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Fake, falso, mentira…

Pablo Escandón Montenegro

Ser el guardabarreras de la información es una de las actividades clichés del


periodista, y por ser cliché es completamente cierta. Esta función primordial del
periodismo es ahora más necesaria en tiempos de posverdad, en los que la
subjetividad y las historias personales trascienden en espacios digitales sin que se
valore la fuente, se verifiquen y se contrasten los datos, y se constaten las fechas y
temáticas.
Los bulos o noticias falsas son tales cuando las sacamos de contexto, también, y
siempre han existido. Con el nacimiento de Internet, las cadenas de correos
electrónicos llegaban con advertencias sobre cómo asaltan y matan en las
carreteras de los EEUU, como si lo mismo ocurriera en la vía a Píntag, pero todas
las madres enviaban esos correos a sus hijos, amigas y a todos sus contactos, junto
con las cadenas de oración.
Las noticias falsas pertenecen a la cultura del remix, y de tanto que han circulado
son asumibles en todas las geografías, como si fueran de su contexto, propias de la
cultura y la opinión popular.
Un caso claro es la imagen de dos milicianos que están ejecutando a dos
adolescentes en un campo urbano completamente devastado y le atribuyen a que
esa fue una actividad de ajusticiamiento del Che Guevara. Completamente falso,
porque al analizar la fotografía y ver los rasgos de las jóvenes, así como la
indumentaria de los ajusticiadores, se puede concluir que no son caribeños ni
andinos, sino balcánicos y de los noventa del siglo pasado
Pero la gente redistribuye la imagen y aumenta información y la cargan de opinión.
Esto alimenta a la posverdad, pues todo lo que se diga puede ser real en una
dimensión: la propia del enunciante, pero que no necesariamente es la de la
sociedad.
Hay una industria de las fake news y de ellas se han servido todas las instituciones
de poder y sus antagonistas para mantener una pelea constante y desviar la
atención de la verdadera información trascendental para la sociedad.
Las noticias falsas que se han difundido en nuestro país tienen que ver
directamente con la elaboración de mensajes contra actores políticos que sirven
para afectar la imagen de un actor político, persona o institución con la
construcción de una narrativa verosímil, pero no cierta ni real, y, para captar
mayor número de cuentas y datos de los usuarios, con la finalidad de vender esas
bases.
Desde los estudios formales y académicos de periodismo se vienen desarrollando
investigaciones, análisis y propuestas contra las fake news, uno de ellos es el “fact
cheking”, que no es otra cosa que tener mayor rigor periodístico al momento de
considerar una información como tal para descartarla, aprobarla o dar
consideraciones de ciertos niveles de veracidad. Esta práctica periodística se la
aplica, principalmente, a las intervenciones de personajes y autoridades públicas
para comprobar si todo lo que expuso fue cierto mediante la contrastación y
verificación en fuentes oficiales, bases de datos públicas y datos abiertos (muy
escasos en todos los niveles de gobierno).
Uno de los mejores momentos para el periodismo es este, pues con la industria de
las fake news se requiere mayor precisión y mejor especialización de la profesión y
es así que las universidades se asocian con laboratorios de medios o crean los
propios para contrarrestar al mercado de la industria de noticias falsas.
La academia se dedica a analizar el efecto de las fake news en los usuarios de
medios sociales como Facebook y Twitter, así como en Google, pues los creadores
de los sitios falsos logran posicionar las mentiras gracias al correcto manejo de la
metainformación entre grupos y usuarios con perfiles muy susceptibles de ser
bocinas gratuitas y sin filtro de estas noticias.
En los laboratorios, con esa información, se trabaja en crear “antídotos” contra esta
práctica, para detectarlos y lograr sacarlos de los propios buscadores y
denunciarlos como embustes y espacios sin credibilidad.
Las comunidades informáticas asociadas con las universidades, grupos de
investigación y empresas y corporaciones mediáticas están tomando en serio este
tipo de actividades maliciosas y poco a poco incorporan la temática en sus
agendas.
Un ejemplo claro de esto es el encuentro anual de Hacks Hackers Buenos Aires,
que une a los desarrolladores informáticos con periodistas, con el auspicio de
Mozilla News y varias universidades estadounidenses, para encontrar vacunas
contra las malas prácticas periodísticas en espacios digitales.
Hay que dejar en claro que las academias estadounidense y europea tienen
relaciones permanentes con la industria mediática, por lo que el desarrollo de
innovación en el periodismo no es tan lento como en nuestros países, en donde los
empresarios mediáticos no miran a la academia y desde la universidad solo hay
críticas para los medios, en una relación distante y tensa, pero de necesidad
incómoda.
Cada vez son mayores los estudios en revistas académicas sobre los efectos de las
fake news en determinados grupos de audiencias y usuarios; estas informaciones y
sitios no son de masiva penetración sino que analizan y estudian con minuciosidad
los segmentos a donde van a influir subjetivamente con las estructuras verosímiles
de información.
Las investigaciones y estudios existentes tienen que ver con la manipulación
política por parte de gobiernos y en tiempos de elecciones: Trump, Maduro,
independencia catalana, Macrón, Macri, Correa, Lasso, Moreno, son los más
recurrentes.
Las fake news siempre rondan en torno a figuras públicas, a quienes se les inventa
un pasado o se les vincula con hechos “inéditos” que gracias a una “filtración” se
dieron a conocer.
Pero para que existan las fake news deben existir usuarios mal informados,
desinformados, con limitaciones en el uso de los medios y con una tendencia a
creer todo lo que tenga apariencia periodística; por ello, otra de las vertientes
académicas que batallan contra estas mentiras, que perjudican al oficio, es la
educación mediática y la alfabetización digital, que van más allá de la manida
criticidad frente a las fuentes y a los medios, instituciones sociales que representan
y reproducen ideologías.
Los medios masivos y los tecnológicos son mediadores de cultura, política y
comunicación, y esta mediación se da en dos momentos: en el significado y en el
significante, en su estructura y en su simbolismo. Por ello, ningún medio es
aséptico, como nos quieren hacer creer las otras instituciones sociales que
manipulan y desinforman cuando cooptan a los medios de información.
Al no existir criterio y formación en torno al uso mediático y su función social, las
audiencias son propensas a creer que todo lo que está en las pantallas es cierto y
fue real.
Desde la educación mediática y la alfabetización digital, los comunicadores y
docentes que combatimos las mentiras en los medios, consideramos que un
lector/usuario activo debe:
1. Considerar qué fuente es la que proveyó la información, cuáles son sus
intereses y trayectoria.
2. Leer entre líneas y hacer un ejercicio de análisis y síntesis propias, no desde
la imposición del texto.
3. Evaluar al autor y sus sesgos, pues ahora muchos políticos circulan
“noticias” revestidas de opinión, y hay muchos actores políticos que saltan
de las páginas y pantallas a las funciones públicas y se dicen ser “objetivos”.
4. Confirmar y validar las referencias entregadas.
5. Verificar si el hecho pudo haber pasado en la fecha que dice la información,
o si esa fotografía pertenece a otra realidad (como la del supuesto
ajusticiamiento del Che).
6. Evaluar el tono de la información. En muchos casos, las bromas que
circulan, gracias al remix y la intencionalidad, pierden el tono humorístico y
son posicionadas como realidades de denuncia.
Ser el guardabarreras de la información ahora tiene el nombre de curador de
contenidos, y eso lo ha hecho siempre un buen periodista; dejar pasar información
sesgada y perniciosa como si fuera verídica y verificada es hacer fake news, que no
es otra cosa que mentir sobre la realidad con un fin protervo de perjudicar a una
persona en beneficio de otra. Eso lo hizo el filme Wag the Dog, un homenaje a la
manipulación política, que es ficción pura basada y remixada en hechos reales.
Lo grave es no saber reconocer ficción y realidad, distinción que sí la saben hacer
los niños, que no se creen muchas mentiras bellas, pero que los adultos nos las
tragamos, y no necesariamente son bonitas.