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LOS SOFISTAS Y SÓCRATES.

A partir del s.V a.C., los ideales políticos de democracia y participación ciudadana en
Atenas alcanzan su máximo esplendor y la ciudad entera disfruta de los que serán sus
años de mayor influencia, poder y hegemonía en el campo político griego en general.
Pero estos cambios en el panorama político vienen acompañados de grandes
transformaciones en el pensamiento y la mentalidad de la gente. La filosofía que hasta
entonces, con figuras como Tales, Anaximandro y Heráclito, se había preocupado sobre
la físis, el mundo físico y su origen, da un vuelco radical y surge la preocupación por el
hombre y su interioridad. En este giro antropocéntrico que toma la filosofía griega
destacan dos pensamientos totalmente opuestos que generaron un gran debate y
discordia en la sociedad ateniense del momento, estos dos ideales son los encarnados,
en primer lugar, por los sofistas y, en el lado opuesto, por Sócrates y sus discípulos.

Se define como sofística al movimiento creado por un grupo de pensadores que


reciben el nombre de “sofistas” y cuyo ideal principal es la inexistencia de verdades
universales y absolutas. La aparición de este pensamiento supuso un verdadero punto
de ruptura, pues ya filósofos como Pitágoras o especialmente Parménides habían
introducido con su filosofía el concepto de las realidades atemporales, eternas y
abstractas como elementos anteriores y de los cuales las realidades que el ser humano
percibe no son más que meras particularidades.

Pero el rechazo que trajo consigo el movimiento sofista no se debía solo a este ideal
tan rupturista. En realidad, es lógico pensar que en una sociedad donde la palabra es el
medio de expresión y de credibilidad, haya gente que quiera hacer de ella una
herramienta para conseguir sus objetivos, en la mayoría de los casos de índole político.
Pues bien, tomando como premisa primera que no existen verdades universales y
siendo conscientes del poder de convicción de la palabra, los sofistas se profesionalizan
en el arte de hablar, retórica, oratoria y erística, y se convierten en verdaderos
maestros de la convicción y el engaño, maestros que cobraban un salario por sus
enseñanzas y, lógicamente, solo las clases aristocráticas podía permitirse que sus hijos
fueran educados por siestas. Así, la democracia que surgió como rechazo a los abusos
de la aristocracia devolvía, gracias a los sofistas, el poder a aquellos que pudieran
costearlo. Es importante no perder de vista el hecho de que los sofistas
verdaderamente creían que no existían verdades absolutas y tan solo aportaban a los
jóvenes las herramientas para expresar su opinión de la manera más convincente
posible. En términos de Parménides, los sofistas se mueven en el ámbito de la “Doxa”.

El pensamiento sofista estaba encarnado por numerosas figuras, en su mayoría


extranjeros, cuyos ideales y doctrinas de enseñanza diferían en numerosos aspectos y
por ello unas figuras tomaron más relevancia que otras, figuras entre las que destacan
nombres como Protágoras, Gorgias e Hipias. No obstante, a pensar de las diferencias,
los sofistas compartían ciertos ideales en los que se sustenta su pensamiento.

El primero de estos conceptos es el escepticismo, un pensamiento que recibe gran


influencia de la filosofía de Heráclito (“panta rei”), y que defiende que si nuestros
sentidos captan el movimiento de las cosas, si no podemos percibir nada estable, es
imposible obtener un conocimiento seguro y universal, y por ello las llamadas
“verdades universales” al igual que ocurre con las “leyes naturales” son resultado de
meras abstracciones y convencionalismos subjetivos , los cuales no pueden ser
tomados como base de una ciencia objetiva pues son productos de la reflexión
humana.
De este primer concepto derivan necesariamente dos más, el subjetivismo y el
relativismo. El subjetivismo se resume en una célebre frase de Protágoras, “El hombre
es la medida de todas las cosas”, la realidad para cada uno será lo que a cada uno le
parezca, pues cualquier abstracción y reflexión que realice la razón humana estará
necesariamente determinada por la situación del sujeto. El relativismo, explica que,
además de la situación del sujeto (interna) existen numerosos condicionantes externos
que influyen en la percepción que cada uno tenemos de una realidad. Así pues,
concluímos que cualquier opinión es verdadera para quien la tiene y, puesto que es
imposible vivir en comunidad si cada uno trata de imponer su verdad, es necesario
llegar a acuerdos.

Y de aquí deriva el último precepto universal de la sofística y es que, puesto que cada
uno cree que su verdad es la más correcta, el deber de cada uno es tratar de imponer
la suya, pero no mediante la fuerza sino haciendo que los demás comprendan por qué
la suya es la más “verdadera”. Esta intención de convencer e imponer el juicio propio
sin atender a las “verdades universales” se ha denominado “utilitarismo” pero también
“amoralidad”. Hay que ser muy cuidadoso al valerse de este segundo término porque
“a-moral” significa “carente de moral” y la sofística no se mueve en el ámbito de la
moral, solo trata de dar a cada uno las herramientas para defender su propia realidad y
se impodrá la opinión de aquel que haya sabido defenderla con mayor persuasión y
talento. Volviendo a la base de que no existe la “justicia” ni el “bien”, no debemos
tachar de inmoral ni amoral a aquel que no las respete, pues los sofistas ni siquiera las
contemplan.

Este último concepto tiene una importante relevancia en el ámbito político, pues las
enseñanzas sofísticas como herramienta política, pues en una democracia se convierte
en verdad (o ley) aquello que la mayoría acepta como verdad. De aquí se deriva la
inexistencia de leyes naturales (concepto fundamental en el pensamiento griego desde
sus inicios), pues una ley puede dejar de serlo si hay alguien que consiga convencer a la
población de que esa ley es injusta. El mismo Platón, crítico a ultranza de la sofística, en
el Fedro muestra la posibilidad de cualquier persona con un mínimo de formación
retórica para desmontar y dar completamente la vuelta a argumentos que minutos
antes se habían tomado como irrefutables. Que el gobierno y las leyes dependieran de
tal manera de los maestros sofistas fue una de las mayores preocupaciones de los
filósofos contrarios al pensamiento sofista.

Como ya hemos dicho, no todos los sofistas disfrutaron de igual relevancia y fama en la
Atenas del s.V a.C., pero de entre los más influyentes destacan dos nombres por la
manera por la que encaminaron sus planteamientos y sus enseñanzas. Estos dos
nombres son Gorgias y Protágoras.
Gorgias, en su “Tratado sobre el no ser” propone una crítica total a la filosofía de
Parménides, un planteamiento radicalmente contrario para el cuyo comienzo toma
como principio una de las vías de Parménides. Gorgias acepta que “el no ser no existe y
no puede ser que exista”, pero a partir de ahí deriva que la única manera de percibir
realmente la realidad son nuestros sentidos y estos, al mostrarnos un mundo en
continuo movimiento, nos obligan a concluir que “el ser” como universal tampoco
existe. Además, aún en el caso de que existiera, tampoco podríamos llegar a conocerlo
pues, si es un ente tan perfecto, no podría ser concebido y comprendido por nuestra
razón que es imperfecta. Y, es más, aún en el caso de que alguien pudiera llegar a
percibirlo y comprenderlo, no podría comunicarlo pues nuestro lenguaje no está
preparado para poder explicar de manera clara realidades de esa índole. En resumen,
el “Trarado del no ser” de Gorgias no impulsa a no malgastar nuestro tiempo tratando
de concebir abstracciones universales de dudosa utilidad, pues si no pueden ser
comunicadas de poco sirve buscarlas. Por lo tanto, es necesario que volquemos
nuestros ojos y nuestros esfuerzos al mundo de la Doxa y tomar como verdad la
opinión de la mayoría.

El segundo nombre más sonado en el ámbito sofístico es el de Protágoras. En su vida se


ganó múltiples enemistades, tanto con pensadores opuestos como con la propia
sociedad, hasta el punto de ser condenado al exilio acusado de ateísmo por su obra
“Sobre los dioses”. Esta es la principal razón por la que no tenemos más información
sobra su obra que la mencionada de manera indirecta por otros autores. Irónicamente,
es el propio Platón el responsable de la mayor parte de la in formación que poseemos
sobre Protágoras, su vida y su filosofía.

Conservamos el nombre de varios de sus tratados, pero la figura de Protágoras destacó


ya en el s.V a.C. por presentarse como un sofista diferente, que, dentro del
escepticismo y relativismo (“homo pantwn mensura”), se preocupaba por la dimensión
moral del hombre. Él mismo era consciente de lo diferente de su pensamiento (“los
demás sofistas corrompen a los jóvenes (…) mi enseñanza versará sobre la “eubalía” o
buena deliberación tanto en el hogar como en el gobierno de la polis, en cuanto a
acción y a palabra”) y también Platón muestra hacia él más respeto que al resto. Así,
en el Protágoras de Platón encontramos muestras de la preocupación del sofista con
respecto a la virtud, de la cual dice que puede ser aprendida mediante ejemplos y por
ello los castigos a los delitos no deben ser en virtud a la falta cometida, sino como
ejemplo y advertencia a los demás de la no conveniencia de tal acto.

Del pensamiento de Protágoras destaca también la concepción que tiene del ser
humano como la suma de unas aptitudes connaturales, diferentes en cada uno, pero
innatas y la práctica o el ejercicio que hacemos de ellas. Protágoras “mitifica” esta
teoría diciendo que estas aptitudes o dunameis nos fueron otorgadas por Prometeo y
que la manera de ejercitarlas depende de la voluntad de cada uno. Aquí juega un papel
muy importante el concepto de “eubalía” nombrado antes pues solo alguien que
ejercite sus dunameis con buena deliberación y consejo podrá librarse de la “ate” que
conlleva el mal uso de estas aptitudes. (ate=aidws + dike)
Como ya se ha dicho, los sofistas fueron objeto de numerosas críticas ya en su época
pero entre todas las opiniones contrarias sobresale con mucho la de Sócrates, cuyos
ideales se oponían rotundamente a los planteamientos sofistas. En primer lugar,
Sócrates defiende decididamente la existencia de conceptos universales innegables,
como son el bien, la justicia o la belleza, pues nunca lo injusto puede ser justo, ni lo
bello puede volverse feo en virtud de las circunstancias. Además, Sócrates expone que
la verdad está dentro de cada ser humano, en nuestra parte espiritual a la que él llama
“daimon”, una espiritualidad personal, que nace con nosotros y que nos avisa cuando
la elección que tomamos no es la adecuada según las verdades de bien y de justicia.
Sócrates se ve a sí mismo en el deber de informar a la gente para que escuche su
daimon y le permita guiar así su vida hacia el bien. Para ello es necesaria una
educación llamemosla “moral” y él se ofrece como maestro de ella, un maestro acaso
obligatorio, pues era conciente de que en la sociedad en la que vivía, podía resultar
molesto tomar consciencia que el daimon pudiera ir en contra de los intereses
ambiciosos de la mayoría, intereses fomentados por la mentalidad sofista que reinaba
en Atenas en aquella época.

El método empleado por Sócrates para esta educación “moral” recibe el nombre de
“mayeútica” (en relación con la profesión de su madre) un método basado en la
dialéctica según el cual, a raíz de una serie de preguntas planteadas por el maestro, el
alumno llegaba por si mismo a conclusiones que lo conducíam a la verdad. Este
método contaba de tres fases; la primera consistía en plantear el problema, partiendo
de una premisa innegable. Después, valiéndose de preguntas cargadas de ironía y
sarcarsmo, conducía al alumno a contradicciones, de manera que él mismo negara
realidades que generalmente se tomaban como ciertas. Por último, a partir de estas
contradicciones el alumno extraía por sí mismo conclusiones que, al ser resultado de
una reflexión lógica, necesariamente tenían que ser ciertas.

Este método dialéctico es la base primera del pensamiento que su discípulo Platón
planteará y articulará tras la muerte de Sócrates. Personalmente, me parece que este
método no dista tanto del sofista, pues ambos se valen de cierta “manipulación” de las
reflexiones del receptor, pues Sócrates guía las conclusiones de alumno por el camino
que ciertamente le conviene para extraer la conclusión que se busca, con la diferencia
de que, al ser el alumno el que las formula, queda oculta la voluntad de imposición de
la opinión. No obstante, es cierto que la intención de Sócrates era hacer a los
ciudadanos conscientes de su dimensión moral e interior, mientras que la educación
sofista buscaba manipular la opinión de los ciudadanos en cuanto a situaciones
particulares para obtener beneficio propio. Este intelectualismo moral que plantea
Sócrates defiende que es necesario conocer el ideal del bien y, solo quien tiene ese
saber puede actuar según el, es decir, solo el sabio puede ser bueno y el mal, por lo
tanto, tiene su origen en la ignorancia. Según esto, la educación sofista es infructuosa
pues no forma a personas en el saber, sino en la manipulación, bloqueando así la
naturaleza humana pues todo hombre consciente de su daimon actuará de manera
natural en dirección al bien y los sofistas obstaculizan la verdadera realización de los
ciudadanos como seres humanos.