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Me pregunté eso mucho en los meses que siguieron. ¿Qué le dio ese poder?

¿Por qué no se lamentaba, no por sí mismo, no por su trabajo, todo lo que


había hecho durante su vida?

La respuesta era clara. Estaba listo para morir. Encarnaba su propia


enseñanza suprema. No te apegues a nada, ni siquiera a la verdad. Todo
momento fresco. Ese era su dharma.

En gran medida las religiones y la misma filosofía -según la definición de


Sócrates de un entrenamiento para la muerte- nos enseñan a morir. Esto no es
necesariamente una búsqueda de la trascendencia, renunciando a la vida
inmediata, puesto que la mejor forma de estar listos y en paz cuando llegue la
muerte es practicar constantemente, atender al presente, no tener esperanza o
miedo. Estar frescos y atentos.

La muerte no acaba con la causalidad: somos responsables de lo que


seremos. Así todo lo demás, todas las cosas que no contribuyen a esto son
innecesarias y hasta estúpidas.

La filosofía y la religión son fundamentalmente pensar la muerte y para quien


descubre que la mente no tiene principio ni fin, la vida se convierte en un
permanente entrenamiento para alcanzar un estado libre de confusión que
permita superar esta prueba, que es también la posibilidad de la verdadera
libertad.