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Predicación Efesios 4:1 – 3

Efesios 4:1 – 6 “YO pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la
vocación con que sois llamados; (2) Con toda humildad y mansedumbre, con paciencia
soportando los unos á los otros en amor; (3) Solícitos á guardar la unidad del Espíritu en el
vínculo de la paz.”

Introducción
La carta a los Efesios se divide en dos grandes partes:

- Qué es lo que Dios ha hecho por los gentiles (lo que nos incluye a nosotros).
- Qué es lo que nosotros hacemos como hijos de Dios.

Los primeros 3 capítulos hemos visto lo que Dios ha hecho por nosotros, a partir del capítulo
4 veremos lo que nosotros debemos hacer por el Señor. Ojo, no porque nosotros podamos
aportar algo a Dios, sino porque la obra que el lleva a cabo en nosotros nos mueve a actuar.

Ahora, a lo que el apóstol Pablo apunta ahora en adelante, es dar concejos que hagan que la
iglesia se fortalezca.

Si leemos el capítulo 4 de Efesios completo, nos vamos a dar cuenta de la intención del
apóstol para todo lo que sigue de la carta. Los versículos 12, 13 y 14 dicen:

Efesios 4:12-14 “Para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación
del cuerpo de Cristo; (13) Hasta que todos lleguemos á la unidad de la fe y del conocimiento
del Hijo de Dios, á un varón perfecto, á la medida de la edad de la plenitud de
Cristo: (14) Que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados por doquiera de todo viento de
doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia los artificios
del error.”

Pablo quiere que estos hermanos de la iglesia de Éfeso sean perfeccionados, que la obra del
ministerio fructifique y que el cuerpo de Cristo sea edificado hasta alcanzar “la unidad de la
fe” y la plenitud en Cristo. El propósito de Dios para su iglesia es que sean llenos de su
plenitud. Pablo ya lo ha mencionado antes, al final de Efesios 3. Pablo busca que la iglesia
sea madura, fuerte, de manera que los falsos maestros no puedan llegar y enseñar sus falsas
doctrinas para, posteriormente, destruir la iglesia

Es por esto por lo que, luego de haber construido toda una base doctrinal sobre la cual los
hermanos de Éfeso se pudieran afirmar, ahora el apóstol los empieza a guiar para que sus
vidas reflejen efectivamente la obra de Dios en sus hijos y la iglesia se fortalezca.

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El llamado que hará el apóstol Pablo a la iglesia para que alcance su plenitud es: Andar como
es digno que ande un hijo de Dios. Luego, a partir de aquí, veremos cómo Pablo aconseja a
los Efesios para que sean dignos cristianos y lo primero a lo que apuntará el apóstol Pablo es
a la unidad. La iglesia debe estar unida. Si somos un cuerpo, no pueden estar las extremidades
y órganos separados, mucho menos de la cabeza, que es Cristo. Si la iglesia es un templo, los
ladrillos que lo componen deben estar juntos para constituir las murallas, y estar fuertemente
sujetos a la piedra del ángulo, que es Cristo, lo que permite que los muros puedan crecer
perfectamente rectos para una correcta edificación. ¿Cómo alcanza la iglesia esa unidad?
Para empezar a responder a esta pregunta, vamos a ver los 3 primeros versículos de Efesios
4, donde vamos a ver la base de una iglesia que permanece unida y que puede ser edificada
en el Señor.

Efesios 4: 1 ¿Qué es lo que el apóstol Pablo pide a la iglesia de Éfeso?

“YO pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno


de la vocación con que sois llamados…”
Lo primero que vemos es a un apóstol Pablo que, habiendo sufrido hasta el punto de la
cautividad por la causa de Cristo, ruega que andemos como es digno “de la vocación con que
sois llamados”.

Tenemos que tener en cuenta que una de las consecuencias de seguir los pasos de Cristo y
vivir por su causa es la persecución. Pablo está viviendo en la cárcel y sin embargo, desde
allá manda una carta a los Efesios para decirles que deben andar por el mismo camino que él
está andando. Para el mundo esto no sería más que o un acto de egoísmo, de maldad o
simplemente de locura. Sin embargo, ya vimos en el capítulo 3 de Efesios que Pablo predica
y trabaja para el Señor porque Dios le ha dado de su gracia para predicar el evangelio. Todo
sufrimiento por causa de Cristo es nada comparado con lo que el Señor le da a sus hijos en
la Tierra y lo que les dará en el cielo. En Efesios 3 vimos a Pablo diciéndoles a los hermanos
que no se apenaran por sus tribulaciones, ahora en el capítulo 4 les insta a que sigan el camino
que puede llevarlos a sufrirlas. Pero la meta a alcanzar, el premio, es infinitamente más
preciado que el bienestar terrenal.

Entonces, podemos aferrarnos a la misma fortaleza que tiene el apóstol, la gracia de Dios, su
infinito amor y misericordia por nosotros, para seguir un camino que puede llevarnos a sufrir
aquí en la tierra, pero que hará que el nombre de Dios sea glorificado.

¿Qué es lo que pide el apóstol?


Que andemos como es digno “de la vocación con que sois llamados”.

El Señor, por medio de Pablo, nos está diciendo que hay un estándar aceptable. Hay una
forma digna de vivir como parte de la iglesia de Cristo, acorde al llamado que hemos recibido.
Esta es nuestra primera advertencia. Dios ha establecido a la iglesia en la Tierra para la
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predicación del evangelio y la glorificación de su nombre, sin embargo, si las personas que
constituyen la iglesia no andan como es digno, luego la iglesia no será digna. La meta es
alcanzar la plenitud en Cristo, esa es la manera digna de vivir conforme a los estándares de
Dios.

El problema surge cuando anteponemos nuestras propias visiones de vida, nuestras propias
opiniones, nuestros pensamientos y le adjudicamos un carácter espiritual y cristiano. Pero si
nuestro pensamiento no es conforme a la palabra de Dios, luego lo único que estaremos
haciendo será entorpecer el crecimiento de la iglesia. Existe una forma correcta y Dios la
muestra en su Palabra.

En primer lugar, cuando Pablo habla de ANDAR, utiliza la palabra griega peripateo. El
significado de esta palabra es “andar alrededor”, no en una sola dirección, sino por todas
partes. Básicamente está llamando a que todo ámbito de nuestra vida debe ser gobernado por
esta dignidad que demanda Dios, no un solo ámbito, TODOS. Si queremos alcanzar la
plenitud en Cristo, como hijos de Dios, como iglesia, nuestra VIDA debe ser digna conforme
al llamado. No basta la iglesia, nuestro día a día debe ser acorde a este andar dignamente. Y
es que Dios nos ha predestinado, nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo,
como lo vemos en Efesios 1, y nos ha tomado para que seamos parte de su pueblo, ha
reformado nuestra naturaleza, nos ha hecho coherederos del pacto, y para ello, nos ha llamado
a nosotros. Un Dios Santo que no tolera el pecado, nos escogió y nos llamó. Y una vez salvos,
nuestro andar debe reflejar una vida digna de nuestro Señor. Esto se verá reflejado
directamente en la iglesia y en su edificación.

Efesios 4: 2 ¿Cómo se caracteriza ese andar digno que Dios busca de


sus hijos? 1ª Parte: Las características de un cristiano

“Con toda humildad y mansedumbre, con paciencia soportando


los unos a los otros en amor…”
El pasaje es bastante claro. Nos señala 4 características que son fundamentales para la
convivencia en la iglesia. Estas son:

- Humildad
- Mansedumbre
- Paciencia y
- Amor

Un hijo de Dios, perteneciente al cuerpo de Cristo, debe contar con estas características, dado
que estas regulan y sostienen la comunión en la iglesia.

Debemos ser humildes, teniendo siempre en cuenta que no estamos exentos de pecado, por
lo que debemos estar en constante arrepentimiento del mal que hacemos.

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Debemos ser mansos, dispuestos a recibir el ataque o la corrección sin sobre reaccionar,
manteniéndonos calmados ante cualquier presión externa.

Y es interesante lo que el Señor nos muestra en su palabra en el versículo 2 de Efesios 4,


porque une a la humildad con la mansedumbre, dice “con toda humildad y mansedumbre”,
las junta, no se presentan separadas, sino que el Señor quiso emparejar estas dos
características

¿Cómo podríamos entender esto en el contexto de la iglesia, donde se supone que solo hay
hijos de Dios?

La humildad lleva al cristiano a reconocer su condición pecaminosa, lo que lo lleva al


arrepentimiento. Mientras que la mansedumbre lo lleva a escuchar el evangelio, escuchar
sobre el pecado y su ofensa a Dios, sin resentirse, sino sujetándose a lo que el Señor muestra
en su Palabra, porque sus propias justicias, aquellas buenas obras por las que podría sentirse
orgulloso antes de conocer el evangelio, ya no valen nada en sí mismas.

Si hemos pecado contra un hermano, la humildad es aquello que nos lleva a reconocer nuestro
mal. La mansedumbre es la que nos permite recibir la corrección que viene de la Palabra de
Dios, ya sea por medio de la lectura bíblica, ya sea por medio de una predicación fiel, o por
medio de un hermano que actúa conforme a lo que la Palabra de Dios enseña. De esta manera,
podremos pedir perdón a aquellos a los que ofendemos, aun cuando no teníamos la intención
de hacerlo. Hermanos, si queremos que la iglesia esté unida, debemos estar dispuestos a
reconocer nuestras propias fallas y pecados para poder ser corregidos. Dios, por medio de la
corrección nos perfecciona, nos lleva a su plenitud.

Aquí se presenta un problema que al parecer es bastante más común de lo que creemos. Las
críticas a la iglesia. Muchas veces somos muy buenos para ver de lo que la iglesia carece, lo
que a veces nos lleva justificar nuestros propios pecados. Si juzgamos que la iglesia, como
un todo, está en peor estado espiritual que el mío, podemos caer en el error de justificar
nuestros propios pecados, al fin y al cabo “yo soy mejor que ellos”, “ellos no tienen idea de
cómo una iglesia tiene que ser, yo sí”, y de esta manera terminamos naturalizando pecados
que guardamos en nuestros corazones, y nos quedamos sin la posibilidad de corregirlos, aun
cuando el predicador del domingo haya hecho alguna amonestación al respecto. Es por esto
que la humildad y mansedumbre deben ser algo personal y de constante meditación. No
importa el estado espiritual de la iglesia, si yo no soy capaz de reconocer mis pecados y de
aceptar corrección, y esto mismo ocurre en cada uno de los asistentes de la iglesia, luego la
suma total será una iglesia orgullosa que no reconoce su pecado ni acepta la corrección que
viene de la palabra de Dios.

¿Qué hay de la paciencia y el amor?

También están unidas en este pasaje. Ya no estamos hablando de reconocer nuestros pecados
que pueden afectar la convivencia en la iglesia, estamos hablando de que ahora debemos ser
capaces de tener paciencia con aquel hermano o hermana que no hace las cosas como nos
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gustaría. Estamos hablando de que debemos SOPORTAR los pecados que otros puedan
cometer contra nosotros por medio del amor. Cuando se habla de PACIENCIA en Efesios
4:2, en el griego, la traducción literal dice “con longanimidad de buen ánimo”, es decir, con
“Grandeza y constancia de ánimo en las adversidades”, con “Benignidad, clemencia,
generosidad”. No es mera paciencia, como una especie de vaso que sea capaz de aguantar
una gran cantidad de agua hasta que llegue aquella gota que lo rebalse. No se trata de que el
Señor nos esté diciendo “HAZ CRECER ESE VASO, ASÍ SERÁ MÁS DIFÍCIL QUE
LLEGUE UNA GOTA QUE LO REBALSE”, sino que Dios nos llama a que mantengamos
un buen ánimo aun cuando podamos estar pasando por adversidad al momento de que un
hermano peque contra nosotros. ¿Y que es aquello que puede mantener ese buen ánimo? El
amor por nuestro hermano. No importa cuántas veces peque contra mí, lo perdonaré siempre.
Soportaré esa carga y el amor será aquel pilar que me ayude a sujetarme, para que pueda ser
capaz de perdonar a mi hermano. El apóstol Pablo oraba en Efesios 3 para que la iglesia de
Éfeso pudiese comprender la grandeza del amor de Cristo y llegar a la plenitud de Dios, pero
esto solo era posible si la iglesia estaba arraigada, cimentada, enraizada en amor. Luego, el
amor será aquello que nos llevará a la plenitud que Dios busca de su iglesia, y nos servirá
como primer paso para mantener una convivencia sana en la congregación.

Todo lo que hablamos, el apóstol Pablo lo muestra también en otros pasajes: Col

Colosenses 3:12 – 15 “Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de


entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia;
Sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros si alguno tuviere
queja del otro: de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y
sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección. Y la paz
de Dios gobierne en vuestros corazones, á la cual asimismo sois llamados en un cuerpo;
y sed agradecidos.”

Estas características que nos presenta Dios a través de Pablo van dirigidas a la iglesia para
que en ella pueda existir una convivencia correcta. Si queremos tener una iglesia fuerte, plena
en el Señor, lo primero que tenemos que ver es si las personas que la constituyen pueden
convivir. Dios nos enseña de qué manera es posible que personas tan diferentes puedan
mantenerse verdaderamente unidas.

¿Existe verdadera convivencia en la congregación? Si usted, hermano o hermana, ha tenido


en su corazón pensamientos como “yo nunca voy a perdonar a ese hermano” o “no sé por
qué se ofendió de lo que dije, no creo que tenga que pedirle perdón”, entonces usted está
afectando a la convivencia que Dios quiere que exista en su iglesia para que esta pueda
alcanzar la perfección que el Señor busca de ella. Al fin y al cabo, si en Cristo alcanzamos el
perdón de nuestros pecados por medio del arrepentimiento y la fe, entonces debemos ser
capaces de perdonar a nuestros hermanos.

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Efesios 4: 3 ¿Cómo se caracteriza ese andar digno que Dios busca de
sus hijos? 2ª Parte: No bastan solamente las características.

“Solícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la


paz.”
Se debe ser “solícitos” para guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. ¿Qué quiere
decir esto? Que debemos esforzarnos por mantener la unidad. Insisto, las buenas relaciones
en la iglesia no se darán solas. Es cierto que Dios obra sobrenaturalmente en nosotros sus
hijos, pero el mismo nos instruye a que debemos actuar. Dios prepara las buenas obras,
nosotros debemos ANDAR en ellas, como dice Efesios 2: 10. El Señor demanda de su iglesia
un actuar, el hacer, y aquí nos exige que nos esforcemos en mantener la unidad del Espíritu
en el vínculo de la paz.

En los tiempos de Pablo, la división entre judíos y gentiles era mucho más evidente que ahora
en la actualidad, hablando de la iglesia primitiva. Pablo les instaba a que mantuvieran la
unidad que les otorgaba el Espíritu Santo al hacerlos a ambos partes de un mismo pueblo. Y
es que quien ha llevado a cabo la obra en cada uno de los cristianos, judíos y no judíos en los
tiempos de Pablo, fue el Espíritu Santo. Dos pueblos que antes se diferenciaban tan
claramente, uno marcado hasta en su propia carne por medio de la circuncisión, mientras que
el otro no contaba con señal alguna. Un pueblo contaba con un espacio especial para la
adoración, mientras que el otro se mantiene marginado por medio de una muralla. Ahora, por
los méritos de Cristo y la obra del Espíritu Santo obrando en ellos, pasan de estar enemistados
a tratarse como hermanos, aquellos que eran extranjeros, se hacen cercanos y coherederos de
las bendiciones que Dios tenía preparadas para su pueblo. Dios ha obrado de tal manera que
ahora se ha formado un solo cuerpo, la iglesia, donde Cristo es la cabeza.

¿Y qué hay de nosotros? Ignoro si hay alguien judío o de ascendencia judía en la iglesia, pero
la gran mayoría no somos más que gentiles, todos de distintas partes, distintos orígenes, y sin
embargo estamos reunidos bajo un mismo techo para adorar a Dios y aprender de su palabra.
Si Dios demandó a judíos y gentiles cristianos que convivieran, se toleraran, se perdonaran
¿Cómo no podríamos nosotros responder al mismo llamado de mantener la unidad de la
iglesia de Cristo, que Dios nos ha concedido por medio de la obra de su Espíritu en nosotros?

Ahora ¿Cómo se sostendría esta unidad? Mediante la paz. El vínculo de paz que se ha
formado es uno de los motores que nos deben mover a querer que la misma paz permanezca
en la iglesia para que esta sea digna para el Señor. Si queremos que se mantenga la unidad
en el Espíritu que Dios nos ha dado, entonces es bueno pensar en aquella paz que Cristo ha
ganado para nosotros, para que gentes de todos los rincones del mundo puedan disfrutar de
la comunión que solo Jesús puede dar entre los cristianos. Pablo ya lo ha mostrado antes, y
es que Cristo mismo fue en quien ambos pueblos completamente distintos, judíos y gentiles,
pudieron alcanzar la paz. Fueron vinculados como un solo pueblo. Jesús derribó la muralla

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de separación que hacía distinción entre judíos y gentiles en la adoración a Dios. Cristo
reconcilió a ambos pueblos con Dios y a los dos entre sí matando las enemistades.

Con esto, llegamos a que el vínculo de paz que nos une es Cristo mismo. Llegamos a la
misma conclusión que llegamos anteriormente. Cristo se convierte en el centro, en la base de
todo. Cristo es la cabeza del cuerpo, Cristo es la piedra del ángulo que permite la edificación
de un templo digno para Dios y Cristo es nuestra paz que permite que la iglesia pueda
funcionar y crecer.

Conclusión
Dios está buscando que su iglesia sea plena en Él, que crezca, que se perfeccione. Es lo que
demanda de ella. Nuestro deseo debe ser permanentemente el querer ser dignos de nuestro
Señor, empezando por ser una iglesia unida. Pero para eso debemos empezar a revisarnos,
ver en qué fallamos, si es en nuestra humildad, aquella que nos permite reconocer que somos
seres que pecan, que se equivocan, que fallan, que hacen sufrir a otros y que ofenden la
santidad de Dios. Ver si fallamos en la mansedumbre, que nos permite recibir la corrección
oportuna sin ofendernos y facilitando que reconozcamos lo que hemos hecho mal. Ver si
fallamos en la paciencia que nos permite soportar las ofensas y errores que el prójimo pueda
cometer contra nosotros. Si fallamos en el amor, que es aquello que finalmente nos permitirá
perdonar y buscar el bienestar de nuestro hermano. Si fallamos en ser esforzados y activos
en buscar mantener la unidad en la iglesia. Si vemos que estamos llegando al extremo de no
cumplir ninguna de estas cualidades, es momento de que fijemos nuestra mirada en Cristo.
Él es capaz de traer la paz, no solamente entre mi prójimo y yo, sino entre Dios y yo. Es lo
principal, dejar que Cristo tome su merecido lugar, el centro de todo, para que él se convierta
en ese puente que es capaz de conectar y llevarnos a la comunión con Dios.

Cristo mismo enseña: Bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos.
Humíllate delante de Dios, reconoce tu pecado, deja que su palabra obre en ti sin resistir y
deja que Cristo haga la obra que permitirá que llegues a la plenitud que Dios quiere en ti. Y
serás feliz, verdaderamente feliz. Y de esta forma, el Señor, mediante su Espíritu seguirá
perfeccionando su obra en ti, y por consiguiente, construyendo una iglesia digna para que Él
sea glorificado, al fin y al cabo, todo lo que ha hecho el Señor y todo lo que nosotros hacemos
es para la “Alabanza de su gloria”.