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En la historia ocurren hechos que traspasan el plano individual y se arraigan en el ideario

colectivo, con significados que inspiran a una nación a través del tiempo. La gesta del 21 de mayo
tiene esa cualidad, ya sea por el heroísmo, la capacidad de sacrificio y la valentía a toda prueba
demostrada. El capitán de la Esmeralda, Arturo Prat y su tripulación nos siguen recordando, con el
eco amplificado de la historia, que el cumplimiento del deber y el patriotismo pueden llevarnos a
superar obstáculos impensados.

La ciudad de Iquique se encontraba bloqueada por buques chilenos, la corbeta Esmeralda,


comandada por Arturo Prat y la goleta Covadonga, a cargo de Carlos Condel y por la mañana del
21 de mayo, avistaron dos acorazados peruanos y no les fue difícil reconocer que esos barcos eran
el Huáscar y la Independencia.

No tardó en comenzar el fuego cruzado y quedó en evidencia la disparidad de fuerzas. La


Covadonga fue atacada por la Independencia y la Esmeralda por el Huáscar. La Esmeralda quedó
en una posición entre tierra, desde donde se le hizo fuego de artillería y el Huáscar que la atacaba
desde el mar. Mientras los disparos de la Esmeralda solo rebotaban en el casco del Huáscar.

A las tres horas de combate, la corbeta Esmeralda había sido perforada ya por varios
proyectiles; hacía agua, pero su fuego no disminuía. El comandante Grau, comprendiendo que no
debía prolongar por más tiempo un encuentro tan desigual, suspendió el fuego y con sus
máquinas a todo vapor lanzó al Huáscar sobre la Esmeralda, la tomó por la mitad y la atravesó con
el espolón. Prat, que esperaba sereno ese instante, dio un grito que era una voz de mando: "¡Al
abordaje!". Sus hombres no lo oyeron, y sólo saltó él, acompañado del sargento Juan de Dios
Aldea, a la cubierta del buque enemigo. Allí cayeron ambos acribillados de balas.

La lucha continuó, sin embargo, dirigida por el teniente Luis Uribe. Al segundo espolonazo,
otro teniente, Ignacio Serrano, saltó al abordaje también con unos cuantos marineros. Todos
hallaron igual suerte que Prat y Aldea. Un tercer golpe de espolón derribó definitivamente a la
Esmeralda, con su arboladura y su casco hecho astillas. Entonces un guardiamarina, el
joven Ernesto Riquelme, descargó a ras de agua el postrer cañonazo y se hundió en el océano con
los despojos de la vieja nave, cuya bandera, todavía al tope, flameaba rozando las olas.
La gran muestra de heroísmo y determinación de estos hombres se transformó en un
aliciente para la moral de las tropas chilenas y permitió que esa batalla perdida se convirtiera en el
símbolo de una guerra ganada. Todavía sigue resonando la arenga de Prat: "¡Muchachos: la
contienda es desigual! Nunca nuestra bandera se ha arriado ante el enemigo, espero pues que no
sea ésta la ocasión de hacerlo. Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará en su lugar, y os
aseguro que si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!"
Esa arenga sigue viva para los chilenos y chilenas de hoy. Estamos llamados a valorar a
quienes han dado su vida por la patria y a disponer nuestras energías y talento para engrandecer
con nuestro accionar el destino de nuestro país. Todos podemos ser héroes y heroínas cuando
cumplimos con nuestras responsabilidades y cuando no claudicamos ante la adversidad. Viva
Chile!