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El filo de la navaja

Marcelo Birmajer

Mi amigo Vic también es un lector convencido de William Somerset


Maugham. Pero mientras que mis favoritos del gran autor inglés son la
novela The Moon and Sixpence, muchos de sus cuentos y algunas de sus obras
teatrales, Vic se aficionó desde muy temprano a la novela El filo de la navaja. Se
aprendió un párrafo de memoria. Era capaz de recitarlo. Esas diez líneas
detallaban la escena de autosatisfacción de una mujer, Isabel, a la sazón
enamorada del protagonista, Larry Darrel. El pudor me impide reproducirlo.

Vic habitó en Barcelona durante los últimos cuarenta años. Vivió su primer
gran amor en los años 70. Helena era una mujer bella y exigente. Su belleza era
indiscutible, sus exigencias insondables. “La expresión de su rostro, el modo
de hablarme, manifestaba un permanente reclamo”, define Vic. “Pero yo
nunca terminaba de entender qué me estaba reclamando. Todo se resolvía en
la intimidad; pero nuestra relación era como un vampiro: no soportaba la luz
del día. Un atardecer, en la penumbra de las cortinas, le recité el párrafo,
citando al autor, por supuesto. Ella se negaba a leer a Maugham, lo
consideraba un autor burgués, conservador y para colmo, como un demérito,
inglés. Pero ese párrafo la cautivaba; y me lo reclamaba una y otra vez,
apretando los dientes contra el labio inferior, en el secreto de nuestro
encuentro. Ese reclamo no me disgustaba: su rostro adquiría tonalidades
sagradas, como probablemente ocurriera en el instante oculto del personaje
femenino. Hacía quince años que yo había leído por última vez la novela, pero
el párrafo lo recordaba como si lo leyera diariamente”.

“En el año 75, una prima catalana visitó a Helena. Un poco mayor que ella, no
tan bonita. Durmió en casa durante una semana; husmeó en la biblioteca y
releyó El filo de la navaja. Hubo una especie de perverso intercambio de
miradas entre Helena y yo: en esa novela se hallaba el párrafo que nos
soliviantaba, y la prima seguramente lo releía sin siquiera sospecharlo. Cuando
Aurora se marchó, Helena sintió una súbita necesidad de leer la novela. Como
una suerte de competencia. Por mucho que intentara ocultarlo, la historia de
Larry Darrel la atrapó. Se leyó ese largo libro en apenas dos semanas. Al
concluirlo, su reclamo, írrito, por una vez se hizo explícito: -Pero no encontré
el párrafo que recitás- protestó.

Tomé el libro, busqué el capítulo, repasé la página. El párrafo no estaba.

“¿Quizás la prima Aurora había extirpado la página? Sería un comportamiento


bizarro, pero… ¿qué se podía esperar de la raza humana? Sin embargo, no
faltaba ninguna página. Sólo el párrafo”.
“- Si lo inventaste…- me desafió Helena- No entiendo por qué no me lo
querés decir. ¿Por qué necesitabas adjudicárselo a Maugham?”.

“- Es que no lo inventé- se defendió Vic- Lo aprendí de memoria de


Maugham.

“-¿Vos me tomás por estúpida?- se quejó Helena- Acá está el libro, me lo leí
entero. Busqué especialmente ese párrafo. No existe.

Repasé el libro: era la misma edición que yo había leído, con la foto de Tyrone
Power, del film homónimo, en la tapa. ¿Cómo podía haber desaparecido ese
párrafo que yo recordaba de memoria?.

“El desconcierto y el desacuerdo- ella porfiaba que yo había inventado el


párrafo, yo defendía la autoría de Maugham-, fue superado por los
acontecimientos: sobrevino el golpe del 76, y la militancia de Helena nos
obligó a huir a Madrid. Por motu propio, en una librería de la Cibeles, Helena
compró una edición usada de El filo de la navaja, con una tapa distinta:
nuestra biblioteca había quedado íntegra en casa. La releyó y allí tampoco
estaba el párrafo de nuestra discordia. Por algún motivo, de esta
comprobación inútil, resurgió la exasperación. Helena inventó- ella sí, inventó-
que yo había pergeñado el párrafo para otra mujer; probablemente previa a
nuestra relación, o peor aún, contemporánea, y que se lo había adjudicado a
Maugham para poder usufructuarlo libremente con la propia Helena, seguro
de que ella nunca leería la novela. Le repliqué que de haber contado con el
talento para escribir como Maugham, seguramente sabría qué replicarle a la
acusación. Pero que semejante disparate me dejaba sencillamente sin palabras.
Helena consideró mi silencio no una falta de inventiva, sino la asunción de mi
culpabilidad. Increíble como te resulte, en medio del exilio, me dejó en banda
y se fue a vivir a una pensión. ¡Yo me había escapado de la Argentina por ella!.
Viví en Portugal y en Italia para alejarme. En el 83, Helena regresó rauda a
Buenos Aires, recuperó la casa y la biblioteca. Yo crucé a España y me instalé
en Barcelona: representante de una marca de electrodomésticos italianos. En
las ramblas de Barcelona me crucé con la prima Aurora. Bebimos, comimos,
conversamos. Nos vimos tres, cuatro, cinco veces más. Finalmente
terminamos en su casa. La primera vez, le recité el párrafo.

“- Maugham- declaró Aurora.

“Respingué en la cama.

“- Aparentemente- respondí, y agregué- Ya no lo sé.

“Aurora se desentendió de las sábanas y, aún sin cubrirse, alcanzó su


biblioteca y regresó a la cama con el ejemplar de El filo de la navaja. No le
costó encontrar el párrafo: estaba subrayado por su mano. Era el párrafo que
yo había aprendido a recitar de memoria. Era la misma edición con la foto de
Tyrone Power que había quedado en la casa porteña compartida en mi
primera vida con Helena”.

“- Increíble como te pueda resultar- le dije a Aurora- En mi edición falta ese


párrafo. Y en otra edición que compré, también.

“-No es increíble- me tranquilizó Aurora- Si es una edición española, los


censores franquistas cortaban éste párrafo. Traducían la novela sin esta escena.

“-Pero cómo podría ser- porfié-, que haya leído el párrafo en la misma edición,
y luego haya desaparecido.

“-Sólo que alguien haya tenido acceso a tu biblioteca y haya podido cambiar,
sin avisar, la edición porteña por una edición idéntica española. Porque las
editoriales porteñas sí incluían el párrafo.
“No había pasado tanto tiempo entre el 76 y el 83; aunque por las
circunstancias, tanto geográficas como sociales, parecía una eternidad”.

-Aurora había cambiado los libros- le dije a mi amigo Vic.

Se encogió de hombros.

-Nunca lo sabremos- dijo por fin:- La realidad es apenas una cornisa: vivimos
en el filo de la navaja.

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