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DESIGUALDADES

Tolerancia, legitimación y conflicto en las


sociedades latinoamericanas

mayarí castillo gallardo


claudia maldonado graus
Desigualdades.
Tolerancia, legitimación y conflicto
en las sociedades latinoamericanas
RIL editores
bibliodiversidad
Mayarí Castillo Gallardo
Claudia Maldonado Graus
(Editoras)

Desigualdades
Tolerancia, legitimación
y conflicto en las sociedades
latinoamericanas
305.098 Castillo, Mayarí
I Desigualdades: tolerancia, legitimación y con-
flicto en las sociedades latinoamericanas / Editoras:
Mayarí Castillo G. y Claudia Maldonado G.. – –
Santiago : RIL editores, 2015.

498 p. ; 23 cm.
ISBN: 978-956-01-0176-1

  1 desigualdad social. 2 conflicto social-amé-


rica latina. 3. planificación política.

Desigualdades
Tolerancia, legitimación y conflicto
en las sociedades latinoamericanas
Primera edición: abril de 2015

© Mayarí Castillo G. y Claudia Maldonado G., 2015


Registro de Propiedad Intelectual
Nº 249.293

© RIL® editores, 2015


Los Leones 2258
cp 7511055 Providencia
Santiago de Chile
(56) 22 22 38 100
ril@rileditores.com • www.rileditores.com

Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores


Fotografía de portada: gentileza Gartzen Anduaga

Impreso en Chile • Printed in Chile

ISBN 978-956-01-0176-1

Derechos reservados.
Índice

Agradecimientos.........................................................................11

Presentación. Apuntes sobre los conceptos de


desigualdad, legitimación y conflicto para el
análisis de las sociedades latinoamericanas
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo...............13

Herramientas teóricas contemporáneas


para el estudio de tolerancia, legitimación
y conflicto sobre desigualdades en
América Latina

Más allá de la legitimación. Cinco procesos


simbólicos en la construcción de la igualdad y
la desigualdad
Luis Reygadas................................................................................39

Las experiencias sociales y la creencia en la


legitimidad
Kathya Araujo................................................................................69

Desigualdades en América Latina: desde la


Ilustración hasta el siglo XXI
Göran Therborn ............................................................................95

Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes


de desigualdad en América Latina
Sérgio Costa.................................................................................125
Tolerancia a la desigualdad y justicia social.
Una agenda teórica de investigación
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure.....................................151

Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad


neoliberal: una cartografía analítica
Loïc Wacquant.............................................................................183

Análisis contemporáneos sobre tolerancia,


legitimación y conflicto en torno a las
desigualdades en América Latina

La relación entre desigualdad e impuestos como


fuente de conflicto social: el caso de Chile
Jorge Atria....................................................................................217

El discurso de la igualdad de género en el Chile


neoliberal: ¿«nuevos» significados para la igualdad?
Carmen Gloria Godoy Ramos.....................................................249

Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde


la opinión pública 2006-2013
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, Juan Carlos Castillo
y Matías Bargsted.........................................................................273

Desigualdad, conflicto y movilización social.


Algunas posibilidades teóricas para pensar la
política y la hegemonía en el Chile actual
Claudia Maldonado Graus...........................................................299

El carácter oligárquico de la clase dominante


salvadoreña: análisis histórico de la persistencia
de la desigualdad social a partir de la base
estructural
Melissa Salgado............................................................................321
El papel del terror en la resemantización de la
justicia social en Chile
Patricia Castillo............................................................................345

«O paga o se muere»: el conflicto contra


la privatización de la salud en El Salvador.
Una lectura desde las desigualdades sociales
Irene Lungo Rodríguez................................................................369

Desigualdades socioecológicas.
Miradas etnográficas sobre el sufrimiento
ambiental en los casos de Ventanas y Arica
Mayarí Castillo ...........................................................................403

Discursos nacionalistas y horizontes de igualdad


en el Estado boliviano contemporáneo
Eduardo Paz Gonzales.................................................................429

¿Emergentes iguales o empresarios de la diferencia?


El caso de una marca brasileña de moda
NicolasWasser..............................................................................451

Legitimación de desigualdades socioespaciales


en la Argentina posneoliberal. Límites y estigmas
en la experiencia urbana de sectores populares
de la Región Metropolitana de Buenos Aires
Ramiro Segura.............................................................................471
Agradecimientos

Este libro ha contado con el apoyo institucional de cuatro organizaciones:


la Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo
Cristiano; Red Desigualdades.net–International Research Network on
Interdependent Inequalities in Latin America, Freie Universität Berlin; el
Proyecto FONDAP N° 15130009: Centre for Social Conflict and Cohesion
Studies y el Proyecto FONDAP N°15110006: Interdisciplinary Center
for Indigenous and Intercultural Studies (ICIIS). Estamos profundamente
agradecidos de la ayuda que nos han brindado para la edición de esta
este libro.
Agradecemos a todos los miembros del Grupo de Investigación
«Desigualdad, Legitimación y Conflicto», por su compromiso con
este proyecto a lo largo de estos años y por destinar su valioso tiempo
a la reflexión colectiva y a la producción de conocimiento desde el sur.
Agradecemos también a todas las voces que, desde distintos lugares de
América Latina, nos permitieron contar las historias que le dan vida a
este volumen.

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Presentación
Apuntes sobre los conceptos
de desigualdad, legitimación y conflicto
para el análisis de las sociedades
latinoamericanas

Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

Introducción
Este libro nace como un esfuerzo colectivo hace años atrás. Es la continui-
dad de una serie de diálogos en torno a la legitimidad de las desigualdades
en las sociedades latinoamericanas, que comenzaron en México D.F., con-
tinuaron en Berlín y que culminan hoy en Santiago de Chile, casi 6 años
después. En el camino, este esfuerzo colectivo creó y publicó un primer
libro, organizó dos seminarios y entabló un diálogo, donde alrededor de
una veintena de investigadores de diversos países establecieron líneas de
reflexión sobre el tema.
En esta segunda etapa se planteó el desafío de construir un segundo
tomo a partir de una convocatoria abierta, con el fin de integrar a esta
reflexión a distintos investigadores jóvenes que estuvieran produciendo
análisis empíricos sobre el tema desigualdad, legitimación y conflicto.
Considerábamos que en América Latina había una tradición de alta
calidad en estudios sobre desigualdad, pobreza y conflicto, y que esta
tradición estaba produciendo interesantes aproximaciones empíricas para
comprender la región. Queríamos, a la vez, rescatar los aportes teóricos
de aquellos que están pensando y aportando herramientas para analizar
la realidad latinoamericana hoy desde miradas nuevas o relecturas de los
clásicos. Para esto, contamos con los valiosos aportes de investigadores
consolidados que aceptaron colaborar con este desafío de pensar desde y

13
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

para América Latina. A través de ambas estrategias buscábamos destacar


la productividad de la academia latinoamericana, la particularidad de la
región y la necesidad de herramientas teórico-metodológicas adecuadas
para la interpretación de estas particularidades.
En este sentido, creemos que el objetivo ha sido logrado, pero no
sin dificultades. Una de las principales fue que, a poco andar, nos dimos
cuenta de que la convocatoria pública no tuvo el efecto esperado, sobre
todo en términos de representatividad de los países que componen la re-
gión. La principal razón de esto fue que nosotros estábamos olvidando lo
heterogénea que es América Latina, no solo en relación a sus trayectorias
históricas, sino también en los ejes que articulan el debate académico.
Estábamos buscando investigación empírica sobre un tema que tenía gran
importancia en algunos países, como es el caso de Chile y México, pero
que tenían importancia marginal en otros, como es el caso de Venezuela,
Uruguay o Ecuador. Nos dimos cuenta de que las preocupaciones acadé-
micas en cada país estaban estrechamente enlazadas a procesos contin-
gentes y particulares de cada realidad, distantes entre sí o conectadas por
otros eslabones y/o conceptos. Esto fue un problema para el libro, ya que
generó una sobrerrepresentación de ciertos países y dejó fuera realidades
nacionales que hubieran sido interesantes conocer aquí. Sin embargo, esto
da cuenta de una academia latinoamericana —pese a todas sus falencias—
inmersa en su realidad, dialogante con los procesos específicos que le toca
enfrentar y buscando aportar con investigación empírica a aquello que
más preocupa a cada país.
En ese sentido, creemos que la representación de casos que acá se
presenta es sintomática de esta heterogeneidad y de estas trayectorias
diferenciadas. Por esto no busca representar al conjunto de la región,
sino dar un panorama general sobre cómo se está trabajando este tema en
específico en algunos países de América Latina. Dentro de esto, llama la
atención la sobrerrepresentación del caso chileno, que resulta igualmente
claro respecto al vínculo entre las preocupaciones académicas y la realidad
social en la que se insertan. Con una de las sociedades más desiguales de la
región y el incremento paulatino de la conflictividad en la última década,
los académicos chilenos no solo han querido, sino que también han debido
dar cuenta de estas transformaciones, que se han instalado en el centro de
las preocupaciones de la sociedad hoy. Para esto han abordado distintos
caminos teóricos y metodológicos, como podrán ver en los textos que acá
se presentan. Situaciones similares suceden con los investigadores de otros
países que participaron en este tomo.

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Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

«Desigualdad», «legitimidad» y «conflicto» son términos de gran


complejidad teórica y trayectoria en el pensamiento social. Existe tanta
variedad de acepciones para cada uno de estos, que muchas veces resultan
difíciles de ubicar y trabajar con ellos. A continuación buscamos situarlos
brevemente dentro de una discusión teórica, mostrando su trayectoria, la
relación entre estos y su transformación, con el fin de aportar un marco
común a los textos presentados. El objetivo es entregar los elementos
generales que construyen la unidad de un volumen e insertar en ella las
miradas de los autores del libro en una discusión común. Con este fin, se
establecen brevemente las principales trayectorias de los conceptos cen-
trales que componen este libro: desigualdad, legitimación y conflicto. En
cada uno de ellos se realizó un esfuerzo por sintetizar tradiciones teóricas
complejas, por lo que la simplificación es inevitable, pues se encuentra más
orientada a nodos problemáticos clave que a la exhaustividad.

a) De la desigualdad a las desigualdades


El problema de la desigualdad se vincula con la distribución de recursos
socialmente valorados, con la pregunta de quién recibe qué y basado en
qué criterios. Esta pregunta cruza a todas las sociedades humanas, ob-
servándose a lo largo de la historia una transformación de los patrones
distributivos y de los principios que los sustentan, dependiendo de las
dinámicas del conflicto social y de los acuerdos entre sujetos. Si existe un
plano en donde es posible ver la acción y la historicidad del mundo social
en el marco de aquello que se considera justo, legítimo o inaceptable, es
precisamente a través del estudio de los patrones distributivos, el conflicto
en torno a ellos y cómo a través de esta relación se han ido transformando
nuestras sociedades.
El problema distributivo ha estado presente desde los inicios del
pensamiento social occidental, a partir de la reflexión de autores como
Platón o Aristóteles sobre la adecuada distribución de responsabilidades
en el marco de un buen gobierno y las características del ciudadano. En
estos pensadores, las diferencias en el acceso de recursos o bienes social-
mente valorados estaban remitidas a la esfera de lo privado, y por ello no
encontraban lugar en la reflexión política sino a través de la necesidad de
establecer relativas condiciones de igualdad al interior de la esfera pública.
Tal y como señala Arendt (1958), en el mundo de la Grecia Clásica, la
igualdad era una condición que se alcanzaba a través de la acción en el
mundo público, en términos de igualdad de libertad positiva: posibilidad de
influir en la gestión de la ciudad y las decisiones al respecto. Esto requería

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Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

asegurar las condiciones de igualdad entre ciudadanos, con el fin de que


esta libertad positiva se pudiera producir, existiera una gestión responsable
y hubiera un tratamiento entre pares en el intercambio de opiniones. En
este tenor, los asuntos públicos eran patrimonio de un sujeto susceptible
de cumplir con estas condiciones: hombres libres, pertenecientes a la
ciudad y con patrimonio. La reflexión sobre los sujetos excluidos de este
espacio de igualdad —tales como mujeres, esclavos, migrantes o sujetos
sin patrimonio— y sobre otros problemas distributivos, no encontró en
ese momento un espacio en la reflexión política, sino para fundamentar
algunos aspectos específicos de la necesidad de la funcionalidad de estas
diferencias. La igualdad en el pensamiento griego fue igualdad para actuar
en el espacio público, pero entre sujetos que reunían ciertas característi-
cas de privilegio, las que no encontraron mayores cuestionamientos en el
pensamiento social de esa época.
Es a partir de la «pasión igualitaria» de la modernidad que la desigual-
dad es conceptualizada como un problema susceptible de reflexión. Los
autores ilustrados —Rousseau, Locke y otros— introdujeron reflexiones
poderosas sobre el origen, validez y efectos de la desigualdad, marcando
las trayectorias del debate hasta nuestros días. Una de las reflexiones más
influyentes al respecto se dio en el marco de los escritos de Rousseau y su
discurso sobre «El origen de la desigualdad» (1778), en donde estableció
las bases para posteriores desarrollos teóricos que apuntarían al nacimien-
to de la propiedad privada como principio de la desigualdad entre los
hombres, base de los enfoques críticos en el estudio sobre estratificación y
desigualdad. De la misma forma, pensadores como Locke (1680) sentaron
las bases de aquellos enfoques agrupados en los desarrollos de la teoría
liberal, al establecer la desigualdad de talentos y características de los
individuos como base a partir de la cual debe ser analizado el problema
de la desigualdad. En el pensamiento de estos autores podemos ver la
síntesis de un importante conflicto social entre aquellos distintos sectores
sociales por un nuevo orden, que con el tiempo fue desplazando lentamente
los patrones distributivos hacia otra dirección. Es posible decir así que
la desigualdad es conceptualizada como un problema social a partir del
período moderno, al desencajar los patrones tradicionales de autoridad y
distribución de la riqueza, estableciendo por primera vez una de las pre-
guntas que antes parecía invisible. ¿Por qué hay personas que tienen más
que otras y son tratadas de manera diferente a nivel político y social? ¿Es
eso justo? ¿Es eso positivo para la sociedad o tiene efectos negativos en el
largo plazo? En el centro de estas preguntas planteadas hay sujetos que se

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Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

encuentran disputando los bienes socialmente valorados, pero también la


legitimación y establecimiento de nuevas normas distributivas y consensos
(Rosanvallon, 2012).
La modernidad establece en una primera instancia la idea de la igual-
dad como imperativo ético, condensado en la noción de los hombres «libres
e iguales». En este momento, el «espíritu de la igualdad» (Rosanvallon,
2012) logró establecer un consenso en torno a derechos políticos/jurídicos
vinculados a la idea de ciudadanía, pero ya no en la forma de libertad
positiva, sino más bien en torno a lo que se denomina libertad negativa:
la defensa contra los poderosos, la defensa contra los malos gobernantes
y la necesidad de establecer principios jurídicos y políticos capaces de
proteger al ciudadano y de abolir los privilegios en este plano. Este pasaje
de libertad negativa a libertad positiva, representado en la historia por
los conflictos sociales que resultaron en la Revolución francesa, ha sido
referido como el logro de una igualdad formal, pero a su vez estableció
las bases para la posterior problematización y crítica contra otro tipo de
desigualdades. Como proceso social —plagado de contradicciones, avances
y retrocesos—, el período que culminó en la Revolución francesa esta-
bleció marcos a partir de los cuales se pensó el problema de la igualdad/
desigualdad en el mundo occidental.
Pese a esto, la discusión sobre la ampliación de esta igualdad/des-
igualdad a otros aspectos vinculados a aspectos socioeconómicos entre
individuos —aunque presente en algunas corrientes del pensamiento
social— debió esperar bastante para adquirir una posición desde la cual
influir en la configuración de las sociedades humanas. Si la modernidad
estableció la categoría de ciudadanía como uno de los ejes claves de una
sociedad igualitaria, la noción de igualdad del siglo XX se orientó en la
discusión de la igualdad en términos de apropiación del producto social y
sus efectos sobre las diferentes trayectorias entre los individuos (Rosanva-
llon, 2012). Este desplazamiento del nodo de la discusión puede verse en la
importancia que adquieren los enfoques críticos adscritos al pensamiento
de Marx, pero también en el reimpulso y reorientación de la tradición
liberal observada en la teoría de la justicia de Rawls (1971) a partir
de los setenta del siglo XX, que apuntó a rediscutir algunos supuestos
tras la teoría liberal frente a la presión redistributiva y el avance de las
teorías críticas. Esta teoría desarrolla así la posibilidad de construcción de
normas distributivas justas a partir de un contrato social entre individuos,
mediado por la ignorancia futura de sus posiciones en la sociedad. En
un contexto de ignorancia completa, el autor señala que los individuos

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Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

pactarían aquello que más les beneficiaría en cualquier situación, pues no


saben qué posición les tocará: estas serían las normas más justas. Estas
normas, emanadas de un consenso social construido en esta posición de
ignorancia originaria, tolerarían las desigualdades en la distribución de
bienes primarios solo si benefician a los menos favorecidos de la sociedad
(Rawls, 1971). Este desarrollo teórico marcó uno de los grandes hitos al
interior de la teoría política liberal y su influencia sigue siendo poderosa
incluso hoy, al ser uno de los primeros intentos sistemáticos de introducir
una reflexión sobre la legitimidad de ciertas desigualdades en esta corriente
de pensamiento.
En este marco, vemos que desde el siglo XX se cuestiona entonces que
la existencia de una igualdad de estatus político/jurídico debilite el peso
de la adscripción —las condiciones de origen— en el futuro de los sujetos,
en su «horizonte de lo posible». En estos términos, tanto el pensamiento
social como el conflicto político estuvieron centrados ya no en la igualdad
de estatus político como forma de construcción de sociedades más justas,
sino en la disputa de una igualdad de distribución de recursos económicos,
focalizados en la variable de clase/estrato/grupo socioeconómico, por diver-
sificar tanto la conceptualización tras esta discusión como las trayectorias
teóricas tras este debate (Rosanvallon, 2012). Es en este contexto que tanto
el pensamiento como los actores sociales buscaron desplazar y ampliar lo
que se encontraba en la base de la igualdad jurídico-política, estableciendo
la necesidad de igualar la repartición del producto social de una sociedad
histórica determinada. Los movimientos sociales y las políticas redistribu-
tivas del siglo XX en el mundo y sobre todo en América Latina, son un
ejemplo claro de la correspondencia de esta ampliación de la reflexión res-
pecto del tipo de igualdad que se busca y sobre qué clase de desigualdades
resultan intolerables para una sociedad. En este tenor, el pensamiento social
también quiso ampliar y complejizar el concepto de igualdad/desigualdad,
estableciendo condiciones para el ejercicio de una igualdad en términos
políticos y jurídicos.
Esta ampliación de la noción de igualdad requirió un movimiento
teórico en las distintas escuelas referidas al tema. El desarrollo de la escuela
liberal, de la mano de la nueva preocupación por la igualdad introducida
por Rawls, reelaboró parte de su pensamiento utilizando como eje la idea
de libertad individual, una de las premisas básicas de este enfoque. En
esta línea, se cuestionó la oposición entre libertad e igualdad y se estable-
ció la desigualdad como problema en tanto constituía un fenómeno que
impedía el logro de la libertad individual. En ese sentido, se hacía preciso

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Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

establecer una igualdad de oportunidades que permitiera a los sujetos


desarrollar una trayectoria de vida basada en la real meritocracia. Qui-
zás unos de los más complejos trabajos en esta línea es el elaborado por
Amartya Sen (1999; 2010), quien complejizó el pensamiento liberal sobre
los temas de desigualdad y pobreza al ampliar la mirada e incluir factores
políticos, sociales y culturales en el desarrollo de una verdadera igualdad
a través del concepto de igualdad de capacidades, que busca centrarse en
la distribución desigual de «herramientas» —en el plano político, cultural,
económico y social— que le permitan al individuo desarrollar su proyecto
de vida en libertad. Este enfoque, base del Índice de Desarrollo Humano
(IDH) aplicado en el mundo, se convirtió en uno de los más influyentes
en América Latina durante la década de los noventa y continúa siendo
utilizado en el marco de las políticas públicas de la región.
En la tradición crítica, esta ampliación de la idea de igualdad sig-
nificó un relativo auge de los enfoques articulados en torno a la noción
de clases/estratos/grupos en el marco de los estudios de estratificación y
desigualdad, pero también una complejización de modelos que permi-
tieran visibilizar elementos de importancia periférica en las aplicaciones
clásicas. Los trabajos de Bourdieu (1969; 1998; 2000a) sobre los aspectos
culturales y simbólicos en la configuración de las sociedades desiguales, de
Goldthorpe (1980, 1983, 1992) sobre elites y movilidad social, de Castells
(2006, 2009, 2012) sobre el rol del conocimiento y de Wright (1980, 1985,
2009) sobre las modificaciones en el mundo laboral y las clases medias,
son avances que complejizan e incorporan elementos antes no considera-
dos en la reflexión respecto de sociedades desiguales. Cada uno de estos
autores, con una amplia obra a su haber, mostró la necesidad de repensar
la desigualdad a la luz de las nuevas configuraciones de lo social a partir
de los años setenta. En esta línea misma línea, el trabajo de Juan Pablo
Pérez Sainz presentado en este volumen busca revitalizar esta tradición
crítica que tiene larga historicidad y calidad en la región, desarrollando
una apuesta teórica orientada a la comprensión de las desigualdades en
América Latina, capaz de considerar los procesos históricos particulares
y la pregunta por el rol que tienen la esfera política y la ciudadanía en
estos procesos.
En el marco de estas complejizaciones de las nociones de igualdad/des-
igualdad en ambas corrientes antes mencionadas, es que se va a establecer
hacia las últimas décadas del siglo pasado un último giro en la discusión,
que apunta a la necesidad de reconocimiento de grupos sociales diversos
y de la influencia de este aspecto en la configuración de posiciones des-

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Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

iguales. Este giro apuntó particularmente a la necesidad de incorporar tres


variables claves para el estudio de la desigualdad, que deviene persistente:
la raza, la etnicidad y el género. Estas variables —hasta este entonces sub-
sumidas en los análisis sobre desigualdad como elementos periféricos en
la configuración de patrones distributivos— se vuelven centrales a partir
de la década de los ochenta, con la emergencia de los conflictos étnicos y
raciales, así como de la persistencia de las desigualdades de género. Dos
de los conceptos claves en esta línea fueron la idea de desigualdades ca-
tegoriales de Charles Tilly (2000) y el concepto de interseccionalidad de
Crenshaw (1991; MacCall, 2006; Acker, 2005).
La idea de desigualdad categorial de Tilly gira en torno la configu-
ración de desigualdades persistentes desde una perspectiva que buscaba
incorporar dimensiones culturales e institucionales a la reproducción de
la desigualdad. El autor muestra así cómo las desigualdades tienen su
origen en la necesidad de resolver problemas distributivos, organizando
pares categoriales desiguales (blanco/negro) a partir de determinadas
circunstancias históricas. Estos pares son poco a poco incorporados a las
instituciones sociales y se van extendiendo a la vida cotidiana, configuran-
do desigualdades que se vuelven persistentes en el tiempo y que resultan
entramados complejos difíciles de desentrañar desde un solo plano. En esta
línea de reflexión, el trabajo de Luis Reygadas presente en este volumen,
entrega importantes herramientas teóricas para aproximarse a la com-
prensión de estos fenómenos desde una mirada centrada en los procesos
socioculturales que se encuentran en la base de la reproducción de las
desigualdades de la región. El autor identifica cinco procesos simbólicos
que construyen y deconstruyen estas disparidades, por un lado creando
dispositivos y estrategias que producen y refuerzan desigualdades. Estos
cinco mecanismos —clasificación, valoración, relación diferencia/desigual-
dad y producción/distribución de capitales— son, por otro lado, capaces
de establecer condiciones para la crítica y transformación de condiciones
inequitativas, promoviendo a la larga la igualdad.
El segundo de los conceptos claves para pensar las desigualdades fue
establecido a mediados de la década de los ochenta por la feminista negra
Kimberle Crenshaw (1991), modificando de manera central la discusión
sobre desigualdad, desplazándola hacia una discusión sobre desigualdades.
En su trabajo, la autora señala que si se busca entender las posiciones des-
iguales de ciertos sujetos, hay que considerar que existen distintas variables
que, históricamente, van configurando estructuras a través de las cuales se
distribuyen los bienes socialmente valorados. Estas estructuras existen y

20
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

afectan simultáneamente las trayectorias de los sujetos, no a modo de una


sumatoria de criterios de exclusión, sino intersectándose y reforzándose
entre sí. Nace entonces el concepto de interseccionalidad (MacCall, 2006;
Acker, 2005), el que tiene dos efectos teóricos relevantes. En primer lugar,
configura sujetos distintos que se encuentran en condiciones de desigual-
dad diversas. Ya no es posible hacer estudios ni establecer políticas que
vayan en contra de la desigualdad sin considerar aquellos aspectos que
marcan las particularidades de la situación de cada sujeto. Hay sujetos
que se encuentran en situaciones de desigualdad que requieren un apoyo
especial, por ejemplo, en el caso analizado por la autora. Ella demuestra
que las variables de género, de ingreso y residencia se intersectan entre sí
en el caso de las mujeres negras de los barrios marginales, configurando
estructuras simultáneas que agudizan la condición de vulnerabilidad
de estas mujeres, en relación a sus pares hombres de igual condición.
Acá se generan verdaderas «rejillas» que van encerrando a los sujetos y
van haciendo cada vez más difícil la garantía de una igualdad, ya sea de
oportunidades, condiciones o resultados.
Por otro lado, a partir del concepto de interseccionalidad ya no es posi-
ble trabajar con indicadores de desigualdad que se enfoquen exclusivamente
en el ingreso, como históricamente se había trabajado la desigualdad en
términos de los estudios macro, sino que también se hace necesario estudiar
otras variables y, sobre todo, el efecto que estas tienen al interactuar entre
sí en casos específicos. Se hace preciso el desarrollo de indicadores intersec-
cionales o integrados, capaces de mostrar la interacción de mecanismos tras
la reproducción de desigualdades. En esta línea, los trabajos de los autores
presentes en este volumen —Göran Therborn y Sérgio Costa— buscan
hacerse cargo de este desafío para la región, reflexionando teóricamente
sobre la necesidad de comprender el entrecruzamiento de variables y niveles
relevantes para la configuración de desigualdades.
En esos términos, hoy existe un cierto consenso en que la noción de
igualdad/igualdades requiere ser complejizada, para lograr sociedades
más justas. Es preciso observar los distintos niveles en los que circulan
los bienes socialmente valorados y según qué variables son distribuidos
desigualmente. Este aspecto es destacado por Sérgio Costa a través del
concepto de «ejes de estratificación» desarrollado en el artículo de este
volumen, que apunta precisamente a observar las distintas estructuras que
delimitan la estratificación social. Junto con desarrollar una importante
propuesta teórica, muestra su posible aplicación empírica al caso latino-
americano, donde atendemos a desigualdades de larga data estructuradas

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Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

desde tiempos coloniales por variables de clase, género, territorio, etnici-


dad y raza, a través de su investigación con población afrodescendiente.
A través de esta aplicación, el autor rescata la importancia de incluir
los entrelazamientos entre variables que determinan la reproducción de
desigualdades, a la vez que releva la importancia de ampliar la dimensión
puramente socioeconómica de las desigualdades a través de la noción de
«régimen de desigualdad», la que permite la comprensión de las sociedades
latinoamericanas como formaciones sociopolíticas, económicas y culturales
complejas como marco de los estudios sobre el tema.

b) Sobre la noción de conflicto


En todos los desarrollos anteriores, sobre todo los de la línea crítica de los
estudios sobre desigualdad y estratificación, está presente la construcción
conflictiva de acuerdos en torno a normas distributivas y procedimientos
de asignación de recursos. Tal como señalábamos anteriormente, si hay un
espacio en el cual es posible observar las distintas manifestaciones, evolu-
ción, características y análisis del conflicto en el marco de la teoría social,
es precisamente en este tema. Las herramientas teóricas para el análisis del
conflicto, sin embargo, constituyen un campo de estudios que ha transi-
tado de manera aparentemente independiente. Sin embargo, en términos
de conceptos, trayectorias y discusiones, las conexiones son evidentes: la
pregunta por lo que, parafraseando a Lechner (1984), sería la conflictiva
y nunca acabada construcción del orden deseado. Así, el conflicto debe
ser comprendido como formación y transformación de órdenes. De un
orden que contempla en todo momento el debate distributivo como eje.
Así, para comprender la noción de conflicto ha habido variadas es-
cuelas que, grosso modo, pueden dividirse en dos modelos: el del orden
y el del conflicto, pues cada uno le da prioridad a una de las partes de la
dicotomía. El primero se desarrolla en torno a una normatividad de las
ciencias sociales que responde a las premisas de las ciencias naturales.
El padre de este tipo de acercamiento es sin duda Durkheim (2004), a
quien le interesaba la posibilidad de extender el racionalismo científico
al estudio de la conducta humana. Podemos ver dicha preocupación en
un debate entre él y Lagardelle, donde Durkheim (2002[1906]) dice que
la lucha de clases implicaría la destrucción de la sociedad, que la indus-
trialización es un proceso armónico y natural de extensión progresiva de
la industria local y de sus consecuentes instituciones jurídicas y morales.
De lo anterior podemos extraer una noción de orden de tipo armónico,
que envuelve la concepción del autor. Pero también se observa una in-

22
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

capacidad de ver el conflicto sino como anormalidad y desorganización,


donde la lucha (a partir del antagonismo entre capital y trabajo) hace
desvanecer la solidaridad normal producida por la división del trabajo
(Durkheim, 2007). En lo que respecta a los conflictos sociales, dos autores
destacan en su tratamiento dentro de los marcos de la teoría estructural
funcional: Robert Merton y Lewis Coser. Para el primero (Merton, 1938),
los sistemas sociales tienden a un funcionalismo continuo. Se pueden
admitir los conflictos como resultado de las estructuras sociales, pero su
importancia o lugar se definen en torno a la noción de disfunción. Los
conflictos contribuyen a que una sociedad o sistema social no funcionen,
sean disgregadores y disfuncionales. Coser (1970), dentro de la misma
tradición que Merton, intenta vincular de modo más orgánico el estudio
de los conflictos dentro de la teoría funcional, señalando que los conflic-
tos pueden ser disgregadores, pero no siempre, ya que hay veces en que
contienen elementos funcionalmente positivos. Coser agrega, no obstante,
que el conflicto social supone y crea una comunidad entre las partes en
lucha, ya que se desarrollan entre grupos sociales que tienen una relación.
El segundo modelo, de conflicto, tiene sus raíces en Marx. Este centra
sus análisis en una lógica de contradicción y lucha de clases en lugar de
concentrarse en las relaciones conflictivas propiamente tales1. Un alcance
que debe hacerse en torno a este modelo es que, en principio, sitúa al
conflicto (o, en el caso de Marx, la contradicción) como constitutiva de
las sociedades2. La diferencia sustancial entre este modelo y el del orden
es que este último ubica al conflicto como problema de las sociedades que,
si bien pueden conducir a un cambio, generan en un primer momento un
desorden. El modelo de conflicto pone a este al centro del análisis social
y es fundamental para la comprensión de las sociedades. Los represen-
tantes más relevantes de esta postura son Simmel, Dahrendorf, Touraine
y Mouffe.
La preocupación principal de Georg Simmel fue la «delimitación
epistemológica e institucional de una disciplina encargada de estudiar lo
social» (Chernilo, 2004:178). Este autor es reconocido por desarrollar una

1
Ver especialmente el Capítulo LII de El Capital, El Manifiesto del Partido Comu-
nista y el Prefacio de la Contribución a la Crítica de la Economía Política.
2
No se debe confundir el modelo de conflicto con una postura crítica respecto de la
configuración de relaciones sociales. Para un buen análisis sobre qué es la crítica y
cuáles son sus diferentes dimensiones, ver De Munck, Jean, «Les trois dimensions
de la sociologie critique», SociologieS [En ligne], La recherche en actes, Régimes
d’explication en sociologie, mis en ligne le 06 juillet 2011, consulté le 10 avril
2014. Disponible en: http://sociologies.revues.org/3576.

23
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

teoría microsociológica y por la relevancia de la interacción como fun-


damento de las relaciones sociales, no obstante desarrolla una teoría ma-
crosocial del conflicto (Rizo, 2006). Para Simmel (2003), la significación
sociológica del conflicto es que, a pesar de lo paradojal que pudiera parecer,
suscita o modifica comunidades de interés, reagrupamientos y organiza-
ciones. Ralf Dahrendorf (1971) considera que todas las unidades de la
organización social se modifican constantemente y la tarea es descubrir los
factores que intervienen en este proceso normal de cambio, no buscar las
variables que lo producen. Lo que impulsa el cambio, la energía creadora
de la historia es precisamente el conflicto social. Dahrendorf sostiene que
las sociedades se mantienen unidas por coacción y no por consenso, la
función de los conflictos, entendiéndola sin referencia a un sistema de
equilibrio, sería la de «mantener y fomentar la evolución de las socieda-
des en sus partes y en su conjunto» (Dahrendorf, 1971:118). El conflicto
debe ser el centro de cualquier análisis. Touraine forma parte de lo que se
podría denominar la «facción identitaria» en el análisis de los —nuevos—
movimientos sociales, en oposición a la «facción estratégica» (Escobar y
Álvarez, 1992), compuesta por los teóricos de la movilización de recursos
y del modelo del proceso político3. Para él4, la sociedad es concebida como
un drama, en el que no hay ni situación ni intención, sino acción social
y rapports sociales (Touraine, 1978:9). Intenta ir más allá de la lógica
metasocial de la contradicción propia del marxismo y propone una con-
cepción donde los actores sean definidos por sus orientaciones culturales
y los rapports sociales. Para él, un rapport social es diferente a la noción
de relación social, ya que los primeros son una interacción en la que su
resultado produce lo que devendrá, por la vía de la institucionalización, un
elemento de la situación social (Touraine, 1981). La orientación principal
del trabajo de Chantal Mouffe es el problema de la radicalización de la
democracia5. A partir de la crítica a la postura consensualista, propia de lo
que denomina la pospolítica (Mouffe, 2011), la autora postula que el obje-
tivo para una política democrática debería «promover la creación de una
3
Destacan en este enfoque autores como Doug McAdam, John McCarthy, Mayer
Zald, David Snow, Sidney Tarrow y Charles Tilly.
4
Se debe dejar en claro que estamos hablando de la fase de Touraine de los NMS,
no del Touraine sujeto ni del de la afirmación de derechos universales. Para pro-
fundizar estos puntos, ver: Touraine, Alain; Khosrokhavar, Farhad (2000), La
recherche de soi. Dialogues sur le sujet, Fayard, Paris y; Touraine, Alain (2013),
La fin des sociétés, Éditions du Seuil, Paris.
5
Uno de los primeros aportes en este sentido es su libro con Laclau: Laclau, Ernes-
to; Mouffe, Chantal (2010 [1985]), Hegemonía y estrategia socialista. Hacia la
radicalización de la democracia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

24
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

esfera pública vibrante de lucha “agonista”, donde puedan confrontarse


diferentes proyectos políticos hegemónicos. Esta es […] la condición sine
qua non para un ejercicio efectivo de la democracia» (Mouffe, 2011:11).
La confrontación política, definida según categorías políticas, es una con-
frontación entre adversarios, el antagonismo está siempre potencialmente
presente, no existe fundamento último de ningún orden.
Pero ¿qué se puede encontrar en torno a este tópico en América Latina?
En nuestra región ha habido innumerables esfuerzos, la mayoría indirec-
tos, por analizar y comprender los conflictos en sus diferentes niveles.
Sería sumamente ambicioso intentar una sistematización, puesto que se
deberían abordar todas las disciplinas, subdisciplinas y áreas de estudio.
No obstante lo anterior, existen dos iniciativas que explícitamente están
abocadas al análisis, teórico y empírico, del conflicto social que merecen
la pena destacar.
La primera son las Cronologías del Conflicto Social de CLACSO6.
Se trata de un esfuerzo —probablemente el más— sistemático que, desde
el año 2000, promueve y divulga la investigación y análisis de los con-
flictos y movimientos sociales en la región. En ellas podemos encontrar
las cronologías, por día, mes y año (2000-2012), de diecinueve países de
la región y es sin duda un registro excepcional para analizar la conflic-
tividad, identificar actores, oponentes, acciones, objetivos, dimensiones,
etc. La segunda iniciativa es la Revista de Conflicto Social del Instituto
Gino Germani de la UBA7, la cual desde el año 2008, ha desarrollado la
problemática del conflicto desde la esfera teórica (especialmente el número
cero) y ha abordado diferentes dimensiones del mismo, entre ellas las de
clase, género, memoria, medioambiente, etc. Sin duda estos esfuerzos,
junto a otros menos institucionalizados (palabra paradójica), nos invitan
a esforzarnos por profundizar nuestros análisis de los conflictos en la
región y su relación con el fenómeno de las desigualdades.

c) Legitimidad y legitimación
Este apartado pretende dar cuenta del concepto de legitimidad y legiti-
mación en torno al problema de las desigualdades y el conflicto, inten-
tando dar respuesta a algunas de las preguntas que constituyen la base
de este volumen: ¿qué tipo de desigualdades generan consenso entre la
población y cuáles son consideradas injustas? ¿Cuál es la relación entre

Ver www.clacso.org.
6

Ver http://www.webiigg.sociales.uba.ar/conflictosocial/revista.
7

25
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

estas percepciones y la emergencia de conflicto en torno a los patrones


distributivos de una sociedad?
Para esto, es necesario considerar que esta preocupación ha estado
también en el centro del pensamiento social durante varias décadas. Ha
tomado, eso sí, formas diversas y se ha articulado en torno a conceptos
divergentes según la trayectoria teórica de los autores que las desarrollan.
En torno al tema de los patrones distributivos y la generación de consenso/
tolerancia entre los sujetos de una sociedad histórica, podríamos distin-
guir —grosso modo— tres grandes vertientes: los desarrollos adscritos a
la línea del pensamiento de Weber, la corriente de pensamiento liberal y
la corriente crítica tributaria del concepto de ideología en Marx.
Pese a estas diferentes corrientes, uno de los primeros autores de
relevancia en trabajar directamente con este concepto, definiéndolo en
términos sociológicos y estableciendo una diferenciación entre la dimen-
sión normativa —legitimidad— y la procesual —legitimación—, fue Max
Weber. Casi todos los trabajos posteriores representan una relectura del
trabajo de este autor sobre autoridad política, contenida en su trabajo
clásico: Economía y sociedad (1964 [1956]). En este trabajo, el autor
se pregunta por los distintos principios que subyacen tras la obediencia
de los sujetos a la autoridad política y cómo esto tiene relación con las
dinámicas de dominación. Al reflexionar sobre esto, Weber definió lo que
consideraría una autoridad legítima, es decir, aquella que produce consenso
en los sujetos en torno a la norma que hay tras su autoridad y que generan
obediencia, distinguiendo principalmente tres: la legitimidad tradicional,
la legitimidad carismática y la legitimidad burocrática y/o procesual.
En paralelo con esto, Weber distingue conceptualmente entre esta
legitimidad y el proceso a través del cual esta se construye, ya sea por
parte de los sujetos o por el aparato político. A esta dimensión procesual
la denomina como legitimación. Los escritos, sin embargo, son confusos
en la distinción entre ambas dimensiones del fenómeno y esto ha generado
una serie de interpretaciones diversas , tal y como es posible ver en la discu-
sión realizada por Habermas (1998; 1991). Así, los escritos desarrollados
después han intentado subsanar la ambigüedad de la distinción, con con-
secuencias notables, sobre todo si se aplican estos conceptos al análisis de
la legitimidad de los patrones distributivos y/o a los procesos conflictivos
de todas las sociedades. Acá resulta sumamente relevante distinguir entre
aquellas normas que generan consenso normativo —«esto es justo»—
entre los sujetos y aquellas que se encuentran en proceso de legitimación,
es decir, que intentan generar dicho consenso pero que muchas veces no

26
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

lo logran, sino que simplemente generan indiferencia o apatía: «esto es


así». Algunos desarrollos tributarios del trabajo de Weber, como el del
Boltanski y Chiapello (2002), han dado cuenta de esto a través de relevar
el rol de la crítica en los procesos de legitimación de ciertos aspectos del
sistema capitalista que son percibidos por los sujetos como «injustos», es
decir, que no se distinguen como «legítimos», según los términos de Weber.
Acá los procesos de legitimación estarían directamente relacionados con
los mecanismos de dominación que mantienen las estructuras desiguales.
Un aporte interesante es el trabajo de análisis en esta línea por Kathya
Araujo en el trabajo del presente volumen. La autora presenta una lectura
crítica al problema de cómo el individuo se orienta en concordancia con la
norma, asunto discutido y contestado por Weber. A partir de la respuesta
otorgada por este autor, Araujo propone con base en datos centrados en
la región, discutir dos aspectos no considerados en la teoría de weberiana
y que son de vital importancia para comprender el impacto efectivo del
principio de igualdad y de la noción de derecho en las formas de acción
cotidianas y ordinarias de los individuos para el caso latinoamericano
(Araujo, 2014). En esta misma línea, el trabajo de Emmanuelle Barozet
y Oscar Mac-Clure muestra la importancia de esta discusión en el pen-
samiento sociológico y destaca, a la vez, la relevancia de la dimensión
individual en el análisis de la legitimación de las desigualdades, a partir
de evidencia empírica reciente.
En otra línea de pensamiento, para la corriente liberal el acuerdo de
los sujetos en torno a las normas distributivas se basa en que los individuos
libres asumen un compromiso contractual, un acuerdo básico de convi-
vencia a través del cual se pactan ciertas formas de distribución de bienes
socialmente valorados de una manera tal, que no obstaculice la acción
individual y sus recompensas. El contractualismo (Locke, 1689) se vuelve
uno de los principios básicos tras la legitimidad de las normas en general
y distributivas en particular, elemento que se ve representado también en
la reelaboración de esta tradición en la teoría de Rawls8 (1975). En este
autor, la dimensión procesual es clave para la legitimidad: tras un «velo
de ignorancia», los sujetos pactan libremente una serie de principios sobre
cómo se distribuirán los bienes primarios. Esta norma será la norma justa
y la que será respetada por los individuos.
Para los desarrollos teóricos provenientes de la tradición marxista,
en cambio, la pregunta por el acuerdo de los sujetos frente a las normas


8
Nos referimos al libro Teoría de la Justicia, publicado por primera vez en español
por el Fondo de Cultura Económica, México (1975).

27
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

distributivas desiguales ha sido respondida por distintas versiones del


concepto de ideología susceptibles de ser encontradas en esta amplia
tradición9. Tanto para las versiones más clásicas como para las recientes
elaboraciones del llamado «posmarxismo», existe acción concertada de
los sectores dominantes, orientada a generar acuerdo entre los individuos,
obstaculizar su percepción sobre las relaciones en las que se encuentran y
encubrir la posición objetiva de los sujetos en la estructura social desigual.
Esta representación —encubierta, falsa, distorsionada (Althusser, 1989) tal
y como ha sido abordado por las distintas escuelas del marxismo— es la
ideología, componente fundamental en la reproducción del orden desigual,
anclada en las percepciones de los sujetos sobre la realidad y el entramado
cultural en el que se encuentran. Esta mirada marcó profundamente la
forma de mirar el problema de la dominación en las sociedades contempo-
ráneas y fue posteriormente criticada, tanto en su versión marxista como
en sus vertientes mixtas, por el escaso margen de acción otorgado a los
sujetos, sus representaciones del mundo y su conocimiento. Sin ir más lejos,
el propio Bourdieu (2003, 2007), si bien profundamente influenciado por
este paradigma, reelaboró la noción de ideología en función de un nuevo
concepto: la doxa, que buscaba desterrar la idea de que el conocimiento
proveniente de la experiencia de los sujetos dominados estaba constituido
en torno a percepciones «falsas» o «distorsionadas». Pese a ello, la noción
de doxa de Bourdieu ha sido criticada posteriormente por inscribir la
obediencia en la dimensión corporal, al borde de lo preconsciente y, con
ello, dejar un escaso espacio para el cuestionamiento de las posiciones
desiguales en las que se encuentran los sujetos. Cabe señalar, de todos
modos, que los debates contemporáneos tanto en torno a estos conceptos
como a los otros mencionados, sus trayectorias teóricas y su aplicabilidad
empírica muestran que es un debate hoy más vivo que nunca. En esta línea
de pensamiento, el trabajo del Loïc Wacquant presentado en este volumen
es una interesante aplicación de esta tradición al análisis empírico de
fenómenos contemporáneos, tales como la criminalización de la pobreza.
Dentro del debate actual sobre la desigualdad en América Latina,
quizás uno de los aspectos que suscite mayor inquietud, sea el referente a
los niveles de legitimidad que la desigualdad ha alcanzado al interior de
nuestras sociedades. Una primera mirada nos podría llevar a concluir que
ya que nos situamos en sociedades con desigualdades de larga data, estas se
encuentran relativamente legitimadas o son aceptadas como dadas por los

Dada esta misma complejidad, no nos detendremos en la discusión sobre los dis-
9

tintos matices de esta noción.

28
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

sujetos, debido que se han mantenido en el tiempo. Pero los estudiosos de


los movimientos sociales y políticos de los siglos XIX y XX han mostrado
de manera contundente que esta discusión ha estado presente de distintas
maneras en los diferentes movimientos y estallidos sociales en la región
durante gran parte de su historia, desde que se conforman como países
independientes. El movimiento redistributivo propio de la política de
sustitución de importaciones en gran parte de los países latinoamericanos
es una muestra de esto y así podemos encontrar numerosos ejemplos de
esto a lo largo del período previo a la implantación del modelo liberal en
la región. En numerosas ocasiones, los movimientos sindicales o populares
utilizaron la noción de igualdad en el discurso político, apelando con esta
a distintas nociones y significados de la misma.
En esta línea, los retrocesos en este movimiento redistributivo ob-
servados en la década de los ochenta y los noventa no generaron mayor
conflictividad, en parte por el complejo contexto político social en que
fueron implementadas las primeras medidas y en parte también por la
relativa expectación que se mantuvo en la ciudadanía durante los primeros
años del proceso de democratización vivido en la región. Durante este pe-
ríodo, la convivencia entre aumento de las desigualdades y democracia se
mantuvo relativamente armónica, aun en sociedades con tasas sostenidas
de crecimiento económico. Lo particular de este fenómeno de conviven-
cia estable —o de consenso— entre altos niveles de desigualdad y bajos
niveles de conflictividad social, es que pareció ir en dirección opuesta a lo
señalado por los autores, los que consideraban que mantener altos niveles
de desigualdad social podría mermar las bases de contrato social, detonar
conflictos al activar resentimientos profundos, generar crisis y trastornos
sociales y económicos, llegando incluso a la revolución (Lipset, 1959;
O’Donnell, 1999; Champernowne y Cowell, 1998; Burchardt, 2012). La
realidad latinoamericana pareciera hablarnos, aunque de modo aparente,
justamente de lo contrario hasta hace una década.
Sin embargo, durante la última década se observa nuevamente una
mayor prevalencia de demandas redistributivas y discursos políticos en
torno a la idea de igualdad. ¿Cómo se dio el proceso de instalación de
la noción de igualdad en la región? La forma en que se movilizó esta
noción —ya sea a través del discurso político o de los instrumentos del
Estado tales como las políticas públicas— ¿influyó en el procesamiento
de la problemática? Al respecto, quisiéramos mencionar dos hechos. En
primer lugar, durante el período inicial del proceso democratizador, se
construyó una ficción discursiva que unificaba la idea de la recuperación

29
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

de la democracia con un avance en materias de igualdad, generando ex-


pectativas que en un primer momento mantuvieron bajos los niveles de
conflictividad, pero que posteriormente al no ser cumplidas establecieron
condiciones para un aumento de estos. Cabe señalar que en este punto,
la discusión se trasladó en un primer momento hacia la atención sobre
la pobreza, desplazando la disputa sobre el aumento de la desigualdad a
un segundo plano en el debate público; no solo la desigualdad relativa a
ingreso, sino también aquellas en torno a las demandas de igualdad pro-
venientes de los movimientos de género y diversidad sexual, etnicidades y
otros aspectos que ya estaban presentes en el espacio público desde prin-
cipios de los años ochenta en la región. Las sociedades latinoamericanas
en transición andaban «con pies de plomo» y el debate sobre desigualdad
debió esperar a los primeros estallidos sociales.
Este tema entró recién a nivel de políticas públicas hacia finales de
los noventa, postura incentivada sobre todo desde los organismos inter-
nacionales (CEPAL, BM, FMI, BID) a través de los estados nacionales
por medio de políticas públicas focalizadas. En este momento se señaló
a nivel internacional que la desigualdad afectaba directamente el creci-
miento del nivel macroeconómico y se instó a los países de la región a
ocuparse de este problema a fin de mantener sus tasas de crecimiento
relativamente estables. En este contexto, la visión que se privilegió fueron
las nociones de equidad10 e igualdad de oportunidades11 (Araujo, 2013:
116) y a pesar de su centralidad en las recién reinauguradas democracias
latinoamericanas, el objetivo y vehículo primordial de este tema fue el
desarrollo económico. Tenemos así, casi dos décadas de priorización del
crecimiento económico (aspecto notoriamente exacerbado luego de las
reformas estructurales) y de divulgación de una idea de justicia basada en
la igualdad de oportunidades, promovida principalmente por los Estados
cuyas premisas, a la luz de los distintos procesos de movilización social
en la región, parecen haber encontrado su límite.
Las primeras señales de visibilización del descontento comenzaron
con las diferentes movilizaciones de actores y movimientos sociales que
condenaban las condiciones desiguales de vida. En este punto, los movi-
mientos quizás no encontraron en un primer momento una «gramática
10
Garretón señala «que el concepto de equidad se refiere a la igualdad de oportu-
nidades individuales para la satisfacción de necesidades básicas o aspiraciones
definidas socialmente» (Garretón, 1999:45).
11
Igualdad de oportunidades será considerada en términos de una noción de igualdad
centrada en el individuo (probabilística y posibilista) (Rosanvallon, 2011:315, en
Araujo, 2013).

30
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

de la desigualdad» como nos señala Boltanski, sino que esta se fue cons-
truyendo poco a poco en la constante problematización de desigualdades
que superaban el tema del ingreso, tales como el acceso a servicios sociales
como salud, educación y protección social, el reconocimiento y reparación
para los pueblos indígenas, entre otras demandas. Así, los movimientos
lograron ampliar los campos a los que la igualdad como medida debía ser
aplicada, sacándola de la pura dimensión socioeconómica para integrar
otras dimensiones y construir la noción de desigualdades que resulta hoy
la forma más adecuada de realizar investigación en esta línea. Contribu-
yeron también a través de sus luchas a poner en el centro y de manera
renovada, la disputa por la cuestión de la ciudadanía que, en última ins-
tancia, es la disputa desde los inicios de la modernidad por la igualdad
(Araujo, 2013:117).
Este hecho nos ha puesto el desafío de buscar respuesta a una serie de
preguntas: ¿hasta qué punto es legítima la desigualdad en América Latina?
¿Qué condiciones han hecho posible la visibilización de este malestar en los
últimos años? ¿Qué tipo de desigualdades están siendo cuestionadas hoy
en día? Interrogantes que cobran relevancia en el contexto de este libro.
La discusión entonces se da en torno a la existencia o no de legitimidad de
la desigualdad en el contexto latinoamericano, en un primer momento. En
un segundo momento, entre quienes reconocen que existe una legitimidad
de las desigualdades en nuestro continente, la investigación ha estado
orientada a establecer en qué grado esta desigualdad es legítima y cuáles
son las causas/mecanismos tras su legitimidad. Entre quienes consideran
que la desigualdad en la región no es legítima sino meramente aceptada
o tolerada por los sujetos, la investigación ha estado orientada a mostrar
aquellos puntos de inflexión en los que esta aceptación, tolerancia o com-
portamiento legitimantes se ponen en cuestión y son capaces de establecer
condiciones para el surgimiento del conflicto.
Entre los primeros encontramos el trabajo realizado para el caso
chileno por Castillo, Miranda y Carrasco (2011). Para estos autores,
el punto de partida para comenzar a hablar sobre legitimación de la
desigualdad son dos supuestos: el del «espejo», donde la percepción de
igualdad estaría relacionada con la distribución económica existente en
una población (contextos con mayor desigualdad económica, perciben
una mayor desigualdad). El segundo es el supuesto de que la percepción
de desigualdad estaría relaciona con motivos racionales de los individuos.
Esto quiere decir que existiría una influencia del nivel socioeconómico de
los individuos en su percepción de desigualdad (individuos con menor nivel

31
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

socioeconómico se ven más afectados por la desigualdad y, por lo tanto,


expresarían mayores niveles de desigualdad percibida). Ambos supuestos
son contrastados y falseados por medio de investigación empírica realizada
en el contexto chileno12. Respecto al primero, los autores basándose en
evidencia empírica señalan que las imágenes distan de ser un «espejo» de
la realidad, ya que se ven afectadas por una serie de determinantes que
actúan como filtros o sesgos perceptuales. «Estos filtros producirían efectos
que se alejan de lo esperable en el sentido común, tales como la tendencia
a percibir mayor desigualdad en individuos de mayor estatus (particular-
mente mayor educación), la falta de influencia de variables de identificación
política en percepción de desigualdad, la tendencia a sobreidentificarse
con estratos medios y el impacto de un mayor estatus subjetivo en una
menor percepción de brechas» (Castillo, Miranda y Carrasco, 2011:21).
Respecto del segundo, los autores señalan diversas investigaciones de fi-
nales de la década del 90 en el área de prestigio profesional que «revelan
que la capacidad de discriminar entre salarios para ocupaciones de alto y
bajo estatus disminuye de acuerdo al estatus individual (Wegener, 1987,
1990, 1992 [citado por los autores]); es decir, al menos en términos de
percepción de desigualdad salarial, a menor nivel socioeconómico, menor
es la desigualdad percibida» (Castillo, Miranda y Carrasco, 2011:2).
Entre quienes abordan la investigación empírica sobre este tema
desde la otra perspectiva, encontramos el trabajo de Araujo. Para esta
autora, otro punto importante para el análisis de la legitimidad de la des-
igualdad, es tomar como punto de partida la crítica sobre el tratamiento
dado a la igualdad como un principio normativo abstracto despojado

Nos referimos al estudio empírico «La percepción desigualdad de la desigualdad»


12

realizado por los investigadores Juan Carlos Castillo, Daniel Miranda y Diego Ca-
rrasco. Esta investigación se centró en dos aspectos relacionados con la medición
de percepción de desigualdad: diferencias entre indicadores y diferencias entre la
influencia de predictores sobre estos indicadores. El modelo de análisis consideró
tres indicadores de percepción de desigualdad que se encuentran presentes en los
datos chilenos de la encuesta del International Social Survey Programme (ISP) 2009:
percepción general de desigualdad, percepción de brechas salariales y percepción
de distribución económica. En este terreno, los autores intentarán innovar respecto
a las investigaciones sobre percepción de la desigualdad, tratando de suplir la falta
de estudios que i) comparen distintas medidas de percepción de desigualdad, y ii)
comparen las diferencias individuales en percepción de la desigualdad. El estudio
cotejó tres medidas de percepción de desigualdad en Chile: percepción general de
la desigualdad, percepción de brechas salariales, y percepción de diagramas de
distribución. A ellas se agregaron tres determinantes económicos: la influencia
del estatus socioeconómico, la posición política y la evaluación de justicia salarial
(Castillo, Miranda y Carrasco, 2011).

32
Presentación. Apuntes sobre los conceptos de desigualdad...

de todo contexto. Espacio donde el papel de los procesos sociales en


la consolidación y especificación de la igualdad ha quedado oscurecido
(Araujo, 2013:110). En este sentido, el ideal que deba contener al princi-
pio igualitario deberá ser visto como una idea flexible y plástica relacio-
nada a los contextos en los que se evalúe. Así, sus contenidos deberían
ser especificados y transformados según las condicionantes estructurales
e históricas13 (Araujo, 2013:109-110). Este será, a su vez, la referencia
en la que cada sociedad construirá los niveles de legitimidad. Dentro
de esta misma línea, podemos encontrar el trabajo de Barozet en este
libro, quienes a través de su equipo conformado por académicos como
María Luisa Méndez y Oscar Mac-Clure han mostrado la importancia
de las distinciones sociales y las fronteras simbólicas en la legitimación
cotidiana de las desigualdades. Para los autores, atender a las actitudes
prácticas de los sujetos de manera cotidiana constituye una de las vías
más prometedoras para el trabajo en este tema, ya que nos permite ver
la interacción entre aquellos grandes imperativos éticos, la acción coti-
diana, la acción grupal e individual en la explicación de desigualdades
persistentes.
El recorrido realizado ha intentado mostrar nodos comunes en tres
campos de discusión en ciencias sociales con amplia trayectoria y desarro-
llo. En este tenor, ha buscado los puntos de conexión que podrían marcar
futuros pasos que seguir y que han comenzado a ser abordados por los
autores de la sección teórica de este volumen. De manera paralela, el libro
intenta mostrar en una segunda sección análisis empíricos recientes que
ponen en jaque los desarrollos teóricos, reelaboran conceptos a la luz de
los datos y articulan consistentes explicaciones en torno a la relación entre
desigualdad, legitimidad y conflicto para la región. Todos estos trabajos
representan un punto de inicio de una agenda de investigación de gran
relevancia para la región en las próximas décadas. Esperamos haya sido
un aporte en esta dirección.

Una referencia importante a este planteamiento la encontramos en las investigacio-


13

nes realizadas en Chile por K. Araujo y D. Martuccelli, (2012), donde se corrobora


que para el caso específico de Chile, se extiende la demanda de igualdad más allá de
la igualdad jurídica, política o social, y se centra en lo que podríamos denominar
como igualdad interactiva o el lazo social (Araujo, 2013:110).

33
Nicolás Orellana, Claudia Maldonado y Mayarí Castillo

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36
Herramientas teóricas
contemporáneas para el
estudio de tolerancia,
legitimación y conflicto
sobre desigualdades en
América latina
Más allá de la legitimación.
Cinco procesos simbólicos
en la construcción de la igualdad
y la desigualdad

Luis Reygadas

Este capítulo busca mostrar que la cultura es una dimensión central en la


construcción social de las desigualdades, así como explorar los procesos
simbólicos que intervienen en dicha construcción. En los estudios sobre
desigualdad tienden a predominar los enfoques que se centran en aspectos
económicos, políticos y sociales, dejando de lado o concediendo poca im-
portancia a las dimensiones culturales. A veces se incluyen, pero solo para
analizar el papel de la cultura en la legitimación de la desigualdad. Por el
contrario, si se ve a la cultura como una dimensión simbólica constituyente
de todos los fenómenos sociales, es posible advertir procesos culturales
muy diversos que intervienen de maneras distintas en la configuración de
las disparidades sociales. Argumentaré que los procesos simbólicos no solo
legitiman las desigualdades, también las construyen y las deconstruyen.
Propongo analizar cinco procesos simbólicos que se relacionan con la
igualdad y la desigualdad, en cada uno de los cuales puede distinguirse
la oposición entre dispositivos y estrategias que producen y refuerzan las


*
Antropólogo, profesor del Departamento de Antropología de la Universidad Autó-
noma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (México). Correo electrónico: reygadasl@
gmail.com.

39
Luis Reygadas

desigualdades y aquellos otros que critican la inequidad y promueven la


igualdad. Estos cinco procesos son:

1. La creación de clasificaciones, categorías y límites que agrupan y/o


separan a las personas (de manera jerárquica y excluyente o de
manera igualitaria e incluyente).
2. Los procesos de valoración de los individuos y/o grupo (sobrevalo-
ración de los sectores hegemónicos en detrimento de los subalternos,
valoración inversa, asignación de valencias diferenciales o valoración
de todas las personas como iguales).
3. La relación entre diferencia y desigualdad (conversión de los dife-
rentes en desiguales o construcción de la igualdad en la diferencia).
4. Producción, distribución y apropiación del capital cultural, simbóli-
co y educativo (producción de individuos con capacidades desiguales
vs. producción de personas con igualdad de capacidades).
5. Disputas en torno a la legitimación de las desigualdades (legitima-
ción de las desigualdades frente al cuestionamiento de las mismas).

En la primera sección del capítulo analizaré la triple ausencia de la


cultura en la mayoría de los estudios sobre la desigualdad. La segunda
sección revisa los aportes de diversos autores, clásicos y contemporáneos,
a la indagación de las relaciones entre cultura, desigualdad e igualdad.
La última sección describe los cinco procesos simbólicos que construyen/
deconstruyen la desigualdad, mencionados anteriormente.

1. Una triple ausencia


Este texto puede verse como una reacción crítica frente a una triple au-
sencia en la investigación de las inequidades: 1) en la gran mayoría de los
estudios sobre la desigualdad los factores culturales no se toman en cuenta
(ausencia de la cultura); 2) cuando se introduce la dimensión cultural,
por lo general, solo se la considera en relación con la legitimación de la
desigualdad (ausencia de procesos simbólicos distintos a la legitimación), y
3) cuando se incorporan otros elementos de la relación entre simbolismo y
desigualdad, casi siempre se hace énfasis en aquellos aspectos de la cultura
que producen, refuerzan y reproducen las desigualdades, relegando los
procesos culturales que implican resistencia a la desigualdad y/o promue-
ven mayor igualdad (ausencia de procesos simbólicos que cuestionan la
desigualdad).

40
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

1.1. Ausencia de la cultura


En la gran mayoría de los estudios sobre la desigualdad, los factores
culturales están ausentes o solo ocupan un lugar secundario o residual.
La investigación sobre la desigualdad social ha estado dominada por el
análisis de la desigualdad económica, es decir, aquella que tiene que ver
con la manera en que «los recursos materiales son distribuidos a través de
la sociedad» (OECD, 2011:66). A partir de esta idea se analiza el compor-
tamiento de los mercados y la asignación de diferentes bienes y recursos,
en particular los recursos monetarios. Por supuesto que es crucial cómo
están distribuidos el capital, las tierras, la maquinaria y otros recursos
materiales, pero la desigualdad no solo es económica, sino que atañe a
todos los aspectos de la vida. Puede tomarse como punto de partida la
disparidad de ingresos, que es sobre la que existe mayor información y
sobre la que es posible hacer comparaciones entre países, regiones, sectores
y períodos, pero hay que destacar que la desigualdad afecta al conjunto
de la experiencia social. Como dice John Rawls, las teorías de la justicia
deben preocuparse por la distribución de «las cosas que los hombres se
esfuerzan por alcanzar o evitar» (Rawls, 1986:20). Hay que incluir la
distribución del dinero y las mercancías, pero también de muchas otras
cosas, como la estima, el prestigio, el conocimiento, la salud, la seguridad,
las libertades y el poder. También hay que analizar la asignación de las des-
ventajas sociales, de aquellas situaciones que son evitadas o despreciadas:
la pobreza, la exclusión, la estigmatización, la ignorancia, la enfermedad,
la inseguridad, la falta de libertades, los trabajos penosos, la exposición
a riesgos ambientales y la subordinación. Como ha mostrado Amartya
Sen, las desigualdades más sustanciales son las que tienen que ver con las
diferencias en las libertades para alcanzar los propósitos que cada uno
tiene, por eso pone en el centro el tema de las capacidades (Sen, 1999 y
2004). No solo hay que considerar las asimetrías en la repartición de los
recursos, también hay que tomar en cuenta lo que Göran Therborn ha
llamado la desigualdad vital (disparidades en las oportunidades de vida de
las personas en tanto organismos biológicos), y la desigualdad existencial
(diversos grados de libertad, distribución dispareja de reconocimiento, res-
peto y autonomía) (Therborn, 2011:21). Estos aspectos de la desigualdad
tienen un componente cultural ineludible.
Las diferencias económicas entre las personas se encuentran estrecha-
mente vinculadas con la clase social, el género, la etnia y otras formas de
clasificación social. Durante mucho tiempo, el estudio de la desigualdad
ha estado dominado por el individualismo metodológico que explica las

41
Luis Reygadas

disparidades a partir de los diferentes recursos o dotaciones que tiene cada


persona. Estas dotaciones son cruciales, pero no bastan para explicar las
asimetrías de ingreso, se requiere entender la construcción social de la
economía, ya que el acceso a los recursos económicos no depende solo de
las características individuales, sino también de dinámicas institucionales
que operaran en función de la pertenencia étnica, de los grupos sociales,
de las relaciones de género y de otros dispositivos de clasificación y jerar-
quización que pasan por el tamiz de la cultura.
La desigualdad es resultado de procesos de muy diversa índole. Ade-
más de los factores económicos, hay que analizar los procesos sociales,
políticos y culturales que inciden sobre el acceso diferenciado a los recur-
sos. La desigualdad es, en última instancia, una cuestión de poder (Lenski,
1966; Picketty, 2013). Ni siquiera las disparidades en los ingresos pueden
ser explicadas recurriendo en forma exclusiva a factores económicos, es
necesario tomar en consideración cuestiones eminentemente políticas,
como son las capacidades relativas de los agentes, sus interacciones, la
estructura de las relaciones de poder, por mencionar solo algunas. La dis-
tribución de los bienes y servicios nunca sigue una lógica culturalmente
neutra, ni se ajusta al funcionamiento de un mercado perfecto, sino que
pasa por los filtros de la cultura, cuyos procesos de valoración, clasificación,
jerarquización, distinción, contradistinción, equiparación y diferenciación
inciden en la determinación de la cantidad y la calidad de los beneficios
que recibe cada individuo y cada grupo.
La ausencia de la cultura en los estudios de la desigualdad se debe,
en parte, al peso de perspectivas objetivistas y economicistas, que dejan
de lado todo lo que no son recursos materiales cuantificables, en especial
los procesos de creación de significados, por considerar que son aspectos
subjetivos que no tienen mayor importancia o no se pueden medir. A
veces se mencionan los factores culturales, pero solo como una cuestión
secundaria, cuya influencia sería mínima: lo realmente importante sería
lo que ocurre en los mercados, como si funcionaran al margen de los
procesos de significación. Este menosprecio de la cultura también tiene
que ver con una concepción mecánica de la sociedad: se piensa que la
economía es la estructura fundamental de la sociedad (cimientos, colum-
nas, trabes, pisos, techos y paredes), mientras la cultura es vista como un
mero adorno que puede cambiar un poco el aspecto del edificio, pero no
incide en lo sustancial.

42
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

1.2. Ausencia de procesos simbólicos distintos a la legitimación


Algunos estudios sobre desigualdad incluyen variables culturales, pero
solo en relación con la legitimación de las disparidades. Analizan cómo se
reproducen las desigualdades en la medida en que la mayoría de la socie-
dad, o al menos una parte importante de ella, las acepta como legítimas o
como resultado de procesos que considera adecuados. Es cierto que dicha
legitimación existe, pero el excesivo énfasis en ella deja de lado muchos
otros procesos simbólicos que son fundamentales en la construcción de
la desigualdad. Además, la centralidad del tema de la legitimación parece
estar asociada a la perspectiva economicista que se mencionaba antes: lo
realmente importante serían los procesos económicos que producen las
desigualdades, ya después vendría la cultura a cumplir la función de legi-
timar dichas desigualdades, que se produjeron antes y sin la intervención
de la cultura. Las investigaciones etnográficas parecen mostrar una tempo-
ralidad inversa: en muchas sociedades, las distinciones y diferenciaciones
simbólicas aparecieron mucho tiempo antes de que se llegaran a convertir
en desigualdades en términos económicos.
La sobreestimación de la legitimación también tiene que ver con una
vieja tradición analítica que reduce la cultura a sus aspectos ideológicos,
en el sentido de pensar que la ideología es una visión distorsionada o
ilusoria de la realidad, en contraposición a la ciencia, que representaría
una mirada objetiva. Desde ese punto de vista, la mayoría de las personas
aceptarían las desigualdades existentes porque carecen de una comprensión
acertada de sus causas, porque comparten las explicaciones dominantes
que presentan la desigualdad como un hecho natural, inevitable o incluso
deseable. Lo que es curioso es que muchos autores que sobrevaloran la
legitimidad presentan información empírica que contradice sus conclu-
siones1. Al menos en América Latina, en las encuestas y entrevistas la
mayoría de las personas afirman que las desigualdades sociales en su país
les parecen excesivas y que son resultado de mecanismos que consideran
poco legítimos, por ejemplo la discriminación, las ventajas que otorga el
origen social, o la corrupción.

1
Por poner un ejemplo, un estudio sobre la legitimación de las desigualdades
en Brasil señala que «es posible afirmar que existe un discurso legitimador de
la desigualdad que la hace aparecer como algo natural» (Damm, 2011:198),
a pesar de que presenta el dato de que 86% de los brasileños consideran muy
altas las desigualdades salariales que hay en el país.

43
Luis Reygadas

1.3. Ausencia de procesos simbólicos que cuestionan la desigualdad


Cuando se incorporan en las investigaciones otros aspectos de la relación
entre cultura y desigualdad, casi siempre se hace referencia a aquellas
dimensiones de la cultura que producen, refuerzan y reproducen las des-
igualdades, estando ausentes o en un papel muy secundario los procesos
simbólicos que implican resistencia a la desigualdad o que promueven ma-
yor igualdad. Hay una tendencia a sobreestimar la capacidad de la cultura
para reproducir las estructuras existentes. La cultura suele aparecer como
algo homogéneo, como una fuerza unificadora, que cumple la función de
estabilizar y hacer corresponder los valores y deseos de los individuos con
los requerimientos estructurales del sistema. Ya sea que esta coincidencia
entre valores y estructura social se vea como algo positivo (porque per-
mite el consenso y la estabilidad) o como algo negativo (porque expresa
el predominio ideológico de la clase dominante y contribuye a reproducir
relaciones sociales injustas), el caso es que suele darse por sentada la co-
rrespondencia entre la estructura social inequitativa y la manera de pensar
y los valores de las personas. Unos la celebran y otros la deploran, pero
tiende a sobreestimarse la capacidad que tiene la cultura para legitimar,
naturalizar, estabilizar y reproducir las desigualdades. Suele concederse
poca importancia a otras prácticas simbólicas que critican la desigualdad,
que cuestionan que sea algo natural, que promueven mayor igualdad.
En los estudios sobre cultura y desigualdad hay un desequilibrio que
llama la atención: existen abundantes y sofisticados análisis sobre los
mecanismos que generan inequidades de todo tipo, lo que contrasta con
la escasa y limitada importancia que tienen las investigaciones sobre los
procesos que contrarrestan la desigualdad y se resisten a ella. Pareciera
que lo que sucede en la realidad social se hubiese filtrado al ámbito de
la teoría. Así como en la mayoría de las sociedades contemporáneas han
prevalecido las dinámicas de injusticia y exclusión, en la reflexión sobre
ellas predominan los enfoques que ponen el acento en la generación de
desigualdades. Contamos con las poderosas lentes de Max Weber para
reconocer los cierres sociales, los monopolios sobre los recursos y las
diferencias de estatus, pero no tenemos instrumentos analíticos de igual
calidad para identificar los esfuerzos para abrir esos cierres, desmantelar
los monopolios y cuestionar las disparidades de prestigio. Con base en
Bourdieu se han develado los sutiles dispositivos simbólicos que sostienen
la distinción social y reproducen la distribución clasista del capital cultural,
pero ¿cuánto se sabe acerca de las estrategias de contradistinción o de las
prácticas populares para deslegitimar las culturas de las elites? La adopción

44
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

de los postulados de Foucault ha mostrado los panópticos y los resortes


microscópicos del poder que sostienen el autoritarismo y la exclusión, pero
son más escasos los estudios que, con igual minuciosidad, desmenucen la
resistencia cotidiana y sus consecuencias sobre la estructura social.
Este desequilibrio se relaciona con la imagen de las culturas como
un todo homogéneo, sin fisuras ni paradojas. Cabe recordar la crítica del
historiador E.P. Thompson a las concepciones «demasiado consensuales
de la cultura». En su libro Costumbres en común, el historiador inglés
cuestiona las visiones de la cultura que dejan de lado las tensiones, las
contradicciones y las relaciones de poder:

En una inflexión antropológica que ha influido en los historiadores


sociales, esto puede sugerir una visión demasiado consensual de esta
cultura como «sistema de significados, actitudes y valores compartidos,
y las formas simbólicas (representaciones, artefactos) en las cuales cobran
cuerpo». Pero una cultura también es un fondo de recursos diversos,
en el cual el tráfico tiene lugar entre lo escrito y lo oral, lo superior y
lo subordinado, el pueblo y la metrópoli; es una palestra de elementos
conflictivos (...) Y, a decir verdad, el mismo término «cultura», con su
agradable invocación de consenso, puede servir para distraer la atención
de las contradicciones sociales y culturales, de las fracturas y oposiciones
dentro del conjunto (Thompson, 1995:19).

Thompson critica los enfoques funcionalistas de la cultura, que la


conciben como un conjunto de normas y valores compartidos por todos
los miembros de la sociedad. Desde esas perspectivas, la cultura y todos sus
dispositivos (mitos, rituales, visiones del mundo, etcétera) son una fuerza
integradora que contribuye a la armonía social y al mantenimiento del
statu quo. Siguiendo a Thompson, me parece más adecuado considerar a
la cultura como una palestra de elementos conflictivos, como un lugar de
tráfico, de confrontación, de negociación y de disputas simbólicas. Parto
de una concepción histórico-semiótica de la cultura, es decir, la veo como
un proceso de producción, circulación y apropiación de significados, ins-
crito en contextos sociohistóricos y atravesados por relaciones de poder y
diversidad de intereses que producen conflictos y tensiones. Esto se opone
a las concepciones esencialistas, que ven a las culturas como conjuntos
homogéneos, claramente diferenciables al exterior y uniformes al interior.
En relación con la desigualdad, la dimensión simbólica de la sociedad
puede ser vista como una arena en la que se enfrentan diferentes actores y

45
Luis Reygadas

en la que compiten fuerzas a favor y en contra de la equidad, en el terreno


de los significados. En esa arena se expresan diversas concepciones sobre
lo que es justo e injusto, sobre qué tan grandes deben ser las diferencias de
ingresos, sobre qué tan amplias deben ser las brechas sociales. Es un campo
en el que hay una disputa simbólica en torno al valor de las personas, en
torno a las jerarquías y en torno a las diferencias. Y también hay una lucha
en torno a la distribución y apropiación del capital simbólico, cultural
y educativo. Esas disputas no son una cuestión secundaria ni actúan a
posteriori sobre las desigualdades, son un elemento central que interviene
desde el momento mismo en que esas desigualdades se están produciendo
o están siendo cuestionadas. Como ha señalado Polymya Zageffka:

La dimensión cultural adquiere una nueva legitimidad por el reconoci-


miento de que los hechos culturales son constitutivos de las desigualdades
construidas, sentidas, puestas en actos y en palabras. (…) la potencia
social de las formas culturales no se puede reducir sólo a su capacidad
de fabricar lo simbólico. Por el contrario, reside en su materialidad en
términos de capital, tiempo, trabajo, técnicas y tecnologías, aprendizaje
y saber hacer (Zageffka, 2011:11-12)2.

2. Cultura, igualdad y desigualdad: reflexiones


clásicas y contemporáneas
2.1. Dispositivos simbólicos que producen desigualdades
La relación entre los símbolos, el poder y los grupos sociales es un tema
clásico de las ciencias sociales, abordado tempranamente por Durkheim,
Mauss y Weber (Durkheim, 1982 [1912]; Durkheim y Mauss, 1996 [1903];
Weber, 1996 [1922]). Debemos a Durkheim y Mauss, en su trabajo sobre
las clasificaciones primitivas, la idea de que, por medio de símbolos, las
sociedades y grupos establecen límites que definen conjuntos de relaciones.
Así, al clasificar las cosas del mundo se establecen entre ellas relaciones de
inferioridad/superioridad y exclusión/inclusión, directamente vinculadas
con el orden social (Durkheim y Mauss, 1996:30). El hecho de ordenar,
agrupar y separar objetos, animales, plantas, personas e instituciones,

«La dimension culturelle acquière une nouvel légitimité de par la reconnaissance


2

des faites culturels comme étant constitutifs des inégalités construites, ressenties,
mises en actes et en paroles. (…) la puissance sociale des formes culturelles ne se
réduit nullement à leur seule capacité à fabriquer du symbolique. Elle repose au
contraire sur leur matérialité en termes de capital, de temps, de travail, de techniques
et de technologies, d’apprentissage et de savoir-faire».

46
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

marca diferencias, límites y fronteras entre ellos, define jerarquías, incluye


o excluye. Al analizar estas operaciones en el contexto de relaciones de
poder y de distribución de recursos, privilegios y oportunidades, se entra
de lleno en el estudio de la desigualdad.
El funcionamiento de los cierres sociales, de los que habló Weber, está
ligado de manera directa con operaciones simbólicas que establecen qué
características se requieren para pertenecer a un grupo de estatus, al que
se le ha asignado cierta estimación social, positiva o negativa (Weber, 1996
[1922]:684 y ss.). Esta asignación es un hecho cultural, independientemen-
te de que pueda estar asociada a factores económicos y políticos. Weber
va más allá: postula la existencia de marcas rituales que acompañan a
la constitución de muchos grupos de estatus (Weber, 1996 [1922]:689).
Relacionar la impureza y las manchas con las clasificaciones sociales
ha sido un recurso empleado en diversas ocasiones. Tal vez nadie le haya
prestado tanta atención como Mary Douglas, quien recurrió al análisis de
lo puro y lo impuro, de lo limpio y lo contaminado para comprender los
límites simbólicos que separan a los grupos. Lo sucio es lo que está fuera
de lugar, lo que no corresponde con la estructura esperada. Al descifrar
las estructuras simbólicas con las que una sociedad distingue lo impoluto,
lo limpio y lo inmaculado de lo contaminado, sucio o manchado puede
aprenderse mucho de sus estructuras sociales (Douglas, 1984). Mirar las
relaciones entre las clases sociales, los grupos étnicos y los géneros desde
la ventana abierta por Douglas es un camino para descubrir formas sutiles
de exclusión y discriminación.
Desde un registro muy diferente, Erving Goffman reflexiona sobre un
tipo particular de máculas: los estigmas, que marcan de manera profunda
a quienes los sufren y definen el tipo especial de relaciones que se debe
establecer con ellos (Goffman, 1986). A Goffman no le interesan tanto las
estructuras simbólicas que agrupan y distinguen a los individuos, sino las
acciones e interacciones mediante las cuales estos se etiquetan a sí mismos y
a los demás. Podría decirse que se preocupa más por las estrategias de clasifi-
cación que por las clasificaciones. Para él, los pequeños actos de deferencia o
rebajamiento son los que, al acumularse, constituyen las grandes diferencias
sociales (Goffman, 1956).
En un estudio sobre las relaciones entre establecidos y forasteros en
una pequeña comunidad de clase obrera en Londres, Norbert Elias ana-
lizó los procesos de estigmatización de los forasteros, mediante los cuales
los miembros del grupo establecido se presentaban como seres humanos
mejores que el resto, establecían tabúes para restringir contactos no

47
Luis Reygadas

ocupacionales entre los dos grupos y se apropiaban de los puestos diri-


gentes en organizaciones locales. Las fantasías grupales de elogio y de
condena, así como la complementariedad entre el carisma grupal (propio)
y la vergüenza grupal (la de los otros) crean una barrera emocional que es
fundamental en la reproducción de asimetrías en las relaciones de poder.
Muchas veces los grupos excluidos llegan a experimentar emocionalmente
su inferioridad de poder como un signo de inferioridad humana (Elias,
2006:220-223 y 226-229).
Los mitos también desempeñan un papel en la construcción de des-
igualdades, como lo muestra Maurice Godelier en su estudio sobre la do-
minación masculina entre los Baruya. En este pueblo de Nueva Guinea una
compleja narrativa mítica consagra la supremacía de los hombres, a cuyo
semen se atribuye un cúmulo de virtudes (produce la concepción, nutre al
feto, alimenta a la esposa, fortalece a los jóvenes iniciados, etc.), mientras
que la sangre menstrual es considerada una sustancia dañina y peligrosa.
Esta narrativa se prolonga en diferencias en torno a los cuerpos (el del
hombre se considera bello, puede usar cintas, plumas y otros adornos) y
en torno a los espacios (hay caminos dobles, los de los hombres son más
altos, una línea imaginaria divide áreas masculinas y femeninas dentro de
las casas). Esta pesadísima trama contribuye a la existencia de discrimi-
naciones de género en los ámbitos económico y político (Godelier, 1986).
Los estudios de género han contribuido a mostrar que las asimetrías
entre hombres y mujeres han estado asociadas con construcciones sim-
bólicas sobre lo que significa ser varón y ser mujer y con las relaciones de
poder entre personas de distinto sexo (Butler, 1996; Lamas, 1996; Ortner,
1979). La cosmología de muchas culturas está poblada de oposiciones
entre lo masculino y lo femenino, mismas que con frecuencia sobrevaloran
las cualidades positivas de los hombres e infravaloran las de las mujeres,
hecho que contribuye a producir y reproducir relaciones de dominación
entre los géneros. La antropología también ha mostrado cómo la subor-
dinación de las mujeres y los sistemas de matrimonio se encuentran en el
origen de muchas otras asimetrías sociales (Godelier; 1986; Rubin, 1996).
En un texto sobre las elites en Sierra Leona, Abner Cohen (1981) estu-
dió los rituales de exclusividad que permitían a un grupo étnico preservar
sus privilegios sociales, políticos y culturales. Habla de la «mística de la
excelencia» y de los «cultos de elite» que permiten a un grupo validar y
sostener su estatus privilegiado, al afirmar que poseen cualidades escasas y
exclusivas que son esenciales para la sociedad en su conjunto. La ideología
de la elite estaría objetivada, desarrollada y sostenida por un elaborado

48
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

cuerpo de símbolos y desempeños dramáticos, que incluyen los modales,


la etiqueta, los estilos de vestir, el acento, los patrones recreativos, las
costumbres y reglas matrimoniales. Este estilo de vida solo se adquiere a
través de largos períodos de socialización y entrenamiento, en particular
en espacios sociales informales como la familia, los grupos de pares, los
clubes y las actividades extracurriculares de las escuelas (Cohen, 1981:2-3).
Para este autor, el trabajo simbólico de las elites les permite distinguirse
del resto de la población mediante el decoro, la elegancia, la educación
y otros atributos que, no obstante su vaguedad, les posibilitan acceder a
privilegios y recompensas extraordinarios.
De una manera similar, Pierre Bourdieu encontró en el análisis del
gusto algunos de los resortes más sutiles de la diferenciación clasista en las
sociedades contemporáneas. Fue más allá del análisis del consumo cultural
como un poderoso marcador de estatus, para indagar en torno a los habitus
de clase, es decir, los esquemas de disposiciones duraderas que gobiernan
las prácticas y los gustos de los diferentes grupos sociales, que resultan en
sistemas de enclasamiento que ubican a los individuos en una determinada
posición social no solo por su dinero, sino también por su capital simbólico
(Bourdieu, 1988). Hasta en detalles aparentemente insignificantes, como la
manera de hablar o la forma de mover el cuerpo, estaría inscrita la ubica-
ción de un sujeto en la división social del trabajo (Bourdieu, 1988:477 y
490). Los habitus crean distancias y límites, que se convierten en fronteras
simbólicas entre los grupos sociales. Esas fronteras fijan un estado de las
luchas sociales y de la distribución de las ventajas y las obligaciones en una
sociedad. Además, producen transacciones desiguales, ya que el reconoci-
miento de las barreras de distinción conduce a pactos y relaciones sociales
en las que se asumen obligaciones y derechos diferenciados. En ocasiones,
las fronteras simbólicas adquieren una realidad material que separa a los
incluidos de los excluidos.
El concepto de campos, también propuesto por Bourdieu (1990),
ayuda a entender que las interacciones entre los agentes se producen en
espacios sociales que siguen determinadas reglas, de acuerdo con las cuales
los poseedores del capital cultural legítimo reciben los mayores beneficios
que se producen en ese campo. No son, entonces, las capacidades en abs-
tracto las que permiten apropiarse de la riqueza generada en el campo, sino
capacidades que se ejercen bajo relaciones de poder y son sancionadas, ya
sea en forma positiva o negativa, por la cultura.
Charles Tilly (2000) hizo un detallado análisis sobre la desigualdad
categorial, es decir, aquella que surge de la distinción de diferentes categorías

49
Luis Reygadas

de personas, socialmente definidas. La institucionalización de las categorías


y de sistemas de cierre, exclusión y control sociales que se crean en torno
a ellas es lo que hace que la desigualdad perdure. Se interesa en las dife-
rencias que resultan de la existencia de categorías pareadas que separan
claramente a las personas en dos grupos, como negro/blanco, varón/mujer,
ciudadano/extranjero o musulmán/judío. Tilly critica las aproximaciones
individualistas al fenómeno de la desigualdad, es decir, aquellas que se
centran en la distribución de atributos, bienes o posesiones entre los ac-
tores. En contrapartida, propone un enfoque relacional de la desigualdad,
atento a las interacciones entre grupos de personas. Le interesa el trabajo
categorial que establece límites entre los grupos, crea estigmas y atribuye
cualidades a los actores que se encuentran a uno y otro lado de los límites
(Tilly, 2000:79 y ss.). La desigualdad categorial tiene efectos acumulativos,
a la larga incide sobre las capacidades individuales y se crean estructuras
duraderas de distribución asimétrica de los recursos de acuerdo con las
clasificaciones.
Cada autor hasta aquí revisado parte de una perspectiva diferente,
pero tienen algo en común. Todos ellos señalan que los símbolos y el po-
der desempeñan un papel fundamental en la creación y reproducción de
las desigualdades. No todas las desigualdades tienen un origen cultural,
algunas se derivan del simple uso de la fuerza o de diferencias materiales,
así como algunas tienen origen biológico. Pero incluso estas van a ser
filtradas por el entramado simbólico. Las clasificaciones simbólicas no
son condición suficiente para la producción de desigualdades, pero casi
siempre son un requisito necesario para su existencia, al combinarse con
jerarquías, instituciones y relaciones de poder específicas.
Los dispositivos simbólicos operan de diversos modos para lograr su
eficacia. Probablemente el más analizado de ellos sea el ritual, por la enor-
me fuerza expresiva que tienen las dramatizaciones rituales al ser capaces
de concentrar una gran cantidad de símbolos que vinculan emociones y
prescripciones. El ritual es uno de los mecanismos más poderosos para con-
ferir estatus y legitimar la obtención de privilegios (Turner, 1988; Kertzer,
1988). Pero no todo se reduce al ritual. La construcción simbólica de las
desigualdades también pasa por los mitos, por las rutinas cotidianas, por
el discurso, por el habitus, por las narraciones y argumentaciones, por el
simbolismo del cuerpo y el espacio, por las cosmovisiones y por un sinfín
de acciones simbólicas que elevan, degradan, separan y legitiman las dis-
tancias y diferencias sociales. Todos estos procesos simbólicos pueden tener
repercusiones decisivas sobre los mecanismos que producen desigualdades.

50
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

Pueden dar lugar a discriminación y tener efectos de segmentación en el


mercado de trabajo, pueden incidir sobre las oportunidades de aprendi-
zaje y organizar la distribución de recursos en las familias, en los grupos
sociales y en las organizaciones.
La insistencia en la capacidad que tienen los procesos simbólicos
para generar fronteras y diferencias ayuda a comprender mejor la diná-
mica de la desigualdad, pero también entraña riesgos. Uno de ellos, es
el de sobrestimar el poder legitimador, hasta el punto de pensar que los
sectores subalternos simplemente aceptan el lugar que les ha asignado
la división social del trabajo3. Esto no es así, como ha señalado Viviane
Brachet-Márquez: «(…) no siempre acatamos estas reglas. Solemos reparar,
postergar y protestar y arrastrar los pies, y a menudo fingimos cumplir
a la vez que saboteamos esas reglas con toda tranquilidad (…) También
entramos en conflictos en cuanto a quién es dueño de qué, o quién tiene
derecho a qué» (Brachet-Márquez, 2012:113).
Otro riesgo tiene que ver con el hecho de que muchas contribu-
ciones sobre el tema se enfocan de manera primordial en las acciones
de los actores dominantes de la sociedad. Hay una fascinación especial
de los analistas por lo que hacen los poderosos: hombres que sojuzgan
mujeres, caciques locales que concentran y redistribuyen recursos para
incrementar su poder y su prestigio, castas dominantes que erigen fron-
teras simbólicas y tabúes para alejarse de las castas inferiores, elites que
acaparan recursos y protegen sus monopolios mediante sofisticados ri-
tuales, etnias privilegiadas que denigran a quienes son diferentes, clases
altas que acrecientan su capital simbólico para distinguirse de la masa
y reproducir sus privilegios, etc. Sin embargo, esto es solo una cara
de la moneda. Es imprescindible estudiar lo que hacen los dominados
para erosionar los monopolios simbólicos y materiales, cuestionar los
rituales elitistas, ridiculizar las estrategias hegemónicas, crear criterios
alternativos de distinción, acotar las inequidades, derribar, traspasar o
invertir las clasificaciones y las fronteras culturales, darle fuerza ritual a
la resistencia y la rebelión. No basta con estudiar la distinción, también
hay que explorar los procesos de contradistinción y deconstrucción de

Como señala Pierre Bourdieu: «(…) los dominados tienden de entrada a atribuirse
3

lo que la distribución les atribuye, rechazando lo que les es negado (“eso no es


para nosotros”), contentándose con lo que se les otorga, midiendo sus esperanzas
por sus posibilidades, definiéndose como los define el orden establecido, reprodu-
ciendo en el veredicto que hacen sobre sí mismos el veredicto que sobre ellos hace
la economía, destinándose, en una palabra, a lo que en todo caso les pertenece»
(Bourdieu, 1988:482).

51
Luis Reygadas

la desigualdad. Para enfrentar estos riesgos, resulta crucial advertir que


los procesos políticos y culturales pueden actuar en sentido inverso, es
decir, pueden contribuir a limitar las desigualdades, a generar solidari-
dad, a cuestionar los argumentos legitimadores del poder y a erosionar
las fronteras entre los grupos.

2.2. Dispositivos simbólicos que producen equidad


y cuestionan la desigualdad
Por medio de los símbolos, los seres humanos no solo establecen diferen-
cias y fronteras en una realidad continua, también hacen lo contrario:
afirman continuidades y afinidades en realidades que de otro modo serían
discontinuas y fragmentadas. Así como diversos dispositivos simbólicos
generan, reproducen y refuerzan las desigualdades, hay muchos otros que
las acotan o las cuestionan, y que son fundamentales para la construcción
de la equidad. En primer término, los dones y la reciprocidad, que reve-
lan la existencia de mecanismos sociales de igualación, compensación y
redistribución. En segundo lugar, los dispositivos simbólicos de la resis-
tencia cotidiana a la desigualdad y los imaginarios y utopías en los que
las asimetrías sociales son cuestionadas o invertidas.
A principios del siglo XX, el antropólogo polaco Bronislaw Mali-
nowski, en su conocido texto Los argonautas del Pacífico Occidental
(1995 [1922]), hizo una contribución decisiva al estudio de la reci-
procidad al presentar una detallada descripción del kula, sistema de
intercambio ceremonial de los habitantes de las islas Trobriand. El
kula es una amplia red intertribal que une a gran número de personas
mediante lazos de obligaciones recíprocas, en la que circulan objetos
rituales (brazaletes y collares de conchas). No tiene como finalidad la
ganancia o la acumulación, ya que el receptor de un objeto kula solo lo
podrá poseer y exhibir durante un tiempo y después tendrá que donarlo
a otro asociado del circuito. El intercambio kula, absurdo a los ojos del
empresario racional y calculador, le permite a Malinowski hacer una
crítica de la noción de homo oeconomicus, y destacar que esta actividad
contribuye a crear redes de asociación y reciprocidad que preservan la
paz y mantienen el flujo de las relaciones sociales. Malinowski reconoce
que entre los trobriandeses no están ausentes ni el deseo de posesión ni
la búsqueda del prestigio que se obtiene al regalar brazaletes y collares
particularmente valiosos, pero estas tendencias se encuentran reguladas
por normas y principios que aseguran los vínculos entre los asociados
del circuito kula. En otras palabras, la lógica de la distinción, descrita

52
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

más arriba, se encuentra acotada por la lógica de la reciprocidad. Como


ha señalado Godbout, el kula tiene como objeto esencial la apropiación
del poder de dar, más que la apropiación de objetos (Godbout, 1997:143
y 148). La apropiación de la riqueza puede estar regulada por normas
que regulan adquisición del prestigio, en algunos casos el prestigio se
adquiere mediante donaciones, no mediante exacciones.
Dos años más tarde, en 1924, Marcel Mauss publicó su famoso En-
sayo sobre los dones (Mauss, 1979 [1924]), referencia obligada para la
mayoría de las discusiones posteriores sobre el tema de la reciprocidad.
Mauss se apoyó en el texto de Malinowski, en escritos de Boas acerca del
potlach de los kwakiutl y en numerosas fuentes etnográficas e históricas
sobre los intercambios rituales en diversas culturas, para proponer una
ambiciosa interpretación de la importancia de la lógica del don en los pue-
blos primitivos y aún en las sociedades modernas. Mauss sostiene que en
el kula, el potlach y otras instituciones similares quienes participan no son
individuos aislados, sino grupos, tribus, familias y otros sujetos colectivos.
Por medio de ellas «los pueblos consiguen sustituir la guerra, el aislamiento
y el estancamiento, por la alianza, el don y el comercio» (Mauss, 1979
[1924]:262). Para Mauss, los procesos simbólicos que forman parte del
don (ceremonias, tabúes, creencia en el hau o espíritu de las cosas, ritos,
conjuros, etc.) tienen un sentido moral y social, la finalidad esencial sería
la creación de un vínculo, la producción de un sentimiento de amistad,
de recíproco respeto (Mauss, 1979 [1924]:177 y 199).
Muchas interacciones humanas son evaluadas bajo los términos de
un código de reciprocidad. Esto no quiere decir que la mayoría de las
relaciones sociales sean recíprocas o justas, por el contrario, casi siempre
se presentan asimetrías y desigualdades, pero en muchos casos los agen-
tes implicados en ellas consideran que deberían ser recíprocas. Muchas
desigualdades logran legitimarse cuando son vistas como resultado de un
pacto en el que existe reciprocidad, a diferencia de las que son consideradas
ilegítimas, fruto de alguna imposición. La persistencia de la reciprocidad
en la interacción social y en los discursos acerca de ella (cotidianos y
científicos) se debe, en parte, a la fuerza que tiene la narrativa igualitaria,
que se sostiene en un entramado simbólico tan denso como el que nutre
los mecanismos de la distinción.
Equidad y diferencia son dos caras de la misma moneda, pero dos caras
contradictorias, expresan tendencias y contratendencias que atraviesan a
los grupos humanos. Victor Turner planteó de una manera sugerente esta

53
Luis Reygadas

confrontación, al referirse a la potencialidad que tienen los rituales para


crear una communitas:

En la historia humana, yo veo una continua tensión entre estructura y


communitas, en todos los niveles de escala y complejidad. La estructura,
o todo lo que mantiene a la gente aparte, define sus diferencias y cons-
triñe sus acciones, es un polo de un campo cargado, para el cual el polo
opuesto es la communitas, o anti-estructura, el igualitario «sentimiento
para la humanidad», del cual habla David Hume (Turner, 1987:274)4.

Para Turner, en la fase liminal del ritual se disuelven temporalmente


las diferencias entre los participantes y se crean entre ellos vínculos di-
rectos e igualitarios que ignoran, revierten, cruzan u ocurren fuera de las
diferencias de rango y posición que caracterizan a las estructuras socia-
les cotidianas. De acuerdo con Turner, el ritual, al crear la communitas,
construye un «nosotros», lanza el mensaje de que todos somos iguales,
aunque sea un mensaje pasajero para que después la sociedad pueda fun-
cionar de manera ordenada dentro de su lógica estructural de distancia,
desigualdad y explotación.
Pese a sus diferentes puntos de vista, estos tres antropólogos apun-
tan hacia la misma dirección: en diversas sociedades existe una lógica
del don, que establece obligaciones de dar, recibir y devolver regalos
ceremoniales, que crean vínculos de reciprocidad entre individuos y
grupos, generan flujos de bienes, personas, fiestas y rituales, algunos de
los cuales funcionan como mecanismos de redistribución de la riqueza:
pueden limitar el enriquecimiento de algunos, vincular la adquisición
de estatus a la compensación de los menos favorecidos o legitimar la
apropiación por parte de estos últimos. La dinámica del don indica
la presencia, en palabras de Godbout (1997), de un homo reciprocus,
que se guía por creencias igualitarias y principios de correspondencia.
Pero no debe exagerarse su fuerza ni caerse en la ingenua suposición de
que la solidaridad y el igualitarismo son tendencias únicas en algunos
individuos o grupos sociales. El homo reciprocus es un tipo ideal, que
puede describir una dimensión de la vida social, aquella que se orienta

«In human history, I see a continuous tension between structure and communitas,
4

on all levels of scale and complexity. The structure, or all that which holds people
apart, defines their differences, and constrains their actions, is one pole in a charged
field, for which the opposite pole is communitas, or anti-structure, the egalitarian
“senting for humanity”, of which David Hume speaks».

54
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

por las normas del don, pero existen otras dimensiones por considerar,
por ejemplo, la lógica de la maximización de los beneficios que ha sido
bien descrita mediante otro tipo ideal, el del homo oeconomicus. Tam-
bién puede ser útil recordar la distinción que hace Dumont (1977) entre
homo aequalis y homo hierarquicus, para señalar que los seres humanos
estamos atravesados por la tensión que existe entre la búsqueda de la
igualdad y el afán por obtener un estatus superior. Es necesario tras-
cender el dualismo que separa de manera tajante dones y mercancías,
reciprocidad y jerarquía, sociedades primitivas y sociedades modernas,
para ver las interconexiones entre ellos y su incidencia sobre la dialéctica
entre igualdad y desigualdad.
La equidad no solo se construye mediante el recurso de la reciprocidad.
Hay que considerar también los dispositivos simbólicos que sostienen,
justifican y legitiman la resistencia cotidiana frente a la desigualdad y las
«expropiaciones desde abajo» que realizan los sectores explotados o exclui-
dos. En un famoso ensayo sobre los motines de subsistencia que realizaban
los campesinos y trabajadores ingleses durante el siglo XVIII, el historiador
Edward P. Thompson proporcionó importantes claves analíticas para el
estudio del entramado cultural que sustenta las prácticas populares igua-
litaristas. Durante dichos motines, que por lo general se presentaban en
épocas de escasez y precios altos, los trabajadores confiscaban el grano,
la harina o el pan y obligaban a los agricultores, molineros, panaderos y
comerciantes a venderlos a un precio accesible, o bien lo vendían por su
cuenta y devolvían a los propietarios el dinero obtenido de la venta. En
estas acciones se pueden encontrar nociones legitimadoras, los hombres
y las mujeres que las realizaban creían estar defendiendo derechos o cos-
tumbres tradicionales. Los motines estaban guiados por una «economía
moral de los pobres», vinculada con antiguas ideas de reciprocidad:

(…) operaban dentro de un consenso popular en cuánto a qué prácticas


eran legítimas y cuáles eran ilegítimas en la comercialización, en la ela-
boración de pan, etc. Esto estaba a su vez basado en una idea tradicio-
nal de las normas y obligaciones sociales, de las funciones económicas
propias de los distintos sectores dentro de la comunidad que, tomadas
en conjunto, puede decirse que constituían la «economía “moral” de los
pobres» (Thompson, 1984:65-66).

El texto de Eric Hobsbawm (1979) sobre los destructores de máquinas


en Inglaterra muestra cómo la crítica de la Revolución Industrial estaba

55
Luis Reygadas

enraizada en tradiciones artesanales y en formas cotidianas de oposición


al maquinismo y a la pérdida del control sobre el proceso de trabajo. En
otro escrito, Hobsbawm analiza el caso de los bandidos, que eran apoyados
y admirados por los campesinos:

Lo esencial de los bandoleros sociales es que son campesinos fuera de


la ley, a los que el Señor y el Estado consideran criminales, pero que
permanecen dentro de la sociedad campesina y son considerados por su
gente como héroes, paladines, vengadores, luchadores por la justicia, a
veces incluso líderes de la liberación, y en cualquier caso como personas
a las que admirar, ayudar y apoyar (Hobsbawm, 1976:10).

Estos bandoleros sociales expropiaban, aunque fuera en pequeña escala,


una porción de la riqueza acumulada por los poderosos. Para los campesinos,
se trataba de una recuperación justa y válida. En las acciones cotidianas de
los trabajadores pueden encontrarse escamoteos similares, minúsculos actos
de bandolerismo social. Alain Cottereau (1980) realizó una investigación
sobre la oposición consuetudinaria de los obreros parisinos hacia 1870. En
ella, a través de la narración de un antiguo capataz, descubre cómo en las
burlas, la aparente pereza, el consumo de alcohol y las costumbres familiares
de los trabajadores conocidos como «sublimes», se expresaba la resistencia
tenaz de un grupo de operarios muy calificados, que así evitaban la inten-
sificación del ritmo de trabajo y protegían los conocimientos y los secretos
del oficio, que los patrones buscaban expropiarles por todos los medios.
También ensalzaban su propia capacidad laboral, lo que les permitía exigir
salarios altos y preservar su poder en el lugar de trabajo.
Por su parte, James Scott (1990) propone el concepto de «guiones
ocultos» (hidden transcripts) para explicar el sustrato cultural que alimenta
múltiples y diversas acciones de resistencia subterránea de los campesinos,
esclavos y otros sectores populares. Argumenta que cuando están frente
a los poderosos pueden seguir un guión público de respeto y deferencia,
pero en los espacios ocultos a la mirada vigilante de los dominantes, los
sectores subalternos tienen otro tipo de discursos y desarrollan compor-
tamientos cotidianos de resistencia que, pese su pequeña escala, adquieren
relevancia por el gran número de veces que se repiten. Los guiones ocultos
contienen argumentos que legitiman las acciones de resistencia y, de ese
modo, desempeñan un papel importante en limitar y acotar la desigualdad5.

Entre otros trabajos sobre las expresiones simbólicas de la resistencia cotidiana


5

pueden consultarse Comaroff (1985), Keesing (1992) y Taussig (1980).

56
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

Existen innumerables expresiones populares en las que el uso de la


ironía sirve para criticar la desigualdad y cuestionar las clasificaciones
simbólicas que la sostienen. James Scott señala que los guiones ocultos
están poblados de utopías justicieras, burlas y sátiras acerca de los ricos y
poderosos, dramatizaciones rebeldes, protestas alegóricas, figuras imagi-
narias que niegan o invierten la dominación, fantasías y leyendas que, en
conjunto, desempeñan un papel importante para erosionar las fronteras
de la desigualdad.
Frente al boundary work que erige barreras de inclusión para pocos
y exclusión para muchos, hay un trabajo inverso que socava esos muros,
desafía las clasificaciones establecidas, transgrede los límites y critica las
jerarquías y los privilegios. «Huellas de rebelión contra la autoridad hor-
miguean por todos lados dentro del ritual que envuelve a los poderosos»,
ha escrito Kertzer (1988:55)6. Por su parte, George Balandier ha señalado
que existen figuras que utilizan recursos simbólicos que alteran, embrollan
o invierten el orden establecido: mediante la burla, la parodia, la ridicu-
lización, la transgresión las reglas, el cruce de los límites y la inversión
simbólica hacen aflorar el desorden, muestran las fisuras, ambigüedades
y contradicciones de la estratificación social7. Balandier pone numerosos
ejemplos procedentes de muy diversas culturas. Uno de ellos es Ryangombé,
un héroe mítico de Ruanda, que surge en el contexto de un régimen de
monarquía absoluta y de agudas desigualdades:

Ryangombé era aquel por cuya causa todo se transformaba: la sociedad


inigualitaria en fraternidad iniciática, el orden en desorden, la sumisión
en superpoderes. Su culto acababa con las relaciones autoritarias y las
censuras y promovía una negación teatral del poder real y de su orden,
de las desigualdades fundamentales, de la dominación basada en criterios
de sexo y edad, de las preeminencias regidas por el parentesco, de las
reglas que gobernaban la sexualidad y la decencia (Balandier, 1994:94).

Durante los últimos lustros, época en la que muchas otras desigual-


dades se han agravado, hay avances significativos en la construcción de
la equidad de género, aunque quede un largo trecho por recorrer. Esta

6
«Traces of rebellion against authority everywhere creep into the ritual that enve-
lopes the mighty».
7
Balandier, 1994. Sobre el papel de la parodia y de las inversiones simbólicas en la
resistencia frente a la desigualdad, se pueden consultar también Gledhill (2000) y
Keesing (1992).

57
Luis Reygadas

construcción no puede entenderse sin los procesos simbólicos que están


transformando de raíz las relaciones entre mujeres y hombres. Los estudios
de género han hecho un aporte fundamental para la comprensión de la
resistencia a la inequidad, al mostrar los dispositivos que han permitido
comenzar a revertir una de las desigualdades de más larga data. Entre
muchos otros, cabe mencionar la revaloración de las mujeres, el cuestio-
namiento de la opresión patriarcal, la desnaturalización del género y la
deconstrucción de las categorías hegemónicas con las que, durante siglos,
habían sido clasificados hombres y mujeres. Todo esto ha erosionado
muchos monopolios masculinos y ha contribuido a una mayor equidad
en las relaciones entre los géneros.

3. Construcción y deconstrucción.
Disputas simbólicas en torno a la desigualdad
Hasta aquí, he descrito por separado diversos dispositivos simbólicos, unos
que producen desigualdades y otros que las cuestionan. Pero esos disposi-
tivos no actúan de manera aislada, sino que se entrelazan para configurar
estrategias utilizadas para producir y reforzar la desigualdad, a las que se
oponen otras estrategias que tratan de reducirla. Si combinamos varios
dispositivos en una estrategia y la confrontamos con la opuesta, pode-
mos diseñar un cuadro que sintetice cinco diferentes procesos simbólicos
involucrados en la construcción y deconstrucción de las desigualdades.

58
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

Cuadro 1. Procesos simbólicos en la construcción/deconstrucción


de la desigualdad

Estrategias simbólicas que deconstru-


Estrategias simbólicas que producen y re-
yen las desigualdades y promueven
fuerzan las desigualdades
equidad

1. Clasificación, creación de categorías y 1. Reclasificación y redefinición de


definición de fronteras fronteras
—Clasificación, ordenamiento y agrupa- —Deconstrucción de categorías hege-
ción mónicas
—Categorías pareadas —Clasificaciones alternativas
—Creación de fronteras y límites entre —Categorías incluyentes, categorías-
las categorías (materiales, legales, simbó- puente
licos, visibles, invisibles, emocionales) —Utopías igualitarias y narrativas
—Cierres sociales comunales
—Techos de cristal —Intercambios ceremoniales, dones
—Liminalidad y creación ritual de
communitas
—Disolución temporal de las fronte-
ras
—Transgresión, ridiculización y pa-
rodia (de las categorías y de las fron-
teras)

2. Sobrevalorar lo propio, demeritar lo 2. Revaloración de lo subalterno


ajeno —Inversión simbólica de las caracte-
—Atribución de características positivas rísticas positivas y negativas
y negativas a las categorías —Sobreestimación de lo popular, de-
—Sobreestimación del propio grupo, de- valuación de las elites
valuación de los otros grupos —Idealización de los bandidos socia-
—Calificaciones de pureza e impureza les y de los héroes de los pobres
—Estigmatización —Crítica de la pureza
—Jerarquización —Resiliencia contra la estigmatiza-
—Distinción ción
—Generalizaciones de superioridad/infe- —Cuestionamiento de las jerarquías
rioridad —Contradistinción, escalas de valor
—Rituales de exclusividad, mística de la alternativas
excelencia —Rituales de inclusión, sátiras de la
excelencia

59
Luis Reygadas

3. Conversión de las diferencias en des- 3. Construcción de la igualdad en la


igualdades diferencia
— Gramáticas de identidad y alteridad —Reconocimiento del derecho a la
—Construcción del sí mismo y de los diferencia
otros —Gramáticas alternativas de la iden-
—Construcción cultural del género, la tidad y la alteridad
raza y la etnicidad —Deconstrucción del género, la raza
—Racismo, sexismo y discriminación y la etnicidad
—Discursos de asimilación y homogenei- —Discursos antidiscriminatorios
dad —Narrativas pluralistas e incluyentes
—Narrativas de exclusión —Equidad intercultural
—Niveles de inclusión/exclusión relacio- —Desarticulación del vínculo inclu-
nados con la afinidad y la alteridad sión/afinidad cultural

4. Construcción de individuos desiguales 4. Construcción de personas con


—Creación de habitus desiguales igualdad de capacidades
—Asimetrías en el capital cultural, sim- —Creación de habitus equivalentes
bólico y educativo —Igualdad en materia de capital cul-
—Distanciamiento simbólico tural, simbólico y educativo
—Acercamiento

5. Legitimación de las desigualdades 5. Resistencia y deslegitimación de las


—Universalización de intereses particu- desigualdades
lares —Subversión
—Naturalización de las desigualdades —Economía moral de los pobres
—Presentación de los resultados desigua- —Legitimación de la resistencia coti-
les como frutos de las capacidades indi- diana
viduales —Guiones ocultos
—Internalización de los valores, reglas y —Protestas alegóricas
estructuras de la desigualdad —Redistribución ritual
—Hegemonía ideológica y creación de
consensos

El primer proceso es la creación de clasificaciones, categorías y límites


entre las categorías. Por el lado de la construcción de la desigualdad, una
estrategia fundamental es la clasificación de las personas en categorías o
grupos, ordenados de manera jerárquica. No basta con clasificar en gru-
pos jerarquizados, también se requiere preservar la separación entre las
agrupaciones conformadas, por lo que entran en juego los dispositivos que
establecen fronteras y mantienen las distancias sociales. Así, el trabajo de
construcción y reproducción de barreras simbólicas y emocionales (Elias,
2006; Lamont y Fournier, 1992) crea situaciones de inclusión-exclusión
y sostiene los límites materiales, económicos y políticos que separan a los
grupos. A partir de esta separación se pueden crear cierres sociales, techos
de cristal y muchas otras formas de inclusión y exclusión. Los textos de
Tilly sobre la desigualdad categorial ilustran con claridad esta estrategia.

60
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

La estrategia opuesta, que se orienta hacia la igualdad, es la reclasificación


y la transgresión de las fronteras. Incluye la elaboración de clasificaciones
alternativas, la creación de categorías abarcadoras que incluyen a todas
las personas y la creación de categorías-puente que desafían las fronteras
que separan a los grupos. También se refiere a todas aquellas acciones
simbólicas que disuelven, relativizan o suspenden las diferencias entre los
actores sociales, creando entre ellos sentimientos y nociones de igualdad,
solidaridad, amistad, de ser parte de una comunidad. Trabajan en este
sentido los mitos y narrativas niveladoras e igualitarias, ya sean de carácter
religioso, político, social o filosófico, lo mismo que las dimensiones del
ritual que producen inclusión o communitas y aquellos procesos simbóli-
cos que transmiten el significado de que todos somos iguales. Los grupos
que se encuentran en desventaja en las relaciones de desigualdad pueden
criticar las categorías hegemónicas, proponer clasificaciones alternativas,
crear categorías más incluyentes o transgredir y ridiculizar las categorías
y las fronteras que las separan. Las categorías no deben verse como algo
estático, sino como procesos históricos de clasificación y reclasificación,
en los que se contraponen diversas fuerzas y en los que las fronteras entre
los grupos se redefinen continuamente.
El segundo proceso tiene que ver con el valor relativo que se asigna
a las personas y a las categorías. Aquí es posible identificar una estrategia
dominante para sobrevalorar las características de los miembros de los
sectores privilegiados. Esta estrategia recurre a imputar características
positivas al grupo social al cual se pertenece. En la misma línea actúan
la sobrevaloración de lo propio, las autocalificaciones de pureza y todas
aquellas operaciones que presentan los privilegios que se poseen como
resultado de la posesión de rasgos especiales. La mística de la excelencia y
las estrategias de distinción constituirían una variante de estos mecanismos,
en la medida en que presenta el estatus superior como un resultado del
esfuerzo, de la inteligencia, de la elegancia, del buen gusto, de la cultura,
de la educación, de la belleza o de cualquier otra característica que posea
el grupo propio. Como complemento de lo anterior están todos aquellos
dispositivos simbólicos que atribuyen características negativas a los otros
grupos: estigmatización, satanización, señalamientos de impureza, reba-
jamiento e infravaloración de lo ajeno o extraño. Todas ellas justifican el
estatus inferior de los otros por la posesión de rasgos físicos, sociales o
culturales que se consideran poco adecuados o de menor valor. En con-
junto, estos recursos simbólicos constituyen dispositivos de categorías
pareadas, clasificaciones y ordenamientos que producen jerarquías y

61
Luis Reygadas

sistemas de enclasamiento. Trabajando en dirección opuesta está la estra-


tegia de revaloración de lo subalterno. Esta última produce una inversión
simbólica de lo que se consideran características positivas y negativas. Así,
se revalora lo popular y se critican los discursos de pureza y excelencia.
También incluye el cuestionamiento de las jerarquías y la resiliencia contra
la estigmatización. Revaluar lo subalterno implica una narrativa de contra-
distinción, apoyada en escalas de valor alternativas, opuestas a las de los
grupos hegemónicos. La valoración de los grupos y de los individuos no
es un dispositivo de poder unidireccional, con un solo régimen de verdad
(Foucault, 1989), sino una arena de contiendas en las que varios grupos
disputan diferentes regímenes de valor (Appadurai, 1991; Myers, 2001).
El tercer proceso simbólico apunta a las relaciones entre diferencia
y desigualdad. La creación de una distancia cultural y afectiva es fun-
damental para hacer posibles distancias de otra naturaleza. El grado
de desigualdad que se tolera en una sociedad tiene que ver con qué tan
diferentes se considera a los excluidos y explotados, además de qué
tanto esas distinciones se han cristalizado en instituciones, barreras
y otros dispositivos que reproducen las relaciones de poder (Kelley y
Evans, 1993). En este sentido, la estrategia de convertir a los diferentes
en desiguales resulta fundamental. Aquí opera lo que Gerd Baumann
(2004) llama gramáticas de identidad y alteridad, las reglas con las que
las personas se construyen a ellas mismas y a los demás, las estructuras
clasificatorias para definir quiénes pertenecen al «nosotros» y quiénes son
los «otros». La construcción cultural del género, la raza y la etnicidad
son un buen ejemplo de estas gramáticas. Los discursos de homogenei-
zación y asimilación rechazan y excluyen a quienes son diferentes o los
integran en condiciones de desventaja. También establecen niveles de
inclusión/exclusión relacionados con grados de afinidad y de otredad.
La estrategia opuesta apunta hacia la construcción de la igualdad en la
diferencia. La estrategia de respeto y reconocimiento del derecho a la
diferencia busca que los diferentes puedan participar en la sociedad en
condiciones equitativas. Para ello realiza una deconstrucción del género,
la raza y la etnicidad. También incluye formas alternativas de construir
la identidad y la alteridad, ya sea afirmando las identidades subalternas
o promoviendo identidades más abiertas y flexibles. En esta estrategia
se incluyen los discursos en favor del pluralismo y en contra de la discri-
minación, así como todos aquellos que siguen una gramática incluyente,
que rompe con el vínculo entre alteridad y exclusión.

62
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

Un cuarto proceso, que se considera crucial, es el de la producción,


distribución y apropiación de capital simbólico. En el polo de la des-
igualdad, en este proceso se encuentran los dispositivos culturales que
generan asimetrías en la distribución de los bienes educativos, simbólicos
y culturales. La noción de habitus de Pierre Bourdieu (1988) expresa
de una manera precisa la manera en la que la estructura simbólica de
las sociedades contemporáneas produce individuos con disposiciones y
capacidades profundamente desiguales. La desigualdad de capacidades
es un producto social, pero tiene la apariencia de ser resultado de las
características personales de los individuos. Esta desigualdad de capaci-
dades es fundamental para el distanciamiento, un mecanismo productor
de desigualdad que Göran Therborn considera «el principal camino para
incrementar la desigualdad hoy en día. Es el más sutil de los mecanismos,
el que es más elusivo desde el punto de vista moral y político» (Therborn,
2009:5)8. Esta estrategia produce desigualdad en el acceso a bienes simbó-
licos como la educación y la cultura. En este caso, el dispositivo simbólico
(el sistema educativo, las industrias culturales) no solo facilita, justifica
o refuerza la desigualdad, sino que la genera de una manera directa, al
producir individuos desiguales en lo que se refiere a su capital simbólico,
cultural y educativo. La estrategia opuesta es la construcción de personas
con igualdad de capacidades. Esta estrategia incluye todo tipo de narrativas
acerca de la igualdad ontológica de todos los seres humanos. Pero más
importante que los discursos son los mecanismos simbólicos que producen
igualación en los capitales cultural, simbólico y educativo de todas las per-
sonas. Alcanzar mayor igualdad de capacidades es un requisito ineludible
para lograr mayor justicia en las sociedades contemporáneas. La asimetría
en habitus es una de las características más necias y persistentes de las
desigualdades, pero hay fuerzas que trabajan para reducirla, en especial
los esfuerzos de millones de personas que tratan de no quedarse atrás,
de acercarse, de reducir el distanciamiento que se produce con respecto a
quienes se adelantan (Therborn, 2013).
Por último, están las luchas simbólicas en torno a la legitimidad de la
desigualdad. He dejado hasta el final el tema de la legitimación, no porque
piense que no es importante, sino porque creo que pueden comprenderse
mejor sus alcances si se le ubica en el contexto más amplio de todos los
procesos culturales que inciden sobre la igualdad y la desigualdad. Algu-
nas de las estrategias analizadas anteriormente (clasificar, sobrevalorar/

«The main road to increasing inequality today. It is the most subtle of mechanisms,
8

the one most difficult to pin down morally and politically».

63
Luis Reygadas

demeritar, convertir las diferencias en desigualdades y construir individuos


desiguales) contribuyen a la justificación de las desigualdades. Estas se
legitiman no porque las personas estén equivocadas o tengan una percep-
ción ilusoria o errónea de la realidad, sino porque están en juego muchos
dispositivos simbólicos, económicos, políticos y sociales que las producen
y refuerzan. La estrategia de legitimación de las desigualdades incorpora
dispositivos simbólicos que presentan los intereses particulares de un grupo
como si fueran universales, como si su satisfacción beneficiara al conjunto
de la sociedad. Los discursos que naturalizan la desigualdad, o que la
consideran inevitable o normal, también entran en esta categoría. Para
que esta estrategia funcione, es fundamental que los grupos privilegiados
convenzan al resto de la población de que la distribución de la riqueza
corresponde a las contribuciones que cada grupo hace a la colectividad.
Los discursos que legitiman la desigualdad son muy poderosos, pero no
hay que exagerar su fuerza. La mayoría de las personas desaprueban las
desigualdades que son muy grandes o que no son fruto del esfuerzo. Exis-
ten discursos que critican las desigualdades y las presentan como fruto
de algún abuso o resultado de un proceso ilegítimo. A veces estas críticas
no se presentan de manera directa, sino como guiones ocultos y protestas
alegóricas. Puede ocurrir que los subalternos toleren, a regañadientes, una
situación de desigualdad, no porque la consideren legítima, sino porque
advierten que no existen condiciones apropiadas para actuar en contra
de ella9. Hay que considerar también todo aquello que contribuye a le-
gitimar la igualdad y las acciones que buscan una distribución más justa
de los recursos: la economía moral de los pobres, la redistribución ritual
y la defensa de la resistencia cotidiana contra las injusticias. Al igual que
en los otros procesos analizados, la legitimación de las desigualdades no
es un proceso unilateral ni unívoco, sino un campo de disputa en el que
se entrecruzan argumentos que legitiman las desigualdades con otros que
las cuestionan y critican.


9
Dice Ismael Puga que «al evaluar la realidad social y enfrentarse a su propia prác-
tica legitimante, los actores renuncian a “lo justo”, para actuar en “lo posible”»
(Puga, 2011:158). Tiene razón al señalar que los actores pueden pensar que una
situación es injusta y, al mismo tiempo no actuar para combatir esa injusticia; sin
embargo, no creo que esa actitud sea necesariamente «una práctica legitimante»,
puede ser una práctica prudente o realista: hay desigualdades que reprobamos y,
si no hacemos nada para suprimirlas, no es porque tengamos una práctica legiti-
mante, sino porque, la mayoría de las veces, es poco lo que podemos hacer frente
a ellas.

64
Más allá de la legitimación. Cinco procesos simbólicos...

La desigualdad no es un estado fijo e invariable, sino una configuración


que continuamente se reproduce, pero siempre se ve desafiada. Los cinco
procesos simbólicos aquí analizados expresan estas tensiones y contradic-
ciones, pero también las configuran. Muchos rituales sirven para elevar de
rango a los individuos, para permitirles adquirir un estatus superior y, en
ese sentido, para dar paso a desigualdades y jerarquías de diversa índole.
Pero el ritual también puede igualar y equiparar. Esta misma tensión
recorre todas las construcciones simbólicas: excluyen e incluyen, elevan
y denigran, disuelven clasificaciones tanto como las refuerzan, erigen y
derriban fronteras, legitiman a los poderosos y cuestionan la dominación.
No tiene sentido atribuir a priori a los procesos y artefactos culturales
una función de producción de equidad o de generación de distinciones, ya
que ambas posibilidades existen y los efectos de igualdad o desigualdad
dependen mucho del contexto, de las relaciones de poder y de los intereses
y acciones de los diversos grupos sociales. Hay que investigar en cada caso
cómo los grupos y las personas recurren a un vasto arsenal simbólico para
lidiar con la diferencia, la igualdad y la desigualdad.

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68
Las experiencias sociales y la creencia
en la legitimidad

Kathya Araujo*

Este artículo pretende acercarse al problema de cómo se entiende que las


acciones de un individuo se orienten en concordancia con una norma o
un principio normativo. Un problema que está en la base de cuestiones
centrales para entender la vida social, cómo, por ejemplo, el impacto efec-
tivo del principio de igualdad o de la noción de derecho en las formas de
acción e interacción cotidianas y ordinarias de los individuos. Nos deten-
dremos especialmente a revisar de manera crítica y a partir de resultados
de investigaciones empíricas desarrolladas en los últimos años, una de las
respuestas más influyentes que se ha dado a este problema: los aportes de
Max Weber, que subrayan la importancia de la creencia en la legitimidad
para comprender este fenómeno. Contra una lectura habitual de Weber
que subraya el problema de la legitimidad a partir de la cuestión del poder,
la autoridad y el dominio, aquí pondremos especial atención a sus con-
secuencias para pensar la relación entre normas y principios normativos,
y conducta. Lo haremos con el objeto de desprender de ello indicaciones
para el desarrollo de la investigación sociológica en este campo.
Son dos cuestiones las que discutiremos aquí. Primero, la relevancia,
no observada por Weber, de las experiencias cotidianas ordinarias en la
constitución de la legitimidad. Contra lo planteado por Weber, y base a
resultados de investigación empírica, primero, argumentaremos que no es
solo el apego a una representación lo que produce la creencia, sino también
lo que sabemos acerca de su eficiencia práctica. Segundo, los límites que


*
Doctora en Estudios Americanos. Profesora, Instituto de Humanidades de la Uni-
versidad Academia de Humanismo Cristiano.

69
Kathya Araujo

tiene una concepción compacta y homogénea de la legitimidad como la


weberiana, para captar la disimilitud de la fuerza de la creencia en ella
sobre un asunto al interior de una misma sociedad. Una dimensión que
permite introducir en el corazón mismo de la creencia una explicación
para el conflicto y el cambio. Pero, antes de entrar en detalle en cada uno
de estos puntos, empezaremos por situar brevemente la cuestión de la
relación de los individuos con las normas en la teoría social, seguida de
la presentación de los aportes de Weber.

1. Individuos y normas en la teoría social


¿Por qué los individuos se orientan por una norma o un principio norma-
tivo? La teoría social ha dado algunas respuestas. El primer enfoque es
el de la coerción pura u objetiva1. Se trata, en este caso, de coerciones de
naturaleza material caracterizadas por un alto grado de exterioridad que
se imponen a la acción humana (Martuccelli, 2005:61). Los individuos
actúan porque son forzados a hacerlo ya sea por imposición directa (coac-
ción física inmediata) o por temor a las consecuencias de la no obediencia.
Obedezco porque soy físicamente obligado a hacerlo o porque de no
hacerlo recibiré un disparo en la sien, o saldré lentamente del mercado de
trabajo sin posibilidad de retorno. Por supuesto, estos dos últimos casos
no son asimilables. El grado de libertad en ambos casos es diferencial, en
función de los costos de la misma, aunque está siempre presente, como bien
ha señalado Simmel (1986:148). Lo que es central es que ya sea en razón
de constreñimientos de tipo físicos o sistémicos, la acción aparece como
forzada, es decir, con bajísimos grados de conciliación entre la voluntad
del individuo y la acción. El segundo enfoque es el del consentimiento. Se
sigue o se observa una norma porque se la acepta. Pago mis impuestos
porque estoy de acuerdo con el principio de solidaridad social o me visto
con ropas de marca exclusiva porque estoy convencida de que «es así
como es» para mí la forma de estar en el mundo. Estas dos respuestas no
necesariamente se excluyen, sino que explican modalidades posibles de
relación con la norma dependiendo del contexto. Pero, por cierto, es la
segunda la que ha concentrado de manera mayoritaria el interés de los
teóricos sociales y también el de los filósofos políticos.
Una razón evidente para el interés diferencial antes descrito es que
la obediencia forzada, sea explícita o implícitamente, aparece como un

Para una discusión de los diferentes tipos de coerciones, objetiva, simbólica, inte-
1

ractiva e interior, ver Martuccelli (2005), especialmente páginas 61-71.

70
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

fenómeno mucho más fácil de entender y explicar que la voluntaria.


Pero, todavía más, porque acercarse a esta última requiere responder a
una pregunta compleja y fundamental que ha movido buena parte de la
reflexión occidental en la modernidad, tan fuertemente influida por la idea
de autonomía: ¿por qué alguien concedería someterse voluntariamente
a un poder externo y obedecerle? Son diversos los acercamientos que se
han ensayado en torno a esta interrogante, pero es posible agruparlos en
dos grandes conjuntos.
Un primer conjunto de autores considera el consentimiento como
resultado él mismo de un tipo particular y sutil de coacción, se trata de
un consentimiento coaccionado. Desde estas perspectivas, consentimiento
y dominación (en el sentido de sujeción), son elaborados en asociación y
conjunto. Dicho de otro modo, para estos autores, se adhiere a una norma
o a un principio normativo con el convencimiento de hacerlo por voluntad
propia cuando ello es, en realidad, efecto de un sometimiento no consciente
resultado de mecanismos de reproducción social: «habitus» en el caso
de Bourdieu (1980); el par subjetivación-sujeción en Foucault (1972 y
1975); o la «alienación» en sus múltiples vertientes en el debate marxista
«clásico» (Lukács, 1969; Gramsci, 1984; Marcuse, 1993; Althusser, 1992)
y «tardío» (Jameson, 2010; Zizek, 1992 y 2010). En todos estos casos,
reconociendo sus claras divergencias, se trata de dar cuenta de mecanis-
mos que hacen que una obediencia ciega o una influencia infraconsciente
aparezcan como voluntarias. En estos autores, el interés analítico está
colocado en el ejercicio del poder como dominación. El individuo es per-
cibido, principalmente, en cuanto reproductor pasivo a partir de la noción
de agente, sujeto o conciencia, respectivamente.
La segunda manera de acercarse al problema del consentimiento, ha
involucrado el problema de los individuos y las razones o fundamentos
que tienen los mismos para su aceptación (cf., entre otros, Weber, 1978;
Parsons, 1937; Habermas, 1991 y 1981; Gadamer, 1989; Kojève, 2004).
El consentimiento aquí es pensado, cierto que de maneras distintas, con-
siderando un cierto grado de libertad individual, por lo que el problema
de la motivación es un asunto relevante para comprender la aceptación de
la norma. Esta perspectiva, por cierto, ha estado incorporada de manera
muy temprana en el debate especialmente en la filosofía política (Hobbes
y Locke, notablemente), pero las razones de su interés e importancia no
han dejado de estar vigentes. Por un lado, ella resulta importante, porque,
a diferencia de las posiciones fuertemente ancladas al problema de la
sujeción, recién aludidas, procura dar cuenta de modelos de gobierno no

71
Kathya Araujo

tiránicos, y, por tanto, es base para una reflexión sobre la democracia y


las formas de regulación y control social en sintonía con estos principios.
En coherencia con lo anterior, lo que la hace una perspectiva atractiva
es que busca explicar la subordinación a la norma sin hacer de ella un
equivalente al sometimiento. Esto es, que a partir del análisis de este tipo
de consentimiento resulta posible ya sea imaginar o explicar formas de
ejercicio de poder que no tengan como contraparte necesariamente la anu-
lación de la voluntad y la libertad de los individuos, problema agudizado
en la era moderna (Höffe, 2008; Blumemberg, 1966).
Uno de los desarrollos que mayor impacto han tenido en esta ver-
tiente del campo de debate han sido los de Max Weber2. Su trabajo es un
referente obligado en el estudio de las relaciones con las normas y de la
autoridad, y también punto de partida en muchos casos de críticas que
permiten avanzar en nuevas direcciones.

2. Weber y la creencia en la legitimidad


Weber define un orden como un sistema de máximas o reglas respecto
de las cuales se orienta el comportamiento. Pero el autor es sensible a
un hecho fundamental: entre la norma y la acción individual hay una
brecha, o, dicho de otro modo, que no hay una influencia directa de la
primera sobre la segunda. Resulta, pues, indispensable dar cuenta de cómo
ello acontece, no solo por razones teóricas puras sino porque esto tiene
consecuencias centrales para la comprensión política de las sociedades,
cuestión particularmente relevante para Weber. La respuesta que el au-
tor da es que la acción orientada por una norma puede fundarse en tres
aspectos. Primero, la costumbre, dada por el ejercicio de hecho, el que
tiene un arraigo duradero. Oriento mi conducta en función a una norma,
porque es parte de los usos establecidos de hecho. Segundo, mi acción se
orienta en función de una norma resultado de una evaluación racional
que tiene como referencia la mayor eficiencia a la hora de perseguir fines
propios. Lo hago, porque hacerlo responde a mis intereses. Tercero, mi
conducta se ajusta a las orientaciones de una norma porque funciona en
mí la representación (Vorstellung) de la existencia de un orden legítimo de
la que esta hace parte. Es decir, es la legitimidad del orden completo lo que

En lo que sigue usaremos como referencia central el establecimiento de texto y


2

traducción al inglés de Wirtschaft und Gesellschaft realizada por Henderson y Par-


sons (Weber, 1978). No obstante, en algunos casos en que encontramos diferencias
relevantes de esta traducción con el original, referimos y hacemos una traducción
libre de Soziologische Grundbegriffe (Weber, 1984).

72
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

hace que la norma funcione orientando el comportamiento. Para Weber,


resulta indispensable subrayarlo, es este último caso el más importante.
Lo es porque es el que otorga mayor estabilidad y regularidad a la acción
y, por tanto, al orden social o político. Como lo propone, la estabilidad
está mucho más asegurada cuando un orden «enjoys the prestige of being
considered binding, or as it may be expressed, of “legitimacy”» (Weber,
1978:125)3.
Debido a que un orden tiene legitimidad, no resulta necesario obligar
activamente la conducta de los individuos, pues ellos de mutuo acuerdo
propio y consentidamente actuarán en función de las regulaciones (normas
o principios normativos), y lo harán de manera estable. Sin embargo, la
legitimidad no es un puro efecto objetivo. No es inherente a sí misma,
sino que depende de que aquel a quien va dirigida crea en ella. Un orden
establece pretensiones de legitimidad, como subraya Weber, pero ello no
es suficiente. Resulta necesario que exista del otro lado la creencia en esa
legitimidad. Es decir, la legitimidad es un efecto interrelacional. Bien visto,
la respuesta que da Weber otorga, en última instancia, un peso decisivo
a la creencia en la legitimidad.
Vale la pena subrayar que de lo planteado se desprende, que, por
transferencia, un orden legítimo, gracias a la creencia en su legitimidad,
permite que las normas orienten la conducta, y lo hagan basadas en la
propia motivación del individuo. La creencia en el orden se desplaza hacia
la norma, invistiéndola de legitimidad. Gracias a la convicción en ellas, y
a que se las toma como propias, las normas, pero también los principios
normativos, son experimentados como obligatorios para el comportamien-
to. Se actúa siguiendo un mandato o una norma porque se la considera
como si fuera propia (Weber, 1978), lo que aumenta su regularidad y, por
tanto, afirma el orden establecido.
La centralidad de la legitimidad es tal en Weber, que ella funciona
como nexo entre sus desarrollos sobre las normas y la autoridad. Si bien
normas y autoridad no son lo mismo, como el propio autor y otros se han
encargado de hacer notar (Arendt, 1996), existe un orden de interacción
subyacente entre ambas (Spencer, 1970:124). Así como la legitimidad es
fundamento de la relación con la norma, también lo es de la autoridad,
esta última entendida como una dimensión de las relaciones de mando-
obediencia entre individuos, relaciones ineludibles que aseguran la coordi-
nación. Si un orden, como el autor lo propone, es un sistema de máximas

Punto de encuentro con las propuestas de Durkheim (2002).


3

73
Kathya Araujo

o reglas respecto de las cuales se orienta el comportamiento, quiere decir


que todo orden es una forma de dominio. Un orden legítimo es siempre
en última instancia una forma de dominio, gobierno legítimo.
Así, según Weber, la legitimidad es un modo de hacer comprensible
que existan formas de ejercicio del poder, formas de dominio o gobierno,
que pueden prescindir de la violencia o del forzamiento coactivo directo.
No obstante, la función adjudicada a la legitimidad es todavía mayor.
Weber considera incluso que los tipos de dominio legítimo se especifican
a partir de los tipos de legitimidad a los que cada uno de ellos aspira. Es
decir, es el tipo de legitimidad el que en última instancia va a definir el
tipo de ejercicio de autoridad4, o dominio.
Pero ¿qué sostiene la creencia en la legitimidad? Son cuatro las fuentes
que el autor identifica: 1) la fuerza de la tradición: la validez (Geltung)
de lo que siempre existió; 2) la fuerza de la creencia afectiva (en especial
emocional): la validez de lo nuevo revelado o de lo ejemplar; 3) la creencia
racional con arreglo a valores: validez de algo que se tiene como valor
absoluto; 4) la fuerza de lo estatuido positivamente, en cuya legalidad se
cree (lo que pudo haber extraído su legitimidad mediante acuerdo de los in-
teresados o por imposición de un poder considerado legítimo) (1984:62)5.
La creencia en la legitimidad se apoya, y esto es esencial para Weber,
en dimensiones (tradición, valor absoluto, afectivo-emocional, legal) que
tienen una cierta permanencia y que poseen en sí mismas una cierta validez
(Geltung), en el triple sentido de ser válidas, vigentes y valiosas. Puesto
en otros términos, la creencia en la legitimidad se sostiene en elementos
que poseen, con un cierto grado de estabilidad, alguna carga de valor o
fuerza de atracción que los hace capaces de movilizar a los individuos en
determinadas direcciones, o, para retomar a Freud, que cumplen una fun-
ción de ideal para ellos (Freud, 1921). Esta es la razón por la que Weber
descarta como fuente de la creencia en la legitimidad, las orientaciones
racionales con arreglo a fines (zweckrational), o sea, aquellas sostenidas
en intereses particulares. Las desecha porque ellas se caracterizan por su
inestabilidad, su naturaleza acotada y la posibilidad siempre virtual de su

4
Para Weber, existen tres tipos de dominio legítimo, definidos por el tipo de legiti-
midad a la que aspiran: racional-legal; tradicional (creencia en el carácter sagrado
de las tradiciones); carismática (basada en la entrega a los rasgos considerados
excepcionales de una persona) (Weber, 1978).
5
Es precisamente esta última, la legitimidad basada en la creencia en la legalidad
(que implica la racionalidad formal de sus normas y el cumplimiento de un pro-
cedimiento considerado correcto), la que sería la que caracterizaría el momento
actual (Weber, 1984:62-63).

74
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

transformación según las coyunturas. Todas estas características hacen del


interés personal insuficiente para ser base de la creencia en la legitimidad,
o, aún de manera más general, para sostener una creencia.
De esta manera, en su argumento, son las creencias y representaciones
las que intervienen en función de garantía del orden social o político. Un
orden legítimo es posible de entender cuando se considera el lazo entre
legitimidad y motivación para la acción, y este vínculo está asociado con
la creencia. La subjetivación aparece, pues, como una dimensión analítica
central (Revault d’Allonnes, 2008:150-172). Por supuesto, como ya vimos,
el autor reconoce que la obediencia no reside solamente en la creencia.
Por un lado, porque la obediencia también y siempre obedece al temor a
las sanciones. Por otro, porque se puede obedecer por rutina, por razones
oportunistas o por desvalimiento, y no necesariamente porque se crea.
Sin embargo, ella es el elemento fundamental de estabilización del orden.
La propuesta de Weber redunda en formas específicas de enfrentar
la comprensión y el estudio de las relaciones de los individuos con las
normas. Para graficarlo pongamos como ejemplo el principio normativo
de igualdad. Siguiendo a Weber, podríamos decir que solo si hay creencia
en la legitimidad de la igualdad como principio regulador de ordena-
miento de las relaciones sociales, ella será capaz de orientar de manera
efectiva las conductas de los individuos (por ejemplo, que estén dispuestos
a renunciar a ciertos privilegios o que actúen en consonancia con este
principio al momento de decidir el reparto de bienes simbólicos o ma-
teriales). Aunque, por supuesto, es posible que se actúe en concordancia
pero por razones de interés, de rutina o cálculo. Pero, en estos casos, no
se puede esperar que el principio, y su influencia, tengan la estabilidad
con la que contarían en el caso de que estuviera ligado a la creencia en
su legitimidad por cuenta de su validez en cuanto valor absoluto, por
ejemplo. Pero más allá de ello, y dado que la legitimidad de la norma no
es sino una transferencia del orden establecido, la del principio dependerá
de la capacidad del orden más general para afirmar sus pretensiones en
la creencia de la legitimidad de aquellos que se someten a él.
Si se extraen rigurosamente las consecuencias de los planteamientos
de Weber, resulta evidente que la percepción de la legitimidad social
que pretende un principio normativo, permite darme cuenta de que la
igualdad como principio extendidamente defendido o presentado como
legítimo en mi sociedad, no es suficiente para orientar mis actos en fun-
ción de él. Para que esto último acontezca, es necesario un paso más:
creer, o lo que es lo mismo, realizar un trabajo de subjetivación por el

75
Kathya Araujo

cual la legitimidad sea producida como propia, es decir, como provi-


niendo de sí misma. Existe una diferencia sustancial entre un enfoque
que pone el acento en la percepción y el trabajo mismo de producción
de legitimaciones (exolegitimidad), y aquel que subraya la cuestión de
la creencia, en el sentido fuerte del término, en que un elemento es le-
gítimo (endolegitimidad), aunque ambas estén relacionadas, no puedan
entenderse, como Weber no deja de insistir, una sin la otra.
De este modo, la cuestión del estudio de la creencia en la legitimidad
no debe ser confundida con aquella relativa a en qué medida y de qué
modo una norma o un principio normativo están sujetos a un trabajo de
legitimación, esto es, el trabajo de las instituciones o personas para mostrar
que se es merecedor de legitimidad porque se cumple con las pretensiones
de legitimidad (Habermas, 1991). Este tipo de pregunta, si bien guía estu-
dios con niveles muy distintos de complejidad, desde aquellos que miden,
por lo general con instrumentos de medición cuantitativos, percepciones y
niveles de aceptación o rechazo, hasta aquellos que con metodologías más
cualitativas se concentran en formas específicas de legitimación y justifi-
cación (Boltanski y Chiappelo, 2002; Boltanski y Thevenot, 1991), y que
puede llegar a ser muy productiva, no integra lo esencial de la perspectiva
teórica recién expuesta. ¿Por qué? Porque nada garantiza que las personas
crean en esa legitimidad, por más que el trabajo de legitimación sea vigo-
rosamente realizado. La legitimación que produzco de una posición puede,
como ha señalado el propio Weber, ser más el resultado de mis intereses
que de mis convicciones. Más un trabajo de justificación personal que uno
de creencia. Es esta diferencia la que permite explicar que la legitimidad
otorgada socialmente a un principio o una norma no vaya acompañada
necesariamente con actitudes o conductas consistentes con ella.
La riqueza de esta mirada no puede ser en modo alguna minimizada.
Por un lado, por la importancia de su invitación a integrar la dimensión
subjetiva para la comprensión del problema de la acción de las normas
y los principios normativos. Por otro lado, porque resulta especialmente
relevante su indicación respecto a que la capacidad de influencia de una
norma o principio normativo sobre el comportamiento está íntimamente
ligada al grado de legitimidad del orden del que hace parte. Con ello se
subraya una cuestión esencial: que las relaciones de los individuos con las
normas no pueden ser estudiadas sin considerar los modos de representa-
ción del orden del que estas normas hacen parte. Es decir, sin ponerlas en
el contexto más general. Sin embargo, existen al menos dos dimensiones
de esta noción, tal como ha sido movilizada, que resulta necesario revi-

76
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

sar y ajustar para aumentar su potencia y afinarla. Primero, el carácter


puramente ideal y autocentrado de las fuentes de la creencia. Segundo,
la compacidad y falta de consideración respecto de las disimilitudes de
la creencia en la legitimidad al interior de una misma sociedad, y no solo
históricas.

3. Repensar la creencia en la legitimidad


3.1. Los componentes de la creencia en la legitimidad
La creencia, para Weber, tiene fuentes racionales (valor absoluto o legal) o
situadas en apegos no racionales (tradición o afectivos). En ambos casos,
como ha sido discutido críticamente, la referencia última radicaría en el
propio individuo, lo que afectaría la arquitectura del modelo.
Aunque las posiciones de quienes han hecho esta crítica son muy dis-
tintas entre sí, ellas apuntan a resolver una cuestión esencial obliterada en la
propuesta weberiana: la respuesta a la pregunta ¿cuál serían los referentes
de esta creencia? Una cuestión que roza el problema del carácter circular
de la argumentación weberiana. En efecto, hay una dimensión tautológica
en juego en un planteamiento que sostiene que un orden es legítimo porque
se cree en él, y, al mismo tiempo, que se cree en un orden porque este es
legítimo. El esfuerzo de estas críticas es tratar de producir un corte a este
movimiento circular al definir un elemento que se encuentre en exterioridad.
Si bien esta crítica es extremadamente productiva, pues permite ir más allá
del carácter circular de la tesis, como veremos, ellas, a pesar de sus filiacio-
nes muy distintas, han tendido a dejar intocado otro problema esencial en
el edificio weberiano: el carácter puramente representacional e idealista de
las fuentes de la creencia. Veámoslo con detalle.
Empecemos por la crítica racionalista-axiológica de Habermas. Este
autor ha reconocido la centralidad de la propuesta weberiana para entender
la legitimidad, y, en buena parte, su propio trabajo en esta temática no es
sino resultado de un diálogo permanente con aquella. Es en este contexto
que Habermas (1981) ha reclamado a Weber que sucumbiera a la neutra-
lidad axiológica y no incluyera una reflexión normativa, lo que lee como
resultado de su esfuerzo por crear un enfoque «wertfrei» en las ciencias
sociales. Una omisión teórica especialmente importante para la construcción
de una teoría crítica. Para el autor, lo que está obliterado en la propuesta
de Weber es la referencia inmanente a la verdad en cada creencia eficaz de
legitimidad. Es porque ha obviado esta referencia, que Weber reduciría la
creencia, a un fenómeno empírico que tendría básicamente, entonces, una

77
Kathya Araujo

pura significación psicológica, y perdería todo peso desde una perspectiva


sociológica (Habermas, 1991:120-121). Si no hay una pretensión racional
de validez que le dé su fundamento, la creencia explota o se difumina, como
se quiera, en puras razones particulares. Es la dimensión axiológica la que
le daría un anclaje.
En la orilla opuesta se sitúan críticas que han puesto en relieve el
hecho paradojal de que la creencia en la legitimidad resulte central en el
edificio teórico weberiano, y, sin embargo, esta no termine por ser reco-
gida en todas sus consecuencias por el propio Weber. Ricoeur (2001) ha
indicado que esto aconteció porque Weber la trató como un hecho puro y
simple derivado de la experiencia, sin detenerse de manera exhaustiva en
algo que el mismo argumento weberiano sugiere: el carácter irracional, de
exceso u opaco en donde se ubicaría el origen mismo de la creencia. Este
autor saca de esta constatación la siguiente conclusión : «La croyance en
la legitimité indique quelque chose de plus, et c’est ce plus qui doit nous
intriguer» (Ricoeur, 2001:165)6. Habría una brecha constitutiva entre las
pretensiones de la legitimidad y la creencia, entendida como una raciona-
lidad que se organiza desde los intereses consuetudinarios o emocionales.
«La creencia agrega algo más que permite que la pretensión (de legitimidad
K/A) sea aceptada o dada por descontada por quienes están sometidos
al orden correspondiente» (1999:228). Este sería precisamente el lugar
vacío que habría dejado Weber, en el que resultaría necesario colocar,
según Ricoeur, a la ideología.
Así, mientras que una subraya los límites de Weber en la apelación
a la racionalidad en su concepción sobre la creencia en la legitimidad en
las sociedades modernas (su relación con la verdad); la otra, exactamente
de manera opuesta, remarca el papel constitutivo de una dimensión os-
cura e irracional para toda creencia en la legitimidad (la ideología). Pero
ambas, se aúnan en cuanto buscan elaborar una referencia más allá del
individuo que dé cuenta de los resortes últimos de esta creencia. Ambas
buscan avanzar más allá de una formulación que termina por encontrar
su fundamento en cuestiones puramente psicológicas o simplemente fe-
nomenológicas del problema.
Si estas posiciones aportan un punto crítico extremadamente valioso
para la comprensión teórica del problema de la legitimidad y su ope-
racionalización empírica (la cuestión de las referencias externas), ellas,

Para aportes que destacan el carácter irracional y opaco del origen de la creencia,
6

pero con respuestas distintas al teorizar esta dimensión, cf. Zizek, 1999; Derrida,
1997.

78
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

sin embargo, también comparten un límite. Ambas consideran, y esto a


pesar de las intenciones declaradas de Ricoeur (1999), que estos puntos
de referencia son puramente representacionales (verdad o ideología). La
creencia en la legitimidad estaría, en continuidad con la idea weberiana,
nutrida por dimensiones de tipo ideal, jugándose básicamente a nivel de
la acción de los imaginarios o representaciones.
Estos planteamientos reiteran lo que es un aspecto criticado ya para
el caso de Weber: el hecho que oblitera lo que la creencia en una norma,
y, por ende, en un orden, le deben al funcionamiento social mismo: que
no tome en cuenta las condiciones estructurales en las que se produce la
avenencia o no con un sistema normativo (Blau, 1963). La tesis de Weber,
como muchos de aquellos que tienen una perspectiva de tipo idealista al
acercarse al estudio de las relaciones con la norma, deja fuera de manera
problemática, las constricciones y lógicas estructurales que caracterizan
una sociedad y en las que se entraman las relaciones con las normas de
los individuos que conforman aquella sociedad. Una cuestión que in-
tentaremos desarrollar y argumentar en lo que viene tomando apoyo en
resultados de investigación empírica7.
Sin embargo, antes de entrar de lleno a esta argumentación, y por
razones de claridad, nos detendremos brevemente a presentar el estudio
sobre el que nos basamos de manera más directa aquí.

a) Un estudio empírico
Nuestra investigación8 se interesó en la actuación de la noción de derecho
en cuanto principio normativo. Partimos de la evidencia de que, en la
actualidad, el derecho aparece como uno de los más extendidos princi-
pios regulatorios de la vida social, al punto que se ha constituido en un
verdadero ideal normativo (Habermas, 1998). Sus efectos discursivos y
procedimentales se revelan en la creciente juridificación de la vida social
(Habermas, 1981; Blichner y Anders, 2005; Teubner, 1987), la judiciali-
7
Aunque por razones de espacio y foco argumentativo no lo desarrollemos aquí,
vale la pena subrayar que una crítica inversa se puede realizar a posiciones pura-
mente pragmáticas, en las cuales la dimensión moral que plantea la relación con
las normas queda invisibilizada tras una concepción puramente estratégica del
actor.
8
Un estudio sobre la actuación del derecho como principio normativo en interac-
ciones cotidianas, realizada con el apoyo de OXFAM-GB. Estas reflexiones se
apoyan, también, en los resultados de la investigación «La autoridad y la demo-
cratización del lazo social en Chile», FONDECYT N° 1110733 (CONICYT),
aunque no haga por razones de espacio uso explícito de ellos aquí. Agradezco a
ambas instituciones por el apoyo otorgado.

79
Kathya Araujo

zación de los conflictos políticos y sociales, así como la conversión de la


ciudadanía en una noción política clave (Méndez, O’Donnell y Pinheiro,
2002). De hecho, y como ya ha sido señalado, un rasgo central del mundo
occidental es que la formulación del principio de respeto se ha realizado de
manera relevante en términos de derecho (Taylor, 1992). América Latina
no ha resultado ajena a este proceso. La importancia del derecho como
ideal normativo para la regulación de las relaciones sociales, apareció
con fuerza inusitada en las décadas recientes; para muchos de los países
sudamericanos, en un momento que coincide con la salida de las dictadu-
ras. En el caso de Chile, en donde este trabajo empírico fue realizado, la
expansión del ideal normativo coincide con el retorno a la democracia en
los años noventa, luego de diecisiete años de dictadura. Es un proceso en el
que participan de manera explícita o implícita diversos actores: el Estado,
los movimientos sociales, los organismos internacionales, etc. (Araujo,
2009b; Drake y Jaksic, 2002; Toloza y Lahera, 1998; Garretón, 2000;
De la Maza, 2002), con grados distintos de compromiso y consistencia.
Es esta una expansión que debe ser entendida en el contexto de una retó-
rica política que conjugó las tareas de modernización y democratización
(Garretón, 2000).
El estudio se acercó a la comprensión de estos procesos de penetra-
ción del derecho como ideal normativo, pero alejándose de la perspectiva
que ha primado en los estudios en este campo, la que enfatiza temáticas
como la transformación de los cuerpos legales, los procesos de cambio
en las instituciones del Estado, las formas de ejercicio de la justicia, la
efectividad de la ley o los términos de la ciudadanía, esto es, las dimen-
siones normativas e institucionales del fenómeno (Smulovitz y Urribarri,
2007; Mendez, O’Donnell y Pinheiro, 2002, entre otros). Se centró, así,
en el impacto del principio normativo de derecho en las interacciones
ordinarias y, por tanto, en las formas de establecimiento del lazo social,
cuestión extremadamente importante si, como lo sostiene Weber, un or-
den normativo es mantenido o erosionado por individuos en interacción
con otros individuos o instituciones. O, para decirlo de otra forma, que
la efectividad regulatoria del principio normativo de derecho depende de
su capacidad vinculante para los individuos.
En concordancia con estas últimas indicaciones, la investigación desa-
rrollada se propuso estudiar la relación de los individuos con las normas
tomando como objeto de análisis la noción de derecho, no como derecho
positivo, sino como principio normativo presente en nuestras sociedades. El
objetivo era identificar las modalidades en las cuales el derecho aparecía o

80
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

no actuando en los individuos e influyendo en la orientación de las formas


de presentación, legitimación y prácticas de los mismos, en situaciones coti-
dianas y ordinarias, al mismo tiempo que situar los elementos que podrían
explicar las modalidades encontradas9. Para ponerlo en los términos que
hemos movilizando en la discusión teórica: se trataba de saber si y cómo,
en la sociedad chilena, la noción de derecho en cuanto principio normativo,
participaba en la orientación de las formas de presentación, legitimación y
acción de los individuos, y cuáles los factores que explicaban esta influencia
o la falta de ella10. Una pregunta que obliga a confrontarse con el problema
de la creencia en la legitimidad del principio regulatorio del derecho y, por
tanto, del orden de derecho.

b) Más allá del ideal: las experiencias


Los resultados de nuestro trabajo sugieren, que las orientaciones de la ac-
ción en función de una norma o un principio normativo son íntimamente
dependientes de lo que aportan de manera simultánea dos dimensiones:
los ideales inscritos en los individuos, que surten de la fuerza de apego;
y las experiencias sociales que se decantan en saber sobre lo social, las
que surten de los contenidos de la racionalidad práctica en juego para
los individuos.
Subrayemos que cuando hablamos de ideales, lo hacemos en cuanto
inscritos en los individuos. Esto apunta a una distinción sustancial: la
diferencia entre los ideales sociales y la acción del ideal inscrito. Los
ideales sociales son elementos fragmentarios, múltiples y con frecuencia
contradictorios entre sí, que aparecen ofertados a la identificación para
los sujetos en los discursos y representaciones sociales —lo que abre, pre-
cisamente, a la posibilidad de un trabajo de los individuos alrededor de
ellos—. Pero la actuación de los ideales sociales depende de la manera en
que consigan inscribirse en los individuos, y este no puede ser entendido
como un proceso directo y mecánico. No todo ideal social encuentra el
camino para conseguir cumplir una función de modelación del yo, lo que
explica la variabilidad de su influencia. Ellos deben encontrar la vía para
inscribirse en los individuos.

Para una presentación exhaustiva, ver Araujo (2009a).


9

Para llevar a cabo este estudio se realizaron 20 Grupos de Conversación Dramati-


10

zación (GCD), una técnica que combina las técnicas de Grupos de Conversación y
de Dramatización vinculadas al teatro y la performance, de entre 5 a 8 participan-
tes, compuestos por hombres y mujeres de sectores populares y medios, jóvenes y
adultos. Para una presentación detallada de los aspectos metodológicos, ver Araujo
(2014 y 2009a).

81
Kathya Araujo

En cuanto inscrito como Ideal del Yo, para servirnos de un término


acuñado por el psicoanálisis, es que el ideal social aporta con estabilidad
al perfilamiento del sujeto, orienta las significaciones e influye, aunque
no necesariamente, y esto no es para nada menor como veremos más
adelante, en los trayectos seguidos por este (Freud, 1921). La estabilidad
de su influencia viene de que los elementos que componen el Ideal del Yo
(ser útil, ser trendy, ser respetuoso de la ley, la observancia del principio
de la igualdad, etc.), y esto es central, no son meras representaciones, sino
que están dotadas de una fuerza compulsiva (que vincula estos contenidos
con el deber ser) y de una energía libidinal de apego (pues constituyen
el complejo de los rasgos a partir de los cuales se define lo que nos hace
dignos del amor del otro). Es decir, no son meras representaciones, son
representaciones que se encuentran cargadas libidinalmente (Zizek,
1992:147), lo que les da, para ponerlo en términos de la discusión del
concepto weberiano, su fuerza y su estabilidad. En breve, una norma o un
principio normativo adquieren su auténtica fuerza vinculante en la medida
en que no solo son representaciones percibidas o reconocidas sino cuando
se cargan de «fuerza enigmática», o, para ponerlo en nuestros términos,
en cuanto están colocadas en el lugar de ideal inscrito para los individuos.
Pero esto no es todo, y no lo es porque el ideal no es equivalente ni
componente único que sostiene la creencia de la legitimidad de un orden.
No es el único componente que explica la adhesión a él y la coherencia de
la acción con sus principios. A distancia de una discusión que ha tendido a
dejar este problema en términos idealistas, lo que encontramos en nuestro
trabajo es, además, que la inscripción de un elemento en cuanto ideal,
aunque pueda participar en las formas de presentación y legitimación de
los sujetos no garantiza necesariamente que los individuos se conduzcan
o inscriban sus actos en el marco señalado por él. Hay una brecha entre
el ideal y las conductas que no es resultado de un déficit, sino que es
constitutiva. Sin esta brecha, la agencia, y la necesaria distancia respecto
a determinaciones absolutas sobre la que se constituye, desaparecería.
Como es fácil reconocer, y veremos con detalle en los ejemplos de nuestro
trabajo empírico algo más adelante, los individuos no solamente no actúan
exclusivamente orientados por el ideal, muchas veces lo hacen incluso en
contradicción con él, lo que no obstante, no modifica el lugar otorgado
al ideal en las formas de comprensión de sí y el mundo. Un aspecto que,
digámoslo de paso, ha sido por lo general descuidado en muchos análisis
sociales. Dicho de otro modo, y a distancia de lo que pensaba Weber,
incluso en el momento en que una norma o un principio normativo

82
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

son colocados en el lugar del ideal, es decir, sostenidos por una fuerza
enigmática que nos apega a ellos, no hay ninguna certeza o garantía que
ellos consigan orientar nuestras acciones. El ideal puede participar en las
formas de presentación y legitimación y, sin embargo, no tener la misma
influencia para orientar las conductas o prácticas.
Lo que define la brecha entre el ideal y las prácticas puede, por cierto,
ser explicado, como lo ha hecho el psicoanálisis, a partir de la economía
psíquica individual. Sin embargo, una respuesta como esta sería puramente
psicológica, y por tanto, insuficiente para el análisis social (Habermas,
1991). Lo que nuestro trabajo nos ha mostrado es que si la dimensión
ideal está en juego para cada cual, la distancia entre el Ideal y las prácti-
cas no hay que entenderla como resultado de un déficit o una desviación
sino del papel que poseen las experiencias sociales: lo que ellas entregan
como insumo para la orientación y acción en el mundo social. Son las
experiencias sociales las que aportan a la comprensión de la distancia
entre el deber ser y el ser.
Los encuentros con otros y el mundo, y por ende con sus límites,
son constituidos en experiencia vía el trabajo de significación y represen-
tación individual desarrollado en torno a ellos. La decantación de estas
experiencias produce un saber sobre lo social que interviene orientando
las relaciones del individuo con el mundo. Un saber sobre las lógicas
que gobiernan las interacciones en la vida social. Me orientan porque
me muestran las formas eficientes de conducirme en el mundo. Es decir,
entregan insumos de racionalidad práctica para la acción.
Pero del mismo modo que en el caso del ideal, las experiencias y lo
que ellas me dan en cuanto saber, no son tampoco suficientes por sí mismas
para orientar mi conducta. Puedo, por ejemplo, saber que para conseguir
un puesto debería recurrir a influencias personales de cercanos, pero pue-
do al mismo tiempo abstenerme de hacerlo aun sabiendo el riesgo que
eso supone. La acción del ideal interviene de manera constante, aunque
con grados diferenciales de impacto. En cualquier caso, lo central es que
no está asegurada la coherencia entre mi acción con lo que me informa
el saber sobre lo social decantado de mis experiencias. El «saber-hacer»
está en interrelación permanente con el «deber ser» y «querer ser». La
relación con la norma, el tipo de normas que observo o me orientan o
las que desconozco, no es mero resultado de una relación abstracta con
estas o con una especie de espacio de representación normativo total (la
ley), sino que resulta, en cada caso, de la compleja actuación simultánea

83
Kathya Araujo

de los ideales y de las experiencias sociales. Una articulación que debe


concebirse como un ordinario y exigente trabajo moral.
Es así, en última instancia, una combinación de estos factores, ideales
y experiencias, la que determinará el grado de la creencia en la legitimi-
dad. Lo anterior implica que la creencia en la legitimidad propuesta por
Weber como fundamento de un orden legítimo, y, por tanto, componente
esencial de la relación que los individuos establecen con las normas, no
solo está fundada en la validez de lo afectivo, la tradición, valores o la
legalidad, sino que también en experiencias sociales ordinarias, a partir
de las cuales los individuos se topan con las constricciones estructurales
y las lógicas sociales que ordenan las relaciones en su sociedad. Es decir,
que la creencia en la legitimidad no debe entenderse como un puro efecto
de constelaciones de valores o representaciones ideales. Contra lo plan-
teado por Weber y, como vimos, también por Ricoeur y Habermas, lo que
nuestro trabajo de investigación nos ha mostrado es que no es solo un
apego a una representación, por las razones que sean, lo que produce la
creencia, sino también lo que sabemos acerca de su eficiencia práctica. Las
experiencias decantan en un saber sobre lo social que informan sobre la
efectividad de la norma en su pretensión de regulación, y, por tanto, de la
medida en que resulta conveniente (o no) para la orientación de la propia
acción. Por esta vía, las experiencias ordinarias y cotidianas intervienen
erosionando o afirmando el ideal y, por tanto, definiendo el perfil que
toma la creencia en la legitimidad.
Una parte de lo obtenido en el trabajo empírico sobre el caso del ideal
normativo de derecho, servirá para sustentar y ejemplificar el argumento
desarrollado.

c) La creencia en el principio regulatorio de derecho


En los sectores medios se aprecia la enorme difusión y extensión de la
noción de derechos. Esto se revela, en primer lugar, en la alta circulación
de información y sofisticación en la identificación de tipos de derechos. A
los derechos tradicionales como los políticos o laborales, se suman otros
como el derecho a la información, a la propiedad intelectual o derechos
específicos como los de las mujeres, los que son movilizados permanen-
temente para dar cuenta de su experiencia y de su lectura crítica de lo
social: «Creo que la información es algo súper importante, que hay que
estar informado, no sé, porque después vas a votar, va a contradecir ejer-
cer sus derechos, y yo creo que estar informado es un derecho y de hecho

84
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

la mayoría de los medios son dirigidos, son manipulados…» (Hombre,


GCD mixto jóvenes).
Pero, más allá de eso, nuestros resultados permiten sostener que este
principio regulatorio se encuentra inscrito en los individuos: es parte cons-
tituyente de lo que consideran los hace dignos de amor, y es un elemento
que, por tanto, puede exigir idealmente como componente del respeto de
otros. Es decir, está colocado en condición de ideal inscrito. La noción
aparece como una herramienta nuclear a partir de la cual los individuos
codifican y producen significaciones y juicios en los diferentes ámbitos
de la experiencia social. Esto explica el elevado grado en que él es mo-
vilizado en la lectura de lo social y en el modo más bien indiscriminado
en que esta argumentación basada en la noción de derecho es aplicada.
Los derechos son percibidos como potencialmente actuantes en todos los
ámbitos de su experiencia y relación, los que aún no están sometidos a
la regulación por los derechos positivos, como por ejemplo las normas
de cortesía, aparecen siendo concebidos como campos regulados por la
lógica del derecho. «Creo que los derechos se pasan a llevar día a día, uno
mismo al interrumpirte por ejemplo, me estoy equivocando y te estoy pa-
sando a llevar (tus derechos)» (GCD hombres jóvenes). En estos sectores,
la noción de derechos adquiere una función sobrecargada y un carácter
que podríamos denominar excesivo, pues termina por establecer una
modalidad hegemónica y monocorde, de apelar a los principios plurales
de justicia. No obstante, esta extensión e inscripción del ideal normativo
se acompaña paradójicamente con la lectura, por parte de estos sectores,
de la experiencia social como un campo de vulneración de los mismos y,
más específicamente, de una vulneración normalizada.
Lo que la experiencia social les muestra es que son principalmente,
aunque no únicamente, dos lógicas que ponen en cuestión el orden de
derecho y lo que es reconocido como su fundamento por estos sectores:
el principio de igualdad. Por un lado, la lógica del privilegio, expresada
en la experiencia de una sociedad poco meritocrática (Navia y Engel,
2006), en la que, por ejemplo, es indispensable como elemento de nivela-
ción y recurso el pituto (movilizar influencias) (Barozet, 2006), en el que
el nepotismo es una práctica recurrente y extendida en la clase política y
más allá de ella, en la que el apellido y las redes familiares son centrales
para definir las oportunidades (Núñez y Gutiérrez, 2004). Por el otro,
la lógica de la confrontación de poderes. El espacio social es percibido
como un campo de enfrentamiento de poderes, en el cual el abuso es una
constante debido a la desregulación de estas relaciones. El uso desregulado

85
Kathya Araujo

del poder y la confrontación como clave están en la base de las maneras


de definir no tan solo el acceso a bienes o prerrogativas, sino aún más el
propio lugar social. «(La sociedad) está llena de escalones, estai acá, pero
hay alguien en un escalón más arriba, y más allá está tu papá y tu tío que
está un escalón más arriba. La sociedad está estructurada en base a estas
cosas de poder» (GCD, jóvenes, sectores medios). Esto tiene como efecto la
desmedida importancia que tiene en ella la movilización constante aunque
cauta de signos de poder, los juegos de «tasación» y las estrategias sociales
de cálculo y evitación que gobiernan las relaciones. Toda posibilidad de
horizontalidad es desarmada, porque los signos de horizontalidad tienden
a ser leídos como signos de debilidad.
Tanto la lógica de los privilegios como la de confrontación de poderes
testimonian la remanencia de una sociedad fuertemente jerárquica (Bengoa,
2006; Larraín, 2001; Salazar y Pinto, 1999), pero lo más importante es
que revelan la extensión del uso de recursos que no corresponden al marco
de derecho, pero que se movilizan y actualizan en campos de relaciones
que se suponen reguladas por este. Al hacerlo, apoyan la deslegitimación
de una visión de la vida social como un orden regido por este principio
regulatorio.
La paradoja para estos sectores está, por tanto, en el reconocimiento que
para sostenerse como sujetos en lo social, resulta absolutamente necesario
participar en las lógicas sociales que ellos mismos denuncian como atenta-
torias contra lo que preservan a pesar de todo como ideal. La movilización
por los derechos debido a lo que las experiencias sociales les revelan es prin-
cipalmente retórica: central en la constitución de la imagen de sí, bastante
más debilitada en la comprensión de la sociedad y en la orientación de la
acción. La figura del pragmático es la configuración de sujeto más extendida
en este sector: sometimiento retórico al ideal, orientación de la acción por
el saber decantado de la experiencia social que contraviene al ideal, y, por
sobre cualquier cosa, un trabajo permanente de autojustificación. Lo que
encontramos es un ideal magnificado que alcanza para modelar formas de
presentación y legitimación, pero que sin embargo, no son siempre suficientes
para orientar las acciones por causa de lo que las experiencias sociales les
muestran acerca del funcionamiento efectivo de este principio en la vida
social ordinaria.
Lo hasta aquí referido apoya, entonces, nuestro argumento principal
en este texto. La creencia en la legitimidad, no puede ser entendida esen-
cialmente como resultado del apego a una representación (idea, norma,
principio normativo, entre otras). Está influida fuertemente por el ideal,

86
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

pero no es solamente ideal. La creencia en la legitimidad depende también


de lo que las experiencias sociales aportan. Es debido a lo anterior que se
explica que aunque el derecho se haya constituido en un verdadero ideal
para los sectores medios, ello no significa que con ello se ha resuelto la
creencia en su legitimidad. El ideal no alcanza para orientar las conduc-
tas. Esto es central, porque no hay que olvidar que esta, la orientación
de la conducta en consistencia con una norma o una orden, es la prueba
misma de la existencia de la creencia en la legitimidad para Weber. En
el caso de los sectores medios, el saber sobre las lógicas que gobiernan
las interacciones sociales concretas hace que sean otras las estrategias
a las que los individuos apelan. Aunque se lea la situación en términos de
derecho («está vulnerando mi derecho»), se actúa sobre la base de lógicas
efectivas distintas (se hace uso del tráfico de influencias o se produce una
posición de «sometimiento estratégico» a las arbitrariedades del otro, por
ejemplo). Las experiencias erosionan el ideal.
Ahora bien, es precisamente esta acción articulada de ideales y expe-
riencias lo que permite entender, además, un asunto central: la variabilidad
de la creencia en la legitimidad en el marco de un mismo orden normativo.

3.2. Los diferenciales en la creencia en la legitimidad


Es en buena medida debido a su enfoque de tipo primordialmente ideal
y, sin duda, a las aspiraciones de generalización que caracterizan su obra,
que se explica que Weber no se haya adentrado en un aspecto relevante
bien subrayado por Eisenstadt: el diferencial de adhesión a la norma por
parte de individuos aun compartiendo un mismo sistema normativo.
Como lo ha planteado este autor: «Any institutional system is never fully
“homogeneous” in the sense of being fully accepted or accepted to the
same degree by all those participating in it. These different orientations
to the central symbolic spheres may be all become foci of conflict and of
potential institutional change» (1968:iv). Este diferencial es esencial para
comprender la vida social no solo porque le restituye la heterogeneidad,
sino también porque permite explicar el conflicto y el cambio.
Proponemos, a partir de lo expuesto hasta ahora, que este diferencial
puede ser explicado tomando en consideración que cada posición social
no solo implica grados distintos de exposición al ideal, sino también, y
por sobre todo, experiencias sociales diferenciales a las que los indivi-
duos están expuestos. Nuestros resultados mostraron, por ejemplo, que
aunque la noción de derecho es una oferta extendida, su inscripción es
diferencial en el caso de los sectores populares y medios: si los segundos,

87
Kathya Araujo

como vimos, revelan lo que podría denominarse la desmesura retórica del


ideal (vinculada con una excesiva legitimidad retórica y una comparati-
vamente muy reducida legitimidad práctica), los primeros evidencian un
grado significativo de difuminación del ideal (asociada con una pérdida
de legitimidad bastante mayor que en el otro caso).
En los sectores populares, la legitimidad del derecho está bastante
debilitada debido a la acción de las experiencias sociales. Ellas son tan
masivas que debilitan incluso la posibilidad misma de que se afirme como
ideal, debido al socavamiento de la confianza en su capacidad para ser
instrumento eficiente y adecuado para la orientación de la acción. Esto
acontece particularmente a partir de la presencia de una experiencia ordi-
naria de «borramiento de sujeto», especialmente vívida en las interacciones
con instituciones e individuos que están localizados en el paisaje social en
posiciones más ventajosas. Su condición de «pobres», una forma frecuente
de autoidentificación, los ubica en una posición de extrema vulnerabilidad
y de exposición al abuso y a la discriminación:

Hay cuestiones que tienen que ver con la cuestión clasista que hay
con esta cosa de la visión de los pobres eso a nosotros mismos como
pobres nos hace menoscabarnos y sentirnos menos y tener la necesidad
de ser otra cosa, es como una negación de la identidad de ser pobre, o
sea, si soy pobre, soy marginal, soy delincuente, y la verdad es que yo
no lo soy: soy pobre. Sin embargo, toda esta carga social me niega mi
identidad (Hombre, GCD mixto adulto).

Como efecto de estas experiencias, que dan cuenta de la reducida


efectividad del derecho y capacidad para dotar de sentido sus experiencias,
en estos sectores se asiste a un limitado uso del mismo como clave inter-
pretativa. Si en los grupos medios el derecho es una clave generalizada de
lectura, en estos sectores no lo es. Su experiencia es leída principalmente
en términos de discriminación.
La acción regulatoria del derecho es percibida como remota a ellos.
Está hecho y sirve para otros, que se definen a partir de un claro criterio
de clase. Su actuación, en muchos casos, es considerada más bien como
un testimonio más de lo que define la diferencia entre ellos, los «pobres»,
y los otros.
Como consecuencia, la noción de derechos es movilizada instrumen-
talmente, pero no hay una adhesión voluntaria y convencida a ella. Es una
herramienta práctica, mas no un principio regulatorio concebido como

88
Las experiencias sociales y la creencia en la legitimidad

propio, porque ha sido horadada por la experiencia social. La noción de


derecho en los sectores de menos recursos aparece con una suerte de carác-
ter impuesto. Es vista como una herramienta entre otras, la que puede ser
movilizada de manera discrecional en sus estrategias (como justificación
de sus demandas, por ejemplo). Una profunda descreencia es neutralizada
por un pragmatismo enraizado en la necesidad de responder a los reque-
rimientos sociales. Por supuesto, esto no implica en absoluto que no haya
obediencia o que la acción no considere las exigencias normativas. La
falta de legitimidad no anula la obediencia o el acatamiento, solo cambia
los términos de la misma. Para decirlo en términos weberianos, debido a
la acción de las experiencias sociales, las pretensiones de legitimidad del
orden de derecho, no son acompañadas por la creencia en esa legitimidad,
aunque se pueda actuar en concordancia con este orden en razón de ru-
tina, interés o cálculo. Si el problema que interpela a los sectores medios
es vérselas con su recurrente traición al ideal, en los sectores populares
lo que resulta una exigencia es hacer consistente el hecho de que se debe
actuar observando un principio regulatorio en el que la creencia es baja.
En breve, las experiencias sociales diferenciales dan cuenta de los
destinos distintos de la relación con el ideal, y conducen a perfiles distintos
de la creencia en la legitimidad. En los sectores de menores recursos, por
intermediación de las experiencias sociales tales como de desigualdad en
trato, discriminación y abuso de poder, la creencia en el ideal normativo
de derecho como clave de sentido y orientación de las prácticas e interac-
ciones sociales está debilitada (aunque otros principios están presentes
activamente). La sociedad es vista como dos esferas que no se tocan, los
ricos y los pobres, arriba y abajo, y la ley está situada por sobre, de ma-
nera que la norma se encuentra en exterioridad. En los sectores medios,
la fortaleza de la legitimación moral del principio regulatorio y su papel
como fundamento de un orden de derecho, se topa con una orientación
pragmática que los lleva a ser sostenes activos de prácticas reñidas con
los principios que dicen asumir.

::::::::

La creencia en la legitimidad es básica para sostener un orden nor-


mativo legítimo, como lo propuso Weber, porque ella es fundamento de
la capacidad de una norma para orientar la acción de los individuos.
Pero, en contra de Weber y quienes han continuado en esta línea, como
lo muestra el caso estudiado, ella no solo debe entenderse como efecto

89
Kathya Araujo

de constelaciones de valores o representaciones que se han inscrito como


ideales. La creencia en la legitimidad depende, también, del efecto de
constricciones estructurales y de lógicas que gobiernan las interacciones
con las que los individuos se topan en sus experiencias sociales ordinarias.
Estas experiencias decantan en un saber sobre lo social que les informa
sobre la efectividad de la norma en su pretensión de regulación y, por
tanto, de la medida en que resulta apropiada o no para la orientación de
la propia acción.
Las experiencias sociales, en este sentido, pueden aportar a fortalecer
la creencia en la legitimidad o debilitarla; rigidizarla o transformarla. Pero,
además, dado que las experiencias sociales se reparten de manera disímil
en intensidad y modalidad según la encrucijada posicional ocupada por
los individuos, ellas contribuyen a explicar la falta de homogeneidad en
la aceptación de las normas y la heterogeneidad encontrada en términos
de creencia en la legitimidad no solo entre sociedades, sino al interior de
una misma sociedad.
Si la creencia en la legitimidad puede ser una noción útil para nuestros
estudios, ella lo es en la medida en que pueda pensarse en el contexto de
la articulación entre ideales y experiencias. Solo así resulta posible com-
plejizar la mirada al problema de la relación con la norma y dar cuenta
de la variabilidad de la creencia en la legitimidad, como lo vimos. Pero
también, porque solo incorporando las experiencias y con ellas los factores
estructurales, será factible analizar la cuestión de las normas y los princi-
pios normativos en el contexto de cada específico conjunto sociohistórico,
y evitar así, las generalizaciones abusivas de un enfoque normativista e
idealista, a partir del cual se tienden a leer las particularidades societales en
las relaciones con las normas bajo el prisma de la anomalía. Una cuestión
especialmente extendida y sensible para quienes situamos nuestro trabajo
en y desde América Latina.

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93
Desigualdades en América Latina: desde
la Ilustración hasta el siglo XXI*

Göran Therborn**

1. Desigualdad, modernidad y América Latina


1.1 El espectro de la modernidad
Justicia distributiva es un antiguo concepto desarrollado por Aristóteles
en su Ética nicomáquea. Pero la desigualdad, como una forma mayor de
injusticia, es un descubrimiento moderno. Si bien los movimientos «heré-
ticos» de levantamientos sociorreligiosos a principios de la modernidad
europea —como los Wiedertäufer alemanes en el siglo XVII y los Levellers
un siglo después durante la revolución inglesa— lucharon por esta igualdad
mundana, es recién durante la Ilustración del siglo XVIII que la desigualdad
se convierte en gran medida en una importante preocupación política. En
1753, la Academia de Dijon anunció que entregaría un premio al mejor
ensayo sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Uno de los
participantes, quien no obtuvo el premio, fue Jean-Jacques Rousseau. Su
Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los
hombres se convirtió casi de inmediato en un clásico de la filosofía política
de la Ilustración, fue traducido rápidamente al alemán e inglés y luego
al ruso, entre otros idiomas. El mensaje de Rousseau (1971[1753]:145)
era que la desigualdad iba en contra de la ley natural, que se opone a que

Texto publicado originalmente el 2011 en inglés : «Inequalities and Latin Amer-


*

ica: From the Enlightenment to the 21st Century» Working Papers Series Nº1,
international research network on interdependent inequalities in latin
america, Freie Universität Berlin. Se agradece al autor los derechos de traducción
y reproducción en este volumen.
**
Profesor emérito de Sociología, Universidad de Cambridge.

95
Göran Therborn

un «puñado de personas estén rebalsados de abundancia [regorge des


superfluidités], mientras que la multitud famélica carece de lo necesario».
Esta era una concepción política y social nueva. La justicia distributiva
aristotélica no estaba interesada en la desigualdad, sino en la distribución
«de acuerdo al valor» (Raphael, 2001:46-47).
Solo una minoría radical seguiría a Rousseau hacia su conclusión
socioeconómica, pero su denuncia de una «desigualdad moral o política»
hecha por el hombre, con privilegios apuntalados por respaldo legal, se
hizo común en la Ilustración. Y es así como tal igualdad fue consagrada
en los dos documentos políticos principales de la época: la Declaración de
Independencia de los Estados Unidos de l976: «Sostenemos como evidentes
por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales
(…)»; la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa
de 1793: «Todos los hombres son iguales por naturaleza y ante la ley».
América Latina formó parte de la Ilustración europea, aunque de
modo periférico, y también se vio afectada por sus corrientes igualitarias.
Estas provenían de arriba, a través del «despotismo ilustrado» de los Bor-
bones de España y Pombal en Portugal, y del centro, a través de los circuitos
intelectuales transatlánticos, tanto teológicos como seculares. Como ha
destacado la historiografía reciente, esta Ilustración del período colonial
tardío tuvo un impacto importante en las políticas de la independencia
latinoamericana, al proveer concepciones e instituciones de amplia parti-
cipación masculina en la política, a través de los cabildos de las ciudades
centrales, que iniciaron el proceso (Demélas, 2003; Sabato, l999).
Tras la ocupación napoleónica de la mayor parte de Iberia y la de-
rrota de sus dos coronas coloniales, América Latina fue empujada hacia
un camino desconocido que de un modo muy sinuoso la llevaría hacia la
independencia. Aquí nos conciernen solamente los efectos constitucionales
de la (des)igualdad política. Resulta entonces sorprendente que existiera
un amplio sufragio político. En la Constitución de Cádiz de 1812 del
reino trasatlántico español no se especificaba clases sociales ni barreras
de ingresos para poder votar. Los sirvientes domésticos y peones estaban
excluidos así como los «dependientes» (como mujeres y niños), al igual
que los esclavos, no así los artesanos. En principio, todos los indígenas
eran incluidos, lo que contrastaba fuertemente con su exclusión en Estados
Unidos. Había solo una barrera étnica, que excluía a las castas —las per-
sonas que se suponía eran de ascendencia africana— incluso si se trataba
de hombres libres. Cabe señalar que los delegados latinoamericanos los

96
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

querían incluir —cosa meritoria—, pero el racismo español los mantuvo


afuera.
Las constituciones de la Latinoamérica independiente propagaban
igualdad política, en general incluyendo a las castas y a los esclavos li-
berados. Así fue también el caso del nuevo Brasil «imperial», que hacia
el final del Imperio tenía un universo electoral (electores primarios) de
alrededor de un millón de votantes. Ahora bien, los electores no tenían
mucha importancia en la América Latina del siglo XIX. Esto, por dos
motivos; en primer lugar, toda la votación nacional era indirecta, y los
electores de la segunda vuelta tendían a ser, mayoritariamente, de la clase
alta. Segundo, las armas eran a menudo más importantes que los votos,
en un escenario inestable de guerras civiles de pequeña escala y golpes de
Estado. Sin embargo, en ese período la limitada desigualdad política se
podía afirmar también a través de las armas. Las milicias armadas eran
un legado del colonialismo, y en Brasil incluso incluyeron milicias de ne-
gros liberados (Graham 1999:354f). En la América Latina independiente,
las guardias nacionales plebeyas y multiétnicas eran instituciones muy
importantes, que además de inestabilidad producían movilidad política.
Sin embargo, las raíces y dimensiones más profundas de la desigualdad
no eran tratadas en la América Latina liberal/conservadora; la distribución
de ingresos de la minería y de la tierra, la jerarquización de razas —que era
muy diferente de la dicotomía entre blancos y negros en Estados Unidos—
la separación urbana-rural. En la segunda mitad del siglo XIX, el racismo
se intensificó y se hizo más agresivo —tanto en Europa como en Estados
Unidos— y la solución al problema social era a menudo vista como un
tipo de genocidio discreto, que consistía en sumergir a los que no eran
blancos dentro de oleadas de inmigración europea «blanqueadora». Así,
la América Ibérica había construido imperios de desigualdad.
El erudito y explorador de la Ilustración alemana Alexander von Hum-
boldt visitó Nueva España, ahora México, de l804 a 1805, y se espantó con
su cruda desigualdad económica (v. Humboldt, 1822). Brasil fue el último
país grande en abolir la esclavitud, en l888. Es cierto que anteriormente
tenía una clase sustancial conformada por negros liberados, sin embargo,
no existía ningún movimiento significativo de emancipación colectiva.

97
Göran Therborn

2. La trayectoria moderna: interpretaciones


contradictorias
En la modernidad, la desigualdad se convirtió en un tema controvertido y
cargado de valor. Anteriormente, era tan evidente que no merecía mayor
análisis. En vez de marcar un solo camino de la verdad, debiéramos esperar
que las ciencias sociales reflejen esta controversia, con bases empíricas en el
trabajo de sus mejores representantes. Podemos distinguir que las ciencias
sociales hacen tres lecturas principales muy diferentes de la desigualdad
económica, dos provienen del siglo XIX y una básicamente del siglo XX.
Las tres han sido superadas ahora, pero alguna vez fueron clásicas en su
campo, aunque nunca confluyeron.

2.1 Leyendo el siglo XIX


Primero estuvo Alexis de Tocqueville, quien hizo dos contribuciones ahora
clásicas a las ciencias sociales, El Antiguo Régimen y la Revolución (l856),
y La democracia en América (l835-40). Aunque ha sido a menudo supe-
rado en cánones sociológicos, es una figura importante para los cánones
de la ciencia política. Un aristócrata francés liberal, De Tocqueville estaba
interesado principalmente en lo que un lector de épocas posteriores podría
llamar la transición del feudalismo-absolutismo al capitalismo. Desde su
punto de vista principalmente legal-político, la modernidad era una edad
de igualdad:

Veo que los bienes y los males se reparten con igualdad en el mundo; las
grandes riquezas desaparecen; el número de las pequeñas fortunas crece
y los goces y los deseos se multiplican: no hay prosperidades extraordi-
narias ni miserias irremediables. De la démocratie en Amérique (1840)
(1961, II:452).

Escribiendo unas pocas décadas después, Karl Marx llegó a una


conclusión absolutamente opuesta. Esta era la época de las economías
capitalistas, y el capitalismo implicaba tendencias inherentes de una des-
igualdad cada vez mayor.

A la par con la disminución constante del número de magnates del


capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso
de transformación, aumenta la masa de la miseria, de la opresión, de la

98
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

esclavitud, de la degradación y de la explotación(…). Das Kapital (1867)


(l921, I:728).

Da que pensar sobre los diagnósticos sociales, que dos eruditos tan
eminentes pudieran ver el mundo de modo tan diferente. Ellos miraban
el mundo desde dos perspectivas temporales muy disímiles, y tenían dife-
rentes objetos y objetivos en mente. De Tocqueville estaba centrado en los
resultados de las dos grandes revoluciones del siglo XVIII, la de Francia y
de Estados Unidos. Estaba interesado principalmente en la política y en la
ley. Políticamente era liberal, y estaba cómodo en la liberal monarquía de
Julio. Marx estaba concentrado en analizar el nuevo sistema económico
que emergía de la Revolución Industrial, tras el desmantelamiento del
orden aristocrático. Su estudio estaba centrado en las condiciones socioe-
conómicas de una nueva clase, el proletariado industrial. Como socialista
intelectual, su objetivo político era inducir la nueva clase obrera hacia la
acción. Probablemente también sea relevante que los dos analistas estaban
observando países distintos, De Tocqueville a Francia y Estados Unidos,
Marx a Inglaterra.
Entonces, De Tocqueville y Marx estaban hablando en gran medida sin
escucharse el uno al otro, y posteriormente la historiografía de las ciencias
sociales no intentó casi nunca relacionarlos y compararlos. Sin embargo,
desde sus puntos de partida radicalmente diferentes, los diagnósticos de
De Tocqueville y Marx sí se toparon, como muestran las citas anteriores.
Por tanto, ¿quién tenía la razón y quién se equivocaba?
Podemos decir que ambos la tenían, con el conocimiento a posteriori
de las investigaciones de nuestros días. De Tocqueville tenía la razón en
que la Revolución Francesa había puesto fin a las desigualdades legales
y políticas de linaje y patrimonio del ancient régime, y que en la primera
mitad del siglo XIX, el poder emergente de Estados Unidos era casi en
todos los aspectos —exceptuando la esclavitud en el sur y el genocidio
de los indios en Occidente— mucho más igualitario que el del Viejo
Mundo de Europa. Además, la Revolución francesa había disminuido
la desigualdad económica; este resultado no fue deshecho por completo
por la restauración ni la monarquía de Julio (Morrisson, 2000: table 7b).
Gran Bretaña del siglo XIX era uno de los países con mayor desigual-
dad del Atlántico Norte, claramente más que Prusia, pero estaba a la par
con la Francia de la posrevolución (Lindert, 2000: tabla 1 y Morrisson
2000: tablas 6c y 7b). Era el hogar de los «trituradores oscuros y satánicos»
(William Blake) de los inicios de la industrialización. Hubo un significativo

99
Göran Therborn

aumento de largo plazo de la cuota de ingresos reales del cinco por ciento
de los más ricos en Inglaterra y Gales, en el período de mediados del siglo
XVIII hasta la víspera de la Primera Guerra Mundial, y un marcado au-
mento de la riqueza del uno por ciento superior desde principios del siglo
XVIII hasta alrededor de 1875, después de esta fecha se mantuvo en un
nivel alto hasta mediados de la década de l920. En la primera mitad del
siglo XIX, también hubo una dispersión más amplia en los ingresos por
mano de obra (Lindert, 2000:179). En general, la industrialización capita-
lista produjo más desigualdad en Europa, como fue el caso de Francia en
las décadas de l830 a l860 y el de Alemania después de 1870 (Morrisson,
2000:234 y 236). En Suecia y los Países Bajos la desigualdad económica
empezó a surgir, como en Inglaterra, ya en el siglo XVIII, y en los Países
Bajos en el siglo XVII (Morrisson 2000:229 y 238). En Estados Unidos,
la desigualdad aumentó fuertemente en el curso del siglo XIX, aunque
aún no se han datado con exactitud los puntos de inflexión de la curva
de distribución. También creció la desigualdad en salud y expectativa de
vida entre 1790 y l870 (Lindert, 2000:192).
En síntesis, Marx tenía la razón, y aún más que De Tocqueville, con
respecto a las condiciones socioeconómicas.

2.2 El fin del corto siglo XX


Mi intención aquí no es esbozar una historia de desigualdad, sino más
bien destacar la existencia de diferentes puntos de vista e insinuar cómo
se pueden enfrentar. Pero no sería esclarecedor concluir que Marx merece
ser colocado en un pedestal por su exactitud. A estas alturas, sabemos
también que la tendencia marxista de polarización no continuó en el siglo
XX. Siguió a nivel internacional —globalmente hasta la década de 1950,
y entre los países más ricos y más pobres aún está vigente— pero a nivel
nacional, en todos los centros de capitalismo se revirtió con una iguala-
ción. Esta inversión comenzó en Europa con la Primera Guerra Mundial
y en Estados Unidos con la Gran Depresión de la década de 1930, y reinó
hasta la crisis del petróleo de la década de 1970, aunque sus trayectorias
concretas variaron de una nación a otra. Las causas más plausibles de este
cambio parecen ser las conmociones sistémicas de las dos guerras mun-
diales y la Depresión, que destruyeron gran parte de la riqueza acumulada
y privilegios, y un surgimiento sistémico de la fuerza de la clase obrera
a través del desarrollo del capitalismo industrial —cosa que fue prevista
por Marx, pero que no alcanzó los niveles de su predicción socialista—
ayudada por el desafío de las revoluciones comunistas de la periferia.

100
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

En la década de l950, durante el apogeo del desarrollismo y las teorías


sociológicas del desarrollo, un gran economista e historiador económico
estadounidense, Simon Kuznets (1955), presentó una hipótesis sobre el
desarrollo histórico de la desigualdad. Fue un gran éxito que pasó a ser
conocida como la «curva de Kuznets», y puede ser considerada como la
tercera gran lectura de la trayectoria moderna de la desigualdad. Teniendo
en cuenta ciertas variaciones temporales en las distintas naciones, Kuznets
creía que en los tiempos modernos, la desigualdad tomaba la forma de
una curva en U invertida. El crecimiento económico y la industrializa-
ción significaron que aumentó la porción de personas en sectores de alta
productividad, con altos ingresos, lo que llevó a una mayor desigualdad
general. Más adelante, a medida que avanzaba el crecimiento económico,
el resto de la población los alcanzaría, y bajaría la desigualdad.
Sigue siendo controvertido hasta qué punto esta «conjetura» (Kuznets)
efectivamente reflejó alguna vez los procesos distributivos del corto siglo
XX, tanto entre economistas como historiadores. Lo que no se puede negar,
es que desde alrededor de l980 la tendencia arrolladora, si no universal,
de los centros del capitalismo, es de una creciente desigualdad de ingresos.
La curva se inclina nuevamente hacia arriba (Cornia, 2004). El giro ha
sido más pronunciado en Estados Unidos y en general en los centros de
habla inglesa, impulsado por el alza de los ingresos de los más ricos, el
10 por ciento, 5 porciento, 1 porciento, 0,1% de la población (Atkinson
y Piketty, 2007:539ff).

101
Göran Therborn

Figura 1. Curvas estilizadas de desigualdad del ingreso en países


desarrollados, mediados del siglo XIX-siglo XX

La curva estilizada de Kuznets de modernización, desigualdad primero


aumentando y después declinando. La curva estilizada real de desigualdad
en los países ricos de fines del siglo XIX-XX, mejor ilustrado en Gran
Bretaña y Estados Unidos
Fuentes: Kuznets (1955), Cornia (2004), Atkinson y Piketty (2007).

En otras palabras, el legado del siglo XX es un retorno a la desigualdad.

3. América Latina en la historia de la desigualdad


Aunque fue tocada por el igualitarismo legal-político de la Ilustración
—como vimos anteriormente—, en el período colonial tardío América
Latina era extremadamente desigual en términos económicos. Al erudito
alemán de la Ilustración Alexander von Humboldt le espantó esta desigual-
dad, más aún de lo que su compañero aristócrata francés De Tocqueville
se impresionó con la igualdad estadounidense algunas décadas después.
Las cifras de los ingresos de la jerarquía eclesiástica en Nueva España eran
realmente notables. El índice del ingreso del arzobispo de México —que
durante algunos años era solo una novena parte de la renta por minería
del conde de Valenciana, y normalmente entre un tercio y un quinto de
este— y de un clérigo común de Guanajuato era de más de 1000:1 (Von
Humboldt, 1966[1822]:83 y 85). Podemos comparar esa jerarquía con

102
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

la británica de 1688, donde el rango de ingresos eclesiásticos era de 26:1


(ciertamente, esto se compensa al referirse por una parte al ingreso prome-
dio de 26 lords espirituales y por otra parte a «clérigos de rango inferior»).
Doscientos lords temporal británicos tenían un ingreso promedio de 400
veces el ingreso de un obrero o sirviente de exteriores (Maddison, 2007:
table 5.9b) Es verdad que, como observó Von Humboldt, México y Nueva
España eran extraordinariamente desiguales dentro de América Hispana.
Los ricos en Lima, La Habana o Caracas eran mucho menos ricos, pero
él no ofreció una comparación sistemática.
No se sabe mucho —al menos no lo sabe este escritor— del desarrollo
de la desigualdad en Latinoamérica en el siglo XIX y principios del siglo
XX. Un estudio extraordinario, que usa datos de altura masculina de los
registros de reclutamiento y pasaportes, muestra que la desigualdad vital
creció fuertemente durante el Porfiriato mexicano; las masas se hicieron
más bajas y la elite más alta (López-Alonso, 2007). En términos de la
distribución de riqueza, Brasil al menos no compartía la experiencia
europea-estadounidense de igualación del siglo XX. Para fines de esos años,
la cuota en manos del decil más rico, 75%, era similar y probablemente
un poco más alta que la cuota que poseían a fines de los siglos XVIII y
XIX (Pochmann et al., 2005:28). La apropiación de bienes en manos de
los ricos fue originalmente más pequeña en Brasil que en Inglaterra, donde
el 5 por ciento superior mantenía 82-87 por ciento del patrimonio neto
comercializable entre 1670 y 1925, pero solo el 38 por ciento en 1976-89
(Lindert, 2000: tabla 2).
Lo que está claro, es que América Latina siguió el giro que se produjo
en Europa y Estados Unidos después de 1980 hacia una mayor desigualdad.
La década de 1970 fue una de igualación, luego esta se revirtió alrededor
de 1980 y se aceleró hacia una mayor desigualdad en la década de l990
(Londoño y Székely, 1997:10ff).

3.1 Cambios de perspectivas


El fin del siglo pasado también conllevó otros giros intelectuales de pers-
pectivas sobre la desigualdad, además del desafío que planteaba el cambio
inesperado en la distribución de ingresos. Los estudios de movilidad social
intergeneracional y de (des)igualdad de oportunidad habían sido uno de
los núcleos de la sociología puramente empírica, destacando las caracte-
rísticas comunes internacionales y variaciones menores en las sociedades
industriales. Esta rama de la sociología estuvo siempre impulsada en
gran medida por un interés en el cambio estructural industrial y por una

103
Göran Therborn

preocupación por la distribución de sus oportunidades. Aunque aún se


llevan a cabo, estos estudios parecen haber perdido ímpetu en las nuevas
sociedad desindustrializadas. Entre estos estudios sigue siendo emblemá-
tico el monumental The Constant Flux (de l992) de John Goldthorpe y
Robert Eriksson.
Mapear topografías de la desigualdad social fue una preocupación
central de oleadas y agrupamientos distintivos de los sociólogos del siglo
XX, tanto amateur como profesionales. Podemos destacar cuatro grandes
enfoques —aun si esto nos significa faltar a la justicia de todos los grandes
esfuerzos que se han hecho al respecto—. Uno fue una corriente estadou-
nidense prevaleciente que estaba interesada en la «estratificación social»,
concebida como ranking social o distribución de prestigio social. Emergió
empíricamente en el período entre guerras, en estudios de pequeñas ciuda-
des locales, con W. Lloyd Warner como su norte, y recibió formulaciones
teoréticas claves de Talcott Parsons, Kingsley Davis y Wilbert Moore en
la nueva sociología funcionalista de la década de 1940. Después de la
Segunda Guerra Mundial, con la ayuda de nuevas técnicas de encuestas
de muestreo, mutó hacia imágenes nacionales de prestigio ocupacional,
con Alex Inkeles y otros1. Una segunda corriente, de una minoría crítica,
también con centro en Estados Unidos, estudios de elites de poder, fue
iniciada a nivel local en «Middletown» por los Lynds en la década de
1920 y 1930 (Lynd y Lynd, 1937), y fue llevada a escala nacional por C.
Wright Mills (l956), seguido por William Domhoff y otros. En tercer lugar,
después de la Segunda Guerra Mundial en Gran Bretaña las distinciones
de clase y las discusiones sobre estas constituyeron un deporte nacional
de intereses de amplio alcance, desde el lenguaje de la clase alta versus la
no-clase alta hasta la pobreza infantil, que atrajo a escritores free lance,
además de sociólogos e historiadores sociales (Cannadine (1997) entrega
un resumen breve y nítido, aunque no completo, hecho por un historiador
consumado). Finalmente, hubo una ola neomarxista de mapeo de clase
—con estructura ocupacional del capitalismo contemporáneo— integrada
por intelectuales militantes además de académicos dedicados, destinado
a encontrar y calibrar las fuerzas potenciales del cambio social radical.
Tuvo su culminación en la década de 1970. Se elaboraron mapas de clase
en casi todos los países desarrollados capitalistas, y Alemania Occidental
llevó a cabo el proyecto extraacadémico más elaborado, el Projekt Klas-
senanalyse. Académicamente e internacionalmente, la cartografía por lejos

Se puede recuperar un indicio de esa era en Lipset y Smelser, 1961:10-11 y


1

parte 3.

104
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

más influyente fue diseñada por Erik Olin Wright (l997) en la Universidad
de Wisconsin en Madison, Estados Unidos.
Actualmente, pero no necesariamente por siempre, todos estos esfuer-
zos han dejado de estar en el centro de atención. La estratificación suponía
un consenso de ranking, local o nacional, que resulta sospechoso en las
sociedades fragmentadas y segmentadas de hoy, aunque el término ahora
también es usado por una corriente académica especializada, interesada
en la movilidad social pero no en las clases (Treiman y Ganzeboom,
2000). Los estudios de elites de poder han perdido su esplendor, en un
mundo donde el poder de los que firman acuerdos y hacen la guerra son
expuestos públicamente, y también porque parecen no haber captado las
instituciones y los procesos institucionales que mantienen a aquellos que
son ajenos a la elite, como Barack Obama por ejemplo, en un curso insti-
tucional predeterminado. Entre los británicos aún sobrevive la fascinación
por la clase, pero también su ambigüedad, ilustrada en el plan de 2011 de
la BBC de emitir una nueva serie sobre el tema de clases de Upstairs and
Downstairs. La pertinencia del análisis convencional marxista de clase se
está desvaneciendo con el descenso central de la clase obrera industrial,
y es cuestionada por la existencia de diferentes parámetros sociopolíticos
en países (aún) periféricos como China, India, e incluso Brasil y México.
En síntesis, los análisis sociales igualitarios están volviendo a la pre-
ocupación por la desigualdad, propia de la Ilustración, después de que la
preocupación principal del siglo diecinueve y veinte fuera la de clase —pero
con una herencia intelectual mayor, tanto del pasado reciente como de la
historia de la modernidad.

4. Un campo de horizontes más amplios.


El nuevo legado
El saliente siglo XX hizo una contribución teorética extraordinariamente
rica a los estudios de desigualdad, que a nosotros corresponde cosechar,
a través del trabajo práctico, esto es, empírico.
Una fue el avance del feminismo, como fuerza social y también como
una corriente intelectual de alto calibre, de por ejemplo Juliet Mitchell
(1966) hasta Martha Nussbaum (2000). Las dimensiones de género y sexo
de la desigualdad —con gran deuda intelectual a Judith Butler (1990)— ya
no pueden ser ignoradas. Los debates feministas también levantaron la
pregunta de «diferencia» y su relación con la desigualdad.

105
Göran Therborn

Otra, fue la introducción de la filosofía moral y social, liderada por


John Rawls (1971) y profundizada y conectada a las ciencias sociales por
Amartya Sen (1992, 2009). Rawls exploró las consecuencias sociales de
largo alcance de la justicia como imparcialidad, un tropo clásico liberal
anglosajón. Sen levantó y disecó la audaz pregunta «¿desigualdad de
qué?» y argumentó a favor de «capacidad», «el poder de hacer algo»
como la mejor respuesta a las preocupaciones de igualdad y justicia. La
pobreza entonces significa la privación de capacidad, que puede operar
de muchos modos, no solo por escasez de ingresos. A fines del siglo XX,
la (des)igualdad se convirtió en un tema central de la filosofía. Ha enri-
quecido enormemente nuestro entendimiento de los temas. Hasta ahora
la mayor interconexión se ha dado entre la filosofía y la economía, pero
los sociólogos tienen mucho que aprender del discurso filosófico —los
sociólogos lo han hecho en el pasado, por cierto.
En el frente empírico, el desarrollo más reciente ha sido el de la epide-
miología social o medicina social. Hemos aprendido de eruditos eminentes
de epidemiología, como Richard Wilkinson (2005); Wilkinson y Pickett
(2009); Marmot (2004), que, en cierta medida, incluso la desigualdad mata.
Las hormonas de estrés generadas por organizaciones y disposiciones de
inferioridad social incrementan la susceptibilidad a varias enfermedades, y
aumentan la probabilidad de muerte prematura. Aquí hay una interrelación
extraordinariamente importante de medicina y sociología, y frontera de
investigación social, que es un área aún poco explorada.
La teoría del sistema-mundo (Wallerstein, 1974) produjo un cambio
mayor de perspectiva macro, al abrirnos los ojos al pensamiento y estudio
sistemático de las interrelaciones en diferentes partes del mundo, en otras
palabras la desigualdad global. La fascinación de la década de 1990 con
la «globalización», si bien contenía a menudo una postura muy crítica
de las nuevas desigualdades que se producían, generalmente carecía del
fructífero, aunque tal vez demasiado rígido, enfoque sistémico de los
estudios del sistema-mundo.
El feminismo abrió las ventanas, pero también nos hemos enterado
de las profundas heridas de desigualdad existencial y humillación en otros
contextos. Desde personas pobres y discapacitados sujetos a tratamientos
de «eugenesia», como la esterilización o la prohibición de casarse, a niños
de padres «subválidos» que son sacados de sus familias y encajados al
mundo blanco, de Escandinavia a las Antípodas, incluyendo deportaciones
desde Gran Bretaña a Australia y Canadá.

106
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

Mientras que la «raza» es una antigua categoría de la investigación de


desigualdad angloamericana, la etnicidad se ha convertido recientemente
en una categoría más amplia y central. Esto deriva de dos cambios sociales
mayores. Uno es el surgimiento y la organización creciente, interconexión
y asertividad de «Primeras Naciones» indígenas. El otro es la reanudación
de la migración intercultural a gran escala de fines del siglo XX.
La sociología es una disciplina ecuménica, y mucha de su fuerza yace
en su apertura a muchos tipos de impulsos. Pero desde sí misma, ha hecho al
menos dos nuevas contribuciones analíticas importantes. Una, desarrollada
por Pierre Bourdieu (1979, entre muchos otros trabajos), es la de llevar la
cultura hacia el centro de los estudios de desigualdad. En cierto sentido,
esto era parte del programa estadounidense original de estratificación,
pero Bourdieu le dio un giro característico de competitividad y conflicto.
Sus conceptos más importantes son los de habitus y campo. Habitus pro-
porcionaba un concepto para las disposiciones culturales-existenciales de
los seres humanos. «Campo» delimitaba áreas de competencia cultural.
La sociología de fines del siglo XX también argumentaba que tenía
importancia analítica encontrar mecanismos de cambio o reproducción
social (Hedström y Swedberg, 1998). Esto derivaba del pensamiento del
fallecido James Coleman, pero se extendía más allá de su multitud, que
era elegida racionalmente. Charles Tilly (l998) lo llevó a un penetrante
análisis de desigualdad categórica duradera.

4.1 Lecciones de un sociólogo


Las contribuciones extremadamente abundantes y diversas vistas anterior-
mente, son en la mayoría de los casos el resultado intelectual de la vibrante
cultura radical de fines de la década de 1960, de «1968», derivadas de los
aspectos utópicos y miméticos del último. Para el estudio de la desigualdad
en el siglo XXI podemos obtener al menos tres amplias lecciones de ellas.
Primero, la complejidad y multiescalaridad de la desigualdad, ade-
más de su importancia moral y social central. La desigualdad tiene que
ser abordada como un fenómeno multidimensional, y sus implicaciones
morales no debieran ser tomadas como un punto de partida natural de
estudio. Es necesario seguir explorando sus ramificaciones de largo alcance,
y reflexionar sobre ellas. La desigualdad también opera en varios niveles,
desde el hogar o institución, hasta el nivel de globalidad.
Segundo, la importancia de buscar mecanismos causales generales,
que sean capaces de llevarnos más allá de explicaciones ad hoc hacia un

107
Göran Therborn

entendimiento más sistemático de cómo se produce y reproduce la des-


igualdad, y del cómo se puede obtener más igualdad.
Tercero, es crucial trascender el monoculturalismo metodológico. Hay
que introducir los nuevos conocimientos de medicina y psicología en los
estudios sociales. Se debe propiciar que entre los muros de sus facultades,
los estudios sociales se tornen hacia las investigaciones transdisciplina-
rias. Ya se ha desarrollado una interacción fructífera entre economistas y
sociólogos con respecto al funcionamiento distributivo de los mercados
de trabajo. El interés reciente de las ciencias políticas en la (des)igualdad
política podría estimular una atención más sistemática al poder y la polí-
tica en trabajos empíricos teoréticos y microsociales2 sobre desigualdad.

5. ¿Desigualdad de qué? Tres dimensiones básicas de


desigualdad
La diferencia entre una diferencia y una desigualdad es, primero que todo,
que la última presupone algún tipo de característica compartida. Dos hom-
bres pueden ser desiguales, pero un hombre y un rayo de luna solamente son
diferentes. Segundo, al partir de la base de ciertas características en común,
la desigualdad implica una ruptura evaluativa de estas características. Tal
evaluación puede ser cognitiva o performativa, por ejemplo referida a dos
estudiantes desiguales. Sin embargo, el sustantivo «desigualdad» deriva, por
lo general, de alguna característica común normativa. Por tanto, y en tercer
lugar, la desigualdad se refiere a la violación de una norma de igualdad. Es
por eso que se convirtió en un concepto social y político recién en la Ilus-
tración, junto al presupuesto de características comunes básicas e igualdad
de los seres humanos. Anteriormente, el cristianismo y el islam ya tenían
el principio de igualdad básica entre las almas humanas. Pero si bien esto
a veces conllevó consecuencias muy importantes a este lado del cielo y el
infierno —como el resultado de facto, si bien oficialmente inconcluso de la
disputa teológica de Valladolid en l550-51 en el sentido de que los indios
americanos tenían almas, y por tanto, no debían ser tratados como anima-
les o esclavos sino que como humanos (Elliott, 2006:72, 76-77)— siguió
siendo fundamentalmente un concepto teológico, que por lo general, no
tiene consecuencia en las disposiciones sociales entre humanos. Cuarto, el
tipo de desigualdad que nos concierne aquí es una construcción social, otro
descubrimiento de la modernidad, y no se refiere a desigualdades naturales,


2
Ya es una vieja tradición considerar políticas macro, como políticas e instituciones
estatales.

108
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

por muy crueles e injustas que puedan parecer, como por ejemplo la que
existe entre ciegos y videntes.
Sin embargo, la norma de igualdad que subyace a la preocupación de
desigualdad no es absoluta ni a menudo, muy explícita. ¿Cómo podemos
entonces comprender la desigualdad? No necesitamos una norma absoluta
de igualdad, podemos atenernos a un discurso relacional y comparativo de
más o menos (des)igualdad, al comparar condiciones y programas de cambio
(cf. Sen, 2009:94ff). Para determinar qué tipos de desigualdad importan,
debiéramos hacernos una pregunta fundamental sobre la condición humana.
¿Cómo es ser un ser humano? (Sen, 2009:414). ¿Qué tipos de igualdad se
requieren para que cada uno de nosotros sea un ser humano en la misma
medida, con nuestros físicos distintos y nuestros intereses y valores diferen-
tes? La respuesta de Sen es que se necesita una igualdad de capacidad para
hacer las cosas que queremos. Es una buena respuesta filosófica, hasta donde
yo sé la mejor disponible, pero es demasiado filosófica para ser un enfoque
útil para la investigación empírica, y de políticas de cambio. El enfoque de
Sen ha sido especificado en los Informes sobre Desarrollo Humano de la
ONU y su Índice de Desarrollo Humano, que se componen de esperanza
de vida, educación e ingreso (PIB). Pero parece haber sido cuadrado para
hacerlo calzar para reportes internacionales estandarizados, y demasiado
limitado para un programa de investigación sobre desigualdades.
Si partimos nuevamente de la pregunta ¿cómo es ser un ser humano?,
parece haber al menos tres respuestas indisputables:
Los seres humanos son organismos, cuerpos, susceptibles al dolor,
sufrimiento y muerte.
Los seres humanos son personas, que viven sus vidas en contextos
sociales de significado.
Los seres humanos son actores, capaces de actuar en busca de obje-
tivos o metas.

De esto podemos deducir tres tipos de desigualdad.


1. Desigualdad vital, que se refiere a las oportunidades de vida desiguales
para seres humanos, de construcción social. Esto se estudia evaluan-
do índices de mortalidad, expectativa de vida, expectativa de salud
(expectativa de años de vida sin enfermedades serias), y varias otras
indicaciones de salud infantiles, como peso al nacer y crecimiento
corporal a cierta edad. También se usan sondeos de hambre.
2. Desigualdad existencial, de la capacidad o grados asignados de li-
bertad de las personas. Este es un concepto que aún no ha adquirido

109
Göran Therborn

derechos burgueses reconocidos por la comunidad sociológica. Sin


embargo, se han estudiado y se estudian varias de sus manifestaciones,
las mujeres limitadas y confinadas por el patriarcado y el sexismo,
pueblos colonizados, inmigrantes y minorías étnicas, personas con
minusvalías y discapacidades, homosexuales limitados por hetero-
sexuales intolerantes, castas «contaminadas» por otras superiores, los
que ocupan los peldaños más bajos de la mayoría de las jerarquías.
Los ejemplos abundan. Y todos se refieren a distribuciones desiguales
de autonomía personal, reconocimiento y respeto, a la negación de
una igualdad existencial de personas humanas. Se puede medir y
comparar observando disposiciones institucionales —incluso revi-
sando discursos oficiales—, patrones de interacción social, prácticas
de quienes ostentan el poder y el conocimiento experto, como los
médicos; y recurriendo a la experiencia personal, a través de sondeos,
además de entrevistas cualitativas.
3. Desigualdad de recursos, que provee a los actores humanos recursos
desiguales para su actuar.

Aquí podemos distinguir dos aspectos:


a) Bases, «capitales» para utilizar:
Ingreso, riqueza
Cultura, educación
Contactos sociales o «conexiones»
Poder. Hasta ahora, la desigualdad de poder solo se incluye rara
vez en los estudios y análisis de desigualdades sociales. Pero es
ciertamente pertinente, y en Latinoamérica el poder armado ha
sido un recurso muy importante de acción social.
b) Acceso a oportunidades, referido a condiciones de posibilidad.
El grado de importancia que tiene esto para los actores humanos
se puede estudiar mejor a lo largo del tiempo:
Como trayectorias del transcurso de vida, y
Como movilidad intergeneracional.

Las tres dimensiones interactúan y están entrelazadas, y debiera asu-


mirse que siempre lo hacen, sin olvidar que son irreducibles unas a otras.
No se refieren solamente a dimensiones distintivas de desigualdad humana.
Cada una tiene su propia dinámica, y las dimensiones no varían al mismo
tiempo. Por ejemplo, en los países ricos, la desigualdad de ingreso a nivel
nacional declinó fuertemente desde fines de la Primera Guerra Mundial

110
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

hasta alrededor de l980, mientras que la desigualdad vital —en el Reino


Unido, que tiene las mejores cifras en esta estadística—, medida como los
índices de mortalidad entre los 20 y 44 años entre las diferentes clases
ocupacionales, en realidad creció entre 1910-12 y l970-72 (Therborn,
2006: tabla 1.12). O el lugar de Latinoamérica en el mundo: si bien es la
región más persistentemente desigual del planeta en términos de recursos
económicos, durante mucho tiempo ha habido mucho menos desigualdad
existencial ahí que en, por ejemplo, Asia del Sur, con ciudadanos amerindios
en vez de «intocables» y castas contaminantes, y con patriarcados más
débiles y ahora en gran parte erosionados, que en cambio aún reinan en
la mayor parte del sur de Asia.

6. La producción de la (des)igualdad
La desigualdad puede darse de diferentes maneras. De hecho, es posible
identificar un pequeño número, parece que cuatro es suficiente, de procesos
recurrentes, de mecanismos sociales a través de los cuales esta se produce
y reproduce en una variedad infinita de contextos. Para cada uno de estos
procesos o mecanismos hay un opuesto correspondiente, que funciona en
la dirección contraria. Estrictamente hablando, aquí no nos concierne tanto
una igualdad o desigualdad absolutas. Un mecanismo de producción de
desigualdad lleva a más desigualdad, y uno que produce igualdad lleva a
menos de lo anterior, o más igualdad.

1. Distanciación, eso es, ir adelante o quedarse atrás, versus reconcilia-


ción, o recuperar terreno. Esto no debiera ser interpretado necesaria-
mente en términos de logro individual, ya que a menudo se pone en
movimiento desde un acceso privilegiado a oportunidades, ya sea a
través de información, conexiones, formación o experiencia previa.
La denominada curva de Kuznets estaba basada en distanciación
seguida de reconciliación.
2. Exclusión e inclusión, procesos que debieran ser tomados como
variables, de levantar o bajar barreras además de cerrar o abrir
puertas. Ciudadanía es tanto incluir a algunas personas en esta,
como excluir a otros. La discriminación es exclusión, por ejemplo
por cuotas u oferta de educación adicional focalizada.
3. Jerarquización vs. apoderamiento. Ya no hay una jerarquía que
penetre toda una sociedad, como sucedía alguna vez con las castas
en India o la herencia en Europa, pero la jerarquía sigue siendo una

111
Göran Therborn

característica principal de las organizaciones formales, aunque han


sido cuestionadas. Los subalternos se han visto empoderados por
los sindicatos, por esquemas de consulta, a veces por intervenciones
judiciales contra maltrato y acoso.
4. Explotación vs. redistribución. La explotación puede ser definida
como la situación en que los recursos de A son producidos por los
esfuerzos o el sacrificio de B. Pero en el proceso de trabajo de una
empresa, ¿cuánto es intercambio de sueldos a cambio de trabajo, y
cuánto es explotación? Si no crees en la teoría del trabajo del valor,
es difícil contestar esa pregunta. Es mejor dejarla abierta para debate.
Es importante mantener en mente que la redistribución, de parte
de la nación-Estado, se convirtió en un mecanismo de distribución
muy importante en la segunda mitad del siglo pasado, en Europa
y América del Norte, aunque poco en Latinoamérica y el resto del
mundo.

Los mecanismos tienen diferentes implicaciones morales y políticas,


por tanto su aplicación es fuertemente controvertida. ¿Fue el surgimiento
de Europa, y luego Estados Unidos en el mundo, resultado de que ellos
se abrieron paso sobre su revolución industrial y científica; o se debió
sobre todo a una explotación despiadada de Latinoamérica y otras partes
del mundo? La explotación es el único mecanismo que es virtualmente
indefendible dentro de un discurso racional, universalista. Tiene que ser
negada. Se puede defender la jerarquía como un mecanismo de eficiencia,
y la exclusión como solamente el otro lado de la inclusión. A la inversa, la
distanciación es el mecanismo que es más difícil, aunque no imposible, de
atacar basado en la igualdad, desde un punto de vista comunitario. El gran
aumento de la desigualdad dentro del núcleo del capitalismo en décadas
recientes es principalmente el resultado de la distanciación financiera, lo
que puede explicar por qué ha recibido tan poca oposición.
También es importante poner atención a los aspectos sicológicos de
los procesos mencionados. Eso es, cómo afectan la imagen de sí mismo
y la autoconfianza de los actores. Sus efectos sicológicos son parte muy
importante de los efectos acumulativos de los mecanismo de distribución,
que crean espirales negativos de temor, inseguridad de sí mismo, pérdida
de oportunidades, fracasos, o bien positivos, de confianza en sí mismo,
toma de riesgos, entusiasmo por probar nuevas oportunidades, éxito,
recompensas y autoestima.

112
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

7. Un marco explicativo
Los mecanismos son importantes porque nos muestran cómo se producen
las cosas y cómo estas, por ejemplo las desigualdades existentes, se pueden
cambiar. Pero no son explicaciones suficientes porque obtienen su energía
y su fuerza de otro lado. Es este «otro lado» lo que intentaremos al menos
abordar.
Hay tres grupos de variables explicativas que parecen ser cruciales:

1. Historia global
Si está hecho adecuadamente, esto debiera incluir la geología sociocultural
del mundo o región actual (Therborn, 2011: ch.1). En el caso de Latino-
américa, esta historia se podría concentrar primero en las instituciones
y patrones étnicos y sociales de la conquista, y la distribución colonial
de los derechos de minería y uso de la tierra. Luego, podría seguir con la
ubicación del subcontinente independiente en las esferas de interés britá-
nico, francés y estadounidense. La ubicación en el sistema-mundo puede
ser otra forma de resumirlo.
2. Procesos globales actuales
2.1 Flujos de comercio, capital, personas, información (incluyendo
todo tipo de ideas) y materia (como sustancias contaminantes). Los
flujos de capital han tendido a incrementar la desigualdad en los países
receptores, mientras que los de comercio parecen no haber tenido efectos
distributivos sistemáticos.
2.2 Implicación de instituciones globales-nacionales, con la ONU (por
ejemplo la Conferencia sobre la Mujer en México, l974), y con el FMI/
Banco Mundial. Generalmente, estas han tenido efectos opuestos sobre la
desigualdad, la participación con la ONU ha disminuido la desigualdad
existencial de género, con el FMI/BM ha aumentado la desigualdad de
recursos de ingreso.
2.3 Acción, conjunta o imperial, actualmente de poco efecto distri-
butivo, pero la geopolítica transnacional de la Guerra Fría mostró que
puede ser significativa.
3. Procesos nacionales
Actualmente, todos estos procesos se ven afectados por los desarro-
llos internacionales, pero su persistente variación internacional demuestra
que tiene carácter nacional con gran resiliencia.

113
Göran Therborn

3.1 Demografía, particularmente la tasa de natalidad


3.2 Rendimiento económico (crecimiento)
3.3 Política —poder y fuerzas sociales— y políticas de distribución3.

8. Posibilidades de igualación
Suponiendo que estamos interesados en mayor igualdad, ¿qué posibilidades
hay? Debiéramos fijarnos en:

a) Fuerzas de demanda
Las alianzas laboristas y popular-laboristas han sido la fuerza distributiva más
importante, y más generalizada globalmente, aunque se han dado con más
fuerza en Europa occidental. En Latinoamérica han sido a menudo enclavadas
y aisladas o acorraladas desde arriba, lo que es efecto de la estructura de clase
de la región, que carece de un centro industrial fuerte. Pero fueron decisivas
en la Argentina peronista, y fueron el núcleo de la original y finalmente de la
exitosa coalición de Lula en Brasil.
El feminismo ha sido un movimiento importante de igualdad exis-
tencial de género, con más influencia en Norteamérica, Oceanía y Europa
noroccidental. En todas las olas en la historia del feminismo internacional,
el movimiento se ha manifestado más tardíamente y con mayor debilidad
en Latinoamérica.
Durante mucho tiempo, los movimientos étnicos y raciales tomaron
básicamente forma de rebeliones breves, que generalmente fueron aplastadas.
El movimiento de los derechos civiles de Estados Unidos de la década de
l960 inició un ciclo internacional nuevo, de organización y acción colecti-
vas sostenidas. En partes de la región, tales movimientos han modificado
el panorama político, de forma decisiva en Bolivia en las décadas de l990-
2000, de forma muy importante en Ecuador desde la década de 1990, de
forma significativa pero en enclaves en el resto de Latinoamérica del 2000,
desde Chile a México.
Es improbable que los movimientos de la clase obrera se fortalezcan
en la mayor parte de las Américas (al igual que en Europa). La influen-
cia del feminismo progresivo —en oposición al de políticas femeninas
de derechas— está actualmente en declive. Únicamente en un par de
países —Guatemala y Perú— se puede prever una corriente igualitaria
mayor, no solamente sectorial, sino también con base étnica. ¿Hay po-
sibilidad de que se dé alguna nueva alianza cívica para la igualdad? No

Ver más Therborn (2006), con evidencia empírica respecto a esto.


3

114
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

es inconcebible, frente a las experiencias de movilizaciones de derechos


humanos y de debates sociales y la evidente disfuncionalidad econó-
mica y social de las desigualdades existentes. Sin embargo, tampoco
hay mucha evidencia como para hacer tal predicción.

b) Fuerzas de suministro
No toda reforma igualitaria ha tenido que ser arrebatada de los dientes a
una rapaz clase dominante. A veces las fuerzas de suministro han venido
desde arriba.
Una variante básicamente europea y japonesa ha sido un sentido de
noblesse oblige, el toryismo a favor de la nación en Inglaterra, y/o cálculos
de los beneficios de la cohesión nacional. En Latinoamérica, que ha care-
cido mayormente de una clase alta segura, este fenómeno ha sido escaso.
En cambio, América Latina desarrolló una variedad más plebeya, pero
aún vertical, con el populismo nacionalista. Vargas en Brasil y Cárdenas
en México pueden ser considerados los clásicos de la década de 1930,
Perón como el clímax de fines de la década de l940, y Chávez como el
principal defensor de esta tradición. Pero el carácter vertical, autocrático
y personalista del típico populismo nacionalista presupone limitaciones
tanto a su sustentabilidad como a su igualitarismo.
En Latinoamérica, la igualdad probablemente tendría mejores po-
sibilidades si los movimientos sociales fueran enfrentados con cierto
igualitarismo desarrollista-administrativo.

c) Condiciones favorables
Podemos identificar, retrospectivamente, las condiciones que han resultado
propicias para la igualación.
Guerra total o la amenaza de esta: las dos guerras mundiales destru-
yeron gran parte de la riqueza acumulada, y fue el segundo conflicto el
que generó luego el Estado de Bienestar británico. La Guerra Fría, con su
desafío comunista y su amenaza de un nuevo orden que requiriera mo-
vilización popular completa, desató políticas radicales de redistribución,
incluyendo el respaldo estadounidense a profundas reformas agrarias en
Japón, Corea del Sur y Taiwán.
La depresión de la década de l930 acabó con gran parte de la riqueza
especulativa capitalista, lo que contribuyó significativamente a la igua-
lación. Aún está por verse si el reciente pinchazo a la burbuja financiera
tendrá efectos distributivos duraderos.

115
Göran Therborn

Latinoamérica estuvo en gran medida fuera de las guerras mundiales,


y fue afectada más periférica que centralmente por la Gran Depresión.
La Guerra Fría sí engendró la reformista «Alianza por el Progreso» en la
estela de la Revolución cubana, pero fue luego absorbida y reemplazada
por respuestas represivas. Como vimos anteriormente, los datos brasi-
leños indican que los momentos más importantes de igualación en el
Atlántico Norte eludieron a Latinoamérica. En las décadas de l950-l960,
la desigualdad de ingresos en realidad creció en Latinoamérica (Cornia y
Martorano, 2010:2). Casi no se vislumbran condiciones particularmente
favorables, pero la última década ha mostrado que la prudencia financie-
ra, con regulación, términos favorables de comercio y la mantención de
condiciones de competitividad internacional entregan espacio considerable
para hacer reformas.
Las fuerzas de suministro y demanda de igualdad finalmente se encuen-
tran en el Estado nacional y su disposición y capacidad para redistribuir.
Los estados latinoamericanos son claramente deficientes en esta tarea en
comparación con los de Europa occidental, incluyendo la Europa latina,
e incluso en comparación con Estados Unidos.

Tabla 1. Redistribución estatal del ingreso, desde principios


a mediados 2000. Coeficientes de Gini antes y después de impuestos
y transferencias del Estado

Antes de impuestos y Después de impuestos


transferencias y transferencias
Argentina (l998) 0.51 0.40
Bolivia 0.44 0.41
Brasil (l997) 0.56 0.49
Colombia 0.53 0.50
México 0.49 0.45
Alemania 0.44 0.28
Suecia 0.49 0.23
EE.UU. 0.46 0.34

Fuente: Cornia y Martorano (2010: tabla 8).

116
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

La redistribución estatal puede ser un mecanismo muy poderoso,


incluso bajo condiciones capitalistas. Antes de esta, Suecia es tan desigual
como México, pero la redistribución pública elimina más de la mitad de
la desigualdad de ingreso de mercado, en México solo el 8 por ciento.
Incluso la administración de Bush, de Estados Unidos, era más redistri-
butiva que cualquier gobierno latinoamericano, al reducir la desigualdad
de ingreso en casi un cuarto, en comparación con 22% en Argentina y
19% en Costa Rica.

9. Las desigualdades de Latinoamérica


en el mundo de hoy
Las múltiples dimensiones de la desigualdad se manifiestan también en la
posición de Latinoamérica en el mundo. Esta es la parte del mundo más
desigual con respecto a ingresos; un legado colonial, que básicamente no
se ve afectado por la masiva igualación que se produjo en Europa y Nor-
teamérica en los primeros dos tercios del siglo XX, aunque sí participó en
la igualación del Atlántico de la década de l970 (Londoño y Székely, 1997:
figura 1). Pero la región no es la más desigual con respecto a desigualdad
vital, ni a la distribución de educación. El último Informe sobre Desarrollo
Humano del PNUD (2010a: ch.5) ha hecho algunas nuevas mediciones
complejas pero reveladoras de desigualdad. Se ha calculado en qué medida
las distribuciones desiguales reducen el valor de bienestar de los promedios
nacionales del Índice de Desarrollo Humano y de los componentes de su
índice nacional de ingreso, expectativa de vida y educación. Las cifras de
porcentajes absolutos que resultan de estas compilaciones sofisticadas están
abiertas a discusión, y dependen significativamente de ciertas suposiciones
metodológicas. La principal relevancia de estas medidas es lo que nos
dicen de las desigualdades relativas entre las grandes regiones del mundo.

117
Göran Therborn

Tabla 2. La pérdida de bienestar por distribución desigual. Porcentaje


de los valores de índice de desarrollo (2010)

Índice
Índice Índice
Región expectativa
educacional ingreso nacional
de vida
Latinoamérica y el Caribe 15 22 38
África subsahariana 42 34 26
Estados Árabes 22 43 18
Asia del Este y del Pacífico 16 21 27
Europa oriental y Asia 14 12 16
Central
Asia del Sur 30 41 18
OCDEa 5 6 20

Nota: a) Excluyendo miembros menos desarrollados, como México (Latinoamérica)


y Turquía (Europa del Este).

Fuente: PNUD (2010a:155).

Mientras que en todos los aspectos es mucho más desigual que el


mundo desarrollado, que aquí está representado por el club de la OCDE
(Norteamérica, Europa occidental, Japón, Corea del Sur y Australia prin-
cipalmente), entre las partes menos afortunadas del mundo Latinoamérica
sobresale solo por su desigualdad de ingresos. Dentro de la región, las
mayores pérdidas de bienestar por distribución desigual se encuentran
en Bolivia y Nicaragua, según las mediciones del Índice de Desarrollo
Humano. Las pérdidas más pequeñas están en Uruguay, Argentina y Chile
(PNUD 2010b: Chart 2.13).
Parte importante de la desigualdad vital en Latinoamérica está en la
división entre la población indígena y el resto, no tanto así los descendientes
de africanos. A principios de la década del 2000, esa brecha en mortalidad
infantil era más grande en Panamá, Ecuador, Venezuela y Paraguay (UN,
2008: tabla III:2)4.
Aún no se reúnen sistemáticamente datos sobre la desigualdad exis-
tencial. En las jerarquías sociales —con una distinción por raza— de la
región, esperaríamos que fuera importante hacerlo. Aunque hay más
uniones interraciales en Latinoamérica que en Estados Unidos o el Reino

No hay datos para Perú, otro de los sospechosos.


4

118
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

Unido, su «mercado erótico-afectivo» está impregnado de imaginería y


jerarquía racial. «Indio» se usa a menudo como estigma, sinónimo de
«flojo» y «sucio» (Wade, 2008: ch. 4). Sin embargo, también es cierto
que recientemente se han producido oleadas enérgicas de igualación. Tras
la Conferencia de la ONU sobre Mujeres en México en l974, las leyes e
instituciones patriarcas fueron desmanteladas en masa en las décadas de
l980 y l990, como parte del proceso general de democratización (Therborn,
2004:102ff). Aunque aún hay más desigualdad de género en Latinoamé-
rica que en Europa Latina (PNUD, 2010a: tabla 4), las relaciones entre
hombres y mujeres y entre generaciones son mucho menos desiguales que
en África y Asia. La dirección de género de desigualdad vital también es
notable. En Latinoamérica, los niños tienen mayor riesgo de malnutrición
crónica que las niñas (ONU 2008:67-9).
Los pueblos indígenas también han sido capaces de dar grandes pasos
hacia adelante desde la década de l990. Nina Pacari, una exitosa abogada
india y política de Ecuador, quien fue ministra de exteriores durante al-
gunos años a principios de la década del 2000, ha dado algunos ejemplos
acerca de dónde tuvo que empezar en su juventud, cuando le negaban el
acceso a hoteles, restaurantes, piscinas —no por instituciones segrega-
cionistas, sino por la exclusión informal de indios— y era regañada por
hablar quichua en el bus (De la Torre, 2008:280).
La desigualdad de ingresos en Latinoamérica no debiera ser conside-
rada solo por su tamaño. En el mundo del 2000, Latinoamérica es la única
región donde la desigualdad está disminuyendo, aun cuando sigue siendo
más alta que en otros continentes. Las únicas excepciones son Guatema-
la, Colombia y Honduras. Entre 2002 y 2008, los mayores progresos se
dieron en Venezuela y Argentina (CEPAL, 2010:187). Las medidas más
efectivas han sido reducir la desigualdad en educación y subir el sueldo
mínimo, favorecidos por los términos internacionales de comercio, que la
crisis financiera de 2009 no parece vaya a deshacer (Cornia y Martorano,
2010:33).
Por tanto, el cambio igualitario es posible en Latinoamérica. Los
movimientos feministas y étnicos han sido las fuerzas principales de tal
cambio, y de momento está entre las prioridades de las agendas institu-
cionales-intelectuales (UNDP, 2010b; CEPAL, 2010) y gubernamentales,
de Argentina a Venezuela. Pero debiéramos prestar atención a un enorme
obstáculo estructural al que se enfrentan los partidarios de la igualdad
—además de las fuerzas usuales de capital, nacional y global—. Este
obstáculo es la doble debilidad del Estado nacional, su debilidad como

119
Göran Therborn

institución pública —que debiera tener como objetivo el servicio y la re-


distribución (tabla 1 arriba)— en vez de ser un instrumento particularista
de privilegio y violencia, y la debilidad de la nación, que debiera funcionar
como una comunidad social.
Esta realidad se ve expresada en las enormes disparidades sociales y
económicas en el espacio nacional social, y a lo largo de los territorios de
distintas naciones. Esto se podría medir de muchas formas, pero como
pasa a menudo, los datos de ingresos son los más fáciles de conseguir.

Tabla 3. Desigualdades por territorio de PIB per cápita entre las


provincias más ricas y más pobres de naciones, y entre algunas
naciones. Ratios de ingresos, 2005-10

Provincias nacionales superiores-inferiores Ratios de ingresos


Argentina 8.1
Bolivia 3.6
Brasil 9.2
Chile 4.5
Colombia 4.9
México 6.1
Perú 7.8
Francia 2.0
Italia 2.0
España 1.9
Naciones relacionadas
UE: Países Bajos-Bulgaria 3.65
Francia-Argelia 4.1
Alemania-Turquía 2.6
España-Ecuador 3.75

Fuente: provincias nacionales: CEPAL, 2010: tabla IV:1; naciones: UNDP, 2010a:
tabla 1.

Las diferencias dentro de las naciones en Latinoamérica no son sola-


mente mucho más altas que en Europa, también lo son entre los 27 países
de la UE, y entre los polos de las cadenas de inmigración internacional
más importantes de Europa.

120
Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

La diagonal que va del suroeste a noreste del Atlántico, que alguna


vez fue la ruta por la que se transportaban hacia Europa la plata y el oro
saqueado en Latinoamérica, ahora conecta a una de las partes más des-
iguales del mundo —en ingresos la más desigual— con la menos desigual,
en particular la zona al este de las islas británicas, al oeste de Polonia, y al
norte de los Alpes. Darle sentido o explicar estos polos que están unidos,
y sugerir medios para superar esta brecha oceánica, constituye un desafío
fascinante y demandante.

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Desigualdades en América Latina: desde la Ilustración...

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123
Asimetrías, diferencias,
interdependencias: regímenes de
desigualdad en América Latina

Sérgio Costa*

Las desigualdades sociales han sido investigadas convencionalmente


como procesos sincrónicos dentro del marco de las fronteras nacionales
y articuladas por el concepto de clase. Esto significa que la investigación
establecida no ha considerado adecuadamente las dimensiones históricas
y los entrelazamientos globales o las interconexiones entre clase y otras
clasificaciones sociales que moldean las desigualdades existentes.
Algunas contribuciones recientes intentan corregir estas deficiencias
analíticas a partir de diferentes perspectivas. Con el objetivo de superar
el nacionalismo metodológico, un primer grupo de contribuciones se ha
venido concentrando en las articulaciones entre las estructuras de des-
igualdades nacionales y globales, mostrando cómo dichas desigualdades
corresponden a entrelazamientos entre procesos sociales observados en
diferentes niveles geográficos: local, nacional, global.
Un segundo grupo de contribuciones ha venido investigando cómo
las desigualdades sociales surgen en las intersecciones entre diferentes
adscripciones, particularmente raza, clase, género y etnia. Este artículo
presenta un breve resumen de los debates en ambos campos, así como un
conjunto de recursos para superar las actuales deficiencias de la investi-
gación sobre tales desigualdades interdependientes.
Sérgio Costa es profesor titular de Sociología del Instituto de Estudios Latinoa-
*

mericanos y del Instituto de Sociología de la Freie Universität Berlin, Alemania.


Versiones preliminares de este artículo fueron publicadas en portugués (Costa,
2012a) e inglés (Costa, 2013). Se agradece a Alexander Araya la traducción al
castellano.

125
Sérgio Costa

Con el fin de ilustrar cómo algunos de estos recursos operan analíti-


camente, la segunda mitad del artículo discute el caso de las desigualdades
sociales que afectan a los afrodescendientes en América Latina.

1. Desigualdades sociales e interdependencia


La investigación latinoamericana ha prosperado de maneras diferentes
tanto en el campo de estudio de las interdependencias entre desigualdades
observadas en diferentes regiones del mundo, como en el campo de las
relaciones entre diferentes ejes de estratificación social. Mientras que la
investigación sobre las interdependencias entre distintas categorizaciones
sociales ha llevado a lo largo de las últimas décadas a una acumulación de
hallazgos importantes, la investigación sobre los entrelazamientos entre
estructuras de desigualdad en diferentes regiones del mundo ha evolucio-
nado en menor grado. Este campo tiene un importante precursor en la
teoría de la dependencia (Cardoso y Falleto, 1969). No obstante, desde
la década de los ochenta, la investigación sobre desigualdad en América
Latina fue dominada cada vez más por abordajes econométricos que sir-
vieron para direccionar el enfoque analítico para una perspectiva centrada
en el Estado-nación.
En la próxima sección, presento un panorama de ambas áreas de
investigación buscando vislumbrar sus varios estados de avance: así,
las observaciones sobre las interdependencias entre los diversos ejes de
estratificación se concentran en la discusión en y sobre América Latina.
Las interdependencias entre diferentes regiones aún están situadas en el
contexto del debate internacional más amplio.

2. Ejes de estructuración de desigualdades:


clase, raza, género y etnia
En América Latina, la investigación sobre las interrelaciones entre raza/
etnicidad y clase han sido realizadas al menos desde la década de 1930.
Las obras de sociólogos americanos sobre relaciones raciales en Brasil son,
aquí, particularmente dignas de mención. El primer estudio sistemático
puede ser acreditado a la tesis de doctorado de Donald Pierson, acadé-
mico de la Escuela de Chicago, quien realizó su investigación de campo
en Salvador, Bahía, entre 1935 y 1937. Pierson (1942) concluye que las
desigualdades observadas por él podrían ser mejor entendidas a partir de
la categoría de clase. La cuestión de discriminación racial es tratada por él

126
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

como una cuestión accesoria, esto es, como una «deformación» individual
sin mayor relevancia sociológica.
Teniendo en cuenta esta menor importancia atribuida a la discrimi-
nación racial, el estudio de Pierson se concentra en la diferencias entre
casta y clase. Él estaba interesado principalmente en demostrar que las
desigualdades sociales en Brasil no son reproducidas por un rígido sistema
de castas basado en el color, sino que este país habría conseguido establecer
una sociedad de clases multirracial en la que la movilidad social ascendente
era posible, a pesar de las adscripciones racistas residuales.
Años después, Wagley (1952:148s) corroboró las conclusiones de
Pierson en relación a la desaparición de castas raciales, aunque no sin
añadir la siguiente observación:

Con pocas excepciones, las personas da clase alta en Brasil son caucási-
cas en apariencia física [...]. El criterio de raza se torna extremadamente
decisivo en la determinación de la posición social.

Marvin Harris (1956) desarrolló este punto de vista, concluyendo que


en su área de investigación, Minas Velhas, también localizada en Bahía,
las supuestas habilidades y talentos de la población en estudio podrían
ser situadas en una escala de acuerdo con la categoría de «color de piel»:
entre «más blanco» era categorizado un individuo, mayor la probabilidad
de que habilidades y talentos positivos le sean atribuidos. Sin embargo,
Harris hace dos constataciones fundamentales:
En primer lugar, él argumentaba que las categorías de racialización
asociadas al color debían ser colocadas en una escala gradual, en vez de
constituir dos polos binarios entre grupos de blancos y negros clasificados
de acuerdo con la ascendencia. Para Harris, una escala gradual como
esta tenía una enorme importancia, una vez que definía características
fenotípicas de manera tal que no solamente los blancos, sino que también
los negros, podían usar la escala para afirmar superioridad sobre otros
que eran categorizados como más oscuros. En segundo lugar, Harris se
refiere a la falta de una superposición simple e inmediata de las categorías
de raza y clase. O sea, a pesar de la importancia de los trazos físicos para
la construcción de adscripciones sociales, y, por tanto, para la definición
de la posición social de un individuo o grupo, este aspecto compite con
otros factores. A pesar de que las características físicas nunca sean total-
mente neutralizadas en dicha escala, ellas reciben mayor o menor peso

127
Sérgio Costa

dependiendo de la situación de un determinado individuo, en relación


con otros factores que son relevantes en las clasificaciones existentes:

No hay papel de estatus para el Negro como Negro, ni para el Blanco


como Blanco, excepto en la cultura ideal. La raza es apenas uno de va-
rios criterios, los cuales determinarán como la masa de otros individuos
realmente se comportará con él. En otras palabras, riqueza, ocupación y
educación, los otros tres grandes principios de clasificación, tienen hasta
un cierto punto el poder de definir la raza. Es debido a este hecho que
no hay ningún grupo socialmente importante en Minas Velhas que sea
determinado puramente por características físicas (Harris, 1956:126).

En su estudio comparativo sobre Brasil y los Estados Unidos, Degler


(1976:232s, originalmente 1971) concuerda con la afirmación de Harris
de que tener «piel negra» representa tanto una barrera para la movilidad
social ascendente, así como un motivo de segregación. De acuerdo con
Degler, lo que distinguía a Brasil de los Estados Unidos en ese momento
era lo que él llamaba «válvula de escape del mulato». El creía que la
presencia de «mulatos» que eran tenidos como «socialmente aceptables»
borraba la «frontera del color». Este aspecto, y al contrario de lo que
ocurría en los Estados Unidos, la grande presencia social de «mulatos»,
complicaba la idea de una «raza blanca» y una «raza negra» como un
atributo de amplio espectro capaz de ofuscar todas las demás caracte-
rísticas. Con todo, este aspecto no impedía ni el avance ni la circulación
continua de ideas y prácticas racistas1.
Desde la década de 1980, nuevas generaciones de científicos sociales
norteamericanos y brasileños formados en los Estados Unidos han exa-
minado las relaciones entre blancos y negros en Brasil, concentrándose
principalmente en la categoría de raza. Esta perspectiva teórica y meto-
dológica, conocida como «estudios raciales», representa actualmente el
paradigma de investigación hegemónico de estudios sociológicos sobre el
racismo en Brasil (ver Hanchard, 1994; Telles, 2003).

El grupo de investigación de la Universidad de São Paulo reunido en torno al


1

sociólogo Florestan Fernandes y que incluía en dicha ocasión a los entonces


doctorandos F.H. Cardoso y O. Ianni llega también a resultados que evidencian
la influencia de las adscripciones raciales sobre las diferencias sociales (Cardoso,
1962; Cardoso/Ianni, 1960; Ianni, 1966). La propia investigación de Florestan
Fernandes en São Paulo (Bastide/Fernandes, 1959; Fernandes, 1965) también ha
demostrado la importancia del análisis de las prácticas racistas para explicar la
desigualdad social en Brasil (ver Guimarães, 2002).

128
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

Dentro de este marco, el uso de la categoría de raza como recurso


analítico es legitimado por medio de la constatación de que hay desigual-
dades sociales que son producto directo de las prácticas racistas. Basando
su trabajo en indicadores sociales, los representantes del campo de los
estudios raciales enfatizan que las desigualdades raciales en Brasil siguen
patrones birraciales comparables a las categorizaciones que son usadas
en los Estados Unidos. De acuerdo con esta visión, la movilidad social es
estructurada, efectivamente, en torno de una jerarquía bipolar, a pesar de
la realidad de muchos colores de piel diferente que moldean la percepción
que un individuo tiene de sí mismo y de su entorno (Costa, 2006).
Para fines de este artículo, dos distinciones importantes deben ser
hechas entre el primer conjunto de investigaciones realizados por investiga-
dores americanos hasta la década de 1970 y un segundo conjunto realizado
a partir de la década de 1980, cuando los estudios raciales se volvieron
el paradigma dominante. En realidad, científicos sociales como Pierson y
Harris hablaban de relaciones raciales. No obstante, este aspecto estaba
vinculado a un examen de las diferentes formas de relaciones de grupo
(étnicas, culturales, interreligiosas y así sucesivamente). Los estudios racia-
les, en oposición, definen la polaridad entre blanco y negro como central,
perdiendo así de vista las etnicidades —o sea, los complejos procesos de
significación social y performatividad de características corporales— como
un elemento que también moldea desigualdades sociales.
Los estudios raciales incorporaron las discusiones sobre intersecciona-
lidad, un debate que comenzó en los Estados Unidos a fines de la década
de 1980. Como consecuencia, los autores en el campo de los estudios ra-
ciales incluyeron las adscripciones de género, al lado de la discriminación
racial, como factor determinante de las desigualdades sociales (ver Lovel,
1995; Nobles, 2000). Las investigaciones realizadas antes de la década
de 1980 ignoraban en gran parte esta dimensión, a pesar de importantes
excepciones como nos recuerda adecuadamente Jelin (2014).
Para el examen de las interdependencias entre los diferentes ejes de
estratificación en América Latina, y sobre todo en la región de los Andes,
el concepto de «desigualdades horizontales» es igualmente relevante. Este
fue el término acuñado por la economista del desarrollo Frances Stewart
(Stewart, 2010; Stewart, Brown y Mancini, 2005). De acuerdo con ella,
la posición social de un individuo corresponde a la suma de las desigual-
dades verticales y horizontales. Las primeras se refieren a las diferencias

129
Sérgio Costa

entre los individuos en una escala social, y las segundas, a las existen-
tes entre grupos2.
Al concentrarse en las desigualdades horizontales, Stewart tiene como
objetivo ampliar la visión economicista convencional sobre las causas de
la desigualdad social. Ella ve la identidad de grupo o la pertenencia a uno
como determinadas no solo por factores económicos, sino también por
criterios políticos, religiosos, étnicos, raciales y relativos a temas de géne-
ro. Por tanto, la cuestión de la definición de grupo no puede responderse
fácilmente. Esto es, dado que un individuo puede sentirse al mismo tiempo
perteneciente a grupos diferentes, ¿cómo se define un grupo? Además de
esto, considerando que las propias desigualdades generan un sentido de
pertenencia a un grupo, la relación causal entre pertenencia y desigualdad
no es de ninguna manera obvia. Así, Stewart y sus colaboradores argu-
mentan lo siguiente:

Hasta cierto punto, los límites del grupo se tornan endógenos a la des-
igualdad entre grupos. Si las personas sufren discriminación (esto es,
experimentan desigualdad horizontal), ellas pueden entonces sentirse más
fuertemente identificadas culturalmente [como un grupo discriminado],
en particular si otros las categorizan en grupos con el propósito expreso
de ejercer discriminación (creando así o imponiendo DIs [desigualdades
horizontales]) (Stewart, Brown y Mancini, 2005:9).

Para delinear las dificultades en la definición de grupos relevantes,


Stewart propone examinar la influencia de diferentes categorizaciones
sociales sobre las desigualdades sociales. Aquí deben ser consideradas
también las autoatribuciones de pertenencia a un determinado grupo3.

2
Es importante referirse aquí al trabajo de Charles Tilly (1998) que, a través del
concepto de «desigualdades categoriales», muestra cómo pares dicotómicos como
hombre/mujer o blanco/negro estructuran desigualdades sociales históricamente
duraderas. A pesar de que ha sufrido críticas y correcciones, el trabajo de Tilly
continúa siendo referencia central para el estudio de las relaciones entre categorías
y desigualdades sociales, habiendo influenciado de forma evidente la investigación
sobre el tema en América Latina (ver p.e. Reygadas, 2004).
3
En conformidad con el abordaje de las desigualdades horizontales, Thorp y Pa-
redes (2010) examinaron las desigualdades sociales en Perú e identificaron tres
grupos principales: blancos, mestizos e indígenas. En combinación con otros ejes
importantes de desigualdad —en particular, lugar de residencia (rural, urbana,
etc.), género y clase—, la pertenencia de un individuo a uno de esos tres grupos
determina su posición en la sociedad peruana.

130
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

3. Global, transnacional, transregional: desigualda-


des y entrelazamientos
Dos abordajes pueden ser destacados entre los esfuerzos recientes para
superar el nacionalismo metodológico en la investigación sobre la des-
igualdad: el del sistema-mundo y transnacional.
Partiendo de la teoría de la dependencia y de las primeras obras de
Immanuel Wallerstein, el abordaje del sistema-mundo se concentra en las
interdependencias entre diferentes regiones, así como en el carácter his-
tórico de las desigualdades. El reciente trabajo de Moran y Korzeniewicz
(2009 y 2008; Korzeniewicz, 2011) representa un ejemplo paradigmático
de los desarrollos de estudios de la desigualdad, partiendo de la óptica
del sistema-mundo.
Estos autores distinguen, en relación a la distribución de ingresos, dos
grandes bloques de países: un primer grupo , que son caracterizados por
una gran disparidad en la distribución de ingresos, y un segundo grupo de
países que muestran apenas pequeñas disparidades. Sus estudios muestran
que la posición de los países incluidos en cada uno de esos dos grupos,
por lo general, no cambió desde el siglo XVIII. Queda claro, entonces, que
estos patrones de desigualdad remontan al período colonial. En contraste
con la literatura hasta ahora hegemónica, los autores demuestran que la
persistencia de niveles bajos y altos de desigualdad no puede explicarse
solamente por factores internos. En vez de eso, el potencial de un país para
remediar la desigualdad existente, por medio de políticas redistributivas,
está inextricablemente ligado a la economía global y a la política mundial.
Por tanto, la posición de un país en la economía mundial y sus desigual-
dades internas están conectadas de modo interdependiente:

Los argumentos que presentamos exigen una perspectiva alternativa sobre


la estratificación. En vez de ser nacionalmente limitados, [...], los arreglos
institucionales constituyen mecanismos relacionales de regulación, ope-
rando dentro de los países y al mismo tiempo moldeando interacciones
y flujos entre ellos (Korzeniewicz y Moran, 2008:11).

La posición de los actores sociales en las estructuras transnacionales


de desigualdades —y no las formaciones históricas de la desigualdad— es
el foco central de los abordajes transnacionales en la investigación sobre
desigualdad. Me gustaría referirme brevemente a la investigación de los

131
Sérgio Costa

sociólogos alemanes Ludger Pries y Anja Weiß, como ejemplos de este


abordaje. Ambos trabajan con desigualdad y migración transnacional.
El trabajo empírico de Pries (2008) está dirigido principalmente
hacia la migración de trabajadores entre México y los Estados Unidos.
Él argumenta que la unidad tradicional de referencia en la investigación
sobre desigualdad, es decir, las fronteras del Estado-nación, no es por sí
sola suficiente para explicar cómo los trabajadores migrantes son incor-
porados en las estructuras de desigualdad. De hecho, la movilidad social
potencial de esos migrantes es determinada no solo dentro de México
o de los Estados Unidos, sino que se desplaza simultáneamente entre
diferentes mercados de trabajo nacionales. De acuerdo con Pries, esos
migrantes se mueven entre nuevos espacios transnacionales, plurilocales,
donde nuevas formas de ciudadanía y acceso a derechos son practicadas;
y también ocurren transformaciones en las condiciones materiales de vida,
por medio de remesas y del intercambio de informaciones. Así, se vuelve
indispensable que la investigación sobre desigualdad tome en serio los
espacios plurilocales/transnacionales:

Paralelamente a estas unidades de análisis —encajadas como muñecas


rusas— (local, nacional, supranacional y global), el nivel plurilocal,
como unidad de análisis para fenómenos como la economía doméstica
o las estrategias de educación, es de fundamental importancia, como en
el caso de migrantes transnacionales y del espacio social distribuido por
diferentes sociedades nacionales (Pries, 2008:62).

El trabajo de Anja Weiß (2005; Weiß y Berger, 2008) se concentra en mi-


grantes calificados en Alemania. A diferencia de Pries, ella no está en búsqueda
de una unidad espacial de referencia que ayude a explicar nuevas biografías
transnacionales. Su foco de interés son categorías aptas para describir la posi-
ción social de actores, más allá de las fronteras nacionales. Basando su análisis
en el concepto de capital de Bourdieu, ella muestra cómo ciertos grupos de
migrantes poseen capital cultural válido transnacionalmente, de modo que su
posición en la sociedad que los recibe es parcialmente determinada por este
capital acumulado. En otros casos, hechos que gozan de elevado valor en el
país de origen (p.ej. la obtención de un diploma universitario de una univer-
sidad de elite en la India) no son reconocidos en el nuevo país de residencia.

132
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

4. Articulando categorizaciones sociales


e interdependencias históricas y geográficas
Hasta este punto, me he centrado por separado en los abordajes de
investigación que examinan, por un lado, las interdependencias entre
desigualdades sociales y diversas categorizaciones sociales (clase raza,
género, etnia, etc.), y, por otro, los vínculos entre procesos transnaciona-
les y desigualdades sociales. La Red de Investigación en Desigualdades
Interdependientes en Latinoamérica, con sede en Berlín4 , está trabajando
en la integración de ambas formas de interdependencia por medio de la
construcción de un abordaje designado como «desigualdades entrelazadas»
(entangled inequalities)5. El siguiente cuadro presenta las dimensiones que
este abordaje incorpora:

Ver http://www.desigualdades.net
4

El enfoque en desigualdades entrelazadas está inspirado en Conrad y Randeria


5

(2002), quienes acuñaron la expresión «modernidades entrelazadas» para superar


tanto las interpretaciones eurocéntricas de la historia moderna, así como el concepto
de modernidades múltiples. De modo semejante a lo que hacen Conrad y Randeria,
insistimos en las interdependencias entre estructuras de desigualdades observadas
en diferentes regiones del mundo. Yendo más allá del enfoque de investigación de
estos autores, usamos el concepto de desigualdades entrelazadas para describir
también las interdependencias entre diferentes ejes de estratificación social (clase,
raza, género, etc.).

133
Sérgio Costa

Desigualdades sociales e interdependencias: nuevos abordajes

Abordaje/ Desigualda- Estudios Abordaje Abordaje Desigualda-


autor des horizon- raciales del sistema- transnacio- des entrela-
tales mundo nal zadas
Dimensiones (p.ej. Telles, (p.ej., Moran,
(p.ej. Stewart) Nobles) Korzeniewicz) (p.ej. Pries,
Weiß)
Unidad de Local, nacio- Nacional Regiones Espacios Contextos
análisis nal mundiales: transnacio- relacionales:
centro, perife- nales/ pluri- regímenes
ria, semiperi- locales y configu-
feria raciones de
desigualdad
Enfoque Asimetrías Dominación Flujos: co- Actores: Flujos y
económicas, racial/de mercio global, clases trans- actores
políticas, género flujos finan- nacionales, transregio-
legales cieros familias, nales
redes de Asimetrías
migrantes económicas,
políticas,
legales
Ejes de des- Grupos de- Clase, raza, Clase Clase, nacio- Interde-
igualdad finidos por género nalidad pendencias
nacionalidad, entre diver-
raza, religión, sos ejes de
etc. desigualdad
Temporalidad Sincrónica Sincrónica Diacrónica Sincrónica Sincrónica/
diacrónica

Fuente: elaboración propia a partir de Pries (2008)

Como es evidente en este punto, las desigualdades entrelazadas como


producto de interdependencias entre diferentes regiones, así como entre
diversas categorizaciones sociales, no pueden ser estudiadas a partir de
una unidad de análisis espacial predefinida. En vez de eso, lo que resulta
necesario son unidades relacionales capaces de incorporar los diversos
factores relevantes que contribuyen en la conformación de las estructuras
de desigualdad. Estas unidades relacionales deben variar dependiendo
del respectivo objeto de investigación. En ciertos casos, el concepto de
régimen de desigualdad viene a ser particularmente útil para explorar las
desigualdades entrelazadas existentes.

134
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

De acuerdo con mi propia definición, un régimen de desigualdad6


incluye:

• Una lógica de estratificación/redistribución definida como estática


(sociedades de castas), dinámica (sociedades de clase) o combinada
(clase con atribución racial/étnica/de género).
• Discursos políticos, científicos y populares, según los cuales indi-
viduos o grupos interpretan y construyen sus propias posiciones y
las de otros en la sociedad.
• Estructuras legales e institucionales (p.ej., ley de apartheid, leyes
multiculturales o contra la discriminación).
• Políticas públicas (p.ej., políticas racistas de migración, de integra-
ción o compensatorias).
• Modelos de convivencia cotidiana, contemplando formas de con-
vivencia de mayor segregación o mayor integración (ver Gilroy,
2005).

Con base en esta definición de régimen de desigualdad, en la siguiente


sección exploro las desigualdades que afectan a los afrodescendientes en
América Latina.

5. Afrodescendientes en América Latina


Desde una perspectiva socioeconómica, política y cultural, los afrodescen-
dientes en América Latina representan una población muy heterogénea:
incluyendo desde grupos, como comunidades de la costa del Pacífico, en
Colombia, que se distinguen por formas de vida y tradiciones particula-
res transmitidas a lo largo de generaciones, hasta, por ejemplo, una clase
media negra urbana en São Paulo plenamente integrada al mercado de
trabajo de esta ciudad global.
Esa heterogeneidad también se refleja en las estadísticas demográficas.
De 19 países latinoamericanos, 12 contaban, en los censos realizados alre-
dedor del año 2010, con cuestiones explícitas referentes al color/raza o a

Joan Acker (2006) desarrolló la expresión régimen de desigualdad y con ella todo
6

un programa de investigación dedicado a explorar las relaciones de género, raza


y clase dentro de las organizaciones. Su trabajo es una contribución vigorosa a las
discusiones sobre interseccionalidad. Sin embargo, la autora no trata la dimensión
transnacional o histórica de la desigualdad. Por tanto, al respecto de las semejanzas
semánticas, la expresión régimen de desigualdad usada aquí tiene poco en común
con el programa de investigación de Acker.

135
Sérgio Costa

la identidad de grupos afrodescendientes. Las cuestiones correspondientes


varían, considerablemente, de país en país. Mientras que en Brasil o El
Salvador se interroga por el color o la raza (negro, blanco, pardo, etc.),
en Argentina, que introdujo el ítem correspondiente en el censo del 2010,
lo que interesa es la ascendencia. Esto es, se pregunta a las personas del
domicilio si son afrodescendientes o si tienen antepasados africanos o
afrodescendientes. Se observa, como muestra el caso de Ecuador, el esfuerzo
por combinar clasificaciones relativas a la ascendencia, a la pertenencia
étnica y al color y raza, de suerte que el entrevistado puede autoclasifi-
carse como: indígena, afroecuatoriano/afrodescendiente, negro, mulato,
montubio, mestizo, blanco u otro (Cruces et al., 2012).
Estas discrepancias categoriales entre el censo en varios países de
América Latina y el Caribe hacen difícil determinar con precisión el tamaño
de la población afrodescendiente. Desde una perspectiva histórica, puede
observarse una disminución de la participación de los afrodescendientes
en la población total de América Latina.
Con todo, investigaciones nacionales recientes registran un aumento
del porcentaje de las poblaciones afrodescendientes en algunos países.
Esa tendencia está muy probablemente relacionada con el nuevo cuadro
político y refleja fenómenos como la emergencia de un nuevo movimiento
negro y la expansión de derechos y políticas para los afrodescendientes,
los cuales refuerzan la disposición de un mayor número de personas de
autorreconocerse como afrodescendiente. De acuerdo con estimaciones de
la CEPAL, los afrodescendientes pueden llegar hasta cerca del 30% de la
población de América Latina y del Caribe —o 150 millones de un total de
500 millones, en números redondeados—. Geográficamente, la población
afrodescendiente está concentrada en Brasil (50%), Colombia (20%), Ve-
nezuela (10%) y en el Caribe (16%) (Antón et al., 2009). En promedio, los
afrodescendientes —en especial las mujeres— tienen una expectativa de vida
menor, viven en peores condiciones, tienen niveles más bajos de educación
formal y cuentan con acceso más limitado a los servicios públicos que la
población latinoamericana como un todo. Si los afrodescendientes en Amé-
rica Latina conforman un grupo tan heterogéneo y sus datos demográficos
presentan disparidades tan grandes, ¿cuáles son las razones para agrupar a
esa población en una categoría única?
Se puede suponer que, junto con una historia común, existen estruc-
turas semejantes de desigualdad y un marco jurídico y político análogo
que aproximan los afrodescendientes en América Latina más allá de las
fronteras nacionales. Así, tratar a los afrodescendientes como un grupo

136
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

que trasciende las fronteras nacionales, destaca una clara referencia


transnacional en lo que respecta a las estructuras de desigualdad, una
perspectiva que es generalmente descuidada en los abordajes centrados
en el Estado-nación7.
Las desigualdades entre los afrodescendientes y los latinoamericanos
blancos no pueden ser explicadas solamente por las desventajas acumu-
ladas durante el período de la esclavitud. Las investigaciones recientes
han logrado demostrar que, en varios países latinoamericanos, cualquiera
que sea categorizado como no blanco, aún se correlaciona directamente
con una posición socioeconómica de desventaja y con menores chances
de movilidad ascendente. Consecuentemente, si se controlan estadística-
mente los factores comunes que contribuyen a la desigualdad, como sexo,
región, ingresos y la educación escolar de los padres, las diferencias que
permanecen entre las posiciones sociales solo pueden ser explicadas por
las adscripciones raciales (Costa, 2006).

6. Afrodescendientes en América Latina: regímenes de


desigualdad
A lo largo de la historia pueden identificarse al menos cuatro regímenes
de desigualdades relacionados con los afrodescendientes en América
Latina: esclavitud, nacionalismo racista, nacionalismo mestizo y régimen
compensatorio.
En el curso de la «trata negrera» entre los siglos XVI y XIX, apro-
ximadamente 10 millones de africanos esclavizados fueron llevados
para las colonias europeas en América Latina y el Caribe para trabajar
en las plantaciones, las minas, el servicio doméstico, etc. La esclavitud
siguió patrones y modelos diferentes en los diversos países de América
Latina, así como en diversas regiones dentro de un mismo país. La nueva
historiografía sobre la esclavitud también demostró la considerable im-
portancia de las decisiones individuales y negociaciones interpersonales
para moldear las relaciones entre señores y esclavos (Reis, 1999:437).
Mientras tanto, la división racial de las sociedades prevaleció durante
la esclavitud, demarcando dos grupos con diferentes estatutos políticos,

Históricamente, los afrodescendientes tuvieron una trayectoria común («geteilte


7

Geschichte») en América Latina, en el doble sentido del término tal como es en-
tendido por Conrad y Randeria (2002): una historia compartida y dividida. Esto
implica que existe una experiencia compartida como parte de la historia de la
diáspora africana en América Latina, pero que esta experiencia está separada por
las narrativas de las historias nacionales.

137
Sérgio Costa

jurídico y social: personas esclavizadas, por lo general negros, y hom-


bres libres, por lo general blancos. Por tanto, las sociedades esclavistas
en América Latina funcionaban de cierto modo como una sociedad de
castas: la movilidad social de esclavo hacia hombre libre implicaba ne-
gociaciones complejas y solo existía en casos excepcionales (Cardoso,
1962). Categorizaciones sociales como blanco o negro, que definían la
posición social en sociedades esclavistas, eran constituidas más allá de
las fronteras nacionales en el interior de interpenetraciones entre colo-
nialismo, tráfico de esclavos y flujos de comercio transatlántico8.
La consolidación de los Estados-nación que siguió el fin de la es-
clavitud, reflejó la influencia del racismo científico que venía de Europa,
determinando décadas de vigencia de un modelo nacionalista racista.
Como resultado, los padres fundadores de los Estados modernos en
América Latina emprendieron esfuerzos deliberados para «europeizar» sus
sociedades, por medio del control de la inmigración y la prohibición de
prácticas religiosas y culturales afrolatinoamericanas, buscando obliterar
el legado africano. Como afirma el historiador Andrews, este período fue
dominado por una «guerra a la negritud»:

En todos los países de la región los intelectuales, los políticos y las elites
del Estado lucharon con el problema de la herencia racial latinoamericana.
Como creyentes convencidos del determinismo racial, no tenían dudas
de que la trayectoria histórica de los individuos, de las naciones y los
pueblos estaba irremisiblemente determinada por sus orígenes raciales.
[...] La respuesta latinoamericana a este dilema fue un esfuerzo inten-
so, visionario y finalmente quijotesco para transformarse a sí mismas,
partiendo de unas sociedades racialmente mixtas y predominantemente
no-blancas hasta ser «repúblicas blancas», pobladas por europeos y sus
descendientes (Andrews, 2007 [2004]:197).

Esta «guerra contra la negritud» tuvo profundas consecuencias a nivel


jurídico, así como a nivel de diferentes políticas: de acuerdo con los dogmas
del racismo científico, diferentes gobiernos de Estados latinoamericanos
independientes adoptaron leyes de inmigración restrictivas y desarrollaron


8
Como muestra acertadamente Góngora-Mera (2012) en su genealogía de las arti-
culaciones históricas entre raza y ley en América Latina, esta última ha funcionado
desde el comienzo de la colonización como un enlace transregional para sustentar
la supremacía blanca en las colonias.

138
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

programas higienistas, así como medidas destinadas a controlar el matri-


monio «interracial» (Andrews, 2007 [2004]; Góngora-Mera, 2012:20ss).
En la década de 1930, la glorificación de la mezcla biológica y cul-
tural enunciada ejemplarmente en el concepto de mestizaje suplantó al
nacionalismo racista. Los discursos nacionales dominantes pasaron a ser
marcados por una ideología nacional que celebraba la convivencia pacífica
de todos los grupos y tradiciones de origen europeo, indígena y africano.
El surgimiento simultáneo del relativismo cultural en la antropología cul-
tural internacional —y especialmente en el trabajo de Franz Boas— tuvo
una gran influencia en los discursos sobre el mestizaje en América Latina.
Algunos de los inventores más importantes de la ideología del mestizaje
fueron directamente influenciados por Boas, entre ellos Gilberto Freyre,
en Brasil, y Fernando Ortíz, en Cuba (Hofbauer, 2006).
La posición de los afrodescendientes en el discurso del mestizaje es
ambivalente. Por un lado, este discurso celebra el papel de los afrodes-
cendientes como aliados de los colonizadores europeos, en el ámbito del
proceso de «civilización» de los trópicos, así como la importancia de
estos para el desarrollo de identidades nacionales mestizas. Al mismo
tiempo, este discurso de inclusión significa la renuncia a una identidad
afrodescendiente. Así, lo que es relevante para el mestizaje no es más la
ascendencia africana de los afrodescendientes, sino su integración en las
naciones brasileña, cubana o colombiana, que representan, de acuerdo
con el discurso del mestizaje, una prolongación de la civilización europea
en los trópicos.
Si el discurso sobre el mestizaje funcionó como un programa político
para asimilar y subordinar diferencias culturales, este también sirvió como
un modelo de convivencia. Así, estudios etnográficos en Ecuador (Walsh,
2009), en Brasil (Almeida, 2000; Sansone, 2003) y en Colombia (Wade,
2005) demostraron cómo este discurso funciona como una construcción
multifacética que conecta diferentes patrones de coexistencia intercultural.
Los hallazgos de Peter Wade, basados en sus estudios de música en Colom-
bia, religiosidad popular en Venezuela y cristianismo popular en Brasil,
son particularmente valiosos en este respecto. Según Wade, una vez que
los sujetos individuales o colectivos reinterpretan y redefinen el discurso
ideológico en su vida cotidiana, el mestizaje es predominantemente una
experiencia vivida:

Todo esto nos lleva a una visión de mestizaje que es bastante diferente
de la imagen usual de los procesos nacionalistas, que se empeña en crear

139
Sérgio Costa

una identidad homogénea que acaba borrando la negritud o el indige-


nismo con el fin de terminar con un mestizo blanqueado que representa
la fusión irrecuperable de tres orígenes raciales. En vez de esto, lleva una
imagen del mestizaje como una construcción de un mosaico, que puede
ser encarnado en una única persona o dentro de un complejo de prácticas
religiosas, así como dentro de la nación. Este mosaico es bastante diferente
del mosaico que podría ser llamado de multiculturalismo oficial, en que
cada «cultura» está confinada dentro de ciertos límites institucionales. El
mosaico del mestizaje permite la permanente recombinación de elementos
en personas y prácticas (Wade, 2005:252).

Como ideología, el mestizaje tiene aún resonancia política. Sin em-


bargo, desde la década de 1990, este ha sido desafiado por un marco
internacional político y legal de cambio, así como también por transfor-
maciones a nivel nacional que incluyen el fortalecimiento de los movi-
mientos antirracistas y la expansión de las políticas antidiscriminatorias.
Estos nuevos desarrollos explican la emergencia de un nuevo régimen de
desigualdad que yo he llamado régimen compensatorio.
Ya durante la década de 1980, se podía observar cómo organiza-
ciones multilaterales cambiaron su agenda, de tal forma que trataban la
«diversidad cultural» como un recurso para el desarrollo y no como un
problema, como había sido el caso en las primeras décadas después de
la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con Kymlicka, tales «odiseas
multiculturales» cambiaron radicalmente la lógica de funcionamiento de
las organizaciones multilaterales:

[...] Los arquitectos de la ONU y de las organizaciones regionales de


posguerra asumieron que los derechos de las minorías no solamente
eran innecesarios para la creación de un nuevo orden internacional via-
ble, sino que eran en realidad desestabilizadores de dicho orden. Hoy,
sin embargo, como es ampliamente reconocido, la acomodación de la
diversidad étnica no sólo es coherente con la manutención de un orden
internacional legítimo sino que en realidad es una precondición para este
(Kymlicka, 2007:45).

El discurso sobre el multiculturalismo también entró en la retórica


de los gobiernos nacionales y locales en América Latina, una retórica que
ahora celebra públicamente la identidad cultural de indígenas y afrodes-
cendientes.

140
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

El papel de los diferentes movimientos culturales y sociales no puede


ser subestimado en este contexto. Desde la década de 1990, los movimien-
tos negros y afrolatinoamericanos pasaron por un importante proceso de
transnacionalización y diferenciación interna. Culturalmente, esto resultó
en la rápida diseminación de la llamada cultura negra en el espacio ima-
ginado del Atlántico Norte (Gilroy, 1993, 2010), que en América Latina
incluye manifestaciones como reggae, capoeira y hip-hop, etc.
Políticamente, la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas contra
el Racismo de 2001, realizada en Durban, Sudáfrica, representa un punto
de inflexión fundamental. Las reuniones preparatorias y aquellas que
siguieron la conferencia hicieron posible la fundación de numerosas or-
ganizaciones afrolatinoamericanas, así como el establecimiento de impor-
tantes redes antirracistas transnacionales. Además de esto, la movilización
de mujeres negras y otras minorías internas asegura una pluralización de
los movimientos negros y afrolatinoamericanos, al traer la cuestión de la
diversidad de temas negros en primer plano (Costa, 2011).
Estos nuevos desarrollos comenzaron a reflejarse en políticas sociales
y nuevos marcos regulatorios que afectan la población afrodescendiente
en diferentes países9.
A continuación, presento un rápido resumen de los principales
instrumentos jurídicos y de las políticas sociales que buscan atender los
intereses de la población afrodescendiente, distinguiendo tres generaciones
de medidas.

6.1 Protección contra la discriminación


En escala internacional, el derecho a la protección contra la discriminación
se remonta a la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada
por la ONU en 1948. La Convención de la ONU sobre la Eliminación
de Todas las Formas de Discriminación Racial (ICERD), de 1969, que
había sido firmada por todos los países latinoamericanos, es igualmente


9
Con relación a las políticas que consolidan y amplían los derechos de la población
afrodescendiente, sería importante también considerar las contribuciones de actores
no estatales y de agencias de cooperación internacionales. Este campo incluye nu-
merosas ONGs que proporcionan información jurídica y que coordinan proyectos
sociales, así como instituciones multilaterales e internacionales como, por ejemplo,
el Banco Mundial, que financia programas especiales de apoyo a afroecuatorianos,
y la Fundación Ford, que es el partidario financiero más importante para afrobra-
sileños (Telles, 2003). En este texto no me refiero a estos desarrollos, limitándome
a una visión general de medidas estatales relativas a la implementación de derechos
políticos, sociales y culturales.

141
Sérgio Costa

relevante en este contexto. En 1979, fue establecida la Corte Interameri-


cana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos
(OEA). En 2005, en el ámbito de la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos, fue creada la «Relatoría sobre los Derechos de las Personas
Afrodescendientes y contra la Discriminación Racial», con el objetivo de
reforzar el respeto a los derechos de los afrodescendientes en las Américas
(Olmos Giupponi, 2010; Costa y Gonçalves, 2011).
Los países latinoamericanos, en su mayoría, integraron esas conven-
ciones e instrumentos de derechos humanos internacionales en sus consti-
tuciones. Se puede afirmar que la discriminación con base en el color o en
la identidad étnica está sujeta a sanciones legales en toda América Latina.
En términos de política, muchos países crearon centros de información,
tribunales especializados y puestos de asesoría jurídica que trabajan exclu-
sivamente con casos de discriminación contra afrodescendientes (Machado
et al., 2008). La eficacia de estas medidas varia de país en país, dependiendo
de factores como el grado de consolidación del sistema jurídico, el poder
político de los movimientos antirracistas, etc. (Costa, 2011).

6.2 Protección a los derechos culturales


La segunda generación de instrumentos jurídicos está asociada a la ya
mencionada «odisea multicultural». En este contexto, el Convenio 169 de
la Organización Internacional del Trabajo (OIT), promulgado en 1989, no
puede ser subestimado. Casi todos los países de América Latina ratifica-
ron la convención que extendió sustancialmente los derechos de pueblos
indígenas. El término «pueblos» es importante, pues permite la referencia
a derechos colectivos como reivindicaciones de tierras y la preservación de
lenguas. Esta es la razón por la cual la Convención se volvió un argumento
central de legitimación para promover las demandas de los movimientos
étnicos en América Latina, más allá de lo que se entiende estrictamente
como pueblos indígenas, incluyendo las comunidades de afrodescendientes.
Muchas de estas demandas fueron contempladas también en las reformas
constitucionales más recientes.
En países como Brasil, Colombia, Nicaragua y Honduras, la efica-
cia de estos derechos, en forma de políticas concretas, es especialmente
pronunciada. La atribución de títulos de propiedad y la introducción de
programas sociales son medidas importantes que incentivan el fortaleci-
miento de las llamadas comunidades tradicionales y afrodescendientes
como en el caso de los quilombos, en Brasil, y los palenques, en Colombia.
Igualmente importantes son los programas que promueven la «educación

142
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

étnica», incluyendo medidas como financiamiento de investigación sobre


la historia de las comunidades afrolatinoamericanas y la incorporación de
la historia de la diáspora africana en currículos escolares (Antón, 2009;
Olmos Giupponi, 2010; Costa, 2012b).

6.3 Promoción de la igualdad de oportunidades («discriminación positiva»)


La tercera generación de instrumentos jurídicos y de políticas que se
relacionan con la población afrodescendiente puede remontarse a las
movilizaciones locales en el ámbito de la preparación para la conferencia
de la ONU del 2001 en Durban. La declaración final de la conferencia en
su plan de acción pide explícitamente que los Estados garanticen el acceso
adecuado de los afrodescendientes a la educación, a las nuevas tecnologías
y a los sistemas legales. Brasil y Colombia, en particular, emprendieron
esfuerzos para implementar legal e institucionalmente los derechos declara-
dos en la conferencia. Por ejemplo, en 2003, Brasil estableció la secretaría
federal, la SEPPIR, con estatus de ministerio para la «promoción de la
igualdad racial» (Costa, 2010). En Colombia, cambios constitucionales
que crean condiciones legales para apoyar a los afrocolombianos en el
mercado de trabajo y en el sistema de educación están en negociación
(Góngora-Mera, 2012).

No es posible determinar con precisión cómo estos nuevos marcos


legales y políticos afectan las estructuras de desigualdad. Lo que está
claro, en cambio, es que los prejuicios étnicos, raciales y de género que
moldean las estructuras de desigualdad en América Latina no desaparecen
inmediatamente después de la implementación de estas medidas. Se debe
suponer, entonces, que diferentes mecanismos de estratificación coexisten
en el régimen de desigualdad compensatorio10. Estos son, en líneas gene-
rales, los siguientes:

a) Estructuras de clase que rigen el acceso a bienes y posiciones de-


seadas en la sociedad de acuerdo con criterios de la economía de
mercado.

De acuerdo con mi definición de regímenes de desigualdad presentada anterior-


10

mente, debería proporcionar también una descripción de las formas de convivencia


características de los regímenes compensatorios. Sin embargo, esto exigiría una
observación etnográfica de diferentes experiencias cotidianas en una variedad de
países, extrapolando en mucho los límites de este artículo y de su autor.

143
Sérgio Costa

b) Adscripciones raciales, étnicas y de género. De acuerdo con este


mecanismo de estratificación, el acceso a bienes y a posiciones
está definido por prejuicios y formas diversas de discriminación y
racismo.
c) Grupos meta de políticas públicas: pertenecer a un grupo definido
como meta de cierta política determina, en este caso, acceso dife-
renciado a recursos.

Como he mencionado anteriormente, mi principal objetivo en este


artículo es presentar las desigualdades sociales como un producto de
las interdependencias entre diferentes categorizaciones sociales y entre
diversos entrelazamientos transregionales. Para este fin, he resaltado en
el siguiente cuadro las principales interdependencias y entrelazamientos
encontrados en los cuatro regímenes de desigualdad que han envuelto
históricamente a los afrodescendientes en América Latina.

Afrodescendientes en América Latina: regímenes de desigualdad

Período Lógica Entrelazamientos


principal de transregionales
estratificación/
redistribución
Esclavitud Hasta el siglo XIX Casta Tráfico de esclavos,
comercio triangular
(Europa, África,
América)
Nacionalismo Desde las Adscripción Intercambio
racista aboliciones hasta racial internacional dentro
aproximadamente del racismo científico
1930 (Europa, América)

Nacionalismo 1930-1990 Clase, Circulación de


mestizo adscripción conceptos culturalistas
racial, de género (América)

Régimen Desde 1990 Clase, Alianzas antirracistas


compensatorio adscripción transnacionales
racial, de género, (Atlántico Negro),
población-meta organizaciones
multilaterales

144
Asimetrías, diferencias, interdependencias: regímenes de desigualdad...

7. Conclusiones
El concepto de las desigualdades entrelazadas, acuñado en este texto, busca
reconstruir los vínculos entre las desigualdades sociales, interdependencias
globales y las interpenetraciones entre distintas categorizaciones sociales.
Consecuentemente, las desigualdades sociales son definidas aquí como
asimetrías entre las posiciones de ciertos individuos o grupos de ellos en
un contexto relacionalmente (no espacialmente) determinado. Esto se
refiere a posiciones económicas (definidas por renta, acceso a recursos,
etc.), así como a las prerrogativas políticas y legales (derechos, poder
político, etc.). Para comprender las articulaciones de las cuales surgen las
posiciones desiguales, es necesario tener unidades relacionales de análisis
que sean definidas dinámicamente en el propio proceso de investigación.
De modo semejante, la interacción de categorizaciones sociales (género,
raza, clase, etnia, etc.) no puede ser articulada ex ante en una formulación
teórica. Solamente puede ser estudiada en el respectivo contexto específico.
Al proponer el concepto de régimen de desigualdad, he intentado
acuñar una unidad dinámica de análisis que permite captar las interde-
pendencias entre categorizaciones sociales y entre diferentes regiones del
mundo. Además de esto, el rastreo de diferentes regímenes de desigualdad
interrelacionales a lo largo del tiempo permite contemplar la construcción
histórica de las desigualdades.
En la segunda mitad del artículo, he examinado regímenes de des-
igualdad que han involucrado históricamente a los afrodescendientes en
América Latina: esclavitud, nacionalismo racista, nacionalismo mestizo,
y régimen compensatorio. Cada régimen está formado por un conjunto
diferente de entrelazamientos globales.
En cada uno de estos regímenes, una interacción de categorizaciones
sociales específica ocupa el primer plano: durante la esclavitud, el estatus
de ser esclavizado prevalece, mientras que otras atribuciones se vuelven
secundarias. Hoy, por el contrario, la posición de los afrodescendientes
en las estructuras de desigualdad depende de una combinación compleja
de diversas categorías: clasificaciones etnorraciales (que no pueden ser
reducidas a la dualidad negro-blanco), clase, sexo, grupos meta de dere-
chos y políticas, etc.
Estas posiciones varían dependiendo de cuál nivel de régimen de
desigualdad es tomado en cuenta: ser categorizado como «negro», por
ejemplo, puede ser ventajoso en relación al acceso a algunas políticas
—por ejemplo, la política de cuotas—. Sin embargo, en otros niveles del

145
Sérgio Costa

régimen de desigualdad —como discursos, patrones de convivencia— ser


clasificado como no blanco está asociado, por lo general, a una posición
subordinada en las estructuras sociales.

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149
Tolerancia a la desigualdad y
justicia social. Una agenda teórica
de investigación*

Emmanuelle Barozet** y Oscar Mac-Clure***

¿Cómo abordar hoy la pregunta por la desigualdad, no desde su medición,


sino que desde la comprensión de su reproducción en la vida cotidiana?
Las ciencias sociales, desde hace dos siglos, han aportado considerables
volúmenes de reflexión y publicaciones acerca de la reproducción de la
desigualdad, como fenómeno social que traspasa las barreras de los países y
de los siglos. Los aportes han sido tales que muchas veces cuesta orientarse
en ese bosque frondoso y tupido, donde se mezclan reflexiones epistemo-
lógicas, políticas, descriptivas, analíticas, ideológicas o una mezcla de lo
anterior. En efecto, la existencia de la desigualdad en nuestras sociedades
no es solamente un problema moral. Se trata de un fenómeno que parece
resistir con fuerza al cambio social, a las políticas públicas e incluso a
las más fuertes voluntades de igualación social. La última mitad del siglo
XX y el inicio del siglo XXI han sido fecundos en intentos de limitar la


*
Este texto se enmarca en el proyecto Fondecyt regular 1130276, 1130800 y FON-
DAP 15130009. Contó además con el apoyo financiero de Enlace VID-CEPIA de
la Universidad de Chile. Los enfoques generales del proyecto y sus resultados están
disponibles en www.desigualdades.cl. Agradecemos a nuestros coinvestigadores por
el trabajo de equipo: María Luisa Méndez, Universidad Diego Portales; Virginia
Guzmán, Centro de Estudios de la Mujer y Vicente Espinoza de la Universidad de
Santiago.
**
Socióloga y cientista político, profesora asociada del Departamento de Sociología
de la Universidad de Chile e investigadora asociada del proyecto CONICYT/
FONDAP/15130009 COES (Centro de Estudios para el Conflicto y la Cohesión
Social), ebarozet@uchile.cl.
***
Sociólogo e historiador, investigador de la Universidad de Los Lagos, oscar.mac-
clure@ulagos.cl.

151
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

desigualdad en varias partes y en América Latina en especial, pero con


resultados finalmente limitados. Algunas de las razones que explican la
permanencia y la reproducción de la desigualdad se relacionan con la le-
gitimación de la misma, y desde otra vereda, con la tolerancia hacia ella.
No todos valoran o quieren la igualdad formal o la igualdad real, más allá
de los discursos piadosos o políticamente correctos. Algo ocurre, que con
los ciclos económicos, políticos y sociales, siempre debemos, como Sísifo,
volver a plantear la pregunta por la desigualdad, por la comprensión de este
complejo fenómeno y por las formas de luchar contra ella, pues siempre
se reinstala, a nivel macro pero también en nuestras propias vidas, en su
cotidianidad banal e invisible.
En este trabajo, establecemos un recorrido acerca de la reflexión sobre
reproducción de la desigualdad desde la noción de justicia social, en el
marco de una sociología pragmática, preocupada de los modos cotidianos
de construcción de lo social, desde los propios actores. Nos proponemos,
al igual que otros autores de este libro, entregar herramientas teóricas para
el análisis de este problema en América Latina. En particular, nos interesa
presentar y analizar los elementos conceptuales que permiten observar los
procesos micro y mesosociales, en los cuales se asienta la reproducción
de la desigualdad. Buscamos en especial presentar los enfoques teóricos
chilenos e internacionales que permiten describir e interpretar la forma-
ción y reproducción de los mecanismos de diferenciación subjetiva en las
interacciones cotidianas.
Un problema social central que hemos abordado desde diversos án-
gulos en nuestro equipo en estos últimos años1, es la consistencia entre los
niveles de desigualdad presentes y las creencias y prácticas de individuos y
grupos sociales que en la interacción social condenan la desigualdad, a la
vez que la reproducen en su actuar y discurso. Desde el punto de vista de
las creencias, los individuos pueden justificar o impugnar un orden desigual
basado en diversas consideraciones, siguiendo discursos generalizados en
torno a la justicia social o lo que uno desea para sí mismo o la crítica hacia
otros grupos sociales. Sin embargo, desde un punto de vista microsocial o
interaccionista, los mecanismos productores de desigualdad se caracterizan
por la continuidad de relaciones sociales que se expresan en categorizacio-
nes sociales, separaciones, barreras o apropiaciones, en las cuales algunos
de los grupos obtienen sistemáticamente mayores recompensas, y otros
grupos de bajas recompensas. Desde este punto de vista, la reproducción

Véase detalle de nuestros enfoques y trabajos en el sitio web del Proyecto Des-
1

igualdades: www.desigualdades.cl.

152
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

de la desigualdad en la vida cotidiana se refiere a cómo estos mecanismos


llegan a constituirse como parte de la normalidad social. Este trabajo
vuelve a plantear este tema en un momento en que los temas de justicia y
desigualdad dejan de estar restringidos a la pobreza: emergen fuertemente
discursos críticos y transversales respecto a los niveles de desigualdad que
caracterizan la sociedad chilena y América Latina.
La hipótesis general que sustenta y organiza el presente documento
es que si bien las desigualdades se asientan en procesos de carácter ma-
croestructurales, tienen un fuerte arraigo en las normas que regulan las
interacciones de los sujetos y en los comportamientos y prácticas de las
personas, así como sus elecciones: aquellas toman decisiones y actúan no
solo a base de principios de justicia social, sino que también a partir de
prejuicios y opiniones formadas en el marco de la interacción social y en el
momento mismo, lo que tiende a reforzar y reproducir las desigualdades.
En una primera parte, presentaremos los principales debates en torno a
las desigualdades, su arraigo en nuestras sociedades y el repudio subjetivo
a su existencia. En una segunda parte, relacionaremos la pregunta por la
desigualdad con aquella por la justicia social, antes de abordar en una
tercera parte lo que implica cada visión de la justicia social en términos
de redistribución de los bienes societales. En la cuarta parte, presentare-
mos los enfoques asociados a la justicia social como objeto sociológico
de investigación, antes de cerrar en la quinta parte con un encuadre hacia
América Latina y Chile en particular, buscando entender qué está en juego
localmente en la pregunta por la desigualdad y la justicia social.

1. El arraigo de las desigualdades


y el repudio a su existencia
En los últimos diez años, la temática de las desigualdades socioeconómicas
y el discurso público y académico sobre las mismas han adquirido una
fuerte centralidad en la sociedad chilena, en la medida que varias de las
desigualdades anteriormente naturalizadas han pasado a ser percibidas
como injusticias. Profundizar en la dimensión subjetiva de la desigualdad
socioeconómica, una de las menos conocidas (Chauvel, 2006; ENES, 2009;
Castillo, 2009; Castillo, 2011) parece entonces muy necesario, pues de
modo general, la sociología ha abordado más las desigualdades sociales
que la justicia social como tal (Turner, 2007). En el caso particular de
Chile, a pesar de los elevados niveles de desigualdad que presenta este país
en diversos ámbitos de medición, hasta el año 2006, parecía existir cierto

153
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

consenso entre las fuerzas políticas y las autoridades sobre los aportes
positivos del modelo económico al crecimiento del país. A su vez, las y
los ciudadanos parecían reconocer la ampliación de oportunidades y de
bienestar social en el país. Sin embargo, a partir de ese año, y con mayor
fuerza a partir del año 2011, el malestar (PNUD, 1998; Brunner, 1998) y
las demandas de redistribución frente a las desigualdades (Espinoza, 2012)
comenzaron a ganar posiciones en las agendas públicas y académicas. Se
visibilizaron la diversidad de reivindicaciones sociales insatisfechas, las
dimensiones ocultas de la desigualdad, la injusticia, el abuso de poder y la
imposición de decisiones de parte de las autoridades sobre temas públicos.
Una creciente ola de protesta social fue llevando esta agenda al espacio
político, partiendo en 2006 con las movilizaciones de los «pingüinos», los
paros de trabajadores subcontratados en la minería, la remediatización de
las luchas de grupos indígenas, las demandas ambientalistas, proceso que
tuvo su punto cúlmine el año 2011. La aparición simultánea de una serie
de escándalos y problemas sociales que afectaron a grupos modestos y de
clase media2 en los años anteriores, constituyeron antecedentes directos
de la crisis del año 2011.
La producción social, periodística, y científica acerca de las desigualda-
des pasó a estar, por lo tanto, mucho más fuerte que hace una década. Se ha
centrado sin lugar a dudas en las diferencias de ingresos como síntesis de las
diferencias sociales, en especial desde la economía, pero se ha demostrado
desde la sociología y la psicología que lo que está en juego para las perso-
nas, también se expresa en categorizaciones sociales y representaciones de
la sociedad (Durkheim y Mauss, 1903), mucho más ancladas en las mentes
de las personas que sus fluctuantes niveles de ingresos. Desde el punto de
vista cuantitativo, distintas encuestas evidenciaron los niveles de malestar
ciudadano frente a la desigualdad y situaciones de abusos (CERC, CEP,
ISSP, ENES). Esto llevó a la discusión nacional, lo que parecía un tema
menor hace diez años: las brechas de la desigualdad, la sustentabilidad

Podemos destacar los siguientes escándalos: colusión de las farmacias para fijar
2

precios de medicamentos, estafa a los deudores de la multitienda La Polar, altas


ganancias de las administradoras de fondos de pensiones en un período de tur-
bulencia económica, aumento del endeudamiento de las familias para financiar la
educación de sus hijos, entre otros. Cabe destacar en esta larga lista el escándalo de
la «señora Pérez» del condominio de Chicureo, una zona de acomodadas casas en
gated communities de Santiago y del maltrato simbólico y social hacia las empleadas
de casa («nanas»), que ha generado impacto público; se trata de un ejemplo de
discriminación, que puede ser analizado desde un punto de vista microsocial (http://
www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/01/120118_chile_nanas_discriminacion_jgc.
shtml).

154
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

del modelo de desarrollo y a fin de cuentas, la necesidad de introducir


importantes reformas al sistema imperante para reducir las desigualdades.
Como señaló Sen (2000), varias desigualdades invisibles hasta el momento
pasaron con este ciclo de acción colectiva a ser no solamente visibilizadas,
sino que consideradas como particularmente injustas. El problema de esta
coyuntura específica es que en América Latina y en Chile en especial, a lo
largo de la historia moderna, se ha tenido que escoger entre crecimiento
económico y redistribución. En efecto, en varios momentos del siglo XX, se
ha sacrificado el desarrollo económico en pos de una mayor igualdad social,
pero los resultados no han sido los esperados, especialmente entre los años
1950 y 1970. Desde la vuelta a la democracia en 1990 hasta la elección de
Bachelet para su segundo mandato en 2014, se optó por no sacrificar el
crecimiento económico en pos de una mayor igualdad social, lo que colocó
a la clase política frente a un dilema. Mirando hacia el futuro, muchos pa-
saron a considerar que las condiciones estaban dadas para compatibilizar
ambos logros, aunque varias voces discordantes tanto en la izquierda como
la derecha opinaron que se terminaría nuevamente sacrificando una de estas
esquivas metas.
Desde el punto de vista sociológico y económico, la desigualdad social
es «el resultado de una distribución desigual, en el sentido matemático
de la expresión, entre los miembros de una sociedad, de los recursos de
esta» (Bihr y Pfefferkorn, 2008)3. Se produce y reproduce por un conjun-
to de mecanismos, dentro de los cuales cabe destacar algunos de corte
estructural, e institucionales tales como el sistema educacional, el sistema
tributario, la matriz productiva, los requerimientos del mercado laboral
respecto de trabajadores más o menos especializados, los patrones de
segregación espacial, las políticas sociales y la falta de redistribución en
general (Fitoussi y Rosanvallon, 1996; Thërborn, 2006).
Junto a estos, existen mecanismos de discriminación social expresados
en percepciones y actitudes de la población así como en su interacción
social, que denominamos nivel microsocial (Simmel, 1908; Goffman, 1959;
Garfinkel, 1967) y que no responden solo a determinaciones estructurales
o macro, sino que también a microdecisiones que toman las personas.
De una parte, las creencias y prácticas que sustentan la desigualdad a un


3
Obviamente, el término «desigualdad social» requiere de una importante precisión
en cuanto al tipo de variables que se tomarán en cuenta para definir los distintos
aspectos de dicha desigualdad. Se puede tratar cada una de estas dimensiones
por separado o mediante una combinación de varias de ellas. En nuestro equipo,
optamos por tomar en cuenta varias dimensiones de la desigualdad, de manera
conjunta (Tilly, 2000).

155
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

nivel microsocial pueden concebirse como mecanismos de adaptación ante


procesos estructurales. Pero también puede afirmarse que los procesos
estructurales que producen la desigualdad social solo pueden sustentarse
en la medida que hayan sido socialmente justificados y que las personas
avalen la existencia de desigualdades. En este contexto, la microrrepro-
ducción de las desigualdades puede ser considerada como un mecanismo
habitual y diario de diferenciación social (Schwalbe et al., 2000; Forsé y
Parodi, 2010).
También cabe considerar que el sistema imperante, por muy injusto
que sea, trae recompensas en el día a día: diferenciarse socialmente de
los demás, gozar de un nivel de bienestar un poco superior al vecino,
sentirse distinto o más que el de al lado, también trae bienestar sico-
lógico. Parte de nuestros procesos de conformación identitaria implica
diferenciarse de los demás y obliga a marcar fronteras y límites (Lamont,
1992; Méndez, 2008). Una explicación complementaria consiste en
señalar que reproducimos la desigualdad en nuestro quehacer diario,
porque muchas veces nuestras decisiones emergen en un contexto de
baja racionalidad (Cefai, 2011) y no engarzan con modelos de justicia
social que elaboramos en otro nivel de reflexividad (De Singly y Martuc-
celli, 2009; Araujo y Martuccelli, 2012). También se puede argumentar
que las personas, frente a situaciones injustas, esperan que la situación
evolucione a futuro o simplemente se considera por fatalismo que no se
puede cambiar (Turner, 2007). Una visión más agencialista consistiría en
argumentar que combatir las desigualdades, en especial las más fuertes
en nuestras sociedades, significa implicarse en actividades colectivas,
que toman tiempo, energía y riesgos4. Parece aceptable en este contexto
quedarse en la aceptación de la situación para no pagar tales costos,
sobre todo cuando estas actividades compiten con el tiempo dedicado
al trabajo, al cuidado de la familia y otras actividades que permiten la
reproducción del diario vivir. Muchos individuos que consideran que las
desigualdades son injustas, decidirían entonces renunciar a lo justo para
actuar en la medida de lo posible, lo que más que legitimación, expresa
tolerancia hacia las desigualdades, pues las personas están conscientes
de que existen y de que son injustas (Puga, 2011).
En este ir y venir entre el plano objetivo de la existencia de la des-
igualdad y el plano subjetivo de su rechazo o aceptación de ella, se puede


4
Considerando incluso seguimientos y detenciones arbitrarias de parte de las fuerzas
del orden, como sigue ocurriendo en Chile: http://fech.cl/fech-y-dirigentes-sindi-
cales-exigen-la-libertad-de-camilo-diaz-y-el-fin-a-la-persecucion-a-estudiantes/.

156
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

afirmar que la desigualdad por sí misma no amenaza la continuidad de


las sociedades (Tilly, 2000; Chauvel, 2006). Pero sí estas se ven amenaza-
das, cuando la percepción de injusticia en la distribución de los recursos
materiales y simbólicos se cristaliza en una crítica cada vez más amplia
(Boltanski, 2009), que a su vez es retomada por organizaciones capaces de
movilizar orientaciones alternativas (Touraine, 1978; Pizzorno y Crouch,
1978), tal como lo observamos en varios países de la región en los últimos
años. Pero esas expresiones colectivas tienen sustento en un plano subjetivo
y micro. Siguiendo a Honneth para comprender lo que ocurre a este nivel
(1995; Basaure, 2011), debemos situarnos preponderantemente debajo del
umbral de tematización y visibilidad pública o mediática, para observar
en qué medida a nivel micro social surgen no solamente justificaciones de
la desigualdad, sino también expresiones críticas que pueden no haberse
representado en la acción colectiva ni en el espacio público.

2. La pregunta por la justicia social:


del colectivo al individuo
Relacionar la desigualdad con la justicia social responde a la necesidad
de ir más allá de la mera descripción de las desigualdades: si se quieren
calificar o incluso cambiar, se tienen que leer a la luz de un modelo nor-
mativo. Sin ese elemento, solo podemos retratar las desigualdades, pero
no podemos calificar si son justas o injustas5.
La justicia social como componente de la justicia es una construcción
a la vez moral y política, tanto individual como colectiva, acerca de lo
que es justo en cuanto a derechos, pero también en relación a la distribu-
ción y redistribución de las ventajas y recursos en la sociedad, sean estos
materiales o simbólicos6. Abarca en estricto rigor el campo económico y
social a la vez, así como los criterios de repartición de dichas ventajas entre
grupos e individuos. En las últimas décadas, los principales ámbitos en los
cuales se han centrado las reflexiones sobre justicia social a nivel interna-
cional son los siguientes: desigualdades en la distribución de ingresos, de
activos (materiales o no materiales), de oportunidades de acceso a trabajo
y empleo remunerado, de acceso al conocimiento, de acceso a beneficios


5
A menos, por supuesto, de que consideremos que todas las desigualdades son injus-
tas, punto cuestionado por la mayor parte de las teorías de la justicia actualmente,
como veremos más adelante.

6
Una completa síntesis de los debates desde la filosofía moral y política se encuentra
en el libro del canadiense Will Kymlicka (1999), tomando en consideración los
debates utilitaristas, liberales, libertarios, marxistas, comunitaristas y feministas.

157
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

y de protección social, de acceso a oportunidades de participación cívica


y política (ONU, 2006).
Si bien la pregunta por la justicia social ancla sus raíces en la filosofía
política y moral, sus desarrollos más profundos y acabados corresponden
a los dos últimos siglos y en especial a la segunda mitad del siglo XX.
Buscando sustituir el utilitarismo que dominó el debate anglosajón, Rawls,
usando una versión más abstracta de la noción de contrato social, establece
una teoría de la justicia como equidad, que permita «entregar un análisis
satisfactorio de los derechos y las libertades de base de los ciudadanos en
cuanto personas libres e iguales» (Rawls, 2009 [1971]:10). Esta concepción
implica el pleno ejercicio de dos facultades morales básicas: el sentido de la
justicia y la concepción del bien7. Como es de amplio conocimiento, Rawls
plantea que para definir la mejor concepción de justicia, se debe deliberar
desde el velo de la ignorancia, es decir, sin saber cuál es la posición de clase
o el estatus social que uno ocupará en la sociedad, lo que «garantiza que
nadie saque ventaja o desventaja en la elección de los principios por el
azar natural o por la contingencia de las circunstancias sociales» (Rawls,
2009 [1971]:38), esto es, sin favorecer su condición personal y particular.
Al respecto, Rawls afirma: «Sostendré que las personas puestas en esta
situación inicial [el velo de ignorancia] elegirían dos principios bastante
diferentes. El primero exige la igualdad en la atribución de los derechos
y los deberes de base. El segundo, por su lado, plantea que desigualdades
socioeconómicas, tomemos por ejemplo desigualdades de riqueza y de
autoridad, son justas si y sólo si producen, como compensación, ventajas
para cada uno y, en particular, para los miembros más desaventajados de
la sociedad» (Rawls, 2009 [1971]:38), lo que es conocido como principios
maximin. Rawls señala que «una concepción de la justicia entrega [...],
en primer lugar, un criterio para evaluar los aspectos distributivos de la
estructura de base de la sociedad» (Rawls, 2009 [1971]:35).

Sin embargo, para el común de las personas, este ejercicio máximo de


abstracción no es posible; se elaboran juicios y concepciones de la justicia
social más bien como «el equilibrio adecuado entre reivindicaciones en
competencia» y la concepción de la justicia, definida como «un conjunto


7
«Es lo que llamo las dos aplicaciones fundamentales. En breve, la primera consiste
en la aplicación de los principios de justicia a la estructura de base de la sociedad,
gracias al ejercicio del sentido de la justicia de los ciudadanos. La segunda consiste
en la aplicación de las facultades de razonamiento y de pensamiento práctico de su
concepción del bien» (Rawls, 1971 [2009, prólogo para la edición en francés]:11).

158
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

de principios que tiene como meta determinar los elementos pertinentes


que cabe tomar en cuenta para definir dicho equilibrio» (Rawls, 1971
[2009]:36). Dicha concepción busca abarcar a la vez los principios abs-
tractos en los cuales descansa la justicia social, así como la justicia en su
sentido cotidiano, es decir, llevada al raciocinio en el día a día que hace
cualquier persona frente a situaciones concretas. En general, desde el punto
de vista del sujeto, las nociones de justicia social emergen en el momento
en que se percibe una desigualdad. Luego, evaluar una desigualdad implica
emitir un juicio en comparación con lo que uno considera una situación
de justicia social.
En esta línea, en décadas recientes, uno de los desarrollos más cono-
cidos de las teorías de la justicia —retomando los trabajos de Rawls—
corresponde a la teoría de la equidad (fairness en inglés) en el ámbito de
la psicología social, que aborda estas problemáticas de forma pragmática
(Adams, 1963, 1965). Este enfoque descansa en las siguientes premisas: i) el
sentimiento de justicia o de injusticia emerge en el individuo al compararse
con los demás, lo que significa que no existe un criterio absoluto acerca
de lo que es justo o injusto. De hecho, no se percibe desigualdad cuando
se considera que las diferencias entre las personas son justificadas. Este
punto es central, pues establece que «la injusticia radica en la “mirada del
actor” y no en las características objetivas de la situación: esto significa
que los aportes y las gratificaciones de cada uno son definidos de manera
subjetiva; dependen de las percepciones de las personas que participan
del intercambio» (Kellerhals y Languin, 2008:21); las recompensas o
gratificaciones que reciben las personas deben ser proporcionales a su
contribución, según el principio de meritocracia —idea de igualdad de
tratamiento de Aristóteles—, es decir, no a base de un principio de igualdad,
sino que de proporción (Guienne, 2001). De ahí que lo justo corresponda
a ser tratado como los demás, y no ser discriminado, lo que podríamos
considerar como una definición mínima. Una versión aún más exigente
implica, además de lo anterior, que las capacidades de las personas sean
reconocidas y evaluadas en su justa medida, y en situaciones concretas,
lo que podríamos considerar como una definición máxima.
Otra vertiente de la justicia social corresponde a la teoría del estatus
(Berger et al., 1972), que podría tener también aplicaciones muy directas
en el caso de Chile, por la configuración histórica de las desigualdades,
consideradas como persistentes, es decir, ancladas históricamente (Tilly,
2000). Esta vertiente de la teoría de la justicia establece derechos y deberes
en función de determinados estatus (hombre/mujer; nacional/extranjero;

159
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

niño/adulto), en general basados en elementos más bien culturales: no se


trata, por lo tanto, de una medida universal, sino que una relacionada a
la posición particular que ocupa cada uno. En esta concepción, lo justo es
definido como «la atribución de retribuciones adecuadas —en términos
de estatus— a una performance que a su vez es evaluada como idónea.
La idea de proporcionalidad es reemplazada aquí por la idea de corres-
pondencia entre roles y gratificaciones» (Kellerhals y Languin, 2008:26).
Podemos señalar, entonces, que las concepciones de justicia social
que tienen las personas se construyen en referencia a marcos generales y
concepciones normativas de la justicia social, pero en la medida en que se
enfrentan a situaciones específicas en el día a día. No ocurren en el vacío:
nadie nace con una concepción de justicia ya construida ni enfrenta la
vida cotidiana con un corpus teórico preelaborado —a menos que sea
abogado, religioso o tenga una ocupación cuya actividad central consiste
en administrar la justicia en una determinada comunidad—. La visión
subjetiva de lo justo se construye pragmáticamente, con una mezcla de
principios generales y de confrontaciones a situaciones específicas en la
vida cotidiana.

3. ¿Cómo redistribuir legítimamente


los beneficios de la sociedad?
A partir del trabajo de John Rawls, la preocupación de los autores en el
campo de la justicia social se centra en las fórmulas de distribución de las
riquezas, recursos y ventajas sociales, no solo in abstracto, sino que también
mediante fórmulas que se puedan usar en la vida cotidiana. Podemos partir
de los trabajos de Nozick (1974), quien enfatiza, entre otros elementos,
la importancia de la relación entre beneficios y esfuerzo. Las opciones en
cuanto a lo que es una redistribución justa mezclan, en general, lo que es
bueno para el individuo y lo que es bueno para la sociedad, buscando un
equilibrio entre ambos, pero sin desconocer las tensiones que surgen entre
ambas exigencias, o incluso las contradicciones que acarrean. En esta idea
de la diversidad o pluralidad de nociones en competencia, está claro que
cualquier principio de justicia distributiva es por excelencia dinámico o
inestable (Rawls, 1971; Frohlich y Oppenheimer, 1990).
En Sen (2000), esta misma pregunta se desplaza desde los principios
generales de justicia hacia la pregunta por la igualdad y sobre todo qué
tipo de igualdad, frente a la diversidad de los seres humanos y de las
circunstancias en que les toca vivir. Dicha diversidad dificultaría que se

160
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

aplique la propuesta de Rawls en cuanto a la determinación de principios


únicos y generales de repartición de los bienes. También se exploran los
otros conceptos que pueden competir con la igualdad, en especial la no-
ción de libertad, tal como la privilegian los pensadores libertarios como
Nozick. Otro aporte central en esta dimensión redistributiva corresponde
a Walzer (1983), quien demuestra que cualquier teoría de la justicia debe
basarse en la diversidad de las esferas de justicia y del bien, es decir, en
una «poliarquía de los principios». Este aporte busca también limitar los
embates del relativismo, que debido al pluralismo actual de los principios,
determinaría que ya no vale la pena definir «lo justo» como un principio
unitario. Como señalan Boltanski y Thévenot (1991), Walzer busca «su-
perar los problemas del relativismo cultural que conlleva necesariamente
una apertura hacia la diversidad» (28). La pluralidad de los ámbitos de
justicia se relaciona también según Sen con el bienestar de las personas,
más allá del equilibrio entre igualdad y libertad, así como en los elementos
subjetivos en los cuales descansa el bienestar. Se trata más bien de llegar a
una concepción de la justicia basada en desigualdades toleradas, más que
en una concepción de la justicia «total». En efecto, como hemos señalado
anteriormente, no todas las desigualdades son percibidas como injustas,
sino que muchas de ellas son naturalizadas y, por lo tanto, no son objeto
de deseo de cambio (Sen, 2000). El rol que las percepciones juegan es en-
tonces central en las concepciones de justicia, campo del cual la sociología
se hará cargo recién a partir de los años 90.
Profundizando en el rol de las percepciones, en los últimos años, a
partir de las teorías de Taylor (1994), Honneth (1992) y Fraser (1995), otra
vertiente de la filosofía moral se abre en el debate sobre justicia social, más
allá de la redistribución de beneficios materiales, acerca del reconocimiento
—recognition en inglés— de las diferencias, en especial de las de identida-
des, generando de esta forma una dualidad o paridad entre la concepción
redistributiva de la justicia y su concepción en términos de reconocimiento,
lo que requiere de un trabajo de articulación entre ambas dimensiones, entre
injusticia socioeconómica e injusticia cultural (Fraser y Honneth, 2003). Este
sería el gran dilema que enfrentan las sociedades modernas y Chile no está
excluido de esta reflexión, en que se debe satisfacer a la vez la justicia en el
plano socioeconómico y simbólico. Esto no está exento de dificultades, para
no decir que se trata de una resolución difícilmente alcanzable: las demandas
se pueden multiplicar al infinito y más rápido que los recursos de los cuales
se dispone para remediar las situaciones de injusticia material y simbólica.

161
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

Aclarado el panorama general y los aportes más reconocidos en


las últimas décadas en el ámbito de la desigualdad y la justicia social,
podemos señalar que hoy, una parte importante de los debates en este
campo se resumen en la oposición entre igualdad de oportunidades y de
resultados —o de posiciones—. Ambas concepciones «buscan reducir la
tensión fundamental, en las sociedades democráticas, entre la afirmación
de la igualdad entre todos los individuos y las desigualdades sociales que
provienen de las tradiciones y de la competencia entre intereses en acción.
En ambos casos, se trata de reducir algunas desigualdades, con el fin de
volverlas si no justas, por lo menos aceptables» (Dubet, 2010:9). En ambas
concepciones, aunque de forma diferencial, también se busca separar entre
lo que son las desigualdades producidas por la elección de las personas y
las desigualdades que se deben a las circunstancias (Guienne, 2001). La
igualdad de posiciones busca limitar las diferencias de las condiciones de
vida entre las personas, a pesar de las diferencias entre ellas y a estrechar
las posiciones, sin que la movilidad de los individuos en función de sus
talentos sea la preocupación principal. Se trata de la opción más igualita-
ria. La igualdad de oportunidades, por su lado, descansa más bien en el
principio del mérito (Roemer, 1996): busca limitar las discriminaciones y
limitaciones que afectan a las personas en la carrera de la vida. El modelo,
en este caso, es el de una sociedad que retribuye a cada uno en función
de su esfuerzo y de su especificidad. Se trata, por supuesto, de una visión
mucho más liberal que la primera.
Ambas visiones apuntan a concepciones muy distintas de la sociedad
y de la justicia. Podríamos resumir —sacrificando el detalle— que en el
siglo XX, las sociedades europeas han sido más proclives a la primera
concepción mientras las americanas han sido más bien inclinadas a la
segunda, aunque todas hoy en día estén más proclives a la igualdad de
oportunidades. Cabe señalar, sin embargo, siguiendo a Dubet (2010), que
«la igualdad de oportunidades descansa en una ficción y sobre un modelo
estadístico que supone que para cada generación los individuos se reparten
de forma equitativa en todos los niveles de la estructura social, cualesquiera
sean su origen y su condiciones iniciales. […] Esta ficción es tan exigente
como la de igualdad de posiciones: incluso más exigente porque supone
que la herencia y las diferencias de educación sean abolidas, con el fin de
que el mérito de los individuos produzca por sí solo desigualdades jus-
tas» (54-55). Sabemos hoy, a partir de encuestas internacionales, que la
igualdad de posiciones ha perdido bastante terreno entre las preferencias

162
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

de las personas a nivel mundial (Duru-Bellat, 2013) y Chile es un ejemplo de


este giro profundo.

Finalmente, en el ámbito de las formas de expresión de la justicia y de


repartición de los bienes societales, existe una última distinción central:
la distinción entre justicia distributiva y justicia de los procedimientos
o justicia procedimental (Turner, 2007). La primera se refiere a lo que
los individuos deberían recibir y en función de qué criterios, mientras la
segunda especifica los procesos de acuerdo a los cuales se deben distribuir
los bienes (Kellerhals y Languin, 2008). De un modo más delimitado,
la justicia de los procedimientos se fundamenta en la neutralidad de las
reglas del juego y en el criterio de si las personas sienten que reciben un
trato correcto, de acuerdo a Tyler (2006). Generalizando a partir de un
análisis empírico, el autor afirma que existen aspectos normativos en la
experiencia social referidos la neutralidad y la ausencia de sesgos en las
reglas, así como el respeto de derechos de las personas y la honestidad
en el trato interpersonal, que definen la equidad en los procedimientos
en términos no relacionados con los resultados. Esta acotada definición
no instrumental de la justicia de los procedimientos se conecta con la
corriente de la teoría social acerca de las fuentes de legitimidad de la
autoridad (Beetham, 1991; Weber, 1921). Tiene la ventaja de que facilita
una distinción analítica precisa y permite indagar en qué medida y bajo
qué condiciones está presente en los criterios de justicia que aplican
las personas. La evaluación de lo considerado justo puede depender de
modo crucial de una evaluación de procedimientos, es decir, no solo de
criterios asociados a una justicia referida a que las oportunidades son
equitativas en cuanto a la distribución de los recursos. Por lo tanto, cual-
quier problema de investigación vinculado con desigualdades y justicia
social involucra indagar sobre la incidencia de ambos tipos de justicia,
la distributiva, pero también la procedimental.

4. La justicia social como objeto sociológico


Si bien Rawls plantea una teoría de la justicia universal, desde un punto de
vista más pragmático, señala que «por supuesto, las sociedades existentes
son rara vez bien ordenadas en este sentido [que existe una concepción
de justicia], porque lo que es justo o injusto es en general el objeto de
debates. Los seres humanos no están de acuerdo acerca de los principios
que deberían definir los términos de base de su asociación. Sin embargo,

163
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

podemos decir que a pesar de este desacuerdo, tienen una concepción de


la justicia, es decir, comprenden la necesidad de un conjunto característico
de principios y están dispuestos a defenderlos» (1971 [2009]:31). Esto no
es nuevo en sociología: ha sido demostrado tempranamente que las evalua-
ciones de las personas y los actores sociales incluyen un juicio valorativo,
estableciendo una relación entre lo existente y un elemento referencial de
tipo normativo (Durkheim, 1903). A partir de esta constatación, desde la
década de 1960, y en especial desde la de 1970, las ciencias sociales han
desarrollado estudios en relación con este campo tradicional de la filosofía
moral y política, procurando entender cómo en concreto, funcionan los
principios de justicia y cuáles son, en grupos humanos específicos, fuera
de las concepciones modelizadas de la filosofía (Guienne, 2001). Es decir,
se ha intentado separar el fundamento de lo justo de sus aplicaciones
(Forsé y Parodi, 2010). Este nuevo derrotero ha dado lugar a estudios
empíricos, especialmente desde la década de 1990 tanto en sociología
como en psicología social respecto de la observación y el análisis concreto
de la conformación y expresión de los criterios y sentimientos de justicia
e injusticia, en individuos y grupos sociales.
Estas nuevas orientaciones o «aterrizajes» de la pregunta filosó-
fica en el campo sociológico y la gran diversidad de estudios que ha
aflorado en especial en el mundo anglosajón, asumen varios cambios
ocurridos en las sociedades contemporáneas, que a su vez operan en
las definiciones de justicia social: la dilución de identidades sociales
más grupales a favor de identidades más individuales, así como las
transformaciones económicas y los cambios asociados en las posiciones
relativas de los distintos grupos sociales (Kellerhals y Languin, 2008).
El ciclo de crisis abierto hacia 1970 en los países industrializados, así
como la nueva ola de crecimiento en las naciones emergentes, alteraron
formas más estables de pensar la redistribución entre grupos y perso-
nas. El descentramiento de la lucha de clases también ha vuelto más
borroso el límite de lo justo e injusto (Fraser, 1995). «Estos hechos
han generado una descomposición de las “rutinas de justicia”, de las
distribuciones pre hechas de derechos y deberes, tanto en la empresa
como en la casa, en el barrio como en el hospital. De ahí surge a la vez
un llamado renovado a la justicia y un sentimiento de falta de criterios
o de normas para definir lo uno y lo otro. Es probablemente dentro de
este movimiento que cabe entender el florecimiento de investigaciones
empíricas acerca de lo que es vivido como justo e injusto» (Kellerhals
y Languin, 2008:13).

164
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

Gran parte de los estudios hoy parten de la idea de Walzer (1983), en


cuanto a que existen principios plurales que compiten entre sí cuando se
trata de juzgar la legitimidad de las desigualdades y de la justicia social.
Por ejemplo, las personas pueden apelar según su argumentación o el ob-
jeto en disputa a la igualdad, la autonomía o el mérito como varas para
medir la justicia o injusticia de una determinada situación. Se pueden usar
también medidas variadas para determinar lo justo: puede ser en términos
de lo que las personas invierten para desarrollarse y progresar (diplomas,
experiencia, esfuerzo), la calidad de lo que hacen (productividad, calidad)
o su actitud (lealtad, colaboración con los demás). Esto ha sido amplia-
mente analizado en países europeos, con estudios nacionales o comparados
(Dubet, 2006, 2010). Por ejemplo, para 26 países europeos que son parte
del European Values Survey, los principios de justicia social responden a
la triada jerarquizada descrita por Deutsch para Estados Unidos (1975):
necesidad, equidad, igualdad desde el más importante al menos importante
(Forsé y Parodi, 2010; datos de 1999). De la misma manera, si bien el
principio de meritocracia se ha alzado en términos generales sobre otros
criterios de justicia, el principio de igualdad sigue siendo el más relevante
en el ámbito político o el de necesidad por ejemplo en el campo de la
salud (Boudon, 1995), mientras que en el ámbito de la familia, estas con-
cepciones son completamente distintas, por lo que cabe tener claro cuál
es la unidad de la sociedad que observamos. Se puede apreciar entonces
cómo se ha ido desagregando en subespacios o subcampos la definición
de los principios de justicia.
Boltanski y Thévenot (1991), por su lado, han demostrado que en
sociedades marcadas por la pluralidad de culturas o de sistemas de valores,
existen simultáneamente varias dimensiones de evaluación o de argumen-
tación acerca de la justicia, que generan diferencias y contradicciones en
el momento de realizar justificaciones o juicios en la vida social8. Estos
autores se preocupan, en especial, de entender la complejidad pragmática

Las seis dimensiones de justificación descritas por Boltanski y Thévenot (1991) son
8

el mundo de la inspiración (cuyo valor es la creación), el mundo doméstico (cuyo


valor corresponde a la jerarquía de los estatus en la familia), el mundo de la opinión
(cuyo valor es el renombre), el mundo cívico (cuyo valor corresponde al aporte al
bien público), el mundo mercante (cuyo valor es la competencia comercial) y el
mundo industrial (cuyo valor es la performance técnica); estos dos últimos serían
los predominantes en nuestras sociedades en la actualidad. En nuestra evaluación
de las situaciones de la vida cotidiana, usamos estas variadas dimensiones, las que
chocan entre sí. Como lo señalan los autores: «Las personas, en la vida cotidiana,
no logran callar completamente sus inquietudes, y al igual que los sabios, no dejan
de sospechar, de preguntarse y de someter el mundo a pruebas» (54).

165
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

que se manifiesta en las personas desde la emisión de juicios sobre lo justo


en situaciones concretas, sean individuales o grupales, tomando en conside-
ración varias dimensiones de evaluación y resguardando para el individuo
la posibilidad de fundamentar su argumentación en cierta generalidad. En
efecto, las personas emiten juicios sobre lo justo en situaciones específicas
y, por lo tanto, sus juicios son plásticos, de modo que los individuos pro-
ducen ajustes en sus discursos en función de las situaciones que enfrentan9.
Los autores están particularmente interesados en dar cuenta del hecho
y del momento en que los individuos realizan juicios sobre lo justo y lo
injusto en un marco de incertidumbre y falta de principios generales o
unificados de justicia. Buscan producir instrumentos «adaptados al estudio
de una sociedad donde la crítica ocupa un lugar central y constituye una
herramienta principal de la cual disponen los actores para poner a prue-
ba la relación entre lo particular y lo general, entre lo local y lo global»
(Boltanski y Thévenot, 1991:31). Obviamente, esta concepción se da en
el marco de una mayor autonomía o individuación de las personas en las
sociedades contemporáneas, «en la medida en que el individuo es llamado
a construir juicios autónomos debido a la pluralidad misma de principios
que se cruzan en la experiencia de la injusticia» (Bonnefoy, 2013:11).
Para fundamentar investigaciones pragmáticas sobre justicia social, en
especial cuando se busca entender su emergencia y funcionamiento como
juicio de manera pragmática, sin partir a priori de posiciones ideológicas
(Guienne, 2001), se ha tendido a recurrir a metodologías experimentales
o experimentos «de laboratorio» donde se pone a personas a trabajar de
forma colaborativa para determinar retribuciones en función de aportes
(Greenberg, Cohen, 1982). En efecto, el razonamiento in abstracto o im-
parcial que plantea la filosofía política y moral, puede no funcionar de la
misma manera en la vida cotidiana, donde las personas no necesariamente
tienen un juicio acabado sobre justicia o no disponen de toda la informa-
ción, el tiempo o la disposición como para emitir un juicio «imparcial» o
abstraído de su propia experiencia y situación en la sociedad.
Uno de los experimentos más conocidos al respecto ha sido llevado a
cabo por Frohlich y Oppenheimer (1990) en los Estados Unidos, en el cual
se busca reproducir las condiciones más cercanas para que las personas


9
«Las personas que seguimos en las pruebas que les toca enfrentar deben pasar de un
modo de ajuste a otro, de un orden de grandeza u otro en función de la situación
en la cual se encuentran» (Bolstanki y Thévenot, 1991:30).

166
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

se puedan pronunciar de forma imparcial sobre principios de justicia10. Si


bien el experimento se orienta a la comprensión de las razones que llevan
a las personas a preferir un determinado sistema de impuestos —asumien-
do que la justicia distributiva actualmente se juega a nivel nacional sobre
todo en los sistemas tributarios y el caso de Chile es un ejemplo de ello—,
demuestran que la gran mayoría de los participantes elige un sistema de
maximización de los retornos de la productividad, pero con un piso míni-
mo para el conjunto de la sociedad, de tal manera de no dejar a nadie sin
nada, es decir, una opción matizada de igualdad de oportunidades. Otros
trabajos posteriores en los años 1970 y 1980 (Rainwater, 1974; Shepelak
y Alwin, 1986) han confirmado que las personas manejan dos conceptos
cuando reflexionan sobre lo justo, en especial sobre lo que es un salario
justo: la necesidad y el mérito. Es decir, las personas consideran que, en
general, debiese existir un piso que permita a cada uno vivir satisfaciendo
sus necesidades básicas, independientemente de su mérito o de su aporte
a la sociedad y que arriba de ese piso mínimo, debería regir un sistema
de recompensa proporcional al esfuerzo y al mérito. Existe, por lo tanto,
una combinación entre necesidad y proporcionalidad de la retribución
al esfuerzo. Estas conclusiones han sido confirmadas posteriormente en
encuestas de gran alcance a nivel internacional partir de 1990. Algunos
estudios más recientes en este ámbito (Forsé y Parodi, 2010) muestran
que para un conjunto de países europeos, opera efectivamente la idea del
«piso» de ingresos a base de la idea de necesidad, pero que los beneficiados
por este mínimo tampoco pueden exigir más y que deben hacer lo posible
para salir de su situación de desventaja. No se trata, por lo tanto, de un
«cheque en blanco» a los más desfavorecidos, en el entendido de que el
bienestar de los más desposeídos es financiado por el aporte solidario de
los demás (altruismo limitado o contrato de solidaridad). Pero más allá
de los países del norte, ¿qué ocurre con América Latina en el ámbito de
las percepciones de la desigualdad y la justicia social?

10
Se reclutó a 129 sujetos entre estudiantes de pregrado de universidades nortea-
mericanas; un grupo es familiarizado con principios de justicia redistributiva y
el otro no. El primer grupo puede deliberar y elegir un principio de repartición
en el futuro sistema tributario, al cual serán sometidos experimentalmente. Una
vez elegido el principio, se les solicita realizar una tarea, para la cual se calcula
la productividad —corregir errores editoriales en un texto de Parsons— y se les
retribuye según el sistema elegido en el primer grupo y según un sistema impuesto
en el segundo grupo. El experimento se realiza varias veces, con el fin de medir la
estabilidad de los principios elegidos o los cambios de preferencias, así como la
satisfacción de las personas con el sistema tributario elegido, en comparación con
el sistema impuesto.

167
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

5. La pregunta por la justicia social


en América Latina y Chile
La pregunta por la percepción de la desigualdad y la justicia social en
el caso de América Latina es por supuesto crucial y recurrente, pues las
sociedades latinoamericanas desde la colonización han sido sociedades
marcadamente desiguales, con sistemas de explotación de las poblaciones
nativas o importadas mediante esclavitud. La independencia del continente
al inicio del siglo XIX, si bien influida por la emancipación norteameri-
cana y la Revolución francesa, no consistió en procesos revolucionarios
a través de los cuales operara una transformación radical de las estruc-
turas sociales o económicas. Más bien, la elite criolla perpetuó el sistema
instalado desde fines del siglo XIV. Los intentos por alterar fuertemente
la distribución de la riqueza ocurrieron recién en el siglo XX, pero solo
en algunos países, donde los procesos revolucionarios, cuando desem-
bocaron en un resultado revolucionario en términos de Tilly (2000), no
alcanzaron a establecer estructuras más igualitarias11. Los demás países
de América Latina pueden haber entrado en procesos revolucionarios,
pero generalmente, se volvió a imponer un orden conservador. Tal ha sido
el caso de Chile con la Unidad Popular, y su abrupto fin con el golpe de
Estado en 1973 y el establecimiento de un sistema económico nuevo a
partir de 1976, que se impondrá posteriormente en países emblemáticos
como Estados Unidos y Gran Bretaña: el régimen neoliberal. Como se
señaló al inicio, la principal tensión en el siglo XX para el continente ha
sido no encontrar un equilibrio entre crecimiento económico y justicia o
redistribución social. Chile, al igual que sus vecinos, ha tendido a oscilar
entre momentos en que se favorecía lo uno sobre lo otro, hasta que la
exacerbación de tensiones hiciera moverse el péndulo hasta el otro lado.
En América Latina, el debate actual sobre justicia social se aborda en
gran medida desde las políticas públicas, así como desde las demandas por
más democracia y por derechos sociales de parte de los movimientos socia-
les12. En el caso particular de Chile, luego de treinta años de crecimiento de

11
Se puede mencionar al respecto los cuatro principales procesos con resultados
revolucionarios: México en 1910, Bolivia en 1952, Cuba en 1959 y Nicaragua
en 1979. Tres de estos procesos se cerraron y solo en el caso de Cuba se prolonga
hasta hoy, aunque su transformación posterior lo alejara de lo que se entiende por
proceso democrático.
12
En general, la literatura producida en el continente, en especial en los últimos años,
aborda la justicia social desde temas como educación, pobreza, derechos humanos,
medioambiente, pueblos indígenas, justicia transicional, derechos reproductivos, en
especial de las mujeres, es decir, de manera sectorializada.

168
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

alrededor de 5% casi ininterrumpido —salvo en la crisis asiática en 1998 y


la crisis global de 2008—, la pregunta por la justicia social reflotó a partir de
2006. La bonanza económica que se inició después de la crisis financiera de
1982, permitió un enriquecimiento general del país y una baja drástica de la
pobreza, del 45% en 1988 a alrededor de un 15 a 20% según las mediciones
actuales. Una franja importante de la población salió de la pobreza, a la vez
que los sectores más acomodados mejoran aún más su situación. A mediados
de los años 2000, luego de que una generación entera pasara por la escuela
después de la dictadura, se desarrollaron protestas en torno a la educación.
Tomaron más fuerza a partir de 2011 y plantearon derechamente la pregunta
por la redistribución y la justicia social. En un país donde la segregación
socioespacial, así como educacional es muy profunda, la posibilidad de
igualdad, incluso desde la noción de derechos, claramente no tenía asidero.
Este despertar ocurrió después de un prolongado período, durante el cual
los integrantes de la sociedad no apreciaban el problema de la educación
como una acervada injusticia social, lo que se convirtió en aguda injusticia
solo a partir de los estallidos de los años 2006 y 2011 (Mac-Clure, 2012).
Este cambio subjetivo pone de relieve la importancia de conocer mejor las
ideas y sentimientos de justicia de las personas en la sociedad, sin reducir
el estudio de la justicia social exclusivamente al importante campo de los
derechos sociales y políticos en diversos ámbitos.
Cabe señalar, sin embargo, que el debate chileno sobre justicia so-
cial se ubica más bien en el campo político (Castillo, 2011) y en menor
medida en el campo científico o en el ámbito de la comprensión de la
conformación de principios de justicia en las personas. La producción
sobre sentimientos, experiencia y juicios sobre injusticia, como la hemos
abordado al inicio de este trabajo, son recientes y poco numerosas, según
la opinión de especialistas (Castillo et al., 2009). No obstante, destacan las
iniciativas del International Social Justice Project (ISJP) y el International
Social Survey Program (ISSP), en el campo de la investigación en justicia
empírica (Castillo et al., 2009; Costa, 2009), aunque la participación
de América Latina sea aún limitada13. Estos estudios han demostrado,
por ejemplo, que si bien Chile y Brasil comparten un alto nivel de des-
igualdades de ingresos, los brasileños perciben más desigualdad que los
chilenos. No existe necesariamente relación entre el nivel de desigualdad
existente y el percibido de las mismas, como ha sido demostrado para

Ambas herramientas son aplicadas solo a Chile y Brasil en lo que se refiere a América
13

Latina, lo que dificulta comparaciones regionales, pero sí permite comparaciones


con los demás países incluidos en las bases de datos.

169
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

países desarrollados (Chauvel, 2006), por lo que las explicaciones para


dichas diferencias remiten en general a elementos históricos y culturales.
En ambos países, sin embargo, son los grupos más pobres los que perciben
menos desigualdad. Esto genera un importante problema en cuanto a la
posibilidad de transformación social. Los autores señalan que la acepta-
ción de las desigualdades va de la mano con un significativo desarrollo del
individualismo. Sin embargo, por muy contradictorio que parezca, existe
una demanda por más apoyo de parte del Estado (Castillo et al., 2009),
por lo que no se puede argumentar solo a favor de los valores del mercado.
El contexto sociopolítico en Chile es sin lugar a dudas excelente para
analizar los discursos en torno a la justicia social, en un momento de
mediatización recurrente del tema, considerando que nos encontramos
en una fase de indeterminación, post «matriz clásica» del siglo XX en
Chile y América Latina (Garretón, 2007), donde predominó el principio
de una igualdad de posiciones basada en disminuir las diferencias exis-
tentes. Con un modelo neoliberal híbrido en la etapa actual (Garretón,
2012), los principios neoliberales no se logran imponer absolutamente y
se han difundido estándares morales heterogéneos y principios de justicia
plurales. En este contexto, en el ámbito académico, gran parte del debate
en la sociología chilena actual ha girado alrededor del diagnóstico de
Lechner (2003), estableciendo que una sociedad-mercado como orden
autorregulado se habría vuelto una especie de «orden natural» sustraído
a la voluntad política. A pesar de ello, se ha señalado que se encuentra
anidado en la población un malestar difuso ante las inseguridades que
provoca esa sociedad (PNUD, 1998) y entre las personas reina la des-
vinculación emocional con respecto de las transformaciones ocurridas,
generando condiciones para el surgimiento de demandas sociales. De
hecho, desde el punto de vista académico, se ha notado en los últimos
años un aumento de los trabajos que parten de ese diagnóstico, sea desde
la filosofía (Page, 2007; Salvat, 2005) o en el ámbito de la sociología de
las percepciones de los individuos (Garretón y Cumsille, 2002; Castillo,
2011; Puga, 2011; Araujo y Martuccelli, 2012; Mayol et al., 2013; Bon-
nefoy, 2013)14. Garretón y Cumsille (2002), usando datos de encuestas

Solo para mencionar algunos de los trabajos con ese enfoque. En el ámbito de la
14

generación de datos en Chile, cabe señalar los aportes de la Encuesta Bicentenario


de la Universidad Católica y las encuestas de la Universidad Diego Portales en
particular. Podemos, además, nombrar los aportes de estudiantes que han trabaja-
do con el material generado en el Proyecto Desigualdades y el Proyecto Fondecyt
1130276: Figueroa e Illaramendi, 2012; Mella, 2013; Velasco, 2013, Espinoza,
2014.

170
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

y grupos focales, muestran que los chilenos rechazan la desigualdad,


al igual que sus efectos correlativos, el clasismo (Contardo, 2009) y el
individualismo. Sin embargo, es sabido también que las percepciones de
las personas acerca de su propia posición y de la posición de los demás
es poco certera, por falta de conocimiento del conjunto de la estructura
social, entre diversos factores (Núñez, 2005). Otros estudios muestran
que respecto de las percepciones sobre las diferencias salariales existentes
y deseables (Roemer, 1996) se observa que las personas legitiman brechas
salariales de diez a uno entre un ejecutivo y un obrero, aunque condenen
brechas de veinte a uno (Castillo, 2009; Castillo, 2011). La brecha justi-
ficada o deseada es de todas maneras mucho más amplia que en países
considerados igualitarios (Chauvel, 2006), lo que demuestra la existencia
de patrones arraigados de aceptación de la desigualdad y de las distancias
sociales. Cuando se podría haber esperado cierta coherencia entre deseos
de cambio, valoración negativa de las distancias sociales y propensión
a la acción para el cambio, los resultados de la encuesta ENES indican
otra cosa, en especial que una parte no menor de la población considera
que las desigualdades son necesarias para el desarrollo del país15. Otros
estudios muestran también que en la explicación de fenómenos como la
pobreza, los chilenos señalan razones individuales más que estructurales,
sobre todo porque las causas de la desigualdad son asimiladas desde
temprana edad como parte de la historia personal, interiorizando las
desventajas sociales como atributos personales (Torche, 2009), lo que
implica la legitimación de la desigualdad, en su dimensión simbólica
(Ibáñez, 2010; Puga, 2011). Sin embargo, se observan también fuertes
variaciones de lo mismo según el nivel educacional (Castillo, 2009)16.
Para el caso de Chile, pesa particularmente la orientación política, el
nivel de satisfacción con los ingresos y la movilidad social experimen-
tada por las personas (Castillo, 2009; Torche, 2009). En otra línea de
investigación, Araujo (2009a y 2009b), estudiando la experiencia de la

15
En especial en las afirmaciones «Estaría dispuesto/a a agregar 10% de mis ingresos
a los impuestos que pago, si con ello se pone fin a la desigualdad en Chile», «En
Chile, las personas reciben ingresos acordes a su esfuerzo», «En Chile, las per-
sonas reciben ingresos acordes a su inteligencia y capacidades», «Las diferencias
de ingreso en Chile son demasiado grandes» y «Las diferencias de ingreso son
necesarias para el desarrollo del país» (www.desigualdades.cl).
16
Entre los factores influyentes, la literatura sociológica internacional considera
también la movilidad social intrageneracional (D’Anjou et al., 1995; Forsé y Pa-
rodi, 2010) o incluso factores culturales nacionales (Verwiebe y Wegener, 2000),
las clases sociales —o el nivel socioeconómico—, el nivel de satisfacción con los
ingresos, la edad y el nivel de desigualdad de la sociedad donde se vive.

171
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

desigualdad en la vida cotidiana, muestra una generalizada visión de


injusticias y abusos, que no encuentra otra solución que no sea la (mal)
adaptación individual. Esto lleva a estudiar a los actores en sus tensiones,
sus miedos desde una sociología del individuo (Araujo y Martuccelli,
2011). También importa la justicia procedimental, como se señaló an-
teriormente, debido a que gran parte de la percepción de injusticia no
se debe solo a la repartición de los bienes societales, sino que también a
la forma en que los diferentes grupos sociales acceden a dichos bienes.
Por ejemplo, en el caso de la evaluación que realizan los chilenos acerca
de los recursos de los cuales dispone la elite nacional, muchas veces no
es tanto la acumulación de bienes de parte de ese grupo lo que se eva-
lúa negativamente, sino que la forma en que se adquieren los bienes o
el trato de parte de los integrantes del grupo más acomodado hacia el
resto de la sociedad (Mac-Clure y Barozet, 2014). Puede existir entonces
una distancia importante entre discursos normativos que rechazan las
desigualdades con respecto a prácticas y actitudes que las justifican y
reproducen (Puga, 2011), con fuertes diferenciaciones según los grupos
que se observan y si nos referimos a justicia sustantiva o procedimental.
A partir de ahí, se puede afirmar que la construcción subjetiva de
los principios de justicia social se sitúa en la dinámica de las condiciones
sociales que actualmente experimentan las personas. La inconsistencia
posicional (Araujo y Martuccelli, 2011) refleja la poca legibilidad de
las posiciones sociales en un momento de alteración de las mismas, así
como de las reglas de lectura de lo que es justo y de lo que no lo es. Estas
subjetividades desde los propios actores en contextos de alta desigualdad
como el de Chile, han tendido recientemente a ser investigadas mediante
aproximaciones metodológicas complementarias a las encuestas de opinión
tradicionales, con el fin de entender la formación y negociación de juicios
críticos en el día a día17.

Los referentes empíricos de este análisis teórico más particular son nuestros estu-
17

dios acerca de clasificación social y autoidentificación que las personas en Chile


utilizan y negocian en situaciones interactivas, acerca de las distancias y fronteras
que perciben entre los distintos grupos (Méndez, 2008; Mac-Clure et al., 2012)
y sobre la valoración de estas distancias, en especial hacia la elite (Mac-Clure y
Barozet, 2014). Inspirado en los trabajos de los sociólogos Boltanski y Thévenot
(1983, 1991) y la sociología pragmática (Cefai, 2011), así como en la línea de me-
todologías de experimentación usadas en economía o de metodología interactivas
más propias de la psicología, se trata de una línea de carácter experimental que
busca estudiar los criterios, ideas, prejuicios presentes en los procesos de toma de
decisión, así como las prácticas sociales mismas. La actual propuesta de análisis
busca pasar del «en qué» consisten las desigualdades socioeconómicas en Chile

172
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

Los principios de justicia que emergen en el actual contexto histórico,


exigen entonces revisar in situ desde el punto de vista de las personas en la
sociedad, los tipos de justicia que examinamos al inicio de este trabajo. La
justicia de posiciones que dominó el imaginario colectivo del siglo XX ha
perdido relevancia, pasando desde la demanda de una remuneración justa
al trabajo, hacia un conflicto relacionado con la justicia de oportunidades
en el sentido de Rawls. Pero en torno a esta justicia de oportunidades,
existe un debate abierto acerca de sus particularidades y limitaciones. La
igualdad de oportunidades, aún con sus inconsistencias desde una pers-
pectiva sociológica, constituye en la actualidad el principio predominante
de justicia distributiva, pero los individuos la someten a prueba desde
sus propias percepciones y experiencias. En el caso de Chile, la noción de
capital humano en economía (Becker, 1975), hegemónica con respecto a
la justicia de oportunidades, se ha visto constantemente cuestionada al
ser confrontada con la noción de capital de Bourdieu (1979). En efecto,
frente a la noción de capital humano, las redes sociales tienen un peso
indiscutible, en particular en sociedades como la chilena (Barozet, 2006)
y las distinciones culturales establecen límites significativos (Méndez,
2008). La vigencia efectiva de una justicia de oportunidades exige también
examinarla a la luz del concepto sociológico de movilidad social, para
determinar si se trata realmente de una sociedad desigual pero fluida o,
por el contrario, estancada y con rasgos de polarización (Torche, 2005;
Espinoza y Núñez, 2014). De este modo, el concepto teórico de justicia
de oportunidades no es cuestionado en sí mismo, pero se le relaciona con
otras nociones teóricas que la delimitan y precisan. Esto, por lo demás,
no es estático ni consolidado, sino que emerge y está en proceso. Cabe
recordar también que lo que está en juego no es homogéneo para todos
los sectores de la sociedad, por lo que una de las preguntas más relevantes
se refiere a quiénes son los portadores de estas subjetividades.
Finalmente, si bien el objeto que es enjuiciado cuando se trata de
justicia social se sitúa a nivel microsocial —y no solamente en las reglas
o derechos que definen la distribución del poder a nivel macro—, las per-
sonas también incorporan en sus juicios sobre justicia social intuiciones,
emociones y componentes afectivos, además de un «deber ser» normativo
(Mac-Clure et al., 2012), que son indicios de que sus evaluaciones no se
reducen a un razonamiento estereotipado ni son meramente cognitivas.

—en sus distintas dimensiones— al desafío de investigar «cómo» se construyen


y reproducen las desigualdades, tanto a nivel subjetivo como en situaciones inte-
ractivas.

173
Emmanuelle Barozet y Oscar Mac-Clure

En este sentido, más allá de los individuos, los movimientos sociales


actuales en Chile construyen un universo simbólico que compromete
intensamente no solo a los involucrados, sino a varios segmentos de
la sociedad, a través de formatos específicos de juicios críticos que son
particulares a diversos grupos etarios y de género (Mac-Clure, 2012).
Estudiar estos diversos objetos y formatos de los juicios subjetivos a
nivel micro, especialmente las expresiones de injusticia y crítica, puede
aportar una clave para su mejor comprensión al momento que vive Chile
en torno al debate sobre desigualdades y justicia.

6. Conclusión
La demanda de justicia social en América Latina y Chile ha sido un tema
recurrente en la vida de estas sociedades. En las ciencias sociales, las
desigualdades representadas como injusticias han sido estudiadas desde
diversos ángulos, pero solo más recientemente la propia justicia ha sido
objeto de análisis. En este marco, este trabajo pretendió establecer un
recorrido o mapa conceptual de la discusión actual en torno a la relación
entre desigualdades percibidas y concepciones de justicia social. Particu-
larmente, se buscó analizar la consistencia entre los niveles de desigualdad
presentes y las creencias y prácticas de individuos y grupos sociales que
en la interacción social condenan la desigualdad, a la vez que en su actuar
y discurso la reproducen. Como se ha señalado, partimos del supuesto
teórico de que las desigualdades no solo se arraigan en procesos macro
y estructurales, sino también en las prácticas sociales nutridas por las
concepciones, ideas, creencias, e intereses concretos que movilizan a las
personas en sus interacciones sociales y que están presentes en los mo-
mentos de toma de decisiones, que son también parte del actual «espíritu
del capitalismo». La pregunta central es qué es lo que está en juego en
la sociedad en términos de redistribución de los bienes societales y que
al mismo tiempo tensiona a los individuos en su interacción social, esta-
bleciendo así un vínculo entre lo micro y lo macro. Lo que ocurre a nivel
individual no es ajeno a las desigualdades colectivas y estructurales, pues
estas son sometidas a prueba a través de los juicios que surgen en la vida
social de las personas.
Se trata obviamente de una perspectiva alejada de las más conven-
cionales acerca de la medición de las desigualdades —ámbito necesario
y clásico en nuestras disciplinas— porque busca entender la construc-
ción y reproducción de las desigualdades sociales no desde una norma

174
Tolerancia a la desigualdad y justicia social. Una agenda teórica...

heterodoxa, sino que desde los propios principios de justicia social de


los individuos en la vida común y corriente, en los momentos en que
movilizan dichos principios para evaluar situaciones concretas. Los
caminos conceptuales y las aproximaciones metodológicas sobre los
cuales transitamos marcan el modo de entender la relación entre los ni-
veles de desigualdad presentes en la sociedad chilena y las apreciaciones
subjetivas en torno a ellos.
Las agudas desigualdades imperantes en Chile se sitúan entonces, y
como siempre, en un contexto histórico caracterizado por su dinamismo,
lo que es objeto de percepciones y apreciaciones mutables por parte de los
propios actores. Estas subjetividades aparecen en el plano de las opiniones
individuales, pero también en la interacción con los más cercanos en la vida
cotidiana, un nivel intermedio más cercano a los comportamientos, a nivel
subjetivo e intersubjetivo. Allí adquiere una forma particular su evaluación
de la justicia social, tanto en lo relativo a una justicia distributiva como
acerca de una justicia de los procedimientos. Lo que está en juego tanto
en la sociedad como a en la interacción cotidiana, está situado en secto-
res sociales específicos, lo que requiere ser comprendido desde su propia
perspectiva. Finalmente, el examen de las subjetividades puede aludir a
múltiples aspectos, pero una de las preguntas más relevantes consiste en
cuáles son los problemas y desigualdades sociales que se pueden convertir
en injusticias y expresarse como crítica social.

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181
Marginalidad, etnicidad y penalidad en
la ciudad neoliberal: una cartografía
analítica*

Loïc Wacquant**

Desearía empezar agradeciendo a los participantes de esta conferencia


—es mejor hacerlo al comienzo—, ya que es posible que tengamos fuertes
diferencias hacia el final. Es una paradoja, pero uno de los principales
*
Nota del editor: publicado originalmente en inglés el año 2013: «Marginality, Eth-
nicity and Penality in the Neoliberal City» Ethnic and Racial Studies, Symposium.
Agradecemos al autor la autorización de traducción y publicación de este texto. El
manuscrito original incluye la siguiente nota explicativa sobre el origen del mismo:
«Este texto es una versión comprimida y clarificada de mi principal presentación
a la conferencia “Marginalité, pénalité et division ethnique dans la ville à l’ère du
néolibéralisme triomphant: journée d’études autour de Loïc Wacquant”, organizada
en la Université Libre de Bruxelles el 15 de octubre de 2010. Me gustaría agradecer
al Laboratoire d’Anthropologie des Mondes Contemporains, al Groupe d’Études sur
l’Ethnicité, le Racisme et les Migrations, al Institut de Gestion de l’Environnement et
d’Aménagement du Territoire, y la Faculty of Social and Political Sciences en ULB por
su bienvenida y por su apoyo a este emprendimiento colectivo, y a Mathieu Hilgers
por su inteligencia y persistencia en guiarlo. También estoy agradecido de Karen
George por producir en breve una primera traducción del texto original en francés;
a Aaron Benavidez y Sarah Brothers por la estelar asistencia en la investigación; a
Megan Comfort y Matt Desmond por las agudas sugerencias editoriales y analíticas;
y a todos los colegas, estudiantes y activistas que han contribuido al progreso de esta
agenda de investigación durante años mediante sus reacciones, críticas y sugerencias
en incontables lugares en múltiples países. Dedico un especial reconocimiento a Pierre
Bourdieu y Bill Wilson, sin cuya tutoría jamás se habría llevado a cabo este trabajo».
**
Loïc Wacquant es profesor de Sociología en la Universidad de California, Berkeley,
e investigador en el Centre Européen de Sociologie et de Science Politique, París.
Es miembro de la MacArthur Foundation y recibió el Lewis Coser Award de la
American Sociological Association. Su investigación incluye la relegación urbana,
la dominación etnorracial, el Estado penal, la encarcelación y la teoría social y
las políticas de la razón. Sus libros, que han sido traducidos a alrededor de veinte
idiomas, incluyen a la trilogía Urban Outcasts (2008) [Los condenados de la ciu-
dad], Punishing the Poor (2009) [Castigar a los pobres] y Deadly Symbiosis (2013),
así como también The Two Faces of the Ghetto (2013) y Tracking the Penal State
(2014). Para más información, ver loicwacquant.net.

183
Loïc Wacquant

obstáculos para los avances en las ciencias sociales hoy, reside en la organi-
zación social y temporal de la investigación, con la invasión descontrolada
de los horarios, la sobrecarga de trabajo y la multiplicación de tareas sin
una expansión correspondiente de los recursos necesarios para llevarlas
a cabo. Eso explica que a duras penas tenemos los incentivos concretos, o
simplemente el tiempo, para sentarnos y leer en profundidad los trabajos
de otros estudiosos, incluso de aquellos que necesitaríamos asimilar para
mantenernos al día con nuestras propias áreas de especialidad. Y aún te-
nemos menos oportunidades de encontrarnos con un grupo de colegas que
vienen de variados campos de estudio, quienes se han tomado la molestia
de examinar minuciosamente una serie de escritos para entrar en discu-
siones puntuales sobre ellos, con el fin de ayudar a cada uno a avanzar
en su propio camino. Es una ocasión extraña en la que nos encontramos
hoy, gracias a la energía y el talento que Mathieu Hilgers despliega entre
bastidores para organizar este encuentro. Le estoy muy agradecido, así
como a los sociólogos, geógrafos, criminólogos y antropólogos que se han
reunido para estas discusiones, y a la enorme audiencia que ha venido a
escuchar y, mejor aún, espero, a contribuir a nuestros debates a través de
sus preguntas y reacciones.
Lo que me gustaría hacer hoy es, precisamente, servir como un con-
mutador humano para activar la comunicación entre los investigadores
que usualmente no se encuentran y, por lo tanto, no hablan entre sí, o
lo hacen muy raramente, o desde cierta distancia, sobre los tres ejes que
unen las temáticas de esta jornada de estudio. En la primera esquina,
tenemos gente que estudia la fragmentación de clase en la ciudad como
consecuencia del desmoronamiento de la clase trabajadora tradicional
que había surgido desde la era fordista y keynesiana (es decir, algo así
como el largo siglo que va desde 1880 a 1980) bajo la presión de la
desindustrialización, el incremento del desempleo masivo y la difusión
de la precarización laboral, en la intersección de lo que Robert Castel
(1996) define bajo el concepto de «erosión de la sociedad salarial»,
y Manuel Castells (2000) llama «los agujeros negros» del desarrollo
urbano en la «era de la información». Estos investigadores están intere-
sados en el empleo y en las tendencias del mercado de trabajo y en sus
consecuencias polarizadoras y ramificadoras sobre estructuras sociales
y espaciales —que han conducido en particular al peldaño más bajo de
la escala de las clases y posiciones, a la génesis inacabada del precariado
postindustrial en la periferia urbana desde los inicios del siglo XXI—.
Sin embargo, ellos casi no entablan discusiones continuadas con sus

184
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

colegas en la segunda esquina, que están estudiando los fundamentos,


las formas e implicaciones de los clivajes étnicos.
Fundamentada en clasificaciones etnorraciales en los Estados Unidos
(es decir, en la institucionalización de la «raza» como una etnicidad ne-
gada), en clasificaciones etnonacionales en la Unión Europea (a saber, la
división «nacional/extranjero») y en un variado mix de ambas en América
Latina y una buena parte de África, (re)activada por la inmigración y por
las diferencias culturales que suele portar consigo la migración, la división
étnica parece ser esencial para comprender la formación y deformación de
las clases. A la inversa: ¿cómo no ver que aquellos que son señalados —en
realidad difamados— por toda Europa como «inmigrantes», son extranjeros
de orígenes poscoloniales y de la fracción social más baja, mientras que los
miembros de clases más altas, son «expatriados» a quienes todos buscan
atraer y no expulsar? ¿Cómo puede ignorarse que la percepción colectiva
que se tiene de ellos, sus modalidades de incorporación, su capacidad para
actuar colectivamente, en suma, su destino, dependen en gran medida de su
posición y trayectoria social, y por lo tanto, de los cambios en la estructura
de clase en la cual se refugian? Este ámbito de la investigación está experi-
mentando un auge sin precedentes en toda Europa, alimentado por el miedo
a la inmigración y por la moda política y mediática de la «diversidad», la
que ha crecido con autonomía (bajo el ímpetu de programas de estudios
étnicos al estilo estadounidense) cada vez más alejado del —y hasta en
oposición al— análisis de clase. Esto se ha cristalizado en una alternativa
artificial, que nos emplaza a hacer una elección disyuntiva entre la clase y
la etnicidad, para otorgar preferencia analítica y prioridad política o a «la
cuestión social» o a «la cuestión racial». Estoy pensando aquí, en el caso
de Francia y el importante estudio de Pap Ndiaye, La Condition Noire
(2008), que aspira a sentar las bases de «estudios negros a la francesa»,
lo que, en mi opinión, comete un doble error —teórico y práctico— en el
libro editado por los hermanos Fassin, De la question sociale a la question
raciale? (2006), y que dice mucho sobre el vuelco del «sentido común» pro-
gresista del momento. Ahora, hay pruebas abundantes, como Max Weber
enfatizaba un siglo atrás (1978 [1922]), de que estas dos modalidades de
«cierre social» (Schließung), basadas respectivamente en la distribución de
poderes materiales y simbólicos, están profundamente imbricadas y deben
necesariamente ser pensadas juntas1.

Este punto lo argumenté hace un largo tiempo (Wacquant, 1989), en el curso de


1

una reinterpretación de la controversia política y científica que se concitó en los


Estados Unidos por la obra cumbre de mi mentor de Chicago, William Julius

185
Loïc Wacquant

Finalmente, en la tercera esquina, deliberadamente aislada de las otras


dos, tenemos un grupo que está muy bien representado entre nosotros hoy:
criminólogos y variados especialistas en temas de justicia penal. Ellos se
ubican con entusiasmo en una madriguera dentro del perímetro cerrado del
dúo «crimen y castigo», que es históricamente constitutivo de su disciplina
y que está continuamente reforzado por demandas políticas y burocráticas.
Por lo tanto, casi no le prestan atención (no la suficiente para mi gusto,
en todo caso) a los cambios en la estructura y formación de clase, la pro-
fundización de las desigualdades y la amplia renovación de la pobreza
urbana, por un lado; y al dinámico, e históricamente variable, impacto de
las divisiones étnicas por el otro (salvo bajo el estrecho y limitado rubro
de la discriminación y la disparidad, típicamente mezclados). Al hacerlo
así, se privan de los medios para captar la evolución contemporánea de las
políticas penales, en la medida en que, como mostró Bronislaw Geremek
(1987 [1978]) en su trabajo magistral La Potence ou la pitié, desde la in-
vención de la prisión y el surgimiento de Estados modernos en Occidente
a fines del siglo XVI, estas políticas estaban dirigidas menos a reducir el
crimen que a frenar la marginalidad urbana. Mejor aún, la política penal
y la política social no son más que los dos flancos de la misma política
para la pobreza en la ciudad, en el doble sentido de la lucha de poderes
y la acción pública. Por último, siempre y en todos lados, el vector de la
penalidad golpea preferentemente a las categorías situadas en el punto
más bajo del orden de clases y las gradaciones honorables. Por lo tanto,
es muy importante relacionar la justicia penal con la marginalidad en su
doble dimensión, material y simbólica, así como también a los demás
programas estatales que pretenden regular a poblaciones y territorios
«problemáticos».
Espero que mi presencia aquí pueda ayudarnos a superar —al menos
por el tiempo que dure este encuentro— el aislamiento e incluso la mutua
ignorancia en la que se encuentran entre sí los investigadores de estas tres
regiones temáticas, para que podamos poner en marcha un diálogo entre
estudiosos de la relegación urbana como un producto de la reestructuración
de clases, de las reverberaciones de la etnicidad, y de las transformaciones
del Estado en sus diferentes componentes apuntados hacia las poblaciones

Wilson (1980 [1978]), The Declining Significance of Race, así como también en
un artículo que abogaba por la elaboración de un «análisis de la dominación
racial» que escapara de la lógica judicial que interpreta a la racialización como
una entre muchas modalidades en competencia por la fabricación de colectivos
(Wacquant, 1997a).

186
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

marginadas y denigradas —el primero entre ellos es el brazo penal (la policía,
las cortes, las cárceles, las prisiones, los centros de menores y sus prolonga-
ciones)—. Si hay un argumento clave que quiero presentar hoy, a través de
mis respuestas sobre cada uno de los libros que son el foco de nuestras tres
sesiones, así como también de mi discurso al fin de esta jornada, es que nos
urge vincular estas tres áreas de investigación y poner las correspondientes
disciplinas a trabajar juntas: la sociología urbana y el análisis económico;
la antropología y la ciencia política de la etnicidad; la criminología y el
trabajo social, con aportes diagonales de la geografía que nos ayuden a
capturar la dimensión espacial de sus mutuas imbricaciones, con el fin de
ver la figura de un «Estado centauro», liberal en la cima y punitivo en la
base, que desprecia los ideales democráticos por su misma anatomía y por
su modus operandi.

Propongo, a modo de prolegómeno y de marco para nuestros debates,


esbozar una cartografía analítica del programa de investigación que he
seguido durante las últimas dos décadas en la intersección de estas tres
temáticas, un programa del cual son el producto y el resumen mis libros
Los condenados de la ciudad, Castigar a los pobres y Deadly Symbiosis.
Estos libros forman una trilogía que examina el triángulo de transforma-
ciones urbanas con la clase, la etnicidad y el Estado como sus vértices y
allana el camino para una (re)conceptualización propiamente sociológica
del neoliberalismo. Se puede decir que se benefician al ser leídos juntos,
en forma secuencial o simultánea, en la medida en que se complementan
y refuerzan entre sí para bosquejar in fine un modelo de la reconfigura-
ción de los nexos del Estado, el mercado y la ciudadanía al comienzo de
siglo, y un modelo que puede tener esperanzas de generalizarse mediante
trasposiciones razonables a través de las fronteras. Esta nueva visita es
una oportunidad para redactar un balance provisional y compacto de
estas investigaciones y especificar sus desafíos, pero también para destacar
cómo adapté conceptos clave de Pierre Bourdieu (espacio social, campo
burocrático, poder simbólico) con el fin de clarificar categorías definidas
vagamente (como la de «gueto») y forjar nuevos conceptos para examinar
el surgimiento del precariado urbano y su gestión punitiva por el Leviatán
neoliberal.

187
Loïc Wacquant

Cada volumen de esta trilogía arroja luz sobre un lado del triángulo
«clase-raza-Estado»2 y prueba el impacto del tercer vértice en la relación
entre los otros dos. Así, cada libro se construye sobre los otros dos como
trasfondo empírico y trampolín teórico.

1. Los condenados de la ciudad diagnostica el surgimiento de la


marginalidad avanzada en la ciudad, después del colapso del gueto
negro en la parte americana y la disolución de los territorios de la
clase obrera en Europa occidental, a lo largo del eje «clase-raza»
tal y como lo han enfocado las estructuras estatales y políticas.
2. Castigar a los pobres describe la invención y puesta en funciona-
miento de la contención punitiva y técnica para gobernar áreas y
poblaciones problemáticas a lo largo del eje «clase-Estado» marcado
por las divisiones etnorraciales o etnonacionales.
3. Deadly Symbiosis desenreda la relación de la imbricación recíproca
entre la penalización y la racialización como formas afines de deni-
gración y revela cómo la desigualdad de clase se interseca y modula
el eje «Estado-etnicidad».

Cada uno de estos libros trabaja su propia problemática y puede,


por tanto, ser leído separadamente. Pero los argumentos que los vincu-
lan se extienden más allá de cada uno para contribuir más ampliamente,
primero a una sociología comparativa de la regulación de la pobreza
y la (de)formación del precariado postindustrial y, en segundo lugar, a
una antropología histórica del Leviatán Neoliberal (Wacquant, 2012).
Ellos ofrecen una vía para repensar el neoliberalismo como un proyecto
político transnacional, una verdadera «revolución desde arriba» que no
puede ser reducida al imperio desnudo del mercado (como lo plantearían
tanto sus oponentes como sus defensores), sino que necesariamente abarca
los medios institucionales requeridos para poner en pie este imperio: a
saber, una política social disciplinaria (encapsulada por el concepto de


2
Uso el término «raza» en el sentido de etnicidad denegada: un principio de estratifi-
cación y clasificación que estipula una gradación de honor (decreciente de acuerdo
a la ascendencia, fenotipo o alguna otra característica sociocultural movilizada
para el propósito de cierre social, cf. Wacquant, 1997) que pretende ser basado
en la naturaleza; o si no, una variedad paradójica de etnicidad que reclama no
ser étnica —una demanda que, infeliciter, los sociólogos refrendan cada vez que
descuidadamente invocan el par «raza y etnicidad» que ancla el sentido común
etnorracial en los países de habla inglesa.

188
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

Workfare3) y la diligente expansión del sistema penal (al cual bauticé


como prisonfare4), sin rechazar el tropo de la responsabilidad individual,
que actúa como el pegamento cultural que liga los tres componentes ya
mencionados (Wacquant, 2010a). Resumiré brevemente los argumentos
clave hechos en cada uno de los libros, antes de destacar sus fundamentos
teóricos comunes y sus implicaciones interrelacionadas.

1. La producción política de la marginalidad avanzada


El primer libro, Los condenados de la ciudad: una sociología comparativa
de la marginalidad avanzada, dilucida el nexo de la clase y la raza en los
distritos de los desposeídos o bas-quartiers de las metrópolis posindustria-
les en su fase de polarización socioespacial (Wacquant, 2008a). Describo
la repentina implosión del gueto negro americano tras el apogeo del
movimiento por los derechos civiles y lo atribuyo al cambio total de las
políticas locales y federales de mediados de los setenta —una transfor-
mación multidimensional que David Harvey (1989) capta correctamente
como un movimiento «desde la ciudad gestora a la ciudad empresarial
(entrepeneurial)»—, pero que asumió una forma particularmente virulenta
en los Estados Unidos, que también participó de una arrolladora reacción
de violencia racial. Este vuelco total de políticas aceleró la transición his-
tórica del gueto comunal, que confinaba a todos los negros a un espacio
reservado que los entrampaba y también los protegía, al hipergueto, un
territorio de desolación que ahora solo contiene a las fracciones inesta-
bles de la clase obrera afroamericana, expuesta a todas las formas de la
inseguridad (económica, social, criminal, sanitaria, de vivienda, etc.) por
la desintegración de la red de instituciones paralelas que caracterizaba al
gueto en su forma propiamente auténtica (Wacquant, 2005a).


3
Con el término workfare hago referencia a los programas de asistencia pública
destinados a los pobres, que hacen de la recepción de la ayuda un beneficio per-
sonal condicionado a que los beneficiarios acepten trabajos mal remunerados
o se sometan a estrategias orientadas al empleo, tales como el entrenamiento
en lugares de trabajo o «job-searching», en contraste con welfare, que es un
derecho incuestionable a la asistencia social.
4
Prisonfare es un término que introduje en analogía con workfare, para de-
signar a los programas de penalización de la pobreza vía el direccionamiento
preferencial y el empleo activo de la policía, los tribunales y las cárceles (así
como sus anexos: la libertad vigilada, la libertad condicional, bases de datos
de criminales y variados sistemas de vigilancia) en el interior y en las proxi-
midades de los barrios marginalizados, donde se aglomera el proletariado
postindustrial.

189
Loïc Wacquant

Luego contrasto este repentino desmoronamiento con la lenta des-


composición de territorios obreros en la Unión Europea durante la era
de la desindustrialización. Muestro que la relegación urbana obedece
a diferentes lógicas en los dos continentes: en los Estados Unidos, está
determinada por la etnicidad, modulada por la posición de clase después
de los sesenta, y agravada por el Estado. En Francia y sus países vecinos,
está enraizada en la desigualdad de clase, modificada por la etnicidad
(por la cual leer: inmigración postcolonial), y parcialmente paliada por
la acción pública. Se deduce que, lejos de moverse hacia el gueto de tipo
socioespacial como instrumento de encierro étnico (Wacquant, 2011a), los
distritos desposeídos de las ciudades europeas se están alejando de este en
todas las dimensiones, tanto que se pueden caracterizar como antiguetos5.

Gráfico 1. El triángulo fatídico del precariado urbano

Neoliberalismo
ESTADO
Mano izquierda Mano derecha
workfare prisonfare
Workfare
Workfare Prisión

Castigar a los pobres Prison:Carcel


Ciuda
d

Hipergueto
-
Anti-gueto

Clase (mercado) Los condenados de la ciudad Raza (Etnicidad)


(Cuerpo)
Cuerpo y alma

La difícil situación de los inmigrantes postcoloniales de clases bajas por toda


5

Europa es que sufren la contaminación simbólica propagada por el discurso


del pánico de la «guetización», que abiertamente los señala como una amenaza
a la cohesión nacional en cada sociedad, sin obtener los «beneficios paradó-
jicos» de la guetización real (Wacquant, 2010f), entre ellos la acumulación
originaria de capital social, económico y cultural en una esfera vital separada
susceptible de darles una identidad colectiva compartida y a una creciente
capacidad para la acción colectiva, en particular, en el campo de la política.

190
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

De este modo, refuto la tesis de moda de una convergencia transatlán-


tica de los distritos desposeídos según el modelo del gueto afroamericano,
y en cambio señalo a la emergencia, a ambos lados del Atlántico, de un
nuevo régimen de pobreza en la ciudad, alimentado por una fragmentación
del trabajo asalariado, la reducción de la protección social, y la estigmati-
zación territorial. Concluyo que el Estado juega un papel fundamental en la
producción y la distribución tanto social como espacial de la marginalidad
urbana: la suerte del precariado postindustrial se torna económicamente
subdeterminada y políticamente sobredeterminada, y esto es verdad en los
Estados Unidos no menos que en Europa, lo que es otra mella en lo que
el historiador y jurista Michael Novak (2008) ha llamado «el mito del
“débil” Estado americano». Basta con decir que debemos ubicar urgen-
temente las estructuras y políticas gubernamentales de vuelta al corazón
de la sociología de la ciudad (donde Max Weber [1921, 1958] las había
puesto apropiadamente) pendientes de las relaciones duales entre clase
y etnicidad al pie de la estructura espacial, como muestra el Gráfico1
anteriormente presentado.

2. La gestión punitiva de la pobreza


como componente del neoliberalismo
¿Cómo reaccionará y manejará el Estado esta marginalidad avanzada que,
paradójicamente, ha impulsado y afianzado el punto de confluencia de
las políticas de «desregulación» económica y los recortes en la protección
social? Y a su vez, la normalización e intensificación de la inseguridad
social en los territorios de relegación urbana, ¿cómo contribuirán a
redibujar el perímetro, los programas y las prioridades de la autoridad
pública (uso deliberadamente esta expresión)? La relación recíproca entre
la transformación de clase y la reingeniería estatal en sus misiones sociales
y penales son el tema del segundo libro, Castigar a los pobres (Wacquant,
2009a), que cubre el lado izquierdo del «triángulo fatídico» determinando
el destino del precariado urbano.
Los administradores estatales podrían haber «socializado» esta for-
ma emergente de la pobreza, controlando los mecanismos colectivos que
la alimentan, o «medicalizado» sus síntomas individuales; sin embargo,
optaron por otra ruta, la de la penalización. Así se inventó en los Estados
Unidos una nueva política de la gestión de la marginalidad urbana unien-
do políticas sociales restrictivas —mediante el reemplazo del bienestar

191
Loïc Wacquant

protector por el workfare obligatorio—, donde la asistencia pasa a ser


condicional a la orientación del beneficiario hacia un empleo degradado
—y una política penal expansiva— intensificada por la deriva concurrente
de la rehabilitación a la neutralización como filosofía operante del castigo,
y centrada en las áreas urbanas en decadencia y abandonadas (el hiper-
gueto de EE.UU., las banlieues de la clase obrera en proceso de deterioro
en Francia, sink estates en el Reino Unido, krottenwijk en los Países Bajos,
etc.), sometida al vituperio público por el discurso de la estigmatización
territorial en la metrópolis dualizadora. Este artilugio político se propa-
gará entonces y se transformará a través de un proceso de «traducción
traidora» a través de las fronteras nacionales, de acuerdo con la estructura
del espacio social y la configuración del campo político-administrativo
específico, a cada país receptor6.
Castigar a los pobres efectúa tres rupturas para presentar el mismo
número de argumentos importantes. La primera ruptura consiste en separar
al crimen del castigo para establecer que la irrupción del Estado penal, y
por lo tanto, el gran regreso del presidio (que había sido declarado mo-
ribundo y destinado a desaparecer alrededor de 1975)7, es una respuesta

6
Quienes duden sobre la relevancia del régimen del workfare estadounidense para
los países no anglosajones deben consultar el libro de Lødemel y Trickey (2001),
bien titulado «An offer you can’t Refuse»: Workfare in International Perspecti-
ve. Hace ya una década, este libro documentó la tendencia generalizada en las
políticas sociales, de los derechos hacia las obligaciones de los beneficiarios, la
multiplicación de restricciones administrativas al acceso, y la contractualización
del apoyo, así como también la introducción de programas de trabajo obligado
en seis países de la Unión Europea. En su meticulosa revisión de dos décadas de
programas de «activación del bienestar social», Barbier (2009:30) advierte sobre
las generalizaciones amplias y pone el acento en las variaciones transnacionales
así como intranacionales en la arquitectura y en sus resultados; pero concede que,
al margen de impulsar la «contención de costos», estos programas participan de
«una profunda transformación ideológica» que ha fomentado en todas partes
«una nueva “lógica moral y política” articulada en un discurso moralizante de
“derechos y deberes”». Para una discusión más amplia de las raíces político-
económicas y las variantes del «estado del workfare», ver Peck (2001).
7
Cuando Michel Foucault (1975) publicó Surveiller et punir (traducido dos años
después como Vigilar y castigar), el consenso internacional entre los analistas de
la escena penal era que el presidio era una institución obsoleta y desacreditada.
El confinamiento era unánimemente visto como una reliquia de una época ya
pasada del castigo, destinada a ser suplantada por sanciones alternativas e inter-
medias en la «comunidad» (este fue el punto máximo del llamado «movimiento
antiinstitucional en psiquiatría» y de la movilización a favor de la «excarcela-
ción» en criminología). El propio Foucault (1977:358, 354, 359) enfatizó que
«la especificidad de la prisión y su rol como encierro están perdiendo su razón
de ser con la difusión de disciplinas carcelarias “a través de todo el cuerpo
social” y la proliferación de agencias encomendadas para “ejercer un poder de

192
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

no a la inseguridad penal, sino a la inseguridad social originada por la


precarización del trabajo asalariado, y por la ansiedad étnica generada
por la desestabilización de las jerarquías de honor establecidas (correlativo
al colapso del gueto negro en los Estados Unidos y al establecimiento de
poblaciones inmigrantes y los progresos en la integración supranacional
en la Unión Europea). La segunda ruptura incluye en un mismo modelo el
cambio de la política penal y las permutaciones de la política social, que
se mantienen habitualmente separadas, en los enfoques gubernamentales
y académicos. Pues estas dos políticas están mutuamente imbricadas:
están dirigidas a las mismas poblaciones atrapadas en las grietas y fosas
de la estructura socioespacial polarizada; despliegan las mismas técnicas
(expedientes, vigilancia, denigración y sanciones graduadas) y obedecen
a la misma filosofía moral del individualismo conductista donde los ob-
jetivos panópticos y disciplinarios de la primera tienden a contaminar la
última. Para efectivizar esta integración, recurro al concepto de Bourdieu
(1993) de «campo burocrático», que me lleva a revisar la tesis clásica de
Piven y Cloward (1993 [1971]) sobre «regular a los pobres» a través del
bienestar social: de aquí en adelante, la mano izquierda y la mano derecha
del Estado se unen para efectuar la «doble regulación punitiva» de las
fracciones inestables del proletariado postindustrial.
La tercera ruptura reside en acabar con la confrontación estéril entre
los seguidores de los enfoques económicos inspirados por Marx y Engels,
que conciben la justicia penal como un instrumento de coacción de clase
desplegado en una relación vinculada con fluctuaciones en el mercado
de trabajo, y los enfoques culturalistas derivados de Émile Durkheim,
para quien el castigo es un lenguaje que ayuda a trazar límites, revivir la
solidaridad social, y expresar los sentimientos compartidos que funda-
ron la comunidad cívica. El concepto de campo burocrático, para unir
los momentos materiales y simbólicos de cualquier política pública, es
suficiente para darse cuenta de que la penalidad puede cumplir perfecta-
mente bien tanto las funciones de control como las de comunicación ya
sea simultánea o sucesivamente, y por lo tanto, operar concertadamente
con los registros expresivos e instrumentales. De hecho, uno de los rasgos
distintivos de la penalidad neoliberal es su acentuación teratológica de su
misión de extirpación figurativa del peligro y la contaminación desde el

normalización”». Desde entonces, contra todas las expectativas, el índice de


encarcelación ha prosperado prácticamente en todos lados: se ha quintuplicado
en Estados Unidos y duplicado en Francia, Italia e Inglaterra; se ha cuadruplicado
en los Países Bajos y Portugal y sextuplicado en España.

193
Loïc Wacquant

cuerpo social, incluso al costo de reducir el control racional del crimen,


como ilustró la renovación histórica de las sentencias y supervisiones de
delincuentes sexuales en la mayoría de las sociedades avanzadas.
Concluyo Castigar a los pobres comparando mi modelo de penali-
zación como técnica política para gestionar la marginalidad urbana con
la caracterización de Michael Foucault (1975) de la «sociedad disciplina-
ria»; la tesis de David Garland (2001) de la emergencia de la «cultura del
control», y la visión de la política neoliberal propuesta por David Harvey
(2005). Al hacerlo, demuestro que la expansión y glorificación del brazo
penal del Estado (centrado en la prisión en los Estados Unidos y dirigi-
do por la policía en la Unión Europea) no es una desviación anómala o
una corrupción del neoliberalismo, sino, por el contrario, es uno de sus
componentes constitutivos centrales. Al igual que a fines del siglo XVI,
el incipiente Estado moderno innovó conjuntamente el socorro para los
pobres y la reclusión penal para detener el flujo de vagabundos y mendigos
que entonces invadían las ciudades comerciales del norte europeo (Lis y
Soly, 1979; Rusche y Kirchheimer, 2003 [1939]), a fines del siglo XX, el
Estado neoliberal reforzó y redistribuyó su aparato de vigilancia, judicial
y carcelario para detener los desórdenes causados por la difusión de la
inseguridad social en la base de la escala de clases y posiciones, y puso en
escena el ostentoso espectáculo de la pornografía de la-ley-y-el-orden para
reafirmar la autoridad de un gobierno que busca legitimidad por haber
renunciado a sus deberes instituidos de la protección social y económica.

3. La sinergia transformadora entre la racialización


y la penalización
El crecimiento de la marginalidad avanzada y el giro hacia su contención
punitiva han sido poderosamente estimulados y también flexionados por
la división étnica, enraizada en la oposición «blanco/negro» en los Esta-
dos Unidos y centrada en el cisma «nacional/extranjero postcolonial» en
Europa occidental (con ciertas categorías, como la de los gitanos, tratados
como cuasiextranjeros incluso en sus países natales). Esta inflexión opera
indirectamente, a través de la bisectriz del ángulo «clase-raza-Estado»
mostrado en el gráfico 2 (y desarrollado en el capítulo 6 de Castigar a
los pobres, «La cárcel como sustituto del gueto»), pero también lo hace
directamente a través de la relación recíproca entre la construcción de la
raza y la elaboración estatal. Esta relación está graficada en el lado derecho

194
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

del triángulo y cubierta por el tercer libro, Deadly Symbiosis: Race and
the Rise of the Penal State (Wacquant, próximamente por Polity Press).
La conexión sinérgica entre el clivaje etnorracial y el desarrollo del
Estado penal es, por varias razones, la cuestión más difícil de esta tabla
de investigaciones, tanto para plantear como para resolver8. Primero, el
estudio de la dominación racial es conceptualmente farragoso; y además,
es un sector de la investigación social donde las posturas políticas y los
discursos morales muy a menudo prevalecen sobre el rigor analítico y
la calidad de los materiales empíricos (Wacquant, 1997). Segundo, la
probabilidad de caer en la lógica del juicio, que es la enemiga jurada
del razonamiento sociológico, que ya es muy alta cuando se trata con el
concepto resbaladizo y cargado del «racismo», se reduplica en el presente
caso cuando estamos tratando con una institución, la justicia penal, cuya
misión oficial es precisamente dictar sentencias de culpabilidad. Tercero,
para entender la relación contemporánea entre la raza y el poder público,
se debe volver cuatro siglos atrás, a la fundación de la colonia americana
que se convertiría en los Estados Unidos, sin por eso caer en la trampa de
hacer del presente el inerte e ineludible «legado» de un vergonzoso pasado
que todavía se debe expiar. Finalmente, dado que la división etnorracial
no es una cosa sino una actividad (y una simbólica, además, una relación
objetivada y encarnada), no está congelada ni es permanente; evoluciona
a trompicones a través de la historia, precisamente como una función del
modo operativo del Estado como poder simbólico supremo. Estas dificul-
tades explican por qué tuve que retirar dos veces este libro a mi editor para
revisarlo de principio al fin (y en consecuencia por qué incluso ahora solo
pueden ustedes evaluarlo a través de los artículos que ofrecen versiones
provisionales y preliminares de los principales capítulos).
Deadly Symbiosis muestra cómo el clivaje etnorracial lubrica e inten-
sifica la penalización y cómo, a su vez, el auge del Estado penal moldea a
la raza como una modalidad de clasificación y estratificación, al asociar
a la negritud con una peligrosidad tortuosa y al dividir la población

El concepto de sinergia (que desciende del griego syn, juntos, y ergon, traba-
8

jo) expresa muy bien la idea de que la racialización y la penalización operan


al unísono para producir excluidos del Estado, a la manera de dos órganos
simbólicos que actúan de conjunto sobre el funcionamiento del cuerpo social.
Cuando Émile Littré lo insertó en su Dictionnaire de la langue française [Dic-
cionario de la lengua francesa] (1872-77), rastreó el concepto en la fisiología
y la definió como «acción cooperativa o esfuerzo entre diversos órganos, o
diversos músculos. La asociación de varios órganos para llevar a cabo una
función».

195
Loïc Wacquant

afroamericana con una gradación judicial (Wacquant, 2005b). La demos-


tración se desarrolla en tres fases. En la primera, reconstruyo la cadena
histórica de las cuatro «instituciones peculiares» que han funcionado en
forma sucesiva para definir y confinar a los negros a lo largo de la histo-
ria de los Estados Unidos9: la esclavitud de 1619 a 1865, el régimen del
terrorismo racial en el sur conocido como «Jim Crow» de 1890 a 1965, el
gueto de la metrópolis fordista en el norte de 1915 a 1968, y finalmente,
la constelación híbrida nacida de la mutua interpenetración del hipergueto
y el hipertrófico sistema carcelario. Establezco que la asombrosa inflación
en el confinamiento de los negros de clase baja desde 1973 (la burguesía
negra se ha apoyado y se ha beneficiado de la misma expansión penal, que
basta para invalidar la tesis de la llegada del «nuevo Jim Crow») fue el
resultado del colapso del gueto como contenedor étnico y el subsiguiente
despliegue de la red penal en y alrededor de sus restos. Esta malla carcelaria
fue fortalecida por dos series convergentes de cambios que, por un lado,
han «carcelizado» al gueto y, por el otro, han «guetizado» a la cárcel, de
modo tal que entre ellos se ha fusionado una triple relación de sustitución
funcional, homología estructural y sincretismo cultural (Wacquant, 2001).
La simbiosis entre el hipergueto y la prisión, perpetúa la marginalidad
socioeconómica y el estigma simbólico del subproletariado negro urbano;
moderniza el significado de la «raza» y remodela a la ciudadanía al se-
cretar una cultura pública racializada de denigración de los delincuentes.
Luego amplío este modelo para incluir la superencarcelación masiva
de inmigrantes postcoloniales en la Unión Europea, que terminó siendo
más pronunciada en la mayoría de sus estados miembro que la de nortea-
mericanos negros al otro lado del Atlántico —un hecho revelador aunque
poco conocido que es omitido o negado por los criminólogos del continen-
te— (Wacquant, 2005c). La criminalización selectiva y el confinamiento
preferencial de extranjeros, decretados por los ex imperios occidentales,
toman las dos formas complementarias de «transportación» interior y
exterior, la expurgación carcelaria y la expulsión geográfica (teatralizada

Recordemos que la asignación social y legal a la categoría «negro» en los Es-


9

tados Unidos se basa en la descendencia genealógica de un esclavo importado


desde África y no en la apariencia física, y que mágicamente «borra» la mixtura
etnorracial (que concierne la gran mayoría de personas consideradas negras)
por la estricta aplicación del principio de «hipodescendencia», de acuerdo
con la cual los descendientes de una unión mixta pertenecen a la categoría
considerada inferior. Esta configuración simbólica, que prefigura el espacio y
el aislamiento extremos de los afroamericanos en su sociedad, es virtualmente
única en el mundo (Davis, 1991).

196
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

por la ceremonia burocrática-periodística del «vuelo charter»). Estas son


complementadas por el rápido desarrollo de una vasta red de campos de
detención reservados para migrantes irregulares y por una política agre-
siva de detección y exclusión que incita a la informalidad entre aquellos
inmigrantes y normaliza el «desgobierno de las leyes» por todo el con-
tinente, así como la exportan a los países que envían a los inmigrantes
vía la «exteriorización» de programas de inmigración y control del asilo
(Broeders y Engbersen, 2007; Ryan y Mitsilegas, 2010). Todas estas me-
didas tienen por objetivo pregonar la fortaleza y determinación de las
autoridades y reafirmar el límite entre «ellos» y un «nosotros» europeos
que está cristalizando dolorosamente10. La penalización, racialización y
despolitización de las turbulencias urbanas asociadas con la marginalidad
avanzada siguen su curso y se refuerzan entre sí, vinculadas circularmente
tanto en el continente europeo como en los Estados Unidos.
La misma lógica está funcionando en Latinoamérica, que es adonde
llevo al lector para examinar la militarización de la pobreza en las metró-
polis brasileñas como reveladora de la profunda lógica de la penalización
(Wacquant, 2008b). En un contexto de desigualdades extremas y de violen-
cia callejera desenfrenada respaldadas por un Estado patrimonialista que
tolera una rutinaria discriminación judicial por la clase o por el color y una
brutalidad policial sin límites, y considerando las espantosas condiciones
de confinamiento, imponen una contención punitiva sobre los residentes

El infame discurso pronunciado por Nicolas Sarkozy en Grenoble, en julio de 2010,


10

ofrece una ilustración hiperbólica y extravagante de esta lógica de la segmentación


simbólica y la difamación a través de la penalización. Interesado en restaurar su
credibilidad arruinada en materia de seguridad pública, y pensando en las eleccio-
nes presidenciales de 2012, el presidente francés declaró oficialmente la «guerra
contra los traficantes y delincuentes» y anunció el nombramiento de un duro jefe
policial para el puesto de prefecto local. Directamente vinculó a los extranjeros
indeseables con la criminalidad (aunque el incidente que provocó su discurso solo
implicó a ciudadanos franceses); los hizo blanco del peso del Estado y estableció
normas y sanciones incrementadas abiertamente discriminatorias para el sistema
judicial (proponiendo, además de sanciones mínimas obligatorias, despojar de
sus ciudadanías a «nacionales franceses naturalizados por menos de 10 años» si
son condenados de actos de violencia contra la policía —una medida que viola
directamente a la Constitución francesa y a las convenciones europeas—). Y lanzó
una campaña policial para desmantelar «campamentos ilegales de romaníes» y
expulsar sus residentes en masse con el objetivo de aumentar el número de arrestos
y proporcionar material de video para los noticieros vespertinos de la TV. Este flash
de la pornomanía de la ley-y-el-orden hizo acreedora a Francia de las vigorosas
protestas diplomáticas de Rumania y Bulgaria, protestas oficiales y amenazas de
sanciones de la Unión Europea, y una amplia reprobación internacional (desde el
Vaticano, las Naciones Unidas, etc.).

197
Loïc Wacquant

de las favelas decadentes y los conjuntos degradados, que equivale a tra-


tarlos como enemigos de la nación. Y se alimenta el desacato a la ley y
el atropello como rutina, así como la descontrolada expansión del poder
penal, que se puede observar a lo largo de América del Sur en respuesta al
incremento combinado de la desigualdad y la marginalidad (Müller, 2012).
Esta digresión brasileña confirma que el vector de la penalización siempre
tiene un objetivo altamente selectivo, golpeando como una cuestión de
prioridad estructural aquellas categorías doblemente subordinadas en el
orden material de las clases y en el simbólico de honorabilidad.

II

Vuelvo ahora a la inspiración teórica de mi trabajo, a la que no siempre


perciben claramente mis lectores (o al menos solo débil o elípticamente),
aun cuando proporciona la clave para la inteligibilidad de un conjunto de
investigaciones que, sin ella, puede parecer un poco disperso o inconexo.
Para desenmarañar las conexiones triangulares entre la reestructuración
de clase, las divisiones etnorraciales y las elaboraciones del Estado en la
era del neoliberalismo triunfante, he adaptado varios conceptos desarro-
llados por Pierre Bourdieu (1997) y los he puesto a trabajar en nuevos
frentes: la marginalidad, la etnicidad, la penalidad, desde el micro nivel de
aspiraciones individuales y relaciones interpersonales en la vida cotidiana,
al meso nivel de estrategias sociales y constelaciones urbanas, así como
también, al nivel macrosociológico de las formas de Estado (ver gráfico
2 más adelante):

—poder simbólico es «el poder de constituir lo dado por la enuncia-


ción, de hacer ver y hacer creer, de confirmar o de transformar la visión
del mundo, por lo tanto el mundo» (Bourdieu 1991:170). Ilumina la mar-
ginalidad como liminalidad social (traduciéndola alternativamente como
invisibilidad cívica o hipervisibilidad), la penalidad como abyección del
Estado, y la racialización como violencia fundamentada cognitivamen-
te. Más ampliamente, expone cómo las políticas púbicas contribuyen a
producir una realidad urbana mediante sus actividades de clasificación y
categorización oficial (un ejemplo en Francia es la invención de la noción
de «vecindario sensible» y a los infames efectos que ha inducido, no solo
sobre el comportamiento de los burócratas del Estado, los medios y las

198
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

empresas, sino también entre residentes de las áreas así denigradas y entre
sus vecinos);

—campo burocrático refiere a la concentración de la fuerza física,


capital económico, capital cultural, y capital simbólico (implicando, en
particular, la monopolización del poder judicial) que «constituye al Estado
como detentor de una suerte de meta-capital» que le permite impactar en
la arquitectura y funcionamiento de los diferentes «campos» que forman
una sociedad diferenciada (Bourdieu, 1993:52). Designa la red de agencias
administrativas que colaboran en imponer identidades oficiales y compi-
ten para regular actividades sociales y representar la autoridad pública.
El campo burocrático centra su atención en la distribución (o no) de los
bienes públicos y nos permite vincular la política social y la política penal,
para detectar sus relaciones de sustitución funcional o de colonización, y
así reconstruir su evolución convergente como el producto de luchas sobre
y al interior del Estado, contraponiendo su polo protector (femenino) y
su polo disciplinario (masculino), sobre la definición y tratamiento de los
«problemas sociales» de los que los vecindarios relegados son tanto el
crisol como el punto de fijación;

—espacio social es la «estructura —multidimensional— de yuxta-


posición de posiciones sociales», caracterizadas por su «exterioridad
mutua», su distancia relativa (cercanas o lejanas), y su clasificación or-
denada (abajo, arriba, entre), dispuestas a lo largo de dos coordenadas
fundamentales dadas por el volumen total del capital que poseen los
agentes en sus diferentes formas y la composición de sus activos, es decir,
el «peso relativo» de «los principios más eficientes de diferenciación» que
son el capital económico y el cultural (Bourdieu, 1994:20-22). Como «la
realidad invisible», irreductible a interacciones observables, que «orga-
niza las prácticas y las representaciones de los agentes», el espacio social
nos ayuda a identificar y definir la distribución de los recursos eficientes
(Bourdieu, 1994:25) que determinan las posibilidades de vida a diferentes
niveles en la jerarquía urbana, y luego a investigar correspondencias —o,
por cierto, separaciones— entre las estructuras simbólicas, sociales y físicas
de la ciudad; y finalmente,

—habitus, definido como el sistema socialmente constituido de «es-


quemas de percepción, apreciación y acción que nos permite efectuar los
actos de conocimiento práctico» que nos guía en el mundo social (Bourdieu,

199
Loïc Wacquant

1997:200), nos impulsa a reintroducirnos en el análisis de experiencias


carnales de agentes —y la marginalidad, la racialización, y la encarcelación
no son nada si no son corporalmente restrictivas, manifestadas más inten-
samente intus et in cute—. Nos ayuda a asistir a «la acción psicosomática,
ejercida a menudo a través de la emoción y el sufrimiento», a través de la
cual la gente internaliza los condicionamientos y límites sociales, tanto que
se desvanece la arbitrariedad de las instituciones y se aceptan sus veredictos
(Bourdieu, 1997:205)11. Nos invita a rastrear empíricamente, en vez de sim-
plemente postular, cómo se retraducen las estructuras sociales en realidades
vividas, mientras se sedimentan en organismos socializados en la forma de
disposiciones para la acción y la expresión. Dichas disposiciones tienden
a validar y reproducir o, por el contrario, a cuestionar y transformar las
instituciones que las producen, dependiendo de si su conformación acepta
o diverge con las normas de las instituciones que confrontan.

Gráfico 2. La arquitectura teórica subyacente

Campo burocrático

Es significativo que Bourdieu (1997:205) evoque el pasaje fundamental de En la


11

colonia penitenciaria de Franz Kafka (2011 [1914]), en el que se graba la sentencia


de los condenados sobre su cuerpo por una máquina de tortura como una variante
grotesca de lo que él llama la «cruel mnemotecnia», mediante la cual los grupos
naturalizan la arbitrariedad que los funda. Esta escena nos pone en el punto don-
de la lanza material-simbólica del Estado penal confronta y perfora a través del
cuerpo del delincuente en un acto oficial de profanación radical que provoca una
aniquilación física: el ciudadano solo existirá dentro del ámbito de la ley.

200
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

Hay, además, una relación de vinculación lógica y una cadena recí-


proca de causalidad corriendo entre estos diferentes niveles (sugeridos en
el gráfico 2)12: el poder simbólico se imprime sobre el espacio social al
reconocer la autoridad y al orientar la distribución de recursos eficientes
a las diferentes categorías relevantes de agentes. El campo burocrático
valida o repara esta distribución estableciendo la «tasa de cambio» entre
las diversas formas de capital que poseen. En otras palabras, no podemos
entender la organización de las jerarquías urbanas, incluyendo si toman
connotaciones étnicas, y cuán enérgicamente lo hacen, sin poner dentro de
nuestra ecuación explicativa al Estado como una agencia estratificadora
y clasificadora. A su vez, la estructura del espacio social se objetiva en el
ambiente construido (pensemos en los barrios residenciales segregados
y la distribución diferenciada de servicios públicos entre los distritos), e
incorporada en las categorías cognitivas, afectivas y volitivas que orientan
las estrategias prácticas de los agentes en la vida cotidiana, en sus círculos
sociales, en el mercado laboral, en sus relaciones con instituciones públicas
(policía, oficinas de bienestar social, de vivienda y autoridades fiscales,
etc.), y por consiguiente, da forma a una relación subjetiva con el Estado
(que es parte integrante de la realidad objetiva de ese mismo Estado). La
cadena causal puede entonces ser desandada ascendentemente: el habi-
tus incita las líneas de acción que reafirman o alteran las estructuras del
espacio social, y el engranaje colectivo de estas líneas a su vez refuerza o
cuestiona el perímetro, los programas y las prioridades del Estado y sus
categorizaciones.
Es este engranaje conceptual el que articula la etnografía del boxeo
presentada en mi libro Entre las cuerdas (Wacquant, 2006 [2000]) con la
comparación institucional que organiza Los condenados de la ciudad. En
mi opinión, estos libros son las dos caras de una misma investigación sobre
la estructura y la experiencia de la marginalidad (como se indicó al pie de
la figura 1), enfocada desde dos ángulos opuestos pero complementarios:
Entre las cuerdas proporciona una antropología carnal de un oficio corporal
en el gueto, una especie de corte transversal fenomenológico, desde el punto
de vista del «agente significante» tan caro a los pragmatistas, integrado en
una porción ordinaria de vida vista desde dentro y desde abajo, mientras
Los condenados de la ciudad despliega una macrosociología analítica y

12
Para una discusión más completa de las relaciones internas entre estos conceptos,
que enfatizan el lugar baricéntrico del capital simbólico en sus variadas encarna-
ciones, ver Bourdieu y Wacquant (1992).

201
Loïc Wacquant

comparativa del gueto, construida desde afuera y desde arriba del mundo
vivido al que encuadra13.
Utilizo estas ideas como otras tantas palancas teóricas para trabajar
conceptos que me ayudan a detectar las nuevas formas de la marginali-
dad urbana, a identificar las actividades del Estado dirigidas a producirla
primero y a tratarla después, y por consiguiente, evaluar los vectores
emergentes de la desigualdad en las metrópolis dualizadoras en la era de
la propagación de la inseguridad social (ver gráfico 3). Por lo tanto, en Los
condenados de la ciudad, me apoyo en el concepto de espacio social para
introducir la triada de gueto/hipergueto/antigueto y para diseccionar las
cambiantes constelaciones socioespaciales que contienen a las desposeídas
y denigradas poblaciones atrapadas en los peldaños más bajos de la escala
social de los lugares que forman la ciudad (Wacquant, 2008a y 2010b).
Uniendo la teoría del poder simbólico de Bourdieu (1991) al análisis de
la gestión de «las identidades deterioradas» de Goffman (2003 [1964]),
acuño el concepto de la estigmatización territorial para revelar cómo, a
través de la mediación de los mecanismos cognitivos que operan en múl-
tiples niveles entramados, la denigración espacial de barrios de relegación
afecta a la subjetividad y a los lazos sociales de sus residentes, así como
a las políticas de Estado que les dan forma14. Siguiendo los preceptos de
la epistemología de Bachelard, desarrollo una caracterización ideal-típica
del nuevo régimen de la marginalidad avanzada (llamada así porque no es
residual, cíclica ni transicional, sino que está orgánicamente relacionada
con los sectores más avanzados de la economía política contemporánea,
y notablemente a la financialización del capital), que ofrece una precisa
matriz analítica para la comparación internacional.

13
Un análisis detallado de las estrategias vitales de un «buscavidas» en la economía
predatoria de la calle (Wacquant, 1998 [1992]) y del giro normativo y la extensión
práctica que el hipergueto impone al matrimonio (Wacquant, 1996), son dos de los
múltiples puntos de unión entre estos dos niveles y modos de análisis: en ambos
estudios de casos, mis principales informantes de campo eran también boxeadores.
Asimismo, el extenso enredo judicial de mi mejor amigo y «compañero de ring» en
el Woodlawn Boys Club durante dos décadas me proporcionó un vívido analizador
de las relaciones entre la marginalidad y la penalidad en tiempo biográfico y a una
escala microsociológica.
14
Este concepto ha sido desarrollado teóricamente y ampliado empíricamente a
través de tres continentes, cf. Wacquant (2007, 2010b, 2010f), las investigaciones
llevadas a cabo en el marco de la red internacional e interdisciplinaria advance-
durbanmarginality.net, y la selecta bibliografía compilada por Tom Slater, Virgilio
Pereira y Loïc Wacquant para el número especial de Environment & Planning E
sobre el tema de «La estigmatización territorial en acción» (en prensa).

202
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

En Castigar a los pobres y algunos artículos derivados del mismo libro


(Wacquant, 2010c, 2010d y 2011b), elaboro el concepto de prisonfare por
su analogía conceptual con welfare, para designar al entramado de políti-
cas —que abarca categorías, agencias burocráticas, programas de acción
y discursos justificatorios— que pretenden resolver los males urbanos
con la activación del brazo judicial del Estado antes que con sus servicios
sociales y humanos. Sugiero que la contención punitiva es una técnica
generalizada para controlar a las categorías marginadas que puede tomar
la forma de la asignación a un distrito desposeído o de una circulación
interminable a través de los circuitos penales (la policía, la corte, la cárcel
y sus tentáculos organizativos: libertad condicional, libertad bajo palabra,
las bases de datos de la justicia penal, etc.). Describo el ascendente arti-
lugio político, que se apoya en la doble regulación de los pobres a través
del workfare disciplinario y el prisonfare neutralizador, como «liberal-
paternalista», pues aplica la doctrina del laissez-faire et laissez-passer en
lo alto de la estructura de clases, hacia los poseedores del capital cultural
y económico, pero pasa a ser intrusivo y vigilante abajo, cuando se trata
de reprimir las turbulencias sociales generadas por la normalización de la
inseguridad social y la profundización de las desigualdades. Este artilugio
toma parte en el levantamiento de un Estado Centauro que presenta un
perfil radicalmente diferente en los dos extremos de la escala de clases
y lugares, transgrediendo a la norma democrática que exige que todos
los ciudadanos deban ser tratados de la misma manera. Sus gobernantes
usan la «guerra contra el crimen» como un teatro burocrático adaptado
para reafirmar su autoridad y para representar la «soberanía» del Estado
en el mismo momento en que esta soberanía está violando la movilidad
descontrolada del capital y la integración jurídico-económica en los agru-
pamientos políticos supranacionales.

203
Loïc Wacquant

Gráfico 3. Los principales conceptos desarrollados

Poder simbólico

ESTADO
Campo burocrático
Soberanía teatralizada Raza delito cívico

Liberal paternalismo Estigmatización territorial Sociodicea negativa

“pirsonfare” Ciudadano
Espacio social
Contención punitiva Judicializado hipercancelación

Marginalidad avanzada

Gueto Antigueto
Hipergueto

Habitus
Clase (mercado) Raza (etnicidad)

En Deadly Symbiosis, propongo reemplazar al seductor pero engañoso


concepto del «encarcelamiento masivo», que en la actualidad enmarca y
restringe los debates cívicos y científicos sobre la cárcel y la sociedad en
los Estados Unidos (lo utilicé yo mismo, bastante irreflexivamente, en
mis publicaciones anteriores a 2006), por el concepto más refinado de
híper-encarcelamiento, para hacer hincapié en la extrema selectividad
de la penalización de acuerdo a la posición de clase, la membrecía étnica
o el estatus cívico, y el lugar de residencia. Una selectividad que es una
característica constitutiva (y no un atributo accidental) de la política de la
administración punitiva de la pobreza (Wacquant, 2011b:218-219). Relato
que el castigo no es solamente un indicador directo de la solidaridad y la
capacidad política central del Estado, como Émile Durkheim afirmó más
de un siglo atrás en De la division du travail social ([1893] 2007), sino
que es el paradigma de la denigración pública, impuesta como una sanción
por el demérito moral individual y, por tanto, cívico.
Esto me lleva a caracterizar a la penalidad como un operador de una
sociodicea negativa: a través de su funcionamiento común y ordinario,
más que a través de los escándalos que alternadamente desata y apaci-
gua (Garapon y Salas, 2006). La justicia penal produce una justificación
institucional para la desgracia del precariado que está en el fondo de
la escala social, una justificación que hace eco de la sociodicea positiva
de la buena fortuna de los que dominan, lograda por la distribución de

204
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

las credenciales de las universidades de elite sobre la base del «mérito»


académico y que se encuentran en la cima de esa misma escala (Bourdieu
1989)15. Las sanciones penales y su registro oficial en archivos judiciales
o «antecedentes penales» (casier judiciaire en Francia, Führungszeugnis
en Alemania, strafblad en Holanda, etc.) operan a la manera de «títulos
inversos»: testimonian públicamente la falta de mérito individual de sus
portadores e incitan a la reducción rutinaria de sus posibilidades en la
vida, como fue revelado por la amputación de lazos sociales y conyugales,
opciones de vivienda, oportunidades e ingresos de empleo de los ex con-
victos en casi todos los países avanzados. Basta, entonces, con construir
«a la raza como un delito cívico» (Wacquant 2005b) para detectar el
profundo parentesco —que es mucho más que una similitud o una afini-
dad, incluso una «afinidad electiva» a la Weber— entre la racialización
y la penalización: ambas implican una amputación del ser social, que es
validada por la autoridad suprema simbólica. La categorización racial y
la sanción judicial producen marginados estatales, los que son aún más
rebajados pues ambas están más estrechamente relacionadas.

III

Pido disculpas si fui alusivo cuando debí haber sido didáctico, y viceversa,
pero para cubrir mi tema y a la vez ser breve, he tenido que simplificar
mi razonamiento y comprimir mis argumentos. Sin embargo, espero que
estos rudimentos de una cartografía analítica les permitan comprender
mejor y, especialmente, interrelacionar las tres obras que vamos a debatir.
Anticipo que probablemente vayan a reaccionar a algunas de vuestras
críticas dirigidas a este o aquel libro, señalando que la respuesta ya se
halla en uno de los otros dos, o que la cuestión ha sido reformulada o
incluso resuelta por la división del trabajo entre los tres tomos. No diré
esto para darme una excusa para eludir el tema: es la economía general
del proyecto que lo requiere, en la medida que el todo es más que la
suma de las partes que cada grupo correspondiente de lectores tiende a

Adapto aquí la dualidad de la «teodicea» propuesta por Max Weber (1948 [1915])
15

en su Psicología social de las grandes religiones, que compara las doctrinas que
validan «los intereses exteriores e interiores de todos los opresores» (Theodizee
des Glückes) con las doctrinas que legitiman y racionalizan el sufrimiento de
«estratos socialmente oprimidos» (Theodizee des Leidens).

205
Loïc Wacquant

autonomizar de acuerdo con su subcampo16. El progreso empírico rea-


lizado y las novedades conceptuales propuestas en cada libro dependen
directamente de las realizadas en los otros dos. Un ejemplo: yo no habría
detectado el vínculo subterráneo entre la penalización y la racialización
como formas emparentadas de la infamia estatal, si no hubiera primero
teorizado la estigmatización territorial como una de las propiedades dis-
tintivas de la marginalidad avanzada, y luego discernido el paralelismo
funcional y estructural entre el hipergueto y la cárcel.
Debo aclarar, para tranquilizarlos, que no me senté, volviendo a 1990,
con el proyecto extravagante en mente de escribir una trilogía. Este es el
despliegue no planeado de mis investigaciones, los avances empíricos (y
repetidos retrocesos), así como también los problemas teóricos que hicieron
emerger (o desaparecer) los que me han llevado, a lo largo de los años,
de uno a otro vértice del triángulo clase-etnicidad-Estado, no siendo sus
inesperadas relaciones existenciales las que me han impulsado a lo largo
de los lados que los atan entre sí17.
Al principio, hubo el shock —inseparablemente emocional e intelec-
tual— que experimenté frente a la atroz desolación urbana y humana de
los vestigios del South Side, cuyo paisaje lunar se extendía, literalmente,
desde la puerta de mi casa cuando aterricé en Chicago. Este shock me
empujó a ingresar al gimnasio de boxeo, el que podría ser como un puesto
de observación desde el cual tomé la cuestión del acoplamiento «raza y
clase» en las metrópolis americanas y me puse a reconstruir el concepto
de gueto desde la base, en oposición a la mirada distante que domina a
la sociología nacional sobre el tema (Wacquant, 1997b). En respuesta

16
Es revelador que las contribuciones a los simposios dedicados a Los condenados
de la ciudad (por City en 2008, International Journal of Urban and Regional
Research, Revue française de sociologie y Pensar en 2009, y Urban Geography
en 2010) y a Castigar a los pobres (organizado por la British Journal of Crimi-
nology, Theoretical Criminology, Punishment & Society, Critical Sociology and
Studies in Law, Politics & Society, Criminology & Justice Review, The Howard
Journal of Criminal Justice, Amerikastudien, Prohistoria y Revista Española de
Sociología) reproducen la separación establecida entre las disciplinas (con, en un
sentido amplio, la geografía urbana y la sociología por un lado y la criminología
por el otro, mientras el trabajo social y la ciencia política brillan por su ausencia),
y tratan exclusivamente con solo una de estas dos obras, omitiendo a la otra. El
libro colectivo editado por Squires y Lea (2012) es un raro intento de relacionar
el esquema de la marginalidad avanzada a mi análisis del Estado penal, pero al
precio de descuidar al eje de racialización-penalización.
17
Ver Wacquant (2009c) para una discusión más completa de las vinculaciones
analíticas y lazos biográficos entre «el cuerpo, el gueto y el Estado penal», y las
motivaciones cívicas que me impulsaron a desenredarlos.

206
Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

a la irrupción del discurso del pánico sobre la supuesta «guetización» de


los distritos obreros en Francia y su subsiguiente difusión alrededor de
Europa, enriquecí mi perspectiva histórica al agregar un eje comparativo.
Esta comparación destaca el papel del Estado en la producción de la
marginalidad, un papel que es central aunque diferente a ambos lados
del Atlántico. Entonces, magnetizado por el arte del boxeador, redacté
las historias de vida de mis compañeros de gimnasio y descubrí que
casi todos habían pasado por la cárcel, por lo tanto, si quería esbozar
el espacio de las posibilidades que se les abrían —o, según el caso, que
se les cerraban— era imperioso que incorporara la institución carcelaria
a mi perspectiva sociológica.
Fue entonces que me di cuenta de que el crecimiento bulímico del
sistema penal americano desde 1973 es perfectamente concomitante y com-
plementario a la atrofia organizada de la ayuda pública y su reconversión
disciplinaria en un trampolín hacia el trabajo precario. Mi revisita histórica
a la invención de la cárcel en el siglo XVI confirmó posteriormente el vín-
culo orgánico que ha unido la ayuda a los pobres y el confinamiento penal
desde su origen, y ofrece una base estructural para la intuición empírica
de su complementariedad funcional. Mientras tanto, en Les Prisons de
la misère [Las cárceles de la miseria] exploré la difusión planetaria de la
estrategia de vigilancia y la retórica de la «tolerancia cero», punta de lanza
de la penalización de la pobreza en la ciudad polarizadora. Mostré que
la misma opera después de la «desregulación» del trabajo no calificado y
de la conversión del welfare en workfare: en definitiva, ambas formaban
parte de la construcción del Leviatán neoliberal (Wacquant 1999, 2009b
y 2010e).
En cada fase, la división etnorracial sirve como un catalizador o mul-
tiplicador: acentúa la fragmentación del trabajo asalariado al segmentar
a los trabajadores y los contrapone facilita la reducción del bienestar y
el despliegue del aparato penal, ya que es mucho más fácil endurecer las
políticas dirigidas a los beneficiarios del welfare y delincuentes cuando los
últimos son percibidos como «forasteros» cívicos, congénitamente estig-
matizados y definitivamente incorregibles, opuestos en todos los aspectos
a los ciudadanos «establecidos» (para invocar una dicotomía muy cara a
Elias y Scottson (1994 [1965]). Pero, sobre todo, la marcación racial se
vuelve similar en su naturaleza al castigo penal: son dos manifestaciones
gemelas de la denigración estatal. Por lo tanto, sin haberme dispuesto a
hacerlo, he llegado a practicar una especie de excéntrica (algunos podrían
decir estrafalaria) sociología del poder político, ya que al final me hallo

207
Loïc Wacquant

a mí mismo confrontado con la cuestión del Estado como una entidad


material y simbólica, y arrastrado con renuencia a debates teóricos y
comparativos sobre la naturaleza del neoliberalismo y la contribución de
la penalidad a su advenimiento18.
El «triángulo mortal», que decide la suerte del precariado urbano, es
un esquema ex post que emergió gradualmente mientras yo progresaba
en las investigaciones de las cuales resumí las principales líneas en este
artículo. Esto explica el hecho de que los tres libros que las sintetizan
fueron publicados tardíamente (con un retraso de cerca de una década, en
promedio, desde la fase de producción de datos). También desordenada-
mente, tuve que repensarlos y reescribirlos varias veces para separarlos y
unirlos mejor al mismo tiempo. Esta configuración analítica es asimismo
lo que da más fuerza y peso a cada uno, por lo tanto, esperamos que el
encuentro de hoy ofrezca la oportunidad de demostrar esto concretamente.
Esta presentación y mi presencia aquí son una invitación a una lec-
tura generativa y transversal, no para el placer estético de romper con las
convenciones académicas, sino para que podamos colectivamente extraer
los beneficios teóricos y empíricos obtenidos para relacionar los temas de
las tres sesiones de esta tarde. Concluiré entonces con este cri du coeur
analítico: estudiosos de la marginalidad urbana, estudiosos de la etnicidad
y estudiosos de la penalidad, uníos. ¡No tenéis nada que perder excepto
vuestras cadenas intelectuales! Y tenéis un mundo de descubrimientos
científicos que ganar, así como una riqueza de recomendaciones prácticas
para intervenir en el debate público.

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Un enfoque bourdieusano en términos de la «inclinación a la derecha del campo


18

burocrático» (entrampado el mismo en la deriva del campo de poder hacia el


polo económico) me permite trazar una vía media entre los modelos dominantes
y simétricamente mutilados del neoliberalismo como «gobierno del mercado»
o «gubernamentalidad», inspirados por Marx y Foucault respectivamente (ver
Wacquant (2012) y las siete respuestas a esta tesis en números subsiguientes de la
misma revista).

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Marginalidad, etnicidad y penalidad en la ciudad neoliberal...

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214
Análisis contemporáneos
sobre tolerancia, legitimación
y conflicto en torno a las
desigualdades en
América Latina
La relación entre desigualdad
e impuestos como fuente de conflicto
social: el caso de Chile

Jorge Atria*

1. Introducción
Entre los múltiples puntos de observación que la sociología ha utilizado
para examinar el fenómeno de la desigualdad, el estudio de los impuestos
es uno de los que ha recibido menor atención. Ciertamente, la tributación
no remite directamente a un derecho social, ni tampoco su buen o mal fun-
cionamiento alcanza a ser percibido cotidianamente como un mecanismo
que delata disparidades u oportunidades diferenciadas entre personas y
grupos sociales. No obstante lo anterior, esta resulta de vital importancia
cuando interesa una analítica de las condiciones que caracterizan a una
sociedad desigual. Esto se debe a que la tributación, entre otras cosas:

1. Ensancha la observación del Estado, al complementar el estudio


del gasto social con el de los mecanismos para financiar el aparato
público, los instrumentos tributarios para incentivar o desincentivar
ciertas acciones o servicios, o los grados de cumplimiento de las
obligaciones tributarias de distintos grupos sociales. Cada uno de
esos elementos facilita o dificulta la reducción de desigualdades. Así,
la tributación ayuda a que se considere no solo el «cómo se gasta»,
sino también el «cómo se recauda».

Sociólogo y magíster en Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile, es-


*

tudiante de Doctorado en Sociología, Freie Universität Berlin. Correo electrónico:


jorge.atria@fu-berlin.de

217
Jorge Atria

2. Plantea desde otro ángulo las interrogantes sobre producción y re-


producción de la desigualdad. Dada la importancia de su función, es
pertinente cuestionar la capacidad del sistema tributario de reducir
grandes diferencias de ingreso (a través del reparto de obligaciones
y beneficios), inhibiendo con ello el surgimiento de desigualdades
injustas (Therborn, 2006) y evitando la producción o el refuerzo de
distinciones categoriales entre personas y grupos que hagan posible
la existencia de desigualdades sistemáticas y permanentes (Tilly,
2000).
3. Permite indagar en la legitimidad del Estado. Al constituir una rela-
ción permanente entre ciudadano y fisco, el pago de impuestos y las
percepciones acerca de estos informan sobre cómo los ciudadanos
identifican su pertenencia a una comunidad política y el rol que se
le asigna al Estado como ente que los representa y hace posible los
derechos sociales y otros aspectos centrales del bienestar colectivo
(Grimson y Roig, 2011).
4. Examina las tensiones y desavenencias de las sociedades contempo-
ráneas en lo que atinge a dilemas distributivos y representaciones
sociales del individuo y el bien común. Como señalan Murphy y
Nagel (2002), en una economía capitalista los impuestos no son solo
un método de pago para el gobierno y los servicios públicos, sino
también el instrumento más importante a partir del cual el sistema
político pone en práctica una concepción de justicia distributiva o
económica.

Este artículo pretende contribuir al estudio de la relación entre tri-


butación y desigualdad en Chile, tomando por objetivo indagar cómo
dicha relación puede constituir una fuente de conflicto social en distintos
niveles de análisis. Con ello, se busca ampliar el marco interpretativo de las
desigualdades y contribuir al estudio del ámbito fiscal desde la sociología,
incorporando la dimensión social y política de los impuestos.
Chile constituye un caso original para explorar este objetivo. Con
evidencia empírica contundente para describir la existencia de una alta y
persistente desigualdad de ingresos —lo que permite su comparación con
otros países de América Latina—, presenta sin embargo, características
de estabilidad y desarrollo económico que habitualmente le conceden
credenciales de solidez y seguridad institucional, adecuado marco jurí-
dico y solvencia de la política económica, lo que unido a su ingreso a la
OCDE hace posible su comparación en algunos indicadores con países

218
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

desarrollados1. La reducción exitosa de la pobreza en las últimas décadas


y la imagen internacional positiva de los últimos lustros suelen crear una
imagen de relativo éxito, donde la desigualdad es evocada como factor
negativo, mas sin ponderarse necesariamente como un aspecto crucial en
la evaluación del país2. En temas tributarios la situación no parece distinta,
ocupando Chile un lugar destacado en la región, siendo especialmente
reconocido el proceso de modernización de su administración tributaria
—el Servicio de Impuestos Internos—, así como la legitimidad social de
su funcionamiento, que consigue respeto frente a su sistema de control
de información y fiscalización.
Desde 2011, al amparo de masivas y constantes manifestaciones en
torno a temas educativos, valóricos y medioambientales, se ha formado
como nunca desde el retorno a la democracia un conjunto de cuestiona-
mientos macizos a los principios de orden social y a los imaginarios de
desigualdad existentes, al amparo de demandas sectoriales, pero también
de consignas más amplias, tales como un mayor cumplimiento de derechos
sociales, una vinculación más profunda entre las instituciones y la ciuda-
danía, y una democracia más representativa de las distintas sensibilidades
del país3. En este contexto, el gobierno del presidente Sebastián Piñera
(2010-2014) realizó una reforma tributaria, concebida para sustentar el
incremento en el gasto social relacionado con la educación. Esto gatilló
intensos debates respecto a la oportunidad de utilizar dicha reforma con
fines más amplios, incluyendo el enfrentamiento de la desigualdad de
modo más general. Al margen de que ello finalmente no sucedió, el siste-
ma tributario fue puesto en tela de juicio en su funcionamiento y en sus
características, incentivando una exposición más explícita de las visiones

1
De acuerdo con Solimano (2012), Milton Friedman acuñó la idea de «el milagro
económico de Chile» en el contexto de las transformaciones económicas realiza-
das por economistas influidos por la Escuela de Chicago. Para Friedman, el libre
mercado como estrategia central adoptada por el país traería una sociedad libre.
2
Esto redundaría en una visión acotada sobre el progreso en Chile, otorgando cen-
tralidad al PIB per cápita y a otros indicadores macroeconómicos como evidencia
de un nivel de desarrollo alcanzado, mientras simultáneamente diversos análisis
muestran la estabilidad de la desigualdad y la alta concentración de ingresos,
repercutiendo en que los productos del crecimiento beneficien mayoritariamente
a un grupo de la población. Ver Solimano (2012) y Repetto (2010).
3
Aunque la frecuencia y magnitud de estas manifestaciones representan una novedad
para la historia reciente del país, ello no quiere decir que hasta antes de 2011 los
ciudadanos no percibieran la existencia de distintos problemas sociales, económicos
o políticos. Un ejemplo relacionado con el tema de este artículo se desprende de
la encuesta Latinobarómetro 2010, de acuerdo a la cual un 74,4% de los chilenos
señala que hay un conflicto fuerte o muy fuerte entre ricos y pobres.

219
Jorge Atria

divergentes en la discusión pública, en sus dimensiones técnicas como


también ideológicas.
En su segundo período como presidenta de Chile, Michelle Bachelet
asume el año 2014, proponiendo una gran reforma tributaria, la que
junto a la educacional y constitucional constituyen los ejes primarios del
nuevo gobierno. La reforma tributaria —primera de las tres en exponerse
públicamente, y presentada como requisito básico para poder sustentar la
mayor inversión educacional y otros gastos sociales— ha intensificado el
debate producido en el contexto de la reforma precedente, particularmente
debido a la intención de contar con un diseño tributario más progresivo,
modificando los incentivos al ahorro y la inversión, buscando reducir la
elusión y evasión, y proponiendo una recaudación adicional de 3 puntos
del PIB4. Estas medidas en su conjunto han suscitado un profundo e iné-
dito intercambio de opiniones políticas, académicas y de diversos actores
sociales, exhibiendo nítidamente el potencial de conflictividad social que
encarna la dimensión tributaria.
El trabajo se organiza de la siguiente manera: primero, se revisan algu-
nos aspectos teóricos y conceptuales para entender el sistema tributario en
su capacidad de producir conflicto e incidir en la desigualdad; en segundo
lugar, se proveen algunos antecedentes sobre las disparidades de ingreso
en Chile, y a continuación, se analizan tres casos específicos —en distintos
niveles de observación y vinculados con diferentes aspectos de la tributación
del país— para examinar conflictos actuales o potenciales, y cómo en ellos se
pone en juego la reproducción de desigualdades, debido a la incapacidad del
Estado de reducir grandes diferencias de ingreso y a la presión de distintos
grupos de interés por conservar privilegios impositivos, lo que se plasma
en acciones elusivas con el interés de reducir el pago, en la mantención de
beneficios tributarios injustificados y en la producción de modificaciones y
reformas tributarias que no logran transformar sustantivamente las carac-
terísticas anteriores. Para esto, se utiliza evidencia empírica reciente sobre
impuestos y redistribución (fuentes secundarias que muestran la incidencia
de impuestos y transferencias en la distribución de ingresos, estimaciones
actuales sobre gasto y comportamiento tributario, e información corres-
pondiente al trabajo legislativo y a debates en la prensa en el contexto de
la reforma tributaria de 2012), observando cómo en los casos de análisis
interactúan factores institucionales (de diseño y administración tributaria)

El proyecto de ley presentado por el gobierno el 1 de abril de 2014 puede ser


4

consultado en la página web: http://reformatributaria.gob.cl/documentos.html


(acceso: septiembre 2014).

220
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

con las acciones de individuos y de grupos sociales (elusión, evasión e in-


fluencia en las discusiones legislativas).
Por último, se entregan algunas conclusiones sobre el caso chileno y
se proponen algunos argumentos más generales, resaltando la necesidad
de entender los fenómenos tributarios desde una perspectiva más amplia
—que considere su dimensión institucional, discursiva y de prácticas socia-
les para identificar más adecuadamente las causas y los actores detrás de
los conflictos distributivos— y la enorme incidencia que ello puede tener
para la comprensión de la desigualdad en las sociedades contemporáneas.

2. Impuestos y sistemas tributarios: estructuras de un


conflicto permanente
Los impuestos han representado históricamente un ámbito de disputas y
controversias sociales. Desde sus orígenes —cuando no necesariamente
se distinguían de las ofrendas entregadas a las autoridades o a las divini-
dades, en demostración de respeto o sacrificio— han motivado conflictos
donde subyacen profundas divergencias sobre la contribución voluntaria
u obligatoria para evitar la furia de los dioses, la estructuración de un
poder central, la administración de relaciones de dominación o la necesi-
dad de financiamiento de guerras (Schultz, 1992). El reconocimiento de
los fenómenos tributarios insertos en una trama de objetivos y decisiones
problemáticas relacionadas con el ejercicio del poder, permite vincular
el estudio de estas dinámicas a temas clásicos de la sociología, como la
formación de los Estados modernos y de sus aparatos burocráticos y
financieros, el desarrollo de la democracia como forma de gobierno, la
historia de las religiones, o las disyuntivas valóricas y distributivas que
han enfrentado las sociedades en distintas épocas (Häuser, 1992; Sahm,
2012; Tilly, 2009; Goldscheid, 1917).
En las sociedades contemporáneas, los dilemas relacionados con la
tributación implican diferentes percepciones y énfasis ya desde su defini-
ción. Mientras en muchos casos el pago de impuestos es asociado prima-
riamente con una retribución —una suerte de «impuesto-transacción»,
un sacrificio realizado para financiar ciertos bienes necesarios, los que
se espera sean visibles y directamente útiles para el contribuyente, una
suerte de «contrapartida» (Rosanvallon, 2012)—, en otros casos se da
más preponderancia a la obligación socialmente reconocida de pagar que
ellos constituyen, sin referir a un intercambio en particular, subyaciendo
un objetivo de redistribución, resaltando que un impuesto no es el pago

221
Jorge Atria

relativo a la obtención de un servicio, sino una contribución exigida y


forzada por el Estado (Martin, Mehrotra y Prasad, 2009).
Asimismo, la tributación inspira distintas representaciones sociales;
mientras en algunos casos se priorizan las ideas de simpleza, eficiencia y no
interferencia en los incentivos a la inversión y al crecimiento del producto,
en otros casos se destaca el aporte que los impuestos pueden constituir
para el logro de una sociedad equitativa, lo que se traduce en la reducción
de grandes diferencias de ingresos, en la contribución diferenciada al bien
común de acuerdo con la capacidad de pago, o en la percepción de que
ellos representan una expresión concreta de la solidaridad colectiva (Cepal,
2010; Grünewald, 2014; Torche, 1988).
El pago de impuestos constituye siempre una relación entre Estado e
individuo. De acuerdo con Martin, Mehrotra y Prasad (2009), la obligación
tributaria adopta la forma de un vínculo dinámico, que se va resignificando
en el tiempo y que involucra siempre un potencial conflicto de interés, siendo
quizás la acción estatal más resistida a través de la historia. Esto es crucial
debido a la dependencia que define al Estado, que aunque cumple la función
de garantizar el orden social, está sujeto a un vínculo «que siempre incluye
la posibilidad latente de conflicto y desorden» (4), en la medida que cada
parte buscará negociar los términos de la relación en conformidad con sus
intereses. Sin embargo, mientras el orden social dependa del Estado, y los
recursos para esto provengan primariamente de la tributación, se tratará
siempre de una relación indisoluble, cuyas tensiones pueden reproducirse
—más que resolverse— una y otra vez.
Las implicancias del vínculo entre Estado y ciudadanía, para estos
autores, también conciernen al tamaño del aparato público y a las formas
en que se hacen efectivos los acuerdos de la relación. A diferencia de otras
demandas o extracciones estatales (como podría ser el cumplimiento de
la legislación sobre tráfico de armas o de drogas, o la inscripción en el
ejército), el pago de impuestos incluye una «promesa implícita», de que
la acción estatal redundará en bienes públicos y beneficios para los con-
tribuyentes. Esto lleva a que todos aquellos cambios en la actividad fiscal
—tanto para aumentar o reducir sus funciones, como para seleccionar los
bienes a producir y las acciones por ejecutar— sean siempre discutibles,
impugnables y controvertidos. Consiguientemente, el desafío a la autoridad
estatal a través del no pago de impuestos, o la creación de medidas de
control y sanción para el correcto cumplimiento de la relación tributaria
constituyen mecanismos dinámicos de fuerte impacto para reconfigurar
el orden social, que van definiendo y transformando los modos en que

222
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

una sociedad se organiza en lo que concierne a sus pilares básicos de


financiamiento y distribución de recursos.
En los últimos años, diversos estudios han dedicado mayor atención
a los fenómenos tributarios y a la conflictiva relación entre ciudadanos y
Estado en busca de modelos explicativos más amplios para entender las
causas y consecuencias de la desigualdad (Martin y Prasad, 2014). Esto,
motivado particularmente por el incremento de las disparidades econó-
micas en los países desarrollados, así como por las nuevas metodologías
para capturar diferencias de ingreso a partir de información impositiva
(Piketty, 2014), han reforzado el interés por aclarar la capacidad de los
gobiernos de enfrentar las desigualdades no solo a partir del gasto social,
sino también considerando los principios y orientaciones que definen y
estructuran la recaudación de recursos públicos, en la medida que sus po-
sibles inequidades y deficiencias podrían reducir la efectividad del Estado
en el logro de dicho propósito.
A partir de lo anterior, se puede pensar en una relación interdependiente
entre tributación y desigualdad: por un lado, los impuestos pueden afectar
la desigualdad, produciendo a partir de una determinada estructura, de la
prioridad de ciertos impuestos en desmedro de otros, del establecimiento
de beneficios o restricciones tributarias a distintos grupos o sectores, y de
la capacidad de control y fiscalización del cumplimiento de las leyes, una
cierta capacidad estatal para recaudar recursos de modo suficiente y equita-
tivo que hagan posible, entre otras cosas, el financiamiento de los objetivos
del gasto social que apunten a amortiguar grandes diferencias de ingreso.
Por el otro lado, la desigualdad puede afectar a los conflictos en materia
impositiva, incidiendo en que las instituciones tributarias reproduzcan vi-
siones, valores y patrones de funcionamiento que hagan admisibles ciertas
desigualdades injustas, en que se otorgue a la tributación objetivos poco
compatibles con la búsqueda de mayores niveles de igualdad, y en que la
distribución desigual de poder que conllevan las diferencias económicas se
traduzca en un tratamiento tributario dispar de los intereses y preferencias
de los distintos grupos sociales, produciéndose privilegios y desventajas en el
pago de impuestos y dificultándose la realización de reformas que concedan
un rol más redistributivo al Estado.
Si bien las desavenencias en los temas impositivos se pueden constatar en
cualquier sociedad, la existencia de altas y persistentes desigualdades especifica
ciertos contenidos que pueden generar especial controversia. En este artículo
se proponen tres focos de atención:

223
Jorge Atria

1. La potencialidad redistributiva. En muchos casos, los países con


alta y baja desigualdad de ingresos enfrentan una situación muy
similar cuando se observan solo los ingresos laborales (autóno-
mos): las disparidades son en ese escenario altas, mostrando que la
distribución de recursos producida por el mercado frecuentemente
crea grandes diferencias. La situación, sin embargo, se transforma
sustancialmente una vez que se considera el pago de impuestos y
la realización de transferencias estatales: en el grupo de países con
alta desigualdad, la brecha originada por el mercado se mantiene,
se reduce mínimamente o incluso aumenta; en el segundo grupo
de países, en tanto, la desigualdad es reducida drásticamente. Esto
ilustra con claridad el rol central que el Estado puede desempeñar
en la corrección de grandes disparidades, a través de sus funciones
tributaria y del gasto social. Consiguientemente, en países con una
desigualdad alta y duradera cabe la interrogante por la suficiencia
del rol del Estado en el enfrentamiento de la desigualdad a través de
su función redistributiva. Así, asumiendo que «es difícil imaginar
un remedio para la desigualdad de ingresos que no involucre una
transferencia de riqueza desde los ricos a los pobres» (Chow y
Galak, 2012:1467), la dimensión tributaria puede ser interpelada
en relación con los medios a través de los cuales son recaudados
los ingresos estatales, los tipos de impuestos y beneficios tributarios
existentes y el grado de cumplimiento o incumplimiento de las
obligaciones impositivas, que facilita o restringe la consecución
de recursos planificada.
2. La concreción del ideal meritocrático. La meritocracia constituye
una expresión del expandido ideal de igualdad de oportunidades,
planteando «luchar contra las discriminaciones que obstaculizan la
realización del mérito, permitiéndole a cada cual acceder a posiciones
desiguales como resultado de una competencia equitativa en la que
individuos iguales se enfrentan para ocupar puestos sociales jerar-
quizados» (Dubet, 2012:46). En las sociedades contemporáneas, esta
oferta siempre abierta de movilidad social se basa especialmente en
la función educativa y en el rechazo de las herencias (Rosanvallon,
2012), permitiendo una desconexión con lo adscrito y otorgando
centralidad a lo adquirido. El sistema tributario, en este sentido, es
una institución clave para el control y la limitación de las herencias
y el patrimonio en general, estableciendo principios de tributación
que controlen y reduzcan las diferencias excesivas de ingreso entre

224
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

los ciudadanos, tanto intra como intergeneracionalmente. En una


sociedad con desigualdades extremas, por tanto, la evaluación de la
función educativa y de la función tributaria aparecen como un requi-
sito ineludible, las que, en caso de denotar un mal funcionamiento,
sugieren la imposibilidad del logro de la promesa meritocrática.
3. Transformación y adaptación de las instituciones. Las aspiraciones
de producir cambios en el funcionamiento de las instituciones po-
líticas y económicas pueden enfrentar múltiples problemas en una
sociedad desigual. En relación con el tema tributario, el cómo las
preferencias y demandas se presentan en la esfera política y en el
debate público es importante por dos razones: primero, aunque en
un nivel general se puedan evidenciar consensos sobre la necesidad
de avanzar hacia una sociedad más igualitaria o con mayores ni-
veles de justicia social, ello no redunda necesariamente en cambios
reales, pudiendo prevaler discursos de conveniencia política, mas
no traducidos en acciones concretas —o peor aún, negados en las
interacciones sociales cotidianas (Araujo, 2013)—. En un segundo
caso, el debate político y público permite también explorar cuáles
temas tienen cabida y posicionamiento, quiénes los impulsan, cuáles
son omitidos o no considerados, y cómo ello es recogido y procesa-
do por los representantes de la ciudadanía en el Poder Legislativo,
haciendo que determinados resultados sean posibles, y otros no.

Una manera de abordar esto radica en el análisis de la producción


legislativa en momentos clave de tramitación o realización de cambios
de gran envergadura. En el caso de los impuestos esto es particularmente
ilustrativo, pues la legislación tributaria encarna tensiones económi-
cas, valorativas y políticas, representando sus debates públicos y sus
procesos de negociación una aproximación valiosa para estudiar qué
visiones sobre los impuestos se imponen, qué actores sociales tienen
más influencia en las discusiones, y qué posibilidades y desafíos existen
para transformar la capacidad redistributiva del Estado.

3. Desigualdad y conflicto en clave tributaria


En esta sección se presentan en primer lugar algunos antecedentes básicos
sobre desigualdad en Chile, para ilustrar el contexto distributivo en el cual
se inserta y opera el sistema tributario. A continuación, se exponen tres casos
para estudiar la tributación y su influencia en los altos niveles de desigualdad

225
Jorge Atria

en el país. Esto se hace siguiendo los mismos focos de atención descritos en


la sección anterior, referidos a potencialidades de conflictividad tributaria
en contextos de alta desigualdad. Para todos los casos, se analiza evidencia
empírica reciente sobre impuestos y política fiscal chilena, añadiendo en el
tercer caso antecedentes referidos al trabajo legislativo y al debate político
a través de los medios de comunicación en contextos de reforma tributaria.

3.1 Desigualdad en Chile


Chile ha representado un caso original para los análisis desde las ciencias
sociales y la economía, debido a su significativa reducción de la pobreza
en paralelo a la mantención de una alta desigualdad. Y la conflictividad,
al menos en el caso latinoamericano, se muestra más relacionada con la
desigualdad y la polarización que con la pobreza (Gasparini et al., 2008).
Tres datos pueden ayudar a ilustrar las magnitudes de las diferencias de
ingreso existentes en la actualidad:

1. Mayer y Sanhueza (2011), observando los últimos 50 años en Chile,


concluyen que cuando los ingresos del 10% más rico han aumen-
tado, ese crecimiento se da no en el decil entero, sino en el 5% y
1% superior. En otras palabras, el décimo decil no es homogéneo,
mostrándose que la mayor tendencia a la concentración de recursos
se da en el último veintil.
2. Al interior del 5% superior también habría una brecha importante
de ingresos, destacando la alta concentración en el último percentil.
De acuerdo con la Encuesta de Caracterización Económica Nacional
(Casen) del año 2011, el ingreso promedio del 1% más rico es 275
veces mayor al del 1% más pobre, equivalente al 11,6% del ingreso
a nivel nacional.
3. López, Figueroa y Gutiérrez (2013) calculan la desigualdad de in-
gresos corrigiendo el problema de las encuestas de hogares —que
usualmente subdeclaran los ingresos de los grupos con más recur-
sos—, utilizando una metodología que incorpora la información
de impuestos de las personas, concluyendo que el 1% superior
chileno percibe el 30% de los ingresos, el 0,1% superior, el 17%, y
el 0,01% superior, el 10%. Un estudio posterior, con metodología
similar pero acceso a más datos, estima que el 1% percibe el 22%
del ingreso nacional (Fairfield y Jorratt, 2014). En ambos estudios,
se destaca que Chile constituiría un caso de alta concentración de
ingresos en comparación internacional.
226
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

Estos datos ayudan a dimensionar la desigualdad en Chile y su carac-


terística de concentración de ingresos en un porcentaje muy minoritario
de la población. Este rasgo, visualizado en conjunto con los patrones de
movilidad social5 y de segregación existentes6 en el país, configuran un
escenario de diferencias sociales de alta potencialidad conflictiva, en la
medida que se puede traducir en grandes distancias sociales que acompa-
ñan las disparidades económicas, en demandas crecientes por una mayor
dispersión de poder (Latinobarómetro, 2013), y en cuestionamientos hacia
los grupos de altos ingresos dadas las barreras de acceso a las posiciones
superiores de la escala socioeconómica. Esto releva, consiguientemente, la
importancia del sistema tributario y la política fiscal, tanto para revertir
o acentuar estos patrones de la estructura social, como también para co-
nocer las expresiones concretas —a través de la legislación vigente— que
adquiere el reparto de beneficios y privilegios entre distintos grupos de
la sociedad, mostrándose con ello las posibilidades concretas, desde la
institucionalidad existente, de enfrentar la reproducción de brechas, de
ventajas y de desventajas injustas.

3.2 Primer caso: redistribución y gasto tributario


Una manera de observar la función redistributiva del Estado con evidencia
empírica es analizando la política fiscal en relación con la incidencia de
los impuestos y las transferencias sobre la distribución de ingresos. Un
informe reciente de la OCDE (2012) para Chile provee esta información,
en comparación con los países de la misma organización:


5
A partir de la evidencia empírica disponible, se destaca que Chile presenta movilidad
social, aunque especialmente entre grupos bajos y medios de la escala socioeco-
nómica, existiendo barreras históricas jerárquicas que dificultan el acceso a los
estratos más altos. Esta movilidad restringida es un elemento relevante para ser
considerado en conjunto a la alta desigualdad de ingresos, indicando que la con-
centración económica está asociada también a una cierta estabilidad en los grupos
superiores, determinándose en buena medida desde la infancia las oportunidades
de bienestar y desarrollo de cada persona. Para esta discusión en relación al caso
chileno, ver Ferreira et al. (2013), Torche (2005), Barozet y Espinoza (2013) y
Espinoza y Núñez (2014).
6
Ver, por ejemplo, Wormald et al. (2012) y Sabatini et al. (2012).

227
ASSESSMENT AND RECOMMENDATIONS Jorge Atria

Figure 1. Inequality and poverty across OECD countries1


Gráfico 1. Desigualdad en países OCDE
2009 or latest 2009 o último año disponible
year available

After taxes and cash transfers Before taxes and cash transfers ²

A. Gini coefficient
0.6 0.6

0.5 0.5

0.4 0.4

0.3 0.3

0.2 0.2

0.1 0.1

0.0 0.0
CHL TUR ISR GBR AUS JPN ESP EST POL ISL NLD LUX AUT FIN SVK NOR SVN
MEX USA PRT ITA NZL CAN KOR GRC CHE DEU FRA HUN BEL SWE CZE DNK
45 45
B. Poverty rates ³
40 40

35 35

30 30

25 25

20 20

15 15

10 10

5 5

0 0
MEX CHL TUR KOR ESP CAN ITA NZL GRC CHE LUX SVN AUT SVK NLD HUN CZE
ISR USA JPN AUS EST PRT POL GBR BEL DEU SWE FIN NOR FRA ISL DNK

1. Household income is adjusted by the square-root of the number of persons in the household. Provisional
1. El ingreso del hogar está ajustado por la raíz cuadrada del número de personas
estimates.
2. en
Beforeel transfers
hogar.onlyEstimaciones
for Greece, Hungary,provisionales.
Mexico and Turkey. Subsidies to buy a home are not included in Chile.
3. Poverty line defined at 50 per cent of the current median income.
2. Source:
Antes OECD,de transferencias
Income Distribution Database. solo para los casos de Grecia, Hungría, México y
1 2 http://dx.doi.org/10.1787/888932563856
Turquía. Los subsidios para la vivienda no están incluidos en el caso de Chile.
Once the external environment improves the government should close
Fuente:
the OCDEbudget
structural (2012).
deficit
The government expects a budget surplus of 1.2% of GDP in 2011, thanks to strong

De acuerdo con este informe, el sistema de impuestos y beneficios


economic growth and still high – albeit volatile – copper prices, and spending cuts of about
0.4% of GDP to counteract strong domestic demand and pressures on the real exchange
tiene rate
poca influencia
earlier para
this year. After redistribuir
adjusting recursos,
for the cyclical upswing anddificultando la reducción
high prices of copper and

de la molybdenum,
desigualdad en Chile. A diferencia de lo que acontece en otros países
in line with the government’s fiscal rule, this still corresponds to a structural
budget deficit of –1.6% of GDP, down from –2.1% in 2010. The government aims to gradually
miembros de structural
reduce the la OCDE —cuyos
deficit to 1% ofniveles de desigualdad
GDP in 2014, mainly by containing inicial son similares
spending. The
a los substantial
de Chilecost o ofMéxico—
reconstructionel (4.2%
Estado noandtiene
of GDP) la capacidad
the external environmentde modificar
justify a
slow pace of consolidation in the short run, although resolute tightening to close the
sustancialmente
structural deficit lawilldistribución de ingresos
be needed once reconstruction producida
nears completion and por the el mercado,
external
manteniendo
environment las grandes
improves. disparidades
This would help replenish entre distintos
savings in grupos
the stabilisation fund, sociales.
the
Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES), which has proven very useful as an
Incluso considerando otras mediciones, precisiones sobre los datos o
análisis distintos, la conclusión sobre la insuficiencia
12 de laSURVEYS:
OECD ECONOMIC política fiscal
CHILE © OECD 2012

chilena es similar, tanto para comparaciones con América Latina y Europa


(Goñi, López y Servén, 2008; Cepal, 2010), como también para describir
exclusivamente el caso chileno (López y Figueroa, 2011; Castelletti, 2013).
Una forma alternativa de referir al limitado rol redistributivo del
Estado lo constituye el análisis del denominado «gasto tributario»,

228
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

definido en términos simples como «aquella recaudación que el fisco deja


de percibir en virtud de la aplicación de concesiones o regímenes impo-
sitivos especiales (…) por esta vía el fisco desiste parcial o totalmente de
aplicar el régimen impositivo general, atendiendo a un objetivo superior
de política económica o social» (Villela et al., 2009:2). Estos objetivos
pueden estar relacionados, por ejemplo, con incentivar el ahorro, estimular
el empleo o proteger la industria nacional. En esos casos, las obligaciones
tributarias de los contribuyentes son reducidas, en vez de entregarles un
subsidio o transferencia.
Según Jorratt (2013:44-46), junto a las ventajas que los gastos tri-
butarios tienen (incentivar la participación del sector privado, promover
la toma de decisiones privadas, o reducir la necesidad de supervisión
estatal de los gastos directos equivalentes), también existen desventajas y
riesgos, entre los que destacan: i) son regresivos (al beneficiar a quienes
pagan impuestos, afectan la progresividad del sistema, pues quienes no
tributan no se benefician con ello); ii) crean ganancias inesperadas (pues
en muchos casos puede que las personas tomen una decisión o realicen
una determinada acción sin tener ese incentivo); iii) son difíciles de ad-
ministrar y controlar; iv) distorsionan las decisiones de los mercados (al
favorecer a sectores específicos de la economía)7; v) suelen crear inequidad
horizontal (al incentivar un determinado gasto o consumo, se beneficia
solo a algunas personas, pues no todos tienen las mismas preferencias o
necesidades); y vi) estimulan la evasión y elusión (al hacer más compleja
la estructura tributaria).
¿Cómo funcionan estos mecanismos en Chile? El mismo trabajo
de Jorratt (2013) revela que el 40% del gasto tributario está destinado
a incentivar el ahorro y/o la inversión en la empresa, y casi la totalidad
de ese porcentaje se destina a estímulos que afectan el pago de impuesto
a la renta. Esto es fundamental, pues el impuesto a la renta en Chile es
pagado únicamente por alrededor del 19% de los contribuyentes, los de
mayores ingresos, dado que en la desigual distribución chilena solo ese
porcentaje alcanza el tramo mínimo requerido para pagar dicho tributo
(Agostini, 2013). Así, poco más del 80% del resto de los contribuyentes
queda exento de este, y por tanto los descuentos, franquicias o exenciones

A juicio de Jorratt (2013), algunas de estas desventajas pueden ser matizadas, de


7

acuerdo con el conjunto de decisiones que acompañan un gasto tributario. Esto


podría hacer que, por ejemplo, no se genere regresividad, sino que progresividad
en un determinado impuesto (por ejemplo en el IVA), o que se produzca una dis-
torsión que no sea negativa, en la medida que se esté corrigiendo otra distorsión
anterior. Ver pp. 44-46.

229
Jorge Atria

que se dirijan al impuesto a la renta benefician solamente al 19% superior.


Jorratt (2013) añade que el gasto tributario relacionado con el impuesto
a la renta representa el 31% de su recaudación potencial. Como una
consecuencia para el sistema chileno, el autor señala que gran parte de
las exenciones vigentes son regresivas.
Sin considerar que el gasto tributario sea siempre desaconsejable o
injusto, su composición y alta regresividad sugieren que sus efectos son
relevantes en la política fiscal chilena, alcanzando una porción significa-
tiva de recursos que el Estado deja de percibir, y haciendo además que el
impuesto a la renta pierda su potencialidad progresiva, asimilándose a
lo que el BID (2012) denomina como un «cascarón vacío». Además, esto
plantea interrogantes sobre cómo la legislación vigente conserva exen-
ciones y estímulos tributarios para grupos que no necesariamente son los
que requieren mayor apoyo e incentivo estatal, denotando la influencia
de grupos de poder interesados en mantener beneficios que no consigue
la mayoría del país.
En su conjunto, el volumen y las prioridades del gasto tributario chile-
no, así como la insuficiencia que en un nivel más general exhibe la política
fiscal a través de la acción de los impuestos y transferencias, constituyen
indicadores del limitado rol redistributivo del Estado, en tanto i) establece
regalías que —por ley— reducen la base de recaudación de recursos de los
grupos más aventajados, y ii) no transfiere ingresos de los grupos más altos
a los grupos más bajos de un modo tal que transforme sustantivamente
la distribución de recursos producida por el mercado (Castelletti, 2013).
De acuerdo con Murphy y Nagel, «en una economía no socialista, sin
propiedad pública de los medios de producción, los impuestos y los gastos
gubernamentales son el foco primario de argumentos sobre justicia eco-
nómica» (2002:6). La política fiscal se revela así, como un espacio donde
se cristalizan criterios y visiones sobre la magnitud de los recursos por
repartir, pero también en relación con quiénes deben ser los favorecidos,
y qué los hace merecedores de tales beneficios.

3.3. Segundo caso: cumplimiento tributario en los altos ingresos


y la inefectividad del impuesto a la herencia
El cumplimiento tributario se relaciona directamente con los fenómenos
de evasión y elusión, expresando la influencia de normas sociales, su
grado de identificación y de internalización (Wenzel, 2004), así como
también las percepciones que cada ciudadano tiene del pago de impuestos.

230
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

La evasión y elusión representan un deterioro o vulneración del


cumplimiento tributario. De acuerdo a la definición de Saffie, «la elusión
consiste en ir en contra de la voluntad de la ley (sin violar la letra) apro-
vechándose que para el legislador es imposible anticipar y cubrir todos los
casos que se pueden presentar en la complejidad de la vida económica. De
esa manera se antepone el interés del individuo al de la sociedad. La eva-
sión consiste en ir contra la letra de la ley para el mismo efecto» (2012:1).
El incumplimiento tributario podría ser estudiado en todos los segmen-
tos sociales, a través de la opinión de los contribuyentes sobre el destino
de los impuestos, de las consideraciones sobre cómo es percibida la carga
tributaria, o de los grados de equidad o inequidad en el tratamiento de
distintos ciudadanos o grupos (Jorratt, 2013). Además, no constituye un
fenómeno exclusivo de países pobres, desiguales o con altos niveles de
informalidad, pues se relaciona con situaciones de la vida cotidiana, con el
aprovechamiento de «zonas grises» o con la realización de actos conside-
rados de poca relevancia, y por ende, no asociados a una acción negativa
o inmoral (Kirchler, Maciejovsky y Schneider, 2003; Grünwald, 2014).
Pese a lo anterior, es en los grupos de más altos ingresos donde los
incentivos a la evasión y la elusión son más altos, pues la carga impositiva
que deben afrontar es mayor8 (Cepal, 2010). Esto es aún más significativo
cuando se trata de un país desigual como Chile, en cuyo caso la proporción
de la clase alta es muy pequeña en comparación al resto de la sociedad, lo
que tiene como consecuencia que sus recursos sean de altísima importancia
para la recaudación de ingresos del Estado9.
Habitualmente, Chile es considerado un caso exitoso en materia de
cumplimiento tributario cuando la comparación es hecha con otros países
de la región. Esto, sin embargo, requiere una observación desagregada.
Con base en las mediciones de otros trabajos, López y Figueroa (2011)
estiman que la evasión en el Impuesto al Valor Agregado (IVA) alcanza
en Chile aproximadamente el 11%, esto es, la menor evasión en América
Latina, e incluso una de las más bajas entre los países de la OCDE. Esto
es relevante, pues el IVA es la principal fuente de obtención de ingresos
tributarios en el país. Es, además, un impuesto de administración más
sencilla y menos costosa que la del impuesto a la renta. Por último, es un
8
Esto no se cumple en muchos casos en términos relativos, cuando existe una es-
tructura de recaudación de ingresos regresiva. Sin embargo, aún en esos casos es
mayor, cuando se considera la carga en términos absolutos.
9
Una expresión de esto es el punto ya mencionado de que solamente el 19% superior
de ingresos en Chile paga el impuesto a la renta, dado que es la única porción de
contribuyentes que alcanza el tramo mínimo.

231
Jorge Atria

tributo que pagan todos los chilenos, al estar incluido (con pocas excep-
ciones) en la mayoría de los bienes de consumo cotidianos.
Esta evaluación positiva es contrastada cuando se constata que las
estimaciones de evasión del impuesto a la renta son bastante altas, alcan-
zando el 46% (Fairfield y Jorratt, 2014), siendo comparable a las cifras
de otros países latinoamericanos. Lo importante en este caso es, como ya
se ha dicho, que este impuesto es pagado únicamente por el estrato alto
del país. Ciertamente, aunque la complejidad de la administración de este
tributo es mayor, y dada la estructura tributaria chilena, aún más10, aquí
entran en consideración otros aspectos, uno de los cuales son los ya men-
cionados estímulos y exenciones designadas como gasto tributario, facili-
tando el diferimiento del pago, y la realización de complejas operaciones
de optimización que pueden terminar en muchos casos diluyéndolo. Adi-
cionalmente, compartiendo el análisis de López y Figueroa (2011), llama
la atención cómo una misma institucionalidad tributaria logra cifras tan
exitosas de control de la evasión y elusión, por un lado, y tan insuficientes
por el otro. De acuerdo con estos autores, en los países de la región donde
existen estimaciones para el IVA y el impuesto a la renta, la proporción de
evasión entre el primero y el segundo es de 1:2 a 1:3 (vale decir, la evasión
en el impuesto a la renta es dos a tres veces superior a la del IVA). En el caso
de Chile es mayor a 1:4. A la luz de estas cifras, el argumento de la mayor
complejidad en la administración no sería suficiente para dar cuenta de las
diferencias tan pronunciadas entre un impuesto y otro.
Una manera de observar el fenómeno de evasión y elusión de modo más
específico lo constituye el análisis del impuesto a la herencia, un impuesto
patrimonial y uno de los mecanismos directamente enfocados a reducir la
reproducción intergeneracional de la riqueza, en la idea de que las herencias
se relacionan con «con conceptos y prácticas arcaicas que no tienen lugar
en la ética de nuestros días» (Durkheim, 1957:174).
En Chile, este es un impuesto de diseño progresivo, es decir, el
porcentaje de pago aumenta en conformidad con el monto en cuestión,

El sistema tributario chileno integra el impuesto a las personas y el a las empresas,


10

de modo que el que pagan estas últimas en realidad constituye un adelanto, que
opera como un crédito al impuesto que deben pagar los dueños de las empresas al
momento de retirar las utilidades de las mismas. Dado que explicar esto —y sus
consecuencias— con mayor profundidad excede a los propósitos de este artículo,
ver Jorratt (2009), Boylan (1996), Fairfield (2010) y el mismo López y Figueroa
(2011).

232
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

alcanzando un máximo de 25%11. Como en el impuesto a la renta, una


porción mayoritaria de la población queda exenta de su pago, de modo
que para alcanzar el tramo mínimo de pago se debe heredar un monto muy
significativo. Sin embargo, los recursos obtenidos gracias al impuesto a
la herencia alcanzan el 0,2% del total de los ingresos tributarios en Chile
(López y Figueroa, 2011)12, esto es, una fracción extremadamente pequeña,
que contribuye muy poco al financiamiento del Estado, y que también
devela las facilidades de la legislación, posibles de ser aprovechadas con
fines tributarios especialmente por los grupos de más ingresos en el país.
Pero también es un ejemplo concreto —entre otros posibles— sobre un
impuesto que, con un objetivo por lo general compartido y con tasas ade-
cuadas, es evitado a través de prácticas legitimadas en la vida cotidiana,
usualmente no discutidas ni cuestionadas, y más aún, realizadas con la
ayuda de asesorías tributarias expertas, «que muchas veces promueven
estrategias de elusión tributaria o reducen los riesgos del incumplimiento»
(Cepal, 2010:25).
Para explicar esto existen diversas argumentaciones, entre ellas los
grados de desconfianza hacia el Estado, la percepción de gasto ineficiente
o de corrupción en el sector público, el interés por priorizar los benefi-
cios individuales, o la idea de que toda acción que no vulnere la ley está
permitida. Detrás de esta última opinión subyace la sutil diferencia entre
evasión y elusión, hasta ahora no del todo resuelta por la legislación y por
la administración tributaria, siendo la primera «una conducta ilegal (una
acción que va contra una ley expresa); en cambio, la elusión es tratada
como algo permitido, como una acción que el legislador no consideró y
por lo tanto no está prohibida. Sería, en algún aspecto, un acto de ingenio
de parte del contribuyente» (Saffie 2012:1).
Visto de manera general, los actos de evasión y elusión no solo
tienen como consecuencia la disminución de recursos para el Estado;
en la medida que la mayoría de esos ingresos proviene de tributos que

11
Ver: http://www.sii.cl/preguntas_frecuentes/otros_impuestos/001_020_0332.htm
(última actualización: 21/10/2013).
12
Dado que el impuesto a la herencia no está presente en todos los países de América
Latina, no es posible comparar la importancia de este tributo en otras naciones,
aunque si se consideran los impuestos patrimoniales en general, Chile ocupa una
posición intermedia en la región, ubicándose por debajo de países como Argentina,
Brasil o Colombia y en un lugar similar a Uruguay y Bolivia (en términos del por-
centaje del PIB que representan los impuestos patrimoniales). En comparación con
países de la OCDE, aunque la participación de estos tributos en la carga tributaria
es similar, ellos recaudan casi el doble en términos del PIB. Ver De Cesare y Lazo
(2008).

233
Jorge Atria

corresponden a la clase alta —que como ya se describió anteriormente,


en Chile representa un grupo pequeño, estable y con fuertes barreras
de acceso— constituye un mecanismo relevante que ayuda a reproducir
riqueza y una posición social aventajada intergeneracionalmente, po-
niendo trabas a la movilidad social, al facilitar la conservación de una
condición socioeconómica por generaciones. Esto, desde luego sumado
a otros factores —siendo la educación el más importante— configura un
escenario donde el puro mérito individual no es por lo general suficiente
para avanzar en la escala socioeconómica hasta las posiciones superiores,
facilitándose la concentración de prestigio y riqueza, y fortaleciéndose
las diferencias entre el estrato más alto y el resto de la población.

3.4. Tercer caso: reformas tributarias como espacio de disputa


Desde el retorno a la democracia (1990), Chile ha abordado la agenda
tributaria a través de incrementos o ajustes de impacto insuficientes para
transformar la estructura tributaria, para reducir efectivamente grandes
diferencias de ingreso o para cambiar decisivamente la capacidad redis-
tributiva del Estado. Entre 1990 y 2012 esto se ha plasmado en una gran
reforma (en 1990), así como en 48 modificaciones legales (Rivera, 2012).
El último cambio relevante fue en 2012, y aunque inicialmente se planteó
como una reforma significativa, su recaudación fue acotada y no modificó
sustancialmente el sistema chileno, siguiendo la dirección y magnitud de
los cambios anteriores.
Varias de las transformaciones posteriores a la reforma de 1990
implicaron agudos conflictos entre las dos grandes coaliciones políticas,
disputas sobre la necesidad de ajustes para «adaptar» o «corregir» el
modelo de desarrollo chileno, y se caracterizaron por la demostración de
influencia de algunos grupos empresariales —especialmente a través de sus
organizaciones gremiales— para mantener ciertas características e instru-
mentos del sistema inalterados (Fairfield, 2010). Incluyendo la reforma de
2012, tres modificaciones ayudan a examinar el grado de conflictividad y
controversia contenido en las disputas tributarias de las últimas décadas,
constituyendo también instancias importantes de negociación entre dis-
tintas sensibilidades políticas en la historia reciente del país:

1. Los cambios realizados en 1993, destinados a renegociar algunas


de las principales medidas incluidas en la reforma tributaria de
1990, justificándose en la necesidad de asegurar la estabilidad

234
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

macroeconómica y tributaria en el mediano plazo13. Esto produjo


conflictos entre los partidos de oposición, que buscaban volver a
la carga tributaria anterior a la reforma, y la coalición gobernante,
que planteaba discutir una nueva estructura impositiva para el si-
guiente período. En este proceso de negociación, al igual que en el
de la reforma de 1990, los gremios empresariales tuvieron un rol
fundamental, estableciendo contacto directo con el gobierno y en
ocasiones intermediando en la búsqueda de acuerdos entre este y los
partidos de oposición (Marcel, 1997). Como resultado, se disminu-
yeron considerablemente los logros introducidos en dicho acuerdo,
incluyendo una reducción de la tasa marginal máxima (en el caso
del impuesto a la renta), la reducción del IVA (de 18% a 17%, em-
pezando con dicho valor en 1996), así como la creación de nuevos
mecanismos para diferir impuestos personales a la renta cuando
fueran invertidos en instrumentos de ahorro, y los acuerdos para
eliminar la doble tributación sobre ganancias corporativas en nego-
cios realizados fuera del país. La tasa de impuestos a las empresas,
por su parte, permaneció en 15%, muy baja en comparación con la
internacional (Boylan, 1996). Con esto, algunos avances realizados
tres años antes redujeron su impacto, otorgando a la política fiscal
chilena la capacidad de captar recursos para implementar políticas
sociales focalizadas, pero no para disminuir las grandes brechas de
ingreso.
2. La creación de un impuesto específico a la gran minería, promul-
gado en 200514. Fue concebido inicialmente como un royalty sobre
los ingresos de las compañías mineras de gran producción, el que
incluía diversas alternativas para reducir el pago de impuestos a
través de la declaración de gastos en insumos y mano de obra aso-
ciados a la generación de ventas. Hasta ese momento, las mineras
extranjeras no pagaban ninguna retribución al Estado chileno por
la extracción mineral. La fuerte alineación de los parlamentarios
de partidos de centroderecha con las posturas del sector minero,
la tramitación en vísperas de elecciones municipales y el envío

13
La ley de la reforma tributaria de 1990 contemplaba la reversión de los principales
aumentos de impuestos (Impuesto a la Renta de las empresas —o Primera Cate-
goría—, al IVA y a los ingresos personales) a partir de 1994; vale decir, se trataba
de incrementos transitorios, lo que obligaba a renegociar dichas modificaciones a
fines de 1993. Ver Marcel (1997).
14
Los siguientes párrafos se basan en Napoli y Navia (2012). Allí puede analizarse
el proyecto inicial, el proceso de negociación y el acuerdo aprobado.

235
Jorge Atria

del proyecto de ley sin acuerdos previos de negociación redundó


en el rechazo del mismo, haciendo necesaria su reformulación.
El nuevo proyecto, finalmente aprobado, establecía un impuesto
específico —y ya no un royalty—, de un 5% (calculado sobre la
renta imponible operacional y no sobre las ventas, como en la
primera propuesta) entregaba incentivos para que las empresas se
acogieran a la nueva modalidad impositiva, excluía del pago del
tributo a la pequeña minería y ofrecía resguardos a la explotación
minera, asegurando a las empresas una estabilidad tributaria que
los protegiera de futuros cambios (Napoli y Navia, 2012).
Al margen de la aprobación exitosa, algunos parlamentarios de par-
tidos de centroizquierda de la época advertían que el nuevo impues-
to acordado no afectaba mayormente los intereses de las grandes
empresas mineras, algo que a juicio de ellos se apreciaba en que el
lobby de las mismas había sido bastante menor al realizado en el
primer proyecto. En cualquier caso, durante la negociación de ambas
iniciativas es posible encontrar similitudes con los debates y búsque-
da de acuerdos para la reforma de 1990 y su posterior negociación,
en especial a través de la influencia de los gremios empresariales y
de grupos de pensamiento afines a partidos de centroderecha, así
como en las argumentaciones de que el tributo propuesto tendría
efectos negativos sobre la competitividad del sector, dada la menor
rentabilidad que tendrían los proyectos mineros (Napoli y Navia,
2012). En perspectiva comparada, sin embargo, el acuerdo logrado
constituiría una tributación baja, de menor magnitud que aquella
aplicada con el mismo fin a las empresas en países avanzados ricos en
recursos (López y Figueroa, 2011). En línea con esa opinión, Palma
(2013) estima que la gran minería privada ha obtenido cada uno
de los siete años posteriores a la nueva ley excedentes del mismo
orden de magnitud que la suma total de sus inversiones anteriores,
lo que equivale a recuperar siete veces las inversiones realizadas en
el período.
3. En 2012 irrumpió el debate tributario nuevamente en el espacio
público, en el contexto de multitudinarias manifestaciones que
reclamaban una transformación del sistema educacional. En la
misma época, el presidente Sebastián Piñera destacó la necesi-
dad de corregir las «desigualdades excesivas y escandalosas»15.

Ver, por ejemplo, las declaraciones a propósito de la presentación de los resultados


15

de la encuesta Casen 2011 (Cooperativa, 2012).

236
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

La iniciativa de reforma16 fue propuesta para aumentar la recauda-


ción de ingresos, en aras de costear los mayores gastos que implica-
rían las mejoras educacionales anunciadas por el gobierno. Aunque
este proyecto en un principio era considerado erróneo por la propia
alianza gubernamental (partidos de centroderecha y derecha)17,
finalmente fue aceptado en la medida que solo fuera destinado al
plan educacional, descartando las intenciones planteadas por par-
tidos políticos de la coalición de centroizquierda y algunos grupos
manifestantes de realizar una reforma más amplia, que incorporara
el objetivo explícito de enfrentar la desigualdad del país18.

A pesar de las amplias discusiones que este tema produjo, la reforma


propuesta por el gobierno fue aprobada finalmente el 24 de septiembre de
2012. Sus principales modificaciones incluyeron: i) mantener el impuesto
de primera categoría en 20%19; ii) aumento del impuesto a los cigarrillos;
iii) reducción del impuesto de timbres y estampillas; iv) rebaja al impuesto
a las personas, reduciendo las tasas de todos los tramos, con excepción
del tramo de más altos ingresos20, y v) creación de un crédito tributario
para descontar del pago de impuestos parte de las inversiones realizadas
en educación de los hijos21.
Aunque analizar en profundidad el proceso y posterior aprobación
de la reforma tributaria de 2012 excede los objetivos de este trabajo, tres
aspectos ilustran el modo en que se tematizó el problema de la desigualdad
frente a la tributación:

16
El presidente Sebastián Piñera oficializa el envío del proyecto de ley de reforma
tributaria al Congreso el día 30 de abril de 2012. Tras los múltiples debates y crí-
ticas que dicho proyecto enfrentó, uno nuevo que recoge algunas modificaciones
es presentado el día 2 de agosto del mismo año.
17
Ver, por ejemplo, Fontaine (2012) o las declaraciones del ex ministro de Hacienda,
Felipe Larraín, en relación a la ausencia de necesidad de una reforma tributaria
para incrementar el gasto en educación (El Mostrador, 2011).
18
Ver, por ejemplo, las declaraciones en relación a un «acuerdo macro» del diputado
Nicolás Monckeberg (El Mostrador, 2012), donde se destaca que el objetivo de
la reforma refiere al financiamiento de los cambios educacionales y no a otros
objetivos que puedan arriesgar el crecimiento o la creación de empleos.
19
La tasa de 20% se había acordado como un alza temporal para la reconstrucción
posterior al terremoto de 2010 que afectó a varias regiones del país.
20
Sin embargo, dado que todos los tramos inferiores bajaron, de todos modos quienes
tributan en el tramo superior verán reducido el pago de impuestos, al ser una tasa
marginal máxima.
21
Este beneficio establece un límite máximo de $100.000 por gastos en el año por
cada hijo. Este crédito puede ser descontado del pago de impuestos a la renta
(Impuesto de Segunda Categoría o Global Complementario).

237
Jorge Atria

1. La inclusión de una dimensión ética en el discurso. En su análisis


de la reforma de 1990, Boylan (1996) subrayaba la existencia
de un «tono ético», toda vez que los impuestos fueron vincula-
dos con propósitos más amplios, tales como la solidaridad, la
estabilidad, la paz social y la reconciliación entre crecimiento
económico y justicia social. En las modificaciones siguientes, las
consideraciones éticas parecen desaparecer hasta el gobierno
de Sebastián Piñera, quien apeló a grandes objetivos sociales en
los cambios tributarios de 2010, a propósito de los planes de
reconstrucción posteriores al terremoto del mismo año (Rivera,
2012). Este énfasis continúa en la reforma de 2012, siendo esta
vez el financiamiento del nuevo plan educacional, la corrección
de inequidades tributarias, una mayor solidaridad y la solicitud
de mayor colaboración a las grandes empresas, el framing utili-
zado22.
Sin embargo, una revisión general del proyecto de ley inicial,
así como de la ley finalmente promulgada, muestran que la
reforma afectó escasamente las características centrales del sis-
tema tributario23. Así, esta reforma presume un discurso que no
es finalmente explicitado ni profundamente cristalizado en los
cambios asociados a su implementación. Visto en una perspectiva
más amplia, esto coincide con trabajos previos que destacan la
presencia de un discurso general contra la desigualdad en los
gobiernos anteriores, suponiendo un contenido ético importante,
pero no redundando necesariamente en medios directos y con-
cretos para lograrlo (Pollack y Solimano, 2006).
2. La profundidad de las modificaciones tributarias. Relacionado
con lo anterior, la última reforma también deja en claro que no
se realiza ninguna transformación esencial del sistema tributario,
sino únicamente algunos ajustes destinados al objetivo de financiar
el plan educacional del gobierno en ejercicio. Así concebida, la
22
Ver, por ejemplo, comentarios del presidente de la República sobre la necesidad
de cumplir los compromisos en materia educacional (La Tercera, 2012a), sobre
la necesidad de combinar responsabilidad con solidaridad (La Tercera, 2012c), o
las declaraciones del ministro de Economía, indicando que se trata de «la reforma
más importante de la historia para la familia chilena», (La Tercera, 2012b).
23
En este sentido, la reforma no cambió significativamente la relación entre impuestos
directos e indirectos, no redujo ni reorientó el gasto tributario hacia otros objetivos,
no eliminó sustancialmente los mecanismos que favorecen la evasión y elusión de
los grupos de más ingresos ni aumentó notoriamente la recaudación estatal, entre
otros indicadores que podrían ser analizados.

238
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

reforma debe entenderse como continuidad y no como cambio de


la política tributaria (y fiscal) chilena, siguiendo el patrón de los
cambios impositivos acaecidos desde el retorno a la democracia.
En palabras del presidente de la República:
Hacemos presente que esta reforma tributaria no pretende cam-
biar la esencia del sistema impositivo, sino que perfeccionarlo
para que cumpla de mejor manera los objetivos que le son pro-
pios y que tantos beneficios han aportado al país durante las úl-
timas décadas. Consideramos que atendido el nivel de desarrollo
alcanzado por el país, dicha esencia permite estimular el ahorro
y la inversión y con ello potenciar el crecimiento económico24.
3. La escasa centralidad del tema tributario para enfrentar el
problema de la desigualdad. A pesar de que su surgimiento se
conecta fuertemente con las demandas sociales surgidas en el
contexto de las movilizaciones estudiantiles de 2011 —entre las
cuales el reconocimiento transversal de la alta desigualdad y la
necesidad de avanzar como país para reducirla era un elemento
discursivo central—, la reforma ilustra con claridad que la di-
mensión tributaria produce abundante controversia en relación
al rol que debe desempeñar como factor para responder a tales
demandas. En este debate, el proyecto aprobado ejemplifica la
dominancia de una de estas visiones, al plantearse que la herra-
mienta tributaria no debe tener entre sus funciones principales
la reducción de diferencias de ingresos, pudiendo incluso un alza
de los tributos aumentar la desigualdad en el país25.

En resumen, la reforma de 2012 devino un proyecto insuficiente para


abordar en profundidad no solo el propósito de reducir las extremas y
persistentes desigualdades del país con ayuda de la herrmienta tributaria,

24
Ver «Mensaje Presidencial por el que inicia el proyecto de ley que perfecciona la
legislación tributaria y financia la reforma educacional», en Biblioteca del Congreso
Nacional (2012:9).
25
El rol secundario de la tributación en la desigualdad se puede apreciar en palabras
del presidente: «Aunque estamos conscientes que la herramienta tributaria no es el
pilar principal sobre el cual descansa la equidad, las modificaciones del proyecto
de ley y la utilización de los recursos que permite obtener, colaborarán a hacer
nuestra sociedad más justa». «Mensaje Presidencial por el que inicia el proyecto
de ley que perfecciona la legislación tributaria y financia la reforma educacional»,
en Biblioteca del Congreso Nacional (2012:7). En relación con la posibilidad de
que un alza de impuestos aumente la desigualdad en Chile a través de un menor
crecimiento, menor inversión y mayor desempleo, ver Estrategia (2011).

239
Jorge Atria

sino también de financiar una gran reforma educacional, el objetivo que


el gobierno había propuesto. Asimismo, representa un claro ejemplo para
evidenciar los obstáculos y controversias que entrañan las modificaciones
tributarias, y las aspiraciones de algunos grupos de la elite económica
para defender el statu quo, manteniendo inalteradas gran parte de las
inequidades horizontales y verticales que el sistema presenta.
Con el propósito de cumplir uno de los anuncios fundamentales
durante su período de campaña, Michelle Bachelet asume su segundo
gobierno (2014-2018) enviando dentro de los primeros cien días un pro-
yecto de reforma tributaria, declarando que se trata de «uno de los más
poderosos instrumentos del Estado de Chile para producir las condiciones
que nos permitan ser una sociedad cohesionada, democrática y justa». Si
bien el proyecto de reforma estuvo siempre sustentado en la necesidad de
aumentar la recaudación estatal para financiar nuevos cambios en mate-
ria educacional y en otros objetivos sociales con ingresos permanentes,
ello no ha impedido que este atienda simultáneamente la estructura del
sistema tributario y su forma de recaudación, «con la lógica de que efecti-
vamente tributen más los que ganan más», haciendo explícito el principio
progresivo de que «los que más tienen, deben aportar proporcionalmente
más»26. Entre sus principales medidas, el proyecto propone una recauda-
ción adicional equivalente a 3 puntos del PIB, la que podría conseguirse
a través de cambios en la estructura tributaria (2,5 puntos del PIB) y de
nuevas medidas que apunten a reducir la evasión y elusión de impuestos
(0,5 puntos del PIB). Estas modificaciones incluyen, entre sus propuestas
más controvertidas, subir el impuesto a las empresas de 20% a 25%,
cambiar el mecanismo de pago de impuestos para las empresas (las que
ahora tributarían a base de la totalidad de sus utilidades y no solo a aque-
llas que retiran) y derogar el Decreto Ley 600 —un estatuto de inversión
extranjera introducido durante la dictadura que asegura invariabilidad
tributaria, protegiendo de cambios impositivos al inversionista extranjero
para incentivar nuevos emprendimientos foráneos en el país.
En los meses siguientes, este proyecto, considerado la transformación
tributaria más sustantiva de las últimas décadas en Chile, ha suscitado un
inédito y profundo debate en distintas esferas de la sociedad, incluyendo
la participación de académicos, políticos, organizaciones empresariales
y sociales, cuestionando sus adversarios la modificación de los incenti-
vos al ahorro y la inversión que la reforma introduce, y las amenazas al

Para todas las citas de este párrafo, ver Gobierno de Chile (2014) y El Mostrador
26

(2014).

240
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

crecimiento económico y al empleo, así como planteando también la nece-


sidad de discutir en profundidad sobre el gasto que se hará en educación,
de modo que el aumento de recaudación sea eficiente y se justifique. En
este escenario, el objetivo de enfrentar la desigualdad con la herramienta
impositiva se ha hecho aún más presente que en el debate del año 2012,
siendo todavía incierto si el proyecto logrará ser aprobado manteniendo
inalterables sus propuestas.
Los tres casos expuestos contribuyen a ilustrar el funcionamiento de
la tributación en Chile, enfatizando algunas de sus limitaciones y conflictos
subyacentes. En conexión con las tres dimensiones presentadas teórica-
mente en la sección 2, el primer caso permite cuestionar la potencialidad
redistributiva del Estado; el segundo, algunas barreras que dificultan la
concreción del ideal meritocrático, y el tercero, la restringida capacidad de
adaptación y transformación de la institucionalidad tributaria (en especial
a partir de su legislación y las visiones dominantes sobre sus objetivos)
para responder a las grandes desigualdades del país.

4. Conclusiones
A través de este artículo se ha explorado la relación entre el sistema tribu-
tario chileno y sus altos niveles de desigualdad, poniendo especial atención
a las características que constituyen fuentes de conflicto actual o potencial,
denotando tensiones redistributivas, diferencias valóricas, defensa de pri-
vilegios adquiridos o disputas sobre el rol que debe cumplir el Estado en
regular grandes diferencias entre los ciudadanos, y la cantidad de recursos
a que debe acceder para financiar derechos sociales y bienes públicos.
Aunque varias de estas desavenencias pueden ser rastreadas en todas
las sociedades contemporáneas, en este trabajo se ha resaltado la existencia
de altas y persistentes desigualdades como un componente de especial re-
levancia y potencialidad en la producción de estos conflictos, pues expresa
diferencias radicales de recursos, de acceso a bienes, de calidad de servicios
sociales o de poder para participar e influir en las distintas esferas de la
organización social. Consiguientemente, se configuran patrones diferen-
ciados que no dicen relación solamente con oportunidades diversificadas
de desarrollo humano —vale decir, en un nivel individual—, sino también,
con igual impacto, con las formas en que un orden social injusto puede
ser reproducido cotidianamente.
Desde esta perspectiva, si la tributación es un vínculo permanente
entre los ciudadanos y el Estado, estableciendo deberes y derechos que

241
Jorge Atria

estructuran y sistematizan la relación, visualizar su funcionamiento de


la forma más completa posible, examinar sus dificultades y las causas de
ellas, y constatar sus tratos diferenciados a distintos grupos de la sociedad
constituyen tareas relevantes para desentrañar cómo exactamente se pro-
ducen y reproducen desigualdades, y cómo sirven a ello las instituciones,
los discursos y las prácticas sociales.
En este artículo se han revisado algunos aspectos de la política fiscal
chilena, y en especial de su sistema tributario, así como algunas consecuen-
cias derivadas de su funcionamiento. En términos concretos: se evidencia
una débil capacidad redistributiva del Estado, haciéndolo inefectivo para
reducir las grandes brechas de la sociedad, influyendo en esto un sistema
tributario ligeramente regresivo en su recaudación, que otorga prioridad
a los impuestos indirectos, y un gasto tributario que incluye exenciones y
franquicias regresivas, en la medida que benefician a grupos no prioritarios
y que reducen de modo relevante la consecución de recursos por medio
del impuesto a la renta. Asimismo, aunque se ha avanzado en los últimos
años, numerosos vacíos legales facilitan la subdeclaración de ingresos en
los grupos más ricos, lo que sumado a la posibilidad de obtener asesorías
especializadas para reducir el pago de impuestos, permite que las tasas
efectivas de este segmento sean bastante reducidas, restando recursos
sustanciales al Estado. Esto se relaciona con algunas descripciones del así
llamado «modelo chileno», cuya originalidad estriba en que «la mejoría
de las condiciones de vida de la población no demandaba alteraciones
sustantivas en la distribución de los ingresos» (Espinoza, 2012:3).
En la situación actual, solo un pequeño grupo de la sociedad aprovecha
la mayoría de los instrumentos y beneficios que el sistema ofrece: este corres-
ponde aproximadamente al 5%, y más específicamente al 1% superior del
país, grupo donde se concentran las rentas empresariales, que tienen tasas
efectivas bajas (Fairfield y Jorratt, 2014) y amplias facilidades para diferir
y eludir el pago (Figueroa y López, 2012), lo que favorece la reproducción
intergeneracional de la riqueza. Si a esto se añade el funcionamiento de-
ficitario de otras esferas sociales —en especial del sistema educativo— se
dificulta la movilidad social desde y hacia este grupo, reproduciéndose en-
tonces no solo ingresos, sino también una posición social que tiene mayor
facilidad para influir en el Estado, para difundir sus opiniones en el espacio
público, y para promover que sus preferencias sociales se concreten, o al
menos se resguarden todo lo posible. En este sentido, la condición altamente
diferenciada del grupo superior constituye uno de los nudos centrales para

242
La relación entre desigualdad e impuestos como fuente...

observar la relación entre desigualdad y tributación desde una dimensión


de conflicto en Chile27.
Si bien los impuestos son un objeto de conflicto permanente, analizar-
los en un momento particular de la historia es una manera de auscultar
qué proyecto de Estado está prevaleciendo y a favor de qué grupos, en la
medida que los impuestos «institucionalizan quién paga, por cuáles bene-
ficios, disfrutados por quiénes» (Schneider, 2012:2). Chile muestra, en este
sentido, las características de una visión que prioriza el mejoramiento de
las condiciones de vida de los hogares más pobres a través de un Estado
que gaste eficientemente los ingresos, en detrimento de una perspectiva que
le otorgue obligaciones más amplias, asignando una importancia mayor
a la función redistributiva para reducir la desigualdad junto a la pobreza,
acortando así las persistentes brechas socioeconómicas.
Los conflictos expresados en las movilizaciones sociales recientes,
en los crecientes cuestionamientos a la desigualdad y a los privilegios
adscritos, así como en los ácidos debates sobre qué reformas políticas
y económicas deben priorizarse podrían incidir sustantivamente en el
desarrollo del país, debiendo plasmarse no solo en la tradicional preocu-
pación por las esferas sociales de la educación, la salud o la vivienda, sino
también en el reconocimiento de la necesidad de una amplia y efectiva
solidaridad social (O’Donnell, 1999), lo que incluye la redefinición de
las obligaciones tributarias en el vínculo entre ciudadanía y Estado. Ello
tendría desde luego consecuencias económicas, pero también sociales,
nutriendo las expectativas de más igualdad entre los chilenos, y con ello
las de una mejor democracia.

Como ha sido descrito en una investigación reciente que incluye el caso de Chile,
27

esto se manifiesta en temas relevantes, tales como: i) la desproporción legislativa,


que provoca que los intereses de las elites estén sobrerrepresentados en el Parlamen-
to, dificultando la aprobación de cambios que introduzcan mayor redistribución
(Ardanaz y Scartascini, 2011); ii) la alta influencia de los grupos empresariales y de
sectores productivos específicos sobre las agendas de reforma, afectando distintas
etapas de la creación de políticas, incluyendo no solo el lobby realizado después de
que se presentan los proyectos de ley, sino también en la relación con quienes crean
las políticas en sí (Fairfield, 2010); iii) la pervivencia de un conjunto de reglas y
pautas institucionales ligadas con el pago o no pago de impuestos, que resguardan
la iniciativa privada e incentivan la acumulación de recursos en condiciones muy
favorables, en detrimento de un sistema que busque nuevas alternativas tributarias
que beneficien u otorguen mayores seguridades a los grupos de menos recursos; y
finalmente iv) la dificultad de un debate tributario amplio e inclusivo, que recoja
las preferencias ciudadanas y no solo las técnicas, y que reivindique la centralidad
de la recaudación de impuestos para avanzar hacia mayores niveles de igualdad,
cuestionando la afirmación de que únicamente el gasto social focalizado y eficiente
basta para producir cambios en este sentido (Agostini, 2008).

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248
El discurso de la igualdad de género
en el Chile neoliberal: ¿«nuevos»
significados para la igualdad?

Carmen Gloria Godoy Ramos*

1. Introducción
Este trabajo plantea una reflexión sobre las características del discurso
de la igualdad de género que se ha instalado en Chile a nivel institucio-
nal, en las dos últimas décadas, y los sentidos que adquiere en el terreno
económico. Este es un tema que resulta de particular interés, dado que se
produce en el marco del proceso de redemocratización social y política
que vive el país luego de diecisiete años bajo un régimen dictatorial, el cual
suponía una fase de transición política (paso de dictadura a democracia),
eliminación de enclaves de institucionales autoritarios y la profundización
de la participación social y modernización social (Garretón, 1990:126)1.
Es en este contexto que comenzaron a tomar forma una serie de cambios
en el ámbito de las prácticas y representaciones sexo-genéricas.


*
Antropóloga, Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC). Doctora
en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile. Profesora Escuela de An-
tropología UAHC. Correo electrónico: cggodoy82@hotmail.com. Este trabajo se
enmarca en el proyecto Fondecyt de Iniciación en Investigación N°11130005, «El
discurso de la igualdad de género en Chile y su recepción en mujeres jóvenes de
las capas medias y altas», que se encuentra en curso.
1
De acuerdo al mismo autor, la modernización se tradujo en una desmoderniza-
ción en términos de «la capacidad de constitución de sujetos». Se trata de «una
modernidad frustrada y de una sociedad desquiciada por el doble estándar de
un alto crecimiento económico acompañada de una muy débil coherencia social
y capacidad de la gente para generar comportamientos orientados por intereses
colectivos e ideas de país» (Garretón, 2007:229-231).

249
Carmen Gloria Godoy Ramos

La incorporación de nuevos actores sociales a la esfera pública


—entendida como un espacio de la formación de opinión y discusión—
especialmente movimientos feministas y de derechos humanos, permitió
abrir la discusión sobre la construcción de ciudadanía desde la perspectiva
del género, si bien con una fuerte resistencia de la jerarquía eclesiástica
católica y sectores políticos conservadores que establecieron una alianza
estratégica en lo que a sexualidad y géneros se refiere, y que se ha mani-
festado en un discurso fuertemente reactivo a algunos aspectos de esta
discusión. En este sentido, si bien los avances o retrocesos en torno a la
ampliación de la ciudadanía de las mujeres en Chile no se limitan a una
«cuestión de lenguaje» —con todas las ambigüedades que reviste una
afirmación de este tipo, ya que el lenguaje es clave en la desestabilización
del orden de género tradicional—, es a través de este y del acceso desigual
a la esfera pública2 que se ha propagado una determinada concepción de
los derechos, la igualdad y la libertad de las mujeres (Moore, 1994). De
esta perspectiva, el lenguaje es un campo de análisis fundamental para el
estudio del género, toda vez que en él se articulan las representaciones,
la subjetividad y la ideología, pero de manera tal que la diferencia sexual
se oculta y se niega.
Por otra parte, la ampliación del consumo, el ingreso al país de nue-
vas ideas y derechos junto con el desarrollo de diversas tecnologías en el
terreno de la información, las comunicaciones y la producción, posibi-
litaron la instalación de nuevos referentes en torno a los significados de
lo masculino y lo femenino, especialmente entre los sectores más jóvenes
de la población, así como de nuevas demandas por derechos sexuales y
reproductivos. Estas transformaciones se encuentran en estrecha relación
con la creación de una institucionalidad y la materialización de diversas
iniciativas legales en dicho ámbito (Programa de Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD), 2010), que contribuyen a la instalación de lo que
hemos denominado como el «discurso de igualdad de género en Chile»3.

2
De acuerdo a Nancy Fraser (1997), la esfera pública corresponde a un espacio de
deliberación, formación de opinión y discusión en el que, contrariamente a lo que
supone la idealización de la esfera pública burguesa, que obedece a patrones de
interacción masculino, las diferencias y desigualdades de género no se neutralizan,
sino que se manifiestan como «formas alternativas de expresión pública» (96).
3
Proceso cuyos antecedentes más próximos se encuentran en las acciones del movi-
miento de mujeres durante la dictadura y sus demandas por la democratización de
la sociedad, las relaciones de género y la ampliación de los derechos de las mujeres.
La creación del Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM), en el año 1991, como
organismo encargado de coordinar las políticas públicas en materia de género,
constituye un elemento clave respecto a la institucionalización del tema y su origen

250
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

El concepto de «igualdad de género» apunta a que hombres y muje-


res sean tratados en justicia de acuerdo a sus propias particularidades y
necesidades, por lo tanto, la igualdad supone derechos, responsabilidades
y oportunidades, «el pleno y universal derecho de hombres y mujeres
al disfrute de la ciudadanía, no solamente política sino también civil y
social»4. De ahí que la instalación de la «igualdad de género» como dis-
curso, y como referente u horizonte de expectativas, ha sido uno de los
cambios más sustanciales que hayan tenido lugar en Chile durante estas
últimas décadas, y de la mayor importancia en tanto como plantea Irene
Théry (2004), «la igualdad de sexos ha devenido (…) en un valor cardinal
de las sociedades democráticas, convirtiéndose incluso en un símbolo de
la civilización» (161)5.
Desde esa perspectiva, un análisis discursivo puede ayudar a com-
prender cómo es asegurada y controvertida la hegemonía cultural de
las elites o grupos dominantes (Fraser, 1997:2), y en ese sentido nuestra

se encuentra en dichas demandas; si bien ha sido cuestionado su papel en el diseño e


implementación de políticas de gran escala, y al carácter complementario de las
estrategias de transversalización del género en el Estado, su rol ha sido importante
en la instalación del discurso de la igualdad de género y su difusión, ampliando el
debate sobre las problemáticas de las mujeres en ámbitos como la salud sexual y
reproductiva, derechos reproductivos, divorcios, violencia de género doméstica y
sexual, entre las más importantes (Godoy, 2013). En materia legislativa, si bien la
mayor parte de las leyes en materia de género al menos hasta el año 2009 se concen-
tran en los temas de maternidad y violencia, y no necesariamente en la ampliación
de la ciudadanía de las mujeres (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD), 2010), de acuerdo a una ex ministra del SERNAM; aquellas formaban
parte de una estrategia orientada a promover cuestionamientos y cambios culturales
(Godoy, 2013). Así destacan iniciativas como la Ley 19.335 (1994), que establece
el Régimen de Participación en las Gananciales, de acuerdo al que «los patrimonios
del marido y de la mujer se mantienen separados y cada uno de los cónyuges, admi-
nistra, goza y dispone libremente de los suyo (…)» y, la Ley de Filiación (19.585),
que iguala a todos los hijos ante la ley.
4
Información disponible en portal web América Latina Genera: http://americalati-
nagenera.org/es/index.php?option=com_content&view=article&id=1756&Item
id=491.
5
La instalación de este discurso, como advertimos, no ha estado exenta de
resistencias, sobre todo a comienzos de la década de 1990 cuando sectores
políticamente conservadores —miembros de Renovación Nacional y particu-
larmente la Unión Demócrata Independiente (UDI), junto con los senadores
designados y algunos parlamentarios de la entonces coalición gobernante— se
opusieron a medidas como la creación del SERNAM, el primer Plan de Igualdad
de Oportunidades y la modificación del artículo 1° de la Constitución Política
actualmente vigente que reemplaza la frase «Los hombres», por «Las personas
nacen libres e iguales en dignidad y derechos», y que agrega al final del párrafo
primero del número 2° del artículo 19, la oración «Hombres y mujeres son
iguales ante la ley» (Godoy, 2013:110).

251
Carmen Gloria Godoy Ramos

aproximación se encuentra en la línea del Análisis Crítico del Discurso


(ACD). Este corresponde a un estudio oposicional de estructuras y estra-
tegias del discurso de las elites que busca visibilizar y detallar las formas
en que se expresan las desigualdades, su interpretación, legitimación y
reproducción en texto y habla (Van Dijk, 1997:17-18). El discurso en
tanto «habla», se constituye a partir de recursos lingüísticos comunes,
preexistentes a los sujetos, cuya apropiación supone una interpretación
de la realidad desde una posición particular (de clase, género, sexo, raza
o etnia). En este sentido, los significados atribuidos a la diferencia sexual
por varones y mujeres en un contexto relacional, dialogan con las repre-
sentaciones y significados generados desde las instituciones sociales, ya sea
por las tensiones de la diferencia, o por el silencio de ciertas similitudes.
De manera tal que un discurso de género obedece a los condicionamientos
culturales, intereses sociales y políticos que movilizan a los sujetos que
los portan (Grau et al., 1997:25), es decir, las estrategias de sentido que
ponen en juego.
En este contexto, un tema en el que se ha llegado a una suerte de
consenso, es el de impulsar la autonomía económica de las mujeres, como
forma de superación de la pobreza, y en este sentido la importancia de
eliminar los obstáculos que impiden su plena incorporación al mercado
laboral. No obstante, este impulso a la autonomía económica puede arti-
cularse con ideologías de género conservadoras. Desde esa perspectiva, las
preguntas que guían este trabajo son: ¿cómo este discurso de la igualdad de
género se atrinchera en el terreno económico, como su espacio «natural»?
¿Por qué se instala desde ese ámbito y no en otros?
El trabajo se organiza en tres partes. En la primera hacemos una
revisión teórico-conceptual sobre la igualdad y la desigualdad en el capi-
talismo neoliberal; luego, revisamos los alcances del concepto de igualdad
de oportunidades, particularmente su relación con la equidad de género en
Chile bajo el predominio de un modelo económico de corte neoliberal. Y
en una tercera parte, analizamos críticamente los elementos que componen
el discurso de «igualdad de género» y su relación con el emprendimiento,
centrándonos en el discurso proveniente de una organización de mujeres, a
partir de la revisión de los contenidos de su publicación institucional (artí-
culos y editoriales) y entrevistas aparecidas en medios escritos y televisivos.

252
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

2. Globalización económica, género


y organización del trabajo
Como señalábamos en un comienzo, un factor importante en la instalación
del discurso de igualdad de género ha sido la llegada de nuevas ideas y
referentes en el marco del proceso de globalización económica y cultural.
En tanto proceso de carácter económico directamente relacionado con la
expansión del capitalismo, la globalización crea las bases económicas y
tecnológicas que hacen posible la reformulación de las comunidades na-
cionales, las identidades, las subjetividades, y la relación entre las esferas
privada y pública, especialmente el tema de la ciudadanía, comprendidas
dentro del fenómeno del transnacionalismo (Ribeiro, 1998:326). Se trata
de un proceso que transforma las instituciones nacionales, producto de
las prácticas «transfronterizas» que realizan diversos actores ligados al
activismo transnacional, tales como inmigrantes, ONG, pueblos origi-
narios, activistas por los derechos humanos, asociaciones defensoras de
los derechos de las mujeres, de los derechos de los trabajadores/as, y or-
ganismos que representan a las minorías nacionales (Sassen, 2010:363).
«Formas desnacionalizadas» de ciudadanía, que también se expresan en
términos morales, políticos y judiciales6, de manera tal que ha constituido
un «escenario favorable a los derechos humanos de las mujeres», que
comienza a configurarse con el «proceso de Naciones Unidas sobre la
Mujer» (Valdés, 2013:249 y 258).
No obstante, la intensificación de la globalización económica ha
reforzado la importancia del comercio exterior impulsando acuerdos
económicos y comerciales, de carácter continental e intercontinental,
los cuales presentan algunos efectos de carácter negativo, entre ellos el
incremento de la brecha de la desigualdad social y la feminización de la
pobreza (Valdivieso, 2009; Cobo, 2005). A ello se agrega el predomi-
nio de una lógica económica que ha modificado los significados de la


6
En 1985 se realiza la tercera Conferencia Mundial para el Examen y la Evaluación
de los Logros del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer: Igualdad, Desa-
rrollo y Paz. Las Estrategias de Nairobi, orientadas al mejoramiento de la situación
de la mujer para el año 2000, sobre la base que la «participación de la mujer en
la adopción de decisiones y la gestión de los asuntos humanos no solo constituían
su derecho legítimo, sino que se trataba de una necesidad social y política que
tendría que incorporarse en todas las instituciones de la sociedad». «Las cuatro
conferencias mundiales sobre la mujer, 1975 a 1995: una perspectiva histórica».
Período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas
para examinar la Plataforma de Acción de Beijing, Nueva York, 5 a 9 de junio de
2000. Disponible en: http://www.un.org/spanish/conferences/Beijing/Mujer2011.
htm (última visita: 22 de abril 2011).

253
Carmen Gloria Godoy Ramos

política, de la vida social y de la cultura, producto de la redefinición de


«las formas tradicionales de concebir la articulación entre Estado, mer-
cado y sociedad» (Borón, 2002:15-17). Sobre este punto, Sassen (2010)
sugiere que la implantación de una economía global supone no solo
la reducción de funciones del Estado, sino más bien la «redistribución
interna del poder estatal», una serie de desplazamientos a partir de los
cuales ciertos componentes como los bancos centrales y los ministerios de
economía adquieran mayor importancia en la inserción de las economías
nacionales en la economía global, y que llegan a convertirse en elementos
constitutivos de esta (232-236).
La integración de los mercados mundiales en el ámbito del comercio,
las finanzas y la información, en lugar de disminuir la exclusión social
al interior de los países, intensifica la distancia entre la economía global
informal y la economía local informal. En el marco de un proceso que
se caracteriza por la precariedad, movilidad de la mano de obra y déficit
del trabajo decente, las mujeres acceden a más empleos pero de menor
calidad, especialmente entre las trabajadoras de los niveles socioeconó-
micos más bajos que sufren de una «doble o triple discriminación por ser
mujeres, por ser pobres y por ser indígenas o afro descendientes» (Ibíd.).
Los cambios en la organización del trabajo y la producción, profundizan
las tensiones entre la vida laboral y la familiar, debido a factores como: la
rotación laboral y la intensidad del trabajo, la disminución de la cobertura
de la seguridad social y el control sobre el tiempo destinado al trabajo,
el descenso de la fuerza laboral protegida por leyes laborales, el aumento
de los trabajos temporales, a plazo fijo, el autoempleo, el subempleo, la
subcontratación y los empleos en zonas grises (Ibíd.).
El «ajuste estructural»7 se traduce en el incremento del trabajo gra-
tuito en el hogar a raíz del recorte en el gasto social desde el Estado, de tal
7
Las políticas económicas de carácter neoliberal han sido aplicadas a través de
Programas de Ajuste Estructural (PAE), implementadas por el Banco Mundial
(BM) desde fines de los 70, como una medida transitoria que promovía la rees-
tructuración económica de los países en desarrollo que afrontaban problemas
en su balanza de pagos o una gran deuda externa. «A partir de la crisis de la
deuda en 1982, un grupo cada vez más numeroso de países en desarrollo alta-
mente endeudados no tuvieron más alternativa que adoptar los Programas de
Ajuste Estructural (PAE), contrayendo préstamos que imponían condiciones
económicas y políticas muy inflexibles. Los PAE eran diseñados, según el BM,
para reestructurar las economías “mal ajustadas” de los países en desarrollo lo
que, supuestamente, establecería las bases para futuras mejoras en el bienestar
social» (Spiker, Álvarez L. y Gordon, 2009:41). Sonia M. Draibe y Manuel Riesco
(2009) hablan de un «ciclo reformista neoliberal» en América Latina, que si bien
está dejando paso a nivel regional a «nuevas estrategias y modelos alternativos

254
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

forma que «lo privado» se redefine y expande, invisibilizando «los costes


de desplazamiento de la economía remunerada a la no remunerada. La
necesidad de alargar el salario para poder hacer frente a las necesidades
básicas implica casi siempre un incremento del trabajo doméstico: más
necesidad de cocinar, cambios en los hábitos de la compra, entre otros»
(Cobo, 2005:290). El éxito en el aumento de la productividad de los
programas de ajuste oculta, precisamente, que su costo descansa en la
«habilidad de las mujeres» de hacer frente a las políticas de shock, me-
diante más trabajo o haciendo rendir ingresos limitados. De acuerdo a
las investigaciones en género y economía, la tendencia es hacia una con-
centración de la mano de obra femenina en trabajos de menor calidad y
con mayor presencia en el mercado informal (Valdivieso, 2009:33-34). De
esta forma, la vulnerabilidad de las mujeres «se transforma en parte de la
estrategia desreguladora del mercado del trabajo» (Ibíd.:32).
En el caso de Chile, como se ha señalado en diversas investigaciones, las
políticas de ajuste estructural implementadas en los inicios de la dictadura
se encuentran en estrecha relación con la reorganización de las relaciones
laborales. En el último tiempo, estas se han caracterizado por «la precari-
zación del empleo, la desestabilización de la figura del empleo (masculino)
indefinido, a tiempo completo, con salario familiar y derecho a jubilación
y seguridad social, creando la necesidad de un segundo ingreso familiar»
(Godoy y Díaz, 2013:8). Si bien la flexibilización del mercado laboral po-
sibilita efectivamente el surgimiento de nuevas formas de empleo, estas dan
origen a nuevas formas de inequidad social, ya que no incluyen elementos
considerados consustanciales a toda relación laboral (Grupo Iniciativa Mu-
jeres, 2002:31). El empleo precario o «atípico» se caracteriza precisamente
por la desprotección del trabajador o trabajadora respecto a la legislación
laboral y la seguridad social, aun cuando se encuentre en la categoría de
trabajador/a asalariado/a (Guerra, 1995:28-29).

de crecimiento económico y de inserción internacional», derivó en términos


generales, en el desmantelamiento de las instituciones estatales encargadas de
implementar la política social. En Chile, la reestructuración económica se inició
más tempranamente luego del golpe de Estado de 1973 y con un profundo apego
a la ortodoxia neoliberal (Vergara, 1985).

255
Carmen Gloria Godoy Ramos

3. La igualdad de oportunidades y la equidad de género


en el Chile neoliberal
La equidad de género ha formado parte de la agenda modernizadora del
Estado de Chile durante las últimas décadas e impulsada a través de diversas
acciones orientadas a asegurar el pleno acceso de las mujeres al trabajo y
la educación. En el primer Plan de Igualdad de Oportunidades —fuerte-
mente resistido por los sectores de derecha— hace su aparición la realidad
de la mujeres jefas de hogar —ya anticipada por el Informe Nacional de
la Familia— que afrontan solas el cuidado y provisión de sus hijos, ya sea
por abandono, viudez u otra causa, y que se enfrentan a condiciones más
desventajosas en su doble rol. Se trata de una condición que no supone la
modernización y democratización de las relaciones al interior de las familias,
como si se tratase de una elección posible entre otras, sino el producto de
factores externos que reproducen las desigualdades en las oportunidades
de hombres y mujeres (Servicio Nacional de la Mujer, 1995:15). Al incre-
mento de esta situación se suman las dificultades en acceder a empleos de
calidad —sobre todo en el caso de las jefas de hogar—, o mejores salarios
por igual nivel de escolaridad, la desprotección legal frente a los derechos
del varón al interior de la familia, con respecto a los hijos y el patrimonio
familiar. Temas que debían de ser abordados a través de reformas jurídicas.
Pero la categoría jefa de hogar fue resistida por los sectores de dere-
cha, dado que tras una mujer jefa de hogar se encontraba una «familia
fracasada» (Godoy, 2013:112). La realidad que mostraban las estadísticas
y la necesidad de contar con programas sociales, aparece como una acción
del Estado que desincentiva la formación de familias de acuerdo al patrón
tradicional. Por otra parte, desde una mirada crítica la figura de la jefa
de hogar resultaba en cierta medida contradictoria con el discurso de la
igualdad, en la medida que construye a las mujeres como sujetos caren-
ciados económicamente y necesitados de protección para su inserción en
el mercado laboral. Así, la «necesidad» del ingreso económico femenino
se hace creciente, reforzado por la idea de igualdad de género como parte
de la modernización de la sociedad (Schild, 1998:107).
Entre los años 1990 y 2003, 425 mil mujeres se integraron a la
fuerza laboral, mientras que en el 2001, se «establece la formalización
de las microempresas familiares para facilitar su acceso al crédito y a
la comercialización de sus productos» (Servicio Nacional de la Mujer,
2004:8). Los programas implementados apelan a categorías específicas de
personas —creadas en ese contexto— tales como jefas de hogar y [micro]

256
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

empresarias (que desarrollan actividades comerciales de autosubsistencia)


(Íd.). Pero desde una perspectiva crítica, la identificación de las mujeres
pobres como «grupo vulnerable» —asociado a situaciones de violencia
doméstica o extremas— en lugar de promover su transformación en su-
jetos de derechos, reforzaba el asistencialismo y la victimización (Grupo
Iniciativa Mujeres, 2002:14). En el marco general de la «equidad social»,
la inserción laboral de las mujeres, entonces, se hace indispensable para
lograr la equidad entre hombres y mujeres.

3.1 Sobre la igualdad de género y la igualdad de oportunidades


De acuerdo a Francois Dubet, la igualdad de oportunidades en tanto con-
cepción de la justicia social, se basa en un principio meritocrático desde
el cual las inequidades entre las diferentes posiciones sociales, son menos
relevantes que las discriminaciones que impiden «una competencia al
término de la cual los individuos, iguales en el punto de partida, ocuparán
posiciones jerarquizadas» (Dubet, 2011:12). De esta forma, las inequidades
sociales se vuelven menos desigualdades estructurales que obstáculos a
una competencia equitativa, mientras que los sujetos son definidos por su
identidad, naturaleza y discriminaciones eventuales que pudieran sufrir
«en tanto mujer, desempleado, hijo de inmigrantes, etc.» (Ibíd.:14). En esta
línea, Pierre Rosanvallon (2012) plantea que la igualdad de oportunidades
es paradójica, dado que iguala, al mismo tiempo que consagra desigual-
dades previamente existentes (311). Esto guarda relación con el hecho
de que, en este caso, el criterio de justicia a través del cual se entiende el
problema de la desigualdad tiende a centrarse en su dimensión individual,
sin considerar que los niveles y formas en que se expresa la desigualdad
son un factor determinante de la cohesión social, que afecta al conjunto
de la sociedad, y no solo al sector de la población que se encuentre en
situación de vulnerabilidad económica. Esto convierte a la igualdad en
«una noción tanto política como económica» (Ibíd.:312-313).
Esto resulta coherente con algunos planteamientos críticos de teóricas
feministas respecto a la construcción de una identidad femenina homo-
génea y esencialista, frente a una serie de diferencias de posición que se
articulan con las desigualdades de género. En este sentido, el discurso de
la igualdad de género en Chile para un determinado sector —menos crí-
tico de las políticas neoliberales— tiende a enmarcarse en la «justicia de
las oportunidades», y en ciertos valores como la libertad, el esfuerzo y la
responsabilidad individual, desde la lógica económica, es decir, la inclu-
sión en el mercado (Vergara, 1985; Moulian, 2002). De manera tal que se

257
Carmen Gloria Godoy Ramos

visualiza solo a determinados segmentos de la sociedad —la «población


vulnerable»— y no a la sociedad en su conjunto en relación a garantizar
derechos universales. La pobreza y las políticas sociales orientadas a la
erradicación de la pobreza —la denominada «batalla» contra la pobreza—,
serían constitutivas de la ideología neoliberal, y el único espacio en el que
el Estado puede intervenir en el «juego de la economía» (Danani, 2008:43).
No obstante, la «igualdad de género» ha devenido un referente
universal de las sociedades democráticas —y en el caso chileno ha sido
entendido también como un indicador y un horizonte respecto a la demo-
cratización de la vida social— las posibilidades de avanzar en la igualdad
entre hombres y mujeres, en distintos ámbitos, van de la mano de una serie
de desigualdades de carácter estructural que los afecta de distinta manera.
De acuerdo a Charles Tilly (2000), la diferencia varón/mujer opera
como un par categorial que sostiene una desigual distribución y acceso
a los recursos, que no depende de atributos, inclinaciones o desempeños
individuales, sino de su legitimación a través de ciertas prácticas relativas
a los intereses de quienes controlan los recursos (21). Las categorías no
corresponden a un grupo claramente definido de personas o atributos, sino
de «relaciones sociales estandarizadas y móviles» (Ibíd.:79), que implican
«atribuir cualidades distintivas a los actores» de uno y otro lado de sus
fronteras. Sin embargo, hombres y mujeres «ocupan múltiples categorías
sin grandes dificultades, en la medida en que los lazos que definen una de
ellas se activen en diferentes momentos, lugares y/o circunstancias que los
lazos definitorios de otras categorías» (Íd.).
Así, como señala Ximena Valdés (2013), si bien el horizonte de la
autonomía económica de las mujeres se ha vuelto transversal a las clases
sociales, expresando cambios en las relaciones sociales de género y en las
cualidades que se le atribuyen a las mujeres para su participación en distintos
sectores productivos, los discursos que promueven el trabajo de las mujeres
y la microempresa para favorecer dicha autonomía, la superación de la po-
breza y con ello la igualdad en el acceso a las oportunidades, «se encarnan
de diferente manera según clase social, capitales culturales y educativos»
(Valdés, 2013:7). No obstante, desde la perspectiva de la justicia social, la
igualdad promovida deviene problemática en la medida que, utilizada como
sinónimo de «equidad», esto es, «la igualdad de oportunidades individuales
para la satisfacción de un conjunto de necesidades básicas o aspiraciones
definidas socialmente» (Garretón, 1999:44) y no necesariamente esto signi-
fica la ampliación de derechos de ciudadanía para las mujeres, para todos
los sectores que la promueven —o declaran adscribir a ella.

258
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

Por otra parte, la centralidad del mercado en la vida social y la respon-


sabilidad individual en salir de la pobreza, es reforzada por una narrativa
según la cual «la gente [en Chile] trabaja, se educa, se esfuerza pensando
que el sistema de mercado, en el cual el progreso depende básicamente
del esfuerzo personal, está aquí para quedarse» (Méndez, 2005:22). La
integración económica que trae beneficios y aprendizajes necesarios para
sobrevivir en la «sociedad de las opciones» transforma el ámbito econó-
mico en la búsqueda de la producción de un homo economicus, y una
mujer económica, como veremos más adelante. La lógica del consumo, en
tanto racionalidad instrumental, generaría las condiciones para producir
un aparente pluralismo, cruzando grupos etarios y socioeconómicos en
una aparente disolución de la distancia social (Halpern, 2002:22). Desde
esta perspectiva, los cambios en las relaciones sociales de género también
pueden ser interpretados bajo la lógica del consumo. Las mujeres habrían
adquirido mayor peso como agentes económicos, debido al aumento de
su participación en el mercado laboral y sus mayores niveles educativos,
aun cuando, como plantea Elsa Chaney (1992) en un estudio ya clásico,
y en relación al «poder invisible» de las mujeres en la esfera pública, «la
propiedad formal o la actividad económica deben distinguirse del control
real de los recursos» (16).

4. Igualdad de género, economía y mercado


En un sugerente artículo del año 2000, Linda Scott8 (2009), especialista en
temas de emprendimiento e innovación, plantea que la globalización de
la economía de mercado resulta propicia para la difusión del feminismo.
Pero de un feminismo que podía ser afín al mercado, contrariamente a la
visión de las teóricas más «ortodoxas» que lo veían como un espacio que
no «servía a la causa» (16-17). Si bien se trata de un texto enfocado en el
caso norteamericano y europeo, resulta sugerente la crítica de fondo a la
postura antimercado, en tanto esta sería más ideológica que pragmática,
y niega las relaciones que las «fundadoras» del movimiento habrían esta-
blecido con el mercado y el mundo de los negocios en general. En la orilla
opuesta, y con algunos años de diferencia, Nancy Fraser (2009) señala que
el neoliberalismo habría vaciado el concepto de igualdad de su componente
emancipatorio, toda vez que demanda el reconocimiento de ciertas diferen-
cias para reorganizar sus nuevas formas productivas, pero sin cuestionar

«Market feminism: the case for a paradigm shift», en Marketing Feminism: Current
8

Issues and Research. London: Routledge. Traducción propia.

259
Carmen Gloria Godoy Ramos

sus postulados y ciertamente sin alterar sus formas distributivas, al punto


de que la aceptación de esta idea, ha servido más para incorporar mano de
obra femenina al sistema productivo, que para cambiar en lo sustantivo,
las relaciones sociales de género.
Sugerentemente también, en los inicios de la década del 2000, desde
las elites económicas chilenas aparecen discursos, acciones e institucio-
nes que, lideradas por mujeres, se distancian del conservadurismo moral
predominante en esos mismos sectores —vinculados a sectores políticos
conservadores— no necesariamente porque cuestionen sus fundamentos
ideológicos, sino porque desplazan su interés hacia otro campo: el del
trabajo. Este, más imbricado con el funcionamiento de la empresa, es
leído como un dispositivo en el cual las mujeres pueden ampararse para
ganar un lugar autónomo en la sociedad, sin abandonar necesariamente
su condición y estatus como madres y esposas.
Ideales que habían sido históricamente promovidos por organizaciones
ligadas al movimiento feminista, y por tanto con un fuerte componente po-
lítico, han sido apropiados por mujeres que no adhieren al feminismo —o al
menos al feminismo de la igualdad, orientado a la supresión de las diferencias
y la universalidad de los derechos, y que es entendido como radical—. Sin
embargo, estas plantean demandas por condiciones más equitativas en los
ámbitos en que se desenvuelven, e incluso buscan influir en la generación
de políticas públicas asociadas a la mujer, el trabajo y la familia. Se trata
de una forma de apropiación del discurso de «igualdad de género» que,
como decíamos, surge más vinculada al funcionamiento de la economía y
no necesariamente a la movilización social o a la acción del Estado —en
lo que atañe, por ejemplo, al rol del Servicio Nacional de la Mujer—. Así
también, esta apropiación no se realiza desde el feminismo como lugar de
enunciación, en la medida que asumir una postura abiertamente feminista
puede adquirir un carácter político-ideológico que, en cierta medida, llegue
a invalidar su acción en el espacio público.
Desde esta perspectiva, los cambios culturales respecto a los roles de
las mujeres y particularmente, a su participación en el mundo del trabajo,
serían el resultado de una suerte de «evolución natural» de la sociedad, que
no se relaciona con luchas políticas impulsadas por las propias mujeres
organizadas, o «luchas por la interpretación de los significados» en un
marco de disputas políticas. Así, durante su primer gobierno, las propuestas
de Michelle Bachelet en torno a la «paridad laboral»9 son interpretadas


9
En el año 2009 es promulgada la Ley 20.348, que resguarda «el derecho a la igualdad
en las remuneraciones» entre hombres y mujeres que desempeñan un mismo trabajo.

260
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

como un intento de producir «cambios culturales a través de una ley».


Esto es, por medio de su imposición.
En un artículo publicado en la sección Economía y Negocios de El
Mercurio —periódico de circulación nacional y de tendencia políticamente
conservadora— se consulta a diversas mujeres profesionales su opinión
sobre este tipo de medidas. La paridad de géneros en el trabajo y en la
política, aparece como un perjuicio que afecta especialmente su inserción
laboral. Para la filósofa Carolina Dell’Oro, esta inserción corresponde a
un «proceso cultural precioso [que] se había ido gestando poco a poco con
los logros de las mujeres, y que ese proceso natural ahora se vería envuelto
en un ambiente efectista y mediático» (Lüders y Echeverría, 2006). Su
crítica, así como la de las otras mujeres consultadas, gira en torno a dos
aspectos, uno es la empleabilidad de las mujeres una vez que se establezcan
estas regulaciones, y otro, tiene que ver con la dimensión simbólica de la
igualdad. La posibilidad de acceder al espacio público es entendida como
una suerte de ley natural que obliga a su realización. O, lo que también
podríamos entender como el avance del progreso, producto de la moder-
nización de la economía. Las mujeres tarde o temprano debían «salir de
la casa». Sin embargo, se mencionan de manera casual «los logros de las
mujeres», negando en cierta forma la exigencia por la igualdad efectiva de
los derechos, y no una mera igualdad formal —a diferencia del texto de
Scott—. La interpretación concuerda con la articulación entre el patrón
tradicional de madre-esposa-ama de casa y la demanda por autonomía
económica que revisaremos en el siguiente apartado.

4.1.Mujeres, empresas y emprendimiento


En este contexto, y más precisamente a partir de los inicios del siglo XXI,
surgen propuestas de organizaciones lideradas por mujeres profesionales:
Comunidad Mujer y Mujeres Empresarias. La primera —creada en el
2002—, si bien no es nuestro objeto de estudio, resulta de importancia ya
que se centra en la discusión sobre la equidad, el acceso a las oportunida-
des y fundamentalmente en la armonización de las relaciones entre trabajo
y familia, junto con realizar programas de capacitación y asesorías en el
ámbito del emprendimiento.
Cabe señalar que, de acuerdo a la definición del Global Entrepre-
neurship Monitor (GEM), el emprendimiento o proceso emprendedor
corresponde a: «Cualquier intento de nuevos negocios o creación de
nuevas empresas, la reorganización de un negocio o la expansión de uno
existente, por un individuo, grupo de individuos o firmas ya establecidas»

261
Carmen Gloria Godoy Ramos

(Amorós y Pizarro, 2008:9). El fenómeno del emprendimiento es de es-


pecial interés, a la luz de la importancia que se le otorga que en el último
tiempo —particularmente en el gobierno de Sebastián Piñera Echeñique—
como una actividad económica adecuada para mujeres de diversos sectores
sociales, que además de permitir generar ingresos propios les permitiría
compatibilizar sus roles productivos y reproductivos (Gobierno de Chile,
Ministerio de Economía, 2013:2-3).
Según datos de la 2° Encuesta de Microemprendimiento (2011), en
Chile 544.803 mujeres están relacionadas con algún tipo de actividad em-
prendedora, si bien la inician más tardíamente que los hombres. De ellas,
un 59% lo hace por «necesidad», y un 62% en actividades informales. Así
también, cabe considerar que los programas de apoyo al emprendimiento10
no aseguran por sí mismos la superación de desigualdades de género. La
principal razón que tienen las mujeres para iniciar un negocio es «comple-
mentar el ingreso familiar» (42%), luego la tradición familiar (14%) y en
un tercer lugar, una oportunidad en el mercado (12%) (Gobierno de Chile,
2013:4). Solo un 7% señala que no logró encontrar trabajo asalariado,
sino que buscaba mayor flexibilidad y tomar sus propias decisiones. Por
otro lado, los emprendimientos masculinos son 4 veces mayores que los de
mujeres, así como estos se concentran en el comercio (54%) prácticamente
sin participación en el sector de transporte y construcción, actividades
tradicionalmente masculinas (Ibíd.:6).
Teniendo esto en cuenta, nos detendremos en las propuestas de la
segunda organización que mencionábamos anteriormente, esto es Mujeres
Empresarias. En adelante, nos referiremos a ella con sus iniciales: ME.
Fundada en el 2001 como la primera red de nuevas líderes en Chile, ME
se define como «una organización que apoya la gestión empresarial de la
mujer, liderando a las empresarias, profesionales y emprendedoras a través
de una gran e innovadora red de contactos que le permite su inclusión en
el mundo económico y de los negocios»11. Su foco está en el mundo de
los negocios. ME está conformada por 3 mil socias (entre emprendedoras,
empresarias y ejecutivas) y a través de alianzas con distintas entidades

10
Uno de ellos es el Capital Abeja, un programa de apoyo del Servicio de Cooperación
Técnica (SERCOTEC, dependiente del Ministerio de Economía), enfocado exclu-
sivamente en mujeres. El programa apoya proyectos negocio o emprendimientos
de más de un año, de micro o pequeñas empresas. Los recursos que entregan están
entre los 500 mil y 1,5 millones de pesos para el Emprendimiento Línea 1 y 2,
y entre uno y tres millones de pesos para la línea de Empresa. Ver: http://www.
sercotec.gob.cl/.
11
Mujeres empresarias: http://www.me.cl/. Sección «Quiénes somos».

262
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

privadas, organiza eventos, capacita, genera redes de contacto y difusión


en los medios para los negocios de sus socias y actividades. En alianza
con Economía y Negocios de El Mercurio, lleva a cabo desde el año 2002
el concurso 100 Mujeres Líderes; desde el 2003, el FORO Mujeres al
Timón («considerado el más importante del país»), y en el 2005 crea con
la Universidad del Desarrollo el Centro de Estudios Empresariales de la
Mujer (CEEM), año en que también surge una publicación a la cual se
puede acceder en su página web. En el 2007, ME hace parte del Programa
Chile Emprendedoras, que cuenta con el apoyo del Fondo Multilateral de
Inversiones (FOMIN) del BID «para mejorar y fortalecer el acceso de la
mujer a las redes de negocio y al mundo empresarial». Y producto de ese
programa, ME «se descentraliza y en el 2008 abre una nueva sede en la
Región de Los Lagos: Mujeres Empresarias Patagonia».
Respecto a los orígenes de ME, en una entrevista concedida a un
suplemento femenino de circulación nacional, sus fundadoras señalaban:

Por mucho tiempo tuvimos que explicar que no éramos feministas; que
nos dedicábamos al emprendimiento y a los negocios. Su socia, comple-
menta: Nos esforzábamos por no salirnos de nuestro perfil. Decíamos:
«No nos llamen por la violencia intrafamiliar que, aunque es un problema
muy relevante, no es nuestro tema». Una sola línea, pero también bastante
confianza en sí mismas (San Juan, 2011).

Las entrevistadas hacen referencia a los obstáculos que enfrentaron


al comenzar a desarrollar sus actividades en un mundo marcadamente
masculino. Si bien se trata del mundo de las empresas privadas, y no se
especifica si acaso debían establecer un perfil exclusivamente ante los
hombres o también frente ante las mismas mujeres que comenzaron a
solicitar su asesoría, nos parece relevante la necesidad de enfatizar una
identidad no feminista. Advertimos en sus dichos, que dentro de los ries-
gos no solo están los costos económicos, sino ser «confundidas» con una
organización feminista. Podríamos suponer que se quiere evitar la carga
de conflictividad y estereotipos que persiguen al feminismo, aun cuando
se aborden problemas de género, como es en este caso, la promoción de
la capacidad emprendedora y la inserción de las mujeres en el mundo
de los negocios. Pero precisamente se trata de no ser clasificada como una
entidad con una cierta postura política.
Si profundizamos en la visión de ME sobre los «temas de género» y
especialmente en la relación entre género y trabajo, y/o género y poder, al

263
Carmen Gloria Godoy Ramos

menos en los contenidos que se expresan en su publicación institucional


—asumiendo que sus prácticas cotidianas suponen negociaciones más
complejas— observamos una postura de carácter más bien conservador
en lo que refiere a los roles de género y los significados de lo femenino y
masculino. Aun cuando esta postura se articula con la demanda de una
mayor presencia femenina en los directorios de las grandes empresas.
Como se observa en la siguiente editorial:

No me gusta hablar de igualdad de género. Soy una convencida de que


mujeres y hombres fuimos creados diferentes. Creo que somos el comple-
mento perfecto para estar juntos en la construcción de un mundo mejor.
Si falta uno u otro nos falta la mitad. Hoy la mujer se inserta en todas las
áreas de desarrollo y con el ingreso a la educación, la mujer profesional
quiere desarrollarse, influir y aportar desde su trabajo. Muchas mujeres
se han incorporado al mundo laboral, abandonando el estilo de vida
profesional, y algunas, cada vez más, deciden competir profesionalmente
y aspiran a llevar sus carreras hasta las más altas responsabilidades. (…)
las mujeres controlan aproximadamente 20 mil millones de dólares del
gasto total de los consumidores y toman o influencian hasta el 80% de
las decisiones de compra (…) las empresas necesitan entender las prefe-
rencias de las mujeres y cómo hacer para entenderlas como consumidores.
Es hora de que nuestras empresas empiecen a tomar cartas en el asunto.
No es presentable ir a un cocktail con pantalones cortos, como tampoco
lo es publicar la foto del directorio de la empresa compuesto solo por
hombres. ¡Algo le falta! (Valdés V., 2011:10).

En tanto hombre y mujer son seres complementarios, las oportunida-


des de las mujeres en el mundo de los negocios surgen desde el «aporte»
que se puede hacer desde la particular experiencia femenina, y no desde el
desplazamiento de los hombres. De tal forma, se neutraliza la posibilidad
de un conflicto y la presencia femenina como «amenaza». Así, frente a la
pregunta ¿por qué las mujeres optan por el «emprendimiento»?:

(…) lo primero que buscan las mujeres son redes de contacto, redes de
apoyo para poder dedicarse a su carrera profesional, queremos contar
con maridos más colaboradores en la casa (…) Queremos tener flexibi-
lidad, manejar nuestros tiempos, y son muchas las mujeres que deciden
abandonar sus trabajos porque no pueden compatibilizar el mundo
familiar con el laboral. (…) Yo creo que es transversal esto, en distintos

264
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

países pasa lo mismo, la mujer quiere buscar un equilibrio entre el tra-


bajo y la familia y creando empresa es una alternativa. No significa que
trabajemos menos las empresarias, trabajamos mucho más pero podemos
manejar nuestros tiempos y eso vale mucho. (Entrevista Francisca Valdés,
Conecta2, DICOEX, 2012)12.

Esta postura se ve reforzada en una columna en la que se analizan


brevemente las razones que llevan a una mujer a iniciar un negocio y las
diferencias entre ellas y los hombres:

Otra diferencia de género es que las mujeres por naturaleza somos más
soñadoras y esto hace que nos enamoramos de nuestras ideas y proyec-
tos, que por un lado es una ventaja para ser perseverantes, pero por otro
lado hace que nos cueste más aterrizar y poner el foco en la rentabilidad
que debe tener y que debemos exigir a todo proyecto. (…) las mujeres
tenemos ese «sexto sentido» que podemos usar de manera favorable a
la hora de emprender e incluso de negociar, otra capacidad «multi task»
de poder hacer muchas cosas al mismo tiempo, que si bien trae consigo
mayor dificultad para enfocarnos, si logramos hacerlas con un foco claro,
tenemos una ventaja comparativa importante (Cox, 2012).

La «naturaleza femenina» supone una serie de atributos que definen


la esencia femenina desde la multifuncionalidad de roles y que le otorga
ventajas, pero también algunas desventajas que requieren del aprendizaje
de los hombres, que «vienen de vuelta del mundo de los negocios». Un
mundo masculino que debe ser adaptado a la «medida de ellas [porque]
la mujer no siempre puede jugar con las mismas reglas que los hombres
(…) al final terminan destruyéndola» (Lagos, 2002:15-16). Pero ¿cuáles
son esas reglas? ¿Qué se negocia cuando se negocia el poder económico?

5. Algunas consideraciones finales: la «mujer económica»


Al comienzo de este trabajo, planteábamos que un tema en el que se ha
llegado a una suerte de consenso en las últimas décadas es el de impulsar
la autonomía económica de las mujeres como una estrategia de superación
de la pobreza, lo cual supone la remoción de los obstáculos que impiden

12
Corresponde a un programa Conecta2, transmitido en el canal de YouTube
de la Dirección para la Comunidad de Chilenos en el Exterior-DICOEX. Ver:
http://www.youtube.com/watch?v=WP5clWBSz74.

265
Carmen Gloria Godoy Ramos

su plena incorporación al mercado laboral, y con ello alcanzar la igualdad


de género enmarcada en el discurso de la igualdad de oportunidades. En
ese sentido, nos preguntábamos por la aparente naturalidad con que el
discurso de la igualdad de género se situaba en el terreno económico, más
que en el ámbito político. O más bien, cómo puede separarse la igualdad
política de la económica.
Considerando esto, si bien algunos aspectos de la propuesta de ME
que hemos revisado en el apartado anterior apuntan al empoderamiento
económico de las mujeres a través de la creación de un negocio propio, el
debate sobre la redistribución de los recursos queda de lado en la medida
que la estructura económica y el funcionamiento del mercado no es cues-
tionado, y de igual manera, la óptica para abordar la igualdad de género
está centrada en una sola dimensión: la económica. Se trata de una mujer
que puede participar del mercado laboral por medio de una actividad que
no contradice sus roles tradicionales, no resta ni amenaza su posición en
la estructura social. No cuestiona fundamentalmente su papel de madre
y su inscripción primaria en la familia.
El posicionamiento de grupos femeninos en el mundo de los negocios y
empresarial afirma un lugar al interior de las elites económicas, que permite
desplegar una suerte de labor pedagógica hacia mujeres de otras clases
sociales, a partir del modelo de mujer moderna-madre y profesional, que
representa «la identidad femenina» insertándose en estructuras masculinas
para conseguir algunos logros para las mujeres, «adaptando las estructuras
y formas de trabajar a la medida de la de ellas» (Lagos, 2002:16). Pero sin
profundizar en una mirada crítica a esas mismas estructuras, aun desde una
lógica neoliberal. Con esto no negamos la importancia de la existencia de
este tipo de organizaciones, en la medida que sus acciones eventualmente
pueden tensionar las ideologías de género que la sostienen. Sin embargo,
en el marco de una economía moderna y globalizada, y la articulación de
liberalismo económico y conservadurismo moral, mantener la tradición
exigió reformular el debate sacándolo de temas más polémicos aun re-
sistidos bajo el nombre de «temas valóricos» (sexualidad, aborto, etc.) y
llevarlos al mundo del trabajo, una suerte de neoempresariado femenino,
desde la empresa hasta los niveles pyme y microempresa para acoger como
mecanismos de afirmación de la «mujer económica», a todas las mujeres.
Se trata de un desplazamiento desde el campo conservador que ofrecía
como destino a las mujeres solo la casa y la maternidad, hacia el afuera:
al trabajo y el emprendimiento para ganar terreno en autonomía e inde-
pendencia, pero más que todo para contribuir «complementariamente»

266
El discurso de la igualdad de género en el Chile neoliberal...

con el varón a la familia, conciliando la multifunción de la «mujer nueva» con


el trabajo y los negocios de manera que este le fuera flexible (jornada
parcial, trabajo a domicilio, teletrabajo, etc.) y así poder multiplicarse
en el ejercicio de madre-modelo y modelo-madre13, gracias a sus propias
capacidades innatas, ancladas en la diferencia sexual. Este modelo liberal
alcanza cierta legitimidad en la medida que, como plantea Ximena Valdés,
siguiendo a Raymond Williams, frente a los cambios acelerados que vive
una sociedad es la «tradición selectiva» la que conduce los procesos de
modernización. La tradición es conservada mediante nuevos atributos
que son necesarios en los procesos modernizadores (Valdés, 2005:168;
2010)14. Así, el lugar asignado a la «mujer nueva-multifunción», capaz
de conciliar los requerimientos de la vida privada con aquellos de la vida
pública no comprende el problema de la desigualdad por razones de sexo.
Menos aún el problema de la desigualdad social y las barreras existentes
para producir procesos de redistribución en los ingresos, de tal manera que
esta apertura hacia la igualdad de género no concuerda necesariamente
con las transformaciones generales de la vida social y política en Chile.
Como se viene discutiendo desde hace un tiempo, la desestabilización
de los esencialismos culturales, esto es, la identidad femenina construida
exclusivamente desde lo materno-privado, no significa la supresión de las
desigualdades.
Es así que, la negación persistente de una identidad de corte más
político —feminista—, afirmando sí una preocupación por los temas de
«género» (pero leído como una categoría neutra), permite conciliar tam-
bién los procesos de cambio y la inscripción de las mujeres en el espacio

13
Hacemos referencia al aviso publicitario de una marca de electrodomésticos
aparecido hace algunos años en Sábado, un semanario de El Mercurio. El aviso
estaba compuesto por dos fotografías: a la izquierda una mujer joven y de cabello
claro vestida de manera informal, sentada en el jardín de lo que suponemos es
su casa, mientras en la fotografía de la derecha encontrábamos a la misma mujer
pero vestida formalmente —de chaqueta y pantalón negro—, y sentada en un
sillón al interior de la casa. En ambas fotografías aparecían las palabras «Mamá»
y «Modelo», solo que combinadas de diversa manera: la mujer en el jardín era la
Modelo-Mamá (aunque no vemos un niño o niña junto a ella), mientras que la
mujer del sillón era la Mamá-Modelo, solo acompañada por una aspiradora, el
producto publicitado.
14
La autora hace referencia al planteamiento de Raymond Williams, quien denomi-
na como «tradición selectiva» a aquel proceso que se produce en el nivel de las
prácticas y que en el marco de la cultura dominante simula ser parte de «la tradi-
ción», «el pasado importante», pero en realidad corresponde a una selección de
un dominio del pasado y de ciertas prácticas y significaciones que no contradicen
otros elementos de la cultura dominante que se encuentre en vigor.

267
Carmen Gloria Godoy Ramos

público, hacerse un lugar, pero sin cuestionar los roles ni las concepciones
tradicionales de lo femenino, así como neutralizar el impacto que este
«nuevo» lugar tiene en la vida familiar y personal de las mujeres. Ahora
ya no solo como madres de familia, sino como ciudadanas con derechos.
La pregunta que surge entonces, es si acaso la autonomía que se promueve
en el terreno económico, tienen como correlato la justicia social.

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271
Percepción de conflicto en Chile:
un análisis desde la opinión pública
2006-2013

Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, Juan Carlos Castillo


y Matías Bargsted*

Introducción**
La «conflictividad social» no aparece de manera notoria en la agenda de
la investigación social en Chile sino hasta los últimos años, principalmente
asociada a la expresión de demandas ciudadanas en forma de protesta
y/o movilizaciones sociales a partir del año 2006. Si bien en el contexto
latinoamericano Chile no es catalogado como un país altamente conflic-
tivo, sí ha llamado la atención un aumento en el nivel de violencia que
se genera en eventos públicos relacionados con expresión de demandas
ciudadanas (UNDP, 2013). Gran parte de los estudios en el área han
girado en torno a las características y clasificación de estos eventos y sus
participantes (Bellei, Cabalin y Orellana, 2014; Donoso, 2013; Sepúlveda
y Villaroel, 2012), así como sobre las posibles consecuencias en términos
de cambio social y de una posible crisis de legitimidad de los sistemas
políticos y de su capacidad de dar respuesta a la ciudadanía. Sin embargo,
un elemento que aún se encuentra ausente en esta agenda de investigación
corresponde al análisis de la percepción de distintos tipos de conflicto en
Chile y al cambio de estas percepciones en el tiempo. Este aspecto nos
parece relevante, dado que la conflictividad percibida de la sociedad podría
asociarse no solamente a la presencia de mayores conflictos, sino también
Instituto de Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile.
*

Los autores agradecen el aporte del COES (Center for Social Conflict and Social
**

Cohesion Studies, N° 15130009).

273
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

a las preferencias, actitudes y valores de los individuos, y posiblemente


al lugar que los individuos ocupan en la estructura de estratificación. De
esta manera, se abren las siguientes preguntas: ¿en qué medida se percibe
conflicto en Chile? ¿Quiénes perciben más o menos conflicto? ¿Cómo ha
cambiado la percepción de conflicto en el tiempo?
En este escenario, este capítulo tiene dos objetivos principales. Por
una parte, mapear el comportamiento de la percepción de conflicto en el
Chile contemporáneo (2006-2013), en un contexto de crecientes demandas
sociales y alto grado de movilización ciudadana. Y, por otra, presentar
explicaciones tentativas a la formación de estas percepciones en Chile. A
partir de la Encuesta Nacional Bicentenario, se dispone de una serie de
tiempo única que permite documentar la conflictividad percibida de la
sociedad chilena y su evolución de acuerdo a distintos clivajes sociales.

1.1 Antecedentes sobre el estudio de la percepción del conflicto


Para algunos autores, el conflicto percibido es un indicador del bienestar
social y del individuo como parte de ella (Abbott y Wallace, 2011).
La sociología se ha aproximado al estudio del conflicto y a esto se ha
percibido de distintas formas, ya sea minimizándolo, otorgándole un rol
protagónico en el análisis de la vida social o ubicándose en algún punto
intermedio entre estos dos extremos (Wieviorka, 2013; Coser, 1964;
Collins, 2009). Al respecto, Zagórski (2006) plantea que una elevada per-
cepción de conflicto puede ser perjudicial si se piensa que sería una fuente
de desconfianza social o una muestra de falta de capacidad de resolución de
controversias. Esto, a su vez, se puede asociar a la perspectiva de Parsons, al
considerar el conflicto como una enfermedad (Coser, 1964). Pero también,
desde una segunda concepción teórica, el conflicto puede ser visto como
favorable porque promueve la tolerancia, la institucionalización del disenso
como válido o, como señalaba Coser (1964), asegura la cohesión de los
grupos en tanto permite la generación de identidad y un sistema social
en equilibrio y la formación de una estratificación. Una tercera visión,
que caracteriza a las anteriores como normativas (Wieviorka, 2013), es la que
entiende el conflicto como una relación entre oponentes que comparten
alguna referencia cultural.
Independientemente de la postura que la sociología ha adoptado en
el estudio de la conflictividad social, existiría una tendencia predominante
hacia la búsqueda de la resolución de los conflictos (Wagner-Pacifici y Hall,
2012), posiblemente explicado por la imagen que tienen las personas del
conflicto como algo necesariamente «malo» (Zagórski, 2006).

274
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

La evolución en el tiempo del conflicto social y su percepción no asegura


necesariamente su resolución, sino que incluso pueden crecer las tendencias
hacia su manifestación violenta. Además, en un escenario de multiplicidad
de conflictos estos podrían cambiar de forma o disminuir en intensidad,
mientras otros, aumentar. Según Wagner-Pacifici y Hall (2012), los distintos
conflictos podrían estar caracterizados por su nivel de institucionalización,
por ser más o menos violentos, más o menos locales o más o menos públi-
cos. En cuanto al contenido, Wieviorka (2013) destaca la emergencia de
nuevos conflictos anclados en su dimensión cultural, declinando los antiguos
conflictos de clase asociados a las condiciones materiales y relaciones de
producción convergiendo con las tesis de valores postmaterialistas (Inglehart
y Welzel, 2005). En este nuevo escenario de conflictividad social aparecen
movimientos feministas y estudiantiles, protestas contra proyectos energé-
ticos, reivindicaciones de pueblos originarios, entre otros. Así, se incluyen
en este análisis tanto los clásicos conflictos de clase entre ricos y pobres o
trabajadores y empresarios, el conflicto político entre gobierno y oposición,
y el étnico (mapuches y el Estado), intentando en cada uno de estos casos,
capturar la multiplicidad de intereses en pugna y campos en donde estos
se despliegan.
En cuanto a la asociación de la percepción de conflicto con la visión
acerca del contexto social, la literatura sugiere que se relaciona con la des-
igualdad percibida y las preferencias sobre ella (Dehley y Dragolov, 2014;
Whitefield y Loveless, 2013; Lewin-Epstein, Kaplan, y Levanon, 2003). Por
ejemplo, para el caso de Israel, la percepción de conflicto se asocia con la
formación de preferencias sobre el Estado de bienestar y que, a su vez, depen-
dería de la posición de los individuos en la estructura social (Lewin-Epstein,
Kaplan y Levanon, 2003). Por otra parte, existen estudios que plantearían
que la formación de la conflictividad percibida se asocia más bien con otras
variables subjetivas. Al respecto, Kelley y Evans (1995) sugieren que es la
identificación subjetiva de clase más que la posición objetiva, el factor que
explicaría el grado de conflictividad percibida en la sociedad. Al igual que el
análisis de Zagórski (2006), quien muestra que son las opiniones y actitudes
de los sujetos, como el nivel de tolerancia o evaluación de las condiciones
de trabajo, las que se asocian a la percepción de conflicto y no las variables
sociodemográficas. En cuanto a las preferencias políticas de las personas,
Zagórski (2006) también sugiere que la percepción de conflicto se asocia
con actitudes hacia la democracia. La percepción del conflicto entre ricos
y pobres sería el más relevante en este aspecto, afectando negativamente el
apoyo y la satisfacción con la democracia.

275
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

A nivel agregado, la evidencia no es consistente al identificar la relación


entre la desigualdad medida por el índice Gini y la conflictividad percibida.
El estudio de Whitefield y Loveless (2013) con 12 países postcomunistas no
permite concluir que existe una relación de los conflictos de mercado con
la desigualdad a nivel agregado medida por el índice Gini, sino que estaría
explicada a nivel individual por la desigualdad percibida. Esto último sugiere
un posible desacoplamiento entre un contexto objetivo y la subjetividad de
la percepción. Sin embargo, Dehley y Dragolov (2014) plantean la existen-
cia de un mecanismo que llevaría a una relación entre mayor desigualdad
y mayores niveles de conflicto social percibido. Su evidencia muestra que
para 30 países europeos existe una relación de la desigualdad (Gini) con la
percepción de conflicto. La relación estaría en que la conflictividad percibida
media la relación entre desigualdad y bienestar subjetivo, y que en los países
de menores ingresos la relación de la desigualdad y el conflicto se matizaría.
A continuación se describen los datos utilizados y las principales
variables del artículo. Luego, los resultados descriptivos de la evolución
de la percepción de conflicto en Chile para el período analizado, para
después analizar el comportamiento por distintos clivajes sociales y posi-
bles factores explicativos. Finalmente, se discuten los hallazgos en virtud
de la literatura y se sintetiza el mapeo de la percepción de conflicto en el
Chile contemporáneo.

2. Datos y variables
Para conocer cómo ha evolucionado la percepción de conflicto en Chile
durante los últimos años, se utilizan los datos de la Encuesta Nacional
Bicentenario. Esta es un proyecto colaborativo de encuestas de opinión,
que busca obtener información sostenida en el tiempo acerca del estado
de la sociedad chilena en tópicos altamente relevantes, como los del foco
de este libro. Comenzó en el año 2006 y ha sido realizada anualmente,
siendo la última aplicación disponible la correspondiente al año 2013. El
universo incluye a toda la población de 18 años y más que habita en el país
(excluyendo zonas de muy difícil acceso que equivale a menos del 1% de
la población total de Chile). El muestreo es probabilístico y estratificado
en cuatro etapas de selección aleatoria, siendo la muestra anual de 2.000
casos aproximados. Los cuestionarios son aplicados cara a cara en los
hogares de los encuestados.
El análisis empírico considera cuatro ítems de percepción de conflictos
específicos que se encuentran presentes en los ocho años de la serie. Para

276
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

cada año, se utilizan prácticamente las mismas preguntas y tres categorías


de respuesta, permitiendo la comparabilidad a lo largo del tiempo1.
La pregunta empleada para la medición de percepción de distintos
tipos de conflicto es «Usted cree que en Chile existe un gran conflicto,
un conflicto menor o no hay conflicto entre [conflicto]». En este caso,
se utilizan los cuatro conflictos presentes en todas las versiones: ricos y
pobres; trabajadores y empresarios; gobierno y oposición; y mapuches y
Estado chileno.
Estas cuatro variables son combinadas en un índice denominado Índice
Sumativo de Conflicto (ISC) (α = 0,72) y que toma valores entre 0 y 8,
y permite conocer cuánto conflicto perciben las personas en la sociedad.
De la misma forma, se construye un Índice de Conflictos de Clase (ICC)
que combina solo la percepción de conflicto entre ricos y pobres y entre
trabajadores y empresarios.
El análisis de la evolución de la percepción de conflicto se realiza
utilizando una serie de variables sociodemográficas, las que incluyen sexo
(variable dummy), cohorte de nacimiento (ocho grupos por década desde
1920 a 1990), nivel educacional (tres grupos: «media o menor»; «técni-
co» que incluye educación técnica completa, incompleta y universitaria
incompleta; y «universitaria»), tramo de edad (tres categorías), religión
(dummy para católicos, evangélicos y otras religión, con no afiliados
como categoría de referencia), riqueza (índice sumativo de cinco bienes
discriminantes) y macro zona del país donde habita (dummy para centro,
sur y Región Metropolitana con el norte como categoría de referencia).
Asimismo, dentro del análisis de regresión se incorpora el Índice
Metas País (α = 0,72) construido a partir de la suma de cinco variables a
partir de la pregunta «Pensando en un plazo de 10 años, ¿usted cree que
se habrán alcanzado las siguientes metas como país?». Las metas utilizadas
son: i) eliminar la pobreza; ii) ser un país desarrollado; iii) detener el daño
al medioambiente; iv) ser un país reconciliado, y v) resolver el problema
de la calidad de la educación. Mediante esta variable, se intenta capturar
la idea de que el logro de metas como país puede tener una asociación
sobre la imagen de nuestra sociedad y particularmente del conflicto social.

En el caso del indicador sobre conflictividad mapuche para el año 2006, la pre-
1

gunta es sobre «Mapuches y el resto de los chilenos», y a partir del año 2007 entre
«Mapuches y Estado chileno». Como se muestra en las secciones siguientes, esto
no presenta mayores distorsiones, considerando que muestra un comportamiento
similar a los demás conflictos para el primer año de la serie.

277
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

3. Percepción de conflicto en Chile 2006-2013


La estimación del cambio en la percepción de conflicto social de los chile-
nos se reporta en el gráfico 1. Los datos sugieren que existe una variación
estadísticamente significativa en el ISC, aumentando en un punto para el
período completo. El año 2006 presenta el menor nivel de conflicto perci-
bido (X = 5,65) en la serie, mientras la diferencia con el año siguiente es el
salto más importante en la percepción de conflicto en el país (dif = 0,82).
En el mismo gráfico se incluye el número de eventos de protestas para cada
año2, dato disponible entre los años 2006 y 2012 de la serie. La tendencia
muestra que la variación en la percepción es coincidente con la variación
del número de eventos protestas en Chile para cada año. Cabe recordar
que para el año 2007, las protestas sociales respondían principalmente a
las movilizaciones estudiantiles secundarias y la implementación del nuevo
sistema de transporte de la capital, lo que podría asociarse al salto en el
nivel de percepción de conflicto entre 2006 y 2007.

Gráfico 1. Percepción de conflicto en Chile, 2006-2013.

Fuente: elaboración propia a partir de Encuesta Bicentenario 2006-2013.


2
Indicador elaborado en el marco del proyecto Fondecyt «La difusión de la protesta
colectiva en Chile (2000-2011)» (N° 11121147). Los autores agradecen al inves-
tigador principal del proyecto, Nicolás Somma, por facilitar esta información.

278
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

Los resultados muestran que luego de un aumento sostenido entre


los años 2006 y 2008, comenzó un período de baja en la conflictividad
percibida durante los siguientes dos años. Esto indica un cierto grado de
volatilidad de la percepción que los chilenos tienen sobre el conflicto y que,
a su vez, es coherente con la baja en el nivel de eventos de protestas en el
país. Esta disminución también coincide con el término del ciclo político
de la Concertación como la coalición gobernante, luego del retorno a la
democracia. Después de esta disminución, se produjo un salto importante
en el ISC entre el año 2010 y 2011 (dif = 0,26), quiebre que da inicio a
un aumento sostenido del conflicto que se mantiene hasta la actualidad.
Sin establecer una relación causal, el año 2010 es el primer año de un
gobierno de derecha luego del retorno a la democracia en Chile, lo que
puede haber implicado una mayor polarización entre los grupos sociales.
Por otra parte, el año 2011 existe un repunte importante de la percep-
ción de conflicto y coincide con el máximo nivel de protestas alcanzado
en el período bajo observación. Este año es crucialmente importante al
momento de analizar las actitudes y opiniones de los chilenos, porque pone
de manifiesto, como pocas veces antes, la crisis en la representatividad del
sistema político del país (Segovia y Gamboa, 2012). Cabe destacar que
si bien para el año 2012 se reduce el número de eventos de protestas, no
existe una disminución en el grado de percepción de conflicto. Incluso en
el año 2013, la percepción de conflicto sigue aumentado hasta alcanzar su
nivel más alto. Si bien no se cuenta con datos sobre el número de eventos
de protestas para el año 2013, los períodos anteriores son consistentes con
el comportamiento de las protestas. Estamos ante un cuestionamiento de
la clausura operacional del sistema político, que operó por dos décadas
a espaldas de la sociedad civil. En definitiva, ante un escenario donde el
sistema político acumula severas dificultades para vincularse con la ciu-
dadanía y canalizar sus demandas, la protesta social se ha consolidado
como un recurso de presión e influencia política.
De esta forma, los chilenos forman una imagen de la conflictividad
social que no es distante de lo que está sucediendo en las calles. Si uno
de los objetivos de alguna de las partes involucradas en los conflictos es
lograr visibilidad o llamar la atención de la opinión pública, la tendencia
muestra que la ciudadanía no es inmune y elabora juicios sobre estas
relaciones con intereses en pugna.

279
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

Gráfico 2. Percepción de conflictos específicos en Chile, 2006-2013


Conflictos específicos

Fuente: elaboración propia a partir de Encuesta Bicentenario 2006-2013.

Para comprender la evolución de la percepción de conflicto en Chile en


el gráfico 2, se desagrega el índice sumativo, para así analizar la variación
de cada uno de los conflictos específicos medidos en la serie de tiempo de
la Encuesta Bicentenario. Para el período en cuestión, los cuatro conflictos
específicos presentan una variación significativa, aunque con distintos
patrones. La percepción del conflicto entre ricos y pobres (X = 1,46) para
el año 2006 es una de las dos más altas junto con el la percepción de
conflicto entre gobierno y oposición (X = 1,48), siendo ambas mayores y
estadísticamente significabas con las percepciones de conflicto entre ma-
puches/Estado y trabajadores/empleadores. Sin embargo, el conflicto entre
ricos y pobres pasa a ser el que presenta una menor percepción a partir del
año 2007, al igual que el conflicto entre trabajadores y empresarios. Estos
tipos de conflicto tienen en común que hacen referencia a conflictos con
un fuerte componente de clase, lo que es analizado en mayor profundidad
en las secciones posteriores del capítulo. De acuerdo a Collins (2007) y
su propuesta de sociología del conflicto, la estratificación social el factor
más importante en la explicación de este fenómeno, aunque sin dejar de
considerar su naturaleza multicausal.

280
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

La evolución de la percepción del conflicto entre mapuches y Estado


chileno también presenta un patrón interesante. Si bien el año 2006 fue
medido con un indicador distinto, desde el año 2009 pasa a ser el conflicto
social percibido como más agudo, seguido por el conflicto entre gobierno
y oposición.
En cuanto a las diferencias entre conflictos destaca el hecho de que, a
partir del año 2010, las diferencias en la percepción de cuán agudos son
los conflictos que se amplifican. En efecto, mientras los conflictos de clase
(ricos/pobres y trabajadores/empresarios) tienden a la baja, los existen-
tes entre mapuches y el Estado, y entre gobierno y oposición aumentan,
aunque se nota cierta tendencia a la convergencia a partir del año 2013.

4. Clivajes sociales y la evolución de la percepción de


conflicto social
Los datos disponibles en la Encuesta Bicentenario nos permiten estimar las
divisiones en la percepción de conflicto social para distintos grupos de la so-
ciedad chilena. La idea es que los distintos grupos sociales presentan distintas
formas de ver el mundo o posiciones frente al contexto social.

Gráfico 3. Percepción de conflicto en Chile por edad,


nivel educacional y sexo

Fuente: elaboración propia a partir de Encuesta Bicentenario 2006-2013.

281
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

El gráfico 3 reporta la evolución del ISC por tramos de edad, nivel


educacional y sexo. En términos generales, se observa que las personas
de mayor edad, mayor nivel educacional y de sexo masculino presentan
los menores niveles de percepción de conflicto social en comparación
a las demás categorías de cada grupo. No obstante, destaca que el año
2011 existe una convergencia entre los distintos grupos en torno a una
mayor percepción de conflicto. Esto coincide con un año particularmente
convulsionado por los movimientos sociales y alto nivel de eventos de
protesta como se mostró en el gráfico 1, lo que sugiere una percepción
altamente homogénea respecto a los conflictos sociales para este año
en particular.
Otro fenómeno que destaca es el comportamiento de las personas
con educación universitaria completa, que desde el año 2011 se mueve en
una dirección distinta a las personas con menor nivel educacional. Para el
grupo de personas con educación media o menor y técnica, la percepción
del conflicto social aumenta, mientras que para los universitarios dismi-
nuye, existiendo la posibilidad de que se generen los efectos señalados por
Thompson, Nadler y Loundt (2006) como estereotipos, ignorando incon-
sistencias o confundiendo causas-efectos. El gráfico 4 presenta el patrón de
percepción de conflicto para personas con nivel universitario diferenciado
por edad. Como se aprecia, los universitarios del tramo de edad inferior
e intermedio reportan niveles similares en comparación a personas con
menor escolaridad. Aunque nuevamente existe una convergencia para el
año 2011, cuestión que será analizada con mayor profundidad en análisis
de regresión posteriores. Por otra parte, la divergencia que ocurre desde
el año 2011 solo se reporta para los dos tramos de edad superiores, dado
que la percepción de conflicto entre los universitarios jóvenes se mueve en
la misma dirección que los demás grupos. Esto sugiere que hay un factor
generacional importante en la evolución de la percepción de conflicto y
que podría existir un consenso entre los más jóvenes en torno al conflicto
estudiantil independientemente de sus características sociodemográficas.

282
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

Gráfico 4. Percepción de conflicto por nivel educacional


con universitaria según tramo de edad

Fuente: elaboración propia a partir de Encuesta Bicentenario 2006-2013.

Habiendo descrito las principales tendencias en la percepción de los


conflictos sociales de la población chilena, ahora pasamos a un análisis
multivariado más detallado de las mismas. Para estos propósitos estima-
mos un modelo de regresión lineal con la percepción de conflicto social
para cada año, y un modelo final que considera el conjunto de los datos
2006-2013 de la serie Bicentenario. Para mantener la comparabilidad entre
años, solo seleccionamos predictores que estuvieran disponibles para toda
la serie. Este proceso fue repetido, además, para la percepción de conflicto
de clase. Para facilitar la interpretación y comparación de los resultados,
los índices de percepción de conflicto fueron reescalados de manera tal que
oscilaran entre 0 (ninguna percepción de conflicto) y 2 (alta percepción de
conflicto). Finalmente, para minimizar el problema de los casos perdidos,
particularmente en la variable de ingreso, todos los modelos reportados en
este trabajo fueron estimados y corregidos a partir de los procedimientos
de imputación múltiple propuestos por Rubin (1987, 1996).

283
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

En los modelos predecimos el nivel de percepción de conflicto a partir


de una serie de variables independientes, las cuales fueron seleccionadas
principalmente por su disponibilidad en la totalidad de la serie, aunque
también por su relevancia teórica. Primero, incorporamos nuestro indi-
cador sumativo de metas país (ISMP) para considerar alguna dimensión
actitudinal. Lamentablemente, la Encuesta Bicentenario no posee más pre-
guntas de opinión que se hayan hecho a lo largo de la serie. No obstante,
de todos modos podemos hipotetizar que la percepción de conflicto será
menor entre quienes poseen una visión más optimista respecto al logro de
las metas país capturadas en el ISMP, en la medida en que existe evidencia
que vincula la satisfacción con los logros del país con la percepción de
conflicto (Zágorski, 2006).
Para capturar el estatus socioeconómico del encuestado hemos con-
siderado tres indicadores independientes: ingreso y riqueza del hogar, y
educación del encuestado. Si bien se podrían resumir estos tres ítems en
una sola escala de estatus, hemos preferido considerarlos por separado
para ver en detalle cómo operan. Es importante destacar que las pruebas
de colinealidad convencionales (VIF, matriz de correlaciones) no sugieren
mayores problemas de eficiencia en la estimación, al incorporarlos al
modelo de manera simultánea. El ingreso fue considerado de manera
continua, a pesar de que fue preguntado en la encuesta por tramos. Esto
se debe a dos motivos: primero, tomamos en cuenta el promedio de cada
tramo como un valor numérico, y segundo, luego imputamos (tal como
se describió con anterioridad) cerca de 10% de los casos sin información
sobre esta variable. La variable resultante de ambas procesos posee sufi-
cientes valores como para ser tratada como continua. La riqueza del hogar
fue construida a partir de la posesión de 6 bienes (microondas, auto, TV
cable, computador, acceso a internet, teléfono fijo y servicio doméstico),
seleccionados como «statutarios» por un análisis factorial exploratorio.
Finalmente, educación fue considerada como una variable continua a base
del grado de avance en el sistema escolar chileno por ciclos completados
y/o iniciados. En general, la literatura muestra que a medida que aumenta
el estatus socioeconómico de las personas, también lo hace su percepción
de conflicto, particularmente de clase (Kelley y Evans, 1995). Sin embargo,
hay investigadores que sugieren que esta relación se invierte en ciertos ca-
sos, particularmente para la educación: los más educados perciben menos
conflicto que aquellos con menores logros académicos (Zágorski, 2006).
Esta ambigüedad nos impide prever una dirección para el efecto de las
variables socioeconómicas en la percepción de conflicto.

284
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

Creemos que es relevante destacar el rol que la socialización puede


tener en la percepción del conflicto social: ciertas generaciones, debido al
contexto en las que fueron criadas y a las circunstancias que enfrentaron
en su adultez temprana pueden tener mayores (o menores) sensibilidades
hacia el conflicto social. El concepto de generación tiene una larga tra-
dición en la reflexión sociológica, en tanto agrupa a individuos que han
vivido épocas similares (Mannheim, 1993 [1923]) y sigue siendo utilizado
en investigación actual. Siguiendo los hallazgos de Toro (2008) podemos
hipotetizar que la generación socializada en los años de la dictadura militar
(nacidos entre 1965 y 1975 aproximadamente), al ser políticamente más
activa, será más sensible a los conflictos sociales que sus pares. En nues-
tros modelos, esta dimensión se captura a través del año de nacimiento
del encuestado (con especificación cuadrática para capturar eventuales
efectos curvilíneos), el cual lamentablemente no nos permite distinguir
con claridad entre los efectos de la generación, el ciclo de vida y el período
(Mason et al., 1973; Glenn, 2005).
Finalmente, como controles estadísticos incorporamos el sexo del
encuestado, la zona de residencia (norte, centro, sur y metropolitana), la
religión del encuestado (codificada como ninguna, católica, evangélica y
otras) y efectos fijos por año para los modelos que incluyen todos los años.
A continuación repasaremos los principales resultados de los modelos,
empezando por aquellos que predicen el índice sumativo de conflicto
social, para luego pasar a los que se concentran en el conflicto de clase.

285
Tabla 1. Modelos de regresión lineal de Índice Sumativo de Percepción de Conflicto Social (ISC), por año.
Significancias estimadas a partir de errores estándar robustos considerando la imputación de ingreso

AÑOS VARIABLES 2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 2013 TODOS
ISMP -0.067*** -0.070*** -0.078*** -0.065*** -0.068*** -0.003 -0.066*** -0.058*** -0.060***
Ingreso (en cientos de miles) -0.009*** -0.012*** -0.003 -0.003 -0.013*** -0.004* -0.010*** -0.006** -0.007***
Riqueza 0.041 0.060 0.002 0.014 0.045 0.059 -0.008 0.011 0.030**
Educación 0.003 0.002 -0.002 -0.01 -0.003 0.003 0.000 -0.006 -0.002
Año de Nacimiento 0.009*** 0.015*** 0.012*** 0.008** 0.005 0.006 0.010*** 0.013*** 0.010***
Año de Nacimiento 2 -0.000** -0.000*** -0.000*** 0.000 0.000 0.000 -0.000*** -0.000*** -0.000***
Religión: Católico -0.046 -0.063** 0.039 0.004 -0.102*** -0.015 0.026 -0.011 -0.019*
Religión: Evangélico -0.007 -0.070* 0.046 -0.028 -0.134*** 0.039 0.034 0.057* -0.006
Religión: Otra Fe 0.022 0.016 0.106** -0.035 -0.014 -0.031 -0.162*** -0.013 -0.014
Mujer 0.039* 0.044** 0.02 0.052*** 0.042** 0.008 0.015 -0.002 0.027***
Zona: Centro -0.002 -0.136*** -0.119*** 0.03 -0.032 -0.045 0.078*** 0.047 -0.025**

286
Zona: Sur -0.021 -0.048 -0.089*** 0.045 -0.082** -0.101*** -0.054* 0.000 -0.043***
Zona: Metropolitana -0.156*** -0.079*** -0.060** -0.051 -0.151*** -0.079*** -0.033 -0.048* -0.082***
Encuesta: 2007                 0.195***
Encuesta: 2008 0.218***
Encuesta: 2009 0.184***
Encuesta: 2010 0.154***
Encuesta: 2011 0.213***
Encuesta: 2012 0.204***
Encuesta: 2013                 0.238***
Intercepto 1.306*** 1.423*** 1.406*** 1.439*** 1.675*** 1.532*** 1.422*** 1.419*** 1.264***
R2 0.051 0.039 0.029 0.032 0.045 0.013 0.045 0.037 0.051
R2 Ajustado 0.045 0.033 0.023 0.025 0.039 0.006 0.039 0.031 0.050
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

N 2,021 2,021 2,006 1,998 1,992 1,972 1,999 1,992 16,001

Fuente: elaboración propia a partir de datos de encuestas Bicentenario UC-Adimark, 2006-2013.


* p<0.1, ** p<0.05, *** p<0.01.
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

Al observar los resultados de la tabla 1, lo primero que podemos destacar


es el nivel de ajuste de los modelos. En general, estos son bastante bajos, osci-
lando entre cerca de un 3% y un 5% de varianza explicada. Esto nos sugiere
que buena parte de la percepción de conflictos sociales se explica por factores
distintos a los indicadores sociodemográficos que tenemos disponibles. Al
comparar los modelos por año, vemos que existen considerables diferencias
entre las tendencias observadas en uno y otro año. En general, vemos que
quienes tienen una visión más optimista respecto al logro de las metas país
suelen percibir menos conflicto que sus pares con una visión menos positiva,
lo que se condice con nuestras hipótesis respecto a esta variable.
Entre los indicadores socioeconómicos, solo el ingreso parece tener
un efecto negativo y significativo sobre la percepción de conflictos sociales,
aunque su magnitud es relativamente menor, y su relevancia estadística des-
aparece entre 2008 y 2009. Notablemente, ni riqueza ni educación parecen
tener efectos relevantes en los modelos por año, aunque el stock de bienes
del hogar muestra significancia estadística en el modelo que considera toda
la serie 2006-2013. En este sentido, nuestros datos no permiten clarificar la
relación entre el estatus socioeconómico y la percepción de conflictos sociales.
Tal como anticipaban nuestras hipótesis respecto al rol de las genera-
ciones, el año de nacimiento tiene un efecto significativo en la percepción
de conflictos sociales. En la mayoría de los años considerados en el estudio
tiene además la curvatura que esperábamos, sin embargo, la dirección y
el máximo del efecto desafían nuestras proyecciones iniciales. En general,
se observa un efecto negativo del año de nacimiento, lo que implica que,
en promedio, las generaciones más jóvenes perciben más conflicto que
las anteriores. Este efecto llega a un máximo para la generación nacida
entre 1965 y 1975, y luego se reduce levemente para las posteriores. Es
importante destacar que tal como ya habíamos visto en la series de tiempo,
son las generaciones más viejos (i.e. los nacidos antes de 1965) quienes
muestran los niveles más bajos de percepción de conflicto social.
A excepción del año 2010, cuando católicos y evangélicos percibieron
significativamente menos conflicto social que los no religiosos, la religión
parece no ser uno de los determinantes principales de la sensibilidad a estos
conflictos. Por otro lado, las mujeres muestran niveles significativamente
mayores de percepción de conflicto. Finalmente, notamos que los habi-
tantes del norte del país son quienes perciben mayores niveles de conflicto
social, mientras que los habitantes de la Región Metropolitana presen-
tan los niveles más bajos en este indicador. Creemos que se requiere de

287
Tabla 2. Modelos de regresión lineal de Índice Sumativo de Percepción de Conflicto de Clase (CDC), por año.
Significancias estimadas a partir de errores estándar robustos considerando la imputación de ingreso
AÑOS VARIABLES 2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 2013 TODOS
ISMP -0.073*** -0.064*** -0.078*** -0.100*** -0.086*** -0.038 -0.107*** -0.058** -0.075***
Ingreso (en cientos de miles) -0.013*** -0.011*** -0.002 0.001 -0.015*** -0.008** -0.013*** -0.008** -0.008***
Riqueza 0.059 0.043 -0.028 -0.007 0.021 0.063 -0.038 -0.021 0.014
Educación 0.008 -0.002 -0.004 -0.017* -0.009 -0.002 -0.008 -0.016* -0.007**
Año de Nacimiento 0.008** 0.016*** 0.013*** 0.004 0.005 0.004 0.013*** 0.011*** 0.010***
Año de Nacimiento 2 -0.000* -0.000*** -0.000*** 0.000 0.000 0.000 -0.000*** -0.000** -0.000***
Religión: Católico -0.061 -0.072** 0.062* -0.02 -0.130*** -0.032 0.047 -0.018 -0.026**
Religión: Evangélico 0.015 -0.086* 0.056 -0.07 -0.144*** 0.051 0.047 0.055 -0.006
Religión: Otra Fe -0.019 -0.007 0.133** -0.085 -0.047 -0.014 -0.240*** -0.02 -0.038
Mujer 0.027 0.059** 0.005 0.080*** 0.054** 0.014 0.011 -0.004 0.030***
Zona: Centro -0.008 -0.139*** -0.179*** 0.072* -0.008 -0.127*** 0.091** 0.061 -0.033**

288
Zona: Sur 0.017 -0.037 -0.135*** 0.074* -0.143*** -0.106** -0.047 0.042 -0.043***
Zona: Metropolitana -0.119*** -0.036 -0.082** -0.007 -0.161*** -0.088** -0.041 -0.015 -0.069***
Encuesta: 2007 0.152***
Encuesta: 2008 0.173***
Encuesta: 2009 0.133***
Encuesta: 2010 0.068***
Encuesta: 2011 0.093***
Encuesta: 2012 0.054***
Encuesta: 2013 0.139***
Intercepto 1.305*** 1.383*** 1.377*** 1.490*** 1.687*** 1.516*** 1.278*** 1.413*** 1.316***
R2 0.037 0.030 0.027 0.025 0.046 0.013 0.049 0.031 0.027
R2 Ajustado 0.031 0.023 0.021 0.019 0.040 0.006 0.043 0.025 0.026
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

N 2,018 2,019 2,005 1,995 1,985 1,967 1,997 1,991 15,977

Fuente: elaboración propia a partir de datos de encuestas Bicentenario UC-Adimark, 2006-2013.


* p<0.1, ** p<0.05, *** p<0.01.
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

mayor investigación en esta temática para poder aclarar los mecanismos


que estarían operando detrás de estas tendencias.
Como es de esperarse, las tendencias entre el indicador de conflicto
social (tabla 1) y las del indicador de conflicto de clase (tabla 2) no son
demasiado diferentes. De hecho, se observan patrones similares: el opti-
mismo con las metas país se asocia negativamente a la sensibilidad al con-
flicto de clase, el ingreso reduce las oportunidades de percibir niveles más
altos de conflicto entre ricos y pobres, y entre empresarios y trabajadores,
mientras educación y riqueza no exhiben efectos discernibles (a excepción
de un efecto positivo de riqueza en el modelo con la serie completa). De
igual modo se observan efectos similares en torno al año de nacimiento, la
religión, el sexo y la zona de residencia. No obstante, existe una tendencia
común que no hemos destacado hasta el momento: el año 2011 parece ser
significativamente distinto a los demás, por cuanto para ambas variables
dependientes los indicadores considerados parecen reducir su capacidad
predictiva. De hecho, tanto para el conflicto social como para el de clase
se logra la menor bondad de ajuste en este año. Es importante volver a
recordar que el 2011 fue un año sumamente excepcional: las protestas
de Magallanes, el movimiento estudiantil y la causa mapuche, así como
otros movimientos sociales transformaron ese año en uno de los más
activos en términos de manifestaciones colectivas (véase figura X). Esta
sobreexposición excepcional a protestas sociales, motivó un proceso de
homogeneización de opinión, donde prácticamente todos los segmentos
de la sociedad comenzaron a percibir mayor conflicto dentro del país.
En síntesis, vemos que la percepción de conflicto social y de clase
depende solo ligeramente de factores sociodemográficos: el efecto del in-
greso, religión, sexo y zona de residencia es de una magnitud relativamente
menor y el conjunto de estas variables explica una proporción menor de
la varianza en la percepción de conflicto. Adicionalmente, vemos que la
única variable de opinión para la cual disponemos información para la
totalidad de la serie, el índice de metas-país se asocia en forma significativa
para prácticamente todos los años analizados (con la notable excepción
del 2011), lo que sugeriría que la percepción de conflicto es quizá un rasgo
que responde antes a opiniones y actitudes de los individuos que a sus
características sociodemográficas. Por otro lado, estas tendencias parecen
responder a los eventos que ocurren en el país: cuando los niveles de mo-
vilización y exposición a conflictos aumentan, la percepción subjetiva de
los conflictos parece ir a la par. Creemos que estos hallazgos podrían ser
sumamente útiles para la profundización en el estudio de la percepción
de los conflictos sociales en nuestro país.
289
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

Por último, exploramos una dimensión algo diferente de la percep-


ción de conflictos: mientras nuestro interés en los modelos anteriores era
explicar los niveles de conflicto percibido, ahora lo que nos preocupa
es la variación en las percepciones de los distintos conflictos sociales en
los individuos. En otras palabras: ¿acaso los individuos perciben que los
conflictos siguen trayectorias paralelas, o bien distinguen entre los niveles
de conflictividad asociados a cada campo social? Para responder a esta
pregunta, estimamos una nueva variable que distingue a los individuos
que perciben todos los conflictos sociales de igual manera (ya sea como
ausentes, moderados o intensos) y aquellos que ven matices entre los dis-
tintos conflictos preguntados en la encuesta. En promedio, y para el total
de la serie, un 55% de los encuestados declaran percibir matices entre
los cuatro conflictos considerados. De igual manera a como lo hicimos
para nuestro análisis de los niveles de conflicto percibidos, estimamos un
modelo para cada año de la serie, así como uno con el total de la serie.
Utilizamos los mismos predictores que los presentados en las tablas 1 y 2,
pero al tratarse de una variable dependiente binaria utilizamos modelos
logit. Los resultados se reportan en la siguiente tabla.

290
Tabla 3. Modelos logísticos binarios de sofisticación en percepción de conflicto social, por año. Se reportan coeficientes
logit. Significancias estimadas a partir de errores estándar robustos considerando la imputación de ingreso
AÑOS VARIABLES 2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 2013 TODOS
ISMP 0.221** 0.134 0.346*** 0.331*** 0.282*** 0.414*** 0.419*** 0.267** 0.299***
Ingreso (en cientos de miles) 0.006 0.044*** 0.027** 0.036** 0.041*** 0.051*** 0.032 0.026** 0.031***
Riqueza -0.176 0.011 -0.145 0.308 -0.122 -0.212 -0.047 0.118 -0.036
Educación 0.038 0.022 0.058* 0.024 0.082*** 0.012 0.068** 0.017 0.042***
Año de Nacimiento -0.040*** -0.067*** -0.068*** -0.025 -0.021 0.005 -0.061*** -0.059*** -0.040***
Año de Nacimiento2 0.000*** 0.001*** 0.001*** 0.000* 0.000 -0.000 0.001*** 0.001*** 0.000***
Religión: Católico 0.167 0.050 -0.311** 0.060 0.092 0.310** -0.023 -0.131 0.023
Religión: Evangélico 0.241 0.129 -0.399** 0.114 0.201 -0.076 0.127 -0.263 0.002
Religión: Otra Fe -0.084 -0.134 -0.653** 0.047 -0.093 -0.187 0.463* -0.256 -0.115
Mujer -0.203** -0.144 -0.102 -0.055 -0.051 -0.092 -0.031 0.051 -0.084**
Zona: Centro 0.272 0.106 0.503*** -0.042 0.145 0.314* -0.274 -0.400** 0.076
Zona: Sur 0.094 0.298* 0.329** -0.019 0.138 0.237 0.117 -0.175 0.136**
Zona: Metropolitana 0.534*** 0.201 0.106 0.128 0.136 0.238 0.159 -0.075 0.180***

291
Encuesta: 2007 -0.938***
Encuesta: 2008 -0.855***
Encuesta: 2009 -0.497***
Encuesta: 2010 -0.675***
Encuesta: 2011 -0.587***
Encuesta: 2012 -0.577***
Encuesta: 2013 -0.788***
Intercepto 0.922** 0.847** 0.956** 0.093 -0.250 -0.716 1.165** 1.231*** 1.118***
Pseudo R2 0.019 0.019 0.030 0.023 0.019 0.025 0.025 0.022 0.028
N 2,011 2,016 2,002 1,994 1,990 1,966 1,998 1,991 15,968
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

Fuente: elaboración propia a partir de datos de encuestas Bicentenario UC-Adimark, 2006-2013.


* p<0.1, ** p<0.05, *** p<0.01.
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

Tal como en los modelos anteriores, el índice de metas-país muestra


una asociación consistentemente significativa, aunque en una dirección
relativamente distinta: mientras más optimista se sea frente al logro de
estas metas, mayor será la probabilidad de que los individuos distingan
entre sus percepciones de los niveles de conflicto social. También es impor-
tante notar que en estos modelos, nuestros indicadores socioeconómicos
muestran un poder predictivo mucho más variable entre años, y en ge-
neral, a mayor estatus socioeconómico, mayor es la probabilidad de que
los individuos distingan entre los conflictos: a mayor ingreso y educación,
mayor probabilidad de tener percepciones distintas sobre los conflictos
incluidos en el índice. No obstante, la riqueza del hogar no tiene un efecto
significativo en ninguno de los modelos.
Por otro lado, es interesante notar que la misma generación que tiende
a percibir más conflicto (nacidos entre 1965 y 1975) es aquella que además
tiende a mostrar mayor consistencia entre sus percepciones de los distin-
tos conflictos. En contraparte, las generaciones anteriores y posteriores a
esta, exhiben mayores niveles de dispersión respecto a sus percepciones
de los distintos conflictos sociales. En cuanto a nuestras variables de
control, vemos que las mujeres, en promedio tienen ligeramente menores
probabilidades de ver matices entre los conflictos que los hombres, y que
a excepción de 2008, la religión pareciera no tener efecto sobre la disper-
sión de las percepciones de conflicto. Además, el modelo con el conjunto
de la serie sugiere que los habitantes de las zonas metropolitanas y sur
distinguen más entre los niveles de conflicto del país. En parte, esto podría
explicarse por la exposición más directa que tienen a los principales con-
flictos nacionales: ya sea las grandes manifestaciones urbanas, en el caso
de la Región Metropolitana, o el conflicto chileno-indígena, en el caso de
la zona sur. Todos estos hallazgos deben ser interpretados con precaución
en la medida en que los ajustes de los modelos estimados siguen siendo
relativamente bajos.

5. Conclusiones
Hasta hace algunos años, el estudio del conflicto social había sido conside-
rado solo de forma marginal en la agenda de investigación de las ciencias
sociales en Chile. Esta situación se producía aun contando con datos que
permitían realizar análisis de este tipo. Así, lo que aquí se ha presentado
ha sido un primer paso en la comprensión de la formación y elaboración
de los juicios que los chilenos están elaborando sobre el conflicto social en

292
Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

Chile, en un escenario de crecientes demandas ciudadanas y manifestación


de estas a través de la protestas.
En este contexto, la opinión pública, constituida por «las imágenes
mentales creadas por ellos, las imágenes de ellos mismos, de otros indivi-
duos, de sus necesidades, propósitos y relaciones» (Lippmann, 2003:43), se
vuelve relevante para el estudio del conflicto y la conflictividad percibida.
Por lo tanto, las opiniones respecto a la conflictividad social y sus manifes-
taciones pueden funcionar como un barómetro político, y los resultados
de estudios y encuestas podrían ser utilizados para la toma de decisiones
y la gestión de los conflictos.
Al preguntarnos sobre si la percepción de conflicto depende de las
características sociodemográficas de los individuos, o más bien de otras
actitudes, opiniones y preferencias, los análisis muestran que esto sería
más gracias a lo segundo que lo primero.
El año 2011 marca un episodio particular en el análisis del conflicto,
en donde las percepciones entre los distintos grupos y el conflicto real
convergen. Esta homogeneización de las percepciones es un hecho crucial
a la luz de la teoría del conflicto, porque en el caso contrario, una sobre-
percepción o subpercepción en momentos de crisis pueden tener distintos
efectos para el sistema social. Según Thompson et al. (2006), los distintos
sesgos sobre el conflicto podrían repercutir generando estereotipos, igno-
rando inconsistencias o confundiendo causas-efectos en el caso de una
percepción simplista del conflicto. Asimismo, una impresión de polariza-
ción mayor de la que realmente existe, podría generar barreras adicionales
en la resolución de los conflictos. En el caso de Chile, la confluencia de las
percepciones entre los grupos sociales y entre la percepción con el conflicto
real entrega una oportunidad única que facilitaría la gestión y manejo de
la conflictividad social.
Sin embargo, lo que nos muestra el análisis global es que persiste
una percepción diferenciada de la conflictividad social entre los distintos
grupos sociales. Esto es crucial si se piensa que, de acuerdo a Bartos y
Wehr (2002), los individuos responderían y se involucrarían de distinta
forma en los conflictos sociales, dependiendo de la imagen que forman
de ellos en sus cabezas. Así, la manera en que cada grupo social vive los
conflictos dependería del conjunto de metas y valores que comparten, lo
que Dahrendorf (1959) llama una ideología de conflicto. Si en nuestro caso
nos encontráramos frente a grupos que comparten una misma imagen del
conflicto, probablemente exista un mayor involucramiento, solidaridad
interna y facilidades para la generación de esta ideología o cultura de

293
Francisco Olivos, Bernardo Mackenna, J. C. Castillo y Matías Bargsted

conflicto. Por lo tanto, al observar que los más jóvenes, independiente-


mente de su nivel educacional, comparten un alto grado de percepción de
conflictividad y a la vez un alto grado de movilización ciudadana a partir
de los movimientos estudiantiles, se podría sugerir la existencia de una
ideología de conflicto en este grupo social. Así, se abre la necesidad de
continuar explorando en las percepciones y actitudes de este y otros grupos
sociales para comprender las lógicas de conflicto en la sociedad chilena.

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Percepción de conflicto en Chile: un análisis desde la opinión...

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295
Desigualdad, conflicto y movilización
social. Algunas posibilidades teóricas
para pensar la política y la hegemonía
en el Chile actual

Claudia Maldonado Graus*

1. Introducción
La igualdad como objeto de demanda y la desigualdad como motivo de
denuncia y conflicto social (Güell, 2013:1), son dos dimensiones claves
para comprender el malestar social cristalizado en Chile durante las ma-
sivas protestas sociales acontecidas durante el año 20111. A partir de la
tensión observable entre esta problemática histórica —la desigualdad— y
el conflicto reciente, este artículo espera, por un lado, proporcionar ele-
mentos teóricos que sirvan para hacer una lectura de las movilizaciones
sociales y del rol que el binomio igualdad/desigualdad tuvo dentro de estas.
Y por otro, indagar en el horizonte de posibilidades que dicho conflicto
podría abrir a la redefinición de lo político y a la generación de nuevas
identidades sociales que sean un contrapeso real al modelo económico,
social y político vigente en Chile.
En este ejercicio teórico no se abordarán aquellas investigaciones sobre
la desigualdad con énfasis en las variables socioeconómicas, ni aquellas
*
Socióloga y magíster en Gobierno y Asuntos Públicos de la FLACSO-México;
estudiante del Doctorado en Sociología, LateinamerikaInstitut, Freie Universität
Berlin; becaria del proyecto de CONICYT/FONDAP/15130009 COES (Centro
de Estudios para el Conflicto y la Cohesión Social). Correo electrónico: cmaldo-
nadograus@gmail.com.
1
Estas movilizaciones que abarcaron una diversidad de tópicos: desde demandas
provenientes del ámbito de la educación (movimiento estudiantil), pasando por
las medioambientales, hasta demandas de los trabajadores, entre otras.

297
Claudia Maldonado Graus

perspectivas que ven en ella un elemento nocivo para la democracia y


la estabilidad política (O’Donnell, 1988; Burchardt, 2008). Así como
tampoco será objeto de este artículo la sistematización de ideas que han
dominado la concepción de la igualdad en su recepción latinoamericana y
en el contexto chileno2 (particularmente el enfoque de Amartya Sen, 2000,
2001). El objetivo de este artículo consiste, en cambio, en interpretar las
posibilidades que la irrupción de demandas igualitarias —escenificadas en
un conflicto (protestas masivas, movilizaciones)— puede tener en términos
de una nueva articulación hegemónica que dispute el poder político en la
actualidad (Mouffe y Laclau, 2004 [1985]).
Para llevar a cabo este análisis, se presentarán algunas categorías que
podrán ser vistas en funcionamiento en el contexto chileno a partir de
las protestas de 2011, momento elegido por constituir un punto álgido
de revelación de demandas ciudadanas desde el retorno a la democracia.
En lo que concierne al análisis mismo de la movilización social, vale la
pena precisar que no indagaré en aquellas lecturas que desde la sociología
de la acción colectiva explican la emergencia de nuevos movimientos socia-
les3 (Olson, 1965; Touraine, 1973; Melucci, 1986)4. Así como tampoco
serán materia de estudio las visiones que desde el neoinstitucionalismo
abordan las fricciones sociales, conflictos distributivos y estructuras de
poder en su relación con la economía y las instituciones (Ayala, 1999).
Las movilizaciones del 2011 son relevantes en tanto articularon una
gran cantidad de demandas que habrían permanecido latentes durante
los últimos años, y que no solo pusieron en duda los niveles de logros
proclamados por la clase política, sino que llegaron para interrogar en
muchos sentidos la convivencia de los chilenos (Garcés, 2012:7). Este
hecho empírico, que incluso dio pie al nacimiento de actores políticos
fuera de las organizaciones tradicionales (especialmente los partidos),


2
Hago referencia a las nociones que han definido la cuestión social en la agenda de
la política latinoamericana. Un análisis detallado al respecto se puede encontrar
en un documento de Victoria D’Amico, «La desigualdad como definición de la
cuestión social en las agendas transnacionales sobre políticas sociales para América
Latina», Working Paper, N° 49-2013, Desigualdades.net, Alemania.
3
Esta investigación no adoptará las perspectivas de la acción colectiva. La razón es
que la movilización social será mi referente empírico donde observar el funciona-
miento de mis herramientas teóricas, sin constituirse en sí misma en mi objeto de
análisis.
4
Una completa sistematización de las perspectivas de la sociología de la acción
colectiva, podemos encontrarla en el texto de María Luisa Tarrés, «Perspectivas
analíticas en la sociología de la acción colectiva», en Estudios Sociológicos X:30
(1992).

298
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

habría movilizado un descontento social que instaló en el debate público


el tema de la desigualdad como un problema primordial y un enemigo
que combatir5. En este punto, vale la pena hacer dos aclaraciones. Partir
de la premisa de que el malestar con la desigualdad comenzó con las
movilizaciones del 2011 sería un error, puesto que varios autores desde
hace un tiempo venían señalándolo (Garretón y Cumsille, 2000; Araujo y
Martuccelli, 2012; Güell, 2013)6. Así como también sería poco adecuado
afirmar que el movimiento social habría generado un completo reordena-
miento del modelo político y social. Sin embargo, sí sería posible hablar
que a partir de este acontecimiento, se puede ver con mucha más claridad
una reestructuración del campo de debate y de los términos en que se da
la discusión de la desigualdad en Chile.
Desde la perspectiva aquí asumida, este conflicto brindó la posibilidad
de aparición y reconocimiento de nuevos actores (políticos y de la socie-
dad civil, entre otros) y propició el surgimiento de una amplia discusión
en los medios de comunicación y en el discurso gubernamental sobre las
causas y las consecuencias de la desigualdad en Chile y sobre el modo de
abordarla7.
Sin embargo, las discusiones y los actores sociales que fueron parte
de estos debates no serán parte de los resultados de este texto, justamente
porque el foco estará colocado en la batería de conceptos con los que se
puedan interpretar las múltiples posibilidades que la escenificación con-
flictiva de demandas sociales ofrece para la construcción de una sociedad
política.


5
Esta expresión de la «desigualdad como enemigo común» fue utilizada por la pro-
pia Michelle Bachelet, en el discurso pronunciado el 27 de marzo de 2013, fecha
en la que la actual presidenta ratificó su opción de presentarse a las elecciones
presidenciales de ese año, por la coalición que hoy recibe el nombre de «Nueva
Mayoría».
6
Para corroborar esto, solo hace falta hacer referencia a las movilizaciones del 2006
(«la revolución pingüina») y a las demandas de igualdad, derechos e inclusión que
vinieron de la mano de la recuperación democrática en los años 90, por nombrar
algunos ejemplos.
7
Solo a modo de ejemplo, entre principios del 2011 y junio de 2014 en los perió-
dicos El Mercurio y El Mostrador se publicaron más 300 columnas de opinión
que tuvieron como foco la desigualdad. Sin contar que esta fue un tema presente
en casi todos los programas de los candidatos a la elección del 2013. Bachelet,
de manera particular, lo incluyó como eje importante de todas sus intervenciones
públicas.

299
Claudia Maldonado Graus

La revisión teórica que compone este artículo incorporará una serie


de debates ligados principalmente al posestructuralismo8. En primer
lugar, se ofrecerán dos miradas sobre el conflicto: como desacuerdo y
como antagonismo (Rancière, 2012[1995]); Mouffe, 1999) partiendo
de la idea de que este —el conflicto— asegura la posibilidad misma
de la política (Villalobos-Ruminott, 2002:27). En segundo lugar, se
analizarán a través de la teoría de la hegemonía (Laclau y Mouffe,
2004[1985]) las etapas por las que transitó el movimiento social has-
ta convertirse en un sujeto político que produjo un rearticulación de
luchas en el espacio público; para evaluar en un tercer momento, las
posibilidades que eventualmente tuvo el movimiento de convertirse en
una identidad capaz de articular una nueva hegemonía.
Para sistematizar los debates señalados, el artículo necesitará tres
bloques. El primero de ellos, proporcionará una breve génesis a partir
de la idea de orden impuesta luego del golpe militar (1973), mismo que
configuró una matriz social y política donde el conflicto cumplió el papel
de amenaza. Esta misma idea es la que hoy, a juzgar por los aconteci-
mientos, parecería comenzar a diluirse. Un segundo bloque que exponga
el andamiaje teórico-conceptual para leer las movilizaciones de 2011, el
que va a ir siendo intercalado con una lectura del caso empírico. Y un
último apartado de conclusiones, donde además se plantean algunas líneas
de investigación que podrían guiar trabajos futuros.

2. Punto de partida: el dominio del orden.


¿Hasta qué punto se mantuvo inalterable?
La crisis política acontecida en Chile a principios de la década de los 70
y que termina violentamente con el mandato presidencial de Salvador
Allende, instala la cuestión del orden como el principal punto nodal9 bajo
el cual se reorganiza el modelo sociopolítico de la dictadura militar10.


8
La razón principal para elegir este enfoque teórico radica en que para esta tradición,
los sujetos sociales son una construcción de la política que requiere del conflicto.
Esta construcción es a su vez contingente, por lo tanto, los conceptos que definen
las acciones y manifestaciones de lo político pueden adquirir una diversidad de
significados que configuran imaginarios que no son completamente homogéneos
ni estables.
9
Concepto desarrollado originalmente como «punto de almohadillo» por Lacan,
define las categorías semánticas centrales que forman la estructura central y que
organiza el discurso.
10
La idea de orden se manifiesta en oposición al «desorden» económico e institu-
cional que, a juicio de la junta militar y sus adherentes, había dominado la escena
nacional durante el régimen de la Unidad Popular.

300
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

El golpe de Estado de 1973 define la situación política chilena como


un antagonismo entre orden y caos. Este antagonismo no permitía ni
tregua ni compromiso y guardaba solo un punto de resolución en tanto
se diera la victoria de uno y la derrota del otro. ¿Quién era el enemigo?,
todo lo que amenazaba a la seguridad propia: lo diferente. Este último
demostraría la presencia del caos. En nombre de la unidad, el otro (el
enemigo) es expulsado del orden (Lechner: 1986:127).
La dictadura militar desarticula el conflicto político en un doble
sentido. Primero, clausurando las instituciones que servían de «arena»
de competencia a las organizaciones. Y en segundo lugar, negando la dis-
posición colectiva sobre la producción y distribución de la riqueza social.
Las organizaciones tradicionales perdieron así no solamente su espacio
de acción, sino ante todo su principio legitimador (Lechner, 1986:129).
El orden como concepto central del discurso de la «reconstrucción
nacional» que adoptan los militares a partir del año 1973 es otra forma
de eliminar lo político del campo social, al bloquear el conflicto (de resis-
tencia y disidencia) y al reconocer en el adversario a un enemigo a quien
aniquilar, más que la expresión de una legítima diferencia. Este concepto
es desdoblado en un plano mítico, trascendental y utópico (la chilenidad)
y en un plano de operación instrumental (mantención del orden público,
disciplina social, economía sana, principio de autoridad, respeto a la je-
rarquía, etc.) (Munizaga, 1988:87-88).
El intento de crear una comunidad sin fisuras se transforma en la máxi-
ma de la dictadura de Pinochet, quien a través de un llamado a la «unidad
nacional» logra suturar parcialmente el escenario social fracturado con el
derrocamiento del gobierno de Allende11.
La idea del orden parecería haber permeado todos los ámbitos de lo
social durante los años de la dictadura militar y las transformaciones que
sobrevienen por efecto de ella se extienden más allá de los años en que el
régimen se mantuvo vigente. Basta recordar que durante los años que siguie-
ron a la dictadura se conservó la idea de orden económico, político e institu-
cional basado en un marco fijado por la Constitución de 1980. Se consolida
así una economía capitalista de mercado en expansión, la continuidad de
Pinochet en la escena política (como comandante en jefe y senador vitalicio)
y una distribución bipolar estable de las fuerzas políticas (Alianza por Chile

«Unidad nacional» fue una frase comúnmente usada por Pinochet para hacer
11

referencia al proyecto de nación basado en la homogeneización social y la elimi-


nación de aquellos enemigos que atentaran contra el nuevo orden impuesto por
la dictadura.

301
Claudia Maldonado Graus

y Concertación) (Lechner, 1992:512). Con estos elementos, la dictadura se


establece como un sofisticado aparataje que le otorgó hegemonía12, condición
fundamental para entender las limitaciones de la política en los noventas
(Villalobos-Ruminott, 2002:29).
En efecto, el panorama descrito se mantiene casi inalterable tras el
retorno a la democracia, cuyo proceso tuvo como trasfondo acuerdos entre
las fuerzas políticas disidentes (algunas históricas, otras emergentes) y las
de la dictadura. Como consecuencia de esto, la reconstrucción en térmi-
nos políticos fue una tarea siempre inconclusa. Esto último, en el sentido
de que los grupos de la sociedad que asumen el proceso de transición a
la democracia, al sellar un acuerdo basado en el consenso («transición
pactada»)13, continuaron marginando a los actores políticos antagónicos,
intentando eliminar así cualquier fuente de conflicto que pudiera deses-
tabilizar la democracia.
Este hecho implicó borrar de la escena a quienes exigían cambios pro-
fundos al llegar la democracia. Una vez más, esta decisión estuvo marcada
por el miedo a romper el orden político que el gobierno autoritario había
configurado luego de la derrota del proyecto de la Unidad Popular. Este
rasgo fue sobresaliente en los primeros años de los gobiernos democráticos
y marcó la pauta de la acción política de los gobiernos de la Concertación
de Partidos por la Democracia (en adelante CPPD)14. En este contexto, el
miedo al conflicto parece ser una herencia de la cual la sociedad chilena
pareciera no haberse desligado15.
Sin embargo, no sería correcto señalar que el conflicto se mantuvo
completamente alejado del panorama político nacional. Esta afirmación no
sería válida ni siquiera para los años de la dictadura militar. Lo interesante,
entonces, es señalar que más allá del procesamiento que tuvieron los brotes

12
Basta recordar que aún se encuentra vigente en Chile la Constitución de 1980, la
que fue redactada en dictadura.
13
El proceso de transición democrática en Chile puede ser denominado «transición
pactada», en el sentido de que las Fuerzas Armadas reconocen la vigencia de un
régimen democrático y asimismo los partidos políticos los procedimientos esta-
blecidos por la Constitución de 1980 (Lechner, 2012:530).
14
La Concertación de Partidos por la Democracia es la alianza de centroizquierda
que gobernó Chile entre los años 1990 y comienzos del año 2010. Luego de su
refundación bajo en el nombre de «Nueva Mayoría» (que incluye a los antiguos
miembros de la anterior alianza y a un número más extenso de participantes), ha
regresado al poder en marzo del 2014, con la figura de Michelle Bachelet.
15
Este hecho estaría siendo reforzado por los candados institucionales que se
han mantenido a lo largo de las últimas décadas, que no han permitido la
expresión de la pluralidad de los grupos políticos y menos aún su participa-
ción efectiva en el interior del sistema político actual.

302
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

de conflicto en ambos regímenes (represión en la dictadura; cooptación


y negociación en democracia), estos siempre fueron considerados como
una amenaza al orden. El movimiento del 2011 —el más relevante de los
últimos 40 años— no tuvo una lectura diferente por parte del sistema
político, aunque algunos afirman que al menos en el caso de la revuelta
estudiantil, se logró perturbar el statu quo al debilitar la obsesión por el
consenso, poniendo en debate los espectros del pasado y cuestionando
el triunfalismo del discurso neoliberal (Arditi, 2012:166).
La irrupción del movimiento social podría verse como una cristali-
zación de un conflicto latente durante décadas en el panorama nacional,
pero que ya había tenido apariciones intermitentes (por así decirlo)16. Esta
transformación representaría una superación de la idea del campo político
entendido solo como discusión orientada al consenso (Mouffe, 1991:20).
Visión que predominó en Chile hasta hace pocos años atrás (al menos
desde la mirada de la CPPD), ya sea por miedo a la regresión autoritaria,
a una obsesión traumática por evitar los cambios fundacionales, o a un
exceso de confianza en la capacidad negociadora de esta coalición con los
herederos de la dictadura (Garretón, 2012:11).
Dentro de este panorama, la desigualdad parecía mostrar signos de
aceptación y legitimación (Castillo, 2009); esto se debió también a que la
discusión sobre esta, se tecnocratizó y abandonó el campo de confronta-
ción política durante los últimos 40 años, relegando así sus definiciones
a aspectos económicos, a la medición de ingreso a nivel individual y a su
enclaustramiento como tema técnico y de políticas públicas (Güell, 2013:4).
Como ya hemos señalado, los síntomas del malestar con las condi-
ciones de vida y la denuncia de un déficit igualitario por parte de diversos
sectores de la sociedad17, motivados por la permanencia inamovible de arre-
glos político-institucionales y, sobre todo, por la mantención de un modelo
económico excluyente, ya habían comenzado a ver la luz desde hace un

16
Creo que hablar de una ausencia total de la política no es correcto para el caso
chileno, ya que implicaría negar muchas de las manifestaciones que fueron «en-
cubando» al movimiento del 2011. Especial mención en este aspecto merecen
el movimiento indígena (mapuche), las movilizaciones estudiantiles de los años
anteriores (sobre todo las del 2006), la de los trabajadores, ambientalistas, entre
otros.
17
Una aproximación actual a este debate es el que entrega Kathya Araujo (2009) en
su texto Habitar lo social y su referencia a «la falacia de la igualdad» como una
constatación generalizada —de los grupos sociales— entre lo que se constituye
en un interjuego entre el reconocimiento de la oferta discursiva de lo social —por
parte del Estado— y lo que es, por mediación de las experiencias sociales, concebido
como su negación (152).

303
Claudia Maldonado Graus

par de años. Sin ir más lejos, la «revolución pingüina» acontecida durante


el año 200618, las sucesivas protestas de trabajadores pertenecientes a una
gran gama de sectores productivos (trabajadores subcontratristas en los
años 2007-2008, entre otros), o la propuesta de monseñor Goic acerca
de la fijación de un «sueldo ético» en el año 200719, eran una muestra de
inconformidad y malestar con el modelo país.
Sin embargo, el estallido del 2011, que se extiende a diversos sectores
sociales deriva en un conflicto que pareciera haber dislocado el espacio
social que hace dar un salto en la discusión nacional. Se comienza así a
demandar derechos (educación particularmente), ambientales; se cuestiona
el régimen laboral de los trabajadores, se debate en torno al régimen del
sistema de pensiones y el sistema de salud, e incluso se propone el reem-
plazo de la Constitución de 1980 (redactada en dictadura) a través del
mecanismo de asamblea constituyente. En este escenario nos planteamos:
¿qué rol juega el conflicto visibilizado en las movilizaciones sociales en el
contexto chileno de estos años? Y ¿qué papel tiene el binomio igualdad/
desigualdad? A partir de estas interrogantes, pasaremos a la lectura teórica
del conflicto y a evaluar el rol que estos conceptos poseen dentro del mismo.

3. El conflicto como desacuerdo y como


antagonismo. Los primeros pasos para la
conformación de lo político
Teóricamente, podríamos ensayar dos respuestas a la pregunta sobre el rol
del conflicto. La primera de ellas lo considera el principal escenario donde
los excluidos visibilizan la transgresión al principio igualitario. En este
contexto, el conflicto no sería más que el reflejo de un orden social escin-
dido que imposibilita la existencia misma de la comunidad. He aquí, en el
conflicto, el espacio de tensión donde los excluidos realizan dos operaciones
simultáneas: la denuncia y la apelación —o verificación— de la igualdad.

18
Con «revolución pingüina» hago alusión a las masivas protestas protagonizadas
por estudiantes secundarios durante el año 2006 por la derogación de la Ley
General de Educación (LOCE), entre otras reclamaciones. Recibe el nombre de
«pingüina» por el uniforme característico que visten los escolares.
19
El suelo ético de 250.000 pesos chilenos (500 dólares) fue propuesto por monseñor
Goic en reemplazo del salario mínimo de 144.000 pesos (480 dólares) vigente en
esos años. Esta propuesta fue impulsada en el contexto de las movilizaciones pro-
tagonizadas por los trabajadores subcontratistas de CODELCO y hacía referencia
a los mínimos recursos con los que debería contar un trabajador y su familia para
suplir sus necesidades de forma digna.

304
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

A este proceso litigioso en donde conviven estas dos lógicas, Rancière (2012)
lo ha llamado el desacuerdo.
La otra respuesta indica que el conflicto haría posible la definición y
demarcación de identidades contrapuestas —nosotros/ellos—, concreta-
mente bajo la manifestación de sujetos políticos antagónicos. Esta carac-
terística sería imposible de erradicar de la vida política, pues atañe a la
naturaleza misma de la acción pública y a la conformación de identidades
colectivas (Mouffe, 1999).
Ambas lecturas del conflicto, como desacuerdo o como antagonismo,
serán a los efectos de este análisis, el requisito esencial para la aparición
de la política. Sin embargo, para comprender el proceso mediante el cual
esta maniobra logra concretarse, será necesario detenernos en los detalles
que cada autor proporciona.
Desde la perspectiva del desacuerdo, «la política es la actividad que
tiene por principio la igualdad, y el principio de la igualdad se transforma
en distribución de las partes de la comunidad en el modo de un aprieto:
¿de qué cosas hay y no hay igualdad, entre cuáles y cuáles? ¿Qué son esas
«qué», quiénes son esas «cuáles»? ¿Cómo es que la igualdad consiste en
igualdad y desigualdad?» (Rancière, 2012:7-8), son las preguntas que se
encuentran en juego.
La actividad política se vuelve «litigante» cuando quienes no tienen
derecho a ser contados como seres parlantes se hacen contar entre estos,
formando una comunidad unida por una distorsión común: la transgresión
a la igualdad (Rancière, 2012:42). Esta distorsión en el plano de lo coti-
diano podría presentar varias caras: la del abuso, la de la marginación, la
de la exclusión, entre otras, reclamos que necesariamente deben instalarse
y visibilizarse colectiva y públicamente. Para Rancière, no hay posibilidad
alguna para la política si no existe una apelación al principio igualitario20.
La violación al principio general que supone la igualdad es escenificada
en la forma de un daño21. Quien daña la igualdad es la policía, quien me-
diante un conjunto de procesos efectúa la agregación y el consentimiento
20
En concordancia, Alan Badiou (2000) también ve en la apelación a la igualdad
una fuente de sentido de la movilización. «Para que haya movimiento tiene que
haber una idea que nuclee a todos. Y esta idea, forzosamente es algo que va hacia
a la igualdad. Entonces un movimiento, grande o pequeño es algo que irrumpe el
curso común de las cosas, y es algo que propone que vayamos hacia la igualdad.
Al menos en un punto determinado» (3).
21
El daño implica la vivencia experimentada por un sujeto o grupo que considera
que no es reconocido en su ser; esto no es equivalente a no ser visualizado, sino ser
percibido a partir de algo con lo que no se desea ser identificado (Aibar, 2007:32).

305
Claudia Maldonado Graus

de las colectividades, organiza los poderes, la distribución de lugares y


funciones y los sistemas de legitimación de esa distribución. Es así que en
la configuración de este orden establecido por la policía, «la parte de los
que no tienen parte» es un supuesto que no tiene lugar (Rancière, 2012).
Durán (2010) especifica que el proceso policial debe ser entendido
como un proceso que niega la política. La niega en cuanto desconoce o neu-
traliza el carácter constitutivamente contingente que el principio igualitario
le adiciona a todo orden, y porque instala la jerarquía, la desigualdad y el
orden ahí donde subyace «la igualdad de cualquiera con cualquiera» (2).
Esta negación se subvierte cuando el reclamo igualitario y la visibilidad
pública de los que no tienen parte, irrumpen en el orden impuesto por
el proceso policial, dando paso a la política. En el proceso de la política, el
grupo que componen el grupo de los «dañados», experimentan un proceso
mediante el cual adquieren voz y discurso, por lo tanto, abandonan su
condición de ruido. Este es el corazón del litigio.
Este movimiento forma parte de la lógica del desacuerdo, en la cual
se funda todo orden social, y que atenta sobre cualquier posibilidad de
establecer el equilibrio. No hay posibilidad de crear una comunidad uni-
ficada, lo que implica descartar la presencia de algún principio racional
estable a partir del cual pueda afirmarse su existencia y corregir sus des-
avenencias. En la situación de desacuerdo en la que descansa la política,
las condiciones para un diálogo político racional no se encuentran dadas,
puesto que uno de los interlocutores entiende y a la vez no entiende lo
que dice el otro. La política que hace posible la irrupción de los sin parte
implica la suspensión del orden policial. Los sin parte buscan la verifica-
ción del fundamento igualitario y este proceso no puede sino ser litigioso
(Durán, 2010:8).
Desde el litigio que representa la aparición o visibilización de «la
parte de los que no tienen parte», y la imposibilidad que esta condición
representa para el establecimiento de una comunidad homogénea, libre
de fisuras, pasamos a otra perspectiva complementaria al desacuerdo de
Rancière y que, tal como habíamos señalado al principio, necesita nece-
sariamente del conflicto: los antagonismos (Mouffe, 1999).
Comenzaremos por poner un elemento de contexto de especial re-
levancia para el momento histórico que estamos analizando. La desapa-
rición de los antagonismos como categoría constituyente de la política y
condición misma de la democracia no es posible de interpretar fuera de
los marcos del liberalismo, el mismo que intentó limitar sistemáticamente
su campo de acción (Pereyra, 2006:9). Chantal Mouffe (1999) señala

306
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

que en la medida en que está dominada por una perspectiva racionalista,


individualista y universalista, la visión liberal es profundamente incapaz
de aprehender el papel político y constitutivo del antagonismo. Se convive
entonces con la imposibilidad de lograr una forma de objetividad social
que no se funde en una exclusión originaria; afirmar lo contrario impli-
caría negar también el carácter contingente y excluyente (y por tanto de
poder) que tiene la construcción de todo orden al convivir con identidades
políticas enfrentadas (12-15).
La política supone un proceso de construcción de identidades basa-
do en una lógica de diferenciación22 y esta será una característica clave
para comprender que todo intento de fundar una comunidad bajo un
consenso racional e inclusivo es un objetivo imposible. Así, todo consenso
está, por necesidad, basado en actos de exclusión y nunca puede ser un
consenso racional «inclusivo» (Mouffe, 1999:191). Esta condición de la
política necesitará entonces de lo que Mouffe denominó «exterior cons-
titutivo», donde «la determinación de un «otro» que sirve de «exterior»,
permite comprender la permanencia del antagonismo y sus condiciones
de emergencia»23.
Para la autora, es importante tener en cuenta la lectura de esta
diferenciación en un escenario de democracia pluralista que, en tanto
forma específica de orden político, se caracteriza por «la instauración de
una distinción entre las categorías de “enemigo” y de “adversario”. Esto
significa que, en el interior del “nosotros” que constituye la comunidad
política, no se verá en el oponente un enemigo por abatir, sino un adver-
sario de legítima existencia y al que se debe tolerar» (Mouffe, 1999:16).
De lo anterior se pueden extraer dos conclusiones. La primera es que
la definición de los principios que rijan una sociedad democrática nunca
podrá alcanzar un acuerdo definitivo24. Y la segunda, que la democracia
22
La constitución de las identidades por diferenciación (hecho que necesariamente
implica un antagonismo) también es un punto compartido por Judith Butler y Er-
nesto Laclau (1995). Estas identidades existirían entonces porque hay diferencias
de fuerzas y, por último, de hegemonía (116).
23
En efecto, en el dominio de las identificaciones colectivas —en que se trata de la
creación de un «nosotros» por delimitación de un «ellos»—, siempre existe la po-
sibilidad de que esta relación nosotros/ellos se transforme en una relación amigo/
enemigo (Mouffe, 1999:15-16).
24
Para esta afirmación, Mouffe (1999) pone el caso del acuerdo sobre los principios
de justicia que propone Rawls, señalando que siempre habrá diversas interpre-
taciones sobre los derechos del hombre, los principios de igualdad y de libertad
necesarios. Y que a pesar de que se necesite de un consenso básico sobre estos, el
proceso de su establecimiento necesariamente implicará una confrontación sobre
la interpretación de distintas comprensiones de estos principios (18).

307
Claudia Maldonado Graus

solo podrá existir cuando ningún agente social esté en condiciones de


aparecer como dueño del fundamento de la sociedad y como represen-
tante de esta25. Se deja atrás la idea de una comunidad homogénea y se
comienza a pensar en las condiciones en que se debe dar la convivencia
de identidades diferentes al interior de la sociedad.
El desafío, entonces, se encuentra en hallar la fórmula para transitar
desde el antagonismo (relación con el enemigo) al agonismo (relación con
el adversario), considerando que esta relación que comprende el enfrenta-
miento agonal, lejos de representar un peligro para la democracia, es en
realidad su condición misma de existencia. Es en esta relación agonista
donde, además, se deben discutir las distintas interpretaciones de los
principios democráticos, de las instituciones y sus prácticas. El consenso
sobre los derechos del hombre, la igualdad y la libertad no podrán alejarse
de una confrontación sobre la interpretación de estos principios. Estas
confrontaciones de significaciones constituyen el eje central del combate
político de los adversarios, donde cada uno reconoce la imposibilidad de
que el proceso agonístico llegue alguna vez a su fin, pues eso equivaldría
a alcanzar la solución definitiva y racional (Mouffe, 1999:18-19).
Si volvemos a nuestro referente empírico puesto en las moviliza-
ciones, podemos ver cómo antes del 2011, si bien existía una convi-
vencia relativamente estable de diversas identidades y actores sociales
en el panorama político nacional, no es hasta que asume el gobierno
de Sebastián Piñera en el año 2010 que el malestar social comienza a
revelarse con mayor claridad. Con esto, no es que queramos establecer
una relación causal entre ambos acontecimientos (gobierno de Piñera/
surgimiento del movimiento social)26. Sin embargo, más allá de que la
llegada de la centroderecha al poder pueda haber sido un factor contin-
gente que haya detonado el proceso de movilización al dar opción de
reagrupamientos de sectores sociales —principalmente de izquierda—
que se encontraban desarticulados; creemos que es necesario insistir
en que el malestar social se encubaba desde hace ya varios años. A esto
ya hemos hecho referencia en los párrafos anteriores.
Lo que interesa, entonces, es mostrar cómo en este contexto de
conflictividad provocado por las masivas protestas que se desarrollaron
25
En esta conclusión, Mouffe (1999) concuerda con la afirmación de Lefort, respecto
de que una revolución democrática es originariamente un nuevo tipo de institución
de lo social, en el que el poder se convierte en un «espacio vacío» (30). Sobre esta
discusión volveré más adelante.
26
Comprobar dicha hipótesis necesitaría contrastar evidencia empírica que no es
parte de los objetivos de este artículo.

308
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

durante el 2011, comienzan a aparecer distintos sectores de la población


y organizaciones de la sociedad civil —la mayoría por fuera del alero po-
lítico de los partidos—, que a través de demandas sectoriales (educación,
medioambiente, trabajo, salud, etc.) manifiestan su malestar con la des-
igualdad. Desigualdad que no solo tenía que ver con diferencias en el plano
de lo económico, sino que fueron creciendo en relevancia las igualdades y
las desigualdades en sus manifestaciones sociopolíticas (Araujo y Martuc-
celli, 2012; Güell, 2013). Por lo tanto, se comenzó a hablar de igualdad de
identidades o dignidades que estaba sobre todo asociada a la afirmación
de poseer derechos que serían anteriores a cualquier distinción social,
sea económica, estamental, territorial, étnica o política (Güell, 2013:5).
De esta manera, en este contexto específico, la problemática de la
desigualdad para el caso chileno comenzaba a abandonar paulatinamen-
te la dimensión segmentada de la economía para articularse con otras
dimensiones tales como: la de las transformaciones culturales (Araujo y
Martuccelli, 2012), cambios en la percepción de los individuos (Castillo,
2009), la aparición de la demanda de igualdad (o democratización) del
lazo social (Araujo, 2013), entre otras.
El conflicto y sus actores se volvieron visibles a través de la denuncia
del daño a la igualdad como distorsión y el reclamo se dirigió contra los
mecanismos institucionales que lo provocaban. La segregación de los
alumnos en el caso de la educación, la negación a la negociación colectiva
en el de los trabajadores y el acceso igualitario a los servicios de salud,
son solo algunos ejemplos de acciones que confrontaban directamente a
las instituciones estatales27. En términos de Rancière, la parte de los sin
parte irrumpía en la escena pública —dejando de ser ruido—, denun-
ciando la distorsión al principio igualitario, a la vez que exigía en voz
de sus protagonistas la restitución del mismo. Los dañados interpelan al
orden policial, especialmente aquellas instituciones del Estado que habían
operado como dispositivos jerarquizadores y excluyentes. Con estas ma-
nifestaciones, entonces, podríamos identificar la irrupción de la política
para las categorías teóricas que engloban al desacuerdo.
La aparición de los dañados necesariamente implica una escisión en
el espacio social, abre el campo de debate y visibiliza actores políticos con
visiones contrapuestas: un «nosotros» en contraposición a un «ellos».

Las instituciones estatales fueron sin duda las principalmente interpeladas, pero
27

también surgieron cuestionamientos por parte de los ciudadanos a las empresas


privadas. Un caso que merece especial mención fueron los ataques que sufrieron
algunas tiendas del retail por cobros abusivos a sus clientes.

309
Claudia Maldonado Graus

Las condiciones de emergencia de estas identidades antagónicas están


marcadas por la definición de fronteras, entre aquellos que resguardan el
orden social actual —defensores de ciertos parámetros que definen qué
desigualdades deben tolerarse y admitirse—, y entre quienes buscan abrir
o extender dichos parámetros por considerarlos una transgresión. Eviden-
temente esto es un asunto de poder, entre quienes definen quién es igual
y quién es diferente y cuál plano de definición debe considerarse como
predominante. Entre aquellos que poseen la capacidad de administrar las
pertenencias y dignidades, de distribuir recursos y de atribuir derechos y
obligaciones (Güell, 2013:4).
Para el caso de Chile, las distintas posiciones que definen lo tolerable
e intolerable de las desigualdades, es lo que puede ser reconocido como
un aspecto que transforma el campo de confrontación política (Güell,
2013:5); siendo este un rasgo evidente en el debate público actual, donde
muchos sectores sociales, gobierno, sociedad civil, incluso empresarios, se
han hecho parte de esta discusión. En este escenario, muchas de las voces
levantadas desde el movimiento social pudieron en un principio haber
sido catalogadas como «enemigas» —principalmente por parte del go-
bierno—, sin embargo, en la medida en que los significantes encontraban
eco y sentido en la sociedad en general fueron ganando legitimidad28, y
parecieron emprender el tránsito a la condición de adversarios. Se habría
provocado entonces la apertura de un campo de conflicto, compuesta por
una amplia gama de identidades, debates y demandas, que partieron de
igual punto de denuncia y distorsión.
Habiéndose dado las condiciones para la aparición de la política,
vale la pena indagar en las posibilidades que tuvo este movimiento social
para convertirse en un sujeto político que pusiera en tensión la actual
hegemonía. Este es un aspecto sensible por el cual preguntarse cuando ya
han transcurridos varios años desde el estallido social. Para intentar dar
una explicación a esta disyuntiva será necesario recurrir a otras categorías
teóricas, que ayuden a explicar las posibilidades posteriores al conflicto.

Cerca del 70% de la población chilena apoyaba las demandas del movimiento
28

estudiantil del 2011 (Encuesta CEP, junio-julio 2011). Sin contar que tanto los
estudiantes, como los representantes de otros grupos de la población como los am-
bientalistas, participaron activamente de procesos de negociación con el gobierno
de Piñera, es decir, eran reconocidos como actores legítimos.

310
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

4. La hegemonía como articulación:


la disputa por lo político29
Por medio de su teoría de la hegemonía, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau
(2004 [1985])30 sostienen que es imposible separar el proceso de consti-
tución de las identidades del proceso de configuración del poder social
(Gadea, 2008:13). Este argumento no necesariamente comprende que
un solo sujeto —o una sola identidad— ocupe universalmente el espacio
donde se pone en funcionamiento el juego democrático, sino que este es
un proceso siempre abierto y contingente (Gadea, 2008; Laclau, 2002)31.
Comenzaremos sistematizando el proceso por el que debería transitar
un movimiento social para disputar el poder social primero y, eventual-
mente, convertirse en una identidad hegemónica después. Dicho proceso
debería cumplir al menos tres etapas que se detallarán a continuación. Cada
fase, a su vez, irá precisando algunas categorías analíticas que son impres-
cindibles para comprender detalles del proceso que queremos describir.
Por último, intentaremos hacer en cada momento una lectura de dichos
constructos analíticos a la luz de los acontecimientos ocurridos en Chile.
Un primer momento para la conformación de una relación hegemónica
será aquel en que se determina un sistema de diferencias. En esta etapa
se fijan posiciones, roles y expectativas de conductas que marcarán las
pautas de comportamiento de los distintos grupos o agentes en cuestión
29
En este aparatado solo es necesaria una aclaración. Las simplificaciones son un
obstáculo difícil de sortear debido a la amplitud y complejidad que abarca esta
teoría, sin embargo, el esfuerzo se intentará poner en todos aquellos conceptos
que puedan ser útiles a la lectura del objeto empírico.
30
Un aspecto importante desarrollado por ambos autores es el alejamiento de la idea
gramsciana de que el núcleo de toda articulación hegemónica continúa siendo la
clase social fundamental. Se establece la deconstrucción misma de la noción de
«clase social», puesto que la noción tradicional de «clase» suponía la unidad
de posiciones de sujeto de los diversos agentes; en tanto que en las condiciones del
capitalismo maduro, dicha unidad es siempre precaria y sometida a un constante
proceso de rearticulación hegemónica (Laclau y Mouffe, 2004:5-6)
31
Es este un planeamiento que va en la línea de lo que plantea Lefort con la idea de
la democracia como lugar vacío de poder. En el orden político, la noción del lugar
del poder como lugar vacío, es un espacio potencialmente de todos, donde ningún
camarilla ni grupo puede legítimamente ocupar y personificar (Ortiz, 2006:95). Al
respecto, Lefort (1990) señala que en el contexto de las democracias modernas:
«Lo que surge es la nueva noción del lugar del poder como lugar vacío. Desde
ahora, quienes ejercen la autoridad política son simples gobernantes y no pueden
apropiarse del poder, incorporarlo. Más aún, este ejercicio está sometido al pro-
cedimiento de una renovación periódica. Esta implica una competencia regulada
entre hombres, grupos, y muy pronto partidos, supuestamente encargados de
drenar opiniones en toda la extensión de lo social» (190).

311
Claudia Maldonado Graus

(Gadea, 2008:13). En este momento, las distintas posiciones de suje-


to32 —construidas mediante diferencias—- comienzan a operar desde la
diversidad de discursos por los cuales son interpelados, sin poder nunca
suturar plenamente un espacio (Laclau y Mouffe, 2004:221). Sin embar-
go, y a pesar de que este escenario está demarcado por el conflicto y el
antagonismo, todavía puede considerarse como un estadio aparentemente
estable y permanente (Gadea, 2008:13). En este momento, los grupos que
se manifiestan (estudiantes, trabajadores, ambientalistas, etc.) se reconocen
como parte de un orden que les incomoda y los trastoca, los daña. Sin
embargo, no hay una recriminación tácita a un sistema que reproduce
desigualdades y diferencias. Estas de alguna manera serían condiciones
aceptadas por todos los individuos y grupos. En esta etapa se denuncian
abusos de poder, atropellos y transgresiones a los derechos que generan
malestar y se identifican a sus causantes; sin embargo, en ese lapso estos
agravios aún no se conviertan en una voz común interpeladora.
Un segundo momento es el de la dislocación de un orden establecido
que genera la posibilidad de reconsiderar y constituir una nueva forma de
representación capaz de instaurar un sentido de orden original. Por eso, la
noción de dislocación alude, por un lado, a un momento de fragmentación
y, por otro, hace referencia a una apertura, a una oportunidad que hace
factibles nuevas formas de la política. Este efecto ambiguo que produce la
dislocación de una estructura no significa que todo se vuelva posible o que
todo marco simbólico desaparezca, pues «la situación de dislocación es la
situación de una falta que involucra una referencia estructural» (Laclau,
1990:43) por lo que, si tiene lugar una nueva conformación hegemónica,
esta no se constituirá de la nada, se tratará más de un desplazamiento que
de un cambio radical. Es necesario aclarar que esto no quiere decir que a un
momento de dislocación le suceda necesariamente una nueva rearticula-
ción hegemónica, pues también está presente la posibilidad del caos y la
disolución33 (Aibar, 2003:37-38).

32
En la teoría de la hegemonía, la categoría de sujeto se entiende en el sentido de
posiciones de sujeto en vista de que alude a las diversas interpelaciones (muchas de
ellas contradictorias e incoherentes), que coexisten en una misma persona o grupo.
Esta posición de sujeto tiene a la vez un carácter discursivo, condición que nece-
sariamente necesita de un otro para que su constitución sea posible. Esto implica
un descentramiento fundamental, puesto que un sujeto nunca es interpelado por
un solo discurso (o por un único lugar de un mismo discurso) (Aibar, 2003:29).
33
Este segundo momento representa el fracaso de los discursos que construyen y
mantienen el sistema de diferencias. Es el estadio en el que los discursos de las
distintas instituciones (familia, Iglesia, trabajo, etc.) empiezan a tener cada vez

312
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

Este segundo momento representa el fracaso de los discursos que


construyen y mantienen el sistema de diferencias. Es el estadio en el que
los discursos de las distintas instituciones (familia, Iglesia, trabajo, etc.)
empiezan a tener cada vez más dificultades para sostenerse, dada la mul-
tiplicación de anormalidades (Gadea, 2008:14).
El conflicto social donde diversos grupos de la sociedad exterio-
rizan públicamente su frustración —su daño— frente a discursos que
extendieron una idea de igualdad34, puede ser identificado como el
momento de la dislocación. Esta debe ser, vista como una situación de
incertidumbre, desestabilización y fragmentación de un orden social,
permite el reordenamiento y redefiniciones de identidades que abren el
espacio político hacia una disputa por dotar de significados y sentido
a las nuevas luchas sociales. Mediante este acto dislocatorio estamos
frente a la configuración de una nueva identidad social —representado
por el movimiento— que intenta reinscribir y definir los términos que
debe incluir un nuevo proyecto igualitario.
Entramos entonces a la tercera etapa, que corresponde a la constitu-
ción de cadenas de equivalencias frente a un enemigo común. Esta fase
consiste en la definición de un campo de lucha donde se constituye un
«nosotros» colectivo frente a un «ellos»35. Las equivalencias niegan el
sistema de diferencias previo (primera etapa) y ensayan una reorganización
del tejido social. El «enemigo» es el principio que unifica a los distintos
eslabones a través de significante vacíos, formando un «nosotros». Este
tercer momento será central para intentar la constitución del poder social,
pues es la etapa en que comienza a configurarse la articulación hegemónica
del poder (Gadea, 2008:14).
En este período encontraremos demandas de grupos que intentan
vincular sus reclamos con otras demandas insatisfechas en un escenario
carente de sentido y que ha roto sus expectativas. En tanto, la construcción
de una hegemonía exitosa dependerá de la capacidad de los grupos para
rearticular un espacio fragmentado, conjuntar demandas y fijar contenidos
en torno a un punto nodal. El campo social entonces, podrá ser visto como
una guerra de trincheras en la que diferentes proyectos políticos intentarán

más dificultades para sostenerse, dada la multiplicación de anormalidades (Gadea,


2008:14).
34
El emisor mejor perfilado de la idea de igualdad en el caso de Chile fue el propio
Estado (Araujo, 2009:152).
35
Para Laclau, el antagonismo es un intento de dominación discursiva de la dislo-
cación, dado que la fuente de sentidos que utilizará un colectivo para constituirse
en antagónico será el espacio fracturado que lo rodea (Muñoz, 2006:128)

313
Claudia Maldonado Graus

articular en torno de sí mismo un mayor número de significantes sociales.


De la imposibilidad de lograr una fijación total derivará el carácter abierto
de lo social (Butler, Laclau y Žižek, 2000:44-45).
Sin dudas, una de las consecuencias más trascendentes en el caso
específico de los estudiantes fue justamente lograr establecer cadenas de
equivalencias y hacer coincidir sus demandas (educación pública gra-
tuita y de calidad principalmente), en un reclamo masivo, la «unión de
los excluidos, de los dañados». Otra de ellas fue la exposición pública
de un debate sobre nuevas formas de organización social que intentaran
remediar condiciones de vida adversas, exclusión, abusos, transgresiones,
discriminaciones. «No al lucro», una de consignas característica de las
protestas estudiantiles, se extendió a otras áreas problemáticas donde
los ciudadanos veían cómo sus derechos eras vulnerados, no solo por las
instituciones del Estado, sino también por el mundo privado y, en general,
por todo un sistema sustentado en relaciones mercantiles que negaba sis-
temáticamente el ejercicio de los mismos. Sin embargo, ¿fue esta consigna
lo suficientemente fuerte como para convertirse en un punto nodal que
aglutinara las demandas dispersas en el campo social durante el conflicto?

5. Síntesis y conclusiones: las posibilidades


de concreción de la práctica hegemónica
en el caso del movimiento social
Recapitulemos: el momento articulatorio que necesita la hegemonía exige
ser verificado a través de un enfrentamiento, en tanto la hegemonía se con-
vertirá en un campo surcado por antagonismos que contiene fenómenos
de equivalencia y efectos de frontera. En este punto, solo una aclaración:
«No todo antagonismo supone prácticas hegemónicas (…) para que haya
hegemonía debe haber articulación de elementos flotantes y articulación
a campos opuestos» (Laclau y Mouffe, 2004:179).
Que la hegemonía precise de equivalencias significa que, para que
exista una articulación hegemónica, es necesario que los antagonismos y
visiones que nacen de un campo conflictivo tengan puntos de encuentro.
La articulación obliga a la conjunción de reclamos particulares que reflejen
un exceso de sentido que permita la vinculación entre diversas reivindica-
ciones. Este exceso debe ser entendido como la experiencia de la falta, la
percepción de cada una de las luchas como ser deficiente, pero también
supone el reconocimiento de una plenitud que se encuentra ausente. Esto da
paso a las otras operaciones necesarias para la constitución de un espacio
de representación hegemónica (Muñoz, 2010:40). Por otra parte, el efecto

314
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

de frontera delimita la separación externa, lo que me divide y diferencia


del «otro», identifica la negatividad que constituye mi propia identidad. La
frontera como límite que bajo ningún punto de vista puede ser inamovible
y cuya construcción dependerá de las identificaciones contingentes de los
enemigos que se vayan conformando en distintos momentos.
Para que una hegemonía logre plenitud se necesita de elementos flotan-
tes, se requiere que opere el concepto de significante vacío que da cuenta
de la operación que estructura un campo discursivo determinado, para
luego dar lugar al momento de sutura o cierre provisorio. Un significante
puede hacer de punto nodal no porque sea originalmente rico y saturado
de significaciones, sino por lo contrario, porque se presenta como carente de
significaciones específicas. Entonces, para que una práctica política se
constituya como hegemónica, uno de sus componentes o demandas de-
berá aparecer como horizonte ilimitado de inscripción de otras demandas
(Aibar, 2003:33). En este escenario, se puede considerar a las demandas
sociales como una respuesta crítica a ciertas dislocaciones, pero por otro
lado, en la medida en que reclaman solución, son también un intento de
suturar el espacio trastocado. Si las demandas tienen éxito en su esfuerzo
suturante (lo que no significa que el reclamo sea satisfecho), podría estar
en condición de constituir un mito, es decir, un principio de posibles so-
luciones a problemas36 (Aibar, 2003:39).
En este sentido, a pesar de que el movimiento del 2011 logró aglutinar
gran cantidad de demandas y generar puntos de encuentro entre distintas
reivindicaciones y «daños» reconocidos en el espacio social, creo que la
posibilidad de generar un significante vacío que funcione como punto
nodal, no pudo ser concretada. Si bien el «no al lucro» tuvo en un primer
momento la vocación de articular, poco a poco se fue diluyendo entre
una diversidad de actores que priorizaron demandas sectoriales (trabaja-
dores, ambientalistas, etc.), buscando un camino propio de negociación
y solución a sus demandas. Otra razón es que esta consigna comenzó a
perder relevancia para aquellos sectores que no se sentían parte de la lu-
cha estudiantil, especialmente entre los sectores más postergados que no
tienen acceso a educación superior y para los cuales la segregación social

36
«El mito, no debe ser entendido aquí en un sentido despectivo. Tiene lugar
cuando una demanda es percibida como el principio de lectura y solución a un
universo de problemas que no tiene relaciones necesarias entre sí. Es un principio
de rearticulación de los elementos dislocados en un cierto momento de cualquier
configuración social. En ese sentido, toda sutura es por un lado un momento de
cierre, pero implica también una instancia que desutura los elementos que hasta
ese momento habían permanecido organizados de otra forma» (Aibar, 2003:39).

315
Claudia Maldonado Graus

ha dejado el acceso a la universidad (por poner un ejemplo) fuera de toda


perspectiva y expectativa.
Así, el ciclo político abierto por los estudiantes que logró articular
demandas —o teóricamente cumplir las etapas— para convertirse en un
sujeto político capaz de disputar hegemonía, actualmente pierde relevancia
por no poder articularse y reinscribirse discursivamente en torno a un
«daño que los represente a todos».
Hoy, al calor de los debates surgidos con posterioridad a la moviliza-
ción de 2011, a la exposición dada en los medios de comunicación, y al
lugar ocupado en las campañas electorales de 2013, la desigualdad parece
ser una alternativa desde donde comenzar a construir un nuevo significan-
te vacío. El reconocimiento público de este problema y su construcción
política desde visiones confrontadas respecto de su naturaleza, parecieran
haber abierto un campo conflictivo, con la aparición de actores antagóni-
cos, reconocimiento de enemigos, y con grupos que comienzan a articular
sus demandas en torno a esta distorsión (en el lenguaje de Rancière).
Vuelve aquí entonces a tomar relevancia el hecho de la imposibilidad
de suturar el espacio social en torno a un significado continuo e inalterable,
ya que las demandas son contingentes y cambian a medida que lo hacen
los contextos, siendo el caso de la igualdad quizás uno de los conceptos
más sensibles a estas variaciones37.
Asumimos, así, que hoy es el turno de la desigualdad de constituirse
en un problema social con significado político —punto que articule la
lucha hegemónica—, puesto que sus definiciones, nociones y soluciones
son parte de la pugna que se encuentra en juego dentro del conflicto que
se vive en Chile. Esto no tiene en sí nada de novedoso, puesto que la
construcción de los problemas sociales y en particular el de la desigualdad
ha tenido este carácter; lo interesante entonces es saber los ribetes que
esta contienda adquiere actualmente. En este sentido, el rol del conflicto
es fundamental, puesto que ofrece la alternativa para la aparición de la
política, el reconocimiento de actores y el debate de nociones y propuestas.
Futuras investigaciones deberían apuntar a reconstruir el proceso
mediante el cual el problema de la desigualdad se construye políticamente.
Otra línea debería abordar los nuevos términos en que se debate la igualdad

Rosanvallon (2012) hace hincapié en que el período moderno se ha caracterizado


37

por la presencia de sujetos que se encuentran disputando los bienes socialmente


valorados, legitimando normas distributivas y estableciendo nuevos consensos
respecto de lo que se considera justo, legítimo o aceptable.

316
Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

hoy, quiénes son los actores involucrados en la discusión y en los modos


actuales en que se analizan conceptos y soluciones.

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Desigualdad, conflicto y movilización social. Algunas posibilidades...

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319
El carácter oligárquico de la clase
dominante salvadoreña: análisis
histórico de la persistencia de la
desigualdad social a partir de la base
estructural

Melissa Salgado*

1. Introducción
De forma general, cuando se habla del neoliberalismo en América Latina,
lo primero que se viene a la mente es la noción de exclusión, pobreza,
aumento de las brechas sociales y todo tipo de apelativos relacionados
al fracaso en materia de distribución. Esto, sin lugar a dudas, lo sustenta
no solo el sentir de la población, sino también una serie de indicadores1
de todo nivel que fielmente han evidenciado que este modelo mantiene la
estructura característica de América Latina: la desigualdad social.
Sin embargo, poco se hace la reflexión si realmente esta situación
de persistencia de la desigualdad en la región se debe exclusivamente al
modelo económico «neoliberal» o si más bien se trata de un proceso más
complejo en donde intervienen una serie aspectos históricos, económicos,
políticos, sociales, etc.

*
Estudiante del Doctorado en Economía, Instituto de Investigaciones Económicas,
IIEc-UNAM, en el programa PROGLOCODE, http://www.proglocode.unam.mx/.
Investigadora/docente del Departamento de Economía, Universidad Centroameri-
cana José Simeón Cañas, UCA El Salvador. Correo electrónico: melissa.salgado@
gmail.com.
1
Algunos informes que detallan indicadores de desigualdad social son: Banco
Mundial (2006) «World development report: Equity and Development»; Comi-
sión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) (2010) «La hora de la
igualdad»; United Nations Children’s Fund (UNICEF) (2012) «Desigualdad global:
la distribución del ingreso en 141 países».

321
Melissa Salgado

En este sentido, el presente artículo trata de indagar en los macro-


procesos económicos y políticos que viene dirigiendo la clase dominante
salvadoreña, en el período histórico que va desde la industrialización
hasta el neoliberalismo. Enfatizando su crisis, su falta de renovación, su
proceso de reforzamiento en el neoliberalismo y su rol en la persistencia
de la desigualdad social.
El análisis que incluye este artículo comprende desde la industriali-
zación hasta la última administración del partido Alianza Republicana
Nacionalista ARENA, por considerar este período como el más exacto
de la trayectoria histórica de esta clase social.

2. El argumento
¿Por qué oligarquía y no elite?
El estudio de la elite aplicado a la realidad salvadoreña, representa un
problema metodológico en sí mismo. Por tres razones principalmente;
primero, por su concepción de acción social definida como una acción
individual determinada por la naturaleza y los caracteres propios del actor:
sus necesidades, sus instintos, disposiciones, intereses, valores, raciona-
lidad, es decir, por su enfoque funcionalista2 (Laurin-Frenette, 1989:5).
Por ello, el abordaje de las elites en los estudios contemporáneos da
por sentado su existencia, «las elites no solamente son indispensables
para una sociedad, también son inevitables» (Hofmeister, 2007:125) y se
centran en caracterizar su capacidad de liderazgo, su proceso de formación
y calificación, e inclusive se apela a esquemas normativos y éticos en su
actuar en la promoción de la democracia y el desarrollo.
El segundo aspecto, identificado en el debate actual sobre elites, es
la premisa sobre los avances en las estructuras productivas de los países
latinoamericanos, lo que posibilita la complejización de estas sociedades,
exige nuevos actores, por ende, no es posible hablar de una elite, «con
la industrialización, la creciente división del trabajo y la cada vez mayor
diferenciación social, se dio un cambio radical. Estos procesos tuvieron
el efecto de que también las elites se diferenciaran. Hoy en día ya nadie
habla de “la elite” de un país, sino que se hace una distinción entre las elites
económicas, políticas, administrativas, intelectuales, de medios masivos,
etc.» (Waldmann, 2007:11).

Nicole Laurin-Frenette (1989) es muy enfática al señalar que el término «fun-


2

cionalista» no lo está concibiendo como análisis funcional, en donde los hechos


sociales están en función de los actores (20).

322
El carácter oligárquico de la clase dominante salvadoreña

Un tercer aspecto del estudio de las elites, es que si bien autores en-
fatizan su distancia con los enfoques funcionalistas, justifican el accionar
de las primeras a partir de la cultura.

En realidad han sido mis observaciones en esta región, las que me dieron el
impulso decisivo para postular mi tesis de que una concepción puramente
funcionalista de elites es incompleta, ya que además hace falta un elemento
de virtud y de orientación hacia el bien común [...] La especialización
profesional y los controles severos no alcanzan para inhibir prácticas
ilegales y corruptas en las esferas políticas y administrativas, cuando no
son respaldadas por una cultura que aprecia y apremia virtudes como
la responsabilidad cívica, la integración personal y la dedicación al bien
común (Waldmann, 2007:27-28; énfasis propio).

La perspectiva de la elite entonces, no permite resaltar el aspecto re-


lacional de este segmento de la población con el resto, parte de la premisa
del desarrollo de la estructura productiva, justifica el actuar de la elite
por su cultura y no hace mención de la lógica de reproducción material.
En cuanto al tema de clase, la reconversión de la agricultura a finales
del siglo XIX en torno al café como producto agroexportador, exigió
el despojo de las tierras de los campesinos y con ello la exigencia de la
venta de la fuerza de trabajo. El café, por ser un cultivo estacional, no
logró un proceso completo de proletarización, el mercado de trabajo
quedó segmentado entre el salario y otros mecanismos de subsistencia
como el colonato y la servidumbre (Pérez Brignoli, 1989:108-109).
Por estas raíces históricas, autores como Torres Rivas (2013), Velás-
quez Carrillo (2012), Casaús Arzú (1992) consideran que teóricamente
el término más adecuado para esta situación simbiótica entre feudalismo
y capitalismo es «oligarquía».

323
Melissa Salgado

Recuadro 1
«¿Por qué se postula de manera tan reiterada el vigor de lo oligár-
quico? Las razones se intersectan de manera múltiple. La estructura
económica rígida ayuda a la preservación de actores tradicionales
en posiciones de dominio […] Otro factor es la presencia de una
fuerte endogamia y como resultado, una compleja red de relaciones
consanguíneas, un poderoso sistema de parentesco, cerrado, auto-
rreferido como sentido de casta, más que de clase, que como se viene
diciendo hace más excluyente el ejercicio del poder. Así lo oligárquico
desarrolla una doble capacidad de sobrevivencia, oponerse a los
proyectos de cambio que vienen de su exterioridad o reorientarlos
y adaptarse a ellos.
Una tercera razón es que lo oligárquico no por ser tradicional es
estático sino que por su vivacidad se convierte en un estilo de pree-
minencia social y de control político; perdurable porque es la suma
de esas “virtudes” que convierten el ejercicio del poder político en
algo indisputable» (Torres Rivas, 2013:55).

Con esto último, no se niega que la oligarquía no haya posibilitado


el desarrollo capitalista en El Salvador y con ello la generación de otras
clases, sino que se enfatiza que este proceso siempre ha estado determi-
nado por el carácter oligárquico, por esta forma de dominio que viene
desde el coloniaje, que no solo descansa en lo político, sino también en
lo económico.
Entonces, ¿cómo se sitúa lo oligárquico hoy en El Salvador? En la
trayectoria histórica del proceso de consolidación de este tipo de clase
dominante3 (con herencia colonial, terrateniente, excluyente, oligárquico)
y su vínculo específico con el resto de clases posibilitadas a partir de los
procesos de industrialización.
Para la autora Casaús Arzú (1992), la razón de esto último se debe
a que si bien las manifestaciones de crisis de la oligarquía salvadoreña

3
En este artículo se usarán de forma indistinta los términos oligarquía, clase do-
minante con carácter oligárquico y clase oligarca. Esto para evitar la repetición
de la misma palabra. El sentido que mantiene el uso de los términos es el mismo,
la connotación de esta clase social superior con raíces coloniales/feudales, que no
ha logrado su renovación en el período señalado, sino más bien su reforzamiento,
esto último posibilitado a partir de la guerra, pero fundamentalmente gracias al
neoliberalismo.

324
El carácter oligárquico de la clase dominante salvadoreña

fueron evidentes en la década de los setenta y ochenta, «las pugnas y


fraccionamientos de la oligarquía que se produjeron […] se dieron en el
ámbito político [...] Pero en el plano económico, a pesar de los avatares de
la década —la crisis económica, la guerra y el vacío del poder—, la infraes-
tructura económica, los medios de producción y la actividad productiva
se mantuvieron intactos, o al menos no fueron afectados sustancialmente.
Es más, nos atrevemos a afirmar que en algunos países como Guatemala,
El Salvador y Honduras, inclusive salieron reforzados» (96).
En este sentido, el presente artículo trata de resaltar la parte estruc-
tural que dirige la oligarquía salvadoreña desde la industrialización hasta
el neoliberalismo, y resaltar su etapa de crisis, su imposibilidad de reno-
vación burguesa en el proceso de industrialización, su reforzamiento en
el neoliberalismo, y la persistencia de la desigualdad social.
La hipótesis subyacente es que la base estructural, entendida como
el sistema productivo, a pesar de los cambios de modelo de desarrollo
promovidos por la clase dominante, se ha caracterizado por la generación
de sus excedentes a partir de mano de obra poco calificada, con bajos
salarios, baja productividad y con escasa modificación tecnológica. En
otras palabras, la base estructural no se ha complejizado, no ha generado
mayor división del trabajo, por lo que se convierte en un determinante de
la persistencia de la desigualdad social.
Ahora bien, el abordaje de un tipo de análisis como este, que identi-
fica la clase dominante salvadoreña por su carácter oligárquico, requiere
del análisis posicional de la familia, para ubicar las conexiones con los
principales ejes de acumulación. Para ello, se recomienda las lecturas de
los estudios de Gordon (1989), Sevilla (1984), Albiac (1999), Colindres
(1997), Paniagua Serrano (2002), Segovia (2005), Bull (2013). El énfasis
de este artículo, como ya se mencionó, está en los macroprocesos políticos
y económicos dirigidos por la oligarquía nacional, asumiendo que se ven
reflejados en los grandes agregados macroeconómicos por señalar.
Por otra parte, retomo la significación de neoliberalismo propuesta
por Gérard Duménil y Dominique Lévy (2006): «El neoliberalismo es
una configuración de relaciones de poder en el seno de una estructura de
clase, y no una estructura de clase particular o una forma institucional
de la propiedad y del capital. Se trata del poder, y correlativamente de
los ingresos, de la fracción superior de la clase capitalista, en su relación
privilegiada con las instituciones financieras. Esta dominación no excluye
alianzas, en este caso, con lo más alto de la jerarquía de los directivos en
Estados Unidos» (9).

325
Melissa Salgado

De esta manera, el neoliberalismo ha posibilitado el reforzamiento


de la dominación de la clase dominante oligarca salvadoreña, por medio
del sistema financiero en un principio y con ello la imposibilidad de una
renovación burguesa, puesto que en la industrialización no se logró.

3. El proceso de industrialización
El proceso de industrialización de El Salvador se inicia en la década
de los cincuenta, de manera tardía con relación al resto de los países de
América Latina. Su producción se concentró en los bienes de consumo,
principalmente en alimentos, vestuario y bebidas; en los bienes intermedios
en la producción química; y en los bienes de capital en la producción de
metálicos para uso estructural.
La primera dificultad con la que se tropieza el proceso de industria-
lización es el poco desarrollo de su mercado interno4, por ello la impor-
tancia del mercado común centroamericano (MCCA) (1960), es decir, la
integración comercial planificada regionalmente que permitió dar salida
a la producción industrial.
Con esto se evidenció una primera contradicción de la industria-
lización tanto a nivel regional como nacional, pues al tratarse de una
modalidad de producción con orientación hacia adentro, es decir, endo-
genista, en Centroamérica se realizaba hacia afuera5. En otras palabras,
se postergó el imperativo de desarrollar el mercado interno nacional y se
transfirió su solución al mercado regional. A esto último además hay que
agregarle, que gran parte de la industrialización se llevó a cabo mediante

4
Con la excepción de Costa Rica, el resto de países de la región centroamericana
partió de un proceso de acumulación originaria de capital en la agricultura,
mediante dos mecanismos principalmente: el primero, mayormente utilizado en
Guatemala y en la zona occidental de El Salvador, el colonato, que consistió en la
forma de explotación de las tierras del cultivo en donde el peón (principalmente
indígenas) recibía una parcela dentro de la finca para cultivar lo necesario para
la subsistencia familiar y a cambio quedaba obligado a ofrecer servicios gratuitos
en la finca, ya sea en horas, jornadas o en cosecha. El segundo mecanismo fue el
despojo de las tierras y leyes contra la vagancia, obligando la venta de la fuerza
de trabajo. Sin embargo, por el carácter estacional del cultivo del café, a pesar del
desarrollo capitalista que este supuso en el agrocultivo, las actividades de subsisten-
cia persistieron. Teniendo todo ello entre otros resultados agregados, un mercado
laboral segmentando entre el salario y la supervivencia, y el poco desarrollo de
los mercados internos (Pérez Brignoli, 1989).
5
Con esto se enfatiza uno de los principales hallazgos del historiador económico
Victor Bulmer-Thomas, el carácter abierto de las economías centroamericanas que
data desde principios del siglo XX.

326
El carácter oligárquico de la clase dominante salvadoreña

la subcontratación industrial ligada a la inversión extranjera directa (IED)


en su mayoría de origen estadounidense (López y Roberto, 1986).
Este esfuerzo de integración centroamericana termina en 1969, con
la «guerra de las cien horas o la guerra del fútbol» declarada entre El
Salvador y Honduras, quedando sin resolver la orientación hacia afuera
ni hacia adentro del proceso de industrialización. A partir de entonces, en
Centroamérica persiste la dinámica de acuerdos económicos bilaterales6
y no en su conjunto regional.
De acuerdo al volumen de exportaciones, El Salvador y Guatemala
fueron los principales países beneficiados por el MCCA. Por lo tanto, el fin
de este esquema de integración en 1969, afectará de manera significativa
la economía de ambos países.
Terminado el MCCA en 1969, además de los impactos económicos,
frente a este revés en la comercialización regional de la producción indus-
trial, El Salvador tendrá una implicación social de enorme envergadura,
la emigración de aproximadamente 20.000 salvadoreños campesinos
residentes en Honduras, que retornarán al país, sin tierra (Pérez Pineda,
2011:84).
En la parte social, entonces, desde finales de los sesenta vuelve a
cobrar fuerza la presión por la distribución de la tierra, tema postergado
desde principios del siglo XX, como parte de las reivindicaciones de la
población campesina.
El papel de la clase dominante en este contexto, fue de impulsadora
del mismo proceso de industrialización, mediante la diversificación de sus
excedentes del café, el algodón y el azúcar. El significado de ello, es que
la estructura productiva (ahora ampliada al sector industrial) no implicó
un rompimiento en el orden económico, más bien su continuación, sobre
todo en la lógica de garantizar competitividad mediante salarios bajos y
mano de obra poco calificada.
Así, en un principio, el proceso de industrialización se asemejó a una
situación en donde la clase dominante se regía como un bloque capitalis-
ta estructurado. Sin embargo, los intereses propios del sector industrial

A pesar de los diversos intentos en la integración centroamericana, y de todo el


6

entramado institucional que esto ha requerido (Secretaría de Integración Econó-


mica Centroamericana SIECA, Sistema de la Integración Centroamericana SICA,
Parlamento Centroamericano PARLACEN, entre los principales), los avances en
esta materia se resumen en cuestiones meramente administrativas, de logística
aduanera y de flujo de transporte, no así de integración económica. Se consolida,
de esta forma, la lógica de las relaciones comerciales bilaterales, mayormente
acentuadas con las firmas de los tratados de libre comercio (TLC).

327
Melissa Salgado

se hicieron notar e iniciaron su separación, sobre todo por el apoyo de


Estados Unidos (EE.UU.) en ligazón con la «Alianza por el progreso»,
por su premisa «seguridad con desarrollo» en la región centroamericana
(Flores Pinel, 1979:73).
Ahora bien, el régimen político que acompañaba al proceso de in-
dustrialización era de gobiernos militares, a pesar de que para el período
se contaban ya con la representación de partidos políticos. El Partido de
Conciliación Nacional (PCN), era el que representaba a los gobiernos
militares.
La clase dominante, en este sentido, a pesar de mantener el poder
económico, no ejercía el poder político de manera directa, sino que lo
hacía (y no de manera equilibrada) a través de los gobiernos militares.
Las muestras del agotamiento del régimen político (fundamentado en
el autoritarismo) de por sí eran notorias, entre el uso de la violencia estatal
para la resolución de sus conflictos sociales, los sucesivos golpes de Estado
realizados, los fraudes electorales a los que tuvo que acudir la milicia, son
algunos ejemplos de ello. No obstante, para el período de la industrializa-
ción, los gobiernos militares asumieron el esquema de seguridad nacional
con desarrollo propuesto por EE.UU., aduciendo a un intento de Estado
de bienestar, en el marco de la «Alianza para el Progreso».
Entonces, cerrado el MCCA, los esfuerzos de industrialización conti-
nuaron pero de cara al mercado interno; para ello se volvía indispensable
retomar el tema postergado, la distribución de la tierra y con ello posibilitar
la demanda interna. Es así como el gobierno del coronel Arturo Armando
Molina7 (1972-1976) propone dentro de su plan de gobierno, la propuesta
de la «transformación agraria» como «parte de los instrumentos no tra-
dicionales para ampliar el mercado interno [para]… impulsar la pequeña
propiedad» (Gordon, 1981:21).
Bajo su mandato, el coronel Molina además apoyó la construcción
de las grandes obras de infraestructura afines al sector industrial como
hidroeléctricas, puertos marítimos, ampliación de aeropuertos, construc-
ción de más carreteras, etc. En la parte institucional, creó el Instituto

El coronel Arturo Armando Molina asume la presidencia en 1972 en medio del


7

fraude electoral contra el partido Unión Nacional Opositora (UNO). Además,


junto al coronel Carlos Humberto Romero (el posterior presidente) dieron la
orden de represión a la protesta de estudiantes universitarios de la Universidad
de El Salvador, el día 30 de julio de 1975. Dicho acontecimiento se le reconoce
como la «Masacre estudiantil del 30 de julio». En la actualidad, esta fecha sigue
siendo conmemorada como ideario de lucha de los estudiantes de la universidad
nacional.

328
El carácter oligárquico de la clase dominante salvadoreña

Salvadoreño de Fomento Industrial (INSAFI) y del Fondo de Garantía y


Financiamiento de la Pequeña Industria (FIGAPE) (Gordon, 1983:20).
Todo este desarrollo subsidiario en infraestructura e institucionalidad
para la industrialización, pero principalmente la propuesta de reforma
agraria, desencadenó un conflicto de intereses dentro de la clase domi-
nante nacional, es decir, entre la parte terrateniente y el sector industrial
en ascenso (Gordon, 1983).
A pesar de que se logró dar avances, sobre todo en el plano del diseño
de la reforma agraria, así como en acercamientos a países latinoameri-
canos con experiencias de reformas agrarias (tal es el caso de Perú) y la
creación del Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA),
todo el esfuerzo de poner en marcha la reforma agraria se tornó en vano
(Gordon, 1981; Fernández y Lungo, 1988).

El gobierno de la República, lamenta que (los propietarios) no hayan


logrado comprender que, aunque transitoriamente sus intereses puedan
verse afectados, el proceso de Transformación Agraria constituye un se-
guro de vida que sus hijos agradecerán (Discurso del presidente coronel
Molina, citado en la «primera respuesta a la ANEP», ECA septiembre-
octubre 1976).

La oposición por parte de los terratenientes a cualquier intento de


modificación en la tenencia de tierra fue contundente. Para el descrédito
al gobierno del coronel Molina utilizaron el discurso anticomunista, refor-
zaron grupos paramilitares en el campo, e iniciaron persecución política
a personajes propios de la clase dominante comprometida con la reforma
agraria (Gordon, 1981:34).
Terminado el período de la administración del coronel Molina, en las
elecciones presidenciales de 1977, vuelve a ganar la UNO, pero por medio
del fraude electoral asume la presidencia el candidato del PCN (partido de los
militares), el coronel Carlos Humberto Romero. A diferencia del presidente
antecesor, este nuevo gobierno no retoma dentro de su agenda política el
tema de la reforma agraria. Su gestión se caracterizó principalmente por el
auge de la represión estatal (Walter y Williams, 2011:81).
Entonces, el intento de industrialización quedó en medio de con-
tradicciones y presiones de todo nivel. En lo económico, por un lado el
conflicto de intereses dentro de la clase capitalista (los terrateniente vs. los
industriales), y por el otro, la negación a posibilidades de reproducción a
buena parte de la población campesina. Además, un esquema productivo

329
Melissa Salgado

sin capacidad de realizarse ni regionalmente, ni en el mercado interno. En


lo político, las evidencias cada vez más marcadas de la insostenibilidad del
régimen político militar y el surgimiento de estructuras paramilitares. En lo
social, como resultado del cúmulo de violaciones a los derechos humanos
y demandas sociales postergadas, surgen las organizaciones políticas gue-
rrilleras, que posteriormente se agruparán en el Frente Farabundo Martí
para la Liberación Nacional (FMLN).
Gestándose de esta manera, en el último lustro de la década de los
setenta, las condiciones materiales, sociales, políticas para el posterior
conflicto armado de El Salvador. Solo se trataba de una cuestión de tiempo.

3.1 La década perdida, los años ochenta


La década de los ochenta, en términos generales, se trata del período más
convulso de la historia reciente de El Salvador.
A escala mundial, la crisis de la deuda externa, la caída de los precios
internacionales de los bienes primarios, el alza del precio del petróleo, el
ascenso de los republicanos en EE.UU. y su nuevo esquema de seguridad
nacional, pero ahora sin desarrollo, son algunos aspectos de enorme
impacto para El Salvador. A escala regional, cuatro8 de los cinco países
centroamericanos se encontraban involucrados en conflictos armados.
A nivel nacional, algunos de los elementos trascendentales de inicios
de la década fueron: la insurrección militar al gobierno del coronel Ro-
mero (finales de 1979), lo que conducirá mediante un golpe de Estado a
la primera Junta Revolucionaria de Gobierno9 (JRG); el magnicidio del
arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero10 (marzo de 1980);


8
Guatemala inicia desde 1960; Nicaragua con la revolución sandinista en 1979, en
claro enfrentamiento con la contrarrevolución conocida como «la contra» (grupo de
paramilitares que desestabilizaron todo el intento de revolución, además de haber
sido financiado por EE.UU.); Honduras como base de entrenamiento militar de «la
contra» y de militares de El Salvador y Guatemala; y El Salvador inicia, en 1981,
posterior al magnicidio del arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero.
9
Esta figura política se mantuvo de finales de 1989 a mediados de 1992 (la primera
fecha es anterior a la segunda, corregir), se separa en tres JRG, se trató de una
alianza entre los militares insurrectos, una fracción del sector industrial, miem-
bros de la UNO, Partido Demócrata Cristiano (PDC). Esta figura política estuvo
fuertemente condicionado por hostigamientos del resto de la milicia, la oligarquía
y la guerrilla.
10
Férreo defensor de los derechos humanos, fue asesinado el 24 de marzo de 1980
por parte de la estructura paramilitar «Escuadrones de la Muerte». De acuerdo
al informe de la comisión de la verdad, «De la locura a la Esperanza» (1993), el
autor intelectual de dicho magnicidio fue el mayor Roberto d’Aubuisson, fundador
del partido político de derecha Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).

330
El carácter oligárquico de la clase dominante salvadoreña

la segunda JRG (marzo 1980) que nacionaliza la banca y propone con


apoyo de Estados Unidos la «Ley Básica de la Reforma Agraria» dividi-
da en tres fases —de las que se logró realizar la primera que consistía en
expropiar los latifundios mayores de 500 hectáreas, sin embargo, primó
el enfrentamiento militar antes que la continuidad de la reforma—; la
primera ofensiva del FMLN «ofensiva final» (enero 1981); el tratado
franco-mexicano (agosto 1981), que le brindó el reconocimiento mundial
tanto al ejército como al FMLN de fuerzas políticas representativas. Esto
último fue lo que le dio el carácter de guerra al conflicto armado.
Los aspectos mencionados anteriormente ubicados en los primeros
años de los ochenta, determinaran el desenvolvimiento del resto de la
década, caracterizado por la guerra civil salvadoreña.

4. Reforzamiento de la clase dominante


de carácter oligárquico
4.1 Lo económico
En este contexto, de la peor crisis de la historia reciente de El Salvador, la
fracción terrateniente encontrará su posibilidad de readecuación al nuevo
orden mundial, el neoliberalismo y el paso de ser terrateniente a financiero
fundamentalmente.
Por la orientación comercial del cultivo del café (principal producto
de exportación) hacia EE.UU. desde principios del siglo XX, la oligarquía
siempre mantuvo estrechos lazos con dicha nación. Además de desarrollar
el entorno institucional y de infraestructura para mantener el comercio
internacional, en materia de sistema de transporte, de financiamiento,
crediticio y marco jurídico.
Bajo esta consideración, familias representantes de la oligarquía
salvadoreña encontraron en el exilio11 durante la guerra civil en Estados
Unidos, la clave para su posterior modernización y el cambio de su eje de
acumulación, al sistema financiero en ascenso.

Al respecto, las fuentes de información que se dispone, sobre el exilio de las familias
11

de la oligarquía salvadoreña, son notas de la prensa estadounidense: «For the Rich


Who Stay, Life in Central America Is Ruled by Fear»; «Out to Destroy Us»; «Some
Go to Guatemala», The New York Times (8 de julio 1980); «Salvador’s rich exiles
tell their story», The Pittsburgh Press (20 de abril 1981); «New resident exiles in
Miami are salvadorans», Associated Press (16 de abril 1981).

331
Melissa Salgado

Un ejemplo de ello es Bain Capital, empresa administradora de activos


financieros (capital de riesgo, crédito, fondos de cobertura) fundada por
Mitt Rommey con fondos de familias oligarcas12.
De manera muy temprana, al menos en relación a la dinámica na-
cional en contexto de guerra civil, la oligarquía logró incorporarse a los
requerimientos económicos del neoliberalismo, inicialmente en el sector
financiero, quedando postergado el tema de la tierra y truncado el proceso
de industrialización en El Salvador, al cambiar de eje de acumulación.

Gráfico 1. Formación Bruta de Capital (% del PIB corriente)


1965-2009

Fuente: elaboración propia con base en Word Development Indicators, WDI.

En el gráfico 1, se observa cómo la formación bruta de capital que


posibilita la inversión nacional, es mayor durante el proceso de industria-
lización que en la etapa del neoliberalismo. Para la industrialización, el
promedio entre 1965 a 1979, es de 18,88%.
En el período de posguerra coincidente con la etapa neoliberal, el
promedio de la formación bruta de capital ha sido de 16,88%.

Parte de esta vinculación entre las familias de la oligarquía salvadoreña y los nuevos
12

fondos de inversión financiera, salieron a la luz por el ex candidato republicano por


la presidencia de EE.UU., Mitt Romney, en el 2007, «Governor Romney’s Remarks
at the Miami-Dade Lincoln Day Dinner» (9 de marzo 2007). Disponible en: http://
www.cfr.org/elections/governor-romneys-remarks-miami-dade-lincoln-day-dinner/
p13480; «Bain Capital started with help of offshore investors», Los Angeles Times
(19 de julio 2012); «Mitt Romney Started Bain Capital With Money From Families
Tied To Death Squads», The Huffington Post (8 de agosto 2012); «Mitt Romney
y los Escuadrones de la Muerte», El País (2 de octubre 2012).

332
El carácter oligárquico de la clase dominante salvadoreña

Gráfico 2. Apertura comercial (% PIB a precios constantes)


y saldo de la balanza comercial (en millones de US$)

Fuente: elaboración propia con base en Word Development Indicators, WDI.

Por otra parte, es importante destacar el proceso de apertura comercial


en El Salvador y la respuesta del saldo de la balanza comercial (gráfico 2).
La apertura comercial, que proporciona la participación de la dinámica
comercial, muestra en los años del período de industrialización un compor-
tamiento constante que no supera al 35%, inclusive durante la guerra. Pero
una vez realizadas las reformas estructurales del neoliberalismo e iniciado el
proceso de liberalización económica (disminución y/o eliminación de aran-
celes, el nuevo esquema del comercio internacional mediante las firmas de
los tratados de libre comercio (TLC)), la apertura comercial en El Salvador
en los picos más altos ha alcanzado hasta un 77% del PIB. El significado de
esta apertura se explica de forma inmediata por el crecimiento galopante de
las importaciones, principalmente bienes intermedios y de consumo, por ello
el mercado déficit en el saldo de balanza comercial. Pero un significado más
profundo es la orientación de la economía nacional, que le apuesta más al
consumo (posibilitado fundamentalmente por las remesas familiares) que a
la producción. Para precisar esta idea, de acuerdo a los registros del Banco
Central de Reserva, de 1990 al 2009, el promedio de la participación del
consumo en el PIB (a precios constantes) es del 107,1%, dato que se puede
contrastar con los niveles de inversión que se mantienen en el período.

333
Melissa Salgado

4.2 Lo político
Ahora bien, para poder consolidarse, la «nueva» clase oligarca requería
del soporte institucional que posibilitará las nuevas exigencias del modelo
económico neoliberal. Comenzaron con el financiamiento y el apoyo al
partido ARENA (finales de 1981), proyecto político de extrema derecha,
que aglutinó a otros sectores sociales no solo de la oligarquía.
Para las elecciones de la asamblea constituyente en marzo 1982,
ARENA logró escaños en el parlamento (no la mayoría) y emprendería
la labor de cabildeo y realización de la Constitución de la República de
1983 (vigente en la actualidad), con Roberto d’Aubuisson como presidente
de la misma.
Además, la oligarquía apoyó la creación en 1983 de la Fundación
Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES), como
principal centro de pensamiento. En 1985, con financiamiento de la U.S.
Agency for International Development (AID), FUSADES elaborará un
proyecto de desarrollo económico de corte neoliberal que sienta las bases
y el diseño del proceso de reforma económica en el país (Lungo, 2008:71).
Pero es el documento «Hacia una economía de mercado en El Salva-
dor; bases para una nueva estrategia de desarrollo económico y social»
(mayo de 1989) el que establecerá las fundamentaciones doctrinales del
libre mercado, que se convertirán en los principios de los sucesivos go-
biernos de ARENA.
ARENA llega a la presidencia en 1989, con las segundas elecciones
presidenciales de gobiernos civiles. La importancia de este hecho es que
consolida el proyecto político de la clase dominante salvadoreña, entre su
nuevo esquema productivo (financiero), ARENA, FUSADES, distintas cá-
maras de comercio y la Asociación Nacional de Empresa Privada (ANEP).
No obstante, los intereses de la «nueva» clase dominante no son los
únicos. Y esto es uno de los aspectos más importantes que denotan su
diferencia en el marco de la democracia, su apertura política con respecto
a su pasado.
Las primeras acciones de ARENA en el poder fueron: liberalización
comercial, desgravación arancelaria (290% a 20%), eliminación de
controles de precios, adopción del sistema arancelario centroamericano,
eliminación de la mayoría de las barreras comerciales no arancelarias,
ejecución de un programa de promoción de exportaciones basado en la
ley de zonas francas y recintos fiscales, ley de promoción de exportaciones
(«Draw-Back», reembolso del 6% del valor FOB de las exportaciones,
no maquila), política cambiaria que consistía en el manten