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La éticacristiana:~eorazón~

Disclsionesen
tornoaSI flndamento

EduardoLópezAzpiarte,S.J.

CUADERNOS DE FE y CULTURA
---

FE DE ERRATAS
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Por un error involuntario, en el nombre del autor falta una letra "t,,; debe
«Eduardo López Azpitarte, S. J." en todos los sitios donde aparece.
7

Eduardo López Azpiarte

La ética cristiana: ¿fe o razón?


Discusiones en tomo a su fundamento

..
CUADERNOS DE FE y CULTURA

UNIVERSIDAD
~ IBEROAMERICANA
..

UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA
BIBLIOTECA FRANCISCO XAVIER CLAVIGERO

López Azpiarte, Eduardo


La ética cristiana: ¿fe o razón?/
1. Etica cristiana. 2. Fey razón I.t. n Serie
BJ 1245.166 1998

Norma Patiño DoDÚnguez


Diseño de colección

Gerardo Anaya Duarte, 5.1.


José Rafael de Regil Veléz
Cuidado de la edición

la. edición española, 1988


D.R. @ Eduardo López Azpitarte
D.R. @ Sal Terrae
D.R. @ Instituto Fe y secularidad

la. edición mexicana, 1998


D.R. @ Instituto Tecnológico y de Estudios
Superiores de Occidente, A.C
D.R. @ Universidad Iberoamericana Plantel Golfo-Centro
(Comunidad Universitaria Golfo-Centro, A.C)
D.R. @ Universidad Iberoamericana Plantel Laguna
(Formación Universitaria Humanística de la Laguna, A.C)
D.R. @ Universidad Iberoamericana Plantel León
(Promociónde laCultura Yla EducaciónSuperiordel Bajío,AC)
D.R. @ Universidad Iberoamericana Plantel Noroeste
(Promoción y Docencia, A.C)
D.R. @ Universidad Iberoamericana
Prol. Paseo de la Reforma 880
Col. Lomas de Santa Fe
Deleg. Álvaro Obregón
01210 México, D.R

Ilustración de portada:
San Jerónimo en su estudio/grabado de Durero, 1514
ISBN %8-859-327-3

Impreso y hecho en México


Printed and made in Mexico

Edición exclusiva para la República Mexicana


Índice

1. Introducción: un nuevo contexto 5


El peso de una historia 5
Esquemas fundamentales de la moral 6
Los primeros intentos de renovación 7
Hacia la conquista de la autonomía 9
La secularidad: un intento de clarificación 10
Un cambio de óptica en la moral cristiana 12

2. La ética autónoma 15
La búsqueda de un lenguaje común y comunicable 15
La confirmación clásica de una teoría reciente 17
Influencias de la fe: el nuevo horizonte de sentido 18
La confirmación de los valores morales:
una nueva sintonía 20
Dimensión trascendente y esfuerzo racionaL 21
La función del magisterio eclesiástico 22
Valoración teológica de sus enseñanzas 23
Un doble planteamiento 24
Resumen final.. 25

3. La moral de fe 27
Rechazo de la autonomía:
un proyecto demasiado ingenuo 27
Incapacidad radical del hombre 28
La vigencia de lo humano: una función sin relieve 30
La única justificación válida:
especificidad de la ética cristiana 31
El argumento de autoridad: una justificación de la ética 33
Resumen final.. 34

4. La ética cristiana en nuestro mundo actual.


Consideraciones generales 35
Un dato objetivo e irrenunciable:
la exigencia de la racionalidad 35
La existencia de una tradición autónoma 37
El miedo del mundo actual: la manipulación ideológica 39
Una reflexión sobre la realidad:
la moral fuera del cristianismo 40
Luces y sombras de la moral cristiana 42
El desencanto y la sospecha frente a la razón 43
Dimensión racional de la moral revelada 45
El lento peregrinar hacia la verdad 46
Las perspectivas de un horizonte cristiano 48
Los límites de la fe en las valoraciones éticas 49
Una hipótesis pragmática: entre la fe y la razón 50
La urgencia de una complementación 51
Magisterio y formación de la conciencia 52
Las mediaciones humanas: sus tensiones y conflictos 54
La posibilidad de un disentimiento respetuoso 56
Condiciones básicas y fundamentales 58

Conclusión 61
1. Introducción: un nuevo contexto

El peso de una historia


Las diferencias entre la ética y la moral, aun con una
misma raíz etimológica, han sido siempre bastante diversas
entre los autores, sin otra explicación que ciertos presupues-
tos convencionales. No es el momento ahora de analizar otras
opiniones, sino de recordar aquella que tuvo un vigencia ma-
yor en los ambientes católicos.

Cualquier libro de texto señalaba, en sus primeras pági-


nas, una clara distinción.1La moral se consideraba como una
ciencia teológica que, por tanto, debía encontrar en la revela-
ción su último y principal fundamento. Dios había manifesta-
do en ella su voluntad, y al hombre no le queda otra salida
que la sumisión dócil y obediente asu querer. La Iglesia,
como guardiana de ese depósito, era la encargada de traducir
esas exigencias a la complejidad de las situaciones reales. La
función del moralista consistía, entonces, en analizar esas dos
fuentes -la palabra de Dios y la tradición recogida y enseña-
da por el magisterio- para descubrir y exponer los valores
éticos.

La ética, por el contrario, como disciplina filosófica, in-


tentaría probar con la luz de la razón las normas orientadoras
de la conducta. Su función, sin embargo, era bastante secun-
daria y accidental, ya que su esfuerzo sólo servía para confir-

1 Véase, por ejemplo,uno de los textos más conocidos antes del Vaticano11:
M. ZALBA, Theologiaemoralis compendium, BAC, Madrid, 1958,5-10. Y lo
mismo en autores más recientes: K. H. PESCHKE, Ética cristiana,
Urbaniana, Roma, 1986, vol. 1, 11-19.
6 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

mar las verdades recibidas por la fe. Era, como solía decirse,
la ancilla theologiae,y su condición de sierva le impedía ir con-
tra lo manifestado por Dios y propuesto por la Iglesia. Sin ne-
gar el valor del discurso racional, la moral requería una fun-
damentación trascendente y religiosa, en la que se subrayaba
la importancia de la autoridad docente y la correspondiente
obligación de someterse a esta enseñanza. El mismo magiste-
rio de la Iglesia era el único que podía interpretar con garan-
tía las conclusiones derivadas de la ley natural, como fruto de
un trabajo filosófico. La aceptación de unos contenidos éticos
no dependía tanto de las justificaciones racionales que se die-
ran, sino de los motivos sobrenaturales en los que se apoyaba.

Esquemas fundamentales de la moral

El mundo de nuestros manuales clásicos gozaba, por


ello, de una maravillosa armonía en la que todos sus elemen-
tos quedaban encajadosdentro de una arquitectura exacta y
sin rupturas. Y además, con la seguridad y certeza de que
todo estabagarantizado por la autoridad de Dios. No existía
espacio para la incertidumbre o la vacilación, pues cualquier
aparente conflicto quedaba solucionado por otros principios
generales.La duda que pudiera surgir sería fruto de la igno-
rancia -fácilmente superable por la consulta y la informa-
ción- o de un estado de conciencia patológico, designado
como escrúpulo o perplejidad. Lo importante era conocer
bien la bondad o malicia de nuestras decisiones concretas.

Como, por otra parte, la moral quedó históricamente


muy condicionadapor su finalidad práctica,orientadahacia
el sacramento de la confesión, no es extraño que los libros de
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 7

texto se centrasen, sobre todo, en presentar la vida cristiana


bajo una óptica negativa. Se trataba de saber con claridad
cuándo una conducta resultaba pecaminosa y rompía, por
tanto, el encuentro con Dios. Sin ninguna exageración, po-
dríamos designados como verdaderos IIpecatómetros". Así,
muchos han vivido la moral como un conjunto de normas, le-
yes y preceptos que obligaban a actuar de una forma concreta
para conseguir la salvación y evitar la condena eterna. Se
daba por supuesto que lo que Dios dice o la Iglesia enseña
hay que aceptado, sin preocuparse tanto por ningún otro in-
tento de justificación. El recurso a los textos bíblicos (no siem-
pre con una interpretación exegética adecuada) o a los docu-
mentos del magisterio eclesiástico era suficiente para funda-
mentar la valoración de una conducta determinada. Nadie
podrá negar que semejante planteamiento era claramente
heterónomo. La explicación básica se apoyaba en las afirma-
ciones de autoridad.

Los primeros intentos de renovación

No afirmo nada de esto con ironía o menosprecio. Hay


que respetar una tradición, con una larga vigencia en épocas
anteriores, que aportó sin duda una riqueza y una orientación
válida a otras generaciones, aunque en un contexto histórico
y cultural bastante diferente del nuestro. Es más, las críticas e
insatisfacciones producidas por esta presentación de la moral
cristiana surgieron ya varios años antes del último Concilio.
Fueron muchos los intentos de renovación, con el deseo de
presentar un rostro más atrayente y rejuvenecido, que supe-
rara la exposición legalista, negativa, a veces arbitraria, y muy
lejos siempre del ideal evangélico. El cuerpo místico, el segui-
8 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

miento de Jesús, la caridad cristiana, los sacramentos y otros


conceptos básicos sirvieron como punto de partida para ofre-
cer esta nueva imagen y darle a la moral otro aire diferente.2

Los intentos se quedaron, sin embargo, a medio camino


e incompletos. Resultaban válidos para encontrar una moti-
vación religiosa más explícita, e incluso como estímulo para
una presentación parenéticai que no pretende justificar el por
qué de una conducta, sino animar simplemente a su cumpli-
miento, cuando la persona ya está convencida de la morali-
dad de una acción. Pero la justificación seguía teniendo un
marcado carácter heterónomo que, por el momento, no había
planteado en los ambientes católicos ninguna dificultad ma-
yor. Bastaba fiarse de lo enseñado por la autoridad, aunque
no se conocieran o resultaran incomprensibles las explicacio-
nes de tales enseñanzas.

El proceso de secularización ha supuesto también para


la moral un nuevo reto y un cambio profundo de perspecti-
vas. Podrá gustar o considerarse como algo lamentable y ne-
gativo, pero es un hecho real que, de alguna manera, tiene
que ser asimilado por la fe y por la moral cristiana si éstas no
quieren perder su credibilidad en el mundo moderno. Un fe-
nómeno que se caracteriza por la desacralización de la reali-
dad para encontrarle una explicación humana, sin necesidad

2 Entre los autores más representativos de esta renovación, citemos a E.


MERSCH, Morale et corps mystique, 2 vol., Desclée, Louvain 1949. F.
TILMANN, El maestro llama, Dinor, Pamplona, 1956. G. GILLEMAN, La
primacía de la caridaden teologíamoral, Desclée, Bilbao, 1957. Un buen resu-
men de estas lagunas y deficiencias, en J. LECLERQ La enseñanza de la mo-
ral cristiana, Desclée, Bilbao, 1953.
3 Cfr.W.WOLBERT,
"Parenesised etieanormativa",y "Laeonfusionefra
parenesis ed etica normativa" en: Riv. Teol.Mor. 13 (1981), 11-39 Y 227-236.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entor;11p a su fundamento .,9

de acudir a otros principios l11etafísic9~9.religio1?9s.t:~ u.n iI,l,.


tento, por tanto, de reC1,lBer~ ~a autonom.í~, p~rdi4a desde
que el hoxpbrel. por dif~ent~s motj:yqs, había qu~rido ~con-
trar en Dios lq<explic~ci§nde to~os 10sJenóme~0~naturales. 4
.,.
, l'
) j.

..,. ,'t

Hacia la
, conquista de la autonomía
,(

f j \~.

La secu1aridad puede vivirse);entonces,como.una lucha


encarnizada entre dos fuerzas antagónicas y contradictorias
que buscan su hegen,onía, Frente al esfuerzo por consagrar al
mundo y someterlo al imperio de Dios, el 'hombre moderno
lucharía. por liberarlo de esa esclavitud o para c.oncederlede
nuevo Una autonomía'e independenda.El Ihitode Prometeo
ha sido utilizado como el gran símbolo de esta' lucha contra
cualquier tipo de aliena<riónlreligiosa.s.Repr~senta el génio
humano que supera. los límites'establecidos,'~e atreve a cues-
tionar los privilegios y protesta contra los engaños de una,re-
ligión infantil y dominadora, hasta colocar al hombre de nue-
vo como artífice y responsable de todo el universo.

Era comprensible que, en la medida en que'HueSIT05co-


nocimientos se mostraban incapaces de ofrecer una explica-
ción adecpaQa de tantos P.listepos naturales! pr~tendiéramos
enfontrarla.en ul).,a.realidaQ.iextr.añ~ y superiqr a nosotros
para s1JpHr,la pr.opia ignorancia. Dios, con ~óscula, apare-

r )j

4 Un buen resumen de las diversas corrientes, en A,J, VAN OUWERKERK,


"Secularidad y ética cristiana" en: Cancilium 25 (1967), 274-312. B.
HÁRING, Secularizacióny éticaJ:Tistiarza,PerpetuoSocorro, Madrid, 1973.
B.CASTELLI(oo.),Herméneutiqueet sécularisatian,Aubier, Paris 1976. I
s J.M. LOCHMANN, "Sitio para Prometeo" el) Selec. Teal. 12 (1973?,,326-333.
10 Eduardo López Azpiarte,S.l.

cía en todas las religiones corno la única justificacióncoheren-


te de tantos fenómenos desconcertantes. Los constantes pro-
gresos de la ciencia han hecho que su mpótesis sea cada día
menos necesaria, pues el recurso a la divinidad se sustituye
con mayor eficaciapor la utilización de los datos técnicos y de
otros instrumentos más adecuados.

Si la existencia de Dios no tiene otro fundamento que


dar respuesta a los interrogantes humanos o servir de aparen-
te explicación a los mecanismos que nos resultan excesiva-
mente misteriosos, los descubrimientos científicos, que des-
velan cada día más los misterios de la naturaleza, llevarán
poco a poco a una sociedad en la que Él no tenga sentido,
dQnde su muerte sea el fruto inmediato y lógico de la técnica
y del progreso. La signifir.ación del universo no habrá que
buscarla fuera d~ nuestras froI'teras humanas, en una reali-
dad superior, por encima de nuestra capacidad de razona-
miento, con la que se mantienen unas relaciones de sumisión
y dependencia.6

La secularidad: un intento de clarificación

Muchos representantes radicales de este movimiento si-


guen creyendo que la idea de Dios constituye una negativa
del hombre, un obstáculo para su libre desarrollo, que habrá
de eliminarse para que el mundo adquiera un carácter pro-
fundamente secular, donde no haya espacio para ninguna

6 R. L. RICHARD,Teologfade lasecularización,
Sígueme, Salamanca 1968.G.
VAHANIAN, La muerte de Dios, Grijalbo, Barcelona 1968. E. L. MASCALL,
Cristianismo secularizado, Kairós, Barcelona 1969.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 11

ideología que limite la capacidad y el poder humano. Lo sa-


grado, que se considera en gran parte como fruto de la igno-
rancia, hay que desmitificarlo para que no se convierta en una
de las peores alienaciones?

Sin embargo, este radicalismo ateo no es una conse-


cuencia necesaria de sus presupuestos más esenciales. Esta
nueva cultura encierra un esfuerzo de clarificación para deli-
mitar las relaciones entre Dios y el mundo, para distinguir
con mayor exactitud la esfera que a cada uno le pertenece y
evitar, de esta manera, una mundanización de Dios o una
divinización del mundo. Lo propio de la secularización resi-
diría, entonces, en que ella no destruye ni tiene por qué elimi-
nar la experiencia o el saber adquirido por la fe, sino que lo
conserva y protege bajo una forma distinta. Se trataría, en fra-
se evangélica, de dar al César lo que es del César y a Dios lo
que es de Dios.

Sólo cuando la secularidad se cierra sobre sí misma, ex-


cluyendo por completo la dimensión trascendente, se con-
vierte en un secularismo inaceptable para el cristiano. Con el
deseo de salvar la autonomía de Dios y la del hombre en me-
dio del mundo, ha confundido precisamente la frontera entre
ambas realidades, haciendo de la creación un dios en minia-
tura o reduciendo a Dios a los límites pequeños de cualquier
ídolo. La clarificación que se buscaba, en el fondo, se ha con-
vertido en un mayor confusionismo.

1 Las posturas más radicales se hallan en Th. ALTIZER, The gospel 01


Christianatheism,Filadelfia 1966,donde Dios se hace incompatible con la
mayoría de edad y la autonomía del hombre moderno.
12 . EdU1.lrdo
LOpezAzpiarte,S.J.

JElmismo Vaticéll10TI,'en su Ccwstituciónpastqrttlsobrela


Iglef'iarenel mundo moderno?ha distinguido,con claridad este
doble-planteamiento y ha aceptadosin reservaslas exigencias
cristianas de la verdadera secularidad. El te2<to.,
aunque cita.,.
do con frecuencia y bien conocido, vale la pena releerlo:

r Si por."autoncmúade lo.terreno"entendemosquelas co-


SqS,ylas sociegadestienen..susprpp~s leyesy que e! hom-
qre d~be ir~as,conociendo, empleando y sistematizando
paulatinap1ente, es absolutamente legítima esa autona::-
J, mía, que
. no sólo la reclaman los hombres de nuestro tiem-
po, sino que responde ademása la voluntad del Creador.
Pero si "a\1tonomía de lo temporal" quiere dedr que la
realidad creada no depende de Dios y que el hombre pbe-
de disponer de todo sin relacionarlo con Dios, no hay ni
uno solo de los que adnútan su existencia que no vea la.
falsedad/envuelta en talespa.labras~8

Un cambio de óptica en .lampr~l cnstiana

Esta mentalidad secufur ha tenido también una influel)-


cia extraordinaria en el campo de .la ética, no sólo porque se
ha subrayado la importancia de lo mundano frente a la pri-
macía que había tenido el}otras épocas la'dimensiÓn estricta""
mente sobrenatural, con'olvido de las preocupaciones y co~-

8 N. 36.Cfr.E.G. DECEA, "La secularizaciónde mundo según 'Gaudium et


spes'" en: Angelicum 55 (1978), 262-278. F. FURGES, "Autonom und
Christlich Das II Vatikanische Konzil als einer latenten Debatte": .Stud.
Mor. 24 (1986),71-92.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
.D.iscusiohes entorno a su fundamento 13

promisos terrestresí sino porque.cse.harecalcado con urgencia


la necesidad de encontrar una justificación humana a las nor-
mas morales. El hombre moderno, como tantas veces se ha re-
petidb,ha akanzado la mayoría de edad y no se conforma
con una explicación externa y aut-oritaria,como sino tuviera
capacidad suficiente para comprender las razones y por qués
de su conducta. Huye de toda heteronomía, incluso religiosa,
que intente imponer unos valores éticos sin procurar, al mis-
mo tiempo, una fundamentación razonada.9 De ahí que hoy,
elt todos los textos de moral, se afronte este problema de la
justificación con un énfasis mucho mayor que en las publica-
cion'esanteriores.

Pero una moral que se adjetiva como "cristiana" necesi-


ta tener una dimensión trascendente y religiosa, de la que no
puede prescindir sin haber renunciado a su propia identidad.
La fe y la razón, por tanto, tienen que encontrarse de alguna
manera implicadas y en estrecha relación, pues ninguna alter-
nativa resulta válida cuando se toma una opción excluyente
por lo humano o por lo sobrenatural. El acuerdo sobre este
presupuesto de base alcanza una suficiente unanimidad entre
los autores.

Ahora bienr según la insistencia con que cada cual su-


braya uno u otro de es~osfactores, ha surgido en"estosúltimos
años una doble presentación bajo el nombre de éticaautónoma
y moraldefe. Las discusiones han provocado una amplia bi-

9 Lainfluencia enorme del fenómeno de la secularización puede verse en el


estudio, sobre una amplia encuesta realizada, de P. POUPARD, La morale
chrétienne demain, Desclée, Paris 1985.
14 Eduardo López Azpiarte, S.J.

bliografía,lOpara defender cada grupo su propio punto de


vista y señalar los peligros que encuentran en la sentencia
contraria. Quisiera presentar ahora una síntesis de ambas
posturas, en sus planteamientos generales, para deducir al fi-
nal algunas conclusiones que me parecen importantes.

10 Un buen resumen de esta problemática, en O. BERNASCONI,Morale


autonoma ed etica della fede, Dehoniane, Brescia 1980. S. BASTIANEL,
Autonomía morale del credente. Senso e motivazioni di un'attuale tendeza
teologica. Morcelliana, Brescia 1980. F. CITIERIO, "MDrale autonoma e
fede cristiana: il dibattito continua" en: Scuola Catt. 108 (1980),509-561.
1.M. AUBERT, "Débats autour de la morale fundamentale" en: Stud. Mor.
20 (1982), 195-221. A. BONDOLFI, "Aut~onomie ou théonomie: une
alternative pour la morale crétienne?" en: Rech. Scien. Relig. 70 (1982), 161-
180. M. VIDAL. Ética civil y sociedaddemocrática, Desclée, Bilbao, 1984, 39-
69. A. BONDOLFI, "'Autonomía' y 'Moral autónoma'. Investigaciones en
tomo a una palabra clave" en: Concilium 192 (1984), 311-321. H.G. TURK,
"Fe en Dios y razón autónoma. Discusiones sobre la moral autónoma" en:
Selec. Teol. 24 (1985), 138-143.

I
--
2. La ética autónoma

Labúsqueda de un lenguaje común y comunica"le

La ética autónoma quiere ser una respuesta adecuada a


las exigencias del hombre moderno, que, como decíamos, no
se conforma con una moral ingenua y heterónoma, sino que
desea actuar por un convencimiento interior y no por el sim-
ple hecho de estar mandado.11La necesidap. de entablar un
diálogo con la cultura secular en la que vive le hace subrayar
con fuerza esta dimensión. El conocimiento de los contenidos
éticos no requiere como condición previa la vivencia de la fe.
Una persona honesta y sincera está capacitada para sentir su
llamada e invitación y comprometerse con ellos, a pesar de
los múltiples factores de fodo tipo que condicionan el descu-
brimiento de la verdad y del bien.

El acto de mandar, fuera de las leyes estrictamente posi-


tivas, no fundamenta la moralidad de ninguna norma. Si Dios
o la Iglesia aprueban o condenan alguna conducta determina-
da, no se convierte en buena o mala por este mandato o prohi-

Entre las obras más características, cfr. A. AUER, AutonomeMoral und


11
ChristliecherGlaube,Patmos, Düsseldorf 1971.La respuesta a las críticas
que levantaron su tesis, en "Zur Rezeption der Autonomievorste1lung
durch die katholisch-theologische Ethik" en: Theol. Quartalschr. 161 (1981),
2-13. B. SCHÜLLER, Die Begründung sittlicher Urteile, Patmos, Düsseldorf
1973.D. MIETH, "Norma morale e autonomia dell'uomo", en T. GOFFI
(oo.), Problemieprospettivedi teologíamorale,Queriniana, Brescia1976,173-
197.J. FUCHS,Responsabilita personale e norma morale,Dehoniane, Bologna
1978,45-76.F.BócKLE, Moral fundamental, Cristiandad, Madrid, 1980,51-
90. De estos autores recojo fundamentalmente las ideas que especifican a
la ética autónoma.
16 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

bición, sino que la valoran de esta manera por considerarla


humana o deshumanizante. Y esta valoración tendrá una ex-
plicación racional, el único camino para hacerla comunicable
a otras personas, sin necesidad deactidir a la revelación.

Por eso no creen que la moral cristiana tenga que distin-


guirse de otras ,P9runa serie de coritenídos éticos,reservados
exclusIvamente para una razón iluÍninada por la fe, como si
la person~ estuviese incapacitada, sin esta ayuda sobrenaJ:u.-
rakpara el cQnocimientoqe ciertos valo.res.12La historia d~
muestra cómo en otras CUltUl:as, anteriores o ajenas a la reve-
lación, se aceptaban conductas consideradas por algunos
como propias y exclusivas del cristianismo. 'Hasta el misl1).o
amor a los enemigos, que se citaba como uno de los eje;mplos
más característicos, fue defendido y proclamado muchos si-
glos antes dg 4 revelación judaica. Los límites y defjc,iencias
de la razón no impidieron c~p!pr el signlficado profundo de
este comportamiento.
t

,Estos autores insisfe~en que la fe ha servido amuchos


crey~ntes para el descubrimiento de aquellos vaJoresque apa-
recen, sobre todo, en la vida y el mensaje de Jesús. Cuando la
educación se desarrolla en un clima religioso, el aprendizaje
de la moral no excluye esa referencia que ilumina y estimula a
un comportamiento determinado. Pero descubrir un valor
I por la enseñanza de la revelación no significa que sólo por
ella quede justificado. Las conductas y actitudes que un día
I llegó a conocer por ese camino se le harán también compren-
I sibles y aceptables desde una reflexión racional.
I
12 Un buen resumen sobre el Eroblemade la especifidad de la moral cristia-
na, en S. BASTIANEL, Il catattere specifico della ~orale cristiana, Citadella
~ Editrice, Assisi 1975.Y más reciente, en V.MACNAMARA, Faith and Ethic.
,,1 Recent Roman Catholicism, Cill and MacMillan, Dublin 1985.
11

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La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 17

La confirmación clásica de una teoría reciente

Este planteamiento parece confinnado por una amplia


y autorizada tradición, asumida por el mismo Santo Tomás.
Toda la teoría clásica de la ley natural, al margen de sus defi-
cientes y discutidas interpretaciones históricas, mantiene este
mismo presupuesto de base: las normas de conducta encuen-
tran su justificación en la interioridad del hombre como ser
racional. Su defensa reflejaba, en el fondo, la idea de una mo-
ral secular, donde la fe no venía a privatizar su validez al ám-
bito de los creyentes. La elaboración de una ética así no podía
nacer de ningún fundamento religioso o sobrenatural, pues
entonces se eliminaría por completo su consistencia humana
y su carácter universalista. Y 10que se pretendía con ella era
darle crédito a las enseñanzas de la Iglesia, mediante los pos-
tulados racionales del derecho natural.

El hombre aparece, de esta manera, como pequeña pro-


videncia en medio del mundo, encargado por Dios de llevar
adelante la obra de la creación.13Una visión profundamente
optimista sobre la capacidad del ser humano para orientar su
propia existencia y dirigir la tarea encomendada. El creyente
sabe que esa autonomía para dirigir la vida le viene como un
regalo del Creador, en el que encuentra la explicación última

13 "Entre todos los demás seres, la criatura racional queda sujeta a la divina
providencia de una forma mucho más excelente, en cuanto que ella mis-
ma participa de su providencia, haciéndose providente para sí y para los
demás... Y esta participación de la ley eterna en la criatura racional es lo
que se llama la ley natural" (SUmJlTeológica,1-II,91,2).
18 EduardoLópezAzpiarte,S.f.

de toda la realidad. Y conoce también que su destino es sobre-


natural, más allá de todas las posibilidades humanas, hacia el
que camina atraído por la fuerza de su fe. Pero esta relación
de origen y destino que ha descubierto por la palabra revela-
da no destruye tampoco su capacidad de autogobiemo.

El orden de la salvación, por el que Dios senos ha acer-


cado de una manera singular, no tiene por qué eliminar el or-
den primero de la creación,que dejó en manos del hombre el
dominio y la responsabilidad sobre el mundo surgido de sus
manos. Algunos hablan, por ello, de una moral teónoma que,
aunque relacionada y dependiente de Dios por estos víncu-
los, irrenunciables para el creyente, no se opone a esta auto-
nomía, en contraposición a cualquier otra ética heterónoma y
dependiente.

Esto significa la aceptación de un lenguaje común -el


de la razón- como lugar de cita y de diálogo con todos los
que buscan y trabajanpor el biendel hombrey lamejorade la
sociedad. El mensaje moral evangélico y los criterios
orientadores sobre la conducta humana que de él se derivan
se harían demasiado extraños y esotéricos si no existiera la
posibilidad de un acceso razonable a tales valores. Lo que se
quiere subrayar en esta postura es que la fe no es un requisito
necesario para ese conocimiento ético, como si todos aquellos
que no la comparten fuesen incapaces, por este mismo hecho,
de llegar a conseguido.

Influencias de la fe: el nuevo horizonte de sentido

La insistencia en el carácter humano y secular de la éti-


ca no minusvalora, sin embargo, la importancia e influjos de
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 19

la fe en la praxis del cristiano. Con matizaciones diferentes,


todos los autores insisten en que la fe no es algo superfluo e
insignificante, como si se tratara de t,ma realidad ajena por
completo al campo de la conducta. El impacto de la visión so-
brenatural es innegable, aunque los términos para designado
no sean siemprelos mismos.De acuerdocon una terminolo-
gía bastante común, hay que distinguir claramente el nivel
trascendental del nivel categorial, en los que se desarrolla la
vida del hombre creyente.

En el primero aparece un nuevo horizonte de sentido,


una pre-compresión intelectual, una justificacióntrascendente,
un significado más profundo del/lethos/l humano, que influ-
yen de diversas maneras en el actuar del creyente. Así se crea
un fondo de motivaciones, cuando la fe resuena con fuerza en
el interior del corazón, que le estimula a una coherencia en su
vida. Lo que nos falta en muchas ocasiones no es la ilumina-
ción del conocimiento,sino el impulso definitivo y convincente
para actuar y dejarse conducir por el bien.14Porque cree en
Dios y se siente llamado a su amistad, porque busca la imita-
ción y el seguimiento de Cristo, porque su persona constituye
el valor más absoluto de la existencia, el cristiano posee una
motivación extraordinaria que no tendría, a 10mejor,si buscase
únicamente la honradez y honestidad de una conducta.

14 Para la influencia de la fe en esta teoría, una buena síntesis en F. BOCKLE,


o.c. (n.n), 275-290. Puede verse también su artículo "Fe y acción" en:
Concilium 120 (1976), 519-534, Y''Moral autónoma y exigencia de la revela-
ción" en: Proyección32 (1985), 83-95.
20 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

La confirmación de los valores morales: una nueva sintonía

La fe, por otra parte, ofrece una ayuda inestimable, ya


que facilita y confirma el conocimiento de los valores éticos,
especialmente de los más dificultosos para el hombre. Lo que
el Vaticano 1afirma sobre la necesidad de la revelación para el
conocimiento natural de Dios habría que aplicarlo también,
con mayor razón, a la captación de los valores morales:

A esta divina revelación hay ciertamente que atribuir que


aquello que en las cosas divinas no es de suyo inaccesible
a la razón humana pueda ser conocido por todos, aun en
la condición presente del género humano, de modo fácil,
con firme certeza y sin mezcla de error alguno.15

La vida y el mensaje de Jesús no sólo iluminan, sino que


provocan una actitud interior que nos hace más sensibles a
ellos e impide absolutizar otros bienes menos importantes.
No se busca encontrar en la Escritura una solución concreta
para nuestros problemas actuales, pero sí nace de ella, como
un instinto peculiar, una sintonía de fondo que puede im-
pregnar al cristiano y dotarle de una transparencia y lucidez
singulares. Cuando el Concilio, al enfrentarse con los plantea-
mientos más urgentes del hombre, se siente "guiado por la
luz del Evangelio y de la humana experiencia",16parece de-
fender esta misma orientación.

No sólo desde la antropología que la Biblia ofrece se


captan mejor las experiencias morales y el mundo de los valo-
15 H. DENZINGER- A. SCHÓNMETZER, Enchiridium Symbolorum, Herder,
Barcelona 1%3, 3005.
16 Constituci6n pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno, n. 46, con el co-

mentario de E. HAMEL, "Lux Evangelii in constitutione Gaudium et Spes"


en: Periodica60 (1971), 103-120.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 21

res éticos, sino que configura por dentro una actitud radical
de entrega que nos hace más sensibles y cercanos a esas exi-
gencias. Sin olvidar tampoco todo el horizonte, desconocido e
inabordable para la inteligencia humana, que la revelación
nos presenta sobre el mundo de la gracia, de la justificación,
de la gratuidad absoluta, de la dimensión escatológica, con
todo lo que esto supone y necesariamente afecta y repercute
en la práctica.

Dimensión trascendente y esfuerzo racional

El creyente, regenerado con la presencia de la gracia, ac-


túa como hijo de Dios, con una ontología sobrenatural y
transformada, con la fuerza de un Espíritu que le dinamiza y
estimula al cumplimiento del bien, pero sabiendo que, a pesar
de todo esto, la verdad ética tiene que descubrirla con el es-
fuerzo de su razón. Si aquellos aspectos pertenecen al plano
trascendental, donde la fe tiene una primacía absoluta, no
afectan directamente, sin embargo, a los contenidos morales
en el ámbito categorial. Para responder a los interrogantes éti-
cos, frente a los que tiene que decidirse, no basta acudir a la
palabra de Dios para encontrar en ella la solución adecuada.
Las orientaciones más generales, como postulados básicos y
hasta evidentes para la razón, requieren ser concretadas en
las situaciones mucho más complejas de la vida, en las que
Dios no ha venido a damos la respuesta que se busca.

La fe recuerda la absoluta,primacía de Dios, como valor


supremo por encima de cualquier otro, y la obligación pre-
sente en cada cristiano de obedecer a su voluntad; pero ésta
no se ha manifestado de una manera directa, como si fuese un
simple dictado, sino que su querer está escondido allí donde
22 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

el hombre descubre un verdadero valor. La obediencia a su


I

palabra ~s incondicional, como lógica consecuencia de nues-


tra condición creada; lo dificil, en muchas ocasiones, es cono-
I cer precisamente lo que Él quiere y desea de nosotros.

r
11
La función del magisterio eclesiástico
I
La Iglesia jerárquica tiene, sin duda, la misión --como
10afirma la doctrina común- no sólo de conservar, defender
y proclamar el rico tesoro de la fe, presente en el depósito de
la revelación, sino de iluminar la'conducta del hombre tam-
bién en el campo de las costumbres. La opción del cristiano
11
I por Dios, si no se trata de algo abstracto o puramente senti-
I
mental, debe traducirse en una praxis que manifieste y
explicite su compromiso religioso. A través de la conducta se
I
verifica y pone a prueba la autenticidad de nuestra fe religio-
sa. En el campo de la moral nos jugamos, de alguna manera,
nuestras relaciones con Él. La llamada de un valor es como el
eco lejano de otra invitación trascendente. El rechazo no afec-
ta sólo a la deshumanización de la persona, como tampoco la
obediencia sirve exclusivamente a su mejor realización huma-
na, sino que condiciona también la amistad o lejanía de Dios.
La docilidad a las exigencias morales es también una acepta-
ción amorosa de su palabra, como el desviarse de aquéllas es
también un abandono de su presencia salvadora.

En este contexto, la enseñanza de la Iglesia tiene un sig-


nificado especial. Como sacramento de salvación, tiene la
función y el deber de enseñar también la doctrina referente a
la moral, que, aunque no pertenezca al depósito estricto de la
fe, está vinculada a esta dimensión religiosa. La voluntad de
Dios, como hemos dicho, se manifiesta en todo 10que es justo

-
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 23

y recto. El problema radica en saber cómo llega al descubri-


miento de esta moralidad. Aquí los autores de esta tendencia
insisten en que el magisterio de la Iglesia tampoco puede aho-
rrarse el esfuerzo y la reflexión racional. Para ofrecer las res-
puestas éticas, que no están explícita y directamente solucio-
nadas por la revelación, no tiene otra vía de acceso que la
racionalidad, la misma que la de los otros hombres.

Valoración teológica de sus enseñanzas

Nadie rechaza tampoco la asistencia del Espíritu a este


magisterio moral de la Iglesia; pero casi todos insisten en que
semejante ayuda no excluye, de acuerdo con una opinión
unánime, la posibilidad de un error cuando no se trata de una
verdad declarada por una definición como infalible, o por la
fuerza de una tradición que encierra esta característica. De
hecho, la mayoría de los autores admiten que no hay ninguna
enseñanza ética que alcance este nivel de infalibilidad. Entre
otras razones, porque el magis~eriono enseña lo que resulta
evidente e indiscutible, sino que su intervención se efectúa
sobre problemas complejos y discutidos en los que no existe
una misma valoración.

La historia demuestra con no pocos ejemplos que algu-


nas de estas doctrinas propuestas por el magisterio no infali-
ble han ido cambiando con el tiempo, o incluso han llegado a
ser abandonadas. Sería muy difícil enunciar un principio, fue-
ra de los más evidentes y generales, que incluya todas las
nuevas situaciones posteriores y que revista, por tanto, una
dimensión definitiva. Ofrecer lo que parece más razonable, en
función de los datos científicos y culturales de un determina-
do momento histórico, no significa que lo sea para siempre,
24 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

cuando en otras circunstancias aparecen motivos que justifi-


can una nueva reflexión. La evolución ética a 10 largo del
tiempo parece indiscutible, aunque se trate de un proceso len-
to y sin rupturas llamativas.

Un doble planteamiento

Algunos, por ello, no creen que tales intervenciones se


hagan en virtud de su magisterio doctrinal, sino por una pre-
ocupación sincera y práctica que orienta e ilumina las con-
ciencias de los fieles cuando éstos no se hallan capacitados o
cuando surgen dificultades especiales para el descubrimiento
de los valores en situaciones difíciles y comprometidas. Reali-
za una tarea vicaria y, en ocasiones, de absoluta necesidad,
pues ayuda a discernir y aporta datos importantes para la re-
flexión; pero nunca podrá imponer una absoluta sumisión de
la voluntad y del entendimiento. Se trata, por hipótesis, de
una verdad sobre la que Dios no ha manifestado ninguna en-
señanza particular, y sólo queda el recurso a la razón humana
para deducir 10 que se juzga mejor. En este campo no tiene
otro fundamento para imponerse que la veracidad y la fuerza
de su argumentación. Sólo la propia conciencia deberá deci-
dir, después de examinar también la doctrina del magisterio,
pero sin mayor vinculación obligatoria a sus enseñanzas.17

17 Uno de los autores que más han insitido en esta línea es J. DAVID,
Nouveauxaspectsde la doctine catholiquesur le mariage,Desclée,Tournai
1966,95-125.TambiénA. VALSECCHI,Giudicare da se. Problemie proposte
morali,Gribaudi, Torino 1973,172-191.P.HUlZING - W.BASSET,"¿Fe o
mandato? Problemas jurídicos en torno al magisterio eclesiástico" en:
Concilium 117 (1976),5-14.En la nota 51 podrá encontrarse más bibliogra-
fía sobre este punto.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 25

Esta interpretación del magisterio no es compartida


por todos los autores de esta tendencia. La doctrina del Vati-
cano II es suficientemente explícita corno para negar el ca-
rácter obligatorio de sus intervenciones, incluso en el campo
de las costumbres. lB Sin embargo, todos hablan sobre la po-
sibilidad de un disentimiento respetuoso cuando una deter-
minada doctrina, después de una seria reflexión sobre los
datos aportados, y sin una actitud de autosuficiencia o re-
beldía, no resulta convincente. Aceptar entonces una doctri-
na ética por la fuerza de la autoridad es una decisión a la
que ni la propia Iglesia obliga, pues nunca excluyó corno
ilícita la posibilidad de este disentimiento.19 La única dife-
rencia radicaría en que ahora esa posibilidad, por una serie
de factores comprensibles, no se ha hecho tan rara y limitada
corno en épocas anteriores.

Resumen final

En síntesis, podríamos decir que la ética autónoma tie-


ne corno punto de partida una confianza en la capacidad de la
razón humana, a pesar de sus 1irnitaciónesy condicionantes.
y pretende, corno meta, hacer comprensibles los valores éti-

18 U. BEITI, "L'ossequio al magisterio pontificio 'non ex cathedra' nel n. 25


nella 'Lumen gentium''': Antonianum62 (1987)423-461.
19 Como ejemplo, véase la siguiente afirmación: "Incluso un católico fiel a
su Iglesia puede emitir un juicio contrario a una decisión del magisterio...
Si el magisterio y la teología creen que otras fuentes les permiten saber
acerca de una cuestión moral más de lo que se puede probar con razones
objetivas, entonces tienen que explicar exactamente a los católicos y a to-
das las personas de buena voluntad en qué se basa lo que pueden añadir o
afirmar con mayor certeza": F.BOCKLE, o.c.(n.11),315.
i
26 EduardoLópezAzpiarte, S.J.

cos en un mundo secularizado y adulto, que pide una explica-


ción racional para su propio convencimiento. La fe descubrirá
al creyente que esa autonomía le ha sido dada como regalo de
Dios, y encontrará en ella una ayuda y complemento para la
justificación de los valores, pero sin que destruya los presu-
puestos sobre el origen y destino de la autonomía ética.
3. La moral de fe

Rechazo de la autonomía:un proyecto demasiado ingenuo


La moral de fe,2°como es lógico, manifiesta serias reser-
vas sobre algunas afirmaciones de la postura anterior. El mis-
mo término "autonomía" despierta ya un fuerte rechazo,
pues se considera cargado de un contenido antiteológico e in-
aceptable en un discurso cristiano. El gran error ha consistido
en incorporar al lenguaje teológico una palabra cuyo origen y
significación arrastran un peso de laicismo e independencia
que la hace extraordinariamente ambigua y polémica. La au-
tonomía es un concepto incompatible con el núcleo más hon-
do de la fe. Significaría, por toda su configuración histórica,
dar al hombre una independencia que va contra la soberanía
absoluta de Dios y que niega, por consiguiente, su carácter de
criatura.21

Es verdad que el cristianismo ha sabido asumir otras


palabras-clave, recogidas de otros ambientes y filosofías muy

20Unode sus representantes más significativoses B.ST6cKLE, Grenzender


autonomen, Kosel Verlag, München 1974 y Handeln aus dem Gliluben.
Moraltheologiekonkret. Herder, Freiburg 1976.Ysu artículo "Flucht in das
Humane?" en: Communio (oo. alemana) 6 (1977),312-325.También K.
HILPERT, "Die theologische Ethik und der Autonomieanspruch" en
Münch. theol. Zeit. 28 (1977),329-376,Y "Autonomia", en: Dizionariodi
eticacristiana,Assisi 1978,54-65.Y su obra citada en la nota siguiente. Más
moderado, en "Recepción teológica de la idea de autonomia" en:
Concilium 192 (1984), 179-189. AA. Vv., Prinzipien christlicherMoral,
Johannes Verlag, EinsiOOeln1976, con las colaboraciones de U. VON
BALTHASAR,J. RATZINGERy otros. De estos autores tomo las ideas
principales.
21Esteaspecto lo desarrolla ampliamente K. HILPERT,EthikundRationalitiit.
Undersuchungenzum Autonomieproblemund zu seiner Bedeutungfür die
theologischeEthik,Patmos, Düsseldorf 1980.
28 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

ajenas a la revelación y que integraron en su síntesis los gran-


des teólogos; pero ninguna de ellas expresaba un contenido
tan intrínsecamente negativo por su origen anticristiano.
Aunque después se quiera compaginar con la fe, dando las
explicaciones oportunas, mucha gente se quedará con el sen-
tido más inmediato del término. El punto de partida no ha
podido ser más funesto. Pero las dificultades no terminan
aquí, ya que no se aceptan otros presupuestos tan discutibles
como éste.

La antropología subyacente a la corriente anterior se


considera también demasiado ingenua y optimista, pues ol-
vida las consecuencias del pecado sobre la naturaleza del
hombre. Su capacidad para el conocimiento del bien ha que-
dado de tal manera reducida que cualquier intento racional
para descubrirlo está llamado al fracaso. No es posible fun-
dar un valor con seguridad y garantía sin ninguna referen-
cia a la revelación. Lo contrario sería defender una ética sin
base ni objetividad. La historia demuestra de forma mani-
fiesta y constante esa interminable lista de errores, equivo-
caciones y barbaridades que se han cometido en nombre de
una fundamentación racional y autónoma.

Incapacidadradicaldel hombre

El tema de la Ilustraciónse presenta como un ejemplo


que no debería repetirse. Colocar otra vez a la razón humana
como criterio definitivo es negar de antemano la solución a
los problemas éticos. Las experiencias pasadas son demasia-
do elocuentes para caer de nuevo en los mismos engaños. La
ética requiere ineludiblemente la iluminación de la fe, si quie-
re orientar con eficaciala vida de los hombres. Y en este senti-
..
I

Úl ética cristiana: ¿fe o razón?


Discusiones entorno a su fundamento 29

do parece absurdo, o al menos incongruente, hablar de auto-


nomía. O se acepta la dependencia de Dios o se cae en una
moral sin fundamento. Entre la heteronomía y la autonomía
(o anomía) no queda ningún espacio intermedio. Una ética
que carezca de una base teísta y no tenga en cuenta la revela-
ción cristiana decae irremediablemente en un proceso
devaluativo.

No es fácil tampoco exponer aquí la variedad de posi-


ciones y matices con que se presenta esta postura. El denomi-
nador más común, frente al optimismo realista de la anterior,
es la desconfianza que todos sus defensores sienten hacia la
capacidad humana de la razón, fuente y origen de todos los
errores históricos. Ninguno de ellos aceptará los presupues-
tos teológicos de la ética protestante, pero el tono en que se
mueven sus consideraciones se acerca más, en este punto, a
una visión reformada que a los planteamientos tradicionales
del catolicismo. Sólo la fe posibilita el conocimiento de los au-
ténticos valores y evita el subjetivismo peligroso de hallar la
verdad con el propio esfuerzo.

Esta tendencia se radicaliza en algunos autores hasta el


extremo de ser criticados por otros que la defienden.22El des-
precio de lo humano tiene entonces el peligro de deslizarse
hacia un fideísmo cargado también de graves consecuencias,
como si la Escritura tuviese que damos los problemas éticos
resueltos. Dios volvería a ser, como en otras épocas ya supera-
das, el recurso invocado para compensar la radical deficiencia
del hombre. Y la imagen subyacente a este radicalismo asusta
a otros muchos que comparten los mismos presupuestos. El

22 Es la crítica que algunos defensores de la moral de fe dirigen a STOCKLE


por la poca importancia que le concede al papel de la razón. Así F.
CmERIO, o.c. (n. 10),543.
30 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

Dios "tapa-agujeros" se dibuja con demasiada claridad para


no experimentar, por el otro extremo, una cierta desconfianza.
Para otorgar la primacía a lo sobrenatural no juzgan necesario
marginar otros elementos importantes, de indudable relieve
en la misma tradición de la Iglesia.

La vigencia de lo humano: una función sin relieve

En cualquier caso, la balanza se inclina en todos hacia la


dimensión religiosa, la única que ofrece garantías para la con-
figuración ética de la existencia. Con ello se conserva una te-
sis bastante común en la tradición, que, como decíamos al
principio, había otorgado a la moral un estatuto primordial-
mente revelado. Típico de este pensamiento es la idea, repeti-
da con frecuencia en muchos textos, de que sin fe se arruina
por completo el orden moral, incluso al extremo de deducir
de éste una prueba más de la existencia de Dios.23La Edad
Moderna va hacia el ocaso irremediable, "porque la ha cega-
do su fe rebelde en el autonomismo".24La función de la ley

23 Cfr. T.LOPEZ, "Religión y moral. A propósito de una relación del Vaticano 1",
en AA. VV.,Ética Y Teologfaante la crisis contemporáneil, Universidad de Nava-
rra. Pamplona 1980,369-374,donde trae diversos dOC111IfeJffos
para probar
que sin la fe en Dios no se puede fundar la moralidad. P. GRELOT,"La
morale évangélique dans un monde sécularisé. Réflexion a partir de
l'Escriture Sainte": Rev.ThOO1.Louv. 14 (1983),5-52. P.VALORI, "Puo esistere
una morale 'laica'?": Civilta Catt. 135/3 (1984), 30-43. 1.M. YANGUAS, "La
vida moral como expresión de fe": ScriptaTheol.19 (1987),445-454.Las discu-
siones sobre el fundamento último del conocimiento moral y de la obligación,
en C. DES1ARDINS,Dieu el 1árgument déontologiquedans lasrolastiquerécente.
Desclée, Montreall963. Y también B. QUELQUEJEU, "LA autonomfaética y el
problemade Dios" en: ConcíIium 192 (1984), 191-203.
24 R.GUARDINI, El ocasodela EdadModerna,Cristiandad, Madrid 1981, 113.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 31

natural, de la gracia que sana y eleva las estructuras huma-


nas, de la imagen de Dios en el hombre a pesar del pecado,
etc., no la excluye, pues forma parte fundamental del patri-
monio católico, pero recibe una interpretación reductora.

La vigencia de lo humano no tiene apenas consistencia,


ya que sólo sirve para confirmar las enseñanzas de la revela-
ción y como instrumento subordinado por entero a los man-
datos de Dios. Fuera de la docilidad de su palabra no. existe
ninguna justificación convincente. El deseo de dialogar y ha-
cer comunicables los valores evangélicos no podrá realizarse
en el ámbito de la razón, pues el mensaje de Jesús quedaría
reducido a unos esquemas humanos que lo falsificarían por
completo y, además, no son muchas las posibilidades de éxito
en un terreno tan frágil y resbaladizo como ése, donde la una-
nimidad se hace difícil en casi todas las situaciones. El camino
más eficaz consistiría en anunciar la fe, que posibilita el cono-
cimiento auténtico de los valores.

La única justificación válida: especificidad de la ética


cristiana

La fe, por tanto, no tiene una función que algunos con-


sideran decorativa, como realidad complementaria que moti-
va, ayuda, confirma, facilita o corrige los valores conocidos
. por la razón. Su importancia es primaria y absoluta, como el

único punto de apoyo válido, más allá de cualquier otro es-


fuerzo. La moral forma parte de una cosmovisión cristiana
más amplia, que sólo se hace comprensible desde la revela-
ción. Existen determinados comportamientos o exigencias
aparentemente irracionales que no se explican por ninguna
argumentación humana. Sólo desde una óptica sobrenatural
32 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

que incluye también la dimensión escatológica, es posible


captar el sentido pleno de la vida y de tantos otros aconteci-
mientos frente a los que el hombre se siente desconcertado y
sin ninguna explicación.25

El que algunos o muchos de estos valores sean compar-


tidos también por otras personas sin fe no debería tener ma-
yor relevancia. El hecho se explica porque toda la cultura de
Occidente se ha sentido influenciada y transida por el impac-
to del cristianismo. Aunque haya pretendido liberarse de ta-
les influjos, no es fácil desligarse, como acontece en la misma
educación, de las primeras experiencias que la configuraron.
y aun en la hipótesis de que se acepten por una verificación
racional, sólo la profundidad interior de la experiencia reli-
giosa ofrece las suficientes garantías para un convencimiento
cierto y objetivo.

Como consecuencia lógica, a partir de estos presupues-


tos la especificidad de la moral católica no consiste exclusiva-
mente en los aspectos trascendentales de los que hablaba la
postura anterior como elementos característicos de la revela-
ción. También se defiende la existencia de unos contenidos o
valores éticos que sólo se pueden captar por la fe y que resul-
tan, por tanto, inasequibles a una ética racional. El perdón de
los enemigos se cita como el ejemplo más típico, aunque otros
apuntan también la indisolubilidad del matrimonio, el senti-

25 Además de losautores ya citadosde esta tendencia,cfr.J.L.IDfeoRAs, "Se-


cularización de la moral cristiana" en: Medellín 10 (1984), 231-256. 1. BIFFI,
'1ntegralita cristiana e fundazione morale": ScuaJIlO:Itt.115(1987),570-590.S.
PINCKAERS, "La morale chrétienne et ses sources: Ecriture, Tradition et
Magistere", y A. LEONARD, "Foi et raison dans la détermination des regles
concretes de l'agir chrétien" en: Anthrupotes3 (1987),26-42Y43-55.
Úl ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 33

do de una vida aparentemente inútil, la significación de la


muerte, la virginidad como opción elegida, o la defensa de
ciertos valores amenazados. Si la gracia trasforma y diviniza
al hombre entero, resulta incomprensible que su actuar no sea
también distinto del de aquella persona que no ha recibido
esa recreación. La nueva naturaleza sobrenatural explica la
diferencia existente entre ambos, que afecta a la captación y al
comportamiento de cada uno.

El argumento de autoridad: una justificación de la ética

El magisterio de la Iglesia adquiere también un relieve


mayor. Si la moral se encuentra tan vinculada con el mundo
de la fe, la autoridad eclesiástica tiene la obligación y la capa-
cidad de imponer una enseñanza ética cuya justificación últi-
ma no radique en los argumentos racionales aportados, sino
en motivaciones teológicas de orden superior. La obediencia
y docilidad a lo mandado constituye una garantía mayor que
cualquier otra justificación. La incapacidad humana para co-
nocer con plenitud los valores éticos sin la ayuda e ilumina-
ción de la fe exige esta sumisión obediente a lo que sólo se
comprende desde una óptica superior. La enseñanza de la
Iglesia no tiene por qué apoyarse en otras razones. Su autori-
dad es suficiente para aceptar lo que diga en el campo de la
moral, aun cuando no parezca convincente.

Algunos admitirán, incluso, que ciertas enseñanzas mo-


rales alcanzan el grado de la infalibilidad, aunque no hayan
sido definidas en ningún documento concreto. El magisterio
no ha podido equivocarse cuando, durante mucho tiempo y
de forma constante, ha propuesto a sus fieles una doctrina
como importante y obligatoria en conciencia. Si el error fuera
34 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

posible, en estas circunstancias, la confianza de los fielescaería


por tierra, con el consiguiente desprestigio. En el caso de los
métodos anticonceptivos, por ejemplo, se afirma que nos en-
contramos frente a "una verdad inalterable, irreformablemente
propuesta con la asistencia del Espíritu Santo, aunque no esté
inspirada ni se contenga formalmente en la revelación.26El
disentimiento, en esta última hipótesis, no podrá admitirse, y
sería muy difícil aceptado, aun cuando no se valorase con ese
carácter de infalible.

Resumen final

Como síntesis, podríamos decir que en esta tendencia el


punto de partida es una visión más pesimista de la razón hu-
mana/ que, para evitar los errores propios de su condición pe-
cadora, debe apoyarse en la luz y las enseñanzas de la revela-
ción. Su meta es defender la plenitud de la moral evangélica,
sin recortes que la despojen de su radicalismo, aunque para
ello sea necesaria la renuncia a los intentos de explicación ra-
cional. La fe, por tanto, no sólo descubre, sino que es la única
justificación objetiva de los valores éticos.

26M. ZALBA, La regulaci6nde la natalidad, Edica, Madrid 1968/ 140. Las fra-
ses anteriores a la cita están tomadas casi textualmente del documento,
elaborado por la minoría de la Comisión Pontificia, sobre el tema de la re-
gulación. Ver también E. LIO, Humanae vitae e infallibilita. n Concilio, Paolo
VI e Giovani PaoloII, Editrice Vaticana, Roma, 1986. Un buen resumen so-
bre la doctrina común de los manuales, en R.M. GULA, "The Right to
Private and Public Dissent from Specific Pronouncements of the Ordinary
Magisterium": Église et Théologie 9 (1978)/ 323-332.
4. La ética cristiana en nuestro mundo actual.
Consideraciones generales

Un dato objetivo e irrenunciable: la exigencia de la raciona-


lidad

No es fácil el concordismo entre ambas posturas, aun-


que algunos lo hayan intentado.27Existen, como es lógico, ele-
mentos comunes y soluciones idénticas pero los presupues-
tos, según hemos visto, contienen matices bastante diferentes.
Las discusiones parecen a veces demasiado especulativas,
proyectando sobre la opinión contraria peligros y miedos a
los que se busca corresponder con nuevas explicaciones. Ten-
go la impresión de que en ocasiones se admite 10mismo, aun-
que se utilice un lenguaje distinto, más acomodado al propio
pensamiento. Sin embargo, existe un problema de fondo que
me parece importante: se trata de optar por aquella
metodología que resulte mejor para hacer presente los valores
de una ética cristiana, a la que no podemos renunciar como
creyentes, pero en una sociedad moderna, secularizada y con
la conciencia de haber obtenido hace tiempo su mayoría de
edad.

27 R. TREMBLAY, "Par-dela la "morale autonome" et "l'éthique de la foi". A


la recherche d'une 'via media'" en: Stud. Mor. 20 (1982),223-236.A. RO-
DRfeuEZ LU1\JO,"SuBa fondazione trascendentale della morale cristia-
na" en: Anthropotes3 (1987)97-106.
36 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

Nadie podrá negar que, en un mundo como el nuestro,


cualquier obligación ética, impuesta por la fuerza de la auto-
ridad y sin ninguna explicación razonable, suscita de inme-
diato el rechazo y la agresividad. El hecho será lamentable
para algunos, pero es un dato objetivo e irrenunciable de
nuestra cultura, que supone un desafío en la pedagogía de la
moral. Si la única explicación que los creyentes aportamos se
basa en una cita bíblica o en un documento eclesiástico, la en-
señanza ética perderá por completo toda su credibilidad. El
miedo a una alienación quedaría flotando en el ambiente.28

La moral infantil ha quedado absolutamente carente de


prestigio y con una ausencia total de credibilidad. Son esque-
mas que se reproducen con frecuencia, aun entre las mismas
personas adultas, cuando se sabe muy bien cómo hay que ac-
tuar, pero se desconocen las razones justificantes de ese com-
portamiento. La justificaciónúltima sobre la bondad o malicia
de una acción no se encuentra jamás en que esté mandada o
prohibida -esto constituye lo más característico del compor-
tamiento infantil, como hemos dicho-, sino en el análisis y
estudio de su contenido interno. La premoral necesaria para
la educación no podrá ser la única forma de regular la con-
ducta más adelante, ni el prólogo de un proceso madurativo
llegar a convertirse en la meta final. Hay que pasar de una

28 Cfr. J. ANDONEGUI, "Doctrina moral, autonomía moral y derechos hu-


manos" en: Lumen 36 (1987), 291-322 Y 443-472. Ver también, en relación
con este tema, J.M. MARDONES en: "La asunción de la crítica ideológica
en la teología" en: Est Ecles. 56 (1981),545-571. R. SUBLON, "Songes et
mensonges. Sur quelques fac;ons de parler d'enseingner, de gouverner":
Supplément 34 (1981), 559-578, J.P. WILLAILME, "L'autorité religieuse et
sa practique dans la situation contemporaine" en: Lumiere et Vie 180
(1986),37-52
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 37

moral heterónoma e impositiva a una conducta autónoma,


adulta y responsable.29

Laexistencia de una tradición autónoma

Dicho de otra manera, no se puede presentar una doc-


trina como ética y exigir una sumisión sin argumentos racio-
nales. Ni en nombre de la autoridad ni en nombre de la fe
pueden imponerse o rechazarse ciertos valores sin una base
de credibilidad suficiente. La fe exige la aceptación de unos
misterios que sobrepasan nuestra capacidad de comprensión,
cuando sabemos que Dios los ha revelado y enseñado; pero la
moral no pertenece a ese mundo misterioso, aunque admiti-
mos la complejidad de una normativa concreta y lo difícil de
encontrar, a veces, la solución única y definitiva. El hombre
tiene derecho a preguntar, como una exigencia de su condi-
ción adulta, el porqué de una valoración ética, y nadie debe
sentirse molesto por esta actitud, que no brota de una rebe-
lión infantil y caprichosa. Sólo el que no tenga razones deberá
refugiarse en los argumentos de autoridad. Y esto supone la
admisión de un nominalismo desfasado que no trae muy bue-
nos recuerdos en la historia de la moral.

29 Cfr. B. QUELQUEJEU,"De deux formes autoritaire et autonome de la


conscience morale" en: Rev. Scien. Phil. Théol. 65 (1981), 233-250.Y el análi-
sis sobre la conciencia autoritaria de E. FROMM, Ética y psicoanálisis,FCE,
México 197~, 157-172. M. L. ROVALE1TI, "Conciencia y autoridad en el
pensamiento de Erich Fromm" en: Rev. Inter. Sociol.44 (1986) 547-561.
38 EduardoLópezAzpiarte,S.¡'

Santo Tomás confirma sin reservas esta orientación de


base, con el siguiente texto que no conviene olvidar:

Así pues, quien actúa espontáneamente actúa con liber-


tad; pero el que recibe su impulso de otro no obra libre-
mente. Por tanto, el que evita el mal no por ser un mal,
sino por estar mandado, no es libre; pero quien lo evita
por ser un mal, ése es ellibre.30

Ya en la Edad Media algunos autores afirmaban que "el


derecho natural es 10que se contiene en la ley y en el evange-
liO".31La frase resulta un tanto ambigua en su generalidad,
pues podría manifestar una visión teocéntrica y cristiana del
derecho, como si a las exigencias racionales hubiera que aña-
dir las que provienen de la revelación para completar las la-
gunas de contenido que aquéllas encierran. Pero cabría tam-
bién una interpretación más secular de la misma Escritura, en
cuanto que las exigencias evangélicas ya están recogidas y
formuladas por la razón. De hecho, esta orientación fue la
prevalente en muchos moralistas, que no dudaron en admitir
que Cristo no añadió ningún nuevo precepto a los exigidos
por la ley natura1.32

30 "In epistolam 11ad Corinthios, cap. III, lect III", en Opera omnia, Vives,
Paris 1876,t. 21, 82. Un breve comentario sobre el pensamiento de Santo
Tomás,en]. ANDONEGUI,a. c. (n. 28),443-453.
31 La frase aparece en el Decreto de Graciano, cuya importancia histórica fue
considerable.
32 Es una afirmación repetida en manuales tan clásicos como los de E.
GENICOT-I. SALSMAINS,Institutiones TheologiaeMoralis, 1, n. 90. P.
NOLDIN-SCHMITT,SummaTheologiér Moralis,1,n. 20,y otros parecidos.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 39

El miedo del mundo actual: la manipulación ideológica

Aun cuando al cristiano se le pida dar una explicación


de su fe, que encierra misterios incomprensibles -"dispues-
tos siempre a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os
pida una explicación" (1 Pe 3, 15)-, con mucho más motivo
deberá estar preparado para justificar su conducta. El recurso
inmediato a la autoridad podrá servir como estímulo y ayuda
para animar a la práctica; pero, cuando se utiliza con el deseo
de convencer, despierta de inmediato fuertes sospechas si no
ofrece otra argumentación. El informe reciente de la Comi-
sión Episcopal para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspec-
tos de la situación doctrinal de la Iglesia en España previene
contra el peligro de una elaboración teológica que "causa mu-
cho daño a la evangelización, consagra y justifica todo inmo-
vilismo, rutina y pereza". Lo que aplica al trabajo dogmático
se hace aún más necesario en la presentación de la moral. El
texto vale la pena recogerlo en sus párrafos fundamentales:

Se trata aquí de hacer una teología que continúa y resuci-


ta... el método del viejo positivismo teológico...;un modo
de hacer teología que procede exclusivamente por vía
deductiva y de autoridad... La vida está ausente de esta
teología, que no se percata de que el hombre no puede
aceptar nada fuera de sí si no encuentra en él el correlato
metafísico y experimental de esas afirmaciones; además
de que a una teología de la pura positividad exterior,
acrítica y sin fundamentación, ajena y hasta contraria a los
datos de las ciencias, se podrá contraponer una teología
de la pura conciencia y subjetividad interior; y así ocurre,
de hecho, en corrientes teológicas surgidas corno reacción
a esta forma de hacer teología.33

332.1.,tomado de Ecclesill2,376 (1988), 29.


40 EduardoLópezAzpiarte,S.].

Creo que aquí se encuentra uno de los desafíos primor-


diales de cara al mundo de hoy: el esfuerzo por parte de la je-
rarquía, de los moralistas y de los educadores por presentar
una doctrina que resulte razonable y que no se defienda ex-
clusivamente con argumentos de autoridad. Así lo exige una
moral adulta y la necesidad de ofrecer soluciones humanas a
un mundo alejado de la fe y reacio frente a cualquier intento
de manipulación ideológica. Una tarea mucho más difícil y
comprometida que la de repetir simplemente lo que está
mandado, aunque sea levantando la voz y amenazando con
las consecuencias del pecado. La comodidad o la ignorancia
podrán explicar muchas negativas a buscar una respuesta
adecuada. Se trata de una responsabilidad que pesa sobre to-
dos y que nadie se atreverá a negar. En ese sentido, la ética
autonómica subraya con más fuerza la urgencia de esta di-
mensión, en la que no se había insistido tanto con anteriori-
dad, ni se acentúa con el mismo énfasis en la moral de la fe.

Una reflexión sobre la realidad: la moral fuera del cristia-


nismo

El tema de los contenidos éticos específicamente cristia-


nos está vinculado con el anterior. El diálogo entre ambas
posturas se mueve en ondas diferentes. Cualquier dificultad
teórica contra alguna de ellas encontrará una respuesta cohe-
rente, de acuerdo con el punto de partida que cada una de-
fiende. El problema de fondo radica en aceptar o no la capaci-
dad del hombre para conocer los valores éticos, sin buscar en
la fe su primera justificación. O, dicho de otra manera: si esos
valores son comunicables por su propia naturaleza y
racionabilidad. Sin entrar ah(~raen otro tipo de discusiones
especulativas o interpretaciones históricas, me parece que
Úl ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 41

existen datos objetivos para tomar razonablemente una deter-


minada opción.

El conocimiento mayor de otras culturas y civilizacio-


nes, como el mundo ético de muchas personas honestas sin
relación especial con la fe, hace muy difícil probar que algu-
nos valores son exclusivos del cristianismo. Hasta el perdón
de los enemigos, que se propone como el más característico
de la revelación, estaba presente en otras religiones y códigos
antiguos. No me resisto a copiar el siguiente texto, muchos si-
glos anterior al cristianismo, en el que el padre exhorta a su
hijo con un talante que nos recuerda mucho a Jesús:

No hagas mal a tu adversario,


recompensa con bienes al que te hace mal;
procura que se haga justicia a tu enemigo,
sonríe a tu adversario...
muéstrate amable con el débil,
no insultes al oprimido,
no lo desprecies con aire autoritario.34

Estos hechos demuestran que la razón humana, a través


de la experiencia y de la reflexión individual y comunitaria,
llega a captar hasta los valores catalogados como más difíciles
e incomprensibles. En algunos casos, sin ayuda ninguna de la
revelación cristiana. Y en otros, aunque se hubieran conocido
por estar ya en un clima cristianizado, se mantienen y conser-
van por un convencimiento personal, ya que la fe, para el ag-
nóstico o ateo, no fundamenta ninguna valoración.

34 Está tomado del J. L. SICRE, "La preocupación por la justicia en el antiguo


Oriente" en: Proyección 28 (1981), 3-9 Y 91-104, cuya lectura recomiendo.
La cita se encuentra en pp. 99-100. Cfr. también B. BUJO, ''Le probleme de
l'autonomie de la morale" en: Communio (Sevilla) 14 (1981), 259-290, espe-
cialmente 273-282, con la bibliografía allí reseñada.
42 EduardoLópezAzpiarte,S./.

Luces y sombras de la moral cristiana

Por otra parte, y sin ningún sentidoderrotistao negati-


vo, hay que reconocer con humildad que los cristianos, a pe-
sar de la función iluminad ora de la fe, no hemos sobresalido
siempre en la defensa de otros valores ni en la condena de
ciertas injusticias. Cualquiera que conozca un poco la historia
de la moral sabe que dentro de la Iglesia, como doctrina ofi-
cial o comúnmente aprobada, se permitieron comportamien-
tos que hoy nos resultan censurables, o se prohibieron ideas y
conductas que después se aceptaron sin dificultad.35Una evo-
lución perfectamente explicable por los múltiples factores que
condicionan la elaboración de los principios éticos y normas
de conducta; pero la realidad es que no siempre se atinó con
lo recto, cuando a lo mejor otras personas sin fe no estaban de
acuerdo con esas valoraciones. Lo cual significa que, aunque
teóricamente se diga que estamos en mejor situación para el
conocimiento moral, esa posible ventaja no exime de equivo-
caciones, al margen de las incoherencias que puedan darse
por la propia debilidad.

Como sería injusto negar que la Iglesia no ha contribui-


do, a lo largo de la historia, a una defensa del hombre con el
esquema de valores que ha presentado. Pero ello no supone

as Me remito, como ejemplos significativosentre los muchos que podrían


aportarse, a los que aporta CH. DUQUOC, ''Magistere et historicité" en:
Lumiere et Vze180 (1986), 83-94.Todavía hace poco tiempo, la Congregación
para la Doctrina de la Fe consideraba un concepto erróneo rechazar la je-
rarquía de los fines primarios y secundarios en el matrimonio, que han
desaparecido incluso en el nuevo Derecho Canónico. Cfr. L'OsservatoreRo-
mano, 7-XlI-1979, p.I.
I
I
I
~
La éticacristiana:¿feo razón?
Discusionesentornoa sufundamento 43

que tal patrimonio ético no sea también aceptado como racio-


nal por otros grupos diferentes.36 Más que hablar de una ética
específicamente cristiana, comprensible sólo para el creyente,
se podría admitir que la moral de los cristianos encierra un
conjunto de valores que, en su totalidad, tal vez no se dé en
otros colectivos, pero sin que ninguno de ellos se considere
incomprensible a la razón o requiera para conocerlo el recur-
so a la fe.

El desencanto y la sospechafrente a la razón

Con esto no queremos caer en una exaltación ingenua


de la razón, como si fuera posible una absoluta seguridad en
ella para la solución unánime de todos los problemas. Sus li-
mitaciones son muchas, y los condicionantes que la determi-
nan son mayores de lo que sospechamos. El desencanto sobre
esta facultad es una característica de la cultura postmodema,
aunque no signifique abandonarse a un escepticismo absolu-
to, sino subrayar simplemente su relatividad.37

El conocimiento de un valor ético tiene una dimensión


racional, contra las diversas teorías no cognoscitivas que lo
consideran producto exclusivo de la emoción, del sentimiento
o de la simple decisión; pero exige también una dosis de in-

36 Para no negar esta especifidad, algunos afinnan que determinados valores


pueden ser propios del cristianismo, aunque no exclusivos. ASÍ,F.CrITERIO,
a. c. (n. 10),516. La verdad es que, al margen de la distinción teórica, no se ve
en qué consiste lo específico, si no se consideran exclusivos.
37 J. M.MARDONES, El desafíodela postmodernidad
al cristianismo,Fe y
Secularidad, Madrid 1988,25.
44 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

tuición y sensibilidad, contra un racionalismo demasiado abs-


tracto y deductivo. No se consigue con la evidencia de un si-
logismo, ni es el resultado de una senci.llaoperación matemá-
tica. Los datos científicos y culturales, los prejuicios colecti-
vos, los intereses de cualquier índole, muchas veces descono-
cidos, nos hacen descubrir una misma realidad con matices y
diferencias significativas. El hombre no se acerca nunca des-
nudo a la pura materialidad de las cosas, ni su encuentro con
ellas se realiza a un nivel aséptico, en una actitud de despojo
absoluto, para atenerse a los simples datos técnicos y objeti-
vos. Su contacto se realiza a través de una determinada ópti-
ca, en la que entran todos los componentes anteriores, que se-
leccionan, modelan y determinan su propio conocimiento.38

La experiencia enseña que sobre problemas discutidos


no es fácil llegar a un acuerdo, aunque todos busquen una
justificación racional y convincente. Hay una zona, que perte-
nece más al mundo de lo emotivo, que nos inclina, entre las
diversas opciones, por aquella que "valoramos" como más
razonable. No se puede pedir, cuando se trata de problemas
complejos, que la solución ofrecida resulte para todos eviden-
te; pero sí debería exigirse, en cambio, que la opción presenta-
da aparezca como razonable, entre otras posibles. El pluralis-
mo de nuestra sociedad, que se basa en antropologías distin-
tas, impide la unanimidad de criterios, fuera de los más uni-
versales y evidentes. Lo importante sería que nuestra oferta
ética no resultara absurda e incomprensible, aunque no todos
la aceptaran como única.

38 Cfr. E. LÓPEZ AZPITARTE, "Los desafíos actuales de las ciencias a la teo-


logía moral" en: Proyección34 (1987),25-38.J. MAHONEY,"El razona-
miento moral en la ética médica": Selec.Teol.26 (1987),285-292.
r
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 45

Dimensión racionalde la moralrevelada

Para superar tales límites no vale tampoco acudir a la


revelación para encontrar resueltos en ella los problemas éti-
cos que nos preocupan. La Escritura no es un texto de moral,
ni su preocupación básica se centra en los temas morales. El
ethos de Israel, como hemos dicho, ya era practicado por otros
pueblos, privados de la revelación de Yahvé, aunque lo inte-
gren en el clima de la alianza que Dios ofrece a su pueblo y 10
purifiquen de adherencias incompatibles con la fe. Los
exegetas han subrayado la importancia de 10 racional en la
moral de la revelación. La literatura sapiencial, sobre todo, es
un ejemplo evidente, pero la idea es extensible a las enseñan-
zas éticas de los restantes libros.39

Habría que decir, por tanto, que 10que Dios manda y


quiere en el campo de la conducta es fundamentalmente lo
que el mismo hombre descubre que debe realizar. Así se ex-
plican mucho mejor los cambios evolutivos y hasta los juicios
éticos desconcertantes y contradictorios que aparecen como
palabra de Dios.40No es que Él se acomode a la mentalidad de
cada época o se haga tolerante con la insensibilidad del cora-
zón humano para permitir 10que después prohibirá con el

39 J. GARctATRAPIELLO,
"Estimabíblicadel esfuerzoracionalhumano"
en: Angelicum 61 (1984), 262-'2h7.F. LAGE, "Ley Y alianza. Autonomía de
la ética en el pensamiento del A. T." en: MoralÚl6 (1984),9-39. A. GONZÁ-
LEZ, "El consejo del sabio. Una moral de índole humanista": MoralÚl 6
(1984),103-128. J. LEVEQUE, "Les motivations de l'acte moral dans le li-
bre de Proverbes", en AA.VV., Éthique, religion et foi, Beauchesne, París
1985105-121.
40 Cfr.las interesantes reflexionesde J.GARCtATRAPIELLO,Elproblemade
la moral en el Antiguo Testamento, Herder, Barcelona 1977.
1

46 EduardoLópezAzpiarle, S.¡'

avance del progreso, o condenar ahora lo que más adelante


aceptará como lícito. Sería una actitud demasiado vacilante y
poco digna. Es Dios mismo quien deja al hombre que busque,
.1
como ser dotado de autonomía y capaz de responsabilidad,
las formas concretas de vivir para conservar su amistad y ma-
nifestarle su agradecimiento.

Si la moral revelada cambia, es porque la inteligencia no


ha conocido con plenitud los valores desde el principio, y sus
juicios encierran, por consiguiente, una serie de lagunas e im-
perfecciones. Se acerca a la verdad con titubeos y equivoca-
ciones, que irá remontando lentamente en una búsqueda difí-
cil e histórica. En una palabra, Dios no ha querido exigir más
de lo que el hombre ha ido descubriendo, poco a poco, a lo
largo del tiempo. Su querer se manifiesta allí donde se capta
una llamada del bien. La forma de manifestar nuestra obe-
diencia no consiste en sometemos a unos mandamientos di-
rectamente revelados por Él, sino en la docilidad a las exigen-
cias e imperativos de la razón, pues ha querido conducimos
por medio de esa llamada interior y personal.

El lento peregrinar hacia la verdad

Aquí radica la gran tarea del hombre y del cristiano. Se


trata de una conquista lenta y progresiva, que nunca se reali-
za sin una dosis de conflictos, titubeos y equivocaciones, pero
en la que todos estamos comprometidos. El que no quiera
avanzar, tal vez no se equivoque de forma llamativa ni sienta
la inseguridad de lo desconocido; pero la verdad se le irá ha-
ciendo cada día más lejana y misteriosa. Hay una mentira,
ciertamente, que pervierte y traiciona la riqueza de un patri-
monio al que no se debe renunciar; pero existe otro espíritu
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 47

mentiroso, a veces más sutil y escondido, que impide y des-


truye el avance hacia una nueva verdad, donde la herencia
del pasado y de la tradición se explicita con otra luz, se mati-
za de forma distinta, o se corrigen, incluso, los errores ante-
riores.41

No entro ahora en el problema de si la existencia de


Dios es requisito imprescindible para dar un carácter absolu-
to a la obligación. Algunos insisten en este presupuesto, pues
no ven cómo es posible la permanencia de la moral en la hipó-
tesis de su no existencia. Pero parece demasiado duro afirmar
que un agnóstico, por ejemplo, no pueda mantener con sus
esquemas seculares una vida plenamente honesta y responsa-
ble. El hecho de que no siempre la viva no tiene por qué de-
berse a su inmanentismo ético, cerrado a lo trascendente, sino
a la debilidad e incoherencia tan propias de todos los seres
humanos. Como acontece también a tantos creyentes que, a
pesar de su fe, actúan con enormes lagunas morales. Incluso,
a nivel especulativo, la mayor dificultad para el cristiano no
consiste en saber que la voluntad de Dios tiene siempre un
valor absoluto, sino en descubrir si esta actuación concreta
constituye de verdad un reflejo de su querer divino.

41 P. LADRIERE,"L'espirit de mensonge dans le discours théologique" en:


Supplément 34 (1981), 519-529. E. LÓPEZ AZPITARfE, "Meditación inge-
nua sobre la verdad" en: Proyecci6n33 (1986), 197-204.
48 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

Las perspectivas de un horizonte cristiano

Sin embargo, no creo que con esto disminuya la impor-


tancia de la fe, como si fuera un complemento secundario y
sin relieve. Insistir en la importancia de la racionalidad no
significa una plena confianza en sus posibilidades, como si no
hubiera motivo para sospecharde sus conclusiones.Su traba-
jo se efectúa en un contexto que la determina de alguna ma-
nera y la hace más sensible o más "encallecida" hacia la expe-
riencia moral. La explicación se halla en las razonesque apor-
ta, pero vistas y valoradas desde una perspectiva que, sin ser
irracional, va más allá de la simple razón.

Por eso el creyente descubre en el mensaje revelado no


sólo el impulso dinámico de la motivación, la luz que a veces
confirma de manera explícita sus propias conclusiones o las
corrige de adherencias negativas, sino que ofrece un nuevo
marco de comprensión. El cristiano posee una cosmovisión
totalizante, integrada también por una serie de elementos so-
brenaturales, que debería despertar como una querencia y
sintonía espontánea hacia los valores más profundamente hu-
manos.

La entrega incondicionada a Dios como valor absoluto;


la opción radical por Jesús y su reino; estar dispuesto a ofre-
cer la vida, como Cristo, por los demás; tener la esperanza de
un éxito final, cuya siembra ya ha comenzado; encontrar un
sentido a la realidad por muy negativa que sea, y tantas otras
dimensiones que la fe nos descubre, deberían hacer del cris-
tiano un sujeto mucho más sensible y vulnerable a cualquier
exigenciaética.Su actitud interior,cuando esas verdades es-
tán asimiladas por el creyente, lo dejan más apto y desnudo
de otros intereses para la búsqueda del bien. Ésta seguirá
siendo costosa y exigirá esfuerzo, pero al menos existe un ta-
lA étic;acristiana: ¿fe p razón?
DfscuSiones entorno a su fundamento 49

lante especial que favorece su reflexión.Como lo tendría tam'-


bién fundamentalmente, aun sin los otros elementos de la re-
velación, quien haya comprendido que .la vida vale la pena
cuando se entrega con cariño por el bien de la humanidad.

Los límites de la.fe en las valoraciones éticas

Todo esto~en teoría, parece innegable y evidente, pero


hay que reconocer, si somos sinceros, qtie semejante predis-
posición no está con frecuencia asimilada. Y el simple conoci-
miento intelectual de estas verdades, como acontece en tantos
cristianos, no basta para que influya eficazmente en ese dis-
cernimiento étko. Es más, :habría que añadir, incluso, que ni
siquiera con esa actitud, por muy buena voluntad y honradez
que encierre, se garantizan todas las valoraciones posteriores.
La Iglesiéi,eomocomunidad de fe que busca los valores mora-
les, y hasta los santos dentro de ella, como testigos de Dios
más iluminados, han defendido conductas que hoy no se con-
sideran tan htimanas y evangélicas, o han condenado otras
que se han permitido con posterioridad.

Tales'situaciones no se debían a la opacidad de juicio o a


la perversión de la voluntad, ya que había un deseo sincero
por encontrar la verdad del comportamiento, sin~ a la com-
plejidad de un juicio que se encontraba condicionado por
otros factores, aunque quisieran paitir de-las raíces más evan-
gélicas. Era lo que parecía mejor, teniendo en cuenta todos los
elementos de aquellas circunstancias concretas.42Después,

42 He tratado más ampliamente este tema en: La fundamentaci6n de la ética


cristiana, Paulinas, Madrid 19885,299-325.
50 EduardoLópezAzpiarte,S.J.

con una cierta perspectiva histórica para analizar el pasado,


se comprenderán mejor todos los condicionantes y dificulta-
des que no se advertirán en aquella situación. De la misma
manera que la historia se encargará de hacer una valoración
más objetiva sobre todos los que ahora pesan sobre nosotros.
Nadie puede exigir que todos los valores éticos y obligaciones
impuestas tengan un carácter definitivo e inmutable como si
la verdad fueseuna conquista efectuadadesde elcomienzoy
para siempre y no un largo y cansado peregrinar que lenta-
mente se acerca hacia una mayor plenitud de conocimientos.
Nuestra responsabilidad radica en que lo que ahora se pida
sea, por lo menos, razonable.

Una hipótesis pragmática: entre la fe y la razón

Estas reflexiones me llevana una conclusión pragmáti-


ca, al margen de otras consideraciones más especulativas. Si
la comunidad cristiana, al menos en sus grupos más significa-
tivos y radicales,fuera un espaciodonde se hubieran vivido
con autenticidad los valores profundamente humanos, o se
hubierandefendido(porlo menosen teoría,aunque no siem-
pre se llevasen a la práctica), la deducción sería lógica y evi-
dente: sóloa partir de la fe se haceposiblela fundamentación
de la moral, pues, de hecho, aparece como la única institución
portadora de esa riqueza. De la misma maneraque, si se hu-
biese dado la hipótesis contraria, otros concluiríansensata-
mente que la fe ha supuestouna ideologíaalienantey que no
cabe otro recurso que el de la razón.

Sería imposible probar, como algunos pretenden -ade-


más de que seríauna manifiesta injusticia histórica-, estaúl-
tima hipótesis: que la fe, lejos de ser una ayuda y un estímulo
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 51

para el descubrimiento del bien, ha sido una rémora y obstá-


culo. Pero también se hace difícil una comprobación objetiva
de la primera: que sólo con la fe se ha conseguido la plenitud
de este conocimiento moral. Los cristianos no la hemos obte-
nido en todas ocasiones y, sobre todo, tampoco hemos sido
los únicos defensores y propietarios de ese patrimonio.

Es verdad que la Iglesia,a pesar de sus limitacioneshistó-


ricas, se presenta con un bagaje de enorme riqueza moral. Aun
reconociendosus errores,hay que estar muy ciegopara no veda
como" expertaen humanidad", trabajandocon ilusiónpor la de-
fensa del hombre. Las anécdotas negativas de su trayectoria no
quitan la importancia impresionante de su aportación. Cual-
quiera de los dos extremismosresulta bastante improbable.

La urgencia de una complementación

Pero como ni la sola fe ni, mucho menos, la pura razón


garantizan la objetividad de un esquema ético, habría que in-
sistir en la necesidad y complementación de ambos aspectos.
A la moral sería aplicable también -el peligro de un
progresismo acrítico:

Todo esto lleva consigo la secularización interna de la misma


teología. El resultado será una teología plausible, asimilable
y digerible por el mundo de hoy, sin que tenga que poner en
cuestión claves profundas de la nueva cultura relacionadas
con la negación de Dios y la absolutización del hombre sobre
la tierra, ni la mentalidad o formas de vida de los hombres
acomodados a esa cultura, ni su oscurecimiento del sentido
del ser...43

43Cfr. a.c. (n. 33), 2.2, p. 30


--
I

52 EduardoJ.ópezAzpiarte, S.r

La crisis actual de la moral puede deberse a una. con-


ciencia nueva que denuncia corno falsos e hipócritas ciertos
'principios y comportamientos. Toda crítica es una llamada a
la reflexión, pues encierra siempre, aunque se trate de una ca-
ricatura, algún aspecto'que responde a la realidad. Pero no se
trata de acomodar la ética a los gustos y demandas de nuestra
sociedad para ver si la gente se anima y acepta mejor el pro-
ducto ofrecido, corno en las rebajas comerciales. La fidelidad
al hombre y al evangelio impide cualquier tipo de renuncia
por temor o cobardía.

La luz de la revelación, la tradición que se ha ido


gestando y enriqueciendo en la historia, .la experiencia de los
que quieren seguir a Jesús, el diálogo y la confrontación con
otros grupos comprometidos, serán puntos de referencia para
rechazar esquemas de pensamiento, antropologías y opinio-
nes que, basadas en una .racionalidad aparente, intentan im-
poner algo contra el bien del hombre. Pero la misma razón
buscará impedir, con todas las ayudas posibles, que se ofrez-
can corno queridas por Dios conductas que no resultan razo-
nables ni convincentes.

Magisterio y formación de la conciencia

El magisterio de la Iglesia tampoco pierde su valor, aun-


que la moral no puede fundamentarse sobre la autoridad de
sus enseñanzas. La CiviltaCattolica,una revista tan cercana al
pensamiento de la Santa Sede, no dudaba en/éallficar de
papolatría una actitud que busca extender el carisma de la in-
falibilidad más allá de los límites de la revelación o de lo que
es necesario para su defensa.44El peligro se acrecienta en el
La ética cristianJl: ¿feo razón?
I)isc~io1)e$"entornQ 53
-~ . -'.-' - -"asu
.-. ftmdamento
- -

es,nece~ri9 paréhsu,defensa.44El p~Jigro se aj:recienta'en,el


campo deJa conductardonde no existen dec1aracione~d9g",
máticas e infalibles, según la opinión mayoritaria delos,q.pto-
res. Apuntar esta posible exageración no significa disminuir
su importancia en la formación de las conciencias.

Qtte~IaIglesiapuede y debe ofreceruna orientacionmoral


a sus fielesconstituyeuna consecuenciade su misión salvadora.
Ellalevé!n~su voz de alerta cuando descubre Huedeterminados
comportamientos se alejandel espíritu evangéQcoy ~econvier-
ten en una amenaza para el hombre..Presenta el testllnonio de
una experienciatradicional que pretende ahondar sus raíces en
el ethosde Jesúsparaaplicadoa lassituacionesactuales.Poreso
su t~timonio se .hace vincul;wtey goza de una pril11acíaysupe-
. ._.1, .

rioridad por encima de cualqu~erotra opinión.Todofiel tendría


que sentirse sepsible a estas declaraciones, COI1)O una señal de
alerta que !e obliga a revisar sus posturas anteriores y a reflexio-
'J. ~ \ \ . .' .~

Ílar con afecto sobre los qatos ofrecidos.


/

Hoy se marginan e igt}-oranen muchos ambientes estas


intervenc.iones ec1esiales,cuando no se hacen objeto de una
crítica agresiva e iróntca. Las causas de éste fenónwno serán
múltiples y variadas. Desde el ,poco compromiso cristiano
hasta lo que se considera como falta de credibilidad, existe un
margen amplio de explicaciones. Pero el sentido de pertenen-
cia y comunión exige una actitud más abierta y receptiva.45
«SoBre el ~falibi1isrno corno distinto de la infalibjlidad~'Mirma que es "una ac-
titudpsico-sociológica, no siempre' ajena al servilismo, típi~en cierto.modo
oe la mentalidad cortesana,'que germina al tRargen de la pura doctrina de'la
infalibilida4 personal del Papa, como ~a: exCrecencia:de el1ajy~i a veces, ¡?or
razones contingentes, ha podidd deslltrolIa1' Un papel apologético, hay q~e
decir con franqueza que ha sido efecto y causa de aquel piramidismo eclesiás-
t!co, que ha visto proliferar las exageraciones de la papolatría y del
bizantinismo Cortesano": Civil. catt. 136/4 (1985),217.
45$obreestepunto hetratado en:"Elmagisteriomoralde la Iglesia:tensip-
nes aci:uales" en: Sal Terrél!75(1987), 503-514.
54 Eduardo López Azpiarte, S.J.

No sé si, a veces, un excesivo dogmatismo en la interpreta-


ción de su magisterio ha provocado, como reacción, una sos-
pecha espontánea.

Las mediaciones humanas: sus tensiones y conflictos

y es que, para subrayar su importancia y vinculación,


no hay que darle tampoco un carácter absoluto y definitivo.
La moral que enseña no es un conocimiento que le venga
dado desde arriba, sin una serie de mediaciones humanas que
intervienen en su ~laboración. Las valoraciones hechas en un
momento determinado pueden sufrir nuevas matizaciones o
ser juzgadas de manera distinta, pero esos cambios nunca se
van a realizar por iniciativa de la autoridad, como si ella tu-
viese también, entre otras funciones, la de ir por delante
abriendo nuevos caminos. Antes de que el magisterio confir-
me y apruebe las nuevas orientaciones, éstas han tenido que
plantearse y discutirse en otros niveles inferiores. Sería absur-
do que el Papa propusiera en un documento 10 que sólo es
una opinión discutida entre los autores y que aún no alcanza
un nivel de convergencia y unanimidad.46

46 Entre las Proposiciones


presentadas por algunos sínodos (con una aproba-
ción mayoritaria casi absoluta) y las Exhortaciones posteriores de Juan Pa-
blo 11,existen diferencias, añadiduras y omisiones significativas. Que el
Papa no las recoja plenamente sólo significa que no quiere, por diferentes
motivos, confirmadas con su autoridad; pero sería injusto y ofensivo decir
que no es posible pensar como lo hace una Asamblea de tanto peso y cate-
goría, aunque no sea la doctrina oficial. Cfr. Los estudios que tengo sobre
"La familia: del Sínodo a la Familiaris consortio" en: Proyección 30 (1983),
23-48, Y "El tema del pecado en los documentos del Sínodo del 83", en:
Misce14neaAugusto Segovia, Facultad de Teología, Granada 1986, 359-408.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 55

La historia demuestra que, si no hubiera sido por la


"desobediencia" de los teólogos, el enriquecimiento progresi-
vo en la doctrina del mismo magisterio habría permanecido
estancado. De ahí que la Comisión Teológica Internacional
hablara ya, hace tiempo, de la inevitable tensión entre las fun-
ciones propias del magisterio y la de los teólogos como de un
fenómeno normal-"no es extraño ni hay que esperar que
pueda solucionarse alguna vez por completo en esta tierra"-
y positivo, pues "no supone enemistad o auténtica oposición
sino una fuerza vital y estímulo para cumplir juntos, en forma
de diálogo, el propio oficiode cada uno".47Juan Pablo TIlo re-
cuerda también de forma explícita: el teólogo "debe hacer
nuevas propuestas... pero no son nada más que una oferta a
toda la Iglesia. Muchas cosas tendrán que ser corregidas y
ampliadas en un diálogo fraterno hasta que las pueda aceptar
toda la Iglesia".48

El conflicto se hace así inevitable por ese hastaque,cuan-


do las hipótesis y nuevas soluciones no encajan por completo
con las más tradicionales, que aún deben conservarse como
doctrina oficial.A lo mejor será necesario confirmar ésta, por-
que no parecen aceptables los nuevos caminos; pero esa bús-
queda requiere, con frecuencia, un tiempo de"clarificación
problemático y un esfuerzo de racionalidad y diálogo por
parte de todos. Por eso la fidelidad a la tradición y el cariño
respetuoso al magisterio no suponen siempre una aceptación
literal de su contenido. El amor apasionado a la verdad y la
ilusión de hacerla comprensible impulsan más allá de lo ofi-

47 Theses de Magisterii ecclesiastici et Theologi<rad invincem relatione (6-VI-


1976), Tesis 9. Cfr. También AA.W., "Morale et transgression": Supplément
n. 140 (1982).
48 Discurso a los teólogos en Altotting, PapstJohannesPaulIl in Deutschland
(OffizieleAusgabe), Bonn 1980,171.
) . "
56 Eduardq fJ5P~z
Azpiarte, S.J.

d.almente ,conftnn¡;t.do,aun sqb,iendoq4e se trata de una mera


hipótesis, sujeta. a.qiscusión y abierta con docilidad al juicio
posterior de la Igle1?ia. r

La posibilidad de ti!) disentiniie~to'réspetuoso

Esta tensión podría extenderse también a las relaciones


entre la doctrina oficial yel juicio'honesto, reflexivo y sincero
de la propia conciencia, quei a.pesar de su buena voluntad, no
comprende las razones justificativas de una enseñanza con-
creta.Es posible que tal incomprensión sea consecuenda de
motivos interesados más o menos ocultos, de poca. lucidez
para.análizar el problema con mayor amplitud, de ins-ensibili-
dad para ciertos valores por una educación deficiente, o hasta
de una autosuficiencia orgullosa que se cierra a otros puntos
de vista. Pero es posible también que, después de un esfuerzo
serio y honrado, continúe sin comprender la-ilicitud de una
conducta;

En tales casos, la misma dorltrinaidela Iglesia admite. la


posibilidad de un disentimiento respetuoso. Semejante postu-
ra, que no era dél todo.ajena a la teología de otros tiempos~ha
sido afirmada.pordiferentes episcopados como un dato infor-
mativo para la conciencia de sus fieles.

Los obispos alemanes, antes incluso de la publicación


de la encíclicaHumanaevitae,habían tocado ampliamente este
punto para que los católicos no pusieran "en contingencia su
fe o su incondicional'confianza en el-\ magisterio eclesiástico".
1

Tras proclamar la\;neces~dadde una obediencia aun en


los casos de decisiones no infalibles, añaden:
La éticacristiana:¿feo razón?
Discusionesentornoa sufundamento 57

Aquel que, en su opinión particular, crea poseer ya la opi-


nión que la Iglesia alcanzará en el futuro, deberá pregun-
tarse objetivamente, ante Dios y su conciencia,si sus cono-
cimientos teológicos especializados son de tal amplitud y
profundidad que le permitan apartarse, en la teoría y en la
práctica, de la enseñanza que la Iglesia presenta como
provisional. Semejante caso puede darse ciertamente con
fundamento, pero la presunción subjetiva y la precipita-
ción en formarse un juicio tendrán que asumir toda su res-
ponsabilidad ante Dios.49

Después de publicarse la encíclica no tienen inconve-


niente en hacer la aplicación a este caso concreto:

Sabemos que muchos son de la opinión de que no se pue-


den aceptar las afirmaciones de la encíclica sobre los mé-
todos de control de la natalidad.

Estamos convencidos de que aquí se da el caso de excep-


ción, del que hablábamos en nuestra carta del año pasado.

Es la misma respuesta ofrecida por otras conferencias


episcopales.Alguna 10expresa con absoluta claridad: "Que nin-
guno, por tanto, sea considerado corno mal católicopor la sola
razón de un tal disentimiento".50No se trata, pues, de un acto de
insumisión, desobedienciao rebeldía,sino de una opción respe-
table y lícita,corno reconocimientode esa autonomía de la con-
ciencia que, después de una seria reflexióny responsable ante
Dios, se decide respetuosamente por otra alternativa.

49 Documen. Cathol. 65 (1968),324.


soLas referencias de estas citas y otras parecidas puede verse en mi obra
Moraldelamory de lasexualidad,Paulinas, Madrid 19884,449-457.
I 58 EduardoLópezAzpiarte,S.J.
I
I Condiciones básicas y fundamentales

I
Disentir no es tampoco optar por una de las diversas
I opiniones existentes, en función de los gustos personales o de
las simpatías experimentadas hacia las ideas o autores que las
I
defienden. Ya hemos dicho que la autoridad del magisterio
está por encima de la de cualquier teólogo, como la única doc-
trina oficial. Apartarse de ella será lícito cuando, después de
conocerla y confrontada, se hace difícil el sincero convenci-
miento personal. No fiarse sólo del propio juicio es una pos-
tura sensata y de sentido común, pero la situación cambia
cuando se sabe que son muchos los que, con toda honradez y
sinceridad, sienten las mismas dificultades frente a una deter-
minada doctrina.

Hablar con claridad de este disentimiento tiene sus pe-


ligros, por la ligereza y superficialidad con que muchas veces
se realiza. Es comprensible que la autoridad insista en la obe-
diencia incondicionada para evitar las interpretaciones subje-
tivas y las tensiones que pueda provocar. Pero es un dato que
no deJ>emarginarse, aunque todos deberíamos hacer un es-
fuerzo para disminuir los riesgos y suavizar los posibles con-
flictos. Si he insistido en él, es porque me parece una deduc-
ción lógica de la racionalidad inherente a la moraJ.51

51 Es un punto aceptadohoy por la mayoríade los moralistas.Cfr.,por


ejemplo, K. RAHNER,"Teologíay magisterio" en: Proyecci6n28 (1981),21-
33,A. MUNERA,"Magisterio y moral" en: Theol.Xaver.32 (1982),237-282;
X.THÉVENar, ''Magistere et discernement moral" en: Études362 (1985),
231-244;(resumido en: Selec.Teol. 25 (1986),113-118);J. FAMERÉE,"La
fonction du magistere ecclésialen morale" en: Nouv.Rev.Thiol.107(1985),
722-739;R. SIMON, "Éthique et magistere" en: Lumiereet Vie 180 (1986),
65-80; J. MAHONEY, "Magisterio y teología moral" en: Se1ec.Teol.26
(1987),293-298.F. BOcKLE, "Le magistere de l'Eglise en matiere morale"
en: Rev. Théol.Louv. 19 (1988),3-16;J. COVENTRY,"La autoridad de la
Iglesia en el campo de la moral" en: Selec.Teol,27 (1988),109-110.
La ética cristiana: ¿fe o razón?
Discusiones entorno a su fundamento 59

La tarea de hacer presente en nuestro mundo un mensaje


ético se ha hecho cada vez más difícil.No basta repetir única-
mente 10mismo de siempre, si no se quiere hacer de la moral
un objeto de museo o algo extraño y ajeno a 10intereses del
hombre actual. Es necesario que, entre las diferentes ofertas
que se presentan dentro del pluralismo reinante, el ethos cris-
tiano aparezca como profundamente humano y racional.La re-
nuncia a este esfuerzo de fundamentación llevaría a una pérdi-
da de credibilidad y estima por parte del hombre moderno.

Pero tampoco puede acomodarse a las costumbres im-


perantes o a las opiniones de moda, perdiendo su función
orientadora y profética. La verdad y el bien no se descubren
por una votación democrática. Y una visión cristiana que no
abandone nunca su racionalidad debería ser 10 suficiente-
mente lúcida para convertirse en una conciencia crítica de la
sociedad, junto al testimonio de otros que se han dejado ilu-
minar por los mismos valores.
Conclusión

No sé si habría que adjetivar a la ética cristiana de "hu-


mana" o de "sobrenatural", como si se tratara de dos fuerzas
contradictorias que buscan apoderarse de ella para convertir-
la en una ciencia profana o religiosa. Por todo lo dicho, me
parece más exacto hablar de dos aspectos complementarios
de una misma realidad. Tiene una dimensión humana, en
cuanto que el hombre la fundamenta en su propia razón. Y se
hace religiosa por su apertura a lo trascendente, cuando se
vive como respuesta a un Alguien que está más-allá del valor.
Está henchida de una fe que no elimina, contradice ni limita el
esfuerzo de la razón; y está basada en una racionalidad, pero
sin cerrarse en una autonomía absoluta, incompatible con la
revelación.

Hasta hace poco, se le había dado una primacía a la fe,


despertando la confianza en los fieles para la aceptación de la
moral por motivos religiosos. No dudo que su revitalización
ayudaría mucho al discernimiento ético. Pero hoy habría que
insistir con mayor énfasis en la urgencia de su explicación ra-
cional. La ética cristiana debería rezumar humanismo y
comunicabilidad para hacerla comprensible, sabiendo que,
cuando se alcanza este objetivo o se trabaja por obtenerlo, no
sólo facilitamos su aceptación al hombre sin fe, que no admite
otras justificaciones. También el creyente lo necesita para su-
perar una conducta infantil, que tanto desprestigio provoca, y
alcanzar un nivel de autonomía en el sentido explicado, indis-
pensable para un cristiaIÚSmoauténtico.
Titulos de colección:

1. José Ma. Mardones,


¿Haciadóndeva la religión?Postmodernidad
y
postse-cularización.
2. Gerardo Anaya Duarte, S.J.,
Religióny ciencia:¿Todavíaen conflicto?
3. Mauricio Beuchot Puente, O.P.,
Los derechoshumanosy sufundamentaciónfilosófica.

4. José Rafael de Regil Vélez,


Sin Dios y sin el hombre. Una aproximac;ióna la
indiferenciareligiosa.

5. José Francisco Gómez Hinojosa,


La dimensión social de la religión. Notas para su
recuperaciónenMéxico.
6. Antonio Blanch, S.J.,
Lo estético y lo religioso: cotejo de experiencias
y expresiones.

7. Eduardo López Azpiarte, S.J.,


La ética cristiana: ¿feo razón?
Discusiones en torno a su fundamento
".

Este libro se tenninó


de imprimir en el mes de agosto,
en Impresora Múltiple, S.A. de C.V.,
Saraloga núm. 909, col. Portales,
México 03300 D.F.
Su tiraje fue de 2,000 ejemplares

Cd. de México, 1998


Los Cuadernos de Fe y Cultura son una contribución al fomento
del diálogo entre los valores evangélicos y la cultura actual en toda
su complejidad. Pretenden, por lo tanto, ofrecer una visión cristiana
de nuestra realidad que oriente a los lectores y a los estudiosos de
los diferentes ámbitos de ella.
La serie número 5, El pensamiento contemporáneo, lleva el
diálogo de la fe al terreno de las corrientes más significativas del
pensamiento actual -que se presentan con el peso del prestigio
de grandes pensadores-, importante dador de valores a las
culturas. Éstos pueden iluminar la constante actualización de los
valores evangélicos, que a su vez pueden válidamente cuestionar
a aquellos.

Eduardo López Azpiarte, jesuita, es catedrático de


teología moral en la Facultad Teológica de Granada.
Entre sus obras más importantes se encuentran
Sexualidad y matrimonio, hoy; Fundamentación de la
ética cristiana; y Moral del amor y de la sexualidad. Con
la Universidad Iberoamericana ha publicado, entre otros
títulos, Pastoral de la ética cristiana.
En el presente ensayo el padre López Azpiarte introduce
al lector en el impostergable debate ético y se pregunta la
forma en que el ethos cristiano puede participar como
oferta significativa en medio de la pluralidad reinante.
Este texto es una invitación a colaborar en que la postura
ética cristiana permanezca inserta en el mundo actual
como una propuesta profundamente humana y racional y
a la vez abierta a la trascendencia, cuando sea vivida
como respuesta a un Alguien que está más allá del valor
y que da profundo sentido al compromiso por la persona.