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“Écrivains” y “Écrivants”

¿Quién habla? ¿Quién escribe? Nos falta aún una sociología de la palabra. Lo que sabemos es
que la palabra es un poder, y que, entre la corporación y la clase social, un grupo de hombres
se define bastante bien por eso, por poseer, en grados diversos, el lenguaje de la nación. Ahora
bien, durante mucho tiempo, probablemente durante toda la era capitalista clásica (siglo XVI-
XIX) en Francia, los propietarios indiscutibles del lenguaje eran los escritores, y nadie más que
ellos. Tenían una especie de monopolio del lenguaje, que producía un orden rígido no de los
productores sino de la producción: no era la profesión literaria la que estaba estructurada sino
la materia misma del discurso literario, sometido a reglas de uso, de género y de composición.

¿Desde cuándo en Francia el escritor no es el único que habla? Desde la Revolución---aparecen


hombres que se apropian la lengua de los escritores con fines políticos. La institución sigue en
su lugar, se trata siempre de esta gran lengua francesa, pero las funciones cambian, el personal
va a ir aumentando a lo largo de todo el siglo; los mismos escritores contribuyen a ampliar la
función literaria; a hacer de esta palabra institucionalizada el instrumento de una acción nueva,
y al lado de los “écrivains” propiamente dicho se construye y desarrolla un grupo nuevo, que
posee el lenguaje público. ¿Intelectuales? Prefiero llamarles “écrivants”. Los compararé
teniendo en cuanto el material que tienen en común: la palabra.

El “écrivain” realiza una función, el “écrivant” una actividad. Para el primero, la acción es
inmanente a su objeto, se ejerce paradójicamente sobre su propio instrumento: el lenguaje. El
segundo es el que trabaja su palabra y se absorbe funcionalmente en este trabajo.

Para el écrivain el material se convierte en cierto modo en su propio fin, por lo que la literatura
es en el fondo una actividad tautológica. Es un hombre que absorbe radicalmente el porqué del
mundo en un cómo escribir. Y el milagro es que esta actividad narcisista no cesa de provocar
una interrogación al mundo: ¿por qué el mundo? ¿Cuál es el sentido de las cosas? En resumen,
en el momento mismo en que el trabajo de écrivain se convierte en su propio fin, recobra un
carácter mediador: el écrivain convive la literatura como fin, el mundo se la devuelve como
medio: y en esta decepción infinita, el “écrivain” reencuentra el mundo, un mundo por otra
parte extraño, porque la literatura lo representa como una pregunta, nunca como una
respuesta.

La palabra no es un instrumento, ni un vehículo: es una estructura; pero, por definición, el


“écrivain” es el único que pierde su propia estructura y la del mundo en la estructura de la
palabra.

Para el écrivain escribir es un verbo transitivo, lo real no es más que un pretexto; como
consecuencia es que ella nunca puede explicar el mundo. La literatura siempre es irrealista,
pero su irrealismo es el que le permite a menudo formular buenas preguntas al mundo… sin
que estas preguntas puedan nunca ser directas. Es irrisorio pedirle al “écrivain” que se
comprometa con su obra: el lenguaje es precisamente esa estructura cuyo fin mismo es
neutralizar lo verdadero y lo falso.

El escritor es un sacerdote asalariado, es el guardián, mitad respetable, mitad irrisorio, del


santuario de la gran Palabra francesa, especie de Bien nacional, mercancía sagrada, producida,
enseñada, consumida y exportada en el marco de una economía sublime de los valores. Esto
tiene como consecuencia permitir a la (buena) sociedad distanciar el contenido de la obra
cuando este amenaza con molestarla. No hay ningún escritor que un día u otro no sea digerido
por las instituciones literarias.

Los écrivant son hombres “transitivos”, planten un fin cuya palabra no es más que un medio;
para ellos, la palabra soporta una hacer, no lo constituye. Vemos, pues, cómo el lenguaje es
devuelto a la naturaleza de un instrumento de comunicación, de un vehículo del
“pensamiento”. No ejerce ninguna acción técnica esencial sobre la palabra; dispone de un
escribir común a todos los “écrivants”, una especie de koiné (lengua común) en la que se
pueden distinguir dialectos (marxista, cristiano, existencialista) pero muy pocas veces estilos. La
palabra es una actividad.

La paradoja es que la sociedad consume con mucha más reserva una palabra transitiva que una
intransitiva. La palabra del écrivain es una mercancía ofrecida según circuitos seculares, es el
único objeto de una institución que solo está hecha para ella, la literatura; la palabra del
écrivant solo puede ser producida y consumida a la sombra de instituciones que tienen una
función totalmente distinta a la de hacer valer el lenguaje: la Universidad, y accesoriamente, la
Investigación, la Política, etc. Y por otra parte, la palabra del écrivant está en falso de otra
manera: se supone que se vende pensamiento, al margen de todo arte; ahora bien, el principal
atributo mítico del pensamiento puro es precisamente el ser producido fuera del circuito del
dinero. La producción del écrivant por lo tanto tiene siempre un carácter libre, pero también
un poco insistente: propone a la sociedad lo que la sociedad no siempre le pide: su palabra
aparece mucho más individual, al menos en sus motivos, que la del écrivain: la función del
écrivant es decir en toda ocasión y sin demora lo que piensa y esta función basta, según él
piensa, para justificarlo; de ahí el aspecto crítico urgente de la palabra del écrivaint. Al
contrario, la función social de la palabra literaria es precisamente la de transformar el
pensamiento en mercancía.

En nuestra época---tipo bastardo: el écrivain-écrivant. Su función solo puede ser paradójica:


provoca y conjura a la vez; formalmente, su palabra es libre, sustraída a la institución del
lenguaje literario y sin embardo, encerrada en esta misma libertad, secreta sus propias reglas,
bajo la forma de un escribir común. Está en el club de la intelligentsia. A escala de una sociedad
entera, esta nueva agrupación tiene una función complementaria: el escribir del intelectual
funciona como el signo paradójico de un no-lenguaje, permite a la sociedad vivir el sueño de
una comunicación sin sistema: escribir sin escribir, comunicar pensamiento puro sin que esta
comunicación desarrolle ningún mensaje parásito. Es un modelo a la vez distante y necesario,
con el cual la sociedad reconoce al “écrivain-écrivant” comprando (un poco) sus obras),
admitiendo su carácter público; y al miemo tiempo le mantiene a distancia, obligándolo a
apoyarse en instituciones que ella controla (la universidad, por ejemplo). Esta nueva figura fija
una enfermedad necesaria para la economía colectiva de la salud.