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Ficción

Jesús
Por Pinkhes Berniker
Traducción de Moisés Mermelstein
Al principio escuchaba a sus compañeros de pensión. Un par de
veces le aconsejaron que saliera a vender a crédito las estampas de
los santos y dioses, o incluso la de Jesús. Pensaba que estaban
burlándose de él. ¿Cómo podían estar diciéndolo en serio? ¿Acaso
eran idiotas? ¿Cómo se les ocurría que él podría caminar por La
Habana cargando dioses gentiles? ¿Acaso era un niño o un jovencito
acabado de nacer? Esto ni siquiera se podría imaginar. ¿Que él, un
judío de mediana edad, de barba y patillas, dirigente de una
comunidad, que estudiaba la Torah y los mandamientos de Dios
todos los días, de repente se volviera un revendedor de dioses, un
propagandista de Jesús el Nazareno? No, no lo estaban diciendo en
serio, pensaba, y por eso ni siquiera intentó contestarles. Solamente
se secaba el sudor de la cara y seguía sentado allí, inmóvil, con la
certeza de que nunca volverían a mencionar el asunto.

Después, se dio cuenta de que sus compañeros de pensión sí lo


decían en serio. Puesto que no querían decírselo de un golpe, habían
comenzado por mencionar el asunto en broma. Al notar, sin
embargo, que él callaba y no había respondido con disgusto, como
ellos esperaban, entonces comenzaron a tratar el tema con seriedad y
a intentar convencerlo de que no debía siquiera considerar otra
forma de ganarse el sustento diario. Que, incluso, si se le presentaba
otra forma de conseguir un ingreso, debía rechazarla, porque no
existía otro modo, especialmente para él, de conseguir una mayor
ganancia.
–Cada dios que venda le reportará un mil por ciento de utilidad.
–Y a los cubanos les gusta mucho comprar dioses.
–Especialmente, comprárselos a usted, don José, que se parece tanto
a Jesucristo.
–Usted mismo notará con qué gusto le compran.
–Y le pagarán lo que usted les pida.
–Le aconsejo, don José, que haga la prueba. Usted mismo lo notará.
–Va a ver cómo se le entregan. Aun los que no necesitan también le
van a comprar.
De esta manera los compañeros de pensión trataban de persuadirlo
para que se convirtiera en vendedor de estampas. No soportaban su
tristeza y su dolor, viéndolo deambular medio hambriento,
totalmente deprimido y sin la menor esperanza de mejorar su
situación. Dicho sea de paso, ellos realmente creían que los santos
serían para él su fuente de subsistencia.
Y mientras más serias se tornaban las conversaciones, más serio se
ponía él. Más serio y ensimismado. Aún no les había contestado,
porque, ¿qué les podía contestar? ¿Podía acaso sacarse el corazón
para mostrarles cómo estaba sangrando? ¿Mostrarles que cada
palabra suya la sentía como una cuchillada? ¿Qué posibilidad había
de que pudieran entender estas cosas?, si ni siquiera sabían en qué
circunstancias él había sido criado y educado y qué posición había
ocupado en el pueblo de donde provenía. Sintió lástima de sí mismo.
Era como si la humanidad le hubiera sacado en burla una lengua fea,
larga y carnosa. Él, José, que había defendido su fe con tanto tesón,
que había sido un niño prodigio, un rabino, precisamente él, debía
andar por las calles difundiendo el nombre de Jesús el Nazareno.
No podía estar en paz consigo mismo. Y en los azules amaneceres
del trópico se le veía caminando por las estrechas calles de la
Habana Vieja, iba de una fábrica judía a otra, y sin embargo no lo
hacía ofreciéndose para trabajar en algo específico; se ofrecía para
hacer cualquier tipo de trabajo, con tal de ganar algo de dinero, pero
en todas partes era rechazado. ¿Quién iba a necesitar un judío
barbudo en la fábrica? ¿Quién se atrevería a gritarle que trabajara?
¿Quién se atrevería a exigirle que trabajara más rápido?
–¿Acaso considera usted que pueda hacer este tipo de trabajo?
–¿En el seminario religioso de su pueblo enseñaban zapatería?
–Rabino, usted es demasiado delicado para este tipo de trabajo…
Las gentes lo miraban con lástima, pero no sabían cómo ayudarle.
–¿Por qué? Recuerden que el gran rabino Yohanan fue un zapatero –
les decía, suplicando.
–Pero eso fue en el pasado, no hoy en día.
“¿Y acaso hoy en día un rabino como Yohanan no necesita comer?”,
quería gritarles. Sin embargo, no lo hacía. Ya se había humillado
suficiente. Los constantes rechazos le producían pánico, aun más
que el hambre. El sentimiento de lástima que despertaba en la gente
le pesaba cada vez más. Si se tratara solamente de él jamás se habría
humillado tanto, pero en un pueblito de la lejana Lituania había una
mujer con tres niñitos que querían comer.
“Que tengamos al menos suficiente pan”, le rogaba su mujer en una
de sus últimas cartas. Y la palabra “pan” aparecía tan inflamada, tan
desproporcionada, tan húmeda como la lágrima de una madre
imposibilitada.
“Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?”, recordó la frase de uno de los
comentaristas de las Escrituras.
“No, debo hacerme más fuerte... Debo conseguir trabajo”, se dijo en
voz alta, quizás para darse ánimo, y saliendo a la calle comenzó a
caminar con pasos largos.
Pálido, muy fatigado y con expresión desesperada, se paró frente a
una puerta y miró alrededor con sus grandes ojos, tratando de divisar
al dueño del local. De entre los trabajadores que se encontraban allí
surgió un hombre de mediana edad, quien se acercó rápidamente a la
puerta y le puso unos centavos en la mano. Quedó congelado en el
sitio donde estaba parado. Los ojos desorbitados. Se le cayó la
mandíbula. El dinero que le habían dado se le cayó al suelo y salió
corriendo de la fábrica como medio loco…
Tarde en la noche, cuando los inquilinos regresaron, se levantó de la
cama muy angustiado y les dijo:
–Muchachos, les pido que mañana me ayuden a comprar los dioses.
Querían hacerle unas preguntas, pero cuando vieron la tristeza
pintada en su rostro enmudecieron.
*
Mientras estaba empacando los dos bultos, se le ocurrió, de repente,
dejar más flojo un pedazo de la cuerda. Así solamente necesitaba
utilizar las manos para estabilizar los bultos, y evitar que le
golpearan a los lados de su cuerpo y en su estómago.
El cuadro superior del lado derecho mostraba a la Santa María
abrazando un Niño Dios recién nacido y el de la izquierda
representaba a Jesús ya adulto.
En medio de estos dos cuadros, él se asemejaba al Hijo de Dios. Sus
ojos eran más grandes que de costumbre y su rostro estaba más
pálido. Se le notaba un dolor profundo y sobrehumano, casi como un
reflejo del dolor de Jesús el Nazareno cuando lo llevaban a
crucificar.
El día era de un calor infernal. Gotas de sudor del tamaño de perlas
brillaban en su amarillento rostro y su ropa se le pegaba al cansado
cuerpo.
Se detuvo por un momento. Así pudo interrumpir la confusión de
sus ideas. Se quitó, despacio, el lazo alrededor de su cuello,
enderezó su dolorosa columna vertebral, se limpió el sudor de la
cara y se secó un par de lágrimas en el rabillo de los ojos.
Desde la distancia ya se divisaban las casas de madera con techos
bajos del próximo poblado. Solamente el eco de las voces de los
niños que jugaban en el pueblo interrumpía el silencio. Se sintió
mejor dispuesto. Se colocó los fardos de dioses con el lazo sobre el
cuello y se dirigió, lentamente, hacia el pueblo. Los primeros en
vislumbrarlo fueron los demacrados niños que estaban jugando en la
calle. Interrumpieron de inmediato el juego y quedaron atónitos. El
pequeño fuego tropical de sus ojitos negros se avivó cuando lo
vieron: nunca habían visto a “ese personaje” en carne y hueso.
–Mamá, mamá, viene Jesús –y cada uno salió corriendo hacia su
casa.
–¡Mira, mira!
Y la noticia, llevada por esas voces infantiles, se expandió por todo
el pueblo.
Rostros femeninos comenzaron a asomarse con mucha curiosidad
por ventanas y puertas.
–¡Santa María! ¡Milagro!
–¡Dios mío! –susurraban todos con asombro, y no podían quitarle
los ojos de encima a ese extraño personaje.
José se acercó a una de las casas y mostró una estampa de Jesús; fue
un ofrecimiento silencioso para que le compraran un dios, pero las
mujeres lo interpretaron como un gesto para que notaran la precisión
con la cual él, José, había sido pintado, y con gran respeto lo
invitaron a entrar a sus casas.
–Entre, señor –murmuraba cada una, por separado, en tono de
extrema humildad. Entró a una casa, se deshizo de la carga en el
cuello, se sentó en la mecedora que le señalaron y sin levantar la
vista comenzó a mostrar los dioses.
Ninguno de los vecinos se atrevió a sentarse. Los que estaban ahí,
más un par de vecinos que llegaron, lo rodearon y prácticamente se
lo comían con los ojos agrandados.
–¿Tienes hijos? –preguntó una muchacha joven, muy nerviosa.
–¡Dos! –contestó él.
– ¿Y ellos son tan hermosos como tú? –se atrevió a preguntar otra.
–Francamente, no sé.
–Mira, él mismo tampoco sabe –y las muchachas sintieron una
extraña vergüenza. Durante un rato lo observaron en silencio y, de
repente, soltaron una tímida risa.
– Ja, ja, ja –llenó su ronca risa el pobre cuartucho.
– ¿Qué ha pasado? –preguntaban los maridos enojados a sus
mujeres.
–Nada –las muchachas se apoyaban una en la otra y solo repetían: –
Él mismo tampoco sabe, tampoco sabe –y su risa volvía a estallar, y
cada una se arrimaba más a su compañera.
–¿Y cómo te llamas? –preguntó de repente una de ellas,
deshaciéndose de los brazos que la protegían.
–José.
–¿Cómo? –preguntaron varias mujeres al unísono.
–José.
–José, José –comenzaron a chismear varias campesinas entre sí, mas
con la mirada que con la boca.
–¿Y tu hijo cómo se llama? –no pudo contenerse de preguntar otra
de las muchachas.
–Juan.
–Juan, Juan –volvieron a repetir las muchachas. Se asomaba una
espuma en sus bocas. Tímidamente y empujando la una a la otra,
entraron en la habitación contigua.
Durante un rato reinó el silencio. Los del pueblo estaban, aún, bajo
la influencia de los recientes sucesos. Por otro lado, José ya había
perdido la paciencia.
–¿Compran? –preguntó, levantando los ojos en los que se reflejaba
toda la tristeza del mundo. No sabía decir algo más en español, pero
no fue necesario. Cada uno le compró un dios, le pagó cuanto tenía,
cantidad con la que ya hacía una utilidad, y prometió pagar el resto a
plazos.
*
De vuelta a la casa, solo cargó el lazo. Había vendido todos los
dioses. Se sentía ligero como nunca le había pasado antes; no tenía
que cargar con fardos, y además tenía la esperanza de que ya nunca
más sufriría de hambre ni de cualquier otra necesidad.
Más adelante, le fue difícil comprender cuánto había cambiado,
pues fue donde un peluquero cubano y le pidió que le cortara la
barba tal como se veía en un cuadro de Jesús.
–Tu madre debió haber sido muy devota –le dijo el peluquero con
alguna certeza.
–¿Cómo lo sabes?
–Desde que se embarazó, seguramente tuvo una estampita de Jesús
con ella todo el tiempo.
–Es posible –se alegró José. ¿Cómo lo había hecho? Ni él mismo lo
sabía. Él solo sabía que las mujeres cristianas, sus clientas de los
pueblos vecinos, lo esperaban como los judíos al Mesías;
prácticamente lo endiosaban, y le permitían hacer una utilidad
mucho mayor de la que él mismo esperaba.
Ellas no sabían quién era él. Nunca les explicó que era judío; y
hasta hoy en día se pregunta cómo pudo esconder su origen.
Aprendió algo de español, sobre todo algunos versículos del Nuevo
Testamento, y además hablaba con los campesinos como si fuera un
santo.
Y si alguno de sus clientes le preguntaba a veces “¿qué eres tú?”,
ponía los ojos en blanco y, arrastrando las palabras, comenzaba la
perorata:
–¿Qué importa qué soy? Todos somos hijos de Dios…
– ¿Y los judíos? –preguntaron las mujeres, sin poderse contener.
– Los judíos también son hijos de Dios. Ellos son pecadores. Ellos
crucificaron a Nuestro Señor. Pero de todas maneras son hijos de
Dios, el mismo Jesús los perdonó –terminaba con voz quejumbrosa.
–¿Y usted realmente ama a los judíos?
–¡Naturalmente!
–¿De veras?
– ¿Y qué? –ponía cara de asombro e inmediatamente agregaba: –Mi
amor por ellos no es tan fuerte como mi amor por los cristianos, pero
sí los amo… A un pecador se lo puede convertir al camino
verdadero solamente con amor, así lo dijo el Señor Jesús.
–Tiene razón.
–Y bien que sí.
–Es un verdadero santo.
–¿Y usted ha visto alguna vez a un verdadero judío?
–querían saciar su curiosidad.
–Sí.
–¿Dónde?
–En Europa.
–¿Y a qué se parecen?
–Son iguales a nosotros.
– ¿En serio?
– Sí.
– Si usted lo dice, debe ser verdad.
Se miraban entonces las campesinas entre sí y la expresión de sus
rostros se tornaba seria y tensa, como en los momentos de gran
elevación.
José no hablaba más. Estaba totalmente concentrado en sí mismo.
Dejaba que los campesinos miraran las muestras de los dioses.
(Ahora solamente trabaja sobre pedido. Cuando está listo se lo envía
al cliente por correo y, cuando se encuentra solo, hace las cuentas de
dónde se encuentra hoy en el mundo, cuánto dinero tiene en el
banco, cuánto se le debe, y cuánta utilidad va a poder hacer en el año
que viene si el negocio crece, aunque sea en un cincuenta por
ciento.)
–¿Entonces debe uno preocuparse? –una sonrisa de felicidad
aparecía en su rostro y pensaba para sí mismo: “Te alabamos, Señor
del Universo, por haber traído a Jesús a este mundo”.
*
Otro comerciante de artículos religiosos apareció por los
alrededores. Todos los días deambulaba por los mismos pueblos, se
detenía ante cada casa, se secaba el sudor de la cara y el cuello, y
golpeaba en la hospitalaria puerta.
–¿Compran algo? –les rogaba.
Las amplias madres y sus hijas lo miraban con lástima. Trataban de
consolarlo con frases amables. La suavidad de la lengua española se
presta para eso. También sus grandes y tristes ojos producían ese
sentimiento. Incluso querían ayudarlo con una limosna, pero no les
interesaba ni siquiera mirar sus estampas de los santos.
–Lo siento mucho… –era la frase que siempre oía por todas partes a
donde iba.
–Compre y no lamente.
–Tienes razón –contestaban las mujeres con una leve sonrisa.
Y él se quedaba parado con su expresión deprimida y sus tristes
ojos, mirando a las campesinas sin poder entender el porqué, a
menos que se tratara de simple testarudez.
Algunos niños lo rodearon, observaron su expresión seria, tocaron
con cuidado los marcos de los retratos empacados y se pusieron a
jugar.
–Dile a tu mamá que compre un santo –le dijo a uno de los niños, y
le acarició la cabecita.
El niño dejó de reír, mirando alternativamente al vendedor
ambulante y a su mamá. No podía entender qué estaba pasando.
–Cómo eres de buenecito –la mamá abrazó amorosamente a su niño,
que se había puesto serio.
–Yo también tengo un niño así en la casa –dijo el vendedor
ambulante y se le aguaron los ojos.
–¿Que un hombre llore?
–Y es el que provee para una mujer y sus hijos.
–Que cómico –un par de muchachas no pudieron aguantar la risa y
se rieron en su cara.
Entonces él se avergonzó. Miró sus ojos sonrientes, sintió la
impotencia y se fue. Las piernas le pesaban y se sentía mareado.
Sin embargo, se repuso. Iba de pueblo en pueblo, golpeaba en todas
las puertas y con mucha humildad exhibía su mercancía.
–Compren…
–Si ustedes me ayudan, Dios les ayudará.
–Además vendo muy barato –le decía a cada una, mirándola
directamente a los ojos.
Sin embargo, rara vez encontraba a alguien interesado en sus bajos
precios. Casi todos esperaban a que llegara el “santo”, el santo
vendedor que era tan parecido a Dios mismo… y de ese, del nuevo
vendedor de estampas sagradas, se deshacían muy rápido.
–No necesito.
–Lo siento mucho.
–Ya le hemos comprado a otro…
Ya se sabía de memoria todas las respuestas.
–¿Y si no es con dioses no hay otras cosas con las que se pueda
negociar?
Y con esta amargura volvía todos los días hacia sus compatriotas.
–¿Y si fuera con otra cosa sería mejor?
–A la boca nada llega volando.
–¿Y cómo voy a deshacerme de los dioses que ya he comprado?
–Hay que trabajar –dijo uno de sus compatriotas para demostrarle
que hablaba español.
–Pero mi trabajo es gratuito.
–Ahora estás trabajando gratis pero con el tiempo se pagará –
trataron de consolarlo los amigos.
–Con el tiempo, con el tiempo –y se puso tan nervioso que no
atinaba a saber a quién le estaba gritando.
*
Se oscureció, de repente, hacia el mediodía. El despejado cielo
tropical se nubló. Oleadas de calor brotaban de la tierra, el aire se
tornó más denso y la atmósfera más agobiante. En cualquier
momento podía largarse el aguacero.
Los campesinos que llevaban sus mercancías a la ciudad se
impacientaron; temían que la lluvia los cogiera en la mitad de la
carretera. Se calaron los sombreros hasta los ojos, acomodaron las
cestas con las gallinas a un lado de la silla de montar y los
recipientes con leche al otro lado, y hostigaron los caballos al
máximo.
–Pronto, más rápido, pronto.
–Ya va a comenzar a diluviar.
–Te vas a ensopar con tus dioses en medio del campo –los de
caballo sintieron lástima por el pobre caminante, hundiendo más las
espuelas en las bestias.
Y él apenas podía mover los pies. Sus pasos eran pesados y lentos.
Ya había pasado el mediodía y no había logrado vender ni siquiera
una estampa.
Llegó al pueblo más cercano, totalmente empapado. Divisó una
puerta abierta en una casa llena de gente, se acercó, entró, puso el
bulto en un rincón y comenzó a quitarse la ropa empapada de su aún
más empapado cuerpo.
–Tome estos cinco dólares y envíeme para la semana entrante un san
Antonio como ese –escuchó que una señora le decía a alguien.
–Y para mí un Jesús frente al pozo.
–Yo me quedo con el santo Pablo Toe, tres dólares y el resto se lo
pago a plazos.
–Oiga, no se le olvide enviarme la Santa María.
–Y yo quiero la Madre con el Niño –gritaban las mujeres,
compitiendo en volumen.
No podía creer lo que escuchaba. Pensaba que era un sueño. Uno de
sus agradables sueños nocturnos, en los cuales se veía rodeado por
campesinas que competían entre sí para comprarle un dios. Él sabía
que esa maravilla solo podía suceder en los sueños, pero estaba
seguro de que no era posible en la realidad.
¿Qué era lo que podía estar pasando allí?, se preguntaba, ¿y por qué
sería que nunca antes se había percatado de ese rincón? Adelantó
unos pasos. De repente paró, totalmente desconcertado. Comenzó a
temblar con todo su cuerpo, pero trató de disimular su sorpresa:
nunca había visto un hombre que fuera tan parecido a Jesús.
“Con que esto es”, se dijo a sí mismo. Observó cómo José entornaba
a cada rato los ojos hacia el cielo y bendecía a las campesinas como
un rabino a sus seguidores.
Lo impresionó la veneración que las mujeres del pueblo mostraban
hacia el extranjero.
“No, no. Un farsante como ese no podré ser nunca”, y se hizo a un
lado para que José no lo notara.
En ese momento se desvaneció su última gota de esperanza.
*
–¿Y tú de dónde vienes? –se sorprendieron las campesinas cuando
vieron al nuevo vendedor de dioses, después de haberse ido José.
– De Santo Domingo.
– ¿Acabas de llegar?
– No, ya pronto me voy.
– ¿Viste a nuestro Jesusito?
– ¿Están ustedes hablando del vendedor de estampas?
– Sí. ¿No cree que se parece a Jesús? –dijeron ofendidas las
campesinas.
– ¿A Jesús? Él es en realidad judío.
Las palabras se escaparon de su boca con extraordinario ímpetu.
–Embuste.
–Usted es el que es un “judío”.
–Y, además, apestoso –dijeron al unísono todas las campesinas y
palidecieron por el disgusto.
–Palabra de honor que él es judío –y el nuevo vendedor de estampas
se entusiasmó al darse cuenta de la reacción tan negativa que les
producía la palabra “judío”.
Sin embargo, todos los argumentos fueron en vano. Las campesinas
no le creyeron.
–No, no puede ser.
–Vete de aquí –y ya no quisieron seguirlo escuchando.
Entonces calló y, en silencio, salió de la casa. Sin embargo, no salió
del pueblo tan rápidamente. Entabló amistad con unos muchachos.
Los invitó a tomar algo y en la mesa, sorbiendo el café, les informó
que el vendedor parecido a Jesús, y al cual sus madres pagaban tanto
dinero por las estampas que le compraban, era, en realidad, un judío,
un nieto de los que crucificaron a Jesús.
–No hable boberías.
–¿Cómo es posible?
–No me lo diga –tampoco los muchachos querían creerle.
Y junto con la terquedad de los muchachos, crecía la de él. Hasta
que les contó sobre el primer precepto judío. Le entregó veinticinco
dólares al dueño de la cafetería y juró que, si los engañaba, los
muchachos podían quedarse con el dinero.
Los dólares hicieron su efecto. Los muchachos se animaron. La
sangre se les subió a la cabeza y comenzaron de nuevo a beber.
José no había llegado a la primera casa del pueblo cuando un
muchachito se atravesó en su camino.
–Oiga, señor, mi mamá quiere comprarle algo –dijo con el aliento
entrecortado.
–Bendito eres, hijito –fue la tierna respuesta de José.
–Por aquí es más cerca –y el niño comenzó a correr por los campos,
con José tras él.
Ya estaban lejos del pueblo. El niño ya le había señalado con el dedo
que “allí” se encontraba la casa y, aunque José no veía “allí”
ninguna casa, no sospechó nada; pensó que sus ojos no podían ver
tan lejos como los del joven muchacho.
–Oye, santo, ¿tú eres judío? –de repente, como saliendo de la tierra,
se le apareció a José un cubano joven y fuerte.
José lo miró con asombro. Quería decir algo, pero no le salía. Su
siempre afilada lengua le falló en ese minuto. Y cuando sintió que
podría decir algo, ya era demasiado tarde: ya estaba, cuan largo era,
en el suelo. Unos muchachos le inmovilizaban las piernas, otro la
cabeza y otros dos las manos. Pateaba y trataba de zafarse con todas
sus fuerzas. De nada sirvió: ellos eran más fornidos y lograron su
objetivo.
Lo dejaron tirado, medio desnudo en la mitad del campo, y
constataron que él realmente era judío. Cada uno le escupió la cara,
le gritaron “judío” y corrieron hacia el pueblo a contar sobre la
visión pasmosa.
Las campesinas del pueblo no querían creer lo que sus propios hijos
les contaban. Y por mucho tiempo no compraron nada al nuevo
vendedor, porque seguían con la esperanza de que “Jesús” iba a
volver. Él, José, ya nunca más volvió a ellas.

Pinkhes Berniker
Lubtsh, Bielorrusia, 1908