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Interesante, inteligente e importante

Usted lo ha notado. Ha ocurrido un cambio notable en la forma como las personas

que asisten regularmente a nuestras Iglesias se comportan durante la predicación. Hoy

mucha gente, sobre todo las personas más jóvenes, escucha el sermón con su teléfono

inteligente en las manos.

Como es de esperar, muchas de las personas mayores que ven este tipo de

comportamiento—particularmente aquellas que no son diestras en el mundo cibernético

—reaccionan negativamente. Entienden que quienes tienen en sus manos aparatos

electrónicos móviles conectados al Internet están actuando de manera irrespetuosa.

Piensan que están “jugando” con sus aparatos o “navegando” por el Internet.

No obstante, esta nueva realidad tiene aspectos positivos. Hay personas que usan

sus dispositivos móviles para compartir fotos, comentarios y observaciones tanto sobre

la adoración como sobre la predicación en su Iglesia local.

Por ejemplo, para mí es común recibir notificaciones de Facebook y de Twitter

mientras estoy predicando. Estas notificaciones son colocadas en las redes por

feligreses que comentan el sermón, comparten citas del mensaje, o invitan a otras

personas a conectarse a nuestra página en el Internet para ver el culto en vivo (aunque

también pueden verlo de manera diferida).

De mismo modo, algunas de esas personas que participan de la adoración por

medio de las redes se comunican conmigo por medio de mensaje de texto (SMS), de

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Facebook Messenger o de WhatsApp. ¿Qué me dicen? Algunas personas simplemente

saludan a la congregación; otras desean comunicar que están "presentes" a la

distancia; y aún otras usan esos medios para pedir oración tanto por sus familias como

por ellas mismas. Así las redes se convierten en parte del integral de la experiencia a

de adoración.

Empero, no podemos negar que esos dispositivos móviles también son una fuente

de distracción. Durante el culto, la gente recibe todo tipo de notificaciones de sus

amistades, de sus familiares y de sus seres queridos. Por un lado, reciben mensajes

tan triviales como fotos desde la playa o "memes" cómicos. Por otro lado, también

reciben algunas de esas notificaciones que están compartiendo feligreses tanto de

nuestra propia Iglesia local como de otras congregaciones.

En lo personal, he visto usos adecuados e inadecuados del Internet en la Iglesia. No

puedo negar que algunas personas pierden el tiempo y se distraen al punto de no

saber qué ocurre en el templo. Lo innegable es que otras personas maximizan la

experiencia de adoración por medio del Internet. ¿Cómo? De varias maneras.

Primero, hoy cada vez más personas leen la Biblia en dispositivos móviles. Leer en

estos aparatos es más fácil, ya que tienen luz de fondo ("backlight"), capacidad para

ajustar el tamaño de la letra y algunas aplicaciones permiten acceso a varias versiones

de la Biblia, hasta en diversos idiomas.

Segundo, si su aparato electrónico está conectado al Internet, usted puede buscar

definiciones de conceptos bíblicos, mapas de Tierra Santa y fotos de lugares históricos.

También se pueden verificar fechas de eventos e información sobre personajes

históricos.

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Tercero, lo que mucha gente no sabe es que muchos de esos jóvenes que

aparentan estar distraídos en realidad están verificando lo que está diciendo el

predicador o la predicadora. En más de una ocasión algún joven se ha acercado a mí

con su teléfono inteligente en la mano para mostrarme que el predicador cometió un

error, enseñándome la "prueba" que encontró en el Internet. El error más común es

decir que citar un texto bíblico de manera incorrecta. Por ejemplo, si un predicador

afirma que Jesús dijo: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!”, debe

estar preparado para que alguna joven le demuestre que, en realidad, la cita proviene

de Isaías 5.20.

Cuarto, algunos feligreses graban partes del culto en video. Dependiendo del ancho

de banda y de los programas que tenga en su dispositivo, usted puede transmitir el

vídeo en vivo o puede subirlo al Internet en cuestión de segundos. Esto dificulta el uso

del manuscrito o la repetición del sermón en otras congregaciones, lo que puede tener

un impacto negativo en el ministerio de algunos predicadores itinerantes.

Quinto, no puedo olvidar que algunas familias emplean los dispositivos electrónicos

para calmar a niños y niñas con necesidades especiales. Hasta en funerales he visto

como un hombre que llora la muerte de su padre busca vídeos de dibujos animados en

el Internet con el propósito de lograr que su hijo pueda sentarse tranquilo por 25

minutos.

Predicar en los tiempos del Internet

Es cuadro descrito en la sección anterior deja claro, pues, que predicar en los

tiempos del Internet es un gran desafío. La predicación actual debe ser efectiva, tanto

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que pueda sobrevivir el escrutinio de quienes usan las redes para verificar el contenido

de la predicación, como las distracciones que ofrecen las redes cibernéticas.

Esto nos lleva, necesariamente, a considerar las siguientes preguntas: ¿Cuáles son

las características de la predicación efectiva? ¿Qué elementos deben distinguir la

predicación que alcanza a la audiencia para motivarles a transformar sus vidas?

¿Cómo podemos forjar un estilo de predicación que hable al corazón de las nuevas

generaciones, particularmente al corazón de la Generación del Milenio?

A manera de introducción, propongo que la predicación que busca alcanzar a las

nuevas generaciones debe aspirar a tener tres características principales. Y si digo “a

manera de introducción” es porque el resto de este libro estará dedicado a explicar

cómo crear, diseñar y diseñar sermones que ejemplifiquen las tres características que

definiré a continuación. En resumen, la predicación en los tiempos del Internet

debe ser interesante, inteligente e importante.

1. La predicación debe ser interesante

Todas, absolutamente todas las personas que hoy escuchan nuestros sermones

participan de una cultura que privilegia el entretenimiento. Hasta las personas de más

edad han crecido en un mundo donde primero la radio y luego la televisión han

cambiado nuestra sociedad. Las personas de mediana edad han visto la evolución de

varias tecnologías, desde las cintas de vídeo hasta el advenimiento del Internet. Y las

más jóvenes crecen en un mundo donde el entretenimiento que desean está disponible

24 horas al día, 7 días a la semana.

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Dicho de otro modo, hoy el sermón tiene que “competir” con el mercado de ideas y

de productos culturales dedicados al entretenimiento que encontramos tanto en la

cultura como en el Internet. Nuestros chicos y nuestras chicas pueden ver en sus

teléfonos películas de ciencia ficción con efectos especiales cuyo realismo es increíble,

y pueden verlas en alta definición. Y no solo pueden verlas, sino que también pueden

leerlas en esos mismos dispositivos móviles, descargándolas en forma de libros

electrónicos. ¿Y qué me dicen de la música? Desde la cuna han estado escuchando

música de alta calidad.

Por lo tanto, podemos concluir que las personas que asisten a nuestras Iglesias hoy

están acostumbradas a participar de conferencias, ver vídeos y escuchar música de

gran calidad. Y todo lo que ven, leen o escuchan está diseñado para alcanzar a un

grupo demográfico en particular, es decir, para alcanzar a personas de tal edad, de tal

grupo étnico o que hablan tal idioma. Podemos encontrar programas de televisión y

producciones musicales diseñados para alcanzar desde la niñez más temprana hasta a

las personas de la tercera edad.

El sermón tradicional no puede competir con el mercado del entretenimiento actual.

¿Por qué? Porque el sermón tradicional es un discurso religioso, sobre temas

religiosos, que se presenta a gente religiosa. Comienza haciendo referencia a

elementos altamente religiosos, tales como la Biblia, los himnos que se cantan en la

Iglesia o las doctrinas que afirma la congregación. Después, presenta una verdad

teológica a manera de idea central o “proposición”. Y, después de una breve transición,

pasa a “aplicar” esa verdad teológica a la vida de la audiencia, usualmente por medio

de tres “puntos”.

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Y lo triste es que los predicadores tradicionales emplean la misma forma sermonaria

todos los domingos, semana tras semana, aunque el texto bíblico que expongan o el

tema que consideren sea completamente distinto.

Las nuevas generaciones necesitan otro tipo de predicación; necesitan predicación

que sea interesante. Un sermón es “interesante” cuando tiene valor, provecho o

utilidad. Ese valor hace que la audiencia se anime a escucharlo, a prestarle atención y

a ponderar su contenido. Para ser “interesante”, las personas que predican deben

variar la forma, los temas y los enfoques del sermón. La variedad es crucial para

mantener el interés de la audiencia en la predicación.

Como verán a lo largo de este libro, estoy convencido de que la Iglesia debe

abandonar el sermón tradicional, ya que el mismo ha dejado de ser una herramienta

efectiva para comunicar el Evangelio en el Siglo XXI. A manera de alternativa,

propongo acercamientos tales como el sermón narrativo y la predicación inductiva. Del

mismo modo, abogo por el diseño de sermones basados en las formas literarias de los

distintos pasajes bíblicos. Además, recomendaré docenas de formas sermonarias que

podrán informar nuevos estilos de predicación.

¿Cuál es la meta de estos cambios en el diseño del sermón? Una joven mujer que

llevaba tres meses asistiendo a mi congregación me dijo: “Escuchar un sermón suyo es

como ver una película”. Sin saberlo, me dijo el mejor comentario al que yo puedo

aspirar. Mi meta es, precisamente, esa: que el sermón tenga un movimiento similar al

de una película o un episodio de televisión. Es decir, que la introducción atrape la

atención de la audiencia, que el cuerpo del sermón desarrolle el tema de manera

interesante y que el final sea contundente.

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2. La predicación debe ser inteligente

Aunque algunas personas la menosprecian, la Generación del Milenio tiene un alto

nivel educativo. La mayor parte de aquellos que pasan de los 25 años tienen estudios

universitarios, aunque no todos han terminado un grado. Del mismo modo, la mayor

parte de los chicos y las chicas que se gradúan de la escuela preparatoria o superior

entrarán a algún programa de estudios universitarios. El aprovechamiento académico

de esta generación es mucho más alto que de generaciones anteriores.

Sin embargo, esta generación no solo aprende por medio de programas formales de

estudio. También aprenden por medio de los millones de vídeos tutoriales sobre miles

de temas que están disponibles en el Internet. Esto lo veo diariamente entre los chicos

y las chicas de mi congregación. Usan estas herramientas educativas para estudiar

técnica vocal, para aprender a tocar instrumentos musicales, para conocer técnica

narrativa, para diseñar mejores vídeos, para grabar archivos de audio con calidad

profesional, para aprender a hablar otros idiomas y para desarrollar destrezas en los

campos de la moda, el peinado y el maquillaje, entre muchos otros temas.

Añádale a esto el hecho de que esta generación está no está acostumbrada a la

ignorancia. ¿Por qué? Porque por medio de una búsqueda en Google, Yahoo, Bing o

cualquiera de los otros motores de búsqueda en el Internet pueden tener una respuesta

a prácticamente cualquier pregunta en cuestión de segundos.

Debe quedar claro, pues, que los predicadores y las predicadoras enfrentan hoy

audiencias con niveles de educación general mucho más altos que los que enfrentaban

las personas que proclamaban el Evangelio cincuenta años atrás.

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Ahora bien, noten que dije “educación general”. ¿Por qué? Porque la situación de la

educación religiosa y la formación espiritual es muy distinta. Por ejemplo, cincuenta

años atrás la mayor parte de las personas jóvenes o adultas hispanoamericanas que

asistían a un servicio religioso protestante provenían del catolicismo. Por lo tanto, estas

personas tenían cierto nivel de formación espiritual, ya que habían tomado clases de

Catecismo, habían pasado por el proceso de Confirmación y habían hecho la Primera

Comunión. Por eso, podían comprender gran parte del contenido de los sermones que

escuchaban en las congregaciones protestantes.

Hoy la mayor parte de las personas jóvenes que asisten a nuestras congregaciones

no conocen el lenguaje religioso, a menos que se hayan criado en una congregación

protestante. Lo que es más, ¡muchos de ustedes—que han leído el párrafo anterior—

hasta desconocen el significado de los conceptos “Catecismo”, “Confirmación” y

“Primera Comunión”!

Si a esto le añadimos que las nuevas generaciones tienden a dudar tanto de las

instituciones como de las personas que ocupan puestos de autoridad en la sociedad, el

desafío que enfrenta la predicación contemporánea es aún mayor. ¿Cómo predicar de

manera efectiva a una audiencia que no conoce el lenguaje religioso? ¿A una

generación que desconoce los conceptos básicos de la fe cristiana? ¿Cómo predicarle

a gente predispuesta a dudar de nuestras palabras?

Todo esto explica por qué muchas de las técnicas y tácticas que los predicadores de

ayer acostumbraban usar para elaborar sus mensajes han perdido su efectividad. Las

nuevas generaciones no aceptan argumentos de autoridad, es decir, las predicaciones

donde el predicador le pide a la audiencia que crea algo sólo porque él lo dice, porque

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ha recibido una revelación particular del Espíritu Santo o, sencillamente, “porque si”.

Ven este tipo de discurso como un “insulto a la inteligencia” de las congregaciones que

los escuchan.

Las nuevas generaciones tienden ver a los líderes religiosos como personas

ignorantes que predican sermones anti-intelectuales, rechazan las ciencias y

demonizan a quienes difieren de su fe y de su estilo de vida.. Por eso, para predicar

hoy de manera efectiva es necesario tener un buen dominio de los temas científicos,

sociales e intelectuales que uno desee tratar antes de llevarlos al púlpito. Del mismo

modo, es necesario hablar con respeto de las personas que difieren de nuestros puntos

de vista.

Por eso, hoy más que nunca es imperioso presentar nuestras ideas de manera

coherente. Las nuevas generaciones desean escuchar sermones con argumentos

sólidos e inteligentes, cuyo contenido sea aceptable tanto al nivel intelectual como al

nivel moral. Rechazarán cualquier mensaje que incite al odio, a aceptar lo irracional

como verdadero y a ir en contra de sus propias conciencias.

La predicación puede ser fiel a tanto al contenido bíblico como a la doctrina cristiana

sin entrar en debates intelectuales estériles. En ánimo de buscar el mejor contenido

para nuestra predicación, en este libro presento métodos de interpretación bíblica y de

investigación teológica que toman en cuenta los avances en estas disciplinas. Nuestro

objetivo es presentar el Evangelio de manera clara, efectiva e inteligente a las nuevas

generaciones.

3. La predicación debe ser importante

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En las secciones anteriores he afirmado que la predicación cristiana efectiva debe

ser interesante e inteligente. Empero, la gente solo escuchará un sermón si entiende

que el mismo es importante para su vida.

Es innegable que las generaciones actuales ven la religión con un asunto privado,

que apenas tiene impacto en los demás. Son muchas las personas que dicen: “No me

hable de política ni de religión”. Esto dificulta la evangelización, particularmente el estilo

de “evangelización fría” donde una persona se acerca a un extraño para hablarle de su

fe, comenzando la conversación con preguntas tales como: “¿Es usted salvo?” o “Si

usted muriera hoy, ¿dónde pasaría la eternidad?”

Debe quedar claro, pues, que las personas que visitan nuestras iglesias por primera

vez—en su inmensa mayoría—lo hacen porque han recibido una invitación personal de

alguien conocido. Y las invitaciones más efectivas son aquellas donde la personas que

invita busca a las personas invitadas para acompañarlas a la Iglesia. El Evangelismo

personal sigue siendo la forma más efectiva de compartir el mensaje cristiano,

sobretodo cuando va acompañado de un sólido testimonio personal. Se estima que

seis de cada siete personas que asisten a la Iglesia por primera vez lo hacen en

respuesta a un invitación personal de un familiar, una amistad o algún compañero de

trabajo.

Del mismo modo, se estima que la inmensa mayoría de las personas que asisten a

la Iglesia por primera vez lo hacen en momentos de crisis. Y esto es fácil de

comprender. Por ejemplo, al momento de escribir este libro tengo el privilegio de servir

como Pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa, de la

ciudad de Dorado, en Puerto Rico. Dorado es una hermosa ciudad en el norte de la

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Isla, conocida como el “Paraíso de Puerto Rico, donde la vida es bella”. Cuanta con

playas hermosas, hoteles suntuosos, parques accesibles, ríos caudalosos y cualquier

cantidad de restaurantes.

Si usted no tiene tradición alguna de ir a la Iglesia, lo lógico es que descanse el

domingo en la mañana, que se vaya a la playa o que salga a almorzar con su familia. Si

usted no tiene tradición alguna de ir a la Iglesia, usted sólo se va a levantar temprano

un domingo para buscar una respuesta a sus problemas personales, familiares o

profesionales. Usted “sacrificará” una hermosa mañana dominical solo si espera

encontrar en la Iglesia un mensaje importante, tan importante que bien podría

transformar su vida.

Ahora bien, dígame usted cual de estos dos escenarios prefiere. En el primero, esa

familia visitante encuentra una congregación amable, una adoración inspiradora y un

sermón interesante, inteligente e importante. En el segundo escenario, la misma familia

encuentra una congregación que ignora su presencia, una adoración improvisada, y un

sermón aburrido, anti-intelectual e insignificante. Dígame usted, ¿cuál de los dos

escenarios es tiene más probabilidades de conducir a una persona no-creyente a un

encuentro transformador con Jesucristo?

La respuesta es evidente: deseamos el mejor ambiente congregacional, la mejor

adoración comunitaria, y la mejor predicación bíblica. Sin embargo, la realidad que

enfrentamos en nuestras Iglesias es muy distinta. Muchas de las personas que visitan

nuestras congregaciones por primera vez se sienten ignoradas por la gente y

presionadas por el liderazgo. Encuentran servicios de adoración es desorganizada, la

música es pobre y los cánticos, desafinados. ¿Y la predicación? Encuentran sermones

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autoritarios y aburridos, donde una persona religiosa habla sobre temas religiosos que

poco tienen que ver con sus vidas. Por eso, salen decepcionados de nuestros cultos;

salen para jamás volver.

Debe quedar claro que las personas acostumbradas a ir a la Iglesia tienen una

visión del mundo muy distinta a quienes no tienen tradición religiosa alguna. Por eso, lo

que es importante para Pastor que ha recibido una educación ministerial tradicional

puede parecer insignificante para un visitante. Por ejemplo, en mis cursos más reciente

de predicación he tratado de recalcar este punto: la predicación debe tocar temas

importantes. Interesantemente, la respuesta más común de mis estudiantes ha sido

recalcar las doctrinas centrales de su denominación. Por ejemplo, las personas de

tradición wesleyana predican sobre la doctrina de la santificación, las pentecostales

sobre la obra del Espíritu Santo, y las reformadas sobre la seguridad de salvación.

Estos temas son ciertamente importantes para la fe cristiana, en general, y para las

tradiciones protestantes mencionadas, en particular. Ahora bien, debemos comprender

que sermones sobre las doctrinas mencionadas arriba pueden tener muy poca

importancia para una pareja que ha decidido comenzar a asistir a la Iglesia porque está

enfrentando una dura crisis matrimonial.

Las partes de este libro dedicadas a explorar la visión de mundo de la Generación

del Milenio tienen el propósito principal de ayudarnos a identificar algunos de los temas

más importantes para las personas que deseamos alcanzar con el mensaje cristiano.

Empero, debe quedar claro que los resultados de estas investigaciones solo pueden

ayudarnos si estamos dispuestos a cambiar algunas de nuestras tradiciones más

preciadas con tal de alcanzar a las personas que necesitan acercarse a Dios.

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Conclusión

Al final de este capítulo y al comienzo de este libro, la pregunta que se impone es,

pues, la siguiente: ¿Esta usted dispuesto o dispuesta a cambiar tanto el estilo como el

contenido de su predicación para alcanzar a las nuevas generaciones que viven hoy sin

fe?

Su respuesta a este pregunta es crucial. Si usted no está en disposición de cambiar,

seguramente encontrará interesante la lectura de este libro y hasta identificará algunas

técnicas que podrá incluir en su repertorio. Si usted no está en disposición de cambiar,

este libro tendrá un impacto mínimo en su ministerio.

Sin embargo, si usted está en la mejor disposición de cambiar el estilo y el

contenido de su predicación con tal de alcanzar a las nuevas generaciones que hoy

viven lejos de Dios, encontrará en este libro el fruto de la investigación que he hecho

por dos años. Los principios que presento en este libro son los que he incorporado a mi

propia predicación, en mi deseo de ampliar el impacto y el alcance de mi ministerio.

Les ruego, pues, que más que otro manual de homilética más vean este libro como

un testimonio de fe; como el testimonio de un Pastor de mediana edad que—después

de más de treinta años de experiencia—decidió transformar su forma de predicación

con tal de alcanzar a sus propias hijas—ambas parte de la Generación del Milenio—

con el mensaje de Cristo Jesús, Señor nuestro.

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