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33

FILOSOFIA Y ANALISIS DEL LENGUAJE

TITU LO S Y AUTORES:

).

2.

3

4

5

6

7.

8

9.

10.

11.

¿QUÉ. l is

MUNDO

M

I A SA B ID U R IA ORIEN TAL:

TA O ÍSM O , BUDISM O. CONFUCIAN1SM O

V

M ITO LOGÍA Y FILOSOFIA:

LOS PRESO C R A TIC O S

Angel J.

DE LOS SO FISTA S

PO LÍTICA

T

EL H O M B R E

FILO SO FÍA ?

Y SU

anuel M acciras

íctor G arcía

C appellctli

A PLATÓN:

Y PEN SA M IEN TO

o m ás Calvo

A R ISTÓ TELES: SABIDURÍA FELIC ID A D

lo

LA F IL O S O F ÍA

ÉTIC A S Y SISTEM A S

C

LA CULTURA CRISTIA N A

A

J.

EL PEN SA M IEN TO

AV ERR O ES

R.

TO M Á S D E AQUINO: M A ESTRO DEL

ORDEN

López A N EW TO N : LA

FO R M A C IÓ N D E LA C IEN C IA

M

C

EL R E N A C IM IE N T O : H U M A N ISM O Y

SO C IED A D

E. G arcía E stébanez

Y

sé M ontova v Jesús C onill

arlos G arcía C ual

GU STÍN A. G arcia-Junceda

R am ó n G uerrero

Jesú s G arcía

D E O C K H A M

ODERNA

arlos M ínguez

H E L E N ÍS T IC A :

Y SAN

HISPANOÁRABE:

12.

E

L R A C IO N A L ISM O Y LOS

PRO BLEM A S DEL M ÉTODO

 

Jav

ier de Lorenzo

13.

E

M P IR IS M O E IL U STR A C IÓ N

IN

G LESA : DE H O B B ES A HUM E

J.

C. G arcía-B orrón

M oral

14. LA IL U ST R A C IÓ N

FRA N CESA :

15.

E N T R E VOLTAIRE Y ROUSSEAU

Arsenio Ginzo

K A N T : C O N O C IM IE N T O

RACIONALIDAD

S .

Vol.

Y

R á b a d e .

I:

A. López

E l

uso

y

E. Pesquero

teó rico de la R azón

 

VoL II: El uso p ráctico de la R azón

16

H

E C E L . F IL Ó S O F O R O M ANTICO

C

arlos D íaz

17. DEL S O C IA L IS M O U TO PICO AL ANARQUISM O Félix G arcía M orivón

18

M

A RX

Y E N G E L S: EL M A R X ISM O

G

EN U IN O

R

afael Jerez M ir

 

19

C O M T E :

P O S IT IV IS M O

Y

REVOLU CIÓN

D alm acio Negro Pavón

20 EL EV O LUCIONISM O: DE DARW1N A

21.

LA S O C IO B IO L O G ÍA

R afael G rasa H ernández

SC H O PEN H A U ER

S E N T IM IE N T O Y PASIÓN

M anuel M acciras Fafián

Y KIERKEGAARD:

22 EL P E N SA M IEN TO DE N IETZSC H E

23.

Luis Jim én ez M oreno

FREU D

DEL IN C O N SC IEN TE

A ntonio V ázquez F ernández

Y JU N G : EXPLORADORES

24 EL K R A U SISM O Y I A IN STITU C IO N

L IB R E D E ENSEÑAN ZA

A. Jim é n e z G a rcía

25.

IINAM UNO. FILO SO FO DE

 

ENCRUCIJADA

M

anuel Paridla Novoa

26

ORTEGA

Y LA CULTURA

ESPAÑOLA

P.

J

C h am izo D om ínguez

27.

IIU S S E R I.

Y LA C R IS IS

DE LA

R A Z Ó N

 

Isidro G óm ez R om ero

 

28

LOS E X IS1

EN C IA I.ISM O S: CLAVES

29

30

31

32

33

34

35

36

37.

38.

39.

40.

MARCA SE. ERO M M , R E IC II: EL FREU DOM ARXISM O J«>sé T a b e rn e r G u a sp

v

UN H U M A NISM O DEL PERSO N A LISM O

A

LA PSICO L O G IA

¿O

Pilar Laeasa

C atalin a R ojas M oreno

D om ingo M o ratalla

HOY:

SIG LO XX:

RG A N ISM O S O M Á Q U IN A S?

EL

v

ÉL ESTRU CTU RA LISM O

LEVI STRA U SS A D ER R ID A Antonio B olíxar B oda

FILOSOFIA

LENGUAJE

J

CRÍTICA

FRA NCFORT Adela C ortina

LA C IE N C IA C O N T E M P O R Á N E A

SUS IM PLIC A C IO N ES

A.

LA U LTIM A

UNA C R ISIS C R IT IC A M E N T E

EXPUESTA

C

GRACIÁN

Jorge Avala PASCAL: C IEN C IA

Alicia V illar E zc u rra

Y C R EE N C IA

Concepción

Perez López

DE

Y A N Á LISIS DEL

J

Acero F ern án d ez

Y UTO PÍA : LA ESCUELA

DE

Y

FILO SÓ FIC A S

ESPA ÑOLA:

Perez d e L ab o rd a

arlos Díaz

F IL O S O F IA

ESPINOSA:

S

I.A Q U IE B R A

ILUSTRADA:

RAZÓN

Y FELIC ID A D

ergio R ábade

R om eo D E LA R A ZÓ N

Y

ID EA LISM O

R O M A N TICISM O

José Luis V illacañas

D ÍLTH EY : V ID A -EX PR ESIO N

Angel G abílondo Pujol

42. EL"PRA GM ATISM O A M ERICANO :

41.

43.

44.

ACCIÓN

R ECO N STRU CC IÓ N

Jo

BERGSON

Pedro C hacón J. P. SA R TRE

LA

Adolfo A rias M uñoz

RACIONA L Y

D EL SE N T ID O

DE

rce Pérez de T udela

F uertes Y LA D IA LEC TIC A

CO SIFICA CIÓ N

45.

EL

P E N SA M IEN TO

D E JA C Q U ES

MAR1TA1N

 

Ju

an

R am ón C alo v D aniel B arcala

46

W

1TTCEN STEIN

J.

L

Prades C elm a v

V. S an leí i\

V id an e

47

HE1DEGGER Y LA

C R IS IS

DE

LA

EPOCA

M ODERNA

 

R

am ón

R odríguez G arcía

48

DELEUZE: V IO LEN TA R

EL

PEN SA M IEN TO

José Luis

P ardo

49

ZU

B IR I:

EL R EA LISM O

RADICAL

A ntonio F e n a z Favos

50. E. LEVTNAS: H U M A N ISM O Y ETICA

G raciano G onzález

 

51

LA

H E R M E N E U T IC A

 
 

CONTEM PORANEA

M M acciras F alian v J

T rebollc

B a ñ e ra

 

52

N IH IL IS M O

Y

E S T E T IC A

(FIL O SO FIA

 

DE

FIN

DE M ILEN IO )

 

C arlos Díaz

 
 

53

B.AYLE O LA

IL U ST R A C IO N

 

ANTICIPADA

Ju

lián A no v o

Pom eda

 

54

I

IC H T E : ACCION

Y L IB E R T A D

 
 

V

irginia López D om ínguez

 

55

FOUCAULT

 
 

Jorge A K aiez

Vaguez

 

56

FRANCISCO

DE

V ITO R IA

 

M

arcelino O caña

G arcía

 

COORDINADORES:

PARA

SU C O M PR EN SIO N

M

an u e l

M a c c ira s

I a lia n .

Pedro F ontán Jubvvo

M

a n u e l

P a d illa

\ o u i a .

C a rlo s

D íaz

SERIE HISTORIA DE LA FILOSOFIA

33

FILOSOFIA Y ANALISIS DEL LENGUAJE

JUAN JOSE ACERO FERNANDEZ

Profesor titular de Lógica de la Universidad de Granada

PROLOGO DE JESUS MOSTERIN

Catedrático de Lógica de la Universidad de Barcelona

de Lógica de la Universidad de Granada PROLOGO DE JESUS MOSTERIN Catedrático de Lógica de la

© 1994, EDICIONES PEDAGÓGICAS Moléndez Valdés, 6. 28015 Madrid Tell'./Fax: 448 06 16 ISBN: 84-411 -0007-1 Depósito legal: M. 15.561 2004

Impresión: taOA, s. a .

Parque Industrial «l.as Monjas», Torrcjón de Ardo/ - 28850 Madrid

Printed in Spain

Agradecimientos y dedicatoria

Por el interés con que han seguido la labor de

escribir este libro y por la ayuda prestada en ello, quiero dar las gracias a las siguientes personas: a

mi esposa, que ha leído repetidas veces la totali­

dad del manuscrito y que me ha evitado errores

de

contenido y de expresión; a Gilberto Gutiérrez

y

Ernesto Guasch, que me han proporcionado li­

bros y artículos que por mi cuenta no hubiera podido conseguir; a Tomás Calvo, gracias al cual

me surgió la posibilidad de escribir esta obra, y a los alumnos colaboradores del Departamento de

la Filosofía, de la Universidad de Granada, durante

el curso 1984-85, a quienes he molestado más de lo debido con la reproducción de material impreso

para su posterior estudio.

Finalmente, dedico estas páginas a mis padres

y hermanos, quienes apoyaron desde muy pronto

mi interés por los estudios filosóficos.

Juan José Acero

Indice

Prólogo

de

Jesús

M osterín

11

1.

¿Qué ha sido de la filosofía analítica?

 

17

1.1.

Filosofía

lingüística/Filosofía

del len­

 

guaje

17

 

1.2.

Lenguaje y filo so fía

 

20

PRIMERA

PARTE:

EL DESARROLLO DEL

 
 

ANALISIS FILOSOFICO

 

2.

El microscopio de Frege

 

31

2.1. El ojo y el m icro sco p io

 

31

2.2. Nuevos vinos para los viejos odres de la lógica

 

42

2.3. La

liberación

de

la

m ente

del

poder

de

 

la palabra

49

 

2.4. salirse

Imposible

del

propio lenguaje

 

52

3.

El instinto de realidad

56

 

3.1. La

revuelta contra

Frege

 

56

3.2. Afinando nuestro instinto

de realidad

 

68

3.3. La lógica subyace a la p a la b ra

 

72

4. Una odisea en el espacio ló g ic o

83

 

4.1.

Las variaciones del sig n ific a r

83

4.2.

La teoría figurativa del sentido

 

89

4.3.

El mundo en el espacio ló g ico

 

92

4.4.

Lo que no puede decirse

 

100

4.5.

La filosofía como análisis del lenguaje

 

103

5. sesgo

El

empirista

del análisis semántico

110

 

5.1.

¿Qué

son

los

objetos

del

Tractatus?

113

5.2.

El

principio

de

verificabilidad

 

118

6. Libros en la hoguera

 

127

 

6.1. Lógica y m atem ática:

la puesta a

punto

 

del

lenguaje

133

 

6.2. Significado e m o tiv o

 

140

6.3. Dos modos de h a b la r

144

6.4. El

fantasm a

en

la

m áquina

 

152

SEGUNDA PARTE: LA CRISIS DEL ANALISIS FILOSOFICO

 

7.

El filósofo encantado

 

163

7.1. El ansia de g en e ralid ad

163

7.2. Juegos de len g u aje

167

7.3. La idea

de un

lenguaje privado

 

171

8.

En torno a esmeraldas camaleónicas y al bar­ co de Neurath (los límites del empirismo)

 

177

8.1. La nueva paradoja de la inducción

 

178

8.2. Dos dogmas del em pirism o

182

8.3. No hay exilio cósmico

 

188

9.

Haciendo

cosas con

palabras

 

191

9.1.

Constatativos

y

realizativos

191

9.2.

La

fortuna

tam bién

sonríe

a

las

expre­

 

siones

194

 

9.3. Los verbos realizativos

 

199

9.4. D im ensiones

 

203

Apéndice

207

Glosario

225

Bibliografía

229

Prólogo

Con la expresión filósofo analítico uno asocia vaga­ mente la imagen de alguien bien educado y con sentido del humor, que disecciona con paciencia y precisión algún uso lingüístico, aparentemente trivial, y saca de su análisis conclusiones razonables, a las que uno asien­ te sin especial entusiasmo. Si uno ha asistido a diver­ sos seminarios o simposios españoles de filosofía, es probable que su arquetipo de filósofo analítico acabe tomando perfil concreto e identificándose con la figura de Juan José Acero. Por eso cuando Acero mismo nos dice que ya no quedan filósofos analíticos, uno se queda un tanto perplejo. Bajo el nombre de filósofos corren por esos mundos de Dios personajes de toda laya y pelaje: propagandis­ tas abnegados de ideologías políticas o religiosas, es­ peculadores farragosos y patéticos, parloteadores super­ ficiales e ingeniosos, eruditos repetidores de doctrinas tradicionales, etc. También los hay que se preocupan por la claridad de sus pensamientos, el rigor de sus méto­ dos, la precisión de sus conceptos y la inteligibilidad de sus afirmaciones. Esa preocupación los lleva a analizar Continuamente las nociones que utilizan, las palabras

que emplean, los argumentos en que se basan. Y en ese sentido son analíticos. En un sentido muy amplio, la filosofía analítica es la filosofía que no se deja llevar por el ímpetu especulativo o el fervor ideológico, sino que constantemente hace pausas para analizar, clarifi­ car y precisar sus propias ideas. En este sentido, Aris­ tóteles era un filósofo analítico y muchos pensadores actuales lo son, y no sólo en los países anglosajones. En Finlandia, por ejemplo, todos los filósofos conocidos Stenius, Von Wright, Hintikka, Tuomela, NiinMuoto, etcéterason analíticos. Quizá por ello eligió Juan José Acero ir a ampliar sus estudios de filosofía a aquel frío y hermoso país.

Además

de

este sentido

lato

del adjetivo

analítico,

aplicado a la filosofía, hay otro sentido más estricto y temporalmente localizado, que es el que Acero trae aquí a colación. Los filósofos analíticos (en este sentido más estricto y estrecho) pensaban que todos los proble­ mas filosóficos son problemas lingüísticos, es decir, pro­ blemas debidos a nuestra ignorancia de las compleji­ dades del lenguaje que hablamos o a los defectos de dicho lenguaje. La solución de los problemas filosófi­ cos se encontraría entonces en una mejor autoconcien- cia lingüística o en la traducción de los mismos a un lenguaje artificial perfecto. Un huraño profesor de la Universidad de Jena, Got- tlob Frege, fundó a finales del siglo XIX la lógica ac­ tual, la filosofía de la matemática, la filosofía del len­ guaje y el análisis filosófico. Pero nadie se enteró hasta bien entrado nuestro propio siglo. Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y Rudolf Carnap fueron de algún modo sus discípulos, y desarrollaron la filosofía analítica de forma espectacular. A este brillante desarrollo dedica Juan José Acero la primera parte del presente libro. La segunda parte del mismo trata de la crisis del análisis filosófico, situada aquí en los primeros años cincuenta. En efecto, en 1951 publicó Quine su famoso artículo «l'wo Dogmas of Empiricism», reimpreso en From a Logical Point of View en 1953, el mismo año en que aparecieron (postumamente) las Philosophiscbe Unter- suchungen de Wittgenstein; en 1954 vio la luz Fact, Fic- tion and Forccast, de Nelson Goodman, y en 1955 im­

partió Austin, en Harvard, su ciclo de conferencias

to do things with words. Según esto, la filosofía

How

analítica en sentido estricto estaría temporalmente lo­ calizada en la primera mitad del siglo XX.

Cuantos más años pasan, más claro resulta para, los historiadores qué la filosofía analítica ha sido la mejor filosofía que se ha hecho en la primera mitad de este siglo, y que Sus creadores se cuentan entre los más grandes filósofos de todos los tiempos. El rigor dia­ mantino de Frege, el lúcido desparpajo de Russell, la incandescente intensidad de Wittgenstein, la vigorosa audacia del Círculo de Vierta, su común pasión por la exactitud p su implacable honestidad intelectual mar­ caron una época dorada de la historia de la filosofía. Pero conforme ha crecido su estatura como clásicos indiscutibles del pensamiento, han resultado también más evidentes las limitaciones e ingenuidades que fre­ cuentemente acompañaban a sus concepciones más cen­ trales. La tradición intelectual analítica ha perdido a veces su vigor v su tono, volviendo la espalda a los proble­ mas reales de su tiempo y degradándose en escolástica reiteración de las mismas cuestiones, rumiadas hasta

la saciedad. ¿Para quién es todavía un problema la cal­

vicie del actual rey de Francia? Y ¿quién defiende toda­ vía la existencia de un lenguaje privado, para merecer tan repetidas refutaciones? Había que abrir las venta­ nas. Y las ventanas se han abierto, aunque con ello —como señala Acero con razónla filosofía analítica

en sentido estricto haya desaparecido. La filosofía analítica ha muerto. ¡Viva la. filosofía ana­ lítica! En su testamento nos ha dejado un legado im­ presionante de nuevas disciplinas y adquisiciones irre- nunciables. Las dos ramas más vivas de la filosofía actual —la filosofía de la ciencia y la filosofía del len­ guajeproceden de la filosofía analítica, aunque luego hayan casi borrado las marcas de su origen. La filosofía analítica estuvo íntimamente relacionada con la ciencia de su tiempo, que a su vez atravesaba una etapa gloriosa. El positivista Ernst Mach influyó deci­ sivamente en Einstein, que a su vez sirvió de inspiración

a los empiristas lógicos, que por su parte influyeron en

los creadores de la mecánica cuántica. Esta estrecha atención a la ciencia viva se ha mantenido y ha acabado reventando el estrecho cascarón de la filosofía analítica original. No hay un lenguaje unificado de la ciencia. No hay un único método de la ciencia. No hay una úni­ ca descripción verdadera del mundo. En realidad no sabemos muy bien lo que la ciencia es, y cada día des­ cubrimos nuevas complejidades en su entramado. Pero lo que está claro es que la ciencia no es un conjunto de enunciados verificables acerca de nuestras impresiones sensibles. Con razón señala Acero que la filosofía del lenguaje es algo distinto de la filosofía analítica, aunque la pri­ mera proceda de la segunda. La más interesante y pro­ metedora filosofía actual del lenguaje (en mi opinión) es la que están haciendo Barwise y Perry en la Universi­ dad de Stanford. Y ella representa el más completo vuelco imaginable de la filosofía analítica. No es ya sólo que no todos los problemas filosóficos se reduzcan a problemas lingüísticos. Es que ni siquiera los proble­ mas de filosofía del lenguaje se reducen a problemas lingüísticos. La semántica del lenguaje aparece ahora como un caso particular del tema no lingüístico de las relaciones, de información objetiva entre situaciones del mundo físico y de la explotación de dichas relaciones por los animales en el proceso ecológico de adaptación a su medio. Además de la filosofía de la ciencia y de la filosofía del lenguaje, hemos heredado de la filosofía analítica una exigencia irrenunciable de rigor, de clariaad y, en definitiva, de honestidad intelectual. Las oscuridades farragosas de la tradición que se inicia con el idealismo alemán y que confunde profundidad con ininteligibili­ dad cada vez son menos de recibo, incluso en la misma Alemania. Las charlatanerías ingeniosas y gratuitas de las sucesivas modas parisienses no encuentran eco más que en cierto provincialismo español e italiano. Los dog­ matismos doctrinarios al servicio de la política o de la religión están en coma irreversible. La verdad es que casi todos los filósofos actuales que tienen algo intere­ sante que decir han hecho suyos los ideales analíticos

de claridad conceptual, de rigor argumentativo y de proximidad a la ciencia. Casi nadie acepta hoy en día las tesis sustantivas de la filosofía analítica clásica. Pero casi todos hemos aprendido y heredado algo de ella, aunque no sea más que un cierto talante, unos ciertos estándares, unas cier­ tas maneras, una cierta transparencia en el pensar y en el hablar. En medio de la confusión, la crispación y la ignorancia que todavía colean en nuestro medio intelec­ tual, a los herederos de la tradición analítica se los nota por su tono sosegado, por su atención al detalle, por la claridad de sus palabras y su apertura a las crí­ ticas. Y a pocos se les nota tanto esa buena escuela como a Juan José Acero. De los pensadores analíticos clásicos nos interesa más lo que hacían que lo que decían; la frescura intelectual, la libertad, la audacia y el rigor con que planteaban los problemas que las soluciones concretas que aportaban; su ejemplo que sus tesis. Ojalá este librito anime al lec­ tor a acercarse a sus textos originales, y ojalá le anime también a no quedarse en ellos. El re-pensar es sólo una preparación para el pensar, algo que nadie puede hacer por nosotros.

Jesús Mosterín

¿Qué ha

sido de la filosofía analítica?

En esta obra me propuse exponer, explicar y relacio­ n ar entre sí algunas de las ideas más significativas de esa tendencia de la filosofía contem poránea a la que se da el nom bre de Filosofía Analítica. Aunque, com parati­ vam ente hablando, la parte del león de las páginas que se siguen se la lleva el ob jetivo citado, sostendré tam bién que la Filosofía Analítica es ya un m ovim iento filosófico finalizado y, por tanto, agua pasada. Las razones por las que pueda hoy instalarse a un filósofo en esa línea filosófica son muy distintas de las que nos llevan a juzgar a Frege, Russell, W ittgenstein o Austin como re­ presentantes del Análisis.

1.1. Filosofía

lin gü ística/F ilosofía

del

lenguaje

No conozco a nadie que haya escrito acerca del tema

de

que la Filosofía Analítica es, propiam ente hablando, un

diciendo

la presente obra

que

no

se cure

en

salud

conglomerado de opiniones que pocas cosas tienen en

común y que, a menudo, entran en conflicto recíproco. Yo com parto esta opinión y nada he hecho para especifi­ car los (presuntos) rasgos definitorios de las diferentes escuelas analíticas de las que a veces se habla (véase, por ejemplo, J. Urmson: 1961). Pese a esto, en la m edida en que esté justificado hablar de la Filosofía Analítica —después de haber introducido todos los m atices que

se desee-—, hemos de aceptar un común

en la m araña de opciones distintas. Ese común deno­ m inador lo constituye, en mi opinión, una cierta filoso­ fía sobre la naturaleza y los métodos de la filosofía que cabe en las siguientes palabras: Los problemas filo­

sóficos son problemas lingüísticos; problemas cuya so­ lución exige enmendar, volver a esculpir nuestro len­ guaje o, cuando menos, hacernos una idea más cabal de

sus mecanismos y de su uso. Aceptar esto es aceptar que

la filosofía se convierte en (o se reduce a) análisis del

lenguaje. Caracterizada de esta m anera, la Filosofía Analítica

es, antes que nada, la propuesta de un método filosófi­

co. En vez de

m ente de Filosofía Lingüística o del Análisis como mé­

todo filosófico. En un sentido, el método del Análisis hunde sus largas raíces en la tradición filosófica más añeja, pues los filó­ sofos han estado interesados desde siempre por inves­ tigar distintas especies de sistemas de conceptos. Desde los tiempos de Sócrates se ha supuesto que el análisis conceptual (o el análisis lingüístico) no sólo arroja luz sobre el modo como los seres hum anos han ido descri­

biendo la realidad, sino

tam bién sobre el mundo mismo

y sus categorías, sobre las cosas que lo pueblan y sus

propiedades. El Análisis clásico pregunta, entonces, cómo

están organizados nuestros conceptos: de qué otros con­ ceptos están formados y de qué manera estos componen­ tes suyos se articulan entre sí. Según este enfoque, y por poner un ejemplo, analizar el concepto de soltero conduce a una afirmación como la siguiente:

denom inador

Filosofía Analítica podríam os hablar igual­

x

es

un

soltero

si, y solamente si, x es lina persona

Y x NO está casado,

la cual pone de m anifiesto que el concepto de soltero

tiene dos constituyentes: los conceptos de persona y de

casado, y que estos constituyentes se com binan

entre sí, hasta dar lugar al prim ero, m ediante las opera­ ciones, o modos de combinación, lógicos de conjunción

y negación (simbolizadas, respectivam ente, por las pala­ bras Y y NO). (Para una visión en profundidad del aná­

lisis clásico, véase E.

Lo que la Filosofía Analítica añade a la em presa clá­ sica del análisis del sistem a conceptual (o, lo que viene

a ser lo mismo, del lenguaje) es la doctrina ulterior de

que los problem as filosóficos

vés de su disección, ya que derivan de una interpreta­ ción errónea de nuestro lenguaje o de la utilización de un sistema lingüístico inadecuado.

Diferente de la Filosofía Lingüística es la Filosofía del lenguaje, ram a ésta del pensamiento filosófico de estas décadas que se encuentra en la actualidad entre las más prom isorias. En la filosofía del lenguaje se propo­ nen y debaten respuestas a preguntas como las si­

guientes:

estar

S osa: 1983).

pueden solventarse a tra­

a) ¿Qué relación existe entre palabras y cosas en vir­ tud de la cual podemos em plear el lenguaje para hablar de la realidad (es decir, de objetos, propie­ dades, procesos, etc.)?

b) ¿Qué significa que una oración

(una proposición *,

un enunciado)

dad

cosas?

sea algo verdadero para la posibili­

lingüísticamente

cómo

son

las

de

representar

c) ¿Qué requisitos debe reunir una expresión para que pueda decirse de ella que tiene significado?

d) ¿En qué consiste el significado de una expresión (de un nombre, una oración)?

e) ¿Qué representa el uso * de una expresión en el sig­ nificado que tenga éstá?

4 Los asteriscos

hacen referencia a términos cuya explicación

hallará el

lector en

el

Glosario

que aparece al

final

del

libro,

página 225.

I)

¿Qué requisitos deben satisfacer nuestras preferen­ cias para que constituyan la ejecución de otros tan­

tos actos de habla (tales ordenar, preguntar, etc.)?

como prom eter, afirm ar,

Lo que puede difum inar las fronteras entre la Filoso­ fía lingüística y la Filosofía del lenguaje es que tam bién en la prim era se debaten cuestiones como (a) - (f). (Así, por ejemplo, Frege justificó con algunos éxitos su pro­ puesta de concebir la filosofía como una lucha contra los defectos lógicos del lenguaje y mostró, al mismo tiempo, cómo podría em prenderse esa lucha por medio de una teoría de la referencia —cuestión (a) de la lista anterior— suficientemente elaborada.) El método del Análisis filosófico y la disciplina de la Filosofía del len­ guaje están históricam ente unidos el uno a la otra. Pese a esto, deseo subrayar que, si a las investigaciones ten­ dentes a la resolución de problem as como (a) - (f) no les añadim os la cláusula ulterior de que los problem as filo­ sóficos sean problem as lingüísticos, habrem os dejado a un lado el rasgo característico de la Filosofía Analítica.

1.2.

Lenguaje

y

filosofía

Además de la aquí expuesta, hay otras m aneras de en­ tender la Filosofía Analítica. M. K. Munitz afirma, por ejemplo, que m ientras a la filosofía m oderna le caracte­ riza su interés por los tem as epistemológicos, es decir, lo propio de la Filosofía Analítica es su decantación por los relativos a qué es el conocimiento hum ano y a cuáles son sus límites, los problem as lógico-lingüísticos (M. K. Munitz: 1981, p. 4). De otro lado, M. Dummett, que acep­ ta esta m anera de ver las cosas, sostiene que la Filosofía Analítica es, simplemente, la filosofía posterior a Frege y que se reduce a la Filosofía del lenguaje (M. Dummett:

1978, pp. 441 y 454). Opuesta a estas opiniones, mi tesis

es que la Filosofía Analítica no existe en estos días. No

existe, porque no hay hoy en los círculos filosóficos

la

opinión generalizada de que el origen de las cuestiones filosóficas esté en la naturaleza de los lenguajes de que se valen los filósofos o en una comprensión superficial

de estos sistem as simbólicos. Quedan los tem as de la Filosofía del lenguaje, pero la doctrina del m étodo es en la actualidad una reliquia (aunque se trate de una reliquia de tiempos no dem asiado lejanos). Sin embargo, sin esta doctrina del método no hay una base suficien­ tem ente firme para hablar de la significación de la Filosofía Analítica. Es una parte de su contenido indis­ pensable, por mucho que no sea la única. Como dijo

Austin, el lenguaje es a lo sumo el prim er paso (J. Aus-

tin :

1961, p.

177).

En una obra de la naturaleza de ésta no puede pre­ tenderse dar una imagen suficientem ente general y fiel en los detalles de una tendencia filosófica que se ex­ tiende en el tiempo más de ochenta años llenos de in­ tensa actividad: desde la publicación de la Conceptogra­ fía (1879), de Frege, hasta la aparición de la obra postu­

m a de Austin Cómo hacer cosas con palabras (1962). He

optado, entonces, por presentar momentos (argumentos, doctrinas, program as) que he juzgado especialm ente sig­ nificativos y por enhebrar con ellos una tram a argumen- tal dotada de una cierta unidad. Descrita en sus líneas m aestras, el sentido de esta tram a es el siguiente. Frege fue el prim er filósofo en proponer un método para hacer frente a las tram pas que pone el lenguaje al pensam iento. A él puede uno atribuir la tesis de que

(I) El cometido de la filosofía (o uno de sus princi­ pales cometidos) es el de analizar el lenguaje para superar los obstáculos lógicos que éste tiende.

El método

fregeano exigía la elaboración

de

un pre­

ciso sistem a lingüístico, la conceptografía, dotado de unas categorías lógicas (y sem ánticas) cuya aplicación perm itiría solventar distintos problem as filosóficos. La

sobre un

principio muy especial:

conceptografía estaba, sin embargo, diseñada

a saber, que

(IT)

Toda expresión (de la conceptografía) es nombre de alguna entidad.

El principio (II) supuso un ataque frontal a las con­ vicciones metafísicas de Bertrand Russcll. Su aplicación exigía, por ejemplo, que una expresión tan sorprendente

como el Sol + 1 (que designa el resultado de sum ar la

unidad al Sol) tuviese su contrapartida en la realidad,

es decir, que hubiera algo de lo que esta expresión fuera

nombre. La ocurrencia de Frege —puede que nos pa­ rezca— podría haberse despachado sin más escrúpulos, pero la cosa no era tan simple, ni mucho menos. El prin­ cipio (II) formaba parte integrante y necesaria de una teoría lógica con la que Frege había resuelto satisfacto­ riam ente dos problem as filosóficos, al menos, muy im­ portantes, de m odo que había que pensarse dos veces si se iba a tirar por la borda una herram ienta tan útil. Russell no fue tan ciego como para desaprovechar el hallazgo fregeano. Sin embargo, introdujo en él algunos cambios muy im portantes. Uno de ellos es su teoría de los símbolos incompletos, la cual m ostraba la m anera de conseguir algo que, a prim era vista, parecía una mani­ obra de prestidigitador y que conduce a esto: a explicar la forma en que una expresión puede form ar parte de una oración y contribuir al significado de ésta, sin que eso suponga aceptar que sea nom bre de algo. En defi­ nitiva, Russell puso de manifiesto que

(III) Hay símbolos incompletos.

Esta corrección del principio (I) no fue sino el prim er paso de una serie que puso en marcha una revisión del

fregeanismo.

W ittgenstein,

del atomismo

m ente entre la función de los nom bres y la función de

las oraciones; y en ambos lugares se argüyó en contra de Frege que para que una oración declarativa sea sig­

nificativa

Para

En el Tractalus

y

en

las

lógico, de

Logico-Philosophicus, de

la filosofía

radical­

Conferencias sobre

Russell, se distinguió

no la sem ántica

cance. W ittgenstein y Russell coincidieron en que

tiene

por qué

ser

nom bre

de nada.

filosófica, esta

novedad

tuvo un largo

al­

(IV) El significado de un nombre consiste en el ob­ jeto que nombra; el significado de una oración, en el hecho o situación que describa.

Una de las consecuencias que extrajo W ittgenstein de la segunda cláusula de (IV), en conjunción con alguna otra prem isa, fue la de que las proposiciones o enuncia­

dos de la filosofía carecen de sentido; que no hay ver­ dades filosóficas en el sentido en que hay verdades cien­ tíficas. Esto llevó a la prim era form ulación tajante de una de las doctrinas más características de la Filosofía Analítica:

(V) La filosofía no es un saber sustantivo, sino una actividad.

La actividad a la que (V) hace referencia fue entendi­

da de diversas m aneras

por los distintos autores. Frege

y Russell la concibieron como la tarea de expresar aquellas oraciones que diesen lugar a problem as filo­ sóficos en un lenguaje especialm ente diseñado para solventar los atascos lógicos de nuestra lengua. En cuanto a W ittgenstein, su idea era muy otra. El análi­ sis lógico consistía para él en establecer los límites dentro de los cuales tiene significado (sentido) una pro­ posición. Sin embargo, aunque sería com petencia de la filosofía m ostrar dónde están esos límites, ni siquiera ella estaría legitimada para decir nada sobre cualquier cosa, pues cualquier intento de proceder así supondría traspasar los límites del discurso significativo. A los m iem bros del Círculo de Viena —constituido como tal a finales de la tercera década del siglo—, la tesis (V) les vino como anillo al dedo en su proyecto de reform a de la filosofía tradicional, pero tam bién en este caso significaba actividad una cosa muy específica. Ellos aceptaban, siguiendo a W ittgenstein, la naturaleza

analítica, m ejor que de saber sustantivo, de la filosofía. A cambio, estaban lejos de adherirse a otras de las pre­

misas que

W ittgenstein había utilizado para llegar a esa

tesis. Una

de esas prem isas era el principio (VI) y, por

concretar aún más, la idea de que el sentido de una proposición es el estado de cosas que representa. Para los em piristas vieneses, y tam bién para quienes luego les siguieron, el significado de una proposición consistía más bien en aquello que contaría como evidencia de su verdad. Es decir (IV) se transform ó, por utilizar la for­ mulación estándar, en el principio (VI):

(VI) El significado de una proposición es el método de su verificación.

El principio de verificabilidad —es decir (VI)—, intro­ dujo un punto de inflexión im portante en la Filosofía Analítica. Una de sus consecuencias más espectaculares fue el rechazo de la m etafísica (es decir, de la filosofía especulativa, pues no sólo la m etafísica se veía afectada, sino tam bién otras disciplinas, como la ética o la esté­ tica). Salvo a las proposiciones de la ciencia empírica, que se suponían verificables y, por tanto, significativas,

a ninguna otra se le reconoció significado cognitivo (es

decir, dotadas de esa especie de significado que im por­ ta para la verdad o la falsedad de una proposición). Una vez elim inada la metafísica, los radicales empi-

ristas de este siglo dieron su visto bueno tan sólo a otros dos tipos de proposiciones de entre las que cons­ tituyen el edificio del conocimiento humano:

• Las proposiciones de la ciencia empírica, que versan acer­ ca de objetos, propiedades y relaciones de nuestro mundo.

• Las proposiciones de la sintaxis lógica, que se ocupan de signos, con independencia de cuál sea su significado.

En opinión de Carnap, que fue un miembro destaca­ do del Círculo de Viena, las proposiciones filosóficas que no se descarten por su talante metafísico —proposi­

ciones que hablan de la naturaleza del espacio y el tiem ­

po, de la diferencia entre el m undo físico y

mental, etc.— son en realidad proposiciones de la sin­ taxis lógica: su apariencia, sostuvo, es engañosa, pues tratan de signos, aunque parezcan hacerlo de objetos u otras realidades. Después de una distinción así, (VI) se convirtió para el Círculo de Viena en (VII):

el mundo

La filosofía es la sintaxis lógica del lenguaje de la ciencia.

Una tesis más de esta tendencia filosófica empiris- ta ' es de im portancia para nuestra historia. Una vez elim inada la filosofía especulativa, sólo queda la filosofía científica, la cual consiste en lo que (VII) indica. La eli­ minación de aquélla descansa en el principio de verifi­ cabilidad, que dice qué es el significado cognitivo de

(VII)

una proposición. Sin embargo, el significado cognitivo, añadieron los m iem bros del Círculo, no es la única es­ pecie de significado que puede tener una proposición.

(VIII) Hay dos clases de significado de una proposi­

ción:

a) el significado cognitivo, su método de veri­ ficación, y

b) el significado emotivo, en virtud del cual al usar una proposición expresamos nues­ tras emociones e influimos en la conducta de los demás.

Las proposiciones de la m etafísica, se añadió, carecen

de significado cognitivo, por ser inverificables, pero po­

m etafísica es expresión de

una actitud emotiva ante la vida.

Después de la enunciación de las tesis (IV), (V), (VI), (VII) y (VIII), la Filosofía Analítica evoluciona lenta­

m ente hacia su crisis final. (Esto explica por qué el

grueso de la presente obra trata de Frege, Russell, el Tractatus y el em pirism o centro-europeo.) La renuncia

a estas tesis no se produce de inmediato, sino que se

gesta en la década de los treinta y, sobre todo, en la de

los cuarenta. El año notable es 1953. En este año se pu­

blican las Investigaciones filosóficas, la últim a gran obra

de W ittgenstein, la recopilación de ensayos de W. Quine

Desde un punto de vista lógico y N. Goodman im parte

en las universidades de Londres y H arvard el ciclo de

conferencias

siguiente con el

seen significado emotivo. La

que

se publicaría

al año

título de Hecho, ficción y previsión. Cronológicamente

hablando, el rem ate de la crisis tiene lugar en la década siguiente, cuando se publica la obra postum a de J. Aus-

tin Cómo hacer cosas con palabras (1962). El contenido

de este libro recoge, sin embargo, el texto de unas confe­ rencias que Austin había dado repetidam ente en la dé­ cada anterior. Por describir esta crisis a vista de pájaro —a ella está dedicada la segunda parte de este libro—, cabe decir lo siguiente. Con su vuelta a Cambridge en 1929,

W ittgenstein inicia una etapa de análisis de los distin­

tos mecanismos lingüísticos, más radical que la adop­

y resum ida en (IV). Ahora ya no

da por supuesto que los nom bres refieren a objetos y que el lenguaje (las proposiciones) representa la reali­

dad (las distintas situaciones posibles), sino que se pre­ gunta cómo es que son posibles tales relaciones. De aquí

W ittgenstein se ve llevado a la tesis de que el significado

de una expresión no reside en lo que representa, sino en su uso en el contexto de las distintas actividades

humanas. Esta innovación de su valor intrínseco—

W ittgenstein —dejando a un lado es de interés porque retom a con

ello una línea de pensamiento que, podría pensarse, ha­

bía quedado ignorada, o que había sido m alinterpretada, después de que se viese en (IV) el principio de verifica- bilidad, es decir (VI). W ittgenstein retom ó (IV) y lo puso en la picota. Análoga suerte corrió (VI), en este caso por

tada en su Tractatus

la

acción conjunta de los argum entos críticos de Quine

y

Goodman. El prim ero m ostró, con una contundencia

y

con una m eticulosidad pocas veces vistas en filosofía,

que carece de justificación hablar del método de verifi­ cación de un enunciado (y, por consiguiente, del signifi­

cado

cognitivo de un enunciado considerado aisladam en­

te

de los demás). Goodman, por su parte, introdujo otro correctivo en

la

sem ántica filosófica em pirista. Después de su eclosión

espectacular, los filósofos em piristas reconocieron que

hablar de la verificación de un enunciado es hablar de

una situación ideal que raram ente se da: en

em pírica,

verdad de una proposición, lo que se hace es confirmar­

decir, obtener elem entos de juicio que aum entan

hasta un punto crítico la probabilidad de que la propo­

sición sea verdadera. Goodman argüyó que no hay nin­ gún conjunto de reglas formales —análogas a las reglas de dem ostración lógica o m atem ática— que perm itan

establecer

en qué grado confirm a una proposición (es

un conjunto de datos o elementos

decir, una hipótesis)

de juicio. La tesis (VI) caía sin apelación, incluso susti­

tuyendo verificación por la m ás débil exigencia de con­

la, es

la ciencia

la

m ejor

que

dem ostrar

concluyentem ente

firmación *.

La crisis de (VIII) sobrevino con Cómo hacer cosas con palabras. El hilo conductor de esta obra es que no

hay criterios satisfactorios que hagan razonable distin­ guir entre lo que describe una proposición y lo que

hacemos nosotros estados de ánimo

ajeno). El diagnóstico final de Austin es que la distin­ ción cognitivo/significado emotivo carece de fundam en­ to conceptuales sólidos. Mejor que referirnos al lenguaje diciendo que tiene una cara descriptiva y otra dinámica, lo que debe hacerse, según Austin, es poner de relieve que ambas son m uestras de las m últiples cosas que pue­ de hacerse con las palabras. Por finalizar el presente resumen, preguntem os: ¿Qué decir de las tesis (V) y (V il), que tienen que ver con la concepción analítica de la filosofía? También fueron desechadas ambas. En cuanto a (VII), Quine adujo que, en un sentido, no existen diferencias sustantivas entre hablar de objetos (lo que hace la ciencia em pírica) y ha­ blar de signos (lo que hace la filosofía): que decir que

Babilonia fue una palabra m encionada en la conferen­ cia de ayer es lo mismo que decir que en la conferencia de ayer se habló de (la ciudad de) Babilonia. Filosofía

parte de la misma em presa de

y ciencia son, entonces,

interpretación del mundo. En cuanto a W ittgenstein, hay que decir que en su segunda etapa filosófica se adhirió a una forma de la te­

sis (V). Según ella, la filosofía consistía en una terapia

al em plearla (para expresar nuestros o para incidir en el com portam iento

del encantam iento de la inteligencia hum ana

guaje, que se llevaría a cabo a través de un cuidadoso examen del uso de las palabras y del modo en que veni­ mos a entenderlas y emplearlas. Aunque no pueda pare- cerlo a simple vista, esta concepción suponía un aleja­ miento total de las cuestiones y del procedim iento clási­ co (o m ejor: los procedim ientos clásicos) de la Filosofía Analítica. La investigación del uso de las palabias con­ llevaba el estudio de las prácticas, decisiones y formas culturales hum anas y tenía que desembocar en una his­ toria y una antropología de los conceptos empleados por los seres hum anos. Yo no sostengo que esa tarea no fuera filosófica. Seguía siendo una actividad, pero nada tenía en común con la concebida por Frege, Russell,

por el len­

por el propio W ittgenstein en su Tractatus y por el Círcu­ lo de Viena.

tendría, a la vista de

todo esto, hablar de la Filosofía Analítica después de la década de los años cincuenta?

Como conclusión

¿qué sentido

PRIMERA

PARTE

El desarrollo del análisis filosófico

El microscopio de Frege 2 . 1 . El ojo y el m icroscopio m

El microscopio de Frege

2.1.

El

ojo

y

el m icroscopio

m atem ático de la Universidad de

len a (hoy en la Alemania Oriental), llamado Gottlob Fre­

ge (véase cuadro cronológico a continuación), publica una breve, pero decisiva, obra para el desarrollo de la lógica y de la m atem ática. Su título es largo, pero me­

rece leerse: Conceptografía. Un lenguaje de fórmulas, semejante al de la aritmética, para el pensamiento puro.

Frege presentaba en este libro una teoría de la inferen­

la argum entación en cualquier

ram a de la investigación científica y, muy especialm en­ te, la m atem ática. También, y más significativo quizá para el tem a del presente libro, Frege pretendía reali­ zar un servicio a la filosofía. Era su intención construir un instrum ento que perm itiera al filósofo detectar las tram pas que el uso del lenguaje inevitablemente tiende al pensamiento. Pero vayamos por partes. Como m atem ático, la principal preocupación de la tra­ yectoria intelectual de Frege fue la de dotar a la aritm é­ tica de unos sólidos fundam entos, tanto en el orden conceptual como en el orden dem ostrativo. En su opi-

cia deductiva * apta para

En

1879, un joven

Cuadro cronológico comparado
Cuadro cronológico comparado

enx ,

la

Schroder, y P. T annery , entre otros,

1881.—J. V knn publica su L ó g ic a s im b ó lic a

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desfavorables

J.

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1881 .—F regf. se defiende de las críticas en su

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(Continuación)

/900.—Congreso Internacional de Filosofía en

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cio n es lógicas.

Cuadro cronológico

París.

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1902.B. Russell escribe a Frege comunicán-

de contradicción

Frege.

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é tic de

1902.—Acaba de redactar el segundo volumen

r itm propio

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1923.—Frege publica la tercera de sus I n v e s ­

p e n ­

a s d e de la a edición El

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A rtic u la c ió n

imprenta.

gastos

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L e y bolsillo.

tig a cio n es lógicas:

1925.—Muerte de Frege.

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nión, los conceptos sobre los que se erige el edificio de

la aritm ética, y el de núm ero es el m ás obvio de ellos, necesitaban de definiciones exactas, desprovistas de adi­

tam entos innecesarios o equívocos.

debían ser explícitamente formuladas para que su natu­ raleza y su estructura quedasen bien de m anifiesto. Asi­

mismo, todos y cada uno de los recursos empleados en

la dem ostración de teorem as deberían investigarse,

modo que cada paso de ese proceso pudiera controlarse

Las teorías mismas

de

y

sim plificarse al máximo. Al final, pretendía Frege, tanto los conceptos funda­

m

entales de la aritm ética, como los mecanismos nece­

sarios para la dem ostración de sus verdades, descansa­ rían sobre principios puram ente lógicos. Este program a de fundam entación de la aritm ética, al cual Frége dedicó la m ayor parte de sus esfuerzos, se conoce como progra­

ma logicista.

Frege se propuso desarrollar el program a logicista en

tres

etapas, a la

prim era

de las cuales corresponde

la

Conceptografía.

(En

la segunda etapa, cuyo trabajo

se

plasm a en Los fundamentos de la aritmética, de 1884,

Frege definió la noción de núm ero natural a p artir de las nociones lógicas de concepto y propiedad. En la ter­ cera, a la que pertenecen las Leyes básicas de la aritmé­ tica, 1893-1903, intentó la reducción efectiva de las ver­ dades aritm éticas a verdades lógicas *.) En su prim era obra, Frege presenta un simbolismo especial en dos dimensiones concebido para poder expresar en él cual­ quier contenido científico. A este simbolismo, que Fre­ ge describe como lenguaje de fórmulas, le dio el nom­ bre de conceptografía. Como ocurre con el lenguaje de la aritm ética, su conceptografía es un medio en el que poder expresar los contenidos y el cálculo de la demostración de teoremas. Si Frege ideó ese instrum ento de precisión que es su conceptografía, fue para poder representar c investigar eso que, genéricamente hablando, aparece en sus escri­ tos bajo la denom inación de el pensamiento puro. Para hacerse una idea de qué es esto, es necesario distinguir en todo aserto o enunciado dos componentes:

• el acto lingüístico de afirmación, o el acto mental de asen­ timiento, y

• el contenido de tal acto.

En

su

simbolismo,

cada

uno

de

estos

com ponentes

viene

por un

trazo.

El

trazo

del juicio o

de la

representado afirm ación es

vertical;

el

trazo

del contenido es

horizontal y conecta el trazo vertical con la representa­

ción del contenido. Así, la afirm ación

se representa en la conceptografía así:

de

que

7 +

5 =

12

a)

7 +

5 =

12.

más) form a

parte del contenido del acto de afirmación, enunciación

con él. E sta

identificación no es siem pre posible porque en la expre­ sión lingüística, además de haber los medios para la

transm isión de pensamientos, se encuentran elem entos con los cuales

o aserción, y no siem pre puede identificarse

El pensam iento puro (o pensam iento sin

se pretende actuar sobre los sentimientos, el estado de ánimo del oyente o estimular su imaginación.

(G. Frege: 1918, p. 54)

Si decimos, por ejemplo, que:

b) Alfredo no ha llegado todavía.

expresamos el pensam iento de que Alfredo no ha llega­ do y sugerimos, aunque sin decirlo, que se espera la llegada de Alfredo. Esta sugerencia no form a parte del pensam iento que expresam os al afirm ar (b). Estos efectos o rasgos psicológicos, tan comunes en el uso lingüístico, si bien son parte del contenido de la aserción, no pertenecen al ám bito de lo lógico. Consti­ tuyen el tono del acto verbal. Podemos decir, así pues, y por exclusión, que el pensam iento es esa parte del conte­ nido diferente del tono. Hay otra forma más directa de indicar cual es el ám ­ bito del pensam iento. Es el ám bito de lo verdadero y de lo falso. Sólo de los pensam ientos puede decirse que

son o verdaderos, o falsos. Es más, sólo de los pensa­

mientos valen las leyes o principios lógicos, pues única­

m ente ellos entran en el m undo de las relaciones lógicas.

Es exclusiva

los unos con los otros, o el ser unos consecuencias lógi­

cas de otros. Lo psicológico, por su parte, es el ám bito de lo que se juzga verdadero, de lo que se cree, de lo que se piensa, de lo que se toma por verdadero. Lógica

y psicología son, consiguientemente, ciencias del todo

independientes. Los cálculos que la conceptografía perm ite simbolizar

adoptan el ropaje de cadenas de expresiones cuyo rasgo más característico es su bidimensionalidad (véase recua­ dro 1). En cada una de estas cadenas o sucesiones, todo elem ento salvo el prim ero, o los dos prim eros, se obtie­ nen de uno o m ás de los que le preceden por la aplica­ ción de una regla de inferencia (véase recuadro 2). Así, si la expresión E} se obtiene de las expresiones £j y E2 por la aplicación de la regla de inferencia R, el pensa­

m iento expresado por E} se deduce directam ente de los

pensam ientos expresados por y E2. Una deducción o una inferencia deductiva se representa, entonces, como una sucesión de expresiones del simbolismo (fórmulas)

cuyos elementos o bien se obtienen de expresiones pre­ cedentes o bien son axiomas lógicos (véase recuadro 3)

o axiomas de la teoría en cuestión. Una de las preguntas interesantes que pueden hacerse en torno a la conceptografía de Frege es la de por qué es necesaria. ¿Qué razón hay para no utilizar nuestra propia lengua, con el añadido de los conceptos y defi­ niciones necesarias para el estudio del tem a que nos

ocupe, en vez de tal lenguaje de fórm ulas? ¿No es, apren­ der tal simbolismo, una nueva dificultad que sum ar a la que de por sí suponga el objeto de investigación? Es­ tas preguntas se hallan im plícitam ente form uladas en

la

te respondidas. La contestación de Frege com para la relación que hay entre una lengua natural y su concep­ tografía con la que existe entre el ojo hum ano y el mi­ croscopio. La comparación es instructiva.

El ojo hum ano, comienza diciendo Frege, tiene un campo de aplicación incom parablem ente m ayor que el

de los pensam ientos el

ser contradictorios

Introducción de la Conceptografía, pero abiertam en­

Recuadro

1

Expresión

de LA

CONCEPTOGRAFÍA

Equivalente

EN

CASTELLANO

r r C

A

No es el caso que A

B

Si A, entonces B

A

-A

A

y B

•B

■B

O

bien A o bien B

•A

Px

Todo x tiene la propiedad P

Algún x tiene la propiedad P

U na versión

ACTUAL

CONTENIDO

DEL

1

A

A —»B

A A B

A V B

A xPx

V x Px

Las letras A, B (y otras mayúsculas de las primeras le­ tras del alfabeto latino) son variables que representan cualesquiera fórmulas de la conceptografía.

del microscopio. M ientras que con el ojo pueden verse

muy diversas cosas en

croscopio sirve a unos fines muy específicos dentro de márgenes estrechos. Así, en lo referente a su adaptabili­ dad a situaciones muy diferentes, el microscopio es muy inferior al ojo. Sin embargo, debe decirse a cambio, en

aquello para lo que el microscopio ha sido concebido, allí donde las exigencias científicas llevan la voz can­ tante, el ojo es un instrum ento insuficiente, incapaz de proporcionar las observaciones precisas que se re­ quieren.

cuanto a tam año y color, el mi­

Recuadro

2

LAS REGLAS DE INFERENCIA DE LA

CONCEPTOGRAF1A

1)

La regla de separación, que autoriza a sustituir uni­ formemente, es decir, en todas sus apariciones, cada variable por una fórmula cualquiera. Así, por ejem­ plo, si sustituimos la variable A por la fórmula

I-------- -------- A

--------C

en la fórmula

la variable A por la fórmula I-------- -------- A --------C en la fórmula A C C
la variable A por la fórmula I-------- -------- A --------C en la fórmula A C C

A

C

C

obtendremos la fórmula

la variable A por la fórmula I-------- -------- A --------C en la fórmula A C C

A

C

B

A

C

C

c

Recuadro 2

(Continuación)

2)

La regla de separación (también conocida como re­ gla de modus ponens), según la cual de todo par de fórmulas del tipo de

I----- -i------

r

-------

A

y de

puede inferirse una del tipo de

Si seguimos esta regla, aplicándola a las fórmulas

y

de Si seguimos esta regla, aplicándola a las fórmulas y A B C obtendremos como consecuencia

A

B

C

obtendremos como consecuencia lógica inmediata suya la fórmula

como consecuencia lógica inmediata suya la fórmula En esta regla, las mayúsculas griegas, T y A,

En esta regla, las mayúsculas griegas, T y A, sirven de nombres de fórmulas cualesquiera.

Pues bien, algo análogo puede decirse de una lengua natural y de la conceptografía. Para la expresión de nuestros sentim ientos y de nuestras opiniones en la

práctica totalidad de nuestra vida cotidiana, la concep­ tografía sería algo más que un obstáculo engorroso. Sin

embargo, cuando im porta la tricto de inferencias válidas,

parablem ente más sutil, exacta y adecuada que nuestro lenguaje. A estos efectos, hay buenas razones para pre­ ferir aquella prim era a este segundo.

formulación y el control es­ la conceptografía es incom ­

2.2. N uevos vinos para los viejos odres

de

la

lógica

E ntre las innovaciones de su

Conceptografía que Fre-

im portantes es el aban­

dono de las antiguas categorías lógicas de sujeto y pre­

ge valoró

más

alto, una de las

dicado por

las

nuevas

de

argumento y función, o de

objeto y función, como las denom inaría más tarde. El im portante rendim iento de los conceptos de objeto y función se apreciará m ejor si se tiene en cuenta que

en la conceptografía fregeana a cada expresión signifi­ cativa le corresponde un elemento de la realidad; es

decir, cada expresión significativa es

na o refiere a una cierta entidad del universo. (Incluso las oraciones declarativas son, para Frege, nom bres de algo. Ese algo son los valores de verdad: todas las ora­ ciones declarativas o asertóricas verdaderas son nombres

de un objeto llamado lo verdadero; las falsas son nom­ bres de lo falso.) De esto se sigue que todas las expre­ siones o son expresiones de objeto o son expresiones de función. En un inventario del universo, por tanto, un filósofo

á la Frege sólo m encionaría objetos y funciones. Son objetos los núm eros, las personas y otras entidades físi­ cas como las gotas de agua y los granos de arena; lo son tam bién las regiones geográficas y las ciudades y un largo etc. E ntre las funciones, las aritm éticas o las lógi­ cas (véase recuadro 1) son bien representativas de lo que Frege tenía en la cabeza.

nom bre de, desig­

de nuevos

conceptos, comencemos por considerar la siguiente ex­

presión:

Para ver más

de

cerca

todo

este aluvión

c)

x2 +

y2 =

9.

Por sí sola (c), no expresa ningún pensam iento ni re­

fiere a ningún valor de verdad. Lo justo es decir que adquirirá uno si reem plazamos las variables x e y por num erales (nombres de números). Si en vez de x escri­

bimos

3 y

en

vez

de

y, 8, lo

que

resulte

d) 32 +

82 =

9

expresará un pensam iento falso, que es lo que pasa con (d), ya que 90 es un núm ero distinto de 9. Sin em ­ bargo, si una de las dos variables se sustituye por 3 y la otra por 0 (o si, en expresión de Frege, se combina (c) con los nom bres de objeto 3 y 0), entonces obtendrem os una oración que expresa un pensamiento verdadero. Así, pues (c) no pero (d) sí es una expresión de objeto. Los num erales 2 y 9 son otras expresiones de objeto que aparecen en (c), en la cual se distinguen diferentes ex­ presiones de función: x2, y2, x2+ y2, +. Todas ellas son expresiones no-saturadas, es decir, expresiones incom­ pletas en sí m ismas, que contienen uno o más lugares vacíos. El signo + debe ir flanqueado por dos num e­ rales para dar lugar a una expresión de objeto. En x2 hay un lugar de objeto, pues esto es lo que la variable x representa. Por su parte, las expresiones de objeto son expresiones saturadas, teniendo sentido por sí solas. Una expresión no-saturada sólo puede saturarse (es decir, dar lugar a una expresión de objeto) cuando todos sus lu­ gares vacíos sean rellenados por expresiones de una clase adecuada. E ntre las expresiones de función se encuentran las que son nom bres de conceptos. Si aplicamos las cate­ gorías de objeto y función a la lengua castellana y, en particular, a la oración (e):

e) César conquistó las Galias

Recuadro

3

AXIOMAS LOGICOS DE LA

CONCEPTOGRAFIA

VERSION ACTUAL DEL CONTENIDO

—------- a

A—»(B—>A)

------ B

--------- A

[C->( A-»B) ] » 4 > [ (C— >B) ->(C—>A) ]

[C->( A-»B) ] »4> [ (C—>B) ->(C—>A) ]

----

B

C

[C—>(B—>A)]—>[B-^(C—>A)]

[ I a

1—

c

 

B

A

A

B

 

C

1—

B

I—

A

----

A

----

B

(B-^A)-»(nA ^ B )

Recuadro 3 (Continuación)

AXIOMAS LOGICOS DE LA

CONCEPTOGRAFIA

VERSION ACTUAL DEL CONTENIDO

nnA-H>A LOGICOS DE LA CONCEPTOGRAFIA VERSION ACTUAL DEL CONTENIDO A—» / 1= r2—>[<p(íi) —>tp(/2) ]

A—» LA CONCEPTOGRAFIA VERSION ACTUAL DEL CONTENIDO nnA-H>A / 1= r2—>[<p(íi) —>tp(/2) ] <p(C)

/ 1= r2—>[<p(íi) —>tp(/2) ]

<p(C)

t[—Í2

t=t

t - t

<p(f)

E -Mt)

X X -<?(x)

T -'H-*)

es posible concebirla como el resultado de haber pues­ to el nom bre de objeto César en la expresión — con­ quistó las Galias, en la que hay un espacio en blanco

o lugar vacío; (e) es una expresión saturada, pero — con­

quistó las Galias no lo es, bajo esta form a de ver las

cosas. Lo que hace que (d) y (c) difieran de, por ejem ­ plo, X2 es que las prim eras son nom bres de, o refieren

a valores de verdad, que son objetos, m ientras que esta segunda es una expresión de función. Y lo que hace

nueva ex­

presión es como ellas una expresión de objeto, si bien

que esas oraciones difieran de 52 es que esta

Recuadro

4

LA RLLACION LENGUAJE-REALIDAD EN EL MARCO DE LA CONCEPTOGRAFIA

Las expresiones de

la

 

CONCEPTOGRAFIA

 

Refieren a

Expresiones

saturadas

(o

expresiones de objeto)

 

Objetos

Ejemplos:

Ejemplos:

5

el número 5

Julio César

el personaje histórico Julio César

la capital de Francia

París

lodos los españoles son eu- ropeos

lo verdadero

Expresiones no-saturadas (o expresiones de función)

Funciones

Ejemplos:

Ejemplos:

5 + x

esa función que a cada nú­ mero x le asigna el nú­ mero que resulta de su­ mar 5 con x

—— conquistó las Galias

el concepto de conquista­ dor de las Galias (o bien esa función que asigna a cada objeto bien lo ver­ dadero bien lo falso, si ese objeto ha conquista­

la capital de

s i ------ , entonces ——

do las

Galias o no lo ha

hecho)

esa

función

que

asigna

a

cada

objeto

una

ciudad

del mundo

la función veritaliva condi­ cional

refiere a un núm ero natural y no a un valor de verdad. Pues bien (d) y (e) son el resultado de com binar una expresión de concepto con una expresión de objeto (en

ser

el resultado de poner 2 en vez de x en 31 + 8X = 9, y (c) puede ser el resultado de rellenar con César el vacío que hay en la expresión de concepto — conquistó las Galiás. En definitiva, una expresión de concepto es una expresión no-saturada a partir de la cual se form an ora­ ciones declarativas. Y pasando del plano lingüístico al plano óntico (es decir, al plano de las cosas), podemos decir que los conceptos son aquellas funciones que tie­ nen como valores lo verdadero o lo falso. El recuadro 4 resum e lo dicho hasta el momento. Así, pues, los conceptos son una especie tan solo den­ tro del género de las funciones. Una idea de la am plitud de la concepción fregeana del análisis lógico del lengua­ je la sugiere el hecho de que, m ientras que para el en­ foque tradicional (el que arranca de Aristóteles) todos los enunciados se consideran com puestos de un sujeto (una expresión de objeto) y un predicado (una expresión que refiere a un concepto), en la nueva perspectiva éste no sería sino un caso más entre otros muchos. E ntre las expresiones funcionales, las hay que tienen un destacado protagonism o lógico. Ese es el caso de ex­ presiones como no, y, si, entonces, o, etc. (véase recua­ dro 1). A estas y a otras expresiones se las denom ina constantes lógicas. Las constantes lógicas se caracteri­ zan por la circunstancia de que, cuando una inferencia deductiva es lógicamente válida —y su conclusión se sigue de sus prem isas—, su validez descansa en el sig­ nificado de las constantes lógicas que en ellas se den. (Asi, es en virtud del significado de no que del enuncia­ do A se sigue lógicamente el enunciado no-no-A, es decir, la doble negación de A.) Pues bien, las constantes lógicas mencionadas —pues esto no se aplica a todas— son nom bres de funciones. De funciones de verdad, para ser más exactos. Sigamos hablando de no. E sta pequeña palabra inter­ viene en m uchas oraciones dando lugar a un efecto típi­ co. Si la oración declarativa A expresa un pensam iento verdadero, el pensam iento expresado por no-A, la nega­

una de las m aneras de ver estos casos), (d) puede

ción de A, es falso. Más aún, los pensam ientos expresa­ dos por estas oraciones son lógicamente contradictorios entre sí. La función nom brada por no tiene como valor lo falso cuando se aplica a un objeto verdadero; y tiene como valor lo verdadero cuando se aplica a un objeto falso. El caso del cuantificador todo, otra constante lógica, es un poco más complicado y requiere de un breve preli­ m inar. Volvamos a (e). Una m anera de analizar esta ora­

ción vería en ella, como se dijo, el resultado de insertar

el nom bre César en el lugar vacío

sión conceptual — conquistó las Galias. Esta oración dice de César que conquistó las Galias o, como Frege

le expresába, que el objeto César cae bajo el concepto de conquistador de las Galias. Análogamente, afirm ar que Sócrates es un hom bre es afirm ar (en el presente

intem poral) que

Caer bajo es, por consiguiente, una relación entre obje­

tos y conceptos. O tra m anera de expresar lo mismo es

decir lo siguiente:

equivale a decir que P es una propiedad de x.

No es ésta la única relación lógica que se da entre lo

relación entre

que hay. Otra relación im portante es esa

conceptos en virtud de la cual uno de ellos cae en el otro. Decimos que el concepto P cae en el concepto Q cuando todo objeto que tenga la propiedad P tiene tam ­ bién la propiedad Q. Un ejem plo bien simple de esta re­ lación lo proporciona la oración (f):

objeto % cae bajo el concepto P

que hay en la expre­

Sócrates cae bajo el concepto hombre.

el

f) Todos los españoles son europeos.

El pensam iento que (f) expresa puede reform ularse diciendo que todo lo que tiene la propiedad de ser es­ pañol tiene la propiedad de ser europeo. 0 que todo objeto que cae bajo el concepto de español cae tam bién bajo el concepto de europeo. Así, pues, el cuantificador

todo (al igual que lo hacen cada, cualquier, todos los)

sirve de signo de que un concepto cae en otro.

tener bien presente que

Hay que

las relaciones caer

bajo y caer en son relaciones diferentes. La prim era in­ volucra objetos y conceptos. La segunda, sólo conceptos.

Por tanto, cuando el concepto P cae en el concepto 0, no

puede decirse que Q sea una propiedad de P. Se dice, entonces, que Q es una característica de P. Confundir propiedades con características, y a la inversa, es un error lógico im portante que cometen quienes no apre­ cian suficientes diferencias entre (e) y (f). En opinión de Frege, este erro r es achacable a los lógicos tradicio­ nales.

2.3. La liberación de la m ente del poder

de

la

palabra

Tal y como se dijo al principio del capítulo, no todos los objetivos de la Conceptografía son de orden lógico. Frege pretende tam bién que con su lenguaje de fórmu­ las podemos obviar algunos problem as, característica­ m ente filosóficos, que surgen de un uso del lenguaje poco sensible para con sus sutilezas lógicas. En palabras de Frege:

Si es una tarea de la filosofía quebrar el dominio de la palabra sobre la mente humana al descubrir los engaños que sobre las relaciones de los conceptos surgen casi inevitablemente en el uso del lenguaje, al liberar al pensamiento de aquéllos con que plaga la naturaleza de los medios lingüísticos de expresión, entonces mi conceptografía, más desarrollada para estos propósitos, podría ser un instrumento útil a

los filósofos. (G. Frece: 1879, p. 10)

Es esta utilidad de la conceptografía, de la que habla Frege, la que autoriza a considerarle el m entor de los autores que más tarde darán lugar a la llam ada Filoso­ fía Analítica. Efectivamente, Frege consideró que una

gran p arte de la labor filosófica venía a ser una lucha

contra el lenguaje (G. Frege: 1979, p.

bién M. R esnik : 1981), siendo el prim er filósofo contem ­

poráneo que se ocupó de diversos problem as filosóficos

(o tradicionalm ente considerados así) m ediante el aná­

lisis lógico del lenguaje que sus nuevas

tían. Los conceptos do objeto, función, concepto, propie­

270. Véase tam ­

categorías perm i­

dad o característica desempeñaron en esta empresa una función singular. Veamos ahora brevemente dos de sus éxitos en esa tarea. Un apartado central del pensam iento de Frege es su crítica de la lógica tradicional. El principal reproche que le hace Frege a ésta es el de que confunde lo lógico con lo psicológico. Más en concreto, que emplea con­ ceptos, como los de sujeto y predicado, que son con­ ceptos psicológicos, disfrazados de otra cosa; pertenecen a la esfera del modo en que los hablantes de una lengua entienden las oraciones y proferencias que leen o que oyen, y no conceptos relevantes para la verdad o la fal­ sedad de unas y otras. Así, el llamado sujeto de una oración indica de qué habla ésta, es decir, cuál es su tem a. El predicado, por su parte, expresa lo que se dice o cuenta del tema. Entender una oración supone, en­ tonces, identificar el tem a y lo que se predica de él. La teoría tradicional es, por tanto, una teoría acerca de qué identificamos en las oraciones y proferencias cuando las entendem os cabalmente. Esta mezcla de lo lógico con lo psicológico tiene, en

ciertos casos, efectos fatales. Según la perspectiva lógica prefregeana, a la vista de (e)\}?afc>ría que decir que su tem a es César y que se dice de él que conquistó las Ga- lias; y a la vista de (f) habría que decir que su tema son los españoles y que de ellos se dice que son euro­ peos. H asta el momento, por tanto, el modo de analizar am bas oraciones es el mismo. Sin embargo, ese análisis

no distingue entre propiedad y característica. Lo

ro, en la perspectiva de Frege, es lo que se tiene en (e). De lo segundo es de lo que se trata en (f). Esa confusión

conduce a un

En efecto, neguemos ahora ambas oraciones. Puesto

que —ésta es la hipótesis que Frege

atribuyen una propiedad a algo (o se dice algo de un tema), su negación debería expresar la ausencia de pose­ sión de tal propiedad por parte de ese algo (o bien que se diga lo contrario del mismo tema). Es decir, la nega­ ción de (e) tendría que ser (e’), y la negación de (f) ten­ dría que ser (f'):

com bate— ambas

prim e­

problem a insoluble.

c ’)

César no conquistó las Galias.

f’)

Los españoles no son europeos ñol es europeo).

(= ningún

espa­

Sin embargo, aunque (e’) es la negación de (e), (f’) no es la negación de (f). Una oración y su negación deben expresar pensam ientos contradictorios (es decir, que no pueden ser am bos verdaderos), pero (f) y (f') no se encuentran en ese caso. La negación buscada de (f) es (f”):

f