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El Club de las Excomulgadas

Agradecimientos

Al Staff Excomulgado: CSanch, Dahiana,


Hada PR, Marijf22, Mdf30y, Nelly Vanessa y
Norita por la Traducción; Nelly Vanessa y Taeva
por la Corrección de la Traducción;
Annammussa, Laavic, Mokona, Nicole MD2,

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Puchunga y Yorky-d por la Corrección; Laavic
por la Diagramación; Annammussa por la
Primera Lectura Final y Leluli por la Segunda
Lectura de este Libro para El Club De Las
Excomulgadas…

A las Chicas del Club de Las Excomulgadas, que


nos acompañaron en cada capítulo, y a Nuestras
Lectoras que nos acompañaron y nos acompañan
siempre. A Todas….

¡¡¡Gracias!!!

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El Club de las Excomulgadas

Aviso Excomulgado

El Club de Las Excomulgadas ha realizado este


proyecto de fan traducción Sin Ánimo De Lucro
Alguno.
Está hecho por Fans para Fans, Siendo su
Distribución Complemente Gratuita.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


No ha tendido en ningún momento el objetivo de
quebrantar la propiedad intelectual del autor o
reemplazar el original. Su Único fin es incentivar
y entretener con la lectura en nuestro idioma.
Así mismo las Incentivamos a Comprar Las
Obras de Nuestras Autoras Favoritas, ya sea en
el idioma original o cuando estén disponibles en
español, para seguir disfrutando de estas grandes
novelas.

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El Club de las Excomulgadas

Argumento
Una historia de dos amantes que no podrían ser más diferentes.

Hija de un ángel y de una sirena, Alexis ha crecido en aguas pacíficas. Pero


cuando sus pesadillas comienzan, la sirángel no sabe qué hacer con ellas. En su
sueño aparece el hombre más solitario que jamás ha visto... y se siente
extrañamente atraída por él. Hasta la noche en que su sueño se hace realidad...

Nacido de un vampiro y un Oscuro, Dante sólo conoce brutalidad. Y


aunque es el líder de Mundo Oscuro, anhela escapar de él. ¿Qué mejor manera de

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lograrlo que pedir rescate por la hija del Comandante de la Legión, Jonah? Pero
hay una cosa en la que Dante nunca pensó... el modo en que Alexis roba su
corazón.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Uno
Azufre. ¿Cómo diablos sabía ella a lo que olía el azufre?

Tal vez lo recordaba de ese tiempo en que había terminado en las


catacumbas exteriores del infierno, en busca de las cavernas donde sus padres se
conocieron. Tenía doce años, y estaba fascinada por la historia de cómo Anna se
había escondido allí cuando Jonah había sido herido y era perseguido por los
Oscuros. Por supuesto, Lex no se había emocionado al correr y caer de bruces ante
Lucifer en su búsqueda romántica. Le habían dicho en términos muy claros que no
debía nadar hacia su reino nunca más. No, si sabía lo que era bueno para ella. Tenía

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veintiún años ahora, pero el recuerdo todavía la hacía estremecerse.

Dios, amaba a sus padres, pero tenían amigos que daban mucho miedo. El
Señor del Inframundo era el mejor amigo de su padre, mientras que la de Anna era
Mina, la Bruja de Mar, una criatura cuyo nombre se decía en un susurro entre la
gente del mar.

Pero tanto si Alexis sentía o no el olor a azufre, tenía que ser un sueño.
Principalmente porque esa parte de su mente que mantenía las cosas demasiado
aterradoras en los sueños se lo decía, a pesar de que había una nota tenue que hacía
la sugerencia más prometedora que el hecho seguro.

Estaba flotando en el fuego. Aunque sentía su calor, no se quemaba. Estaba


lamiéndole las escamas de su cola, otra curiosidad. Por lo general, ella aparecía en
sus sueños en su forma humana, no en su forma de nacimiento, que era sirángel1:
mitad sirena - mitad ángel, con cola, aletas y alas.

Cuando empezó a volverse para ver qué había detrás de ella, una mano tocó
sus alas. Dedos fuertes, de hombre penetraron las gruesas capas de plumas rizadas,
para agarrarlas, con sus nudillos acariciando la frágil red de huesos debajo.

1
En ingles merangel: mezcla de las palabras mermaid (sirena) y ángel.

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El Club de las Excomulgadas
Ah, era ese tipo de sueño. Por esto podría valer la pena el desagradable olor a
azufre, aunque una sensación extraña, oscilante en la boca de su estómago le
recomendó que corriera, incluso si su cuerpo se negaba a moverse. La mano jugó
con sus plumas donde se unían a la carne, la zona más sensible, y la hizo contener
el aliento. Inclinando la cabeza hacia atrás, se encontró con un ancho hombro
esperando para que se apoyara en él. Se unía a un cuerpo muy masculino
presionando contra su espalda, con su muslo desnudo contra su cadera. El
intrigante músculo de un estómago rozó sus alas. Otra mano las separó como si
abriera una prenda y la deslizara por su espalda, haciéndola temblar.

A medida que su aliento acariciaba el costado de su garganta, porque era un


sueño, el pelo convenientemente cayó sobre su hombro derecho para darle acceso.

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Su boca se cerró sobre su piel. No fue un beso. Fue como si estuviera a punto de ser
comida, de que su carne fuera saboreada. El fuego avanzó por su cuerpo,
haciéndola preguntarse si venía de él, una criatura de fuego y hambrienta.

Un colmillo la raspó, y ella gritó cuando él le perforó debajo de su delicada


hendidura branquial, con dolor, pero también con placer. Porque debido a eso, ella
se quedó inmóvil, dispuesta a darle su sangre. Sus manos abrieron un camino
tortuoso a los huesos de sus caderas, estimulando las estrechas escamas
superpuestas debajo de ellos. Una mano fue a la deriva hasta la perforación de plata
y diamante que tenía a través de la fina piel de su ombligo. Oh, Diosa. Ella era tan
sensible ahí, casi tanto como en su cuello. Los labios se movieron sobre ella,
succionando, y pudo oír el correr de su sangre, ansiosa por alimentarle.

Su padre había fruncido el ceño cuando ella se puso el piercing en el


ombligo, pero Alexis estaba encantada por la forma en que brillaba. Si lo tocaba
con los dedos ligeramente mientras yacía en la cama por la noche, enviaba rayos de
energía sensual a ondular hacia afuera como ondas tropicales, haciéndola
imaginarse las manos2 de un amante.

Nunca había tenido un amante. Ya era bastante difícil ser empática, ¿pero de
ahí a tener la energía de un ángel además de eso? Los hombres se sentían atraídos
2
Esta fan traducción es de distribución gratuita.

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hacia ella como polillas a la luz, pero no se acercaban lo suficiente como para ser
quemados. Cuando Lex era adolescente, Anna, su madre, había señalado que ese
rasgo salvaría vidas. Jonah habría tenido muy poca paciencia con los errores
hormonales de los hombres jóvenes al tratarse de su única hija.

Les hubiera pellizcado las cabezas como garrapatas en un perro.

No eran las palabras de su madre, por supuesto. Alexis tenía una amiga
humana, Clara, que había nacido en Georgia y que describía la actitud propia de su
papá con los muchachos, de esa manera. Ya que parecía aplicarse a Jonah, Alexis
no pudo dejar de pensar en él cuando el tema salió a colación.

Pero no era una niña. Y este era sin duda un sueño muy adulto. Un poco

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más de lo que nunca había experimentado, en realidad. Fue el último pensamiento
coherente que tuvo cuando sus dos manos se deslizaron hasta su abdomen, jugando
con la perforación de nuevo antes de seguir su camino hacia arriba. Ella se arqueó
de nuevo contra su cuerpo, conteniendo el aliento, deseando que fuera exactamente
a dónde iba, a su carne dolorida.

Ahí. Ella abrió la boca, sueño o no, mientras las palmas callosas se cerraban
sobre sus pechos desnudos, porque aparentemente esa era la forma en que su sueño
quería que estuvieran, y ¿quién era ella para discutir? Se había ido a dormir con una
camisa de dormir grande impresa con un conejito rosa sobre la leyenda Todo es sobre
mí. Ciertamente, no habría encajado en ese sueño.

Alzando las manos, ella las cerró sobre sus antebrazos. Él se quedó quieto,
como si no hubiera esperado que lo tocara. Seguía bebiéndosela profundamente,
haciéndola marearse, aumentando el rugido de su corazón. Mientras ella se
balanceaba con el movimiento del fuego, le rozó la parte trasera con su ingle. La
evidencia de su deseo envió un escalofrío de aprensión y excitación a través de ella.
Era demasiado real, un poco intimidante.

—Ignorarás el miedo. Llegaras detrás de ti y me sostendrás en tus manos.

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El Club de las Excomulgadas
La voz era áspera, como si estuviera marcada por nubes ardientes de humo.
Retumbó a través de su cuerpo como un trueno, del tipo que precedía al rayo de
calor, no a las frías corrientes de lluvia. El sudor brillaba en su piel ahora, el calor
aumentaba, y ella miró hacia abajo, a sus manos. Las uñas eran largas, casi como
garras, las puntas finas dejaban regueros rojos sobre su carne, pero la fuerza en su
puño, acariciándola eróticamente, equilibraba su aprensión. Además, ella no podía
apartar los ojos de la vista de esas manos sobre sus pechos, de la forma en que los
tomaban y los abrazaban, tan seguras y poderosas, deslizando su pulgar e índice
juntos para capturar sus pezones, apretarlos y rodarlos de una forma que la hacía
tragar con fuerza.

—Agárrame, ahora. Te lo ordeno.

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Ella deslizó las manos hacia atrás con lo que empujó sus pechos aún más en
sus manos, y le dio la sensación de estar atada y temblando, con los brazos detrás
de su espalda. Sus dedos se deslizaron a lo largo de un musculoso muslo, luego de
manera más tímida se dirigió hacia el saco pesado de uno de sus testículos para
encontrar la base de su eje. Su lengua se movió contra su cuello, y ella se quedó sin
aliento, con su mano cerrándose sobre él con una reacción espasmódica.

Oh, gran Diosa. Esto podría ser un sueño, pero era difícil creer que no era
algo más, porque nunca antes había tenido en su mano el pene de un hombre.
¿Cómo registraría en detalle no sólo el grosor y la longitud de terciopelo, sino el
calor duro, la notable suavidad de la piel estirada sobre él, el pliegue y el velo de su
cabeza? Un líquido viscoso hizo que sus dedos se volvieran resbaladizos,
provocando que los frotara por su longitud.

Él gruñó y se empujó a sí mismo en sus manos con más urgencia. Era tan
maravilloso, tan impresionante, que ella tuvo que sonreír ante la alegría de eso, él
oprimió su sien con su mandíbula, un agradecimiento por haberle dado el don de su
pasión, de su necesidad.

Todos esos duros músculos se tensaron detrás suyo como si él se hubiera


convertido en una estatua de mármol. Su sueño estaba terminando. La realidad la

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estaba tirando lejos del fuego, lejos de él. Presa del pánico, ella se volvió para mirar
su cara, deseando ver quién o qué era. ¿Qué había hecho mal? ¿Si podía hacer que
cambiara de opinión, la dejaría quedarse?

El cabello oscuro estaba enredado sobre su frente y alrededor de sus


facciones increíblemente hermosas. Como ella era la hija de un ángel, la especie
más impresionante que existía, eso quería decir algo. Entonces lo miró a los ojos.

Rojos, dorados, naranjas. Las pupilas eran un túnel de oscuridad en medio


del fuego. Alexis cayó en ellos, en su soledad y en su desesperación, rabia y
violencia cerrándose a su alrededor como si un puño se hubiera fijado alrededor de
su cuerpo para sostenerla en esa agonía de éxtasis anhelante.

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Alexis había aprendido muy pronto a mantenerse alejada de los hospitales,
de los mataderos, de las prisiones, donde sea que existiera un sufrimiento de tal
magnitud que no pudiera cumplir la lección que finalmente había aprendido y dejar
que los ciclos de la Diosa siguieran su curso natural, para aquellos que infringían o
sufrían dolor. Tenía que arreglarlo o volverse loca con la agonía.

Su dolor estaba en todos esos lugares y más. La desesperación del suicida, la


ira del asesino, la incomprensión por el dolor de la víctima. Sus sensuales labios
estaban curvaron en una mueca permanentemente cruel, con sangre en la boca. Si
pudiera, él se habría bebido toda su sangre, desgarrado su carne y roído sus huesos,
tratando de llegar a su alma. Eso era lo que tenía que tener, lo que quería.

La llama comenzó a arder en su carne. Una fuerza urgente tiró de ella,


tratando de alejarla de él. En su lugar, levantó la mano y la puso en su boca. El
fuego explotó atravesándola, encendiendo todas sus terminaciones nerviosas,
retorciendo su boca en un grito involuntario, pero antes de que todo la arrastrara ,
registró el shock en sus ojos por su dispuesto toque. Entonces estaba sola,
quemándose viva, pidiendo ayuda a gritos en un mundo donde todo había
desaparecido, impelida hacia el vacío implacable de sus ojos.

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El Club de las Excomulgadas
Alexis se levantó de su cama, obligando a T a dar un salto chillón por su
seguridad. El gato tiró su farol victoriano, aunque la sombra del bulbo de vidrio por
fortuna cayó en la pila de animales de peluche que desbordaban desde la esquina.
Algo la hizo darse la vuelta.

—Whoa, whoa. —Clara retrocedió, levantando las dos manos—. Tranquila,


Lex. Soy yo. Dejaste la puerta abierta de nuevo, idiota confiada. He estado
tratando de despertarte durante cinco minutos. Diosa, estás estroboscópica como
una bola de discoteca.

La joven era clarividente y aunque no sabía que Alexis era mitad ángel, Lex
estaba feliz de tener lo más cercano posible a una amistad normal con ella, porque

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Clara podía traspasar la luz vibrante de su aura a la chica que había debajo.

Como se mareaba, se recostó en las almohadas y Clara la ayudó frotándole


los brazos, ayudándola a bajar aún más a tierra.

—Mejor ahora. Estás aquí. Estás con nosotros. Ese debe haber sido un
infierno de sueño.

Alexis se atragantó una salvaje carcajada. Ante la mirada alarmada de


Clara, entró en pánico, ¿podría haber cambiado una parte de su anatomía? Una
mirada al espejo del tocador le dijo que se parecía a cualquier mujer humana, con
su cabello castaño rizado hasta la cintura, sus ojos azules, aunque ahora eran
molestas canicas gigantes en su cabeza, y con su cuerpo completamente humano.
Sin alas materializadas, ni aletas o cola que la hicieran caer como una trucha torpe
sobre la alfombra.

—Estoy bien. —Se dejó caer mientras Clara tomaba una silla de debajo de
su escritorio—. Sólo habla conmigo mientras me tranquilizo.

—Está bien, cariño, está bien. —Clara se apretó contra el respaldo de la silla,
con la mano en el pelo de Lex, acariciándola—. Tengo alrededor de una hora antes
de clases, y pensé en pasar a ver si deseabas revisar mitología griega conmigo. La

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impartirá un profesor griego de visita y santo Dios, ¡es caliente! Habla con acento y
todo.

—Quieres que lo atraiga para ti. —Alexis inclinó la cabeza en el abdomen


de Clara, mirando el valle entre sus senos altos y redondeados, probablemente
estaban esculpidos por lo último en ingeniería de ropa interior para verse de la
mejor forma. El humor de su amiga la había bajado de nuevo a tierra. Aunque no
estaba segura de si subido no sería más preciso.

El sueño le había parecido que discurría en un pequeño y extraño planeta


interior, lejos del cielo o del agua, o de cualquier cosa que jamás hubiera conocido.

—Bueno, tú eres mi amiga, y ¿para qué están los amigos? —Clara enrolló un

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mechón de cabello de Lex alrededor de sus dedos adornados con anillos y tiró,
aunque sus ojos todavía mostraban preocupación—. Podemos hacer lo de siempre.
Tú pones a funcionar tu tela de araña para atraparlo y yo me encargo de pillar su
lindo y apretado trasero. ¿A menos que quieras tener los honores de una vez?

No dejarás que él te toque.

Alexis gritó, tirando la silla. Se tropezó, cayendo sobre su trasero entre las
patas de un enorme oso de peluche, nada como el abrazo de sus sueños. Clara
seguía de pie en la silla, mirándola fijamente.

—¿Qué demonios fue eso?

—Lo siento, creo que todavía estoy asustada. Sólo…

—No, no eso. —Clara se arrodilló a su lado, acercándose tentativamente y


cerrando una mano sobre su antebrazo—. Está bien, estoy volviéndome loca, pero
por un segundo tu piel se puso tan caliente que tuve que soltarte. ¿Estás bien?

Alexis intentó asentir y en su lugar hizo un movimiento circular de cabeza


que no tranquilizó ni a Clara ni a ella. Clara se sentó a su lado, aplastando un

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El Club de las Excomulgadas
Eeyore y un Pooh, pero apretó el Tigger3 que cayó en su regazo mientras juntaba
sus rodillas.

—Si bebieras, diría que te tomaste muchos tragos en ese lugar mexicano que
estuvimos la otra vez. Pero aparte de tu habitual momento de diversión
embriagadora con el néctar de la vida4, no bebiste.

—Sí. Me lo pasé fenomenal. Cada hombre en el lugar se fijó en mí, pero


ninguno quiso hacer algo más que bailar. Incluso lo hicieron respetando mi espacio
vital.

Durante la adolescencia, antes de que hubiera entendido plenamente sus


poderes y como eran, había sospechado que Jonah había echado un aura de

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castidad mágica sobre ella al nacer. Con el tiempo, se dio cuenta de que todas las
hijas de Arianne nacían con dones especiales, y que ese era el de ella. Una intuición
excepcional para el dolor emocional, combinado con el poder tranquilo de un ángel
que emanaba de ella.

Al principio, había seguido a su corazón en lugar de a su cabeza, queriendo


aliviar el dolor dondequiera que lo encontraba. Se había resistido a las advertencias
de su padre, y había cometido algunos errores terribles. A menudo las palabras de
su madre eran el bálsamo suave para aceptar la sabiduría dolorosa de Jonah.

El sufrimiento es una de las formas importantes que cultivamos, Lex. Debes permitir
que otros sufran. Usa tu conocimiento con sabiduría, cuando sea realmente necesario, o
cuando no vaya a descarrilar a alguien de la ruta que necesita seguir. Si no tienes esa
sabiduría, será mejor que no interfirieras.

A veces, se preguntaba por qué la Diosa le había dado el don, porque la


única manera en que parecía útil, era haciendo que la gente se sintiera feliz,
emocionada por estar cerca de ella. En resumen, ella podía dar un momento de
respiro a una novia que experimentaba la cegadora agonía de ser abandonada por

3
Personajes de los dibujos infantiles Winne the Pooh.
4
El néctar del la vida suele referirse al agua y su importancia como fuente de vida.

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un chico o impedir que alguien saltara de un edificio. Lo único que podía hacer sin
interferir. Como no podía apagar su habilidad, atraía a la gente hacia ella.

En realidad no importaba. Lo que era frustrante era que esa misma luz que
enviaba un sentimiento de “ven acá” también tenía una vibra de “demasiado bueno
para tocarlo” cuando se trataba de hombres. Inconscientemente, se mantenían al
alcance de un brazo, manteniendo sus manos lejos.

Alexis se frotó la cara.

—Por lo menos el chico de mis sueños fue diferente, incluso si es una


especie de engendro del infierno, un espantoso demonio del tipo vampiro.

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Clara deslizó un brazo alrededor de ella, una tranquilidad que Alexis aceptó
con agradecimiento, junto con una sonrisa burlona pero cautelosa de su amiga.

—Cuéntamelo todo, querida. ¿Estaba él como bien dotado?

—Oh, Diosa. —Alexis puso los ojos en blanco—. ¿Eso es todo lo que un
hombre necesita?

—No, por supuesto que no. Espero inteligencia, sentido del humor, una
cuenta bancaria enorme y un gran cuerpo junto con un decente pero viril sentido de
la moda. El componente bien dotado sólo se hace indispensable si queremos llegar
más lejos. Pero en los sueños puedes asumir que esas cosas se dan y saltar a las
partes buenas. Literalmente.

Alexis intentó reír, pero en su lugar tomó aliento y se estremeció al pensar


en el hombre de sus sueños de nuevo. Cuando pudo sentir sus emociones, por
primera vez en su vida, estas habían sido tan aplastantes que la mayoría fueron
incomprensibles. Tal vez porque era un sueño. Sólo un sueño. Cuando apretó la
cara contra el hombro de Clara para detener el mareo, la muchacha cerró los brazos
en torno a ella, meciéndola.

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El Club de las Excomulgadas
—Tómalo con calma —murmuró ella—. Te tengo. Eres una amiga extraña,
Lex. No creo que jamás haya querido más a nadie, porque devuelves el amor como
si fuera la cosa más fácil del mundo, y tienes suficiente para todos. Pero también
me preocupas. A veces estás demasiado sola, aunque todo el mundo te adore. Es
como si te alejaras, hacia un destino que de algún modo asusta. No te quiero
perder.

Bueno, esta es una de las razones por la que tener una amiga vidente no era
divertido. Las observaciones de Clara siempre contenían verdad. Debido a que
Alexis tenía la misma persistente sensación, su ansiedad crecía, tentándola a
contarle todo. Pero esa era una de las reglas que no se podían romper.

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Más de veinte años atrás, una enorme batalla apocalíptica había sucedido.
Los humanos habían visto brevemente a los ángeles en el cielo, incluso habían
luchado al lado de algunos para hacer retroceder la marea de Oscuros que llegaba
través de una grieta. Después de eso, por razones que sólo la Diosa sabía, los
ángeles habían recibido la orden de desaparecer de la vista humana otra vez,
dejando que los humanos se preguntaran si habían experimentado una revelación
espiritual, la visita del espacio exterior o alguna alucinación en masa causada por
las manchas solares. Los viajes para investigar la vida extraterrestre se habían
triplicado en los países desarrollados. Como cuentas variadas, la vida había vuelto a
la normalidad, los ángeles y otras criaturas paranormales se habían quedado como
una fantasía especulativa para todos, excepto para algunos de los humanos selectos
y listos para soportar la verdad.

Así que Alexis la abrazó, se enderezó y empujó el pelo liso rojo de la frente
de Clara, tocando el delicado diamante y el anillo de oro que llevaba en la fosa
nasal derecha.

—Ya te lo dije, me perderás un día. Huiré con el circo. Liberaré a todos los
leones, tigres y elefantes, y los llevaré de vuelta a África en una balsa que haré con
deseos.

Las sombras se borraron de la mirada de Clara.

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El Club de las Excomulgadas
—Ahí estás. Haciendo eso que haces.

—¿Qué?

—Hablando como mi profesor del jardín de infantes, mientras todos nos lo


creemos todo lo que dices como chicos de cinco años.

Alexis hizo una mueca.

—Por cierto, estaba muy bien dotado. No lo vi. Lo sentí.

—Yuck. —Clara se rió y se movió, lanzando a Tigger que rebotó en el


hombro de Alexis—. Nunca imaginé que mi maestro de la guardería envolviera los

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dedos alrededor de cualquier cosa excepto de un trozo de tiza. ¿Fue alguien que
conocimos?

—No. —Alexis se puso seria, tomando al animal de peluche y considerando


la cara tonta, la nariz ancha, mientras sus dedos se doblaban en la piel suave—. No
lo creo. Fue un sueño loco. Con mucho fuego, con oscuridad.

Ella levantó la mirada hacia Clara.

—Él me necesitaba, más de lo que creo que alguien me haya necesitado


nunca. Con tanta fuerza, que romperá el universo para buscarme.

—Dios, eso es romántico.

En realidad, era bastante aterrador. Porque Alexis sabía lo frágil que estaba
el universo.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Dos
El pecho de Dante funcionaba como un fuelle, sus dedos escarbaban en la
piedra empapada en sangre debajo de él. Curvando su labio hacia atrás, dejó que
sus colmillos se hundieran en su piel mientras inspiraba más aire. El dolor se había
vuelto tan intenso, que temía tener que destruir el hechizo. Justo antes de retirarse
de vuelta por el portal de sueños, sus órganos internos se habían estado cocinando.
Incluso ahora, estaban inquietantemente hirviendo a fuego lento, recordándole
cómo habría sido ser incinerado de adentro hacia afuera.

Eso no importaba. El vicioso triunfo se levantó a través de él. Aunque

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estaría peligrosamente débil durante varias horas, lo había hecho. Malditos fueran
la bruja marina, y todos los ángeles, él los había desafiado, creando un modo de
tocar el mundo tras los barrotes de su prisión. La concentrada resolución de veinte
años finalmente había dado frutos.

La sangre goteaba por su piel empapada en sudor formando un creciente


charco alrededor de sus rodillas desnudas, presionadas contra la piedra. Había
usado la sangre para pintar los símbolos apropiados sobre sí mismo, y el calor los
había disuelto formando riachuelos. Pero se mantuvieron el tiempo suficiente,
quemándose dentro del alma en el sueño de ella. Se conectaría con ella con mucha
más facilidad la próxima vez.

Su atención fue hacia el cuerpo que yacía a varios metros de distancia, los
ojos fijos color plata y el cabello castaño enredado de su sacrificio femenino. Ahora
que había descubierto el orden apropiado de los símbolos, los conjuros y el
momento para liberar la sangre, podría usar la misma vasija varias veces para abrir
el portal. Pero no sería necesario. La próxima vez que la chica se rindiera a los
sueños, estaría aquí, y sería de él.

Un rayo de ansiedad lo atravesó mientras pensaba en su sedosa piel, la


sensación vívida incluso a través del ilusorio mundo de los sueños. Habría estado

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El Club de las Excomulgadas
dispuesto a sacrificar diez veces más cantidad de sangre si pudiera quemar ahora las
marcas en su piel física.

A pesar del placer solitario y salvaje que le daba, se refrenó. La ira poderosa
y las necesidades de su alma oscura tenían que ser sometidas si deseaba alcanzar su
objetivo. Había aprendido eso hace tiempo.

Tal vez tenía que agradecer a la maldita bruja marina por ese
entendimiento. Si tenía la oportunidad, se lo agradecería personalmente. Al
arrancarle la cabeza, beber su sangre y arrojar su cuerpo al punto más profundo de
desechos asquerosos que pudiera encontrar.

Volviendo a enfocarse en la mujer humanoide muerta que estaba a su lado,

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se imaginó que era ella. La satisfacción se intensificó, igual que el sombrío placer de
robar una comida y tener tiempo para saborearla, la cosa más cercana a un milagro
en el mundo de los Oscuros. Bien, hasta ahora.

Veinte años atrás, la bruja marina había destruido todas las grietas que
permitían salir del mundo de los Oscuros. Para reunir la magia que volviera a crear
aunque fuera una, tuvo que ser meticuloso. Él había descubierto un modo de
hacerlo bajo tierra, debajo de esta torre, sabiendo que el ojo de ella podía girar
sobre este mundo cuando quisiera. Sus intentos iniciales habían creado un
conducto limitado y débil que le había dado acceso a mundos yermos. Pero al final
encontró uno que incluía especies humanoides.

Era gente primitiva y nómada con defensas rudimentarias. A pesar de sus


cejas pronunciadas, rostros anchos y un incomprensible idioma balbuceante, su
sangre era una rica fuente de alimento para él, después de haberse alimentando con
el débil veneno de la sangre de los Oscuros durante estas dos décadas. El temor
fuerte y dulce de los desconocidos lo había enriquecido y fortalecido tanto como su
sangre.

No podía ir al mundo, porque su cuerpo físico no podía cruzar ninguna


grieta, ni siquiera una que hubiera creado personalmente. Era por eso que el portal

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El Club de las Excomulgadas
de sueños era su victoria, su modo de soslayar la maldición que lo había encerrado
aquí.

Aunque los Oscuros no podían sobrevivir mucho tiempo lejos de su caliente


mundo, sí podían cazar en cualquier parte por períodos limitados. Él controlaba la
salida y la entrada a través de esa grieta, y sabían que si lo disgustaban los dejaría
ahí para que se debilitaran y murieran. Ellos iban porque estaban tan ansiosos de
carne fresca como él. Y porque el conocimiento era un poder en sí mismo, los
Oscuros le traían selectas sobras para sus necesidades de sangre y rituales como
este.

Hasta ahora, sólo un Oscuro no había vuelto. Dante les dejó creer que el

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Oscuro lo había disgustado y por eso lo aisló de este mundo, una sentencia de
muerte. En realidad, había asumido que la criatura había caído en algún tipo de
contratiempo, pero un temor adicional ante su poder siempre era de utilidad.

Su lugar aquí ciertamente había cambiado durante estos veinte años.


Cuando había venido la bruja marina, él era un simple merodeador carroñero,
probablemente no más avanzado o articulado en sus deseos o metas que esa tonta
criatura que acababa de matar.

Entonces ocurrió la batalla apocalíptica entre los ángeles y los Oscuros por
la posesión del mundo humano, y la decisión de la bruja marina. A Dante no le
gustaba recordar ese terrible día. Este mundo siempre había sido una prisión para
él, pero tenía ventanas, un modo de mirar dentro de otros mundos. Cuando ella
decidió destruirlas, había tapiado la puerta de su celda, sellándolo todo,
condenándolo a un fuego incesante y a la oscuridad. Un ataúd sin muerte, nada
excepto gritos y terror, dolor y rabia.

Ella había dicho:

—Pruébame que mereces ser liberado. Y tal vez vuelva y lo haga.

Por supuesto él no le había creído. Las palabras no significaban nada. Pero


ella lo había afectado. Por su causa, llego a dos conclusiones importantes. El poder

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El Club de las Excomulgadas
era la única vía para cambiar. Y el odio era el combustible que le permitiría
obtenerlo, si lo perfeccionaba para llevar a cabo su máximo objetivo. Un mes
después del cierre de las grietas, loco por la sed de sangre, había derribado a su
primer Oscuro y había forzado a la criatura a someterse como su alimento.

Ella se había llevado su temor y dejado la rabia. La rabia combinada con el


ingenio era un arma formidable. Los Oscuros más fuertes ya no estaban. Los que
habían quedado no eran más que unos pocos miles de los niveles más bajos y
medios que vagaban sin timón.

Enderezándose, se balanceó, pero se forzó a sí mismo a caminar a través del


círculo ritual ahora roto, parándose sobre el cuerpo de la mujer. Tomó asiento en el

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trono que había creado para sí mismo con la madera negra, dura y brillante que
provenía del único tipo de árbol en el mundo de los Oscuros. Las apariencias eran
importantes, así que se aseguraba de que su postura fuera de indolencia casual en
lugar de extenuación física antes de enviar una compulsión mental al Oscuro que
sabía estaba esperando fuera de la cámara. Liberó el hechizo sobre la puerta de la
cámara para permitirle la entrada.

Cuando la criatura esquelética se deslizó dentro, sus garras rasparon contra


la piedra, sus ojos rojos rápidamente apuntando sobre el área y luego
hambrientamente agachándose sobre el cadáver caído, Dante inclinó su cabeza y
habló en el rasposo idioma que la criatura entendía.

—Puedes tomarla para tu propia comida ahora. Sin embargo, irás por la
grieta y me encontrarás otra tan pronto como termines, o la sacaré de tu vientre
antes de que la digieras.

No había noche ni día en el mundo de los Oscuros, sólo tierra


implacablemente gris y fuego en el cielo. El tiempo no tenía significado, la
existencia se medía en alientos y comidas, dolor y supervivencia. O estabas vivo
para consumir la siguiente comida, o no.

19
El Club de las Excomulgadas
—Sí, mi señor —dijo la criatura con voz raposa, tan chirriante como sus
garras en la piedra. Otra razón por la cual a Dante le gustaba tener su cámara
privada. Podía dejarlos a todos afuera, sin oír los gruñidos y siseos, el interminable
rugido del fuego, las explosiones y los chasquidos de las llamas. El silbido de los
vientos helados sobre un paisaje carente de cualquier cosa excepto de los esqueletos
de los árboles negros y de las criaturas que se arrojaban a sí mismas a través del
hielo y del barro, sirviendo de comida para otros Oscuros cuando no había a mano
nada fresco del exterior.

Mientras la criatura se iba, arrastrando el cuerpo de un tieso brazo, los ojos


de Dante siguieron el enredo de pelo castaño que era lo suficientemente largo para
recorrer la espalda de la mujer. Enredado y empapado de sangre como estaba, le

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hizo pensar en los sedosos rizos castaños de la chica bajo sus manos. Cuando ella
se había girado al final, él había querido subirle la barbilla para poder ver sus ojos
azules, acercar más su boca a la de él.

No quería pensar en la suavidad de su piel, la captura en la parte trasera de


su garganta mientras la tocaba. Esas habían sido cosas inesperadas, una manera
diferente e inquietante de placer. Algo dentro de él se había calmado cuando la
había tocado, cuando estuvo cerca de ella, y Dante nunca se había sentido
calmado. Todo en su mundo era movimiento, cambio, agitación.

El aumento del ansia volvió, pero tenía una cualidad diferente. Tal vez fuera
un anhelo por lo que nunca había conocido, lo que representaba esa chica
despreciablemente inocente. Él había sido pasivo durante las primeras incursiones
en sus sueños, deslizándose ahí como un testigo silencioso antes de penetrar en su
estado, porque interactuar con ella físicamente le tomaba demasiado poder, tal
como lo sabían sus órganos internos erosionados. Pero esta vez había
experimentado sus emociones, cosas que deberían resultarle familiares, pero
desconsoladamente no lo eran. Eso lo enojó más allá del punto de su frustrada
furia, pero todavía estaba demasiado débil para levantarse. Se acomodó con un
gruñido bajo, con sus dedos agarrando la silla.

20
El Club de las Excomulgadas
Le probaría a la bruja marina que merecía ser liberado, ya vería. No tendría
opción, a menos que quisiera que su ahijada sufriera tormentos más allá de
cualquier cosa que hubiera conocido jamás. Casi esperaba que Mina se tomara su
tiempo para decidir. No le importaría hacer sufrir a su ahijada mientras la bruja lo
hacía sufrir a él.

*****

—Esa es una gran roca.

Alexis se puso en cuclillas junto a la jovencita que se asomaba


dubitativamente a través del vidrio del estanque en exposición.

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—No, ese es Buick. Los manatíes se quedan muy quietos cuando duermen,
y los más oscuros pueden parecer piedras muy grandes. Ven aquí. —Levantó a la
niña, y la dejó estirarse sobre la barandilla y a través del agua para que tocara la
plácida espalda de la criatura.

—Se siente todo espinoso.

—Sí, tienen vellos diminutos y gruesos en toda su superficie. ¿Ves justo ahí?
Ahí fue donde lo golpeó una hélice. Una vez que esté completamente curado, lo
llevarán de vuelta a una caleta en Florida donde viven un montón de otros
manatíes, y volverá a ser libre.

—¿Entonces está en un hospital? —El ceño de la niña se frunció.

—Exactamente. Tú eres una de sus visitantes. Y desafortunadamente, las


horas de visita se acabaron. Estamos a punto de cerrar.

Mientras Alexis volvía a poner de pie a la pequeña, la niña se sujetó de su


cuello. Ella le dio un apretón, notando con diversión que los zapatos de la niña
tenían lazos de sirenas. Su madre se acercó con un chico detrás, obviamente
buscando a los errantes miembros de su familia.

21
El Club de las Excomulgadas
—Cuídate y vuelve otra vez, para que puedas aprender más acerca de él —
mencionó Lex, y fue gratificada por el asentimiento entusiasta de la niña.

—Ella normalmente es tímida con los extraños. —Se maravilló la madre,


dándole a Alexis una mirada evaluadora—. Debes tener facilidad con los niños.

—Ella tiene facilidad con todos. —Branson, el administrador del acuario,


habló desde su plataforma de la terraza en el extremo más profundo de la piscina.
Tenía los pies desnudos en el agua mientras desenredaba el equipo de buceo. Leroy,
el otro manatí del estanque, le acariciaba los pies con su nariz cada vez que pasaba
en su paseo circular. A veces flotaba ahí, dejando que Branson usara sus plantas
callosas para darle una buena rascada en la espalda—. Cada vez que tenemos a

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alguien con problemas de actitud, ella los endereza sólo con una sonrisa. Incluso a
bebés llorones —añadió con un guiño—. Puede domar a cualquiera.

En un día normal, Alexis hubiera bromeado con él, sugiriendo que sólo era
una excusa para que él no tuviera que dejar el estanque, su lugar favorito. Pero
pensar en los visitantes hoscos o disgustados del Centro de Conservación devolvía
su mente al rabioso hombre de sus sueños. Aunque estaba contenta por la
distracción que le daba su trabajo en el Centro de Conservación de Florida, no
había funcionado por completo. El sueño permanecía como si estuviera grabado a
fuego en su cerebro, la realidad a su alrededor era borrosa.

Ausente, miró a la familia vagar fuera del área de exposición del edificio
principal, la niña conversando acerca de su encuentro con el manatí. Branson le
brindó una mirada curiosa, pero Gwen llamó desde el área del laboratorio,
salvando a Lex de las preguntas mientras se ponía de pie para ver qué pasaba.
Alexis miró dentro del estanque mientras Leroy le daba un topón a Buick en el
costado.

—Leroy, está durmiendo. Dale un descanso.

Un whuff, y el manatí se elevó otra vez, esta vez para asegurar un trozo
flotante de lechuga. Alexis se inclinó sobre la barandilla y frotó su ceja con sus

22
El Club de las Excomulgadas
dedos. Las clases habían sido una pérdida total de tiempo. Ella fue con Clara para
atraer la atención del profesor griego. Si no hubiera una verdadera atracción entre
los dos, el don de Lex no tendría ningún efecto duradero tras su partida, así que
ayudar a que „mordieran‟ la trampa de Clara nunca le molestaba. Por supuesto,
Clara era bastante irresistible. Probablemente ella no era necesaria para ese tipo de
esfuerzos románticos.

En este caso, era algo bueno, porque apenas podía concentrarse en su clase.
Normalmente, estaba tan ansiosa por aprender algo nuevo que Clara la comparaba
con una esponja. Sus amigos a menudo le hacían bromas, clamando que sería una
cerebrito sin remedio si no fuera por su mojo5 de paz y amor.

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Tal vez eso fuera cierto, pero no era una fachada. Fuera o no realmente útil,
el aura y su empatía eran una parte de ella, en su mente no muy diferente que sus
ojos azules o su pelo castaño. A veces era un poco solitaria, ya que sólo Clara podía
vadear entre todo eso para ver que la verdadera Alexis era incluso más que eso.
Pero estar entre humanos no era ni de cerca tan solitario como crecer entre sirenas
y ángeles que esperaban que el alcance de su poder alterara el curso del universo,
debido a que a sus padres les había ocurrido.

Ahora, sentía vivamente ese aislamiento, como si viera a todos los demás a
través de grandes lentes. No le gustaba. Esta noche debería meditar. O tal vez
debería obtener algún tipo de ayuda para dormir con algún medicamento sin receta
que la hiciera descansar profundamente, no tan consciente de sus sueños. El
pensamiento la impresionó, aunque se quedó corta. Nunca usaba ningún tipo de
droga, porque aunque podía cambiar a forma humana, su sangre no lo era.

Definitivamente meditaría esta noche. Después de presentarse con Branson


y confirmar que no necesitaba más su ayuda durante la tarde, les deseó buenas
noches a los manatíes en su propio idioma, amonestó otra vez al joven Leroy para
que el convaleciente Buick tuviera su espacio, y dejó el centro. Era una caminata
corta por la marina, y desde ahí tomaba un sendero corto y arenoso a una franja

5
La palabra mojo originalmente significa encanto o hechizo.

23
El Club de las Excomulgadas
aislada de playa a lo largo de la vía fluvial, era un lugar poco usado ya que no era lo
suficientemente ancho para caminar o tomar sol. Casi era la marea alta.

Inclinándose contra la pared de contención, dejó que el agua le cubriera los


pies desnudos. Como siempre, el toque del agua del mar, el olor del océano,
enviaba un estremecimiento tranquilizador a través de ella. Pero con él venía una
picazón de calor poco familiar. No era enteramente agradable, volvía su piel ultra
sensible, tal como se hubiera sentido después de un breve encuentro con una cocina
caliente.

Hubiera querido ver su cara por un breve momento. ¿Temía lo que pudiera
ver? La Bella y la Bestia era uno de sus cuentos de hadas favorito, debido a que un

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empático podía verlo todo. El monstruo debajo de la piel, sin importar lo hermoso
de la máscara. La belleza del alma, sin importar la desfiguración. Pero no había
querido evaluar el equilibrio dentro de él. Había necesitado mirar sus ojos por una
razón que no podía definir, pero había sido devorador. ¿Si hubiera visto en él la
oscuridad sobrepasando la luz, se habría aferrado de cualquier modo, debido a que
la necesitaba? Era una desesperación que iba más profundo dentro de su alma de lo
que nunca había ahondado. Bajando a la oscuridad, a lugares atemorizantes donde
los niños gritaban pero ninguna madre llegaba, siendo el dolor y el temor el aire que
respiraban, y la tierra no tenía magia bajo las plantas de los pies.

—¿Alexis?

Una cálida luz se había extendido sobre su piel. Ella levantó la mirada a los
ojos oscuros de su padre. Aparentemente cuando no había respondido de
inmediato, él había intensificado su campo de energía, una manera educada de
atraer su atención en lugar de sacudirla. Aquí no estaban fuera de la vista de los
humanos, pero no importaban los barcos distantes. Como Comandante Principal
de la Legión de la Diosa, Jonah esgrimía suficiente poder para impedir que los
humanos vieran algo que él no quisiera.

—Ave marina. —Cuando él puso sus manos sobre sus hombros, ella se
estremeció. Por un impactante momento, no quiso que la tocara. Eso la sacó de

24
El Club de las Excomulgadas
golpe de la niebla de un modo que la caminata tranquila hacia la playa y ver a un
ángel aterrizar justo delante de ella no lo había hecho.

—Pyel —dijo ella, usando la palabra sirena para padre, una tranquilidad para
ella así como un saludo—. Lo siento. Hoy no me he estado sintiendo bien. No
estoy enferma. Sólo… tuve un sueño que no me puedo sacudir.

Había estado a punto de decir „mal sueño‟ ¿pero realmente había sido malo?
¿O sólo perturbador? Los pensamientos que había tenido la mayor parte del día
eran atemorizantes, no estaba segura de haber reaccionado así de fuerte antes
delante de un hombre.

Jonah le tomó la cara con una gran mano. Los ángeles eran inmortales, así

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que su hermosura que quitaba el aliento nunca se desvanecía, pero él estaba bien
para tener mil años de edad. Su pelo era negro con unos pocos mechones color
cobre por la luz del sol, sus ojos sólidas almendras de fuego líquido color ónice, sin
el blanco. Para muchos, los ojos de los ángeles eran insondables, pero incluso sin su
don ella conocía sus matices, era cómo leer una emoción en ellos tan bien como el
mínimo cambio en su cara. Las cosas que veía ahí, que podía sentir de él, le decían
que era verdaderamente antiguo. Había hecho cosas tanto terribles como
impresionantes. Aun así era su padre. Anna le había contado que el día que nació,
a Jonah se le había quitado la mitad del peso de su corazón igualando el corazón
ligero y lleno de alegría de su hija.

Él rozó su pulgar sobre su mejilla. Aunque podía ver su preocupación,


mucho más penetrante y astuta de lo que podía manejar ahora, le pareció que le
estaba leyendo la mente. Sus labios se curvaron lentamente.

—¿Te importa ser arrojada desde una gran altura, si prometo atraparte?

—No si te atrapo primero.

25
El Club de las Excomulgadas

Capítulo Tres
Ella se sacó la ropa, envolviéndola y dejándola en un lugar seguro debajo de
un arbusto plantado a lo largo de la cima de la pared de contención. La modestia
no era un rasgo que pudieran permitirse la mayoría de los cambiantes, y ella no era
una excepción.

Dicho eso, se sorprendió por la oleada de autoconsciencia bajo la mirada


rápida y evaluadora de Jonah. Era un padre revisando su bienestar físico, algo que
había estado haciendo desde ella era una niña. Pero después de su sensual sueño, su
cuerpo se sentía… despierto, de un modo lejano al de una hija.

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Como siempre, él frunció el ceño ante el aro en su ombligo, pero sabía que
lo hacía sólo para sacarle una sonrisa atrevida. Eso la ayudó a sacudirse ese extraño
sentimiento. Volviendo hasta él, se levantó en puntas de pies y curvó sus brazos
alrededor de su cuello. Tan fácil como eso, estuvieron en el aire. Tenía amigos
humanos que le temían a las alturas, pero ella había estado en el cielo, como en el
océano, mucho tiempo durante toda su vida, y no le temía a ninguno de los dos.
¿Qué había que temer allí?

Jonah la llevó hacia arriba, sobre la cubierta de nubes, así que un día
nublado se transformó en uno lleno de rayos de sol que hicieron retroceder a las
sombras. Enganchando sus piernas en las pantorrillas de él, Lex se permitió un
placer que compartía con su madre, enterró sus dedos en las suaves capas de largas
plumas, mucho más gruesas que las suyas, detrás de los hombros masculinos. Él
tenía un magnífico par de alas plateadas y blancas, y el duro cuerpo debajo de su
agarre de piernas y brazos la hacía sentir segura.

¿Alguna vez se sentiría seguro el oscuro extraño? Era un pensamiento


inesperado, considerando lo intimidante que había sido.

Los bancos de nubes eran apretados copos que formaban un profundo


colchón, Lex sabía que un ángel podía transformarlos en peso corpóreo que la

26
El Club de las Excomulgadas
sostuviera. Había pasado maravillosos días durante su niñez reclinándose sobre
ellas, leyendo libros mientras su padre hacía lo mismo, cerca, su madre tejía
espirales de nubes para darle una corona temporal a la cabeza de su hija, o creaba
formas animales para divertirla. A veces Jonah practicaba con armas con los otros
ángeles, atemorizándola con el despliegue de destellante acero, con sus rápidos
movimientos acrobáticos, y lo mejor de todo, con las bromas que compartían todos
los hermanos de armas, aunque las mantenían muy suaves para sus jóvenes oídos y
los de su madre, sólo insinuando los insultos procaces que solían intercambiar
normalmente.

Aunque ahora, él la llevó incluso más arriba, hasta que el aire fue más
grueso y ella pudo sentir las estrellas esperando arriba y la Tierra muy, muy lejos

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hacia abajo. Entonces él le dio una mirada sesgada.

—¿Lista?

Como respuesta, empujó los muslos con una sonrisa traviesa y se sumergió
como un cisne de vuelta al abierto cielo azul. Mientras daba vueltas, manejando las
corrientes de aire, dejó que emergieran sus alas en medio de sus omóplatos. Las
escamas empezaron a lamer sus caderas, sus piernas y pies fusionándose en un
punto apretado para permitir la transformación que culminó en su cola, con las
escamas doradas y rojas brillando a la luz del sol, las delicadas aletas desplegándose
para abanicar el aire.

Él estaba cerca mientras ella se recobraba y subía en picado, maniobrando


alrededor y debajo de él, evadiendo los agarres juguetones. Cuando era más joven,
el juego tenía un trasfondo serio, le enseñaba habilidades de vuelo. Había
aprendido bien sus lecciones, así que ahora aunque podía atraparla, tenía que
hacerlo con esfuerzo. Ella había aprendido a sentirse satisfecha con eso, ya que la
velocidad y agilidad de él superaban con mucho las suyas. Él podía rodear el globo
en el tiempo que a ella le tomaba tener un pensamiento.

Cansándose al final, Lex se cernió en el aire y disfrutó de la amplia


extensión de cielo, del alcance de los rayos del sol, de los puntos de pájaros en la

27
El Club de las Excomulgadas
distancia. Lejos, abajo, las nubes se habían movido así que tuvo un atisbo de
terreno verde y azul. Ahora mismo los problemas de sus habitantes no formaban
parte de su mente, brindándole un tranquilo espacio para respirar.

—¿Tus filtros siguen funcionando, Ave Marina?

Él estaba en su hombro, pero ella no se volvió, prefería mirar la Tierra.

—Nunca he tenido ningún problema con ellos, Pyel. Puedo sentir lo que
siente la gente, pero no me drena, gracias a mi mitad ángel. Sólo que a veces me
gusta la tranquilidad. ¿Sabes?

—Lo sé. —Le dio tiempo para relajarse, dejó que la meditación tranquilizara

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su mente, entonces la provocó para otro juego del gato y el ratón. Para el momento
en que ella volvió a quedarse sin aliento, se reclinaron sobre un banco de nubes.
Apoyándose sobre sus hombros, la miró. —¿Quieres ir a ver a tu madre ahora?

—Sé que tú quieres. —Dándole una sonrisa, se acostó de espaldas, sus


brazos deslizándose arriba y abajo sobre la niebla como una mariposa moviendo
suavemente sus alas, con las propias curvadas debajo. —¿Has estado alejado de ella
durante cuánto tiempo, una hora?

—¿Ha sido tanto? Pensará que he huido con una ninfa de agua.

—Le diré eso exactamente. —Alexis levitó y salió disparada a través del
cielo, con su padre contra sus tobillos. O mejor dicho cola, en este caso. El destello
de luz solar en sus escamas atrajo la atención de una bandada de pájaros, que se
desviaron de su curso para seguirla. Ella y Jonah doblaron y giraron en el cielo
entre ellos, riendo, entonces dejó que él tomara la delantera, dejando a los pájaros
atrás.

Pero mientras cerraba los ojos, sintiendo las corrientes de viento que
ocasionaba el movimiento de sus alas acariciando sus labios, ella volvió a hablar.

—¿Siempre fue así para ustedes dos, Pyel?

28
El Club de las Excomulgadas
—Siempre. El tiempo es corto, Ave Marina. —Él la miró sobre su hombro—
. Cuando amas a alguien, nunca hay suficiente tiempo para pasarlo juntos.

Como ángel, Jonah viviría indefinidamente, hasta que algo lo arrojara del
cielo. Quizás miles de años. Anna tenía un período de vida de solo trescientos. Por
eso, Alexis entendía por qué Jonah se sentía así, pero parte de eso era simplemente
cómo se sentían el uno por el otro. Tan fuerte como era su energía, cuando estaba
con Anna, era más brillante, incluso más intensa. Alexis había sido bañada en el
amor del uno por el otro durante toda su vida, lo suficiente para esperar lo mismo
algún día. Tal vez había estado anhelándolo más últimamente, lo cual explicaría su
extravagante sueño.

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Para muchos su padre era intimidante. Incluso ahora, llevaba un arnés con
armas, el cual envainaba una malvada espada corta. Debido a que los ángeles de la
Legión sólo usaban una media túnica roja, las capas de tensos músculos de la parte
superior de su cuerpo y muslos eran obvios, y sobrecogedores. Pero Lex nunca le
había temido. Él siempre había estado ahí para ella, y estaba segura de que se
interpondría entre ella y lo peor que pudiera concebir el universo.

Un estremecimiento incomprensible pasó y la atravesó ante el pensamiento,


pero entonces empezaron a girar en espiral hacia abajo a través de las nubes. Se
dirigieron hacia la pequeña lengua de arena donde Anna estaba tomando el sol, con
su sensible cola medio sumergida en el agua lejos del flojo calor.

Con cuarenta y uno ahora, Anna no parecía más vieja que Alexis. El pelo
castaño dorado largo, bruñido por el agua se aferraba a sus pálidos hombros. Una
gargantilla dorada con un colgante de rubí brillaba en su garganta, adornado con
perlas, un regalo que Mina le hizo cuando nació Alexis. También llevaba una
delgada gasa envuelta alrededor de sus senos lo suficientemente larga como para
envolver los extremos de la parte baja de su torso. Si cambiara a su forma humana,
el rasgo que Lex había heredado, le proveería una cubierta para evitar atraer
demasiado la atención. Aunque por supuesto su extraordinaria belleza
probablemente haría eso algo problemático. Los ojos que se abrieron para mirar
hacia el cielo, eran del mismo azul violeta que los de Alexis.

29
El Club de las Excomulgadas
Lex aterrizó en el atolón, deslizando su cola dentro del agua, apoyándose en
la parte superior de su cuerpo y una cadera para reclinarse al lado de su madre.
Mientras acomodaba sus alas, las puntas diseminaron gotitas en el abdomen
desnudo de Anna, rodando por el hueso de su cadera hasta las primeras capas de
escamas matizadas con azul medianoche y púrpura plateado. Igual que en las alas
de Jonah, Alexis enredó sus dedos entre el pelo de su madre por el puro placer de
hacerlo, una sábana de seda mojada.

Jonah se estabilizó sobre sus talones al otro lado de su pareja, mirándolas


cariñosamente a ambas.

—Tu hija quería saber si siempre estuviste completamente enamorada de mí.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Anna ladeó su cabeza hacia Alexis, reconociendo la caricia mientras miraba
a Jonah, una sonrisa curvó su boca.

—¿Enamorada? Yo lo toleraba, Alexis. Era un pájaro grande y gruñón. Sentí


lástima por él y accedí a ser su pareja hasta tener algo mejor qué hacer. Te tuve a ti
así podrías ayudarme. Él da mucho trabajo.

Lex se rió.

—No hay discusión ahí.

Anna, a pesar de sus palabras, se estiró y pasó sus dedos por los fuertes
rasgos de él. Los ojos se suavizaron y calentaron al mismo tiempo, una respuesta de
amor y deseo que Lex había visto incontables veces entre ellos. Debajo de las
palabras de Anna había una verdad dolorosa. Como ella podía morir mucho antes
que él, Anna había querido asegurarse de que le quedara una familia que pudiera
cuidarlo. Lex sería eso, junto con todos los hijos e hijas que vinieran después. Ella
amaba a los niños, pero sabía que los habría tenido sin importar nada, porque ni
ella ni su madre podían soportar el pensamiento de la soledad de su padre. Los
ángeles sólo podían aparearse una vez en toda su vida. Su primer amor era el
último.

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El Club de las Excomulgadas
El pensamiento la hizo anhelar esa intimidad, un vínculo que pudiera durar
por generaciones. Eso tampoco era propio de ella. Sí, había estado frustrada por su
incapacidad de obtener más que una adoración platónica de cualquier macho
mientras maduraba hasta convertirse en mujer, pero había recibido tanto amor y
calidez de la gente a su alrededor, que lo había equilibrado. Esta era la primera vez
que sentía el afilado borde del cuchillo de la envidia, una necesitada ansia que la
disparó de vuelta al agarre del sueño, y la hizo desear su regreso.

Jonah rozó un beso sobre la boca dispuesta de Anna.

—Volveré en un momento.

Mientras se volvía para elevarse, Lex levantó una ceja.

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—Sabes, es realmente obvio cuando ustedes hacen eso. La estrategia no
hablada de “Si me voy, creo que ella te contará lo que le molesta, entonces me lo
podrás contar después”.

—Bueno, él es un guerrero, no un espía. La sutileza no es lo que más le va,


confía en mí. —Anna se reclinó hacia atrás apoyándose en sus codos y estudió la
cara de Alexis—. ¿Entonces, qué está pasando? ¿Por qué le preguntaste por
nuestros sentimientos del uno por el otro?

Lex se encogió de hombros.

—Sólo quería saber. ¿Se apoderó de todo, te hizo sentir como si todo
estuviera a punto de cambiar? ¿Cómo si el mundo tal vez estuviera a punto de
cambiar drásticamente y no estuvieras segura de qué modo caer, o incluso si vas a
caer alguna vez?

—¿Has conocido a alguien? —la curiosidad agudizó la expresión de Anna.

—¿Suena como que lo hice?

—Así es —dijo Anna—. Has mencionado a jóvenes de tu universidad que


desearías que sintieran más por ti. ¿Es uno de ellos?

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El Club de las Excomulgadas
—No. De hecho no he conocido a nadie. O tal vez sí. Fue un sueño, pero no
se sintió como un sueño, ¿entiendes?

Anna se enderezó hasta sentarse.

—Lex, sé que vives en un mundo de humanos. A veces eso puede hacerte


rápida para descartar lo inusual, pensando que es coincidencia o una indigestión.

—Sombras de Un Villancico de Navidad6 —notó Alexis, tratando de sonreír.

—Pero no eres humana —continúo su madre— es mejor no asumir que un


sueño es sólo un sueño.

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Oh, infiernos. Debería haberlo imaginado. Esto estaba yendo directamente a
la cuestión de si estaba pasando demasiado tiempo en el mundo humano, una
preocupación que Anna y Jonah compartían, por diferentes razones. Anna sabía
que Lex, debido a sus diferencias, nunca podría pertenecer realmente a ese mundo,
y temía que el dolor de ser una forastera al final fuera demasiado profundo si se
apegaba a la sociedad humana. Para Jonah, era mucho más simple. Él no confiaba
en los humanos. Ni en la gente del mar. Ni en nadie, realmente, excepto en su
propia Legión. Él sería más feliz si ella se quedara en la Ciudadela, la fortaleza de
siete niveles en los Cielos usada por los ángeles como base de operaciones.

Pero ella amaba su vida. Había entendido muy pronto que siempre sería una
forastera, sin importar en qué mundo hiciera su hogar. No era una sirena pura o un
ángel puro, pero podía cambiar a forma humana. Así que había creado un mundo
para ella misma ahí y, como empática, sentía que estaba recibiendo tanto como
estaba dando de vuelta. Era amada por sus diferencias, no rechazada.

—Estoy bien. —Ya que las emociones de su madre eran preocupantes nubes
de tormenta, Alexis usó la voz cantarina de notas cadenciosas del idioma sirenio—.
No te preocupes, Myel7.

6
Canción de Navidad, Un cuento de Navidad o El cántico de Navidad (título original en inglés: A Christmas Carol) es una
novela corta escrita por el británico Charles Dickens en 1843. En ella se habla de cómo una persona huraña o tacaña
puede cambiar su actitud durante la Navidad. El protagonista es el señor Ebenezer Scrooge, quien recibe fantasmas de las
Navidades pasadas que le muestran su destino.

32
El Club de las Excomulgadas
—¿Puedes contarme sobre eso? ¿Tu sueño?

Alexis se encogió de hombros, sintiendo que el color subía a sus mejillas


ante la mirada curiosa de Anna.

—Fue un sueño de tipo privado. No querría que tuvieras que contarle a Pyel
sobre eso. Pensaría en maneras de invadir mis sueños y ahuyentar a los hombres
imaginarios.

—Fue un sueño acerca de un hombre.

Lex asintió.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Un hombre increíble e impresionante. Lleno de fuego, pero también tan
lleno de dolor. He sentido cosas terribles en un alma antes, pero esto… Myel, está
rodeado de maldad y de dolor, y es parte de él, pero no. Como un alma que atrae el
mal a su alrededor para camuflarse, pero que lo está empujando dentro de sí
mismo, hasta no poder sacarse la máscara. Tal vez ya ni siquiera sabe que la sigue
usando.

—¿Están funcionando tus filtros?

Lex contuvo su impaciencia.

—Sí, le dije a Pyel que sí. ¿Por qué siempre preguntan eso?

—Porque recordamos cuando no los tenías.

El recordatorio de su madre, una suave reprimenda, le ayudó a moderar la


irritación. Los filtros naturales con los que había nacido evitaban que las emociones
externas ahogaran su alma, pero no la volvían sorda, muda o ciega a los
sentimientos de otros. Sólo le proveían una distancia emocional. Si usaba los filtros,
las emociones retrocedían un poco, le daban tiempo para absorberlas a su propio
ritmo.

7
Palabra en idioma sirena para madre.

33
El Club de las Excomulgadas
Como su madre había señalado, al principio no había tenido control de sus
filtros. Mina había usado sus poderes para encerrarlos en su interior hasta que Lex
fuera lo suficientemente mayor para controlar su manipulación por sí misma. Casi
se había vuelto loca antes de que pudieran descubrir qué andaba mal. La mente de
un niño no podía comprender el sufrimiento que todo ser carga en diferentes
medidas. Gracias al bloqueo de Mina, hasta que alcanzó la edad suficiente, las
emociones de la gente habían sido imágenes e impresiones distantes, como el
murmullo de fondo de una televisión.

—Algunos bebés lloran por cólicos. —Anna enredó un rizo del cabello de
Lex alrededor de sus dedos—. Yo no sabía si la mía estaba llorando por su propia
aflicción o por la de todo el mundo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Sus padres habían tenido que tenerla aislada hasta que cumplió los diez
años. Incluso después de eso, habían sido obsesivamente protectores. Lex sabía que
había sido necesario. También conocía la historia de las antecesoras de su madre.
Antes de Anna, cada hija de Arianne había nacido con una maldición que les hacía
prácticamente imposible existir sin causarse daño a ellas mismas o a otros. Anna
había sido la primera excepción, gracias a la magia de Mina. Sin importar que
Mina le hubiera asegurado a Anna que la maldición parecía haberse roto cuando
pasó la edad de veintiuno, algo que ninguna otra hija de Arianne había hecho, su
madre había sufrido más de un agonizante período en esos primeros años,
pensando que simplemente se había saltado una generación y que podía golpear a
Lex.

Lex sabía eso, porque el dolor y el temor de su madre habían sido las más
agudas de las emociones que la habían pinchado siendo niña.

Ahora cogió su mano, y la irritación se fue.

—Pero igual que un cólico, lo superamos. Myel, esto es lo que soy, y no lo


cambiaría. Tengo una vida increíble y hermosa. Si la Diosa me dio el don de ver
dentro de los corazones y brindarles tranquilidad y consuelo, entonces sé que fue

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El Club de las Excomulgadas
intencionado. No lo evado porque vea cosas horribles. Sé que no puedo arreglarlo
todo.

Su madre se las arregló para empujar hacia atrás sus emociones, porque
estas se desvanecieron. Anna le brindó una sonrisa.

—Está bien entonces. Así que cuéntame más acerca de este intrigante
hombre de ensueño.

—Nunca he sentido nada como este dolor. La mayor parte del tiempo, sin
importar cuán terribles hayan sido sus vidas, o el dolor que acarreen ahora, hay un
poco de equilibrio. Hay alguna parte de su vida que les da alegría o tranquilidad. Él
no tiene nada de eso. Ni un solo momento de felicidad o descanso. Ninguna

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sensación de seguridad. Nada, Myel. Es como si toda su vida fuera muerte y terror.
Dolor. Una necesidad salvaje de sobrevivir. —Inspirando, descansó la cabeza sobre
el hombro de su madre mientras Anna se recostaba hacia atrás.

»Fui abrumada por su determinación de sobrevivir ¿Porque, quién querría


sobrevivir sin tener nada bueno para recordar? He experimentado suicidios. Él tenía
esa desesperación, pero en lugar de resignación, tenía ira, una determinación de
sobrevivir a pesar de sus circunstancias, casi como si su meta fuera torcerle la mano
al Destino. Pero hasta eso es más camuflaje. —Atrapada en su análisis, sólo fue
vagamente consciente del escrutinio cercano de su madre—. Es la primera vez en
mi vida en que no entendí inmediatamente lo que estaba sucediendo dentro de
alguien. Pensé que era por ser un sueño, pero… ¿Cuál es tu meta, si todo es
oscuridad?

—Un final para la oscuridad.

Ella ladeó la cabeza.

—Está bien, ¿pero, y si nunca has experimentado nada más? ¿Cómo sabes si
el fin de la oscuridad será mejor?

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El Club de las Excomulgadas
—No lo sabes. Pero es diferente, y cuando tu vida es un tormento
implacable, cualquier cosa diferente, cualquier cambio, tiene que suministrar algo.
—Anna frunció el ceño, pensando—. O tal vez, no lo ha experimentado, pero lo ve
de algún modo. Ha visto la luz que otros han encontrado, y desea eso para sí
mismo.

—¿Crees que sea real?

—No estoy segura. ¿Te complacería si lo fuera?

Lex presionó los labios con fuerza.

—No lo sé. Me asusta. No como el temor a un asesino con un hacha.

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—Me alivia oírlo —dijo su madre secamente—. ¿Pero cómo te asusta?

—Como si de algún modo no tuviera poder sobre él, y él pudiera hacerse


cargo de mí de un modo que no he experimentado nunca. Como estar en la cima de
una montaña rusa realmente grande, sin estar segura de cómo será el paseo, pero
sabiendo que tomará todo lo que tengo para probarme a mi misma que soy lo
suficientemente valiente para eso.

—¿Has soñado antes con él?

—Nada como el sueño de anoche, pero sí. Breves fragmentos, impresiones,


una sombra adelantándome. Puedo sentirlo. —Esas veces, había despertado en la
oscuridad de su habitación, con el corazón palpitando y las manos agarradas de las
sábanas.

—Quiero que hables con Mina.

—¿Qué? —Lex palideció y se sentó—. Oh no, Myel. No es nada de eso.

—No sabes lo que es. —Anna también levantó la parte superior de su


cuerpo, suavizando sus palabras con una mano sobre las de Lex—. Tienes un don
extraordinario. Durante tu juventud, te hemos animado a que lo trates con

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El Club de las Excomulgadas
suavidad, pero siempre hemos sabido que podrías tener una profundidad que aún
tienes que tocar o que alguno de nosotros debe entender. Sería sabio hacerle saber
acerca del sueño.

Lex hizo una mueca.

—Es tan sarcástica. Su lengua podría ser usada para cortar metal. Y su
oscuridad… incluso con los filtros, me es difícil mantener las cosas claras cuando
estoy alrededor de ella. Es aterradora, Myel. —Sorprendida, se dio cuenta de que lo
que sentía por Mina no era diferente de lo que sentía por el hombre de sus sueños.

Anna se rió.

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—Ella nos atemoriza a todos, excepto tal vez a David. Pero también la
amamos, y como tu madrina, haría cualquier cosa para protegerte. ¿Pensaras en
ello?

Lex asintió renuente, luego se mordió el labio.

—¿Puedo hablar también con el Señor Lucifer?

El impacto de Anna hizo que Lex se estremeciera.

—¿Eres renuente a hablar con Mina, pero pedirás reunirte con el Señor del
Inframundo? ¿Qué en la tierra tendrías…?

—Creo que ese hombre puede estar ahí —cortó Lex precipitadamente—.
Hay tanto fuego y dolor donde está. ¿Si es real, podría ser alguien que está en el
Infierno y que de algún modo interceptó mis sueños? Puede que el Señor Lucifer lo
sepa.

—Puede que sí. —Anna frunció los labios—. Le pediré a Jonah que se
acerque a Lucifer con eso. Si Luc está dispuesto, te concederá una audiencia. Pero
Mina primero. Tan pronto como sea posible.

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El Club de las Excomulgadas
—Está bien. Con suerte David estará ahí. Es más fácil. Menos escalofriante.
—Aliviada, Lex sintió que las preocupaciones de su madre volvían a retirarse, hasta
una oleada manejable—. Esto no hará que Pyel se preocupe, ¿cierto? No quiero que
se preocupen. Incluso si es real, sólo es algún tipo solitario buscándome. No muy
diferente de todos esos animales marinos y gente sirena infeliz que solían seguirme
a casa cuando era adolescente, alimentándose a costa de mi proximidad para
sentirse mejor.

—Él siempre se preocupará por ti, porque te ama más que a nada,
queridísima. Igual que yo. —Cuando Anna abrió los brazos, Lex volvió a
acomodarse entre ellos, descansando su mejilla contra su pecho. Trazó la adorable
línea enjoyada de escamas azules y púrpuras que formaban una línea diagonal

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sobre el hueso de la cadera de Anna. El brazo esbelto presionado contra su cuerpo
tenía marcado un tatuaje de un remolino plateado.

El susurro del océano, el feliz calor del sol y el latido del corazón de su
madre le daban paz, como siempre hacían. Se quedaron de ese modo por algún
tiempo, dos criaturas marinas en sintonía con el ritmo de su mundo, sin necesidad
de decir o hacer nada. La tranquilidad única de eso era la razón principal por la que
Lex sabía que sus padres no tenían que temer que el mundo humano la sujetara.
Cuando le dijo eso a su madre, los brazos de Anna se apretaron alrededor suyo,
acariciando las peludas plumas en el interior de la curva de sus alas.

—Entiendes bien tantas cosas, Lex. Pero a veces eres ciega a lo que está más
cerca de ti. Aunque él puede ser muy protector, tu padre escucha mejor de lo que
esperas. No podrías tener un mejor aliado. Él podría contener el universo para
protegerte.

Tal como la criatura de sus sueños lo destruiría para tenerla. Ella se volvió a
estremecer, sin estar segura de dónde había venido ese pensamiento. Anna tenía
razón. Sí, necesitaba hablar con Mina, por mucho que odiara admitirlo. Mañana.
Esta noche quería pensar. Y tal vez soñar una vez más, antes de que su decisión lo
alejara de ella.

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El Club de las Excomulgadas
Cuando Jonah cayó del cielo, aterrizando ligeramente sobre la arena, Lex
dejó que el humor empujara lejos sus preocupaciones, por ahora.

—Están tan bien sincronizados que es aterrador —declaro.

Ante la risa de Anna, Jonah les brindó a ambas una mirada indulgente e
hizo aparecer dos mangos, así como un par de flores tropicales exóticas. Puso las
últimas detrás de los delicados oídos de cada una de sus mujeres, sus grandes
manos demorándose en sus caras, luego indicó los mangos.

—¿Qué les parece una merienda antes de llevar a Lex de vuelta a casa?

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Cuatro
La flor estaba en una taza al lado de su cama, la fragancia del mango
todavía permanecía en su lengua. Lex había puesto algo de música relajante y
calentado té de manzanilla, pero todavía no podía acostarse y dejar que el sueño la
poseyera. Mientras se paseaba, casi se arrepintió de no ir a ver a Mina esa noche.
¿Cómo podía querer y temer algo al mismo tiempo? Normalmente, algo como esto
la habría hecho entrar en el camino de la precaución. Conocía el margen de error
entre la compasión y el instinto. Aun así, nunca había sentido una urgencia tan
grande por arrojar al viento la precaución y también huir del sueño al mismo
tiempo.

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Había tratado de meditar, pero eso había sido muy difícil. Esas manos en sus
sueños seguían deslizándose por sus brazos, tocando sus alas, acariciando su piel.
Pensó en darse placer a sí misma como un modo de alivio, un modo de enfocarse,
pero al final se estiró en la cama, cansada de luchar. Al infierno con eso. Que venga.

Agarrando con fuerza a Tigger con ambas manos, se enfocó en su tonta


cara.

—El único modo de resolver esto es atrapar al Tigre por la cola. Y esperar
que no me saque la cara con un mordisco. Aquí, gatito, gatito… —Mientras se
acercaba la modorra, empezó a murmurar—. Aquí, gatito, gatito…

Voy a estar bien. Aunque él sea real, es sólo un sueño. Sólo nos estamos encontrando
en un sueño. Le ayudaré. Voy a estar bien.

FUEGO. Él siempre estaba rodeado de fuego, pero esta noche el calor era
incómodamente caliente y sofocante. Las llamas se dispararon formando una pared
a todo su alrededor. El pánico invadió su mente. Pero entonces él estuvo ahí, a
varios metros de distancia, en el único círculo donde no existía fuego. Estaba
desnudo, todo esbelto músculo masculino y excitación. Su piel estaba cortada,

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El Club de las Excomulgadas
había marcas sobre sus brazos y estómago que chorreaban sangre. Ya que esta vez
estaba en su forma humana, ella se movió hacia él sobre ardientes pies desnudos.

—¿Qué pasó? Te heriste a ti mismo.

Él la miró acercarse con una peculiar mirada quieta, como un animal


habituado a capturar su comida y a esperar pacientemente por ella, sin importar
cuán severa fuera el hambre que royera sus entrañas. Aunque el calor presionaba
hacia adentro desde todos lados, él no parecía afectado. Incluso su sedoso pelo
negro, que se rizaba suelto sobre sus hombros con el viento creado por las llamas,
desafiaba el parpadeo de las chispas. A ella le gustaría tocar esos largos mechones,
entretejer cuentas y plumas en él como si fuera un nativo americano. Se imaginaba

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que venía de una tribu de esa raza debido a su frente amplia y pómulos esculpidos y
orgullosos, labios firmes y crueles.

Sus manos se cerraron sobre la parte superior de sus brazos. Esta vez había
una cualidad diferente en su toque. Ni lento ni seductor, mezclado con una
emocionante provocación contundente. Ésta era pura dominación mientras la
atraía hacia él, tomando su boca. Alexis hizo un sonido entusiasta, atrapada entre
la ansiedad y el placer mientras él ahondaba más, con su lengua azotando la de
ella, con sus labios acariciando y demandando a la vez. Sus manos se movieron,
siguiendo la curva de su columna hasta su trasero donde se extendieron y
agarraron, lo suficiente como para elevarla sobre las puntas de sus pies. Su sexo
sensible presionó contra la dura barra de hierro que era su congestionado pene. Ella
jadeó.

—Por favor… Tengo… miedo.

—Eres mía —le respondió despiadadamente, levantando su cara para


mirarla fijamente. Alexis trató de enfocarse más allá de la ola de demandante calor
que pulsaba desde su cuerpo, para sentir qué estaba pasando detrás de esos fieros
ojos. ¿Él quería asustarla? Antes de poder ahondar más allá, él la levantó,
forzándola a separar sus muslos y enredando sus piernas alrededor de sus caderas,
sus pantorrillas descansando sobre su tenso trasero, con sus tobillos cruzados

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El Club de las Excomulgadas
rozando sus muslos. Ella tuvo que sujetarse de sus hombros para equilibrarse, y eso
puso sus dedos en su pelo tal como deseaba. Eran como las plumas de su padre, tan
suaves y placenteras, un extraño contraste con sus alrededores. Era la única
tranquilidad que tenía, de modo que lo tomó con sus dos puños. Entonces la
malévola intención explotó en su mente. Rabia, ira… revancha.

—No… espera…

Él movió el cuerpo de ella y con una poderosa embestida, la penetró.

Su beso la había humedecido lo suficiente para que él pudiera poner su


gruesa cabeza en su entrada, pero ella nunca antes había sido tomada. El dolor fue
inmediato y enloquecedor, tanto que gritó, pero él no la liberó. La sostuvo, metido

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en su cuerpo hasta la empuñadura, con sus brazos como bandas alrededor de ella.

—Me duele… por favor detente. Por favor.

La respiración de él raspó en su oído, una bestia ciega por el celo, y ella


luchando por ir más allá del dolor y el pánico como una mariposa clavada. Tenía
que alcanzarlo, entender por qué estaba haciendo esto. Volviendo a agarrarla del
trasero, él empezó a moverla arriba y abajo de su vara. Ella se quejó ante la
abrasión del tejido sin usar, ante la paliza del asalto a su virginidad. Aunque no se
sentía exactamente… desacertado, estaba muy lejos de sentirse bien. Se suponía
que él cuidaría de ella, que la protegería. Incluso si no lo sabía, ese era el modo en
que se suponía que tenía que ser. Él no sólo la estaba traicionando… los estaba
traicionando a ambos.

Ella conocía maneras sencillas de defenderse, pero contra su irresistible


poder, sólo había un modo. Aunque él era fuerte, el poder de un cambio era tan
imparable como la fuerza del agua. Sus alas hicieron erupción en su espalda. La
transformación de su cola barrió la parte inferior de su cuerpo haciendo que él la
soltara. Si la dificultad de su respiración y su maldición significaban algo, las
escamas lo habían cortado. Ella cayó de su agarre, pero él se tambaleó hasta quedar
sobre una rodilla a su lado, agarrándole la parte superior de un brazo. Ella inspiró

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El Club de las Excomulgadas
con fuerza, porque esta vez su toque ardió. No, no su toque. Ella había aterrizado
en una cama de llamas, y la estaban lamiendo. Estaba indefensa en esta forma, sus
alas atrapaban en el fuego, su cola moviéndose inútilmente.

Cuando él la levantó liberándola del fuego, sofocando las llamas, ella vio
marcas de quemaduras en su piel y olió las plumas chamuscadas.

—Tu temor es diferente —dijo él al fin—. No como el de los otros. El temor


de ellos apesta, como algo en descomposición. El tuyo… es dulce y triste a la vez.

Como una flor moribunda, pensó ella, y se preguntó si él sabría lo que era eso.

—Me gustó tu vagina —añadió él audazmente, aun sujetándola con su

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mirada fija—. Quiero estar dentro otra vez. Vuelve a cambiar. —Su voz era el
gruñido del mítico monstruo debajo de la cama, pero con una cualidad
hipnotizadora que la convencería de salir de sus cubiertas protectoras, la haría
arrodillarse para mirar debajo y encontrar los ojos de la bestia.

La Bella y la Bestia.

—No puedo —susurró ella—. Tengo miedo.

—Lo harás, porque yo lo ordeno.

Es un sueño, un sueño, un sueño. Aférrate a tu cordura, Lex. Si es un sueño, puedes


controlarlo.

—No. —Ella levantó la barbilla, forzándose a sí misma a sostener esa


mirada abrasadora—. Me has lastimado. No has sido gentil. Se supone que debes
ser gentil. Y hacerlo placentero.

Él parpadeó. Ella pensó que había sentido sorpresa. ¿Qué más sentía
enroscándose en él? Lujuria por cierto, y aunque eso la atemorizaba, provocó otro
estremecimiento mientras recordaba sus maneras más seductoras de tocarla.

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El Club de las Excomulgadas
—Entonces enséñame —dijo él—. ¿Qué quieres decir con gentil? —Se
tropezó con la palabra, como si fuera parte de un idioma extranjero.

—Como me estabas besando antes, en el sueño anterior. Eso fue…


apasionado, pero gentil al mismo tiempo. Así. —Aun temblando, ella puso sus
manos sobre la mandíbula de él. Era lisa, sin vello facial. Tragando, ella se estiró,
consciente de los brazos de él como bandas alrededor de su espalda y su cola debajo
de la parte más redonda de sus caderas.

Ella encontró sus labios con una caricia tentativa, tratando de disipar el frío
temor que había disparado su violento asalto. Ella lo había deseado, a él. El borde
de eso seguía ahí, esperando volver a la vida por su toque. Es un sueño, Alexis. No

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fuiste violada en la vida real. Sólo fue un sueño… Y no fue una violación. Tú lo querías, él te
quería. Él sólo… tal vez no tuvo una pista sobre lo que estaba haciendo. O pensó que tú sí.

Pero él había actuado con una determinación animal. No, eso no era cierto.
Incluso los animales tenían modos de decir „no estoy interesado‟. Él había actuado
como si la hubiera estado conquistando, sometiéndola como a un enemigo. No
podía negar esa oleada de ira, la lujuria de la venganza, incluso mientras
permanecía ahora inmóvil. Mientras ella mordisqueaba tímidamente sus labios, él
la observaba, sus ojos de fuego muy cerca de su cara. Agarrando el valor con ambas
manos, ella provocó sus labios para que se abrieran, le lamió los colmillos, luego
coqueteó con su lengua, deslizándose hacia adelante para que sus brazos se
cerraran alrededor de sus hombros. Se empujó a si misma contra su pecho, tratando
de reclamar el equilibrio en este sueño extraño y aterrador.

Los poderosos brazos de él se contrajeron en su espalda, sus dedos fueron


más abajo curvándose para acariciar las escamas más bajas de sus caderas, un área
sensible que hizo que su estremecimiento lleno de temor se transformara en algo
diferente.

—Si despierto, ¿tendré quemaduras de tus dedos sobre mi piel? —susurró


ella contra su boca.

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El Club de las Excomulgadas
—Las tendrás. Tus muslos estarán pegajosos con tu sangre virginal. Cambia
otra vez para mí. Déjame sacártela a lametones.

Ella tragó.

—Tengo miedo de que me vuelvas a hacer daño.

—Eres mía para hacer mi voluntad.

—No —respondió ella suavemente—. No soy tuya para herirme.

—Entonces cambia otra vez, y déjame probarte que no lo haré.

Ella mantuvo su mirada, su atención distraída por sus labios sensuales,

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presionados duros y tensos. Todo en él era duro y tenso, no había ningún músculo
relajado. Pero permitió que su cuerpo cambiara, con sus alas disolviéndose, con su
cola volviendo a dar paso a piernas humanas.

Poniéndola de pie sobre ese parche de terreno sin arder, la tendió de


espaldas. Su temor volvió con él acechándola desde arriba. Pero entonces él se
arrodilló, poniendo una mano sobre el muslo de ella, abriéndola más. Su mirada
estudió su sexo, las manchas de sangre sobre sus muslos. Los músculos de sus
bíceps se abultaron mientras se inclinaba sobre su cuerpo. Su lengua trazó el
interior de su muslo, quitando la sangre tal como había prometido. Ella estaba
tensa, no podía evitarlo. Su confianza sólo podía llegar hasta ahí puesto que no
podía leer claramente sus intenciones, un problema que nunca había
experimentado. Era un revoltijo confuso, tal vez nublado por su propio estado de
angustia. Pero había sentido su vulnerabilidad, su dolor tan agudo y claro. Todas
las cosas que la arrastraban a su persona…

Oh, Diosa, ¿todo había sido una trampa?

Su lengua le estaba haciendo difícil decidir. Haciendo su camino sobre


ambos muslos, luego hacia arriba por su centro, él saboreó piel que nunca había
experimentado la boca de un hombre. Ella se arqueó con un gemido inesperado

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El Club de las Excomulgadas
mientras su lengua aliviaba el dolor de su sexo y lo remplazaba con oleadas de
placer. Ella era de él, toda de él… Oh, Diosa, esto era una magia loca…

Cuando ya no pudo soportarlo, ella se estiró hacia abajo, le agarró el cabello


con manos duras, queriendo más, de algún modo. Levantando la cabeza, él miró su
cuerpo, sus ojos vagando de un modo decididamente posesivo.

—¿Ya no deseas que sea… gentil?

Asombrada, ella tuvo que sofocar una risa intranquila. Diosa, aquí estaba
ella, una virgen tratando de explicar lo imprevisible y detallando los matices de la
excitación de una mujer a una criatura que aparentemente no tenía una base para
entenderlo. Por supuesto, a través de Clara, ella sabía lo difícil que era explicárselo

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a cualquier hombre con una función cerebral razonable.

—Es… mientras más me… excitas, puedes ser menos gentil. ¿Puedes saber
cuándo estoy más excitada?

Él pareció pensar en eso, luego asintió.

—Pero si duele, te pediré que pares. Tienes que detenerte entonces. ¿Está
bien?

Un destello de fuego atravesó su mirada antes de volver a inclinarse entre


sus muslos.

Su miedo desapareció rápidamente. Tal vez él tenía una función cerebral


más que razonable, porque no necesitaba que le dijeran algo dos veces. Empezó
otra vez suavemente, pero a medida que ella se arqueaba hacia su boca, sollozando,
él gruñía contra su piel, penetrándola más profundamente con su lengua. Mantenía
sus muñecas a los costados, lo que le dio un ancla contra la cual tirar y contenerse.
Ella enterró los talones en el suelo calcinado mientras abría más las piernas con los
movimientos de la cabeza de él, con la imposición de su cuerpo entre sus piernas.
Cuando empezó a sacudirse, se frotó a si misma contra sus labios, contra la dureza
de su mandíbula. Sus afilados colmillos la pincharon, sus movimientos erráticos lo

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El Club de las Excomulgadas
enterraron a través de la tierna piel. Lo que la hizo gemir incluso más fuerte, porque
la boca se cerró sobre ella, mamando la tierna piel.

Entonces, justo mientras ella temblaba en el pináculo, él se deslizó hacia


arriba por su cuerpo. Esta vez, cuando entró en ella, el pasaje estaba resbaladizo y
mojado, y él se movió lentamente. No sabía si eso era en su beneficio o en el de él,
porque había una estudiada concentración en su cara mientras apoyaba los brazos a
cada lado y se empujaba con lenta deliberación dentro de su sexo aún dolorido.
Ella no protestó, excepto por los suaves gemidos de dolor y placer mientras
mantenía los ojos enfocados en la cara de él. Todo su cuerpo, por dentro y por
fuera, temblaba por él, absorbido por su fuerza y su fuego, por la intensidad de esa
mirada extraordinaria.

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Cuando él estuvo dentro hasta la empuñadura, ella se sintió como si no
pudiera moverse, excepto por sus piernas cerradas sobre las caderas de él por puro
instinto. Volviendo a tomar sus manos, se las sujetó encima de la cabeza, bajando
su pecho contra el suyo, su suavidad encontrando duro músculo, los sangrientos
símbolos pintados en su cuerpo ahora presionados contra ella. Mirando hacia
abajo, ella vio su piel empezando a brillar para igualar esos símbolos, una imagen
en un espejo. Un calor salvaje la barrió ante la evidencia de que se pertenecían.

—Quiero que te rindas a mí. Ábrete completamente cuando te tome. Di que


sí.

—Sí —susurró ella, atrapada en la urgente necesidad detrás de esas palabras.


Era una orden, pero más que eso, era un ruego. Él estaba tan solo, eso la inundó
tanto como su deseo. ¿Cómo podía negarle este momento, sentirse completamente
conectado a otro, incluso si era en sus sueños compartidos?

»Aquí estoy —dijo ella, y entonces él empezó a moverse. Una embestida y


un retroceso que aumentó, creando un movimiento que mecía sus dos cuerpos
como las olas del océano. Mientras las olas se transformaban en una tormenta,
golpeando una contra otra. Ella dejó muy atrás la metáfora del agua helada,

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El Club de las Excomulgadas
sumergiéndose de nariz directamente a las llamas. Algo estaba a punto de
romperse. Temía que el sueño terminara.

—¿Cuál… es… tu… nombre? —jadeó ella.

La oscuridad cubrió la mirada de él por un instante antes de ser tragada otra


vez por el rojo y el naranja. Su cuerpo se tensó donde quiera que la tocaba, pero en
reacción ella se tensaba hacia arriba contra su sujeción, hacia sus labios. Mientras él
retrocedía, negándola, su mirada se quedó en sus senos desnudos, la hambrienta
inclinación hacia arriba de sus pezones. Dejando caer su cabeza, la acarició ahí con
la nariz, su boca cubrió uno y lo mamó con fuerza, haciendo que otro gemido
rasgara su garganta mientras él seguía moviéndose en su cuerpo. La lamió y la

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provocó tan concienzudamente, aunque su ritmo dentro de su cuerpo seguía
deteniéndose justo antes de llegar a término, llevándola más y más arriba. Ella
estaba quemándose, muriendo, temblando, jadeando diminutas plegarias a un
hombre cuyo nombre no conocía.

—Dante —le respondió él finalmente, levantando la cabeza para alzar la


mirada junto con la de ella una vez más. Entonces se levantó sobre ella,
agarrándose de su boca, apoderándose de su mente, y se empujó fuerte, profundo.
Los tejidos de los que había abusado antes se quejaron, pero el resto de su cuerpo lo
absorbió, buscando esa cima que su fricción, adentro y afuera, ahora a su alcance—
. Di mi nombre —le murmuró en sus labios—. Dime que te rindes a mí.

—Dante —Ella se las arregló para decirlo, y lo repitió, una caricia, un


consuelo, porque sentía que él necesitaba ambos. Su don empático estaba
completamente abierto a él, no más contenido que la necesidad de su cuerpo.
Aunque su expresión no cambió, y mientras él se volvía más decidido para
conseguir su respuesta, al mismo tiempo se veía más distante. El fuego se estaba
acercando, acabándose su tiempo. Ella no quería eso, aunque algo se sentía mal.
No podía determinar qué, porque había demasiado girando a su alrededor. Magia,
sueños, emociones y su propia respuesta física estaban demasiado enredados.

—También di mi nombre —le rogó ella—. Por favor.

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El Club de las Excomulgadas
Algo cambió en la mirada de él, pero su boca permaneció dura, implacable.

—Dame tu rendición, Alexis.

—Me rindo a ti, Dante. Soy tuya.

La sangre marcada en sus cuerpos ardió hasta convertirse en llamas,


igualando las llamas de sus propios ojos. Asombrada, ella inhaló sangre y calor,
pero no quemaron su piel. Su cuerpo y el fuego la rodearon, un capullo dejando
todo fuera excepto el peso de Dante sobre ella, su demanda entre sus piernas.
Ahora estaban dando vueltas, girando, y alcanzando el pináculo. El clímax le
arrancó un grito, el primero de su vida que había tenido mientras había un hombre
dentro de ella.

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El giro perdió simetría, volviéndose una sacudida sin sentido, como una
caída descontrolada desde muy arriba en el cielo. Ella no tenía alas. El clímax
brincó, dejando su cuerpo vibrante y necesitado, gimiendo por su pérdida, pero
algo estaba tan mal que su alarmado cerebro cortó la respuesta sensual demasiado
tarde.

Dante se había ido. Ella estaba sola en el fuego, y este la constreñía como
una tapa a un féretro en llamas, volviendo a quemar su piel. Gritando, ella embistió
hacia afuera, buscándolo. En su lugar, sus dedos desaparecieron en las saltarinas
llamas naranjas. El hielo los tocó en alguna parte, al otro lado, un frío que invadió
sus manos, agarrando sus brazos y congelándolos en el lugar, incluso mientras el
fuego seguía quemándole la piel.

—¡Ayuda! Dante, por favor ayúdame.

Nunca había tenido un amigo durante su niñez que fuera cruel con ella.
Nunca se había perdido donde no hubiera sido encontrada por un amable extraño y
sido devuelta. Incluso las veces en que había rozado muy cerca a aquellos
demasiado perdidos para que ella los tranquilizara, la ayuda había estado ahí para
alejarla del daño. El temor de lo que podría haberle pasado siempre había sido el
temor de sus padres, nunca el suyo.

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El Club de las Excomulgadas
Toda su vida había estado rodeada y cuidada por el amor y lo mejor en los
corazones de la personas, ahora le era difícil envolver su mente alrededor de lo que
estaba pasando. Una traición. Y no una menor. Esto eran ligas mayores, una
traición del tipo “oh dios en qué me he metido”.

El aliento para gritar le fue arrancado. El fuego rugió encima de ella como
una manta cubriendo un cadáver. Olió su propia piel quemándose, vio los extremos
de su cabello atrapando el fuego mientras sus dedos y brazos se volvían de un azul
blanquecino por el frío.

—Dante, no hagas esto. Ayúdame. —Tengo tanto miedo…

*****

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Los humanos a menudo eran ignorantes del delicado equilibrio sobre el cual
descansaba su mundo, pero los ángeles y otras criaturas estaban conectados a él, de
modo que un cambio menor podía ser sentido en la sangre. La sensación que
estremeció en ese momento el firmamento, el Cielo, el Infierno y la Tierra atrapada
entre medio, hizo que todos los ángeles se detuvieran. Particularmente cierto
Comandante de la Legión, su mano agarrando automáticamente su espada, la furia
y el miedo retorciéndose en sus entrañas.

En el fondo del océano, una sirena en busca de conchas para hacer un collar
para su hija se congeló, su corazón hizo un ruido sordo en su garganta.

Y en lo profundo del desierto de Nevada, una bruja marina que ahora


raramente visitaba el mar salió disparada del columpio de su porche, su mirada
entrecerrada sobre algo que nadie más podía ver.

—Oh, infierno jodido y sangriento —rugió.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Cinco
Dante se puso en cuclillas en su habitación cerrada en la cima de la torre.
Escondido detrás de una pantalla hecha con trozos destrozados de ropa, estudió la
sirángel que yacía como un montón inconsciente y encogido en el círculo de sangre.
Los bordes estaban marcados con símbolos que la mantendrían dentro de él, pero
eran los símbolos que ahora ardían sobre su piel desde su garganta hasta su pubis
los que la mantendrían invisible y fuera del alcance de aquellos que intentaran
recuperarla.

Al liberar un suero por su colmillo posterior durante su primera toma de

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sangre, había hecho imposible que ella escapara. Podría encontrarla, sin importar
dónde estuviera. Esta vez había usado el segundo suero, el cual abrió la mente de
ella para poder leer cualquier cosa allí. Había oído su voz en su cabeza. Tengo
miedo. Ayúdame…

También poseía un tercer suero. Tenía un color azul etéreo. Antes de que su
madre pudiera enseñarle más acerca de ese, había caído en la locura. Había
farfullado que los otros dos sueros tenían que ser administrados primero, y había
habido algo acerca del tercer suero que se usaba para vincular el alma de alguien,
pero ni siquiera los recuerdos habían podido ofrecer mucho más que eso.

Como experimento, había tratado de inyectarlo en el primer Oscuro del cual


se había alimentado, cuando había estado lo suficientemente fuerte para forzar a su
comida a que esperara por su placer, pero realmente no había sucedido nada
diferente, aunque había tenido la sensación cosquilleante que se suponía que algo
debía pasar. Por supuesto, su madre estaba muerta desde hacía mucho tiempo, así
que las peculiaridades vampíricas no eran algo que pudiera explorar, excepto en los
recuerdos esquemáticos que había dejado implantados en su memoria. Esos, junto
con las ventanas provistas por las grietas antes de que la bruja marina las hubiera
cerrado, lo habían ayudado a entender muchas cosas acerca del mundo azul y verde
que debió ser su hogar.

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Sin embargo, había tenido que sobrevivir en este mundo. Su mitad Oscura le
había ayudado con eso, pero la astucia, velocidad y fuerza de su sangre vampira lo
habían traído hasta este punto. No había necesitado lo que fuera que hiciera esa
tercera marca. Y hasta ahora, no había tenido interés en unir su alma a alguien. Ni
siquiera estaba seguro de que los Oscuros tuvieran alma, lo cual podría explicar por
qué no había funcionado.

Mientras Alexis gemía y se giraba, con su cara chorreando sangre empapada


con lágrimas y sudor, sus pensamientos volvieron a ella. Tal vez podría haber
estirado las cosas con un sueño más, tomarla con más lentitud, pero el ritual lo
había drenado, y no podía permitirse estar débil con demasiada frecuencia en este
mundo, incluso tras puertas cerradas.

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Sus labios se curvaron mientras reconocía eso como una mentira. Debería
despreciar lo que había hecho porque era una pérdida de control. No había querido
esperar, y podría haber perdido su oportunidad irreparablemente al apresurarse.
Ciertamente había sentido antes la sed de sangre, y sabía cómo manejarla. Pero
cuando había puesto su boca sobre la piel de Alexis, su pene se había transformado
en un monstruo con mente propia, demandando que se apareara con ella como si
fuera un Oscuro de un nivel más bajo sin ningún control de sus urgencias. Una vez
que había estado en su interior, había sido peor. Había querido tomarla una y otra
vez, de todas las maneras retorcidas, marcando cada parte de su cuerpo con su
reclamo.

No tenía nada qué ver con ella, por supuesto. Él había colapsado porque
estaba tan cerca de su meta, después de planear y esperar durante tanto tiempo.
Dentro del cuerpo de la sirena, había dicha, pura dicha, frío y calor al mismo
tiempo, pero no como el hielo y el calor de este mundo. Diferente, como su mundo.

—¿Mi señor? —Epherius, posiblemente el más avanzado de los Oscuros que


quedaban, habló a través de las puertas cerradas—. ¿Podemos ver su victoria?

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Nosotros. Más de uno, siempre una situación a la cual acercarse con
precaución. Pero esto confirmaría que él era superior a todos ellos, y podía ser que
disminuyera el peligro de que intentaran retarle en un futuro muy próximo.

—Entren —dijo con brusquedad, yendo hacia su trono.

Epherius estaba acompañado por ocho, los más cercanos a él en inteligencia


y fuerza, obvio debido a su altura similar y postura derecha. El nivel más bajo a
menudo estaba comandado por estos cuando iban a expediciones de exploración a
los mundos primitivos a los que Dante había podido tener acceso. Todos tenían el
engañoso esqueleto de brazos y piernas, alas correosas que golpeaban contra la
piedra mientras se empujaban dentro de la habitación. Todos estaban desnudos, sus

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genitales colgando entre sus piernas en un despliegue de grotesco bamboleo. Los
Oscuros tenían ansias carnales implacables, las cuales aliviaban con cualquier
Oscuro inferior que no pudiera repelerlos. En un tiempo, se habían aliviado con él.

A veces, la sola visión de esos órganos desnudos le incitaba a un cumulo de


ira a punto de estallar. Se había liberado anteriormente, incinerando a algunos con
los poderes que había cultivado mediante los textos Oscuros que ninguno sabía
cómo leer. Había sido un camino largo hasta hacerlos cautelosos ante su presencia.
Ahora nadie lo tocaba. Si lo hacían, era en un intento de matarlo, no de someterlo
o sodomizarlo.

Ellos sisearon excitadamente ante la vista de la mujer en el círculo. Ella le


había pedido que la llamara por su nombre, y lo había hecho esa única vez, pero lo
había perturbado, como si decir su nombre hubiera arrancado algo dentro de él.
Los nombres no significaban nada y lo significaban todo. No quería pensar en el
nombre de ella.

Se había despertado ante la llamada a la puerta, tal como sospechó que


podía ser, con tanta maldad reunida cerca de sus sensibles receptores mentales. Con
ellos amontonados a su alrededor, sabía que vería primero todas sus horrorosas
caras. Eso la desorientaría y aterrorizaría más. Podría tratar de salir del círculo,
pero sin que él liberara las guardas, simplemente se quemaría más. La oyó

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comenzar a gritar asombrada mientras captaba la primera mirada de su mundo.
¿Debería deleitarse en eso? Si lo hiciera, estaría tan muerto y vacío como se sentía a
menudo. No importaba. Necesitaba salir de ahí, y ella era el camino para hacerlo.
Eso era todo. Nada más era requerido excepto ese objetivo.

Uno de los Oscuros se adelantó, aparentemente intentando penetrar en el


círculo, y fue arrojado hacia atrás, una luz parpadeando sobre su delgada piel,
iluminando el contenido esquelético dentro de ella.

—No toquen el borde del círculo —dijo Dante, con una satisfacción oscura
en su voz.

—Pero queremos tocarla. Jugar con ella.

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—No. Pueden mirar, y luego se irán. Necesitaré más sangre para mantenerla
aquí por tanto tiempo como quiera.

—¿Y si insistimos? Ella es la primera de su tipo que hemos tenido por aquí.
Deberíamos tocarla. Probarla. Seennttiirr. —Las palabras salieron mientras los
colmillos de las criaturas se exponían, y sus ojos se giraban con malevolencia hacia
Dante. Sus garras tomando sus considerables genitales—. Muchos de nosotros. Tú
solo. ¿Por qué la quieres? ¿Qué estás haciendo? Tienes un juguete y nosotros no. La
tomamos y la devolvemos cuando terminemos. Siempre nos has dejado hacer eso
antes.

*****

Mientras Alexis despertaba, se dio cuenta que estaba en algún tipo de vasija
poco profunda llena de un líquido frío y viscoso. El olor metálico y escalofriante
enterró en su corazón la primera uña de temor, cuando supo que era sangre.
Abriendo los ojos, tuvo una breve impresión de piedra gris todo alrededor antes de
tratar de escalar para salir. Aulló cuando golpeó un escudo que la envió de regreso
con un golpe mojado que le empapó las plumas. La vasija era un círculo ritual. No
podría cambiar. Lo intentó, con creciente terror, pero estaba atascada en su forma
de sirángel. En tierra.

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Su estómago y pecho dolían. Bajando la mirada, se tragó otro ruido de terror
mientras notaba que los símbolos que había visto sobre Dante, y brillando encima
de ella, ahora ardían sobre su piel, explicando el crudo dolor que palpitaba ahí. Su
ropa había sido destrozada durante lo que fuera que hubiera sucedido, así que se
quitó lo que quedaba, tan destrozada que sólo era un obstáculo para sus
movimientos. ¿Dónde estaba? Esto no era un sueño. Pero bueno, había sabido todo
el tiempo que Dante era real, ¿cierto? Por eso no había podido negarlo, negar su
dolor. Él lo había usado para atraparla, para traerla donde sea que estuviera esto.

El aire era sofocante, pesado. Era difícil llenar sus pulmones, y por un
momento atemorizante, pensó que estaba en algún lugar sin oxígeno, sin poder
respirar con branquias o pulmones. Pero darse cuenta de que si lo había fue un

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alivio corto. Había algo mal aquí, algo que le drenaba la energía igual que una lata
de gas pinchada. Zumbaba dentro de su cabeza como un continuo dolor sordo,
hacía que sus órganos se esforzaran para hacer su trabajo. Su frecuencia cardíaca
estaba acelerada, y no creía que fuera sólo por terror. Como empática, podía sentir
lo correcto o incorrecto a su alrededor, y este lugar era extremadamente incorrecto.
No se suponía que ella debiera estar aquí. No se suponía que nadie estuviera aquí.

Tratando de orientarse, vio que estaba en una cámara en la cima de una


torre de piedra redonda. El paisaje era plano y mayormente estéril fuera de una
ventada arqueada que sugería que estaban muy alto, tal vez unos quince metros o
algo así. Negros árboles desnudos estaban diseminados sobre un terreno que
parecía tener áreas extrañamente simétricas de fuego y pálido hielo gris. El olor en
el aire era de muerte, dolor… sufrimiento. Había criaturas aladas, muy lejos en el
cielo, que la hacían estremecer.

Entonces su cabeza se giró ante la voz sibilante detrás de la puerta. Dante


respondió desde detrás de un panel cubierto de negro que no había examinado,
pensando que estaba sola. Se agachó en su baño macabro para enfrentarlo, pero
entonces él salió a zancadas de detrás de la tela rasgada, tomando asiento en una
gran silla de madera negra. La ignoró mientras gritaba para ordenar que entraran.
La puerta se abrió.

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Una explosión de desolación, desesperanza, temor y tormento la golpeó
directamente entre los ojos. Luchó buscando sus filtros, pero era como usar una
servilleta de papel para detener una bala. Sus palmas resbalaron, y otra vez estuvo
retorciéndose en esa piscina poco profunda llena de sangre. No, no, no…

Oía sus palabras, veía lo que querían, lo sentían, pero aún más atemorizante
que la amenaza de violación era ser succionada dentro del abismo de lo que eran
estas criaturas. No había escape de eso. Una vez ahí, vagaría para siempre, perdida,
igual como lo recordaba del último sueño. Un lugar donde los bebés gritaban, pero
no venía ninguna madre. Ella buscó desesperadamente en su mente la imagen de la
suya para aferrarse. Oh, Diosa, ayúdame. ¿Alguna vez la Diosa había dominado este
lugar? ¿Cómo podría? La Diosa, Madre de la Tierra y conectada a todas las formas

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de vida… no. No había modo de que Ella formara parte en esto.

Santa Madre, estaba en el mundo de los Oscuros. ¿Cómo no lo había


reconocido? Él incluso le había recordado a Mina, y Mina era el único Espectro
Oscuro viviente en su mundo, mitad Oscura, mitad sirena. Pero en sus sueños, Lex,
sólo había visto parafernalias de fuego y oscuridad, y a Dante. Ni siquiera en él
había sentido esta total falta de esperanza o de luz. Era incomprensible, más allá de
cualquier entendimiento que tuviera en su mundo. El alma más oscura que hubiera
conocido ahí no se acercaba a esto.

Alexis luchó para volver a levantarse con sus brazos. Aunque sabía que no
tenía a dónde ir, el pánico sin sentido de un animal salvaje la dominó al ver todas
esas caras con miradas lascivas a su alrededor, esa terrible energía. Se lanzó hacia el
borde del círculo, hacia las criaturas, esperando pasar a través de ellos. El límite
volvió a golpearla, con la suficiente fuerza para que se aporreara contra el lado
opuesto. Habría rebotado de vuelta sobre el suelo, retorciéndose de dolor, excepto
que una de las criaturas se atrevió a lanzar una garra a través de ese límite. Las
garras se enterraron en sus senos mientras él aullaba, ya que la unión fue como una
corriente eléctrica, manteniéndolas cerradas con el agarre brutal de su punzante
protección. Alexis gritó ligeramente, sin aire para darle voz al dolor y el horror de
lo que sentía mientras ese oscuro veneno la invadía. Ayúdame, ayúdame…

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Estaba echada, y ahora la fría humedad de la piedra fue bienvenida, aunque
sus músculos temblaban un poco como resultado de la descarga. Un gruñido, un
sonido sordo de cuerpos, otros gruñido. Vio un destello de algo que podía haber
sido acero, entonces la magia surgió a través de la cámara. Como pólvora, le
cosquilleó la nariz. Más chillidos, afiladas garras raspando la piedra mientras las
criaturas hacían una rápida retirada. Pero cuando alcanzaron la puerta, fue obvio
por sus agudos gruñidos de pánico que no podían abrirla.

El que la había agarrado yacía en el suelo, tratando débilmente de llegar


hasta sus otros acompañantes. Dante estaba de pie sobre él, sus labios hacia atrás
mostrando letales colmillos. Los otros se congelaron mientras su mirada los
inmovilizaba. Aun mirándolos, cayó de rodillas, levantó de un tirón a la criatura

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del suelo y hundió sus colmillos en su cuello. El Oscuro siseó y gorgoteó mientras
Dante rasgaba tanto a través de su piel como de su sangre. Alexis estaba congelada
por el horror, incapaz de alejar la mirada mientras la sangre caía a chorros por su
garganta, salpicando el angosto pecho. Los músculos de la poderosa espalda de
Dante se abultaron mientras daba un trago largo y profundo, luego se levantó.
Antes de que ella pudiera apartar sus ojos, él arrancó la cabeza del cuerpo y se la
arrojó al cobarde grupo junto a la puerta.

—Saquen esto de aquí, y salgan de mi vista. Tendré lo que desee. Ustedes


tendrán lo que yo les dé. Siéntanse satisfechos con eso o acabaran como él. Vayan a
conseguir más sangre. Ahora.

Ellos avanzaron peleándose, quedándose tan lejos de Dante como era


posible mientras agarraban por un brazo flojo a su camarada muerto. Llevándoselo
a través de la puerta ahora abierta, la cerraron sobre su pierna en el apuro, así que
tuvieron que volver a abrirla, tirar de la pierna y luego volver a cerrar. La
reverberación se escuchó fuerte en el silencio.

Alexis podía oír su propia respiración trabajosa. Al menos con su partida,


esa desolación sofocante se redujo de insoportable a intolerable. Pero ella estaba
cubierta de sangre. Estaba en sus alas, en su pelo, entre sus escamas. Le maravilló

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que su mente no hubiera colapsado ante lo horrendo de la situación, pero no había
piedad en este lugar, tal que la crueldad incluso impregnaba la función cerebral.

Dante estaba parado exactamente en el lugar donde había matado a la


criatura, sus ojos fijos en la puerta. Ella se dio cuenta de que sus labios se estaban
moviendo, y esa terrible sensación estaba disminuyendo aún más. Había llegado
con esas criaturas, y se había ido con ellas, así que él tenía esta habitación
resguardada de lo que fuera que emanaran, o por lo menos lo suficiente para
hacerlo manejable.

Aunque nunca había estado tan asustada en toda su vida, tenía que pensar.
Si bien jamás había anticipado necesitar tal cosa, había tomado un curso de defensa

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propia con Clara. Aferrándose a cualquier cosa que la calmara, recordó la cosa más
importante que había enfatizado el instructor. Puede que no sepan cómo salir de una
situación, pero si mantienen su inteligencia, puede que algo se presente. Probablemente sea lo
más difícil, pero tienen que mantener la calma. Por sobre todo lo demás, protejan su
capacidad de pensar.

Ese curso del centro comunitario estaba a una distancia de ida y vuelta al
infierno donde estaba ahora. Pero suponía que una mujer perseguida por un
asaltante hasta un callejón se sentiría del mismo modo. Su padre, que había
luchado durante siglos contra los Oscuros, decía lo mismo sobre estar en la batalla.
Ella lo había oído instruyendo a los nuevos reclutas.

—Mantengan siempre la cordura. Eso es lo más importante.

Era más fácil decirlo que hacerlo. Su cuerpo se seguía moviendo


nerviosamente por su último encuentro con los lados electrificados de su prisión.
Volvió a empujarse sobre sus brazos. Por lo menos la sangre estaba ayudando a
mantener las escamas de algún modo lubricadas, pero eso no duraría por mucho
tiempo. Entonces Dante terminó su cántico. Levantó una tela destrozada del brazo
de su silla, se limpió la cara y pecho dándole la espalda. Mientras se giraba, una
mancha de eso permaneció en su garganta y mandíbula, como la pintura en la cara

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de un guerrero. Su corazón saltó a su garganta, brindándole la primera mirada a su
captor, al ser de su sueño, terriblemente en persona.

El sueño había sido un puente entre sus dos realidades, no una visión
distorsionada. Por lo menos no físicamente. Todavía era alto y hermoso, de un
modo perturbador y sobrenatural, todavía esculpido con músculos magros. Sólo
usaba un andrajoso pantalón, y se preguntó dónde los habría conseguido en este
extraño lugar. Entonces recordó sus palabras. Tráiganme más sangre. Retrocedió.
¿En la sangre de quién estaba metida? ¿La sangre de quién le había dado las trazas
para esas marcas sobre su piel? Él había puesto su boca sobre ella, sus manos, su…
Oh, Diosa.

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—¿Por qué? —dijo con voz rasposa, cuando él no mostró disposición de
hablar primero.

Él se acuclilló en el lado exterior del círculo. A diferencia de sus


compañeros, el que lanzaba el hechizo podía cruzar el borde. Pero cuando lo hizo,
estirándose hacia su cara, ella se arrastró hacia atrás, con cuidado de no tocar el
lado opuesto, pero dejando claro que voluntariamente no iba a dejar que la volviera
a tocar.

—Todo fue una trampa. Una mentira.

El rostro de él permaneció desapasionado.

—Sí. Una trampa.

—¿Por qué? ¿Qué quieres de mí?

—Nada. —Él ladeó la cabeza, un escaso movimiento—. Una bruja me hizo


un juramento. Estoy haciendo que lo mantenga, y tú eres el modo en que lo
conseguiré.

—¿Mina?

Él asintió.

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—Prometió que si yo probaba que era capaz de dejar este mundo, me
liberaría. He tomado a su ahijada, y tú morirás, lenta y dolorosamente, si no me
libera. Eso demuestra que soy capaz de hacer lo necesario para dejar este mundo.
Le envié ese mensaje. Fue una magia incluso más difícil de la que fue necesaria
para entrar en tus sueños, así que el mensaje es corto. Pero si lo escucha, me
responderá.

—Por favor… — Lex trató de tomar otro aliento—. Deja de asustarme.

La frente de Dante se arrugó.

—Simplemente te estoy diciendo cómo es.

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—No puedo respirar.

—Estás en tu forma de sirángel, así que tu capacidad pulmonar está


disminuida. El aire de aquí no sirve para tu forma de vida. Ninguna de ellas —
añadió, deteniendo su atención en las alas, luego volviendo a demorarse en su cara.

Su madre y su padre hablaban poco acerca del mundo de los Oscuros, pero
sabía que algo que no fuera un Oscuro no podía sobrevivir por mucho tiempo aquí,
no más de lo que un Oscuro podía sobrevivir lejos de él. Eso quería decir que el ser
delante de ella era al menos un brujo, ya que estaba siendo protegida por su
hechizo. Su respiración seguía siendo laboriosa y la aglomeración de todas esas
energías abatidas sobre ella se sentían como si estuviera en una caja que pronto
profundizaría hacia dentro, o el hechizo era débil o las energías externas eran así de
fuertes. Estudiando sus ojos carmesí, apostaba por lo último.

—¿Qué eres? —Aunque no estaba segura de querer saberlo. Su capacidad de


arrancarle la cabeza a una criatura que se veía tan fuerte como un buey confirmaba
que no sólo era un brujo.

—Un Espectro Oscuro. Mitad vampiro, mitad Oscuro.

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—¿Vampiro? —Por supuesto que él era un vampiro. Había bebido su sangre
en el sueño.

Piensa, Lex. ¿Cuáles son tus fortalezas aquí? ¿Qué puedes hacer? Ahora que las
otras criaturas se habían ido, su capacidad como empática era más accesible. Podía
detectar sus sentimientos y emociones. No había sido una lectura fácil en sus
sueños, ¿pero y aquí? Era posible que sus propios sentimientos la hubieran distraído
entonces, no un escudo que él usara.

Dante había caminado hasta el otro lado, y estaba tratando de volver a


tocarla. Lex retrocedió a toda prisa e hizo una mueca cuando varias de sus escamas
se frotaron de mal modo.

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—Detente.

—¿Por qué? Deseo tocarte.

—Tú me has secuestrado, me has arrojado a una piscina de sangre, me has


amenazado con una violación en pandilla por un grupo de monstruos y dices que si
no consigues lo que quieres seré el peón al que matarás dolorosa y lentamente.

—No dije que te mataría. Dije que morirías. Te gustó cuando te toqué antes.
¿Por qué no tomarías placer de eso ahora, particularmente si puede que no haya
placer más tarde?

Alexis lo miró con fijeza.

—Debes estar bromeando.

Los labios de Dante estaban firmes.

—No hay risa aquí. Al menos, no del tipo que sugieres. He visto eso —
añadió él—. Cuando las grietas hacia tu mundo podían ser abiertas, vi como si
fuera a través de esta ventana. —Asintió hacia el arco—. A veces la abertura de la
grieta me ofrecía poco excepto el color del terreno, pero a veces se abría a un lugar
más pequeño, como un edificio, y podía ver a los humanos.

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»Cuando la vi, no sabía que era una risa, pero los Oscuros la llamaban así.
¿Qué causa la risa? Te vi hacerlo cuando te seguía en tus sueños, antes de tocarte
siquiera. Te reías mucho. —Volvió a estirar su mano—. Quiero tocar tu cara.
Acércate. O entraré al círculo.

Alexis le sostuvo la mirada, su mente dando vueltas.

—No. No quiero que me toques.

Había un temblor en su voz que él debía haber notado, pero se mantuvo en


el sitio. Podía venir por ella, sí, pero no se movería.

Después de un largo momento cargado de tensión, cuando se preguntó si la

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arrojaría él mismo contra la barrera electrificada, habló.

—Si no estuvieras asustada o herida, ¿querrías que te tocara?

Cuando tragó, se dio cuenta de que le dolía la mandíbula por mantenerla tan
rígida. De hecho, le dolía todo el cuerpo por esa razón. Nunca se había dado
cuenta de que estar aterrorizada podía transformar el cuerpo en piedra, con todos
los músculos estirados hasta el punto en que las fibras se podrían romper, el
estómago con nudos permanentes.

—No lo sé. Realmente no puedes hacer nada acerca de eso, ¿cierto? Me


refiero a que acabas de decir que me harás cosas terribles si Mina no te deja ir.

—Eso será más tarde. Lo que importa es ahora. ¿Qué puedo hacer ahora que
te haga tener menos miedo? —Había un toque de impaciencia en su tono.

—Por supuesto que el después importa. —Lex luchó por permanecer


calmada—. ¿Cómo puedo simplemente olvidar lo que pueda ocurrir después?

Dante se sentó hacia atrás sobre sus talones, apoyando los codos sobre los
muslos. Había una franca perplejidad en su expresión.

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—Porque aquí, sólo importa el ahora. Nada te está haciendo daño ahora
mismo. No está sucediendo nada que te asuste. Puede que eso cambie en cinco
minutos, así que no deberías desperdiciar este momento pensando en lo que
sucederá luego.

Era algo Zen, pero Zen aplicado de un modo que nunca había considerado.
No, eso no era cierto. Algo acerca de las palabras le era familiar. Forzándose a
contener la ansiedad en estas circunstancias, buscó en su mente. Sí, eso era. Un
libro que leyó en sociología en un curso al que fue de oyente, escrito por un
superviviente del Holocausto. Él había hablado acerca de la necesidad de saborear
al máximo cada momento relativamente tranquilo en el campo de concentración,
porque ese momento era todo lo que tenías asegurado. Cuando vivías en un horror

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diario, no había nada más qué hacer.

Ella tomó varias respiraciones profundas, un ejercicio de relajación mucho


más fácil en la tranquilidad de su porche trasero con el sol elevándose y un día de
placer extendiéndose frente a ella.

—¿Dante, durante cuánto tiempo has estado aquí?

—Nací aquí.

—Tus padres, entonces. Ellos…

—Mi madre fue traída aquí. Yo fui engendrado por los Oscuros que la
violaron.

Ella sabía poco acerca de los vampiros, pero los hijos naturales eran muy
raros y usualmente híbridos. Un Espectro Oscuro, como dijo él.

—¿Está tu madre…?

—Yo la maté.

Aunque su expresión no cambió, Lex sintió algo viniendo de él, sus sentidos
agarrándose entre el miedo para encontrarlo. No era arrepentimiento, sino pérdida.

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Muda, pálida, pero ahí estaba. La verdad era más que tomar una vida a sangre fría.
Sólo que no tenía la suficiente valentía para perseguirla más allá en este segundo.

Además, estaba captando una fuerte añoranza. Él sí quería tocarla. No era


una necesidad sexual, aunque había un componente de eso también. Ansiaba algo
que había tenido durante muy poco tiempo, y quería más de eso.

—Está bien —dijo ella tranquilamente—. Voy a tratar de vivir el momento,


pero tendrás que ayudarme, porque no hacemos esto en mi mundo. Y tengo mucho
miedo, Dante. Tú me asustas, y esas criaturas, me asuntan mucho más.

—Ellos no te tocarán. —El cambio en su expresión y su voz fue instantáneo.


Fuerte, mortal, y su mano se cerró en un puño sobre su muslo—. No deberían

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haberlo intentado. No volverán a hacerlo.

Ella asintió, digiriendo eso. Sabiendo que su pulso estaba saltando en su


garganta como un pájaro a punto de caer muerto por estrés, dobló las manos sobre
la piedra mojada. Se estremeció ante la textura viscosa, la bocanada más fuerte de
olor hizo que su estómago volviera a dar vueltas.

—¿Tengo que permanecer en este círculo?

—Era para evitar que huyeras, y para que ellos no llegaran a ti. Tengo
guardas en la puerta, pero podrías escaparte.

—No me iré —dijo ella, y lo decía en serio. Sabía lo que había detrás de esa
puerta y no había modo en el infierno de que fuera a salir—. Pero realmente
ayudaría si pudiera salir de esta sangre y limpiarme. ¿Hay agua? Mi cola necesita
permanecer húmeda. No se me caerá ni nada de eso, pero las escamas se vuelven
quebradizas si se secan, y es doloroso.

Él volvió a sostenerle la mirada, esa mirada fija, penetrante. Era increíble lo


verdaderamente hermoso que era. Saber que podía estar lidiando con un sociópata
de una magnitud que la humanidad todavía no tenía la capacidad de producir era
más que perturbador.

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El Club de las Excomulgadas
—Tú también me quieres tocar —observó él.

—Es una reacción biológica, no emocional —chasqueó ella. Él elevó una


ceja y ella se presionó las manos contra la cara, tratando de calmarse. Eso esparció
más sangre sobre sus mejillas—. Por favor, déjame salir de aquí. No puedo
soportarlo.

Él se inclinó en su posición arrodillada, con un pie penetrando la piscina.


Ella se estremeció mientras él deslizaba las manos bajo su cuerpo.

—No quiero que me toques.

—Sí. Pero no puedes caminar, y estás demasiado débil para volar o

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empujarte a través de la habitación.

Mirando por sobre su hombro mientras cruzaba la habitación a zancadas,


vio sus pies descalzos dejando un rastro de huellas sangrientas. Mientras se movía a
un área separada, más pequeña, ella trató de envolver su mente alrededor de lo que
estaba viendo.

Lucía como una réplica en miniatura de un pequeño estanque sobre nivel,


con pastos altos agrupados alrededor, flores coloridas y brillantes asomándose entre
las hojas, rocas apiladas alrededor de la base para sostenerlas. Había una mariposa
en una esfera de luz, flotando sobre el agua como una burbuja.

—El agua proviene de nuestro hielo. Lo corto en trozos y lo pongo aquí, y se


derrite. No está muy limpia, pero estaba haciendo uno de tus estanques.

—Eso es lo que parece —dijo ella. La oleada de satisfacción emano de


Dante de manera instantánea, aunque estaba guardada, atada muy apretadamente
en otras emociones que no lograba leer.

Mientras se acercaban, vio la realidad de lo que había creado. El tanque era


una gran pieza de metal moldeada rudamente hasta ser algo capaz de contener
agua. Los bordes eran afilados, sin terminar. Lo que parecía ser pasto eran

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mechones de cabello, encerado y texturado para emular las espigas de trigo. Las
flores eran joyas preciosas atadas con trozos de cabello formando esbeltas ramitas
negras para que se inclinaran igual que flores. La mariposa dentro de la esfera era
real pero estaba muerta, sus alas desplegadas para siempre.

Era macabro, pero de un logro innegablemente artístico. Ella trató de


enfocarse en ello mientras la bajaba dentro del agua. Tenía un terrible olor a
sulfuro, pero al menos no era sangre. Ella se estiró con dedos temblorosos para
tocar la esfera iluminada. No podía hacer la pregunta, pero él la contestó igual.

—Llegó aquí antes de que las grietas de la Tierra fueran selladas. Cayó del
cuerpo de un humano y el otro Oscuro no lo notó. Preservarla fue la primera magia

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que aprendí.

—¿Alguien te enseñó? —Alexis la empujó, la vio volver a ella dando un


rodeo, flotando alrededor de su cabeza.

—Antes de la Batalla de la Montaña, nuestros Oscuros más fuertes eran


magos. Se me enseñó a leer sus textos para ayudarles con sus hechizos, pero no
pude intentar ninguno hasta que se fueron. Esta torre fue destruida por la bruja,
pero yo desenterré los libros y la reconstruí. Había muchas cosas para aprender
aquí. Me los aprendí todos. Y más.

No había ningún fanfarroneo en ello, sólo simple reconocimiento.


Digiriendo eso, Lex se frotó la sangre para sacársela del cuerpo, trabajando
cuidadosamente alrededor de los pulsantes símbolos quemados sobre su esternón,
debajo de sus senos, y sobre su bajo abdomen. También quería mojarse las alas,
pero cuando trató de meterlas en el „estanque‟, se quedaron atrapadas en los bordes
no terminados de la bañera.

Mientras luchaba por liberarse, Dante se inclinó. Agarrando la curva, estiró


el ala más cercana y la elevó liberándola, luego la guió dentro del agua, siguiendo el
contorno para que ella pudiera plegarla a su espalda. Repitió el mismo proceso con
la otra. Le acarició las plumas antes de dejar que las tirara hacia adentro. La

66
El Club de las Excomulgadas
manera en que las estudió le recordó que los Oscuros tenían alas correosas, sin
suavidad o plumas como las de ella.

Cuando se quitó la sangre, desplegó ambas alas, levantándolas lo suficiente


para evitar la bañera esta vez, e hizo un movimiento vigoroso para sacudir el agua.
Esta salpicó por todos lados, incluyendo al inamovible Dante. ¿Qué provocaba risa?

—Si las circunstancias fueran diferentes —aventuró ella con cuidado—. Eso
me habría hecho reír. —Muy diferentes. Reír era lo último que quería hacer ahora
mismo.

Él frunció el ceño, con las gotas deslizándose por su mejilla. Su mirada


carmesí se movió desde las alas de ella hasta su garganta y su cara. Inclinándose

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hacia adelante, la besó.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Seis
NO. Una parte de ella inmediatamente se rebeló, pero como si lo hubiera
anticipado, él puso su mano en la parte trasera de su cabeza, sosteniéndola en su
lugar.

Vive el momento, Alexis.

Ahora que sabía que no estaba en un sueño, la voz en su cabeza la


sorprendió, de modo que se quedó congelada. Él debería estar atestado de sangre, y
ella pudo olerla en su aliento, pero tal vez porque era un vampiro, se integraba en lo

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que era y no la repelía como esperaba que hiciera. Pero la respuesta de su propio
cuerpo la confundía aún más.

Sus labios la traicionaron suavizándose bajo los de él, separándose mientras


él deslizaba su lengua entre ellos, jugando con su boca de una manera que
reforzaba de nuevo lo rápido que se adaptaba a la situación. Suave pero apasionado
a la vez, y confuso en su cabeza de una manera que no debería. No, no debería.
Porque ella estaba recibiendo gran variedad de señales de él. La simple ignorancia
de un niño cruel, de un hombre apasionado, con un deseo abrumador por ella y
algo más profundo, tal vez era más confuso y convincente que todo lo demás. No
podía decir lo que era, pero en algún lugar debajo de las capas, la atraía. Estaba
relacionado con la necesidad, con su necesidad por ella específicamente. Su certeza
de que esta necesidad no estaba relacionada con su papel como moneda de cambio
era lo que le impedía alejarse. Esto era algo indefinible, tal vez algo que ni siquiera
él reconocía.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó ella cuando él levantó la cabeza.

—Te relajaste cuando me besaste antes, así que pensé que te ayudaría a tener
menos miedo. Y quería darte un beso. —Sus ojos estaban calientes—. Quiero estar
dentro de ti otra vez.

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El Club de las Excomulgadas
Era posible hacerlo, por supuesto, incluso en su forma de sirena, pero no iba
a decírselo. Sin embargo, cuando su mirada vaciló, ella se quedó quieta en estado
de shock.

—Puedes oír mis pensamientos.

—Sí. La segunda marca es una de las maneras en que pude traerte a mi


mundo. Eso, y muchos sacrificios.

—¿Sacrificios? ¿De seres vivos? —La mirada de Lex regresó al círculo. Por
supuesto que de seres vivos, idiota. ¿Ese beso confundió tu mente? La sangre no vino de él. A
pesar de su intento de no pensar, recordó los rastros de sangre en su cuerpo, junto
con el salvajismo apenas contenido que había agradecido como una parte excitante

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de su sueño. Pero como un amante apasionado, no como una criatura que había
llegado a ella gracias a arrancarles la vida a otros. ¿Qué le pasaba?

—Eso es horrible. No me toques más. —Ella se movió tan lejos de él en la


bañera como le fue posible, la asfixiante sensación de su débil y alterada situación,
volvió—. Oh, Diosa, no lo entiendes, ¿verdad? Por favor, dime que no, porque no
quiero que seas tan espantoso. No quiero saber que me gusta besar a un completo
monstruo.

Dante frunció el ceño.

—Era necesario hacerlo. Es la única manera de liberarse de este lugar. La


Bruja de Mar dijo…

—Eso no es lo que quiso decir Mina —replicó ella—. Quiso decir que tenías
que demostrar que eres digno de dejar este lugar. Siendo una buena persona.
Haciendo buenas obras.

Él le dio una mirada como si estuviera hablando en un idioma nuevo.

—He luchado por ser el líder de todos los que se quedaron aquí. De
mantener un control completo, siempre estoy vigilante. He aprendido que las

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El Club de las Excomulgadas
energías mágicas existen en este mundo y yo solo te traje aquí. ¿Qué más puedo
hacer?

Él la miró, un hombre irremediablemente hermoso con cortos pantalones


andrajosos, su ancho pecho todavía estaba manchado de sangre, su cabello negro
estaba sobre sus hombros como el manto de seda de un príncipe. Ojos carmesí
inteligentes y penetrantes, pero incomprensivos también. Desesperada, tan cerca de
ceder a su propia histeria, Lex miró hacia la ventana, y vio el paisaje árido de
nuevo. Imágenes escalofriantes de fuego y hielo, esas criaturas horribles y sin alma
dando vueltas como moscas buscando carroña afuera, aunque las moscas tenían un
propósito más noble, eran una parte de la Naturaleza.

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Ella recordó de nuevo a los Oscuros que habían sido autorizados a entrar en
la cámara, el diluvio abrumador de desolación y de muerte en ellos. Ella no había
sentido ninguna obligación de aliviar su sufrimiento, porque no había nada para
ellos sino la muerte y el mal. Era la primera vez en su vida que se había sentido de
esa forma. Si esta era la única especie de este universo, y todo lo que él alguna vez
había conocido, ¿qué podría haber hecho para probar que podía vivir en ese otro
mundo?

—¿Por qué no pediste ayuda? —le preguntó ella.

Cuando volvió su atención de nuevo a él, pudo decir que lo había


sorprendido. Él todavía estaba en cuclillas en su estanque improvisado, con sus
dedos cerrados en su labio, sin verse afectado por el agudo borde metálico.
Tragándose sus miedos y consiguiente instinto, ella se obligó a retroceder al otro
lado de la bañera y puso la mano sobre la suya. Centrándose con fuerza en sus
manos y no en la sangre que manchaba su cuerpo, ella presionó sus dedos en el
espacio entre él, moviendo su atención allí, para no estar atrapada bajo el peso de
esa inquietante mirada.

—Cuando estuviste en mis sueños, ¿por qué no me pediste ayuda? —repitió


ella—. Soy su ahijada, después de todo.

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El Club de las Excomulgadas
—¿Por qué me ayudarías? No tienes ninguna razón para hacerlo, no hay
nada que ganar. —Él levantó un hombro—. Una vez que ella supiera que estaba en
tus sueños, habría sellado este camino para mí. Me ha tomado mucho tiempo
construirlo, desde que ella se fue de aquí.

Más de veinte años. Alexis no pudo envolver su mente alrededor de la idea


de dedicar veinte años a nada, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Starbucks,
obviamente, no había establecido una franquicia en este lugar. Mentalmente dio las
gracias a Clara por ayudarla a desarrollar un sentido del humor involuntario, que la
sostuviera a través de tiempos desprovistos completamente de él. Hasta ahora,
nunca se había dado cuenta de lo útil que podía ser en una situación de crisis.

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Dante se había levantado, para pasar a una rejilla construida con más
madera negra. Sostenía paños surtidos de dudosa limpieza y texturas, desde lana
hasta mezclilla. Él trajo de regreso una toalla improvisada.

—Voy a llevarte allí. —Señaló un manojo de trapos en un marco de madera,


algo entre un nido y una cama—. A menos que prefieras quedarte donde está tu
cola mojada.

—No, está bien. Sólo tengo que bajar por comida de vez en cuando. Esto no
tiene que estar sumergido. —El líquido algo viscoso estaba lejos de las acometidas
de agua fresca de su océano, así que, habiéndose limpiado la sangre, estaba más
que lista para salir. Entonces pensó en lo que podía desear si la depositaba en la
cama. El endurecimiento de su traidor cuerpo la alarmó aún más que sus
intenciones—. ¿Por qué me llevas ahí?

—Dijiste que no querías estar en el círculo, y que no deseas permanecer en el


estanque. A menos que quieras que te ponga sobre la piedra, es el mejor lugar.

Ella echó un vistazo a la silla de madera. Era imponente y un poco siniestra,


pudo ver la misma habilidad en la maraña de madera que en la espesura del bosque
negro brillante, que vio en la construcción de su “estanque”.

—No es eso. Puedo sentarme.

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El Club de las Excomulgadas
—Sólo yo me siento en esa silla. —Levantándola, la llevó hacia la cama.
Ella curvó la mano alrededor de su cuello, debajo de los hilos de su pelo, era el
lugar más obvio para agarrarse. Su cabello era realmente como la seda. Podía sentir
las cuerdas de músculos debajo de su suave piel tentadora. La Diosa me ayude. Su
magia no está sólo en sus hechizos mágicos.

—Podría sentarme en ella más tarde, y sostenerte en mi regazo, si lo deseas.


—Él parecía darle vueltas a esa idea en su mente—. Creo que me gustaría.

Lex tragó.

—¿Qué... hasta cuándo esperarás la respuesta de Mina?

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—Ssshh. Sólo existe el ahora.

Aunque era hija de padres extraordinarios, Alexis se dio cuenta que no era
inmune a los mecanismos de supervivencia de una víctima de secuestro. Tratar de
identificarse con su secuestrador era psicológicamente peligroso, igual que sentir
empatía por lo que no debería. Pero a diferencia de otras víctimas de secuestro, la
empatía era su extraordinaria capacidad. No sabía si eso la haría más vulnerable a
las trampas de los mecanismos de defensa, o si le daría fuerzas y armas que podrían
serle útiles. Por supuesto, como Dante había dicho, sólo tenía este momento, y
como no tenía nada mejor que hacer…

Como él podía oír sus pensamientos, no había disimulo, ni corrección en su


estrategia. Pero ella tampoco podía ocultar su confusión por la variedad de
reacciones que sentía ante él, y hasta ahora él no se había mostrado preocupado
con sus pensamientos, al menos no lo suficiente como para tomar represalias contra
ellos. Era desapasionado acerca de muchas cosas horribles, pero cuando llegaba a
ella, estaba lejos de ser desapasionado. Eso tenía que ser útil también, ¿no?

Cuando él se arrodilló para acostarla, ella notó que no tenía más problemas
para sostenerla que si hubiera estado llevando a una muñeca pequeña. Los
vampiros tenían una gran fuerza, o la tradición así lo decía. Por lo poco que sabía,

72
El Club de las Excomulgadas
eran considerados peligrosos e impredecibles y, como todas las criaturas que los
humanos consideraban sobrenaturales, no salían de su camino para hacerse notar.

—Si naciste aquí, ¿qué edad tenías cuando murió tu madre... ?

—Cuando la maté, tenía cerca de la mitad del tamaño tengo ahora.

Así que había sido un adolescente, tal vez de unos doce o trece años. Ella se
armó de valor.

—¿Por qué la mataste, Dante?

Acomodando la manta sobre ella, con consideración ajustó sus caderas para

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


que su cola se enderezara. Mientras ella se echaba hacia atrás, no tuvo tiempo para
plegar sus alas por debajo. Las andrajosas mantas olían a rancio, con persistentes
rastros de sangre, pero sospechaba que estaban tan limpias como era posible en este
lugar. El soporte de madera no era incómodo. Sólo lo que la rodeaba.

Cuando él la miró, le fue difícil no mirar hacia otro lado. Ella entendía los
pros y los contras de la empatía, pero ésta era incomprensible. Cuando él lo hizo,
con su rostro tan cerca, no pudo evitar pensar en el beso.

Quieres que te bese otra vez.

Haciendo caso omiso de su pensamiento, ella trató de comprenderse a sí


misma. ¿Era un shock, la forma en que su mente bloqueaba el verdadero horror de
lo que le había hecho a ella y a los demás? ¿Tenía algún sentido vivir, incluso en ese
momento, cuando la supervivencia era de suma importancia? Podría tener dilemas
morales más tarde. Por supuesto, ¿había sido más o menos lo que le había dicho a
ella antes, acerca de vivir el momento? ¿Tenía que llegar a ser él para sobrevivir a
esto?

Él le tocó la barbilla para que su mirada se levantara de donde había caído a


su pecho desnudo, volviendo a su rostro perfecto y sin alma. No, él tenía alma. Ese
era el problema. Ahí era donde un empático se conectaba. Sólo si ella dejaba que lo

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El Club de las Excomulgadas
que sentía la hiciera ajena a todo lo demás, sería culpable de los síndromes
destructivos que muchos cautivos utilizaban para sobrevivir. Si la utilizaba como la
herramienta que era, tan bien afinada como un pincel, entonces estaría bien.

El punto de conexión lógica la tranquilizó. Por desgracia, ese toque no lo


hizo. Y fue sólo el nudillo del dedo índice, lentamente siguiendo la línea de su
mandíbula. Arriba, hacia su oreja, con los otros dedos posándose en su garganta,
que le dieron el impulso de saltar. Cuando su dedo índice acarició la sensible
hendidura branquial justo debajo de su oreja, sus dedos se clavaron en el bulto de
trapos.

—Dante —se las arregló para decir— no has respondido a mi pregunta.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—¿A qué pregunta? —Inclinándose, él colocó sus labios sobre la ruta que sus
dedos habían trazado. Ella cogió una respiración a través de sus dientes apretados
mientras el brazo alrededor de su espalda se apretaba también, con lo que la parte
superior de su cuerpo quedó contra su pecho desnudo. Sus pechos se frotaron
contra el músculo duro. Lex se esforzó por enfocarse.

—Sabes qué. Sólo estás tratando de distraerme.

—No tengo necesidad de hacerlo. Sea cual fuera tu pregunta, te la contestaré


cuando quiera. Hasta entonces, sólo siente, Alexis.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre en voz alta, además de en los
sueños, y ella pensó desesperadamente que poseía todo el poder que la magia
afirmaba que provenía de darle a alguien su verdadero nombre. Alexis era el
nombre que ella le daba a los demás, pero tenía un nombre de nacimiento también.
Era conocido sólo por sus padres, además de Mina y David, como sus padrinos.
Había sido utilizado para hilar magia de protección a su alrededor al nacer, sólo
que no había sido suficiente, ¿no? Por supuesto, si fueron sus propios actos los que
la trajeron hasta aquí, tal vez tenía la culpa de haber anulado esas protecciones.

—Te gusté en tus sueños. Esperabas venir a mí. Entonces, ¿por qué no
quieres estar aquí ahora?

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El Club de las Excomulgadas
—No sabía que estabas perjudicando a los demás. No pensé que me
lastimarías.

A pesar del hecho de que su cuerpo estaba muy caliente por su toque, sus
propias palabras la detuvieron. No creía que alguien la lastimaría. Lo sabía. Incluso
sabía la diferencia entre la intención malévola, y alguien que, a causa de la locura
oscura de su mente, podría hacerle daño sin intención. En este punto, Dante podría
caer en una o en otra categoría.

Ella había tenido una vida de entrenamiento, y tenía que creer en eso. Él
tenía razón. No sólo quería estar con él, estaba segura de que era donde estaba
destinada a estar. Todavía lo sentía. ¿Por qué su intuición la había llevado hasta un

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


ser de oscuridad? A menos que fuera más que eso, que poseyera una luz oculta que
sólo ella podía encontrar.

Volviendo su atención hacia él, vio como sus ojos habían seguido cada
expresión de su rostro.

—No me harás daño.

—Sí, lo haré. Haré lo que tenga que hacer para salir de aquí.

—¿Lo sentirías realmente? —Ante su mirada de incomprensión, casi


desesperada, ella se aprovechó de otro pensamiento—: ¿Lo lamentarías, Dante? ¿Te
arrepentiste de matar a tu madre? ¿Te hizo sentir triste?

Él se apartó de ella, y la pérdida de su tacto fue asombrosa, sobre todo en


este entorno desolado. Mientras el cambio en su expresión lo hizo más salvaje,
también se vio más joven, lo que sugería que buscaba de nuevo a la versión anterior
de sí mismo.

—No. No lo lamento. Pero me puso triste. Porque me quedé solo entonces.


Siempre la tenían encadenada, porque era fuerte. No me di cuenta de que tenía su
misma fuerza, no durante mucho tiempo. A menudo ellos me negaban la sangre,
me mantenían débil para ocultar mis puntos fuertes, me tenían siempre

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El Club de las Excomulgadas
atemorizado. —Levantó una ceja, sus ojos carmesí brillaron—. Ahora no le temo a
nada.

Él se encogió de hombros.

—Ellos sabían lo suficiente acerca de los vampiros para mantenerla con


vida, durante años. Antes de morir, mi madre me pasó sus recuerdos, a través de su
sangre. También me habló de su mundo, cuando tuve la edad suficiente para
entender sus palabras. Me dijo que esa era mi casa, no este lugar. —Hubo un toque
de ira feroz como lava volcánica en su voz áspera, y luego se fue—. Un lugar de
hierba verde, de cielo azul.

Se acomodó entonces con una rodilla flexionada y la otra doblada bajo su

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


cuerpo. Debido a que los pantalones rasgados eran delgados, y que tocarla lo había
excitado, su órgano se perfilaba claramente. Recordando su invasión castigadora,
una parte de ella se estremeció, pero otra parte se contrajo y se humedeció, como si
lo buscara de nuevo.

—¿Qué quieres primero? —Él movió la mano hacia abajo para hacerse una
caricia explicita—. ¿Esto, o mis palabras?

—Tus palabras —replicó ella—. No quiero eso. Y sí, sé que dirás que es
mentira, pero como te dije antes, es biología. Anatomía.

—No, no es sólo eso. Es curiosidad. No esperaba que desearas esto tanto,


tampoco. —Después de esa declaración enigmática, él continuó—: Cuando su
mente se rompió, ella perdió las ganas de vivir. Dejó de hablarme. Era mi única
fuente de alimento en ese momento, pero...

Hizo una pausa y Alexis vio su expresión volverse más torturada, aunque él
parecía ahondar aún más profundamente, tal vez por sentimientos que no había
examinado durante mucho tiempo.

—Hubo un momento en que su importancia para mi supervivencia no


importó. No me gustaba verla de esa forma. La maté porque ella me rogó que lo

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El Club de las Excomulgadas
hiciera. Me dijo que me matara, también. Me dijo cómo hacerlo. Eso fue lo último
que me dijo.

Su mirada se estrechó sobre ella entonces.

—Puedo oír tus pensamientos. Esto te hace sentir triste, por mí.

—Sí —dijo ella con sinceridad—. Es realmente terrible. Ella debió amarte
mucho para resistir tanto tiempo como lo hizo. ¿Qué sucedió cuando la
encontraron muerta?

Él se encogió de hombros.

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—Me lastimaron más que de costumbre, durante un tiempo. Pero soy el
único niño que ha nacido aquí. Ningún cautivo ha sobrevivido nunca al mundo
oscuro más que por unos pocos días. Los humanos mueren en pocas horas.
Durante un tiempo, los Oscuros pensaron que habían encontrado la forma de
procrear, y trataron de atraer a más vampiros aquí, pero los pocos que encontraron
no concibieron y se dieron por vencidos. Mi madre me dijo que los niños vampiros
son extremadamente raros.

—Así que nunca has tenido mujeres aquí, a excepción de tu madre.

—No. —Negó—. La bruja vino aquí con su pareja. Ella le inyectó sangre
Oscura para que pudiera soportarlo. No llegué a tocarla, sin embargo. Pero cuando
los Oscuros se la llevaron a la cima de la torre oeste, un mechón de su cabello se
quedó atrapado en sus garras y flotó en el viento. Hacia mí. Se atoró alrededor de
mi mano. —Levantando los dedos, los estudió como si recordara la forma en que
se había visto—. Fue la base para el portal del sueño. Tuve que ser muy cuidadoso,
ya que ella es muy inteligente, la bruja. Pude ver su realidad, pero tuve que ser una
sombra, para que no se diera cuenta. La vi en tu nacimiento. La vi después,
involucrada en tu enseñanza. Vi que le gustabas, y que tú eras la cosa más débil que
le importaba.

—No soy débil —protestó ella.

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El Club de las Excomulgadas
Rodeando su delgada muñeca, él sujetó su brazo. Cuando ella trató de
soltarse del duro agarre, fue incapaz de moverse. Su toque no la hería, sólo la
abrumaba. Ella sintió su erección aumentar con su resistencia, y se le encogió el
estómago. El impresionante conjunto de músculos de su pecho se apretó también.

—No puedes triunfar contra mí.

—No con fuerza física. Pero podría azotarte el trasero con mi mente
completamente.

—No, no podrías. —Puso un codo junto a ella, tumbándose sobre la cadera,


en una desconcertante actitud informal que ella había visto asumir a los estudiantes
que estudiaban en el césped del campus en un bonito día. Aunque eso estaba tan

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


lejos de aquel ambiente como podía imaginar—. Usas tu mente para vivir —señaló
él—. La mía ha sido utilizada para sobrevivir, para planificar y destruir. Conquistar
e invadir.

Ella apretó los dientes. Era algo bueno que hubiera tenido trato con los
ángeles toda su vida. Jonah y toda su arrogante Legión de varones se definían con
una A mayúscula y parecía que los machos vampiro tenían una actitud similar,
aunque ella tenía que admitir que ambos tenían una razón. Dante no parecía
propenso a la exageración. Jonah tampoco. Las lágrimas pincharon sus ojos al
pensar en su padre, tan lejos. Cuando el miedo de una niña se levantó en su pecho,
ella lo rechazó, porque no podía permitirse eso aquí.

Dante se acercó más. En un rápido movimiento que ella no esperaba, la


había vuelto de lado, con lo que su cuerpo quedó apretado detrás de ella, con el
pecho apretado contra sus alas, con sus brazos alrededor de ella para tomar
posesión de sus pechos como en su sueño. Duras manos masculinas se cerraron en
la suave piel femenina, sus dedos acariciaron sus pezones de una manera que la
hizo arquearse y empujar sus caderas hacia atrás contra él en una respuesta
involuntaria.

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El Club de las Excomulgadas
Su aleta caudal era una pluma dorada, satinada como el cabello bajo el
agua. Sin agua para dejar que flotara, se plegaba en su contra. Ocultaba el canal
mojado de su sexo que se podía alcanzar a través de la superposición de las
escamas que eran allí más suaves, lo que permitía la penetración.

—Dante —dijo ella en silenciosa desesperación—. Estabas hablando de tu


madre. Y de cómo... me trajiste hasta aquí. —Ah, Diosa, se sentía muy, muy bien.
¿Qué pasaba con ella?

—Sí, pero no permitiré que tengas miedo. Esto te distrae de tu miedo.

—No lo permitirás, ¿o no puedes soportarlo? ¿Mi miedo te molesta, Dante?


—La palabra salió en otro jadeo. Mientras él movía una mano para atormentar su

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pecho y la otra se había deslizado detrás de ella, detrás de su espalda, a través de la
línea de plegado de sus alas, por la capa de escamas en sus caderas y nalgas. Como
si su mente fuera un mapa del tesoro que él leía tan fácilmente como un pirata
leería sus propios mapas, él movió su aleta caudal y encontró las escamas blandas,
acariciándolas y haciéndola temblar, y luego gritar en voz baja mientras sus dedos
se empujaban en el calor resbaladizo que lo esperaba.

—No es sólo biología —le susurró al oído, con un colmillo moviéndose por
su mejilla—. Biología sería si mi toque hiciera que te mojaras. Pero ya estabas
mojada antes de que mis dedos se empujaran dentro de ti. Esto es tu mente. Me
deseas. Tómame ahora, y deja de lado tu miedo.

La negación rozó sus labios, pero su orden le pareció extraña. Dante haría lo
que quisiera, pues según él, ella era suya. Y su posesión significaba más para él que
su condición de prisionera, porque era a aquello a lo que su cuerpo estaba
respondiendo.

Ella se había tensado automáticamente, recordando su invasión anterior,


pero esta vez, después de un breve ajuste de sus delgados pantalones, él se colocó a
sí mismo en la apertura de su sexo, un jugueteo sensual que hacía que ella se
ondulara en su contra. Él se movió contra ella, como si fueran dos criaturas del mar

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El Club de las Excomulgadas
de verdad, torciéndose en la corriente del océano. Lex no sabía lo que estaban
bailando en este momento, pero existía, incluso en este terrible lugar que ofrecía
nada más que este breve placer.

Él cruzó los brazos frente a ella otra vez, con una palma sosteniéndole cada
pecho, creando un baile único. Explorando y apretando, acariciando, pellizcando,
un profundo auto indulgente uso de su cuerpo para su placer que la ponía aún más
resbaladiza. Cuando se deslizó apenas en su interior, Alexis gimió, dando espasmos
contra su longitud. Una mano cayó, aplastando una palma contra su vientre, y él
notó el piercing en su ombligo, hoy era un pequeño delfín de plata con una piedra
de zafiro. Jugando con él, retorciéndolo, mojando su dedo en esa hendidura, sus
otros dedos se desplegaron bajo su pelvis. Ella debería haberlo previsto, pero se

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perdió en la sensación, así que cuando él utilizó la mano para empujarla todo el
camino hacia abajo sobre él, tomándolo profundamente, fue una lanza de placer
que arrancó otro grito de su garganta, no de dolor.

Esto es nuevo. No había conocido esto antes. La forma en que respondes a mí... es
como si no existiera nada más, pero de una manera diferente a vivir solo el momento. Este
momento es todo lo que es, nunca fue, ni será.

Debido a la maravilla fluida y poética de sus palabras, ella no estaba segura


de si estaba hablándole directamente a ella o había abierto su mente, lo que le
permitía aprovechar el flujo de sus pensamientos subconscientes. Debido a eso, ella
no puso en duda sus propias acciones. Alexis se estiró para volverse y encontrar su
rostro, pasando sus dedos por su pelo y aullando cuando él puso un caliente beso,
con la boca abierta en su muñeca. Ella se aferró a él, moviendo sus caderas más
duro.

Sí, eso me gusta. Deslízate arriba y abajo de mi polla.

Ahora que era una idea directa, por la nota de orden en ella, Lex espoleó su
propia reacción. Lo obedeció, pero como estaba cansada, su fuerza se hizo cargo,
ayudándola a seguir subiendo. Si bien el estrés y el miedo se le habían escurrido,
ella sabía que su fuerza física había sido minada por el veneno de este lugar. Le

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El Club de las Excomulgadas
había robado el aliento y la energía para llegar a la cima que su cuerpo
desesperadamente quería.

Su urgencia era propia de un incendio que se extendía a través de su sangre.


Cuando él inclinó la cabeza apretando los dientes en su cuello, ella dejó caer su
cabeza de vuelta en su hombro, abrumada. No me lastimará, no me lastimará...

Su cola siguió sus movimientos. Por lo general, habría sido un poderoso


músculo ayudándola a llevar su ritmo, pero ahora estaba a lo largo de su
pantorrilla, con las aletas de la cola desplegándose a sus pies, sobre los arcos fuertes
y callosos. Él estaba enterrado en sus alas, con sus hombros probablemente
incómodos por las capas de pálidas plumas. Un par de ellas flotaron pasando,

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


desalojadas por la intensidad de su acoplamiento. Maldita sea, la falta de oxígeno
estaba poniéndole las cosas grises en los bordes, y sin embargo estaba tan cerca.

Entonces él la mordió. Algo se liberó en su sangre que brilló mientras un


cosquilleo y el placer la sorprendían, con una quemadura después que intensificó la
experiencia. Una gota rodó por su garganta, pero al llegar a la curva de su pecho,
fue sólo su sangre mezclada con un color azul etéreo, casi recordándole el color de
la sangre de ángel. Fuera lo que fuese, era un afrodisíaco con toda la intimidad
emocional que una droga física carecía. De repente, ella se unió tan estrechamente
con él, que la sensación de su orgasmo la llevó al límite. Ella gimió, moviéndose
con él como si se tratara de un mismo cuerpo. Clara le había dicho que la búsqueda
del ritmo de la dicha se suponía que era a la vez divertida y frustrante para los dos
amantes. Por el contrario, con esta combinación, ella había sabido todo lo que
quería en un parpadeo al mismo tiempo que él, en una danza que ya estaba en su
cabeza, aprendiendo los pasos, por lo que giraron en medio de un terrible ardor y
dolor. Pero el calor sólo avivó la intensidad del orgasmo. Cuando lo vio abrirse
debajo de ella, se dio cuenta de la brecha de violencia y rabia, lo que estaba
contemplando era el nivel más profundo de la mente de Dante. Entonces todo fue
negro y tembloroso placer, mientras el clímax le robaba el aliento y se la comía con
su olvido.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Siete
—Jonah —advirtió Mina— no me hagas dejarte inconsciente.

En su forma humana, la cabeza de la bruja apenas llegaba a la mitad del


pecho de Jonah. Pero David no tenía ganas de reírse de la Bruja de Mar, y tampoco
nadie en la cueva submarina. Como Comandante de la Primera Legión, Jonah era
el segundo ángel más poderoso del ejército de la Diosa, capaz de destruir mundos
con apenas un pensamiento. Tan poderoso como era, Mina podía superarlo, sus
oscuros poderes eran capaces de consumir una galaxia.

—Esto no está ayudando —dijo David. Ya que normalmente era el

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silencioso, todos miraron hacia él. La mirada de David se encontró con la de
Jonah, asintiendo con un gesto hacia la repisa detrás de él, esperando que el
recuerdo le ayudara a conservar su auto-control. Anna estaba sentada allí, con la
cola sumergida en el agua que Mina había empujado hacia atrás con una campana
de aire así los ángeles reunidos podían permanecer de pie en las plataformas anchas
de piedra. Anna tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, la cabeza baja, como
si estuviera sumida profundamente en sus pensamientos. Los mechones dorados
eran tan largos que los rizos brillantes se acumulaban sobre su regazo, cubriendo
sus dedos.

Siempre había sido una criatura de alegría y de luz, de hecho era por su
propia naturaleza, que había logrado que Jonah se alejara de la oscuridad y de la
potencial destrucción del mundo cerca de veintiún años atrás. Pero ahora tenía una
mirada de angustia tan profunda, que David podía entender por qué Jonah estaba
dispuesto a destrozar cualquier cosa para recuperar a su hija. Eso, sumado a que el
Comandante quería a su hija profundamente. Alexis era el precioso símbolo de su
amor, transformándose en una mujer notablemente joven por la que estarían
dispuestos a morir para mantener a salvo.

Como lo harían todos los presentes, incluso su bruja irascible.

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El Club de las Excomulgadas
Ante ese pensamiento, David volvió la mirada hacia ella.

—Mina —dijo—. Diles lo que pasó, como me lo explicaste a mí.

Ella le lanzó una mirada quejumbrosa con sus inusuales ojos bicolores, una
joya azul, uno rojo carmesí. Mientras que Jonah usaría una rabia caliente y directa
que podría sacudir el firmamento como un terremoto, su bruja elegía la amarga ira
profundamente arraigada que se la comería viva. Cada uno de ellos tenía métodos
únicos para lidiar con el estrés. Ambos eran eficaces cuando lo canalizaban
adecuadamente, pero daba miedo cuando frotaban los bordes ásperos uno contra el
otro. Era una situación delicada. David podía manejar a Mina, pero manejar a
ambos era un asunto inquietante. Deseó que Lucifer estuviera aquí. El Señor de los

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Infiernos era lo suficientemente fuerte como para recordar al normalmente sensato
Jonah que tenía que pensar como jefe, no como padre.

—Está bien —Mina habló al fin—. De alguna manera, Dante llevó el cuerpo
físico de Alexis hacia el mundo Oscuro utilizando la magia de los sueños.

—Deberías haberlo matado cuando viste que estaba ganando poder en su


mundo —dijo Jonah con fuerza.

Mina arqueó una ceja.

—Estabas tan consciente de eso como yo, porque te he estado dando los
informes cuando veo ese mundo a través de mis visiones y la puerta. —Miró detrás
de ella, hacia un túnel oscuro.

En una época, Mina había vivido en estas cavernas submarinas, y esa había
sido su biblioteca. Ahora solo regresaba aquí para practicar hechizos que requerían
fuertes protecciones, este era uno de los lugares más densamente protegidos de la
Tierra, pues contenía el último portal físico hacia el peligroso Mundo Oscuro.
Durante más de dos décadas, lo había utilizado sólo como ventana de un solo
sentido, como había hecho referencia ahora.

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El Club de las Excomulgadas
—Obviamente, él ocultó mucho, porque es consciente de mi vigilancia. Esa
capacidad es tan impresionante como el portal del sueño. Tiene que haberse vuelto
mucho más poderoso en los últimos veinte años de lo que cualquiera de nosotros le
creyó capaz. Así que no arremetas demasiado con tu culpa, Comandante, hasta que
te azotes a ti primero.

Jonah hizo un ruido que resonó por las cavernas con la malevolencia mortal
de un Kraken volviendo a la vida. Mina siseó de nuevo, dejando al descubierto los
colmillos afilados que revelaban sus oscuros orígenes. Sus ojos azul y carmesí
brillaron en advertencia desde debajo de los mechones de cabello grueso y oscuro
dispersos por su frente. David se puso tenso.

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—Por favor, ya basta. Ambos —Anna, ahora cambiada a su forma humana
se movió a través de la roca, pasó a Jonah y agarró el brazo de Mina. Su rostro
estaba pálido pero decidido—. Mina, dinos qué hacer. No puedo soportar esto...
por favor.

Cuando Mina miró hacia Anna, el alivio barrió a David. La persona por la
que los dos compartían un amor profundo podía ser tan eficaz como Lucifer.
Temporalmente.

La Bruja de Mar suspiró.

—Para ser honesta, no estoy segura todavía. Él me envió un mensaje. Era


débil. Creo que agotó una gran parte de su fuerza hacerla cruzar. Tiene suerte de
que me haya llegado —se quejó, como si quisiera regañarlo como a un estudiante
imprudente—. Pero dice… —Vaciló bajo la mirada tensa de Anna—. “Quiero salir,
como lo prometiste. Esto prueba mi valor. Libérame, o ella morirá dentro de tus
cuarenta y ocho horas”.

David notó que no les dio el mensaje completo, como se lo había dado a él.
La parte que detallaba cómo moriría Alexis, dolorosa y lentamente. Su bruja había
avanzado mucho en veinte años. No tendría ninguna utilidad el compartir eso con
los agitados padres.

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El Club de las Excomulgadas
—Dejarlo salir —gruñó Jonah—. No tendrá tiempo para tomar ni una
respiración aquí.

—Alguien que usa la magia con la capacidad para hacer esto puede ser
capaz de mucho más. Una vez me subestimaste —le recordó Mina, con una burla
en su voz haciendo que David hiciera una mueca de dolor—. Si le abrimos una
brecha, podría traer al resto de los Oscuros con él. Aunque no sería más que una
fuerza menor, es posible que los haya dotado con más poderes de los que alguna
vez tuvieron, y sean formidables entonces. ¿Puedes arriesgar tanto en este mundo
por una vida?

Jonah gruñó.

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—Arriesgaré lo que sea necesario para traerla a casa.

—Es por eso que no eres quien debería tomar la decisión —dijo Mina sin
piedad.

Jonah escupió un torrente de insultos en el lenguaje de los ángeles antiguos


que fue creativo y aterrador. Mina permaneció impasible, esperando a que
terminara, y apretó los puños.

—Eres tan fría y despiadada como siempre, bruja —le espetó él—. Quizá
nuestro error no fue solamente dejarlo vivo a él.

David dio un paso adelante entonces.

—Ya está bien, mi señor. Ella tiene razón. Escúchate a ti mismo.

La mirada de Jonah se disparó hacia él. Una ráfaga de aire fresco, con tintes
de azufre, anunció otra llegada. Lucifer se materializó desde el agua, blandiendo su
guadaña. El rostro del ángel de la oscuridad era en conjunto frío. Jonah no se
volvió, manteniendo su atención en su lugarteniente.

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El Club de las Excomulgadas
—Ella está en ese mundo, David. Tú me dijiste como es ese mundo. ¿Has
olvidado que vi lo que te hicieron? Ella nunca ha conocido… desde el momento en
que nació, yo… Malditos sean todos, es nuestra hija.

El poderoso ángel se interrumpió bruscamente, alejándose de ellos. Jonah


había sufrido pérdidas durante demasiados años como comandante en batalla, ya
que era el ángel más viejo que no se encontraba sometido por completo. Había
tratado con las consecuencias de eso, pero nadie en la habitación necesitaba que le
dijeran que el amor de su compañera era lo que le había hecho volver a ellos. Era
una línea muy fina que todos recorrían, al luchar por la Legión.

David tragó y miró hacia otro lado, igual que los otros cuatro ángeles en la

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caverna. Marcellus era uno de ellos, el capitán era la mano derecha de Jonah hasta
que había estado a punto de ser asesinado en la Batalla de la Montaña. Llevaba
cicatrices que dificultaban su vuelo, por lo menos en una batalla completa, pero su
lealtad a Jonah le había traído aquí hoy. David sabía que la Legión entera estaría
en esta caverna si pudieran entrar.

Mientras esperaban incómodos a que su comandante controlara sus


emociones, Anna no tuvo tales reservas. Se reunió con él con los brazos abiertos,
sosteniéndolo mientras ella quedaba incluida en su abrazo, su cuerpo temblando en
sus brazos. Pero no dejó caer lágrimas, no ahora. La expresión de su rostro, la
determinación tensa, le recordó a David que a veces una madre mostraba una
fortaleza que podía superar a la del padre. No significaba que su dolor reprimido no
la rompería si perdían a Alexis. Y si perdían a Anna por ese tipo de dolor,
perderían a Jonah. En el rostro de Lucifer, vio ese mismo conocimiento.

Mina se movió en ese momento. En uno de sus actos inesperados de


compasión, tocó a Anna, llamando la atención de los padres de nuevo hacia ella,
aunque su expresión seguía siendo tan plana como siempre.

—Vamos a recuperarla. Es mi ahijada, y juré protegerla. Si no crees en mí,


cree en mi resolución, que como sabes es bastante formidable. —Una sonrisa cínica
torció sus labios entonces—. No he dicho que no tengamos opciones. Puedo

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El Club de las Excomulgadas
cruzarlos pero por separado, contenerlo a él, con una magia similar a la que él
utilizó. Pero hará falta mucha preparación.

En la mirada de Mina había una gran cantidad de cosas que David


comprendió y que nadie más hacía, incluyendo el hecho de que Jonah no era el
único que había visto lo que los Oscuros le habían hecho a David. Mina había
tenido un asiento de primera fila. Él sabía que el corazón de la bruja era suyo, así
como cada parte de él era de ella. Como resultado, cuando lo miró ahora, dejó que
ese conocimiento llenara su mirada. La tensión a través de su frente disminuyó.

—Te daré una lista de provisiones que necesitaré de nuestra casa. —Miró de
nuevo a Anna y a Jonah—. Necesitaré sangre de los dos, así como la mía. Será

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mucha —añadió, con su atención yendo a David otra vez—. Así que galletas y jugo
para Anna no estaría mal, y maná para reponer a Jonah cuando haya terminado.
También tengo que trabajar muy rápido sin tener tiempo para tranquilizar o
explicar a nadie lo que estoy haciendo, porque tomará horas prepararlo. En
cuarenta y ocho horas ella estará muerta, sin importar lo que él haga con ella.

—¿Por qué? —Anna agarró el brazo de la Bruja de Mar. En lugar de


apartarla lejos con el desdén que normalmente demostraba ante el contacto físico
no deseado, Mina cubrió la mano de la sirena con la suya, mirándola a los ojos
azules sin pestañear.

—Porque nada más que un Oscuro y Dante, pueden vivir en el Mundo


Oscuro más tiempo que eso. Drena la energía vital. Tú lo sabes —agregó en voz
baja—. Ella se está debilitando ya. Podría tener más tiempo si la está protegiendo
de alguna manera, pero conociendo a Dante, no contaría con eso.

Los labios de Anna temblaron, pero ella los afirmó.

—¿Estará bien, una vez que vuelva?

—Nos aseguramos de que regrese aquí, y luego nos preocuparemos por eso
—dijo Mina a su manera brusca habitual—. No hay nada que podamos hacer hasta
que la tengamos aquí.

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El Club de las Excomulgadas
—Muy bien, entonces. —La estrategia pragmática pareció motivar a Jonah.
Él mantuvo su brazo alrededor de Anna, mientras se volvía hacia Lucifer—. Sé la
respuesta, pero te lo preguntaré de todos modos.

Lucifer negó.

—La Dama envía su pesar y consuelo, pero sabes que Ella no puede tocar el
dominio del Mundo Oscuro. Mina es tu puerta de entrada. —El Señor del
Inframundo era el único ángel con luces de color carmesí en sus ojos oscuros, y los
puso ahora sobre la Bruja de Mar—. Aunque Ella dijo que si necesitas energía
adicional para apuntalar la tuya, sólo tienes llamar. Igual que todos nosotros, Ella
adora a la sirángel.

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Un sollozo estrangulado se escapó de Anna, y Jonah le puso una mano en
su cabello.

—¿Hay algún lugar donde ella pueda descansar, Mina, hasta este…?

—No —Anna capturó una curva del ala de Jonah, secándose los ojos con las
plumas antes de que pudieran caer lágrimas—. Estoy bien. Alexis necesita que esté
bien. No estoy llorando. —Apretó los dientes y trabó miradas con Mina—. Haz lo
que tengas que hacer para que mi hija esté lejos de ese hijo de puta, así mi pareja
podrá acabar con él de una vez por todas.

La ira violenta de la madre que rodó a través de la cueva era tan diferente de
la dulce voz de Anna, que un escalofrío onduló por la columna de David. Pero
Mina se limitó a asentir.

—Vamos a trabajar, entonces.

*****

Cuando Alexis despertó de su sopor post-coital, sus miembros se sentían


pesados. Era extraño sentirse molesta y sexualmente saciada a la vez. El rugido que
zumbaba era más fuerte en su cabeza, y tuvo dificultades para levantar la parte

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El Club de las Excomulgadas
superior del cuerpo. Pero se empujó hacia arriba, arrugando la nariz ante el hedor
de la sangre que parecía más pronunciado de lo que había sido cuando estaba
distraída por la seducción de Dante, o tal vez…

—Detente —gritó ella, pero ya era demasiado tarde.

El humanoide, que le recordó a Alexis los primeros neandertales que había


visto en fotos, era una mujer. Era obvio porque estaba desnuda, y había sido
violada, su sensible carne estaba desgarrada, con los muslos y las nalgas manchadas
con demasiada sangre como para que fuera de otra manera.

Sus pechos habían sido mordidos, rasgados. Yacía boca abajo junto al
círculo ritual, su cabeza estaba sobre la cuenca baja. Como resultado, estaba

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luchando, tratando de mantener la cabeza fuera de la sangre.

Dante tenía una rodilla en su espalda. Cuando Alexis gritó, él tomó un


mechón de cabello de la mujer, levantando su cabeza en un duro ángulo. El
cuchillo hizo que su intención fuera clara. Lex ya estaba fuera de la cama y en
movimiento, arrastrándose con la ayuda de sus brazos, agitando sus alas a pesar de
su debilidad.

Él fue mucho más rápido. La cuchillada eficiente cortó la garganta de la


mujer. La sangre brotó en el círculo, reabasteciendo la piscina. Alexis se detuvo,
congelada, mientras la vida se extinguía en los ojos de la joven. Ella sostuvo la
mirada horrorizada de Alexis hasta el final, como si supiera que era la única fuente
de misericordia en la habitación.

A pesar de que su cuerpo se sacudió, el alma luchando por liberarse, Dante


metió un trapo en la herida, empapándolo. Cuando dejó caer la cabeza, con un
líquido thunk, la cara aterrizó en la sangre, y Alexis se estremeció. Moviéndose
hacia la puerta sin prestar mayor atención a cualquiera de las dos féminas,
comenzó a renovar las anchas marcas trazadas allí, murmurando otro
encantamiento.

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El Club de las Excomulgadas
Alexis gateó al lado de la mujer y levantó su cabeza con ambas manos. Con
dificultad, se sostuvo en una mano y usó los dedos de la otra para limpiar los
párpados de la mujer para que pudiera verla. Lex puso una mano temblorosa sobre
el oloroso cabello lleno de sangre, sintiendo que el terror y el dolor de la mujer iba
menguando poco a poco con su vida. La debieron tratar de manera brutal en el
Mundo Oscuro, durante las horas en que ella dormía. Tráiganme más sangre, había
dicho Dante. No había especificado la forma en que tenía que ser tratada. Eso no le
importaba en absoluto.

—Lo siento. Vete en paz. —Mientras murmuraba la oración de paso que le


había enseñado el propio rey Neptuno, el corazón emitió su latido final, los ojos de
la mujer eran ahora un cristal vacío.

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Dante se arrodilló al otro lado de ella, sumergiendo la tela en la sangre fresca
de nuevo. Con un gruñido, Alexis se lanzó contra él, usando sus alas para llevarla
hacia arriba y sobre su cuerpo. Débil como estaba, no consiguió el espacio que
necesitaba, así que rodó contra su cuerpo como un tronco en su contra. Pero eso se
añadió a su sorpresa cuando se estrelló contra él.

Ella nunca había sido una criatura violenta. Obedientemente había


aprendido a protegerse a sí misma a través de las enseñanzas de Jonah y de ese
curso de autodefensa que había tomado con Clara, pero no tenía instinto asesino.
Ningún plan la impulsaba, ningún pensamiento de huida, sólo furia por lo que
había visto. La auto-repulsión galvanizó su ataque. Diosa, se había sentido unida a
él, conectada. Odiaba este lugar, quería ir a casa, no quería volver a soñar de
nuevo. Quería bañarse durante días. Quería cerrar los ojos, curvarse en una bola en
su cama, estar rodeada de sus animales de peluche, y no pensar hasta que todos los
terribles recuerdos de este lugar se fueran. Y nunca, nunca quería volver a oler
sangre de nuevo en su vida.

Mientras que Dante era mucho más rápido y más fuerte, ella tuvo la
satisfacción de hacer que cayera sobre su culo y darle varios, aunque ineficaces,
puñetazos en la cara, uno de los cuales causó que su colmillo apuñalara su labio y
creara un flujo de sangre.

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El Club de las Excomulgadas
—¿Por qué la has matado? —se lamentó hacia él—. Ella no te hizo nada.

En un destello de movimiento él la empujó, se levantó y la estrelló contra la


pared de piedra. Varios de los huesos delgados de su ala derecha se rompieron,
aplastados bajo ella. Ella gruñó de dolor, pero la adrenalina hizo que apenas lo
notara más que un instante. Desnudó sus dientes

—Eres un monstruo. Mina no debe liberarte. Debes estar encerrado en una


jaula.

—Estoy en una jaula. —Él la dejó caer, por lo que se desplomó en la piedra
a sus pies, con las extremidades de sus alas sobre sus hombros como una manta.
Sus escamas rasparon la piedra en bruto. Cuando él dio un paso atrás, sus ojos

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carmesí eran del color de las llamas, naranja y amarillo, su boca era una línea dura.

Él señaló hacia la puerta.

—Esos símbolos te protegen de lo que hay ahí fuera. Eso, y yo, son las
únicas cosas que te protegen de lo que le pasó a ella, de morir antes de que tengas
que hacerlo.

—No voy a agradecértelo cuando fuiste tú quien me trajo aquí en primer


lugar —replicó ella, parpadeando para contener las lágrimas—. Nunca quise que
mataras a nadie.

—¿Incluso para preservar tu propia vida?

—Yo no tengo ese derecho. Nadie tiene ese derecho.

Un músculo se dobló en su mandíbula.

—Eso es incorrecto, Alexis. En tu mundo, muchas vidas son tomadas todos


los días como una opción. Los animales, porque no pueden luchar. La gente, en las
guerras, o en defensa propia.

—Eso es diferente.

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El Club de las Excomulgadas
—Sí, lo es. —Él la inmovilizó con esa mirada dura—. Aquí sólo vives si
matas. Sólo sobrevives si matas. Sólo ganarás algo propio si matas. No voy a
permitir que te hagan daño.

—¿Qué pasa con ella? —Volvió a mirar a la mujer. Porque no quería estar
cerca de él, se arrastró hacia atrás a través del suelo. La mujer tenía los ojos azules,
igual que Anna, igual que ella—. ¿Qué pasa con su familia, de dónde viene? ¿Por
qué dejaste que los Oscuros la lastimaran primero?

—Porque hay un equilibrio aquí —dijo él rotundamente—. Estabas


despierta para verlo. Les doy lo que sea necesario con el fin de mantener el control
sobre ellos. Puedo ser más poderoso, más inteligente, pero si todos se vuelven

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contra mí a la vez, hay poco que pueda hacer contra ellos. Ahora quédate tranquila
y déjame terminar esto.

Él reanudó su espantosa tarea, dándole la espalda como si importara tan


poco como el cadáver que se enfriaba. Una herramienta para él. Alexis acarició a la
mujer, aturdida, estudiándola con fuerza para no tener que ver nada más. Esta seré
yo muy pronto. Dolorosa y lentamente… No sabía qué era más difícil: que su mente
procesara, lo que acababa de hacer, o lo que él sabía que le estaban haciendo
mientras había estado acariciando y excitando su carne.

—¿Acaso pensaste en ella? ¿Sentiste algún remordimiento?

Él se detuvo, con el brazo suspendido sobre su cabeza. La tela estaba tan


húmeda de sangre que goteaba por su antebrazo, pero no pareció darse cuenta de
ello.

—Remordimiento, arrepentimiento, tristeza. Misericordia y compasión.


Quieres que sienta todas esas cosas. ¿Alguna vez has violado a alguien para
demostrar que podías tener poder sobre ellos? ¿Matado a sangre fría porque se
interponían entre tú y la supervivencia?

Ella tragó.

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El Club de las Excomulgadas
—No. Ni siquiera puedo imaginar una cosa así.

Él se volvió entonces, inmovilizándola con su mirada.

—Entonces tienes la respuesta a tu pregunta. No puedes sentir lo que nunca


has conocido. Tampoco puedes emitir un juicio sobre ello.

Dicho eso regresó a la puerta. Alexis suspiró temblorosa, sus dedos se


hundieron en la roca fría, mientras trataba de respirar por la boca para no tener que
seguir inhalando el olor a sangre. Debería irse y acurrucarse en esos harapos,
apagar su mente y esperar la solución de esto sin hablar más con él. Jonah y Mina,
toda la hueste celestial, la rescatarían, o moriría y se terminaría.

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Pero no se sentaría a esperar a que la gente cuidara de ella. Sus padres
habían querido que se quedara en la seguridad de los Cielos o en el mar durante al
menos una década, pero ella había decidido ir por su cuenta, tomar forma humana
y vivir una vida humana.

Diosa Santa, era ridículo comparar ese tipo de valor a esto. En un momento
él estaba muy dentro de su alma, tocando algo indefinible pero que valía la pena
comprenderlo, un conocimiento difícil de alcanzar que la llamaba. Al momento
siguiente él era un monstruo brutal que ella no podía entender.

Pero ella siempre había confiado en su don. Anna tenía razón. Era mucho
más que un rasgo peculiar de personalidad. Era una bendición de la Diosa, para ser
usado para el bien. No sabemos el alcance de tus capacidades...

La Diosa podría no tener influencia en este mundo, pero eso no significaba


que no fuera parte del destino que se suponía que tenía que cumplir. ¿Quizás este
era el tipo de situación en la que se suponía que debía estirar sus habilidades al
máximo? ¿Qué tenía que perder?

La idea de concentrar su fuerza de luz aquí como lo hacía en su casa era un


esfuerzo hercúleo. Ya estaba débil. Pero infiernos, si iba a estar muerta en unas
pocas horas, un cortocircuito en su cerebro por un sobre esfuerzo era un problema

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El Club de las Excomulgadas
menor. Giró los zarcillos con esmero. Cuando los envió, se tejieron a lo largo de la
tierra como el paso concentrado de un ciempiés, por lo que no pudo lograr la
elevación normal para ellos.

La magia se atascó aún más en la sangre salpicada fuera del círculo. Lex
vaciló, recordando los ojos asustados de la mujer moribunda, pero luego le dio otro
empuje más duro. Cuando finalmente llegó a los talones de Dante, cerró los ojos,
dejando todo lo demás fuera, todas las cosas terribles que había experimentado
aquí, incluso la debilidad de su propio cuerpo.

El lado pasivo de su don y de la luz del ángel era lo que atraía


inconscientemente la vida hacia ella, como Branson había observado con alegría.

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Sólo había pasado hacia unas horas y, sin embargo, el recuerdo parecía de hacía
una década. También podía ofrecer consuelo a un alma enferma, la luz que los
guiara por un mejor camino. Mina le había dicho que, además de su don y luz de
ángel, Lex tenía la bondad innata que su madre llevaba. La bruja lo había
comparado con un virus que infectaba todo lo que tocaba. Dado que su madre se
había visto simplemente divertida, Lex asumía que eso era algún tipo de elogio por
parte de Mina.

No tenía que ver la luz para saber dónde estaba. Su subconsciente la sentía
enroscándose alrededor de sus pantorrillas acordonadas, de sus muslos magros y de
la dura parte superior de su cuerpo. ¿Él nunca se relajaría? ¿Cómo podría? ¿Cómo
había sobrevivido un niño aquí?

Era un recordatorio de que no sólo su empatía se abría a su objetivo, sino


que también abría su corazón a una comprensión más profunda del alma. El poder
estaba en la sinergia entre los dos. Aún vibraba con el horror de su crimen, sabía
que nunca había necesitado más el toque sanador de ese conocimiento, para ella
misma más que para él.

Diosa, dame el valor para abrirme a él, cuando todo lo que quiero es escapar.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Ocho
Dante volvió a marcar los símbolos, decidido a no mirarla. No tenía la
intención de hacerle daño. Sabía que se había roto el ala. Cuando le había atacado,
no había sido lo suficientemente fuerte como para hacerle ningún daño. Su reacción
había sido demasiado emocional, descontrolada. La forma en que ella lo miraba,
cuando él estaba haciendo todo lo posible para protegerla, le desagradó. Quería
regresarla segura a su mundo. No quería que muriera. No había tenido ningún
deseo de matar al humanoide femenino. Era simplemente necesario. Eso era todo
lo que había allí.

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Los sentimientos de Alexis no eran incomprensibles para él. A través del
conocimiento de su mundo, sabía cómo podía ser la vida allí. Aunque parecía un
sueño lejano, tan opuesto a su existencia aquí, era su realidad. Ella no podría
entender la suya, y eso lo hacía sentir… vacío.

No, no había pensado en que el humanoide estaba siendo tratado


brutalmente antes de que lo llevaran ante él. Él había sufrido esa brutalidad durante
décadas antes de ganar una ventaja. ¿Por qué escatimar su simpatía por esa criatura
que solo lo había experimentado durante apenas una de las horas de Alexis, antes
de que se la entregaran y él rápida y eficientemente pusiera fin a su vida? Un
pequeño intercambio para mantener el equilibrio de poder en su mundo.

El terror de Alexis, las lágrimas en sus ojos, la repulsión cuando lo había


mirado… Lo que más le incomodaba era no saber porqué le molestaba. Le gustaba
más cuando lo miraba con un interés cauteloso, o le hacía preguntas. Quería que
ella volviera a eso.

Su necesidad de astucia, los recuerdos de su madre y los Seres Oscuros del


escalón más alto habían perfeccionado su intelecto, pero no había nadie con quien
tener conversación. Durante años había practicado hablar consigo mismo, para
poder sonar inteligente y preciso, igual que su madre antes de que su mente se
rompiera.

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El Club de las Excomulgadas
Pero Alexis era real, estaba aquí y podía hablar con ella. Pronto él estaría en
un mundo en el que tendría muchas conversaciones, pero quería hablar con ella.
Esa perturbadora impaciencia regresó, la falta de moderación que sabía era
peligrosa. Cuando se trataba de ella, no estaba dispuesto a ponerse freno, sin
importar cuanto lo intentara. Le hacía sentirse conectado de una manera que nunca
había experimentado.

También le gustaba cómo actuaba cuando él la tocaba, la excitaba. Su


hambre de hacerlo una y otra vez era inquietante. Pero no era la parte física del
acto lo que mantenía esa fascinación, aunque era suficiente para distraerlo. La prisa
de la sensación física se convertía en algo más que una escalada. O más bien, se
entrelazaba con algo en su interior, una maraña de emociones que no entendía.

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Tanto como quería liberarse de este mundo, se encontraba deseando poderlas
explicar definitivamente en este momento. Entonces, el mundo de ella y su mundo,
nada de eso importaría, porque no habría nada más importante, nada que le
preocupara de nuevo. Tal como le había dicho a Lex en su mente. No había
esperado compartir eso con ella, tampoco.

Era una locura peligrosa. Todo en su mundo era acerca del control, del
enfoque, de la vigilancia. Ir a la deriva confundido, saturado de una nube de lujuria
era un camino seguro hacia el desastre.

Entonces sintió su tacto.

No su toque físico. Dado su último ataque, era muy consciente de su


proximidad en la cámara, pero se había quedado fuera de su cabeza, sin querer oír
las desaprobaciones en su contra. Pero éste era su don, su contacto empático. Él se
puso rígido, con la intención de poner una protección en sí mismo, pero en cambio
esperó, flotando en la indecisión, mientras el calor de ella se deslizaba sobre su piel.
Se acurrucó profundamente, llegando a las zonas frías y oscuras, buscando, igual
que sus dedos suaves habían buscado su rostro, descubriéndolo.

Cuando él se giró lejos de la puerta para mirarla, vio que se había movido
hacia la cama y estaba sentada, con su ala rota en un ángulo cuidadoso, con la otra

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El Club de las Excomulgadas
doblada y presionada contra su cuerpo. Su cola era una curva de color rojo y
dorado, adornada con aletas doradas. Su belleza estaba intensificada por el
contraste con su inmundo entorno. Algo se retorció en su pecho. Debería haber
hecho más para preparar la cámara para ella.

—Estoy tratando de entender —dijo ella. Él oyó el grosor de su voz, vio el


esfuerzo en su tensa cara por ejercer su magia aquí, en un lugar que rechazaba a los
ángeles, a los humanos… a cualquier cosa, en realidad, excepto a los Oscuros, y a
una cría especial que había nacido de un vampiro y de un Oscuro—. Quiero
entender. ¿Me llevarías afuera?

Él hizo una pausa, sin saber al principio si le había oído bien.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—No, no es seguro para ti salir ahí afuera. No hay protecciones. Te
debilitarías aún más rápido.

La comprensión brilló en su mirada. Saber cuan asustada y frágil estaba,


hacía que a regañadientes admirara su capacidad para mantener su valor, mantener
la compostura y pensar.

—Eso es lo que querías decir, ¿no? Que moriré lenta y dolorosamente,


porque no puedo vivir aquí, no porque me vayas a torturar o matar tu mismo.

—Por supuesto. —Él ladeó la cabeza—. No tengo ninguna intención de


torturarte.

—Por supuesto —murmuró ella, y una amarga sonrisa tiró de su boca—.


Correré el riesgo. Tengo que ver tu mundo. ¿Puedes llevarme afuera por un rato?

Él lo consideró.

—Hay un lugar cerca de esta torre a donde podría llevarte. La ruta en el


medio no está protegida contra la energía del Mundo Oscuro como este lugar, pero
una vez que lleguemos allí, lo estará. Los Oscuros podrán verte, sin embargo, y tú
podrás verlos.

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El Club de las Excomulgadas
Ella se mordió el labio.

—No podrán acercarse a mí, ¿o sí?

—No lo permitiré. —La agresividad se apoderó de él ante la idea,


recordando al que la había tocado en el círculo. La vio parpadear ante su reacción y
él enderezó los dedos—. Pero todavía podrán acercarse lo suficiente como para
inquietarte.

—Bueno, eso será un cambio. Todo en esta montaña rusa ha sido tan
relajante. —Una risa ahogada salió por el nudo en su garganta.

—¿Montaña rusa?

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Es una atracción del parque de atracciones. —Ella pareció buscar la
explicación correcta, pero él vio la imagen en su cabeza y se enderezó, con los ojos
muy abiertos.

—¿Por qué la gente monta en eso?

—Un parque de atracciones es un lugar a donde la gente va a divertirse, a


jugar juegos. Vaya, sacaste eso directamente de mi cabeza. —Mientras hacía un
débil intento de otra sonrisa, notó que estaba luchando para no dejar que sus ojos
fueran atraídos hacia el círculo. Él debió librarse del sacrificio. Enviaría un mensaje
a Epherius para que lo hiciera mientras ellos no estaban—. ¿Hubo algún momento,
tal vez cuando eras joven y tu madre estaba viva, que creaste alguna especie de
juego? —Ante su mirada en blanco, ella siguió—: ¿Una manera de pasar el tiempo,
o para olvidar por un momento lo horribles que eran las cosas aquí? Quiero decir,
crees que es horrible aquí, de lo contrario no estarías tratando tan duramente de
irte, ¿verdad?

—Sí, Alexis. —Prefería que tuviera su mente ocupada de esa manera y no


deteniéndose en lo monstruoso que él era—. Todo lo que he hecho durante los
últimos veinte años, todo, ha sido hacia ese final. No hay juegos que te hagan
olvidar que estas aquí.

98
El Club de las Excomulgadas
Pero Dante quería que esa mirada de repugnancia en sus ojos se fuera, por lo
que se esforzó a pensar en aquellos años que había olvidado.

—Creo que... sí, había algo como lo que tú describes. Yo acarreaba palos y
piedras y creaba pequeños refugios con ellos. No eran más grandes que mi mano
entonces, porque si algo era notado por los Oscuros podía ser destruido. Imaginaba
cómo podría hacer los refugios más sólidos, si podía hacerlos más grandes, para
que nadie pudiera alcanzarme. Puse marsmas dentro de los finalizados. Parecían
gustarles.

—¿Marsmas?

Sus cejas se levantaron y dejó a un lado la tela. Haciendo una pausa después

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de pensarlo un momento, él se enjuagó las manos en el agua de su estanque
improvisado antes de llegar hasta ella, poniéndose en cuclillas a su lado. Alargó la
mano y tocó sus escamas, sintió el extraño efecto dominó de deslizarla sobre la
cubierta de capas por encima de su cadera. Ella se estremeció, pero su mente era
una maraña confusa. Su cuerpo quería que la tocara, pero su mente se rebelaba.
Decidió centrarse en lo anterior y encontrar la manera de alejar los últimos
sentimientos. Parecía más tranquila cuando hablaba de cosas como esa, así que él
continuó:

—Son criaturas pequeñas, tan pequeñas que pueden sentarse en tu mano. Su


piel es venenosa y muerden. Tienen dientes casi tan largos como los míos, en
proporción a sus cuerpos. Pero si no los asustas, a veces no lo hacen. Prefieren
escapar en lugar de pelear. Tienen piernas largas y poderosas que se doblan y
pueden saltar grandes distancias.

—Ranas —dijo ella de pronto, de nuevo con esa tensa sonrisa extraña, algo
se agitó en el pecho de Dante al verla y deseo que siguiera haciéndolo—. Tienes
ranas. O algunas criaturas con forma de rana. Las nuestras no tienen colmillos,
aunque creo que algunas segregan veneno de su piel. Estabas construyendo casas
para las ranas. Nosotros hacemos eso, también, porque las ranas son buenas para
tenerlas en los jardines. Se alimentan de insectos.

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El Club de las Excomulgadas
—¿Jardines? Sé lo que son —hizo una pausa, un sentimiento confuso, más
ligero, saltó a través de su pecho como una de las marsmas—. Tengo uno.

*****

Cuando ella había dicho la palabra jardines, él le había aplastado la mano,


apretándola sobre su cadera. Afortunadamente, estaba tan cerca que bloqueó a la
hembra muerta detrás de él, así le era más fácil concentrarse. Dejando a un lado la
culpa por la reacción de su cuerpo ante su toque, sabiendo que la supervivencia era
lo más importante aquí, se recordó una vez más que la única arma que tenía era su
mente. Su luz angelical seguía jugando a su alrededor como niebla, lo que también
ayudaba.

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—¿Tienes un jardín, aquí?

—Nada crece aquí, pero he hecho algo parecido. Como el estanque. —Su
rostro se cerró—. Pero no te gustará.

Su decepción, anticipando su rechazo, hizo que ella tragara y se


sorprendiera por la emoción que había sentido en él. Era la más amplia gama de
emociones que había mostrado hasta ahora.

—¿Por qué crees que no me gustaría?

—Lo he creado a partir de lo que tenía. De cosas que... los otros trajeron
aquí.

Ella pensó entonces en su "estanque", y en el pelo con el que había formado


la hierba que lo rodeaba. Él tenía razón. Ella no quería verlo. Pero necesitaba
hacerlo.

—Llévame a él. Por favor.

Él se encontró con su mirada.

100
El Club de las Excomulgadas
—Sabes que puedo escuchar tus pensamientos. No quieres verlo. Estás
tratando de encontrar la manera de salvarte. ¿Crees que puedes engañarme o
atraparme? Aunque tuvieras éxito, acabarías muriendo de forma mucho más
horrible sin mi protección.

—Puedes oír mis pensamientos, pero mis sentimientos te confunden. —Ella


obligó a su voz a permanecer estable en reacción a la cruel acusación impasible. El
parpadeo resultante en su mirada se lo confirmó: sus emociones eran un paisaje
ajeno a él. Aunque no podía bloquear el pensamiento de que su falta de
comprensión la tranquilizaba, pretendía más cosas además de buscar una vía de
escape. Ella podía darse cuenta de que él era lo suficientemente inteligente como
para sentir eso—. Estoy tratando de entenderte.

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—¿Por qué? ¿Qué ventaja te da?

Ella ya había visto su lado astuto. Mientras su franca honestidad podía ser
tan inquietante, ahora le resultaba útil.

—Entenderte me hace sentir con más control en una situación incontrolable,


y eso me impide enloquecer. Pero yo... mi don es la empatía, Dante. Siento lo que
la gente siente, conozco sus estados de ánimo, su oscuridad y su luz. Y tú tienes
una extraña combinación. Muy poca luz —admitió—. Pero lo que hay ahí, cuando
sale, es una llama que arde tan duro y fuerte… —Que no puedo resistirla, casi le dijo.
Luego maldijo cuando se dio cuenta de que no tenía que hacerlo, pero la mirada en
sus ojos cambió tan pronto como tuvo la idea—. Me confundes, y lo que me
confunde, quiero entenderlo.

—Siento lo mismo por ti—dijo él lentamente—. Estás aquí porque te


necesito para salir de este lugar. Pero en los sueños, y ahora aquí… La forma en
que me haces sentir… No lo entiendo.

Por qué eso hacía que su aliento se quedara atrapado y su corazón doliera,
no lo sabía. Tal vez más por la misma confusión. Se obligó a si misma a empujarlo
a un lado, sabiendo que estaban en una buena racha, esperando una dirección

101
El Club de las Excomulgadas
positiva. Clara se estaría riendo sobre su culo justo ahora “Lex, la eterna optimista,
aún en las entrañas del Mundo Oscuro”.

—Debes pensar que no soy una amenaza, si me estás diciendo eso.

—Toda persona tiene el potencial de ser una amenaza, Alexis —su respuesta
la sorprendió— el que parece más débil puede ser el más peligroso de todos. Los
Oscuros que están aquí aprendieron eso de mí. No te subestimo, pero estoy en tu
cabeza, y no siento ninguna falsedad en tu caso. Todavía no.

Su expresión se endureció, lo que reflejó la rapidez con la que la oscuridad


podía tragarse ese ardiente punto de luz dentro de él otra vez. Era como la luz de
un faro en un mar agitado por la tormenta, sólo visible cuando la furia de las olas

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permitía un atisbo de ella. El cuento de hadas de La bella y la bestia pasó por su
cabeza otra vez. Qué sencillo lo había hecho Disney, resolviendo las disfunciones
de la Bestia en poco más de noventa minutos.

—¿La Bella y la Bestia? —Su ceño se frunció, lo que tuvo el efecto


desesperante de hacerlo verse aún más atractivo. Él tenía que ser un vampiro, para
vivir en un mundo de violencia y crueldad, y no tener ni una sola cicatriz en él. Sólo
en el exterior, su mente le susurró a ella. Puedes ver el interior. El interior estaba
maltratado y roto, lisiado y salvaje. Sin embargo, ella se sentía atraída a ello como
lo estaba a la belleza de su exterior.

—Es un cuento de hadas. —Había libros en la cámara, tomos pesados que


parecían ser los grimorios mágicos a los que él había hecho referencia
anteriormente, pertenecientes a los Oscuros muertos que Mina había destruido
hacía mucho tiempo. ¿Los Seres Oscuros creaban los libros, o todos eran robados,
rescatados?

—Robados —respondió él en su mente—. Los Oscuros rara vez crean.


Viajaban a otros mundos y robaban. Eso, hasta que la bruja hizo que eso fuera muy
difícil para ellos.

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El Club de las Excomulgadas
—¿Pero no fue algo bueno? Ellos matan y destruyen cuando van a otros
mundos.

—No fue algo bueno, porque yo ya no podía ver nada más que este mundo.
¿Sabes lo que se siente al estar encerrado en un ataúd, Alexis?

—Este mundo es mucho más grande que un ataúd.

—No —negó él—. No lo es.

—¿Cómo aprendiste a hablar así? —Ella hizo una mueca cuando sus alas se
deslizaron a través de la piedra. Debido a la fractura, era doloroso moverla sin
ayuda, y no podía llegar a su espalda para hacerlo. Diosa, deseaba poder cambiar.

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Primero la bañera, ahora esto.

—Aquí, quédate quieta. —Al llegar a ella, llevó su torso cerca de su cara—.
Apóyate en mi contra. —Cuando ella vaciló, él deslizó una mano bajo su brazo
hasta su espalda, la bajó hacia delante para que su frente estuviera tocando su
hombro ancho, desnudo. Él no olía a limpio, ni por asomo, pero no parecía
importar. Su cercanía le afectaba, y ella tuvo que reprimir el impulso de presionar
su cara en su hombro, de buscar consuelo en quien le causaba angustia. La locura
de eso iba a… bien, a volverla loca.

—¿Por qué te niegas a ti misma? —Ese tono de terciopelo surgió,


acariciando aún más sus nervios—. Como dije…

—Sí, lo sé. En lugar de caer yo misma en un soporífero miedo por lo que


pueda pasar, debería ir al modo hipersónico de aprovechar el momento —le espetó
ella—. Pero tengo que darle sentido a esto. A ti, la forma en que actúas es contraria
a todo lo que conozco que es correcto y bueno. Sentirme atraída por ti a pesar de
eso, es un poco inquietante para mí.

—La vida es un caos aleatorio. Tratar de darle sentido, por su naturaleza, no


tiene sentido. —Él deslizó sus dedos por sus plumas, debajo de la zona rota, y ella
se tensó.

103
El Club de las Excomulgadas
—No te haré daño —dijo Dante—. Dime lo que necesitas.

—Por favor, ayúdame a moverla a una posición medio doblada.

Demostrando exactamente por qué la inquietaba, el ser que había arrancado


la cabeza a un poderoso Oscuro y que acababa de cortar la garganta de una mujer,
la manejaba con suavidad notable, causándole las mínimas molestias.

—Todavía no me has dicho acerca de La bella y la bestia.

—Dime por qué hablas como un graduado de Harvard... porque parece que
estás bien educado.

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—Mi madre estaba muy bien educada. —Él se sentó sobre los talones otra
vez. Ella se había dado cuenta de que no siempre la miraba a los ojos cuando
hablaba, prefiriendo contemplar las alas, la cola, toda la zona de en medio, con una
profunda atención que hubiera sido halagadora si no se extendiera un calor
inquietante sobre su piel e hiciera que sus terminaciones nerviosas cosquillearan.

Diosa, Alexis. Mujer muerta, justo detrás de él. Cap-tor, dos sílabas.

Quería golpearlo por las chispas en sus ojos, revelar sus descarriados
pensamientos hormonales había captado su interés masculino. Pero contestó a su
pregunta.

—Si ellos usan la energía de su alma, un vampiro puede transferir todo su


conocimiento a otro directamente antes de morir. Cuesta un poco asimilarlo. Yo
estuve muy enojado durante un tiempo. —Levantó una ceja, leyendo sus
pensamientos—. Incluso más de lo que percibes ahora. Como dijiste, aquí todo es
diferente de lo que has conocido. Para mí era lo mismo, la comprensión de las
imágenes de su vida, los pensamientos que tenía. Algunas partes aún no están
claras, sobre todo las cosas que eran más intuitivas de quien era ella que al
conocimiento consciente, cosas acerca de ser un vampiro. —Su mirada barrió la
cámara—. Hubo una vez en que maldije lo que ella me dio. Mi deseo de escapar se
convirtió en algo mucho más grande.

104
El Club de las Excomulgadas
—Y ese deseo te llevó a hacer lo que fuera necesario —murmuró Lex. Se dio
cuenta de que todavía estaba inclinada hacia adelante en su cuerpo, con sus manos
aferradas a sus bíceps. Sus palmas estaban debajo de sus codos. Sus cuerpos
formaban una tienda de campaña tranquila, aún allí, y ella fue reacia a retirarse a
pesar de sus siguientes palabras—: Incluido el hacerme daño.

—Tomarte —la corrigió él—. No tengo ningún deseo de hacerte daño. ¿La
bella y la bestia? —le espetó.

—En un minuto. ¿Ella agotó la energía de su alma? ¿Quieres decir que


destruyó su alma para darte ese conocimiento?

—Sí. Fue lógico hacerlo. Ella no tenía ningún uso para eso después de la

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muerte.

Alexis lo miró.

—Pero ¿qué pasa con la otra vida? —A su reacción desconcertada, Alexis se


dio cuenta de que no estaba lista para una discusión de teología, al menos no aquí.
Se había preguntado si la Diosa tenía influencia en este lugar desolado—. La bella y
la bestia es una historia, un cuento de hadas —repitió— ¿tu madre te contó alguno?

Él negó. Su mirada expectante le recordó a los manatíes, la forma en que


nadaban por la mañana cuando el personal llegaba, sus brillantes ojos vívidamente
curiosos por todo lo nuevo y pequeño que se les presentaba ese día. En su gran
medio ambiente demasiado limitado, algo diferente era de agradecer.

—Los cuentos de hadas ahora son considerados cuentos infantiles —dijo


ella, haciendo una pausa mientras él movía la mano apoyada en su cadera a su
abdomen, acariciando distraídamente su carne desnuda y jugando con la joyería de
su ombligo—. Tienen la intención de enseñar lecciones morales a la gente. Pero el
tiempo los ha hecho más fantasiosos, más atractivos para los niños. De todos
modos, esta es la versión corta.

—Quiero la más larga.

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El Club de las Excomulgadas
—Me resulta difícil hablar durante mucho tiempo —dijo ella, no sin pesar—.
Es difícil respirar.

—Oh. Corto está bien, entonces.

Sin embargo, debido a la decepción que vio en su mirada, Alexis pasó más
tiempo con él de lo que había previsto. Ella creó el cuento y pintó las escenas,
incluso cuando tuvo que parar un par de veces para recuperar el aliento, apretando
la frente contra su hombro de nuevo cuando tenía que apoyar la cabeza porque le
daba vueltas. Durante ese tiempo él nunca dejó de mover las manos, explorándola.
Acariciando su cabello, aprendiendo la forma de su cráneo. Jugando con la curva
de su columna, con la parte baja de su espalda. Pasando los dedos por sus escamas.

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Era excitante, pero Lex no sentía que fuera su intención. Él necesitaba tocarla, sin
inquietarla más.

—En una versión, mientras la Bestia pasaba tiempo con la Bella, siguió
rogándole que se casara con él, pero ella no podía superar su apariencia. Hasta que
se dio cuenta de que él iba a morir con el corazón roto a causa de su amor retenido.
Entonces ella se dio cuenta de cuánto la necesitaba, y eso cambió sus sentimientos.
Accedió, y cuando lo hizo, su encantamiento se rompió. Ella descubrió que la
Bestia era en realidad el Príncipe que había estado hablando con ella en sus sueños
todo el tiempo, rogándole que no se dejara engañar por las apariencias —vaciló en
eso, entonces siguió adelante—: Hay otra versión, donde la Bestia es una cosa
terrible, siempre de mal humor que perdona la vida a su padre solo si ella está de
acuerdo en quedarse con él. A través de su amor y bondad, aprende a ser un alma
mejor, por lo que la libera, en lugar de mantenerla cautiva.

—¿Él la deja ir, a pesar de que ella era lo que más quería?

Alexis asintió.

—Es cuando él la libera que realmente captura su corazón.

Dante frunció el ceño.

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El Club de las Excomulgadas
—Esa mujer parece difícil de entender.

—La Bestia se dio cuenta, que si quería mantener para siempre a Bella, tenía
que demostrarle que su felicidad era más importante para él que la suya. Eso
permitió que ella lo amara.

—Hmm. Tal vez cuando la bruja me libere, me puedas leer las versiones
completas de la historia.

Si ellos tenían que traerlo para rescatarla, ¿de verdad creía que lo dejarían ir,
que le darían el paquete de bienvenida a la Tierra y lo enviarían de paseo?

Alexis se echó atrás ante el cambio en su expresión, de intrigado oyente a

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captor prohibitivo.

—Me gustaría que dejaras de hacer eso —dijo desesperadamente.

Él se puso de pie, por encima de ella.

—Si me dejan salir fuera de este mundo, haré lo que quiera. Ellos se
arrepentirán si se interponen en mi camino.

—No. —Si él luchaba contra ellos, Mina y su padre podrían matarlo. O


podrían terminar matándose unos a otros. Dante ya había demostrado más recursos
de los que ella estaba segura que Mina había anticipado. Gracias a la voluntad de
su madre de sacrificar su alma para darle a su hijo su inteligencia escolarizada, él
no era un estúpido ni un Oscuro impulsado por la sed de sangre.

Ella maldijo su incapacidad para estar de pie con piernas humanas, odiaba
estar atrapada en su forma de sirena sin la propulsión del agua. Y ahora, con su ala
herida, su capacidad de volar se veía obstaculizada. Ante su rostro iracundo, eso la
hacía sentir mucho más indefensa.

—Sácame de esta habitación —murmuró ella, luchando de nuevo—. Por


favor. Muéstrame el jardín.

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El Club de las Excomulgadas
Él murmuró algo vil y fuerte, haciéndola estremecer cuando se movió.
Girando sobre sus talones, se dirigió al otro lado de la habitación. Se sentó en el
borde de la silla, con el cuerpo tenso y su expresión oscura.

—¿Por qué me detendrían? Tienen todo un mundo. ¿Por qué no iban a


dejarme en paz?

—Estarán preocupados por lo que puedes hacer. Los Oscuros son asesinos
violentos. Tú... —Sabiendo que arriesgaba su ira, ella movió su mirada
significativamente hacia el círculo y a la hembra muerta—. Ellos no conocen tus
intenciones. Lo que deseas. ¿Qué quieres hacer allí, Dante?

Él sostuvo la postura de cara de piedra, a excepción de un temblor a través

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de sus miembros que ella reconoció como un intento de contener su reacción.

Sus dedos se cerraron en la ropa de cama. A pesar de su deseo declarado de


no lastimarla, ella sospechaba que podría estar a corta distancia de ser
descuartizada. El peligro y la furia que emanaban de él eran equitativos a la tarea y
más. Su miedo por Mina y su padre subió varios escalones. Quizás Mina tenía
razón al pensar que él debería estar encerrado en este mundo.

Alexis tomó aire abatida, pero había ganado un descanso. Al parecer, Dante
no estaba escuchando sus pensamientos mientras reflexionaba. Tal vez no tenía un
botón de rebobinado en su cerebro.

Aparentemente él estaba haciendo algo más que pensar. La puerta se abrió,


trayendo una oleada de miedo con ella, pero el Oscuro que merodeaba
manteniendo la cabeza hacia abajo, se escabulló hacia el centro de la habitación sin
levantarla.

—Como desees, mi señor —dijo con voz áspera. Agarrando a la hembra


muerta, la levantó sobre su espalda mientras Alexis cerraba los ojos, diciendo otra
oración. Entonces la puerta se cerró y el Oscuro y la víctima de Dante habían
desaparecido.

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El Club de las Excomulgadas
A medida que la ráfaga corta de aire desde el exterior dominaba sus sentidos
por un sofocante minuto, Lex sintió algo de Dante para equilibrarlo. A pesar de que
sus emociones continuaban peleando como perros rabiosos sobre lo que ella había
dicho, esperaba que el remover a la mujer la hiciera sentir mejor. Mientras Lex
quería que él lamentara el hecho por sí mismo, no su efecto en ella, tenía que
escoger sus batallas.

—Dante. Me prometiste que me mostrarías tu jardín. ¿Me lo mostrarías por


favor? —Sólo iba a tener que aceptar el temblor de su voz como algo fuera de su
control. Tenía suerte de que los espasmos nerviosos de todo su cuerpo se hubieran
estabilizado hasta un ciclo de cada pocos minutos, en lugar de un continuo
golpeteo que le hiciera castañetear los dientes.

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Varios largos segundos pasaron. Aunque no estaba segura de que la había
escuchado, ella no se atrevió a hacer la pregunta de nuevo. En su lugar, escuchó el
rugido sordo pero constante que venía desde afuera de la torre. Tal vez era la
combinación del fuego y del viento, de vez en cuando interrumpido por un grito de
lamento o por un terrible gruñido, el día a día de las criaturas llenas de odio y rabia
de allí.

Él no era todo odio y rabia. Exudaba un nivel terrible de eso ahora mismo,
sí, pero estaba esa otra cualidad en él. Hasta ahora, la había ayudado a mantener la
calma y a mantener un hilo de esperanza, mientras el resto de sus sentimientos eran
un círculo monótono, a un ritmo de un animal atrapado, la ansiedad continuó en
una espiral.

Ella afirmó la barbilla, enderezando su columna.

—¿Dante?

Poco a poco, su atención volvió a ella.

—Por favor. ¿Tu jardín? ¿Me lo muestras?

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Nueve
Cuando él por fin se movió, su expresión no cambió, pero cuando se
arrodilló junto a ella, sus manos se deslizaron bajo su cuerpo suavemente. Ella se
estremeció un poco, sin embargo, porque sus escamas estaban secas.

—Antes de irnos, ¿podemos sumergir mi cola de nuevo?

Él metió su espalda en el estanque. Mientras ella ondulaba la aleta de color


rojo y dorado de la parte inferior del cuerpo en un movimiento rítmico
distribuyendo la humedad en todas las grietas, él continuó abrazándola. Su mano
apretó su cuello y hombro mientras él la sostenía, y su cabello largo y negro le rozó

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


la mejilla. Sus movimientos fueron más lentos, inciertos, mientras él sumergía la
cabeza. Sólo descansando su mandíbula contra su sien para que ella no pudiera
verle la cara, pero fue lo que sintió por él que la hizo detenerse. Cansado por su
frustración y rabia, él estaba dándole un respiro, algo de la tensión abandonó su
cuerpo y mente.

Ella no quería saber lo que había hecho que superara ese ataque de ira, ya
que no le gustaba lo que él había resuelto acerca de su eventual rescate. Su pelo era
una cortina delante de su cara, y aunque olía a azufre y a sangre, ella se obligó a
tocarlo. Una vez que lo hiciera, sería más fácil pasar los dedos por él, preguntarse si
alguna vez lo habría trenzado o atado hacia atrás, o si siempre había sido así, como
la criatura salvaje como era.

—¿Terminaste? —le preguntó.

Cuando ella asintió, él la levantó de nuevo. Gracias a Dios que tenía el pelo
lo suficiente largo como para cubrir la mayor parte de sus pechos. Si él miraba su
cuerpo, reaccionaría. Aunque el sacrificio femenino se había ido, el recuerdo era
demasiado crudo en su mente para manejar la traición de su propia carne.

Sin más comentarios, él se movió hacia el círculo.

110
El Club de las Excomulgadas
—Si voy a llevarte ahí, necesitarás protección adicional.

Cada célula rechazó la idea, pero Alexis se obligó a soportarlo cuando él se


puso en cuclillas allí, balanceándola en sus rodillas, con una mano firme alrededor
de su espalda. Mientras metía la mano en la sangre y trazaba los símbolos pintados
en la parte superior de sus brazos y luego por su frente, él murmuró el canto de
protección para complementar los grabados en la parte superior de su cuerpo. Esas
marcas hormiguearon en una mejora adicional.

Soy la hija del Primer Comandante de la Legión y una descendiente directa de la


princesa Arianne. Mi madrina es una Bruja de Mar con poderes desconocidos.

Era un pensamiento anticuado para una chica muy moderna, pero ella se

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agarró de su herencia con las dos manos, pensando en las grandes batallas y en los
sacrificios de honor y de nobleza, en el poder del mar y del cielo unidos en su
sangre. No importaban los enemigos que él enfrentara, Jonah ni siquiera
reconocería el miedo. Anna lo haría, pero ella voluntariamente había enfrentado a
un ejército Oscuro para salvarlo de convertirse en uno de ellos. Su sangre corría por
sus venas, por lo que Alexis saldría de esta. A pesar de que la Diosa podría no tener
ninguna influencia en este mundo, estaba relacionada con los elementos suficientes
para conocer los patrones que siempre estaban allí, incluso si sus ciclos eran
inesperados. Ella tenía que averiguar el patrón que era Dante.

Él la levantó de nuevo. La parte de ella que se había retorcido bajo su toque


dominante y llegó al clímax en respuesta a sus deseos, respondió a la fuerza que lo
mantenía sentado sobre sus talones, sosteniéndola sobre sus rodillas y luego
elevándose con la misma facilidad. Ella contuvo esa reacción puramente femenina,
dejando sin sentido el poder de la lujuria gracias a la fuerza del intelecto más
exigente.

—Recuerda, será mucho peor hasta llegar al jardín. Las protecciones


adicionales que te di aguantarán y lo harán más soportable.

111
El Club de las Excomulgadas
Ella tenía la sensación de que su idea de soportable y la de ella eran muy
diferentes, así que apretó su cuello. Los brazos de Dante se doblaron debajo de su
espalda y la curva de su cola, apretándola en un gesto que podría haberle dado
consuelo. Él abrió la puerta con una orden verbal.

Ella recordó vívidamente el breve pero contundente momento cuando los


Oscuros inundaron su cámara, la terrible sensación de desesperación que la había
impregnado hasta el punto que no había podido pensar, sólo golpear y tratar de
escapar como un conejo asustado, con todo intento de valentía o incluso
pensamiento mucho más allá de su alcance o comprensión.

Él había dicho que sería más soportable, y así fue, pero sólo en la medida en

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que tenía un trozo de racionalidad para darse cuenta de lo loco que había sido
insistir en ir hasta allí. Abandonando cualquier otra cosa, estaba desesperadamente
alegre por su protección.

La puerta no era realmente una puerta, sino una ventana doble cerrada, con
un borde plano que sobresalía a una caída de más de seis metros. La torre estaba
construida de piedra desbastada con un mortero gris y hielo. Lex tuvo la breve
impresión de eso, y después sus alas imprudente pero automáticamente intentaron
abrirse cuando él dio un paso más allá del borde de esa repisa.

Gracias a que él la sujetaba con firmeza, sus alas quedaron atrapadas bajo su
antebrazo, por lo que el dolor de su lesión fue mínimo. Él aterrizó sobre sus pies,
como si hubiera bajado un escalón del porche. Al parecer, el beber sangre, su fuerza
excesiva y la capacidad de escalar o bajar de grandes alturas sin dificultad eran
todas piezas verdaderas de la tradición de los vampiros.

Él aterrizó entre un grupo de Oscuros que mantenían una vigilancia sombría


y tensa alrededor de la torre. Cuando se dispersaron de nuevo, Dante aumentó la
distancia enseñando sus colmillos y emitiendo un silbido largo y amenazante que la
hizo temblar en sus brazos a pesar de que no estaba dirigido a ella.

112
El Club de las Excomulgadas
Ella no podía mirarlos, esos cuerpos esqueléticos y potentes, el colgajo de
alas correosas, los colmillos, mientras cada uno sus dedos pulsaba con la necesidad
de matar, de violar, de destruir, de arrasar…

Alexis, quédate conmigo. Quédate en mi mente. Cierra los ojos.

Ella hizo más que eso. Enterró la cara en su cuello, aferrándose a los latidos
de su corazón. Gracias a la Diosa que era un mito vampírico que no tuviera uno.
Ella encontró que la tranquilizaba en varios niveles. Hundiendo sus dedos en su
pelo más fuerte y en la unión del músculo de su cuello hasta el hombro, trató de
pensar en otra cosa. Oh, Diosa, no podía. Sabía lo que ellos estaban sintiendo, lo
que querían. No querían simplemente hacerle daño. Querían destruir cualquier

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pensamiento que tuviera, excepto la desesperanza y el terror que aflojaba el
intestino. El peso de eso la arrancaría de sus brazos, y la devorarían, pero dejarían
que su alma vagara en este terrible lugar para siempre, porque ella estaba atrapada.
En un ataúd, como él había dicho. Él…

¿Por qué tus ojos son azules, Alexis? Dime.

Su voz cortó el ambiente cargado de su miedo, conduciéndola de nuevo a la


forma en que él había rechazado a los Oscuros, usando sólo la firme insistencia en
lugar de una amenaza terrible esta vez. Estable, seguro.

Los… ojos de mi madre son de color azul. Violeta azul.

Así que ¿por qué no sacaste los ojos de tu padre, en su lugar? ¿De qué color son?

Son… negros. Todos los ojos de los ángeles, los que nacen siendo ángeles, son de color
negro. Sólido negro, sin blanco… como los tuyos, con rojo fuego. No sé. No le presté suficiente
atención a la genética, sobre los genes dominantes y recesivos, y no estoy segura de si se aplica
incluso a los no humanos.

¿Qué es la genética?

113
El Club de las Excomulgadas
Lex tropezó en torno a la explicación a medida que él continuaba
presionándola y pinchándola, irritantemente, porque ella necesitaba reaccionar ante
el horror de lo que la rodeaba. Esto se llevaría su cordura y su lucha por querer
escapar de sus brazos, sin importar que no pudiera volar, o nadar, o caminar…

De repente, se aflojó, como si alguien hubiera rodado una piedra gigante de


su pecho y palpitante cabeza. Jadeando, ella abrió los ojos y descubrió que no podía
ver a ningún Oscuro, no cerca por lo menos. La torre estaba a unos cien metros de
distancia. Cuando volvió su cabeza, vio el paisaje desolado al nivel del ojo, su
impacto fue aún más dramático. Parches grises de hielo y barro succionaban
llevándose el fuego. Cosas supuraban arrastrándose por el suelo con un aspecto
siniestro que la hizo sentirse feliz de no poder caminar. El olor a azufre y a muerte

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era implacable. Puesto que el cielo estaba gris y era de fuego también, era como
estar encerrada de verdad dentro de algo. Los cuatro elementos estaban aquí, pero
en formas carentes de magia y vida. Sin la rebosante vitalidad que sentía parecida
en todos los seres vivos en su casa, sin hojas en la hierba, sin los haces de luz del sol
o el viento coqueteando en su cara, sin gotas de agua salada con su fuerte sabor
contra sus labios.

No muy lejos, vio bosques de árboles con los que había fabricado su silla.
Negros, sin hojas, con su corteza lisa como la piel de una foca, daban giros y
circunvoluciones, una imitación espeluznante de unos esqueletos traumatizados,
estirándose por salvación hacia los cielos a los que nunca llegaban. Como no había
luz en este mundo, ninguna fuente de sol que pudiera filtrarse a través de la capa de
constantes nubes, se preguntó cómo había crecido tan alto. Todo lo que sentía era
la antítesis de la vida, aun existiendo. Se estremeció al pensar en la deidad que lo
habría creado para su diabólica diversión y luego lo abandonó cuando se aburrió.

Dante la movió, atrayendo su atención hacia la izquierda. Estaban en el


interior de un arco de piedra que los llevaba a un jardín circular, a una zona
rodeada de rocas, ramas y otros elementos para formar una valla inesperadamente
atractiva que marcaba el límite mágico que podía sentir alrededor de ella. Una valla
para ciervos, por así decirlo. Él ya poseía una habilidad para trabajar cuando llegara

114
El Club de las Excomulgadas
a la Tierra. Ella empujó una risa histérica, los residuos de las presencias opresivas
de los oscuros crepitando a lo largo de sus terminaciones nerviosas.

Él tenía una pequeña arboleda de los mismos árboles en el jardín, sólo que
tenían hojas y flores en sus ramas que se agrupaban en torno a su base. Había rocas
con formaciones artísticas, creando un paisaje casi agradable. O uno que estaba
desesperado por parecer agradable. Mientras ella se acercaba, temió el medio que él
habría usado para crear las hojas y flores, pero parecía que la mayoría era de
artículos depurados. Papel de estaño, joyas, restos de ropa, todos los cuales habían
sido retorcidos, doblados o cortados para hacer formas planas, con hojas
puntiagudas o bien flores enrolladas. Él había hecho semblanzas verosímiles de
tulipanes, geranios, incluso de pétalos de flores como las margaritas.

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En uno de los árboles, pelo había sido entrelazado con joyería y restos de
vides para formar intrigantes pero macabras ramas en el árbol. Rosas, así como las
que ella conocía de su casa, aunque de un color más apagado, estaban colocadas
también en las ramas. Piedras planas formaban una trayectoria curva a través del
jardín, con grabados sobre cada una. Formas de animales, reales y mágicos.
Representaciones de dragones, hadas, grifos. Grandes rocas habían sido
desconchadas y esculpidas en forma de animales. Un pequeño oso, un perro. Un
conejo con largas orejas, una rota pero alisada, por lo que parecía tener una oreja
mucho más corta que la otra.

—¿Tú hiciste esto?

Él asintió, y aunque estaba mirando al conejo, Alexis tuvo la sensación de


que estaba en sintonía poniendo atención a su reacción.

—¿Podemos ir más cerca? Me gustaría ver el árbol con las rosas. ¿Viste todas
estas cosas en la mente de tu madre, o en las ventanas de la grieta?

—Ambas. Pero los Oscuros, antes de que las grietas se cerraran, también
traían muchas cosas. Nunca duraban mucho. O bien eran destruidas cuando se
peleaban por ellas, o las dejaban tiradas en el suelo y la tierra se las comía. Pero me

115
El Club de las Excomulgadas
gustaba robar lo que podía, acumular basura, estudiarla hasta que descubrían los
escondites. Aprendí acerca de las rosas de esa forma. Cayeron durante una pelea
por comida, y las tomé. Sentí su suavidad —sus dedos se movieron a través de la
parte superior de su brazo— y tuve un sentido breve de su olor antes de que se las
llevaran. Me acuerdo todavía.

Su agarre sobre ella se tensó y su nariz y boca tocaron la coronilla de su


cabeza, le acarició el cabello.

—Igual que tú. Hueles tan diferente. No a muerte ni a fuego o a decadencia


ni a odio. No sé que son los olores que se aferran a ti, pero podría… quiero…

Se detuvo, levantando la cabeza.

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—Hice todo lo posible para volver a crearla, físicamente. La rosa.

A falta de algo más que decir, desconcertada por sus volubles estados de
ánimo, Alexis volvió su atención a las rosas. No podía imaginar cuántas horas le
habría tomado acomodar las capas de pétalos, la manera de poner el producto en
conjunto. Alargó la mano hacia una rama y tocó el borde de una, sorprendida por
la suave textura. Luego tragó y cerró los dedos, llevando su puño de nuevo contra
su pecho.

—Son humanas.

—De piel humana. Probé con trozos de papel y tela, pero todos se pudrían.
El metal funcionaba para algunas cosas. —Asintió a las flores de pétalos planos que
brillaban a la luz opaca—. Pero quería la suavidad que recordaba. Aprendí cómo
preservarla, de hacer que mantuviera su forma.

Piel. Él había descubierto la manera de hacer cuero. Y pasaba horas


recreando una flor que había tenido una vez, hasta que había podido duplicarla
perfectamente con los restos de las aterrorizadas víctimas que los Oscuros habían
traído aquí. Las náuseas se apoderaron de ella.

116
El Club de las Excomulgadas
—No te gusta.

—No es eso. —Ella se tensó cuando la oscuridad se agitó a través de él con


lo que no pudo ocultar—. Dante, siento su muerte. ¿Entiendes eso? El dolor y el
terror que sintieron.

Alexis se obligó a mirar su cara, y algo se retorció en ella, duro, por el


destello de dolor en sus ojos. La había traído aquí porque pensaba que ella lo había
deseado. Él quería ofrecerle algo hermoso, algo así como su mundo, demostrarle
que era diferente.

Fue una inundación rápida, una sensación de vértigo de emociones, ella se


tambaleó ante eso. Instintivamente, alargó la mano hacia la horrible flor otra vez,

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con la intención de tomarla en la mano, para compensar su reacción. En cambio, él
dio un paso atrás, dejándola fuera de su alcance.

—Puedo leer tu mente, Alexis —le recordó con voz monótona y aburrida—.
No pretendas lo que no sientes. —La dejó en un banco creado de ramas de árboles
negros, felizmente sin ningún tipo de adornos con partes del cuerpo, o restos de
ropa. Él regresó al árbol y se puso de espaldas a ella, mirándolo.

Pudiera él leer su mente o no, Alexis nunca había sido una de las que
contenía sus sentimientos acerca de ninguna situación. Tristeza, risa, ira, cualquiera
que le surgiera, los sentimientos eran un río natural que fluía a través de su
corazón, porque los recibía tan claramente de los demás. Ella estaba horrorizada
por eso, pero se vio atenuada por él. Dante había tratado de ser más de lo que su
entorno exigía de él, y había utilizado los materiales a la mano. Había pensado que
este jardín era una manera de conectarse con ella, lo que significaba que quería algo
más que la influencia de su rescate.

Desde el primer momento, ella había sentido su soledad, y la inundaba de


nuevo ahora, con tanta fuerza que le obstruía la garganta, dejándola angustiada y
confundida, sin saber cómo proceder.

—¿Puedo tener una parte de ti? —preguntó él al fin.

117
El Club de las Excomulgadas
Él no se movió, sin dejar de mirar la macabra flor que había creado y
desarrollado a partir de la muerte y de la desesperación. Por alguna razón, ella
recordó una obra de arte que representaba a una flor que nacía de una pequeña
grieta en el cemento. En este caso, Dante era esa flor, ¿No? Su mente luchaba por
resolver el misterio.

—No lo entiendo —dijo ella.

Las turbulencias se cernían en torno a él tan densamente como una


inminente tormenta.

—Si de alguna manera no tengo éxito, me gustaría tener algo de ti aquí, para
recordarte.

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No era prudente estar de acuerdo, no es que ella realmente pudiera
rechazarlo. Él había dicho que había usado el cabello de Mina para llegar al mundo
de los sueños. Pero a ella le estaba preguntando, no exigiéndole. Cuando él la miró,
Alexis tomó una decisión.

—¿Qué... te gustaría?

Viendo la gracia y el poder en su andar, la forma en que su cabello ondeaba


hacia atrás sobre sus hombros desnudos, el conjunto firme de su boca, Lex recordó
la idea cristiana de que Satanás era el más bello de todos los ángeles. Llegando a
ella, él se arrodilló otra vez, y extendió una mano. Alexis se obligó a darle la suya
sin dudarlo, a pesar de la inquietud que se agitaba en su vientre.

—No tomarás uno de mis dedos, ¿verdad? Soy bastante parcial en cuando a
tener diez.

—No. —Él negó. Miró hacia abajo a sus dedos, con la mentira
tentativamente en sus manos. Su pulgar se movió, pasando por encima de ellos,
deslizándose sobre sus nudillos.

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El Club de las Excomulgadas
—¿Por qué me hiciste todas esas preguntas en el camino hasta aquí? ¿Sobre
mis ojos, y mi genética?

Él no levantó la mirada.

—Mi madre me hizo hacer eso. Fue una manera de que no cediera ante los
temores de mi infancia, cuando ellos no me dejaron marchar, me sentaba en su
pierna, que por supuesto estaba encadenada, y me hacía preguntas. Me enseñaba a
razonar, hasta que perdió la misma capacidad. No sé por qué era importante para
mí, que te gustara esto.

Alexis no pudo evitarlo. Giró la mano, deslizó sus dedos en el espacio entre
él, atrayendo sus ojos de nuevo hacia ella.

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—Porque cuando se crea algo, quieres compartirlo con alguien. Nadie es
solitario, Dante. Todos necesitan a alguien.

—No me importa nada de ellos. Nunca he sentido nada por aquellos que me
trajeron aquí a morir. —Aunque se estremeció al oír sus palabras, Alexis se obligó a
permanecer quieta mientras su mirada se agudizaba en ella.

—Entonces, ¿por qué te importa? —le preguntó.

—Es posible que hubiera importado, si el cuidado y la compasión tuvieran


un lugar aquí. No. No hay lugar para que exista.

—Lo hacen, dentro de ti. Y tú estás aquí.

—Sí. Pero eso es porque he conocido el cariño y la compasión. —Ella


respiró hondo, mirando el jardín con una mirada pensativa, sabiendo que su mente
y su corazón estaban abiertos para él—. Creo que has creado un lugar donde tus
esperanzas tuvieron un lugar para esconderse. Creo que me has traído aquí, porque
una parte de ti sabe eso. Te estás permitiendo que te importe, tal vez por primera
vez.

—¿Eso lo que sabes, o simplemente lo esperas?

119
El Club de las Excomulgadas
Como su padre, él tenía esos mismos ojos de color sólido y Lex se dio
cuenta del conflicto que había dentro de las profundidades de color carmesí de
Dante, con o sin su regalo. Así que en vez de contestar, Alexis miró hacia abajo. En
su otra mano, él sostenía una de las rosas que debió extraer del árbol cuando estuvo
de espaldas a ella. En este momento la estaba apretando como si quisiera poder
aplastarla. Había querido ofrecérsela. Pero ahora sintió su deseo apagado. Cuando
él se había dado cuenta de que no tenía ni el olor, ni la belleza, que no había nada
del mundo que había dejado, su material le repugnó.

Su ira y violencia, su deseo de romperla en pedazos, romper todo a su


alrededor, se disparaban hacia el exterior como una mancha de petróleo negro
derramada. Mientras sus músculos se tensaban, ella se agachó y puso las dos manos

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a su alrededor, en torno a la rosa.

La empatía era su regalo, pero ella no estaba calificada en otras artes. Sólo
podía forzar profundamente a su cuerpo ya debilitado por la desesperación
sofocante de este ambiente extraño, tan lejos de las energías mágicas de la Tierra y
de la Diosa. Lex se sumergió en las reservas que tenía, aunque un temblor
enfermizo pasó por su cola, su cuello se tenso con el esfuerzo mientras murmuraba
el encantamiento. Mientras lo hacía, ella pinchó su dedo con una espina que él
había creado en el tallo de la flor, una punta de metal oxidado que le permitió tocar
la flor con su sangre.

—Alexis, Qué estás…

—Mira —jadeó ella—. Huele. Rápido.

Dejando caer las manos, ella empujó hacia arriba, tirando de sus dedos de
modo que él los abrió en un reflejo. La rosa se había transformado, brillando con el
carácter temporal de la magia, de un rosa suave que le sorprendió tanto que ella
tuvo que inclinarse aún más, llevando la mano a su nariz. Las fosas nasales de él se
abrieron, y ella captó el olor también, esa fragancia dulce e inquietante que nunca
puede ser inhalada profundamente, pero que intoxica los sentidos. Le hizo querer
llorar por su casa. Por los prados y las tardes perezosas en la playa, por la libertad

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El Club de las Excomulgadas
del cielo y del agua, y toda la tierra de por medio, tan diferente de este lugar como
la diferencia entre el Cielo y el Infierno.

*****

Era una combinación embriagadora. El aroma, la breve fragancia de una flor


soleada y la tentación de su sangre, tan cerca. Ella frunció el ceño rápido por la
punción, con el dolor haciendo que su cansado rostro tuviera un aspecto más
demacrado, molesto. La huella de sus lágrimas al recordar su casa, el temblor de su
cuerpo que decía que su tiempo era cada vez más corto, le molestaba. Igual que la
turbulencia constante de sus emociones y pensamientos, que le decían que su temor
se había frenado por un hilo tan delgado como el filo de un cuchillo. Todo le

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


molestaba.

Alexis era como la rosa, su vida y su olor se aferraban a ella, haciéndola


menos frágil e impresionante a la vez, una fuerza inmutable que sólo por su
proximidad detenía su salvajismo. Esa misma delicadeza, que su brutalidad podía
destruir en un instante, desgarrando los pétalos y dejándole nada para
experimentar, sino lo que siempre había tenido, lo mantuvo a raya y lo dejó
confundido acerca de sus propios sentimientos.

Ella gritó, sus músculos haciéndose un nudo en el estómago, y sus manos


cayeron, su cuerpo se dobló y después se desplomo a su lado en el banco. Su sien
habría golpeado el brazo de madera, pero la rosa se le cayó al tomar su cabeza en
su mano, con su brazo alrededor de su cintura, abrazándola.

—Utilicé demasiada magia —jadeó ella—. Pasará.

Ella estaba mirando el suelo, y él siguió su mirada, por lo que ambos vieron
la rosa transformarse de nuevo en la piel curada.

—Tienes razón —dijo él ásperamente—. Esa fue una burla de la realidad.

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El Club de las Excomulgadas
—No. —Ella negó—. Lo que hiciste... es hermoso, Dante, de una manera
terrible y extraña. Porqué lo hiciste, no por la propia sustancia. Es difícil de
superar… la sustancia, a veces. Oh, Diosa, esto duele.

—La Diosa no viene aquí. Nadie viene aquí, si no está obligado a hacerlo.
—Él la levantó y la sentó en el banco, acunándola en su regazo y sosteniéndola con
un brazo mientras se cortaba abriéndose la muñeca con un colmillo—. Abre la boca
—le ordenó él.

Cuando él llevó el calor de su pulso en su contra, el olor de su sangre, ella


trató de quitar la cabeza. Él era mucho más fuerte, sin embargo, y la mantuvo
inmóvil, obligándola a tomar su energía vital.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


La mente de Alexis se rebeló, pero su estómago no. Por alguna razón, la
sangre en su cámara la había enfermado, pero ahora, el olor de su sangre provocaba
una inexplicable hambre que le gustaba. Sus labios se apretaron en la herida, los
músculos de su garganta trabajaron para tragarla. Tentativamente, su lengua
comenzó a lamer la herida.

A medida que su cuerpo se estremecía debajo de ella, oyó el gruñido de


aprobación de Dante. Las puntas de sus pechos se estremecieron, y la carne tierna
de su sexo reaccionó, deseándolo. Pero ese no fue el cambio más inesperado que se
produjo.

Al ingerir su sangre, el zumbido bajo que había ocurrido la primera vez que
él había empezado a hablar dentro de su cabeza volvió a la vida. Sólo que ahora se
expandía como la fiebre del océano, ocupando el horizonte de su mente para que él
fuera todo lo que estuviera allí, su presencia, su necesidad… él. Su cuerpo se
sacudió como si se estuviera transformando, tal como lo había hecho la primera vez
que había aprendido a controlar sus transformaciones. Él la abrazó, y ella quiso que
la abrazara para siempre. Dante era parte de ella, tan cercano y necesario, como la
sangre y los huesos, y el sentimiento. Daba miedo, que lo consumiera todo, como si
acabara de entregarle su alma y no pudiera estar sin él. Pero sus manos le

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El Club de las Excomulgadas
agarraron, una hundiéndose en su bíceps y la otra en su espalda, presionando el
potente músculo y las costillas, sintiendo el flujo de sangre debajo.

La sensación fue de balanceo, como si ella estuviera en una oleada tras otra
dirigiéndose hacia una orilla distante, se prolongó durante algún tiempo, incluso
después de que dejó de beber. Lex no podía hacer mucho, pero se encontró allí,
dejando que la energía de la sangre que le había dado la ayudara a recuperarse. Era
difícil recuperar sus sentidos, cuando él estaba ocupado en despertarlos todos,
moviéndose en su boca para burlarse de los restos de sangre, mordiendo su
garganta mientras su cabeza caía hacia atrás en señal de rendición, haciendo su
camino hacia abajo hasta llegar a su pecho y cerrándose sobre un pezón,
succionándoselo profundamente. Era oh tan, cuidadoso con esos colmillos, así que

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


ella sólo tembló de miedo un poco, y tal vez no debido a eso. Algo elemental había
cambiado, algo que ella no entendía, pero que había tomado la conexión que había
sentido por él en ese primer sueño y la había hecho permanente. Convirtiendo a
Bella en la esclava voluntaria de la Bestia antes de que tomara decisión por sí
misma.

Lex se aferró a Dante ahora, dando otro grito más suave por el tirón
provocativo en su pecho, con su otra mano deslizándose debajo de sus caderas para
encontrar la suave puerta de entrada a su sexo. Las escamas eran frágiles, pero él
las aflojó con cuidado, y encontró la humedad que lo esperaba. No se detuvo,
metió dos y luego tres dedos en profundidad, casi igualando su propio grosor,
jugando con ella con el pensamiento de eso mientras ella se presionaba sobre él,
con su polla dura y pesada presionando debajo de su peso.

Eso era lo que Alexis deseaba. Estaba demasiado débil para él, a pesar que
su sangre le había dado esta nueva fuente de energía, pero tenía que tenerlo dentro
ahora. Ese sentimiento era abrumador, y más que eso, era lo único que se sentía
bien, un desafiante grito en un lugar que nunca debió existir.

Por favor...

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El Club de las Excomulgadas
Ella no podía darle voz, pero no tuvo que hacerlo. Dante podía leer cada
pensamiento y deseo. Soltándose la harapienta, pero afortunadamente accesible
ropa que llevaba, Dante se la saco sin pudor, y luego la sentó en su regazo,
reemplazando sus dedos con su polla. Él era más suave de lo que había sido antes,
pero seguía siendo igual de inexorable en su progresión, tomándola centímetro a
centímetro con ese grosor personal.

Me gusta cuando me ruegas. Me pone más duro.

El áspero deseo en su pensamiento la puso más húmeda en respuesta, pero


Lex vagamente captó otro trasfondo. ¿Estaba tan perturbado por lo que había
sucedido como ella, tan desconcertado? Ella no ignoraba el uso de energía, y algo

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poderosamente mágico acababa de ocurrir.

Ahora no era el momento para preguntas, sin embargo. Él la sentó contra


sus muslos, con su polla empujándose profundamente en su interior, y ella se
retorció, deseando más fricción. En cambio, él deslizó un brazo alrededor de su
cintura y el otro en diagonal sobre el pecho, colocando su mano en torno a su
garganta como un collar, llegando bajo la articulación de su ala. La abrazó contra
su cuerpo, con su cola temblorosa y doblada sobre su músculo entre sus rodillas
extendidas, con las aletas de su cola desplegadas sobre sus pies descalzos. Las
crestas de su abdomen como un muro contra su espalda baja, con su pecho
enterrado en sus alas y apretado contra sus omóplatos. Ella podía girar la cabeza,
poner su boca debajo de su oreja, enterrar su rostro en su cabello, si él se lo
permitiera, y lo hizo, aunque mantuvo su dominio sobre su cuello y cintura,
obligándola a quedarse quieta. Lex se estremeció.

—Puedes correrte, incluso si te tengo inmóvil así —le susurró él al oído, un


demonio tentador—. Se necesita más tiempo, y hace que la acumulación sea más
poderosa. Puedo sentirlo en ti, veo tan profundamente en tu mente. Todos tus
deseos y necesidades, cada uno de tus oscuros miedos. Yo te protegeré de todos
ellos, pero me tienes que dar todo lo que eres.

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El Club de las Excomulgadas
Frenéticamente, ella le dio un mordisco en la mandíbula mientras espasmos
sacudían todo su cuerpo inferior. Diosa, Lex podía sentir el pulso de la sangre en su
polla, golpeando sus paredes. Quería bombearse con fuerza, como lo haría en una
corriente fuerte, enviándose a sí misma en espiral en las cálidas aguas de su propio
deseo. Pero, anticipándose a ella, él levantó sus piernas y las cerró sobre su cola,
con sus fuertes muslos doblados contra sus escamas lisas, apretadas, con los tobillos
cruzados y plantados entre la V de las aletas de su cola. Ella expresó un gemido sin
palabras, y él respondió aumentando su control sobre su garganta.

—Eres mía —le recordó—. Quiero todo lo de tu alma, y no sólo una parte.
—Él se detuvo, y a través de la bruma de su deseo, ella sintió una extraña
vacilación, un breve destello de confusión—. Aunque creo que puedo haberlo

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


tomado ya.

Él podía controlar su cuerpo exterior, pero ella tenía otros músculos. Alexis
lo apretó en su interior, con las antiguas formas de su cuerpo femenino superando
su limitada experiencia, sabiendo cómo provocar y seducir lo que quería de él,
incluso si trataba de controlar todo lo demás.

Ella se agitó a lo largo de su longitud, y escuchó su respiración atorarse, un


gruñido estentóreo.

Deja de hacer eso.

No. Ella lo hizo otra, y otra vez. Lex comenzó a masturbarse de nuevo,
porque su propia empuñadura lo estaba facilitando mientras él comenzaba a
moverse instintivamente contra ella, empujando su cuerpo con los movimientos de
los músculos que tenía lisos. Ella había mantenido la cara vuelta hacia el lado de la
suya, pero ahora, obedeciendo alguna compulsión o instinto propio, ella volvió su
atención hacia el exterior, se quedó mirando el jardín que él había hecho.

Le había llevado años recogerlo y ocultarlo, hasta que su poder fue suficiente
para crearlo y luego protegerlo de los demás. Él lo había compartido con ella, una
ofrenda que un Hades podría haberle dado a Perséfone, con la esperanza de que

125
El Club de las Excomulgadas
una criatura de luz y de vida viera algo que valiera la pena al quedarse en la
oscuridad y la muerte con él, dándole lo que deseaba tener, pero que para siempre
estaría fuera de su alcance. Él la mantendría allí contra su voluntad, demasiado
desesperado para hacer otra cosa, siempre esperando que ella al final de buena
gana, aprendiera a amar a la Bestia.

El cuento de hadas y la mitología giraron juntos en su cabeza,


convirtiéndose en su propia historia, Alexis volvió el rostro hacia su mandíbula,
con su pulso golpeando alto en su garganta. Un gemido sensual salió de sus labios,
anunciando su propia liberación, la oleada de triunfo de su propio poder femenino
rugió sobre ella, llevándola con él. Ambos llegaron al clímax, Lex mordiéndole el
cuello de nuevo, tragando debajo del agarre demasiado apretado de su mano. Ella

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


no entendía la verdad, pero podía sentirla, y era demasiado aterrador para
encararlo. En su lugar eligió olvidarlo.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Diez
Volver fue aún más difícil esta vez. Fue a la deriva en un mundo nebuloso,
con su corazón latiendo lenta y erráticamente. Ella lo sentía allí, en su mente, en su
alma, tal vez. Él estaba preocupado. Le acariciaba el pelo, sus labios, con sus dedos
hábiles.

Ella estaba en el montón de trapos de nuevo, de vuelta en la habitación


protegida, porque su nariz reconocía el hedor de la sangre. Diosa, deseaba estar en
su casa. ¿Cómo sería darse la vuelta en su propia cama, pasar sus dedos sobre su
pecho, hasta llegar a su ingle y encontrar su gruesa longitud? Tal vez incluso bajar

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


su boca, mientras él dormía. Cerrarse sobre su polla, chuparlo profundamente y
sentirlo despertar en su boca mientras él también despertaba, enredando los dedos
en su pelo.

¿Eran estos sus pensamientos o los de él? Ella nunca había sido
caprichosamente sexual o aventurera, incluso en sus fantasías, probablemente
porque apenas había tenido la esperanza de un decente beso apasionado. Los
hormigueos de conciencia sexual habían sido apartados, encerrados en alguna parte
de sí misma. Detrás de esa puerta tupida, su mente había estado obviamente muy
ocupada, porque ahora sus fantasías florecían en medio de una pesadilla.
Dejándose abrazar por la conciencia sexual en medio de una crisis de rehenes.

La vergüenza la invadió. ¿Qué estaría pasando en el mundo que había


dejado? Su madre y su padre. Oh, Diosa, Jonah. Su ira sería terrible. Esperaba que
Lucifer estuviera con él, y Mina. Por favor, Diosa, si me escuchas, si hay alguna manera
de hacérselo saber, por favor diles que estoy bien.

Pero Dante había dicho que la Diosa no estaba en este mundo. ¿Significaba
eso que era sorda ante las plegarias de ella? Las diría de todos modos.

—Sería una mentira decirles que estás bien.

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El Club de las Excomulgadas
Ella abrió un poco los ojos que se encogieron ante la luz, los golpeteos en su
cabeza eran cada vez mayores. Afortunadamente, la cámara estaba en penumbras.
No había luz del sol en el Mundo Oscuro, y él había sacado todas sus antorchas, así
que la única luz provenía de la ventana, un bloqueo surrealista de llamas y páramo
gris. Las sombras escondían la mayor parte de sus facciones, pero el magnetismo de
su presencia era lo suficientemente fuerte. Él se puso en cuclillas al lado de la cama.

Mientras ella se encontraba con su mirada, como brasas en la oscuridad, lo


supo.

—Me estoy muriendo, ¿no?

Él asintió.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Pero vas a estar... bien. Vas a recuperar tus fuerzas en tu propio mundo.
La bruja me mandó a decir que se están preparando para abrir la fisura. La
atravesaremos muy pronto.

No había triunfo en su tono plano, ninguna indicación de sus pensamientos.


Sus sentimientos estaban una vez más demasiado enredados para que ella los
desenmarañara.

Buscó a tientas en la manta, pero se había retirado de su contacto,


moviéndose fuera de su alcance.

—Pensé que eso era lo que querías.

—Lo es. Pero no será tan fácil. La puerta de ella permite que solamente
cruce uno a la vez. No se ha utilizado en un largo tiempo, e incluso sufrió algún
daño durante la Batalla de la Montaña.

—Así que tú irás primero, para estar seguro de que te dejarán pasar, y luego
iré detrás de ti. —Ella se asustó ante la idea de quedarse sola en este mundo,
aunque fuera durante un segundo. ¿Y si el portal no aguantaba? Tan terrible como
era ese lugar, sin Dante… por supuesto, que si eso sucedía, ella no viviría mucho

128
El Club de las Excomulgadas
más tiempo, ¿o sí? Pero si la Diosa no estaba aquí, ¿cómo podría su alma encontrar
su camino a casa?

¿Estaría atrapada allí de todos modos?

Él habló, cortando su pánico.

—Habrá algún truco. Te quieren de vuelta, pero no me quieren allí. Su


comunicación me dio tiempo para una respuesta. Les dije que pondría un enlace en
ti aquí que sólo yo pudiera liberar, y lo haré solamente después de que esté a salvo
de su influencia. Luego tú cruzarás.

—¿Te prometieron un paso seguro?

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—¿Qué es una promesa?

Alexis puso esfuerzo en alcanzarlo esta vez. Necesitaba tocarlo. Un bulto


creció en su garganta cuando él se movió deliberadamente más allá de su alcance.
Algo frío y aterrador estaba dentro de Dante, esperando. El depredador en él sabía
que se enfrentaba a la muerte o a la batalla, y no sería distraído.

Ella ya había visto que era mucho más poderoso de lo que Mina
probablemente sospechaba. Las personas que amaba estarían al otro lado de ese
portal, esperando. Su madre. Oh, Diosa, por favor que Jonah le hubiera prohibido
a su madre estar allí. La amable Anna, casi tan indefensa ante un poder de este tipo
como ella misma, y su padre no podría sobrevivir a ambas pérdidas. Todo el
mundo lo sabía.

La mirada ardiente de Dante parpadeó de manera malvada como la luz de


las velas, diciéndole que escuchaba sus pensamientos, pero no le ofreció consuelo.
El macho que había estado en el interior de su cuerpo había desaparecido. En
cambio, estaba enfrentando a la criatura que había sobrevivido aquí durante, la
Diosa sabría cuantas décadas. Tal vez incluso siglos, aunque sospechaba que eran
décadas. Había algo en él que parecía más joven que los ángeles que conseguían su
marca del primer siglo.

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El Club de las Excomulgadas
Ella iba a morir. Esto era todo, lo sabía. Así que la pregunta era, ¿cómo
pasaría esos últimos minutos? ¿Con temor y cobardía, o abrazando el destino que la
Diosa le había dado? Podía odiarlo ahora mismo por estar dispuesto a sacrificarla
por su propia libertad, pero había visto demasiado aquí, sentido demasiado de él,
incluso ahora. Mientras que ella había tenido mucho, tantas cosas maravillosas, un
amor tan vasto y profundo como los océanos que la nutrían, Dante no había tenido
nada.

El hombre que había estado dentro de su cuerpo no se había ido. Puede que
no estuviera físicamente a su alcance, pero sus emociones, sus deseos, estaban
todavía allí, sólo se habían vuelto latentes detrás de las formidables armas que
usaba para obtener lo que quería, lo que había tratado de obtener todos estos años.

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Y estos podrían ser sus últimos momentos también.

A pesar de que las lágrimas se reunieron en sus ojos, ella tragó, haciendo que
su voz sonara firme.

—Dante, quiero que tengas tu libertad. Si muero… quiero que sepas eso.

—No morirás.

Ella continuó, aunque estaba segura de que su corazón iba a agrietarse. Se


debatía entre lo que tenía que decir, y el revoltijo de pensamientos rodando por su
cabeza. Clara. Quería ver a Clara conocer a alguien y casarse. Verla realmente enamorarse
por primera vez. Me hubiera gustado cargar al primer nieto de Pyel y colocarlo en sus brazos,
hacerle saber que nunca estaría sin nosotros, hasta el fin de los tiempos.

—Lo primero que debes hacer es ir a los Jardines Butchart, cerca de Todd
Inlet, en Canadá. Verás cosas que nunca has imaginado. De hecho… —Ese dolor
creció con afilados dientes al pensar en cuántas veces más ella hubiera querido ir
allí—. Tendrás que sentarte en uno de los bancos, porque será abrumador. Todo
será abrumador.

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El Club de las Excomulgadas
Ella se detuvo, jadeando en busca de aire y el resplandor carmesí
desapareció, como si hubiera cerrado los ojos en la penumbra, a pesar de que su
voz le llegaba a través de la oscuridad con suficiente fuerza.

—Deja de hablar. Piensa en tu cabeza si es necesario, pero no uses tu


aliento.

Ella no le hizo caso, porque hablar era la única manera de mantener sus
pensamientos para sí misma separados de las palabras que quería decirle.

—Tenemos un montón de sol. No sé si es verdad o no, pero se supone que


los vampiros no pueden estar afuera en el sol. Así que no vayas a la plena luz del
sol hasta que estés seguro si arderás por ella o no. Tal vez la sangre Oscura te

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proteja. Si es así, debes ir a una playa, observar a la gente jugar voleibol, o
simplemente ver el agua. A veces, verás delfines. Con tu visión, es probable que
veas a la gente sirena que juega bajo las olas.

Una ola de tos la tomó entonces, y un nuevo terror se apoderó de ella


mientras su visión se volvía gris, amenazándola con perder el conocimiento.

Apretando los dientes, se arrastró más derecha. A pesar del zumbido en su


cabeza, de las náuseas, de la debilidad fatal que podía sentir reclamándola, salió de
los cobertores, con la tela áspera enganchándose en sus escamas dolorosamente. Lo
seguiría a través de la cámara si tenía que hacerlo.

—Detente —le ordenó él— Te debilitas innecesariamente.

—No, tú lo haces. Quiero tu mano. Deja de evitar mi contacto.

Ella no era del tipo dominante, ni de cerca, y definitivamente no con él. Pero
tenía que tener aunque fuera eso. Él podría no tener el corazón suficiente como
para retenerlo de ella, pero ella estaba decidida a tener suficiente corazón por los
dos.

131
El Club de las Excomulgadas
Murmurando una maldición, él se puso en movimiento, cogiéndola en
brazos y poniéndola de espaldas en la cama. Permaneció yaciendo casi sobre la
mitad de ella, presionando su pecho desnudo sobre sus pechos, su pelo cayendo
hacia adelante sobre su hombro y acariciando sus labios, su mejilla.

—Ya está. Te estoy tocando. ¿Qué es lo que quieres?

Ella levantó una mano, extendió los dedos hacia fuera como una estrella de
mar.

—Tu mano —repitió.

Él la miró fijamente, luego levantó su mano desde un lado de su cabeza,

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reuniendo palma con palma. Uniendo sus dedos con los suyos, ella notó la
delgadez de las suyas junto a las otras callosas y fuertes. Mientras la observaba, su
boca fue una línea dura, y ella sintió un temblor en su cuerpo.

—Tú no morirás —dijo él—. No voy a permitirlo.

Ella podía sentirlo en sus huesos, una marea animal que no podía sostener.
No sabía cuánto tiempo había estado allí, pero tal vez las cosas que le había hecho
la habían debilitado. Tal vez debido a su mezcla única de ángel y de sangre de
sirena, tenía una constitución más frágil de lo que había esperado. Pero la muerte
estaba cerca. Deseó poder enviar un mensaje más a sus padres, porque si se lo daba
a Dante, nunca lo oirían. No querrían escuchar al macho que con razón verían
como su asesino. Pero con todos sus muchos dones, sabía una cosa con certeza. Él
era más que eso.

—¿Qué es una promesa? —dijo él, y ahora su otra mano estaba sosteniendo
su mejilla, las líneas de su rostro perfecto, hermoso, tenso.

—Es un juramento. Cuando le dices a alguien que harás algo, es una


cuestión de honor personal que lo hagas. Si no es así, te quita algo de ti mismo. —
Nunca se había dado cuenta de lo difícil que era explicar algo que no existía en el
entorno de la persona que hacía la pregunta—. Como la razón de por qué has

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El Club de las Excomulgadas
hecho todo esto. Te hiciste una promesa a ti mismo, de hacer todo lo necesario para
ganarte tu libertad. Estás honrando tu promesa a ti mismo.

Mientras él permaneció en silencio, ella sintió que estaba examinando sus


pensamientos en el interior, incluso mientras escuchaba sus palabras.

—No —dijo al final—. Una promesa es más que eso. Como lo es el honor.
Lo presiento. De lo contrario, no sería tan importante. Cuéntame más. En tus
pensamientos.

Sacudiendo la cabeza, ella tragó, dándose cuenta de lo seca que se volvía,


sus escamas, garganta y piel. Pero no parecía importar. Mantenerse consciente el
tiempo suficiente para hablar con él era lo más importante. Y alimentar los últimos

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pensamientos de su vida y sus amigos en lugar de su miedo de lo que pasaría con su
alma en este lugar.

—Para mi padre, la promesa y el honor son cosas que ofrecer para proteger a
otros. Haces del mundo un lugar mejor cuando honras una promesa, no sólo a tus
propias circunstancias.

—Buscas disuadirme de mi objetivo.

Ella descubrió que tenía humedad después de todo, porque las lágrimas se
escaparon de sus ojos de nuevo.

—Lo que estás haciendo está mal, pero no sé si lo hubiera hecho de otra
manera si hubiera experimentado lo que tú has pasado. Así que no importa lo que
pase, Dante, lo entiendo. También creo que una vez que estés libre, entenderás el
honor y las promesas mucho mejor. Siento tu corazón. —Liberando su mano, la
puso sobre su pecho—. Si bien hay mucha oscuridad en ti, probablemente más de la
que he sentido en cualquier persona, hay una luz tan fuerte allí, simplemente
esperando. Acéptala, y te prometo que no… —Un sollozo quedó atrapado en su
garganta, sus dedos teniendo espasmos en su piel—. Extrañaré mi vida, pero no te
odiaré. Lo prometo. —Diosa, incluso sus labios estaban cansados, pero se las arregló
para curvarlos en una nostálgica sonrisa—. Y gracias por haber sido mi primera

133
El Club de las Excomulgadas
vez. No fue exactamente como lo había planeado, pero fue tan increíble como
había oído que podría ser.

Su expresión se ensombreció, sus dedos se curvaron en su pelo, con tanta


fuerza que las hebras tiraron dolorosamente en su cuero cabelludo.

—Alexis, te prohíbo que mueras. ¿Me entiendes? Mírame.

La agudeza de su orden hizo regresar su atención a su cara, a pesar de que el


dolor martilleaba en sus sienes. Él la encerró en su mirada. Curiosamente, algo allí
hizo que todo su cuerpo, muy en el fondo de sus huesos, respondiera a la orden en
su voz, aferrándose a ese tenue hilo de conexión a la vida. A él.

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—Vas a obedecerme. No vas a morir.

—No quiero morir. —Logró decir ella—. De verdad, de verdad que no.

Él atrapó sus lágrimas en sus pulgares, humedeciendo el cabello suave en sus


sienes mientras la acariciaba allí.

Un cambio de energía la hizo gritar, porque fue como una descarga eléctrica
rompiendo a través de la cámara. Sus dedos se aferraron a sus brazos, un ancla
contra el dolor. Él se puso rígido, su cabeza levantándose como si estuviera
escuchando algo más.

—Ella nos está llamando. El portal está listo.

En un rápido movimiento que tuvo a Alexis jadeando de dolor, él la había


levantado de la cama y la llevaba de vuelta a la odiada piscina de sangre. Cosas
nuevas yacían allí. Un cuchillo afilado, un libro de hechizos y un segundo círculo al
lado de la cuenca de sangre original. Esta, estaba marcada con una mezcla picante
que parecía entrañas enredadas. La hacía sentir ganas de vomitar, aunque estaba
contenta de que proviniera de las entrañas de algo que no había tenido la
misericordia de ver.

134
El Club de las Excomulgadas
—Por favor, no me pongas en la sangre otra vez —dijo ella. No quería morir
allí.

—Debo hacerlo. —La bajó en ella, a pesar del sollozo que escapó de Alexis,
el agarre vergonzoso de sus manos que tuvo que aflojar, aunque no era poco
amable al respecto. Ella se encogió cuando la sangre se filtró en sus escamas de
nuevo—. Sólo será un momento. Yo estaré parado allí. —Indicó el otro círculo—: y
lo atravesaré primero.

Alexis gritó cuando algo largo aterrizó contra la puerta de la torre, seguido
por un grito de rabia. Muchos gritos de rabia. Jadeó mientras dos Seres Oscuros
volaban por la ventana abierta, aterrizando su ardiente mirada en ella, con los

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colmillos al descubierto.

—Ellos sienten abrirse la fisura —dijo Dante—. No he convocado a ninguno


de ellos para que cruce a través de la planta baja de la torre, donde tengo una
abertura para ellos, así que saben que algo anda mal. La ventana y la puerta estarán
protegidas, por ahora. El círculo te protegerá durante un tiempo de su ataque si se
precipitan aquí. Tan pronto como esté preparado, liberaré la retención del círculo, y
la fisura te hará cruzar detrás de mí.

Si todo iba como debería. Pero ella recordó ese sentimiento de desesperación
terrible mientras fluían por allí anteriormente, la forma en que la había drenado,
incluso dentro del círculo. No le quedaba fuerza suficiente. Sería su fin. Iba a morir
en este mundo terrible, sobre la sangre de una mujer aterrorizada y quién sabe
cuántos otros sacrificios, rodeada de esas criaturas sin alma.

—Dante —gritó ella, aterrorizada de nuevo.

Pero él ya estaba de pie en su círculo, y cuando trató de moverse hacia él, el


blindaje del círculo había regresado, manteniéndola donde estaba. Mientras él le
daba la espalda, la energía comenzó a brillar en toda la habitación. Dante estaba
cantando, estableciendo su pasaje y tal vez el de ella, palabras que ella no conocía,

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El Club de las Excomulgadas
pero estaba segura que Mina sí. Lex había querido aprender más sobre la magia,
pero había tantas cosas que había querido hacer.

La magia de Dante tenía una energía innata en sí misma. Ella la sintió


envolverse en medio de sus emociones, una parte inseparable de él. Los Oscuros
podían haberle enseñado los preparativos rudimentarios para salvarlos a
regañadientes, y Dante pudo haber leído todos los libros mágicos que habían
dejado detrás, pero una gran parte de la energía mágica que presionaba en ese
cuarto era la suya, un hechicero natural. ¿Lo sabría?

Dante, no me dejes aquí. Tengo tanto miedo. Los mareos la inundaron, sus
brazos apenas la sostenían. No. Por favor, deja que pierda la conciencia antes de que mi

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cara caiga en la sangre.

Estaba trazando símbolos que brillaban en llamas y luego se quemaban a sí


mismos en el aire hasta poder ver su contorno. El poder chisporroteó, quemando
sus pulmones, sus ojos. Las llamas se dispararon alrededor de ellos, y todavía
anhelaba ir hacia él, esperanzada, a pesar de que la esperanza no existía allí. La
misericordia no existía allí. No sentía nada de él ahora, sólo una intención pura y
concentrada para conseguir salir como el infierno de ese lugar.

Y Jonah sacrificaría todo lo que era para darle caza y reclamar venganza por
su hija. El corazón de su madre se rompería, su espíritu sería destrozado. Todo por
el dolor de la pérdida, un final que Lex nunca había imaginado para ninguno de
ellos. No podía soportarlo.

Por favor, Dante... Si él lo hacía de esa forma, no encontraría lo que buscaba.


No podría. Ella lo sabía. Y eso era tan desgarrador como todo lo demás.

Ya era demasiado tarde. Las llamas se dispararon, y ahora veía la silueta de


la fisura, una espiral de luz de estrellas, llamas y oscuridad dentro de los límites que
lo llevarían a su mundo. A la destrucción de mucho más que sí mismo.

Mientras, ella estaría sola y aterrorizada. Era humillante que eso saltara al
primer plano ahora, por encima de todo lo demás. Su espalda se dobló, ese

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El Club de las Excomulgadas
hermoso cuerpo moviéndose hacia adelante. ¿Él incluso miraría hacia atrás a ella, o
se habría olvidado ya de su existencia? Su alma se encogió ante la traición final, tan
irracionalmente profunda que se tambaleó, temiendo que la respiración rasposa que
aspirara antes de que él cruzara, fuera la última.

Su forma brilló, y ella soltó un grito, un rechazo doloroso. Era toda la fuerza
que le quedaba. Como si sus músculos del brazo se hubieran convertido en agua,
cayó hacia adelante, con tanta fuerza que su cara golpeó la piedra en la parte
inferior de la cuenca poco profunda. La sangre, la humedad y el olor, invadieron su
nariz y boca, forzando sus ojos a cerrarse. Siempre mantuvo los ojos abiertos bajo
el agua, pero esto estaba frío, viscoso y no albergaba la tranquilidad que tenía el
mar.

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El terror se disparó a través de su flojo cuerpo mientras los golpes en la
puerta se convertían en truenos, la madera se astillaba y la piedra se desmoronaba.

Ella iba a morir, encadenada para siempre a su desesperanza.

Gritó cuando la agarraron. La adrenalina la bombardeó lo suficiente como


para golpearlo débilmente. Su atacante Oscuro tiró de ella fuera del círculo
sangriento, girándola tan rápido en su agarre, que era como si el mundo se
inclinara, volcándola sobre la fría piedra para que él y sus compañeros pudieran
violar su carne, despojarla de sus huesos mientras su vida se iba en ello.

—No —se lamentó ella, deseando poder ser valiente, deseando estar en otro
sitio, deseando a su padre o su madre... o a Dante.

Unas manos le acariciaron la cara, con los pulgares deslizándose sobre sus
ojos, quitándole la sangre. Ella dejó que su mirada se abriera, y vio el duro rostro de
Dante por encima de ella.

—Tú irás primero —dijo él—. No vas a morir.

Ella sintió el terrible conocimiento en él, el cual mantenía a raya como un


dedo en el dique de sus emociones. La mayor parte de sí mismo aullaba,

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El Club de las Excomulgadas
exigiéndole que sacrificara lo que fuera para liberarse, para hacer lo que había
dedicado su vida a hacer. Era como ver la batalla de un hombre solitario contra
todas las fuerzas del infierno que hacían erupción en su alma, y era una energía
terrible, vertiéndose sobre ella, diciéndole lo cerca que estaba de cambiar de
opinión. Pero él la metió en su círculo, se irguió y gritó las palabras adecuadas,
desafiante, enojado, con los hombros hacia atrás. Sus ojos carmesí eran tan feroces
como las llamas crecientes en torno a ellos, ahogándola con su calor.

Ella estaba tan débil, que sólo podía observar. Quería decirle que ellos le
ayudarían a cruzar, que harían honor a su acuerdo...

Sólo que no había hecho uno, ¿o sí? Habían acordado abrir el portal para él

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por la fuerza, a cambio de su vida. Si la tenían, podrían cerrarlo. Nada de lo que
había hecho ameritaría su consideración, porque no lo estaban viendo en esos
momentos.

Sólo ella entendía el costo, y ni siquiera podía comprenderlo


completamente, ya que sólo lo había experimentado durante dos días.

Sus brazos comenzaron a brillar mientras el portal hacía la transferencia,


apretando su cuerpo, dándole un tirón duro, que la succionó de manera dolorosa.

Emitiendo un gruñido penetrante que su madre habría reconocido como el


eco del grito de batalla de su padre, Alexis utilizó una reserva de fuerza que en
realidad no tenía. Solamente por su fuerza de voluntad, sus alas y los músculos de
su cola la pusieron de manera vertical, derribándola hacia él. En reacción
automática, la agarró, porque, bendita fuera la Diosa, no había protegido el círculo
para sostenerla en su interior como había hecho con el de ella.

Envolviendo sus brazos alrededor de su cintura, Lex apretó la mejilla contra


su abdomen y dio una voltereta, haciéndole tropezar lo necesario para que diera
unos pasos hacia el círculo. Aferrándose como si el universo estuviera en juego, ella
cerró los ojos. Con un grito siniestro de viento y energía, o tal vez esas eran las
voces chillonas de los que se quedaban atrás, el portal los succionó a ambos.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Once
Él había dicho que el portal sólo podía tomar a uno a la vez. Ella sabía lo
suficiente acerca de la magia para saber que era estúpido ir en contra de sus reglas.
Si bien había sido puro impulso, ella se dio cuenta que podría haberlos matado a los
dos, porque se sentía como si hubiera estado encerrada en una secadora, atacada
por un calor abrasador mientras era golpeada, girando y girando.

Aunque ella gritó por el dolor, siguió aferrándose a él. Había hecho un puño
cerrado y la otra mano estaba en su muñeca, cuando ni siquiera sabía si la energía

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se volvería bastante fuerte, no había nada que pudiera hacer. Como una criatura del
mar sabía que por supuesto podía ser derribada por los codos pequeños de agua,
sabía que la fuerza de los elementos superaba con creces las habilidades mortales, o
su débil agarre.

Ella sólo podía intentarlo, sin embargo. Cavando hondo, dragó la energía de
la vida que sabía había dejado, y lo vertió en su agarre, aun cuando su reserva se
menguaba como un reloj de arena. Si era por mucho tiempo, no importaría. Sería
una sirángel muerta, girando a través de un vórtice entre mundos. Como los
cuerpos inconscientes de los cangrejos varados en la playa, pero por lo menos sería
mejor que ser un alma a la deriva en el mundo Oscuro.

Oh, infiernos, no iba a funcionar. Él se le escapaba, y si lo soltaba, uno o


ambos se perderían.

Uno de sus brazos fue alrededor de su espalda, y luego el otro. Tan fuerte
como él era, ella no se había dado cuenta que tenía el poder de luchar a través de la
compresión como un tornado. Gracias a la Diosa. Su calor estaba debajo de su
mejilla, en el estruendo de su corazón. Sus maldiciones retumbaron en su cabeza,
amenazándola con todo tipo de daños físicos si iba en contra de sus deseos, aunque
ella sabía que no sería así. Él deseaba esto más que nada, y era lo correcto.

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El Club de las Excomulgadas
Fuego, viento, estrellas en espiral, y entonces, tan repentinamente como
habían sido atrapados, el tornado los dejó ir. Su cuerpo maltrecho golpeó algo
sólido como una pared de hormigón. El dolor la abrumó, pero no importaba. Podía
oler el aire cargado de sal. El océano. Oh, Diosa.

Algo andaba mal. La energía seguía allí, tirando de lo que estaba en sus
brazos. La desgarraría en pedazos si no lo dejaba ir, si él no la dejaba ir, pero
ambos estaban demasiado congelados para hacer nada, todavía atrapados en las
garras de la magia del portal.

—Vamos, Alexis. Suéltale. —Ella nunca había pensado que la voz mordaz
de su madrina sería tan bienvenida, o la sensación del aire húmedo contra su carne,

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en sus fosas nasales, sería el cielo. Pero no podía aflojar los brazos. La tormenta de
dolor y la energía le hacían imposible pensar, pero sabía que era lo más importante.
El vórtice quería llevárselo de vuelta, llevárselo al mundo Oscuro de nuevo. Y ella
no lo permitiría.

En cambio, llamó a un pequeño mechón de energía para hablar con una voz
desgarrada que apenas reconoció. Su realidad era incorpórea, la cara de la bruja era
una ilusión.

—Ayúdalo, Mina. Ayuda... lo... a cruzar. Por favor.

A través de sus agrietados párpados, sus ojos estaban arenosos por lo que
todo estaba oscilando, Lex vislumbró a la bruja, con el pelo negro largo volando
con la fuerza del viento que se generaba, con los ojos bicolores brillantes con el
poder que estaba canalizando. Todo había terminado en la cámara, dondequiera
que estuvieran, tan sofocante como lo que había sentido en la primera torre de
Dante. El ser que ella había sostenido y el que trataba de traerla a casa eran un
Engendro Oscuro, mitad Oscuro. Mina tenía que entender. Tenía que hacerlo.

Por favor. . .

Sus dedos se escurrieron, y Lex lanzó un grito de protesta, cayendo en la


piedra. Ella pasó por encima con frialdad, como un pez que había permanecido

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El Club de las Excomulgadas
demasiado tiempo en la orilla. Sus músculos y articulaciones tensos protestaron,
sujetándola.

—No —gritó ella—. ¡No dejes que se vaya!

—Él está aquí. Tranquila. Los dos lo han logrado. Santo Diosa Lex. —
David, la pareja de Mina. Ella se atragantó con un sollozo y buscó a Dante. Apenas
consciente de lo que la rodeaba, empujó sus habilidades al límite y lo encontró. Un
gemido de alivio escapó de ella, pero luego su cerebro calculó dónde estaban. Más
importante aún, quién más estaba allí.

Liberándose del tranquilizador agarre de David, lo sorprendió lo suficiente


para liberarse y usar sus alas, aunque una estaba rota, lanzándose hacia la energía

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que sabía era Dante. Ella lo golpeó cuando estaba en cuclillas a la mitad, como si él
estuviera tratando de ponerse en pie, y se las arregló para que ambos rodaran en
una maraña de cuerpos adoloridos por todo el suelo de piedra.

Una maldición sorprendida precedió a la explosión. La retirada de la ráfaga


de energía al ser abortada quemó sus alas lo suficiente para que ella oliera a plumas
quemadas. Ella se dio la vuelta, más rápidamente de lo que podía procesar, por lo
que tuvo ganas de vomitar otra vez, a pesar de que su agitado estómago estaba
vacío. Rebuscó por Dante, y luego se dio cuenta de que las manos duras que la
habían agarrado y que se habían arrojado sobre ella para apagar las llamas eran de
él. Él se puso de pie, de pie entre ella y el ataque de fuego letal.

—No. No le hagas daño —jadeó ella, tratando de levantarse.

Quédate dónde estás, Alexis. No me hagas enfadarme más contigo. La voz de Dante
atravesó su mente, muy determinada y furiosa.

—Creo que la pregunta que debe hacerse es si él es tan tonto como para
tratar de hacernos daño.

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El Club de las Excomulgadas
El sarcasmo seco de Mina trajo una muesca de rebote de energía volátil
alrededor de la habitación. Alexis logró apoyarse contra un muro de piedra y,
lentamente, se centró en su entorno a través de la V de las piernas de Dante.

Estaban en las cuevas submarinas donde Mina había vivido, antes de que
ella y David se hubieran mudado a la línea mágica del Cisma en el Desierto de
Nevada. El aire aquí permitía a los presentes permanecer en las cornisas anchas de
piedra, aunque el agua se replegaba lamiendo los bordes. No pudo evitar mirar con
avidez el agua, sus escamas le dolieron anhelando el toque de esa calmante
lubricación. Pero eso tendrá que esperar. Ella se preparó, esperando no desmayarse
por la agonía o la debilidad hasta que estuviera segura de que cuando despertara
encontraría a Dante todavía allí.

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El estallido eléctrico destinado a matar a Dante había venido de Jonah, por
supuesto, lo que explicaba la retirada de la ráfaga de energía y la maldición, porque
había tenido que absorberla. Eso lo había lastimado, era obvio por los labios
apretados en la expresión de Jonah, pero no afectó su enfoque asesino en Dante ni
un poco.

El comandante estaba a unos pocos metros de distancia, con los pies firmes
y la espada desenvainada. La oscuridad de sus ojos era ébano llameante, con el
rostro en una máscara aguerrida que ella nunca había visto antes. Aunque sabía que
él era intimidante, sólo había recibido resonancias y relatos de segunda mano. Su
empatía siempre le había asegurado que se cortaría sus propias alas antes de
lastimarla, incluso cuando la había amenazado con todo tipo de castigos terribles
por sus transgresiones infantiles. Ella nunca le había temido. Siempre lo había
respetado y tratado de obedecer. Su corazón se retorció cuando se dio cuenta de
que eso podría estar a punto de cambiar.

Había otros tres ángeles aquí, así como Mina y David. Aunque no veía a
Anna, sentía a su madre cerca, probablemente en otra sala de la amplia serie de
cavernas de Mina. Debido a que su padre podía hablar en la mente de su madre,
esperaba que él le hubiera enviado su mensaje de que ella estaba aquí y segura.

142
El Club de las Excomulgadas
Por supuesto, viéndose a sí misma, no estaba tan segura de eso. Estaba
deshidratada, su ala estaba rota, así como posiblemente, algunos otros huesos de su
cuerpo, y estaba cubierta de sangre. A pesar de que no era suya, ellos no lo sabían.

Dante, no los provoquemos, por favor. Sólo quédate quieto. ¿Y si la plática mental
sólo funcionaba en su mundo?

Una pausa angustiosa, y luego su voz inundó su mente, calmándola. Ellos me


matarán de todos modos. ¿Qué importa?

No, no lo harán.

—La sangre no es mía —logró decir ella en un chillido estridente e indigno.

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Mientras apenas tenía energía suficiente para moverse, deseaba poder cambiar a su
forma humana para estar delante de ellos, para mostrarles que estaba bien.

Dante había movido su mirada a David. El compañero de Mina que en


realidad estaba más cerca de ellos, hacia el flanco izquierdo. Tenía un ala blanca y
una negra, lo que lo hacían único en la Legión, se encontraba en un pliegue medio,
preparado para impulsarse al combate, si fuera necesario. No importaba que él
fuera un luchador formidable, David tenía una calma interior que Lex rara vez
había sentido interrumpida por algo. Incluso ahora, las tranquilas aguas que se
acercaban a Lex, la arropaban como una manta.

Sin embargo, igual que con su padre, él tenía una expresión que Alexis no le
había visto antes. Las dagas que solía llevar enfundadas estaban afiladas y brillantes
en cada mano. Su calma era aterradora, esperando la orden de Jonah. Marcellus
estaba aquí, igual que Bartolemy, otro teniente. Todos los ángeles que ella conocía.
Había crecido bajo la sombra de sus alas, de su protección. Pero la fría rabia que
emanaba de ellos ahora le decía exactamente cómo se veía, lo que ellos estaban
viendo.

—Él no me hizo daño —tosió ella. Técnicamente—. Pyel, por favor,


escúchame. Por favor, no le hagas daño. Él no me hizo daño.

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El Club de las Excomulgadas
—Si es así, David ira y te sacará de su espalda. —La mirada de Jonah nunca
abandonó el rostro de Dante. El Oscuro Engendro vampiro reflejaba su postura
combativa, con cada músculo tenso, con la energía que emanaba de él
empujándose contra la forja inamovible de Mina, haciendo que la atmósfera fuera
un guiso de combustible.

—Ella es mía, no tuya —replicó Dante—. Y se moverá cuando yo lo diga.

El destello de fuego fue instantáneo. Alexis gritó en señal de protesta, pero la


espada de Jonah entró en una erupción de llamas azules en un abrir y cerrar de ojos
mientras David golpeaba a Dante, con su daga cortando hacia abajo. El
movimiento defensivo de Dante puso a David detrás de él, y al segundo siguiente,

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


David estaba sobre Alexis, agachándose para protegerla con su cuerpo y
envergadura mientras Jonah atacaba. Dante giró con el movimiento de los puñales
de David, sin embargo, ahora una conmoción de energía golpeó a David en el
hombro, haciéndolo girar por lo que la espiral de acero y fuego de Jonah acuchilló
a través de las plumas del ala izquierda de su lugarteniente y la piel de debajo. Con
un gruñido, David completó el giro, enredándose con Dante para que ambos
cayeran. Dante se liberó en un instante, pero Jonah ya estaba encima de él también,
con su espada balanceándose en un arco mortal.

—¡No! —gritó Alexis.

La explosión, una fuerza de energía de Dante, estremeció la caverna,


agrietando las paredes y desprendiendo la roca. Una estalactita atravesó el agua con
una caída contundente, bañándolos a todos. El bienvenido toque del agua salada
salpicó sus necesitadas escamas. Alexis se quedó sin aliento cuando la cornisa se
sacudió, desalojada por la explosión. Al menos eso era lo que ella había pensado,
pero moviendo la cabeza a su alrededor, vio a Mina, ya en marcha hacia los
ángeles, extendiendo su mano. La cornisa imitó el movimiento deslizando
suavemente a Alexis en el frio abrazo del mar, fuera del alcance de los
combatientes. A causa de su debilidad, ella se dejó caer debajo de la superficie, y no
pudo reunir la fuerza para volver a subir. A medida que su cuerpo se hundía, vio
destellos de luz encima de ella, y cuerpos luchando. No. Por favor, Pyel. Mina. . .

144
El Club de las Excomulgadas
Ella era impotente para detenerlo ahora. Lo único que podía hacer era
esperar a que Mina lo hiciera. Su cola golpeó abajo en la caverna y ella vaciló,
aferrándose a su conciencia por un hilo. Había una corriente de agua aquí, calor y
frio mezclados, como si la destrucción hubiera abierto otro túnel.

¿Dante? ¿Estás bien?

No hubo respuesta, pero podía sentirlo. Él todavía estaba allí, todavía vivo.
Muy, muy enojado. Su ira hacía juego con la rabia de su padre, haciéndola
preguntarse si los dos reducirían las cavernas a un montón de piedras antes de
terminar y ella quedaría aplastada aquí. Debía investigar ese túnel.

Pero cuando de nuevo intentó bombear con su cola y alejarse del fondo del

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mar, fue golpeada por una nueva ola de mareo, con su cabeza latiendo de dolor
haciéndola gemir. Diosa, se sentía terrible.

Cuando una mano se cerró sobre su brazo, ella gritó. Anna estaba allí, con
los brazos cerrándose alrededor de las caderas de Lex y luego de sus hombros,
sujetándola hacia arriba. Sólo la sostuvo. El pelo de su madre ondeaba a su
alrededor, rozando sus brazos y caderas, con sonidos suaves y cantarines de alivio y
angustia resonando en sus oídos. Alexis se aferró de nuevo, luchando y olvidando
momentáneamente todo mientras toda la fuerza de sus temores iba hacia ella, con
la certeza absoluta de que nunca volvería a ver a su madre de nuevo, de que nunca
se sentiría así. Agarrando su pelo, empujó su cara en la garganta de Anna, sus
emociones sin control mientras flotaban en el agua juntas, ajenas a la batalla librada
por encima de ellas.

—Necesito ayuda, Myel —Alexis habló en su idioma compartido por fin—.


Estoy débil, y Pyel no puede matarlo. No debe.

Anna la miró fijamente, con los ojos maternos registrando cada golpe, su
brazo lesionado, el agotamiento y el horror persistente por su terrible experiencia en
los ojos de su hija. Alexis se sintió contenta de estar en el agua, porque eso quería

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El Club de las Excomulgadas
decir que ya no parecería un espectro empapado en sangre. Si la hubiera visto en la
cornisa, Anna no hubiera escuchado nada.

—Por favor, Myel. Confía en mí.

Anna por fin asintió. Tomando a Alexis por la cintura, ascendieron


cautelosamente. Alexis la ayudó con propulsión tanto como pudo, pero era muy
consciente de que su madre estaba haciendo la mayor parte del trabajo, su única ala
buena y su cola no respondían.

Anna se detuvo el tiempo suficiente para determinar que no había más


intercambios de energía en marcha, por lo menos no había proyectiles, luego
salieron a la superficie.

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Los ángeles estaban en un extremo de la caverna, en un trozo de la cornisa.
La cara de Jonah estaba sangrando y había una desagradable quemadura en su
amplio pecho. Dante estaba al otro lado de la cámara encaramado en un
afloramiento de la pared. Sus puños estaban cerrados, y estaba en cuclillas de
manera depredadora. Tenía un labio ensangrentado y sostenía su brazo con rigidez.
Aunque su ala necesitaba curación, David parecía estar bien. Marcellus y
Bartolemy también se veían ilesos, aunque por la gran cantidad de plumas flotando
en el agua y la efervescencia residual de fuego mágico, era obvio que la breve pelea
había sido feroz.

Alexis observó el brillo de una barrera cortar el centro de la repisa. Mina


estaba de pie en el eje de ella. Sus ojos ardían, sus manos estaban en sus caderas,
con los dientes hacia atrás en una mueca de dientes afilados. Cubriendo la magia
oscura de Dante y el fuego del ángel, había una vibración que Alexis nunca había
sentido tan abiertamente, aunque lo apreciaba cada vez que estaba cerca de su
temible madrina. David se había movido más cerca de ella, con los ojos atentos,
como si midiera ese temperamento y a dónde iría con él.

En un latido Lex entendió mejor por qué a menudo Jonah temía por su
joven teniente. El poder concentrado del temperamento de Mina se llevó la débil

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El Club de las Excomulgadas
fuerza que trataba de prestar a su madre para ayudarlas a subir a la superficie. El
brazo de Anna se apretó alrededor de su cintura. A pesar de la resistencia de Alexis,
ella las llevó al lado ángel de esa barrera, en una de las estrechas repisas restantes.

Al ver la mirada de Jonah hacia ellas en el segundo en que salieron, Lex


entendió por qué lo había hecho, para darle al comandante una preocupación
menos. Pero no le gusto la sugerencia visible de que estaba posicionándose en un
lado, y ese lado estaba lejos de Dante. Pero cuando lo miró, su mirada estaba fija en
sus oponentes.

—No te interpondrás en mi camino, bruja —espetó Jonah—. Él no saldrá de


esta cámara con vida.

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—Entonces matarás a tu propia hija —replicó Mina.

Eso llevó a todo el mundo a pararse en seco, incluso a Dante, que le dio a la
bruja una mirada estrecha. Mina volvió su atención hacia él.

—Supongo que es por eso que la marcaste tres veces. Una estrategia
inteligente, aunque pone de relieve por qué Jonah te despachará de la manera más
dolorosa posible.

La cara de Dante fue una máscara impasible.

—Explícate —dijo Jonah con frialdad.

—Él es un vampiro —replicó Mina—. La marcó tres veces. En este mundo,


los vampiros lo hacen para crear a un sirviente humano, sólo que éste lo hizo en
otro tipo de ser. Si funciona de la misma forma, su mortalidad está ligada a la suya.
Si lo matas, ella muere. Un sirviente seguirá al vampiro, incluso en el más allá.

Ninguno de ellos pudo ver cómo Dante se sentía acerca de eso, pero Alexis
sintió su reacción, sepultada bajo aquella expresión temerosa y aún de violencia. Le
sorprendió, casi tanto como a Jonah.

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El Club de las Excomulgadas
—Él no sabía nada de eso, Mina —dijo ella apresuradamente—. No lo hizo
a propósito.

Su vampiro le lanzó una mirada estrecha y desagradable, pero ella lo ignoró


por el momento a favor de su padre, que parecía dudoso.

—Lo sé, Pyel. Puedo sentir sus emociones. Él me dio su sangre para
mantener mi fuerza.

—Maldita sea, Mina —gruñó Jonah. Ella le lanzó una mirada venenosa.

—Si te calmaras y siguieras mi ejemplo, no habría tenido que decírtelo


delante de él ni le hubiera dado ese conocimiento, ahora ya lo hice ¿no?

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Impetuosos, todos ustedes.

—Le diste a mi hija sangre para fortalecerla. Pero una tercera marca requiere
que bebas de ella tres veces. ¿Por qué tomaste la sangre de mi hija? —la voz de
Jonah era suave y mortal.

—Bueno... —Era ridículo estar avergonzada, pero Alexis se sonrojó


mientras luchaba por encontrar una respuesta.

—No te he preguntado a ti. Cállate.

Él había sido severo en su crecimiento. Pero nunca le había gruñido como


hacía con los que estaban bajo su mando, con una estruendosa corriente
subterránea que retumbó en la caverna, los ángeles presentes le prestaron atención e
hizo saltar a Alexis. El único sonido durante los siguientes segundos fue el siseo de
Dante mientras le enseñaba los colmillos al ángel, una advertencia que hizo que las
cejas de Mina se movieran hacia arriba.

—¿Tienes una respuesta, vampiro? —dijo Jonah de nuevo, sin que lo


afectara, a menos que se contara el aumento de tensión en sus amplios hombros y
el broche duro en su espada.

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El Club de las Excomulgadas
—La marqué la primera vez y la segunda por el portal hechizado del sueño,
para unirme a ella lo suficiente para transportarla hasta el mundo Oscuro y tener
acceso a su mente. Mis razones para darle la tercera marca son mías, pero bebí de
ella esa vez para alimentarme. Esta sangre es rara. —Mostrando sus colmillos,
Dante mostró un rastro de sangre azul que debía provenir de uno de los ángeles que
había herido—. A diferencia de la sangre de un ángel puro, la suya no me quema.
—Sus ojos brillaron de color carmesí—. Y la suya es mucho más dulce.

—¿Ella siente algo si él se lastima? —le preguntó Jonah a Mina.

Mina negó.

—Es sólo un eslabón de mortalidad. Eso…

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—Así que lo puedo golpear hasta casi la muerte, mientras no lo mate, ella
estará bien.

La mirada de Dante se intensificó, recolectando la energía a su alrededor.

—Lo puedes intentar, ángel.

—Juro por la Diosa, que los hombres son los mismos en todas las
dimensiones. Muchos deberían ser castrados. —Mina se levantó sobre la punta del
pie hacia el vampiro y se ganó un movimiento de ojos ardientes—. Escucha lo que
digo. Si mueres, Alexis muere. No tienes que pelear con él. Él no arriesgará a su
hija.

Ella se volvió hacia Jonah a pesar de su juramento entre dientes.

—Puedo atarlo y enviarlo de vuelta a su mundo con protecciones


adicionales. No se le hará la vida más fácil allí, pero no será asesinado. Cualquier
Oscuro que trate de herirlo fatalmente se lastimara a sí mismo. Así estará lejos de
aquí, pero Alexis estará razonablemente segura. Puede que él se vuelva lo
suficientemente desesperado como para amenazar con suicidarse para ganar su
libertad otra vez, pero lo dudo. Es un puro oportunista.

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El Club de las Excomulgadas
—No —dijo Alexis.

La mano firme de su madre estaba en su cintura, otra su pelo, acariciándola,


pero Lex sintió su vigilancia, así como la fuerte unión existente entre ella y Jonah.
Se preguntó si era por eso por lo que su padre no había estallado de nuevo para
hablar. Pero sus palabras fueron filosas como hojas de afeitar.

—Te lo dije —comenzó él.

—No puedo estar en silencio, Pyel. No puedes enviarlo de vuelta allí.

Jonah miró a Mina, con su labio levantándose con disgusto.

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—¿Esta unión crea sentimientos forzados de protección...?

Ella se había equivocado. Su energía física había sido robada, pero el estrés
de su cautiverio y la tensión en esta cámara, las muchas cosas que no se decían y
que deberían decirse y también las muchas cosas que se decían que no se deberían
decir, le daban otro tipo de fuerza. Una repentina explosión de inesperada ira.

—Deja de hablar como si yo fuera una niña tonta.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Doce
Ella capturó la atención de todos con la fuerte reprimenda. Incluso la mano
de su madre la calmó. Cuando la mirada oscura de Jonah parpadeó hacia ella,
sintió algo de él, una emoción fuertemente reprimida que atravesó su corazón,
llevando un dolor a su garganta, pero no podía reaccionar a eso ahora.

Dante se sentó en cuclillas. El cabello oscuro se derramó por su brazo


derecho, el izquierdo estaba apoyado en la roca, tenso el músculo magro de sus
bíceps y hombros, con su respiración apenas moviendo la extensión de su pecho
liso. Le recordó a Lucifer, con su sensual y oscura energía y el potencial miedo.

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Debido a su enfoque en su padre y a los otros poderes en esta cámara, no podía
medir sus intenciones o pensamientos.

Pero no le importaba. No importaba su poder, sabía que su destino


descansaba con ella. Mina la miró con un hermetismo casi idéntico. Se preguntó si
esa calma sería una cosa inquietante de los Engendros Oscuros.

Alexis respiró hondo y rezó por no desmayarse.

—Pyel, me doy cuenta de cómo me veo. Los últimos dos días han sido los
más horribles de mi vida. Ese lugar... —Su voz se quebró, y Anna hizo un ruido.
Lex al principio pensó que la poderosa ola de emoción provenía de ella, pero su
fuente la sorprendió. Era de David. Aunque su postura no cambió cuando se situó
detrás del hombro derecho de su jefe, con las manos todavía en sus dagas, ella
sintió su reacción.

Al ver la sombra cruzar sus ojos, recordó. Él había sido torturado casi hasta
la muerte allí. Y aunque Mina a menudo era un libro cerrado, ahora sintió a la
Bruja de Mar llegar a él con su mente, con su corazón, sus ojos se movieron hacia
él.

El vínculo entre ellos era algo innato, difícil de explicar. Así como estaba.
Pero tenía que hacerlo, o Dante sería devuelto. Y eso no era aceptable para ella.

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El Club de las Excomulgadas
Tragando, le habló a Jonah de nuevo.

—Nadie debería estar allí. Ni él, ni nadie. No voy a engañarte. Siento su


oscuridad, como lo haces tú. —Cambió su mirada hacia Mina—. Pero tal vez lo
que no sientes, que yo sí puedo, es su luz. Está ahí. Él no quiso nacer allí. Ha
sobrevivido todos estos años, centrándose sólo en escapar, y utilizó lo que tenía a
mano para hacerlo. Podría haberme tratado muy mal, pero no lo hizo.

Con alivio, vio que Jonah la estaba escuchando. El padre, que estaba furioso
y preocupado todavía estaba allí, sus sentimientos se aferraban a ella como garras
afiladas. La hacía desear correr hacia él, dejarlo envolverla entre sus brazos fuertes
y la comodidad de sus alas, en lugar de dejarse estremecer por todo el miedo y el

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terror de los últimos dos días. En el abrazo de Anna, había tenido el más mínimo
comienzo de todo el consuelo que quería que le dieran. Pero le había dicho que no
era una niña, y no se estaba dirigiendo a su padre. Estaba hablando con el ser que
había hecho miles de juicios sobre la vida o la muerte.

—Todos saben de mi don. Puedo ver el núcleo de lo que él es y lo que puede


llegar a ser.

Se te dio este regalo por una razón. Ella dejó que la idea reforzara su fuerza
física que la suya propia no podía. Aguanta allí. En algún lugar al final de esto estará tu
cama y una ducha larga y caliente.

—Sí —Jonah inclinó la cabeza—. No lo dudo, Alexis. Pero también


sabemos que puedes dejarte cegar por otras fuerzas.

—Esos fueron los errores que cometí cuando era niña. Ya no lo soy. —
Contuvo su impaciencia mientras él la quemaba con su mirada.

—Si no eres una niña, sabes que cada ser tiene potencial para el bien o el
mal. Cuál escojan depende de sus opciones. Su entorno puede empujarlos, pero al
final, se trata de una elección. Él hizo la suya.

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El Club de las Excomulgadas
Para sobrevivir en mi mundo, matamos. Por cualquier cosa, nos matan. Poniendo
firme la barbilla con el recuerdo, ella negó.

—En su mundo, su elección era sólo vivir o no vivir, y sin embargo él pudo
vivir. No hay moral allí, Pyel. No es bueno protegerse adoptando decisiones contra
el mal. Ahora tiene más opciones, y si se le permite permanecer aquí, tendrá la
oportunidad de tomarlas.

Ella siguió adelante, reforzada por el parpadeo en su expresión.

—Myel me dijo una vez que, poco después de mi nacimiento, me llevaste


volando sobre el agua. Recuerda cómo me dejaste volar, cernirme sobre las olas,
sosteniéndome en tus brazos para que la luz de la luna brillara sobre mi piel,

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brillara en mis alas. Dijiste que era del tamaño de tu mano, entonces.

Haciendo una pausa, dejó que el recuerdo la llenara, que una imagen se
tejiera entre los dos.

—Había lágrimas en tus ojos.

La respiración de Anna se oyó a sus espaldas. La mirada de Jonah se movió


hacia ella, luego de regreso a Alexis. Ella notó que incluso había capturado el
cauteloso interés de Dante, aunque él y los otros ángeles se mantenían demasiado
obsesionados unos con otros.

—Dijiste que habías visto todo lo que podía posiblemente ser, todo mi
potencial, y que querías darme todas las posibilidades de alcanzar ese potencial,
para lograr el más alto pináculo de la felicidad en mi vida. Eso es lo que estoy
pidiendo para Dante. Este es su nacimiento. Es un bebé, y merece esa oportunidad.

Tal vez era ridículo comparar el vampiro alto y musculoso, con ojos
llameantes y colmillos al descubierto con una niña pequeña, pero ella siguió
adelante.

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El Club de las Excomulgadas
—Por favor. Entiendo que tienes que pensar en ello. Pero por favor no lo
envíes de regreso. Dale la oportunidad de tener una vida aquí.

Jonah miró a Mina. Los ángeles de su nivel podían hablar en las mentes de
los demás, pensar directamente en ellas y oírlas. Estaba claro que una
comunicación intensa estaba ocurriendo. Lex deseó conocer los pensamientos de
Dante, porque las únicas emociones que estaba recibiendo claramente de él tenían
que ver con una violencia inminente. Pero debido a que él se había visto obligado a
vivir de su ingenio mucho antes de que se impusiera a los Oscuros, ella esperaba
que estuviera usando su cerebro en lugar de su testosterona. La caverna estaba
sobrecargada de eso.

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—Hay mérito en sus palabras —dijo Mina al fin—. Tal vez un período de
prueba de treinta días, bajo supervisión. Aunque tendremos que resolver todos los
temas en cuestión.

—Él podría quedarse conmigo —dijo Alexis.

—Cuando Lucifer decida construir un parque de atracciones en el infierno


—respondió Jonah.

—Estoy más segura de su posibilidad de éxito aquí. —Ella volvió su


apelación a Mina—. Soy la única que puede sentir sus intenciones, y le podre
ayudar a navegar por este mundo sin malinterpretar sus acciones. No me hará
daño. Lo sé.

Jonah se giró. Todos los miembros de la cámara se pusieron tensos, con


excepción de Mina, pero su padre sólo utilizó sus alas para ir a la repisa donde
estaban ella y Anna. Cuando él se puso en cuclillas delante de Lex, ella no pudo
reprimir la fuerza de sus emociones. En su cara se veía lo que estos dos últimos días
le habían hecho a él. Eso, y su cercanía, su fuerza y su olor familiar, la deshicieron.
Ella no pudo evitarlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y sus miembros temblaron
de nuevo.

—Pyel —susurró ella.

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El Club de las Excomulgadas
En un segundo estaba en sus brazos, con esas alas envueltas alrededor de
ella y de su madre mientras él las atraía a ambas a sus brazos. Ellas deslizaron sus
brazos alrededor de él también, hundiendo los dedos en sus alas y cabello, con sus
caras en su pecho, mientras él inclinaba la cabeza sobre las suyas, murmurando
palabras incoherentes para las que Alexis no necesitaba su don ni oírlo para
entender. Él hizo que su corazón errático latiera.

Su legión era su familia, por supuesto, pero ella y Anna, eran su sangre, su
corazón y su alma. La emoción de él era abrumadora. A pesar que todos los años
de experiencia en combate y entrenamiento lo habían mantenido centrado en la
mejor forma de traerla de vuelta, él había temido, en el fondo que la iba a perder.
Debido a eso, Lex sabía que no sólo Dante tenía suerte de estar vivo en este punto,

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era una suerte que la caverna siguiera en pie. Se hacía cada vez más difícil empujar
a su padre, pero con la determinada crueldad de la juventud, sabía que tenía que
hacerlo.

Ella levantó la cabeza para mirar su amada cara, y lo repitió.

—No me hará daño, Pyel.

Jonah levantó la mano a sus labios. A pesar de que le dio un beso en ella,
sus dedos se deslizaron sobre los moretones en sus brazos, con la mirada
analizando el estado de su ala rota, de su cara y cuerpo maltratado y debilitado. De
los símbolos grabados a fuego en su piel, ahora claramente visibles con la sangre
lavada.

—Sí, puedo ver eso.

—Hay mucho más que eso.

—No necesito supervisión —dijo Dante. Mientras se erguía en toda su


estatura en la cornisa, y los tres ángeles cerraban filas.

Jonah levantó la cabeza, volviéndose hacia él. Aunque Lex no podía ver su
rostro, las emociones cálidas fueron reemplazadas por algo completamente frío.

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El Club de las Excomulgadas
—Sería prudente que no hables, Engendro Oscuro.

Cuando sus labios se curvaron, mostrando los colmillos, Alexis habló


precipitadamente en su mente. Este mundo es muy diferente del que dejaste. Lo sabes.
Necesitas a alguien que te ayude a acostumbrarte a él, evita errores que puedan convencerlos
de que eres demasiado peligroso para estar aquí.

Yo no busco complacerlos. No seré la mascota de nadie.

La voz en su cabeza fue una caricia de bienvenida a sus nervios


deshilachados, a pesar de las circunstancias tensas. Ella levantó la mirada hacia él,
por encima del amplio hombro de su padre. No es así. Por favor dale a esto una
oportunidad.

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Mina habló entonces.

—Hay una manera de asegurarse de que no haga ningún daño físico o


mágico a inocentes mientras que esté aquí. —Miró a Jonah—. Y no obstaculizará
su capacidad de explorar este mundo con tu hija.

Jonah dejó escapar un suspiro.

—Él no se quedará con mi hija.

—Pyel, es mi elección.

—No, no lo es.

Alexis apretó los dientes, pero un ruido entre una risa y un sollozo cansado
llamó la atención hacia Anna.

—Pensé que nunca los oiría a los dos teniendo una batalla de voluntades de
nuevo —dijo la sirena, con voz quebrada.

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El Club de las Excomulgadas
Jonah dijo una suave palabra de tranquilidad a su compañera. Deslizando su
mano debajo de su pelo para acariciarla, le tocó la mejilla con su pulgar para que su
rostro se inclinara en su palma. Alexis agarró la mano de su madre.

Anna barrió a ambos con una mirada de amor, pero luego se encontró con la
mirada de Jonah y con un objetivo inesperado.

—No me gusta esto más que a ti. Pero años atrás, cuando por primera vez
Mina nos habló de Dante, me molestó. Creo que nos molesta a todos en algún
nivel.

A pesar de que la caverna era una caja de sorpresas emocionales, Lex recibió
una lanza afilada con la sorpresa de Dante. Probablemente no menos que la suya

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


mientras su madre continuaba.

—Este es su don, Jonah. Desearía que la Diosa no lo hubiese hecho, pero lo


hemos visto crecer, y todos sabíamos que cosas más importantes vendrían para ella.
Tal vez él ha llegado demasiado lejos, y todo termine en su muerte. Pero si todo lo
que ella dice es verdad, él se merece una oportunidad. No puedo pensar en nadie
mejor preparado que nuestra hija para traer un alma oscura de regreso a la Luz.

Alexis sintió el peso del recuerdo moviéndose entre ellos.

—Yo puedo pensar en una —dijo Jonah por fin, haciendo que la boca de
Anna se curvara en una sonrisa conmovedora.

—Yo tenía veinte años entonces —murmuró ella—. Un año más joven de lo
que ella es ahora.

Un músculo tembló en la mandíbula de Jonah, pero volvió la mirada hacia


Alexis.

—Si Mina puede encontrar una restricción, y el Engendro Oscuro lo prefiere


a una muerte instantánea y ardiente en la punta de mi espada —dijo, cortando un
vistazo a Dante— hagámoslo. Bajo mis únicas condiciones, y una de ellas es tu

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El Club de las Excomulgadas
palabra de que crees que esto es posible gracias a tu capacidad empática. No a un
deseo sentimental de salvar a un perro callejero.

El temperamento pasó por ella con el insulto, pero apretó su boca.

—No estoy siendo sarcástico, Alexis. Él es un Engendro Oscuro, y ha


matado antes. El olor de su sangre me lo dice, así como el hecho de que haya
logrado tanto poder en un mundo donde sólo la violencia es respetada. Tomarás la
responsabilidad por él ante una multitud de inocentes. Estaremos cerca —agregó,
cuando ella palideció—. Una llamada directa tuya, y uno de mis ángeles
instantáneamente estará a tu lado. Pero a veces un instante no es suficiente. Esto no
es ningún juego de niños, Alexis. Quiero que seas muy, muy cuidadosa.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Alexis miró a Dante. Él estaba de pie solo, un ser de ira y fuego. Ella sabía
que él podía hacer mucho daño, sentía eso en su interior de la misma forma en que
la tierra podía sentir la lava hirviendo a fuego lento en un volcán o un tsunami
esperando debajo de las olas del mar, pero él siempre tendría ese poder. Si Mina
podía hacer lo que había dicho, y los ángeles estuvieran a la distancia de una
llamada, el riesgo tenía que ser aceptable, porque encarcelarlo no cambiaría la
naturaleza de lo que él podía hacer con su poder.

Ella se volvió de nuevo hacia Jonah.

—No importa qué otras sensaciones tenga a su alrededor, mi solicitud se


basa en mi don. Lo juro por mi amor y respeto por ti, y por Myel.

Jonah asintió. Cuando regresó a la otra repisa, se dirigió hacia adelante,


golpeando una mano irritada en la barrera. Mina se alejó antes de que su carne
pudiera quemarse. Sus alas lo llevaron alto, hacia el afloramiento en el que Dante
estaba parado. Jonah se cernió ante él, con sus alas sosteniéndolo firme.

—No busco tu promesa, porque no confiaría en ninguna. Pero quiero que


sepas esto. No necesito ninguna excusa para enviarte de regreso al infierno de
donde viniste. No dudaré en darle instrucciones a Mina de resguardarte para que
no te maten, y enviarte de regreso a los tormentos que los Oscuros pudieran desear

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imponer sobre ti. Si supieran lo que pudiste haber hecho para sobrevivir estos
últimos veinte años, estoy seguro de que le darían la bienvenida a la capacidad de
hacerte su esclavo otra vez.

—Pyel —exclamó Alexis, pero Dante alzó una mano, calmándola.

—No espero nada menos de los de tu clase —espetó él.

—Ejem. —Mina había desaparecido en la cámara adyacente durante el


intercambio y volvió ahora, con una banda de metal de plata en sus manos—. Una
vez que esté en ti, la cargaré con un hechizo. Cualquier tipo de violencia que salga
de ti, rebotará haciéndote sentir tres veces el dolor que estés causando. Tampoco
serás capaz de tomar una vida.

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Él no había consentido nada de eso, Alexis se dio cuenta. La explicación de
Mina de los efectos del collar bien podrían haber sido en el idioma de un país
extranjero, porque cuando su mirada se pegó a la de él, su rechazo era una pared de
negación. Lo dejarían incapacitado, incapaz de defenderse a sí mismo. Era mucho
pedir.

—No me tocarás, bruja. —Él se dejó caer de nuevo en su agarre,


preparándose para atacar.

El calor del combustible se amplió en la caverna, el aire se movió mucho


más cerca. Antes de que Alexis pudiera respirar, espadas y dagas fueron sacadas.
Jonah se movió de nuevo a la posición de cabeza de sus ángeles, mientras la nube
de energía invisible que parecía flotar junto con Mina a dondequiera que iba se
intensificaba. La oscuridad rodó a través de la cámara, como un ahogo, asfixiante
ante la reacción de ira, con la magia reuniéndose, aunque Alexis no sabía si se
trataba de Jonah, de Mina o de Dante, o de una combinación fatal.

—Salgan —espetó Jonah, señalando con la cabeza hacia ella y Anna. Los
brazos de su madre la apretaron, pero Alexis se zafó.

—Pyel, no. Por favor, déjame probar otra cosa.

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El Club de las Excomulgadas
Los pocos minutos en el agua, y el regreso a su propio mundo la habían
reforzado apenas lo suficiente como para hacer la transformación a forma humana.
Sin embargo, a pesar de la presión dolorosa en su pecho, que la hizo luchar por
respirar mientras se levantaba con piernas temblorosas, pudo poner un pie delante,
luego el otro. Cuando logró el torpe salto a la repisa más amplia, tropezó contra
David, ya que era el más cercano.

—Estás realmente presionándolo —murmuró él mientras la tranquilizaba.


Pero no atacaron, y ella se preguntó si Mina habría aconsejado a su padre que
contuvieran su mano, porque de ninguna manera la protesta de Alexis los habría
detenido. Mientras David la ayudaba a moverse hacia adelante para estar hombro
con hombro con Jonah, su padre le dio una mirada de advertencia. Ella le dirigió

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


una inclinación de cabeza, pero volvió su atención a Dante.

—Tenemos que hacer esto —dijo en voz baja—. Es la mejor manera.

Dante la miró fijamente. Algo cambió en él, tan fuerte que las rodillas
temblorosas de ella casi cedieron. Jonah la tomó por la cintura. Su furia subió sobre
ella, pero negó con la cabeza.

—No es él —dijo ella.

Eso era parcialmente cierto. Ella estaba reaccionando a lo que estaba


sintiendo de Dante, no a algo que hubiera sido dirigido a ella. La rabia y el miedo,
la violencia y el odio, envueltos en una oscuridad fétida, se expulsaron de su psique
como un monstruo volviendo a la vida en el armario de un niño.

—No seré esclavo de nadie más —dijo él—. No lo haré.

Todavía con los pantalones rasgados y sin embargo lograba ser todavía
increíblemente salvaje y hermoso, con su cabello oscuro derramándose por sus
anchos hombros, con su mirada ardiente de intención lanzándose alrededor de la
cámara, con la parte superior del cuerpo tenso.

Tragando, ella dio otro paso adelante. Confía en mí, Pyel. Por favor.

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Ella todavía estaba a una distancia en la que él podría llegar más rápido de
lo que Dante podría moverse, otra razón por la que sospechaba que él había
accedido. Al llegar a Mina, la bruja puso el collar en su palma. Su peso se apretó en
su agarre, y ella lo odió por un instante, casi tanto como Dante.

Mientras se abría camino en la estrecha cornisa rota hacia la saliente donde


estaba él, ella se balanceó en la pared. Su padre se quedó justo detrás de ella.
Miríadas de emociones rebotaron a través de la habitación. Su madre, pensativa y
preocupada, pero también intrigada, veía las cosas con los ojos de una madre cosa
que su padre no hacía. Los ángeles, una fuerza de combate peligrosa y lista para
entrar en acción a la menor indicación de su comandante. David era parte de ese
sentimiento también, pero diferente, él mantenía su atención en Mina. Mina era

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una pared en blanco, como de costumbre. Pero cuando esos inquietantes ojos se
encontraron con los suyos, mientras la bruja le entregaba el collar, Lex pensó que
había registrado su aprobación.

Por supuesto estaba demasiado débil y tropezó. Su padre la tomó por la


cintura, pero sus manos aterrizaron en los antebrazos de Dante, con sus dedos
cerrándose en sus codos.

—Estás herida —dijo Dante con una voz que sonó todo menos simpático,
pero algo emanó de él. ¿Estaría enojado con ella por su debilidad? ¿Lo frustraría?
Sí, eso era todo. Frustración. Algo que él no quería que lo molestara. No podía
arriesgarse a una distracción, pero había saltado debajo de la cornisa para estar
delante de ella—. Necesitas atención.

—Necesito que te pongas esto. —Ella apretó los dedos sobre él—. Sabes que
no puedo hacer nada sin tu permiso. Eres más fuerte y más rápido. Así que
escúchame por lo menos a mí, antes de que esto se ponga realmente sangriento y
feo.

—No. —Sus dedos se cerraron sobre ella. La hostilidad siniestra detrás de


esa afirmación hizo que su pulso se acelerara. Ellos no se habían dado cuenta de
que él estaba rechazando su solicitud inicial, no su petición de escuchar.

161
El Club de las Excomulgadas
—Sólo será por un tiempo. Hasta que demuestres que no saldrás por ahí y
matarás a un montón de gente inocente. Has vivido tu vida dispuesto a matar, a
pelear, a luchar o a escapar. No tienes que hacer eso aquí, pero se necesitará tiempo
para que puedas aprender a tener instintos diferentes. Sin esto, realmente podrías
hacerle daño a alguien sin querer. Es para proteger a los demás y ayudarte a ti, no
para atraparte. Puedes leer mi mente. Sabes que no es un truco.

—Sé que no estás tratando de engañarme. Pero tú no creaste este objeto. —


Su mirada se volvió hacia Mina. La bruja le dio una mirada plana.

—La confianza tiene que ser dada o ganada, Dante. Tú querías estar aquí.
Ahora lo estás y por el modo en que lo has hecho, agradece seguir vivo. No pongas

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a prueba tu suerte. Puedes lastimarte… —Mina inclinó la cabeza hacia Jonah…—
Pero te prometo que esto se terminará. Y las piezas que él no incinere, yo las
acabaré.

—Por favor —dijo Alexis en voz baja, clavando sus dedos para atraer su
atención de nuevo a su cara—. Los he conocido toda mi vida. No te están
engañando. Por favor, confía en mí.

Con la intensidad de su expresión, el resto de la caverna desapareció para


ella. Sus manos estaban apretadas, cada dedo presionado en la carne de su brazo.
¿Eres mía?

Era la primera vez que él lo planteaba como una pregunta. Aunque lo dijo
con una agitación áspera, la incertidumbre debajo de ella apretó su garganta, así
que respondió en su mente.

No estoy segura de lo que quieres de mí cuando dices eso, o lo que significa. Pero una
parte de mí quiere decir que sí.

Sus cejas se levantaron cuando él lo consideró, como si estuviera cayendo en


su mente al mismo tiempo que estaba midiendo sus emociones. Qué pareja hacían,
pensó ella con ironía. No podrían mentirse uno al otro, incluso mentiras piadosas.
Eso sería un dolor en el trasero, en cualquier relación.

162
El Club de las Excomulgadas
Luego ella se puso seria.

—Por favor, Dante. —Sé lo terriblemente difícil que es para ti. Pero es el único
camino. Quiero que vivas.

Un momento largo y tenso se produjo antes de que él inclinara la cabeza,


tan suave que podría haber sido la única en verlo. Él se estremeció mientras ella
abría el pestillo del collar y levantaba los brazos. Para estabilizar su débil cuerpo, él
movió sus manos hasta su cintura, o tal vez era para evitar detenerla, porque sus
dedos se hundieron en su carne con el poder de un golpe. Cuando él inclinó la
cabeza hacia abajo para ella, ella se apoyó en su pecho para ajustarlo alrededor de
su garganta. Otro duro temblor lo atravesó mientras ella lo cerraba, haciendo que

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Lex quisiera darle seguridad adicional. La voz aguda de su padre los cortó
entonces, la tensión en su voz diciéndole que estaba al límite de la distancia que le
daría.

—Está bien, un paso atrás, Lex, para que Mina pueda activar la restricción
en él.

Las manos de Dante se doblaron sobre su cintura, pero luego la soltó con
otra inclinación de cabeza, diciéndole que retrocediera de nuevo.

Mientras Lex lo hacía, se dio cuenta de había algo que todavía no había
sentido de él. Miedo. Ira, sí, frustración, preocupación, pero no el tipo de miedo
que haría a una persona retirarse ante una situación imposible de ganar o a lo
desconocido. Recordó ahora lo que había sentido cuando él la había empujado a su
círculo, permitiéndole tomar su lugar. Una renuncia terrible, un fatalismo profundo
como el que experimentan los suicidas, esos que no se preocupaban más por el
alma y que estaban dispuestos a liberarla poniéndole fin por sí mismos.

El malestar la tomó. Lex envió una plegaria a la Diosa para que Dante
confiara en ellos lo suficiente como para dejar que lo ayudaran. Junto con el
malestar, volvió el mareo, otra ola del mundo gris que quería arrastrarla hacia
abajo. No, no podía ceder. No podía dejarlo todavía. No hasta que lo hubiera

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El Club de las Excomulgadas
acomodado en su casa, aunque no estaba segura de que incluso pudiera nadar a la
superficie.

Mina hizo un gesto.

—Esto puede doler un poco, pero una vez que esté activado, verás que no
hay otra cosa excepto el peso del collar. —Antes de que Dante o Lex pudieran
reaccionar a eso, ella dijo el encantamiento.

El acero se encendió al rojo vivo. Alexis se quedó sin aliento mientras el


cuerpo de Dante se sacudía, una corriente de electricidad pasando a través de él, lo
suficientemente fuerte como para ponerlo sobre una rodilla en el estrecho borde.
Lex se lanzó hacia delante, tratando de ayudarlo, pero su padre tiró de ella,

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sujetándola contra su sólida e inamovible fuerza mientras la magia se arremolinaba
en torno a Dante, creando una lluvia de chispas relucientes y azules que se
arquearon alrededor de él como luciérnagas. Él no gritó, lo que pareció impresionar
a Mina, cuyos labios se apretaron mientras el hechizo terminaba. Sus manos se
unieron en una forma en que le recordó a Lex a una Namaste de yoga.

La magia se desvaneció, dejando a Dante sobre una rodilla, con sus dedos
en el suelo y la respiración entrecortada. Cuando levantó la cabeza, Mina asintió
hacia los ángeles.

—Intenta atacar a uno de ellos. Quiero asegurarme de que funciona.

Alexis frunció el ceño.

—Eso no es justo. Ya tiene dolor.

Jonah no le hizo caso, poniéndola detrás de él y enfrentándose con el


vampiro. Los ojos de Dante se iluminaron con un malicioso placer que Lex estaba
segura reflejaba la expresión de su padre. Quizás Mina tenía razón sobre que la
testosterona necesitaba una niñera.

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El Club de las Excomulgadas
—Eh, no. —Mina sacudió su pulgar a través de la caverna, hacia David—.
Con él no tienes resentimiento, y no hará más que defenderse. La última prueba.
Pasa ésta, y podrás sumergirte en el maravilloso mundo del vicio humano.

—Eres aficionada al sarcasmo —observó Dante. Balanceando los hombros


miró a David.

—En realidad es su lengua materna. —David enfundó sus cuchillos, pero se


preparó en una postura de batalla defensiva—. Igual que un acento del que no se da
cuenta que está ahí.

Mina frunció el ceño, pero Dante ya se había puesto en marcha. Fue rápido,
más rápido de lo que Alexis podía seguir, aunque Jonah se volvió con el

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movimiento, protegiéndola. Antes de que pudiera jalar una respiración nerviosa, el
vampiro había golpeado a David en medio del cuerpo. El ángel tomó el golpe, con
sus alas hacia atrás para frenar su propulsión, pero para entonces, nada más se
necesitó. Dante estaba en el suelo, enrollado alrededor de su propia cintura, con los
dientes apretados mientras maldecía.

—Funciona —Mina miró a Alexis—. Puedes llevar a tu nuevo perrito a casa


ahora.

Alexis asintió, pero mientras comenzaba a hacer su camino de regreso a la


plataforma, la habitación se inclinó de nuevo. Sus rodillas cedieron, haciendo que
se tambaleara. Pensó que las repisas habían cambiado de nuevo por los daños
anteriores, pero luego se dio cuenta de que ella era la única que estaba cayendo,
mientras la cabeza le daba vueltas como las cuchillas afiladas de un helicóptero. Oh,
no.

Aunque se agarró a la conciencia con ambas manos, ésta ya la había


eludido. El suelo y el agua corrieron a su encuentro, incluso cuando ella lanzó un
grito de protesta.

Gran Señora, no dejes que nada malo le pase antes de que yo despierte.

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El Club de las Excomulgadas

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Trece
Dante siseó su furia. Su rabia luchaba sin cesar dentro de él, cortando entre
la traición y la frustración. ¿Dónde estaba Alexis? No podía conseguir que le
respondiera. Sentía su mente, pero o estaba inconsciente o ellos lo estaban
bloqueando. Le habían dicho que la tendrían al cuidado de un sanador en los
Cielos, Raphael. Recordaba a Raphael de la Batalla de la Montaña. No había sido
un sanador ese día, empuñando una lanza que podía perforar y enhebrar juntos a
tres Oscuros antes de que pudiera liberarse y regresar a su propietario.

Mientras tanto, lo habían llevado al Infierno. Había sido escoltado por

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cuatro ángeles. Incluso Mina se unió a ellos como refuerzo. Jonah había dicho
poco, pero el compañero de la bruja, David, le dijo que el Infierno sería el mejor
lugar para él hasta que Alexis ganara fuerza y recuperara la conciencia.

Él no había sido poco amable, pero a Dante no le gustaba. No confiaba en


ninguno de ellos. Recordaba a David sólo de cuando había ido al Mundo Oscuro,
hacía años. Había amenazado con despedazar a Dante miembro a miembro
entonces, y ahora esperaba que confiara en sus palabras.

Pero había escapado de su mundo. Cualquiera que fuera la traición que


planeaban, no lo ejecutarían aún, y él podía darse el lujo de observar, y esperar. Lo
había hecho durante muchos años, y esa paciencia le era familiar.

Con lo que no estaba familiarizado era con sus sentimientos acerca de la


ausencia de Alexis, su incapacidad para estar lejos de ella. Su necesidad era más
inquietante que otra cosa. Les había dicho sus razones para marcarla la tercera vez
y hacerla suya, pero la verdad era que, a pesar de no saber exactamente cómo
activarlo, había estado pensando en las palabras de su madre. Úsalo para enlazar un
alma...

Lex estaba fuera de su alcance, y eso era simplemente inaceptable. Su


astucia lo abandonó, dejando sólo el deseo de romper, rasgar, destruir. Le habían

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El Club de las Excomulgadas
puesto ese collar y luego le habían quitado la única cosa por la que lucharía y
mataría por conservar.

Después de que lo llevaron al Infierno, lo dejaron solo en la cima de una


roca en las entrañas de la Tierra. Era cálido y poco iluminado. Un abismo profundo
rodeaba su plataforma por todos lados, por lo que podía mirar por encima del borde
hacia el fuego sin fin y la oscuridad. Más allá de eso, estaban los interminables
acantilados de roca alta que no tenían una cima visible y grietas difíciles de
discernir entre las sombras, incluso con su visión mejorada.

La desesperación se elevaba como el humo de ese abismo, pero tenía una


calidad diferente a la de su mundo. Tiró de su memoria, pensando en su madre.

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¿Tal vez lo que Alexis había llamado arrepentimiento? las corrientes de aire iban
cargadas con ocasionales gritos de miedo o dolor.

No sintió ningún enemigo con quien combatir o de quien defenderse que


pudiera distraerlo de la locura que se cernía en él. Maldiciendo, gritó una demanda
por Alexis: Ahora. El eco rebotó, burlándose de él y llevándolo al límite,
literalmente.

Él saltó, maldiciendo las consecuencias, y se encontró que su espalda


golpeaba en el centro de la plataforma. También descubrió que no estaba solo en
absoluto. El ángel de alas negras lo sostenía con una mano en el cuello y las rodillas
contra el pecho mientras le daba una mirada inexpresiva y evaluadora.

—El abismo está colocado para ti. Si saltas, te daría una sacudida
desagradable, peor que esto, y acabarías de nuevo aquí.

Lucifer. Conocía a este ángel, de la Batalla de la Montaña y de las historias


de los Oscuros que lo habían visto pelear y derrotar a otros de su misma especie. Ni
uno regresaba de una pelea con él. Él había sido el enviado para matar a Jonah,
tantos años atrás en la Batalla del Cañón, el único lo suficientemente fuerte como
para hacerlo si era necesario. Sus ojos eran los únicos ojos de ángel que eran rojos,
un resplandor carmesí que brillaba a través del negro vacío. Su pelo largo y oscuro

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El Club de las Excomulgadas
cubría sus hombros anchos y sus poderosos brazos estaban tatuados con potentes
inscripciones que brillaban como brasas mientras se movía.

—No te temo —gruñó Dante—. Quítate de encima. ¿Dónde está Alexis?

—Exactamente donde te dijeron. Ella está a salvo, y recibiendo tratamiento


para sus heridas. Su energía vital era muy débil. Tu mundo, y tu demanda de
sangre, la debilitaron. —Aunque su voz se mantuvo impasible, Dante sabía que lo
que se movía bajo la superficie de ese rostro ilegible no era tan imperturbable. La
sirángel tenía muchos amigos poderosos.

—Pero se recuperará.

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Lucifer inclinó la cabeza y algo se soltó en el pecho de Dante. El Señor del
Inframundo se enderezó y en un abrir y cerrar de ojos estaba en el extremo opuesto
de la plataforma, mirando hacia abajo al abismo de fuego. Sus alas se extendieron
despacio, pensativamente, su actitud sugería que ahora que había llegado, no le
importaba la conversación.

Dante se puso de pie con cautela. ¿Este sería el plan de la bruja y de Jonah?
¿Matarlo aquí y hacerle creer a Alexis que había atacado primero? Bueno, nada se
interpondría entre él y Alexis. Quería ver ese mundo, pero necesitaba sus ojos para
verlo. Necesitaba su energía para interpretar el significado de tantas cosas que no
entendía.

—Muchos le temen al Infierno —dijo Lucifer finalmente—. Tú no, porque


vienes de un mundo de caos, de dolor sin fin, de crueldad sin misericordia. Hay
dolor y crueldad aquí, pero todo tiene una estructura, un propósito. Un propósito
que sirve a la Luz.

—No le temo a nada.

Cuando el ángel de alas oscuras levantó la mirada, Dante pensó que si


miraba fijamente esos ojos durante demasiado tiempo, podría perderse en un hilado
vórtice que sería desolador y tranquilizador al mismo tiempo.

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El Club de las Excomulgadas
—Venir aquí es la peor pesadilla de un alma, pero una respuesta a sus
profundos anhelos también. Han manchado la tela de su vida tan fuertemente con
sus fechorías, que no saben cómo volver a estar limpios. Hasta que lo hagan, el
mundo de arriba es una burla dolorosa para ellos. —Sus alas se extendieron más
allá y luego las bajo en un pliegue contra su espalda. Su mirada se volvió hacia el
abismo—. Olvídate de la violencia y de escapar mientras estés aquí, Dante. Date un
tiempo para descansar. Puede ser el último santuario que encuentres durante
bastante tiempo.

*****

La primera vez que Lex recobró la conciencia, se enteró de que Dante y

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Jonah casi chocaron sus cabezas cuando ella se derrumbó. Jonah la transportó
hasta el tercer nivel de los Cielos, donde Raphael examinó sus alas, y sanó la
rotura. El ángel de cabellos dorados trató sus otras lesiones también, luego le
recomendó alimentarse y reposar en la cama para recuperar su fuerza.

Mientras yacía en una pequeña piscina en una habitación bañada por el sol
en la Ciudadela, en un cuerpo de agua lo suficientemente grande para que pudiera
estirar sus alas sin comprometerlas, entró y salió de la inconsciencia, su cuerpo
lánguido permitiéndole unos breves minutos de conciencia. Una brisa procedente
de los cielos azules del exterior. Las lejanas voces corales y los instrumentos de los
ángeles musicales mientras practicaban su oficio. Fragmentos de conversaciones.

Sus dedos pasaron sobre la piel desnuda, bañada por los rayos curativos del
sol. Los símbolos marcados en su piel habían desaparecido, probablemente sanados
por la habilidad de Raphael. ¿Por qué lo sentía como una pérdida? Ella también
escuchó la conversación de la Bruja de Mar, tal vez con Jonah o Anna.

—Él ha cambiado desde hace dos décadas. Ya no es el carroñero que


conocimos.

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El Club de las Excomulgadas
Dante. Estaban hablando de Dante. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no estaba con
ella? Debajo de la belleza y de la paz que la rodeaba, había un trasfondo
inquietante, uno que hacía su sueño irregular.

—La destrucción de sus números en la Batalla de la Montaña inclino la


balanza natural. La naturaleza no tenía la intención de que el carroñero fuera el
alfa.

No. Mina estaba equivocada. No había un equilibrio natural en el Mundo


Oscuro. ¿Y si él hubiera sido un alfa desde el principio? ¿Qué sucedía con un líder
obligado a ser un esclavo antes de saber que era un líder, antes de saber que tenía
algún poder en absoluto?

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—Dante...

La mano de su madre.

—Todo está bien, amor. Él está bien. Ha sido llevado a algún lugar mientras
te recuperas.

Pero necesitaba estar aquí. ¿Con la tercera marca, ella podría estirar su don
empático más allá de los más próximos, sentir su estado de ánimo donde estuviera?
Si podía llegar hasta él en sus sueños, ¿por qué no podría ella llegar hasta él tan
lejos? Ella chocó contra un muro cada vez que lo intentaba, pero tal vez debería
buscar una puerta o una ventana. Incluso una grieta. . .

Su esfuerzo la llevó de nuevo a la inconsciencia.

Pasó el tiempo, pero no podía seguir los acontecimientos que se producían


durante el mismo. Estaba flotando, no más que una nube, perdida en la bruma de
su propia mente. Así que fue sorprendente despertar a la plena conciencia en la
cabaña de Anna junto al mar.

Pensaba en ella como en la cabaña de Anna, pero por supuesto era el legado
de las hijas de Arianne, un regalo de Neptuno. Anna le había dicho más de una vez

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El Club de las Excomulgadas
que ahora le pertenecía, como la descendiente más reciente. Lex sabía que a su
madre le encantaba la cabaña, y que la prefería a su casa de la ciudad. Era
totalmente suya, separada de cualquier legado, con sus nociones preconcebidas.
Mientras pensara en ella como la cabaña de Anna, podría ser un hogar lejos del
hogar, ya que cada espacio de la misma estaba impregnado de la presencia de su
amorosa madre.

Ella estaba en forma humana, en la cama alta. En algún momento, debía de


haber respondido a una solicitud murmurada de Anna para que cambiara de forma.
Su madre estaba a su lado, y el mar era una carrera suave de ruido exterior. No
estaba en ese horrible lugar. Estaba en casa, la palabra más hermosa que no tenía
precio en el mundo entero.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Lex, ¿qué sucede? —Anna estaba inclinada sobre ella con su mano
tocando las lágrimas en el rostro de su hija.

—¿Dónde está Dante?

—Tu padre pensó que debía esperarte en el reino de Lucifer. Está protegido.

—¿Lo puso en el Infierno? —Cuando Alexis intentó sacarse de nuevo las


sábanas, el mundo dio un vuelco violento y errático. Afortunadamente, su madre la
cogió, de lo contrario habría acabado en el suelo—. No puede estar allí, Myel. ¿Por
qué lo llevaron ahí? Ha sufrido tanto. Él…

—Tú lo has dicho. —Anna trató de moverla a una posición boca abajo otra
vez—. Necesitarás estar con Dante cuando haga la transición a nuestro mundo.
Eres la única que puede leerlo y anticiparse a él. Pensaron que sería mejor ponerlo
en un entorno en el que se pudiera hacer muy poco daño a sí mismo o a los demás,
no es que pudiera hacer eso con el hechizo de Mina, pero entiendes lo que quiero
decir. Alexis. Puedo no ser tan fuerte como tu padre, pero no saldrás de la cama
hasta que te hayas sentado durante unos minutos. Has estado en cama durante casi
dos semanas. Ahora, quédate quieta.

Dos semanas. Oh, Diosa. Él se estaría volviendo loco.

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El Club de las Excomulgadas
—¿Pero el Infierno? Viene de un lugar parecido al Infierno.

—No fue puesto en una cámara de redención, amor. Él está bien. Le han
ofrecido un baño y sangre para alimentarlo. Le envié la ropa.

Alexis se obligó a sentarse lentamente, apoyándose en las almohadas que su


madre había dispuesto detrás de ella, aunque su corazón seguía golpeando
rápidamente.

—Lo has comprobado.

—A menudo, a través de tu padre y de David. Él es importante para ti.


Todos entendemos eso. Tu padre tiene más respeto por ti de lo que piensas.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


El reproche dio en el blanco. Pero ella no podía relajarse, no sin él cerca.
Observándola, la frente de Anna se arrugó.

—Nunca he aprendido mucho acerca de los vampiros, pero tu padre y Mina


tienen conocimiento de su clase. Mientras las relaciones sirviente-vampiro son muy
fuertes, el vínculo le permite al sirviente viajar a donde el Maestro o Maestra
requiera que vaya, sin importar lo lejos que los lleven del vampiro. Sin embargo, si
el Maestro —el disgusto cruzó la expresión de Anna— no desea que el sirviente
esté lejos de él, es posible que el descontento pueda crear la inquietud que sientes.
Lo probamos mudándote aquí. Te agitaste demasiado en los Cielos. Cuando te
trajimos aquí, dónde estás moderadamente más cerca de él, te calmaste un poco.

—¿Cómo está?

—Está merodeando como un animal atrapado, pero está bien —Anna le


apretó la mano—. Mina dijo que fuiste muy afortunada. Su sangre no lleva la
contaminación envenenada de los Oscuros. Si lo hubiera hecho, habrías muerto
casi instantáneamente cuando la ingeriste. En cambio, fue el ambiente del propio
mundo lo que te mantuvo muy débil durante tanto tiempo.

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El Club de las Excomulgadas
Lex obligó a su mente a alejarse de Dante y a concentrarse en Anna. Al
escuchar la tensión en su voz y sentir el caldero de emociones detrás de ella,
entrelazó su mano con la de su madre.

—Has convencido a Pyel de que me escuchara. Gracias.

Anna acarició el pelo de Lex, y ésta se dio cuenta de que estaba peinado las
ondas suaves que caían sobre sus pechos y por su espalda.

Los dedos de Anna permanecieron en su rostro.

—Ser hija de Arianne significa a menudo tomar decisiones difíciles,


obstáculos que superar. Eres la primera que no tuvo que enfrentarse a ellos desde su

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


nacimiento, así que me engañé pensando que tu vida sería normal. Por mucho que
no quiera verlo, esa criatura extraña tiene la marca de tu destino en él, cualquiera
sea la parte que juegues en él. —Su expresión se ensombreció, sus labios se
apretaron—. La madre en mí lo odia por causarte miedo y dolor. Pero puedo ver lo
que podría haber entre los dos. Lo he visto en las cavernas. Sospecho que tu padre
lo hizo también, lo que explica la ira que está cargando ahora, incapaz de hacer
nada con ella. Su Legión ha estado sobrecargada de trabajo en los campos de
prácticas estas últimas dos semanas.

Lex la miró fijamente.

—Diosa, te quiero, Myel.

—Y crees que podrías amarlo.

Era una simple declaración, pero balanceó a Lex sobre sus talones. Anna
sabía tan bien como ella que los ángeles sólo se enamoraban una vez. Hasta ahora,
no había habido ninguna indicación de si heredaría ese rasgo de Jonah, pero el
hecho de que no pudiera confirmar de inmediato que no estaba enamorada de un
ser que había conocido sólo en sueños y por su brutal secuestro, era preocupante.

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El Club de las Excomulgadas
—No lo sé —tragó—. No puedo... ni siquiera debería pensar en eso. Él tiene
mucho que aprender y entender acerca de este mundo. Tengo que ayudarlo. No
puedo empantanarme en mis sentimientos personales. Eso lo sé.

—Tus sentimientos personales existirán, y serán un factor, sin importar lo


que pase.

Lex suspiró, liberando sus manos para frotar su cara.

—Durante mucho tiempo, he querido que alguien me quiera, no sólo una


respuesta inducida por mi don. Si fuera como cualquier otra chica que tuviera un
primer amor, o una primera cita, o un primer beso, podría jugar todo tipo de juegos
tontos en mi cabeza y volverme loca. Pero no lo soy. No lo soy.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


No tenía qué sentir la ondulación del dolor agudo de Anna para saber que su
madre entendía bien lo que era crecer bajo la sombra de algo que mantenía a los
demás a la distancia de un brazo. Lejos de lo que otros tenían, pero si se alcanzaba
al final, llegaría de forma diferente de lo esperado. Para demostrarlo, Anna no
había respondido con negativas o consuelos, aunque su mano descansaba sobre la
de Lex.

—Mientras nuestras preocupaciones como padres tienden a interponerse en


el camino de lo que sabes que debes hacer, tu padre y yo creemos en tu fuerza y en
tu inteligencia, Alexis. —La voz de Anna era gruesa, pero su mirada era penetrante
y constante—. Tienes la determinación de tu padre, su sentido de lo correcto y lo
incorrecto, tan claro y agudo como la hoja de su espada. No deseamos dudar de ti.

Cuando Lex habló, Anna negó.

—Hay algo acerca de Dante, sin embargo, no sólo en su pasado o en lo que


es, sino en la forma en que te mira. Un hambre que asusta a un padre. Como mujer,
sería abrumador, y podría ser engañoso. Cree en ti misma, Alexis. Nunca te
conducirás a ti misma de manera equivocada, y si algo sucede, si tu corazón se
rompe, sabes que estaremos aquí.

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El Club de las Excomulgadas
Alexis parpadeó y asintió.

—Siempre he esperado tener tu valor, Myel. Tengo tanto miedo de lo que


vaya a suceder.

—Te enfrentaste a tu padre, a Mina e incluso a Dante para hacer lo que


sabías que era correcto. Si ese es el tipo de coraje que he demostrado en el pasado,
no es de extrañar que Jonah diga que le sacaré canas —Anna permitió que sus ojos
azules brillaran, iluminando el corazón de Alexis.

—¿Lo pueden traer aquí, ahora que estoy despierta? Te lo juro, es como
tener un ataque de ansiedad permanente, lo cause lo que lo cause. Dos semanas...
—Se alarmó, por diferentes razones—. T, y Clara…

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—Marcellus llevó a tu gato a un lugar donde pudiera ser atendido hasta que
vuelvas.

—Tendré que darle las gracias por eso.

—No insistas mucho al respecto. Tu padre quería que Marcellus conociera


el diseño de tu edificio.

—¿Marcellus será el que maneje los guardias? —Lex no se molestó en evitar


la sorpresa de su voz, y Anna inclinó la cabeza.

—Jonah quería enviarle un mensaje claro a Marcellus de que todavía tiene


confianza en él. Esos hombres. Pueden matar a diez dragones de un solo golpe en
lugar de veinte, pero de repente dudan de su masculinidad. —Pero Lex sentía la
preocupación de Anna por el capitán de Jonah.

Incluso Mina lo tomaba en cuenta esos días, dejando de insultar a Marcellus


con más frecuencia que a cualquier otro ángel en la Legión de Jonah, incluso a
Jonah.

—También le pedí que buscara el número de teléfono de Clara. No hablé


con ella, pero dejé un mensaje en su máquina diciendo que habías tenido una

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El Club de las Excomulgadas
emergencia familiar y que no estarías en casa por varias semanas. Estoy segura de
que eso no eliminará sus preocupaciones, pero por lo menos no llamará a la policía
ni presentará una denuncia de desaparición.

—No, ella estará bien. A pesar de que nunca te conoció, sabrá que eres mi
madre, y que todo está bien —Alexis tragó—. Myel, lo siento, pero ¿puede él…?

—Está de camino. —Anna cubrió su nerviosa mano, su cálido apretón


contrastando con el frio de Lex—. Me puse en contacto con Jonah mientras
hablábamos ¿Por qué no te ayudo a vestirte? Te bañé antes. ¿Te sientes más estable
ahora?

Lex asintió. Anna le pasó un brazo alrededor de su cintura mientras Lex

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ponía los pies en el suelo, con más cuidado esta vez. Cuando demostró que podía
sostenerse, Anna le apretó la cintura una vez más y dio un cauteloso paso atrás.

—Quédate ahí donde puedes sentarte si necesitas hacerlo. Buscaré tu ropa


de la secadora —dijo ella, demasiado rápido.

Lex se tambaleó, no tanto por la inestabilidad sino por los empujones que
recibían sus filtros, fortaleciéndose con cada paso rápido de su madre al bajar las
escaleras fuera del piso. Al crecer con Lex como hija, tanto Jonah como Anna
habían descubierto que no podían ocultar las emociones a su alrededor. Una vez
que habían aceptado eso, pacientemente habían contestado las preguntas de una
niña pequeña sobre lo que estaba sintiendo desde ellos, sin importar cuán difícil
fuera la honestidad. A cambio, mientras Lex crecía, había aprendido cuando
respetar su privacidad y permitir que sus emociones no fueran cuestionadas cuando
era obvio que no debía hacerlo.

Si bien este era uno de esos casos, no podía controlar su propia reacción. No
cuando miraba su pelo limpio y brillante, y la camisa de dormir espaciosa que
llevaba, una de esas que se mantenían en la cabaña para cuando Anna hacía uso de
ella. Era la primera vez en la historia de las hijas de Arianne que dos hijas estaban

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El Club de las Excomulgadas
vivas para usarla. Hasta Anna, todas las hijas morían justo antes de cumplir los
veintiún años. La edad que Alexis tenía ahora.

La presa se rompió entonces. Gracias a la Diosa, Anna ya estaba abajo, así


que Lex no se sumaría a ese dolor. Sus rodillas golpearon la alfombra para
amortiguar el ruido de su caída. Presionando su cara contra ella, rodeó con sus
brazos su cintura. Todo se le vino de golpe entonces.

Lo qué le había pasado, el miedo de sus padres, imposible de procesar por


separado debido a que Jonah y Anna estaban tan estrechamente vinculados, su
propio terror, cosas que serían parte de sus pesadillas durante las próximas
semanas. Pero por sobre todo estaba esa terrible necesidad royéndola por ver a

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Dante... ¿Dónde diablos estaba?

Había pasado mucho tiempo desde que no había podido filtrar lo suficiente
las emociones para evitar que la abrumaran. Pero el estrés y la debilidad empujaban
sus escudos a un lado, como si hubieran esperado hasta que estuviera
completamente despierta para dejarla totalmente indefensa. La necesidad de llorar
de repente se sobrepuso a todo lo demás. ¿Dónde estaba él?

—¿Cuál es el problema? ¿Qué sucede?

Fue una ráfaga de fuego a través de los nervios encogidos de frío, y a pesar
de lo absurdo de ello, la llama se apoderó de ella, dándole calor y vida de nuevo.
Aunque sería más fácil creer que tenía que ver con la marca, con una simple
reacción química, la intuición de su madre le había dicho que confiara de manera
diferente. Lo que significaba que era mucho más vulnerable a él de lo que ni
siquiera su padre o Mina temían.

Cuando él se arrodilló junto a ella, su piel se estremeció al contacto de su


mano en el desnudo hombro, porque la gran camisa de dormir se había deslizado
fuera de él. Entonces vio la bota que llevaba, apoyada en el suelo, delante de su
rodilla, flanqueada por el puño de unos pantalones vaqueros rasgados.

Le envié la ropa.

178
El Club de las Excomulgadas
No lo había registrado la primera vez cuando su madre se lo había dicho. La
magnitud de las emociones produciéndose en la estela de Anna cuando había huido
de la habitación ahora tenía más sentido. Como Dante le había demostrado a Lex
en innumerables ocasiones en su mundo, si las emociones eran demasiado
complejas y fuertes, no podía inmediatamente descifrar su significado. Pero cuando
Anna había convencido a Jonah para que escuchara, Lex se dio cuenta de que su
madre se había estado enfrentando a un demonio mucho más personal.

Una de las tradiciones de la cabaña era que una muda de ropa de los
hombres se mantenía siempre allí. Cada hija de Arianne tenía un amor, y él
siempre era rescatado del mar. Alexis no había rescatado a Dante del mar, ¿o sí?
Había venido a través del portal del mar, porque ella había tirado de él a través del

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mismo.

Diosa, estaba perdiendo la cabeza. Aún no había tenido una cita y estaba
dispuesta a poner todos sus huevos en la canasta de un caótico, en lucha cósmica
con su mal interior, vampiro engendro Oscuro.

Alexis, mírame.

Ella cerró los ojos con más fuerza, sus manos en puños. A pesar de que se
suponía que la maldición se había roto, Anna todavía quería que Alexis eligiera un
vestuario. Alexis se rió, disfrutando del placer de hacerlo al principio, pero en algún
momento durante esa salida de compras varios años atrás, otra compulsión se había
hecho cargo. Al final de eso, ella había guiado a su madre a las tiendas. Cuando
regresaron a la cabaña esa noche, ella no sabía cuál de las dos estaba más inestable.
Lo había puesto en el fondo de su mente, sólo para tenerlo saltando hacia adelante
ahora. Si bien podría ser la prueba de que no había perdido la cabeza cuando
defendió a Dante, ver como las piezas del rompecabezas caían en su lugar de esa
manera, podría conducirla hasta la locura de todos modos.

Por fin levantó la mirada, recorriendo los pantalones vaqueros negros


desteñidos que había comprado antes de que supiera acerca de un vampiro nacido
del fuego.

179
El Club de las Excomulgadas
Se arrugaban en los lugares correctos, el desteñido creaba un efecto
intrigante de gris humeante en la tela. Recordó que la camisa había sido lo más
difícil de escoger, como si supiera que el hombre que la usaría no se vería muy bien
con ropa hecha a medida, o moderna. Había encontrado la prenda perfecta en las
tiendas de artículos clásicos alrededor del colegio. La camisa blanca de seda de
poeta tenía costuras abiertas en el cuello, dejando al descubierto la línea de su
escultural esternón hasta sus pectorales. El collar de plata yacía en su clavícula. A
pesar de su sombrío propósito, era una bella adición al conjunto. Cuando él se
inclinó sobre ella pudo ver por la pretina abierta en la cintura de sus vaqueros, el
terreno del músculo en medio. Parecía como si perteneciera a una era de oscuridad
y hechicería, no a los coches y las televisiones de pantallas planas.

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Él se había dado un baño y cuidado también, aunque sospechaba que Jonah
no le había pasado la esponja como su madre lo había hecho por ella.

El humor la estabilizó, sobre todo cuando vio que se registraba en su


expresión sorprendida y luego especulativa. Humor. No sabía lo que era el humor.
¿Cómo aprendía alguien el humor? Ella había leído una vez que los bebés
aprendían a sonreír cuando sus padres estaban sonriendo. Los imitaban, y en algún
lugar del camino hacían la conexión entre la expresión y el sentimiento.

Lavado, su cabello era incluso más que una tentación. Ella quiso envolver
sus manos en él, enterrar la cara entre las hebras negras que caían por encima del
hombro mientras se inclinaba sobre ella. Las hebras destacaban la pendiente de sus
pómulos y la orgullosa nariz recta. Ella no era lo suficientemente valiente todavía
como para mirarlo a los ojos, así que posó la mirada en sus labios firmes. Eso fue
un error.

En un instante, los quiso sobre los suyos con un hambre tan fuerte, que
pensó que la tumbaría sobre su espalda en ese mismo momento.

Que la marcara con este nuevo aroma limpio y masculino después de estar
lejos de ella por tanto tiempo.

180
El Club de las Excomulgadas
Santa Diosa, estaba allí con su madre. Su madre. Y Jonah estaba allí, de pie
en el escalón superior del piso. Podía sentir su tensa cautela.

Los ojos de Dante habían chisporroteado con reacción a su respuesta. Haría


exactamente lo que deseara, porque no tenía idea de que no debían.

Ella se echó hacia atrás sobre sus rodillas, tan rápido que habría perdido el
equilibrio si él no la hubiera cogido por las muñecas. La tensión de Jonah se
incrementó, porque parecía como si Dante la hubiera asustado y ella se hubiera
sacudido lejos de él. Aunque Dante podía leer su mente, estaba segura de que las
imágenes no familiares y los términos le confundían. Su expresión se volvió rígida,
los músculos de la mandíbula se doblaron por la ira... o quizás por otro

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sentimiento.

No, no eres tú, Dante. No hacemos esas cosas... lo que estaba pensando, no en frente
de otras personas. Es privado. Sobre todo cuando las otras personas son tus padres.

En mi mundo, los Oscuros copulan donde quieren, cuando la urgencia incide sobre
ellos. Las sombras parpadearon por su mirada. Un sentimiento allí que después se
fue, pero que la tocó con un terror escalofriante, pero fue distraída por la oleada
caliente de lujuria que los rodeaba.

En este mundo, no lo hacemos, se reforzó apresuradamente.

Entonces, envíalos lejos.

Ella tragó al ver la expresión de sus ojos, la demanda. Dos semanas. Habían
estado separados dos semanas. La temblorosa necesidad de él no era tan
impactante para ella como su propio deseo igualando el suyo, a pesar de la
debilidad en su cuerpo. Tratando de centrarse, puso un pie debajo de ella, luego el
otro. Dante dio un paso atrás y no la tocó de nuevo. Ella se preguntó si él estaba
siguiendo su instrucción, o si había quitado su toque porque pensaba que ella no le
daría la bienvenida, cuando en realidad su piel ardía por él, deseando inflamarse.

181
El Club de las Excomulgadas
No, él podía leer sus pensamientos, ¿no era verdad? Ella deseó poder leerlo
con la misma facilidad. Cuando él habló, sus entrañas se apretaron, aterrorizada de
que pudiera decir sin rodeos lo que quería hacer. Su padre lo asesinaría allí mismo,
dejando un agujero humeante en el pulido piso de madera, las botas permanecerían
donde sus pies habían estado. O peor.

—Todavía no me has contestado. ¿Cuál es el problema?

Ella deseó estar usando algo diferente. Podía parecer ilógico, ya que Dante
la había visto echa un desastre en su mundo, pero había querido que la primera vez
que la viera desde su llegada fuera diferente.

Siempre eres bella, deberías saber eso. Su tono era impaciente. ¿Vas a responder mi

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pregunta?

—No puedo seguir el ritmo de los pensamientos de todos y mis sentimientos


a la vez —respondió ella, mirando hacia los escalones. Anna había regresado, de
pie en la escalera justo debajo de Jonah, apoyada contra su cadera y la curva de su
ala. Lex no veía a ningún otro ángel con él, por lo que asumía que había sido el
encargado de traer a Dante del reino de Lucifer. Esa era una imagen que la distraía,
porque claro que Jonah había tenido que sostenerlo de alguna manera para llevarlo
a través del cielo, y ella no podía imaginar a ninguno de los machos disfrutándolo.

Conociendo a Jonah, habría estado muy tentado a dejarlo caer varias veces
sólo para oírle gritar. Conociendo a Dante, no le habría dado esa satisfacción,
cruzando los brazos y mirando hasta que golpeara el suelo con un ruido sordo de
huesos rotos.

Ella reprimió una risita, un sonido lo suficientemente cerca de la histeria que


aumentó la alarma de todos. Se mordió el labio, luchando por controlarse,
esperando que su cabeza no explotara por la sobrecarga emocional. A diferencia de
sus padres, no había manera de ocultar su estado de Dante. Él tenía los ojos
entrecerrados y la boca apretada mientras la miraba.

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El Club de las Excomulgadas
—Todavía estoy un poco desorientada. Lo siento. No quiero preocupar a
nadie.

—No nos debes ninguna disculpa, Ave de mar —dijo Jonah. Su tono de voz
era afilado, pero el cariño familiar fue tranquilizador.

—Aun así lo lamento. —Ella se irguió sobre sus pies, tomando una
respiración profunda y estabilizadora y mirándolos a los dos—. Estoy bien, de
verdad. Myel, si pudieras dejarme la ropa que traías, me gustaría tener un poco de
tiempo con Dante, para empezar a darle a conocer nuestro mundo, para hablar con
él un rato, sin... audiencia. Creo que será más fácil para él. Para los dos —levantó
un hombro—. Lo admito, me siento un poco consciente de mí misma. He estado

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fuera durante dos semanas, y me gustaría tratar de volver a ser yo misma.

De hecho, nunca se había sentido tan incómoda, desgarrada entre dos


lealtades. No le gustaba la vaga sensación de que estaba traicionando su amor.

Ellos casi la habían perdido, y allí estaba ella, espantándolos para que se
fueran de la cabaña que acababa de reconocer que era de Anna, porque estaba
aterrorizada de que Dante fuera a saltar sobre ella... o quizás ansiosa por saber si lo
haría.

—Si te sientes lo suficientemente fuerte, lo haremos. —Cuando Anna habló,


Alexis dejó escapar el aliento que no se había dado cuenta que estaba conteniendo.
Jonah no se movió. Anna tiró de su brazo, atrayendo su mirada—. Mina ha puesto
a prueba el sistema de seguridad. Él no lastimará a nadie. Como dijiste. —Sus ojos
azules se encontraron con los de Lex otra vez—. Todo lo que tiene que hacer es
llamar. Uno de nosotros podrá rápidamente llegar a donde quiera que estés.

—Instantáneamente. —La corrigió Jonah.

La mirada de Dante se ensombreció, pero no dijo nada, sólo permaneció


parado, silencioso y quieto. Mientras habían estado hablando, se había movido de
modo que su espalda estaba contra la pared y tenía a Jonah claramente en su mira.
Su mirada seguía moviéndose, calibrando su entorno. Sospechaba que ya había

183
El Club de las Excomulgadas
estudiado los puntos de salida y entrada, pero también parecía interesado en la
matriz de elementos aquí. La lámpara de la mesilla de noche y la luz que arrojaba.
El océano a través de la gran extensión de la ventana a su izquierda.

—Hay maneras de hacerle daño a alguien sin infligirle un solo rasguño —


dijo Jonah finalmente. Cambió su mirada de Dante hacia ella—. Llámanos si
cualquier cosa te asusta. No pienses en si es importante o no. Vendremos una y mil
veces si es necesario.

Lex cruzó la habitación, consciente de la tensión de Dante, de su pesado


escrutinio. Era tan bueno en ello como Jonah, así que con ambos en la habitación
el aire casi crujía. Su cabeza continuaba palpitando. Sin embargo, puso una mano

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en la muñeca en guardia de Jonah, curvando sus dedos para tocar su mano.

—Me gustaría pasar más tiempo con ustedes. Iré a visitarlos mañana o
pasado. Y me comunicaré contigo a menudo en mi mente. Ya sabes que puedes
hablar conmigo en mi cabeza cada vez que necesites hacerlo. ¿De acuerdo?

Los ojos oscuros de Jonah registraron su rostro.

—Está bien. Te dejo a solas con el hombre que te secuestró y casi te dejó en
su mundo para que murieras, ya que prefieres su compañía.

—Pyel…

Retirándose de su toque, él bajó las escaleras. Su madre le dio una mirada


firme y tranquilizadora, pero no reveladora, y lo siguió. Mientras Lex les
observaba, le dolió el corazón, el dolor detrás de sus ojos se intensificó. Necesitaba
fortalecer sus filtros, bloquear sus emociones parecía otra traición.

Antes de salir por la entrada trasera, Anna levantó la vista, mirándola a los
ojos. Aunque su rostro permanecía sombrío, le sopló a su hija un beso suave.
Entonces se dio la vuelta y cerró la puerta detrás de ellos.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Catorce
Anna no trató de seguir el ritmo de su compañero. Cuando se fue a los cielos
sin decir una palabra, ella se quitó sus ropas humanas, doblándolas y colocándolas
en algún lugar donde pudiera recuperarlas. Luego se transformó y se zambulló en el
mar, nadando hasta las profundidades y luego rápidamente a la superficie lejos de
la costa para ver la puesta de sol de la tarde. Había una frialdad en el aire que le
daba un filo de muerte al final de otro día, lo que subrayaba su propio estado de
ánimo inquieto. Jonah estaba probablemente surcando a través del cielo a un ritmo
angustioso por la misma razón, empujándose a sí mismo en el firmamento donde el
aire más fino podía robar el aliento.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Ella había visto el dolor en los ojos de Alexis con su abrupta salida, pero no
había nada que ayudara en esos momentos. La vida de Lex era diferente a la de los
demás, y Anna sabía que su hija a veces se olvidaba de su juventud, incluso más
que la mayoría de las de su edad. Pero sus padres nunca lo olvidaban, y tal vez eso
era lo que hacía todo tan complejo. Lex era una mujer. En la caverna, en medio de
la energía y de todos esos temperamentos peligrosos, Anna había estado muy
tentada de convencerse que Lex era una niña que no conocía su mente. Pero lo
había sabido por la mirada de Alexis, por la firmeza de su barbilla. Habría sido el
colmo de la hipocresía negarlo cuando ella había conocido su propio destino a los
veinte años, en el primer momento que había visto a un ángel herido e
inconsciente, a punto de caer en las profundas aguas del Abismo.

El corazón de Alexis estaba en sus ojos cuando miró a Dante, bebiéndoselo.


Era imposible decir que iba a hacer con tal regalo, cuando la destrucción se cernía
tan gruesa a su alrededor. El ángel que ahora estaba en algún lugar de los cielos
había dedicado los últimos veinte años a proteger a su hija. Dejarla rasparse las
rodillas y saltar de los árboles con sus incipientes plumas había sido muy difícil.
Había sido el primero en decirle a Alexis que era un sufrimiento necesario para su
crecimiento, por lo que no aplicaría imprudentemente su regalo, sino que él mismo
había luchado con la lección a lo largo de toda su vida.

185
El Club de las Excomulgadas
No había sido fácil para Anna, pero ella había entendido el amor de una
mujer por un hombre atormentado por los demonios. Todo lo que Jonah veía era a
un enemigo, algo mucho peor que una rodilla raspada o una caída, ya que Dante
podría muy bien llegar a ser cada pedacito de la pesadilla que había demostrado ser
hasta ahora.

—Tímida.

Anna rodó sobre su espalda para verlo flotando encima de ella, las alas
manteniéndolo en su lugar. A pesar de la seriedad de sus pensamientos, ella no
pudo evitar sonreír al verlo, con los brazos cruzados y la expresión oscura como
una nube de tormenta.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Bueno, la mayoría de las hijas serían conscientes de que sus padres
estaban ahí cuando ellos dos estaban pensando en…

—Obvio. —Jonah bajó, cruzando las piernas al estilo indio, por lo que
parecía estar sentado en la superficie de las olas, aunque su cuerpo se movía al
ritmo de la corriente, quedándose con ella. Nadando hacia él, Anna cerró los dedos
sobre sus pantorrillas y apoyó la cabeza sobre su rodilla. Él suspiró, poniendo una
gran mano en su cabeza—. La quiero lo más lejos posible de él. Lo quiero muerto.
Él merece estar muerto.

—Lo sé. —Jonah cambio a su forma humana, ella se irguió y él la ayudó,


tomándola por la cintura para que pudiera ponerla a horcajadas. Envolviendo sus
piernas alrededor de su espalda, ella se sentó en la uve de su regazo. Agarró la
espada del arnés a través de sus amplios hombros para anclarse—. Los dos sabemos
que la vida exige mucho de todos, especialmente a aquellos con dones. Raphael ha
dicho desde hace algún tiempo que ella sólo ha explotado una parte de sus
habilidades. A medida que crece probablemente confíe más en ella, dejando que los
filtros bajen, aumentando su alcance.

186
El Club de las Excomulgadas
—Eso lo entiendo. Pero... maldita sea. —Sus brazos se apretaron alrededor
de su cuerpo mientras oprimía su rostro en su cuello, respirando profundamente,
casi ahogándose con su voluntad de hierro.

—No podemos ponernos en su camino. Sólo podemos estar aquí si sale mal.
Ya lo sabes.

—Sí. Quiero decir al diablo con todo eso, pero sí lo sé. —Él hizo un gruñido
de frustración y levantó la cabeza—. Pero apartarme alegremente porque él quiere
violar a mi hija es llegar demasiado lejos.

—No la hubieras dejado para eso. Te fuiste porque era lo que ella quería. —
Anna ladeó la cabeza—. Y nunca has hecho nada con alegría.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Jonah le dio una mirada estrecha, pero ella cambió de tema.

—¿Estarías dispuesto a llevar a una delegación a hablar con uno de los


vampiros?

—¿En qué estás pensando?

—Mina piensa que Dante tiene unos sesenta años. Alguien puede recordar a
su madre. Él no puede integrarse al mundo de los humanos, sin importar lo mucho
que lo explore. Igual que todos los que somos algo más que humanos, necesitamos
una base de apoyo para saber quiénes somos. —Anna tocó su hombro, pensativa—.
De las cosas que Mina me dijo acerca de la naturaleza de un vampiro, las reglas
estrictas de la sociedad vampírica podrían ayudar a lidiar aquí. Y no podrá evitarlas
de todos modos. Los que tratan de existir fuera de la estructura del Consejo no son
bien tratados. Por esa razón, es posible que desee iniciar el contacto rápido.

—Pero es Oscuro tanto como es vampiro.

—Es el lado vampiro el que importa aquí. Recuerda, Mina es un Engendro


Oscuro también, y venció esa parte de sí misma.

—Ella se las arregla —la corrigió Jonah—. Y David es clave para eso.

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El Club de las Excomulgadas
—Sí, lo es. —Anna le sostuvo la mirada y Jonah juró.

—No quiero ni pensar eso.

—Yo tampoco. Pero viste cómo lo miraba.

—Sí. Ella está enamorada de un apuesto vampiro con sangre Oscura. En el


mejor de los casos, le romperá el corazón. En el peor de los casos...

—Mina dijo que sólo porque es joven, y expresa sus sentimientos de una
manera juvenil, no debemos confundir su comunicación inmadura con un
sentimiento inmaduro. El amor no está siempre limitado por la experiencia. Los
dos sabemos eso.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Él tenía la mandíbula apretada.

—No puedo soportar esto, Anna. No lo haré.

Pasando sus nudillos por la mandíbula tensa, atrajo su mirada hacia ella.

—A lo mejor, Lex rescata su corazón de las tinieblas, y él abraza la vida que


debería haber sido suya en este mundo todo el tiempo. Aprende a apreciar su don
por lo que es, y descubren juntos que el amor hace que todo sacrificio valga la pena.
En el peor de los casos, ellos seguirán su propio camino cuando sus sentimientos
por el otro sigan su curso. Ella ve esa posibilidad, y lo más importante es asegurarse
de que él pueda sobrevivir aquí.

Él negó.

—Siempre ves lo mejor. Viste los moretones en ella. La sangre. La...

—Viste más que eso, y yo también. Es por eso que todavía está vivo. —La
barbilla de Anna se puso firme—. Si no lo hubiera visto, lo habría matado yo
misma.

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El Club de las Excomulgadas
Jonah hizo otra mueca incoherente. Sujetando la parte de atrás de su cuello,
la atrajo hacia su pecho. Cuando ella volvió a hablar, lo hizo en contra de su firme
carne.

—Si Mina puede encontrar a alguien entre los vampiros que quiera hablar
con nosotros, ¿estás dispuesto a ir?

—Sí. Pero será un punto discutible si debo asesinarlo antes de eso.

—Aun así. —Ella reprimió una sonrisa y se enderezó. Mientras lo hacía


ajustó sus piernas alrededor de su cintura para que sus talones se deslizaran a través
de sus nalgas. Echándose hacia atrás, se arqueó para poner su pelo en el agua otra
vez, plenamente consciente de la inclinación hacia arriba de sus pechos, de la parte

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


sobresaliente de sus pezones mientras el agua de mar agitaba su cabello como fina
hierba marina a través de sus mejillas debajo de la superficie. Sus labios se curvaron
mientras su mano se deslizaba de su abdomen a su pecho izquierdo, capturándolo
de una manera que ella se quedó sin aliento. Su deseo por ella era evidente y
alentador de manera que tronaba su corazón y apretaba su vientre. Ella se levantó
del agua, volviendo a sus brazos mientras sus manos se deslizaron por su piel
húmeda y resbaladiza.

—Estás tratando de distraerme.

—No. —Ella se puso seria—. A pesar de su temible fuego, la pasión se


inflama a menudo por algo más profundo y más sustancial. Por algo que no tiene
sentido en un principio, pero que es innegable a pesar de todo. Sé cómo te sientes
acerca de esto. No me siento diferente. Pero tenemos que esperar. —Y rezar.

Jonah la hizo acercarse con ese poder sin esfuerzo que hacía que sus
músculos se debilitaran. Anna amaba entregarse a su ángel, de todas las maneras.
Él entendía su alma como ella entendía la suya. En este momento, igual que en
muchos otros, le daba las gracias a la Diosa por tenerlo. Cuándo se lo dijo en su
mente, él le tomó la boca en respuesta. Sin embargo, a un soplo de sus labios, se

189
El Club de las Excomulgadas
detuvo. Estudió su rostro con intención de aquella manera que tenía, como si fuera
siempre algo nuevo que él aprendiera.

—Te necesito —dijo.

La alegría saltó dentro de ella. Anna recordó que una vez había vivido con
esperanza cuando no había ninguna razón para tener alguna. Ahora tenía un
compañero maravilloso y una hija incomparable, bendiciones que se había ganado.
Todo estaría bien. Tenía que estarlo. No perdería la esperanza ahora.

—Lo sé. Yo también te necesito. Especialmente en estos momentos. Tengo


miedo, Jonah. Tanto miedo por ella, porque sabemos que debemos dejar que haga
esto. Ayúdame a tener menos miedo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Fue la petición correcta, porque sabía que Jonah haría cualquier cosa por
darle felicidad. A medida que su boca se cerraba sobre la de ella, Anna se fundió en
él, llevándolos a los dos a un lugar donde pudieran escapar de sus preocupaciones,
aunque sólo fuera por un corto tiempo.

*****

Cuando la puerta se cerró, Alexis se quedó allí. A pesar de la añoranza de su


cuerpo, se encontró arrastrada por la incertidumbre. Miró hacia la ventana y vio
caer la tarde disminuyendo hacia el atardecer.

—Creí que me habías engañado, hasta que tu padre vino a buscarme.

—Lo siento. No me di cuenta.

—Ya dijiste eso dos veces. Tu padre siente que no tienes nada por lo cual...
disculparte. Y estoy de acuerdo.

Ella le devolvió la mirada, viendo sus ojos por primera vez. La sonrisa que
había estado intentando fracasó antes que el carmesí penetrara en su mirada.

190
El Club de las Excomulgadas
—Pasé de ser tu prisionera, muriendo en tu mundo, a rogarles que no te
mataran, a esto. Aquí estamos, de pie en una casa normal, y no sé qué decir. O
cómo debo sentirme.

—¿Me quieres aquí?

—Sí. No. No lo sé. ¿Habría alguna diferencia si no lo hiciera?

Él la estudió.

—No, porque estarías mintiendo. Tienes miedo de tus sentimientos más de


lo que me temes.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Genial. Un novio que, literalmente, puede leer mi mente. El sueño de
toda mujer hecho realidad. —Empujando las manos por su pelo, Alexis deseó dejar
de sentirse mareada.

—Estás muy débil aún. Desafiaste la magia que la bruja puso sobre el portal.
—Él tenía la boca apretada—. Estoy enojado contigo por haber hecho eso. Tienes
suerte de haber sobrevivido.

—Estás aquí porque lo hice. ¿No era eso lo que querías?

Él parpadeó.

—Tu respuesta... extrañamente encaja.

—Sí, no y ¿no lo sabes? —Ella pudo sonreír ahora, aunque fue una sonrisa
trémula—. Creo que lo entiendo. Sí, porque nadie querría estar allí. No, porque
todo es desconocido y está fuera de control. Y no lo sabes porque estás dividido
entre los dos. ¿Cierto?

Él se encogió de hombros, pero frunció el ceño como si eso no fuera todo.

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El Club de las Excomulgadas
—Me dijeron que, aunque la sangre te lastimó, la propia marca puede
haberte ayudado a sobrevivir. Al parecer, es muy difícil matar al sirviente de un
vampiro.

—Tu madre no te dijo mucho acerca de los sirvientes.

—Me contó algunas. —Dante consideró eso—. Pero otras que puso en mi
mente no tenían ninguna relevancia para mi vida allí. No tenían sentido para mí,
por lo que sólo las rechacé. La Bruja de Mar dijo que es un vínculo que no puede
romperse.

Mientras él daba un paso hacia ella, Lex puso una mano en el exceso de tela
de su camisa de dormir.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Tenía la esperanza de estar vestida cuando me vieras —repitió sin
convicción.

Su ropa no lo hacía menos abrumador, ella se dio cuenta. Nada humano era
tan magníficamente hermoso, vibrando con el poder de la manera en que lo hacía.
O tal vez era que cuando la miraba así, con su cuerpo licuado, por lo que era
difícil…

Su brazo salió disparado, deslizándose alrededor de su cintura, jalándola con


él antes de que ella se doblara. Mientras apoyaba la cabeza sobre su pecho, con la
cabeza inclinada sobre la de ella, sus labios acariciaron su cabello. Su palma estaba
plana, extendiendo sus dedos mientras la sujetaba con fuerza contra él.

—No debería hacer esto —susurró—. Se supone que debo ayudarte. Sería
mejor si tratamos de no…

Él inclinó su cabeza hacia arriba, su pulgar se presionó bajo su mandíbula,


cerca de su pulso.

192
El Club de las Excomulgadas
—Ahora que tu cuerpo ha aceptado la marca, mi sangre ya no es un veneno
para ti. Comer y descansar te ayudará a recuperarte, pero si deseas que tu energía
vuelva a ser como antes, te ayudará más con esa debilidad.

Ella recordó el sentimiento arremolinándose cuando él le había dado la


tercera marca, como si sus almas estuvieran en proceso de estar juntas
irrevocablemente. Ahora sabía que lo habían estado. No estaba segura de cómo se
sentía acerca de eso, pero su reacción actual estaba siendo mucho más clara. Él la
abrazó tan cerca, con sus pechos presionándose en el suyo, y sin nada debajo de su
camisa de dormir. Por supuesto, cuando ella tuvo la idea, él también. La mano no
cayó alrededor de su cintura, se deslizó bajo el dobladillo, y encontró la curva
desnuda de su nalga. En su forma humana, podrían encontrarse cara a cara por

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


primera vez, con su cuerpo tendido con el peso del de ella, sujetándola hacia abajo,
extendiéndola abierta y profundamente.

Él la levantó casi antes de que el pensamiento se hubiera completado, y la


llevó de vuelta a la cama. Mientras la acostaba, ella extendió la mano en su rostro.
Dante le tomó la muñeca, con su cara dudando, pero ella se limitó a estirar sus
dedos, pidiéndoselo sin palabras. Poco a poco, él la soltó, dejándola poner su mano
en su mandíbula, deslizando sus dedos en su pelo. Su pulgar encontró su boca, la
punta de un colmillo, asomaba junto a un labio sensual.

—Te extrañé —susurró ella.

No había ninguna razón para que fingiera lo contrario. Así era como se
sentía, sin importar lo loco que sonara, y él podía leer su mente de todos modos.
Con sus habilidades, ella había aprendido muy pronto que los sentimientos
escondidos no negaban su existencia, y de hecho a menudo sólo los empeoraba. Lo
que iba a suceder sucedería. Si el destino determinaba que Dante le rompería el
corazón en pedazos, lo haría.

—Nunca lo he hecho así. —Su ceño se frunció—. De hecho, hasta ti, nunca
he hecho esto con otro que no fuera Oscuro.

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El Club de las Excomulgadas
Lex se mordió el labio inferior mientras él deslizaba su mano aún más
dentro de su camisa y encontraba su pecho, trazando la curva, haciendo que los
pezones le dolieran.

—Eres muy bueno en esto, para alguien que nunca lo había hecho.

—Los recuerdos de mi madre son muy vivos en algunos lugares. Ella hizo
esto muchas veces, y tengo recuerdos detallados de sus mejores amantes. De las
cosas que le hacían a ella.

—Sabes, algunas personas podrían encontrar un poco repugnante ver a sus


padres... ya sabes. Oh... —susurró ella, emitiendo un pequeño gemido cuando él
encontró su pezón, luego bajó la cabeza y chupó a través de la tela. Pero no me quejo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Oh, Diosa.

Ella se aferró a él, deslizando el dedo debajo de la cintura de sus vaqueros,


con sus dedos doblándose y aferrándose al levantar sus caderas hacia él, frotándose
contra su longitud erecta, luchando contra el deseo.

La conversación nerviosa se había acabado. Ella lo necesitaba dentro con tal


deseo que apenas podía hablar. Cuando él abrió los pantalones vaqueros, y empujó
sus caderas hacia abajo con su ayuda para sacarlos del camino, sus dedos como
garras estuvieron en su carne musculosa. Dante bajó sobre su cuerpo,
presionándola contra el colchón, con él mismo entre sus piernas. Capturando sus
manos en una de las suyas, le estiró los brazos por encima de su cabeza, inclinando
la parte superior de su cuerpo hacia él. A pesar de que la detenía, todavía
succionando a través del algodón, un pezón y luego el otro, ella se retorcía y se
movía en su contra. La sangre en sus sienes latió con fuerza, su estómago empezó a
enturbiarse. Estaba demasiado débil para esto, maldita sea.

Él le soltó las manos y luego, sostuvo su cabeza para llevarla a su garganta.


Muerde duro, Alexis. Utiliza tus colmillos.

Te lastimaré.

194
El Club de las Excomulgadas
Recibo con satisfacción el dolor de ti. Muérdeme ahora. Me lastimarás más si dudas y
no me muerdes tan duro como puedas.

Ella olió su carne, se le hizo agua la boca y obedeció. Él dejó escapar un


gruñido mientras la sangre le llenaba la boca. Así como en su mundo, se sorprendió
por el sabor de la misma, y se preguntó si tener las marcas era lo que hacía su
sangre tan apetecible. Lex bebió profundo, sintiendo la fuerza en el néctar que le
estaba ofreciendo, y recuperando la respuesta de su cuerpo. Tenía sus piernas
envueltas sobre su espalda, trabajando contra él en una necesidad a ciegas,
ignorante. Cuando Dante la liberó de su garganta con un dedo metido en su boca,
ella se aferró a eso, imaginando lo que le haría a otra parte de su cuerpo. Con un
juramento, él se deslizó en su interior. Alexis gritó, abriéndose aún más,

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inclinándose instintivamente para que la tomara más profundo.

Por Clara y los libros de romance ella suspiró otra vez, recordando las
descripciones, de atraer esa necesidad perezosa hasta que fuera un anhelo
desesperado. Diosa, estar cerca de sus padres era como estar en el asiento delantero
de una larga sesión de juego previo. Pero esto... ella no tenía paciencia para nada
más que su polla llenándola, completándola, uniéndolos. Quizás Anna tenía razón,
que la creciente agitación por su separación, por su influencia sobre las marcas,
hacía esto, pero ella lo rechazó porque no quería que fuera algo químico.
Cualquiera que fuera la razón, sin embargo, era innegable.

Agarrándola de la parte trasera del cuello y tirando de su mano, la besó,


saqueando su boca con fuerza implacable, exigente. Ella se retorció debajo de él,
rogando por el movimiento, y él respondió, comenzando a empujar con una fuerza
que sacó un gemido gutural de placer de su garganta con cada impacto.

Ella podía quedar embarazada. Fue un pensamiento fugaz, pero la idea de


que su hijo creciera en su interior era impactante, porque lo vería como una prueba
más de su conexión, de la unión entre ellos.

195
El Club de las Excomulgadas
Él se detuvo, enmarcando su rostro entre sus manos. El fuego rugiente en
sus ojos estaba tan cerca, buscó en su rostro. Esa confusión enmarañada de
emociones de nuevo, y luego renovó su agradable asalto.

Ella estaba cerca de llegar al orgasmo, pero luchaba por contenerse, por
esperarlo. Él no estaba teniendo nada de eso.

—Córrete para mí —susurró, y ella se perdió, gritando su orgasmo en su


boca mientras él la abrazaba, bombeando aún más duro por lo que debió llegar
profundamente al colchón. La cabecera de la cama golpeando contra la pared con
fuerza garantizó que el yeso se rompiera. Su grito se fragmentó en una serie de
notas estridentes de declaración, olas de sensaciones la golpearon y le robaron toda

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la preocupación que tenía.

Gracias a la Diosa, le tomó un tiempo para que esas ondas detuvieran sus
golpes, convirtiéndose en un suave oleaje que depositó su cuerpo débil en la orilla
de su realidad presente. Incluso entonces tardó en orientarse, porque él todavía se
movía en su interior, y réplicas de fricción detonaron de manera que ella siguió
aferrándose a sus anchos hombros, jugando con su piel bajo sus labios, saboreando
el persistente sabor de su sangre en su boca.

Mientras sus tejidos seguían vibrando, él salió. Antes de que ella pudiera
protestar por la pérdida, la llevó fuera de la cama, y la empujó para ponerla de
rodillas.

—Tómame en tu boca como querías, en tu mente —le ordenó Dante.

A pesar de que nunca lo había hecho antes, ella lo atrajo con impaciencia,
con su cuerpo todavía sacudiéndose por las consecuencias de su clímax cuando su
mano hizo un puño en su pelo, atrayéndola hacia su ingle. Oh, Diosa. Lex no estaba
segura de por qué había deseado tanto esto, pero así era. Se acercó a él de la misma
forma en que se había movido en ella, el instinto y su reacción parecía decirle la
forma correcta. A medida que su mano se contraía en su cabello, ella se deleito con
sus gruñidos y temblores a través de sus piernas, diciéndole lo cerca que estaba de

196
El Club de las Excomulgadas
correrse. Su propia respuesta se filtró en sus pantorrillas. Se debatía entre el deseo
de que se viniera de esta forma, y tenerlo corriéndose dentro de ella, con ese fuego
caliente y abrasador marcándola, disipando el vacío que su ausencia había creado.

Esto era una locura. No se conocían lo suficiente, pero no podían conseguir


bastante uno del otro, un hechizo cinético que había salido mal. Él se zafó,
llevándola hacia abajo al suelo, deslizándose de nuevo en su interior.

Es lo que deseo, también. Quiero todas las formas al mismo tiempo, en el mismo
momento.

Cerrando los ojos, ella apretó la cara contra su garganta cuando el


pensamiento se astilló y fue reemplazado por el placer al rojo vivo cuando él se

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corrió. Sus brazos se cerraron alrededor de ella, y se deleitó con su fuerza, con la
sensación de tenerlo completo a su alrededor.

Alexis esperaba que esta fuera la forma en que se suponía se debería sentir,
esta velocidad y este calor imprudentes, con la incapacidad para pensar. De lo
contrario, estaría perdiendo el control de una situación que necesitaba mantener
bajo una rienda muy apretada, por su bien, así como por el de todos los demás.

197
El Club de las Excomulgadas

Capítulo Quince
Después, él la siguió al baño, al parecer queriendo ver cómo se preparaba
para su día. Ella cortésmente le pidió permiso para retirarse, pero cuando empezó a
cerrar la puerta del baño, Dante la atrapó.

—Quiero verte —dijo, con la mandíbula apretada.

Alexis plantó los pies, pero era más probable que la madera se astillara a que
su agarre se aflojara. La fuerza del vampiro y del Oscuro combinada lo hacía
mucho más fuerte incluso de lo que sugería la base de conocimientos de los
vampiros. Debido a que se había ido mano a mano con su padre y con tres ángeles,

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era una suposición razonable. Pero si ese era el caso, eso significaba que él mismo
se había retenido durante sus relaciones sexuales cuando podría haberla golpeado
mucho más.

—Puedes. Dentro de un minuto. En este mundo, no hacemos esto frente a


los otros. Como cortesía. —Ella estrechó su mirada mientras él se negaba a mover
su brazo—. No desapareceré. Cuanto antes me dejes hacer esto, más pronto abriré
la puerta y podrás verme mientras me visto. Mantenías a los Oscuros fuera de tu
cámara cuando no los querías cerca.

—No me quieres cerca.

Su respuesta a eso fue instantánea, llegando a tocar su expresión suspicaz.

—Sabes que sí. Simplemente no te quiero cerca para esto. Si vamos a hacer
que esto funcione, tendrás que confiar en mí cuando te explique cosas de este
mundo, ¿de acuerdo?

A su juicio, su mirada se movió por todo el cuarto de baño, a la única


ventana. El breve destello de emoción la sorprendió, por lo que puso su mano sobre
su brazo de nuevo.

198
El Club de las Excomulgadas
—Dante, estoy segura. Nadie me lastimará aquí. Este mundo es diferente.
Por lo menos aquí. —Ella se movió, con un breve pensamiento de los países
africanos destruidos por la guerra.

—Alguien te puede hacer daño si lo desea. Yo lo hice.

Ella le sostuvo la mirada.

—Y sin embargo, aquí estoy, de vuelta sana y salva. Créeme, ser secuestrada
de un portal del sueño no era parte de mi horario habitual. Si necesito algo, te
llamaré. ¿De acuerdo?

Su agarre se aflojó a regañadientes, pero asintió.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


No llegó muy lejos. Dante se movió varios pasos hacia la cama, se sentó y se
quedó mirando la puerta. Distrayéndose puso a prueba el rebote del colchón,
perplejo por él, presionándolo hacia abajo con la mano. Consideró desmantelarlo
para averiguar cómo era que volvía de nuevo a su forma de esa manera, pero su
desaparición tras esa puerta lo tenía demasiado incómodo. Se puso de pie,
caminando.

Racionalmente, sabía que ella tenía razón. Por lo poco que había visto era
un mundo muy diferente de lo que había conocido. Incluso el Infierno había sido
diferente, como Lucifer le había dicho. Cuando el tiempo comenzó a extenderse de
tal manera que consideró desgarrar el Infierno piedra por piedra para liberarse y
buscarla, le habían permitido explorarlo con supervisión, aprender sobre el
funcionamiento del Inframundo, conseguir una comprensión de la redención que
tenían que soportar las almas. Dante había descubierto con familiaridad que calmar
el dolor y el sufrimiento calmaba su agitación a un nivel manejable.

No estaba calmado ahora, a pesar de eso, al estar en su mente, podía saber


todo lo que estaba pensando. Cualquier amenaza él la sabría en el acto. Se lo había
dicho a él mismo. La amenaza más grande que ella había experimentado en su
corta vida había sido él. Le había causado su mayor dolor y terror. Como tal, Jonah
y los demás no habían percibido su agitación como un deseo de comprobar que ella

199
El Club de las Excomulgadas
estaba bien, que se estaba recuperando bien. Para darle su sangre si ella la
necesitara.

La verdad era que no podía entender sus sentimientos en este momento,


tampoco.

La había devuelto a su mundo arriesgando su propio objetivo, con el fin de


preservar su vida. Esa compulsión totalmente inesperada lo había convertido en su
eje. Teniendo en cuenta eso, ese inexplicable proteccionismo era más que un bache
en ese mismo camino.

También era irracional. Este era su mundo. Ella tenía aliados poderosos.
Jonah, la Bruja de Mar, David. Ella pensaba en ellos como su familia. Pero Dante

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no sabía nada de familia o de aliados. Sabía de secuaces, lo cuales se veían
obligados a servirle por el miedo, por el engaño y por la amenaza. La percepción de
Alexis de cómo se sentía al estar aquí había sido sorprendente. Sí, no, no lo sé.

En el Mundo Oscuro, él entendía cómo funcionaban las cosas, y Alexis


había sido completamente suya. Había luchado a su manera de arriba a abajo, y
conocer el camino por detrás y por delante había sido una comodidad para él. De
su breve tiempo aquí, era consciente de que en este inquietante mundo podría
necesitar un conjunto de habilidades diferentes a la capacidad de matar al rival más
fuerte y por lo tanto de meter a los otros en cintura. Si eso era todo lo que sabía,
¿cómo tendría éxito encontrando una posición de fuerza y manteniéndola? ¿Quién
se aprovecharía de su debilidad si no podía encontrar tal posición?

Mientras tanto estaba también la banda de metal en su cuello, también sabía


que la amenaza de dolor no le impediría pelear o matar si era necesario. El dolor
era sólo era un obstáculo para alguien que temiera al dolor. Pero a él no le gustaba
que ella estuviera detrás de las puertas cerradas. ¿Dónde estaría?

La puerta se abrió entonces, y Alexis estaba allí, sonriéndole y llevándole ese


calor familiar a su pecho. La guerra de facciones que habían estado luchando en su
mente se aquietó. Él se dio cuenta de que ella estaba preocupada de no poder

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El Club de las Excomulgadas
ayudarlo a mantener el equilibrio, de no ayudarlo en la forma en que debía hacerlo,
porque estaba demasiado abrumada por su deseo por él. Él no tenía ningún
problema con su deseo. Era una debilidad que podría aprovechar cuando fuera
necesario. El problema era que tenía una dificultad similar cuando inhalaba su
aroma, cuando tocaba su cuerpo, cuando sentía su deseo de estar con él. Su
franqueza le hacía sentir... no en una jaula. Después de haber estado atrapado
durante tanto tiempo, era como si tuviera alas como los ángeles, capaz de estirarse
hasta donde quisiera. Tan lejos como se atreviera. Tal vez ese era el problema. En
su mundo, sólo había un tipo de miedo, a ser conquistado.

—Es suave, ¿no?

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Él se dio cuenta entonces de que tenía una mano apretada en el acolchado
cobertor. Bajó la mirada hacia él, luego a las otras cosas que no había tenido
tiempo de notar antes, demasiado atrapado por su cuerpo, suave y disponible para
él. Almohadas. Su madre le había dado tantas imágenes en su mente, palabras que
iban con ellas, así que conocía estas cosas. Las cosas habían sido traídas al Mundo
Oscuro, reforzando su conocimiento antes de ser destruidas inevitablemente. Pero
conocer, tocar y experimentar, era completamente diferente.

—¿Por qué tu padre te llamó Ave marina?

—Es un apodo. Un término de cariño —se corrigió ella—. Porque soy un


ángel y una sirena al mismo tiempo. Los apodos provienen de mirar a alguien y
pensar que son como algo o alguien más. —le dirigió una media sonrisa—. ¿Me
miras y piensas en algo de tu mundo? ¿En un marsma, por ejemplo? Puedo saltar.

—Eres como ninguna otra cosa que haya conocido.

Sus mejillas se colorearon, y él sintió que la había complacido, pero ella


cruzó la habitación para recoger la ropa doblada que su madre le había dejado.

—Siéntete libre de curiosear alrededor y ver las cosas, mientras estoy lista —
dijo ella. Hurgando en un armario, sacó más cosas. Cuando volvió al cuarto de
baño, dejó la puerta abierta, por lo que con cautela él hizo lo que ella le había

201
El Club de las Excomulgadas
sugerido, subiendo y tocando la almohada, recogiéndola para exprimirla, dándole
la vuelta y examinándola.

—Cuando era joven y me quedé con mis nuevos amigos humanos, y


hacíamos lo que llamábamos fiestas de pijamas, teníamos peleas de almohadas. —
Ella levantó la vista en el espejo, en busca de él, y sus ojos se abrieron. Se dio la
vuelta—. Wow. Así que eso también es verdad.

Él levantó una ceja, y ella hizo un gesto hacia el espejo.

—No hay reflejo. Supongo que por eso los vampiros son tan guapos todo el
tiempo. Puesto que no hay manera de comprobar si su cabello está fuera de lugar o
si tienen algo manchando su mentón, la genética los hace de teflón. Todo se desliza

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


o cae en su lugar. —Cuando ella le dio una sonrisa rápida y sencilla, la oleada de
calor se repitió, aunque él sintió algo más tentativo y cauteloso detrás de la fachada
agradable. Lo dejaría por ahora, ya que se sentía de forma similar cuando no
estaban unidos, cuando acababan de terminar.

—¿Pelea de almohadas?

Dejando a un lado el cepillo que había estado pasando por su pelo, ella tomó
una almohada extra que había sido dejada en la silla junto a la puerta del baño.
Agarrando las dos esquinas superiores en sus delgadas manos la lanzó con un
puñetazo hacia él.

Él lo bloqueó, deteniendo su camino y empujándola contra la pared con el


mismo flujo de movimiento. Levantándola sobre sus pies obtuvo un grito de
sorpresa, pero la sostuvo allí, buscando en su mente. Lo que ella había tirado hacia
él había sido inofensivo. Suave. ¿Por qué lo había usado como arma?

Es un juego. No tiene la intención de lastimar a nadie.

Ella estaba temblando. Él la había asustado con su velocidad. Sus manos,


tan frágiles y quebradizas, estaban agarrando su camisa en sus hombros, su pulso se
había acelerado. Dante tragó, bajándola de vuelta a sus pies.

202
El Club de las Excomulgadas
—No sé nada de juegos.

—Te enseñaré. —Dándole una mirada escrutadora, ella se inclinó y tomó la


almohada, sosteniéndola hacia afuera para que él la examinara antes de tomar el
extremo abierto de la funda, torciendo el exceso de tela en un mango—. Mira,
cuando estás en las fiestas de pijamas, agarras las almohadas y te golpeas entre sí
con ellas. —Le dio una mirada maliciosa, todavía temblorosa en las comisuras de
su boca—. Está bien, no te vuelvas loco, pero voy a pegarte, para demostrártelo.

Ella le dio en la cara. Luego, con una sonrisa pícara, lanzó un golpe fuerte a
su cabeza. Dante se agachó, pero ella ya se estaba dando la vuelta y logró golpear
su cadera con más fuerza. Él rodeó la cama, considerándola, y tomó la otra

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


almohada.

—¿Cuál es el objetivo de este... juego?

—Sólo divertirte. No hay registro de resultados en las peleas de almohadas.


Técnicamente. Conozco a algunas personas que piensan que debería ser un deporte
olímpico. —Mientras él sondeaba su mente, ella rápidamente captó su intención.
Imágenes aparecieron para él, llenando los espacios en blanco. Luego ella decidió
subirse a la cama, tomando la ventaja de la altura, y dándole otro golpe en la
cabeza.

Él lo esquivó, tomando represalias con un golpe que afectó su muslo y


golpeó sus piernas en la parte de debajo. Él había tratado de mantenerla de pie,
pero ella aterrizó con un salto decidido en el intrigante colchón elástico.

—Uf. Menos mal que caí en la cama.

Él la miró, luego su mirada fue más abajo, a donde el camisón se había


deslizado hacia arriba, casi revelando su bonito sexo. Pensando en el suave colchón
y almohadas, recordó la forma en que esos tiernos labios se habían extendido por
su polla, tomándolo con profundidad. Aunque su mente no estaba abierta para ella,
Alexis obviamente leía sus emociones, porque se movió de nuevo al otro lado,
dejando la almohada.

203
El Club de las Excomulgadas
—Voy a vestirme —dijo ella apresuradamente—. De lo contrario, nunca
podría volver a mi casa hoy. ¿Has caminado por la playa? Oh... —Ella se volvió de
nuevo—. ¿Puedes salir a la luz del sol?

—Me dijo Mina que podría, que mi sangre Oscura embotaría el sentido que
la luz del sol tiene normalmente en los vampiros. No me puedo quedar afuera
mucho tiempo, sin embargo, y me recomendó algo que llamó gafas de sol. Las muy
oscuras —agregó.

—Buen punto —dijo ella—. Nos detendremos en algún sitio para conseguir
esas a primera hora. Eres lo suficientemente inquietante sin que alguien vea tus
ojos.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Los humanos no saben acerca de los seres que no son como ellos mismos.
Me parece extraño.

—Lo mismo ocurre con todos nosotros. Quiero decir, los no humanos que
viven aquí. —Alexis se encogió de hombros—. Por alguna razón, la Diosa permite
que los humanos decidan si creen en los ángeles, o en las sirenas o en los mundos
como el tuyo como una cuestión de fe. Después de la Batalla de la Montaña, fue
extraño cuántos de ellos lo racionalizaron en otra cosa. Decidieron que habían
imaginado ver a ángeles luchando contra atacantes alienígenas.

Ella puso los ojos en blanco.

—Desde entonces, ha habido historias de que los Oscuros eran soldados de


bioingeniería siendo probados por algún país. Creo que funciona mejor para
nosotros, para ocultar nuestras identidades, a excepción de los pocos humanos que
lo entenderían. Como un todo, en realidad no lo hacen. Tienen que controlar lo que
no entienden, o lo destruyen. Hasta mi mejor amiga no sabe lo que soy, y es
clarividente.

—Sin embargo, prefieres vivir entre ellos, mientras tus padres no lo hacen.

204
El Club de las Excomulgadas
—Bueno, Myel ha vivido entre ellos antes, durante cortos períodos de
tiempo. Es sólo que... se siente como si fuese el lugar en el que debo estar, por
ahora. Me gusta. Están muy ocupados, ¿sabes? Activos. Siempre hay algo
sucediendo. Pero me encanta el mar y el cielo. Son activos, también, de una
manera diferente. Pyel dice que me sitúo en el límite entre el cielo y el agua porque
me siento más equilibrada aquí.

Después de una breve vacilación, ella se quitó la camisa de dormir, dejando


al descubierto la frágil inclinación de su columna vertebral y la dulce curva de sus
nalgas. Él aún vio moretones desvaneciéndose bajo su piel, resultado de los golpes
de la energía de la grieta, y de su lucha contra los escudos del círculo en su mundo.
Sólo unos pocos días antes, él había estado en ese mundo, en el lugar en el que

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


había estado toda su vida. Ahora estaba aquí. Estaba seguro que de alguna manera
era un sueño, sólo que no podía imaginar algunas de las cosas en este sueño, cosas
que nunca había experimentado. La fragancia de la loción que ella pasaba en sus
manos y cara. El aspecto arrugado de su ropa en el suelo. El olor del agua salada a
la deriva a través de la ventana abierta y el sonido del mar. Incluso cuando había
tenido ventanas en el abismo, los sonidos habían sido silenciados, distorsionados, y
no habría habido ninguna posibilidad de percibir su sabor.

Ella se metió en su ropa interior con un movimiento rápido, después puso


los brazos en las correas de su sujetador, lo cerró y se lo acomodó alrededor para
acunar sus pechos. Eso llamó su atención, los movimientos eróticos de su cuerpo
realizando una tarea sencilla, moviendo sus caderas mientras se ponía una falda
que las abrazó, arquearse en una camiseta que se aferraba a sus curvas. El cuello V
que mostraba el valle entre sus pechos. Él sabía lo suficiente para saber que no era
algo deliberadamente provocativo, pero sus palmas se calentaron con el deseo de
tocarla.

Alexis se agarró el pelo y se puso un par de brillantes bastones oscuros


rematados con radiantes piedras de zafiro para sostenerlo.

—Muy bien. ¿Por qué no vamos a mi casa y conseguimos acomodarnos allí?


¿Está bien, o hay algo más que quieras hacer de inmediato?

205
El Club de las Excomulgadas
Cuando se dio la vuelta y se enfrentó a él, el color era rosa en sus mejillas.

—Aparte de eso. Me sentiría más cómoda estando contigo donde vivo. Mis
padres pueden decidir quedarse aquí esta noche.

Su mirada se dirigió a la pared detrás del cabecero.

—Espero que piensen hacerlo. Es la ventaja de tener unos padres inmortales


y amorosos.

Aclarando su garganta, ella continuó mirando fijamente el cabecero.

—¿Puedes dejar de mirarme así?

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—¿Por qué? ¿Porque te dan ganas de hacer exactamente lo que estoy
pensando?

Ella le lanzó una mirada estrecha.

—Tienes vía libre a comentarios como ese porque no sabes lo que es ser un
chico inteligente. Por ahora.

No había ninguna imagen en su mente que explicara eso, por lo que


simplemente estudiaría el enigma que era ella.

—¿Quieres ver mi casa? —preguntó ella, con una nota de desesperación en


su voz.

—Sí.

Debido a que estaba parado junto a la cómoda en las escaleras afuera de la


buhardilla, ella tenía que acercarse. Cuando volvió a mirar su cara, tocando su
brazo, hizo que los nervios bajo él ondularan, su cuerpo se tensó. Pero como ella
parecía decidida a llevarlo a alguna parte, y él sentía curiosidad por ver más, trató
de silenciar su lujuria para que Lex pudiera relajarse.

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El Club de las Excomulgadas
—No te llevaré a lugares con mucha gente, no hasta que te acostumbres a
ellos. Y recuerda, no tienes que ver y hacer todo al mismo tiempo. Cada vez que te
sobrecargues o te canses, me lo dices, si no lo siento de antemano. Eres más difícil
para mí de leer que la mayoría de la gente.

Ella seguía preguntándose si eso era debido a la interferencia de sus propios


sentimientos, o a algo más. Puesto que Dante no tenía ninguna respuesta para ella
y su mente estaba en otra parte, le puso las manos en sus caderas, atrayéndola hacia
él. Sus palmas se acomodaron de forma natural en su pecho mientras sus dedos se
doblaban en su camisa, encontrando la tentación ofrecida por su cuerpo. Su dedo
índice se movió de un solo golpe sobre la base de su cuello.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Todo estará bien —dijo ella.

—Alexis, no soy un niño que necesite ser tranquilizado. ¿Entiendes eso?

Ella frunció el ceño.

—Ahora suenas como mi padre.

—Tal vez él y yo estemos de acuerdo en una cosa, entonces. Si algo pasa por
ahí, y me siento amenazado, no será sabio ponerte entre esa amenaza y yo.

—Puede que no sea sabio, pero lo haré, porque nada de lo que veamos hoy
será una amenaza. No quiero que te hagas daño cuando ese collar rebote, o que
lastimes accidentalmente a alguien. Tienes que confiar en mí. —Clavó los dedos un
poco, con insistencia y con los bordes afilados. El movimiento brusco de su
mandíbula correspondió con la determinación empujando hacia adelante en su
mente—. Así que si eres sabio, te morderás la lengua.

—Tú no me vas a mandar —dijo él con irritación.

—No es una orden. —Ella dejó escapar un suspiro—. Caray, el factor


testosterona. Te das cuenta de lo mucho que mi padre quiere una excusa para
arrasar contigo, ¿verdad? Tenemos que demostrarle, probarle, que puedes

207
El Club de las Excomulgadas
desenvolverte en este mundo sin mutilaciones, que no golpearás ni rasgarás la
cabeza de nadie. Sé que odias eso. Sé que eres muy orgulloso, y que crees que
hacer que te comportes bien de alguna manera te convierte en un esclavo de nuevo.

Él se apartó de ella entonces.

—Porque conozco mis emociones, no creo que puedas mandar sobre mí.

—No estoy tratando de hacer eso. Dante, tomará tiempo para que lo puedas
entender. —Sus dedos se cerraron en nudos tensos a su lado. Él vio la maraña de
pensamientos en su mente, su lucha por describir lo que estaba más allá de su
comprensión inmediata—. Puedes ser lo quieras aquí, siempre y cuando no
perjudiques a los demás con eso.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Él tomó el collar con dos dedos.

—Pones esto en mí, que me impide ser lo que soy.

—Tú me dejaste —dijo ella, aunque se estremeció al oír la acusación—.


Dante, ¿te acuerdas de cómo configuraste el escudo del círculo para mantenerme en
la cámara, hasta que comprendí por qué no podía dejarlo? ¿Para protegerme
cuando los Oscuros entraran?

Él asintió, de mala gana.

—Quieres que crea que esto es como eso.

—Así es. —Ella se acercó de nuevo a él y el regreso de su cercanía fue


bienvenido, a pesar del malestar que sus palabras causaban. Deteniéndose entre sus
botas, ella inclinó la cabeza—. Entiendo lo del collar. Sé que el dolor no te
detendrá. Me rompe el corazón saber por qué es así. Lo que has sufrido. Esas
emociones son un pozo dentro de ti, y además ese pozo es muy profundo y oscuro
todo el camino hasta el fondo, incluso para mí. Pero trabajaste tan duro y por tanto
tiempo para llegar aquí. ¿Puedes tener suficiente paciencia para confiar en mí un
poco, sólo por hoy? Eso no es tan malo, ¿verdad?

208
El Club de las Excomulgadas
Él bajó la mirada hacia ella. Quitándole los bastones, hizo que su pelo
cayera sobre sus hombros. Le enmarcó la cara y rozó su boca sobre la de ella, en
una breve muestra.

—Me gusta tu pelo así.

—Y así es como lo voy a llevar. —Sus dedos hicieron otro paso tímido hasta
la base de su garganta, una caricia—. ¿Estás listo para irnos?

—Estoy listo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Dieciséis
Después de las clases de ese día, Clara fue a la casa de Lex, abriendo con su
llave. Se había convertido en un ritual diario, esperar que ella estuviera allí, y
abrazar la comodidad táctil de estar entre sus cosas cuando no la encontraba. La
ropa que habían elegido juntas, el feo reposapiés en forma de un adorable erizo de
mar del que Lex se había enamorado en una venta de garaje. La comida en sus
armarios incluía barras de caramelo guardadas específicamente para cuando Clara
llegara, así como su refresco favorito. Ella tomó uno de cada y vagó de nuevo a la
habitación de Lex, a la pila de animales de peluche que esperaban.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Clara deseaba desesperadamente que Lex tuviera un móvil para poder
llamarla y averiguar qué tipo de emergencia familiar había tenido. Ella siempre
tenía la costumbre de desaparecer por unos días sin una explicación real, así que no
era la ausencia lo que había causado la preocupación de Clara. Las cosas se sentían
bien ahora, pero durante los primeros días en que había estado ausente, Clara había
tenido un miedo helado que casi le había hecho perder la razón. Sabiendo que la
policía no buscaba a un adulto hasta que habían pasado cuarenta y ocho horas, en
particular a una con la costumbre de desaparecer, había tenido que conformarse
con salir a todas las guaridas habituales de Lex, preguntando quién la había visto y
quién no. Branson en el Conservatorio Natural no lo había hecho, pero claro, Lex
rara vez mantenía un horario fijo con ellos. Cuando estaba alrededor, era tan
regular como un reloj e inmensamente útil, por lo que ella se había ajustado a sus
ausencias periódicas y sin explicación igual que todos los que la conocían lo hacían.

—No quiero mentirte —le dijo Lex una vez—. Sabes que mi vida es
diferente de la de la mayoría. Por favor, no me pidas que te explique lo que no
puedo. Lo entendería si esto significa que no puedes ser mi amiga, pero espero que
no sea el caso, porque realmente quiero que lo seas.

La amistad se había convertido en un vínculo permanente, porque Clara


sabía que Lex había dicho “quiero”, pero “necesito” estaban más cerca de la
verdad. Una gran cantidad de personas se consideraban amigos de Lex debido a ese

210
El Club de las Excomulgadas
aura que proyectaba, pero estaban demasiado deslumbrados por su luz para
ahondar debajo de la superficie y descubrir qué le gustaba o lo que verdaderamente
necesitaba.

Antes de Lex, Clara había tomado la decisión consciente de no tener


verdaderos amigos, amigos del corazón, a causa de su clarividencia. Era demasiado
difícil, ver cosas de otro, su presente y futuro, en estéreo con sus esperanzas y
sueños dichos, de las cosas que les hacían reír o llorar. Pero ella sólo podía leer
cosas vagas en Lex, no había imágenes claras de su presente o su futuro. Era como
el zumbido tranquilizador de una radio encendida bajito, en lugar de música a todo
volumen todo el tiempo. Si la sondeaba, Clara chocaba contra un muro. Había
aceptado ese bloqueo, y habían sido amigas cercanas desde entonces, aunque el

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


aura de Lex era inclasificable, y esa luz... Bien, no era exactamente humana.

Al tercer día, cuando estaba decidida a ir a la policía, la sensación de frío se


fue y recibió un mensaje telefónico de una mujer que decía que Lex tenía una
emergencia familiar. A pesar de que la firma psíquica de Lex era fuerte, su madre la
había superado, sin dejar dudas en la mente de Clara de que la mujer era quien
decía ser.

Algo malo había pasado, estaba segura de ello. Podía ser que hubiera
terminado, pero como amiga suya, quería ver a Alexis, y no se sentiría cómoda
hasta que lo hiciera. Esa podría ser la razón por la que se encontraba en la casa del
pueblo de Lex, acostada en su cama, mirando al techo, pensando y durmiendo por
turnos, cuando el bajón de azúcar la atontó, volvió la cabeza, sorprendida de ver
que había estado allí durante dos horas. Se había quedado dormida más tiempo de
lo que había esperado. Lo mejor era levantarse, encontrar su libro de laboratorio y
trabajar un poco. Tal vez se quedaría aquí esta noche en vez de caminar a su propia
casa en la ciudad. Estaba tan somnolienta...

Cerró sus ojos nuevamente dejándose ir a la deriva, pero la sensación de que


algo no estaba del todo igual en la habitación la hizo abrirlos de nuevo. Parpadeó y
sus labios se curvaron con asombro.

211
El Club de las Excomulgadas
—Wow.

El sueño se desvanecía, pero él era otra cosa. Alto, alado, de cabello oscuro
y ojos oscuros. La seda roja de la media túnica que llevaba se detenía a mitad de su
muslo y no hacía un gran trabajo en ocultar la longitud de su poderosa pierna, el
pecho desnudo y el abdomen estriado que sobresalían por encima de su cinturón.
Una profunda cicatriz en su pecho ajustaba un hilo de dolor en su corazón. Los
ángeles debían ser más mortales de lo anunciado. Él tenía hermosas alas de color
verde oscuro que captaban la luz del sol que se filtraba por las persianas. A pesar de
que se extendían lo suficiente para enmarcar sus amplios hombros, estaban
dobladas de manera cónicas hacia abajo, cruzaban las puntas cerca de sus pies
descalzos. Él la observaba con atención.

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—Esto es un sueño —dijo él. El poder de su voz rodó sobre ella, por lo que
los nervios hormiguearon por todo su cuerpo.

—El mejor sueño que jamás he tenido —admitió ella, empujándose a sí


misma para sentarse. Sus ojos se abrieron por una fracción, como si eso fuera
inesperado, pero era su sueño, ¿no? Se levantó y se dirigió hacia él, a través de las
bandas de sol a través de las persianas. A pesar de que oscurecía brevemente su
visión, ella se acercó y se encontró de todos modos con la carne masculina y dura.
Oh, un sueño verdaderamente real, y ella tenía algunos más vivos que la mayoría.
Por lo general reconocía la diferencia entre un sueño y una visión, ya que su
clarividencia se unía con un toque de adivina, pero esto parecía ambos y ninguno a
la vez.

Casi diría que era real, por supuesto que había un ángel de pie en la
habitación de Lex, un ángel con un aura fuerte, caliente y un toque de oscuridad.
Esa oscuridad era una pequeña sombra en su alma, revelando una tristeza allí, que
podía hacer desaparecer, todo lo que tenía que hacer era tocar sus labios. Ella se
inclinó hacia él, sonriendo ante la idea de sacar a besos el dolor de un ángel en su
sueño.

212
El Club de las Excomulgadas
Pero se necesitaría más que eso. Mientras miraba sus ojos, ella lo vio. La
cicatriz física era tan profunda, que había dañado sus músculos, haciéndole más
difícil volar. No imposible, no, pero él no podría hacerlo tan bien como siempre lo
había hecho, y eso hería su orgullo. El recuerdo de la batalla dónde la había
conseguido la hizo jalar una respiración, viendo su fiereza, la espada
relampagueante, la luz guerrera de sus ojos como un trompo, deslizándose, incluso
después de haber sido golpeado. Ella acarició sus labios impulsivamente,
deslizando sus manos sobre sus costillas, con sus palmas yendo a descansar sobre la
cinta ancha. La conexión de sus dedos le dio la palanca para levantarse sobre los
dedos de sus pies y levantar la cara para el beso que ella quería. Pero, maldita sea,
él seguía siendo demasiado alto.

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Apoyándose en la experiencia de cada centímetro de su encantador cuerpo,
ella se apretó contra su muslo y se movió a su pie. Clara deslizó una mano sobre la
cicatriz, que le atravesaba el hombro. Enredando sus dedos en su pelo, encontró su
nuca. Su cuello fuerte le daría el enganche necesario para llegar a sus labios. Pero si
era su sueño, él debería ser un poco más atento y agacharse, encontrándose con ella
a la mitad. ¿No?

—¿Marcellus? ¿Clara?

El ángel la tocó. La agarró por los brazos con una fuerza que le debilitó las
rodillas, pero no le hizo moretones. La levantó y la colocó de pie, la sostuvo allí
mientras parpadeaba. Céntrate. Era la voz de Lex, la verdadera voz de Lex.

Ella giró sobre sus pies, lenta y cuidadosamente, y la vio de pie en la puerta,
con los ojos abiertos, las cejas arqueadas. Clara negó, tratando de averiguar por qué
no estaba mirando a Lex desde la cama, que era donde estaría si acabara de
despertarse. Por supuesto, a veces durante sus visiones más poderosas, era
sonámbula. Una vez que se dirigió hacia las escaleras y se despertó cuando rodó
por ellas. Debido a que había estado mayormente dormida cuando ocurrió, estaba
fláccida, como una borracha, y llegó abajo con nada más que contusiones y
ruidosamente nerviosa.

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El Club de las Excomulgadas
—Lex —dijo ella—. Lex. —La sonrisa de su amiga fue instantánea y
tranquilizadora mientras la calentaba por dentro y por fuera—. Estás bien.

Clara corrió hacia adelante y luego, sin hacer caso de su estado aturdido,
echó los brazos alrededor de la otra chica, apretándola cerca, respirando la
sorprendente energía vibratoria que era Alexis. Siempre había sabido que Lex se
alegraba de su amistad, que la hacía sentirse menos sola. Se preguntó si también
sabría que ella sentía lo mismo. Realmente debería decirle eso, pero…

Algo estaba aún mal. Clara frunció el ceño, retrocediendo, pero todavía
acariciando distraídamente a Alexis mientras volvía la cabeza. Y palidecía.

—Está bien, estoy muy despierta, y él todavía está allí. ¿Lex?

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—¿Pensabas que era un sueño? —Fue la risa apenas reprimida de la voz de
Alexis lo que llevó a Clara a un estado totalmente despierto—. Bueno, eso lo
explica todo. Sabía que estabas bastante avanzada, pero me pareció que era un
poco descarado, incluso para ti.

Clara la apretó una vez más por tranquilidad, Lex estaba bien, y luego volvió
sobre sus pasos hacia el ángel, cuyos ojos oscuros hacían imposible decir lo que
estaba pensando. Aunque si tuviera que adivinar, diría que estaba en un punto entre
agitado e... irritable. Él tenía que ser un sueño. Esto era una locura. Poniendo una
mano, le tocó el pecho de nuevo y contuvo el aliento mientras él se movía más
fácilmente y con rapidez agarraba su muñeca, dejándola quieta.

—Mierda. Él es real.

—Sí. —Él habló con la voz de trueno un distante de nuevo, cambiando su


atención a Lex—. Le dije que no me mirara, que me viera como a un sueño. No lo
hizo.

—Clara tiene una clarividencia excepcional. Pyel lo sabe, y por eso nunca
viene a mí alrededor cuando está aquí. Pero no estaba esperándola. No te esperaba,
tampoco. —Había cariño, pero un leve reproche en su tono, y esta vez sus cejas se

214
El Club de las Excomulgadas
juntaron, apretando su agarre perceptiblemente. Pero Clara se alegró de que su
agarre fuera apretado sobre ella, ya fuera consciente o no.

—Tu padre me pidió que te vigilara.

—Lo sé. Lo siento, Marcellus. No quiero parecer irritable. —Alexis miró a


su amiga y al ángel. Estaba recibiendo una curiosa mezcla de los dos. Bien, no tan
curiosa de Clara, porque sabía de la apreciación irreprimible de su amiga para con
los hombres. Marcellus, sin embargo, parecía casi reacio a dejar ir a Clara.

—Así que, si es real… —Clara se aclaró la garganta y trató de parecer


indiferente, algo que Lex sabía era totalmente falso, ya que su amiga estaba
rebotando entre la incredulidad y el asombro como una pelota de ping pong—. ¿Y

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apareció en tu dormitorio porque descaradamente lo estás utilizando? Y si no,
¿puedo quedármelo?

Lex no pudo evitarlo, se echó a reír al ver la expresión que cruzó la cara de
Marcellus. Oh, Diosa, era por esto por lo qué había extrañado tanto a Clara.

—Er, es como un tío para mí, Clara. Él y mi padre son muy cercanos. Razón
por la cual se ve tan horrorizado. Confía en mí, él es demasiado complicado. Los
ángeles siempre lo son.

Marcellus dio un paso atrás entonces, soltando a Clara, e hizo una pequeña
reverencia.

—¿Dónde está Dante?

—Aquí mismo. —Dante salió de las sombras detrás de Alexis, donde


obviamente había estado midiendo la situación. Lex sabía que se había preparado
para hacerle frente a la amenaza potencial que representaba el ángel, por lo que
había sido complicado por un momento, la coordinación entre la conversación y
los pensamientos tranquilizadores que ella le enviaba, llenándolo con lo que Clara y
Marcellus eran.

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El Club de las Excomulgadas
Toda la sangre abandonó el rostro de Clara y retrocedió dos pasos hacia
atrás, directa a Marcellus, quien puso sus manos sobre sus hombros. No sabía, si la
tocaba para que dejara de aplastarlo contra la esquina o como consuelo, Lex no
estaba segura.

—Él es... Era lo que estaba encima de ti ese día, cuando tu aura se volvió
estroboscópica como las luces de Navidad. ¿Quién... qué es?

—Clara, este es Dante. En cuanto a lo que es, creo que tal vez tú y yo
tenemos que hablar un poco. —Alexis cambió su mirada a Marcellus.

—No creo que haya realmente ninguna otra opción que contarle algo sobre
él, ¿no? Confío en ella.

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—Confío en tu juicio con respecto a ella. —A pesar de que su tono de voz
decía que encontraba su juicio sobre Dante mucho más cuestionable.

Lex reprimió el impulso de sacarle la lengua a Marcellus como lo había


hecho cuando era más joven y él se ponía demasiado autoritario. No importaba,
porque estaba siendo ignorada, los dos hombres se miraban el uno al otro con
aversión mutua.

A pesar de eso, Alexis descubrió algo inesperado. Marcellus no tenía la


misma vibra hacia Dante que su padre. No era que Marcellus confiara en Dante,
pero ella sentía que su actitud era más de esperar y ver que de destruirlo
inmediatamente. Él llevó su atención a ella antes de que pudiera digerir eso.

—Anda con cuidado, Alexis. Informaré a tu padre de esta nueva situación


con tu amiga, si realmente estás bien.

—Lo estoy —prometió ella—. Gracias, Marcellus, por asegurarte de que


estamos bien.

—A ti —la corrigió él—. Estaba asegurándome de que tú estás bien.

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El Club de las Excomulgadas
Bien, no era totalmente distinto de su padre. Ella reprimió un suspiro y
asintió.

—Dile a Pyel que estamos bien.

Marcellus asintió, y luego se fue. Alexis sabía que los ángeles se movían tan
rápido que parecían desmaterializarse. Por la forma en que Dante dio un paso a la
derecha, dejando libre el umbral, supo que lo había visto, pero Clara se balanceaba
por la repentina falta de apoyo. Lex saltó hacia adelante y le tomó las manos.

—Ven y siéntate —dijo—. Vamos a hablar.

Como ella y Dante habían discutido, los humanos tenían problemas para

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procesar los cambios drásticos en su realidad. Clara estaba más en sintonía que la
mayoría, pero aún así Lex procedió con cautela, sabiendo que esto era parte de su
propio deseo egoísta de no perder la amistad de Clara, forzando una confrontación
directa con la “alteración” de Alexis.

Después de que le contó lo básico, lo que era, dónde había estado la semana
pasada, la presencia de Dante, ella se calló, en espera de sus preguntas o de su
reacción. Clara se había mantenido callada en todo, con sus grandes ojos fijos en la
cara de Alexis. Durante ese tiempo, Dante había merodeado por la casa, pero ahora
volvió a su dormitorio y se instaló en su silla de incongruente vanidad. Se sentía
como una demostración de apoyo, el reconocimiento de lo difícil que este momento
podía llegar a ser. Ella no había tenido que pedirle que le diera algún tiempo con
Clara, tampoco. ¿Le habría leído la mente, o sería simplemente casualidad? Si se
trataba de la primera, en realidad estaba siendo considerado, lo cual era intrigante
por sí solo.

Él no habló en su mente ni dijo nada para confirmarlo o negarlo mientras se


volvía, pero ella ya había notado lo poco que hablaba si no se dirigían a él
directamente, o sentía el mandato o la directriz que necesitaba. Donde Dante había
estado, la charla ociosa no era una forma de pasar el tiempo, analizar su entorno en
busca de amenazas e información sí lo era. Mientras ella se preguntaba qué

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El Club de las Excomulgadas
pensaría de su casa, consideró cuántos años le tomaría relajarse y disfrutar de un
entorno, en lugar de evaluar el mismo. Había visto a los agentes de policía de las
zonas de guerra urbana hacer lo mismo cuando supuestamente se relajaban con la
familia en un parque o en el restaurante.

Si Clara no decía nada, ella gritaría. No le trasmitía nada definitivo, sin


embargo. La muchacha se había acurrucado en su silla Papasan8 para escucharla
mientras Lex se sentaba en la cama. Tenía los brazos alrededor de sus rodillas, la
barbilla en ellas, con los ojos abatidos mientras pensaba.

Lex volvió su atención de nuevo a Dante. Las gafas de sol que le había
comprado, junto con el silencio de sus emociones, lo hacían más perturbador en

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vez de ilegible. ¿Estás bien?

En lugar de responder, él se levantó y cruzó la habitación hacia el montón


de animales de peluche. En cuclillas delante de ellos, extendió la mano y tocó a
Eeyore9, el de amplia nariz de felpa rosa. Luego cerró la mano sobre todo el rostro
de la criatura y levantó el juguete, manteniéndolo con ambas manos. Los dos se
miraron el uno al otro, Eeyore con expresivos ojos de plástico, tristes y Dante con
gafas de sol, así como con una expresión monocroma.

—Siempre supe que había algo. —Clara habló por fin. Alexis volvió su
atención hacia ella—. Me alegro de saberlo al fin.

Tan sencillo como eso, la chica se desdobló de la silla inclinándose y


cubriendo la mano de Lex con la suya.

—Eso sí, los próximos años, voy a estar pensando que voy a enloquecer. Me
tomará un poco de tiempo asumir todo esto. Pero creo que si ese ángel viene y se
queda en la esquina de mi habitación, me ayudará a aceptar la situación con mayor
rapidez.

8
Una silla Papasan (también llamado silla de tazón ) es un cuenco de forma redondeada con un ángulo ajustable similar a la
de un futón.
9
Es un personaje del libro Winnie the Pooh de A.A. Milne. Generalmente se le representa como un viejo burro de peluche
gris bastante pesimista, melancólica y deprimida, que es un amiga del protagonista, Winnie the Pooh.

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El Club de las Excomulgadas
Lex sonrió, apretando sus dedos con fuerza en respuesta, sosteniendo la
mirada de su amiga lo suficiente como para transmitirle su gratitud. Lo que salió de
Clara eran las mismas olas de amistad y amor que siempre habían compartido,
atadas con una curiosidad liberal que Lex estaba segura quería decir que finalmente
tendría un millón de preguntas por contestar.

—Confía en mí, quédate con los profesores griegos. Son mucho más fáciles
de manejar.

Clara le devolvió la sonrisa, pero cuando su mirada se movió a Dante, él le


devolvió la expresión sobria.

—Lex... —Ella se mordió el labio, obviamente dándose cuenta de que no

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había manera de decir sus preocupaciones, ya que Lex había dejado claro que
Dante estaba en su cabeza. Por no hablar de que estaba en la misma habitación.

—Sé lo que ves, Clara. —Lex retuvo su mano—. Confía en mí. Los Oscuros
son seres terribles. Hasta hace unos veinte años, se suponía que algunos de sus
descendientes eran igual de malos. Pero mi madrina es un Engendro Oscuro. Hay
una terrible oscuridad en ella, pero una gran bondad también, un fuerte poder que
usó para salvar el mundo antes de que tú y yo naciéramos. Mi don es sentir las
emociones. La mayoría de las veces sé lo que él siente como lo está sintiendo. Él no
es maligno. —Sólo un poco peligroso e impredecible en estos momentos, añadió para sí en
silencio.

—¿Así que cuando él sienta un repentino deseo de matarte, lo sabrás de


antemano? —A pesar de que Clara murmuraba, la siniestra presencia detrás de
Alexis vibró con alarma, sin importar su aparentemente inofensivo examen de la
colección de animales de peluche.

—Dante no me lastimará. No a propósito.

—Él es... como tú. No puedo sentir nada de él. Tiene unos escudos
psíquicos como el Fuerte Knox.

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El Club de las Excomulgadas
—Lo sé. A veces me resulta difícil leerlo también. Es como si sus emociones
estuvieran ahí, pero fueran una gran bola de hilo.

—Tenías que escoger al hombre más complejo del universo entero. —Lex se
sintió aliviada al sentir a Clara empujar hacia atrás su preocupación.

—¿Qué puedo hacer?

—Bueno, yo diría algo así como que deberías conocerse formalmente. —


Pero cuando Alexis cambió de lugar, ella se detuvo, parpadeando.

Él había recogido varios animales más, y se los llevaba a la cara, frotando la


piel suave allí. Dándole una tranquilizadora mirada a Clara, ella se levantó, rodeó

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la cama y se arrodilló junto a él. Mientras Dante la miraba, Lex deslizó las gafas de
su cara, porque quería ver la llama de remolino de sus ojos.

—Esto son juguetes —dijo.

Ella asintió. Él sostuvo a Tigger en una mano y en la otra a Pooh, Eeyore


estaba equilibrado en sus rodillas. Alexis tomó a Igor y cerró los brazos alrededor
del burro, dándole un abrazo.

—Duermo con él algunas veces. Sus ojos tristes me hacen sentir mejor si me
siento solitaria.

Él lo tomó de nuevo de ella. Debería parecer extraño, el hombre alto con


una expresión severa y ojos aterradores sosteniendo a un trío de animales de
peluche, pero la ola de respuestas desordenadas de él le decían que era de manera
diferente. Él estudió a Igor.

—Lo abrazas mientras duermes. Con una de esas enormes camisas que
esconde tu cuerpo. —Su disgusto por eso era tan obvio que ella captó la mueca
sorprendía que Clara hizo con su boca.

—Sí. Son cómodos.

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El Club de las Excomulgadas
—Mmm. —Él llevó a Igor de vuelta a su cara, acariciando la felpa de nuevo
con el otro lado de su mandíbula. Cuando se inclinó, Alexis se mantuvo inmóvil
mientras él frotaba la mandíbula contra su piel, con su nariz jugando con su pelo.

—Yo no soy tan blanda y peluda —Ella trató de sonreír, aunque su corazón
estaba en su garganta.

Él negó, echándose hacia atrás.

—Igual de suave, de una forma diferente. No hay nada suave de dónde soy.
Lo más cercano a él no lo es para nada. Ellos son...

—¿Blandos? —sugirió ella amablemente. Él asintió.

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—Sí. Muchos de ellos muerden, o su piel está envenenada. —Dejó caer a
Tigger en el suelo, pasando el pulgar sobre su labio inferior, luego por su garganta a
la V de su camisa. Como si la presencia de Clara fuera intrascendente, le rozó los
nudillos por su crecido seno—. Si me acuesto contigo en mis brazos, ¿me voy a
sentir menos solo?

—Eso espero. No quiero que estés solo nunca más. Nunca más. —Su pasión
la sorprendió, caliente y ascendente y segura en su corazón. También la inesperada
y súbita oleada de ira hacia Mina. ¿Por qué lo había dejado allí?

—Ella no me debía nada. —Él inclinó la cabeza, su mirada era penetrante—


. Ni tú. ¿Por qué me ayudas, Alexis? ¿Qué es lo que quieres de mí, que no sea el
placer de mi cuerpo?

El rostro de Alexis se calentó. Clara se aclaró la garganta.

—Er, ¿quieres que me vaya ahora? Tengo examen de química, pero si hay
cualquier cosa que necesites de mí...

Alexis se enderezó, y Dante se levantó con ella, bloqueando su camino.

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El Club de las Excomulgadas
—No me has respondido. —Los ojos carmesí llamearon en señal de
advertencia, a pesar de que ella ya había sentido la oscuridad inflamarse dentro de
él, incitado de alguna manera por la dirección de sus pensamientos, por su
pregunta. Clara lo había registrado también, y estaba buscando algo para usar como
arma.

Dante se volvió sobre sus talones. Lex le jaló la manga.

—No, ella no representa ningún peligro. Ella…

Doblando el labio él siseó, mostrando sus prominentes colmillos, y dándole


a Clara una visión directa de la mirada de otro mundo. La chica abrió la boca, pero
se mantuvo firme, cerrando los puños.

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—Si tratas de hacerle daño, tendrás que hacérnoslo a las dos.

—Nadie va a hacer daño a nadie. —Alexis mantuvo un control firme sobre


la manga de Dante, aunque sabía que no sería impedimento físico para nada. El
miedo la inundó. Por favor, no le hagas daño. Dante, ¿por qué estás tan enojado?

Él vibraba con violencia apenas contenida, tan malévolo que todo en Alexis
le exigía retirar la mano y escapar de la habitación con Clara. En cambio, ella
apretó su agarre. Me estás asustando. Asustándonos a las dos. Ya hemos pasado por esto
antes. Eres mucho más fuerte y más rápido que cualquiera de nosotras. Podrías matarnos
antes de poder parpadear. No somos una amenaza. Por favor, detente.

Poco a poco, algo de la tensión abandonó el brazo debajo de su agarre. Él


sostuvo la mirada en el rostro pálido de Clara ni un segundo antes de volver su
atención de nuevo a Lex.

—Quiero que se vaya —dijo.

—Ella es mi amiga. Quiere estar segura de que estoy bien, protegida.

—Yo te protegeré.

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El Club de las Excomulgadas
—Sí, esa es sin duda la impresión que acabo de tener. No puedes controlar
lo que hay en ti —respondió Clara—. Ella me dijo que la sangre Oscura es difícil de
contener. ¿Cómo sabes a ciencia cierta que no le harás daño? ¿Qué te lo impide?

—Clara —dijo Alexis bruscamente—. No lo hagas. —Diosa, ¿por qué Clara


lo aguijoneaba?

—Esto. —Él tocó el acero en su cuello con un movimiento corto, irregular—


. Un collar para contener la locura de la bestia, hasta que ella decida que soy inútil
y me mate. Es por eso que sus motivos son importantes para mí.

—Por favor, mírame, entonces. Déjame contestar. —Alexis contuvo el


aliento hasta que él la miró a la cara. Esos ojos podrían ser un láser a través de su

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carne, abriéndola, pero ella le sostuvo la mirada.

—Tienes el derecho a vivir aquí, a no estar atrapado en un mundo oscuro. El


collar es para tu protección.

—No necesito protección —gruñó él y Clara saltó—. No necesito nada.


Llegué aquí…

—Porque he arriesgado mi vida para traerte —replicó ella. —Porque creo


que tienes derecho a vivir. ¿Por qué no es suficiente razón para ti?

—Porque nadie arriesga su vida así. Nadie.

—Tú lo hiciste. Por tu madre.

Él se quedó inmóvil entonces, su cuerpo se convirtió en una estatua rígida.


Por el contrario, la creciente energía a su alrededor se aflojó lo suficiente para que
Lex se atreviera a mirar a Clara.

—Estoy bien —dijo ella con calma. —Te llamaré mañana, si puedo. ¿De
acuerdo?

223
El Club de las Excomulgadas
Por favor no discutas, pensó, sin saber si podía hablarle a Dante abajo de esa
repisa cuando todavía estaba de pie tan cerca de ella.

—Está bien —respondió su amiga después de una tensa pausa—. Pero estaré
cerca por si me necesitas.

—Lo sé. —Alexis le envió una sonrisa distraída. Sostuvo su concentración


en Dante mientras Clara salía de la habitación, y oyó cerrarse la puerta.

—No sabes nada sobre eso —dijo él.

—Sí, se. Lo sentí, cuando hablabas de ella, cuando dijiste que la mataste.
Los sentimientos son un mapa, Dante. A pesar de que los tuyos son bastante

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enredados, algunos me llegan con tanta fuerza que prácticamente vienen con
imágenes. La encadenaron, dijiste. Ella te mantuvo con vida permitiéndote
alimentarte de ella. Ellos la torturaron, la utilizaron. Y un día, a pesar de que sabías
que serías castigado por ello, no pudiste soportarlo por más tiempo. Su mente se
había ido, se había roto, y por eso terminaste con su vida. Te dolió mucho eso, pero
no te mataron, aunque tú lo deseaste, por un tiempo. No ganabas nada para ti
mismo tomando su vida.

—Estás equivocada. No me gustaba la forma en que su dolor me hacía


sentir. Así que la maté, y me sentí mejor. —Pero Dante cambió su mirada de nuevo
a los animales de peluche. Juguetes. Cosas de niños e incluso de adultos, para su
diversión, comodidad. Antes, había oído los pensamientos de Lex, preguntándose
cómo enseñarle acerca de las emociones que nunca había experimentado. Algunas
estaban impresas al parecer en el alma al nacer, debido a que había entrado en
contacto con ellas ahora era como recuperar la sensibilidad en las extremidades
hacía mucho tiempo congeladas, quemadas o incluso amputadas. La
descongelación de ese recuerdo traía un dolor agudo, casi peor que la tortura física.

Él no había querido recordar las razones por las que había tomado la vida de
su madre. Había bloqueado todo, pero la realidad era que, había empujado
salvajemente en el corazón de su madre la estaca de madera negra que él mismo

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El Club de las Excomulgadas
había afilado. Le había cortado la cabeza, y utilizado sus colmillos según había sido
necesario, así no habría forma de que pudieran reanimarla. Probablemente se la
habían comido, pero nunca lo supo. Ellos estaban retirando sus cadenas cuando fue
golpeado primero hasta la inconsciencia, la última vez que escapó del dolor en
mucho tiempo después de eso.

Su madre no había estado lúcida en meses. La última vez que había hablado
con él, que lo había reconocido como su hijo y no como a uno de los Oscuros, ella
había dicho poco. Simplemente se había estremecido de dolor y repetido el nombre
que él había elegido para sí mismo, una y otra vez. Él se había acurrucado a sus
pies, apoyando la cabeza contra su muslo desnudo. A ella nunca le importaba estar
cerca, aunque la mayoría de las veces los Oscuros se la llevaban. Sólo le permitían

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alimentarse de su sangre, mientras la violaban, asegurándose que él estuviera tan
hambriento que no pudiera rechazar su propia hambre. Él había tenido que cerrar
los oídos a sus gritos de dolor mientras estaba bebiendo, con los gruñidos del
Oscuro y los colgajos rápidos de sus alas de cuero. Ella hablaba en su mente, lo
único que ellos no le podían quitar, y le decía que todo estaba bien, que tomara
hasta llenarse, a pesar de que sus pensamientos se rompían en pedazos para detener
su propia agonía.

¿Por qué nunca se había dado ella un nombre a sí misma? ¿O lo había


hecho, y se había negado a decírselo, porque no quería darle otra cosa que ellos le
pudieran quitar?

—Dante.

De alguna manera se había ido de nuevo a los animales de peluche. Alexis


estaba arrodillada a su lado. Él agarró uno de los juguetes, el oso amarillo con
camisa roja y expresión desconcertada.

—Tengo hambre —dijo él sin inflexión. Era lo único cierto.

Quitándole el oso con manos suaves, Lex se puso de pie y se lo llevó con
ella. Sentándose en la cama, movió la caída de su lustroso cabello castaño por

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El Club de las Excomulgadas
encima de su hombro derecho, dejando al descubierto el izquierdo para él, mientras
se quitaba la camisa.

En lugar de aceptar esa oferta, él puso una rodilla en la cama y la tumbó de


espaldas. Curvó la mano en su garganta, sosteniéndola abajo y sintió el pulso de su
vida bajo la palma de su mano mientras miraba fijamente sus ojos. Ella no sabía lo
que iba a hacer, y eso le preocupaba un poco, pero había elegido confiar en él, una
decisión que lo enfurecía y excitaba a la vez.

—Levanta tu falda para que pueda ver tu vagina —dijo él crudamente. Su


color, la forma en que ella se humedeció los labios, lo incitó aún más.

—Me gusta tu toque —susurró ella contra su agarre.

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—Haz lo que te digo.

Recogiendo el dobladillo de su falda, ella lo movió hasta que él pudiera ver


la muestra de sus bragas cubriendo la línea regordeta de su sexo. Mientras la
observaba, una gota de humedad floreció en su entrepierna de seda.

Eso lo inflamó, su confianza, su deseo. Se inclinó, lo que aumentó su agarre


en su garganta cuando él cerró su boca sobre la tela vaporosa, probándola a través
de ella. Emitiendo uno de esos suspiros que lo recorría, endureciendo su polla, ella
se arqueó hacia su rostro. Él frotó la mejilla a lo largo de la tierna carne de su muslo
interior, apretando la punta de sus colmillos con suavidad, oyendo el torrente de la
arteria femoral.

Abre más las piernas para mí.

Ella se estremeció, pero obedeció. Monstruos salvajes pasaron de la


oscuridad del subconsciente de él, pero no tenían la intención de dañar o matar.
Simplemente deseaban, con una avaricia concentrada en este único momento, en
esta habitación. Querían drenar no sólo su sangre, sino la energía de la vida que se
arremolinaba a través de ella, calentándolo, confundiéndolo.

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El Club de las Excomulgadas
La falta de control lo hacía vulnerable a los ataques desde cualquier
dirección, su ferocidad lo cegaba, por lo que había aprendido a no dar plena rienda
suelta a sus deseos. Hasta que tuviera control de hierro, había momentos en que se
había vuelto loco tratando de llevar las riendas de sí mismo tan herméticamente.
Durante días recorría todo el mundo Oscuro como una criatura feroz, mitad
recordando todo lo que había hecho o experimentado. Los Oscuros habían
encontrado eso divertido, burlándose de él, pero haciéndole menos daño que
cuando era dueño de sí mismo.

Ella se había abierto completamente para él, con los brazos extendidos a los
costados, con los dedos aferrando la colcha.

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—¿Esto dolerá?

—Sí —dijo él—. Pero sólo por un momento.

Dante la mordió, y ella se tragó un grito en medio de sus dientes cuando él


encontró la fuente de sangre que quería. El calor de su sexo palpitaba contra su cara
mientras él chupaba y lamía, su cabeza se movía en movimientos lentos y rítmicos
que frotaban su sien sobre su hinchado clítoris detrás del tejido apretado y húmedo.
Ella gemía cada vez que lo hacía, levantándose y bajándose.

Cuando terminó, presionó su boca sobre la punción, lamiéndola con su


lengua hasta que detuvo el flujo de sangre, entonces volvió su boca a otras hambres.
Alexis casi se cayó de la cama mientras él sellaba el calor húmedo de su boca sobre
ella, marcando la tela con su sangre mientras pasaba la lengua por encima de la
división empapada, inhalando profundamente a través de sus fosas nasales. Lex se
estremeció, duro y profundamente en su vientre. Estaba tan cerca, él podía verlo en
la caída vertiginosa y caótica de sus pensamientos, imágenes y sensaciones. Lo
abrumaban.

Volteándola en un movimiento sin esfuerzo, la puso sobre sus manos y


rodillas. Tirando para abrirse los pantalones que llevaba, empujando la falda a la
parte baja de su espalda y arrancando esa muestra de seda, la penetró desde atrás.

227
El Club de las Excomulgadas
De la forma en que los Oscuros lo hacían. Despreciaba la satisfacción visceral,
aunque a su cuerpo no le importaba, sumergiéndose en ella, reclamando,
necesitando.

Tus alas. Quiero ver tus alas. Él le abrió la camisa por la mitad mientras sus
alas salían, extendiéndose amplias y luego inclinándose hacia arriba, como si él
estuviera presionado contra una mariposa, con sus plumas suaves rozando su piel
mientras él se empujaba dentro de ella, codiciosa y duramente, sintiendo su
espasmo y retorciéndose, tan cerca, ordeñándolo profundamente. Las piernas se
transformaron al mismo tiempo, aumentando la divina rigidez, con su cola
deslizándose fuera de la cama mientras él se ajustaba a horcajadas.

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Ella gritó su clímax, incitada por las diferentes sensaciones, y él se soltó
también, igual de rápido. Su sangre corría a través de su sistema, con su simiente en
chorros dentro de ella, era un final doloroso pero placentero que mantuvo la cara
pegada a su nuca, sus labios en su cabello, mientras sus alas temblaban a cada lado
de él. A medida que ella bajaba lentamente de su pináculo, atormentada por las
pequeñas convulsiones, las alas medio se plegaron, rozando sus hombros y caderas,
con toques de cosquillas en sus pantorrillas.

Poco a poco, Lex se transformó para que él sostuviera a una mujer humana
de nuevo. Todavía exhausta por el tiempo que pasó en su mundo, algo como esto
podría robarle la fuerza tan rápidamente como el propio clímax. El conocimiento
de su agotamiento le hizo darle la vuelta sobre su costado en la cama. Reacio a
desprenderse de ella, encajó su cuerpo por detrás. Haciendo un ruido de
satisfacción, cerró su mano con posesividad intrigante en su antebrazo, dejando su
cabeza en la almohada y debajo de su mandíbula.

¿Por qué me estás ayudando, Alexis?

Ella estaba dormida ya, él lo sabía. Ella había contestado la misma pregunta
antes, pero él no podía dar crédito a sus palabras ni comprender las emociones en
su mente cuando las había dicho. Demasiadas impresiones y sentimientos
desconocidos.

228
El Club de las Excomulgadas
Ella no había tenido ningún hombre en su vida, ni experiencias sexuales
antes que él, esto explicaría por qué. Era plausible para alguien tan joven. La
primera vez que él había tenido un orgasmo real, fue forzado por sus verdugos, el
placer había sido adictivo. Una forma de escapar de todo durante unos segundos.

Él le había dicho que estaba listo para ir desde su cabaña hasta este lugar.
Había estado parcialmente equivocado. Todas esas imágenes que había
diseccionado una y mil veces en su cabeza no eran nada comparado con
experimentarlas de primera mano. Alexis había descrito este mundo tan ocupado,
siempre en movimiento. Él estaba acostumbrado al mundo Oscuro, pero la
variedad de actividades aquí eran diferente, a menudo no era violento ni peligroso,
imprevisible pero desconcertante. En el mundo Oscuro, todas las actividades

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incluían peligro o violencia. Necesidades básicas, lujuria, hambre, sed, lucha por la
dominación.

Recluido en esta acogedora habitación, cálida, pensando en el amor y en la


devoción de sus padres y de los que les servían, él tenía un tiempo difícil pensando
que ella buscara escapar a través de la pasión sexual como él lo hacía. Pero su
presencia en su vida podría muy bien estar en la cresta de la buena voluntad de su
juventud y auto descubrimiento sexual. Cuando eso pasara, ella no necesitaría
usarlo más y los otros tratarían de matarlo, como esperaba.

Podrían intentarlo. Y ella podría cansarse de él todo lo que quisiera, pero él


la dejaría ir solo cuando estuviera listo.

229
El Club de las Excomulgadas

Capítulo Diecisiete
Alexia despertó famélica. Tendría que empezar a mantener suministros de
donación de sangre de la Cruz Roja en su mesita de noche. Galletas, jugos,
botanas. Entonces se dio cuenta de que Dante no estaba en la habitación. La
sorpresa se convirtió en pánico. No se le había ocurrido que él se iría a alguna parte
sin ella. Realmente no habían establecido las reglas del juego, o cómo él
reaccionaría a ellas.

Revolviéndose fuera de la cama, ignoró su estómago gruñendo y sus rodillas


tambaleantes, llegó a mitad de camino a la puerta y se dio cuenta de que él estaba

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en su cocina. O eso o ella tenía una gran rata emitiendo múltiples silbidos curiosos.
Era probable que él estuviera revisando los armarios, examinando cada utensilio de
cocina.

Decidida a comenzar el día vestida medio decentemente y organizada, ella


se dirigió resueltamente a la ducha. La zona del mordisco en el interior de su muslo
se había curado pero todavía estaba tierna. Mientras pasaba sus dedos sobre ella, el
recuerdo la hizo temblar, acariciando su sexo con su mano. Diosa, él había estado
tan impaciente. Tan hambriento. En lugar de estar consternada por su violencia, su
propia hambre casi había eclipsado la suya.

Ese pensamiento puso un freno a sus recuerdos. Ella había permitido que su
propia lujuria prevaleciera sobre el estado posiblemente destructivo de su mente y
eso no era bueno. ¿No le había confesado tal preocupación a Anna? Pero era más
difícil de lo que había esperado. Incluso con su empatía, siempre había sido una
observadora externa de las fluctuaciones emocionales de las jóvenes que habían
experimentado sexo por primera vez. Esa locura donde la reacción física era
confundida con la emocional debido a la intensidad de la experiencia. Por
supuesto, era difícil comparar lo ocurrido en un dormitorio a la luz de las velas, con
un calcetín colgado en el pomo de la puerta para advertir a los compañeros
intrusivos, con una seducción comenzada en sus sueños y consumada en un mundo
ardiente donde su vida había colgado de un hilo.

230
El Club de las Excomulgadas
Sin embargo, era consciente de que podría ser igual a algunas de las
experiencias de esas mujeres. Podría haber significado algo muy diferente para él.
Honestamente ella también era arrastrada por sus propios sentimientos a la hora de
registrar los suyos. Pero había sentido algo. Había detectado una reacción física
carente de sentimiento.

Diosa, la verdad era que estaba fuera de su cabeza y tenía miedo de


admitirlo ante alguien que pudiera ayudarla, porque estaba segura de una cosa,
ahora ella era la única y verdadera aliada que él tenía, y él no podía permitirse el
lujo de alejarla.

El agua se calentó, y ella se metió, dejándola lavar sus pensamientos

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inquietos por ahora. Esperaba que Dante estuviera demasiado ocupado
descubriendo los placeres de los utensilios de cocina para haber sentido su dilema.

Al menos no era demasiado difícil centrarse en este lugar. A pesar de que su


madre la había bañado, por supuesto, no era lo mismo que un baño completo.
Además, el jabón se llevaba el almizcle de las relaciones sexuales mientras se
limpiaba esos rincones privados. Tembló nuevamente, recordando cómo él la había
tomado. Aunque solo fuera eso, ella podría estar segura de que era anatómicamente
más agradable que sus anteriores parejas.

—Infinitamente.

Ella gimió, abriendo los ojos y encontrándolo de pie en la puerta de la


ducha. Estaba todavía desnudo, de la misma manera en que había dormido con
ella. La vista de su cuerpo alto, musculoso, tan imponente y atractivo a la vez, de
su pene ya semi erecto hizo que su libido aplastara sus justificaciones racionales e
intentos de auto controlarse, como un leñador con botas del cuarenta y tres.

No ayudó que él estuviera estudiando la forma en que el jabón se deslizaba


hacia abajo sobre su cuerpo mojado con intenso interés. Él levantó una barra de
chocolate.

231
El Club de las Excomulgadas
—Esto estaba en tu mente cuando despertaste. Junto con muchos otros
alimentos que no pude encontrar entre los que tienes aquí.

Mientras ella miraba, él quitó la envoltura y la arrojó lejos, luego la extendió


hacia su boca.

—Come, antes de que te caigas.

Chocolate con sabor a agua corriendo sobre su rostro, tenía un atractivo


sensual, particularmente con él alimentándola. Su cuerpo vibró. Tenían cosas que
hacer...

—No tardaremos mucho —señaló él, sus ojos se oscurecieron en llamas.

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Antes de que ella pudiera pensar en una protesta, o en si incluso quería probar, él
había caminado a la ducha y la levantó por debajo de las axilas, sujetándola contra
la pared de la ducha. El chocolate se fundió en su boca mientras la cerraba sobre
ella. Lex se aferró a él mientras el agua se vertía sobre ambos y la penetró de nuevo,
con su polla tan lista para ella que se quedó sin aliento mientras su plenitud era
invadida. Sus piernas se envolvieron alrededor de su espalda, dándole la bienvenida
con entusiasmo.

El sexo con Dante era agotador, pero no era nada al lado de enseñarle a
alguien, que sólo había echado una ojeada a la tierra, todo lo que podía ser en una
tarde. Sus preguntas nunca se terminaban. Comenzaron con su cocina y con el
surtido de cosas que había sacado de su refrigerador y que había alineado en el
mostrador. Con alguna sorpresa y consternación, ella notó que él había abierto un
montón de artículos. Había arrancado las costuras de uno de los cojines del sofá
para tocar el relleno, había abierto la cubierta de su reproductor de películas para
estudiar el cableado. Las bombillas habían sido desenroscadas, incluso había
probado el cerrojo raramente utilizado de la puerta, pero gracias a la Diosa no
había probado su fuerza o sospechaba que habría tenido que llamar al carpintero
para sustituir el marco. O reparar la puerta que habría sido arrancada por la fuerza.

232
El Club de las Excomulgadas
No había encendido el televisor aún. Esa sería una buena opción para más
tarde esta noche, cuando pudiera acostarse sobre el sofá, cuidando de su cansancio
y aún contestando el sinfín de preguntas que esperaba que él programara hacerle.

Además, tanto como le gustaba que le hiciera preguntas, notaba que cada
vez se ponía más inquieto, queriendo salir de los confines de las cuatro paredes.
Cuando tomó sus huevos orgánicos y los sacó de la caja y los dispuso en un plato
en una pirámide sorprendentemente equilibrada, le recordó su jardín y le dio una
idea de a dónde llevarlo.

Meterlo en el coche fue más fácil que la primera vez. En la casa de campo, él
la rodeó, estudiándolo desde todos los lados. Había hecho que Alexis abriera las

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ventanas, no gustándole la sensación de estar cerradas. Los coches eran nuevos
para su madre cuando fue raptada, pero no totalmente desconocidos. Él los había
visto a través de las grietas antes de que Mina las hubiera cerrado también, pero
estar cerca de ellos por supuesto era diferente.

Esta vez, era ella la que necesitaba un aliento adicional para tranquilizarse,
parada en la puerta abierta del coche. Esta sería la primera vez que lo llevaría
afuera en público, con otros. Después de las últimas veinticuatro horas, era muy
consciente de que era más una guía que un tutor. ¿Realmente sabía lo que estaba
haciendo? ¿Cómo había convencido a su padre y a Mina de esta locura? Quizás era
mejor que regresaran, y...

Él estaba en el lado opuesto, mirando constantemente hacia ella.


Afortunadamente, no había ira en su mirada.

—¿De qué tienes miedo, Alexis?

—Sabes. Que creas que alguien nos va a atacar y tú incineres una manzana
de la ciudad. Entonces mi padre y Mina vendrán y te llevarán... —de mí. Ella se
apagó, dándose cuenta de nuevo de cuan contraproducentes eran sus propios
motivos—. Dante, no estoy segura de tener razón. Tal vez no deberíamos hacer
esto sin un par de Ángeles con nosotros.

233
El Club de las Excomulgadas
—Estuviste segura anoche. Es sólo el miedo lo que te hace dudar de ti
misma. —Él levantó su cabello lacio, suelto sobre sus hombros, y lo retiró de su
cara, de sus labios sensuales. Ella deseaba poder ver sus ojos, quitarle las gafas para
poder reunirse con ellos. Estaba ansioso por irse, por descubrir este nuevo mundo.
Y ¿por qué sería? No quería matar y mutilar. Él quería ver cómo funcionaba un
coche, caminar en medio de personas que vestían ropa de diferentes colores, oler las
diferentes fragancias. Ver brillar el sol, aunque fuera desde la seguridad de una
sombrilla en la terraza de un café en la acera.

Esos no eran sus pensamientos por supuesto, pero las emociones que estaba
emitiendo tenían indicios de eso, como una canción tarareada que al escucharla
casi podías entender las palabras de los sentimientos evocados por las notas.

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Él deslizó una mano por la parte superior del coche. Intrigada, ella se
acercó, tocando las puntas de sus dedos, ya que su brazo era más corto y no podía
llegar a más.

—¿Para qué es esto? —preguntó ella suavemente cuando él retrocedió.

—El toque tranquiliza tu mente —explicó él. —Y me gusta tocarte.

Dante podría relajarse con ella. No podía hacer eso con una escolta de
ángeles. Ella había sobrevivido a un mundo oscuro, por Dios. Podría sobrevivir
siendo guía de un vampiro.

—Bien, vamos.

Vale, tal vez no pudiera.

—Dante —explicó ella por décima vez— no puedo contestar preguntas


sobre todo lo que ves, porque estoy conduciendo. Si miro para ver todo lo que
apuntas, arruinaré el coche. Aunque tú puedes ser indestructible, no será agradable.
Y me gusta mi coche. Caminaremos más tarde hoy, y de esa manera podré decirte
sobre las cosas cuando las ves.

234
El Club de las Excomulgadas
—¿Por qué no podemos parar y caminar ahora?

—Ya habrá tiempo para hacerlo todo —prometió ella—. Sólo que hay un
lugar al que realmente me gustaría llevarte primero. Hay demasiada gente en las
aceras. Preferiría que te acostumbraras a tener gente alrededor en un ambiente
más... discreto.

Él pareció satisfecho con eso, pero se calmó, aunque continuó mirando el


paisaje de paso con intenso interés. Ella estaba empezando a pensar que su
comparación con un bebé no era tan inexacta, aunque era todavía divertida, dado
que lo último que quería hacer cuando miraba a Dante era agitar un sonajero.

Por supuesto, él estaba absorbiendo toda la información que lo rodeaba,

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


incluyendo su mente, así que ella fue presionada para explicarle sobre bebés y sus
entretenimientos.

Tal vez era más como una mamá nueva de lo que quería reconocer. Estaba
intrigada por sus reacciones a todo, y todavía tenía un aleteo nervioso acerca de
dejarlo salir por su cuenta. Ninguna madre nunca había estado tan distraída por el
perfil de su bebé o cómo sus pantalones vaqueros encajaban con sus muslos, sin
embargo. Además, si fuera un bebé iría detrás de ella, atado en una silla de
seguridad. Alexis suprimió una sonrisa mientras él le dirigía una mirada estrecha.

—Oh rayos. —La luz del combustible. En su distracción, había olvidado


detenerse y ponerle gasolina y sólo el cielo sabía cuánto tiempo llevaba
parpadeando. Si Dante se hubiera colgado prácticamente sobre su hombro, como
quería hacer con el fin de ver la forma en que trabajaba el instrumento del tablero,
estaba segura que él lo habría notado antes.

No estaban lejos de su destino, el centro de la comunidad, por lo que se


detuvo en el supermercado coreano de la esquina. Las barras en las ventanas y la
puerta, el grafiti en las paredes laterales de bloques de hormigón e isla de cemento,
anunciaban que este no era el mejor barrio, pero eso no le preocupaba. Su regalo la
había protegido de avances hostiles.

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El Club de las Excomulgadas
El centro comunitario había sido construido en un área muy accesible para
las familias de bajos ingresos, y a ella no le importaba apoyar al tendero coreano
que permanecía aquí, a pesar de los intentos constantes de robo. Disfrutó al
enseñarle a Dante a bombear el gas, le invitó a verter un poco en su mano para que
la oliese y le dejó apoyado contra el coche, viendo los números moverse, mientras
ella entraba para pagar. Le había dicho cómo terminar y poner la tapa, por lo que le
ganó un minuto más para recoger otra barra de caramelo y una botella de zumo. El
desayuno saludable que había consumido mientras le explicaba todo, la había
ayudado a mantenerse, pero quería estar preparada por si acaso.

Sin embargo, su placer de que las cosas fueran tan bien fue interrumpido por
el dependiente que le hacía señas desde la parte delantera.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Su amigo tiene problemas —dijo.

Apoyándose en el mostrador para mirar por la ventana, ella juró por lo bajo.
Un coche lleno de miembros de una pandilla había entrado hasta la bomba al otro
lado y se habían bajado, una pareja iba hacia la tienda mientras los demás se
apoyaban en su vehículo, metiendo a Dante en la conversación.

—No puedo dejar la caja —dijo el tendero, con una mirada preocupada en
su arrugado rostro—. Llamaré a la patrulla y le pediré que pase por su amigo, pero
puede tardar unos minutos.

—No es mi amigo quien me preocupa. —Pagando la cuenta, Lex agarró lo


que había comprado y corrió nuevamente hacia el coche.

Dante aún estaba apoyado contra su vehículo, sus brazos estaban cruzados,
con las gafas de sol ocultando su expresión, pero por la quietud que sentía de él,
supo que había problemas.

—Es un chico bastante blanco. Un chico realmente blanco. —Uno de los


miembros de la pandilla se burló, mientras los otros hacían un círculo alrededor de
su coche, riéndose a carcajadas de la pegatina de hadas y flores que ella tenía en

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El Club de las Excomulgadas
él—. ¿Tienes algo de dinero para pagar por nuestra gasolina, muchacho pálido?
¿Escondido bajo esa linda camisa qué llevas? Mira todo ese bonito cabello.

Dante miró hacia abajo y luego hacia arriba.

—No. No tengo dinero.

—Seguro que no. Creo que debería dejar que mis amigos lo comprueben.

—Basta —dijo Alexis. Avanzó empujando a uno de los muchachos para


ponerse delante de Dante, aumentando la luz angelical de su aura. Aunque eso les
confundió momentáneamente de su intención, ella estaba tocando conciencias
excesivamente maltratadas por productos químicos, que empañaban sus

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


receptores—. Sólo vamos a visitar el centro de la comunidad. Por favor déjennos ir.

—Oh, una de esas benefactoras. ¿Nos darás algo de dinero para la gasolina,
zorra del niño bonito? —El jefe le echó una mirada lasciva y se frotó la entrepierna
sugerentemente.

—Te ves muy bien, chica. ¿Dejas que tu zorra peleé por ti, niño bonito? Ella
parece más fuerte que tú, eso es malditamente seguro.

Ella tenía una agria respuesta para eso, detectando ya que era más un
espectáculo que una amenaza real, interpretado para sus colegas, pero había
olvidado cuán rápido podía moverse un vampiro. Ella ni siquiera sabía que Dante
había dejado su lado izquierdo, hasta que el miembro de la pandilla graznó por
aire. Él lo sostuvo sobre sus pies golpeándolo contra la bomba de gas. Su rostro
estaba rojo, rumbo al azul, los tenis del chico daban patadas contra las piernas de
Dante.

Dante, por favor no lo lastimes. No podemos permitir…

Mientras comenzaba la admonición, ella notó el temblor en la espalda de


Dante, olió la carne quemada. Dejando caer la bolsa, Alexis avanzó, cogiéndolo de
la camisa.

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El Club de las Excomulgadas
—Bájalo. ¡Deja de hacerte daño!

Dante se conformó lanzando a su víctima lejos de él, lo que hizo que el


joven volara veinte metros por el estacionamiento. Aterrizó sobre el asfalto con un
ruido sordo por la fractura de un hueso y dio un estridente grito de dolor. Mientras
dos de los pandilleros corrían en su ayuda, Dante cerró una mano en el brazo de
Alexis, manteniéndola a su lado mientras se quitaba las gafas de sol. Los otros tres
se cerraron frente a la llama pura. Su boca estaba tensa por el dolor o la rabia, ella
no podía decirlo, porque ambos vibraban en él. Lex vio oscuros riachuelos
corriendo bajo su piel, quemaduras producidas por el collar de acero. El metal
estaba naranja opaco, pero hacía un momento era como una estufa, como el acero
de una espada recién sacada del fuego de la fundición.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Ella no es tuya para tocarla o amenazarla —dijo él, y la frialdad de su voz
debería haber helado ese acero congelándolo. Entonces enseñó sus colmillos.

Ella pensó que marcaron récords olímpicos, alejándose de él, hacia su coche.
Los dos que estaban con el líder de la banda no regresaron, ayudándolo a
levantarse y corriendo hacia la calle, el coche salió disparado y los recogieron antes
de acelerar por el camino.

Al menos no irían al oficial de policía más cercano para informar de su


extraño encuentro. Ella se dijo eso, con la esperanza de que calmara su agitación.
Lex había estado en lo correcto. No podían hacerlo. Era una llamada demasiado
grande. Tomar vidas era una cosa sencilla para él, ni siquiera creaba una
ondulación en su conciencia.

Observó aturdida como Dante se arrodillaba, recogía las cosas que se habían
caído de la bolsa de comestibles, examinando las barras de caramelo, las sodas y los
zumos que había elegido. Cuando él se los trajo, cerró su mano sobre la de ella
temblorosa.

—Tienes razón, Alexis. Eres mi guía, no mi guardián. Si esto es angustioso


para ti, exploraré por mi cuenta y volveré a tu casa más tarde, cuando esté listo.

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El Club de las Excomulgadas
—No puedes. Ellos no te lo permitirán. Dijeron… —dio un respiro por su
expresión—. ¿Por qué te quedas conmigo, entonces, si no sientes que pueden
mantenerte aquí?

—Porque es más fácil hacerlo contigo.

Claro. Era más fácil tener a alguien para traducirle y explicarle lo que estaba
viendo y tener una comida preparada cuando fuera necesario.

El papel crujió entre ellos mientras se acercaba. Alexis estaba de pie en la


isla, por lo que sus ojos estaban casi al mismo nivel. Deslizando una mano en su
cabello, él envolvió sus dedos su pelo, tirando hasta que la puso de puntillas y
presionó su boca sobre ella. Lenta, devastadora, pero caliente y necesitado, por lo

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que el papel se quejó hasta que Lex lo retiró. En el momento en que Dante levantó
la cabeza, ella se apoyó en él para mantener el equilibrio.

—Traduje los textos mágicos del Mundo Oscuro. Descubrí cómo crear una
nueva grieta, profundo en la tierra. Conjuré un portal de sueño para capturarte. Si
quisiera entender las cosas en este mundo, podría hacerlo. Te prefiero a mi lado.

Ella tragó.

—No puedo ser objetiva. No es seguro.

—Es algo que no puedes controlar, por lo que es irrelevante.

Él tenía razón, pero no le hacía sentirse más cómoda, o a gusto con la


situación. No podía evitar pensar en sus palabras y lo que significaban. Te prefiero a
mi lado.

—Tus gafas de sol... realmente deberías ponértelas otra vez.

Dante levantó una ceja, acariciando su boca con su pulgar. Ella no pudo
evitarlo, separó sus labios, mordiéndolo. Él sostuvo el dedo y lo empujó un poco
más agresivamente contra la esquina de su boca, como el bocado de un caballo,

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El Club de las Excomulgadas
estirando sus labios mientras sus otros dedos se curvaban alrededor del lado de su
garganta, sujetándola de forma que cada terminación nerviosa se electrificara.

—Supongo que no es apropiado tomarte aquí. Que esto es público también.

—Vía pública —le susurró—. Pero desearía que no fuera así.

—Hay algunas cosas que definitivamente no me gustan de este mundo —


comentó él y la soltó. Alexis respiró hondo para estabilizarse.

—Dante, no puedes... Agradezco que me defiendas, pero tienes que


permitirme asumir el liderazgo en situaciones así. Pude sentir lo que el tipo sentía.
Él no iba a hacerme daño…

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—Él tenía la intención de asustarte. —Sacudió la cabeza—. Hice eso, y no
me gustó.

—Ya te perdoné por eso. —Colocando la mano en su garganta, debajo del


collar, ella tocó las marcas negras—. ¿Estás bien?

Él no se distrajo.

—Eso no es algo que se perdone, Alexis. Cuando alguien te lastima, te


aseguras de que no vuelva a suceder. Las quemaduras se curan. Todas mis heridas
cicatrizarán.

No todas, pensó ella, tocando el negro nudo de emociones dentro de él.

—Sólo digo, que ya que no me iban a lastimar, hubiera sido mejor dejarlos
ir. Intentaron asustarme, sí, pero yo no tendría miedo mientras estuvieras aquí.

—No estoy siendo claro. No toleraré que nadie piense siquiera en lastimarte,
ya lo logre o no. No estás lo suficientemente fuerte como para cambiar su
comportamiento, por lo que es la única forma.

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El Club de las Excomulgadas
—No. Hay otras formas —dijo ella suavemente—. Podrías haberme
lastimado tú, en tu mundo. Pero no lo hiciste.

—Eso fue porque tú... mi intención no era hacerlo.

—Pero lo hubieras hecho si lo hubieras necesitado, para liberarte. Eso es lo


que insinuaste. Pero cuando llegó el momento, no lo hiciste. Y no fue porque yo
era más fuerte o más poderosa que tú, más capaz de causarte dolor. Encontraremos
otra forma.

Él la estudió.

—Quizás. Pero la violencia es aún más confiable.

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—Mi padre y tú tienen más en común de lo que crees —murmuró ella, pero
pasó sus nudillos a lo largo de su mejilla. Él levantó las cejas y analizó el gesto, lo
que parecía hacer con todas sus acciones. Antes de que pudiera pensar en algo más
que decir Dante había mirado hacia abajo a sí mismo otra vez.

—¿Hay algo mal en mi ropa?

—Sí y no. —Ella misma se permitió una pequeña sonrisa—. Me encanta


como te queda la camisa, pero es un poco más romántica que lo que la mayoría de
los hombres usarían, como salida de una Feria del Renacimiento. Quédate aquí.
Volveré y te compraré una camiseta bonita y varonil, así no más pandillas locales
decidirán que eres amanerado y no serán desmembrados por su pobre juicio.

—Tú la elegiste. La usaré. —Él abrió la puerta del coche, asomándose al


panel de control de nuevo—. Quiero manejar esto.

—En otro momento. —Movida por esa simple declaración y sorprendida


por la velocidad con la que su mente trabajaba, Alexis lo apartó y asintió hacia el
asiento del pasajero—. Mañana iremos a una estación y te podré enseñar a
conducir.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Dieciocho
El centro comunitario estaba tranquilo, ya que era un día de la semana en
horario de oficina. Se encontraba en el medio de Fortram Park, frecuentado por
adultos o niñeras que dejaban a sus pequeños disfrutar del laberinto de juegos
infantiles.

Le había dado mucho que pensar, y ella llegó a la conclusión de que los
niños serían el terreno más seguro para él al principio.

Para ayudarle a asimilar su nuevo mundo, él tenía que estar menos a la


defensiva. Todos los depredadores reconocían a los jóvenes. Los niños tenían una

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


mayor probabilidad de ser aceptados como poco amenazantes.

Exponer a Dante a los niños podía parecer un riesgo terrible para aquellos
que sólo lo entendían en la superficie. Era un recordatorio estabilizador de por qué
ella había querido ser la que lo guiara.

Mientras descendían de su pequeño coche, Dante estiró sus largas piernas y


miró a su alrededor. Ella había traído una chaqueta ligera, pero a él no parecía
molestarle el pellizco de aire. El área de juegos no estaba demasiado llena, lo cual
era bueno, porque él no quería mezclarse en lo más mínimo. Los oscuros marcos de
las lentes que había encontrado se tragaban esos ojos excepcionales, pero enfatizaba
la sensualidad de sus labios y la línea de su mandíbula. El viento barrió su pelo
sobre los anchos hombros, atrayendo la mirada al cordón suelto en la pechera de la
camisa y revelando su tentador pecho. Reprimió un suspiro. Bueno, un jersey
Henley de aspecto común y un corte de pelo no estarían mal.

A pesar de que Lex recordaba la forma en que su pelo se deslizaba sobre su


piel desnuda cuando él había puesto sus labios sobre su pecho. Y si hubiera ido
hacia abajo, sobre su vientre, provocando el piercing de su ombligo con los
dientes….

242
El Club de las Excomulgadas
—Si no dejas de hacer eso, tendré que bloquear tus pensamientos. O
tendremos que volver a casa, ya que insistes con tener privacidad. —Él habló sin
mirarla, aún estudiando el área de juegos.

—No es culpa mía. —Ella cerró la puerta del coche—. Podrías tratar de lucir
menos atractivo. —Dante atrajo la atención de casi todas las mujeres en el parque,
y de un par de hombres que obviamente preferían a su propio género. Lex se acercó
a su lado—. ¿Quieres ir a buscar una banco para sentarnos un rato antes de entrar?

Él se giró hacia ella.

—No me interesan los hombres.

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—¿Y las mujeres?

—¿Eso te molestaría? —Cuando no le respondió, él levantó una perfecta


ceja—. Lo haría, no enojo, pero lo haría... te lastimaría. Te haría sentir mal. Eres...
posesiva.

Lex volvió la mirada, estudiando el parque.

—No tengo ningún derecho sobre ti —le dijo, sabiendo que era verdad. En
treinta días, si tenía éxito, él se iría a hacer lo que deseara—. Pero muchas mujeres
tienen este rasgo peculiar. Cuando estamos... con un hombre, preferimos que
solamente esté con nosotras, mientras estamos con él. Físicamente. Lo que hicimos
antes.

Las gafas oscuras se fijaban todavía en su rostro. Por el calor que atravesaba
su piel, supo que se ruborizaba.

—Las mujeres prefieren un solo hombre —él dijo lentamente—. Si él desea


otra mujer... físicamente, ella ya no lo quiere.

—Bastante acertado. Así que si decides que quieres... a alguien más, prefiero
que no estés más conmigo.

243
El Club de las Excomulgadas
—Cuando tome esa decisión, recordaré tu solicitud y la consideraré. ¿Ahora
dónde está ese banco?

Él dio unos pasos lejos de ella, se paró y se giró a mirarla.

—Me pediste que no hiciera ningún daño, pero piensas en ensartarme con
una estaca.

Alexis cerró los ojos. Cuando los abrió, parpadeó, porque él estaba de nuevo
frente a ella. Antes de que pudiera hablar, la atrajo poniéndola de puntillas y bajó
su boca sobre la de ella. Este beso demandaba que se derritiera mientras su brazo
iba alrededor de su cintura, sus dedos se deslizaron bajo su blusa de punto mientras
acariciaba su piel bajo el tirante del sujetador. La posición la presionaba contra su

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ingle, que aun bajo la tela de los jeans y la camisa desfajada dejaba claro donde
estaban sus pensamientos.

Cuando él levantó la cabeza, su boca estaba húmeda por la de ella.

—Si las otras mujeres son como dices, ahora no me querrán, porque verán
que estoy contigo. ¿Eso te hace sentir menos enojada conmigo?

De hecho, después de ese beso, pensó que ellas imaginarían que los dedos
estarían doblados sus zapatos.

—Tu mamá tiene unos recuerdos excepcionales, eres muy bueno en esto.

Dante levantó un hombro.

—Los Vampiros y Oscuros son criaturas muy lujuriosas. Como tengo sangre
de ambos, encuentro esos recuerdos de lo más fascinantes y los he aprendido. Eres
la primera con la que he practicado. No deseo tocar a un Oscuro de esta manera.

—Oh. —Ella se aclaró la garganta—. Tal vez debas bloquear mis


pensamientos por un rato, por lo menos mientras aprendes sobre otras cosas.
Menos distracción para ambos.

244
El Club de las Excomulgadas
Él acarició su cabello.

—Como desees. Por el momento.

Alejándose de su intensa mirada, lo llevó hacia un banco vacío cerca de la


zona de juegos. Ella asumió que la seguía, pero se sorprendió cuando él tomó su
mano. Mirando alrededor, lo vio observando a otra pareja que había entrado al
parque, caminando de la mano. Entrelazó los dedos con los de ella como los
amantes y después examinó como encajaban. Un revoltijo de emociones rebotó
contra su mente, lo que estaba empezando a reconocer como su reacción cuando él
no estaba exactamente seguro de cómo sentirse acerca de algo. Parecía satisfecho
con eso, sin embargo, y avanzó con ella de esa forma.

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Cuando Alexis se sentó con él, se estudió a sí misma. No significa nada, Lex.
Solamente está aprendiendo.

Esto realmente se agravaba, era madura para su edad en muchos aspectos, y


sin embargo tenía los anhelos emocionales de alguien de veintiuno a quien nunca le
habían dado un beso romántico de verdad, antes de que Dante entrara en sus
sueños. Quería capitular ante la fantasía, no la realidad. Si ella fuera la única que
saldría herida, podría correr el riesgo, pero tenía que mantener la cabeza bien
puesta. Al menos hasta que esos treinta días pasaran.

Renovada su resolución, se puso en sintonía con su entorno, y encontró un


problema, aunque uno corregible. Le comunicó sus intenciones para que liberara su
mano, y se levantó para deambular entre los adultos y los niños. El apuesto extraño
pero de aspecto siniestro que les miraba, a ellos y a sus pequeños, les ponía
nerviosos, por lo que se aseguró que su luz angelical se marcara para aliviar sus
preocupaciones, sonriendo suavemente mientras pasaba por cada grupo de
humanos. En lugar de regresar de inmediato, se apoyó contra el marco de los
columpios para mirarlo.

Antes, cuando había aprendido a controlar su empatía, lo más difícil no era


sentir lo que un alma en pena sentía. Más bien, era aceptar la incapacidad de los

245
El Club de las Excomulgadas
demás para sentir lo que ella sabía sobre esa persona. En lugar de comprenderlo,
ellos lo miraban con sospecha u odio. Evitando a un alma en pena, haciendo que se
perdiera aún más.

Por mucho que su corazón femenino fuera atraído por el enigmático


vampiro, la parte empática de Lex estaba consumida por su total aislamiento,
mientras él miraba algo tan extraño, como su mundo había sido para ella.

Los padres jugaban con sus hijos. Disfrutando del tiempo libre, y de la
belleza de un día soleado. Él sabía que lo que estaba viendo era una norma
aceptada aquí, algo que le había sido negado.

¿Cómo iba a reaccionar a eso? Ella había asumido su concepto de dioses y

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Diosas, de la fe y de los ciclos vagos en el mejor de los casos, todo era acerca del
caprichoso destino, de la suerte o de la aplicación despiadada de que los fuertes
sobrevivían. Tal vez habría una bendición en eso. Alguien que creía en un poder
superior benevolente, todopoderoso y observando todo, habría destrozado su alma
tratando de entender su circunstancias, atormentado por la culpa, la rabia, o de
cualquier combinación de los tres. Pero el único poder superior que él había
conocido había sido la crueldad o indiferencia, por lo que no tenía expectativas de
piedad de ninguno de ellos.

Dante se consideraba tan despiadado, pero ella estaba recogiendo


cuidadosamente ejemplos que probaban su error, construyendo a partir de eso. La
decisión de él de salvar su vida, incluso si eso significaba ceder su libertad. La
muerte misericordiosa de su madre. Luego, esta mañana, cuando se había duchado,
se había dado cuenta de algo que se había perdido mientras hacían el amor
intensamente la noche anterior. Él había dicho que nunca había tenido relaciones
sexuales con otro ser que no fuera un Oscuro, lo que significaba que no había
violado a ninguno de sus sacrificios femeninos, o víctimas humanas que los
Oscuros habían traído con ellos antes de que la grieta se cerrara.

Sus apetitos físicos eran extremos. Incluso sin experiencia, ella lo reconocía.
El uso de un sacrificio para la liberación sexual no habría interferido con su magia,

246
El Club de las Excomulgadas
obviamente. El recuerdo de los ojos vacíos, asolados de la mujer, hicieron que se le
revolviera el estómago. Aunque, tal vez él no había querido los restos de los
Oscuros, pero ella pensaba que era otra cosa. Él había sido sodomizado por los
Oscuros repetidamente. Ella había sentido los terribles destellos haciendo alusión a
eso. Mientras él no dudaba en tomar una vida, había una línea que no cruzaba. No
lo nominaría como el Humanitario del Año ni por asomo, pero significaba algo,
todo era parte del rompecabezas.

Él podría cambiar, porque en algún lugar debajo de todos los escombros de


su alma destrozada, quería cambiar. Lex lo sabía. Lo que significaba que aquí era
donde se suponía que ella debía estar, lo que se suponía que debía hacer, sin
importar los riesgos.

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Mientras se movía al otro lado del patio de recreo hacia él, supo cuando su
atención se enfocó en ella de nuevo. A pesar del tamaño de sus pensamientos
anteriores, no pudo evitar una sonrisa triste. Los apetitos físicos, por cierto. Él
estaba mirando la forma en que se movían sus caderas. Cómo la brisa moldeaba
inocentemente la blusa sobre sus pechos y el piercing de su abdomen. Luego él
levantó la mandíbula y ella supo que esos ojos de fuego estaban en su garganta, en
la presión de sus labios, mirándola a los ojos por fin.

Dante había sugerido que los vampiros y los Oscuros eran muy carnales. Tal
vez por eso sus emociones estaban tan estrechamente entrelazadas con sus
respuestas físicas. Él se sentía abrumado por lo que veía, en cada dirección que
miraba. Tal vez el vértigo solo se detenía cuando estaba en su interior, una droga
temporal que ayudaba a estabilizarlo, mientras a ella la descentraba.

Alexis se sentó junto a él de nuevo. Dante estaba inclinado hacia adelante,


con las manos aferradas al borde del banco, por lo que ella dobló su mano sobre las
de él, encajando sus dedos. Al mirar hacia el cielo, ella estudió las formaciones de
nubes.

—¿Alguna vez hiciste eso? ¿Imágenes de nubes?

247
El Club de las Excomulgadas
Él negó.

—No sé qué es eso.

—En tu mundo habría sido diferente, porque el cielo es como el fuego. Pero
aquí, para pasar el tiempo, a veces miramos al cielo y buscamos imágenes en las
nubes. Mira, hacia allá. Ese es un cerdo, con un hocico y una cabeza redonda.
También podría ser un hombre calvo, de nariz respingona. En realidad, eso encaja
mejor. ¿Ves la papada?

Él se recostó en el banco, estirando los brazos hacia fuera por lo que uno
quedó detrás de ella. Alexis apoyó la cabeza en sus bíceps para así estudiar lo
mismo.

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—Algunas veces veía dragones en las llamas —dijo él por fin—. Azul y
verde, o dorado y plateado. —Su brazo se dobló bajo su cabeza, ella cerró los ojos
mientras los dedos de él acariciaban su brazo durante una larga pausa. Finalmente
habló de nuevo—. Estaba dispuesto a lastimarte, pero piensas que no lastimaría a
un niño.

—No soy un niño.

Él inclinó la cabeza, mirándola.

—Eres tan frágil. Es lo mismo.

—Eso es condescendiente, pero creo que viene gratis con el paquete de


arrogancia. —Le pellizcó el duro muslo y se ganó una mirada perpleja—. Está bien.
Esto es porque eres como un niño. Has visto mucho de esto, pero eso no
necesariamente quiere decir que hayas entendido lo que estabas viendo. Lo que
quiero decir. Hay que tocar, sentir, relacionarse, para conseguir eso. No confías en
nadie en este momento, pero confiarías en un niño, porque por lo general los
motivos de un niño son inofensivos y fáciles de entender. ¿Estoy en lo cierto?

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El Club de las Excomulgadas
—A excepción de la parte de percibirme como un niño. —Él levantó una
ceja—. Creo que has sido condescendiente…

—Bueno, lo uno por lo otro. —Ella sonrió. Cuando él agudizó la mirada en


la curva de sus labios, Lex sostuvo la expresión unos pocos segundos más. Su boca
se levantó, tal vez para emularla. ¿Era consciente, o era algo en él que respondía,
aprendiendo? Enderezándose, cerró la mano sobre sus dedos tensos, ahora
apoyados en su rodilla. Antes de que pudiera hablar, él la sorprendió.

—Alexis, ¿qué puedo ser en este mundo?

—Lo que quieras —respondió ella. Pero luego negó ante su propia respuesta
automática—. Supongo que eso es lo que todos decimos —admitió— para que la

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gente alcance sus sueños. La verdad es que muchas veces no llegamos a ser lo que
queremos. Pero a veces lo que termina siendo, es mejor.

La respuesta no le satisfizo. A Lex, eso mismo le pesaba inquieto en el fondo


de su propio estómago, como la comida sin digerir. Le apretó su mano.

—No tienes que preocuparte por de eso todavía. Familiarizarse con todo
esto es suficiente por ahora. El resto vendrá. ¿Quieres ir a ver el centro
comunitario?

—Sí.

Mientras caminaban en esa dirección, el copiaba el lenguaje corporal de los


que los rodeaban, adaptándose rápidamente, ella sabía que si no fuera por su
extraordinaria apariencia, sería un verdadero camaleón. Una vez, él había sido un
carroñero. La habilidad se mostraba, incluso ahora.

Alexis los registró en el mostrador de recepción. Su destino desde allí les


llevó a través de la zona del gimnasio principal, llena de ruidos de ecos y del
movimiento de los cuerpos jóvenes. El olor a sudor y limpiador de madera se
añadían a la atmósfera. Ella lo guió alrededor del borde y subieron las escaleras
hasta el segundo nivel, se detuvieron en el último escalón para poder mirar hacia

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El Club de las Excomulgadas
abajo a todo el piso. Chicos y chicas estaban aprendiendo a boxear con un
entrenador voluntario, y un puñado de varones adolescentes estaban ocupados en
una cancha de baloncesto. Levantando pesas y bailando, todo tipo de actividades se
realizaban, los voluntarios se dedicaban a cultivar su auto confianza, con la
esperanza de que llevara a los niños a la parte superior de la pila en su mundo. O
por lo menos a un lugar que les impidiera ser aplastados.

Cuando la puerta se abrió detrás de ellos, Dante la enfrentó, poniéndose


delante de Lex. Una madre llevaba a una niña pequeña cubierta con pintura azul.
La niña dirigió a Lex una amplia sonrisa mientras se dirigían hacia el baño.
Afortunadamente, la madre no vio la expresión amenazante de Dante.

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—Muéstrate menos intimidante —le aconsejó Lex, deslizándose a su lado y
tirando de su mano—. Vamos a la sala de arte. Te va a encantar.

Mientras entraban, Alexis aspiró los aromas reconfortantes de la arcilla, de


la pintura, del pegamento y del papel de construcción. La gran área tenía taquillas y
armarios repletos de artículos de arte, de todo, desde botones a palitos de helado,
limpiapipas de colores brillantes, productos de limpieza y pompones. Una de las
cosas que más le gustaba era el gran mural en la pared del fondo. Representaba un
arco iris de colores. Los dioses creando el mundo en una mesa de arte al igual que
ésta, presentando creaciones de pequeños animales, todos, desde la elegancia del
cisne al humor un poco raro del puercoespín.

Dante dirigió una mirada hacia ella.

—¿Puercoespín?

Cuando ella le dio la imagen en su mente, sus cejas se levantaron más.

—La Bruja de Mar me viene a la mente.

Ella casi se echó a reír, pero entonces captó el matiz amargo a la observación
y recordó que Dante no hacía bromas.

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El Club de las Excomulgadas
Él había cambiado de posición por lo que estaba al lado de la puerta, con la
espalda contra la pared, y seguía manteniéndola en el extremo más alejado, donde
sería más difícil de alcanzar por cualquier persona que pasara cerca. Dándole
tiempo para evaluar su entorno, ella hizo lo mismo.

Cerca de seis grupos de niños con sus padres estaban trabajando en diversos
proyectos. Un castillo de cubos de azúcar, una lección de tejido, esculturas de
arcilla y un par de pinturas estaban en curso.

—Puedes crear lo que quieras aquí —señaló ella—. Igual que en tu jardín,
solo que aquí tienes todos los suministros que puedas imaginar. —Atrayéndolo, lo
llevó a uno de los cubículos y sacó un fajo gordo de manuales—. Aquí hay un

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montón de ideas, fotos de las cosas que podrías hacer. Pasar un rato aquí, mirando
a los niños y sus padres, te ayudará a comprender el comportamiento humano un
poco mejor, y acostumbrarte a los ruidos que los humanos pueden hacer en un
ambiente relajado. Pensé que las artesanías te darían algo que hacer con las manos,
si te sientes inquieto. Puedo meter en tu cabeza un millón de hechos, pero no
significará mucho hasta que pases tiempo viendo las cosas en acción, mezclándolas.

—¿Cuál es su propósito para hacer esto? —Él asintió hacia los grupos.

—Varía. Algunas personas vienen aquí como una forma de relajarse. O para
pasar tiempo con sus hijos, o con amigos a quienes también les gusta hacer
manualidades.

Al ver un lugar vacío en la parte trasera donde estarían en una esquina frente
a la puerta, ella hizo un gesto.

—¿Por qué no nos sentamos allá? —Puedes ver y pensar en lo que te


gustaría hacer.

Él asintió. A mitad de camino a su mesa, él se detuvo ante el niño y la


madre haciendo un castillo de terrones de azúcar. El chico estaba añadiendo brillo
a las altas torres, mientras la madre recortaba banderas de papel de construcción

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El Club de las Excomulgadas
para poner en las murallas superiores. Ella levantó la vista hacia Dante, dio un
respingo, y Alexis se movió con suavidad a su derecha.

—Eso es hermoso —le dijo al chico, un niño con el pelo rojo desgreñado y
ojos verdes de largas pestañas—. ¿Es tu castillo, o de alguien más?

Él le presentó una figura de acción que Alexis reconoció de la televisión.

—Bueno, creo que será muy feliz con eso.

Cuando Dante se puso en cuclillas al lado de la mesa de tamaño infantil


para tocar el castillo, invadió el espacio personal de la madre. Ella se alejó, pero
Dante la ignoró.

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La había evaluado y determinado que era inofensiva, Alexis se dio cuenta.
Además de eso, había hecho lo que haría cualquier animal dominante. Asumir el
control de su espacio y hacer que se apartara, reconociendo su superioridad. El
niño, que no estaba en sintonía con esos matices, estaba del otro lado de la mesa, y
lo estudiaba con curiosidad. Dante tomó uno de los cubos para examinarlo.
Excavando en la caja de terrones de azúcar, el muchacho le entregó uno.

—Comete mejor éste. Ese tiene pegamento. Aunque ten cuidado, porque si
comes demasiados, puedes volverte loco y llevar a tu mamá a un manicomio. Eso
es lo que dice mamá.

—Will —comenzó la madre, pero Dante tomó el cubo. Cuando lo hizo, sus
largos dedos se cerraron sobre los más pequeños del niño. Él se detuvo, muy quieto,
y luego cerró la mano sobre la muñeca del niño, dando vuelta a su palma.

—Señor...

—Mi amigo no le hará ningún daño. —Alexis puso una mano en el hombro
de la mujer, dándole un fuerte impulso de energía calmante. Era una mujer de unos
cuarenta años con los ojos verdes como su hijo, y líneas de expresión. Lex
detectaba una vida muy ocupada, estresada a causa del dinero, cuidado de los

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El Club de las Excomulgadas
niños... en corto, una humana normal, bien equilibrada entre las fuerzas del bien y
del mal. Era una buena madre—. Mi amigo ha estado en un hogar especial, y no ha
visto a un niño en mucho tiempo.

—¿Por qué tus gafas de sol son tan oscuras? —preguntó Will—. ¿Estás
ciego?

—No. —Dante se quedó mirando un rasguño en la palma del pequeño—.


¿Cómo sucedió eso?

—En la escuela. Estaba jugando pelota y caí al suelo. Pero la pateé muy
lejos. Por lo menos me seleccionaron tercero cuando eligieron equipos. Prueba el
azúcar. —Él quitó su mano de la de Dante y la extendió hacia su boca—. Está

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realmente bueno. Me gusta chuparlo hasta que se derrite.

Después de una pausa, Dante abrió la boca y dejó que le pusiera el terrón de
azúcar en su lengua. Alexis se sintió aliviada al notar que el gesto no había
expuesto sus colmillos. Él cerró la boca y su mandíbula se movió, haciendo rodar el
terrón a través de su gusto.

—¿Ves? Pero recuerda, muchos y te volverás looooco. —Will se rió—.


¿Verdad, mamá?

Alexis le sonrió. Dante se levantó y señaló con la cabeza la mesa, alejándose


hacia ella. Lex hizo una seña al chico y a su madre.

—Él no habla mucho, pero está feliz de conocerlos. —Con un último


disparo reforzó a la mamá de Will, para que no corriera a la recepción a decir que
había un hombre adulto extraño tocando a los niños, ella siguió a Dante.

Las sillas de metal eran demasiado pequeñas para su gran cuerpo, pero él se
posó con gracia suficiente, recordándole cómo la había mirado como un rapaz
cazador cuando se había agachado en la pared de la cueva de la Mina. Alexis se
sentó junto a él. Sosteniendo la parte posterior de su cuello, la atrajo hacia su boca.
Sabiendo que intentaba debilitar sus rodillas e inundar su mente con melaza

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El Club de las Excomulgadas
caliente, ella tuvo un breve pensamiento para detenerlo, porque no quería incitar
más interés sobre ellos. Sospechaba que Dante nunca permitiría que le negara esto,
lo que en realidad debilitó más sus rodillas. Cuando jugó con sus labios
entreabiertos esta vez, su beso fue suave. Para él. Simplemente incendiario en lugar
de completa conflagración. Ella hizo un sonido de sorpresa cuando dejó caer el
cubo de azúcar parcialmente fundido en su lengua, con lo que atrajo dulzura con
calor. Él se retiró.

—Es un sabor diferente. Pero prefiero tu sangre.

Alexis tomó una bocanada de aire estabilizador y se preguntó cuántos de


esos necesitaría antes del final del día. La hiperventilación era una posibilidad real.

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—Creo que las comidas también deben ser una cosa privada. O podrían
llamar a la policía.

Entonces tuvo que explicarle cómo funcionaba la policía, él vio eso con
mucho recelo. Poco después, ella le había distraído con otras cosas. Dante investigó
los elementos: pegamento, fieltro, lentejuelas, hilo, limpiadores de pipas, arcilla.
Tomaba cosas de los cubículos, dejándolos donde le parecía, moviéndose a la
siguiente cosa que llamaba su atención. Alexis pacientemente los colocaba en su
lugar, excepto cuando él dijo que quería usar algo. Entonces lo llevaba a su mesa.

Mientras se movía alrededor, se dio cuenta de que cuando los demás se


acercaban a él, incluso los niños, Dante se ponía tenso, observándolos de cerca y
determinando su intención antes de regresar a su propio rebuscamiento. En
contraste, sin embargo cuando ella se acercaba a él, no había tensión cuando le
ponía una mano en la espalda o en el brazo, como si siempre fuera consciente de su
presencia, no importaba dónde se encontrara.

Asombrada, vio a una niña pequeña agacharse en el reducido espacio entre


su cuerpo y los cubículos para tirar del papel de construcción de la zona más baja.
Él la miró, la tensión tornándose en curiosidad mientras la niña se mordía el labio
por el esfuerzo de tirar del papel amarillo debajo del rojo y el marrón. La curva de

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El Club de las Excomulgadas
su joven espalda se presionaba contra las espinillas de él. Sin preocuparse por la
presencia de los adultos, la nena se levantó después de conseguir su objetivo,
regresando a su mesa.

Agitando la cabeza y sosteniendo su sonrisa, Lex se giró para organizar los


artículos que él había elegido hasta ese momento de tal manera que le dejaba
espacio para trabajar. Pero cuando regreso a su lado, él había cambiado de táctica.
Estaba guardando las cosas que iba viendo mientras estaba ocupada. Mientras se
acercaba, Dante miraba hacia una niña más grande que trabajaba en un conejo de
arcilla. Ella le dirigió una inclinación de asentimiento, sus coletas y múltiples lazos
asintiendo a diferentes velocidades.

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—Me dijo que tenía que guardar mis cosas. —Él hizo un gesto a un tablero
de normas en la pared—. Cada persona limpia su propio lío. No mamá o papá, o
incluso mi amigo. Sino tú.

—Oh. —Ella se encogió de hombros, sin saber qué decir ante su tono de
acusación, mientras su boca se arqueaba ante su obediencia a una mandona de
nueve años—. Me gusta que me consideres tu amiga.

Él le dirigió una mirada de evaluación.

—Mi madre dijo que los vampiros tienen pocos amigos cercanos. Dijo que
no confiamos fácilmente, y que somos muy territoriales. Un amigo es alguien en
quien se puede confiar para que lo ayude si hay problemas. Cuando le pregunté por
qué sus buenos amigos no le ayudaban, ella dijo que estaban demasiado lejos para
hacerlo. Que tal vez ni siquiera sabían que estaba en problemas, porque los
vampiros suelen desaparecer durante largos periodos de tiempo.

Girando para ver los pompones multicolores que sostenía, él cerró sus dedos
sobre la suavidad de las bolas.

—Hasta ahora, parece que eres mi amiga.

Su humor se fue, Alexis asintió. Cerrando su mano en su antebrazo.

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El Club de las Excomulgadas
—Espero serlo. Pero un amigo cercano guarda también tus intereses, aún si
no estás de acuerdo. Tiene que ser lo suficientemente valiente para arriesgar la
amistad, decirte la verdad cuando necesitas oírla.

Él le dirigió una mirada irónica.

—¿Entonces por qué no me dijiste las reglas? ¿Por qué... limpiaste mi


desorden?

Alexis suspiró, y le dirigió un impotente encogimiento de hombros.

—A veces un amigo también sabe cuándo ir más despacio. Cuando se


necesita espacio para imaginar las cosas, sin un montón de interrupciones.

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—Está bien. —Él digirió eso y se volvió hacia su mesa. Antes de llegar allí,
se detuvo de nuevo, atrayendo su cara hacia arriba para mirarla a los ojos—. Un
amigo compasivo puede dar demasiado. Hacerse demasiado vulnerable,
volviéndose más protector de lo que piensa que debe ser.

Alexis redujo su mirada.

—Lo siento, sólo estamos psicoanalizándote a ti hoy. Eres el único de una


dimensión alternativa.

Él arqueó una ceja, pero antes de que pudiera decir nada más, la de nueve
años les regañó.

—No se puede pelear aquí. Esa es la regla número ocho. —Señaló a la


pizarra para dar énfasis.

—No pelear —coincidió Dante, mirando a Alexis—. Tienes que aceptar mi


opinión, así que no pelearemos.

Alexis tenía una respuesta colorida para eso, pero la emitió en su mente para
que no se rompiera la regla número cuatro. Su boca se torció, y aguardó, esperando
poder ver su primera sonrisa. En cambio, él le dio una mirada rápida por encima de

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El Club de las Excomulgadas
sus gafas, sus ojos rojos brillaban con la promesa de una retribución muy para
adultos, que no estaba prevista en el tablero de reglas.

—Compórtate —murmuró ella, aun cuando no pudo evitar los temblores


mientras él deslizaba los nudillos por su brazo.

Afortunadamente, lo hizo por un rato. Mientras usaba pinturas, arcilla y


otras cosas, cada roce de una silla en el suelo, una risa algo más fuerte, le ganaba
una rápida inclinación de cabeza, un parpadeo de los extraordinarios ojos detrás de
las gafas. Cuando cinco mujeres entraron, un club de arte que quería trabajar en su
álbum de recortes, se produjo un nuevo nivel de vibración y chismes que asimilar.
Como ella esperaba, él parecía estar analizando cómo interactuaban entre sí los

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niños y adultos.

Pero nada de eso detuvo los ágiles movimientos de sus dedos. Él trabajó con
la arcilla, luego se movió al papel de dibujo, familiarizándose con los lápices y
carboncillos. El tejido fue dejado de lado, sin reclamar su interés después de
descubrir la forma en que funcionaba.

A medida que pasaba el tiempo, el zumbido de actividad le dio tranquilidad,


de modo que algo en su estado de alerta se relajó, aunque no disminuyó el intenso
interés que se estaba creando entre todos ellos, especialmente en las mujeres.
Mientras que la presencia de un varón adulto como Dante haciendo artesanías
podía ser curioso, no explicaba su propia fascinación. Así que para no mirarlo
como una idiota embrutecida, Lex había elegido un kit de espuma para recortar y
crear un gato de piezas de color marrón y naranja, completándolo con una cola de
limpiapipas, con tontos ojos grandes y bigotes hechos con hilo de pescar. Ella se lo
daría a Clara, a quien le encantaba T.

Cuando terminó con eso, se encaramó en un taburete detrás de él para poder


recostarse contra la pared y disfrutar.

A pesar de de la camisa de poeta, que se apretaba sobre sus anchos hombros.


Él estaba acostumbrado a tratar con su pelo, porque había usado un limpiapipas

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El Club de las Excomulgadas
negro para tirar de él en una cola para que los mechones no se deslizaran hacia
delante en la pintura o arcilla o para ocultar lo que estaba tratando de hacer con el
lápiz. Le dejaba ver mejor su perfil, la concentración de los brillantes ojos detrás de
las gafas, la dura presión de sus labios.

Oh, el fuego del infierno. Iba en contra de su naturaleza contener el impulso


de tocar lo que quería. Nunca había sentido ningún tipo de inhibición respecto a
eso antes. Era natural para ella conectarse con otras formas de vida. Mantenerse a
sí misma sin hacerlo ahora era un esfuerzo imposible, porque el olor de él, su
aspecto, la fuerza y la gracia de su cuerpo, la forma en que sus manos se movían
sobre su tarea, pasaba de agradable indulgencia a deseo obsesivo. Dejando el
taburete, ella deslizó sus brazos sobre sus hombros y alrededor de su pecho,

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


presionando la mejilla contra su sien.

Él se quedó quieto bajo su toque. Donde sus pechos se apretaban contra su


espalda, podía sentir los latidos de su corazón. Cuando ella le acarició el pecho, se
aceleró.

Me dijiste que me comportara.

Esto es sólo afecto, no seducción. Pero ella reprimió una sonrisa con su bufido
mental y se obligó a enderezarse. Estudiando su pelo, le quitó el limpiapipas,
separó los mechones y comenzó a trenzarlo, imaginando indios musculosos con
pinturas de guerra y breves taparrabos.

—¿En que trabajas?

Alcanzando atrás, él siguió sus dedos. Cuando volteó hacia la jovencita con
trenzas, le impresionó, como siempre, su rápida conexión. Ella se impresionó más
cuando miró por encima del hombro y encontró la respuesta a su pregunta.

La cara de una mujer levantaba la vista hacia ella desde el dibujo a lápiz. Él
no se había acostumbrado aún al lápiz, ya que nunca había tenido uno antes, pero
aún así era un hermoso rostro, aunque la boca estaba apretada, los ojos austeros y
oscuros para mostrar dolor. Ella se preguntó si él habría dibujado en el hielo o la

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El Club de las Excomulgadas
suciedad del mundo de la Oscuridad. Cambiando la mirada a la arcilla, se encontró
que él había aplastado la arcilla y la estaba pellizcando y acariciando el rostro de la
mujer, por lo que el dibujo a lápiz era un estudio aproximado de la escultura. Al
reanudar el proyecto, Lex se inclinó y se dio cuenta de que sus ojos estaban
cerrados detrás de los cristales, dejando que su mente guiara sus manos.

Su mirada se desvió a través de la mesa. Antes, él había usado pañuelos de


papel para hacer, en fucsia vibrante, azul y amarillo, un ramo disperso de lo que se
parecía a los geranios que tenía delante de su casa de la ciudad. Alambre y su
nuevo conocimiento de tijeras había añadido tallos y hojas dentadas que parecían
naturales debido a su falta de uniformidad. En otro lado de la mesa había formado
un vaso de cubos de azúcar, usando una hoja de afeitar disponible sólo para los

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adultos para esculpir los bordes y crear una superficie redondeada en la parte
exterior. Estudiando el castillo de Will, él había empleado brillo.

Hecha la trenza, Lex uso el limpiapipas para sostenerla, y luego se deslizo


hasta las flores, las puso en el jarrón con cuidado, para no desprender los cubitos
que estaban aún secándose. No queriendo interrumpir su concentración, volvió al
taburete y se echó hacia atrás, dejando caer sus zapatos al suelo para poner sus pies
bajo sus nalgas a través de la abertura posterior de la silla. Sus dedos estaban fríos,
igual que sus manos. Cuando ella puso su cabeza contra la pared, pensó en dejar
que el ruido rítmico de la habitación la arrullara en una breve siesta.

La frustrante fatiga la había alcanzado otra vez. Cada vez que más
necesitaba su energía, parecía dejarla.

Esto se debe a que no has tenido tiempo para recuperarte plenamente. Dante se
enderezó y se volvió en la silla, doblando su tirante trasero en sus pies. Cuando él
se levantó y le tocó la cara, trajo también consigo los olores relajantes de la arcilla,
la pintura y el azúcar.

—Acuéstate allí mismo, Alexis.

259
El Club de las Excomulgadas
Ella siguió su dirección y vio una de las alfombras que estaban dispersas por
la habitación para que los niños jugaran, o en este caso, tomaran la siesta.

—Estoy bien —le aseguró.

—No es una pregunta o una solicitud. —señaló él—. Ahí abajo. Ahora.

Ella le devolvió la mirada, aunque fue oscurecida por las gafas.

—Yo no soy tuya para que me des órdenes.

—¿No lo eres? —La pregunta fue suave, peligrosa y envió un escalofrío a


correr por sus venas, incluso mientras luchaba por sentirse ofendida.

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—No.

—Hmm. Entonces ven aquí. —Dante la bajó del banco y la llevó a sentarse
junto a él en la mesa, sólo que no la puso en una de las sillas pequeñas. En su lugar,
la puso de rodillas en el suelo junto a él. Se preguntó si dejaría que pusiera la
cabeza sobre su muslo y le acariciaría el pelo, pero eso era algo que ella querría, no
era algo que él sabría hacer.

—Hasta que lo vi en tu mente —comentó él—. Pero haré eso más tarde.
Estate quieta.

Él había mojado su dedo en uno de los botes de pintura abiertos. Dejando


un rastro de pintura a lo largo de su sien, lo movió hasta la mitad de su mejilla. Ella
pensaba en tirar de su pelo hacia atrás y lo sostuvo en una cola mientras él traía
otros botes cerca. Se sentía como si hubiera puesto un punto en una comisura de
sus labios, luego volvió su dedo, arrastrándolo en una línea dentada. Era calmante
y excitante a la vez, estar bajo el toque acariciante de sus dedos y en el enfoque
total de su atención. Lex quería quitarle las gafas, ansiaba verle los ojos, pero ya
que no podía, se centró en cambio en su expresiva boca, incluso llegando a tocarle
allí. Él le mordisqueó el dedo, luego agarró su muñeca y llevó la mano de vuelta a
su regazo, acariciando su palma antes de volver a su cara.

260
El Club de las Excomulgadas
Dante no se detuvo allí, sin embargo. Dejó restos de pintura en su garganta,
le hizo inclinar la cabeza hacia atrás para jugar con la línea firme de su esófago,
después, a lo largo de su clavícula. Desabrochando dos botones de su blusa de
punto suave, amplió el cuello para deslizarse a los puntos de sus hombros.

—Dante... —Ella le advirtió, sin atreverse a mirar a su alrededor, a pesar de


que no había expuesto nada inapropiado.

—Shhh. —Él siguió con su trabajo. Unos minutos más tarde, ella se dio
cuenta de que había atraído un tipo diferente de atención. La chica con las trenzas y
Will estaban en el lado opuesto de la mesa, mirando su obra. Se dio cuenta de que
él era consciente de ellos, pero no parecía que le molestara. Cuando se limpió las

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manos con una toallita húmeda, de una caja que se guardaba en el centro de cada
mesa, la chica habló.

—¿Me pintaría ahora a mí?

Alexis miró hacia el gran espejo, colocado en la pared del fondo para ayudar
a los padres a hacer un seguimiento de dónde estaban sus hijos en la habitación. En
su forma de sirena, Anna tenía marcas elaboradas de plata en su carne. Cuando era
más joven, Alexis las había trazado con dedos pequeños, siguiendo los rizos
Célticos sobre los brazos de Anna y deseando tenerlos. Su padre solía hacerle algo
similar a su madre, con una intención mucho más sensual.

Dante la había decorado con arte, tanto como la naturaleza había decorado
a su madre. Había utilizado un azul oscuro y marrón con toques de rosa en un
diseño de remolino por su mejilla derecha, con una barra de color en la mejilla
opuesta, y después muchos más avatares debajo de su garganta. Ella tenía el
aspecto de un hada mística de tierra, con el rostro mirando hacia fuera de las vides
y de las flores de las plantas que acariciaba. No era demasiado o demasiado poco,
un diseño perfecto para atraer a sus fans.

La niña estaba tomando asiento en la mesa en su dirección para poder


examinar su rostro. Cuando Alexis se levantó para volver a su taburete, él le agarró

261
El Club de las Excomulgadas
la muñeca. Levantándose, la guió hacia la colchoneta, poniendo una mano en su
hombro. Ella se resistió, a pesar de la ventaja de su altura y de su expresión
intimidante.

—Estoy bien.

Acuéstate.

Ella apretó los dientes. Estaba muy, muy cansada de repente, pero ese no era
el punto.

—No puedes darme órdenes. Y no deberías obligar a las madres a salir de tu


camino con tu rara rutina alfa dominante masculina. Es... grosero.

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Él levantó una ceja.

—¿Hay una manera, no grosera, de hacer que hagas mi voluntad?

—Te estás desviando del tema. Pero sí, me puedes pedir que me acueste.
Dime que te preocupa y que te hace sentir mejor si me acuesto y tomo un descanso.

La expresión impasible de Dante no se alteró.

—Por favor, acuéstate. Estoy preocupado porque te ves cansada y me hará


sentir mejor si descansas.

Luego él dio otro paso, y maldita sea si no reaccionó igual que las madres,
retrocediendo de nuevo por lo que quedó de pie sobre la colchoneta, con sus pies
descalzos. Su mano descansó sobre su cadera, apretándola con intención de
propiedad. Mientras estaba allí, se dio cuenta de que Dante estaba esperando a ver
si su forma no grosera funcionaba, o si tendría que recurrir a sus propias medidas.
Por el pulso de agresión lujuriosa que ella sintió, él esperaba esto último.

—Está bien. Gracias. Me voy a descansar —dijo Lex de mala gana,


dejándose caer sobre la colchoneta a sus pies.

262
El Club de las Excomulgadas

Capítulo Diecinueve
Dante consideró su rebelde expresión, pero Lex estaba haciendo lo que él le
había dicho que hiciera, así que volvió a su silla.

La niña soltó una risita.

—¿Qué? —le preguntó Dante, sus dedos se posaron sobre la pintura.

—Ella te ha hecho una mueca —le informó, y se la demostró, sacando la


lengua y poniendo sus pulgares en sus orejas para mover los otros dedos. También
cruzó los ojos. Dante se dio la vuelta. Alexis era la viva imagen de la inocencia,

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aunque su sonrisa temblaba en las comisuras de su boca, y veía la huella de su acto
desvaneciéndose de su mente.

—¿Por qué haría eso? —le preguntó a sus nuevos compañeros.

—Probablemente porque hiciste algo para hacerla enojar —le dijo la niña,
ajustando las bolas de color rosa de vidrio que sostenía una de sus coletas—. Me
enojé con mi mamá una vez, pero me pilló haciéndole caras. Me pegó.

—¿En serio? ¿Qué es pegar?

—Nada que necesites saber. —Alexis se sentó con alarma, pero él ya había
conseguido la imagen de su mente. O más bien, la vista sugerida que la niña le
había dado, por lo menos lo que sabía sobre nalgadas, de alguna manera dudaba de
que el padre le hubiera administrado disciplina a su pequeña hija de la manera en
que Alexis había conjurado eso: desnuda e indefensa sobre sus muslos mientras su
mano dejaba una huella roja en su parte trasera y ella luchaba en su regazo,
excitándolos a los dos.

Si no quería que él hiciera algo ofensivo en público, sin duda estaba


presionando los límites, aunque dado su rubor de vergüenza, estaba seguro de que
su imaginación era involuntaria. El rubor añadía un color interesante en contraste a

263
El Club de las Excomulgadas
la pintura de su cara. Las mujeres en la mesa que dibujaban, parecían haber
conseguido la esencia de eso, porque parecían discretamente divertidas por el
desconcierto de Alexis. De hecho, con su mayor oído, Dante estaba bastante seguro
de que había escuchado un murmullo: “valdría la pena portarse mal”, antes de que
ella le lanzara una rápida mirada desde debajo de sus pestañas.

Era un mundo confuso. Él se obligó a volver su atención a los niños, a pesar


de que su cuerpo estaba hirviendo a fuego lento, no sólo por la excitante imagen
que Alexis le había dado. Pintar su piel mientras ella se sometía a su contacto había
evocado su propia visión. Acostarla en su tatami, quitarle la excesiva ropa y pintar
su cuerpo. Hacerle cosquillas al dibujarle círculos en las plantas de los pies, para
poder perseguirla por toda la habitación y dejar que los círculos marcaran su rastro

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en el suelo de baldosas. Con hojas pequeñas y flores por todo el camino hasta el
pliegue delicado entre el sexo y el muslo. Cuando él la atrapara, le emborronaría los
dibujos mientras frotaba su cuerpo sobre el de ella, transfiriendo la pintura a su
propia carne, lo que los haría un lienzo.

La madre de Will se había unido a ellos y estaba estudiando la escultura de


arcilla.

—Eres muy bueno —le ofreció con cierta vacilación—. Ella es hermosa.
¿Eres artista?

—No —dijo Dante.

—Deberías serlo. He visto cosas en las galerías que no son tan buenas como
esto. —Ella ladeó la cabeza—. Hay soledad en ella. Desolación. Sin embargo, una
belleza salvaje, también. —Su mirada subió a su cara, su frente se arrugó, luego
apartó la mirada rápidamente a su hijo.

—Es como me acuerdo de ella —dijo Dante. Luego se inclinó hacia Will
con pintura recubriendo sus dedos.

Pintó la cara de todos los niños allí. Mientras Alexis notaba que su contacto
no era dulce ni sentimental, era cuidadoso con su fuerza, por lo que era fascinante

264
El Club de las Excomulgadas
verle sostener una barbilla pequeña para mantener la cara de un niño quieta, aplicar
presión para pasar de una mejilla a otra. Por desgracia, Lex no pudo evitar recordar
cómo había manejado un cuchillo con una precisión similar en contra de la
garganta de su sacrificio. Dos caras de una moneda, aunque las partes se mantenían
cambiando a algo completamente diferente en cada lado, dándole a la moneda más
que sus aparentes dos lados.

En un tono más sensual, Alexis podría decir que sólo los tenues límites de la
decencia impedían que las madres y el grupo del álbum de recortes solicitaran sus
propias decoraciones. No podía culparlas, ya que su cuerpo todavía estaba inquieto
desde que la había pintado. Dormitó, a la deriva medio soñando con su carne dura
y músculos en movimiento en su contra, con el olor de su piel y cabello mientras

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ella enterraba su cara en él. Cuando se despertó del sueño y se limpió los ojos, sus
ojos se posaron en él con necesidad.

Tanto si se trataba de que sus pensamientos lo incitaban, o era un efecto en


espiral, lo que los mantenía a ambos en este dolor, su agarre en su mano mientras
dejaban el centro comunitario fue duro, con su índice doblando hacia dentro para
acariciar su palma y acelerar más su pulso.

—Te deseo ahora —afirmó él sin rodeos cuando llegaron a su coche—.


Llévame a algún lugar donde sea posible, sin sobrepasar las reglas del mundo. Tu
casa de la ciudad está demasiado lejos —añadió antes de que ella pudiera decir
algo. Agarrando sus hombros, la empujó contra la puerta del coche, dejándola
sentir su dureza contra su vientre mientras mordisqueaba la tierna carne debajo de
su oreja—. Ahora, Alexis. O te follaré aquí, y que tus reglas se vayan al demonio.

Era la primera vez que Dante había utilizado el término, pero Lex estaba tan
agitada, que sólo la enervó más. Trató de abrir la puerta, desbloqueando ambos
lados. Mientras él se ponía en el lado del pasajero, ella encendió el motor y aceleró
con una sacudida.

Cuando salieron de Fortram Park, su mano se deslizó sobre su muslo, y


entre ellos, tirando de ella y abriéndola.

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El Club de las Excomulgadas
—Dante, no lo hagas. Podría destrozar el coche.

—Entonces encuéntranos algún lugar para hacerlo. Rápido. —Él estaba bajo
su falda, y chasqueó los dedos sobre su clítoris debajo de sus bragas provocándole
un espasmo, capturando su aliento en su garganta.

¿Sería alguna vez simple y suave entre ellos? ¿Acaso importaba? Con luz de
velas y pétalos de rosa, haciendo el amor lento y sencillo, con música suave, era
una visión romántica, pero mantenía su sangre hirviendo a fuego lento, de manera
que cada vez que él se lo exigía, ella podía desbordarse. Antes, había dejado claro
que no le gustaba recibir órdenes, pero cuando se trataba de esto, él podía
avasallarla sin un chistar de protesta. Era incapaz de negárselo.

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Dirigiéndose a un estacionamiento de comidas que creía que podía estar
desierto a esta hora del día, ya que no servían cenas, dieron la vuelta a la parte de
atrás. Al hacer clic quitándose el cinturón de seguridad, ella asintió hacia el asiento
trasero.

—Ya está. Más fácil que... ahí será más fácil.

En cambio, él la agarró de la cintura y la levantó por encima de la consola a


su lado del coche en un movimiento suave que demostró cuan fácilmente podría
haber aplastado una de esas pequeñas caritas. Sosteniéndola en su regazo, le quitó
las bragas con la misma firme eficiencia, ni tierno ni áspero, sólo concentrado en su
objetivo. Guiando sus piernas para dejarla a horcajadas sobre él en el estrecho
espacio, se abrió los pantalones vaqueros que llevaba. Lex apenas tuvo tiempo de
jadear antes de que la hiciera bajar sobre él, todo el camino hasta su empuñadura.
Alexis estaba ansiosamente mojada y húmeda, lista para que la tomara, para que
sus tejidos ondularan en respuesta, arrancando un grito de su garganta. Su mano
tomó la parte de atrás de su cuello y la mordió, hundiendo sus colmillos tan
profundo como su polla. Buscó a tientas la manija del asiento y los reclinó,
llevándolo aún más a su interior.

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El Club de las Excomulgadas
Fue pura, caliente posesión, subrayando lo que él apenas había mantenido
antes bajo control. La había llamado su amiga, pero también la había llamado suya.
De una forma no muy del siglo XXI, él la consideraba justo eso. No sería alejado
de esa idea antes de tomar represalias de ésta forma, lo que ella temía demostraba
su punto. Y Lex acogía con agrado este tipo de asalto a su voluntad.

Pero había un poder en ello, también, pues mientras se movía sobre él, las
olas de su propia necesidad y deseo se estrellaban contra ella. Encontró su cara con
dedos torpes, quitándole las gafas de sol para poder bañarse en el fuego del infierno
de su mirada. Las gafas chocaron contra la consola mientras caían, pero ella ya
estaba tocando su cara, la frente, la forma de sus ojos. Sus gruesas pestañas se
desplegaban sobre sus mejillas mientras su pulgar pasaba sobre ellas,

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


memorizándolo, mientras él tomaba su garganta. Cuando Dante se retiró, el
instinto hizo que fuera por su boca, usando su lengua para lamer delicadamente sus
colmillos, saboreándose a sí misma.

Él gruñó y aumentó su ritmo, su contundente y poderoso eje, pero también


había un placer inconmensurable, fuera de control, aterrador y estimulante a la vez.
Mientras su clítoris golpeaba contra su pelvis hacia abajo cada vez, arrastrándola
hasta el precipicio, dejándola sin sentido de dirección en absoluto.

Él abrió el frente de su camisa, su boca estuvo en el encaje y en la carne,


provocando a su pezón bajo el dominio de la copa antes de que la empujara fuera
de su camino y lo chupara. Empalada y descuartizada entre todas las diferentes
armas sensuales que tenía, ella era una muñeca indefensa, arrojada a las olas de la
lujuria, sólo capaz de agarrar sus hombros y maullar, de rogar.

El clímax la agarró por su cuello, arrancándole un grito, mientras la mecía


hacia adelante, estremeciéndose. Su semilla abrasó su canal, su cara se retorció, un
gruñido se convirtió en un gemido y luego otra vez en un gruñido mientras él latía
dentro de ella, con sus piernas temblando y sacudiéndose debajo de sus nalgas, con
sus músculos flexionando sus brazos y hombros.

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El Club de las Excomulgadas
Se detuvieron como un tren descarrilando. Cuando Lex se desplomó contra
él, sus brazos se deslizaron a su alrededor, abrazándola mientras ella dejaba caer su
cabeza en su hombro. Se estremeció. No le había enseñado a hacer eso, a jalar a
una mujer hacia él después de hacer el amor. Tenía que ser lo que su corazón le
decía que hiciera. Era un pensamiento agradable, incluso si no era cierto, ya que
podría haberlo leído de su mente también. Sin embargo, sus brazos eran firmes y
eran un refugio, protector y posesivo.

Deslizando sus dedos a lo largo de su columna, él trazó esa parte frágil de


ella, luego fue hacia abajo a la línea de sus nalgas. Se detuvo bruscamente,
rastreando algo allí. Algo que se sentía diferente, más grueso de alguna manera.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—¿Qué sucede? —Alexis preguntó aturdida, demasiado cansada para llegar
ahí.

—Es una marca. Una marca que dejé.

—¿Otra? Pensé que eran sólo tres.

—Las tres marcas son internas en su efecto sobre ti, pero la tercera marca
viene con una marca en la piel, una marca de propiedad como sierva de un
vampiro. No había pensado en ello hasta ahora, porque eres a la primera que he
marcado tres veces. ¿No lo notaste?

—Estoy segura de que Myel la vio cuando me bañó, pero no lo mencionó.


—Aunque Alexis se preguntó si esa era una de las razones por la que su madre
había estado tan emocional—. ¿Cómo se ve?

Dante la sorprendió al mostrársela en su mente con tanta claridad como si


estuviera mirándola ella misma. Una ventaja de la segunda marca de la que no se
había dado cuenta por completo hasta ahora. Digiriendo eso, se centró en la
imagen. La marca, un cruce entre un tatuaje y una cicatriz, tenía la forma de una
lengua de fuego.

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El Club de las Excomulgadas
—Mi madre lo mencionó, pero no sé por qué se produce, o la importancia
del diseño. —Él frunció el ceño—. ¿Te molesta?

—No. Echaba de menos tener las otras marcas... las que pusiste en mí. —
Sabiendo que era loco que se sintiera de esa manera sobre las marcas mágicas que
la habían arrojado a su mundo, Lex apoyó la cabeza sobre su hombro. Mirar su
rostro cuando se sentía tan vulnerable de alguna manera era más difícil que saber
que podía saquear su mente—. Conseguiremos más información acerca de los
vampiros, no te preocupes —añadió apresuradamente en el pesado silencio—.
Cuando estabas pintando caras, comprobé mis mensajes en el móvil Myel me dijo
que Mina y Pyel han iniciado contactos con un vampiro que puede saber más
acerca de tu madre.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Sin responder a eso, la levantó para mirarle la parte superior del cuerpo, la
ropa que le había arrancado para alcanzar su carne.

—También estoy contento de que todavía lleves mi marca sobre ti.

Bajo su atento escrutinio, ella se quedó quieta, pero sentía esa mezcla
confusa de emociones... y algo más, también. Por instinto, se dio la vuelta, mirando
por el parabrisas. Había un campo abandonado detrás del restaurante, lleno de
basura, por supuesto. El sol se había ido detrás de una nube, provocándole un frío
estremecedor, aunque el día y el coche, sobre todo por las cosas que habían hecho
en él, se habían calentado.

—¿Qué es eso? —La atención de Dante se afiló, recogiendo su estado de


ánimo o pensamientos, no estaba segura de porqué.

—Nada, supongo. Me sentí, por un minuto... —Había sido una presencia


malévola, una ola de ira vengativa, pero no podía aislarla. En esta sección de la
ciudad, que podría ser una onda aleatoria, excepto que la intención había estado
firmemente fija en ella. O en Dante.

Casi antes de terminar el pensamiento, él se había levantado, la colocó de


nuevo en su asiento y barrió la zona, su expresión atenta.

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El Club de las Excomulgadas
—Creo que se han ido —dijo ella, sondeando su entorno por sí misma—.
Fuera lo que fuera. Vámonos a casa. Tal vez fue sólo alguien que vio lo que
estábamos haciendo y se molesto mucho. La gente puede reaccionar así con el sexo
en público. —Trató de sonreír y falló cuando él volvió la mirada hacia ella.

—Fue más que eso. Pero tienes razón. Ya se fue, quienquiera que fuese.
Podría ser uno de la Legión de tu padre, manteniéndonos vigilados.

—Supongo. —Sólo que lo que había sentido era una maldad que trascendía
la indignación paternal, o un sentido vicario de la misma. Ella encendió el coche.
Fuera lo que fuese, no quería que Dante lo enfrentara y forzara una evaluación de
su libertad condicional antes de que comenzara. No quería contemplar una

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


confrontación entre él y los ángeles, o con Mina.

—Piensas en tu vida o la mía. ¿No valoras tu propia vida?

—No es eso. Pensé que habíamos acordado que te quedarías fuera de mi


cabeza. Dante, lo estás haciendo bien. No hay razón para pensar...

—Hay muchas razones para pensarlo —dijo él—. Debes pensar en tu propia
vida primero. No volveré a ese mundo, aunque me destruyan aquí. Tu destino será
secundario.

Cuando Lex volvió a hablar, tuvo que hacerlo en voz baja para sonar firme.

—Ponías mi destino en primer lugar, antes.

—Porque te preocupabas por mí, y era la primera vez que alguien lo hacía.
Me tomó por sorpresa. Estas cosas son temporales, y sólo son útiles para ciertos
períodos de tiempo. Como te dije antes, cuando tu excitación por mí se enfríe, o yo
haga algo que me complique permanecer aquí, tu no debes preocuparte sin
importar lo que tu padre y tu madrina me hagan.

Ella lo miró fijamente. Aparcando el coche, abrió la puerta y lo dejó sentado


allí, aunque cerró la puerta con fuerza suficiente para sacudir el vehículo. A pesar

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El Club de las Excomulgadas
de que no le sorprendía que él estuviera a su lado en un instante, su propia reacción
lo hizo. Lex le dio una bofetada, un porrazo sólido que golpeó su perfecta
mandíbula. Dante no lo había anticipado en su mente, porque no se giró a tiempo
para evitar el golpe, aunque le agarró la muñeca para evitar que lo repitiera. Si ella
hubiera utilizado el puño, sospechaba que él la habría golpeado en el trasero, pero
igual que una paliza, una bofetada era confusa. No tenía la intención de herir, sino
de expresar una emoción en forma física, de una manera que la mayoría de los
hombres lo leería alto y claro. Aunque no estaba segura de si él tenía ese radar, pero
le importaba un comino.

—Lo entiendo. Viviste en ese terrible mundo en el que no podías contar con
nadie. Pero no puedes hacer lo que acabamos de hacer, y después sentarte allí con

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


esa arrogancia estúpida, horrible y decir tranquilamente que mis sentimientos son
una fase de lujuria y enamoramiento superficial. Como si te fuera a abandonar.
Mírame. —Se alejó de él e hizo un gesto a su camisa, aún abierta, con sus pechos
casi expuestos. Se había subido la falda cuando se había dado cuenta de la
presencia inquietante, pero sus bragas estaban destrozadas en el coche y su semilla
estaba húmeda sobre sus muslos. Sus dedos habían recorrido su pelo,
desordenándolo, y su pintura estaba rígida en su piel, como una cuerda ligera
entrelazando su cuello y brazos—. Eres un completo... tarado.

Se volvió y se alejó pisoteando. Racionalmente, comprendía que no podía


evitarlo. Por el amor de la Diosa, él ponía en letras mayúsculas el término Infancia
Disfuncional, y había estado expuesto a una apariencia de normalidad por menos
de cuarenta y ocho horas. Si sus sentimientos no fueran mucho más complicados
de lo que deberían ser, podría aceptar eso. La confianza llevaba su tiempo. Incluso
en la rehabilitación de un manatí, se tenía que ganar poder curarles las heridas.
Grandes saltos hacia adelante podían ser seguidos por grandes saltos hacia atrás.

Pero Alexis no se había desconectado. Sabía que lo que él sentía por ella y
sus marcas habían tensado esas cuerdas aún más, atándola en cuerpo y mente. La
mitad del tiempo ella abrazaba sus pensamientos y emociones, disfrutando de sus

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El Club de las Excomulgadas
placeres oscuros, y otras veces se asustaba. La ira se había evaporado en algún
punto intermedio, pero la prefería al miedo.

Era la única que sentía la chispa en su interior. No importaba lo débil que


fuera su parpadeo, su existencia era una indicación de lo resistente que era, lo fuerte
que podía ser. Sabía que el mal podía triunfar sobre una chispa del bien, sin
importar su influencia, si la voluntad de la persona se veía ya irrevocablemente
atraída hacia la oscuridad. Pero no perdería a Dante en eso.

Ah, Diosa. Esto era imposible. Necesitaba una manera de desahogarse. Por
desgracia, no podía hacer lo que hacía Clara, ir a casa de Lex con helado y Kleenex
para pasar una noche auto lamentándose por la traición de un novio, calificándolo

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


de completo bastardo. Sí, ella podía imaginárselo.

Mira, traje a este tipo de vuelta de ese horrible infierno de planeta y tiene bagaje
suficiente para llenar un 747, pero el sexo es tan caliente que estoy teniendo dificultades para
echarle a patadas a la calle. Y aun si pudiera, no podría, porque se supone que debo
asegurarme de que no cause estragos en el mundo...

Cuando su mano se cerró sobre su muñeca de nuevo, Lex se detuvo, tiesa,


de espaldas a él. Dante la rodeó hasta quedar de frente, y ella se puso de puntillas.
Sí, era infantil, pero sus sentimientos iban a estrangularla. Estaba sola en esto. Su
padre tenía la esperanza de ver el cadáver de Dante antes de que todo hubiera
terminado. Su madre era un apoyo, pero también estaba preocupada por la carga de
Alexis. Y Dante, era el problema, ¿no? Era difícil apoyarse en el problema.

—Te he hecho enojar.

—¿Eso crees? —Ella consiguió sacar la respuesta sarcástica de una garganta


gruesa por las lágrimas—. Sólo vuelve al coche de nuevo durante unos minutos. Me
recuperaré. Sólo déjame sola.

—No —dijo él—. Te he disgustado, y me molesta.

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El Club de las Excomulgadas
Ella levantó la cara hacia él entonces. Maldita sea, Alexis, sé mejor que esto. Más
fuerte. Luchando contra el grosor de sus propios sentimientos, se centró en él.
Confusión de nuevo. Y un pesar que podría ser arrepentimiento, si él supiera
nombrarlo.

—Cuando alguien hace algo aquí que hiere tus sentimientos, dicen que lo
sienten. —Se limpió la mejilla, frustrada por las estúpidas lágrimas—. Y significa
realmente eso. No lo dices simplemente para que todo sea menos difícil.

—¿Decir que lo siento es admitir que estaba equivocado?

Ella se atragantó con una risa y un sollozo juntos. Sus pulmones dolieron.
Inclinó la cabeza, presionando la frente contra su pecho, y respiró hondo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—A veces. A veces, no. Puedes pensar que tienes razón, pero todavía sentir
haber herido a alguien. Deseo que no pienses que tenías razón, sin embargo. Me
gustaría que tuvieras fe en mí, en mi padre.

Sus brazos se deslizaron alrededor de ella. Estaba algo rígido, como si no


estuviera seguro de cómo sería recibido este gesto no sexual. Recordó entonces
cómo había visto a los niños y padres de familia en la sala de arte, y en el parque.
Él habría notado cómo los padres abrazaban a sus hijos si se caían y gritaban, o
estaban inquietos, y como ella había dicho, él no tardó en adaptarse. Tragando,
deslizó sus brazos por su espalda, agarrando su camisa. Sus brazos eran un
consuelo, siempre que pudiera hacer a un lado la realidad de que él estaba imitando
un comportamiento, en lugar de entender lo que un abrazo debía transmitir.

No, eso no era cierto. Dante tenía una necesidad indefinible de calmarla, de
hacerla feliz. Realmente no quería llorar o estar enojada con él. Pensando en su
mundo, podría ser su primera vez también, porque la única razón para evitar la ira
en su mundo era evitar represalias físicas. Sabía que no corría ese peligro con ella.

Dante la separó de él y recorrió la pista de una lágrima.

—Fui cruel.

273
El Club de las Excomulgadas
Cuando ella asintió, un músculo se movió en su mandíbula.

—Lo siento, Alexis. Yo... Es difícil para mí. Tu mundo... —Miró


alrededor—. Es muy tranquilo aquí.

Alexis se centró en los sonidos de los pájaros, el susurro del viento, la luz, un
lejano murmullo del tráfico. Él negó.

—¿Recuerdas el rugido en el mundo Oscuro?

Una corriente baja incesante de truenos, el sonido de las llamas,


interrumpida por gritos y gritos estridentes de los Oscuros. Ella lo recordaba. Era
parte de lo que le había desgastado los nervios mientras había estado allí, como la

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


banda sonora de un película de terror en un bucle continuo.

—En ese mundo… —Ese músculo saltó de nuevo, y ella sintió una lucha
dentro de él, algo con lo que no necesariamente se sentía cómodo diciendo—. Era
como Mina dijo. Fue diferente, por un tiempo muy largo. Siempre tenía... miedo.
De ser lastimado, de lo que fueran capaces de hacerme cuando me llamaban, que
era a menudo. Pero debido a la Batalla de la Montaña, muchos de ellos se fueron.
Así que me hice más fuerte, más decidido, más inteligente. Finalmente, los lastimé.
Hice que me tuvieran miedo.

Tenía las manos dobladas en sus brazos, y cuando ella se estremeció, él dio
un paso atrás.

—Pero nunca dejé de estar en guardia. Esperar ser lastimado y estar


asustado otra vez me hizo decidido a hacer lo que fuera necesario para evitar que
eso sucediera. Tú no has vivido así, no puedo creer que soportarías muchas
molestias en mi nombre, sin obtener ningún beneficio para ti misma. Pero hay
muchas cosas sobre ti que nunca he experimentado antes.

Dante levantó la mano como si fuera a tocarla, pero luego, como si también
recordara su exabrupto, la dejó caer. Alexis no sólo sintió su lucha mental, sino que

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El Club de las Excomulgadas
la vio, en la flexión de su mandíbula, en el tiempo que el silencio se quedó entre
ellos antes de que él volviera a hablar. Su voz fue áspera.

—No tengo ninguna experiencia en pedir nada. Pero tengo que pedirte... que
tengas fe en mí, como dices, hasta que sepa lo que soy yo mismo. Y —añadió,
bajando la voz—: Podría estar equivocado. Creo que es posible que tu destino tenga
importancia para mí. Mucha.

Alexis había visto su parte de relaciones entre hombres y mujeres. Con sus
conocimientos únicos, sabía que los hombres y las mujeres tenían dificultades para
ser totalmente sinceros el uno con el otro, y a veces mentían para mantener la paz
entre ellos, para alejar los problemas o preocupaciones cuando se frotaban entre sí

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de manera equivocada. Pero incluso si no pudiera sentir sus emociones, sabía que
Dante no mentía. No en cosas como esta.

¿Qué pasaba con ella? Él estaba luchando con sentimientos que nunca había
manejado, y allí estaba casi tan absorta en sí misma como él esperaba.
Necesitaba…

—No es exactamente lo que estás haciendo. —Sus ojos brillaban, y ahora él


levantó la barbilla para sostener su mirada—. He aprendido a luchar al ser
golpeado, Alexis. Aprendí a robar por tener hambre. Aprendí a buscar el poder al
ser indefenso. Tal vez la única forma en que puedo aprender de estas emociones es
experimentar entrar en conflicto con ellas. Y —añadió, con el rostro endurecido—
creo firmemente que no me gusta la idea de que me trates como a uno de tus
animales lastimados. Yo permití esto. —Tocó el collar con disgusto—. Pero no seré
tratado como alguien inferior o débil, alguien que no merece tu respeto. No tendrás
éxito en mantenerte emocionalmente separada de mí. No lo voy a permitir.

Era tan difícil seguirle el ritmo. Era una lucha poner su mente alrededor de
las corrientes alternas de emociones, de una poca de rabia, de algo mucho más
profundo, persuadiéndola en la oscuridad de su alma, donde a veces se sentía tan
perdida como él podría estar. Dante era el blanco, sin embargo. Para hacer esto
bien, ella no podía estar emocionalmente distante, así que tenía que aceptar y

275
El Club de las Excomulgadas
hacerle frente a su propio oleaje turbulento. El abrazo había sido nuevo para él,
pero Lex se había dado cuenta de que lo había deseado.

—Me gusta la forma en que tu cuerpo se relaja en el mío —le confirmó él—.
Es diferente de lo que hicimos antes.

—Es afecto —le explicó—. El deseo de tocar la conexión emocional. La del


otro también —añadió con un toque de rubor ascendiendo en sus mejillas—. Pero
esto es más tranquilo...

—Igual que sostenerse de las manos —dijo él astutamente. Alexis asintió. —


¿Qué otras cosas muestran afecto?

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—Viste algunos de ellos hoy, entre padres e hijos.

—Me interesan más los que se hacen entre personas como nosotros.

—Oh. Bien, está bien. ¿Puedes quedarte quieto? —En un movimiento de


cabeza graciosamente cuidado, ella se puso de puntillas para llegar a su cara.
Poniendo una mano contra su mejilla, deslizó sus dedos en su pelo, lento y sencillo.
Entonces puso sus labios en los suyos. Fiel a su palabra, él permaneció inmóvil
mientras ella tocaba sus labios en una caricia tierna y luego volvía a sus talones otra
vez—. Besos suaves como esos pueden ser otra forma. Luego, estar acostados
juntos, sin sexo. Ves a los amantes todo el tiempo acostados sobre mantas en la
playa al amanecer, viendo el rollo de la marea llegar e irse. Juntos, dormitando. —
Le dio esa imagen en su mente, y se sintió intrigada por el destello de interés en sus
ojos—. Los amantes también hacen cosas para acompañarse. Leen o ven la
televisión, juegan juegos y hacen deporte juntos. Si hay emoción más allá de sólo
sexo, desean pasar tiempo con esa persona.

—¿Cómo nosotros en la sala de arte?

—Sí y no —dijo ella, logrando una sonrisa forzada. Mantén la fantasía lejos de
la realidad, Lex—. En nuestro caso, eso fue conseguir que te acostumbraras a las
cosas aquí, así que fue funcional en primer lugar, en lugar de romántico. —A

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El Club de las Excomulgadas
medida que su mirada se desviaba más bajo, Alexis se aclaró la garganta—. Creo
que mejor me arreglo si vamos a ir a otros lugares hoy.

—Eso podría ser prudente —dijo una voz detrás de ellos.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Veinte
Dante y Alexis se volvieron para ver a Mina apoyada en el coche. La bruja
de pelo negro estaba en forma humana, por supuesto, vestida con una falda de
terciopelo y una camiseta impresa con dos conejos de orejas caídas durmiendo en
medio de un grupo de violetas púrpuras. Su cabello era largo y estaba trenzado a su
espalda. Parecía una estudiante universitaria con un sentido de moda bohemio,
siempre y cuando uno no mirara a sus ojos bicolores, o las capas insondables de
poder que residía en ellos.

Su mirada pasó sobre Alexis, desestimando el estado de su vestido, aunque

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Lex conscientemente se cerró la ropa y le dio un tirón para poner su sujetador en su
lugar. Mina se centró en Dante en su lugar.

—Hemos localizado un vampiro que podría haber conocido a tu madre.


Estamos aquí para llevarte con ella.

Dante se volvió defensivamente mientras David aterrizaba unos metros


detrás de él. Cuando el ángel pasaba tiempo con Mina en Nevada Alexis a menudo
lo veía en ropa humana informal como la que llevaba ahora la bruja. Hoy estaba
con su Legión, porque la media túnica roja corta que vestía con falda y un cinturón
ancho de batalla, eran sus únicas vestiduras. A menos que contara el arnés de
armas que contenía sus dagas. Lex se preguntó si la pantalla era para mantener a
Dante consciente de que debía comportarse, o por algo más.

—El vampiro al que vamos a ver es una de las más potentes de su clase—
dijo Mina, tomando la dirección de sus pensamientos—. Es importante que al
menos uno de nosotros parezca digno de la audiencia.

La boca de David tiró en una ligera sonrisa.

—Traté de convencerla de que usara medias de rayas y un sombrero


puntiagudo.

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El Club de las Excomulgadas
El humor calmó las preocupaciones de Alexis, pero pudo ver la tensión en
Dante y deslizó su mano en la suya.

—Iré contigo.

—No, no lo harás. Tus padres quieren verte. —Mina enderezó el coche—.


Lidiar con tu padre es un dolor en el trasero. Ve a aliviar sus preocupaciones.

—Ella no es tuya para mandarla, bruja —dijo Dante bruscamente.

—Como mi ahijada, el derecho es más mío que tuyo. —La mirada de Mina
brilló—. No me presiones, vampiro.

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—Paren —interrumpió Alexis—. Mina, seguramente mis padres lo
entenderán si voy a verlos mañana. ¿Cómo puedo ayudar si no se me permite estar
con él cuando sepa más acerca de quién es?

—Puede contártelo cuando vuelva. Hay algún peligro involucrado en esto.


—La expresión de Mina reflejaba la ironía ante la expresión amenazante de
Dante—. Los vampiros no son muy sociables fuera de su propia especie, y pueden
ser impredecibles, los más antiguos más que la mayoría.

—¿Más que una bruja con sangre Oscura?

La mirada de Mina se estampó de nuevo en Alexis. Parte de su valor se


marchitó bajo esa mirada, pero se las arregló para mantener su barbilla elevada, su
expresión resuelta. Le pareció oír una risita ahogada de David.

—Estarán con nosotros, ¿no? Por favor, déjame ir con él, Mina. Se trata de
Pyel, ¿no? No quiere que vaya.

—Subestimas el poder de la culpa de tu madre. Cuando ella lo ejerce, es un


arma más formidable que la demasiado ansiosa espada de tu padre. —Mina suspiró
irritada—. Bien. Ve, pues. Pero ve únicamente como observadora. Guarda silencio
a menos que te hablen.

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El Club de las Excomulgadas
—No permitiré que ningún mal llegue a ella —declaró Dante.

La bruja le dio una mirada plana.

—Tú no sabes nada de lo que estás a punto de encarar, tampoco tienes idea
si podrás protegerla o no.

—Él lo hará —dijo Alexis con firmeza—. Con ustedes tres, no podría estar
más segura.

—Vamos a ver a la más antigua de los vampiros de su clase. No supongas


nada.

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Mina comenzó a grabar un círculo alrededor de ellos, presumiblemente para
transportarlos ante el vampiro en cuestión.

Mientras Alexis tomaba el dibujo de Dante, cerraba el coche y regresaba al


círculo, sintió que la tensión de este se había movido a lo que tenía delante. Ella
tomó su mano otra vez, ante el riesgo de que él pudiera alejarse. Aunque no lo
hizo, sus dedos estaban tensos, insensibles, su cuerpo estaba preparado para la
posibilidad de una nueva amenaza. Lo que hacía aún más crítico que ella fuera con
él.

Descubrirás más acerca de los de tu clase, Dante. Eso es algo bueno. Y tengo fe en ti.
Trata de tener fe en ti mismo.

No son de mi clase. Ninguna especie da la bienvenida a los mestizos.

Mina se acomodó en torno a ella y les ordenó a todos agarrar sus brazos,
Las manos de Dante y Alexis en su derecha, David estaba en su izquierda. Alexis
notó que su pulgar acariciaba el codo de su compañero, y luego Mina lanzó un
encantamiento corto e hizo girar el mundo.

Sabía que la bruja era poderosa, pero su dominio de la magia siempre era
impresionante por su facilidad para hacerla. Aunque fue la breve sensación de
viajar por un túnel, apenas un parpadeo de tiempo, antes de que todo hubiera

280
El Club de las Excomulgadas
terminado. Alexis se tambaleó, desorientada, mientras se materializaban afuera de
una puerta de hierro forjado.

—Estamos en casa de la Señora Lyssa en Atlanta —explicó Mina. La puerta


sonó como si alguien estuviera observando su llegada, y se abrió, guiándolos
dentro. El anochecer estaba llegando, pero la entrada estaba bien iluminada,
llevando a un camino pavimentado, a una gran casa de plantación con gráciles
columnas e impresionantes rosas agrupadas a lo largo de los arriates y contra las
bases de la finca.

—Ella es de sangre real —continuó Mina— la última reina del clan de los
vampiros del Lejano Oriente, y de más de mil años de edad. Yo tendría cuidado

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con esa actitud tuya. —Le disparó a Dante una mirada de advertencia—. Por
mucho que me gustaría verte caído, el punto es averiguar acerca de tu madre y de
su pasado. Su deseo de ayudar puede desaparecer si es provocada.

En respuesta, Dante se detuvo y giró sobre sus talones, con lo que Alexis
quedó detrás en el mismo movimiento. Se había quitado las gafas de sol para
transportarse, y ahora sus ojos brillaban como ascuas en las sombras del
crepúsculo, la luz brillaba en sus colmillos.

Cuando un par de gruñidos de mal agüero respondieron desde la oscuridad,


David llevó las manos a sus dagas y se puso delante de Mina, presentando un frente
sólido masculino.

Una orden corta y el gruñido desapareció. Un hombre salió de la oscuridad


con dos perros lobos irlandeses a sus talones. Alto y guapo, con el pelo rojizo y los
ojos azules, con un aura parecida a la Dante, Alexis supuso que estaba enfrentando
a un vampiro. Aunque llevaba vaqueros y camiseta, aparentemente casual, como
Mina, no sería prudente pasar por alto el enfoque vibrante de sus ojos, la otra
fuerza que emanaba del magro cuerpo.

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El Club de las Excomulgadas
—Pidieron reunirse con mi señora en calidad de invitados, pero su
comportamiento sugiere algo diferente —dijo él, con un leve acento irlandés en su
voz.

Aunque había una variedad de poderes ante él, mantuvo la mirada con
precisión clavada en Dante como la amenaza más impredecible.

—Yo seguiría el consejo de la bruja y bajaría el tono, si tienes el deseo de


reunirte con ella.

—Es nuevo en tus costumbres —Alexis habló. Pero cuando se movió para
estar al lado de Dante, él la bloqueó.

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Quédate dónde estás, y no hables, Alexis.

—Es por eso que le di la cortesía de la advertencia —respondió el otro


vampiro. Cambió su atención hacia Mina, a pesar de que hizo una pausa para una
intrigada evaluación de David, sobre todo por las alas, negra una y blanca la otra,
que poseía el ángel—. Soy Jacob, siervo de Lady Lyssa. Hablamos antes.

—Me di cuenta —asintió Mina—. Ella está en lo cierto. Dante no está


acostumbrado a estar alrededor de los de su especie... o de ninguna persona que no
sea un Oscuro. No está domesticado.

—Lo que significa que, al igual que los perros, no se le permitirá entrar a mi
casa hasta que aprenda buenos modales. —Las sombras se movieron, y una mujer
se materializó.

Lex, todavía envolvía su mente alrededor de la idea de que Lady Lyssa


tuviera a un vampiro como siervo, en lugar de a un humano, inclinado sobre su eje.
La mujer que tenía delante tenía una vibración vampírica, pero era como un
recuerdo. Algo muy diferente y mucho más evidente corría por sus venas.

Lex estaba acostumbrada a estar con entidades poderosas. Mina era


probablemente la más fuerte, con su padre, en un cercano segundo lugar, lo

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El Club de las Excomulgadas
suficientemente cerca para que siempre hubiera esperado que estuvieran en
oposición de líneas de batalla. Mientras que la reina de los vampiros no estaba a la
par con ninguno de los dos, había un embriagador perfume exótico en las fuerzas
que se arremolinaban a su alrededor, que hizo reflexionar a Alexis. La huella
energética de Jacob se movió inesperadamente con ellos, como si compartieran la
misma fuente de alimentación. Además, no querría la ira de ninguno de ellos.
Juntos, ella sospechaba, podrían tener un impacto similar a un huracán de categoría
cinco.

Aparte de los poderes de destrucción que podría albergar, Lyssa tenía otra
potente arma. El pelo largo negro y los ojos de jade con un toque de ascendencia
asiática felicitaban un marco pequeño y elegante que emitía una onda inmensa de

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sensualidad. Mientras los dos hombres se mantenían en postura de alerta, una
violencia latente en Dante y la disposición calmada de David, Alexis captaba una
atención adicional hacia la Reina de los Vampiros que le hizo hacer una mueca.

Sorprendentemente, Lady Lyssa ignoró a Dante y a Alexis, clavando en su


lugar a David. Lex recordó que Jacob había hecho una pausa en sus alas, y ahora
sus ojos de jade se centraban allí también, sólo por un momento más prolongado.

—Es increíble —señaló la Reina de los Vampiros—. He vivido mil años, y


siempre hay algo más para ver. Recuerdo la Batalla de la Montaña, por supuesto, y
vi a los de tu tipo entonces, pero hubo poco tiempo para observarte antes de que te
fueras. ¿Te ofenderías si toco una de tus alas?

Su tono se mantuvo tan regio y distante como si hubiera dado una orden,
pero David negó y dio un paso adelante varios metros. Estiró la blanca, por lo que
se curvó hacia delante por encima de su hombro desnudo. Alexis notó que la
posición le permitía enfrentar a Jacob y a Lyssa. Su mano izquierda se mantuvo en
la empuñadura de una de sus dagas. Jacob tomó nota también, porque dio un paso
adelante, más cerca de su señora.

—No supongo ninguna amenaza si ella no me hace nada a mí o a los míos


—dijo David.

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El Club de las Excomulgadas
—Yo diría lo mismo.

David asintió, los dos hombres al parecer estaban de acuerdo. Lex miró a
Dante. Él irradiaba la mayor tensión del grupo. No era difícil entender por qué.
Estaban rodeados por energías muy potentes. Dante podría estar en un decibel más
bajo, pero poseía un tempo mucho más errático, lo que sospechaba era la razón por
la que Jacob había permanecido sobre él, incluso con un ojo vigilante sobre David.

Lyssa puso la mano en el ala, pasando el dedo a través de sus plumas. Una
mirada de asombro apareció en su rostro mientras miraba hacia Jacob.

—Puedes sentir el calor que sale de ellas, la energía de la luz. —A la deriva


hacia abajo, siguió las plumas a los extremos y rozó el antebrazo de David, a la

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banda de plata que llevaba allí, grabada con alabanzas a la Diosa. La opuesta tenía
grabado un dragón, que Alexis sabía era su homenaje a Mina. Lyssa ladeó la
cabeza, como si alguien le hubiera hablado, y sus ojos brillaron.

—Mi compañero me dice que no puedo resistirme a tocar —dijo.

—Prueba.

La voz de Mina era tan distante como la de la Reina de los Vampiros, pero
había una resonancia de poder en eso que estremeció el suelo, enviando una fría
brisa ondeando a través de los árboles por encima de ellos. Eso desvió la atención
de Jacob, de Dante a Mina, al instante.

Alexis estaba tan acostumbrada al miedo general ante Mina, que era una
sorpresa ver que Jacob había asumido que David y Dante eran los que contaban,
suponiendo que la fuerza más poderosa para la destrucción estaba en ese encuentro.
La mirada de Lyssa se había cerrado con la de la bruja. Después de un momento de
prueba, largo, ella inclinó la cabeza con una sonrisa salvaje y retiró la mano. Alexis
admiraba su porte sereno.

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El Club de las Excomulgadas
—Eres muy afortunada. Las cosas no siempre son lo que parecen. —La
Reina de los Vampiros le dio a David una segunda mirada, más evaluadora—. Pero
a veces, quién lleva las riendas no siempre es quien tiene más poder, ¿verdad?

Mina parpadeó una vez.

—No, no lo es. Pero ninguno de nosotros tiene la capacidad de curar tu


necesidad de tocar.

La reina se echó a reír, un sonido plateado que susurró a lo largo de sus


terminaciones nerviosas y Alexis pensó en deseos secretos, en caricias en la
oscuridad.

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—Tu poder es grande, bruja, pero no se puede tener una joya como esa y
esperar que no sea deseado. —Miró luego hacia su pareja, viendo la intención en
los ojos azules de Jacob, su mirada fija en su boca seria—. No siento ningún deseo
por tu compañero, a excepción de cómo el placer de su cuerpo me hace pensar en el
placer del que me pertenece.

Ahora su mirada se volvió a Dante, y el estómago de Alexis se tensó con


ansiedad.

—Tú eres vampiro, y sin embargo eres otro —observó.

Ella echó un vistazo a Alexis.

—Y eres su sirviente totalmente marcada. La forma es diferente, debido a la


oscuridad de su sangre. O tal vez a causa de lo que eres.

Dante se movió, bloqueando su vista, y Lyssa se volvió hacia él.

—Tu cara me es familiar —dijo ella.

—Tenemos un dibujo de su madre. —Alexis volvió a hablar, pero cuando


trató de salir de la sombra de Dante, una vez más, él recapturó su brazo, sólo que
esta vez su agarre fue menos controlado, mordiendo el hueso como una trampa

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El Club de las Excomulgadas
para osos. Ella se quedó sin aliento, y si hubiera sostenido el papel en la mano lo
hubiera dejado caer.

—Suéltala. —La advertencia fue realizada por Jacob y David, al mismo


tiempo. Lyssa dio un paso adelante, pero lo que sea que le dijo a Jacob hizo que
éste se parara. Alexis se mordió el labio contra el dolor, tratando de controlar su
reacción para que las cosas no empeoraran. El desafío de ambos hombres tenía al
poder de Dante corriendo a la vanguardia como un torpedo acercándose, las
alarmas sonaban más fuerte y más rápido en su cabeza. Mina podría haber estado
en lo cierto, que su presencia era más perjudicial que útil aquí. El olor a carne
chamuscada le dijo que su collar estaba trabajando. Ella no estaba segura de si
estaba más preocupada por herir a Dante, o por Mina dándose cuenta del escaso

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efecto disuasorio que tenía sobre él.

Lyssa ladeó la cabeza, su expresión, una máscara desapasionada que Alexis


sabía podía ocultar mucho. Sentía poco de la reina en calma, de su disposición, sin
embargo.

—El sirviente de un vampiro es suyo para mandarla, Dante. Para castigarla


si lo estimas conveniente. Pero hay un vínculo ahí del que nunca se debe abusar. Es
la única constante en la vida de un vampiro. ¿Me entiendes? Por supuesto que no.
Pero lo harás —extendió la mano—. Estás tratando de protegerla, pero mutilándola
no es la manera de hacerlo. Suéltala y deja que su mano me de esa foto.

—La quiero fuera de aquí —le susurró Dante a Mina. La bruja avanzó otro
paso, para que ella y David quedaran más cerca de Dante, lo suficientemente cerca
para actuar en contra de él, Alexis se dio cuenta. Sentían la violencia inminente de
él como ella.

—Tú insististe en que ella viniera. Ella también. Ahora déjala ir, antes de
que tome tu brazo por el codo. —La voz de la bruja era helada.

Dante, están tratando de protegerme. Es por eso que están actuando de esa forma.
Ellos te ven como una amenaza, por cómo me sujetas. Créeme. Por favor, suelta mi brazo.

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El Club de las Excomulgadas
Una larga pausa, y entonces oyó su respuesta a regañadientes.

Muy bien, pero no te muevas de mi lado. ¿De acuerdo?

De acuerdo. Por favor, realmente me estás lastimando.

Sus dedos se aflojaron y ella respiró para calmarse, acunando el brazo en su


contra a la espera de que el latido pudiera disminuir.

Podría haber perdido los enteramente nervios entonces, pero su atención fue
captada por las emociones de Jacob, aliento y sorprendente irónica conmiseración.
Cuando ella se encontró con su mirada azul directa, fue como si hubiera dicho en
voz alta: Vampiros. ¿Qué puedes hacer con ellos? El gesto de sus labios le hacía parecer

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


casi humano. Gracias Diosa, porque también le dio la fortaleza necesaria para
entregarle la foto a la Señora Lyssa.

Dedos delgados y elegantes adornados con anillos la tomaron. Lyssa la


estudió, su pelo cayó hacia adelante sobre su hombro. Con la facilidad de un largo
hábito, Jacob se acercó y deslizó su cabello hacia atrás para que no se encontrara en
su camino. Mientras lo hacía, le dio un beso en el cuello, debajo de su oreja.

Inclinando la cabeza, ella le dio acceso, murmurando mientras se


enderezaba y se miraban.

Ella miró a Dante.

—Conocí a tu madre. Entra.

******

—Tenía casi 200 años cuando desapareció. No era muy vieja para nuestra
especie, abrazando sus años adultos, de verdad.

Jacob los había llevado a una biblioteca, que tenía un círculo de cómodas
sillas y una impresionante compilación de cientos de libros que cubrían las paredes.
Sobre el escritorio, Alexis estuvo confundida al ver una pequeña pila de cómics de

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El Club de las Excomulgadas
superhéroes. Descansaban en forma sesgada en la parte superior de un ejemplar de
El Conejo de Terciopelo. En la mesa había un oso de goma, un juguete que un niño
podría utilizar para la dentición.

Lyssa se sentó en la silla del escritorio y Jacob tomó posición en la pared


detrás de ella, con los brazos cruzados. Aunque no se movía enfrente de su dama,
Alexis tenía la misma sensación que cuando David se había impuesto entre Mina y
el vampiro masculino. Él estaba protegiendo lo que consideraba suyo para proteger,
y lo haría, aunque le costara la vida.

Dante había recibido instrucciones de sentarse en una silla frente al


escritorio. Mientras David se colocó detrás de la silla de Mina de manera similar a

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Jacob, Dante aparentemente no quería a Alexis en su espalda, donde no podía ver
ni controlar sus movimientos. Moviéndola, entre sus rodillas, mantuvo una mano
sobre su hombro allí. Lyssa y Jacob no parecieron encontrar eso inesperado, pero
David le dirigió una mirada inquisitiva, lo que confirmaba que Alexis estaba bien
con la posición. Ella le dio una leve inclinación de cabeza.

Los varones eran animales extraños, ella lo sabía, y parecía así cuando una
chica trataba a uno más cercano a sus raíces primigenias que los demás, entonces él
se volvía un desconocido. El ambiente no estaba tan cargado en la biblioteca, como
había estado afuera en el patio, pero aún había una desconfianza entre los varones
que mantenía a todos en alerta. Estaban demasiado lejos del anterior ambiente de la
sala de arte durante el día, y de repente, tuvo suficiente de eso.

—Lady Lyssa —dijo ella cortésmente—: ¿tiene un hijo?

Los ojos de jade de Lyssa se clavaron en su rostro. Alexis le sostuvo la


mirada hasta que Jacob hizo un ligero ruido, obteniendo su atención y rompiendo
el contacto. La relación de intención era inquietante, pero más que eso, ella sintió
que un pequeño cambio había ocurrido, lo que no necesariamente era algo bueno.

—Ella no lo sabe, mi señora —señaló Jacob en voz baja, y Lyssa se encogió


de hombros, con expresión indescifrable. Le echó un vistazo a Alexis, y luego a

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El Club de las Excomulgadas
Dante—. Los siervos humanos no igualan sus miradas con los vampiros a menos
que sean invitados a hacerlo.

—Oh. Mis disculpas, mi señora —dijo Alexis, luego descubrió la dificultad


de hablar con alguien sin mirarla. Recordó que Jacob no parecía preocupado
cuando la miró a los ojos antes, pero también era un vampiro que servía como
siervo de otro vampiro. Era confuso, pero por la mirada penetrante de Mina, ahora
se daba cuenta de que no era el momento para sumirse en la especulación.

—Er... ¿Mi pregunta fue inapropiada? —Maldita sea, a menos que todos
pudieran enderezarse lo suficiente como para mantener una conversación real, esto
no estaba saliendo bien.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—No —dijo Lyssa por fin—. Puedes mirarme, hija. Me mareas, tus ojos son
como dardos por todo el lugar. Tenemos un hijo.

Ella miró a Jacob.

—Su nombre es Kane. Ahora mismo está con el mayordomo de nuestro


Estado, el señor Ingram, probablemente permitiéndole causar estragos en mi jardín
de rosas.

—Pero ustedes dos son…, yo pensé, que dos vampiros no podían...

—Es muy raro, pero a veces ocurre. Jacob es un vampiro convertido.


Concebimos a Kane cuando Jacob era mi siervo humano.

—Todavía te sirvo, mi señora —respondió Jacob, su mano estaba curvada


alrededor de la parte posterior de la silla, sus dedos rozaron su hombro. Lex sintió
el vínculo inequívoco entre ellos. A la Reina de los Vampiros le encantaba este
hombre con todo lo que ella era. Esto, a pesar de la mirada reprobatoria que ella le
envió.

—Es lo que me conviene.

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El Club de las Excomulgadas
Su sonrisa aflojó el nudo en su estómago. Pero antes de que Lex pudiera
jalar una respiración fácil, Lyssa volvió su atención a Dante. Los músculos de su
pantorrilla se tensaron debajo de los dedos de Alexis.

—¿Tenías la edad suficiente para saber el nombre de tu madre antes de


morir?

—Ella nunca me dijo su nombre. Nunca me nombró, tampoco. —La


expresión impasible de Dante se profundizó.

Lyssa asintió, tomando eso en cuenta.

—Cuando la conocí, ella se hacía llamar Lana Devereaux, aunque sospecho

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que se cambió el nombre. Era un vampiro convertido, engendrada a principios de
1800. Ella se quedó con su padre durante un tiempo y luego siguió su propio
camino, como los vampiros hacen a menudo. Le gustaba la ropa de diseño. Antes
de que fuera convertida, era costurera de un sastre real que se llevaba todo el
crédito por su trabajo de diseño. Pero después de que fuera convertida en vampiro y
reuniera más recursos para sí misma, abrió su propia tienda de ropa. Ella era
disciplinada, inteligente y demasiado romántica, de ahí el nombre. En el siglo XX,
tenía afición por el cine.

Lyssa levantó la mano para entrelazarla con la de Jacob.

—Lana se enamoró muchas veces, pero pensó que había encontrado a su


alma gemela en el Señor Willingham, que era un señor vampiro de Londres en ese
momento, y ahora es maestro de la Región. Por desgracia, se debatía entre dos
mujeres vampiro, una de ellas era tu madre. La otra era Eleanor. Ella tenía una
sirvienta que compartía con el Señor Willingham en ocasiones. Cuando él concibió
un hijo con la sirviente humana de Eleanor, su elección quedó hecha, los niños
vampiro son tan raros que se pueden considerar la dirección de la brújula del
destino. Él se unió a Eleanor.

Alexis miró a Dante. Él miraba fijamente a la reina, pero podría haber sido
una estatua. La tensión en él había cambiado, convirtiéndose en algo que no podía

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El Club de las Excomulgadas
definir, lo que significaba que ahora sabía que estaba sintiendo algo que
probablemente no entendía por sí mismo. Ella apretó su agarre en su pantorrilla.

—Lana cayó en una profunda depresión cuando él la rechazó. Cuando


desapareció después de eso, supusimos que había elegido encontrarse con el sol. —
Lyssa pasó la mano libre sobre el dibujo con una actitud de arrepentimiento—. Los
Vampiros lo hacen a veces. Aunque ella era joven para tal decisión, tenía
inclinaciones románticas, como te dije. No era improbable. Lana diseñó un vestido
para mí, un montón de años atrás. Así es como supe de ella. No éramos amigas,
pero hablamos durante mis pruebas del vestido, y como mujer me reveló más cosas
personales acerca de sí misma. También era mi trabajo saber mucho acerca de los
otros vampiros.

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Ella ladeó la atención de nuevo a Dante.

—Mina me dijo cosas que no sabía, y es probable que no quería saber. Sobre
los ángeles y los Oscuros, y de las divisiones en nuestro mundo. A diferencia de los
humanos, por supuesto, no olvidamos la Batalla de la Montaña, pero aún así
sabíamos muy poco de lo que sucedió en realidad. Aunque te diré que es útil tener
una mayor comprensión de esas cuestiones, el conocimiento puede traerme más
pesadillas que comodidad. No sé cómo tu madre fue tomada por los Oscuros,
aunque su depresión probablemente le bajó la guardia, haciéndola más vulnerable a
los depredadores.

Lex imaginó a una mujer elegante que se había obsesionado con Greta
Garbo y Lana Turner, Hedy Lamarr. Si no hubiera sido tomada por los Oscuros,
podría haber diseñado sus vestidos, ser diseñadora de moda de renombre en
Hollywood y encajar en sus excentricidades perfectamente por trabajar sólo durante
las horas nocturnas.

—La pregunta ahora —consideró Lyssa, sentándose— es qué hacer contigo.


Hay pocos vampiros solitarios por ahí, Dante. Estamos muy estructurados.
Formamos parte de territorios, regiones. Tenemos señores y maestros de Regiones
para cada zona, lo que es una protección para todos nosotros. Contigo en libertad

291
El Club de las Excomulgadas
sin ningún sentido de lo que es ser un vampiro podría convertirse en una
responsabilidad para todos nosotros.

Mina tomó la palabra entonces.

—En este momento, él está en período de prueba de treinta días. El collar de


su garganta también le impide causarles daño a los demás.

—Estoy más preocupada con que él esté expuesto a un mayor escrutinio de


nuestro mundo de lo que deseamos. No del daño que le pueda causar a los
humanos. Eso es mucho más fácil de controlar. Más allá de eso, está su propio
bienestar, si esa es una preocupación para ti. —Le dio a la bruja una mirada
astuta—. No es prudente para él estar en un territorio sin que el señor o Maestro de

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la Región sepa de su presencia allí. Es sorprendente que ningún vampiro lo haya
encontrado todavía y lo haya desafiado. Un solitario es atacado rápidamente.

Lex recordó la presencia malévola cerca de la cafetería, pero Dante tenía su


atención en Lyssa.

—Me dijeron que los humanos prefieren ignorar nuestra existencia —dijo—
. Pero no necesariamente pertenezco a tu mundo, como tampoco soy del mundo
Oscuro. Elegiré a donde pertenezco.

—¿En serio? —Lyssa lo estudió. El calor chisporroteaba entre los dos


vampiros como una línea láser—. ¿Cómo harás eso, jovencito, si no tienes ni idea
de quién eres?

—¿Cómo se propone enseñarme? —El desafío burlón fue flagrante.

Dante, creo que está tratando de ayudarte.

Lyssa ladeó la cabeza.

—Podría obligarte a aceptar mi poder sobre ti. ¿Es violencia lo que necesitas
para aprender, para escuchar?

292
El Club de las Excomulgadas
Aprendí sobre el poder por estar impotente. Aprendí a luchar por ser golpeado. Alexis
palideció mientras sus palabras volvían a ella, de su capacidad de aprender a través
de la respuesta condicionada y de la reacción. Y estaba dispuesto a probarlo ahora
mismo. Sus emociones eran claras en eso. Ella sintió el calor encontrándose dentro
de él, listo para atacar.

—No —dijo ella. Antes de que pudiera preverlo, se había levantado sobre
sus piernas y envuelto sus brazos alrededor de sus hombros, presionando su cara
contra su garganta, su cuerpo en el de él acunándola en su regazo. Su única opción
era abrazarla o tirar de ella a un lado mientras sin miramientos él la trataba como
un saco de patatas.

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Cosa que muy bien podría hacer, así que apretó los brazos, aferrándose a él.
Déjalos ayudarte, Dante. Por favor.

El cuerpo de Dante se estremeció debajo de ella, pero sus dedos se cerraron


en su espalda, con su otra mano deslizándose sobre sus muslos, como un protector
en lugar de un gesto desdeñoso, gracias a la Diosa.

—¿Cómo puedes ayudarme a aprender a vivir aquí? —No menos polémico,


pero la redacción de la frase hizo una diferencia. La Señora Lyssa se echó hacia
atrás, sus ojos se deslizaron sobre Lex acurrucada en su regazo.

—Probablemente no pueda. Ahora no. Mina está en lo correcto. Eres más


bestia salvaje que estudiante, y para conquistar algo se requiere algo diferente.
Quizás lo que está en tus brazos ahora, un equilibrio para tu oscuridad. Pero si
ganas esa batalla, entonces harías bien en considerar pasar algún tiempo aquí.
Podemos ayudarte a entender tu lado vampiro, qué normas rigen nuestras vidas, y
donde podrías encajar en esa vida. Como te dije, los niños vampiros son poco
frecuentes. Automáticamente ganarías un título, serías Lord Dante. —Aunque
había una burla de humor en su voz, no fue del todo desagradable—. Que te ganes
el respeto que va con eso es cosa tuya.

Ella cambió su mirada hacia Mina.

293
El Club de las Excomulgadas
—Hablaré con Dante a solas. Jacob les mostrará mis rosas y les permitirá
conocer a Kane.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Veintiuno
A pesar que ella era una reina, no era tan fácil conseguir que todos
cumplieran dicha orden. Dante no quería que Alexis se apartara de su vista. Jacob
no parecía demasiado entusiasmado en dejar a Lyssa sola con un vampiro
Engendro Oscuro desconocido. Pero al final, prevaleció su voluntad, como la de
Mina, que apoyo la petición de la reina.

Alexis encontró las rosas aún más hermosas que las del frente. Kane era
asimismo un niño precioso, tal vez de dos años. Se parecía a su padre, con los ojos
vibrantes y el pelo negro sedoso de su madre, así como colmillos coquetones.

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El bebé encontró a David tan fascinante como sus padres. Cuando el ángel
se puso en cuclillas, con las alas curvas sobre la tierra, Kane fue directo a ellas,
perdiendo el equilibrio sobre la irregular superficie y dejándose caer sobre ellas.
Mientras se echaba a reír y hundía sus dedos en las plumas, David se dio la vuelta,
viéndolo jugar con diversión.

La energía angelical tranquilizaba a la mayoría de los padres, y Jacob no era


una excepción, a pesar de su preocupación obvia por lo que podría estar pasando en
el estudio del que se habían marchado. No era el único. Alexis se paseaba con
inquietud hasta que los dedos de Mina se cerraron alrededor de su brazo. La bruja
la sentó en un banco bajo un pesado dosel de fragantes flores amarillas destacadas
por la luna creciente.

—No le está haciendo daño, Alexis.

—Lo sé.

—Por supuesto que sí. —La bruja le lanzó una mirada mordaz—. Estás en
su mente. Sabes de lo que es capaz. No te preocupa lo que Lyssa le hará. Te
preocupa lo que él hará si ella dice algo equivocado, si hace un movimiento
incorrecto. Quieres creer en él, pero sabes que creer no siempre es suficiente.

295
El Club de las Excomulgadas
Alexis se tragó una réplica. Estaba mucho más preparada para tranquilizar a
sus padres que para esquivar las observaciones excesivamente precisas de la Oscura
Bruja de Mar. Estaba cansada, hambrienta y sus nervios estaban deshilachados,
pero podía mantenerse entera. Lo haría.

—Hay cosas que él no entiende todavía. Podría interpretar algo simple,


como una amenaza.

—Hmm. Parece que podría haber sido mejor mantenerle en el Infierno,


dejarle aprender sobre la Tierra en un ambiente controlado por unos meses antes de
liberarle en el mundo. ¿Por qué nadie pensó en esto?

Levantándose del banco, Alexis afrontó a su madrina.

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—Tiene que ser su elección. Él no va a hacerlo bien en ninguna parte si se
siente atrapado. Ha estado atrapado demasiado tiempo. Si no hubiera sido por ti,
habría estado aquí hace veinte años.

Ella se paró, mordiéndose el labio, sintiendo el calor que inundaba sus


mejillas. Jacob y David hicieron una pausa en su conversación, pero Mina les
ignoró.

—Sientes sus sentimientos —dijo ella— pero no necesariamente conoces


todo sobre quien es, quien era.

—Sé más que cualquiera que haya tratado de conocerlo —cortó Lex—.
Excepto tal vez tú. No tuviste que intentarlo. Lo sabías. Renunciaste a él, le
abandonaste allí. La persona que lo entendía mejor que nadie.

—Quizás por eso le abandoné allí. —Los ojos de Mina chispearon—. El


cambio puede ser muy difícil cuando has elegido tu camino.

Alexis luchó por contener sus emociones, consciente del escrutinio de sus
anfitriones. Cuando asintió hacia David, fingiendo tranquilidad, él le dio una
mirada plana, pero le dijo algo a Jacob. Ellos volvieron a entretener al bebé.

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El Club de las Excomulgadas
—Los oí hablando, cuando estuve bajo el cuidado de Raphael —dijo Alexis
en voz baja—. Dijiste que Dante había cambiado. Que había sido como un
carroñero, pero que ahora era diferente.

Cuando la expresión de la Bruja de Mar se alteró, la verdad hizo clic en su


lugar.

—Fue cerca de las grietas. Le quitaste el único escape que tenía. La vida se
volvió aún más insoportable.

—En lugar de darse por vencido, se enojó, y su rabia sobrepasó su miedo —


Mina se encogió de hombros—. Puede pasar. Dice algo acerca de quién es. Si será
su salvación o el camino hacia su propia destrucción, sólo el tiempo lo dirá.

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—¿Cómo puedes ser tan cruel? Sé que sientes cosas. Puedo no
comprenderlas todas, pero cuando tú y David están juntos… —La mirada de Lex
viajó entre ambos, y de nuevo al rostro de Mina—. Sé lo mucho que sientes.

—Sabes muchas cosas —Mina se levantó y atrapó su mirada, las chispas en


sus ojos azules y carmesí se habían convertido en algo mucho más peligroso—.
Puedes sentir lo que siento, o lo que Dante siente, pero no cometas un error infantil
al pensar que eso te da completa comprensión.

Alexis trató de retroceder, pero no pudo. La energía de Mina se vertía sobre


la piel de Alexis como aceite caliente, manteniendo a la chica en un túnel de
sofocante calor. Esa sangre Oscura que Mina cargaba, al igual que Dante, bramaba
sobre ella. Ella no podía hablar sin gemir, pero Mina no había terminado todavía.

—No sabes lo que es crecer sin amor, a excepción de una madre que vive su
vida en el tormento hasta que no puede soportarlo más. No sabes lo que es ser
torturado por los que se divierten con tu dolor, que te insultan como a una cosa, no
como a un ser vivo. No sólo un día o dos, sido desde el segundo en que eres
consciente de tu propia existencia. Saber que de repente es diferente... toma un
tiempo, mucho tiempo creer que se es diferente. Es más seguro creer que no lo eres.
—Sus labios se curvaron, mostrándole a Alexis un atisbo de sus colmillos, una

297
El Club de las Excomulgadas
señal de su propio ser Oscuro—. Tu trabajo es darle valor a Dante a través de tu
comprensión, coraje para tomar sus propias decisiones y afrontar las consecuencias.
No abrigarlo con sentimientos suaves y fantasías ilusorias. Porque si el mal se ha
apoderado de su alma demasiado profundamente, lo llevará al final.

»Ya viste lo que puede hacer físicamente, y algunas de sus habilidades


mágicas. A diferencia de ti, estoy menos preocupada por sus sentimientos, o por los
tuyos, que por la estela de destrucción que pudiera provocar aquí, si su mente
sucumbe al deseo de poder y control. No importa cuántos cuerpos tenga que apilar
hasta lograrlo. Sientes su lado vulnerable, pero no ves esas mismas áreas como lava
volcánica, a punto de explotar con fuego y destrucción.

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Alexis negó, estremeciéndose cuando las manos de Mina agarraron sus
bíceps, con sus garras clavándose en su carne tierna.

—Tú has conocido la soledad, Lex. El rechazo, algún temor acerca de quién
eres y lo que llegarás a ser, pero nunca en tu vida has experimentado el aislamiento,
a excepción de tu breve estancia en el mundo Oscuro. Incluso entonces, realizaste
una conexión con la mente de Dante. Todo lo malo que has experimentado ha
ocurrido en un contexto de amor, de amigos, de una familia que sacrificaría
cualquier cosa por ti. Creciste jugando en las aguas cristalinas del océano, cerca de
la superficie en la que nunca se pierde el calor del sol, excepto por elección. Volaste
por los cielos, segura al cuidado de tu padre, adoptada prácticamente por toda su
legión.

—Eso no hace mi don inútil —logró decir Alexis, mirando a través de una
bruma de calor a la bruja—. Casi nunca lo he utilizado así. —Diablos, enfrentar un
reto como Dante, se estaba dando cuenta de que apenas lo había usado en absoluto.

—No es inútil, pero está limitado si te niegas a comprender esas debilidades.


Ve más allá de tus propias experiencias y reacciones. No traduzcas los sentimientos
de alguien a tu propio idioma. Entiende el suyo. Entonces tu don verdaderamente
alcanzará su potencial.

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El Club de las Excomulgadas
Así tan de repente, la mirada hipnótica de Mina la soltó. Alexis se habría
caído, pero David estaba detrás de ella, con sus manos sobre sus hombros. Mina
levantó la cabeza del banco.

—Siéntala antes de que se caiga. —Ajustó su atención en Jacob, viendo el


proceso con gran interés desde los escalones, Kane jugaba entre sus rodillas
dobladas—. ¿Puede ese mayordomo tuyo hacerle un sándwich antes de que ella se
desmaye?

Alexis parpadeó a través de los golpes en su cabeza. No se había dado


cuenta de cuan enojada había estado con su madrina por el encarcelamiento de
Dante. Ahora la ira se arremolinaba en su interior, confusa e insegura de su

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destino, porque por una vez, los sentimientos de la bruja no eran incomprensibles
para ella. A pesar de su lengua afilada, Mina no estaba enfadada en absoluto. Se
sentía frustrada... temerosa. Asustada por su ahijada. Diosa. Mina tenía tanto
miedo de que Lex provocara un caos sangriento con esto como la propia Alexis.

Jacob se había levantado a petición de Mina, Kane dio tumbos hacia


delante, justo delante de él. El niño inicialmente se dirigió hacia Alexis y David,
pero en el último momento los ignoró y tropezó, cayendo contra las piernas de
Mina.

La bruja miró mientras Kane aterrizaba en su falda, con ambos puños


agarrándose del terciopelo mientras echaba la cabeza hacia atrás y gorgoteaba hacia
ella.

—Shoo —dijo ella con voz práctica y movió una pierna, un intento fallido
de apartarlo—. Pequeña sanguijuela.

David envió a Jacob una expresión de dolor.

—Ella es muy maternal.

—Mi señora lo llama el parásito, y ese es uno de los nombres más amables.
También haría cualquier cosa en el mundo por mantenerlo feliz. No está en el oído,

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El Club de las Excomulgadas
sino en el corazón. —Jacob sonrió, asintió respetuosamente hacia Mina y arrancó a
su hijo de su falda, acomodando a Kane en el hueco de su brazo—. Vayamos a
buscarle a la chica bonita un poco de comida, ¿hmm, Kane? Será la mejor manera
de ganarnos su cariño.

Alexis intentó una sonrisa débil, cortés, pero cuando él se alejó ella puso su
cabeza entre las manos. Diosa, todo esto sería más fácil si se sintiera mejor. No
estaba segura de si iba a vomitar el sándwich o a devorarlo como si no hubiera
comido en meses. Sabía que Dante tenía razón, que no se estaba dando suficiente
tiempo para recuperarse, pero ¿qué otra opción tenía? ¿Tomarse unas vacaciones en
Tahití y dejar que se valiera por sí mismo?

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Mina y David estaban cerca, porque veía sus pies. Los de David estaban
desnudos, como la mayoría de los ángeles, y Mina llevaba zapatillas de deporte
negras de lona con unicornios impresos en ellos en calientes esquemas de color rosa
neón, como fantasmas equinos.

—Entonces, ¿qué está haciendo Lyssa con él? —dijo ella en tono monótono,
preguntándose si podría soportar otra observación maliciosa de Mina.

La bruja se sentó junto a ella, estirando las piernas, cruzando sus tobillos
entre los pies de David. Ella sacudió sus dedos de los pies, rozando su pierna
mientras él le lanzaba una estrecha mirada.

—Me parece que ella solamente quería hacerse una idea sobre él, sin todos
nosotros respaldándole. O bien, si de verdad tiene que estamparlo contra el suelo
para conseguir que él atienda, pensaría que era mejor hacerlo sin público
presenciando su humillación. Especialmente tú —Mina puso una mano en su brazo
cuando Alexis empezó a levantarse—. Alexis, ¿me estás escuchando? Es tan malo
para ti asumir que es un incomprendido cachorro, como lo es para los demás
asumir que es un monstruo indigno de confianza. La verdad se encuentra en algún
lugar intermedio.

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El Club de las Excomulgadas
Alexis hizo una mueca cuando Mina alteró su agarre para presionar el área
en que Dante la había agarrado de forma tan brutal.

—No te olvides de esto. No tienes que preocuparte por Lyssa. Ella puede
sostener su posición ante él, a pesar de que no se ha configurado el sistema de
seguridad para los vampiros. Los humanos y una sirángel eran mi mayor
preocupación. Además, no esperaba encontrar muchos vampiros. No quiero dejarlo
a merced de las especies entre las que hay más probabilidades de que haga su casa.
Los vampiros sólo respetan la agresión. —Su ceja se levantó—. Ahora, ¿te gustaría
saber más acerca de los vampiros, o quieres seguir actuando como un bebé irritable?

Alexis frunció el ceño.

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—Creo que David está en lo cierto. Eres fluida en el sarcasmo.

Los labios sombríos de David se curvaron, atrayendo su atención.

—Por lo menos es extraordinariamente fácil de traducir.

Alexis apretó los dientes.

—Me gustaría oír más.

Mina le dio una mirada molesta a David. Él simplemente se puso en


cuclillas, con las manos cayendo sobre sus tobillos desnudos, acariciándolos y a las
pequeñas zapatillas.

—Los vampiros son de clanes, como la señora Lyssa implicó —dijo la Bruja
de Mar al fin—. Consideran a los humanos inferiores, y miran a la mayoría de las
otras especies con recelo. Su respeto por el poder y la jerarquía es innato a ellos, lo
que puede explicar cómo Dante logró lo que hizo en el mundo Oscuro. Los
vampiros son también muy dominantes en sus relaciones con los demás.

—Bueno, dominantes lo sé. —Lex resopló—. Mira a mi padre.

Mina asintió, inescrutable.

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El Club de las Excomulgadas
—Sí, lo es. Pero el tipo de dominio del que estoy hablando es algo más
parecido a lo que muestra hacia tu madre. Puesto que eres una adulta, sé que eres
muy consciente de ello.

—Pyel no... —Lex se apagó—. Oh. Oh. —A pesar de sí misma, un


escalofrío caliente corrió por su espalda, porque sabía lo que Mina había querido
decir.

Había sido así aún en el Mundo Oscuro. Era tan primitivo y visceral tener
una compulsión de magia, pero había algo elemental en su respuesta a las sensuales
órdenes de Dante.

—No hay vergüenza en ello —dijo Mina en voz baja mientras las mejillas de

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Lex se sonrojaban y evitaba el contacto visual directo con alguno de ellos—. Tu
madre lo tiene, también. Está en su naturaleza someterse al hombre que aman. Con
los vampiros, es esencialmente un requisito para unirse a ellos. Si no lo hubieras
tenido, es más que probable que te hubiera matado.

La bruja lanzó un suspiro.

—Una personalidad sumisa busca lo mejor en el que ama. Buscará en la


parte más oscura de su alma si tiene que hacerlo, porque debe encontrarlo. Su
corazón y su cordura dependen de ello. Es por eso que tu madre pudo llamar al
alma de tu padre de vuelta de los Oscuros, cuando nadie más podría haberlo hecho.
Dante... su alma es mucho más Oscura de lo que alguna vez fue la de tu padre.

—Estás haciéndolo sonar como un monstruo de nuevo —Alexis negó—. No


lo es.

—No, no lo es —Mina la sorprendió—. Es un depredador. Es diferente de


los humanos. Los humanos no son depredadores naturales. Son supervivientes
agresivos y oportunistas. Si hay algo que los amenaza, no dudarán en utilizar la
inteligencia que se les proporcionó para contraatacar. Pero el instinto primario del
depredador es evaluar cada forma de vida como comida, enemigo o familia. Y la
última categoría es una muy pequeña. —Frunciendo el ceño a Alexis, Mina le dio

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El Club de las Excomulgadas
una mirada impaciente—. ¿Por qué crees que tu padre no quería que vinieras con
nosotros? Conoce a los vampiros, Alexis. La señora Lyssa es más complicada que
la mayoría. Es prácticamente responsable de la creación de un Consejo General que
mantiene el pequeño número de vampiros en este planeta observando las reglas
básicas de cortesía, como matar a no más de doce humanos al año en búsqueda de
sangre. Pero dentro de sus filas, los vampiros asesinados por su propia cuenta, o los
sirvientes humanos sacrificados por sus intereses, no están limitados.

—Y yo soy su sierva humana.

—Llevas las marcas. ¿Has tenido problemas para leerlo tan fácilmente como
a los demás?

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Alexis asintió y Mina gruñó.

—Pensé lo mismo. Probablemente pensaste que era porque tu cabeza de


chica daba vueltas bajo sus seductores encantos. Pero es muy posible que él sea
capaz de mantener un poco de sí mismo a salvo de tu don. Afortunadamente para
todos nosotros, no ha sido del todo exitoso. Dante todavía no entiende el
significado completo de lo que la tercera marca significa en el mundo vampiro.
Pero lo hará. Tu padre ya lo hizo.

Mina le dirigió una mirada directa.

—Si la unión entre el vampiro y la sirvienta es dispuesta y entendida, es una


conmovedora e intensa relación, pero hay aspectos de ella que son muy
preocupantes, a menos que ese fuerte vínculo esté ahí. Los vampiros comparten a
sus siervos. Sexualmente, como parte de sus juegos de placer y de poder, porque los
vampiros son una especie muy carnal. Como estoy segura que ya has notado.

Haciendo caso omiso al rubor renovado de Alexis, ella continuó:

—Pero ser la sirvienta humana de un vampiro significa más que eso. Al


menos en la mente del vampiro, él es dueño de ese humano en cuerpo, mente,
corazón y alma. La señora Lyssa está en lo cierto. Como vampiro, Dante tiene que

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El Club de las Excomulgadas
entender su mundo, y es probable que sólo pueda entenderlo viviendo como parte
de él. Si lo hace, es probable que deseará hacerlo contigo a su lado.

—¿Mi padre...? —Alexis cerró los ojos—. Por supuesto que lo sabe. Es por
lo qué se está volviendo loco.

—Oh, hay variedad de cosas que tienen erizadas sus plumas, te lo aseguro
—Mina observó secamente—. Pero esa es una de sus grandes preocupaciones. Los
vampiros no son malos en sí, pero si no sabes la forma correcta de tratar con ellos,
te tendrán literalmente para el almuerzo. Tenemos suerte de que la señora Lyssa
haya vivido tanto tiempo. Lo suficiente como para ver las consecuencias de la
excesiva violencia. Y que su sirviente y amigo, Jacob, haya cabalgado entre el

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mundo humano y vampiro tan fácilmente.

Mina se encogió de hombros, suspiró y giró para enfrentar a Alexis en el


banco, demandando su atención.

—Somos lo que somos, Alexis. El cambio es muy difícil para todos


nosotros. Lo único que quiero es que lo entiendas.

Si Lex hubiera estado sentada junto a su madre, ella sabía que Anna le
habría acariciado el pelo, explicándole todo esto en términos suaves e inexorables.
Sin embargo, Mina le estaba dando una forma diferente de eso mismo. Apoyo,
orientación y verdad, sin importar lo difícil que pudiera ser escucharla.

Sabiendo todo lo que sabía hasta el momento, ella no pudo negar la lógica
de Mina de dejar a Dante en el Mundo Oscuro, pero lo odiaba. Hubiera sido una
decisión difícil para cualquier persona, pero eso no lo hacía una decisión correcta,
¿no? Bajo la mirada penetrante de su madrina, Alexis se obligó a pensar en lo que
habría sucedido si Mina lo hubiera liberado, y alguien como Lex no se hubiera
unido a él, traduciendo sus necesidades de manera que le ayudara a hacerle frente a
la transición a un mundo tan diferente al planeta desolado de los Oscuros.

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El Club de las Excomulgadas
¿La decisión de la Bruja de Mar de dejarlo encerrado en su infierno personal
durante veinte años más, ya fuera intencional o no, habría sido un acto de
misericordia?

*****

—¿Qué es lo que quieres, ahora que estás aquí?

—No estar allí —dijo Dante simplemente.

Los ojos de jade de Lyssa se estrecharon.

—Esa podría ser la verdad, por ahora. No está en nuestra naturaleza ser

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pasivos, Dante. Desearás algo con el tiempo. ¿Qué preguntas quieres que responda?
Las que no hiciste delante de los demás.

—¿Qué preguntas crees que tengo?

Lyssa se reclinó en la silla, tanteando los dedos.

—Hay una línea muy fina entre la cautela inteligente y desperdiciar los
recursos que se te ofrecen.

—Hmm. —Él consideró los libros de la pared, el diseño de los vitrales de las
ventanas, las luces detrás de ellos, que hacía que el cristal brillara. Entonces se puso
en movimiento. Se acercó a la mesa a máxima velocidad, sólo para descubrir que
su objetivo ya no estaba allí. Golpeó la silla, pero se arqueó ágilmente sobre él,
girando de frente por lo que golpeó la mesa y formó un baluarte contra un ataque
posterior.

Lyssa estaba sentada en su silla, tan relajada como lo había estado en la


suya.

—¿Quieres intentarlo de nuevo? —Su mirada desató un incendio—. No seré


tan tolerante esta vez.

305
El Club de las Excomulgadas
Con un gruñido, saltó. Nunca la alcanzó. En su lugar una poderosa energía
se lanzó de su cuerpo y se estrelló contra él, encontrándolo a medio camino sobre el
escritorio. Él fue catapultado hacia atrás, golpeando la pared de manera que la
madera gimió ante el impacto. Él quedó de pie, pero tuvo que sacudir su cabeza
para despejar la conmoción cerebral. Cuando ella se levantó, el viento de la magia
que había usado todavía estaba ondulando su pelo negro sobre sus hombros.

—Vuelve a intentarlo —dijo ella, mostrándole un toque de sus colmillos—.


Esta vez dejaré que me alcances.

Un rayo nubló su mente, y saltó. Como ella había dicho, la alcanzó, pero
cuando esperaba que cayera hacia atrás, ella se movió con él, con un giro como un

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baile donde ella tenía todo el equilibrio. Lo puso de rodillas, con sus dedos
agarrando su cintura, con la otra mano tomando las suyas, incapaz de quitarse de
encima el peso del poder que presionaba sobre él. Dante maldijo y luchó, pero era
obvio que ella lo superaba. Incluso no parecía que estuviera haciendo ningún
esfuerzo. Sacudiéndose el pelo de un hombro con un movimiento grácil, ella se
inclinó y hundió los colmillos en su garganta.

Estar indefenso era algo que había jurado que nunca volvería a estar, y sin
embargo, desde ese primer mordisco, era obvio que había algo muy diferente en
esto. No era como los Oscuros que le habían dominado y maltratado sólo por el
vengativo placer de hacerlo. En primer lugar, igual que él, ella no era vampiro. De
hecho, no estaba seguro de si ella era vampiro en absoluto, aunque había un
prolongado sentido de la especie sobre ella. Ella tenía colmillos que había utilizado
en él, pero su olor era diferente. A pesar de que lo había derribado, su mano libre se
deslizó hasta la parte de atrás de su cabeza, acariciando su cabello, una caricia
sensual, casi tranquilizadora, así como de reproche. Él pensó en usar la mano en su
cintura para tratar de empujarla lejos, sin romper el control en su garganta, pero
algo sobre el poder de esa mordedura, la forma en que calmaba las cosas dentro de
él, lo dejó indeciso. La rabia que tenía seguía allí, pero de alguna manera ella había
arrojado una cuerda de seda alrededor de ella, manteniéndolo temblando, como si
estuviera esperando sus órdenes para desencadenarla.

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El Club de las Excomulgadas
Ella tomó varios tragos y luego le lamió la garganta con delicadeza,
eliminando el exceso de sangre y restaurando el flujo. Luego levantó la cabeza,
siguió acariciando su cabello, pero inclinó la barbilla para mirarlo a los ojos.

—Como sentiste, no tengo poderes de vampiro, pero sí observo los rituales


cuando es necesario. Mi compañero puede conectarse con mi sangre, como una
primera marca. Te puedo encontrar ahora, y sentir algo de tu estado de ánimo.

—¿Por qué hiciste eso? —dijo él con amargura—. ¿Para demostrar tu poder
sobre mí?

—Sí —respondió ella de manera uniforme—. Porque lo necesitabas. No


respetarías nada menos. Eso lo entiendes, tanto si lo admites como si no. Ahora, si

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eliges atacarme de nuevo, te demostraré que los huesos rotos son muy dolorosos,
incluso si sanan.

—Ya sé eso.

—Mmm. Sospecho que sí. Para nuestra clase, eres muy joven, Dante. Ten
eso en cuenta.

Cuando por fin lo soltó, él se puso al otro lado de la habitación, aunque


sabía que era una falsa confianza. Mientras permanecía recto y alto, con la
mandíbula apretada, una pequeña parte, ridícula, se alegró de que Alexis no
hubiera estado aquí para ver su humillación.

La mirada de Lyssa parpadeó, dándole la impresión de que estaba


comunicándose a otra parte. Ella se permitió una leve sonrisa.

—Mi compañero capta mi mente demasiado bien a veces. Estaba


preocupado. Le hice saber que no era nada que no pudiera manejar. Normalmente,
espero que él haga caso omiso de mi palabra y venga a mi lado, pero no dejará a
nuestro hijo a solas con extraños, sin importar lo que sean.

—Alexis nunca le haría daño a un niño —dijo él.

307
El Club de las Excomulgadas
—Las intenciones no son siempre lo mismo que la realidad —respondió
ella—. He vivido lo suficiente como para no dejar nada a la suerte o a la preciosa
oportunidad. A menudo se requiere ver tus opciones. Pero sabes eso también, ¿no?

Cuando Dante eligió el silencio, ella dio un paso hacia él. Él se mantuvo
firme. Su sed de sangre le decía que lo intentara de nuevo, que buscara una
debilidad, algún modo de socavarla. Su mente trataba de mantenerlo controlado,
pero en lo más profundo, cosas más oscuras luchaban. Ella no se sometería, aunque
le rompiera en pedazos para probarlo. Dobló la mano en forma de puño, sus
colmillos se empujaron contra sus labios, tratando de alargarse adicionalmente.

—Tu madre deseaba hijos —dijo Lyssa, como si no estuviera al tanto de su

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estado peligroso, aunque él sabía que lo estaba—. Aunque, por supuesto, ella sabía
que eran raros. Estuvo con vampiros, excepto el Señor Willingham, a quien amaba
y con quien se acostó, así es nuestra naturaleza. Pero ella nunca concibió. He
vivido durante más de mil años antes de tener a mi hijo. Tal vez el destino elige una
pareja específica para engendrar niños vampiros, y hasta que esa unión no sucede,
un niño no nace.

Él se esforzó por enfocarse.

—¿Estás diciendo que mi madre suponía que concebiría con un hombre


Oscuro?

—La pareja es tal vez menos importante para el destino que el resultado que
viene de él. —Su mirada vagó detrás de él, y se dio cuenta que veía la luz roja y
dorada de la vidriera alta—. Eres único, Dante. Percibo muchos poderes latentes en
ti, así como manifestados. Si averiguas quién y qué eres y haces las paces con eso,
puedes llegar a ser mucho más de lo que esperabas. O… —frunció los labios otra
vez— simplemente serás un accidente y tu propio salvajismo te consumirá tanto,
que la naturaleza podrá arreglar su error.

Volviendo a su escritorio, se encaramó con gracia en él.

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El Club de las Excomulgadas
—Deja de lado tu ira y haz las preguntas que tengas. No me irrites con tu
silencio estoico y masculino.

Dante lo consideró.

—¿Ella era como tú?

—No. Debido a que era humana, convertida por un vampiro, ella no tenía
poderes excepcionales, sin embargo tenía sangre de los nativos americanos y
confiaba en que hubiera algunos chamanes en su linaje. —Ella prestó atención a sus
pómulos esculpidos, el conjunto de su boca y el pelo largo y oscuro sobre sus
hombros—. Antes de que la convirtieran, tuvo que ocultar ese hecho, ya que en ese
momento el derecho a sus propiedades o a decidir su propio destino habría sido

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severamente restringido.

Lyssa frunció los labios sensualmente.

—Ella se manejaba bien. En nuestro mundo, el poder y la violencia son


necesarios para mantenerte por tu cuenta, pero si no tienes mucho de esos, cultivas
otros talentos. Ella entendía cómo no ser una amenaza, y al mismo tiempo no ser
un felpudo. Había una belleza en su esencia que atraía la atención masculina, más
que la mayoría. Ella parecía... decente para mí. No era abiertamente de carácter
fuerte, pero no iba en contra de sus principios, tampoco. ¿Ella... cuánto tiempo
vivió en el Mundo Oscuro?

Hizo un gesto hacia la silla frente a ella. Cuando él no se movió, levantó una
ceja.

—No temes que te muerda otra vez, ¿verdad?

Él vio el movimiento de sus labios y ahora entendió que era casi una sonrisa.
Estaba empezando a entender que había de muchos tipos. Aunque no era la fresca
sonrisa abierta de Alexis, no era maliciosa por naturaleza. Él cruzó la habitación y
se sentó. Ella estaba a sólo unos treinta centímetros más o menos frente a él ahora,
y reprimió el deseo de hacer retroceder su silla varios metros.

309
El Club de las Excomulgadas
—No entendía sobre el tiempo entonces —dijo él—. Pero era la mitad de
alto que soy ahora. Ella me transfirió sus recuerdos cuando murió.

—Mmm. Todavía no habías madurado, probablemente tendrías alrededor de


once o doce años. —Aunque la intención de su expresión no cambió, se dio cuenta
de que ella no era indiferente a la suerte de su madre—. Tal vez tenía algo de magia
después de todo. Hay de muchos tipos. Por lo que me dijo Mina, debió tener una
gran fortaleza para haber sobrevivido tanto tiempo. Espero que su fin fuera
misericordioso.

—Ningún final en el Mundo Oscuro es misericordioso —respondió Dante.

La boca de Lyssa se tensó e inclinó la cabeza.

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—Me hubiera gustado conocerla mejor, para poder contarte más. Pero
puedo investigar para ti y ver si puedo encontrar a otros, si quieres saber más.
¿Quieres que haga eso?

Dante agarró los brazos de la silla.

—¿Qué quieres a cambio?

La Reina de los Vampiros se inclinó, con su pelo deslizándose por su


hombro para caer contra la rodilla de él. Sus extraordinarios ojos se encontraron
con los suyos.

—Ella me dijo que si tenía un hijo, lo llamaría Patrick. Es latín, y significa


noble. Hombre Noble. Aprende a vencer tu orgullo y tu miedo, Dante, y ponte a la
altura de tu nombre. Entonces me habrás dado lo que deseo. Lo que ella habría
deseado también, supongo. ¿Quieres que busque a otras personas que la
conocieron?

Él levantó una mano antes de pensarlo, por lo que se detuvo a cámara lenta.
Algo en la cara de ella le dijo que no pasaría nada.

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El Club de las Excomulgadas
Poco a poco, consciente de su poder, cerró los dedos sobre la madeja de
pelo, recordándole a su madre. A menudo ellos se lo habían arrancado, pero al ser
vampiro, le volvía a crecer rápidamente, hasta llegar a la parte baja de su espalda en
cuestión de días. Mechones suaves y sedosos que revoloteaban sobre su cara
cuando él se los apartó a un lado.

Cerró los ojos, un fuerte estremecimiento lo recorrió. Lyssa tocó su sien,


suave, fácil, con su aroma exótico envolviéndole, las luces tenues de las ventanas
cercándole. Un hogar vampiro, un lugar donde los vampiros sabían quiénes y qué
eran.

Levantándose de la silla, él puso distancia entre ellos de nuevo. Lyssa se

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quedó donde estaba, mirándole respirar agitadamente. Tenía los colmillos al
descubierto, y él sabía que la luz carmesí de sus ojos era probablemente como la de
un demonio en las sombras.

—No —dijo él—. Ella está muerta. No hay nada más que deba saber. —
Nada más que pueda soportar saber.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Veintidós
Mina los devolvió a un área boscosa cerca de la casa de Alexis. Dante no
había dicho mucho cuando apareció con Lyssa. Mina y David se habían despedido
apropiadamente y dado las gracias, y Lyssa había reiterado la invitación, aunque
Alexis había sentido una orden subyacente, de que Dante debería considerar
quedarse en la propiedad de ella durante algún tiempo para ser educado en las
costumbres de los vampiros. Cuando añadió que su sirviente por supuesto sería
bienvenida, Alexis había detectado una emoción proveniente de Mina y David que
sugería que ellos no necesariamente darían la bienvenida a esa idea.

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Recordando cómo había descrito Mina la relación entre vampiros y sus
sirvientes, ella se estremeció un poco. Esclavos, creados para servir sexualmente…
Pero luego pensó en lo que Mina había dicho acerca de Jonah y de Anna. Está en tu
naturaleza, someterte al hombre que amas… Y luego a Lyssa: Hay un vínculo ahí del que
nunca se debiera abusar. Es la única constante en la vida de un vampiro. ¿Qué estaría
dispuesta a hacer para quedarse a su lado?

David y Mina habían partido. Mientras Alexis y Dante atravesaban el


bosque, siguiendo el sendero para correr, ella sabía que terminaría en la parte
trasera de su casa, Dante permaneció en silencio, con la cabeza baja, con la mirada
fija en el camino. Alexis le dio privacidad, envuelta en sus propios pensamientos,
aunque la extraña ausencia de sonidos nocturnos captó su atención. Con un
escalofrío, creyó saber por qué. Un depredador, tal como había dicho Mina. Las
criaturas de la noche permanecían en silencio, inmóviles mientras pasaban,
ocultándose de manera instintiva. Pero cuando sondeó más allá de eso, se detuvo.

—¿Qué? —Dante levantó la cabeza. Caminó a su lado, una posición que le


permitía moverse hacia adelante o atrás si lo necesitaba, gratificándola con su
disposición de protegerla. Sabía que era falsamente tranquilizador. Podía ser que su
idea de protección significara desgarrar a algún inocente antes de que ella pudiera
establecer que era una marcha de poder sintonizada en su iPod. Por supuesto, era el
pensamiento lo que contaba, ¿cierto?

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El Club de las Excomulgadas
—¿Qué sientes? —preguntó él.

—No lo sé —respondió ella sinceramente—. Fue diferente de la cena. A


veces capto un olorcillo a la pasada de los artículos de limpieza de la casa de
alguien más, si eso tiene sentido. —Forzó un tono más ligero—. Estoy muerta de
hambre. ¿Quieres verme preparar una cena tardía? Puedes saborear cosas, ¿cierto?

Él la giró para que le diera la cara. Alexis echó la cabeza hacia atrás,
temiendo esa mirada impasible. En cambio se sorprendió por una que era… bueno,
tierna sería sobrepasarse. Preocupada parecía más exacta y sensible.

—Alexis…

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—No lo hagamos. —Ella sacudió la cabeza—. Realmente creo que tendría
sentido que te quedaras fuera de mi mente excepto cuando necesites hablar sin
palabras. No debes preocuparte por mis cambios de humor, ¿bien? Tienes
demasiadas cosas más importantes con que lidiar ahora mismo. Yo estoy como…
tengo un enamoramiento contigo, encaprichamiento por mi primera relación
sexual, lo que sea. No estás en posición de retribuir eso, y no deberías. Lo entiendo,
en serio…

¿Podría sonar más idiota? Tal vez es por eso que las chicas tenían sexo y sus
primeras relaciones más temprano. Manejaba bien tantas cosas, con total
confianza, y aun así el modo en que él la hacía sentir la volvía tan… adolescente.

—¿Por qué me estás ayudando, Alexis?

Ella frunció el ceño.

—Desearía que dejaras de preguntarme eso. Simplemente quiero hacerlo,


¿está bien? Creo que vale la pena ayudarte. Y puedes leer mi mente. Lo sabes.

—No. —Él negó—. No más de lo que tú entiendes mis emociones. No


puedes leer lo que yo mismo no puedo leerme, y creo que es igual para ti, lo que
está pasando dentro de ti.

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El Club de las Excomulgadas
—No estoy acostumbrada a estar confundida —dijo ella irritada—. Eres
inaccesible.

Ante su mirada en blanco, ella hizo una mueca.

—Puedo leer emociones, lo que significa que puedo leerlas. Igual que un
libro, con palabras. Tú eres como un idioma extranjero. Siento ciertas cosas
viniendo de ti, pero no puedo entrar en tu cabeza, captar realmente el significado.
Eso no debería importar. Debería saber que estás reflejando lo que tú mismo estás
lidiando, pero… argh. —Lanzó las manos al aire—. Bien, lo siento. Es egoísta, pero
quiero saber lo que sientes por mí. Y no, no quiero que me lo digas. Quiero saberlo,
sentirlo. Y no puedo. Es atemorizante, porque les dije que estarías bien aquí, que

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todo saldría bien, y resulta que… sólo estoy adivinando, realmente. No lo sé. Sólo
sé que quiero que estés bien. Quiero que estés bien aquí. Y eso es diferente, ¿sabes?

Él parpadeó.

—Las mujeres son confusas.

Alexis hizo un medio resoplido.

—Supongo que podemos serlo. —Siguiendo la mirada baja de él, vio que
había enredado sus dedos en varios mechones de pelo descansando contra el pecho
de él. Lex los estaba retorciendo contra sus pectorales y el suave material de su
camisa. Sospechaba que reflejaba el estado enredado de su mente. Realmente
necesitaba comer y dormir. Se había comido el sándwich que Mina había pedido,
pero ya se había ido igual que aserrín con sus preocupaciones acerca de otras cosas.
Sólo se había comido la mitad.

—Tal vez nos podamos ayudar mutuamente —dijo él, atrayendo su


atención. Tomando sus dedos en los de él, los extendió sobre su palma—. Si me
concentro en un momento, con mucha fuerza, tal vez me puedas ayudar a entender
qué es lo que estoy sintiendo. No estás sola en tu confusión, Alexis —dijo él, tan
suavemente que el retumbar de su profunda voz casi se perdió en el pesado silencio

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El Club de las Excomulgadas
del bosque—. Sólo he sentido rabia y odio durante tanto tiempo. Pero… me
complace, creo, que quieras que esté aquí. ¿Es eso lo que sientes?

Ella se dio cuenta de que no estaba preguntando por sus sentimientos, sino
por los de él. Su expresión era concentrada, como si estuviera manteniendo con
esfuerzo la emoción estable dentro de él. Alexis cerró la mano sobre la de él,
escuchando con el sentido que ella tenía. Lentamente, como si los sentimientos de
él fueran una nebulosa, oscilando lentamente, dispersándose a través de su mente,
un lado se volvió hacia la luz de su don, reflejando la dirección de sus
pensamientos.

La sonrisa floreció primero en su corazón, su mano apretando la de él.

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—Sí. Estás complacido. Eso es ese sentimiento. Estás… contento.

La expresión de él fue sombría.

—¿Qué sientes ahora?

Ella cerró los ojos. Con los ojos del color de las llamas tan intensas sobre su
cara, era más fácil mantener sus propias emociones desconectadas de ese modo.
Pero el humo se cernió y lo que sentía ahora era más ligero, un cosquilleo como de
plumas. Le recordó a su padre arrojándola entre las nubes cuando apenas era más
que una niña pequeña.

—Risas —respiró ella—. Diversión. Sonreímos o reímos cuando nos


sentimos así. ¿Qué estás recordando?

Abriendo una ventana en su mente, él le mostró la escena cuando ella se


había reído por el ensimismamiento de Clara con Marcellus. Su dicha se había
plantado y germinado dentro de él, de tal modo que él había tenido el impulso poco
familiar de sonreír con ella, aunque no había entendido el humor.

—Sé que me habías enviado una imagen, pero es la primera vez que me
envías una película. Wow. —Ella sonrió. Cuando los labios de él se movieron y

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El Club de las Excomulgadas
luego se quedaron quietos, inseguros, ella se puso de puntillas, llevando hacia
arriba los extremos—. Es una sonrisa —dijo suavemente—. No le temas.
Imagíname riendo. Recuerda a la madre y al niño pequeño en la sala de artesanías,
cuando te pidió un retrato.

—Will, y su madre. —Entonces otra emoción vino hacia ella, y esta no fue
de risa. Alexis se detuvo, las puntas de sus dedos descansaron sobre la boca de él.
Sus ojos estaban a sólo centímetros de los de ella mientras dejaba que la inundara—
. ¿Qué es esto? —preguntó él.

—Tristeza —murmuró ella—. Diferente de la rabia y del odio. La tristeza


es… un sentimiento de pérdida, como si perdieras algo, y no lo tuvieras de vuelta.

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—Sí —dijo él lentamente—. Se siente de ese modo.

—Oh, Dante. —Apretando su mano con más fuerza, ella alejó todo excepto
el deseo de ayudarlo a entender sus propias emociones, tan extrañas para él como
un nuevo idioma de verdad—. Esto está funcionando maravillosamente, ¿pero por
qué no nos tomamos un descanso por un rato? Realmente estoy hambrienta y
cansada. Es duro andar corriendo todo el día con un tipo que no come. Bueno, no
como lo hacemos el resto.

Por supuesto, el recordatorio de cuándo había comido él por última vez y


cómo, le trajo rubor a sus mejillas. Dante ladeó la cabeza, y hubo otra vez un
pequeño tirón en su comisura derecha, una casi sonrisa muy sexy que la hizo
contener el aliento.

—¿Es mi turno de leer tus emociones?

—No —dijo ella firmemente. Inclinó la cabeza hacia el sendero—. Te reto a


una carrera por ahí. Sin hacer trampas de vampiros. Tienes que correr como un
humano.

—¿Tan cansada como estás, tal vez debiera correr de rodillas? Eso debiera
ser lo suficientemente lento.

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El Club de las Excomulgadas
—Está bien, eso fue definitivamente un poco impertinente. —Caminando
hacia él para desequilibrarlo, ella arrancó.

Él la alcanzó en segundos, por supuesto. Cuando la atrapó por la cintura,


Lex se agacho bajo su agarre y se las arregló para soltarse y dar algunos pasos más.
Entonces él atrapó el dobladillo de su camiseta y la giró entre sus brazos, de tal
modo que ella se rió sin aliento.

—Estás haciendo trampa —le informó—. Una carrera quiere decir quién
corre más rápido, no agarrar a la otra persona para detenerla.

—Me distraje —dijo él. Cuando la levantó cogiéndola de debajo de sus


brazos, ella acomodó sus piernas alrededor de su cintura, sus brazos alrededor de su

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cuello—. Cuando corres, es un reto. Siento que debo atraparte.

Él es un depredador… El significado no se sentía siniestro ahora, aunque


tampoco era seguro. Ese placentero retumbar abajo en su vientre se intensificó
mientras él le agarraba el culo sujetándola con firmeza y masajeándola.

—Si no me dejas comer, no te serviré de nada —se quejó ella.

—Un sirviente hambriento está más motivado a complacer a su Amo.

El frío temor volvió. No por sus palabras o lo que Mina le había contado
acerca de los vampiros. Esto se parecía a lo que había sentido después de la cena.
Agudo y repentino, igual que un disparo en la espalda.

No tuvo que contárselo a Dante. Casi tan pronto como lo registró, él la puso
de pie y la empujó detrás para enfrentar la amenaza.

El hombre que los miraba estaba acuclillado sobre un árbol, tan cómodo
como un pájaro, a pesar del hecho de que era por lo menos del porte de Dante. Se
veía de casi cuarenta años, pero Alexis asumía que era engañoso, ya que era un
vampiro. Atractivo, con cabello rubio a la moda y fríos ojos verdes.

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El Club de las Excomulgadas
—Eres nuevo en este territorio. Soy Terence. —Sus ojos destellaron—. Igual
que tu sirviente, tengo hambre. Espero que la compartas conmigo.

Era como una escena de National Geographic, dos machos peleando por la
misma gacela indefensa. Las palabras de Jonah volvieron a ella. Todo lo que tienes
que hacer es llamar…

No. La voz mental de Dante era afilada, innegablemente una orden. Yo


manejaré esto.

—Tus expectativas no significan nada para mí —respondió Dante. Mirando


a Alexis, movió la cabeza hacia un gran árbol detrás de él, lo suficientemente ancho
para proteger la espalda de ella. Ve y quédate ahí hasta que te diga que hagas otra cosa.

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Ella quiso discutir, quería sugerir algo que tal vez pudiera evitar una pelea,
pero su mirada y el poder dominante detrás de las palabras impidió cualquier
pensamiento. Si los sirvientes eran lo que Lyssa y Mina habían implicado, que ella
discutiera con el vampiro Terence se vería como un signo de debilidad de Dante,
considerando a éste su Amo. Gracias a la Diosa había aprendido mucho acerca del
comportamiento animal en la Sociedad de Conservación, aunque ese mismo
comportamiento parecía que se aplicaba demasiado a menudo a los machos
humanos. Aunque no pudo encontrar el humor en ese pensamiento, ya que los ojos
de Terence estaban siguiendo de cerca sus movimientos. Su hambre era palpable, y
no sólo de sangre. Consciente de las palabras anteriores de Dante, no corrió,
tratando de evitar parecer una presa aterrorizada.

No importó. Tan pronto como los ojos del vampiro rubio dejaron a Dante
para seguirla, su vampiro saltó. Un gemido escapó de sus labios cuando Terence se
lanzó de la rama, hacia ella.

Dante lo interceptó. Ella supo eso sólo porque Terence no la alcanzó. No


era humana, pero no estaba equipada con una vista acelerada para seguir sus
movimientos. Aunque la evidencia de su lucha estaba a todo su alrededor, el calor
de ello abrasándola, los sonidos de gruñidos. Ramas de árbol, gruesas como su

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El Club de las Excomulgadas
brazo, se rompían cuando ellos las golpeaban. La tierra se araba abriendo surcos
mientras hacían ruidos sordos y rodaban, salpicando hojas y polvo que la bañaron.
Ella aulló cuando fue golpeada con fuerza contra el árbol, quedando sin aliento y
mordiéndose la lengua. Cuando cayó al suelo, mareada, se dio cuenta de que
habían corrido hacia ella peleando. Estaban a casi medio metro de distancia en el
sendero, forcejeando. Terence tenía a Dante abajo, de espaldas hacia ella.

Agarrando una rama rota, ella se levantó sobre sus piernas tambaleantes y se
apresuró hacia adelante, dándole un golpe a la cabeza del vampiro rubio. El sólido
golpe fue alentador, pero Terence se giró hacia el impacto, golpeando el arma de su
mano. Ella tuvo una breve impresión de los ojos carmesí de Dante antes de que
todo se acelerara.

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Estrellas explotaron en su cerebro mientras Terence la golpeaba. Con su
cuerpo volando por los aires, trató de cambiar, alcanzar sus alas, pero se estaba
moviendo demasiado rápido y se encontró demasiado pronto con un árbol. Se
golpeó contra él a tres metros del suelo y aterrizó con fuerza, su tobillo cedió debajo
de ella.

Hubo un bramido gutural, como una criatura encadenada a las entrañas del
Infierno, enfurecida por comer más almas. Un estallido de energía la atrapó en su
vorágine, la turbulenta nebulosa era una pura rabia asesina iluminada, tan devota
en su propósito que se encontró abrumada por su peso, fue empujada al suelo por
su intención. Humo asfixiante, energía eléctrica y un rugido agarraron su corazón
con terror. Era el Mundo de los Oscuros, otra vez, viniendo para reclamarla.

Dante. No se había dado cuenta de lo bien que había bloqueado las secuelas
de su temor hasta que los terribles vientos de ese lugar la volvieron a rodear,
intentando llevarla de vuelta. Sólo que esta vez Dante no estaría ahí, y ella estaría
sola, sometida a avariciosas garras y a los cuerpos fétidos de los Oscuros,
empujando dentro de ella, queriendo alimentarse de su dolor…

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El Club de las Excomulgadas
—Alexis. Alexis. —La segunda orden fue afilada, resonando en su mente,
pero fue la preocupación detrás de ella lo que hizo girar su mente hacia afuera,
llamando al coraje para enfocarse en sus alrededores.

—Oh, Diosa. Oh, gracias al Señor y la Dama. —Estaba echada sobre el


sendero para correr, tierra y hojas encerradas en sus manos temblorosas. Había
suciedad en su rostro donde había presionado su mejilla contra el suelo para quedar
debajo de la pared de llamas. El humo acometió contra su nariz, y cuando levantó
la cabeza, vio que los árboles más cercanos estaban carbonizados, no tenían ramas,
los troncos estaban ennegrecidos. Un montón más grande de cenizas estaba
diseminado a través del camino. Ceniza con trozos de tiza en ella. No tiza. Hueso,
como un cuerpo cremado.

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Ella cambió su atención de eso hacia su acompañante. No podía ver más
allá de la mirada de él, ventanas hacia una caldera con fuegos del infierno, pero él
se veía bien, ya que la levantó de modo que quedó acunada entre sus brazos, sujeta
contra su pecho. Su voz fue áspera, tensa.

—Voy a darte unas nalgadas por no escucharme. Te llevaré de vuelta a tu


hogar.

Ella asintió, manteniendo los brazos doblados contra sí. A pesar del calor
abrumador anterior, ahora tenía escalofríos desde un lugar tan profundo en su
interior que no habría suficiente chocolate caliente, batas cálidas o esponjosas
pantuflas en el mundo para calentarla.

Debió haberse desmayado, porque lo siguiente que supo fue que estaba
acostada en su cama. Bajando la mirada, vio que su camiseta parecía que se
hubiera quemado en la secadora. Una sección del dobladillo de su falda estaba
ennegrecida, crujiendo ante su toque, aunque el resto estaba intacto.

—¿Deberíamos llamar a tu madre… o a tu padre?

320
El Club de las Excomulgadas
Una parte de ella lo deseaba, el terrible temor a ser succionada de vuelta al
Mundo de los Oscuros estaba demasiado cerca, pero otra parte le había advertido
contra ello.

—Si eso es lo que necesitas, deberías llamarlos —dijo él, y había furia en su
voz. No podría manejar rabia ahora mismo. No estaba segura de qué podría
manejar. Tenía tanto frío.

—No estoy enojado contigo. —Lo estaba, por supuesto, pero estaba
luchando por no estarlo.

—¿Qué fue todo eso? —dijo ella con voz rasposa, y se puso la mano en la
garganta.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Me hice cargo de él. Se ha ido.

—¿Pero… cómo? —Ahora vio que él también estaba manchado de ceniza.


La camisa de poeta que tanto le gustaba a ella estaba arruinada. Cortes en la
camiseta y manchas de sangre sugerían que la piel de debajo había sufrido heridas,
aunque ninguna era visible ahora.

—Más tarde. ¿Qué necesitas? Hay un baño. Y ropa. ¿Estás herida?

—No lo sé, sólo… tengo tanto frío. —Sus dientes estaban castañeteando y
todavía tenía los brazos doblados alrededor de ella.

Farfullando una maldición, él sacó una manta del baúl que ella tenía al pie
de la cama y la envolvió, y luego con el edredón alrededor de eso, de modo que
quedó arrebujada en ambos. Luego entró al baño y puso agua en la bañera,
haciéndola correr tan caliente que podía ver el vapor elevándose, saliendo hacia
donde ella estaba. Pero seguía temblando. No había ninguna cantidad de tela que
fuera lo suficientemente cálida.

Cerrando el agua de la bañera, él volvió a salir. Quitándose los restos de su


camiseta, dejando los jeans, él la desenvolvió. Ella pensó que la iba a llevar a la

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El Club de las Excomulgadas
bañera, pero entonces él se deslizo dentro de la cama, atrayéndola encima contra su
pecho antes de volver a envolverla, arrojando los extremos sueltos sobre su propio
cuerpo mientras plegaba los brazos alrededor de ella.

La calidez de un cuerpo vivo. Sí. Eso era lo que necesitaba. Atravesaba su


piel donde la manta había sido incapaz de hacerlo, y su escalofrío se volvió un
estremecimiento que parecía peor pero no lo era. La calidez que robaba pareció
activar nervios que se habían entumecido.

—No creo… haber superado, estar en el mundo de los Oscuros… tan bien
como pensé. Estaba tan… a-asustada de que fuéramos a v-volver allá. Que
estuviéramos de v-vuelta allá.

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—Fue la magia. —Él tenía la mandíbula presionada contra un costado de su
cabeza. Se dio cuenta de que le estaba frotando la espalda con ambas manos,
calmándola y al mismo tiempo explorando, y se preguntó si estaba buscando
huesos rotos. Pensaba que estaba bien. El golpe contra el árbol y el puñetazo de
Terence en su cara habían sido lo peor, pero gracias a Dios no era humana, no
debajo de la piel. Era mucho más resistente. Y ahora también era una sirvienta
humana, y Dante había dicho que eran difíciles de matar.

—Más primate que humana —farfulló ella—. ¿Sabías que los monos pueden
caer de árboles de treinta metros de altura y sus cráneos no se fracturarán? No
habitualmente.

—Eso explica por qué eres tan cabeza dura. Te dije que te quedaras al lado
del árbol.

—No quería que él te hiriera.

—No me iba a herir. —La diversión en su tono, su arrogancia, empujó algo


más en el pecho de ella.

—¿Tres metros de altura y a prueba de balas, mmm? —Repentinamente se


sintió adormecida, la calidez engrosaba su lengua, ya no le quedaba energía en el

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El Club de las Excomulgadas
cuerpo—. Bueno, no lo sabía. No recibí el aviso —dejó escapar un pequeño
resoplido—. Apuesto a que no entiendes nada de lo que quiere decir eso.

—No, no lo entiendo. —Los labios de él le besaron las sienes y ella se volvió


a estremecer. Le dolía la garganta, por el humo o por lágrimas no derramadas, no
lo sabía. Oh Dios, no dejes que me derrumbe.

Los brazos de él se tensaron, balanceándola en el borde de la histeria.

—Estás a salvo. —Pero había algo burbujeando bajo la superficie y la


perturbaba, diciéndole que no todo estaba bien.

—Tú estás bien. —Él le inclinó la barbilla para que ella pudiera encontrar

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sus ojos. Pero cuando lo hizo, la emoción que ella estaba percibiendo brotó de él—.
Todavía estoy… enojado. Te dije que te quedaras quieta.

Su gruñido la habría hecho arrastrase fuera de la cama si hubiera tenido la


energía, pero la protesta volvió a poner sus receptores en modo activo. Por
supuesto, realmente no los necesitaba. Debido a una niñez rica en travesuras, había
visto en su padre esa reacción hacia ella muchas veces. Otro tipo de calidez llenó su
pecho, ayudándola incluso más que las mantas.

—Estoy bien. Nada que no arreglen un baño, una botella de vino y medio
litro de helado. En serio. —Intentó una sonrisa, pero en cambio sus ojos se llenaron
de lágrimas y volvió a temblar—. Lo siento. ¿Puedes simplemente seguir
abrazándome?

Bajando la cabeza hasta el pecho de él, se permitió llorar. Aunque no estaba


segura de cuál sería su reacción, él la abrazó inseguro, luego con más confianza
mientras ella se aferraba con más fuerza. Volvió a frotarle la espalda en círculos,
acariciándole lentamente la nuca. Acariciándole con los nudillos el costado de su
rostro húmedo, la sostenía tan cerca de su cálido cuerpo que sintió casi como si la
fuera a meter dentro de él si pudiera.

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El Club de las Excomulgadas
Las manos de Lex subieron por su pecho, sus dedos susurraron a lo largo de
la banda plateada alrededor de su cuello. El modo en que él había aceptado que le
pusiera ese collar se había sentido como una declaración de que era de ella. Que le
daría su confianza. Con lo equivocada que sabía que era esa creencia, se aferró a
eso como un consuelo para ese momento.

El tiempo pasó, ya que la siguiente vez que abrió los ojos vio que era recién
pasada la medianoche. Él seguía abrazándola y acariciándola, murmurándole
trozos de frases. Asombrada, se dio cuenta de que estaba tratando de cantarle
trozos de una canción de cuna. ¿Algo revivido de sus recuerdos de su madre?

Echando hacia atrás la cabeza, miró su rostro. Dante se había soltado el pelo

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de la trenza que le había hecho, y le rozaba la mano mientras ella la levantaba hacia
el cordel entre los mechones. Él la miró, sus ojos eran como brasas de luz de
estrellas en la oscuridad que menguaba, sus labios sensuales firmes. La luz lo
mostraba hermoso, pero era en las sombras donde su rostro se volvía demasiado
hipnotizador para alejar la mirada, toda esa perfección grabada por los misterios de
la oscuridad. Le hacía preguntarse si la verdad acerca de lo que Dante realmente
quería yacía en algún lugar entre el cinismo de Mina y el optimismo de Alexis.

—Todos siguen haciéndome esta pregunta: “¿Qué quiero hacer aquí?” —


Dante llevó su mirada hacia la ventana—. Conozco la respuesta a la pregunta, pero
no se la diré a ellos.

—¿Me la dirás a mí?

Él la miró.

—Tal vez. Pero ahora mismo… Nunca he tenido algo que quisiera cuidar.
Quiero cuidarte, mantenerte a salvo. Tocar tu cara, saber que estás bien. —Cuando
frunció el ceño, examinando sus propios pensamientos, ella cerró su mano sobre la
de él, su garganta era gruesa por algo más que humo—. Me gusta ese ruido
zumbante —añadió.

—¿El refrigerador?

324
El Club de las Excomulgadas
Él asintió.

—Es…

—¿Tranquilizante?

La consideración de Dante en su boca y la línea de su mejilla era una caricia


física. La mano de él se tensó contra su espalda.

—Sí. Exactamente.

—¿Crees que haya otros vampiros?

—La señora Lyssa le dijo a Mina que informaría al gobernante del territorio

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que estoy aquí. Él iba a instruir a los vampiros de este territorio que no debo ser
molestado durante los siguientes treinta días. Probablemente no tuvo tiempo de…
¿mandar el mensaje?

Los labios de ella se curvaron.

—Aprendes rápido.

—Tu mente es un buen profesor. Si la obedecen, espero que no tengamos


más problemas. No es que él fuera mucho problema. Te preocupas demasiado.

—Hay que acostumbrarse a tus habilidades para manejar la confrontación


—dijo ella, manteniendo con esfuerzo la sonrisa—. Aunque creo que tienes razón
en que no tendremos más problemas. Después de verla a ella y a Jacob, no puedo
imaginar a nadie saliéndose del camino para molestarlos.

—Tú tienes tus propias habilidades para el manejo de confrontaciones —la


estudió—. Evadiste una preguntando por su hijo, aunque te pusiste a ti misma en
riesgo al atraer su atención.

—Algunas veces las personas recuperan el control al defender sus límites


particulares. A los niños no les preocupan los límites. —Las puntas de sus dedos

325
El Club de las Excomulgadas
encontraron la clavícula de él y la acarició, aunque siguió sujetando su pelo,
reticente a soltarlo. Su otra mano le agarró la cintura.

Dante se preguntó si ella se daría cuenta de lo fuerte que lo estaba sujetando.


Incluso después de que se durmió, él podía sentir la lucha dentro de ella por
contener los nervios, las emociones perturbadas por el ataque del vampiro.
Deslizando sus dedos entre los rizos de Lex, empezó a acariciarlos, siguiendo la
línea de su cráneo. Cuando alcanzó su garganta debajo de su oído, ella ladeó la
cabeza hacia su toque.

La canción de cuna había venido de su madre. No la había recordado


durante más de dos décadas. No le había servido cuando había dejado de ser un

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carroñero y se había convertido en cazador, así que la había enterrado. Pero al
querer tranquilizar los temores de Alexis el recuerdo se desenterró, un regalo gentil,
terrible, esperando en su subconsciente.

Aunque las muñecas de su madre habían estado esposadas contra grilletes


enterrados en la piedra, estaban puestas lo suficientemente bajas para que cuando él
se presionaba contra su pierna, sus dedos pudieran tocar su cabeza. Esas pocas
veces que pudo estar cerca de ella sin Oscuros, ella lo acariciaba lentamente,
vacilante. Esa canción se había atascado en su garganta, una música ruda
interrumpida por su dolor. Aunque las notas habían salido igual. Después que ella
se había ido, algunas veces él se curvaba en cualquier hoyo que encontrara para
pasar la noche, pretendiendo que la mano que acariciaba su cabeza era la de ella en
vez de la propia, y tarareaba esa melodía.

Ajustando su espalda contra el cabecero para que Alexis se recostara contra


su pecho, dejó que volviera a dormir. Todavía querría un baño, aunque el agua se
había enfriado. Él podría volver a calentarla, usando una versión más baja de lo que
ella llamaba sus habilidades de manejo de la confrontación. Mientras sus dedos se
deslizaban por su cuerpo, su mirada viajó por la habitación. Los animales de
peluche y las animadas cortinas, el brillo de la luz de un estacionamiento dando a
los paneles una apariencia de sedosa luz de luna. La suavidad del colchón debajo
de él, el tic tac de un reloj.

326
El Club de las Excomulgadas
Su madre había tratado de ofrecerle consuelo en un mundo que se burlaba
de ello. En comparación, este mundo estaba inundado de consuelo, pero para él eso
hacía sus peligros incluso más arriesgados, porque era más difícil verlos venir.

Odio e ira, dolor y oscuridad. Ellos tenían esas cosas aquí, pero con una
dispersión al azar, como un puñado de arena arrojada al viento. Mientras que
habían sido el viento en su mundo. Él había sido amamantado por ellos durante
más de sesenta años. No era un pensamiento nuevo, pero por primera vez, se
preguntaba si su alma seguiría atrapada ahí, al otro lado del portal. Alexis había
tirado de su cuerpo para que lo atravesara, pero no estaba dentro del todo. Aunque
ella parecía determinada a agarrarse a él, sin importar el precio.

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Eso se sentía bien.

Algo abajo en sus entrañas se tensó ante el soñoliento pensamiento. Más


tarde le preguntaría qué emoción estaba sintiendo, tal vez después de que se lavaran
la ceniza y la sangre, el olor de la magia que había liberado. O tal vez él tomaría la
esponja y el jabón para volver su piel resbaladiza y fragante, transformando en
deseo las sombras de temor que permanecían en su mirada.

Por lo menos entendía ese sentimiento. O pensaba que lo hacía. En el


mundo de los Oscuros no había sido un sentimiento sino una compulsión física,
una necesidad no diferente de comer o liberarse a sí mismo. Con ella, era un modo
de ir más allá de la confusión y de la decisión, algo limpio, simple, correcto. Pero
estaba encontrando que Lex le daba eso incluso cuando él no estaba dentro de su
cuerpo.

Ella proyectaba paz, seguridad, calidez, cosas que nunca tuvo pero que de
algún modo entendía cuando las sentía viniendo de ella. Le había ayudado desde el
principio. No sólo con la pintura y la escultura, sino por cómo se enfrentaba a la
voluntad de su padre.

Hizo hincapié en eso. Obviamente su padre era más fuerte, más poderoso.
Pero él lo permitía. Respetaba su decisión. Este era un mundo lleno de

327
El Club de las Excomulgadas
peculiaridades. Que un poderoso ángel permitiera que su hija tomara una decisión
que no creía que fuera sabia, en vez de forzarla a obedecer, sólo era una de ellas. El
poder era manejado de manera diferente aquí, como la variada dirección del viento,
en vez de un mazo que mantenía a los otros amartillados en sus lugares.

Miró a la mujer que dormía en sus brazos. Ella lo había ignorado o


desobedecido varias veces hasta ahora, y no era debido al despreciable collar de
metal alrededor de su garganta que no la hubiera castigado como haría con un
Oscuro que ignorara sus órdenes. Los Oscuros siempre estaban buscando maneras
de quitarle el poder, reclamándolo para ellos mismos. Sus vidas eran una lucha de
dominio.

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Los motivos de Alexis eran diferentes. Recordaba el dolor de ella cuando
insinuó que su destino no era una preocupación para él. Eso ya no era verdad, si es
que había sido cierto alguna vez. Él estaba preparado para pelear con el vampiro,
probar que su fuerza era mayor, y luego dar a la criatura la oportunidad de
someterse o morir. Pero el modo en que su mirada se había arrastrado sobre la piel
de Alexis, y luego su puño la había golpeado, enviándola volando contra el árbol,
había sellado el destino del vampiro. La ira roja que había cubierto la mente de
Dante, sólo toleraba un resultado. La muerte para quien osara tocarla, quien le
causara dolor.

¿Pero qué pasaba con lo que él le hacía? ¿Quién lo castigaría a él por hacerle
daño a ella, por plantar el temor que todavía la hacía llorar en sueños? Perturbado
por sus pensamientos, los empujó lejos mientras los dedos de ella se tensaban sobre
su muslo, su rostro presionado en su cuello.

Reanudando sus caricias, volvió a tropezar cantando la canción de cuna.

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El Club de las Excomulgadas

Capítulo Veintitrés
Marcellus se ubicó en el techo de la casa de Alexis y plegó sus alas, mirando
a Jonah y a David mientras llegaban a su lado.

—La limpieza no fue tan difícil —informó—. Pensarán que fue un fuego
producido por un cigarrillo que ardió hasta el sendero. Diseminé las cenizas para
que las esquirlas de hueso no fueran captadas por el ojo de un guardabosques.
Definitivamente hay rastros de vampiro y Oscuro. Lo que sea que haya pasado,
Dante estuvo involucrado.

David miró a Jonah.

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—¿Alexis?

—Está bien, hasta donde sé —respondió su padre—. Ella me envió el


mensaje de que un vampiro los había atacado a ella y a Dante. Dante se hizo cargo,
lo cual explica el fuego Oscuro.

—Abarcó una franja de treinta metros, muy uniforme —acotó Marcellus—.


Debe haberlo sofocado él mismo, de otro modo habría tenido un patrón más
errático. ¿La Reina vampira no honró su palabra?

—Ella confirmó que Jacob le habló al gobernante del territorio muy poco
después de que nos fuéramos —explicó David—. Así que esto parece ser sólo una
cuestión de tiempo. El vampiro atacante no había sido informado que Dante no era
un solitario sin protección en el territorio. No debería haber más movimientos
agresivos hacia él, por lo menos no durante estos treinta días. Con un poco de
suerte será lo suficientemente inteligente para aceptar el ofrecimiento de guía de la
reina después de esto —añadió—. Si no, se esparcirá la noticia entre los vampiros
de aquí de que puede arreglárselas solo.

—Eso no importará —dijo Jonah rotundamente—. Para entonces estará de


vuelta en su propio mundo.

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El Club de las Excomulgadas
—No es su mundo, Jonah —respondió David—. Allí fue donde nació
cuando su madre fue secuestrada y violada.

La boca de Jonah se tensó.

—Tú estabas ahí, David, cuando Lex volvió, magullada y cubierta de


sangre. Viste el modo en que él nos miró a todos. Es más Oscuro que cualquier
otro.

—Una vez Marcellus dijo lo mismo acerca de Mina. —Una dureza penetró
en la voz de David—. Entonces no estuviste tan listo para estar de acuerdo con él.

Marcellus se movió incómodo, reajustando sus alas, pero Jonah sostuvo la

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mirada de su teniente.

—Tenía alguna evidencia de que el destino de Mina no estaba decidido. No


he visto eso en Dante.

—Tal vez porque no lo quieres ver.

Los ojos oscuros de Jonah destellaron.

—Tú no tienes un hijo. No lo entiendes.

—No, no tengo un hijo. Es por eso que veo esto desde una perspectiva
diferente. —David sacudió la cabeza—. Jonah, todos nosotros queríamos destruirlo
miembro por miembro cuando volvieron por ese portal. Pero no puedes negar
cómo lo mira ella. Lex ve algo que nadie más ve. Yo entiendo eso, bastante bien.

—Lo cual puede significar que la perspectiva de ambos esta distorsionada,


—aventuró Marcellus, esperando calmar la caliente tensión. A veces pensaba que
los dos eran más como padre e hijo de lo que se daban cuenta—. Uno lo ve como el
mal, el otro como un bien malentendido. ¿Tal vez debería ir a verla e informar con
una perspectiva equilibrada?

330
El Club de las Excomulgadas
—Yo veré a mi propia hija —dijo Jonah—. Pero te agradezco, Marcellus,
por ofrecerte.

—Es tarde. —Ahora el tono de David fue neutral, aunque Marcellus notó
que la tensión no había dejado sus hombros—. ¿Ya que ella indicó que estaba bien,
mañana no sería lo suficientemente pronto?

Como respuesta, Jonah le brindó otra mirada punzante. Abandonó el techo


de la casa con un salto fácil, el cual sabían que lo aterrizaría en el suelo ante la
puerta del frente. Cuando Marcellus elevó una ceja, David se encogió de hombros.

—¿Dónde crees que estará durmiendo Dante, si es que duerme? ¿Y crees que
Lex estará usando un pijama de franela con pies?

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—Que la Diosa nos salve —Marcellus se estremeció—. No tengo un hijo ni
mujer, y estoy empezando a pensar que la mente de un ángel permanece más clara
sin ninguno de ellos.

—Tal vez. —Una sonrisa cruzó la cara de David, suavizándola—. Pero un


viaje suave raramente es excitante, Marcellus.

—Sí, mi vida está llena de aburrimiento —resopló él—. Ya que lucho por…

—Luchas por la Diosa —terminó David firmemente cuando él se detuvo—.


Proteges su mundo, tal como hacemos todos.

—Aunque ya no desde el frente de la Legión. —Marcellus le dio a su cicatriz


una mirada disgustada.

—¿Podrías dejar eso? Lo juro, eres peor que una vieja.

—Una vieja que puede llevar a latigazos tu trasero, blanco como un lirio, a
medio camino por la galaxia.

La sonrisa de David se extendió hasta una sonrisa amplia.

331
El Club de las Excomulgadas
—Este es el capitán que conozco. Señor.

Marcellus resopló y se acuclilló, sus alas lo sostuvieron en esa posición.

Aunque David no dijo nada, sí notaba la tensión del esfuerzo en el ala


izquierda de Marcellus. Gracias a la Diosa, cuando Mina destruyó las grietas del
mundo Oscuro, la necesidad de acciones a gran escala o una lucha feroz se había
reducido por un rato. Pero las prácticas de batalla continuaban, y en las
competiciones donde Marcellus había sobresalido, ahora descendió al medio de la
manada. A pesar de las bromas de David, sabía que pesaba en la mente de
Marcellus, tal como haría en cualquiera de ellos. Los ángeles de la Legión vivían
para servir a la Diosa.

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Con tacto David giró el tópico en una dirección diferente, bajando la mirada
hacia el estacionamiento.

—Lo admito, esperaba que opinaras más como Jonah en todo esto. Ya que
es la sangre Oscura la que ha evitado que sanes completamente.

Marcellus no respondió inmediatamente. En cambio, miró al gato que


cruzaba silenciosamente el área del estacionamiento. Le había devuelto el Gato
Timeshare10, o T, a Lex, pero ella le había cedido su cuidado a Clara, mientras
estuviera haciendo de chaperona con Dante. El gato, a pesar de que Lex lo había
castrado responsablemente, vivía de acuerdo con su nombre y su naturaleza de gato
macho. Parecía que no tenía problemas para pasear hasta la casa de Clara en lugar
de a la de Lex. Marcellus no podía culpar al gato.

Diosa, estaba siendo un idiota. La chica era una niña, y amiga de Lex.
Sintiendo la consideración de David, cambió su mente al tópico a mano. Era
tiempo de darle al joven ángel la respuesta que merecía. Marcellus reflexionó que
probablemente lo había retenido demasiado tiempo.

—En los siglos pasados, vi ángeles cayendo al enfrentar un gran número de


Oscuros. Tal vez puede que hayan retrocedido, y luchen otro día, pero sostienen la
10
Timeshare traducido significa Tiempo compartido.

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El Club de las Excomulgadas
línea para que otros ángeles tengan ese honor. Lucharon contra la oscuridad a pesar
de la debilidad de sus cuerpos, y sabiendo las consecuencias de hacer eso. Pero
también sabían que tenían la recompensa de servir a la Diosa, y que su energía vital
se reuniría con la de ella.

Encontró la mirada de David.

—Tu bruja luchó contra la oscuridad dentro de ella durante años, sin más
justificación que su propia terquedad. Permaneció firme, incluso cuando la
injuriamos. Nadie le prometió ninguna recompensa por su valor y fortaleza. Nadie
la defendió. No hasta que lo hiciste tú. Cuando al fin hizo lo que hizo, cerrar el
mundo Oscuro, lo hizo creyendo que te perdería, la única cosa que había

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necesitado o valorado alguna vez, o que la había necesitado o valorado a ella. Me
sentí avergonzado.

David arrugó el ceño.

—Marcellus.

—Ella no te perdió, aunque estuvo cerca. —Se aclaró la garganta,


levantando una mano para que David lo dejara terminar—. Y me di cuenta
entonces de que puede haber una chispa de luz en la noche más oscura, pero
podemos ser demasiado ciegos para verla si nos aferramos a lo que siempre hemos
conocido y creído. En días mejores, menos egoístas… —Su mano fue a su pecho,
frotando la cicatriz—. Creo que esto es un recordatorio de eso. Puede que Dante
sea el mal que parece ser, un alma perdida que no puede ser salvada. O, tal como tu
bruja, puede que sea algo diferente. No volveré a cometer el mismo error.

—Saben, si ustedes, chicos, siguen rondando, los citarán por andar


merodeando.

Mirando hacia la izquierda, encontraron a Clara reclinada sobre la muralla


baja que recorría el perímetro del techo que la casa adyacente. Ella ladeó la cabeza,
sus ojos brillantes estaban enfocados en Marcellus.

333
El Club de las Excomulgadas
—Una noche agradable para llevar a una chica a volar, ¿no creen?

David tosió sobre una risa mientras Marcellus fruncía el ceño.

—Tu capacidad para vernos es irritante —le informó a ella.

—No estás realmente irritado. Estás enojado porque casi sonreíste cuando
me viste. Sé de estas cosas. Soy una clarividente. De ahí mi nombre Clara. —Ante
sus expresiones, ella se rió—. Ustedes chicos son demasiado fáciles. Mi mamá no
tenía idea, sólo le gustó el nombre. Aunque es un poco molesto.

—Deberías estar durmiendo —rechinó Marcellus.

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—Son las tres a.m. Es difícil dormir para cualquier clarividente a esta hora.
Hay moviéndose muchas cosas de otros mundos. —Levantó un recipiente
plástico—. Tengo un riquísimo pastel que hizo mamá. Si me lo como todo estaré
demasiado pesada para que me lleves volando. Sabe como a maná de los Cielos, así
que honestamente creo que esa es la receta que ella usa. ¿Quieren compartirlo?

—No comemos realmente —explicó David—. No de esa forma. Podemos


hacerlo, pero todo sabe a serrín.

—Esto no sabrá a serrín, lo prometo. No hay forma. —Cuando su mirada se


volvió hacia él, Clara se detuvo, estudiándolo. Abruptamente, le sonrió radiante—.
Felicidades. Debes estar muy excitado. No sabía que los ángeles… bueno, supongo
que pueden, porque Alexis nunca ha dicho que no pudieran tener bebés.

David frunció el ceño.

—¿Disculpa?

Clara palideció.

—Oh, mierda. Ella todavía no te lo ha contado. A veces, cuando es tarde o


estoy nerviosa… —Lanzó una mirada autoconsciente a Marcellus— me confundo.
Creo que ella estará lista para contártelo muy pronto, de otro modo no me habría

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El Club de las Excomulgadas
confundido. Si tu esposa o novia es de temer, no le cuentes que fui yo la que te lo
dijo.

—No tienes ni idea —dijo Marcellus secamente.

David estaba mirando fijamente hacia la nada, su expresión dividida entre el


impacto y un repentino mareo.

—Discúlpenme —dijo repentinamente, y desapareció.

—Wow —Clara parpadeó—. ¿Él acaba de…?

—No. Voló, pero más rápido de lo que tus ojos pudieran seguirlo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Oh. Igual fue malditamente impresionante. Maldita sea, espero no haber
provocado problemas.

—Supongo que tienes bastante práctica en eso. Pero serán noticias alegres
para él. —Pero en privado se preguntó si la reacción de Mina no sería muy
diferente.

—Bien. —Dando un paso sobre la cornisa, ladeó la cabeza, su mirada se


posó sobre él con descarada apreciación, lo que le habría divertido si ella no se
hubiera metido inexplicablemente debajo de su piel—. Bueno, no lo tramé ni nada,
pero parece que tenemos el techo para nosotros solos —miró hacia el cielo
estrellado—. Una noche romántica, ¿cierto?

Marcellus le brindó una mirada entrecerrada.

—Tengo cuatrocientos años de edad.

—Genial. Tendré eso en mente cuando te horneé una torta de cumpleaños.


Está bien, en cerca de tres segundos saltaré hacia allá. Asumo que me atraparás en
el aire si me quedo corta.

Marcellus se enderezó.

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El Club de las Excomulgadas
—No lo harás. No somos animales de circo, para actuar para tu…

—Tres —Clara saltó al espacio vacío, con el recipiente de la torta abrazado


contra su cuerpo.

*****

Con su mejor audición, Jonah supo que ambos ocupantes de la habitación


estaban dormidos. Sabía que David tenía razón, que debería volver. Pero la
explosión de energía tan cerca del hogar de su hija, el uso obvio de poder Oscuro,
había sido perturbador, como poco. Quería confirmar que ella estuviera bien, tanto
por el bien de Anna como de él mismo.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


La llave que mantenía en la maceta al lado de la puerta siempre lo irritaba,
pero Lex le había explicado con toda razón que los humanos no representaban un
peligro para ella. La nube de tranquila energía alrededor suyo neutralizaba
cualquier amenaza de robo, violación o asesinato al azar.

—Es una cosa del huevo y la gallina —le había explicado a él—. Tiene que
haber una razón para querer hacerme daño, Pyel, y la mayoría de la gente quiere
estar cerca de mí para poder sentirse bien. Que me quisieran hacer daño sería
porque los hago sentir mal.

No, el tipo de enemigo que la atacaría sería de otro mundo, uno no


disuadido por seguros en las ventanas o puertas. Por ejemplo, el tipo que la tiraría a
través de un portal de sueños.

Jonah no estaba completamente ajeno al punto de David, o de Marcellus.


Sólo que no estaba preparado para que ellos tuvieran razón. El corazón de su hija
era igual que el de su madre, sentimientos puros. Ella tenía ahí la llave, no sólo
para Clara, sino para toda clase de personas de las que se hacía amiga y a las que
ofrecía refugio. Él sabía acerca de todos ellos. Una joven madre soltera que
ocasionalmente necesitaba algún lugar para dormir una siesta durante su hora de
almuerzo, cerca de la oficina. Un adolescente que vivía en un mal vecindario y que
venía aquí a estudiar después de clase. Había habido una plétora de perros y gatos

336
El Club de las Excomulgadas
extraviados que ella había ubicado en hogares, aunque había dejado al gran gato
beige, diciendo que estaba destinado a estar aquí.

Mientras que Dante, su último extraviado, no debería estar en la misma


dimensión.

Deslizándose dentro de la casa, Jonah cerró la puerta. Los orificios de su


nariz se ensancharon, oliendo las gotas de sangre en el suelo, pero sólo era una
pequeña salpicadura. Ella estaba bien, lo había dicho. Aun así, él se movió por la
zona de estar con silencioso cuidado, absorbiendo el usual arreglo cómodo del sofá,
sillones, mesa de café. A ella le gustaban los espacios abiertos y la decoración
sencilla, tanto por razones prácticas como estéticas. Las chucherías encima de las

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


mesas podían ser barridas por un ala, del mismo modo en que lo haría un retriever
dorado con un movimiento entusiasta de la cola. Una ligera sonrisa tocó sus labios,
recordando la insolente aclaración cuando se había mudado ahí, anticipando visitas
suyas y de otros ángeles de la Legión. Ella era tan diferente a él y a Anna, y así
mismo tan parecida. Se maravillaba ante el milagro de ello cada día.

Un destello de movimiento en la ventana atrapó su mirada asombrada.


Marcellus pasó volando en una maniobra agudamente inclinada. Él captó el
destello del aleteo de brazos de una mujer, su cuerpo a salvo en el agarre de él, justo
antes de que el alivio de su capitán entrara en su mente, haciéndole saber que
cualquiera fuera la situación, estaba bajo control.

Cuando caminó hasta la puerta del dormitorio, Jonah se preparó para la


posibilidad de que ella estuviera compartiendo su cama con el Engendro Oscuro. Si
estuvieran desnudos, en una escena post sexo, puede que él le sacara los ojos con
un hierro candente.

Su hija tenía puesta su camiseta gigante favorita, sus hombros eran visibles
sobre la cálida pila de mantas encima de ella. Estaba curvada de costado. Dante
estaba con ella, curvado detrás de su cuerpo, su brazo sobre el pecho de ella, la gran
mano bajo la parte superior de su brazo mientras ella se sujetaba del antebrazo de

337
El Club de las Excomulgadas
él, dormida. Afortunadamente, parecía que él usaba jeans, y por supuesto el collar
de plata de Mina.

Amontonados por todo el frente de Alexis había una plétora de los animales
de peluche que normalmente estaban en el suelo. Peluches de ponis, perritos,
gatitos, osos y personajes de Pooh, estaban juntos en su abdomen, piernas y
alrededor de su cabeza. El otro brazo de Dante estaba debajo de eso y ella agarraba
su mano en ese lado, cerrando el círculo entre ellos.

Jonah notó la herida en el labio de ella, y supo que probablemente era de


donde había venido la salpicadura de sangre.

—Yo no le hice eso.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


Él movió su mirada para encontrar la de Dante. El color del fuego del
infierno brillaba en la oscuridad como los de un demonio. Había hablado bajo, para
que Alexis no se estremeciera.

—Lo sé —Jonah forzó las palabras a salir—. Ella me dijo que se metió en
medio.

—Sí. Y no. Ella estaba tratando de ayudar, y no se quedó donde le dije que
se quedara.

Sí, eso ocurría. No tenía que mirar lejos para saber de dónde había sacado su
hija ese rasgo.

La vigilancia de Dante sugería que él estaba listo para saltar si Jonah le daba
un motivo. Lex se removió intranquila, haciendo un sonido de pregunta en sueños.
Él le murmuró, una mano acarició sus dedos, y los de ella se apretaron sobre él.
Alexis se tranquilizó.

Jonah la estudió.

—¿Entonces ella está bien? Sin heridas.

338
El Club de las Excomulgadas
—Sólo moretones. Dijo que no tenía nada roto, y que lo sabría si no fuera
así. Ella cree eso, pero no sé si es verdad.

Un recordatorio de que el bastardo sabía todo lo que pasaba por la mente de


Alexis, haciéndola completamente vulnerable a él. Jonah tensó la mandíbula.

—Probablemente está bien, pero dile que quiero que vea a Raphael o a
alguno de sus sanadores mañana, para estar seguros. Estaré pendiente para ver si
recibe el mensaje, y lo obedece.

—Me aseguraré de que así sea.

Jonah se permitió la ilusión de torcer el perfecto rostro de él hasta

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


transformarlo en arcilla mojada, rompiendo su columna como una astilla.

—Puede que inadvertidamente la marcaras como tu sirviente —dijo él, igual


de bajo— y puede que la señora Lyssa te haya dicho que eso significaba ciertas
cosas, pero quiero que sepas esto. Ella no es tuya. Hace sus propias elecciones.

—Lo sé —Dante llevó su atención al rostro de Lex, como si fuera un


rompecabezas para él—. Tú le das opciones, aunque fácilmente podrías quitárselas.
Porque es tu hija y tú… la amas. —Cuando miró a Jonah, algo igualmente
amenazante llenó su mirada—. ¿Y si eso hace que la maten? ¿Es algo que tu amor
permitiría?

—Hasta ahora, tú has sido el peligro más grande que haya amenazado su
vida alguna vez. Tú te la llevaste contra su voluntad, y debido al odio y a la
cobardía, no al amor.

Jonah se maldijo a sí mismo, notando las tensiones crecientes, Lex se


removió, abriendo los párpados. Primero absorbió el arreglo de animales frente a
ella. Con algo de sorpresa, Jonah se dio cuenta de que Alexis no había hecho eso,
ya que se rió, estirándose para tocar varios de ellos.

—¿Me estabas manteniendo atrincherada?

339
El Club de las Excomulgadas
—Parece que te consuelan, y te hacen reír. Así que los puse a tu alrededor,
como un Hechizo de Protección. —Dante se aclaró la garganta—. Es el mismo
principio. Tu padre está aquí.

—Lo sé. —Ella sonrió somnolienta, estirando su mano—. Sabía que


tendrías que venir a revisarme. Viejo pájaro preocupado.

—Tú y tu madre tienen una igual falta de respeto por mi edad. —Entonces
Jonah fue hasta ella, tomando su mano. Lex mantuvo la otra alrededor del
antebrazo de Dante, manteniendo ambos conectados con ella.

—Es porque logras parecer de treinta toda tu vida, mientras ella y yo al final
nos arrugaremos y nos pondremos flácidas. A menos que mi lado ángel sea más

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


fuerte que el de sirena. —Parpadeó y se incorporó. Estaba tensa, él podía decirlo
por el repentino estremecimiento. Cuando Dante la ayudó a quedar derecha, Jonah
se arrodilló al lado de la cama para aceptar el abrazo de Lex. Los brazos de ella se
deslizaron alrededor de los brazos de Jonah, Dante se echó hacia atrás mientras
Jonah le devolvía el abrazo. Ella olía a lavanda y a vainilla, sólo permanecía un
leve rastro de fuego mágico Oscuro y humo sulfuroso en su pelo.

—Me bañé hace un rato —dijo ella, como si le leyera la mente—. Pero
probablemente necesitaré otro para quitármelo todo. Estoy bien, Pyel. Dante estuvo
asombroso. En un minuto había un vampiro, y al siguiente, sólo una gran pila de
ceniza.

Jonah encontró la mirada de Dante.

—Entonces, por suerte él estaba ahí. David confirmó que Jacob habló con el
gobernante del territorio. No debería haber más ataques.

—Bien. —Consciente de los sentimientos de antipatía que venían de ambos,


Lex suprimió un suspiro. Entendía por qué se sentían como lo hacían, pero era
difícil de aceptar. Sólo había pasado un día, se recordó a sí misma. Era raro que en
su vida hubiera discordia con o entre aquellos que le importaban. Aunque sabía
todo acerca de familias disfuncionales. Era sólo con ellos, que le dolía el corazón.

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El Club de las Excomulgadas
Saber que no había nada que pudiera hacer, salvo dejar pasar el tiempo, sólo lo
hacía más difícil de aceptar.

—¿Pyel, hay alguna otra amenaza afuera ahora mismo?

Eso les devolvió la atención de vuelta a ella, aunque ese fuera el único
beneficio que pudiera ver en la nueva preocupación que le traía a su padre.

—Ninguna que yo sepa. La Diosa no tiene enemigos moviéndose


activamente contra Ella en este punto. ¿Por qué?

—No lo sé. Esto es una locura, pero… sentí al vampiro, justo antes de que
viniera sobre nosotros. Pero incluso antes de eso, cuando dejamos el centro

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comunitario, sentí algo diferente. Supongo que pudo haber sido otro vampiro, pero
después de sentir su energía, no fue lo mismo. Realmente no pude clasificarlo. Era
de algún modo familiar, pero de un modo retorcido, sabes. O no retorcido. —Ella
frunció el ceño, pensando—: Diferente, y lo mismo. Diosa, no tiene ningún
sentido.

Dante inclinó la cabeza ante la mirada de Jonah.

—Así es. No lo veo más claro en su mente.

—Gracias —dijo ella secamente, y le dio un codazo en el estómago. Él elevó


las cejas.

—¿A qué viene eso?

—Ser condescendiente con una mujer nunca es una buena idea —explicó
David desde la puerta—. Si ella tiene poder cósmico, puede ser incluso peor.
Confía en mí.

Alexis les sonrió a ambos, pero sintió la intranquilidad de David.

—¿Estás bien?

341
El Club de las Excomulgadas
—Perfecto —dijo David, brindándole un asentimiento que era cortés pero
rechazando más preguntas—. Mina tiene un día más quisquilloso de lo usual. Me
sugirió que me esfumara por algunas horas o desintegraría el universo para
deshacerse de mí.

—Oh. —Alexis esperaba que su madrina no hablara en serio—. Bueno, ya


que están todos aquí, y estamos todos despiertos, puedo preparar algo de té y un
desayuno temprano.

—No, tú necesitas más descanso. —Jonah puso una mano firme sobre su
hombro antes de que ella hubiera salido de la cama. El brazo de Dante se tensó
alrededor de su cintura, reforzando el mismo mensaje.

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—Pero quiero…

—No, Ave marina —dijo Jonah, en un tono que no admitía


desobediencia—. ¿Puedes decirme cualquier otra cosa acerca de lo que sentiste?

—No —dijo ella, rindiéndose y acomodándose hacia atrás—. Pero estoy


segura de que más tarde descubriré lo que era. Puede que sólo haya sido algo no
relacionado con nosotros.

Por lo menos eso era lo que esperaba. Con Dante presionado contra su
costado, y su padre frente a ella, nunca se había sentido tan segura.

Ella jugó con los dedos de su padre mientras Dante la volvía a recostar de
costado, soñolientamente complacida cuando él empezó a acariciarle el pelo.

—Mañana llevaré a Dante al Centro de Conservación. Estaremos allí la


mayor parte del día, ¿está bien? Dale a Myel un abrazo y dile que todo está bien.

—Está bien. Duerme bien, Ave marina. —Jonah pasó sus nudillos a lo largo
de su mejilla, Dante se detuvo para que sus manos no se tocaran. Mientras los ojos
de ella se cerraban, y volvía a sucumbir, con una ligera sonrisa en su cara, los
oscuros ojos de Jonah subieron para encontrar los de Dante. Los dos hombres

342
El Club de las Excomulgadas
mantuvieron esa posición durante un pesado momento hasta que Jonah se levantó
y se movió hacia la puerta sin ninguna otra palabra.

—¿Ángel?

Él se detuvo, mirando sobre su hombro. Dante lo miró a través de la


oscuridad.

—No tengo interés en hacerle daño.

—Eso no es lo mismo que estar dispuesto a hacer cualquier cosa para


mantenerla a salvo —respondió Jonah. Su tono fue peligrosamente tranquilo—. Si
tenemos que enviarte de vuelta, lucharás hasta la muerte para evitarlo. Lo cual

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significa que sacrificarás la vida de mi hija.

—No pretendía unirla a mí con las marcas.

—Tus intenciones no significan nada para mí, vampiro. Cada acción tiene
una consecuencia. Su madre arriesgó su vida para cargar la de ella. —La fuerza de
la rabia de Jonah aumentó, así que el calor en la habitación aumentó
exponencialmente—. No hay nada que no hiciera para mantenerla a salvo y feliz,
incluso si tengo que pasar una eternidad en el Infierno para hacer que eso suceda.

—Puedes decir eso sólo porque no has pasado una eternidad en el Infierno
—escupió Dante de vuelta.

—Jonah, no. Déjalo estar, por ahora. —David rozó su brazo mientras sentía
que se elevaba la furia de su comandante. La espada de Jonah era demasiado
accesible en su arnés en la espalda. El joven ángel se preguntó si Lex seguiría
despierta, y, como él, esperaba tensamente para ver a adónde llegaba esto.

—Pisa con cuidado, vampiro. Y recuerda lo que te dije. No te la mereces.


Ella tan seguro como Hades no te merece. —Volviéndose abruptamente, Jonah
salió a zancadas por la puerta del dormitorio.

343
El Club de las Excomulgadas
David esperó hasta que oyó a Jonah abandonar la casa. Dante lo estaba
mirando en la oscuridad, pero David tardó varios latidos antes de hablarle al
vampiro, manteniendo la voz baja.

—Se sacó el corazón del pecho, se lo dio a un ejército de Oscuros, y arriesgó


la esclavitud eterna para mantener a salvo a su compañera. Tal vez no es lo mismo,
pero tiene una idea aproximada. Además, tiene razón.

Cuando las sombras de los malos recuerdos se movieron dentro de él, David
supo que Dante lo vio en su cara, por la agudeza en la mirada del vampiro.

—Cuando ames completamente a alguien, harás cualquier cosa para


protegerla, aunque sacrifiques tu alma. Porque si no lo haces, igual se te aniquilará.

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344
El Club de las Excomulgadas

Capítulo Veinticuatro
Alexis notó que Dante estaba más callado de lo usual cuando ella se levantó.
Él le indico que no tenía necesidad de sangre, pero la hizo comer su desayuno
normal. Mientras él probaba sus huevos revueltos orgánicos y ordenaba sus cereales
en varios patrones sobre la mesa, ella lo miró, esperando alguna pista, pero él
evadió sus diplomáticos intentos de analizar su humor.

Dante le dijo que David había vuelto con varios conjuntos de ropa de
segunda mano de su talla mientras ella estaba dormida. Pero cuando lo atrapó
mirando la ropa que estaba en el sofá como si estuviera en algún lugar profundo de

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su mente, sin mirar a la ropa exactamente, ella eligió el acercamiento directo,
cerrando la mano sobre la de él encima de la mesa.

—¿Qué sucede?

—¿Qué significa la palabra merecer? ¿Una palabra puede tener dos


significados?

Lex consideró eso.

—Supongo que sí puede. Merecer es difícil. Significa lo que alguien se ha


ganado. Lo que han trabajado para lograr… Como haber nacido en el mundo
Oscuro. No hiciste nada para merecer eso, porque eras un bebé inocente. Pero
debido a los veinte años que pasaste planeando tu escape, has hecho suficiente para
ganarte, para merecer, una oportunidad de estar aquí.

—Mmm.

Él volvió su atención hacia ella, como si la viera por primera vez esa
mañana. Se había quitado el pelo de la cara con un pasador, y llevaba la camiseta
del Centro de Conservación sobre su traje de baño. Tenía un manatí al frente y
voluntaria bordado en el bolsillo. Se había puesto jeans oscuros y tenis blancos de
lona con caricaturescos manatíes sobre los cordones. Él se detuvo ahí,

345
El Club de las Excomulgadas
estudiándolos. Lo que pasó por su mente disipó las sombras que emanaban de él,
desvaneciendo las preocupaciones de ella.

—Antes de que hagas alguna observación acerca de lo linda que me veo y


tenga que golpearte, debemos irnos. Se supone que debemos vernos accesibles —
añadió ella— especialmente para los niños.

Él escogió una camiseta azul oscuro con jeans negros, y ella encontró una
gorra azul marino con el anuncio del personal del Centro de Conservación para que
él la usara. Al principio, lo animó para que se metiera el pelo debajo, pero era
demasiado grueso. Lo tocó con los dedos.

—Me mezclaría mejor si me cortara esto.

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—No —dijo ella inmediatamente. Mordiéndose el labio ante la ceja
levantada de él, admitió—: Está bien, puedes hacerlo. Eres tan llamativo, que el
pelo sólo resalta toda la cosa de Soy-una-famosa-estrella-del-rock. Pero realmente me
gusta tu pelo. —Se dio una sacudida mental. Había despertado esa mañana
determinada a poner a un lado los sentimientos, los cuales podrían dificultar que él
aprendiera cómo ser parte de este mundo, y ya estaba fallando en el trabajo.

Él la miraba de cerca.

—El pelo vuelve a crecer. Si me lo corto, puede volver a crecer para


complacerte. Como vampiro, crece mucho más rápido hasta cierto largo.

Lex asintió, pero cuando cogió las llaves y la billetera, él cerró la mano sobre
su muñeca y la acerco a su pecho. Inclinó la cabeza para que sus labios estuvieran
cerca de su boca. Cuando ella lo miró, varios mechones de ese pelo habían caído y
cubrían un costado de su cara, encerrándolos juntos en un tranquilo espacio.

—Esta noche, me tomaré mi tiempo y saborearé cada centímetro de ti.


Anoche quería que descansaras. Pero no esperaré mucho más para volver a tenerte
debajo de mí.

346
El Club de las Excomulgadas
Entonces deslizó su mano a su nuca y la puso de puntillas para poder
separarle los labios, marcándole ligeramente la lengua con los dientes, sujetándola
con una sola mano mientras ella agarraba el frente de su camisa para equilibrarse.

Incluso mientras se dejaba llevar por eso, había una extraña cualidad en ese
beso, como si él estuviera buscando sacar algo de ella, necesitando algo que no
estaba segura de cómo ofrecer. Aunque él disolvió esa preocupación
transformándola en calor cuando encontró las líneas de la parte inferior de su traje
de baño a través de la delgada mezclilla y las trazó. Después de esa provocativa
caricia, escarbó en la depresión donde su trasero se curvaba hacia abajo y encontró
la unión de sus muslos. Cuando tomó ese área sensible, ella jadeó dentro de su
boca, inclinándose con más fuerza contra su cuerpo.

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—Dante…

Deslizándose hacia el frente de sus jeans, él los abrió y encontró su sexo


sensible. Lex tuvo un breve destello de que iban a llegar realmente tarde, y luego
decidió que estaba equivocada, ya que él le estaba acariciando el clítoris con
infalible precisión y ritmo. Gracias a la floja pretina, Dante deslizó la otra mano
por la parte posterior de los jeans. Ella se estremeció mientras los dedos fueron
entre sus nalgas y empezaban a provocar el borde ahí, trabajándola entre las dos
presiones de modo que ella se estaba meciendo desvergonzadamente sobre sus
manos, inclinando la frente contra el hombro de él. Los suaves gemidos atrapados
en su garganta ganaron fuerza.

—Córrete para mí —ordenó él—. Derrámate contra mi mano, Alexis.


Déjame sentir tus fluidos.

Ella se convulsionó justo con esas palabras, y agarró la piel debajo de la


camisa. En cuestión de segundos, la había alejado de sus pensamientos,
dividiéndola entre el placer sin sentido y el terror de al borde de un precipicio. Era
atemorizante, caer libremente con tanta rapidez ante su toque, como si no tuviera
voluntad propia.

347
El Club de las Excomulgadas
Yo soy tu voluntad. Él empujó tres dedos dentro de ella, frotando, y ella gimió,
mordiendo la camisa y su piel debajo. Él gruñó aprobándolo. Dos de sus dedos se
empujaron atrás lentamente en su entrada trasera virgen, lento, haciendo cosquillas,
provocando. Todavía no te he tomado por aquí. Puede que haga eso esta noche, después que
dejes resbaloso mi pene con esa boca cálida y dispuesta.

—Oh… —La respuesta gutural de ella dicha contra su camisa, fue caliente y
mojada, mientras su cuerpo se estremecía. No podría haber permanecido derecha si
no fuera porque él la tenía presionada contra la mesa de la cocina, la cual estaba
firme contra la pared del rincón. Su rodilla estaba sobre una de las sillas, y él acercó
una segunda con un rápido enganche y tirón de su pie. Le levantó la otra rodilla
sobre ella de modo que quedó arrodillada sobre ambas sillas, extendida para él

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


sobre el espacio abierto. Los jeans le restringían, presionando las costuras contra su
mano, por lo cual metió más profundo sus dedos dentro de ella.

Con un gemido, Lex se rompió en pedazos, su liberación lo inundó tal y


como le había ordenado, volviendo su mano mucho más resbalosa mientras
bombeaba los dedos dentro de ella, provocando también su región anal. Mientras
ella se sacudía, sintió el orgasmo como una carrera por rápidos de aguas
turbulentas con su mente girando, un caleidoscopio de colores e imágenes. La otra
mano de Alexis había caído a la pretina de los jeans de él, con su cinturón
sujetándolo. Espontáneamente, se lo imaginó dándole nalgadas con ese cinturón,
por desobedecerlo ayer. Se inclinaría sobre las rodillas de él, su trasero estaría
pálido y rojo por los correazos, su coño mojado y rosado, necesitando ser llenado y
reclamado por su pene.

Se dio cuenta de que esos no eran sus pensamientos. Eran de él, plantados
en su mente. Le estaba dejando ver sus deseos, sus demandas, el modo en que
pensaba y hablaba de ellos. En lugar de estar asqueada, tenía la respiración
entrecortada, su sexo pulsaba con otra dura réplica que la había hecho empujar la
cabeza con más fuerza contra su pecho mientras la montaba.

Cuando finalmente terminó, sus gemidos habían dejado manchas húmedas


sobre la camisa de él, y lentamente retiró sus manos, acariciándola. La hizo probar

348
El Club de las Excomulgadas
los fluidos de la mano que había tenido dentro de su sexo, y ella chupó sus dedos
desvergonzadamente, ganándose un peligroso gruñido del pecho masculino que la
hizo preguntarse si siquiera iban a llegar tarde.

Pero él retrocedió al final. En lugar de dejarla hacerlo, le ajustó el traje de


baño, volviendo a meterle la camiseta y subiéndole la cremallera de sus jeans,
abrochando el botón mientras su boca descansaba en la coronilla de su cabeza. Sus
brazos se deslizaron alrededor de ella, sujetándola mientras temblaba y se
estremecía. Lex se dio cuenta de que no estaba tan estable sobre sus pies esta
mañana como había supuesto.

—Creo que necesito un panecillo —susurró ella—. Uno de esos realmente

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


dulces con chispas de chocolate y un millón de calorías.

—Buena idea.

—Y probablemente debería cambiarme…

—No. —Entonces le levantó la barbilla. El movimiento la hizo darse cuenta


de lo duro que estaba, presionado contra su vientre. Cuando lo buscó, él negó,
atrapando sus manos—. Te quiero empapada. Quiero que recuerdes mi mano ahí,
durante las horas que estemos en ese lugar, y que no pienses en ningún otro
hombre. Ellos olerán tu esencia y sabrán que has sido complacida por quién te ha
reclamado. Quien te tomará esta noche tal como deseo hacerlo ahora.

Palabras primitivas que debería haber ignorado como pertenecientes a su


marco de pensamiento, no al propio. ¿Entonces por qué respondía tan
apasionadamente a ellas, como si fueran un espejo de sus deseos más profundos?

—En realidad, los humanos no tienen tan buen olfato. —Ella se aclaró la
garganta—. Pero no te preocupes, lo recordaré. Si esto fue un preludio, puede que
me mates antes de que lleguemos a esta noche. ¿Lento, dijiste?

—Muy lento —confirmó él.

349
El Club de las Excomulgadas
Aunque Dante sospechaba que le tomaría mucha fuerza de voluntad esperar
hasta entonces, ni qué decir de ir lento. Cada vez que tenía el deseo de tocarla así,
la urgencia era tal que no podía ir lento. Sabía que nunca había tenido nada como
ella, pero sólo por esa razón quería encontrar la disciplina para ir lento. Quería
arrancarle toda la ropa, acostarla en la cama. Tal vez encontrar algún modo de
atarle las muñecas y los tobillos de modo que tuviera que rendirse entera ante él, y
que pudiera dedicar horas a probar su piel, acariciándola con sus dedos, dándole
placer una y otra vez. Dándole agua y comida de su boca.

¿Lyssa había tenido razón acerca de la naturaleza del vampiro, del modo en
que se sentían hacia sus sirvientes? Había sido una de las muchas cosas que ella
había discutido con él, solos en su estudio, pero ahora el recuerdo de esa discusión

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


concreta surgió en su mente, perturbándolo con la verdad desplegada ante él.

*****

—¿Nunca has tenido a un sirviente humano, cierto? —Lyssa cruzó las


piernas en un susurro de movimiento, sus dedos con largas uñas descansaban con
elegancia casual sobre su rodilla—. Mina dice que Alexis creyó que la marcaste por
accidente, que realmente no sabías cómo hacer una marca.

Él no estaba cómodo admitiendo un error o debilidad frente a nadie,


particularmente con esta misteriosa extraña. Se encogió de hombros, como
respuesta evasiva.

—Eres protector con ella, pero también hay una veta destructiva en ti.
Necesitas cuidarte de eso, y no sólo por la razón obvia de que el ángel y la bruja te
destruirán si le haces daño a esa niña.

—Ella no es una niña. He conocido niños.

—Es muy joven, comparada con mi edad. Y con una mujer madura
sexualmente, u hombre, para tal efecto… —Ella le brindó una mirada
significativa—: A menudo es una niña en un cuerpo adulto. No interrumpas. —Se
reclinó hacia atrás en su silla—. Los vampiros tienen ciertos rasgos de personalidad,

350
El Club de las Excomulgadas
Dante. Difieren de los humanos, ángeles y sirenas en ese aspecto, y es una de las
razones por la que ninguno de ellos está completamente cómodo alrededor nuestro,
excepto por el raro humano que desea unirse a uno de nosotros, que se convierte en
sirviente por elección. —Ante su movimiento, ella asintió—. Tu sirviente no eligió,
no más de lo que tú fuiste consciente de que estabas haciendo la elección por ella.
Afortunadamente, la chica parece devota de tu bienestar. Puede que se transforme
en una verdadera relación maestro-sirviente, o puede que no. Puede que ella sea
meramente una estación de paso para ti, aunque dejar ir a un sirviente marcado
tiene sus propios problemas. Cruzaremos ese puente si llegamos a él.

»Sin embargo, en una verdadera relación vampiro-sirviente, tú la dominarás,


tanto sexualmente como de muchas otras maneras. —Le brindó una mirada

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


apaciguadora antes de que él pudiera volver a hablar—. No estoy sugiriendo un
curso de acción, sino un simple hecho. Es innato en nosotros, y por lo tanto
esencial en cómo ordenamos nuestro mundo. Ya te hemos visto demostrar esa
irresistible compulsión de asegurarte que ella se someta a ti. La rendición del
cuerpo y la sangre del sirviente, corazón y alma, es requerida por cualquier vampiro
Amo o Ama. Desafortunadamente, como ya has demostrado también, es una
compulsión muy peligrosa, una que ha terminado a menudo con un sirviente
muerto.

La mirada de Dante se agudizó sobre ella.

—No tengo razones para matar a Alexis.

—Pero puede que ella termine muerta por tu ignorancia o acciones, lo cual
es igual de malo. —Lyssa sostuvo su mirada, con la propia despiadada—. Es otra
razón por la que te animo fuertemente a que vengas a mí cuando terminen estos
treinta días. Te puedo ayudar a manejar tus compulsiones, compulsiones que
pueden estar exacerbadas por tu otra sangre, haciéndolas más peligrosas.

Ella se levantó, terminando su reunión.

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El Club de las Excomulgadas
—Mientras tanto, el mejor consejo que te puedo dar es que escuches lo que
te diga su alma. Con cuidadosa práctica, puedes ahondar profundamente en un
sirviente con la tercera marca. Eso te permitirá saber si estás pidiendo demasiado o
presionando demasiado. No puedes escuchar las palabras de ella o sólo su mente,
porque los humanos a menudo están confundidos por sus propios sentimientos.
Pero sus almas nunca te mentirán.

*****

Era un buen consejo, ya que Alexis obviamente estaba confundida y


nerviosa. Mientras conducía, hablando con estallidos cortos y nerviosos, ella siguió
removiéndose. Se veía que la humedad entre sus piernas era incómoda, pero

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


también excitante. Ya estaba pensando en lo que traería la noche, manteniendo la
tierna piel entre sus piernas inflamada, necesitada. No había contado con el hecho
de que hacerla esperar sería igual de tormentoso para él.

Lex tenía la mano sobre la consola entre ellos y él cerró la suya sobre ella,
pasando el pulgar atrás y adelante sobre su palma. Doblando, girando, nunca un
verdadero patrón. Demasiado parecido a sus sentimientos acerca de ella, enredados
con sus pensamientos sobre las palabras de Lyssa, la perturbadora observación de
Jonah y el seguimiento de David.

—Hemos llegado —dijo ella, llegando frente al Centro de Conservación y


estacionando—. Antes de empezar mi turno, te mostraré los alrededores, te
enseñaré la clase de cosas que puedes hacer. Está abierto, pero es entre semana, así
que estará muy tranquilo. Te puedes sentir libre de vagar por los alrededores
mientras le ayudo a Branson a alimentar y lavar a todos. ¿Está bien? —Le brindó
una sonrisa falsa y brillante—. Después de que cerremos y que Bran se vaya, tú y
yo tendremos el lugar para nosotros solos durante un par de horas. Te mostraré
algunas cosas realmente impresionantes.

—Sí —acordó él, aunque se rehusó a soltar su mano—. ¿Alexis, qué sucede?

—Nada.

352
El Club de las Excomulgadas
Pero una vez que hizo la pregunta directa, lo vio en la mente de ella como si
su pregunta hubiera iluminado la respuesta, oculta entre la jungla de los otros
pensamientos. Ella seguía preocupada de no poder permanecer objetiva y ayudarlo
de verdad si seguía rindiéndose a sus deseos.

—No me puedes negar, Alexis. —Él habló con suavidad, sosteniendo su


mirada—. Tal como dije, no te sugeriría que lo intentaras.

Antes de que ella pudiera reunir la irritable réplica que estaba creciendo en
su mente, le atrapó la barbilla tercamente tensa.

—Me estás ayudando. Lo que sea que pase en treinta días, no será culpa
tuya. ¿Entiendes?

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—No es así de fácil. Quiero que puedas vivir aquí durante cientos de años.

—Sí, lo sé. —Se preguntó cómo se llamaba el sentimiento que se hinchaba


dentro de él. Le tomó la mandíbula—. Pero podré besarte cada vez que quiera.

—¿En serio? —Él estaba aliviado de ver la preocupación remplazada por esa
luz que empezaba a reconocer como humor—. Bueno, no puedo pensar cuando me
besas, así que entonces no soy buena para ti.

—Me gustas sin sentido. Hace unos minutos, tu despreocupación me hizo


estar dispuesto a hacer cualquier cosa que tenga que hacer para quedarme contigo.

Ella se quedó quieta, mirándolo. El impacto en su mente no era menor que


el que sentía él dentro suyo. ¿De dónde había venido eso? Estaba aquí porque había
pasado dos décadas tratando de ser libre, eso era todo. Ella había sido el medio
para traerlo aquí. Ya que la había unido a él, puede que poseyera una necesidad
territorial para quedársela, pero quería quedarse en este mundo. Estaba dispuesto a
hacer lo que fuera para lograr eso.

Un ruido de bocina rompió el momento. La atención de Alexis fue hacia un


auto que pasó al lado, y le ondeó la mano al conductor.

353
El Club de las Excomulgadas
—Ese es Branson, mi compañero. —Mientras la mirada de Dante seguía al
hombre mientras éste salía del auto, la mano de Alexis se tensó sobre el brazo de él,
atrayendo su atención—. Esto será igual que en la sala de trabajo, sólo que más
ocupada, mucha más gente. Necesito que confíes en mí cuando digo que éste es un
lugar seguro. Lo que sea que percibas como una amenaza es probable que en un 99
por ciento no sea así. Así que antes de que decidas incinerar o mutilar, ¿crees que
puedas contarme primero la situación, para que pueda aclararla antes de que
ataques? No quiero que te hieras a ti mismo. Ni a nadie más.

—Trataré.

Estirándose, ella pasó un dedo suave sobre su boca.

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


—Gracias por decir eso hace un segundo. Aunque fuera una cosa al calor
del momento.

Entonces salió del vehículo, gritándole con voz amistosa al hombre,


Branson. Una voz relajada para el oído no entrenado, pero Dante podía oír la
tensión debajo de él, ver sus pensamientos. Ella no estaba segura de lo bien que iba
a salir esto. Temía que él pudiera… ¿incendiar el lugar?

Intentaré no hacer eso, reiteró él con más firmeza.

Ella se detuvo, lo miró por sobre su hombro e intentó sonreír. Bien. Porque
sospecho que Pyel estaría realmente ofendido si lo hicieras.

No le temo a tu padre.

No quiero que le temas, replicó ella, la tristeza cruzó su rostro. Quiero que lo
conozcas, que lo respetes. Y que él te conozca y te respete. Eso es lo que quiero.

Si soy merecedor de respeto. Mantuvo ese pensamiento para sí mismo,


desconcertado una vez más por el significado de esa palabra.

Alexis no necesitaba haberse preocupado. Después de una hora o algo así,


Dante llegó a la conclusión de que la mayor parte de la gente en el mundo de ella

354
El Club de las Excomulgadas
estaba comprometida en actividades completamente desconcertantes pero
mayormente no amenazantes. Pasó la primera hora sentado en un banco con vistas
sobre el área donde ella y Branson estaban haciendo las tareas diarias relacionadas
con las criaturas marinas. Le tomó algo de esfuerzo quedarse quieto y relajado
mientras la gente deambulaba y salía disparada de exhibición en exhibición.
Grandes y pequeños, jóvenes y viejos, incluso alguna gente anciana en aparatos
zumbantes que ella llamaba sillas de ruedas11. Cuando él le preguntó, ella le explicó
que no podían caminar debido a problemas de salud.

Otro par de aparatos con ruedas no tenían motor, y él prefería su silencio.


Aunque se sorprendió cuando uno vino a descansar al lado de su banco. Mirando a
la izquierda, vio a una joven estudiándolo. Estaba vestida de manera diferente a los

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otros, cuya amplia variedad de colores de camisetas, pantalones cortos y jeans
tenían una cierta simetría que se mezclaba. Ella, por otro lado, iba entera de negro.
Tenía aros de plata en su nariz y botas grandes y pesadas, medias rayadas rojas y
blancas en sus delgadas piernas. A pesar de su edad, se estaba muriendo. El olor de
una enfermedad letal era innegable. En el mundo Oscuro, habría sido su siguiente
comida. Por lo que había visto en este entorno, probablemente le quedaban uno o
dos años.

Ella encontró su mirada con franco interés.

—¿Quieres ir a desnudarte con una menor tullida? ¿Darle un recuerdo


duradero antes de que estire la pata?

Él parpadeó

—Estoy con una mujer —asintió hacia Alexis—. Ella me dijo que eso la
enojaría, y que ya no querría… desnudarse conmigo. Aunque creo que podría
hablar de eso con ella, presiento que le molestaría.

Los ojos pesadamente delineados de la chica se ampliaron.

11
En el original Scooters. Con ese contexto, se refiere a las sillas de ruedas motorizadas que usan las personas con movilidad
reducida.

355
El Club de las Excomulgadas
—Y no quieres molestarla.

Él negó.

—Ya he hecho mucho eso.

—Hablas raro. Aunque está bien. Me gusta tu collar. Es de moda gótica. No


cualquier tipo se puede poner eso sin verse fingido. —Mientras Dante elevaba una
ceja, ella miró hacia el tanque—. ¿Es ella? ¿Con los manatíes? Es realmente bonita.

—Es hermosa. —Las palabras salieron de Dante antes de que se diera


cuenta de que iba a decirlas. El pelo castaño de ella brillaba con esa luz, los
zarcillos enroscándose alrededor de su cara por el modo en que los había echado

Joey W. Hill - El Rescate de Una Sirena - Serie Hijas de Arianne III


hacia atrás. Aunque su vestimenta era similar a la del resto del personal, y no muy
diferente de la de los visitantes, había una gracia ágil en sus movimientos que
enfatizaba cada curva que las ropas delineaban modestamente. Su sangre de ángel
emitía esas oleadas de calidez y tranquilidad, y cuando sus ojos azules se volvieron
hacia alguien que le hacía una pregunta, le ofreció una sonrisa genuina y un interés
que instaba a confiar a cualquiera a quien la estuviera dirigiendo, trayendo
equilibrio y… paz. Él pensó en cómo luciría ella con sus alas nevadas y las escamas
centellando como joyas en su cola.

—Sí. —La chica lo estaba estudiando a él—. Sí se ve que te mueres por ella.
Mi nombre es Reba. —Ella extendió su mano—. Eres el tipo más interesante que
visita el lugar hoy. Todo el resto son turistas típicos.

Dante estudió su mano, luego la tomó. Cuando ella la sacudió, guiándolo a


través del poco familiar saludo, hubo un leve temblor en la mano de ella y su agarre
fue débil.

—Mi nombre es Dante. Tú también eres bonita. Aunque te vistes de manera


diferente.

—Si tú te vistes según la norma, como uno de ellos… —ella asintió hacia los
visitantes brillantemente coloridos— eres sólo otro patético chico en silla de ruedas.

356
El Club de las Excomulgadas
Si te vistes como yo… misterioso, intrigante. Una mala actitud esperando ocurrir.
Me miras como si nunca hubieras visto a alguien en una silla de ruedas.

—No lo he hecho, antes de hoy —dijo él con honestidad.

—¿No hay gente que no pueda caminar de donde tú vienes? ¿Qué hace
alguien que se rompe una pierna o que está herido?

—Mueren —respondió Dante—. Sólo sobreviven los fuertes, y sólo si son


listos. La fuerza no es suficiente.

—Mmm. Sí, en esta cosa te das cuenta pronto de que tu cerebro tiene que ser
mejor que tu control motor. Así que hurra a la supervivencia del mejor. ¿Quieres ver

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lo que puedo hacer?

—Mientras no involucre quitarte la ropa.

—Tú te lo pierdes. —Ella se encogió de hombros—. Pervertido. Pero no.


Mira esto.

Sacando una banda de goma del bolsillo de su chaqueta, lo estiró entre sus
dedos.

—Te apuesto un beso… sin lengua, por respeto a tu novia, y que ella me
permitirá, a menos que sea una perra sin corazón… a que puedo golpear a ese
imbécil de allá.

Ella asintió a través del área alfombrada hacia donde había un chico de su
edad aproximadamente colgando sobre el saliente de la exhibición de las rayas
venenosas y usando un lápiz para pinchar a las criaturas, a pesar de los letreros que
avisaban de que no tocaran a los animales.

—Lo golpearé en el culo con la fuerza suficiente para hacerlo saltar y que
ponga las manos sobre su trasero frente a todos.

357
El Club de las Excomulgadas
Dante calibró la distancia, el número de personas moviéndose por el área, la
capacidad de velocidad de la banda. Sería casi imposible.

—Está bien.

Ella apuntó y luego se quedó quieta. Completamente quieta, de un modo


que Dante reconoció por haber esperado el momento exacto en lugares secretos
para moverse, para atacar, para maniobrar. Ella se enfocaba con tanta fuerza en
todo, que era como si todas las cosas empezaran a moverse a cámara lenta, hasta
que supo precisamente cuando…

Chasquido.

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El chico en la baranda aulló y puso sus manos contra el trasero de sus
bolsudos jeans, mirando alrededor y fulminando. Cuando vio la banda de goma, su
atención fue hacia un grupo de niños más jóvenes que se reían de él. Con dos pasos
alcanzó al primero y agarró el frente de su camiseta.

—Oye, cara de vomito —gritó Reba, lo suficientemente fuerte para captar su


atención. Cuando él la miró, ella estiró otra banda de goma alrededor de su dedo
estirado, lo cual parecía ser algún tipo de insulto. Él frunció el ceño, pero cuando
notó la silla, sea cual fuera la represalia que tuviera en mente aparentemente se
desvaneció. Se conformó con resoplar „rara‟, antes de desaparecer por el corredor
que llevaba a otras atracciones.

—Entonces paga, niño bonito —dijo Reba, dándole una mirada lasciva y
expectante.

Dante se acomodó contra la pared, cruzando los brazos.

—¿Por qué estás aquí? No estás mirando a las criaturas marinas y las
exposiciones educativas.

—Me gusta esto, así que mamá me suelta aquí cuando tiene trámites que
hacer. Le da un descanso de ver a su hija moribunda, y a mí un descanso de ella

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mirándome como si ya estuviera muerta. —Reba rodó los ojos—. Dios debería
planearlo mejor. Si va a designar a gente para ser padres, debería asegurarse de que
aquellos que tengan hijos terminales puedan contenerse hasta el funeral. Mamá ha
derramado suficientes lágrimas por toda la gente hambrienta de la India. Para
cuando estire la pata, necesitará falsificar lágrimas para el funeral. El pozo estará
seco.

—Ese fue un buen golpe.

Dante levantó la mirada para descubrir que Alexis se les había unido. Estaba
vigilando a Reba con las manos en las caderas.

—Podríamos usarte como monitor regular de los tanques.

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—Sí, hacer que la chica tullida se sienta útil. Darme abrazos cálidos, citar
música sensiblera. Vete a la mierda, sin ofender —Reba resopló y puso las manos
en las ruedas de su silla. Aunque no pudo partir, porque el extraño desconocido
sujetó con rapidez una rueda. Sin importar cómo tratara de moverla, no se movió.

—Ella no hace eso —Dante encontró su mirada de lleno—. No miente para


hacerte sentir mejor. Lo dice en serio.

—Te he visto aquí con regularidad —notó Alexis, como si Reba no hubiera
dicho nada ofensivo—. Si quieres trabajo como voluntaria, házmelo saber. Creo
que la gente te prestaría atención.

—Porque estoy en silla de ruedas.

—Porque mientras tengas bandas de goma, no les gustarán las


consecuencias de ignorarte. Te he visto manejar esa cosa. Probablemente harías un
mejor trabajo interponiéndote entre algún problemático y el tanque, que alguien a
pie. Después de todo, si derribas a alguien, ¿qué harán? ¿Decir que una chica tullida
les pateó el trasero?

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Reba la miró fijamente, y Alexis le brindó una sonrisa. Tratando cuanto
pudo, parecía que no podía aferrarse al sarcasmo alrededor de la mujer. Tenía una
urgencia rarísima de pedirle un abrazo. Intranquila, la adolescente miró a Dante.

—Le gané un beso, y él no ha pagado. Creo que tiene miedo de que le patees
el trasero.

—¿Con o sin lengua? —Alexis no perdió ni un latido.

—Le permití sin. Pero si estás dispuesta a negociar eso por mi tiempo como
voluntaria…

—No presiones tu suerte —Alexis sonrió, pero ladeó la cabeza hacia

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Dante—. El beso es una petición justa.

Reba tuvo el extraño presentimiento de que estaban hablando sin palabras.


Sus ojos se mantenían enfocados como si fueran los únicos en la habitación, y los
labios de Alexis se separaron como si él le hubiera dicho algo que a cualquier chica
le gustara oír. Pero entonces Reba se distrajo mucho cuando Dante se levantó del
banco, puso sus manos sobre los de ella en los brazos de la silla de ruedas y se
inclinó hacia abajo. El pelo tan oscuro como la piel de una pantera se deslizó hacia
adelante. Él seguía teniendo puestos sus lentes de sol, aquellos que le habían hecho
pensar que estaba ciego cuando se acercó a su banco. Pero la gente ciega no mira
hacia ti, y él sí. Ella sintió un calor peculiar desde detrás de los lentes mientras él se
inclinaba.

Ahora frente a la realidad, Reba fue tomada por un parpadeo de absoluto


terror. Iba a echar a perder esto, sería una tonta, oh mi Dios él realmente la iba a besar,
y entonces lo hizo. Labios firmes y el tipo correcto de calor y humedad sobre los de
ella, una presión suave. Sin lengua, pero definitivamente no el beso debilucho que
le daría un niño. Disparó calor a partes de ella que estaba segura que no había
sentido.

Puede que se hubiera acabado en tres o cuatro segundos, pero cuando él se


enderezó, su mundo estaba dando un giro bajo.

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El Club de las Excomulgadas
—Wow —dijo ella, su garganta se sentía gruesa.

—Sí, yo también he tenido esa reacción —Alexis sonrió, pero había un dolor
en ella. Dios, Reba no quería que sintiera celos. Todas deberían tener un novio
como éste. Pero tenía el presentimiento de que no eran celos, sobre todo porque
Alexis justo después dijo—: ¿Cómo te sentirías si te quedas después de la hora y
nadas con nosotros y los manatíes?

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Capítulo Veinticinco
Después de que cerró el Centro de Conservación, Alexis le informó a Bran
sobre lo que estaban haciendo con la chica en silla de ruedas. Sólo tomó un
pequeño empujón para que él dejara atrás las preocupaciones acerca de las
responsabilidades, y una llamada a la madre de Reba lo tranquilizó cuando dio su
aprobación, emocionada porque a su hija se le hubiera ofrecido la rara, prohibitiva
y cara oportunidad de nadar con manatíes. Con eso arreglado, Alexis cerró después
que Branson se fue y luego llevó a Reba al área de los vestuarios para ayudarle a
ponerse un traje de baño extra que tenía.

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Mientras Dante las esperaba, pensó en su sirángel. Cuando besó a la chica,
había sentido una oleada de tristeza viniendo de Alexis. Simplemente no podía
entender las emociones que venían con ellos, maldito fuera todo.

Cuando Reba volvió en traje de baño, con una toalla puesta modestamente
sobre sus delgadas piernas, ella rodó hacia el tanque con vistas y puso la mano
contra el vidrio, mirando a los manatíes que pasaban volando. Dante se deslizó
dentro del vestidor, donde Alexis estaba preparando el tanque de oxígeno que
usaría Reba para poder respirar bajo el agua. Se apoyó silenciosamente en la
puerta, mirándola. La cola castaña de su pelo estaba curvada sobre su hombro, y
sus dedos se movían competentemente, pero esos sentimientos habían crecido
como esos balones que había visto que la gente compraba para sus niños,
expandiéndose en la mente de ella, sacando cualquier otro pensamiento.

—¿Necesitas un tanque? No tienes que respirar, ¿cierto? No como nosotras.

—No. —Él puso sus manos sobre los hombros de ella—. Alexis, ¿qué pasa?

—Siento sus emociones, Dante. Siempre las siento. Ella quiere tanto vivir. Y
merece vivir. Mírala. Qué niña más asombrosa. —Sacudió la cabeza—. Tengo los
filtros, pero con alguien así, no quiero usarlos. Quiero darles lo que quieran, porque
van a recibir tan poco, ¿sabes?

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El Club de las Excomulgadas
Dante enrolló uno de sus rizos alrededor de su mano, dejó que se soltara y
cayera por su espalda.

—Sus labios sabían como esa fruta que estabas comiendo esta mañana.

—Naranja. Probablemente tiene puesto un brillo labial naranja cítrico sobre


ese lápiz labial negro que estaba usando. —Con una sonrisa compungida, Alexis se
enderezó y se sacó la camiseta—. ¿Me puedes ayudar a cruzar los tirantes?

Él no estaba seguro a qué se refería hasta que ella soltó las tiras del traje de
baño y los volvió a pasar sobre sus hombros, cruzándolos y explicándole dónde
iban los ganchos.

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—No puedo llevarlos derechos para esto. Mis alas los engancharían.

—¿No hay reglas acerca de que les muestres a los humanos tu verdadera
forma? —Él alejó su atención de la placentera muestra de su seno que ella le había
dado, sospechando que ahora no era el momento apropiado para que la lujuria
fuera el rol más importante.

—Sí. Unas muy estricta