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Sanando las enfermedades espirituales

INTRODUCCIÓN

• Jesús es médico, es salvador

• Jesús sana:

• la ceguera física

• la ceguera espiritual

• ayuda a creer

• perdona los pecados

• La causa de la enfermedad espiritual es el pecado original

• y el pecado personal

• Jesús nos ha salvado y curado en la Cruz y resurrección,

• el ser humano recibe la salvación y la curación en el bautismo, confirmación y en cada sacramento.

• Pero no es una sanación automática, mágica y pasiva.

• El ser humano participa con sus facultades espirituales:

• la razón y

• la voluntad

• La ascesis o ejercicio de las virtudes morales es necesaria para cooperar con Dios-Espíritu Santo en su obra sanadora.

• El Espíritu Santo va transformando al ser humano que está dispuesto (por las virtudes)

• en otro Cristo; es un proceso de cristificación o deificación

• Como el ser humano se va cristificando se va sanando

• y, al mismo tiempo, realizando plenamente como ser humano

• La gracia de Dios va actuando en el alma humana

• ésta debe estar en gracia, es decir, poseer la gracia santificante

• La gracia santificante es necesaria para estar en salud

• y avanzar en salud hasta llegar a la plenitud

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1. LA SALUD PRIMORDIAL DEL HOMBRE

• La naturaleza del hombre es llegar a ser dios por la gracia de Dios:

• Salmo 81, 6

• “Yo había dicho: Vosotros sois dioses, todos vosotros hijos del Altísimo”.

En la creación el hombre ya poseía una cierta perfección:

En su inteligencia capaz de conocer a Dios

En su voluntad libre que estaba orientada hacia Dios

Su deseo y amor por Dios

Sus facultades estaban orientadas hacia Dios antes del pecado original.

Después del pecado original

las facultades deben querer abrirse a Dios y

a su gracia santificante

El hombre, en sus orígenes, participaba de la naturaleza divina:

• “El hombre ha sido hecho a imagen de Dios que equivale a decir: (Dios) hizo a la naturaleza humana partícipe de todo bien… por ello, en nosotros están todas las formas del bien, toda virtud, toda sabiduría” (San Gregorio de Nisa).

El hombre, de esta manera, es virtuoso por naturaleza

“Por naturaleza poseemos las virtudes, que nos han sido dadas por Dios. Cuando creó Dios al hombre las puso en él” (San Doroteo de Gaza).

“Las virtudes son naturales al hombre” (San Juan Damasceno).

Pero las virtudes no son dadas al hombre de una manera plenamente acabada:

el hombre debe desarrollarlas hasta su plenitud.

La mayoría de los Padres de la Iglesia diferencian entre imagen de Dios y semejanza a Dios.

La imagen debe desarrollarse para lograr la semejanza,

el proceso es deificativo, desde la imagen a la semejanza

La imagen se recibe en la creación y la semejanza requiere la voluntad propia.

El hombre está llamado a la perfección:

Lv 20, 26

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• “Sed santos para mí, porque yo Yahvé soy santo, y os he separado de los demás pueblos para que seáis míos”.

Mt 5, 48

• “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo”.

El hombre era libre, él decidía permanecer unido a Dios a través de la obediencia o no

El hombre colabora con Dios en su proceso de deificación o no colabora con Dios.

El hombre vivía conociendo a Dios, alabándole, pensando sus pensamientos, nutriéndose de él, cumpliendo la misión de regir sobre la creación.

Al cultivar en su alma los pensamientos divinos y alimentarse de ellos (Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, II, 11; 30)

vivía en la contemplación incesante de Dios (Atanasio de Alejandría, Discurso contra los paganos, 2).

Como veía continuamente a Dios en todo su ser,

lo veía también en sí mismo, pues la pureza de su alma le permitía contemplarlo allí como en un espejo (Atanasio de Alejandría, ídem).

Podía incluso gozar de la visión de Dios cara a cara (Gregorio de Nisa, Discurso catequético, 6; Macario de Egipto, Homilías, XLV, 1).

• “Adán vivía en Dios y Dios vivía en él” (San Atanasio de Alejandría).

El hombre se encontraba en un estado de gracia, de pureza;

por lo tanto, veía a Dios en las criaturas.

El libro del génesis muestra al hombre conversando con Dios diariamente.

Rodeado por la gracia divina (Juan Damasceno, Exposición, II, 11) vivía en un estado permanente de intenso gozo espiritual.

Los Padres evocan una y otra vez la dulzura, las delicias, la alegría , la felicidad y la dicha que van unidas a su contemplación (Juan Damasceno, Exposición, II, 30; Atanasio de Alejandría, Sobre la encarnación del verbo, 3; Discurso contra los paganos, 2; Doroteo de Gaza, Instrucciones espirituales, I, 1)

y se derivan de esta relación estrecha con Dios, que le permitía participar en la beatitud misma de la vida divina

El hombre vivía “su verdadera vida” (San Atanasio de Alejandría, Sobre la encarnación del verbo, 3)

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para la cual había sido creado; una vida de acuerdo con su naturaleza.

Rodeado de la gracia divina vivía en un estado permanente de gozo espiritual.

No había en el hombre división en sí mismo, ni entre los otros hombres ni con Dios, ni co los otros seres.

En el paraíso el hombre vivía

“sin tristeza ni dolor, sin preocupaciones; poseyendo los dones de Dios, vivía una vida sin inquietud, no tenía ninguna enfermedad interior, con su carne en perfecta salud, con una alma perfecta y serena” (Atanasio de Alejandría, Sobre la encarnación del verbo, 3; Discurso contra los paganos, 2; Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 26; Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis, XXV, 92-94).

En el paraíso, el hombre vivía con sus facultades sanas;

estables en su estado natural en el que había sido creado.

Por el pecado original, el hombre se separa de Dios y se desvía

pues ya no se orienta hacia Dios

ni a la plena realización de su naturaleza que tiende a la deificación en Dios.

El hombre olvida su auténtica naturaleza e ignora su destino;

ya no sabe cuál es su verdadera vida y pierde noción de su salud original.

La imagen de Dios en el hombre no se pierde,

pero sí queda corrompida, alterada.

Adán dejó de participar de la Fuente divina

y sus virtudes se opacaron.

El verbo de Dios al hacerse hombre vuelve a dar a la naturaleza humana,

la integridad y plenitud a la naturaleza humana.

• “Sólo el Salvador es el primero en realizar al hombre auténtico y perfecto”, escribe san Nicolás Cabasilas.

Col 1, 15

• “Él es imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación”.

Hb 1, 3

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• “Él es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su substancia y el que sostiene todo con su palabra poderosa. Él, después de llevar la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Col 2, 9

• “Porque en Cristo reside la plenitud de la divinidad corporalmente”.

Jesucristo es el modelo visible y realizado del hombre nuevo

Ef 2, 5

• “Estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo”

Todo hombre es invitado a reproducir su imagen

Rm 8, 29

• “Pues Dios predestinó a reproducir la imagen de su Hijo el primogénito entre muchos hermanos”.

Desde la creación, para el hombre no existe mas que una sola finalidad:

la semejanza con Cristo, norma del cumplimiento de su naturaleza.

Cristo es el principio y el fin de la naturaleza humana:

1 Cor 8, 6

• “Para nosotros no hay más que un sólo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual existimos; y un sólo Señor, Jesucristo, por quien existen todas las cosas, y nosotros por él”.

Ap 22, 13

• “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y le Último, el Principio y el Fin”.

Ef 1, 4-5

• “El Padre nos ha elegido en Él (Cristo) desde antes de la Creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor determinado de antemano que seríamos para Él hijos adoptivos por Jesucristo”.

Rm 8, 29

• “Pues Dios predestinó a reproducir la imagen de su Hijo el primogénito entre muchos hermanos”.

Col 3, 11

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• “Para Él no hay griego o judío; circuncisión o incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo o libre, pues Cristo es todo y está en todos”.

Jesucristo es el arquetipo,

el modelo de la naturaleza del hombre.

Fuera de Cristo, el hombre no es verdadera ni plenamente hombre, está por debajo de su naturaleza.

Solamente convirtiéndose en Dios por adopción filial en Cristo,

el hombre deviene hombre integral, perfecto,

el hombre es hombre-Dios o no es.

La unión progresiva con Cristo se define como un estado de crecimiento, y la consumación de esta unión se compara con el estado adulto, llamado también estado del hombre perfecto.

El hombre infantil es aquel que no se conforma con Cristo

Ef 4, 12-15

• “Para organizar adecuadamente a los santos en las funciones del ministerio. Y todo orientado a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo. Así ya no seremos como niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error. Antes bien, movidos por un amor sincero, creceremos en todo hacia Cristo, que es la Cabeza”.

Hb 5, 13-14

Pues todo el que se nutre de leche desconoce la doctrina de la justicia, porque es niño. En cambio, el manjar sólido es de adultos; de aquellos que, por costumbre, tienen las facultades ejercitadas en el discernimiento del bien y del mal”.

Gál 4, 3

• “De igual manera, también nosotros, cuando éramos menores de edad, vivíamos como esclavos bajo los elementos del mundo”.

1 Cor 16, 13

• “Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes”.

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En el mismo sentido y utilizando la misma imagen, san Simeón el Nuevo Teólogo escribe que quien avanza en la vida de la unión con Cristo

aumenta cada día su crecimiento espiritual, eliminando toda huella de infantilismo y progresando hacia la perfección acabada del hombre. Por eso, según la medida de su edad (espiritual), ve cambiar las facultades y operaciones de su alma, y gana en madurez y en vigor” (Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis, XIV, 111-116).

De esta manera, el hombre es llamado a ser perfecto a imagen de Cristo

Col 1, 28

• “Al cual (Cristo) nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo”.

Hb 10, 14

• “En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados”.

Hb 12, 2

• “Fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios”.

Hb 12, 23

• “Y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación”.

Sat 1, 4

• “Pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear”.

en Él y por Él

Mt 5, 48

• “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”.

y a participar de la vida divina

2 Pe 1, 4

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• “Por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia”.

Rm 8, 28

• “A los que eligió de antemano, Dios también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Éste fuera el primogénito de una multitud de hermanos”.

San Irineo escribe:

• “Imitando sus acciones y poniendo en práctica sus palabras estamos en comunión con Él, y de este modo somos creados de nuevo; de Aquél que es perfecto desde antes de la creación recibimos el crecimiento; del único que es bueno y excelente, la semejanza con Él” (San Irineo, Contra los herejes, V, 1, 1).

El hombre adquiere la semejanza con Cristo

mediante la práctica de las virtudes (Cfr. Clemente de Alejandría, El pedagogo, I, XII, 99, 1; Nicetas Stéthatos, Centurias, III, 11; Ambrosio de Milán, La muerte es un bien).

Como hemos visto, el hombre posee en su naturaleza, desde su creación, todas las virtudes que constituyen la imagen de Dios en él.

Pero no se le dan mas que en germen, y le corresponde a él hacer que crezcan hasta alcanzar su pleno desarrollo;

en esto consiste la realización de la semejanza.

En Cristo se revelan el arquetipo, el principio y el fin de toda virtud.

Resulta, por tanto, que las virtudes dadas a la naturaleza del hombre en su creación

y desarrolladas por su libre participación en la gracia deificante de Dios,

no lo son sino por su participación en las de Cristo.

Todos los dones que el hombre recibe,

todas las perfecciones y virtudes de las que participa en Cristo tienen su fuente en el Padre:

• “Todo don excelente, toda donación perfecta viene de arriba y desciende del Padre de las luces” (Sant 1, 17).

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Así pues, Cristo nos une en Él al Padre.

Pero nos une también al Espíritu Santo, pues al llamarnos a “participar de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4) quiere introducirnos en el seno mismo de la vida trinitaria.

Y las virtudes (llamadas también perfecciones, gracias, energías) por als que se efectúa esta participación son la gloria, la luz, la gracia, las energías, las perfecciones, las virtudes comunes a todas las Personas de la Santa Trinidad (cf. 2 Cor 13, 13: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” ).

Los Padres las llaman… gracia del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, en cuanto portador y dador de estas gracias, virtudes o energías increadas, recibe a veces de ellas su nombre y es llamado:

Espíritu de Gracia

Espíritu de Sabiduría

Espíritu de Fuerza

Espíritu de Gloria

Espíritu de Conocimiento

Espíritu de Temor de Dios

Espíritu de Verdad

Is 42, 14

• “Estaba mudo desde mucho ha, había ensordecido, me había reprimido. Como parturienta grito, resoplo y jadeo entrecortadamente”.

Mt 12, 18

• “He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones”.

Jn 15, 26

• “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de ”.

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Ef 1, 17

• “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente”.

Hb 2, 4

• “Testificando también Dios con señales y prodigios, con toda suerte de milagros y dones del Espíritu Santo repartidos según su voluntad”.

Gál 5, 22

• “En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí”.

2 Tim 1, 7

• “Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza”.

1 Pe 4, 14

• “Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros”.

El profeta Isaías y el Apocalipsis incluso hablan del Espíritu en plural: “los siete espíritus divinos” (Is 11, 1-3; Ap 1, 4; 3, 1; 4, 5; 5, 6)

lo que, según los Padres, significa las energías o gracias del Espíritu Santo.

Según la voluntad del Padre, el acto del Hijo es dar el ser a las criaturas,

y el acto del Espíritu es el de perfeccionarlas (San Basilio, Sobre el Espíritu Santo, XVI, 38).

Todas las virtudes del hombre reciben, pues, su ser del Hijo, pero son vivificadas, santificadas y perfeccionadas por el Espíritu Santo en el Nombre del Padre.

El Espíritu comunica a cada miembro del Cuerpo de Cristo la plenitud de la divinidad.

Por Él realiza el hombre en Cristo la semejanza con Dios (Basilio de Cesarea, Sobre el Espíritu Santo, IX, 22)

pues por Él se comunican y se cumplen todos los dones (1 Cor 12, 11) y todas las virtudes. Él es, dice san Basilio, “la fuente de la santificación” (Basilio de Cesarea, Sobre el Espíritu Santo, XVI, 38).

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Él es quien muestra al creyente “la imagen del Invencible”

y “en la bienaventurada contemplación de la imagen, la indecible belleza del Arquetipo” (Basilio de Cesarea, Sobre el Espíritu Santo, IX, 22).

Así pues, para que el hombre alcance la perfección de su ser en Cristo

y realice íntegramente su naturaleza, de la que Él es la norma,

el principio y el fin, debe vivir según el Espíritu, llevar una existencia espiritual.

El hombre sólo es plenamente hombre y vive de verdad si vive en el Espíritu; en caso contrario, queda incompleto, imperfecto y todo su ser como muerto.

San Irineo lo afirma con claridad:

• “Cuando el Espíritu, al mezclarse con el alma, se une a la obra modelada, gracias a esta efusión del Espíritu se realiza el hombre espiritual y perfecto, y este es el que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

• Cuando por el contrario al alma le falta el Espíritu, ese hombre, al permanecer psíquico y carnal, será imperfecto, y poseerá la imagen de Dios en la obra modelada, pero no habrá recibido la semejanza por medio del Espíritu…

• Por tanto, son perfectos quienes poseen el Espíritu de Dios que permanece siempre con ellos y, al mismo tiempo, se mantienen irreprochables en lo referente a sus almas y a sus cuerpos, es decir, conservan la fe en Dios y observan la justicia para con el prójimo…

• Por consiguiente, a aquellos que poseen las arras del Espíritu y que, lejos de someterse a las codicias de la carne, se someten al Espíritu y viven en todo según la razón, el Apóstol las llama “espirituales”, ya que el Espíritu d eDios habita en ellas”, y “es nuestra hipóstasis, es decir, el compuesto de alma y cuerpo, la que, al recibir el Espíritu de Dios, constituye el hombre espiritual” (San Irineo de Lyon, Contra los herejes, V, 6, 1; V, 8, 2; V, 9, 1-3).

San Simeón, el Nuevo Teólogo, dice:

• “Cuando él viene (el Espíritu Santo) expulsa toda enfermedad y toda debilidad de nuestra alma. Por eso se le llama salud, ya que nos concede la salud del alma” (Tratados éticos, VII, 359-361; Gregorio Palamas, Tríadas, II, 1, 42).

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La salud del hombre consiste en adecuarse a su verdadera naturaleza, dicen los Padres de la Iglesia.

Pues bien, su naturaleza auténtica y su verdadera vida consiste en realizar esta perfección conformándose a Cristo en el Espíritu.

El hombre está hecho por naturaleza para tender hacia Dios.

San Nicetas Stéthatos dice:

• “El alma se inclina por naturaleza hacia los bienes divinos… su propia tendencia se dirige a las cosas inmortales” (Del alma, 35).

San Atanasio el Grande escribe:

• “Buscar a Dios y servirlo sigue siendo para el hombre una búsqueda natural” (Cartas, V, 4).

Afirma Tertuliano:

• “El alma… cuando vuelve en sí, como al salir de la borrachera o del sueño, o de una enfermedad y se halla en su estado normal de salud, nombra a Dios solo con este Nombre propio del verdadero Dios” (Apologética, XVII, 5).

Para el hombre, el estado normal es vivir unido a Dios con todo su ser: Adán fue creado realizando esto,

y Cristo viene a recordar al hombre extraviado que el mayor mandamiento que debe cumplir, si quiere recobrar su naturaleza genuina, es:

• “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas” (Mc 12, 30; Mt 22, 37; Dt 6, 5).

Dicho de otra manera,

llevar una vida virtuosa consiste para el hombre en vivir en conformidad con su propia naturaleza,

es decir, en utilizar sus facultades de acuerdo con el fin para el que han sido creadas:

orientarse hacia Dios y realizar su semejanza.

San Doroteo de Gaza muestra igualmente que las virtudes

• “permiten recobrarse y volver al estado de naturaleza por la práctica de los santos mandamientos de Cristo” (Instituciones espirituales, I, 10).

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Y Juan el Solitario apunta que cuando el hombre se vuelve hacia su alma por las virtudes,

• “se mantiene en el orden de su naturaleza integral” (Diálogo sobre el alma y las pasiones de los hombres, 64).

San Máximo el Confesor:

• “Lo que la salud es al cuerpo vivo, lo es la virtud con relación al alma” (Centurias sobre la caridad, IV, 46).

Isaac el Sirio apunta:

• “La virtud es por naturaleza la salud del alma” (Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 83).

Únicamente por la práctica de las virtudes,

en particular de aquella que las corona, a saber, la caridad,

se vuelve el hombre capaz del conocimiento/contemplación espiritual,

en la cual su espíritu y todas sus demás facultades actúan según la finalidad de su naturaleza.

El primer grado de esta contemplación es la de las razones logoi espirituales de las criaturas, que los Padres llaman contemplación natural…

En el conocimiento/contemplación de Dios mismo,

que es un don de Dios y se realiza por el Espíritu Santo,

alcanza el hombre el grado más alto de perfección al que está llamado por naturaleza,

puesto que en este conocimiento, o mejor dicho en esta visión de Dios, que se realiza en la luz de la gracia increada, es plenamente deificado.

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