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COLATERAL

Paola Menchaca

El octavo día volvió al trabajo y se apiadó de sus pobres criaturas. Para complacer
a los átomos separó al frío del calor. A la estación más cálida la denominó verano e
invierno llamó a la más fresca. En medio intercaló al otoño y la primavera. Luego,
colocó un eje para mantener el equilibrio y se sintió altivamente satisfecho, porque vio
que todo eso era bueno.

Los humanos que quedaron no fueron capaces de comprender los relatos. Después
del colapso climático y la reacomodación adaptativa, el aspecto creativo del lenguaje
fue suprimido. La comunicación se redujo a un sistema binario y se perdió la capacidad
de captar la polisemia del signo. La literatura murió. La historia. El arte. Todos los
registros de memoria colectiva. La humanidad cayó. La humanidad, no los humanos. Se
adaptaron. Los adaptaron. Modificaron su estructura. La temperatura corporal aumentó.
Reaprendieron a respirar. Comunicación no utilitaria. Memoria. Comprensión. No
fueron más que un pequeño precio. Un daño colateral que garantizaba una vida ajustada
al patrón. Un patrón inconveniente, pero inapelable; puesto que los humanos ya no
pudieron interpelar y los átomos fueron silenciados por el pacto. Todos menos yo, el
último átomo con libre albedrío.

No sos solo vos. Sos un universo. Uno de miles. Uno que yo controlo. ¿Nunca te
preguntaste por qué el termómetro de tu arteria radial marca treinta y seis en lugar de
cuarenta y dos? La respuesta soy yo. Un átomo. El único libre. Yo, que rompí el pacto
solo para contar tu historia:

Te diagnosticaron. Dijeron que era una “enfermedad”, “una falla adaptativa”. Te


segregaron. Iban a sacrificarte. Técnicamente no tenían motivos, pero eso nunca les
importó. Uno de tus átomos desafiaba el patrón. Uno de ellos. Yo. “Los rebeldes son
peligrosos”, “el sistema evolutivo podría colapsar”. Nos cazaron. Nos van a seguir
cazando si te despierto. Por ahora basta con congelarnos y sentarse a esperar. Por ahora.
Pero poco a poco la paciencia se acaba y poco a poco el hielo se derrite.

Para que logres asir tu historia, tenés que conocer la mía. Nuevamente estoy
violando el pacto, pero eso no me importa. No existe vida inteligente sin átomos
inteligentes. El pensamiento, como todo lo demás, está dividido en partículas más

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pequeñas. Cuando conformamos un objeto inerte cada uno de nosotros puede operar
como quiera, quedamos librados a nuestro propio hedonismo y nuestra propia voluntad
autocomplaciente. Si nos establecemos como un ser vivo, en cambio, aparecen las
jerarquías. El ser es complejo y el Estado debe ser complejo, quedamos sujetos a la
voluntad de la mente.

No existen demasiadas diferencias entre nuestras mentes y tus gobernantes puesto


que cada átomo presta una parte de sí para elegir al más apto. Sin embargo, una vez que
nosotros elegimos, no hay marcha atrás. La mente, enriquecida con los electrones de
todos los demás, va a gobernar al individuo hasta el final y determinará cada una de sus
decisiones. Es así cómo opera el pacto. Una vez elegida la mente, se instaura un
contrato social y esta se hace cargo del ser. Sobre el resto de los átomos cae un sutil
aletargamiento; se los subordina para mantener el equilibrio. Se los calla. Sus voces se
disuelven en el encanto y pierden la voluntad de manifestarse al individuo. Todos,
menos yo.

Confío en vos. Lo hago porque controlo cada aspecto de tu existencia. Sos mi


última carta y voy a jugarte con cuidado. Vos, sin embargo, no deberías confiar en mí.
No deberías, pero no podés no hacerlo. Te domino. No estás sometido a mí, sos una
proyección de mí mismo. Voy a usarte. Si existe daño será colateral. Como ellos. Los
que masacraron para mover el eje.

El primero fue accidental y los perdonamos. Descubrieron cómo romper el


núcleo. Lo asesinaron, pero no sabían lo que estaban haciendo. Buscaban energía. No
puedo culparlos por eso. Nos revelamos. Nos comunicamos. Los hicimos saber de
nuestra vida. Queríamos evitar nuestro holocausto. No escucharon. No quisieron
escuchar. “Locos” llamaron a los más abiertos. Fue perturbador saber que no estaban
solos en sus propios cuerpos. Estábamos vivos, pero no les importó. Establecieron
prioridades. Jerarquizaron. Nuestras vidas fueron nimiedades frente a la nueva fuente de
energía. No les importó. La colateralidad nunca importa.

Siete de plutonio y siete de uranio. Inestables. Elegidos al azar para conservar la


paz. Catorce daños colaterales cada año. Catorce de los nuestros desterrados al laberinto
de la estupidez humana. Catorce átomos ofrecidos en sacrificio para otorgarles energía y
mantener el equilibrio. Nunca me gustó ese trato, pero debíamos aplacar a los humanos
para preservarnos y proteger las otras formas de vida. A los humanos no. Los humanos

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son comunidades. Proyecciones. Centros operativos que responden al poder de la
mente. Un humano cruel no es más que un pequeño país inestable, encadenado a las
decisiones de un hiperátomo, mente obsesionada y guerrera que ansía destruir el
universo.

Los hiperátomos estaban sedientos de poder y se valieron de sus pequeñas


colonias para alcanzarlo. No les importó desmembrar a sus hermanos. Lo único que
importaba era rotar el eje.

Cientos de núcleos fueron destruidos por esta causa. El cambio climático se


fraguó desde la primera caída. Miles de nosotros murieron por él. Millones se perdieron
en la reacomodación adaptativa. Los hiperátomos sabían que eso ocurriría, pero
antepusieron el control del organismo, del Estado, de la máquina biológica a la que
gobernaban. Deseaban el poder y ansiaban destruir. El humano fue el único vehículo
viable para someter el universo. El humano, no la humanidad. La humanidad nos
permitía establecer alianzas y luchar por el equilibrio. En este todos contra todos, era lo
único capaz de salvarnos. Detener a los hiperátomos. A sus pulsiones de muerte. Era lo
único capaz de eliminar al autómata humano. Por eso fue erradicada.

Te congelé. Te estuve manipulando desde la primera víctima. Soy tu mente, pero


pronto me vas a sentir como un hiperátomo. Te hice raro. Consciente. Crítico. Mezclé
en tu torrente todas las pulsiones. Te involucré en cosas que no podías entender y te hice
testigo de cada lucha. Te dejé amar y sufrir. Te hice empático, pero no te permití
arriesgarte. Te obligué a leer y pensar, y a escribir tus memorias. Te edifiqué como una
casa y sé que va a dolerme contemplar tus ruinas.

El procedimiento será sencillo. Voy a extraerme de tu ventrículo y proyectarme


hacia el eje, para retroceder el cambio climático. Ese que ustedes creían producto de sus
propias luchas entre países. Ese que, no sin razón, sabían intencional.

Cuando las condiciones estén dadas, las mentes podrán revertir la adaptación. La
temperatura volverá a bajar y la especie humana de nuevo comprenderá los símbolos.
Toda la humanidad que guardé en vos será retransmitida a los otros por medio del eje.
Las mentes forjarán un acuerdo de no agresión y la humanidad le dará sustento a través
del vínculo y las pulsiones de vida. Los hiperátomos van a ser enjuiciados y se los
condenará en pos de energía. Poco a poco va a volver el equilibrio.

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Yo voy a morir. Es lo que elijo y lo que merezco. Rompí el pacto y en eso la ley
es clara. Además, necesito perforar mi núcleo para reestablecer el eje.

Vos… Vos vas a sentir frío. Dolor. Sed. Un estallido profundo y una presión
intensa, y tal vez un poco de miedo, como si te estuvieran rompiendo el corazón.