dorothy ompson (Hall [1988]
2010: 164). De otro lado, estaba la corriente que Hall denomina “tra-
dición socialista independiente”, en la cual estaban fundamentalmen-
te estudiantes universitarios, asociada a la Universities and Le
Review, que habían mantenido una distancia crítica con las afiliacio-
nes al partido comunista (Hall [1988] 2010: 164). Es con esta ultima
tradición con la que él se identifica e inscribe.
Es importante tener en consideración esta heterogeneidad de tenden-
cias y generaciones que confluyeron en la Nueva Izquierda, diferen-
cias que no se cancelaron sino que se expresaron de disimiles formas
en sus concepciones y prácticas: “la Nueva Izquierda estaba lejos de
91
ser monolítica y, en verdad, nunca llegó a ser cultural o políticamente
homogénea” (Hall [1988] 2010:170). Por eso, “[…] sería un error
intentar reconstruir en retrospectiva una 'Nueva Izquierda' básica e
imponer sobre ella una unidad política que nunca tuvo” (Hall [1988]
2010: 170).
Esto no significa que no existiesen referentes que pudieron definir
cierta especificidad de la Nueva Izquierda en el terreno de las fuerzas
políticas en Gran Bretaña. Así, su rechazo tanto a los totalitarismos de
derecha como a los de izquierda, en nombre del comunismo o de la
democracia, llevaban a abogar por una concepción socialismo demo-
crático y humano. Suponía, por tanto, “enfrentarse a las deprimentes
experiencias tanto del 'socialismo realmente existente' como de la
'social-democracia realmente existente'” (p. 170). Igualmente, se com-
partía la interpretación que las transformaciones sociales demanda-
ban una nueva conceptualización en las que las categorías y modelos
existentes hasta entonces eran marcadamente insuficientes:
“Para mí, este acuerdo se centraba en el razonamiento de que cual-
quier perspectiva para la renovación de la izquierda tenía que empe-
zar por una nueva concepción del socialismo y por un análisis radi-
calmente nuevo de las relaciones sociales, de la dinámica y la cultura
del capitalismo de posguerra. Lejos de tratarse de un modesto ejerci-
cio de puesta al día, se trataba de un proyecto intelectual de largo
alcance, ambicioso y polifacético” (Hall [1988] 2010: 170).

Finalmente, la ampliación de lo que involucra la política y el lugar


central de la cultura en esta ampliación son asuntos centrales en la
configuración de la Nueva Izquierda: “[…] la Nueva Izquierda lanzó
un asalto sobre la estrecha definición de 'política' e intentó proyectar
en su lugar una 'concepción expandida de lo político' […] se abrió a la
crítica dialéctica entre 'problemas privados' y 'cuestiones públicas',
que hizo saltar por los aires el concepto convencional de la política”
(Hall [1988b] 2010: 172). En esta ampliación de la político, tomarse
92
en serio la cultura fue fundamental:
“En primer lugar, porque era en los dominios culturales e ideológi-
cos donde los cambios sociales se hacían más dramáticamente visi-
bles. En segundo, porque la dimensión cultural no nos parecía una
dimensión secundaria sino constitutiva de la sociedad […] En tercer
lugar, porque el discurso de la cultura nos parecía fundamentalmen-
te necesario para cualquier lenguaje en el que el socialismo pudiera
volver a ser descrito” (Hall [1988] 2010: 172).

La ampliación de lo que implicaba la política y la centralidad del lugar


de la cultura en tal desplazamiento, significaba la crítica a los modelos
ortodoxos del marxismo de la Segunda Internacional afincados en la
distinción base/superestructura y a sus implicaciones reduccionistas
del análisis histórico y social a un economicismo y a la idea de cultura
como reflejo, como epifenómeno superestructural. Esto hizo que la
Nueva Izquierda se perfilara en debates teóricos y políticos con las
versiones marxistas más convencionales, reduccionistas y ortodoxas,
lo que significaba desde la perspectiva de estos últimos la adjetivación
de 'revisionistas': “Prácticamente ninguno de nosotros podría haber
sido descrito después de 1956 como 'ortodoxo', principalmente por-
que, aunque manteníamos posturas distintas sobre cuánto del mar-
xismo podía ser trasladado sin 'revisión' a la segunda mitad del siglo
XX, todos nos negábamos a considerarlo como una doctrina fija y
cerrada o un texto sagrado” (Hall [1988b] 2010: 173).
Pero la critica de la Nueva Izquierda no solo se dirigía al marxismo
reduccionista que alimentaba posiciones como las del partido comu-
nista, sino que también se desmarcaba del laborismo. La Nueva
Izquierda también resignificó lo que sería su lugar en un terreno
político constituido en la dicotomía revolución/reforma: “seguíamos
siendo 'revolucionarios', aunque pocos conservaban la fe en un asalto
vanguardista al poder del Estado. La oposición entre 'reforma' y 'revo-
lución' nos parecía a muchos trasnochada […]” (Hall [1988] 2010:
93
173).

ESTUDIOS CULTURALES
El nacimiento de los estudios culturales en Gran Bretaña se encuentra
estrechamente asociado a la creación en 1964 del Centro de Estudios
Culturales Contemporáneos (CCCS) en la Universidad de Birming-
ham. No obstante, la creación de este Centro no se puede desconectar
de los debates intelectuales y políticos articulados sobre los cambios
sociales y culturales que se experimentaban en la época de la postgue-
rra en Gran Bretaña.
La idea de fundar el CCCS en Birmingham fue de Richard Hoggart,
financiándolo con dinero entregado por la editorial Pinguin Books
para que pudiera seguir trabajando en estudios como los que llevaron
a su publicación de Uses of Literacy, un auténtico best seller (Hall
2013: 759). Dado que Hoggart recibió dinero para contratar un inves-
tigador asistente, le escribe a Hall ofreciéndole el trabajo. Hall aceptó
complacido el ofrecimiento y empezaron ambos a imaginar lo que
podría llegar a ser el Centro. Cuando llega Hall, todo estaba por defi-
nir… incluso el nombre:
[...] Tuvimos una conversación, ¿qué vamos a llamar a este lugar? Va
a ser llamado el Instituto de Estudios Culturales? Le dije que no se
instituyen [risas]. . . No hay nada establecido al respecto. ¿Qué tal un
punto de concentración? Un centro de reunión para el estudio de este
tipo de cosas. Nunca se le dio un nombre, los estudios culturales. A
continuación, la universidad dijo que así todos enseñan departa-
mento de cultura, clásicos, por ejemplo, ¿sabes? ¿Cómo se puede ser
las únicas personas que enseñan la cultura? Así que dijimos la cultura
contemporánea, ¿de acuerdo? El Centro de Estudios Culturales
Contemporáneos lo llamamos” (Hall 2013: 760).

Aunque el término de estudios culturales emerge como tal en ese

94
momento, Hall reconoce años después que los contenidos y derrote-
ros que luego vinieron a caracterizar el campo de los estudios cultura-
les fue un proceso de exploración ya que nada como los estudios cul-
turales existían para entonces: “Cuando fui por primera vez a la Uni-
versidad de Birmingham en 1964 para ayudar a profesor Richard Hog-
gart encuentra el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos,
hay tal cosa como los estudios culturales todavía existía” (Hall 1992:
10). En el establecimiento académico de la época, nadie parecía estar
tratando la cultura seriamente y en sus imbricaciones con la forma-
ción social para entender las transformaciones que se experimenta-
ban en Gran Bretaña:
“En esta etapa no existía ningún lugar, ya fuera en las ciencias socia-
les o en las humanidades, donde uno pudiera encontrar el concepto
de cultura seriamente teorizado. Las formas culturales contemporá-
neas no constituían un serio objeto de estudio en el mundo académi-
co. Y las cuestiones políticas, las relaciones tan complejas como son
cultura y política, no eran un asunto considerado apropiado para el
estudio, especialmente por estudiantes de posgrado. La estrategia del
Centro para desarrollar tanto el trabajo práctico que permitiría la
investigación de las formaciones de la cultura contemporánea como
los modelos teóricos que ayudarían a clarificar lo que pasaba, fue
diseñado como una serie de incursiones en otros terrenos disciplina-
rios. Esquivando lo que los sociólogos consideraran que era la socio-
logía, incursionamos en la sociología. Esquivando los defensores de
la tradición de las humanidades, incursionamos en las humanidades.
Nos apropiamos los fragmentos de la antropología mientras insistía-
mos que no estábamos en el proyecto antropológico humanístico, y
así sucesivamente. Hicimos los recorridos de las disciplinas.” (Hall
[1990] 2010: 21-22).

La noción de cultura, entonces, que Hoggart y Hall tenían en mente


cuando empezaron en el CCCS era bien distinta de la que circulaba en
estudios ingleses, en sociología y por supuesto en antropología:
“Había poco de la preocupación de que Richard Hoggart y yo tuvi-

95
mos en cuestiones de cultura. Nuestras preguntas acerca de la cultura
[...] se refieren a las formas cambiantes de la vida de las sociedades y
los grupos y las redes de significados que los individuos y grupos
utilizan para dar sentido y para comunicarse entre sí: lo que Ray-
mond Williams llamó una vez a formas integrales de comunicación,
que son siempre formas enteras de vida; el cruce de caminos sucios,
donde la cultura popular se cruza con las bellas artes; ese lugar donde
los cortes de energía a través del conocimiento, o donde los procesos
culturales anticipan el cambio social” (Hall 1992: 10).

Así, entonces, para cuando se constituye el Centro en Birmingham,


no existía en el establecimiento intelectual británico una disciplina
que estuviese asumiendo con seriedad el estudio de las formas cultu-
rales contemporáneas y, menos aún, que estuvieran tratando de com-
prender las transformaciones que se estaban sucediendo:
“Para mí, los estudios culturales empiezan realmente con el debate
acerca de la naturaleza del cambio social y cultural en Gran Bretaña
de la posguerra. Constituyen una tentativa para dar cuenta la mani-
fiesta ruptura de la cultura tradicional, especialmente las culturas
tradicionales de clase; se sitúan en el registro del impacto de las nue-
vas formas de opulencia y la sociedad de consumo en la muy jerár-
quica y piramidal estructura de la sociedad británica” (Hall [1990]
2010: 18).

La aparición del CCCS allí fue recibida con escozor por el departa-
mento de sociología, recibiendo una carta del director del departa-
mento donde se les alertaba sobre lo improcedente de definir como
sociológicos sus trabajos: “Dijeron que si cree que los usos de la alfa-
betización es una forma de hacer sociología de la cultura, está absolu-
tamente mal, es especulativa... usted puede hacer lo que quiera, pero
no dicen que es la sociología” (Hall 2013: 761).
Desde su fundación por Richard Hoggart en 1964, Hall participó
como investigador y docente al Centro de Estudios Culturales Con-
temporáneos (CCCS) en la Universidad de Birmingham. En 1968,

96
asume la dirección del CCCS (primero como director interino y en
1972 como director en propiedad) hasta 1979 cuando se incorpora
como profesor en la Open University. Bajo su dirección, el CCCS se
convierte en el más destacado escenario institucional de consolida-
ción de los estudios culturales y en lo que algunos denominan la
'Escuela de Birmingham'.
Cabe anotar aquí que la institucionalización de los estudios culturales
británicos se encuentra indisolublemente asociada a la creación y
consolidación del Centro en Birmingham. No obstante, Hall no con-
sidera a Birmingham como la única manera de realizar estudios cul-
turales, puesto que para él los estudios culturales constituyen una
práctica coyuntural: “Los estudios culturales eran, y han sido desde
entonces, una adaptación a su propio terreno: ha sido una práctica
coyuntural” (Hall [1990] 2010: 17). Además, el trabajo adelantado en
Birmingham fue más heterogéneo y contradictorio de lo que las mito-
logías convencionales sobre los orígenes de los estudios culturales
tienden a conceder. No es de sorprender que Hall descarte, incluso,
que se pueda hablar de 'la escuela de Birmingham' y confiesa su des-
concierto cuando escucha que otros refieren a tal escuela, como si ella
hubiese existido (Hall [1990] 2010: 17).
El trabajo interdisciplinario es central a la forma como Hall entiende
los estudios culturales. La interdisciplinariedad (o, en un vocabulario
todavía más radical y contemporáneo, la transdisciplinariedad) no es
el resultado de una simple sumatoria de diferentes disciplinas en el
abordaje de un problema determinado, donde se invita a los represen-
tantes de éstas para que traigan a colación lo que cada disciplina apor-
taría sobre tal problema. El trabajo interdisciplinario serio supone el
riesgo intelectual de apropiarse crítica y creativamente de conceptua-
lizaciones disciplinarias ajenas para transformarlas radicalmente en
su confrontación con otras conceptualizaciones a la luz de unas pre-

97
guntas que trascienden los cánones disciplinarios.
Recordando la labor interdisciplinaria asociada al seguimiento de los
estudios culturales, Hall señalaba:
“Lo que descubrimos era que ese trabajo interdisciplinario serio no
significaba que uno pone la bandera interdisciplinaria y entonces
tiene una clase de coalición de colegas de diferentes departamentos,
cada uno trayendo su propia especialización a una clase de bu et
académico de cual los estudiantes pueden probar en turno cada una
de estas riquezas. El trabajo interdisciplinario serio implica el riesgo
intelectual de decirle a sociólogos profesionales que lo que ellos
dicen que la sociología es, no lo es realmente. Tuvimos que enseñar
que lo que pensábamos sería una clase de sociología al servicio de
personas que estudian la cultura, algo que no podríamos obtener de
los autodesignados sociólogos. Nunca fue una pregunta de cuáles
disciplinas contribuirían al desarrollo de este campo, sino de cómo
uno puede descentrar o desestabilizar unas series de campos inter-
disciplinarios. Tuvimos que respetar y comprometernos con los
paradigmas y tradiciones del conocimiento y del trabajo empírico y
concreto en cada una de estas áreas disciplinarias en aras de cons-
truir lo que llamamos los estudios culturales o la teoría cultural”
(Hall [1990] 2010: 22).

En el establecimiento académico británico tampoco tenía cabida el


examen detallado de las estrechas y complejas relaciones entre lo cul-
tural y lo político, rasgo que Hall define como indispensable en la
configuración de la problemática de los estudios culturales: “En mi
opinión, se puede hablar de cultural studies tan solo si se trabaja para
desenmascarar la interrelación entre cultura y poder” (Hall y Mellino
2011: 15).
Tal reflexión no se consideraba apropiada debido a que supuestamen-
te ponía en riesgo la distancia analítica que se debía mantener en la
generación de conocimiento. Así, los estudios culturales que se ade-

98
lantaron en el CCCS cuestionaba estas ideas que “[…] siempre insis-
tió en que los intelectuales mismos tomen responsabilidad por cómo
se transmite a la sociedad el conocimiento que producen; que ellos no
se pueden lavar las manos de la traducción del conocimiento en la
práctica de la cultura […]” (Hall 2007: 24).
Los estudios culturales hechos en el marco del CCCS suponían una
estrecha conexión entre el compromiso con una labor intelectual rigu-
rosa y su relevancia política. De ahí, que no pudiera reposar en los
estrechos marcos fijados por las fronteras disciplinarias tanto como
de limitarse a las lógicas del establecimiento académico. Por un lado,
entonces, “[…]Los estudios culturales constituye uno de los puntos
de tensión y el cambio en las fronteras de la vida intelectual y acadé-
mica, impulsando nuevas preguntas, nuevos modelos y nuevas for-
mas de estudio, pruebas de las líneas finas entre el rigor intelectual y
relevancia social. Es el tipo de irritante necesario en la cáscara de la
vida académica que uno espera que, en algún momento en el futuro,
producir nuevas perlas de la sabiduría “(Hall 1992: 11). Por el otro,
“[…]estudios culturales insiste en la necesidad de abordar las cuestio-
nes centrales, urgentes y preocupantes de una sociedad y una cultura
en la más rigurosa forma intelectual que tenemos disponible. tal voca-
ción es, sobre todo, en mi opinión, una de las principales funciones de
una universidad, aunque los eruditos universitarios no siempre son
felices que se le recuerde de ella” (Hall 1992: 11).
Su clara y explícita voluntad política es uno de los rasgos constitutivos
de los estudios culturales británicos. En mucho como resultado de la
trayectoria de las figuras que hicieron parte del proyecto desde el
comienzo, pero también debido al momento histórico en el que emer-
gen, los estudios culturales se articulan como campo de indagación en
tanto las preocupaciones políticas iluminan y dan razón de ser a la
labor intelectual y teórica adelantada. Antes que un conocimiento

99
angelical distanciado de las problemáticas mundanales, los estudios
culturales británicos son un intento de comprender cómo en concreto
opera el mundo en aras de potenciar las intervenciones transforma-
doras sobre él:
“[…] no era posible presentar el trabajo de estudios culturales como
si no tuviera consecuencias políticas ni compromiso político porque
lo que invitábamos a los estudiantes a hacer era lo que nosotros
habíamos hecho: comprometerse con algún problema real allí en el
sucio mundo, y utilizar la enorme ventaja dada a un puñado diminu-
to de nosotros en el sistema de enseñanza británico de quienes tuvie-
ron la oportunidad de entrar en las universidades y reflexionar esos
problemas, para dedicar útilmente ese tiempo en tratar de entender
cómo funcionaba el mundo” (Hall [1990] 2010: 23).

Ahora bien, esta voluntad política de los estudios culturales no signi-


ficaba que se circunscribieran a un simple activismo político, y menos
a uno que pregonara la labor intelectual como una actividad super-
flua. La idea era tomar seriamente la teoría y los estudios concretos
porque conocer mejor el mundo, las relaciones de poder que lo cons-
tituyen en su densidad y complejidad, es un insumo indispensable si
se pretende hacer intervenciones políticas adecuadas a las condicio-
nes realmente existentes.
Una labor intelectual se deriva del conocido planteamiento gramscia-
no de pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad. Esta labor
intelectual buscaba conocer mejor y traducir este mejor conocimien-
to en una práctica que intervenga sobre el sentido común:
“Tomamos el corazón el mandato gramsciano de que la práctica de
un intelectual orgánico tendría que ser la de comprometerse con el
fin filosófico del proyecto, con el conocimiento en su mayor
dificultad. Porque eso importaba, teníamos que saber más de lo que
ellos sabían sobre nuestro objeto a la vez que tomábamos la respon-
sabilidad por traducir ese conocimiento nuevamente en práctica:
esta última operación era lo que Gramsci denomina “sentido

100
común”. Ni el conocimiento ni la práctica por separado” (Hall 2007a:
24).

Desde este rasgo de la vocación política de los estudios culturales,


Hall cuestiona ciertas versiones estadounidenses del campo que, para-
petadas en el formalismo y la fetichización de la teoría, han confundi-
do las intervenciones políticas en el mundo con hablar sobre el poder:
“[…] en el caso estadounidense, donde los cultural studies se vieron
cada vez más dominados por un tipo de deconstruccionismo que
podemos llamar 'formalista'. Allí, daba la sensación de que el tema
del poder quedaría resuelto, simplemente, escribiendo ensayos con-
siderados 'transgresores' o interpretando de modos alternativos
novelas y poesías. Los cultural studies no pueden reducirse a esto”
(Hall y Mellino 2011: 27).

Hall nunca pensó en que lo que estaban adelantando en el Centro bajo


la idea de estudios culturales se convertiría en un movimiento trans-
nacional, con una inscripción tal en los establecimientos académicos
de muchas partes del globo, pero principalmente en Estados Unidos y
Australia:
“Cuando yo estaba involucrado en el Centro de Estudios Culturales
que se nos ocurrió que habría unas cuantas personas que estaban
interesados en lo que estábamos haciendo y tal vez estaríamos tra-
tando de enseñar en los departamentos de inglés. Sino como un movi-
miento global, como un movimiento transnacional, que es —un
movimiento transnacional en los estudios culturales— que sin duda
fue mucho más allá de lo que había previsto.” (Hall 2007b: 28).

Aunque la institucionalización se pensaba como algo inevitable pues-


to que posiblemente hubiese desaparecido si no se hubiera asociado al
Centro, la institucionalización es un asunto que tiene sus tensiones y
de la cual Hall parece manifestar abiertamente sus dudas: “La institu-
cionalización era inevitable, creo. Los estudios culturales habrían
desaparecido si no se había institucionalizado, pero el proceso de ins-
titucionalización misma clase de despojado de algunas de su filo.
101
Supongo que el elemento más importante tiene que ver con la políti-
ca” (Hall 2007b: 28).

REFERENCIAS CITADAS
Grossberg, Lawrance. 2014. “A propósito de Stuart Hall”. Prefacio a la segun-
da Edición. Sin garantias. Trayectorias y problemáticas en estudios cul-
turales. Pp. 11-26.Popayán: Editorial del Cauca.
Hall, Stuart. 2013. Interview, 2 June 2011. Cultural Studies, 27 (5): 757-777.
________. 2011. Cultura y poder. Conversaciones sobre los cultural studies.
Entrevista de Miguel Mellino. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
________. [1990] 2010. “El surgimiento de los estudios culturales y la crisis
de las humanidades”. En: Stuart Hall, Sin garantías. Trayectorias y pro-
blemáticas en estudios culturales. pp. 17-28. Popayán-Lima-Quito:
Envión Editores-IEP- Instituto Pensar-Universidad Andina Simón
Bolívar.
________. [1988] 2010.Vida y momentos de la primera Nueva Izquierda.
New Le Review (61): 163-182.
________. 2007. “ rough the prism of an intellectual life”. Brian Meeks
(ed.), Culture, Politics, Race and Diaspora. pp. 269-291. Kingston: Ian
Randle Publishers.
________. 2007b. An interview with Stuart Hall. Critical Quarterly 50 (1–2):
12-42.
________. 1992. Race, culture and communication: looking backward and
forward at cultural studies”, Rethinking Marxism. 5, (1): 11-18.

102
LEGADO DE STUART HALL: THATCHERISMO, LOS
ESTUDIOS CULTURALES Y 'LA BATALLA DE IDEAS
SOCIALISTAS' DURANTE EL 1980*

Dr. HERBERT PIMLOTT


Wilfrid Laurier University

RESUMEN
En el caso de los analistas de los críticos de la cultura y de los
creadores, como Raymond Williams y Stuart Hall, consideran sus
roles a los publicistas intelectuales, en los debates sobre la marcha y la
evolución de la estrategia y las tácticas para la izquierda, tal como
puede contribuir a hacer su trabajo más influyente su trabajo, las
becas pueden contribuir a hacer sus políticas más eficaces. Este
trabajo se centra en el tema de la historia del cine y de la historia de los
años 80 y los marcos que partían del último éxito no se debió a la
veracidad de su análisis tanto la posición del autor, la producción y
distribución de las ideas.
Stuart Hall; atcherismo; Publicistas intelectual; Medios
alternativos; Raymond Williams; Estudios culturales; Socialismo.
Hay un espectro que atormenta a la izquierda, el espectro de las
elecciones de 1983.
En parafraseando la línea de apertura de El Manifiesto Comunista a la
luz de los medios de comunicación y comentarista de 'pánico' de todo
el inesperado aumento y elección de Jeremy Corbyn como líder del
Partido del Trabajo en septiembre de 2015, quiero llamar la atención
sobre el legado de una interpretación de Las elecciones generales de
1983, que continúan acosando a muchos de los trabajadores.1 Estas

* Traducido por Juan Carlos Garay


1
Este artículo se completó en diciembre de 2015.
103
reacciones ponen de relieve hasta qué punto el Partido Laborista se ha
movido hacia la derecha, ya que cualquier intento de reafirmar una
conexión con la reforma del sistema a favor de la clase trabajadora,
que han estado en el lado equivocado de la creciente brecha de
desigualdad, se ve con anatema. Los ataques a Corbyn, ya sea explícita
o implícitamente, utilizan el espectro de la derrota de 1983 en el
trabajo para mantener a raya la "socialdemocracia", y mucho menos
el "socialismo"2.

Los "años salvajes" del trabajo se atribuyen a las elecciones de 1983, a


pesar de su continuo cambio a la derecha después, comenzando con
la elección de Neil Kinnock como líder en la conferencia de trabajo de
octubre de 1983 y el posterior "rechazo" del partido por los votantes
en 1987 1992, ya que siguió cambiando a la derecha después de cada
derrota. La regla de 18 años del Partido Conservador, de 1979 a 1997,
establecido bajo el primer ministro de Margaret atcher (1979-90).
En el caso de que se produzca un cambio en el estilo de vida de la
persona, el uso de la palabra, que estaba cada vez más fuera de
contacto con el público, "Nuevo trabajo" bajo Tony Blair cosechó las
recompensas.
El predominio del Nuevo Laborismo y del Derecho Laboral ha
significado que la comprensión dominante de la derrota de las
elecciones generales de 1983 en el Partido Laborista puede resumirse
en la burla de Gerald Kaufman, del Partido Laborista, según la cual el
manifiesto electoral del Partido Laborista era la «nota suicida más
larga de la historia»: Como "demasiado izquierdista", incluido el

2
Trabajo escapó por poco de ser relegado a la condición de tercero en las elecciones de 1983
con sólo el 28 por ciento de los votos frente al combinado del 26 por ciento de la cuota del
Partido Socialdemócrata y la Alianza Liberal juntos.

104
desarme nuclear unilateral, la renacionalización de determinadas
industrias y la retirada de la Comunidad Económica Europea. Esta
interpretación se convirtió en una línea divisoria a través de la
izquierda y su memoria se ha utilizado en contra de los intentos de
desplazar al Partido Laboral hacia el centro-izquierda.3 Por ejemplo,
el movimiento medio izquierdista de Ed Miliband en la elección de
2015 fue reivindicado por el Partido Laborista Justo como la razón
por la cual el Trabajo perdió esa elección. El predominio del Derecho
Laboral puede atribuirse en parte al "temor" de terminar de nuevo en
ese "desierto", que sin duda ayudó a combatir la supervivencia de
todos menos un puñado de diputados de la izquierda laborista4, de los
cuales A diferencia de 1983, el impulso que impulsa al Partido
Laborista es aquel en el que el partido está siendo influenciado por un
amplio sector del público fuera del Partido Laborista, posiblemente
más de lo que fue en los años ochenta, Ya que decenas de miles
también están (re) uniéndose al Partido Laborista debido a su cambio
5
decisivo lejos del Nuevo Labour.
En particular, la derrota de las elecciones generales de 1983 es el
punto en el que comienza a tomar forma la división de la izquierda en
los llamados "izquierdos duros" y "blandos". Ese mismo año, la tesis

3
En el caso de que se produzca un cambio en la calidad de la información, se debe tener en
cuenta que, en la mayoría de los casos, www.totalpolitics.com/print/4358/lessons-from-
labours-wilderness-years.thtml accedido: 17 de noviembre de 2015).
4
Punto hecho en el panel, "más allá del socialismo parlamentario? partido obrero de Corbyn,
con Hilary Wainwright, Jon Lansman y Andrew Murray, histórico conferencia materialis-
mo Londres, 7 de noviembre de 2015.
5
Corbyn recibidos 59.5% de votos en la primera vuelta de voto y ganar el liderazgo del traba-
jo. Este número asciende a más de 251.000 de los 422.664 votos emitidos (del total del elec-
torado de 554.272). Rowena Mason (12 de septiembre de 2015) 'liderazgo laboral: Jeremy
Corbyn elegido con un enorme mandato', el guardián
(http://www.theguardian.com/politics/2015/sep/12/jeremy-corbyn-wins-labour- Fiesta-
22 de septiembre de 2015).

105
de atcherismo de Stuart Hall fue revisada desde su publicación
inicial en el número de enero de 1979 de Marxism Today, "la revista
teórica y de discusión del Partido Comunista de Gran Bretaña"
(CPGB), y publicada en una colección con un rango De las
respuestas, marcando su creciente prominencia como un tema de
debate y discusión a través de la izquierda y dentro de la academia
(Hall y Jacques 1983). Ese mismo año, la división en estudios
culturales entre "populismo cultural" y "economía política" se puede
ver en el debate en pantalla entre Ian Connell y Nicholas Garnham
sobre el servicio público de radiodifusión (McGuigan 1992, pág.163-
67).
Esta división, tanto en la izquierda política y los estudios culturales
izquierda es un legado, en parte, de las luchas que tuvieron lugar sobre
el significado y la importancia del thatcherismo en el que Stuart Hall
jugó un papel central, tanto como un intelectual público socialista
comprometido con el de 'guerra de posición' y un erudito socialista
contribuir al proyecto político '' culturales de estudios de la izquierda.
Ambos papeles incluyeron la promoción de su tesis de thatcherismo
que aseguró su influencia dominante en la izquierda académica y
cultural. Quiero enfocar en este ensayo cómo su tesis de
atcherismo llegó a ser la interpretación dominante en la izquierda.
Ha seguido siendo una importante contribución al pensamiento de la
izquierda de cómo desarrollar una estrategia contra hegemónica para
derrocar a la Nueva Derecha.
Sin embargo, había límites a la tesis de atcherismo de Hall que no
eran totalmente entendidos en ese entonces. Algunas de estas críticas
identifican problemas relacionados con la traducción de las ideas de
Gramsci al inglés, extraídas de Hall y otros, junto con críticas
sustanciales de la comprensión discursiva del poder que excluye las
conexiones materiales con la conciencia de las personas, como
106
prácticas culturales y sociales, Los modos de vida, así como los
factores políticos y económicos, incluidas las instituciones y los
lugares de trabajo. Por último, quiero dejar claro que mi crítica de los
aspectos del pensamiento de Hall se hace de manera colegiada, tanto
como alguien que inspiró y estimuló su trabajo durante este período,
ya que me sentí parte de la misma amplia formación social para que
sus ideas apelaban,6 y por un profundo y respetuoso respeto por
Stuart Hall, la persona y su carácter e inteligencia.7

Una de las contribuciones más importantes de Stuart Hall, por


supuesto, fue popularizar los estudios culturales como un importante
proyecto político. Esto encajaba muy bien entre su trabajo en la
academia y su trabajo como intelectual socialista público durante los
años ochenta, contribuyendo a una serie de publicaciones políticas y
culturales, como la nueva sociedad socialista (NS), así como su
trabajo más significativo y colaborativo Con Martin Jacques y el
marxismo hoy (MT). El período de la mayor influencia de Hall como
intelectual público socialista comienza realmente con su
investigación colaborativa y coautoría, más de 400 páginas de
"vigilancia de la crisis", que ayudó a lanzar su papel en los debates
públicos sobre la izquierda durante los años ochenta y noventa (Hall
et al., 1978).
El legado de la influencia de Stuart Hall está en parte relacionado con
un cambio general que tuvo lugar después de 1968, cuando la
izquierda pasó de una estrategia de "asaltos frontales" a las

6.
Las formaciones culturales e intelectuales alternativas y de oposición, tal como las define
Raymond Williams, juegan un papel importante en el cambio social y político (Williams,
1977, pp. 118-120).
7.
Para la más personal y reflexiva pieza sobre el Hall en un planteamiento anterior de
Estudios Socialistas, véase Pimlott (2014a).

107
instituciones dominantes durante los trastornos de 1968, a uno De la
"larga marcha a través de las instituciones" en sus consecuencias, que
enfatizó la importancia, incluso la necesidad, de unirse y formar
instituciones desde el interior. Sin embargo, a comienzos de los años
ochenta apareció un nuevo imperativo y modus operandi para la
izquierda: la "guerra de posición" de Antonio Gramsci. Para llevar a
cabo una "guerra de posición", Hall subrayó la importancia de la
dimensión ideológico-política de las luchas en la "sociedad civil", en
lugar de las luchas en el lugar del trabajo o los "asaltos frontales" del
Estado (es decir, la guerra de Manouevre de Gramsci) Con la toma
bolchevique del poder en 1917), antes de poder establecer el liderazgo
moral e intelectual de un bloque social-histórico (contra
hegemónico). Bajo la influencia de Hall, a través de los estudios
culturales y de la esfera pública contra-pública de la izquierda, su tesis
de atcherismo enfatizó el compromiso en la lucha ideológica sobre
el "sentido común" y los discursos públicos que justificaban el
enfoque en los medios de comunicación y la cultura popular más que
las luchas fabriles y la economía política.
Un énfasis clave de este enfoque de la (contra) hegemonía incluyó un
enfoque en los intelectuales "orgánicos" versus "tradicionales", que
llamó la atención sobre el papel que estos agentes desempeñan en la
seguridad de la hegemonía. Muchos de nosotros estuvimos
receptivos a este mensaje de centrarnos en la "dimensión ideológico-
política" de las luchas y aquellos de nosotros que estaban
comprometidos como "defensores de la base, agitadores y
organizadores" podían verse como aspirantes a "intelectuales
orgánicos", Antonio Gramsci Como "líderes", que combinan las
funciones de "especialistas + políticos" y que son "persuasores
permanentemente activos", estén o no conectados estrechamente con
una organización política o movimiento social, o opten por

108
participar en la "guerra de posición" A través de otras formas de
8
política cultural. parte del llamamiento del thatcherismo era la
promesa de un compromiso de "línea de frente" de participación en la
"lucha ideológica" por los "intelectuales orgánicos" antes que esperar
a ver cómo se podría pedir apoyo a Las luchas en el lugar de trabajo,
especialmente si uno no estaba realmente empleado en una de las
ocupaciones del "trabajador productivo". Esta audiencia
comprometida fue constituida y abordada como parte de una
"formación político-cultural", por periodistas como el marxismo de
hoy, el nuevo socialismo, la nueva sociedad, el nuevo estadista y los
límites de la ciudad, y fue a través de estos medios que nuestro
compromiso en la guerra de posición "a través de" lucha ideológico-
política". Para los estudiantes y conferenciantes de estudios
culturales, estos medios políticos, alternativos y de oposición
articularon las críticas de los medios de comunicación y la cultura
popular de las visiones vagamente socialistas izquierdistas o
libertarias socialistas. A veces, esta perspectiva puede ser leída o
entendida implícitamente como en esencia el partido obrero o
incluso la izquierda laboral, ya que para muchos socialistas en el
Reino Unido, hay un sentido de propiedad o de apego a la "iglesia
9
amplia" del trabajo independientemente de afiliación, y otras veces
como algo más radical políticamente, aunque solo vagamente
definido. Esta vaga comprensión o articulación de la política "radical"

8
Antonio Gramsci cita en Tomás (2009: 416): "El modo de ser del nuevo intelectual ya no
puede consistir en elocuencia, motor exterior y momentáneo de afectos y pasiones, sino en
unirse activamente en la vida práctica, como constructor, organizador, 'permanentemente
persuasor activo' porque no orador puro... “
9
Esto es más notable en los intentos del CPGB de afiliarse al Partido Laborista casi desde su
creación en 1920, a pesar de las claras y ostensibles diferencias entre un comunismo pro-
soviético y un "socialismo democrático" vagamente definido bajo un compromiso con la
democracia parlamentaria (Por ejemplo Callaghan 2005).

109
no ofrecía ningún compromiso explícito con una organización o
ideología en particular, aunque algunos se involucraron en pequeños
grupos de extrema izquierda, mientras que otros se unieron al
partido obrero; Para muchos otros, la política radical se definió a
través de movimientos de "una sola cuestión", como el reclutamiento,
las ayudas y el activismo de la paz, o la "política de la identidad", como
el activismo feminista y negro.
Aunque Stuart Hall llegó a ser visto como estrechamente asociado
con el marxismo hoy y su proyecto político, que cada vez más a través
de la década de 1980 empujó por el abandono de los principios claves
de los compromisos tradicionales del Partido Laborista, también fue
importante para popularizar áreas que tradicionalmente habían sido
descuidadas porque no fueron vistos como muy importantes para la
lucha de clases hasta la década de 1980: la cultura popular, los medios
de comunicación, la ideología (por ejemplo, Pimlott próximamente).
El énfasis que Hall y otros colocaron en lo que se entendía como la
guerra de posición a través de la "sociedad civil" aseguraba un papel
importante para el intelectual de cualquier manera que pudiera ser
definida. Sin embargo, a pesar de las exhortaciones de Hall, una
forma de política cultural académica se convirtió en el elemento
definitorio alrededor del marxismo. El proyecto político de hoy en
parte debido a la falta de conexión con cualquier tipo de institución u
organización que pudiera promulgar su política. Con la primera
Nueva Izquierda y exhortaciones a la dirección del Partido Laborista
para que hagan cambios (por ejemplo, Chun 1993 y Pimlott
próximamente).
Parte de la apelación de la tesis atcherismo de Hall fue que ofrecía
un medio para entender cómo los desempleados y la clase obrera
podían terminar apoyando a los conservadores contra el trabajo y las
políticas "socialdemócratas" que protegían o apoyaban sus propios
110
intereses materiales. Esto a su vez significó que como académicos
activistas o intelectuales orgánicos buscamos descubrir los medios
por los cuales el atcherismo había re articulado con éxito aspectos
de la creencia popular y los valores a las políticas neoliberales para
que pudiéramos contribuir al proyecto contra hegemónico de la
izquierda que podría ganar el liderazgo moral e intelectual para
establecer un bloque social contra hegemónico. Dio un propósito
aparentemente político a lo que se convertiría en el dominio de las
"lecturas resistentes" de los principales medios de comunicación y de
los textos culturales populares por "audiencias activas", a las que
contribuyó el modelo de "codificación / descodificación" de Hall y
que rechazó conceptos como " Y la definición negativa de la ideología
(por ejemplo, Miller 2002).
Al menos desde principios de los 60, participó o contribuyó a una
serie de estudios, comisiones y otros proyectos de organizaciones de
la sociedad civil, de grupos locales y nacionales de inmigrantes y de
lucha contra la pobreza, como el comité nacional de inmigrantes del
Commonwealth y el Joseph Rowntree servicios sociales, a
organizaciones nacionales e internacionales, tales como la comisión
Runnymede sobre el futuro de la Gran Bretaña multiétnica y la
educación de las naciones unidas, la organización social y cultural.
Un buen ejemplo de su participación en compromisos
extraacadémicos fue la participación de Hall en la copresentación del
video de 30 minutos, 'No es la mitad racista, mamá' (1 de marzo de
1979) en BBC 2, producida por la campaña contra el racismo en
medios con la unidad de la comunidad de la puerta abierta del BBC.
Examinó el racismo en la programación popular de la televisión y
tomó su nombre de una comedia de la situación entonces popular
transmitida en el BBC. En su intento de ir más allá de las audiencias
más estrechas de periódicos políticos y cursos académicos, el enfoque

111
del programa no fue sólo educativo sino también político debido a las
manifestaciones callejeras contra el frente nacional y al surgimiento
del rock contra el racismo y la incorporación de Margaret atcher.
De racismo popular en sus discursos (por ejemplo, sus infames
comentarios acerca de ser "inundado por personas con una cultura
10
diferente") (Schofield 2012, p.106) .
En 1979, Stuart Hall ocupó el puesto de profesor de sociología en la
Universidad Abierta (UA), que ocupó hasta su jubilación en 1997, y
durante este tiempo trabajó en documentales de radiodifusión y edu-
cación en la UA, que incluía ayudar a organizar y dirigir cursos sobre
cultura popular, representación y temas relacionados, presentar pro-
gramas de televisión y editar y escribir libros de texto. Todo este traba-
jo, sin duda, contribuyó a extender su influencia a través de los pro-
gramas de estudios de medios y cultura en el sector (antiguo) politéc-
nico, donde estos textos eran frecuentemente utilizados en la ense-
ñanza. Mientras que estos textos llegaron a una cohorte de estudian-
tes, algunos de los cuales se convertirían en profesores de educación
superior, otras contribuciones académicas de Hall a través de debates,
conferencias y artículos promovían su tesis de thatcherismo entre los
profesores de la academia, lo que contribuyó a su creciente influencia
11
y perfil público. estas contribuciones académicas también contribu-
yeron a popularizar y extender su influencia más allá de sus contribu-
ciones políticas en la esfera de la izquierda.
Sin embargo, diría que cualquier comprensión del éxito y de la omni-

10
Para una descripción de la influencia de Enoch Powell en el discurso de atcher, véase
Schofield 2012, pág. 302-03, nota 61.
11
Por ejemplo, muchas de las charlas y ensayos de Hall (1982, 1988a, 1988b) fueron
respuestas a debates sobre la izquierda y en la academia, incluso más allá del Reino
Unido.

112
presencia de la tesis de atcherismo de Hall, en la izquierda y dentro
de los campos académicos de la comunicación, los medios de comu-
nicación y los estudios culturales, no puede explicarse alegando su
éxito basado en la veracidad de su análisis, Ya que sería una explica-
ción tautológica. Es decir, si el atcherismo de Hall es "exitoso"
porque es el relato más ampliamente aceptado, tal afirmación no
proporciona ningún medio por el cual se pueda determinar la veraci-
dad de sus ideas per se, sino si son dominantes por los medios de
comunicación disponibles para su reproducción y distribución.
Curiosamente, una comparación entre Stuart Hall y otro miembro
fundador de los estudios culturales, Raymond Williams, plantea la
pregunta de por qué un intelectual socialista público en particular
llegó a ser más influyente que el otro. Williams y Hall habían colabo-
rado desde finales de los años 1950 como principales intelectuales de
la primera nueva izquierda, incluyendo el trabajo en la nueva revisión
de la izquierda, donde se convirtió en su primer editor (1960-62) y
dos ediciones del manifiesto del día de hoy en 1967 y 1968, Y forma-
ban parte de la misma amplia formación social a la izquierda del par-
tido obrero. Ambos contribuyeron a las dos principales revistas de
debate durante la década de 1980: el nuevo socialismo y el marxismo
de hoy. Aunque las diferencias entre estos dos principales intelectua-
les socialistas públicos ya existían en términos de sus enfoques de los
estudios culturales, fue sólo en el frente político de 1979 que sus dife-
rencias sobre la clase obrera y la política socialista comenzaron a emer-
ger más concretamente, Tesis y la trayectoria de los estudios cultura-
les (Milner 2002: 115-18).
Raymond Williams había tenido un perfil público mayor que el de
Stuart Hall en la izquierda al menos hasta finales de los años setenta.
Terry Eagleton ha notado, por ejemplo, que en 1979 los libros de
Williams habían vendido más de 750.000 ejemplares, pero debido a
113
que el Reino Unido durante los años setenta y principios de los ochen-
ta carecía de una esfera pública comparada con la izquierda alemana
durante la República de Weimar. Su vasta gama de organizaciones y
grupos que componían una dinámica esfera pública, no había espacio
en el que su escritura pudiera ser retomada y debatida (Eagleton
1984). Es importante señalar que el número de ejemplares de los
libros de Williams que se vendieron en 1979 se habría extendido
mucho más allá de la torre de marfil, ya que algunas de sus contribu-
ciones se basaban en políticas de comunicaciones o comentarios
sobre tecnología y Cohortes mucho más pequeños de estudiantes,
que sólo habrían tenido en cuenta algunas de las ventas de sus libros.
El argumento de Eagleton también necesita ser calificado por el reco-
nocimiento de que había una esfera o esferas públicas a la izquierda,
pero que la izquierda estaba —y todavía está— fracturada por divisio-
nes (sectarias). Las críticas de Williams, marcha de la mano de obra
de Eric Hobsbawm y del «thatcherismo» de la sala, ofrecieron dife-
rentes maneras de interpretar estos dos temas gemelos de la "crisis de
la izquierda" y el "surgimiento de la Nueva Derecha" respectivamente,
a la continuación más conocidos, o popularizados, argumentos en
contra de la izquierda, pero fueron dejados de lado o pasados por alto.
Ambos FSM del Hobsbawm? Y el thatcherismo de Hall se benefició
de las plataformas proporcionadas a través de las conferencias y gru-
pos de discusión de MT y de las sucursales y revistas simpáticas del
CPGB.
Es importante notar, sin embargo, que Stuart Hall ejerció una influen-
cia considerable sobre cómo Raymond Williams fue recibido, leído e
interpretado, en parte porque Stuart Hall estaba en una posición
mucho más influyente respecto a los estudios culturales que
Williams, ya que fue empleado como director asociado (1964-69) en
el recién establecido Birmingham Centro Universitario de Estudios

114
Culturales Contemporáneos (CCCS) y luego como director (1969-
79), con sus estudiantes graduados, muchos de los cuales también
fueron a enseñar en la academia. Hall también escribió relatos claves
del desarrollo de los estudios culturales, como el ensayo que identifi-
có los "dos paradigmas" y en el que Williams (y E.P. ompson)
fueron etiquetados como "culturalistas" (hall 1980). Tal etiquetado de
alguna manera sirvió para limitar la influencia de Williams en un
momento en que el estructuralismo y otros enfoques teóricos se con-
sideraban enfoques mucho más sofisticados de la cultura que el "hu-
manismo".12 Igualmente decepcionante es el fracaso de otros estudio-
sos socialistas en aceptar el materialismo cultural de Williams a través
de su libro de 1977, Marxismo and Literatura and El libro de Cultura,
o incluso su relato presente del neoliberalismo hacia el 2000 (McGui-
gan 2014). La posición de Williams como profesor de teatro en la Uni-
versidad de Cambridge no le dio el mismo tipo de posición para ejer-
cer influencia sobre el campo emergente de los medios de comunica-
ción y los estudios culturales, a pesar de ser empleado en una de las
dos mejores universidades de élite en el Reino Unido.
El clásico proyecto colaborativo de los años setenta, que controlaba la
crisis: el "asalto", el estado y la ley y el orden, basado en la participa-
ción de Stuart Hall y los cuatro estudiantes de postgrado en una cam-
paña de apoyo comunitario, que dieron como resultado su análisis
"multicapa" del estado, los medios de comunicación y el crimen, for-
maron la base a partir de la cual Hall produjo su análisis del thatche-
rismo; Siguió siendo un ejemplo de estudios culturales como com-
promiso político para Hall (Pimlott 2014a: 193). También ayudó a
elevar el perfil de Hall del trabajo que presentó en otros foros más allá

12
Jones (2004) y Milner (2002) señalan algunas malas interpretaciones o malentendido de
Williams.
115
de la academia. Por ejemplo, durante la segunda mitad de los años
setenta, asistió a la universidad comunista anual de Londres (CUL),
que había evolucionado desde su encarnación inicial como escuela de
partido ortodoxa en 1969 en un foro de ideas heterodoxas. Dos pre-
sentaciones de él fueron incluidas en colecciones publicadas por el
CPGB, incluyendo el artículo ampliamente reproducido, "los blancos
de sus ojos" (Hall 1981a). No fue sólo el CUL, sin embargo, lo que per-
mitió este compromiso intelectual anual para tener lugar. El propio
CPGB había ampliado su gama de revistas y otras publicaciones en
serie, que se centraban en diversos temas especializados, como las
cartas rojas, una revista literaria y el euro-rojo, que proporcionaban
una perspectiva crítica y "no oficial" Estados de Europa oriental. La
proliferación de revistas representó una fermentación de las ideas
junto con el desarrollo de dos tendencias amplias y algunos grupos
faccionales más pequeños dentro del CPGB, en un momento en que
el CUL a finales de los años 70 trajo a más de 1.500 asistentes en su
apogeo, Estudiantes de posgrado y profesores, no todos de los cuales
eran miembros de CPGB o simpatizantes.
En la universidad comunista de Londres, Martin Jacques, el último
editor del marxismo de hoy, se encontró con Stuart Hall y le pidió que
escribiera para la revista. El resultado fue el clásico artículo de Hall de
enero de 1979, "el gran espectáculo de derecha en movimiento", en el
que identifica y nombra " atcherismo" cinco meses antes de la
primera victoria electoral de Margaret atcher como líder conserva-
dor del partido el 3 de mayo de 1979. Esto marcó el comienzo de La
colaboración entre Hall y Jacques en el proyecto político de MT, aun-
que Hall también contribuyó a la nueva versión socialista, laboral de
MT, y permaneció como miembro del partido laborista.
Es la doble crítica de la "crisis de la izquierda" y el "ascenso de la nueva
derecha" de Eric Hobsbawm y Stuart Hall, que ayudaron a impulsar el
116
marxismo hoy, a través de su diligente, implacable auto-promoción
en el centro del debate sobre la Izquierda y que estimuló la introduc-
ción de la primera revista "teórica" del partido obrero, el nuevo socia-
lista, en el otoño de 1981, cuando MT se trasladó a la distribución
nacional de periódicos (Pimlott próximamente). Inicialmente, sin
embargo, el argumento de "marcha hacia delante" de Hobsbawm
dominó los debates de izquierda, mientras que el " atcherismo" de
Hall recibió mucha menos atención de los lectores, aunque cuatro
rasgos que fueron publicados en MT el año después de " Respondió al
análisis de Hall.
Durante este período de finales de los años setenta, había una expec-
tativa general de que la "historia" se movía inexorablemente hacia el
"socialismo". Así, cuando las críticas de Hobsbawm y Hall aparecie-
ron por primera vez a finales de los setenta, desafiaron las creencias de
largo plazo de la izquierda. Como parte de la lucha ideológica sobre la
futura trayectoria de la izquierda a mediados de los años ochenta,
Hall y otros críticos en MT se refirieron a estas creencias como "Shib-
boleths" e invocaron otras connotaciones religiosas negativas de "fe
inquebrantable", Para caracterizar la izquierda tradicional de los par-
tidos laboristas y comunistas de una manera particularmente poco
halagüeña.
En los tres años transcurridos entre la primera publicación de la «mar-
cha hacia delante del trabajo detenido» en el marxismo de hoy y la
antología de respuestas de 1981 a través de la izquierda (Jacques y
Mulhern, 1981), el análisis de Eric Hobsbawm se convirtió en parte
de una nueva ortodoxia a la izquierda que la tesis del thatcherismo de
Stuart Hall se complementó. El período entre las elecciones generales
de 1979 y 1983, sin embargo, fue un momento en el que muchos acti-
vistas de izquierda se unieron al partido obrero, al igual que en la
actual elección de Jeremy Corbyn como líder sindical ha animado a
117
otros a unirse al partido. Fue también un momento en el que perio-
distas políticos, como el marxismo del CPGB hoy y el nuevo socialista
del trabajo, trabajado juntos para promover el debate y la discusión de
la izquierda, en particular alrededor Tony Benn y su campaña por el
liderazgo adjunto del partido obrero, alrededor de la cual la izquierda
había unido.
Sin embargo, el análisis de Hall se había descuidado o pasado por alto
hasta 1983, cuando una colección fue publicada por Lawrence & Wis-
hart, el editor del CPGB, que incluía un capítulo sustancialmente revi-
sado de su tesis de thatcherismo y respuestas a él (Hall y Jacques
1983). Más significativamente, la desastrosa demostración del traba-
jo en junio de 1983.
Cuando su participación en el voto popular cayó casi un 10% a un
28%, apenas un dos por ciento más que la participación conjunta de
los partidos liberal y socialdemócrata (SDP) en el voto popular,
ayudó a impulsar el análisis de Hall a la vanguardia del debate a la
izquierda. La cuota de votos de los votantes disminuyó en casi
700.000 mientras que la mano de obra disminuyó en tres millones, la
mayoría de los cuales parecen haberse dirigido a los liberales y al SDP;
Así, la división de la izquierda, en un sistema electoral parlamentario
del primero en el pasado, permitió a los conservadores ganar casi
todos los 60 escaños perdidos por la mano de obra. Esta última inter-
pretación también explicaba las divisiones que no eran tanto el resul-
tado de la resonancia del thatcherismo con la población como un cen-
tro izquierda e izquierda. El debate sobre el impacto del thatcherismo
a menudo giraba en torno al sistema de las elecciones generales de
1983, el resumen de un día de los votos emitidos en las elecciones
generales proporcionara un relato adecuado de las ideologías en com-
petencia, las motivaciones de los votantes o cualquier número de
otros factores como el aumento del nacionalismo patriótico como
118
resultado de la victoria militar sobre los argentinos en la guerra de
Malvinas y Falklands de 1982, lo que contribuyó a hacer popular a un
gobierno tan impopular.
Después de 1983, sin embargo, las divisiones en la izquierda crecieron
sobre la interpretación de la derrota de la elección general del trabajo.
Lo que el marxismo llamó hoy el "realineamiento de la izquierda" fue
el proceso por el cual tanto el trabajo como el CPGB estuvieron invo-
lucrados en conflictos internos más intensos: el trabajo se enfrentó a
la fractura interna y el liderazgo expulsó a los trotskistas y otros
izquierdistas duros, Como parte del ala 'eurocomunista' y 'Gramscia-
na' del CPGB, maniobró cada vez más para una posición desde la cual
flanquear a los opositores internos en el ala "tradicionalista", al
13
mismo tiempo que se aliaba con los leales del CPGB. esta lucha
interna absorbió la energía de Jacques y algunos limitados recursos
disponibles para el marxismo de hoy, aunque sí condujo a la eventual
expulsión de muchos tradicionalistas, mientras que otros dejaron de
lado la frustración. Sin embargo, la expulsión de la izquierda tradicio-
nal o "línea dura" aseguró que la línea de vida financiera del CPGB
para MT fuera mucho más segura.
Estas críticas de Eric Hobsbawm y Stuart Hall ganaron autoridad y
credibilidad mientras el thatcherismo mantenía su control sobre el
gobierno y los medios de comunicación y debilitaba cada vez más el
consenso socialdemócrata de posguerra al que todos los partidos
habían adherido después de 1945. Hobsbawm y Hall ayudó a estable-

13
Estas categorías amplias de «Eurocomunistas», «Gramscianos», «Tradicionalistas»,
«Intransigentes» y «Leales» sólo pretenden capturar las diferencias generales para
comunicar un sentido de las profundas divisiones dentro del CPGB y no los matices que
existían dentro y entre Las dos "alas" o "tendencias" del partido (por ejemplo, Pimlott

119
cer una base para proclamar un nuevo "marxismo realista" para con-
trarrestar la "izquierda dura", ya que despejó el camino para el "nuevo
trabajo" en la década de 1990 (por ejemplo, Pimlott 2005).
En este período, Hall se hizo más popular, llegando cada vez más a
través de varias publicaciones, aunque asociadas principalmente polí-
ticamente con el marxismo hoy, ya través del crecimiento en estudios
culturales a través del Reino Unido e internacionalmente. Los resulta-
dos electorales de 1983 proporcionaron munición para la crítica de
Hall al "economismo" de la izquierda, la lectura de la "superestructu-
ra" ideológico-cultural como resultado de la "base" económica; La
promoción relacionada con lo "político-ideológico" contrastaba con
el predominio de la idea de la clase obrera como la agencia revolucio-
naria para derrocar el capitalismo, sobre todo porque muchos votan-
tes de la clase trabajadora apoyaban a atcher a pesar de tres millo-
nes de desempleados, muchos a la izquierda No parecía reconocer.
Hall tampoco argumentó que esto era necesariamente una falsa con-
ciencia, sino la exitosa re-articulación de ideas de los conservadores a
su ideología que atraía a ciertos grupos de trabajadores.
El argumento de Hall para aprender del thatcherismo o "populismo
autoritario" fue capaz de obtener el consentimiento al desprender las
ideas normalmente asociadas con la izquierda o la socialdemocracia
y volver a articularlas con la ideología conservadora. De muchas
maneras, la tesis de atcherismo de Hall era un desarrollo importan-
te y necesario en el pensamiento convencional de la izquierda, y la
provocación al mismo, porque existía la larga expectativa de leer las
lealtades de las personas basadas en su lugar o papel en el modo de
producción capitalista: Que los votantes de la clase obrera votarían
por el Partido Laborista, mientras que la clase media votaría por el
Partido Conservador.

120
En cambio, Raymond Williams señaló que desde el advenimiento de
la democracia de masas, los conservadores han tratado de asegurar el
apoyo de la clase trabajadora rural (ya veces urbana), y que siempre
había gente de la clase trabajadora que apoyaba a los conservadores y
El Establishment (Williams 1983, págs. 157-174). Contra el "populis-
mo autoritario" de Hall, Williams argumentó que sería más exacto
que se lo entienda como "autoritarismo constitucional" (Williams,
1979). Este argumento ha sido corroborado por el grado en que hubo
una considerable oposición a atcher y su gobierno a lo largo de los
años ochenta y su gobierno hizo un uso considerable de aparatos
represivos de estado, ya sea en torno a las revueltas negras o las huel-
gas de mineros u otras formas de desarrollo industrial, social Y dis-
turbios políticos. Sin embargo, el concepto de Williams no obtuvo la
exposición que Hall hizo ni parecía tener mucha influencia, tal vez, en
parte porque no estaba estrechamente afiliado a una agrupación tan
bien organizada como la del marxismo de hoy y por lo tanto no obtu-
vo ninguna de la promoción asidua que MT proporcionó a la tesis de
thatcherismo de Hall.
Otro aspecto de las contribuciones de Stuart Hall como intelectual
socialista público fue su enfoque en la cultura popular, especialmente
su intervención de 1981, "de construir lo popular", y su artículo de
enero de 1984 para el marxismo de hoy, "la brecha cultural", que plan-
teó la importancia de La izquierda de atender a la cultura y especial-
mente a la cultura popular (Hall 1981, 1984). Mientras que hoy en día
es prácticamente desconocido que los medios de comunicación radi-
cales, alternativos y de oposición no analizarían ni cubrirían de otra
manera la "cultura" en sus múltiples formas, a principios de los años
ochenta, todavía era una lucha para conseguir una cobertura periódi-
ca y corriente de la cultura popular de una manera donde se tomó en
serio y no se pensó como secundaria o simplemente se leía de la base

121
económica o modo de producción: es decir, un modo de producción
capitalista
Produce una cultura capitalista. En primer lugar, comentar, la revi-
sión quincenal del partido del CPGB, como editada por Sarah Benton
(1978-80), tenía una columna regular de televisión escrita alternati-
vamente por tres profesores de estudios culturales y luego el marxis-
mo comenzó hoy a expandir su cobertura regular de cultura a más de
reseñas de libros como MT reconoció la importancia de la cultura
popular, no sólo en términos de cuestiones políticas, sino también
como un medio para atraer a los lectores y los anunciantes (Pimlott
próxima).
Por supuesto, una parte importante de este cambio gradual a la
izquierda fue el desarrollo de los estudios culturales y su enfoque en
las formas populares y otras que no se consideraban el arte tradicional
o la "gran" literatura. Las telenovelas, los programas de televisión y las
novelas románticas, por ejemplo, Se convirtieron en temas para lo
que iba a ser dominante en los estudios culturales: el enfoque en las
formas mundanas, cotidianas, aparentemente masivas o populares de
los medios de comunicación o "degradados" los productos culturales
y la programación. También se hizo hincapié en las «audiencias acti-
vas» y las «lecturas resistentes», que el modelo de «codificación /
decodificación» de Stuart Hall permitió con su énfasis en el lector-
oyente-espectador determinar si aceptaría (total o parcialmente) o
rechazaría los mensajes ofrecido a través de diversos medios (Hall
1980). Aunque no hay espacio para abordar los problemas con este
enfoque, Greg Philo (2008) identifica algunos problemas significati-
vos con él y su contribución al enfoque de "público activo" en los estu-
dios culturales.
El foco en la cultura popular era parte de lo que era un sentido general

122
en el momento de ser parte del movimiento para establecer un bloque
contra-hegemónico en la izquierda. Es decir, si (aspirantes a intelec-
tuales orgánicos y tradicionales) pudiéramos desarrollar un análisis
de cómo funcionaba el sentido común analizando formas de cultura
popular que parecían resonar con la gente, quizás podríamos contri-
buir a efectiva política contra-hegemónica a través de la "guerra de
posición". Existía la sensación de que era una parte cada vez más
importante del desarrollo de una estrategia para oponerse al thatche-
rismo, particularmente después de las elecciones generales de 1983.
Esto fue parte de la apelación de Stuart Hall y la del marxismo de hoy.
Se centraban en los aspectos políticos de la cultura popular, así como
en las cuestiones más obviamente «políticas» y ofrecían una forma de
pensar sobre ellas que ofrecían algún tipo de promesa de una eventual
victoria si pudiéramos de alguna manera aprender del thatcherismo o
de sus aspectos populares y de sentido común.
En la última década aproximadamente, una serie de artículos y libros
han identificado aspectos relacionados con lo que podría clasificarse
como debilidades clave en la tesis del thatcherismo de Stuart Hall.
Una crítica ignorada de la obra de Hall señala que el propio Hall era
culpable de "economicismo", aunque diferente del "economismo" por
el que criticaba a la izquierda, porque al evitar el económico, el capita-
lismo es tratado como una "fuerza de la naturaleza" externo y previo
al pensamiento, al discurso, a las prácticas y las relaciones sociales
"(Peck 2001: 236-38). Se centró poco en cómo y de qué manera se arti-
culó y reprodujo el thatcherismo durante los años ochenta, con la
excepción de un solo artículo: Alan O'shea (1984) identifica algunas
claves metafóricas y frases usadas en algunos de los discursos de at-
cher y distribuidas a través de los medios de comunicación. El análisis
de Hall pasó de incluir un enfoque significativo en los medios de
comunicación convencionales en la vigilancia de la crisis a un análisis

123
mucho más limitado en el artículo inaugural sobre el thatcherismo.
Hall proveyó descripciones plausibles del thatcherismo, aunque en
gran medida en un nivel macro, abstracto de los desarrollos sociales y
políticos. Aunque los principales medios de comunicación se men-
cionan, o "escritores líderes" al menos, la idea de los medios de comu-
nicación sigue siendo en gran parte abstracta de entender el thatche-
rismo.
Sin embargo, esto es una parte importante de la comprensión del
grado en que el thatcherismo fue o no fue exitoso. Se trata del papel
que desempeña la producción social de las ideologías en el desarrollo
y obtención de hegemonía y contra hegemonía. También está estre-
chamente relacionado con un aspecto clave de la teoría de la hegemo-
nía de Gramsci, que en gran medida se ha pasado por alto en el
mundo anglófono, pero que es crucial para la teoría: el "aparato hege-
mónico concreto" (EG omas 2009, pp.224-28).
Lo más importante es reconocer el papel de los medios de comunica-
ción alternativos y radicales de base, y la producción cultural, para
poder construir una esfera pública e idealmente, funcionar como
parte del aparato concreto (contra) hegemónico. Entre mediados de
los años setenta y ochenta, se produjo una expansión de los medios de
comunicación y de la producción cultural para las clases media y baja
debido a una mayor accesibilidad a partir de costos más bajos y habili-
dades menos complejas requeridas para la tecnologías que se habían
hecho disponibles en general (por ejemplo, Pimlott 2014b).
El thatcherismo de Stuart Hall también basó su idea de estrategia "con-
tra hegemónica" sobre una "imagen especular" de la "revolución pasi-
va" de Gramsci y el "transformismo"; es decir, la "revolución desde
arriba" se convirtió en el modelo, en lugar de la revolución desde aba-
jo, que habría requerido una estrategia diferente. Por ejemplo, los

124
thatcheritas habían podido efectuar cambios considerables a través
de organizaciones corporativas, incluyendo grupos de expertos y
periódicos, e instituciones estatales, a través de cambios de políticas
en la industria y el uso de "aparatos de estado represivos" contra la
clase obrera organizada. Un elemento clave aquí es también el papel
de los Aparatos Ideológicos del Estado en el marxismo estructuralista
Althusseriano, como los medios de comunicación, que probable-
mente no estarán disponibles como parte de ningún aparato contra
hegemónico, lo que significa que no hay realmente ningún equivalen-
te de La revolución pasiva o transformismo para grupos de oposición.
El thatcherismo, por otra parte, podía confiar en su dominio de los
Aparatos Ideológicos del Estado, incluyendo el apoyo de los medios
de comunicación, incluyendo la prensa popular que había hecho el
mayor cambio a la derecha política desde los años veinte (incluyendo
el espejo pro-laboral) 1978, pp. 20 - 21).

CONCLUSIÓN:

Stuart Hall hizo importantes contribuciones tanto a la política de


izquierda como a los estudios culturales durante los años setenta y
ochenta. En primer lugar, tanto él como su análisis del atcherismo
hicieron hincapié en la importancia de prestar atención a la ideología,
los medios de comunicación y la cultura popular, incluyendo las for-
mas en que la derecha trató de volver a articular conceptos, ideas y

125
frases de la izquierda o el interés nacional "A su propia ideología par-
ticular como parte de su intento de organizar un bloque histórico-
social de clase para asegurar la hegemonía. El enfoque de Hall tam-
bién subrayó la importancia del papel de los intelectuales en una "gue-
rra de posición" para la sociedad civil y, en última instancia, para el
liderazgo de un bloque histórico-social que podría provocar una
transformación contra hegemónica. Finalmente, al enfatizar acerta-
damente áreas que habían sido descuidadas, ignoradas u olvidadas,
Hall animó a cientos, quizás miles, de intelectuales orgánicos y tradi-
cionales, como "organizadores persuasivos permanentes" en organi-
zaciones civiles de sociedad y movimientos sociales, y estudiantes de
posgrado y profesores para participar en un proyecto político de con-
trarrestar el surgimiento del neoliberalismo y buscar la transforma-
ción de la sociedad. El grado en que no hemos tenido éxito no refleja
directamente en Hall tanto como en nosotros mismos y en nuestro
fracaso en diseñar o encontrar un instrumento político para ayudar a
hacer viable una estrategia contra hegemónica.
Por otro lado, el atcherismo de Stuart Hall tampoco proporcionó
un modelo adecuado para desarrollar una estrategia contra hegemó-
nica, en parte debido a su configuración particular y los medios de
producir ideología a través de su aparato hegemónico de periódicos,
grupos expertos y otras entidades, además al control de atcher del
gobierno y sus agencias. Esto era una consecuencia del descuido o la
omisión del concepto clave de Gramsci del aparato hegemónico de
usar su teoría de la hegemonía.
También es interesante notar las diferencias entre la influencia de Hall
a través de una visión general de sus posiciones académicas y contri-
buciones políticas, en particular en su papel de intelectual y erudito
socialista público, contra Raymond Williams, cuyas contribuciones

126
fueron descuidadas en parte debido a su propia marginación dentro
la academia y la izquierda durante los años ochenta. Esto puede expli-
carse en parte, no por la veracidad de la tesis thatcherista de Hall per
se, sino por su promoción y circulación a través del marxismo hoy a
través de las instituciones postsecundarias donde se enseñaban los
estudios culturales (lo que también podría explicar, en parte, su énfa-
sis sobre la política cultural sobre la economía política). El relato de
Williams sobre el atcherismo fue desatendido en parte porque no
estaba en la misma posición que Hall, que había establecido una posi-
ción particularmente influyente en términos de su perfil público en
varias áreas, incluyendo estudios culturales, que sin duda contribuye-
ron a su mayor influencia a la izquierda en comparación con
Williams. Es decir, la influencia de la tesis de atcherismo de Hall
puede atribuirse no tanto a la veracidad de sus ideas, sino a su posi-
ción como intelectual socialista y los medios de producción y distri-
bución de sus ideas.

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130
¿POR QUÉ NECESITAMOS LA IZQUIERDA
IMAGINARIA DE STUART HALL?

Escritora. JESSICA LOUDIS


Editora de Word Police Journal

Cuando Stuart Hall murió en 2014, fue uno de los intelectuales más
conocidos de Inglaterra, famoso por sus escritos pioneros en estudios
culturales, un campo que ayudó a inventar junto con Raymond
Williams, y por su trabajo como portavoz de la Nueva Izquierda. El
profesor de Harvard, Henry Louis Gates, Jr. lo describió como "el Du
Bois de Gran Bretaña", y e Guardianlo llamó el "padrino del
multiculturalismo". Durante las seis décadas que vivió en Inglaterra,
Hall apareció regularmente en televisión y radio (incluso en su propia
serie de la BBC sobre la historia del Caribe), popularizó el término
"thatcherismo", coescribió un influyente libro sobre raza y policía, y
ayudó a fundar e New Le Review .
Hall tuvo una visión más amplia de la cultura popular que las
generaciones anteriores de izquierdistas británicos, que tendían a
ridiculizarlo como un medio monolítico por el cual las clases
trabajadoras estaban sometidas a la hegemonía de la clase alta. Vio la
cultura pop como un campo de lucha, que tenía el potencial de
generar un cambio positivo, en lugar de simplemente la opresión. A
medida que su pensamiento evolucionó, llegó a insistir en una visión
más amplia de la política, que se aventuró más allá de los actores e
instituciones tradicionales en ámbitos más subjetivos. La política,
argumentó, no era simplemente una cuestión de elecciones: la política
estaba en todas partes, presente en todo, desde juegos de fútbol hasta
telenovelas. "Las condiciones de existencia", comentó una vez en una
entrevista, son "culturales, políticos y económicos", en ese orden.

131
A pesar de esta reputación, el legado de Hall estaba lejos de estar
asegurado para cuando murió. En 2014, su único libro de un solo
autor había quedado sin imprimir, y sus ensayos estaban repartidos
en revistas y antologías oscuras. En el London Review of Books, Terry
Eagleton exhortó a Hall por su "reciclaje frenético de teorías en el
ámbito de la cultura", llamándolo "menos pensador original que un
brillante bricoleur, un imaginativo inventor de las ideas de otras
personas”. Hace poco tiempo, los editores estadounidenses
intentaron revivir su legado. Duke lanzó una serie de libros dedicada a
sus escritos recopilados, editada por Catherine Hall y Bill Schwarz, así
como la publicación de una colección de ensayos de David Scott, un
antropólogo cultural en Columbia que está trabajando en una
biografía de Hall. Harvard publica una serie de conferencias que Hall
impartió en la universidad en 1994 como e Fateful Triangle ; MIT
está lanzando una antología de ensayos sobre su trabajo, y Routledge
está poniendo una conversación entre Hall y los ganchos de campana.
Estos esfuerzos son oportunos: el trabajo de Hall se ha vuelto
especialmente resonante, ya que Gran Bretaña ha votado por una
identidad más estrecha y una actitud más aislacionista hacia el resto
del mundo. Debido a su propia ascendencia como "parte escocesa,
parte africana, parte portuguesa-judía", Hall siempre vio la identidad
como pluralista y rechazó la noción de que una persona era
estrictamente "inglesa" o "jamaiquina". Hacia el final de su vida, Hall
llegó a creer que la intransigencia de las diferencias culturales no
podría mezclarse con el gobierno y las demandas cada vez mayores de
los medios conservadores por la "británica". Esto fue en parte debido
a la "modernización regresiva" que Hall vio bajo atcher, que tiene
ecos en Brexit y Donald Trump, pero también debido al fracaso
imaginativo del otro lado de la división política; la forma en que la

132
izquierda simplemente aceptó una visión conservadora del mundo
como el consenso sobre la realidad.
Hall nació en Jamaica en 1932 en la "clase media morena", la hija de un
trabajador de United Fruit y una madre de piel clara. Su madre, cuya
familia había sido una vez rica, idealizó los días del colonialismo y
evitó que su hijo jugara con niños que ella consideraba debajo de ellos.
Como miembro más oscuro de una familia que se aisló del mundo de
la "Jamaica negra", Hall se convirtió, escribe, cada vez más alienado en
su hogar y gravitó hacia "la Jamaica jerárquica de menos color que
emergía". Aunque la independencia todavía estaba a décadas de
distancia, Hall alcanzó la mayoría de edad en un momento de
floreciente antiimperialismo. Durante su primer período en la
escuela secundaria, un niño mayor fue suspendido por tirar un libro a
un maestro de historia colonialista. Ese chico, Michael Manley, pasó a
convertirse en jefe del Partido Nacional Popular izquierdista y,
eventualmente, primer ministro.
En 1951, Hall dejó Kingston para obtener una beca Rhodes en
Oxford. Fue su primer viaje a Inglaterra y, a pesar de haber crecido a la
sombra del Imperio Británico, le impresionó lo aparentemente
"impenetrablemente inglés", cómo el comportamiento se guiaba por
una matriz de reglas no escritas y códigos sociales. Varios días
después, la concepción de Hall de Inglaterra fue cuestionada cuando,
al pasar por la estación de Paddington, vio "una corriente de gente
negra que se derrama en la tarde de Londres", su primer encuentro
con la diáspora caribeña, que comenzó a llegar a Inglaterra tres años
antes el SS Empire Windrush. Recordó el momento en su
autobiografía, Familiar Extraño:
Es difícil reconstruir el efecto de ver a estos trabajadores y
trabajadoras negros de las Indias Occidentales en Londres, con sus

133
maletas atadas y abultadas canastas de paja, buscando a todo el
mundo como si planearan una larga estadía. Hicieron esfuerzos
extraordinarios dentro de sus posibilidades para vestirse de punta en
blanco para el viaje, como los antillanos siempre lo hacían en esos días
cuando viajaban o iban a la iglesia: los hombres con sombreros de
fieltro de ala suave, ladeados en un ángulo libidinoso, las mujeres en
vestidos de algodón coloridos y endebles, caminando indecisos en el
viento, o esperando que familiares o amigos los rescaten de la
extrañeza envolvente. Dudaron frente a las ventanillas, tratando de
encontrar la manera de tomar otro tren a un lugar igualmente
desconocido, para encontrar a las personas que conocían que les
habían precedido.
Como Hall diría más tarde en las entrevistas, llegó a Inglaterra
cuando pasaba de "una sociedad de clases a una sociedad de masas":
un momento marcado por la afluencia de inmigrantes, la ruptura de
la llamada cultura "tradicional" en favor de la americanización, y el
surgimiento de políticas socialmente conservadoras y de libre
mercado.
En Oxford, ese bastión de la Inglaterra, Hall corrió con los estudiantes
extranjeros (excluyendo a VS Naipaul, a quien recuerda como esnob),
y, aunque inicialmente aspiraba a ser novelista, se convirtió cada vez
más en la política de liberación del "Tercer Mundo". El departamento
de literatura en ese momento estaba lidiando con el legado de FR
Leavis, cuya revista Scrutiny revolucionó la crítica aplicándola,
despectivamente, a la cultura de masas. Hall gravitó hacia los eruditos
marxistas que apuntaban a la creencia de Leavis de que solo los
grandes novelistas ingleses podían salvar la civilización de los
llamados bárbaros. El joven crítico leyó a Raymond Williams y
estudió con Richard Hoggart, cuyos revolucionarios Usos de la
Alfabetización pronto aplicaría una lente sociológica literaria a la
134
cultura de la clase trabajadora británica. Al mismo tiempo, Hall
comenzó a hacer viajes regulares a Londres, quedándose con los
"radicales barbudos" que sus padres le habían advertido.
A pesar de las dudas, Hall estaba en camino de ganar un lugar dentro
del establecimiento literario británico. Completó su licenciatura y
comenzó a escribir una tesis doctoral sobre Henry James, sin saber
dónde lo conduciría este esfuerzo. Luego, en 1956, se suspendió todo.
Cuando Rusia invadió Hungría para aplastar una revolución
naciente, y Gran Bretaña y Francia invadieron Egipto para detener la
nacionalización del Canal de Suez, Hall abandonó su tesis para
convertirse en maestro y activista a tiempo parcial. Si bien nunca
había sido un mar xista plenamente comprometido, los
acontecimientos de ese año, que más tarde escribiría, "pusieron fin a
cierto tipo de inocencia socialista".
Fuera de este desagradable despertar, nació la Nueva Izquierda. Al
año siguiente, cuando Ghana declaró su independencia, Hall fundó
una revista llamada Universities and Le Review , que tres años más
tarde se combinaría con e New Reasoner para formar la New Le
Review.Mientras tanto, instaló y dirigió el Partisan Café en Londres
para ayudar a financiar la publicación. La barra de café se convirtió en
un lugar favorito para la izquierda antiestalinista, atrayendo a cientos
a sus reuniones semanales, como Eric Hobsbawm, Karel Reisz, Doris
Lessing, John Berger y miembros encubiertos de la policía. La
Campaña por el Desarme Nuclear también surgió de estas reuniones,
y los discursos de Hall para la organización ayudaron a consolidar su
reputación como activista e intelectual público. Ocho años más tarde,
fue reclutado por Hoggart para ayudar a dirigir el Centro de Estudios
Culturales Contemporáneos de Birmingham.

135
Mientras que los compromisos políticos de Hall se establecieron en el
momento en que abandonó Oxford, su metodología intelectual
cambió para siempre, pasando de la sociología política a la teoría de
los medios al estructuralismo, lo que resultó más útil para
desempaquetar los materiales de la cultura de masas. Hall fue
reconocido por primera vez como un teórico de los medios por su
innovador trabajo sobre teoría de la recepción, que analizó cómo los
antecedentes y las experiencias de un lector influyeron en la lectura de
un texto. Su pensamiento fue revolucionado en la década de 1970, sin
embargo, cuando la Escuela de Frankfurt y los principales pensadores
europeos continentales fueron traducidos al inglés. De repente, a
través de su voluntad de leer la política a través de las lentes de las
instituciones y la cultura popular, Adorno y Althusser ofrecieron
nuevas herramientas para comprender el clima político cambiante de
Gran Bretaña.
Antonio Gramsci, el teórico político italiano de principios del siglo
XX, resultó especialmente influyente. De él, Hall tomó prestada la
noción de "coyunturas" —periodos en los que "diferentes
contradicciones sociales, políticas, económicas e ideológicas"— se
juntan para formar momentos históricos distintivos. Esta idea
formaría la base del primer acercamiento de Hall a la política. El
consenso posterior a la Segunda Guerra Mundial, en el que los países
de Europa occidental adoptaron programas de bienestar de la cuna a
la tumba, fue una de esas coyunturas; el surgimiento del
thatcherismo, como demostraría Hall, era otro. Contra aquellos
dispuestos a subordinar la historia a amplias teorías globales, Hall
enfatizó el carácter distintivo de momentos específicos.
Mientras que Hall de vez en cuando se basa mucho en la jerga, hay una
generosidad y una imaginación literaria en su escritura, un
reconocimiento de que los humanos son criaturas complejas y
136
contradictorias moldeadas por, entre otras cosas, lo que creen, dónde
viven, cómo compran y quiénes son durmiendo con un extranjero o
con un hombre negro en Inglaterra, Hall rechazó interpretaciones
piadosas o reduccionistas de la política, como el marxismo
dogmático, que no pudo explicar a personas como él.
Esto es evidente en sus ensayos políticos, pero se transmite de manera
más explícita en una serie de conferencias que pronunció en la
Universidad de Urbana-Champaign en el verano de 1983,
recientemente reeditado por Duke como Cultural Studies 1983 , que
se convertiría en la base teórica para el campo. Las conferencias
construyen un marco analítico a través del préstamo y,
ocasionalmente, descartan las ideas de Hoggart, Leavis, Durkheim y
Levi-Strauss, así como de Althusser y Gramsci. En estas
conversaciones, vemos a Hall cuestionando la ortodoxia marxista, y
aferrándose más allá:
Me pregunto cómo es posible que todas las personas que conozco
estén absolutamente convencidas de que no están en una conciencia
falsa, sino que pueden decir con un gesto que todos los demás son.
Nunca he entendido cómo alguien puede avanzar en el campo de la
organización y la lucha políticas al atribuir una distinción absoluta
entre aquellos que pueden ver a través de superficies transparentes, a
través de la complejidad de las relaciones sociales. De hecho, siempre
me he comprometido a pasar de la posición opuesta, suponiendo que
todas las ideologías que alguna vez han organizado hombres y
mujeres orgánicamente tienen algo verdadero sobre ellas.
Hall caracterizó la ideología como los marcos con los que las personas
traducen e interpretan la sociedad, y los vio funcionar a su alrededor:
en la televisión y en los pubs, en las aulas y los cines, y especialmente
en los medios. Como señala el historiador Frank Mort, mientras que

137
la lectura de la cultura como política fue rompedora en ese momento,
sí se basó en una historia de trabajo sociológico de izquierda en Gran
Bretaña. (De acuerdo con esto, Hall notó una vez que quería "hacer la
sociología mejor que los sociólogos"). Desde la década de 1930 hasta
mediados de la década de 1960, el movimiento de observación de
masas intentó hacer una crónica de la "vida cotidiana" de los
británicos y, en la década de 1950, El Instituto de Estudios
Comunitarios hizo un mapa de las estructuras familiares de las
comunidades de bajos ingresos en Londres. El Instituto finalmente
generó la Universidad Abierta, donde Hall enseñó durante 18 años
después de abandonar Birmingham.
A mediados de los años 60, Hall se había casado con Catherine
Barrett, una historiadora feminista británica cuyo trabajo influiría
profundamente en la suya, y había coescrito e Popular Arts , uno de
los primeros libros para aplicar análisis serios al cine popular. En ese
momento, la pareja vivía en la ciudad inglesa industrial, que, como
observa James Vernon en un excelente ensayo sobre Hall y la raza,
estaba dividida por las tensiones raciales. El año en que se mudaron
allí, escribe Vernon, un "candidato del Partido Conservador organizó
una campaña electoral con el eslogan 'Si quieres un negro para un
vecino, vota Trabajo'. "Tres años más tarde, en 1968, el conservador
MP Enoch Powell pronunció su infame discurso de" ríos de sangre
"en Birmingham, lo que sugiere que una inundación de inmigrantes
daría como resultado eso. Ese mismo año, Catherine dio a luz a su
hija, la primera de dos hijos. A fines de los años 60 y principios de los
70, en Inglaterra, se produjo el surgimiento de movimientos sociales
de izquierda, a saber, el poder negro y el feminismo, en el que
Catherine participó al comenzar el primer grupo de liberación de
mujeres de Birmingham. También fue la era de titulares grotescos
sobre el crimen y las llamadas "Sus Leyes”, que dieron carta blanca a la

138
policía para detener y hostigar a los jóvenes "sospechosos" (negros).
Esto preparó el escenario para el avance de trabajo de Hall, que aplicó
un lente de zoom al estado de ánimo nacional en conflicto. En
“Policing the Crisis”, Hall y sus coautores examinaron la explosión de
noticias sobre el aumento de "atracos" en el Reino Unido,
argumentando que esta tendencia capturó un pánico moral sobre los
extranjeros y los inmigrantes, y generalmente reflejó un sentimiento
de declive cuando Inglaterra, luchando contra el desempleo y un
estado de bienestar ineficiente, se alejó de un orden socialdemócrata.
El análisis de Hall, que se basó en los estudios anteriores de los medios
de comunicación, fue uno de los primeros en identificar el temor
periodístico y la apertura a la austeridad como los factores que
llevarían al poder a los conservadores radicales. En la oración final,
predijo el continuo ascenso de Margaret atcher. Desafortuna-
damente, él tenía razón. En 1979, un año después de la publicación de
Crisis, atcher fue elegido primer ministro.
La victoria de atcher marcó el comienzo de un nuevo momento
histórico. Elegido por votantes de clase media y baja después del
"invierno de descontento" de Inglaterra, atcher apuntó a los
sindicatos, los programas de derechos y las industrias nacionalizadas,
destruyendo la política pública keynesiana que había impulsado al
país durante más de tres décadas. En su lugar, ofreció lo que Hall
describió más tarde como "un conservadurismo profundamente
arraigado y cerrado en torno a un pequeño mito de una nación con
una cultura homogénea junto con un individualismo rabioso a corto
plazo que está vinculado al mercado".
En atcherism, Hall encontró el estudio de caso que consumiría
gran parte de su trabajo e, irónicamente, ejemplifica el tipo de política
cultural que esperaba activar a la izquierda. Su ensayo " e Great

139
Moving Right Show", escrito en 1979, fue un intento de diseccionar el
fenómeno y su atracción entre los votantes. Para Hall, el thatcherismo
reflejaba lo que Gramsci llamaba una crisis "orgánica": un momento
en que las personas dejan de confiar en los líderes y partidos políticos,
y las fuerzas advenedizas desafían a quienes buscan conservar el viejo
orden. Durante estos períodos, surgen contradicciones que agrupan a
grupos dispares, y cambia la idea misma de lo que se considera
"sentido común ordinario". atcher no tuvo éxito engañando a los
votantes, postula Hall, sino más bien mediante la construcción de una
cosmovisión que mapeara sus vidas y problemas reales (si no sus
identidades de clase) y las políticas de avance que reflejaban esas
preocupaciones. Él toma esto como un recordatorio de que "los
intereses no se dan, sino que siempre tienen que construirse política e
ideológica-mente". Hall pasaría el resto de su vida criticando a
atcher, pero reconoció el ingenio de sus tácticas.
A medida que avanzaban los años 80, los niños de la generación de
Windrush salieron a las calles para protestar por el racismo
estructural que sus padres soportaron en silencio, y Hall concentró su
atención en el fracaso de la izquierda ante el thatcherismo. En su
fascinante ensayo de 1987 "Gramsci and Us", Hall culpó al Partido
Laborista por su comprensión administrativa de la política y su
creencia de que los sujetos políticos son actores unidimensionales
cuyas motivaciones pueden reducirse a intereses económicos. Ese
año en Gran Bretaña, no faltaron las crisis. atcher fue reelegido,
estallaron disturbios en Leeds, y una persona por día se moría de
SIDA. Sin embargo, la izquierda, escribió Hall,
No parece tener la más mínima concepción de lo que implica un
nuevo proyecto histórico. No comprende la naturaleza
necesariamente contradictoria de los sujetos humanos, de las
identidades sociales. No entiende la política como una producción.
140
No ve que sea posible conectarse con los sentimientos y experiencias
ordinarios que las personas tienen en su vida cotidiana, y sin
embargo, articularlos progresivamente a una forma de conciencia
social más avanzada y moderna... No reconoce que las identidades
que las personas llevan en sus cabezas —sus subjetividades, su vida
cultural, su vida sexual, su vida familiar y sus identidades étnicas—
son siempre incompletas y se han politizado masivamente.
La realidad de atcher ahora era británica, y la política de partido no
ofrecía respuestas. A la luz de esto, Hall centró su atención en las
"identidades que la gente lleva en sus cabezas". La cultura era ahora el
principal campo de la política y las identidades individuales se
estaban negociando en este terreno. La izquierda, a pesar de sus
pretensiones de inclusividad y justicia social, no había proporcionado
un vocabulario humano y suficientemente específico para que las
personas se reconocieran.
Mientras tanto, en toda Inglaterra, las generaciones más jóvenes de
artistas negros y asiáticos estaban descubriendo el trabajo de Hall.
Esto incluyó a Isaac Julien, Keith Piper, y otros artistas visuales y
cineastas que finalmente formarían el Movimiento de las Artes
Negras Británicas. John Akomfrah, un cineasta cuyo documental de
archivo e Stuart Hall Project (2013) rivaliza con Raoul Peck's I'm
Not Your Black en su profundidad intelectual y emocional, estaba
entre ellos. Describiendo el encanto de Hall en Stuart Hall:
Conversaciones, proyectos, Legacies, Akomfrah escribió que "para
un grupo de jóvenes que habían pasado de color a negro... y muchos
otros epítetos despectivos en el medio en sus vidas muy cortas", la
habilidad de Hall para moverse fluidamente entre identidades, temas
y posiciones teóricas fue precisamente el atractivo. En las últimas
décadas de su vida, Hall se convirtió en la fundadora de Iniva
(Instituto de Artes Visuales Internacionales) y de la organización de
141
fotografía Autograph ABP, que nombraron sus bibliotecas en su
honor y continuó trabajando con el British Film Institute, un relación
que se remonta a los años 60.
Donde la política organizada había fallado, el arte surgió como una
forma de acceder a la subjetividad individual. Para ver "cómo
funciona la diferencia dentro de las cabezas de las personas", dijo Hall
en una entrevista de 2007, "tienes que ir al arte, tienes que ir a la
cultura, a donde la gente imagina, a la fantasía, a la que simbolizan".

27 de septiembre de 2017

142
LA NUEVA IZQUIERDA EN AMERICA LATINA

Mg. RICARDO SOTO SULCA


Universidad Nacional del Centro del Perú

La nueva izquierda no se postula como una organización


alternativa a las ya existentes; por el contrario, ofrece dos
cosas a los que se encuentran dentro y fuera de las
organizaciones existentes: Una propaganda específica de
ideas y ciertos servicios prácticos(revistas, clubes,
escuelas, etcétera). E.P. ompson.

Casi en todos los ensayos de Hall nos permite tener una mirada
distinta de los estudios culturales en los diversos contextos culturales
y políticos de nuestros países de América Latina, en esta oportunidad
quisiera reseñar el artículo “Vida y momentos de la primera nueva
izquierda” porque sus ideas y posiciones tienen una gran actualidad
en estos momentos de crisis de las propuestas políticas de nueva
izquierda en el continente latinoamericano.
Desde que apareció la nueva izquierda en Londres siempre ha estado
relacionado con diversos hechos políticos que han permitido
cuestionar teorías y discursos de la izquierda tradicional ortodoxa,
para nosotros estos hechos son momentos de crisis donde van
apareciendo nuevas propuestas de izquierda como nos dice Hall: “El
término de “nueva izquierda”, se asocia habitualmente a 1968, pero,
para la generación de la nueva izquierda de 1956,1968 era ya una
segunda o quizás una tercera mutación”, estos están relacionados con

143
políticos importantes que se han desarrollado, la primera con las
experiencias en Hungría y Suez, la segunda del 68 con lo de Paris, la
tercera con el muro de Berlín y en la actualidad con la ofensiva del
neoliberalismo donde ha dejado a la izquierda en un estado de
marginalidad en la escena política.
La creación de la nueva izquierda estaba relacionado con las dos
corrientes, el comunismo humanista, y el socialismo independiente
como manifiesta Hall “La nueva izquierda representa la unión de dos
tradiciones diferentes aunque relacionadas, y también de dos
experiencias políticas o de dos generaciones. Una era la tradición de
denominaría, a falta de un término mejor, comunismo humanista... La
segunda se podría tal vez describir mejor como una tradición socialista
independiente cuyo centro de gravedad estaba en la generación de
estudiantes de izquierda de la década de los cincuenta y que mantenía
cierta distancia con las afiliaciones al partido”. En la actualidad los
partidos de izquierda se han anquilosado en el discurso de un
marxismo ortodoxo, por lo que es importante construir una
izquierda con una nueva utopía, de un socialismo humanista e
independiente donde los debates giren en torno a los problemas,
necesidades y demandas de la población; nuestros discursos deben
ser estructurados a partir de los hechos cotidianos de la población sin
tener una respuesta absoluta, ya que los cambios son permanentes.
En el proceso histórico de la nueva izquierda en el mundo y
principalmente en América Latina, nunca fue homogénea por su
misma constitución de un movimiento y no de un partido, esto se dio
en todos los países, como dice Hall: “La nueva izquierda estaba lejos de
ser monolítica, y en verdad nunca llegó a ser cultural y políticamente
homogénea”. Esta es una característica importante en esta nueva
izquierda, porque permite tener diversos discursos o propuestas sin
buscar soluciones totalizantes, sino debatir y analizar los diferentes
144
problemas políticos en contextos diferentes. Los integrantes de la
nueva izquierda —tomando el ejemplo de Hall— no militaron en
partidos comunistas y socialistas ortodoxos, sino que siempre eran
independientes pero con una sensibilidad con la izquierda como nos
hace notar Eduardo Restrepo: “A pesar de su sensibilidad con la
Izquierda, Hall nunca milito en el partido comunista identificándose a
sí mismo en la tradición del socialismo independiente que manifestaba
distancia con las concepciones y políticas del partido comunista del
Gran Bretaña”.
Nos parece de importancia en la actualidad la idea de Hall sobre la
nueva izquierda “Para la renovación de la izquierda tenía que empezar
por una nueva concepción de socialismo y por un análisis radicalmente
nuevo de las relaciones sociales, y de la dinámica y la cultura de
capitalismo... se trataba de un proyecto intelectual de largo alcance,
ambicioso y polifacético”. Este es otro elemento que se debe tener en
cuenta, que la nueva izquierda no debe ser un proyecto coyuntural en
muchos casos meramente electoral, sino en un proyecto de largo data,
que pueda englobar todas las demandas de la población en términos
culturales y políticos.
Otro elemento que nos menciona Hall es la cultura como un
ingrediente importante en la nueva izquierda, para muchos
intelectuales dividen la política y la cultura, en cambio el autor lo que
busca es la complementariedad entre ambas. “De hecho, ahí fue donde
surgió la inversión de la nueva izquierda en el debate sobre la cultura.
En primer lugar, porque era en los dominios culturales e ideológicos
donde los cambios sociales se hacían más dramáticamente visibles. En
segundo, porque la dimensión cultural no nos parecía una dimensión
secundaria sino constitutiva de la sociedad. (Esto refleja parte de la
larga polémica de la nueva izquierda con el reduccionismo y el

145
economicismo de la metáfora de la base-superestructura). En tercer
lugar, porque el discurso de la cultura nos parecía fundamentalmente
necesario para cualquier lenguaje en el que el socialismo pudiera volver
hacer descrito. La nueva izquierda, por lo tanto, dio los primeros pasos
vacilantes para plantear cuestiones de análisis y política cultural en el
centro de su política”. Esta cita extensa nos clarifica la necesidad de
tener en cuenta en las agendas políticas de los movimientos de nueva
izquierda los aspectos culturales o aparatos culturales.
Esta complementariedad que señalamos en el párrafo anterior ha
permitido tener un nuevo concepto de la política, expandiendo la
política a una relación con la cultura, cambiando el concepto
convencional de la política. “La lógica que implicaba nuestra posición
era que estas dimensiones ocultas tenían que estar presentadas en el
discurso de lo político”, en otras palabras es como insertar otros
aspectos ocultos como los espacios privados y públicos, el
feminismo, la raza, la identidad entre otros en las agendas políticas de
la nueva izquierda.
En cuanto a la organización de la nueva izquierda ha sido muy
diferente con la clásica de un partido político, para Hall la nueva
izquierda era un movimiento que estaba basado en la intelectualidad
de las universidades, el medio que utilizaban para su irradiación de
sus propuestas políticas eran las revistas que ellos lo dirigían como
nos hace ver Hall: “La nueva izquierda es a menudo considerada como
una formación básicamente intelectual, sería más apropiado recordar a
los lectores que la primera nueva izquierda, por errada que estuviera, se
veía así misma más como un movimiento que como una simple revista”.
En estos momentos podemos afirmar que un buen sector de
intelectuales que siguen teniendo como utopía un socialismo
independiente y humanista se viene agrupando en un movimiento
social o político en América latina.
146
Esta nueva izquierda se ha convertido en un espacio abierto sin
ataduras, ni estructuras clásicas de los partidos tradicionales de
izquierda como lo señala Hall “Durante un tiempo fue lugar
extremadamente muy importante, vital y a menudo polémico, para
personas sin otro compromiso políticos formales. Se diferenciaba de la
típica organización o secta de izquierdas en que su propósito no era
reclutar miembros sino participar en la cultura política de la izquierda
en un frente muy amplio, a través del debate, la argumentación, la
discusión y la educación”. Creemos que estamos en el camino de Hall
por construir una nueva izquierda, como un espacio de educación y
debate de los problemas centrales de nuestra vida cotidiana,
rompiendo con los estilos tradicionales de hacer política, desde
mucho tiempo los estudiosos, los actores sociales vienen exigiendo
desarrollar una nueva práctica política a la nueva izquierda, en cuanto
a su relación entre los intelectuales y el pueblo.
Si podríamos detenernos en uno de los párrafos del artículo que
estamos reseñando, podríamos afirmar que Hall, ya tenía una visión
de los hechos o fenómenos que en la actualidad están sucediendo, el
documento fue escrito en 1988 donde ya nos daba cuenta de rasgos de
una sociedad moderna y cómo la nueva izquierda debe afrontarlo “En
estos nuevos movimientos ya era posible reconocer rasgos de la sociedad
moderna y puntos de antagonismo social que igual que los
movimientos de derechos civiles de la época, las cuestiones sexuales y
feministas, los problemas ecológicos medioambientales, las políticas
comunitarias, los derechos a la asistencia social y las luchas
antirracistas de los años setenta y ochenta siempre habían sido difícil
ingresar en las agendas organizativas de la izquierda tradicional. Sin
embargo, sin estos movimientos sociales no se puede concebir hoy una
movilización social contemporánea o un movimiento para impulsar
cambios radicales en los tiempos modernos”. El nuevo proyecto o

147
discurso que la nueva izquierda debe tener en cuenta en estos
momentos son las nuevas expresiones culturales y políticas de las
mujeres, jóvenes, los niños, los de la tercera edad, de la diversidad
sexual de los movimientos ecológicos, del buen vivir entre otros, de lo
contrario esta nueva izquierda va estar al margen de los nuevos
acontecimientos.
Otro punto que quisiera resaltar es en cuanto al debate entre los
intelectuales y los activistas en la nueva izquierda, hay mucha
discusión sobre esta relación muy porosa y conflictiva, para unos hay
una complementariedad y para otros, simplemente no existe, porque
deben ser intelectuales y activistas como lo señala Gramsci
“Intelectuales orgánicos”, en estos momentos podemos decir que los
dos juegan un papel importante en la construcción de una nueva
izquierda, porque cada uno de ellos aporta en el socialismo
humanista e independiente como lo señala Hall “Las tensiones entre
intelectuales y activistas constituyeron un problema continuo aunque
poco debatido, conectado a la cuestión mucho más amplia de la incierta
consideración de los intelectuales en general en la vida cultural inglesa y
del paralizante filis-teísmo de la izquierda”.
Para Hall, el socialismo humanista e independiente era una fe activa
de una nueva sociedad, creemos que esa utopía no se ha perdido en
los intelectuales y activistas de la nueva izquierda de nuestros países,
sino que debemos refundar esta nueva izquierda al calor de los
cambios de la sociedad moderna y de las ideas que nos dejó el
intelectual jamaiquino, que hoy son vigentes y pertinentes. “El
socialismo es y seguirá siendo una fe activa en una nueva sociedad, a la
que podemos acercarnos como seres humanos conscientes y lucidos. La
gente debe ser confrontado con la experiencia y convocada a la sociedad
de iguales no porque se encuentre en una situación límite, sino porque la

148
sociedad de iguales es mejor que la mejor de las arteras sociedades
capitalistas de consumo y la vida es algo que se vive, no algo por lo que
uno pasa como el té por le colador”. Convencidos que esta sociedad de
iguales que nos habla Hall, no solo debe estar enfocado en los sectores
más necesitados sino en todas las personas que creen en un proyecto
de una sociedad de iguales, muchos intelectuales y partidos de
izquierda tradicional no entendieron la propuesta de Hall porque
excluyeron a un sector de la población que no estaban ubicados en las
clases subalternas y solo miraban a los proletarios como los escogidos
de una sociedad de iguales.
Para terminar con esta reseña, quisiera desarrollar una frase que
señala permanentemente Hall: “Lo que podemos aprender de la
“primera” nueva izquierda son las preguntas qué debemos hacernos, no
qué respuesta dan resultado”. Creemos que esta es la idea central de
Hall que debemos rescatar, porque la mayoría —por no decir
todos—, lo que buscamos son resultados o luchas por conseguir la
respuesta, nosotros debemos estar preguntándonos el porqué de
estos hechos o fenómenos políticos culturales en nuestros países; esto
permitirá estar discutiendo, analizando y educando a la población.

Huancayo 27 de agosto 2016

149
150
ACERCA DE LA NUEVA IZQUIERDA

Mg. LUIS MANRIQUE ÁLVAREZ


Universidad Nacional del Centro del Perú

Con relativa frecuencia, aunque con impactos diferenciados, surgen


nuevas orientaciones y organizaciones políticas. Estas se ubican en
algún extremo, en el centro o en el “limbo” del espectro político. Sus
orígenes, como sabemos, suelen ser diversos. Manuel Alcántara,
estudioso de los partidos políticos latinoamericanos, expone que
siempre habría un entramado que antecede o condiciona la gestación
de nuevas organizaciones políticas, por ello señala que “definir a un
partido como nuevo es una tarea ardua porque dispondría que el
sistema político no genera un entramado de situaciones en el que
fluyen ideas y se estructuran y desestructuran núcleos sociales de
mayor o menor presencia. En ese sentido debe reconocerse que la
mayoría de los partidos son herederos o tienen legados de
1
formaciones precedentes” . Sidney Tarrow, en sus trabajos sobre los
movimientos sociales y políticos contemporáneos, destaca la
importancia del sentido de la oportunidad, la misma que se abriría en
momentos precisos, hecho que puede servir para fortalecer el
impulso auroral de las organizaciones políticas nacientes.
Se consideran también las previsibles interpretaciones que se derivan
de la irrupción de un nuevo contexto histórico y la gestación de sus
propios actores; transformaciones novedosas que asimilar; metas
colectivas por alcanzar; diferencias generacionales que encarar;

1
Alcántara, Manuel (2004 ) ¿Instituciones o máquinas ideológicas? ICPS, Barcelona.

151
propuestas y discursos divergentes que analizar; presiones mediáticas
y fácticas que confrontar, entre otras motivaciones.
No dejan de manifestarse incluso las disquisiciones académicas e
ideológicas que fluyen por doquier, así como las pretensiones de
poder personal o de grupo. Otro detonante de primer orden,
ingenuamente soslayado en los tiempos últimos, estriba en la
financiada multiplicación de más de una organización y promoción
de súbitos liderazgos, como ocurre interesadamente sobre los predios
del izquierdismo y el progresismo.
El interés siempre subalterno de ese “Generoso” financiamiento es el
mismo: desviar, bloquear, dividir o romper tendencias incómodas.
En ese orden de ideas, tomar en cuenta las impresiones
experimentadas por el joven jamaiquino Stuart Hall, en su paso
estudiantil por la universidad de Oxford, a mediados de la anterior
centuria, estancia que le permite concurrir a la aparición de lo que se
llamó la Nueva Izquierda, nos permite, a pesar del tiempo
transcurrido, advertir continuidades y también diferencias con el
presente, instándonos a necesarias reflexiones.

EL CAMBIO, BREVES CONSIDERACIONES


Ahora, como vivenciamos, una nueva época se abre paso y se generan
por todas partes sorpresivas renovaciones, realidades y aporías sobre
las resquebrajadas estructuras de una sociedad que tiende a
disolverse en el marco de un acelerado proceso que Alain Touraine
llama de desmodernización.
Pero, en esta época de cambios sin pausa no desaparece, como se llegó
a insinuar, sino se replantea la búsqueda continua de Justicia, equidad
e integración. Esta misma época induce a diferenciar a países y
152
pueblos también por sus avances técnico – científicos e informáticos,
dando lugar, por citar algunos ejemplos, a sorpresivos ejes de poder,
nuevos sujetos, organizaciones y exigencias cuyas propuestas y
acciones habrán de ceñirse a las interioridades del contexto. Dentro
de aquellas exigencias, el fortalecimiento de las prerrogativas de lo
que entendemos por ciudadanía permanece.
En este flamante contexto entonces el cambio es la regla. Quizá por
ello, el propio Touraine escribe que “la tarea principal de los
Gobiernos, además, ya no es establecer un orden sino favorecer el
cambio”2. Este rasgo binario, asociado a la estabilidad en las
sociedades modernas, se acentúa ahora y, como siempre, atrae
poderosamente y preocupa hasta la desesperación. Cuando atrae
impulsa la esperanza, organiza y moviliza, revestida de sueños,
ilusiones y utopías. Cuando preocupa genera temor, pánico, actitudes
defensivas y represivas, pretendiéndose vanamente evitar o posponer
el cambio que adviene.
La izquierda, bueno es considerarlo, es el sector político que mejor se
ha emparentado con las propuestas de cambio. Claro está, no es el
único. Pero es innegable que desde las primeras inquietudes
Jacobinas y las elaboradas propuestas del genio de Treveris, viene
ofreciendo capacidades y acciones, talento y fuerza, así como la vida
misma para hacer de este un mundo mejor.
En su dificultoso como controvertido devenir, asociado a la
transformación, la izquierda logra hacer más humano el rostro de la
modernidad. Contribuyen en ello, los logros visibles alcanzados en
los rubros del derecho social y laboral, como en la construcción de
sociedades de mayor integración ahora detenidas, pero que pueden
tomarse como ensayos del futuro.

153
Ciertamente, esa misma izquierda no puede desconocer las
pavorosas desviaciones que se cometieron en su nombre. Ese pavor y
los crímenes que pudieron haberse cometido han impactado en
contra de la ilusión transformadora. Stuart Hall se ciñe a los hechos
cuando parte de la coyuntura creada por el aplastamiento de la
insurgencia Húngara de 1956 y la invasión del Canal de Suez, dando
lugar a las apariciones de organizaciones de izquierda sin mácula,
distanciadas de las antípodas del Este y el Oeste.
Sin embargo, la transformación no puede detenerse, pues obedece a
la densidad dinámica que la fuerza de la sociedad va desarrollando en
su propio movimiento. Más aún, y como previene el viejo Marx, esa
dinámica se acrecienta desde la esfera de la cultura y el conocimiento.
Ahora más que nunca, o como nunca, la relación entre base y
superestructura es una relación de doble vía de mutua influencia y
fortaleza.
Así, más allá de activos y pasivos, no podemos dejar de considerar que
los regímenes sociales y políticos no son eternos, no son ajenos a la
temporalidad. Como explican Jorge Benedicto y Fernando Reinares,
“los regímenes políticos no son inmutables y todos se encuentran
sujetos a la transformación de sus componentes, tanto por influjo de
condiciones externas como debido a su propia dinámica interna o a
determinados cambios sociales, económicos y culturales de
3
suficiente envergadura” .

2
Touraine, Alaín ( ) ¿Podremos vivir juntos?

154
LA IZQUIERDA EN CUESTIÓN
Stuart Hall, en su artículo sobre la primera nueva izquierda explica
que esta era muy diversa en Oxford. Hubieron de destacar en ella, sin
embargo, tres orientaciones: Los miembros del Partido Comunista,
entre los que figuraba el célebre historiador Eric Hobsbawm; el grupo
cercano al tradicional laborismo y sus posiciones entrelazadas con el
reformismo y el parlamentarismo; así como los independientes que
no dejaban de sentirse incómodos con los anteriores.
Como en otros espacios y momentos, la nueva izquierda en Oxford se
orienta a desarrollar particulares lecturas de la coyuntura, a publicar
revistas de análisis y a discutir temas concernidos con la teoría de
Marx y Lenin. Estos hechos son propios de la vorágine de la
Universidad como crisol de ideas y planteamientos que no siempre se
plasman en la acción, en organizaciones políticas sólidas.
Es que, como señala el propio Hall “...la nueva izquierda estaba lejos
de ser monolítica y, en verdad, nunca llegó a ser cultural o
políticamente homogénea”. Pero, aquí salta la liebre, indica que “en lo
que respecta al socialismo, significaba enfrentarse a las deprimentes
experiencias tanto del “socialismo realmente existente” como de la
“social democracia realmente existente” y transformar a la luz de esas
experiencias la propia concepción de “lo político”.
Cuando Hall habla de las deprimentes experiencias del socialismo, en
dos de sus variantes, omite tres cosas: A.- La participación heroica de
la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Esta y sus aliados (EE.UU. e
Inglaterra) unieron fuerzas y, con un alto costo en vidas humanas,
derrotaron a la bestia parda. B.- la denuncia del propio Nikita

3
Benedicto, Jorge y Fernando Reinares (1992) “Las transformaciones de lo político”.
Alianza Editorial, Madrid.

155
Kruschev sobre los horrendos crímenes cometidos por Stalin y la
necesaria propuesta de enmendar rumbos, en el XX Congreso del
PCUS. C.- Hall, desdeña la teoría de Max Weber sobre la política y su
carácter controversial. Weber plantea que “Quien se mete en política,
quien se mete con el poder y la violencia como medios, firma un pacto
con los poderes diabólicos y sabe que para sus acciones no es verdad
que del bien sólo salga el bien y del mal sólo el mal, sino con
frecuencia todo lo contrario. Quien no vea esto es, en realidad, un
niño desde el punto de vista político”4.
Pero es en la esfera de la cultura donde afloran las más gruesas
omisiones de Hall. El Jamaiquino acierta cuando escribe que es en los
dominios culturales e ideológicos donde los cambios sociales se
hacían más dramáticamente visibles. En este sentido, coincide con
Antonio Gramsci quien treinta años antes había elaborado sus
propuestas al respecto (lucha ideológica y cultural, participar de la
formación del sentido común, atraer a intelectuales orgánicos, entre
otras). Hall, ¿habría desconocido a Gramsci?
En esta parte del mundo y particularmente en el Perú más de un
estudioso y líder político ha reclamado originalidad contextualizada.
La heterodoxia de Mariátegui es proverbial en ese sentido, pues
enhebra teoría, organización y acción. El Amauta, distante de
cualquier mesianismo, no promete construir una nueva sociedad,
sino concurrir a su gestación.
También en el Perú, en la Segunda mitad del siglo XX, y también
desde la universidad, se formaron nuevas izquierdas (las cuales
continúan apareciendo, como en el suplicio de Sísifo). Ciertamente,
no se recusó al Amauta; pero, se trató de infamar y restar gravitación a

4
Max Weber: El político y el científico.
156
sus principales contribuciones organizativas y políticas: La CGTP y el
P.C.P.
Finalmente, no todos los gestores de nuestra propia nueva izquierda
persisten en la brega. No pocos, desvergonzadamente y con sus
máculas a cuestas, se han trasladado sin más a la comodidad
opositora. Los rentados “conversos” ya no estarían en condiciones de
considerar la sincera conclusión de Hall cuando escribe que “El
socialismo es y seguirá siendo una fe activa en una nueva sociedad, a
la que podemos acercarnos como seres humanos conscientes y
lúcidos”.

157
CONTENIDO

Vida y momentos de la primera nueva izquierda


Dr. Stuar Hall
El Manifiesto del primero de mayo
Dr. Stuar Hall
Estudios culturales y la nueva izquierda
Dr. Eduardo Restrepo de la Universidad Javeriana
de Colombia
Legado de Stuart Hall: thatcherismo, los estudios
culturales y la batalla de ideas socialistas durante 1980
Dr. Herbert Pimlott de la Wilfrid Laurier University
Por qué necesitamos la izquierda imaginaria de Stuart Hall
Escritora Jessica Loudis
La nueva izquierda en América Latina
Mg. Ricardo Soto Sulca
Universidad Nacional del Centro del Perú
Acerca de la nueva izquierda
Mg. Luis Manrique Álvarez
Universidad Nacional del Centro del Perú

158