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El error del Papa Celestino III acerca de la indisolubilidad del matrimonio

Existe un caso poco conocido acerca de un grave error papal, en torno a la


indisolubilidad del matrimonio, que se produjo en el siglo XII. Se trata del caso de
una mujer católica cuyo marido, también católico, se alejó de la fe, la abandonó, se
casó con otra mujer y procreó hijos con ésta. Tras consultar a su archidiácono, la
esposa abandonada recibió el permiso para contraer un segundo matrimonio, a
pesar de que la validez de su primer matrimonio no estaba en entredicho.
Con aquel beneplácito de su archidiácono, la mujer se volvió a casar y tuvo hijos
con su nuevo cónyuge. El asunto se complicó aún más cuando su primer marido
regresó a la fe, dejo a la otra mujer, y buscó reconciliarse con su esposa. El caso
eventualmente quedó en manos del Papa Celestino III (m. 1198), este consideró la
cuestión y determinó que la mujer debería permanecer en la segunda unión adúltera
en lugar de regresar a su verdadero esposo.
Este no fue un error de poca monta por parte del Papa Celestino, ni en sí mismo ni
en sus consecuencias. No sólo fue este un juicio contrario a la enseñanza de las
Sagradas Escrituras, sino que además tuvo como consecuencia convalidar el
estado de adulterio de una mujer. Debido al grave error cometido en este asunto el
Papa Celestino ha sido acusado de herejía por lumbreras tales como Alfonso de
Castro. [1]
El error del Papa Celestino fue el resultado de una interpretación equivoca del
Privilegio Paulino (1 Cor, 7:15), en virtud del cual los vínculos de un
matrimonio natural —i.e., un matrimonio válido entre cónyuges que no han sido
bautizados— pueden ser disueltos si uno de los cónyuges encuentra la fe y
posteriormente es abandonado por el conyugue no creyente. Al no distinguir
adecuadamente entre un matrimonio natural y un matrimonio sacramental,
Celestino malinterpreta las Escrituras como si estas sostuvieran que un
matrimonio sacramental válido —i.e., entre dos personas bautizadas— podría ser
disuelto si uno de los cónyuges cae en herejía. El sucesor inmediato de Celestino,
el Papa Inocencio III, corrigió el error en la carta Quanto te Magis, dirigida al obispo
de Ferrara. El Papa Inocencio dice ahí:
Nos ha comunicado tu fraternidad que al pasarse uno de los cónyuges a la herejía,
el que queda desea volar a nueva boda y procrear hijos, y tú tuviste por bien
consultarnos por tu carta si ello puede hacerse en derecho. Nos, pues,
respondiendo a tu consulta de común consejo con nuestros hermanos, aun cuando
algún predecesor nuestro [Celestino III] parezca haber sentido de otro modo,
distinguimos, si de dos infieles uno se convierte a la fe católica o de dos fieles uno
cae en la herejía o se pasa al error de la gentilidad.
Porque si uno de los cónyuges infieles se convierte a la fe católica y el otro no quiere
de ningún modo cohabitar, o al menos no sin blasfemia del nombre divino, o para
arrastrarle a pecado mortal, el que queda, puede pasar, si quiere, a segunda boda;
y en este caso entendemos lo que dice el Apóstol: “Si el infiel se aparta, que se
aparte: en estas cosas el hermano o la hermana no está sujeto a servidumbre” [1
Cor, 7:15]; y también el canon que dice: “La injuria del Creador deshace el derecho
del matrimonio respecto al que queda” (Contumelia creatoris solvit jus matrimonii
circa eum qui relinquitur).[2]
Mas si es uno de los cónyuges fieles el que cae en herejía o se pasa al error de la
gentilidad, no creemos que en este caso el que quede, mientras viva el otro, pueda
volar a segundas nupcias, aun cuando aquí parezca mayor la injuria del Creador.
Porque aunque el matrimonio es verdadero entre los infieles [i.e., un matrimonio
natural]; no es, sin embargo, rato; entre los fieles, en cambio, es verdadero y rato,
porque es promesa de fidelidad que una vez fue admitido, no se pierde nunca, sino
que hace rato el sacramento del matrimonio para que mientras él dure, dure éste
también en los cónyuges.[3]
El Papa Inocencio interpreta correctamente el criterio Paulino (1 Cor, 7:15) como
aplicable a los lazo de unión natural entre dos infieles (que puede ser disuelto en
ciertas circunstancias) mas no al vínculo del matrimonio sacramental que perdura
hasta la muerte.
El juicio erróneo del Papa Celestino destaca los límites de la infalibilidad papal
mostrando que un Papa legitimo puede, como parte de su oficio de enseñanza (el
Magisterio), pronunciar un fallo que contradice la revelación Divina y convalida a
una persona en el pecado mortal objetivo. Tal cosa es posible siempre y cuando el
Papa no esté ejerciendo su magisterio de manera extraordinaria: al (1) emitir un
juicio final y definitivo (2) en torno a la fe o a la moral (3) que imperará en la Iglesia
universal. Mientras estas condiciones no se cumplan el error es posible, el
error grave incluso. Y si alguien cree que todo dictamen no infalible de un Papa es,
por lo menos, «infaliblemente viable» (aunque no sea infaliblemente cierto), se
meterá en camisa de once varas explicando cómo es que este juicio Papal no
infalible resulta en la justificación de un estado objetivo de adulterio de una mujer.
Hay, sin embargo, aún más en este caso que demuestra y hace más patente los
límites de la infalibilidad y nos enseña lo que Dios permite en su Iglesia.
El error de Celestino se incorpora al derecho canónico
Los límites de la infalibilidad Papal se destacan aún más por el hecho de que el error
del Papa Celestino fue incluido más tarde en las Decretales del Papa Gregorio IX
(conocido como Quinque Libri Decretalium): la primera compilación promulgada
como derecho canónico por un Papa[4] para la Iglesia universal. [5]
En su conocido comentario sobre el Código de 1917 el padre Charles Augustine,
O.S.B., explica que la Bula Papal de Gregorio IX, Rex Pacificus, que promulgó las
Decretales, le dio «valor jurídico pleno como texto normativo» a «cada capítulo en
su parte dispositiva» [6], lo cual obviamente incluye la enseñanza errónea del Papa
Celestino. Las Decretales de Gregorio se incluyeron posteriormente en el Corpus
Iuris Canonici (cuerpo de derecho canónico), que permaneció en vigor hasta la
promulgación del Código de 1917 [7]
He aquí el texto que contiene el error del Papa Celestino, tomado de las Decretales
del Papa Gregorio que se encuentran en el Corpus Iuris Canonici:
Decretales de Gregorio IX, Lib. III, Tit. XXXII, Laudabilem, De la conversión de los
infieles, por el Papa Celestino III:
Un hombre cristiano negó a Cristo por odio a su esposa y se unió a una mujer
pagana con quien procreó hijos. La mujer cristiana que había sido abandonada,
para deshonra de Jesucristo, se unió en segundas nupcias con el consentimiento
del Arcediano y tuvo hijos. No nos parece que si el primer marido regresa al seno
de la Iglesia la mujer debería volver la espalda al segundo para regresar al primero,
especialmente cuando fue visto que ella se apartó del primero según el juicio de la
Iglesia. Y, como San Gregorio el Grande atestigua, «la afrenta al Creador disuelve
el derecho al matrimonio (solvat ius matrimonii) para el que se aparta por odio de la
fe cristiana. (…) [Relativo a esta cuestión tenemos] la norma y la doctrina del
Apóstol, en la que se dice “Mas si la parte infiel se separa, sepárese; En tal caso no
está sujeto a servidumbre el hermano o la hermana” [1 Cor. 7:15 —es decir, el
Privilegio Paulino]; así como el famoso Decreto de Gregorio [que se encuentra en
el Decretum de Graciano]: ” no es un pecado si [el cónyuge], después de haber sido
desechado por amor a Dios, se une a otro; [sin embargo], el infiel que partió peca y
en contra de Dios y en contra del matrimonio” [8] ». [9]
Comentando el caso de Celestino, y específicamente de las citas anteriores,
Belarmino escribe:
El trigésimo tercer [Papa acusado de herejía fue] Celestino III, de quien Alfonso de
Castro afirmó que de ninguna manera podría excusársele de herejía porque enseñó
que el matrimonio podría disolverse por ese pecado, y que sería lícito contraer otro
matrimonio si el cónyuge anterior habían caído en la apostasía. Aunque este decreto
de Celestino no existiera, es parte formal de antiguos Decretales; el
capítulo, Laudabilem, De la conversión de los infieles, es el Decreto que Alfonso
dice haber visto. Por otra parte, es claro que esta enseñanza de Celestino es
herética porque Inocencio III (cap. Quanto, 3) enseña lo contrario acerca del divorcio
y el Concilio de Trento lo define también de la misma forma. [10]
Belarmino procede a defender al Papa Celestino de la acusación de herejía
alegando, esencialmente, que el asunto aún no se había definido de manera
solemne («todo ese asunto estaba aún siendo cavilado») y señalando que la
intención de Celestino no era que ese juicio erróneo fuese una definición ex
cathedra, («respondió con lo que parecía más probable»). Más allá de que todo esto
pudiese eximir a Celestino de herejía —propiamente dicha— y demostrar que no
vulneró la Infalibilidad Papal, lo qué este histórico caso muestra es que un Papa
puede cometer un error grave acerca de una cuestión moral (que debería haber
estado clara) mientras la intención de su sentencia no sea una definición solemne.
Este caso también demuestra que un error pontifico sumamente grave, contrario a
la ley Divina, puede ser incorporado al derecho canónico y promulgado por un Papa,
con fuerza de ley, [11] para la Iglesia universal.
Ahora, para aquellos sedevacantistas que afirman que es «imposible» que surja
error de la Iglesia («la Iglesia no imparte el mal»), pregunto: ¿Niegan que el error
del Papa Celestino es perverso, o niegan que la enseñanza perversa, que se originó
en un Papa y fue promulgada como ley Canónica por otro Papa, surgió de la iglesia?
¿Y, si este error no proviene de la Iglesia, de dónde proviene?
Este suceso verídico es un precedente importante para nuestros días ya que
demuestra varias cosas:
La infalibilidad de la Iglesia se limita a las definiciones dogmáticas, o a la verdad
revelada que la fuerza del Magisterio ordinario y universal ha propuesto
definitivamente; está última instancia requiere la universalidad
sincrónica (universalidad en el espacio), así como una universalidad
diacrónica (universalidad en el tiempo). [12]
Si una doctrina no ha sido aún definida solemnemente, o si la enseñanza en
cuestión es novedosa (no es congruente con lo que la Iglesia ha enseñado siempre),
no habrá garantía divina alguna de que estará libre de error grave.
Es posible para un Papa concebir un juicio erróneo, fundamentado en una
interpretación errónea de las Escrituras y así avalar el estado de pecado mortal
objetivo de un individuo.
No todo juicio de un Papa tocante a la fe o la moral es infaliblemente veraz; ni es,
tampoco, siempre infaliblemente seguro —a menos que la definición de
«infaliblemente seguro» que se aplique incluya enseñanzas contrarias a la ley
Divina que conduzcan al pecado mortal objetivo. Este caso histórico también
demuestra que no está fuera del ámbito de lo posible que un
Papa auténtico incorpore al derecho canónico un error grave y lo promulgue para la
Iglesia universal.
Sería beneficioso tener en mente los cuatro puntos anteriores durante estos días
que nos ha tocado vivir y evitar así que nuestro propio juicio caiga en el error
creyendo que ciertas cosas que Dios, en Su inmensa sabiduría, ha
decidido permitir (por un bien mayor) son «imposibles», y acabemos perdiendo la
fe en la Iglesia misma.
Robert J. Siscoe
(Traducido por Enrique Treviño. Artículo original)
[1] Alphonsus de Castro, First Book Against the Heresies (1565), ch. 4.
[2] Decretum of Gratian, Secunda Pars. Causa XXVIII. Quaet. II, c. 2.
[3] Pope Innocent III, Quanto te Magi, to Hugo, Bishop of Ferrara, May 1, 1199,
Denz. 405-406.
[4] “From its promulgation by Pope Gregory IX in September 1234, until the Pio-
Benedictine Code came into full force in May 1918, the Quinque Libri
Decretaliumwas the basic canon law of the Catholic Church. An authoritative
collection—not a code—of canons, the … books were divided into 185 ‘titles’,
themselves made up of 1,871 ‘chapters’.” (Dr. Edward Peters, Resources on Ius
Decretalium, Friedberg Edition, January 3, 2013. Source: www.canonlaw.info).
[5] “The next important phase of canonistic development began in 1234 when
Gregory IX promulgated a systematic collection of all the decretals and canons …
which he wished to be preserved as laws of universal validity” (Tierney, Brian, The
Foundations of the Conciliar Theory, Catholic University of America, Washington,
DC, 1955, p. 17). “The reason for this collection [i.e., Decretals of Gregory IX] is
stated in the Bull ‘Rex pacificus’ [in which the Pope promulgated the laws] as follows:
Some decretals, on account of their length and resemblance to each other, appeared
to cause confusion and uncertainty in the schools as well as courts, and to remedy
this evil, the present collection is issued as an authentic one, to be employed in
schools and ecclesiastic courts exclusively of all others. This meant that (a) the
former five compilations were henceforward destitute of juridical value, and therefore
could not be alleged as law-texts by the ecclesiastical judges; (b) each and every
chapter in its dispositive part, no matter what its source or authority, was to have full
juridical value as a law-text; (c) the collection was to be considered the Code of Law
for the universal (Latin) Church, to the exclusion of all others of a general
character.” (Augustine, Charles, OSB Commentary on the New Code of Canon
Law, vol I, 2nd ed, (Herder Book Co, St. Louis Mo., London, 1918) Pp. 36-37.
[6] Ibid.
[7] “Sometime in the year 1230, (St.) Raymond Peñafort began compiling the texts
that would eventually comprise Pope Gregory IX’s famousQuinque Libri
Decretalium. Upon its promulgation in September of 1234 as the Church’s first
authentic collection of canon law (not yet a Code, but a binding collection
nonetheless), the Liber Extra (as the QLD was also known) was the mechanism by
which the canon law of the Catholic Church functioned for nearly 685 years, that is,
until the Pio-Benedictine Code went into full effect in 1918” (Dr. Edward Peters blog,
In The Light of the Law, January 21, 2010).
[8] “Si infidelis discedit odio Christianae fidei, discedat. Non est enim frater aut soror
subiectus seruituti in huiusmodi. Non est enim peccatum dimisso propter Deum, si
alii se copulauerit. Contumelia quippe creatoris soluit ius matrimonii circa eum, qui
relinquitur. Infidelis autem discedens et in Deum peccat, et in
matrimonium…” (Gratiana, Secunda Pars. Causa XXVIII. Quaet. II, c. 2).
[9] Corpus Iuris Canonici – Volume 2, Decretal. Gregory IX, Lib. III, Tit. XXXII,
“Concerning the Conversion of the infidels,” Cap. 1, pp. 587-588
[10] Bellarmine, De Romano Pontifice, bk. 4, ch XIV.
[11] “In 1230 Gregory IX ordered St. Raymund of Peñafort to make a new collection,
which is called the “Decretals of Gregory IX”. To this collection he gave force of law
by the Bull “Rex Pacificus“, 5 Sept., 1234” (Original Catholic Encyclopedia, 1913,
Vol. IX, p. 393).
[12]Para que una verdad revelada sea propuesta de manera infalible por la fuerza
del magisterio ordinario y universal, la doctrina debe poseer un carácter definitivo,
que se conoce, no por un acto único definitivo, sino por una multitud de actos no
definitivos. Por ejemplo, una doctrina que siempre ha sido enseñada y practicada
(e.g., sólo los hombres pueden ser ordenados al sacerdocio), una doctrina que se
considera que posee un carácter definitivo, a pesar de nunca haber sido definida
solemnemente. La doctrina debe ser también universal en el sentido pleno de la
palabra; o sea, requiere que sea enseñada por el cuerpo de los obispos sin
excepción (universal en el espacio), y debe remontarse a la era apostólica, al menos
implícitamente (universal en el tiempo). Este último punto es evidente en la carta de
Pío IX, Tuas Labentur, en la que afirma, «Incluso en la cuestión de la sujeción que
debe ser dada en el acto divino de la fe, este no debe limitarse a aquellas cosas que
han sido definidas [solemnemente] en grados evidentes por los Concilios
ecuménicos o por los Pontífices romanos de esta sede, sino que debe ampliarse a
lo que se enseña como divinamente revelado por el Magisterio ordinario de la Iglesia
entera, extendido por todo el mundo [universal en el espacio], y que, como
resultado, se nos presenta como perteneciente a la fe según el consenso universal
y constante (universali et constanti consenso) [universal en el tiempo] de los
teólogos católicos». (Tuas Libenter, English translation published in The Catholic
Church and Salvation, by J. Fenton, Seminary Press, New York, 2006, p. 4). Los
apologistas sedevacantes que rechazan la universalidad diacrónica generalmente
cortan la cita anterior inmediatamente después de las palabras «extendido por todo
el mundo», eliminando así la enseñanza de Pío IX que rechazan. Véase, por
ejemplo, el artículo de John Daly, “Did Vatican II Teach Infallibly” en el que la cita
de Tuas Libentur aparece truncada cada vez que la emplea.