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Jn 8:1. Y cada uno se fue a su casa; pero Jesús se fue al Monte de los Olivos.

Aquéllos que habían sido enviados para arrestar a Jesús habían regresado con las manos vacías. En consecuencia, se
suspende la sesión del Sanedrín y sus miembros se van a casa. La multitud del templo también regresa a sus moradas.
Jesús se retira a pasar la noche en el Monte de los Olivos, quizá para descansar en Getsemaní, o bien en la hospitalaria
morada de María, Marta y Lázaro en Betania (ubicada justo al otro lado de la colina, al este del monte). Lu 21:37;
22:39. ¿Se retiró Jesús de la ciudad para evitar el peligro de arresto, sabiendo que el tiempo adecuado para su arresto y
crucifixión todavía no había llegado?
2. Sea lo que fuere, temprano por la mañana volvió otra vez al templo. No sabemos, tal como se ha indicado, si este
era el octavo día de la fiesta o el día después; 7:37–39. Como de costumbre, todo el pueblo vino a él; y habiéndose
sentado (contrástese 7:37), empezó a enseñarles.
3. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio.
En estos momentos algunos escribas y fariseos—personas que copiaban, interpretaban, y enseñaban la ley—entraron y
crearon un disturbio. Traen a una mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio. Por el uso del término μοιχεία se
puede deducir que era casada. Quizá la policía del templo ordenó su arresto. Es posible que los hombres que la
trajeron delante de Jesús pertenecieran al Sanedrín y que tuvieran la intención de llevarla ante ese cuerpo oficial para
sentenciarla. Sin embargo, el relato deja más bien la impresión de que estos líderes religiosos están simplemente
utilizando a la mujer como instrumento, y que no les interesa llevarla ante el Sanedrín. Así, pues, como si realmente
pensaran que Jesús tenía autoridad para juzgar estos casos, la arrastran por en medio de la multitud que se había
reunido en torno al Maestro hasta ponerla delante de él. Y poniéndola en medio de la multitud que la contempla,
4, 5. le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo (πα τοφώρ: literalmente, en el acto mismo de
robar, pero con el paso del tiempo en el acto mismo de cualquier pecado grande) de adulterio. Ahora bien, en la ley
Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Adviértase lo siguiente:
1. La fiesta de los Tabernáculos, tal como se celebraba, era una fiesta de alegría. No sorprende que se dieran actos
inmorales cuando tanta gente estaba junta en medio de tanto jolgorio y regocijo.
2. Muchos comentaristas alegan que no se puede tratar de una mujer casada, porque ―la ley de Moisés‖ menciona la
muerte por lapidación sólo en el caso de una joven comprometida culpable de adulterio (Dt 22:23ss.), pero ordena que
la mujer casada que cometa tal pecado muera, sin establecer la forma en que ha de llevarse a cabo este castigo (ya sea
por lapidación, estrangulación, o alguna otra forma). Pero frente a esto subsiste el hecho de que el término ―adulterio‖
indica concretamente una persona que ya está casada.
Además, Ez 23:43, 44, 47 parece indicar que—prescindiendo de lo que se haya prescrito más adelante en el Talmud
(muerte por estrangulación para la mujer casada)—la intención original de la ley mosaica era que también las mujeres
casadas que cometían tales actos de infidelidad debían ser lapidadas hasta la muerte.
3. Se ha planteado la siguiente pregunta: ―¿Qué razón condujo a estos escribas y fariseos a llevar a esta mujer delante
de Jesús y a hacerle esta pregunta?‖ Se han sugerido varias respuestas; tales como:
a. Plantearle el dilema de mostrar falta de respeto ya sea por la ley de Moisés (si contestaba: ―no la lapiden‖) o para la
ley romana (si decía que la mujer fuera lapidada hasta la muerte, por cuanto según la ley romana no se permitía a los
judíos ejecutar a nadie);
b. Hacer que se enfrentara con la alternativa de convertirse en enemigo de la ley de Moisés (si aconsejaba que no fuera
lapidada) o en enemigo del pueblo común, del cual se decía ser el defensor.
6. Mas esto decían para tentarle, para tener de qué acusarlo. El verbo πειράζω se usa en este caso en su sentido malo
(en contraste con 6:6), tentar. Su propósito era evidentemente éste: hacer que Jesús diera una respuesta que implicara
violación de la ley de Moisés; luego, presentar esto como acusación oficial contra él; luego, basados en esta acusación,
hacerlo condenar por el Sanedrín en una sesión oficial; y, finalmente, al tacharlo de transgresor, destruir su influencia
entre el pueblo.
Este propósito también puede explicar por qué no fue llevado delante del Señor el hombre implicado en esa
transgresión. Para hacer la acusación contra Jesús era suficiente el arresto de uno de los dos. En relación con esto no
resulta seguro que los escribas y fariseos de hecho quisieran que se lapidara a esta mujer. No estaban primordialmente
interesados en ella; simplemente usaban su caso para llegar hasta Jesús, quien era la víctima que verdaderamente
perseguían. Y para llevar a cabo su propósito diabólico contra él, hicieron a un lado la bondad y la modestia. Con tal
de poder conseguir su propósito, nada significaba para ellos la vergüenza o los temores de esta mujer, al verse tratada
públicamente en esta forma. ¡Así eran los líderes ―religiosos‖ de Jerusalén! Sólo cuando nuestro pensamiento penetra
en alguna forma en la condición trágicamente perversa del corazón humano hundido en la maldad, se puede valorar la
reacción de Jesús, que ahora se relata:
Pero Jesús se inclinó y escribió en la tierra con el dedo. Jesús se inclinó (Mr 1:7), con la cabeza hacia el suelo. Luego
con el dedo escribió en el suelo o dibujó algo. Se han dado varias explicaciones; como sigue:
a. Jesús escribió los nombres y pecados de los hombres que le habían traído esta mujer;
b. Jesús escribió una palabra de advertencia dirigida a estos escribas y fariseos;
c. Jesús garabateó, como se hace cuando se sueña despierto, para mostrar que simplemente no le interesaban casos
como éste, porque su propósito al venir al mundo no era juzgar sino salvar (desde luego que estamos totalmente de
acuerdo con esta última cláusula);
d. Jesús no sabía qué decir; por esto, simplemente garabateó algo en la arena.
El Señor no ha querido revelarnos si Jesús escribió ciertas palabras o dibujó algo; y en el primer caso, qué escribió,
para quién lo escribió o por qué lo escribió. Sin embargo, si se tuviera que explicar, debería hacerse de acuerdo con el
contexto, el cual, como hemos visto, describe las profundidades de la depravación humana, la depravación no tanto de
esta mujer sino más bien de estos escribas y fariseos perversos y engreídos, de estos hombres de corazón homicida,
dispuestos a utilizar a esta mujer como simple instrumento para llevar a cabo su plan siniestro contra Jesús. De
acuerdo con este contexto creemos que hay mucho que decir en favor de la explicación de que Jesús estaba tan
sorprendido de la abierta dureza de sus enemigos que permaneció silencioso por largo tiempo, simplemente
garabateando figuras o letras en la arena. Fue un silencio más elocuente que las palabras. Le recuerda a uno Ap 8:1.
En ambos pasajes es símbolo de horror. El garabateo silencioso en la arena, que precede y también sigue a las palabras
que Jesús pronunció en esta ocasión, le da un marco de majestad y temor.
7, 8. Y como insistían en sus preguntas, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en
arrojar una piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo (o: trazando figuras o letras)
en tierra. Con desenfado, a pesar del primer silencio, los perseguidores siguen insistiendo en obtener respuesta.
Podemos imaginar que su conversación fue más o menos así, mientras rodeaban al Señor: ―Bueno, ¿qué dices tú …
estás de acuerdo con Moisés … qué dices … la lapidaremos, como exige la ley de Moisés … o la dejaremos libre …
qué dices tú … qué dices tú?‖
Para dar más peso a su respuesta (7:37) Jesús se levantó. Entonces dio una respuesta como sólo él podía dar. No le
quitó importancia al pecado de la mujer. Ni tampoco abolió en forma expresa o implícita el séptimo mandamiento. Ni
tampoco dijo que descartaba la ley que exigía la pena de muerte para ofensas como éstas. Por el contrario, sin implicar
de ninguna forma que personalmente deseara la muerte de la mujer, se basó en el supuesto mencionado por ellos,
como si la ley de Moisés fuera a aplicarse literalmente en este caso determinado—lo cual ni siquiera ellos, desde
luego, deseaban de verdad—pero les mostró que no eran dignos de ejecutar la misma ley que aparentemente tanto
deseaban cumplir. Lo que hizo arder de indignación sus mejillas fue el hecho de que estos hombres, que tenían la
intención de cometer el pecado de homicidio contra el mismo Mesías, se presentaran como si estuvieran
escandalizados por la ofensa infinitamente menor (aunque grave) de esta mujer. Por esto dijo: ―El que de vosotros esté
sin pecado sea el primero en arrojar una piedra contra ella‖. Se alude a Dt 17:7: ―La mano de los testigos caerá
primero sobre él para matarlo, y después la mano de todo el pueblo‖. Estos escribas y fariseos actuaban como testigos
y acusadores. Sin embargo, el pecado del acusado no era nada en comparación con la perversidad de ellos.
9. Pero ellos, al oír esto, empezaron a marcharse uno a uno, comenzando por los más viejos; y dejaron solo a Jesús y
la mujer que estaba en medio. Uno puede casi ver a los acusadores retirándose, uno por uno, comenzando por el más
anciano, hasta que todo el grupo de escribas y fariseos se desvaneció. ¿Por qué se retiraron? ¿Fue porque se habían
avergonzado de su propia condición pecaminosa? ¿O fue porque habían sido superados en habilidad (y ya no sabían
qué decir o qué hacer) al haber fracasado por completo en sacar de la boca de Jesús una respuesta que pudiera
constituir la base de una acusación contra él? Nada en el contexto sugiere la primera alternativa. Habían sufrido una
derrota humillante, y los primeros en ver esto, fueron los más ancianos; por esto fueron los primeros en desaparecer.
Los demás fueron siguiendo.
Las palabras, ―Y dejaron solo a Jesús y a la mujer que estaba en medio‖, solo con esta mujer, ¿cómo se la puede
describir todavía como ‗en medio‘?‖ La respuesta más sencilla y mejor es probablemente ésta: aunque el círculo
interior (que consistía de escribas y fariseos) desapareció, el círculo exterior (la multitud) seguía presente; por esto la
mujer todavía está ―en medio‖ de la multitud.
10. Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? ¡Como si Jesús no
lo supiera! Pero deseaba grabar en ella el gran favor que le había otorgado. Que fuera dándole vueltas a esto en el
pensamiento, que le fuera dando forma; a saber, que nadie había pronunciado en contra de ella la sentencia de
condenación, exigida por la ley de Moisés.
11. Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús en tono de amable confianza y seria admonición le dijo: Ni yo te
condeno; vete, y de ahora en adelante no peques más. En total conformidad con 3:17 y Lu 12:14 Jesús no repudió a
esta mujer ni la condenó como indigna del reino. Hay de hecho un lugar para adúlteros y adúlteras en ese reino, si
dejan de vivir en adulterio (Lu 7:47).

Síntesis de 7:53–8:11 El Hijo de Dios exhorta a la mujer tomada en adulterio: “Vete y de ahora en adelante no
peques más”.
Aunque no se puede demostrar que este relato formara parte del cuarto Evangelio (como lo escribió originalmente
Juan), tampoco es posible dejar establecido lo contrario. Debería retenerse el relato y utilizarlo para nuestro provecho.
Los miembros del Sanedrín, habiendo fracasado su intento de arrestar a Jesús, se han retirado. La multitud ha salido
del templo. Jesús se ha dirigido al Monte de los Olivos para pasar la noche. Cuando regresa al templo a primeras horas
de la mañana siguiente, todo el pueblo acude a él y él les enseña.
Los escribas y fariseos interrumpen. Traen a Jesús una mujer tomada en el acto de adulterio, y le preguntan: ―En la ley
de Moisés se exige la lapidación de tales personas. ¿Tú, qué dices?‖ A fin de socavar la influencia de Jesús frente al
pueblo tratan de presentarlo como oponente de Moisés.
Esta disposición por parte de ellos de utilizar incluso los medios más sórdidos para llevar a cabo su malvado plan
contra Jesús, hace que éste permanezca silencioso por bastante tiempo mientras, sorprendido más de lo que las
palabras pueden expresar, garabatea figuras o letras en la arena. Luego dice: ―El que de vosotros esté sin pecado sea el
primero en arrojar una piedra contra ella‖.
Al percibir su derrota, comienzan a retirarse uno a uno, comenzando por los más ancianos. La mujer queda en medio
de la multitud ahí concentrada. Con su ternura habitual Jesús se dirige a ella con estas palabras memorables: ―Mujer,
¿ninguno te condenó?‖ A su respuesta negativa le sigue la observación tranquilizadora de él: ―Ni yo te condeno; vete,
y de ahora en adelante no peques más‖.