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AUGE Y CRISIS DE LA PLANIFICACION URBANA

AUGE Y CRISIS DE LA PLANIFICACION

“Año Del buen servicio al ciudadano” URBANA

TEMA:

AUGE Y CRISIS DE LA PLANIFICACION

URBANA

ASIGNATURA: URBANISTICA II

CARRERA: ARQUITECTURA

DOCENTE: ARQ. YENI PAOLA MELGAR

ALUMNA: QUISPE RAMOS, Vilma

CARHUAMAYOCC MUÑOZ, Carlos

AULA:

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AUGE Y CRISIS DE LA PLANIFICACION URBANA

CICLO: AUGE Y CRISIS DE LA PLANIFICACION

URBANA

HUANCAYO-
2017

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AUGE Y CRISIS DE LA PLANIFICACION URBANA

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URBANA
EL CONTEXTO DE LA PLANIFICION URBANA CONTEMPORANEA
NACIMIENTO, DESARROLLO Y CRISIS DE LA PLANIFICION URBANA

Desde la antigüedad, las ciudades han constituido uno de los instrumentos de


poder más efectivos para dominar y asentar amplios territorios. Gracias a sus
funciones defensivas, comerciales industriales, administrativas e incluso
religiosas, las ciudades han desempeñado un papel decisivo en la configuración
y el sostenimiento de las principales civilizaciones de nuestro planeta. Por esta
razón, resulta perfectamente comprensible la constante preocupación de la clase
dirigente y de sus técnicos, a lo largo de la historia, por crear y desarrollar
ciudades prosperas y sostenibles en el tiempo.

Aunque desde los primeros asentamientos urbanos se ha observado un interés


por mejorar el diseño y la estructura de las ciudades, el urbanismo entendido
como ciencia no nació hasta mediados del siglo xix. Fue entonces cuando el a
apogeo de la revolución industrial origino una cascada de transformaciones
socioeconómicas e innovaciones tecnológicas que desbordaron las estructuras
urbanas heredados del periodo barroco. La aparición de la urbe industrial
caracterizada por el caos espacial. El impacto ambiental y el conflicto social
obligo a desplegar un sistema corrector y regulador que ayudase a organizar
espacialmente y a reestructurar socialmente la ciudad. Así, surgió el urbanismo
moderno, que en un principio se centró en articular la forma coherente las
técnicas urbanísticas ya existentes, pero que posteriormente creo novedosos
procesos de planificación e instrumentos de control.

A partir de las décadas de 1920 y 1930, en los estados unidos y en Europa


aparecieron los primeros planes reguladores de ciudades, conocidos después
como planes de urbanismo. Su objetivo primordial era ordenar espacialmente el
desarrollo urbano para evitar disfunciones e impactos ambientales. Aparte de
orientar y delimitar el crecimiento espacial de la ciudad, estos primeros planes
se caracterizan por supeditar el interés particular de la propiedad privada a los
interese generales de la comunidad a través del control y de la intervención
público en el suelo urbano. Por consecuencia, el plan del urbanismo se 3
constituyó en un poderoso instrumento de arbitraje social que mediaba entre los
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intereses privados conflictivos y las necesidades colectivas de la comunidad
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urbana, con la cual ayudaba, por tanto, al gobierno de la ciudad. Adicionalmente,
el plan transmitía una visión comprensiva del fenómeno urbano de alcance
transgeneracional, que manejaba la incertidumbre del futuro y que se convirtió
en un potente instrumento didáctico para comunicar el modelo futuro de ciudad.

Después de la II guerra mundial, las necesidades de reconstrucción y la


superación de la traumática recesión económica de los años 1930 impulsaron un
prolongado periodo de desarrollo sostenido. Fue el momento de los grandes
planes, cuando el planificador disfruta de un amplio reconocimiento social y se
sentía seguro de sus capacidades técnicas. En este contexto, la planificación
urbano vivio su época dorada, alcanzo plena legitimidad en la mayoría de los
países se convirtió en un instrumento aceptable por la sociedad en general y por
las administraciones locales en particular.

Ahora bien, en este periodo de bonaza para el urbanismo y los urbanistas no


duro mucho tiempo. En la década de 1960 se produjeron en los países más
desarrollados profundas transformaciones económicas y sociodemográficas que
aceleraron el cambio urbano y desbordó el sistema clásico de planificación. Esta
crisis fue fruto de la conjunción de diversos factores, un fuerte crecimiento
demográfico, un elevado desarrollo económico, una utilización masiva del
automóvil privado y un extenso proceso de suburbanizacion. Se intentó
transformar el modelo artesanal del planeamiento urbano en un enfoque más
científico, incorporando para ello complejos modelos matemáticos. Sin embargo
la imperfección y las limitaciones de los modelos utilizados provocaron
resultados poco alentadores en planificación urbana.

Todo ello desemboco a finales de los años 1960 en un ataque a la concepción


clásica del planeamiento, que alcanzó su máxima intensidad a mediados de los
años 1970, coincidiendo con la profunda recesión que sufrió la economía
internacional. Se produjo entonces una fuerte desconfianza del tipo arriba y
abajo, por su incapacidad para abordar y resolver los problemas urbanos. La
crisis del urbanismo tradicional se vio agravada en la década de 1980 por la
imparable expansión dela doctrina económica neoliberal, la cual veía con los
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malos ojos el nivel de intervención público que propician los planes de
urbanismo en la ciudad. Ante su crisis interna y los ataques externos que recibía
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desde diversos frentes, la planificación urbana abandono la ilusión por el enfoque
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científico, y entro en una fase de introspección que la distancio de los centros de
poder y de la atención social.

A pesar de esta crisis de madurez del urbanismo, las ciudades han seguido
evolucionando con un endiablado dinamismo. A finales del siglo xx, el nuevo
orden económico globalizador y los comportamientos sociales basados en el
consumo han provocado una transformación urbana sin precedentes, tanto en
los países ricos como en los aun subdesarrollados. Se observa una creciente
ocupación del territorio por una densa malla de carreteras de alta capacidad, un
despliegue de extensos conjuntos residenciales y productivos en las periferias
urbanas, un mayor alejamiento del binomio residencia empleo y la aparición de
grandes centros comerciales y de ocio basados en el automóvil. En suma, este
patrón de desarrollo urbano conlleva un creciente consumo de espacio per cápita
para la urbanización, lo que a todas luces resulta sostenible.

LA TRANSFORMACIÓN DE LA PLANIFICACIÓN URBANÍSTICA EN


RELACIÓN CON LAS CRISIS:

Durante la década de los setenta se vivió una gran crisis, que se llegó a
considerar una crisis estructural capitalista o la crisis capitalista definitiva debido
a su larga duración (iniciada en 1973 con la denominada crisis del petróleo). Este
hecho unido a otras cuestiones de fondo como los movimientos vecinales
surgidos por la crisis urbana de equipamientos, infraestructuras básicas y
condiciones de habitabilidad (Castells, 1981), o la composición de los primeros
ayuntamientos democráticos supuso a principios de los años ochenta la apuesta
decidida por una planificación de la austeridad.
Así, ciñéndonos al caso de Madrid, el Plan de General de 1985 suponía una
planificación basada en la participación pública, austera en el crecimiento y
centrada en la recualificación urbana del crecimiento (que había sido mucho y
malo), sobre todo en áreas “de aluvión” de la clase obrera, y en la conservación
del suelo productivo, especialmente industrial para evitar la pérdida de empleo,
aunque ya se había iniciado un proceso de terciarización. 5
A ese respecto y en palabras del director de la posterior Revisión del Plan
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General, aprobado en 1997:
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“el objetivo fundamental perseguido de mantener el empleo por razones sociales,
llevó al Plan [de 1985] a calificar suelo industrial en una magnitud muy superior
al que hubiera resultado de efectuar una reflexión coherente sobre la previsible
evolución de la oferta y la demanda en el marco de un análisis sobre la lógica
del desarrollo futuro del sector en el municipio” (Rodríguez-Avial, 1991, p.105).

En los siguientes ejemplos exploraré brevemente diversas formas de conexión


de economía política y producción del espacio, mostrando además su influencia
en la transformación de las estructuras financieras y los modos de gobernanza
heredados. Empezaré con el caso clásico del París del Segundo Imperio. Los
grands travaux de Haussmann y los programas más amplios para la creación de
infraestructuras en toda Francia se diseñaron para absorber excedentes de
capital y trabajo tras una crisis que había amenazado con reactivar el cambio
revolucionario en media Europa durante la Primavera de los Pueblos (Harvey,
2003; Hobsbawm, 1975, p. 21-40). La crisis venía del extranjero. El boom
ferroviario en Gran Bretaña había desencadenado una espiral de inversión y de
especulación en activos relacionados que terminará desplomándose (Berger y
Spoerer, 2001). El capital francés, muy implicado, sufrió un duro impacto tras el
estallido de la burbuja. El cambio de gobierno tras los levantamientos de 1848 y
el posterior golpe de Estado prepararon el terreno para un nuevo enfoque que
recurría conscientemente a la producción del espacio a escala urbana y nacional
para salir de la crisis. El vasto programa de obras públicas en París incluía no
sólo la apertura de nuevos bulevares a través del trazado medieval de la ciudad,
sino también la ampliación y extensión de las carreteras existentes, la creación
de nuevos parques y hospitales, escuelas y colegios, mercados, cárceles y
cuarteles. Se implantaron también nuevos sistemas de abastecimiento de agua,
saneamiento y gas (Girouard, 1985, p. 288-289). El nuevo sistema ferroviario
nacional constituía otro elemento de solución a la crisis, cuadruplicando el
trazado de vías en unas décadas (Martí-Henneberg, 2013). Las consecuencias
espaciales de la estrategia de reactivación económica fueron el refuerzo de la
centralidad territorial de París, la reconfiguración de las relaciones entre el centro 6
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urbano y las periferias y la reorganización de las zonas residenciales y los
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patrones de localización de actividades industriales y comerciales.
Estos esfuerzos de transformación espacial requirieron iniciativas paralelas de
reestructuración regulatoria e institucional, nuevos marcos legales y técnicos y
una nueva forma de gobierno urbano, con relaciones características entre el
estado nacional y la administración local, así como nuevas alianzas entre la
administración pública y la empresa privada. La “máquina de crecimiento” del
Segundo Imperio debía tanto a la visión de Haussmann y su capacidad gestora
como a su creatividad financiera y su relación con inversores de riesgo como los
hermanos Pereire. El reescalamiento del proceso urbanizador y el desarrollo de
infraestructuras provocaron, de hecho, la formación del sistema de crédito
moderno en Francia (Harvey, 2003, p. 113-120). Con todo, los arreglos
espaciales y financieros del Segundo Imperio hicieron que el sistema volviera a
colapsar en el medio plazo, cuando las contradicciones de un mercado de activos
artificialmente inflado y los propios límites urbanos a las intervenciones
provocaron una nueva crisis a finales de 1860, poniendo fin al mandato de
Napoleón III y desencadenando la Comuna de 1871.
La ciudad de Nueva York sería una de las primeras protagonistas en el ocaso de
ese modelo, el siguiente episodio en este rápido repaso de la conexión entre
crisis y reestructuración espacial; un episodio que, de hecho, puede considerarse
fundacional para comprender nuestra actual coyuntura. Varios autores han
identificado la gestión de la crisis fiscal de Nueva York en la década de 1970
como referente para posteriores programas de neoliberalización a nivel nacional,
inaugurando una tendencia a adoptar medidas de austeridad en los sistemas de
welfare, incentivos a los negocios e intervención en los asuntos locales de
organismos supramunicipales, intereses corporativos e instituciones no elegidas
democráticamente (Harvey, 2005, p. 48; Tabb, 1982, p. 9; Zevin, 1977). A finales
de 1960 el declive de la manufactura y la suburbanización de la población
estaban minando los ingresos locales en Nueva York; la ciudad dependía cada
vez más de los fondos federales. A la luz del déficit creciente, el gobierno de
Nixon cambió su enfoque y comenzó a reducir la ayuda federal en 1972. La
“crisis urbana”, declaró el presidente, debía ser reinterpretada como una
“oportunidad urbana” (Nixon, 1972). La élite financiera de Manhattan captó el 7
mensaje: la reestructuración de la economía urbana y de su propio sustrato físico
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podía ser no sólo una ocasión para salir de la crisis, sino también un puente para
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restaurar el poder de la élite económica y la preeminencia del capital después de
un largo período de imposiciones estatales orientadas a mantener los programas
de asistencia social. Durante un par de años los bancos cubrieron el vacío dejado
por la pérdida de ayudas federales, pero en 1975, en medio de una recesión
global, decidieron dejar de refinanciar la deuda (Tabb, 1982, p. 21-22). Nueva
York se enfrentó a la quiebra técnica. En lugar de los subsidios directos, el
gobierno del Estado de Nueva York – republicano– y las instituciones financieras
pusieron al Ayuntamiento bajo el control de un organismo de rescate con
representantes del sector financiero y empresarial. El nuevo programa de
gobierno debía ser ejemplarizante. Según el Secretario del Tesoro William
Simon, las medidas serían “tan duras, la experiencia tan dolorosa, que ninguna
ciudad, ninguna administración volvería a sentir la tentación de
seguir el mismo camino”. En poco más de un año la ciudad despidió a casi 50.000
empleados y redujo el presupuesto de los departamentos relacionados con la
asistencia y el bienestar social en un 25% (Tabb, 1982, p. 30). La nueva agenda
incluía también una transición hacia enfoques empresariales en la gestión
urbana (Harvey, 1989): la administración local debía no sólo esforzarse por crear
un buen clima de negocios a través de toda clase de incentivos al capital, sino
también vender la marca de la ciudad como un importante centro cultural3 y, por
supuesto, como un suculento nicho para la inversión inmobiliaria (Greenberg,
2008). Junto al auge financiero y en servicios asociados –comenzaba la era de
los “amos del universo” y otras “psicopatías americanas”– la reestructuración del
tejido urbano a través de sucesivas rondas de gentrificación y proyectos de
“regeneración” singulares reformó la economía, el paisaje y el paisanaje local
(Harvey, 2005, p. 47). En estos procesos se forjaron nuevas alianzas entre
actores públicos y privados, priorizando el beneficio corporativo en la
intervención urbanística y abriendo una senda de cambio institucional –el
advenimiento del tantas veces referido “urbanismo empresarial” de Harvey
(1989)– que se extendería posteriormente a otras escalas y regiones. Aunque la
nueva agenda neoliberal tenía un horizonte nacional y global, su impacto fue
especialmente severo en las ciudades. En los años siguientes la escala local se
convirtió en un escenario crucial para la reestructuración económica y 8
regulatoria. Ciertas ciudades se transformaron en nodos de una nueva división
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global del trabajo y los aparatos estatales fueron rearticulados a este nivel para
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convertir las aglomeraciones urbanas en galvanizadores proteicos de
excedentes de capital transnacional (Brenner, 2004). Esta mezcla de intensa
reestructuración gubernamental, austeridad inflexible y urbanismo empresarial
está en el origen de la onda de neoliberalización urbana profundizada que
vivimos en la actualidad.

Años más tarde, en la década de los noventa y con la incidencia de la crisis corta
pero intensa de los años 93-95 (el crecimiento económico y el empleo no
mejoraron hasta 1997) se inició la gran transformación urbanística en España,
convirtiendo el urbanismo en un instrumento para el crecimiento económico y la
principal apuesta, otra vez más, para salir de la crisis. Destaca en este periodo
de transición de la creación la Comisión de Expertos sobre Urbanismo (Comisión
de Expertos sobre Urbanismo, 1995). Ante la inminencia de la Sentencia del
Tribunal Constitucional que iba a anular gran parte de la ley de Reforma del
Régimen Urbanístico y Valoraciones del Suelo de 1990, texto refundido de 1992,
(como así fue) pretendió revisar las bases de la legislación en materia de suelo
y urbanismo. Si bien en dicha Comisión eran mayoritarios los ponentes que
buscaban una legislación a favor de la rehabilitación urbana, aunque en términos
generales continuista de las políticas de crecimiento, finalmente tras el cambio
de gobierno a nivel estatal, triunfaron las ideas de la anterior minoría, centradas
en la liberalización del suelo. Se relacionaba la “exigua” clasificación de suelo no
urbanizable, con otros problemas en dicha materia, es decir, los que se refieren
al excesivo precio del suelo y, por tanto, de la vivienda.

“En este sentido es interesante fijarse en el artículo de la Ley del Suelo Española
[TRLS 92] que declara suelo no urbanizable todo el territorio nacional sin ninguna
consideración especial a valores paisajísticos, medioambientales, etc. Cabe
pensar que esta singular normativa haya tenido alguna influencia en el hecho de
que uno de cada dos españoles -esto es, 20 millones de personas-, viva en el
3,8% del territorio nacional mientras que el resto vive en el 96% restante. Dado
que una de las variables que parecen influir en el precio del suelo y en la calidad
de vida es la localización de la población en bajas densidades (caso de 9
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Holanda, por ejemplo), este aspecto del ordenamiento español podría ser
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responsable de alguno de los problemas españoles” (Fernández Ordóñez, 1994,
p.461).

Triunfó, tras el cambio de gobierno en 1996, el modelo urbanístico centrado en


la liberalización del suelo, por lo que se llegó al grado de “cuasi” desregulación
urbanística.

La Edad Media

Tras la caída del imperio romano, hacia el siglo V, la ciudad experimentó un gran
retroceso en occidente. Las continuas guerras y la fuerte inestabilidad
configuraron ciudades muy pequeñas, de apenas unos 15.000 habitantes, de
marcado carácter agrícola y sin apenas edificios públicos. Se abandonan los
trazados regulares y se optan por plantas circulares, mucho más fáciles de
defender, en cuyo centro se encuentran la plaza principal y los escasos órganos
de gobierno.

EN ISLAM
 En el mundo islámico, sin embargo, las ciudades siguieron manteniendo
un gran impulso. Son paisajes urbanos que aún se perciben con claridad
en la actualidad: plantas irregulares de calles estrechas que se
entrecruzan para formar verdaderos laberintos, una vida pública
concentrada en torno a las mezquitas y los mercados, que constituyen
casi una ciudad dentro de la ciudad, barrios agrupados por profesiones,
grandes palacios en las partes más altas... Damasco, Bagdad, El Cairo,
Marraquech, su solo nombre evoca la leyenda y la fascinación de oriente.
Edad Contemporánea
 Con la revolución francesa y la revolución industrial, el mundo cambia de
signo y la fisonomía de la ciudad vuelve cambiar acorde a los nuevos
tiempos. Adquiere rasgos industriales y experimenta un gran crecimiento.
El prototipo de ciudad es París, y la reforma de Haussmann, que propone 1
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una ciudad ordenada y cómoda (alcantarillas, iluminación, calles anchas
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y arboladas, etcétera).
 La ciudad se divide en barrios claramente diferenciados. En los peores
lugares se hacina el proletariado, que vive en unas condiciones
miserables, mientras que las zonas más ventajosas se reservan para la
burguesía y la actividad comercial. El ejemplo más evidente lo
encontramos en Londres, donde un inframundo de desesperados convive
con la opulencia de la City.
Siglo XX
 A medida que va transcurriendo el siglo XX, las ciudades experimentan
un desarrollo cada vez más vertiginoso. Se produce una impresionante
explosión demográfica y los avances tecnológicos se suceden cada vez
con mayor rapidez, configurando un paisaje urbano de una complejidad
irreversible.
Siglo XXI
 Hoy día, los grandes centros han crecido hasta el punto de haber
absorbido los pueblos y ciudades colindantes. Existen megalópolis
titánicas, de gran dinamismo, en las que la superficie urbana se extiende
por kilómetros y kilómetros. Monstruos como las conurbaciones de Tokio
y Yokohama, Liverpool y Manchester, Washington y Boston, o la región
del Ruhr nos llevan a preguntarnos cómo serán las ciudades del futuro,
DIFICULTADES DE LA PLANIFICACIÓN URBANA ACTUAL
 John Friedmann ha sintetizado recientemen¬te que la planificación de las
grandes ciudades resulta difícilmente asumible a causa de los siguientes
factores:
 La fragmentación espacial, con falta de una autoridad única que pueda
deci¬dir y llevar a cabo la planificación.
 La fragmentación funcional, por la división de competencias y
responsabilida¬des de los diversos organismos que actúan, además,
sobre diferentes ámbitos.
 La resistencia civil creciente de movimientos sociales reivindicativos, a
me¬nudo dispares y contradictorios.
 La ausencia de conciencia cívica y de voluntad consensuada y la 1
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prevalencia de los intereses de clase y particulares.
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