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PEDAGOGÍA DE LA

ETICA

SOCIAL

Para una formación de valores

Carlos Díaz Hernández

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FfcDAUUUlA DE LA

ÉTICA

SOCIAL

Para una formación de valores

Carlos Díaz Hernández

EDITORIAL

TRILLAS

México, Argentina, España Colombia, Puerto Rico, Venezuílela

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Catalogación en la fuente

Díaz Hernández, Carlos

Pedagogía de la ética social: para una formación de valores. — México : Trillas, 2004.

315 p.

ISBN 968-24-7023-4

; 23 cm.

1. Etica social. 2. Valores (Filosofía). I. t.

D- 170'D378p

LC- HM216'D5.6

La presentación y disposición en conjunto de PEDAGOGÍA DE LA ÉTICA SOCIAL. PARA UNA FORMACIÓN DE VALORES

son propiedad del editor. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o trasmitida, mediante ningún sistema

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Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial, Reg. núm. 158

Primera edición, abril 2004 ISBN 968-24-7023-4

Impreso en México Printed in México

Esta obra se terminó de imprimir

el 2 de abril del 2004,

en los talleres de Rodefi Impresores, S. A. de C. V.

Se encuadernó en Impresos Terminados Gráficos.

BM2 80 RW

Prólogo

En 1999 regresaba en México la Ética a la enseñanza secundaria con el título de Civismo y Etica. Los nuevos diseños curriculares proponen la inserción de la ética en la Educación Básica. También la primaria tendrá Civismo y Ética. Nuevos tiempos parecen propiciar nuevos retos educati- vos, y éstos demandan la creación de una rigurosa maestría en pedagogía de la ética social. Ciertamente los valores son "imponentes", pero no porque se impon- gan por sí mismos; desafortunadamente, los disvalores o valores negati- vos sí que se imponen "por sí mismos" cuando gobiernos, instituciones y sociedades no funcionan, pues por debajo de un mínimo de bienestar y de formación ni siquiera se alcanza a comprender la noción de bien y de mal morales y esto, a su vez, quiere decir que sin justicia social no habrá una adecuada formación axiológica. Pero la formación en valores puede ayu- dar a la implantación de la justicia: la formación en valores es, en todo caso, causalidad necesaria, pero no suficiente para la moción, promoción y emoción de la justicia. Mientras tanto, el magisterio no siempre había tenido ni formación valoral, ni antropología filosófica fundante como para impartir con ri- gor estas materias tan necesarias hoy día. Por eso abundaron los in- fructuosos e inadecuados intentos de fundamentar los valores a partir de los hábitos sociales (sociologismo moral), o desde las leyes, no siempre morales (juridicismo moral), o desde la política, con el subsi- guiente riesgo de apoderamiento o secuestro de las conciencias, etc. Frente a semejantes reductivismos inductivistas, con el presente traba- jo queremos proporcionar una formación bien fundada, la cual sólo cabe desde la antropología filosófica personalista y comunitaria; ya que a partir de ella y de forma congruente, hemos elaborado una es-

6

PRÓLOGO

cala de valores 1 y de sus correspondientes virtudes, 2 para que final- mente sean llevadas a la escuela por el maestro y el profesional de la docencia. 3 Ojalá que esta PEDAGOGÍA DE LA ÉTICA SOCIAL, para una formación con valores, cumpla con su deseo: proporcionar un mínimo común divisor, una ética de mínimos capaz de ayudarnos a todas las gentes de buena voluntad para ser mejores personas y mejores ciudadanos de un mundo mejor.

'Cfr. C. Díaz, Educar en valores. Guía para padres y maestros, Trillas, México, 2000.

2

Cfr. las 10 siguientes virtudes de C. Díaz, La virtud del amor; La virtud de la alegría; La virtud de la paciencia; La virtud de la prudencia; La virtud de la templanza; La virtud de la confianza; La virtud de la esperanza; La virtud de la fortaleza; La virtud de la justicia y La virtud de la humildad, todas publicadas por Editorial Trillas, México, 2002. *Cfr. C. Díaz, Educar en Valores. Primaria, vols. 1 a 6 con su correspondiente guía didác- tica, 'Irillns, México, 2001.

índice de contenido

Prólogo

5

Cap. 1. Antropología

filosófica

9

Del instinto animal a la cultura humana, 9. La larga marcha de la hominización, 11. El individuo, la especie: tan jóvenes, 15. La singularidad humana inteligentemente emocional, 19. La con- ciencia moral, 26. La veracidad, 32. La cultura, 35. Cultura y aprendizaje: la educación, 43. Cultura y natura, 45.

Cap. 2. La persona humana

49

La persona, 49. Ser acompañado: persona y relación, 59. Ser amado: persona y amor, 61. Madurez y realización personal, 71. Persona y conflicto racional, 79. La dignidad humana, 85.

Cap. 3. Persona y valores

91

Posmodernidad y crisis de valores, 91. Una especie atrofiada en su desarrollo moral, 94. Dificultades para valorar bien, 96. Otras dificultades valorativas más directamente vinculadas al orden de los afectos, 106. Teorías sobre el valor, 109. Del valor (teoría) a la virtud (práctica), 134.

Cap. 4. Formación ética y cívica

153

La vieja y nueva plaga de la esclavitud en el mundo, 153. El Esta- do ¿supera la división entre libres y esclavos?, 154. Pero ¿han lo- grado todos los Estados hacernos buenos, o ellos mismos se han hecho malos al monopolizar las violencias ajenas para impedir- las?, 157. Defensa de la libertad de expresión popular para frenar

}{

ÍND1CK DV, CONTENIDO

los abusos estatales, 159. La A.I.T. para defender los derechos de los más pobres, 164. Mundo global, injusticia global, 167. Li- beralización no es liberación, 184. La deuda eterna de la deuda externa, 186. El ciudadano particular defensor del egoísmo glo- bal: el burgués, 190. El papel manipulador de los medios en favor de la globalización neoliberal, 192. Riesgo de la nueva selva, aho- ra democrática: la perversión de la política, 195. Los medios de masa y la mala democracia. Los cuatro filtros que opacan la bue- na información en la sociedad de la información, 199. Tres for- mas falsas de democracia como resultado de todo lo anterior, 205. ¿Puede la democracia corregir las ya citadas injusticias es- tructurales haciendo posible una convivencia civilizada?, 209. Para pasar de la teoría a la práctica, 215. Grandeza y miseria del pluralismo conflictivo, 216. La política como democracia, esto es, como poder compartido, 219. La democracia directa y partici- pativa: poder popular, 223. La democracia representativa, 224. Autovacunas democráticas contra la ley de la selva, 228. El esce- nario del pluralismo democrático actual, 230. La democracia nu- mérica, necesaria pero insuficiente, 234. Democracia moral: el ciu- dadano virtuoso, 235. Democracia moral y tolerancia en el pluri- partidismo, 236.

Cap. 5. Acción ética y cívica

239

Alternativas globales de solidaridad. Medidas de acción a escala mundial, 239. Alternativas particulares. Medidas de acción a es- cala local, 243. ¿Es verdaderamente interesante la acción de ayuda del voluntariado subsidiado?, 247. Hacer democracia ver- dadera puede también consistir en desobedecer ciertas formas de democracia falsa: democracia y desobediencia civil, 248.

Cap. 6. Democracia activa y justicia

253

Excelencia de la justicia, 253. Justicia, término polisémico, 254. El derecho no puede derivar de una burocracia de abogados, sino de la justicia, es decir, de la moral, 257. De la justicia al justo, 259. El difícil arte de juzgar y de vivir con justicia y amor, 261. El anhe- lo infinito de la justicia, 263. Justicia y derechos humanos, 264.

Cap. 7. Pedagogía. La persona del maestro educador en valores

275

La equi-vocación de la escuela usurpadora, 275. El buen maes- tro axiológico, 284. El maestro, 290.

índice onomástico

299

índice analítico

303

Relación de imágenes que aparecen en la obra

315

Antropología

filosófica

DEL INSTINTO ANIMAL A LA CULTURA HUMANA

Naturaleza e innatismo animal

Desde que los sofistas griegos debatieron sobre la diferencia entre lo que es «por naturaleza» y lo que es «por convención» o cultura, durante generaciones han discutido los investigadores qué era innato o adquirido

en un comportamiento: ¿es verdad que ser culturales forma parte de nues- tra naturaleza? Lo que parece claro es que los animales están más sujetos

a

lo innato, a diferencia de los humanos. Un patito se zambulle y buscará

el

fondo cenagoso aunque lo críe una gallina, y jamás picoteará los granos,

pese a estar rodeado de pollitos:

La ardilla de Europa central esconde nueces o avellanas en el otoño para provisión invernal: con la nuez en la boca busca en el suelo hasta dar con la base de un tronco de árbol; entonces hace un agujero con las patas delanteras, echa la nuez, la pone bien firme con el hocico, y después vuelve a echar encima la tierra sacada. Repetidas veces he criado ardillas de modo que no tuviesen ningún ejemplo ni pudieran tratar por sí mismas tampo- co de esconder nueces. Pues, a pesar de eso, dominan la técnica de ocultar nueces propia de su especie. La primera vez que les ofrecía nueces a las ar- dillas ya crecidas se las comían inmediatamente. Pero, ya hartas, comenza- ban a esconderlas. Corrían de acá pata allá buscando hasta <|ur empezaban

10

CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

11

a arañar en un rincón de la habitación; a continuación, soltaban la nuez, la afirmaban con el hocico y volvían a hacer los movimientos de echar tierra

y apisonarla con las patas delanteras, aunque no habían sacado tierra del

piso. Esto demuestra claramente que se trata de una cadena comportamen- tal cuya programación se trasmite por herencia y se desenvuelve automáti- camente. ¿Tenemos también los humanos nuestro equipo de pautas motoras in- natas? Con toda seguridad, el bebé no necesita aprender a mamar, y también sabe sonreír, llorar, aferrarse a muchas cosas. Pero muchas de las pautas de comportamiento humanas se van desarrollando poco a poco a medida que uno crece, y es difícil precisar qué es lo que sencillamente se perfeccionó, o sea, lo que estaba programado de antemano. 1

En efecto,

la distinción entre lo innato y lo adquirido a veces es muy difícil. En efecto, porque un comportamiento sea esteriotipado o idéntico en diferentes indi- viduos no vamos a calificarlo como innato, ya que es normal que unos in- dividuos de la misma especie, emplazados en unas circunstancias idénticas,

y en un medio idéntico, tengan tendencias a aprender las mismas cosas y a

expresarlas del mismo modo. E inversamente, el hecho de que un compor- tamiento no sea ejecutado desde el principio de una forma perfecta y defi- nitiva no autoriza a concluir que dicho comportamiento no sea innato. El comportamiento se asienta progresivamente. Algunas respuestas se tradu- cen muy pronto en la vida, como la reacción de fuga ante los predadores y los movimientos de comodidad y de cuidado corporales. Otras no hacen su aparición hasta mucho más tarde, cuando el individuo se hace adulto: tales son, en particular, todos los comportamientos vinculados a la reproducción como, por ejemplo, el combate territorial en el acaso de un animal vertebra- do. Este progresivo asentamiento se combina con la aparición de los procesos de aprendizaje, y hasta se da la circunstancia de que ciertas manifestaciones aprendidas aparecen antes de haber concluido la maduración completa del comportamiento innato.

Además, no se da solamente un desarrollo paralelo de los procesos de aprendizaje y del comportamiento humano, sino que existe entre ambos una estrecha dependencia. Los genes expresan únicamente potencialida- des, y éstas se manifiestan en función de las condiciones del medio. E, in- versamente, lo que un animal puede aprender viene limitado por sus infor- maciones genéticas, por su equipamiento innato. Los animales, de hecho, heredan simplemente unas predisposiciones para aprender determinadas cosas en determinados momentos. Así pues, el comportamiento final de un animal está en función a la vez de las informaciones genéticas y de las del medio o entorno. Y el desarrollo de dicho comportamiento, tanto en lo que atañe a lo innato como en lo que se refiere a lo adquirido, está en función primordialmente de la evolución y asentamiento del material de equipo subyacente».

2

*I. Eibl-Eibesfeldt, Amor y odio. Historia natural de las pautas elementales de compor- tamiento, Siglo XXI, México, 1991, pp. 50 y ss.

2 J. C. Ruwert, Etología,

Herder, Barcelona, 1978, pp. 70 y ss.

v

D e l animal al hombre

Los humanos, además de su común dotación genética humana que les lleva a comportarse del mismo modo como especie, actúan a veces de for- ma muy diferenciada entre sí. Las pautas de conducta de dos ratas son similares, las de san Francisco de Asís y las de Hitler no lo son en el terre- no moral; las mías y las de Einstein tampoco lo son en el terreno científi- co. Tampoco son iguales la cultura nazi y la budista. En todo caso, el ser humano crea culturas, mejores o peores, algo que el animal no puede ha- cer. La última especie en llegar a la Tierra, la humana, será la primera en salir de ella hacia otros planetas; ojalá que sepa respetarlos.

LA LARGA MARCHA DE LA HOMINIZACIÓN

Esa vida así surgida fue evolucionando hasta llegar a la humana. Vea- mos los hitos más importantes.

El desafío

ecológico

A finales del Pleistoceno, hace dos millones de años, ciertos cambios

climáticos acaecidos en África meridional causaron la pérdida de árboles

y bosques, ahora sustituidos por sabanas semiáridas. De este modo, diver-

sos grupos de australopitecus se vieron forzados a adaptarse a un nuevo sistema ecológico, pasando de recolectores a cazadores de pequeños ani- males de movimientos lentos, como crías de aves, etc. Además, adoptaron una dieta omnívora, lo cual multiplicó sus posibilidades de supervivencia.

Por lo demás, el comportamiento del cazador ha de ser más rápido que el del recolector, pues, obligado a perseguir su pieza, tiene que adaptarse

a sus modalidades de huida y defensa.

El bipedismo

Por otra parte,

la aptitud para la posición bípeda debió de afirmarse por las indudables ven- tajas que el bipedismo ofrecía en un medio abierto y poco boscoso. El primate que podía enderezarse y desplazarse con las articulaciones posteriores tenía un mejor control del terreno, extendiendo el campo visual. Podía divisar des- de lejos eventuales depredadores y buscar refugio a un tiempo. Tenía además mayores oportunidades en la recogida de frutos y bayas para comer; en fin, la mano, liberada de las funciones de apoyo y sostén, podía usarse para blan- dir palos o empuñar piedras, para defenderse o cazar.

1 2

CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

Otra ventaja del bipedismo es el incremento de vínculos sociales y fami- liares; la posibilidad de procurarse alimento y de transportarlo al territorio familiar debió de favorecer una división de los quehaceres entre el macho y la hembra: el primero se encargó sobre todo de la búsqueda de alimentos, mientras que la segunda cuidaba de la prole. El bipedismo, al ser un compor- tamiento adquirido, exigió una relación parental más estrecha. Pasará todavía mucho tiempo hasta que las manos se utilicen según el deseo de la mente y puedan construir objetos manufacturados. Entonces sí habrá un salto cualitativo gracias a la cultura. 3

La

mano

Junto a eso,

las manos sirven fundamentalmente para recoger y sostener los alimentos, como lo hacen ya algunos mamíferos inferiores con sus patas delanteras. Ciertos monos se ayudan de las manos para construir nidos en los árboles; y algunos, como el chimpancé, llegan a construir tejadillos entre las ramas, para defenderse de las inclemencias del tiempo. La mano les sirve para empuñar garrotes, con los que se defienden de los enemigos, o para bombardear a éstos con frutos y piedras. Cuando se encuentran en cautiverio, realizan con las ma- nos vacías operaciones sencillas que copian de los hombres. Pero aquí es pre- cisamente donde se ve cuan grande es la distancia que separa la mano primi- tiva de los monos, incluso la de los antropoides superiores, de la mano del hombre, perfeccionada por el trabajo durante centenares de miles de años. Ni una sola mano simiesca ha construido jamás un cuchillo de piedra, por tosco que éste fuese. 4 Los monos pueden aprender a valerse de un palo para alcanzar la fruta, pero estas operaciones no se fijan en herramientas encargadas en el futuro de tales operaciones. Por eso los animales no conservan sus "herramientas" ni las tras- miten de una generación a otra. No pueden, pues, efectuar esa "acumulación" de las funciones que caracteriza a la cultura. Por el contrario, el empleo de herra- mientas por el hombre tiene un carácter completamente distinto: la mano forma parte del sistema de operaciones encarnadas por la herramienta y está sometida a ella. Con la asimilación de la utilización de las herramientas, el hombre mo- difica sus movimientos naturales e instintivos, y adquiere en el curso de su vida nuevas facultades motrices más perfeccionadas. Para un individuo, asimilar el empleo de cierto conjunto de herramientas equivale a desarrollar cierto número de aptitudes. Por eso las funciones por las que nuestros antepasados fueron adap- tando sus manos durante los muchos milenios que dura el periodo de tran- sición del mono al hombre fueron sumamente sencillas. Antes de que el pri- mer trozo de sílex hubiese sido convertido en cuchillo por la mano del hombre, debió haber pasado un periodo de tiempo tan largo que, en com-

3 F. Facchini, El origen del hombre, Aguilar, Madrid, 1994, p. 17.

4 F. Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, Ayuso, Madrid, 1987, p. 72.

LA LARGA MARCHA DK \A

HOMIMZACIÓN

1 3

paración con él, el periodo histórico conocido por nosotros resulta insigni- ficante. Pero se había dado ya el paso decisivo: la mano era libre y podía ad- quirir ahora cada vez más destreza y habilidad; y esta mayor flexibilidad adquirida se trasmitía por herencia y se acrecentaba en cada generación. Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo, es también pro- ducto de él. Únicamente por el trabajo, por la adaptación a nuevas funcio- nes, por la trasmisión hereditaria del perfeccionamiento especial así adqui- rido por los músculos, los ligamentos y, en un periodo más largo, también por los huesos, y por la aplicación renovada de estas habilidades heredadas y elevadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha alcanzado la mano humana su perfección. 5

En resumen, las manos fueron la primera herramienta de precisión (herramienta de herramientas). Mano, boca (dieta omnívora) y cerebro forman el triángulo esencial en la constitución de lo humano, una vez que tuvo lugar la bipedestación.

El pensamiento

conceptual

Así las cosas, y sobre la base de sus disposiciones anatómicas (capaci- dad craneana, etc.), ¿qué cualidades funcionales existen en el hombre que propicien la aparición del pensamiento conceptual? Las siguientes:

La representación central del espacio. Los organismos que viven en medios poco complejos, como el alta mar o una estepa, necesitan poseer reacciones de orientación mucho menos precisas y diferenciadas que los organismos que han de enfrentarse constantemente con situaciones com- plicadas y quieren salir airosos de ellas. El polifacetismo y la curiosidad exploradora. El hombre es un ani- mal no especializado, un ser de carencias, pues ni sus pautas innatas de comportamiento ni su estructura anatómica están adaptadas específica- mente a un medio concreto, por lo que pueden adaptarse más fácilmente a cualquier medio; sus opciones adaptativas contribuyen a la multifuncio- nalidad de las distintas partes de su organismo. Como el atleta del deca- tlón, puede ser superado por los especialistas en cada una de las activi- dades especializadas (correr, saltar, marchar, nadar, lanzar, etc.), pero supera a todos si tomamos las pruebas en conjunto. El animal no especia- lizado es esencialmente curioso, explorador; sólo en el hombre dura toda la vida la curiosidad por las cosas, el deseo de conocer. La neotenia. El hombre se comporta como un animal joven: carece de vello y pelo en el cuerpo, tiene más cráneo que cara, etc. Por eso exis- te más parecido entre un hombre adulto y un chimpancé joven, que en- tre un nombre y un chimpancé adulto. Mientras que en los demás ani- males la curiosidad constituye una actividad juvenil pasajera hasta que

A. I.conlicv , /.'/ hombre y la cultura,

Mailínc z Roca , Barcelona ,

1976 ,

|>. 74 .

14

CAR 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

15

dominan su territorio, el ser humano busca progresar siempre, y eso im- plica un aprendizaje.

El simbolismo <

Con el pensamiento conceptual aparece el simbolismo. Podemos divi- dir los signos en señales y símbolos. Dada su intrínseca relación objetiva, el trueno es señal del rayo, el humo lo es del fuego: siempre que hay lo uno hay lo otro. El hombre es un animal que usa símbolos: las palabras «The End» sim- bolizan el final de la película; la rosa, el amor, etc. Los símbolos relacio- nan cosas distintas de sí mismos, entre el signo y lo significado no hay re- lación natural, sino artificial: podríamos simbolizar el amor con algo que no fuera una rosa. Esto no lo captan los animales. De entre los símbolos, el lenguaje es la forma más importante y la ca- racterística humana exclusiva. Mientras los sistemas de signos de los anima- les son iguales en cada especie animal (todos los perros ladran del mismo modo), hay diferentes lenguas humanas. El loro puede repetir sonidos, pero no puede articular palabras. El lenguaje humano trasmite conceptos, y no meros sonidos.

La autoconciencia

En definitiva, ¡qué diferente es la vida humana consciente, si la com- paramos con la vida de una garrapata, regida por sus instintos primarios! «La garrapata espera en las ramas de cualquier arbusto para caer sobre algún animal de sangre caliente. La proximidad de la presa se la indica

a

ese animal ciego y mudo el sentido del olfato, que sólo está despierto

al

único olor que exhalan todos los mamíferos: el ácido butírico. Ante esa

señal se deja caer, y cuando cae sobre algo caliente y ha alcanzado su presa, prosigue por su sentido del tacto y de la temperatura hasta encon- trar el lugar más caliente, el que no tiene pelos, donde perfora el tejido de la piel y chupa la sangre. El mundo de la garrapata consta solamen- te de percepciones de luz y de calor y de una sola cualidad odorífera. Está probado que no tiene sentido del gusto. Una vez que ha concluido su pri- mera y única comida, se deja caer en el suelo, pone sus huevos y muere.

Naturalmente, sus posibilidades son escasas. Para asegurar la conser- vación de la especie, un gran número de esos animales espera sobre los arbustos, y además cada uno de ellos puede esperar largo tiempo sin ali- mento. Se han conservado con vida garrapatas que estuvieron dieciocho años sin comer.» 6

EL INDIVIDUO, LA ESPECIE:

TAN JÓVENES

Esta especie humana que tan rápidamente ha ido adaptándose al me- dio y modificándolo a su vez, esta especie humana última llegada al pla- neta, aún en vías de desarrollo manifiestamente mejorable es, a la vez, una especie compleja, capaz de lo mejor y de lo no tan bueno. Humana (homo viene de humus), rodando con velocidad tan rápida como inasimilable in- cluso para ella misma, desde hace 13 000 millones de años o más el cos- mos ha ido preparándole su nicho ecológico: los humanos terrícolas exis- ten desde hace un millón y medio; el Homo sapiens, desde hace 200 000 (Paleolítico); desde hace apenas 10 000 años (gran cambio del Neolítico), un número creciente de agricultores y ganaderos sedentarios; desde hace unos 5000 años, grandes culturas y grandes religiones de la historia pri- mitiva.

Tan recientes, y tan sabios tecnológicamente

Pues bien, si tomásemos 62 años como esperanza media de vida para los últimos 50 000 años de la historia de la humanidad, ahora nos encon- traríamos en la vida número 800, de las cuales 650 vividas en cavernas; desconocedoras de la palabra escrita hasta la generación 70 anterior a no- sotros; sólo en las seis últimas se ha dado la palabra impresa al alcance de las masas; sólo en las cuatro últimas, exactos cómputos de tiempo; sólo en las dos últimas, el motor eléctrico (electrodomésticos); sólo una, la nues- tra, la número 800, ha conocido la mayor parte de los bienes de consumo, y -dentro de ella- únicamente en los tres últimos decenios ha tenido acce- so a la universalización de las redes informáticas y telemáticas: baste decir que un servidor no conoció la televisión cuando fue niño, y el ordenador personal sólo hace unos años. Pero a un sobresalto sigue otro, como el de la ingeniería genética:

Con grandes titulares se nos informa que la clonación es ya un éxito. Y no- sotros, todos los hombres del planeta que no queremos esta profanación últi- ma de la naturaleza, ¿qué podemos hacer frente a la inmoralidad de quienes nos someten? La humanidad ha recibido una naturaleza donde cada elemento es único y diferente. Únicas y diferentes son todas las nubes que hemos con- templado en la vida, las manos de los hombres y la forma y el tamaño de las hojas, los ríos, los vientos y los animales. Ningún animal fue idéntico a otro. Todo hombre fue misteriosa y sagradamente único. Ahora, el hombre está al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático, empren- dedor, insensible al dolor o, trágicamente, preparado para esclavo. Engranajes de una máquina, factores de un sistema, ¡qué lejos, Hólderlin, de cuando los hombres se sentían hijos de los dioses!

7

M*

CAÍ:

I.

ANTKOI*OI,O<;ÍA FILOSÓFICA

Da miedo pensar en la aplicación de la ingeniería genética a los seres humanos: ¿qué puede salir de esos laboratorios, si quienes los rigen no al- canzan unos niveles de decencia humana mínimos? Obvia decir que el des- arrollo tecnológico sin el moral puede llevar al colapso de la especie y a la destrucción de la Tierra. De momento, recombinando genes correspon- dientes a especies no relacionadas en absoluto, las especies dejan de ser vis- tas, en términos orgánicos, como entidades indivisibles, para pasar a ser entendidas como estructuras básicas que contienen bloques genéticos pro- gramados que pueden ser reproducidos y recombinados mediante su ma- nipulación en el laboratorio. En la Universidad de Pennsylvania, un equipo de investigadores ha insertado in vitro genes de hormonas humanas del crecimiento en el código biológico de embriones de ratones. Los embriones fueron implantados en un ratón hembra y ésta los gestó. Los ratones que nacieron contenían genes humanos plenamente funcionales en su estruc- tura biológica y crecieron hasta cerca del doble de los que crecieron nor- malmente, trasmitiendo estos genes humanos a las sucesivas generaciones. ¿Ratántropo, antropomúrido? ¡Si Frankenstein levantara la cabeza! Los científicos de la Universidad Politécnica del estado de Virginia han creado cerdos transgénicos que pueden producir proteína C en la le- che (tal proteína es un anticoagulante que parece tener muchas probabi- lidades de convertirse en el elemento fundamental para la prevención de apoplejías y ataques al corazón). Hoy día, miles de microorganismos y plantas han sido patentados, así como seis animales. Más de 200 animales producidos artificialmente em- pleando técnicas genéticas están pendientes de aprobación en la Patent and Trademark Office. Mediante la adjudicación de amplias protecciones de patentes sobre formas de vida consecuencia de la ingeniería genética, el gobierno estadounidense da su visto bueno a la idea de que las criatu- ras vivas pueden ser reducidas al estado de invenciones manufacturadas, sujetas a las mismas normativas de ingeniería y de explotación comercial que los objetos inanimados. Asimismo, no solamente existen ya cultivos hidropónicos, sino también sin tierra: ¿qué será de los pobres, que hasta ahora tenían al menos su peda- cito de tierra, si no pueden competir productivamente con las semillas de las firmas multinacionales? Hoy nos echaríamos a reír si recordásemos que:

• En 1825, los periódicos, ante los recién estrenados 40 km/h del ferrocarril, escriben: «Con esa velocidad subirá la tensión arterial de los viajeros, y las vacas que pastan tranquilamente se marearán».

• En 1876, un periódico de Boston comenta a propósito de la inven- ción del teléfono: «La gente bien informada sabe que es imposible trasmitir la voz a través de alambres y que, si fuera posible hacerlo, carecería de valor práctico».

• En 1878, tras observar la luz eléctrica en una exposición científica universal, un profesor británico escribe: «Cuando finalice la exposi- ción de París, la luz eléctrica se acabará, y no se oirá más de ella».

E L INDIVIDUO, LA KSPECIE: TAN JÓVENKS

1 7

• En 1895, el fisicomatemático lord Kelvin manifiesta: «Máquinas vo- ladoras más pesadas que el aire son de todo punto imposibles».

• En 1899, Charles Duell, nada menos que director del registro de pa- tentes de Estados Unidos, comenta: «Se ha inventado ya todo cuan- to se puede inventar», razón por la cual aconseja a la Casa Blanca la clausura de tal registro.

• El 2 de agosto de 1968 se lee en el Business Week: «Con más de 50 marcas extranjeras de automóviles vendiéndose ya en Estados Uni- dos, no es en absoluto probable que la industria automovilística ja- ponesa consiga ni siquiera un pequeño porcentaje del mercado ame- ricano».

• En 1977, Ken Olson, a la sazón destacado presidente de Digital Equip- ment Corporations, proclama: «No existen razones para que un indivi- duo tenga un ordenador en su propia casa».

No sólo cambia la perspectiva ante el progreso científico, también la vida humana se ha dilatado tanto, que hoy sólo con humor podemos leer frases como ésta de Stendhal: «La señora de Renal tenía casi 30 años, pero todavía era una mujer encantadora». Hoy día, a los 30 años de edad, una mujer es todavía casi una adolescente a la búsqueda de su primer empleo. Prótesis sobre prótesis, quién sabe cómo pueden terminar las cosas ma-

Todas las mutaciones que han venido luego se han dado, además, con el trasfondo del celerísimo cambio del escenario geoestratégico, que ha barri- do el mapa de Europa: ¿dónde está el comunismo de ayer, ese gran coco? Especialmente en el ámbito tecnológico, bien pocas cosas nos sorpren- den hoy, razón por la cual la gente, necesitada de creer en algo, vuelve la vista hacia las profecías de Nostradamus, o de Rapel, si es menester. Es el retorno de los brujos, contr a el que predicó el siglo xrx ilustrado y posi- tivista. El asunto es de tal magnitud, que cada año de hoy equivale a un milenio de desarrollo científico-técnico de antes. Parece que dentro de 20 años habrá viajes de fin de semana a la Luna, donde se está sembrando atmósfera artificial como base para la marti-terricolonización. A ver quién se atreve a predecir del futuro otra cosa que su impredecibilidad, si cada mañana tomas el tren del futuro, si empiezas a empezar cada mañana. Nuestra especie se ha especializado en no especializarse; de ella, impre- decible, cabe esperar cualquier cosa. Estrenamos permanentemente es- pecie humana, revalidamos nuestra novedad con otra más nueva que en- vejece a la anterior; a pocos extrañará que nuestros abuelos ya apenas entiendan nada de todo esto, pues se les ha ido de las manos el planeta cuya tierra trabajaron y amasaron con sus agrietadas manos. Parece como si el tiempo rivalizase con dejarse atrás a sí mismo, como si el planeta Tierra hubiera enloquecido en su ultrarrápida voluntad de gi- rar alrededor del Sol para ponerse a su altura, y terminado por autoatraparse cual pescadilla que se muerde la cola, dando la impresión de que el día ha al- canzado a la noche, con la subsiguiente noche perpetua en las zonas más

18 CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

eclipsadas. Entre lo anterior y lo posterior no se ve la coherencia, quedando el ciudadano perplejo o arrumbado en su sillón por la movilidad que le abru- ma y derrota. No has terminado de abrir la caja de la sorpresa, y otra mayor ya te sorprende. Una palabra define el ritmo de nuestras horas: obsolescen- cia. Vivimos caducados antes de que se haya cumplido nuestro plazo; entra- mos en el desempleo antes de haber ocupado un empleo. El mundo nos apar- ca, nos sobrepasa, nos jubila. El dilatado pasado parece caber en un modesto huequecito de nuestro minúsculo presente; en el pasado mucha extensión y poca intensión, en el presente poca extensión y mucha intensión, al modo de la cabeza de un átomo. Antes de un amén, nos caen encima más novedades que a toda la hu- manidad pretérita, y nuestra tentación es abandonar la mirada rememo- radora, el gesto amansado en la historia pretérita. En el actual imaginario social, lo único vivo es el futuro; ávida de futuración, la humanidad acari- cia más que nunca la ilusión de conquistar por el progreso la piedra filoso- fal del futuro en el presente eternamente vencedor. El carro del progreso conducirá hacia la meta final a los laureados neoaurigas, más veloces que el viento y que el sonido y que la misma luz, cuyas barreras esperan poder pulverizar mañana, con la secreta convicción demiúrgica de que para la omnipotente ciencia nada hay imposible, término por desterrar de los vo- cabularios, museizable en el archivo de antiguallas. En la antítesis respecto de nuestros abuelos -muchos de los cuales se han ido al otro mundo sin haberse creído del todo eso de la llegada de los primeros astronautas a la Luna, evento que tomaron por un mero anun- cio publicitario-, ¿para qué fatigarse estudiando el pasado cuando esta- mos a punto de fundirnos en la masa crítica del futuro, nuestro verdadero tiempo? Nuestra ley psicológica de gravedad rezaría así: el futuro caerá por su propio peso. La máquina histórica ha progresado tanto, que arras- tra y sobrepasa a su propio constructor; hoy estás arriba, mañana abajo, pero tú no la dominas; a quien la máquina histórica se la dio, la máquina histórica se la bendiga. En la era de ese futuro absoluto que devolverá al presente todas las cosas del pasado a modo de palingenesia restaurado- ra, es cuestión de saber ponerse al rebufo del futuro, dejarse llevar por su omnipotente superturbo, atendiendo a la ley del mínimo esfuerzo subje- tivo echándole oportunismo. Calma. He ahí el baño de neobudismo y de neohinduismo en que parecen inmersas las últimas generaciones, nue- vos bañistas en las turísticas aguas del Ganges del futuro, impregnadas por un fatalismo social con su correspondiente ley del karma derrotante -donde las castas, ay, sí que parecen inamovibles, y contra las que cual- quier rebeldía topa-, ahora que Occidente ha descubierto la inocencia del nihilismo. La historia toca a su fin cuando pasado, presente y futuro se funden en una unidad de tiempo en el cual ya está todo andado. Dicho de otro modo: nihilismo y fin de la historia resultan ser dos vocablos diferentes para dar cuenta de una misma realidad, la realidad de la nada, el tiempo del vacío, la metaforización de una existencia social sin impulso propio.

i »

LA SINGULARIDAD HUMANA INTELIGENTEMENTE EMOCIONAL

Los chimpancés son primos nuestros, compartimos 95 % de los genes y, sin embargo, ¡qué fantástica lejanía! Se rascan ahora igual que se rascaron siempre. ¿Por qué si los genes de la mosca del vinagre coinciden en 60 % con los de la especie humana, existen tantas diferencias? En efecto, el ani- mal produce solamente para su propia especie, mientras que el hombre pue- de producir para las demás. El animal posee inmediatamente para su cuer- po físico, mientras que el hombre se enfrenta con el producto y lo objetiva universalmente. El animal puede trabajar con datos presentes, como comi- da o instrumentos que ve, y sus respuestas son mucho más exactas si el pro- blema que se le presenta está relacionado con sus necesidades biológicas, mientras que al hombre su capacidad de acumular experiencias le sirve para abrir necesidades nuevas. El animal es capaz de utilizar instrumentos, o in- cluso de elaborarlos con sus manos, pero no de fabricarlos con otros instru- mentos (es decir, de «conducta instrumental de segundo orden»). El hombre modifica su dotación innata y avanza mediante la simboliza- ción que le libera de lo sensible: produce objetos que otros consumirán, y a su vez depende del trabajo ajeno; aprende la tradición y luego puede prolon- garla o modificarla; orienta su comportamiento hacia el bien común, crean- do para ello la ley; se eleva a la música, al arte, a la escritura, a la religión. En su libro El método, conocimiento del conocimiento, Edgar Morin cita estas capacidades de la inteligencia: aprender por sí misma; distinguir lo importan- te de lo secundario; reconstruir la realidad a partir de indicios fragmentarios; enfrentarse superadoramente a situaciones nuevas; modificar las estrategias en función de la información y la experiencia; prever el futuro elaboran- do planes sin ignorar las incertidumbres; reconocer lo nuevo sin reducirlo a lo conocido. Veamos ahora algunas dimensiones particulares de esta inteligencia hu- mana, tan distinta y superior a la animal. Aunque somos una unidad emo- cionadamente inteligente (inteligencia emocional), cabe separar pedagógi- camente esa unidad para explicarla mejor. Veamos.

La inteligencia

La inteligencia humana es la única abierta a nuevas posibilidades, ca- paz de liberarse de los instintos, de las rutinas, d e lo concreto. Es la apti- tud para resolver problemas y extraer relaciones entre cosas diversas, para comprender algo abstracto y complejo, para adaptarse a situaciones impre- vistas, etc. Ella no sólo capta el mundo ajeno, sino que es además autoco- nocimiento: si un perro se mira en el espejo no se ve a sí mismo; sólo el hu- mano puede preguntarse «¿quién soy?» y responder «soy yo». «Conócete a ti mismo» es algo que no hubiera podido pedir Sócrates a su perro.

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CAR 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

No resulta fácil definir la inteligencia; he aquí algunas definiciones aproximadas:

• «Inteligencia es lo que mide mi test» (Binet).

• «Inteligencia es la capacidad para pensar de manera abstracta» (Ter- man).

• «Inteligencia es la capacidad para actuar con propósitos concretos, pensar racionalmente, y relacionarse eficazmente con el ambiente» (Wechsler).

• «Inteligencia es lo que puede uno hacer con lo que sabe» (Duncan).

• «Inteligencia es la capacidad de frenar el impulso por medio del con- cepto» (Thurstone).

• «Inteligir es un modo de sentir, y sentir en el hombre es un modo de inteligir» (Zubiri).

El lenguaje, la simbolización, la conciencia reflexiva y la conciencia moral (el ser capaz de distinguir el bien y el mal), todo esto sitúa al ser humano a una distancia cualitativa del animal. La memoria inteligente, en fin, sirve tanto para dar continuidad a la inteligencia como para poten- ciar la creatividad.

La abstracción

Obtenemos conceptos gracias a que ejercitamos la abstracción. La abs- tracción es la operación mental por la cual separamos los rasgos comunes a una pluralidad de seres concretos. Dicha abstracción es resultado de un conjunto de operaciones mentales coordinadas, tales como comparar ob- jetos y procesos, apreciar semejanzas, diferencias y relaciones entre ellos, seleccionar las semejanzas y relaciones relevantes, y estructurarlas final- mente en la unidad de un concepto. Abstraer un concepto es, por tanto, construirlo. Comenzando por la sensación y la percepción, con la ayuda de la me- moria, y desde la voluntad motivadora, alcanzamos el concepto, la idea, nombre bajo el cual se encierra la totalidad de la vida inteligente huma- na, la razón cálida, que no es una mera razón fría: «La realidad sentida es aprehendida en inteligencia sentiente, y su aprehensión nos instala apre- hensivamente en la realidad. Estamos instalados en la realidad por el sen- tir, y por eso sentir lo real es estar ya inteligiendo». 8 Si en la percepción se captaban siempre realidades singulares, objetos individuales, este árbol, este hombre, sin embargo no percibíamos todavía el árbol, ni el hombre, los cuales son ya «conceptos», realidades pensadas por el «entendimiento» y, por tanto, universales, aplicables a todo árbol y a todo hombre sin excepción. Como dijo Immanuel Kant: «Los objetos nos

8 X.

Zubiri, Inteligencia sentiente. Alianza, Madrid, 1997, p. 84.

LA SINGULARIDAD HUMANA

2 1

vienen dados mediante la sensibilidad; en cambio, por medio del enten- dimiento, los objetos son pensados, y de él proceden los conceptos».

Extensión y comprensión

En el concepto de «persona» no están incluidos rasgos característicos de Luis, como por ejemplo tener ojos negros y piel morena; si lo estuviesen, el concepto de persona no valdría para Lupita, rubia de ojos claros. El concep- to es una representación abstracta; representa una pluralidad (o incluso la totalidad) de individuos mediante rasgos comunes a todos ellos. Cuanto más universal sea un concepto, tanta más extensión o denotación tendrá («perso- na» vale para todos los humanos, se extiende a todos, los denota a todos), pero tanta menos connotación o comprensión (no dice en concreto nada de las peculiaridades de este hombre o mujer singulares de aquí y de ahora). Sea como fuere, no resulta tan sencillo, como pareciera a simple vista expresar los conceptos, ya sea por la dificultad del concepto mismo, ya por la del lenguaje. He aquí un ejemplo tragicómico:

El Instituto Internacional de Estadística pregunta a todos los países: "Por favor, ¿qué opina su país de la escasez de alimentos en el resto del mundo?". Transcurrido un par de meses sin contestación, los encuestadores lamentan no haber podido derivar resultados fiables por un problema de incompren- sión general de la pregunta, elaborando el siguiente informe: los estadouni- denses no entendían eso de "en el resto del mundo"; los africanos descono- cían la palabra "alimentos"; los europeos ignoraban el sentido de "escasez"; los cubanos quedaban estupefactos ante el "¿qué opina usted?"; los argenti- nos desdeñaban eso de "por favor"

En fin, el lenguaje no sólo dice lo que dice la frase, sino lo que expre- sa la intención significativa: "Cambio pastor alemán por uno que hable es- pañol", "Solicito novia con automóvil; interesadas mandar foto del auto- móvil", "Vendo máquina de escribir a la que le falta una tecla", "Viejo verde busca chica ecologista"

La afectividad

La psicología diferencial nos instruye sobre la forma en que el abuelo, el padre, el adulto y el niño se comportan a tenor de la edad. La psicología social llama la atención sobre la influencia del entorno sobre el individuo. La psicología evolutiva da cuenta del carácter perfectivo y dinámico de la creatividad humana. Mas ¿qué nos dice la filosofía? Que nos implicamos más, y más creativamente, en lo que más nos interesa, en lo que nos resul- ta más valioso. Resulta erróneo desacreditar el acto de compasión o de amor (de las emociones en general) para remplazarlo por actos de la vo-

22 GAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

luntad, sólo porque en algunos casos sean insinceros o insuficientes. En la esfera afectiva no se produce alegría o tristeza del mismo modo que en la esfera volitiva proferimos un acto de voluntad o una promesa. Tampo- co pueden gobernarse los afectos como gobernamos los movimientos de nuestros brazos, porque el sentimiento tiene sus razones que la voluntad no conoce. Intelecto, voluntad y amor deben cooperar entre sí, pero respe- tando el papel de cada uno. El problema surge cuando el corazón va más allá de su dominio y usur- pa papeles que no le competen: si alguien que quiera comprobar un hecho se limita a afirmar que su corazón le dice lo que ha ocurrido, abre la puer- ta a todo tipo de ilusiones; ha obligado a su corazón a realizar un servicio que nunca puede prestar y ha permitido que su uso inadecuado sofoque al intelecto. Un corazón alerta se alegra o se entristece según lo que se da frente a él; el juicio verdadero es una síntesis de subjetividad y objetividad, o mejor, la objetividad está mediada por la subjetividad, pero no creada por ella. Subjetividad no es subjetivismo; la pregunta de un corazón bien orien- tado no será «¿Me siento feliz?», sino «¿La situación objetiva es tal que re- sulta razonable ser feliz?». Es entonces cuando de la afirmación «eso es ver- daderamente un bien» se sigue la afirmación «eso debe ser realizado». Para evitar el sentimentalismo, se necesita educar los sentimientos. Los grandes creadores (científicos, músicos, escritores, etc.) saben poner su entusiasmo al servicio de las grandes causas y fines elevados. Nuestras habilidades emocionales favorecen o dificultan nuestras capacidades intelec- tuales (concentrar nuestra atención, pensar, elaborar problemas, etc.). Si no nos encontramos emocionalmente bien, aprendemos mal. Si nos menospre- cian, rechazamos lo que pretende enseñarnos el menospreciador.

La imaginación creativa

La imaginación inventa, proyecta lo no presente, asocia ideas, constru- ye otras completamente nuevas, imágenes insólitas: arte, narrativa, música, hipótesis científicas, soluciones de problemas cotidianos. Si la inteligencia convergente resuelve problemas que tienen respuestas bien determinadas, la divergente o imaginativa trata problemas que tienen posibles distintas res- puestas. Situada la creatividad en el hemisferio derecho, que controla el lado izquierdo del cuerpo, el lema del pensamiento lateral o creativo sería: «Cual- quier modo de valorar una situación es sólo uno de los muchos posibles». Por eso no usa la negación, no excluye lo no relacionado con el tema, no fija categorías ni etiquetas, explora los caminos menos evidentes y sigue proce- sos probabilísticos. Rasgos suyos son: genialidad, originalidad, audacia, ojos ingenuos, ingenio, perspicacia, flexibilidad, imprevisibilidad, apertura, alea- toriedad difusa, codificación decodificadora, impulsividad, problematiza- ción, azarosidad: «Apenas ha dado usted una pincelada, y todo ha cambia- do.» «Es que el arte comienza donde comienza esa pincelada», respondió el maestro.

LA SINGULARIDAD HUMANA

23

Pero no son antagónicos arte y artesanía; antes al contrario: la crea- tividad es la hermana del trabajo diario (1 % de inspiración, 99 % de trans- piración). No ser un repetidor se consigue con una vida un poco larga, no se improvisa. Comprométete y la mente se caldeará, la creatividad se dis- parará. La creatividad, una vez hecha hábito, no desaparece; al contrario:

se afirma y se potencia. Discrepamos, pues, de quienes contraponen:

Hábito = repetición, creatividad = cambio Hábito = lo conocido, creatividad = novedad Hábito = lo seguro, creatividad = riesgo Hábito = lo fácil, creatividad = dificultad Hábito = inercial, creatividad = esfuerzo

La libertad

Definir la libertad como la capacidad para recibir información, elabo- rarla y producir respuestas eficaces, puede servir para explicar la inteli- gencia de una computadora o de una ardilla, pero no para explicar la hu- mana. La libertad nos lleva a aprovechar los propios defectos haciendo de la necesidad virtud. Hay que aprender a bailar sobre los propios hombros; el niño aprende su libertad obedeciendo. La autonomía personal se cons- truye sobre la obediencia. Lo propio de la inteligencia humana es sacar más de lo menos; conseguimos ser libres cuando obedecemos las órdenes inteligentes que nos damos a nosotros mismos, las que han sido fruto de una deliberación que tiene en cuenta lo que deseamos, las consecuencias de nuestra acción, los conocimientos almacenados, los errores vividos, los valores que queremos proteger. Tan compleja habilidad no se improvisa:

es obra de un largo proceso de construcción. La libertad es una propiedad de la voluntad, por medio de la cual se tie- ne la capacidad de elegir y de actuar. Su antítesis es la esclavitud, la servi- dumbre respecto de los demás o respecto de los propios vicios y debilidades.

La libertad es una forma de causalidad: libertad no es pura arbi- trariedad, sino autodeterminación, acción causal inteligente.

La libertad es tendencial y desiderativa: no se da al margen de las tendencias y deseos humanos, pero los gobierna.

La libertad es limitada: está condicionada por las estructuras físi- cas, biológicas, económicas, sociales, históricas, etc., y por las posibi- lidades de elección, que también son limitadas.

La libertad es histórica y procesual: las elecciones que se van ha- ciendo en el tiempo pueden aumentar, disminuir o destruir esa li- bertad.

La libertad es relacional o interpersonal: debe tener en cuenta el carácter social de las demás personas: seré más libre cuanto más ro- deado de hombres y mujeres libres me encuentre.

CAR

1. ANTROPOLOGÍA HLOSÓKICA

La libertad es indivisible, aunque sea limitada: si te dan 99 % de libertades, pero se quedan con 1 %, que es la llave, no eres libre. Esto se refleja en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Clases de libertad

1. Libertad negativa o libertad-de (indeterminación). No estar some- tido a condicionamientos internos (coacciones morales, psicológicas, etc.) ni externos (fuerza física, tortura, etc.). 2. Libertad positiva o libertad-para (autodeterminación). Capacidad positiva de autodeterminación. Dentro de ella se distinguen:

a)

Libertad física {libertad de residencia y de circulación). Hasta del pája- ro enjaulado decimos que no es libre. A veces se impide sin causa le- gítima: cuando se encarcela a la gente por tiempo indefinido sin que se sepa cuál es la causa; cuando no se permiten las visitas de fami- liares o abogados del detenido. A la protección legal con que cuentan las personas para defenderse en esos casos, se le da en algunos paí- ses el nombre de «habeos corpus» o «juicio de amparo», en el sentido de proteger o tutelar esos derechos.

b)

Libertad de elección o psicológica (autonomía), o «libre albedrío». Es no prohibir la capacidad de autodeterminación, de darse a sí mis- mo los motivos de la actuación. Dentro de ella se encuadran la li- bertad de ejercicio, o de poder actuar o no actuar; la libertad de es- pecificación, o de poder obrar de una forma u otra; la libertad de contrariedad, o de poder elegir entre el bien y el mal.

c)

Libertad de expresión. No basta con tener libertad de conciencia, es necesario poder manifestarla sin censura. Dentro de ella se encua- dran las libertades políticas: de asociación de individuos y grupos, etcétera.

d)

Libertad de conciencia (responsabilidad). También llamada «libertad moral», es la capacidad de poder decidir por sí mismo entre lo me- jor o lo peor, sin imposiciones.

¿Es absoluta la libertad?

Por ser humana, la libertad tiene condicionamientos personales y cir- cunstanciales: fisiológicos, psicológicos, económicos, culturales, etc. La li- bertad humana no es absoluta, porque el ser humano no es omnipotente:

vive sólo unos años, cuenta sólo con unas capacidades, nunca alcanza to- das sus metas. Menesteroso, limitado, contingente, finito, no puede estar libre de todo condicionamiento. Aceptados esos condicionantes, el ser hu- mano siente que es libre: podría estar en este momento leyendo otra cosa,

LA SINGULARIDAD HUMANA

2 5

o no leyendo ninguna, estudiando o vacando. Así como la paloma está condicionada por sus alas, son también las alas las que permiten su vuelo. No podemos tomarnos en serio a quien justifique su pereza por la con- junción de Venus y Marte (determinismo cósmico). Ni atribuir nuestro estado físico únicamente a la constitución somática (determinismo bioló- gico), pues un cuerpo bien dotado puede arruinarse, y uno mal dotado, mejorarse. Ni a los genes (determinismo genético), pues no existe el cro- mosoma moral. No podemos culpar a la «raza» (determinismo sociológi- co) de la corrupción, pues hay mexicanos que son corruptos y otros que son ciudadanos ejemplares. No son nuestros sentimientos, motivos y de- seos los que nos arrastran hacia una acción inevitable (determinismo psi- cológico), pues tenemos voluntad. Todo influye, todo condiciona, pero nada determina totalmente. Por el contrario, existen ejemplos de gente que por decisión libre, con fuerza de voluntad y con gran convicción en su causa, lograron vencer condicionamientos impensables: el tartamudo Demóstenes llegó a ser el mejor orador de Grecia. Pero además la libertad está limitada socialmente: no puede permi- tirse que ningún ciudadano haga lo que le venga en gana si con ello per- judica a los demás. Para limitar el salvajismo del libertinaje está el Estado, el cual debe sancionar las conductas inadecuadas o delictivas. La libertad propia tiene sus límites allí donde comienzan las libertades de los demás. Como derecho, pues, la libertad va íntimamente unida a la responsabili- dad, al deber. Ejemplo: a pesar de que defendamos la libertad de expre- sión, ésta no tiene derecho a ser divulgada masivamente en ciertos casos, a saber: cuando quien informa sólo tiene sospechas, pero no total certeza de la verdad de lo que informa; cuando quien informa sobre un tema es- pecializado carece de cualificación específica; cuando quien informa se basa en la versión de sólo una de las partes involucradas; cuando la infor- mación conlleva secuelas negativas para la vida privada de las personas; cuando la información puede poner en peligro vidas humanas, o el bien- estar, o el orden público -por ejemplo, creando el pánico, o interfiriendo en algún operativo policial o en un plan de emergencia sanitaria-; cuan- do la difusión masiva hace que alguien sea linchado por la opinión públi- ca antes de que la juzguen los tribunales, etcétera. Libertad no es libertinaje, ni entregarse a toda clase de impulsos e in- clinaciones: eso es lo contrario de libertad, es esclavitud. ¿Qué pasaría si todos hiciéramos todo el tiempo lo que nos gustara, aunque no fuera bue- no? ¿Qué pasaría si nunca calculásemos las consecuencias de nuestros actos? ¿Qué pasaría si nadie nos diese nunca pistas sobre lo lícito y lo ilí- cito, lo conveniente y lo inconveniente? Libertad es manejo responsable de nuestro yo, creando (mediante la reflexión, el diálogo, la formación del criterio adecuado y el autodominio) ámbitos que posibiliten la acción y la inter-acción conforme a valores que nos permitan acercarnos cada vez más a todo lo que consideramos nece- sario, conveniente o deseable. El ejercicio de la libertad requiere el des- arrollo de capacidades que existen en el ser humano, poro que requieren

26 GAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

cultivo a través de la educación, proceso en el cual la experiencia humana es examinada, valorada y trasmitida individual y colectivamente. Sí, tam- bién colectivamente: la libertad es el valor fundamental de la democracia, forma de convivencia en la cual, dentro de los límites impuestos por la ob- servancia de las leyes que aseguran el orden y respeto de los derechos de todos, nadie impone su voluntad sobre la del otro ni en su perjuicio.

Sin libertad no habría moralidad

Sin libertad no habría responsabilidad, y entonces ni el bien ni el mal nos serían imputables: viviríamos como animales sin conciencia moral, a-mora- les. Pero el ser humano es moral (moralmente bueno) o inmoral (moralmen- te malo); incluso el des-moralizado vive moralmente, aunque en baja forma. Nacemos con una determinada naturaleza, pero vamos modificándola con nuestro actuar, pudiendo encaminarla hacia la plenitud (y entonces nos en- contramos altos de moral) o hacia la degeneración (y entonces andamos con la moral por los suelos, bajos de moral, des-moralizados). No existe acto humano a-moral: o es virtuoso o es vicioso. Quien se tumba en el campo porque es vago comete un acto inmoral; quien se tien- de en el campo después de trabajar por su familia ejerce un acto moral. El hecho es el mismo, pero el primero se inserta en un contexto de irres- ponsabilidad, a diferencia del segundo: tiene una intencionalidad moral distinta según la opción ad-optada en cada caso.

LA CONCIENCIA MORAL

Acto del hombre y acto humano

No siempre somos conscientes del sentido de nuestros actos; cuando actuamos sin conciencia del bien o del mal moral de nuestros actos, rea- lizamos actos del hombre; cuando sí somos conscientes, realizamos actos humanos.

Ignorancia: invencible o vencible

Entonces, ¿no sería mejor ignorar todo para no tener responsabilidad alguna? No, pues la ignorancia no exime de toda responsabilidad. Nadie puede alegar que por ignorancia entró en casa ajena para robar. Hay una ignorancia invencible cuando es superior a nuestras posibilidades: a veces nos faltan medios, capacidad, etc., para llegar a ser del todo conscientes. Pero hay una ignorancia vencible que todos estamos obligados a superar. Por ejemplo: algunos accidentes de tránsito se evitarían si nos preocupá-

LA CONCIENCIA MORAL

27

ramos por "conocer ciertas cosas: características del suelo, espacio que ne-

cesita el vehículo para detenerse, velocidad a la que se puede circular, etc. Decir «Ay, yo no sabía» cuando pudo saberse, evitaría muchos males. Mas ¿qué ocurre si hago daño sin saber y, por tanto, sin querer? ¿Soy responsable? Sea cual fuere el grado de ignorancia o in-consciencia, existe la responsabilidad material, la responsabilidad concreta de quien atropella

a alguien o le causa un daño. Entonces el responsable debe asumir los he- chos y las consecuencias derivadas de éstos.

¿Y la intención?

¿Y si hago algo con buena intención y a pesar de ello perjudico? Pon- gamos dos ejemplos. Ejemplo uno: regalo una flor tropical a un amigo y, como es alérgico,

cosa que yo no sabía, se llena de granos. Como consecuencia, le deja la novia, se deprime, le echan del trabajo, y a un mal sigue otro. Sin embar- go, pese a lo lamentable del caso, no soy moralmente responsable: ¿cómo imaginar todo eso? Con la mejor intención he producido un desaguisado, desde luego, pero sin responsabilidad moral. Ejemplo dos: saco a pasear a un perro doberman y, mientras él corre- tea, me siento a leer. De repente, oigo un grito. El doberman ha mordido

a un niño, aunque afortunadamente no ha llegado a causarle lesiones de

gravedad. Sin embargo, aunque la cosa no haya ido más lejos, sí soy res- ponsable moralmente: debía saber que al doberman hay que llevarlo ata- do con una correa, dada su agresividad. En cualquier caso, la conciencia tiene una función autocrítica: actúa como un juez que alaba algunas de nuestras acciones y desaprueba otras, castigándolas en este caso con el remordimiento. Por eso se habla de exa- men de conciencia: es la necesidad de revisar la propia vida para dirigirla en un sentido humanizador. Hay al respecto conciencias escrupulosas:

todo les parece pecado, de todo se sienten culpables: «Yo debería haber preguntado a mi amigo si era alérgico antes de enviarle las flores», etc.; es una deformación de la conciencia moral. En el otro extremo están las conciencias laxas: no se sienten culpables de nada, etc.; también es una deformación de la conciencia moral. Entre ambos extremos está la con-

ciencia recta, que hace lo posible por estar bien informada; cuando lo está,

se llama conciencia cierta; en caso contrario (o sea, cuando induce o se ve inducida a error) es conciencia errónea.

Conciencia y voluntad

De todos modos, al actuar podemos seguir el juicio de la conciencia, o desatenderlo ya sea por debilidad o por perversidad moral. A menudo

2 8

CAP. 1.

ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

sé qué es lo mejor, pero hago lo malo o incluso lo peor. Se dice que un in- telectual es una persona que usa más palabras de las necesarias para decir más cosas de las que sabe o mejores de las que hace. Algo, en todo caso, muy común, pues del dicho al hecho va mucho trecho. Si la «ética» es la teoría y la «moral» es la práctica, hay casos de gentes sabias en el discur- so, pero muy canallas en la práctica.

Conciencia y universalidad

A veces alguien te dice mientras te pisa el pie: «Yo no quiero ser bueno porque no va con mi carácter; respétame, soy como soy». Pero quien me- nosprecia la posibilidad de querer ser bueno pierde humanidad. Más aún:

la persona verdaderamente humana no solamente se limita a querer ser mejor ella misma, sino que ayuda a que los demás también lo sean. La conciencia madura busca la universalidad del bien: si es bueno para mí comer, debo trabajar por extender ese bien a toda la humanidad, superan- do el egocentrismo (sólo para mí), el etnocentrismo (sólo para mi raza), el nacionalismo (sólo para mi patria), etcétera. La tribu de los kamarakoto, en la cuenca del Orinoco, considera que fumar es el mayor pecado. La tribu vecina de los kueng cree que el mayor delito es no saludar. ¿Cambian, pues, los valores de una tribu a otra, de un Estado a otro? No, en el fondo ambas tribus defienden el mismo valor:

los kamarakoto creen que inhalar limpio el aire y devolverlo sucio ofende a los dioses que viven en la atmósfera; los kueng creen que quien no salu- da viola la hospitalidad que se deben todos los humanos, hijos de un mis- mo Dios, al que no se debe ofender. En ambos casos, pues, más allá de los hechos diferentes, las intenciones y los valores son idénticos, universales.

La norma de moralidad (Contra el

que pretende reducir lo moral a lo legal)

Hemos tratado hasta aquí de la libertad y de la conciencia moral, am- bas pertenecientes a la esfera del sujeto, a la esfera «subjetiva» (no confun- dir con «subjetivista»). Así pues, ¿cuál es la otra cara de la moneda, la cara «objetiva» con la cual se confronta el sujeto ético? La norma de moralidad. Para entender mejor la norma ética (norma de moralidad), vamos a contra- ponerla con la norma jurídica (norma legal), pues no puede reducirse lo moral a lo legal. Esa falsa reducción se llama «juridicismo», y olvida que hay normas legales que son inmorales (desafortunadamente, más de las debidas). ¿Qué actitud tomar ante las leyes democráticas legales pero inmorales? ¿Acatarlas, contraviniendo la propia conciencia? Ciertamente no. ¿Desobe- decerlas? A pesar de todo, sí, aunque este ejercicio de la disidencia por mo- tivos morales no sea cómodo. Las leyes humanas a veces son incompatibles con la conciencia moral de los individuos, los cuales optan por desobede-

«juridicismo»

LA CONCIENCIA MORAL

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cerlas. Desde que san Agustín (siglo v d. C.) acuñó el lema «La ley injusta no es ley», se usa la objeción de conciencia frente a las leyes injustas.

Norma moral y norma legal

Origen. El Estado promulga las normas jurídicas; las normas morales surgen por convencimiento de la conciencia de cada sujeto autónomo. Obligatoriedad. El Estado obliga mediante coacción a cumplir las nor- mas legales; las normas morales las impone la propia conciencia. Sanción. El Estado castiga la transgresión de las normas legales; en las normas morales, la conciencia castiga con el remordimiento. Promulgación. El Estado promulga las leyes; la conciencia, la norma moral, etcétera.

Abundando en estas diferencias, escribe Adela Cortina:

Para que una sociedad sea justa no bastan las leyes jurídicas, al menos por las siguientes razones:

• Las leyes jurídicas no siempre protegen suficientemente todos los dere- chos que son reconocidos por una moral cívica.

• A veces exigen comportamientos que no parecen justos a quienes se saben obligados por ellas.

• Las reformas legales son lentas, y una sociedad no siempre puede es- perar a que una forma de actuación esté recogida en una ley para con- siderarla correcta. Por eso muchas veces la ética se anticipa al derecho.

• Por otra parte, este tipo de leyes no contempla ciertos casos particu- lares, que sin embargo requieren consideración.

• El hecho de juridificar es propio de sociedades con escasa libertad. En las sociedades más libres la necesidad de la regulación legal es menor, porque los ciudadanos actúan correctamente.

• Aunque parezca que las normas jurídicas que protegen derechos funda- mentales garantizan esa protección en mayor medida que las normas morales, es decir, aunque parezca que son más eficaces, lo cierto es que su capacidad protectora es muy limitada. Las leyes pueden eludirse, manipularse y tergiversarse; sobre todo, por parte de los poderosos. Por eso la única garantía de que los derechos se respeten consiste en que

las personas

estén convencidas de que vale la pena hacerlo. 9

La norma de moralidad (Contra el

que pretende reducir lo moral a lo legal)

También la sociedad tiende a confundir lo moral con lo vigente, con los usos y costumbres dados, con lo social. Esta falsa reducción de lo mo-

«sociologismo»

"A. Cortina, Gula para la educación

moral,

Anayn, Madrid,

199(>, \i. 27.

30 GAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

ral a lo social es el «sociologismo». Sin embargo, aunque todos menos uno se emborrachasen, la borrachera estaría mal; incluso, aunque no hubiese ningún sobrio, la borrachera seguiría estando mal. La sociedad puede obligar externamente con todo tipo de coacciones, pero no pasa de ahí. ¿Cómo podría ella explicar el remordimiento o la sen- sación de culpabilidad, cuando bastaría una simple mentira para cumplir con lo que la sociedad pide? La sociedad no es capaz de llegar al interior de la conciencia. Fundadores y reformadores religiosos, místicos, santos, con su «impulso de amor» han roto las convenciones sociales y elevado la humanidad a nuevos destinos.

La ética como tarea: el carácter ético

Pese a los matices, suelen usarse «moral» y «ética» como sinónimos. El término «ética» viene del griego éthos, «lugar donde uno habita» (pri- mera naturaleza, naturaleza exterior, ecología) y «modo de ser» (carácter, segunda naturaleza, ya auténticamente personal). Quien vive respetando y plenificando ese éthos, así como el de las demás gentes, lleva una vida ética, si no lo hace así pasa a ser anti-ético, in-moral. Cada persona asume la vida provisto de su correspondiente «ethos». Con sus actos éticos, logra hábitos (si buenos, virtudes; si malos, vicios), y esos hábitos constituyen su carácter ético. Así que la ética es sencillamente aquel quehacer que consiste en la forja del carácter moral: siembra una acción y recogerás un hábito; siembra un hábito y recogerás un carácter; siembra un carácter y recogerás un destino. La ética, así definida, tiene tres grandes tareas: aclarar en qué consiste lo moral, fundamentar por qué, y aplicarlo. Respecto a lo primero, la moral consiste en cumplir con el deber de. realizar nuestra vocación, aquello que estamos llamados a ser: sencilla- mente, ser personas. Nada del otro mundo, aunque no pocas personas en este mundo se empeñen en vivir como bestias. Por tanto, remitimos al lec- tor al capítulo 3, en donde estudiamos la identidad personal. La moral, pues, pide que se ejerza en la vida esa identidad personal.

¿Deber? ¿Por qué sí, por qué no?

Mas, así como a un niño pequeño se le dice qué debe hacer y según crece se le explica por qué, a un adulto no se le dice simplemente qué debe o no debe hacer, qué deberes tiene que realizar, sino también y sobre todo «por qué» o «por qué no». No es el contenido (la moral como con- tenido), sino la «estructura» misma del deber o no deber lo que primero debo clarificar. Pues bien, ¿por qué vivir como personas y no como cer- dos? Porque la razón nos ha demostrado, y así lo hemos aceptado, que no

LA CONCIENCIA MORAL

31

hay nada mejor que vivir como personas; por eso, como dice Zubiri: «Ni el individuo ni la sociedad pueden determinar un sistema de deberes, si no es en vista de una cierta idea del hombre». Debemos, pues, vivir con-

forme a la idea de hombre que hemos desarrollado, y ése es el sentido -un poco oscuro, quizá- de la siguiente frase de Zubiri: «en que la propiedad sea apropiable está el carácter de bien. Y en el que sea apropianda está

El deber no es otra cosa, como determinación del

bien, que la determinación de las posibilidades apropiandas en orden a su perfección, esto es, la realidad humana qua debida, su perfección.» 10 Asumir el deber de vivir como persona ¿es pesado? Son grandes y pesados los fardos del «¡Tú debes!», donde el gusto del querer se con- vierte en la exigencia del requerir. Animal modesto y desacreditado, el camello que los porta es el mejor en la travesía del desierto; sin embar- go, nadie (y, menos que nadie, el abúlico), debería reírse de la chepa del camello, pues es en esa chepa donde conserva la humedad necesaria para la dura travesía del desierto. El oficio del camello es duro, trabajo- so, pero ése es el magnífico regalo que a cambio ofrece al mundo: «Se- ñor -exclamó Leonardo da Vinci- tú nos das dones, pero nos pides a cambio la fatiga».

el carácter de deber

A diferencia del camello, la persona asume el fardo de su libre querer

autónomo, dispuesta a dar la vida si fuere menester, a darla sin quitarla, a darla sin mentir ni escudarse en nada que no sea el mero hecho de darla, sin esperar recompensa alguna, sin dejarse llevar por los deseos alocados ni por las gratificaciones interesadas, sólo por puro sentimiento del deber libre y liberador.

La «aristocracia» moral del deber

No puede pretender derechos quien no quiere soportar deberes. «Aris- tócrata» moral es el sentimiento del deber; plebeyo, el sentimiento del solo derecho. Por eso:

• El aristócrata moral siente que libertad y deber van juntos, pues sólo el libre puede asumir el deber de ser libre; el plebeyo ve en todo deber una forma de esclavitud, y en el derecho, la única libertad.

• El aristócrata moral reconoce: «Yo debo, y de lo que yo debo hacer soy el único responsable»; el plebeyo masculla: «Yo sólo tengo dere- chos».

• El aristócrata moral valora el esfuerzo; el plebeyo encierra su yo privilegiado por los derechos con mil y un cerrojos.

• El aristócrata moral asume la responsabilidad que se deriva de su acción; el plebeyo endosa al otro la responsabilidad propia, pero procura arrebatarle el fruto de su esfuerzo.

'"X. Zubiri, Sobre c/ hombre, Alianza, Madrid, 1999, p. 89.

3

2

CAP. 1 . AN'I'KOI><>I,<)<;IA HIXISÓFICA

El aristócrata moral se regala, incluso, a sí mismo; el plebeyo única- mente arrima el ascua a su sardina, está siempre a las maduras pero nunca a las duras. El aristócrata moral sabe agradecer sus esfuerzos a aquéllos respec- to de los cuales se siente en deuda; el plebeyo moral no entiende otra deuda que las deudas que a él le adeudan. El aristócrata moral se encuentra en deuda con los otros, por eso asume agradecido el deber ante ellos; el plebeyo reduce todos los rostros al suyo propio.

LA VERACIDAD

Desde que experimenta sus primeras sensaciones, hasta que elabora los más abstractos y complejos conceptos, el ser humano, en su totalidad unitaria intelectiva y afectiva, busca la verdad. Dicho de otro modo: el ser humano anhela moverse en la verdad. Mas ¿qué es la verdad? La verdad es la presencia de la realidad ante el ser humano: «Decir de lo que no es que es, o de lo que es que no es, es falso; y decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero; de suerte que el que dice que algo es o que no es, dirá verdad o mentira." La antítesis objetiva de la verdad es la apariencia. Quien se deja llevar por la apariencia está subjetivamen- te en el error. Vivir en la verdad es tan importante, que por algo dijo Aris- tóteles respecto de su maestro Platón: «Amigo Platón, pero más amiga la verdad».

Posiciones intelectualmente

extremas

Respecto de la verdad caben dos extremos:

a) El dogmatismo. Acepta e impone supuestas verdades absolutas que, sin embargo, no proceden de la razón, ni se someten a diálogo crí- tico y que, por no estar fundadas objetivamente (por ser infunda-

no pueden ser aceptadas como tales verdades. El dogmatis-

mo es muy frecuente, pero suele verse en el ojo ajeno antes que en el propio, por eso resulta más difícil de superar.

b) El escepticismo. Duda de todo sin aceptar verdad objetiva alguna, y es la antítesis del dogmatismo. Su forma más común es el relativismo, que no niega la existencia de verdades, pero afirma que éstas son re- lativas, que nada es verdad ni mentira, sino todo según el color del cristal con que se mira: según la edad, el sexo, la nacionalidad, la cla- se social, el temperamento, el clima, etc. La otra forma de escepticis- mo, más dura, es el nihilismo, que afirma que no existe ninguna ver-

das),

Aristóteles , Metafísica, IV, 7.

LA CONCIENCIA MORAL

3 3

dad, ni subjetiva ni objetiva, ni siquiera el valor de verdad. Ambas formas de escepticismo se autocontradicen, pues si digo: «Afirmo ab- solutamente que no hay verdades absolutas», estoy afirmando una verdad absoluta: la de que no hay verdades absolutas.

Posiciones intencionalmente

perversas

Junto a esos extremos intelectuales hay posiciones en que no se busca la verdad:

a) El cinismo. El cínico, decía Osear Wilde, conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna. No menos contundentemente afir- maba Machado: El cínico es un necio, y todo necio confunde valor y precio, por eso des-precia o menos-precia lo valioso. El cínico cree que con dinero en el bolsillo se es inteligente, atractivo, y además se canta bien.

b) El subjetivismo por principio. Al subjetivista le falta voluntad de verdad, no le importa «la» verdad, sino tan sólo «su» verdad. Por eso desoiría al poeta:

«¿Tu verdad?

No,

la verdad.

Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela».

Apariencia y realidad

«La gente cree que existe lo dulce, y cree qu e existe lo amargo, y cree que existe el calor, y cree que existe el frío, y cree que existe el color. Pero en la realidad lo que hay son átomos y vacío» (Demócrito). Al hombre ingenuo le parece evidente que la silla sobre la que se sienta es una silla tal como se le aparece a él. Sin embargo, no es así: ni la silla tiene el color que tiene, ni el cielo es azul; si no hubiera ojo, no habría colores ni sabo- res. Es el ojo el que transforma los datos exteriores en color. Mi retina tiñe de azul al cielo, transformando las ondas electromagnéticas que llegan a ella. Mi oído no sólo convierte los ruidos exteriores en sinfonía para mí, ni siquiera basta con ese equipamiento personal para que se haga en mí la música: a Napoleón, sordo para la melodía, la música le parecía el me- nos desagradable de los ruidos. En la física clásica, se pensaba que sujeto y objeto de conocimiento eran independientes; se pensaba que si el hombre fuese capaz de construir una máquina correctora de las alteraciones producidas por el observador en lo observado, terminaría describiendo exactamente los fenómenos. Pero no es

34 CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

así: ni la máquina más perfecta podrá corregir las modificaciones que intro- duce el hombre en su contacto con ella. La verdad no siempre se deja apre- hender, nuestro contacto con ella la oculta: «El rey mostró el elefante a los ciegos, y les dijo: '¡Ciegos, esto es un elefante!' A uno le presentó la cabeza del elefante; al segundo, las orejas; al tercero, un colmillo; a otros, la trom- pa, el lomo, un pie, las nalgas, el rabo, el extremo peludo del rabo. Y a todos les fue diciendo que se trataba de un elefante. «Díganme, ¿cómo es un ele- fante?». Los que habían examinado la cabeza del elefante dijeron: 'Es como un caldero'. Quienes habían palpado la oreja: 'Es como un gran abanico'. Los que habían examinado el colmillo: 'Es como una reja de arado'. Aque- llos que habían examinado la trompa: 'Es como el timón de un arado'. Y, en medio de los gritos de '¡Así es un elefante, un elefante es así; así no es un elefante, un elefante no es así!', empezaron a liarse a puñetazos. Lo mismo les ocurre a muchos. Ciegos y sin ojos, desconocen la realidad: ignoran la verdad, no saben lo que ella es. En la ignorancia de lo que es la verdad, se golpean y se hieren unas a otras esas personas pendencieras con palabras aceradas: '¡así es la verdad, la verdad no es así!'» (Buda).

El criterio de verdad

Entonces, ¿cómo podemos saber que conocemos la verdad? Debería- mos tener una regla que nos permitiera discernir entre la verdad y el error. Tal regla se llama «criterio». He aquí algunos criterios de verdad:

La evidencia. La evidencia exige la presencia inmediata del objeto ante el sujeto, por eso es sinónima de «intuición»: algo que está ahí de- lante y que se ve con toda certeza, algo que no admite grados: o sí o no. Lo que es evidente es evidente, no se discute ni se demuestra (¿Cómo «demostrar» que te amo? Puedo llevarte flores, pero eso no demuestra nada: o aceptas que te amo, o no. Obviamente, si te llevo flores, pero salgo con otra, te estoy demostrando que no te amo, aunque te diga lo contrario.) El problema es que lo evidente para algunos no lo es para otros. No son pocos los precipitados que se convencen rápidamente, y tampoco faltan los sugestionables en exceso, o los duros de convencer La coherencia. El criterio de coherencia o consistencia exige la no-con- tradicción, la corroboración, a ser posible, la deducibilidad: que todo enca- je objetivamente. El consenso. Este criterio se basa en el acuerdo común; su grado má- ximo sería el consenso universal, aquellas convicciones que han valido en todo tiempo y lugar. Es, por tanto, de carácter intersubjetivo. Pese a todo, quienes establecen lo prohibido y lo permitido también pueden equivocar- se. Ni siquiera el consenso universal es garantía irrefutable de su verdad:

Galileo estaba en minoría en su época, pero en lo cierto. Para evitar erro- res hay que ser autocríticos y dialogar.

35

LA CULTURA

No coincidimos con nosotros mismos, no resulta fácil valorar: decimos una cosa y hacemos la contraria. Los errores suelen ser el puente que me- dia entre la inexperiencia y la sabiduría. Aprendemos con dolor, y tarde:

cuando uno comienza a preguntarse si es hora de irse, es que ya se pasó la hora de irse. Y, sin embargo, todo eso pertenece a la salsa de la vida; una ilusión fracasada es una experiencia dolorosa, pero una vida sin ilu- siones ni voluntad de aventura no lo es menos. Las generaciones pasamos haciendo y deshaciendo, no sin hacer: cuando debes hacer una elección y no la haces, esto ya es una elección. Así que, cuando no tengas otra cosa que hacer, puedes plantar un árbol: irá creciendo mientras tú duermes.

La cultura es un conjunto de ideas

Según Edward Burnett Taylor (1832-1917), las ideas serían los áto- mos de la cultura, a partir de los cuales se generaría cualquier producción material de objetos, pero la cultura es algo intangible, que no puede ser directamente aprehendido ni siquiera por los mismos individuos que par- ticipan en ella: uno puede ver ciertas producciones, pero no ver una cul- tura, que es directamente inobservable. Por eso la conducta la estudiarían los psicólogos, y la cultura, los antropólogos.

La cultura es un conjunto de productos

Hacer cultura es «reificar», hacer alguna cosa, tratar como si fuera cosa u objeto a algo que en su realidad no se da con los caracteres tangi- bles y materiales de los objetos físicos como, por ejemplo, la bondad, la belleza, etc. Según Leslie White, la cultura consiste en todos aquellos mo- dos de vida que dependen de la simbolización y a los que consideramos en un contexto extrasomático.

La cultura es a la vez ideas y productos

Según Franz Boas (1858-1942), la cultura puede definirse como «la totalidad de las reacciones y actividades físicas y mentales que caracteri- zan la conducta de los individuos que componen el grupo».

La cultura es herencia social

Según Bronislaw Malinowski (1884-1942),

I,a herencia social es el concepto clave de la antropología cultural. Nor- malmente se la denomina cultura en la moderna antropología y en las cien-

36 CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

cias sociales. La palabra "cultura" se utiliza a veces como sinónimo de civili- zación, pero es mejor reservar este último término para un aspecto parcial de las culturas más avanzadas. La cultura incluye los artefactos, bienes, técnicas, ideas, hábitos y valores adquiridos.

Resumen:

La cultura tiene un aspecto subjetivo y otro objetivo o social

Las cosas y acontecimientos que comprende la cultura se manifiestan en el tiempo y en el espacio: a) en los organismos humanos, en forma de creencias, conceptos, emociones, aptitudes; b) en el proceso de interacción social entre los seres humanos, y c) en los objetos materiales (hachas, fábri- cas, ferrocarriles, cuencos de cerámica). El lugar de la cultura es, a la vez, intraorgánico, interorgánico y extraorgánico. Dicho de otro modo: todo elemento cultural tiene dos aspectos: subjetivo y objetivo. Podría parecer que las hachas de piedra, por ejemplo, son elementos objetivos, mientras que las ideas y las actitudes son subjetivos, pero esto sería inadecuado, pues el hacha tiene también su componente subjetivo: no se usaría como tal sin el concepto y la actitud del usuario. Sea cual fuere su definición, la cultura es lo específicamente humano:

el hombre es culturógeno o creador de cultura; no hay objeto cultural sin sujeto. Por así decirlo, los seres humanos tendríamos como tres cuerpos:

el «cuerpo inorgánico» (la naturaleza), nuestro propio cuerpo orgánico y el «cuerpo espiritual» (la cultura). Por lo demás, resultan precisos dos o más para hacer cultura; ningún elemento de un solo individuo puede ser consi- derado como parte de la cultura de una sociedad: una técnica de tejer ces- tas conocida por uno solo no podrá ser calificada como parte de una cul- tura. Tan pronto como el nuevo objeto o situación es trasmitido a alguien, compartido por otro individuo de la sociedad, aunque sólo sea uno, debe ser tenido como parte de la cultura; un elemento no asciende sin más al rango de rasgo cultural hasta haber sido sometido por el grupo a un proce- so de estandarización. El hecho cultural comienza a producirse cuando el interés individual se transforma en sistema público, general y transferible de esfuerzo organizado. La cultura humana satisface las necesidades de adaptación al medio capacitando al hombre con una ampliación adicional de su aparato ana- tómico, con una coraza protectora de defensas y seguridades, con movili- dad y velocidad más allá de los medios de su equipo corporal concreto. La cultura, creación acumulativa, amplía el campo de la eficacia individual y proporciona una amplitud de visión con la que no pudo soñar ninguna es- pecie animal. La fuente de todo esto reside en el carácter acumulativo de los logros individuales y en el poder de participar en el trabajo común. Eso transforma a los individuos en grupos organizados y les proporciona

LA CULTURA

37

continuidad. El máximo de información es algo muy distinto a la acumu- lación de una masa de datos: no consiste en equipar a todo el mundo con microfilmes portátiles de todas las cosas que contiene el Museo Británico; el máximo de información consiste en reducir los datos a la esencia, de tal modo que el portador sea señor de esos datos, y no su esclavo.

Caracteres de la cultura

Naturalidad. El saber sobre la naturaleza debe ser vivido desde el res- peto a la naturaleza, de forma que el vivir en el saber sea también un sa- ber en el vivir y ambos, un saber vivir. Humanización. La cultura se reconoce por su capacidad de establecer vínculos. Cuando el hombre se hace más culto, evoluciona hacia la amis- tad convirtiéndose en hombre entre los hombres y no degenerando en bes- tia entre las bestias. Difusividad. La cultura permite al hombre sentirse hermano de sus se- mejantes, potencia en él el sentimiento de la solidaridad haciéndole sen- tir continuador de la obra de los antepasados, y espera que los sucesores harán lo propio. Ello hará que proteste y luche frente a la injusticia. Universalidad. Para un ser que vive en profundidad, todas las cultu- ras forman parte de una cultura común, todo es cultura; para otro que vive en superficialidad todo es anécdota, relativismo. Radicalidad. Porque, en última instancia, la raíz de toda cultura es el sujeto, la cultura no es sólo un sector, sino una función global de la vida personal. Dinamicidad. Para un ser que vive, la cultura constituye un proceso interminable. Deportividad. No es posible ganar todas las carreras en la lucha con- tra la ignorancia; se sale a jugar sabiendo que la victoria está en la ade- cuada participación. Sabemos que no sabemos: ¿qué otra cosa que igno- rantes podemos considerarnos? Felicidad. «Una cultura contra la cual pueda lanzarse el gran argumen- to de que no nos hace felices, es una cultura incompleta», escribe Ortega y Gasset. Si no felices -añadimos nostros- al menos, dignos de felicidad. Trascendencia. La cultura no puede encerrarnos; antes al contrario:

nos invita a participar en la aventura de lo eterno.

Dimensiones de la cultura

Historiar. Filosofar exige situar el saber en su dimensión histórica, pues la historia es maestra de vida y por ella evita que repitamos errores pretéritos. Pensar. La filosofía potencia la inteligencia lógica pura en sus niveles más abstractos; acentúa el rigor del método, el hábito reflexivo. Como afirma Imre

38 CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

Lakatos, un «programa de investigación» es una estructura que sirve tanto de guía positiva (diciéndonos lo que hay que hacer y evitar), como negativa (no pudiéndose rechazar ni modificar los presupuestos básicos del «núcleo cen- tral» del programa, que hay que conservar mediante un «cinturón protector» de hipótesis auxiliares y supuestos adicionales). Según Thomas Kuhn, un pensamiento maduro se rige por un solo «paradigma» o principio, suficiente-

mente abierto y flexible, eso sí, en cuyo interior los problemas que se resisten

a ser solucionados son considerados anomalías más que crisis, ya que no se conoce paradigma alguno que carezca de anomalías, y culpar de las mismas

al paradigma sería como culpar de la propia torpeza a los instrumentos que

manejamos. Consecuentemente, no debe criticarse de entrada el paradigma aceptado, pues si todos criticaran por principio todas las partes del marco conceptual en el que trabajan, no se llevaría a cabo ninguna investigación. Sólo cuando existan fallos graves entrarán en crisis esos fundamentos, y en- tonces deberán ser remplazados: será el momento de la «revolución» cientí- fica, de la cual puede salir progreso en mayor medida que en la «acumulación de tradiciones», pues los pensadores enfrentados a la emergencia promove- rán estrategias para resolverla. Orientar la vida moral. La filosofía invita a la actitud serena y pru- dente, al discernimiento desapasionado. Esta actitud humana es, en cada circunstancia concreta, la última regla del acto. La sabiduría vital acomo- da su comportamiento a lo sensato y exento de arbitrariedad; enseña a vivir y no sólo a imaginar cómo se viviría lo que se piensa, pues cuanto mayor es el abismo que separa a la teoría de la práctica, tanto más insin- cero es el discurso. En su deseo de hacer el bien, proporciona contenidos formativos que nos ayudan a ser plenos, y no simplemente felices, a cual- quier precio; por eso propone un corazón alegre, encantado con la reali- dad pese a las desventuras, porque un corazón triste sería un triste cora- zón; un corazón liberador que supera aquellas esclavitudes que destruían; un corazón esencial que se conforma con poco para ser feliz; un corazón modesto que se abre a lo grande y lo saluda; un corazón bueno que perdo- na y permite rehacer la experiencia de estrechar vínculos cuando todo pa- recía perdido; un corazón paciente que espera, disculpa, acompaña y se esfuerza por ponerse en positivo. Cultivarse. La filosofía potencia el manejo crítico de la información, dado el considerable desarrollo de los medios de comunicación y su cre- ciente poder de control e influencia sobre los estados de opinión. La filo- sofía es cultura (cultivo, creatividad) a nivel profundo, reflexión sobre los datos del arte, de la música, etc.; forma personas íntegras y completas. Para ello, recomendaba San Agustín: «No vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad». Uno debe ser capaz de verse a sí mismo en lo profundo de su identidad con honestidad, sin inflamarse con teatral indignación, sin máscaras, con lúcida conciencia de las propias in- consecuencias. Favorecer la convivencia ciudadana. La buena ciudadanía política exige la convivencia amistosa, el convivium o banquete, el ser-viviendo-

LA CULTURA

39

con-los-demás, lo cual, según Cicerón, constituye el mayor placer de la vida: «Y esto no lo digo por el placer, sino por la vida, por la convivencia de las almas que se logra en la conversación familiar, que en los convites resulta agradabilísima, porque en las convivencias se vive en compañía de otros». Pero la amistad entre los particulares debe completarse con la amis- tad entre los ciudadanos, algo que los griegos denominaron «política». Construir un mundo mejor. El filósofo trabaja por los derechos hu- manos en solidaridad con las personas, las instituciones y los pueblos so- metidos bajo el peso de la marginación y el autoritarismo. Rechaza las dis- criminaciones sociales y laborales, mostrando una efectiva preocupación

y

sensibilidad con las personas desfavorecidas. Se dirá que no solamente

la

filosofía puede trabajar en esta línea, y se dirá bien; pero la filosofía in-

tentará también la fundamentación racional de esas actitudes, su univer- salización: al filósofo se le ha de pedir un esfuerzo de profundización y de sistematización.

Esperanzar. La filosofía busca, y la búsqueda no termina en la inma- nencia de este mundo, pues todo pensamiento que no se decapita desem- boca en la trascendencia, en lo eterno. Ahora bien, no cabe búsqueda de lo eterno sin alguna esperanza en la bondad de la realidad de esta vida.

A diferencia de quien contempla a los humanos como seres egoístas y or-

gullosos inmersos en el mal y destinados a la nausea o a la nada, el filóso-

fo procurará ayudar a plenificarse en la esperanza y a renacer de nuevo a

cuanto parecía destruido y roto, por ser su función sanadora y reparadora.

La cultura y

El saber va entreverado de ignorancia; además, no siempre se sabe de- cir lo que se sabe, ni se sabe del todo lo que se quiere decir. Con frecuen- cia tengo algo que decir, pero no sé del todo qué, ni cómo. La sabiduría es como las luciérnagas: necesita las tinieblas para brillar. El entendimien- to alumbra como las velas, derramando lágrimas, y no hay saber que no tenga 99% de transpiración y 1 % de inspiración:

El maestro dijo a Tse-lu: El primer absurdo consiste en pretender alcan- zar el bien prescindiendo del estudio, y su consecuencia es la decepción; el segundo consiste en intentar alcanzar la ciencia sin entregarse al estudio, lo que conduce a la incertidumbre; el tercero consiste en el deseo de ser sincero prescindiendo del estudio, lo que provoca el engaño; el cuarto consiste en pre- tender obrar rectamente sin haber recibido la instrucción adecuada, con lo que se cae en la temeridad; el quinto consiste en querer compaginar el valor con la incultura, lo que da lugar a la insubordinación; finalmente, si se desea al- canzar la perseverancia prescindiendo del estudio, se cae en la testarudez y obcecación.

Mucho de lo que pasa por sabiduría no es sino pedantería. Es más fá- cil la erudición (archivo de conchas sin molusco), que la sabiduría que re-

40 CAR 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

duce lo sabido a lo esencial; por eso la sabiduría puede definirse como aquello que queda cuando toda erudición se ha olvidado, no antes de que haya sido olvidada. Frente a la erudición, el saber es como un edificio her- moso, que ha de tener su entorno libre para que podamos disfrutar de su verdadera forma. Libre, sobre todo, de la vanidad. No hay saber que pueda ser considerado razonable sino en diálogo, pues del diálogo viene y al diálogo va cuanto en verdad se ha aprendido. El fanático; para que no se le escape la verdad, la agarra tan fuerte que la mata. Quien no quiere dialogar es un fanático; quien no sabe dialogar es un tonto, y quien no se atreve a razonar es un esclavo. ¡Y, si verdaderamente quieres aprender a saber saboreando la vida, ten en cuenta estos pequeños «consejos publicitarios» para que tu saber pueda ser «saboreado» (no olvides que saber viene de sapere, de la misma raíz que sabor, sapore)! Practica el saludo sincero. Sabe vivir quien sabe reconocer a los de- más, y ese reconocimiento comienza por el saludo. Sin el saludo conoces, con el saludo reconoces. No olvides que si dejas de saludar a los conoci- dos comenzarán, tarde o temprano, a desconfiar de ti y acabarán un día infortunado por volverte la espalda, hurtando su rostro. Saludar no es de ninguna manera fingir, sino practicar en vivo y en directo la convivencia que termina calmando la desconfianza. Cultiva la amistad siempre que puedas. Sólo se entra a la verdad del otro por el respeto. Te sugiero que leas las páginas de El Principito, don- de se fragua, por la mano maestra de Antoine de Saint-Exupéry (1900- 1944), la amistad ejemplar entre el Zorro y el Principito. Allí donde exis- te amistad todo cambia entre los antiguos enemigos: las melenas dora- das del Principito no serán ya, tras la amistad de ambos, unas melenas doradas más entre millones de otras tantas, sino un cabello querido y evocado hasta por el color del trigo, y los pasos del Principito no lleva- rán al Zorro a esconderse en la madriguera porque serán los pasos cono- cidos de un amigo. Humoriza; sonríe, por favor. El humor es la verdad llena de simpatía. Ciertos pueblos dirimen sus rivalidades profundas contando chistes, ironi- zando, cantando, silbando, etc. Los hombres se diferencian de los demás animales, entre otras cosas, en su capacidad de reírse sanamente -sin hacer daño- de los demás y de uno mismo. Si eres capaz de reírte indulgentemen- te de ti mismo, no temas: en lugar de enervarte por tus limitaciones, podrás superarlas. Sonreír es facilitar la verdad. ¿Sabía que, según la leyenda, Cip- selo (más tarde, señor de Corinto), se salvó de niño porque sonrió a quienes iban a ser sus verdugos? No esperes nunca a que la sonrisa parta del otro. Si quieres ventaja, tómatela: que tu ventaja consista en ser el primero a la hora de sonreír. Quien sonríe primero sonríe dos veces. Y no te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás, ni a un carente de humor por ningún sitio. Practica deportes, vive una vida sana. Si los japoneses descargan la tensión de su hiperlaboriosidad en las artes marciales, es porque el depor-

LA CULTURA

4 1

te, ritualízado, reglamentado y convertido enjuego caballeroso, deleita, ins- truye y tonifica. Un puñetazo a un saco evita un puñetazo a un enemigo. ¡No es lo mismo vivir con problemas que morir entre balas! En la búsqueda de la verdad, lo importante no es sólo ganar, sino participar con elegancia. Descansa. Hay personas que no saben perder el tiempo ellas solas, y por ello son azote de las gentes ocupadas: «Nada alivia más las penas, que el sol y el aire libre; nada regulariza más el espíritu y doma la imaginación, que un cuerpo fuerte» (Unamuno). Razona, trata de conocerte. Si no razonas te arriesgas a convertirte en potencial agresor. Hay quienes esperan el redoble del tambor y el airear al viento de la bandera para lanzarse contra el enemigo. Como los primates, sienten entonces erizar sus cabellos, adelantar la barbilla, tensar el cuerpo, y buscan pelea. Por el contrario, piensa esto:

Cuando se penetró en la razón de las cosas, la conciencia se desplegó al máximo. Cuando eso ocurrió, los pensamientos se hicieron sinceros. Cuando eso ocurrió, el corazón se hizo recto. Cuando eso ocurrió, cada uno se perfec- cionó a sí mismo. Cuando eso ocurrió, el orden comenzó a reinar en la fami- lia. Cuando eso ocurrió, el Estado fue bien gobernado. Cuando eso ocurrió, la paz se extendió por el universo. Los antiguos príncipes se esforzaban pri- mero en gobernar con rectitud sus propios reinos. Para ello, se aplicaban ante todo en ordenar bien sus familias. Para ello, procuraban previamente corre- girse a sí mismos. Para ello, ponían un especial cuidado en adornar su alma de todas las virtudes. Para ello, se esforzaban en conseguir la rectitud y sin- ceridad de todas sus intenciones. Para ello, se entregaban con ardor al perfec- cionamiento de sus conocimientos morales, que consiste en descubrir los mó- viles de las acciones. Si lo alcanzamos, obtenemos la máxima perfección de nuestros conocimientos morales y todas las intenciones son rectas y sinceras. Entonces, el alma queda adornada con todas las virtudes. Las virtudes del alma mejorarán y corregirán nuestro ser. Si alcanzamos la perfección perso- nal, se establecerá el orden en nuestra familia. Entonces, el reino será recta- mente gobernado. Y cuando todos los reinos son bien gobernados, el mundo entero goza de paz y armonía. Desde el hombre más noble al más humilde, todos tienen el deber de mejorar y corregir su propio ser. El perfeccionamien- to de uno mismo es la base de todo progreso y desarrollo moral.

Desciende a las profundidades de tu yo; entonces podrás corregirte sin echar la culpa de tu cojera al empedrado. Conócete a tí mismo, si quieres conocer a los demás, porque en ti viven los demás. Si practicas la autog- nosis, también conocerás a los tuyos, a tu pueblo y a la humanidad: quien sabe de sí sabe de todos. Quien se autoconoce sabe criticar. Criticar no es destruir. Sin amor, la crítica es envidia. La filosofía enseña a denunciar al gato que quiere pasar por liebre, y a tal efecto no tiene pelos en la lengua. Esto entraña vivir en el riesgo, pues donde hay poca justicia es peligroso tener razón. Es justo en su heterocrítica quien sabe autocriticarse: sólo supero los pro- pios errores que reconozco. Grande es el fallo de ciertos profesores que, pre-

42 (¡AI: I. ANTKOIO' UKÜA'

FILOSÓFICA

sumiendo de criticistas, se adelantan a los adolescentes en celo subversivo, enseñándoles la sola refutación por principio. Por lo demás, el verdaderamen- te crítico con su propio yo compañero, sabe aceptarse a sí mismo (¿para qué autodespedazarse?) y reconocer en los otros sus aspectos positivos. ¡Desmexi- canízate para mexiconocerte! Contempla. Cierto discípulo entregó a Siddharta Gautama una flor y le pidió que le explicara el misterio de su doctrina. El maestro tomó la flor, la contempló en silencio durante un largo rato y, sin mediar pala- bra, con un gesto indicó al discípulo que se retirase. Al parecer, de esta anécdota se deriva el zen: el misterio no se alcanza con palabras ni con razonamientos, sino mediante la contemplación. Ella produce la imper- turbabilidad. Se cuenta también que un ejército rebelde irrumpió en una ciudad y hasta los monjes del templo budista de la localidad huyeron; todos, excep- to el abad. El general quedó atónito: «¿No sabes», rugió, «que estás vien- do a un hombre que puede traspasarte con su espada sin un parpadeo?» «¡Y tú», replicó el abad, «estás viendo a u n hombre que pued e ser traspa- sado por una espada sin un parpadeo!». El general, desconcertado, pasa- do un momento, se inclinó reverencialmente y se marchó. Arrepiéntete, pide perdón. Tres palabras difíciles de decir y, por ende, raras: «Me he equivocado». Añade dos más («Lo siento»), y habrás pronunciado las cinco más importantes de tu sabiduría. No hay en la vida mejor pegamento que una disculpa, pues ella lo une todo. Tú sabes que el pedir perdón no te rebaja; al contrario: te ennoblece. Si el otro no entiende tu gesto, tanto peor para él. Hasta los animales se muestran me- nos fieros cuando uno de ellos solicita la indulgencia del otro. No seas tú más animal. Si eres orgulloso, conviene que ames la soledad: los orgullo- sos siempre se quedan solos. Quiere saber, para saber querer. Tanto Confucio como Sócrates, coe- táneos, defendieron que la bondad se aprende y, una vez bien aprendida, no cabe portarse mal:

El maestro dijo: Si nuestras palabras son sinceras y se hallan conformes con la recta razón, cuantos nos escuchen modificarán su conducta y entrarán por el camino de la virtud. Si nuestra conversación resulta agradable y per- suasiva, induciremos a todos los hombres a buscar la verdad. Es imposible que tras una conversación persuasiva el hombre no se sienta incitado a la búsqueda de la verdad. No creo que pueda existir nadie que, tras haber escu- chado unas palabras sinceras y conforme a la recta razón, deje de convertirse hacia la virtud.

Quizá Sócrates y Confucio exageraban, pues una cosa es conocer lo que es mejor y otra, realizarlo. En lo que no exageraban es en que hay que saber. Saber/querer forman unidad. ¿Te has preguntado qué haría conti- go quien supiese pero no (te) quisiera? Dime, pues, a qué sabe lo que sa- bes. Aunque la respuesta no te resulte fácil verás que, sin saber cómo, ya estás empezando a saber.

CULTURA Y APRENDIZAJE:

LA EDUCACIÓN

Aprendizaje por comprensión

43

Consiste en encontrar soluciones nuevas basándose en experiencias anteriores y sin ningún ensayo previo; es el comportamiento inteligente, que en su forma superior pertenece al ser humano. El psicólogo alemán Wolfgang Kóhler (1887-1967) colocó a un chimpancé dentro de una am- plia jaula, de cuyo techo colgaban algunas bananas, a una altura inalcan- zable para el animal. En el mismo recinto, esparcidas por el suelo, también había varias cajas con las que el animal se había familiarizado antes. El chimpancé intentó alcanzar los plátanos saltando y, tras su fracaso, reini- ció el asalto después de unos minutos: colocó entonces unas cajas encima de otras, subió a ellas y consiguió las bananas.

Aprendizaje

significativo

Aprender significativamente (por acumulación) nuevos conocimien- tos es integrar esos conocimientos en estructuras cognoscitivas previas. Ello presupone que la mente está bien organizada y que el que aprende sabe a qué se refiere lo que está aprendiendo; entonces lo integrará en lo que ya sabe. Aunque también pudiera suceder que la nueva información obligue a reestructurar totalmente los conocimientos anteriores. Cuando se escucha una explicación, lo importante es comprenderla. Si tomamos apuntes pero no comprendemos lo que apuntamos no llegamos

a un aprendizaje significativo. Tendremos, pues, que atender a la explica-

ción, pensar lo que se nos está diciendo, intentar comprenderlo, tomar las notas esenciales necesarias para que no se nos olvide, y luego elaborar en casa esos apuntes con ayuda de libros.

La educación humana

El aprendizaje humano se da en un proceso en que, al mismo tiempo

que vamos construyendo el mundo como algo significativo, nos construi- mos también a nosotros mismos con ayuda de los demás. «Educación» procede de educare (llevar de la mano, conducir) y de educere (sacar algo de alguien). Todo el arte de la educación está en conducir a otro de tal modo que se logre hacer salir de él lo mejor que hay potencialmente en él. En él, y no en el educador, pues éste no hará del educando un imita- dor, sino un ser capaz de despertar hacia todo lo que en él dormitaba en

el fondo de sí mismo. Es autoridad verdadera el profesor que logra elevar,

hacer crecer al alumno. La educación es la forja de la personalidad y del

44 CAR 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

carácter, la formación como seres humanos, a fin de que, cuando se abra una escuela, se cierre un presidio. He aquí algunos criterios de progreso educativo: Toda potenciación de un

valor constituye un progreso. Toda institución destinada a realizar un valor es progreso, por imperfectamente que desempeñe su cometido. Toda transfor- mación social de una cosa en un bien significa progreso. Toda mejoría de un valor ya realizado es progreso. Todo aumento de bienes en cantidad significa universalización del progreso. Toda disminución de males forma progreso. Todo aumento de males significa retroceso. La conversión de un bien-medio en un bien-fin no entraña progreso, y puede entenderse como detención

o como retroceso. Todo aumento en la capacidad popular para estimar valo-

res conlleva progreso. Contribuir a la rectificación de aberraciones estimati- vas en las masas y en los individuos es progreso, tanto en la denuncia de es- timaciones falsas en sí mismas, como en el restablecimiento de la auténtica jerarquía de valores. El fomento y desarrollo de un valor inferior con detri- mento de otro superior es retroceso, pero el descubrimiento de dicho aconte- cer y su rectificación constituyen progreso. Fomentar y desarrollar un valor inferior con detrimento de un valor superior, puede significar retroceso, plan- teando siempre la compleja cuestión técnica de cómo lograr el paralelo des- arrollo en ambos valores conflictivos.

Educación, cultura e historia

No hay que confundir «historicidad» con «historicismo». La histori- cidad es una peculiaridad del ser humano, pero el historicismo es una teoría acerca de la historia, teoría que -menospreciando los condicio-

namientos biológicos del hombre- afirma que éste no tiene naturaleza, sino historia. En realidad, la cultura se da a lo largo del tiempo, porque el ser humano es temporal. Sólo el ser humano vive el tiempo como his- toria al hacer cultura. La memoria histórica, ese «echar un paso atrás», retoma el ayer, y quien lo ignora vive un hoy sin mañana. El pasado con- tinúa actuando sobre el presente en forma de tradición, de herencia cultural, y proyectándose hacia el futuro, abriendo unas posibilidades

y excluyendo otras. Lo que pasa no es sólo lo que pasa, sino lo que nos pasa, de ahí que su interpretación (hermenéutica) se amplíe constantemente: el pasado crece, no está quieto a modo de depósito; cada generación lo entiende a

través de su propio presente, de ahí la variación en las interpretaciones,

a veces en conflicto. Hay un «círculo hermenéutico»: lo individual sólo re-

sulta comprensible por la mediación de todos, y en esa mediación hay que contar inevitablemente con el pasado. La historia no se repite: interactúa, se renueva, pasa y queda, pero lo posterior recibe el peso de lo anterior. No es que «tengamos» historia (como el agua pasada que ya no mueve molino), sino que «somos» histo- ria, y ella nos enseña la dificultad de las grandes tareas y la lentitud de

CULTURA Y NATURA

45

sus cumplimientos, pero justifica la esperanza. En resumen: si la homini- zación es el proceso evolutivo a través del cual se adquieren y se conso- lidan las características genéticas del hombre como especie biológica, la humanización es el proceso por el cual surge y se desarrolla la cultura. Ni la una ni la otra pueden darse de espaldas a la ecología.

CULTURA Y NATURA

Ecología y desarrollo sostenible

Por nuestra insaciable voracidad consumista somos incapaces de poner freno a la desaparición de la capa de ozono, a la degradación de los micro- climas, a la ruptura de los ecosistemas, a la desertización de las tierras, al efecto invernadero (recalentamiento de la Tierra), a la polución de la natu- raleza, etc. No cesamos de emitir vapores contaminantes para mantener nuestro lucro, pues producir sin ensuciar costaría más caro. Eso sí, los paí- ses ricos contaminantes inventan la ecología como discurso teórico mien- tras envían sus basuras radiactivas al Tercer Mundo, a cambio de unos dó- lares, o a cambio de nada. «Ecología» viene de oikós, palabra de significado doble: «casa» y «bon- dad». El ecologista tiene que respetar su casa y a la vez ser bueno; no se puede proteger la naturaleza y destruir las personas. Ecología es cono- cimiento de la naturaleza; ecodulía es respeto de la naturaleza. No da igual lo uno y lo otro, pues con frecuencia quienes mejor la conocen más la maltratan y la explotan intensivamente: las multinacionales. Pero no olvidemos que Dios perdona siempre; el hombre, a veces, y la naturale- za, nunca. En estas circunstancias está emergiendo una responsabilidad ecodúli- ca, al menos un primer paso de toma de conciencia, pues los valores no se implantan de la noche a la mañana; a veces son necesarias muchas gene- raciones. La naturaleza es nuestro «segundo cuerpo», y así comienza a ser comprendida, cobrando más que nunca vigencia el lema «Vive de acuerdo con la naturaleza»:

«¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento ni aun el calor de la

tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada montaña y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi

pueblo. [

fumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; éstos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas y los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia. Por ello, cuando el gran jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar

]Somos

parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Lasflores per-

46 CAP. 1. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. [

timable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento; la

bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. [

y miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre

¿qué sería del hombre sin los ani-

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus

que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le

hijos[

]He visto miles

aire tiene un valor ines-

]El

blanco desde un tren en marcha. [ males?

JPero

]

ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escu-

pen a sí mismos.

12

Hagamos caso al jefe indio; al menos, acompasemos el desarrollo a las posibilidades de la Tierra. La expresión «desarrollo sostenible» se refiere al equilibrio que debe haber entre el consumo para cubrir las necesidades humanas y la explotación de los recursos naturales. Con el fin de conseguir ese equilibrio se redactaron los siguientes 10 principios:

1. El contacto con el ecosistema natural es necesario para el bienes- tar físico y psicológico de la humanidad.

2. Tratar de vivir dentro de los límites puede ser más alentador que esforzarse por transgredirlos.

3. Los países ricos han de vencer el círculo vicioso del consumismo:

redistribuir y sustituir, en vez de producir más objetos.

4. Las áreas ricas, ya que tienen más medios, se han de responsabi- lizar de la estabilidad, primero dentro de sus fronteras, después más allá.

5. Es preciso descentralizar el poder económico y político. El des- arrollo tecnológico debería dirigirse a las necesidades de las co- munidades pequeñas, más que a los mercados internacionales.

6. Las sociedades sostenibles han de invertir y sacrificarse a corto plazo con objetivos a largo plazo.

7. Los avances técnicos se han de programar a partir de los valores sociales, y no al revés.

8. Los sistemas de mercado han de tener en cuenta los recursos no renovables y procurar más igualdad entre las naciones.

9. La sociedad sostenible será difícil de conseguir y se alcanzará en

un futuro lejano; sin embargo, hay que poner desde ahora todos los medios para ello. 10. Un crecimiento sostenible se consigue mediante iniciativas indivi- duales y colectivas que parecen insignificantes, pero que pueden iniciar un proceso de cambio que fomente una existencia humana más vivible.

l2 Cartn del jefe Seatle ni presidente de Estados Unidos, 1854.

El principio antropocéntrico

47

Dicho lo cual, hay que evitar hacer de la naturaleza el centro. Se equi- vocan gravemente quienes creen que no es la naturaleza para el hombre, sino el hombre para la naturaleza, con lo cual la persona humana pierde de este modo su sagrada centralidad en la creación. Por eso valoran más a un animal en vías de extinción que a un ser humano pobre: ¿acaso no se dedican más medios y se manifiesta más amor a un panda o a un buitre leonado? Bajo las leyes de la oferta y la demanda (a más escasez, mayor valor), más suerte tiene hoy un animal protegido que un "espalda moja- da" intentando cruzar el río Bravo. Y eso es inaceptable. Por otro lado, desafortunadamente hoy se dan casos de ecologistas que defienden la vida de un árbol, pero matan la vida del niño o niña que está en el seno de la madre. Valoran la vida cósmica, pero asesinan al hu- mano o humana que va a nacer, lo cual constituye una abominación má- xima. Pero quien se compromete en favor de la biosfera debe comprome- terse en favor de la antroposfera; quien defiende la vida de la planta y del animal debe, coherentemente, defender la vida humana, del nacido o na- cida y de quien ha de nacer. La vida de la persona es sagrada. Existe vida humana desde el primer instante de la fecundación; esto resulta innegable, pese a todos los chan- tajes efectivos encaminados a hacer creer a la opinión pública la idea fal- sísima de que lo que se mata todavía no es un niño o niña. Pero la reali- dad es que en cualquier aborto se mata a un niño o niña, a un ser humano muy joven, y en este crimen abominable no existe ninguna ambigüedad:

cuando se destruye un embrión se destruyen todas las estructuras psico- somáticas, rompiendo la evolución de esa vida que ha comenzado. Así las cosas, los defensores de la vida habrán de rechazar el juridicis- mo (confusión de lo legal con lo moral), y recordar que si la ley no sólo no prohibe el crimen sino que lo legaliza, entonces la obligación es defen- der siempre y por todos los medios a su alcance el «¡no matarás!», opo- niéndose pacíficamente a esa ley criminal mediante la objeción de con- ciencia fiscal, la objeción de conciencia profesional, la presión para que se agilice la normativa con el fin de facilitar la adopción de niños y niñas, la acogida de los hijos ajenos y la lucha por un mundo más justo.

La persona humana

LA PERSONA

«¿Qué es el hombre? Muchas opiniones ha dado y da el hombre sobre sí mismo, diferentes y contradictorias, en las que a menudo se exalta a sí mismo como regla absoluta o se hunde hasta la desesperación; de ahí sus dudas y ansiedades: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿O el hijo de Adán para que te cuides de él? Lo hiciste poco inferior a los ánge- les, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Salmo 8). Del ser humano se pueden predicar muchos atributos: es misterio, fin en sí, moral, histórico,

comunitario, social, abierto a la trascendencia; se mueve, habla, pregun- ta y responde, simboliza, elige, vive en la realidad, se ensimisma, crea, es panecológico, ríe, imagina, se autopercibe, tiene vocación, se pone en la

pero, por mucho que se diga, siempre faltará algo que aña-

dir: el hombre es un animal inclasificable. Veamos algunas de las posibles clasificaciones o definiciones, sin ánimo exhaustivo.

piel del otro

La persona según Boecio

El primero en acuñar una definición precisa de la persona fue Boecio (480-525), para quien la persona es «sustancia individual de naturaleza racional». Tratemos de explicar esa definición.

3 U

ha persona es

«sustancia»

Sustancia significa «sustrato». Que la persona sea sustancia no significa que tenga algo «por debajo» de sus propiedades. Lo que subyace no es una realidad física que la sostenga: es la realidad personal misma. El ser huma- no permanece, sigue siendo él mismo cuando duerme o cuando se despier- ta, cuando recuerda y cuando olvida, cuando es niño o cuando es anciano; cambiando, es el mismo, de lo contrario ¿cómo podría decir «soy yo, la mis- ma persona, durante toda mi vida»? Me vivo a mí mismo, a mi propia persona, como causa del bien o del mal, como vínculo entre mis actos y mi persona. Realidad profunda y per- manente, la persona aparece a la vez como sujeto de la acción y como ob- jeto de la misma, pues registra en sí el efecto del acto que ella misma rea- liza. «Yo recuerdo, yo entiendo, yo amo por estas tres facultades, aunque no soy ni memoria, ni inteligencia, ni amor, sino que las poseo. Esto puede decirlo cualquier persona que posea esas tres facultades, pues la persona no es estas tres facultades.» Lo que afirma San Agustín es que sumando las tres facultades no obtenemos un yo; es al revés: sólo porque tenemos un yo, podemos ejercer armoniosamente esas tres facultades. La persona no es un sumatorio de actos aislados, sino que, si hacemos actos diversos aislados y podemos sumarles, es porque existe una realidad personal que los funda y los unifica. Sustancia significa «en sí». La persona es sustancia, no un acciden- te de otra, existe en sí y, por tanto, «para-sí». En cuanto subsistencia in- dividual completa, el hombre no puede formar parte de un todo al que estaría subordinado. Es una realidad completa y unitaria, cuyo centro sustentador es ella misma. El yo que se autoposee desde dentro de sí es- boza libremente el proyecto de su inserción en el mundo. Este modo de ser, que despunta ya en las cosas materiales, alcanza su grado supremo en la persona. Dado su carácter temporal, esa sustancia personal («en-sí» e invaria- ble) cambia, y por eso distinguimos en ella entre personeidad y perso- nalidad. La personeidad es la persona en su estabilidad: «El oligofrénico es persona; el concebido, antes de nacer, es persona. Son tan personas como cualesquiera de nosotros. Sería imposible que tuviera personalidad quien no fuera ya estructuralmente persona. A este carácter estructural de la persona lo denomino personeidad, a diferencia de la personalidad» (Xavier Zubiri). La personalidad, por su parte, son los cambios que expe- rimenta en el tiempo esa personeidad, las formas concretas que en cada circunstancia de la vida va adoptando: la personalidad se va haciendo o deshaciendo, e incluso rehaciendo. El hombre que, como subsistente, siempre es el mismo, nunca es lo mismo; puede haber causas en virtud de las cuales el hombre puede tener simultánea o sucesivamente distin- tas personalidades.

ha persona

es sustancia

«individual»

51

Esa autoposesión que el hombre tiene de sí mismo le hace «individuo» irrepetible, no un "¿qué es?", sino un "¿quién es?", un nombre propio. Por ello es fin en sí mismo. «Individual» no significa «individualista», encerrado en sí mismo, en- simismado:

-Maestro, ¿cuál es el secreto de la auténtica interioridad? -Entra primero en el silencio para conocerte.

Después de cierto tiempo, el joven regresó contento:

-Maestro, he conseguido interiorizarme y así conocerme en profundidad. ¿Estoy ya maduro? Ahora -respondió el maestro- te falta lo más importante: salir de ti mis- mo y ponerte en el lugar del otro. Sólo entonces conocerás el valor de la inte- rioridad.

Y, como el discípulo no hizo caso, entró tanto en la interioridad que un día terminó saliéndose de ella. Hay una soledad devastadora («de palabras vendedor, quien no es- cucha su interior») y una soledad comunicadora. El silencio es imprescin- dible para dar frutos. Algunos hablan porque el ruido les parece menos amenazador que el silencio, pero son raras las palabras que valen más que el silencio. Una hermosa tarde de primavera, un amigo de El Greco encontró a éste sentado en una habitación con las cortinas echadas: "¿Por qué no sa- les a tomar el sol?", le preguntó. "Ahora no -respondió-, no quiero pertur- bar la luz que brilla en mi interior". Ciertos enfermos de psiquismo empobrecido se lamentan de no saber- se crear la intimidad que anhelan, no aportan a sus experiencias la dimen- sión profunda que les otorgaría esa soledad.

ha persona

es sustancia

individual

«racional»

La persona se pertenece a sí misma, es «suidad», se autoposee. Dicho de otro modo: no hay ninguna realidad física que cumpla con la condi- ción de «indivisa» en sí (idéntica consigo misma) y «dividida» de todo lo demás (no confundida con lo demás, autónoma) : «La realidad dota- da de inteligencia es la única realidad perfectamente subsistente, por- que es la única que cumple la triple condición de ser clausurada, de ser total, y de ser una esencia que se posee a sí misma en forma de esencia abierta» (Zubiri).

52 GAP. 2. LA PERSONA HUMANA

Totalidad abierta a la realidad, tanto ajena como propia («para sí»), la inteligencia puede convertir el «medio» en «mundo»; puede lograr esa autorreferencia que expresan los términos me ("me gusta", "me interesa"), mi ("en mí", "mi cuerpo") y, de modo supremo, el pronombre yo ("soy yo", "yo sé quién soy"). Al inteligir una cosa, cointelige su propia realidad, re- vierte sobre sí, se posee a sí misma como realidad: se posee a sí misma. En tanto que persona, el individuo humano es 'suyo', suidad.

La persona según Mounier

Según Emmanuel Mounier (1905-1950), «una persona es un ser es- piritual constituido como tal por una forma de subsistencia y de indepen- dencia en su ser; mantiene esa subsistencia e independencia mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadidura, a impulsos de actos creadores, la singularidad de su vocación». Esta larga definición no la entenderán gentes ciegas para las personas, como las hay ciegas para la pintura, con la diferencia de que muchos cie- gos para las personas son responsables, en cierta forma, de su ceguera, y llegan a serlo porque quieren una libertad mal ejercida. La vida personal es algo que los animales no pueden captar y, a veces, las personas tampo- co, si no viven por encima de cierto nivel de animalidad. La persona es un ser espiritual, es decir, dotado de una vocación de eternidad, pues todos aueremó1Tpel:seygrja¿Qii£-¿iQ-^^ *lIaolvidada al borde del camino una flor marchite.

' Esta espiritualidad es subsistente e indeperidlente, rasgos delJiumano autodominio ejercido libremente Silio pudiésemos~adherirnos en libertad. *~rio~s^na^rño^"Iociue somoi^ealija^eT^s^fítüaTes): somos quienes somos *"~pófqüe_vivimos desarrollando tina escala de valores libremente adoptada. Esa adhesión a la jerarquía de valores la vivimos responsablemente con los demás en un compromiso. Es un «compromiso»: una vivencia comunitaria (con), en favor de un mundo nuevo (pro), hacia el que nos sentimos envia- dos (miso). Y es un compromiso «responsable» cuando la palabra se convierte en respuesta (diálogo) y ésta, a su vez, en responsabilidad por el otro. Ella se vive en constante conversión ante el prójimo, ante un Dios que es personal.

La persona según Piaget

Según Jean Piaget (1896-1980), la persona es una estructura a la vez estructurante y estructurada. Sus elementos estructurados han llegado a ser lo que son gracias a sus leyes estructurantes. Toda relación entre un ser viviente y su medio presenta ese carácter específico de que el primero, en lugar de someterse pasivamente al segundo, lo modifica imponiéndole

LA PERSONA

53

cierta estructura propia. Recíprocamente, el medio obra sobre el organis- mo, pudiendo designarse "acomodación" a esta acción inversa. La adapta- ción es un equilibrio entre asimilación y acomodación. El ser humano, es- tructura superior y más compleja, no sólo no queda absorbido por las estructuras circundantes, sino que impone sus propias leyes, aunque evi- dentemente no pueda ni deba transgredir las de la naturaleza. La estructura humana no sólo es la de una máquina, sino también la de un maquinista. Frente al conductismo, que consideraba a la mente como una caja vacía limitada meramente a registrar los estímulos externos, el ser humano corrige su ambiente externo y también el interno, tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Su sistema autorregulador hace que sus trans- formaciones interiores permanezcan, aunque entren a formar parte de una estructura mayor; por eso tiene una posibilidad de ensanchamiento que amplía sus límites, conservando las propias leyes de su interior ("homeos- tasis"). Queda así sujeta a cambios, pero también a progresos. Lejos de re- ducirse la estructura personal al universo, no cabe prescindir de su poder creativo y simbolizador.

Otras

definiciones

Animal

de

realidades

La persona sobrepasa la mera animalidad sin dejar de ser animal. El animal alcanza un importante grado de inteligencia y de sentimiento, pero no llega a tener conciencia de sí mismo. El animal es capaz de contemplar objetos; la persona, realidades:

El hombre es el animal que trasciende su propia animalidad, de sus es- tructuras orgánicas. El hombre es la vida trascendiendo en el organismo a lo

meramente orgánico

lidad: la psique, en efecto, no es algo añadido al organismo, sino una realidad estructural con él. Por tanto, trascender no es salirse del organismo, sino un quedarse en el organismo de la animalidad. Y, segundo, es trascender en la animalidad a su propia realidad. La unidad de estos dos momentos es justo lo que significa la definición del hombre: animal de realidades. 1

es trascender no de la animalidad, sino en la anima-

A diferencia de los demás animales, «el animal humano está instala- do no sólo "entre" realidades, sino "en" la realidad, en lo trascendental». Por eso es capaz no solamente de tener comportamientos, sino de conver- tir el comportamiento en afrontamiento, de enfrentar o asumir la reali- dad: la persona puede adaptarse al tiempo, medirlo, conocerlo, proyectar de nuevo, trabajar, producir, inventar, ya que puede enfrentarse al tiempo activamente y no sólo sufrirlo.

'X. /.uliiri, Sobiv <7 hombre. Alianza, Madrid, p. 93.

54

LA PERSONA

55

Animal

autobiográfico

Este «animal de realidades» es capaz de dominar su propia biografía:

«la vida humana es autoposesión. Y esta autoposesión es la esencia de la

biografía: un proceso de autoposesión de su propia realidad

tiene un esbozo de autos ("sí mismo"). No "se" siente satisfecho, pero siente satisfacción». A diferencia de él, el hombre se posee a sí mismo, «de tal modo que el momento de ser "perteneciente a" forma uno de los carac- teres esenciales de mi realidad». 2

El animal

Animal

corpóreo de inteligencia

sentiente

El cuerpo humano es corporeidad espiritual; otra corporeidad quizá conllevara otra forma de temporalidad, pues seguir siendo con otra tem- poralidad y el mismo cuerpo no es comprensible. El ser humano es espí- ritu encarnado -del espíritu a la materia- y carne espiritualizada -de la materia al espíritu-. Como tal,

Su inteligencia no es comprensiva, sino impresiva: no hay dos facultades,

una inteligencia y una sensibilidad, sino una sola facultad: inteligencia sentien- te. Claro está, hay sensibilidad sin inteligencia: la mayor parte de los actos de sentir son ajenos a la inteligencia. Pero la inversa no es cierta: la totalidad de

los actos intelectivos son sentientes

"y" psique, sino que el hombre "es" psico-orgánico. Este organismo es "organis-

mo-de" esta psique; y esta psique es "psique" de este organismo. La psique es desde sí misma orgánica, y el organismo es desde sí mismo psíquico. En resu- men, no hay un puro sentir y "además" un inteligir, sino que lo que hay es es- tructuralmente intelección sentiente. 3

El hombre, pues, no "tiene" organismo

Animal

comunitario

Somos relaciónales y por eso aprendemos a socializarnos. La socia- lización primaria crea en la conciencia del niño una abstracción progre- siva. Existe una progresión que va desde "Mamá está enojada conmigo ahora", hasta "mamá se enoja conmigo cada vez que derramo la sopa". A medida que padre, abuela, hermana mayor, etc., apoyan la actitud ne- gativa de la madre con respecto a derramar la sopa, la norma se afian- za. El paso decisivo viene cuando el niño reconoce que "todos" se opo- nen a que derrame la sopa, y la norma se generaliza como "Uno no debe derramar la sopa", en la que "uno" es él mismo como parte de la gene- ralidad que incluye todo aquello de la sociedad que resulta significante para el niño.

2 Ibidem, p. 94. 'Ibidem, p. 94.

Un primer nivel de socialización se produce con la trasmisión del vo- cabulario; el segundo nivel contiene proposiciones teóricas rudimentarias (proverbios, máximas, etc.); el tercero llega con la elaboración de teorías explícitas mediante proposiciones formalizadas; el cuarto nivel lo consti- tuyen los universos simbólicos; sólo después surge la posibilidad de refle- xión sistemática sobre la naturaleza de ese universo y la apertura a la pro- blematicidad de ese sistema. 4 Ahora bien, aunque la relación persona-grupo es necesaria, hay que vigilar para evitar el "borreguismo", pues está muy por debajo de la digni- dad humana -como dijera Gandhi- el perder la propia identidad personal y perderse en un tornillo más de la maquinaria. «Con excepción del instin- to de conservación, la propensión a la emulación probablemente constitu- ya la motivación más fuerte. Esta propensión es tan poderosa que nos in- duce una y otra vez a caer en comportamientos disparatados y dolosos. 5 Ejemplos:

Grupo espejo. Cada uno proyecta en él algo de su yo real o de su yo ideal, produciéndose así cierta fusión de horizontes. Pero el quedarse en la contemplación del sí mismo grupal puede convertirse en una deforma- ción, la de Narciso, que sólo tenía ojos para sí mismo. Grupo prisma. El grupo registra las aportaciones de las personas. La función prismática nos cambia sin darnos cuenta, como el aire a quienes le respiran. Pero, mientras que el aire acoge y mezcla todos los efluvios, el grupo no deja pasar más que ciertas aportaciones, las que tienen el prestigio de las personas y de las ideas dominantes. Grupo recipiente. Se produce una combinación de las aportacio- nes personales, una síntesis de todos. Pero el recipiente no ha sido más que un lugar de encuentro para elementos que se armonizan o se com- baten, olvidando que la virtud creadora de las ideas o iniciativas no se encuentra en el recipiente, sino en los ingredientes procedentes de las personas.

Animal libre y moral

En Grecia y en Roma no se reconocía la libertad ni la dignidad de to- das las personas, pues se excluía a los esclavos, etc. El célebre jurista ro- mano Justiniano (527-565) no consideraba personas más que a los libres capaces de heredar propiedades. Sin embargo, «la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pue- den igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar cubre» (Cervan- tes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha). Una propiedad tan im-

4 Berger-Luckman, La construcción social de la realidad, Amorrortu, Buenos Aires, 1986, página 101. 'M. Harris, Jefes, cabecillas, abusones, Alianza, Madrid, 1994, p. 43.

56 GAP. 2. LA PKRSONA HUMANA

portante como la libertad aún dista de haberse realizado sanamente en la historia. Respecto a sus actos, la persona tiene una doble función: tiene unas dotes, gracias a las cuales es el agente de sus actos (anda, ve, piensa, sien- te, quiere) y es autor de sus actos. El animal no es autor de sus actos; el hombre, sí. No de todos, por lo menos en el sentido de libres, pero sí cuan- do opta no sólo por unos actos o por otros, sino sobre todo por una u otra manera de ser. Ningún animal es libre, sino el hombre: el ser humano es ciudadano de dos mundos; si el primero lo comparte con los demás ani- males, y en él reinan los instintos obligatorios, el segundo, el de la liber- tad, situada en el reino de la conciencia moral, es atributo exclusivo del ser humano, «un rango que le hace acreedor al respeto» (Kant); el hom- bre es «libertad e independencia frente al mecanismo de la naturaleza en- tera». La libertad conlleva la «dignidad del ser racional, que no obedece otra ley moral que la que él se da a sí mismo». Según una leyenda, Yahvé creó al hombre, amasó barro, le insufló esencia de humanidad, y lo metió en el horno para su adecuada cocción. Pero Yahvé, tan encantado con su creación, se descuidó abriendo el horno después de lo debido, saliendo la raza negra. Insatisfecho, repitió la ope- ración, pero tan atento al reloj del horno estaba para no despistarse, que extrajo la masa antes de tiempo: era la raza blanca, a medio terminar. Por último, Yahvé se concentró y horneó en su punto a la raza perfecta, termi- nada, automática, amarilla (recordemos que se trata de una leyenda chi- no-japonesa) . Pues no. Dios creó a todas las razas lo suficientemente terminadas como para que pudieran acabar de «hacerse» en libertad y bajo su propia responsabilidad fuera del horno, aunque el hombre pueda torcerse en el ejercicio abusivo de su libertad, riesgo que, sin embargo, no aminora la confianza del Creador en sus criaturas: tanta es su convicción de que la libertad puede dirigirse hacia el bien. Por lo demás, sin libertad no ha- bría responsabilidad ni dignidad alguna.

Ser misterioso

Pero, por muchas que sean las definiciones de la persona, en el fondo, ¿quién la conoce del todo?:

Una noche desperté oyendo un ruido que no cesaba. Era el vecino de arriba que andaba de un lado para otro, y sus pasos resonaban en el techo. ¡Aquello era insoportable! Aquellos pasos me obsesionaban. Las dos de la madrugada. Tenía que madrugar para ir al trabajo y necesitaba dormir. Y el vecino paseándose arriba y abajo sin parar y sin la más mínima considera- ción. Pensé: mañana subiré arriba y le partiré la cara. Al día siguiente subí al piso de arriba y me enteré de que el hijo de mi vecino había muerto aquella madrugada y que, durante toda la noche, aquel padre afligido había paseado en brazos a aquel pobre niño, consumido por la fiebre. Hoy he vuelto a recor-

LA PERSONA

57

dar aquellos pasos. ¿Qué sabemos nosotros? Nuestra interpretación de los he- chos es, a menudo, equivocada. Nos haría falta conocer absolutamente todo para poder juzgar. Y, aún así, no tendríamos bastante. 6

Veamos algunos ejemplos de misterio, extrañeza o perplejidad en la captación del yo.

El misterio del yo perplejo

«¡Válgame el cielo, qué veo! ¡Válgame el cielo, qué miro! Con poco espanto lo admiro, con mucha duda lo creo.

¿Yo en palacios suntuosos ? ¿Yo entr e tela s y brocados? ¿Yo cercado de criados tan lucidos y briosos?

¿Yo despertar de dormir en lecho tan excelente? ¿Yo en medio de tant a gente que me sirva de vestir?

Decir que es sueño es engaño bien sé que despierto estoy. ¿Yo Segismundo no soy?»

CALDERÓN DE LA BARCA

El misterio

-«¡Yo soy -la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta, sino la misma chapa de la armadura la que vibrara con un leve retumbe de eco-, Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez! -Aaah -dijo Carlomagno como pensando-. ¡Si tuviera que acordarme del nombre de todos estaría fresco! Pero en seguida frunció el ceño:

-¿Y por qué no alzáis la celada y mostráis vuestro rostro? El caballero no hizo ningún ademán; su diestra enguantada con una férrea y bien articulada manopla se agarró más fuerte al arzón, mientras

del yo

«inexistente»

"Cfr. C. Díaz, La virtud de lo paciencia, TIMIÍIS, México, 2002, p. 109.

58 GAP. 2. LA PERSONA HUMANA

que el otro brazo, que sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío. -Os hablo a vos, paladín -insistió Carlomagno-. ¿Cómo es que no mos- tráis la cara a vuestro rey? La voz salió clara de la babera. -Porque yo no existo, Majestad. -¿Qué es eso? -exclamó el emperador-. ¡Ahora resulta que tenemos entre nosotros incluso un caballero que no existe! Dejadme ver. Agilulfo pareció vacilar todavía un momento. Luego, con mano firme pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadu- ra blanca de iridiscente cimera no había nadie. -¡Pero lo que hay que ver! -dijo Carlomagno-. ¿Y cómo lo hacéis para prestar servicio, si no existís? -¡Con fuerza de voluntad -dijo Agilulfo-, y fe en nuestra santa cau- sa!» (ítalo Calvino: El caballero inexistente).

El misterio

del yo

«mutante»

Aquel cantero cortaba piedras de la montaña: «Si fuera rico no tendría que cortar piedras toda la jornada», exclamó. Para su asombro, oyó re- pentinament e l a vo z d e u n bue n genio : «Tu dese o s e cumplirá , será s rico» . Ante la sequía de aquel año, el picapedrero ya rico exclamó: «El sol es más poderoso que yo: quisiera ser sol». Convertido ya en sol enviaba sus rayos a la tierra, hasta que un a espesa nube le eclipsó: «La nube es más poderosa que el sol: ahora quiero ser nube». El picapedrero-nube todo lo dominaba, menos una altiva roca que permanecía indiferente: «Quiero ser roca». Un día un hombrecillo comenzó a demoler su base: «¿Cómo un picapedrero es más fuerte que una roca? ¡Quiero volver a ser picapedrero!».

El misterio

del yo

dividido

El escritor ítalo Calvino narra la historia del vizconde que, en un due- lo, tras ser cercenado por el tajo de un adversario en dos mitades exactas, cada una de las cuales vive su vida independiente, una buena y otra mala, logra por fin recobrar su anhelada unidad: al fin y al cabo no hay ninguna parte humana que no añore a las restantes (Sigmund Freud señaló no dos mitades, sino tres estratos en cada ser humano: ello/yo/superyo; Nietzs- che eleva ese número hasta el infinito).

El misterio

del yo

legionario

«Y llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro de entre los sepulcros un hombre con

SER ACOMPAÑADO: PERSONA Y RELACIÓN

59

espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía tenerle ya atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante él, y gritó con gran voz: '¿Qué tengo yo conti- go, Jesús, hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes'. Es que él le había dicho: 'espíritu inmundo, sal de este hombre'. Y le pre- guntó: '¿cuál es tu nombre?'. Le contesta: 'mi nombre es Legión, porque so- mos muchos'. Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región» (Me, 5).

SER ACOMPAÑADO:

PERSONA Y RELACIÓN

La persona ha nacido con los demás, vive entre ellos, y en su entorno muere. Sería ocioso preguntarse si fue antes el individuo aislado o la pare- ja. «Yo llego a ser yo en el tú; al llegar a ser yo, digo tú» (Martin Buber, Yo y tú). «Sólo hombres capaces de hablarse realmente de tú pueden decir verdaderamente 'nosotros'. El hecho fundamental de la existencia huma- na es el hombre con el hombre. A esta esfera la denomino esfera del entre y es una categoría básica de la realidad humana, que se realiza en grados muy diferentes» (Martin Buber: Qué es el hombre).

«El ojo que ves no es ojo porque tú le veas, es ojo porque te ve»

«Poned atención:

Un corazón solitario no es corazón»

MACHADO

Somos yo-y-tú, tú-y-nosotros. Al subrayar esa relación se queda corta la afirmación de Ortega y Gasset «yo soy yo y mis circunstancias», más bien «yo-soy-yo-y-mis-circunstantes», pues aunque las cosas y los anima- les son circunstancias, sólo las personas son circunstantes: sólo ellas for- man parte de mi propia vida. El amante llama a la puerta de su amada:

«Soy yo». Ella le responde: «Pues entonces márchate. En esta casa no ca- bemos tú y yo». El rechazado amante se va al desierto, donde medita du- rante meses las palabras de su amada. Por fin regresa y vuelve a llamar:

«¿Quién es?». «¡Soy tú!» Y la puerta se abre al instante.

(>()

CAP. 2.

LA PERSONA HUMANA

Yo-tú

Yo soy más, tú eres más (actitud positiva) Yo soy más, tú eres menos (arrogancia) Yo soy menos, tú eres más (depresión) Yo soy menos, tú eres menos (derrotismo)

Yo-tú-él

Yo soy más, tú eres más, ellos son más (filantropía) Yo soy más, tú eres más, ellos son menos (xenofobia) Yo soy más, tú eres menos, ellos son más (menosprecio del prójimo) Yo soy más, tú eres menos, ellos son menos (egocentrismo) Yo soy menos, tú eres más, ellos son más (depresión) Yo soy menos, tú eres más, ellos son menos (idolatría del líder) Yo soy menos, tú eres menos, ellos son más (malinchismo) Yo soy menos, tú eres menos, ellos son menos (pesimismo)

Yo-todos

«Somos todos de consuno y en la pina que formamos yo soy nos-otro y nos-uno»

UNAM UNO

El enfermo yo sin tú

«En el meeting de la Humanidad

millones de hombres gritan lo mismo:

¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo! ¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo! ¡Cu, cu, cantaba la rana, cu, cu, debajo del agua! ¡Qué monótona es la rana humana! ¡Qué monótono es el hombre mono! ¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo!

Y luego: a mí, para mí,

en mí opinión, a mi entender. ¡Mi, mí, mi, mi!.

Y en francés hay un ¡Moi!

¡Oh, el Moi francés, ese sí que es grande!

¡Monsieur le Moi!. La rana es mejor:

¡Cu, cu, cu, cu! Sólo los que aman saben decir ¡tú!».

JACINTO BENAVENTE

61

SER AMADO: PERSONA Y AMOR

La persona pide

Tanto en la comunicación satisfactoria con los otros como en la dificul- tad, somos relaciónales. Por tanto, lo primero que descubro no es mi propio «yo pienso, yo existo», como quería Renato Descartes (1596-1650), un yo sin tú, un «yo pienso» sin cuerpo. El «yo» no comienza con el solitario y arro- gante «yo», sino con el vocativo relacional, con el «por favor». Si el vocativo es la relación en su forma de petición, el genitivo es la relación en la forma de respuesta satisfactoria. El vocativo es el niño, el genitivo es la madre (pa- dre, hermano mayor, comunidad de cuidadores) a cuya amorosa entrega an- ticipada el niño aprende a responder. En efecto, desde que nacemos tenemos necesidad de las demás perso- nas; no hay nadie más carente y precisado de auxilio que un niño. El llan- to es su manera de decir «por favor». El «yo» del llanto es, desde su ori- gen, un «ven hacia mí». Quien luego va a devenir el animal más brillante es desde que nace el más mendicante. ¿Qué sería de un bebé sin nadie que le cuidase? Somos petición, súplica, invocación. Existimos porque so- mos capaces de pedir. Los niños aprenden deprisa porque piden y pregun- tan mucho. El cariño fortalece y revitaliza. La fuerza del cariño es nutritiva: ener- getiza, dinamiza, restaura el ala rota del pajarillo que, aterido ya sobre el alféizar de mi ventana, carecía de temple vital para entonar el canto y, convirtiendo el hueco de la mano en nido, recupera en su garganta ateri- da la capacidad y la esperanza canora, la libertad para la aventura, la ale- gría de aletear. No puede considerarse libre quien no vive dispuesto a con- ceder la libertad a los demás. Quien me quiere me confiere confianza para que yo confíe en mí mismo y en los demás. Paul Gauguin se dio cuenta del valor de la confianza cuando afirmó: «Prefiero pecar de confiado, aun- que me lleve mil decepciones, a vivir desconfiado de todo y de todos; en el primer caso se sufre sólo en el momento del desengaño, y en el segun- do se sufre constantemente». ¿Hemos reparado en que la vida es un intercambio de vocativos y ge- nitivos? La madre que cuida al bebé, ¿no pasa a ser cuidada por el hijo, que ahora ejerce como su genitivo? Y ¿no ocurre a veces otro tanto con la rela- ción maestro-alumno, en que éste pasa a enseñar a su maestro sin dejar de invocarle como tal maestro, por gracia? Milagro de la relación interpersonal. ¡Qué suerte tiene quien ve satisfecha su petición, si ésta es buena! ¡Cómo ne- cesitamos ser acogidos! Da más fuerza saberse amado que creerse fuerte, aseguraba Goethe. La certeza de sabernos amados nos hace invulnerables, invulnerables incluso en nuestra vulnerabilidad. ¡Qué raro, qué maravilloso ese fugaz instante en que comprendemos que hemos descubierto un ser que nos ama! Aquel que nos quiere nos enseña mejor que nadie a querer. Si nos falta el genitivo, el abrazo, el cuidado, tendremos más dificulta- des en superar la inmadurez. Recuérdense las experiencias de Kóhler y Koff-

6 2

CAP. 2.

LA PERSONA HUMANA

ka también con chimpancés, gorilas y orangutanes: carentes de tacto pater- no-materno, desarrollaron comportamientos neuróticos desde la excitación eufórica a la inmediata depresión, por tanto sin equilibrio emocional. Como sabemos, después de las experiencias de Feuerstein, las ratas criadas con estímulos aversivos son los últimos en encontrar la salida del laberinto, y son más agresivas. Los niños educados con buenas expectativas rinden más que los malos: se rinde según el trato que se nos da y lo que se espera de nosotros (efecto Pigmalión). Pero, a diferencia de los niños, la edad nos va haciendo más refracta-

rios a la petición a los adultos, por eso no todos los adultos sabemos pedir. Sin embargo, quien no sabe pedir no sabrá dar. ¿Por qué no pedimos más los adultos? Por miedo al rechazo, por malas experiencias anteriores, por

cobardía

dremos crecer.

Mas, si no nos fiamos de nadie, si no queremos pedir, no po-

Pese a todo, niños, adultos y ancianos necesitamos pedir. De hecho, a veces sin darnos cuenta, reajustamos nuestra actuación para que los otros nos acepten. Con frecuencia, se sale de un encuentro modificando la ima-

y resulta

que es". La mayoría de las veces, y si la interacción no se prolonga, pue- den conservarse las imágenes preexistentes. Pensemos en la interacción que tiene lugar entre dos personas de muy distinto rango social, ponga- mos el rey y un niño que va a ofrecerle un obsequio: si el rey mantuviese determinada tiesura, exigible en otros contextos, la relación se bloquearía.

En cualquier caso, la imagen que el otro me devuelve de mí mismo me

?", o "Le he debido parecer

que

peor. Si se nos define en más de lo que imaginábamos inicialmente ser, aparte la gratificación en forma de autoestima que de ello se deriva, acep- tamos por lo general, sin reticencia, esta imagen realzada. (A veces no ocurre así, y nos vemos obligados a pensar, por la responsabilidad que se contrae, que el otro nos tiene en más de lo que somos.) Por el contrario, si la definición nos rebaja, la relación suele ser de rechazo. De todos mo- dos, esto no debería hacernos depender del juicio ajeno, claro está. En fin,

Puedo parecer al otro como pretendía ser, o quizá mejor, o tal vez

interesa mucho: "¿Qué le habré parecido a "

gen previa forjada sobre el interlocutor: "Mira, creía que era

«toda definición efectuada por los otros sobre uno se compara con la defini- ción que uno esperaba obtener a partir de su actuación. Pero la comparación también se establece entre la que hacen de uno y la que hacen de los demás:

¿somos preferidos o somos preteridos? Nuestra autoestima sufre si se nos

sitúa allí donde pensamos que no debemos estar, y más aún si se sitúa a otro

en la

Si lo que nos hace ser personas es el amor, cuando lo recibimos pero no lo damos cortamos la cadena del amor y, al cortarla, matamos. Si el amor recibido nos lo quedamos para nosotros, si no lo trasfundimos, peca- mos gravemente. Si quien nos ama nos hace ser, quien no nos ama difi-

posición que juzgamos que nos corresponde». 7

7 C. Castilla del Pino, Teoría de los sentimientos,

Tbsquets, Barcelona, 2000, p. 176.

SER AMADO: PERSONA V AMOR

culta nuestro ser. Si amar es dar la vida, no amar es no-darla, quitarla. El pecado constituye precisamente la negación del dativo, la ruptura de la cadena de dones, el obstáculo que no regala el amor que le han regalado, la ruptura del sistema personal de relaciones que siempre se encuentra orientado hacia el tú: un cerrarse en sí mismo, un querer ser solamente uno mismo.

La persona acoge

Cuanto más débiles somos, más necesitamos ser cuidados. Cuanto más crecemos en todos los sentidos, más podemos ayudar. El vocativo (la petición) es el niño, el genitivo (la acogida) es la madre, el padre, el her- mano mayor, el cuidador o cuidadora, la comunidad, a cuya amorosa aco- gida el niño aprende a responder. El cariño que nos proporcionan nos for- talece y nos revitaliza. Un notable discípulo de Freud, Karl Gustav Jung (1875-1961), afirmó que las personas terminaron recluidas en los mani- comios porque antes nunca tuvieron a nadie dispuesto a escuchar lo que tenían que contar. El sufrimiento es principio de curación y requiere un correcto acompañamiento en el que se necesita compasión. Ninguna ex- periencia de sufrimiento se suple tan sólo con los tratamientos biológicos. La atención a esas personas requiere una asistencia que despierte esperan- za. La esencia de la ayuda consiste, ante todo, en despertar la esperanza básica de la persona que sufre. Si, por el contrario, nos falta el apapacho, nos encontraremos con más dificultades en superar la inmadurez. ¿Cómo sería la existencia de alguien nunca amado?, ¿Qué tipo de «yo» desarrollaría? ¡Cuántas personas no han conocido un abrazo necesario y andan por ahí como zombis, muer- tos en vida! ¿No hemos pensado en nuestra responsabilidad respecto de muchos que nunca han sido amados? Si lo que nos ayuda a crecer como personas es el amor, cuando lo recibimos pero no lo damos, cortamos la cadena del amor: hacemos un daño grave.

La persona dona y se da

Quien ha ido aprendiendo a vivir desde la experiencia del amor, goza ayudando a los demás. Aunque parezca paradójico, sólo se posee lo que se regala. La madurez crece en relación de proporcionalidad directa con la generosidad.

Donación

(o dativo)

de alcance

corto

Hay quien da lo que puede a los suyos, tan sólo a los suyos, y la ver- dad es que semejante comportamiento no es como para tirar cohetes, pero

64 CAP. 2. LA PKRSONA HUMANA

no es malo mientras no pretenda para los suyos propios lo que roba a los ajenos por el mero hecho de que no son los suyos. Por lo general, el que es sólo bueno con los suyos suele escudarse en argumentos tan pobres como que los amigos son como los melones, y que hay que probar 50 para hallar uno solo bueno. El dativo de radio corto (dativo para los propios) suele ser de radio ancho para los de casa, pero estrecho para los de fuera. Otra variante del dativo de radio corto es el «te doy para que me des» (amistad útil) que se expresa en la ley del Talión. Pero hay quien un día (y tiene más valor si ello ocurre antes de morir- se, pues después de muerto tiene menos gracia) decide regalar lo suyo a to- dos, haciendo que su beso abarque a toda la humanidad, y ése es genial. La com-pasión resulta directamente proporcional a la práctica de la caridad:

«Bien sabemos nosotras que hacer lo que hacemos no pasa de ser una gota de agua en el océano. Pero si esta gota no estuviese allí, al océano le falta- ría algo. Por ejemplo, si nosotras no tuviésemos escuelas en los barrios po- bres -no pasan de ser pobres escuelas primarias en las que nosotras ense- ñamos a los niños a amar la escuela, a estar limpios, etc.-, si nosotras no tuviésemos estas escuelas, miles de niños estarían en la calle. Tenemos, pues, que escoger entre algo, aunque sea poco, o dejarles sin nada. Ocurre lo mismo con nuestros hogares de los moribundos. Si no los tuviésemos, los que en ellos se amontonan morirían en la calle. Pienso que merece la pena tener todo esto, aunque no sea más que para que tales infelices mueran en paz, en la paz de Dios». ¿Debemos dar limosna a los mendigos? Cierto ex alcalde, mediante una operación de maquillaje, desempolvó unas ordenanzas municipales de 1930 en las que se señalaba que «para tranquilidad, respeto y buena armonía en- tre los habitantes de la ciudad, queda prohibido en absoluto ejercer la men- dicidad. Serán retirados de la vida pública todos los vagos y maleantes que, aunque no se les sorprenda ejerciendo la mendicidad, por su suciedad y as- pecto deplorable, así aconsejen su retirada para bien de la ciudad y perso- nas que nos visitan». Los partidarios de la limosna la defienden porque es una forma de mitigar la ajena necesidad y, a la par, de tranquilizar la pro- pia conciencia. En todo caso, la mendicidad ni puede ni debe prohibirse. Además, si su conciencia se lo dicta, dé usted limosna, pero sepa que su ayuda será mejor administrada por una institución como Caritas, pues amén de procurar una ayuda puntual al necesitado, dispone de programas de rehabilitación y reinserción a más largo alcance. Y pídale cuentas a dicha institución, que está usted en su pleno derecho. Pero si de verdad le preocupa la mendicidad, vaya más lejos. Piense que los mendigos son personas como usted, sienten como usted, necesitan cobijo, comida, ropa, asistencia médica, cariño, un puesto de trabajo exac- tamente igual que usted lo necesita. Cuidando al otro se hace lo justo y necesario. Si todo eso le importa de verdad, comience por cumplir con sus obligaciones fiscales. Luego presione al gobierno o a las comunidades autó- nomas, a las diputaciones y a los ayuntamientos para que administren bien el dinero público, para que empleen los recursos en programas sociales, en

SHK AMADO: PKRSONA Y AMOR

t» 5

lugar de derrocharlo en armamento, etc. Si dispone de tiempo, compárta- lo, pues su trabajo es importante. Y sobre todo luche por transformar esta sociedad que justifica la riqueza de unos y la pobreza de otros.

Dar

nuestro

espacio,

dar

nuestro

tiempo

Hay dos tipos de dativo, el de espacio (uno da cosas) y el de tiempo. El dativo de espacio a veces lo damos a nuestros hijos (les compramos juguetes, caballos, casas, etc., que caben en el espacio) para no darles nuestro tiempo, que es el dativo más valioso: cuando uno da lo que uno mismo es, su tiempo, se da a sí mismo.

Dativo

absoluto:

darse

Pero ¿y si ensayáramos una filosofía nueva, que sería no serse para darse?

¡Darse gratis! ¿No habría llegado a nuestros pueblecillos el momento feliz de inaugurar una nueva existencia, una nueva tierra y unos nuevos cíelos? Y el no serse, ¿qué es?: la nada, la nada. Pero, ¿es que vale algo la nada? Pablo dice:

¡claro que vale!, porque el Hijo se vació, se perdió, se entregó. Por eso este nuevo camino no es una "nueva" filosofía, sino un camino que ya está abierto, camino nuevo y vivo, mano abierta, herida, encendida. La Carta de Pablo a los Corintios afirma que el Padre, en su proyecto, ha elegido a la nada de este mundo para de- jar paso a eso que se llama la "gracia", o sea, la gente que no vale, que no tiene dinero, que no tiene poder, que no tiene cultura, que está marginada, que está en- ferma. En la nada, en el no ser, en el basurero, es donde florecen las flores, no en los depósitos bancarios de Vitigudino. Es algo que está sembrado en el basurero

y que crece solo. ¡Ah, no serse, desvivirse, no para recuperarse sino para pasarse

a otros y éstos a otros y a otros, eso sería extraordinario, realmente estaríamos

inaugurando una página nueva!

Esto sería como la siembra del grano de trigo, algo precioso, porque la tierra

tiene una capacidad enorme de vida, la tierra y la humanidad están llenas de vida, pero como no haya un grano de trigo que se rompa y se pudra y se muera -¡tiene que morirse!- no habrá pan. Al sembrarse, al romperse, toda la fuerza de

la tierra pasa al grano de trigo y el grano de trigo la acoge, la transforma y se hace

un puñado de granos de trigo. Esto es sobrecogedor, ¿verdad? A mí me parece la primavera al amanecer. Es una caricia, un amor Hay varias maneras de sembrarse. Si, por ejemplo, tengo un grano de trigo y le dejo en la panera, este grano no se convertirá en pan blanco porque no se ha sembrado. Por tanto no será una respuesta, ni una brecha viva a la sangre derra- mada en Ruanda o en América Latina, será un asunto personal o familiar, pero nada más. ¿Y si uno se queda sobre la tierra, sobrevolándola, caminando por en- cima, que es lo que nos pasa normalmente a nosotros? Tampoco es manera de sembrarse. ¿Y si yo me siembro en un envoltorio de plástico, que pueden ser per- fectamente mis libros? Pues ¡cómo voy a sentir el latido vivo de la tierra y trans- formarlo en pan blanco! Es imposible, porque germino en mi propio ambiente, pero no puedo esperar que ese grano de trigo acoja las lágrimas de los negros

O O

L.AP. Z . LA PERSONA HUMANA

africanos o de los pueblos asiáticos para transfigurar las lágrimas y los cantos en un cántico nuevo, porque estoy en mi envoltorio. ¿Y si me siembro en la tierra desnuda? ¡Ay, si me siembro en la tierra desnuda ya sería mucho, porque entonces me pudro, me tengo que morir! Los escrituristas dicen que entre el grano de trigo que se pudre y la espiga no hay una continuidad, que el grano de trigo se muere verdaderamente, y lo que sale después es algo nuevo, completamente inesperado,

una cosa milagrosa como lo es la vida misma

amanecer, esa luz difusa de las seis de la mañana, de cinco y media a seis; cuan- do empieza a amanecer no cantan todos los pájaros, canta uno; después, al rato largo, canta otro y luego viene un momento en que cantan todos ya cuando se levanta la mañana al tiempo que se enciende la lumbre, pero no con palos gordos que no arden, sino con palos pequeños, medio rotos, para que puedan arder. Es

una cosa preciosa, la semilla que crece sola, como en el texto de Marcos

otra parábola que se conserva en la tradición sinóptica, y que a mí me encanta:

la parábola del grano de mostaza. El grano de mostaza es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece se hace un arbusto y las aves se acogen a él. Esto po- dría ser lo nuestro ¿no? Un grano de mostaza donde las aves en vuelo vienen, se cobijan en la noche y se van. Una cosa pequeña para que cualquier ave en vuelo hacia los nuevos cielos y la nueva tierra tuviera eso, un trozo de pan, un cancio- nero, un libro de filosofía, para que podamos cantar a la mañana como la cantan todas las criaturas».

Y hay

A mí me encanta la primavera, el

8

«Un gorrión voló despacio sobre el huerto buscando dónde poder encon- trar trigo. El espantapájaros, al verle, quiso ahuyentarle dando gritos, pero el pájaro se posó en un árbol, diciendo:

-Déjame coger trigo para mis hijos. -No puedo -contestó el espantapájaros.

Pero tanto le dolía ver al pobre gorrión pidiendo alimento, que le con- testó al fin: "Puedes coger mis dientes, que son granos de trigo". El gorrión, agradecido, besó su frente de calabaza. Una mañana, un conejo hambriento entró en el huerto buscando una za- nahoria. Tanto le dolía al espantapájaros el hambre del conejo, que le ofreció su propia nariz de zanahoria. Una vez el conejo se hubo marchado, quiso can- tar de alegría, pero no tenía boca ni nariz; sin embargo quedó contento. Otro día el galló buscó comida: "Toma mis ojos, que son granos de maíz", le invitó el espantapájaros. Poco después, un vagabundo se acercó a él, aunque no pudo verle porque carecía ya de ojos:

-Espantapájaros, tengo frío. -Usa mi vestido, es lo único que puedo ofrecerte.

Más tarde notó que alguien lloraba junto a él. Era un niño que buscaba comida para su madre. "Pobre niño", musitó el espantapájaros, "te doy mi ca- beza, que es una hermosa calabaza"

8 M. Legido, en Acontecimiento, núm. 33, Instituto Emmanuel Mounier, Madrid, 1994, pp. 155-168.

SER AMADO: PERSONA Y AMOR

6 7

Al regresar el labrador a su huerto se enfadó mucho por el autoexpolio de su espantapájaros, y le prendió fuego. Los amigos del espantapájaros, al ver cómo ardía, se acercaron y amenazaron al labrador, pero en aquel mo- mento cayó al suelo algo que pertenecía a aquel monigote: su corazón de pera. Entonces el hombre, riéndose, se lo comió:

-¿Creíais que el espantapájaros os había dado todo? Pues esto me lo como yo. Mas con sólo morderla notó un cambio interior:

-Desde ahora os acogeré siempre.

Mientras, el espantapájaros se había convertido en cenizas y el humo lle- gaba hasta el sol transformándose en el más brillante de sus rayos». 9

Dejarse

cuidar

Pero no se trata sólo de dar. Se puede acusar de falta de generosidad a quien no está dispuesto a recibir, a quien no deja a los demás ser genero- sos con uno. Ciertas madres no permiten a los hijos esforzarse en bien de la familia, ciertos padres amigos no toleran que se les regale nada, ciertos maestros prefieren en muchas ocasiones realizar una serie de tareas antes que orientar a los alumnos para que las hagan ellos, etcétera. Y hay un acto generoso que suele costar, incluso, más esfuerzo que re- galar: perdonar, mostrar al otro que no lo rechazamos por lo que hizo, que pese a todo le aceptamos y confiamos en sus posibilidades de mejora.

La persona

peivctona

Perdonar es mostrar al otro que no lo rechazamos por lo que hizo, que pese a todo confiamos en sus posibilidades de mejora. Perdonar es renun- ciar a tener la última palabra. Es renunciar al derecho por amor, en favor de un amor sin derechos. Es renunciar a la obsesión de la memoria ofendi- da («me debes, me hiciste») y del rencor pretérito en favor de un futuro liberador: comienza una vida nueva, vamos adelante. La prueba clave de la calidad de la persona es la petición y la concesión de perdón. Quien no pide perdón se pierde lo hermoso de la vida, la experiencia de la reconciliación, nunca será capaz de encuentro, ni de amistad, jamás encontrará un tú ama- do, porque sólo sabrá detectar a un ego ofendido por un tú odiado. A veces no sabemos cómo pedir perdón por no ser dativos. No es tan fácil para quienes no somos verdaderos niños, pues la sociedad no perdo- na; ahí fuera, en la calle, hay una selva donde no se disculpa. Hay también convicciones incorrectas, aunque de uso común: la idea de que quien pide

9 C. Díaz, Diez virtudes para vivir con humanidad. Fundación Mounier, Madrid, 2000, página 43.

(>H

CAP. 2. LA PERSONA HUMANA

perdón se autohumilla; pero es al contrario: el peticionario ennoblece a quien se lo puede conceder, dándole la oportunidad a quien lo concede de ejercer un don. Además, quien recibe el golpe y no lo descarga es presentado como el patito feo, el perdedor, que no puede transferir sobre otro el último agravio. Asimismo, la capacidad de aprender resulta directamente proporcional

a la capacidad de pedir perdón. Existe una relación entre el perdón y el mérito. El incapaz de pedir perdón está encerrado en sí mismo, por eso no reconoce ningún don ajeno

y debe decir: «Todo me lo merezco, me he hecho a mí mismo, soy el hom-

bre que se ha hecho a sí mismo». Todas las faltas son por culpa de los de- más, todo el mundo tiene que admirarme y apoyarme. Pero con eso se está implícitamente cerca del «me estoy deshaciendo a mí mismo». Sufrirá mucho, porque ha hecho con mucho esfuerzo y luchando mucho eso que dice que ha conquistado por mérito propio. No sólo es que, cuando pierde, pierde todo, sino que además lo pierde todo cuando no gana. Por el contrario, quien sabe pedir perdón dice: «No me merezco nada», pero no en el sentido destructivo, sino porque sabe que todo lo que hay en nosotros es fruto del amor que se me ha regalado, de la gracia. Esta perso- na se plantea en su vida devolverlo todo con gratitud, ser el primero en arri- mar el hombro. Y, cuando hace mal, se alegra por pedir perdón al ofendido. Me equivoco frecuentemente, lastimo a los demás, tengo cosas bellísimas pero también otras sumamente negativas. Todo se me ha regalado con gra- cia y todo lo devuelvo con gratitud. Quien se conoce a sí mismo reconoce a los demás, pues el propio rostro es al fin regalo de los rostros ajenos. Cuando pierde, pierde menos. Cuando se equivoca, acierta, porque a través del per- dón redescubre el buen camino. Si humano es hacer el mal, más humano es perdonar y ser perdonado.

En todo tiempo y lugar

El dativo que no conoce excepciones se convierte en ablativo, es decir, en dativo de por vida, en todo tiempo y lugar, a pesar de los fallos y las fragilidades humanas con ellas incluidas, porque nadie es perfecto. Cuan- do se ha vivido en ablativo, se sabe que sólo el amor puede soportar cier- tos espectáculos sin desfallecer, aguantar lo que haga falta. Quien gozó de una vida dativa termina haciendo del dativo un ablativo: para ti, contigo, hacia ti, desde ti, en ti: todas las preposiciones y circunstancias se viven en favor de los demás cuando se ha hecho de la propia vida un don en cualquier tiempo y lugar. Al fin y al cabo, el ablativo es un dativo hecho hábito vital. Y por eso el ablativo no pasa inadvertido: «Ven, quiero que conozcas

a una persona buena». Ese ablativo pasa también a ser «hablativo», por- que de él todo el mundo habla y la gente despide emocionada su cadáver, en el último «adiós» que es el resumen y el compendio de muchos «a

SER AMADO: PERSONA Y AMOR

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Dios»: «recuerdo a este propósito la frase que dijo un día alguien en la calle Tetuán, al ver pasar a Juan Belmonte: 'Este tío sí que va a tener un buen entierro'». Una sola incapacidad tiene el ablativo: es incapaz de acusativo.

El amor es el nombre de la persona

Como escribiera Tomás de Aquino, amor est nomen personae (el amor es el nombre de la persona). El nombre o nominativo, el «yo» de quien ama, aparece en su totalidad al final de la vida. A la caída de la tarde se nos examinará en el amor, que es el nombre de la persona. Si el nombre definitivo del hombre que vive con criterio de humanidad es amor, el an- tinombre de quien vive en inhumanidad es odio. Quien ama sabe que, pese a todo, hay en el ser humano más cosas dignas de admiración que de desprecio. Si no encuentra esto en la su- perficie, si escarba y tiene paciencia, perseverancia y esperanza, si es vo- cativo-genitivo-dativo-ablativo, hallará en el otro y en sí misma al final de la jornada, a la caída de la tarde, ese tiempo de eternidad. El amor es paciente. El amor es servicial. El amor es discreto. El amor se alegra con la verdad. El amor excusa todo defecto. El amor todo lo cree. El amor todo lo espera. El amor todo lo soporta. El amor desconoce el egoísmo. El amor desconoce la irritación. El amor desconoce la venganza. El amor desconoce la injusticia. El amor desconoce la envidia. El amor desconoce la jactancia. El amor desconoce el engreimiento. El verdadero amor des- conoce los celos. Y, porque somos esperanza hasta el final, el nombre de la persona -amor- debe encontrarse al final. El yo sabe que quizá constituiría una presunción proferir el propio nombre demasiado enfáticamente antes del último día. De una persona no puede decirse que haya sido amor hasta el final de esa vida misma. Es al final, y sólo al final, cuando el yo madura- do en el amor co-noce y co-nace, nace y renace a los demás. Desde la pers- pectiva del amor, envejecer es renacer.

Las últimas palabras y la primera Palabra:

quien puso nombre a los seres juzgará también su último nombre

Si lo dicho hasta ahora es verdadero, en el principio no fue el «ego» narcisista ni el «cogito», sino el amor ergo sum: soy amado, luego existo. Descartes no llevaba razón al comenzar con el yo, pues el nominativo, el nombre del hombre, lo que le denomina o designa como yo, es el amor, y éste ha recorrido otro camino: vocativo-genitivo, dativo, ablativo, y al fi- nal el nombre del hombre: el amor. El amor es el nombre de la persona.

70

CAP. 2. LA PERSONA HUMANA

71

Juan, Antonio o Luisa, como personas, comparten un mismo nombre:

amor (en caso contrario, el antinombre: odio). La muerte concede a los otros la última palabra (respondente) sobre mí, que tuve la primera palabra (vocativa) hacia ellos. Por eso para los cristianos el responso -de responsum, a su vez de respondeo- es la última «respuesta» de la comunidad ante Dios: ella testifica que ha caminado con el difunto bajo el signo del amor divino. Por lo demás, es de la misma raíz que spondere, casarse: así como los esposos responden uno del otro cuan- do se casan, así también responde (en cuanto ello es posible) la comuni- dad por el difunto ante Dios. Por encima de mi palabra, y de la palabra de la comunidad sobre mí, Dios tiene la última e infalible palabra sobre los que tienen la última pa- labra sobre mí. Aquel que fundó la palabra, aquel que al crear puso nom- bre a las realidades, es el mismo Aquel que cerrará la palabra.

Soy amado, luego existo

Si yo dijera «Amo, luego existo», en lugar de «Pienso, luego existo», tampoco habría avanzado gran cosa, pues sólo puedo decir «Amo, luego existo» porque previamente he sido amado para existir. Amado Ñervo: «Es para mí una cosa inexplicable el por qué se siente uno capaz de ser bueno al sentirse amado». Soy amado (voz pasiva, no mérito) por gracia. Soy porque, por gracia, he sido amado. Mi yo se descubre al final y por gra- cia, no al principio y por autoafirmación, como pensaba Descartes. ¿No decía Descartes que al yo se llega a través de la duda, hasta tal punto que el más desconfiado es el que mejor domina el yo? Pues noso- tros decimos que no es la duda («el magisterio de la sospecha»), sino la confianza en la gratuidad del amor de quien al amarnos nos da vida, lo que sostiene nuestro yo. La vida es un buscarnos abriéndonos para po- der decirnos: te amo, no morirás. Amar a otro, amarle de verdad, amar- le allí donde la pequeña manía nada tiene ya que ver con la grande y verdadera pasión, amarle más allá del juramento de fidelidad a la be- lleza y más allá del dictado de su obsesión y de su despotismo, escribía Gabriel Marcel, significa decirle: mientras yo viva tú no has de morir, pues mientras yo viva te llevaré siempre conmigo hasta el final. Si alar- gamos la bella afirmación de Gabriel Marcel, diremos: aunque también yo, tu enamorado (a) muriese, aunque me llegara el final a mí que soy mortal y entonces también tú desaparecieses con mi muerte, sin embar- go, si existiera ese Ser que -inmortal Él- desde siempre nos amara y nos amara para siempre, entonces nosotros dos seríamos rescatados para la eternidad amorosa y la muerte no prevalecería jamás sobre nuestra vida. Pues, así como en la tierra es ya el amor lo que nos constituye y salva, y el desamor lo que nos destituye y condena, así también en el cielo si existiera el Dios Amor garantizaría la eternidad amándonos más allá del tiempo de la caducidad.

MADUREZ Y REALIZACIÓN PERSONAL

La persona madura sabe distinguir entre necesidades primarias y se- cundarias. Según Abraham Maslow, hay una pirámide de necesidades. En su base están las necesidades primarias o biológicas (hambre, sed, etc.). A continuación está la necesidad de seguridad. Luego, las necesidades de afecto y pertenencia (querer y ser queridos, ser aceptados en nuestros gru- pos) . Después, la necesidad de estima (autoestima y estima ajena). Por fin, la de autorrealización y trascendencia.

Escala de valores, escala de necesidades

La persona es un ser intencional, un dentro que necesita un fuera, un fuera que necesita un dentro. Va desarrollando su escala de valores y de necesidades a la vez, no es primero lo uno o lo otro. Por eso los valores no serán reconocidos por mí, si a la vez no me reconozco a mí mismo como persona valiosa, por la sencilla razón de que nadie da lo que no tiene, ni entiende aquello para lo que no está preparado: nadie experimentará fue- ra de sí el valor que no lleve dentro de sí. En consecuencia, difícilmente podrá estimar verdaderamente a los demás quien carezca del menor sen- timiento de autoestima. Si los valores no repercuten en mí, si me dejan frío e indiferente, nada valdrá para mí. Esta es la razón por la que se necesita que la correcta escala de valo- res objetivos se corresponda con el correcto establecimiento de la jerar- quía de necesidades subjetivas. Así como hay ciegos axiológicos hay tam- bién ciegos (o, más bien, cegados poco a poco) en cuanto al diseño de sus propias necesidades. Si necesito un castillo, una cuadra de caballos, una avioneta, un harén y una legión de mayordomos, no estoy bien. Las perso- nas con una jerarquía de necesidades muy desenfocada reconocen una es- cala de valores muy desenfocada. Familia, sociedad, cultura también in- fluyen en la configuración de la escala de necesidades. A nadie se le escapa que necesitamos educar nuestras necesidades, lo mismo que nuestros valores: ambas exigencias apuntan a una misma rea- lidad intencional, la humana.

Algunas dificultades de las necesidades

en la

captación

humanas

Muchas personas se vuelven inhumanas cuando, por los motivos que fueren, terminan dominadas por necesidades aberrantes, estúpidas o fal- sas. Algunos ejemplos de antiejemplaridad:

7 2

CAÍ: 2. LA PKRSONA HUMANA

a)

Hay personas que no salen de las necesidades fisiológicas, las me- nos personalizadoras, las más cercanas al mundo animal, aunque muy perentorias e ineludibles.

b)

Hay personas educadas en valores, pero de forma humillante, y ter- minan encerrándose en sí mismos y odiando los valores mal apren- didos.

c)

Hay personas que en esta sociedad competitiva no logran desplegar las habilidades que poseen, porque las circunstancias sociales lo im- piden. Si sólo una exigua minoría puede desarrollar las habilidades que ha cultivado, quien se desarrolla es el imperio del capital, pero a costa de los agentes sociales, que en sus correspondientes tiem- pos de ocio sólo podrá consumir diversiones embrutecedoras.

d)

Hay personas que achacan a su configuración psicosomática las al- teraciones en el juicio sobre sus propias necesidades. Desde luego, las personas tenemos predisposiciones naturales, así como ideales y valores. Si no fuéramos más que animales biológicos y no axiológi- cos, la predisposición natural con que venimos al mundo determina- ría nuestro comportamiento. Pero, siendo los humanos tanto seres biológicos como axiológicos, tratamos de que interactúen las dos dimensiones: con la estructura biológica intentamos vivir nuestros valores.

e)

Hay personas que ignoran las necesidades espirituales, si bien ad- miran a los abnegados sin fronteras, misioneros, etc. Esa necesi- dad de ser misionero, o visionario, existe en cada cual, pero sepul- tada. La vocación es lo que al final de la vida ha descubierto uno, ya por acción, ya por inacción. Y muchas vocaciones posibles se frustran, desviadas por el peso de una pirámide de necesidades aberrante con la que hemos terminado pactando. La vida que al final llevamos es resultado de la vida que no hemos sabido llevar. Pactamos nuestras necesidades con el no-yo, y luego elaboramos complicadas teorías para justificar ese no-yo.

Personalidades maduras axiológicamente

He aquí algunos rasgos tendenciales básicos de madurez axiológica:

Señorío de sí. Autodisciplina, fortaleza, constancia, paciencia, auto- control, autodominio, todo eso genera un tipo de sensualidad integrada. Armonía. Encauzamiento de las inclinaciones naturales hacia el des- arrollo total de la personalidad. Una persona bien dotada físicamente puede orientar esto de una forma unilateral dedicándose a desarrollar sus músculos y quedándose únicamente en el exterior de la personalidad, sin integrar el valor de la corporalidad y convirtiendo la ética en dietética. Muchas de las buenas artes se convierten en malas por su desarrollo uni- lateral y desintegrador.

MADUREZ Y REALIZACIÓN PERSONAL

73

Autorrealización laboral. A través del trabajo realizado conseguimos acercarnos a los ideales. Resulta muy difícil encontrar una persona reali- zada si su actividad cotidiana no le aporta un desarrollo; de ahí la impor- tancia de ejercer los valores durante el quehacer diario. Hay muchos hom- bres cada vez más estresados en sus trabajos, estando además deteriorada su relación personal con la familia y con la sociedad en general. Si la sociedad funciona mal, resultará más difícil encontrar personas que individualmente funcionen bien, 10 pues los valores personales no pue- den ser asocíales. A la larga, una sociedad que no hace felices produce fa- milias e individuos infelices. Actitud positiva. Aceptación gozosa de sí mismo y de los demás, a quienes nos abrimos empáticamente procurando ver lo positivo de ellos,

y de uno mismo. No es persona madura la que todo lo ve mal, ni la que

todo lo ve bien. Lo importante es saber verlo todo y disfrutar de lo bueno, tanto de los demás como de uno mismo. La actitud inmadura sería la de una persona amargada, hipercrítica, negativista para lo ajeno y lo propio. Quien se lleva mal consigo mismo tampoco puede ser muy bueno con los demás, porque nadie da lo que no tiene: aunque quieras querer, no pue- des querer si no te sientes querido y acogido por ti mismo. Y para sentirte querido por ti mismo no necesitas ignorar lo que no te gusta de ti mismo.

Realmente raro en una profesión como la docente (¡aunque no sólo en ella!) es reconocer al compañero de trabajo. Eso viene de la envidia y la competitividad, lo cual habla de un rasgo de inmadurez personal. Sin embargo, sucede que, cuando un centro de trabajo funciona a través del estímulo y el reconocimiento de los demás, cada quien funciona bien. Y funciona mejor cuando los defectos no son publicados aunque sean verda- deros: en el confucionismo y en el budismo es pecado grave decir la ver- dad respecto del otro, si le perjudica. Esperanza. Capacidad para encontrar sentido a la vida y a los acon- tecimientos, aunque no sean agradables. Ayuda mucho tomarse a sí mis- mo con humor y piedad, con ternura y alegría, pues el humor es la quin-

taesencia del amor. Espíritu deportivo, saber ganar, saber perder y volver

a empezar. Calma. Reflexividad, prudencia y no precipitación. La persona madu- ra adopta posiciones ponderadas y ecuánimes en juicios y apreciaciones. Lo contrario es la persona histérica que sólo maneja -y destempladamen- te- un ramal del carro.

I0 «Uno de los experimentos consistía simplemente en aumentar la iluminación en el interior de la planta: se registró de inmediato un aumento de la productividad. Continuan- do con el estudio sobre condiciones ambientales de los trabajadores, en la etapa siguiente los investigadores disminuyeron la iluminación, para no mezclar variables. ¿Y sabes qué pasó con la productividad de los trabajadores? -Volvió a bajar, por supuesto -dijo el sar- gento con voz de aburrimiento-. -No, Greg, ¡la productividad aumentó de nuevo! Lo que provocaba el aumento de la productividad no tenía que ver con la intensidad de la ilumina- ción, sino con que hubiera alguien que estuviera pendiente de los trabajadores» (Hunter, J. G., La paradoja. Un relato sobre la verdadera esencia del liderazgo, Urano, Barcelona, 1999, piígina 104).

74 CAÍ». 2. LA PERSONA HUMANA

Ecuanimidad. Equilibrio entre tolerancia y defensa de la objetividad. Saber distinguir entre lo accesorio y tolerable, y lo innegociable. Objetividad. Hay una dificultad grande en el autoanálisis, ya que en éste somos al mismo tiempo analistas sujetos y personas analizadas: el yo que mira, mira a uno que soy yo. Puede ocurrir que, buscando el punto me- jor posible para resultarnos gratos a nosotros mismos cuando nos vemos, de- formemos la imagen porque no aguantamos al monstruo que está ahí en- frente, el monstruo insatisfecho que llevamos dentro. Si al mirarnos al espejo no nos gustamos, podemos tomar alguna de estas tres opciones: primera, romper el espejo o no mirarlo; segunda, maquillarnos; tercera, aceptarnos como somos. Esta es la única forma de poder mejorar lo que somos, porque odiándolo imposibilitaremos su corrección. La persona madura se hace res- ponsable de los problemas y busca soluciones, los afronta y no los rehuye. La huida siempre es peor y agrava el problema. Realismo. Sin plantearse metas inaccesibles, tampoco renunciamos al ideal, caminando hacia él con metas próximas. Realista no es el que re- nuncia al ideal, sino el que no confunde el ideal con las posibilidades de progreso, ni con las metas del día a día. La persona realista es flexible, se adapta a las circunstancias sin renunciar a lo esencial. Cada uno modela su rostro a través de la vida y termina siendo su propia obra. Ser persona es una obra de arte. Coherencia. Congruencia en la forma de vida, que no vaya por un si- tio lo que se predica y por otro lo que se vive. Más valor tiene a la hora de enseñar estilo de vida que forma de hablar, no hay lección más desleal que hablar bien y vivir mal, la mucha palabrería enturbia la pedagogía, enseñar el bien sin ser bueno es locura y desafuero. Mejor no hablar, que contradecirse con nuestra conducta. Libertad responsable. Precisamente porque no estamos solos sabe- mos que nuestras pautas conducíales repercuten en los demás. La persona inmadura hace de su ego el centro, y por eso sólo reivindica para sí. Por el contrario: la persona madura asume deberes, incluso carga con los de- beres de los demás. Gandhi se castigaba a sí mismo cuando otro hacía algo mal; de esta manera ayudaba a mucha gente a corregirse, porque resulta muy duro ver que se está castigando a otro por tus culpas. Sufrir con paciencia las flaquezas de nuestro prójimo es signo de madurez; sin embargo, lo más común es lo contrario: descargar sobre otros el propio defecto, el mal. Espíritu previsor. Hasta para ser puntual hay que prever la relación entre uno mismo y su circunstancia diaria. La impuntualidad es propia de personas inmaduras, puesto que se da en quienes no planean sus acciones y no son muy atentos:

Cuando alguien se retrasa, me llegan distintos mensajes. Uno es que su tiempo es más importante que el mío, un mensaje bastante arrogante para mandármelo. También implica este mensaje que yo no debo ser una persona muy importante para los que me hacen esperar, porque seguro que llegarían

MADUREZ Y REALIZACIÓN PERSONAL

75

a la hora con una persona importante. También me comunica que no son de- masiado rectos, porque las personas serias se atienen a la palabra dada y cumplen con sus compromisos. Llegar tarde es un comportamiento muy poco respetuoso y además crea hábito.

11

Modestia. Sencillez es antítesis de vanidad, jactancia o presunción, vi- cios hipertróficos de quienes no se valoran a sí mismos esperando que los otros les den aquello de lo que ellos carecen; vana empresa, pues si yo soy un balón ponchado, por mucho que me estén soplando desde afuera, el aire se me seguirá escapando. Detrás de un vanidoso y un jactancioso hay una persona que no sabe aceptarse a sí misma, sin autoestima. La persona vani- dosa es probablemente la que más sufre, porque es la que menos se aprecia

y más necesitada está de ser el centro de atención. Si además es inteligente

y se da cuenta pero no puede evitarlo, tendrá gran sufrimiento. Sinceridad. Mostrarse como uno es, sin tapujos, mentiras, encubri- mientos ni surrealismo existencial. Mentir es una de las cosas que más fa- tiga, el no presentarse como uno es por miedo a que lo rechacen, por que- rer parecer más de lo que se es, por no saber aceptarse. Detrás de cada acto de insinceridad o mentira hay inmadurez. Existen muchos grados de mentiras; es una cuestión complicada la de automentirse o la de decir la verdad a medias. El embustero es un verdadero artista para que no le sor- prendan al final, pero su oficio resulta tan trabajoso como inútil, pues, si bien se puede mentir un rato, mentir siempre y para toda la vida termina siendo un circo donde el payaso lloriquea. Las sociedades de hoy desafortunadamente van creando mecanismos de mentira que al final terminan acostumbrando a los individuos a esta forma de vida, razón por la cual abunda la falsedad, aunque finalmente son meca- nismos que no funcionan. Debemos acostumbrarnos a ser como somos, vul- nerables, sin aparentar lo que no somos. Tampoco se trata de ir mostrando por todos lados nuestras debilidades (ya que pregonar que somos una gacela herida atraería a 20 leones), sino de ser más realistas. Sentido del tú. Imagínate que le digo a mi esposa Julita: «Querida, cuando nos casamos te dije que te amaba. Si alguna vez se produce algún cambio, ya te lo comunicaré. Mientras tanto, déjame trabajar». ¿Qué pa- saría? El amor no es sólo lo que uno siente por el tú, sino el modo de com- portarse con el tú. Hasta para administrar los bienes materiales propios es preciso pensar en los demás, albergar de algún modo el sentido de la jus- ticia. Una persona que tiene mucho dinero y no se preocupa por el bien- estar de los demás es inmadura, vive en el estadio egocéntrico, el menos evolucionado del desarrollo humano. Con frecuencia estas personas an- dan súper agobiadas con lo que tienen o no tienen, porque siempre lo que tienen es menos de lo que les falta; aunque puedan ser inteligentes, resul- tan incapaces de ver la realidad. Cuando nos hablan de nuestros defectos

o de nuestra parte vulnerable, tenemos reacciones de autodefensa que nos

"Ibidem, p. 114.

76 CAR 2. LA PERSONA HUMANA

impiden crecer. Lo importante es ser conscientes de esto y, poco a poco, aprender a superar nuestras resistencias. Gratitud. Cortesía, agradecimiento: el que no sabe agradecer es des- graciado, desagradecido y desagraciado. Hay quienes no agradecen por- que no descubren lo que se les está regalando, no saben leer en los múl- tiples signos de la vida, rastros de pan que va dejando Pulgarcito por el bosque, delicados gestos que nos ayudan a descubrir los regalos que se nos dan. Es imposible que quien no sabe leer lo pequeño sepa leer lo gran- de. Imposible leer de corrido un texto en arameo si no se sabe deletrear en español. Profundidad de la satisfacción: felicidad. Cuando integramos todos los valores y los vivimos en armonía, nos encontramos en condiciones de ser felices, aunque esa búsqueda no carezca en ocasiones de sufrimientos, sin embargo, superiores a la no-infelicidad de un cerdo. La felicidad es la respuesta a la existencia humana: la realización productiva de sus poten- cialidades. No es hacer lo que nos gusta, sino que nos guste lo que hace- mos. Lo opuesto a la felicidad no es el pesar o el dolor, sino la depresión que resulta de la esterilidad interior. La felicidad no es una estación teóri- ca de llegada, sino un modo de viajar en la vida; no es un descanso, sino más bien una tregua; no es sólo una realización, sino también un proyec- to; no es algo que se acumula, sino algo que se gana y se pierde. La feli- cidad es el criterio de excelencia en el arte de vivir. Cada día es una obra de arte, y no existe poema más bello que vivir su plenitud en cada minu- to, de ahí su parecido con la neblina ligera: cuando estamos dentro de ella no la vemos; de ahí también su similitud con el agua clara: el agua de la felicidad no se nos da a beber en vasos, sino en la palma de la mano. ¿Tan fácil? La persona feliz se caracteriza porque conoce y asume los límites e insuficiencias de la existencia, pero eso no significa que dé por bueno lo ruin e inauténtico, por rico lo mísero, por auténtico lo aparencial, por pleno lo vacío; pero sabe arreglarse con ello: continúa cumpliendo con las obligaciones que ha asumido, con las exigencias que le plantean la familia, la profesión, la comunidad, la historia. Y lo hace con fidelidad y exactitud, a pesar de todos los fracasos, aportando su esfuerzo para poner orden y ayudar una y otra vez. En esta actitud hay una gran disciplina de coraje, de fidelidad y de paciencia con la vida: carácter. Tampoco pode- mos ser felices sin ser justos: no seríamos dignos de la felicidad. Cuando uno contempla lo que ha llegado a ser la afirmación aristotélica de que «el bien es aquello a lo que todas las cosas tienden», y la compara con la afirmación contenida en la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) de que «todos los americanos tienen el derecho a la feli- cidad», siente que si ellos tuvieran menos derechos a su «felicidad» el mundo podría ir mejor: ¿cómo querer la felicidad sin la búsqueda de su universalización? Algo imposible, aunque en ello ande metido medio mundo tras las huellas del poema de Byron (donde Caín pregunta a Lucifer: «¿Sois felices?», y Lucifer responde: «Somos poderosos»), y el otro medio, tras las del pragmatismo de William James, para quien «la felici-

MADUREZ Y REALIZACIÓN PERSONAL

77

dad es la prueba de la verdad». Si tal fuera, el egoísta tendría la prueba de su felicidad en su egoísmo: tan absurdo como eso. Además, ¿en qué consistiría finalmente la verdad? El relativismo sería insuperable desde esos supuestos.

La lucha

La vida es una lucha entre las personalidades múltiples y complejas que cada cual lleva dentro. Como cristalizaciones inestables y estructuras frágiles que somos, las personas cambiamos: hoy estamos arriba, mañana abajo. A cada día le basta su afán, y a la vez hay que preparar bien el mañana que lla- ma ya a nuestras puertas. Quien se duerme es arrastrado por la corrien-

te. Se trata de estar siempre sobrios y vigilantes para llevar el timón cada día

a buen puerto. Hasta el final nadie es dichoso. El tránsito hacia la verdadera madurez de la senectud no es tarea fácil; se empieza a lograr cuando se comienza

a morir. Y no siempre, porque hay ancianos que son el prototipo del egoís-

mo y otros que son la primera palabra de la maduración definitiva. El tiempo es escuela de maduración (o inmaduración) axiológica. Decía Bal- tasar Gracián que el hombre es pavo a los 20 años, león a los 30, camello

a los 40, serpiente a los 50, perro a los 60, mono a los 70, y nada a los 80.

De todos modos, esto es exagerado y no se corresponde con la realidad, mucho menos aún con la evolución de cada persona. Según un viejo pro-

verbio chino, la vida humana se divide en tres fases: 20 años para apren- der, 20 años para combatir y 20 años para ser sabio. También se ha afir- mado que a los 20 años el joven piensa que es pronto para conocerse y que

a los 30 lo habrá conseguido; a los 30 se da cuenta de que la cosa no era

tan fácil y espera conseguirlo a los 40; a los 40 el demonio le hace creer que hay que esperar a los 50, y a los 50 la mayoría pierde toda esperanza. Son todas ellas formas de decirnos que, para que el individuo no madure, tan sólo se necesita vivir mal la vida, lo cual es muy fácil, basta con dar rienda suelta al egoísmo.

No pocas personas no han recibido ayuda para ser de otro modo, siendo la presión de su lucha por la vida tan grande, que ni se imaginan que exista todo esto que aquí estamos tratando. Cuando se van haciendo viejos, a lo único que aspiran es a la autoconservación inmediata, y enton- ces aparece el feo fenómeno del egoísmo senil, que se agarra a lo que to- davía queda con el afán de imponerse, con tiranía y exigencia, sobre quie- nes se están desviviendo por ellos: son personas que odian a la juventud por envidia y resentimiento, que la critican por no compartir sus valores, etc.: de ese viejo no cabe esperar el consejo. Pero están también los viejos sabios, aquellos que saben que están en

la recta final y lo aceptan, no solamente con resignación estoica o con fal-

sas esperanzas de salirse de ella, sino con la conciencia de que están en esa recta final y agradecen cualquier momento para el encuentro, para el agrá-

78 CAIÍ 2. LA PERSONA HUMANA

decimiento, para decir verdades, para regalar su experiencia vital. Estas personas viven la vejez como un regalo, como una intensificación y clarifi- cación de lo que ha sido su existencia anterior. Ya no atacan, sino que irra- dian; no dominan ni se someten, sino que iluminan, aceptan y agradecen todo lo que han vivido, como el vino del mejor roble. ¡Qué suerte tener un viejo, un mayor, un anciano de éstos al lado de uno!

Diez modelos de madurez

Podemos enseñar todo esto a los más pequeños con los siguientes 10 modelos de madurez, que pueden dibujarse, colorearse, etcétera:

Águila: amplio de miras, acertado.

Alpinista: mantiene la idealidad, no pierde de vista la meta, buen humor.

Hormiga: laborioso, paciente.

Árbol: acogedor, matriarcal.

Agua: calmando la aridez, hace habitable lo infértil.

Guía: líder, maestro.

Mapa: al leerse uno en su rostro, se orienta.

Puente: concordista, acerca.

Fuego: hace maleable lo que es rígido, y cálido lo frígido; con su emo- ción energética devuelve vida a la muerte, nos hace sentir que esta- mos vivos.

Montaña: fuerte, majestuosa, de difícil acceso, pero que se brinda para contemplar desde lo alto, nos enaltece.

¡Estas personalidades son para los que no se enredan en los valores inferiores!

Personalidades inmaduras

Si las personalidades maduras son virtuosas, las inmaduras andan des-virtuadas. Para no deprimir al lector hipocondriaco, he aquí algunos tipos de personalidades axiológicamente inmaduras:

Nopal: agresivo, pendenciero, con espinas, querellador, nunca sa- tisfecho: él contra todos. Quiere ser Al Capone, el jefe de la banda. Pretenderá herir a los demás, o tener razones legítimas para quejar- se (dile que tratarías con mucho gusto sus problemas en privado).

Capataz: se cree jefe de rancho, piensa que todas sus ideas son bue- nas e infalibles, por lo que será susceptible e irritable. Se da aires de Supermán. Carente de escrúpulos, todo le sirve para intentar do- minar (sé firme, mantenlo a distancia).

PERSONA Y CONFLICTO RACIONAL

79

Pavo real: vanidoso, hipersensible, apantallador, fanfarrón, sabelo- todo (di: «Es un punto de vista interesante, veamos qué piensa el grupo»).

Cuello duro: tratará al grupo de manera altiva (no hieras su sus- ceptibilidad, utiliza con él el «sí, pero»).

Mosquito: pica y molesta, es chismoso, insensible como tijera al do- lor que producen sus cortes (no compartas con él ningún secreto).

Charlatán: interrumpe a cada momento, habla compulsivamente. Como en la novela de Daudet, «Tartarín de Tarascón», el cazador de leones en la fantasía llega a convencerse de su fantasía por lo que se ve obligado a cazar leones verdaderos para escapar a la burla del pueblo (dile: «¿No nos estamos alejando del tema?»).

Embrollador: obstinado, discutirá por discutir ignorando sistemá- ticamente el punto de vista de los demás (habíale en particular, dile que estarías encantado de discutir eso en privado con él).

Señor de los apartes: distraerá a los demás, y hablará con o sin mo- tivo (llévale al asunto, pide su opinión sobre la última idea expuesta por el grupo).

Preguntón: querrá entorpecer, sería feliz conociendo tu opinión para que apoyes su punto de vista (ten paciencia).

Ruidoso: pretende ser el payaso del grupo, llama la atención, con su alegría inoportuna distrae (tranquilízale con algo que le interese).

Oportunista: tacaño, no te deja nunca sus cosas. Aparenta coope- rar mientras saca provecho. Es tramposo (cuidado con él).

Colchón: tendido en la cama, perezoso, flojo, dice «mañana» para repetir lo mismo mañana. La falta de fe en sí mismo y la desespe- ranza de lograr la meta lo dejan inactivo. Sin embargo, reclama el fruto del trabajo ajeno (trata de que trabaje en grupo).

Tímido: no .desea hablar, es inseguro, hay que sacarle las ideas un tanto a fuerza (trátale con cariño).

Buey mudo: apático, nada le interesa, se sitúa al margen de los asun- tos tratados (pídele su opinión, indícale sin exagerar el respeto que tenemos por su experiencia).

Caja fuerte: duro, insensible, frío, atrapador (que sepa que lo sabes).

Máscara: mentiroso, hipócrita (sé asertivo con él).

Borrego: su ideal es la masa (dale algún protagonismo).

PERSONA Y CONFLICTO RACIONAL

El acusativo destruye el pro-nombre personal

Sólo un caso queda al margen de esta dialéctica del «soy amado luego existo» que venimos exponiendo; es el caso inhumano, el caso acusativo, un caso antipersonalista. El acusativo surge cuando el yo-y-tú se vuelve

«O

Oí". 2. LA PURSONA HUMANA

yo-sin-ti (el alma bella se vuelve corazón duro cuando se encierra en su coraza), y a partir de ahí yo contra ti, o yo contra mí. El acusativo va desplazando a los pronombres personales hasta tor- narlos impersonales: en lugar de tratarte como un «tú» te trato como a un «él», y una vez que te he tratado como a un «él», termino manipulándote como a un «ello». De este modo, pierdo «la alegría de los pronombres» (Salinas), pues el nombre personal se ha visto sustituido por lo an-ónimo.

El acusativo

activo

cainita

Es el acusativo el caso donde la enemistad y la envidia se ceban:

«Yahvé dijo a Caín: "¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu

rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien,

a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tie- nes que dominar". Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando estaban en el campo se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. Yahvé dijo a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?". Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?". Replicó Yahvé: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo" (Gn, 4).

Y Caín no comprendió que la pregunta por su hermano era la pregun-

ta por sí mismo, por Caín: ¿cómo puede ser uno mismo el que es, tras ha- ber matado al hermano?, ¿quién llega a ser aquel que destruye la relación?, ¿puede seguir siendo Caín el mismo Caín que fue, tras haber roto lo que le hace ser?, ¿cómo restablecer la unidad perdida? El odio es el senti- miento perturbador derivado del deseo de dañar o destruir lo odiado. Hay quien parece no saber vivir sino odiando, pero desgraciado de quien se deja arrastrar por el odio: entonces ha vencido sobre él la muerte. Cada odiador da lo que tiene y erupta de lo que bebe. El odio envilece y destro- za, acaba con todo, es padecimiento pasional que destruye también auto- destructivamente. En aquella célebre película, los hermanos Marx con- ducen un tren con caldera de carbón, y cuando éste se acaba no se les ocurre otra cosa para alimentar la caldera que echar al fuego las maderas de cada uno de los vagones que componen el convoy. Cuando los vagones son materialmente consumidos por las llamas, la máquina de vapor se de- tiene, quedándose entonces sin tren y sin camino, desentrenados, desca- minados.

Acusativo

por

omisión

El acusativo también surge por omisión del encuentro debido; más que por voluntad de mal-tratar al tú, por no-tratar al tú cuando éste nos necesita. Todo lo que falta para que el mal triunfe es que las personas bue- nas no hagan nada en contra del mal. La perversidad de este no-trato es

Mki^

PERSONA Y CONFLICTO RACIONAL

81

polimorfa cuando el tú ante mí no me interesa como fin en sí mismo, sino por el dinero que tiene, por la posición social, por el sexo, etc., cosificacio- nes de la persona. Amargos son los efectos del odio, pues la justicia sin amor te hace duro. La inteligencia sin amor, cruel. La amabilidad sin amor, hipócrita. La fe sin amor, fanático. El deber sin amor te hace malhumorado. La cul- tura sin amor, distante. El orden sin amor, complicado. La agudeza sin amor, agresivo. El honor sin amor, arrogante. La amistad sin amor, intere- sado. El poseer sin amor, extraño. La responsabilidad sin amor, implaca- ble. El trabajo sin amor, esclavo. La ambición sin amor, injusto. Los enemigos del amor no muestran auténtico cariño. Conocen la di- ferencia entre lo correcto y lo incorrecto, pero no les importa. Hieren a los demás sin razón. Aunque sean superficialmente encantadores, sólo atien- den a sus propias necesidades. Actúan cruelmente con los más débiles. No sienten culpa ni remordimiento. Piensan que es mejor ser malo. Creen que lo único incorrecto es ser atrapados. Fomentan la discordia.

Si acusamos, que sea salvando a la persona

Si acusamos, que sea para construir, sin herir al acusado, estimulán- dole al cambio hacia una conducta mejor, sin hacer leña del árbol caído; si acusamos, que sea sin rencor; si acusamos, que sea salvando absoluta- mente la condición personal. Si acusamos, acusémonos también a nosotros mismos, que no podemos arrojar la primera piedra sobre los demás, pues quien acusa a los demás y no mira hacia su interior termina destruyendo tanto la materia como la for- ma de su acusación. Verdaderamente, nuestras propias discapacitaciones procuramos ocultarlas celosamente, pero nunca ayudará nadie a capacitar a otros si antes no pide ayuda para su propia discapacitación. Los seres hu- manos no somos islas encerradas en nosotros mismos; formamos parte de un continente. Cuando el mar se lleva un promontorio, es como si se llevase la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Si nos acusamos, en fin, que sea para dejar atrás el muermo y nunca para hundirnos. La parte destructiva carece de valor sin su correspondien- te propuesta superadora.

El conflicto

relacional

La relación humana puede ser conflictiva. En toda relación, las con- trariedades son algo habitual. Pero lo que para los débiles es una barrera insuperable, para las personas asertivas representa un desafío: la vida sólo adquiere forma y figura con los martillazos que el destino le da cuando el sufrimiento la pone al rojo. Hay quien parece no saber vivir si no odian- do, destruyendo. Desgraciado aquel que se deja arrastrar por el odio.

82 GAP. 2. LA PERSONA HUMANA

No pocas personas se comportan inhumanamente cuando: no salen de las necesidades fisiológicas, las más cercanas al mundo animal; educa- das en valores, pero de forma humillante, terminan encerrándose en sí mismos y odiando los valores mal aprendidos; no logran desplegar las ha- bilidades que poseen, porque las circunstancias sociales lo impiden; acha- can a su configuración psicosomática las alteraciones en el juicio sobre sus propias necesidades (sólo si no fuéramos más que animales biológicos y no axiológicos, la predisposición natural con que venimos al mundo de- terminaría nuestra conducta); ignoran las necesidades espirituales, si bien admiran a los abnegados sin fronteras, misioneros, etc. Esa necesidad de ser misionero, o visionario, existe en cada cual, pero sepultada. Muchas vocaciones se frustran, desviadas por el peso de una aberrante pirámide de necesidades con la que hemos terminado pactando: pactamos nues- tras necesidades con el no-yo, y luego elaboramos complicadas teorías para justificar ese no-yo. El conflicto consigo mismo y con los demás forma parte de nosotros. Pero la persona, lejos de quedarse en la relación conflictiva, puede apren- der a superar esa dificultad. Veámoslo.

Reglas para resolver los

conflictos

Reconoce

la dignidad

de la otra

persona

Si te tomas el diálogo en serio, no supongas que tu interlocutor nada tiene que aportar; no creas tener toda la verdad, ni que tu interlocutor es un sujeto al que únicamente tienes que convencer. Un diálogo es bilate- ral, no unilateral. Quien dialoga en serio está dispuesto a mantener su posición si no le convencen los argumentos del interlocutor, o a modificar- la si le convencen. Reconocer y respetar la persona del otro no significa estar de acuerdo con sus opiniones, debiendo manifestar nuestra discre- pancia cuando sea el caso, precisamente por respeto al otro. Lo contrario sería un falso respeto, un menosprecio. Cuando preguntaban a Cantinflas si estaba de acuerdo con determinada actitud, decía: «Puede ser que sí, puede ser que no, pero lo más probable es que quién sabe». Eso manifies- ta una personalidad sin carácter.

Conócete

a ti

mismo

Ya sabemos que quien no se autoconoce no podrá corregirse ni corre- gir. La esclavitud más denigrante, como dijera Séneca, es la de ser escla- vo de uno mismo porque se ignora a sí mismo, e igualmente la esclavitud derivada de esa ignorancia. Quien se conoce bien actúa con más inteligen- cia racional: establece claramente sus objetivos, procura hacer conscientes sus móviles dialógicos más ocultos, define claramente el problema, pien-

PERSONA Y CONFLICTO RACIONA!,

83

sa antes de hablar y es cuidadoso con el uso de las palabras, actúa sin de- jarse arrastrar reactivamente por las impresiones del momento.

Confía

Confiada es la persona que se alegra de la capacidad ajena para re- solver problemas y de su buena disposición, pues así le gustaría que ellas, por su parte, le reconociesen a ella misma. Al contrario que el suspicaz, el confiado tiene seguridad y mira con fe los aspectos valiosos de las otras personas y, por tanto, espera de ellas una conducta favorable. La confian- za fundamentada constituye un rasgo positivo del carácter; la no funda- mentada está ligada con la ingenuidad y la ilusión. Confiar en lo iluso es estar constantemente expuesto al engaño. Sólo la capacidad de crítica y objetividad pueden dar a la confianza las bases de madurez que requiere.

Actúa

con inteligencia

emocional

Las personas tenemos prejuicios, bloqueos afectivos, etc., por eso he- mos de escuchar no sólo las palabras de nuestro interlocutor (incluyendo su tono y ritmo), sino también sus claves no verbales (posturas, gestos y movimientos); buena parte de la expresión no es explícita. Mira su entre-

cejo sin dejarte atrapar por sus sentimientos. Haz una pausa antes de con- testar; pregunta para verificar que has entendido el mensaje («¿Lo que me

La ver-

dad invade el corazón y en él se caldea; la idea puede convencer, pero no arrastra; esclarece, pero no propulsa si no se une a la profundidad afectiva del corazón. Si no manifiestas lo que te está pasando, ¿cómo entenderte? Elabora expresiones de rabia, miedo, frustración, rebeldía, indignación, ad- miración, obstinación, alegría, esperanza, compasión, fascinación, ternura, etc., pues si careces de la palabra adecuada para expresar lo que afecta tu corazón (que a veces siente pasiones y emociones complejas), no podrás compartirlo ni siquiera contigo mismo, pues nadie conoce del todo lo que lleva dentro si no le pone nombre. Por lo demás, los sentimientos son tran- sitorios, pasan y desaparecen.

quieres decir es que

?»,

«¿lo que deseas que yo haga es que

?»).

Evita los

«mensajeS'tú»

En la grosería y en los malos modos se oculta un débil y un cobarde. Lo malo de decir lo que uno siente es que muchas veces siente uno haber- lo dicho. Son «mensajes-tú» aquellos en los que manifiesto a la otra perso- na lo que ella tiene que hacer, produciendo de ese modo nuevos conflic- tos sobre los ya existentes: «deja de molestarme», «eso no se hace», «así no vas a llegar a ninguna parte», «no tienes ni idea», «contigo no se puede

84 GAP. 2. LA PERSONA HUMANA

hablar», «no chilles más». El resultado es que, dada mi agresividad, no lo- gro mostrarte mis verdaderos sentimientos, y además te causaré un esco- zor innecesario.

Utiliza los

«mensajes'yo»

Son mensajes-yo los que usan formas positivas para poner de mani- fiesto situaciones negativas; los que, sin agresividad, dejan al descubierto el motivo del problema, dando de forma no autoritaria la oportunidad para que el otro me ayude, al comunicarle las razones por las cuales me está causando el problema. De este modo, en lugar de utilizar el «hubie- ras» u otros reclamos inútiles, el mensaje-yo debería decir: «me siento aturdido y frustrado por este griterío», «hay mucho ruido y no puedo ha- blar si tengo que estar siempre empezando», «me siento mal a causa de las peleas entre ustedes», «sentí que a nadie le importaba el estado de nues- tra casa cuando vi el desorden que dejaron en la cocina; tal vez esperaba demasiado», «no te he entendido bien», «no me he explicado bien». De este modo evito descargar mis nervios sobre ti. Describo tu compor- tamiento poniendo de relieve la causa de mi problema. Señalo el efecto que tiene en mí tu actuación. Manifiesto los sentimientos que ella me pro- duce, para que te enteres claramente. Indico cuál es la actitud que deseo que adoptes. Asumo la responsabilidad sin echarla fuera. No hiero nuestras sensibilidades. Facilito las discusiones relajadamente, evitando respuestas de irritación u hostilidad. Estimulo la comunicación, ayudando a tener con- fianza en nosotros.

Escucha

Mientras el otro habla, escúchale; no estés pensando en lo que le vas a replicar. No te digas a ti: «es un imbécil, nunca está de acuerdo con lo que digo»; «para demostrar que no le entiendo, le desprecio». No grites. Los altavoces refuerzan la voz, pero no los argumentos. En lugar de gritar más, trata de mejorar la calidad de los argumentos. No te enfurezcas, no amenaces. Evita replicar antes de que el otro termine de hablar. No mora- lices, no sermonees, no estés siempre con el «deberías» o el «debes». No avergüences ni ridiculices. No juzgues intenciones, sino conductas. No in- terrogues inquisitorialmente. No chantajees sentimentalmente («me ma- tas con tu proceder»). No compares.

Actúa con

asertividad

La personalidad medrosa, susceptible, hipersensible, pusilánime, siem- pre teme algo pavoroso que en cualquier momento puede caerle encima:

LA DIGNIDAD HUMANA

llfi

una enfermedad, una repercusión negativa de su conducta, la muerte, algo impreciso, nebuloso. La escala de Mohs, indicadora del grado de du- reza de los minerales, va del talco al diamante; el primero es rayado por todos, el último raya a todos sin ser rayado por ninguno. Hay personas similares a una masa informe de talco laminar: todo los afecta, todo los sensibiliza, todo los hiere; acaban por volverse hipocondriacos, y prestan excesiva atención a sus males antes que a sus interlocutores. No es aser- tivo abandonarse a miedos, volver contra sí los conflictos no afronta- dos, no querer superar los obstáculos que interfieren el crecimiento, sufrir por sufrir, rumiar el fracaso, refugiarse en la derrota, estancarse. Ser aser- tivo es reclamar razonablemente lo que supones que es una falta o un com- portamiento negativo de otra persona. Dile sin acritud lo que crees que no hizo bien. Di «no» sin herir, sin que se sienta rechazada. Defiende tus dere- chos sin agredir.

LA DIGNIDAD HUMANA

La persona, fin en sí

«El hombre existe como fin en sí mismo y no sólo como medio para cua- lesquiera usos de esta o aquella voluntad. Los seres racionales se llaman personas, porque su naturaleza los distingue como fines en sí mismos, o sea, como algo que no puede ser usado meramente como medio» (Kant, Funda- mentación de la metafísica de las costumbres). Por eso la norma de conduc- ta humana que Immanuel Kant propone es:

Trata a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin, y nunca solamente como un medio. El de- ber de amar al prójimo puede también expresarse del modo siguiente: es el deber de convertir en míos los fines de otros (solamente en la medida en que no sean inmorales); el deber de respetar a mi prójimo está contenido en la máxima de no degradar a ningún otro ser humano convirtiéndole únicamente en medio para mis fines (no exigir que el otro deba rebajarse a sí mismo para entregarse a mi fin). Referido el imperativo moral a la persona dice así: «No te conviertas en un simple medio para los demás, sino sé para ellos a la vez un fin». Somos fines en sí mismos, no medios o instrumentos para ningún otro fin, por eso para el hom- bre no vale el lema «elfin justifica los medios».

Kant distinguía entre dos tipos de seres: aquellos que tienen valor en sí mismos y aquellos que, por el contrario, sólo valen para otra cosa distinta de ellos mismos. Por ejemplo: un martillo, que es útil para clavar un clavo, pierde su utilidad cuando se rompe, y entonces su precio baja o cae total- mente. Sin embargo, una persona humana es valiosa en sí misma, tiene va- lor siempre aunque ya esté rota o vieja, o aunque todavía no haya nacido, vale desde el primer instante y para siempre, es valiosa en sí misma y por eso no tiene precio sino dignidad, no es objeto, sino sujeto, y por tanto tiene

86 CAR 2. LA PERSONA HUMANA

valor y no precio. Como tal, sujeto nunca objeto, nadie está legitimado para causarle ningún daño ni físico ni moral. Así pues, «aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equi- valente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no admite nada equivalente, eso tiene dignidad» (Kant). El valor de la persona es ab- soluto, no relativo. La persona tiene valor y no precio; las cosas tienen precio. Mientras las cosas tienen precio, las personas ponen precio porque valen, de ahí que ellas sean la medida, no lo medido. Tratamos a la perso- na como cosa o como medio cuando la utilizamos para someterla, humi- llarla, instrumentalizarla, etcétera.

«Uno es el hombre de todos y otro el hombre de secreto, y hay que librarse de modos de hacer de un sujeto, objeto»

La persona,

fin valioso en sí mismo

UNAMUNO

Esto es la vida moral: algo tan serio, tan poético, y tan verdadero como esa herida de eternidad que llevamos dentro. Lo cual nos remite ne- cesariamente a la persona humana. Todos los valores son valores persona- les y, si la persona que tiene esos valores no procura vivirlos valiosamente como tal persona en su totalidad, difícilmente podrá vivir ningún valor por separado y con independencia de ella; dicho de otro modo: la persona es sujeto absoluto de valores, y debe tratársela absolutamente conforme al valor máximo y radical que es. Según Emmanuel Mounier,

una persona es un ser espiritual constituido como tal por una forma de sub- sistencia y de independencia en su ser; mantiene esa subsistencia e indepen- dencia mediante su adhesión a una jerarquía de valores libremente adopta- dos, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadi- dura, a impulsos de actos creadores, la singularidad de su vocación.

No se trata de una definición en sentido estricto, pues definir implica poner límites objetivos a quien es sujeto. Tampoco puede ser captada por todos, ya que existe gente ciega para las personas como las hay ciegas para la pintura, con la diferencia de que muchos ciegos para las personas son responsables, en cierta forma, de su ceguera y llegan a serlo porque quieren una libertad mal ejercida. La vida personal es una conquista ofre- cida a todos, algo que los animales no pueden captar y que a veces las per- sonas tampoco, si no viven por encima de cierto nivel de animalidad.

LA DIGNIDAD HUMANA

87

Mounier se refiere a la persona como un ser espiritual, pues tenemos una vocación de eternidad, queremos perseverar, que no nos olviden como queda olvidada al borde del camino una flor marchita. Esta espiritualidad tiene dos caracteres: subsistencia e independencia. Subsistimos, somos quie- nes somos porque vivimos adheridos a una escala de valores libremente adoptada. Si no nos adhiriésemos en libertad, no seríamos lo que somos (realidades espirituales). Esa adhesión a la jerarquía de valores la vivimos en un compromiso responsable con los demás: terminamos siendo lo que hace- mos o dejamos de hacer. El compromiso es una vivencia comunitaria (con), en favor de un mundo nuevo (pro), hacia el que nos sentimos enviados (missio), y sólo es responsa- ble cuando la palabra se convierte en respuesta (diálogo) y ésta, a su vez, úni- camente cuando se traduce en responsabilidad por el otro. No es palabra si no responde a las exigencias reales, y no meramente verbales, de otra persona, de un tú, pues la palabra no es monológica, sino dialógica. Yo soy responsable de todo y de todos, y yo más que nadie en lo que yo tengo que hacer. Si opto por delegar en otro lo que me toca, sin ejercer lo que yo tengo que ejercer, elijo una vida impersonal. Las palabras que no son respuesta y la respuesta que no es responsabilidad no es palabra humana, sino mera palabrería. Esta responsabilidad no es libre para elegir entre la peste y el cólera, sino vivida de forma responsable y en constante conversión. Recordemos que hay dos tipos de personas: los «divertidos» (que hacen mil cosas distintas y que vierten a distintas laderas, hablando por acá pero haciendo por allá) y los convertidos (aquellos que se miden por su capacidad de concentrarse en la respuesta en una vida personal donde palabra y acción van unidas por el res- peto a uno mismo, pues yo no podría dar respuesta a otro si no me cuidase a mí mismo, porque nadie da lo que no tiene). Al hacerme respuesta para otro, me convierto en un mismo movimiento intencional en respuesta intencional para mí, unificando así toda mi actividad en libertad y desarrollando a impul- sos de actos creadores la singularidad de mi vocación. Esta es nuestra jerarquía de valores: primacía, sobre todos los demás, de esos valores accesibles en la alegría, en el sufrimiento, en el amor de cada día, valores de amor, de bondad, de caridad. Esta escala dependerá intrínsecamente, para algunos de entre nosotros, de la existencia de un Dios trascendente y de unos valores cristianos, sin que otros compañeros la consideren como cerrada por arriba. La libre elección es condición pre- via a una adhesión sincera a estos valores, destinada a vivir en una comu- nidad total.

La persona, pese a que a veces no lo merezca, siempre es más digna de admiración que de desprecio

¿Cómo respetar la dignidad del indigno? También del indigno cabe de- cir que -pese a no merecerlo- puede llegar a haber en él más cosas dignas

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CAP. 2.

LA PKRSONA HUMANA

de admiración que de desprecio, porque a pesar de su conducta indigna de hoy puede mañana cambiar. Y no sólo por eso, sino porque -aunque se em- peñe en lo contrario- el indigno vale más que las indignidades que él mis- mo lleva a cabo. Más aún, porque quien le ama le rescata de su indignidad, aunque él no lo merezca. En fin, en lo eterno humano -en su naturaleza, en su ley natural- está escrito que:

• El ser vale más que el tener.

• Quien más regala es quien más posee, y hay más alegría en regalar que en retener.

• El dinero es necesario, pero insuficiente.

• Somos capaces de amistad, de preocuparnos por el otro, así irrepe- tible para nosotros.

• El amor es más fuerte que el odio.

• A todos nos gusta que nos quieran y nos traten como a personas.

• Da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte.

• No somos medio o instrumento para el egoísmo ajeno, sino fines en sí.

¿Cómo fundamentar la dignidad humana?

¿Puede la naturaleza

servir de

fundamento

de la dignidad

absoluta

del ser

humano?

• Si el hombre fuera mero animal natural, sin valor diferencial o cualitati- vo respecto de los demás animales, mero animal aunque un poco más lis- to, ¿de dónde le vendría una dignidad absoluta respecto de los animales menos listos de la escala? Por ser más listo, el hombre tendría más digni- dad que el mono, pero no por ello dignidad absoluta, del mismo modo que el mono tendría más dignidad que el perro a su vez, pero no dignidad absoluta.

• Si el hombre fuera mero elemento de la naturaleza, ¿cómo evitar que se tratase a ciertos hombres como a perros y a ciertos perros mejor que a ciertos hombres?

¿Puede sólo el hombre servir de

de su propia dignidad

absoluta?

fundamento

• ¿Qué decir de las personas carentes de razón, de los enfermos, etc.?, ¿se les excluiría por culpa de sus deficiencias involuntarias?

• ¿Qué decir de quienes usan su libertad para cometer indignidades?, ¿se las excluiría por sus deficiencias voluntarias?

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¿Pueden las instituciones internacionales servir de fundamento de la dignidad absoluta del ser humano?

• ¿No cabría afirmar la dignidad del hombre porque así lo ha reconocido por consenso el alto tribunal de las Naciones Unidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Cuando no se sabe cómo funda- mentar las normas, suele recurrirse a las costumbres sociales; entonces es la hora del «porque sí», porque lo dice la UNESCO, etc., y así se con- vierte en ley a la mera costumbre.

• ¿Cómo frenar la tendencia de las instituciones, aun las revolucionarias, a degenerar con el curso del tiempo, llegando incluso a masacrar a los que supuestamente había de liberar?

Si Dios es Padre, todos sus hijos tienen dignidad infinita por su condición de hijos

¿Acaso no tienen los padres la experiencia de volcarse especialmente con los hijos más enfermos, más necesitados, más pródigos? La dignidad del hombre le viene no de su condición de animal natural, ni de héroe mo- ral, ni de los foros internacionales, sino de su condición filial: por gracia. Si amarte es, como asegura Gabriel Marcel, decirte «mientras yo viva tú no morirás», sería óptimo que existiera un Ser tal cuya naturaleza con- sistiese en amarnos desde siempre y para siempre incondicionalmente, pues mientras Él viviera nosotros no moriríamos. Si Dios existiera, y fuese Padre bueno (¿cómo aceptar otra idea de Dios?), estaría sumamente inte- resado en la felicidad de sus hijos, incluidos los (y especialmente los) más débiles, los más tontos, los más desfavorecidos, los más injustamente tra- tados. Lo que tenga el hijo de valioso vendrá dado por lo que tenga de hijo abierto al Padre bueno. Es decir, a través de esa relación filial. Desde el Amor absoluto queda absolutamente fundada la dignidad personal. Sólo Dios, decía Kant, es el «conector» de virtud y felicidad. Quien ha sido bueno (virtuoso) debe ser feliz. Si Dios existiera, haría felices en el más allá a todos los virtuosos, muchos de los cuales en este mundo, lejos de ser premiados, padecen persecución. Por eso los interesados en leyes de virtud deberían desear la existencia de Dios.

Pese a todo

Se acepte o no la fundamentación que proponemos, todo ser humano es digno. Creyentes y no creyentes, personas e instituciones, sean cuales fueren sus convicciones, estamos obligados en conciencia a respetar la dignidad de todo ser humano, y a colaborar para ello desde nuestra circunstancia par- ticular de edad, profesión, país, con todas las personas de buena voluntad.

Persona y valores

POSMODERNIDAD Y CRISIS DE VALORES

Tras el estadio teocéntrico, el estadio antropocéntrico de la humani- dad creyó basar sus valores en el hombre mismo sin la ayuda de Dios, y por eso buscó una gran revolución bajo el signo del comunismo. Pero la revolución comunista fracasó en su formato histórico (recuér- dese que el Muro de Berlín comunista cae impotente en 1989), y ya en el siglo xxi sólo qued a Su Majestad el Yo, sin Dios a la vista, ni revolución so- cial, ni valores objetivos. Es la posmodernidad, la era de Narciso, cuyos rasgos básicos serían:

Adiós a las cosmovisiones

«Simplificando al máximo, se tiene por posmoderna la incredulidad con respecto a los macrorrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto del progre- so de las ciencias; pero este progreso, a su vez, la presupone. La función narrativa pierde el gran héroe, los grandes peligros y el gran propósito. Hay muchos juegos diferentes del lenguaje, es la heterogeneidad de los elementos. El criterio de legitimidad es tecnológico, no resulta pertinente para juzgar lo verdadero y lo justo».

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Relativismo

«A la moral de la convicción he contrapuesto la moral en constante tensión para refutar sus propios postulados y por verificar los del vecino. Paralelamente, a la moral cuyos criterios de valoración son la coherencia, la autenticidad, la autonomía y la realización ha de contraponerse la mo- ral de la heteronomía, la incoheren cia, la prodigalidad y la disolución personal: de la instrumentalización, de la dilapidación y del despilfarro de sí mismo. Según este criterio, bueno no es el acto que se dirige a mi reali- zación, sino el que propicia mi disolución». 2 Cada maestrillo se pasea con su «narcilibrillo» cuando todo se ha vuel- to relativo, todo menos el yo, cada día más orondo. Es la era del collage. Sin modelos objetivos de magisterio, el alumno busca la sabiduría en sí mismo, convencido de su autogenialidad. En lugar de valores objetivos, meras me- todologías formales potencian la subjetividad con bailes, cantos, juegos y distracciones; poco más, fuera de la capacitación derivada de las habilida- des profesionales. En el ámbito familiar ocurre otro tanto, y los padres coexisten con los hijos en «plan de amigos». Si no se producen choques intrafamiliares es por la ausencia de convicciones. Mientras, padres e hijos se dejan permear e indoctrinar parigualmente por la omnipresente televisión, esa gran sem- bradora de normas a todas horas. Por lo mismo decrece el monoteísmo de las religiones proféticas (de ahí la dificultad de la «nueva evangelización»), se ignora la historia comunitaria de la salvación, etc., en cuyo lugar se ins- tauran sectas pararreligiosas naturalistas, orientalistas y mánticas a la me- dida del consumidor individual.

Pensamiento débil

«Hay que pensar modelos desde el escepticismo y la desorientación

que constituyen el aire que respiramos. Si es inútil buscar un sentido uni- ficador de la vida (no porque no se encuentre, sino porque será siempre la extrapolación de un sentido parcial), es porque hoy somos conscientes de la irremediable ambivalencia de nuestro mundo. Tal es el precio del

«No solamente un conocimiento débil, sino ade-

pluralismo ideológico».

más un convencimiento débil» 4 en el imperio de lo efímero, del crepúscu-

lo del deber y del sacrificio, de éticas indoloras sin sentimiento de culpa

para

y sin propuestas fuertes. En realidad se trata de éticas de náufragos 5

supervivientes en tiempos de crisis aguda, que rechazan mirar a lo lejos y que prefieren asirse a la primera tabla de salvación que encuentran, la del

3

2 X. Rubert de Ventos, Moral y nueva cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1971, p. 52. 'V. Camp.s', I.a imaginación ética, Seix Barral, Barcelona, 1983, p. 120. ''X. Kubert de Ventos, Filosofía y/o política, Península, Barcelona, 1984, p. 54.

%

Cfr

).

A. Marina, f'.tica para náufragos, Anagrama, Barcelona, 1994.

POSMODERNIDAD Y CRISIS DE VALORES

9 3

propio yo. Mas, si todo en nosotros es naufragio, entonces no podremos hacer otra cosa que desarrollar una cultura de supervivientes, no de here- deros, pues nuestra continuidad genealógica y nuestros álbumes de fotos familiares han desaparecido cubiertos por el último golpe de las aguas que se llevaron el barco común al fondo de los abismos océanos. Ahora bien, la vida del superviviente resulta dura y poco envidiable, toda vez que ha de arreglarse con los restos del naufragio y se ve obligado a practicar una especie de canibalismo cultural; tiene a su disposición los restos de todas las culturas humanas a partir de las cuales elabora una identidad precaria, se fabrica un sentido consciente de su caducidad y fragmentación.

Individualismo

Paisaje con figuras individuales (ladrillos sueltos, náufragos) al fondo. Los individuos se retiran a sus espacios domésticos tras haber dado por perdida la batalla social, y se dedican mansamente al bricolaje sincréti- co como técnica de autoafirmación. 6 A partir de este momento, quien de- muestre que ha sido capaz de hacerse a sí mismo (self made man) se cree- rá facultado para deshacer a los demás. Ahora bien, ¿se puede vivir en el aislamiento total? Más que vivir, so- brevivir cotidianamente (vivir sobre los otros) con asociaciones egoístas, fun- cionales y pragmáticas. Los economistas posmodernos nos proponen una racionalidad moral basada en el egoísmo asociativo, una moral por conve- niencia, una ética de los negocios, y a eso reducen el negocio de la ética:

buena ética es hacer buenos negocios. Pocos recuerdan hoy aquella afirma- ción de John Stuart Mili: la fuerza social de una persona que tiene convic- ciones equivale a las de 99 que sólo tienen intereses. Gilíes Lipovetsky, autor de libros muy vendidos en Europa tales como La era del vacío, El imperio de lo efímero y El crepúsculo del deber, afirma: «Una persona 'buena' en el senti- do de la moral del deber no siempre produce beneficios, por eso todos pre- ferimos un gestor que robe un poco, pero que incremente la cuenta de resul- tados, a una bellísima persona que con su bondad nos lleve a la ruina. Los santos pueden ser perjudiciales para el bienestar general, mientras que los astutos pueden resultar beneficiosos. Al individuo responsable le interesa- rían más los segundos que los primeros».

Fin de la historia

Y, colorín colorado: «La única filosofía de la historia que aún podemos profesar tras el fin de la filosofía de la historia (o sea, tras el fin del mito

''«Pese a la decadencia de los grandes relatos eso no significa que no haya relatos que no puedan ser creíbles. Su decadencia no impide que existan millares de historias pequeñas o no tan pequeñas que continúen tramando el tejido de la vida cotidiana» (l.yotard, .). K, la posmodernidad explicada a los niños, Gedisa, Barcelona, 1986, p. 31).

9 4

GAP. 3. PERSONA Y VALORES

del progreso, de la revolución, etc.) es la que acepta como algo propio

el final de la filosofía de la historia». 7 Con ayuda del Estado de bienes- tar, el Imperio y sus satélites han alcanzado sus últimos objetivos. Aho- ra, a gozar hasta que el mundo se acabe. A los que queden fuera de esta historia ya concluida se les cierran las puertas: nuestro bien flanqueado

y militarizado Occidente no desea emigrantes con ganas de rehacer la historia. Según el posmoderno, ya hemos superado el viejo mundo de la injus-

ticia, y las religiones nada significan; ahora, a vivir, que son dos días en- focando la cámara hacia el propio ombligo. Lo que era un muro se ha convertido en tantos muros como ciudadanos; decapitado el gran muro- dragón, de cada una de sus cabezas renovadas han surgido otras tantas murallas. La Hidra policéfala reproduce en cada una de ellas el pensa- miento global, es decir, el hambre de tres cuartas partes de la humanidad. La revolución fracasada no ha alcanzado el cielo, pero ha dejado tras de

sí un archipiélago de infiernos. Estamos en el escalón más bajo del des-

arrollo moral (el egocentrismo) pero, en el terreno de la propaganda, en

el más avanzado.

UNA ESPECIE ATROFIADA EN SU DESARROLLO MORAL

Los homínidos con 780 000 años de antigüedad descubiertos en los yacimientos de Atapuerca (Burgos) corresponden a una nueva especie del género Homo, que podría representar el último ancestro común de los

neandertales y del Homo sapiens sapiens, del cual descendemos los huma- nos actuales. Ha aparecido el Homo antecessor cuyos dientes, mandíbulas

y cráneos revelan una combinación inédita de rasgos primitivos y moder-

nos. Del Homo ergaster, surgido hace dos millones de años en el sur de África y que emigró a Europa hace uno, emergió en la larga marcha de la ho- minización este nuevo antecesor, antecedido él mismo por otros más tem- praneros. Aseguran los paleontólogos que las especies evolucionan, aunque sea lentamente. Contemplado el comportamiento de la más metamorfosea- da de todas ellas, la humana, por mucho que haya mutado su capacidad ce- rebral y por muy avanzados que sean los frutos de su alta tecnología, sus pautas de conducta axiológica a gran escala se asemejan todavía mucho a las de aquellos dinosauria (plural de dinosaurio), término griego cuya tra- ducción es la de lagartos terribles, aquellos animales ya vencidos por la mis- ma evolución de las especies, cuyos esqueletos reconstruidos según los res- tos fosilizados evidencian una naturaleza netamente reptiliana. El género humano tiene una asignatura pendiente todavía: la de demostrar que ha de- jado atrás el comportamiento de:

7 G. Vattimo, "El final del sentido emancipador de la historia", en El País, 6 de diciem- bre de 1986.

UNA ESPECIE ATROFIADA EN su DESARROLLO MORAL

9 5

• Los rinocéfalos («cabezas hocicudas»), caracterizados por tener mu- cho morro.

• Los arcosaurios («reptiles dominantes») y, dentro de ellos, el de los dinosaurios («reptiles terribles»), pues ¡muchas veces en la historia hubiera podido aplicársele al animal humano el lema homo homi- ni dinosaurios, el hombre, reptil terrible para el hombre!

• Los oportunistas coelusaurios («lagartos huecos»), terópodos muy primitivos, ligeros y pequeños, bípedos ya, adaptados a la carrera rápida tanto para la huida como para la predación.

• Los voluminosos tiranosaurios («lagartos amos»), carnosaurios (o lagartos carnívoros), expertos en comerse a cuanto bicho viviente veían más pequeño que ellos.

• Los brontosaurios («lagartos del trueno»), de hasta 35 toneladas, especializados en berrear y en echar broncas, al modo de ciertos je- fes de negociado a quienes a su vez encanta hacer el reptil ante sus propios superiores (pues en esto de hacer el reptil siempre hay uno más arriba ante el cual mostrar las habilidades).

• Los estegosaurios («lagartos con tejado»), a los que hemos dejado para el final precisamente por ser los que más rabia nos dan, ya que iban por el mundo con su ego por delante, pues su mismo presun- tuoso nombre de estegosaurios («este ego, este saurio, el ego de este saurio») les delata y no deja ninguna duda acerca de su egoís- mo, egoísmo que cubrían con un tejadillo en la cabeza, a modo de quienes se ponen el mundo por montera y al prójimo por montura. ¡Ay, estegosaurio reptilizante, que presumes luego careces, no olvi- des que tu diminuta cabeza contenía sesos no mayores que los de un pollo actual, aunque tuvieses 30 pies de largo y pesases más que u n elefante! ¡Ay tú , herman o estegosaurio , colmo de la escasez d e sesos dinosáurica!

Pues bien, el orgulloso sapiens-sapiens del año 2000 d. C. dista mucho de haber llegado aún a donde iba, y en él tanto se observan tantas huellas del hombre viejo como promesas del nuevo. Arrieros somos y en el camino nos vamos encontrando. Cada ocho años cambian las células del cuerpo humano, pero nadie puede apercibirse de ello, dada la lentitud con que acontece, y cada año renovamos la piel de la historia sin que podamos ser conscientes de esa muda. Tengamos la suficiente paciencia, bondad y lucidez para evolucio- nar sensatamente y sin ponernos muy nerviosos, pues, aunque anunciásemos por doquier que deseamos cambiar nuestra piel individual o/y colectiva por otra mejor nunca resultaría tan ajustada a nuestro cuerpo como la que nos cubre y muta con nosotros en el diario crepitar de nuestras irrepetibles y sin- gularísimas vidas. La cuestión no es cambiar de piel por abandono, sino mejo- rarla por empatia axiológica. Sin embargo, el nivel de desarrollo moral de la humanidad no va parejo con el tecnológico. Por lo que vamos viendo, lo fácil es hacer ciencia y tecnología, más difícil es ser bueno, y no a la inversa, como

ÍM»

(¡AI: ;i.

I'KKSONA Y VALORES

los ingenieros nos dicen. La ciencia avanza; mientras tanto, la ética a veces da la impresión de estar en retroceso. Si es tan difícil ser tecnita, ¿por qué se avanza tanto en ese ámbito? Y si tan fácil ser bueno, ¿por qué la ética es nuestra asignatura pendiente curso tras curso, con gran sufrimiento y enorme costo civilizatorio? Mientras la razón matemáti- ca es capaz de universalizar axiomas, en el terreno de la racionalidad ética lo que a unos les parece bueno, a otros doble más bueno, y a otros imbueno, como nos recordaba Orwell. Carentes de identidades morales, más de la mitad de los europeos opinan que en materia de valores todo es relativo, nada verdad ni mentira, sólo según el color del cristal con que se mira. El humano de hoy es un animal enfermo, etimológicamente hablando (in-firmus, no firme): camina con un pie más corto que otro, ha hipertro- fiado su brazo de acero de tecnita, a costa del alma bella de santo. Ojalá que, como especie joven que somos, podamos rectificar y acompasar am- bos avances. No es tan fácil, pues según parece tantas escuelas y universi- dades del primer mundo no solucionan esta cuestión. Ahora bien, ¿para qué sirve la escuela, si no es para hacernos más buenos, sin dejar por ello de ser más tecnitas?

DIFICULTADES PARA VALORAR BIEN

Como galgo tras caza y con la lengua afuera, la humanidad acelera lo científico-técnico, hasta el punto de no poder asimilar su propia mu- tación. Sin embargo, en otras no sólo va lenta, sino que a veces da la impresión de que ni siquiera va, ni quiere ir, especialmente en el respe- to al débil y a los valores más humanitarios. Y eso se explica porque el hombre es un animal inseguro, que conserva la neotenia, esa huella de inmadurez conductal más o menos errática y variable según circunstan- cias. Sin duda, no todos los individuos de la misma especie humana se comportan del mismo modo, pero estas excepciones tienden a confir- mar la regla: utilizar dos varas completamente distintas para medir sus valores. Ahora bien, para encontrar la misma vara de medir, la misma norma axiológica para ti que para mí, conviene tomar una distancia adecuada, pues si pongo los valores muy cerca me inundan como árboles que impi- den la visión del bosque; pero, si los sitúo muy lejos, ya nada me dicen. Hay que encontrar, pues, la distancia adecuada: la misma distancia res- pecto del prójimo que de mí mismo; mira, pues, al otro como te gustaría que te mirasen a ti, trata al otro como te gustaría que te tratasen a ti, ama al prójimo como a ti mismo. Una rápida mirada a las dificultades objetivas bastará para cerciorarse de lo antedicho.

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Cerca-lejos

En el plano espacial, una manifestación de las tensiones humanas aún no fijadas es la concerniente a la distancia, al parámetro cerca-lejos. Como siempre, el humano aún manifiesta para sus próximos afectivos cercanía, confianza y amor; para sus lejanos, sin embargo, indiferencia, difiducia u hostilidad. «Un día -dice un escrito tibetano- vi algo que se movía a lo le- jos. Creí que era un animal. Me acerqué y me di cuenta de que era un hombre. Se acercó él entonces y vi que era mi hermano.» Cuando no nos situamos a buena distancia, la gente nos parece árboles que caminan. Feliz aquel alumno cuyo maestro se sitúa a la misma distancia de él que de sí mismo, y así le trata: al alumno, como a sí mismo; ni muy cer- ca que no respetemos su identidad, ni muy lejos que no la conozcamos. Demasiado cerca o demasiado lejos, el icono deviene ídolo. Y pésimo maes- tro el que al alumno, en lugar de situarle en la distancia adecuada, le ale- ja de sí, le expulsa, hasta convertirle en objeto. ¿Ejercemos el magisterio para esa vergüenza? Ni siquiera San Agustín dejó de sucumbir a la perspectiva inadecuada. En efecto, terminando apenas su obra La ciudad de Dios, ve a los bárbaros de Alarico a la puerta de Roma (ciudad «eterna»), y anota: «El mundo se

Los apocalípticos contra los ajenos

se muestran integrados con los propios. Si hay que vacunar a los propios hi- jos o nietos en prevención de una epidemia, se soporta estoicamente cuan- to haga falta la inhóspita espera; empero, si se trata de los hijos ajenos, en- tonces acaso no movamos un dedo en su favor. Todo sacrificio es justo y necesario en pro de los míos, y ningún gesto de cercanía parece obligarme hacia los tuyos. En este comportamiento parece negado el deseo de hallar una medida común para los tuyos y los míos, y en su lugar rige la ley del

embudo: lo ancho para mí, lo estrecho para los demás. Cuando estamos en una habitación cerrada durante largo tiempo, nos acostumbramos a su olor; sólo distanciándonos de ella un tiempo y volviendo a su cercanía captamos de nuevo su olor.

acaba.» El mundo, es decir, su Roma

Arriba-abajo

Otro tanto en el plano arriba-abajo, donde individuos y naciones de arriba se comportan entre sí como almas bellas, pero a los individuos y naciones de abajo les tratan con duro corazón. Nada nos habla hoy de la universalización de esa lógica cuyo exponente más perfecto pide amar al prójimo del mismo modo que a uno mismo. Como máximo, desde arriba se es capaz de estrategias de condescendencia con los de abajo, reserva- das a quienes se encuentran lo bastante seguros de su posición en las je- rarquías objetivas como para poder actuar sin correr riesgos. Quienes lanzaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki se arrepintieron durante toda su vida. Pero, desde tan arriba, no podían ver

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(¡AI: ;Í. I'KKSONA Y VALORES

lo que estaba sucediendo por efecto de dichas bombas. Desde arriba los administradores no conocen a los administrados, los gobernantes ignoran a los gobernados, etc. La relación humana ha de ser en el mismo plano, guardando respetuosamente las distancias y conservando la altura de la mirada. Ese profesor que cree saberlo todo, muy arriba, jamás sabrá que no sabe, ni aprenderá de aquellos a los que enseña, por eso tampoco po- drá enseñar lo que no sabe. De rodillas sólo ante Dios. Ante el rey, de pie, cubierto y erguido: como los profetas. Ante el necesitado, agachándose para recogerle.

Grande-pequeño

En el mismo plano espacial, los más robustos de la especie padecen insaciable voracidad predadora, no concediendo siquiera tiempo a la «pa- rada biológica» necesaria para que engorden los más pequeños de la es- pecie con el fin de remplazar como víctimas a los ya fagocitados, asegu- rando así la despensa futura. Desde lo más alto de la voracidad social, las empresas multinacionales o trasnacionales resultan ilocalizables cuando se trata de socializar las pérdidas, pero están ahí concretísimas y egorre- lativas cuando se trata de individualizar las ganancias y repartir los divi- dendos; bien se ve que existen entre los humanos dos lógicas todavía: una humana y otra inhumana, no una misma fijada para todos, razón por la cual se nos podría definir como hum-inhumanos. Si descendemos un peldaño hasta los mesorrelatos, uno de los cuales es el nacionalismo, tampoco aquí se ha logrado aún el equilibrio necesario entre lo macro y lo micro pues, cayendo en la dinámica fagocitadora an- tementada, nacionalismo grande devora a su vez a nacionalismo peque- ño, y nacionalismo pequeño devora a individuos concretos más pequeños. Y, si bajamos a nuestro propio yo, el buen educador acepta sin despre- ciar su propio yo menor, el enano de sus temores, lo oscuro que habita en él, acogiéndolo para transformarlo, porque sólo puede redimirse lo que se ama. Esa es la única posibilidad de reconciliarse consigo mismo y de ayu- dar a sanar la propia alma. Otro tanto haremos con el alumno. El verda- dero encuentro nace con el no-yo reconciliado.

Pronto-tarde

Si del plano espacial pasamos al temporal, la humanidad no fijada to- davía acude a sofocar los incendios de su propia polis con más celeridad en unos barrios (los propios) que en otros (los ajenos). En efecto, todos estimamos urgente la satisfacción no sólo de lo razonable, sino incluso de los propios caprichos, pero ponemos en lista de espera las urgencias más perentorias de los pobres, muchos de los cuales mueren antes de que les llegue el auxilio requerido, razón por la cual jamás dejará de haber pobres

DIFICULTADES PARA VALORAR BIEN

9 9

mientras haya ricos, pues éstos anteponen indefectiblemente sus particu- lares e interminables necesidades a las urgencias de los desgraciados. ¿No es acaso la primera medida que adoptan sus señorías cuando inauguran una legislatura la de subirse el sueldo? Para ellos, las urgencias de los sin techo siempre pueden esperar. Qué suerte tiene el maestro que se levanta temprano con el gallo de la aurora para saludar las primeras luces y rendirles homenaje comenzan- do a trabajar primero.

Mío-tuyo

Economía/econosuya, barrera y obstáculo insuperable para la bue- na relación de los pronombres personales yo-tú al tratar al yo como a un no-tú, al como un no-yo, a ambos como a un él, y a todos como a un ello. En ese desequilibrio de los pronombres personales está la asignatura pendiente. Cuanto más lejos del yo se encuentra el mí, tanto más cerca está del su, y tantísimo más proclive al contra mí. Pero el dinero y el éxito no cambian a las personas, simplemente aumentan lo que hay en ellas. El amigo de la dialéctica mío-tuyo siempre toma a los demás como un medio para sus propios y únicos fines. «Nosotros valoramos los fines más que los medios, y preferimos lo bueno a lo útil; pero, ¡cuidado!, la hora de todo esto aún no ha llegado. Al menos durante otros cien años debemos simular ante nosotros mismos y ante cada uno que lo bello es lo sucio, y lo sucio es lo bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La avaricia, la usura, la precaución, deben ser nuestros por un poco más de tiempo todavía. Porque sólo ellos pueden guiarnos fuera del túnel de la necesidad económica a la claridad del día» (Keynes, 1930). He ahí el beneficio convertido en fin en sí mismo, tan funcional al sistema de mercado. No importa el caos en la sociedad, si hay orden en el merca- deo sistemático; es decir, si conviene a las fuerzas hegemónicas. Resul- tado: para el trabajador, maximalización de la explotación (ley de bron- ce del salario, minusvalía); para los enriquecidos y expertos a costa suya, maximalización del beneficio (ley de Midas de la economía, plus- valía). En resumen: los máximamente máximos, a costa de los mínima- mente mínimos.

Cerrado-abierto

No resulta tan fácil salirse de la presión social o de la propia época, ya que en su contexto esclavista ni siquiera hombres tan preclaros y reflexivos como Platón o Aristóteles fueron capaces de romper el cerco de la esclavi- tud y defender la libertad de todos los seres humanos. Poco sitio deja a la sabiduría quien se llena de opiniones, hasta el punto de que pensadores

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CAR 3 . PIÍKSONA Y VALORES

como Augusto Comte reducen los valores a costumbres sociales. 8 Más tar- de, el marxismo-leninismo desvalorizará a las personas para exaltar a su costa al Estado impersonal que, una vez «personalizado», perseguirá con saña a los disidentes. Al final todo se resuelve en aquella frase de Robes- pierre contra el pueblo levantisco: «Yo les haré buenos con las leyes o/y con la espada». El juridicismo moral, según el cual es moral lo que es legal (convicción que el Estado procura reforzar gracias a sus monopolios ideo- lógico-represivos), es la culminación del sociologismo moral, donde se toma como morales los hechos sociales, por aberrantes que de suyo fueren. Es así como el Estado configura en breve tiempo la opinión pública. (Recuérde- se el espectacular cambio de opinión del pueblo en favor del ingreso de Es- paña en la OTAN tras unas semanas de manipulación estatal.) Tal democra- cia no constituye verdadero sujeto social, sino una excrecencia con formato de libre mercado de intereses regulado por las leyes de oferta y demanda, en que compradores y vendedores modifican los términos de su relación con- tractual a la búsqueda no de la verdad, sino del beneficio, no sabiéndose al final dónde estará el corruptor, el corrompido, el corruptor corrupto, o a la inversa. Un jurado popular emitió su dictamen (no puedo llamarle veré dicto, o dicho verdadero a eso) absolutorio para el asesino proetarra que por la espal- da quitó la vida a dos policías («ertxainas») en el País Vasco. Tal aberración no se hubiera producido sin el fondo de ojo relativista que juzga a los vivos y a los muertos de modo distinto. Y, puesto que la capacidad de análisis de una gran mayoría de espectadores que acuden a los estadios de fútbol es baja, no cabe fiarse de ningún jurado o tribunal popular, pues no pasará de ser la variante institucional del linchamiento, es decir, un juicio pasional, arbitrario. Ojalá no tengamos que vernos sentados en ningún banquillo de acusados, pues cuando un jurado dicta veredicto, quien lo está dictando es aquello de lo cual su cerebro es poco más que prótesis: el televisor que rige sus convicciones. Que, por el mismo acontecimiento y con exactamente las mismas evidencias y pruebas, un mismo sujeto (O. J. Simpson) fuera sucesi- vamente declarado inocente y culpable por un jurado popular blanco, no es anécdota.

"«Estoy persuadido de que antes de 1860 predicaré en Notre Dame el positivismo como única religión real y completa» (Systéme de politique positive, París, 1824). Después, en la mis- ma línea, Durkheim, E., La détermination dufait moral, 1906, Levy-Brühl, L., La morale et la science des moeurs, París, 1927. De todos modos, no deja de ser pintoresco que tras reducir los valores a valoraciones sociales se erija a sí mismo en profeta del valor absoluto de la ver- dad (Cfr. Aron, R., Les étapes de la pensée sociologique, París, 1967). Los intentos de reducir lo moral a lo social nunca han cesado. En los últimos tiempos, el reduccionismo biologista afirma que existen climas emocionales de los que derivan las temperaturas del biosistema moral; que la temperatura ideal para el florecimiento de las democracias es de 20 a 30 "C, a partir de los cuales las instituciones jurídicas resultan más difíciles; que por debajo de los 15" decrece la afectividad; que existen emociones ecosistémicas de primavera (rabia), de verano (alegría), de otoño (tristeza), y de invierno (miedo), resultando muy deseable en esta especie de pi/za moral cuatro estaciones una quinta emoción o quinta estación, la cual sería la emo- ción-estación del contento, suma del equilibrio y de la armonía.

DIFICULTADES PARA VALORAR BIEN

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Se debe a Henri Bergson 9 la contraposición entre moral cerrada o so- cial, y moral abierta o personal. La sociedad puede obligar externamente con todo tipo de coacciones, pero no pasa de ahí. ¿Cómo podría ella expli- car el remordimiento o la sensación de culpabilidad cuando bastaría una simple mentira para cumplir con lo que la sociedad pide? La sociedad no es capaz de llegar al interior de la conciencia. Fundadores y reformadores religiosos, místicos, santos, con su élan d'amour, o impulso de amor, han roto las convenciones sociales y elevado la humanidad a nuevos destinos. Quien es capaz de predicar que ya no hay judío, ni griego, ni gentil, ni li- bre, ni esclavo, ni hombre, ni mujer, ni adulto, ni niño, sino hermanos, ele- va a la humanidad al nivel de todos y para siempre, aunque para ense- ñarlo se vea obligado a enfrentarse a las normas cerradas de las castas y de los egocentrismos, incluso a riesgo de la propia vida. Luego, la misma sociedad que había condenado a estos creadores los reconoce en lo que valen. El afán de silenciar a un hombre es el mayor honor que puede tri- butársele: se está reconociendo su superioridad.

Masificado-egocéntrico

Con excepción del instinto de conservación, la propensión a la emu- lación -siempre manipulada desde arriba- constituye la motivación más fuerte, alerta y persistente. Por aquello de que Vicente va a donde va la gente, todo nos recuerda a las procesionarias, así llamadas por su caminar en ordenada fila, unas tras otras, de tal modo que, si la procesionaria que abre la marcha perece, la que la sigue asume el mando y la dirección en el sentido que ella, a su vez, determine según sus propios mecanismos, pero marcando también la impronta de seguimiento de las que van detrás. El juicio moral de las personas-procesionarias toma por bueno lo que todos aplauden, pudiendo llegar a darse el caso -tan real como esperpéntico- de esa señora que a modo de última voluntad mandó esparcir sus cenizas en el gran almacén «El Corte Inglés»: ciertos consumidores manipulados no imaginan paraíso más digno de ser amado ni donde morir mejor. A su vez, este sociologismo moral origina el juridicismo moral que lo complementa. Las personas se irritan contra el banquero fracasado Ma- rio Conde, que supuestamente ha metido la mano en la caja conculcando las normas del juego establecido, es decir, robando ilegalmente; pero esas mismas personas son las que admiraron en su día como arquetipo y mo- delo al Mario Conde que entonces triunfaba robando legalmente. Banque- ros buenos, los que roban legalmente; malos, los que roban ilegalmente. Los banqueros buenos son ladrones honorables porque lo son según las le- yes que ellos mismos han creado para sí a través de personas interpues- tas. ¿Cómo explicar que los Bancos de los banqueros son bancos de la san- gre de los pobres?

"II. Bergson, Les deux sources de la morale et de la religión, PUI\ París, 1932.

102

CAÍ: 3. PKKSONA Y VALORES

103

En el extremo opuesto, el individualismo a ultranza es insoportable porque contradice a la naturaleza humana, que es sociable.

Regresivo-progresivo

El tradicionalista extremado, el integrista, confunde los conceptos de ver- dad y tradición; las formulaciones tradicionales, incluso las no dogmáticas, son tratadas por él como indiscutibles, irrefutables, no susceptibles de inter- pretación. Todo es al pie de la letra, con un fetichismo mágico que se impone automáticamente tras la sola invocación del conjuro, por encima de la media- ción humana, cuya centralidad se pierde aplastada por el peso de lo inmu- table. El integrista mira hacia el pasado obsesivamente, reclamado por la lla- mada atávica de un ayer al que mitifica más que analiza, al que simplifica cuando ejemplifica, y de esta forma se convierte en malhumorada estatua de sal contra aquellos que osen musitar algo sobre cualquier innovación, toma- da inmediatamente por sospechosa. Pero esa costumbre no es una auténtica tradición (traditio, entrega), porque no hay trasmisión del relevo, sino domi- nio del «depósito», y además elige de entre las tradiciones la que a él le gusta, la ortodoxa. Sin embargo, una tradición petrificada es un tabú; pero asumi- da y reinterpretada es una forma viva de tradición. Ahora bien, los extremos se tocan al final, y ese exceso constituye exac- tamente el punto cero de tangencia con el progresismo: el integrista al pun- to cero del ayer, el progresista al punto cero del mañana. El integrista es un progresista con el punto de mira virado hacia atrás, y el progresista un tra- dicionalista cuya tradición es mirar adelante.

Relativo-absoluto

Tampoco faltan personas con gustos morales que merecen palos. Exis- te mucha más variedad de opiniones axiológicas que de opiniones mate- máticas: pocos discutirán que dos y dos son cuatro. Ello se debe a que el conocimiento axiológico, por ser práctico, es comprometido, y nuestras pasiones interfieren en nuestros procesos lógicos. Muchos definen la jus- ticia de acuerdo con sus propios intereses, de ahí que no coincidan con otros que tienen intereses contrapuestos, pero de eso no se infiere que no podamos saber qué es la justicia. Las civilizaciones siempre encuentran valores a la medida de sus costumbres, y maestros que se las enseñen. Para bien o/y para mal, así es. El totalitario es la antítesis del relativista, pero también su más próxi- mo pariente, y a la inversa: puesto que lo mismo da cualquier ideal, es esa absolutización del «lo mismo da» lo que le emparenta con su aparente ene- migo: el totalitario. En realidad, sin embargo, a la hora de la verdad no todo da igual a nadie, pues termina imponiéndose lo que tiene éxito, uti- lidad, placer: es valioso el discurso utilitario de los ganadores porque son ganadores.

Rencorosos'tramposos

Tramposos

Con frecuencia los valores son un dulce muy apetitoso para los tram- posos, esas gentes endurecidas en cuyo costado se agolpa tanto dolor que por dolerles les duele (quizá con nuestro nada meritorio concurso) hasta el aliento, y por eso no devuelven los préstamos, manipulan y engañan, muerden la mano que les alimenta. Si todos nos comportásemos de modo semejante, la vida en esta tierra se parecería a un infierno, al menos a ese infierno del que Sartre dijo que «el infierno son los otros». Por otra parte, aunque eso el tramposo no lo crea tan fácilmente, siempre llega al saloon del Far West alguno que otro forastero más trampo-

so que él, y el final resulta fatal. Por lo demás, por «crisis cíclicas» (como Marx dijo), irían cayendo de menos tramposos a más tramposos para que- dar solamente los supertramposos, que entre sí se someterían de nuevo a una lucha a muerte. Robert Greene ha elaborado las 48 leyes del poder, que son las 48 leyes del tramposo: 1. No eclipsar a nuestros superiores. 2. No confiar mucho en los amigos y saber utilizar a los enemigos. 3. Ocultar las intenciones.

4.

Decir menos de lo necesario. 5. Defender la reputación a toda costa.

6.

Llamar la atención siempre. 7. Conseguir que otros hagan el trabajo y

llevarse uno el mérito. 8. Hacer que los demás vengan a uno, poniendo

un cebo si es necesario. 9. Ganar a través de la acción, nunca del diálogo.

10. Evitar el contacto con los infelices y desafortunados. 11. Aprender a

hacer que la gente dependa de nosotros. 12. Utilizar la honestidad y la ge- nerosidad de forma selectiva para desarmar a nuestras víctimas. 13. Al pe-

dir ayuda, apelar al provecho que el otro puede obtener prestándola, no a la misericordia o agradecimiento. 14. Actuar como un amigo, trabajar como un espía. 15. Machacar contundentemente al enemigo. 16. Perma-

necer distante para aumentar el respeto y el honor. 17. Mantener a los de- más en estado de terror y suspense, alimentar la imagen de impredecible.

18.

Encontrar aliados, no aislarse. 19. Saber con quién se está tratando.

20.

No comprometerse con nadie. Hacerse el ingenuo, parecer más tonto

que la víctima. 21. Utilizar la táctica de la rendición: convertir la debili- dad en poder. 22. Halagar y denigrar alternativamente. 23. Concentrar la fuerza. 24. Saberse el manual del perfecto cortesano. 25. Crearse imagen.

26. Mantener las manos limpias, aunque sólo sean las manos. 27. Apro-

vechar la necesidad de creer ajena para conseguir adeptos. 28. Entrar en acción con audacia. 29. Planear todo el camino hasta el final. 30. Hacer que los logros propios parezcan realizados sin esfuerzo. 31. Controlar las opciones, conseguir que los demás jueguen con nuestras cartas. 32. Jugar con las fantasías de la gente. 33. Descubrir el talón de Aquiles de cada persona. 34. Ser regio en el comportamiento: actuar como un rey para ser tratado como tal. 35. Dominar el arte de calcular el tiempo. 36. Desdeñar las cosas que no se puedan tener: ignorarlas es la mejor victoria. 37. Crear

104 CAR 3. PERSONA Y VALORES

espectáculos atractivos. 38. Pensar como se quiera, pero comportarse como los demás. 39. Remover las aguas para pescar peces. 40. Desdeñar la co- mida gratuita. 41. Evitar seguir los pasos de un gran hombre. 42. Golpear al pastor para que se dispersen las ovejas. 43. Manipular los corazones y las mentes de los demás. 44. Desarmar y enfurecer a los demás reflejan- do sus actitudes. 45. Predicar la necesidad de cambio, pero nunca refor- mar demasiado de una sola vez. 46. Nunca parecer demasiado perfecto. 47. No sobrepasar la meta que uno se ha marcado. 48. Adoptar una apa- riencia acomodaticia. Los cínicos son oportunistas que dejan arrastrarse por los valores cer- canos e inmediatos, zigzagueando a tenor de las circunstancias y sin otro rumbo que la ley del mínimo esfuerzo: el mayor logro con el menor es- fuerzo. A veces el oportunista paga su precio y termina trabajando mucho por no haber querido, antes, apostar fuerte en favor de ninguna convic- ción grande. El cínico, decía Osear Wilde, conoce el precio de todas las cosas y el valor de ninguna. No menos contundentemente afirmaba Machado: el cí- nico es un necio, y todo necio confunde valor y precio, por eso des-precia o menos-precia aquello que es valioso. El cínico cree que con dinero en el bolsillo se es inteligente, atractivo, y además se canta bien. Ignora, sin embargo, que quien sólo vive para sí mismo ha muerto para los demás. Cuando en la sociedad se ha instalado el cinismo moral y se evalúa a la gente según el precio dinerario, mas no según el valor, el maestro devuel- ve a las cosas su valor, las restaura de su olvido cual corresponde. Qué suerte tiene el alumno cuyo maestro le rescata de la vulgaridad, la cual sólo da acceso a lo mismo por el mismo dinero, es decir, a la mediocridad. Qué suerte si le lleva de lo que come a lo que hace, de lo que hace a lo que piensa, y de lo que piensa a lo que es: el sabio habla de las ideas, el inteligente de los hechos, el vulgar de lo que come. Qué gran maestro sería el que lograse contrarrestar esa tendencia inducida, cuyo uniformis- mo por otro lado genera tanta frustración y aburrimiento allí donde esta operación se pone en marcha. El varón que encuentra a una mujer her- mosa por dentro y por fuera se aburre pronto, si sólo sabe ver en ella obje- to de consumo, precio y no valor. El hombre exterior no tiene garantiza- do ningún matrimonio, ninguna identidad, ninguna permanencia, porque es precisamente exterior, dependiente de los estímulos y las circunstan- cias. Ahí te quiero ver, buen maestro. Tú escribirás tus versos uno a uno, nadie te dará un aparato de rimar para hacer pareados estándar; antes, al contrario: sacarás de la anónima estandarización a cada alumno para que lleguen a ser quienes pueden ser siendo lo que son en su irrepetible iden- tidad. Tú harás ver al cínico que no importa tanto qué hay sobre la mesa, como quién hay sobre las sillas. En el extremo opuesto, decir «verdades» a tiempo y a destiempo pue- de ser una forma de cínico menosprecio de los demás. A la verdad hay que prepararle el camino, pues sólo con quien amas puedes mostrarte fuerte sin producir en él una reacción de fuerza o de violencia. Las puertas sólo

DIFICULTADES PARA VALORAR BIEN

105

se abren a quienes giran el picaporte, no a quienes dan una patada. Trata

a

una persona como es y seguirá siendo como es. Trátala como podría ser,

y

se convertirá en lo que debe ser.

Rencorosos

Los rencorosos o hiperjuristas tienen mucho cuidado en no robar nada

a nadie, pero asimismo en no regalar, limitándose fríamente a devolver lo

recibido en préstamo según lo que marca la ley, «dura lex sed lex», respec- to de la cual no se preguntan si existen leyes legales aunque inmorales, siendo la ley del Talión su exponente más conocido, un ojo por un ojo, un diente por un diente: nadie te ayudará sin que tú le ayudes en una socie- dad democrática, legal, pero no siempre legítima. Pese a todo, con nuestros amigos y familiares no nos comportamos cual tramposos ni rencorosos, ni como manzanas podridas que terminan por pudrir a las sanas. Pero ocurre, que a veces, queremos ser almas bellas, mas no pudiendo cambiar al mundo hacia mejor, antes al contrario em- peorando y maleándonos poco a poco nosotros mismos en el intento, ter- minamos por recluirnos en nuestra propia coraza, metamorfoseándonos al fin como corazones duros. Todos sabemos que las calles están llenas de gente que tras haber comprobado la dureza del mundo llevan puesta la coraza, aunque tampoco faltan aquí quienes se vendan antes de que les llegue la herida porque en el fondo ellos deseaban momificarse. En cual- quier caso, también de la respuesta que se dé se traslucirá el humor de la persona: ¿creemos que es mayor la fuerza del mal que la del bien o, por el contrario, que es más fuerte el bien que el mal? Si respondemos con nuestro testimonio que el bien es más fuerte que el mal, nuestra lucha contra el mal estará justificada; si, por el contrario, pensamos que el mal es más fuerte que el bien, ¿para qué obstinarse entonces en frenar el mal? El bien puede vencer sobre el mal a pesar de la astucia y la potencia de lo maligno, pero hay que promoverle porque no cae de un cocotero, y es preciso madrugar para acompañar al ángel que pasa. Siempre viene ha :

da nosotros y se nos ofrece para bene-ficiarnos, para hacernos bien, pero es menester emprender la decisión de ir con él acompasadamente, de to- mar el relevo, de aferrar la antorcha, de participar de la única forma posi- ble cuando del bien se trata: compartiendo. Quien se sienta a la puerta de la historia sólo verá pasar su propio entierro, llevado su féretro por quie- nes madrugaron más. Únicamente desde el grupo con el que compartimos podremos aguantar el mal del mundo, elaborar su duelo, dando a continua- ción el paso siguiente: volver a la arena para que donde hubo mal se pueda hacer el bien. Nosotros solos no podemos. A partir de ahí trataremos de ir ensanchando el horizonte sabiendo defendernos sin estar a la defensiva. La tarea: salir de dos en dos para reforestar lo que habíamos encontrado defo- restado tras elaborar el duelo. Los hermanos mayores marcharán delante si son verdaderamente nuestros hermanos mayores.

!()(>

OTRAS DIFICULTADES VALORATIVAS

107

OTRAS DIFICULTADES VALORATIVAS MÁS DIRECTAMENTE VINCULADAS AL ORDEN DE LOS AFECTOS

Con frecuencia, cualquier nimiedad concerniente al propio yo, cual- quier broma o juicio ajeno, por verdadero o justo que fuere, nos desquicia; interpretamos cualquier evento de manera desfavorable, como si todo fuera contra nosotros, o de manera adorable, como si todos hubiesen de caer ren- didos de admiración ante mi yo. Llevados por el anhelo de ser el muerto en el entierro, el novio en la boda y el niño en el bautizo, para impresionar y atraer la atención mentimos e incluso terminamos creyendo las propias fal- sedades. No es tan malo padecer estas dificultades, ya que cada día tenemos que convivir con ellas, cuanto el no reconocerlas y proyectarlas sobre los demás; de ahí la dificultad para evaluar conductas. No por ello, sin em- bargo, hemos de paralizarnos por miedo a las dificultades, sino encarar- las con humor, algo que no tienen ni los animales ni los alemanes. Veamos algunas de sus variedades.

Dificultades

hipertróficas

Sentimentalismo

En lugar de centrarse en el objeto intencional que origina nuestra res- puesta afectiva, la persona se centra en su propio sentimiento; el conteni- do de la experiencia se desplaza de su objeto al sentimiento ocasionado por el objeto, y así la conmoción hasta las lágrimas sirve más que nada de instrumento para procurarse un gozo, una sensación placentera, degra- dando el sentimiento a un puro estado emocional, el sentimentalismo. Resultado: carente de refrendo objetivo y de criterio verificable de con- trastación, este egotista queda embrollado en la dinámica de su propio cora- zón sin saber distinguir entre lo grande y lo pequeño, y de este modo termi- na enredado en disputas pequeñas y triviales, como es usual entre personas de pocas luces y de mente estrecha: un exceso de ego empequeñece la afecti- vidad del yo, por paradoja.

Autocomplacencia

Se da esta situación cuando el sujeto toma su propio entusiasmo como señal de hallarse en posesión de la virtud, lo cual no debe tomarse por in- tensidad afectiva, sino por estado narcisista y desordenado del alma. Variante de lo mismo: quien, no sabiendo frenar su sentimiento de compasión ante el borracho que le suplica una copa más, se la sirve aun-

que ello resulte desastroso para el borracho mismo. Esta persona igno- ra que el verdadero amor obliga a pensar en el bien objetivo de nuestro prójimo (alguna vez en la vida «quien bien te quiere te hará llorar»), y que en ocasiones un «no» puede ser una manifestación mucho más verdadera de afecto que un «sí». Ciertos corazones «demasiado buenos», más que be- nevolentes o delicados, son débiles y desordenados.

Histeria

Esta perversión puede darse incluso cuando uno se acerca a Dios sim- plemente para saborearse a sí mismo, degustar los propios sentimientos, instrumentalizando la oración como medio para satisfacerlos. Aquí se des- conoce el pesar contrito, el caer en brazos de Dios, así como la voluntad de no volver a pecar, toda vez que se hace de la contrición un mero esta- do emocional. Verdad es que el amor, como el fuego, no puede existir sin una constan- te agitación, pero bajo el signo de una orgía de contriciones, según se vive en determinadas sectas o grupos similares, el agente puede llegar a entre- garse a un frenesí de remordimiento público revolcándose por el suelo y lan- zando gritos salvajes, aunque volviendo después a la «normalidad» sin que se haya operado ningún cambio fundamental en su vida, pero sintiéndose mejor tras la liberación emocional de la mala conciencia. En realidad, se tra- ta de una autoindulgencia emocional, de una «confesión barata».

Exhibicionismo

Ante una gran audiencia, el sujeto se recrea hinchando retóricamente su indignación o/y su entusiasmo. Y, luego, nada de nada. Los espejos ha- rían bien reflexionando un poco antes de devolver las imágenes.

Dificultades atróficas

No mostramos nuestro lado afectivo a quienes nos rodean: si son alum- nos, los tratamos como a máquinas de archivar, decimos que valen para cien- cias o para letras, sin preguntarnos si son buenos, etc. La estadística, el resul- tado sin la intención, todo eso nos hace vivir vidas burocráticas, que no dan do sí todo lo que llevan dentro, y que secan la riqueza de humanidad que po- drían gozar. ¡Qué suerte tiene ese maestro de primaria que tras 30 años de ejerci- cio profesional continúa viviendo la aventura de cada alumno como si lucra propia! ¡Y qué desgracia experimentar el lento deterioro de quien lucra Sancho el Bravo, pasó a Sancho el Fuerte y terminó en Sancho Pan- za pedagógico, con todos los respetos para mi amigo Sancho Panza!

108

TEORÍAS SOBRE EL VALOR

109

Esteticismo

El esteticista, en lugar de interesarse por el herido grave en un acci- dente, se preocupa sobre todo de observar sus reacciones, su expresión, etc., pues sólo le interesa la clasificación estadística, la ocasión para aumentar el conocimiento, la curiosidad, etc. Difícilmente podría decirse de este afecti- vamente mutilado que su conocimiento llegará a profundo, pues le falta la empatia necesaria para entrar en lo vivo, en lo irrepetible, que forma parte inextirpable de lo real. Una variante de lo mismo puede darse en el esteta refinado, con un co- razón, si no endurecido, sí helado (¡y alelado!). Nerón se deja conmover por la llama que incendia la ciudad, permaneciendo indiferente al achicharra- miento de los ciudadanos. Mucho esteticismo desmayado se esconde en ge- neral en todas las manifestaciones del arte por el arte, o del arte-espectácu- lo. Sin embargo, esta falta de corazón dista de ser desapasionada como presume, pudiendo llegar a generar fanáticos del esteticismo, para quienes no importa el sufrimiento ajeno, ya que la compasión les parece una abomi- nable debilidad.

Pragmatismo

Para el utilitarista, para el pragmático, toda experiencia afectiva resul- ta superflua y constituye una pérdida de tiempo, por eso -carente hasta de la menor educación sentimental, incapaz de entender los dolores fe- cundos- se mofa de cualquier gesto de compasión por el sufriente, de ahí que diga: «La compasión no ayuda, haz algo y no pierdas el tiempo con sentimentalismos». También para el burócrata metafísico, funcionario fosilizado, sólo cuentan las cosas que tienen realidad jurídica, de ahí que su afectividad se reduzca a la satisfacción que siente al cumplir al pie de la letra las pres- cripciones legales.

Amargura

El corazón del amargado ha sido cerrado y endurecido por algi'jn trauma o por alguna herida infligida por alguien a quien amaba ardien- temente, o por el mal trato de la vida. Ese empequeñecimiento o supre- sión completa de la afectividad, que cierra su corazón -que lo sella- por temor, malentiende los ideales religiosos, considera equivocadamente toda afectividad como una pasión, teme el riesgo que implica todo senti- miento o todo "querer cautivado", y luchando por silenciar su corazón re- cela de cualquier respuesta afectiva como si perjudicara a la integridad de la moral o, por lo menos, como algo innecesario: la voluntad reduce a pro- pósito toda la afectividad y silencia el corazón. Lo encontramos también

en quien lucha por conseguir la apatía y coloca la meta del sabio en la in- diferencia.

Endurecimiento

Hay afectivamente impotentes; ni saben lo que es una emoción, ni se interesan en aprenderlo, de tal modo que su corazón parece tan bruñido como el acero. Puede consumirles todo tipo de sentimientos negativos (odio, rabia, ira, envidia, avaricia, orgullo, codicia, pánico, etc.), compor- tándose entonces como animales salvajes, pero son incapaces de dejar afectar su corazón, porque los afectos y dolores que verdaderamente lle- gan al alma han debido despejarse previamente de todos los sentimientos destructivos. Tales personas no podrán dejar hablar a su corazón: sabido es que el toro manso, cuando se ve acorralado, se vuelve violento, mas no por ello bravo. No debe tomarse, sin embargo, por tales a quienes pa- decen una afectividad débil, oscura, salvaje. Un borracho víctima de su propio vicio puede poseer un corazón sensible; un irascible, a pesar de que su irascibilidad le lleve a violentas explosiones de iracundia, puede asimismo tener buen corazón.

Un mismo resentimiento

como fondo

En el fondo de las anteexaminadas posiciones, late el resentimiento que no acepta que otro lo haya hecho mejor y merezca por su excelencia un homenaje. El resentido destruye los valores por no poder sustanciarlos él mismo; se cierra al reconocimiento del superior cuya superioridad sien- te como una aminoración de la propia valía. Si el alma noble se alegra incluso por aquellos valores que ella misma no es capaz de realizar, feli- citando cordialmente al vencedor por haber sido capaz de lo sublime, por el contrario, el resentido envidia o incluso llega a odiar aquello que es me- jor que él; de ahí su crítica a los mejores, negándoles, discutiéndoles o re- bajando sus cualidades; en los casos más agudos se llega incluso a falsi- ficar la tabla de valores mismos, es decir, al resentimiento contra el valor en cuanto tal.

TEORÍAS SOBRE EL VALOR

Valor es lo que mueve mi corazón, imanta mi vida, me hace existir, ser, moverme. Cuanto menos valioso es algo para mí, tanto más se aleja de mi horizonte. Valioso es lo que me hace ser mejor persona. Mas ¿cómo sé que algo es valioso? Existen diversas teorías sobre la identidad del va- lor, vcámoslas.

110

Éticas ideológicas (a posteriori)

Según las éticas teleológicas, algo es valioso si, tras haberlo experi- mentado (a posteriori), nos produce placer o utilidad, como aseguran el hedonismo (valor igual a placer) y el utilitarismo (valor igual a utilidad). Éste no es nuestro punto de vista por dos motivos: primero, porque resul- ta absurdo pensar que sólo sabemos que el asesinato es malo después de haberlo cometido. Segundo, porque si no hubiera posibilidad de unlversa- lizar los juicios, éstos serían relativos. Pero afirmar que algo es relativo es destruir su objetividad.

Eticas deontológicas (a

priori)

Según las éticas deontológicas (valor igual a deber, a norma), se co- noce lo bueno aún antes de experimentarlo (a priori). En ello coinciden a su vez sistemas muy diferentes entre sí:

El aristotélico'tomismo

Santo Tomás (1225-1274) afirma que el valor es el bien que todos de- sean, buscado en orden a la perfección debida, que en última instancia sólo se plenifica en Dios, fuente de todo valor. Algo es valioso en cuanto que refleja la ley divina y eterna. La ley divina y eterna, a su vez, se refleja en la naturaleza (ley natural), por eso es malo el comportamiento humano que se desvía de ella. El com- portamiento humano natural pide hacer el bien a uno mismo, a la prole y a la especie. Por su parte, las leyes positivas que los gobernantes promulgan para la buena marcha de los pueblos y de su convivencia han de reflejar la ley natural y la eterna. En la comunidad humana las leyes promulgadas, para ser buenas, deben coincidir con la ley natural y con la ley eterna.

El kantismo

Según Kant (1724-1804), no es que algo sea bueno porque lo quiera Dios (lo cual resultaría inaceptable para los ateos), sino por nacer de mi con- ciencia: esta autonomía de la conciencia igualaría a creyentes y no creyentes.

• Si yo no fuese el centro absoluto de mi decisión, perdería mi propia autonomía.

• Resultaría imposible evitar el relativismo si cada cual siguiese los estímulos exteriores: si fulanito se lanza al agua para salvar a otro por la recompensa económica, menganito por obtener fama, zuta- nito por compasión, etcétera.

TEORÍAS SOBRE EL VALOR

111

Mi actuación será valiosa si obedece al sentimiento del deber que la razón me dicta. Mi conciencia, realidad formal, se consulta a sí misma y responde lo que debe hacer a priori: no necesito ayudar a un huérfano para saber que eso es un acto moralmente bueno, tampoco necesito matar a nadie para saber que eso es un acto malo. Siempre la misma respuesta imperativa y categórica: obra de tal modo que tu comportamiento pueda ser tomado como ejemplo para todos, como norma universal. La voluntad moral sólo es digna si -más allá de la facultad del mero desear- actúa por sentir que debe obrar aunque se venga abajo el mundo, ya que el deber responde a su propia autonomía: se da a sí mismo la obligación de actuar, diga la gente lo que diga. Quien no actúe por respeto a esa ley interior de la conciencia no actúa moralmente. ¿En qué se concreta esto? En hacer el bien y evitar el mal, en querer para los demás lo que quiero para mí, y en no querer para los demás lo que no quiera para mí mismo. Si cumplo con mi deber, obraré categóri- camente, universalmente: si pretendo que me salven cuando corro pe- ligro, también yo deberé salvar a todos los demás; si no quiero que me mientan, tampoco yo deberé mentir nunca. Al loco furioso que, cuchillo en mano, quiere entrar en mi casa para matar a un viandante que allí se ha refugiado, no debo decirle que no está allí, pero añadiendo que si no se va llamaré a la policía, y si es necesario defenderé al perseguido con mi vida, pues decir la verdad es una exigencia categórica de la razón moral: si miento una sola vez, ya no valgo de referencia para la huma- nidad. 10 En resumen, la conducta moral será a priori y no a posteriori; formal y no material (no seguirá los estímulos exteriores); subjetiva (trascenden- tal) pero no subjetivista. Kant cree que basta consultar a la conciencia, sin necesidad de diálogo, para encontrar esa respuesta. Ahora bien: ¿podrá salir la universalidad de la conciencia solitaria de la voluntad misma, sus- traída del diálogo con los demás? ¿Sabré yo lo que debo hacer o evitar si los demás no me ayudan a descubrirlo, en un mundo donde el sentimien- to del deber escasea? Así pues, mi actuación será valiosa si obedece al sentimiento del de- ber que mi conciencia moral me dicta. Mi conciencia, realidad formal, se consulta a sí misma y responde a priori lo que «debe» hacer o evitar. Al cumplir con mi deber, me comporto de forma «categórica»: obro de tal modo que mi comportamiento puede ser tomado como ejemplo para to- dos, como norma universal. La voluntad moral sólo es digna si actúa, no porque desee esto o lo otro concreto, sino porque siente que debe obrar como lo hace, aunque se venga abajo el mundo. ¿En qué se concreta esto? En hacer siempre el bien y evitar el mal, en querer para los de- más lo que quiero para mí, y en no querer para los demás lo que no quie- ra para mí mismo.

'"Cfr. hrmiiimid K.mt, Sobre el pretendido derecho a mentir por altruismo, 'léenos, Ma-

iliícl,

1991.

112

La

fenomenología

Según Max Scheler (1874-1928), no hay valores porque haya bienes y fines (Santo Tomás), ni porque haya conciencia autónoma (Kant). Max Scheler está más cerca de Kant que de Santo Tomás, en cuanto que su posición es más antropocéntrica que teocéntrica. Coincide con Kant en la crítica de éste a la identificación entre ser y bien y, por tanto, en que una cosa es el bien y otra el ser. Sin embargo, a Kant le reprocha Scheler:

• Identificar conocimiento a priori con conocimiento formal, dando por supuesto que un contenido material generaría relativismo y, por ende, no podría ser a priori.

• Identificar conocimiento formal a priori con conocimiento racional.

Kant habría llegado al colmo de la barbarie al afirmar que la persona que auxilia a quien se está ahogando sólo debe hacerlo por cumplir con su deber, y no por compasión; la conducta exigida por Kant sería inhuma- na, de un rigorismo orgulloso, egocéntrico, pues sólo le importaría la tran- quilidad de la propia conciencia que al obrar como debe se siente supe- rior. Frente a esos errores propone Scheler dos correcciones:

• Los valores no tienen un contenido formal, sino material, distinto también de los bienes de las cosas.

• Se captan por amor y a priori, de golpe, por intuición emocional, la cual presenta distintos planos, no sólo el empírico (ejemplo: amor no es sólo sexo). El que ama no se busca a sí mismo, sino realizar el amor. El mayor premio es amar, y el mayor mal, experimentarse como origen del mal. Resulta, pues, erróneo desacreditar el acto de compasión o de amor, de las emociones en general, para rempla- zarlo por actos de la voluntad, sólo porque en algunos casos la com- pasión o el amor sean insinceros o insuficientes. El mundo de los bienes es más distante que el de los valores, pues ante éstos se da el amar y no sólo el conocer. El valor me implica, me afecta. Ante lo valioso no «tengo», sino que «soy» persona valiosa.

En la esfera afectiva no se produce libremente alegría o tristeza del mismo modo que en la esfera volitiva proferimos un acto de voluntad o una promesa. Tampoco pueden gobernarse los afectos como gobernamos los movimientos de nuestros brazos, porque el sentimiento tiene sus ra- zones que la voluntad no conoce. Intelecto, voluntad y amor deben coo- perar entre sí, pero respetando el papel de cada uno. El problema surge cuando el corazón va más allá de su dominio y usurpa papeles que no le competen: si alguien que quiera comprobar un hecho se limita a afirmar que su corazón le dice lo que ha ocurrido, abre la puerta a todo tipo de ilusiones; ha obligado a su corazón a realizar un servicio que nunca puede prestar y ha permitido que su uso inadecuado sofoque al intelecto. Si son

TEORÍAS SOBRE KI, VALOR

113

valores, se intuyen no sólo afectivamente, sino también raciocordialmen- te. Esto no impide la existencia de situaciones en las que podemos decir:

"Siento que esto no es correcto", aunque seamos incapaces de demostrar- lo lógicamente. La persona con un corazón alerta se alegra o se entristece según los motivos objetivos que se dan frente a ella para sentirse feliz o desgracia- da; el juicio verdadero es una síntesis de subjetividad y objetividad, o me- jor, la objetividad está mediada por la subjetividad, pero no creada por ella. En este sentido, su subjetividad no se borra, pero sí debe desapare- cer su subjetivismo, por cuanto que éste desvirtúa la genuinidad de la vi- vencia. ¿Cómo, pues, orientarse en estos terrenos? Quizá la pregunta fun- damental de un corazón bien orientado no sea ¿me siento feliz?, sino ¿la situación objetiva es tal que resulta razonable ser feliz? Es entonces cuan- do de la afirmación «eso es verdaderamente un bien» se sigue la afirma- ción «eso debe ser realizado». Empero, para evitar el sentimentalismo, que es una hipertrofia que mata al sentimiento raciocordial, se necesita edu- car los sentimientos.

El

emotivismo

Según. George Edward Moore, 11 máximo exponente del emotivismo o emocionalismo moral, bueno es una noción simple igual que amarillo, y las nociones simples se intuyen, no se explican: no puedo explicar a nin- gún ciego qué es el amarillo. También lo bueno es una noción simple y, por tanto, indemostrable: o se ve, o no se ve. Bueno y amarillo son predi- cados adjuntos, con-sonantes, pero no decibles de suyo sustantiva o aisla- damente. Cuando digo de algo que es bueno, contra la opinión aristotélico-tomis- ta, no afirmo nada sobre el objeto (que no es simple), ni sobre mí mismo (que tampoco soy simple): tan sólo estoy exteriorizando mis emociones {e-motio: algo se me remueve) y mis sentimientos. Asegurar «A es bueno» equivaldría a decir: «Apruebo A; apruébalo tú también», o «¡Viva A!». El cri- terio de verdad es la pasión, pero de ésta no pueden darse razones, como antes ya lo había proclamado David Hume: cuando mi mano golpea la ca- beza de un inocente niño huérfano, por muy repugnante que ello me parez- ca, lo único demostrable es que un cuerpo en movimiento se desplaza e in- cide sobre un cuerpo en reposo. La razón no dice nada; la emoción, todo. ¿Qué podemos decir de estas tesis moorianas? Que, en efecto, «bue- no» no es una cualidad simple, y por tanto exige una captación intuitiva:

en eso concordamos con Moore más que con los aristotélico-tomistas. Sin embargo, Moore no lleva razón en su total desconexión entre la razón y los sentimientos, y ello por varios motivos:

"Principia F.thica, Philipp Reclam, Stuttgart, 1970; El concepto de valor intrínseco, F.x- eeipla l'lulosophica, Facultad de Filosofía, Universidad Compiuten.se, Madrid, 1993.

I

1 4

GAP. 3. PERSONA YVALORES

• Primero, porque no toda afirmación axiológica es emocional. Cuan- do el médico dice que es bueno operar tal cáncer, está expresando un juicio meramente técnico, descriptivo, sin emotividad.

• Además, los humanos compartimos básicamente los mismos sen- timientos: la empatia, y el sentimiento de solidaridad y de apoyo mutuo intraespecífico son universales. ¿Por qué los sentimientos universales no pueden servir como criterios de verdad, y sí la racio- nalidad universal?

• Tampoco la frialdad o el desapasionamiento son criterios de ver- dad. Puedo aceptar con emoción, y errar con desapasionamiento; a veces, incluso, cierto exceso de frialdad (no sólo de calor) impide la percepción de lo real. La temperatura no es criterio de verdad.

• Además, el uso de un lenguaje descriptivo, indicativo, aséptico, no evita su «contaminación» axiológica. Cuando a un daltónico le digo que el semáforo está en rojo, no sólo le estoy informando acerca de la existencia de un color, sino también de que no «debe» pasarlo por- que no es «bueno» para él. La frontera entre lo descriptivo y lo emo- tivo o evaluativo nunca es tan rígida como asegura el emotivismo. Más aún, afirmaciones morales sobre las que existe un consenso casi universal, por ejemplo: «todos los seres humanos tienen derecho al trabajo», ¿no podrían autorizarnos a decir que «es moralmente bue- no que lo tengan»?

• Por último, el emotivismo maneja dos criterios de verdad: para los hechos físicos, la observación intuitiva rigurosa y objetiva: es ver- dad lo que veo; para los hechos morales, por el contrario, la falaz voz de la emoción. Semejante diplopia ignora la unidad raciocor- dial del ser humano.

Mostradas esquemáticamente las posiciones básicas en torno a la cap- tación del valor, vayamos a su naturaleza, con la misma esquematicidad y espíritu pedagógico.

Los valores, sí valen, de alguna manera son; si son, valen

Todo lo que vale es; pero no todo lo que es vale. «Ser» materialmente y «valer» axiológicamente no se identifican. Hay cosas que valoramos ne- gativamente, como un dolor de muelas, pero son, están ahí; mientras que otras no son, no están ahí, y sin embargo las valoramos favorablemente (por ejemplo, la justicia perfecta). Aunque tendamos a sustantivar los va- lores, es decir, a condensarlos en sustantivos («la» libertad), e incluso a re- presentarlos de forma simbólica (justicia, balanza, pureza, paloma), no son cosas. Según Ortega y Gasset, los valores son «irrealidades», cualida- des de las cosas; para evitar malentendidos, creemos que sería mejor afir- mar que son realidades, aunque no de carácter físico.

TEORÍAS SOBRE EL VALOR

115

Los bienes participan de los valores, pero no se identifican con ellos, frente a la ética material aristotélico-tomista, para la cual los valores son las cosas buenas. Siendo el bien, el ser y el valor lo mismo desde distin- tos ángulos de enfoque, el mal es la ausencia de bien y de ser. Sin embar- go, Aristóteles y Santo Tomás definen al mal como la ausencia del bien debido, es decir, del bien ideal que a cada ser pertenece y que debería po- seer, o sea, de su ideal de perfección. Con esto, el aristotélico-tomismo traiciona sus propios postulados (ontológicos) yendo más allá de lo dado y apelando a lo «debido»: ¿será porque nacemos aristotélicos limitándo- nos a lo que meramente somos, pero morimos platónicos reivindicando el deber ser y la perfección que añoramos?

Si creemos que los valores son una conquista interminable, vamos por buen camino

Los valores existen, pero no siempre los descubrimos; en ciertas co- yunturas históricas aparecen disvalores que son tomados por valiosos, o a la inversa. Precisamente por ello debemos esforzarnos en potenciar los que van en el buen sentido, es decir, los que nos ayudan a progresar en humanidad. A tal efecto, García Morente señala los siguientes criterios:

• En la polis, toda potenciación de un valor constituye un progreso.

• Toda institución destinada a realizar un valor es progreso, por im- perfectamente que desempeñe su cometido.

• Toda transformación social de una cosa en un bien significa pro- greso.

• Toda mejoría de un valor ya realizado se alza como progreso.

• Todo aumento de bienes en cantidad significa una universalización del progreso.

• Toda disminución de males forma progreso.

• Todo aumento de males significa retroceso.

• La conversión de un bien-medio en un bien-fin no entraña progre- so, y puede entenderse como detención o como retroceso.

• Todo aumento en la capacidad popular para estimar valores conlle- va progreso.

• Contribuir a la rectificación de aberraciones estimativas en las ma- sas y en los individuos es progreso, tanto en la denuncia de estima- ciones falsas en sí mismas, como en el restablecimiento de la autén- tica jerarquía de valores.

• El fomento y desarrollo de un valor, inferior con detrimento de otro superior, es retroceso, pero el descubrimiento de dicho acontecer y su rectificación constituyen progreso.

• Fomentar y desarrollar un valor inferior, con detrimento de un valor superior, puede significar retroceso, planteando siempre la compleja

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CAR [i. PERSONA Y VALORES

cuestión técnica de cómo lograr el paralelo desarrollo en ambos va- lores conflictivos.

Los valores son expresión de la vida. No me imagino que dentro de 15 siglos no haya ningún conflicto de valores. La mayor parte de apostasías y defecciones axiológicas de los antiguos militantes socialcomunistas o anar- quistas se debe, por ejemplo, no solamente a que ahora ya vivan como li- beralburgueses acomodados, sino también a que esas personas imagina- ron, mientras eran jóvenes, que terminarían haciendo un paraíso perfecto, inmutable y definitivo en la Tierra y, ya que no lo han logrado, han tirado la toalla diciendo: «Como no todo, entonces nada». Y eso no es. No es así. La razón de que muchos de nuestros problemas se queden sin resolver es que les tenemos miedo a las soluciones. Y hay más. Si uno no vive como piensa, terminará no pensando como vive, y viviendo como no había pensado, tratando así de conformar los va- lores según su vida, y no su vida según los valores. Esto es también una forma de resentimiento. Ustedes van a seguir, igual que yo, teniendo conflictos axiológicos consigo mismos y con los demás, pero dense cuenta de ello, trabájenlo, intenten mejorar las cosas procurando ayudarse a sí mismos y a los de- más con identidad y coherencia: esa es la tarea humana. Quien piense que los valores no traen conflicto se equivoca. Lo malo es que generen conflicto y además no sean valores. El universo de los valores no es un jardincito epicúreo para descansar en él. Hay una tendencia a depositar los valores en una estantería mientras que el sujeto se queda fuera. Pues

destructor. En la

naturaleza humana está el generar crisis, el construir y destruir, diferen- cia radical con respecto a los animales que, una vez explorado su propio territorio, se quedan dentro de él. En todo «planeta axiológico» podemos llegar a adoptar pautas de comportamiento que hoy ni siquiera imagi- namos. Pero entonces las crisis resultan inevitables, conllevan destrucción de valores anteriores y producción de valores venideros. A veces, en el saldo, lo negativo es más contable que lo positivo, o viceversa; pero en ocasiones este saldo sólo puede cuantificarse algún tiempo después. Por otra parte, hace falta perspectiva para poder valorar. La excesiva cercanía de los acon- tecimientos no ayuda a justipreciarlos; se necesita una distancia y hoy -por ejemplo- comprendemos mucho mejor que sus coetáneos los valores que Cristo enseñó. Como ya hemos dicho, en el momento en que acaba de escri- bir La ciudad de Dios, San Agustín ve las puertas de Roma, la ciudad eter- na, a los bárbaros y escribe: «El mundo se acaba». Para él, demasiado cerca, aquellos pueblos bárbaros (bárbaros porque no hablaban latín, idioma eter- no) traían el fin del mundo. Casi todos los grandes pensadores experimen- tan una conciencia más aguda de las crisis que las personas normales, las cuales se lamentan sin reflexionar sobre lo que está pasando. Al respecto ca- bría formular tres preguntas:

no, el ser human o es un animal axiológeno, creador y

TEORÍAS SOBRE EL VALOR

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• ¿La serie de crisis que ha habido en la historia muestra que no pasa nada a pesar de las crisis? ¿Al final de todas las crisis no hay crisis? Entraron los bárbaros y no pasó nada. Cayó el Muro de Berlín y no se acabó el mundo. ¿Esto significa que crisis + crisis + crisis = no crisis?

• ¿Esta crisis nuestra es más crítica que las demás? ¿Será verdad que ahora sí viene el lobo? ¿Quizá la novedad sea que ahora aparece el aspecto ecológico: si destruimos la naturaleza todo lo demás será imposible?

• ¿Cómo hablar de crisis, si los valores son eternos?

Si algo es realmente valioso,

debe ser amado

Los valores no son inertes ideas platónicas indiferentes a mí, sino que cuando los veo conculcados siento irritación; cuando ejercidos, cómplice alegría, y cuando aún no realizados, interpelación, incitación a trabajar por ellos. Ante una violación de una niña no hace falta ser don Quijote de la Mancha para decir «eso no debe ser», y reaccionamos. ¿Se ama a los valores porque son valiosos, o son valiosos porque se les ama? Si lo segundo, subjetivizo los valores; si lo primero, reconozco su existencia. No resulta fácil separar ambos extremos, de todos modos, pues son buenos porque los amo y los amo porque son buenos. Demostrarlo puede costar trabajo, si los demás difieren de nuestra opinión, pero na- die puede presumir de que algo sea valioso para él si no lo ama. Para quien valora sólo los automóviles como medio de transporte resultan útiles (gra- do inferior del valor); sin embargo, para quien los ame más que a su novio o novia, la cosa cambia. Los valores, pues, van vinculados a la posición del valorante, aunque no se reduzcan a ella. También el tiempo altera la posición: uno puede llegar a valorar des- pués lo que antes no tanto, o a la inversa. Para captar el valor hay que mo- verse. Un niño con vocación pacifista puede terminar queriendo ser be- cario de la OTAN. Los valores exigen un aprendizaje, no se aprehenden de un golpe, hay un antes y un después.

Si no dialogo, no podré hablar con los demás de valores:

mi valor no será valioso

No todo el mundo entenderá del mismo modo la amistad, la bon- dad, la belleza, etc., produciéndose la inevitable colisión entre valores. Ni siquiera faltará quien niegue la existencia de la amistad, de la bon- dad o