Sie sind auf Seite 1von 5

Copete:

A partir de la consagración de los cómics de carácter autobiográfico de creadores como Art


Spiegelman, entre otros, diversos autores exploran el periodismo e impulsan la evolución
del lenguaje de la no ficción en viñetas. Es el caso de la estadounidense Sarah Glidden, que
recorre Turquía, Siria e Iraq con dos amigos reporteros en Oscuridades Programadas. De
todo esto y más nos habla Rubén Varillas, desde España, en exclusiva para los lectores del
Suplemento Cultural.

Los caminos del cómicperiodismo: Oscuridades Programadas, de Sarah Glidden.

Rubén Varillas
rubenvf@gmail.com
littlenemoskat.blogspot.com

Las referencias al mundo del periodismo como fuente de creación de ambientes o


inspiración argumental han sido recurrentes en la historia del cómic. Desde Clark Kent a
Kurt Severino (el personaje del Berlín, de Jason Lutes), pasando por Tintín o el inefable
Reporter Tribulete, los tebeos han estado habitados por multitud de periodistas y fotógrafos
que desempeñaban sus faenas reporteriles a la luz de una viñeta. En principio, la excusa
temática para explorar parajes desconocidos, dar a conocer a personajes extravagantes y
desentrañar misterios no podía ser mejor.
Sin embargo, en estas líneas no nos referiremos al periodismo como medio inspirador, sino
como materia constitutiva y vehicular. Hablaremos de cómics que se alimentan de la
naturaleza del periodismo, es decir, que funcionan en sí mismos como crónicas, noticias o
reportajes de investigación. De cómics que, por así decirlo, podrían haber sido o han sido
hechos por periodistas.

Pioneros
La referencia primera es obvia. No hay reseña o análisis de Maus que omita su Premio
Pulitzer en 1992; unos premios anuales que se conceden a los mejores trabajos de
investigación periodística. En su obra (que probablemente supuso el pistoletazo de salida al
auge contemporáneo del formato de la «novela gráfica»), Art Spiegelman narraba, mediante
una recreación fabulística protagonizada por ratones y gatos, la historia del holocausto a
través de los ojos de su padre, Vladek, superviviente de Auschwitz. Pero al mismo tiempo,
en un juego de metarrelatos y niveles narrativos, describía el proceso de recreación de ese
relato: de este modo, la obra se componía, en su primera parte, de la historia de
supervivencia de Vladek; mientras que la segunda reconstruía narrativamente los
encuentros entre Spiegelman, su padre y su madre adoptiva que hicieron posible la historia
inicial. De este modo, Maus incluye la disección de su propia génesis: el cómo se hizo
Maus.
Lo que más nos interesa aquí, sin embargo, es la naturaleza de un trabajo que tuvo mucho
de investigación y de reportaje periodístico. Spiegelman ahondó en las raíces del infierno
nazi e intentó derribar la coraza de autoprotección de algunas de sus víctimas para ofrecer
una crónica honesta de su sufrimiento sin ahorrarse en el empeño sofocos personales y
angustias existenciales.
Spiegelman rompió una barrera que llevaba décadas resquebrajándose: la que sujetaba al
cómic dentro del territorio de la ficción. Las confesiones personales de los creadores
transgresores del underground o los experimentos sociológicos y reivindicativos de los
autores europeos habían puesto en duda la naturaleza misma del cómic, demostrando que,
además de un objeto cultural o una obra de entretenimiento, el cómic era un lenguaje, que
se amoldaba a cualquier tipo de discurso narrativo. Incluido el periodístico.
La influencia de Maus se extendió con rapidez. Una vez abierto el dique, la marea fue
imparable. Persépolis, de Marjan Satrapi, también funcionaba como crónica filtrada por
vivencias subjetivas: las que experimentó la propia autora durante su niñez en Irán durante
la llegada al poder del integrismo islámico de los ayatolas. No obstante, en este caso el
relato añade multitud de elementos biográficos y simbólicos (sobre todo en su parte gráfica,
con una influencia directa de David B. y su obra La ascensión del gran mal, 1996), que
introducen unos niveles de imaginación y de recreación fantasiosa que contrastan con la
presentación objetiva y rigurosa que se le presupone a un ejercicio periodístico.
Un ejemplo similar es el de los trabajos del canadiense Guy Delisle, que se apartan del
reportaje periodístico puro y duro con intenciones humorísticas reforzadas por el empleo de
una caricatura muy sintética y expresiva. Shenzhen (2000), Pyongyang (2003) y Crónicas
birmanas (2008) son obras que se mueven a medio camino entre el relato de viajes, la
comedia costumbrista y la crónica corresponsal.

Joe Sacco: El maestro del cómic periodístico


Pero si hay un autor que encaja como un guante en la etiqueta de cómicperiodismo, es sin
duda el norteamericano (maltés de nacimiento) Joe Sacco. En sus obras no hay atisbo de la
fabulación, el simbolismo, la fantasía o el humor que convertía a los ejemplos precedentes
en acercamientos híbridos al ejercicio periodístico. Joe Sacco es un periodista que no
escribe reportajes, los dibuja. De ello dan fe sus colaboraciones habituales en medios como
The Guardian, Harper’s Magazine o The Washington Post.
En sus cómics, habitualmente Sacco se dibuja a sí mismo como interlocutor de los
personajes a los que entrevista. A partir de esos testimonios dibujados secuencialmente,
reconstruye con rigor la crónica histórica de conflictos bélicos enquistados en el mapa de
las zonas calientes: Palestina: en la franja de Gaza (1993-1995), Gorazde: zona protegida
(2000), El mediador (2003), Notas a pie de Gaza (2009)… Pese a su autorrepresentación,
intenta huir de cualquier tipo de subjetividad o de juicio de valor. En sus reportajes son los
hechos y los personajes quienes hablan y ayudan a construir la historia.
Uno de los mejores ejemplos recientes de cómic periodístico en español es Los vagabundos
de la chatarra (2015). Sus autores, el dibujante Sagar Fornies y el escritor/periodista Jorge
Carrión, se acercan a los efectos de la crisis económica que ha sumido a Occidente en un
largo periodo de políticas de austeridad, recesión económica y pérdida de derechos sociales
y laborales. Se sumergen en una Ciudad Condal subterránea, desconocida, habitada por los
Otros: ciudadanos que sobreviven en una precariedad irresoluble y en un estado de
indefinición por lo que respecta a su situación legal y civil. Bastantes de ellos son
inmigrantes ilegales, otros, pequeños criminales reincidentes y, casi todos, víctimas (y
«esclavos a sueldo») de todo tipo de mafias.
El epílogo del cómic es el resultado de una conversación (una entrevista informal) en
viñetas entre el guionista, Jorge Carrión, y un Joe Sacco que se encontraba de visita en
Barcelona; el encuentro se desarrolla entre paseos y comidas, en presencia de Sagar y otros
amigos. En un momento dado de la entrevista se desarrolla el siguiente diálogo:
«Jorge Carrión: Yo creo que el auténtico New Journalism está en el cómic de no ficción.
Joe Sacco: Puedes decir que el cómic es una nueva estética, estoy de acuerdo. Pero no
conozco el panorama general como para saber si es el único lenguaje que está aportando
algo nuevo. Tal vez hoy haya documentalistas que lo están haciendo también en cine…
JC: Tienes razón: la renovación formal se está produciendo en varios lenguajes. ¿Qué es lo
que no se puede perder, lo que hay que conservar?
JS: Lo que importa del periodismo es el compromiso. Los hechos importan. La realidad
importa. Las víctimas imperan. Hay que cuestionar el poder. Esos son los fundamentos
morales que hay que defender. (…)
JC: Art Spiegelman es el gran referente del cómic autobiográfico, y tú lo eres del
periodístico. Sois por tanto los maestros, voluntarios o no. ¿Cómo ves la próxima
generación de autores de cómic de no ficción?
JS: Josh Neufeld y Sarah Glidden son buenos. Hay una nueva generación de dibujantes y
autores franceses, como los que agrupa la revista XXI. O españoles también, que siguen
trabajando en el cómic como experimento. Es lo bueno de este lenguaje: que todo está en
marcha, todo se está haciendo, es todavía posible encontrar nuevas formas para acercarte a
un tema...»

Sarah Glidden: Oscuridades Programadas


En el año 2010, la dibujante Sarah Glidden se unió al colectivo de periodistas
independientes Seattle Globalist en una expedición a Iraq y Siria para realizar reportajes
periodísticos sobre la situación postbélica en Oriente Próximo (acababa de concluir la
Segunda Guerra de Iraq). El proyecto de Seattle Globalist había sido concebido cinco años
antes por iniciativa de Sarah Stuteville, Alex Stonehill y Jessica Partnow, periodistas
aficionados y amigos de Glidden. Además de ella, a la expedición se unió el ex combatiente
en la Guerra de Iraq Dan O’Brien. De las experiencias del viaje y de las muchas entrevistas
realizadas sobre el terreno nace Oscuridades programadas, un ejercicio de
cómicperiodismo de Sarah Glidden.
Glidden recurre al mismo rol de dibujante-periodista-personaje que inaugurara Joe Sacco.
Utiliza la autorrepresentación para mostrarnos visualmente el desarrollo de la noticia desde
dentro y se sitúa en el plano doble de personaje y testigo en primera persona que intenta
trasladar objetivamente la veracidad de los hechos a un formato de secuenciación en
viñetas.
En la introducción, la propia Sarah advierte de los inconvenientes de su propuesta. Está por
un lado el problema de la limitación espacial: la naturaleza gráfico-textual del cómic exige
un ejercicio de concisión mayor que cualquier otro formato «literario». Así, aunque en los
comentarios a su trabajo señala que todos los testimonios recogidos son veraces, reconoce
que «las conversaciones transcritas han pasado por una fase de edición y condensación con
el fin de que se transformaran en el guión de un cómic legible que no tuviera un millar de
páginas».
Pero sobre todo, asume la autora, debe tenerse en cuenta el hecho de que toda narración
supone un proceso de reconstrucción y, consecuentemente, una ficcionalización de los
hechos relatados. Así, señala que ha moldeado los «hechos y diálogos reales para componer
una historia, pero la vida de una persona no es una historia. Todos creamos narraciones de
nuestras propias vidas, destacando algunas experiencias y dejando otras de lado. (…)
Cuando contamos nuestra historia a alguien, esa otra persona presta atención a ciertos
detalles y pasa por alto otros, un proceso que se acentúa cuando esa persona narra la misma
historia a un tercero. Por ese motivo es imposible alcanzar una objetividad real en el
periodismo narrativo (y podría decirse lo mismo de cualquier otro tipo de periodismo)».
En el caso de un cómic periodístico existe, además, la mediación interpuesta del dibujo. El
autor debe adoptar una decisión por lo que respecta a la elección de un estilo gráfico. Esto
añadirá nuevos matices al debate de la «objetividad» y supondrá un nuevo filtro por lo que
respecta a la interpretación de la realidad. Sacco optó por un estilo heredero del
underground (a medio camino entre el realismo y la caricatura), apoyado en una trama
profusa y un rayado abundante: un dibujo que provocaba cierto distanciamiento de la
condición trágica de los sucesos narrados. Glidden apuesta por un naturalismo de líneas
sencillas y cierto minimalismo en la puesta de escena. Para reforzar la expresividad y el
realismo de su propuesta, recurre a unas acuarelas que, con sobria brillantez, añaden color y
tridimensionalidad al conjunto.
La historia de Oscuridades programadas respira veracidad a lo largo de todo su recorrido.
En el viaje real que hicieron sus protagonistas, el trayecto fue tan importante como la
estancia en las zonas de conflicto. En trenes, aviones y taxis, los cuatro miembros de la
expedición (Jessica Partnow solo se les unió en la última fase) ultimaron los preparativos:
en el largo viaje en tren que les llevó de Turquía a Irán al comienzo del periplo, por
ejemplo, organizaron sus ideas, establecieron un plan de actuación y un sistema de edición
de los contenidos. Luego, desde la ciudad de Van y su campo de refugiados, se adentraron
en Iraq a través del Kurdistán, antes de dirigirse a Suleimaniya a investigar la extravagante
y dramática historia de Sam Malkandi: refugiado de guerra kurdo-iraquí realojado en
Estados Unidos y más tarde extraditado de nuevo a Iraq por una relación tangencial, nunca
probada del todo, con los atentados del 11-S.
Oscuridades programadas reflexiona sobre hechos de la historia reciente cuyas
consecuencias y desarrollo ulterior conocemos bien. De su lectura pareciera deducirse ese
mensaje desesperanzado de que no importa cuán mal estén las cosas, porque siempre
pueden ir peor. Cuando los cuatro periodistas llegan a Siria y comienzan a entrevistarse con
refugiados iraquíes que intentan rehacer su vida en el país vecino, nada parecía anunciar la
ola de devastación que solo un año después habría de destruir el país y contagiarlo de la
debacle iraquí. Así, leemos las reflexiones de Glidden en 2010 con un sobrecogedor
escalofrío anticipatorio: «Siria es un refugio de la violencia sectaria que en Iraq enfrenta a
suníes y chiíes y a otras minorías. Hasta ahora, esas luchas nunca han traspasado la
frontera. Estas personas viven en pisos en la ciudad, no en tiendas de campaña. La lengua y
cultura sirias les resultan familiares y sus hijos pueden escolarizarse gratuitamente en
primaria y secundaria. Pero su vida está lejos de ser fácil. Para empezar, a los refugiados no
les permiten trabajar». Es imposible no preguntarse qué habrá sido de aquellos refugiados,
miembros de una clase media iraquí que lo perdió todo tras la invasión; pero es igualmente
difícil no pensar en la nueva oleada de desposeídos sirios que se ha unido a aquella primera
marea de refugiados y de cómo el que era un país de acogida se ha visto transformado en un
nuevo campo de muerte y desolación habitado por sombras que tratan de escapar de él.
Oscuridades programadas reflexiona también sobre la responsabilidad de Occidente en el
proceso de desintegración de unos países que sujetaban su precaria estabilidad al gobierno
de sátrapas y dictadores; países cuya dinámica histórica pareció ajustarse a los intereses de
Occidente durante largo tiempo. La figura del exmarine Dan O’Brien es fundamental en
este proceso de asunción catártica que intenta desviar la mirada patriótica de las gestas de
un ejército de liberación, hacia el espacio luctuoso de las vidas rotas y el dolor infringido en
una población civil que, mal que bien, sobrevivía en una paz estricta y amordazada. En ese
territorio de asunción de responsabilidades se despliega uno de los conflictos interiores que
se desarrollan en Oscuridades programadas: el del soldado Dan, muchas de cuyas certezas
y convicciones se desmoronan poco a poco.
El cómic de Glidden es un reportaje periodístico que avanza en la línea metaficcional que la
novela gráfica ha adoptado en las dos últimas décadas, pero también es un doble ejercicio
autorreferencial sobre el acto de ser periodista, en primer lugar, y sobre la realidad del
dibujante de cómics, en segundo. No se limita a ser un cómic que funciona como reportaje
periodístico, sino que disecciona las dos profesiones desde dentro. En su construcción, el
proceso resulta tan importante como la historia final que se edifica en el reportaje: por eso,
en sus páginas asistimos a los fatigosos preparativos y tiempos muertos previos al reportaje,
se nos desvelan las dificultades técnicas que implica la construcción de una noticia y de un
cómic, somos testigos de los obstáculos que se presentan durante los procesos de
investigación y creación y, por último, se nos hace partícipes de la construcción ficcional
que implica toda narración (periodística, comicográfica, audiovisual, etc.). Al penetrar en
los procesos intestinos de la construcción de la historia, el lector mismo pasa a formar parte
de la creación metaficcional que edifica su autora: un cómic dentro del cómic, un reportaje
periodístico que se construye a sí mismo mientras se bucea en su proceso creativo.
Posmodernidad en estado puro.
En las primeras páginas, Sarah Glidden le pide a su amiga, la periodista Sarah Stuteville,
que le dé una definición de periodismo. Esta, después de dudarlo, le responde que comparte
esa idea que circunscribe su profesión a todo «lo que sea informativo, verificable,
responsable e independiente». Una de las preguntas que se plantea esta novela gráfica es,
precisamente, qué cuota de responsabilidad debemos asignar al periodismo actual en la
ecuación de injusticias e inequidades globales. La misma Sarah se lo cuestiona en las
páginas finales del cómic: «Que la gente considere el periodismo poco ético… me saca de
mis casillas, pero en cierto modo entiendo por qué. (…) Muchos factores están
contribuyendo al declive del periodismo tal y como lo conocemos. Internet y los modelos
económicos tienen mucho que ver. Pero también el elitismo y la arrogancia, y la
desconfianza en los periodistas y los medios. Obviamente, lo que precedió a la guerra de
Iraq no ayudó nada. Ni el auge del estilo tendencioso de los informativos de canales
privados, ni la politización, que haya medios de izquierdas y de derechas…»
Una vez leído el cómic de Glidden, tenemos la sensación de que Oscuridades programadas
es periodismo del bueno, pero nos surge la duda de si, en estos tiempos de posverdades y
noticias redactadas al dictado de intereses espurios, hay tantos periodistas que de verdad
hacen honor a tal nombre.

Verwandte Interessen