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INTRODUCCIÓN.

La definición de las `Actividades Industriales' como un sector con una


problemática propia desde el punto de vista ambiental suele ser aceptada sin
discusión en el debate corriente sobre estas cuestiones. Sobre la base de esta
clasificación se establecen regularmente políticas públicas y conjuntos de
normativa medioambiental para la industria, habitualmente desarrollados y
concretados por sectores o ramas industriales. Sin embargo, no está de más
recordar, al comienzo del presente trabajo, que la coherencia y la precisión de esta
clasificación es sólo aparente.

La actividad económica ha sido siempre y lo es cada vez más conforme avanzan


los procesos de desarrollo tecnológico, descentralización productiva y cooperación
entre empresas- una red de límites imprecisos, en cuyos nudos se sitúan las
diversas unidades productivas que participan en el proceso económico. Sobre esa
red en continua transformación, se superponen las clasificaciones económicas al
uso, establecidas de una vez por todas allá por los años treinta y mantenidas sin
apenas cambios desde entonces. La estadística que así se genera, y sobre la que
se basa en buena medida el conocimiento de la actividad económica, resulta ser
en general tan arbitraria como lo es el sistema de clasificación, y deriva junto con
éste en su alejamiento cada vez más notorio de la realidad.
LA ACTIVIDAD INDUSTRIAL

La industria es la actividad que tiene como finalidad transformar


los materiales en productos elaborados o semielaborados utilizando una fuente de
energía.-Además de materiales, para su desarrollo, la industria
necesita maquinaria y recursos humanos organizados habitualmente
en empresas por su especialización laboral.

Existen diferentes clases de industrias en virtud del propósito ético fundacional de


su actividad (p. ej. ecológicas: fundamentos ecologistas) y tipos que la demarcan
en ámbitos sectoriales según sean los productos que fabrican. Por ejemplo,
la industria alimentaria se dedica a la elaboración de productos destinados a
la alimentación, como, el queso, los embutidos, las conservas, etc.

El Desarrollo Sostenible ,donde se establecen los siguientes


principios del desarrollo sostenible:

 Proactividad:

La participación pública requiere que los gobiernos y la sociedad civil tomen


iniciativas en concordancia con sus respectivos papeles para desarrollar su
potencial máximo y enriquecer el proceso de toma de decisiones para el
desarrollo sostenible.

 Inclusión:

La plena inclusión de todos los interesados y/o afectados por temas de


desarrollo sostenibles esencial para lograr soluciones durables. Se debe
realizar esfuerzos especiales para incluir la participación del sector privado,
y para crear igualdad de oportunidades para las mujeres, y los grupos
vulnerables tales como las poblaciones indígenas, los jóvenes, minorías en
desventaja racial o étnica y otros grupos tradicionalmente marginados.

 Responsabilidad compartida:
Los gobiernos y la sociedad civil deberían compartir equitativamente los
compromisos, costos y beneficios del desarrollo.

 Apertura a través de todo el proceso:

La participación extensa y continua durante todo el proceso de diseño,


ejecución y evaluación de proyectos, políticas o programas, inspira nuevas
ideas y conocimiento, legitima las decisiones y enriquece los resultados. Un
proceso de toma de decisiones que sea abierto a incluir aportes en todas
sus faces, puede beneficiarse de ajustes cuando sea necesario responder a
nueva información o circunstancias.

 Acceso:

La participación de la sociedad civil en decisiones sobre desarrollo es


fundamental para lograr soluciones duraderas. Para participar en forma
efectiva, los ciudadanos deberían tener acceso oportuno en los diversos
niveles de gobierno, a la información, y al proceso político y al sistema
judicial.

 Transparencia:

Alianzas productivas entre la sociedad civil y el gobierno requieren que


ambos sean confiables y transparentes. La transparencia de todas las
partes involucradas en un proceso de toma de decisiones facilita una
participación más significativa al asegurar que las motivaciones y objetivos
sean explícitos y que toda la información necesaria sea confiable y
disponible oportunamente.

 Respeto por los aportes del público:

La participación ciudadana solo será efectiva y eficiente si existe la


seguridad que, en el proceso de toma de decisiones, las contribuciones
derivadas de la implementación de diversos mecanismos para la
participación son evaluadas, analizadas y consideradas adecuada y
oportunamente.
Características Generales

-La industria, actividad económica que tiene por objeto transformar los recursos
naturales y las materias primas semielaboradas en bienes de consumo y
producción.

- La industria peruana se desarrolla principalmente en las grandes ciudades como:

- Lima, concentra la más extensa y variada cantidad de fábricas.


Trujillo, concentra la industria del calzado.
Chiclayo.
Piura.
Tacna.
Arequipa.
Cusco e Iquitos.

-Las demás ciudades del Perú tienen una industria ligera, encargada de la
fabricación de medios de consumo, es decir la fabricación de alimentos, vestidos,
y artículos de uso doméstico.
LA GLOBALIZACIÓN INDUSTRIAL EN EL MARCO DEL DESARROLLO
SOSTENIBLE

La primera es la que se encuadra en el marco conceptual del `desarrollo


sostenible', que asume la existencia y la gravedad de la crisis ecológica global, y
en consecuencia recomienda la introducción de importantes transformaciones en
el conjunto del ciclo de la producción y el consumo, intentando aunar el
crecimiento de la producción con el equilibrio ecológico, y contemplando ambos
fenómenos en el plano global. La proposición básica del desarrollo sostenible es la
existencia de una estrecha vinculación entre crecimiento económico y cuidado
ambiental a escala global: se asegura que sólo a través del crecimiento económico
global es posible obtener los recursos económicos necesarios para afrontar y
corregir la crisis ecológica global. El paradigma industrial resultante de esta visión
de las relaciones entre la actividad económica y el medio ambiente cabría
denominarlo como Industria Sostenible.

La perspectiva ecológica del desarrollo sostenible, marcada por la noción de


globalidad, surge principalmente como respuesta a los problemas ecológicos -y
sus derivaciones sociales- que lleva consigo el proceso de globalización de la
economía. En la medida en que se considera que la globalización económica
constituye un proceso inexorable por razones tecnológicas y geopolíticas, se
asume la necesidad de introducir instrumentos de control ecológico de rango
global, y ello implica examinar y regular la influencia ambiental de las actividades
industriales más allá de sus efectos inmediatos en materia de contaminación.

Por supuesto, este enfoque de control ecológico global se superpone a las


medidas de regulación de la contaminación y otros impactos locales, cuya
necesaria culminación se da por supuesto, con no poco optimismo en numerosas
ocasiones, que debe constituirse en un estándar de comportamiento generalizado
en el conjunto de la industria, al menos en los países más desarrollados.

En el ejemplo de la industria papelera, esta visión implica, por ejemplo, la


aceptación por parte de la industria de determinadas responsabilidades en los
problemas de conservación del patrimonio forestal a escala tanto local como
global, en la medida en que las corporaciones que operan en el sector están
crecientemente transnacionalizadas y sitúan sus plantas y obtienen sus recursos a
escala global. De esta perspectiva se derivan criterios de actuación industrial que
no cabía contemplar en las etapas anteriores, centradas en el control de la
contaminación ocasionada directamente por los procesos industriales. Por
ejemplo, la consideración del reciclado de papel o de la repoblación forestal como
obligaciones a asumir por parte de la industria papelera, que comienzan a
establecerse en determinados países, constituyen otros tantos instrumentos de
regulación para disminuir la presión que ejerce esta industria sobre las reservas
forestales globales.
En otras ramas de la industria se han producido ya cambios que ejemplifican
todavía más claramente las reorientaciones que impone la aplicación de los
principios del desarrollo sostenible sobre la actividad industrial. El caso quizá más
conocido es el de los acuerdos internacionales que persiguen la rápida eliminación
de los gases CFC utilizados en los aerosoles, en los sistemas de refrigeración y en
otras actividades industriales, a partir del momento en que se evidenciaron sus
efectos destructivos sobre la capa de ozono. En este caso, el impacto ambiental
no se produce en la etapa de fabricación de estos gases ni tampoco en la etapa
de aplicación de los mismos en los diversos sectores industriales utilizadores
(industria del frío, cosmética, etc.), sino durante el consumo o incluso al término de
la vida útil de los productos o equipos que incorporan estos gases. Además, sus
efectos ambientales no están localizados espacialmente, y se producen con un
notable desfase temporal respecto al momento de su fabricación y utilización.

Sin embargo, en estas presentaciones se suele omitir el dato de que tales


acuerdos son sólo parciales, y no han sido suscritos por países de grandes
dimensiones (China, India, etc.), ni por la generalidad de los restantes países del
Sur. De hecho, la producción y utilización de CFCs continúa aumentando en estos
países, y los sustitutivos crecientemente aplicados en el Norte son también
dañinos para la capa de ozono, aunque en menor escala que los anteriores. La
realidad es que la capa de ozono ha sido ya destruida en buena proporción, y se
sabe que va a continuar debilitándose durante varias décadas.

La única posibilidad de que a mediados del siglo próximo pueda asistirse a una
recuperación de la capa de ozono estriba en lograr a corto plazo una prohibición
mundial de la emisión de toda clase de sustancias dañinas, algo que parece
completamente inalcanzable. Cabe preguntarse si el resultado final del problema,
que no es otro que la pérdida de una fracción sustancial de la capa de ozono al
menos para esta generación y para varias de las que le sigan, constituye en
realidad el éxito ambiental que se pregona, o si más bien estamos ante un grave
fracaso ambiental.

Ante estos y otros hechos mucho más preocupantes en el panorama ambiental, en


menos de una década desde la aparición del concepto del desarrollo sostenible, y
sobre todo a partir de su consagración internacional en la Conferencia de Río de
Janeiro de 1992, han comenzado a difundirse profundas dudas sobre la
operatividad de estos planteamientos para frenar el proceso de declive ecológico,
tanto en el plano global como en los diferentes planos locales. Existen ya datos
concretos que cuestionan las posibilidades reales de llegar a una generalización
de los principios y las normas de conducta propias del desarrollo sostenible al
conjunto de la escena mundial, en las condiciones geopolíticas y económicas
realmente existentes.

En un contexto global idealmente caracterizado por un cierto grado de igualdad


económica internacional o al menos por una tendencia clara hacia esa igualación,
cabría imaginar la posibilidad de establecer acuerdos internacionales que fueran
equiparando progresivamente las exigencias ambientales a imponer a la industria
en todas las regiones del mundo, en el sentido de hacerlas sistemática y
coordinadamente más estrictas en todas las regiones del globo. De este modo
cabría esperar que, antes de llegar a un grado de declive dramático de las bases
ecológicas globales, se podría conseguir la generalización de los principios del
desarrollo sostenible en el conjunto del planeta.

Esta era de hecho la visión del futuro que contemplaba el Informe Brundtland, que
lanzó a la arena internacional el concepto del desarrollo sostenible, y que
precisamente por lo atractivo de su propuesta, consiguió en su momento, y aún lo
mantiene, un elevado grado de aceptación en toda clase de instituciones y en el
conjunto de la opinión pública.

Sin embargo, la evolución de las relaciones económicas internacionales viene


mostrando persistentemente, desde hace varias décadas, tendencias exactamente
opuestas a las contempladas en el Informe Brundtland, y en general, a las que
teóricamente podrían facilitar la consolidación de un proceso global de desarrollo
sostenible.

En efecto, el proceso de globalización económica está generando,


ostensiblemente, una profundización de las desigualdades económicas
internacionales. En los últimos años se han acumulado estudios oficiales que
demuestran esta tendencia con datos fehacientes, de modo que los debates sobre
esta cuestión se centran actualmente en el análisis de los mecanismos
subyacentes a este proceso, pero no cuestionan el hecho bien contrastado de las
tendencias vigentes hacia la ampliación de las diferencias económicas
internacionales.

En estas condiciones reales, cae por su base la hipótesis central del concepto de
desarrollo sostenible entendido como proceso global de equilibrio entre la
actividad económica y el medio ambiente. Los niveles o grados de impacto
ambiental de las actividades económicas, que el desarrollo sostenible tendería
supuestamente a frenar conforme los niveles de bienestar material de los
diferentes países se fueran elevando y aproximándose paulatinamente entre sí, no
son datos científicamente objetivables, sino construcciones sociales contingentes.
Una sociedad determinada, en un momento determinado de su evolución
socioeconómica, considera aceptable o inaceptable un cierto grado de deterioro
ambiental derivado de las actividades económicas en función de una multiplicidad
de razones, entre las cuales ocupan un lugar preeminente sus propios niveles de
bienestar material. Y a su vez, y más allá de situaciones de pobreza extrema
objetivamente insoportables, las condiciones de bienestar material, en las
diferentes comunidades de una sociedad mundial crecientemente interconectada y
culturalmente uniformizada, se definen cada vez más a través de la comparación
de sus respectivos estándares e indicadores cuantitativos de tipo económico.

En consecuencia, los representantes de los países o comunidades más


desfavorecidos económicamente están en condiciones de rebajar activa o
pasivamente las exigencias ambientales que consideran aceptables para las
actividades económicas que se realizan en su propio territorio, y se ven asistidos
para ello por una panoplia de indicadores económicos desfavorables, que
justifican la minusvaloración de los impactos ambientales que se generan en su
propio contexto territorial.

Pero en un sistema económico crecientemente globalizado, en el que la


localización espacial de las actividades económicas cuenta con grados de libertad
crecientes, ello conduce, en primer término, a la emigración de las actividades
más destructivas hacia los lugares en los que se registra una menor valoración de
los impactos ambientales. En segunda instancia, cuando los procesos de
deslocalización comienzan a afectar severamente a la actividad y el empleo en las
localizaciones originarias, la necesidad de retener la actividad y el empleo
conduce también en éstas a una reducción de la valoración de los impactos
ambientales, y por tanto a una mayor permisividad ecológica. Esta es exactamente
la situación que se viene observando en los últimos años en países como Estados
Unidos, o en diversos países europeos, en los que se ha registrado, en la práctica
o incluso a veces en el plano normativo, una relajación de las exigencias
ambientales en diversos sectores de la actividad económica.

De este modo, el círculo virtuoso preconizado por el desarrollo sostenible, que liga
la preocupación ambiental al grado de desarrollo económico, y éste a la obtención
de mayores recursos que permitan a su vez un mayor cuidado ambiental, se troca,
en las condiciones de globalización económica realmente existentes, en un círculo
vicioso que liga el endurecimiento de la competencia y la consecuente ampliación
de las desigualdades económicas, a una mayor permisividad ambiental, y ésta a
nuevos endurecimientos de la competencia económica, que retroalimentan el
proceso. El desarrollo sostenible se convierte así, en la práctica, en un proceso de
deterioro sostenido.

Este círculo vicioso encuentra además uno de sus mayores estímulos en la propia
aceptación universal del concepto del desarrollo sostenible. En la medida en que
éste se propone como un sólido mecanismo para garantizar la viabilidad ecológica
del proceso de globalización económica, actúa como inhibidor de las crecientes
preocupaciones ecológicas que, en un proceso de análisis más sereno y libre de
interferencias publicitarias, suscitaría el proceso de globalización de la economía.

La rápida y contundente forma en que se ha evidenciado la inviabilidad práctica de


la dualidad `globalización económica con sostenibilidad ecológica', que constituye
la esencia de la teoría del desarrollo sostenible, induce a pensar en la existencia
de profundas debilidades en la propia teoría, que irían mucho más allá de las
supuestas dificultades que estaría presentando su aplicación en un entorno global
que resultaría desfavorable por el hecho de estar defectuosa o insuficientemente
regulado. Esta constatación está dando lugar, en los últimos años, a nuevos
planteamientos acerca de las relaciones entre la actividad económica y la
naturaleza, que tratarían de buscar salidas a la aceleración del proceso de
deterioro ambiental que está siendo propiciada por la universalización del
concepto del desarrollo sostenible.
IMPORTANCIA.

La renovación tecnológico-ambiental de los procesos industriales

Dadas las limitaciones que presentan en muchos casos las tecnologías de fin de
tubería para lograr niveles satisfactorios de reducción de la contaminación, así
como sus considerables costes de inversión y operación, desde hace años la
ingeniería medioambiental viene trabajando para lograr la sustitución de los
procesos industriales convencionales por otros que sean intrínsecamente más
compatibles desde el punto de vista ambiental. Este es el campo de las llamadas
Tecnologías Limpias o, más genéricamente, de la Producción Limpia.

En general, se denominan tecnologías limpias aquellas que sustituyen la totalidad


o partes sustanciales de los procesos industriales tradicionales altamente
contaminantes por otros procesos de nueva concepción que, o bien no utilizan o
producen los agentes contaminantes anteriores, o bien los mantienen en circuito
cerrado, de modo que no se emiten al exterior en ninguna fase del proceso
productivo.

Al endurecerse las exigencias de la normativa ambiental en materia de control de


emisiones, en muchos países resulta ya más rentable introducir tecnologías
limpias en diversos sectores de la industria que seguir incrementando las
dotaciones de equipo de captación de contaminantes. De este modo, tanto en la
industria papelera citada como ejemplo, como en otros muchos campos de la
industria, las tecnologías limpias van sustituyendo paulatinamente a las antiguas
tecnologías dotadas con dispositivos de fin de tubería.

Sin embargo, tanto en esta etapa como, por supuesto, en la anterior, se sigue
considerando a la industria como un sector aislado desde el punto de vista
medioambiental, que no se responsabiliza ni del declive de las reservas de
recursos naturales que utiliza, ni del uso posterior de los productos fabricados, ni
de los problemas que plantea la conversión de éstos en residuos. Para superar las
limitaciones de estas dos etapas iniciales, en las que todavía se encuentra
actualmente, en el mejor de los casos, el grueso de los problemas ambientales de
la industria, es necesario ampliar la perspectiva de las relaciones entre la industria
y el medio ambiente, incorporando la consideración de los problemas que se
ocasionan más allá del propio recinto de la factoría y sus puntos de vertido directo.
La reinserción de la producción en su base ecológica local

Según la filosofía de control ecológico de la globalización económica propia del


desarrollo sostenible, determinados impactos ambientales locales deben ser
asumidos para garantizar el crecimiento económico global, cuyos beneficios serán
distribuidos entre la población según criterios que son propios de la esfera socio-
política, no de la ambiental. Para alcanzar la sostenibilidad, estos impactos
deberán ser compensados o corregidos mediante la aplicación a este fin de una
parte de los recursos económicos obtenidos en los procesos de valorización de los
recursos naturales, que obviamente son los que ocasionan los impactos.

En los casos en que se trate de impactos con efecto global, no se considera


necesario que esta compensación se produzca en el plano local en el que se
generan los daños, sino que basta con que se aseguren los correspondientes
equilibrios globales mediante intervenciones correctoras que pueden plasmarse en
otros lugares. Tales intervenciones deben determinarse en el contexto de una
economía globalizada, esto es, de una economía globalmente regulada, o
globalmente desregulada y por tanto sabiamente autoregulada, dependiendo de
las convicciones políticas de los diversos defensores del desarrollo sostenible.

En esta visión de la capacidad de generación autónoma de `riqueza' infinitamente


transformable y trasladable que se le otorga al sistema económico, reside el
primer y principal agujero de la teoría del desarrollo sostenible, ciertamente
heredado de sus largos antecedentes en el pensamiento económico oficial. Hasta
el momento nadie ha demostrado el supuesto de que cualquier proceso de
valorización económica de recursos naturales puede ser tecnológicamente
organizado de modo que, contabilizando todos los flujos monetarios y materiales
involucrados en cada caso, sea posible obtener beneficios económicos suficientes
para atender de inmediato a la plena regeneración in-situ o a la compensación
lejana de la función ecológica del recurso afectado, disponiendo finalmente de un
saldo monetario positivo nuevamente transformable en bienes económicos de
mayor utilidad que los consumidos, y materializables en cualquier lugar. La
obtención de este resultado neto positivo es la única situación que cabría
denominar rigurosamente como `creación de riqueza ecológicamente neta', y sólo
su mantenimiento y universalización certificaría la existencia de un proceso de
desarrollo sostenible.

Lo que sí existe es un amplio y sólido conjunto de aportaciones en sentido


contrario, debidas a la corriente no oficial de pensamiento económico que asume
que la aplicación del segundo principio de la termodinámica es pertinente en la
economía. En ellas se demuestra que ese saldo positivo sólo es posible cuando
los procesos de transformación se mantienen dentro de los límites de la capacidad
de autoregeneración de la Naturaleza. En todo proceso de transformación que no
respete estos límites, el declive de la base de recursos es inevitable. Huelga
señalar que la generalidad de los sistemas y técnicas de producción puestas a
punto a partir de la revolución industrial han ignorado e ignoran esos límites.

Los teóricos del desarrollo económico, antes y después de haber aceptado el


adjetivo de la sostenibilidad, han venido desdeñando estas críticas alegando que
el desarrollo tecnológico brinda infinitas posibilidades de sustitución de los
recursos naturales, sin caer en la cuenta de que el desarrollo tecnológico no es
sino un proceso más de transformación de los recursos naturales, y las leyes de la
Naturaleza le afectan del mismo modo que a los restantes. Quizá el carácter
aparentemente inmaterial del funcionamiento del complejo ciencia-tecnología, que
se percibe comúnmente como un proceso de esfuerzo intelectual organizado,
dificulta la comprensión de su verdadero carácter, sobre todo para quienes lo
observan desde dentro, como suele ocurrir en cualquier sistema u organización.
En realidad este sector se dedica, al igual que cualquier otro, a la producción de
ciertos bienes y servicios -en este caso científico/tecnológicos-, aplicando para ello
determinados recursos humanos, monetarios y materiales. La única diferencia con
otros sectores más típicamente `productivos' estriba en que el edificio tecno-
científico descansa sobre el resto de la organización económica, y por ello su
relación con los recursos naturales es menos directa y menos visible, pero no por
ello menos real.

Si se supera la fantasía tecnológica y se acepta que el declive de las bases


ecológicas es inevitable cuando los procesos de transformación de origen humano
desbordan la capacidad de autoregeneración de la Naturaleza, el debate se
traslada de inmediato hacia el ritmo en que este declive se produce, el cual
depende del modo en que se organicen los procesos de transformación.

Aunque con frecuencia se idealiza la capacidad de las culturas tradicionales para


utilizar sus recursos locales de modo estable, lo cierto es que, en conjunto, las
sociedades humanas siempre han mostrado una marcada tendencia a extraer de
la Naturaleza más de lo que ésta puede suministrar de modo permanente. Ciertos
grupos humanos han logrado crear estructuras socio-culturales que se han
mantenido en aceptable equilibrio con su medio natural durante largos períodos de
tiempo, y su observación desde la perspectiva actual, constatando su
imperceptible ritmo de cambio, puede hacer pensar en una estabilidad indefinida.
Pero si se contemplan con una suficiente perspectiva temporal, todas las culturas
parecen tender a sobreexplotar y finalmente a agotar, más o menos deprisa, la
base de recursos sobre la que se organizan y se sustentan.

Al mismo tiempo, o quizá como consecuencia obligada de esa tendencia, las


sociedades humanas muestran una notable capacidad de adaptación cultural ante
los cambios en su base de recursos, pero esta capacidad de adaptación presenta
limitaciones, y cuando la velocidad y la profundidad de los cambios se percibe
socialmente como excesiva para lograr una adaptación satisfactoria, aparece la
conciencia social de crisis ecológica, que bajo sucesivas denominaciones e
interpretaciones, es tan antigua como la humanidad. Los mecanismos para
superar esta situación o sensación de crisis han sido y son enormemente
variados: cambios en el reparto y la asignación del tiempo social, cambios en la
propia estructura social, revalorización social de recursos antes ignorados,
perfeccionamiento o invención de nuevas técnicas e infraestructuras, conquistas
territoriales, rapiña de bienes o recursos de otras comunidades, etc., etc.. El
conjunto de estas adaptaciones puede ser globalmente contemplado como una
transformación cultural, que vendría impulsada por las nuevas circunstancias o
condiciones ecológicas. Cuando los cambios son excesivamente violentos y la
adaptación no se consigue, la cultura en cuestión simplemente declina, y puede
llegar hasta la extinción.

Lo que actualmente se denomina `crisis ecológica' no es sino la percepción social


de la fase actual del proceso secular de declive de la base de recursos, que
muestra un alcance doblemente inusitado, por su aceleración temporal y por su
proyección global. El debate ecológico actual, y los intentos de adaptación de las
infraestructuras y las técnicas productivas a las nuevas circunstancias ecológicas
que se han descrito más arriba (lucha contra la contaminación, producción limpia,
desarrollo sostenible, etc.), son algunas de las reacciones concretas -entre otras
muchas- que están surgiendo en el marco del proceso de transformación cultural
que resulta imprescindible para intentar una adaptación satisfactoria a la situación
ecológica que la Revolución Industrial está dejando tras de sí en extensas zonas
del planeta, e incluso en el conjunto del mismo.

Por eso el desarrollo sostenible no se puede separar del proceso de globalización


económica. Ciertamente, como se explicaba más arriba, ha surgido como una
reacción a las consecuencias ecológicas del proceso de globalización. Pero esta
no es en absoluto una característica circunstancial. No cabe hablar de desarrollo
sostenible fuera del contexto de la globalización de la economía. El desarrollo es,
aquí y ahora, la globalización de la economía, y el intento de hacerlo sostenible es
el intento de hacer sostenible la globalización de la economía. Si se tratase de
buscar algún sinónimo al desarrollo sostenible, el más ajustado sería
indudablemente el de "globalización sostenible".

Aquí reside el segundo y no menos agujero de la teoría del desarrollo sostenible.


Las razones de la inviabilidad ecológica del desarrollo sostenible en su marco
inseparable de la globalización de la economía son de carácter profundamente
estructural. La globalización de la economía fuerza la especialización local de las
actividades económicas, así como su forma de organización concreta en cada
lugar, en función de las exigencias de los mercados mundiales, y no de las
condiciones de regeneración de la Naturaleza en cada espacio concreto de
producción. Poco importa si las actividades productivas impuestas en una
determinada zona por las reglas de la competencia internacional esquilman los
recursos naturales locales, siempre que el beneficio esperado hasta el declive
definitivo de esa base de recursos sea mayor que el de una oportunidad de
producción similar, disponible en el mismo momento en cualquier otro lugar.

El desarrollo sostenible simplemente añade a este mecanismo de funcionamiento


la idea de utilizar una parte de los réditos económicos obtenidos, para reconstituir
el recurso dañado o para compensar su posible función en el ecosistema global
con intervenciones en otro lugar. Pero ya se ha visto que eso es globalmente
imposible, si no se respetan las condiciones naturales de producción de cada lugar
elegido. En consecuencia, el saldo final de recursos será globalmente inferior al
inicial. Un proceso de este tipo puede avanzar durante un tiempo mientras sólo
afecte a una fracción limitada de los recursos globales, pero cuando se extiende a
más y más regiones mundiales, pronto comienza a revelarse como
intrínsecamente inviable.

Pero además, al contemplar el desarrollo sostenible como el intento de impulsar


una globalización económica sostenible, que es lo que realmente es, aparece un
problema sorprendente: los esfuerzos para garantizar la sostenibilidad reparando
sobre bases globales (esto es, con tecnología, recursos económicos, materias
primas, etc., acopiados a escala global) lo previamente destruido en los diversos
planos locales, constituyen en sí mismos nuevos procesos de transformación del
entorno, que están sujetos a las mismas leyes entrópicas que cualquiera de los
restantes. Para reparar artificialmente un daño causado en un lugar, es necesario
causar daños siempre algo mayores en otro o en otros lugares, que de nuevo será
necesario reparar.

Intentar construir el desarrollo sostenible sobre las bases tecnológicas no


adaptadas a los límites ecológicos, que constituyen el acervo tecnológico
acumulado a lo largo de toda la Revolución Industrial hasta la actualidad, significa
entrar en una cadena indefinida de destrucción, reparación, destrucción,
reparación a escalas cada vez mayores y más lejanas, esto es, a escala cada vez
más global. Y no es ocioso recordar que no hay otra forma de intentarlo, dada la
naturaleza intrínsecamente desbordadora de los límites naturales con la que se
plantean las transformaciones de recursos en el marco del concepto vigente de
tecnología y que no hace sino acentuarse en la actual etapa de globalización del
desarrollo.

Cuanto más se intensifique y acelere el proceso de globalización económica, y


cuanto más arduamente se intente hacerlo `sostenible' desde las bases
tecnológicas que le son propias, más rápidamente crecerá el saldo negativo global
de recursos naturales. La globalización sostenible, lejos de suponer un paso
adelante en el proceso de adaptación ambiental de las actividades productivas,
conduce irremisiblemente a un agravamiento y una aceleración de la crisis
ecológica. Esta conclusión concuerda plenamente con la situación ambiental
observable en el conjunto del planeta, así como en una abrumadora mayoría de
los planos locales, excepto en algunos reductos que, en algunos de los aspectos
parciales más visibles de su estructura ecológica, han sido reparados a cualquier
coste para ejemplificar el desarrollo sostenible.

La única forma de enfrentarse de modo consistente a estos hechos es la


imposición de severas restricciones a las actividades productivas a realizar en
cada espacio concreto, establecidas de modo que aseguren el mantenimiento de
las bases ecológicas locales, así como la reducción, y no la ampliación, de los
daños ecológicos globales. Sólo es posible construir una auténtica `sostenibilidad
ecológica' sobre el concepto de autolimitación ecológica, expresada en una
multiplicidad de planos: territorial, técnico, productivo, mercantil, competitivo, y en
definitiva, cultural.

Cuando se plantean recomendaciones o simplemente reflexiones de esta índole


en cualquier foro de discusión, los partidarios del libre comercio claman
asegurando que ello equivaldría a autorizar el establecimiento generalizado de
trabas a la libre competencia, y echaría por tierra los principios básicos en los que
descansa el proceso de globalización económica, y con ellos la propia continuidad
del desarrollo, el crecimiento económico y en definitiva, el Progreso.
Indudablemente tienen razón, y al tenerla están reconociendo implícita, pero muy
claramente, la inviabilidad ecológica del proceso de globalización económica. El
temprano fracaso del desarrollo sostenible ha demostrado que no existen medios
para conciliar la globalización económica con el equilibrio ambiental, ya sea a
escala global, o a una escala local sistemática y universalizada, que viene a ser lo
mismo.

Las salidas a esta situación que se vienen preconizando en medios institucionales


y políticos muy diversos desde comienzos de la presente década, -aunque
entronquen con líneas de pensamiento que se remontan muy atrás en el tiempo-,
se encuadran hoy por hoy en la confluencia de los planteamientos de la economía
ecológica y la economía local. La vertiente `industrial' de estos enfoques podría
ser denominada indistintamente Producción Ecológica o Producción sostenible en
el ámbito local. En realidad, también podría ser llamada por su nombre, que es,
simplemente, el de Producción Natural, si no se hubiera abusado tanto hasta del
nombre de la Naturaleza en los últimos años.

En cualquier caso, estos enfoques, además de insistir en la urgencia de moderar


el volumen global de la producción y el consumo en los países desarrollados,
preconizan la necesidad de reducir la escala y desconcentrar la producción y la
distribución de bienes, vinculándolas crecientemente a entornos de proximidad, y
en general, la necesidad de adaptar las características técnicas y organizativas de
cada sistema productivo a las especificidades y condiciones de regeneración de
su propia base ecológica local.

Estos enfoques expresan el convencimiento de que los equilibrios ecológicos


globales sólo pueden construirse de modo suficientemente estable mediante la
suma de equilibrios ecológicos locales. Los intentos de operar a la inversa, esto
es, intentando corregir en el plano global la acumulación de infinitos desequilibrios
locales considerados imprescindibles en aras del crecimiento económico mundial,
aparecen desde esta perspectiva irremediablemente condenados al fracaso.

Por el momento apenas se ha avanzado en el ámbito industrial en esta dirección.


Hoy por hoy, la búsqueda de ejemplos de verdadera producción ecológica
conduce casi siempre hacia sistemas productivos locales de corte tradicional no
modernizados, esto es, que no han incorporado plenamente los principios
tecnológicos y organizativos propios del concepto moderno de `industria'.
Ciertamente es posible extraer notables enseñanzas del funcionamiento de los
variados sistemas de este tipo que perviven y prosperan en numerosos lugares del
mundo, y que tendrían una larga vida por delante si no se interfiriese en su
evolución. Pero en el debate corriente sobre industria y medio ambiente se suele
contemplar estos casos como vestigios de otras épocas, cuyas soluciones
carecerían de utilidad frente a las necesidades y los problemas de la industria
moderna.

No obstante, si en un alarde de optimismo- se ha representado esta visión como


una nueva o próxima etapa en el proceso de compatibilización de las actividades
productivas con el medio ambiente, es porque comienza a observarse en los
momentos actuales en algunas instituciones una cierta curiosidad por las
posibilidades que ofrecen estos nuevos enfoques. Ciertamente, el atractivo del
concepto del desarrollo sostenible es todavía demasiado intenso y reciente como
para que pueda comenzar ya a ser cuestionado de modo general.

Sin embargo, la otra cara de la divinidad del desarrollo sostenible, esto es, la de la
globalización económica, está comenzando a perder en los momentos actuales la
adhesión incondicional o la resignada aceptación que inspiraba en los distintos
segmentos de la opinión pública hasta hace muy poco tiempo. Aunque la
generalidad de las instituciones siguen predicando la imposibilidad de frenar el
proceso de globalización, lo cierto es que este proceso sería tan fácilmente
controlable desde lo político como fácil ha venido siendo impulsarlo. Por citar sólo
un aspecto del problema, la misma tecnología que se dice que fuerza
irreversiblemente el proceso de globalización sería hoy más capaz que nunca de
controlarlo, y por supuesto de invertirlo. Comentarios en esta dirección ya están
apareciendo en la prensa de calidad de amplia difusión, en los países en que
existe este tipo de medios.

Cabe esperar, por consiguiente, que las instituciones más sensibles a los
problemas reales, y menos sometidas a los imperativos de la gestión política
cotidiana, comiencen a trabajar en los años inmediatos en la exploración de las
posibilidades que ofrece la reorganización de las actividades productivas sobre
bases de proximidad y compatibilidad ecológica local.

Se trata probablemente de la única vía de escape practicable y segura ante el


insoluble dilema globalización sostenibilidad, y no está desprovista de atractivo si
es interpretada correctamente. No contiene nada de retroceso histórico, ni de
estancamiento, ni de declive técnico o económico. Antes al contrario, la
construcción de sistemas productivos capaces de alcanzar la plena adaptación a
su propio sustrato físico, de establecer nuevas formas de interconexión con lo
lejano tan satisfactorias como ambientalmente compatibles, y de conciliar ambos
logros en sistemas suficientemente estables en el plano ecológico, pero en
continuo perfeccionamiento material y moral, constituye un empeño mucho más
arduo, y que requiere mucho más esfuerzo e inteligencia humana más industria,
en suma, en el sentido cervantino, que la lucha en la batalla de la competitividad
por un puesto de honor en la economía global capitalista, para rodar con ella hacia
el abismo ecológico.

Sistema Actual.

Criterios para la evaluación de experiencias de mejora de la sostenibilidad


ecológica en el ámbito industrial

La técnica lineal utilizada para la narración ecológica del capítulo anterior puede
resultar útil por su posible capacidad ilustrativa, así como por las correlaciones que
resulta posible establecer entre las sucesivas etapas descritas y determinadas
situaciones directamente observables en diferentes lugares y momentos de la
actividad industrial. Sin embargo, es necesario reconocer que por lo que se refiere
a sus posibilidades de aplicación directa a la evaluación de experiencias concretas
en el ámbito industrial -tarea que constituye el objeto del presente documento-,
presenta ciertas limitaciones.

En primer lugar, normalmente no es fácil determinar con precisión a qué etapa


concreta cabe asignar cada una de las experiencias examinadas. Todas suelen
tener componentes característicos de etapas diferentes del proceso de
adaptación. Además, hay que recordar que el criterio central de evaluación a
aplicar en el trabajo es el de la aportación de cada experiencia a la sostenibilidad
de la actividad industrial. Tomando el criterio de sostenibilidad en sentido estricto
(sostenibilidad fuerte, en la terminología general utilizada en el presente proyecto,
que correspondería a la cuarta fase de las descritas en el capítulo anterior), es
prácticamente imposible encontrar experiencias industriales que lo satisfagan
plenamente y que tengan un carácter poco más que anecdótico.

En efecto, sin desdeñar el valor de las innumerables intervenciones puntuales


realizadas en España en el campo de las tecnologías de “fin de tubería”, ni menos
aún el de las mucho más escasas incursiones contabilizables en el plano de la
producción limpia, lo cierto es que ni unas ni otras parecen por sí solas capaces
de brindar ejemplos consistentes de sostenibilidad ambiental en sentido estricto, y
en la amplia mayoría de los casos tampoco en sentido restringido (sostenibilidad
débil). En el otro extremo, el de la producción ecológica o natural, ya se ha
indicado que apenas cabe hallar casos significativos que vayan más allá de
métodos de producción tradicionales o artesanales, que no suelen admitirse como
auténticas referencias `industriales'.

Por consiguiente, las experiencias que en principio parece que podrían ofrecer un
interés mayoritario para el público especializado al que pueden ir destinadas las
reflexiones y conclusiones del trabajo, habría que intentar encontrarlas en la
tercera fase, esto es, en la correspondiente a la industria sostenible. Pero a la luz
de las reflexiones expuestas, entre la infinidad de intervenciones de mejora
ambiental en la industria que se vienen acogiendo a la etiqueta de la
sostenibilidad, habría que identificar aquéllas que de algún modo estuvieran
mostrando su disponibilidad para asumir un cierto grado de autolimitación en el
volumen o en el alcance territorial de sus actividades productivas y no sólo de sus
emisiones o vertidos contaminantes cuando esa necesidad se desprenda de la
aplicación de criterios ambientales.

Esta distinción, por borrosa que pueda parecer para su aplicación práctica,
conduce a descartar las posibilidades de ejemplaridad de la gran mayoría de las
intervenciones ambientales que se vienen realizando en el ámbito industrial, y que
regularmente se vienen amparando en los últimos años bajo el concepto de
sostenibilidad. En el ámbito industrial, como en el conjunto de la economía, se ha
asumido universalmente la filosofía oficial del desarrollo sostenible como garantía
para la continuidad indefinida de la expansión de las actividades productivas en el
contexto del proceso de globalización. Dado que este planteamiento conduce a la
aceleración de la inviabilidad ecológica del sistema productivo global, la
presentación como experiencias ejemplares de intervenciones de esta clase
resultaría contraproducente, además de contradictoria.

Para abordar con este enfoque el estudio de casos, se ha intentado establecer un


mínimo conjunto de criterios que permitan verificar el grado en que una
determinada intervención de adaptación ecológica de la industria puede ser
ubicada en ese ámbito diferenciado de la sostenibilidad.

Consideración del “ciclo global” en la organización del sistema: aceptación de


responsabilidades ambientales en todas las fases de la vida del producto, desde la
utilización de los fondos de recursos o materias primas hasta la conversión del
producto en residuo.

Ciertamente, una iniciativa industrial que asumiera fielmente el cumplimiento de


todos y cada uno de estos principios en sus relaciones con el entorno físico, se
situaría en el límite superior esto es, por el lado de la excelencia ambiental del
concepto no oficial de sostenibilidad arriba apuntado, y estaría de hecho en la
antesala de la “producción ecológica”. Según los razonamientos expuestos en el
capítulo anterior, con este código de conducta ambiental quizá no estaría
garantizando la compatibilidad indefinida de sus actuaciones en el sentido de
“sostenibilidad fuerte”, pero sí habría conseguido moderar o, más exactamente,
ralentizar de modo sustancial, su contribución al proceso de declive acelerado de
las bases ecológicas globales.
EL PAPEL DE LA SOCIEDAD NACIONAL DE INDUSTRIAS

Lo que se propone es, que la Sociedad Nacional de Industrias (SNI) establezca


una red de comunicación con sus agremiados, que permita una mayor difusión de
sus actividades y cómo favorece la actividad que realizan en cada uno de sus
agremiados así como el desarrollo del país y cuánto empleo produce a favor de
los desocupados. Al mismo tiempo, promocionaría su imagen institucional, estaría
también cumpliendo con una de sus estrategias de ventas del plan de marketing
para colocar sus productos en el mercado nacional.

Son muy pocas las instituciones en el Perú que realizan estos planes de acción,
pese a estar establecido en sus estructuras organizativas, sus estatutos y sus
reglamentos. Al difundir a la sociedad civil, es decir al mercado globalizado
nacional se cumple con el principio de comunicación acceso a la información por
parte de la sociedad civil que contempla el Desarrollo Sostenible.

Al difundir sus actividades favorables hacia la economía de la nación, la población


(sociedad civil), terminará por hacer propio los problemas de la industria, pues se
convertirá en parte de él, de este modo será mucho mas fácil respaldar a los
industriales para crear políticas de protección a la industria nacional los mismos
que se reflejarían en mejora de condiciones de la actividad industrial.

Bien sabemos que, los lideres quienes representan son elegidos de las partes a
quienes representan, por lo tanto es importante articularse e integrarse
solidamente para empezar con el despegue hacia el desarrollo de las actividades
que cada uno de las partes de la SNI y empiece a crecer positivamente y al mismo
tiempo hacer crecer la economía del país pero siempre con el apoyo certero y
técnico de la misma.
CONCLUSIONES

Los cinco pilares fundamentales de las industrias sostenibles en el Perú, deben


aplicarse mediante la participación de la trilogía Industria, Gobierno y Sociedad
civil, el mismo que sacara en un largo plazo al país del subdesarrollo, si se realiza
de manera concertada y organizada, teniendo en cuenta a la actividad
manufacturera industrial como una línea estratégica de desarrollo del país. Es
importante para la efectivización de ese planteamiento la convergencia del SNI,
MITINCI y UNIVERSIDAD en un trabajo permanente.